Evidencia empírica contra la microeconomía neoclásica (y sus implicaciones políticas)

Por Oscar Planells

La teoría microeconómica estándar, la que se enseña por defecto en las facultades de economía de todo el mundo, parte de una premisa clara y concisa: todo individuo se mueve exclusivamente por sus intereses particulares, y lo hace de manera racional (es decir, calculando los medios más eficientes para lograr sus objetivos). Así pues, tal perspectiva entiende que “al tomar una decisión cualquiera, todos intentamos maximizar nuestras utilidades esperadas sin que nos importen los intereses de las otras personas. La utilidad esperada de una acción se define como el producto de su utilidad subjetiva por la probabilidad de éxito de la acción en cuestión” (Bunge, 2009: 91).

Los economistas han asentado y confiado tanto en esta premisa psicológica que han construido en base a ella gran parte de sus teoremas y de su producción académica en general. Esto resulta más preocupante cuando tenemos en cuenta que, en la mayoría de facultades de economía, los estudiantes no reciben ningún tipo de formación en metodología científica, filosofía de la ciencia o realización de experimentos; más bien al contrario, les enseñan la materia como una rama de las matemáticas, como una “ciencia dura” (Bunge, 2009: 91) que no precisa ya de una validación empírica de sus premisas (Gintis et al., 2005: 6).

Pero lo cierto es que tal axioma, en las últimas décadas, se ha visto minado por la evidencia empírica en los dos flancos que lo constituyen: tanto la idea de que los individuos son maximizadores racionales, como la idea de que son maximizadores racionales de su utilidad particular. Pero esto, claro, no ha desanimado a los apóstoles de tal teoría a seguir predicándola con miopía dogmática, surgiendo así nuevos monaguillos a lo largo y ancho del globo (normalmente, con alguna nueva palabreja o pseudoteoría bajo el brazo, pero siempre con la altivez de quien ni siquiera se plantea revisar las premisas de su pensamiento). No en vano, Mario Bunge, con tono irónico, categoriza a la microeconomía clásica como “el más ilustre de los cadáveres intelectuales” (Bunge, 2009: 148). Efectivamente, cada vez se acumula más evidencia empírica y transcultural de que los seres humanos no somos ni egocéntricos ni maximizadores racionales a la hora de tomar nuestras decisiones. En este artículo me limitaré a tratar la primera cuestión (el egocentrismo), señalando porqué tendríamos que sospechar de tal idea, así como haciendo un breve apunte acerca de la relación de ello con la filosofía política y el diseño institucional.

Pero antes, sería útil hacer una aclaración terminológica. Yo aquí me referiré a “egocentrismo” en el sentido de que las decisiones se toman en base al interés exclusivamente particular, es decir, sin tomar en consideración el interés de terceras personas u otros motivos de tipo social (se podría argüir a favor del uso de otros términos, pero no entraré en esta cuestión). Así, es habitual la confusión de tal enfoque egocéntrico con el individualismo metodológico. Pero este último, en realidad, se limita a defender la idea bastante evidente (y quizás por eso, sistemáticamente ignorada por ciertas corrientes sociológicas) de que todo análisis de tipo social debería fundamentarse primero de todo en los individuos y sus motivaciones, preferencias y razones para actuar e interactuar de una u otra manera. Así, tal concepto se circunscribe plenamente al ámbito meramente metodológico: no hace asunciones sustanciales acerca del aparato motivacional de los agentes, se limita a afirmar que estos deben ser el “microfundamento” de toda teoría social falsable (y por lo tanto, seria). Esto no deja de ser una definición rudimentaria, pero útil a efectos de distinguir conceptos. Nótese que el axioma egocéntrico de la microeconomía neoclásica practica tal individualismo metodológico pero, además, integra asunciones sustanciales acerca de las motivaciones de los individuos: que estas son, necesariamente, de tipo egocéntrico (en el sentido que hemos definido).

En todo caso, ¿qué significa ser egocéntrico en las decisiones cotidianas? Tal noción puede derivar fácilmente en una premisa tautológica, de manera que, con la intención de encajar cualquier observación empírica en el modelo, se ensanche de tal manera la noción de “egocentrismo” que esta acabe abarcando todo tipo de motivación y, por lo tanto, acabe siendo una noción estéril, seca, sin ningún poder explicativo. Así, los actos de altruismo públicos (como por ejemplo la filantropía) se explicarían según algunos economistas por el interés en ganar estatus o en ser envidiado; la cooperación respecto a un bien común, por su parte, se explicaría porque sirve para ganarse una fama de cooperador que puede ser útil en futuras interacciones sociales o económicas para el individuo en cuestión, etc. Como indica Elster (2011: 11), tal tipo de teorías, que suelen acabar forzando “extrañas producciones mentales”, han pecado a menudo de un ánimo de falsa “sofisticación” entre los economistas, según el cual aquellos que explican ciertos fenómenos mediante motivaciones altruistas de los actores serían unos ingenuos, y aquellos que fuerzan la interpretación para encontrar motivaciones egocéntricas, en cambio, serían economistas sofisticados e ingeniosos (o aún más, añadiríamos: ¡héroes de la economía neoclásica ortodoxa!). Para hacernos una idea de a qué extravagantes teorías puede llevar este axioma cuando se lo defiende con activismo pseudocientífico, Elster nos ofrece un breve listado de respuestas que ciertos economistas han dado a fenómenos sociales que, a primera vista, se explicarían por una motivación altruista (Elster, 2011: 12).

Pregunta: ¿Por qué un emigrante a menudo hace envíos de dinero a sus familiares que se quedaron en su país de origen?

Respuesta [del economista “sofisticado”]: Para desanimarlos de emigrar, lo que podría hacer bajar su salario.

Pregunta: ¿Por qué los padres eligen ayudar a sus hijos por medio de legados testamentarios en vez de donaciones inter vivos?

Respuesta: Con el fin de dividir para vencer: extraer el máximo esfuerzo de sus herederos dejando flotar la incertidumbre hasta el último momento.

Pregunta: ¿Por qué un gran número de individuos contribuyen a obras caritativas incluso cuando nadie los está observando?

Respuesta: A fin de comprarse por este medio un sentimiento de superioridad moral.

Pasemos ahora a la cuestión de las motivaciones no egoístas. En este punto, hay que ir con cautela: no podemos hablar de “motivaciones puras”, puesto que el aparato motivacional es una cuestión de extrema complejidad y dependiente de muchos factores, a día de hoy opaca (o translúcida, siendo más optimistas) a los psicólogos (pues, de hecho, a menudo la motivación de cierta acción no es transparente ni al propio agente que la lleva a cabo). En todo caso, sí que es posible plantear un esbozo de diferentes tipos de motivaciones que podemos encontrar en los individuos.

Nociones clave para comenzar este esbozo son las de interés y desinterés. Cuando pensamos en el “interés” como motivación, pensamos en un individuo que toma decisiones en base a qué utilidad particular le proveerán. Cuando pensamos en el “desinterés”, nos viene a la cabeza todo lo contrario: un individuo altruista. Pero en realidad, podemos distinguir muchas formas de desinterés. Una de ellas, por ejemplo, es la de un juez que no tiene ningún tipo de interés particular en el resultado de un juicio del que se tiene que encargar, por lo que simplemente no tiene ningún incentivo para intentar sesgarlo. Elster denomina a esta forma de desinterés desinterés de facto (2011: 73-78). El desinterés también se puede entender como un sacrificio consciente y más o menos reflexivo del propio interés en favor de un bien considerado más importante. Pero nótese que esto puede tomar la forma de altruismo, entendido como preocupación genuina por el bienestar o interés de otras personas, pero también puede consistir en defender una causa supraindividual más allá del coste personal que ello tenga, ya sea algo como la búsqueda de la verdad o algo como la “gloria de la patria”. En este sentido, sería igual de “desinteresado” en esta acepción un científico dedicado al progreso de la ciencia que un kamikaze estrellando su avión contra un objetivo enemigo. Así pues, hay que tener en cuenta que se tiene que utilizar la noción del “desinterés” como algo moralmente neutro (ibídem: 30), pues puede tomar muchas formas, y muchas de ellas no son precisamente deseables. Elster denomina a esta forma de desinterés desinterés por elección (ibídem: 78-87). Más adelante, haré mención a la tercera forma de desinterés esbozada por Elster: el desinterés por negligencia.

Otra noción importante es la de reciprocidad. Dentro de esta, tenemos que desdoblar el concepto entre reciprocidad débil (compatible con el modelo de la microeconomía neoclásica) y reciprocidad fuerte (incompatible). En cuanto a la primera: en las últimas décadas se han llevado a cabo estudios experimentales que, de la mano de la teoría de juegos, han analizado cuáles son las mejores estrategias en aquellos contextos en que un conjunto de individuos tiene que cooperar para obtener el mejor resultado posible para ellos mismos. En tales experimentos, está comprobado que la mejor estrategia posible por parte de los individuos es la tit-for-tat, que en castellano se podría traducir como “toma y daca”, pero no entraremos ahora en esta cuestión. Lo que quiero resaltar aquí es que, como se puede apreciar, este planteamiento parte igualmente de la idea de que los individuos buscan maximizar su utilidad particular en las interacciones sociales, por lo que aunque apele a la noción de “reciprocidad”, no se trata de una motivación genuina por cooperar o de un compromiso moral con la igualdad o la justicia, sino de una motivación egoísta que, simplemente, incorpora en la ecuación la ineludible interacción humana. Podemos entender estos desarrollos, pues, como un modelo más realista y sofisticado de la teoría del homo economicus, pues tiene en cuenta que en muchos contextos los individuos no entran en interacciones económicas de tipo casual, sino que, todo lo contrario, se adentran en relaciones de interacciones repetidas, en las que es necesario o preferible ganarse la confianza de los demás.

Pero una noción muy diferente es la de la “reciprocidad fuerte”, entendida como “predisposición a cooperar con los otros, y de castigar (con un coste personal, si es necesario) a aquellos que violan las normas de cooperación, incluso si es inverosímil esperar que estos costes sean recuperados más adelante” (Gintis et al., 2005: 8). Esta es pues una forma de motivación que va más allá del interés egocéntrico de los individuos, puesto que es indisociable, como veremos, de la sociabilidad y de la moralidad.

Para calibrar tal forma de reciprocidad, los investigadores usan, habitualmente, los juegos anónimos o los de tirada única, es decir, juegos en que desde una óptica meramente egoísta, en ningún caso está en el propio interés cooperar con el otro (pues si es una interacción anónima, no tenemos que temer por posibles sanciones sociales; si es un juego de tirada única, ya no nos interesa, desde una óptica egocéntrica, ganarnos la confianza del otro individuo a largo plazo). Pioneros en este ámbito han sido un conjunto de investigadores del Instituto por la Investigación Empírica en Economía de la Universidad de Zúrich, liderados por Fehr, que han realizado múltiples experimentos para extraer conclusiones sobre este tipo de cuestiones. Podemos poner como ejemplo el “juego del ultimátum”. En este, el Jugador A tiene a su disposición una cantidad de, por ejemplo, 10 unidades, y de estas tiene que ofrecer como mínimo 1 al Jugador B, quedándose él el resto, pero el Jugador B se guarda la opción de rechazar la oferta, quedándose los dos, en este caso, con las manos vacías. Así pues, desde la perspectiva neoclásica, el resultado previsible es que el Jugador A ofrezca 1 unidad al B y se quede las 9 restantes, pues para B es mejor 1 que 0 (cantidad que se llevaría en caso de rechazar la oferta de A, sea cual sea), y por tanto aceptaría tal oferta sin duda alguna.

Pero la realidad muestra resultados muy diferentes. En experimentos realizados en los últimos años, en que los jugadores se juegan dinero real, se ha demostrado que la mayoría de individuos que hacen de Jugador A ofrecen a B 5 unidades, y que en la mayoría de casos en que A ofrece a B tres o menos unidades, B las rechaza, a pesar de que esto implique quedarse sin nada. Esto, claro, se podría explicar en base a lo que Elster denomina “desinterés por negligencia”, es decir, aquella situación en la que el Jugador B emprende una acción contra su propio interés no por una elección meditada, sino llevado por una emoción irracional e irreflexiva (en este caso, de ira contra el Jugador A, por una oferta considerada como injusta). Pero la otra lectura es que, justamente, el Jugador B tiene una motivación esencialmente social, en cuanto que el rechazo de una oferta igual o inferior a 3 unidades se entiende como una violación de la norma social de reciprocidad (Gintis et al., 2005: 12).

Otro experimento de gran interés es el “juego del mercado laboral”. En este, un grupo de individuos adoptan al azar el papel de empresario o trabajador, teniendo cada grupo el mismo número de individuos, y pudiendo cada empresario contratar a máximo un trabajador. Cada empresario, al contratar un trabajador, le comunica su salario (s) y el nivel de esfuerzo (e) que espera a cambio. Así, los beneficios del empresario son 100e – s, y los del trabajador s – e (siendo e un número entre 0,1 y 1, y s un número entre 1 y 100). El quid de este juego, empero, es que, una vez contratado, el empresario no tiene ningún mecanismo de control sobre el trabajador (y ya sabemos de la importancia que otorgan los economistas a los problemas de principal-agente). Así, si seguimos los planteamientos de la microeconomía neoclásica, el trabajador, sea cual sea su sueldo, hará el mínimo esfuerzo (0,1), pues esto maximiza su utilidad y, por tanto, el empresario, sabiendo esto, ofrece el sueldo mínimo (1), pues también quiere maximizar la suya (ibídem: 13). Pero de nuevo, la realidad empírica muestra otro cuadro. A continuación se puede apreciar un gráfico de los resultados obtenidos (ibídem: 14).

Cómo se puede apreciar, cuando los empresarios confiaban en los trabajadores, ofreciendo salarios más altos a pesar de que fuera arriesgado para ellos, estos respondían con un mayor esfuerzo (a pesar de que ya tenían el salario plenamente asegurado). Esto muestra, por un lado, el poder de la reciprocidad fuerte, pero por otro, sus límites. Efectivamente, a pesar de que el esfuerzo medio de los trabajadores es notablemente mayor que el predicho por la teoría neoclásica ortodoxa, no se llega tampoco al esfuerzo prometido, lo cual nos pone en aviso para adoptar una postura mixta, según la cual los individuos no son ni puramente egocéntricos ni puramente reciprocadores o altruistas, sino una mezcla compleja que depende de muchos factores.

Todo esto tiene su lectura en el terreno de la filosofía política. Tradicionalmente, el liberalismo parte del axioma egocéntrico y, por lo tanto, determina que cualquier institución social tiene que estar diseñada dando por supuesto que, sea cual sea su diseño, el individuo intentará maximizar su utilidad particular (piénsese en la “Fábula de las abejas” de Mandeville, que lleva por subtítulo “Vicios privados, beneficios públicos”). Pero esto implica, claro, claudicar ante la idea de que la moralidad y las motivaciones pro-sociales no juegan ningún papel en la motivación de los individuos. En contra de tal idea, Gintis et al. (ibídem: 4) se preguntan si no se debería prestar más atención a tal tipo de evidencia empírica contra los supuestos de la microeconomía neoclásica para diseñar instituciones y políticas públicas alternativas a las actuales.

De lo contrario, tendremos que aceptar, junto a los economistas neoclásicos y sus acólitos, que no es posible, por ejemplo, la aplicación de una renta básica universal, pues tal política sería parasitada por una masa de individuos que, teniendo ya su existencia material garantizada, se limitarían a recibir pasivamente una renta incondicional, sin ninguna motivación para trabajar o contribuir a la sociedad (contra la creciente evidencia que desmiente tales postulados). También tendremos que acatar, de la mano de esos mismos sectores (e ignorando a Ostrom), la supuesta imposibilidad de toda forma de gestión colectiva de los bienes comunes, arrodillándonos pues a la propiedad privada como única solución a tales dilemas. Y podríamos seguir con la lista: habría que apoyar también, junto a ciertos tertulianos juntapalabras, la asistencia social de mínimos con comprobación de recursos, los copagos sanitarios contra el “riesgo moral”, una legislación laboral que facilite el despido ante posibles polizones (free-riders), etc. Sin duda, parece un precio difícil de pagar para la izquierda.

Bibliografía

Bunge, M. (2009). Filosofía Política: solidaridad, cooperación y democracia integral. Barcelona: Gedisa.

Elster, J. (2011). El desinterés. Tratado crítico del hombre económico (I). México DF: Siglo XXI Editores.

Gintis, H., Bowles, S., Boyd, R., i Fehr, R. (2005). Moral Sentiments and Material Interests: Origins, Evidence, and Consequences. En Gintis, H., Bowles, S., Boyd, R., i Fehr, R. (ed.). Moral Sentiments and Material Interests: The Foundations of Cooperation in Economic Life. Cambridge, Massachusetts: The MIT Press.

(Este texto es una adaptación de un artículo, originalmente en catalán, publicado en el primer número de la revista Audens: Revista estudiantil d’anàlisi interdisciplinària.)

Oscar Planells Graduado en Ciencias Políticas y estudiante de Sociología. Miembro del Comité Editorial de «Audens: Revista estudiantil d’anàlisi interdisciplinària».
Fuente:
www.sinpermiso.info

Deuda corporativa, estímulos fiscales y la próxima recesión

Por Michael Roberts

La deuda de las corporaciones en las principales economías ha aumentado desde el final de la Gran Recesión en 2009. Con la desaceleración del crecimiento global y la posibilidad de que una recesión global se repita diez años después de la última, la deuda de las corporaciones pronto será tan onerosa para un número importante de grande de compañías como para desencadenar una ronda de bancarrotas corporativas. A continuación, los bancos tendrán un fuerte aumento de préstamos morosos. Lo que podría llevar a una nueva crisis crediticia, ya que los bancos se niegan a prestarse entre sí.

Esa restricción crediticia se produjo brevemente el mes pasado, cuando la Reserva Federal de los Estados Unidos se vio obligada a inyectar más de $ 50 mil millones en el sistema bancario para revertir un aumento muy brusco de las tasas de interés interbancarias, ya que los bancos con exceso de liquidez rechazaron ayudar a los más débiles. La causa de esa contracción monetaria fue un aumento de la oferta de bonos del gobierno a medida que la administración Trump emitió más para cubrir su creciente déficit presupuestario. Algunos bancos no pudieron financiar las compras a las que se comprometieron sin pedir prestado. A medida que las reservas bancarias depositadas en los bancos centrales en EE. UU., Europa y Japón han aumentado, el volumen del mercado monetario interbancario ha disminuido.

Como resultado de esta conmoción en los mercados crediticios, la Fed ha regresado al mercado para comprar letras del Tesoro a corto plazo para restablecer la liquidez bancaria. Después de poner fin a la flexibilización cuantitativa (QE, comprar bonos) y comenzar a subir su tasa de interés política el año pasado, la Fed tuvo que dar marcha atrás, reducir las tasas y volver a utilizar la QE. Más de la mitad de los bancos centrales están ahora relajando la presión, la mayor proporción desde las secuelas de la crisis financiera. Durante el tercer trimestre de 2019, el 58% de los bancos centrales redujeron las tasas de interés.

En su último informe de Estabilidad Financiera Global, el FMI expresó su preocupación de que: “las corporaciones en ocho economías importantes están asumiendo más deuda, y su capacidad para servirla se está debilitando. Hemos analizado el impacto potencial de una desaceleración económica material, cuya gravedad equivaldría a la mitad de la crisis financiera mundial de 2007-08 y nuestra conclusión es preocupante: la deuda de las empresas que no pueden cubrir los servicios de los intereses con ganancias, lo que llamamos deuda corporativo de riesgo, podría aumentar hasta los $ 19 billones. Eso es casi el 40 por ciento de la deuda corporativa total en las economías que hemos estudiado, que incluyen Estados Unidos, China y algunas economías europeas».

Y en los mercados emergentes: “la deuda externa está aumentando en las economías emergentes y fronterizas a medida que atraen los flujos de capital de las economías avanzadas, donde las tasas de interés son más bajas. La deuda externa media ha aumentado al 160 por ciento de las exportaciones desde el 100 por ciento en 2008 en las economías de mercados emergentes. Un fuerte ajuste de las condiciones financieras y mayores costes de endeudamiento dificultarían el pago de sus deudas». Tobias Adrian y Fabio Natalucci, dos altos funcionarios del FMI responsables del Informe de Estabilidad Financiera Global, señalan: «Un fuerte y repentino ajuste de las condiciones de financiación podría desenmascarar estas vulnerabilidades y ejercer presión sobre la valoración de los precios de los activos «.

Hace tiempo que he sugerido (años) que la deuda corporativa podría ser el desencadenante financiero de una nueva recesión. Fue así con la deuda del sector inmobiliario (hipotecas de alto riesgo) en 2007-8; ahora podría ser la deuda corporativa (a través de ‘préstamos apalancados’, es decir, de compañías de crédito ya cargadas de deuda).

Parece que el FMI se apunta ahora a esa hipótesis. El ex economista jefe de Goldman Sachs y ahora columnista del FT, Gavyn Davies, también subraya este creciente riesgo. Davies comenta: “Argumenté en marzo que este problema aún no era peligroso, pero que probablemente fui demasiado complaciente”. Y lo fue, dice, porque “aunque las relaciones de deuda e ingresos de las empresas estadounidenses ya estaban cerca de sus picos históricos, otros aspectos de los balances y los flujos financieros de las empresas estaban en mejor situación. Los márgenes de beneficio todavía eran bastante sólidos, el saldo financiero neto del sector corporativo tenía un superávit cómodo, los ratios entre tasas de interés e ingresos eran bajas y las de deuda y bonos eran saludables». Pero ahora:»En los últimos seis meses, la situación de las finanzas corporativas en los Estados Unidos se ha vuelto más preocupante Al igual que en otras economías importantes, los márgenes de ganancia se han visto sometidos a una creciente presión a la baja, porque los costes salariales de los productores han aumentado más rápidamente que los precios de venta al consumidor».

Como resultado de la reducción de los márgenes de ganancias y la desaceleración del crecimiento de los ingresos, se estima que las ganancias de las compañías del S&P 500 han caído en los últimos 12 meses, por debajo de su crecimiento del 20 por ciento en 2018. Además, el crecimiento de las ganancias de las grandes compañías del El S&P 500, incluidas las ganancias en el extranjero, ha sido mucho más alto que la cifra para todo el sector empresarial en la economía nacional. Esas cifras muestran que las ganancias en los Estados Unidos han aumentado solo un 6 por ciento en los últimos tres años, en comparación con un aumento del 50 por ciento para el S&P 500. ¡Y las ganancias del sector no financiero son en realidad más bajas que en 2014! Es una recesión de ganancias.

En un artículo anterior a Davies, analicé los resultados de ganancias de las 500 principales compañías por su valor del mercado de valores en los EE. UU., S & P-500. Con casi todos los resultados para el segundo trimestre de 2019 que finaliza en junio, las ganancias totales aumentaron solo un 0.5% y los ingresos por ventas aumentaron solo un 4.7%. Después de tener en cuenta la inflación real, las ganancias reales fueron negativas y los ingresos apenas positivos. Y eso es para las 500 principales empresas. Para las empresas más pequeñas, la situación es aún peor. Las ganancias cayeron más del 10% respecto al año pasado y los ingresos aumentaron solo un 2.2%, o se mantuvieron estables después de descontar la inflación. Excluyendo el sector financiero, las ganancias bajarían un 21%. Un análisis por sectores muestra que el sector minorista obtuvo mejores resultados en la medida que el consumidor estadounidense siguió gastando, junto con el sector financiero. Pero sectores productivos como la tecnología tuvieron una caída del 6,3% en sus ganancias. Y esa es la clave. En el primer semestre de 2019, las ganancias están en territorio negativo en comparación con un aumento del 23% en el primer semestre de 2018. Y el pronóstico para las ganancias del tercer trimestre es una caída adicional del 4.3% interanual.

Davies reconoce que: “El deterioro en el crecimiento de las ganancias ha sido acompañado por un comportamiento financiero corporativo más agresivo, mientras que la inversión de capital real para expandir la capacidad productiva se ha reducido. Según el informe de estabilidad del FMI, las recompras de acciones, los dividendos y las actividades de fusión y adquisición, financiadas con préstamos apalancados y bonos de alto rendimiento, han aumentado en 2019. Estas actividades se han extendido a las pequeñas y medianas empresas, que según el FMI son particularmente vulnerable cuando se trata de ganancias». Exactamente. A medida que cae la rentabilidad (y ahora incluso la masa de ganancias), las compañías han tratado de contrarrestar esto con especulación financiera. Las grandes empresas pueden gracias a sus considerables reservas de efectivo, pero no las empresas más pequeñas que no acumulan tanto efectivo.

Davies llega a la conclusión que defendí hace algún tiempo. “Aisladas de otros shocks económicos, es poco probable que tales debilidades financieras de las empresas desencadenen una recesión, pero ciertamente podrían exacerbar los efectos de otros shocks contractivos. Esto es lo que sucedió en 2008, cuando un choque de tamaño mediano en el mercado de hipotecas de alto riesgo causó una enorme caída en la actividad económica. El impacto de las disputas comerciales en la confianza empresarial, que se ha estado derrumbando en los últimos meses, es la amenaza actual más obvia”.

Al mismo tiempo que Davies llegó a esta conclusión, el economista jefe para Estados Unidos del banco Societe Generale, Stephen Gallagher, argumentó que las recesiones estadounidenses suelen ir precedidas de una erosión en los márgenes de ganancias corporativas o ganancias por dólar de ingresos. Los costos generalmente aumentan cerca del final del ciclo, mientras que las ventas se estabilizan. Hay un ciclo de ganancias, algo que mis lectores conocen bien. El ciclo actual del margen de beneficio (la línea azul en el gráfico siguiente) está llegando al punto de recesión. El gráfico muestra la tendencia histórica de los márgenes de beneficio en varias etapas del ciclo económico, así como los márgenes en este ciclo.

Gallagher señala que los márgenes de ganancias de EEUU se han reducido desde 2016. «La erosión en los márgenes es la clave de la dinámica del ciclo económico», dice Gallagher. “Si Estados Unidos entra en una recesión en 2020, es muy probable que la historia lo considere como una recesión por guerra comercial. Pero las tensiones comerciales son solo el catalizador, no la causa principal”, dice. «Con un telón de fondo de expectativas débiles de ganancias, la incertidumbre comercial plantea serios desafíos a la planificación empresarial», argumenta Gallagher. «En un entorno de márgenes de beneficio mucho más fuertes, la misma incertidumbre comercial probablemente representaría un factor menos disuasorio».

Como historiador económico y autor de Crashed, Adam Tooze tuiteó : “ ¿Qué pasaría si orientásemos nuestro análisis del ciclo económico hacia lo que presumiblemente es el impulsor básico de la actividad comercial, es decir, las ganancias de las empresas, en lugar de factores intermedios que pueden o no afectar seriamente esas ganancias, por ejemplo los aranceles?” Exactamente. Un colapso financiero o una guerra comercial no conducen a una recesión económica, a menos que ya existan problemas serios con la rentabilidad del capital.

No son solo Gavyn Davies y el FMI los que se están dando cuenta del riesgo financiero y de la deuda. En un discurso pronunciado el 25 de septiembre, el gobernador de la Fed, Lael Brainard, dijo que «la adopción de riesgos financieros por parte de las empresas estadounidenses en forma de distribución de beneficios y fusiones y adquisiciones ha aumentado, en contraste con unos gastos de capital moderados». Los aumentos repentinos de riesgos financieros generalmente preceden a las recesiones económicas. A medida que se acumulan las pérdidas comerciales y aumentan la morosidad y los incumplimientos, los bancos están menos dispuestos, o no pueden, prestar. Esta dinámica se retro-alimenta». Por lo tanto, la Fed debe actuar con una nueva tanda de flexibilización monetaria:»La Fed decidirá si activa su amortiguador de capital anticíclico en noviembre. Este mecanismo permite a la Fed exigir a los bancos más grandes de la nación que aumenten las reservas de capital en el momento en que surjan tensiones económicas”.

En Japón, es la misma historia. El presidente del Banco de Japón, Kuroda, pidió una combinación de medidas para impulsar el crecimiento económico. Volvió a lo que solía llamarse las tres flechas de Abenomics: flexibilización monetaria, gasto fiscal flexible y reformas estructurales para aumentar el potencial de crecimiento a largo plazo del país. Kuroda todavía cree que los bancos centrales pueden salvarnos de la recesión, si bien los gobiernos también deberían ayudar con medidas de estímulo fiscal. “Estamos equipados con kits de herramientas no convencionales, por lo que no es necesario ser demasiado pesimista sobre la efectividad de la política monetaria. Kuroda insinuó una mayor flexibilización a principios de este mes.

Pero, como he defendido en detalle anteriormente, la flexibilización de la política monetaria no ha logrado restaurar las tasas de crecimiento anteriores a 2007 y ahora no puede detener la recesión que se avecina. De hecho, las tasas de interés a nivel mundial están en mínimos históricos, e incluso negativos en muchas economías importantes y, sin embargo, la economía mundial sigue desacelerando.

En la reciente reunión del FMI y el Banco Mundial, el ex gobernador del Banco de Inglaterra durante la Gran Recesión, Mervyn King, calculó que «la economía mundial está andando sonámbula hacia una nueva crisis financiera porque la economía convencional y las instituciones oficiales todavía no han cambiado sus ideas complacientes y erróneas de antes de la última crisis. Al apegarnos a la nueva ortodoxia de la política monetaria y pretender que hemos conseguido que el sistema bancario sea seguro, estamos caminando sonámbulos hacia esa crisis». King continua: «la resistencia al nuevo pensamiento significa que crece la amenaza de una repetición del caos del período 2008-09”. Esto es notable por parte de King, quien antes de 2007 había comentado lo bien que iba la economía mundial: «una buena década», la llamó. Él también estaba atrapado entonces en el ‘viejo pensamiento’.

Haciéndose eco de mi propio punto de vista de lo que llamo la Larga Depresión, King dice ahora que la economía mundial estaba atrapada en una ‘trampa de bajo crecimiento’ y que la recuperación de la depresión de 2008-09 fue más débil que después de la Gran Depresión. «Tras la Gran Inflación, la Gran Estabilidad y la Gran Recesión, hemos entrado en el Gran Estancamiento». King apoya la posición expresada regularmente por el ex Secretario del Tesoro keynesiano, Larry Summers, sobre el concepto de estancamiento secular, un período permanente de bajo crecimiento en el qué tasas de interés muy bajas son inútiles.

Si la política monetaria ahora es inútil a pesar de las vanas esperanzas de Powell en la Reserva Federal o Kuroda en el Banco de Japón, ¿qué se debe hacer? King afirma que el problema es «un patrón distorsionado de demanda y producción», es decir, una inversión excesiva en China y Alemania y una inversión insuficiente en otros lugares. Tiene que haber un cambio global del ahorro y la inversión. Pero aparte de la pregunta obvia de cómo podría lograrse tal cambio sin la cooperación internacional, el problema no es un «desequilibrio global». Ha habido desequilibrio durante décadas. Los Estados Unidos, el Reino Unido, etc., han tenido déficits en cuenta corriente regularmente, mientras que Alemania, Japón y China han tenido superávit. Y sin embargo, ha tenido lugar crecimiento económico. La causa de las crisis regulares y recurrentes se puede encontrar en los argumentos de Gavyn Davies, no en los de Mervyn King.

En todas partes, ya sea entre economistas convencionales o instituciones oficiales, el clamor ahora es el ‘estímulo fiscal’. Por ejemplo, Laurence Boone y Marco Buti, economistas de la OCDE, exigen aquí y ahora: la búsqueda de una combinación de políticas más equilibrada . “Si bien se reconoce en general que la política monetaria se enfrenta a restricciones cada vez mayores, la política fiscal y las reformas estructurales deben desempeñar un papel más importante. En particular, la política fiscal podría ser más favorable, especialmente en la zona euro. Emprender el tipo correcto de inversión pública ahora, en infraestructura, educación o para mitigar el cambio climático, estimularía nuestras economías y contribuiría a hacerlas más fuertes y más sostenibles».

Tal como Keynes afirmó que sería necesario en la Gran Depresión de la década de 1930, ahora, cuando la Larga Depresión entra en su décimo año, la respuesta es un mayor gasto público, recortes de impuestos y déficit presupuestarios (y no se preocupen más por el aumento de la deuda pública). Pero así como el estímulo fiscal no funcionó en la década de 1930 (en su lugar, se necesitó una guerra mundial y que los gobiernos tomaran el control del ahorro y la inversión), tampoco funcionará esta vez. Y eso asumiendo que los políticos lo intenten incluso.

El estímulo fiscal y la «gestión de la economía» por los gobiernos son la piedra de toque del pensamiento keynesiano y poskeynesiano, incluida la llamada Teoría Monetaria Moderna (MMT). La única diferencia real entre el estímulo keynesiano y la MMT es que esta último cree que se puede hacer sin emitir bonos para financiarlo: basta ‘imprimir dinero’.

Lo verdaderamente chocante es que incluso algunos marxistas consideran que el estímulo fiscal y más gasto público es todo lo que necesitamos para evitar una nueva recesión. La cuestión de la caída de la rentabilidad y de las ganancias subrayada por Gavyn Davies aparentemente no es relevante en absoluto. La rentabilidad del capital no juega un papel clave para ellos en este sistema capitalista de producción por lucro. Pero las ganancias provienen de la inversión, no viceversa. Así que, todo lo que tenemos que hacer es impulsar la inversión.

Tomemos un artículo reciente de John Weeks, un veterano economista de izquierdas (¿marxista?) que escribió un artículo brillante en la década de 1980 ( John Weeks sobre el subconsumo) que mostraba que la teoría de las crisis marxista no tenía nada que ver con la falta de demanda efectiva causada por el bajo consumo de los trabajadores. Weeks es ahora el coordinador del Progressive Economy Forum, un grupo de expertos de izquierda. Ahora escribe: «Las economías de mercado requieren una gestión de políticas: (como) nos enseñó Keynes». Como se ve en la Edad de Oro de la década de 1960, cuando los responsables de las políticas económicas siguieron a Keynes e intervinieron con medidas fiscales para gestionar la economía, hubo un alto nivel económico de crecimiento sin crisis. Pero cuando los gobiernos neoliberales abandonaron las políticas keynesianas, surgió la crisis.

Weeks ahora argumenta que “las economías capitalistas sufren periódicamente una inestabilidad extrema, siendo el ejemplo más reciente la Gran Crisis Financiera de finales de la década de 2000. Estos momentos de inestabilidad extrema, recesiones y depresiones, son el resultado … de «fallos» de la demanda privada; específicamente, la volatilidad de la inversión privada y, en menor medida, la demanda de exportación ”. Weeks señala correctamente que es la volatilidad de la inversión lo que causa auges y caídas, no el consumo privado. Pero, ¿qué causa los cambios en la inversión? Weeks ofrece una respuesta keynesiana directa: “La inestabilidad resulta porque las inversiones se realizan anticipando las condiciones económicas futuras, que son inciertas. «Por lo tanto, es la incertidumbre sobre el futuro, una causa subjetiva, y nada tiene que ver con la imagen objetiva de la rentabilidad real de la inversión.

Si Weeks (y los keynesianos) tienen razón, entonces, de hecho, “el gasto público (puede) servir para compensar la inestabilidad inherente de la demanda privada. Esta es la esencia de la política fiscal “anticíclica»: el gobierno central aumenta su gasto cuando la demanda privada disminuye, y aumenta los impuestos cuando los gastos privados crean presiones inflacionarias excesivas. Durante 1950-1970 ese fue el consenso político, y coincidió con la «edad de oro del capitalismo».

Pero está equivocado. Primero, la edad de oro no llegó a su fin porque se abandonaran las políticas keynesianas; por el contrario, las políticas keynesianas fueron abandonadas porque la Edad de Oro llegó a su fin. Y eso se debió a que la rentabilidad del capital se hundió seriamente desde finales de los años sesenta hasta principios de los ochenta en todas las principales economías capitalistas. Como resultado, la inversión fue volátil y las economías sufrieron varias crisis. Lejos de que la gestión de la demanda keynesiana detuviera estos cambios cíclicos, incluso en las décadas de 1950 y 1960, en realidad los exacerbaron. Al menos esa era la opinión del principal economista keynesiano británico de la década de 1960, Christopher Dow, quien resumió en su monumental historia del período: «Las principales fluctuaciones en la tasa de crecimiento de la demanda y la producción en los años posteriores a 1952 fueron, por lo tanto, principalmente debidas a la política del gobierno. Este no fue el efecto deseado; en cada fase, debe suponerse, la política fue más lejos de lo previsto, como a su vez la corrección de esos efectos. En lo que respecta a las condiciones internas, la política presupuestaria y monetaria no lograron estabilizar y, por el contrario, debe considerarse que fueron desestabilizadoras sin duda alguna” (JCR Dow, The Management of the British Economy, 1964).

En segundo lugar, la inversión no precede a las ganancias, sino viceversa en una economía capitalista. No es la falta de demanda privada lo que causa una crisis; pero una crisis es solo eso: una falta de demanda efectiva. Pero esta crisis de «realización», para usar el término de Marx, es el resultado de la crisis de rentabilidad. Ahí es donde debería comenzar un análisis correcto sobre las causas de las crisis, como ahora sugieren Davies y Tooze. Yo y otros hemos presentado la explicación teórica (marxista) y pruebas empíricas de esta conexión causal. Los keynesianos pueden negarlo, pero parece que incluso los economistas convencionales como Gavyn Davies se han dado cuenta de esta conexión causal. Si esto es correcto, los intentos de evitar una nueva depresión utilizando políticas fiscales no frenarán o revertirán la caída de las ganancias e inversiones corporativas y, por lo tanto. no evitarán una nueva depresión.

Ya existe una recesión manufacturera global. La economía alemana en su conjunto está en recesión virtual, según su propio banco central, el Bundesbank. China está creciendo a su ritmo más lento en casi 30 años. Los detonantes para una depresión mundial se multiplican. Tenemos disturbios y protestas contra los recortes de austeridad en varias ‘economías emergentes’ a medida que la desaceleración global afecta a las exportaciones y los ingresos: en el Líbano, en Ecuador, en Chile, en el empobrecido Haití. Al mismo tiempo, las economías emergentes más grandes están en crisis (Argentina, Turquía) o estancadas (Brasil, México, Sudáfrica).

Incluso en los Estados Unidos, la principal economía capitalista avanzada con mejores resultados, el crecimiento se está desacelerando, mientras que la inversión y las ganancias están cayendo. Y en este contexto, una de las principales empresas de Estados Unidos está en serios problemas. La parada técnica del 737 Max jet después de dos accidentes trágicos ha disminuido silenciosamente el crecimiento de EEUU, ha reducido la productividad y ha reducido las ganancias de varias compañías estadounidenses. Boeing no es una compañía ordinaria. Es el mayor exportador industrial de Estados Unidos y un empleador privado muy grande. Sus productos cuestan cientos de millones de dólares y requieren miles de proveedores. No es de extrañar que la parada técnica del avión de mayor venta de Boeing tenga efectos en toda la economía. Los economistas redujeron el crecimiento de Boeing en alrededor de 0.25 puntos porcentuales en el segundo trimestre, mientras que el Consejo de Asesores Económicos de la Casa Blanca estimó que el daño fue aún mayor: los problemas de Boeing redujeron el PIB de marzo a junio en 0.4 puntos porcentuales.

La política monetaria y fiscal será inútil a la hora de detener el tsunami económico que se avecina.

Michael Roberts es un reconocido economista marxista británico, que ha trabajador 30 años en la City londinense como analista económico y publica el blog The Next Recession.
Fuente:

Corporate debt, fiscal stimulus and the next recession


Traducción: G. Buster / sinpermiso.info

Convivir no nos tiene que llevar a la guerra entre nosotros o contra el planeta

Entrevista a Jed Purdy

La naturaleza a veces se trata como algo separado de la política, algo que podemos dar por sentado mientras luchamos por cuestiones humanas. El cambio climático ha convertido la naturaleza en algo político (o eso parece).

Pero Jedediah Purdy nos recuerda que, de hecho, siempre ha sido así. Durante dos décadas, Purdy, profesor de derecho en la Universidad de Columbia, ha investigado las creencias políticas que conforman nuestras comprensiones de la naturaleza, los conflictos que se juegan, literalmente, en la superficie de la tierra, y la política humana que rehace el mundo no-humano que hay a nuestro alrededor. En su nuevo libro, This Land Is Our Land: The Struggle for a New Commonwealth, aborda la cuestión de qué significa pertenecer a una tierra (a un país, a una nación, a un lugar) y qué significa convivir con otros en tiempos de nacionalismo y nativismo renovados.

Alyssa Battistoni de Jacobin ha hablado recientemente con Purdy sobre capitalismo y ecología, sobre vida en común y cuidados, y sobre el significado del trabajo ante la crisis ecológica.

AB: El subtítulo del libro es “la lucha por una nueva república [commonwealth][1]”, y antes has dicho que nos enfrentamos a una elección entre “república o barbarie”, haciéndote eco de la famosa frase de Rosa Luxemburgo, “socialismo o barbarie”. ¿A qué te refieres aquí con “república”?

JP: Uso “república” para capturar una visión moral de la economía política. La idea es que convivir en este lugar no nos debería llevar a la guerra entre nosotros o contra el planeta. Yo no debería verme impelido a considerarte como una competidora a batir o como una oportunidad de beneficio a explotar. Mi vida segura no debería depender de tu fracaso o de tu endeudamiento o de tu explotación. Una república honraría todo aquel trabajo bueno y necesario: los cuidados, la enseñanza, la asistencia de los ancianos, las ocupaciones que producen alimento –el tipo de trabajo que hace que el mundo funcione–. Y la república tiene una dimensión ecológica: nuestras vidas cotidianas no deberían, en conjunto, destruir el mundo vivo que nos rodea.

Una república sería una especie de opuesto del mundo económico que tenemos ahora, que nos lanza a una tragedia constante. Solamente vivir ya implica agotar el planeta y, a menudo, abusar de otros: mediante la economía de pequeños encargos, mediante cadenas de suministro explotadoras, mediante una economía que es desigual y, para tanta gente, aterradora y peligrosa.

El libro comienza con algunos impulsos morales que son pre-políticos y pre-ideológicos: ¡aunque sostengo que tiene algunas implicaciones políticas e ideológicas evidentes! Quería comenzar por esto y no por las discusiones que, por ejemplo, sugiere el concepto de ecosocialismo: propiedad pública o cooperativas, internacionalismo o globalismo, el papel de los mercados, etc. También quiero que el libro sea una invitación a personas que comienzan fuera de un marco socialista pero que se reconocen a sí mismos en esta descripción sobre qué va mal en nuestra economía política y cómo podría ser diferente. Siempre he sostenido que, sin las tradiciones socialistas, la política anda coja, pero nunca ha sido mi vocabulario de referencia. Quiero que un lector de Wendell Berry comience conmigo y vea que preocuparse por el planeta significa ser político a escala global. Quiero que un liberal curioso por Greta Thumberg o un progresista con buenas intenciones vean que la política distributiva y el entorno construido se encuentran en el corazón de la política medioambiental del siglo XXI y de que tenemos que pelear por la concepción del valor en nuestra economía. Y quiero plantear a los socialistas que la política igualitarista es necesariamente un radicalismo sobre el planeta en sí mismo y la tierra que hay en él.

AB: En el libro hay una interacción fascinante entre lo material y el significado: tal y como dices, “las ideas están enmarañadas en roca y barro”. Tengo algunas preguntas al respecto.

Primero, ¿cómo piensas la relación entre ganancia material y significado en relación con el trabajo? ¿Y cómo debería afectar eso a la manera en la que pensamos sobre empleos verdes y su atractivo para las personas que han trabajado en industrias extractivas? Tu discurso, supongo, sugiere que la sustitución de los empleos verdes por los empleos extractivos no debiera ser tan directa.

JP: Toda la política es política de la identidad. Toda la política es también política de lo material. Y toda la política es política medioambiental. Este libro es un ejercicio para intentar mantener todas esas premisas a la vez en una misma perspectiva.

Provengo de gente para la que su trabajo lo es todo. El mayor piropo que podrías recibir de mi abuelo, granjero, y de muchos de mis vecinos cuando crecía en Virginia Occidental, era que te lo habías currado en un día duro de trabajo. Hay mucha identidad ahí, para bien o para mal, la cosa va de si eres o no una persona que trabaja.

Esto es muy masculino (aunque en los Apalaches las mujeres han trabajado fuera del hogar desde hace tiempo, y hoy en la mayoría de los casos ambos miembros de la pareja trabajan fuera de la granja). Es literalmente colonial: extraer valor de la tierra era el corazón de la ideología que decía que los europeos tenían derecho a este lugar.

Pero también hay otra cara de la moneda. La cosa iba de cuidar: de la familia, de los animales, incluso de la tierra. Un buen granjero no agota la tierra. Y hay algo sobre agotar tu cuerpo para que el mundo continúe, devolviéndole todo lo que tienes al polvo del que provienes, lo cual es, en cierto sentido, poético. Asimismo, estimar el trabajo era parte de por qué eran republicanos por el trabajo libre, por qué al abuelo de mi abuelo, un pequeño granjero, le volaron el tímpano combatiendo a los confederados en Gettysburg. Así que hay elementos en la tradición del trabajo que pienso que casi cualquiera podría admirar, y que la izquierda en particular podría ver con buenos ojos.

Resulta cruel el modo en que el ideal dominante de trabajo prepara a la gente para identificarse con tipos particulares de empleo que después la destrucción creativa del capitalismo torna inútiles. Atas la identidad de la gente a una forma de vida que está construida alrededor de un tipo específico de trabajo en cierta industria y luego liquidas la industria y el trabajo, y les dejas solo con sus identidades. ¿Qué esperas que hagan? ¿Qué se muevan a Los Ángeles y que hagan castings para un programa de tele sobre los Apalaches?

Una parte de la socialdemocracia y del socialismo trata de la desmercantilización de la reproducción social, la desvinculación de tu habilidad para seguir existiendo (y ayudar al resto a que sigan existiendo) de la cuestión de si produces un beneficio para alguien mientras lo haces. Otra parte es que el trabajo no debería ser una mercancía pura. Trabajo no es solo cómo produce una economía; es parte de qué produce una economía, parte de una forma de vida. Parte de la razón por la que algunos trabajos deberían existir es que es bueno que existan: algunos tipos de cuidados, algunos tipos de agricultura y mantenimiento, ciertos tipos de actividades creativas. Parte de lo que hace bueno al trabajo es que sea necesario: para sostener una comunidad, una cultura, una familia, un territorio. La rentabilidad no ha sido un buen indicador de esto. Dejar que cualquier mercado de trabajo determine exactamente qué trabajo se hace implica una enorme decisión sobre cómo van a ir las vidas de las personas. Y la crueldad de nuestro mercado es que le dice a la gente: “No eres rentable, por eso no se te necesita”. Descartamos seres humanos y lo llamamos eficiencia.

AB: Escribes con fuerza sobre la impotencia económica entendida como la incapacidad para controlar tu entorno, ilustrado en particular por Amity and Prosperity de Eliza Griswold: impotencia económica significa que tienes que vivir con agua contaminada, niños enfermos, etc. Es un ejemplo maravilloso de cómo en los “asuntos medioambientales” hay economía y poder de manera realmente profunda; y no solemos hablar de ellos en esos términos. ¿Cómo podemos traer esas conexiones más cerca en el discurso político?

JP: Ha habido mucha reticencia ha hablar de vulnerabilidad en la política estadounidense, excepto en términos de seguridad nacional y terror, lo cual activa el miedo y entonces inmediatamente se transforma en una promesa de protección total. Una cosa interesante de la campaña de 2016 de Trump fue cuando dijo: “Estáis en peligro, vuestra vida se encuentra amenazada”. Por supuesto, aquello consistía sobre todo en una recuperación de la política racista de ley y orden para su agenda antimigratoria. Pero también habló de los estragos de la epidemia de opioides y de las pérdidas de empleo. Aquello fue un gran distanciamiento de la política del Partido Republicano y le ayudó a ganar. No estoy alabando a Trump, ni mucho menos. Pero en cierto sentido la respuesta que ha recibido es también la evidencia de ganas de escuchar a políticos que dejen de decir “América ya es grandiosa y también lo es tu vida”. La evidencia mucho más importante es la de la campaña de 2016 de Sanders. Pero merece la pena apreciar que este agotamiento del optimismo cruel norteamericano no solo existe entre gente que ya es de izquierdas.

El mito de que podemos estar seguros a solas, en nuestros propios hogares y coches, se cae a trizas de nuevo, como ocurrió al final de la última Gilded Age[el último tercio del XIX en EE. UU.]. Cuando lees a progresistas y a otros radicales de la primera década del siglo XX todos dicen, “en la frontera [en el Oeste], en la economía de antes de la Guerra de Secesión, era posible imaginar ser independiente. Pero ahora estamos subyugados por enormes poderes económicos y necesitamos acción social para someterlos y restaurar la libertad y la seguridad personal. La interdependencia es clave para una forma de independencia más compleja”. Eso es lo que nosotros decimos de nuevo. Ese es el punto de partida de la nueva política progresista y del nuevo socialismo democrático.

Lo que es potente en esta forma de hacer política es dar nombre a la vulnerabilidad y entonces convertirla inmediatamente en una afirmación de poder: puedes cambiar el mundo, democráticamente, para hacerlo menos aterrador y para hacer tu vida menos temerosa.

AB: La infraestructura es un tema principal del libro, pero con esto no solo te refieres a invertir en carreteras o puentes. En su lugar, estás interesado en los 30 billones de toneladas de “tecnosfera”: el entorno construido que hemos creado y que ahora es tan necesario para nuestra supervivencia como el agua y el aire. ¿Implica esto que si construimos nuevas infraestructuras (por ejemplo, trenes de alta velocidad en lugar de autovías) estamos también construyendo una nueva idea de lo que significa ser estadounidense? ¿Cómo deberíamos pensar la política de infraestructura a la luz de esta visión más expansiva?

JP: Sí, eso es exactamente cierto. Haciendo el mundo es como nos hacemos a nosotros mismos.

Uno de los principales argumentos en This Land es que los seres humanos son una especie que requiere infraestructuras: nuestros poderes, nuestra sociabilidad, nuestra naturaleza como criaturas viviendo en este planeta, están todas determinadas de maneras profundas por cómo construimos nuestro entorno, el cual pesa alrededor de 3000 toneladas por persona de media global (así que piensa cuánto es aquí, en Estados Unidos). Hacemos todo lo que hacemos –movernos, participar en la vida económica y cultural, conseguir nuestra comida y nuestro cobijo– a través de estos sistemas pesados, complejos e intensivos en energía.

Y piensa cuánta identidad presupone nuestro entorno construido. El libertarianismo estadounidense, el individualismo, tal y como se desarrolló en el siglo XX, era individualismo de autovía, individualismo de coche y conductor. Y la imagen dominante de la responsabilidad adulta es suburbana o de urbanización de extrarradio: posees una casa, separada de las otras casas, pero conectada por esas pesadas redes de carreteras, tuberías y cables, y conduces desde y hacia ella.

Una de las cosas que hacen todas estas infraestructuras es ocultar la interdependencia: crean la impresión de que puedes arreglártelas tú solo o estar a salvo en el hogar familiar, cuando en realidad estás tan entubado, cableado y enmarcado con el resto como una abeja en una colmena. El negacionismo está construido sobre este orden de cosas. Y aunque es un mundo hecho por personas, cuando naces en él, solamente es el mundo. Pensar una vía fuera de él requiere un esfuerzo, o hacer política que para salir de él y reconstruirlo.

Así que sí, una infraestructura que revela y educa en la interdependencia implicaría cosas harto distintas. Los trenes y los autobuses hacen esto (los buses tienen menos encanto estético, pero deberíamos intentar cambiarlo: son más flexibles en sus rutas, y son mucho más baratos), en parte porque usan caminos ya existentes. Debería haber muchos autobuses gratuitos, muchos. Y metros gratuitos. Tan gratuitos como las aceras –o las autovías–, lo cual significa socialmente financiadas.

Una de las cosas que me entusiasma de haberme mudado con mi familia de Durham a Nueva York es que nuestro hijo ya no tendrá un patio trasero en casa, sino que tendrá muchos parques infantiles municipales. Crecerá concibiendo el juego como algo compartido, público. Por supuesto, nosotros también haremos un uso intensivo de los parques. ¡Pero esos también son públicos! Existe una infraestructura de la soledad.

AB: Escribes que “el negacionismo climático en EE. UU. no es tanto sobre ciencia como sobre quién te gobierna: es una manera de rechazar las afirmaciones de extranjeros, instituciones internacionales (más imaginadas que reales) y de la pobreza global, y es una manera de aferrarse a una soberanía estrecha que las mareas amenazan arrastrar”. También discutes que hay un negacionismo liberal: la posición que dice que solamente tenemos que volver a 2015, que todo iba bien entonces. Pero, de hecho, dices que esa perspectiva ha negado muchas verdades de la historia estadounidense durante mucho tiempo. ¿Puedes explicarnos algo más sobre cómo piensas que podemos trabajar sobre todas estas maneras múltiples y contradictorias de ver el mundo?

JP: Negacionismo solía significar meramente anti-empirismo, lo cual, obviamente, lo ponía en una posición débil y defensiva, incluso cuando parecía que acumulaba muchas victorias. Pero esto lo subestima de manera significativa. El trumpismo y otros nacionalismos son inquietantemente creativos y generativos en respuesta a las condiciones de crisis ecológica y escasez de recursos: proponen, y hasta cierto punto construyen, nuevas concepciones de identidad nacional que son más excluyentes, más militarizadas, y que racionalizan una posición que limita tu obligación moral en la frontera, o a lo largo de diversas líneas internas que demarcan un adentro y un afuera, amigo y enemigo. El muro es un monumento a esto. Y el acto de campaña de Trump con Narendra Modi en Houston, que atrajo a 50.000 personas, es otro recordatorio de que una internacional nacionalista no es ninguna paradoja: solo necesita un enemigo común, como por ejemplo los musulmanes. Modi despotricó contra Pakistán, algo que encantó tanto a Trump como a la audiencia.

El núcleo del negacionismo contra el que discuto en este libro es la negación de que todos estamos aquí, hipotéticamente con los mismos derechos sobre el planeta, y que tenemos que crear maneras de convivir aquí. Ese es el comienzo de la política democrática. Puedes decir que la política comienza aceptando la realidad de otros y reconociendo la necesidad de poner en práctica formas de convivencia, y la democracia añade el reconocimiento de nuestra igualdad.

La razón por la que empleo tanto espacio en el libro tratando de elaborar un retrato empático, pero crítico, de la política de los yacimientos de carbón y del movimiento popular por las tierras públicas es, en parte, para combatir cierto tipo de aplicaciones del principio amigo-enemigo por parte de la izquierda liberal, que dice que simplemente podemos descartar a toda esa gente. Esto es demasiado crudo. No tenemos que persuadir o hacernos amigos de nadie, es cierto; sólo tenemos que hacer mayorías. Pero también tenemos que crear un mundo para compartir con todos los que están aquí, que tenga alguna clase de espacio para diferentes perspectivas y experiencias, diferentes maneras de sentirse arraigado al trabajo y al lugar. Mirar a otros a través de quienes son, de donde están, es el punto de partida para tratar de construir con ellos o con sus hijos solidaridades de nuevo cuño. La militancia en los yacimientos de carbón tuvo la versión de los Mineros por la democracia, que tuvo algo de verde y fue profundamente radical.

Luego está también el negacionismo más simple de los partidarios de Joe Biden: ¡solo tenemos que volver a 2015! Como si la creciente desigualdad, la encarcelación masiva, los ataques al derecho a voto, las guerras horribles e inacabables –por nombrar solo algunos temas– no estuvieran ocurriendo y no hubieran contribuido al nihilismo general y la indignación inconclusa en las que Trump prosperó. Los liberales ahora se acogen a George W. Bush como el último buen republicano, pero Trump es el ello inconsciente de la era Bush. No tiene éxito sin la islamofobia en el ambiente, sin el nacionalismo de golpearse el pecho, sin la beligerancia dominante del mundo y sin una política que pone “la seguridad” en el corazón de su pretensión de gobierno. Lo único que Trump ha hecho es coger estas premisas y hacerlas rudamente explícitas.

En este sentido, él es la parte más vulnerable de la cultura del famoseo y la abundancia que Obama cabalgó con tanta elegancia. Si celebras lo rico y lo famoso, bueno, es difícil no dar cierta licencia a su submundo. Trump es horrible y horripilante, y ejemplifica mucho de lo que ha estado ocurriendo en el país durante nuestras vidas.

AB: Escribes sobre las luchas alrededor de las tierras del oeste del país y creo que el significado de esas batallas en el alzamiento de cierta clase de nueva derecha es subestimado frecuentemente. Trump, al intentar abrir la posibilidad de la minería de carbón y uranio y la extracción de petróleo en el Bears Ears National Monument, atrajo bastante atención, pero esto no consistió tanto en una rotura con el pasado como en la culminación de una larga historia de activismo conservador contra la intervención federal sobre los usos de la tierra, a menudo argumentando en favor de la protección medioambiental. ¿Puedes contarnos algo más de las disputas de tierras en el oeste? ¿Qué sugiere la arraigada resistencia al Estado federal sobre el futuro de las políticas climáticas federales?

JP: ¡Sí! Desde que se crearon las tierras públicas federales ha habido una política continua y autorenovadora de localismo colono. Cuando la tala en los bosques nacionales fue regulada por primera vez en 1878, la gente salió a decir lo mismo que los Bundys y quienes les apoyaban salieron a decir en invierno de 2016 [léelo aquí en Sin Permiso]: el gobierno federal está convirtiendo el oeste en una colonia, una parte esencial de la libertad consistía en talar y minar la tierra, y la tierra pertenecía a la gente que la trabajaba. Es una faceta resistente de la política estadounidense y siempre ha encontrado defensores entre los políticos del oeste y conservadores del resto del país. Ronald Reagan se llamaba a sí mismo “rebelde sagebrush”, refiriéndose a la versión setentera de este movimiento político, que actuó contra la aplicación de nuevas leyes medioambientales en las tierras públicas y contra el aumento de la planificación del Bureau of Land Management.

Como con cualquier localismo, esto es en parte sobre quién habla por la región y la comunidad y quién la gobierna. En el libro afirmo que el gobierno regional de Utah ha hecho mucho por apoyar las luchas locales contra el Bears Ears Monument; y que es una región de minoría anglosajona que ha sido manipulada durante décadas para producir mayorías anglosajonas constantes. Y la mayoría de las tribus locales apoyaban el monumento. Así que “local” era una construcción política tan artificial –y tan indirecta– como “la América de Trump”, que emergía del colegio electoral incluso cuando no podía ganar una pluralidad de votos y cuando nunca ha tenido apoyo mayoritario.

Me preocupa que el modo en que el gobierno federal nunca ha sido capaz de generar legitimidad en partes del oeste colono pueda ser un presagio. Si los progresistas ganaran el Congreso y la Casa Blanca, se enfrentarían a la tarea de generar consenso real y conformidad. Creo que podríamos ver esfuerzos directos a nivel de los estados para anular iniciativas progresistas, puede que apoyados por la Corte Suprema.

Si conservadores que gobiernan unos pocos estados, o muchos estados, comienzan a negarse a obedecer una ley federal porque lleva el nombre de Alexandra Ocasio-Cortez, verdaderamente nos encontramos en terreno de crisis constitucional. Por otro lado, si Trump o un trumpista gana, no es difícil imaginar que estados como California se moverán para anular, por ejemplo, una política migratoria del estado federal. Si crees que la estrategia progresista es crear mayorías para usar un Estado fuerte y aplicar políticas igualitarias, entonces es realmente preocupante cuando la fragmentación significa que no puedes hacer que las decisiones de la mayoría se impongan. Porque las victorias de la mayoría es lo que posee una izquierda democrática.

AB: Mirando a otra historia política, escribes sobre el “largo movimiento por la justicia ambiental”, el cual ves que se extiende atrás en el tiempo, hasta los defensores de la salud pública durante el cambio de siglo que se preocupaban por la salud de los trabajadores industriales. Sugieres que podemos portar ese legado hasta hoy, digamos, en las batallas contra el vertido en lagos de los desechos de las granjas de cerdos en Carolina del Norte. ¿Nos puedes decir algo más sobre esto y sobre dónde ves el largo movimiento por la justicia ambiental hoy?

JP: Los pioneros en la investigación en toxinas que estructuró la Primavera silenciosa fueron estudiantes de toxinas industriales y condiciones del lugar de trabajo, y radicales sindicales. (Y además, algunos de los más importantes fueron mujeres, como Alice Hamilton, una activista progresista y académica que fue la primera mujer con plaza permanente en Harvard, así como otras líderes de base).

El activista por la naturaleza indudablemente más importante, Robert Marshall, fue un planificador del New Deal y un socialista. Él y Benton MacKaye, que diseñó el Appalachian Trail, fueron defensores de la planificación paisajística regional como parte de un programa más amplio de planificación económica. La anomalía histórica, en cierto sentido, es el foco relativamente estrecho del ecologismo mainstream que se consolidó en la década de los 70 y comienzos de los 80. En el libro escribo sobre cómo ocurrió aquello, incluyendo las financiaciones clave de la Ford Foundation y la muerte repentina del líder de la UAW Walter Reuther, quien había ayudado a fundar el primer Día de la Tierra y quería construir una coalición sindical-ecologista centrada en la justicia social y en el lugar de trabajo y en el medioambiente construido.

Así que la política medioambiental ha sido sobre poder, distribución, el moldeamiento de la vida económica y la construcción del medioambiente. El alcance del Green New Deal no es nada nuevo: es una vuelta a la convención. Y cualquiera que vea como periféricas las demandas de justicia ambiental está cometiendo un error: estas demandas hablan de las cuestiones centrales.

AB: ¿Qué conclusión debemos sacar sobre el surgimiento del ecologismo mainstream justo cuando la era de posguerra de relativa prosperidad, igualdad, etc., comienza a decaer? ¿Es sólo una coicidencia que el ambientalismo sea, tal y como tú dices, la última bocanada de la era del New Deal?

JP: Lo que a mi me impresiona del ecologismo de finales de los 60 y comienzos de los 70 es la mezcla de pensamiento apocalíptico con confianza en uno mismo.

Por otro lado, las revistas y periódicos mainstream escribían sobre el fin de la vida en la Tierra, la necesidad de renunciar al paradigma tecnológico de la vida humana, asuntos verdaderamente radicales. Por otro lado, el Congreso –¡el Congreso!– estuvo a la altura del reto. Y así vino, en menos de una década, la gran legislación medioambiental. Cualesquiera que fueran sus limitaciones, cambió de veras la economía política estadounidense, creando una nueva base nacional de salud y seguridad, cambió los deberes de los propietarios de la tierra y de los empleadores.

Lo que todavía no había ocurrido son los más de cuarenta años de asedio al Estado intervencionista que han erosionado sus capacidades reales y han socavado la confianza en él. Ahora tenemos la previsión de la catástrofe con una confianza enormemente reducida sobre qué podemos hacer al respecto. Esa es una fórmula para el pánico.

AB: En el Reino Unido, algunos trabajos recientes han llamado la atención sobre el hecho de que el 50% de la tierra en Inglaterra la posee el 1% de la población. En los Estados Unidos tendemos a hablar menos sobre quién posee la tierra y más sobre cosas como la posesión de vivienda, probablemente porque no tenemos la misma historia de una aristocracia terrateniente; ¿pero deberíamos hablar sobre quién posee la tierra?

JP: ¡En algunos casos! La tierra de cultivo, que en Estados Unidos ha estado en ocasiones notablemente distribuida, está siendo comprada por fondos de inversión y grandes empresas. Empuja a los granjeros de grano un escalón más cerca del tipo de contrato de servidumbre en el que los granjeros avícolas y porcinos ya están atrapados, llevando a acabo operaciones en las que las compañías integradas verticalmente poseen a los animales y toman las decisiones, mientras que los granjeros básicamente realizan –o supervisan– el trabajo y asumen los riesgos.

En Virginia Occidental y Kentucky mucha tierra con carbón pertenece a compañías extractivas, y la historia del subdesarrollo y la explotación allí muestra lo que ocurre cuando el beneficio se va fuera de la región, el capital nunca se desarrolla allí y los locales no tienen control sobre sus propios recursos productivos. También es importante que casi un tercio de la superficie estadounidense son tierras de titularidad pública, la cual puede ser administrada hacia una visión política del bien común. Eso incluye parques y naturaleza, pero también, en estos momentos, mucha minería y perforaciones, generalmente bajo condiciones que son muy favorables para las compañías energéticas. Pero podríamos estar haciendo cosas bien diferentes con esa tierra.

AB: Hablando de otra cosa: ¿puedo presionar tu argumento según el cual esta tierra (estadounidense) pertenece igual y originalmente a todos? ¿Qué hay de las reivindicaciones indígenas de tierra?

JP: En un sentido moral, la tierra no pertenece a nadie, pero en un sentido práctico el Estado y el sistema jurídico que surgieron de la colonización serán el foro en el que reivindicaciones indígenas y de otros tipos se decidirán políticamente. No existe un afuera. Por eso es tan importante disputar las condiciones de ese foro y tratar de alinearlo con un proyecto igualitario e inclusivo.

A pequeña escala, el monumento Bears Ears que los localistas de derechas atacaron en Utah era un modelo de lo que una política de tierras públicas podría hacer para cultivar algo de justicia democrática en relación con las reivindicaciones indígenas. El monumento se instituyó de modo que varias tribus locales que habían participado en su diseño pudieran tener un papel central en cómo gobernarlo. Eso difícilmente es una reparación, pero es un cambio de cuyo proyecto participa la tierra.

Algunos de los otros cientos de millones de acres de tierras públicas federales podrían ser dispuestas para la administración y prácticas indígenas. Debe haber pluralismo en quién puede reclamar esa tierra: los descendientes de los colonos han estado ahí durante generaciones y las tierras públicas han de rendir cuentas con toda la comunidad política; pero las tierras públicas toman forma a través de proyectos particulares, como la naturaleza, y ahí no hay razón para que no pudieran haber decenas de millones de acres de tierras públicas principalmente indígenas –no reservas, sino áreas rurales que sean administradas mediante una profunda implicación indígena de acuerdo a lo que articulan ellos como sus proyectos–.

AB: Me parece que ahora mismo tomamos decisiones basándonos casi por completo en el valor económico; y estoy de acuerdo en que, tal y como indicas, “nuestra economía infravalora [la reproducción social] igual que infravalora el mundo natural”. ¿Cómo podemos valorar más estas cosas tan necesarias? ¿Y podemos verdaderamente imaginar ese tipo de cambio de valores ocurriendo bajo el capitalismo?

JP: Hay al menos tres maneras de pensar el capitalismo en relación con la crisis ecológica. Primero, los mercados capitalistas dependen de cosas que ellos mismos ni producen ni preservan, por razones arraigadas (o reflejadas) en su estructura de precios: estas cosas son tratadas como “gratuitas” o son saqueadas y obtenidas por la fuerza. Así que el capitalismo tal y como está estructurado ahora es insostenible porque está construido para agotar los elementos que necesita (y cualquier otra cosa necesita) para continuar existiendo.

Otra forma de pensarlo es a través del imperativo del crecimiento. El modelo de retorno de la inversión de la lógica económica depende del crecimiento. Al final, choca con límites ecológicos, no importa cuanta eficiencia se haya ganado por el camino. Tiene que haber una manera de que en el futuro que cambie nuestro estándar de valor hacia recompensas intrínsecas, tiempo libre, literalmente la actividad libre de estar con nuestros jóvenes para ayudarles a crecer, de estar con nuestros ancianos para aprender de ellos y enriquecer sus últimos años. Nos podemos permitir la modestia privada y el lujo público; no nos podemos permitir el lujo privado y la austeridad pública.

Una tercera cosa es que los mercados colonizan todos los otros dominios de la vida. Colonizan la política. Mercantilizan la crianza de niños y el cuidado de ancianos. Mercantilizan el aprendizaje, la sociabilidad y el amor. Y la mercantilización universal hace mucho más difícil crear un mundo desmercantilizado, la clase de mundo que podemos tener indefinidamente.

Las distorsiones son extraordinarias. Estamos criando un bebé y ver de primera mano cuán difícil es, hace incluso más chocante que nuevos padres y madres sean lanzados al mercado para ambas cosas: vivir y cuidar del bebé. Esta economía convierte una situación buena –progenitores y descendientes– en transacciones mercantiles controvertidas y estresantes. (Y esto es para la gente relativamente privilegiada que “hace malabares” entre trabajo y familia). Una cultura que tiene esta actitud hacia la reproducción de veras me parece una que no se preocupa de si puede continuar existiendo.



[1] N. del T.: durante todo el texto se ha usado “república” para vertir al castellano la voz inglesa “commonwealth”. La otra posible traducción, “mancomunidad”, no capta ni mucho menos el uso idiosincrásico y político que el autor pretende dar a “commonwealth”. Recuérdese que “commonweal” (literalmente, “bien común”) y luego “commonwealth” (“riqueza común”) fueron los términos favoritos para traducir el latín “res publica” en el inglés renacentista. Primero para identificar cualquier comunidad política en general y progresivamente para identificar un tipo republicano de gobierno, especialmente tras la Commonwealth establecida después de la ejecución de Carlos I, entre 1649 y 1660 (ya en 1652 el conservador Robert Filmer se quejaba de que “tantos ignorantes” hubieran hecho una apropiación plebeya y antimonárquica del vocablo “Commonwealth”, para él tan políticamente neutro como lo fueron “res publica” para Jean Bodin o “república” para Baltasar Gracián, meros sinónimos de lo que hoy llamamos “Estado”). Por otro lado, la resignificación político-económica radical, no ajena a la historia, que Purdy pretende otorgar a “commonwealth” es del todo congruente con la resignificación democratizante del vocablo “república” que se hace actualmente desde diversos lugares del Reino de España, la revista Sin Permiso entre ellos.

 

Es profesor en la Universidad de Columbia. Su investigación se desarrolla en la intersección entre filosofía política, derecho y economía política.

Fuente:

https://jacobinmag.com/2019/10/jedediah-purdy-this-land-environment-climate-change-denialism-ecology

Traducción:David Guerrero

¿Hacia dónde se mueven las placas tectónicas?

Por Maristella Svampa

Octubre en el espejo muestra el rostro de una América Latina convulsionada. Nuevamente asoma la imagen del «volcán latinoamericano». Ecuador y Chile lideran este proceso a través de levantamientos sociales y movilizaciones masivas que rechazan medidas de corte neoliberales, en medio de escenarios de toque de queda, estado de excepción y fuerte represión estatal.

EN LAS CALLES.En un Ecuador sin Rafael Correa, la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (Conaie) volvió a probar su poder de fuego «destituyente», dejando a Lenín Moreno expuesto a la posibilidad de un fin de mandato precoz si no retrocedía en las medidas; pero también volvió a colocar en la agenda el antineoliberalismo, de la mano de la exigencia de plurinacionalidad. Nuevas generaciones salieron a protestar a la calle: sectores indígenas, clases medias y jóvenes urbanos excluidos. Las mujeres, desde feminismos populares, comunitarios y antipatriarcales, también fueron protagonistas. Luego del triunfo popular, con la derogación del decreto 883 (ligado a la suba de los combustibles), gran parte de las deudas sociales siguen hoy pendientes, sin un horizonte claro que indique el camino de cómo capitalizar esa fabulosa energía colectiva desplegada ni cómo salir del encierro neoliberal, con una economía dolarizada y asentada en commodities.

En Chile, la continuidad de los acuerdos asentados tras la salida del poder de Augusto Pinochet mantuvo muchos de los pilares construidos en los años de la dictadura. Estos acuerdos siempre se han hecho notar y los partidos políticos no parecen representar ni mucho menos conducir la protesta social. Lo que adviene en Chile es un inédito ensayo generalizado de desobediencia civil, de liberación cognitiva[i], en el cual la bronca radical de los varones y mujeres más jóvenes (estudiantes pero también quienes pertenecen a urbanos excluidos) se mezcla con los caceroleos de clases medias, cada vez más instaladas en la franja de la desilusión, frente a una fiesta neoliberal que no los tiene como invitados.

Las protestas hicieron estallar el modelo chileno por los aires, ese modelo con el que todas las derechas regionales y globales se enseñoreaban al señalar como horizonte deseable. Las protestas muestran las heridas que en los cuerpos dejan las enormes aspas de la desigualdad (en términos de derechos básicos, como el transporte, la salud, la educación; y en términos de violencia estatal). El presidente Piñera puso a los militares en la calle y disparó los peores fantasmas de la dictadura, en un accionar que derivó en muertes, abusos y violaciones de derechos humanos. Como afirma el geógrafo chileno Enrique Aliste, «hemos retrocedido 35 años en menos una semana». Luego del insólito «estamos en guerra»de hace unos días, Piñera acaba de pedir perdón, y ensaya una estrategia de «alivio», lo que en el plano simbólico implica un retroceso mayor. Después de todo, Piñera se había comparado con Ulises, diciendo que se taparía con cera en los oídos para no caer en la tentación de los cantos de sirena populistas (Cooperativa, 17/10/2019).

La nota inesperada la aportó Bolivia, donde la decisión del tribunal electoral de suspender (por 20 horas) el conteo rápido de los resultados de la elección presidencial del pasado 20 de octubre, trajo lógicas sospechas de fraude, y sumó más «convulsión social»al continente, además de indignación nacional e internacional. El otrora esperanzador «binomio plurinacional» (Evo Morales-Álvaro García Linera) se convirtió a lo largo de los años en el «binomio oficialista», y luego del referéndum de 2016 (que no logró frenar la obsesión de Morales por continuar en el poder), en lo que algunos llaman socarronamente el «binomio inconstitucional»… Y frente a esto, un sector radical de la oposición, sobre todo en Santa Cruz, parcialmente remozada, busca aprovechar la crisis para tratar de recuperar espacio en el tablero político boliviano.

Todo esto requiere matices, pero ¿quién podría negar la deriva política de Morales, quien nació del ciclo de luchas anti-neoliberal, de las entrañas de los movimientos sociales, que tanta repercusión tuviera en términos políticos y simbólicos en la región latinoamericana? Su afán reeleccionista es la ilustración más cabal de lo que ha significado la concentración del poder durante el ciclo progresista. No hay margen de idealización posible para quien fuera considerado el «primer presidente indígena de América Latina», frente a esta condenable obsesión por permanecer en el poder. Algo que, sin embargo, no debe hacernos olvidar las transformaciones sociales positivas operadas en la sociedad boliviana, en el marco de una envidiable estabilidad económica. Esperemos que la auditoria de la Oea se realice y cierre este penoso, pero poco olvidable suceso, y Morales acepte los resultados de la votación.

En este contexto tan poco ordinario, este fin de semana Argentina y Uruguay salen a votar por un nuevo presidente, en un contexto de acentuada polarización.

TIEMPO EXTRAORDINARIO.Por último, hay tres factores generales que recorren el escenario actual que deben llamarnos a la reflexión. En primer lugar, estamos asistiendo a levantamientos populares en todo el mundo (desde Hong Kong, Egipto y Cataluña, hasta América del Sur). Estos operan en un contexto de aumento de las desigualdades sociales, así como también de un notorio empoderamiento de las extremas derechas. Antes que una supuesta viralización –como sostienen algunos–, van surgiendo masivos movimientos de resistencia civil que frente a un hecho particular –una medida de gobierno, que los perjudica–, toman conciencia de la injusticia y del daño moral, del proceso de creciente elitización del mundo contemporáneo. No se trata de contagio, sino de un proceso de liberación cognitiva, tal como dije, que en sucesivas oleadas locales, mueve las placas tectónicas (utilizo la potente imagen de un analista chileno[ii]), generando un nuevo clima de época, lo que a su vez tiene por respuesta la profundización del estado de excepción.

En segundo lugar, en América Latina no existen en la actualidad fuerzas político-partidarias de izquierdas capaces de constituirse en articuladoras de los nuevos procesos sociales anti-neoliberales. En la actualidad una parte importante de las izquierdas están agotadas, cuando no desacreditadas, luego de la experiencia de los progresismos realmente existentes, cuyo balance –ambivalente y desigual, según los países– todavía está siendo debatido en la región. El retorno del peronismo en Argentina, con Alberto Fernández, aún no es posible interpretarlo como una vuelta tout court del kirchnerismo. Probablemente se trate de un gobierno de centro, con algunas medidas de centro-izquierda, en un contexto de vacas flacas, y de enorme emergencia económica, social y financiera.

En tercer lugar, lo novedoso en América Latina es la fragilidad del escenario político posprogresista emergente, que viene acompañado por la amenaza de un backlash, de una reacción virulenta en contra de la expansión de derechos, de retorno de lo reprimido, capaz de desplegarse a través de peligrosas cadenas de equivalencia, que engarza tanto con las nuevas derechas tradicionalistas como con los fundamentalismos religiosos. En Brasil, esas corrientes sociales encontraron una sorpresiva traducción y una convergencia política electoral, que dieron nacimiento a una nueva derecha radical, con Jair Bolsonaro.

Así, las fuerzas de extrema derecha y de derecha neoliberal que recorren el continente son cada vez mayores: la tercera fuerza en Bolivia es liderada por un pastor evangélico, nacido en Corea del Sur, Chi Hyun Chung, que tuvo el 8,77 por ciento, y es conocido como el «Bolsonaro boliviano». En Ecuador no son pocos los que sostienen que Lenín Moreno es la transición hacia un futuro gobierno de derecha plena, liderado por Jaime Nebot, alcalde de Guayaquil, el mismo que tuvo las expresiones abiertamente racistas para con los indígenas movilizados. En Argentina, el debate presidencial, que enfrentó a seis candidatos, todos hombres, ilustró una cruda realidad: tres de ellos son abiertamente de derecha (dos de ellos, de extrema derecha como José Luis Espert y Juan José Gómez Centurión); dos de centro (en el caso de Alberto Fernández, con elementos de centro izquierda) y un solo candidato es de izquierda (el del Frente de Izquierda, que articula a varias fuerzas trotskistas y postula a Nicolás del Caño)…

Así, es posible que estemos ingresando a un «tiempo extraordinario», en el cual la liberación cognitiva de las multitudes y la conciencia del daño mueven las placas tectónicas de la transición pero a ciencia cierta, en un contexto tan enrarecido ideológicamente, no sabemos hacia qué transición nos estamos dirigiendo.

www.maristellasvampa.net

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[i]El proceso de liberación cognitiva, según Mc Adam, «alude a la transformación de la conciencia de los potenciales participantes en una acción colectiva. Ésta se da en tres sentidos, que a su vez son acumulativos (es decir, se deben dar de manera secuencial, en fases): primero el sistema pierde legitimidad; a continuación, los afectados por un problema salen de su aletargamiento, superan el fatalismo o resignación y exigen cambios saliendo de su estado de inacción; finalmente, se genera un nuevo sentido de eficacia al percibir expectativas de éxito y logro de resultados a través de la acción colectiva». Citado en N. García Montes, disponible en: http://www.redcimas.org/wordpress/wpcontent/uploads/2013/03/t_aproximacion_teorica_mmss_garcia.pdf

[ii]Véase Fuego y furia en el «oasis» chileno de Noam Titelman (Nueva Sociedad, octubre de 2019)

Leyes sobre la pobreza

Desde las leyes inglesas sobre los pobres a la denuncia moderna del asistencialismo

Por Michel Husson

Primera parte

Los economistas dominantes creen que su disciplina progresa como lo hacen otras ciencias[1]. Este no es de ninguna forma el caso: los debates contemporáneos a menudo retoman argumentos muy antiguos. Esto es lo que querría ilustrar esta contribución[2] a partir de la historia de las leyes sobre los pobres en Inglaterra.

1. De Elisabeth a Bentham: ¿asistir o encerrar?

Esta lectura está organizada en torno a tres hilos directores. El primero es que «hacer la historia social de los pobres es también hacer la historia de un ‘compartir’, de una ‘separación’ por la sociedad»[3]. La segunda idea se resume en la fórmula de este historiador: «por extraño que pueda parecer, las leyes sobre los pobres no se referían realmente a la pobreza[4]». Se verá en efecto que la frontera entre pobres sin empleo y trabajadores pobres siempre ha sido borrosa y móvil.

Por lo tanto, no es sorprendente que los viejos discursos sobre los pobres se encuentren hoy, pero esta vez dirigidos a los desempleados. Y así, este es el tercer tema de esta revisión: mostrar una invariancia relativa de los discursos, y en particular los mantenidos por los representantes de las clases dominantes, con respecto a los «supernumerarios». Es teniendo en cuenta esta intuición como hay que leer la antología que servirá de conclusión.

La primera parte de esta contribución trata sobre la historia de las leyes sobre los pobres hasta 1795. Dedica una parte importante a Jeremy Bentham (1748-1832), uno de los fundadores del utilitarismo, ya que sus oscilaciones entre liberalismo y despotismo son particularmente reveladoras de las vacilaciones muy actuales en el «tratamiento» del desempleo.

Elisabeth

Las leyes sobre los pobres han existido desde hace mucho tiempo en Inglaterra, ya que William Quigley[5] las relaciona desde el Statut of Laborers de 1349[6]. Solo serán verdaderamente abolidas en 1948 con la National Assistance Act (Ley de Asistencia Nacional). Pero podemos comenzar este resumen con las leyes promulgadas por la Reina Isabel: la «Leypara la ayuda a los pobres» (Act for the Relief of dhe Poor)de 1597 y especialmente, dos años antes de su muerte, la Poor Relief Act de 1601[7].

Su primer objetivo es «poner a trabajar a todos los niños que sus padres no están en situación de educar, así como a todas las personas, casadas o no, que no tienen recursos ni medios de subsistencia». Estos trabajos serán financiados por «un impuesto a todos los habitantes y propietarios de tierras de la parroquia, con la intención de que puedan adquirir lino, cáñamo, lana, hilo, hierro y todas las demás materias primas para que los pobres trabajen». Otra parte de estos recursos se dedicará a ayudar a los «cojos, discapacitados, ancianos, ciegos y, en general, a todos los pobres incapaces para el trabajo».

La asistencia a los «pobres» (indigentes, parados, mendigos, ladrones y vagabundos) se puso a cargo de las 15.000 parroquias (parish) de Inglaterra y del País de Gales. Este es un punto importante: se trata de fijar a los vagabundos y el Act of Settlement de 1662 (ley del domicilio) vendrá a endurecer esta regla. Adam Smith mostrará toda la injusticia y absurdidad de ello: «No hay un solo trabajador pobre en Inglaterra que, a la edad de cuarenta años, no haya tenido que experimentar, en un momento u otro de su vida, los efectos excesivamente severos de esta ley opresiva y absurda ley del domicilio[8]». Más tarde, Karl Polanyi[9] hablará de «servidumbre parroquial» ( parish serfdom).

Una imagen (idealizada) de la St James Workhouse, Londres, hacia 1800

Todas las leyes sobre los pobres fueron acompañadas de una voluntad clasificatoria. Este ya era el caso con la ley de 1601, que tuvo mucho cuidado en distinguir tres categorías de «beneficiarios». Los impotentes incapaces de trabajar (discapacitados, cojos, ciegos y ancianos) se alojan en hospicios u orfanatos. Los vagabundos y los pobres claramente identificados como vagos (idle por) deben ser detenidos en hogares correccionales o en prisión. Quedan los pobres físicamente aptos (able-bodied) que pueden ser puestos a trabajar en un taller de trabajo (House of Industry). Pero, al menos al principio, en la medida de lo posible la ayuda se lleva al domicilio, posiblemente en forma de materias primas: «lino, cáñamo, lana, alambre, hierro y otros artículos necesarios» como se especifica en la ley de 1601.

Las leyes posteriores cambiarán la nomenclatura de los pobres. Por ejemplo, la Poor Relief Act de 1722 establece las «casas del trabajo» (workhouses) y reserva la asistencia solo a las personas pobres que aceptan ingresar en ellas. De este modo, se establece la distinción entre la asistencia prestada en el hogar (outdoor relief) y la asistencia condicionada a la presencia en la casa de trabajo (indoor relief). Se reforzará en 1782 con una nueva ley, la Gilbert’s Act, que reserva las casas de trabajo solo para ancianos e impotentes.

Pobreza e indigencia

Esta voluntad clasificatoria se sustenta en una distinción fundamental entre indigencia y pobreza. Será teorizada por Patrick Colquhoun, un discípulo de Jeremy Bentham (y también responsable de la policía del Este de Londres). Por un lado, están los pobres que reciben un salario bajo y, por otro lado, los indigentes: esta tipología muestra que las categorías de pobres y desempleados se superponen en parte.

Para Colquhoun, «la pobreza es un ingrediente necesario e indispensable en la sociedad, sin el cual las naciones y las comunidades no podrían existir en un estado de civilización. (…) Sin pobreza no habría trabajo, y sin trabajo no habría riqueza, ni refinamiento, ni confort». Se trata pues de una «pobreza laboral» constitutiva de la condición de trabajador y benéfica. La indigencia es otra cosa: «es el estado de cualquier persona que carece de medios de vida e incapaz de trabajar para obtenerlos» y «es, por lo tanto, la indigencia y no la pobreza, lo que es el mal[10]». Y la indigencia es moralmente condenable como «una de las mayores calamidades que pueden afectar a la sociedad civil, ya que, con pocas excepciones, causa todo lo que es perjudicial, criminal y vicioso en el cuerpo político[11]».

Bentham y la gestión privatizada de la pobreza

Colquhoun fue discípulo de Jeremy Bentham, el teórico del utilitarismo, también conocido en el mundo francófono -gracias a Michel Foucault[12]-, por su proyecto de prisión ideal, el panóptico. Pero Bentham no se limitó a sopesar «las penas y las recompensas» y compartió el pesimismo social de su discípulo: «En el estado más alto de prosperidad social, la mayor masa de ciudadanos no tendrá otro recurso que su industria diaria, y por lo tanto siempre estará al lado de la indigencia, siempre dispuesta a caer en ese abismo[13]». En resumen, los pobres son útiles y siempre los habrá.

Todos los escritos de Bentham están marcados por una manía clasificatoria (sin duda relacionada con su formación como abogado) que lo lleva a elaborar una lista detallada de los candidatos a la asistencia[14]. Distingue, por un lado, los factores individuales (discapacidad, edad, incapacidades provisionales -excepto la muerte- y la negativa a trabajar por parte de las «manos perezosas») y, por otro, las «condiciones externas» (pérdida del empleo, incapacidad para acceder al empleo, pérdida de propiedad). Nada se deja al azar: así, entre los discapacitados mentales, Bentham distingue a los idiotas (idiotas «absolutos» o simples de espíritu) y los lunáticos, que a su vez se descomponen en lunáticos ligeramente afectados, traviesos, malvados, delirantes o melancólicos.

En 1796, Jeremy Bentham publicó un gran proyecto[15] para la «gestión del pauperismo». El título Inglés (Pauper Management) ilustra la distinción entre los pobres (poor) y los indigentes (pauper). Lo más sorprendente de este programa es que tiene la intención de privatizar el sistema establecido por las leyes sobre los pobres: Bentham propone la creación de una «compañía nacional de caridad» (National Charity Company) que se encargaría de la construcción de una cadena de 250 «casas de industria» que podrían albergar a unas dos mil personas. Estarían estructuradas de la misma manera que la prisión «panóptica» (un plan sugerido por su hermano Samuel, que era arquitecto) de acuerdo con el orgulloso principio de que «cuanto más estrictamente estamos vigilados, mejor nos comportamos» (the more strictly we are watched, the better we behave)[16].

El boceto de Bentham proporciona otro ejemplo de su preocupación neurótica por los detalles. Por tomar solo un ejemplo, así es cómo describe los conductos de ventilación de la futura casa: «ventilador de forma redonda, cubierto con una lámpara y perforado de arriba a abajo, excepto en los lugares donde se encuentran la escalera y los dos pisos de la galería circundante[17]».

Pero lo más interesante es sin duda el modelo económico de la futura empresa. Se basaría en «principios mercantiles» y se gestionaría según el modelo de la Compañía de las Indias Orientales, encabezada por un consejo de administración elegido por los accionistas. El financiamiento provendría de recursos derivados del impuesto para los pobres y del producto del trabajo realizado por los «residentes», pero también de un capital «recaudado por suscripción». Los administradores de las casas deberían estar interesados en los resultados, porque, según Bentham, «cualquier sistema de gestión basado en el desinterés, real o fingido, está podrido (rotten) en la raíz y es susceptible de una prosperidad momentánea al principio, pero garantizado a perecer en el largo plazo».

Un liberalismo despótico

Bentham afirma además el poder «de detener a cualquier persona, válida o no, que tenga bienes visibles o transferibles, ni medios de subsistencia honestos y suficientes, y detenerlos y emplearlos hasta que encuentre un empleador». Parece haber una contradicción entre el liberalismo de Bentham y esta medida coercitiva. Pero la contradicción solo es aparente y Michel Foucault proporcionó la clave cuando escribió que «el ejercicio del poder consiste en ‘conducir las conductas’ y gestionar la probabilidad[18]».

Christian Laval explica esta fórmula muy sintética de la siguiente manera: «la proximidad de Foucault y Bentham se debe al hecho de que, en ambos casos, la relación de poder no se limita a una acción directa de un individuo sobre otro sino que también es pensada como una forma más indirecta y difusa de influir en los demás mediante el establecimiento de un marco de incentivos y desincentivos dentro del cual el individuo debe calcular ‘libremente'[19]».

Esta observación señala uno de los aspectos esenciales del neoliberalismo: a diferencia de una concepción ingenua, este último no se caracteriza por una desinversión del Estado, sino por una intervención que tiende a modelar el marco en el que se toman las decisiones individuales. Esta intervención se ejerce particularmente bajo la forma de una «guía» de los comportamientos individuales mediante el uso de las palancas disponibles por las autoridades públicas. Por lo tanto, la «pena» asociada a la reducción de las prestaciones abonadas a los desempleados o las sanciones que se les impongan van a «desincentivar» que se instalen en la «comodidad» de las «trampas de inactividad» y, por lo tanto, «incitarlos» a aceptar un empleo reduciendo sus exigencias. Pero permanecen «libres» en su elección. De la misma forma, la baja de los impuestos sobre el capital «atraerán» a los tenedores de capital para repatriarlos en base a un cálculo que compare costos y beneficios («placer y castigo»); pero de nuevo, son libres de no hacerlo.

Muchas, si no todas, las políticas de empleo existentes se basan en estudios y prácticas que evocan las de los entomólogos. Al colocar obstáculos (dolor) o recompensas (placer), estos últimos observan cómo se modifica la «libre elección» de las hormigas frente a estos (des-)incentivos. Y el dispositivo de observación de los entomólogos es «panóptico», como también es el caso de los económetras del empleo. El legado de Bentham, por lo tanto, está muy presente en prácticas muy contemporáneas, incluso si no llegan tan lejos como sus recomendaciones, que son similares a una forma de totalitarismo muy poco respetuoso de las libres individualidades.

Los proyectos de Bentham para los niños son bastante espantosos. Como él mismo escribió, su plan sería «incompleto si se excluyera a la generación en ascenso». Por eso predijo que los niños nacidos en las casas de industria (la «generación en ascenso») deberían quedarse allí, de tal forma que después de 21 años, su población («la clase indígena») se habría duplicado y conduciría a la construcción de 250 nuevas casas. Estas últimas acogerían así a un millón de personas para una población estimada de nueve millones. Cabe señalar de paso que este aumento deseado de la población era contrario a las tesis de Malthus.

Los niños deberían ser puestos a trabajar, porque Bentham no ve en ello ningún problema: «He entendido decir que había cierta crueldad en encerrar a los niños en una fábrica, especialmente a una edad tan temprana. Pero, a menos que haya un encerramiento innecesario, no hay crueldad en esta situación; crueldad sería no hacerlo».

En su época, los niños podían trabajar a partir de los 14 años y Bentham probablemente pensó que podrían comenzar a hacerlo a partir de los 4 años, para evitar perder diez años: «¡diez años preciosos en los que no se hace nada! ¡Nada para la industria! Nada para el desarrollo, moral o intelectual[20]».

Los niños solo podían hablar con su padre en presencia de «un oficial o dos o tres tutores de más edad», a fin de «preservarlos de la corrupción». En general, el objetivo de Bentham es inculcar en los niños los principios sólidos de una «frugalidad sistemática». Y su educación también debía ser «frugal».

En un manuscrito, Bentham aplica su famoso cálculo utilitario de las penas y los placeres[21] (pains and pleasures) a la educación de los niños y explica por qué debería ser mínima: «Los ejercicios del espíritu tienen una desventaja particular», porque implican «penas y solo penas» y es necesario esperar mucho tiempo antes de que proporcionen «algo que se asemeje al placer». La poesía es solo «engaño contado al metro»; el arte oratorio un «engaño dirigido a la exaltación»; la filosofía, «absurdidad y triquiñuelas sobre las palabras». El estudio de los idiomas pone las palabras antes que las cosas y la historia «es inútil excepto para los políticos».

La «colonia doméstica» de las casas de industria debería haberle dado a Bentham otro «placer»: ser el principal contratista y el dirigente. Pero su «utopía» (ese es el término que usa para su proyecto) se quedará corta, como la que acarició sobre su prisión panóptica. En su mente constituían un proyecto único, ya que hablaba de las dos ramas del Panóptico: la «rama prisión» y la «rama indigentes» (pauper branch).

Poco antes de su muerte, Bentham liquidará sus cuentas con George III, que había obstruido su proyecto de prisión. Escribió un libro (que se publicará en parte en una edición confidencial), con el sorprendente título: Historia de la guerra entre Jeremy Bentham y George III por uno de los beligerantes. Bentham expresa en el mismo todo su resentimiento: «Sin George III, todos los prisioneros del país, hace años, habrían estado bajo mi responsabilidad. Sin George III, todos los prisioneros en Inglaterra habrían estado bajo mi dirección hace años».

Los lados progresistas de Bentham a menudo se presentan en términos de costumbres, y después de todo, el fundador del utilitarismo es una de las fuentes de la economía dominante. Cuando su principio básico -el cálculo de las penas y de los placeres- se aplica al trabajo, se descubre que las personas buscan obtener el máximo de recursos al menor coste. Por lo tanto, los sistemas de ayuda a los pobres deben ser minimalistas a fin de incitarlos al trabajo: de lo contrario, estarían incitados a la ociosidad. En el mismo razonamiento se basa hoy el discurso sobre los méritos de «la activación de las políticas de empleo»: es necesario introducir un diferencial entre las prestaciones sociales de las que se benefician los desempleados y los ingresos de un asalariado de lo bajo de la escala.

Bentham va más allá e ilustra las posibles derivas del utilitarismo, con sus abominables proyectos que consisten, ni más ni menos, en encerrar a casi una décima parte de la población en condiciones indignas. Si se le agrega su codicia (mal asumida), su neurosis clasificatoria y su soberbia, se llega a un retrato odioso, hasta tal punto que los autores liberales se preocuparon por desmarcarse de un autor descrito como «despótico, totalitario, colectivista, conductista, constructivista, panopticista [sic] y paternalista[22]».

Para tener una idea completa del personaje, puede ser suficiente consultar su autorretrato (¿su epitafio?) recogido en una nota del 16 de febrero de 1831, un año antes de su muerte: «JB [Jeremy Bentham] el más filántropo de los filántropos: la filantropía como fin e instrumento de su ambición. Límites, no hay otros que los de la tierra[23]».

Bentham también es, en cierto modo, un precursor del transhumanismo. A los 21 años escribió un primer testamento en el que ofrecía su cuerpo a la ciencia[24]. Unos meses antes de su muerte, sus últimos deseos van aún más lejos: esta vez pide ser completamente momificado y transformado en «auto-icono[25]». De esta forma haría «una contribución a la felicidad humana, más o menos considerable» y desea que otros sigan su ejemplo para «despertar una curiosidad virtuosa» y crear «museos completos de auto-íconos». Para la pequeña historia, la cabeza, un poco fallida, será reemplazada por una figura de cera, pero esta última y toda la momia debidamente vestida y sentada en una silla estarán expuestas en el University College de Londres.

En un reciente artículo del Guardian, Jeremy Seabrook, por otra parte autor de un libro fascinante sobre la pobreza [26][26], señala irónicamente que «los pobres a menudo han sido codiciados por las empresas porque representan un grupo aparentemente duradero en la sociedad, por lo que seguramente debe ser posible, de una forma u otra, obtener beneficios». Se hace en Inglaterra, donde las empresas privadas son responsables de vigilar a los condenados bajo vigilancia electrónica, pero también de localizar a los «falsos desempleados». Para Seabrook, este no es un enfoque «innovador» de la pobreza. Este modo de gestión solo se inspira en un «pasado punitivo» que en realidad remonta a Bentham: «menos de una de cada cien personas es incapaz de trabajar. Ni un movimiento de un dedo, ni un paso, ni un guiño, ni un murmullo que pueda ser solicitado con el objetivo de un beneficio», escribía enPauper Management Improved.

Y este duro precepto ha sido tomado literalmente por Atos, una de las empresas privadas de subcontratación responsables de la clasificación entre los «empleables» y los demás. Ha clasificado con éxito a personas con enfermedades terminales en empleos, algunas de las cuales murieron pocos días después de ser declaradas empleables.

La idea cruzó el Canal de la Mancha y llegó a Francia. Los centros Pradha (programa de ayuda al albergue de los solicitantes de asilo) serán gestionados por una filial de la Caisse des Dépôts [la Caja de Depósitos es un grupo financiero público creado en el año 1.816, ndt] bajo el control del Ministerio del Interior, y parcialmente financiada por el sector privado, a través de un fondo de inversión dedicado[27].

Segunda parte

Con el sistema Speenhamland, nacido en 1795 en la pequeña ciudad de Berkshire que le da su nombre, se produce un nuevo punto de inflexión [ver la primera parte] que se extenderá a todo el país a través de la Speenhamland Act.

Su principio fundamental consiste en pagar a las familias una suma de dinero igual a la diferencia entre el ingreso disponible de la familia y un ingreso garantizado. Este último se define de acuerdo con un baremo preciso, indiciado sobre el precio del pan y sobre el número de personas de la familia.

2. De Speenhamland a la ley de 1834

La reunión de los jueces de Speenhamland (a la que se unieron «varias personas discretas») se celebró el 6 de mayo en el Pelican Inn. El periódico local, el Reading Mercury, publicó el acta de esta reunión1/ el 11 de mayo de 1795, de la cual se extrae este baremo muy preciso: «Cuando la barra de pan pesa 8 libras y 11 onzas costará 1 chelín, entonces cada hombre pobre y trabajador tendrá que recibir para su propio mantenimiento 3 chelines a la semana, proporcionados por su trabajo y el de su familia, o por una prestación financiada por el impuesto para los pobres (poor rates); y 1 chelín y 6 peniques para su esposa y cada uno de los otros miembros de la familia. Cuando el pan costará 1 chelín y 4 peniques, entonces el hombre recibirá 4 chelines por semana y 1 chelín y 10 peniques por cada uno de los otros miembros de la familia. Además, dependiendo de si el precio del pan aumenta o disminuye (si corresponde), 3 peniques irán al hombre y 1 centavo a cada uno de los otros miembros de su familia por cualquier aumento de 1 centavo».

La idea de que hay que obligar a los pobres a trabajar y ayudar solo a los verdaderos pobres, se sustituye por otra: se debe garantizar un ingreso suplementario para garantizar un nivel de vida mínimo. Es en cierto modo el antepasado de la RSA (Ingreso de solidaridad activa) que existe hoy en Francia [o de las rentas mínimas de inserción, que con nombres diversos, se conceden en el Estado español por las Comunidades Autónomas, ndt]. Pero puso en cuestión a las empresas clasificatorias que separaban el trigo de la paja: los verdaderos pobres e indigentes, por un lado, y los ociosos depravados y/o delincuentes, de otro. La frontera entre las categorías de desempleados y pobres se borra, y comienza a emerger lo que ahora se llamaría pobreza laboral.

Obviamente, las razones de tal inflexión no están solo en el mundo de las ideas. El período anterior al establecimiento del sistema de Speenhamland se caracterizó por un deterioro de la situación de los más pobres, cuyo número aumentó constantemente. Las cosechas de 1794 y 1795 fueron catastróficas y el precio del pan explotó durante el año 1975.

Precio medio del trigo en Inglaterra y Gales 1793-1797

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En chelines por Winchester bushell. El Winchester bushell es una unidad de medida definida por una ley de 1696 como la capacidad de una canasta de 18,5 pulgadas de ancho y 8 pulgadas de profundidad (aproximadamente 35 litros).
Fuente: Walter M. Stern, «The Bread Crisis in Bretain, 1795-96», Economica, vol. 31, N ° 122, mayo de 1964

¿Un salario mínimo?

En diciembre de 1795, el diputado Samuel Whitbread propuso la introducción de un salario mínimo. El primer ministro de la época, William Pitt, lideró la ofensiva contra este proyecto al que se antepondrá una ley para los pobres que generalice el modelo de Speenhamland. Algunos de los argumentos de Pitt eran admisibles, pero Sidney y Beatrice Webb (animadores de la Sociedad Fabiana) señalaron maliciosamente que el error del proyecto Whitbread era plantear un salario mínimo «mucho más alto que las tasas vigentes» 2/.

Es interesante recordar algunos de los argumentos en contra del salario mínimo, ya que nuestros modernos expertos en el Smic [salario mínimo interprofesional de crecimiento -equivalente al SMI del estado español-, ndt] 3/ se hacen eco de los mismos. En 1796, un diputado llamado Buxton temía que «si el precio del trabajo fuera fijado por los jueces de paz, se despediría a muchas personas laboriosas»4/. Hoy, nuestros expertos no tienen miedo de decir que «los aumentos en el coste de la mano de obra al nivel del salario mínimo en Francia tienen, por lo tanto, un efecto negativo sobre el empleo». Y cuando William Pitt se preguntaba si «los medidas propuestas [un salario mínimo] estaban adaptados al objetivo buscado 5/» los expertos contemporáneos se hacían eco de ello al decretar que la revalorización del Smic era «una medida con efectos limitados en la lucha contra la pobreza».

Proporción de bienes comunes (commons) y cercamientos (enclosure) entre 1700 y 1870

Fuente : John Clapham, An Economic History of Modern Britain, 1939

Los cercamientos

Pero en el fondo, es la dinámica de cercados [cierre de terrenos comunales a favor de los terratenientes] lo que fabricó nuevos pobres. Al privatizar los bienes comunes, transformándolos en parcelas alquiladas por aparceros, este dinámica condenó al campesinado a un estado aún más precario: «antes de los cercamientos, el campesino tenía una tierra, después de los cercamientos se convirtió en un trabajador sin tierra» 6/, o incluso en un «proletario rural» 7/. A partir de datos detallados sobre los cercamientos, el historiador John Clapham señala una «coincidencia sorprendente» entre el tamaño de los cercamientos y el crecimiento de los complementos salariales 8/.

Este desarrollo de los cercamientos se remonta muy atrás en el tiempo y muestra una lucha constante contra los derechos consuetudinarios de los campesinos. La disposición de los terratenientes a reclamar tierras comunales se relacionaba también con un conflicto entre tierras de cultivo y tierras de pasto, que obviamente se vio exacerbado por el desarrollo de la industria textil y la promulgación de leyes. Para Marx, estas leyes son «la forma parlamentaria que asume la depredación (…) en otras palabras, decretos mediante los cuales los terratenientes se donan a si mismos, como propiedad privada, las tierras del pueblo; decretos expropiadores del pueblo» 9/.

A ello debe agregarse el declive de la industria artesanal. Según el historiador G. R. Boyer, «la familia del agricultor tipo tenía tres fuentes de ingresos: una pequeña parcela de tierra para la alimentación; el trabajo asalariado en la agricultura durante los períodos pico; y el empleo estacional (durante todo el año para mujeres y niños) en la industria artesanal. Los ingresos de dos de estas fuentes disminuyeron drásticamente después de 1760 y fue por eso que las parroquias adoptaron políticas de ayuda para el hogar en respuesta a dos cambios importantes en el entorno económico del Sur y el Este de Inglaterra: la disminución de las asignaciones de tierras a los trabajadores agrícolas y el declive de la industria artesanal. Las parroquias reaccionaron a la pérdida de ingresos garantizando a los trabajadores sin empleo estacional un ingreso semanal mínimo bajo la forma de asistencia a los pobres» 10/.

El desarrollo de los cercamientos coincide con un crecimiento muy rápido de la población de Inglaterra, que se duplicó con creces entre 1750 y 1830, pasando de 5,8 a 12,4 millones (casi el 1% por año) 11/. Este dinamismo demográfico llevará a Malthus a establecer su famosa ley. Es posible que Marx haya subestimado su impacto. Pero los historiadores coinciden en que los dos fenómenos (aumento de la población y revolución industrial) se combinaron: «Está claro que hubo una interacción compleja entre estas dos tendencias (…) incluso si no se sabe exactamente qué forma tomó según los períodos» 12/. Por ejemplo, una garantía mínima de recursos pudo haber contribuido a reducir la mortalidad infantil y promover el crecimiento de la población, como se muestra en el siguiente gráfico.

Población y mortalidad infantil en Inglaterra (1550-1850)

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Población en millones (escala izquierda). Mortalidad infantil: número de niños que murieron antes de la edad de un año por cada 1.000 nacimientos (escala derecha).
Fuentes: Edward A. Wrigley et al., Edward A. Wrigley et al., English population history from family reconstitution 1580-1837, 1997 ; Robert Woods, «Infant mortality in Britain: A Survey of Current Knowledge on Historical Trends and Variations» en Alain Bideau et al. (eds), Infant and Child Mortality in the Past, 1994.

En La situación de la clase obrera en Inglaterra, Engels esbozaba esta dialéctica mostrando cómo la transformación del estatus de los criados en jornaleros tuvo por efecto que «el excedente de población hasta entonces latente se liberara, se redujeran los salarios y el impuesto para socorrer a los pobres aumentara en enormes proporciones» 13/. Y en El Capital, Marx insiste repetidamente en los determinantes sociales vinculados a la disolución del feudalismo: «Los expulsados por la disolución de las mesnadas feudales y por la expropiación violenta e intermitente ese proletariado libre como el aire , no podían ser absorbidos por la naciente manufactura con la misma rapidez con que eran puestos en el mundo. Por otra parte, las personas súbitamente arrojadas de su órbita habitual de vida no podían adaptarse de manera tan súbita a la disciplina de su nuevo estado. Se transformaron masivamente en mendigos, ladrones, vagabundos, en parte por inclinación, pero en los más de los casos forzados por las circunstancias (…) A los padres de la actual clase obrera se los castigó, en un principio, por su transformación forzada en vagabundos e indigentes. La legislación los trataba como a delincuentes «voluntarios»: suponía que de la buena voluntad de ellos dependía el que continuaran trabajando bajo las viejas condiciones, ya inexistentes» 14/.

Las revueltas

El miedo a los desórdenes sociales que distorsiona la historia social inglesa fue también un motivo para ampliar la asistencia a los pobres. Esta preocupación se expresó claramente en 1764 por Richard Burn, vicario, juez de paz y anticuario. Para él, ayudar a los pobres es «un acto de gran piedad hacia Dios Todopoderoso, que lo requiere de nosotros» y «de la mayor humanidad». Pero, más pragmáticamente, también es «un acto de gran prudencia civil y sabiduría política, ya que la pobreza hace que los hombres pierdan la cabeza o, al menos, les inquieta y agita. Donde los muy pobres son numerosos, los ricos no pueden durar mucho tiempo o sin estar en peligro. Con la necesidad, los hombres de naturaleza flemática y aburrida se vuelven estúpidos e indisciplinados, y aquellos cuya constitución es más ardiente o enérgica se mudan en buitres desesperados» 15/. Y por encima planea la sombra y la amenaza de la revolución francesa.

En este contexto de «doble pánico de hambre y revolución» 16/ interviene la Speenhamland Act, que abre un período relativamente liberal de ayuda a los pobres, aunque su extensión en todo el país será desigual. En su historia de leyes pobres 17/, los Webb (aunque eran poco favorables a Speenhamland) constataban que: «La legislación de la ayuda a los pobres se convirtió, década tras década, en más y más humana y generosa». Pero no se debe perder de vista el hecho de que el baremo de Speenhamland estaba lejos de ser generoso. Los Webb calculaban que el ingreso garantizado era «aproximadamente la mitad de lo que los administradores parsimoniosos (Board of Guardians) considerarían hoy como un estricto mínimo de subsistencia».

También señalan la extensión del sistema mucho más allá de los pobres estrechamente definidos: «La condición social de sectores enteros de la clase asalariada se ha degradado tanto que la intención de los estadistas, como de los filántropos, se limita progresivamente a proporcionar a la gente común un mínimo de subsistencia, sea por tener un empleo o por estar enfermos o discapacitados».

La crítica de Polanyi

«Nunca una medida fue más universalmente popular», escribe Karl Polanyi sobre Speenhamland, haciéndose eco de las razones citadas por el historiador Hugh Meredith: «Los padres quedaban libres de ocuparse de sus hijos, y éstos ya no dependían de sus padres; los patronos podían reducir los salarios a voluntad y los obreros, ocupados u ociosos, estaban al abrigo del hambre; las personas humanitarias aplaudieron la medida considerándola un acto de misericordia, cuando no de justicia, y los egoístas se consolaban pensando al menos que si no era misericordiosa» 18/.

Si Karl Polanyi contribuyó a la notoriedad de Speenhamland, también hizo una crítica muy radical de ella basada en esta idea: «En realidad, la innovación social y económica que suponía esta medida era nada menos que el derecho a vivir, y hasta su abrogación en 1834 impidió eficazmente la formación de un mercado competitivo del trabajo» 19/. La tesis de Polanyi era básicamente que este dispositivo no era compatible con el sistema salarial que acompañaría al surgimiento del capitalismo. Era necesario «abolir el derecho a la vida» porque «en el nuevo régimen del hombre económico, nadie trabajaría por un salario si pudiera ganarse la vida sin hacer nada». Polanyi va todavía más lejos al explicar que «interesaba a los propios asalariados que el sistema salarial se universalizara, incluso aunque supusiera privarles de un derecho a subsistir que les era reconocido por la ley».

Se reconoce aquí uno de los argumentos menos convincentes (hay otros…) de entre quienes se oponen hoy a los proyectos de ingreso universal. Polanyi retoma buena parte de los argumentos que se utilizarán a favor de una nueva ley sobre los pobres -sobre la que volveremos más adelante-, pero en nombre de la inevitabilidad de las formas institucionales adaptadas al capitalismo. Obviamente tiene razón desde un punto de vista objetivo: las viejas leyes sobre los pobres eran la expresión de relaciones sociales propias del feudalismo, y debían ser destruidas para dar paso a la relación salarial (pero también a la terrible miseria de la clase trabajadora inglesa).

Sin embargo, uno puede preguntarse si Polanyi no está cometiendo un error de cronología. El Parlamento que votó en 1835 la nueva ley que cancelaba Speenhamland estaba dominado por los grandes terratenientes que temían «por sus rentas», como demuestra el historiador George R. Boyer, quien dibuja un balance mucho más favorable de Speenhamland. Para él, la legislación anterior «fue abolida no porque tuviera consecuencias desastrosas para la economía rural» sino porque la nueva ley «prometía reducir significativamente los costes de asistencia y reconstruir el tejido social del campo, que, según [los terratenientes], aumentaría el valor de las tierras agrícolas» 20/.

La nueva ley sobre los pobres

Las primeras décadas del siglo XIX se caracterizan por una explosión en el número de pobres que representan alrededor del 11% de la población. En 1830, el nivel de vida era casi el mismo que a principios de siglo. También en 1830 estallaron disturbios en los condados del Sur y Este de Inglaterra. Se les llamaron disturbios de Swing (Swing riots) por el nombre de su inspirador, más o menos mítico, que firmaba «Capitán Swing» 21/. Los manifestantes exigían salarios más altos y protestaban contra el uso de trilladoras, acusadas de reducir empleos, pero también contra la reducción de la ayuda a lospobres. Su acción fue más o menos violenta, llegando hasta incendios, la destrucción de trilladoras e incluso la mutilación de ganado.

En 1832, una comisión real fue encargada de investigar y proponer mejoras a la Ley de Pobres. Los comisionados presentaron su informe en 1834 22/. Este fue una especie de victoria póstuma para Bentham, ya que uno de los principales autores del informe (con Nassau Senior) fue Edwin Chadwick, uno de los secretarios de Bentham y su discípulo.

Las recomendaciones del informe culminaron con la adopción de la Poor Law Amendment Act (Ley de Enmienda de la Ley de los Pobres), que estableció una nueva ley sobre los pobres. Organizó la asistencia a nivel de las uniones de parroquias, bajo los auspicios de un comité de supervisión que determinaba el importe del impuesto y su distribución.

El informe establece que «cualquier asistencia brindada a las personas válidas o a sus familias, que no sea en casas de trabajo (workhouses)bien gestionadas, debe declararse ilegal y debe cesar». Y esta disposición se incluirá en la ley: los «pobres» que pidan ayuda serán ubicados automáticamente en las casas de trabajo (workhouses), que pronto se conocerán como las Bastillas de la ley sobre los pobres (Poor Law Bastilles). Era volver al principio establecido por la Gilbert’s Act de 1782. El objetivo, como señala Engels, era «prestar una asistencia tan horrible que el trabajador prefiriera aceptar el primer empleo, por muy repulsivo que sea, que le ofrezca el capitalista». Y ese es el razonamiento del informe: «La primera y más importante de todas las condiciones, un principio que encontramos universalmente, incluso para aquellos cuya práctica se desvía de él, es que la situación general [de los asistidos] no deberá ser -ni parecer- tan envidiable como la de un trabajador independiente de la clase más baja» (p.228).

La lógica del informe es insistir en los efectos perversos de las leyes sobre los pobres: el primero es que el sistema de prestaciones de la antigua ley «destruyó el sentido del esfuerzo y la moral de los trabajadores (…) y educó a una nueva generación en la ociosidad, la ignorancia y la deshonestidad». Se vuelve a encontrar el argumento de los efectos nocivos de una asistencia mal focalizada: «Cuando el trabajador honesto y trabajador ve a su lado a un hombre notoriamente perezoso ¿Qué pasa por su mente? Reflexiona sobre la situación y descubre que su compañero ocioso recibe tanto como él, dos peniques por día y, por supuesto, relaja su esfuerzo; y la indiferencia y la pereza siguen al vigor y al esfuerzo (…) los pobres ven la prestación como un derecho».

El segundo efecto perverso es el uso oportunista de la ley por los empleadores. En la medida en que los pobres recibían el apoyo de las cajas de asistencia, los granjeros tendían a bajar los salarios y colocar el resto de la carga sobre las cajas. Por lo tanto, un aumento juzgado insoportable de los impuestos sobre los pobres.

Pero, sobre todo, el informe, y especialmente los testimonios que recoge, están marcados por un verdadero odio contra los pobres, indolentes, imprevisibles y viciosos que se niegan a trabajar: «las malas hierbas se extienden en los campos como los vicios en la población». La distinción entre pobres (poors) e indigentes (pauper) irriga el informe que denuncia «la ambigüedad perniciosa (mischievous) de la palabra pobre». El informe trata de convencer a los trabajadores autónomos de que son «perdedores a causa de todos los gastos ocasionados por los indigentes» y que «la carne de la industria» es mejor que «el pan de la ociosidad».

En resumen, a los ojos de los comisionados el sistema de Speenhamland era «una prima a la indolencia y el vicio» y un «sistema universal de pauperismo». Las leyes para los pobres son totalmente nefastas: crean miseria al querer curarla, contribuyen no solo a las disfunciones de la economía sino también a la degradación moral del pueblo. Literalmente, según los comisionados, hay que desechar todo: «Si, cada año, el doble de millones recaudados para los pobres hubiera sido arrojado al mar, podríamos haber seguido siendo una nación moral, trabajadora y floreciente».

Los críticos del informe de 1834

La aplicación de la nueva ley sobre los pobres significó un empeoramiento de su destino: serán tratados, según Engels «con la dureza más repugnante». El testimonio más sorprendente de las reacciones a la nueva ley fue, sin duda, el folleto de Richard Oastler -un activista (también defensor de la jornada laboral de 10 horas)- proveniente de su discurso en un mitin de masas celebrado en 1837. Trata a los comisionados de la ley de los pobres de «hombres sanguinarios y deshonestos, malditos de Dios y del Hombre» 23/. Opone punto por punto la ley a la Biblia: «La Biblia enseña que los pobres no serán oprimidos. La Ley enseña que lo serán. La Biblia dice que los esposos deben vivir con sus esposas, la ley que los comisionados pueden separarlos. La Biblia dice que los pobres se multiplicarán y llenarán la tierra, la ley que permanecerán estériles y sin descendencia».

Pero es la crítica de Mark Blaug la que desmantelará uno por uno los argumentos del informe de 1834 en dos artículos de 1963 y 1964 24/. En el segundo, elogia la Ley de Pobres anterior a 1834, que en su opinión «era, por así decirlo, «un Estado de bienestar en miniatura, que combina elementos de escalas salariales, prestaciones familiares, indemnizaciones de desempleo y obras públicas, todos administrados y financiados a nivel local». Establece muy rigurosamente que los elementos históricos disponibles «no sugieren que la ley sobre los pobres anterior a 1834 redujera la eficacia de los trabajadores agrícolas, favorecía el crecimiento demográfico, reducía los salarios, depreciaba los alquileres y aumentaba la carga sobre los contribuyentes».

De pasada, Blaug desprecia la crítica de Malthus («no hay mucho que decir) para quien las leyes sobre los pobres habrían alentado el crecimiento (excesivo) de la población. El mismo Malthus había renunciado (discretamente) a la misma: «no me atreveré a decir positivamente que las leyes sobre los pobres alientan grandemente a la población (…) Debido a estas causas, combinadas con el doble funcionamiento de las leyes de los pobres, debe ser extremadamente difícil determinar, con algún grado de precisión, cuál ha sido su efecto sobre la población» 25/.

El informe de 1834 es el arquetipo del informe amañado, destinado a validar un proyecto preestablecido de «reforma» (habrá muchos otros). Blaug no encuentra en el mismo «el menor rastro de un enfoque cuantitativo del problema» y cita a Webb a este respecto: «esta ignorancia de las estadísticas ha llevado a errores desastrosos en el diagnóstico y ha provocado que las medidas correctivas sugeridas eran desequilibradas y gravemente inadecuadas» 26/. Blaug señala, por ejemplo, que los relatores descubrieron un poco más tarde, «con gran pesar, que la mayoría de los beneficiarios de la ayuda no eran de hecho personas válidas, sino enfermos bastante dependientes y sin apoyo, las personas mayores y los enfermos». También descubrieron que el coste de mantener a los «anfitriones» de las workhousespodrían sobrepasar los salarios de los trabajadores agrícolas en los distritos vecinos.

Blaug acusó a los comisionados de «elegir deliberadamente los hechos para atacar el sistema en funcionamiento desde puntos de vista preconcebidos». Ellos «no tomaron en cuenta el problema del desempleo estructural en el campo y los elementos de prueba que han presentado son poco más que pintoresca anécdotas de mala administración (…) No hubo ningún intento de censo de los pobres, y hasta el día de hoy sabemos más sobre su situación en 1802 que en 1834″.

Para Blaug, el informe de 1834 es una acumulación interminable de historias de terratenientes, magistrados, administradores y clérigos que exponen todos los defectos de la ley para los pobres. Pero, agrega, ¿cuándo no sería posible recoger las quejas de las clases altas sobre la pereza de los trabajadores?» Teniendo en cuenta las recientes ocurrencias de Macron, Gattaz (MEDEF) o Wauquiez (Los Republicanos), nos dan ganas de responde que seguramente no será en estos momentos.

Según R. H. Tawney este informe fue, , «brillante, influyente y radicalmente a-histórico» 27/: Blaug va más lejos al mostrar que también era «escandalosamente (wildly) a-estadístico». Y concluye con esta fórmula que enfatiza que los términos de este debate siguen vigentes: «No siempre nos damos cuenta de que el tipo de argumentos utilizados para condenar la antigua ley sobre los pobres, también condenaría lo fundamental de la legislación social moderna».

Sin piedad para los mendigos

Para poner en perspectiva las críticas dirigidas a las leyes para los pobres, y en particular al sistema de Speenhamland, terminaremos con una antología que hace posible medir su permanencia, incluso si hoy se expresan de forma eufemística y menos directamente. El punto común a todas estas posiciones es querer culpar a la gente pobre (y a las y los parados) de su destino, negando cualquier determinación económica y social. Hoy encontramos el mismo principio, que subyace a las modernas teorías del desempleo, que Laurent Cordonnier ha descifrado notablemente 28/.

Daniel Defoe no es solo el autor de Robinson Crusoe, publicado en 1719. También fue un ensayista, se diría hoy, que publicó en 1704 un libelo dirigido a los parlamentarios titulado «Dar limosnas, no es caridad, y emplear a los pobres es un mal que se hace a la nación» 29/. Este título resume el dilema planteado por Defoe: si ayudamos a los pobres, fomentamos su pereza natural; pero si se les da un empleo en talleres públicos se crea una competencia que conduce a la quiebra de las empresas privadas y, así, se fabrican nuevas personas pobres. Este «efecto de desplazamiento» se usa hoy en día contra el empleo público y a fortiori contra cualquier proyecto que convierta al Estado en empleador en último recurso.

En Defoe hay otro dispositivo retórico, igualmente frecuente, que consiste en basar sus convicciones en una experiencia personal. Puede por otra parte «citar un número increíble de ejemplos», como este: «Contraté a 6 o 7 hombres un sábado por la noche (…) Les vi ir directamente al albergue, donde se quedaron hasta el lunes, para gastar cada centavo, sin dar nada a sus familias, aunque todos tenían mujeres y niños» (p.27).

Sir Frederick Morton publicó en 1797 una de las primeras encuestas de los pobres, «por razones a la vez de benevolencia y de curiosidad personal», dice en su prefacio. Su contribución es rica en información y Marx dirá que él es «el único discípulo de Adam Smith que durante el siglo XVIII efectuó algunas contribuciones de importancia» 30/.

Pero sus observaciones y comentarios enfatizan los supuestos efectos perversos de la legislación. Señala así que «en todas las regiones de Inglaterra (y casi podría decir en todas las parroquias) podemos encontrar casos de personas que prefieren una pensión parroquial y una vida ociosa en lugar de trabajo duro y buenos salarios». Se puede demostrar «de la manera más convincente (…) que un sistema permanente de asistencia a los pobres tiende a aumentar el número de quienes piden ayuda, y que una prestación tiene tanto más de éxito cuando se concede de tal manera que fomente la ociosidad». Es suficiente para ello observar los casos «en los que las ayudas se distribuyen más generosamente». En general, «la garantía de una ayuda prevista por la ley debilita los principios del afecto natural y destruye uno de los lazos más fuertes en una sociedad, al dar lugar a que los deberes domésticos y sociales sean menos necesarios» 31/. Por lo tanto, no es sorprendente que la investigación de Sir Eden fuera una de las referencias del informe de 1834.

En su Ensayo sobre la población 32/, Malthus denunciaba el hecho de que las leyes sobre los pobres constituyen «un estímulo al matrimonio que obra constante y sistemáticamente porque quitan á cada individuo la carga de la responsabilidad que la naturaleza impone á todo padre» (Volumen II, 236). Es por eso que «el pueblo debe considerarse á sí mismo como la principal causa de sus padecimientos» (ibid., 237) y resignarse a esta «restricción moral»: la castidad.

A este conocido argumento poblacionista, Malthus agrega un toque moralizante al explicar que las leyes sobre los pobres «desalientan el ahorro y eliminan uno de los motivos más poderosos para el trabajo y la sobriedad. De esta manera, esencialmente dañan la felicidad» (II, 68). Por lo tanto, hay que instituir lo que hoy se llamaría una política de «activación» basada en esta «dura máxima»: la situación de asistido «no debe [estar] exenta de vergüenza». Ella es un aguijón al trabajo, indispensable para el bien general de la sociedad. Todo esfuerzo que tienda a debilitar este sentimiento, por amable que sea en el comienzo, produce un efecto directamente contrario al que se espera de él» (II, 67).

Aquí se encuentra la retórica de la perversidad: querer hacer el bien puede tener consecuencias adversas y, para preservarlo, es necesaria la «aspereza» social. En consecuencia, «el pretendido derecho de los pobres a mantenerse a expensas de la sociedad debe ser desautorizado públicamente» (II, 257).

Arthur Young, que quedará traumatizado por la Revolución Francesa, no comprende cómo ella querría repetir los errores cometidos en Inglaterra, donde «una larga experiencia nos ha enseñado que cuanto más dinero se gaste, incluso de la manera más humana, más gente pobre se genera; y que el grado de indigencia y miseria es exactamente proporcional a las ayudas que se conceden» 33/. Su diagnóstico se basa en este orgulloso principio, anterior a la introducción de Speenhamland: «Todo el mundo, excepto un idiota, sabe que las clases inferiores deben ser mantenidas en la pobreza, de lo contrario nunca serán laboriosas» 34/.

Un fuerte sentido de superioridad de clase rara vez está ausente del análisis. Así, en su disertación, escrita desde el punto de vista de un hombre que quiere «»el bien de la humanidad» (Well-Wisher to Mankind ) 35/, Joseph Townsend lamenta que «los pobres son muy poco sensibles a lo que motiva a las clases superiores: el orgullo, el honor y la ambición. En general, solo el hambre puede estimularlos y empujarlos a trabajar; y, sin embargo, nuestras leyes decretan que nunca pasarán hambre».

Pero se puede dejar la última palabra a Edmund Burke, quien pone el dedo en lo fundamental de forma muy premonitoria: «El trabajo es una mercancía como cualquier otra, aumenta o disminuye en función de la demanda. Está en la naturaleza de las cosas» 36/.

Notas de la Primera Parte:

[1] Un economista, suizo de adopción, podía explicar que el nivel de los conocimientos económicos de Marx y Malthus eran «en relación con lo que sabemos hoy, lo que era el automóvil de Cugnot en relación con nuestros fórmula 1». Ver Charles Wyplosz, «Inculture française», Libération, 26 de marzo de 1998.

[2] Este texto prolonga dos anteriores contribuciones: «L’art d’ignorer les pauvres», 13 de mayo de 2017; y «L’impossible partage du travail: histoire d’un (vieux) débat», 23 de junio de 2017.

[3] Jean-Pierre Gutton, La société et les pauvres en Europe (XVIe-XVIIIe siècles), París, PUF, 1974. [4] Trevor May, An Economic and Social History of Britain 1760-1970, 1987, p.120.

[5] William P. Quigley, » Five Hundred Years of English Poor Laws, 1349-1834: Regulating the Working and Nonworking Poor «, Akron Law Review: Vol. 30, N° 1, 1997.

[6] Edward III, King of England, The Ordinance of Labourers , 1349. [7] Elizabeth I, An Act for the Relief of the Poor , 1601.

[8] Adam Smith, La richesse des nations , Flammarion, 1991, livre I, chapitre X, p. 218; edición en castellano de Carlos Rodríguez Braun [disponible aquí].

[9] Karl Polanyi, La Gran Transformación, Traficantes de Sueños [disponible aquí], capítulos 7 a 9.

[10] Patrick Colquhoun, A Treatise On Indigence , 1806, pp. 7-8.

[11] Patrick Colquhoun, » A Treatise on Wealth, Power, and Resources of the British Empire «, 1814. Es significativo – y finalmente coherente con su punto de vista- que la indiferencia de Colquhoun respecto a la necesaria pobreza no le ha impedido portarse como filántropo con los indigentes.

[12] Michel Foucault, Surveiller et punir , 1975. Traducción en castellano: Vigilar y castigar, Ed. Siglo XXI, 2012.

[13] Jeremy Bentham, Principes du code civil , en: Traités de législation civile et pénale, 3ème édition, 1830 [1802], p. 223.

[14] El cuadro de Bentham puede ser consultado ici.

[15] Jeremy Bentham, » Outline of a work entitled pauper management improved «, Annals ofAgriculture, 1797-1798.

[16] Citado según un manuscrito de Bentham por Charles F. Bahmueller, The National Charity Company: Jeremy Bentham’s Silent Revolution , 1981.

[17] Este tipo de desarrollos, frecuentes en Bentham, desesperaba a sus traductores y editores. Ver por ejemplo Nathalie Sigot, «éditer les Oeuvres économiques (1787-1801) de Bentham», Cahiers d’économie Politique n° 57, 2009/2.

[18] Michel Foucault, «Le sujet et le pouvoir», Dits et écrits, tome IV, Gallimard, 1994. Traducción en castellano: El sujeto y el poder. Biblioteca Virtual Universal, 2003, parcialmente disponible enhttps://www.biblioteca.org.ar/libros/656280.pdf

[19] Christian Laval, «Ce que Foucault a appris de Bentham», Revue d’études benthamiennes n° 8, 2011.

[20] Extractos de manuscritos de Bentham, citados en el artículo de referencia de Gertrude Himmelfarb: «Bentham’s Utopia: The National Charity Company», The Journal of British StudiesVol.10, n°1, noviembre de 1970. A notar que el «liberalismo» de Bentham atrajo las críticas de esta historiadora muy conservadora.

[21] Jeremy Bentham, Théorie des peines et des récompenses, tome I , tome II , 1811

[22] James E. Crimmins, » Contending Interpretations of Bentham’s Utilitarianism «, Canadian Journalof Political Science, vol.XXIX, n° 4, Diciembre de 1996.

[23] Jeremy Bentham, Memoirs and Correspondence ,1828-1832 en The Works of Jeremy Bentham(editado por John Bowring, vol.XI).

[24] Jeremy Bentham, «Will», 24 de agosto de 1769.

[25] Jeremy Bentham, «Auto-icon», 1832, extractos de las últimas voluntades.

[26] Jeremy Seabrook, » Pauper management by G4S, Serco and Atos is inspired by a punitive past «,The Guardian, Noviembre 25, 2013; Pauperland. Poverty and the Poor in Britain , 2013.

[27] Anne-Sophie Simpere, » Spéculer sur l’insertion des demandeurs d’asile en France, un nouvel investissement rentable «, Basta!, 21 de febrero de 2018.

Notas Segunda Parte:

1/ «The Speenhamland System of Poor Relief», The Reading Mercury, Oxford Gazette, May 11th 1795.

2/ Sidney et Beatrice Webb, English Poor Law History. Part I: The Old Poor Law, 1927.

3/ Rapport du groupe d’experts , diciembre de 2017.

4/ Citado por Christopher Martin, «Adam Smith and Liberal Economics: Reading the Minimum Wage Debate of 1795-96», Econ Journal Watch Vol. 8, n° 2, May 2011.

5/ William S. Pitt, Speech on Mr. Whitbread’s Bill, House of Commons, 12 de febrero de 1796. 6/ John L. and Barbara Hammond, The Village Labourer 1760-1832, 1911.

7/ Eric Hobsbawm and George Rude, Revolución industrial y revuelta agraria. El Capitán Swing,1978.

8/ John H. Clapham, An Economic History of Modern Britain. The Early Railway Age 1820-1850, 1939.

9/ Karl Marx, Le Capital, l, Libro I, sección VIII, SigloXXI, p.906.
10/ George R. Boyer, An Economic History of the English Poor Law 1750-1850, 1990, pp. 265-266.

11/ Fuente: E.A. Wrigley et al., English population history from family reconstitution 1580-1837, 1997, Table 8.7 p.352.

12/ Philip Deane, The First Industrial Revolution, 1979, p. 35.
13/ Friedrich Engels, La situación de la clase obrera en Inglaterra, 1845.
14/ Karl Marx, El Capital, Libro I, SigloXXI, p.918.
15/ Richard Burn, History of the Poor Laws with Observations, 1764, p. 135.
16/ John Pretyman, Dispauperization, 1878.
17/ Sidney y Beatrice Webb, English Poor Law History Part I The Old Poor Law, 1923, p. 422.
18/ Hugh O. Meredith, Outlines of the Economic History of England, 1908, p. 270.
19/ Karl Polanyi, La gran transformación, 1944, p.139.
20/ George R. Boyer, An Economic History of the English Poor Law 1750-1850, 1990, pp. 265-266. 21/ Eric Hobsbawm y George Rude, Revolución industrial y revuelta agraria. El Capitán Swing, 1978. 22/ Poor Law Commissioners (Sir Edwin Chadwick, Nassau W. Senior), Report of 1834.
23/ Richard Oastler, Damnation! Eternal Damnation to the Fiend-Begotten Coarser-Food, 1837.

24/ Mark Blaug, «The Myth of the Old Poor Law and the Making of the New», The Journal of Economic History, vol. 23, n° 2, June 1963; «The Poor Law Report Reexamined», The Journal of Economic History, vol. 24, n° 2, 1964.

25/ Thomas R. Malthus, Essai sur le principe de population, Garnier-Flammarion, 1992 [1803], tomo II, pp. 372-373; Traducción (incompleta): Ensayo sobre el principio de la población.

26/ Sidney et Beatrice Webb, English Poor Law History.Part II: The Last Hundred Years, volume I, 1923, p. 88.

27/ Richard H. Tawney, Religion and the Rise of Capitalism. A Historical Study, 1922, p. 272.

28/ Laurent Cordonnier, Pas de pitié pour les gueux. Sur les théories économiques du chômage, 2000.

29/ Daniel Defoe, Giving Alms No Charity and Employing the Poor a Grievance to the Nation, 1704.

30/ Karl Marx, El Capital, Libro I, SigloXXI, p. 764.

31/ Frederick M. Eden, The State of the Poor: An History Of The Labouring Classes In England, 1797, respectivamente p. i, p. 449, p. 450, p. 467.

32/ En 1798, Thomas R. Malthus publicó una primera versión de su Essai sur le principe de population, y después, en 1803, una versión mucho más desarrollada que se cita según la edición francesa de Garnier-Flammarion, 1992. Una traducción en castellano está disponible aquí.

33/ Arthur Young, Voyages en France en 1787, 1788 et 1789, 1794, Tome 3, p. 131.
34/ Arthur Young, The Farmer’s Tour Through England, volume IV, 1771.
35/ Joseph Townsend, A Dissertation on the Poor Laws. By a Well-Wisher to Mankind, 1786. 36/ Edmund Burke, Thoughts and Details on Scarcity, 1795.

Sergio Canals: “Estas crisis radicales sirven para reflexionar sobre quién es uno como ser humano y quién es el otro”

¿Qué habría pasado en Chile si no hubiera existido este estallido social? Más allá de ajustes y números, el siquiatra Sergio Canals dice que este evento abre una puerta para construir relaciones más solidarias y empáticas, porque ésta es una crisis ética y moral, además de social. También explica que, desde lo mental, esto se vive como cualquier trauma, con todas las etapas de duelo.

Por: José Miguel Jaque / Fotos: Javiera Gandarillas

El siquiatra Sergio Canals dice que no quiere hacer un spoiler, así que no contará nada de la trama de El Guasón. Lo que sí dice es que esa película, estrenada hace casi un mes, podría haber servido a la élite política para que intuyera que había un malestar creciente en la población. Lo mismo la lectura: Canals cree que el filósofo esloveno Slavoj Žižek, autor de Sobre la violencia, entre otras obras, también le habría dado pistas de que algo venía, pero el siquiatra duda de que la élite sea muy lectora. “Yo creo que el arte y la cultura son capaces de anticipar y hacer una reflexión crítica de lo que podría suceder en el mundo”, explica.

Eso no pasó. Y lo que se ha visto la última semana en Chile -a riesgo de spoiler– tiene similitudes con la mencionada película: un estallido social desatado. Con su ojo experto de 35 años de carrera, Canals -siquiatra infanto juvenil con diplomados en Filosofía y Teología- analiza lo que ha pasado.

“Hoy estamos en la etapa de la construcción de un relato con sentido, porque el ser humano necesita darle sentido a las cosas, necesita entender. Cuando uno habla del sentido se refiere a tres preguntas racionales: ¿por qué suceden las cosas?, ¿para qué?, y ¿para quiénes? Cuando se logra construir ese relato, la gente dice ‘ah, ahora entiendo’, porque lo que sucedió al principio fue leído como una ruptura radical de sentido donde todo se quebró catastróficamente”.

-¿Cómo opera la sicología en un escenario como el que vivimos?
-Esto es igual que estar viviendo un trauma: las personas responden de acuerdo a las leyes de las crisis traumáticas y funcionan las etapas del duelo. Lo primero es la negación: no, no, no lo veo. De pronto, la evidencia y las redes hacen que la negación sea casi imposible. Cuando uno lo acepta, aparecen fenómenos asociados a la culpa: qué podría haber hecho o dicho, y que hoy ya no sirve. Yo creo que nuestra sociedad le hace el quite a la culpa y al perdón, no les gustan. Después viene la rabia, la ira: por qué me estás haciendo esto, la que se desplaza hacia quienes apunto como causantes. Y después aparecen la pena y los sentimientos que pueden oscilar hasta lo depresivo. Eso ocurre cuando no se resuelve bien la culpa, cuando un duelo no se hace bien.

-¿Hay una sintomatología asociada a eso?
-Puede aparecer estrés, lo que en siquiatría se llaman “los trastornos adaptativos”: uno se adapta a una situación de amenaza y el estrés es una respuesta. Se manifiestan síntomas asociados a la ansiedad: te duele la cabeza, sientes que te cuesta respirar o andas pensando obsesivamente en el problema. Si la amenaza es controlada, la sintomatología debiera desaparecer, por eso es clave lo que está pasando en este momento de más calma. Pero tiempo después, incluso meses, puede existir el estrés postraumático, cuando uno revive los eventos de manera exagerada frente a diferentes estímulos y responde como si los estuviera viviendo de nuevo. Por ejemplo, lo que le ocurrió a algunas personas cuando vieron las tanquetas en la calle. Ahí funciona la memoria, que se conecta con algo anterior, y eso genera miedo.

» alt=»» aria-hidden=»true» />Sergio Canals

-¿Son sensaciones generalizables?
-No, depende del tipo de población. El martes en la tarde, en un sector de Las Condes de recursos bajos, donde trabajo con escolares, vi una plaza llena de familias y niños jugando porque no había clases, y todos estaban pasándolo bien. No tenían dónde comprar pan, pero se adaptaron rápidamente. Yo creo que las personas de los sectores de bajos recursos tienen una capacidad de adaptación y de ajuste mayor que los de sectores acomodados, porque ellos están más acostumbrados a la supervivencia directa. Yo fui tres días al banco porque necesito hacer un trámite y está cerrado, y eso qué le va a importar a la gente de La Pintana. Nada. A ellos les importa comer y que no haya balas locas, porque ellos tienen todos los días balas locas que matan gente. El verdadero shock está en estos niveles y uno tiene que asumir que vive en otra realidad.

-¿Cómo explica que nos haya sorprendido lo que ocurrió?
-En el libro El cisne negro, Nassim Nicholas dice que hay fenómenos que se mueven en la ley del cisne negro, aun en este mundo hiperconectado, lo que quiere decir que mientras no pasa algo, no existe. Lo que pasó en este nivel fue lo mismo: no vieron el descontento, entonces no existe. Pero ni siquiera miraron afuera, está pasando en Hong Kong, y por lo tanto no se prepararon.

-Pero había estudios que hablan del descontento por la desigualdad.
-Lo que pasa es que se produce otro fenómeno, que también está descrito. Uno de los problemas que contribuyen a estos estallidos sociales provocados por las injusticias es la aporofobia, el miedo irracional a la pobreza. ¿Por qué? Porque los pobres nunca te van a dar nada a ti, y es un mecanismo del ser humano esperar que, si te doy algo, en algún momento me devuelvas la mano. Es una mirada reduccionista sobre el ser humano.

-¿Cree que la élite chilena fue aporofóbica?
-Yo creo que es aporofóbica. Lo otro es la ceguera moral de la que habla el sociólogo polaco Zygmunt Bauman. Producto de mecanismos sicológicos internos, hay espacios de la vida que uno decide que no están sujetos a una evaluación moral sobre lo bueno y lo malo, entonces deja de mirar ese ámbito y se vuelve ciego. Hay gente radical que dice que el mercado es ciego moralmente (…) Luksic anunció que nadie ganará menos de 500 mil pesos en su empresa y para decir eso tiene que haber pensado: “Parece que no es tan bueno que alguien gane menos de 500 lucas”, pero lo podría haber pensado mucho antes. A algunos empresarios se les olvida que el sentido último y primero de su quehacer es hacer el bien y contribuir al bien común. Aquí también tiene que haber una lectura desde lo ético y lo moral, de lo que es bueno y lo que es malo, pero al mercado le cuesta. Sin embargo, se nos olvida que el mercado son las personas, no es una entelequia.

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Vecinos cercanos al metro Santa Ana se organizaron y realizaron el retiro de las barricadas y escombros. Para Canals, estos días hubo atisbos de relaciones más solidarias. Foto: Francisco Castillo / AgenciaUno


-¿Es este estallido producto de una crisis ética?

-Lo decía en la semana el arzobispo Chomalí: la crisis en el fondo es espiritual, ética y moral. Si esto de ponerse en el lugar del otro, donde el otro es más importante que yo, hubiera estado operando, mucho de lo que ha sucedido, desde la colusión, la corrupción y las injusticias, sería menor. ¿Y qué otros deben estar siempre primero? Los más pobres, los más frágiles, los más débiles, los que más necesitan. Levinas, filósofo de origen judío, tomó una frase de Dostoyevski, que dice “todos somos responsables de todos, ante todos, pero yo el primero de todos”. ¿Qué significa de eso? ¿Quién es el responsable de los pobres? Todos, pero el primer responsable soy yo, por lo que he hecho, por lo que podría haber hecho, y por lo que no he hecho. Si eso funcionara en la empresa, donde el trabajador fuera primero, la relación para con el otro cambiaría. Y eso tiene que ver con la educación: la bondad, la caridad, la importancia del otro y el bien común se enseñan.

-¿Ve en esta crisis una oportunidad de encontrarse y de recuperar el sentido colectivo?
-Siempre está la opción de construir otro tipo de relaciones éticas y morales con el otro, y dentro de eso, los valores como ser solidarios, empáticos y bondadosos es una de las cosas fundamentales. Es una oportunidad, lógico, porque ha generado una cosa interesante: ¿de qué crees que se conversa a la hora de almuerzo o cuando vamos por un café? De esto. Hemos visto chispazos en estos días: ayudemos al otro, llevemos al que no tiene cómo movilizarse, los jóvenes limpiando estaciones de metro quemadas. Estas crisis radicales sirven para que uno reflexione quién soy yo como ser humano y quién es el otro, qué necesidades tiene y qué puedo hacer yo. Creo que si lo canalizamos bien, podemos dar un salto político en ese ámbito.

» alt=»» aria-hidden=»true» />Sergio Canals

-¿Cree que esta sociedad aprenda a decir “el otro primero”?
-¿Sabes quién lo va a aprender más rápido? Los niños y los jóvenes. Se supone que uno, que está en la edad mediana, ya debería haberlo aprendido. El problema es que uno lo aprende cuando se muere, en el último salto. Finalmente amar es botar el narcisismo natural y ser feliz cuando el otro primero está feliz. Ese es un esfuerzo gigantesco porque va contra la naturaleza, que está dirigida al yo como lo más importante. Desde ese punto de vista, lo que planteas es clave porque tal vez esto era necesario que pasara, lo que puede ser leído como avalando la violencia, pero no lo es. Lo que sucedió esta semana generó una nueva agenda social y una mirada distinta sobre los otros, que los empresarios sí la van a tener que adoptar, ya sea por el miedo o por un ajuste mental. Esta es la oportunidad de que aparezca el otro, como persona, con su dignidad absoluta y su alteridad. ¿Cuándo se va a repetir una oportunidad así?

-Es una lección difícil.
-Sí, pero se está produciendo involuntariamente también, no sólo racionalmente de manera cognitiva. La gente no sólo aprende con la reflexión, sino también intuitivamente, con la experiencia, a través del contagio emocional. Se está produciendo un aprendizaje adaptativo de supervivencia, porque es necesario que así ocurra.

-¿Y qué reflexión hace sobre la violencia de estos días?
-Hay distintos planos de violencia. La simbólica, del lenguaje -como la frase “sabíamos que había desigualdad, pero no sabíamos que les molestaba tanto”-. También violencia sistémica, como las desigualdades, que son la causa primaria de la otra violencia. Cuando se dan las condiciones necesarias explosivas, emerge la violencia vandálica, destructora, que no respeta lugares físicos, ni bienes públicos ni a otras personas. Cuando se manifiesta, aparecen también los contagios emocionales grupales, donde se pierde la capacidad de reflexión sobre lo que se está haciendo. Es lo que se llama violencia caliente emocional, sin control reflexivo y, generalmente, concierne a personas con características de personalidad anómica y nihilista, que no le encuentran sentido a la vida y lo buscan con su comportamiento, porque piensan que la sociedad no le dio opciones para una vida con sentido. Ahí aparecen los más impulsivos, los más alterados y los delincuentes.

El cerebro juvenil

-¿Cómo explica que los jóvenes llevaran la batuta en este estallido?
-Los jóvenes viven en una permanente epopeya, como todos cuando fuimos jóvenes. Una aventura que están construyendo en una lucha, ya sea contra la injusticia o contra el poder, y eso es permanente de ellos. Por lo tanto, esto de enfrentar a los militares, de salir y desafiar el toque de queda, es inherente a su forma de ser. Desafían el riesgo, aun el riesgo de salir heridos y de la muerte, pero en esta etapa es imposible que a ellos les pase algo como eso, porque son dioses; uno también sintió que nunca le va a pasar nada. Esto es para ellos una aventura heroica. El joven, en los eventos violentos cuando destruye o está quemando algo, lo hace porque representa al poder: no está quemando el Metro ni un hotel, sino que a todo lo que simbolizan los dueños. Por lo tanto, es un grupo que debe ser mirado sicológicamente desde otro ángulo, no generalizable con la señora de 50 años; ellos son un grupo especial. Sí puede ser generalizable con los jóvenes en Hong Kong o en Cataluña y en el cómo partió este movimiento.

» alt=»» aria-hidden=»true» />Sergio Canals

-¿Tiene alguna lógica su comportamiento?
-Si lo vemos desde la neurobiología, lo que sucede en la adolescencia es que los controles racionales top down que están en el sistema prefrontal son incapaces de regular los controles bottom up, que son los emocionales, donde se busca el riesgo, la novedad, las emociones extremas. Aunque cognitivamente saben lo que está mal, es mucho más poderoso el riesgo. Entonces, qué más entretenido que saltarse la barrera del Metro. Había un video de una estudiante que bailaba sobre un torniquete, “a ver qué me hacen”. Está estudiado que cuando hay fenómenos grupales tiene que haber un líder o dos que son los más impulsivos, los que toman más riesgo y que generan este contagio donde la personalidad de cada uno se disuelve en la acción masiva. La identidad personal no es, y cuando uno ya no es, ¿es culpable?: no; y si son todos culpables, nadie es culpable. Es la masa completa. En el fondo, los adolescentes son una especie de dioses de lo imposible, en una aventura permanente. Los más grandes tienen que acordarse de la película Busco mi camino, del camino infinito desafiando todo.

-¿El mundo adulto sabe digerir ese comportamiento de los jóvenes?
-Esta nueva generación se mueve, según Bauman, en una sociedad líquida donde lo único constante es el cambio, y sumando eso a la revolución digital, las relaciones personales se han fragilizado y uno como adulto se siente abrumado, no va a la velocidad de ellos -salvo los padres muy jóvenes- y nos cuesta entenderlos. Entonces, esta generación es calificada de irresponsable, que no piensa, pero no nos damos cuenta de que es una nueva generación. Ya no va a ser nunca más la de antes.

-¿Cómo se les explica a los niños más chicos lo que está pasando?
-Las cosas se cuentan de acuerdo a la etapa del desarrollo. A los 5 años no le voy a hacer una reflexión sobre la inequidad y la justicia; después de los 7 y 8 años, el desarrollo moral de los niños sobre lo bueno y lo malo ya se está construyendo, y es necesario en estos relatos hablarles de lo que está bien y está mal, y que nunca va a ser buena la violencia, quemar, destruir, como tampoco es bueno que la mamá tenga que viajar dos horas en Transantiago para llegar a su lugar de trabajo o que el sueldo que gana no le sirva para vivir con una dignidad básica. Los niños necesitan un relato con un fondo ético, porque la raíz de lo que estamos viendo habría que localizarla en una especie de fractura del alma, un problema ético y moral que radica en un humanismo de indiferencia por el otro.

Fuente: https://www.latercera.com/tendencias/noticia/sergio-canals-crisis/876660/amp/?__twitter_impression=true