Las ondas largas son clave para el desarrollo del capitalismo

Por Manuel Kellner
Traducción: Pedro Perucca

El marxista belga Ernest Mandel explicó las ondas largas como un factor clave en el desarrollo del capitalismo. La teoría de Mandel es uno de los intentos más sofisticados de demostrar por qué el capitalismo atraviesa largos periodos de expansión y estancamiento.

Desde Carlota Pérez hasta Paul Mason y Cédric Durand, muchos analistas del capitalismo contemporáneo han adoptado el concepto de ondas largas que propuso por primera vez el economista ruso Nikolai Kondratiev. Pero si el capitalismo se desarrolla a través de ondas largas, con altibajos en su trayectoria, ¿cuál es la lógica que subyace a dichas ondas?

El marxista belga Ernest Mandel ofreció una de las explicaciones más detalladas en su libro Las ondas largas del desarrollo capitalista, basado en una serie de conferencias impartidas por el autor en la Universidad de Cambridge en 1978. Para Mandel, la existencia de estas «ondas largas» es un hecho empíricamente establecido. Su explicación marxista se basa esencialmente en las fluctuaciones a largo plazo de la tasa de beneficio que, a su vez, determinan en última instancia el ritmo de acumulación de capital (es decir, el crecimiento económico y la expansión en el mercado mundial).

Mandel cita dos indicadores cruciales que confirman empíricamente la existencia de «ondas largas», a saber, la producción industrial y el crecimiento de las exportaciones en su conjunto. Los datos indican los siguientes periodos con tendencia ascendente o estancada-depresiva: 1826-47 (estancada-depresiva), 1848-73 (expansiva), 1874-93 (estancada-depresiva), 1894-1913 (expansiva), 1914-39 (estancada-depresiva), 1940-67 (expansiva) y a partir de 1968 de nuevo una onda larga con tendencia estancada-depresiva.

 

Explicación de las ondas largas

Desde un punto de vista marxista, el crecimiento industrial a largo plazo en el capitalismo es impensable en condiciones de caída de la tasa de beneficio. En la medida en que, también desde una perspectiva marxista, se afirma que la tendencia a largo plazo de la tasa de beneficio a la baja es válida para el desarrollo general del capitalismo, surge obviamente el problema de explicar las fases prolongadas de crecimiento. De ahí surge la necesidad no sólo de examinar las fluctuaciones de la tasa de beneficio en el contexto del ciclo económico y su tendencia secular, sino también de introducir un tercer marco temporal, a saber, las «ondas largas».

El repentino aumento de la tasa media de beneficio durante un periodo prolongado podría explicarse con referencia a una serie de factores. Mandel cita en primer lugar un aumento repentino de la tasa de plusvalía. También son posibles una desaceleración repentina del crecimiento de la composición orgánica del capital, un aumento repentino de la tasa de rotación del capital o una combinación de estos factores. Mandel cita otras causas potenciales, como un aumento brusco de la masa de plusvalía y un fuerte flujo de capital hacia países con una composición orgánica del capital significativamente inferior a la de las áreas metropolitanas.

En general, las ondas largas expansivas se producen cuando los factores que contrarrestan la caída de la tasa de beneficio tienen un efecto fuerte y sincrónico. Sin embargo, también hay que intentar explicar por qué las tendencias contrarrestantes no prevalecen dentro de la onda larga particular. Según Mandel, las fluctuaciones del «ejército de reserva», es decir, el peso relativo del desempleo, desempeñan allí un papel importante.

Una de las tesis principales de Mandel es que, a diferencia de los ciclos comerciales capitalistas normales, en los que las transiciones a la depresión y a la recuperación corresponden a leyes internas de la economía capitalista, la transición a una onda larga con una tendencia básica expansiva debe explicarse por factores no económicos («exógenos»). Esta es precisamente la razón por la que Mandel, a diferencia de Nikolai Kondratiev, no habla de «ciclos largos» sino de «ondas largas».

En su opinión, la «onda larga» con una tendencia básica depresiva no contiene en sí misma, en términos puramente económicos, las condiciones para cambiar a una «onda larga» con una tendencia básica expansiva. A la inversa, una «onda larga» con tendencia básica expansiva contiene en sí misma las condiciones para pasar a una «onda larga» con tendencia estancada-depresiva.

 

Factores exógenos

Para explicar los aumentos repentinos y permanentes de la tasa media de ganancia después de 1848, 1893 y 1940 (o 1948 en Europa), Mandel identifica factores no económicos específicos para cada uno de estos periodos. El año 1848 se caracterizó por las revoluciones, las conquistas y el descubrimiento de los yacimientos de oro californianos. Estos tres factores provocaron una expansión cualitativa del mercado mundial capitalista.

La industrialización y la revolución tecnológica asociada a ella avanzaron masivamente. Este proceso estuvo marcado sobre todo por la transición de la máquina de vapor al motor de vapor y por el paso de la producción artesanal a la producción industrial de capital fijo. Esto permitió un aumento espectacular de la productividad del trabajo y, debido al aumento de la plusvalía relativa, también de la tasa de plusvalía.

Además, el uso de barcos de vapor, telégrafos y ferrocarriles supuso una revolución en la tecnología del transporte y las telecomunicaciones, acelerando la velocidad de rotación del capital. A ello se sumó la expansión de las sociedades anónimas y la aparición de los grandes almacenes, que impulsaron la realización de la plusvalía. Según Mandel, todo ello combinado condujo a un crecimiento permanente de la tasa de beneficio.

Los rasgos explicativos análogos del inicio de una onda larga expansiva después de 1893 coinciden con los rasgos principales del «imperialismo» incipiente en el sentido que Vladimir Lenin daba al término: el reparto del mundo entre los países capitalistas industriales desarrollados, el aumento de las exportaciones de capital a los países pobres, atrasados y dependientes y la caída de los precios relativos de las mercancías. La tasa de crecimiento de la composición orgánica del capital disminuyó y la revolución tecnológica provocada por la electrificación general en los países industrializados ricos permitió a su vez aumentar la producción de plusvalía relativa.

Para la onda larga expansiva posterior a 1940 (en Estados Unidos) y 1948 (en general), Mandel cita las «derrotas históricas de la clase obrera internacional» como principal factor explicativo. El fascismo y el nazismo fueron responsables de la destrucción del movimiento obrero en los países afectados. La Segunda Guerra Mundial, la posterior Guerra Fría y la era McCarthy en Estados Unidos fueron otros enormes reveses para el movimiento obrero organizado y su capacidad para defender eficazmente los intereses de los asalariados.

Todos estos factores juntos permitieron aumentos sensacionales de la tasa de plusvalía, en algunos casos de hasta el 300%. Una vez más, el crecimiento de la composición orgánica del capital se ralentizó, esta vez debido a un acceso más barato al petróleo de Oriente Medio, a una nueva caída de los precios de las materias primas y a un descenso de los precios de los elementos del capital fijo.

Una nueva revolución en las telecomunicaciones y los préstamos, la aparición de un verdadero mercado monetario internacional y la proliferación de empresas multinacionales fueron factores de la nueva situación. Para Mandel, la expansión de la producción de armas con beneficios garantizados por el Estado desempeña un papel muy importante, pero no decisivo, en este contexto.

 

Revoluciones tecnológicas

Mandel argumenta que, si bien los «factores exógenos» deben considerarse como «disparadores» en los respectivos casos, desencadenaron un proceso dinámico que se autoperpetuó durante décadas y que, a su vez, puede explicarse con la ayuda de las categorías marxistas tradicionales de la crítica de la economía capitalista. ¿Qué papel desempeñan las revoluciones tecnológicas en el modelo explicativo de Mandel si éste no cree que puedan desencadenar períodos con una tendencia básica expansiva?

En el período de ondas largas con tendencia básica estancada-depresiva, se desarrolla una «reserva» de innovaciones tecnológicas, pero éstas no se introducen masivamente en el proceso de producción. Lo mismo ocurre con las reservas monetarias. Sólo un cambio en el clima económico y, en consecuencia, unas expectativas de beneficios más elevadas impulsan la inversión masiva con el fin de utilizar estas innovaciones en la producción.

Durante una ola expansiva, la productividad media del trabajo en las empresas tecnológicamente más avanzadas determina el valor. Las empresas que utilizan tecnología más avanzada para la producción obtienen beneficios adicionales. Aquí es donde el valor viene determinado por los nuevos sectores industriales que impulsan la revolución tecnológica y tienen los costes de producción más elevados. Por lo tanto, no sólo generan plusvalía a expensas de las empresas menos productivas sino que también hacen subir la tasa media de beneficios.

Al comienzo de una onda expansiva larga, la clase obrera aún sufre las consecuencias de la época anterior y, por lo tanto, no está en condiciones de detener de una vez el descenso de los salarios en relación con los beneficios. Los salarios reales empiezan a subir en el periodo siguiente, pero sólo de forma muy gradual, notablemente más despacio de lo que aumenta la productividad en el «departamento II» (la producción de artículos de consumo). Una mayor tasa de inmigración también contrarresta el aumento de los salarios reales.

Por esta razón, la tasa de plusvalía puede seguir creciendo durante bastante tiempo, a pesar del aumento de los salarios reales. Las ondas expansivas suelen contener ciclos comerciales con fases de auge más largas y pronunciadas y crisis más cortas y menos pronunciadas, cuyas formas más leves se perciben como «recesiones». Durante una onda estancada-depresiva ocurre lo contrario, aunque incluso durante esas ondas largas hay, por supuesto, periodos de auge económico.

Otros aspectos que Mandel añade a su explicación son las tendencias a largo plazo de la competencia entre los principales Estados nación capitalistas y las fluctuaciones de la producción de oro. Las dos primeras ondas largas expansivas coinciden con la hegemonía británica, la tercera con la hegemonía de Estados Unidos como primera potencia imperialista.

En opinión de Mandel, la importancia del poder del país hegemónico para gestionar las crisis mundiales es obvia, por lo que el declive relativo de la hegemonía estadounidense hace más difícil contrarrestar una evolución generalizada similar a una crisis. En general, los cambios drásticos en el equilibrio político de poder en el escenario mundial son factores importantes (no económicos) que configuran el clima económico general de la época.

 

¿La regla de oro?

Mandel menciona que muchos historiadores económicos se han sentido «fascinados» por la tesis, basada en los trabajos de Gustav Cassel, de que las ondas largas están determinadas por las fluctuaciones a largo plazo de la producción de oro. Sin embargo, considera que esta tesis es insostenible desde un punto de vista marxista. Su defecto es que el valor medio de las mercancías, y por tanto la tendencia general de los precios, no está determinado por la cantidad de oro sino por su valor.

En el siglo XIX, los factores de «azar», como el descubrimiento de nuevos y ricos yacimientos de oro, desempeñaron un papel importante, ya que presionaron radicalmente a la baja el valor del oro, contribuyendo así a aumentar la tasa de beneficio mediante la subida general de los precios. En el siglo XX, por el contrario, la propia minería del oro se convirtió en una industria capitalista, y por tanto sujeta a la lógica de la producción capitalista, desde el descubrimiento de las minas de oro sudafricanas.

Para Mandel, existe una interacción entre las revoluciones tecnológicas, los avances de la ciencia y la lógica interna del desarrollo capitalista. Sostiene que es una tendencia fundamental del capitalismo transformar el trabajo científico en una forma específica de trabajo asalariado. Esta tendencia sólo se ha materializado plenamente en el capitalismo tardío.

Fue precedida por dos fases. En la primera, la experimentación de los artesanos fue la base directa de la mayoría de los avances en la fabricación. En la segunda, las observaciones de los ingenieros sistematizaron este proceso. Apareció así una síntesis de «ciencia abstracta» e «invenciones tecnológicas concretas»: «ciencia aplicada».

Según Mandel, la tendencia a subsumir el trabajo científico en el proceso de producción se deriva de la «sed implacable de más… plusvalía» del capital y está interconectada con el movimiento rítmico de acumulación de capital. Por supuesto, habrá alguna inversión en investigación en el curso de una onda larga con un trasfondo de estancamiento-depresivo, pero el objetivo principal serán los avances tecnológicos destinados a reducir radicalmente los costes.

Los gastos de inversión destinados a la introducción masiva de nuevas tecnologías en el proceso de producción suelen comenzar unos diez años después del inicio de una onda larga expansiva. Aunque la correlación básica está clara, Mandel advierte que no debemos interpretarla de forma demasiado mecánica. Lo mismo ocurre, según él, con la correlación entre una determinada tecnología fundamentalmente nueva y los tipos específicos de organización del trabajo.

Sin embargo, los cuatro sistemas de máquinas siguientes corresponden a grandes rasgos a cuatro tipos diferentes de organización del trabajo: máquinas operadas por artesanos y producidas artesanalmente impulsadas por la máquina de vapor; máquinas operadas por maquinistas y producidas industrialmente impulsadas por motores de vapor; máquinas combinadas de cadena de montaje atendidas por maquinistas semicualificados e impulsadas por motores eléctricos; máquinas de producción de flujo continuo integradas en sistemas semiautomáticos controlados por la electrónica.

La introducción de cada uno de estos sucesivos tipos de tecnología radicalmente diferentes supuso históricamente una fuerte resistencia por parte de los trabajadores asalariados. La razón de la introducción de nuevos sistemas de organización del trabajo fue, en cada caso, un intento del capital de derribar los crecientes obstáculos a nuevos aumentos de la tasa de plusvalía. El movimiento rítmico a largo plazo de la acumulación de capital está así conectado con el mayor o menor empuje del capital hacia cambios radicales en la organización del trabajo.

Este interés es menos urgente durante la mayor parte de la duración de una onda larga con trasfondo expansionista, en la que predomina la necesidad de reducir las tensiones sociales y mitigar las causas de la resistencia y la rebelión. Por el contrario, cuando finaliza una onda expansionista y comienza una onda con trasfondo estancado-depresivo, el interés del capital por introducir cambios radicales en la organización del trabajo aumentará a pesar del riesgo de que aumenten las tensiones sociales, que de todos modos no pueden evitarse.

 

Ondas largas y lucha de clases

Mandel también intentó establecer una correlación con los «ciclos de lucha de clases», es decir, con los altibajos de la movilización de la clase obrera en defensa de sus intereses de clase o, de hecho, con la intensidad creciente y decreciente de las luchas entre el trabajo y el capital. El taylorismo (trabajo en cadena de montaje) y la semiautomatización (electrónica) se introdujeron por primera vez, o de forma experimental, cerca del final de una onda larga con un trasfondo expansionista, pero no se aplicaron de forma generalizada hasta la siguiente onda larga con un trasfondo estancado-depresivo.

Según Mandel, estas conclusiones confirman la siguiente correlación con las «ondas largas». Al principio, las nuevas tecnologías tienen un «carácter innovador» e impulsan al alza la tasa media de beneficio. Luego, en los largos periodos durante los cuales adoptan la forma de generalización, presionan a la baja y mantienen baja la tasa media de ganancia. Además, cualquier innovación revolucionaria en la organización del trabajo surge de los intentos de acabar con la resistencia de la clase obrera a aumentar aún más la tasa de plusvalía, es decir, la tasa de explotación.

Por lo tanto, la primera revolución tecnológica fue también una respuesta a la lucha de la clase obrera por una jornada laboral más corta. La segunda estaba estrechamente relacionada con la resistencia contra un control más estricto y directo de la dirección sobre el proceso de trabajo. Por último, la tercera revolución tecnológica fue una respuesta al crecimiento de la organización sindical y a los esfuerzos de los trabajadores y sus sindicatos por debilitar el poder de control de la dirección sobre la producción de las cintas transportadoras.

La interacción de los «factores subjetivos» (la fuerza, la confianza y la conciencia de clase del proletariado) es decisiva para la capacidad de invertir una tendencia a largo plazo en la tasa de plusvalía y, por tanto, también en la tasa de beneficio. Así, las consecuencias de la lucha de clases de todo un período histórico aparecen para Mandel como «factores exógenos» que determinan los puntos de inflexión. Se trata de la dialéctica entre factores objetivos y subjetivos, en la que estos últimos se caracterizan por una «autonomía relativa».

Mandel asume un ciclo de lucha de clases que se entrelaza con las «ondas largas», aunque no corre simplemente paralelo a ellas. Según Mandel, los grandes acontecimientos históricos y los resultados de los grandes conflictos históricos no pueden deducirse simplemente de las leyes del movimiento capitalista. Eso sería un burdo «economicismo». Sin embargo, las grandes tendencias tienen raíces económicas objetivas.

 

——–

 

Este es un extracto de Against Capitalism and Bureaucreacy: Ernest Mandel’s Theoretical Contributions de Manuel Kellner, disponible en rústica este mes de abril en Haymarket Books.

Experiencia y pobreza

Por Walter Benjamin

Nuestros libros de texto contenían la fábula del anciano que, en su lecho de muerte, hizo creer a sus hijos que había un tesoro escondido en su viña. Solo tenían que cavar. Y así lo hicieron: cavaron, pero ni rastro del tesoro. Cuando llegó el otoño, la viña estuvo cargada de frutos como ninguna otra en toda la región. Entonces se dieron cuenta de que su padre les había dejado una enseñanza: la prosperidad no se encuentra en el oro, sino en el esfuerzo. Crecimos con la imposición –amenazante o tranquilizadora– de ese tipo de enseñanzas: “El muchacho quiere opinar. Algún día tendrás experiencia”. Sabíamos perfectamente qué era la experiencia: algo que los mayores daban a los jóvenes en refranes cortos cargados de la autoridad de la edad; en historias llenas de verbosidad; a veces, sentados alrededor de la chimenea con sus hijos y nietos, en relatos de lugares exóticos y lejanos. ¿Qué pasó con todo eso? ¿En dónde están las personas que son capaces de contar una historia como es debido? ¿Cuándo tienen los moribundos la oportunidad de decir algo memorable que pase de generación en generación como un anillo? ¿A quién ayuda, hoy, un refrán? ¿Quién podría lidiar con la juventud solo con el apoyo su experiencia?

Un cosa es clara: la experiencia está devaluada y, precisamente, para una generación que, entre 1914 y 1918, tuvo una de las experiencias más terribles de la historia de la humanidad. Tal vez no sea tan extraño como parece. Ya entonces se podía comprobar que los soldados regresaban enmudecidos del frente. No enriquecidos de experiencias que podían compartir, sino empobrecidos. Diez años después, la marejada de libros sobre la guerra transmite algo completamente distinto a la experiencia que se narra directamente. No hay nada extraño en eso. Pues nunca se ha castigado tanto a la experiencia: la estratégica con la guerra de trincheras, la económica con la inflación, el cuerpo con el hambre, la moral con los líderes. Una generación que todavía iba al colegio en un tranvía tirado por caballos estuvo a la intemperie en un paraje donde todo había cambiado menos las nubes, y en el medio, atrapado en un campo de fuerzas y explosiones destructivas, el insignificante y frágil cuerpo humano.

Una nueva forma de miseria se esparció sobre el ser humano a partir de ese nefasto desarrollo técnico. Y su reverso es la opresiva abundancia de ideas que lo atropellan con el resurgimiento de la astrología y el yoga, la christian science y la quiromancia, la escolástica y el espiritualismo. No se trata de un resurgimiento auténtico, sino de una galvanización. Se imponen, en la mente, los cuadros desconcertantes de Ensor, en los que espectros recorren las calles de grandes ciudades: pequeñoburgueses deambulan por los callejones disfrazados para el carnaval con máscaras desfiguradas y cubiertas de harina, y coronas de oropel en la frente. Estos cuadros quizá no sean más que el retrato del terrible y caótico renacimiento en el que muchos ponen sus esperanzas. Pero es aquí donde se evidencia con más claridad que nuestra pobreza de experiencia es solo una parte de otra más grande, y que ha vuelto a tener un rostro –tan claro y concreto como el del vagabundo en la Edad Media–. ¿Qué valor tiene la cultura sin ningún vínculo con la experiencia? Conocemos las consecuencias de simularla, de alcanzarla de forma indirecta: se evidencia en la confusión de estilos e ideologías del siglo pasado. Declarar nuestra pobreza debería ser un acto honorable. Sí, admitámoslo: la pobreza de experiencia no es solo pobreza individual, sino también colectiva. Y, por lo tanto, es una nueva forma de barbarie.

¿Barbarie? Es un hecho. Y lo pregonamos para poder introducir una barbarie nueva y positiva. ¿Qué consiguen los bárbaros con la pobreza de la experiencia? El principio, la posibilidad de comenzar de cero, que poco sea suficiente, poder crear desde la nada sin mirar a izquierda o derecha. Entre los grandes creadores siempre ha habido espíritus implacables, cuya primera acción fue barrer con todo. Es decir, necesitaban un espacio de trabajo, pues eran constructores. Descartes fue uno de ellos, porque, para generar toda su filosofía, no buscó más que una evidencia: “pienso, luego existo”. Así también fue Einstein, quien, súbitamente, dejó de preocuparse por las innumerables posibilidades del mundo de la Física y se interesó por una pequeña divergencia entre las ecuaciones de Newton y el saber de la Astronomía. La misma voluntad de comenzar de cero que tuvieron los artistas al orientarse por las matemáticas para construir un mundo cubista a partir de formas estereométricas, o como Klee que se inspiró en los ingenieros. Sus figuras fueron diseñadas en un tablero de dibujo y la expresión de sus rostros responden exclusivamente a su interior, así como en un buen auto la carrocería responde sólo a las necesidades del motor. El interior más que la interioridad: eso los hace bárbaros.

Hace tiempo que las mejores mentes comenzaron, aquí y allá, a trabajar en estos términos. Se caracterizan por una ausencia total de esperanza en la época y, sin embargo, están incondicionalmente comprometidos con ella. Poco importa si el poeta Bert Brecht declara que el comunismo no se trata de la distribución justa de las riquezas, sino de la pobreza; o si el precursor de la arquitectura moderna, Adolf Loos, expresa: “Solo escribo para personas que tienen una sensibilidad moderna… No escribo para los nostálgicos del Renacimiento o el Rococó”. Tanto un artista tan complicado como el pintor Paul Klee y uno tan programático como Loos rechazan la tradicional, solemne y refinada idea de ser humano –decorada con todos los sacrificios rituales del pasado– y se dirigen al contemporáneo desnudo que, como un neonato, llora en los pañales sucios de esta época. Nadie lo recibió con más alegría y jolgorio que Paul Scheerbart. Sus novelas, a la distancia, podrían parecerse a las de Julio Verne, en las que generalmente jubilados insignificantes, franceses o ingleses, pasean por el espacio en los vehículos más extravagantes. Scheerbart se interesó en cómo nuestros telescopios, nuestros aviones y cohetes pueden transformar al ser humano que conocemos en un ser completamente nuevo y digno de ser amado. Y claro, esos nuevos seres hablan en una lengua completamente nueva. Lo más interesante es, justamente, que se trata de una construcción arbitraria, opuesta al lenguaje orgánico. Esto es lo inconfundible en la lengua de los seres humanos –mejor dicho, personas– de Scheerbart; pues niegan el parecido con los seres humanos, ese principio del humanismo. Hasta en sus nombres propios: Peka, Labu, Sofanti, así se llaman los personajes en el libro que lleva el nombre de su héroe: Lesabéndio. También a los rusos les gusta ponerle nombres “deshumanizados” a sus hijos: Octubre, por el mes en que tuvo lugar la Revolución; Pjatiletka, por el plan quinquenal; Awiachim, por la aerolínea estatal. No se trata de una renovación de la lengua, sino de su movilización al servicio de la lucha o del trabajo; en cualquier caso, la transformación de la realidad, no de su descripción.

Volviendo a Scheerbart: ponía el mayor empeño en que sus personas –y siguiendo su ejemplo, todos los ciudadanos– vivieran en alojamientos adecuados a su condición, en casas móviles de vidrio, como las que ahora construyen Loos y Le Corbusier. No en vano es el vidrio un material resistente y liso, en el que nada se fija. Las cosas de vidrio no tienen aura. El vidrio es el enemigo de los secretos. También el enemigo de las posiciones. El gran poeta André Gide dijo una vez: “Todo lo que quiero poseer se vuelve opaco”. ¿Personas como Scheerbart sueñan con construcciones de vidrio porque profesan la nueva pobreza? Quizás una comparación diga más que la teoría. Si uno entra en un cuarto burgués de los años 1880, se tiene la impresión de “aquí no he perdido nada”, independientemente de toda la “comodidad” que irradia. Aquí no has perdido nada… porque no hay lugar en donde su habitante no haya dejado sus rastros: baratijas en los estantes, mantelitos sobre los asientos, visillos en las ventanas, rejilla en la chimenea. Una bella frase de Brecht nos pueden ayudar: “¡Borra las huellas!” dice el estribillo en el primer poema del Manual para habitantes de ciudades [Lesebuch für Städtebewohner]. El comportamiento opuesto es lo normal en el cuarto burgués. Y a la inversa, el interior obliga a aceptar la mayor cantidad de costumbres que se ajustan más a sus necesidades que a las de quien lo habita. Esta situación la conoce cualquiera que haya experimentado el estado emocional absurdo en que los habitantes de esos cuartos pomposos entran cuando algo se rompe. Hasta la forma en que se molestan –y esa emoción, que poco a poco comienza a desaparecer, la podrían representar con virtuosismo– es sobre todo la reacción de un ser humano que siente que han borrado “la huella de su existencia en el mundo”. Esto lo han alcanzado Scheerbart con el vidrio y la Bauhaus con el acero: crearon espacios en los que es difícil dejar huellas. “En consecuencia –explica Scheerbart– podemos hablar de una ‘cultura del vidrio’. El nuevo ambiente de vidrio va a transformar completamente al ser humano. Solo podemos esperar que la nueva cultura del vidrio no tenga demasiados adversarios”.

Pobreza de experiencia: no hay que pensar que el ser humano ansía una nueva experiencia. No, ansía liberarse de la experiencia, ansía un espacio en el que pueda poder imponer su pobreza –externa como, en última instancia, interna– con tanta pureza y énfasis que resulte de ella algo respetable. Tampoco es siempre ignorante o inexperto. Por lo general, sucede lo contrario: se ha “comido” todo, a la “cultura” y al “ser humano” y ha quedado repleto y exhausto. Nadie se siente más identificado con las palabras de Scheerbart: “Ustedes están extremadamente cansados, y solo porque no focalizan todos sus pensamientos en un plan simple, pero extraordinario”. El cansancio lleva al sueño, y no es nada raro que compense la tristeza y la falta de coraje al mostrar una existencia sencilla pero extraordinaria, para la que faltan fuerzas en la vigilia. La existencia de Mickey Mouse es uno de esos sueños para el contemporáneo. Una existencia llena de prodigios que no solo superan la técnica, sino también se burlan de ella. Pues lo más extraño de estos prodigios es que surgen sin la ayuda de ningún aparato. Surgen, de improviso, del cuerpo de Mickey Mouse, de sus compañeros y sus enemigos, de los muebles más ordinarios como también de un árbol, una nube o el mar. Naturaleza y técnica, primitivismo y confort, se han unificado ante la mirada de quienes están cansados de las complicaciones de lo cotidiano, y para quienes el sentido de la vida solo aparece como un lejano punto de fuga en una perspectiva infinita de medios, y para quienes una existencia así parece ser liberadora porque todo se soluciona de la manera más simple y confortable, y en la que un auto no es más pesado que un sombrero de paja y los frutos en los árboles crecen tan rápido como un globo. Y ahora queremos distanciarnos, retroceder.

Nos hemos empobrecido. Hemos sacrificado, poco a poco, la herencia de la humanidad. Muchas veces la hemos empeñado por un centésimo de su valor, para recibir, a cambio, la moneda de lo “actual”. Es un hecho que detrás de la crisis económica está la sombra de la futura guerra. Aferrarse a las cosas es, hoy en día, cuestión de los pocos poderosos, y Dios sabe que no son más humanos que los demás; por lo general son más bárbaros, pero no de forma positiva. El resto tiene que volverse a acomodar, ahora con menos. Confían en las personas que han hecho de lo nuevo su causa, y la justifican a partir del saber y la renuncia. En sus contradicciones, sus cuadros e historia, la humanidad se prepara para sobrevivir a la cultura si es necesario. Lo más importante es que lo hace riendo. Quizás suene bárbara. Mejor. Esperemos que, de vez en cuando, el individuo entregue un poco de humanidad a aquella masa que, algún día, se la devolverá con intereses e intereses acumulados.

De esta edición: Gesammelte Schriften, II-1, 213-2196.

Traducción Buchwald Editorial

Johann Hari: «Una población que no puede prestar atención no puede ser a largo plazo una democracia»

Vivimos en un mundo de distracciones. La velocidad excesiva, el estrés, las tecnologías intrusivas, el agotamiento, entre otros factores, han desatado una crisis atencional que se expande alrededor del mundo. Pero, como afirma el reconocido divulgador Johann Hari en su libro ‘El valor de la atención’ (Península, 2023), la buena noticia es que podemos darle la vuelta a esta situación.

Por Mariana Toro Nader / ethic.es


El subtítulo de tu libro en inglés es evocador: «Why you can’t pay attention». En español decimos «prestar atención», pero en inglés se paga por ella, la atención cuesta algo. ¿Por qué es tan importante tener cuidado con las cosas en las que invertimos nuestra atención?

No lo sabía, qué interesante. Le diría a quien lee que piense en cualquier cosa que haya hecho de la que esté orgulloso, iniciar un negocio, ser un buen padre, aprender a tocar la guitarra, sea lo que sea, eso de lo que estás orgulloso requiere concentración y atención sostenidas. La atención sostenida está en el centro de todos los logros humanos: deportivos, musicales, la consecución de amistades. Prestar atención es nuestro superpoder como especie, y cuando tu capacidad de prestar atención disminuye, tu capacidad para lograr tus objetivos, para resolver problemas, se ve disminuida. Te sientes peor contigo mismo porque eres menos competente. Recuperar tu atención es como recuperar tu superpoder. Vivimos en una gran crisis de atención. El oficinista medio se concentra actualmente en una sola tarea menos de tres minutos. Por cada niño que fue identificado con problemas graves de atención cuando yo tenía siete años, ahora se identifican 100. James Williams me dijo: «Imagina que estás conduciendo y alguien tira barro sobre el parabrisas. No importa lo que tengas que hacer en tu destino, lo primero que tienes que hacer es quitar el barro porque así no vas a llegar a ninguna parte». La crisis de la atención es así: hay problemas mayores en el mundo, pero si no afrontamos la crisis de atención, nos va a costar mucho afrontar cualquier cosa.

Como en tu analogía entre la obesidad y la distracción, nos hacen creer que es nuestra culpa. Pero no se trata solamente de una cuestión de autodisciplina o autocontrol: es un problema sistémico. Hablas de doce factores que están perjudicando nuestra atención, y todos ellos están vinculados a algo que no podemos resolver solo a nivel individual.

Yo pensaba que era culpa mía cuando durante años sentí que mi atención estaba empeorando. Cada año sentía que mi capacidad para hacer cosas que requieren una concentración profunda y que son tan importantes para mí, como leer libros, tener conversaciones largas, ver películas, se estaban volviendo cada vez más difíciles, y podía ver que le estaba sucediendo a la mayoría de las personas que me rodeaban. Pero pensaba: algo anda mal en mí, me falta fuerza de voluntad, ¿por qué no puedo resistir estas tentaciones? Para el libro realicé un gran viaje por el mundo y entrevisté a más de 200 de los principales expertos y lo que aprendí es que hay evidencia científica de doce factores que pueden empeorar la atención. Y muchos han aumentado enormemente en los últimos años. Ciertamente tenemos agencia individual, hay cosas que podemos hacer como individuos para mejorar nuestra situación. Pero tu atención no colapsó, fuerzas grandes y poderosas te la han robado. Y podemos actuar en dos niveles: como defensa y como ataque. Hay cosas que todos podemos hacer como individuos para proteger y defender nuestra atención y la de los niños, pero también tenemos que atacar a las fuerzas que nos están haciendo esto.

Gran parte de la crisis de atención tiene que ver con el «capitalismo de la vigilancia»: hay una maquinaria gigantesca trabajando específicamente para que nos quedemos enganchados a las pantallas. ¿Cómo podríamos luchar contra, como dice Tristan Harris, ese «constante goteo de cocaína conductual»?

Una de las cosas que más me llamó la atención en Silicon Valley fue lo increíblemente culpables y avergonzados que se sienten los creadores de estas tecnologías por lo que han hecho. Un día James Williams habló en una conferencia de tecnología donde la audiencia eran literalmente las personas que diseñaron las cosas que usamos hoy y que sus hijos usarán mañana, y les dijo: «¿Hay alguien aquí que quiera vivir en el mundo que estamos creando? Por favor levante la mano». Nadie la levantó. Al principio yo pensaba que el problema era la invención del teléfono inteligente, lo que me dejó con una sensación de desesperanza porque no vamos a desinventarlo, ¿verdad? Ni deberíamos. No vamos a unirnos a los amish. Entrevistando gente en Silicon Valley empecé a darme cuenta de que el problema tecnológico es, en cierto punto, más limitado: el problema no es la existencia de la tecnología, es el diseño actual de las apps.

¿Por qué?

Si estás leyendo ahora y abres TikTok, Facebook, Twitter, Instagram o cualquier red social, esas empresas inmediatamente comienzan a ganar dinero contigo de dos maneras: la primera es que ves publicidad; la segunda forma es mucho más importante: todo lo que haces es escaneado y ordenado por sus algoritmos para descubrir quién eres y qué te motiva, qué te enoja, qué te entristece. Si has estado en estas aplicaciones durante algún tiempo, sus algoritmos sabrán decenas de miles de cosas sobre ti, están leyendo tus mensajes privados, saben lo que te gusta y lo que no. Saben muchísimo más sobre ti que tus vecinos. Y están acumulando toda esta información para descubrir qué mostrarte a continuación que te mantenga haciendo scroll. Cuanto más scroll haces, más dinero ganan. Cada vez que cierras la aplicación, ese flujo de ingresos desaparece. Entonces todo está diseñado para: ¿cómo hacer para que las personas utilicen la app con la mayor frecuencia posible y se queden en ella el mayor tiempo posible? Es una maquinaria diseñada para hackear e invadir tu atención. Así como al director de KFC lo único que le importa es con qué frecuencia fuiste a KFC esta semana y qué tamaño tenía el balde de alitas que compraste. Pero podemos tener todas las redes sociales que hay actualmente y que no estén diseñadas para funcionar así. Azar Raskin me dijo: «Hay que prohibir el modelo de negocio actual de las redes sociales».

¿Qué opciones habría?

Esencialmente, hay tres formas en que se pueden financiar las redes sociales. La primera es la que tenemos ahora, lo que Shoshana Zuboff llama «capitalismo de vigilancia»: parece que obtienes el producto gratis, no pagas nada por adelantado, pero a cambio te vigilan y escanean en secreto, hackean tu atención y la venden a los anunciantes; no pagas con dinero, sino con tu atención. Y hay dos modelos alternativos. Uno es la suscripción. Sabemos cómo funciona Netflix: pagas una cierta cantidad a cambio de obtener acceso. Y la clave de ese cambio es que todos los incentivos cambian. En este momento, estas empresas están pensando: ¿cómo puedo hackearla para que siga en esta app el mayor tiempo posible? No eres el cliente. El cliente es el anunciante. Eres el producto. Pero con la suscripción de repente ya no dicen: ¿cómo la hackeamos e invadimos?, sino: es nuestra clienta, ¿qué quiere ella? Resulta que se siente bien cuando se encuentra con personas y las mira a la cara, diseñemos nuestra aplicación para maximizar su encuentro con la gente. Tristan y sus amigos podrían hacerlo mañana. Pero los incentivos tienen que estar ahí. El tercer modelo posible, que probablemente sería mi preferido, aunque hay que tener cuidado, es pensar en el alcantarillado público. Antes había caca en las calles, la gente contrajo cólera, era horrible. Así que todos pagamos juntos para construir y mantener las alcantarillas. Quizá querríamos ser dueños de las tuberías de información porque estamos recibiendo el equivalente al cólera por nuestra atención. Cualquier modelo que elijamos, la clave es entender que se volverán cada vez mejores en hackear e invadir nuestra atención. Hay que romper ese eslabón de la cadena. Una vez que rompes esa conexión, se abren todo tipo de posibilidades. Pero si no se rompe ese vínculo, estas empresas extremadamente sofisticadas e inteligentes mejorarán cada vez más. Piensa en cuánto más adictivo es TikTok que Facebook en este momento. Imagina la próxima iteración de TikTok usando IA supergenerativa.

Un argumento que aparece comúnmente cuando alguien critica las redes sociales es la tecnofobia

La forma en que las big tech quieren enmarcar este debate es: ¿eres pro-tecnología o anti-tecnología? Y si ese es el debate, simplemente piensas: bueno, no voy a renunciar a mi teléfono y unirme a los amish. Ese no es el debate. Todos somos pro-tecnología, mejora enormemente muchos aspectos de nuestras vidas. El debate es: ¿qué tecnología se diseñó y con qué fines? ¿Trabaja en interés de quién? Quiero tecnología que funcione a nuestro favor para mejorar nuestras vidas, no tecnología que funcione en nuestra contra para enriquecer aún más a Mark Zuckerberg y Elon Musk.

Con respecto a la radicalización en las redes sociales, se estaría poniendo en peligro algo más importante a nivel político: ¿cuál es el precio que paga la democracia en la crisis atencional?

En los años 80 usábamos lacas para el cabello que contenían una sustancia química llamada CFC que destruía la capa de ozono. Los científicos descubrieron el problema, el público absorbió la ciencia y presionó a sus líderes para que actuaran para abordarlo. Como resultado, la capa de ozono está casi curada. Ahora nos polarizaríamos. Debido a la dinámica de las redes sociales, algunas personas absorberían la ciencia y defenderían lo correcto. Otras dirían «¿cómo sabemos siquiera que existe la capa de ozono?». Estaríamos inundados de desinformación y locura. La democracia es una forma de atención colectiva sostenida. Y no es coincidencia que estemos teniendo la mayor crisis de la democracia en el mundo desde 1930 al mismo tiempo que tenemos esta crisis de atención individual. Una población que no puede prestar atención y pensar profundamente no puede ser, a largo plazo, una democracia.

Es muy peligroso.

No tiene por qué suceder. Cuando los países se enfrentan a estas empresas y exigen un cambio, lo obtienen. En Australia, Scott Morrison le dijo a Facebook: «Tienes que dar parte de tu dinero, de tus ingresos publicitarios, a los medios australianos porque son una parte esencial de una democracia». Facebook se volvió loco, amenazó con aislar a Australia. Pero Morrison mantuvo los nervios y Facebook cedió. Porque somos mucho más poderosos que ellos. Si queremos, podemos regular estas empresas. James Williams siempre me decía: «Los seres humanos tuvieron el hacha durante millones de años antes de que alguien dijera “muchachos, ¿deberíamos ponerle un mango?”. Internet existe desde hace menos de 10.000 días». Podemos ocuparnos de estas cosas si queremos, pero ellos no lo harán por nosotros. Tenemos que obligarlos.

Según Gallup, los empleados desmotivados le cuestan al mundo 8 billones de dólares en pérdida de productividad. ¿Por qué hay tan pocas empresas implementando la semana laboral de cuatro días si los estudios demuestran que las personas son más productivas y felices?

Tenemos, y me incluyo, un concepto profundamente disfuncional de lo que es la productividad. Pensamos que el trabajador productivo es aquel que contestará tu correo electrónico inmediatamente, que será la primera persona en llegar a la oficina y la última en salir, quien absorberá la máxima cantidad de estrés y seguirá sin quejarse. Pero, el neurocientífico Earl Miller dice: «Solo puedes pensar conscientemente en una o dos cosas a la vez, eso es todo». Es una limitación fundamental del cerebro humano. Pero hemos caído en una especie de engaño masivo. El adolescente promedio cree que puede seguir seis o siete plataformas al mismo tiempo. Pero lo que haces es malabarismos entre tareas y eso tiene el efecto del coste de cambio: cometes más errores, recuerdas menos, eres mucho menos creativo. Si te interrumpe algo tan simple como un mensaje de texto, te toma, en promedio, 23 minutos recuperar el nivel de concentración que tenías antes de la interrupción. Pero la mayoría de nosotros nunca tenemos 23 minutos sin ser interrumpidos, por lo que operamos constantemente al nivel más bajo de capacidad. Según Miller, vivimos en una tormenta perfecta de degradación cognitiva. Tu jefe te envía un correo electrónico y dice «bueno, solo le tomará 10 segundos leer mi correo electrónico y responder». No, te llevará 10 segundos más los 23 minutos necesarios para recuperar la concentración. Y si no duermes lo suficiente, te costará mucho prestar atención al día siguiente. De hecho, dormir seis horas por noche te deja con la atención equivalente a estar legalmente borracho. Y a nadie le gustaría que su personal fuera a trabajar borracho. El estrés crónico, sostenido y endémico destruye la atención.

En el mito de la multitarea, ante el tsunami de emails y la saturación laboral, ¿crees que esto podría conducir también a una crisis de creatividad?

Sí, la creatividad proviene 100% del pensamiento y la reflexión profundos. ¿Y qué hemos exprimido de nuestras vidas? Exactamente eso. El CEO promedio de las Fortune 500 tiene 28 minutos al día para pensar. Esto es particularmente importante a la luz del desafío que plantea la IA generativa porque ¿qué podemos hacer nosotros que las máquinas no puedan? Conectar con otros seres humanos y ser creativos, pero la conexión y la creatividad requieren tiempo ininterrumpido y pensamiento profundo. Por eso vale la pena pensar en el derecho a la desconexión.

Estamos ante una crisis de pérdidas: la pérdida de la concentración, de la divagación mental, del sueño, del tiempo libre, del juego. Pero tú no eres pesimista. ¿Cómo podemos unirnos esa «rebelión de la atención» que dices en el libro?

Hay varias razones por las que no soy pesimista. Una es que soy gay y he visto al mundo transformarse totalmente a lo largo de mi vida. No digo que todavía no haya desafíos, pero la diferencia entre cómo era el mundo para los homosexuales cuando yo tenía 16 años y cómo es ahora es asombrosa, y los homosexuales eran una pequeña minoría, del 3 al 5% de la población. La crisis de la atención afecta literalmente a todo el mundo. No conozco a ningún padre que no esté preocupado por la atención de sus hijos. Y pienso en mis abuelas: cuando tenían mi edad, no se les permitía tener una cuenta bancaria y era legal que sus maridos las violaran. A mi abuela suiza ni siquiera le permitieron votar. Y esto no fue hace un millón de años. Nunca llegaron a ser las personas que podrían haber sido. Pensaban: «Esto apesta, es terrible, pero así es como funciona el mundo». Pero hubo una generación de mujeres que dijo que no tenía por qué ser así. Y ahora la vida de mi sobrina es muy diferente a la vida de mi abuela. Esa transformación ocurrió en un par de generaciones porque suficientes personas lucharon por ella. Pero creo que dónde estamos con la atención es un poco como donde estaban mis abuelas con el sexismo: odiamos lo que nos está pasando, pero creemos que así es el mundo. Se trata de explicarle a la gente que esto no es inevitable. Como sociedad podemos tomar diferentes decisiones, pero requiere un cambio en la psicología. Necesitamos dejar de culparnos a nosotros mismos y a nuestros hijos y darnos cuenta de lo urgente que es esto, porque en este momento estamos en una carrera. En un lado, están los doce factores que están socavando nuestra atención y que se volverán más poderosos y adictivos en los próximos 40 años. Del otro lado tiene que haber un movimiento en el que todos digamos: «No, no puedes hacerle eso a mi cerebro, no puedes hacerles esto a mis hijos». Por supuesto, elegimos una vida con tecnología, pero también elegimos una vida en la que podemos pensar profundamente, leer libros, donde nuestros hijos pueden jugar al aire libre. Si queremos eso, podemos conseguirlo.

Uno de los aspectos más preocupantes es la relación que acaba teniendo la crisis de la atención con la crisis climática: una sociedad distraída y «hackeada» no podrá enfrentar el mayor desafío de nuestros tiempos. ¿Cómo hablar entonces de neuroderechos y neuroética?

Creo que es un muy buen punto. Somos ciudadanos libres en democracias a veces conquistadas con mucho esfuerzo. Somos dueños de nuestras mentes y juntos podemos recuperarlas si queremos. Porque si te roban la concentración, como está sucediendo ahora, aspectos de tu ser, de tu identidad y de tu vida están siendo robados. Cuando vemos a un niño que no puede concentrarse, sabemos que ese niño tendrá dificultades para ser todo lo que podría ser. Eres la suma total de cómo pasas tus minutos y horas. ¿Cuál es la cifra promedio ahora? La persona promedio toca su teléfono 2.687 veces al día. Y esa es la cifra antes del covid-19. Es deprimente. No deberíamos aceptar esto. Nunca tuvo que suceder. No tiene por qué continuar. Podemos darle la vuelta. Pero para hacerlo tenemos que entender lo que nos está sucediendo en un nivel profundo. Comprender los factores que están dañando nuestra atención y abordarlos uno por uno. Hemos hablado sobre los grandes cambios colectivos, pero también debemos defendernos como individuos. A nosotros mismos y a nuestros hijos. Enfrentarnos a las fuerzas que nos están haciendo esto. Tenemos que hacer ambas cosas, no es lo uno o lo otro. No somos impotentes, tenemos que aprovechar nuestro poder en ambos niveles. Y cuando lo hacemos podemos recuperar nuestra atención.

Karen Nussbawm: “En los 60, la lucha por los derechos civiles eliminó un elemento clave: el de clase”

Por Sebastiaan Faber

A principios de 1970, cuando Karen Nussbaum (Chicago, 1950) cursaba el segundo año en la Universidad de Chicago –después de un primer año en el que pasó menos tiempo en las aulas que en las protestas contra la guerra de Vietnam–, decidió abandonar sus estudios y viajar a Cuba con la “Brigada Venceremos”, una organización fundada el año anterior por los Estudiantes por una Sociedad Democrática (SDS) para canalizar la solidaridad con la Revolución Cubana.

Poco después, Nussbaum se encontró en Boston, trabajando en una oficina de Harvard y manifestándose contra la guerra y por los derechos de la mujer. Un día, en un piquete en favor de ocho camareras de un restaurante de Harvard Square que se habían declarado en huelga, le llamó la atención la brecha que separaba al movimiento feminista del movimiento obrero. Decidió que era hora de hacer algo al respecto. Así, en 1972, Nussbaum y diez compañeras lanzaron un boletín informativo, 9to5, dirigido a mujeres que trabajaban de oficinistas. Al año siguiente, crearon una organización con el mismo nombre, que acabaría convirtiéndose en “9to5: National Association of Women Office Workers” (Asociación Nacional de Trabajadoras de Oficina), que a su vez engendraría el Distrito 925 del SEIU (el mayor sindicato del país de trabajadores de servicio). El Distrito 925 organizó campañas sindicales para trabajadoras de todo el país, logrando victorias históricas –y encajando algunas derrotas–, como relata un reciente documental de Julia Reichert y Steve Bognar. En 1980, su trabajo inspiró la película Nine to Five, con Jane Fonda, Lily Tomlin y Dolly Parton, cuya canción principal le valió una nominación al Óscar y dos Grammy.

Nussbaum, mientras tanto, siguió en su lucha por los derechos de las trabajadoras. En la década de 1990, fue directora de la Oficina de la Mujer del Ministerio de Trabajo de Estados Unidos y del Departamento de la Mujer Trabajadora de la AFL-CIO, la mayor federación sindical del país. Posteriormente fundó Working America, la filial comunitaria de la AFL-CIO, de la que hoy es asesora principal. Aunque nació y se crió en Chicago –donde su padre, el legendario actor Mike Nussbaum, falleció hace poco– lleva muchos años viviendo en Washington D.C.

¿Se crió en un hogar politizado?

La verdad es que no. Mis padres eran demócratas del New Deal. Mi madre era diputada del Partido Demócrata en nuestro distrito y mi padre era un observador del mundo que le rodeaba. Pero mi hermana, mi hermano y yo crecimos con una idea clara de lo que significaba ser una buena persona. También se valoraba mucho la lectura, porque permitía verse a uno mismo como parte de un mundo más amplio. A finales de los sesenta, cuando ese mundo empezó a explotar a nuestro alrededor, pudimos aplicar esos principios. En ese momento, mis padres también se volvieron más activos. Todos los sábados íbamos a una vigilia silenciosa frente a nuestra biblioteca pública contra la guerra de Vietnam. Y cuando mi madre invitó al activista progresista Staughton Lynd a hablar sobre la guerra en nuestro centro recreativo comunitario, recibimos cartas de odio de los Minutemen, una organización ultraderechista, con dibujos de dianas. De adolescente no entendía que aquello podía ser peligroso. No me di cuenta hasta más tarde de lo valiente que había sido mi madre.

Usted fue a la universidad en 1968, justo cuando el activismo estudiantil estaba en auge en todas partes. Sin ir más lejos, ese mismo agosto, en la misma ciudad de Chicago, se celebra la Convención Nacional del Partido Demócrata…

No había mejor momento para convertirse en adulto. Era como si el mundo estuviera estallando y pudieras hacer lo que quisieras para intentar cambiarlo.

No tardó en abandonar la carrera.

La política era mucho más interesante. En febrero de 1970 acabé yendo a Cuba en el segundo viaje de la Brigada Venceremos, que había sido fundada por la SDS en 1969. Éramos unos 700, entre ellos varios miembros de los Weathermen [también conocido como Weather Underground, una organización revolucionaria y militante que el FBI tildó de terrorista]. Aunque todo el viaje fue un poco un desastre, también fue muy emocionante formar parte de un ambiente totalmente internacionalista. Cuando volví, me di cuenta de que quería utilizar lo que había estado aprendiendo en el movimiento por los derechos civiles, el movimiento contra la guerra y el movimiento feminista en el contexto del mundo laboral. Pero como en aquella época todas rechazábamos las viejas estructuras, fueran del tipo que fueran, decidimos construir las nuestras propias. Y pronto nos dimos cuenta de que lo más importante que podíamos hacer era organizar a la gente por encima de las diferencias.

¿Se refiere a diferencias de clase y de raza?

Exactamente. Queríamos organizar a las mujeres, para las que había muy pocas oportunidades laborales. Pero no nos interesaba el movimiento feminista tradicional. Queríamos construir nuestro propio feminismo entre las mujeres trabajadoras. En aquella época, muchas mujeres de todas las clases y razas hacían el mismo tipo de trabajo. Nada menos que un tercio de las mujeres trabajadoras eran oficinistas. Y como estas mujeres se encontraban en los mismos lugares de trabajo, se creaba un potencial de solidaridad entre clases y razas que normalmente es muy difícil de encontrar o construir. Pensamos que debíamos aprovecharlo.

¿Qué tácticas adoptaron?

Solíamos decir: “No dejes que tus palabras sean enemigas de tus ideas”. Como el movimiento feminista estaba formado principalmente por mujeres blancas de clase media, decidimos echar su retórica por la borda. De hecho, nunca utilizamos la palabra “feminismo”. Las mujeres que organizábamos nos decían: “No soy una women’s libber [defensora de la liberación de las mujeres], pero creo que debo recibir el mismo salario, ascensos justos y ser tratada con respeto” –todos, claro está, elementos de la agenda feminista–. El caso es que no teníamos que llamarlo feminismo para encontrar un terreno común. Y creo que ese principio sigue siendo importante: no es buena idea imponer un marco político a la gente antes de que esté preparada para adoptarlo.

Eso suena como una crítica a la actual generación de activistas…

Yo no lo llamaría una crítica. Pero sí creo que organizar a la gente de forma efectiva implica no decirle que está equivocada desde el principio.

Hablando de dinámica generacional, ¿cómo se relacionaron ustedes, de la Nueva Izquierda o New Left, con la llamada Old Left, que para entonces había sufrido dos décadas de macartismo y tensiones de la Guerra Fría?

Con la vieja izquierda apenas había continuidad, ni a nivel organizativo ni a nivel de liderazgo. En retrospectiva, creo que esa fue una verdadera debilidad de mi generación. Personalmente, sí pude conectar con algunas personas mayores que, en mi opinión, sabían lo que hacían. En un momento dado, me puse en contacto con una mujer que había sido una militante comunista. Al principio, no quiso discutir nada de aquello conmigo. Cuando finalmente crucé todo Connecticut para reunirme con ella, me dijo: “No tienes nada que aprender de nosotros. Lo que hicimos nosotros estuvo mal. Nos equivocamos”. Pero cuando le pregunté por su experiencia cotidiana, surgieron detalles sobre la estructura diaria de su militancia. “Teníamos reuniones masivas los lunes, martes, jueves y viernes”, me dijo, por ejemplo, “porque las reuniones de tu célula las tenías los miércoles”. Nuestra conversación me ayudó a entender lo que significaba operar desde una estructura de partido en lugar de desde esas organizaciones de masas desordenadas, más bien flojas, en las que participábamos, y que a menudo ni siquiera eran verdaderas organizaciones de masas.

¿Fue la Guerra Fría la que rompió ese vínculo de transmisión generacional entre la vieja y la nueva izquierda?

Así es. Si el episodio nos enseña algo, es que la represión funciona. Algo parecido ocurrió después de la Primera Guerra Mundial, cuando la represión política logró acabar con un movimiento socialista de masas que había en este país. La Guerra Fría tuvo el mismo efecto. Eso significó que en los años 60 se produjeron diferentes tormentas, ya fueran de derechos civiles, antibelicistas o feministas, pero no había buenas estructuras para unirlas. Esto significó, por ejemplo, que tan pronto como abolieron el servicio militar obligatorio, se derrumbó el movimiento antiguerra. El feminismo también fue cooptado: cuando se abrieron los puestos profesionales y directivos a las mujeres, perdimos la solidaridad de clase que existía entre las trabajadoras. En ese momento, la lucha por los derechos civiles pasó de centrarse en la justicia a centrarse en las oportunidades. Este cambio eliminó de la lucha un elemento clave: el de clase.

Justo en el momento en que el movimiento 9to5 empieza a ganar terreno, a comienzos de los 80, Ronald Reagan sale elegido presidente y, después de la huelga de los controladores del tránsito aéreo en 1981, el movimiento obrero entra en un largo periodo de austeridad y recortes. Estos últimos años, sin embargo, el péndulo parece estar volviendo a favor de los trabajadores. ¿Está de acuerdo?

La opinión pública ha cambiado, pero no sé si las barreras estructurales al poder sindical se superarán en este periodo. Te diré por qué. Hace unos años leí The Romance of American Communism, un gran libro de Vivian Gornick, publicado en 1977, que reúne una serie de entrevistas con personas que habían sido militantes comunistas en los años cuarenta y cincuenta. Algunos de los entrevistados son críticos con el Partido, algunos están enfadados y algunos piensan que fue una buena experiencia. Pero todos coinciden en una cosa, que lo emocionante del movimiento era que había dos elementos clave: visión y disciplina. Lo que tenemos ahora, en mi opinión, es mucha estrategia y táctica. Pero no hay demasiada visión o disciplina. Y son indispensables para este trabajo, como también lo es mantener claro un marco de clase. Sin ese marco, es demasiado fácil dividir a la gente. La clase dominante no se llama así por casualidad. Gobiernan, y siempre lo harán para avanzar en sus propios intereses. Necesitas un movimiento y pasión, claro está, pero también necesitas una organización y un control democrático. Sin ellos, se pueden hacer cambios en la política, pero no se conseguirán cambios en el poder que sean duraderos.

Pone el dedo en la llaga: este ha sido un reto estructural para la izquierda en este país.

Ya lo creo. Michael Kazin tiene un gran libro sobre ello, American Dreamers. Podemos conseguir ciertos avances sociales y culturales, pero éstos no alteran fundamentalmente el equilibrio de poder. ¿Cómo organizar el poder a largo plazo? Esa es la verdadera pregunta que deben plantearse los activistas políticos. La respuesta, por supuesto, puede adoptar distintas formas según el momento. Hoy, me parece, una prioridad es un frente unido contra el fascismo, igual que hace cien años.

Usted ha pasado toda su vida profesional construyendo y trabajando en organizaciones, desde 9to5 y el SEIU hasta el gobierno de Bill Clinton y la AFL-CIO, la federación sindical. Las organizaciones son instrumentos de cambio, pero también son lentas e inertes, lastradas por sus culturas internas y sus ideologías arraigadas. Cuando empezó a militar, por ejemplo, el propio movimiento obrero era profundamente sexista, como explica en el documental de Julia Reichert. ¿Cómo afronta las frustraciones asociadas a las inercias y demás disfunciones institucionales?

Nunca me lo tomo como algo personal. Mira, yo creo en el poder de las organizaciones, pero como tú dices, las organizaciones pueden degenerar, estropearse. Pero una vez que decides intentar cambiar una organización desde dentro, nunca te puedes tomar las cosas como algo personal. No durarías ni un minuto. Y eso es especialmente cierto para mi generación de mujeres en el movimiento obrero. Mi objetivo era claro: lograr cambios para las mujeres trabajadoras. Pensé que el movimiento obrero era el lugar adecuado para hacerlo. Al fin y al cabo, es una de las tres instituciones de masas que hay en este país, junto con las iglesias y los partidos políticos.

Sin embargo, incluso en el movimiento obrero, lograr cambios es difícil. Los obstáculos no faltan.

Por supuesto. Por las dinámicas internas que has mencionado y por el simple hecho de que cualquier movimiento u organización siempre está sujeto a fuerzas externas. El neoliberalismo, por ejemplo. O el ataque masivo a los sindicatos que vimos en los años ochenta y noventa, que buscaba destruirlos. Cuando el cielo se nos cae encima, hay que aguantar. Y luego, toca asomarte a la superficie para evaluar los daños. Tampoco podemos olvidar que el movimiento obrero estadounidense tiene la peor estructura y el peor código laboral de todos los movimientos obreros del mundo desarrollado. Está diseñado para la inercia.

¿Cómo afronta esos retos?

Hay que seguir trabajando y buscar momentos históricos que puedan abrir una brecha.

En otras palabras, hay que ser pragmático y realista.

Cada victoria genera un contragolpe que pretende debilitar el movimiento victorioso desde dentro. No hay más que ver lo que Phyllis Schlafley [una conocida activista conservadora antifeminista] hizo con los derechos de la mujer en este país. No se puede ser ingenua. Tienes que anticipar la reacción. No hay que olvidar que un tercio de este país es sólidamente de derechas. Eso ha sido así al menos desde los años 30. Cuando asociamos los años 30 con el New Deal, olvidamos lo grande y poderoso que fue aquí el movimiento fascista. El truco está en realizar cambios sociales y culturales, y hacer que sean permanentes, asegurándose al mismo tiempo de estar preparadas para la respuesta –y de estar preparada para las oportunidades que puedan darse para dar un salto adelante–.

Lo que nos lleva de nuevo a la importancia de la organización.

Exactamente. Ahí es donde está el reto hoy. A lo largo de los años, siempre planteaba la misma pregunta a las mujeres que conocía: “¿A quién recurres cuando tienes un problema en el trabajo?”. Al principio, en los años 70, las mujeres decían: “Bueno, puede que llame a mi congresista, o puede que llame a la Comisión de Igualdad de Oportunidades o a 9to5”. Pero a medida que pasaba el tiempo, la gente decía: “Bueno, podría hablar con una compañera de trabajo”. Luego se convirtió en: “Bueno, podría hablar con mi madre”. Las vías se fueron estrechando hasta que, en la década de 2000, la gente decía: “Bueno, podría rezar a Dios”. En otras palabras, las soluciones colectivas se han ido reduciendo o han desaparecido. Ahora bien, reconstruirlas es una tarea ingente. Las mujeres se han vuelto más autosuficientes individualmente desde los años 70. Pero también se han vuelto menos poderosas como grupo.

¿Tiene esperanzas?

Eso es irrelevante. Soy una persona muy positiva, y hay que hacer lo que hay que hacer. Tengo una nieta de cinco años que hace poco estaba practicando el abecedario con su madre. Mi hija le preguntó qué quería escribir. Lo que escribió fue “La abuela se cayó en un bache”. Era cierto: seis meses antes, yo le había contado que había estado montando en bicicleta aquí en Washington DC, me había caído por un bache en la calzada y me había roto un dedo. Cuando mi hija me contó la historia, pensé que ése podría ser mi epitafio. Voy montada en mi bicicleta, pedaleando y, de repente, aparece el neoliberalismo. Un bache. Vuelvo a subirme a la bici y sigo pedaleando, y entonces, pum, ocurre el 11-S y todo se paraliza. Pero vuelvo a subirme y a seguir el camino, porque creo que es nuestra obligación. Al final, es una suerte poder vivir nuestras vidas con un propósito.

Jaime Vindel Gamonal: “El ecologismo no ha sido capaz de contrarrestar la cancelación del futuro de la época neoliberal”

Por Aurora Fernández Polanco / CTXT.es

Cultura fósil. Arte, cultura y política entre la Revolución industrial y el calentamiento global (Akal, 2023) es un libro imprescindible para cualquiera que quiera acercarse a los imaginarios del progreso en el arco temporal señalado en el título. Aterrizamos en imágenes que nos llevan de viaje desde las “nubes tormentosas” de las que hablaba John Ruskin en el XIX, hasta los versos de Pasolini, “veremos pantalones remendados;/ atardeceres rojos en suburbios vacíos de motores”. No necesitamos cruzar fronteras para encontrarnos con trabajos transversales, libros que unan la crítica cultural y la ecología, algo muy poco frecuente todavía en nuestro país, tan dado a los estrechos (y ciegos) cauces por los que transcurren las disciplinas, y que este extenso estudio acomete con pasión. Lo activo políticamente es que el libro está escrito sobre la urgencia de las brasas que todo intelectual debe pisar sin remedio, las de la crisis climática, ecológica y energética que nos asola. Con su autor, Jaime Vindel (1981), investigador del CSIC, vamos a tener el gusto de conversar.

Son tantos los asuntos tratados en esta estupenda panorámica que me gustaría detenerme en aquellos que tengan que ver con la necesidad actual (y urgente) de reconectar con determinados momentos en los que las cosas pudieron ser de otra manera; lo que tú denominas resistencia frente a la fatalidad. Un sí hay futuro. ¿Más allá del trabajo de un investigador académico ha sido esto parte del ánimo político y social que te ha invitado a escribir el libro?

Sí, claro. Mi impresión es que el ecologismo, pese a sus indudables logros, no ha sido capaz de contrarrestar la cancelación del futuro que asociamos con la época neoliberal. De hecho, en ocasiones tiende a reforzarla de acuerdo a la difusión de alertas sobre la gravedad de la emergencia ecosocial que no van acompañadas de propuestas que puedan aglutinar a las mayorías sociales. Su insistencia en la toma de conciencia no se ve acompañada de medidas que, sin ignorar los límites marcados por la situación (que no son solo ecológicos, sino también sociales, políticos, culturales, etc.), planteen la apertura de posibles horizontes de futuro deseables, en una escala que abarque desde ambiciosas transformaciones en los imaginarios culturales hasta la implementación de políticas públicas con un contenido más pragmático. Por decirlo de manera telegráfica, creo que una parte sustancial del ecologismo es refractaria a dar la disputa por la hegemonía, absorbida por la crudeza de los diagnósticos, la parálisis que generan filosofías de la naturaleza con un grado mínimo de incidencia social y unos imaginarios tributarios de la lógica de la desconexión, donde el Estado (y, más en general, el ámbito institucional) aparece como un problema y no también como parte de la solución. En contraposición, el libro trata de mostrar que, a lo largo de la modernidad industrial, los imaginarios culturales de la ecología han sido, entre otras cosas, una lucha por la hegemonía y la contra-hegemonía. Haber perdido parcialmente esto de vista representa, ante todo, un síntoma más del cierre de la imaginación política descrito por autores como Mark Fisher y Fredric Jameson. En ese sentido, revertir el fracaso del ecologismo, por emplear una expresión de Jorge Riechmann, implica aliarse con fuerzas sociales que lo exceden y que han tratado de combatir las desigualdades y los malestares que nos afectan, antes que fomentar cosmovisiones como la teoría de Gaia, que resultan muy estimulantes en términos cognitivos, pero bastante estériles en términos políticos.

Falta nos hacía también, Jaime, el hecho de reconectar con determinados imaginarios de la energía que buena parte de los estudios académicos (culturales, artísticos, literarios) han opacado y que desvelas y denuncias como creadores de naturalización de los desastres del capitalismo fósil. Consideras necesario que los análisis científicos deterministas se atraviesen con este imaginario (que nos configura) y que lleva en sí su carga política, económica y social. Es tu aportación a entender los problemas desde el materialismo de una manera distinta a la del marxismo duro, ¿no?

Así es. Como señalo en el libro, la historia de la energía es fascinante porque concentra con claridad lo que acabo de describir. La energía durante la modernidad industrial se ha configurado a la vez como una dimensión física y como una dimensión cultural. En este último ámbito, las imágenes y discursos que rescato en el libro han naturalizado o cuestionado una determinada percepción de la energía, muy dependiente de la ideología productivista, desarrollista y crecentista, por la cual presuponemos que es inagotable e inmaterial. La energía se ha configurado como un vórtice de las disputas por la hegemonía política. Casi todos los regímenes de los siglos XIX y XX, desde la Inglaterra victoriana hasta la España franquista, pasando por las democracias de posguerra, han articulado una relación entre progreso y poder mediada por la energía. Pensemos en los imaginarios del carbón o de las presas hidroeléctricas. Como refleja el término inglés “power”, que significa a la vez potencia y poder, la energía ha impregnado la historia política de la modernidad industrial. En ese sentido, como tú dices, lo que me interesa en el libro es suscitar un doble debate. Si aceptamos que la energía –y, más ampliamente, la ecología– ha sido un objeto activo de disputa política y cultural, entonces debemos deshacernos no solo de las posiciones deterministas del marxismo que concebían la cultura como una expresión superficial y burguesa de relaciones sociales opresivas que se situaban en otro lugar (la matriz productiva de la economía, la fábrica), sino también del cientificismo que atraviesa ciertos discursos sobre la energía, donde cualquier acontecimiento global tiende a emerger como un epifenómeno del pico del petróleo. Esos determinismos materialistas comparten la ilusión ideológica según la cual una situación de crisis revolucionaria o de colapso ecológico facilitará que al fin las cosas se vean tal como son, sin los velos de los discursos y los imaginarios, como si estos no acompañaran necesariamente cualquier coyuntura que afecte a las sociedades humanas. En realidad, ese tipo de posiciones suelen evidenciar la marginalidad política de quien las enuncia. El libro es también un intento de interpelarlas.

Tu crítica y posicionamiento al consumismo exacerbado que vivimos hoy en el corazón del neoliberalismo necesita de un apoyo utópico que te ayude a buscar una salida, y lo encuentras en las ecologías morales de los estudios culturales ingleses de la avanzada posguerra, tan ligados a la clase, porque imaginaron nuevas formas de vida “que impulsaran nuevos modos de percepción e intervención en la realidad”.

Lo que me interesa de la historia social y cultural en autores como E. P. Thompson o Raymond Williams es el modo en que abordan ese componente utópico, que en mi opinión posee unas raíces románticas evidentes, desde una reconstrucción minuciosa de la micro-política que opera en cualquier proceso de transformación gestado desde abajo (algo que echo en falta en los discursos ecologistas, más interesados en moralizar desde una perspectiva ético-filosófica que en comprender desde una perspectiva histórico-política). Pese a las diferencias entre ambos autores, los dos concedieron una gran importancia a la cultura como forma de producir a través de las palabras, las imágenes y las instituciones los vínculos y afectos sociales que atravesaron la construcción histórica del movimiento obrero. Describieron procesos de emergencia de una contra-hegemonía popular opuesta al elitismo cultural de los relatos burgueses de la cultura, a la construcción desde arriba que impulsan los discursos populistas sin base social y a la sociofobia que prima entre aquellas voces del ecologismo que niegan al pueblo la empatía que reclaman para nuestra relación con la biosfera.

Cuando hablas de Raymond Williams, señalas que en los años ochenta plantea un descentramiento de lo productivo en beneficio de la vida, justamente el lugar donde situaba el concepto de cultura. Recoges este testigo, algo recurrente y políticamente relevante en todo el libro, y lo traes al presente, donde dices que se enlazan las luchas ecosociales con las demandas del ecofeminismo. Me consta la transversalidad y porosidad en tus proyectos de investigación, donde propuestas concretas de las compañeras vienen a aterrizar y situar muchos de los problemas teóricos ¿No está el ecofeminismo un poco ausente en tu estudio? ¿Quizá al focalizar en la clase no hay lugar para ello?

Se trata más bien de una cuestión de honestidad política e intelectual. Creo que hay compañeras que están trabajando desde esa perspectiva con una profundidad y radicalidad que yo solo podría asumir de un modo impostado. Sería oportunista por mi parte. Dicho esto, como señalas, en el libro resalto los puntos de intersección entre las genealogías que rescato y algunas de las trayectorias del ecofeminismo (sobre el que conviene, por cierto, hablar en plural). Y, por otra parte, sin ánimo de excusarme, varias de las voces críticas más relevantes del ensayo son mujeres (desde Susan Buck-Morss hasta Roxanne Durban-Ortiz, pasando por las artistas del productivismo soviético), aunque no sean reconocidas habitualmente como escritoras o artistas ecofeministas. Por cierto, esto es algo que me preocupa: creo que, lamentablemente, tendemos a encasillar la crítica ecologista realizada por mujeres en el ámbito del ecofeminismo, como si su punto de vista no fuera relevante en otras discusiones sobre la transición ecosocial. Por lo demás, pienso que el ecofeminismo ha explorado con mucho más calado la vertiente subjetiva de la transformación ecosocial. La revolución cultural que reclaman estas autoras está habitualmente más encarnada que las apelaciones un tanto abstractas que suelen primar en otros discursos ecologistas.

Tu libro, Jaime, no es únicamente el de un erudito que nos muestra el reverso tenebroso de nuestro lugar de procedencia, el capitalismo fósil, el colonialismo extractivista, sino que, como hemos comentado, se hace propositivo en el hoy. Otra conexión importante que haces en este sentido tiene que ver con los imaginarios sobre la energía de la época del New Deal que pones en relación con la actual del Green New Deal, en cuanto a encontrar una alternativa a los combustibles fósiles.

Así es. He estudiado las películas que la administración Roosevelt promovió durante los años treinta con el objetivo de impulsar una nueva matriz energética. El New Deal realizó infraestructuras a gran escala en ecosistemas fluviales como el del río Misisipi, cuyos impactos socioecológicos negativos hoy conocemos bien. Pero, como contrapartida, encontramos en esas películas una imaginación política propositiva, que defendía la intervención de los poderes públicos en la transición energética. Pensemos que en ese momento el gobierno federal mantenía un pulso judicial con las grandes corporaciones del negocio fósil, lo que dotaba a estas producciones culturales de un compromiso político directo. Estas películas fueron capaces de crear una narrativa en torno a la energía hidroeléctrica como una nueva fuente de poder (recordemos la ambivalencia del concepto en inglés), impulsando una serie de imaginarios culturales situados en la historia de la propia nación norteamericana. Son producciones audiovisuales privilegiadas para repensar en el presente la relación entre imaginarios culturales, formaciones sociales, políticas públicas y crisis ecológica (de hecho, las tormentas de arena de comienzos de la década propiciaron procesos de aridificación de los suelos que presagiaban algunos de los peores efectos del cambio climático). La pregunta que nos deberíamos plantear entonces hoy es qué narrativas podemos incentivar para promover una transición ecosocial que parta de que toda construcción de hegemonía está siempre condicionada por elementos imaginarios de la historia heredada, sin que eso implique renunciar a combatir los aspectos socioecológicos más cuestionables de proyectos políticos como el New Deal (que, como defiendo en el libro, ya fue un Green New Deal). Frente al platonismo del ecologismo de la verdad, y sin minusvalorar la importancia de esta, nos convendría aceptar que las imágenes tienen una potencia esencial para el cambio histórico, en la medida en que permiten desdoblar la realidad en dos (ese es el trabajo de la ficción) e impulsan la movilización subjetiva de los cuerpos de la multitud. Lo que nos cuesta no es admitir la gravedad de la crisis ecológica, sino experimentar la sensación cierta de que existen salidas viables y estimulantes a la situación en que nos encontramos. Y hay que imaginarlas.

Apropiación del capital fijo: ¿Una metáfora?

Por Toni Negri

Este artículo aparece publicado en el libro Neo-operaísmo, compilado por Mauro Reis y publicado por Caja Negra en 2021. 

 

1. En el debate alrededor del impacto digital sobre la sociedad, si se considera que las tecnologías digitales han modificado de manera profunda el “modo de producción” (además de los modos de conocer y de comunicar), se presenta la hipótesis, sólida, de que el trabajador, el productor, se ha transformado con el uso de las máquinas digitales. La discusión sobre las consecuencias psicopolíticas de estas máquinas es tan amplia que apenas vale la pena recordarla, aun si los resultados que nos llegan de estas investigaciones son altamente problemáticos. Por lo general, sus conclusiones hablan de una sujeción pasiva del trabajador a la máquina, de una alienación generalizada, de la epidemicidad de enfermedades depresivas, de taylorismos algorítmicos, o lo que sea que se les pase por la cabeza. Al interior de estas catastróficas novedades sopla el viejo adagio nazi: “La tierra que habitamos se revela como un distrito minero muerto que hiere la esencia del hombre”. Un razonamiento más sofisticado sobre el impacto digital es el de preguntarnos si, y eventualmente cómo, los cuerpos y las mentes de los trabajadores se apropian de la máquina digital. Recordemos que, si el nuevo impacto de la máquina digital sobre el productor tiene lugar bajo el dominio del capital, el productor no solamente cede valor al capital constante en el curso del proceso productivo, sino que, como fuerza de trabajo congnitiva, ya sea en su aporte productivo singular o en el uso cooperativo de la máquina digital, se conecta a esta y puede hasta confundirse con ella cuando la conexión se desarrolla en el flujo inmaterial del trabajo cognitivo. En el trabajo cognitivo, el trabajo vivo, aunque sujeto al capital fijo en el tiempo en que desenvuelve su capacidad productiva, puede invertir el proceso, al ser simultáneamente materia y motor activo de este capital fijo. Consecuentemente, en el ámbito marxista, se ha comenzado a hablar de “apropiación del capital fijo” por parte del trabajador digital, del productor cognitivo. Cuando se analizan los aumentos de productividad de los trabajadores digitales o la capacidad productiva de los “nativos digitales”, se postulan de manera espontánea estos asuntos y problemas. Pero, ¿constituyen una simple metáfora?

2. Y, en particular, ¿son simples metáforas políticas? Al hablar de “apropiación del capital fijo” por parte de los productores (en antagonismo con la empresa que se mueve por la ganancia), se recuperan cuestiones que en el campo filosófico y político han tenido larga resonancia en los últimos cincuenta años. En la antropología alemana (de Plessner, Gehlen, Popitz) como en el materialismo francés (Simondon), en el feminismo materialista (Haraway y Braidotti), el mestizaje humano/máquina ha tenido importantes desarrollos. Baste recordar la teoría guattariana de los agencements machiniques [agenciamientos maquínicos], que recorre un poco todo su pensamiento y que influye fuertemente en el diseño filosófico de Mil mesetas. 

Puede que lo más significativo de estas propuestas filosóficas sea el hecho de que su aplicación –homogéneamente materialista pese a diversas versiones en las que se presenta– ha mostrado características nuevas, irreductibles a cualquier clasificación pretérita. Es cierto que desde hace mucho el materialismo no se exhibe ya con la apariencia épica con la que lo elaboraron los autores de las Luces, de Holbach a Helvetius, y además ha asimilado aspectos decididamente dinámicos de la física del siglo XX. Con todo, el materialismo se presenta ahora, en las teorías que hemos referido, caracterizado por una impronta “humanista” que lejos de renovar apologías idealistas del “hombre” está determinada por un interés por el cuerpo, por su singularidad y por su densidad en el pensamiento y en la acción. El materialismo se presenta hoy como una teoría de la producción, ampliamente comprometida con los aspectos cognitivos y con los efectos de hibridación cooperativa de la producción misma. ¿Es la mutación del modo de producción, que pasó de predominio de lo material a la hegemonía de lo inmaterial, lo que ha producido estas derivaciones del pensamiento filosófico? Al no ser adepto de las teorías del reflejo, no lo creo: en cambio, estoy convencido de la concrescencia del modo de producción digital y de esta fuerte modificación en la tradición materialista. Con una consecuente observación que permite adelantar una respuesta a la pregunta planteada al inicio: ¿la “apropiación del capital fijo” es una metáfora política? Lo es seguramente, cuando de esta afirmación se deriva, por ejemplo, una definición de “potencia”, en términos políticos, eventualmente constituyentes, y la apropiación del capital fijo deviene la base analógica para la construcción de un sujeto ético y/o político, adecuado para una ontología materialista del presente y para una teleología comunista del porvenir.

EN EL TRABAJO COGNITIVO, EL TRABAJO VIVO, EL SUJETO PUEDE SER SIMULTÁNEAMENTE MATERIA Y MOTOR ACTIVO DE ESTE CAPITAL FIJO.

3. Sin embargo, no siempre el desarrollo del tema de la I “apropiación del capital fijo” resulta ser metafórico. Marx mostró cuánto la sola colocación del trabajador al frente (al mando) del medio de producción le modifica, además de la capacidad productiva, la figura, la naturaleza, la ontología. Clásica es, desde este punto de vista, la narración marxiana del pasaje de la “manufactura” a la “gran industria”. En la manufactura hay aún un principio “subjetivo” en la división del trabajo, y esto significa que el obrero se ha apropiado del proceso productivo después de que el proceso productivo era adaptado al obrero (El capital I, 2); en cambio, en la gran industria, la división del trabajo es solo “objetiva”, se anula el uso subjetivo/ artesano de la máquina (El capital I, 2) y la maquinaria se constituye contra el hombre (El capital I, 2), la máquina se muestra contendiente, antagonista del obrero (El capital II, 2) o, incluso, la máquina reduce al obrero a ani- mal de trabajo (El capital III, 1). Y sin embargo, en Marx también hay un punto de partida diferente: reconoce que el trabajador y el medio de trabajo se configuran además como una construcción híbrida (El capital I, 1) y que las condiciones del proceso productivo constituyen en gran parte las condiciones de vida del trabajador, su “forma de vida” (El capital III, 1). El concepto mismo de productividad del trabajo implica una conexión estrecha y dinámica entre capital variable y capital fijo (El capital III, 1), y los descubrimientos teóricos –añade Marx– son recuperados en el proceso productivo a través de la experiencia del trabajador (El capital III, 1). Más adelante daremos una conclusión sobre el modo en que Marx entiende, en El capital, la apropiación del capital fijo por parte del productor. Ahora bien, quiero enfatizar que al análisis de Marx en El capital subyacen las argumentaciones de los Grundrisse, es decir, la teorización del general intellect como materia y sujeto del proceso productivo: este descubrimiento condujo a mostrar cuán central es la materia cognitiva al producir y cómo el mismo concepto de capital fijo es transformado por ella. Cuando Marx afirma que el capital fijo –que en El capital es entendido generalmente como el complejo de máquinas– se transforma en el “hombre mismo”, anticipa el desarrollo que tendrá el capital en nuestro tiempo. Si bien el capital fijo es el producto del trabajo y no otra cosa que el trabajo apropiado por el capital, aunque el capital se apropie gratuitamente de todo esto, en algún momento del desarrollo capitalista el trabajo vivo comienza a ejercer su poder para invertir esta relación. El trabajo vivo empieza a mostrar su prioridad respecto al capital y al management capitalista de la producción social, aun cuando esto no pueda ser necesariamente llevado hacia afuera del proceso. En otras palabras, cuando deviene un poder social cada vez mayor, el trabajo vivo funciona como actividad crecientemente independiente, fuera de las estructuras disciplinarias que el capital comanda: no solo la fuerza de trabajo, sino también, de manera más general, la actividad vital. Por un lado, la actividad humana y su inteligencia pasadas son acumuladas, cristalizadas como capital fijo; pero por otro lado, invierten el flujo: los seres humanos son capaces de reabsorber el capital en sí mismos y en su vida social. El capital fijo es el “hombre mismo” en ambos sentidos.

Aquí, la apropiación del capital fijo no es ya una metáfora, sino que se transforma en un dispositivo que la lucha de clase puede asumir y que se impone como un programa político. De hecho, en este caso el capital deja de ser una relación que objetivamente incluye al productor imponiéndole a la fuerza su dominio: la relación capitalista contiene ahora una contradicción última: la de un productor, o una clase de productores que la ha, parcial o totalmente –en todo caso, efectivamente–, despojado de los medios de producción, imponiéndose ella misma como sujeto hegemónico. La analogía con la emersión del Tercer Estado en las estructuras del Ancien régime es utilizada por Marx en la reconstrucción histórica de la relación capitalista, y evidentemente se presenta de manera explosiva, revolucionaria.

4. En este punto debemos centrar la atención en las nuevas  figuras del trabajo, sobre todo en aquellas que crean los propios trabajadores en las redes sociales. Las capacidades productivas de estos trabajadores se han visto incrementadas en un nivel exponencial porque su cooperación es cada vez más intensa. Ahora veamos lo que aquí sucede. En la cooperación, el trabajo se abstrae cada vez más del capital; esto es, tiene una mayor capacidad de organizar la producción misma, autónomamente y, de manera particular, en relación con las máquinas, aunque permanece subordinado a los mecanismos de extracción del trabajo por parte del capital. ¿Es esta autonomía la misma que hemos reconocido en las formas de trabajo autónomo en la primera fase de la producción capitalista? Nos parece claramente que no. De hecho, la hipótesis es que ahora existe un grado de autonomía que no se refiere solo al proceso de producción, sino que también se impone en sentido ontológico: es decir que el trabajo conquista una consistencia ontológica aun cuando esté subordinado completamente al dominio capitalista. ¿Cómo podemos comprender una situación en la que empresas productivas –temporalmente continuas y espacialmente extendidas– e invenciones colectivas y cooperativas por parte de los trabajadores, terminan siendo fijadas como valor extraído por el capital? Es difícil si no nos desligamos de metodologías lineales y deterministas y no asumimos un método que se articule a través de dispositivos. Si lo hacemos, podemos reconocer que, en esta situación, la relación entre los procesos productivos en manos de los trabajadores y los mecanismos capitalistas de valorización y de dominio están cada vez más separados. El trabajo ha alcanzado tal nivel de dignidad y de poder que puede potencialmente rechazar la forma de valorización que le es impuesta y así, aunque bajo el dominio del capital, puede desarrollar la propia autonomía.

Los poderes crecientes del trabajo pueden ser reconocidos no solo en la expansión y en la creciente autonomía de la cooperación, sino también en la mayor importancia que se da a los poderes sociales y cognitivos del trabajo en las estructuras de la producción. El primer elemento, una cooperación extendida, se debe seguramente al incremento del contacto físico entre los trabajadores digitales en la sociedad informatizada, pero todavía más (como siempre Paolo Virno nos insta a pensar) a la formación de una “intelectualidad de masa”, animada por las competencias lingüísticas y culturales, por las capacidades afectivas y por las potencias digitales. No es casual, segundo elemento, que esta capacidad y esta creatividad del trabajo aumenten la productividad. Consideremos ahora cuánto ha cambiado el papel del conocimiento en la historia de las relaciones entre capital y trabajo. Como ya vimos, en la fase de la “manufactura”, el conocimiento del artesano era empleado y absorbido en la producción como una fuerza separada, aislada, y por lo tanto subordinada en una estructura organizativa jerárquica. En la fase de la “gran industria”, por el contrario, los obreros eran considerados incapaces del conocimiento necesario para la producción, que estaba entonces centralizado en el management. En la fase contemporánea del general intellect, el conocimiento tiene una forma multitudinaria en el proceso productivo, aun si, desde el punto de vista del patrón, ese conocimiento pueda ser aislado como lo era el conocimiento artesano en la manufactura. En realidad, desde el punto de vista del capital, todavía es un enigma el modo en que el trabajo se autoorganiza, incluso cuando esto se convierte en la base de la producción.

Para seguir adelante, un ejemplo: una importante figura del trabajo asociado está hoy oculta en el funcionamiento de los algoritmos. Junto con la propaganda incesante que afirma la necesidad del dominio capitalista y los sermones sobre la inhallable alternativa a este sistema de poder, frecuentemente oímos el elogio al rol de los algoritmos. Pero ¿qué es un algoritmo? En primer lugar, es capital fijo, una máquina nacida de la inteligencia cooperativa social, un producto del general intellect. A pesar de que el valor de una actividad productiva es fijado en el proceso social de extracción del plustrabajo por parte del capital, no hay que olvidar que la fuerza del trabajo vivo está en la base de este proceso. Sin trabajo vivo no hay algoritmo. Y, no obstante, los algoritmos presentan también numerosas características nuevas: este es un segundo punto.

Consideremos el PageRank de Google, tal vez el algoritmo mejor conocido y el que más lucro genera. El rango de una página web está determinado por el número y la calidad de los vínculos [links]; alta calidad significa un vínculo a una página que tenga ella misma un alto rango. PageRank es entonces un mecanismo para incorporar el juicio y el valor concedido por los usuarios a los objetos de Internet. “Cada link es una concentración de inteligencia”, escribe Matteo Pasquinelli. Una diferencia relevante que presentan los algoritmos como el PageRank consiste en el hecho de que mientras las máquinas industriales cristalizan la inteligencia pasada en forma relativamente fija y estática, estos algoritmos añaden continuamente inteligencia social a los resultados del pasado, de modo que crean una dinámica abierta y expansiva. Es como si la máquina algorítmica misma fuera inteligente, pero no es verdad; más bien está abierta a las continuas modificaciones de la inteligencia humana. Cuando hablamos de “máquinas inteligentes”, debemos entender que se habla de máqui- nas capaces de absorber inteligencia continuamente. Un segundo rasgo distintivo es que el proceso de extracción de valor establecido por estos algoritmos es cada vez más abierto y socializado de tal manera que borra los confines entre el trabajo y la vida. Lo saben bien los usuarios de Google… Y, por último, otra diferencia entre los procesos productivos estudiados por Marx y este tipo de producción de valor consiste en el hecho de que la cooperación hoy no es ya impuesta por el patrón, sino generada en las relaciones entre los productores. En la actualidad podemos hablar realmente de una reapropiación del capital fijo por parte de los trabajadores y de una integración de las máquinas inteligentes bajo un control social autónomo; lo encontramos por ejemplo en el proceso de construcción de algoritmos orientados a la autovalorización de la cooperación social y de la reproducción de la vida.

Podemos añadir que aun cuando los instrumentos cibernéticos y digitales son puestos al servicio de la valorización capitalista, aun cuando la inteligencia social es puesta a trabajar y llamada a producir subjetividades obedientes, el capital fijo está integrado en los cuerpos y en los cerebros de los trabajadores y se vuelve su segunda naturaleza. Siempre, desde el nacimiento de la civilización industrial, los trabajadores han poseído un conocimiento más íntimo e interior de las máquinas y de los sistemas de las máquinas que el conocimiento que los capitalistas y sus mánagers hayan jamás podido tener. Hoy, estos procesos de apropiación obrera del conocimiento pueden llegar a ser decisivos. No se realizan simplemente en los procesos productivos, sino que son intensificados y concretizados a través de la cooperación productiva en los procesos vitales de circulación y socialización. Los trabajadores pueden apropiarse del capital fijo mientras trabajan y pueden desarrollar esta apropiación en sus relaciones sociales, cooperativas y biopolíticas con otros trabajadores. Todo esto determina una nueva naturaleza productiva, y significa una nueva “forma de vida” situada en la base de un nuevo “modo de producir”.

PERO ¿QUÉ ES UN ALGORITMO? ES CAPITAL FIJO, UNA MÁQUINA NACIDA DE LA INTELIGENCIA COOPERATIVA SOCIAL. SIN TRABAJO VIVO NO HAY ALGORITMO.

5. Para ir un poco más a fondo en este argumento y para I eliminar el aspecto utópico que, si no daña nuestro dis- O curso, a veces parece confundirlo, consideremos cómo algunos estudiosos del capitalismo cognitivo organizan la hipótesis de la apropiación del capital fijo. David Harvey por ejemplo estudia esta apropiación a través del análisis de los espacios de asentamiento y cruce de las metrópolis por parte de los cuerpos que trabajan: desplazamientos del capital variable que tienen efectos radicales sobre las condiciones y sobre las prácticas de los cuerpos sometidos y, con todo, capaces de movimientos autónomos y de autonomía en la organización del trabajo. Este análisis es todavía muy superficial. Mucho más incisivo es el que sugería André Gorz, deshaciendo la compleja trama de explotación y alienación, al subrayar que las potencias intelectuales de la producción se forman en el cuerpo social. La liberación de la alienación social impulsa la capacidad de actuar subjetivamente/intelectualmente en la producción. Más adelante, siguiendo esta línea, no sorprende descubrir que hoy “la parte del capital llamado ‘intangible’ (no solo la investigación y el desarrollo, sino también la educación y la sanidad) supera a la del capital material en el stock global de capital y se ha convertido en el elemento determinante del crecimiento económico” (Vercellone). El capital fijo se encuentra actualmente dentro de los cuerpos, inscrito en ellos y al mismo tiempo subordinado a ellos (y tanto más lo será cuando consideramos “actividades como la investigación o el desarrollo de software en las que el trabajo no se cristaliza en un producto material separado del trabajador, sino que permanece incorporado al cerebro e indivisible de la persona”. Laurent Baronian alcanza un punto culminante cuando, regresando a El capital y al análisis de la relación productiva, generaliza la potencia de los cuerpos y de las mentes haciendo de su figura asociada el elemento determinante del capital fijo. Aquí el capital fijo es la cooperación social. Aquí, las fronteras de la relación entre trabajo vivo y trabajo muerto (es decir, entre capital variable y capital fijo) se confunden definitivamente.

De hecho –así concluye Marx en El capital– si desde el punto de vista del capitalista, capital constante y capital variable se identifican bajo la rúbrica del capital circulante (El capital III, 1) y si para el capitalista la única diferencia esencial existe entre capital fijo y capital circulante (El capital III, 1), entonces, desde el punto de vista del productor, capital constante y capital circulante se identifican bajo la rúbrica del capital fijo y la única diferencia esencial existe entre capital variable y capital fijo: ahora bien, es en el capital fijo donde el capital variable pone todo su interés de reapropiación.

Las condiciones emancipadoras de la cooperación del trabajo vivo, por tanto, se invierten y ocupan de manera creciente los espacios y las funciones del capital fijo.

Continuando con Vercellone y Marazzi sobre este punto, lo que llamamos capital inmaterial o intelectual está en realidad esencialmente incorporado en los humanos y por ello corresponde de modo fundamental a las facultades intelectuales y creativas de la fuerza de trabajo. Nos encontramos ante un trastorno de los conceptos mismos de capital constante y de composición orgánica del capital heredados del capitalismo industrial. En la relación C/V [constante/variable] que designa matemáticamente la composición orgánica social del capital, es de hecho V, la fuerza de trabajo, la que aparece como principal capital fijo y, para retomar una expresión de Christian Marazzi, se presenta como “cuerpo-máquina” de la “fuerza de trabajo”. Ya que, precisa Marazzi, “además de ser la sede de la facultad de trabajo, contiene en sí también las funciones típicas del capital fijo y de los medios de producción en cuanto sedimentación de saberes codificados, conocimientos históricamente adquiridos, gramáticas productivas, experiencias, es decir, trabajo pasado”.

6. Subjetividad maquínica: así, por ejemplo, podemos calificar a los jóvenes que entran espontáneamente en el mundo digital. Concebimos aquí lo maquínico en contraste no solo con lo mecánico, sino también con una noción de realidad tecnológica separada e incluso opuesta a la sociedad humana. Félix Guattari explica que si tradicionalmente el problema de las máquinas ha sido visto como secundario respecto a la cuestión de la techné y de la tecnología, nosotros debemos sobre todo reconocer que el problema de las máquinas es primario y que precede al de la tecnología. Nosotros podemos, continúa, ver la naturaleza social de la máquina: “En cuanto ‘la máquina’ se abre a un ambiente maquínico y mantiene toda suerte de relaciones con sus constituyentes sociales y con las subjetividades individuales, el concepto de máquina tecnológica debe ser extendido al de agencements machiniques, de ensamblajes maquínicos”. Lo maquínico entonces no se refiere ya a una máquina individual, aislada, sino siempre a un ensamblaje. Para comprender esto pensemos en los sistemas mecánicos, esto es, en las máquinas conectadas e integradas con otras máquinas. Enseguida añadamos la subjetividad humana e imaginemos a los humanos integrados dentro de relaciones maquínicas y a las máquinas integradas dentro de los cuerpos humanos y en la sociedad humana. Y, en fin, Guattari junto con Deleuze conciben los ensamblajes maquínicos como progresivos, incorporando todo género de elementos humanos y de singularidad humana y no-humana. El concepto de maquínico en Deleuze/Guattari es, en una forma diferente, el concepto de producción en Foucault; ambos captan la necesidad de desarrollar, fuera de la identidad espiritualista, subjetividades de conocimiento y acción y de demostrar cómo estas emergen de producciones materialmente interconectadas.

En términos económicos, lo maquínico aparece claramente en las subjetividades que surgen cuando el capital fijo es reapropiado por la fuerza de trabajo, esto es, cuando las máquinas materiales e inmateriales y el conocimiento que cristalizan la producción social pasada son reintegrados en las subjetividades sociales que cooperan y producen en el presente. Los ensamblajes maquínicos son así en parte incorporados y recogidos en la noción de “producción antropogenética”. Algunos de los economistas marxistas más inteligentes, como Robert Boyer y Christian Marazzi, caracterizan la novedad de la producción económica contemporánea –y el pasaje del fordismo al posfordismo– centrándose en “la production de l’homme par l’homme” [la producción del hombre por el hombre] en contraste con la noción tradicional de producción de mercancías por medio de mercancías. Crece la centralidad de la producción de subjetividad y las formas de vida para la valorización capitalista y esta lógica conduce directamente a las nociones de producción cognitiva y biopolítica. Lo maquínico extiende ulteriormente este modelo antropogenético con el fin de incorporar varias singularidades no-humanas en los complejos que produce y son produci- dos. Más precisamente: cuando decimos que el capital fijo es reapropiado por los sujetos trabajadores, no decimos simplemente que aquel se transforma en su posesión, sino sobre todo que es integrado a ensamblajes maquínicos, constituyentes de subjetividad.

Lo maquínico es siempre un ensamblaje, una composición dinámica del humano y de otros seres, pero la potencia de esta nueva subjetividad maquínica es solamente virtual mientras no sea actualizada y articulada en la cooperación social y en el común. Si la reapropiación del capital fijo ocurriese individualmente, transfiriendo propiedad privada de un individuo al otro, no constituiría sino un quitar a Fulano para pagar a Mengano y no tendría ningún significado real. Cuando, por el contrario, la riqueza y la potencia productiva del capital fijo son apropiadas socialmente y se las traslada de la propiedad privada al común, entonces el poder de las subjetividades maquínicas y de sus redes cooperativas puede ser plenamente utilizado. La dinámica maquínica de ensamblaje, las formas productivas de cooperación y la base ontológica del común son implicadas de la manera más estrecha.

Cuando vemos a los jóvenes de hoy, absorbidos en el G común, determinados con sus potencias maquínicas en la  cooperación, debemos reconocer que su verdadera existencia es resistencia. El capital está obligado a reconocer esta dura verdad. Eso puede consolidar económicamente el desarrollo del común que es producto de las subjetividades, de las cuales el capital extrae valor; pero el común se construye a través de las formas de resistencia y de los procesos que reapropian el capital fijo. La contradicción se hace cada vez más evidente. “Explótate a ti mismo”, dice el capital a las subjetividades productivas, y estas responden: “Nosotras deseamos valorizarnos a nosotras mismas, gobernar el común que producimos”. Ningún obstáculo a este proceso –ni la sospecha de obstáculos virtuales– puede impedir el choque que se aproxima. Si el capital puede expropiar valor solo de la cooperación de las subjetividades y estas se resisten a la explotación, el capital debe entonces elevar el nivel de dominio e iniciar operaciones de extracción de valor del común cada vez más arbitrarias y violentas. Es a esta transición a la que nos conduce la temática de la reapropiación del capital fijo.

 

CUANDO DECIMOS QUE EL CAPITAL FIJO ES REAPROPIADO POR LOS SUJETOS TRABAJADORES, NO DECIMOS SIMPLEMENTE QUE AQUEL SE TRANSFORMA EN SU POSESIÓN, SINO SOBRE TODO QUE ES INTEGRADO A ENSAMBLAJES MAQUÍNICOS, CONSTITUYENTES DE SUBJETIVIDAD.