Jaime Vindel Gamonal: “El ecologismo no ha sido capaz de contrarrestar la cancelación del futuro de la época neoliberal”

Por Aurora Fernández Polanco / CTXT.es

Cultura fósil. Arte, cultura y política entre la Revolución industrial y el calentamiento global (Akal, 2023) es un libro imprescindible para cualquiera que quiera acercarse a los imaginarios del progreso en el arco temporal señalado en el título. Aterrizamos en imágenes que nos llevan de viaje desde las “nubes tormentosas” de las que hablaba John Ruskin en el XIX, hasta los versos de Pasolini, “veremos pantalones remendados;/ atardeceres rojos en suburbios vacíos de motores”. No necesitamos cruzar fronteras para encontrarnos con trabajos transversales, libros que unan la crítica cultural y la ecología, algo muy poco frecuente todavía en nuestro país, tan dado a los estrechos (y ciegos) cauces por los que transcurren las disciplinas, y que este extenso estudio acomete con pasión. Lo activo políticamente es que el libro está escrito sobre la urgencia de las brasas que todo intelectual debe pisar sin remedio, las de la crisis climática, ecológica y energética que nos asola. Con su autor, Jaime Vindel (1981), investigador del CSIC, vamos a tener el gusto de conversar.

Son tantos los asuntos tratados en esta estupenda panorámica que me gustaría detenerme en aquellos que tengan que ver con la necesidad actual (y urgente) de reconectar con determinados momentos en los que las cosas pudieron ser de otra manera; lo que tú denominas resistencia frente a la fatalidad. Un sí hay futuro. ¿Más allá del trabajo de un investigador académico ha sido esto parte del ánimo político y social que te ha invitado a escribir el libro?

Sí, claro. Mi impresión es que el ecologismo, pese a sus indudables logros, no ha sido capaz de contrarrestar la cancelación del futuro que asociamos con la época neoliberal. De hecho, en ocasiones tiende a reforzarla de acuerdo a la difusión de alertas sobre la gravedad de la emergencia ecosocial que no van acompañadas de propuestas que puedan aglutinar a las mayorías sociales. Su insistencia en la toma de conciencia no se ve acompañada de medidas que, sin ignorar los límites marcados por la situación (que no son solo ecológicos, sino también sociales, políticos, culturales, etc.), planteen la apertura de posibles horizontes de futuro deseables, en una escala que abarque desde ambiciosas transformaciones en los imaginarios culturales hasta la implementación de políticas públicas con un contenido más pragmático. Por decirlo de manera telegráfica, creo que una parte sustancial del ecologismo es refractaria a dar la disputa por la hegemonía, absorbida por la crudeza de los diagnósticos, la parálisis que generan filosofías de la naturaleza con un grado mínimo de incidencia social y unos imaginarios tributarios de la lógica de la desconexión, donde el Estado (y, más en general, el ámbito institucional) aparece como un problema y no también como parte de la solución. En contraposición, el libro trata de mostrar que, a lo largo de la modernidad industrial, los imaginarios culturales de la ecología han sido, entre otras cosas, una lucha por la hegemonía y la contra-hegemonía. Haber perdido parcialmente esto de vista representa, ante todo, un síntoma más del cierre de la imaginación política descrito por autores como Mark Fisher y Fredric Jameson. En ese sentido, revertir el fracaso del ecologismo, por emplear una expresión de Jorge Riechmann, implica aliarse con fuerzas sociales que lo exceden y que han tratado de combatir las desigualdades y los malestares que nos afectan, antes que fomentar cosmovisiones como la teoría de Gaia, que resultan muy estimulantes en términos cognitivos, pero bastante estériles en términos políticos.

Falta nos hacía también, Jaime, el hecho de reconectar con determinados imaginarios de la energía que buena parte de los estudios académicos (culturales, artísticos, literarios) han opacado y que desvelas y denuncias como creadores de naturalización de los desastres del capitalismo fósil. Consideras necesario que los análisis científicos deterministas se atraviesen con este imaginario (que nos configura) y que lleva en sí su carga política, económica y social. Es tu aportación a entender los problemas desde el materialismo de una manera distinta a la del marxismo duro, ¿no?

Así es. Como señalo en el libro, la historia de la energía es fascinante porque concentra con claridad lo que acabo de describir. La energía durante la modernidad industrial se ha configurado a la vez como una dimensión física y como una dimensión cultural. En este último ámbito, las imágenes y discursos que rescato en el libro han naturalizado o cuestionado una determinada percepción de la energía, muy dependiente de la ideología productivista, desarrollista y crecentista, por la cual presuponemos que es inagotable e inmaterial. La energía se ha configurado como un vórtice de las disputas por la hegemonía política. Casi todos los regímenes de los siglos XIX y XX, desde la Inglaterra victoriana hasta la España franquista, pasando por las democracias de posguerra, han articulado una relación entre progreso y poder mediada por la energía. Pensemos en los imaginarios del carbón o de las presas hidroeléctricas. Como refleja el término inglés “power”, que significa a la vez potencia y poder, la energía ha impregnado la historia política de la modernidad industrial. En ese sentido, como tú dices, lo que me interesa en el libro es suscitar un doble debate. Si aceptamos que la energía –y, más ampliamente, la ecología– ha sido un objeto activo de disputa política y cultural, entonces debemos deshacernos no solo de las posiciones deterministas del marxismo que concebían la cultura como una expresión superficial y burguesa de relaciones sociales opresivas que se situaban en otro lugar (la matriz productiva de la economía, la fábrica), sino también del cientificismo que atraviesa ciertos discursos sobre la energía, donde cualquier acontecimiento global tiende a emerger como un epifenómeno del pico del petróleo. Esos determinismos materialistas comparten la ilusión ideológica según la cual una situación de crisis revolucionaria o de colapso ecológico facilitará que al fin las cosas se vean tal como son, sin los velos de los discursos y los imaginarios, como si estos no acompañaran necesariamente cualquier coyuntura que afecte a las sociedades humanas. En realidad, ese tipo de posiciones suelen evidenciar la marginalidad política de quien las enuncia. El libro es también un intento de interpelarlas.

Tu crítica y posicionamiento al consumismo exacerbado que vivimos hoy en el corazón del neoliberalismo necesita de un apoyo utópico que te ayude a buscar una salida, y lo encuentras en las ecologías morales de los estudios culturales ingleses de la avanzada posguerra, tan ligados a la clase, porque imaginaron nuevas formas de vida “que impulsaran nuevos modos de percepción e intervención en la realidad”.

Lo que me interesa de la historia social y cultural en autores como E. P. Thompson o Raymond Williams es el modo en que abordan ese componente utópico, que en mi opinión posee unas raíces románticas evidentes, desde una reconstrucción minuciosa de la micro-política que opera en cualquier proceso de transformación gestado desde abajo (algo que echo en falta en los discursos ecologistas, más interesados en moralizar desde una perspectiva ético-filosófica que en comprender desde una perspectiva histórico-política). Pese a las diferencias entre ambos autores, los dos concedieron una gran importancia a la cultura como forma de producir a través de las palabras, las imágenes y las instituciones los vínculos y afectos sociales que atravesaron la construcción histórica del movimiento obrero. Describieron procesos de emergencia de una contra-hegemonía popular opuesta al elitismo cultural de los relatos burgueses de la cultura, a la construcción desde arriba que impulsan los discursos populistas sin base social y a la sociofobia que prima entre aquellas voces del ecologismo que niegan al pueblo la empatía que reclaman para nuestra relación con la biosfera.

Cuando hablas de Raymond Williams, señalas que en los años ochenta plantea un descentramiento de lo productivo en beneficio de la vida, justamente el lugar donde situaba el concepto de cultura. Recoges este testigo, algo recurrente y políticamente relevante en todo el libro, y lo traes al presente, donde dices que se enlazan las luchas ecosociales con las demandas del ecofeminismo. Me consta la transversalidad y porosidad en tus proyectos de investigación, donde propuestas concretas de las compañeras vienen a aterrizar y situar muchos de los problemas teóricos ¿No está el ecofeminismo un poco ausente en tu estudio? ¿Quizá al focalizar en la clase no hay lugar para ello?

Se trata más bien de una cuestión de honestidad política e intelectual. Creo que hay compañeras que están trabajando desde esa perspectiva con una profundidad y radicalidad que yo solo podría asumir de un modo impostado. Sería oportunista por mi parte. Dicho esto, como señalas, en el libro resalto los puntos de intersección entre las genealogías que rescato y algunas de las trayectorias del ecofeminismo (sobre el que conviene, por cierto, hablar en plural). Y, por otra parte, sin ánimo de excusarme, varias de las voces críticas más relevantes del ensayo son mujeres (desde Susan Buck-Morss hasta Roxanne Durban-Ortiz, pasando por las artistas del productivismo soviético), aunque no sean reconocidas habitualmente como escritoras o artistas ecofeministas. Por cierto, esto es algo que me preocupa: creo que, lamentablemente, tendemos a encasillar la crítica ecologista realizada por mujeres en el ámbito del ecofeminismo, como si su punto de vista no fuera relevante en otras discusiones sobre la transición ecosocial. Por lo demás, pienso que el ecofeminismo ha explorado con mucho más calado la vertiente subjetiva de la transformación ecosocial. La revolución cultural que reclaman estas autoras está habitualmente más encarnada que las apelaciones un tanto abstractas que suelen primar en otros discursos ecologistas.

Tu libro, Jaime, no es únicamente el de un erudito que nos muestra el reverso tenebroso de nuestro lugar de procedencia, el capitalismo fósil, el colonialismo extractivista, sino que, como hemos comentado, se hace propositivo en el hoy. Otra conexión importante que haces en este sentido tiene que ver con los imaginarios sobre la energía de la época del New Deal que pones en relación con la actual del Green New Deal, en cuanto a encontrar una alternativa a los combustibles fósiles.

Así es. He estudiado las películas que la administración Roosevelt promovió durante los años treinta con el objetivo de impulsar una nueva matriz energética. El New Deal realizó infraestructuras a gran escala en ecosistemas fluviales como el del río Misisipi, cuyos impactos socioecológicos negativos hoy conocemos bien. Pero, como contrapartida, encontramos en esas películas una imaginación política propositiva, que defendía la intervención de los poderes públicos en la transición energética. Pensemos que en ese momento el gobierno federal mantenía un pulso judicial con las grandes corporaciones del negocio fósil, lo que dotaba a estas producciones culturales de un compromiso político directo. Estas películas fueron capaces de crear una narrativa en torno a la energía hidroeléctrica como una nueva fuente de poder (recordemos la ambivalencia del concepto en inglés), impulsando una serie de imaginarios culturales situados en la historia de la propia nación norteamericana. Son producciones audiovisuales privilegiadas para repensar en el presente la relación entre imaginarios culturales, formaciones sociales, políticas públicas y crisis ecológica (de hecho, las tormentas de arena de comienzos de la década propiciaron procesos de aridificación de los suelos que presagiaban algunos de los peores efectos del cambio climático). La pregunta que nos deberíamos plantear entonces hoy es qué narrativas podemos incentivar para promover una transición ecosocial que parta de que toda construcción de hegemonía está siempre condicionada por elementos imaginarios de la historia heredada, sin que eso implique renunciar a combatir los aspectos socioecológicos más cuestionables de proyectos políticos como el New Deal (que, como defiendo en el libro, ya fue un Green New Deal). Frente al platonismo del ecologismo de la verdad, y sin minusvalorar la importancia de esta, nos convendría aceptar que las imágenes tienen una potencia esencial para el cambio histórico, en la medida en que permiten desdoblar la realidad en dos (ese es el trabajo de la ficción) e impulsan la movilización subjetiva de los cuerpos de la multitud. Lo que nos cuesta no es admitir la gravedad de la crisis ecológica, sino experimentar la sensación cierta de que existen salidas viables y estimulantes a la situación en que nos encontramos. Y hay que imaginarlas.

Apropiación del capital fijo: ¿Una metáfora?

Por Toni Negri

Este artículo aparece publicado en el libro Neo-operaísmo, compilado por Mauro Reis y publicado por Caja Negra en 2021. 

 

1. En el debate alrededor del impacto digital sobre la sociedad, si se considera que las tecnologías digitales han modificado de manera profunda el “modo de producción” (además de los modos de conocer y de comunicar), se presenta la hipótesis, sólida, de que el trabajador, el productor, se ha transformado con el uso de las máquinas digitales. La discusión sobre las consecuencias psicopolíticas de estas máquinas es tan amplia que apenas vale la pena recordarla, aun si los resultados que nos llegan de estas investigaciones son altamente problemáticos. Por lo general, sus conclusiones hablan de una sujeción pasiva del trabajador a la máquina, de una alienación generalizada, de la epidemicidad de enfermedades depresivas, de taylorismos algorítmicos, o lo que sea que se les pase por la cabeza. Al interior de estas catastróficas novedades sopla el viejo adagio nazi: “La tierra que habitamos se revela como un distrito minero muerto que hiere la esencia del hombre”. Un razonamiento más sofisticado sobre el impacto digital es el de preguntarnos si, y eventualmente cómo, los cuerpos y las mentes de los trabajadores se apropian de la máquina digital. Recordemos que, si el nuevo impacto de la máquina digital sobre el productor tiene lugar bajo el dominio del capital, el productor no solamente cede valor al capital constante en el curso del proceso productivo, sino que, como fuerza de trabajo congnitiva, ya sea en su aporte productivo singular o en el uso cooperativo de la máquina digital, se conecta a esta y puede hasta confundirse con ella cuando la conexión se desarrolla en el flujo inmaterial del trabajo cognitivo. En el trabajo cognitivo, el trabajo vivo, aunque sujeto al capital fijo en el tiempo en que desenvuelve su capacidad productiva, puede invertir el proceso, al ser simultáneamente materia y motor activo de este capital fijo. Consecuentemente, en el ámbito marxista, se ha comenzado a hablar de “apropiación del capital fijo” por parte del trabajador digital, del productor cognitivo. Cuando se analizan los aumentos de productividad de los trabajadores digitales o la capacidad productiva de los “nativos digitales”, se postulan de manera espontánea estos asuntos y problemas. Pero, ¿constituyen una simple metáfora?

2. Y, en particular, ¿son simples metáforas políticas? Al hablar de “apropiación del capital fijo” por parte de los productores (en antagonismo con la empresa que se mueve por la ganancia), se recuperan cuestiones que en el campo filosófico y político han tenido larga resonancia en los últimos cincuenta años. En la antropología alemana (de Plessner, Gehlen, Popitz) como en el materialismo francés (Simondon), en el feminismo materialista (Haraway y Braidotti), el mestizaje humano/máquina ha tenido importantes desarrollos. Baste recordar la teoría guattariana de los agencements machiniques [agenciamientos maquínicos], que recorre un poco todo su pensamiento y que influye fuertemente en el diseño filosófico de Mil mesetas. 

Puede que lo más significativo de estas propuestas filosóficas sea el hecho de que su aplicación –homogéneamente materialista pese a diversas versiones en las que se presenta– ha mostrado características nuevas, irreductibles a cualquier clasificación pretérita. Es cierto que desde hace mucho el materialismo no se exhibe ya con la apariencia épica con la que lo elaboraron los autores de las Luces, de Holbach a Helvetius, y además ha asimilado aspectos decididamente dinámicos de la física del siglo XX. Con todo, el materialismo se presenta ahora, en las teorías que hemos referido, caracterizado por una impronta “humanista” que lejos de renovar apologías idealistas del “hombre” está determinada por un interés por el cuerpo, por su singularidad y por su densidad en el pensamiento y en la acción. El materialismo se presenta hoy como una teoría de la producción, ampliamente comprometida con los aspectos cognitivos y con los efectos de hibridación cooperativa de la producción misma. ¿Es la mutación del modo de producción, que pasó de predominio de lo material a la hegemonía de lo inmaterial, lo que ha producido estas derivaciones del pensamiento filosófico? Al no ser adepto de las teorías del reflejo, no lo creo: en cambio, estoy convencido de la concrescencia del modo de producción digital y de esta fuerte modificación en la tradición materialista. Con una consecuente observación que permite adelantar una respuesta a la pregunta planteada al inicio: ¿la “apropiación del capital fijo” es una metáfora política? Lo es seguramente, cuando de esta afirmación se deriva, por ejemplo, una definición de “potencia”, en términos políticos, eventualmente constituyentes, y la apropiación del capital fijo deviene la base analógica para la construcción de un sujeto ético y/o político, adecuado para una ontología materialista del presente y para una teleología comunista del porvenir.

EN EL TRABAJO COGNITIVO, EL TRABAJO VIVO, EL SUJETO PUEDE SER SIMULTÁNEAMENTE MATERIA Y MOTOR ACTIVO DE ESTE CAPITAL FIJO.

3. Sin embargo, no siempre el desarrollo del tema de la I “apropiación del capital fijo” resulta ser metafórico. Marx mostró cuánto la sola colocación del trabajador al frente (al mando) del medio de producción le modifica, además de la capacidad productiva, la figura, la naturaleza, la ontología. Clásica es, desde este punto de vista, la narración marxiana del pasaje de la “manufactura” a la “gran industria”. En la manufactura hay aún un principio “subjetivo” en la división del trabajo, y esto significa que el obrero se ha apropiado del proceso productivo después de que el proceso productivo era adaptado al obrero (El capital I, 2); en cambio, en la gran industria, la división del trabajo es solo “objetiva”, se anula el uso subjetivo/ artesano de la máquina (El capital I, 2) y la maquinaria se constituye contra el hombre (El capital I, 2), la máquina se muestra contendiente, antagonista del obrero (El capital II, 2) o, incluso, la máquina reduce al obrero a ani- mal de trabajo (El capital III, 1). Y sin embargo, en Marx también hay un punto de partida diferente: reconoce que el trabajador y el medio de trabajo se configuran además como una construcción híbrida (El capital I, 1) y que las condiciones del proceso productivo constituyen en gran parte las condiciones de vida del trabajador, su “forma de vida” (El capital III, 1). El concepto mismo de productividad del trabajo implica una conexión estrecha y dinámica entre capital variable y capital fijo (El capital III, 1), y los descubrimientos teóricos –añade Marx– son recuperados en el proceso productivo a través de la experiencia del trabajador (El capital III, 1). Más adelante daremos una conclusión sobre el modo en que Marx entiende, en El capital, la apropiación del capital fijo por parte del productor. Ahora bien, quiero enfatizar que al análisis de Marx en El capital subyacen las argumentaciones de los Grundrisse, es decir, la teorización del general intellect como materia y sujeto del proceso productivo: este descubrimiento condujo a mostrar cuán central es la materia cognitiva al producir y cómo el mismo concepto de capital fijo es transformado por ella. Cuando Marx afirma que el capital fijo –que en El capital es entendido generalmente como el complejo de máquinas– se transforma en el “hombre mismo”, anticipa el desarrollo que tendrá el capital en nuestro tiempo. Si bien el capital fijo es el producto del trabajo y no otra cosa que el trabajo apropiado por el capital, aunque el capital se apropie gratuitamente de todo esto, en algún momento del desarrollo capitalista el trabajo vivo comienza a ejercer su poder para invertir esta relación. El trabajo vivo empieza a mostrar su prioridad respecto al capital y al management capitalista de la producción social, aun cuando esto no pueda ser necesariamente llevado hacia afuera del proceso. En otras palabras, cuando deviene un poder social cada vez mayor, el trabajo vivo funciona como actividad crecientemente independiente, fuera de las estructuras disciplinarias que el capital comanda: no solo la fuerza de trabajo, sino también, de manera más general, la actividad vital. Por un lado, la actividad humana y su inteligencia pasadas son acumuladas, cristalizadas como capital fijo; pero por otro lado, invierten el flujo: los seres humanos son capaces de reabsorber el capital en sí mismos y en su vida social. El capital fijo es el “hombre mismo” en ambos sentidos.

Aquí, la apropiación del capital fijo no es ya una metáfora, sino que se transforma en un dispositivo que la lucha de clase puede asumir y que se impone como un programa político. De hecho, en este caso el capital deja de ser una relación que objetivamente incluye al productor imponiéndole a la fuerza su dominio: la relación capitalista contiene ahora una contradicción última: la de un productor, o una clase de productores que la ha, parcial o totalmente –en todo caso, efectivamente–, despojado de los medios de producción, imponiéndose ella misma como sujeto hegemónico. La analogía con la emersión del Tercer Estado en las estructuras del Ancien régime es utilizada por Marx en la reconstrucción histórica de la relación capitalista, y evidentemente se presenta de manera explosiva, revolucionaria.

4. En este punto debemos centrar la atención en las nuevas  figuras del trabajo, sobre todo en aquellas que crean los propios trabajadores en las redes sociales. Las capacidades productivas de estos trabajadores se han visto incrementadas en un nivel exponencial porque su cooperación es cada vez más intensa. Ahora veamos lo que aquí sucede. En la cooperación, el trabajo se abstrae cada vez más del capital; esto es, tiene una mayor capacidad de organizar la producción misma, autónomamente y, de manera particular, en relación con las máquinas, aunque permanece subordinado a los mecanismos de extracción del trabajo por parte del capital. ¿Es esta autonomía la misma que hemos reconocido en las formas de trabajo autónomo en la primera fase de la producción capitalista? Nos parece claramente que no. De hecho, la hipótesis es que ahora existe un grado de autonomía que no se refiere solo al proceso de producción, sino que también se impone en sentido ontológico: es decir que el trabajo conquista una consistencia ontológica aun cuando esté subordinado completamente al dominio capitalista. ¿Cómo podemos comprender una situación en la que empresas productivas –temporalmente continuas y espacialmente extendidas– e invenciones colectivas y cooperativas por parte de los trabajadores, terminan siendo fijadas como valor extraído por el capital? Es difícil si no nos desligamos de metodologías lineales y deterministas y no asumimos un método que se articule a través de dispositivos. Si lo hacemos, podemos reconocer que, en esta situación, la relación entre los procesos productivos en manos de los trabajadores y los mecanismos capitalistas de valorización y de dominio están cada vez más separados. El trabajo ha alcanzado tal nivel de dignidad y de poder que puede potencialmente rechazar la forma de valorización que le es impuesta y así, aunque bajo el dominio del capital, puede desarrollar la propia autonomía.

Los poderes crecientes del trabajo pueden ser reconocidos no solo en la expansión y en la creciente autonomía de la cooperación, sino también en la mayor importancia que se da a los poderes sociales y cognitivos del trabajo en las estructuras de la producción. El primer elemento, una cooperación extendida, se debe seguramente al incremento del contacto físico entre los trabajadores digitales en la sociedad informatizada, pero todavía más (como siempre Paolo Virno nos insta a pensar) a la formación de una “intelectualidad de masa”, animada por las competencias lingüísticas y culturales, por las capacidades afectivas y por las potencias digitales. No es casual, segundo elemento, que esta capacidad y esta creatividad del trabajo aumenten la productividad. Consideremos ahora cuánto ha cambiado el papel del conocimiento en la historia de las relaciones entre capital y trabajo. Como ya vimos, en la fase de la “manufactura”, el conocimiento del artesano era empleado y absorbido en la producción como una fuerza separada, aislada, y por lo tanto subordinada en una estructura organizativa jerárquica. En la fase de la “gran industria”, por el contrario, los obreros eran considerados incapaces del conocimiento necesario para la producción, que estaba entonces centralizado en el management. En la fase contemporánea del general intellect, el conocimiento tiene una forma multitudinaria en el proceso productivo, aun si, desde el punto de vista del patrón, ese conocimiento pueda ser aislado como lo era el conocimiento artesano en la manufactura. En realidad, desde el punto de vista del capital, todavía es un enigma el modo en que el trabajo se autoorganiza, incluso cuando esto se convierte en la base de la producción.

Para seguir adelante, un ejemplo: una importante figura del trabajo asociado está hoy oculta en el funcionamiento de los algoritmos. Junto con la propaganda incesante que afirma la necesidad del dominio capitalista y los sermones sobre la inhallable alternativa a este sistema de poder, frecuentemente oímos el elogio al rol de los algoritmos. Pero ¿qué es un algoritmo? En primer lugar, es capital fijo, una máquina nacida de la inteligencia cooperativa social, un producto del general intellect. A pesar de que el valor de una actividad productiva es fijado en el proceso social de extracción del plustrabajo por parte del capital, no hay que olvidar que la fuerza del trabajo vivo está en la base de este proceso. Sin trabajo vivo no hay algoritmo. Y, no obstante, los algoritmos presentan también numerosas características nuevas: este es un segundo punto.

Consideremos el PageRank de Google, tal vez el algoritmo mejor conocido y el que más lucro genera. El rango de una página web está determinado por el número y la calidad de los vínculos [links]; alta calidad significa un vínculo a una página que tenga ella misma un alto rango. PageRank es entonces un mecanismo para incorporar el juicio y el valor concedido por los usuarios a los objetos de Internet. “Cada link es una concentración de inteligencia”, escribe Matteo Pasquinelli. Una diferencia relevante que presentan los algoritmos como el PageRank consiste en el hecho de que mientras las máquinas industriales cristalizan la inteligencia pasada en forma relativamente fija y estática, estos algoritmos añaden continuamente inteligencia social a los resultados del pasado, de modo que crean una dinámica abierta y expansiva. Es como si la máquina algorítmica misma fuera inteligente, pero no es verdad; más bien está abierta a las continuas modificaciones de la inteligencia humana. Cuando hablamos de “máquinas inteligentes”, debemos entender que se habla de máqui- nas capaces de absorber inteligencia continuamente. Un segundo rasgo distintivo es que el proceso de extracción de valor establecido por estos algoritmos es cada vez más abierto y socializado de tal manera que borra los confines entre el trabajo y la vida. Lo saben bien los usuarios de Google… Y, por último, otra diferencia entre los procesos productivos estudiados por Marx y este tipo de producción de valor consiste en el hecho de que la cooperación hoy no es ya impuesta por el patrón, sino generada en las relaciones entre los productores. En la actualidad podemos hablar realmente de una reapropiación del capital fijo por parte de los trabajadores y de una integración de las máquinas inteligentes bajo un control social autónomo; lo encontramos por ejemplo en el proceso de construcción de algoritmos orientados a la autovalorización de la cooperación social y de la reproducción de la vida.

Podemos añadir que aun cuando los instrumentos cibernéticos y digitales son puestos al servicio de la valorización capitalista, aun cuando la inteligencia social es puesta a trabajar y llamada a producir subjetividades obedientes, el capital fijo está integrado en los cuerpos y en los cerebros de los trabajadores y se vuelve su segunda naturaleza. Siempre, desde el nacimiento de la civilización industrial, los trabajadores han poseído un conocimiento más íntimo e interior de las máquinas y de los sistemas de las máquinas que el conocimiento que los capitalistas y sus mánagers hayan jamás podido tener. Hoy, estos procesos de apropiación obrera del conocimiento pueden llegar a ser decisivos. No se realizan simplemente en los procesos productivos, sino que son intensificados y concretizados a través de la cooperación productiva en los procesos vitales de circulación y socialización. Los trabajadores pueden apropiarse del capital fijo mientras trabajan y pueden desarrollar esta apropiación en sus relaciones sociales, cooperativas y biopolíticas con otros trabajadores. Todo esto determina una nueva naturaleza productiva, y significa una nueva “forma de vida” situada en la base de un nuevo “modo de producir”.

PERO ¿QUÉ ES UN ALGORITMO? ES CAPITAL FIJO, UNA MÁQUINA NACIDA DE LA INTELIGENCIA COOPERATIVA SOCIAL. SIN TRABAJO VIVO NO HAY ALGORITMO.

5. Para ir un poco más a fondo en este argumento y para I eliminar el aspecto utópico que, si no daña nuestro dis- O curso, a veces parece confundirlo, consideremos cómo algunos estudiosos del capitalismo cognitivo organizan la hipótesis de la apropiación del capital fijo. David Harvey por ejemplo estudia esta apropiación a través del análisis de los espacios de asentamiento y cruce de las metrópolis por parte de los cuerpos que trabajan: desplazamientos del capital variable que tienen efectos radicales sobre las condiciones y sobre las prácticas de los cuerpos sometidos y, con todo, capaces de movimientos autónomos y de autonomía en la organización del trabajo. Este análisis es todavía muy superficial. Mucho más incisivo es el que sugería André Gorz, deshaciendo la compleja trama de explotación y alienación, al subrayar que las potencias intelectuales de la producción se forman en el cuerpo social. La liberación de la alienación social impulsa la capacidad de actuar subjetivamente/intelectualmente en la producción. Más adelante, siguiendo esta línea, no sorprende descubrir que hoy “la parte del capital llamado ‘intangible’ (no solo la investigación y el desarrollo, sino también la educación y la sanidad) supera a la del capital material en el stock global de capital y se ha convertido en el elemento determinante del crecimiento económico” (Vercellone). El capital fijo se encuentra actualmente dentro de los cuerpos, inscrito en ellos y al mismo tiempo subordinado a ellos (y tanto más lo será cuando consideramos “actividades como la investigación o el desarrollo de software en las que el trabajo no se cristaliza en un producto material separado del trabajador, sino que permanece incorporado al cerebro e indivisible de la persona”. Laurent Baronian alcanza un punto culminante cuando, regresando a El capital y al análisis de la relación productiva, generaliza la potencia de los cuerpos y de las mentes haciendo de su figura asociada el elemento determinante del capital fijo. Aquí el capital fijo es la cooperación social. Aquí, las fronteras de la relación entre trabajo vivo y trabajo muerto (es decir, entre capital variable y capital fijo) se confunden definitivamente.

De hecho –así concluye Marx en El capital– si desde el punto de vista del capitalista, capital constante y capital variable se identifican bajo la rúbrica del capital circulante (El capital III, 1) y si para el capitalista la única diferencia esencial existe entre capital fijo y capital circulante (El capital III, 1), entonces, desde el punto de vista del productor, capital constante y capital circulante se identifican bajo la rúbrica del capital fijo y la única diferencia esencial existe entre capital variable y capital fijo: ahora bien, es en el capital fijo donde el capital variable pone todo su interés de reapropiación.

Las condiciones emancipadoras de la cooperación del trabajo vivo, por tanto, se invierten y ocupan de manera creciente los espacios y las funciones del capital fijo.

Continuando con Vercellone y Marazzi sobre este punto, lo que llamamos capital inmaterial o intelectual está en realidad esencialmente incorporado en los humanos y por ello corresponde de modo fundamental a las facultades intelectuales y creativas de la fuerza de trabajo. Nos encontramos ante un trastorno de los conceptos mismos de capital constante y de composición orgánica del capital heredados del capitalismo industrial. En la relación C/V [constante/variable] que designa matemáticamente la composición orgánica social del capital, es de hecho V, la fuerza de trabajo, la que aparece como principal capital fijo y, para retomar una expresión de Christian Marazzi, se presenta como “cuerpo-máquina” de la “fuerza de trabajo”. Ya que, precisa Marazzi, “además de ser la sede de la facultad de trabajo, contiene en sí también las funciones típicas del capital fijo y de los medios de producción en cuanto sedimentación de saberes codificados, conocimientos históricamente adquiridos, gramáticas productivas, experiencias, es decir, trabajo pasado”.

6. Subjetividad maquínica: así, por ejemplo, podemos calificar a los jóvenes que entran espontáneamente en el mundo digital. Concebimos aquí lo maquínico en contraste no solo con lo mecánico, sino también con una noción de realidad tecnológica separada e incluso opuesta a la sociedad humana. Félix Guattari explica que si tradicionalmente el problema de las máquinas ha sido visto como secundario respecto a la cuestión de la techné y de la tecnología, nosotros debemos sobre todo reconocer que el problema de las máquinas es primario y que precede al de la tecnología. Nosotros podemos, continúa, ver la naturaleza social de la máquina: “En cuanto ‘la máquina’ se abre a un ambiente maquínico y mantiene toda suerte de relaciones con sus constituyentes sociales y con las subjetividades individuales, el concepto de máquina tecnológica debe ser extendido al de agencements machiniques, de ensamblajes maquínicos”. Lo maquínico entonces no se refiere ya a una máquina individual, aislada, sino siempre a un ensamblaje. Para comprender esto pensemos en los sistemas mecánicos, esto es, en las máquinas conectadas e integradas con otras máquinas. Enseguida añadamos la subjetividad humana e imaginemos a los humanos integrados dentro de relaciones maquínicas y a las máquinas integradas dentro de los cuerpos humanos y en la sociedad humana. Y, en fin, Guattari junto con Deleuze conciben los ensamblajes maquínicos como progresivos, incorporando todo género de elementos humanos y de singularidad humana y no-humana. El concepto de maquínico en Deleuze/Guattari es, en una forma diferente, el concepto de producción en Foucault; ambos captan la necesidad de desarrollar, fuera de la identidad espiritualista, subjetividades de conocimiento y acción y de demostrar cómo estas emergen de producciones materialmente interconectadas.

En términos económicos, lo maquínico aparece claramente en las subjetividades que surgen cuando el capital fijo es reapropiado por la fuerza de trabajo, esto es, cuando las máquinas materiales e inmateriales y el conocimiento que cristalizan la producción social pasada son reintegrados en las subjetividades sociales que cooperan y producen en el presente. Los ensamblajes maquínicos son así en parte incorporados y recogidos en la noción de “producción antropogenética”. Algunos de los economistas marxistas más inteligentes, como Robert Boyer y Christian Marazzi, caracterizan la novedad de la producción económica contemporánea –y el pasaje del fordismo al posfordismo– centrándose en “la production de l’homme par l’homme” [la producción del hombre por el hombre] en contraste con la noción tradicional de producción de mercancías por medio de mercancías. Crece la centralidad de la producción de subjetividad y las formas de vida para la valorización capitalista y esta lógica conduce directamente a las nociones de producción cognitiva y biopolítica. Lo maquínico extiende ulteriormente este modelo antropogenético con el fin de incorporar varias singularidades no-humanas en los complejos que produce y son produci- dos. Más precisamente: cuando decimos que el capital fijo es reapropiado por los sujetos trabajadores, no decimos simplemente que aquel se transforma en su posesión, sino sobre todo que es integrado a ensamblajes maquínicos, constituyentes de subjetividad.

Lo maquínico es siempre un ensamblaje, una composición dinámica del humano y de otros seres, pero la potencia de esta nueva subjetividad maquínica es solamente virtual mientras no sea actualizada y articulada en la cooperación social y en el común. Si la reapropiación del capital fijo ocurriese individualmente, transfiriendo propiedad privada de un individuo al otro, no constituiría sino un quitar a Fulano para pagar a Mengano y no tendría ningún significado real. Cuando, por el contrario, la riqueza y la potencia productiva del capital fijo son apropiadas socialmente y se las traslada de la propiedad privada al común, entonces el poder de las subjetividades maquínicas y de sus redes cooperativas puede ser plenamente utilizado. La dinámica maquínica de ensamblaje, las formas productivas de cooperación y la base ontológica del común son implicadas de la manera más estrecha.

Cuando vemos a los jóvenes de hoy, absorbidos en el G común, determinados con sus potencias maquínicas en la  cooperación, debemos reconocer que su verdadera existencia es resistencia. El capital está obligado a reconocer esta dura verdad. Eso puede consolidar económicamente el desarrollo del común que es producto de las subjetividades, de las cuales el capital extrae valor; pero el común se construye a través de las formas de resistencia y de los procesos que reapropian el capital fijo. La contradicción se hace cada vez más evidente. “Explótate a ti mismo”, dice el capital a las subjetividades productivas, y estas responden: “Nosotras deseamos valorizarnos a nosotras mismas, gobernar el común que producimos”. Ningún obstáculo a este proceso –ni la sospecha de obstáculos virtuales– puede impedir el choque que se aproxima. Si el capital puede expropiar valor solo de la cooperación de las subjetividades y estas se resisten a la explotación, el capital debe entonces elevar el nivel de dominio e iniciar operaciones de extracción de valor del común cada vez más arbitrarias y violentas. Es a esta transición a la que nos conduce la temática de la reapropiación del capital fijo.

 

CUANDO DECIMOS QUE EL CAPITAL FIJO ES REAPROPIADO POR LOS SUJETOS TRABAJADORES, NO DECIMOS SIMPLEMENTE QUE AQUEL SE TRANSFORMA EN SU POSESIÓN, SINO SOBRE TODO QUE ES INTEGRADO A ENSAMBLAJES MAQUÍNICOS, CONSTITUYENTES DE SUBJETIVIDAD.

 

Naomi Klein: “Solo una renuncia de Biden puede frenar a Trump. Ha enfurecido a los jóvenes al apoyar el genocidio en Gaza”

La ensayista, referente de los descontentos con la globalización, reflexiona en su nuevo libro sobre las realidades paralelas catapultadas por internet y recreadas en la política, en los medios y por la inteligencia artificial

Por Iker Seisdedos

La primera vez fue en 2011, en un baño público próximo a la acampada de Occupy Wall Street.

―“¿Has oído lo que ha dicho Naomi Klein?”, le preguntó una mujer a otra, indignada por unas críticas a la manifestación de ese día.

Klein, que las escuchó tras la puerta de uno de los cubículos y no había dicho nada al respecto, las corrigió al salir: “Me parece que estáis hablando de Naomi Wolf”.

Entonces, la confusión aún tenía cierto sentido. Ambas se llamaban Naomi y eran escritoras de izquierdas “de libros de grandes ideas”: feminismo, en el caso de Wolf, autora del éxito El mito de la belleza; los descontentos de la globalización, en el de Klein. Las dos eran judías de pelo largo moreno. Hasta sus parejas compartían nombre: Avram. Pero, después, Wolf se deslizó por el abismo de las conspiraciones, se hizo antivacunas, negacionista electoral, y empezó a aparecer en el programa de Steve Bannon, ideólogo del trumpismo y líder de la internacional nacionalpopulista. Cayó, como la Alicia de Lewis Carroll, en la madriguera, y la confusión trascendió el mero incordio hasta inspirar un poemilla que se hizo viral: “Si la Naomi es Klein / todo bien / si la Naomi es Wolf [pronúnciese Wulf] / uuuuf”.

Así que Klein (Montreal, 53 años) decidió durante la pandemia que debía escribir un libro a partir de “La otra Naomi”. Se titula Doppelganger, como cierto arquetipo de la literatura, no solo fantástica, que resulta de combinar en alemán Doppel (doble) y Gänger (caminante) y que Freud describió como “esa especie de miedo que parte de lo que antaño conocíamos bien, pero que de pronto se torna ajeno”. Editado por Paidós y traducido por Ana Pedrero e Ignacio Villoro, llega en español a las librerías.

Gracias a sus exitosos ensayos No Logo (1999), manifiesto contra la globalización corporativa, y La doctrina del shock (2007), sobre Milton Friedman y su recetas para el (capitalismo del) desastre, Klein se erigió en una de las voces más influyentes de la generación altermundialista del cambio de siglo, la que salió a las calles en Seattle, Génova y Porto Alegre, y volvió a hacerlo una década después para acampar en las plazas de Madrid a Nueva York. A la lucha contra la negación del futuro que trajo el cambio climático a los hijos de aquellos manifestantes dedicó Klein su activismo de la década siguiente (y los libros Esto lo cambia todo y En llamas, también en Paidós).

Doppelganger es otra cosa: una memoria personal e intelectual de la pandemia, una historia cultural sobre la idea del doble (de Doctor Jekyll y Mister Hyde a Vértigo o la magistral novela de Philip Roth Operación Shylock) y un tratado sobre la desinformación y cómo internet nos incita a crear nuestros propios clones para alimentar una cierta identidad de marca personal. Trata sobre ver cómo personas a las que creías conocer regresan radicalmente cambiadas de un día para otro de los rincones más oscuros de las redes sociales, y sobre quedarse “sin palabras” ante las teorías de la conspiración. El resultado es un brillante artefacto sobre el mundo en el que vivimos, con su difusión de la realidad y su abono para el extremismo, que no escatima críticas a la suficiencia de la izquierda y a la dialéctica del “nosotros contra ellos”.

La auténtica Naomi Klein estaba el jueves pasado poco después del amanecer esperando en el pintoresco puerto de Sechelt la llegada del único pasajero del hidroavión de línea que cubre el trayecto desde Vancouver. Estaba previsto que la entrevista se celebrara en la universidad de la ciudad canadiense, donde imparte una asignatura sobre justicia climática, pero hubo que reprogramar el encuentro debido a una tormenta de nieve.

Klein se mudó desde Estados Unidos junto a su esposo y su hijo a este remoto rincón de la costa sur del Pacífico canadiense durante la pandemia para “estar cerca de sus padres”. Fue entonces cuando empezó a obsesionarse con su doble, y a recibir clases de escritura. “Doppelganger”, explicó al volante de su 4X4, que condujo por carreteras nevadas, “surgió del deseo de escribir diferente. Estaba aburrida de la no ficción tradicional y deprimida de lo que esta era capaz de lograr. No me veía con fuerzas para hacer otro libro-alerta sobre que solo nos quedan cinco años para evitar la catástrofe climática”.

PREGUNTA. De la creadora de eslóganes como “no logo” o “capitalismo del desastre”, llega ahora el “mundo del espejo”. ¿Cómo lo define?

RESPUESTA. Tiene que ver con el concepto del doppelganger. Hemos creado una suerte de partición de la sociedad, una línea divisoria entre “ellos y nosotros”. El mundo del espejo no es solo donde Bannon y Wolf viven con sus teorías de la conspiración, es también una dinámica que se ha establecido entre el centro-izquierda y la derecha alternativa. Son como realidades paralelas, con medios, editoriales, redes y discusiones que discurren sin tocarse. Se reflejan, pero no se cruzan.

P. ¿Como uno de esos espejos de la comisaría para ver sin ser visto?

R. En cierto modo. Bannon y los suyos observan a la izquierda, estudian a quién dejan atrás y qué argumentos conviene absorber para su proyecto político. Es parecido a lo que hace Georgia Meloni, en Italia.

P. O Vox, en España.

R. Son todos parte de la red internacional de Bannon. Vengo de los movimientos antiglobalización, y me llama mucho la atención cómo ciertas ideas nuestras han sido absorbidas por esa extrema derecha para retorcerlas. Señalan entre sus enemigos a los globalistas, los bancos o las compañías tecnológicas, pero no desde la crítica anticorporativa, sino para atacar a los migrantes, a los vulnerables. Recogen argumentos abandonados por el centro y la izquierda para absorberlos en provecho de la agenda fascista. Bannon me interesa como síntoma de un cambio sísmico en la derecha del que forma parte Trump. Como cerebro de una operación internacional, ha superado a la izquierda estadounidense, tan provinciana. No saben mirar más allá de la frontera.

P. Todos conocemos a alguien que cayó por la madriguera y que vuelve irreconocible, atiborrado de teorías conspirativas.

R. Hay un cierto engreimiento de la izquierda cuando recurre a esa imagen. Dicen: “No, nosotros no hemos caído por la madriguera, la realidad está de nuestra parte, estamos comprometidos con la libertad, con la ciencia”. En el fondo, es una distracción pensar que se está en el lado correcto del espejo. Por eso también hablo en el libro de las “zonas de sombra”, a las que preferimos no mirar, pero que demuestran que vivimos en un mundo basado en la explotación, la contaminación y el colonialismo, y que nadie es inocente. En los días de No logo, se trataba de llamar la atención sobre algo inadvertido. Ya no podemos fingir que no tenemos toda la información.

P. ¿Y qué demonios pasó con la realidad?

R. Me hace gracia la pregunta de qué es la realidad. Se la hice al escritor ojibwe Jesse Wente. Me dijo: “La realidad es una montaña”. Tal vez necesitemos volver a lo básico, porque ya no estoy segura de que Canadá sea real o de que el dinero lo sea. No sé lo que es la realidad, pero sé que las montañas son reales.

P. En su investigación, viajó a las catacumbas de internet. Escribe: “Los teóricos de la conspiración se confunden en los hechos, pero aciertan con las emociones”. ¿Entendió por qué la gente acaba absorbida por el agujero? ¿Le tentó dejarse caer?

R. Las teorías de la conspiración satisfacen un impulso de entender, aunque las razones sean incoherentes. Es natural que la gente busque respuestas. Yo misma las busco, dibujo mapas para explicar el mundo a partir de sistemas como el capitalismo o el colonialismo, porque esos sistemas lo explican mucho mejor que una conspiración que dice que los judíos, los chinos o los miembros del Club Bilderberg se reunieron en Davos para urdir una pandemia para enriquecer a las farmacéuticas. Ojalá fuera culpa de Bill Gates: sería más fácil resolver los problemas deshaciéndonos de él. Cuanto más estudias el capitalismo, más resistente te haces a las conspiranoias. La única forma de contrarrestar la cultura de la conspiración es reconocer que la gente tiene buenas razones para sospechar y sentirse traicionada. Necesitan un chivo expiatorio, y eso es peligroso. En momentos de gran quebranto colectivo, como los años treinta o ahora, la gente quiere explicaciones a por qué se torcieron las cosas. Si no llegan a un análisis que invite a buscar juntos una solución, empiezan los conflictos. Y la cosa se puede poner muy fea. Me parece que estamos en ese punto.

P. Cuando alguien como Wolf se pasa al otro lado… ¿busca recuperar lo que perdió en este? John Milton decía: “Mejor reinar en el infierno que servir en el cielo”.

R. Hay algo perverso en saber constantemente qué de lo que vendes funciona. Todos estamos pendientes de esa retroalimentación inmediata en las redes sociales. En el caso de Wolf, creo que fue esencial el oprobio al que fue sometida tras la publicación de su libro de 2019 [Outrages, en el que interpretó erróneamente archivos sobre supuestas ejecuciones por sodomía en la Inglaterra victoriana]. Le quedó muy claro que nunca más iba a colocar otro ensayo en los cauces tradicionales. Pero lo cierto es que ha escrito dos más, más uno a medias con Bannon. Tal vez no te enteraste, porque sucedió en el mundo del espejo. No creo, con todo, que lo haga por dinero. Tiene que ser porque piensa que es lo correcto, aunque sea como parte de un delirio increíble.

P. ¿Cómo reaccionó a la publicación de Doppelganger?

R. Lo achacó a una conspiración para destruir su reputación, como si ella misma no la hubiera destruido sola. La conspiración es la siguiente: mi marido [el cineasta y periodista Avi Lewis, que en 2021 se presentó a las elecciones federales en Canadá] trabaja para empresas farmacéuticas, cuando en realidad se limitó a hablar en unos eventos para extender la cobertura de la sanidad universal en Canadá, que no es exactamente lo que las farmacéuticas desean. También descubrió que mi suegro fue el embajador de la ONU para el sida en África. Eso aparentemente lo convierte en agente de las farmacéuticas. Según esa teoría, ambos me pidieron que escribiera este libro para atacarla. No le hago mucho caso, aunque su marido me preocupa más: tiene más armas.

P. ¿Cree que es buena idea proscribir a gente de las redes sociales o que eso los hace más fuertes? Wolf se presenta a sí misma en X como “la que ha sido expulsada ocho veces y sigue teniendo razón”.

R. No es verdad que se pueda desplataformizar a alguien. No existe el poder de expulsarlos de todas las redes que existen. La derecha ha sabido cómo convertir esos vanos intentos en condecoraciones.

P. En el libro define las redes sociales como un “baño global asqueroso y poblado de gente”. En el caso de Twitter, el retrete es además propiedad de Elon Musk.

R. Desde que lo compró, es mucho peor. Parte del problema es que hemos dejado de confiar en los medios. Cuanto más nos fiamos de esas plataformas corporativas para obtener información, más se agrava ese problema.

P. Parece que una parte de la juventud ve la extrema derecha como algo excitante frente a la izquierda, aburrida y mojigata. Como quien disfruta más con un monólogo bestia de Ricky Gervais que con chistes políticamente correctos.

R. Es cierto, y es peligroso. Tiene que ver con la pasión censora de la izquierda, esa vigilancia del discurso y la crueldad que despliega cuando alguien se pasa de la raya. Podríamos hablar de la cultura de la cancelación, si no fuera un concepto tan cargado. No tengo duda de que a veces incorpora un cierto elemento de matonismo, que tiende a orillar a cualquiera que se salga de la raya. No soy la única persona en la izquierda a la que eso le preocupa. Puede que a esos jóvenes la izquierda les resulte asfixiante, un lugar en el que un error puede hacer que tus amigos se vuelvan contra ti, y que crean que la derecha es ese ámbito en el que es posible estar en desacuerdo, aunque no sea verdad. En ambos lados del espejo hay control, pero creo que la derecha aprovecha mejor esa estrategia para sumar gente a su causa. Ojalá en la izquierda pensáramos más en cómo engordar nuestras filas en lugar de en cómo depurarlas. Ese es parte del problema de las universidades, donde se ha normalizado cancelar discursos de personas con las que no estás de acuerdo. El discurso sobre Palestina está ahora siendo severamente restringido. Y libramos esa batalla por la libertad de expresión con una mano atada, porque las mismas personas que dicen que no se censure ese discurso intentaron cancelar a [el pensador conservador canadiense] Jordan Peterson hace unos meses. Hoy basta que alguien que se considere una víctima se sienta mal para que algo ya no se pueda decir. Esa política de la diferencia está sirviendo para censurar cantos como “Desde el río hasta el mar” o la exhibición de banderas palestinas en los campus.

P. Visto en perspectiva, el principio de la pandemia fue una ilusión para quienes creían que íbamos a salir mejores de ella. Mientras, en el otro lado del espejo se iban cargando de odio por las mascarillas o las vacunas. Total: salimos peores.

R. Hubo algo de belleza, y al mismo tiempo destapó nuestras contradicciones: aplaudíamos a los sanitarios, pero acumulábamos papel higiénico. El problema con el capitalismo es que nos mantiene en un estado de pánico, escasez e inseguridad, y alienta nuestro egoísmo. Por eso creo en trabajar para cambiar ese sistema. No hay un futuro si mantenemos el statu quo; las cosas tendrán que cambiar, y están cambiando. A diferencia de mis libros anteriores, Doppelganger no tiene tan claro su enemigo; podría ser yo misma. Es un ensayo más íntimo. Es una amenaza tanto o más grave que la de cualquiera de mis otros libros o incluso que todos ellos juntos. Y es una historia de terror.

P. La pandemia fue el shock definitivo, y, al mismo tiempo, ese momento en el que la extrema derecha se apropió de sus teorías de La doctrina del shock para afirmar que, como en Chile en los 70 o tras el huracán Katrina, el poder se estaba aprovechando de nuestros miedos para introducir cambios de calado…

R. Fue como vivir una experiencia extracorpórea. Pero la doctrina del shock continúa. En la Argentina de Milei o tras los incendios de Maui de este verano, que se usaron para engordar el mercado inmobiliario. Y pasa ante nuestros ojos en Israel.

P. ¿Se está cometiendo un genocidio en Gaza, como defiende Sudáfrica ante el Tribunal Internacional de Justicia?

R. Me parece que manejan un caso muy robusto. El mayor argumento son esos funcionarios israelíes hablando públicamente de despoblar Gaza y de la necesidad de reasentar a cientos de miles, si no millones, de palestinos. Si eso no es una limpieza étnica, no sé lo que es. Lo que está haciendo Israel es el ejemplo más claro y violento de la doctrina del shock que quepa imaginar: tenemos a un gobierno de extrema derecha con planes explícitos y esperanzas de despoblar Cisjordania y específicamente Gaza, que siempre ha sido la mayor amenaza demográfica para la idea de una mayoría judía. Emplearon inmediatamente el 7 de octubre para impulsar sus sueños y ambiciones más radicales. Ojo, no estoy diciendo que fuera una conspiración, sino una oportunidad para un grupo de personas extremadamente oportunistas. Y sí, creo que toda esa operación se ajusta a la definición de genocidio.

P. En Doppelganger cuenta una vista suya a Gaza, en la que fue hostigada por el ejército israelí. ¿Le sorprendió el ataque del 7 de octubre?

R. Fue una sorpresa para todos, también para Netanyahu. Porque había estado allí y conozco la arquitectura [de la ocupación], entendí por qué hubo quien lo equiparó con la fuga de una prisión. Por supuesto, me horrorizó ver el alcance de la masacre de Hamás. Como alguien que ha sido parte de los movimientos de solidaridad palestina durante mucho tiempo, sé lo importante que es para Palestina que el derecho internacional signifique algo; de eso trata el caso de Sudáfrica. Esas convenciones son tan poderosas como la fuerza moral tras ellas. Por eso me preocupó también en esos días ver a algunas personas de izquierda hablar con indiferencia sobre las violaciones del derecho internacional [de Israel]. Escribí sobre eso, y me atacaron. No era la primera vez, pero sí la primera en que esos ataques provenían también de la izquierda.

P. ¿Está creciendo el antisemitismo en Norteamérica?

R. Crecen todos los discursos del odio. La derecha usa el verdadero antisemitismo como arma, para justificarse. Escucho a judíos mayores convencidos de que tienen a la turba a la puerta de casa. Creo que les meten ese miedo para que apoyen a Israel acríticamente.

P. Trump ha firmado una victoria aplastante en el inicio de las primarias. ¿Hay algo que pueda interponerse en su camino hacia la Casa Blanca?

R. Honestamente, solo una renuncia de Joe Biden. Ha enfurecido tanto a los votantes jóvenes al apoyar el genocidio de Israel en Gaza, que dudo de que pueda ganar. Por no hablar de los electores árabes en Estados clave como Míchigan y Pensilvania.

P. Al releer No logo, hay ideas que ahora suenan naíf. No tanto por culpa del libro como de la brutal evolución del turbocapitalismo. Escribió sobre el poder de las marcas, pero no vio que todos acabaríamos convertidos en una.

R. Era algo que les empezaba a pasar a los famosos. Entonces parecía ridículo pensar que todos podríamos cultivar nuestra marca. ¿Cómo? ¿Poniendo anuncios en el periódico? No existían Instagram o TikTok. Y míranos ahora: no conozco a nadie que no se sienta frustrado por lo que tiene que hacer para alimentar su imagen en la Red. Esto está teniendo un impacto profundo en nuestra comprensión de lo que es la vida o para qué sirven las amistades.

P. Lo que era imposible de prever es el auge de películas sobre marcas, de Air a Tetris, y que una de ellas, Barbie, se colocara en el centro de un debate cultural de aparente calado sobre feminismo.

R. Barbie es como un subidón de azúcar. A todos nos gusta mientras sucede. Pero luego te sientes mal, avergonzada, con una resaca Barbie. Todas esas películas que planea hacer Mattel… me recuerdan a la inteligencia artificial, otra expresión de nuestra era de doppelgangers: es una máquina de duplicación y mimetismo, que remezcla la cultura de una manera que puede parecer innovadora, pero no lo es.

Elpais.com

Mis prisiones y el futuro de Rusia

Por Yurii Colombo

Boris Kagarlitsky, sociólogo, politólogo y activista de izquierda ruso de renombre internacional, salió de prisión después de cuatro meses. Afortunadamente, sólo fue condenado a una multa por “respaldar el terrorismo”. Sin embargo, ya no puede enseñar ni ejercer actividades profesionales en Rusia.

La oposición respiró aliviada pues el disidente se enfrentaba hasta a seis años de prisión a pesar de tener 65 años. Si bien no podemos entrar en detalles sobre el caso, hablamos con Boris sobre su experiencia en prisión y su opinión sobre el estado general del país.

Se trata de la primera entrevista de Boris dese su salida de la prisión de Siktyvkar (República de Komis), situada a 1.300 km de Moscú, y estamos contentos de poderla publicar en Naufraghi/e, que ya le había entrevistado el año pasado. En italiano está publicado su libro  L’impero della periferia. Storia critica della Russia dalle origini a Putin y en la próxima primavera se publicará su nuevo libro, La lunga ritirata una amplia reflexión sobre la derrota de la izquierda europea y sus perspectivas.

Resumamos, para las y los lectores que no pudieron seguir tu historia de cerca, los motivos que llevaron a tu detención.

Oficialmente fui acusado de haber “aprobado el terrorismo”. Como prueba de mi presunto delito utilizaron un fragmento de un vídeo en el que comentaba el ataque ucraniano al puente de Crimea en octubre de 2022. El título del vídeo era «El saludo explosivo del gato del puente». Me refería a un gato que vive en este puente y del que todos los blogueros hablaron cuando Putin llegó a Crimea el día antes de la explosión. Fue sólo una broma sarcástica, nada más. Ante esto, incluso el juez tuvo que reconocer que no había ninguna aprobación del terrorismo por mi parte, aunque obviamente no podía absolverme. De hecho, los motivos de mi arresto fueron diferentes a los declarados oficialmente. En efecto, a mediados del año pasado se puso en marcha una campaña para cerrar la boca a todas las personas más o menos conocidas que criticaban al gobierno, ya fueran de izquierdas o de derechas. No sólo fui arrestado yo, sino también una figura reaccionaria como Igor Strelkov, por ejemplo.

De todos modos, terminaste pasando cuatro meses y medio en prisión

Sí, pero no era la primera vez. Fui encarcelado durante la era soviética, bajo Brezhnev, cuando formé “clubes socialistas”, luego en 1993 y nuevamente en 2001. Debo decir que algo ha cambiado para mejor desde entonces….

Cuéntanos cómo son las prisiones rusas. En Occidente tenemos la idea de que pueden parecerse a algo lúgubre, a medio camino entre las celdas del imperio zarista y los barracones de los gulags

Hay que decir de entrada que en Rusia existen diferentes formas de detención, más o menos duras. Afortunadamente me encontré en una de las celdas mejor equipadas. Éramos cuatro y al que, por así decirlo, le iba mejor era a un detenido que llevaba más de seis años en espera de juicio. Ya estaba muy bien organizado y tenía su propio televisor y frigorífico, que obviamente había comprado de su propio bolsillo. Era muy respetado en la prisión. Así, por ejemplo, los guardias no podían meter en su celda a un preso que no fuera de su agrado. Pero es, recordemos, una prisión para presos en espera de juicio. Luego están los campos de detención, es decir los lugares donde cumples tu condena si eres declarado culpable, que son mucho peores. Se trata a menudo de establecimientos aislados en el bosque y en los que existe la obligación de trabajar. Pero siempre hay subterfugios: a un preso que estuvo allí conmigo aunque ya había sido condenado se le permitió quedarse como cocinero. Esto era una ventaja porque, como conocido, siempre te garantizaba una ración mayor. También se podía comprar comida en el economato (que de todos modos era muy cara) y pedir pizzas fuera, pero llegaban al día siguiente, frías, por supuesto.

¿Cómo era tu relación con los otros prisioneros? En Rusia estamos acostumbrados a que todo el mundo tenga miedo de hablar de temas “prohibidos” como la guerra o la corrupción del poder

En prisión nadie tiene miedo de hablar. Después de todo, ¿a qué más te podrían condenar? Desde este punto de vista, es paradójicamente un oasis de libertad. En general, los presos tienen una actitud muy crítica ante lo que sucede en el país. No he conocido a nadie que estuviera entusiasmado con la guerra en Ucrania. Pero hay que hacer una observación: la persona que se declara contra la guerra puede, al mismo tiempo, estar dispuesta a ir a luchar porque eso le permite salir de la cárcel. Especialmente los presos que deben cumplir una pena de más de cinco años intentan aprovechar esta posibilidad. Si la sentencia es más corta, prefieren quedarse en prisión y no arriesgar su pellejo. También conocí a un prisionero que había ido a Ucrania como voluntario y fue arrestado nuevamente a su regreso. Sin embargo, él también estaba en contra de la guerra.

En Rusia, ¿están separados los presos de derecho común de los presos políticos?

En la época soviética existía esta separación, hoy ya no es así. Hoy la división en las prisiones rusas es diferente. Se separa a los que crean problemas de los que no, a los que son de “baja calidad” de los que son de “alta calidad”. Violadores, narcotraficantes, etc. obviamente se consideran de “baja calidad” y ciertamente no llevan una buena vida tras las rejas. Dos de las personas que estaban conmigo en la celda fueron acusadas de asesinato, pero provenían de «capas sociales respetables», eran antiguos empresarios y, por lo tanto, todavía se les consideraba de «alta calidad».

¿En cuanto a las relaciones con el mundo exterior, por ejemplo la correspondencia?

Yo recibía correspondencia. Por supuesto, pasaba por la censura. Se bloquearon dos cartas porque me informaban que había un rumor sobre la muerte de Putin. También podía escribir. Podía escribir cuatro artículos, que obviamente no tenían nada que ver con “temas candentes”. Alguien empezó a animarme a escribir “diarios de prisión”, pero ¡me negué y respondí que no tenía intención de permanecer en prisión mucho tiempo como Gramsci!.

¿Es posible recibir libros en prisión?

Para los libros, la cosa está complicada. Está la biblioteca interna, pero sólo contiene literatura, no obras documentales. Incluso desde fuera sólo podemos recibir literatura. Otro problema es que no existe un catálogo de la biblioteca de la prisión. Entonces tienes que solicitar un título al azar y después de un tiempo el bibliotecario te dice si el título está disponible o no. Solía preguntar a mis compañeros de celda qué habían leído, lo que me daba una idea de qué pedir. Leemos mucho en prisión para pasar el tiempo. Ninguna obra de no ficción, peor que en Italia durante el fascismo. El primer mes y medio la bibliotecaria estuvo enferma y no pude pedir nada. Luego me apañé.

Como sociólogo, ¿qué has aprendido sobre la composición social de los presos? ¿Son estos principalmente proletarios o subproletarios?

Sí, muchos proletarios, pero también muchos funcionarios en prisión por corrupción. También estaba el ex teniente de alcalde de un pequeño pueblo. Estuvo en prisión por asesinato. Había matado a alguien sin querer durante una pelea de borrachos que siguió a una fiesta en la ciudad. También se encontraban varios empresarios vinculados a organizaciones criminales. Por supuesto, muchos trabajadores, parados, jóvenes. Un caleidoscopio de toda la sociedad rusa. Muchos delitos están relacionados con los ingresos. A ingresos inexistentes o insuficientes para vivir.

Al vivir en Moscú, casi se tiene la impresión de que en Rusia no existe la delincuencia y de que el régimen se esfuerza por dar una imagen de tranquilidad y seguridad. Incluso los periódicos “principales” no informan sobre casos de delitos.

Ese no es realmente el caso. Todas las noches se emite por televisión el programa «Dejurnaja Cast» (Estación de servicio), muy seguido por los reclusos, en el que se habla de criminalidad. Luego hay un programa policial diario de una hora de duración en la televisión local en el que muchos reclusos reconocen a amigos y familiares involucrados en algún mal asunto…

¿Qué pasa con los inmigrantes?

Por supuesto, hay muchos inmigrantes en prisión. La mayoría son uzbekos, y mucho menos kazajos. Representan aproximadamente entre el 15 y el 20% de la población penitenciaria. Luego están los elementos de la diáspora postsoviética, principalmente de origen azerí.

¿Esta condición, digamos “extrema”, te ha llevado a reflexionar sobre la sociedad rusa en general? 

En prisión tienes la oportunidad de conocer gente que normalmente no conocerías. En mi opinión, a muchas personas encarceladas no se les puede llamar criminales. No tienen esta “tendencia intrínseca” hacia la criminalidad. Se trata en su mayoría de personas que cruzan los límites de la legalidad con relativa facilidad. Personas para las que las pequeñas infracciones a la ley son habituales y que tarde o temprano acaban arrestadas. Por ejemplo, hubo un joven que se peleó con sus vecinos porque ponían música muy alta. No era un criminal, sino una persona a la que le resultaba fácil resolver sus diferencias de esta manera. Para estas personas, cruzar ciertos límites no es tan grave.

Te conozco como una persona optimista, tanto a nivel individual como político. Después de esta experiencia, ¿todavía lo sigues siendo?

Sí, soy optimista por naturaleza. Estaba convencido de que no permanecería mucho tiempo en prisión y así fue. Tengo motivos para ser optimista. Si crees que te sucederán cosas buenas, aumentan las posibilidades de que realmente sucedan.

¿Sabes que alguien incluso bromeó sobre tu encarcelamiento en las redes sociales: “El poder no sabe lo que significa arrestar a Kagarlitsky”? ¡Durante la URSS Brezhnev murió casi inmediatamente después de que te detuvieran!

…¡e pensad que después de mi último arresto comenzó a correr el rumor de que Putin estaba muerto y que el que vimos en la televisión era solo un doble!

Incluso Gorbachov, antes de morir, tituló su autobiografía “Sigo siendo optimista”.

Sinceramente, historias como la mía no suelen acabar bien. Me ayudó mucho el hecho de ser profesor universitario, politólogo y sociólogo, conocido en el extranjero. Y eso no es todo, me ayudó la campaña de opinión pública a mi favor. Incluso algunas personalidades del poder pensaron que era mejor dejarme ir, que mi caso les estaba perjudicando más que beneficiándolos. Pero si a un activista provincial de izquierdas o de derechos civiles le hubiera pasado lo mismo, nadie le habría ayudado. Por ejemplo, había un activista en prisión que había criticado al gobierno en su blog y que cumplía una condena de cinco años y medio de prisión por el mismo delito.

En mi caso la cosa fue bien y estoy feliz, pero la injusticia sigue siendo evidente. Desde un punto de vista político, puedo decir lo siguiente: en las elecciones presidenciales de marzo, Putin seguramente será reelegido, pero el simple hecho de que una parte de la opinión pública piense que está muerto y que está siendo sustituido por un doble dice mucho sobre la credibilidad de estas elecciones. La gente cree en el sistema mucho menos que hace seis años. Por primera vez la gente piensa en el fondo que estas elecciones no son legítimas. La situación también es diferente para la nomenklatura burocrática. La burocracia está cansada de tener que resolver los problemas que crea constantemente el Kremlin. Por ejemplo, mucha gente piensa que estas elecciones son inútiles cuando tienen otros problemas que afrontar. En las provincias, este malestar es aún más evidente que en Moscú. Se trata de un fenómeno nuevo.

Rusia está al borde de una crisis en la que el mayor peligro no proviene del pueblo sino de la burocracia. Esta última tiende cada vez más a sabotear los proyectos gubernamentales, a frenarlos. Más adelante el pueblo también se movilizará, pero por ahora el principal factor desestabilizador es la burocracia. El poder es incapaz de resolver los problemas. Continúa por el camino de la represión y la propaganda y acumula problemas. Como dice un proverbio ruso: “para curar a los enfermos, rompen el termómetro”. Piensan que si no los abordan, los problemas se resolverán solos. La oposición no puede conocer el nivel de los problemas acumulados, pero lo más interesante es que el gobierno tampoco lo conoce. Nadie sabe cuándo y cómo esto se convertirá en protesta social. Pero lo cierto es que, por diferentes razones, todas las clases en Rusia hoy están descontentas e indecisas.

Yurii Colombo

https://naufraghi.ch/le-mie-prigioni-e-il-futuro-della-russia/

Traducción al francés (CS revisada en profundidad) de la entrevista con B. Kagarlitsky en italiano http://www.europesolidaire.org/spip.php?article69293

https://entreleslignesentrelesmots.wordpress.com/2024/01/13/mes-prisons-et-le-futur-de-la-russie/

Traducción: Faustino Eguberri para viento sur

Raúl Zibechi: “Cuando tomamos conciencia de que la vida corre peligro no podemos seguir como si nada hubiera cambiado”

Para el pensador uruguayo, en este mundo inestable de disputas individualistas cada vez más feroces, la guerra puede volverse cada vez más común en todo el mundo.

Por João Vitor Santos / Instituto Humanitas Unisinos do Brasil

Traducción: Decio Machado

Es como si el mal existiera y, fecundado por otras cuestiones y especialmente por el capitalismo, provocara fisuras, las crisis de nuestro tiempo. Para el pensador uruguayo Raúl Zibechi, lo que se ve en estas huellas es un oscuro horizonte de guerras. “Debemos ser conscientes de la proliferación de guerras, incluso en América Latina”, señala en entrevista por correo electrónico con el Instituto Humanitas Unisinos – IHU. Y continúa: “las guerras entre naciones pueden convertirse en una realidad, como en el caso de Venezuela y Guyana por culpa del Esequibo. Pero también hay guerras no declaradas bajo la excusa del narcotráfico o la inseguridad, algo que se está extendiendo por todo el continente”.

Preguntado sobre cómo entiende el mal en nuestros tiempos de crisis, Zibechi habla de la ausencia de espiritualidad como “el triunfo del individualismo y el consumismo, es considerar a la naturaleza como un insumo y a los demás seres humanos como medios u obstáculos para la realización personal”. Es la base del patriarcado y del colonialismo y, por tanto, del capitalismo”. Esto se ha vuelto cada vez más claro para él después del tiempo que vivió entre los indígenas aquí en Brasil. “El mal es la destrucción y la cosificación de la vida, la conversión de la vida en un medio de acumulación de riqueza. El mal es la ausencia de comunidad, que es la que protege lo común”, añade.

En la entrevista destaca algunos puntos sobre la situación latinoamericana, detallando también situaciones específicas en países como Argentina y Ecuador, que esta semana viven otra ola de violencia. Respecto a Ecuador, el entrevistado es enfático: “el tema central ya no es el neoliberalismo y pasa a ser la seguridad. Ahí es donde estamos hoy. El narcotráfico es la excusa perfecta para militarizar y prevenir nuevas revueltas”.

Respecto a Brasil, además de situar al país en el contexto latinoamericano, Zibechi revela cierta decepción. “Desafortunadamente, Lula practica un progresismo de baja intensidad, sin promover cambios fundamentales, mucho menos audaces que sus dos gobiernos anteriores. Es cierto que tiene serias limitaciones debido a los aliados que eligió y al clima social e institucional imperante, pero es tan moderado, tan posibilista, que ya no despierta entusiasmo”, revela.

El pensador uruguayo participará del Ciclo de Estudios América Latina en tiempos de oscuridad. Incertidumbres y posibles rutas, realizadas por el IHU desde el 27 de marzo hasta al menos el 22 de mayo. Su conferencia, titulada Descolonización del pensamiento crítico. Crisis política y prácticas emancipadoras en América Latina, será el 4 de abril, a partir de las 10 am. Obtenga más información en la página de eventos del sitio web de IHU.

Raúl Zibechi es periodista, escritor y activista, centrando sus áreas de estudio y reflexión en los movimientos sociales en América Latina. Ha publicado varios libros, entre los que destacamos: Dispersar el Poder: los movimientos como poderes antiestatales (Tinta Limón, 2006), Territorios en resistencia: cartografía política de las periferias latinoamericanas (Lavaca, 2008), Brasil Potencia (Consequência, 2012), Los flujos desde abajo: 1968 en América Latina (Desdeabajo, 2018) y Otros mundos y pueblos en movimiento: debates sobre anticolonialismo y transición en América Latina (Desdeabajo, 2022). De los títulos más recientes en portugués destacamos: Territorios en rebelión (Elefante, 2022).

Lee la entrevista.

¿Cómo describe la actual situación política, económica y social en América Latina?

Desde el fin del ciclo progresista, que se puede fechar en junio de 2013 en Brasil, y próximamente en otros países, ningún gobierno logró hegemonía para su proyecto. Ni progresistas ni conservadores. Entonces, vemos una oscilación, un péndulo a derecha e izquierda sin que nadie logre una gobernabilidad estable. Esto se debe en gran medida a que bajo gobiernos progresistas los sectores populares ganaron dignidad y autoestima, no siempre “gracias” a los gobiernos, sino siguiendo sus propios caminos y procesos.

La derecha y las clases dominantes se radicalizaron al sentir que sus privilegios simbólicos y espacios casi exclusivos estaban “ocupados” por la población negra, indígena y popular. En rigor, no es una polarización de la dirección del partido, sino de la base social (ciudades y clases medias altas) lo que se refleja en los líderes políticos. La polarización social es lo que da forma y da forma a la polarización política.

En cuanto a la economía, lo que vemos en todo el mundo es una aceleración y profundización de la acumulación por desposesión (David Harvey), que también fue denominada por los zapatistas como la “cuarta guerra mundial” contra el pueblo. Nada de lo que sucede en el mundo puede entenderse fuera del modelo de despojo, porque se acelera como consecuencia de la tremenda disputa hegemónica entre la potencia declinante, Estados Unidos, y la ascendente, China.

Las guerras en Ucrania y Siria, así como la guerra contra el pueblo palestino por parte de Israel, responden a esta transición geopolítica que sólo puede desembocar en guerras locales, primero, y guerras globales, después, con un gran riesgo de uso de armas atómicas.

¿Cómo entender lo que está pasando en Ecuador en estos primeros días de enero?

Creo que hay que hacer una secuencia cronológica. En 2019, el movimiento indígena y popular derrotó el paquete de medidas de ajuste del gobierno de Lenín Moreno. Luego de 13 días de combates en el centro histórico de Quito, la policía fue completamente derrotada, el pueblo organizado arrestó a más de 200 policías que los entregaron a la Cruz Roja y el gobierno tuvo que huir a Guayaquil. Algo totalmente inaceptable para un Estado.

Posteriormente, el Estado se sumó a la propuesta yanqui de guerra contra las drogas. A partir de entonces el narcotráfico se disparó, tanto en las cárceles con masacres con cientos de muertos como en las calles. Por tanto, el tema central dejó de ser el neoliberalismo y pasó a ser la seguridad. Ahí es donde estamos hoy. El narcotráfico es la excusa perfecta para militarizar e impedir nuevas revueltas. Creo que no hay diferencia entre el narcotráfico y el Estado, porque éste controla la justicia, la policía, los alcaldes y las provincias.

También creo que la política antidrogas de Estados Unidos no pretende eliminar el narcotráfico, sino controlarlo, por un lado, y utilizar grupos ilegales contra los movimientos y la población en general.

¿Qué se necesita en esencia para entender la elección de Javier Milei?

La sociedad argentina está destruida, el vínculo social se ha roto tan gravemente que cuesta imaginar cómo repararlo. Estamos ante una grave división entre las clases medias/altas y los sectores populares, entre jóvenes y ancianos, entre mujeres y hombres. La contradicción es muy grave entre los jóvenes. La fuerte base social de Milei son los jóvenes antifeministas. En sus eventos casi no hay mujeres y predominan chicos de entre 15 y 25 años que no tienen futuro en la sociedad actual. En este sentido, es similar a lo que ocurrió en Brasil con el ascenso de Bolsonaro.

Además, después de cuatro gobiernos progresistas, hay un 45% de la población en situación de pobreza y un 140% de inflación, lo que hizo muy difícil la elección de [Alberto] Massa, que fue el último ministro de Economía de Alberto Fernández. Ambos hechos, una sociedad destruida y desmoralizada y una inflación galopante con una economía en crisis permanente, llevaron a gran parte de los sectores populares a apoyar a un candidato que no hará más que empeorar su situación.

A todo esto hay que sumarle la corrupción y las políticas sociales. Estos no lograron sacar a millones de argentinos de la pobreza, pero tuvieron dos tremendos efectos negativos: transformaron los poderosos movimientos populares que derrocaron a De la Rúa en 2001, como los piqueteros, en clientela de gobernadores, alcaldes y “ponteiros”, que Son quienes deciden en cada territorio es quien recibe los planes y compensaciones que deben ofrecer, como asistir a mítines, manifestaciones y convertirse en votante de los partidos a los que pertenece.

En segundo lugar, las políticas sociales aplicadas a lo largo de dos décadas o más han tenido un efecto desmoralizador y a veces humillante en quienes se encuentran en el lado receptor, de modo que se ha acumulado mucha ira entre quienes están en la base. Hasta el punto que se sienten identificados con el discurso de Milei, con sus amenazas, su desprecio a los políticos y toda esa gritería infernal.

Por supuesto, la derecha hizo su juego apoyando a Milei, al igual que gran parte de la prensa, pero creo que el punto central es el fracaso del kirchnerismo y del progresismo.

El extractivismo como cultura

Milei representa lo que yo llamo “extractivismo como cultura”, la forma de vida y consumo propia del modelo extractivo que no es sólo económico, sino que abarca a toda la sociedad. Por ejemplo, sueños de éxito individual, de progresar a pesar del aplastamiento de amigos y familiares.

Cuando se les pregunta sobre sus deseos, los jóvenes responden que quieren ser influencers y un número importante de hombres quiere ser narcotraficantes. Milei los bendice haciendo de la motosierra un símbolo de su política, que no se trata sólo de derribar al Estado, sino también de un medio para triunfar en la jungla social.

¿Cómo analiza estos primeros momentos del gobierno de Milei y las reacciones a sus medidas?

Aún es pronto para saber qué podría pasar. Lo que es destacable es que los sindicatos y la izquierda se están movilizando con bastante éxito, ya que las primeras medidas anunciadas son tremendamente perjudiciales para la población. No me queda claro si las protestas aumentarán y dependerá en gran medida de lo que suceda con la inflación. Si llegamos a una hiperinflación de tres o cuatro dígitos, podría haber un estallido. Pero si logra reducirlo, entonces Milei podrá estabilizar su gobierno.

Lo que me sorprende es la velocidad con la que inició el enfrentamiento con algunos polos de poder, como el diario Clarín y los sectores agroexportadores. Pero, insisto, habrá que esperar un tiempo para saber dónde estamos.

Por otro lado, las recientes decisiones del sistema de justicia de poner límites a sus reformas pueden limitar su gobierno, pero son modificables y no creo que el sistema de justicia pueda ser un freno a los errores de Milei.

¿Cómo debería impactar esta elección en Argentina en otros países latinoamericanos? ¿Y cómo se ve Brasil en este escenario?

Puede contribuir al fortalecimiento de la derecha chilena y brasileña. El primero tiene grandes posibilidades ya que Gabriel Boric tiene poco más del 30% de aprobación y 2/3 tercios de rechazo. En Brasil el bolsonarismo no fue derrotado como proyecto social y político, y en otros países de la región la derecha se esconde, como en Colombia, con grandes posibilidades de regresar al gobierno. En unos años podríamos tener un subcontinente teñido por la extrema derecha.

Bolivia

La situación más dramática es la de Bolivia, debido a la división del MAS provocada por el ataque de Evo Morales al gobierno de Luis Arce, que podría llevar a la derrota de ambos. La decisión judicial de bloquear la nueva candidatura de Morales lo beneficia, porque su papel ideal es el de víctima, cuando en realidad jugó un papel en la destrucción de los movimientos sociales y la división de su partido. Esto no es por razones ideológicas, sino por ambición de poder y de volver al gobierno.

Aquí encontramos el drama de que los líderes progresistas no crearon las condiciones para el surgimiento de nuevos liderazgos colectivos, insistiendo en la profundización del caudillismo, que es una forma colonial y patriarcal de gobernar.

BRICS

Sin embargo, la negativa de Milei a unirse a los BRICS es un punto a favor de EEUU, lo que puede estar creando un importante aislamiento para Brasil en la región. Bolsonaro estaba en contra de China, pero nunca propuso abandonar los BRICS. Ahora que las condiciones globales han cambiado, la ofensiva de Occidente contra China es muy poderosa y Milei puede ser un punto de apoyo en este sentido, aunque también necesitaba moderar su impulso antichino y antiLula. Si Milei se dolariza, sería un grave problema para Brasil y para los sectores populares de Argentina, porque estos procesos son difíciles de revertir.

Aquí en Brasil, el gobierno celebra el fortalecimiento y la resiliencia de la democracia el 8 de enero, un año después del vandalismo contra edificios públicos en Brasilia. La idea es mostrar que, a partir de las reacciones del 01/08/2023, la democracia resiste. Teniendo en cuenta el año pasado y la situación actual, ¿podemos ser tan optimistas?

La verdad es que no hay mucho lugar para el optimismo. La democracia es limitada en todo el mundo y, por supuesto, en nuestra región. Los crímenes del gobierno de Dina Boluarte siguen impunes. La militarización del Muro Mapu por parte de Boric es impresionante. La situación de seguridad en Ecuador, como en otros países, es la excusa para la militarización, lo que lógicamente representa un límite al ejercicio de los derechos democráticos.

Con Decio Machado publiqué el libro “Estados para el expolio: del Estado de bienestar al Estado extractivo neoliberal”, publicado recientemente por Consequência, donde analizamos la transformación de los antiguos Estados-nación en instrumentos de acumulación a través del expolio. Este es el verdadero telón de fondo de la crisis de las democracias, digamos que es la razón estructural de la conversión de las democracias en sistemas electorales para legitimar el modelo.

Para Brasil, la cuestión central es el protectorado militar de la Amazonía, porque es allí donde está el eje de la expropiación. Esto viene de lejos, de la dictadura militar, pero lo que llama la atención es cómo los gobiernos de Lula bendicen el papel de las Fuerzas Armadas en la región con mayor biodiversidad del mundo. Está muy claro que los militares no dejarán de controlar la Amazonía, porque para ellos es un punto crucial que también justifica su papel ante las clases dominantes que son quienes realmente se benefician de los bienes comunes que encierra el bosque.

La izquierda brasileña, si todavía podemos usar este concepto, no propone nada diferente en relación a las Fuerzas Armadas, pero tampoco hace nada diferente de lo que el gran capital quiere en relación a la Amazonía, es decir, insertarla en las cadenas globales. .La izquierda se limita a judicializar a Bolsonaro, dejando de lado la disputa territorial, material y simbólica con la extrema derecha y sus aliados, desde los pentecostales hasta las milicias y el narcotráfico. Evitar el conflicto es uno de los mayores pecados de esta izquierda institucional, porque sin conflicto no podremos convertir la crisis civilizatoria en una oportunidad para transformar el mundo hacia la fraternidad y la libertad.

¿Qué señales le envía este tercer gobierno de Lula?

Lamentablemente, Lula practica un progresismo de baja intensidad, sin promover cambios fundamentales, mucho menos audaces que sus dos gobiernos anteriores. Es cierto que tiene serias limitaciones debido a los aliados que ha elegido y al clima social e institucional imperante, pero es tan moderado, tan posibilista, que ya no despierta entusiasmo.

Creo que con su actual política de compromisos y acuerdos con los partidos de centro y derecha, Lula está enviando señales de que la relación de fuerzas impide audacias y cambios, aunque sean pequeños. De hecho, está reforzando una vez más el extractivismo, pero ahora con mayor intensidad, enviando el mensaje de que no se puede hacer nada contra unas fuerzas armadas que sabe que son bolsonaristas y un capital cada vez más intransigente.

En un año en el que hay al menos dos grandes guerras, una en Gaza y otra en Ucrania, una crisis medioambiental que avanza sobre la humanidad, que, a su vez, se enfrenta a una desfragmentación política, cultural, social y económica, ¿qué horizonte se plantea? ver para 2024?

Sin duda, un horizonte de guerras entre estados con arsenales atómicos y guerras asimétricas contra los pueblos. Estamos ante el peor escenario desde el triunfo del nazismo hace casi un siglo. El año 2023 ya ha sido terrible con dos guerras declaradas (Ucrania y Gaza) y varias guerras no declaradas, especialmente en África. En 2024, veo una aceleración y multiplicación de las guerras. Occidente no permitirá que Rusia gane en Ucrania, ni tiene la más mínima intención de impedir la continuación del genocidio palestino.

Como las clases dominantes de Occidente, especialmente Estados Unidos, han decidido frenar la transición a un mundo multipolar mediante la violencia, no hay forma de evitar las guerras. En la historia, fueron las guerras las que delinearon las transiciones. Sin las dos guerras mundiales, Estados Unidos no se habría vuelto hegemónico, y sin las guerras de independencia en América Latina no se habría producido la decadencia de España y Portugal y el ascenso de Inglaterra.

Marx y Engels fueron muy claros sobre el papel de la violencia y la guerra en la historia, incluso como potencia económica. Es de destacar que el salario comenzó en los ejércitos. Pero hoy, la izquierda y los movimientos no tienen otra política respecto a la guerra que el apoyo a las fuerzas armadas de los Estados-nación, lo que limita seriamente su potencial transformador.

Creo que en 2024 podríamos presenciar nuevas guerras, ciertamente en Oriente Medio, pero también en otras regiones del mundo. Creo que la guerra será cada vez más parte del día a día de las personas, con lo que asistiremos a una notable expansión de los feminicidios, la violencia contra las mujeres, los niños, contra las personas más vulnerables y con el riesgo de exterminio de los pueblos originarios.

¿Qué conexión podemos hacer entre la lógica del genocidio y la existencia del capitalismo?

Como señala una entrevista reciente con el sociólogo venezolano Emiliano Terán Mantovani, “es contra la gente común y corriente a quien se le declara la guerra”. Esto es para la vida misma. Ésta es la barbarie del capitalismo actual, que a través de las tecnologías que ha desarrollado es capaz de “explotar la vida”, lo común, todo lo que nos hace humanos, además de seguir explotando a las personas.

Estamos, por tanto, ante un capitalismo genocida, pero también ecocida, y comprenderlo en todas sus dimensiones nos llevaría a otro lugar, a reconocer que las viejas formas de hacer política han caducado, que ya no basta con ganar elecciones o hacer una revolución, porque las cosas van en dirección contraria. La manifestación, la marcha, toda acción política pública para concienciar a la población y presionar a los políticos ya no tienen la importancia que antes tenían. Esto no significa que tengamos que renunciar a estas manifestaciones.

La mutación del capitalismo nos obliga a repensarnos colectivamente. Creo que esta es una de las razones por las que el zapatismo puso en el centro la cuestión de lo común, disolviendo los municipios autónomos y las juntas de buen gobierno para dar paso a otros caminos, para sembrar como semillas, como dicen. Allí definen una política de largo plazo, hablan de 120 años y siete generaciones, porque estos tiempos son los que necesita la vida para seguir siendo. Cuando tomamos conciencia de que la vida está en peligro no podemos seguir como si nada hubiera cambiado.

¿Cómo conceptualizas el mal y cómo se revela en la política de nuestro tiempo?

El año pasado tuve la oportunidad de estar en una comunidad guaraní mbya en la Tierra Indígena Tenondé Porá, en el sur del estado de São Paulo, en la Mata Atlántica. Allí pude comprender la importancia de la espiritualidad para la existencia misma de las comunidades y los pueblos. Su espiritualidad no tiene nada que ver con el misticismo que hacemos en los movimientos: una práctica de 20 minutos para facilitar los debates que son el tema central.

Entre los guaraníes Mbya, y supongo que entre muchas personas, la espiritualidad es el centro de sus vidas, por eso pasan horas y horas en casas de oración bailando, cantando, atendiendo el fuego… No es algo instrumental, sino el centro. de sus vidas, aquello que les permite existir como personas y como comunidades. Por eso los terratenientes queman casas de oración cuando quieren destruir comunidades, porque son el corazón de la vida.

Entonces, creo que el mal es la ausencia de espiritualidad, es el triunfo del individualismo y del consumismo, es considerar a la naturaleza como un insumo y a los demás seres humanos como medios u obstáculos para la realización personal. Es la base del patriarcado y del colonialismo y, por tanto, del capitalismo. Por eso, entre otras razones, la opresión no se puede eliminar desde arriba, a través de leyes o decretos estatales, sino en la cotidianidad colectiva, de abajo hacia arriba y desde la fraternidad, el hermanamiento.

Eric Hobsbawm decía que no había nada más ritual que el antiguo movimiento obrero de los artesanos y la industria, con sus reuniones y prácticas profundamente espirituales, algo que también comparten los análisis de E. P. Thompson. Su maravilloso libro “Formación de la clase trabajadora inglesa” (Peace and Land, 2008) comienza con una reunión de trabajadores en un pub de Londres compartiendo queso y cerveza (si mal no recuerdo), de una manera muy ceremonial, porque insistía en que la clase no es una cosa, sino una relación, moldeada por la vida en común.

Bueno, todo esto para decir que el mal es la destrucción y cosificación de la vida, la conversión de la vida en un medio de acumulación de riqueza. El mal es la ausencia de comunidad, que es la que protege lo común.

Usted habló de los BRICS. Me gustaría volver a este punto: en este momento cada vez menos sólido, ¿cómo analiza la entrada de Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos en los BRICS y los movimientos de China? ¿Estamos viviendo una occidentalización del Este o un gran ataque del Este contra Occidente?

La expansión de los BRICS es un claro movimiento geopolítico impulsado principalmente por China y Rusia. Tenga en cuenta que los cinco nuevos países BRICS (Arabia Saudita, Emiratos, Egipto, Irán y Etiopía) están todos relacionados con Oriente Medio. Lo que indica que esta región será, y lo es desde el 7 de octubre, la clave de la transición hacia un mundo multipolar. Por eso Estados Unidos traslada nada menos que dos portaaviones y decenas de barcos a esa región. Por eso hay tantas bases militares en esta parte del mundo, que violan las normas internacionales, ya que no tienen nada que ver con Siria o Irak.

Desde el punto de vista de los grupos sociales, diría que son cinco países donde el autoritarismo estatal persigue cruelmente a los movimientos o simplemente no les permite expresarse. En realidad, entre los diez países BRICS, sólo en Brasil y Sudáfrica la gente puede movilizarse, incluso con las limitaciones que conocemos. Esto nos dice que los BRICS pueden ser una alternativa a la dominación yanqui, pero de ninguna manera representan un paso adelante para liberar a la humanidad de sus cadenas.

Me entristece cuando la gente de izquierda dice que China es la alternativa a Estados Unidos, que existe el socialismo y cosas así, porque confunden geopolítica con lucha social, o eligen la primera sobre la segunda.

¿A qué debemos prestar atención este año que recién comienza?

Debemos ser conscientes de la proliferación de guerras, incluso en América Latina. Las guerras entre naciones pueden convertirse en realidad, como en el caso de Venezuela y Guyana por el Esequibo. Pero también hay guerras no declaradas bajo la excusa del narcotráfico o la inseguridad, algo que se está extendiendo por todo el continente en una escalada que recuerda a lo ocurrido en Colombia en los años 80.

Hay algunos hechos que me sorprenden y no quiero caer en una posición de “conspiración”. En 2019, el movimiento indígena ecuatoriano derrotó en las calles al gobierno de Lenín Moreno y lo obligó a revertir su paquete de medidas de ajuste. En los años siguientes “aparecieron” grupos de narcotraficantes, extendiendo una impresionante ola de violencia por todos los rincones del país. A partir de entonces, las revueltas que marcaron la historia reciente serán mucho más complejas y quizás imposibles. Moreno se unió a la guerra de Estados Unidos contra las drogas.

Algo similar ocurrió en México. Cuando el escenario indicaba que podía ocurrir un gran levantamiento popular, en 2006 se declaró la guerra contra el narcotráfico, lo que aumentó exponencialmente la violencia, afectando particularmente a los movimientos sociales y a los pueblos indígenas. Mucho antes, en Colombia, la guerra contra las drogas fue una excusa para crear grupos paramilitares y detener movimientos. En Río de Janeiro, ya saben, el verdadero Estado son las milicias, como señala José Claudio Alves.

Por eso debemos estar atentos a esta transformación del poder del capital y adaptarnos a los cambios que se están produciendo.

¿Quieres agregar algo?

Creo que los movimientos que no tienen respuesta a una política de guerra pueden colapsar como fuerzas emancipadoras. Si la guerra es la política de la vida cotidiana, habrá que hacer algo al respecto para que no nos dobleguemos ante Estados como la izquierda europea que se ha asociado con Estados Unidos y la OTAN, o como los movimientos del viejo mundo que se limitan a declaraciones pacifistas sin hacer nada más.

Hasta ahora, la izquierda ha mantenido dos posiciones: el apoyo irrestricto a sus estados y sus fuerzas armadas y, por otro lado, la estrategia leninista de convertir la guerra imperialista en una guerra de clases. Otros sectores apoyan el pacifismo, que es éticamente positivo pero no parece capaz de influir en los acontecimientos. Pero ahora tenemos la posición zapatista y la de muchos pueblos indígenas que me parece muy pertinente: la autodefensa comunitaria.

Entre los pueblos indígenas es común encontrar guardias de autodefensa armadas simbólicamente con estados mayores, como la Guardia Indígena Nasa en Colombia o las patrullas campesinas en Perú; otros con armas de fuego, como la Policía Comunitaria de Guerrero; y finalmente, otros casos, como el caso zapatista, en los que están armados pero no hacen la guerra y la utilizan como elemento disuasorio. La autodefensa se ha convertido en el sentido común de los pueblos indígenas y cada vez más de los pueblos negros, los campesinos y todas las poblaciones que resisten el extractivismo y el capitalismo.

 

Democracia y «acumulación por desposesión»

Por Macarena Marey

En contextos capitalistas, las democracias siempre verán sus conquistas de igualdad y libertad limitadas por los embates de la desposesión privatizadora

Colegas de la teoría política, la sociología, el análisis del discurso y la historia argentina reciente han estado poniendo el foco en analizar el voto (los votos) a Javier Milei. ¿Se trata de un voto ideológico de un pueblo con una ciudadanía abiertamente antidemocrática y pro-dictadura? ¿Es un voto gorila, de odio al peronismo? ¿Se explica por el impacto sobre el ánimo del votante de la carestía, los niveles de pobreza y la serie continua de errores del gobierno anterior? ¿Es que «la gente», ese actor político inasible e inhallable, esa nube de doxa que flota sobre todas nuestras cabezas, entiende muy poco de economía o de política y entonces compra cualquier ilusión que quieran venderle?

Como filósofa política, sólo puedo decir que no podemos acceder con una certeza apodíctica a la subjetividad del votante. Quizás podamos arrimarnos con algunas hipótesis de trabajo para analizar la coyuntura presente con la mirada puesta en lo que vendrá, pero el punto es que no existe una «subjetividad votante» homogénea que explique los resultados electorales con un modelo de relación de causa-efecto. No podemos saber por qué «la gente» votó a Milei en realidad.

Pero sí hay algo más estructural que coyuntural para decir al respecto. Se trata de algo que parece una verdad trivial pero que tiene un poder explicativo muy profundo. En una democracia capitalista en la que la participación política se reduce ideológicamente al simple voto, esta herramienta tiene un único objetivo: echar funcionarios. Esta es la visión de la democracia que ganó la partida ideológica en casi todo el mundo cuando durante el siglo pasado el número de las democracias constitucionales crecía, las elites políticas y económicas temían el avance del pueblo («las masas») sobre sus privilegios pero ya no podían mantener esos privilegios quitándoles los derechos políticos a las mayorías numéricas de trabajadores sacrificados en las trincheras europeas. Los teóricos economistas de la democracia liberal-capitalista vieron a la así llamada «democracia de masas» como una amenaza inminente que podía instaurar múltiples Estados de bienestar en los que los derechos sociales, la libertad universal (no ya la de unos pocos) y la dignidad valieran más que las ganancias del capital.

Así es como los padres de la democracia agregativa (Schumpeter, Arrow y Hayek, principalmente) se pusieron a desarrollar sus teorías teniendo como enemigos no precisamente al comunismo y a la planificación estatal sino al mismo Estado liberal-republicano de bienestar. En esta visión de la democracia que hoy viene ganando la disputa por el sentido, la soberanía popular está domesticada por medio del voto esporádico para remover funcionarios. La estatalidad queda reservada a unos pocos que deciden, sin consulta ni participación popular. Este esquema político de la democracia agregativa es el Leviatán hobbesiano: un Poder Ejecutivo superpoderoso que tiene una injerencia desbalanceada sobre el Poder Legislativo y el Poder Judicial y que actúa sólo para defender al capital. (Dicho al pasar, esta es la razón por la que Carl Schmitt no es útil contra el neoliberalismo en particular y el capitalismo en general; él no ataca lo más definitorio del contendiente liberal, que no es el consenso ni la supuesta tensión entre soberanía popular y derechos humanos). Claro que no se trata de un Estado pequeño sino de uno descomunal que se mete en todo lo que no salga como planea, con la asistencia especial de un aparato represivo gigantesco.

Esta es la visión de la democracia que triunfa una y otra vez en la Argentina, a pesar de las luchas materiales y simbólicas por el sentido de libertad, igualdad y fraternidad que se vienen dando desde que Argentina es Argentina. Y esto no pasa exclusivamente en nuestro país sino que es una realidad global que afecta a todas las democracias constitucionales desde antes del fin de la Segunda Guerra Mundial, por lo que insistir con el nacionalismo explicativo y con la idea de una supuesta excepcionalidad argentina no ayuda demasiado para entender esas «nuevas derechas» de las que se puso de moda hablar.

En resumen: ganó Milei porque esta democracia está tan capturada por la lógica del capital que votamos para sacar funcionarios del gobierno, poco importa qué digan o hagan los candidatos. Ahora bien, el problema grave es que este tipo de voto es síntoma de un régimen político determinado que tiende a intensificar la desposesión de lo público, la privatización de los bienes comunes. En una palabra, hay un rasgo estructural de nuestra democracia por la cual la tendencia a la acumulación por desposesión, la carestía, la baja salarial y el desempleo se mantienen constantes, no como una eventualidad bajo gobiernos determinados.

Se escribe «ajuste», se pronuncia «acumulación por desposesión»

En 1625 Hugo Grocio, un autor central de la tradición moderna del contrato social —que todavía moldea la filosofía política—, hizo un movimiento conceptual muy característico de los dogmas capitalistas: tomó la noción de posesión común de la Tierra de la filosofía política medieval, que a su vez la extrajo de la Biblia, y la reformuló para justificar el régimen de propiedad privada de la tierra que daría inicio al desarrollo del capitalismo planetario. La movida básica del argumento es que Dios nos dio (a toda la humanidad) la Tierra y todo lo que existe en ella con el fin explícito de que nos beneficiemos.

En la última década del siglo XVII, John Locke (el verdadero patriarca del liberalismo capitalista) tomó esta misma senda para justificar no sólo la propiedad privada, sino además la distribución desigual de la propiedad agraria y la superioridad de un modo de producción determinado por sobre otros. Este es el inicio filosófico político de la doctrina del capital.

En el capítulo quinto del Ensayo sobre el gobierno civil Locke escribió su famosa teoría de la propiedad privada. Se trata de una argumentación que explica la génesis de la propiedad privada legítima, esto es, aprobada por la ley natural, desde un inicio bastante problemático. Es la idea de una posesión común originaria que haría a toda la humanidad inicialmente poseedora en común de la entera creación.

Pero, ¿cómo apropiarnos legítimamente de algo si todos compartimos la misma tierra? Célebremente, Locke nos explica que esto ocurre por medio del trabajo. Trabajando vamos convirtiendo lo natural común en lo privado nuestro y, si lo hacemos bien, respetando la regla de no desperdiciar ni derrochar para dejarle a los demás tanto como agarramos y de la misma calidad, adquirimos inmediatamente derechos de propiedad privada con independencia de la ley positiva y del consentimiento de las demás personas. Esto, agrega Locke, funciona para todo tipo de propiedades privadas: desde una manzana que un hombre en el estadio «primitivo» de la historia tomaba de un manzano salvaje hasta un latifundio. Como nota marginal, nótese que este es el mismo deslizamiento por el cual una persona que sólo tiene en propiedad privada objetos de consumo (ni siquiera una casa o un auto, por ejemplo) está convencida de que su «propiedad» sobre su celular es del mismo tipo que la que tiene Benetton sobre vastos territorios en la Patagonia, lo que la vuelve incapaz de percibir su propia situación en el marco de las condiciones materiales en que vive. Es algo ridículo de pensar, pero el capitalismo produce subjetividades ridículas.

Los deslizamientos de sentido de la manzana que tomamos del árbol salvaje a las plantaciones en ultramar y la producción protocapitalista en talleres en Europa son, como es evidente a primera vista, bastante profundos. Locke desplaza el sentido inicial de «trabajo», que pasaba por procurarse los bienes necesarios para la vida sin arruinar los recursos y pensando en las demás personas, hacia el sentido específico de agregarle valor a la tierra. Aquí «agregarle valor a la tierra» no significa hacerla más rica en nutrientes y no agotarla, sino sacar de ella todas las ganancias económicas posibles, incluso si eso implica arruinarla para el futuro. Se trata, antes que nada, de generar riqueza, no de la preservación de uno mismo y de la humanidad en general, como prometía el inicio de la argumentación iusnaturalista de la mayoría de los autores de la tradición del contrato. Ellen Meiksins Wood lo explica muy bien en Los orígenes agrarios del capitalismo.

Locke intenta convencernos de que esa riqueza tiene como destinataria a toda la humanidad. Esa parte del texto es la menos creíble, pues se trata simplemente de riquezas para el propietario privado de la plantación, del taller, del latifundio. Esta riqueza no se reparte ni comparte «con la humanidad», se vende en el mercado capitalista y será una pena si no alcanza para todos, lo mismo que si alguien no puede comprar su parte. Lo central, para Locke, es insistir en que todo este régimen de propiedad es absolutamente moral y legítimo, que nadie está siendo dañado en lo suyo mientras se desarrolla históricamente y que el hecho de que alguien se quede sin su parte no constituye una injusticia sino, en todo caso, una tragedia inevitable.

Esta teoría compleja de la propiedad tenía principalmente cuatro objetivos: justificar la colonización de América, justificar el cercamiento y privatización de los commons y la separación de los trabajadores de los medios de la producción para producir masas asalariadas que no tienen más para vender que su fuerza de trabajo, justificar la superioridad moral de un modo de producción orientado a las ganancias y no a las necesidades y justificar un Estado destinado solamente a proteger a este régimen de propiedad de la tierra y de la producción, un sistema que existe, para Locke, independientemente de las leyes positivas, sancionado por las etéreas leyes naturales (las del cielo). Los «indios» americanos, quería establecer Locke, no son propietarios de sus tierras porque no las trabajan como deberían trabajarlas (es decir, no apuntando a una reproducción digna de la vida sino a generar ganancias en el mercado).

En el famoso capítulo 24 de El Capital, Marx desnudó la verdadera historia de violencia de la así llamada «acumulación originaria» (la teoría de la propiedad privada) que permitió que el capitalismo echara a andar. Los teóricos del capitalismo siempre ponen este momento «primitivo» de violencia, genocidio y robo por fuera de la historia, en una prehistoria en la que el derecho moderno todavía no había nacido dado que el derecho moderno nace para resguardar el resultado de esa acumulación. El Estado moderno es la pasada en limpio de la apropiación privada por medio del ocultamiento, vía derecho privado, de las violencias perpetradas por quienes se robaron las posesiones y propiedades comunes. Toda apropiación capitalista es producto de un proceso de desposesión, el resultado de un robo a un colectivo comunitario que se intenta hacer pasar por no-propietario, por mero «poseedor» común originario, allá lejos y hace tiempo en el libro del Génesis, constituido por gente que no aprovechó bien las cosas que les dio Dios.

Ahora bien, el punto es que el capitalismo siempre depende de los procesos de desposesión (como muy bien lo explica David Harvey), no sólo en el siglo XVII en Inglaterra o durante las eras coloniales. Lo hace todo el tiempo, sobre todo cuando se siente en crisis. La estrategia teórica (ideológica) es siempre la misma: afirmar que cualquier régimen de propiedad que no sea capitalista no es, en rigor, un régimen de propiedad, sino que esas cosas, por ejemplo, las cosas públicas, no son de nadie. Si no son de nadie, alguien se las puede apropiar «por medio de su trabajo».

Pero esto es ampliamente falso: lo público sí es de alguien, no está disponible cual bellota en el suelo del bosque para ser «apropiado» por el primer recolector que pase. Y esto vale no sólo para las empresas públicas de servicios, de extracción de recursos o de producción de conocimiento. Vale para todo lo público, incluyendo el acceso a la salud, a la educación y a los bienes y servicios imprescindibles para la vida. No es el caso de que no sean de nadie, sino que tienen dueño. Son propiedad nuestra, compartida (así que tampoco son del Estado). El Estado, como insiste siempre la filósofa argentina María Julia Bertomeu, es un agente fiduciario que, en todo caso, tiene la responsabilidad de administrar lo nuestro para nuestro beneficio y no para el del capital.

Privatizar medios públicos, hospitales, escuelas, empresas de extracción de recursos, el transporte público y demás no redunda, por definición, en un manejo más ágil y racional de estas cosas públicas. Simplemente se trata de dos lógicas diferentes de decisión y administración. Lo público es del pueblo y tiene que ser administrado para el pueblo, es decir que tiene que generar sus beneficios al pueblo y no a propietarios privados. Entre otras cosas, no puede usarse para pagar deudas externas tomadas irresponsablemente en contra del pueblo. No puede usarse para que los amigos de un expresidente hagan negocios. Y esto no es ideología «zurda» sino el ABC de la estatalidad capitalista más desarrollada. No implica socializar los medios de la producción sino entender que no sólo existe la propiedad privada capitalista.

La adicción a la privatización sólo se explica por el objetivo de hacer negociados entre privados con lo nuestro. Se trata de la mayor perversión de la idea misma de propiedad: es robo, nada más y nada menos. No responde a ninguna «ley» económica que dicte que privatizar es mejor para todos, porque no existe ninguna ley semejante por fuera de la ideología capitalista. No es real.

¿El pueblo dónde está?

En contextos capitalistas, las democracias siempre verán sus conquistas de igualdad y libertad limitadas por los embates de la desposesión privatizadora que ataca frontalmente la libertad universal (la de todos, no la de unos pocos). Importa mucho, entonces, estar siempre alerta contra los procesos privatizadores, cualesquiera que estos sean. Ahí es donde ocurre la desdemocratización, ahí es donde la democracia entra en crisis, porque allí es donde ocurre una privatización sin la cual el capitalismo no sobreviviría tan fácil: la reducción de lo político.

Más que dedicarnos a pensar en las razones del apoyo electoral a un esquema ideológico que reduce la participación popular en las decisiones sobre la producción y que vino a sacar de las manos públicas (populares o no) el control de aquello que es público por definición, tenemos que enfocarnos en las razones y los motivos por los cuales las personas durante los gobiernos y no sólo cuando hay que ir a votar o bien se organizan para luchar contra el ajuste, la carestía y la baja de salarios o bien bajan la cabeza y esperan a que llegue la oportunidad de votar a otro. Tenemos que darle prioridad, hoy, a lo que hace la ciudadanía por proteger lo suyo entre una fecha electoral y la próxima.

Esto implica entender que la participación ciudadana es un asunto constante, no un mero trámite comicial para echar funcionarios que no nos gustan. Es decir, implica analizar si no será que acaso los gobiernos de derecha son una tendencia estructural de las democracias contemporáneas en las que la democracia agregativa, liberal y capitalista ganó la batalla por el sentido. Hasta tal punto la ha ganado esto que la doxa, «la gente», la misma masa explotada por salarios a la baja y carestía, realmente le cree a la derecha que un corte de ruta y una huelga general son métodos antidemocráticos. De nuevo, la subjetividad que produce el capital es ridícula, porque el derecho a la protesta es el derecho eminente de la soberanía popular (esto es casi analítico).

No podemos seguir normalizando ciudadanías dóciles frente a las decisiones económico-políticas de los añejos gobiernos de la derecha (la última dictadura, los de Menem, De la Rúa, Macri o Milei). Para desnormalizar la docilidad no hay que estudiar solamente fenómenos subjetivantes de gubernamentalidad sino pensar también en la condición estructural y materialmente capitalista de nuestras democracias.

Las ciudadanías que se retiraran de lo político dejan que les roben todo, constituyen un pueblo que no cuida lo suyo y deja al zorro a cargo de la custodia de sus gallinas. La privatización es parte de un proceso continuo del capitalismo frente a cualquier avance de lo público que no se deja domar por su lógica de ganancias para unos pocos. No es un modo de hacer que las cuentas públicas cierren mejor, no es un modo de manejar más eficazmente los servicios públicos.

Privatizar es, para que se entienda en términos de razón instrumental y por volver a usar aves de corral en las metáforas, matar a la gallina de los huevos de oro. Es una decisión irracional. Y la responsabilidad de evitarlo recae en el pueblo o en la ciudadanía, como quieran llamarnos, todos los días de nuestras vidas. Esta es la única posibilidad que tenemos de que la democracia no siga siendo cooptada por proyectos hambreadores. Sería bueno reencauzar el debate público en este sentido y centrarnos en las condiciones materiales y estructurales de nuestra democracia para que la coyuntura no nos deje debatiendo sobre apariencias.

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