El capitalismo es un humanismo

Por Felix Guattari

La máquina semiótica del capital introduce la soberanía de un flujo patrón descodificado sobre todas las territorialidades. Es una máquina que permite discernir e intercambiar las territorialidades. Es una máquina de identificación. Trabaja para recodificar, para universalizar las recodificaciones.

No es la máquina capitalista la que descodifica, sino la intrusión del maquinismo científico-técnico.

Por el contrario, la máquina semiótica del capital hace lo que puede para recodificar la porcelana, para rearcaizar. La máquina capitalista regula, a través del mercado, la organización de la falta. Convierte las faltas moleculares en faltas molares. Pero no inventa la falta, la encuentra. El maquinismo es lo que hace que nazcan necesidades nuevas. Comenzando por el maquinismo de los viajes, que crea la demanda de especias y productos exóticos.

La máquina del capital regula la intrusión maquínica. A su manera, la humaniza. La crueldad del comerciante no es la del guerrero.

En las economías de subsistencia se operaba un equilibrio de extracción de la plusvalía sobre una territorialidad dad, por ejemplo, un segmento feudal. La parte extra-segmentaria era débil y de todas formas exterior. Con el primado de la máquina del capital (capital comercial), el exterior se unifica y universaliza, salta con la caída de las barreras aduaneras, de los peajes, etc., y el horizonte, más o menos mítico, del librecambismo.

Solo se toma en consideración la parte del trabajo que está fuera del proceso territorializado de subsistencia. La organización de un estrato económico de capital de intercambio a partir de los flujos exteriores sirve de medida e impone su ley a los flujos de trabajo territorializado que, en consecuencia, se volverán residuales.

Pero la máquina semiótica del capital comercial maneja la situación. Es disyuntiva, polarizante, expresiva y subjetivante. Con ella, es eso o nada. El maquinismo pasa o no pasa en función de sus exigencias estructurales. No es posible todo a la vez: ella dispone una temporalidad, un orden capitalista.

Esta máquina del capital comercial no roba en absoluto de la misma forma que el capitalismo industrial –por lo cual conviene mantener la distinción–.

Para el capital comercial los flujos dependen del descifrado de una falta territorializada. Las grandes ciudades comerciales como Venecia son la superficie de inscripción de las faltas –espejismo de un más allá económico que sustituye al espejismo de un más allá religioso con las Cruzadas–.

Con ellas, en el fondo, las personas obtienen lo que pagaron. El etnólogo que ofrece perlas que no valen nada a cambio de arcos y taparrabos indios no roba. Responde al deseo del otro según las medidas del otro. La medida sigue estando territorializada sobre el deseo.

Del mismo modo, un pintor no “roba” con la mercancía. La categoría del robo aquí no es pertinente.

Las cosas cambian con la intrusión industrial. La falta se construye por todas partes. Se nos roba en el nivel del producir. No en el nivel del consumir. Se embarca al trabajador en una máquina para producir una falta artificial. La mercancía producida sustituye a los objetos del mercado territorializado.

La máquina hace una competencia desleal con el trabajo humano. Sus necesidades en materia de reproducción cuestan menos que las necesidades humanas, a igual productividad.

Por eso, Marx reclama una contrapartida para los trabajadores. En teoría, el trabajador tendría que recibir -colectivamente- la diferencia. Es la tasa de plusvalía. Vemos que la plusvalía comercial está ligada a la territorialidad del deseo. Mientras que la plusvalía maquínica está ligada a un rechazo de la desterritorialización maquínica. En un caso, la falta estáa sobre la tierra entre los hombres. Es la falta ajena. En el otro, es falta de la falta. Deseo de retorno al estatus anterior. Falta de una sociedad humana en el marco de una sociedad maquínica que es, por esencia, inhumana.

La codificación de la falta ha pasado de la exterioridad territorializada a la inmanencia maquínica.

En el fondo, el intercambio de la máquina semiótica del capital es justo: no es un robo (Marx lo dice cuando critica la identidad entre robo y beneficio).

El maquinismo es el ladrón: se come el trabajo humano. Deshumaniza el trabajo. Lo vuelve accesorio, incluso inútil. Nunca terminó de extirpar el trabajo humano bajo todas sus formas.

El capitalismo humanista resiste tanto como puede hasta que unas máquinas como la máquina leninista lo hacen volar por los aires y dan a luz una apertura todavía más grande del maquinismo sobre las diferentes regiones del trabajo humano.

(…)

Marx asimila el trabajo maquínico al trabajo humano, y luego considera que lo que debe intercambiarse es la totalidad del trabajo humano medido.

De derecho, al trabajador debería pagársele tanto por su trabajo humano como por el trabajo maquínico.

El capitalista poseedor de los medios de producción quiere su tajada del trabajo maquínico. El capital variable siempre disminuye en valor relativo. El ideal capitalista es el de una máquina pura, sin trabajo humano y que sea capaz de reproducirse maquínicamente.

Ahora bien, lo que esta máquina ideal pone en circulación es un flujo de simulacro que se intercambiará por “simple pan”. El trabajo humano en el sentido de una plusvalía de código se relaciona con ese flujo de producción-simulacro.

Un estándar canceroso desvaloriza toda producción humana. La ley del mercado hace que cualquier producción humana solo se tome en cuenta en la medida en que esté apresada en el estrato de los intercambios.

Antes que hablar de una ley tendencial de la tasa de ganancia, debería hablarse de una ley tendencial de desavalorización del trabajo humano respecto del trabajo maquínico. El trabajo se paga a valores maquínicos: es un intercambio desigual. El trabajador recibe espejitos de colores. No obtiene por su trabajo un valor trabajo, sino un valor máquina siempre en vías de desterritorialización y de desvalorización. El capitalista concentra flujos mixtos:

– flujo de trabajo humano

– flujo de trabajo maquínico.

La parte que otorga para la reproducción del trabajo humano contiene una parte creciente de trabajo maquínico. Acumula una plusvalía maquínica y una plusvalía de trabajo humano. Pero en la sociedad contemporánea:

– en el centro: no acumula plusvalía sobre el trabajo más maquínico (trabajo más calificado). Por el contrario, el trabajador socialdemocratizado se beneficia parcialmente de la explotación de los flujos periféricos; solo acumula plusvalía maquínica.

– en la periferia: acumula plusvalía sobre los flujos humanos.

1995-2021: Auge y caída del multilateralismo

Por Walden Bello

Todavía recuerdo haber asistido a la primera reunión ministerial de la Organización Mundial del Comercio (OMC) en diciembre de 1996, un año después de su fundación. No sabía por qué se había invitado a conocidos opositores de la globalización como yo; Supongo que fue para inculcarnos la lección de que era inútil resistir. Un aura de triunfalismo impregnaba la reunión. Tanto los ministros de comercio como los ejecutivos corporativos proclamaron que la globalización era el inevitable devenir.

Las restricciones estatales sobre el libre flujo de bienes, servicios y capital eran cosa del pasado. Dentro de lo que los observadores escépticos como yo denominamos la «bendita trinidad del multilateralismo», había una clara división del trabajo: el Fondo Monetario Internacional (FMI) eliminaría las barreras a los flujos de capital, el Banco Mundial transformaría los países en desarrollo en economías de libre mercado, y la OMC, a la que el ex-director general Mike Moore llamó la “joya de la corona del multilateralismo”, lideraría la eliminación de cualquier barrera restante al comercio internacional impulsado por las empresas.

Hace un cuarto de siglo, el sistema multilateral de gobernanza económica mundial había alcanzado su cúspide. Hoy, la OMC, el FMI y el Banco Mundial atraviesan una profunda crisis de legitimidad. Esta erosión del multilateralismo liderado por Occidente ha ido acompañada de una crisis política que ha debilitado el poder hegemónico que sustenta el sistema, mientras que el trascendental cambio del centro de acumulación global de capital de Estados Unidos a China solo ha hecho que acentuarse. Estos desarrollos abren la posibilidad de un futuro mejor para el Sur Global.

El nacimiento del Nuevo Orden Internacional

El FMI y el Banco Mundial se fundaron en la histórica conferencia de Bretton Woods en 1944. Se suponía que serían seguidos en breve por la Organización Internacional de Comercio (ITO por sus siglas en inglés). Pero la Carta de La Habana de 1948 -que estableció los parámetros de la ITO- no fue sometida para su ratificación al Senado de los Estados Unidos. La razón de dicha omisión fue que la administración Truman no sentía que tenía los votos para superar la oposición de los republicanos aislacionistas y los intereses corporativos estadounidenses, preocupados por las «concesiones proteccionistas» a los países en desarrollo, que habían asistido a la reunión de La Habana en mayor número que a la conferencia de Bretton Woods cuatro años antes. Con el comercio exterior constituyendo una parte relativamente pequeña de la economía estadounidense, Washington finalmente se conformó con un sistema de regulación mucho más débil, el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT).

¿Por qué Estados Unidos cambió de opinión unas décadas después? En la década de 1980, los mercados extranjeros se habían vuelto mucho más importantes para las corporaciones estadounidenses y era importante romper las barreras de entrada, especialmente en los países en desarrollo. La agroindustria estadounidense se quejó de cómo dichos países protegían sus sectores agrícolas de las importaciones baratas subvencionadas.

También había preocupación en Washington por países en el este de Asia como Corea del Sur, Taiwán y Malasia, que participaron en políticas de exportación agresivas mientras construían industrias manufactureras protegidas por altos aranceles y cuotas de importación. Sus economías estaban en camino de producir bienes que pudieran competir con los Estados Unidos.

Como principal impulsor de la Ronda de Uruguay de negociaciones comerciales -que duró una década-, Washington confiaba en que un organismo internacional fuerte que impusiera estrictas reglas de libre comercio beneficiaría a sus corporaciones, que consideraba las más competitivas del mundo. Las reglas e instituciones de la OMC promoverían, consolidarían y legitimarían las estructuras del comercio global asegurando la hegemonía de los intereses estadounidenses.

La Comisión Europea decidió unirse al tren de un régimen comercial internacional fortalecido principalmente porque, como Washington, quería abrir los mercados en desarrollo a sus enormes excedentes agrícolas.

Las industrias líderes en Europa y Japón, incluidos los sectores del automóvil, la tecnología de la información y el sector farmacéutico, también tenían interés en prevenir la aparición de nuevos competidores del este y sudeste asiático al convertir la adquisición de tecnologías complejas por parte de este último («piratería intelectual») en una violación de las reglas comerciales, o impidiéndoles que utilizaran restricciones comerciales para desarrollar sus industrias.

Hipocresía y Extralimitación

Si bien la retórica de la OMC se basaba en el libre comercio, tres de sus acuerdos más importantes tenían el objetivo real de crear monopolios. El Acuerdo sobre Agricultura (AOA) institucionalizó el dumping de los excedentes estadounidenses y europeos en los países en desarrollo al obligar a estos últimos a poner fin a las cuotas de importación y reducir sus aranceles. El Acuerdo sobre los Aspectos de los Derechos de Propiedad Intelectual relacionados con el Comercio (ADPIC) buscaba institucionalizar el monopolio de alta tecnología de las corporaciones estadounidenses al prohibir la ingeniería inversa y otros métodos utilizados por los países en desarrollo para establecer el acceso universal al conocimiento.

El Acuerdo sobre Medidas de Inversión Relacionadas con el Comercio (TRIM) buscaba evitar que los países imitaran el uso de la política comercial de Japón, Corea del Sur y Malasia, incluidas medidas como la reducción de insumos importados en productos terminados a favor de insumos locales, para construir industrias que pudieran convertirse en competidores importantes de los gigantes farmacéuticos, automotrices y de tecnología de la información en los mercados regionales y globales.

El impulso agresivo de Estados Unidos y la Unión Europea para nuevas negociaciones comerciales después de la Ronda de Uruguay provocó la resistencia de los gobiernos de los países en desarrollo y las organizaciones de la sociedad civil, lo que llevó al colapso de la Tercera Conferencia Ministerial de la OMC en Seattle en 1999 en medio de protestas callejeras generalizadas y disturbios con la policía (nunca olvidaré la paliza que recibí).

Luego, en 2003, con la influencia proporcionado por India, Brasil y China (miembro de la OMC desde 2001), los países en desarrollo pudieron evitar que Estados Unidos y la UE intentaran desmantelar la protección gubernamental de los pequeños agricultores. También frustraron los intentos de endurecer el ya restrictivo Acuerdo ADPIC e impidieron un intento de llevar la inversión, la contratación pública y la política de competencia al ámbito de la OMC.

La retirada del multilateralismo

A medida que la resistencia de los países en desarrollo se consolidaba bajo el liderazgo de India, Brasil y China, Estados Unidos comenzó a abandonar la estrategia de liberalización comercial multilateral a través de la OMC. Después del colapso de la Quinta Conferencia Ministerial en Cancún en 2003, el Representante de Comercio de Estados Unidos de la administración Bush, Robert Zoellick, advirtió: «Mientras los miembros de la OMC reflexionan sobre el futuro, Estados Unidos no esperará: avanzaremos hacia el libre comercio con países que pueden hacerlo». Durante los próximos años, Estados Unidos y la UE se esforzaron en forjar acuerdos comerciales bilaterales o acuerdos multilaterales limitados, como el Acuerdo Transpacífico (TPP, por sus siglas en inglés) favorecido por la administración Obama.

La guerra comercial de Trump con China no inició el movimiento hacia el unilateralismo; simplemente llevó la retirada del multilateralismo -que ya había comenzado en 2003- a su clímax. Incluso el controvertido bloqueo de jueces de su administración a la corte de apelaciones de la OMC fue una extensión de prácticas anteriores. En 2016, la administración Obama, supuestamente multilateralista, destituyó a un miembro del Órgano de Apelación de Corea porque no estaba de acuerdo con las sentencias de este último en cuatro disputas comerciales que involucraban a Estados Unidos.

Incapaz de superar el obstruccionismo estadounidense, el director general de la OMC Roberto Azevêdo renunció en 2020, un año antes de que supuestamente terminara su mandato. El diplomático nigeriano Ngozi Okonjo-Iweala fue favorecido por la mayoría de los miembros como reemplazo, pero Washington retrasó el proceso mientras esperaba a otro candidato que se consideraba más comprensivo con los intereses de Estados Unidos.

Los miembros de la OMC han buscado una mayor cooperación de Washington bajo la administración Biden. El primer movimiento de su equipo pareció alentador: dejó de bloquear a Okonjo-Iweala, que ahora es la primera mujer en encabezar la OMC. Pero dados los dieciocho años de unilateralismo bajo las administraciones republicana y demócrata, pocos miembros de la organización están a la espera de cambios más significativos en el comportamiento de Washington.

Los términos y condiciones del FMI

Si bien la posición del FMI ni la del Banco Mundial está tan perjudicada como la de la OMC, su situación sigue siendo grave. Bajo la exdirectora gerente Christine Lagarde, el FMI había servido como miembro de la llamada Troika, junto con la Comisión Europea y el Banco Central Europeo, que impuso salvajes programas de austeridad en Irlanda y Grecia tras la crisis financiera mundial de 2008. El papel del FMI en salvar a los bancos europeos presionando a los pueblos irlandés y griego demostró que no se había desviado del enfoque que adoptó tras la crisis financiera asiática de 1997-1998: recortar los presupuestos gubernamentales, despedir a la gente y canalizar los ahorros de este proceso draconiano hacia pagar a los acreedores del sector privado. Estas medidas «procíclicas» debían adoptarse incluso si impedían un retorno temprano al crecimiento y causaban un dolor generalizado.

El COVID-19 pareció ser un balón de oxígeno para las relaciones públicas del FMI. La actual directora gerente, Kristalina Georgieva, se jactó de un cofre de guerra de 1 billón de dólares que el fondo estaba dispuesto a desembolsar para enfrentar el desafío de lo que la misma directora calificó de una «pandemia única en la vida». Solo había un problema: muchos miembros del FMI que necesitaban con urgencia el efectivo no estaban mordiendo el anzuelo. Un programa de «alivio de la deuda» de 20.000 millones de dólares para unos veinticinco países africanos encontró pocos interesados; solo Camerún, Côte d’Ivoire, Etiopía y Senegal solicitaron fondos.

Los otros países estaban preocupados no solo porque habían presenciado cómo el FMI pasaba por el rodillo a Grecia, Irlanda y otros países europeos, sino porque habían leído la letra pequeña. Descubrieron que el FMI estaba ofreciendo préstamos, no donaciones; que la iniciativa no era la cancelación de la deuda, sino una reestructuración de los préstamos adeudados a los gobiernos de los países ricos por los países deudores para que pudieran hacer sus pagos de deuda posteriormente; y que aceptar un préstamo sometería a un país al mismo régimen de condicionalidades y vigilancia temidas que acompañaba a los préstamos habituales del FMI.

En resumen, los países en desarrollo consideraron que los programas del FMI para combatir los efectos del COVID-19 eran más de lo mismo: préstamos que los colocarían en lo que Cheryl Payer ha llamado acertadamente la «trampa de la deuda». Un desincentivo adicional fue el temor a ser incluido en la lista de vigilancia de los bancos privados que veían la solicitud de ayuda del FMI como un indicador de no ser solvente. Cuando se le preguntó por qué el FMI no canceló simplemente la enorme deuda de los países en desarrollo a la luz del catastrófico impacto económico de COVID-19, Georgieva ofreció la excusa poco convincente de que sus estatutos no lo permitían.

Problemas de credibilidad en el Banco Mundial

La razón de ser oficial del Banco Mundial es poner fin a la pobreza. Pero la pobreza estaba en aumento incluso antes de COVID-19. Se había vuelto especialmente grave en África, debido en parte a las condiciones creadas por los préstamos neoliberales para el ajuste estructural del Banco Mundial y los de una institución hermana, el FMI.

Este no es el único problema de reputación al que debe hacer frente el Banco Mundial. Si bien un estudio encargado por el Banco hizo sonar la alarma sobre los efectos de un aumento de temperatura promedio de 4°C para el cambio de siglo, la agencia ha sido vulnerable a acusaciones de hipocresía por continuar promoviendo la inversión en multitud de plantas de carbón en todo el mundo, unas de las grandes fuentes de emisiones de carbono. También está profundamente involucrado en el embrollo en torno al Programa de las Naciones Unidas para la Reducción de Emisiones por Deforestación y Degradación de los Bosques, o REDD+, muchos de cuyos proyectos financia. Los pueblos indígenas de todo el mundo llaman al programa una receta para la desposesión de aquellas comunidades que dependen de los bosques.

Estos problemas son indicativos de una crisis de legitimidad todavía más profunda: el colapso de la lógica detrás del neoliberalismo, la liberalización comercial y la globalización frente a la creciente pobreza y desigualdad, el cambio climático y el estancamiento económico global. El Banco Mundial sigue apoyando la liberalización del comercio, pero su defensa se ha vuelto cada vez más silenciosa.

De hecho, algunas figuras prominentemente identificadas con el neoliberalismo respaldado por el Banco Mundial se han retractado. En su libro de 2018 The Future of Capitalism, el gurú de la economía de Oxford Paul Collier, quien se desempeñó como director del Grupo de Investigación sobre el Desarrollo del Banco de 1998 a 2003, critica a toda la profesión de la economía por su defensa de la globalización y el libre comercio:

“La profesión ha sido poco profesional, temerosa de que cualquier crítica fortaleciera el populismo, por lo que se ha trabajado poco en las desventajas de estos diferentes procesos. Sin embargo, los inconvenientes eran evidentes para los ciudadanos comunes, y el aparente rechazo de los economistas a dichos inconvenientes ha resultado en una negativa generalizada de la gente a escuchar a los ‘expertos’. Para que mi profesión restablezca su credibilidad, debemos proporcionar un análisis más equilibrado, en el que se reconozcan y evalúen adecuadamente las desventajas con miras a diseñar políticas que las aborden. La profesión saldrá más reforzada entonando el mea culpa que con más defensas indignadas de la globalización».

El reinado del Norte Global

Las instituciones de Bretton Woods no solo están sufriendo crisis políticas y un paradigma intelectual destrozado, sino también una disputa debilitante y prolongada sobre la reforma de la gobernanza. A pesar de unos cincuenta años de intentos, los países del Sur Global no han logrado que los poderes dominantes en ambas instituciones acepten ni siquiera una mínima reforma.

En el FMI, Estados Unidos tiene más del 16% del poder de voto, lo que le otorga un veto efectivo sobre cualquier cambio en los estatutos o políticas importantes. Europa es el siguiente bloque más poderoso del FMI. Los cuatro BRICS más grandes (Brasil, Rusia, India y China) son responsables de más del 24% del PIB mundial, en comparación con el 13% de las cuatro economías europeas más grandes (Alemania, Francia, Reino Unido e Italia). Sin embargo, los primeros tienen una participación combinada de votos del FMI de solo el 10%, en comparación con el casi 18% de las cuatro naciones europeas. Los cambios de poder de voto prometidos desde hace mucho tiempo de los países desarrollados a los países en desarrollo han representado un cambio marginal del 2,6%, según los analistas Robert H. Wade y Jakob Vestergaard. Mientras tanto, Europa sigue sin estar dispuesta a renunciar a su «derecho» a nombrar al director/a gerente del fondo.

Problemas similares afectan al Banco Mundial. Estados Unidos ejerce casi el 16% del poder de voto y puede contar con su influencia en los países europeos. En una «realineación» de las acciones con derecho a voto en el Banco Mundial hace unos años, según el Proyecto Bretton Woods, la proporción de votos en África aumentó en menos del 0,2%. Los países de ingresos altos continúan aferrándose a casi el 61% de los votos, mientras que los países de ingresos medios tienen menos del 35% y los países de bajos ingresos menos del 5%. Además, Estados Unidos ha mantenido el privilegio de nombrar al director del Banco Mundial.

Transición hegemónica

La crisis del sistema multilateral dominado por Occidente solo puede profundizarse con la fatal conjunción en los Estados Unidos de una pandemia fuera de control junto con la erosión de las instituciones políticas y el desmoronamiento de la economía.

El poder estadounidense ha apuntalado el sistema, pero la reputación internacional del país se encuentra en su punto más bajo en décadas. Mientras tanto, un gran número de estadounidenses ha dado prioridad a abordar los problemas internos del país y ha alimentado un nuevo estado de ánimo aislacionista, que Trump ya encarnó y que resultará difícil de revertir por Biden.

Debido a la transferencia de gran parte de la base industrial estadounidense a China por parte de las corporaciones transnacionales estadounidenses y a sus propios rápidos avances tecnológicos, China se ha convertido en el nuevo centro de acumulación de capital global.

En los últimos años, Pekín se ha movido al espacio ideológico que ha dejado vacante unos Estados Unidos desanimados. Antes del coronavirus, China articuló una visión de la «conectividad» como la próxima fase de la globalización, acompañándola con la iniciativa de 1 billón de dólares para la Nueva Ruta de la Seda, que tiene como objetivo integrar la masa continental euroasiática a través de proyectos de infraestructura, ferrocarriles y generación de energía.

Pekín también ha liderado la creación de la Asociación Económica Integral Regional (RCEP por sus siglas en inglés), un acuerdo de libre comercio firmado recientemente que reúne a quince países de Asia y el Pacífico. Muchos observadores ven un incipiente sistema multilateral emergiendo en una serie de iniciativas en las que Pekín ha tomado la delantera en su promoción: el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura, el Nuevo Banco de Desarrollo y el Acuerdo de Reservas de Contingencia.

Pekín ha impulsado estas iniciativas con mucha cautela, al igual que lo ha hecho al promover el renminbi como una posible moneda de reserva. Según el discurso de China, estas instituciones no buscan suplantar, sino coexistir con el FMI, el Banco Mundial y la OMC. De hecho, China ha contado con el asesoramiento y la cooperación del FMI y el Banco Mundial para su creación. Los líderes chinos obviamente están tratando de suavizar las expectativas sobre estas instituciones, aparentemente preocupados por la carga de responsabilidad que se espera de una gran potencia.

En lugar de ser desplazadas o asumidas por los chinos, es probable que las instituciones de Bretton Woods sigan avanzando a medias, proporcionando cierta competencia ideológica a los chinos al promover un desarrollo dirigido por las empresas en lugar de uno dirigido por el estado, pero incapaces de competir con ellos en cuanto a recursos. Cuando se trata de pedir dinero prestado o buscar ayuda para el desarrollo, cada vez más países del Sur Global se abrirán camino hacia Pekín en lugar de hacia la sede del FMI y el Banco Mundial en Washington.

Igualmente, el sistema de comercio mundial se está desplazando hacia una mezcla de instituciones, incluida una OMC muy debilitada, acuerdos regionales como el RCEP, bloques comerciales de países en desarrollo como Mercosur en América del Sur, tratados bilaterales como el Tratado de Libre Comercio entre Estados Unidos y Corea, así como acuerdos de libre comercio no institucionalizados e iniciativas bilaterales y unilaterales.

Esta situación guarda cierto parecido con la era anterior a la OMC. Para muchos países en desarrollo, el período comprendido entre 1948 y 1995 bajo el débil régimen comercial del GATT fue una época con mayor margen de desarrollo, debido a la falta de presión para abrir los sectores agrícola y manufacturero, los débiles mecanismos de disputas comerciales y la ausencia de medidas de perjudiciales para el desarrollo como el Acuerdo sobre los Aspectos de los Derechos de Propiedad Intelectual relacionados con el Comercio. En ausencia de un multilateralismo genuino, no distorsionado por el poder de un líder hegemónico asertivo, el régimen comercial actual bien puede ser el mejor sistema para el Sur Global que sea realmente posible.

El fin de una era

El libre flujo de capitales y bienes que las instituciones multilaterales promovieron durante la larga era de Bretton Woods ha sido una bendición para las corporaciones occidentales, particularmente las estadounidenses, y un importante contribuyente al aumento de la desigualdad global. La desindustrialización y el estancamiento de los salarios provocados por la liberalización del comercio y el capital ha sido el destino de la clase trabajadora en la última parte de este período. En el Sur Global, la reducción radical de los aranceles, la eliminación de las cuotas de importación, la imposición de acuerdos monopolísticos en beneficio del Norte Global, los programas de ajuste estructural y los ciclos de deuda promovidos por el FMI, el Banco Mundial y la OMC han implicado la miseria para cientos de millones de personas.

Hubo países en desarrollo en Asia oriental que prosperaron bajo este sistema. Pero esto fue solo porque despreciaron alegremente las prescripciones neoliberales incluso cuando prometieron cumplir con estos «principios». La más notable entre estas excepciones fue China, cuyo poderoso gobierno posrevolucionario permitió a las corporaciones del Norte obtener superbeneficios mediante la explotación de la mano de obra china, mientras utilizaba sus inversiones para desarrollar sectores clave de la economía y forzar la transferencia de tecnología, un proceso que eventualmente acabaría con la presencia de dichas corporaciones.

Estas «excepciones» están cambiando el centro de la acumulación de capital global y, no solo presentan un modelo de desarrollo alternativo, sino que son una fuerza contraria a las instituciones económicas multilaterales y de Estados Unidos que le fallaron al Sur Global.

es un reconocido intelectual filipino. Es presidente nacional de la coalición Laban ng Masa y es profesor adjunto de sociología en la Universidad Estatal de Nueva York en Binghamton y autor de 25 libros, el más reciente de los cuales es Paper Dragons: China and the Next Crash. (2019) y Contrarrevolución: El ascenso global de la extrema derecha (2019).

Fuente:

http://www.europe-solidaire.org/spip.php?article57566

Traducción:Miquel Caum Julio

Los principios del poskeynesianismo

Por Michael Roberts

Como la economía marxista o convencional, la economía keynesiana tiene varias corrientes. Hay una economía keynesiana vista dentro de los parámetros de la economía de equilibrio general, donde los cambios en los ingresos y gastos, el consumo y la inversión, las tasas de interés y el empleo tenderán a un equilibrio entre el empleo y la inflación, siempre que no existan ‘shocks’ exógenos que afecten a la economía de mercado.   Si los salarios y las tasas de interés caen lo suficiente, se logrará el pleno empleo y el crecimiento de la inversión.

Esto es lo que Joan Robinson, una seguidora de Keynes, llamó «keynesianismo bastardo». Una corriente que elimina todas las características radicales de la economía keynesiana, que, para Robinson, políticamente una cuasi maoísta, partía de que no podía lograrse automáticamente el pleno empleo en las economías de «mercado» modernas. Es más probable que haya un equilibrio de subempleo; y que esto se debe a la incertidumbre sobre el futuro de los capitalistas a la hora de tomar decisiones de inversión y a la irracionalidad de los «agentes» económicos como los consumidores y los capitalistas.

Esta visión radical de la economía keynesiana ha llegado a denominarse poskeynesianismo (PK), y los principales proponentes fueron contemporáneos de Keynes como Robinson y Michal Kalecki, el marxista-keynesiano ; y más tarde Hyman Minsky, el socialista-keynesiano. Ahora hay toda una escuela de economía poskeynesiana , con revistas, conferencias y think-tanks.

La economía PK domina e influye en las opiniones y políticas de la izquierda en los movimientos laboristas de las principales economías (Corbynomics, Sanders, etc.). Es el ala radical de la teoría economica keynesiana en general, que a su vez ha dominado el movimiento obrero desde Keynes (excepto en períodos posteriores a la década de 1980, cuando las teorías neoliberales del «mercado libre» de la corriente ortodoxa influyeron en los líderes sindicales durante algunas décadas).

En mi blog he gastado mucha tinta explicando en que se diferencia la economía marxista de la economía keynesiana en todos sus aspectos.  Para mí, un enfoque marxista de la teoría y la política explica mejor la naturaleza del capitalismo y cuáles son las políticas correctas que debe adoptar el movimiento obrero en su lucha contra el capital y por una sociedad mejor para todos. De hecho, creo que la economía keynesiana es un obstáculo para lograrlo, principalmente porque su análisis del capitalismo es incorrecto. Además, su conclusión política es que el capitalismo puede reformarse o gestionarse de manera que funcione para todos con unos pocos ajustes políticos inteligentes.

La teoría PK, porque parece mucho más radical (en el sentido de que considera que el capitalismo no puede ser gestionado fácilmente para beneficio de todos) y porque muchos de sus exponentes se consideran socialistas (incluso marxistas), es aún más engañosa ya que se basa en una visión radical del keynesianismo y, sin embargo, Keynes no era tan radical como los seguidores del PK creen que era.

Permítanme, una vez más, examinar las ideas básicas de la economía poskeynesiana.

Para ello, me basaré en un artículo reciente titulado “La visión poskeynesiana del mundo en cinco principios”, basado en una charla que dio un tal ‘Alex’ al Instituto Berggruen en zoom.

Alex primero nos habla de la creciente popularidad del «poskeynesianismo» después de la crisis financiera mundial y la crisis del COVID. Alex reconoce que se ha vuelto popular porque «a los mercados financieros les encanta, porque explica bien cómo funciona la economía, lo cual es útil si tu salario depende de comprender como funciona la economía».

No estoy seguro de que sea una buena razón el que a los analistas financieros aparentemente «les encante» para estar de acuerdo con el PK. Pero Alex continúa explicando que el PK “proporciona una buena heurística causal para comprender el impacto de los flujos financieros en la producción y en la economía en general. También aconseja realismo a la hora del impacto de las políticas públicas en los resultados económicos. La deuda pública y la deuda privada son diferentes, la oferta monetaria no causa inflación, la deuda privada finalmente tiene que saldarse y tendrá un impacto real si no se hace».

Entonces, según Alex, el PK explica mejor cómo funciona la economía moderna y por qué la deuda (particularmente la deuda privada) es importante. Una rama del PK, la Teoría monetaria moderna (TMM), nos ha iluminado recientemente sobre el funcionamiento del dinero en el capitalismo, reconoce Alex, y como dice, “la TMM surgió originalmente de la agenda de investigación poskeynesiana, y gran parte de su modelo económico subyacente es aún muy poskeynesiano en su estructura «.   Por tanto, mi crítica de la TMM también se aplica al PK.

Alex hace después una declaración interesante.   “En una economía capitalista, la producción se realiza con fines de lucro y no de uso. Como tal, el valor generalmente se mide utilizando la convención social de la contabilidad. La producción ocurre anticipándose a los flujos de dinero, al igual que la inversión y el consumo. Desde este punto de vista, las cosas valen su valor contable, más o menos, y los actores económicos actúan sobre la base de estos valores contables. Lo que piensan los poskeynesianos es que esto representa un buen punto de partida para la teorización económica, para utilizar las cantidades que utilizan los propios actores”.

¿Qué significa esto? Alex parece adoptar el punto básico de la ley del valor de Marx: a saber, que la producción capitalista tiene como finalidad el lucro, no el uso social. Y deberíamos medir el valor en términos monetarios como lo hacen los capitalistas. Esto suena prometedor. Pero luego Alex pasa directamente a hablar de flujos de dinero e inversión y consumo. No se menciona más el papel del beneficio, después de habernos dicho que la producción capitalista tiene como finalidad el beneficio, no la inversión o el consumo. En mi opinión, esto es típico de los seguidores del PK. Muy rápidamente prescinden del lucro en sus explicaciones teóricas, como veremos más adelante.

Habiendo prescindido del papel de los beneficios, Alex nos dice que, en cambio, deberíamos considerar las economías modernas desde una “ visión de la economía en su conjunto basada en el balance. Los actores individuales tienen activos y pasivos, ingresos y gastos. El activo de alguien es la responsabilidad de otro y viceversa. Todo está interrelacionado mediante el uso de estas convenciones «.

Así pasamos del motor subyacente de las economías capitalistas: el beneficio y lo que está sucediendo con las ganancias y la rentabilidad a “estudiar el flujo de pagos y la acumulación de activos, no la asignación de recursos escasos para sus fines más eficientes. Uno de los principales beneficios que tiene este enfoque es que descarta algunos resultados imposibles: no todos pueden tener un superávit comercial, si hay un déficit comercial, el sector privado o el sector público tienen que tener un déficit para financiarlo».

Así que reducimos rápidamente a macroidentidades al analizar las economías, es decir, ingresos = gastos; déficit y superávit de los sectores público y privado; balances comerciales, etc. Pero nada sobre el beneficio o el origen del beneficio.

«Nuestro siguiente principio es que todo es expectativa«. Alex nos dice que un principio clave del PK es analizar las «expectativas». “Las expectativas informan las acciones y estas acciones, a su vez, crean realidad. Quizás el modelo más simple del ciclo causal keynesiano es decir que la demanda esperada impulsa la inversión, la inversión impulsa el empleo, el empleo impulsa los salarios, los salarios impulsan el consumo, el consumo impulsa la demanda y la demanda valida la inversión. La demanda esperada impulsa la inversión, porque las empresas solo invierten en capacidad adicional o en contratar más trabajadores cuando piensan que más personas querrán comprar su producto en el futuro que en el momento presente. Si esperaran la misma demanda, o menos, no habría necesidad de invertir en absoluto. Podrían seguir utilizando el mismo equipamiento».

Así que aquí está. La inversión bajo el capitalismo no está impulsada por el beneficio o la rentabilidad, después de todo, sino por las «expectativas», y ni siquiera por el beneficio futuro, sino por la «demanda esperada». Esto impulsa la inversión que, a su vez, genera empleo y salarios.

Pero, ¿es esta la secuencia causal en la producción y acumulación capitalistas? En muchas publicaciones anteriores, he destacado la macro ecuación clave en las identidades poskeynesianas.  Aquí está de nuevo.

Renta Nacional = Gasto Nacional

Renta Nacional = Beneficios + Salarios

Gasto Nacional = Inversión + Consumo.

Entonces, ganancias + salarios = inversión + consumo

Si asumimos que los trabajadores gastan todo su salario en consumo y los capitalistas invierten todas sus ganancias, obtenemos:

Beneficios = Inversión

Según la teoría PK, es la inversión la que genera las ganancias, no al revés. Y la ‘demanda esperada’ impulsa la inversión (dice Alex) y la inversión impulsa los salarios y las ganancias.

O como Michel Kalecki, cuya ecuación es esta , dijo: ‘los trabajadores gastan (Consumo) lo que obtienen (Salarios); y los capitalistas obtienen (Beneficios) que gastan (Inversión) ‘.

En mi opinión, esta es una visión manifiestamente errónea sobre la economía capitalista. En lugar de que la inversión impulse las ganancias como se indicó anteriormente, la realidad es que las ganancias impulsan la inversión. Por lo tanto, la inversión capitalista no es el resultado del nivel de ‘demanda esperada’, o de una visión psicológica completamente subjetiva de los inversores que tienen lo que Keynes llamó ‘espíritus animales’, sino el resultado de una medida objetiva de la rentabilidad previa (y probable) de la inversión. Pero al igual que con Keynes, PK no quiere poner las ganancias por delante, sino reducirlas a una consecuencia de la inversión (o, en realidad, ocultarlas del análisis por completo). Para más información, lea el excelente capítulo 3 de José Tapia en World in Crisis.

Alex se refiere al trabajo de Hyman Minsky, un teórico PK que se basó en gran medida en las «expectativas» para explicar las decisiones de inversión. «Hyman Minsky habla de esto extensamente: si cree que el precio de un activo se disparará, comience a comprarlo para obtener ganancias. Incluso puede pedir dinero prestado y usar ese dinero para comprar más. A medida que aumenta el precio, también aumenta la cantidad contra la que puede pedir prestado, y el precio comienza a volar. Todo el episodio de Gamestop del mes pasado fue una versión de esto que utilizó opciones de compra en lugar de préstamos de margen, pero el principio es similar. El problema surge para Minsky cuando se cortan los préstamos: no hay nada que sustente los precios y todo se derrumba. A veces, la operación de expectativas extremas puede crear locura en los mercados financieros que puede tener consecuencias nefastas para la economía en general «.

Entonces, según Alex (y Minsky), las «expectativas extremas» crean una «locura en los mercados financieros » que hace que toda la economía se derrumbe como en el colapso financiero global de 2008. Pero, ¿por qué todo se derrumba después de haber ido tan bien, gracias a las ‘expectativas extremas’? Pero esta es una respuesta que solo plantea la pregunta de por qué las expectativas son buenas en un momento y luego ‘extremas’ en otro. ¿Qué las hace extremas?

Sin duda, los minkistas citarán la famosa frase de Minsky de que «la estabilidad genera inestabilidad» .   Pero de nuevo, esta es solo una frase inteligente para cubrir el hecho de que la teoría PK no tiene una teoría de las crisis financieras, excepto que ocurren cuando las cosas se ponen ‘extremas’.

En mi opinión, la teoría económica marxista tiene una respuesta. Se basa en una visión objetiva de las leyes de movimiento bajo el capitalismo, en concreto los cambios en la rentabilidad del capital productivo (generador de valor). Si la rentabilidad es baja en los sectores productivos, los capitalistas intentan contrarrestar esto de varias formas, una de las cuales es invertir en lo que Marx llamó capital ficticio. Pero las ganancias financieras aún dependen de la rentabilidad de los sectores productivos y si la rentabilidad cae hasta el punto que cae la masa de ganancias o el nuevo valor (salarios y ganancias), se produce una crisis en el sector productivo que se extiende al sector financiero.   Yo y otros académicos marxistas hemos proporcionado mucha evidencia empírica para explicar las recesiones y, en particular, el colapso financiero mundial y la consiguiente Gran Recesión, no como un «momento Minsky» en el que la estabilidad financiera se convierte repentinamente en inestabilidad, sino como un «momento Marx»; cuando los beneficios caen hasta el punto que el valor de los medios de producción y el trabajo deben devaluarse, incluidos los activos ficticios.

De hecho,  como ha demostrado G Carchedi  (ver gráfico a continuación), cuando  tanto los beneficios financieros como los beneficios del sector productivo comienzan a caer, se produce una recesión económica. Esa es la evidencia de las recesiones de la posguerra en Estados Unidos.  Pero una crisis financiera por sí sola (medida por la caída de los beneficios financieros) no conduce a una recesión si los beneficios del sector productivo siguen aumentando. ver Carchedi, páginas 59-62 Capítulo 2 de World in Crisis.

No obstante, Alex continúa defendiendo la opinión PK de que “la demanda crea oferta, impulsando la inversión. Entonces, la inversión crea tanto los ahorros como el capital social, mientras que el capital social, a su vez, crea recursos».Nuevamente, no hay explicación de por qué la demanda se desacelera o cae, lo que lleva a un colapso de la inversión.  “El consumo, no el ahorro, impulsa la inversión y ayuda a la sociedad a prepararse para el futuro”, dice Alex. Pero la evidencia empírica es todo lo contrario. En casi todas las recesiones en los EEUU desde 1945, ha sido la inversión la que se ha hundido antes, mientras que el consumo apenas ha disminuido. Y, de manera decisiva, sus ganancias han llevado a la inversión a recesiones y a salir de ellas, no al revés.

Alex cita: “Keynes cita, como es muy conocido, la “Fábula de las abejas” en la Teoría general. Resumiendo rápidamente, la fábula cuenta la historia de una comunidad que proscribe el lujo y es mucho más pobre cuando todos los que solían trabajar en la producción de lujo se quedan sin trabajo«. Este es el argumento absurdo ofrecidos por Keynes y antes de él, a principios del siglo XIX por el párroco reaccionaria Thomas Malthus, de que sin gente rica que gaste, habría una ‘falta de demanda’ y las economías entraría en depresión. Estas son palabras tranquilizadoras para los oídos de los multimillonarios que poseen los FAANG (además de ser empíricamente incorrectas, ya que muchos estudios muestran que los ricos tienden a ahorrar más que los pobres, como lo han hecho durante la crisis del COVID).

Según Alex, lo equivocado de las teorías alternativas de las crisis es que asumen que la inversión debe provenir del ahorro, por lo que el consumo debe reducirse para permitir la inversión. “En la versión ricardiana, que todavía hoy utilizan los marxistas y austriacos, el principal fondo de inversión es el ahorro. El supuesto es que la economía tiene una capacidad máxima de ahorro y que se ahorra todo lo que no se consume en un período determinado. Para invertir, el ahorro debe ser lo primero, por lo que ipso facto debe reducirse el consumo para aumentar la inversión”.

Alex cree que Keynes destrozó este punto de vista con su idea de la paradoja del ahorro. “Si todos intentan aumentar su tasa de ahorro, eso significa que están reduciendo su tasa de consumo. Si su tasa de consumo disminuye, los ingresos de las personas que venden cosas para consumir disminuyen. El problema es que la producción total está determinada por el consumo y la inversión. Si la inversión se mantiene constante y el consumo cae, la producción total cae. La tasa de ahorro aumenta, pero solo porque ahora todos están ahorrando la misma cantidad en dólares con un ingreso más bajo en dólares».

Como dice Alex, el PK de Kalecki “analiza la misma idea desde el lado de la empresa, en lugar del lado del hogar. Si los empleadores minimizan los costos minimizando los salarios en su conjunto, terminan canibalizando la base de consumo de la economía en su conjunto, lo que afecta a las ganancias. Si va por el otro lado y se deja que los salarios aumenten, la tasa de ganancia aumenta al mismo tiempo».

Aquí hay dos cosas. Puede que la escuela austriaca crea que los ahorros son necesarios para la inversión, pero no la teoría económica marxista. No son los «ahorros» lo que se requiere para la inversión, sino las ganancias o los ahorros capitalistas. No se requiere el ahorro de los hogares para iniciar el proceso de acumulación capitalista. Lo que sigue es que las ganancias conducen a la inversión que a su vez conduce al empleo, ingresos y finalmente al consumo, lo contrario de la visión PK. ¿Cual es correcta? Ya he citado la evidencia.

De hecho, no existe tanto una ‘paradoja de la frugalidad’ al estilo keynesiano sino una ‘paradoja de la rentabilidad’, es decir, a medida que los capitalistas se esfuerzan por aumentar su rentabilidad individual a través de inversiones en medios de producción y desprenderse de mano de obra, en realidad reducen la rentabilidad global de la economía capitalista y eventualmente provocan una crisis.

El segundo punto es que la teoría de Kalecki conduce a una visión ecléctica de las crisis. A veces, están «impulsadas ​​por los salarios», es decir, los salarios y el consumo son demasiado bajos para sostener el crecimiento y, a veces, están «impulsadas ​​por las ganancias», es decir, los salarios son demasiado altos y las ganancias demasiado bajas para sostener el crecimiento. Pero tampoco se encontrarán los dos. No existe una teoría coherente de las causas de las crisis regulares y recurrentes cada 8-10 años; a veces es una cosa y a veces es otra.

Eso me lleva a las conclusiones de política económica del PK, según Alex. Alex no ve la necesidad de acabar con el sistema de mercado de producción e inversión. En cambio, la tarea del estado es regular y contrarrestar los fracasos y desigualdades de la economía capitalista. Como dice Alex, “este es un desarrollo de la posición de John Kenneth Galbraith, que el estado está destinado a ser un “poder compensatorio” de las empresas en el mercado. Si a los estados no les gusta el impacto social de la forma como los actores privados gobiernan los mercados, son más o menos capaces de intervenir y cambiar las cosas. Es imposible decir que esto no es legítimo, porque el Estado es uno de los muchos actores del mercado, pero tampoco es particularmente radical decir que es legítimo”.  Sí, desde luego no es muy radical.

Para Alex y el PK, “un mercado es solo una tecnología administrativa que brinda a los actores un lugar para coordinarse. Un precio es solo una de las muchas señales que se obtienen en un mercado que funciona bien».  ¿Qué es eso de un mercado que «funciona bien»? Difícilmente se supone que ese sea el punto de vista PK, ¿verdad? O tal vez lo sea.

Alex continúa su explicación tirando a la basura una teoría clasista del capitalismo moderno: “La idea de que existe una lógica global para todas las estructuras de gobernanza del mercado contingente a las que se llegó a través de los procesos anteriores acaba condenando a la mayoría de los análisis convencionales, pero también a la mayoría de los análisis marxistas. No existe una “lógica” unificada subyacente del capitalismo, solo una serie de estructuras de gobierno interactivas y en competencia. Ningún comportamiento individual o grupal es realmente acorde con el comportamiento estructural emergente». 

Alex quiere descartar la idea marxista de que existen estructuras sociales específicas basadas en diferentes modos de producción y clases basadas en esos modos y estructura. Para él, la economía no es economía política, sino como establecer una “tecnología administrativa” para hacer que el capitalismo funcione para todos.

Cuando llegamos al final del análisis teórico, también terminamos con la misma visión pro-capitalista que el ‘keynesianismo bastardo’ o incluso que la economía neoclásica dominante. El objetivo de la política económica PK es regular el sistema capitalista y utilizar al estado para «compensar» sus fallos con el fin de producir un «mercado que funcione mejor». Pero incluso Alex tiene que admitir al final de su explicación de los ‘principios’ del PK, que «ningún sistema regulatorio es realmente definitivo, y el capitalismo nunca se arregla realmente, el único objetivo es pasar al siguiente escenario».   En efecto.

economista marxista británico, que ha trabajado 30 años en la City londinense como analista económico y publica el blog The Next Recession.

Fuente:

https://thenextrecession.wordpress.com/2021/04/26/post-keynesianism-the-principles/

Cathy O’Neil: «La próxima revolución política será por el control de los algoritmos»

«Solo sabemos que funcionan bien para quien los diseña, pero pueden ser tremendamente injustos para las personas objetivo», defiende la matemática Cathy O’Neil

Palabra de dios. Por mandato real. Es la economía, estúpido. La historia ofrece constantemente ejemplos de cómo las personas recurrimos al mito de la autoridad superior para revestir de una supuesta justicia objetiva nuestras decisiones. Para Cathy O’Neil, los algoritmos son el siguiente mito en esa lista.

¿Qué prejuicios tienen los robots sin prejuicios?

O’Neil, matemática doctorada en Harvard, posdoctorada en el MIT, fue una de las primeras en señalar que nuestro nuevo emperador también está desnudo. Un algoritmo (o la celebrada Inteligencia Artificial, que «no es más que un término de marketing para nombrar a los algoritmos») es tan machista, racista o discriminador como aquel que lo diseña. Mal programados, pueden llegar a ser Armas de Destrucción Matemática (Capitán Swing), como detalla en su libro sobre el peligro que representan para la democracia.

Defiende que existe una diferencia entre lo que la gente piensa que es un algoritmo y lo que realmente es un algoritmo. ¿Cuál es?

La gente piensa que un algoritmo es un método para tratar de llegar a una verdad objetiva. Hemos desarrollado una fe ciega en ellos porque pensamos que hay una autoridad científica detrás.

En realidad un algoritmo es algo tonto, básicamente un sistema de perfiles demográficos generado a partir del big data. Averigua si eres un cliente que paga o cuáles son tus posibilidades para comprar una casa en base a pistas que has ido dejando, como cuál es tu clase social, tu riqueza, tu raza o tu etnia.

¿Qué es un arma de destrucción matemática?

Es un algoritmo importante, secreto y destructivo. Injusto para los individuos que evalúa.

Normalmente son un sistema de puntuación. Si tienes una puntuación lo suficientemente elevada se te da una opción, pero si no la consigues se te deniega. Puede ser un puesto de trabajo o la admisión en la universidad, una tarjeta de crédito o una póliza de seguros. El algoritmo te asigna una puntuación de manera secreta, no puedes entenderla, no puedes plantear un recurso. Utiliza un método de decisión injusto.

Sin embargo, no solo es algo injusto para el individuo, sino que normalmente este sistema de decisión es algo destructivo también para la sociedad. Con los algoritmos estamos tratando de trascender el prejuicio humano, estamos tratando de poner en marcha una herramienta científica. Si fracasan, provocan que la sociedad entre un bucle destructivo, porque aumentan la desigualdad progresivamente.

Pero también puede ser algo más preciso. Puede ser un algoritmo para decidir quién accede a la libertad condicional racista, uno que determina qué barrios sufren una mayor presión policial en función de la presencia de minorías…

¿A quién le pedimos cuentas cuando un algoritmo es injusto?

Es una buena pregunta. La semana pasada salió a la luz que luz que Amazon tenía un algoritmo de selección de personal sexista. Cada vez que ocurre algo así, las empresas se muestran sorprendidas, toda la comunidad tecnológica se muestra sorprendida. En realidad es una reacción fingida, hay ejemplos de algoritmos discriminatorios por todas partes.

Si admitieran que los algoritmos son imperfectos y que potencialmente pueden ser racistas o sexistas, ilegales, entonces tendrían que abordar este problema para todos los algoritmos que están utilizando. Si hacen como si nadie supiera nada pueden seguir promulgando esta fe ciega en los algoritmos, que ellos en realidad no tienen, pero que saben que el resto del público tiene.

Por eso escribí el libro, para que la gente deje de estar intimidada por los modelos matemáticos. No hay que abandonar la automatización ni dejar de confiar en los algoritmos, pero sí exigir que rindan cuentas. Sobre todo cuando actúan en un campo en el que no hay una definición clara de qué es «éxito». Ese es el tipo de algoritmo que me preocupa. Quien controle el algoritmo controla la definición de éxito. Los algoritmos siempre funcionan bien para la gente que los diseña, pero no sabemos si funcionan bien para la gente objetivo de esos algoritmos. Pueden ser tremendamente injustos para ellos.

¿La próxima revolución política será por el control de los algoritmos?

En cierto sentido, sí. Creo que los algoritmos reemplazarán todos los procesos burocráticos humanos porque son más baratos, más fáciles de mantener y mucho más fáciles de controlar. Así que, sí: la cuestión sobre quién tiene el control está relacionada con quién despliega ese algoritmo. Espero que nosotros tengamos un control con rendición de cuentas sobre ellos.

Pero si nos fijamos en un lugar como China, donde hay sistemas de puntuaciones sociales que son intentos explícitos de controlar a los ciudadanos, no tengo tanta esperanza sobre que los ciudadanos chinos puedan ser los propietarios de esos algoritmos. En estos casos estamos hablando de una distopía, una sociedad de vigilancia en la que el Gobierno controla a los ciudadanos con los algoritmos, como una amenaza real. Es algo que puede pasar.

De momento el poder político no ha hecho mucho por mejorar la transparencia de los algoritmos.

Sí, es un problema real. Los políticos piensan que desde su posición tendrán en su mano controlar los algoritmos, así que no quieren renunciar a este poder, aunque sea malo para la democracia.

Es una consideración muy seria. Como digo en el libro, Obama fue adorado por la izquierda por su uso del big data para aumentar las donaciones o mejorar la segmentación de mensajes. Pero eso fue un precedente muy peligroso: en las últimas elecciones hemos visto como la campaña de Trump logró suprimir el voto de los afroamericanos gracias a esa misma segmentación de mensajes a través de los algoritmos de Facebook.

Publicó su libro en 2016. ¿Ha cambiado algo desde entonces?

Cuando escribí el libro yo no conocía a nadie preocupado por este tema. Eso sí ha cambiado. Vengo de Barcelona, donde he visto a 300 personas, mayoritariamente jóvenes, preocupadas por este tema. Es un fenómeno emergente a nivel mundial, la gente está empezando a ver el daño, el mal que hay aquí. La mayor parte de este daño algorítmico no se ve, no es visible. Que la gente sea más consciente hace que podamos esperar que haya una demanda para que los algoritmos rindan cuentas. Espero que eso ocurra.

 @cdelcastillom

Fuente: https://www.eldiario.es/tecnologia/proxima-revolucion-politica-control-algoritmos_128_1864351.amp.html

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Estudio sobre el concepto de clases medias en la obra de Nicos Poulantzas

Por Enrique Sandoval

En este trabajo tenemos la intención de realizar un análisis a profundidad del concepto de clases medias en la obra de Nicos Poulantzas.

Vamos a sostener la hipótesis de que en la teoría poulantziana las clases no son modelos sobre los que puedan construirse conjuntos externos sobre las “abstractas” clases sociales. Nuestro supuesto parte de que lo político y lo ideológico se transforman en aquella determinación estructural que constituye su propia identidad. Para ello explicaremos la constitución de las mismas en cuanto atravesadas por: 1) el trabajo improductivo que no añade ninguna magnitud de valor; 2) la jerarquía de dominación política al exterior de los aparatos de Estado; 3) la ritualización de los saberes de autoridad que se legitiman como excluyentes respecto de otras clases. Esto nos llevará a señalar la crítica de las nociones de “clases medias” y “sectores privilegiados”, en los marcos de una lectura poco usual sobre la crítica de la economía política.

Alcances y límites de la noción de privilegios

Es cierto que la pandemia en curso ha evidenciado las condiciones ventajosas o desfavorables que se han perpetuado en nuestras sociedades. Los cuestionaminetos y denuncias contra las desigualdades han avanzado de la mano de diversas luchas contra la discriminación racial, de género o de clase. Sobre este marco, el privilegio surge como un discurso indicativo de posiciones de exención respecto de la otra normalidad que viven sectores distintos. Estas exenciones refieren a las contradicciones entre la igualdad formal establecida en el derecho y la realidad de ciertas relaciones económicas de tipo centro-periferia, por las cuales atraviesan el machismo, la precariedad y la violencia sistemática. La identificación de ciertos “privilegios” ha permitido combatir algunos sentidos comunes nocivos que atribuyen al mérito individual el acceso a condiciones de disponibilidad económica, social y cultural que son opuestas a la pobreza del grueso de la población. No todos tienen acceso a una vivienda digna, seguridad social, servicios de salud, o bienes de consumo más allá de los de primera necesidad (vacaciones, autos, alimentos no nocivos, tablet, laptop, etc.).

Efectivamente, en el neoliberalismo actual asistimos a una agudización de las desigualdades en los niveles de consumo de la población. Los resultados de la encuesta nacional de ocupación y empleo del INEGI muestran que sólo el 30 por ciento de la población económicamente activa (PEA) percibe ingresos en el hogar por encima de los 13,000 pesos al mes, los cuales se estiman como el costo medio de la manutención básica familiar. La misma encuesta revela que cerca del 70 por ciento de los empleos se encuentran en el sector económico terciario (comercio y servicios,) y que 16 de los 56 millones de la PEA trabajan en la informalidad. Por otro lado, la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) señala que las personas con discapacidad, VIH/SIDA, mujeres, indígenas y personas con sobrepeso son los principales discriminados en el país.

Sin embargo, la visibilización de estas desigualdades por la vía de noción “privilegios” encuentra sus límites con rapidez. Decenas de artículos se han escrito para reconocer las “posiciones privilegiadas” de diverso tipo: 1) no ser discapacitado; 2) acceso a infraestructura básica; 3) ser blanco; 4) hablar la lengua nacional; 5) carrera superior; 6) libros en casa; 7) internet; 8) viajes a otros países; 9) ser hombre; 10) heterosexual; 11) empleo estable; 12) prestaciones, etc. Por lo regular siempre se invita a reconocer los “privilegios” propios e incluso se llega a inducir un recuento cuasi-religioso que conduce a la culpa: “mira lo que tienes y agradece por ello”. Uno siempre puede agradecer a Dios o a uno mismo. No obstante, ya desde aquí debemos notar que ciertos privilegios provienen de situaciones distintas: los artículos “patrimoniales” se pueden obtener por actos de corrupción o por décadas de endeudamiento; el tiempo libre se puede ligar al desempleo o al beneficio de puestos empresariales altos; incluso, aunque el ingreso supere los tres salarios mínimos, algunos estarán por encima únicamente por unos cuantos pesos, mientras que otros estarán tan arriba que ni siquiera medirán sus ingresos en salarios. Si lo pensamos bien, Carlos Slim y algunos estudiantes de la UNAM podrían estar bien homologados bajo el discurso de los “privilegios”. ¿Qué sentido tiene esto? Aquí, para retirar el foco de los privilegios particulares, entra en escena otra perspectiva: la teorización de las clases medias.

Burguesía, proletariado y eso tan difícil de asir entre los polos

Como sabemos la teoría marxista es una referencia obligada en relación al tema de las clases sociales. Según Marx, la piedra angular del capitalismo es la explotación de los propietarios de los medios de producción respecto de los que venden su fuerza de trabajo a cambio de un salario que no es equivalente al valor que producen durante el proceso de trabajo. El excedente que se genera, y que permite la ampliación de este sistema, es la plusvalía. Por otra parte, Lenin teorizó el imperialismo como una forma particular del desarrollo capitalista caracterizado por el dominio del capital financiero, exportación de capitales, reparto del mundo, producción de una aristocracia obrera e intensificación de la lógica de las naciones oprimidas y opresoras. El imperialismo tiene cuatro etapas: 1) fase de transición de la competencia al monopolismo, que se extiende de finales del siglo XIX hasta el periodo entre las dos guerras; 2) fase de consolidación de lo estatal sobre las formaciones sociales, a partir de 1930; 3) fase de desarrollo de la lógica de las metrópolis inducida al interior de esas formaciones, a partir de 1945; 4) fase neoliberal destructora de las victorias nacional-populares en el seno del Estado, a partir de 1980. La clase media es producto de: a) la segunda fase por cuanto a la consolidación de los “Estados benefactores” y el aumento de los niveles de vida para los trabajadores; b) el desarrollo de la complejidad administrativa y comercial de la tercera fase; c) la expansión de las comunicaciones de la cuarta fase. Entonces ¿las “clases medias” son algo que Marx no pudo prever?

En realidad, Marx reconoció siempre la existencia de clases sociales distintas a las fundamentales (pequeña burguesía, campesinado, lumpenproletariado). Pero lo importante es que el desarrollo de las “clases medias” tiene todo que ver con la historia. Sin embargo, aunque se reconozcan estas vicisitudes históricas, no siempre se traducen en un desarrollo de la teoría marxista de las clases sociales: se describen particularidades sin teoría o se remite a la vieja teoría sin particularidades. Tales son los casos que analizan “las clases medias” como problema de identidad, prácticas culturales o consumo. Veamos esto más de cerca.

  1. El abordaje identitario ha sido reproducido por algunos sectores trotskistas. Esta perspectiva considera que las clases medias son sinónimo de pequeña burguesía, en cuanto ocupan un lugar “intermedio” en la estructura productiva, o sea, en todo el espectro inespecífico de las posiciones que no son estrictamente obreras (trabajadores productivos) ni estrictamente burgueses (dueños de medios de producción). Ser de clase media es, sobre todo, una “construcción ideológica” producida por las clases dominantes para fracturar la identidad legítima de la clase obrera. La pequeña burguesía que posee  una “soltura” económica —también inespecífica—, participa de una aspiración al ascenso social virtualmente inalcanzable, sumado al rechazo abierto a descender en la escala social. Como su condición de clase no es más que un “engaño”, los trabajadores han renunciado a su “orgullo” por la clase a la que verdaderamente pertenecen. Aceptarse como lo que son ayudaría a “robustecer” las filas de la clase obrera para una acción revolucionaria.
  2. El segundo abordaje se refiere al constructivismo tipo Pierre Bourdieu. En su obra Las estrategias de la reproducción social estudia la dinámica de “luchas y apuestas” que son llevadas a cabo por grupos e individuos (agentes) pertenecientes a las clases. Primero distingue a las clases: populares, medias y burguesas; y luego a las fracciones de clase: pequeña burguesía y pequeña burguesía ascendente. Bourdieu afirma que la relativa estabilidad de las clases se debe al habitus, que indica la vinculación de la práctica subjetiva respecto de las regularidades objetivas de la realidad estructurada; es decir, el papel de las clases dominantes consiste en aprovechar su situación de poder para mantener activamente el orden del que son beneficiarios. La diferencia entre las clases dominantes y las populares estriba en que las primeras tienen posibilidades reales de cumplir sus intereses, hacerlos institucionales y materia de derecho. En cambio, las clases populares son desposeídas porque manejan parte de sus intereses como imaginación y anhelo. Bourdieu señala que la pequeña burguesía ascendente se conforma por grandes comerciantes, profesores, técnicos y profesionistas liberales que viven un constante conflicto interno por tratar de ser parte de la clase superior. La pequeña burguesía vive reduciéndose para conseguir una acumulación de capitales (económico, social, cultural y simbólico) mediante la educación, el pago de rentas elevadas o la restricción reproductiva. Pero en este caso es la realidad estructural (y no la identidad aspiracionista) la que las dota de ventajas sociales para proyectar una trayectoria que no podrán realizar sino, tal vez, en generaciones posteriores. Una vez más los intereses de clase se presentan como engaño, aunque en este caso no se remite su verdad a las clases populares.
  3. Un último criterio remite a la definición de las clases medias por su nivel de consumo o intereses inmediatos a nivel económico. Este criterio constituye el sentido común de innumerables instituciones gubernamentales y encuestadoras. Sin embargo, resulta interesante que el abuelo de esta concepción sea Max Weber: “corresponde siempre al concepto de clase el hecho de que las probabilidades que se tienen en el mercado constituye el resorte que condiciona el destino del individuo.” Este criterio se halla profundamente difundido en la Sociología moderna debido a la popularización elaborada por Anthony Giddens en su libro La estructura de las clases sociales en las sociedades avanzadas. Según el Índice de Desarrollo Social de Evalúa de Ciudad de México, sólo es clase media la población cuyos ingresos ascienden por encima de los 16 mil pesos mensuales, o sea, sólo el 12% de la población pertenecería a la clase media. Aquí la estadística prescinde de las relaciones sociales de producción y de hecho no se nos dice nada sobre las jerarquías efectivas al interior de los procesos laborales.

Todos estos criterios informan sobre ciertos hechos que es necesario identificar. No obstante, su límite aparece cuando se proponen determinar las fronteras reales con la clase obrera y la burguesía efectiva. No se trata sólo de un problema conceptual, sino de un asunto concerniente a la identidad propia de las clases trabajadoras en cuanto construyen su conciencia organizativa, producen sus alianzas y reconocen a los enemigos. A partir de aquí desarrollaremos una perspectiva crítica sobre estos sectores que no son “ni obreros ni burgueses”. Nos apoyaremos en la Crítica de la Economía Política de Marx y en los importantes avances que el sociólogo francés Nicos Poulantzas ha realizado en este campo.

Planteamiento efectivo del problema

En el 18 Brumario de Luis Bonaparte, Marx dice que en la medida en que millones de familias viven bajo condiciones económicas de existencia que las distinguen por su modo de vivir, por sus intereses y por su cultura de otras clases y las oponen a éstas de un modo hostil, aquellas forman una clase. Por cuanto existe entre los campesinos parcelarios una articulación puramente local y la identidad de sus intereses no engendra entre ellos ninguna comunidad, ninguna unión nacional y ninguna organización política, no forman una clase.

Aquí, es evidente que el criterio para definir a las clases sociales resulta de una estructuración histórica que liga 1) las condiciones económicas, 2) la unión nacional, la organización política; 3) su cultura y modo de vivir. Es importante notar que en la primera parte del texto las condiciones económicas, culturales y los intereses que de ello derivan, sólo existen como oposición respecto de otras clases; vale decir, independientemente de los antagonismos vivos, la existencia de las clases tiene un fundamento en la propia lucha de clases. Si hay clases entonces hay lucha de clases. Ésta no es un resultado de la conciencia para sí (organización y voluntad), sino una relación objetiva sobre la que se estructura la conciencia. Por otra parte, es obvio que en Marx la relación clases-medios de producción es fundamental, pero el criterio para definir el poder político de éstas se encuentra en el lugar que ocupan en las relaciones socio-políticas de producción. En el caso de los campesinos franceses, el autoconsumo periférico les impidió la intersubjetividad o interdiscursividad. Sólo la negación del resto de la sociedad los hizo sentirse clase. Pero ese sentir, anudado a la incapacidad de autorepresentarse, les condujo a la irresistibilidad del Estado autoritario. Lo importante aquí es que la política y la cultura no son epifenómenos (esto lo desarrollaremos después). En todo caso, si el criterio económico es predominante, es porque comprende la determinación de las clases fundamentales (burguesía y clase obrera) de la sociedad moderna en cuanto que el modo de producción capitalista (MPC) se convierte en hegemónico. El criterio no sirve en sí, sino cuando conviene a la realidad hegemónica de este modo de producción.

No obstante, no podemos seguir hablando del capitalismo en general, sino de formaciones sociales en las que se interfieren diversas modalidades productivas que, finalmente, domina el MPC. Incluso en nuestras sociedades dependientes, puede hablarse de un centro y de una periferia interna. Y si la imagen de las periferias internas ha estado asociada sobre todo con formas de producción precapitalistas, la imagen del centro no puede agotarse en el tema de la clase obrera y la marginalidad informal, sino que exige el reconocimiento de asalariados no productivos: empleados del comercio, bancos, administración, oficinistas, publicistas, profesiones liberales (médicos, abogados, profesores, consultores, analistas de sistemas), pequeños propietarios, servidores públicos, y hasta cuellos blancos o azules (Wright Mills), etc.

Históricamente han existido dos abordajes teóricos erróneos sobre el tema de  los asalariados no productivos: 1) entenderlos como parte de la clase burguesa en cuanto que ejercen funciones de autoridad jerárquica; 2) entenderlos como parte de la clase obrera en cuanto que no poseen medios de producción y pertenecen a una supuesta clase salarial. En el primer criterio se renuncia al criterio económico, y en el segundo se atiende exclusivamente a él. Si se continúa por esta vía dualista, se diluyen los conceptos de clase obrera y burguesía. Si todos somos burgueses o si todos somos clase obrera, entonces no existe lucha de clases.

Es en este punto ciego donde probablemente aparezca la estrategia discursiva de las “clases medias”. Como hemos visto, el criterio indicativo de las clases medias muestra un hecho real: la comunidad identitaria definida por niveles de consumo, actitudes psicológicas, rasgos físicos, gustos, etc. El criterio no se refiere a ninguna clase, incluso parece indicar un supuesto “aburguesamiento” de la clase obrera o un desclasamiento de la burguesía. Si el criterio “clase media” sustituye a la categoría de clase, entonces las clases y la lucha de clases dejan de existir. El peligro particular, como hemos visto, es que ciertas actitudes identitarias de las clases medias corresponden efectivamente a diversas clases: burguesía, pequeña burguesía y clase obrera. De esta manera se pierde el juicio para identificar las divergencias de clase y las posibles alianzas populares. Sólo una teoría de las clases sociales puede orientarnos en el escalonamiento efectivo de las diversificaciones sociales.

Teoría de las clases sociales: actualidad de Nicos Poulantzas

Las clases sociales no son modelos sobre los que puedan construirse conjuntos externos “concretos” sobre las “abstractas” clases sociales. En el marxismo crítico se admiten fracciones, capas y categorías, pero todas éstas tienen una adscripción de clase. La categoría de clase designa, como dice Poulantzas, el conjunto de los efectos de la estructura en el campo de las relaciones sociales. En las sociedades donde domina el MPC se desarrolla una polarización entre la burguesía y la clase obrera. Como hemos visto, aquí la propiedad y el mando sobre las fuerzas productivas son determinantes; mientras que lo político e ideológico son decisivos para el ejercicio del poder. En cambio, para conceptuar a los asalariados no productivos, que ahora llamaremos nueva pequeña burguesía, lo político y lo ideológico se transforman en determinantes. Lo estructural de la pequeña burguesía corresponde a lo político y a lo ideológico. La pequeña burguesía se compone de: 1) pequeña burguesía tradicional (pequeña producción y pequeña propiedad) y; 2) nueva pequeña burguesía (asalariados no productivos). En la pequeña burguesía tradicional el trabajador directo es a la vez propietario, mismo que se desarrolla sobre la forma mercantil simple. En cambio, la nueva pequeña burguesía se constituye por sectores asalariados que no poseen medios de producción. Si la clase obrera es asalariada, no todo asalariado pertenece a la clase obrera: “todo trabajador productivo es un asalariado, pero no todo asalariado es un trabajador productivo.” De la misma manera, no toda clase que no posea medios de producción es clase obrera. El criterio fundamental para definir a la clase obrera refiere al trabajo productivo.

Digresión necesaria sobre el trabajo productivo: la economía

El trabajo productivo se efectúa siempre en condiciones históricas de explotación determinadas. En realidad, un trabajo con idéntico contenido en el resultado puede ser productivo o improductivo. Es trabajo productivo, en primer lugar, aquel que se cambia contra capital variable y produce plusvalor que valoriza al capital: “es productivo aquel trabajo -y sólo es un trabajador productivo aquel ejercitador de la capacidad de trabajo- que directamente produzca plusvalía.” De esta manera, aquel trabajo que dependa fundamentalmente de la esfera de la circulación (marketing, seguros, banca, contabilidad, vendedores telefónicos o de almacén, etc.) no es productivo, o sea, no produce valor ni crea plusvalía, aunque sí contribuye a la realización de ésta. “Puesto que el comerciante, en cuanto mero agente de la circulación, no produce valor ni plusvalor […] también es imposible que los trabajadores de comercio a los que ocupa en las mismas funciones puedan crear directamente plusvalor para él.” Sin embargo, la mayoría de esos trabajadores no productivos asalariados son explotados en tanto que su salario corresponde a la reproducción de su fuerza de trabajo y en cuanto contribuyen a disminuir los gastos de circulación del plusvalor.

Esto último no significa que todo trabajo que se realice en la esfera de la circulación sea improductivo. En realidad, aquellos trabajos que acrecientan el valor de cambio de la mercancía sobre la base de su valor de uso capitalista (transporte, almacenamiento, distribución, reparación, etc.), pueden ser considerados como procesos de producción dentro de la esfera de la circulación. “Ya hemos expuesto (libro II, capítulo vi, Los costos de circulación, 2 y 3) hasta dónde deben considerarse la industria del transporte, conservación y distribución de las mercancías —bajo una forma adecuada a dicha distribu­ción— como procesos de producción que persisten dentro del proceso de circulación.” De esta manera, esos trabajadores deben ser considerados como parte de la clase obrera.

Por otra parte, es verdad que algunos de los trabajos improductivos contribuyen a la reproducción de las relaciones sociales capitalistas (profesores, médicos, funcionarios de Estado), pero la utilidad de estos servicios no modifica en nada la relación económica. No debemos confundir lo necesario como condición, con lo productivo. Si así fuera, entonces deberíamos decir que todos los trabajos que contribuyen indirectamente a la reproducción de la fuerza de trabajo directamente productiva, son productivos. Con esto, la distinción trabajo productivo-improductivo quedaría diluida: “de esta suerte un bribón también es un trabajador productivo, ya que indirectamente produce libros de derecho penal.” En realidad, el trabajo productivo debe producir los elementos materiales que son el sustrato propio de la explotación; o sea, intervenir en la producción material y el aumento de los valores de uso materiales. Por una parte “es productivo aquel trabajo que se representa en mercancías.” Ello no significa que sólo las “cosas útiles” sean resultado del trabajo productivo, pues los artículos de lujo pueden ser el resultado de un verdadero trabajo productivo. Es productivo el trabajo que se representa en mercancías y produce plusvalor. Pero aquí debemos tener mucho cuidado: no todo trabajo cuyo resultado adopte la forma mercancía produce valor. En el caso de los artistas (pintores, escritores, etc.), el producto de su trabajo (libros, pinturas), aunque posea un precio y adopte la forma mercancía, no tiene valor. Lo mismo puede decirse del trabajo científico (investigadores), pues a pesar de que sus resultados pueden ser incorporados al capital, el trabajo propiamente científico no interviene de manera directa en el proceso de producción del plusvalor. Aunque las patentes tengan precio, no tienen valor (no son reproducibles). No toda mercancía proviene del trabajo productivo.

Varios trabajos de servicios (peluqueros, cosmetólogas, taxistas, etc.) son improductivos en cuanto que no se cambian por capital, sino por renta. Ese trabajo no se incorpora como factor vivo para valorizar el capital, “por ese trabajo intercambia su dinero como rédito, no como capital.” Su trabajo no se cambia contra capital variable. De manera que desde la perspectiva del capital social, la retribución se trata de un gasto improductivo. Si ese trabajo está sometido a un capitalista individual, constituye un beneficio; pero desde el punto de vista del capital social tal beneficio es parte de la transferencia de plusvalor que sólo puede crear el capital productivo. Aún así, la gran mayoría de los trabajadores del sector servicios son explotados y de hecho se encuentran en la precariedad informal. Es verdad que el intercambio de valores contra renta supone el intercambio de equivalentes que no podría dar lugar a la explotación. Pero en el marco de la hegemonía del MPC, el capital somete incluso al sector de servicios con más calificaciones (profesores, arquitectos, abogados, informáticos, incluso gran parte del sector de espectáculos, etc.) que suministran trabajo no pagado o plustrabajo para economizar los ingresos acumulados del capital que desembolsa al principio. En el caso particular de los trabajadores sociales no productivos del sector público (trabajadores sociales en barrios, promotores de cultura, etc.), aunque los capitalistas no intervienen directamente como capitalistas sino como compradores de servicios, la relación de explotación se sustenta en el intercambio desigual sobre el que se obtiene ventaja. En términos generales, aunque un agente venda sus servicios sin ser asalariado, la desigualdad de los términos de intercambio evidencia la situación de explotación (trabajadoras domésticas no reconocidas).

Sólo en algunos casos excepcionales los trabajadores improductivos no son explotados. Por ejemplo, a los grandes abogados de las multinacionales (que no llegan todavía a la categoría de asociados) no se les arrebata plustrabajo, pues la relación salarial se establece sobre un verdadero intercambio de equivalentes en cuanto se cubre el costo efectivo del pago por el servicio bajo un tiempo de trabajo socialmente necesario. Sin embargo, si esos agentes se vuelven verdaderos asociados, no deberíamos hablar más de trabajadores improductivos, sino de clases burguesas por medio del rodeo de la sociedad de acciones.

Segmento vigilante y directivo: la política

En el MPC las relaciones sociales de producción determinan las relaciones técnicas de producción. Es el criterio de dominación de las relaciones de producción sobre el trabajo, en cuanto remite a la determinación de las relaciones políticas e ideológicas, lo que permite identificar las fronteras con la clase obrera. Esto quiere decir que el puro criterio del trabajo productivo no lo es todo, pues las funciones de dirección, control y vigilancia constituyen también un trabajo productivo en cuanto se integran al proceso laboral colectivo. “Si se considera al trabajador colectivo en el que el taller consiste, su actividad combinada se realiza materialmente y de una manera en el producto total que al mismo tiempo es una masa total de mercancías, y aquí es absolutamente indiferente el que la función de tal o cual trabajador, mero eslabón de este trabajador colectivo, esté más próxima o más distante de trabajo manual directo.” Pero la dirección, el control y la vigilancia no son funciones técnicas, sino resultado de la configuración de las relaciones socio-políticas en la producción, mismas que no se identifican de inmediato con las relaciones políticas en el seno del Estado. Recordemos que en el Sexto inédito Marx habla de la hegemonía y la subordinación al interior del proceso productivo: “la relación de hegemonía y subordinación ocupa en el proceso de producción el lugar de la antigua autonomía anterior.”

La cualidad política de la dominación en el seno de la producción no se agota en la figura de los propietarios económicos reales de los medios de producción que controlan las inversiones y los medios del proceso de acumulación (grandes capitalistas, altos directivos y ciertos miembros del consejo de administración). En realidad, estas funciones son ejercidas por directivos medios, altos gerentes, ejecutivos y tecnócratas que no son propietarios directos, pero sí poseedores de los medios de producción que controlan los medios físicos de producción (capital constante) o la fuerza de trabajo (capital variable), y por ello deben ser considerados como parte de la clase capitalista. La propiedad real se refiere al control del flujo de inversiones en la producción (qué se produce), y la posesión remite al control del proceso productivo (cómo se produce). Esta diferencia no se trata de algo que Marx “no previó”: “La propia producción capitalista ha hecho que el trabajo de dirección superior, totalmente separado de la propiedad del capital, ande deambulando por la calle. De ahí que se haya tornado inútil que el propio capitalista desempeñe esta tarea de dirección superior. Un director musical no tiene por qué ser, en absoluto, propietario de los instrumentos de la orquesta, ni pertenece a sus funciones como director el que tenga algo que ver con el `salario´ de los músicos restantes.”

La función de vigilancia sobre la fuerza de trabajo se transmite a bajos directivos, capataces y supervisores explotados que ejecutan órdenes precedentes. “Así como el capitalista, no bien el capital ha alcanzado esa magnitud mínima con la cual comienza la producción verdaderamente capitalista, se desliga primero del trabajo manual, ahora, a su vez, abandona la función de vigilar directa y constantemente a los diversos obreros y grupos de obreros, transfiriéndola a un tipo especial de asalariados.” Aunque esta función pierda algunos rasgos despóticos y adopte la forma de administración de reglas impersonales, no debemos perder de vista que su empleo político continúa siendo la vigilancia para la extracción y la recaudación del plusvalor como encarnación de los poderes del capital, por lo que estos sectores tampoco pertenecen a la clase obrera. Si esto es así, entonces la diferencia trabajo productivo-improductivo no coincide con la de trabajo manual-intelectual. El General intellect constituye también el trabajo productivo: “La naturaleza no construye máquinas, ni locomotoras, ferro­carriles, electric telegraphs, selfacting mules, etc. Son éstos productos de la industria humana; material natural, transfor­mado en órganos de la voluntad humana sobre la naturaleza o de su actuación en la naturaleza. Son órganos del cerebro humano creados por la mano humana, fuerza objetivada del conocimiento. El desarrollo del capital fixe revela hasta qué punto el conocimiento o knowledge social general se ha con­vertido en fuerza productiva inmediata, y, por lo tanto, hasta qué punto las condiciones del proceso de la vida social misma han entrado bajo los controles del general intellect y remodeladas conforme al mismo.” Esto nos lleva al abordaje de la cuestión de la ideología.

La ciencia dominante: la ideología técnica

La división trabajo manual-trabajo intelectual es el resultado fundamental del proceso de subsunción real del proceso de trabajo al proceso de valorización en su aspecto de escisión del productor respecto de los medios de producción. Al separar a los diversos trabajos, se escinde como autónomo al trabajo espiritual. El saber científico es una fuerza productiva del capital y por ello mismo no es un saber neutral, sino ideologizado como ciencia dominante. Aunque Althusser ha reaccionado contra los excesos de la diferencia “ciencia proletaria-ciencia burguesa”, lo cierto es que es innegable que por su constitución la ciencia lleva el signo de la modernidad capitalista. Ahora bien, si sólo después de la revolución industrial podemos diferenciar ciencia y técnica, es claro que las aplicaciones tecnológicas sobre el proceso de producción, dominado por las relaciones sociales capitalistas, constituyen las prácticas fundamentales del saber ideológico dominante. Son los técnicos y los ingenieros los portadores de la reproducción de estas relaciones ideológicas (no neutrales ni técnicas en sí) sobre las que se funda la división trabajo manual-trabajo intelectual. La división consagra el monopolio del saber técnico respecto de aquellos que “no saben”, y al mismo tiempo legitima el trabajo de dirección y vigilancia que realizan aquellos técnicos e ingenieros sobre la clase obrera.

No obstante, dentro del trabajo intelectual técnico existe una subdivisión trabajo manual-trabajo intelectual que explica la existencia de algunos ingenieros subalternos que no ejercen la dirección y cuyo trabajo se halla constantemente descalificado: estos sectores forman parte de la clase obrera. En el capitalismo contemporáneo las antiguas brechas entre el ingeniero y el obrero tienden a disminuir y hasta se diluyen. “Asistimos a un cuestionamiento de las separaciones entre el capataz, el encargado de métodos y el obrero profesional. El encargado de métodos prepara su programa de fabricación con el obrero profesional, a la vez que éste debe usar el microprocesador, y aún la terminal de computadora del departamento de métodos, para efectuar sobre la marcha las modificaciones necesarias al ciclo de fabricación. El capataz es menos el agente de autoridad, que un ´supertécnico´ capaz de intervenir en caso de diagnóstico complejo de avería, y sobre todo, de coordinar los grupos de trabajo en función de la productividad.” Sin embargo, los centros de decisión estratégicos continúan perteneciendo al capital. Los trabajos de mantenimiento, optimización y control sobre la máquina-herramienta, con la mediación de la máquina informática, son prácticamente insustituibles. La intervención humana nunca ha sido tan importante como ahora.

Por último, debemos precisar que el trabajo intelectual no se agota en el trabajo técnico. Los administradores, la burocracia empresarial y hasta los psicólogos laborales con formación clásica (y su degradación actual en el couching), reproducen la figura de saberes intelectuales en función de estas relaciones. Esto nos lleva al análisis del trabajo intelectual que no se identifica con la portación científica.

El nuevo godinato pequeñoburgués: la ideología-ritual

El trabajo intelectual implica trabajos que nada tienen que ver con la ciencia. En la medida que los aparatos de Estado (administrativo, represivo e ideológico) y los aparatos de empresa (oficinas) desarrollan sus funciones burocráticas sobre la sociedad, se reproduce una gradación de funciones ajenas a la dirección y la organización, pero incorporadas a la instrumentación semi-mecánica que es ocupada sobre todo por los oficinistas (funcionarios menores de Estado, secretarias, etc.). La burocratización es un índice de la axiomatización de sistemas de reglas, impersonalidad de las funciones, ocultación del saber, jerarquización y centralización. Pero los puestos efectivos que ocupa esta nueva pequeña burguesía se encuentran en el grueso de la subordinación jerárquica en cuanto ejecutores. No ejercen poder, sino autoridad. Es una clase explotada en diversas medidas y articulada a una serie de mecanismos parcelados de estandarización racional. Estos trabajos son intelectuales sólo en la medida que se encuentran investidos de una serie de rituales culturales y elementos sociales que los distinguen de la clase obrera. Se trata de elementos poco relacionados con la ciencia, pero cuyo ejercicio se legitima como si estuviera fundado sobre ella: escribir bien, tener elocuencia, capacidad de trato social noble, buena presentación física, manejo de computación básico y cultura general.

En realidad, el aparato escolar superior es insustancial para la asignación de puestos en el sector de la burguesía y la clase obrera; pero resulta un aparato determinante para la formación de esta pequeña nueva burguesía, sobre todo porque, al excluir el trabajo manual, reproduce la división trabajo manual-trabajo intelectual que es externa a ella (y que a la vez le asigna su papel), y además establece el ambiente de la estimación social del trabajo intelectual sobre un sistema de promociones que por lo regular se encuentra sobresaturado. La formación de esta clase es general; o sea, aunque el mercado no ofrezca salidas laborales correspondientes a la carreras particulares, sitúa aún así las jerarquías en el campo del trabajo intelectual y sus gradaciones que ascienden siempre por el carril de la estimación constante del trabajo intelectual, mismo que se aleja cada vez más de la clase obrera. Claro que aquí el padecimiento de las frustraciones es más constante que en el sector directamente productivo.

En términos históricos estos sectores pueden llegar a ser hostiles a la “gran riqueza”. Y sin cuestionar el sistema jerárquico y la división del trabajo, reivindican una racionalización “más justa” y “rectificadora del sistema corrompido”, para que surja un auténtica distribución de un poder político y una verdadera meritocracia cimentada finalmente sobre el individualismo pequeñoburgués. Se encuentra en ellos el temor a la proletarización efectiva, que instintivamente ligan a la transformación revolucionaria. La mayoría de las veces se trata de sectores educados y ordenados en la masa silenciosa que, mediante su neutralidad, participa de la indiferencia. Se trata de la “buena gente”. Como dice el Che Guevara: “para ser buena gente, hay que dejar hacer y deshacer. Los que no exigen, los que no discuten los problemas, los que no controlan, los que no depuran responsabilidades, a los que les importa lo mismo cumplir que no cumplir, a los que no les duelen los problemas, los que no tienen hígado y les importa poco todo, son los buena gente.”

Es cierto que históricamente esta clase ha constituido un clase-apoyo de los fascismos y de la derecha en coyunturas donde siente amenazada su posición. Pero también es verdad que ha acompañado algunas de las luchas obreras cuando la correlación de fuerzas es favorable para ésta. La pequeña nueva burguesía puede ser auténtica fuerza social a la izquierda y hasta una necesidad para la clase obrera. Esto nos conduce al examen general de las posibles alianzas con el sector de los asalariados no productivos.

El bloque histórico clase obrera-nueva pequeña-burguesía

Según Poulantzas la nueva pequeña burguesía “no puede unificarse sino uniéndose a la clase obrera bajo la hegemonía y la dirección de ésta.” Sin embargo, es necesario distinguir a las fracciones específicas que todavía podrían ser componentes de una alianza histórica particular con la clase obrera. En primer lugar, los asalariados del sector comercial de los grandes establecimientos, afectados por la mecanización del trabajo, sobre los que se carga el peso del trabajo manual (empleados del restaurante, fast food, cines, almacenes, supermercados, conserjes, etc.). Como ya decíamos, el trabajo improductivo no es sinónimo de trabajo intelectual. En estos sectores el aparato escolar y la burocracia interna casi no tienen importancia, pero la promoción y la seguridad se cargan hacia la precariedad de un trabajo repetitivo hasta el extremo.

En segundo lugar, los trabajadores estatales improductivos sobre los que se reproduce la subdivisión de un trabajo manual verdaderamente precarizado (mantenimiento, limpieza y recolección de desechos, etc.); o los trabajadores estatales legitimados sobre cierto saber profesionalizado (personal médico, profesores, etc.), y hasta los trabajadores sociales, muchas veces auxiliares o eventuales, que no requieren un título para conocer la inestabilidad. En tercer lugar, los oficinistas (de la circulación o realización del capital, o aparatos de Estado) que realizan un trabajo improductivo cargado sobre lo intelectual, y cuya descalificación y mecanización es patente (formularios y archivación). En nuestro marco histórico, el mito de la promoción ha devenido en verdadero mito.

En general se trata de construir el bloque histórico de los trabajadores. Decimos trabajadores porque el concepto de clase obrera, estructurado sobre la base del trabajo manual, especializado y cerrado sobre sí mismo, no debe conducirnos a excluir a los demás trabajadores que somete el capital. Esto no significa que la clase obrera haya dejado de existir (tesis post-althusseriana). Es necesario que las funciones, la movilidad y las divisiones profesionales, no bloqueen la expresión organizativa y programática de estos trabajadores en sindicatos y organizaciones autónomas con agendas direccionadas hacia la solidaridad, la cooperación y la autogestión. Por otra parte, si regresamos al tema de los privilegios, es verdad que los niveles culturales, de consumo, salud, esparcimiento, explotación y precarización, son desiguales; pero no debemos entender este proceso por la vía del “privilegiado”. Cierto es que en nuestros países dependientes estas desigualdades son más exorbitantes de lo que Poulantzas podría imaginar, pues la uberización, el sicariado, la feminización del trabajo productivo, el outsourcing, la tercerización, la informalidad, el subtrabajo, el ambulantaje, el desempleo camuflado y hasta la mendicidad, son cada vez más cotidianos (la improductividad prescinde del salario). En realidad, un privilegio no es estar mejor que otros, sino estar mejor a costa de los otros; vale decir, a costa de la explotación y las desigualdades generadas por la burguesía en el MPC. El poder real de un privilegio consiste en apropiarse, de manera duradera, del porvenir de los demás. Es el poder de la posibilidad monopolizada. Al plus-goce de este poder sólo se accede por la plusvalía del capital. Entonces, no hay privilegio donde se hipoteca el futuro, donde se paga en abonos pequeños, donde la estabilidad es pasajera y donde a corto plazo nos aguarda el terror. Porque la seguridad real la sostiene una sola clase y no más. En este sentido, el discurso del privilegiado, usado sólo para entender la diversidad de las condiciones de los trabajadores, enciende la guerra de los pobres contra los pobres. Pero el discurso del privilegiado, utilizado para comprender la configuración de las clases sociales en el MPC, nos permite entender que sólo la burguesía es privilegiada.

Enrique Sandoval Castro es licenciado y maestro en Filosofía por la UNAM.

 

China: Tan distante del imperialismo como del Sur Global

Las controversias sobre el status geopolítico de China se han intensificado. Su presentación como imperio se basa en erróneas analogías

Por Claudio Katz

Estas ignoran cómo la expansión productiva se combina con la prudencia geopolítica. El perfil imperial se define por acciones internacionales de dominación y no por parámetros económicos.

China incuba en forma sólo embrionaria los rasgos de un imperio en formación. Los límites de la restauración capitalista inciden sobre su inmadurez imperial. Lucra con la primarización de América Latina, pero se ubica lejos del intervencionismo estadounidense.

Las tensiones que genera el capitalismo en China son enmascaradas con miradas indulgentes, que desconocen la incompatibilidad de ese sistema con una mundialización inclusiva. Los negocios en curso contradicen las convocatorias a la cooperación. El país no forma parte del Sur Global.

Afronta los desequilibrios de una economía desarrollada y las tensiones de un acreedor. Tres escenarios se avizoran en el mediano plazo.

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