Más allá de Corbyn y otros profetas desarmados, revivir la democracia

por Juan Domingo Sánchez Estop

 

1.

El impulso para escribir el presente texto surgió de la lectura de un muy interesante análisis de Ignacio Sánchez-Cuenca sobre la debilidad actual de la izquierda a la luz de la derrota laborista publicado en el periódico Infolibre bajo el título: «La derrota de Corbyn y algo más». El autor retoma en su artículo toda una serie de observaciones que efectuó en otros libros y artículos sobre la diferencia derecha-izquierda y la «superioridad moral de la izquierda». Muchas de esas observaciones son pertinentes, pero resultan algo nostálgicas, pues son aplicables a un marco político en que la oposición derecha-izquierda era aún significativa y podía tener consecuencias efectivas sobre el reparto del poder y de la riqueza como el que existió mal que bien desde los años 50 a fines de los 70 en Europa, cuando existían aún sindicatos, movimientos sociales y partidos de izquierda fuertes. Por consiguiente, la conclusión del artículo solo puede ser pesimista:

2.

Me temo que, como el propio autor reconoce, no estamos ya en aquella cada vez más lejana situación en que la dicotomía derecha-izquierda era operativa, pues hace ya más de cuatro décadas que la capacidad de decisión de los gobiernos se ha venido estrechando crecientemente frente al poder decisivo de unos mercados financieros ante los que Estados, empresas y particulares están endeudados. La revolución neoliberal ha transformado a los distintos actores del drama, Estados, empresarios, trabajadores, sindicatos, partidos etc. haciéndolos irreconocibles.

En primer lugar, el neoliberalismo ha sustituido las viejas oposiciones socialdemócratas y ordoliberales entre el mundo del trabajo y los detentores del capital por una divisoria enteramente ajena a la anterior entre los «stakeholders« y los «shareholders««Stakeholders« son aquí el conjunto de agentes que tienen un interés (stake) en la vida de la empresa o de la sociedad: trabajadores, representados por los sindicatos, empresarios, técnicos y gestores de la producción, Estados y otras administraciones públicas que velan por las normas que rigen la producción, etc. «Shareholders« son, en cambio, los titulares de acciones (shares), y por extensión, de obligaciones, títulos de deuda y demás valores financieros. El neoliberalismo parte de la constatación de que los sujetos que encarnan intereses (stakeholders) ejercen un permanente chantaje sobre los detentores de títulos a través de un bloque constituido por los sindicatos, los empresarios, los técnicos y gestores de las empresas y el propio Estado, bloque cuya acción conduce al sistema capitalista hacia un rumbo «socialista» conforme a la predicción realizada por Schumpeter. Más de un eurocomunista de los años 70 creyó en este tipo de socialismo nacido del desarrollo interno del capitalismo fordista y sin ninguna perspectiva real de transición al comunismo. El neoliberalismo se afirma como baluarte frente a esta deriva. La ingeniería social neoliberal tiene por objetivo que los titulares de activos financieros obtengan el máximo posible de remuneración por sus títulos, lo cual redundaría en una mayor eficacia del sistema económico, lo cual terminaría por beneficiar al conjunto de la sociedad.

La financiarización de la economía, caracterizada por la hegemonía del capital financiero sobre cualquier otra forma de capital, afecta así a todos los actores: tanto los particulares como las empresas o los Estados se encuentran sometidos al capital financiero en cuanto endeudados y deben «hacer méritos» antes sus acreedores para poder acceder al crédito. Entre estos «méritos» está el que un Estado rebaje normas sociales o ecológicas o reduzca impuestos sobre el capital, o el que una empresa reduzca los sueldos reales, despida o externalice su producción para rebajar costes. El sistema financiero sustituye de esta manera al Estado en las tareas de planificación del capital, quedando al Estado fundamentalmente funciones ideológicas de justificación del régimen o abiertamente represivas.

3.

Todo esto significa que en una sociedad en régimen de endeudamiento estructural los elementos fundamentales de la representación democrática saltan por los aires y la oposición derecha-izquierda acaba viéndose sustituida por la oposición entre dos o varios populismos que a partir de la nostalgia de una representación política eficaz, unida a la impotencia efectiva ante los poderes económicos reales, produce una crítica vacía y moralista de la representación y un culto simplista del líder. Italia ya mostró en los años 80 cuáles eran las características fundamentales de este modelo.

La democracia como espacio de juego que negociaba intereses sociales se vio sustituida por una competición por el poder entre partidos-empresa, reduciéndose el espacio público a un nuevo mercado. En este mercado, la propaganda por la imagen junto a los eslóganes vacíos juegan un papel fundamental y el debate público sobre realidades sociales tiende a desvanecerse. Tal vez el momento culminante de este ascenso de la manipulación política a expensas del pluralismo democrático fuera la campaña de manipulación masiva destinada a imponer a las poblaciones la guerra de Iraq. Una campaña en la que a la movilización ciudadana respondió una movilización masiva de mentiras descaradas por parte del poder, sin parangón alguno fuera de los regímenes abiertamente totalitarios. Esta degradación del espacio público representa en realidad la destrucción de este.

Según Kant el espacio público se oponía a lo que él denominaba espacio «privado». Este último se caracterizaba por un uso «privado» de la razón consistente en someter a esta a los imperativos de un mando exterior sea el del Estado, de un jefe administrativo, de un mando militar o un superior religioso. En el espacio público la razón tenía por el contrario un uso «público» por el cual cada sujeto contrastaba sus puntos de vista racionales con los de los demás siguiendo un principio de estricta libertad y sin someterse a ningún mando. Puede decirse hoy que ese espacio público que heredaron de la Ilustración las democracias liberales ha dejado de existir, pues la prensa y los demás medios de comunicación están sometidos a intereses privados que dictan sus órdenes de forma directa o implícita a los periodistas y otros agentes de la opinión pública. La verdad se convierte de este modo en verdad «privada» que no es posible contrastar con otras en un debate público auténtico. Cada grupo emite sus mensajes de propaganda, pero los mensajes de propaganda no pueden debatirse desde nociones comunes o desde una confianza racional en la posibilidad de que el discurso humano tenga por correlato una realidad objetiva con estructuras de las que podamos tener una comprensión compartida. La violencia de la propaganda destruye el espacio público y desvirtúa la opinión pública, cuando no es la propaganda por la violencia (de particulares o privada-estatal) la que viene a restablecer el orden, a disciplinar a los sujetos de la deuda.

4.

Tal vez la traducción populista de la oposición derecha-izquierda en términos de lucha de diversas élites por la obediencia de las masas no sea la única posibilidad de desarrollo político de nuestras democracias. El destino de la democracia no puede reducirse a una radicalización de la competición de partidos-empresa por el voto ciudadano sobre un trasfondo de ascenso de la irracionalidad. Existe otra posibilidad más radical e interesante, apuntada tal vez de pasada en el artículo de Ignacio Sánchez-Cuenca: la oposición entre representación y democracia efectiva, en la que el segundo término, sin eliminar el primero que es un aspecto indispensable de toda política, se traduce por un despliegue multiniveles de la participación popular y el establecimiento de marcos para que esta pueda tener efectos reales. Para ello es necesario en primerísimo lugar dar una batalla cultural contra la información manipuladora y retomar frente a la manipulación generalizada la lucha ilustrada por la centralidad de la verdad en el discurso público. Esta lucha ya está dándose hoy, y de manera ejemplar, en Finlandia. Esto implica también, evidentemente, una reintroducción en la política de un auténtico espacio público, en otras palabras un regreso de la multitud al lugar que hoy ocupan el individuo aislado o su reverso tenebroso que es la masa. La multitud es el concepto básico de un sistema político libre según Spinoza: el gobierno de la multitud se opone al gobierno de uno. Todo régimen político, todo poder político está basado en la potencia de la multitud, esto es en la capacidad de acción colectiva de una multitud variopinta de sujetos. Un gobernante solo tiene poder cuando puede contar para sus fines con la potencia de los muchos y diversos. Este poder puede ser detentado por uno, por pocos o por todos, siendo respectivamente una monarquía, una aristocracia o una democracia, pero en cualquiera de los casos su capacidad de ser racional depende directamente de la posibilidad que tengan los muchos de participar en la toma de decisiones, de la posibilidad de que se dé un amplio debate público pluralista. La participación de la multitud es un elemento democratizador transversal a todas las formas políticas, incluida la democracia, un régimen de todos que no debe convertirse nunca en el de un Uno colectivo.

5.

Esta reintroducción no es una chifladura «democratista» como gustan decir los distintos populistas o los constitucionalistas acorazados, sino que puede darse en las formas más clásicas del debate parlamentario, el cual ha demostrado últimamente que puede ser mucho más pluralista y abierto a una multitud efectiva de opiniones que el «debate» en redes manipulado por bots y alimentado por nuestra propia estupidez de individuos aislados. Las reglas del debate parlamentario y el respeto a los hechos comprobados así como a las normas constitucionales permitieron echar a Salvini del gobierno en Italia y obligaron a Johnson a suspender el Parlamento en el Reino Unido para llevar adelante sus planes de toma del poder mediante la manipulación y la propaganda. El parlamento no lo es todo, aunque sea una pieza clave de la democracia cuando funciona de manera coherente con sus propios principios, esto es dentro del respeto del pluralismo efectivo y asumiendo la posibilidad de una racionalidad común dentro de su diversidad.

La multitud puede participar también efectivamente en otros muchos contextos extraparlamentarios que son decisivos para la recuperación de una democracia de abajo a arriba, en la cual los ciudadanos tengan la posibilidad de serlo efectivamente en una variedad de niveles, desde su barrio, a su municipio, su región, etc., pero también a una escala superior a la de los Estados nación en la que se plantean cuestiones tan decisivas como las relacionadas con la ecología y el cambio climático que bajo ningún concepto deben abandonarse a la ilusión de «soberanía» que encarnan, muy a pesar de la realidad material que cada día los contradice, nuestros infelices Estados.

6.

Una ampliación de la base efectiva de la democracia supondría la creación de mecanismos de participación eficaces y con capacidad de decisión efectiva, con protocolos de funcionamiento basados en hechos y respetuosos de reglas racionales. Estos protocolos deben ser al menos tan rigurosos como los parlamentarios. Esta devolución de la capacidad de decisión a la multitud es una urgencia de nuestra época, que puede y debe combinarse con el desarrollo de mecanismos eficaces de intervención social en los mercados financieros destinados a atenuar la presión de estos sobre los nuevos espacios de democracia. Creemos que sin esta intervención el desarrollo de la participación puede ser completamente vano y decorativo como las «consultas» que realiza el régimen neoliberal. Las mayorías sociales tienen que poder actuar en las instancias de planificación decisivas de la economía mundial que son hoy los mercados financieros con instrumentos propios como la propiedad de acciones y otros títulos y mediante la constitución -propuesta recientemente por Michel Feher en su excelente libro Le temps des investis: essai sur la nouvelle question sociale, Paris, La Découverte, 2017- de unas auténticas «agencias de calificación populares» capaces de intervenir e interferir de manera eficaz en el funcionamiento de los mercados financieros usando los propios mecanismos de los que esos mismos se valen contra particulares, empresas y gobiernos: la advertencia, el rumor, la amenaza…. y provocando caídas en los valores contrarios a intereses sociales y ecológicos básicos.

No está claro que una corriente política capaz de hacer revivir la democracia de esa manera pudiera llamarse «izquierda», pero sin duda su oposición al orden actual, a diferencia de las distintas izquierdas tanto radicales como posibilistas, podría tener sentido, estructuras institucionales reales e instrumentos. Armas y dinero, decía Maquiavelo y no solo profetas desarmados como ha terminado esa última esperanza de la izquierda que ha sido, con todos sus indudables méritos, Jeremy Corbyn.

*Juan Domingo Sánchez Estop, antiguo académico de Historia de la Filosofía en la Complutense; activista del área de la Autonomía, cercana a Toni Negri; traductor y estudioso de Spinoza; Althusser es otro de sus grandes temas, sobre el que versa su tesis doctoral recién terminada: «Spinoza dans Althusser». Innumerables son sus artículos sobre variados temas.

¿Y si socializamos el sector financiero?

Entrevista a Grace Blakeley

Por Daniel Koop

Su nuevo libro, Stolen [Robado], lleva el subtítulo Cómo salvar al mundo de la financiarización. Entonces, comencemos con una pregunta simple: ¿por qué la financiarización es, ante todo, un problema?

La definición más conocida de financiarización es el crecimiento de los incentivos financieros, los mercados financieros, los actores financieros y las instituciones financieras en el funcionamiento de las economías internacionales y nacionales. Y es un proceso que puede analizarse a través de diferentes perspectivas.

Yo analizo esto como una lógica que gobierna la acumulación económica: un régimen de crecimiento particular. Sostengo que haber trasladado la lógica de las finanzas –la lógica de la creación de crédito, la banca, la inversión y la administración del dinero– a otras áreas de la economía ha transformado la actividad económica, particularmente en el Reino Unido.

Usted habla del crecimiento guiado por las finanzas. ¿Lo opuesto a eso sería el crecimiento en la economía real?

Sí, también se podría considerar el crecimiento del sector financiero como opuesto al crecimiento de la economía real. Pero mi enfoque es diferente y tiene mucho más en común con el pensamiento marxista, que considera el crecimiento del capitalismo financiero como resultado del desarrollo natural del capitalismo.

En el libro examino la financiarización del hogar, las empresas y el Estado. Y cuando se mira desde esa perspectiva, los problemas estructurales se vuelven bastante claros. La financiarización de las empresas conduce al dominio de la ideología del shareholder value (valor para el accionista) y del gobierno corporativo, y esto es impuesto por quienes administran el dinero.

Estos grandes inversores institucionales tienen ahora un papel más importante que antes en la economía. E imponen esta forma muy particular de organizar las empresas: los intereses de los accionistas y los acreedores se colocan por delante de los de los trabajadores. Además, la distribución de fondos a corto plazo entre los accionistas tiene prioridad sobre la inversión a largo plazo en capital fijo.

A través de procesos como adquisiciones y fusiones, las empresas generan un poder monopólico que agrava el problema de los bajos niveles de inversión. Porque las extraordinarias ganancias generadas por los monopolios provienen del control y la reducción de la inversión. Y esto les otorga a estas empresas un enorme poder tanto en la economía internacional como en la de cada país, ya se trate de Estados, trabajadores u otras secciones del mercado.

Y a menudo, toman grandes montos de deuda, lo que las hace relativamente inestables. El gigantesco aumento de la deuda de las empresas en el Reino Unido y Estados Unidos es un resultado directo de ese modelo y de la tendencia a pedir préstamos. No invertir, sino pedir préstamos con el objetivo de impulsar los precios de las acciones.

¿Y qué pasa con los hogares?

Analizo esto mediante la noción de keynesianismo privatizado. Básicamente, se trata del reemplazo de la deuda pública por deuda privada. El problema que genera el crecimiento guiado por las finanzas es que la tendencia a la disminución del crecimiento de los salarios y a la caída de la inversión en este modelo de crecimiento guiado por las finanzas podría llevar a un déficit de la demanda agregada.

La forma en que se estabiliza el sistema es a través del keynesianismo privatizado. Entonces, en lugar de combatir ese déficit de demanda con gasto público, lo que hay es una proliferación de la deuda privada. Entonces, es la deuda privada no asegurada lo que suele reemplazar el crecimiento salarial para permitir que los consumidores compren mercancías.

Luego tenemos la financiarización del Estado. ¿A qué se refiere con eso?

Sí, ya no tenemos un Estado que esté pensando en el endeudamiento público del mismo modo en que lo hizo durante el apogeo del keynesianismo, que esté pensando en restringir los mercados financieros mediante controles de crédito y de cambio. Y ya no tenemos un Estado que esté pensando en una adecuada regulación financiera.

El creciente predominio de las finanzas lleva a la financiarización del Estado, en forma de iniciativas de financiamiento privado. Es el Estado diciéndoles a los inversores privados: gasten en mi nombre. Finalmente, lo que tenemos es que la toma de decisiones económicas se aparta cada vez más de la obligación democrática de rendir cuentas, lo que facilita su captura por parte de las elites financieras.

En todos estos niveles diferentes, se puede ver cómo el aumento de la financiarización conduce a estos grandes y significativos problemas. Ya sea que se esté hablando de la caída de los salarios o la caída de la inversión u observando la dinámica que impulsó la crisis financiera.

¿Cómo encaja la austeridad en su análisis? ¿Y diría usted, comparando el sector financiero en 2008 con la actualidad, que hay una gran diferencia?

En la forma en que entiendo este modelo de crecimiento guiado por las finanzas, no se trata simplemente de un conjunto de regulaciones. En realidad, se basa en un cambio en el equilibrio de poder entre las diferentes clases. Analizo la larga historia del capitalismo a través de la lente del equilibrio de poder entre trabajo y capital.

Desde este punto de vista, el surgimiento de la socialdemocracia está basado en el crecimiento del poder de la mano de obra organizada. La decadencia de ese modelo se basa en la erosión, provocada por el creciente poder del capital financiero, de muchas de las instituciones que dieron sustento al consenso de la posguerra.

Y el surgimiento del crecimiento guiado por las finanzas en la década de 1980 está relacionado con el desarrollo de los mercados financieros, el aumento de la movilidad del capital y las dificultades asociadas al mantenimiento de la paz entre el trabajo y el capital en el nivel del Estado. Todo esto desplazó el equilibrio de poder desde el trabajo hacia el capital. Y, en particular, hacia el capital financiero internacional.

Cuando se habla de austeridad, hay una clase particular que se vuelve dominante dentro del Estado y dentro de un grupo de otras instituciones. Estas personas reaccionan frente a la crisis financiera de 2008, causada por el modelo de crecimiento guiado por las finanzas, haciendo que la gente común cargara con los costos y rescatando a los bancos. El impacto que eso tiene en la economía es en gran medida negativo para la gran mayoría de los trabajadores. Mientras tanto, los que están en la cima quedan a salvo.

A partir de 2008, hemos visto que los bancos centrales bombean dinero mediante la expansión cuantitativa en la economía solo para mantenerla a flote, en lugar de que los gobiernos utilicen el dinero en inversión pública. ¿Cuál es su opinión al respecto?

El problema tiene que ver, en parte, con la propia expansión cuantitativa, pero más en profundidad con la falta de demanda que existe en todas estas economías diferentes. Otra resaca de la financiarización. Tiene que ver con la caída de los salarios, la caída de los niveles de inversión en capital fijo, el sobreendeudamiento masivo que implica que una gran parte de las ganancias tenga que destinarse a pagar deuda. Esto, combinado con la negativa de los gobiernos a gastar, está creando esta situación crónica de demanda escasa.

Los bancos centrales están intentando contrarrestarlo básicamente inflando los precios de los activos. Nunca dicen que es eso lo que están haciendo, pero obviamente es lo que la expansión cuantitativa ha generado. Esto está exacerbando, sobre todo, muchos de los problemas que nos han conducido a la actual situación.

Dada la postura del Banco Central Europeo, es posible que nunca veamos el final de la expansión cuantitativa. Lo cual tiene grandes implicancias distributivas de las que nadie está hablando en realidad.

Ahora supongamos que pudiéramos retroceder el tiempo y volver al consenso de la posguerra para revivir la socialdemocracia, regular nuevamente los bancos, etc. ¿No sería eso suficiente?

Creo que el consenso socialdemócrata, particularmente en el Reino Unido, fue un intento de silenciar las contradicciones y los conflictos entre esas dos clases.

Lo hizo de manera muy exitosa casi durante todo ese periodo. La razón por la que el compromiso fue estable durante tanto tiempo fueron las tasas de crecimiento relativamente altas y la elevada productividad. Seguimos teniendo imperialismo durante gran parte de esa era, que luego fue seguido por una forma de globalización que en muchos sentidos reproduce tipos de lógica similares.

Esto significa que había más para repartir. Cuando hay más para repartir, queda oculto el juego de suma cero que enfrentamos en momentos de crisis. Todavía hay un juego de suma cero en curso, y es únicamente entre el Norte y el Sur globales.

Pero dentro del Norte global, debido a la lógica del imperialismo y la extracción, es fácil crear lo suficiente para apaciguar a los trabajadores y al capital con un modelo en el que el Estado interviene y dice: ustedes se llevarán esto, ustedes se llevarán esto otro.

¿Es una ilusión de progreso nacional porque no está inserto en un contexto global?

Exactamente, sí. Con la crisis de la década de 1970 hay una competencia cada vez mayor con el resto del mundo y una erosión de las ganancias en el Norte global. El primer gran cambio ocurre con el primer pico en el precio del petróleo. Y, obviamente, una enorme inflación significa que habrá patrones diciendo que necesitan reducir costos y trabajadores diciendo que necesitan aumentos salariales debido a la inflación. Entonces se ve que el conflicto de clase, que es inherente a cualquiera de estos sistemas, emerge y sale a la luz.

El intento de silenciar eso solo funcionará en un contexto de abundancia. En muchos sentidos, el crecimiento guiado por las finanzas se basó en un intento similar; con la salvedad de que en lugar de que haya un Estado que media entre el capital y el trabajo, de lo que se trata es de convertir a más personas en capitalistas.

El conflicto inherente que existe dentro del capitalismo, entre el capital y el trabajo, hace que la democracia social sea muy difícil, particularmente en tiempos de escasez como los que estamos viviendo.

Quiero hacerle una segunda pregunta relacionada con el subtítulo de su libro. Si, como usted describe, la financiarización es un problema tan grande, ¿cómo podemos salvar al mundo de ella? ¿Cuál debería ser la agenda de los progresistas?

Creo que ese es probablemente el punto donde mi análisis diverge de algunas de las perspectivas más socialdemócratas. A menudo escucho que, como progresistas, estamos ganando la batalla de las ideas. La gente reconoce que es necesario regular adecuadamente las finanzas.

Está muy bien hablar sobre la batalla de las ideas, pero también es necesario hablar sobre la batalla de las calles. Creo que muchos en la izquierda socialdemócrata hacen lo que Marx criticaba de los otros filósofos alemanes, que priorizaban las ideas sobre la realidad material.

Eso genera un conjunto de problemas, porque terminamos enumerando problemas y luego simplemente proponemos soluciones. Por ejemplo, el problema es la ideología del valor para el accionista, que lleva al cortoplacismo, a bajos niveles de inversión y bajos salarios. Entonces ¿qué debemos hacer? Cambiar las leyes en materia de responsabilidad fiduciaria para los inversores institucionales, de modo que tengan que priorizar los objetivos ambientales y sociales, además de maximizar sus rendimientos.

Claro, es una buena idea, pero ¿quién lo va a hacer? ¿Dónde está la coalición de clase que puede lograrlo? Hay una razón por la cual el sistema financiero y la regulación en torno de él funcionan del modo que lo hacen. Porque hay una clase de personas que poseen todas las cosas y que hacen todas las reglas. Y es muy importante entender el capitalismo no solo como un sistema económico de propiedad, sino también como un sistema político.

Entonces, ¿en lugar de la socialdemocracia, usted quiere pasar al socialismo democrático? ¿Y qué ideas concretas implicaría eso?

Sí, ir hacia el socialismo democrático como alternativa ideológica al neoliberalismo requiere un cambio en el equilibrio de las fuerzas de clase. Y el surgimiento y desarrollo de un movimiento que pueda defender e imponer esas ideas.

Podríamos socializar el sector financiero teniendo un banco público nacional de inversiones, un sistema de banca pública minorista y una administración de activos de las personas, que sería una administración de activos de bajo control y propiedad democráticos, que invierta nuestros ahorros colectivos: por ejemplo, los activos de un fondo soberano o fondos de pensiones.

Y sumarle mecanismos para limitar el poder del sector financiero privado: controles de cambio, controles de crédito y otras formas de regulación macroprudencial. Junto con medidas para impulsar el poder de los trabajadores: eliminando las leyes antisindicales, desmercantilizando los medios de subsistencia. En síntesis, es necesario que creemos una sociedad en la que todo lo que necesitamos para sobrevivir sea gratis o muy barato al momento de usarlo.

Traducción: Carlos Díaz Rocca

Fuente: https://www.ips-journal.eu/regions/global/article/show/we-could-socialise-the-financial-sector-3911/

 

Venezuela: ¿Una dolarización «antiimperialista»? O cómo desapareció el dinero

Por Manuel Sutherland

El gobierno bolivariano se ha caracterizado por un verbo «antiyanqui» inusualmente encendido. En los últimos tres años, los vituperios contra todo lo que representa Estados Unidos han sido más que recurrentes, debido al franco apoyo de Donald Trump a la oposición más beligerante. Por todo ello y por las espinosas sanciones económicas impuestas desde Washington, ha sido muy fácil lanzar permanentemente acusaciones de «sabotaje» y de «guerra económica». Para los seguidores más entusiastas del gobierno, el dólar estadounidense representa así el cúmulo de todos los males económicos de una nación sacudida por el colapso macroeconómico más profundo de su historia.

Para los «guerreros económicos» de Nicolás Maduro, todos los males se achacan a la nefanda influencia del dólar en la economía venezolana, que de manera consuetudinaria ataca a la moneda nacional hasta depreciarla por completo. Esta pérdida de valor del bolívar sería la culpable de la hiperinflación, la baja de salarios y la crisis en general. Así las cosas, en 2018 aseguraban que el aumento en 42.000% de la base monetaria, exclusivamente emitida por el Banco Central de Venezuela (BCV), no tenía nada que ver con la hiperinflación; es decir, no importa cuánto dinero se lance a la calle, su influencia en los niveles de precios sería cero.

De tal forma, se vendió la tesis de que el dólar es la punta de lanza del ataque imperial contra la Patria. Que el gobierno haya aumentado la base monetaria en más de 2.400.000% en los dos últimos años sería irrelevante. Blandiendo esta tesis, parte de la izquierda se ha volcado a justificar todos los problemas de la economía local con el argumento de que el dólar ahoga y enajena a la población venezolana. Este es, precisamente, el caballito de batalla ideológico de los gobiernos cuya inestabilidad económica es objeto de estudio y chanza.

El petro y la criptomoneda estatal que derrotaría al dólar

Hasta hace poco el mismo presidente Maduro hablaba del «narcodólar», «dólar criminal» y «dólar golpista». Con ahínco firmó decretos en favor de eliminar el dólar como moneda de cambio en el país e invirtió ingentes recursos en lanzar una criptomoneda, el petro. El petro estaría atado a las cotizaciones de varios commodities de exportación y no se iba a poder «minar» como una criptomoneda normal, porque estaría respaldado en las reservas de petróleo del país. La idea es que el petro fuera un medio de pago confiable y estable, aunque estuviera atado a un bien de precio muy volátil: el petróleo, cuyo valor, dicho sea de paso, disminuyó en más de 50% en el periodo 2008-2019.

El petro es una idea llamativa pero con una pésima ejecución y diseño. Desde un principio pareció ser otro de los planes mágicos de salvación económica (como el plan de cría de «conejos urbanos») y que haría recuperar el salario mínimo en el país, que entre 2001 y 2019 pasó de 401 dólares a 7 dólares mensuales. Luego de ese inusual devenir crematístico, casi nada nuevo ha pasado en ese ámbito.

Un viraje radical: el dólar como «bendición»

A contrapelo de los sesudos análisis de economistas ortodoxos que aseguraban que Venezuela iba a terminar en una suerte de comunismo norcoreano, el gobierno ha experimentado desde agosto de 2018 un serio, aunque vergonzante, viraje «liberal». En el marco de la segunda reconversión monetaria del chavismo, cuando se le quitaron cinco ceros al bolívar (hace diez años se le habían quitado tres ceros), se lanzó el nuevo «bolívar soberano» y se prometió una ortodoxia presupuestaria severa. Déficit cero y disciplina fiscal emergieron de pronto en el discurso de Maduro, aunque poco después haría exactamente lo contrario, incrementando en 3.600% el ingreso mínimo legal, con un aumento sideral de la emisión de dinero sin respaldo. Pocos meses más tarde procedería a decretar la libre convertibilidad de la moneda, la importación sin mayores requisitos y la plena legalidad del comercio en divisas extranjeras.

Sin duda alguna, hubo tres sucesos que empujaron a Maduro a esta apertura. El primero es la radical hecatombe de la economía. En sus manos, el PIB cayó 50% entre 2013 y 2018, y más grave aún fue la caída interanual reflejada en el primer trimestre de 2019: -26 %. En segundo lugar, el apagón de marzo de 2019 dejó a millones de personas sin poder comprar, ya que el dinero en efectivo (bolívares) es extremadamente escaso, y sin electricidad era imposible comprar en comercios habilitados con puntos de venta electrónicos. Esto impulsó a los comercios a recibir casi cualquier forma de pago. En tercer lugar, el gobierno sufrió los fuertes embates de las sanciones económicas y la insurrección continua del ala más radical de la oposición. Todo ello aceleró los cambios fundamentales hacia una apertura que venía gestándose poco a poco, contradiciendo a un ala de la izquierda que esperaba (ahora sí) la «profundización de la revolución».

Lo que comenzó como una «medida de emergencia» fue mutando en una cotidianidad dolarizada, que llegó al paroxismo con las afirmaciones de Maduro en una entrevista en televisión nacional, en la que enunció sin ambages: «Yo no lo veo mal, no lo veo mal (…). Me declaro pecador (…) es autorregulación necesaria de una economía que se niega a rendirse. (…) Hay que evaluar cómo ese proceso de lo que llaman ‘dolarización’ puede servir para la recuperación y el despliegue de las fuerzas productivas del país y el funcionamiento de la economía. Es una válvula de escape».

Luego de 15 años de férreo control cambiario, de infinidad de convenios cambiarios y de múltiples organismos de gestión (CADIVI, SITME, SICAD, SIMADI I, SIMADI II, DIPRO, DICOM, etc.), ahora el gobierno bolivariano «descubría» que la creciente dolarización informal del país es una bendición. Y el «dólar criminal» pasó a ser un elemento positivo para la economía.

La tremebunda escasez que todos pensaban que aumentaría, por la crisis o por las sanciones, ha disminuido considerablemente. Poco a poco se observa un importante crecimiento en la oferta de bienes y servicios. Muchos empresarios ven en la oportunidad de emprender o rescatar viejos negocios que tenían mercados potenciales. La veloz carrera por posicionarse en ellos ha impulsado a muchos a arriesgarse con cierto éxito. El vigoroso incremento de «bodegones» repletos de mercancías importadas parece reflejar una demanda capaz de comprarlos en dólares. Ello ha llamado la atención a empresarios nacionales, que saben que producir en el país es mucho más económico que importar, debido a los bajos salarios, la energía barata, etc. Ni hablar de los bajos impuestos y la nulidad total en cuanto a tributos y normas relativas a la cuestión ecológica. Esto se articula con la paulatina apertura económica del gobierno, lo que, de conjunto, augura una leve recuperación económica o rebote luego de la histórica caída del PIB en el primer trimestre de 2019.

La dolarización esconde la destrucción del bolívar

El júbilo de Maduro y de sus más cercanos colaboradores con la dolarización informal y desreglamentada no deja de ser sorprendente. Los más connotados patriotas no se preocupan ahora por la pérdida de soberanía monetaria y de libertad económica que implica una dolarización. Parece que no se dan cuenta de que la destrucción del bolívar no es sino la forma monetaria que toma la devastación económica: la ruina del poder adquisitivo, de la precaria seguridad social, de los ahorros y de los fondos que millones guardaban para su vejez. Evidentemente, la hiperinflación como expresión de la pérdida total del valor de la moneda ha empobrecido a millones, destruido hogares y empujado a más de cuatro millones de personas a la emigración. Estamos hablando de casi un sexto de la población total.

Los números de la aniquilación dineraria son realmente impresionantes. En estos días, apenas se posee como circulante en bolívares un equivalente de 700 millones de dólares (a la cotización del dólar oficial). Hace ocho años esa misma liquidez monetaria en bolívares equivalía a 44.000 millones de dólares. Si se mide per cápita, la liquidez monetaria por habitante ronda los 22 dólares. Países como Trinidad y Tobago tienen cerca de 11.000 dólares en ese indicador. La escasez de bolívares asfixia terriblemente a la economía. Sin suficientes medios de pago, la recuperación estructural, torpedeada por las sanciones económicas de Estados Unidos, es completamente imposible.

Algunos datos del colapso 

La depreciación del bolívar con respecto al dólar compete al gobierno central, que con mano de hierro dirige el BCV. El desastroso resultado de los indicadores no puede ser achacado a las sanciones de Trump ni al «bloqueo». Países como Cuba, Corea del Norte o Irán, fuertemente sancionados, no tienen ni 1% de la inflación que tiene Venezuela. Así la responsabilidad por el caos monetario es enteramente interna.

Siendo sucintos, la inflación acumulada en los últimos 24 meses (de septiembre de 2017 a septiembre de 2019) alcanza la cifra de 17.665.911,53%. Estos números, que reflejan el incremento de los precios en más de 17.000.000%, son oficiales ya que surgen del BCV. Si observamos la inflación desde septiembre de 2013 hasta septiembre de 2019 (la última disponible el 11 de diciembre de 2019), notamos que la inflación acumulada alcanzó la cifra de 1.195.117.764,02%. Si, más de 1.100.000.000% (BCV).

Aterrizando en el tipo de cambio, no es difícil ver cómo el bolívar se ha depreciado en casi 100%, con respecto al dólar. En los dos últimos años (de diciembre de 2017 a diciembre de 2019), el tipo de cambio ha aumentado 4.140.709,75%. Si hacemos la medición desde 2013 hasta 2019 (diciembre a diciembre), el tipo de cambio ha aumentado en 7.208.437.400,34%.

Lumpencapitalismo

La voraz hiperinflación que destruyó el bolívar (que es plenamente recuperable) impuso esta dolarización anárquica. Según casi todas las estimaciones, la cantidad de dólares es quizás unas ocho veces más grande que la cantidad de bolívares. Las entradas de divisas por remesas, narcotráfico, corrupción (por las sanciones ya no se fugan tantas divisas) y contrabando de gasolina y minería ilegal han hecho que frecuentemente se pague hasta lo más mínimo en dólares. Esta nueva realidad ha horadado la autoestima de muchas personas que perciben salarios de alrededor de 15 dólares mensuales, mucho más alto que el mínimo, y que ven cómo una pequeña parte de la sociedad compra carros de 200.000 dólares, come caviar y paga oficinas de lujo.

Las clases que magistralmente bosquejó Karl Marx según sus atributos productivos parecen reducirse en el imaginario venezolano a dos: los que ganan en divisas y los que reciben bolívares (los pobres). Florece la importación de lujo y la producción nacional desfallece. Un lumpencapitalismo se erige así entre la mar de ilegalidades, evasiones y bandas armadas extractivistas que se han hecho «empresarias» a fuerza de crímenes de todo tipo. El Estado se ausenta y se retrae. Los controles absurdos se abandonan de facto, pero con ellos las regulaciones necesarias también desaparecen. Reina el descontrol y se profundiza la desigualdad del ingreso en niveles nunca antes conocidos.

Aun así, podría haber alternativas a la debacle. Urge un programa de emergencia económica alejado de los intereses inmediatos de los bandos en pugna. Sindicatos, ONG, universidades y algunos partidos podrían trabajar en un plan que ordene y coloque en el centro a los trabajadores y las trabajadoras venezolanos y sus condiciones de vida, para luego impulsar un plan alternativo de mayor envergadura que reordene la vida económica y social del país.

es economista, magister scientiarum en Ingeniería Industrial y director del Centro de Investigación y Formación Obrera (CIFO).

Fuente:

https://nuso.org

Jacques Rancière: “Deshacer las confusiones que ayudan al orden dominante”

Por Joseph Confavreux

¿Cuáles son las raíces de la actual crisis democrática? ¿Cómo comprender la simultaneidad de las revueltas contemporáneas? Quince años después de la publicación de su obra analizando los perfiles del “odio a la democracia”, el filósofo Jacques Rancière nos ofrece algunos elementos de respuesta.

Mientras las revueltas se extienden en varios países de todos los continentes, Francia se prepara para un movimiento social que cuestiona, más allá de la reforma de las pensiones, la acentuación de las reformas de inspiración neoliberal y la política tradicional sólo parece ofrecer una falsa alternativa entre progresismos y autoritarismos cuyo denominador común es su subordinación a los intereses financieros, el filósofo Jacques Rancière hace un repaso para Mediapart de estos cambios políticos e intelectuales, para intentar “deshacer las confusiones tradicionales que ayudan al orden dominante y a la pereza de sus pretendidos críticos”.

Joseph Confavreux: Quince años después de la publicación de El Odio a la democracia (editado originalmente por La Fabrique y en español por Amorrortu), ¿qué cariz ha tomado esa mutación ideológica que describías?

Jacques Rancière: Los temas del discurso intelectual republicano que analicé entonces se han difundido ampliamente, y en particular han alimentado el aggiornamento de la extrema derecha que ha visto el interés de reciclar los argumentos racistas tradicionales en defensa de los ideales republicanos y laicos. También han servido de justificación para algunas medidas de restricción de las libertades como las que proscriben tal vestimenta y nos piden que presentemos el rostro desnudo a los ojos del poder.

Se puede decir que estos temas han extendido tanto su influencia como su obediencia hacia los poderes dominantes. El odio intelectual a la democracia se muestra cada vez más como el simple acompañamiento ideológico del vertiginoso desarrollo de las desigualdades de todo tipo y del crecimiento del poder policial sobre los individuos.

J. C.: ¿Es el populismo, en el sentido peyorativo del término, el nuevo rostro de este odio a la democracia que pretende defender el gobierno democrático a condición de que dificulte la civilización democrática?

J. R.: Populismo no es el nombre de una forma política. Es el nombre de una interpretación. El uso de esta palabra sirve para hacer creer que las formas de reforzamiento y de personalización del poder estatal constatadas por todo el mundo son la expresión de un deseo que viene del pueblo, entendido como conjunto de las clases desfavorecidas. Es siempre el mismo gran truco de decir que si nuestros Estados son cada vez más autoritarios y nuestras sociedades cada vez más desiguales es debido a la presión que ejercen los más pobres que son, por supuesto, los más ignorantes y que, como buenos primitivos, quieren jefes, autoridad, exclusión, etc. Como si Trump, Salvini, Bolsonaro, Kaczyski, Orbán y otros parecidos, fueran la emanación de un pueblo llano que sufre y se revuelve contra las élites. Ahora bien, son la expresión directa de la oligarquía económica, de la clase política, de las fuerzas sociales conservadoras y de las instituciones autoritarias (ejército, policía, Iglesias).

Es cierto que esta oligarquía se apoya por lo demás en todas las formas de superioridad que nuestra sociedad permite a quienes ella misma inferioriza (trabajadores sobre desempleados, pieles blancas sobre pieles oscuras, hombres sobre mujeres, habitantes de las provincias profundas sobre las mentes ligeras de las metrópolis, gentes normales sobre no normales, etc.). Pero ésta no es una razón para poner las cosas cabeza abajo: los poderes autoritarios, corruptos y criminales que hoy dominan el mundo, lo hacen con el apoyo de los ricachones y de los notables, no con el de los desheredados.

J. C.: ¿Que te inspira la inquietud de muchos sobre la fragilidad de las instituciones democráticas existentes y las numerosas obras que anuncian el fin o la muerte de las democracias?

J. R.: No leo demasiado la literatura catastrofista y me gusta la opinión de Spinoza para quien los profetas preveían mejor las catástrofes de las que ellos mismos eran responsables. Quienes nos alertan sobre la “fragilidad de las instituciones democráticas” participan deliberadamente en la confusión que debilita la idea democrática. Nuestras instituciones no son democráticas. Son representativas, por tanto oligárquicas. La teoría política clásica era clara sobre ello, aunque nuestros gobernantes y sus ideologías se hayan dedicado a embrollarlo todo. Las instituciones representativas son por definición inestables. Pueden dejar cierto espacio a la acción de las fuerzas democráticas –como fue el caso de los regímenes parlamentarios en los tiempos del capitalismo industrial– o tender hacia un sistema monárquico. Está claro que hoy domina esta última tendencia.

Es el caso de Francia donde la V República fue concebida para poner las instituciones al servicio de un individuo y donde la vida parlamentaria está totalmente integrada en un aparato de Estado, que a su vez está totalmente sometido al poder del capitalismo nacional e internacional, aun a costa de suscitar el desarrollo de fuerzas electorales que pretenden ser los verdaderos representantes del verdadero pueblo.

Hablar de las amenazas que pesan sobre nuestras democracias tiene un sentido muy determinado: se trata de hacer llevar a la idea democrática la responsabilidad de la inestabilidad del sistema representativo, diciendo que si este sistema está amenazado es por ser demasiado democrático, demasiado sometido a los instintos incontrolados de la masa ignorante. Toda esta literatura trabaja a fin de cuentas para la comedia de las segundas vueltas presidenciales, cuando la izquierda lúcidacierra filas en torno del candidato de la oligarquía financiera, única muralla de la democracia razonable contra el candidato de la democracia iliberal.

J. C.: Se han acentuado las críticas a los deseos ilimitados de los individuos en la moderna sociedad de masas. ¿Por qué? ¿Cómo explicas que estas críticas aparezcan en todos los bandos del tablero político? ¿Es lo mismo para Marion Maréchal-Le Pen que para Jean-Claude Michéa?

J. R.: Hay un núcleo duro invariante que alimenta versiones más o menos de derecha o de izquierda. Este núcleo duro fue forjado primero por los políticos conservadores y los ideólogos reaccionarios del siglo XIX, que lanzaron la alerta contra los peligros de una sociedad en que las capacidades de consumo y los apetitos consumidores de los pobres se desarrollaban peligrosamente e iban a descargarse como un torrente devastador para el orden social. Fue la gran astucia del discurso reaccionario: alertar contra los efectos de un fenómeno, para imponer la idea de que ese fenómeno existe: que los pobres, en suma, son demasiado ricos.

Este núcleo duro ha sido reelaborado a la izquierda por la llamada ideología republicana, forjada por intelectuales rencorosos hacia esta clase obrera en la que habían puesto todas sus esperanzas y que estaba disolviéndose. La gran genialidad ha sido interpretar la destrucción de las formas colectivas de trabajo impuesta por el capital financiero como la expresión de un individualismo democrático de masas surgido del corazón mismo de nuestras sociedades y llevado a cabo por aquellos mismos cuyas formas de trabajo y de vida eran destruidas.

A partir de ahí, todas las formas de vida impuestas por la dominación capitalista eran reinterpretables como efectos de un único y mismo mal –el individualismo– al que según su humor se podía dar dos sinónimos: se le podía llamar democracia y combatir los estragos del igualitarismo; se le podía llamar liberalismo y denunciar la mano del capital. Pero también se podía equiparar ambos e identificar al capitalismo con el desencadenamiento de los apetitos consumidores de la gente humilde.

Es la ventaja de haber dado el nombre de liberalismo al capitalismo absolutizado –además de autoritario– que nos gobierna: se pueden identificar los efectos de un sistema de dominación con las formas de vida de los individuos. Así, se puede, al gusto de cada cual, aliarse con las fuerzas religiosas más reaccionarias para atribuir el estado de nuestras sociedades a la libertad de costumbres encarnada por la reproducción asistida y el matrimonio homosexual o reclamarse de un ideal revolucionario puro y duro para achacar al individualismo pequeño-burgués la responsabilidad de la destrucción de las formas de acción colectivas y de los ideales obreros.

J. C.: ¿Qué hacer en una situación en que la denuncia de una fachada democrática donde las leyes y las instituciones no son sino las apariencias bajo las que se ejerce el poder de las clases dominantes, y en que el desencanto sobre las democracias representativas que han roto con toda idea de igualdad abre espacio a personajes del tipo Bolsonaro o Trump, que agravan aún más las desigualdades, las jerarquías y los autoritarismos?

J. R.:« Lo primero es deshacer las confusiones tradicionales que ayudan al orden dominante y a la pereza de sus pretendidos críticos. En particular, hay que acabar con esa doxa heredada de Marx que, con la excusa de denunciar las apariencias de la democracia burguesa, valida de hecho la identificación de la democracia con el sistema representativo. No hay una fachada democrática tras cuya máscara se ejercería la realidad del poder de las clases dominantes. Hay instituciones representativas que son instrumentos directos de este poder.»

El caso de la Comisión de Bruselas y su lugar en la Constitución europea debería bastar para aclarar las cosas. Tenemos ahí la definición de una institución representativa supranacional donde la representación está totalmente disociada de cualquier idea de sufragio popular. El tratado ni siquiera dice que estos representantes deban ser elegidos. Se sabe, desde luego, que son los Estados quienes los designan, pero también se sabe que en su mayoría son antiguos o futuros representantes de los bancos de negocios que dominan el mundo. Y una simple ojeada sobre el perímetro de las sedes de sociedades cuyos inmuebles rodean las instituciones de Bruselas hace inútil la ciencia de quienes quieren mostrarnos la dominación económica disimulada tras las instituciones representativas.

Lo digo una vez más, difícilmente podría pasar Trump por un representante de los marginados de la América profunda y Bolsonaro ha sido inmediatamente entronizado por los representantes de los medios financieros. La primera tarea es salir de la confusión entre democracia y representación y de todas las nociones confusas que se derivan de ella –del tipo democracia representativa, populismo, democracia iliberal, etc. Las instituciones democráticas no están para preservar contra el peligro populista. Están para crearlo, o recrearlo. Y está claro que, en la situación actual, sólo pueden serlo como contrainstituciones, autónomas respecto a las instituciones gubernamentales.

J. C.: ¿Es comparable el odio a la democracia cuando toma la forma de la nostalgia dictatorial de un Bolsonaro o la apariencia bonachona de un Jean-Claude Junker explicando que no puede haber decisión democrática contra los tratados europeos?

Dicho de otra manera, ¿se debe y se puede jerarquizar y distinguir las amenazas que pesan sobre la democracia, o bien la diferencia entre las extremas derechas autoritarias y los tecnócratas capitalistas dispuestos a reprimir violentamente a sus pueblos es sólo de grado y no de naturaleza?

J. R.: Hay todos los matices que se quiera entre sus diversas formas. Puede apoyarse en las fuerzas nostálgicas de las dictaduras de ayer, de Mussolini o Franco a Pinochet o Geisel. Puede incluso, como en algunos países del Este, acumular las tradiciones de las dictaduras comunistas y de las jerarquías eclesiásticas. Puede más sencillamente identificarse con las ineludibles necesidades de rigor económico, encarnadas por los tecnócratas bruselenses. Pero hay siempre un núcleo común.

Juncker no es Pinochet. Pero como se ha recordado recientemente, los poderes neoliberales que gobiernan en Chile lo hacen en el marco de una constitución heredada de Pinochet. La presión ejercida por la Comisión europea sobre el gobierno griego no es la misma cosa que la dictadura de los coroneles. Pero se ha comprobado que el gobierno populista de izquierda, especialmente elegido en Grecia para resistir a esta presión, fue incapaz de hacerlo.

En Grecia como en Chile, como en todo el mundo, se ha comprobado que la resistencia a las oligarquías sólo viene de fuerzas autónomas respecto al sistema representativo y a los llamados partidos de izquierda integrados en él. Estos últimos razonan de hecho según la lógica del mal menor. Sufren debacle tras debacle. Estaríamos tentados de alegrarnos si esta continua debacle no tuviese el efecto de aumentar el poder de la oligarquía y dificultar aún más la acción de quienes se oponen de verdad.

J. C.: ¿Cómo ves los acontecimientos planetarios de este otoño? ¿Se pueden encontrar causas y motivos comunes en las diferentes revueltas que se producen en varios continentes? Respecto a los movimientos de las plazas, que reclamaban una democracia real, estas revueltas parten de motivaciones más socio-económicas. ¿Quiere decir esto algo nuevo sobre el estado del planeta?

J. R.: La reivindicación democrática de los manifestantes de Hong Kong desmiente dicha evolución. De todas maneras, hay que salir de la oposición tradicional entre motivaciones socio-económicas (sólidas pero mezquinas) y aspiraciones a la democracia real (más nobles pero evanescentes). Hay un solo y mismo sistema de dominación, ejercido por el poder financiero y por el poder estatal. Y los movimientos de las plazas extrajeron su poder precisamente de no distinguir entre reivindicaciones limitadas y afirmación democrática ilimitada. Es raro que un movimiento arranque por una reivindicación de democracia. Suelen empezar por una reclamación contra un aspecto o un efecto particular de un sistema global de dominación (un fraude electoral, el suicidio de una víctima de acoso policial, una ley sobre el trabajo, un aumento del precio de los transportes o de los carburantes aunque también un proyecto de supresión de un jardín público).

Cuando la protesta colectiva se desarrolla en la calle y en lugares ocupados, se convierte, no simplemente en una reivindicación de democracia dirigida al poder contestado, sino en una afirmación de democracia efectivamente puesta en práctica (democracia real ya). Esto quiere decir dos cosas: primera, la política toma cada vez más el aspecto de un conflicto de mundos –un mundo regido por la ley no igualitaria contra un mundo construido por la acción igualitaria –en que la propia distinción entre economía y política tiende a desaparecer; segunda, los partidos y organizaciones antes interesadas en la democracia y la igualdad han perdido toda iniciativa y toda capacidad de acción en este terreno que sólo es ocupado por fuerzas colectivas nacidas del propio acontecimiento. Se puede seguir repitiendo que se debe a una falta de organización. Pero ¿qué hacen las famosas organizaciones?

J. C.: ¿Una cierta forma de rutinización de la revuelta a escala mundial anuncia un gran contra-movimiento?

J. R.: No me gusta mucho la palabra rutinización. Bajar a la calle en estos tiempos en Teherán, Hong Kong o Yakarta, no tiene en realidad nada de rutinario. Sólo se puede decir que las formas de la protesta tienden a parecerse contra sistemas gubernamentales diferentes aunque convergentes en sus esfuerzos por asegurar los beneficios de los privilegiados en detrimento de sectores de la población cada vez más pauperizados, menospreciados o reprimidos. Se puede constatar así, sobre todo en Chile o en Hong Kong, que han obtenido logros, cuya continuación no se conoce, pero que muestran que es algo distinto a simples reacciones rituales de desesperación frente a un orden de cosas inamovible.

J. C.: Hace quince años, la perspectiva de la catástrofe ecológica era menos apremiante. ¿Esta nueva cuestión ecológica transforma la cuestión democrática en el sentido que algunos explican de que la salvación del planeta no podrá hacerse en un marco deliberativo?

J. R.: Hace ya tiempo que nuestros gobiernos funcionan con la coartada de la crisis inminente que impide confiar los asuntos del mundo a sus habitantes ordinarios y obliga a dejarlos al cuidado de los especialistas en gestión de crisis: en realidad, a los poderes financieros y estatales que son sus responsables o cómplices. Está claro que la perspectiva de la catástrofe ecológica va en apoyo de sus argumentos. Pero está claro también que la pretensión de nuestros Estados de ser los únicos capaces de enfrentarse a cuestiones globales está desmentida por su incapacidad, individual y colectiva para tomar decisiones a la medida de este reto. La reivindicación globalista sirve por tanto esencialmente para decirnos que es una cuestión política demasiado complicada para nosotros, o que es una cuestión que vuelve caduca la acción política tradicional. Así entendida, la cuestión climática sirve a la tendencia a absorber la política en la policía.

Enfrente, está la acción de quienes afirman que, puesto que la cuestión concierne a cada una y cada uno de nosotros, cada una y cada uno debe ocuparse de ello. Es lo que han hecho los movimientos del tipo Notre-Dame-des-Landes que se apoyan en un caso muy preciso para identificar la persecución de un objetivo concreto determinado con la afirmación del poder de cualquiera. La anulación de un proyecto de aeropuerto no resuelve evidentemente la cuestión del recalentamiento a escala planetaria. Pero muestra en todo caso la imposibilidad de separar las cuestiones ecológicas de la cuestión democrática entendida como ejercicio de un poder igualitario efectivo.

J. C.: En su último libro, Frédéric Lordon se desmarca de lo que denomina una antipolítica en la que incluye sobre todo una “política restringida a intermitencias” que sería en particular el reparto de lo sensible”. ¿Qué te sugiere esta crítica dirigida a algunas de tus maneras de definir la política?

J. R.: No me quiero implicar en polémicas personales. Me limitaré por tanto a destacar algunos puntos de lo que he escrito que tal vez no queden claros para todo el mundo. No he dicho que la política sólo exista por intermitencias. He dicho que la política no era un dato constitutivo y permanente de la vida de las sociedades, porque la política no es sólo el poder, sino la idea y la práctica del poder de cualquiera. Ese poder específico sólo existe como suplemento y en oposición a las formas normales de ejercicio del poder. Esto no quiere decir que sólo exista política en los momentos extraordinarios de fiesta colectiva, que entre tanto no haya nada que hacer y no se necesiten ni organización ni instituciones. Organizaciones e instituciones ha habido siempre y siempre las habrá.

La cuestión es saber lo que organizan y lo que instituyen, cuál es el poder que ponen en marcha, el de la igualdad o el de la desigualdad. Las organizaciones e instituciones igualitarias desarrollan este poder común a todos que, de hecho, raramente se manifiesta en estado puro. En el estado actual de nuestras sociedades, sólo pueden ser contra-instituciones y organizaciones autónomas respecto a un sistema representativo que es sólo un resorte del poder estatal. Se constata fácilmente que en las dos últimas décadas, en el mundo en general, las únicas movilizaciones contra los avances del poder financiero y del poder estatal han sido esos movimientos calificados como espontaneistas, aunque han demostrado capacidades de organización concreta muy superiores a las organizaciones de izquierda reconocidas (no olvidemos además que muchas y muchos de quienes han jugado un papel eran militantes ya formados por prácticas de lucha en la calle). Es verdad que resulta muy difícil mantener durante mucho tiempo este poder común. Esto supone crear otro tiempo, un tiempo hecho de proyectos y de acciones autónomas, que no venga marcado por el calendario de la máquina estatal. Pero sólo se puede desarrollar lo que existe. Sólo se puede construir a largo plazo a partir de las acciones que han cambiado efectivamente, por poco y breve que sea, el campo de lo posible.

3/12/2019

https://www.mediapart.fr/journal/culture-idees/031219/jacques-ranciere-defaire-les-confusions-servant-l-ordre-dominant

Traducción: Javier Garitazelaia para viento sur

(Neo)capitalismo y sufrimiento psíquico

Por Manuel Desviat    //  Publicado en vientosur.info

Confundimos libertad con “libre mercado”. Así desconocíamos nuestra implacable condena como mercancías.

Francisco Pereña (Pereña, 2014)

Como anunciaba Joaquín Estefanía en Estos años bárbaros (2015) la salida de la Gran Recesión ha convertido en estructural lo que durante la gestión de la crisis financiera se vendía como secuelas transitorias: el incremento de la desigualdad, la precariedad laboral, la desregulación de los mercados, la privatización de los bienes públicos, arrasando con los antaño derechos constitucionales en educación, sanidad, pensiones, prestaciones sociales. El neoliberalismo completa la revolución conservadora iniciada con Reagan y Thatcher en los años ochenta del pasado siglo con la conquista del Estado en beneficio de unos pocos. Para el fundamentalismo neoliberal, una vez dueños del mundo tras la caída del muro de Berlín, las leyes sociales surgidas tras la crisis de 1929 y la catástrofe de la Segunda Guerra Mundial, son un obstáculo, un residuo a suprimir, como lo son las políticas sociales de algunos Estados latinoamericanos (Brasil, Ecuador, Bolivia, Venezuela…) iniciadas a contracorriente.

Se juega con el mito de la mejor eficacia de los mercados y el necesario adelgazamiento de las cuentas públicas, cuando la toma de los gobiernos nacionales por el capital financiero, por ese 1% de la población mundial, no supone el adelgazamiento del gasto público, supone la venta de hospitales, pensiones y universidades del erario a los fondos buitres internacionales. Supone la acumulación ilimitada del capital, como previó Marx, más la también ilimitada invasión de la vida toda. La lógica del mercado configura subjetividades, cosifica las relaciones humanas, convirtiendo todo en consumo, competencia y, en definitiva, mercancía. Estrategia totalizadora, que pretende ir más allá del control de la economía, buscando imponer una cultura y un pensamiento único a nivel mundial. Un pensamiento que borre en el imaginario colectivo los grandes relatos que configuraron el sujeto de ayer, la ilustración, el freudismo, el marxismo. Se trata de forjar un sujeto neoliberal cuya ideología esté procurada por la publicidad y su el deseo copado por el consumo.

Los dueños de los medios seducen a la población con el ideal privatizador, convirtiendo la precarización del trabajo en un aliciente emprendedor, individualismo competitivo del que depende la persona y la sitúa siempre en continuo riesgo. Empresario de uno mismo, se pierde el vínculo social. El nosotros se convierte en un pronombre peligroso, cuando no se reduce a unas pocas personas o a la comunión de los estadios de fútbol. La vida se vuelve una competición en la que ya están definidos los ganadores, los detentadores del poder patrimonial y meritocrático y también los perdedores, los nadie, los desechos poco meritorios, los excluidos, el sobrante social del sistema productivo. Los determinantes sociales lo atestiguan. Por poner unos ejemplos: la renta media de los estudiantes de la Universidad de Harvard corresponde a la renta media del 2% de los estadounidenses más ricos. En Francia las instituciones educativas más elitistas reclutan a sus miembros en grupos sociales apenas más amplios (Piketty, 2015). O las desigualdades en la esperanza de vida, entre una clase social y otra; en un barrio u otro de la misma ciudad en cualquier parte del mundo. En Barcelona, la esperanza de vida en barrios como Torre Baró, en NouBarris, es 11 años menor que en Pedralbes. En el barrio de Calton, un barrio pobre de la ciudad de Glasgow, la población tiene una esperanza de vida de 54 años, una de las más bajas del mundo; a pocos kilómetros, en la rica zona de Lenzie, la esperanza de vida es de 82 años, una de las más altas de Europa (Maestro, 2017). Según un estudio reciente (The Lancet Planetary Health, Usama Bilal y Ana Diez Roux), dependiendo de la zona de Santiago de Chile la diferencia de esperanza de vida es de 18 años. El Chile que ahora explota en las calles y que ha sido vendido como modelo de desarrollo por el neocapitalismo durante las últimas décadas.

Las consecuencias en el sufrimiento psíquico son el incremento de los problemas mentales y sobre todo un estrés generalizado que se traduce en malestar, en infantil desesperanza, frustrado un deseo que nunca fue construido, que nunca tuvo el forjado necesario para perdurar. Enfermedades del vacío o quiebra de la identidad en la ausencia de un útero social.

En este presente, ante estas circunstancias, los interrogantes se vuelven hacia la asistencia social y el sistema sanitario, recolectores de la miseria social, donde la pregunta de entrada, parafraseando al sociólogo Jesús Ibáñez, estaría en si es posible en un sistema capitalista hacer una política de gobierno no capitalista (Ibáñez, 199, p. 223). Llevada a la asistencia sanitaria y social, la pregunta es ¿si es posible una sanidad universal y equitativa, una salud colectiva en el contexto neoliberal? Su viabilidades la apuesta (retórica) de la socialdemocracia una vez que aceptó como el menos malo de los sistemas el capitalista. En su discurso: la vuelta a un Estado de Bienestar actualizado por la gestión privada. Pero la cuestión es ¿cuál es el precio de esta actualización, que por lo que sabemos hoy desvirtúa completamente los principios comunitarios y salubristas en los procesos llevados a cabo en Europa? (Desviat, 2016).

En cualquier caso, en esta contradicción se encuentra la ambigüedad y la insuficiencia de los Servicios Nacionales de Salud, de las propias leyes que los crearon en tiempos del Estado del Bienestar, dejando siempre la puerta abierta a la privatización de los servicios. En realidad, aún en los años de mayor protección social, la sanidad pública estuvo siempre condicionada a una financiación que privilegiaba a las grandes empresas farmacéuticas, tecnológicas y constructoras. Los gobiernos conservadores, pero también los socialdemócratas, mantuvieron la sanidad pública en sus programas, lo que además les permitía disminuir costes y acercar los recursos a la población atendida con un claro beneficio político electoral, mas al tiempo protegieron las infraestructuras de poder de la medicina conservadora y empresarial. La reforma sanitaria, y de la salud mental comunitaria, en sus logros de mayor cobertura y universalidad, se desarrolló siempre a contracorriente del poder económico, fueran ministros conservadores o socialistas.

De hecho, las ayudas económicas del Banco Mundial se acompañaron de la exigencia a los países de la reducción de la participación del sector público en la gestión de actividades comerciales y la disminución de los servicios sociales, convirtiendo en objetivo prioritario la privatización de la sanidad y las pensiones, al estilo de EEUU. Algo que queda claro en el informe de 1989 del Banco Mundial sobre financiación de los servicios sanitarios, donde se plantea introducir las fuerzas del mercado y trasladar a los usuarios los gastos en el uso de las prestaciones (Akin, 1987). Y en la pronta asunción de esta política por los Estados, empezando por el Reino Unido, que fue durante tiempo referencia por su aseguramiento público universal, como puede verse en documentos recientemente desclasificados del Gabinete de Margaret Thatcher, donde en un informe del Banco Mundial se dice textualmente que se deberá poner fin a la provisión de atención sanitaria por el Estado para la mayoría de la población, haciendo que los servicios sanitarios sean de titularidad y gestión privada, y que las personas que necesiten atención sanitaria deberán pagar por ello. Aquellos que no tengan medios para pagar podrán recibir una ayuda del Estado a través de algún sistema de reembolso (Lamata, Oñorbe, 2014).

La filosofía es trasparente: la salud es responsabilidad de la persona, del cuidado o no cuidado que haga con su vida, por tanto deben pagar por los servicios que consume. La sanidad deja de ser un bien público al que todas las personas tienen, por tanto, derecho. La ideología salubrista basada en el estilo de vida –cuide su comida, su hábitat, haga ejercicio, no corra riesgos—ignora los determinantes sociales, las condiciones de vida y de trabajo, que la salubridad que propone exige un cierto estatus social al que buena parte de la población no tiene acceso.

El hecho es que la quiebra de la universalidad deja fuera del sistema sanitario a colectivos vulnerables (desempleados de larga duración, inmigrantes sin papeles, discapacitados, ancianos…), al tiempo que los recortes presupuestarios deterioran los servicios asistenciales públicos, reducen la cesta básica, introducen el copago en medicamentos y suprimen prestaciones de apoyo (transporte, aparatos ortopédicos…). El Estado desplaza a los mercados la decisión de quien tendrá acceso a vivir y a cómo malvivir o morir. El paciente pasa a ser un cliente que puede ser rentable o no.

Pero hay otro fenómeno que hay que considerar al referirnos al sufrimiento singular y colectivo. Otro fenómeno al que enfrentar aparte de la falta de soporte social de los Estados y de la hegemonía del discurso conservador, la sustancial medicalización de la sociedad. La existencia de un Estado privatizador, la ausencia de una doctrina de salud y servicios sociales orientada al bien común, va a posibilitar el proceso de la mercantilización de la medicina, convertida en una importante fuente de riqueza, y consecuente medicalización y psiquiatrización de la población. Un proceso que tiene tres aspectos básicos, tal como enuncian Isabel del Cura y López García: uno, referir como enfermedad cualquier situación de la vida que comporte limitación, dolor, pena, insatisfacción o frustración (lo que podríamos definir como enfermedades inventadas); otra, la equiparación de factor de riesgo con enfermedad; y, por último, la ampliación de los márgenes de enfermedades (que sí lo son) aumentando así su prevalencia. Todo ello origina intervenciones diagnósticas y/o terapéuticas de dudosa eficacia y eficiencia(del Cura, Isabel; López García Franco, 2008). Hacer medicamentos para personas sanas era un viejo deseo de los laboratorios farmacéuticos, ahora el complejo médico-técnico-farmacéutico, aliado con los medios y con el poder político va más allá, con la fabricación de enfermedades. Ahora la estrategia funciona vendiendo no sólo las excelencias del fármaco sino, sobre todo, vendiendo la enfermedad. La depresión es un buen ejemplo, convertida en una pandemia mundial gracias a los antidepresivos. La cosa es simple, buscamos o creamos un malestar (el síntoma), le otorgamos un diagnóstico (precoz) y comercializamos un medicamento o una nueva indicación para un medicamento ya en uso (un antidepresivo para la timidez o un ansiolítico para circunstancias adversas) o costosas pruebas de alta tecnología completamente innecesarias. Robert Whitaker, un estudioso del fenómeno del aumento de consumo delos de los psicofármacos en EE UU, describe rigurosamente en su libro Anatomía de una epidemia la implicación de las instituciones sanitarias, profesionales y de usuarios en la elaboración del relato que les ha convertido en el tratamiento psiquiátrico dominante tanto de trastornos mentales graves como de síntomas comunes de malestar psíquico, cuando no han servido para la creación de falsas enfermedades. Preguntándose, y ese es el origen de la investigación que da lugar al libro, ¿cómo es posible que los problemas mentales se hayan incrementado desde los años 90 del pasado siglo, cuando precisamente por esas fechas aparecen lo que se propaga por asociaciones científicas y autoridades sanitarias como el mejor, sino único, remedio para atenderlos: los nuevos, supuestamente más eficientes y mucho más caros, antidepresivos, antipsicóticos, estabilizadores del ánimo, estimulantes y ansiolíticos? (Whitaker, 2015)(Desviat, 2017).

La introducción de nuevos medicamentos, no necesariamente mejores, pero si mucho más caros en los años ochenta del pasado siglo, colonizan el discurso psiquiátrico. El fármaco, respaldado por las Clasificaciones y Protocolos Internacionales de las Asociaciones científicas (infectadas por la financiación de las empresas farmacéuticas), se convierte en la bala de plata, en la panacea de los tratamientos del malestar, un atajo acorde con la cultura de la época, pragmática, intrascendente y apresurada. La psiquiatría se introduce en la gestión biopolítica de la vida por el resquicio de la insatisfacción, del vacío, la vida liquida que describe Bauman, ofertando soluciones a los problemas de la existencia: del amor, el odio, el miedo, la tristeza, la timidez, la culpa.

Se medicaliza el sufrimiento social —desahucios, desempleo, pobreza— y se psiquiatriza el mal; así cuando leemos en la prensa un caso criminal, vandálico, y se atribuyen sus actos a un trastorno mental, experimentamos cierta tranquilidad al imputar como una cuestión médica lo que es un mal social. Convertido en una cuestión genética o de anómala personalidad, no existe la responsabilidad de la sociedad en la que convivimos de una manera u otra, sostenemos. Al fin al cabo, no hace tanto que se vinculaba científicamente la criminalidad a la degeneración orgánica, hereditaria e inscrita en el cuerpo y en la mente.

El escándalo del trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) es ilustrativo de la fabricación de una enfermedad que ha multiplicado por cientos de miles la venta de estimulantes en pocos años para tratar, en la inmensa mayoría de lo casos, comportamientos habituales en la infancia y adolescencia: distraerse fácilmente y olvidarse cosas con frecuencia; cambiar frecuentemente de actividad; soñar despiertos/fantasear demasiado, corretear mucho; tocar y jugar con todo lo que ven; decir co­mentarios inadecuados, pueden ser diagnosticados de TDH con el aval técnico Instituto Nacional de Salud de los Estados Unidos (NIMH). Estimaciones recogi­das por Sami Timimi (Timimi, 2015)sugieren que a aproximadamente el 10 % de los niños en las escuelas de Estados Unidos se les ha pautado o tienen pautado un estimulante. En el Reino Unido la prescripción ha aumentado de 6000 recetas al año en 1994 hasta más de 450.000 en 2004; un asombroso aumento del 7000 % en solo una década (Department of Health, 2005).

La medicina se ha convertido en una gran generadora de riqueza, en cuanto la salud y el cuerpo se convierten en un objeto de consumo. En manos de la publicidad, es decir de los mercados, la medicina es una herramienta de normalización. Entendiendo por normal aquello que dictan los intereses del capital. Qué comer, qué vestir, qué tomar, como o con quien juntarnos. Las normas estandarizadas se multiplican al tiempo que avanza el proceso que Foucault denominó de “medicalización indefinida”. La medicina se impone al individuo, enfermo o no, como acto de autoridad, y ya no hay aspecto de la vida que quede fuera de su campo de actuación. El cuerpo se convierte en un espacio de intervención política. Este tiempo donde los poderes económico-políticos se inmiscuyen y regulan cada ámbito de nuestra vida, donde la vida es cualquier cosa menos algo espontáneo.

La atención de la Salud Mental al sufrimiento psíquico

Los cambios las formas de gestión y en el pensar de la época van a repercutir en las respuestas técnicas de la comunidad psi profesional. Hay una vuelta a la enfermedad como contingencia, que reduce a lo biológico el malestar. El sujeto, su biografía, queda fuera. Protocolos y vademécums sustituyen a una clínica de la escucha, qué se pregunte por el por qué subjetivo, afectivo, social del sufrimiento psíquico; una clínica que busque en las propias defensas de la persona formas de superar el padecer. Al tiempo, la medicalización produce cambios profundos en la demanda de prestaciones, que no tienen porque corresponder con las necesidades de la población, sino a los intereses de la clase hegemónica.

En el esfuerzo por reducir la psiquiatría al hecho físico, a la medicina del signo, se establecen criterios diagnósticos con unos signos-hechos-datos escogidos por consenso o por votación de un pocos que reducen la complejidad de la persona. Uno ya no delira con lo relacionado con su propia biografía. El contenido del delirio es ruido producido por la falla neuronal. No hay lenguaje, sujeto ni deseo. Solo cuerpo, enjambre químico neuronal. Mas, y he aquí la insustancialidad de la propuesta, es que los datos por si solos, como bien saben los propios publicistas de los mercados, poco valen, hay que interpretarlos.

La estrategia es obvia, se trata de homogeneizar, en torno a unos cuantos criterios, una propedéutica y un vademécum común para diagnosticar y tratar a las personas aquejadas de problemas de salud mental, en beneficio de las empresas farmacológicas y tecnológicas. Un único sentido para el mundo. El trastorno mental sería el mismo en China que en Costa Rica, en Noruega que en Mali, lo que facilitaría el mismo tratamiento. Algo tan disparatado, premeditadamente ignorante de la antropología, de la idiosincrasia de los pueblos, que seria irrelevante sino fuera porque la credibilidad de un hecho o de una visión determinada de los hechos está condicionada al aval de universidades, centros de investigación y a publicaciones de gran impacto que suelen depender directa o indirectamente de la financiación de los mercados.

Muy alejadas, por otra parte, de la realidad de la práctica asistencial. Lo que hace decir a autores como Richard Smith y Ian Roberts: que “la forma en que las revistas médicas publican los ensayos clínicos se ha convertido en una seria amenaza para la salud pública (Smith and Roberts, 2006).

Entre la aceptación y la resistencia

La acumulación irrefrenable descrita por Marx se aceleró con el fin del capitalismo industrial y no se sabe cual va a ser el acontecimiento que precipitará el choque final pronosticado por el autor de El capital, el momento en el que las fuerzas productivas entrarían en contradicción con las relaciones de producción, ni si ese acontecimiento tendrá lugar. El derrumbe disruptivo del fracasado socialismo de Estado en 1989 parecería haber agotado, como dice Enzo Traverso(2019), la trayectoria histórica del propio socialismo, de los movimientos que lucharon por cambiar el mundo con el principio de la igualdad como programa al reducir la historia toda del comunismo al hundimiento del totalitario régimen soviético. Una caída a la que se unía además los cambios profundos en las formas de producción que estaban acabando con el capitalismo industrial, en el que la izquierda forjo su identidad. Las grandes fábricas que concentraban a la clase obrera donde surgieron los sindicatos y los partidos políticos de izquierdas estaban siendo sustituidas por los nuevos modos de producción del neoliberalismo, la deslocalización, la precarización, la fragmentación y robotización de la producción. El sistema de partidos políticos surgidos con la industrialización en la confrontación obreros empresarios perdió su esencia política, convirtiéndose en aparatos electorales. En el caso de la derecha, los empresarios, sobre todo la empresa familiar y localizada territorialmente, fueron sustituidos por los lobbies financieros, sin perder la esencia de su identidad: la defensa de sus intereses de clase. En el caso de la izquierda revolucionaria, el resultado fue la perdida de un escenario que constituía su campo de batalla y su conexión con la izquierda civil. Por otra parte, el fracaso del socialismo autoritario no supuso la construcción de un socialismo democrático, como en un principio algunos imaginaron, sino que la caída de la URSS supuso la rápida transición a regímenes de un capitalismo salvaje, con el nacionalismo como identidad y en muchas ocasiones, infiltrado por criminales mafias. Algunos de los logros sociales del socialismo de Estado, como la sanidad universal y el pleno empleo, se derrumbaron, lo que llevó en pocos años a la reducción de la esperanza de vida y la precariedad o la indigencia para buena parte de la población. En la otra orilla, un capitalismo sin trabas, desalojadas las narraciones y utopías del siglo que acababa, afianzaba un presente que se quería sin pasado y sin futuro. No es el fin de la historia como preconizaba Fukuyama, sino el fin de la política. El mercado va a sustituirla, en un presentismo, donde no cabe la utopía, y por tanto, el futuro; ni cabe el pasado, perdida la memoria, en una historia huera, vacía de sentido.

Planteaba en Cohabitar la diferencia (Desviat, 2016) que la Reforma Psiquiátrica, cuyo primer objetivo fue sacar a los pacientes mentales de los hospitales psiquiátricos, de los manicomios, y situar servicios de atención en la comunidad, creó en su devenir nuevas situaciones, nuevos sujetos, nuevos sujetos de derechos. La locura se hizo visible y con ella la intolerancia, el estigma, la exclusión de la diferencia. Hizo ver que el proceso desinstitucionalizador atravesaba toda la formación social, desvelando prejuicios y representaciones sociales que iban mucho más allá del trastorno psíquico, una reordenación asistencial, y que situaban a los alienados juntos con otros de la exclusión social. Destapó la parte oculta en nuestra sociedad por la dictadura de la Razón, de la podredumbre de la razón en palabras de Antonin Artaud, en la que los locos son las víctimas por excelencia (Artaud, 1959), un imaginario colectivo poblado de los mitos, las leyendas y los sueños que nos constituyen. Nos acerca a lo que en verdad teje el síntoma singular y social, pues el síntoma se forja en la historia colectiva, en los deseos y miedos ubicados en la trastienda de nuestra cultura. Un proceso desinstitucionalizador que enfrenta a la Reforma de la Salud Mental con la miseria social y subjetiva, en un escenario en el que no se puede ser un simple observador, un impotente teórico de la marginación, la alienación y el sufrimiento. Donde el hacer comunitario hace del profesional un militante de la resistencia al orden social que instituye la enajenación en la miseria, donde la acción terapéutica, necesariamente experta en los entresijos técnicos de la terapia y el cuidado, se colorea políticamente.

Este estar en lo común por el que se define la salud mental comunitaria supone considerar a la población no solo como potenciales usuarias de los servicios, implica adentrarse en los deseos y frustraciones de sus barrios, hacerles cómplices de la gestión de su malestar. El fracaso de la medicina social es semejante al de la política gobernante que padecemos, y la razón de este fracaso está en la ausencia de comunidad, de los intereses, anhelos, frustraciones y ensueños, de las poblaciones que se atiende o se representa. Es frecuente la existencia de políticos que no han estado nunca en las circunscripciones que representan más allá de los días de la campaña electoral y es igualmente frecuente planificaciones, programas y actividad profesional de salud mental hechos sin haber pisado el barro o las aceras de los barrios que comunitariamente se atiende.

En salud y más concretamente en salud mental hablamos de participación, de la necesidad de contar con los ciudadanos, con las comunidades y los propios usuarios a la hora de la planificación y programación, mas, sin embargo, la participación se reduce, si existe, a encuentro a nivel directivo con sindicatos para temas laborales y el trabajo comunitario a situar centros de consulta fuera de los hospitales. Luego puede extrañarnos que la población no defienda los modelos que más podrían beneficiarles, de confundir las necesidades reales en sus demandas, de dejarse llevar por engañifas electorales que propician la privatización como modelo sanitario, en contra de una salud colectiva que puedan hacer suya.

Concluyendo. El hecho es que hoy, como nunca hasta ahora en la historia parece que no hay un afuera del sistema neoliberal, donde el fascismo hace presente el planteamiento de George Kennan, en un informe secreto, hoy accesible, cuando aconsejaba que había “que dejar de hablar de objetivos vagos e irreales, como los derechos humanos, el aumento de los niveles de vida y la democratización, y operar con genuinos conceptos fuerza que no estuviesen entorpecidos por eslóganes idealistas sobre altruismo y beneficencia universal, aunque estos eslóganes queden bien, y de hecho sean obligatorios, en el discurso político” (Chomsky, 2000). Una situación que puede conducirnos al “esto es lo que hay” y al “todo vale”. Un esto es lo que hay y en esta situación todo vale al que se suma la desgana por falta de perspectivas profesionales y ciudadanos, el queme o la renuncia o la aceptación de la derrota. Un es lo que hay y todo vale que nos lleva a una permanente insensibilidad, nos lleva a eludir nuestra parte de responsabilidad, nuestra ciega complicidad en el trascurrir de los hechos, nuestra parte de culpa. Algo que según Cornelius Castoriadis, nos ha convertido en cínicos profesional, social y políticamente, pues encerrados en un nosotros, en un mundo personal privatizado, hemos perdido la capacidad de actuar críticamente (Castoriadis C, 2011). Quizás lo más frecuente, como escribía en el libro antes citado (Desviat: p. 17) es el considerar que lo que sucede es lo natural de la sociedad humana, que ha sido siempre, la iniquidad, la desigualdad, la competitividad canalla y la desatención de los más frágiles, asumiendo las funciones cosméticas y de control social que impone el orden social; en el mejor de los casos cobijando la conciencia profesional y cívica en preservar ciertas cotas de dignidad, calidad y eficacia. Pero queda otra postura, una opción partisana, militante que trata de mantener una “clínica” de la resistencia, buscando aliados en los usuarios, familiares y ciudadanos para conseguir cambios en la asistencia a contracorriente y profundizar las grietas del sistema, en pos de un horizonte donde sea posible el cuidado de la salud mental, una sociedad de bienestar.

El peso de la alienación cambia cuando se es consciente de ella. En ese descubrimiento, cuando la mirada del amo ya no fulmina al colonizado, se introduce una sacudida esencial en el mundo, toda la nueva y revolucionaria seguridad del colonizado se desprende de esto, escribe Fanon en Los condenados de la Tierra (p40).

Una sanidad diferente, una atención a la salud mental que se entienda desde lo singular a lo colectivo, no será plenamente posible sino en una sociedad diferente. No podemos saber qué nos deparará el futuro. El socialismo es tan posible como la caída en la barbarie. Pero sí estamos obligados, si queremos una salud pública universal y equitativa, a desear y trajinar por una sociedad que parta de la igualdad como eje central de su discurso y tarea; una igualdad que trascienda la explotación, sin jerarquías de clase ni de género, y donde se reconozcan y convivan todas las diferencias; donde todas las fronteras sean reconocidas, respetadas y franqueables. Sin falsas identidades societarias.

Inmersos en la distopía del neocapitalismo y el auge en su seno de un nuevo capitalfascismo, puede parecer una descomunal utopía, pero podemos consolarnos con el hecho de que las revoluciones llegan cuando nadie las espera.

13/12/2019

Referencias

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Traverso, E. (2019). Melancolía de izquierda. Barcelona: Galaxia Gutenberg.

Whitaker, R. (2015). Anatomia de una epidemia. MadridCapitan Swing.

La izquierda colonial

por Raúl Prada Alcoreza

 

La intelectualidad de “izquierda” servil a gobiernos impostores, expresiones mayúsculas de la decadencia política, del derrumbe moral y ético, además de la depravación práctica del ejercicio del poder, aplauden y hacen apología de las formas de gubernamentalidad clientelar y del desborde de la demagogia del populismo del siglo XXI. Para esta intelectualidad, que ha perdido no solo la capacidad crítica, que es como el atributo del marxismo inicial, sino también la facultad del raciocinio, pues se niega a hacer un mínimo análisis de lo ocurrido en la historia reciente de los llamados “gobiernos progresistas”, incuestionablemente ha habido un “golpe de Estado en Bolivia”. No constatan lo que dicen con los hechos, no acuden a fuentes, no se toman el trabajo de averiguar lo que pasó, mucho menos atender al debate y a la discusión generada en los lapsos políticos del “progresismo”; solo atinan a repetir como voceros ensimismados lo que la propaganda política y la publicidad compulsiva gubernamental han difundido a través de los medios de comunicación. Se parecen a militantes enceguecidos y fanáticos, en realidad burócratas, de la aciaga época estalinista, que convirtió a la revolución socialista en la institucionalización de una monarquía “socialista”; un barroco histórico-político-jurídico tenebroso.

Contra viento y marea, contra la abrumadora evidencia y contrastación de la secuencia de hechos políticos, que muestran, mas bien, un levantamiento social contra la impostura, contra el desmantelamiento de la Constitución, contra la implementación de un modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente, contra un gobierno anti-indígena, que ocupa sus territorios y los entrega a la vorágine de la explotación extractivista de los recursos naturales. Por último, recientemente, en Bolivia, las movilizaciones sociales se desenvuelven contra el propio golpe jurídico-político anticonstitucional, perpetrado por el gobierno de Evo Morales Ayma, al desconocer el referéndum del 21 de febrero de 2016, donde el pueblo votó contra la reforma constitucional que pretendía habilitar a Evo Morales a la reelección indefinida.  La resistencia democrática contra el golpe jurídico-político del gobierno clientelar y corrupto tuvo su expansión intensa en la movilización social contra el fraude electoral, perpetrado por el gobierno neopopulista y el apócrifo Tribunal Electora, impuesto contra la Constitución, norma, ley y reglamentos institucionales. Es esta movilización nacional, que comprometió a todas las ciudades capitales del país, excepto Cobija, la que empujó al gobierno fraudulento a la renuncia, por lo tanto, lo derrocó por medio de la movilización popular.

Empero, la intelectualidad de la “izquierda” colonial, para la que el rostro indígena de un presidente que pretende serlo basta para afirmar que se trata de un “gobierno indígena”. Esta intelectualidad apoltronada en sus laureles, cómoda en sus púlpitos, investida del prestigio de revoluciones pasadas, peor aún, del simbolismo vacío de los “gobiernos progresistas”, avala, efectivamente, las políticas de la colonialidad, continuada por los gobiernos neopopulistas, para los que es imprescindible el “desarrollo”, por cierto, capitalista, incluso sobre los derechos de las naciones y pueblos indígenas, destruyendo sus territorios y los ecosistemas. En realidad, los gobiernos neopopulistas y neoliberales son complementarios del mismo modelo extractivista, definido por la geopolítica del sistema-mundo capitalista. Lo que pasa es que los “gobiernos progresistas” evocan la expresión demagógica y clientelar del mismo modelo económico financiero, especulativo, extractivista y traficante, que perpetra la dependencia en las periferias del sistema-mundo moderno.

¿Qué clase de intelectuales son éstos de la “izquierda” colonial? Se puede decir, en primer lugar, que son intelectuales orgánicos de las formas de la colonialidad persistentes, renovadas y disfrazadas con discursos del “socialismo del siglo XXI” o, como en Bolivia, por el discurso enrevesado y extravagante de un pretendido “socialismo comunitario”, que de “socialismo” solo tiene la imagen desabrida de los bonos neoliberales, investidos de reformas políticas, que de “comunitarismo” solo tiene la confusión entre sindicalismo prebendal y corporativismo cooptado por el Estado rentista. En segundo lugar, se trata de intelectuales orgánicos de la dependencia; hacen apología, sin pasarse el trabajo de analizar, de políticas económicas entreguistas y de saqueo de los recursos naturales. En Bolivia, se han desnacionalizado los hidrocarburos a través de los Contratos de Operaciones, avalados por el Congreso de mayoría masista – de representantes del partido del MAS -, entregando el control técnico de la explotación de los hidrocarburos al monopolio de las trasnacionales extractivistas.  Evo Morales ha aprobado una Ley Minera más entreguista y destructiva que la propia Ley Minera neoliberal. El gobierno “progresista” ha entregado onerosamente las reservas del litio del Salar de Uyuni a una trasnacional alemana, para su explotación durante setenta años, dejando pírricas regalías al Estado y a la región saqueada.  Sin embargo, la intelectualidad de la “izquierda” colonial hace gala de políticas “antiimperialistas”, que solo existen en el imaginario atribulado y delirante de esta intelectualidad.

Esta intelectualidad de la “izquierda colonial” está más perdida, en la contemporaneidad del capitalismo tardío y de la modernidad crepuscular, que la intelectualidad socialista que se calló ante las atrocidades del régimen estalinista, que aplastó sistemáticamente la potencia social de la primera revolución proletaria y derivó en el aplastamiento sistemático de las revoluciones proletarias en otros países, sobre todo en Europa. Es una intelectualidad nihilista, cuya voluntad de nada despliega conductas de consciencias desdichadas, impregnadas del espíritu de venganza, de la inclinación subjetiva del resentimiento. Esta intelectualidad, desgarrada en sus contradicciones inherentes, profundas e incorregibles, no produce saber, sino repetición proliferante de lo mismo, de lo ya dicho, citando hasta el cansancio recortes enunciativos de los “maestros”, los fundadores. En algunos casos, pretendiendo aportar en la ciencia política con obras taxonómicas, de clasificaciones fijadas como en glosarios; lo que hacen es mostrar sobresalientemente su ego incorregible que descuella por la elocuencia de interpretaciones esquemáticas, vacías conceptualmente, pues no crean conceptos sino usan desgastantemente los aprendidos en las academias.

En tercer lugar, se trata de una intelectualidad que perpetúa la dominación de los “intelectuales” sobre la plebe, la que está en la oscuridad del público, obligada a escucharlos y supuestamente admirarlos. Dominación de los que “saben” sobre los que “no saben”, otra de las economías políticas de la economía política generalizada de la civilización moderna. Esta es la intelectualidad que se inviste de “revolucionaria”, cuando el mismo concepto de revolución se ha, por lo menos, transformado, desplazado epistemológicamente, dadas las metamorfosis del sistema-mundo moderno, de sus estructuras y diagramas de poder. Lo peor es cuando tiene como referente de la “revolución” contemporánea a la decadencia política desplegada desbordantemente por los “gobiernos progresistas”, que de progresistas solo tienen el nombre, pues hacen patentes sus ateridos conservadurismos recalcitrantes, sus herencias atosigadas patriarcales, sus fraternidades de machos, que hacen de coaliciones inquisidoras contra las alteridades femeninas, heterogéneas, del proliferante devenir humano.

En resumidas cuentas, la intelectualidad de la “izquierda” colonial hace patente su desubicación histórica y política, en plena crisis del sistema-mundo capitalista y de la civilización moderna, en plena crisis ecológica, que amenaza a las sociedades humanas y a las formas de vida en el planeta. Se trata de un estrato social que hace gala de sus privilegios académicos, usándolos como garantes de lo que dicen, de lo que hacen, de lo que publican, cuando todo esto no es más que la muestra grandilocuente de la banalidad de una intelectualidad que no produce conocimiento, al no comprender la emergencia de la crisis civilizatoria y del sistema-mundo moderno, de la economía-mundo y del sistema-mundo político.

Respecto al su hipótesis endémica e insostenible de “golpe de Estado”, se han aplazado en el manejo conceptual del golpe de Estado, en la arqueología del saber de este concepto, en sus denotaciones y connotaciones, dependiendo del contexto y de la perspectiva teórica, además del momento político. Este aplazamiento llama la atención, pues tampoco son cuidadosos con el uso y la argumentación; se explica esta reprobación por su apresuramiento desesperado en querer defender como sea la decadencia insoslayable del gobierno clientelar y corrupto de Evo Morales Ayma, agente encubierto de las trasnacionales extractivistas, aliado de la burguesía agroindustrial y depredadora, dispositivo operativo de la economía política de la cocaína.

 

Raúl Prada Alcoreza es filósofo y sociólogo boliviano, escritor, docente-investigador de la Universidad Mayor de San Andrés. Demógrafo. Miembro de Comuna, colectivo vinculado a los movimientos sociales antisistémicos y a los movimientos descolonizadores de las naciones y pueblos indígenas. Ex-constituyente y ex-viceministro de planificación estratégica. Asesor de las organizaciones indígenas del CONAMAQ y del CIDOB.