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No voy al Congreso (del Futuro). Carta-respuesta
Por Franco “Bifo” Berardi
A comienzos del mes de octubre recibí una invitación para participar en el Congreso del Futuro en Santiago de Chile y respondí que sí, que me parecía bien ir a Chile para discutir con colegas de diferente proveniencia sobre las perspectivas de la sociedad contemporánea.
Luego vino el 18 de octubre y las demostraciones masivas en las calles del país. He seguido con atención los acontecimientos chilenos, porque yo sé que este país tiene un papel especial en la historia de la modernidad tardía. Es el país donde el proyecto socialista encabezado por Salvador Allende y apoyado por la mayoría de la población, fue brutalmente sofocado por Augusto Pinochet, magnicida e instrumento de la dictadura financiera global, en una síntesis de tortura y explotación.
La herencia de Pinochet no ha sido cancelada, porque la Constitución que el dictador promulgó – una mezcla de ideología neoliberal y de normas autoritarias – sigue siendo la ley del país. Gracias a la Constitución de 1980 la violencia policial es legal y el sistema de educación pública sigue siendo remplazado por las costosas escuelas privadas de la elite.
Desde el 18 de octubre de 2019 millones de estudiantes, trabajadores, mujeres e intelectuales han marchado en las calles y en las plazas de Chile, declarando que quieren acabar con la Constitución del 80, cancelarla, y así poder escribir desde abajo una nueva constitución, basada en principios de libertad, solidaridad e igualdad social.
Según lo que he podido leer, el régimen de Sebastián Piñera reaccionó de manera brutal, declarando la guerra contra su propria sociedad. Más de 30 personas murieron en las calles, mientras que más de 300 han perdido un ojo por efecto de la acción policial y miles de jóvenes han sido detenidos y apresados.
En este punto he decidido ponderar cuidadosamente el sentido que el Congreso de Futuro puede adquirir en el contexto de la situación presente, y he visitado con interés el sitio web https://congresodelfuturo.cl/ cuando fue publicado.
La estética del sitio y su mensaje nos hablan del brillante futuro que todos deberíamos desear: uno de desenfrenada competencia y éxito individual. Un futuro en donde el cielo brilla y las y los jóvenes corren felices en verdes y campestres prados.
Sin embargo, hasta donde yo sé, ni el cielo se ve muy luminoso por estos días, debido a la catástrofe climática global; ni los jóvenes corren todos felices, obligados como están a afrontar la violencia económica, el desempleo y la precariedad laboral.
Hace algunos días, en el New York Times pude leer una editorial de Sebastián Piñera sobre la situación del país del cual es presidente. Olvidando la guerra que él mismo declaró a su propio pueblo, Piñera habla de democracia y de justicia con las mismas palabras hipócritas que usan los organizadores del Congreso del Futuro.
Entonces, con mucha pena yo he decidido que no iré a Santiago de Chile, porque soy consciente de que no podría ver a mis amigos que más me gustaría saludar durante mi estancia chilena, pues se encuentran detenidos o están sufriendo por las heridas infligidas por los agentes de Piñera.
Visitando el sitio de promoción del Congreso he podido escuchar la grabación de un discurso mío, por cierto, sin preguntar por mi permiso ni consentimiento. En este discurso hablo de libertad y de superación del trabajo asalariado. Digo, en mi vacilante castellano, algo como: “si nos liberamos de la episteme salarial, de la superstición del salario, empezamos a entender que la riqueza es otra cosa. No es la acumulación de dinero o mercancías, sino el tiempo para gozar libremente de lo que ya existe”. Naturalmente, sé lo que quería decir en aquella grabación de una de las varias charlas que he dado en español, pero en tanto el sentido de las palabras está determinado por el contexto, hablar de libertad y de alegría de esta manera puede sonar ridículo en el actual contexto chileno.

Manuel Cervera-Marzal: «En Francia estamos en una etapa de auge de la resistencia»
En el contexto de las movilizaciones en defensa del clima o de las protestas de los chalecos amarillos, la desobediencia civil se ha convertido en un elemento imprescindible en las acciones llevadas a cabo por los movimientos sociales contemporáneos.
¿Se debe a que el sistema representativo se ha vuelto impermeable a las reivindicaciones de la sociedad? ¿Debe considerarse una estrategia más propicia para lograr victorias o un mal menor en un contexto político endurecido? ¿Cuál es su genealogía, en Francia y en el extranjero?
Fabien Escalona y Christophe Gueugneau de Mediapart entrevistan a Manuel Cervera-Marzal, investigador del FNRS (por sus siglas en francés, el Fondo Nacional de Investigación Científica, de la Universidad belga de Lieja) e investigador postdoctoral del LabexMed (Universidad de Aix-Marseille, en Francia).
En la confluencia de la filosofía, de la ciencia política y de la sociología, Cervera-Marzal ha dedicado muchos años a comprender la teoría y las prácticas de la desobediencia civil, a la que ha dedicado numerosos trabajos, como la historia de La Pensée désobéissante de Thoreau à Martin Luther King [El pensamiento desobedeciente de Thoreau a Martin Luther King], o un ensayo dedicado a Les Nouveaux Désobéissants [Los nuevos desobedientes].
El movimiento de los chalecos amarillos marcaba el año 2019 en Francia. Sus protagonistas no han dudado en ocupar las rotondas, manifestarse en espacios prohibidos… ¿Se puede considerar entonces que es un movimiento de desobediencia civil?Teniendo en cuenta que este movimiento es sobre todo polifacético, es evidente que algunas de las acciones que abarcan se ajustan completamente a esta tradición. Construir y vivir en campamentos instalados en las rotondas responde claramente a la definición de desobediencia civil, es decir, llevar a cabo acciones ilegales pero no violentas.
Es cierto que estos actos no los han reivindicado los chalecos amarillos, al menos hasta donde yo sé. Lo veo como un reflejo de la sociología del movimiento, porque tras la desobediencia civil cada vez están más presente las clases medias con estudios. El término se ha convertido en una etiqueta que sacan en el debate público aquellos familiarizados con sus códigos.
Decir que se lleva a cabo desobediencia civil es afirmar que se es subversivo y no violento (algunos dirían que subversivos, pero no demasiado). El propio término desobediencia hace pensar en la infancia, por lo que tiene una connotación positiva. Se diferencia así del black bloc, o de los radicales, con independencia de quienes sean. Pero esta etiqueta sólo puede aplicarse si uno la ha descubierto culturalmente, en la universidad por ejemplo.
Cada vez es más reivindicada la desobediencia civil, ¿es posible hacer el trazado de su historia y de su rebrote en Francia?
En la década de los 50, surge la tradición de acciones ilegales y no violentas, en particular con el movimiento El Arca, que emana del gandismo [una corriente filosófica y política que pretende seguir las enseñanzas de Mahatma Gandhi].
Son pacifistas que crean comunidades vegetarianas no violentas basadas en el modelo del ashram indio. También lanzan acciones contra la energía nuclear militar, por ejemplo, tratando de entrar en las bases para demostrar que no son tan seguras.
Esta tradición continuó hasta la década de 1970. Lo encontramos en el rechazo a hacer el servicio militar durante la guerra de Argelia, en los movimientos de la segunda ola del feminismo, o en Larzac donde sus militantes están muy presentes, aunque no sean los únicos, para impedir la ampliación de los terrenos militares.
En la década de los 80 observamos que se debilita. Pero más allá de la desobediencia civil, los movimientos sociales en su conjunto se debilitan con el gobierno de siete años de François Mitterrand. La izquierda que accede al poder aspira a directivos y satisface una parte de las reivindicaciones, por ejemplo renunciando a las pruebas nucleares o a la extensión de Larzac.
¿Cómo reaparece el movimiento?
A mediados de los años 90, varios colectivos retomaron esta forma de acción para defender causas muy diferentes: Act-up y la famosa acción que cubre el Obelisco de la Concordia con un preservativo; el colectivo Jeudi Noir que abre las primeras casas okupas; la Red de Educación sin Fronteras que ayuda a los migrantes y a sus hijos; el desmantelamiento de McDonald’s en Millau en 1999…
Son colectivos bastante estancos, que poco a poco se van acercando unos a otros, al darse cuenta de que todos ellos utilizan el vocabulario de la desobediencia y recurren a un repertorio de acción similar.
Este movimiento se inscribe en un contexto más amplio de los inicios de la conflictividad social y el altermundismo. Recordemos a José Bové, que participó no sólo en la acción de Millau sino también en la siega de los campos de transgénicos, lo que llevó al presidente Jacques Chirac a tomar posiciones. En esa época, publicó un libro con el periodista Gilles Luneau, titulado Pour la désobéissance civique.
Todavía hoy seguimos en ese ciclo, con un mayor efecto de masas. En el caso de Extinction Rebellion (RX), ya no estamos hablando de docenas sino de cientos de personas que dicen ser desobedientes civiles, lo que ya es algo considerable.
Alude a Extinction Rebellion, también podemos mencionar la ANV-COP21. ¿Estos movimientos responden a la misma lógica?
Los dos movimientos no tienen la misma historia. La ANV proviene del Movimiento por una Alternativa No Violenta (el MAN). Creado en 1974, se inscribe aún hoy en día en la estela de Gandhi. XR surgió totalmente fuera del MAN, aunque retoma los principios y hasta una causa, la ecología, que está muy cerca de él. Dentro del MAN, la gente se preguntaba realmente de dónde proceden estos nuevos activistas.
La sociología de RX está muy cercana al MAN en términos de origen social, pero más joven. XR nació menos de una lectura en profundidad, de una reflexión sobre la no violencia que habría madurado lentamente, y más de un movimiento de desobediencia civil vinculado a la emergencia climática, lo que implica que no hay tiempo para perder cinco elecciones presidenciales o años de procedimientos legales.
En una tribuna publicada en Libération, los intelectuales Sandra Laugier y Albert Ogien le reprochan a Extinction Rebellion dos cosas: que no se haya metido en política y que no haya desobedecido realmente, sino que simplemente haya llevado a cabo bloqueos para exigir actos al Gobierno. ¿Qué opina?
De hecho, Laugier y Ogien le reprochan a Extinction Rebellion que se dirija al Gobierno, y por lo tanto presuponer que el gobierno tiene la solución. En mi opinión, este no es un criterio que impida hablar de desobediencia civil. Ya lo he dicho, presupone dos criterios: el hecho de desobedecer (es decir, realizar acciones ilegales, aunque no todas las acciones ilegales son obviamente desobediencia civil), pero desobediencia no violenta. Esto no presupone nada en relación con el poder y su legitimidad.
En la historia de la desobediencia civil, se encuentra frecuentemente una demanda hecha al poder político. Por ejemplo, en el caso de Gandhi, estaba claro: « Quit India ». Pero también existe, en la mayoría de los casos, una política prefigurativa, es decir, la creación de los embriones de las instituciones que se desea ver emerger. Por eso Gandhi también alentó a los ashrams y abogó por la autonomía.
Encontramos esta doble dimensión en el caso de XR, que no sólo pide cosas al Gobierno sino que también trata de organizar un modo de vida democrático y ecológico, que es ciertamente embrionario, como el de Châtelet, pero que existe.
También lo encontramos en las agrupaciones [anarquistas] Zones à Défendre (ZAD), con la ocupación ilegal de tierras pertenecientes a Vinci, Carrefour u otros, la mayoría de las veces de forma no violenta, a la vez que se da vida a otro proyecto social aquí y ahora. Martin Luther King habló de « contestación creadora » para marcar estos dos aspectos de la desobediencia civil.
« Estamos en un momento de desorientación estratégica »
La cuestión sistémica de la violencia policial finalmente ha salido a la luz en este último año. ¿La intensidad de la represión, incluso contra este tipo de acciones pacíficas, ha hecho reflexionar en los círculos que practican la desobediencia civil?
Es un hecho que el arsenal represivo se ha incrementado enormemente. Relaciono este fenómeno con el giro de austeridad del Estado, que recurre cada vez más a este medio para compensar la escasez de lo que ofrece en términos de bienestar o de horizonte de progreso. Lo interesante de la desobediencia es que el aumento de este repertorio de acciones se debe a dos factores, que apuntan a este cierre del juego político.
Por un lado, los militantes se han radicalizado porque ya no basta con afiliarse a un sindicato, hacer huelga, una manifestación o votar a un partido contestatario. Siguen haciéndolo, pero lo consideran insuficiente o ineficaz, por lo que buscan otros medios de acción, como complemento de su panoplia militante.
Por otro lado, la radicalización del Estado ha convertido a la gente en desobedientes que no han cambiado nada en su repertorio de acciones, y se encuentran fuera de la ley porque se ha reducido el perímetro de lo que se puede hacer legalmente.
El llamamiento al boicot está, pues, prohibido desde 2011: de la noche a la mañana, lo que se aceptó en los años 90 para Sudáfrica ha quedado prohibido. En cuanto al derecho de huelga, el fenómeno ha sido idéntico, el servicio mínimo ha implicado la obligación de dar un preaviso de 48 horas antes de hacer una huelga, es decir, la prohibición de las huelgas espontáneas.
Por último, me gustaría añadir que, aunque la represión ha aumentado, es diferenciada. El tratamiento judicial reservado a los jóvenes que retiran los retratos de Emmanuel Macron no es el mismo que el reservado a los chalecos amarillos, y no es el mismo tratamiento que se aplica a Assa Traoré del Comité para Adama, que está en su quinto proceso judicial.
Cuando trabajaba en mi tesis, participé en acciones de desobediencia casi todas las semanas durante dos años, y sólo estuve en detención preventiva dos veces, ¡sin consecuencias! Así que no se trata a todos de la misma manera.
Fue flagrante en la Plaza de Châtelet durante la ocupación que llevó a cabo Extinction Rebellion…
Y los activistas fueron muy cuestionados porque aparecieron como inofensivos. Anne Hidalgo, la alcaldesa de París, los presentó como salvadores del planeta a los que se les permitió de buen grado ocupar la plaza… Esto es lo que Laurent Jeanpierre presenta en In Girum: si queremos erradicar la contestación social, tenemos que jugar en dos frentes, al recuperar la parte más integrable del movimiento y reprimiendo la parte « irrecuperable ».
¿Hay actos de desobediencia civil que pasan a ser acciones que dejan de ser civiles?
Esas acciones puede ser en ambos sentidos, porque entre los desobedientes también hay quienes proceden de ambientes más violentos. Pero sí, he observado transiciones a entornos de acción más radicales, a través de los recorridos individuales de los activistas que he estudiado entre 2010 y 2014.
Por esquematizar, después de las manifestaciones y luego de la desobediencia civil, algunos fueron a Bure (Mosa) o a Notre-Dame-des-Landes (Loira-Atlántico). El hecho de fabricar cócteles molotov o construir barricadas fueron un paso más allá de las acciones agradables de abrazar a los policías, a quienes se les dijo que lo hacían por sus hijos. También hay gente que participó en el movimiento de Nuit debout y que asistió a las largas horas de negociaciones antes de descubrir la alegría de la manifestación salvaje y de las protestas.
Además, la cuestión del sabotaje se discute cada vez más en los círculos de desobedientes, lo que es nuevo. Detrás de ella, está la idea de que al permanecer en la no violencia pura, uno se arriesga a convertirse en el tonto útil del poder, que utiliza a personas desobedientes pacíficas para señalar con el dedo a los manifestantes « malos ».
Esto también es porque el poder no cede más que con las acciones rutinarias, ¿verdad? Cuando ves a políticos como Corinne Morel-Darleux hablando de sabotaje…
También podemos hablar de Isabelle Attard y de su conversión al anarquismo. Ambas personas resultan interesantes porque, como representante local o diputada, se enfrentaron a los atolladeros institucionales de la manera más directa posible. Tan pronto como se dejan las instituciones para explorar otras posibilidades, llegamos muy rápidamente a repertorios de acción más radicales.
Por eso también vemos a hombres y mujeres –porque son más numerosos de lo que creemos generalmente– en el black bloc, aunque sean ejecutivos de comunicación, trabajen en la publicidad de un producto que odian, o contables de KPMG, etc. Hay gente que trabajó mucho en la campaña de Mélenchon en 2017 y que recurrió a modos de acción que no imaginamos compatibles con el activismo político clásico.
Suena incoherente, pero en el fondo no lo es tanto. En efecto, nos encontramos en un momento de desorientación estratégica en el que nadie ha demostrado que su estrategia, ya sea en las urnas o en la desobediencia civil, sea la más relevante. En este tanteo, se pasa con bastante rapidez de un modo a otro.
¿Se mantiene el argumento clásico, retomado por Mélenchon, por ejemplo, según el cual siempre se pierde con la violencia porque el Estado siempre será el más fuerte?
Las personas desobedientes lo asumen de buen grado. No sólo existe la idea de que el Estado se impondrá con mayor facilidad en lo que se refiere a la violencia, sino que también existe la convicción de que si se ganara en ese terreno, no sería deseable, porque quienes ya lo han hecho han creado posteriormente regímenes autoritarios. En cualquier caso, el ideal político que se persigue no sale indemne, o se ahoga o se corrompe.
Además de esta dimensión estratégica, los desobedientes añaden una dimensión ética a su reflexión, argumentando que la violencia es inmoral en cualquier caso. El ataque a la integridad física de los oponentes está mal visto por los activistas de la desobediencia, que a menudo insisten en la diferencia entre una persona y la función que ocupa, o entre el sistema capitalista y los capitalistas dentro de él. Estos argumentos éticos para el rechazo de la violencia son importantes para ellos y hacen su originalidad.
Después de todo, no es seguro que la gente que asiste a las protestas refute sus argumentos estratégicos. No justifican su presencia argumentando su eficacia, como si eso hiciera ceder al gobierno o a las multinacionales. Lo que se desprende de sus textos es la idea de la violencia como salida, que proporciona adrenalina y una sensación de vida intensa.
¿Democracia directa como alternativa?
Usted ha escrito y trabajado en la noción de democracia radical. ¿Cómo la describiría?
He usado el término, pero ahora lo encuentro demasiado vago. Al fin y al cabo, uno es siempre radical para alguien; el término permite situarse relativamente, pero no dice mucho en sí mismo. El término « democracia directa » me parece preferible, porque hay más consenso entre los especialistas sobre su contenido y eso es lo que se está haciendo o se ha experimentado en muchas iniciativas.
La democracia directa se define como la ausencia de representación política, lo que no impide la delegación, que se diferencia en la medida en que se hace en mandatos imperativos o semiimperativos, con la posibilidad de destituir a los delegados, que reciben un subsidio correspondiente al salario medio, pero no acumulan recursos que podrían convertirlos en profesionales de la política. Todo lo que se puede decidir localmente se decide localmente, y a niveles más altos tales delegados son enviados por la práctica de sorteo en lugar de por elección.
Una vez que tenemos todos estos ingredientes, tenemos la democracia directa tal y como se ha practicado, obviamente nunca en esta forma pura, tanto en Chiapas desde los años 90 como en Cataluña en 1936, con los soviets rusos en 1917 o los consejos de Budapest en 1919… Estoy mencionando deliberadamente ejemplos que involucran a millones de personas durante varios años, y no micro-bolsas de resistencia, para subrayar que la democracia directa puede ser una realidad y no sólo una utopía.
Nos encontramos aquí en el terreno político-institucional. ¿Es posible la democracia directa en cualquier entorno económico?
Para mí la pregunta es esencial, pero reconozco que los movimientos actuales, ya sean los chalecos amarillos o los activistas del clima, no se la plantean demasiado. Se trata del desafío de los medios de producción, de su control y de la organización dentro de la propia empresa, ya que no tendría sentido vivir en democracia directa y al mismo tiempo trabajar 40 horas a la semana en un sistema de tipo feudal.
La democracia plena significaría extenderla al campo de la producción, con los trabajadores controlándola en lugar de los propietarios y accionistas. Se me podría reprochar que recitara mi breviario marxista, pero la pregunta la había formulado el movimiento obrero incluso antes de los escritos de Marx, cuando se organizó en cooperativas y mutualidades.
Ahora bien, el punto de partida de la movilización de los chalecos amarillos no son las condiciones de trabajo y la remuneración, sino un impuesto, un patrón que se puede encontrar en muchos países donde esto se está « resquebrajando » en este momento.
Pero este cuestionamiento de la lógica capitalista no está ausente de los movimientos actuales. En las manifestaciones contra la reforma laboral, y después de algún tiempo en las manifestaciones de los chalecos amarillos, se escuchó, por ejemplo, el cántico « Anticapitalista ».
Estoy de acuerdo en que probablemente vuelva como una idea o como un eslogan. Pero, por el momento, no es en las empresas donde se producen luchas significativas con este grado de radicalismo. Sin embargo, ciertamente existe un caldo de cultivo para ello, ya que, contrariamente a lo que se cree, el conflicto no ha desaparecido.
Un estudio de la Dares (conocido como REPONSE) ha documentado bien el hecho de que ciertas formas de conflictualidad han disminuido drásticamente a lo largo de las décadas (en particular el número de días no trabajados debido a huelgas), pero que otras formas han explotado (absentismo, huelga de celo, rechazo a las horas extra) que se experimentan de manera más individualizada o incluso disimulada.
En términos generales, hemos salido del período más sombrío para la acción y las demandas colectivas. Estamos en una fase de creciente resistencia, con la llegada de nuevas fuerzas militantes, redes que se están tejiendo, sin mencionar las lecciones aprendidas de cada movimiento.
La democracia directa es una respuesta a la tergiversación de nuestro sistema político e institucional. El populismo es otra respuesta, cuyas inspiraciones también exploras en el campo del pensamiento político, y formas concretas en el campo partidario. ¿Ve estos dos fenómenos como vinculados o antagónicos?
Hablemos de los movimientos desobedientes de derechos civiles o de la descolonización de la India, la cuestión de la encarnación y del liderazgo carismático es inevitable. Luther King y Gandhi no eran ejecutores de instrucciones procedentes de sus bases, eran ultradirigentes que podían imponer orientaciones, incluso contra sus lugartenientes y miembros ordinarios.
La hiperencarnación presenta claramente el peligro de un giro hacia el autoritarismo, pero también puede producir un efecto dominó y una movilización popular. Puede movilizar categorías sociales que antes estaban confinadas a la indiferencia o la pasividad, así como crear bolsas de autoorganización en muchos lugares.
¿Dónde sitúa la convención ciudadana sobre el clima en este paisaje?
La iniciativa proviene de la Presidencia de la República, ciertamente en respuesta a una demanda social, pero con la idea de cooptar la protesta, instrumentalizando el proceso deliberativo y el sorteo, del que sigo siendo un firme partidario. Dicho esto, he tenido la sensación de que la bestia podía superar a su creador. Se plantearon muchas opciones que habría sido inimaginable ver debatidas en el Parlamento. Incluso los experimentos muy institucionales pueden ser subvertidos.
Versión española : Mariola Moreno, infoLibre, socio editorial de Mediapart. Edición Irene Casado Sánchez.
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Convertir la masa en clase
Por Eli Zaretsky
En el plano más inmediato, el fracaso a la hora de mostrar liderazgo en la cuestión del Brexit parece haber sido la causa principal de la derrota. Hubo dos planos en este fracaso. El primero tiene que ver con la relación del Partido Laborista con el pueblo británico. Después del referéndum, tanto Theresa May como Corbyn podían haber tratado de unir al país en torno a un Brexit ‘blando’ de compromiso. Por el contrario, May trató de conciliar a la extrema derecha del Partido Conservador, mientras que Corbyn prefirió sofisticar la cuestión del Brexit con la esperanza parcialmente errada de que al obrar así podría mantener unido al laborismo. El fracaso conjunto de ambos llevó a tres años de estancamiento, beligerancia y confusión. Esos años le proporcionaron a Johnson su oportunidad de cortar el nudo gordiano.
En el caso del laborismo, hubo un segundo y más profundo plano para ese fracaso. A la clásica manera de la vieja izquierda, Corbyn sugirió que el Brexit era una ‘contradicción secundaria’ y que la ‘verdadera’ cuestión era la de socialismo versus capitalismo. En efecto, esto perpetuó la idea de que el socialismo es simplemente un cambio en el sistema económico, más que una reorientación de los valores y el espíritu que guía a los diversos pueblos que componen Gran Bretaña.
A buen seguro, el referéndum fue desafortunado y, a largo plazo, es probable que la cuestión de si permanecer o no en la UE se demuestre secundaria. Pero el hecho sigue siendo que el referéndum abrió una crisis existencial relativa a la identidad de Gran Bretaña, sus divisiones internas, su relación con Europa y su lugar en el mundo, una crisis en la que las cuestiones del socialismo y el nacionalismo han estado inextricablemente entrelazadas. La crisis, dicho de otro modo, no era ni es ‘cultural’ (es decir, nacionalismo versus cosmopolitismo) ni ‘económica’ (capitalismo versus socialismo), el menos no en el sentido antiguo de estos términos.
Corbyn tuvo la idea correcta al tratar de desplazar la cuestión de si dejar o no la UE hacia la meta del socialismo, pero es posible seguir construyendo sobre la naturaleza limitada de lo que logró considerando la fuerza populista que llevó a la victoria de Johnson. ¿Cómo puede responder la izquierda a una fuerza en buena medida irracional, emocional del género de la que dio impulso al Brexit? Una respuesta, ofrecida por Chantal Mouffe, entre otros, es el ‘populismo de izquierdas’, a saber, un movimiento igualmente irracional encaminado al socialismo, más a que los mercados sin trabas. Se puede atisbar una alternativa bastante mejor, sin embargo, volviendo a otro momento en que las fuerzas de la derecha estaban en ascenso: mediados de los años 30, cuando los izquierdistas tenían a su disposición una forma hoy olvidada de pensamiento: la psicología de masas.
‘La creciente proletarización del hombre moderno y la formación en aumento de las masas ’, escribió Walter Benjamin, ‘son dos aspectos del mismo proceso’. Las ‘masas’, explicó, pueden organizarse de dos maneras. Una, que llevó al fascismo en tiempos de Benjamin y es precursora del populismo derechista de hoy, se caracteriza por una psicología instintiva, reactiva, proclive a la xenofobia, a la demonización y al pensamiento mágico. La otra, a la que Benjamin llamó clase por oposición a la masa, se mantiene unida por la solidaridad, que hace posible la acción consciente y resuelta. El proyecto socialista, de acuerdo con Benjamin, consiste en convertir a la masa en clase. El socialismo, por lo tanto, en opinión de Benjamin, no constituye primordialmente una forma de organizar la economía per se; antes bien, se refiere al espíritu o la psicología que mantiene unidos a los individuos.
Si el proyecto de Benjamin resulta difícil de desentrañar hoy en día, podemos clarificarlo añadiendo un factor ausente en su análisis: la nación. Benjamin no lo pensaba a través de una base nacional para el socialismo porque la economía global se había hecho pedazos en 1914 y todavía no se había reconstituido: dio por hecho que la nación suministraría la base necesaria para el socialismo. Esa premisa también subyacía al enorme éxito del New Deal de Roosevelt, que convirtió a trabajadores inmigrantes desarraigados en la ‘clase media’ de hoy, construyó presas, escuelas, hospitales y una red de suministro de energía, apoyó a los sindicatos y creó un sistema de seguridad social, a la vez que redefinía lo que significaba ser norteamericano por medio de un arte, una literatura, cine y fotografía documental nuevas.
La creación por parte del gobierno de Attlee del moderno Estado de Bienestar se vio acompañada por el desmantelamiento del imperio británico y un intento de redefinición de la identidad o identidades nacionales de Gran Bretaña.
Por contraposición, el populismo derechista contemporáneo, caracterizado por lo que Richard Hofstadter llamó estilo paranoide – una ‘sensación de acalorada exageración, suspicacia y fantasía conspiratoria’ – es producto de la globalización de los 70. El problema a corto plazo de Corbyn, y el problema a largo plazo de la izquierda, consiste en hablar de la necesidad primordial de pertenencia al grupo que la globalización ha alterado, sin dar por hecho el marco nacional como premisa sobreentendida.
A buen seguro, se trata de algo muy difícil, que es la razón por la que muchos se han ido a la derecha, pero redefinir el socialismo en términos benjaminianos deja claro que disponemos de una gran ventaja. El liberalismo – representado en los EE.UU. por los Clinton y Obama, y en Gran Bretaña por Blair y Cameron – no puede encarar los problemas que ha creado el capitalismo global. Como escribió Raymond Aron: ‘todo orden social constituye una de las posibles soluciones a un problema que no es científico sino humano, el problema de la vida comunitaria’. El foco liberal sobre las libertades individuales sigue siendo indispensable para resolver este problema, pero debido a la honda convergencia con el implacable impulso del capitalismo dirigido a una redistribución hacia arriba y la irreprimible necesidad de convertirlo todo en economía, no puede ofrecer alternativa alguna a largo plazo.
La elección sigue siendo – como ha sucedido desde el siglo XVIII, y sobre todo desde el siglo pasado – la elección entre izquierda y derecha. Tal como escribió Benjamin: ‘el fascismo intenta organizar a las masas proletarias de nueva creación sin que afecte a la estructura de propiedad que las masas se esfuerzan por eliminar’. Le otorga a ‘estas masas no su derecho sino una oportunidad, por el contrario, de expresarse’. Cuánto puede durar una solución así es una cuestión abierta, pero Corbyn acierta al insistir que el socialismo sigue siendo la única solución al problema de la ‘vida comunitaria’: dicho de otro modo, de crear una base de grupo para una sociedad económica y tecnológicamente avanzada, fundada tanto en la libertad individual como en la solidaridad colectiva.
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Traducción:Lucas Antón

El uso de las víctimas
por Raúl Prada Alcoreza
En la historia de las sociedades humanas se ha dado lugar un diagrama de poder que tiene como objeto y materia a los cuerpos magullados; la arquitectura de este diagrama de poder hace visible las heridas de los cuerpos, incluso hasta llegar a la morbosidad. Requiere de la exaltación del dolor, sobre todo para justificar la función de los que apalian el dolor, los que atienden a las víctimas. Quizás uno de los nacimientos de la genealogía de este diagrama de poder de la conmiseración tenga que ver con la religión, que se convierte en una convocatoria el martirio. No nos vamos a detener aquí, aunque tengamos que hacer remembranzas de ciertos rasgos, características y modalidades repetitivas. Lo que nos interesa es atender a los desplazamientos y metamorfosis de este diagrama de poder en la modernidad. En la modernidad el diagrama de poder de la conmiseración reaparece en la convocatoria política. La ideología política exalta a las víctimas para convertirlas en el objetivo de sus discursos y acciones. El problema no radica en que atiende a las víctimas, incluso en que se preocupa por las víctimas, el problema es que las víctimas son usadas para erigir una forma de estructura de poder, que las tiene a las víctimas como justificación de la dominación que se erige, la de la casta de los salvadores, los justicieros, los hombres preocupados por los “pobres”. El otro problema, es que esta estructura de poder, al requerir de la existencia de las víctimas, las mantiene como son para justificar el ejercicio de poder que desenvuelve.
La víctima es incorporada al funcionamiento de la estructura de poder precisamente para activar el funcionamiento de una maquinaria que la tiene como referente, también como existencia dramática, en tanto que la máquina de poder funciona desplegando sus dominaciones. Antes, en la antigüedad, este diagrama de poder tenía en la cúspide a los sacerdotes, quienes eran los encargados de salvar las almas y atender los cuerpos magullados. En la modernidad son los políticos salvadores, justicieros, los que se encarga de labores parecidas. Se trata de una estructura piramidal, además estratificada y hasta petrificada, pues las víctimas no pueden dejar de existir, porque la estructura de poder de la conmiseración dejaría de funcionar.
A diferencia del discurso dedicado a las víctimas, el discurso guerrero convoca a la potencia social, a la potencia corporal, a la vitalidad cultural; convoca a la lucha y liberación, pone en claro que la liberación de los condenados de la tierra está en manos de ellos mismos, no en manos y en la cabeza de intermediarios. Esta diferencia es cualitativa, la víctima es el contenido del discurso paternalista, el guerrero o la guerrera es la potencia social, corporal, cultural, desencadenada. Esta diferencia permite identificar a los que usan a las víctimas para empoderarse, para entronarse, para hacerse del poder, como se dice vulgarmente; en contraste, a los y las activistas que buscan activar la potencia que anida en los cuerpos, en el tejido social, en las narrativas culturales.
La historia política de la modernidad tiene abundantes ejemplos de formas de gubernamentalidad que se han edificado sobre los cimientos de esas cavernas, donde se retiene y se exhibe a las víctimas. Mientras que la casta gobernante regía, ordenaba, gobernaba y se enriquecía. La crítica al capitalismo de Estado ha develado las estratificaciones sociales de los Estados del socialismo real; la crítica del populismo latinoamericano ha develado las estratificaciones perversas de regímenes demagogos y carismáticos. Por más que haya mejorado la situación de las víctimas, nunca han dejado de ser tales, pues el régimen las requiere, mucho menos han adquirido la capacidad de autogobierno; esto sería la muerte del régimen populista.
Las gestiones de gobierno de Evo Morales Ayma forman parte de esta genealogía del diagrama de poder de la conmiseración, transformado en diagrama de poder de la convocatoria carismática, la convocatoria del padre de los desposeídos, del patriarca-mesías que viene a salvar a las víctimas. El discurso populista latinoamericano, que es de por sí barroco, emite una convocatoria popular y nacionalista, de cohesión frente al imperialismo, incluso de profundización democrática, con fuertes tonalidades de reforma agraria. Pero, también, convoca al mesías político, heredero imaginario del mesías religioso; al hacerlo, convierte al caudillo en semi-Dios, por lo tanto, en dueño de la palabra y de la verdad, así como del destino del pueblo y la nación. Esta pretensión de verdad es la premisa ideológica-política de posiciones políticas conservadoras, sobre todo, vinculadas a la sumisión a las órdenes del patriarca. Si bien la tonalidad nacional-popular del discurso populista convoca al pueblo a luchar contra el imperialismo, en cambio la simbología religioso-política convierte al pueblo en una masa obediente, acrítica y ciega ante los pedidos del caudillo.
Entonces, el discurso populista es ambivalente, puede llegar a ser interpelador frente a la dependencia y el imperialismo, incluso cuando se trata de conquistas democráticas ser progresista. Empero, esta proyección se halla limitada por el prejuicio de raigambre patriarcal-religioso, lo que hace de substrato de actitudes, posiciones, prácticas, altamente conservadoras. Se puede hablar de un ascenso y descenso en la curvatura de la trayectoria política en el gobierno; en principio, de reformas y hasta de transformaciones en algunos ámbitos del Estado y la sociedad; sin embargo, cuando se llega a la cúspide de lo que puede el populismo, comienza el descenso, la regresión, incluso la restauración de lo anterior, aunque se lo haga por caminos sinuosos y demagógicos.
La etapa del descenso del ciclo populista es asombrosa por sus contradicciones; se sigue pretendiendo estar en el proceso ascendente cuando, en efecto, se esta en declive, en regresión, en decadencia. Incluso, en esta etapa, se aplican políticas y medidas regresivas que no se hubieran atrevido sus antecesores, liberales o neoliberales, según el caso y el momento histórico. El discurso estridente de “defensa del proceso de cambio” encubre estas regresiones y restauraciones. No es posible afirmar con certeza si los gobernantes se dan cuenta de estos desplazamientos políticos hacia la “derecha”, de acuerdo con los códigos del sentido común. Hay dos alternativas; que los gobernantes no se den cuenta, por estar encerrados en sus burbujas, en consecuencia, sean meras marionetas de los despliegues de las dinámicas de poder; que se den cuenta y actúen a sabiendas, asumiendo lo que hacen o pragmática u oportunistamente.
A estas alturas de la historia política, después de una secuela de frustraciones y desencantos, debemos evaluar lo acontecido críticamente. Podemos comenzar con lo siguiente: las llamadas vanguardias han hecho apologías del referente de su convocatoria, el proletariado, el campesinado, incluso el indígena; estas apologías son de exaltación, convirtiendo al referente en el héroe y consciencia de la epopeya moderna. Algo que se puede entender en la lucha ideológica. Pero, cuando esta narrativa solo se queda en la exaltación y no evalúa críticamente la experiencia social, se puede convertir en el instrumento para mantener al referente en la condición de víctimas, substrato necesario en la reproducción de la estructura de poder clientelar.
En las sociedades de clases, de las formaciones sociales abigarradas modernas, donde, desde la perspectiva de la crítica de la economía política, solo hay dos clases, que responden a la estructura social del modo de producción capitalista; por un lado, la burguesía, propietaria de los medios de producción; por otro lado, el proletariado, la fuerza de trabajo, en su desnudez, expropiada de todo instrumento y medio de producción. Las otras “clases sociales”, en realidad, no son tales, sino resabios sociales de anteriores modos de producción, pre-capitalistas y no-capitalistas. Ahora bien, el proletariado se constituye como clase social en la lucha de clases, de clase en sí, pasa a clase para sí, en la medida que toma consciencia de clase. Los trabajadores, por el solo hecho de serlo no son exactamente proletariado, sino tan solo eso, fuerza de trabajo, convertida en mercancía. Para que la fuerza de trabajo conforme la composición asociada del proletariado requiere de una toma de consciencia, además de una toma de posición, en consecuencia, despliegue acciones y prácticas organizativas, correspondientes a la lucha de clases contra la burguesía, contra el capital y contra el Estado. En la historia política, no solamente de han plasmado las trayectorias del proletariado en la lucha de clases, sino también, algo distinto, las subsunciones políticas de los trabajadores a proyectos anti-proletarios; en este caso actúan, como dice Karl Marx en el 18 de brumario de Luis Bonaparte, como lumpen, es decir, como fuerza de choque de políticas conservadora o bonapartistas.
En las sociedades de la colonialidad moderna, herederas de las estructuras sociales coloniales, desde la perspectiva de la formación discursiva histórico-política, se da lo que Michel Foucault ha identificado la guerra de razas, entendiendo como raza el tejido consanguíneo, que sostiene la noción antigua de nación. Este concepto de guerra de razas no es racista, como el mismo Foucault lo ha hecho notar, sino se trata de una guerra de liberación contra la ocupación, una guerra de liberación que se opone a la guerra de conquista, que ha instaurado el Estado, las leyes en otra lengua, las instituciones que legitiman la conquista y la expropiación de tierras. El racismo como tal, se genera con la colonización global del mundo por parte de las conquistas europeas, cuando se establece lo que hemos denominado la economía política colonial, que se basa en la distinción entre el hombre blanco y el hombre de color, valorizando al hombre blanco, ideal de la civilización, y desvalorizando al hombre de color, calificado como bárbaro o salvaje. Después, en el contexto europeo, la ideología racista se sofistica en la formación discursiva nazista. Entonces, hay que diferenciar el concepto de la guerra de razas de la ideología racista.
Frantz Fanon nos enseña que el racismo, como mecanismo de dominación, asentado sobre procedimientos de discriminación, no es una cuestión de piel, aunque el racismo precisamente use esta señal para atacar, descalificar y marginar. El racismo responde a una estructura de poder colonial, que supone precisamente la economía política racial. En Máscaras blancas piel negra nos dice que no basta expulsar al colonizador, pues, mientras no se destruya la estructura de poder colonial persiste la dominación colonial, aunque lo haga en otros escenarios. Un “negro” que ocupa el lugar del “blanco es un “blanco”, cumple las funciones de la dominación, en la estructura de lo que se denomina el colonialismo interno. Este colonialismo puede adquirir distintas tonalidades; en Bolivia adquirió la forma de lo que René Zavaleta denominó la paradoja señorial. En consecuencia, podemos decir que un “indio” que ocupa el lugar del “blanco-mestizo” es un “blanco”, en tanto que no se ha destruido la estructura de dominación colonial. Como se sabe y se ha podido constatar la promulgación de la Constitución Plurinacional Comunitaria y Autonómica no bastó ni basta para que se destruya la estructura de dominación colonial; para que esto ocurra se requiere de la diseminación de las mallas institucionales que sostuvieron y sostienen al Estado-nación; esto es precisamente lo que no ha ocurrido en Bolivia, donde se ha restaurado el Estado-nación colonial, solo se le ha cambiado de nombre, como si este bautizo bastara para conformar el Estado Plurinacional Comunitario y Autonómico.
En consecuencia, cuando la lucha anticolonial no es recogida por el indio guerrero, en un proyecto radical anti-colonial y, más bien, se usa este denominativo para referirse a la víctima, la que muestra sus heridas pidiendo conmiseración, estamos ante la utilización simbólica de lo “indio”, también de lo indígena, para legitimar formas barrocas de dominación colonial. Esto es precisamente lo que ha ocurrido tanto en Bolivia como en Ecuador durante los llamados “gobiernos progresistas”.
Con el ánimo de desprender una interpretación de la coyuntura boliviana, caracterizada, ahora, como crisis constitucional, también crisis institucional, así como crisis relativa al fraude electoral. Vamos a sugerir una interpretación somera:
Los que apoyan el escandaloso fraude del gobierno clientelar y corrupto, además de pirómano y agente encubierto de las transnacionales extractivistas, apoyan la desnacionalización de los hidrocarburos con los Contratos de Operaciones, apoyan el ataque sistemático a las naciones y pueblos indígenas, cuyo síntoma más escabroso fue el conflicto del TIPNIS. Apoyan la tercera derrota de la guerra del Pacífico en la Haya, cuando el caudillo déspota confundió la demanda marítima con una campaña electoral. Apoyan la quema de 5,3 millones de hectáreas del Chaco y la Amazonia, que el gobierno efectuó veladamente, para entregar la tierra arrasada a la burguesía agroindustrial, a los ganaderos, a los traficantes y a los colonizadores. Estos que apoyan al caudillo déspota son cómplices de la traición a la patria. Por más populares que se reclamen son también traidores a la patria, en consecuencia, tienen que ser tratados como tales. Lo popular, el pueblo es un concepto ligado a la democracia y a la república, a los derechos conquistados y constitucionalizados; es el referente de la voluntad general. La clase proletaria, opuesta a la clase burguesa – pues solo hay dos clases, las demás son herencias de modos de producción anteriores al capitalismo -, es clase como tal, se constituye como tal, en la lucha de clases contra la burguesía, el capital y el Estado. Cuando los que se dicen “proletarios” y apoyan a un gobierno clientelar, al servicio del capitalismo dependiente, y operador político de la burguesía rentista que saquea a Bolivia, no lo son, no son clase proletaria, pues no se han constituido como tal, son lumpen al servicio de los amos que gobiernan – se trata de una impostura de la burguesía sindical. Lo “indio”, en la jerga indianista, corresponde a la lucha radical anticolonial, lo indígena, lo nativo, lo originario, lo comunitario, está íntimamente ligado a los entramados y tejidos de la Madre Tierra; cuando se usa los “indio” y lo “indígena” al servicio de un gobierno que responde al modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente, no es más que una máscara “india” o un antifaz “indígena” al servicio de una dominación de la colonialidad heredada y extendida por el gobierno clientelar, impostor y déspota. Esto es precisamente lo que ocurre en el conflicto de la crisis constitucional en Bolivia; el gobierno de Evo Morales monta escenarios grotescos políticos, usa el disfraz de “proletariado”, se pone máscara de “indio” y antifaz “indígena”, para perpetrar la destrucción de la Madre Tierra y para continuar con la explotación perversa de la mayoría del proletariado, que trabaja a destajo. Esta es la caracterización de la lucha actual; por un lado, un pueblo, cansado de la impostura, se levanta contra una dictadura a secas, impuesta por un fraude escandaloso y craso; por otro lado, la casta política gobernante, apoyado por la masa elocuente de llunk’us, serviles a un proyecto que ha destruido el proceso de cambio, abierto por el pueblo, que destruye la Madre Tierra, que destruye la Democracia, que saquea Bolivia.

La revolución de Silvia Federici – Apuntes sobre su último libro, publicado en Uruguay
Por Victoria Furtado/Mariana Menéndez
En estos años convulsionados de los feminismos en América Latina, las palabras de Silvia Federici resuenan en talleres y asambleas. Se han hilado con murales y cantos creados en calles desbordadas: “Somos las nietas de todas las brujas que nunca pudieron quemar” se teje con su investigación sobre la caza de brujas. “No es amor, es trabajo no pago” es una de las consignas en los paros internacionales del 8 de marzo. La revolución feminista inacabada. Mujeres, reproducción social y lucha por lo común, (1) publicado este año en Montevideo, reúne una serie de artículos que Federici escribió en la primera década del siglo XXI. Si su libro Calibán y la bruja nos permite una mirada larga sobre las luchas de las mujeres en la “transición” del feudalismo al capitalismo, ubicando la caza de brujas de los siglos XVI y XVII como suceso fundante y política de guerra contra ellas y las comunidades, esta compilación propone una lectura feminista sobre los problemas y los desafíos actuales para pensar la transformación desde la reproducción social.
Feminista comunera
En un artículo sobre la obra de Federici, Raquel Gutiérrez (2) la define como feminista comunera, poniendo de relieve una forma particular de entender las prácticas feministas. Federici comprende el feminismo como la lucha contra la opresión y la explotación desde la reproducción de la vida y los esfuerzos por “producir lo común”, concepto que refiere a las relaciones de cooperación que colocan la vida en el centro y no están plenamente subordinadas a las lógicas dominantes. Su pensamiento desordena las formas canónicas de comprender la transformación social, da pistas para recrear nuestros puntos de partida y nuestros anhelos. No se trata de una perspectiva abstracta, deslocalizada y descarnada que se desentiende de los procesos de lucha concretos; por el contrario, piensa desde las luchas.
Sus indagaciones sobre el trabajo doméstico –históricamente invisibilizado y considerado no trabajo– habilitaron una comprensión más amplia sobre la noción misma de trabajo y los rasgos de la división sexual del trabajo. Asimismo, permitieron comprender que el mundo reproductivo es clave en el sostenimiento de la esfera productiva, ya que allí se (re)produce la fuerza de trabajo. Por lo tanto, Federici plantea que “el reconocimiento del trabajo doméstico ha posibilitado la comprensión de que el capitalismo se sustenta en la producción de un tipo determinado de trabajadores –y, en consecuencia, de un determinado modelo de familia, sexualidad y procreación–, lo que ha conducido a redefinir la esfera privada como una esfera de relaciones de producción y como terreno para las luchas anticapitalistas”. La reproducción social, tema central de La revolución feminista inacabada, refiere a “los múltiples espacios donde se producen y reproducen los alimentos, donde se cuida, se capta y se usa el agua, donde se genera y gestiona la vida cotidiana, se crían las nuevas generaciones y se dota de sentido a la existencia”.
El debate sobre el trabajo reproductivo y su invisibilización es una de las críticas feministas centrales al pensamiento de Marx. Esta crítica es retomada en el libro. A partir del mundo reproductivo, la autora hace una lectura de la crisis actual de la reproducción social en la economía global y los desafíos que se abren para la lucha feminista en este escenario. Se plantea, entonces, un importante desplazamiento desde la producción de bienes y mercancías hasta la reproducción de la vida como centro, revolucionando así el modo de entender la transformación. No obstante, este desplazamiento no se desentiende de las viejas preguntas acerca de qué cambios sociales precisamos: las reordena a partir de otro punto de partida, en el que la pregunta fundamental es cómo nos reapropiamos y recreamos las condiciones para la reproducción de la vida. Esto conlleva un segundo desplazamiento, que es desbordar el binomio Estado‑mercado para visibilizar otro terreno: las relaciones sociales de cooperación o prácticas de producción de común. Federici insiste en que no hay común sin comunidad y recuerda que nadie está dispuesto a luchar sin una comunidad que le dé sustento. En su pensamiento lo común no se reduce a los bienes comunes, sino que se piensa como relaciones sociales de cooperación que se heredan o recrean, y nos permiten sostener la vida y desplegar luchas: “Lo que necesitamos es un resurgimiento y un nuevo impulso de las luchas colectivas sobre la reproducción, reclamar el control sobre las condiciones materiales de nuestra reproducción y crear nuevas formas de cooperación que escapen a la lógica del capital y del mercado. Esto no es una utopía, sino que se trata de un proceso ya en marcha en muchas partes del planeta y con posibilidades de expandirse”.
Una revolución inacabada
El libro se interesa también por las formas de resistencia de las mujeres y por cómo las luchas feministas hacen frente al despojo producido por la globalización. Federici recuerda que las mujeres protagonizan la resistencia ante el ataque sistemático a las condiciones materiales de la reproducción social. Por eso la globalización es, en esencia, una guerra contra ellas. La autora invita a hacer una lectura política de este proceso, como respuesta al ciclo de luchas que en los sesenta y los setenta cuestionó tanto la división internacional como la división sexual del trabajo, lo que causó una crisis histórica para la ganancia del capital y dio lugar a una revolución social y cultural. Las mujeres protagonizaron ese tiempo de revueltas, por lo que “no es accidental que todos los programas relacionados con la globalización hayan hecho de las mujeres su blanco principal”. El ajuste estructural ha destruido la subsistencia de las mujeres, que han sido desplazadas de la agricultura, el empleo público, los servicios sociales, al tiempo que han sido empujadas a trabajos esclavizantes y han pagado con su salud la mínima autonomía que logran conseguir al acceder a un salario. De este modo, los planes de ajuste recaen sobre las mismas mujeres que luego las políticas de las agencias internacionales y estatales pretenden salvar, colocándolas previamente en el lugar de víctimas, lo que posibilita la posterior cooptación política a través de programas en clave capitalista.
A partir de este diagnóstico, Federici hace una lectura crítica de las expresiones del feminismo liberal que optan por la estrategia de la participación política y la incursión en las instituciones. Sostiene que la globalización es especialmente catastrófica para las mujeres, no porque sea dirigida por agencias con predominio masculino, sino por sus propios objetivos. Advierte que los intentos de mejorar la condición de las mujeres incorporando en los organismos una “perspectiva de género” tienen además un “efecto mistificador, al permitir a estas agencias cooptar las luchas que realizan las mujeres contra la agenda neoliberal”. Por lo tanto, es necesario luchar contra la globalización capitalista y las agencias y los organismos internacionales que la impulsan. Federici no se opone a exigir políticas de resarcimiento en lo inmediato, pero afirma que en el largo plazo las feministas tenemos que reconocer que no podemos esperar ninguna mejora sustantiva de nuestras condiciones de vida proveniente del capitalismo. Recuerda que “si la destrucción de nuestros medios de subsistencia es indispensable para la sobrevivencia de relaciones capitalistas, este debe ser nuestro terreno de lucha”, y agrega que “la liberación de las mujeres requiere de condiciones materiales específicas, empezando con el control sobre los medios básicos de producción y subsistencia”.
En el libro se abordan desafíos y problemas políticos que dialogan e iluminan nuestras prácticas de hoy. Pensar lo común como alternativa al binomio Estado‑mercado abre un horizonte de deseo nuevo, distinto para nuestras luchas. Nos invita a disponer de nuestra energía no sólo en la demanda, sino en la construcción aquí y ahora de esos otros mundos con los que soñamos. Ubicar la reproducción de la vida en el centro nos permite ver que nuestra capacidad de crear y cuidar es lo que sostiene el mundo, y si podemos sostenerlo, podemos transformarlo.
Notas
1) Silvia Federici (2019). La revolución feminista inacabada. Mujeres, reproducción social y lucha por lo común. Montevideo: Minervas Ediciones.
2) Mexicana. Matemática, filósofa y socióloga. Fue parte del levantamiento popular‑comunitario conocido como “guerra del agua”, que aconteció en Cochabamba en 2000.
Publicado por Brecha, 8-11-2019: https://brecha.com.uy/
