Democracia y «acumulación por desposesión»

Por Macarena Marey

En contextos capitalistas, las democracias siempre verán sus conquistas de igualdad y libertad limitadas por los embates de la desposesión privatizadora

Colegas de la teoría política, la sociología, el análisis del discurso y la historia argentina reciente han estado poniendo el foco en analizar el voto (los votos) a Javier Milei. ¿Se trata de un voto ideológico de un pueblo con una ciudadanía abiertamente antidemocrática y pro-dictadura? ¿Es un voto gorila, de odio al peronismo? ¿Se explica por el impacto sobre el ánimo del votante de la carestía, los niveles de pobreza y la serie continua de errores del gobierno anterior? ¿Es que «la gente», ese actor político inasible e inhallable, esa nube de doxa que flota sobre todas nuestras cabezas, entiende muy poco de economía o de política y entonces compra cualquier ilusión que quieran venderle?

Como filósofa política, sólo puedo decir que no podemos acceder con una certeza apodíctica a la subjetividad del votante. Quizás podamos arrimarnos con algunas hipótesis de trabajo para analizar la coyuntura presente con la mirada puesta en lo que vendrá, pero el punto es que no existe una «subjetividad votante» homogénea que explique los resultados electorales con un modelo de relación de causa-efecto. No podemos saber por qué «la gente» votó a Milei en realidad.

Pero sí hay algo más estructural que coyuntural para decir al respecto. Se trata de algo que parece una verdad trivial pero que tiene un poder explicativo muy profundo. En una democracia capitalista en la que la participación política se reduce ideológicamente al simple voto, esta herramienta tiene un único objetivo: echar funcionarios. Esta es la visión de la democracia que ganó la partida ideológica en casi todo el mundo cuando durante el siglo pasado el número de las democracias constitucionales crecía, las elites políticas y económicas temían el avance del pueblo («las masas») sobre sus privilegios pero ya no podían mantener esos privilegios quitándoles los derechos políticos a las mayorías numéricas de trabajadores sacrificados en las trincheras europeas. Los teóricos economistas de la democracia liberal-capitalista vieron a la así llamada «democracia de masas» como una amenaza inminente que podía instaurar múltiples Estados de bienestar en los que los derechos sociales, la libertad universal (no ya la de unos pocos) y la dignidad valieran más que las ganancias del capital.

Así es como los padres de la democracia agregativa (Schumpeter, Arrow y Hayek, principalmente) se pusieron a desarrollar sus teorías teniendo como enemigos no precisamente al comunismo y a la planificación estatal sino al mismo Estado liberal-republicano de bienestar. En esta visión de la democracia que hoy viene ganando la disputa por el sentido, la soberanía popular está domesticada por medio del voto esporádico para remover funcionarios. La estatalidad queda reservada a unos pocos que deciden, sin consulta ni participación popular. Este esquema político de la democracia agregativa es el Leviatán hobbesiano: un Poder Ejecutivo superpoderoso que tiene una injerencia desbalanceada sobre el Poder Legislativo y el Poder Judicial y que actúa sólo para defender al capital. (Dicho al pasar, esta es la razón por la que Carl Schmitt no es útil contra el neoliberalismo en particular y el capitalismo en general; él no ataca lo más definitorio del contendiente liberal, que no es el consenso ni la supuesta tensión entre soberanía popular y derechos humanos). Claro que no se trata de un Estado pequeño sino de uno descomunal que se mete en todo lo que no salga como planea, con la asistencia especial de un aparato represivo gigantesco.

Esta es la visión de la democracia que triunfa una y otra vez en la Argentina, a pesar de las luchas materiales y simbólicas por el sentido de libertad, igualdad y fraternidad que se vienen dando desde que Argentina es Argentina. Y esto no pasa exclusivamente en nuestro país sino que es una realidad global que afecta a todas las democracias constitucionales desde antes del fin de la Segunda Guerra Mundial, por lo que insistir con el nacionalismo explicativo y con la idea de una supuesta excepcionalidad argentina no ayuda demasiado para entender esas «nuevas derechas» de las que se puso de moda hablar.

En resumen: ganó Milei porque esta democracia está tan capturada por la lógica del capital que votamos para sacar funcionarios del gobierno, poco importa qué digan o hagan los candidatos. Ahora bien, el problema grave es que este tipo de voto es síntoma de un régimen político determinado que tiende a intensificar la desposesión de lo público, la privatización de los bienes comunes. En una palabra, hay un rasgo estructural de nuestra democracia por la cual la tendencia a la acumulación por desposesión, la carestía, la baja salarial y el desempleo se mantienen constantes, no como una eventualidad bajo gobiernos determinados.

Se escribe «ajuste», se pronuncia «acumulación por desposesión»

En 1625 Hugo Grocio, un autor central de la tradición moderna del contrato social —que todavía moldea la filosofía política—, hizo un movimiento conceptual muy característico de los dogmas capitalistas: tomó la noción de posesión común de la Tierra de la filosofía política medieval, que a su vez la extrajo de la Biblia, y la reformuló para justificar el régimen de propiedad privada de la tierra que daría inicio al desarrollo del capitalismo planetario. La movida básica del argumento es que Dios nos dio (a toda la humanidad) la Tierra y todo lo que existe en ella con el fin explícito de que nos beneficiemos.

En la última década del siglo XVII, John Locke (el verdadero patriarca del liberalismo capitalista) tomó esta misma senda para justificar no sólo la propiedad privada, sino además la distribución desigual de la propiedad agraria y la superioridad de un modo de producción determinado por sobre otros. Este es el inicio filosófico político de la doctrina del capital.

En el capítulo quinto del Ensayo sobre el gobierno civil Locke escribió su famosa teoría de la propiedad privada. Se trata de una argumentación que explica la génesis de la propiedad privada legítima, esto es, aprobada por la ley natural, desde un inicio bastante problemático. Es la idea de una posesión común originaria que haría a toda la humanidad inicialmente poseedora en común de la entera creación.

Pero, ¿cómo apropiarnos legítimamente de algo si todos compartimos la misma tierra? Célebremente, Locke nos explica que esto ocurre por medio del trabajo. Trabajando vamos convirtiendo lo natural común en lo privado nuestro y, si lo hacemos bien, respetando la regla de no desperdiciar ni derrochar para dejarle a los demás tanto como agarramos y de la misma calidad, adquirimos inmediatamente derechos de propiedad privada con independencia de la ley positiva y del consentimiento de las demás personas. Esto, agrega Locke, funciona para todo tipo de propiedades privadas: desde una manzana que un hombre en el estadio «primitivo» de la historia tomaba de un manzano salvaje hasta un latifundio. Como nota marginal, nótese que este es el mismo deslizamiento por el cual una persona que sólo tiene en propiedad privada objetos de consumo (ni siquiera una casa o un auto, por ejemplo) está convencida de que su «propiedad» sobre su celular es del mismo tipo que la que tiene Benetton sobre vastos territorios en la Patagonia, lo que la vuelve incapaz de percibir su propia situación en el marco de las condiciones materiales en que vive. Es algo ridículo de pensar, pero el capitalismo produce subjetividades ridículas.

Los deslizamientos de sentido de la manzana que tomamos del árbol salvaje a las plantaciones en ultramar y la producción protocapitalista en talleres en Europa son, como es evidente a primera vista, bastante profundos. Locke desplaza el sentido inicial de «trabajo», que pasaba por procurarse los bienes necesarios para la vida sin arruinar los recursos y pensando en las demás personas, hacia el sentido específico de agregarle valor a la tierra. Aquí «agregarle valor a la tierra» no significa hacerla más rica en nutrientes y no agotarla, sino sacar de ella todas las ganancias económicas posibles, incluso si eso implica arruinarla para el futuro. Se trata, antes que nada, de generar riqueza, no de la preservación de uno mismo y de la humanidad en general, como prometía el inicio de la argumentación iusnaturalista de la mayoría de los autores de la tradición del contrato. Ellen Meiksins Wood lo explica muy bien en Los orígenes agrarios del capitalismo.

Locke intenta convencernos de que esa riqueza tiene como destinataria a toda la humanidad. Esa parte del texto es la menos creíble, pues se trata simplemente de riquezas para el propietario privado de la plantación, del taller, del latifundio. Esta riqueza no se reparte ni comparte «con la humanidad», se vende en el mercado capitalista y será una pena si no alcanza para todos, lo mismo que si alguien no puede comprar su parte. Lo central, para Locke, es insistir en que todo este régimen de propiedad es absolutamente moral y legítimo, que nadie está siendo dañado en lo suyo mientras se desarrolla históricamente y que el hecho de que alguien se quede sin su parte no constituye una injusticia sino, en todo caso, una tragedia inevitable.

Esta teoría compleja de la propiedad tenía principalmente cuatro objetivos: justificar la colonización de América, justificar el cercamiento y privatización de los commons y la separación de los trabajadores de los medios de la producción para producir masas asalariadas que no tienen más para vender que su fuerza de trabajo, justificar la superioridad moral de un modo de producción orientado a las ganancias y no a las necesidades y justificar un Estado destinado solamente a proteger a este régimen de propiedad de la tierra y de la producción, un sistema que existe, para Locke, independientemente de las leyes positivas, sancionado por las etéreas leyes naturales (las del cielo). Los «indios» americanos, quería establecer Locke, no son propietarios de sus tierras porque no las trabajan como deberían trabajarlas (es decir, no apuntando a una reproducción digna de la vida sino a generar ganancias en el mercado).

En el famoso capítulo 24 de El Capital, Marx desnudó la verdadera historia de violencia de la así llamada «acumulación originaria» (la teoría de la propiedad privada) que permitió que el capitalismo echara a andar. Los teóricos del capitalismo siempre ponen este momento «primitivo» de violencia, genocidio y robo por fuera de la historia, en una prehistoria en la que el derecho moderno todavía no había nacido dado que el derecho moderno nace para resguardar el resultado de esa acumulación. El Estado moderno es la pasada en limpio de la apropiación privada por medio del ocultamiento, vía derecho privado, de las violencias perpetradas por quienes se robaron las posesiones y propiedades comunes. Toda apropiación capitalista es producto de un proceso de desposesión, el resultado de un robo a un colectivo comunitario que se intenta hacer pasar por no-propietario, por mero «poseedor» común originario, allá lejos y hace tiempo en el libro del Génesis, constituido por gente que no aprovechó bien las cosas que les dio Dios.

Ahora bien, el punto es que el capitalismo siempre depende de los procesos de desposesión (como muy bien lo explica David Harvey), no sólo en el siglo XVII en Inglaterra o durante las eras coloniales. Lo hace todo el tiempo, sobre todo cuando se siente en crisis. La estrategia teórica (ideológica) es siempre la misma: afirmar que cualquier régimen de propiedad que no sea capitalista no es, en rigor, un régimen de propiedad, sino que esas cosas, por ejemplo, las cosas públicas, no son de nadie. Si no son de nadie, alguien se las puede apropiar «por medio de su trabajo».

Pero esto es ampliamente falso: lo público sí es de alguien, no está disponible cual bellota en el suelo del bosque para ser «apropiado» por el primer recolector que pase. Y esto vale no sólo para las empresas públicas de servicios, de extracción de recursos o de producción de conocimiento. Vale para todo lo público, incluyendo el acceso a la salud, a la educación y a los bienes y servicios imprescindibles para la vida. No es el caso de que no sean de nadie, sino que tienen dueño. Son propiedad nuestra, compartida (así que tampoco son del Estado). El Estado, como insiste siempre la filósofa argentina María Julia Bertomeu, es un agente fiduciario que, en todo caso, tiene la responsabilidad de administrar lo nuestro para nuestro beneficio y no para el del capital.

Privatizar medios públicos, hospitales, escuelas, empresas de extracción de recursos, el transporte público y demás no redunda, por definición, en un manejo más ágil y racional de estas cosas públicas. Simplemente se trata de dos lógicas diferentes de decisión y administración. Lo público es del pueblo y tiene que ser administrado para el pueblo, es decir que tiene que generar sus beneficios al pueblo y no a propietarios privados. Entre otras cosas, no puede usarse para pagar deudas externas tomadas irresponsablemente en contra del pueblo. No puede usarse para que los amigos de un expresidente hagan negocios. Y esto no es ideología «zurda» sino el ABC de la estatalidad capitalista más desarrollada. No implica socializar los medios de la producción sino entender que no sólo existe la propiedad privada capitalista.

La adicción a la privatización sólo se explica por el objetivo de hacer negociados entre privados con lo nuestro. Se trata de la mayor perversión de la idea misma de propiedad: es robo, nada más y nada menos. No responde a ninguna «ley» económica que dicte que privatizar es mejor para todos, porque no existe ninguna ley semejante por fuera de la ideología capitalista. No es real.

¿El pueblo dónde está?

En contextos capitalistas, las democracias siempre verán sus conquistas de igualdad y libertad limitadas por los embates de la desposesión privatizadora que ataca frontalmente la libertad universal (la de todos, no la de unos pocos). Importa mucho, entonces, estar siempre alerta contra los procesos privatizadores, cualesquiera que estos sean. Ahí es donde ocurre la desdemocratización, ahí es donde la democracia entra en crisis, porque allí es donde ocurre una privatización sin la cual el capitalismo no sobreviviría tan fácil: la reducción de lo político.

Más que dedicarnos a pensar en las razones del apoyo electoral a un esquema ideológico que reduce la participación popular en las decisiones sobre la producción y que vino a sacar de las manos públicas (populares o no) el control de aquello que es público por definición, tenemos que enfocarnos en las razones y los motivos por los cuales las personas durante los gobiernos y no sólo cuando hay que ir a votar o bien se organizan para luchar contra el ajuste, la carestía y la baja de salarios o bien bajan la cabeza y esperan a que llegue la oportunidad de votar a otro. Tenemos que darle prioridad, hoy, a lo que hace la ciudadanía por proteger lo suyo entre una fecha electoral y la próxima.

Esto implica entender que la participación ciudadana es un asunto constante, no un mero trámite comicial para echar funcionarios que no nos gustan. Es decir, implica analizar si no será que acaso los gobiernos de derecha son una tendencia estructural de las democracias contemporáneas en las que la democracia agregativa, liberal y capitalista ganó la batalla por el sentido. Hasta tal punto la ha ganado esto que la doxa, «la gente», la misma masa explotada por salarios a la baja y carestía, realmente le cree a la derecha que un corte de ruta y una huelga general son métodos antidemocráticos. De nuevo, la subjetividad que produce el capital es ridícula, porque el derecho a la protesta es el derecho eminente de la soberanía popular (esto es casi analítico).

No podemos seguir normalizando ciudadanías dóciles frente a las decisiones económico-políticas de los añejos gobiernos de la derecha (la última dictadura, los de Menem, De la Rúa, Macri o Milei). Para desnormalizar la docilidad no hay que estudiar solamente fenómenos subjetivantes de gubernamentalidad sino pensar también en la condición estructural y materialmente capitalista de nuestras democracias.

Las ciudadanías que se retiraran de lo político dejan que les roben todo, constituyen un pueblo que no cuida lo suyo y deja al zorro a cargo de la custodia de sus gallinas. La privatización es parte de un proceso continuo del capitalismo frente a cualquier avance de lo público que no se deja domar por su lógica de ganancias para unos pocos. No es un modo de hacer que las cuentas públicas cierren mejor, no es un modo de manejar más eficazmente los servicios públicos.

Privatizar es, para que se entienda en términos de razón instrumental y por volver a usar aves de corral en las metáforas, matar a la gallina de los huevos de oro. Es una decisión irracional. Y la responsabilidad de evitarlo recae en el pueblo o en la ciudadanía, como quieran llamarnos, todos los días de nuestras vidas. Esta es la única posibilidad que tenemos de que la democracia no siga siendo cooptada por proyectos hambreadores. Sería bueno reencauzar el debate público en este sentido y centrarnos en las condiciones materiales y estructurales de nuestra democracia para que la coyuntura no nos deje debatiendo sobre apariencias.

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Texto completo en: https://www.lahaine.org/mundo.php/democracia-y-acumulacion-por-desposesion

Proyecciones económicas globales y su impacto en el Ecuador

Por Decio Machado / Revista Enfoque Aduanero

Contexto económico internacional y regional

Según informe Balance Preliminar de las Economía de América Latina y el Caribe, publicado por CEPAL en diciembre de 2023, la actividad económica de la región latinoamericana continúa exhibiendo una trayectoria de bajo crecimiento. Todas las subregiones registrán un crecimiento menor en 2023 que en 2022 y para el 2024 se espera una tasa de crecimiento inferior aun a la de 2023, lo que acentúa la dinámica de desaceleración del crecimiento del PIB, de la creación de empleo y del volumen del comercio internacional.

Estaríamos entonces ante la primera de las “D” que posiblemente caracterice el ejercicio 2024, de D de “desaceleración”.

En el ámbito de lo global, según ese mismo informe, se espera que la economía mundial experimente un crecimiento del 3,0% en 2023 y del 2,9% en 2024, estimaciones que continúan por debajo del promedio histórico del 3,8% mantenido entre 2000 y 2019 (ver Gráfico 1). En otras palabras, sigue la tendencia al estacancamiento prolongado (1) desde la crisis del 2008-2009, con la salvedad del “efecto rebote” (2) posterior a la pandemia del Covid-19, lo que implica escaso dinamismo respecto a la tasa de crecimiento del PIB (ver Gráfico 2) y del comercio mundial.

En ese contexto, se espera que las economías avanzadas desaceleren su crecimiento del 2,6% en 2022 al 1,5% en 2023 y al 1,4% en 2024, en un contexto marcado por un desempeño mejor del esperado a mediados de año en el caso de los Estados Unidos. Queda en duda que sucederá en la economía estadounidense el presente año 2024, dados los interrogantes existentes respecto a si habrá solf landing o sufrirá recesión como resultado de las políticas monetarias emprendidas por la Reserva Federal (FED, por sus siglas en ingles) en los últimos casi veintidos meses (3); pero en todo caso asistimos a un resultado peor que el previsto en el caso de la Unión Europea, primer y tercer socio comercial respectivamente de la región latinoamericana.

En lo que respecta a las economías de mercados emergentes y en desarrollo, se prevé que su crecimiento registrará una ligera disminución, al pasar del 4,1% en 2022 al 4% tanto en 2023 como en 2024.

Como podemos apreciar en el gráfico anterior, el crecimiento de China -el segundo socio comercial de la región latinoamericana- ha sido revisado a la baja por el Banco Mundial (BM) y el Fondo Monetario Internacional (FMI) dada la crisis de su sector inmobiliario y los altos de niveles de endeudamiento interno, lo que más temprano que tarde tendrá implicaciones para la economía global. Se espera, para el gigante asiático, un crecimiento del 5,0% para 2023 y del 4,2% para 2024, apreciablemente por encima del 3% de crecimiento en 2022, cuando la economía sufría los efectos del lockdown derivado de sus políticas “COVID Cero”, pero por debajo del 6,1% del 2019 y 6,7% del 2018, años previos a la pandemia.

En principio, todo parece indicar que los niveles de crecimiento asombrosos de la economía china antes de la pandemia son cosa del pasado (ver Gráfico 3), algo que el Partido Comunista de China confirmó en su último con congreso (ver Gráfico 4).

Inflación en caída, endeudamiento disparado y restricciones de liquidez

Aunque la inflación se ha moderado a nivel mundial, las tasas de interés de las principales economías desarrolladas aun no se han reducido debido a que los principales bancos centrales todavía mantienen políticas monetarias restrictivas, por lo que los costos de financiamiento se han mantenido en niveles elevados todo el año y se espera que continúen así, al menos, a medio plazo (ver Gráfico 5).

Aquí asistiríamos a una segunda “D”, la D de desinflación.

Según diversas agencias de inversión en el mercado bursátil (brokers), pese a que el elevado ahorro de los hogares y las medidas de apoyo al sector privado han derivado en tensionar las cuentas públicas, una evolución de la oferta mejor de lo previsto ha permitido moderar las presiones inflacionarias durante el ejercicio 2023.

La caída de los precios de los productos básicos desde mediados de 2022 ha sido uno de los principales factores que explican la reducción de la inflación, lo que está en vilo debido a que dos pasajes de navegación continentales estratégicos en la economía global, los canales de Suez y Panamá, están sufriendo obstrucciones continuadas de su tráfico comercial, generando presiones periódicas en las cadenas de suministro globales.

En todo caso, se espera que la inflación promedio mundial disminuya del 8,7% en 2022 al 6,9% al cierre de 2023 y las multilaterales proyectan un 5,8% para el 2024, cifra que aún se ubica por encima del promedio del 3,6% registrado en la década previa a la pandemia (2010-2019).

Todo ello siempre y cuando no escale el conflicto ahora mismo latente en la Franja Gaza y que amenaza al Mar Rojo (4), el estrecho de Bab el-Mandeb y el estrecho de Ormuz (ver Mapa 1) -ruta potencial para el comercio internacional, especialmente en el caso del crudo y el gas natural-, lo que podría involucrar a varios petroestados de forma directa en la contienda.

Entre tanto y en lo que respecta a la región latinoamericana, los espacios de política fiscal y monetaria continúan siendo limitados, debido a que los niveles de deuda soberana, si bien se han reducido, son aún muy elevados, lo que, sumado al aumento del costo del financiamiento externo e interno, restringe el espacio fiscal. En el ámbito monetario, la inflación continúa a la baja, pero la política monetaria mantiene todavía un sesgo restrictivo, debido a los efectos que la reducción de tasas podría tener sobre los flujos de capital y el tipo de cambio, considerando que, en los países desarrollados, se mantienen todavía vigentes las altas tasas de interés.

En el ámbito financiero, podría decirse que aunque la volatilidad financiera mundial ha sido menor este año 2023 que en 2022, las condiciones de financiamiento continúan siendo significativamente restrictivas si se consideran los indicadores que incorporan los costos de acceso. De hecho y según el Índice de Condiciones Financieras del Capital Economics, el nivel actual de restricción no se había visto desde la crisis financiera mundial de 2008-2009, como resultante de políticas que buscan disminuir la gran tasa monetaria actualmente circulante. La evolución de la liquidez responde no solo a las operaciones de mercado abierto, que han constituido el principal instrumento para el control del nivel de las reservas del sistema financiero, sino también a la política monetaria no convencional, instrumentada a través del manejo de las hojas de balance. Al respecto, vale indicar que el 93% de capital circulante en estos momentos es deuda y apuntes contables.

Lo anterior desemboca en una tercera “D”, la D de deuda e incrementos notables de los servicios que de esta derivan.

Tanto países económicamente desarrollados -Japón, Grecia, Singapur, Italia o el mismo Estados Unidos entre otros- como países empobrecidos como -Zambia, Ghana, Etiopía, Sudán, Angola, Mozambique, Líbano, Argentina o Sri Lanka como casos destacados-, aunque aun sin riesgo todavía de asistir a una escalada de defaults, se encuentran con dificultados para cumplir con sus obligaciones financieras debido a sus altos niveles de endeudamiento en relación a sus índices de PIB (ver Gráfico 6).

El Banco Mundial señala en su reciente informe anual sobre deuda, la preocupante tendencia a una reducción de la financiación internacional dirigida a los países más pobres. Estas caídas han sido particularmente intensas en los fondos provenientes del sector privado, los cuales menguaron un 33% y se han situado en mínimos no vistos desde 2011.

Este sobreendeudamiento implica, más allá del desvio de capitales que deberían destinarse a educación, salud e infraestructuras, la imposibilidad para los países afectados de cumplir con las inversiones necesaria para la transición energética y ponen en riesgo los principios sobre los que se asienta el llamado orden internacional. Se acrecienta así la brecha entre Occidente y el resto del sistema mundo.

Como ya se indicó con anterioridad, a partir de 2022, en el caso de la Reserva Federal de los Estados Unidos, y de 2023, en el del Banco Central Europeo (BCE) y el Banco de Inglaterra, las políticas de expansión cuantitativa (5) han dado paso a la puesta en marcha de políticas de restricción cuantitativa.

En consonancia con esta postura monetaria, las tasas de política monetaria de los Estados Unidos, el Reino Unido y los países de la zona del euro han alcanzado niveles que no se habían registrado en aproximadamente dos décadas. La restricción de la liquidez también está teniendo gran incidencia en las tasas de interés a largo plazo. Estas se han incrementado a la par que las tasas a corto plazo, que se sitúan en su nivel más elevado desde 2007.

Este alza de los tipos de interés, tanto a corto como a largo plazo, ha debilitado los balances bancarios comerciales, resultando en una cada vez más visible disminución del crédito al sector productivo y encareciendo los costos de endeudamiento para dicho sector. Esta situación, al momento, se traduce en un notable aumento de quiebras en el sector empresarial en Estados Unidos y Europa.

Sobre esto último, un apunte más. El nivel de la deuda mundial alcanza ya máximos históricos, especialmente en las economías desarrolladas, elevándose a nivel internacional a la friolera de 307 billones de dólares en 2023 según el Instituto de Finanzas Internacionales, monto que engloba el endeudamiento de los gobiernos, empresas y hogares. Esto, a su vez, ha contribuido a incrementar el costo del endeudamiento para los países en desarrollo, incluidos los de América Latina y el Caribe (ver Gráfico 7). De hecho, el servicio de la deuda en las economías -tanto emergentes como en desarrollo- se encuentra en su nivel más elevado desde 2010.

En paralelo, los flujos de capitales hacia mercados emergentes mantienen niveles bajos. De hecho, más bien asistimos a salidas netas de capital durante el segundo semestre el 2023, lo que coincide con una mayor demanda y apreciación de la divisa dólar en los mercados financieros.

En los tres primeros trimestres del año 2023, las emisiones de deuda de América Latina y el Caribe en mercados internacionales alcanzaron los 76.276 millones de dólares, mostrado hasta ese momento un crecimiento del 31% respecto al mismo período del año anterior. Este indicador incremental es engañoso, dado que la base comparativa respecto al ejercicio 2022 es muy baja. Al respecto, cabe indicar la cada vez mayor emisión bonos en ámbitos como el medio ambiente, género y aspectos sociales: 39% del total de emisiones de deuda soberana latinoamericana en 1T, 2T y 3T del 2023. Por su parte, el riesgo promedio regional se situa en 410 puntos básicos medidos por el índice de bonos de mercados emergentes EMBI global diversificado (EMBIGD) de J.P. Morgan.

La cuenta corriente de la balanza de pagos de América Latina cerró el ejercicio 2023 con un déficit estimado del 1,4% del PIB, reflejando cierta mejoría en la balanza de bienes respecto al año anterior.

Los términos de intercambio en el subcontinente, enmarcados en la caída de un 5% en el precio de las exportaciones y el 3% en el precio de las importaciones, denotan una reducción del 2,6% (4,4% en América del Sur) al cierre del ejercicio 2023.

En estas condiciones, el entorno macrofinanciero se ha complejizado en el transcurso del año 2023, lo que dificulta la política fiscal en los diferentes países de la región latinoamericana. La desaceleración de la actividad económica y la disminución de los precios internacionales de los recursos naturales no renovables han afectado los ingresos públicos, particularmente la recaudación tributaria; todo ello mientras las demandas sociales con su incidencia en el gasto público van en aumento.

Todo esto se da en una coyuntura en la cual las elevadas tasas de interés en los mercados financieros -tanto internacionales como internos- implican sobreendeudamiento en relación a mayor pago de intereses, de manera especial respecto al servicio de deuda. Así las cosas, el balance fiscal presenta un déficit global mayor en 2023 y el resultado primario será deficitario por deuda pública elevada, caída de ingresos tributarios e incremento de las tasas de interés.

Reducción del Comercio Global

En línea con esta desaceleración económica general, se hace visible indicadores de bajo crecimiento en el volumen del comercio global (ver Gráfico 8). La demanda de importaciones está afectada por el alza de los costos de endeudamiento en varias economías avanzadas, lo que, junto con al “ralentización” económica en la República Popular China y las crecientes tensiones geopolíticas -Ucrania y Gaza, está última con riesgo de convertirse en 2024 en un conflicto regional- está afectando el comercio internacional.

Los analistas de los organismos multilaterales BM y FMI auspician para el ejercicio 2024 un cierto repunte en este ámbito, pero no deja de ser una visión amable y optimista con el futuro inmediato, pues todo está en función de como escalen ambos conflictos bélicos, con mayor riesgo el de Oriente Medio.

En cuanto a los precios de las materias primas, los de los bienes no energéticos han mantenido durante el año 2023 la tendencia a la baja que se venía observando desde la segunda mitad de 2022. En contraste, los bienes energéticos, especialmente el petróleo, han experimentado un aumento desde la mitad del año como respuesta a los recortes de suministro de la Organización de Países Exportadores de Petróleo Plus (OPEP+), aunque amortiguado por la innundación de shale oil estadounidenses en los mercados globales (ver Gráfico 9).

A pesar de este incremento, los precios de los bienes energéticos y los de los productos básicos se ubicarán el año 2023 un 21% y un 11%, respectivamente, por debajo de los niveles promedio del 2022. Esto, más allá de la alta base de comparación que representa el ejercicio 2022 por el impacto de la invasión rusa a Ucrania a principios de año, tiene que ver con la desaceleración de la actividad económica a nivel global.

Para 2024, se pronostican variaciones de menor magnitud en la mayoría de los casos y, en promedio, se espera que los niveles de precios sean un 1% menores al 2023. Todo ello, claro está, sujeto a los ya habituales “cisnes negros” (6) de la tensionada geopolítica global del momento.

Cabe destacar al respecto que, a pesar de las disminuciones de precios registradas en el ejercicio 2023 y proyectadas para el 2024, el coste de los productos básicos siguen estando más de un 30% por encima de los niveles promedio de 2019, momento previo al inicio de la pandemia Covid-19.

En línea con la desaceleración prevista de la actividad económica general, la Organización Mundial del Comercio (OMC) estima que el crecimiento del volumen de comercio mundial en 2023 aumente tan solo un 0,8% al cierre del 2023, proyectando, no sin cierta alegría, un crecimiento del 3,3% para el 2024.

El dato anterior es contradictorio respecto al último Informe Global Trade Update de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD, por sus siglas en inglés), publicado el pasado 11 de diciembre, el cual vendría a indicar al cierre del año 2023 un descenso del 5% respecto al nivel récord de 2022, generándose una contracción de aproximadamente 1,5 billones de dólares, hasta situarse por debajo de los 31 billones de dólares.

Para la UNCTAD, más realista en sus previsiones que la OMC, las perspectivas para 2024 siguen siendo “muy inciertas y, en general, pesimistas”, en base a las actuales tensiones geopolíticas en el sistema mundo, la escalada de la deuda ya enunciada con anterioridad y la fragilidad económica generalizada a nivel global.

De hecho, pesan sobre el comercio internacional la menor demanda en los países desarrollados, el reducido nivel de comercio en Asia Oriental, el repunte de las medidas restrictiva para el comercio, la volatilidad de los precios de las materias primas y el hecho de que las cadenas de suministros se están haciendo más largas y complejas, especialmente entre China y Estados Unidos (ver Gráfico 10).

Lo anterior se plasma en que las medidas comerciales introducidas incluso por las economías del G20 se hayan vuelto más restrictivas estos últimos meses del 2023, según se indica en el último Informe de Vigilancia del Comercio de la OMC publicado el pasado 18 de diciembre. En dicho documento se indica que desde mediados de mayo, las economías del G20 introdujeron más medidas restrictivas que medidas de facilitación del comercio de mercancías, aunque el valor de las mercancías objeto de comercio cubiertas por las medidas de facilitación del comercio seguía superando al de las mercancías cubiertas por las restricciones.

Según la UNCTAD, los patrones del comercio mundial están cada más influenciados por la geopolítica, señalando a su vez que vivimos momentos en que los países prefieren socios comerciales que estén alineados políticamente, una tendencia denominada “friend-shoring”. Esto implica una disminución general en la diversificación de los socios comerciales, lo que indica concentración del comercio mundial en las principales relaciones comerciales (ver Gráfico 11).

Fragmentación del mercado global

Cabe añadir a todo lo anterior que el término “reducción de riesgos” -cada vez más utilizado en el mundo de los negocios y la geopolítica a partir de que la Casa Blanca lo incluyera en un comunicado del G7 en mayo de 2023- terminará de afianzarse en este 2024 como un eufemismo frente a lo que hasta ahora hemos definido como decoupling o desacoplamiento.

Estamos ante una estrategia de guerra comercial que busca aislar a la República Popular China, particularmente en los sectores vinculados a la alta tecnología, con el objetivo por parte de Estados Unidos y sus países aliados de frenar el ascenso económico del gigante asiático. En definitiva, se trata de impedir que China se convierta en el nuevo hegemón global en sustitución del rol ejercido por Estados Unidos durante prácticamente todo el pasado siglo y lo que llevamos de este.

Si bien las estrategias estadounidenses durante las administraciones Bush y Obama siguieron lógicas principalmente aplicadas a la política exterior y militar, centrándose en controlar el “grifo del petróleo” en el Pacífico Occidental -pivote hacia Asia-, sería la administración Trump y posteriormente la actual encabezada por Joe Biden quienes la convertirían en una lógica de guerra comercial sistemática.

Desde 2018, el gobierno norteamericano viene aplicando sanciones y aranceles punitivos a China. Estas sanciones se han centrado principalmente en empresas tecnológicas como Huawei, ZTE, Tencent o Bytedance, entre otras. Por su parte, la administración Biden continuó por esa misma línea pero ha desarrollado también nuevos enfoques aplicados a la política industrial, tal y como la Ley de Innovación y Competencia del año 2021 o la Ley CHIPS y Ciencia del año 2022 a modo de ejemplos (7). De igual manera han procedido con posterioridad los bloques y países aliados a Washington, tales como Unión Europea, Australia o Japón entre otros (ver Gráfico 12).

Las empresas chinas están a la vanguardia en el desarrollo de trenes de alta velocidad, sistemas fotovoltaicos, turbinas eólicas, baterías eléctricas y otras tecnologías medioambientales. Sin embargo, en sectores específicos como lo es la fabricación de microchips de alta gama, China sigue dependiendo de las importaciones occidentales. Al respecto, vale señalar que ha sido la industria de semiconductores la que llevó el concepto globalización a su máxima expresión en el pasado (ver Gráfico 13) y que la actual tendencia a localizar los chips y romper la globalización conlleva costos altos. Se estima una inversión inicial de 1 billón de dólares, un mantenimiento anual de entre 50 y 125 millones de dólares y un incremento del precio de los semiconductores de entre un 40% y unn 65% de su valor actual (ver Gráfico 14). Sin embargo hoy, tras que la guerra en Ucrania haya puesto de manifiesto la importancia estratégia de esta industria, nadie quiere depender de terceros en la industria de semiconductores (ver Gráfico 15).

La política de “eliminación de riesgos”, que en la práctica implica la desvinculación estratégica de la economía china, apunta precisamente a este ámbito: la guerra comercial es, ante todo, una guerra de chips, pero va tomando forma en otros sectores de la economía global y en la conformación de mercados estratégicos.

Toda acción conlleva su reacción, así que Beijing responde también con aranceles putinivos ante tales políticas de bloqueo comercial a sus empresas e importación de productos tecnológicos.

Aquí nos encontramos con una cuarta “D”, la D de decoupling o desglobalización.

Así vamos viendo que el PIB de los BRICS, término que inicialmente se acuñó en 2001 para referirse a Brasil, Rusia, India y China, añadiendo después a Sudáfrica, es ya superior al de un G7 pro estadounidense (ver Gráfico 16).

En este contexto, el peso económico de los países emergentes seguirá incrementándose a lo largo del 2024 y a futuro. Mientras en la actualidad un tercio de la riqueza mundial se genera ya en los llamados países “no libres” (ver Gráfico 17), se estima que estos tengan un peso del 80% en la economía global en 2050 (ver Gráfico 18).

Los indicadores generales de la economía global apuntan hacia una merma en el proceso de globalización (ver Gráfico 19), pasando “del Just in time al Just in case”, teniendo a las clases medias de los países económicamente desarrollados como el sector más perjudicado en esta transición.

Tras la llegada de la pandemia en 2020 con la consiguiente implosión de las cadenas de suministro, el agudizamiento de la guerra arancelaria inaugurada por Trump en 2018 y las tensiones geopolíticas derivadas del conflicto en Ucrania a partir de 2022, lo que nos encontramos en la actualidad es con cada vez es mayor nacionalismo económico. Al menos, es creciente el número de corporaciones empresariales que hablan de esto en sus presentaciones de resultados y cuentas anuales (ver Gráfico 20).

Comercio Exterior entre países de América Latina: una asignatura pendiente

Las relaciones comerciales existentes entre los 19 países de la región latinoamericana son muy escasas, siendo alianzas como el Mercado Común del Sur (Mercosur) y la Comunidad Andina (CAN) los ejes principales de los escasos esfuerzos aplicados en esa materia.

Según la CAN, el ejercicio 2023 no ha sido un año favorable para el comercio en general para la región y en específico para los países andinos (Colombia, Perú, Ecuador y Bolivia). En este sentido, el comercio de las naciones andinas con sus socios comerciales en el resto del mundo ha caído más de un 12% durante este pasado año y todavía más, un 16%, entre países asociados a la CAN.

La escasas relaciones comerciales de perfil intraregional es una muestra de la falta de capacidad por parte de los países de la región por generar vías de desarrollo conjunto para el subcontinente latinoamericano.

Ecuador

Al cierre del año 2023, Ecuador registra menos consumo y la falta de creación de empleos de calidad. El año termina marcado por dos características que han afectado el desempeño económico de Ecuador: la inseguridad que afronta el país (40 muertes violentas por cada 100.000 habitantes y más de 7.500 homicidios en 2023) y que ha afectado al sector productivo y comercial, especialmente los pequeños negocios, y el desplome de ya escasa atracción de Inversión Extranjera Directa (IED) al país.

A esto hemos de adicionar el problema fiscal, dado que el gobierno nacional no cuenta con recursos y afronta en estos momentos un grave problema de liquidez que, aunque viene desde atrás, se complicó en el transcurso del 2023 y también lo hará más aún en 2024. La actual administración de Daniel Noboa recibió el país con un saldo en caja de USD 187 millones de disponible, cuando el flujo diario de gastos en el país oscila el promedio de USD 100 millones diarios.

Así las cosas, el déficit fiscal se cierra el ejercicio 2023 en unos USD 6.000 millones. Esto hizo que el gobierno haya tenido que recurrir a medidas como tomar recursos de la Corporación Financiera Nacional (CFN) para hacer frente al pago de sueldos y salarios del sector público.

El panorama se complica aun más por el elevado riesgo país existente al cierre del ejercicio pasado, durante todo el 2023 los bonos ecuatorianos se vienen posicionando como los terceros más malos de Latinoamérica. El riesgo país ecuatoriano casi que se duplicó durante en 2023, pasando de 1.502 a 2.062 puntos. El motivo fue primero político, la crisis institucional y pugna entre poderes del Estado que terminó con la salida del expresidente Guillermo Lasso del Palacio de Carondelet, y luego financiero, existen muchas dudas en el mercado especulativo financiero sobre la sostenibilidad de la deuda nacional actualmente existente. En definitiva, el país tiene serios obstáculos para poder acceder a préstamos necesarios a la hora de atender las necesidades que tenemos como país.

Si bien la reforma tributaria aprobada recientemente en la Asamblea Nacional, que rige desde primeros del presente año, dará un respiro de USD 832 millones por recaudación tras incentivos a los contribuyentes morosos derivado de una amnistía fiscal, el Gobierno Central deberá tomar medidas urgentes, como la revisión de los subsidios a los combustibles, lo que podría significar movilizaciones de calle e inestabilidad política en el país. Pendiente todavía de validarse la cifra exacta, se estima que los subsidios a los combustibles importados -limitado el monto a gas de uso doméstico, diésel y gasolina- podría estar en torno a los 2.293 millones de dólares al cierre del pasado año 2023.

Las empresas no solo afrontan retos respecto a sus necesidades de situar sus productos en el mercado y comercializarlos, dada la caída de la demanda interna -solo el 4,7% de los hogares mueven la economía-, sino que ahora están haciendo frente también a problemas relacionados con las extorsiones y la protección de sus equipos de trabajo e infraestructura -Ecuador se convirtió en el país más violento de la región-.

Esto implica un incremento de los costos operativos de las compañías, que deben incurrir en más gastos relacionados con la seguridad y la mejora de sus sistemas logísticos para salvaguardarse del crimen organizado.

Por si fuera poco, a lo anterior debemos sumar el hecho de que los apagones o cortes de luz complican aún más la actividad económica -comercial y productiva- del país. El sector productivo ha calculado pérdidas de USD 4.500 millones si los cortes de energía eléctrica se extienden hasta febrero del 2024, tal y como está anunciado oficialmente.

La situación laboral en el país sigue siendo un problema sin resolver. Tanto solo 35 de cada 100 trabajadores en Ecuador tienen un empleo adecuado (ver Gráfico 21), cifra que no ha tenido mayor variación en los últimos dos años. En paralelo, la informalidad se ha incrementado, en noviembre del pasado año, 54 de cada 100 trabajadores están en el mercado laboral informal (ver Gráfico 22).

Por su parte, los ahorros del Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social (IESS) se debilitan por momentos en medio de esta profunda crisis económica que vive el país. Para lograr atender las jubilaciones de los pensionistas en 2023, el IESS tuvo que desinvertir más de USD 1.100 millones de sus ahorros del Fondo de Pensiones -administrado por el BIESS-, dejando un saldo en dicho fondo de tan solo 5.500 millones de dólares, lo que solo alcanzaría para pagar las pensiones correspondientes al año 2024 en curso.

Por último, debe considerarse la afectación que sobre la economía nacional tendrá el cierre este año 2024 del bloque petrolero en producción en el ITT, fruto de la consulta popular realizada el pasado 20 de agosto. Este área produce 56.362 barriles diarios de petróleo a noviembre de 2023, es decir, un 14% de la producción nacional y el gobierno tiene un año desde dicha consulta para cerrar las instalaciones de extracción de crudo existente en dicho bloque petrolero.

En estas condiciones, la administración Noboa se ha visto obligada a plantear la venda de oro perteneciente a las reservas internacionales, buscando optimizar las inversiones del Banco Central del Ecuador (BCE).

En definitiva, la deuda total del Estado ha superado los USD 60.000 millones, representando el 60% del PIB, lo que incluye compromisos con el Banco del Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social (BIESS), el Banco Central, organismos multilaterales y gobiernos aliados, como China por poner tan solo un ejemplo. Además hay USD 5.000 millones en atrasos con proveedores y otro monto similar como déficit adicional.

Comercio Exterior Ecuatoriano

En un clima económico y social tan complejo como este, la afectación sobre el comercio exterior del país era inevitable. Si bien la Balanza Comercio Total se mantiene positiva, lejos quedaron los indicadores de pospandemia.

Al cierre de los tres primeros trimestres del 2023, dicha balanza comercio arrojaba un saldo positivo de USD 1.777,6 millones, muy lejos de lo que se registraba en el mismo período en 2021, USD 2.326 millones, o los del ejercicio 2022, un monto USD 200 millones inferior a los del año anterior (ver Gráfico 23).

De esta manera, pendiente aún de determinarse los resultados definitivos al 31 de diciembre de 2023, lo que resulta evidente es que las exportaciones totales del país han caído. El dato confirmado es visible al cierre del septiembre (ver Gráfico 24) pudiéndose apreciarse ya en aquel momento una caída del -5,8% respecto al mismo período del 2022.

En estas condiciones de volatilidad tan grande, las proyecciones para el 2024 están abiertas y sujetas a todo tipo de oscilaciones y especulaciones.

Lo que está claro es que persiste la desaceleración en Europa por los elevados costos energéticos, lo cual contrasta con una mayor resistencia de Estados Unidos y economías vinculadas a materias primas. Entretanto, los países emergentes mantienen tasas de crecimiento similares a las de prepandemia con excepción de China, que parece haber entrado en un nuevo ciclo económico que marca los límites del modelo de crecimiento que hasta ahora habían llevado adelante.

Este 2024 será el momento en que comenzará en serio la adopción de tecnologías, especialmente Inteligencia Artificial y otras innovaciones, que serán inductoras de la transformación económica global. Se proyecta una desaceleración de la economía mundial, tal y como ya indicamos en la primera parte del documento, lo cual afectará al posicionamiento de los productos ecuatorianos y del conjunto de la región en el resto del planeta.

Esta por ver si el comercio global podría registrar algún improbable crecimiento, aunque sea muy moderado para el próximo año, aunque parece difícil dado el actual alineamiento al comportamiento de la demanda. En todo caso, las políticas comerciales internas, las tensiones geopolíticas existentes al momento y la menor intensidad de importación en Estados Unidos y China apuntan a mantener los indicadores de desaceleración en curso.

***

Notas:

1. El análisis de la tendencia de la economía capitalista moderna hacia el estancamiento -temporal o prolongado- se remonta a la hipótesis del estado estacionario de los economistas clásicos del siglo XIX. David Ricardo y John Stuart Mill explicaron de manera mecánica las causas del estado estacionario como una condición de equilibrio donde el stock de capital está fijo y la inversión neta es igual a cero. Posteriormente, en el siglo XX varios autores discutieron la cuestión del estancamiento económico como un problema asociado: a la abundancia de capital y, en consecuencia, a una tasa de retorno del capital muy baja que facilitaría la eutanasia del rentista como premisa para reanudar la acumulación de capital mediante la intervención del Estado (Keynes, 1936); al efecto combinado de una disminución de la población, exceso de ahorro y una insuficiente tasa de inversión (Hansen, 1939); o al crecimiento de los oligopolios y la subutilización del potencial productivo existente (Steindl, 1952). Y en un discurso dado en el Fondo Monetario Internacional (Summer, 2013), afirmó que el estancamiento prolongado podría ser la situación “normal nueva” de la economía de Estados Unidos y por ende global.
2. Conocemos como “efecto rebote” al fenómeno económico que consiste en un incremento exponencial de la demanda luego de un periodo donde la producción se redujo o se paralizó.
3. Desde marzo del 2022 la Reserva Federal estadounidense ha aumentando las tasas de interés 11 veces buscando frenar la economía y reducir la inflación. Cuando es más costoso pedir dinero prestado, las empresas y los consumidores por igual tienen menos probabilidades de gastar. Eso, a su vez, ralentiza el crecimiento y la demanda. Hasta ahora, la estrategia de la Reserva Federal para mantener la inflación baja y la economía en marcha ha funcionado: la inflación fue del 3.1% en noviembre, frente al 9.1% en junio de 2022.
4. Los ataques de la milicia yemení de los Huthi en solidaridad con la causa palestina en la guerra de Gaza empuja cada vez más empresas de transporte a desviar sus buques por una ruta más larga y costosa, aumentando también el riesgo de subida de precios.
5. La expansión cuantitativa es una herramienta de política monetaria que los bancos centrales usan para aumentar el dinero en circulación en el mercado y así estimular la economía.
6. La teoría del cisne negro o teoría de los sucesos del cisne negro es una metáfoca que describe un suceso sorpresivo, de gran impacto socioeconómico y que, una vez pasado el hecho, es racionaliza por retrospección, haciendo que parezca predecible o explicable y dando la impresión de que se esperaba que ocurriera.
7. Desde la crisis financiera mundial del 2007, China venía haciendo esfuerzos cada vez mayores para ascender en la cadena de valor, fortalecer el mercado interno y romper con el modelo exportador unilateral que con anterioridad había caracterizado su desarrollo nacional. Desde 2019, China superó a Estados Unidos como mayor nación exportadora y se convirtió en el segundo mayor inversor del mundo. China ha pasado de ser el “banco de trabajo del mundo” a una potencia económica hipercompetitiva, cuyas empresas son líderes en diversas áreas clave como la tecnología 5G, la inteligencia artificial, la computación en la nube o los big data.

Adela Cortina: «La postverdad es una banalización de la mentira»

Por Esther Peñas

Con la palabra siempre templada y dispuesta al diálogo, Adela Cortina (Valencia, 1947) construye espacios de entendimiento en territorios donde la cooperación se hace necesaria, aunque los últimos acontecimientos y sus reacciones –como la guerra en Ucrania, la polarización política o el auge de los populismos– se empeñen en dinamitarla. Cortina ha analizado los grandes temas que han marcado las últimas décadas –ella es quien acuñó el término aporofobia, el rechazo al pobre– sin renunciar a encontrar una vía ética para enfrentarse a ellos. Como se desprende de su conversación con Ethic, construir una sociedad más justa es posible.


Existe la sensación, ciertamente extendida en algunos sectores, de que esto se acaba. El miedo en nuestras sociedades ¿dinamita la ética?

El miedo es una de las emociones que necesitamos para sobrevivir, porque nos pone en guardia ante los peligros. No es como el odio, que resulta innecesario para vivir y, sin embargo, hay quienes se empeñan en cultivarlo para generar guerras, polarizaciones y conflictos. Aun así, el miedo puede apoderarse de nosotros hasta llevar a la parálisis, lo cual es nefasto, o, por el contrario, a tratar de analizar sus causas y a buscar salidas viables y justas. La opción más ética es la segunda, la que nos insta a buscar los mejores caminos en cooperación con otros. La ética es un motor que nos incita a no quedarnos atenazados, impotentes ante el sufrimiento, a no conformarnos con lo que parece un destino implacable, sino a buscar caminos que aumenten la libertad.

¿Cómo se construye la confianza, esa creencia en que la conducta del otro será buena?

La confianza no se construye unilateralmente, sino desde la experiencia vivida de que el otro ha dado muestras palpables de merecerla. Es verdad que las personas tendemos a confiar en que nuestros interlocutores son veraces. En caso contrario, hubiera sido imposible la cooperación, que es la que nos ha permitido hacer ciencia, tecnología, la vida política y la vida ética. Pero esa disposición a confiar tiene que venir refrendada por los hechos. Por eso es tan difícil construirla y tan fácil dilapidarla. Hay que ganársela, se construye día a día y exige crear instituciones que den cierta estabilidad a las relaciones sociales, aunque tampoco estas son fiables si no lo demuestran.

Cuando esa confianza se rompe –como ha demostrado el caso de Rusia–, ¿es posible restablecerla?

En enero, Putin dijo que no tenía intención de invadir Ucrania; y el 24 de febrero la invadió con que pretendía «desnazificarla», con la patraña de que el intento ucranio de entrar en la Unión Europea ponía en peligro la seguridad de Rusia. No entabló ningún diálogo con Naciones Unidas y quebró todos los posibles pactos del derecho internacional. Por el momento, las espadas siguen en alto, pero el daño causado es irreparable y el futuro es angustioso para todos los países, no solo para Ucrania, para la Unión Europea o para Occidente. Es un ejemplo más, particularmente sangriento, de la vileza de lo que ha dado en llamarse «posverdad» y que en lo que ha venido a recalar es en una banalización de la mentira. Quien tiene el poder suficiente se permite el lujo de mentir, además de dañar. Con ello retrocedemos a un mundo que creíamos haber superado: el del poder absoluto, el del triunfo de los autócratas. En la guerra de Rusia contra Ucrania, restablecer la confianza me parece difícil, por no decir imposible. Es más eficaz y humano ayudar a los ucranios a ganar la guerra y, a partir de este punto, negociar una paz y empezar a construir confianza desde la justicia.

¿Es ético que la Unión Europea se comprometa a ayudar a Ucrania, mientras que no se ha mostrado tan predispuesta cuando se ha tratado de otros conflictos bélicos?

Desgraciadamente, la Unión Europea no se ha sentido desde su nacimiento como una comunidad de ciudadanos, preocupada por defender sus valores fundacionales. Empezamos por la unión económica, continuamos a duras penas por la política y más tarde llegó la ciudadana, que es todavía muy endeble. Justamente, una de las pocas ganancias de esta guerra inadmisible es que los países de la Unión han estrechado lazos entre sí como no lo habían hecho antes, porque han experimentado muy de cerca la barbarie, aunque siga habiendo discrepancias. Sin embargo, porque no se haya mostrado tan predispuesta a la ayuda en conflictos anteriores no vamos a dejar de hacerlo ahora. Lo importante es aprender que debemos apoyar a los débiles, unirnos para hacerlo con los países dispuestos a cooperar e ir estableciendo vínculos con los demás para poder defender los valores irrenunciables. Esta es una lección que debemos sacar de esta guerra injusta y destructiva.

Asegura que en estos tiempos el género humano tiene que enfrentar los retos universales desde la ética, una para el macronivel. Sin embargo, parece que solo establecemos alianzas cuando existe un adversario común. ¿Por qué?

La predisposición tribal que fuimos generando a lo largo de la etapa de formación del cerebro continúa alimentando la tendencia a actuar bajo el esquema simplista «amigo/enemigo», que afecta a las relaciones internacionales y también a las del propio país. El actual retroceso a los nacionalismos cerrados –como el ruso, el chino o los de España– es una prueba fehaciente de que esas relaciones grupales siguen funcionando y generando polarizaciones. Por desgracia, después de la primacía de Estados Unidos posterior a la extinción de la Unión Soviética, no ha venido el esperado multilateralismo, el protagonismo de los distintos países y de las relaciones entre ellos. Tampoco, por el momento, un enfrentamiento claro entre dos bloques –como en la Guerra Fría–, aunque parece que algo semejante se va gestando. Por ahora, existen relaciones multipolares; relaciones entre distintos polos que sellan alianzas bilaterales en proyectos que les convienen puntualmente, sin comprometerse en todos los aspectos. Con todo, como los problemas son globales, es preciso seguir intentando construir una sociedad cosmopolita, porque los afectados por la globalización tienen que poder ser de algún modo quienes decidan hacia dónde debe orientarse. El proyecto cosmopolita sigue siendo irrenunciable.

En este sentido, ¿es posible establecer una ética cívica, esos mínimos de justicia de los que habla, sin cambiar de raíz el modelo económico por el que nos regimos?

Claro que es posible, entre otras razones porque no hay un modelo económico único, sino muy diversos según las peculiaridades de cada país. El modelo social-demócrata –si sus representantes se lo toman en serio– defiende claramente unos mínimos de justicia referidos a derechos civiles y políticos, económicos, sociales y culturales, como también el derecho a la paz, al desarrollo de los pueblos y a un medio ambiente sano. Son derechos que deben ir ampliándose al ir descubriendo nuevas necesidades. En este sentido, los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), a pesar de las críticas que han recibido, son una buena brújula. Y en cuanto a los valores, la libertad, la igualdad, la solidaridad y el respeto activo pertenecen también a la entraña de este modelo.

Según el barómetro de confianza de la consultora Edelman, los españoles confían actualmente más en las empresas que en las oenegés, los medios e incluso el propio Gobierno. ¿Qué papel juega el sector empresarial en la salud de la ética?

Las empresas tienen en estos momentos una especial responsabilidad para hacer posible una sociedad más justa, local y global. Son ellas las que pueden generar mayor riqueza, proveernos de productos y servicios en un momento tan complicado como este, crear puestos de trabajo dignamente remunerados o cumplir con ese deber de influencia que solo las grandes compañías tienen para cambiar legislaciones injustas en países en desarrollo y también en los desarrollados. Pero, además, pueden incrementar ese capital social –que es el cemento que cohesiona a las sociedades– precisamente porque ha aumentado el nivel de confianza en ellas y no deben defraudarla, como bien señala Domingo García-Marzá. En esta línea ha venido trabajando nuestra fundación Étnor («Para la ética de los negocios y las organizaciones») desde hace más de tres décadas, porque estamos convencidos de que –como bien decía el premio nobel de Economía, Amartya Sen– el fin de la economía consiste en ayudar a crear buenas sociedades. Por eso, para una sociedad es óptimo contar con buenas empresas y para las compañías también lo es actuar éticamente. Es preciso acabar con esa perniciosa ideología que se empeña en enfrentar a la ciudadanía con las empresas, cuando lo cierto es que empresarios, trabajadores, consumidores y proveedores son sociedad civil. Y es esencial ir construyendo un «nosotros».

De las propias empresas afirma que deben buscar la perspectiva social, especialmente en el terreno tecnológico, que marcará el futuro de nuestras sociedades. Pero ¿dónde situamos los afectos en un mundo cada vez más virtual?

En efecto, es preciso decir muy claramente que «la empresa del futuro será social o no será». Y estas afirmaciones no proceden de una razón lógica, ajena a los afectos, sino de una humana que cuenta con afectos, emociones y sentimientos. Sin ellos no hay razón humana. Existe una tendencia –muy errada– a creer que la racionalidad económica –que debería ejercerse en la vida empresarial– es la que tiene como motor la maximización del beneficio a toda costa, pero esto es falso. Esto vale para la vida y para la televida, que nunca debe intentar sustituir a la primera, sino servirle de instrumento para alcanzar mejor las metas de las distintas actividades humanas.

Usted aboga por la ética del diálogo en un momento en el que hemos regresado a los maniqueísmos más absolutos, en donde hasta los movimientos más sólidos se resquebrajan. ¿Cómo integrar la diferencia sin alimentar los populismos?

Apostando por la tradición cosmopolita, según la cual todas las personas tenemos el mismo estatus moral, todas tenemos igual dignidad. En eso nos identificamos y nos hace acreedoras al respeto y al cuidado. Pero precisamente porque las personas tenemos algo en común esencial –y es que estamos dotadas de razón y corazón, precisamente porque tenemos dignidad y no un simple precio– hemos de integrar las diferencias personales, siempre que esa integración no provoque desigualdades injustas. Los populismos no tienen ninguna opción en este proceso.

Para el Banco Mundial, los pobres son los que perciben menos de 1,25 dólares. Pero la pobreza es evitable y uno de los primeros ODS. ¿Por qué existe todavía la aporofobia?

A mi juicio, las medidas cuantitativas de la pobreza son necesarias, pero es preciso complementarlas con las cualitativas. Acabar con la pobreza extrema es el primer ODS pero no solo es un objetivo, sino sobre todo un deber moral, político, económico y social que tenemos que cumplir ya. Al menos por dos razones: porque las personas tienen derecho a no ser pobres y porque hay medios más que suficientes para que nadie lo sea. Si no cumplimos con esa obligación, estamos bajo mínimos de humanidad. En cuanto a la aporofobia, es la tendencia que tenemos los seres humanos a rechazar a quienes no parecen tener nada interesante que ofrecernos, sino solo problemas. Vivimos en la sociedad del intercambio, que puede ser de mercancías, de votos, de dinero, de favores. Y cuando damos con alguien que, al parecer, no puede devolvernos nada a cambio, lo rechazamos. Por eso siempre hay excluidos: los que nos parece que no tienen nada que ofrecer. La aporofobia es un atentado contra la dignidad humana y pone en peligro la democracia. Para combatirla es preciso educar desde la familia, la escuela, los medios de comunicación y la vida pública, para cultivar la capacidad de apreciar el valor de dignidad de todas las personas.

¿Cómo educamos a futuros ciudadanos críticos, responsables y dialogantes?

Como mínimo, introduciendo en la ESO una asignatura de ética en la que los alumnos conozcan las principales propuestas éticas y los fundamentos filosóficos que les dan sentido y legitimidad, que sepan también de los valores que priorizamos en las democracias y que puedan dialogar abiertamente sobre todo esto. Pero siempre conviene recordar que no solo educan la escuela y la familia, sino también los medios de comunicación y la ejemplaridad de los personajes públicos y de los políticos. Si la vida pública está colonizada por los tribalismos y las polarizaciones, mal lo tiene la escuela para educar a una ciudadanía madura, con capacidad de discernir y dialogar.


Esta entrevista tuvo lugar en las Jornadas de Sostenibilidad 2022 de Redeia.

Olajumoke Adenowo: “Los arquitectos africanos deben recuperar la confianza en la sabiduría del pasado”

Construye edificios y diseña casas, consciente de que la identidad y el legado del continente son la gran pieza ausente en los libros de urbanismo y de que ser negra, mujer y joven la hicieron invisible durante años

Por Beatriz Lecumberri

Olajumoke Adenowo (Ibadán, 1968) sube al estrado, toma la palabra y concentra la atención silenciosa del auditorio, compuesto de arquitectos de todo el mundo. Escépticos, críticos o admirativos, ninguno queda impasible ante las palabras de esta nigeriana arrolladora y segura de sí misma, que presume de su éxito, pero asegura llevar mucho tiempo remando con el viento en contra.

Adenowo, formada en campus africanos y extranjeros y dueña desde hace 30 años de su propio estudio de arquitectura, ensalza la herencia y las posibilidades de África, critica a quienes quieren resolver los problemas urbanísticos del continente desde lejos, “sin mancharse las manos ni ponerse las botas”, lamenta que el exilio parezca ser una condición indispensable para el éxito de sus compatriotas y repudia la corrupción y el machismo que dificultan su trabajo diario.

“África debe desarrollar sus propias soluciones”, insiste a este diario tras su intervención en el congreso internacional de arquitectura Controversias urbanas, celebrado en Pamplona el pasado noviembre.

En 2020, Adenowo recibió el Premio Forbes a la Mujer Emprendedora Africana. Colegas y publicaciones especializadas la definen como una “arquitecta estrella” y la consideran la más influyente de África. Ha llevado a cabo más de un centenar de proyectos, desde sedes de ministerios en Nigeria, hasta mansiones y estudios privados. Su monografía Neo Heritage: Defining Contemporary African Architecture (2023) es el primer volumen de un arquitecto negro y africano publicado por la prestigiosa editorial Rizzoli.

Pregunta. Usted acaba de decir a varias decenas de colegas que cuando se estudia y se enseña arquitectura falta siempre la pieza africana.

Respuesta. Así es y es una pieza importante. Nuestro continente no tiene una historia escrita, sino oral y visual, y en muchos casos nos hemos visto despojado de ella. ¿Dónde está un precioso panel yoruba de una puerta del palacio real de Nigeria, con unos grabados que hablan de nuestra historia? En el British Museum en Londres. La nueva generación africana debe conocer todo esto. El legado de los antepasados puede dar respuesta a los retos actuales. Por ejemplo, ya en 1691, el capitán de navío portugués Lourenço Pinto escribió: “El Gran Benin, donde vive el rey, es más grande que Lisboa: todas las calles son rectas y terminan donde se pierde la vista. Las casas son grandes, la ciudad es rica e industrial”. Los arquitectos africanos vivos deben recuperar la confianza en la sabiduría del pasado y transformarla en puente hacia las soluciones que necesitamos hoy. Pero intentar colocar a África sobre la mesa es como boxear con una mano atada a la espalda.

P. Es su idea de new heritage.

R. Sí. Para resolver los retos del presente tenemos que mirar al pasado. Consiste en fijarse en el éxito que tuvieron las generaciones precedentes para resolver sus propios problemas, por ejemplo en urbanismo. Cuando la actual generación de africanos se dé cuenta de que otras anteriores ya hicieron frente a este tipo de problemas, tendrán más confianza en ellos mismos. Entenderán que no tienen que irse de África, que África puede funcionar. Con todo esto me refiero especialmente a mi país, Nigeria, la nación negra más grande del mundo.

P. Nigeria es un buen punto de partida.

R. Mi país será uno de los Estados más poblados del mundo dentro de algunos años. Creo que lo que golpee a Nigeria golpeará a todo el mundo. Lo que pasa en Nigeria no es solo problema de Nigeria: es nuestro problema y también el de todos ustedes. Mi país tiene más de 500 grupos étnicos, no hay otro país en África con esta diversidad. Eso significa más ideas, más estrategias para poner sobre la mesa, más ejemplos en los que inspirarnos para resolver por ejemplo problemas de diseño arquitectónicos. La arquitectura responde al contexto cultural, étnico y a las circunstancias físicas de cada lugar. Por eso, el caso de Nigeria nos puede servir para toda África.

P. Usted critica que se intenta dar respuesta a los desafíos de África y no solo urbanísticos, sin África.

R. Intentar resolver los problemas de los africanos sin los africanos quizá no sea lo más eficaz. África debe desarrollar sus propias soluciones. El reto es llegar a las voces auténticas, las que entienden la esencia de nuestro continente. Para entender bien África hay que mancharse las manos y ponerse las botas. Yo he decidido hacerlo.

P. Pero una parte importante de los jóvenes africanos sueña con marcharse.

R. El discurso es que África no funciona, que tienes que vivir en otro sitio para tener éxito. Por eso la gente seguirá cruzando los desiertos y acabando en pateras, porque han perdido la esperanza en sus lugares de origen. Tenemos que empezar a resolver los problemas con el fin de que la gente pueda quedarse en sus propios países y tener éxito. Y la clave ahí es la lucha contra la desigualdad. Si los jóvenes, que son la mayoría de la población africana, sienten que pueden acceder a los recursos, que hay oportunidades para todos, se plantearán quedarse. También es importante que las autoridades locales tomen las decisiones contando con los habitantes, con lo que es importante para ellos, de forma que la ciudadanía se comprometa con su propio futuro. ¿Debemos construir esta carretera o es más urgente tener un estadio? Quienes toman las decisiones no lo saben.

P. En un momento en que las grandes ciudades africanas están abarrotadas, en algunos lugares se opta por construir nuevas urbes. ¿Usted cree que es la solución?

R. En mi país, por ejemplo, no. En Nigeria ya hay una ciudad relativamente nueva, Abuja, y aún se trabaja para que funcione de verdad, décadas después. Entonces, ¿por qué no fortalecer más bien lo que ya tenemos? Cuando la gente migra, deja el lugar físico al que pertenece, pero también sus relaciones y una determinada forma de estar en este mundo. Si construimos tomando como base algo que ya existe, no se pierden las relaciones humanas ni la cohesión social, que son un buen antídoto contra la inseguridad en las grandes ciudades, por ejemplo.

P. Usted es africana, mujer y empezó muy joven en la arquitectura. Es una experta en saltar obstáculos.

R. Voy a ser muy franca: en gran parte de África quienes dirigen los países son hombres y hombres mayores. La gerontocracia. Yo empecé a ejercer a los 25 años y esos hombres me consideraban demasiado joven. Además, soy mujer y quienes toman las decisiones nos ven como una especie de apéndice de un hombre y por eso no optan por nosotras. Muchísimas mujeres mantienen a sus familias hoy en día, yo lo veo con mis alumnas, pero el ego africano hace que todo eso no se valore y se priorice siempre a ellos.

P. ¿Sigue viviendo este tipo de situaciones hoy, 30 años después?

R. La corrupción está por todas partes. Las decisiones se toman la noche anterior y tú llegas al día siguiente a una sala de juntas, haces una presentación, pero ellos ya han decidido cómo va a ser porque quieren repartirse el dinero. No se trata en absoluto del proyecto. No se trata de quién es el mejor. Además, en África, mucha gente ni siquiera entiende realmente qué es la arquitectura y no se puede vender algo para lo que no hay demanda. La arquitectura es el arte y la ciencia de la construcción, es identidad y legado, pero la gente todavía quiere edificios funcionales que simplemente funcionen. Entonces, ¿por qué no dárselo a tu amigo que es un hombre?

P. Aún así, usted trabaja la mayor parte de su tiempo en África.

R. Claro que sí, intento hacer abogacía y que la gente entienda la diferencia entre arquitectura e ingeniería de la construcción. Trabajo con unos pocos clientes exigentes que sí hacen esa distinción y saben que mi estudio les va a dar la mejor respuesta para proyectos muy concretos y optan por mí.

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María Ressa: «Las redes sociales están a punto de destruir el libre albedrío»

La periodista María Ressa fue galardonada en 2021 con el Premio Nobel de la Paz. Lo hizo por su trabajo a favor de la libertad de expresión. Su trabajo empezó en Filipinas, donde su medio ‘Rappler’ se posicionó contra el Gobierno de Duterte, algo que le supuso numerosas amenazas de arresto. Pero Ressa alerta de que los dictadores como Duterte no son el único problema: en el mundo de internet y las redes sociales, las dictaduras tienen muchas más caras. Y los problemas de la desinformación, muchos matices.

En tu último libro hablas de cómo luchar contra un dictador. Hay muchas clases de dictadores, pero has mencionado a personas como Mark Zuckerberg. ¿Cómo identificar a un dictador?

¿Qué es un dictador? Es alguien que domina y que te quita las libertades. Un dictador es un matón que impone su voluntad. Piensa en algo: ¿tenemos mujeres dictadoras? ¿Se le ocurre alguna? No se me ocurre ninguna. Podría equivocarme. Pero estos dictadores absorben el aire. Los autoritarios modernos lo que hacen es hacerte creer que las mentiras son hechos. Cambian tu forma de pensar. Esto se parece mucho más a Aldous Huxley y Un mundo feliz. Y así nos convertimos en ovejas llevadas al matadero, porque toman nuestro libre albedrío. Esto es lo que pasa con las redes sociales. Esencialmente, eres insidiosamente manipulado hasta el de punto de que pierdes el libre albedrío sin siquiera reconocer que lo has perdido. ¿No es así? Eso es lo que la guerra de la información en las redes sociales puede lograr. Cuando escribí el libro pensé que el título era una exageración, una hipérbole, porque Duterte no se quedó en el poder tanto tiempo.

Pero ese es el punto. ¿Necesita un dictador permanecer por mucho tiempo para impactar por generaciones a una sociedad?

El punto para mí era que sentía que estábamos luchando contra la impunidad. La impunidad es la clave. Conduce a una reorganización. Rusia sigue escapando y cada vez es peor. En nuestro caso, comencé con esta lucha en 2016. Obtuve datos de los medios sociales porque Rappler era esencialmente un socio alfa de Facebook. Conocíamos Filipinas mejor que ellos y les decíamos lo que estaba pasando. No creo que lo entendieran, ni creyeran necesario hacerlo. Para entonces yo no entendía cómo funcionaban las campañas de desinformación. No entendía la guerra de la información y lo que le hace a tu mente y a tus emociones; lo que hace a gran escala, porque el golpe real lo recibe el destinatario de esas acciones. Solo ese blanco, el agredido, ve todos los ataques. Y entonces lo que todos los demás ven es algo llamado el efecto bandwagon, o efecto carruaje. Ven trozos y empiezan a creerlo a través de la repetición. Es entonces cuando una mentira se convierte en un hecho. Las dos cosas que exigí para el fin de la impunidad fueron: la guerra contra las drogas de Rodrigo Duterte, es decir, los asesinatos extrajudiciales. Y lo segundo fue Facebook, de Mark Zuckerberg. Si lo piensas, ¿quién es más poderoso?

Sin duda, Zuckerberg.

Lo que mi nación está viviendo, lo que cada nación está viviendo, está completamente en el poder de Mark Zuckerberg. Él es un dictador y ha elegido repetidamente el beneficio sobre la seguridad. Ha elegido el beneficio sobre la esfera pública. Este hombre no fue elegido. Él determina lo que es nuestra realidad compartida. Eso es increíble. Y eso es parte de la razón por la que también siento que los gobiernos democráticos han abdicado de su responsabilidad. Porque no es solo la tecnología la que renunció a la responsabilidad de protegernos. Están recibiendo mucho dinero por ello. Este es el modelo de negocio llamado capitalismo de vigilancia. Ni siquiera había un nombre para él hasta 2019, cuando Shoshana Zuboff escribió Capitalismo de vigilancia.

¿En qué momento pasaste de ser una periodista dedicada a escarbar en las actuaciones de los políticos o a cubrir conflictos en Asia a convertirte en una experta en desinformación y cómo las plataformas manipulan nuestras vidas?

Lo fascinante es que nuestro mundo está segmentado en verticales. Eres un experto en medios de comunicación, en tecnología, en negocios. Y rara vez se encuentra todo esto, excepto cuando empecé con Rappler. Desde entonces entiendo el impacto de esto. Yo construí la tecnología de Rappler… Soy una periodista que fue atacada. Solo los periodistas atacados pueden verlo y sentirlo todo. Así que en realidad fue una tormenta perfecta de estas tres cosas donde pude ver que el modelo de negocio del periodismo está muerto, porque la publicidad en el viejo mundo no puede igualar este microtargeting, esta manipulación insidiosa que está a la venta al mejor postor. Y cuando ves lo que han creado para los anunciantes y lo pones junto con la guerra de información rusa, es horrible. Irán está haciendo esto también, así como Rusia y China. Hay un grupo llamado la Organización de Cooperación de Shanghái.

Sí. La representación del nuevo orden mundial. Un club de dictadores mucho más poderosos que el mismo Duterte.

Sí. Rusia y China la crearon. Acaban de unirse Turquía, Irán, Myanmar y la India. ¿Y eso qué significa? Que es mejor que muevas el culo porque hay alianzas globales. Lo que está sucediendo a nivel individual se está replicando a escala macro. Veo los datos minuto a minuto en Rappler. Entiendo el papel de la tecnología en la publicación en línea: un medio como Rappler nació en las redes sociales, nació en Facebook. Creí en las redes sociales para el bien social, para impulsar el desarrollo de un país como el mío. Estas fueron algunas de las cosas que ayudaron a la expansión de Facebook en Filipinas. Organizamos esto porque el discurso de Rappler es que construimos comunidades de acción. El alimento que damos a nuestras comunidades es el periodismo. Queríamos ayudar al desarrollo. Es una forma más proactiva de hacer nuestro trabajo como periodistas. No se trata solo de contar historias. Así que tenía un equipo de periodistas, pero también creé un brazo de compromiso cívico llamado Move Page, y mi equipo de compromiso cívico colaboró con el Gobierno. Esto es parte de lo que expongo en el libro. Sé que se puede usar para hacer el bien, pero lo que las plataformas hicieron es que lo aumentaron tanto para hacer más dinero, para mantenernos scrolleando o deslizando la pantalla. Ellos destruyeron el libre albedrío. Déjeme decirlo de otra manera. Están a punto de destruir el libre albedrío.

Has liderado la creación de un marco legal para las grandes plataformas de internet. ¿En qué consiste?

Cuando el Gobierno [filipino] comenzó a atacarnos con la ley, cuando la armaron contra nosotros, me di cuenta del hecho de que luchando a nivel de las redes sociales no iba a ningún lado; nunca se puede luchar contra la máquina, la máquina está programada. Tienes que ir hacia arriba. Tenemos que dejar de fijarnos en los síntomas. Es como diagnosticar la democracia. Ese es el diseño de las propias plataformas, su modelo de negocio, que está matando el modelo de negocio de las noticias del periodismo. Así que cuando vas hasta arriba, te das cuenta de que se trata de la falta de legislación en dos frentes sobre el ecosistema de la información, cómo pueden manipularnos y quizá ponernos a prueba para perjudicarnos. A pesar de los daños, harán dinero con ello cuando se utiliza la desinformación rusa. Cuando lo hace Irán, ganan dinero. Las plataformas ganan dinero. Así que en cierto modo son cómplices. La otra cosa que olvidamos es que cuando una organización de noticias equilibra el bien público con un beneficio, las noticias ganan, el periodismo gana; cuando es negocio a toda costa, entonces comprometes tu periodismo. Las plataformas nunca tuvieron ese cimiento. Nunca esperaron –ni quisieron– ocuparse de la esfera pública. Para ellos, todo se trataba de ganancias. Todo se trataba de dinero. Pero la otra parte es que los gobiernos están utilizando la vigilancia.

Pero volvamos a la legislación. Has dicho que tiene que aprobarse rápida- mente antes de que sea demasiado tarde. Ojalá antes de las elecciones estadounidenses en 2024. ¿Por qué?

No, no tenemos tiempo. Pero ahora está llegando la primavera y la Unión Europea va por delante. Los llamo «el ganador en la carrera de las tortugas». Es sabido que la Unión Europea no se mueve a un ritmo rápido, pero es más rápida que Estados Unidos y que otras democracias porque tienen la Ley de Servicios Digitales y la Ley de Mercados Digitales. Ya se han aprobado. Este es el primer paso que cambiará todo, creo, porque las plataformas, las empresas de tecnología se verán obligadas a ser más transparentes con sus algoritmos y habrá alguna manera de que podamos acceder a los datos para que podamos pedir cuentas a estas empresas; eso es de importancia crítica. El GDPR no ha funcionado porque se centraba demasiado en el contenido. Ese es nuestro problema. Creemos que el contenido es lo que es. Y las empresas tecnológicas tienen un grupo de presión de 70 millones de dólares para hacerte sentir que es un problema de libertad de expresión, pero no es un problema de libertad de expresión, es uno de libertad de riqueza. Y esa es una cita de un comediante, Sacha Baron Cohen. Quiero decir, si él sabe esto, todo el mundo sabe que tenemos que detener esta manipulación algorítmica.


Esta entrevista es parte de un acuerdo de colaboración entre el diario ‘El Tiempo‘ y la revista ‘Ethic’. 

Norman Foster: «Las ciudades son tan buenas como lo son sus líderes»

Por Pelayo de las Heras y Raquel C. Pico

La arquitectura no es solo arte o funcionalidad. También ha sido uno de los motores clave para entender los cambios sociales e incluso para propiciarlos. De hecho, en el siglo XXI, la arquitectura puede ser una de las piezas fundamentales para abordar la emergencia climática. Norman Foster (Mánchester, 1935) lo tiene muy presente. El arquitecto –uno de los grandes nombres del siglo XX y Premio Pritzker en 1999– es uno de los máximos exponentes de la innovación urbana. Al hilo de la exposición retrospectiva que le dedica el parisino Centro Pompidou, Foster desgrana qué futuro le espera a la arquitectura y, por tanto, a las ciudades que habitamos.


El coche fue el rey del siglo XX. El diseño de nuestras ciudades y nuestros edificios se hizo pensando en sus necesidades, pero, si queremos sobrevivir al calentamiento global, el automóvil no puede continuar su reinado. ¿Qué debería regir al diseño urbano y la arquitectura de este nuevo siglo?

En nuestra era, la movilidad afecta a las personas, las cosas y la información. Al mismo tiempo, estamos viviendo el auge de la inteligencia artificial, que podría tener un efecto profundo en la ciudad del futuro. Si analizamos las tendencias de cambio en la movilidad, vemos que algunas ya están aquí, mientras que otras todavía están por llegar. Nos alejamos de los combustibles fósiles y vamos hacia vehículos de propulsión eléctrica. Todo esto sucede en un momento en el que las nuevas generaciones evitan tener coche en propiedad y prefieren optar por servicios de car sharing. Además, pisando los talones a la revolución de la bicicleta, llegan las motos y las bicicletas eléctricas. De fondo, asoma la perspectiva del uso de drones para el transporte aéreo de personas y cosas. El resultado es el de menos vehículos circulando al mismo tiempo, aunque la mayoría en constante movimiento, de forma silenciosa y segura. Esto permitiría liberar grandes espacios en las ciudades que podrían utilizarse para otros fines. Los aparcamientos de varias plantas podrían quedar obsoletos y en los próximos años, por ejemplo, convertirse en huertos urbanos. En la ciencia ficción del pasado, los monorraíles eran uno de los símbolos del futuro. Hoy en día, gracias a los avances en las baterías y los sistemas de propulsión eléctrica, puede que sean una opción cuando inevitablemente se reconsidere el transporte público en términos de comodidad y densidad. Disponer de más espacio público brinda una excelente oportunidad para plantar árboles a gran escala con los que mejorar el aspecto y bajar la temperatura de las ciudades gracias a su absorción de dióxido de carbono.

La historia indica que, después de una crisis como la pandemia de la COVID-19, las ciudades salen fortalecidas. ¿Cómo cree que será el desarrollo urbano? ¿Es la ciudad verde una realidad posible?

La historia nos dice que las ciudades cambian como respuesta ante una situación de crisis gracias al uso de nuevos materiales y métodos de construcción. En todos estos casos, las ciudades se han transformado para mejor. Por ejemplo, el Gran Incendio de Londres de 1666 obligó a crear los códigos de construcción que darían origen al ADN de la ciudad georgiana, con sus elegantes hileras de casas adosadas de ladrillo a prueba de incendios. La respuesta a la epidemia de cólera de mediados del siglo XIX fue la creación del Thames Embankment y el sistema de alcantarillado, que impidió que el Támesis se convirtiera en un desagüe a cielo abierto. En el mismo siglo, la preocupación por la salud dio lugar a un aumento del número de parques y jardines públicos, como ocurrió con Central Park en Nueva York. A principios de siglo, además, el transporte se hacía a caballo, por lo que las grandes ciudades se vieron desbordadas por el estiércol que amenazaba a la población con enfermedades y malos olores. El automóvil se erigió como salvador y limpió las calles antes de que acabara convirtiéndose a su vez en el villano contaminante de nuestro tiempo. Más recientemente, los smogs de Londres o Los Ángeles en los años 50 o 70 dieron lugar a la promulgación de las leyes de aire limpio y al cambio del carbón al gas.

¿Cuál podría ser el equivalente en nuestro futuro? Antes de la pandemia predije muchas de las tendencias positivas que estamos viendo, pero ahora hay algo nuevo: una «actitud» y una voluntad, incluso una impaciencia, a nivel popular por lograr un cambio positivo en las ciudades. Prueba de ello son las iniciativas llevadas a cabo durante la pandemia, como la creación de 650 kilómetros de carril bici en París, la ampliación de las aceras en las principales arterias de Londres o la toma espontánea y ad hoc de las calles por parte del comercio y la restauración. En otro momento, cualquiera de estos cambios hubiera sido objeto de largos e intensos debates. Respecto a si una ciudad más verde es una realidad posible, veamos tres ejemplos de las últimas dos décadas. El proyecto de Madrid Río recuperó 800 hectáreas de terreno gracias a la soterración de una autopista y la construcción de un nuevo parque de 8 kilómetros de longitud. El proyecto Big Dig, en Boston, eliminó una autopista elevada para dar lugar a más de 120 hectáreas de nuevos parques y espacios abiertos. Y en Seúl, la iniciativa Cheonggyecheon permitió recuperar un río que había sido cubierto en la década de 1950 y eliminar una autopista elevada para crear 100 hectáreas de espacio recreativo público en el centro de la ciudad. Todos estos proyectos, además de crear espacios públicos útiles, reducen la contaminación, mejoran la biodiversidad, revalorizan el mercado inmobiliario, mejoran la seguridad y, sorprendentemente, mejoran el tráfico.

norman foster

El arquitecto, lápiz en mano, en la sede de la Fundación Norman Foster en Madrid. | © José Manuel Ballester

En el estreno de su retrospectiva en el Centro Pompidou habló de la necesidad de imaginar edificios y estructuras más «sanas» y que consuman «menos» y que sean, a su vez, un motivo de «celebración y de alegría». ¿Son compatibles la buena funcionalidad y la belleza en la arquitectura sostenible?

Siempre he creído en el poder beneficioso de la belleza, el placer y nuestra conexión con la naturaleza, si bien estos imperativos han sido intuitivos y subjetivos durante décadas. No ha sido hasta hace poco que en los estudios científicos se han empezado a cuantificar los beneficios tangibles de algunas de estas cualidades, como los edificios que respiran, tienen vistas o reciben luz natural. Por ejemplo, ahora sabemos que los pacientes hospitalizados que tienen vistas a un jardín se recuperan más rápidamente y reciben el alta antes que aquellos cuya cama está frente a una pared blanca. Este es el poder del diseño. Un edificio es un organismo, no una máquina. Todo nuestro trabajo se basa en la creencia de que el contacto con la belleza y la naturaleza favorece un estilo de vida más sano, tanto física como mentalmente. Si el diseño es la respuesta a las necesidades materiales y espirituales de las personas, estoy convencido de que la arquitectura de calidad que trabaja en conexión con la naturaleza puede ofrecer más y ser más hermosa.

Durante su mandato, Trump firmó un decreto por el que se establecía la arquitectura clásica como el estilo preferente para los edificios públicos. Hoy en día, sin embargo, son las modernas zonas financieras de las capitales las que suelen ser un reflejo del poder. ¿Cómo cree que se reflejará la política en la arquitectura del futuro?

No debería ser una cuestión de estilo, sino de calidad. Las ciudades son tan buenas como lo son sus líderes. En este sentido, la política, la arquitectura y el urbanismo siempre estarán conectados, como así ha sido a lo largo de la historia. En la Antigua Grecia, los médicos hacían un juramento para defender los valores éticos y los ciudadanos se comprometían a dejar la ciudad mejor de lo que la habían encontrado. Esta fue la inspiración para la declaración de las Naciones Unidas que me pidieron encabezar en San Marino en 2022. Mi intención fue invitar a todas las partes a sumarse; no solo a arquitectos e ingenieros, sino también a gestores y políticos. Sus principios de sostenibilidad e inclusión se conectan a la planificación, el diseño urbano y la arquitectura. Son los ideales que han inspirado mi trabajo y el de mis compañeros de profesión en las últimas seis décadas.

Desgraciadamente, Ucrania puede ser uno de los laboratorios urbanos del futuro. ¿Cómo se debería reconstruir un país entero según sus principios arquitectónicos?

La guerra en Ucrania es una enorme tragedia. En abril de 2022, como con- secuencia de la guerra y en el marco del Foro de Alcaldes de Naciones Unidas, el alcalde de Járkov, Ihor Terekhov, me pidió que encabezara un plan para la re- construcción de la ciudad. Desde ese momento, la Fundación Norman Foster ha estado en contacto con los líderes de la comunidad local, los arquitectos y los profesionales de Ucrania para formar un equipo de trabajo multidisciplinar de asesores internacionales. Coordinados por la fundación y por la compañía Arup, el equipo está recabando datos, definiendo estrategias urbanas a largo plazo y creando proyectos piloto para su estudio inmediato. El equipo colabora desinteresadamente y el trabajo continúa. Se trata de un proceso continuo y participativo en el que la ONU se ha implicado en todo momento.

Ha dicho en varias ocasiones que la arquitectura se reduce básicamente al diseño, y es evidente que todas las ciudades empiezan a parecerse las unas a las otras: los rascacielos son iguales en todas partes y los centros de las ciudades se parecen cada vez más (incluso tienen las mismas tiendas). ¿Ha estandarizado la globalización –y, por tanto, de alguna manera, eliminado– el diseño, el estilo y la personalidad de cada lugar?

¿Cómo se define la naturaleza de un lugar? Es como intentar usar palabras para explicar un color; en realidad, lo reconoces cuando lo ves. El sentido del lugar es aquel que sientes y experimentas, consciente o inconscientemente, cuando estás ahí. Un lugar puede conectarte con tus recuerdos, con la historia, con la comunidad, con tu destino y tu identidad. La escala es casi infinita. Sin embargo, por lo general, la creación de lugares se asocia al mundo de los espacios urbanos: la infraestructura de las calles, plazas, carreteras, parques y puentes de nuestros pueblos y ciudades. El lugar está en el espíritu, aunque no tenga un origen espiritual. En muchos casos, un viaje atrás en el tiempo proporciona las claves para avanzar hacia el futuro. Tanto si se trata de un proyecto urbanístico como de un edificio, diseñamos teniendo en cuenta el pasado para responder a las necesidades actuales, si bien anticipándonos a un futuro todavía desconocido. Esto vale tanto para la búsqueda de un «lugar» como para la arquitectura de un edificio concreto y su aportación al espacio público.

Fuente: Ethic.es