Draghi al volante: el piloto automático está en reparación

por Gianni Giovannelli

Tras la caída de Giuseppe Conte, estallaron violentas luchas entre los distintos grupos parlamentarios que hicieron casi imposible la formación de un nuevo gobierno. Para restablecer el orden, el jefe de la banca, llegó con un palo y una zanahoria.

El 7 de marzo de 2013, al final de la reunión del consejo del BCE, durante la habitual rueda de prensa en la sala de la EuroTower, Mario Draghi comentó los resultados de las elecciones que se acababan de celebrar en Italia, sin una mayoría cierta. El 5 de agosto de 2011, a cuatro manos con su predecesor Trichet, el nuevo presidente había dirigido al primer ministro Silvio Berlusconi una carta secreta para imponer no solo cambios profundos a la legislación laboral italiana sino también la inclusión en la Constitución del principio de equilibrio del presupuesto, amenazando con la cancelación de la ayuda económica europea en caso de denegación. Como es bien sabido, todos los partidos se habían doblegado, aprobando en tiempo récord, casi por unanimidad y sin referendos confirmatorios, la norma que impedía cualquier inversión pública futura, en caso de que ello conllevara un aumento de pasivos.

EL PILOTO AUTOMÁTICO

Habiendo constatado así la fragilidad de la clase política italiana, Mario Draghi no dudó en afirmar, con voz tranquila pero con insolente certeza, que las elecciones sólo impresionan a los partidos y periodistas, no a los mercados; por tanto, se declaró seguro de que Italia continuaría el camino de las reformas trazadas por el BCE, independientemente de quién constituyera la estructura de gobierno. Decidir el camino del ejecutivo en formación, fuera el que fuera, era en realidad, a estas alturas, un piloto automático: no podía haber obstáculos ni desvíos. Hay que reconocer que la imagen del piloto automático representaba (representa) perfectamente la idea de lo que eran (son) las relaciones de poder y los equilibrios de poder; en cualquier caso, la sucesión de hechos le dio toda la razón.

De hecho, entre 2013 y 2018, las dos Cámaras desmantelaron toda la arquitectura de los derechos conquistados por los trabajadores, a costa de luchas muy duras, en el último siglo; el trabajo iniciado por la pareja Monti-Fornero (a petición del BCE dirigido por Draghi) continuó con Matteo Renzi. El paquete de Decretos Legislativos (la llamada Ley de Empleo) autorizados por una amplia mayoría parlamentaria contó con el pleno consentimiento del grupo actual dentro del componente de izquierda L&U, o el artículo 1 de Bersani / Speranza, e incluso el voto del ícono Mario Tronti. Solo la severa derrota del Partido Democrático en el referéndum constitucional (diciembre de 2016) determinó una ruptura del marco político, una crisis de alianzas exacerbada por el crecimiento simultáneo del consenso para el componente soberano (derecha: Meloni y Salvini). Pero el piloto automático (también en pleno funcionamiento en el curioso mosaico del gobierno de Gentiloni) siguió asegurando el mantenimiento de la ruta. En el quinquenio 2013-2018, Mario Draghi, salto a la cúspide del BCE, fue el verdadero artífice indiscutible de una formidable consolidación de las privatizaciones, especialmente en los sectores clave de telefonía, energía, banca y seguros; en poco tiempo, el sistema del país cambió radicalmente.

MARIO DRAGHI

Draghi nació en Roma en 1947, durante el IV gobierno de De Gasperi, y esto ya parece un signo del destino; para obtener los fondos para el Plan Marshall, los comunistas necesariamente se habían colocado en la oposición por primera vez, sin dejar de ser constructivos y comprometidos. Su padre, Carlo, se había unido al Banco de Italia en 1922, vinculándose con Donato Menichella, el hombre que dirigió el IRI entre 1936 y 1944 y luego el Banco de Italia en 1946, por recomendación de Luigi Einaudi. Después de terminar la escuela secundaria en los jesuitas romanos (el prestigioso Istituto Massimiliano Massimo) y graduarse en la Sapienza, Draghi, en 1971, fue admitido en el Instituto de Tecnología de Massachussets por recomendación (¡nada menos!) De Modigliani; en 1981, a los 34 años, ya era profesor titular en la Universidad de Florencia (cátedra de economía y política monetaria). Goria, ministro de Hacienda, lo nombró asesor en 1983 y este fue el primer paso en la política de este joven ambicioso y brillante, director ejecutivo del Banco Mundial entre 1984 y 1990. Por nada en el mundo tal hombre habría querido estar lejos de las salas de gobierno; ¡al contrario! Entre 1991 y 2001, como director general de Hacienda (e indiferente al cambio de ministros) fue el gran director de la primera gran privatización de empresas estatales. La revolucionaria legislación sobre intermediación financiera fue lanzada sobre la base de una ley delegada, mediante un decreto legislativo, n. 58/1998; por el nombre de la persona que escribió el texto se llama ley Draghi. Precisamente por la dilatada experiencia adquirida dentro del ministerio y dentro del palacio de la política fue llamado por Goldman Sachs, con una función apical, ocupándose en particular de las derivadas. Allí permaneció casi cuatro años, en los dos últimos años como miembro del Comité Ejecutivo. En el 2016 llegó Barroso, siempre desde la Unión Europea. Dado que fue Goldman Sachs quien llenó Grecia de productos derivados que provocaron el colapso de ese país, estallaron acaloradas controversias, con acusaciones de conflicto de intereses; pero el profesor Draghi dejó en claro, con calma y gracia, que él era un extraño en ese mal negocio, Grecia lo había hecho en 2011, antes de su llegada. Y aceptó, tras el llamado escándalo Bancopoli, la propuesta de Silvio Berlusconi, en diciembre de 2005, sustituyendo a Fazio en la cúpula del Banco de Italia. La inversión en Goldman Sachs se confió al fondo ciego Serena junto con el resto de los activos; y, por supuesto, podemos estar seguros de que Mario Draghi no ha sabido nada de él desde entonces, salvo una revisión periódica de los resúmenes enviados por los funcionarios del fideicomiso ciego. El resto es historia reciente: desde noviembre de 2011 hasta la expiración del mandato en 2019 permaneció en la cima del BCE, y luego se fue a Umbría. El único de la familia que se ocupa de los derivados es Giacomo, su hijo, primero en Morgan Stanley y ahora con Hedge LMR (antiguo operador de UBS). La noticia informa que durante muchos meses el banquero vive recluido en un pueblo de Umbría, Città della Pieve, con su esposa y un bracco húngaro (¿se llamará Orban?), dedicado al ocio y la lectura; por respeto no se menciona lo que come y cuánto bebe, pero lo presentan como un holgazán en reposo.

Draghi y Raiaw retoman, reelaborando y adecuándolas a la fase, algunas ideas de Joseph Schumpeter sobre la Creative Destruction modelo dinámico, ante un cambio objetivo en los métodos organizativos del proceso general de producción y beneficios. La gigantesca transformación originada por el impulso de las continuas innovaciones ha entrado en contacto con las consecuencias vinculadas a la pandemia; los juristas podrían traer el coronavirus nuevamente al evento, daño, causa y efecto al mismo tiempo, sin necesidad de más manifestaciones. Ciertamente hubo una sinergia que multiplicó geométricamente tanto las pérdidas como las ganancias, la riqueza y la pobreza. Casi haciendo referencia a nuestro Christian Marazzi el G30 parece evocar una especie de comunismo del capital para remediar, al menos de forma inmediata, las fisuras en el mecanismo actual, y asegurar la continuidad en este pasaje.

El flujo de mercancías intangibles impone un cambio de ritmo, aquí y ahora, al nuevo capitalismo; la pandemia ha demostrado que la hipótesis de un reemplazo gradual de la antigua estructura es ahora insuficiente. En 2011 la opción había sido utilizar la austeridad y un presupuesto equilibrado para desmantelar el tradicional sistema de bienestar popular obrero en todos los estados de la Unión Europea, hacer que los trabajadores estabilizados pagaran el costo de la crisis financiera, facilitar, imponiéndola, la introducción de una condición precaria generalizada porque es más adecuada a las necesidades del lucro. Por lo tanto, se emprendió el recorte de personal público, la privatización de la educación y la salud y la contención del gasto; el presupuesto equilibrado, invocado por estructuras estatales en permanente déficit institucional, constituyó una maniobra íntegramente política de ataque funcional al proceso de subsunción a realizar en la fase de transición. En 2020, tras la sucesión de grietas y crisis, el programa cambia; Hay un retorno al uso de la deuda para invertir, curar las rupturas, consolidar el cambio y mantener firme el nuevo equilibrio de poder logrado por el capital durante el conflicto social en curso.

De diferentes formas, en los últimos años se ha desarrollado una ruptura del marco político tradicional, una distribución de los consensos electorales tan variada que dificulta cualquier síntesis, incluso para los demasiado frecuentes cambios de sentidos en territorios regionalizados y casi atomizados. La autoritaria entrada en escena de movimientos nacionalistas, de componentes abiertamente reaccionarios y xenófobos, incluso de enfrentamientos violentos motivados con referencias a la religión, todo ello ha creado algunos obstáculos en el funcionamiento del piloto automático; en los estados individuales, la resolución de las dificultades requirió cierta cantidad de creatividad, diversificándose en España, Alemania, Francia, Inglaterra, Polonia, Italia (sin duda nos contamos entre las experiencias más imaginativas, como siempre somos un laboratorio). La pandemia ha agravado los problemas; no es de extrañar que en la sala de control no se hayan limitado a la estrategia de contención, sino que hayan decidido utilizarla. ¡Aprovechar la oportunidad! Especialmente después de haber aprobado el gasto, la inversión a corto plazo, la elección de un déficit.

LA CREATIVE DESTRUCTION. EL PROYECTO DEL GROUP OF THIRTY

Reelaborando a Schumpeter, el informe elaborado por Mario Draghi y presentado el 16 de diciembre de 2020 se basa en una verdadera destrucción creativa, capaz de entrar en la fase actual de crisis y transformación para construir un nuevo equilibrio, diferente, con los fondos asignados. En esta situación, las elecciones son de poca utilidad; por lo que la solución sería la misma independientemente del resultado. El pobre Tsipras ganó en ampliamente su referéndum, pero no le sirvió de nada; las condiciones no eran tratables, o las aceptaba o las arreglaba. Se rindió a Mario Draghi como un mal menor.

El proyecto de destrucción creativa no tiene la intención de preservar o restaurar el status quo anterior. Las reglas actuales son muy claras, como explicó el actual director de Hacienda Alessandro Rivera: los fondos van a quienes pueden presentar una facturación previa de al menos 50 millones, no están en estado de decocción objetiva, pretenden invertir al menos 100 millones en un momento preciso. La entrada de la parte pública juega un papel primordial, garantizando a los bancos, con el objetivo de protegerlos de los riesgos asociados a préstamos fallidos; por lo tanto (pero es diferente del antiguo IRI de Beneduce y Menichella) el Estado entra directamente en el juego para controlar el mecanismo general. Con el debido respeto a la nostalgia ligada a la manufactura, el proyecto Draghi (y el G30) no teme en absoluto el riesgo de un aumento del desempleo; por el contrario, se sugiere que no se desperdicien recursos en rescatar empresas que no parezcan capaces de asegurar su supervivencia al final de la pandemia. La destrucción es suya, sin ningún sentimiento de culpa y sin pensarlo dos veces. La idea fuerte radica en la creencia de que solo procediendo de esta manera surgirán nuevas oportunidades de acceso al trabajo e ingresos (Draghi es una persona educada, no lo llama acceso a la explotación). Este es un concepto claramente desarrollista que ve las nuevas tecnologías (digitalización) y la transformación ecológica (el tema ambiental) todo inclinado a las necesidades del nuevo capitalismo financiero y de TI. Dentro de este esquema, no solo se consuma el conflicto tradicional entre trabajadores y capital, sino que también prevé un enfrentamiento inevitable dentro de las estructuras empresariales.

EL GOBIERNO DE UNIDAD NACIONAL

La pandemia y la inadecuación de la clase política hacen necesario tener un servicio y el piloto automático se encuentra temporalmente en el taller para su mantenimiento. Mientras tanto, su inventor, Mario Draghi, se puso al volante para evitar accidentes de tráfico. Persona decidida pero a la vez prudente, aceptó el cargo sólo después de haber obtenido la adhesión de casi todo el espectro político, de derecha a izquierda, con la única oposición, naturalmente serena y constructiva, de la exfascista Giorgia Meloni, lo que garantiza así la dialéctica contradictoria y parlamentaria.

Después de Ciampi, Dini y Monti, el Banco de Italia se compromete a enviar a sus funcionarios al gobierno de unidad nacional. Esta vez nos hemos ahorrado las lágrimas comunistas que habían acompañado el voto de confianza de Dini, el ministro Speranza (también egresado de LUISS por cierto) se mantuvo en su cargo sin necesidad de una lágrima. Estamos mucho más allá de la mayoría de Ursula, la católica Victoria Ivashina (Pontificia Universidad Católica del Perú antes del Harward) tenía razón al creer que Mario Draghi habría llevado a cabo la misión, manteniendo unidas todas las fuerzas pendencieras de las dos cámaras. La justicia y el trabajo se caracterizan por nombramientos sustancialmente interlocutorios. Orlando fue ministro durante la Ley de Empleo, pero también promulgó las leyes penales sobre la contratación; Ciertamente Confindustria lo aprecia más que Catalfo, pero ni siquiera es un forcaiolo del todo. Cartabia es un poco católica intolerante (nunca se ha resignado a la introducción del aborto) pero no carece de sensibilidad social. La escuela y la investigación parecen proceder con cautela, probablemente sin sobresaltos, a juzgar por los elegidos. El ritmo del nuevo ejecutivo aparece claro mirando los nombramientos relacionados con el gasto: Colao, Franco, Giovannini, Garofoli, Cingolani son un equipo de tecnócratas cautelosos y probados, en plena sintonía con el informe G30 y con el estilo de Draghi. Los políticos, sean partidarios de la Lega, cincoestrellistas o democráticos, se adaptarán contentándose con un porcentaje, exactamente como si el piloto automático estuviera todavía en funcionamiento. Y periodistas como Fubini o Buccini evitarán con cuidado medirse en el espinoso tema de las empresas a financiar o derribar, limitándose, como siempre, a discutir sobre spread, del Mes, de nada, escribir cualquier cosa siempre y cuando se pague. El bracco húngaro puede caminar tranquilamente en el parque privado de Pieve della Città.

Traducción del italiano: Santiago De Arcos-Halyburton

Gianni Giovannelli: Abogado laboralista de Milán. También es el vicepresidente lombardo de la Asociación de abogados especializados en derecho laboral. Ha publicado las dos primeras partes de un trilogía sobre dinero e instituciones: Follow the money y Moonlighting.

Cartografías en devenir

Por Bifo

Me propongo escribir este libro desde que Félix Guattari murió, en 1992.

Pero el libro no terminaría nunca, porque el pensamiento rizomático es la cartografía de las regiones por venir, por lo tanto, las regiones en las cuales éste prolifera no dejan de desplegarse ante mis ojos, cada día que pasa, más rápidas que cualquier rayo-escritura.

El desarrollo de la red telemática, el agenciamiento biomaquínico, el Proyecto Genoma, la constitución de un paradigma bioinformacional son todas manifestaciones sucesivas de este devenir rizoma del mundo que Félix ha pre-cartografiado.

Entretanto el pensamiento de Félix Guattari y Gilles Deleuze ha ganado una vastísima atención, sobre todo en el ambiente Internet, allí donde se agencia y prolifera una forma de enunciación colectiva que se llama red.

Con la insurrección de Seattle, el 30 de noviembre de 1999, este agenciamiento ha mostrado ser una fuerza política planetaria. Agente colectivo de enunciación rizomática y proceso insurreccional son lo mismo.

Precisamente el agenciamiento de redes ha puesto en movimiento un proceso por el cual el pensamiento Deleuze-Guattari, y la bibliografía que éste alimenta, no deja de proliferar, superando cualquier posibilidad de mantenerse actualizado.

Sobre todo en el mundo anglo-americano salen continuamente nuevos libros y revistas sobre los temas que el pensamiento rizomático ha planteado a la atención filosófica, psicoanalítica, política y estética.

El campo del pensamiento filosófico y político, del psicoanálisis, pero también de la biotecnología y del ciberpensamiento están atravesados por los principales conceptos que la máquina neo-logística Deleuze Guattari ha construido.

En la trilogía que va de El Anti-Edipo a Mil mesetas y a ¿Qué es la filosofía? se condensa una aventura intelectual extraordinaria, que concluye probablemente la parábola del pensamiento del siglo veinte, y derrama sus energías más vivas en el pensamiento del siglo futuro.

No pretendo hacer un balance de la suerte actual del pensamiento Deleuze Guattari.

Quiero simplemente relatar mi historia, mi encuentro con aquel pensamiento y las perspectivas que veo derivar de él.

Mi encuentro con Félix Guattari sucedió en diferentes momentos. Cuando hacía el servicio militar en un cuartel de castigo del sur italiano, en 1974, había decidido hacerme el loco para ser enviado a casa.

Un amigo francés me había hablado de un psicoanalista que intentaba ver el mundo desde el punto de vista del esquizo más que desde el del psiquiatra, entonces compré un libro suyo, el único que por aquellos años estaba editado en Italia. El libro se llamaba Una tomba per Edipo[1].

Una noche de junio hice una pequeña escena de locura rehusándome a abandonar el turno de guardia y sosteniendo que allí permanecería hasta el extremo de mis fuerzas. Me ingresaron al hospital psiquiátrico de Nápoles y luego de diez días de observación el coronel médico me mandó a llamar.

Me preguntó: ¿qué es lo que no va?

Yo le dije: en verdad nada, va todo muy bien, sólo que cuando veo la patente de un automóvil los números quedan estampados en mi cerebro donde sufren toda suerte de recombinaciones, hasta que me viene dolor de cabeza.

El coronel médico (que se llamaba Moretti) me miró por un momento con interés, luego dijo que si había aprendido la lección, la había aprendido muy bien, y me mandó a casa con el diagnóstico de neurosis cenestopática (quién sabe por qué).

Desde entonces quedó impresa en mi mente enferma la idea de que Félix me salvó de la colimba. Ya saben, el alzamiento de la bandera a las seis y media y todas esas corridas adelante y atrás…

Luego leí El Anti-Edipo, en marzo de 1976. Aquella vez estaba en la cárcel, en una celda de san Giovanni in Monte (una cárcel bellísima que en el setecientos fue un convento y que hoy es la facultad de Historia de la Universidad de Bolonia). Por más bella que fuera la cárcel me deprimía, sobre todo porque me habían acusado de poner una bomba en una sede de la democracia cristiana, y yo no sabía nada de aquel asunto. Mi amigo Riccardo, que luego partió hacia destinos muy lejanos y que de tanto en tanto reaparece con una nueva mujer vietnamita o californiana, me envió a la celda una copia de El Anti-Edipo. Dentro estaba el mapa de las errancias existenciales y teóricas en las que nos estábamos perdiendo por aquellos años. Proliferar y perderse, éste era el sentido de la empresa colectiva que el movimiento intentaba en Italia.

En Bolonia con algunos amigos hacía A/traverso, una revista que había debutado con el título: Pequeño grupo en multiplicación. La idea del contagio, de la proliferación viral, estaba implícita en aquella fórmula presentada como modelo de organización (¿política? ¿post-política?, poco importa). Y la idea de que los procesos sociales y las transformaciones políticas y culturales son contagios, proliferaciones de virus que se difunden en el cuerpo de la sociedad produciéndole mutaciones, es una idea que proviene de la visión molecular de Félix. Uno de los puntos de contacto entre el pensamiento rizomático y la inspiración filosófica de William Burroughs, que ha hablado de la palabra como virus.

Me encontré con Félix personalmente recién en junio de 1977.

En aquel año en Bolonia tenía lugar una bizarra insurrección que se inspiraba más en el dadaísmo y en El Anti-Edipo que en los manuales de la política revolucionaria.

En un cierto momento para mí las cosas se habían puesto mal. Había hablado en alguna asamblea y había hecho imprimir volantes y periódicos. Iba a Roma con frecuencia donde me encontraba con otros autonomistas, así que un juez consideró tener todas las pruebas para acusarme de instigación al odio de clase y demás cosas.

Mientras el terror se había desatado en la ciudad. Un joven asesinado por un carabinero. Enfrentamientos de días enteros en el centro de la ciudad. Trescientos arrestos de estudiantes, jóvenes obreros e incluso amas de casa que por casualidad pasaban en medio de la batalla. Durante algunos días permanecí clandestino en la ciudad, durmiendo en casa de algún amigo, luego tomé el camino que llevaba al exterior. Naturalmente a París. En junio me decidí a telefonearle a Félix. No recuerdo el primer encuentro con él. Sólo se que enseguida fue lo que siempre ha sido.

Un amigo generoso, inocente y genial.

Al inicio de julio me arrestaron. El juez italiano que la tenía conmigo vino a París y convenció a la policía local de que yo era peligroso, y los de la escuadra antimafia me vinieron a buscar mientras iba de una amiga para el almuerzo.

Mierda, el depot de La Santé es un sitio fétido. Estábamos apiñados de a sesenta en un sótano, mientras afuera llovía a cántaros, y para mear era preciso hacerlo en un rincón atento a que nada ocurriese.

Permanecí dos días, luego me llevaron a Fresnes. Fresnes ya era entonces una cárcel high tech. En la celda estaba solo, las paredes eran todas de metal y en el patio se debía caminar en fila india. Añoraba la cárcel convento de Bolonia.

Pero aquello no duró más de una semana. Félix se había puesto en contacto con mis compañeros, había activado los canales de comunicación de la intelectualidad parisina y había creado, en pocas palabras, las condiciones para sacarme.

Los jueces debieron reconocer que la magistratura italiana había falsificado las cartas, y me concedieron permanecer en Francia. El día en que salí de la prisión de Fresnes Claudia vino a buscarme a bordo de un escarabajo Wolkswagen que guiaba Alain Guillerm, también estaba Danielle.

Ese mismo día me reencontré con Félix y juntos escribimos el texto de una declaración contra la represión en Italia y contra el compromiso histórico entre comunistas y democracia cristiana. La declaración obtuvo el apoyo de Michel Foucault y Gilles Deleuze, de Roland Barthes y de Julia Kristeva, de Philippe Sollers, de María Antonietta Macciocchi y de Jean Paul Sartre, entre tantos otros.

En Italia produjo un efecto fuertísimo, la intelectualidad italiana reaccionó expresando posiciones contrastantes. El disenso intelectual se manifestaba, por primera vez, como fenómeno internacional capaz de oponerse con la misma fuerza al capitalismo occidental, a la opresión soviética y al socialismo real.

La declaración abrió el camino hacia un congreso en contra de la represión que tuvo lugar en Bolonia, en septiembre de aquel año. El congreso de septiembre fue un evento muy importante. Llegaron decenas de miles de personas (algunos dicen que eran cientos, no las he podido contar). Se hicieron asambleas enormes, reuniones y representaciones teatrales en las calles, comicios móviles y conciertos. Fue una explosión de alegría y de rabia, pero en cierto sentido aquello marcó el fin de la historia de los movimientos en Italia abriendo la fase de la deriva terrorista y de la acción estatal de liquidación de las fuerzas sociales disidentes.

En aquellos días la gente llegó a Bolonia como esperando una palabra mágica capaz de abrir el camino hacia una nueva historia, una historia igualitaria y libertaria que estuviese a la altura de los tiempos venideros.

Era como si todos estuviesen allí para oír el rumor del tiempo que estaba llegando y para encontrar la fórmula mágica capaz de evitar el reflujo, la violencia, la catástrofe, el aislamiento y la derrota de toda solidaridad.

No logramos encontrar aquella palabra mágica.

Ciertamente habíamos errado en algo. Quizá también habíamos errado en aquella declaración de julio de 1977. Habíamos ubicado a la violencia estatal y a la represión en el centro, habíamos insistido en el derecho al disenso, mientras que probablemente deberíamos haber insistido mucho más en el carácter propositivo y creativo del movimiento.

De este modo no habríamos cambiado el curso de la historia que estaba preparando una contraofensiva capitalística furiosa a escala internacional, la contra-revolución tacheriana a escala global y el ataque a las formas de vida de la clase obrera. No habríamos cambiado la historia, pero quizás habríamos preparado la transformación de los rebeldes en experimentadores autónomos. En los años sucesivos me encontré con Félix sobre todo para discutir lo que se podía hacer para ayudar a los expatriados políticos que venían de Alemania o de Italia. Durante los años ochenta, los años de invierno[2], su empeño público principal estaba dirigido a denunciar la represión política y a defender lo conquistado por las luchas pasadas. Pero la creatividad filosófica de Félix Guattari, en los libros escritos junto a Deleuze y en aquellos que escribió solo, no sufrió en absoluto el contragolpe de la situación en la que nos encontramos cuando debimos defender algo de nuestro pasado, y la posibilidad misma de nuestra supervivencia.

La creatividad filosófica de Félix Guattari consigue delinear un panorama mucho más amplio del que nuestras fuerzas pueden hoy abrazar. En este sentido canta la canción de los tiempos que deben venir.

Félix murió en 1992.

La caída del bloque soviético, la proliferación de los conflictos étnico-religiosos y el devastador despliegue de la onda monetarista dibujan el horizonte de los años noventa. Luego de su muerte he seguido el desarrollo de la última década del siglo considerando al pensamiento rizomático como un mapa, procurando ver las huellas de lo real en continuidad con las líneas que el mapa contiene.

En continuidad no en analogía, porque el pensamiento rizomático no es un calco sino un ritmo, un funcionamiento, un estilo. Un mapa rítmico, si se puede decir así.

Este libro querría reconstruir el mapa rítmico del pensamiento Félix, y hacer resonar los acordes, los ritornelos y las disonancias de la rapsodia planetaria contemporánea a partir de aquel mapa.

[1] Se trata de Psychanalyse et transversalité (1972). Hay edición castellana. [N. d. T.]

[2] Guattari F., Les années d’hiver: 1980-1985, Bernard Barrault, Paris, 1985 [N. d. T.]

«El poder represivo no puede perdonarlos porque lo desafiaron abiertamente, aterrorizaron a la clase dominante»

por Vadim Vidal / periodista independiente y activista barrial.

Entrevista a Julio Cortes Morales, abogado del Instituto Nacional de Derechos Humanos

Se define a sí mismo como anarco-marxista; reivindicando las vertientes de pensamiento que abogaban por la abolición del Estado durante el siglo XIX. Es abogado experto en derechos humanos y sistema penal, defendió a Carlos Riveros y Felipe Guerra durante el llamado Caso Bombas, de hecho, uno de sus escritos fue considerado como prueba inculpatoria contra los anarquistas Mónica Caballero y Francisco Solar en España.

Desde distintas tribunas, ya sean columnas en El Desconcierto o en Radio Universidad de Chile, como en publicaciones en editoriales independientes, ha llamado la atención sobre los mecanismos que usa el Estado para reprimir el pensamiento y la acción política. Para él no hay dos lecturas: en Chile hay presos políticos. Y desde hace bastante.

VV: ¿Hay presos políticos en Chile?

JC: Yo creo que sí hay presos políticos en Chile, notoriamente a partir del estallido, y antes. El Código Penal de 1874 tiene todo un párrafo y títulos sobre los delitos contra la seguridad del Estado, y los delitos contra la seguridad del Estado son delitos políticos. Es una cuestión de doctrina penal antiquísima. El delito terrorista se supone que se le excluye de eso aunque, en un sentido sociopolítico, el terrorismo es político, salvo en el narcoterrorismo quizás, pero el terrorismo de inspiración política, claro, se discute eso, si está en el límite o no con el delito político, pero lo que no debiera generar discusión es que hay delitos políticos en el código penal.

VV: ¿Cuáles?

JC: Alzamientos, atentados a la autoridad, el mismo desorden público se puede entender que es una forma de delito político, pero, además, en numerosas ocasiones a lo largo del siglo XX se dictaron leyes de seguridad interior y exterior del Estado y eso se sistematizó finalmente. Es una historia bien curiosa, porque la criminalización política más abierta que había a mitad de siglo pasado fue la Ley de Defensa Permanente de la Democracia, de Gonzalez Videla.

VV: La ley maldita

Claro, y bajo esa ley se procesó a un montón de personas, porque en toda esa inestabilidad que hubo, sobre todo en los años 50, se decretaron primero decretos leyes, que eran pseudo legislación, porque no las hacía el parlamento, pero después el parlamento y la corte suprema las validaron. Hay decretos leyes de esa época que se siguieron aplicando eternamente. El 52, Ibañez prometió derogar la Ley Maldita, pero no sólo no la derogó, sino que la siguió aplicando. Y en el año 57, el 2 de abril, en Santiago, Valparaíso y Concepción, hubo una especie de estallido social bien fuerte. Yo creo que es lo más parecido en Chile a lo que vivimos el 18 de octubre…

VV: También por alza del transporte público

JC: También por transporte público y también espontáneo. Y ahí, bueno, mucha gente terminó presa, hubo varios muertos, después hubo una amnistía el 58 y recién ahí Ibañez derogó la Ley Maldita, pero creó en su reemplazo la Ley de Seguridad del Estado, que es la que todavía se aplica, la que es, en mi opinión, un pilar de la defensa del orden social en Chile.

Pero no es la única herramienta, también está la Ley antiterrorista También es una forma de criminalización política: cuando los ladrones le ponen una bomba a un cajero para chorearse la plata, lo formalizan por robo en lugar no habitado, pero si lo hace un anarquista y no se roba la plata, sino que deja un panfleto criticando al capitalismo o al sistema bancario, ahí se considera un delito terrorista. Entonces creo que esa posibilidad de escoger formas más intensas de legislación, que hacen que un delito ya no se castigue como un delito común sino como un delito más grave. Es algo que, incluso en el Informe Valech se señala como un ejemplo de criminalización política.

VV: ¿El informe Valech hace una definición?

JC: Sí, dice que hay prisión política cuando hay motivación política en los agentes que encabezan la represión. En dictadura esos agentes eran la DINA y la CNI. El tema es que el Informe también dice que para criminalizar a alguien se ocupa, no la legislación ordinaria, sino una legislación especial que intensifica las penas. Por ejemplo, la Ley de Seguridad del Estado. El estándar está ahí clarísimo. Fue un informe que se hizo por encargo del gobierno, tiene un valor oficial y está ahí, y te dice: cuando no te reprimen de acuerdo a la legislación penal ordinaria, sino con esta legislación especial, hablamos de represión política y entonces tú eres preso político.

VV: ¿Hay gente pagando penas por la Ley de Seguridad?

JC: Casi nunca llegan a condenar bajo la figura de la Ley de Seguridad, lo que te hacen es formalizar. Yo creo que el caso más ejemplificador es el del profesor Roberto Campos, que estuvo dos meses preso por patear un torniquete. En derecho penal común eso es un delito de daños, y los daños no te dejan en prisión preventiva. En una situación normal, a esa persona lo hubieran formalizado, le hubieran dejado una cautelar. Pero como se invocó la Ley de Seguridad del Estado, que agrava figuras que ya están en la legislación penal común con penas mucho más bajas, lo dejaron en prisión preventiva, si no, no habría sido posible.

VV: Pero, si no hay nadie procesado o cumpliendo penas por Ley de Seguridad del Estado ¿la pena en sí es la prisión preventiva?

JC: Claro, ese es el problema de fondo. Y eso no es un problema sólo de la ley de Seguridad del Estado. Es un problema que se trató de remediar con la reforma procesal penal, pero que, finalmente, una serie de modificaciones que se han seguido haciendo y que se siguen haciendo, han implicado una verdadera contrarreforma. Entonces esta idea de que no hubiera presos sin condenas o que fueran muy minoritarios, en la práctica, pasa que en muchos casos la pena anticipada es la prisión preventiva y después de un tiempo la fiscalía va y negocia, y te ofrece salir en juicios abreviados. Entonces no se va a juicio oral o el juicio oral puede ser demorado dos años fácilmente (que es el máximo de plazo de investigación que da el código procesal penal). Si logras tener a alguien en prisión preventiva y que no le relajen la medida cautelar, puede estar perfectamente dos años en prisión preventiva.

VV: En el fondo, como estas penas son escasamente efectivas de condena, ¿es una herramienta que usa el poder político para castigar ideológicamente?

JC: Anticipadamente, claro. Invocando esas leyes, se garantiza casi prisión preventiva, con independencia de si después no logran condenarte en el juicio o te condenan por delitos comunes porque no se logra acreditar.

VV: ¿Y eso el ministro de interior lo sabe y lo aplica?

JC: Si, se sabe y se aplica. La ley de Seguridad el Estado se aplicó contra Alejandra Matus, por escribir el Libro negro de la justicia chilena, contra el paro de microbuseros, contra el paro de gendarmes, contra la revuelta de Aysén en 2012. Y en todos esos casos, finalmente no se llegó a condenar, pero Alejandra Matus tuvo que salir del país, otra gente estuvo en prisión preventiva…

Y VINO EL ESTALLIDO

Para Cortés, el término Ley de Seguridad está tan dentro de nuestro inconsciente, que su sola pronunciación por parte de la autoridad provoca efectos en la población. “A mucha gente se le olvida, pero el 18 de octubre la gente salió cuando Andrés Chadwick a las siete de la tarde dijo por la tele: ‘esto es delincuencia pura y dura, y vamos a aplicar la Ley de Seguridad del Estado, vamos a presentar querellas’ y ahí empezó la gente a salir a la calle y empezó el caceroleo y todo pasó de ser una protesta callejera fuerte a una rebelión popular. Yo creo que eso no se ha destacado lo suficiente, el efecto que tuvo el anunciar precisamente la aplicación de esta ley maldita”.

VV: Volviendo al inicio ¿por qué la resistencia a entender que hay presos políticos por parte de las autoridades y la elite política?

JC: Porque eso legitimaría la violencia popular del estallido, esa es mi impresión. Pienso que sería un mal precedente porque implicaría decir, bueno estamos reconociendo que el proceso constituyente en que estamos partió gracias a ustedes saltándose los torniquetes y la gente tomándose las calles y haciendo barricadas. Y eso es lo que no pueden aceptar, porque le estarían reconociendo al estallido el carácter de una especie de revolución política, yo creo que eso es lo que no se pueden permitir .

VV: ¿Hay espacio para un indulto general como el que se está presentando en el Senado?

JC: Yo creo que no lo hay. Es muy curioso y muy cobarde también, porque nadie podría negar que sin ese gran estallido no habría habido un proceso constituyente, y los mismos que ahora están candidateándose, están usufructuando del jugarse la vida o la libertad en la calle, como hicieron miles de personas, principalmente jóvenes de sectores empobrecidos de la población y que muchos de ellos se fueron presos.

Lo que dicen es que sentaría un mal precedente porque se trataría de actos graves Cuando uno lo analiza más individualmente, debe tenerse en cuenta por ejemplo que la mayoría de los presos más jóvenes de la revuelta no eran sujetos politizados antes de ella, no tenían antecedentes penales, pero se vieron en un contexto que en términos de psicología de masas incluso, los llevó a responder a una violencia estructural. Así lo veo, la violencia estructural, que no tiene responsables directos, como la pobreza, la marginación, la discriminación, y la violencia social que estalla desde abajo el 18 de octubre y que tiene bastantes componentes de irracionalidad también.

VV: Es complejo hablar de contextos en estos tiempos, es como “avalar la violencia”?

JC: Pero a lo que apuntaba como elemento de contexto es para entender en términos de reproche penal. El reproche penal es individual y en principio se considera la tipicidad, en qué delito se encuadra este comportamiento, en segundo lugar si es que había o no causales de justificación, es decir, clásicamente, en el caso del homicidio, si es que era en legítima defensa. Yo diría que en la mayoría de estos casos, con los antecedentes que he podido ver, me da la impresión de que son delitos que han cometido gente en una situación tan especial, que no indica lo que criminológicamente implica un compromiso delictual muy alto, sino que más bien haber actuado en una situación bastante especial. El 18, cerca de mi casa, vi que se armaba una barricada y un señor de edad salió con un sillón y dijo “esta bueno ya” y lo tiró al fuego. Estoy seguro de que ese señor nunca habia cometido ningun delito, pero si lo hubieran filmado habrían dicho aquí hay un delito, pero fue un delito a lo Fuenteovejuna, salían millones de personas, cortaron la calle, si lo miras con la lupa penal, dices: oh, aquí hay un desorden, aquí hay un daño, pero precisamente la razón de ser de las amnistías en el siglo pasado (que fueron más de 100), era entender que habían habido circunstancias extraordinarias donde mucha gente había realizado comportamientos que, quizás, eran reprochables penalmente, pero que era más importante finalmente recuperar la paz y la estabilidad social y perdonar ese tipo de comportamientos.

VV: Si no es un castigo político porque no es gente politizada es un castigo a qué, ¿a lo que significa la revuelta?

JC: Yo diría que el poder represivo no puede perdonarlos porque lo desafiaron abiertamente, aterrorizaron a la clase dominante durante un mes por lo menos y cuando empezaron a caer, se concentraron en ellos intensificando una lógica que ya tiene el sistema penal normal pero que en esto casos se incrementa, eso de “no sé si te voy a poder condenar, ni con qué delito, pero mientras tanto nadie te va a poder salvar de varios meses de prisión preventiva”, ese es el mensaje.

LOS PRESOS DE LA REVUELTA

Nadie sabe con exactitud cuántas personas permanecen detenidas por causas referidas a la revuelta social. Hasta antes de la tramitación de una ley de indulto general en el Senado, simplemente no existían datos o se daban vía Transparencia de modo parcial. En enero de 2021, la Fiscalía Nacional entregó a la Comisión de Derechos Humanos del Senado datos al 30 de noviembre del 2020. En ellos se hablaba de 175 las personas en prisión preventiva, con un promedio de edad de 29 años.

Para la Coordinadora por la Libertad de los Prisioneros Políticos 18 de Octubre, organización conformada por familiares, amigos y diversas organizaciones, esta información es parcial pues no hacen seguimiento de los casos, ni entregan reportes sobre el estado de cada detenido, ni en qué recinto se encuentran. Tania Riquelme, miembro de la Coordinadora, cuenta que ellos llevan un catastro que, a noviembre de 2020, contaba 258 detenidos, “pero siempre llegan carpetas nuevas, incluso ahora, más de un año después de iniciada la revuelta. Hay familias cuyos abogados les dicen que no politicen la causa porque puede ser perjudicial para sus familiares presos, pero luego de un tiempo se dan cuenta de que su situación sí es política”. Para la Coordinadora, el indulto que se tramita en el Senado (y que Sebastián Piñera ya anunció que vetará si se aprueba) es insuficiente, ya que sólo remite las penas de quienes ya fueron condenados, con la posibilidad de dejar ciertas tipificaciones de delitos fuera, y con ello a un número importante de procesados. Por eso abogan por una amnistía general y sin concesiones, ya que esta borra el delito, abarcando a quienes están hoy sin condena pero bajo procesamiento y dejando a los actuales procesados sin antecedentes.

Carlos Taibo: «Vivir mejor con menos solo tiene sentido si antes hemos redistribuido radicalmente la riqueza»

por Guillermo Martínez @guille8martinez

Si el planeta se va al garete, y todo apunta que así sucederá si no cambiamos algunos parámetros y dinámicas estructurales, algo habrá que hacer. La teoría del decrecimiento, a la que Carlos Taibo (Madrid, 1956) prefiere tildar de «perspectiva», aporta algunas respuestas al qué, cómo, cuándo y por qué que deberían guiar a la sociedad para intentar paliar lo máximo posible los efectos de una crisis climática más presente que nunca. El escritor y teorizador del decrecimiento aterriza la idea y la conjuga con otra de las realidades más acuciantes a las que se enfrenta la Península Ibérica en su libro de reciente publicación Iberia vaciada. Despoblación, decrecimiento, colapso (Catarata, 2021). Al mismo tiempo, el autor ha condensado una docena de años de trabajo en Decrecimiento. Una propuesta razonada (Alianza Editorial, 2021), una edición de remodelada y actualizada de un antiguo libro publicado hace años. Público conversa con él sobre aspectos como el ecofascismo, la cultura de la prisa o la necesidad de que la respuesta al cambio climático sea autogestionaria y antipatriarcal.

Ha escrito que «la perspectiva del decrecimiento nos dice que si vivimos en un planeta con recursos limitados —y vivimos—, no parece que tenga mucho sentido que aspiremos a seguir creciendo ilimitadamente». Esto, por lógico que parezca, parece no estar demasiado interiorizado. ¿Por qué?

La lógica del crecimiento acompaña sin fisuras a la del capital. Es uno más de los elementos que en los países ricos nos han colocado dentro de la cabeza a través de la publicidad, los medios y el sistema educativo. Que salir de ella no es sencillo lo demuestra el hecho de que porfiamos en defenderla aun cuando sepamos que acarrea agresiones sin cuento contra la igualdad y contra el medio natural, y que estimula al tiempo un individualismo abrasivo.

No desdeño, aun así, que la proximidad del colapso acabe por producir cambios radicales en nuestra conducta. En ese sentido, lo ocurrido al calor de la pandemia tal vez nos abra los ojos ante un futuro marcado por ese colapso.

En su Propuesta razonada recoge que las economías capitalistas desarrolladas han crecido de forma notable a la par que se han destruido puestos de trabajo. De la misma forma, el decrecimiento acarreará una gran pérdida de empleos. ¿Qué solución encuentra la perspectiva que defiende ante este problema?

La solución es doble. Por un lado propiciar el desarrollo de aquellos segmentos de la economía que guardan relación con la atención de las necesidades sociales insatisfechas y con el medio natural. Por el otro, y en los sectores de la economía convencional que seguirán existiendo, repartir el trabajo. La combinación de estos dos factores permitirá que trabajemos menos horas, disfrutemos de más tiempo libre, acrecentemos nuestra a menudo alicaída vida social y reduzcamos, cuando sea posible, nuestros desbocados niveles de consumo. Creo que todo ello es manifiestamente preferible al modo de vida esclavo que se nos impone hoy.

En Iberia vaciada afirma que «cualquier contestación del capitalismo en el siglo XXI tiene que ser, por definición, decrecentista, autogestionaria, antipatriarcal e internacionalista». ¿Qué ocurriría si esto no fuera así?

Ocurrirá que, al calor de un colapso probablemente insorteable, seguirán en pie muchas de las taras que arrastra la izquierda que hoy vive en las instituciones. Y entre ellas el acatamiento de la miseria capitalista, la idolatría de la productividad y la competitividad, el sindicalismo claudicante, los flujos autoritarios y personalistas, las huellas de la sociedad patriarcal, el etnocentrismo y el cortoplacismo. Cuánto tiempo dedicamos a hablar de la corrupción y qué poco le asignamos, por cierto, a la plusvalía.

¿Realmente podemos vivir mejor con menos? ¿Por qué?

No nos va a quedar otra opción. Más allá de ello, se imponen tres consideraciones. La primera subraya que, dejados atrás los estadios iniciales del desarrollo, el hiperconsumo al que con frecuencia se entregan los habitantes del mundo rico poco o nada tiene que ver con el bienestar. La segunda llama la atención sobre el hecho de que, una vez satisfechas las necesidades básicas, y admito que este último concepto es más polémico de lo que pudiera parecer, ese bienestar más se vincula con los bienes relacionales, los que surgen de nuestra relación con otras personas, que con los bienes materiales que nos ofrecen en los supermercados. En tercer y último lugar, lo de «vivir mejor con menos» solo tiene sentido si antes hemos redistribuido radicalmente la riqueza.

En Iberia vaciada continúa con una obra anterior, que en 2020 alcanzó su quinta edición: Colapso. Agrega que ante dicho colapso medioambiental se dan dos reacciones, los movimientos por la transición ecosocial o el ecofascismo. ¿De qué forma se han expresado estas dos reacciones en los últimos años?

Aclararé, antes que nada, que no sostengo que sean las únicas respuestas esperables ante el colapso. Me interesaba analizar, sin más, esas dos porque creo que contribuían a enriquecer el debate correspondiente. En lo que respecta a la de los movimientos, es fácil apreciar una ebullición de espacios autónomos que reivindican la autogestión, la desmercantilización y, ojalá, la despatriarcalización de todas las relaciones. Entre nosotros, y en los últimos años, el fenómeno ha adquirido una fuerza mayor, aunque no suficiente, al calor del 15-M. Tampoco está de más que recuerde el alcance de los numerosos grupos de apoyo mutuo que germinaron, la primavera pasada, con ocasión de los confinamientos.

Por lo que respecta al ecofascismo, y por no abandonar el terreno de la pandemia, creo que los estamentos de poder que empiezan a coquetear con soluciones autoritarias ante lo que entienden que es un exceso de población han observado con alegría el formidable ejercicio de servidumbre voluntaria al que nos hemos entregado. Más allá de ello, no deja de ser llamativo que circuitos que son formalmente negacionistas en lo que hace al cambio climático y al agotamiento de las materias primas energéticas asuman en los hechos posiciones que remiten a criterios muy distintos. Ahí estaba Trump, sin ir más lejos, intentando comprarle Groenlandia a Dinamarca.

Dice que el universo del automóvil y el de la alta velocidad ferroviaria, sectores nada desconocidos para la amplia parte de la población, resumen bien muchas de las aberraciones que el decrecimiento desea contestar. ¿Por qué?

Resumen bien muchas de las sinrazones de nuestras sociedades. Dan rienda suelta a la cultura de la prisa y del movimiento desaforado, se asientan en proyectos que beben de un individualismo feroz, ningún respeto muestran por el medio y, de manera cada vez más clara, se hallan al alcance, pienso ante todo en la alta velocidad, de unos pocos. Qué penoso es que el progreso de una economía se siga midiendo en términos del número de automóviles vendidos o de la apertura de un nuevo, e insostenible, tramo de alta velocidad ferroviaria.

Los problemas que nos acosan, como dice, son los límites medioambientales y de recursos, el cambio climático, el agotamiento de las materias primas energéticas, los ataques que padece la soberanía alimentaria y las pérdidas en materia de biodiversidad. ¿Considera que hay alguno de ellos más acuciante que los demás?

El cambio climático y el agotamiento de esas materias primas, a buen seguro. Cierto es que en el escenario de la pandemia hemos tenido la oportunidad de comprobar cómo un puñado de factores que parecían llamados a desempeñar un papel menor han acabado por configurar una bola que ha ido engordando y que acaso nos sitúa en la antesala del colapso. Estoy pensando, sin ir más lejos, en las pandemias sanitaria, social, de cuidados, financiera y represiva. Debemos estar atentos, con todo, a las secuelas de una paradoja: son los territorios más deprimidos los que, al menos en primera instancia, mejor saldrán adelante en el escenario del colapso. Y eso importa saberlo en relación con la Iberia vaciada.

Según la perspectiva del decrecimiento, el norte del planeta debe disminuir sus niveles de producción y consumo. ¿Qué principios y valores tendríamos que cambiar para que dicha reducción fuera posible?

Los principales remiten al designio de salir cuanto antes del capitalismo y de sus reglas. Pero, en lo que atañe a los principios y valores que reclama, de manera más específica la perspectiva del crecimiento, ahí están sin duda la recuperación de la vida social que nos han robado, el despliegue de formas de ocio creativo, el reparto del trabajo, la reducción del tamaño de muchas de las infraestructuras que hoy empleamos, la restauración de la vida local y, en fin, en el terreno individual, la sobriedad y la sencillez voluntarias. Por detrás se hallan, inequívocamente, la autogestión y el apoyo mutuo.

Mujeres, cuidados, decrecimiento es el título de uno de los capítulos de la publicación de Alianza Editorial. Son aspectos que también trata en Iberia vaciada. ¿De qué forma están entrelazados estos tres ámbitos que menciona?

Ningún proyecto emancipador, y el decrecimiento quiere serlo, puede rehuir la necesidad de articular una radical despatriarcalización que acabe con la marginación, material y simbólica, de las mujeres. No está de más que recuerde que un 70% de los pobres y un 78% de los analfabetos existentes en el planeta son mujeres, y que, según una estimación, estas realizan el 67% del trabajo para recibir a cambio un escueto 10% de la renta.

Siempre he pensado que, en virtud de su vínculo con el trabajo de cuidados, y pese a las grandezas y las miserias que rodean a este, las mujeres tienen una comprensión más rápida y fluida de lo que significa la perspectiva del decrecimiento. Tal vez es así porque, tal y como lo subraya el ecofeminismo, son decisivas en el sustento de una vida que escapa con fortuna a la lógica mercantil del capitalismo. Si la Iberia vaciada ha resistido, en buena medida ha sido gracias a sus mujeres.

Vivimos en una sociedad capitalista que desde hace años se configura en torno al neoliberalismo. ¿Por qué no se puede defender el decrecimiento y ser capitalista al mismo tiempo?

No afirmo taxativamente que no pueda hacerse. En Francia y en Italia hay empresarios que coquetean con la perspectiva del decrecimiento, toda vez que entienden que el planeta, en efecto, se nos va. Pero no veo que nuestra actuación tenga sentido y eficacia si no cuestionamos, como lo hace la versión del decrecimiento que defiendo, todos los artefactos que rodean al capitalismo: la jerarquía, la mitología del progreso, la explotación, la productividad, la competitividad, el consumo y, naturalmente, el propio crecimiento.

Al respecto tenemos que aprender mucho, por cierto, de las sociedades precapitalistas. Y debemos colocar en primer plano a las generaciones venideras, a las mujeres, a los habitantes de los países del sur y a los miembros de las demás especies con las que, sobre el papel, compartimos el planeta.

Filosofía para tiempos revueltos: la fuerza de Simone Weil

Por Carlos Javier González Serrano 

El mal es ilimitado, pero no infinito. Sólo lo infinito limita lo ilimitado.

La corta vida de Simone Weil (1909-1943) se vio muy pronto entregada al quehacer filosófico: desde los catorce años, cuando es víctima de una profunda crisis personal, comienza a preguntarse por el sentido de la existencia humana, un interrogante que no le abandonará hasta su muerte (de la que en 2013 se cumplían 70 años). Su indudable implicación moral con el devenir de los tiempos y de los acontecimientos sociales que vivió le hizo tomar por bandera de sus reflexiones el siguiente dictado: “Para que tu mano derecha ignore lo que hace la izquierda, habrá que esconderla de la conciencia”. Fue profesora de filosofía entre los años 1931 y 1938, y se introdujo sinceramente y de hecho en la lucha a favor de los obreros y campesinos más desfavorecidos, convirtiéndose voluntariamente en uno de ellos.

En 2009, con motivo de la conmemoración del nacimiento de la filósofa francesa, se celebró un congreso internacional, organizado por el Seminario Filosofia i Gènere, bajo el título Lectoras de Simone Weil. Uno de los más brillantes resultados de aquel encuentro fue un completo y muy recomendable volumen, coordinado por las profesoras de la Universitat de Barcelona Fina Birulés y Rosa Rius Gatell (ambas profesoras de dicha Universidad), en el que además de estudiar en profundidad la figura y el pensamiento de Weil, se hace hincapié en la relación que ésta mantuvo (efectivamente o en diferido, a través de sus textos) con distintas personalidades femeninas de la época, como Hannah Arendt, Cristina Campo, María Zambrano, Jeanne Hersch, Ingeborg Bachmann o Elsa Morante. Redactado por especialistas en la obra de Weil y el devenir de la historia de la filosofía del siglo XX, este libro se erige como puerta privilegiada de acceso al pensamiento de Simone y, más importante incluso (puesto que como ya explicó André Gide, no existe un auténtico conocimiento de una obra sin el conocimiento del contexto en el que se fragua), al meollo cultural, político y social en el que se desarrolló su intensa vida personal y su actividad filosófica.

El conflicto y el ensañamiento de los humanos con sus semejantes, de mano de la muerte, fueron algunos de los temas centrales que Weil abordó y en el que tanto influyó a numerosos autores. Así, escribía en el estudio que dedicó a La Ilíada de Homero:

Llega un día en que el miedo, la derrota, la muerte de compañeros queridos hacen que el alma del combatiente se doblegue bajo la necesidad. La guerra deja entonces de ser un juego o un sueño; el guerrero comprende al fin que existe realmente. Es una realidad dura, demasiado dura para ser soportada, pues contiene la muerte. El pensamiento de la muerte no puede ser sostenido, sino por destellos, desde el momento en que se siente que la muerte es, en efecto posible.

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Simone Weil en la guerra civil española, en 1936

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Lectoras de Simone Weil no sólo indaga en la actividad filosófica de la autora de El amor a Dios y la desdicha (quizás la obra más conocida, aunque no por ello la más representativa de la producción de Weil), sino que también se hace cargo de toda una “tradición oculta” –como indica Fina Birulés en el artículo introductorio– que debe ser tenida en cuenta si no se desea omitir gran parte del desarrollo filosófico del siglo XX. Un periodo repleto de figuras femeninas en muchas ocasiones silenciadas –o, peor incluso, obviadas–, de imprescindible conocimiento para investigar el decurso de la más reciente historia del pensamiento.

La violencia aplasta a los que toca. Termina por parecer exterior al que la maneja y al que la sufre; nace entonces la idea de un destino ante el que los verdugos y las víctimas son igualmente inocentes, vencedores y vencidos hermanados en la misma miseria. El vencido es causa de desdicha para el vencedor, como el vencedor lo es para el vencido.

Y es que, como también apunta la profesora Birulés, “al hilo del trabajo en torno a Simone Weil, se ha ido haciendo patente que la mayoría de las autoras de la primera mitad del siglo XX habían leído la obra de esta filósofa francesa y que, a pesar de haberlo hecho de formas bien distintas, para todas ellas la figura de Weil parece ser fuente de autoridad”. Aunque gran parte de la obra de Weil fue publicada póstumamente y numerosas autoridades de las mencionadas no lograron tener un contacto directo con ella, sí es cierto que en los escritos y biografías de Zambrano, Arendt, Hersch o Iris Murdoch, por mencionar sólo algunos ejemplos, la sombra (a veces alentadora, a veces aleccionadora) de la pensadora francesa permanece muy presente.

Weil

En sus años de docencia activa, Simone Weil siempre incitó a sus alumnas a que intentaran pensar por sí mismas; con tal objetivo les recomendaba escribir sobre asuntos de la más diversa índole. Su filosofía estuvo ligada desde el primer momento a la realidad que le tocó en suerte vivir. Como ella misma escribió: “la auténtica libertad no se define por una relación entre el deseo y la satisfacción, sino por una relación entre el pensamiento y la acción”. Weil, a diferencia de otras autoras contemporáneas (como en el caso de Edith Stein), se manifestó muy temprano en el apartado político. Una filosofía que no practica –y que no lucha por llevar a la realidad– sus convicciones está herida de muerte. Así, explicaba sin pelos en la lengua que:

El poder encierra una especie de fatalidad que se abate tan implacable sobre los que mandan como sobre los que obedecen; más aún, en la medida en que subyuga a los primeros, se sirve de ellos para aplastar a los segundos. […] Para obtener de los esclavos la obediencia y los sacrificios imprescindibles para un combate victorioso, el poder debe hacerse más opresivo.

Su sobresaliente implicación en el esfuerzo por pensar su tiempo le condujo, incluso, a trabajar deliberadamente en una fábrica, y fue de este modo como comenzó a cuestionarse algunos asuntos capitales que siempre mantendrían un denominador común: la dignidad humana y las relaciones de los humanos entre sí. “El factor social es esencial”, aseguraba en una de sus obras, pues “no existe realmente desdicha donde no se produce degradación social en alguna de sus formas o conciencia de esa degradación”.

Tal dedicación a la causa obrera repercutió muy negativamente en su salud, ya naturalmente maltrecha (sufría dolorosas migrañas a causa de su crónica sinusitis). Toda la obra y la vida de Weil fueron un denodado combate por conseguir la ansiada justicia social. En 1942 confesaba a uno de sus interlocutores epistolares que “tenía el alma y el cuerpo hechos pedazos; el contacto con la desventura había matado mi juventud. Hasta entonces no había tenido experiencia de la desventura. […] Recibí para siempre la marca de la esclavitud”. Hubo de exiliarse de Alemania el mismo año que Arendt, en 1940, debido al nazismo, pasando por Marsella, Nueva York, Londres o Casablanca (entre otros muchos destinos). Tras una existencia plagada de desdichas, en la que sólo encontró consuelo en el pensamiento comprometido y la filosofía, muere en 1943 por inanición en un sanatorio de Ashford, después de sufrir una grave tuberculosis y presa de una absoluta lucidez.

Sus contundentes reflexiones sobre el poder, la opresión, el pacifismo, la coacción y las razones de la lucha social, así como su pensamiento más metafísico (tildado en no pocas ocasiones de místico) sobre la relación del ser humano con la divinidad, pertenecen hoy al patrimonio de la filosofía occidental, que aún ha rendido pocos e insuficientes honores a esta mujer de férreo carácter, endeble salud y decidida voluntad que entregó su vida para comprender el mundo que vivió.

No hay dominio de sí mismo sin disciplina, y no hay más fuente de disciplina para el hombre que el esfuerzo requerido por los obstáculos interiores. […] Son los obstáculos con los que tropezamos y que debemos vencer los que nos dan la ocasión de superarnos a nosotros mismos.

Sobre Deleuze: entrevista a Toni Negri

Por: Santiago López Petit. LOBO SUELTO. 

Realizada en París, enero de 1994

¿En qué sentido Gilles Deleuze asume el marco postmoderno y, en el mismo momento, se sitúa más allá de él? Es decir, se opone a toda forma de debilitamiento del ser, de relativismo…

Creo que, en efecto, Deleuze va más allá de lo postmoderno en el sentido en que el concepto mismo de “post”, es decir, la transgresión de la crítica de lo moderno, es empujada hasta el redescubrimiento o la construcción de una imagen productiva del ser. Esto quiere decir que en Deleuze no hay sólo realización crítica de lo moderno –como estado o situación- sino también descubrimiento, la insistencia en una clave productiva que es irreductible. En el fondo, lo postmoderno es un modelo de subsunción general del ser en la circulación del ser, en la circulación de la significación. En Francia, en particular, donde la concepción de lo postmoderno es definida por primera vez, lo postmoderno es estructuralismo sin sujeto. Y es cierto que el pensamiento de Deleuze se mantiene en el cuadro del estructuralismo, los bordes del pensamiento de Deleuze están completamente enraizados en la visión estructuralista del mundo, pero este estructuralismo es un estructuralismo sin estructura, es decir, sin post-moderno. Existe en Deleuze una idea de productividad del ser, del deseo, que es verdaderamente el elemento que rompe con lo postmoderno en el mismo instante en el que lo plantea. Ésta es la característica fundamental del pensamiento de Deleuze. Ser justamente, por un lado, un postmodernismo sin postmodernismo, un estructuralismo sin estructura, y por otro lado, la completa identificación de este impulso –y digo impulso porque no olvido nunca las fuentes bergsonianas del pensamiento de Deleuze- que convierte a este desarrollo de la dimensión del ser  en algo siempre abierto, siempre productivo. Yo no diría que en Deleuze no existe un cierto relativismo. Hay relativismo en el pensamiento de Deleuze, pero es un relativismo epistemológico que es siempre superado por lo absoluto –utilizo el término “absoluto” en el sentido de Spinoza- por el carácter absoluto del ser, del acto, que es completamente ético. En el último libro de Deleuze “Critique et clinique” hay un capítulo verdaderamente extraordinario en el que se reinterpreta el lenguaje de la “Ética” de Spinoza. Por primera vez, Deleuze habla del lenguaje del amor, del lenguaje del “percepto” como algo eterno. Y esto es, en mi opinión, lo esencial de Deleuze. El hecho de que acepta el horizonte en el que todas las posibilidades de la dominación se han realizado y que, sin embargo, es capaz de resaltar en todos los lugares y en el doble sentido –como elemento crítico y como elemento productivo- esta pasión del ser, de Dios, del Absoluto.

Que la obra de Deleuze es una obra directamente política está fuera de duda. Él mismo lo expresaba en una entrevista que le hiciste cuando afirmaba: El Antiedipo es una obra de filosofía política.  Pero su obra es esencialmente otro modo de pensar en el que la diferencia ocupa el lugar del ser, el acontecimiento el lugar del sentido. La pregunta es: ¿hasta qué punto esta innovación en el pensar se traduce en un modo diferente de hacer política? O, de otra manera: ¿qué uso has hecho tú de ella?

Es totalmente cierto que esta otra manera de pensar es fundamental en Deleuze. Pienso en el hermoso artículo de Foucault sobre “Différence et Répétition” que se llama “Theatrum Philosophicum” que es absolutamente decisivo como interpretación del pensamiento de Deleuze. “Différence et Répétition” es el discurso del método de Deleuze sobre el cual se insertan después las grandes “signatures du monde” como llama Eric Alliez en un libro reciente muy interesante –pero en mi opinión con algunas limitaciones aunque esto es secundario- a los grandes libros “L’Antioedipe”, “Mille Plateaux” y quizá “Qu’est-ce que la Philosophie?”. Hay pues esta otra manera de pensar que se quiere profundamente antiplatónica, en la que el sentido del acontecimiento y de la singularidad, de la “haecceidad” se hacen centrales.

El cuadro que tenemos ante nosotros es el mismo al que antes me refería, es decir, esta imagen postmoderna de lo real que es animada por esa irreductibilidad de los procesos de subjetivación. Por tanto, hay una práctica de los procesos de subjetivación, lo que significa que el mismo modo en que se plantea la cuestión es muy importante. Deleuze rechazaría el hecho de hablar, por un lado, de un modo de pensar y, por otro, de un modo de actuar. Porque la imagen del pensamiento en Deleuze es ya un actuar, dado que justamente no existen estas mediaciones platónicas ideales y representativas entre acción y pensar. Lo que es absolutamente fundamental es la presencia del actuar en la definición del pensamiento. No se puede definir un acontecimiento si no tenemos en cuenta su singularidad. Si se piensa el acontecimiento es necesario que la subjetividad esté ya en su interior, o que este acontecimiento se haya formado en el proceso de constitución permanente y continua de la subjetividad. La interacción o intercambio entre los niveles de conocimiento y de la práctica es total. En tre actuar y pensar existe una interfase activa. Desde este punto de vista, la concepción del mundo de Deleuze es una concepción maquínica que establece fundamentalmente una idea continua de hibridación del mundo de la subjetividad pensante y de la subjetividad actuante, de la cultura y de la naturaleza, de la historia y de la máquina física, del significante y del significado. Una gran parte del trabajo hecho por Deleuze y Guattari es precisamente un intento constante de definición de esta especie de materia viva, jamás primordial, siempre organizada según niveles crecientes de complejidad y, en cuyo interior, la relación entre pensar y actuar se hace un continuo. ¿En qué sentido todo esto puede servir a la política? ¿O en qué sentido me puede haber servido a mí y a mis compañeros? Yo creo que, en realidad, hoy es imposible definir lo político si no es como la forma en que la integralidad de la vida humana se da. Y cuando digo vida humana me refiero a la historicidad, a los complejos maquínicos que unen la historicidad a la naturaleza, hablo de la metamorfosis continua que reúne la humanidad en una transformación y en una consolidación. Todo esto es lo político. Pues bien, hay que gestionar este proceso. La política no es ni más ni menos que el proceso de subjetivación en tanto que proceso global, colectivo. Por tanto, desde este punto de vista, si se piensa la política como representación está claro que nos separamos del pensamiento de Deleuze. Si se piensa la política como consecuencia del pensamiento, incluso cuando es una consecuencia unívoca o directa, también estamos fuera de Deleuze. La única manera de pensar la política para Deleuze sería pensarla como englobando todos los procesos de subjetivación. Procesos de subjetivación que son individuales, colectivos, que viven siempre en el interior de una complejidad productiva e interaccionante. Y eso es lo político. Lo político es el momento más alto de la ética. Lo político, en Deleuze, es la capacidad de afirmar la singularidad en tanto que absoluta.

Indudablemente la crítica que lleva a cabo Deleuze de la representación, del sujeto es esencial y definitiva. A esta crítica hay que añadir indisolublemente su descubrimiento de la multiplicidad, de las singularidades que pululan en el plano de inmanencia. La cuestión sería: ¿Qué destino les aguarda a estas singularidades cuando aparecen desvinculadas de toda forma de contrapoder? Esta ausencia de desarrollo político no debería conducir a privilegiar una práctica política de minorías frente a una de masas. Lo digo pensando en la distinción que Deleuze establece entre minorías y mayorías cuando afirma que lo que está en juego no es un problema numérico.

Estoy bastante convencido de que en el discurso político de Deleuze el problema fundamental es el de comprender los espacios expansivos de la resistencia. Esto quiere decir que la singularidad es definida siempre como resistencia. Los procesos de singularización, la formación de la subjetividad, es siempre la afirmación de una potencia de resistencia increíble. ¿Qué es en el fondo la subjetividad? Deleuze juega siempre con la imagen de las habitaciones vacías, pero que son el contexto de la subjetividad. Habitaciones que están delimitadas pero que pueden siempre plegarse, tomar otras formas y llenarse de este modo de sí. Y es esta relación entre la delimitación y la resistencia que estos procesos de subjetivación determinan, la construcción de estos pliegues, de estas estrías de subjetividad sobre el terreno liso del ser dado, lo que constituye la expansión de la resistencia. Lo que quiero decir es que la resistencia no es un fenómeno que pueda ser en Deleuze encerrado en la negatividad. La dimensión del deseo, por ejemplo. La dimensión positiva de la interacción global de todos los elementos que viven en esta superficie del mundo determina cada vez en la resistencia una dimensión positiva, una dimensión agresiva, una dimensión constitutiva del ser. Lo que es impresionante en el discurso deleuziano es justamente el hecho de que solamente la resistencia es constituyente. Sólo el punto más extremo de afirmación de las condiciones de los procesos de subjetividad es creativo. Así, desde este punto de vista, yo no hablaría de defensa de las minorías y eliminación del concepto de masa o de mayoría. El problema consiste en que no puede haber ni masas ni mayoría si una y otra no están llenas de resistencia. En Deleuze hay un horror al vacío que es tan grande como el que existía en Foucault. El vacío no existe. Existe sólo lo lleno. Y este lleno puede estar delimitado por el vacío, pero es un vacío exterior y desontologizado, óntico. Por tanto Deleuze no está contra la mayoría o contra las masas. Quiere que los movimientos de masa sean movimientos de subjetivación, quiere que las masas sean como un océano del cual se puedan apreciar todas las gotas. Todas. Su trabajo no es el de negar el océano, sino de trabajar siempre por la constitución y la definición de los niveles de transversalidad, de las posibilidades más complejas, de los dispositivos [agencements] más complejos y difíciles que pueden determinarse en la constitución de estas masas. Desde un punto de vista filosófico la posición de Deleuze es la de una ontología unívoca de un ser expresivo y creativo. Es una bomba explosiva, inmanente. No hay nada diferente, tan sólo la negatividad de los otros.

Spinoza y Nietzsche son dos de los autores fundamentales en los que Deleuze se apoya. Ciertamente es difícil decir cuál de los dos juega un papel más importante en su obra. ¿Crees que la influencia de Nietzsche que produce en definitiva un concepto de crítica como afirmación (“Amor fati…”) tiene que ver con una cierta ambivalencia, con un cierto borrarse el antagonismo que pudiera existir en Deleuze?

Nietzsche y Spinoza, con formas totalmente diferentes en su exposición, han admitido lo que te decía en la anterior pregunta. En Spinoza es clarísimo y me remito de nuevo a este último artículo de Deleuze al que me refería. ¿Y en Nietzsche? Hay que leer con atención a Nietzsche porque su “Amor fati”, su Eterno Retorno determina un desplazamiento que se convierte en singularidad. ¿Qué el antagonismo se borra? Si se entiende el antagonismo como el enfrentamiento entre dos fuerzas positivas, como un antagonismo dialéctico –en el fondo la clase obrera era una parte del capital, el capital variable justamente- ese antagonismo considerado como algo que se articula en un plano dialéctico implica obligatoriamente una solución representativa. Es evidente que en Deleuze todo esto se viene abajo. La sola posibilidad es construir sobre la resistencia, pero no hay que reducir esta idea a una idea anarquista y antigua de aislamiento. Estamos ante fenómenos que constituyen el ser, que realizan el ser posible. Existe esta dimensión  de totalidad curiosamente invertida pues la totalidad es ahora negada en tanto que concepto. Pero, en el mismo momento en que la niegas en tanto que concepto, se convierte en real, lo que quiere decir es mucho más fuerte. Cuando uno piensa, por ejemplo, en el carácter absoluto de la democracia que defiende Spinoza. Democracia es ese carácter absoluto de la “multitudo” formada por individuos que se hace real. Hay que empujar hasta el final la negación de todos los procesos de representación, de representación epistemológica o metafísica, para llegar a comprender este paso esencial de la construcción del ser como un ser positivo. Y en este punto, en concreto, critico todas las posiciones que empujan la negatividad hasta su identificación. Consideremos el caso de Giorgio Agamben. Agamben ha publicado un pequeño texto sobre Bartleby de Melville y Deleuze en su último libro también. Es completamente evidente la diferencia que hay entre un pensamiento negativo a la Agamben, que llega con su potencia enorme a la definición de esta primera fundación del ser o si quieres negación de su fundación, pues el límite es sumamente ambiguo y equívoco, y por otro lado, la posición de Deleuze, que conlleva una positividad extremadamente extraña y plena.

Deleuze como persona es poco conocido. Cuando la Guerra del Golfo fue uno de los pocos pensadores franceses que públicamente se opuso a ella. ¿Podrías decirnos algo más acerca de su vida?

Deleuze es un auténtico izquierdista. Sus actividades políticas han sido siempre totalmente coherentes y continuas. Desde la Guerra de Argelia en la cual no participó porque estaba enfermo y frente a la cual mantuvo una posición radicalmente en contra, hasta los años 60-70 en los que se pronunció desde un principio a favor de los estudiantes. Posteriormente participó junto a Foucault en las luchas a favor de los presos que llevaron a cabo unos comités revolucionarios. Después, la posición política quizá más curiosa y divertida, es cuando Deleuze participó en la candidatura a favor de Coluche a la presidencia de la República. Coluche era un payaso muy conocido que llegó a recoger hasta el 30% de los votos en los sondeos. Posiblemente fue uno de los momentos más álgidos políticamente hablando de burla e irrisión del sistema político en Francia.