Entrevista a Ilya Budraitskis. «El derecho de autodeterminación es algo que la izquierda ha defendido siempre”

Por DMITRY SIDOROV

El periodista y filósofo ruso Ilya Budraitskis anunció esta semana el lanzamiento de un nuevo medio de comunicación antibélico После [Después]. Su equipo tratará de entender Rusia y el mundo tras el 24 de febrero desde el punto de vista de las fuerzas socialistas de izquierda, que actualmente experimentan, como casi todo el mundo, una crisis de identidad política en las nuevas condiciones de guerra. Cherta habló con Budraitskis sobre en qué medida este proyecto será diferente de los proyectos mediáticos previos de la izquierda, sobre cómo la agresión rusa se está apropiando de los símbolos socialistas y qué puede hacer la izquierda para contrarrestar la rápida militarización del mundo.

Ya existen varios medios de comunicación de izquierdas: OpenLeft, Novo.media, Rabkor, Socialist.news de Alternativa Socialista… ¿Por qué decidiste crear un nuevo medio de comunicación de izquierdas en lugar de tomar uno de estos proyectos como base? ¿Es Después un proyecto personal?

En primer lugar, la situación de todos los medios de comunicación, no sólo de la izquierda, ha cambiado de forma muy dramática en los últimos tres meses. De hecho, todos los medios de comunicación que existen en Rusia tienen que elegir entre someterse a la censura o hablar abiertamente de la guerra y exponerse al riesgo de graves restricciones y represión por parte del Estado. Nuestro nuevo proyecto no tiene censura. Hablaremos de la guerra, analizaremos la guerra, sus causas y su evolución. Hablaremos de la posición que puede adoptar la izquierda contra la agresión y la propaganda rusa.

Después es una plataforma abierta y no sólo publicará las declaraciones de los miembros de nuestro colectivo, sino también otras voces, como las de la izquierda ucraniana, muchas de las cuales están ahora comprometidas en la resistencia contra la agresión rusa. También es muy importante el hecho de que nuestra web es bilingüe: casi todo el material que contiene estará traducido al inglés. Estamos abiertos a un público internacional de izquierdas, que actualmente siente una aguda falta de información sobre lo que ocurre en Ucrania y que necesita escuchar la posición de la izquierda rusa y ucraniana. Al menos, en función de estos criterios, nuestra publicación será muy diferente de todo lo que existe actualmente.

¿Aparte de tí, quién forma parte del equipo? ¿Reivindicas un papel unificador para todos los izquierdistas?

Aparte de mí, está Ilya Matveev, con quien desde hace mucho tiempo realizamos el podcast Diario Político, que ahora se publicará como parte de Después. También hay otros colaboradores que no puedo nombrar en este momento. Tenemos previsto ampliar nuestro equipo editorial con el tiempo, pero no diría que pretendemos tener un papel federativo: no tenemos previsto que nuestro proyecto mediático se convierta en una organización política. Ahora bien, queremos formar parte del debate que se está produciendo en la izquierda en Rusia, en Ucrania y en el mundo, para dar sentido a los retos que se nos plantearon el 24 de febrero.

En cuanto a los desafíos: vuestro proyecto ha expresado claramente una posición antibélica. Pero una parte de la izquierda rusa también tiene la idea de que en Ucrania hay una guerra entre dos proyectos de derecha, el proyecto liberal atlántico occidental y el proyecto reaccionario de Putin, en base a la cual la izquierda debe estar «por encima de la contienda» y desear «lo peor a ambos». ¿Qué opinas de esta posición? ¿Crees que la izquierda rusa debería estar del lado de Ucrania en esta guerra?

En Después no creemos que sea una guerra entre dos proyectos. Es la guerra de Rusia contra Ucrania, en la que Rusia es el país agresor. Cualquier intento de alejarse de esta afirmación elemental supone alejarse de una posición internacionalista de izquierdas, para la que siempre ha existido una distinción fundamental entre el agresor y su víctima, entre una gran nación imperialista y una pequeña nación que defiende su derecho a la autodeterminación. El derecho fundamental a la autodeterminación es algo que la izquierda ha defendido siempre, algo que era extremadamente importante para Lenin, por ejemplo. Es este derecho el que ahora se ve desafiado por la agresión rusa y el régimen de Putin.

Si recuerdas el discurso de Putin en vísperas de la invasión de Ucrania, dijo muy claramente que fue la política nacional de Lenin, su principio de autodeterminación nacional, el que condujo a la existencia de Ucrania en el mapa; lo que Putin considera que es un error que él va a corregir. Por lo tanto, la agresión rusa contra Ucrania también significa una agresión contra las ideas leninistas.

En estos momentos, Ucrania es un ejemplo de la lucha de una nación por la autodeterminación, una lucha que es extremadamente importante para todos los izquierdistas. Esto no significa que consideremos que el régimen ucraniano sea de izquierdas o progresista. Entendemos que es un régimen nacionalista de derechas, y que su nivel de nacionalismo no hará más que aumentar a medida que la guerra continúe y adopte formas más violentas. Pero esto no significa que Ucrania, que lucha por su independencia, no deba ser apoyada por las fuerzas progresistas.

De hecho, Putin amenazó a Ucrania con una descomunización real. Por otro lado, los símbolos y acciones simbólicas del bando ruso en esta guerra se refieren a la URSS. Entre ellas, la bandera roja soviética, la restauración de los monumentos de Lenin demolidos por los ucranianos y el cambio de nombre de las calles de los territorios ocupados, que pasaron de tener nombres ucranianos descomunizados a tener el nombre convencional de «calle Volodarsky». ¿Cómo debe afrontar la izquierda rusa esta dialéctica?

No es ningún secreto que el régimen de Putin lleva mucho tiempo explotando activamente la nostalgia y los símbolos soviéticos, excluyendo casi por completo su contenido socialista original. La bandera roja en manos de los soldados rusos no es diferente de la bandera rusa: es simplemente un símbolo del Estado, del poder estatal, un símbolo de las fuerzas armadas rusas que, desde el punto de vista del régimen ruso, son la continuación directa del ejército soviético. Creemos que este simbolismo cubre la profunda brecha entre lo que es Rusia hoy y lo que era el Ejército Rojo cuando fue creado por Lenin y Trotsky durante la guerra civil.

No hay que hacerse ilusiones: la agresión rusa contra Ucrania no está convirtiendo a Rusia en un Estado socialista. Las relaciones sociales que Rusia lleva a los territorios ocupados no son socialistas. Es una relación que existe dentro de la propia Rusia, pero de una forma aún más dura y perversa. Es el poder de las fuerzas de seguridad, el poder de las élites, el poder del capital ruso y de las empresas estatales sobre una población privada de derechos políticos y sociales. Vemos que en los territorios ocupados -en las regiones de Jherson, Donetsk, Luhansk y parte de Zaporizhzhia- no existe ninguna muestra, aunque sea mínima, de voluntad popular para volver a unirse a Rusia. Se trata de una ocupación militar directa: las personas que viven en este territorio simplemente tienen que someterse a la fuerza bruta. Esto no tiene nada que ver con el socialismo, la democracia o cualquier régimen soviético.

Quizás este último punto se discutirá en el Partido Comunista de la Federación Rusa (PCFR). Antes de la guerra vimos un deseo por parte de la izquierda progresista de colaborar con el partido, de fusionarse con él y de cambiarlo desde dentro. Tras el estallido de la guerra, cuando el PCRF, por mayoría, apoyó la agresión e incluso la instigó votando a favor del reconocimiento oficial de la independencia de la República Popular de Donetsk por parte de Rusia, ¿sigue teniendo algún sentido intentar esa cooperación? ¿o debemos reconocer que es una causa muerta, y que el propio PCRF se ha enterrado con ella? ¿queda algo del enorme potencial de protesta que tenía este partido tras el inicio de la guerra?

Creo que la enorme distancia entre la posición de los dirigentes del PCRF y las expectativas de sus partidarios y votantes de base no hará más que aumentar con el tiempo. Estas personas votaron al PCRF no como uno de los pilares del régimen de Putin, sino como un partido de oposición capaz de oponerse a los planes del gobierno en materia de política social y al fortalecimiento del autoritarismo en el país. El PCRF fue votado como una fuerza capaz de devolver los derechos democráticos fundamentales al pueblo de Rusia.

Podemos ver que, a pesar de las agresivas declaraciones imperialistas de la facción del PCRF en la Duma Estatal y de la dirección del partido, sobre el terreno, en las asambleas regionales y municipales, las y los electos del PCRF son a menudo casi los únicos capaces de expresar una posición antibélica. El ejemplo más reciente en este sentido tuvo lugar hace unos días en Vladivostok; antes, algunos diputados comunistas de la Duma de Moscú y de otras regiones expresaron opiniones similares.

Es posible que, en un futuro previsible, estas contradicciones conduzcan al surgimiento de una fuerza socialista activa verdaderamente independiente de los escombros del actual PCRF. Y una parte importante de esa fuerza serán las y los actuales miembros y simpatizantes del PCRF. En su forma actual, el PCRF se enfrentará sin duda a una crisis muy grave.

Puede que me equivoque, pero en tres meses no hemos visto muchas formas de autoorganización pacífica de la protesta de la izquierda en forma, por ejemplo, de huelgas y otras acciones sindicales contra la guerra. Por otro lado, vemos una actividad guerrillera activa, quizás en parte por gente de izquierdas y anarquista. ¿Podemos esperar que se desarrolle la primera? ‚ ¿qué piensas de la segunda?, ¿cuál de ellas es más es más prometedora?, ¿cuál deberían de apoyar las y los líderes de izquierda? 

Creo que en la situación rusa no existen muchas opciones, porque casi todas las formas de protesta legal están prohibidas. De una u otra manera, cualquier forma de protesta que sea crítica con el régimen actual es ilegal. Ahora, lo único que se puede hacer legalmente es solidarizarse con Putin. El deterioro de la situación económica y la continuación de la guerra, que la gente de a pie está pagando con su dinero, sus puestos de trabajo y sus vidas, conducirán inevitablemente a un creciente descontento social.

Cuando se suprimen todas las posibilidades políticas de expresar el descontento, la protesta adopta formas que difícilmente pueden ser alentadas abiertamente por los medios de comunicación de izquierdas. Pero en la plataforma Después hablaremos de todo tipo de protestas y resistencias: iniciativas estudiantiles, movimientos feministas contra la guerra y formas de autoorganización que actualmente no podemos prever.

En principio, en el contexto ruso, ¿podremos ver algo similar a lo que ocurrió en Bielorrusia en 2020, cuando, con el telón de fondo de las protestas callejeras, las huelgas masivas en las empresas estatales fueron una historia paralela igualmente importante? ¿O es imposible en Rusia debido a su diferente sistema económico?

El capitalismo ruso está estructurado de forma diferente al bielorruso. No tenemos tantas empresas estatales, pero prevalecen las empresas estatales. Por supuesto, las autoridades tienen mucho miedo de que estas empresas se conviertan en una fuente de protesta, no sólo política, sino también social. Especialmente, si hacemos frente a la pérdida masiva de poder adquisitivo de los salarios en un futuro próximo y a un aumento de la práctica de los permisos no remunerados. Podría ser algo similar a las huelgas bielorrusas y a las huelgas que tuvieron lugar en Rusia en los años 90, por no hablar de la huelga ferroviaria de 1998.

La guerra ha hecho retroceder la política mundial a la época de la Guerra Fría, o quizás incluso antes. Ahora mismo, el tema prioritario en la agenda de los Estados europeos es, literalmente, el de la seguridad física. Es como un repliegue hacia el conservadurismo de derechas, como ocurrió en Polonia y Hungría. ¿Se globalizará este proceso?, ¿qué puede hacer la izquierda para oponerse a él? Estarás de acuerdo en que, en condiciones de clara amenaza física, esa cohesión conservadora tiene sentido.

Sin duda, las acciones de Rusia han provocado un peligroso e incipiente proceso de militarización en Europa. Esto ha planteado a la izquierda una grave contradicción: la izquierda occidental siempre ha mantenido una postura antimilitarista, mientras que hoy en día la participación en la OTAN y su fortalecimiento son vistos por muchos países de Europa del Este como la única garantía real de seguridad. La izquierda de estos países lo entiende, pero le resulta difícil hacer algo al respecto. Está claro que la izquierda debe reevaluar ahora todas las posiciones que ha adoptado en décadas anteriores, incluso la posición de que sólo la OTAN y EEUU eran potencias imperialistas.

¿Qué puede ofrecer la izquierda en una situación en la que el mundo entero corre el peligro de dividirse en bloques imperialistas opuestos, cada uno de ellos sin alternativa progresista? Durante la Guerra Fría, al menos podía decirse que el bloque soviético, con todos sus defectos evidentes, era portador de ideas de liberación social y de lucha anticolonial. Hoy tenemos que elegir entre el bloque reaccionario de la OTAN y el bloque potencialmente aún más reaccionario de Rusia y China. Hoy en día, a la izquierda no le basta con criticar a sus gobiernos por la militarización. Es necesario reflexionar sobre las alternativas globales que pueden ofrecer a este mundo dividido en bloques militares y que se hunde en la barbarie, que está al borde de una nueva y mortal guerra mundial.

¿Y qué pasa con esa izquierda que todavía se niega a percibir adecuadamente la amenaza que supone Rusia? Por ejemplo, sabemos que [el político francés de extrema izquierda] Jean-Luc Mélenchon se opone a la venta de armas a Ucrania; sabemos que [el filósofo de izquierda estadounidense] Noah Chomsky ha pedido sentarse con Putin lo antes posible y hacer concesiones. Estas declaraciones han dejado a mucha gente desilusionada no sólo con estas figuras, sino también con la idea de la izquierda como tal. Algunos izquierdistas europeos van más allá y ven a la Rusia de Putin como una fuerza que se sitúa en la izquierda porque se opone al imperialismo estadounidense. ¿Cómo les explicas que esta fuerza es realmente peor y que no hay nada de izquierdas en ella?

Tienes razón, este es un tema importante para la izquierda occidental. Aunque se opongan inequívocamente a la agresión rusa, ni Chomsky ni Mélenchon pueden estar contentos con la militarización de sus países y la expansión de la OTAN. Estamos hablando de la necesidad de una revisión muy seria de todos los fundamentos de la estrategia de la izquierda en los países occidentales.

Ninguna parte de la izquierda sana es fan de Putin ni cree en su retórica antifascista o antiimperialista. Incluso los izquierdistas occidentales que todavía tenían algunas ilusiones sobre el régimen ruso las perdieron después del 24 de febrero. Esto ocurrió incluso en el partido alemán Die Linke, que siempre tuvo una fuerte ala prorrusa: el partido cambió radicalmente su posición general hacia Rusia y Putin. Este proceso de cuestionamiento en los principales partidos de izquierda no ha hecho más que empezar. Nuestra plataforma Después participará en este replanteamiento, que es una de nuestras principales tareas.

Ahora más que nunca, la izquierda europea necesita que algunas de sus intuiciones sobre el papel de Rusia en esta guerra sean confirmadas o, por el contrario, desmentidas; en primer lugar, por la izquierda rusa y ucraniana, que ve la situación desde dentro. Hace menos de un mes, una amplia delegación de la izquierda de Europa Occidental, que incluía a eurodiputados y diputados nacionales, visitó Lviv y celebró una conferencia con sindicatos independientes ucranianos y activistas de izquierda. Estas acciones de solidaridad juegan ahora un papel muy importante en la sensibilización.

2/06/2022

 

 

http://europe-solidaire.org/spip.php?article62728

 

artículo original en:

«Право на самоопределение — то, что левые защищали всегда».

 

Autodeterminación y la guerra en Ucrania

por Taras Bilous

Hace dos meses, cuando escribí “Una carta a la izquierda occidental desde Kiev”, esperaba que el impacto de la invasión rusa y las voces de la izquierda ucraniana empujaran a los izquierdistas occidentales a reconsiderar su enfoque. Desafortunadamente, muchos de ellos no lo han hecho. En sus análisis de la guerra, los ucranianos son solo víctimas que necesitan ayuda humanitaria, no sujetos con deseos que deben ser respetados.

Por supuesto, esto no se aplica a todos los de la izquierda, ni mucho menos. Los partidos de izquierda escandinavos, así como los de Europa del Este, han escuchado a los ucranianos y han apoyado el suministro de armas a Ucrania. Se están produciendo algunos avances entre los socialistas estadounidenses. Pero desafortunadamente, incluso una declaración conjunta de los socialistas ucranianos y rusos no ha convencido a suficientes personas para apoyar la ayuda militar. Permítanme tratar de dirigirme a la izquierda una vez más.

 

¿UNA GUERRA JUSTA?

Comencemos abordando una pregunta común: «¿Por qué se presta tanta atención a Ucrania y se brinda tanta ayuda mientras que otros conflictos armados en el mundo no lo hacen?» En primer lugar, ¿no son las posibles consecuencias de la guerra motivo suficiente para prestarle más atención? ¿Cuándo fue la última vez que el mundo estuvo tan cerca de la amenaza de una guerra nuclear? En segundo lugar, estoy de acuerdo en que a otros conflictos no se les presta suficiente atención. Como he escrito antes, el hecho de que Europa haya tratado a los refugiados ucranianos mucho mejor que a sus homólogos sirios y afganos se debe al racismo. Este es un buen momento para criticar las políticas migratorias y señalar que la ayuda brindada a los refugiados ucranianos debe brindarse a todos los refugiados.

Recuerdo otro conflicto armado en el que partes de la izquierda tenían sus «chicos buenos» (y chicas) y les prestaban una atención desmesurada en comparación con otros conflictos armados: Rojava. Ucrania no es Rojava, y podemos enumerar muchas quejas sobre las políticas interior y exterior de Zelensky. Ucrania ni siquiera es una democracia liberal clásica: aquí, cada nuevo presidente trata de acumular tanto poder como sea posible a través de mecanismos informales, el parlamento aprueba leyes inconstitucionales y, a menudo, se violan los derechos y libertades de los ciudadanos. Incluso durante la guerra, el gobierno ucraniano aprobó una ley que restringe los derechos laborales. En este aspecto, no es muy diferente del resto de Europa del Este.

¿Significa esto que los ucranianos deberían abandonar la lucha? Para mí, la respuesta es obvia: decidí unirme a las Fuerzas de Defensa Territorial al comienzo de la guerra. Pero estoy lejos de ser el único. Anarquistas de Ucrania, Bielorrusia e incluso algunos de Rusia están luchando actualmente en la Defensa Territorial o están ayudando. No les gusta Zelensky y ni el estado mismo, han sido detenidos repetidamente durante las protestas por la policía (como yo), y algunos anarquistas extranjeros han enfrentado intentos de deportación por parte de los servicios especiales. Pero aun así fuimos a la guerra. Puedes pensar que estos no son anarquistas «reales», o puedes considerar la idea de que sabemos algo sobre Europa del Este que ustedes no entienden.

Soy socialista y no creo que tengas que defender a tu país en ninguna guerra defensiva. Tal decisión debería depender del análisis de los participantes, la naturaleza social de la guerra, los sentimientos de la gente, el contexto más amplio y las posibles consecuencias de los diferentes resultados. Si Ucrania estuviera dirigida por una junta fascista y la situación fuera la que presenta la propaganda rusa, igual condenaría la invasión, pero no me uniría al ejército. Liderar una lucha partidista independiente sería más apropiado. Hay otras invasiones, como la invasión estadounidense de Afganistán o Irak, que deberían ser condenadas, pero ¿hubiera sido correcto luchar por los regímenes de los talibanes o de Saddam Hussein? Lo dudo. ¿Vale la pena proteger la democracia ucraniana, lejos de ser perfecta, del régimen parafascista de Putin? Sí.

Sé que a muchos no les gustan esos términos. Después de 2014, cuando se hizo popular en Ucrania etiquetar a Putin como fascista, critiqué este punto de vista. Pero en los últimos años, el régimen de Putin se ha vuelto cada vez más autoritario, conservador y nacionalista, y tras la derrota del movimiento contra la guerra, su transformación ha alcanzado un nuevo nivel. Intelectuales de izquierda rusos como Greg Yudin e Ilya Budraitskis argumentan que el país se está moviendo hacia el fascismo.

En muchos conflictos armados, es correcto pedir diplomacia y compromiso. A menudo, en el caso de conflictos étnicos, los internacionalistas no deberían tomar partido. Pero esta guerra no es tal caso. A diferencia de la guerra de 2014 en Donbas, que fue complicada, la naturaleza de la guerra actual es en realidad simple. Rusia está librando una guerra imperialista agresiva; Ucrania está librando una guerra popular de liberación. No podemos saber cómo se desarrollará Ucrania después de la guerra, depende de una plétora de factores. Pero podemos decir con certeza que solo si Ucrania gana habrá una posibilidad de cambio progresivo. Si gana Rusia habrá consecuencias horribles. Esta es la principal razón para apoyar la resistencia ucraniana, incluso con ayuda militar.

 

LA EXTREMA DERECHA UCRANIANA

Aquí, algunos lectores podrían hacer otra pregunta: «¿Qué pasa con la extrema derecha ucraniana?» En los debates más razonables sobre este tema, un lado siempre enfatiza el bajo apoyo electoral de la extrema derecha y la falta de representación en el parlamento, mientras que el otro lado enfatiza que, debido a la infiltración de las fuerzas del orden y la participación activa en las protestas callejeras, la extrema derecha ha tenido una influencia desproporcionada sobre la política ucraniana. Ambos son ciertos, pero hay un hecho importante que ambos bandos suelen ignorar: la influencia desproporcionada de la extrema derecha se basó en gran medida en la debilidad de la sociedad civil y el Estado, no en su poder.

La presencia de la extrema derecha se puede sentir en toda Europa del Este, pero la dinámica es diferente en cada país. A fines de la década de 2000, la extrema derecha rusa desató el terror en las calles, incluidos bombardeos, pogromos y otros ataques letales. Después de los disturbios de la plaza Manezhnaya en 2010, el estado ruso comenzó a tomar medidas enérgicas y los miembros de la extrema derecha rusa huyeron del país o fueron encarcelados. Algunos han encontrado un lugar en Ucrania, que era un lugar seguro sobre todo porque el aparato represivo del estado ucraniano es mucho más débil. (La relativa debilidad del Estado también fue la principal razón del éxito de las protestas masivas en Ucrania en comparación con Bielorrusia, donde los manifestantes sufrieron detenciones arbitrarias y torturas, o Kazajstán, donde las fuerzas de seguridad respaldadas por Rusia llevaron a cabo una represión mortal).

En los últimos años, el poder de la extrema derecha en Ucrania ha estado sujeto a nuevos desafíos. Desde Maidan, el desarrollo de la sociedad civil liberal ha cambiado el equilibrio de poder en la política callejera. Hasta hace poco, no siempre había una línea clara entre la extrema derecha y otras fuerzas políticas. Pero esto también está cambiando gradualmente debido al surgimiento de movimientos feministas y LGBT, que se oponen a los radicales de derecha. Finalmente, gracias a la campaña contra la deportación del anarquista bielorruso Aleksey Bolenkov y la protección del distrito Podil de los ataques de la extrema derecha en Kiev, el año pasado, ha habido un resurgimiento del movimiento antifascista en las calles.

Desde 2014, la extrema derecha ha compensado los fracasos electorales reforzando su presencia en las calles y reforzando su alianza con los liberales, formada durante los años de lucha contra el régimen de Yanukovych. Pero esta unión comenzó a colapsar gradualmente después de que Zelensky llegara al poder en 2019. La extrema derecha, en particular el movimiento Azov, estaba en crisis. Y tras la dimisión del ministro del Interior, Arsen Avakov, a quien se consideraba mecenas de Azov, el aparato estatal empezó a tratarlos con más frialdad.

Por supuesto, la guerra lo ha cambiado todo, y lo que suceda a continuación depende de muchos factores. La participación de la extrema derecha ucraniana en la guerra actual es menos notoria que en 2014, con una excepción obvia: el Regimiento Azov. Pero no todos los combatientes de Azov hoy son de extrema derecha, y como parte de la Guardia Nacional y las Fuerzas Armadas, cumplen órdenes del alto mando. E incluso Azov es solo una pequeña parte de la resistencia ucraniana. Por lo tanto, no hay razón para suponer que la guerra actual impulsará el ascenso de la extrema derecha tanto como la guerra en Donbass.

Hoy, la principal amenaza para los ciudadanos de Ucrania no es la extrema derecha ucraniana, sino los ocupantes rusos. Esto incluye a grupos que a menudo han sido atacados por la extrema derecha en los últimos años, como los romaníes o las personas LGBT, que también participan activamente en la resistencia ucraniana. Esto también se aplica a los residentes de Donbas. La propaganda rusa ha usado hipócritamente a los residentes de Donbass para justificar la invasión, acusando a Ucrania de “genocidio” mientras el ejército ruso arrasa las ciudades de la región. Mientras la gente hace largas filas para alistarse en la Defensa Territorial en Ucrania, en la parte de Donbass controlada por Rusia, los hombres son atrapados en las calles, reclutados a la fuerza y ​​arrojados a la batalla, sin entrenamiento, como carne de cañón.

Otro argumento común contra la resistencia ucraniana es que se trata de una guerra de poder entre Occidente y Rusia. Cualquier conflicto militar tiene múltiples capas, y uno de los componentes de la confrontación actual es un conflicto interimperialista. Pero si eso es suficiente para llamar a esto una guerra por poderes, casi todos los conflictos armados en el mundo son guerras por poderes. En lugar de discutir sobre el término, es más importante analizar el grado de dependencia de Ucrania de Occidente y comprender los objetivos de ambos campos imperialistas.

 

CONFLICTO INTERIMPERIALISTA

Ucrania es mucho menos un representante occidental de lo que los kurdos sirios fueron representantes de Estados Unidos durante su heroica lucha contra ISIS. Pero los proxies no son marionetas. Son actores locales que reciben apoyo militar de otros estados. Tanto el primero como el segundo tienen sus propios intereses, que pueden coincidir solo parcialmente. Y así como los izquierdistas apoyaron a los combatientes en Rojava a pesar de que los kurdos sirios recibieron ayuda militar estadounidense, los izquierdistas deberían apoyar al pueblo ucraniano. La política socialista en materia de conflictos armados debe basarse en el análisis de la situación sobre el terreno en lugar de si una potencia imperial apoya a un lado o al otro.

En los últimos meses, algunos izquierdistas han utilizado la historia de la Primera Guerra Mundial para argumentar que los socialistas no deberían apoyar a ningún bando en los conflictos interimperialistas. Pero la Segunda Guerra Mundial fue también un conflicto interimperialista. ¿Significa esto que ninguna de las partes debería haber sido apoyada en esa guerra? No, porque el conflicto interimperialista fue sólo una dimensión de esa guerra.

En un artículo anterior recordé que muchos representantes de movimientos anticoloniales no quisieron luchar por sus colonizadores durante la Segunda Guerra Mundial, y uno de los líderes del Congreso Nacional Indio, Chandra Boss, incluso colaboró ​​con la Alemania nazi. Pero también vale la pena mencionar las palabras de Jawaharlal Nehru: en el conflicto entre el fascismo y la democracia, debemos estar inequívocamente del lado de esta última. También vale la pena mencionar que el más consistente de los líderes del INC para apoyar la guerra de los Aliados fue M.N. Roy, su miembro más de izquierda. Por supuesto, esto no significó que Roy de repente comenzara a apoyar al imperialismo británico. Del mismo modo, apoyar la lucha contra el imperialismo ruso no implica apoyar al imperialismo estadounidense.

Por supuesto, la situación es diferente ahora. La participación directa de otros estados en la guerra solo empeorará la situación. Pero los socialistas deberían apoyar la presión económica sobre Rusia y exigir sanciones y embargos más duros sobre el petróleo y el gas rusos. Muchas de las sanciones actualmente vigentes están diseñadas para debilitar la industria militar de Rusia y, por lo tanto, obstaculizar la capacidad de Rusia para continuar luchando. Los izquierdistas también deberían apoyar las sanciones a las importaciones de petróleo y gas de Rusia, lo que aumentará aún más la presión económica sobre Putin para que ponga fin a la guerra.

Estados Unidos puede haber aprendido la lección al deshonrarse en Irak y Afganistán. Rusia ahora también debe aprender su lección, y cuanto más dura, mejor. La derrota en la guerra ha provocado repetidamente revoluciones, incluso en Rusia. Después de que Rusia perdiera la Guerra de Crimea en 1856, la servidumbre finalmente fue abolida en el Imperio Ruso. La Primera Revolución Rusa de 1905 tuvo lugar poco después de la derrota de Rusia en la Guerra Ruso-Japonesa. Perder contra Ucrania podría desencadenar una nueva revolución. Con Putin todavía en el poder, el cambio progresista en Rusia y en la mayoría de los estados postsoviéticos será casi imposible.

Los estados occidentales comparten la responsabilidad de esta guerra. El problema es que muchos izquierdistas radicales critican estos estados por razones equivocadas. En lugar de criticar el suministro de armas a Ucrania, deberían criticar el hecho de que incluso después de la anexión de Crimea y la invasión de Donbass, los países de la UE continuaron vendiendo armas a Rusia. Esto es sólo un ejemplo. La responsabilidad de esa decisión recae en los gobiernos occidentales, no en la izquierda. Pero en lugar de tratar de cambiar la situación para mejor, gran parte de la izquierda está tratando tontamente de empeorar las cosas.

Los ucranianos estamos muy conscientes de que la guerra es terrible. Esta no es nuestra primera guerra. Hemos estado viviendo con las condiciones de un conflicto latente en Donbass durante años. Estamos sufriendo grandes pérdidas en esta guerra, y seguiremos sufriendo si la guerra se prolonga. Depende de nosotros decidir qué sacrificios estamos dispuestos a hacer para ganar y qué compromisos debemos hacer para detener la muerte y la destrucción. No entiendo por qué el gobierno de Estados Unidos está de acuerdo con esto, mientras que gran parte de la izquierda prefiere adoptar un enfoque más imperial, exigiendo que Occidente decida por nosotros.

Hasta ahora, el Kremlin no ha estado dispuesto a hacer concesiones serias. Están esperando que nos rindamos. Pero los ucranianos no aceptarán el reconocimiento de sus conquistas territoriales. Algunos argumentan que el suministro de armas a Ucrania prolongará la guerra y aumentará el número de víctimas. De hecho, es la falta de suministros lo que hará eso. Ucrania puede ganar, y la victoria de Ucrania es lo que debería representar la izquierda internacional. Si Rusia gana, establecerá un precedente para el rediseño forzoso de las fronteras estatales y empujará al mundo a una Tercera Guerra Mundial.

Me convertí en socialista en gran parte bajo la influencia de la guerra en Donbass y mi comprensión de que solo la superación del capitalismo nos dará la oportunidad de un mundo sin guerra. Pero nunca alcanzaremos este futuro si esperamos la no resistencia a la intervención imperialista. Si la izquierda no toma la postura correcta sobre esta guerra, se desacreditará y se marginará a sí misma. Y tendremos que trabajar durante mucho tiempo para superar las consecuencias de este disparate.

 

Traducción del inglés: Santiago de Arcos-Halyburton

publicado en https://www.dissentmagazine.org

Ecuador: país fracturado en mil pedazos

Por Decio Machado / Revista Opción S

A punto de cumplirse el primer año de su mandato, cabe recordar que Guillermo Lasso llegó a la poltrona presidencial de Carondelet obteniendo 1.83 millones de votos en la primera vuelta sobre un censo electoral de 13.11 millones de electores, es decir, apenas un 13.96% del electorado lo apoyó en primera instancia recibiendo 1.89 millones de votos menos que en su primera vuelta de las elecciones presidenciales anteriores en 2017.

Así las cosas, podemos afirmar que la victoria de Lasso en segunda vuelta fue un regalo. Se le agasajó con 2.83 millones de votos que no eran suyos fruto de la justificada resistencia de un importante sector de la población ante la posible vuelta al poder de un correísmo carente de autocrítica y la incongruencia ideológica de determinados sectores de la izquierda política, social e intelectual del país que en lugar de negociar condiciones de apoyo crítico con el progresismo auspiciaron la transferencia de sus votos a la opción conservadora bajo un sofístico llamado al voto “nulo ideológico”, haciéndole escasa crítica durante la campaña electoral al hoy presidente banquero. En definitiva, si bien se constata en los hechos aquella cita que decía que “a cada revolución inconclusa le sigue una contra-revolución”, lo sorprendente aquí es ver quienes fueron sus auspiciadores.

Consciente de la compleja situación económica en la que se encuentra el país, Lasso fijó compromisos electorales muy concretos: dinamizar la economía y generar dos millones de empleos incrementado la inversión extranjera, expandiendo el sector agrícola mediante préstamos a bajo interés, aumentando la producción petrolera y ampliando agresivamente la frontera extractiva en general. Lo demás, eso que fue ampliamente halagado por diversos consultores y analistas políticos y que tenía que ver con su “supuesta” adhesión a determinadas causas juveniles y su particular aparición en redes sociales durante la segunda vuelta fueron apenas florituras que hicieron, dentro del ya por sí reduccionista mundo del marketing político, algo más creíble su propuesta electoral.

¿Qué país se encontró Lasso y que país tenemos un año después?

Aunque Ecuador es considerado un país de renta media fruto del más que discutible uso predominante del PIB para diagnosticar el desarrollo nacional, en realidad vivimos en un país pobre, semi-estancado desde el año 2015 -momento en que impactó sobre la economía nacional el fin del llamado “boom de los commotidies” o de la “era de la economía fácil”- y en profundo proceso de aun mayor empobrecimiento.

Nuestro PIB per cápita en 2021 fue de USD 5.545, lo que hace al Ecuador ocupar el puesto 97 de los 196 países que componen dicho ranking global. Sin embargo, los datos del SRI demuestran que en torno a un 53% de los contribuyentes ecuatorianos percibe menos de USD 499 mensuales y otro 9% más estaría por debajo de los USD 600. Así las cosas, la pérdida de empleo en el presente año continúa afectando en mayor medida a los hogares medios y populares con menores de edad (52%), por encima del promedio nacional (43%), lo cual genera un rebote de la economía -hablemos claro, recuperación económica nunca hubo- muy lento y desigual tras el impacto económico de la pandemia que agravó aún más la crisis.

Según el informe ENCOVID presentado por UNICEF en febrero del presente año, un 57% de las familias ecuatorianas se han visto obligadas a pedir préstamos a sus familiares y amigos para poder mantener sus hogares. Todo ello tras dejar de comprar medicamentos, no pagar rentas, servicios básicos y devolución de deudas, mientras la canasta familiar nacional pasaba de USD 712,07 en febrero de 2021 a USD 725,16 en febrero de 2022 y sigue en acelerado crecimiento fruto del impacto de la inflación que ya significó un IPC el pasado mes de marzo del 2,64%. Derivado de lo anterior, la inseguridad alimentaria no disminuye (48%), aumentando sustancialmente en los hogares con menores de edad de estrato bajo (de 68% a 79%) y medio bajo (de 63% a 73%). Queda como tarea pendiente para algunos amigos y amigas adscritos al Colegio de Economistas hacer una evaluación profunda y sincera de los niveles de endeudamiento familiar en el país y las consecuencias que de ello derivarán al medio plazo.

Con su habitual imprudencia, como “gobierno débil” definieron nuestros inefables analistas del campo de la izquierda al gobierno de Guillermo Lasso desde el día mismo de su investidura. “Mejor esto que el correísmo” afirmaron incluso algunos de los más osados, justificando así su falta de coherencia y olvidando aquella memorable cita de Giulio Andreotti -quien fuera en siete ocasiones presidente del consejo de ministros italiano- que decía “el poder desgasta al que no lo tiene”.

En paralelo, la Asamblea Nacional, fruto de un voto muy fragmentado en los comicios del 7 de febrero de 2021, se constituía inicialmente con un bloque mayoritario de la Revolución Ciudadana (49 curules), seguido del Pachakutik (27 curules) debido al “efecto electoral Yaku Pérez”, e Izquierda Democrática y Partido Social Cristiano con 18 curules cada uno. El partido de gobierno, CREO, apenas conseguía 12 legisladores y no tenía en principio capacidad de conformar un bloque en el Legislativo. Tan solo unos días después, en su “debilidad” los operadores del gobierno ya habían logrado articular una bancada de 25 curules conformados bajo el nombre Bancada del Acuerdo Nacional (BAN) con 13 asambleístas más comprados a buen precio en el “mercado persa” legislativo.

Una vez más, renombrados dirigentes y pretendidos voceros de la izquierda alternativa saludarían con alegría, nocturnidad y alevosía el nombramiento de la cacique amazónica Guadalupe Llori como presidenta de la Asamblea Nacional, refiriéndose a ésta como una dirigente del movimiento indígena que había sido perseguida por el régimen correísta debido a su convicción de lucha y coherencia política. Algunos tuits y declaraciones públicas del momento son inolvidables y quedan para los anales de la historia.

De igual manera, el aparato de comunicación del Legislativo nos transmitía que por fin tendríamos una Asamblea Nacional diferente y sensible a la ciudadania ecuatoriana, donde se debatirían las reivindicaciones e inquietudes de la sociedad en la búsqueda de la defensa de los intereses de los sectores más humildes y vulnerables del país. Se acabaron los “brazos de madera” del período correísta y la venta de hospitales y prebendas del período de María Paula Romo como jefa del frente político de la administración morenista nos dijeron… pues bien, a partir de ahí asistiríamos a un pacto anti-natura entre la bancada pro gobierno nacional, determinados asambleístas provinciales, la mayoría del bloque Pachakutik y el partido Izquierda Democrática.

En la práctica lo más grave en este primer año del actual ciclo legislativo es constatar que el movimiento político Pachakutik, lejos de identificarse con aquella tesis del filósofo francés Jacques Rancière según la cual puntual y periódicamente los “cualquiera” irrumpen en el poder para inscribir sus derechos en la ley, más bien demostró lo resistentes que son las instituciones públicas al cambio y lo irrelevante que representa quienes estén al cargo de ellas, sean del pelaje que sean.

Más allá de lo ideológico, ni el gobierno nacional tuvo la capacidad de presentar leyes bien articuladas, ni los legisladores de cada bancada fueron competentes a la hora de imponer una agenda propia ante las carencias técnicas del actual gobierno. Unos y otros se justifican hoy públicamente estupidizando sus mensajes y minimizando hasta lo inverosímil la capacidad receptiva del pueblo ecuatoriano.

La cuadratura del círculo llegaría de la mano de la bancada de la Revolución Ciudadana el pasado 26 de noviembre, posibilitando mediante su abstención, la entrada en vigor mediante el ministerio de la ley de las reformas tributarias impulsadas desde el gobierno de Lasso. En la práctica, el más que hipotético pacto entre Rafael Correa y Guillermo Lasso que permitiría a la postre la salida del ex vicepresidente Jorge Glas de la cárcel de Cotopaxi y el “supuesto” cese de la persecución sobre líderes políticos del correísmo implicaría habilitar una de las demandas fundamentales de la agenda fondomonetarista en el país: recaudar cerca de USD 2.000 millones en los dos próximos años con el fin de hacer viable el servicio de deuda al que está obligado Ecuador. Todo ello claro está, a costa del lomo de la cada vez más débil clase media nacional mientras se privilegian los intereses de los grandes emporios empresariales y fortunas del país -los cuales gozan que una tasa de presión fiscal inferior al de la clase media- y del establishment político nacional por encima de los de la sociedad a la que dicen representar. En fin, parece evidente que una de las tareas urgentes que debe afrontar Ecuador en este momento es transformar lo que se considera aceptable y no aceptable en política.

En definitiva, se constató que la representación es una suplantación que desactiva la capacidad de incidencia de la sociedad común en política, lo que en la práctica implica que las grandes mayorías no tengan interlocutores en la Asamblea Nacional por mucho que a dichos legisladores les encante hacer spaces en Twitter para indicarnos lo involucrados que están con el bienestar de la ciudadanía ecuatoriana y sus preocupaciones respecto al devenir de la nación.

Las consecuencias de todo esto se dieron de ipso facto: mientras en la actualidad la confianza promedio respecto al poder legislativo en América Latina es del 20% (Latinobarómetro, 2021) en nuestro país apenas alcanza el 4%; en paralelo, asistimos a un creciente deterioro de la popularidad gubernamental que posiblemente equipare hacia fin de año los indicadores de legitimación del presidente Guillermo Lasso a aquellos con los que terminó el mandato su antecesor Lenín Moreno.

La creciente descrédito gubernamental está provocando que el inicial pacto existente entre medios de comunicación nacionales y el Ejecutivo para el blindaje mediático de Guillermo Lasso este llegando a su fin, lo que a la postre agudizará aún más el deterioro de la figura del actual mandatario, aunque no por ello su capacidad de ejercer el poder.

Que el pacto entre gobierno y correísmo le haya dado cierto fuelle al Ejecutivo es un hecho innegable, pero también lo es que mediante este proceso el gobierno nacional apenas compró tiempo. En su agenda está, tal y como se pudo apreciar en su proyecto Ley de Inversiones, la privatización de sectores, servicios y empresas públicas bajo la eufemística figura de la “delegación”, ahora bien, que puedan hacer el business pretendido empoderando en paralelo al sector financiero privado parece a priori improbable dado el grado de deslegitimación social al que está llegando el Ejecutivo. En paralelo y con un gobierno gestionado por personas que durante su vida profesional y política activa se han dedicado a combatir el rol del Estado en la economía y la sociedad en general, descubrimos que pasado un año de mandato siguen sin ni siquiera comprender como es el funcionamiento de la gestión pública ni la estructura del Estado, lo que está implicando un deterioro acelerado de la infraestructura vial y los servicios públicos, perdiendo excelencia la Academia ecuatoriana, incrementándose aceleradamente el mal estado de los centros escolares y viéndose los hospitales con carencia de medicinas y personal sanitario para la atención demandada.

En pocas palabras, el diseño de la hoja de ruta realizada para la salida de la crisis recae sobre las espaldas de los sectores más débiles de nuestra sociedad, lo que mantiene la balanza de este país muy desequilibrada a favor de la fracción más privilegiada bajo un proyecto político que busca normalizar tanto la exclusión como la precarización de la vida de nuestra gente.

Riesgos y retos a futuro

Pero la crisis más grave que atraviesa el país no es la económica, la cual ya de por sí es considerable, sino la política e institucional. Todo atisba a una crisis orgánica, aquello que Antonio Gramsci definía en sus Quaderni del Carcere como el agotamiento del marco institucional, es decir, cuando el conjunto de lo existente no es capaz de ofrecer soluciones institucionales ni integración cultural y simbólica a los anhelos de grandes capas de la población dentro del actual orden constituido.

Nuestro establishment político se muestra en su cotidianidad como incapaz de ofrecer y hacer una política útil para la sociedad; todos los partidos políticos hoy existentes en la cartografía política nacional nos llevan al camino de lo viejo; no hay nada menos erótico que la política institucional ecuatoriana; los auto-definidos como intelectuales -tanto del ecosistema político la izquierda como de la derecha- no hacen más que teorizar y emitir consignas sobre lo que ya conocemos, es decir, repiten lo que uno ya sabe demostrando sus falencias en el ámbito de la frescura intelectual; y en el caso de la izquierda el correísmo, tras una década de gobierno y su actual práctica en la Asamblea Nacional y discursos en foros internacionales, logró convencernos de que militar en las filas del progresismo carece de atractivo y sex appeal para todo aquel que no tenga como ambición personal escalar en su debido momento en las estructuras de poder el Estado.

Entre unos y otras convirtieron a la política ecuatoriana en una máquina de fabricar decepciones, a través de la cual los liderazgos políticos nacionales, sin excepción, se muestran incapaces de comprender que es en los momentos en que se rompen las bases materiales que antaño permitieron antiguos consensos cuando se generan los momentos propicios para articular las transformaciones sociales que toda sociedad viva periódicamente necesita.

En un Ecuador que necesita urgentemente cambios, lo que evidentemente no quiere el poder político y económico en manos conservadoras, el izquierdismo clásico mantiene una visión instrumental del Estado entendiendo que lo único realmente importante es en manos de quien está dicho Estado, lo que a la postre implica que el país carezca de vectores de cambio. En fin, decía Nietzsche que “no hay hechos, solo interpretaciones” pero quizás para aquellos que se reivindican del ala dura de la vieja izquierda y que se vanaglorian de considerarse marxistas les vendría bien una re-lectura de los textos de aquel viejo barbudo: para Marx el Estado nunca fue el reino de la razón, sino de la fuerza y los fetiches; no era el reino del bien común, sino del interés parcial; nunca tuvo como fin el bienestar de todos sino de quienes detentar el poder; tampoco fue la salida del “estado de la naturaleza” sino su continuación de otra forma, es más, para Karl Marx la salida del “estado de naturaleza” debía coincidir con el fin del Estado. Así que estimados lectores, este es el estado de situación de la “empanada mental” de las izquierdas ecuatorianas, y recordando aquella frase del filósofo mayo-sesentista Gilles Deleuze que decía que “la izquierda necesita que la gente piense” sería cuestión de preguntarse: ¿qué es lo que pasa cuando ni siquiera piensa la izquierda?

Sería José Ortega y Gasset, principal exponente del movimiento novecentismo español, quien diría aquello de “no me pidan que sea coherente con mis ideas, pídanme que se coherente con la realidad…”, así que vayamos al quid de la cuestión. Más allá de lo anterior, lo más grave que nos sucede en la actualidad política nacional es que se sustituyó el antagonismo social por la competición entre partidos, lo que hace que no haya cabida para articular las transformaciones radicales que hoy por hoy el país y nuestra sociedad necesita. Esto ha hecho que vivamos en una democracia en crisis, una democracia diabética donde no existe insulina que permita que la glucosa entre en sus células para suministrarles energía.

Lo previamente expresado convirtió al Ecuador en un país fracturado en mil pedazos, pero no porqué la gente vote por diferentes partidos políticos o por el hecho de que no avale al gobierno nacional de turno, sino porque la sociedad ecuatoriana en su mayoría no tiene ninguna seguridad sobre su futuro, no sabe en que va a trabajar ni de que va a vivir y en el caso de los más jóvenes ni siquiera que quiere estudiar si es que quiere realmente quiere estudiar algo. Pese a que tengamos muchas figuras nuevas ejerciendo como autoridades locales o nacionales su forma de concebir la política es vieja y caduca, con grandes carencias en materia de innovación ideológica y no adecuada a los actuales tiempos. Utilizando la terminología clásica de las ciencias políticas, podríamos decir que el conservadurismo hoy es tanto de derechas como de izquierdas, lo cual implica una situación que ya no podemos definir como grave sino como muy grave.

Fruto de lo anterior, política y sociedad llevan tiempo divorciadas en Ecuador. Hablemos claro, la política institucional hoy solo le interesa a los políticos y a los periodistas que la cubren, más allá de una pequeña porción de enfermos mentales de la que -si me permiten el chascarrillo- posiblemente usted, en este momento lector de este texto, y seguro yo formamos parte. Vivimos un momento de retroceso del sistema político ecuatoriano, así como de hartazgo de la sociedad y el votante respecto a la política. Si el voto no fuera obligatorio bajo sanciones de orden administrativo posiblemente el ausentismo electoral se elevaría por encima del 60%.

Ecuador ya es en la práctica un “Estado fallido”, entendiendo a este como el tipo de Estado que no solo es incapaz de proveer de bienestar a su población, sino que a la vez, pasa a representar un riesgo para la seguridad de su entorno regional, en nuestro caso debido a la penetración de las redes delincuenciales del narcotráfico en ámbitos como la justicia, los cuerpos de seguridad e incluso la política. Respecto a esto último cabe indicar que serán muchas las campañas electorales en territorios estratégicos que se financiarán en las próximas elecciones seccionales con plata del narcotráfico, sin importar las tiendas políticas auspiciadoras de cada uno de los candidatos implicados.

En un país donde durante el pasado año se reportó un feminicidio cada 47 horas (186 feminicidios en 2021), la tasa de empleo adecuado ronda apenas el 30% del PEA y en menos de cuatro meses transcurridos del presente año se reportan más de 1.200 muertes violentas, estamos a un tris de que las élites nacionales se doten de sus propios mecanismos de seguridad privada pasándose por la nariz aquello del monopolio de la violencia legítima por parte del Estado – el gewaltmonopol des staatesweberiano- lo que implicará acentuar aún más la indefensión ya existente en la que vive la sociedad de los comunes ecuatoriana.

Cincuenta y cuatro años atrás, en aquel interesante momento en que Karl Marx y Sigmund Freud se encontraron en el ámbito de lo que fue la construcción política de la subjetividad, en los muros de la Sorbona de Paris alguien grafiteó una consigna que decía: “yo participo, tu participas, él participa, nosotros participamos, vosotros participáis y ellos se aprovechan”. Pues bien, para el 90% de los ciudadanos ecuatorianos la única participación en democracia que realizan durante toda su vida es ir a votar cada cuatro o dos años si es que se intercalan las elecciones seccionales entre las presidenciales. Pese a ello, hoy varias fuerzas políticas y líderes sociales que de forma directa o indirecta auspiciaron que Guillermo Lasso llegase al gobierno de nación nos hablan de revocar al presidente de la República como si esto fuera algo novedoso y propio de la legislación ecuatoriana, ignorando que dicha potestad ciudadana estaba ya recogida en los articulados normativos de la Comuna de París allá por 1871. Pero lo más grave es que olvidan que más allá del presidente de turno es el sistema democrático nacional, su sistema de partidos y su casta política la que no le ha cumplido a la ciudadanía ecuatoriana. Esto hace que estemos viviendo el momento más bajo de confianza institucional de por los menos los últimos quince años de la historia política contemporánea del Ecuador.

Pero como decía Michel Foucault, “lo propio del saber no es ni ver ni demostrar, sino interpretar”. Dicho esto vamos al meollo de la cuestión: para la mayoría de las y los ecuatorianos el clivaje izquierda vs derecha no es más que algo alegórico,  una etiqueta carente de contenido dado que apenas se les distingue, situándose la centralidad del tablero político nacional bajo aquella fractura gramsciana de lo nuevo frente a lo viejo, es decir, nuevos movimientos ciudadanos frente a los viejos -por jóvenes en edad que sean- políticos convencionales y es aquí donde está el mayor factor de riesgo pero también un interesante reto como sociedad.

Lo anterior responde a que el estado anímico de la sociedad ecuatoriana es tan negativo y posiblemente con consecuencias tan imprevisibles que puede materializarse bajo dos escenarios absolutamente opuestos entre sí: por un lado y siendo optimistas, las fallas del sistema por arriba podrían conllevar a tensiones emancipatorias que generen el desborde por los de abajo, generando las condiciones para que las cosas cambien impulsando transformaciones para bien en el país y su gente, aunque para ello haya que políticamente construir bajo la premisa de la diversidad, algo con lo que las izquierdas locales demuestran tener serios problemas; pero por otro y desde una visión más oscura o pesimista, es la ultraderecha quien en el momento actual está demostrando a nivel global mayor capacidad para entender las pasiones sociales en las que vivimos y quien ha tenido la capacidad de realmente asumir el discurso de la innovación y el cambio, lo cual implica el riesgo de que lo que está por venir podría ser un modelo social y político todavía más injusto y autoritario del ya actualmente existente.

Jason Read: «Marx y Foucault: trabajo abstracto y poder disciplinario»

Jason Read

Marx usa el mismo término, trabajo abstracto, para referirse a dos problemas y prácticas diferentes, pero no necesariamente contradictorios. En primer lugar, el trabajo abstracto es el irreconocido equivalente que producen los diversos intercambios del mercado y que los sostiene. Un equivalente que no es solo la precondición del intercambio de bienes, sino también del intercambio de trabajo en el mercado. De este modo, dado que el trabajo abstracto, en este primer sentido, es inseparable de un equivalente puesto entre las mercancías en el mercado y una hora de trabajo, sirve como ideología “espontánea”[1]. El segundo problema abarca una práctica diferente, una producción diferente: la producción de trabajo abstracto dentro de las diversas sedes de la producción –el trabajo abstracto no como apariencia, o ideología, sino como un efecto de las relaciones de poder y las transformaciones tecnológicas que cancelan las diferencias individuales de fuerza, habilidad o resistencia. La unificación de estos problemas y sentidos diferentes bajo un mismo nombre, podría verse como una desafortunada “pobreza de lenguaje”, la confusa mezcla de dos conceptos distintos bajo el mismo término, o podría ser una indicación de la intersección e inseparabilidad del consumo y la producción, la ideología y el poder, como elementos constitutivos del modo de producción[2].

En el proceso de trabajo, el capitalista emplea diversos individuos, o cuerpos, y debe extraer de ellos no sólo fuerza de trabajo, sino la media social de fuerza de trabajo. Como expone Marx:

Otra condición es el carácter normal [normale Charakater] de la fuerza misma de trabajo. Ésta ha de poseer el nivel medio de capacidad, destreza y prontitud prevaleciente en el ramo en que se la emplea. Pero en el mercado laboral nuestro capitalista compró fuerza de trabajo de calidad normal. Dicha fuerza habrá de emplearse en el nivel medio acostumbrado de esfuerzo, con el grado de intensidad socialmente usual. El capitalista vela escrupulosamente por ello, así como por que no se desperdicie tiempo alguno sin trabajar. Ha comprado la fuerza de trabajo por determinado lapso. Insiste en tener lo suyo: no quiere que se lo roben. Por último y para ello este señor tiene su propio code pénal, no debe ocurrir ningún consumo inadecuado de materia prima y medios de trabajo. (CI 237/211).

Aunque la producción de trabajo abstracto implica la transición desde la cualidad –los diversos cuerpos que son puestos a trabajar– a la cantidad –la hora calculable de tiempo de trabajo–, no es reducible a esta transición dialéctica. El trabajo no es un inerte colector de cualidades que es homogeneizado y cuantificado; por el contrario, es una multitud de cuerpos que resisten a través de su irreducible pluralidad y heterogeneidad. Por ello, la transición de la cualidad a la cantidad abre otro problema: el problema político del control del trabajo vivo.

En el capítulo anterior vimos que la acumulación originaria no era simplemente una transformación violenta –los violentos dolores de parto del nacimiento del modo de producción capitalista–, era en sí misma una transformación de la forma de la violencia –de la esporádica y cruel violencia del modo de producción feudal a los actos más o menos cotidianos de la explotación y la dominación. Marx indica la transformación a través de una serie de figuras, o alegorías, en las que aspectos del poder soberano, o incluso el poder antiguo, se desplazan de la esfera política y se colocan dentro del modo de producción capitalista. Por ejemplo, escribe Marx en el mismo párrafo de “la sagacidad legislativa de los Licurgos fabriles” y que en “el código fabril en el cual el capital formula, como un legislador privado y conforme a su capricho, la autocracia que ejerce sobre sus obreros sin que en dicho código figure esa división de poderes de la que tanto gusta la burguesía, ni el sistema representativo, aun más apetecido por ella” (CI 517/447). Marx utiliza todos los personajes y figuras de la historia mundial desde la antigua Grecia al despotismo asiático para presentar el poder del capital. Más allá y dentro de estas figuras retóricas de poder, Marx mantiene un comparación sostenida entre la supervisión de los trabajadores dentro del modo de producción capitalista y la disciplina militar.

La subordinación técnica del obrero a la marcha uniforme del medio de trabajo y la composición peculiar del cuerpo de trabajo, integrado por individuos de uno u otro sexo y pertenecientes a diversos niveles de edad, crean una disciplina cuartelaria [kasernenmäßige Disziplin] que se desenvuelve hasta constituir un régimen fabril pleno y que desarrolla completamente el trabajo de supervisión ya mencionado con anterioridad y por tanto, a la vez, la división de los obreros entre obreros manuales y capataces, entre soldados rasos de la industria y suboficiales industriales. (CI 517/447)

Estas figuras y formulaciones podrían entenderse a la manera de una lectura sintomática althusseriana, como figuras que sustituyen al concepto ausente: el concepto de la forma de poder producida por el modo de producción capitalista y productora del mismo[3].

Este concepto ausente ha sido producido quizás por Foucault. Aunque Foucault no pretendió completar, o hilar, las observaciones de Marx sobre la formación de poder en el modo de producción capitalista, al ofrecer una investigación del poder en el capitalismo, sus análisis del poder disciplinario confluyen con Marx en varios puntos. Primero, como he señalado, se da una transición desde el poder organizado de acuerdo con la “ley” y su “trasgresión” al poder organizado según una norma. El poder organizado de acuerdo con la ley, lo que Foucault llama “poder soberano” sólo puede responder o castigar en relación con una trasgresión. Es por naturaleza binario: sólo hay dos términos: legal o ilegal[4]. Una “norma” por el contrario, permite una infinita graduación de distinciones –uno siempre puede estar por debajo de una norma–, por ello siempre existe la posibilidad de una infinidad de intervenciones, vigilancia continua y perfeccionamiento[5]. Esta es quizás la distinción que Marx presenta en la figura del código penal que opera en la fábrica: no es únicamente que el poder político se desplace a un lugar diferente, sino que ese poder se transforma de tal manera que cambian su manera de funcionar, sus objetivos y sus técnicas.

La historia de la formación del capital es además una historia de técnicas y tecnologías de poder diferentes. Como resume Foucault: “podemos encontrar entre las líneas de El capital un análisis, o al menos un esbozo de análisis, de lo que sería la historia de la tecnología de poder tal como se ejercía en los talleres y las fábricas”[6]. En el centro de este esbozo hay un problema específico: la modificación de la estructura y el terreno de violencia que es parte de la formación del modo de producción capitalista. En los pasajes sobre la acumulación originaria, Marx ilustra este pasaje contraponiendo la violencia feudal, esporádica, excesiva y cruel –una violencia que atraviesa al estado– con la estandarizada coerción cotidiana de la fábrica capitalista. En este punto también, el análisis foucaultiano del poder disciplinario puede leerse como una elaboración de la teoría de la transformación del poder y la violencia que despunta en Marx. Foucault argumenta que el poder disciplinario es tanto un efecto como una condición del surgimiento del capitalismo[7].

Antes de la formación del capitalismo, la riqueza feudal descansaba en la tierra y en los tesoros acumulados de los señores y soberanos, relativamente segura. Con el desarrollo del capitalismo, la riqueza o producción de valor se hizo dependiente de la intersección entre los cuerpos de los trabajadores y un aparato productivo cada vez más caro (maquinaria, herramientas, redes de transporte). Esta transformación expone la riqueza y el poder de la clase burguesa recién surgida a nuevos tipos de ilegalidad: un nivel completo de “ilegalidades” cotidianas –robos, sabotajes y ocupaciones– que el viejo sistema podía tolerar, se vuelven ahora intolerables. “La manera en que la riqueza tiende a invertirse, de acuerdo con unas escalas cuantitativas completamente nuevas, en las mercancías y las máquinas, supone una intolerancia sistemática y armada respecto del ilegalismo”[8]. Al mismo tiempo que la nueva rejilla de poder se inserta en las redes de propiedad, defendiendo y guardándolas, actúa sobre los sujetos –haciéndolos no sólo obedientes sino productivos. “El problema que se plantea entonces es el de fijar a los obreros al aparato de producción, de incardinarlos o desplazarlos allí donde se los necesita, de someterlos a un ritmo fijo, de imponerles la constancia y la regularidad que dicho ritmo implica, en suma, constituirlos en fuerza de trabajo”[9]. De este modo, con el capitalismo emergen un “conjunto de técnicas por las que el cuerpo y el tiempo de los hombres se convierten en fuerza de trabajo y tiempo de trabajo”[10]. El poder disciplinario produce una población, o sujeto del trabajo, que es a un tiempo productiva, según las normas y exigencias del trabajo abstracto, y dócil.

Aunque el análisis foucaultiano del poder disciplinario ofrece en parte una elaboración y clarificación de la forma de poder que coincide con el desarrollo del modo de producción capitalista, sigue habiendo una profunda diferencia entre Foucault y Marx sobre el progreso histórico y la formación de este tipo de poder. El análisis foucaultiano del “poder disciplinario” encuentra su lugar en una genealogía de las estructuras contemporáneas al poder moderno, mientras que los comentarios y figuras que Marx expone de la formación de poder en el capitalismo se colocan sobre el fondo de un amplio examen, de varios exámenes entre los que sobresalen la historia de la formación y transformación del modo de producción capitalista y el aumento de la extracción intensiva y extensiva del plusvalor. Esta diferencia no es sólo una distinción entre los fondos sobre los que se expone un concepto, en último término es una distinción en lo que llamé anteriormente “lógica de la presentación”. Esto es, lo que está en juego entre estas dos presentaciones diferentes no es sólo una cuestión de filosofías de la historia rivales –una historia de las diferentes formaciones de poder y el modo en que invisten el cuerpo como opuesta a una historia del modo de producción capitalista–, sino más bien una comprensión de la materialidad del poder. Por materialidad me refiero a los efectos complejos y múltiples que el poder ejerce, no únicamente sobre otros poderes, o estrategias, sino también la inscripción de los efectos de poder en diferentes prácticas e instituciones.

Enmarcadas de esta manera, podemos ver las más sorprendentes similitudes y diferencias entre las concepciones del poder de Marx y Foucault. En cuanto a las similitudes, podemos encontrar en ambos una concepción “transversal” del poder: el poder no se localiza en un nivel o instancia del campo social, como el estado, sino que atraviesa las diferentes instituciones y prácticas[11]. El poder es heterogéneo: sólo podemos hablar de poderes y de sus interacciones diversas[12]. Una consecuencia de esta concepción del poder es que a pesar de la atención que Marx y Foucault prestan a la historia concreta de las instituciones (prisiones, hospitales y fábricas, etc.), estas instituciones no explican por sí mismas las relaciones sociales y el conflicto, sino que deben ser explicadas por las relaciones de poder[13]. Así, Marx y Foucault se vinculan quizás en el simple hecho de que ambos deben producir un concepto al nivel más alto de “abstracción” para dar cuenta de las relaciones de poder que atraviesan el campo social. Para Marx, este concepto es el de modo de producción, que no es sólo la economía, sino la relaciones complejas y mutuamente determinadas entre lo económico, lo político y las relaciones sociales. En palabras de Marx:

En todos los casos es en la relación directa entre los propietarios de las condiciones de producción y los productores directos, relación ésta cuya forma eventual siempre corresponde naturalmente a determinada fase de desarrollo del modo de trabajo y, por ende, a su fuerza productiva social, donde encontraremos el secreto más íntimo, el fundamento oculto de toda la estructura social, y por consiguiente también de la forma política que presenta la relación de soberanía y dependencia, en suma, de la forma específica del estado existente en cada caso[14].

El concepto de modo de producción cortocircuita cualquier división a priori entre la esfera política y la esfera económica, una división constitutiva no sólo de la economía política burguesa sino también de la teoría política en general[15]. Reemplaza esa división con una historia de las relaciones complejas entre una relación particular de trabajo –las condiciones tecnológicas– y el estado. Una violación similar de la división entre lo económico y lo político recorre la comprensión foucaultiana del poder disciplinario. El poder disciplinario se entrelaza con las nuevas tecnologías y las exigencias de producción tanto como con los nuevos desarrollos en el código penal. Como argumenta Balibar:

“Disciplina” y “micro-poder” representan por tanto al mismo tiempo el otro lado de la explotación económica y el otro lado de la dominación jurídico-política de clase, que hacen posible ver como una unidad; es decir, entran en juego exactamente en el punto del “corto-circuito” que Marx establece entre economía y política, sociedad y estado[16].

Es más, la idea foucaultiana de dispositivo (Dispositif) está escrita contra toda supuesta división o estructura causal de prácticas divergentes. Un dispositivo está constituido por un conjunto heterogéneo de prácticas –por ejemplo, en el caso del “dispositivo disciplinario”, éste incluiría una relación legal particular, una relación económica, formas arquitectónicas (la prisión y la fábrica), así como toda una serie de discursos y formas de conocimiento. El dispositivo foucaultiano se acerca a ciertas dimensiones del concepto de modo de producción acuñado por Marx: en ambos casos se trata de la articulación de las relaciones entre elementos dispares. Para Foucault, la conexión entre los diversos elementos es generada únicamente por una relación específica de poder o situación estratégica.

El dispositivo se constituye propiamente como tal, y sigue siendo dispositivo en la medida en que es el lugar de un doble proceso: proceso de sobredeterminación funcional, por una parte, puesto que cada efecto, positivo o negativo, querido o no, llega a entrar en resonancia, o en contradicción, con los otros, y requiere una revisión, un reajuste de los elementos heterogéneos que surgen aquí y allá. Proceso, por otra parte, de perpetuo relleno estratégico. Tomemos el ejemplo del encarcelamiento, ese dispositivo que hizo que en un momento dado las medidas de detención parecieran el instrumento más eficaz, más razonable, que se pudiera aplicar al fenómeno de criminalidad. ¿Qué produjo esto? Un efecto que no estaba de ningún modo previsto de antemano, que no tenía nada que ver con una argucia estratégica de algún sujeto meta o transhistórico que se hubiera dado cuenta de ello o la hubiera querido[17].

Las aparentemente estáticas y estables formas e instituciones del campo social y político deben conectarse en cada caso con las relaciones y los conflictos de poder que las provocan y determinan.

Negri sugiere que el uso que Marx hace del término “modo de producción” abarca tanto un sentido histórico mundial –el paso del modo de producción asiático al capitalista, desarrollado de manera más intensa en el cuaderno sobre las formaciones económicas precapitalistas– y, en menor escala, la transformación de las condiciones tecnológicas y sociales del trabajo desde la artesanía a la industria a gran escala, analizada en El capital[18]. Poniendo entre paréntesis por un momento la decisión de Negri de identificar la segunda definición de modo de producción como la “apropiada”, es posible encontrar otro importante paralelismo con Foucault. Como escribe Deleuze respecto a Foucault:

Esta tesis sobre los dispositivos de poder me parece que presenta dos direcciones, en absoluto contradictorias, pero distintas. De todas formas, estos dispositivos eran irreductibles a un aparato de Estado. Pero en una dirección, consistían en una multiplicidad difusa, heterogénea, de micro-dispositivos. En otra dirección, reenviaban a un diagrama, a una especie de máquina abstracta inmanente a todo el campo social (como el panoptismo, definido por la función general de ver sin ser visto, aplicable a una multiplicidad cualesquiera). Eran como dos direcciones de microanálisis, igualmente importantes, ya que la segunda mostraba que Michel no se contentaba con una “diseminación”[19].

Tanto para Foucault como para Marx, la “estructura”, dispositivo o modo de producción, se amplía, por un lado, para incluir el campo social entero, mientras se reduce, por el otro, para incluir la multiplicidad de ejemplificaciones espaciales específicas de esta estructura. Como escribe Marx en los Grundrisse: “La producción es siempre una rama particular de la producción –vg., la agricultura, la cría del ganado, la manufactura, etc.– o bien es una totalidad” (G 6/21). Es con respecto a esta primera dirección, el dispositivo específico o la rama particular de la producción, como la estructura es identificada de modo más completo e implicada dentro de una instancia concreta e incluso tecnológica como la fábrica o la prisión. Si estas direcciones no son, como argumenta Deleuze de Foucault, contradictorias, son al menos no idénticas. La relación entre las dos direcciones es de tensión: entre la causa inmanente y sus instancias específicas. El capitalismo, el modo de producción capitalista, no puede identificarse con la fábrica, del mismo modo que el poder “disciplinario” no puede identificarse con la prisión. El campo social inmanente está constituido por una multiplicidad de dispositivos o relaciones, en el caso del capitalismo, el modo de producción está además constituido por las relaciones de distribución y consumo, que, aunque constitutivas del campo social, poseen lógicas diferenciadas y divergentes de aquellas que se encuentran en la producción propiamente dicha[20]. La no identidad de las dos direcciones de análisis –las relaciones inmanentes del campo social y las estructuras concretas– es también la no identidad de las estrategias antagonistas que atraviesan estos vectores. Las resistencias a pequeña escala, en la fábrica o la prisión, producen diferentes efectos a gran escala.

Marx y Foucault divergen también respecto a la lógica y las relaciones de antagonismo. Para Marx, la multiplicidad de instancias de lucha son siempre reducibles, al menos virtualmente, al conflicto sobre la explotación, con la reducción del tiempo de trabajo y la materialidad de la necesidad, a un lado, y la demanda de explotación –la reducción del trabajo necesario y el aumento del plusvalor– al otro. Mientras que en Marx hay un primado del antagonismo, con su bifurcación implícita de lo social, en Foucault encontramos un agonismo, la multiplicidad de relaciones conflictivas[21]. Marx dio diferentes versiones de esta reducción: a veces, como en La ideología alemana, descansa en la tendencia histórica a la “proletarización”, la reducción de todas las funciones sociales al trabajo y la reducción de todo trabajo a sus formas más simples y precarias; en otras ocasiones, sobre todo en los Grundrisse, la simplificación de los antagonismos se asienta en el desarrollo de las fuerzas productivas hasta el punto en el que el trabajo se agota como base del valor[22]. Por otro lado, Foucault mantiene una pluralidad o multiplicidad fundamental de las relaciones de poder. Cualquier división o dualidad del poder en dos bandos debe producirse por una interconexión de los varios y singulares espacios de poder[23].

Marx y Foucault pueden diferenciarse también, o incluso oponerse, respecto al modo como sitúan el problema de la subjetividad[24]. Mayormente, Marx subordina el análisis de la producción de la subjetividad a un análisis de la producción material: las transformaciones de la subjetividad son tenidas en cuenta sólo en tanto que se entrelazan con las transformaciones y conflictos de la producción material. Sin embargo, esta marginación del problema de la producción de la subjetividad se complica profundamente gracias al reconocimiento que Marx realiza de la co-implicación del capitalismo y el poder subjetivo abstracto del trabajo vivo. En Marx hay un reconocimiento de la actividad subjetiva abstracta que es constitutiva del modo de producción combinada con fragmentos incompletos hacia un análisis del modo en que este potencial se forma en sujetos concretos y determinados. Es posible encontrar en la obra de Foucault, si no un énfasis opuesto, al menos un énfasis que puede oponerse a Marx productivamente. Foucault se centra casi exclusivamente en el modo en que los diferentes regímenes de poder constituyen diferentes sujetos, y a veces este interés parece excluir virtualmente cualquier cosa que se parezca a un pensamiento de la actividad subjetiva abstracta que excede este proceso de sujeción[25]. Sin embargo, en los últimos trabajos de Foucault, la inmanencia de la producción de la subjetividad en las relaciones de poder y saber forma pareja con una creciente insistencia en la irreductibilidad de la subjetividad a las condiciones de su producción. Es un efecto del poder, pero no es nunca sólo un efecto del poder. Como escribe Deleuze: “La idea fundamental de Foucault es la de una dimensión de la subjetividad derivada del poder y el saber sin depender de ellos”[26]. La subjetividad no es exterior a las relaciones de poder, pero constituye una dimensión añadida, que es la posibilidad de resistir, para una invención irreductible a sus condiciones. Por ello, lo que en principio aparece como una diferencia de énfasis, o incluso una comprensión diferente del término subjetividad –Marx se centra en un potencial subjetivo abstracto anterior a la sujeción, mientras que Foucault lo hace en los modos particulares de sujeción– puede también entenderse como un modo diferente de enmarcar la inmanencia de la subjetividad en la “estructura”[27]. En Marx, la inmanencia de la subjetividad en el modo de producción capitalista se plantea a través de la inmanencia del trabajo vivo en el capital –para Foucault es la inmanencia de la subjetividad en las relaciones de poder y saber que la producen. La relación entre las dos ideas bordea una inversión: con Marx, la subjetividad –el poder del trabajo vivo– es inmanente en la estructura –el capital– que produce; mientras que en Foucault, la subjetividad –la específica subjetividad constituida históricamente– es inmanente en las estructuras –las relaciones de saber y poder– que la producen.

No se trata de desarrollar una explicación exhaustiva de la relación entre Foucault y Marx, sino de desarrollar los problemas específicos en la lógica de la relación entre el trabajo vivo y el abstracto. Lo que se estableció arriba como un conjunto de agudas divergencias entre Marx y Foucault será replanteado como una serie de preguntas o problemas para el examen de esta relación[28]. Primero, ¿cuál es la relación entre la pluralidad de las instancias conflictivas y la dualidad del antagonismo? En otras palabras, ¿cuál es la relación entre la complejidad del modo de producción –el entrelazamiento de las prácticas política, económica, social y técnica– y el antagonismo dual entre el trabajo dirigido a las necesidades, los deseos y el poder creativo de los sujetos trabajadores y el trabajo como actividad subordinada a la demanda de plusvalor? Segundo, ¿cómo es posible pensar el trabajo vivo, y la subjetividad que implica, como inmanente por entero en el capital (como productivo y producido) sin reducirlo a un mudo efecto del capital? Inversamente, ¿cómo es posible pensar la invención o la resistencia sin recurrir a una dimensión de transcendencia? Si tenemos un gusto por la generalidad, o la historia intelectual, estos dos problemas pueden reformularse como una cuestión de la relación entre subjetividad y estructura.

Fragmento de Read, Jason, La micropolítica del capital. Marx y la prehistoria del presente, trad. Aurelio Sainz Pezonaga, Ciempozuelos, tierradenadie ediciones, 2016.

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NOTAS:

Reproducimos este fragmento con permiso de la State University of New York Press © 2003. El título es del editor.

[1] Althusser apunta que la “ideología burguesa del trabajo” se funda en parte sobre la idea de una equivalencia, que el trabajo se paga por su valor. El otro elemento de esta ideología incluye la ideología jurídico-moral del contrato y la idea de la neutralidad de la división técnica del trabajo, un punto sobre el que habrá que volver (Sur la reproduction, 67). Esta ideología es “espontánea” en la medida en que es producida por las propias prácticas sin que sea necesaria la imposición de una ideología oficial. Más adelante, Althusser clarifica que no hay algo así como una ideología verdaderamente espontánea, una ideología que sería el efecto secundario necesario de una práctica determinada, ya que las diferentes y divergentes ideologías espontáneas entran en relaciones conflictivas (Ibíd., 115).

[2] “La ideología del mercado no es un lujo o un adorno ideacional representativo suplementario que podamos apartar del problema económico para después enviarlo a una morgue cultural o superestructural a que lo diseccionen los especialistas. Lo genera de algún modo la cosa misma como imagen derivada suya, necesariamente objetiva; de alguna forma, ambas dimensiones deben registrarse juntas, en su identidad tanto como en su diferencia” (Fredric Jameson, Teoría de la postmodernidad, 199-200)

[3] “Filosofía”, 32-33/22-23.

[4] A pesar el hecho de que la ley soberana tenga sólo dos términos, no está en absoluto empobrecida semióticamente. Más bien, lo que revela el análisis foucaultiano es una compleja economía de signos: la tortura y ejecución del cuerpo del condenado tienen como uno de sus elementos centrales la significación del poder soberano (Vigilancia, 52/52). El argumento de Foucault respecto a la semiótica del poder soberano puede entenderse como similar a la exposición que realizan Deleuze y Guattari respecto a la centralidad de los códigos en la sociedad precapitalista.

[5] Ibíd., 189/184.

[6] Michel Foucault, “Les mailles du pouvoir”, 189.

[7] Ibíd., 200. Esta conferencia, que fue presentada por primera vez en Brasil en 1981, constituye la mayor valoración de la influencia de la relación entre Foucault y Marx. No sólo conecta en ella el surgimiento del capitalismo con el poder disciplinario, una declaración que puede encontrarse a lo largo de la obra de Foucault, sino, más importante, y menos común, localiza en la obra de Marx un pensamiento complejo sobre el poder. Esta última afirmación contrasta fuertemente con otra en La historia de la sexualidad o en sus escritos sobre poder / saber en los que Foucault defiende que Marx, y sobre todo, el marxismo continúa atrapado en un concepto soberanista de poder en el que éste se ve como algo que puede poseerse en lugar de como una relación.

[8] Vigilar, 90/88.

[9] Michel Foucault, “The Punitive Society”, 33–34.

[10] Michel Foucault, “La vérité et les formes juridiques”, 622. En este texto Foucault argumenta específicamente contra un marxismo tradicional que entiende el trabajo como la esencia concreta del hombre y, por ello, sólo puede entender la explotación como la alienación de esta esencia y no como la producción de una relación.

[11] Aunque el término transversalidad está tomado de la obra de Félix Guattari (Molecular Revolution: Psychiatry and Politics, 17), el mismo Foucault usa el término para referirse a las luchas políticas posteriores a mayo de 1968, que provocaron su replanteamiento del poder (“The Subject and Power”, 211).

[12] Foucault, “Les mailles du pouvoir”, 187.

[13] Gilles Deleuze, Foucault, 105/82

[14] Karl Marx, El capital. Tomo III, 1007.

[15] Balibar desarrolla esta noción del “corto-circuito” de Marx en su artículo “The Notion of Class Politics in Marx”. Balibar escribe que “la relación laboral (como una relación de explotación) es inmediata y directamente económica y política; y la forma de la “comunidad económica” y el Estado ‘surgen’ al mismo tiempo a partir de esta ‘base’… En otras palabras, las relaciones de explotación laboral son a la vez la semilla del mercado (comunidad económica) y la semilla del estado (soberanía / servidumbre). Esta tesis puede y debe parecer desafinada y discutible cuando se observa desde una perspectiva estática… Sin embargo, puede ser más singularmente explicativa si la noción de ‘determinación’ recibe un sentido fuerte, esto es, si se la considera como el hilo conductor para analizar las tendencias de transformación del mercado y el Estado burgués en los dos siglos pasados o, incluso mejor, siguiendo el mejor ‘análisis concreto del marxismo’, para analizar las coyunturas críticas que pautan esta transformación tendencial y que precipitan sus modificaciones” (34).

[16] Étienne Balibar, “Foucault and Marx: The Question of Nominalism”, 51.

[17] Foucault, “El juego de Michel Foucault”, en Saber y verdad, 129-130.

[18] Antonio Negri, “Interpretación de la situación de clase hoy: aspectos metodológicos”, 86.

[19] Gilles Deleuze, “Desire and Pleasure”, 184.

[20] Eric Alliez y Michel Feher reúnen a Marx y Foucault enfatizando las divergencias espaciales de las diferentes estructuras, al tiempo que los sitúan dentro de la misma máquina abstracta: “De ahí que la sujeción como relación social inherente al capitalismo permee la sociedad entera: desde el sometimiento a las máquinas técnicas (productoras masivas de bienes) que permite la extracción de plusvalor, a la sujeción a los electrodomésticos (bienes producidos en masa) que asegura su realización, a través de la subordinación a los bienes públicos que garantiza el funcionamiento continuo del circuito de valorización (o al menos su recomienzo cotidiano). En todos los niveles, la sujeción va ligada a la independencia del sujeto: como trabajador libre, ciudadano responsable y, finalmente, como consumidor que maximiza su utilidad dentro de los límites impuestos por su salario… De modo más específico, es el entrecruzamiento de fronteras entre sectores –que pasa por la fábrica, la escuela, el supermercado– lo que actualiza la libertad individual al tiempo que garantiza su sujeción” (“The Luster of Capital”, 345).

[21] Aquí sigo las sugerentes observaciones de Balibar sobre el antagonismo en Marx y el agonismo en Foucault (“Conjunctures and Conjectures”, 33).

[22] Doy una presentación demasiado corta de dos argumentos muy diferentes y complejos. Sin embargo, mi intención es doble: primero, señalar que la proletarización, o la simplificación inevitable de los antagonismos de clase, no es la única narrativa que sustenta la persistencia del antagonismo en Marx; y segundo, comenzar a indicar una tensión en Marx y en el capitalismo, entre la proletarización y la socialización del trabajo.

[23] Este argumento lo desarrolla Foucault, como se sabe, de manera enérgica en La historia de la sexualidad I (114/127). Sin embargo, en un seminario impartido el mismo año en el que se publicó este libro, titulado “Il Faut Défendre la Société” Coursau Collège de France 1976”, Foucault desarrolla una genealogía de la concepción dualista o antagonista de la sociedad, el mito de la lucha de clases o racial demostraría los méritos tácticos y las limitaciones de una presentación de la sociedad de ese tipo.

[24] Sin respaldar necesariamente todo lo que dice, el siguiente pasaje de Balibar proporciona una sucinta exposición de esta diferencia: “Para Marx, la práctica es una producción externa par excellence, que produce efectos fuera de sí misma y, en consecuencia, produce también efectos de subjetivación (el conflicto que desarrolla en el área de los “medios de producción”), mientras que para Foucault, el poder es una práctica productiva que actúa en primer lugar sobre los cuerpos mismos, apuntando inicialmente a la individualización de la subjetivación (podríamos incluso hablar de “práctica para el yo” o “del yo”), produciendo por ello efectos de naturaleza objetiva, o conocimiento. Esto se resume en que la lógica foucaultiana de las relaciones de poder se apoya en la idea de la plasticidad de la vida, mientras que la lógica marxista de la contradicción (que interioriza relaciones de poder) no puede disociarse de su inmanencia dentro de la estructura (“Foucault and Marx”, 53).

[25] En estos términos critican Deleuze y Guattari a Foucault (Mil mesetas, 153) en una línea que sigue una lógica similar a la del trabajo vivo en Marx, para el que la cuestión no es sólo de resistencia, sino de un elemento creativo que es, a la vez, anterior y constitutivo de las estructuras que lo controlan. Sin embargo, a veces Deleuze presenta esto no como una crítica, sino atribuyendo a Foucault una idea de resistencia anterior a la dominación. “En Foucault hay un eco de las tesis de Mario Tronti en su interpretación del marxismo: la idea de una resistencia obrera que sería anterior con respecto a las estrategias del capital” (Foucault, 119n26).

[26] Deleuze, Foucault, 133-134/108–109.

[27] “Estructura” se usa aquí como referente genérico de dos conceptos divergentes: el modo de producción capitalista y el dispositivo de poder.

[28] Un segundo problema completamente distinto se da en uno de los modos específicos en los que Marx y Foucault convergen. Me refiero a un punto virtual, o incluso posible, ubicado en ciertas tendencias dentro de los textos de Marx y Foucault y actualizado en una historia de lecturas que han encontrado en Marx y Foucault un determinismo inevitable. Por supuesto, si Marx y Foucault llegan al determinismo, lo hacen por vías fundamentalmente distintas. Como ya he sugerido, la tendencia hacia el determinismo en Marx se entrelaza con su tendencia hacia el economicismo: el espacio social está enteramente determinado y apresado por las “leyes” de la economía; mientras que la tendencia foucaultiana hacia el determinismo es diferente: quizás pueda describirse como una creciente internalización de las relaciones de poder hasta el punto en que la subjetividad se hace idéntica a la sujeción. Como escribe Foucault: “El hombre de que se nos habla y que se nos invita a liberar es ya en sí el efecto de un sometimiento mucho más profundo que él mismo” (Vigilar, 36/34). No está dentro del propósito de este libro responder a las varías obras críticas que han convertido estas tendencias, en sí mismas inseparables de sus contratendencias, en la supuesta verdad de los textos de uno y otro autor, abriendo paso a un rechazo de los mismos sobre la base de su pesimismo insuperable (véase Warren Montag, “The Soul Is the Prison of the Body: Althusser and Foucault, 1970–1975”, 55). Más bien, estas tendencias resaltan la importancia y la naturaleza radical de la perspectiva del trabajo vivo, como es desarrollado por Tronti y Negri (implicitamente en el primero, de manera explícita en el segundo).

Fuente: Youkali

Una guerra ideológica sin ideología

Por Loris Caruso 

Uno de los aspectos más evidentes, aunque menos destacados, de la crisis internacional en curso es la falta de trasfondo ideológico. Política e ideológicamente, no hay «partidos» sobre el terreno, no hay oposición de valores clara y neta. Las alianzas y las posiciones se producen en un plano de inmediatez, se vinculan concretamente a las lecturas de la situación material que se está determinando, pero no pueden adquirir la dimensión y la profundidad del color político ni de la ideología.

Sobre el terreno están el poder, las armas, los cuerpos muertos, los cuerpos en fuga, las casas y las carreteras destruidas, los espacios físicos ocupados, por ocupar o liberar, los recursos físicos y materiales por los que hay que luchar, que comprar, vender o prohibir (después de que pareciera que lo digital iba a desmaterializar el mundo). Pero nada de esto se sublima en una representación política que dé un sentido, no solo inmediato y material, al conflicto.

Hace más de un siglo, la pluma anticipatoria de Nietzsche escribía que «en la era del nihilismo domina la voluntad de poder». Aquí estamos, en la desnuda voluntad de poder: la de quienes quieren adquirir, mantener o ampliar su estatus de potencia, y la de quienes quieren evitar su declive como única superpotencia económica y militar del mundo. Cuatro décadas de globalización y financiarización neoliberal nos han traído hasta aquí, al puro desencadenamiento al margen de valores de la lógica del poder, en un campo de escombros físicos que se acumulan sobre los escombros culturales producidos en décadas anteriores.

Se evoca una dimensión de valores del conflicto para legitimar éticamente las opciones materiales (como el aumento del gasto militar), pero esta evocación de valores («Somos la libertad y la democracia contra la autocracia») parece cansada, aplicada ya a demasiados contextos diferentes y de formas demasiado asimétricas e incoherentes como para tener la capacidad de asignar un significado a los acontecimientos.

Por eso estamos atrapados no sólo en la guerra sino también en el sinsentido, en un vacío cultural en el que es difícil atribuir una connotación política a las partes en conflicto. Los ucranianos califican de fascistas las políticas rusas; Putin afirma que debe desnazificar Ucrania. Fascistas contra nazis, esta es la representación mutua entre las partes. Zelensky es un líder político de cuño absolutamente posmoderno: ¿es progresista, es conservador? ¿Es amigo de los nazis que acechan en el batallón Azov o está dirigiendo una resistencia antifascista? ¿Es de derechas, es de izquierdas? Putin está aliado con las derechas radicales de medio mundo, pero a la izquierda pacifista se la califica hoy de «putinista». Un mapa ilegible.

El relato occidental -libertad frente a autocracia- recuerda la oposición entre «mundo libre» y comunismo de la Guerra Fría. Pero la Guerra Fría era también una guerra entre bloques políticos que estructuraban ideológicamente la lucha política en todas las latitudes.

Hoy en día no existe esta contraposición. No la hay ideológicamente, tal como he dicho. Pero ni siquiera políticamente. La contraposición democracia y «despotismo oriental» encuentra hoy en día democracias occidentales que no se parecen a las «democracias maduras» de los años 60 y 70, cuando, con todas sus limitaciones, aguzadas inervadas por los partidos de masas y la polarización ideológica, las democracias representativas alcanzaban su máximo histórico. Ahora tenemos democracias tan deshilachadas como las representaciones ideológicas de la Guerra Fría, que también escenifican su propia incapacidad de soportar el debate pluralista.

No hay siquiera una contraposición de carácter económico. La Guerra Fría era capitalismo contra socialismo real. Hoy en día, todas las fuerzas en juego entran en la categoría de «variedades de capitalismo»: el capitalismo ruso no es el norteamericano, que no es el chino, que no es el calemán, pero son todos capitalismos, todos dirigidos de alguna manera por oligarcas y oligarquías.

Junto a los riesgos radicales que estamos viviendo en términos militares, económicos y sociales, nos estamos precipitando en una guerra ideológica sin ideología, en una propaganda que difunde jeroglíficos imposibles de reconducir a un mapa que trascienda la violencia y el poder.

Precisamente aquí es donde puede comenzar el trabajo de quienes se ponen del lado de la paz, la negociación, el desarme y la complicada y larga construcción de un orden internacional multipolar y cooperativo. Aquí, a partir del vínculo concreto y ya efectivo entre los riesgos «físicos» que la guerra precipita sobre todos nosotros, los riesgos económicos y sociales que ésta implica para buena parte de las poblaciones, incluidas las occidentales (¿quién pagará la «lucha por la libertad»?), y la crisis de sentido, la falta de proyectos de sociedad y de construcciones político-culturales que dibujen los contornos de un mundo justo para vivir juntos. Todo ha vuelto a entrar en juego, y también por lo tanto también la necesidad de «grandes relatos» nuevos.

investigador especializado en movimientos sociales, conflictos laborales y participación política, es profesor ayudante de Sociología Política en la Scuola Normale Superiore de Florencia. Formado y doctorado en la Universidad de Turín, entre 2012 y 2016 trabajó en el departamento de Sociología e Investigación Social de la Universidad de Milano-Bicocca. Colaborador habitual de il manifesto, Entre otros ensayos, es autor de Il territorio della politica (2010), Trasformazioni del lavoro nell’economia della conoscenza. Analisi. Esperienze. Conflitti (2012) Capitalismo digitale e azione collettiva, Il Movimento 5 Stelle e la fine della politica y L’azione collettiva dei lavoratori precari: elaborazione simbolica, identità collettive, rapporto con i sindacati e con la dimensione politica. Una comparazione tra Italia e Spagna (2015). Ha publicado, además, artículos de investigación en revistas especializadas como «Politics & Society», «European Journal of Social Theory», «Thesis Eleven», «Capital & Class», «Participation & Conflict» y «Sociologica».

Fuente:

il manifesto

El debate de la inflación

Por Michael Roberts

El debate sobre la inflación entre los principales economistas continúa. ¿La cada vez más alta tasa de inflación de las materias primas se mantendrá por algún tiempo o es ‘transitoria’ y pronto disminuirá? ¿Es necesario que los bancos centrales actúen con rapidez y firmeza para ‘ajustar’ la política monetaria (es decir, reducir la inyección de crédito en los bancos mediante la compra de bonos públicos (QE) y comenzar a subir bruscamente las tasas de interés política? ¿O ese endurecimiento es una exageración y provocará una depresión?

He cubierto estos temas en varios artículos anteriores con cierto detalle. Pero vale la pena repasar algunos de los argumentos y la evidencia existente de nuevo porque la alta y creciente inflación está dañando severamente los medios de subsistencia y la prosperidad de la mayoría de los hogares en las economías capitalistas avanzadas e incluso es una cuestión de vida o muerte para cientos de millones en el llamado Sur Global de los países pobres. Ser desempleado es devastador para aquellos que pierden sus trabajos y para sus familias. Pero el desempleo afecta normalmente sólo a una minoría de los trabajadores en un momento dado. La inflación, por otro lado, afecta a la mayoría, particularmente a aquellos con bajos ingresos, cuando los productos básicos como la energía, los alimentos, el transporte y la vivienda importan aún más.

En un libro reciente, Rupert Russell señaló que el precio de los alimentos a menudo ha sido  históricamente decisiva. Actualmente, el índice mundial de precios de los alimentos se encuentra en su nivel más alto jamás registrado. El golpe afecta a las personas que viven en el Medio Oriente y África del Norte, una región que importa más trigo que cualquier otra, siendo Egipto el mayor importador del mundo. El precio de estas importaciones lo fijan las bolsas internacionales de productos básicos de Chicago, Atlanta y Londres. Incluso con los subsidios del gobierno, las personas en Egipto, Túnez, Siria, Argelia y Marruecos gastan entre el 35 y el 55 por ciento de sus ingresos en alimentos. Viven al límite: pequeños aumentos de precios provocan pobreza y hambre. Russell nos recuerda que el grano fue clave en casi todas las etapas de la Primera Guerra Mundial. Temiendo la amenaza a sus exportaciones de grano, la Rusia imperial ayudó a provocar ese conflicto global. A medida que avanzaba el conflicto, Alemania, también sufría de escasez de pan barato y buscaba apoderarse de la abundante cosecha de Rusia. “Paz, tierra y pan” era el eslogan bolchevique, y el éxito tuvo mucho que ver con el pan y el control de las nuevas rutas de cereales dentro de Rusia. Ahora, la invasión rusa de Ucrania pone en peligro la cosecha de estos dos principales exportadores de cereales.

De hecho, cuando se consideran los precios de los alimentos -uno de los principales contribuyentes, junto con los precios de la energía, a la espiral inflacionaria actual-, son evidentes las insuficiencias de las principales explicaciones de la inflación y sus remedios políticos. La inflación actual no es producto de una ‘demanda excesiva’ (keynesiana) o de ‘inyecciones monetarias excesivas’ (monetarista). Es el resultado de un ‘shock de oferta’: escasez de producción y ruptura de la cadena de suministro, inducida por la pandemia de COVID y luego por el conflicto entre Rusia y Ucrania. La recuperación después de la crisis del COVID en las principales economías ha sido vacilante: todas las principales agencias internacionales y consultoras de investigación analítica han reducido su pronóstico de crecimiento económico y producción industrial para 2022. Al mismo tiempo, estas agencias y bancos centrales han revisado al alza sus pronósticos de inflación y por el momento se mantendrá alta.

Los bancos centrales tienen poco control sobre la ‘economía real’ en las economías capitalistas y eso incluye cualquier inflación de precios en bienes o servicios. Durante los 30 años de desinflación general de precios (cuando los precios suben lentamente o incluso se desinflan), los bancos centrales lucharon por cumplir su objetivo habitual de inflación anual del 2% con sus armas habituales de tasas de interés e inyecciones monetarias. Y será la misma historia al tratar esta vez de reducir las tasas de inflación. Como he argumentado antes, todos los bancos centrales se quedaron dormidos mientras las tasas de inflación se disparaban. ¿Y por qué fue así? En general, porque el modo de producción capitalista no se mueve de manera constante, de forma armónica y planificada, sino de manera espasmódica, desigual y anárquica, con altibajos. Pero también malinterpretaron la naturaleza de la espiral inflacionaria, confiando en teorías erroneas de la inflación.

Yo diría  que este ‘shock’ del lado de la oferta es realmente una continuación de la desaceleración en la producción industrial, el comercio internacional, la inversión empresarial y el crecimiento del PIB real que ya había comenzado en 2019 antes de que estallara la pandemia. Sucedió porque la rentabilidad de la inversión capitalista en las principales economías había caído casi a mínimos históricos y, como saben mis lectores, es la rentabilidad lo que en última instancia impulsa la inversión y el crecimiento en las economías capitalistas. Si el aumento de la inflación es impulsado por una oferta débil en lugar de una demanda excesivamente fuerte, la política monetaria no funcionará.

Los monetaristas de línea dura piden fuertes aumentos en las tasas de interés para frenar la demanda, mientras que los keynesianos se preocupan por la inflación de los salarios, ya que el aumento de los salarios «obliga» a las empresas a subir los precios. Pero las tasas de inflación no aumentaron cuando los bancos centrales inyectaron billones en el sistema bancario para evitar un colapso durante la crisis financiera mundial de 2008-2009 o durante la pandemia de COVID. Todo ese crédito de dinero de la ‘flexibilización cuantitativa’ terminó como un financiamiento de coste casi nulo para la especulación financiera e inmobiliaria. La ‘inflación’ tuvo lugar en los mercados bursátiles y de vivienda, no en las tiendas. Lo que eso significa es que el ‘giro’ de la Reserva Federal de EEUU hacia las subidas de tipos de interés y la marcha atrás de la QE no controlarán las tasas de inflación.

La otra teoría dominante es la de los keynesianos. Argumentan que la inflación surge del ‘pleno empleo’ que eleva los salarios y de la ‘demanda excesiva’ cuando los gobiernos gastan ‘demasiado’ en tratar de reactivar la economía. Si hay pleno empleo, entonces no se puede aumentar la oferta y los trabajadores pueden hacer subir los salarios, obligando a las empresas a subir los precios en una espiral de salarios y precios. Por lo tanto, existe una compensación entre el nivel de desempleo y los precios. Esta compensación se puede caracterizar en una curva gráfica, que lleva el nombre de AW Phillips.

Pero la evidencia historica va en contra de la curva de Phillips como explicación del nivel de inflación. En la década de 1970, la inflación de precios alcanzó los máximos de la posguerra, pero el crecimiento económico se desaceleró y el desempleo aumentó. La mayoría de las principales economías experimentaron una «estanflación». Y desde el final de la Gran Recesión, las tasas de desempleo en las principales economías han caído a los mínimos de la posguerra, pero la inflación también se ha reducido a mínimos.

El keynesiano Larry Summers adopta el enfoque de la «demanda excesiva». Su opinión sobre la inflación es que el gasto público está impulsando el aumento de los precios al dar a los estadounidenses demasiado poder adquisitivo. Entonces es culpa de la administración Biden; la respuesta es volver a imponer la ‘austeridad’, es decir, recortar el gasto público y aumentar los impuestos. Nuevamente, podría preguntarle a Summers por qué no hubo una alta inflación cuando los gobiernos gastaron grandes cantidades para evitar un colapso bancario en la Gran Recesión, pero solo ahora.

Detrás de la teoría keynesiana de la inflación impulsada por los costes, inevitablemente viene el llamamiento político a la «moderación salarial» y a un desempleo aún mayor. Por ejemplo, el gurú keynesiano, Paul Krugman, ahora aboga por aumentar el desempleo para controlar la inflación en su columna del New York Times. Esto en cuanto a la afirmación de que el capitalismo puede sostener el ‘pleno empleo’ con una macrogestión juiciosa de la economía, al estilo keynesiano. Parece que, después de todo, la economía capitalista está atrapada entre la Escila del desempleo y la Caribdis de la inflación.

En cuanto a la moderación salarial, tanto los keynesianos como los banqueros centrales se han apresurado a lanzar tales llamamientos. El columnista keynesiano del Financial Times pide que la política monetaria sea“suficientemente estricta para… crear/preservar cierta flexibilidad en el mercado laboral». En otras palabras, la tarea debe ser crear desempleo para reducir el poder de negociación de los trabajadores. El gobernador del Banco de Inglaterra, Bailey, hizo el mismo llamamiento para, dijo, detener la inflación galopante. Pero no hay evidencia de que los aumentos salariales conduzcan a una mayor inflación. Volvemos al huevo y la gallina. El aumento de la inflación (pollo) obliga a los trabajadores a buscar salarios más altos (huevo). De hecho, durante los últimos 20 años hasta el año del COVID, los salarios semanales reales de EEUU aumentaron solo un 0,4 % anual en promedio, incluso menos que el crecimiento promedio anual del PIB real de alrededor del 2 % o más. Es la parte del crecimiento del PIB que se destina a las ganancias lo que aumentó (como argumentó Marx allá por 1865).

El crecimiento de la inflación de EEUU es mucho más alta que la de los salarios, que solo crecen entre un 3 y un 4 %, lo que significa que los salarios reales están bajando para la mayoría de los estadounidenses. Los activos financieros están aumentando aún más rápido. Los precios de la vivienda han subido aproximadamente un 20% sobre una base anualizada. Justo antes de la pandemia, en 2019, las corporaciones no financieras estadounidenses obtuvieron alrededor de un billón de dólares al año en ganancias, más o menos. Esta cantidad se había mantenido constante desde 2012. Pero en 2021, estas mismas empresas ganaron alrededor de 1,73 billones de dólares al año. Eso significa que por cada hombre, mujer y niño estadounidense en los EEUU, las empresas estadounidenses solían ganar alrededor de $ 3.081, pero hoy ganan alrededor de $ 5.207. Eso es un aumento de $2.126 por persona. Significa que el aumento de las ganancias de las empresas estadounidenses supone el 44% del aumento inflacionario de los costes.

Luego está la explicación ‘psicológica’ de la inflación. La inflación está ‘fuera de control’ cuando las ‘expectativas’ de aumento de los precios por parte de los consumidores se afianzan y la inflación se vuelve una profecía autocumplida. Pero esta teoría elimina cualquier análisis objetivo de la formación de precios. ¿Por qué deberían subir o bajar las ‘expectativas’ en primer lugar? Y como mencioné antes, la evidencia que respalda el papel de las ‘expectativas’ es débil. Como concluye un artículo de Jeremy Rudd en la Reserva Federal: “Los economistas y los responsables de la política económica creen que las expectativas de inflación futura de los hogares y las empresas son un factor determinante clave de la inflación real. Una revisión de la literatura teórica y empírica relevante sugiere que esta creencia se basa en cimientos extremadamente inestables, y se argumenta que adherirse a ella de manera acrítica fácilmente podría conducir a graves errores de política”.

Todas estas teorías dominantes niegan que sea el hecho de que la producción capitalista no suministre lo suficiente lo que está causando una inflación alta y acelerada. Y, sin embargo, la evidencia historica del «choque de oferta» sigue siendo convincente. Por ejemplo, los precios de los autos usados. Se dispararon durante el último año y fueron un importante contribuyente al aumento de la inflación en EEUU y el Reino Unido. Los precios de los autos usados aumentaron porque la producción y entrega de autos nuevos se vio obstaculizada por el COVID y la pérdida de componentes clave. La producción y las ventas mundiales de automóviles se desplomaron. Pero la producción ahora se está recuperando y los precios de los autos usados han vuelto a caer. De hecho, los precios de los productos electrónicos para el hogar ahora están cayendo.

Una teoría marxista de la inflación analiza primero lo que sucede con la oferta y, en particular, si existe suficiente creación de valor (explotación del trabajo) para estimular la inversión y la producción. Guglielmo Carchedi y yo hemos estado trabajando en un modelo de inflación marxista, que esperamos publicar pronto. Pero los puntos clave son que la tasa de inflación de precios depende primero de la tasa de crecimiento de la creación de valor. El empleo de mano de obra humana crea nuevo valor y el uso de tecnología reduce el tiempo de trabajo involucrado en la producción de bienes y servicios. Por lo tanto, se puede producir más producción en menos tiempo de trabajo. Por lo tanto, los precios con el tiempo tenderán a caer, en igualdad de condiciones. La producción capitalista se basa en un aumento de la inversión en activos fijos y materias primas en relación con la inversión en trabajo humano, y esta creciente composición orgánica del capital, como la llamó Marx, conducirá a una caída en la rentabilidad general y una eventual desaceleración de la producción misma. Esta contradicción también significa que la deflación de precios es la tendencia en la producción capitalista, en igualdad de condiciones.

Pero otras cosas no siempre son iguales. Está el papel del dinero en la inflación. Cuando el dinero era una mercancía física (universal) como el oro, el valor de las mercancías dependía en parte del valor de la producción de oro. En las economías ‘fiduciarias’ modernas, donde el dinero es una unidad de cuenta (sin valor) creada por los gobiernos y los bancos centrales, el dinero se convierte en un factor que contrarresta la tendencia a la caída de los precios en la producción creadora de valor. La combinación de producción de nuevo valor y creación de oferta monetaria afectará en última instancia la tasa de inflación en los precios de las materias primas.

En nuestra investigación inicial, mostramos que cuando el crecimiento del dinero era moderado, pero la creación de valor era fuerte, las tasas de inflación eran altas y crecientes (1963-81); pero cuando la creación de valor se debilitó, la creación de dinero evitó la deflación pero no fue suficiente para detener la disminución de la inflación de precios (1981-2019). La conclusión es que si las principales economías se desaceleran bruscamente o incluso entran en una recesión para fines de este año, la inflación también disminuirá eventualmente, para ser reemplazada por un aumento del desempleo y una caída de los salarios reales .

Hay una alternativa a la restricción monetaria o salarial, estas propuestas de política de la corriente económica mayoritaria, que actúan en interés de los banqueros y las corporaciones para preservar la rentabilidad.  Es impulsar la inversión y la producción a través de la inversión pública. Eso resolvería el shock de oferta. Pero una inversión pública suficiente para hacer eso requeriría un control significativo de los principales sectores de la economía, en particular la energía y la agricultura; y la acción coordinada a nivel mundial. Eso es actualmente un sueño imposible. En cambio, los gobiernos ‘occidentales’ buscan recortar la inversión en los sectores productivos y aumentar el gasto militar para luchar en la guerra contra Rusia (y luego China).

 

habitual colaborador de Sin Permiso, es un economista marxista británico, que ha trabajado 30 años en la City londinense como analista económico y publica el blog The Next Recession.

Fuente:

https://thenextrecession.wordpress.com/2022/04/18/the-inflation-debate/