¿Es realmente incompatible el capitalismo con la democracia?

En la izquierda es popular sugerir que el capitalismo y la democracia son incompatibles. El argumento es simple: la política ya no puede controlar la economía como lo hacía en tiempos del Estado de Bienestar y de la socialdemocracia. Pero quizás este planteo sea incorrecto. ¿Realmente la democracia tiene puestas las cadenas y los candados del capitalismo?

Por Sheri Berman

Para la mayoría de la izquierda, la historia de las últimas décadas es algo así: durante la posguerra, la regla era la «primacía de la política»; los gobiernos democráticos, particularmente en Europa, configuraban activamente los resultados económicos como respuesta a las necesidades de sus ciudadanos. A finales del siglo XX, este orden de posguerra comenzó a decaer y hoy los mercados dominan la política, con lo cual los gobiernos democráticos son incapaces de influir en los resultados económicos y responder a las necesidades de los ciudadanos. En su lugar, quedan a cargo los capitales y las empresas «golondrina».

Thomas Piketty, por ejemplo, ha sostenido de manera influyente que el capital sigue sus propias leyes, que no pueden ser contrarrestadas por los gobiernos democráticos. De modo similar, Wolfgang Streeck afirma que el capitalismo inevitablemente subvierte la democracia; es, en sus propias palabras, una fantasía «utópica» creer que ambos pueden reconciliarse. Claus Offe está de acuerdo, y afirma que hoy «los mercados marcan la agenda política» y «los ciudadanos han perdido su capacidad de influir en el gobierno».

Pero supongamos que esto es incorrecto. Supongamos que la democracia está ahora tan «a cargo» como lo estuvo durante la posguerra. Supongamos que nuestro orden económico actual no fue el resultado de la dinámica ineluctable del capitalismo o los mercados, sino más bien la consecuencia de decisiones políticas deliberadas tomadas por gobiernos democráticos. Y supongamos que los impulsores y beneficiarios más importantes de estas decisiones no fueron las empresas golondrina, sino personas como los lectores.

Un nuevo y provocativo libro

Esa versión alternativa es la que surge de un nuevo y provocativo libro de dos conocidos e influyentes economistas políticos, Torben Iversen y David Soskice: Democracy and Prosperity: Reinventing Capitalism Through a Turbulent Century[Democracia y prosperidad. Reinventar el capitalismo a través de un siglo turbulento] (Princeton UP, Princeton, 2019). Según ellos, la historia de las últimas décadas es más o menos así.

La aparición de nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones a finales del siglo XX hizo posible, mas no inevitable, un nuevo orden económico. Para que el capitalismo se transformase, fueron necesarias reformas masivas. Por ejemplo, en comparación con las economías industriales fordistas, las economías basadas en el conocimiento requieren una innovación y una toma de riesgos constantes, así como trabajadores con gran formación y flexibilidad. Y estas, a su vez, requieren políticas gubernamentales que fomenten la competencia, promuevan nuevos productos financieros y amplíen la educación superior.

Estas reformas implican cambios regulatorios e institucionales masivos, por lo que solo los Estados con altos niveles de capacidad y legitimidad pueden llevarlas a cabo, con lo cual la transición a economías basadas en el conocimiento ocurrió antes y llegó más lejos en las democracias avanzadas. Los países de ingresos medios, con Estados débiles y, a menudo, no democráticos, son generalmente incapaces de implementar tales reformas. Y las dictaduras como la Unión Soviética, «que podría decirse que en los años 70 y 80 tenían la experiencia en computación científica centralizada como para evolucionar hacia una economía del conocimiento», también tienen dificultades para hacerlo, ya que las reformas necesarias requerirían que los líderes cedieran control político y económico.

Hasta aquí, esta historia, quizás irónicamente, pueda ser asociada a una familiar para la mayoría de los lectores de Social Europe: aquella contada por Karl Polanyi en La gran transformación (aunque Iversen y Soskice, curiosamente, no la mencionen). Así como Polanyi sostenía que la transición al capitalismo no fue el resultado de la ineluctable expansión de los mercados, sino más bien la consecuencia de decisiones políticas concretas, Iversen y Soskice argumentan que la transformación del capitalismo en el siglo XX fue el resultado de decisiones tomadas por gobiernos democráticamente elegidos.

Pero van más allá. Iversen y Soskice no solo rechazan la idea, hoy cada vez más de moda en la izquierda, de que el capitalismo y la democracia son incompatibles. Argumentan incluso que son mutuamente dependientes, ya que sin Estados fuertes y legítimos el capitalismo no podría reinventarse constantemente.

Y la democracia no es simplemente el «comité ejecutivo», como diría Lenin, de empresas golondrina: la mayoría de los analistas exageran enormemente su poder, según Iversen y Soskice. A diferencia de las empresas cuya actividad involucra baja calificación, que pueden moverse geográficamente con facilidad, las empresas basadas en el conocimiento dependen de entornos regulatorios, financieros y educativos particulares, así como de trabajadores con buena formación que son difíciles de trasladar, especialmente a otros países. Este arraigo geográfico significa que aunque las empresas basadas en el conocimiento «pueden ser poderosas en el mercado, tienen poco poder estructural, y la competencia [las] hace políticamente débiles».

Demandas de la clase media

Si el capital golondrina no impulsó la transformación del capitalismo o las decisiones gubernamentales en general en los últimos tiempos, ¿quién lo hizo?

Los políticos quieren ganar las elecciones y para hacerlo deben convencer a los ciudadanos, especialmente a aquellos que más probablemente votarán y participarán en política, de que respondan a sus intereses. Y así, las «expansiones en la educación superior, la financiarización, la liberalización del comercio y la inversión extranjera directa, las metas de inflación y las fuertes reglas de competencia fueron finalmente instituidas o reforzadas», debido al «deseo» de los políticos de «responder a las demandas de la clase media para mejorar los niveles de vida».

Pero a medida que el capitalismo se transformó, también lo hicieron las clases y las relaciones entre ellas (aquí agregamos una pizca de Marx a nuestro Polanyi). Las empresas basadas en el conocimiento están altamente concentradas en áreas urbanas, donde se ubican empresas similares y trabajadores de elevada formación, y tienen lugares de trabajo altamente segregados que permiten poca mezcla entre la clase media y la clase obrera. Mientras tanto, los trabajadores poco calificados se han concentrado cada vez más en ocupaciones del sector de servicios de baja productividad. Así, el capitalismo avanzado produce una nueva clase media, cuyas experiencias e intereses de vida difieren enormemente de los de las antiguas clases medias y obreras. Y debido a que las nuevas clases medias están altamente concentradas en áreas urbanas particulares, los nuevos conflictos de clase han llevado a nuevos conflictos geográficos (las grandes ciudades en contra de las periferias). Las consecuencias políticas de esto son profundas.

El arraigo en las ciudades cosmopolitas, la educación extensiva, los diversos contactos sociales, etc., hacen que la nueva clase media sea más progresista en lo social que las antiguas clases medias y bajas. De nuevo, volviendo a Marx, Iversen y Soskice insisten en que «los progresistas en lo social y los populistas están arraigados en diferentes partes de la economía»; es incorrecto, por lo tanto, «separar sus valores de la realidad económica subyacente». Iversen y Soskice rechazan así la tendencia dominante en los análisis de la política estadounidense –y cada vez más frecuente, también, en los análisis de Europa– de hacer foco en las actitudes sociales o en una «reacción cultural» cuando se trata de explicar los patrones de votación o las tendencias políticas contemporáneas, ya que tales análisis no toman en cuenta las causas estructurales más profundas de los problemas contemporáneos.

Pero si su posición en la economía del conocimiento hace que los miembros de la nueva clase media sean progresistas en lo social, también puede hacerlos menos progresistas en lo económico, ya que ni sus intereses ni sus experiencias de vida tienen mayor contacto con los de las antiguas clases medias y bajas. Aquí radica la razón principal por la cual la creciente desigualdad que acompaña la transformación del capitalismo no ha sido contrarrestada eficazmente por una mayor redistribución: la antigua clase media es hostil a los pobres y la clase media ascendente no está interesada en la difícil situación de la clase media en decadencia; hay que culpar a la manera en que funciona el sistema democrático, no al poder político del capital.

Cambio transformador

Entonces, ¿dónde nos deja todo esto? Hay motivo para abrigar esperanzas, ya que la democracia tiene el poder de efectuar un cambio transformador. Y dado que son principalmente los votantes, particularmente los «ganadores» de la economía, y las coaliciones entre ellos, y no las empresas, quienes determinan qué hacen los gobiernos, el requisito previo para tal cambio es aumentar el apoyo de ellos y de las coaliciones a favor de la redistribución.

La clave aquí es la movilidad social. La movilidad une los intereses de los miembros de diferentes clases: que quienes están en el extremo inferior puedan tener expectativas de ascenso para ellos o sus hijos, y los que están en el extremo superior no puedan estar seguros de que ellos o sus hijos no descenderán en la escala. En un mundo de alta movilidad, la «brecha de intereses» entre las clases disminuye y los mensajes de que «todos estamos en el mismo barco» o de «cooperación entres clases» tienen más sentido. Por el contrario, cuando hay poca movilidad social, las antiguas clases medias y bajas se vuelven susceptibles a los populistas que «atacan los símbolos de la nueva economía, una economía de la que ellas y sus hijos sienten» que han sido excluidos de forma permanente.

El populismo prospera, en otras palabras, allí donde la democracia no brinda oportunidades para todos. Iversen y Soskice presentan datos muy interesantes sobre la diferencia entre las actitudes populistas y el voto a los populistas, y muestran que «donde hay pocas barreras a la buena educación y a la capacitación, los valores populistas son mucho menos predominantes». (También argumentan que existe una fuerte tendencia a que las personas menos capacitadas voten a los populistas, incluso haciendo control de variables). Y ampliar las oportunidades significa, sobre todo, ampliar el acceso y mejorar la calidad de la educación, ya que la educación determina si los «perdedores» y sus hijos tendrán la oportunidad de convertirse en «ganadores» mediante la adquisición de nuevas capacidades.

Muchos de la izquierda seguramente estarán en desacuerdo con algunos aspectos del análisis de Iversen y Soskice. Pero los debates sobre cómo se desarrolla el capitalismo y las condiciones bajo las cuales la democracia puede influir en los resultados económicos para beneficiar a la mayoría de los ciudadanos son absolutamente cruciales para que la izquierda prospere y el populismo sea contrarrestado. Ojalá la democracia y la prosperidad ayuden a impulsar este debate.

Traducción: Carlos Díaz Rocca

Fuente: IPS https://www.ips-journal.eu/regions/europe/article/show/capitalism-and-democracy-what-if-we-have-it-backwards-3315/

Elsa Dorlin: La cuestión de la violencia ante los chalecos amarillos revela una crisis democrática histórica en Francia

[Este sábado [30 de marzo] se celebrará el Acto19[1] del movimiento de los chalecos amarillos. El gobierno ha adoptado una posición terrorista tras los daños causados durante la manifestación del sábado 16 de marzo, asumiendo a partir de ese momento que pueda haber muertos. En esta entrevista, Elsa Dorlin aborda la cuestión del lugar que ocupan la violencia y el cuerpo en política.]

¿Cómo valora las escenas de violencia durante las movilizaciones de los chalecos amarillos el sábado 16 de marzo en París?

Se podrían utilizar otras palabras: daños materiales, destrucción de establecimientos comerciales, pero también revuelta, insurrección, etc. Estos hechos se califican de violencia extrema debido, en parte, a un marco de interpretación que nos ha sido impuesto: la imagen de esta violencia y cómo se presentan tienen la función de suscitar indignación, reprobación y la falta de solidaridad; pero la realidad de estos enfrentamientos ofrece otras imágenes, otras formas de pensar este conflicto.

Hay que mirar hacia otro lado para hablar de la violencia como tal. Antes del Acto 18, el periodista David Dufresne ya había contabilizado 202 heridos en la cabeza, 21 personas que habían perdido un ojo y cinco manos amputadas desde el comienzo de las movilizaciones de los chalecos amarillos. Tener en cuenta estas lesiones corporales, los riesgos –a partir de ahora asumidos– de muerte, permite adoptar otra perspectiva sobre la violencia. Estoy pensando en Zineb Redouane, una marsellesa de 80 años, que en diciembre último recibió el impacto de un bote lacrimógeno cuando estaba en la ventana y murió horas más tarde. La muerte de esta mujer, de la que ya no se habla, fue de una violencia extrema; aunque parece que nunca ocurrió. Así pues, hablamos de mutilaciones, de secuelas de por vida, es decir, de vidas perdidas en el contexto de una movilización social; es decir, de una actividad que constituye un derecho constitucional [derecho a manifestarse].

Esto plantea la cuestión del mantenimiento del orden público. ¿Qué dispositivo debe adoptar un régimen democrático frente a expresiones de ese derecho? Para mí, la cuestión de la violencia señala al gobierno y a las fuerzas del orden y muestra una crisis democrática histórica en Francia.

¿Cómo analiza esta violencia física ejercida por el Estado, a través de la policía, sobre el cuerpo de los y las manifestantes?

En el hexágono francés, la historia de estos dispositivos para mantener el orden –tras las grandes huelgas y manifestaciones de la década de 1930, después, en las [movilizaciones] sindicales, sociales, anticoloniales o estudiantiles de las décadas de 1960, 1970 y 1980– muestra un lento y difícil cambio de las técnicas utilizadas con el objetivo de evitar prácticas letales. Esa nueva doctrina para mantener el orden tuvo como principio no atentar contra la integridad física de las personas, mantenerlas a distancia o dispersar las manifestaciones porque el riesgo de que hubiera alguna persona muerta se había convertido en demasiado costoso políticamente (pienso en la dimisión de Alain Devaquet como consecuencia de la muerte de Malik Oussekine en 1986 durante las movilizaciones estudiantiles).

Sin embargo, la secuencia histórica que abarca las movilizaciones del ZAD[2] (y la muerte de Rémi Fraisse en octubre de 2014), las movilizaciones contra la reforma laboral y el movimiento Nuit Debout, la muerte de Adema Traoré en julio de 2016 (tras su detención), muestran que la filosofía para mantener el orden ha cambiado de forma neta. Se ha pasado a las técnicas que suprimen la distancia: al cuerpo a cuerpo, a poner en el punto de mira a las personas (de forma bastante indiferenciado), a meter la presión a los cortejos (kettling, en inglés), a perseguir a los individuos… son prácticas de represión que intentan herir, mutilar los cuerpos, atentar contra las vidas. Esto se traduce en el uso de armas (por ejemplo, disparos de pelotas de goma (LBD), de gases paralizantes de nueva generación, porras y técnicas de combate cuerpo a cuerpo, desarrolladas en su origen por las secciones de asalto o las unidades de élite del ejército.

La decisión de desfigurar los cuerpos solo puede tener una función: no la mantener el orden sino la de quitar las ganas de volver a manifestarse a la gente, y a quienes querrían unírseles, incitarles a quedarse en casa delante de la tele. Esto se acompaña de una imaginario político viril. El Estado utiliza el género eficazmente para representar la firmeza, la energía, el respeto al Estado de derecho; paralelamente, el Estado estigmatiza a los manifestantes (solo habría hombres…) como inmaduros, bárbaros, irracionales; como niños o adolescentes rebeldes. El gobierno muestra que no falla frente a los chalecos amarillos, y utiliza un universo de palabras y de representaciones paternalistas. En realidad, es la política del garrote que utiliza la violencia física como símbolo de la autoridad política.

Ahora bien, este uso de la violencia, relativamente inédita en la Francia metropolitana desde finales de la década de los 80, siempre ha sido la norma en las colonias, después denominadas DOM-TOM [Departamentos o Territorios de ultramar]: en Guadalupe, en mayo de 19677 y en Martinica en febrero de 1974 para reprimir con un baño de sangre las huelgas. Lo mismo sucede en los barrios populares: a la luz de la historia del colonialismo y del racismo, es necesario relativizar el proceso de eufemizar la violencia policial. Hoy, no asistimos a una vuelta a los años 30, sino a ejercer de forma voluntaria, científicamente decidida, una violencia política sobre la población que hasta ahora se había librado de ella y disfrutaban plenamente de sus derechos políticos; entre ellos, el manifestarse en el espacio público sin riesgo de perder un ojo, una mano o la vida.

Los chalecos amarillos son, sobre todo, personas salidas de las clases populares, de la Francia periférica. Sus manifestaciones cerca de los centros del poder, las degradaciones de las que se habla, ¿pueden ser interpretados como una forma de autodefensa frente a una violencia social del Estado semejante a que usted ha observado en relación a otros grupos sociales oprimidos?

En los movimientos históricos de emancipación que han utilizado o han encarnado una filosofía de autodefensa, el punto de inflexión se da cuando un poder deja de tomar en consideración la vida de determinadas personas. Para estas últimas, se hace imposible delegar en el Estado el derecho a defenderse puesto que, justamente, este Estado pone en peligro sus vidas. Por ejemplo, exponiéndoles a condiciones de trabajo deplorables, manteniéndolas en la miseria social, alojándolas en viviendas insalubres, en un medioambiente contaminado o, incluso, legitimando la violencia de la que son objeto. En una palabra, el poder ya no asegura condiciones de vida dignas de ese nombre a determinadas personas; entonces, la autodefensa se convierte en el único recurso vital.

La autodefensa no se limita al uso de la violencia para defenderse de manera ilusoria o paranoica. En la autodefensa, la violencia es la última posibilidad para supervivir. Detrás de ruido de los cristales rotos, del fuego y el saqueo, hay vidas que luchan con la conciencia extrema de que ya no valen nada y que pueden reventar en medio del silencio y la indiferencia si no se sublevan. La mayoría de los chalecos amarillos han salido de las clases populares llamadas silenciosas, no tenidas en cuenta, abandonadas progresivamente a la agonía social. Antes del otoño de 2018, lo que se ha convertido después en el pueblo de las rotondas, probablemente no tenía conciencia de hasta qué punto sus vidas estaban reducidas a no contar para nadie. Algo que para otras poblaciones depauperadas, racializadas, descendientes de la emigración colonial y poscolonial, de otros pueblos (de los barrios, de los bloques de apartamentos, de las ciudades dormitorio, o incluso de islas turísticas…), es un régimen de vida muy familiar frente al que, desde hace mucho tiempo, ha sido necesario inventar formas de defensa de la vida social y política o, simplemente, de la propia vida. Aquí vemos que la autodefensa incluye prácticas de solidaridad, de auto-organización (para desplazarse, alojarse, cuidarse, alimentarse, educarse…), de creación del ágora, del cuidado del yo y cuidado del nosotros, nosotras.

En Montpellier, durante una manifestación habitual, surgió un debate entre los chalecos amarillos que deseaban llegar al centro de la ciudad y estimaban que las roturas [de escaparates] eran el único modo de hacerse entender y militantes ecologistas que preferían reunirse en un pueblo alternativo en la periferia. ¿Qué piensa del dilema entre violencia y no violencia?

Manifestarse en el Arco de Triunfo, delante de las tiendas de grandes firmas o, sin duda, de Fourquet’s [restaurante de lujo] en los Campos Elíseos, o en los accesos de centros comerciales en toda Francia, en las grandes calles comerciales de los centros históricos de las ciudades de Francia que se han vuelto todas iguales conforme a las renovaciones urbanas… En Navidad, los chalecos amarillos bloquearon los accesos a las grandes superficies: es decir, pusieron trabas a una sociedad consumista, responsable directa de la situación económica, medioambiental y social. Los daños o mejor, el sabotaje que me parece más apropiado en relación a lo que ocurre en estos espacios, participa de una reterritorialización de las luchas, es decir una forma de repolitización de un conflicto social (contra el 1% que disfruta de los beneficios, dividendos, subida de sueldos, de nivel de vida…). Se trata de manifestarse sin autorización ante los centros del poder, geográficamente y económicamente, más representativos: allá donde se encuentran el dinero y el capital; en los barrios ricos, donde vive la gran burguesía indiferente que goza del derecho a circular, de alimentarse, de alojarse, de instruirse, de cultivarse… sin trabas. Mucho más que tal o cual espacio público o privado, estas prácticas de sabotaje apuntan a un sistema que está espacialmente materializado. Una vez más, se trata de una forma de no reducir la acción política, la vida política, a una expresión formateada: permisos, manifestaciones con trayectos bien delimitados, con horarios marcados.

Es cierto, en paralelo, existe otro repertorio de acciones, históricamente no violento, desarrollados por militantes ecologistas, pero no solo ellos. Consiste en abrir brechas, en lugares protegidos, donde escapar del capitalismo, de la sociedad de consumo e inventar otras formas de construir comunidad. En parte, es lo que ha sido la ZAD de Notre-Dame -des- Landes. Pero la ZAD fue objeto de una violencia desmesurada para erradicarla.

¿A qué se denomina destrozos? El debate sobre su utilidad o al contrario, su carácter contraproducente, atraviesa los movimientos sociales…

Es cierto, y esto plantea la cuestión de la representación de los que se califica como acción política, las emociones suscitadas por las movilizaciones sociales y por sus repertorios de acción. Estos últimos decenios, uno de los mayores desafíos para los colectivos militantes ha sido el impacto mediático de su acción, la imagen que les va a devolver, el discurso que va a suscitar y del que depende el reconocimiento de su legitimidad. Cuanto más sea percibida como positiva, alegre, humorística y festiva la acción, más exitosa será considerada la movilización, con la esperanza de que aúne a la opinión pública y que sea entendida. Actualmente asistimos a la anulación de este tipo de razonamiento: las condiciones exigidas para que una acción sea reconocida como legítima no parecen servir más que para agotar a las movilizaciones y los movimientos sociales. Las huelgas de larga duración en correos, en los hospitales, en la enseñanza nacional o también en la universidad… cualquiera que sea la expresión que tomen, no son tenidas en cuenta, escuchadas. Es una estrategia de desgaste, de agotamiento: así, por un lado, se exige no ser violento para ser atendido, pero, por otro, si te atienes a esta exigencia de no violencia, te enfrentas al silencio, a la difuminación, a una indiferencia que te agota.

En su libro, tumbarse en el suelo para defender la vida no es solamente un medio para hacerse oír sino que también cambia la relación consigo misma.

La idea que he desarrollado es que la historia de la autodefensa como práctica de emancipación muestra que la política pasa por el cuerpo: haciendo gestos, elevando la voz, en el espacio público, en el mundo social, elevándose físicamente contra la injusticia, nos convertimos en sujeto político, hasta en nuestros músculos, en nuestra carne. La autodefensa es esa forma de reanimación vital del cuerpo político, de las vidas políticas en la realidad. Hoy Hace falta coraje para salir a manifestarse cuando sabemos que se puede perder la vida mientras que todo está preparado para respetar nuestros cuerpos. Salir a pesar de todo, encontrarse, formar un cuerpo colectivamente y crear un nosotras-nosotros político en una rotonda o en otro lugar, produce una conciencia política de la que hacemos la experiencia físicamente y es una forma de resistencia cuando se sabe que la represión intenta justamente marcar los cuerpos en carne viva y marcar las vidas para que se deterioren, para que no se muevan más.

https://reporterre.net/Gilets-jaunes-La-question-de-la-violence-revele-une-crise-democratique?fbclid=IwAR0RDLPly2ZpVV5zliEtG8VQnobmW7jzS3gl_nVxVkwwneMzw5wkqjj2w0E

Elsa Dorlin es profesora de Filosofía social y política e investigadora en el Columbia Institute for Ideas & Imagination. Es autora de Se défendre. Une philosophie de la violence (La Découverte).

Traducción viento sur


[1] Desde el 17 de noviembre, el movimiento de los chalecos amarillos numera sus convocatorias de movilización semanales «Acto». ndt

[2] Zonas a defender

 

Stavros Tombazos y la discordancia de los tiempos

Por Michel Husson 

En 1994, Stavros Tombazos publicó un libro titulado Le temps dans l’analyse économique (1). Acaba de aparecer su nuevo libro, Global Crisis and Reproduction of Capital (2). El libro de 1994 ha superado la prueba del tiempo, ya que ha sido objeto de una traducción al inglés, publicada veinte años más tarde. Tombazos propuso en él una relectura de El Capital, estructurada como la articulación de tres temporalidades: “Las categorías de los tres libros teóricos de El Capital se inscriben de modo distinto en el tiempo. Las del primer libro obedecen a una temporalidad lineal y abstracta, homogénea, a un tiempo supuestamente calculable, medible. Este último lo denominamos tiempo de la producción. Las determinaciones del segundo libro se inscriben en una temporalidad cíclica. Las diferentes categorías del tiempo de la circulación se refieren a la rotación del valor. Finalmente, el tercer libro es el del tiempo orgánico del capital, unidad del tiempo de la producción y del tiempo de la circulación.”

Este esquema de lectura sirve para confrontar la lógica de Marx y la de Hegel ofreciendo herramientas metodológicas para la comprensión del capitalismo contemporáneo. Tombazos indica a este respecto que hay que saber “pensar el ‘inmovilismo’ del cambio”. A Michel Aglietta, quien propone evitar el uso del término reproducción, Tombazos replica que valor y capital son elementos invariables del capitalismo.

Ya en aquel entonces, el pasaje sobre el capital portador de interés destaca lo que tienen de absurdo las teorías financiaristas que oponen esquemáticamente el beneficio industrial al beneficio financiero. Para Tombazos, debería estar claro, por el contrario, que “el beneficio industrial es ante todo, lógicamente, uno e indivisible; después se comparte real o idealmente entre prestamistas y prestatarios, tipos de interés y beneficio empresarial. Estas dos últimas categorías, entendidas como dos partes del trabajo excedentario, no tienen nada de misterioso. Son, al igual que el salario y la ganancia, formas fenomenales de la plusvalía y al mismo tiempo momentos del imaginario social o momentos de lo que Marx llama fetichismo.”

Más allá de estas anotaciones metodológicas, que conservan hoy en día toda su pertinencia, la tesis fundamental del libro de 1994 es que el funcionamiento del capital se basa en una “organización autónoma de ritmos”. Con ello aporta una clave de lectura de la “crisis del organismo social” como “una especie de ‘arritmia’, es decir, una perturbación momentánea de la coherencia del sistema”. En el fondo, este es el esquema que se utiliza en el último libro de Tombazos para analizar la crisis reciente.

Primera discordancia: beneficio y acumulación

Es bastante fascinante ver cómo las categorías relativamente abstractas que elaboró Tombazos en su primera obra las retoma en su nueva contribución para aplicarlas al análisis de la crisis reciente y proponer una visión coherente de la misma.

El primer capítulo del libro está consagrado al tiempo de la producción, es decir, a la relación entre rentabilidad y acumulación de capital. En su introducción, Tombazos ofrece un resumen de su método general: “El concepto mismo de capital hace referencia a una articulación de tres ritmos económicos fundamentales: el ritmo de la valorización, el ritmo de la acumulación y el ritmo de la realización del valor. El crecimiento capitalista presupone una compatibilidad relativa entre estos tres ritmos, y las crisis económicas se producen a raíz de la divergencia excesiva de uno de estos ritmos con respecto a los demás. Toda crisis económica puede describirse como una ‘arritmia orgánica’ del sistema”. Una vez más, es asombroso comprobar que esta problemática retoma en sus mismos términos la del libro de 1994.

Tombazos analiza en detalle una primera discordancia, entre beneficio y acumulación: “Durante el periodo neoliberal, la tasa de beneficio se recupera, pero la tasa de acumulación no le sigue: aparece una divergencia entre la curva de la tasa de beneficio y la de la tasa de acumulación. La relación entre plusvalía (o beneficio) y acumulación aumenta.” Este primer hecho estilizado dio pie a un debate entre marxistas que nos remite a la cuestión delicada de la medición del capital, que precisamos para calcular la tasa de beneficio y la tasa de acumulación. Tombazos evita meterse en berenjenales y razona sobre la parte acumulada de la plusvalía, demostrando que esta desciende sobre la base de los datos empíricos disponibles.

Otro debate se refiere al papel de las finanzas. Según una vulgata bastante extendida, las finanzas depredadoras, al apoderarse de una parte creciente de la plusvalía, impiden que el buen capitalismo cumpla su función, a saber, acumular capital. Tombazos rechaza de plano esta interpretación: “Es por tanto un error explicar la creciente divergencia entre la tasa de beneficio y la tasa de acumulación, o el aumento de la relación plusvalía/inversión neta, por el aumento de la parte de la plusvalía absorbida por el capital monetario.” A cambio, propone otra (que compartimos): si el capitalismo invierte cada vez menos en las actividades productivas, se debe a que “no existen nuevas actividades productivas que prometan una tasa de beneficio ‘aceptable’. De ahí que invierta gran parte de ‘su’ plusvalía en títulos de otros sectores, de la banca, los fondos de inversión, etc. El aumento de los intereses y de los dividendos como parte de la plusvalía es el síntoma y no la causa de la divergencia” entre beneficio y acumulación.

Tombazos se remite nuevamente a Marx y, en particular, al capítulo II de El Capital, titulado “Las metamorfosis del capital y su ciclo”, del cual cita el siguiente pasaje: “Como el conjunto es un círculo en movimiento, cada punto particular, cada figura particular del capital recorre su propio ciclo; dicho en otros términos, cada punto funciona a la vez como punto de partida, punto de transición y punto de retorno, por más que la circulación global se presente, para cada uno de esos puntos específicos, como su ciclo específico. Para el proceso de reproducción en su conjunto constituye una condición necesaria la de ser al mismo tiempo, en cada una de sus fases, reproducción y circulación. (…) Se trata de formas fluidas cuya simultaneidad se efectúa gracias a su sucesión (3).”

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La lección que extrae Tombazos es metodológicamente importante: “Debemos leer los tres circuitos de cada capital individual, y también los del capital social, no solo horizontalmente (como una transformación o metamorfosis de cada forma funcional), sino también verticalmente (como la coexistencia simultánea de cada forma funcional).”

Segunda discordancia: explotación y mercados

La articulación entre los capítulos 2 y 3 tiene lugar en torno a la dilucidación de un segundo hecho estilizado: “La parte del consumo privado en el PIB parece evolucionar de manera independiente de la parte de los salarios en el PIB. Así, desde la década de 1980, la proporción entre consumo privado y parte de los salarios aumenta en todas las grandes regiones del mundo desarrollado.”

¿Cómo explicar esta nueva discordancia? Tombazos contempla varios mecanismos posibles: la entrada de capital en los países en cuestión; una disminución de la tasa de ahorro de los hogares; un aumento del consumo de los capitalistas. Ninguno de estos tres factores parece suficiente, y se centrará en un cuarto, a saber, “el aumento de la parte de la ganancia industrial transferida a las clases sociales de ingresos medios y bajos (trabajadores, autónomos, etc.) en forma de crédito al consumo”.

Tombazos procede entonces a alternar de nuevo entre los datos empíricos y los esquemas teóricos. Después de recordar la lógica de los esquemas de reproducción de Marx, propone una extensión de los mismos que tiene en cuenta su hipótesis central. En cierto modo, retoma aquí los análisis de Costas Lapavitsas (4), que habla de “explotación directa” a través del endeudamiento de los trabajadores, pero los inserta en un esquema riguroso. Los patrones de reproducción de Marx han podido dar pie a lecturas engañosas al interpretarlos como un modelo de “crecimiento equilibrado”. Sin embargo, estos esquemas fueron utilizados por Marx para mostrar, por el contrario, la inevitabilidad de las crisis. Lo mismo hace Tombazos, que los reinterpreta en su lógica temporal.

En efecto, una cosa es construir un esquema de reproducción adecuado al capitalismo neoliberal y otra distinta es deducir que es sostenible. En otras palabras, este esquema desequilibrado tenía los días contados: “Agotará su horizonte temporal absoluto tan pronto como la proporción de los salarios disponibles disminuya hasta el punto en que la reproducción de la fuerza de trabajo ya no sea compatible con el servicio de la deuda.” Y este horizonte temporal se acerca en función de cuatro parámetros: 1) aumento de la tasa de plusvalía; 2) incremento en la parte de la plusvalía proveniente del servicio de la deuda; 3) incremento del tipo de interés; 4) disminución del período de servicio de la deuda.

El esquema no tuvo tiempo de alcanzar su límite y se derrumbó desde el momento en que los mercados comenzaron a “dudar de que los derechos acumulados sobre los salarios futuros fueran reembolsados”. Este análisis lleva a una lectura de la crisis que otorga un papel preponderante al endeudamiento de los hogares: es cierto que inicialmente permitió que la demanda se mantuviera en un contexto de congelaciones salariales, pero se quebró con la disminución del ingreso disponible de los hogares. Así, desde el principio, “el esquema reproductivo neoliberal tenía fecha de caducidad”. Su crisis “se manifiesta inicialmente, en su dimensión financiera, como una acumulación de deudas privadas insostenibles”.

Tercera discordancia: marxismo ortodoxo y marxismo dialéctico

Tombazos subraya repetidamente que la crisis actual no se deriva de la ley de baja tendencial de la tasa de beneficio, a diferencia de la de mediados de la década de 1970, pero a su modo de ver existe un vínculo entre ambas, en la medida en que “la crisis actual es el resultado de las políticas aplicadas para hacer frente a la caída de la rentabilidad en la década de 1970”. Es básicamente “la crisis de la respuesta neoliberal a la crisis de la década de 1970”.

¿Deberíamos calificar entonces a Tombazos de “subconsumista”? En general, es el reproche que hacen los marxistas ortodoxos a quienes se niegan a explicar la crisis por la mera caída de la tasa de beneficio. Estos últimos son, según ellos, discípulos de Rosa Luxemburg (en el mejor de los casos), y quizás incluso de los reformistas keynesianos. Sin embargo, esto equivale a no entender la lógica misma de los patrones de reproducción cuya idea básica resume Tombazos del modo siguiente: “Un patrón de reproducción del capital solo puede perpetuarse si la oferta de valores de mercado de los diversos sectores productivos corresponde a una distribución del ingreso que garantice más o menos su realización.” Después da este ejemplo que muestra cómo su lectura de Marx se articula con las diferentes temporalidades del capital: “Si el valor de los productos destinados al consumo de la clase trabajadora no se puede alcanzar o reconocer socialmente porque la distribución de las rentas no permite su compra a su valor, el ritmo de realización del valor se frena. Los tres ritmos del capital no son compatibles entre sí. La crisis económica no es más que esta ‘arritmia’.”

En la línea de Ernest Mandel (a quien está dedicado el libro), Tombazos rechaza cualquier interpretación monocausal de la crisis. Y toda su elaboración en torno a la noción de arritmia tiende precisamente a mostrar que el esquema de reproducción, incluso el que a priori es más coherente, puede “averiarse” en cualquier punto del circuito. En este caso, la causa del desencadenamiento de la crisis contemporánea es para él “la desaceleración estructural del ritmo de realización del valor con respecto al ritmo de valorización del valor”.

Cuarta discordancia: plusvalía y capital ficticio

Fiel a su metodología de ir de lo abstracto a lo concreto, buscando “aproximarse a la realidad introduciendo gradualmente en el análisis las dificultades que plantea su comprensión”, Tombazos dedica la segunda mitad de su libro a los instrumentos que hicieron posible la crisis financiera.

La descripción de los diversos instrumentos financieros (derivados, titulización, etc.) es bien conocida, pero Tombazos restablece maravillosamente su fundamento, que es una forma de ceguera ideológica, incluso metafísica. Así, escribe: “Los productos financieros derivados oscurecen hasta tal punto la realidad que cualquier intento de comprensión científica degeneraba fácilmente en una especie de geometría metafísica en la que incluso la cuadratura del círculo parecía factible. Más precisamente, la comprensión fragmentaria de la realidad adoptada por el enfoque dominante (ultramatematizado, pero a fin de cuentas metafísico) creó la ilusión de que el desplazamiento del riesgo financiero equivalía a su desaparición.”

La deriva de las finanzas se basó efectivamente en una primera ilusión, bastante estúpida si lo pensamos, según la cual bastaba traspasar el riesgo para que fuera posible olvidarlo. Las diferentes entidades se pasaron así entre ellas la patata caliente, pero “esta transferencia continua del riesgo hacia el Otro generalizado (5), lejos de constituir una gestión racional del riesgo, transforma el riesgo individual en riesgo social, el riesgo privado en riesgo sistémico, el riesgo local en riesgo nacional y mundial. El Otro generalizado somos todos nosotros, es el sistema global.”

Más fundamentalmente, todo se basaba en otra ilusión, a saber, que el dinero puede generar dinero sin pasar por la casilla de la explotación. Para disipar esta representación fantasmagórica que las finanzas capitalistas tienen de sí mismas, es necesario disponer de una teoría del valor, marxista en este caso, que permita comprender por qué las rentas reales derivadas de las finanzas no pueden ser otra cosa que una fracción de la plusvalía, como ya insistió Tombazos en su libro de 1994.

El olvido de esta realidad permite el desarrollo de un capital ficticio, para retomar el término de Marx, que se presenta como una enorme acumulación de derechos de giro sobre una plusvalía que aún no se ha creado; la crisis se produce cuando se percibe que nunca llegará a crearse. Por lo tanto, Tombazos no hace más que parafrasear a Marx cuando escribe que “el capital monetario está integrado en el capital industrial: no es una entidad independiente. Sin embargo, desde el punto de vista de su propietario, el dinero que ha prestado al industrial parece tener la propiedad (meta)física de multiplicarse con el tiempo.”

El capital ficticio da lugar a derechos de giro virtuales, lo que Tombazos llama unvalor tóxico cuyo volumen “no viene dado de antemano. Es objeto de un conflicto social.” Se trata de una dimensión esencial para el análisis del período posterior a la crisis: en efecto, uno de los objetivos de las políticas aplicadas consiste en gran medida en impedir la “depreciación de este ‘capital tóxico’”, en suma, defender el capital ficticio.

Quinta discordancia: la zona del euro y Grecia

Stavros Tombazos (que es chipriota) formó parte de la Comisión para la verdad sobre la deuda griega. Por lo tanto, no es extraño que la crisis del sistema del euro se examine en gran medida a través del prisma griego. Tombazos niega la responsabilidad de una deuda pública excesiva en el estallido de la catástrofe griega. En realidad, el mecanismo perverso fue el siguiente: la homogeneización de los tipos de interés nominales dio lugar a una fuerte caída de los tipos de interés reales en los países periféricos, debido a que sus tasas de inflación eran más elevadas. Esta caída provocó una burbuja inmobiliaria, que se hinchó hasta que los capitales extranjeros dejaron de acudir a financiar los déficit comerciales. Fue el rescate de los bancos privados el que llevó posteriormente al fuerte aumento de la deuda pública.

Stavros Tombazos en la Comisión para la Verdad sobre la deuda griega

No podemos sino suscribir este análisis, aunque sin duda es incompleto porque no tiene en cuenta una de las principales taras del sistema del euro. Era previsible que la recuperación por parte de los países periféricos (que efectivamente se produjo en un primer momento, como señala Tombazos) llevaría a un aumento de sus déficit comerciales. En la versión optimista, las entradas de capitales debían invertirse en las economías periféricas y dar pie al aumento de la productividad, que a su vez permitiría una convergencia real. Sin embargo, también debido a la caída de los tipos de interés reales, el capital entró en los sectores de escaso potencial en términos de productividad antes de refluir.

Esta cuestión de la productividad es sin duda el punto oscuro del libro. Tombazos solo se refiere en su conclusión a la desaceleración de los aumentos de productividad: “Y, por supuesto, el ritmo de progresión de la productividad del trabajo se encuentra en un nivel bajo, sin precedentes en los tres polos principales de las economías avanzadas.” No obstante, este fenómeno no apareció con la crisis reciente. Uno de los rasgos esenciales del período del capitalismo neoliberal es, de hecho, la desaceleración tendencial de los aumentos de productividad. Sin embargo, estos últimos constituyen un elemento fundamental de la dinámica de la tasa de beneficio. Y si, como subraya Tombazos, no ha habido una tendencia a la baja de la tasa de beneficio, ello se debe a que todos los dispositivos empleados (globalización, financiarización, aumento de la explotación, desigualdades, endeudamiento, etc.) eran necesarios para asegurar la tasa de beneficio a pesar del declive del aumento de la productividad.

Sexta discordancia: capitalismo y salida de la crisis

En el capítulo de conclusión, Tombazos condensa las tesis principales de su libro y las aplica a la trayectoria futura del capitalismo. Para él, está claro que la salida de la crisis no puede pasar por una profundización del neoliberalismo, y mucho menos por la adición de medidas de supervisión del sistema bancario. Tombazos constata que la tasa de beneficio se ha recuperado desde la Gran Recesión, superando los niveles de antes de la crisis, pero que la brecha con la tasa de acumulación se ha ampliado aún más. Esto significa que el esquema de reproducción neoliberal funciona, pero a un ritmo más lento: la regulación más estricta de la banca y la estabilización de la tasa de endeudamiento de los hogares contribuyen a frenar la acumulación.

Sin embargo, como para el capitalismo no existe un modelo de recambio, “la reproducción neoliberal del capital solo logrará mantenerse con el apoyo de políticas económicas que provoquen nuevas ‘burbujas’ y catástrofes sociales. Vivimos en el callejón sin salida de un patrón reproductivo dominado por el capital monetario, cuya existencia solo es posible a costa de graves recesiones periódicas, regresiones sociales y crisis políticas.”

Posdata

Stavros es un amigo, todavía más desde nuestra participación común en los trabajos de la Comisión de la verdad sobre la deuda griega. Pero lo cierto es que llevábamos tiempo en connivencia intelectual. La lectura de su libro de 1994 influyó en mi reflexión, de manera tal vez subliminal, como ocurre a menudo en el seno de un colectivo de pensamiento. Compartimos, por ejemplo, la misma deuda con respecto a Ernest Mandel, cuya impronta se encuentra en muchos de nuestros trabajos, así como a otros dedicatarios de los libros de Stavros: Daniel Bensaïd, Georges Labica y Jean- Marie Vincent.

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Nuestros intercambios informales en Atenas (donde Stavros intentó, en vano, iniciarme en la lógica de Hegel) han contribuido sin duda a acercar un poco más nuestros puntos de vista. Esta es la razón de este pequeño apéndice que explica por qué esta recensión es poco crítica e incluso podría ser sospechosa de complacencia. Lo que ocurre es que comparto la mayoría de las proposiciones del libro. Sin embargo, el último apartado de este artículo muestra que todavía hay diferencias de enfoque, sin duda porque Stavros es al menos tan filósofo como economista. Me parece que es posible articular una lectura del capitalismo contemporáneo con la evolución de la productividad, en otras palabras, insistir en su creciente incapacidad para generar aumentos de productividad.
Notas:

Michel Husson, « Stavros Tombazos et la discordance des temps », A l’encontre, 25 février 2019. Traducción: viento sur.

1 Stavros Tombazos, Le temps dans l’analyse économique. Les catégories du temps dans Le Capital, édition Société des Saisons. Traduction anglaise : Time in Marx. The Categories of Time in Marx’s Capital, Brill, 2014. Nos remitimos a dos recensiones, la de Daniel Bensaid, « Le sens des rythmes », Lignes n°95, 1994, y la de Maxime Durand, « Les temps du capital », Critique communiste n°142, 1995.

2 Stavros Tombazos, Global Crisis and Reproduction of Capital, Palgrave Insights into Apocalypse Economics, 2019.

3 Karl Marx, El Capital, Libro II, pp. 681-683.

4 Costas Lapavitsas, Profiting without Producing. How Finance Exploits Us All, Verso, 2013.

5 Tombazos hace referencia al concepto de Generalized other desdarrollado por George H. Mead enMind, Self, and Society, 1934.

 

Sólo un ethos materialista podrá salvarnos

Por Roque Farrán

Noté la otra vez conductas temerosas entre gente que antes no se comportaba así. Sin dudas no está muy claro cómo pero las libertades se ven restringidas de manera insospechada e incierta. Se nota en los cuerpos entumecidos que no encuentran el modo de distenderse y relajar, por más yoga o baile o piruetas performáticas que ensayen. Es el modo de producción, me dirán, y sí, pero la modulación que toma en esta coyuntura problemática muestra otras aristas e implicaciones. El peligro de perder el trabajo, la vida, las cuentas, el no llegar a fin de mes, sí, todo eso pero incluso algo mucho más banal: el temor de hablar en nombre propio, decir lo que se piensa, exponerse, reír, gritar. Se halla restringida la palabra, la lengua que inventa, el concepto que invierte, los dispositivos y prácticas que subvierten las cosas y transforman a los sujetos en verdad. La escena pública está comprimida al mínimo y viciada, ya casi no circula la palabra libre y responsable de sí. La palabra justa. Prácticas de libertad nos faltan, ¡pero si hasta Debray y los estalinistas parecen a lo lejos más provocadores y (re)sueltos que nosotres! Los cuerpos tiesos, temerosos o acalambrados prevalecen en la escena de la posthistoria.

Hace unos días tuve que ir a hacerme un par de sesiones de masaje porque hacía semanas que tenía la espalda contracturada y no daba más, somos muchos los que andamos así: cabeza inclinada por el celular o la tristeza. Y hay un mandato de felicidad, éxito e hiperactividad constantes, que contribuye a reproducir el círculo vicioso. Veo recién en las noticias a un tenista muy muy joven caer entumecido y acalambrado después de jugar apenas un par de sets, la empresa que lo patrocinaba esperaba mucho de él, dicen los periodistas asombrados. También leo en el diario que la popularísima actriz que interpreta a Daenerys de GoT tuvo tres aneurismas durante temporadas pasadas y relata la presión del éxito que sentía en el arduo proceso de recuperación. Estamos desquiciados, sin dudas. Y es por el modo de producción que nos atraviesa, no como una abstracción teórica o una base estructural imposible de cambiar, sino por nuestras propias conductas y hábitos cotidianos que lo reproducen sin cesar: por lo que hacemos a diario y cómo nos relacionamos con los otros, con nuestros cuerpos, con las palabras, la lengua y lo que aún no pensamos. ¿Cuándo vamos a empezar a ocuparnos de nosotros mismos en serio?

No es sólo cuestión de hacer terapia o psicoanálisis, se trata de una práctica ética generalizada que afecte todos los niveles posibles. Si hay un descubrimiento mayor del psicoanálisis, para mí no es en sí el inconsciente, sino ese mecanismo paradójico por el cual mientras más cedemos en nuestro deseo y condescendemos al goce más sufrimos (conocimiento que permite conciliar las sabidurías antiguas, más o menos ascéticas). Pues lo paradójico y tortuoso del superyó, es justamente que puede tanto prohibir como estimular la descarga -y se sobrecarga e inviste con esa lógica recursiva- porque tiene la forma esencial del mandato y del circuito pulsional cerrado y garantizado del goce; lo que no se soporta allí es la apertura y la indeterminación objetiva del deseo. Es lo que vivimos hoy a diario en todos los niveles sociales, con los mandatos de goce estimulados por el mercado y los sacrificios del gasto inducidos por el gobierno, más la deuda e(x)terna; cuestiones que podrían entenderse como contradictorias, funcionan perfectamente en conjunto en esta lógica desquiciante del superyó generalizado. Por eso una intervención materialista, sea a nivel individual o colectivo, tiene que apuntar a interrumpir los cortocircuitos pulsionales y abrir otros modos de composición y soporte vía el entrelazamiento de los circuitos libidinales; vía el anudamiento simultáneo que propicia el deseo de deseo sin garantías.

En definitiva, ¿cómo hacer para no insensibilizarse ante el horror de lo que sucede a diario, de lo que no ha dejado de suceder y “oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”, y a la vez no dejarse aplastar por la gravedad de las cosas, esas fuerzas inerciales que parecieran ajustar el nudo de la coyuntura a la medida de nuestro propio pesquezo? A esa pregunta trata de responder singularmente un ethos materialista, para el cual no hay coartada utópica ni científica que suplante la eficacia de las prácticas, en su entrelazamiento solidario y en su juego serio; es decir, en su distensión y ajuste necesarios al caso: a lo que cae por su propio peso.

No hace falta usar el sintagma “lucha de clases” para plantear que la lucha es lo que orienta cualquier práctica materialista que busque subvertir el orden actual de dominación. No solo sostengo -y practico en consecuencia desde antes de forjar cualquier arma de legitimación institucional- que la filosofía materialista consiste en llevar la lucha de clases a la teoría, como quería el viejo Althusser, sino que he tratado de mostrar que la lucha no se reduce a plantear el “desacuerdo” o el “antagonismo” constitutivo de lo social en términos exclusivamente teórico-políticos; o sea, en lenguaje politológico.

La lucha de clases se amplía y diversifica en múltiples terrenos y lenguajes, cuando la práctica filosófica materialista avanza sin hacer concesiones a los idealistas de todos los sectores, sobre: la ontología, la lógica, las matemáticas, el psicoanálisis, los ejercicios espirituales, las prácticas de sí, la escritura, etc. Y no se trata simplemente de replicar saberes sino de situar los puntos donde ellos se dislocan y abren a las verdades singulares-genéricas. En cada terreno se puede dar lucha porque hay posiciones conservadoras y reproductivas del statu quo y posiciones que transforman las relaciones de poder-saber imperantes.

En consecuencia, asentada esta posición, quisiera señalar tres principios metodológicos que orientan el ethos materialista, es decir, como disposición o actitud antes que como saber de todo: 1. Como no hay fines ni principios fundamentales, y la contingencia es absoluta, entonces el pensamiento materialista empieza por cualquier parte (“toma el tren en marcha”); 2. Como nada vale más que nada, la lógica de valoración ha sido suspendida, cualquier práctica puede ser la clave de incidencia en la coyuntura; 3. Como todas las prácticas se encuentran entrelazadas, no hay jerarquías estructurales fijas, un corte efectivo en cualquiera de ellas puede acabar con el conjunto.

Claro que esto no supone desconocer las rígidas jerarquías y los circuitos cerrados que imponen el goce y la subordinación obsecuentes, pero si permite aflojar y distender los nudos que nos constituyen para abrir la posibilidad a otra cosa; si no, con nuestras valoraciones a priori, seguiremos reproduciendo el statu quo, aún con las mejores intenciones.

Fuente: http://lobosuelto.com/?p=22935

 

Los nuevos ropajes del capitalismo

Por Evgeny Morozov
Morozov quita la máscara a los teóricos partidarios del capitalismo digital

I. En una serie de artículos notablemente premonitorios, el primero de los cuales fue publicado en el periódico alemán ‘Frankfurter Allgemeine Zeitung’ en el verano de 2013, Shoshana Zuboff señaló un fenómeno alarmante: la digitalización de todo otorgaba a las empresas tecnológicas un inmenso poder social.

Desde las modestas puntas de lanza colocadas en el interior de nuestros navegadores, conquistaron, al estilo Blitzkrieg, nuestras casas, automóviles, tostadoras e incluso colchones. Cepillos de dientes, zapatillas de deporte, aspiradoras: nuestros antiguos y mudos acompañantes domésticos pasaron a ser nuestros jefes “inteligentes”. Estos modelos de negocio convirtieron los datos en oro y favorecieron su expansión.

Google y Facebook estaban reestructurando el mundo, no sólo resolviendo sus problemas. El público en general, seducido por jóvenes con capucha que hacían de embajadores del mundo de la tecnología, y lobotomizado por las charlas TED, no tenía ni idea de todo ello. Zuboff observó una lógica en este lío digital; las firmas tecnológicas seguían imperativos razonables —y terroríficos. Atacarlos por violaciones a la privacidad significaba perder la perspectiva sobre la escala de la transformación —un trágico error de cálculo que ha afectado a buena parte del activismo en contra las Big Tech que observamos en la actualidad.

Este error analítico también ha llevado a muchas personas inteligentes y bien intencionadas a insistir en que Silicon Valley debería —y podría— arrepentirse. Insistir, como hacen estos críticos, en que Google debiera comenzar a proteger nuestra privacidad es, para Zuboff, “como pedirle a Henry Ford que fabrique a mano cada Modelo T o pedirle a una jirafa que haga más corto su cuello”. Los imperativos del capitalismo de vigilancia son casi siempre de tipo evolutivo: ninguna política inteligente, ni siquiera en el Congreso, ha tenido éxito a la hora de acortar el cuello de la jirafa (sin embargo, ha hecho maravillas con Mitch McConnell).

El sucinto término que ha empleado Zuboff para describir este régimen, “capitalismo de vigilancia”, se ha popularizado. Que este término haya sido utilizado previamente —y de una manera mucho más crítica— por los marxistas en la Monthly Review es un pequeño inconveniente genealógico para Zuboff. Su nuevo y muy esperado libro The Age of Surveillance Capitalism documenta exhaustivamente sus siniestras operaciones.

Desde Pokemon Go hasta las smart cities, desde Amazon Echo hasta las smart dolls, los imperativos del capitalismo de vigilancia, así como sus métodos —caracterizados por la mentira constante, el ocultamiento y la manipulación— se han vuelto omnipresentes. Los buenos viejos tiempos de solitaria ebriedad ya se han ido: incluso las botellas de vodka se han vuelto inteligentes y ofrecen conectividad a Internet. En cuanto a los termómetros rectales inteligentes que también se mencionan en el libro, probablemente no quieran saberlo. Solamente esperen que su cartera digital tenga suficientes Bitcoins para apaciguar a los hackers.Los imperativos del capitalismo de vigilancia, así como sus métodos —caracterizados por la mentira constante, el ocultamiento y la manipulación— se han vuelto omnipresentes.

El libro de Zuboff deja claro que las promesas que realizan los “capitalistas de la vigilancia” son tan dulces como su cabildeo es despiadado. Las compañías tecnológicas, bajo la pomposa fachada de disrumpir todo para el beneficio de todos, han desarrollado una serie de trucos retóricos y políticos que los aíslan de cualquier presión desde abajo. Por supuesto, también ayuda que la única presión proveniente de abajo sea la que se dirige hacia los botones y pantallas de sus dispositivos de succión de datos.

Si Donald Trump no hubiera sido elegido presidente – supuestamente debido a ese mago accidental de los datos que es Steve Bannon, a sus desventurados colegas en Cambridge Analytica y a un grupo de rusos que lograron usar Facebook como siempre ha estado pensado para ser usado – el poder de Silicon Valley podría haber permanecido como un tema aislado: apropiado para la cháchara nerd de Twitter del renegado circuito think tank, pero bastante inútil para cualquier otra cuestión.

Zuboff se incorporó en esta conversación que estaba teniendo lugar en todo el globo hace cinco años, justo cuando comenzaban a borbotear los primeros signos de descontento sobre el poder de las Big Tech. Silicon Valley no era ajeno a las críticas, pero la de Zuboff no era un crítica corriente.

Una de las primeras mujeres en ocupar el cargo de profesora en la Harvard Business School también había trabajado como columnista para ‘Fast Company’ y ‘Businessweek’, dos bastiones del tecno-optimismo que no son conocidos precisamente por su sentimiento anti-capitalista. Si los miembros del establishment comenzaban a aporrear a Silicon Valley, al parecer, algo estaba realmente podrido en el reino digital. ¿Qué era?

Si bien el uso de Zuboff de la frase “capitalismo de vigilancia” apareció por primera vez en 2014, los orígenes de su crítica se remontan más atrás. Se pueden rastrear hasta finales de 1970, cuando comenzó a estudiar el impacto de la tecnología de la información en los lugares de trabajo -un proyecto de cuarenta años que, además de desembocar en varios libros y artículos, la ha inundado de esperanzas utópicas y amargas decepciones-.

El desajuste entre lo posible y lo real ha enmarcado el contexto intelectual en el que Zuboff —anteriormente una optimista cautelosa sobre el capitalismo y la tecnología— construyó su teoría del capitalismo de vigilancia, la herramienta más oscura y distópica dentro de su arsenal intelectual hasta la fecha.

Las deprimentes conclusiones de su último libro están muy lejos de lo que Zuboff sostenía hace apenas una década. Tan atrás como data el 2009 argumentó que empresas al estilo Amazon, eBay y Apple estaban “liberando cantidades masivas de valor al darles a las personas lo que querían en sus propios términos y en su propio espacio”. Zuboff llegó a este soleado diagnóstico a través de su análisis global sobre cómo la tecnología de la información estaba cambiando la sociedad; a este respecto, formaba parte de una cohorte de pensadores caracterizados por argumentar que una nueva era —algunos la llamaron “post-industrial”, otros “postfordista” — estaba sobre nosotros.

Es dentro de este análisis — y de las expectativas optimistas que engendró en sus inicios— donde surgió la crítica actual de Zuboff hacia el capitalismo de vigilancia. También esta es la razón por la que su último libro utiliza ( tanto en cuanto al contenido como al lenguaje) un tono melodramático: Zuboff, junto con todo el establishment empresarial estadounidense, enamorado de las promesas de la Nueva Economía, había esperado que ese horizonte nos trajera algo muy diferente.

II. Su primer libro, ‘In the Age of the Smart Machine’, recibió una gran aclamación en 1988. En él, Zuboff desplegó un aparato conceptual y formuló un conjunto de preguntas que reaparecerían en todos sus escritos posteriores. Echando mano de años de trabajo etnográfico de entornos industriales y de oficina, el libro pintaba un futuro ambiguo.

De acuerdo al argumento de Zuboff, la tecnología de la información podría exacerbar las peores características de la automatización, despojar a los trabajadores de su autonomía y condenarlos a tareas indignas. Pero, si se usan sabiamente, podrían tener el efecto contrario: aumentar las capacidades de los trabajadores para el pensamiento abstracto e imaginativo y revertir ese proceso de descualificación que los marxistas han criticado con sus escritos sobre el trabajo bajo el capitalismo.

Estructuradas en torno a la tecnología de la información, las empresas modernas, en el juicio de Zuboff, debían que elegir entre “automatizar” o “informatizar”. Este último fue el término que empleó para describir la innovadora capacidad para recopilar datos relacionados con el trabajo intermediado por una computadora (el “texto electrónico”).

Durante la era previa de la administración científica de Frederick W. Taylor, dichos datos se recopilaban manualmente a través de la observación o los estudios de tiempos y movimientos. Al extraer el conocimiento tácito de los trabajadores sobre el proceso de trabajo, los gerentes, instigados por los ingenieros, podrían racionalizarlo, reducir dramáticamente los costos y elevar los estándares de vida.

Gracias a los avances en la tecnología de la información, la creación del texto electrónico se volvía barata y ubicua. Si este texto se pusiera a disposición de los trabajadores podría incluso socavar la base del control gerencial: la suposición de que el gerente sabe más. El texto electrónico engendró lo que Zuboff, siguiendo a Michel Foucault, describió como “poder panóptico”.

Acoplado a las prácticas autoritarias del lugar de trabajo anterior, altamente centralizado, este poder afianzaría con toda probabilidad las jerarquías existentes; los gerentes se esconderían detrás de los números y gobernarían de forma remota en lugar de arriesgarse a la ambigüedad de la comunicación personal. Intensificado por la democracia en el lugar de trabajo y reglas igualitarias de acceso al texto electrónico, sin embargo, este poder podría permitir a los trabajadores cuestionar las interpretaciones de los gerentes sobre sus propias actividades y hacerse con un poco de poder institucional.

In the Age of the Smart Machine, un libro sobre el futuro del trabajo e, inevitablemente, sobre su pasado, guardaba un enorme silencio sobre el capitalismo. Dejando de lado su extensa bibliografía, este ambicioso tomo de casi quinientas páginas menciona la palabra “capitalismo” solo una vez —en una cita de Max Weber—. Esto resultaba extraño, pues Zuboff se resistía a defender a las empresas que estudiaba. Tampoco se hacía ilusiones sobre la naturaleza autoritaria del lugar de trabajo moderno, rara vez presentado como un lugar para la autorrealización de los trabajadores, o se deleitaba vituperando a los gerentes obsesionados consigo mismos y hambrientos de poder.

Aunque a pesar de comentarios críticos como estos, Zuboff entrenó su lente analítica con los conflictos institucionales que tenían lugar en torno al conocimiento y su papel a la hora de perpetuar o socavar las jerarquías organizacionales. La propiedad privada, la clase, la propiedad de los medios de producción —la fuente de los conflictos más tempranos con el trabajo— fueron en su mayoría excluidos de su marco de análisis. Y esto respondía más a un propósito que al mero descuido.

Después de todo, el objeto de estudio era comprender el futuro del lugar de trabajo mediado por la tecnología de la información. El enfoque etnográfico de Zuboff fue adaptado meramente para entrevistar a los gerentes y trabajadores acerca de los motivos que separaba a los unos de los otros en lugar de esbozar los imperativos económicos que conectaban a cada empresa con la economía global. Así es que la máquina inteligente figurada por Zuboff operaba en buena medida fuera de las restricciones invisibles que el capitalismo imponía a los gerentes y propietarios.

Si bien la palabra “capital” lograba mejores resultados —el libro la menciona una docena de veces—, Zuboff no lo ve, como suelen hacer muchos en la izquierda marxista, como una relación social o un elemento eternamente antagónico al trabajo. En su lugar, emuló a los economistas neoclásicos al entenderlo como maquinaria o dinero depositado en inversiones; el “trabajo”, a su vez, era tratado principalmente como una actividad física.

Aunque Zuboff también mencionaba el papel histórico de los sindicatos, sus lectores no necesariamente captaron el carácter antagónico del “trabajo” y el “capital” —en lugar de eso, escucharon todo tipo de historias acerca de conflictos circunstanciales entre trabajadores y gerentes dentro de los lugares de trabajo individuales—.

Apenas resulta sorprendente este hecho: Zuboff no era marxista. Además, era una aspirante a profesora en la Escuela de Negocios de Harvard. Sin embargo, su defensa de lugares de trabajo más equitativos y dignos sugería que ella podría ser, al menos en algunos temas, una compañera de viaje para la causa de izquierdas. Lo que la diferenció de las voces más radicales en estos debates fue su insistencia continua en los efectos ambiguos de la tecnología de la información. La elección entre “automatizar” e “informatizar” no era sólo un subproducto analítico de su marco o una mera propuesta retórica. Más bien, lo presentó como una elección real y existencial que afrontan las empresas modernas a la hora de lidiar con la tecnología de la información.

Tales elecciones binarias —entre el “capitalismo distribuido” y el “capitalismo gerencial”, y entre el “capitalismo orientado a la ayuda: capitalismo de ‘bienestar’ o de ‘reparto de limosna’ que defiende a aquellos que tradicionalmente han estado más desprotegidos]” y el “capitalismo de vigilancia”— también motivarían los libros posteriores de Zuboff. Pero incluso en su etapa temprana no quedaba claro si estaba acreditada para dar el salto analítico a partir de la observación, basada en el trabajo etnográfico, apuntando que algunas de las empresas estudiadas se enfrentaron a la opción entre “automatizar” y “informatizar”, y concluir de manera general que las condiciones externas del capitalismo moderno, y cada vez más el capitalismo de la alta tecnológica, universalizaron esa elección para todas las empresas y representaron un nuevo punto crítico en el desarrollo capitalista.

Aceptada sin miramientos, la posibilidad de una elección real, en lugar de un postulado entre “automatizar” e “informatizar”, socavó las críticas tradicionales del capitalismo como un sistema estructural y, por ende, fuente inevitable de explotación o descualificación. En la nueva era digital observada por Zuboff, una alianza astuta y armoniosa entre trabajadores y gerentes podría permitir a las empresas inteligentes e ilustradas desbloquear el poder emancipador de “informatizar”.

Aquí podríamos vislumbrar a grandes rasgos los contornos del enfoque de Zuboff sobre el capitalismo: sus males, algunos de los cuales reconocía alegremente, no eran el subproducto inevitable de fuerzas sistémicas, como la búsqueda de rentabilidad. Más bien, eran la consecuencia evitable de arreglos organizacionales particulares, los cuales, aunque tenían cierto sentido en épocas anteriores, podían quedar obsoletos debido a la tecnología de la información. Esta esperanzadora conclusión se derivaba casi en su totalidad de la observación de las empresas capitalistas, ya que el capitalismo mismo —considerado como una estructura histórica, no como una mera agregación de actores económicos— se encontraba casi ausente del análisis.

III. Una de las claves para comprender la última teoría de Zuboff sobre el capitalismo de vigilancia es la noción “excedente conductual”, un término más sofisticado que el vulgar “agotamiento de datos”, utilizado por muchos en la industria tecnológica. Esta se remonta a la distinción entre informatizar y automatizar expuesta en su primer libro. Recordemos que el texto electrónico, que reaparece en su último libro como el “texto en la sombra”, tiene un inmenso valor para los diferentes actores a menudo antagónicos.

Cuando las “firmas orientadas hacia la ayuda” lo implementan para empoderar a los clientes —como hace Amazon, por ejemplo, con las recomendaciones de libros extraídas de las compras de millones de clientes—, el texto electrónico sigue el camino utópico de “informatizar”, alimentando lo que Zuboff denomina “ciclo de reinversión conductual”. Por el contrario, cuando las empresas de tecnología utilizan los datos extraídos para dirigir anuncios y modificar el comportamiento, crean un excedente conductual —y este avance fundamental crea el “capital de vigilancia”—.

Google es el archi-ejemplo de la teoría de Zuboff. En sus primeros años, cuando necesitaba un modelo de negocio —la concesión de su tecnología de búsqueda a otros sitios fue uno de sus primeros, pero insuficientes, generadores de ingresos— Google tenía el potencial de convertirse en la empresa “orientada a la ayuda” favorita de Zuboff: su único incentivo para recopilar datos era la mejora del servicio. Una vez que abrazó la publicidad personalizada, las cosas cambiaron. Google quería más datos de usuarios para vender anuncios, no solo para mejorar los servicios. Los datos que recopila como excedente de la necesidad objetivamente determinada de servir a los usuarios —un umbral importante que ‘The Age of Surveillance Capitalism’ introduce, pero nunca teoriza explícitamente,— el excedente conductual de Zuboff. Como firma capitalista, Google quiere maximizar esa plusvalía expandiéndose en profundidad —perforando cada vez más en nuestras almas de datos y hogares—, pero también en amplitud, ofreciendo nuevos servicios en nuevas esferas y diversificando sus “activos de vigilancia”.

A lo largo de más de setecientas páginas, Zuboff describe este “ciclo de desposesión” en toda su ignominia: nos roban regularmente, secuestran y expropian nuestras experiencias, nuestras emociones son saqueadas por “mercenarios de la personalidad”. Ella retrata vívidamente el insoportable “entumecimiento psíquico” inducido por los capitalistas de la vigilancia. “Olvida el cliché de que si es gratis, ‘Tú eres el producto’”, exhorta. “Tú no eres el producto; tú eres el cadáver abandonado. El ‘producto’ se deriva del excedente que se le arrebata a tu vida”. Sin embargo, lo peor está por llegar, argumenta, a medida que los gigantes tecnológicos dejan de predecir el comportamiento y pasan a diseñarlo. “Ya no es suficiente automatizar los flujos de información sobre nosotros,” advierte; “el objetivo ahora es automatizarnos a nosotros”.

Esta nueva infraestructura global diseñada para dirigir el comportamiento produce “poder instrumentario,” ya que el “poder panóptico” del primer libro de Zuboff trasciende las paredes de la fábrica y penetra en toda la sociedad. A diferencia del poder totalitario, este evita la violencia física; inspirado por las brutales percepciones sobre el conductismo de B.F. Skinner, en cambio, nos lleva hacia los resultados deseados (piensen en las compañías de seguros que cobran primas más altas a los clientes con mayores riesgos). “Por consiguiente, la computación reemplaza la vida política de la comunidad como base para la gobernanza”, concluye Zuboff. En lugar de fundar un periódico fascista, probablemente hoy en día Benito Mussolini abrazaría el capital riesgo, lanzaría aplicaciones y dominaría el arte marcial del growth hacking.

Zuboff se enzarza en muchas peleas culpando a la emergente “tiranía” de los auxiliares intelectuales de Silicon Valley, un grupo extraño de idiotas útiles y empresarios malintencionados colocados en instituciones cuasi académicas como el Media Lab del MIT. Nombrar este sistema de destrucción de almas como lo que es, argumenta, es el requisito previo para una estrategia de contraataque efectiva, ya que su “normalización nos aboca a cantar sobre nuestras cadenas”. No es una tarea fácil, ya que el poder ideológico ejercido por las Big Tech —con sus think tanks, lobistas, conferencias tecnológicas— es inmenso.

Sin embargo, los debates actuales sobre políticas no logran comprender la dimensión sistémica del problema. ¿Importa si nuestro comportamiento es modificado por diez o dos “capitalistas de la vigilancia”? Insistir en “el cifrado avanzado, el anonimato mejorado de los datos, o la propiedad de estos” es erróneo, argumenta Zuboff, ya que “tales estrategias solo reconocen la inevitabilidad de la vigilancia comercial”.

Ahora bien, Zuboff propone algunas intervenciones, aunque repitiendo la demanda de su libro anterior de un derecho al refugio e insistiendo en el derecho al “tiempo futuro”. En Europa, el derecho al olvido —que permite a los usuarios solicitar que cierta información obsoleta o errónea desaparezca de los resultados de búsqueda— se mueve en esa dirección.

Aunque Zuboff también espera que un nuevo movimiento social promueva instituciones democráticas más fuertes y garantice que la experiencia humana no se reduzca a un “mercancía ficticia” —de manera muy parecido a los tempranos “movimientos dobles”, descritos por Karl Polanyi en La Gran Transformación, que desafiaron la mercantilización del trabajo, la tierra y el dinero—. Los capitalistas ilustrados, como Apple, se encargarían de hacer el resto.

IV. Más que pasar lista a las víctimas del capitalismo de vigilancia, el nuevo libro de Zuboff busca descifrar su significado histórico de una manera más amplia. En una sola frase: “Google inventó y perfeccionó el capitalismo de vigilancia de la misma manera que hace un siglo General Motors inventó y perfeccionó el capitalismo gerencial”. Esta frase no trata de sugerir que lo que es bueno para Google también es bueno para América —a pesar de que esa propuesta hubiera generado un amplio consenso entre muchas personas designadas por el gobierno de Obama—.

Más bien, Zuboff sostiene que el capitalismo de vigilancia no es el mismo capitalismo de siempre pero con una mayor vigilancia; más bien, es un nuevo “orden económico,” una “forma de mercado,” una “lógica de acumulación.”

Para comprender el funcionamiento interno de este nuevo régimen, también debemos entender el del que lo precedió. Alfred Chandler, el bardo de Harvard del “capitalismo gerencial”, fue un interlocutor importante y frecuente en el temprano trabajo de Zuboff. Si bien apenas le otorga una mención en su último libro, su marco, que plantea una ruptura entre el capitalismo empresarial y su sucesor basado en la vigilancia, es inequívocamente chandleriano.

Profesor de historia de los negocios, Chandel sostuvo que, a partir de mediados del siglo diecinueve, la “mano invisible” del mercado, entonces compuesta por empresas pequeñas y predominantemente de gestión familiar, estaba siendo dominada cada vez más por la “mano visible” de profesionales y gerentes contratados que trabajaban para grandes corporaciones.

Chandler se mostró muy interesado en esta transformación: una coordinación administrativa desde arriba en el interior de la enormemente expandida corporación moderna redujo drásticamente los costos de coordinación, lo que permitió el tipo de actividad económica que era difícil de lograr en un mercado caótico de pequeños productores que en su mayoría tenían que negociar entre sí.

La narrativa de Chandler contenía un poder explicativo de enorme amplitud. Sostuvo que, desde de la década de 1850 en adelante, las compañías presentes en industrias intensivas en capital aprovecharon el poder del rápido desarrollo de las tecnologías de transporte y comunicación para aumentar drásticamente la escala de sus operaciones.

La revolución tecnológica les permitió acceder a mercados nuevos y cada vez más homogéneos, asegurar un suministro mayor y continuo de materias primas, así como automatizar parte del proceso de producción. Esta mayor escala, a su vez, condujo a dramáticas reducciones en los costos, lo que dio lugar a precios más bajos, en buena medida para el deleite de las nuevas generaciones de consumidores.

Una expansión corporativa tal requirió de una administración cuidadosa y activa, especialmente a medida que quedaba claro que muchas funciones antaño externas a la empresa —desde la distribución hasta la comercialización, una vez que estaban a cargo de proveedores independientes de servicios de nicho— se podrían realizar de manera más efectiva y segura si se llevaban a cabo en el interior de la empresa bajo un proceso conocido como “integración vertical”. Los propietarios capitalistas, si esperaban continuar en el juego, no tenían otra opción que contratar ayuda externa.

Así nació la clase gerencial de EEUU. El supuesto de su funcionamiento fue, desde el principio, simple pero poderoso: lograr una mayor eficiencia significaba hacerse más grande. Aquellos incómodos marxistas, siempre aferrados a algo llamado “capitalismo monopolista”, simplemente no habían conocido nunca al tipo de líderes encantadores y concienzudos que pasaban por las clases de estrategia de Chandler en la Escuela de Negocios de Harvard. El poder de mercado de estos era una ganancia para la sociedad. Mientras Marx, afirma que la clase obrera representaba los intereses universales de la humanidad, para Chandler era la clase gerencial.

Chandler fue alumno del gran sociólogo estadounidense Talcott Parsons, quien promovió el enfoque funcionalista en la sociología. De acuerdo a sus presunciones, los sistemas sociales tenían ciertas necesidades, y su cumplimiento —asumido por las diversas partes constituyentes— era parte integral del funcionamiento continuo de dicho sistemas.

A medida que se produce un cambio histórico más amplio, las necesidades de los sistemas sociales también cambian —y también lo hacen las funciones y operaciones de sus partes constituyentes—. Así es que comienza un proceso de adaptación. Los historiadores que trabajan dentro del marco parsoniano suelen estudiar este proceso registrando los muchos éxitos o fracasos de la adaptación en el contexto de un entorno externo cambiante.

Como buen parsoniano, Chandler hizo precisamente eso al postular que el capitalismo gerencial —la respuesta evolutiva correcta al entorno cambiante de mediados del siglo diecinueve— emergió cuando las empresas siguieron los imperativos del cambio tecnológico. Lo hicieron redefiniendo la frontera entre el mercado y la empresa (a través de la integración vertical) e inventando nuevas estructuras organizativas (como la empresa multidivisional) con el objetivo de alcanzar una mayor eficacia.

En el caso estadounidense, esta adaptación sólo tuvo lugar en las empresas que pudieron lograr lo que Chandler denominó “economías de velocidad”. Estas empresas podrían hacer un mejor uso de la capacidad de producción existente simplemente asegurando un suministro continuo de materias primas y una distribución más rápida de productos finales. Los mercados eran menos eficaces en estas dos tareas; por lo tanto, estas funciones debían ser incorporadas internamente —es decir, bajo el control de los gerentes

Sin embargo, como Chandler descubrió, otros países desarrollaron sus propias formas de capitalismo gerencial, las cuales no requerían de “economías de velocidad”. Su teoría se expandió al marco convencional de las “economías de escala” y “alcance” (donde, por ejemplo, una empresa podía hacer un mejor uso de sus “capacidades organizativas” existentes expandiendo constantemente su línea de productos). Las empresas que explotaron por completo estas economías obtuvieron las ventajas de ser las primeras y dominaron sus industrias, lo que, según Chandler, impulsó la eficiencia y la innovación general.

Es importante comprender el vector general presente en el argumento de Chandler antes de regresar al de Zuboff. Chandler comienza dirigiendo su atención hacia lo que parece ser un fenómeno innegable: la existencia de grandes empresas comerciales con estructuras organizativas similares —la sustancia del “capitalismo gerencial”—. Se presume que esta disposición social es más eficiente que aquella que la precedió —el capitalismo familiar—. Esta efectividad, a su vez, se puede explicar por el importante tamaño de las empresas estudiadas, mientras que el tamaño en sí mismo se explica por la capacidad de los gerentes para coordinar las cosas mejor que los mercados.

Vistiéndose con el manto de historiador, el teórico empresarial chandleriano se adentra en los archivos a fin de ilustrar el modelo analítico elaborado en otros lugares. Pero la historia empresarial escrita de esta forma es en realidad una sociología funcionalista disfrazada —y de una forma un tanto vulgar—. Emplea vastas cantidades de evidencia histórica simplemente para encontrar pruebas de la validez de los modelos analíticos preseleccionados y nunca cuestionados, agrupando estos bajo rúbricas como la de capitalismo gerencial.

Más que historia, esto es una expedición de pesca [intento por descubrir evidencias allí donde pudiera haberlas]. ¿Qué otra cosa podrías ser cuando no se permite que ninguna evidencia histórica socave el mecanismo causal original detrás del modelo analítico —el que postula que el cambio es impulsado por la adaptación y la evolución, no por las luchas de poder y la revolución—?

Como resultado de esta desventaja analítica autoimpuesta, las relaciones de poder casi siempre desaparecen de vista. El escalofriante empuje formalista en la versión de Chandler-Parsons de la historia nos lleva a una especie de extraña democracia, una en la que todos se ven obligados a adaptarse y no surge ningún esfuerzo colectivo organizado para conseguir que algunos actores históricos se adapten más o mejor que otros.

La historia de los negocios chandlerianos es solo historia en la medida en que se basa en datos históricos para probar lo que postula, a saber, que el capitalismo gerencial está impulsado por los imperativos del capitalismo gerencial y que sobrevive quien los comprende y se adapta a ellos. Por supuesto, podemos encontrar muchas evidencias históricas para ilustrar esta tesis.

Sin embargo, si las grandes empresas y sus gerentes no se ven arrastrados al marco del capitalismo gerencial desde el principio, entonces podríamos descubrir muchas otras narraciones históricas y modelos analíticos para explicar su existencia. Los historiadores habitúan a probar estos modelos entre sí y se conforman con el que explica más con menos. Pero los chandlerianos generalmente omiten este paso —una omisión crucial que a menudo se vuelve invisible a medida que colocan una sarta de datos, gráficos, tablas y definiciones para describir el funcionamiento interno del único régimen que han elegido analizar—.

V. El método de Zuboff, tanto en su último libro como en los dos que lo precedieron, es chandleriano hasta la médula. El capitalismo de vigilancia, al igual que su antecesor, el capitalismo gerencial, tiene imperativos que los exitosos capitalistas de la vigilancia deben seguir. Estos son: extraer datos y predecir el comportamiento. Aquellos que lo hacen correctamente —Google y Facebook— aprovechan las economías de escala (extraen la mayor cantidad de datos posible), el alcance (los obtienen de diversas fuentes) y la acción (producen los resultados deseados, como hacer que los usuarios hagan clic en un anuncio o se sometan a rastreadores cuando hacen fitness). Gran parte de The Age of Surveillance Capitalism está dedicado a explorar detalladamente estos imperativos y economías. Zuboff elabora sus dinámicas con gráficos reveladores y modelos lúcidos que muestran cómo se desarrollan las estrategias de estas empresas.

La explicación histórica que ofrece Zuboff al surgimiento y la consolidación del capitalismo de vigilancia también es de espíritu chandleriano. Al igual que las compañías del siglo diecinueve se enfrentaron a la elección entre el capitalismo familiar y el capitalismo gerencial, la “civilización de la información” de principios del siglo veintiuno se enfrentó a una elección entre el capitalismo orientado a la ayuda y el capitalismo de vigilancia. Este último ha triunfado debido a las afinidades selectivas entre los imperativos de los capitalistas de vigilancia, las necesidades de información del Pentágono posteriores al 11 de septiembre y al entorno propiciado por la desregulación neoliberal. Los partidarios del capitalismo de ayuda ,mientras tanto, no fueron capaces de iniciar una lucha política para fundamentar su régimen en instituciones políticas y sociales.

La novedosa elección surgida entre el capitalismo de ayuda y el capitalismo de vigilancia no fue producto del cambio tecnológico o de la competencia empresarial. En cambio, argumenta Zuboff, surgió de las necesidades cambiantes de los consumidores. Apoyándose en el trabajo de Joseph Schumpeter, otro de los mentores de Chandler, propone colocar al consumidor en el lugar de los cambios históricos: las cambiantes necesidades de los consumidores desencadenan nuevas estrategias de adaptación entre las empresas. Sin embargo, tales estrategias sólo serán sostenibles —convirtiéndose en una nueva forma de mercado— si se encuentran respaldadas por nuevas leyes e instituciones.

Paradójicamente, esta presión para institucionalizar nuevas formas de mercado no siempre ha procedido de los consumidores; más bien, de los “movimientos dobles” de aquellos afectados negativamente por el proceso de adaptación. (Son los trabajadores quienes tradicionalmente han estado en la vanguardia de tales luchas).

Sin embargo, esta paradoja es resuelta fácilmente dando por hecho que los intereses de los consumidores están siempre alineados con los de aquellos trabajadores que trabajan en fábricas grandes que propulsan la eficiencia; estos últimos crean productos de consumo más baratos que también son consumidos por estos mismos trabajadores. Zuboff respalda plenamente la conclusión de Schumpeter de que “el proceso capitalista, no por coincidencia sino por su mecanismo, aumenta progresivamente el nivel de vida de las masas”. Marx se resiente una vez más: los gerentes ya no representan los intereses universales de la humanidad, ahora estos tiene que ceder su rol a los consumidores.

Curiosamente, Zuboff no acepta la predicción de Schumpeter por la cual la combinación de la industria a gran escala chandleriana y la democracia de masas provocarán el colapso del capitalismo debido a que el espíritu empresarial se verá dominado por la burocracia excesiva y las demandas constantes de un mayor bienestar social. Más bien, ella ve los diversos tipos de emancipación social logrados por los movimientos dobles como una fuerza estabilizadora que permitirá a cada nueva forma de mercado, preñada de potencial revolucionario, cumplir sus promesas iniciales.

De hecho, ella sostiene que esto es lo que sucedió exactamente con el capitalismo gerencial. Ese régimen se basaba en las reciprocidades mutuas entre los capitalistas y la sociedad: los trabajadores recibían salarios decentes, cerraban la boca y a cambio obtenían productos relativamente baratos. Sin embargo, ese régimen no estaba escrito en una piedra y Zuboff creía en la posibilidad de cambio y mejora dentro del capitalismo, siempre y cuando estuviera guiado por las necesidades de los consumidores.

¿Por qué renegociar algo que ha sido tan eficaz? Según Zuboff, el secreto más oscuro detrás del capitalismo gerencial era su uso agresivo del marketing. Los dioses de las ventas y la mercadotecnia hicieron productos estandarizados, como el Modelo T de Ford, atrayendo a los consumidores, quienes tenían que estandarizarse a sí mismos. Pero la revolución de la información desencadenada en la década de 1990 presagió el fin de dicha estandarización forzosa, especialmente cuando los consumidores emancipados posteriores a 1968 se volvieron más sofisticados y exigieron nuevas experiencias.

La decepción de Zuboff respecto al capitalismo de vigilancia procede de la esperanza depositando anteriormente en un régimen que sucediera iba a mejorar el capitalismo gerencial. Su libro publicado en 2002, The Support Economy, escrito con su esposo James Maxmin, se asentaba sobre el argumento de que un orden económico emergente muy diferente, el “capitalismo distribuido”, sería justamente ese sucesor. Y los rápidos cambios en la tecnología de la información lo hacían aún más inminente.

En tanto que el ferrocarril nos trajo la “sociedad totalmente administrada” de Adorno, la red web nos daría una economía que respalda, no administra. Esta podría incluso resucitar federaciones de empresas similares a gremios, a los cuales Chandler había condenado al basurero de la historia, cuyas funciones fueron superadas por corporaciones centralizadas y verticalmente integradas.

El futuro del capitalismo distribuido auguraba la desintegración vertical: las empresas ya no ejecutarían sus propios sistemas de contabilidad, nómina o logística, sino que simplemente los agruparían en una única plataforma web compartida y accesible a todos los miembros de la federación. La desintegración vertical también significaba que los conflictos acerca del conocimiento que se avecinaban en el primer libro de Zuboff se desvanecerían pronto: las grandes empresas centralizadas que dieron lugar a tales conflictos se disolverían gradualmente, transformándose en entidades delgadas y horizontales desprovistas de la clase gerencial, siempre hambrienta de poder.

La mayoría de las empresas, argumentaban Zuboff y Maxmin, aún pensaban en los términos obsoletos de la producción en masa; utilizaban la tecnología de la información para secuestrar la autonomía de sus clientes y tratarlos con condescendencia.

En cambio, estas empresas debían adoptar el “capitalismo distribuido” y cultivar consumidores sofisticados y multidimensionales. Esto era de gran interés para la compañía, pues las acercaba a donde estaba el valor. Bajo el capitalismo gerencial, el valor era producido en en el “espacio de organización” de la empresa; bajo el capitalismo distribuido se encontraba afuera, en el “espacio individual.” La tarea de la empresa era capturarlo:

Una vez que se considera que el valor reside en los individuos, todo cambia. Las empresas ya no “crean” valor; sólo pueden esforzarse para darse cuenta del valor que ya existe en el espacio individual. De esta manera, el capitalismo distribuido expande aún más el concepto de propiedad. No solo se dispersa la propiedad de las participaciones, sino que el valor mismo se dispersa.

Los individuos “poseen” las fuentes de valor, ya que todo el valor se origina en sus necesidades y todo el efectivo procede del cumplimiento de esas necesidades… Como los orígenes del valor y la fuente de todo flujo de caja, los individuos ya no pueden ser descritos como “consumidores” anónimos colocados en el extremo más alejado de la cadena de valor, devorando el valor creado por los gerentes y cubierto por los accionistas. En cambio, son partes interesadas importantes en las nuevas estructuras colaborativas, pues se encuentran alineadas con los requisitos de la realización del valor que tiene esta relación.

Traducido al lenguaje de hoy, la premisa central de The Support Economy era que las empresas inteligentes deberían aprovechar la oportunidad de ofrecer “LaaS”: “Life as a Service” [La vida como servicio]. Esta era una respuesta racional a los individuos modernos que abrían sus talonarios de cheques y pasaban sus tarjetas de crédito, no porque hayan sido engañados por los imperativos de la producción en masa, sino porque, alentados por el aparato de apoyo de los capitalistas ilustrados, finalmente “fueron pioneros en abrazar las experiencias de consumo con la esperanza de encontrar lo que buscan”.

“Quienes hoy en día sueñan con la libre determinación psicológica”, argumentaban Zuboff y Maxmin, “quieren comprar algo que nunca ha estado a la venta” —el apoyo al ingenio y el sustento de una vida única—. Las virtudes del capitalismo distribuido y su superioridad sobre el capitalismo gerencial eran bastante claros: “Una vez ha dejado de ser una abstracción anónima, el individuo como creador de todo valor y fuente de todo efectivo disfruta de oportunidades estructurales para expresar su voz y participar en el gobierno”.

Sirviéndose de esa misma retórica contracultural del poder individual y la libre determinación, una compañía ganó miles de millones de dólares exhortándonos a todos a “pensar de forma diferente” —preferiblemente mientras pagábamos por sus caros productos. En su famoso anuncio de 1984, Apple hizo todo lo posible para convencer al público de que sus productos eran las armas más efectivas en la rebelión mundial contra la rigidez de la sociedad de masas. Zuboff cree que su marketing era auténtico y que existía algo genuinamente real en la propuesta de Apple de lanzar una nueva modernidad. Ya en The Support Economy, ella se mostraba ansiosa por “una Federación Apple”, la cual podría “atraer a personas y grupos interesados por su estilo tan inteligente como extravagante y sus valores potenciadores de la creatividad procedentes de la alta tecnología”.

Semejante Apple-philia también impregna su último libro. Una vez la compañía hubo cumplido su promesa, escribe Zuboff, “fue llamado a compadecer un capitalismo propio de la tercera modernidad que estaba guiado por las aspiraciones de libre determinación de los individuos autóctonos del entorno digital”. Lamentablemente, no surgió ningún Apple-ismo correspondiente al Fordismo de Ford —la verdadera tragedia de los años 2000—. En cambio, el modelo de Google ganó; al capitalismo gerencial le siguió el capitalismo de vigilancia, no el capitalismo distribuido.

VI. Las presuposiciones de fondo presentes en el argumento de Zuboff ahora se muestran de manera más explícita: el “capitalismo gerencial”, cimentado por un pacto social entre los capitalistas y la sociedad, fue útil en un momento determinado, pero a principios de la década de los 2000 llegó el momento de probar algo nuevo.

El capitalismo distribuido —re-imaginado como capitalismo “orientado a la ayuda” en su último libro— fue su heredero natural. Apple podría haber encabezado un nuevo pacto social, pero fracasó en dicha misión. Como contrapartida, Google se benefició de las preocupaciones en torno a los datos posteriores al 11 de septiembre al tiempo que décadas de victoriosas políticas de firma neoliberal facilitó evitar cualquier regulación. Dado que el capitalismo de vigilancia triunfo sobre el tipo “orientado a la ayuda”, un doble movimiento debiera surgir para crear las condiciones institucionales que permitirían al Apple-ismo llenar los espacios políticos y económicos desocupados por el Fordismo.

Antes de evaluar la validez y la importancia de estos argumentos es importante recordar cuánto le deben al armazón teórico chandleriano. La narrativa de Zuboff se sostiene porque puede postular la existencia de tres regímenes diferentes, cada uno con su propio conjunto de imperativos y economías diferentes. Estos regímenes describen las operaciones de grandes actores económicos: General Motors y Ford, en el caso del capitalismo gerencial; Google y Facebook, si hablamos del capitalismo de vigilancia; y Apple o las primeras pruebas de Amazon Alexa en el contexto del capitalismo orientado a la ayuda.

Por sí mismas, sin embargo, estas descripciones tienen poco peso, ya que podemos encontrar muchas formas alternativas de trocear la realidad económica y política. Enfoques alternativos semejantes podrían invocar diferentes conjuntos de imperativos, y aún así ofrecer mejores explicaciones de los motivos que impulsan a estos mismos actores económicos.

El marco chandleriano, basado en explicaciones funcionalistas, rara vez admite la existencia de narrativas alternativas. Su fuerte poder explicativo se deriva en parte de su postura autoimpuesta de funcionalismo omnisciente; a menudo, los chandlerianos no se molestan en introducir ningún tipo de explicaciones alternativas, aunque solo sea para descartarlas por ser inexactas. Como resultado, los tipos de preguntas relevantes que normalmente configuran la elección de esquemas explicativos —¿el marco analítico elegido explica la realidad mejor que las alternativas?, ¿tiene este el suficiente poder predictivo? — rara vez son formuladas.

Por lo tanto, los lectores de ‘The Age of Surveillance Capitalism’ buscarán, aunque en vano, la opinión de Zuboff sobre el “capitalismo de plataforma,” el “capitalismo cognitivo” o el “biocapitalismo” —algunas de las formas alternativas y sólidas de encuadrar el mismo conjunto histórico y cultural de problemas políticos.

Que estos otros esquemas rivales no expliquen el “capitalismo de vigilancia” como lo define Zuboff es obvio; el hecho de que no describan los mismos fenómenos que ella agrupa bajo esa etiqueta no es para nada obvio. Y aún así, el debate de Zuboff sobre explicaciones alternativas a la suya nunca llega. Tal vez, setecientas páginas no eran suficientes.

Un problema que también afectaba a sus libros anteriores. The Support Economy no hace mención alguna a los largos debates sobre el postfordismo (un término que nunca aparece como tal en el libro). De una manera similar, en In the Age of the Smart Machine se ignoran las críticas a la automatización, así como las numerosas sugerencias para utilizar la tecnología de la información de una manera más humana y no automatizada —sugerencias que, para entonces, ya habían sido elevadas por la ahora olvidada disciplina de la cibernética de gestión—. Zuboff trabaja de una manera muy diferente: bosqueja lo que cree que es un fenómeno único describiéndolo en profundidad, pero sin construir puentes (aunque solo sea para quemarlos) con las ideas alternativas sobre ese mismo fenómeno.

¿Necesita el mundo una nueva Chandler para comprender la transformación del capitalismo en la era digital? Si es así, Zuboff es la aspirante principal a ese cargo. Ahora bien, las grandes corrientes del cambio histórico nos indican claramente que necesitamos menos Chandler, no más. El marco chandleriano, a pesar de todas sus ideas analíticas, muestra una ceguera crónica sobre las relaciones de poder —un resultado de su innata falta de curiosidad por las explicaciones no funcionalistas—.

Por lo tanto, esto limita las posibilidades de que los chandlerianos detecten los imperativos a menudo tácitos pero inevitables que impone el sistema capitalista. Como resultado, todas estas teorías —“capitalismo gerencial”, “capitalismo orientado a la ayuda”, “capitalismo de vigilancia” — tienen mucho que decir sobre los adjetivos empleados para clasificarlas, pero guardan silencio sobre los asuntos del capitalismo en sí y generalmente lo reducen a algo relativamente banal, como el hecho de que existen mercados, productos y pactos sociales ocasionales entre los capitalistas y el resto de la sociedad.

El marco chandleriano, a pesar de todas sus ideas analíticas, muestra una ceguera crónica sobre las relaciones de poder y esto limita las posibilidades de que detecten los imperativos a menudo tácitos pero inevitables que impone el sistema capitalista

La recepción de la obra de Chandler es un buen ejemplo a destacar. Para sus críticos, el relato de Chandler sobre el capitalismo gerencial era solo un cuento de hadas bien elaborado, uno que permitió a las élites estadounidenses legitimar sus normas mediante mitos que rivalizan con los que ahora brotan de Silicon Valley. Chandler elogió a los cuadros gerenciales de EEUU, los presuntos campeones de la eficiencia, por servir, no los intereses del capital, sino a los de la sociedad. Zuboff ha comprado muchos de estos cuentos de Chandler, refutando solo la durabilidad del capitalismo gerencial ante el cambio tecnológico, sus estragos en el mundo oculto de los consumidores y su cultura organizacional jerárquica y altamente sexista.

Quienes criticaron a Chandler lo acusaron del delito metodológico de revertir la causalidad de la explicación histórica. Ciertamente, lo que impulsó la expansión de la industria estadounidense fue la búsqueda de ganancias y poder, no una búsqueda de eficiencia; esto último, donde surgiera, fue un subproducto de lo primero.

Centradas en la rentabilidad a largo plazo, las empresas intentaron incrementar su participación en el mercado mediante prácticas anticompetitivas, como devoluciones, sobornos y contratos exclusivos. Los bajos precios no se lograron, o no principalmente, a través de la eficacia , sino también mediante la externalización de los costos de producción en la sociedad (por ejemplo, la contaminación), la supresión de los derechos laborales y la obstrucción de modelos alternativos y no comerciales de organización social.

Estas nuevas actividades, en ocasiones subversivas, requirieron de una nueva clase gerencial. Sin embargo, el cabildeo, el sabotaje y el activismo contra los trabajadores fuera de la empresa importaban tanto como lo hacía la administración inteligente dentro de esta.

Tales acciones apenas fueron impulsadas por consideraciones de eficiencia, incluso cuando lograron incrementar el tamaño de las empresas. Muchas de las fusiones horizontales celebradas por Chandler fueron, también, impulsadas únicamente por la necesidad de consolidar el poder, o simplemente sobrevivir; en realidad, a menudo redujeron la eficiencia. Los grandes negocios deben ser evaluados no solo en términos de las eficiencias producidas, sino también en términos de las eficiencias que bloquean.

Para los críticos, la pregunta principal no era si las manos que coordinaban la sociedad eran visibles (à la Chandler) o invisibles (à la Adam Smith) sino, más bien, si estaban sucias. Y, en su mayor parte, lo estaban —especialmente cuando se trataba de obtener un suministro continuo de materias primas del exterior—.

En ese contexto, las odas de Chandler al capitalismo gerencial fueron solo la otra cara de las teorías sobre el subdesarrollo promovidas por los economistas críticos de América Latina: el buen funcionamiento del capitalismo gerencial estadounidense se produjo en detrimento de muchas economías extranjeras, quienes fueron altamente disfuncionales y tardaron en desarrollarse. Dichas economías se habían convertido en meros apéndices del sistema de producción estadounidense y fueron incapaces de desarrollar su propia industria.

El desacuerdo más importante emerge entonces en relación a quién “construyó” el capitalismo gerencial. Para Chandler, el impulso exógeno del desarrollo tecnológico y los imperativos de la sociedad de masas. Para sus críticos, quienes preferían términos como “liberalismo corporativo”, fueron los capitalistas, quienes al encontrar aliados en el aparato del Estado se apropiaron de tecnologías abiertas a distintas finalidades y las emplearon para diseñar su estrechas agendas corporativas. Los gerentes fueron la consecuencia, no la causa, de tales desarrollos.

Dado que Zuboff, al igual que Chandler, no tuvo que lidiar con estas críticas, en su anterior trabajo pudo darse el lujo de adentrarse nostálgicamente en las “correspondencias constructivas entre productor-consumidor” del capitalismo gerencial. No le eran ajenas las tesis del “liberalismo corporativo,” pues llegó a citar a Martin Sklar, uno de sus principales defensores, en The Support Economy.

Ahora bien, no hizo uso de tales críticas. En cambio, el capitalismo gerencial continuó siendo para ella un compromiso entre consumidores, trabajadores y productores donde todos ganan; uno cimentado mediante instituciones democráticas, pero, desafortunadamente, carente de oportunidades para la autorrealización individual

De manera contraria, una explicación completa de los métodos y costes del capitalismo gerencial debe mirar más allá del eje consumidor-productor-trabajador. ¿Qué significaba para las relaciones de raza, la estructura familiar, el medio ambiente o el resto del mundo? ¿Qué ocurre con la libre determinación de las personas fuera del mercado? ¿No debería evaluarse el supuesto régimen que lo sucedió, ya sea enraizado en la defensa o la vigilancia, en una escala mucho mayor que contemple sus costos potenciales?

Sin embargo, estas consideraciones adicionales nunca entran en escena, ya que el tono general funcionalista del argumento dicta los criterios bajo los que debe evaluarse el atractivo del nuevo régimen.

VII. Es bastante más sencillo familiarizarse con las paradojas presentes en el pensamiento de Zuboff considerándola una homóloga estadounidense del marxismo autónomo italiano. Si Toni Negri enseñara en la Escuela de Negocios de Harvard, probablemente sonaría como Shoshana Zuboff. Al estudiar las ruinas de la sociedad industrial a fines de la década de 1970, los italianos — conocidos por el trabajo de Negri, pero con otros muchos pensadores interesantes— llegaron a conclusiones muy similares a las suyas.

Al igual que Zuboff, entendieron la tecnología de la información como una fuerza potencialmente liberadora que podría ayudar a desatar las habilidades cognitivas y comunicativas de los trabajadores después del largo período de supresión al que se expusieron bajo el régimen físico-laboral del taylorismo.

Del mismo modo en que el estandarizado consumidor de masas de Zuboff fue reemplazado por el idiosincrásico consumidor individual que crea valor fuera de la fábrica, también al “trabajador de masas” taylorizado del autonomismo le ocurrió lo propio con el “trabajador social”.

Esta figura de nueva creación también creaba valor fuera de la empresa, pero bajo lo que los autonomistas denominaron la “fábrica social”. Esta suposición aparentemente inocua desafió las teorías ortodoxas de izquierda que reducían la clase trabajadora a los obreros de la fábrica mientras ignoraban el inmenso esfuerzo que tenía lugar en los márgenes invisibles de la fábrica social —por ejemplo, el trabajo doméstico de las mujeres—, esencial para asegurar que la producción continuara.

Cuando los trabajadores asalariados comenzaron a rebelarse en 1970, los capitalistas fueron expulsados de las fábricas. No sufrieron mucho, pues pronto aprendieron a apropiarse del valor escondido en los márgenes de la “fábrica social” mercantilizando muchas de las actividades que anteriormente eran provistas por el estado de bienestar o mediante acuerdos informales. Así se produjo el nacimiento de la “economía de servicios”.

Cuando los capitalistas fueron expulsados de las fábricas aprendieron a apropiarse del valor escondido en los márgenes de la “fábrica social” mercantilizando muchas de las actividades que anteriormente eran provistas por el estado de bienestar o mediante acuerdos informales

Pero aquí los programas normativos divergen. Anteriormente, Zuboff esperaba que los más ilustrados entre aquellos capitalistas pudieran marcar el inicio de la siguiente etapa humana —aquella de la “economía del apoyo”—. Los autonomistas, por entonces marginados o exiliados tras décadas de tumultos, vieron la extracción de valor de la fábrica social como otra forma de renta: un impuesto innecesario sobre la actividad social de la autónoma y desobediente “multitud,” su sujeto político colectivo preferido.

Tuvieron algunos otros problemas. Dado que el trabajo era cada vez más colaborativo e intangible, ya no era posible pagar a los trabajadores —y mucho menos a los que se encontraban en los márgenes de la fábrica social que rara vez recibían compensación alguna— por su contribución individual y fácilmente visible a la producción. Para restablecer la justicia, los autonomistas italianos demandaron rentas básicas universales (RBU).

No postularon los mismos imperativos que Zuboff, pero la suposición de la que partía su teoría era tan funcionalista como la de Chandler o Parsons: lo que impulsaba al capitalismo no era tanto su necesidad de expandirse, sino la capacidad del trabajo para colocarse un paso por delante del capital, amenazando su dominio con cada movimiento. Donde Zuboff presuponía que los consumidores desean y los capitalistas se adaptan, los autonomistas sostuvieron que los trabajadores avanzan y los capitalistas se adaptan —generalmente retrocediendo—.

Esta explicación de las cosas tenía un gran poder retórico, pero fue de poca ayuda a la hora de trazar estrategias políticas: entender el período comprendido entre 1970 y 2010 como un retroceso del capitalismo desorganizado a manos de una multitud bien organizada requiere de mucha imaginación creativa. Los autonomistas tenían una gran tesis, con imperativos y demás, y recurrieron a la historia y a los acontecimientos de actualidad para encontrar pruebas suficientes que la demostrara.
Pero, como en el caso de los funcionalistas chandlerianos, su forcejeo con explicaciones alternativas a menudo dejaba mucho que desear.

A medida que las fábricas comenzaron a cerrar y a trasladarse al Este, los italianos también cambiaron de enfoque. Tras cierto tiempo produjeron la teoría del “capitalismo cognitivo,” que predicaba la emancipación inminente de los trabajadores cognitivos e inmateriales de las ariscas y viejas cadenas del taylorismo. Ya no existía ningún puerto seguro hacia el que los capitalistas pudieran retirarse: la digitalización de todo significaba que la multitud había ganado la guerra. Y, como los residentes de la fábrica social estaban esperando sus reparaciones, ¿por qué no abogar por medidas de transición como un ingreso básico universal?

En su segundo libro, Zuboff también parecía haber perdido todo interés en la producción. Aunque dedicó largas páginas al poder de las federaciones de empresa, The Support Economy hacía invisible la producción. ¿Significaba una admisión tácita de que la ambigüedad presente en su primer libro se había resuelto, y no a favor de los trabajadores? Quizás. Ni el trabajo de oficina ni la producción industrial habían adoptado la “informatización”. Los trabajadores de otros sectores pronto se vieron atrapados en los nuevos templos del “poder panóptico,” como los almacenes de Amazon.

A los trabajadores de oficina no les fue mucho mejor, encadenados digitalmente algunos de ellos a “escritorios inteligentes” que monitorizaban cada uno de sus movimientos. La Industria 4.0 de Alemania —la iniciativa de producción digitalizada más avanzada del mundo— es la culminación del Taylorismo, no de la democracia en el lugar de trabajo.

Con la producción fuera de la imagen, la cambiante naturaleza del consumo fue la encargada de justificar el optimismo inicial de los numerosos profetas de la sociedad postindustrial. Es posible que nuestra vida laboral no haya desembocado en un aumento del empoderamiento, pero quizás podamos recuperar cierta dignidad a través del “consumo individual”, uno de los conceptos clave en The Support Economy. No era necesario encontrarse en la Escuela de Negocios de Harvard para apreciar estos cambios.

De hecho, muchos en la izquierda se subieron al carro. Marxism Today, una publicación teórica ahora extinta del Partido Comunista de Gran Bretaña, fue el más exuberante de todos abriendo finalmente el camino hacia la “Tercera Vía” de Tony Blair y profesando el compasivo neoliberalismo anti-thatcherista y el comunitarianismo amable amigo del consumismo.

Con la producción fuera de la imagen, la cambiante naturaleza del consumo fue la encargada de justificar el optimismo inicial de los numerosos profetas de la sociedad postindustrial. Los italianos no llegaron tan lejos, pero ampliaron el concepto de la fábrica social para incluir el consumo: en su esquema, los consumidores eran en realidad “prosumidores” comprometidos con el “trabajo inmaterial” por ejemplo, produciendo involuntariamente el valor intangible de las marcas.

Sin embargo, el “prosumo” no fue la única función social asignada a los miembros de la “multitud”; mucho menos algo que celebrar. Diagnosticar el prosumo como una fuente de extracción de valor no era respaldarlo, sino argumentar que las formas estándar de contabilizar el valor, incluidas las predilectas de muchos marxistas ortodoxos, eran inadecuadas.

Aquí afloran una vez más las diferencias normativas. Para Zuboff, una profesora de negocios, una reorientación de la ética corporativa era lo correcto; el desdén propio de la producción en masa debía ser reemplazado por el apoyo y la defensa de los propios intereses de los consumidores. Los emancipados consumidores pagarían para satisfacer sus necesidades mientras los capitalistas ilustrados ajustan sus modelos de negocios en consecuencia: no existían alusiones al conflicto social porque, en la teoría de Zuboff, el “prosumo” y sus equivalentes (The Support Economy nunca usa ese término) es lo que los consumidores quisieron en todo momento.

Los italianos se mostraron en desacuerdo e insistieron en buscar formas de redistribuir parte del valor hacia aquellos que trabajaban en la fábrica social. Además de una (RBU), querían un mayor bienestar (la condición previa para un desarrollo social sano), pero re-inventándolo como una “Commonwealth” y un modelo administrativo radicalmente democratizado en el que los ciudadanos —no los burócratas— estarían a cargo.

* Evgeny Morozov, investigador marxista bielorruso de las nuevas tecnologías
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