Heli Morales, la apuesta por un nuevo tiempo del psicoanálisis

En tiempos de crisis diversos abordajes teóricos dan cuenta de lo que sucede en esa circunstancia. ¿Tiene algo qué decir el psicoanálisis al respecto? Heli Morales, psicoanalista mexicano ganador del premio internacional Mary Sigourney 2020, estímulo para incentivar las innovaciones y difusión de este saber a escala mundial, asegura que sí.

Desde el pensamiento de Freud sobre la dimensión de destrucción del sujeto contra sí mismo y contra el otro, en 1920, hasta las teorías del discurso de Jacques Lacan, a finales de los años 60, hay toda una explicación sobre la violencia entre los seres humanos, explica. “Freud, por ejemplo, escribió un texto que hoy es un clásico, El malestar en la cultura, en el que plantea por qué nunca ha dejado de haber guerras, siempre ha habido violencia y la destrucción del otro ha atravesado toda historia. En tanto, en el análisis que Lacan hace sobre el discurso del amo propone que, aunque éste aparece en distintas épocas de la historia, tiene una singularidad en el capitalismo porque niega la importancia del amor.

“Después, con la aparición de las sociedades neoliberales, hay distintas apuestas de autores influidos por el psicoanálisis que abordan la pulsión de muerte en ese contexto, como Alain Badiou o Slavoj Zizek. Antes, Herbert Marcuse, con su famoso libro sobre Eros y civilización, aparecido en 1955, dice que el capitalismo hace más fuerte la dimensión de la pulsión de muerte”.

El premio Sigourney, instituido en 1988 por la filántropa, terapeuta, editora y activista estadunidense Mary Sigourney, tiene el objetivo de recompensar los esfuerzos clínicos o académicos del psicoanálisis, comprender los temas humanos y fomentar nuevas contribuciones al pensamiento psicoanalítico, describe el sitio web de este reconocimiento y agrega que en la reciente edición recibió un número sin precedente de postulaciones de todo el mundo.

El doctor Heli Morales, autor de varios libros, “fue distinguido por abordar la falta de trabajo psicoanalítico institucional dirigido a personas de bajos ingresos en México e ilustra cómo la intersección de la psicoterapia y el activismo puede ayudar a los sobrevivientes de la violencia y sus familias. Fundador de la Fundación Social del Psicoanálisis en la Ciudad de México, México, el doctor Morales es también iniciador de otros dos movimientos de psicoanálisis que incluyen La Red Analítica Lacaniana y la Escuela de la Letra Psicoanalítica”.

–¿Cómo nació la Fundación Social del Psicoanálisis y cómo trabaja?

–Nació hace cinco años, pero por una serie de cambios jurídicos se tuvo que volver a establecer. La constituimos un grupo de colegas psicoanalistas: Marcela Martinelli y yo en la Ciudad de México; Antonio Bello en Puebla; una colega en Morelia; tres en Oaxaca, y yo, que también estoy en Cuernavaca. Pero no sólo hay psicoanalistas, también hay un abogado y contamos con un colega psiquiatra. Nos reunimos para proponer que el sicoanálisis no se vinculara nada más con el campo, digamos, de una cierta clase social que pudiera acceder a esta práctica, sino que hubiera otros espacios donde incidiera. En un contexto en el que el estudio de las teorías y las clínicas psicoanalíticas encuentran cada vez más lugar entre sectores sociales medios y altos, la apuesta de Fundación Social del Psicoanálisis en la Ciudad de México es llegar a los sectores excluidos. Se trata de abrir un nuevo tiempo del psicoanálisis.

Aunque estamos constituidos como fundación en la Ciudad de México, dentro de nuestros estatutos tenemos varias posibilidades: generar seminarios, publicaciones y tener incidencia en otras ciudades de la República.

Nuestra gran propuesta es hacer clínicas de escucha psicoanalítica. Por ahora tenemos dos, una en Oaxaca y otra en Cuernavaca. Y estamos vinculados directamente con la escuela psicoanalítica, es decir, contar con la Fundación Social de Psicoanálisis permite jurídicamente a los estudiantes de los programas para devenir psicoanalistas con una figura jurídica de posibilidad de intervención clínica.

La importancia del premio

–¿Cómo ha sido hasta ahora el trabajo de la fundación?

–No es fácil que la gente acuda a la fundación. Hemos hecho varios intentos con organizaciones, grupos, ONG, sobre todo en Morelos y de Oaxaca, pero hay mucha desconfianza, y se entiende, para que la gente acuda a las clínicas de escucha; sin embargo, hasta antes de la pandemia hubo padres que llevaron a sus niños a las clínicas. Con la pandemia se frenó todo, pero por eso este premio es importante para nosotros, porque nos visibiliza.

–¿Cómo trabajan las clínicas de escucha?

–Hemos hecho convenios con algunas instancias gubernamentales, aunque no siempre han fructificado. Las clínicas se abren a la comunidad, por ejemplo, en la ciudad de Oaxaca se hizo una presentación. Se habló con los medios y los colegas, se hizo una presentación en el barrio donde se ubica la clínica, que es un barrio pobre.

Se repartieron algunos folletos para que la gente la conociera. Ahí algunos psicoanalistas trabajan en escuelas, donde también se hizo difusión, y así se recibía a las personas. No se hacen entrevistas preliminares, sino que un psicoanalista recibía la demanda de escucha. Ese mismo psicoanalista llevaba a cabo el tratamiento. Después nos reuníamos una vez al mes -ahora todo se detuvo por la pandemia- y hacíamos una presentación de caso sobre cada historia y un ateneo con todos los colegas de la fundación.

Sobre la cuestión económica, a la persona se le piden de cero a 50 pesos y la fundación se encarga de que lo que recibe el psicoanalista sea mucho más que eso; sin embargo, es importante que la persona no deje de tener un tratamiento analítico. Con la cantidad que puede pagar se hace un pequeño fondo para asuntos de la clínica. Es importante decir que todos los psicoanalistas tienen asignado un supervisor personal, aparte del ateneo que se hace con cada historia.

–¿Cómo ha sido la respuesta de la población?

–Lamentablemente, no hemos tenido mucha aún; sin embargo, estamos muy contentos de que los efectos del tratamiento han sido importantes. Por ejemplo, en Oaxaca había un niño que iba a la escuela y no hablaba, sólo hacía ruidos. En su comunidad lo llamaban “el loco” en zapoteco. Una de las psicoanalistas es maestra de esa escuela y fue con la madre del niño para decirle que había un espacio donde se podía atender a su hijo, y eso se hizo; creo que pagaba 20 pesos por sesión. Ya lo habían sacado de la escuela, pero ya habla mucho más y el mote de “niño loco” desapareció de su comunidad. Eso nos permitió ser conocidos ahí, y esto nos interesa muchísimo.

–¿Qué planes tienen a futuro con el premio?

–La Fundación cuenta también con la Escuela de la Letra Psicoanalítica. En esta, aparte de muchas actividades de difusión del psicoanálisis, publicaciones, congresos o revistas electrónicas, hemos constituido un programa para devenir psicoanalista, es decir, un plan de estudios con una formación muy seria, muy rigurosa, donde la base está pensada en la dimensión del estudio, de la supervisión y del análisis personal, trabajando ejes como Lacan, Freud, estructuras clínicas, ateneo, en fin, todo lo que implica la formación.

La propuesta es que tal vez podamos pensar un poco ambiciosamente en una nueva modalidad de que los psicoanalistas que se vinculen también con la ciudad, con el mundo, con el campo de lo social, pues, con mucho respeto para mis colegas que tienen prácticas privadas -yo también tengo una- la idea es que, sin negarla, tengan también una incidencia en el campo de lo social, que haya jóvenes estudiantes que piensen que el sicoanálisis puede tener una nueva era si nos planteamos de manera diferente la incidencia del sufrimiento humano.

El premio nos permite que se nos visibilice a nivel de proyecto social clínico para poder apoyar a las clínicas, pero más allá de la cuestión económica, nos interesa mucho poder abrir un nuevo tiempo, tal vez un nuevo tiempo del psicoanálisis. Da la impresión de que los tiempos heroicos del sicoanálisis, cuando los inventó Freud, tomaron otros caminos y yo creo que muchos sicoanalistas han estado vinculados a lo social, al campo de la incidencia en las ciudades. Esto no es nuevo, la historia de los posfreudianos, como Abraham, Klein o en Francia… pero en México no había esta apuesta.

También implica la posibilidad de publicar, abrir revistas, otras clínicas porque no sólo trabajamos con mujeres violentadas, familiares de desaparecidos y con personas que no tengan recursos; tenemos otros campos de investigación, como intervención con personas que tienen VIH y personas trans.

La página de la Fundación Social del Psicoanálisis en la Ciudad de México, en construcción, es http://fundacionsocialpsicoanalisis.com/

“La acumulación del capital” de R. Luxemburgo. Análisis crítico

Por Rolando Astarita 

En La acumulación del capital, Rosa Luxemburgo (en adelante, RL) sostuvo que dentro del sistema capitalista no se puede realizar la plusvalía destinada a la acumulación. Fundamentó su afirmación en una crítica a los esquemas de reproducción, elaborados por Marx. Como trataré de demostrar más abajo, esa crítica, lejos de reducirse a un problema técnico, cuestiona la teoría marxiana de la acumulación.

Una conclusión de la imposibilidad de realizar la plusvalía fue que el capitalismo no podía reproducirse en forma ampliada sin sectores no capitalistas a los que vendiera parte de su producción. En palabras de RL: “El capitalismo necesita, para su existencia y desarrollo, estar rodeado de formas de producción no capitalistas. (…) Necesita como mercados capas sociales no capitalistas para colocar su plusvalía” (p. 383). Lo cual explicaba la necesidad del imperialismo para el funcionamiento del modo de producción capitalista. Además, en la medida en que el sistema capitalista se expandiera, se estrecharían los mercados no capitalistas a los que vender su producto excedente. De ahí la tendencia al colapso del sistema.

Empiezo repasando los esquemas de reproducción de Marx, publicados por Engels como segundo tomo de El Capital.

Los esquemas de reproducción de Marx

En una primera instancia Marx analiza una economía en que los capitalistas consumen toda la plusvalía; o sea, no hay acumulación de capital. Es la reproducción simple. Es un caso teórico –en condiciones normales hay acumulación de capital –que permite entender las relaciones básicas.

Marx divide la economía en dos sectores, que se corresponden con la división del capital en constante y variable. El sector I es productor de medios de producción; y el II es productor de medios de consumo, que adquieren los obreros (por un valor igual al capital variable) y los capitalistas. Marx supone el siguiente ejemplo numérico:

  1. 4000c + 1000v +1000s = 6000
  2. 2000c + 500v + 500s = 3000

Los flujos de compra-venta son como siguen: los capitalistas del sector I renuevan sus medios de producción adquiriéndolos al propio sector I. Los obreros y capitalistas del sector II adquieren los medios de consumo en el mismo sector II. A su vez, los obreros y capitalistas del sector I adquieren los medios de consumo en II; y los capitalistas del sector II renuevan los medios de producción consumidos adquiriéndolos a los capitalistas del sector I. De manera que la condición de equilibrio es Iv + Is = IIc.

Anotamos que RL no ve en este esquema dificultad alguna de realización. “Una parte de la plusvalía la consume la clase capitalista misma en forma de medios de subsistencia y se guarda en el bolsillo el dinero mutuamente cambiado” (p. 95). Los capitalistas se adelantan mutuamente el dinero para realizar la plusvalía y adquirir los medios de consumo; que es la explicación de Marx.

Veamos, pues, la acumulación ampliada. Ahora los capitalistas consumen una parte de la plusvalía, y otra parte la acumulan adquiriendo más medios de producción y fuerza de trabajo. En el tiempo 1 tenemos:

  1. 4000c + 1000v + 1000s = 6000
  2. 1500c + 750v + 750s = 3000

Aquí hay un cambio importante con relación a la reproducción simple: los medios de producción producidos (6000) superan los medios de producción a renovar (5500). Esta diferencia entre medios de producción producidos y medio de producción consumidos en necesaria para que pueda haber acumulación.  En este ejemplo, hay 500 en medios de producción a acumular.

Señalamos también los supuestos del esquema. En primer lugar, la composición del capital es distinta entre los dos sectores. 4:1 en el sector I y 2:1 en II. Más importante, la acumulación del capital mantendrá invariable la composición del capital, o sea, la relación entre capital constante y capital variable. Sin embargo, Marx pensaba que, a medida que progresa la acumulación, la composición orgánica del capital tiende a aumentar; esta circunstancia no es incorporada al esquema.

En segundo lugar, Marx supone que los capitalistas de cada sector invierten solo en su sector. Un supuesto que complica los cálculos, y que luego Bauer levantará.

Veamos cómo procede Marx. Supone que los capitalistas del sector I deciden acumular 500 en el tiempo 2. Dado que la composición del capital se mantiene 4:1, adquieren 400 en medios de producción y 100 en fuerza de trabajo. Así, el capital constante del sector I en el tiempo 2 será 4400; y el capital variable 1100.

Dada entonces esta acumulación en I, a los capitalistas de II solo les quedan 100 de medios de producción para acumular. De manera que adquieren medios de producción en I por 1600 (1500 es renovación del capital constante consumido, 100 es para ampliar el capital constante). Y como se mantiene la composición de capital (2:1), amplían el capital variable en 50. Por lo tanto:

Tiempo 2:

  1. 4400c + 1100v + 1100s = 6600
  2. 1600c + 800v + 800s = 3200

Los obreros de ambos sectores adquieren sus medios de consumo (1900) de la producción del período anterior (3000). A lo que se suma el consumo de los capitalistas (500 del sector I y 600 del sector II), realizando entonces la producción de medios de consumo. A su vez, los capitalistas del sector II reciben 1100 + 500 del sector I, con lo que adquieren medios de producción por 1600 a I.

En el tercer período Marx hace acumular de nuevo a los capitalistas de I el 50% de la plusvalía; y los capitalistas del sector II de nuevo acumulan “por default”.

La corrección de RL y desproporción

El ejemplo numérico de Marx, de la reproducción ampliada, tiene problemas. Por un lado, y como ya señalamos, supone que la composición orgánica se mantiene constante, a medida que avanza la acumulación de capital. Por otra parte, no hay motivo para suponer, como hace Marx, que la composición orgánica del capital deba ser mayor en el sector I que en el II. Y lo que parece todavía más arbitrario es que los capitalistas de I acumulan el 50% de la plusvalía, pero los capitalistas del sector II solo pueden acumular el 20% de la plusvalía (150 de 750). Esto se debe a que la tasa de acumulación en el sector II está determinada por la decisión de acumular de los capitalistas de I.

Por lo tanto, RL corrige el esquema y supone que aumenta la relación c/v; pero no modifica el supuesto de que los capitalistas de cada sector solo invierten en su sector. Con estas condiciones encuentra que rápidamente faltan medios de producción y sobran medios de consumo. Escribe: “Si se completa así el esquema, resultará que… habrá de surgir, cada año, un déficit creciente de medios de producción y un sobrante creciente de medios de consumo” (p. 257). El esquema de Marx, concluye RL, es insostenible. El capitalismo necesita un sector no capitalista, que provea los medios de producción faltantes; y absorba los medios de consumo que no se pueden realizar al interior del capitalismo.

Los ciclos económicos y el largo plazo

Precisemos que la dificultad planteada por RL no tiene que ver con las crisis, o con el ciclo capitalista. En este respecto, RL explica que, a fin de analizar en su pureza las dificultades de realización, es necesario hacer abstracción del movimiento cíclico. Escribe: “Es, sin embargo, muy importante determinar de antemano que si bien la periodicidad de coyunturas de prosperidad y de crisis representa un elemento importante de la reproducción, no constituye el problema de la reproducción capitalista en su esencia. Las alternativas periódicas de coyuntura o de prosperidad, y de crisis, son las formas específicas que adopta el movimiento en el sistema económico capitalista, pero no el movimiento mismo. Para exponer en su verdadero aspecto el problema de la reproducción capitalista tenemos que prescindir, por el contrario, de las alternativas periódicas de prosperidad y crisis” (p. 17).

En el largo plazo, plantea, las coyunturas de prosperidad y crisis se equilibran; y cuando esto ocurre, quedan al descubierto las dificultades, insuperables, de la acumulación capitalista. Es un error pretender que RL presentó en La acumulación del capital una teoría del ciclo.

La recepción de La acumulación del capital, la solución de Bauer y la respuesta de RL

El libro no fue bien recibido por la mayoría de los socialdemócratas. “… las reseñas de La acumulación del capital fueron casi universalmente negativas, con excepción de aquellas escritas por Franz Mehring y Julian Marchwlewski (Karski), dos miembros de la pequeña fracción de la izquierda del SDP agrupados alrededor del periódico Die Internationale…” (p. 281 Quiroga y Gaido, 2020). Sweezy (2002) también dice que no tuvo buena recepción en la socialdemocracia.

Entre las respuestas más extensas y elaboradas figura la del socialdemócrata austriaco Otto Bauer. En su aspecto más general, su tesis es que la acumulación capitalista tiende a ajustarse al crecimiento de la población. Una idea que, como señalan Quiroga y Gaido, se apartaba considerablemente de la tesis de Marx. En Marx, las variaciones del ejército industrial de reserva son gobernadas por el ciclo económico (en oposición a Ricardo, quien pensaba que los aumentos o disminuciones de la población regían el ciclo).

Sin embargo, lo que nos interesa destacar es que Bauer retomó una idea que ya había adelantado Tugán-Baranowski para elaborar un esquema de reproducción que incorporara el aumento de la composición orgánica del capital, además del crecimiento de la población trabajadora. La solución fue sencilla: introdujo el supuesto de que los capitalistas del sector II pueden invertir en I. De esta manera, el crecimiento relativo del capital constante sobre el variable no lleva a escasez de producción en I ni a sobreproducción en II. Hemos presentado el esquema de Bauer en la nota sobre la teoría de la crisis de Grossman, aquí. Recordemos que Grossman, aplicando el esquema de Bauer (y Tugán-Baranowski), y suponiendo un aumento anual del capital constante del 10% y del capital variable del 5%, demostraba que no existía problema de realización para que proceda la acumulación. En su enfoque, el colapso del sistema debía producirse por escasez de plusvalía. De manera que el colapso ocurriría sin necesidad de suponer desajustes entre la oferta y la demanda. En cuanto a Bauer y Tugán-Baranowski, el esquema de reproducción de Marx (corregido en lo que hace a las inversiones inter-sectores) demostraba que, salvo por desproporciones momentáneas entre ramas, no había razón para las crisis.

En lo que atañe a RL, la solución de Bauer y Tugán-Baranowski desbarataba su afirmación de que el aumento de la composición orgánica del capital lleva a la escasez de medios de producción y a la sobreoferta de medios de consumo. Pero RL hizo caso omiso del argumento. En la “Anticrítica” (que apareció como apéndice a la nueva edición de La acumulación del capital) escribió que “… no entraré en los cálculos de Bauer” (p. 404). Una afirmación extraña, ya que había basado su tesis en la crítica al esquema de reproducción de Marx.

Por otra parte, critica la teoría de Bauer de la acumulación. Según Bauer, en la producción capitalista existe la tendencia a acomodar la acumulación al crecimiento de la población. Por ejemplo, si el capital constante crece con doble rapidez que el variable, y si la población crece un 5% anual, el capital variable debe crecer el 5%, y el constante el 10% (véase RL, p. 418). Sin embargo, en el capitalismo, es la acumulación capitalista la que gobierna el aumento o disminución de la población obrera empleada, y no al revés. Es la tesis de Marx, a la que RL adhiere: “es la acumulación del capital la que influye sobre el crecimiento de la población y lo determina, y no a la inversa” (p. 423). Con el agregado de que las variaciones de la población empleada dependen de toda otra serie de factores, como la creación de plusvalía relativa, o las variaciones en la cuota de plusvalía, y no de la variación de la población, como pensaba Bauer (véase 420, ibid.).

Esta crítica de RL a Bauer entonces parece bien fundada. Sin embargo, no queda claro por qué rechazó la solución de permitir que los capitalistas de un sector inviertan en otro sector. RL acusa a Bauer de “manipular” los datos, y de borrar la diferencia, establecida por Marx, entre el sector I y II. No se comprende por qué esto debiera ser así. El hecho de que capitalistas de un sector inviertan en el otro, no borra las diferencias entre sectores. Significativamente, por otra parte, en la “Anticrítica” desaparece el problema de la desproporción entre los sectores, y el peso del argumento de RL está puesto en la imposibilidad de realización de la plusvalía. Este parece ser entonces el centro de su crítica a la teoría de la acumulación de Marx.

La crítica más fundamental de RL

Llegamos así al segundo nivel de la crítica de RL al esquema de reproducción ampliada: sostiene que es imposible realizar, dentro del capitalismo, la plusvalía destinada a la acumulación. No hay manera, sostiene, de explicar de dónde sale la demanda para realizar la plusvalía destinada a la acumulación (o sea, a ampliar el capital constante y variable). RL lo plantea a partir de la respuesta que dio Marx a la pregunta de dónde sale el dinero para realizar la plusvalía. RL sostiene que, en esencia, la pregunta es por el origen de esa demanda. Escribe: “No tiene finalidad alguna preguntar (como hace Marx): ¿de dónde viene el dinero para realizar la plusvalía?, siendo la pregunta que debe formularse: ¿de dónde viene la demanda, dónde está la necesidad con capacidad de pago para la plusvalía?” (p. 120; se refiere a la plusvalía que se acumula).

A fin de comprender esta crítica de RL, es necesario presentar con alguna extensión el planteo de Marx.

Marx, ¿de dónde sale el dinero para realizar la plusvalía?

Marx trata esta cuestión en el capítulo 21 del tomo 2 de El Capital, dedicado a la acumulación y la reproducción ampliada. Empieza con el caso de un capital individual compuesto de 400c + 100v, con un plusvalor anual de 100. El producto mercancía (M’) es 600, que se transforman en dinero mediante la venta. Suponemos entonces que en el siguiente circuito toda la acumulación ocurre en capital constante. De manera que 400 se reconvierten en capital constante (medios de producción); 100 en fuerza de trabajo; y 100 se acumulan en nuevo capital constante. Para que esto último ocurra, debe haberse producido un plus de capital constante por encima del necesario para reponer el consumido en la producción.

Veamos ahora qué ocurre cuando  pasamos a la reproducción global anual. Examinamos cómo ocurre la acumulación al interior del sector I (la acumulación de capital variable seguiría la misma lógica). Supongamos que el capitalista A vende las mercancías producidas y acumula la plusvalía en su forma dineraria, esto es, en forma de capital dinerario en potencia. Este dinero se retira de la circulación; no es un elemento de la reproducción real. Y aquí viene una cuestión clave: dado que este capitalista A vende y no compra, si esta operación se efectuara de manera general se plantearía un problema de realización. Tendríamos una situación en la cual “”cada uno quiere vender para atesorar y ninguno comprar” (Marx, 1999, p. 600, t. 2). Estaríamos ante un problema permanente (ni siquiera cíclico, sino permanente) de falta de demanda.

Sin embargo, el proceso de circulación entre las diversas partes “se compone en conjunto de movimientos recíprocamente refluentes” (ibid.). Esto es, las inversiones de capital siempre se encuentran en diversas fases: una parte de los capitalistas transforma su capital dinerario potencial acrecentado en capital productivo, gracias al dinero que ha atesorado en etapas previas. Mientras que otros capitalistas todavía están dedicados a atesorar su capital dinerario en potencia, hasta que llegue a la cuantía suficiente para transformarse en capital productivo. “Los capitalistas pertenecientes a una y otra de estas dos categorías, pues, se enfrentan unos como compradores, los otros como vendedores, y cada uno representa exclusivamente un papel o el otro” (p. 601). Así, por ejemplo, los capitalistas A, A’, A’’ retiran de circulación dinero para atesorarlo, vendiendo medios de producción (que contienen plusproducto en su forma natural) a los capitalistas B, B’, B’’. De manera que los A vuelcan mercancías a la circulación, en tanto los B vuelcan dinero en ella, a la par que ingresan capital constante. Pero luego los compradores se presentan como vendedores, y viceversa. Y en la medida en que los capitalistas B incorporaron plus capital constante, acumularon. De la misma manera que lo hacen los capitalistas A cuando, luego de cierto lapso, transforman su capital dinero en medios de producción acrecentados. Si se trata de aumentar la compra de fuerza de trabajo, el proceso es similar.

De manera que  “Los A y los B (del sector I) se proporcionan alternativamente el dinero para la transformación de plusproducto en capital dinerario virtual adicional, y alternativamente vuelcan en la circulación, como medio de compra, el capital dinerario recién formado” (p. 610). Lo único que se presupone es que hay una masa de dinero existente que alcanza para la circulación y para la formación de los atesoramientos temporales. A esto se suma el sistema crediticio, que ahorra efectivo necesario para la circulación, y además pone a disposición de los capitalistas los fondos que se atesoran a la espera de poder volcarlos a la acumulación productiva (esto es, a la generación de más plusvalor). Agreguemos que en el sistema moderno esta capacidad del sistema crediticio se ha multiplicado (como lo demuestra la generación de dinero endógeno por parte de los bancos que responden a los pedidos de préstamos, realizados por los capitalistas productivos).

Circulación de plusvalía y capital

Un punto que destacamos de lo explicado en el apartado anterior es que Marx pone el acento en el mecanismo que permite la circulación de la plusvalía; no su acumulación bajo la forma dineraria. Por eso, el atesoramiento es solo temporario. De ahí que el mecanismo a explicar es cómo surge el dinero que permite la circulación de la plusvalía: el dinero incrementado (d = D’ – D), que se obtiene de la venta de la mercancía valorizada (M’ – D’) es parte del dinero que se adelanta (en la medida en que se amplía la acumulación) para reiniciar el circuito de valorización.

Este énfasis en la circulación de la plusvalía (no en el atesoramiento) se deriva del concepto de capital. Recordemos que Marx define el capital a partir de la fórmula D – M – D’, esto es, valor que se valoriza por medio de la incesante rotación. En su forma completa, el dinero se adelanta para la compra de medios de producción y fuerza de trabajo; a partir de lo cual se genera el proceso laboral; que da como resultado una mercancía que contiene plustrabajo; mercancía que se realiza como valor al cambiarse por dinero en el mercado. El peso de la explicación está puesto en esta circulación. Escribe Marx:

“El valor adelantado originariamente no solo, pues, se conserva en la circulación, sino que en ella modifica su magnitud de valor, adiciona un plusvalor o se valoriza. Y este movimiento lo transforma en capital” (p. 184, t. énfasis agregado). Las sumas de dinero adelantadas por el capitalista son capital en la medida en que se arrojan nuevamente a la circulación, para generar más capital. “Sustraídas a la circulación, se petrificarían como tesoro y no rendirían ni un solo centavo…” (p. 185, t. 1). También: “Al finalizar el movimiento, el dinero surge como su propio comienzo” (ibid.). Poco después: “La circulación del dinero como capital es… un fin en sí, pues la valorización del valor existe únicamente en el marco de este movimiento renovado sin cesar. El movimiento del capital, por ende, es carente de medida” (p. 186, t. 1; énfasis agregado).

Acumular capital es, por lo tanto, comprar más medios de producción y fuerza de trabajo, con el objetivo de generar más plusvalor, para aumentar el capital. Por eso Marx establece la similitud, y diferencia, con el atesoramiento: “Este afán absoluto de enriquecimiento, esta apasionada cacería en pos del valor de cambio, es común al capitalista y al atesorador, pero mientras el atesorador no es más que el capitalista insensato, el capitalista es el atesorador racional. La incesante ampliación del valor, a la que el atesorador persigue cuando procura salvar de la circulación al dinero, la alcanza al capitalista, más sagaz, lanzándolo a la circulación una y otra vez” (p. 187). La acumulación de riqueza por parte de los capitalistas ocurre bajo la forma de acumulación de capital. La acumulación de dinero está subordinada a este movimiento. En el capítulo 22 del t. 1 de El Capital Marx vuelve sobre el tema:

“Como fanático de la valorización del valor, el capitalista constriñe implacablemente a la humanidad a producir por producir, y por consiguiente a desarrollar las fuerzas productivas sociales… El capitalista solo es respetable en cuanto personificación del capital. En cuanto tal, comparte con el atesorador el afán absoluto de enriquecerse. Pero además, las leyes inmanentes del modo capitalista de producción, que imponen a todo capitalista individual la competencia como ley coercitiva externa, lo obligan a expandir continuamente su capital para conservarlo” (p. 731). Más abajo: “Al expandir la masa de material humano explotado, dilata el dominio directo e indirecto ejercido por el capitalista” (p. 732).También: “Acumulación por la acumulación, producción por la producción misma; la economía clásica expresa bajo esta fórmula la misión histórica del período burgués” (p. 735).

RL sobre la ley de la acumulación

La objeción de RL a la teoría de la acumulación de Marx es que no tiene sentido la “acumulación por la acumulación,  la producción por la producción”. Lo explica en el capítulo 7 de La acumulación… Plantea, en primer lugar, que para que haya acumulación es necesario que se amplíe la demanda con capacidad de pago de mercancías (p. 94). Sostiene entonces que esa demanda no puede provenir del consumo de los capitalistas. “El fundamento de la acumulación es justamente que los capitalistas no consuman la plusvalía” (p. 95).

Pregunta entonces RL: “¿Para quién produce esta otra parte acumulada de la plusvalía?” “¿Quién necesita esos medios de producción aumentados?” (ibid.). Luego: “El esquema (de Marx) responde: los necesita la sección II para poder elaborar más medios de subsistencia. ¿Pero quién necesita los medios de subsistencia aumentados? El esquema responde: justamente la sección I, porque ahora ocupa más obreros. Nos movemos indudablemente en un círculo vicioso. Elaborar más medios de consumo simplemente para dar ocupación a aquel aumento de obreros, es un absurdo desde el punto de vista capitalista” (ibid.). RL  pasa por alto que el objetivo de los capitalistas no es alimentar más obreros, sino contratar más obreros para generar más plusvalía. O sea, según Marx, esos medios de producción aumentados los necesitan los capitalistas, pertenecientes a ambos sectores, que desean ampliar su capital productivo. Pero esto a RL le resulta inadmisible. Por eso también rechaza la explicación de Marx sobre que los capitalistas se adelantan el dinero para realizar la plusvalía que se acumula (además de la que se consume). Escribe: “¿Pero quién le toma (a la clase capitalista) los productos en que está incorporada la otra parte capitalista de la plusvalía? El esquema responde: en parte los capitalistas mismos en cuanto elaboran nuevos medios de producción para ampliar estos; en parte, nuevos obreros que son necesarios para el empleo de aquellos nuevos medios de producción” (ibid.).

Subrayamos: si esto es así – es la idea de Marx – no habría problemas “estructurales” o “permanentes” de demanda en el modo de producción capitalista. RL debe entonces rechazar este argumento: “Pero en el sistema capitalista, para hacer que trabajen nuevos obreros con nuevos medios de producción, hay que tener un fin para la ampliación de la producción, una nueva demanda de los productos que se quiere elaborar” (ibid.). Por lo cual nos deslizamos a una problemática keynesiana: no hay inversión porque no se prevé demanda. Sin embargo, en el modo de producción capitalista, la nueva demanda está proporcionada por los capitalistas que acumulan. Y los capitalistas acumulan para aumentar la producción de plusvalía. De ahí el impulso a la sobreproducción, a la sobreacumulación. Pero RL no examina este argumento de Marx.

En el capítulo 25 RL vuelve al problema. Respondiendo a quienes le señalaban que, en la medida en que se amplían el capital constante y el capital variable no existen problemas de demanda, dice que los obreros no pueden realizar la plusvalía destinada a la acumulación y agrega: “¿Quién realiza, pues, la plusvalía que crece constantemente? El esquema responde: los capitalistas mismos y solo ellos. ¿Y qué hacen con su  plusvalía creciente? El esquema responde: la utilizan para ampliar más y más la producción. Hacen construir constantemente nuevas máquinas para construir con ellas, a su vez, nuevas máquinas. Pero lo que de este modo resultará no es una acumulación de capital, sino una producción creciente de medios de producción sin fin alguno…” (p. 255, énfasis nuestro). Equivaldría a suponer “que este carrusel incesante, en el espacio vacío, puede ser un fiel reflejo teórico de la realidad capitalista y una verdadera consecuencia de la doctrina marxista” (p. 256).

Según RL, la acumulación de máquinas y fuerza de trabajo en manos del capital no puede ser acumulación del capital. Con lo que cabe preguntarse qué es acumulación de capital para RL. Su respuesta: es acumulación de capital dinero. Por eso, en p. 121, se pregunta: “¿cómo va a acumular dinero la clase capitalista total?”. Como hemos visto, si el objetivo del capital fuera atesorar dinero – vender y no comprar – existiría, efectivamente, un problema permanente de carencia de demanda. Pero la acumulación capitalista no es sinónimo de acumulación de dinero, sino de capital en proceso, esto es, capital que genera plusvalía. La diferencia de fondo entre el planteo de Marx y el de RL está entonces las respectivas concepciones de qué es la acumulación.

En la “Anticrítica” la identificación de acumulación de capital con acumulación de dinero aparece más clara. Respondiendo a quienes sostenían que la plusvalía se realiza, y circula, a través del intercambio mutuo entre capitalistas para acrecentar la producción año tras año, escribe: “Esto no sería acumulación capitalista, es decir, acumulación de capital dinero, sino todo lo contrario, un producir mercancías simplemente por producirlas, lo que desde el punto de vista capitalista constituye un completo absurdo” (p. 377; énfasis nuestro).

En otro pasaje plantea que la acumulación de ganancias es acumulación en dinero: “… la acumulación de ganancia como capital en dinero constituye una de las características específicas más sustanciales de la producción capitalista…” (p. 389). Cita en su apoyo un pasaje de Marx referido “a la formación de nuevo capital en dinero que acompaña a la verdadera acumulación y la condiciona dentro del régimen capitalista”. Pero Marx aquí dice que la acumulación de capital dinero “acompaña” a la “verdadera” acumulación. No es lo mismo que acumular capital dinero, como fin último de la producción capitalista. RL no repara en ello e insiste con la pregunta: “¿cómo puede darse la acumulación de capital dinero en la clase de los capitalistas?” (ibid.).

Textos citados:

Luxemburgo, R. (1967): La acumulación del capital, México, Grijalbo.

Marx, K. (1999): El Capital, México, Siglo XXI.

Quiroga M. y D. Gaido (2013): “La teoría del imperialismo de Rosa Luxemburgo y sus críticos: la era de la Segunda Internacional”, Crítica marxista.

Sweezy, P. (2002): Teoría del desarrollo capitalista, México, FCE.

Profesor de economía de la Universidad de Buenos Aires.

Fuente:

https://rolandoastarita.blog/2021/01/14/la-acumulacion-del-capital-de-r-luxemburgo-analisis-critico-1/

La muerte del Mallku y la revolución india que no fue

por Salvador Schavelzon

Para Juan Carlos Pinto (in memoriam)

La muerte de Felipe Quispe Huanca, el Mallku, ocurrida en La Paz el 19 de enero, es una oportunidad para pensar en la lucha política latinoamericana actual. Su trayectoria une la lucha anticapitalista de las décadas de ‘60 y ‘70, la resistencia frente a las dictaduras, la emergencia de movilización indígena y alzamiento anti neoliberal, sin concluir su recorrido comulgando un triunfalismo o pragmatismo de clausura, junto a gobiernos progresistas sudamericanos, como muchos militantes de su generación.

Felipe Quispe fue un líder indianista. El indianismo-katarista es el movimiento que surge como auto-organización de las comunidades campesinas de los Andes bolivianos en los años 60-70, como pensamiento político y organización para la lucha que se opone al sindicalismo amarillo del sector campesino, aliado a los gobiernos militares. El indianismo katarista se confunde con la defensa de la nacionalidad étnica y, desde los años 80, dio lugar a una miríada de formas de intervención en la política y la cultura, división que se confunde, sin embargo, en el indianismo comunitario.

Como forma de expresión de las comunidades en su tránsito entre el campo y la ciudad, el indianismo fundó partidos, radios, revistas, participó de gobiernos, propuso política agrícola y también se involucró en la lucha armada. El indianismo se relaciona también con una espiritualidad y visión de mundo propia de los Andes. También tuvo expresiones filosóficas, de pensamiento histórico y político. Habiendo nacido cerca del sindicalismo campesino, cuenta también en sus filas con iniciativas que desde los años 90 rechazan la forma sindicato en una búsqueda de reconstrucción local de instituciones ancestrales desde el territorio, en busca de reconocimiento estatal pero sin disputar sus instituciones.

El indianismo de Felipe Quispe se asocia al encuentro con el marxismo y la lucha revolucionaria, aunque también denuncie el racismo de la izquierda y se haya ido alejando de las referencias teóricas socialistas para apoyarse especialmente en la reivindicación autodeterminativa indígena. El Mallku fue trabajador de la construcción, participó en varias organizaciones políticas de orientación katarista, cayó preso en 1992 por su participación en el Ejército Guerrillero Tupaq Katari (EGTK) que iniciaba acciones armadas durante el gobierno constitucional de Jaime Paz Zamora. Estudió y se recibió de historiador, publicando media docena de libros sobre la lucha indígena, Tupaq Katari y análisis política autobiográfica.

En estos días los obituarios recuerdan la dureza de “las dos bolivias” que marca al indianismo desde Fausto Reynaga y que Felipe Quispe expresó y difundió como posicionamiento político en la coyuntura de las luchas de comienzos de este siglo. El hablar “de presidente a presidente” con Hugo Banzer; la respuesta a periodista paceña, sobre el sentido de su lucha “para que mi hija no sea su sirvienta”, o la continuidad con la lucha de Tupaq Katari y la construcción de su retorno. Otra frase célebre cuenta que cuando se hablaba del ofrecimiento de la vicepresidencia en una candidatura de Jaime Paz Zamora, él respondió que más bien sería candidato a presidente, mandando a Jaime Paz al Ministerio de Asuntos de Blancos, ironizando el lugar que lo indígena tenía en los gobiernos de entonces.

Pero sus expresiones son muchas veces reducidas a discursividad, sin dar cuenta de la continuidad de la opresión neocolonial que ponen en evidencia. La política reducida a lo mediático y un líder político presentado en frases descontextualizadas. Otras veces su lucha se entiende como una cuestión de identidad u orgullo indígena, como si lo que estuviera en juego fuese meramente una cuestión de reconocimiento sociológico, sin cuestionamiento del orden social. Su discurso y reconocimiento indígena no puede separarse de una crítica radical a la colonialidad y el capitalismo, emitida desde el lugar de la autodeterminación de un pueblo.

El indianismo del Mallku frente al MAS

Como dirigente, como comunario, como organizador de movilización y como ejecutivo de la Central Sindical Única de los Trabajadores Campesinos de Bolivia (CSUTCB), el Mallku fue protagonista de momentos en que la fuerza del levantamiento indígena se manifestó en luchas contra el Estado. Tuvo influencia determinante sobre la política boliviana en los años 2000 y 2001, en que la central de sindicatos campesinos (fundada por el katarismo a fines de los 70) retoma una línea combativa, e inicia un ciclo de protestas que, integrado a movilizaciones de otros sectores del país, llevaron a la renuncia del presidente Sánchez de Lozada, en 2003, abriendo el camino que llevaría al triunfo del MAS a finales de 2005.

Sería un error también ver en la disputa de liderazgo que mantuvo con Evo Morales algo que se reduce a una cuestión personal. Felipe Quispe representaba una línea más confrontativa indígena y anticolonial. El sector salido de la lucha cocalera que formó el MAS, fue eficiente en la construcción de un movimiento que alcanzó la presidencia, apoyándose también en la CSUTCB como base de su estructura, pero a partir de la otra vertiente de una dividida central y con una construcción que no cuestionaba tanto como Felipe Quispe las instituciones en que obtendría representación. Las federaciones cocaleras son compuestas por campesinos con características sociales diferentes a las comunidades del altiplano. La ruptura con un comunitarismo ancestral producto de la migración, la relación con la producción y el mercado, la aceptación del significante Bolivia explica en parte porque el proyecto político sería diferente.

El MAS avanzó sumando sectores de izquierda, pero lejos del leninismo y del clasismo fuerte en las minas de donde provenían muchos cocaleros. Con base más quechua y mestiza que aymara también se alejaría del imaginario político indianista. Aunque también se reconocería como indígena, y contaba con experiencia de militantes que venían del katarismo, la conducción de Evo Morales se inclinaría más a una inclusión en la formación nacional boliviana, de raigambre popular o de izquierda antiimperialista no radical. Se acercaría más al peronismo o el lugar suelto y disgregado del Partido de los Trabajadores en Brasil que a la lucha indianista más fuerte en el altiplano. Aunque lejos del marxismo de los años 70, y del trotskismo de gran tradición en Bolivia, sectores del MAS encontrarían también afinidad política con Cuba y Venezuela, referencias que nunca sedujeron al Mallku Felipe Quispe.

Entre las distintas líneas políticas que componen al indianismo katarista, Felipe Quispe expresaba el camino de la insurrección, sublevación y levantamiento como método de lucha, siendo reacio a las alianzas y a la política “mestiza”, en Bolivia asociada a los partidos q’ara (de blancos) y ONGs, en que el MAS se zambulló de cabeza. En 2002, Javier Sanjinez cita la frase “el mestizaje me da asco” en la crítica que Quispe también hacía contra los indios que usan “ideas prestadas”, o que se prestaban a integrarse en la fracasada idea de estado nación, según sus palabras.

El Mallku también se mantendría distante de otro indianismo que desarrollaría el debate de lo “pluri-multi” que el MAS incorporaría a la Constitución aprobada en 2009. Ya en el periodo de la primera presidencia de Sánchez de Lozada, de 1993 a 1997, se habían aprobado derechos para pueblos indígenas durante la vicepresidencia de Victor Hugo Cárdenas, dirigente de esta tradición. Felipe Quispe era distante de esta política, de un indianismo que se acercaba también a ONGs, la iglesia y partidos (de izquierda y derecha), y que también derivó en líneas opositoras al gobierno del MAS, con expresiones liberales o, en el caso de de Victor Hugo Cárdenas, incluso acercándose actualmente a posiciones conservadores comunes a las nuevas derechas populistas sudamericanas.

El Mallku es lucha indígena contra la sociedad colonial y no una lucha por reconocimiento social, o de una identidad, que en Bolivia es mayoritaria. La búsqueda desenfrenada de cargos por parte de la militancia del MAS y dirigencia campesina (“los buscapegas”) encontró justificación política en la interpretación enunciada desde el Estado de que de esa forma se revertía el racismo y se descolonizaba Bolivia. La descolonización que podemos encontrar en la política del indianismo comunitario del Mallku, debe buscarse con el sentido de indianización. Algo como una plurinacionalidad que modifica de hecho la estructura del Estado, con naciones o estados aymaras y de otras etnias que van más allá de un micropoder local admitido, en una revolución indígena de los pobres del campo reconfigurando la sociedad actual.

El Mallku tampoco debe ser recordado por su papel en la incorporación de “derechos indígenas”, como dijo Carlos Mesa en estos días. Los derechos, en todo caso, responden a la correlación de fuerzas que se diriman políticamente. Frente a un proceso que privilegió el acuerdo a cualquier contenido, el Mallku fue muy crítico con las concesiones del MAS a la oposición liberal y de derecha para la aprobación de la Constitución. Firmó en los días de aprobación de la Constitución que todavía pasaría por referéndum un documento titulado “¡traición al movimiento indígena y popular! Evo Morales y el MAS acaban de arrodillarse nuevamente ante la derecha, los racistas y la reacción”. El MIP de Felipe Quispe criticaba que el MAS había retirado del proyecto el límite para el latifundio, con retroactividad, se había limitado la justicia comunitaria y el modelo tradicional de parlamento había sido preservado.

En su crítica abierta al MAS, y su rechazo de diversas invitaciones para sumarse al gobierno, el Mallku mostraba un lugar político diferente, aymara, que no encontró su potencia mientras la fuerza electoral de Evo Morales se mantuvo alta. Después de la llegada de Evo Morales al gobierno hay un declinio del Movimiento Indígena Pachakuti (MIP), que años antes había constituido la primera bancada indígena en el congreso boliviano, con influencia y peso considerable.

El Mallku fue desplazado por un tiempo que privilegió una política común al progresismo sudamericano: pragmatismo, inclusión y negociación con sectores opositores, cálculo electoral, acuerdo con las élites y también porosidad con el movimiento de creación de nuevas elites políticas y económicas. En sus años de gobierno, MAS se alejaría del lenguaje y posiciones surgidas de la movilización y la búsqueda de descolonización, presentes todavía durante la Asamblea Constituyente (2006-2007), y su política electoral propondría desarrollo, salto industrial y un foco en la “clase media”.

Si bien inicialmente, en la Asamblea Constituyente, el MAS incorpora banderas indianistas como plurinacionalidad y el carácter comunitario, Evo Morales construyó un movimiento nacional boliviano. Se alejaría así de las organizaciones indígenas, de históricos aliados y disidentes aceptando el papel de gestión progresista sin ruptura con las elites. Durante el conflicto del TIPNIS, con los indígenas de tierras bajas, el propio Morales se definiría como sindicalista antes que indígena, y la identidad política evista y boliviana se impondría frente a la de indianista, socialista o quechua y aymara. El MAS oficializaría el término “plurinacionalidad”, pero no tendría consecuencias reales en la modificación de las instituciones. Sería entendida como la posibilidad de ocupar democráticamente las mismas.

Antes que una derrota del Mallku, debe entenderse entonces una derrota del proyecto revolucionario que él defendía, con el cual se mantuvo leal, firme en la crítica indianista, que encontraría resonancia en nuevas generaciones aymara, cada vez más urbanas, pero siempre con desconfianza con la política mestiza, donde se ubica el MAS, o al menos el “entorno blancoide” de Evo Morales siempre denunciado desde el indianismo. Con el retroceso de la fuerza política del MAS, en 2016, después de la derrota del intento reeleccionista contra el que militó el Mallku, pueden verse signos de una posible vuelta del indianismo crítico, aunque ya no ligado a la tradición revolucionaria de lucha de clases.

En 2020 el Mallku volvió a liderar el Cuartel General Indígena de K’ala Chaca, dos décadas después del levantamiento en que con una guarda indígena expulsó a las fuerzas estatales de seguridad, tomó instituciones, bloqueó el altiplano y marchó hacia La Paz. Con bloqueos contra el gobierno de Jeanine Áñez, exigiendo el llamado a elecciones donde no sería él quien disputaría, el Mallku mostró nuevamente la fuerza del indianismo de las comunidades aymaras. A pesar de su enemistad con el MAS, una vez definidas las elecciones presidenciales, llamaría en un discurso filmado a votar por Luis Arce, que criticaría por su paso por varios gobiernos pero veía como mal menor.

La fidelidad y asociación de Felipe Quispe con la lucha de movilización comunitaria, no debe entenderse como oposición con lo que sería la lucha por la vía institucional. Al momento de su muerte, las encuestas mostraban un primer lugar en intención de voto para acceder a la gobernación de La Paz en las elecciones de marzo de 2021. El Mallku siempre rechazó “la politiquería”, la política de cargos, que en el MAS se convirtió en un espacio de carreras políticas para dirigentes campesinos. Sin un contexto de movilización y lucha social que permita pensar en una revolución, cabe preguntarse qué tipo de proyecto político alternativo al MAS sería posible desde el indianismo de Felipe Quispe.

Su participación en el parlamento muestra un comportamiento que contrasta con el MAS y el progresismo sudamericano en general. Ocupó este espacio sin perder su lugar, de la comunidad. Se cuenta que se sentaba en un cuero en el piso del salón de sesiones, como en el campo, antes de que la política indígena sea incorporada visualmente a la etiqueta estatal, de forma pomposa y ceremonial. Cuando lo consideró necesario renunció a su banca. Abandonó el parlamento y volvió a plantar. De Evo Morales hay una anécdota que lo muestra en otro lugar. Como diputado -incluso expulsado- destacó en una oportunidad el poder ir al mismo baño que un conocido senador de derecha. El MAS buscó ocupar el Estado colonial, reivindicando su derecho a ser Estado e intervenir políticamente desde este lugar, no a transformarlo o superarlo desde un poder social organizado.

El ejemplo del Mallku en la política sudamericana actual.

La importancia de Felipe Quispe va más allá de un discurso, de empoderamiento indígena entendido como ocupar altos cargos del Estado, y también del orgullo identitario al que se lo asocia por su papel destacado en las movilizaciones que mostraron un florecimiento de la lucha indígena. Felipe Quispe hablaba en nombre de poblaciones aymara que no dejaron de estar sometidas, de sufrir racismo y estar fuera y contra el poder estatal controlado por la clase dominante.

Esta fidelidad a la denuncia desde abajo del rumbo neoliberal nos lleva a pensar en la política sudamericana en momentos de derrota del progresismo, inestabilidad política y crecimiento de las derechas. Uno de los elementos que explica el voto popular en candidatos conservadores es el juego mediático en que estos se presentan como externos y críticos de las instituciones. Es la izquierda progresista la que termina hablando en nombre de la democracia burguesa, del funcionamiento institucional de la república liberal, colonial en la crítica indianista. Las denuncias anticorrupción y contra las instituciones, el énfasis en la seguridad y los mitos del capitalismo emprendedor apoyan una derecha que obtuvo un perfil popular.

La izquierda progresista que fue gobierno o que se reorganiza pactando con la derecha una Asamblea controlada en Chile, izquierdas con discurso despolitizado volcadas a lo electoral en Brasil y otros lugares, con direcciones, bases y candidatos que raramente se involucran en luchas sociales o provienen de la clase trabajadora. La renovación de la izquierda no cuestiona en muchos casos la participación del progresismo en los consensos desarrollistas, sojeros, de gran minería. La política se reduce a la disputa mediática, la seducción de la clase media, o a la representación identitaria sin cuestionamiento de las formas de funcionamiento del poder.

En Bolivia, una política progresista de conciliación, no enfrentamiento de las elites y el neoliberalismo, que terminó enfrentando al gobierno del MAS con las organizaciones indígenas históricas, se vive con la contradicción de que las ideas y símbolos del indianismo son incorporadas a la liturgia estatal. Aunque el Mallku reivindicaba la wiphala, la Pachamama, y la comunidad, aparecía especialmente como líder comunitario despojado de toda esta dimensión simbólica representando más bien al indio de abajo, cuya lengua todavía es excluida, y su lugar social es subalterno.

El Mallku hablaba desde el lugar donde los indígenas del campo y la ciudad continúan siendo desplazados. Al contrario de la versión idealizada del Estado Plurinacional, Felipe Quispe hablaba desde la profundidad de la historia y desde afuera como alguien que ató su destino político al pueblo aymara y la lucha por la emancipación. Su lugar es así el de una izquierda antirracista, clasista, opuesta a las instituciones decadentes del capitalismo burgués republicano.

¿Qué es el pensamiento crítico?

Por Amador Fernández-Savater

Solemos asociar el pensamiento crítico a estas dos operaciones:

– La sospecha hacia lo dado. El crítico no se limita ni da por buenas las apariencias, los fenómenos, lo dado. Mira por debajo, por detrás, entre bambalinas. Y ahí descubre las fuerzas que realmente tiran de los hilos: el poder, el dinero, etc.

– El juicio y la denuncia. El crítico juzga la realidad desde un modelo o ideal y señala los defectos, las limitaciones, las carencias. El mundo no es lo que debería ser. Evalúa negativamente, pone en la picota, a caldo, a parir.

La crítica tiene hoy un gran prestigio. No es ingenua, sino que ve por doquier las trampas de un poder omnipresente. No es conformista, muestra queja, descontento, insatisfacción. No es falsa o hipócrita, dice siempre la verdad de lo que piensa. No es cómplice, toma partido. El prestigio de la crítica es el de la «lucidez» sin subterfugios, consuelos ni coartadas.

Me parece que hay muchos problemas en este planteamiento tan reconocido y celebrado (véase el gran éxito de los críticos en las redes sociales). La crítica en nuestro mundo es masiva y cotidiana, sin embargo apenas araña el estado de cosas. ¿Por qué?

Para sugerir una respuesta quisiera plantear otra idea-práctica de pensamiento crítico, en oposición y alternativa a la primera. Ese otro pensamiento crítico sería el que describe la pelea que constituye la realidad. El que nos hace ver, oír y sentir una batalla en curso. El que mira la realidad desde la orilla de lo que no se deja capturar o gobernar.

Aterricemos este planteamiento con un ejemplo. Pensemos en internet. Hoy en día tiene todo el prestigio de la «lucidez crítica» afirmar hasta qué punto está subordinado a las lógicas de poder y de mercado, hasta qué punto nosotros mismos reproducimos esas lógicas con cada uno de nuestros tuits y de nuestros likes, hasta qué punto son ingenuos los planteamientos que ven posibilidades subversivas y emancipadoras en la red. Puede ser. Pero si esto es así se debe a que se ha perdido -o mejor dicho se va perdiendo, es un proceso- una pelea, una batalla, un conflicto. Entre las distintas fuerzas que disputaban por hacer de la red una u otra cosa. El resultado que vemos hoy es contingente, provisional y arbitrario, no estaba inscrito en un origen, una fatalidad, en un ser-así de la tecnología.

La lucidez crítica se pone siempre al margen de esa disputa, como si ella misma no estuviese involucrada en lo que describe. Es un pensamiento exterior, no simplemente porque el crítico no esté implicado en la pelea, sino porque no la escucha, no recoge nada de ella, no la considera un dato relevante para pensar. Esa exterioridad del crítico se presenta habitualmente como «objetividad».

La lucidez crítica mira el mundo desde el punto de vista del poder, desde lo que el poder hace con él. Es una mirada fetichizadora porque congela las cosas en la definición que el enemigo da de ellas, deshistorizando y borrando de la vista las fuerzas que la impugnan. Una mirada de Medusa.

La lucidez crítica no cambia nada porque no toca los cuerpos, sino que sólo añade «conciencia» a una impotencia. No describe funcionamientos o estrategias en un conflicto abierto, sólo leyes, determinaciones, fatalidades. Nunca ve el toma y daca en la lucha infinita entre fuerzas, sólo una «vuelta de tuerca» más en el poder eterno de la dominación. La crítica redobla así el punto de vista de los vencedores.

Se discute hoy sobre la impotencia de la izquierda. Se explica por ejemplo que se debe a la ausencia de ideales y utopías. No lo creo. Lo que hay es una desconexión del discurso con todo lo que lucha, todo lo que resiste, todo lo que no encaja y grita. Los horizontes y las alternativas vienen siempre después, primero es la resistencia. La lucidez crítica es resabiada, determinista e impotente. Al no tener contacto con las resistencias cotidianas, se apoya en la superioridad moral, siempre estéril y contraproducente.

Pero no vayamos a caer en la crítica de la crítica. Mejor repasar brevemente, para observar su funcionamiento concreto, algunos pensamientos capaces de hacer lo que aquí nos interesa: escuchar y hacer escuchar el fragor de la batalla.

Con y contra el marxismo: Castoriadis y John Holloway

Los primeros provienen muy directamente de Marx. Marx y el marxismo son un filón importantísimo de esta otra manera de entender la crítica. Al hacer de la historia la historia de la lucha de clases. Al emplear la dialéctica entre contrarios como un método de análisis. Al pensar la emancipación de la clase obrera como «su propia tarea, su propia obra». Al considerar la economía como una división conflictiva entre dueños y desposeídos de las condiciones de producción.

A día de hoy, cuando uno lee los análisis que se hacen del mundo del trabajo en términos de la filosofía jurídico-liberal del contrato libre o el cuentito de Yuval Harari en Homo deus sobre el capitalismo como «procesador de datos», advierte hasta qué punto Marx está aún por delante de nosotros, por redescubrir y reactualizar, como un verdadero clásico.

Pero este impulso de Marx y el marxismo siempre convivió con otro: la teorización pretendidamente científica. Contra ella carga el pensador greco-francés Cornelius Castoriadis cuando denuncia que «la lucha de clases está ausente de El capital». Sigamos el argumento.

Según Marx, la fase de la «acumulación originaria» consiste en la expropiación y privatización de los medios de producción. El capitalismo no es sólo la ampliación del intercambio de equivalentes (la ley del valor) a toda la sociedad, sino en primer lugar una violencia expropiadora. Nace así, envuelta en sangre, una clase de desposeídos que sólo puede vender su fuerza de trabajo para sobrevivir. Esa fuerza de trabajo, prosigue Marx, no es una mercancía como las otras, sino que al ser empleada produce más valor. Ese plus está en el origen del beneficio capitalista.

Castoriadis coincide en que la fuerza de trabajo no es una mercancía como las demás, pero por otras razones: tanto su «valor de uso» como su «valor de cambio» están indeterminados. Es decir, tanto el rendimiento efectivo que se podrá extraer de ella a lo largo de una jornada de trabajo (valor de uso) como los costes de reproducción que fijan el salario (valor de cambio) son el resultado de una pelea que recomienza cada día.

La lucha cotidiana de los proletarios co-determina en un grado decisivo la configuración de lo real. La historia entera del capitalismo ha dependido (y depende) de ella: la evolución de la técnica, de los métodos de gestión del trabajo, del reparto de la riqueza, de los niveles de empleo, de los derechos sociales, etc. Al abstraer la lucha para pensar mejor las regularidades o leyes del capital, nos quedamos con una visión unilateral que sólo ve lo que el capital «hace ser» a la realidad.

¿Cuál es la dificultad? Pues que la lucha no es una «cosa», la resistencia obrera no se deja «deducir» de una hipótesis teórica, hay que escucharla. Su forma, su intensidad, su impacto, sus agentes, no se pueden presuponer. La crítica que nos interesa tiene la vista en el oído. No sólo abstrae o contempla (theoria), sino que abre bien los oídos, activa todos los sentidos para pensar.

Por ejemplo Socialismo o Barbarie, el grupo donde militó Castoriadis durante dos décadas, inventó procedimientos concretos de escucha (encuesta obrera, etc.) a través de los cuales percibieron que la resistencia proletaria no sólo se expresaba como un conflicto explícito por el salario a través de organizaciones formales como los sindicatos, sino también de luchas informales y cotidianas (sabotaje, chapuza, interrupción de la cadena de montaje) mediante las cuales se cuestionaban asimismo las condiciones de trabajo.

En un sentido parecido a Castoriadis, John Holloway habla del carácter dual del trabajo en el capitalismo: como trabajo abstracto, indiferenciado y general, trabajo para hacer dinero; como hacer concreto, con su propio tiempo, su propio proceso, sus propios fines. Entre ambos no hay identidad o subordinación completa, sino tensión, conflicto, antagonismo.

Hay una captura del hacer concreto en el trabajo abstracto: intensificar la productividad, precarizar las condiciones, acelerar los ritmos. Pero la determinación nunca es total: hay pelea. El hacer concreto busca defender su temporalidad, su carácter cualitativo, sus propios objetivos: «hacer las cosas bien», como decimos a veces. Se sustrae, escapa, resiste. La tendencia del hacer es la contradicción del capitalismo, pero no una contradicción «objetiva» o «cíclica», sino viva y subjetiva. Hay que escucharla, sin presuponerla.

No cabe disociar el análisis del capitalismo y el de las luchas como si fueran dos cosas distintas y que van cada una por su lado. La financierización de la economía, el crédito y el endeudamiento, no sólo es una «vuelta de tuerca» del capital en su voracidad insaciable, sino una «fuga hacia adelante» frente a algo que se resiste y lo agrieta. La lucha es una dinámica presente que habita en el corazón mismo del capital, la sustancia de sus crisis y la única base material de un cambio posible.

Pensar en exterioridad el capital y las luchas implica considerar al capital como un «sujeto automático», estudiar su crisis final como un «colapso objetivo», en el fondo una posibilidad vacía… La realidad no sólo se define desde el poder, sino desde unas resistencias que debemos escuchar cada vez. El trabajo, pero también las tecnologías, las imágenes, los lenguajes y los deseos son el resultado siempre incierto e indeterminado de una pelea permanente, de un toma y daca infinito.

El punto de vista de la plebe: Foucault y Diego Sztulwark

Escuchar las resistencias cada vez significa cuestionar que estas asuman siempre la misma forma y sigan siempre una misma lógica. Es lo que Foucault trató de plantear en 1977 en una célebre entrevista con Jacques Rancière titulada ‘Poderes y estrategias’.

En ella Foucault llama «plebe» a las resistencias, «lo que responde a toda avanzada del poder con un movimiento para deshacerse de él». La plebe no se opone al poder como si fuese un duelo, una batalla napoleónica, un frente a frente, sino que más bien «hay plebe» allí donde hay relaciones de poder y ambas atraviesan la superficie social entera. Lo que se cuestiona en este planteamiento de Foucault es el esquema y la lógica de la contradicción. Hay relaciones de poder y plebe tanto en el proletariado como en la burguesía. El conflicto no siempre opone dos bloques simétricos, sino que es una dinámica viva y cambiante, movediza y nómada.

¿Qué es entonces la crítica? Foucault habla de «pensar por funcionamientos». Algo muy distinto a un juicio o una condena moral, a una queja victimista o una denuncia, a una proyección de sueños o utopías. Es la descripción de las distintas estrategias que se despliegan en la pelea, de los distintos movimientos de las fuerzas en presencia. No trata de explicarlo todo a partir de un punto de origen o un foco central de dominación (el Poder, el Valor, el Espectáculo, etc.), sino de describir los funcionamientos concretos enzarzados en un determinado conflicto. Estrategias móviles, dinámicas específicas, no La Gran Contradicción.

«Tomar el punto de vista de la plebe, que es el del reverso y el límite en relación al poder, es indispensable para hacer el análisis de sus dispositivos, a partir de ahí pueden comprenderse su funcionamiento y sus transformaciones». Sólo desde la vida dañada de los locos, los enfermos o los prisioneros y sus resistencias se puede entender el manicomio, el hospital, la prisión. Sólo desde la anomalía podemos entender la normalización.

La crítica totalizadora es perezosa y repetitiva porque aplica sobre cualquier punto de la sociedad el mismo esquema a priori, jerarquizando las resistencias (antes los obreros que las mujeres, antes las mujeres que los trans…) en lugar de analizar el impacto de cada lucha, lo que cada una pone en juego y cuestiona, su extensión propia y sus conexiones específicas. No escucha singularidades. Es una mirada desde las cumbres, a vuelo de águila, mientras que el punto de vista situado de la plebe produce «saberes estratégicos».

Un buen ejemplo de este proceder crítico-estratégico me parece que sería hoy la forma en que construyen hoy saberes y movimiento ciertos feminismos latinoamericanos, en los que el «género» funciona como una especie de perspectiva desde la cual percibir, describir y conectar las distintas formas de explotación del trabajo formal e informal, las distintas violencias que se ejercen contra los cuerpos y las tramas comunitarias (desde el endeudamiento hasta el femicidio), las distintas rebeldías e insumisiones al sistema capitalista patriarcal. No a priori, según un esquema teórico, sino concretamente y punto a punto.

La plebe es también uno de los ejes principales de La ofensiva sensible de Diego Sztulwark. Hoy, cuando la línea del frente nos atraviesa por el medio, la plebe pasa adentro, se vuelve interior. El neoliberalismo es la tentativa de confundir deseo y mercado, de convertirnos en sujetos de rendimiento 24/7, de someternos al mandado de productividad total, pero nuestros cuerpos se agrietan y gritan. Por todas partes se abren fisuras y agujeros: ansiedad, depresión, cansancio. Son los «síntomas» Frente a la patologización o culpabilización de los síntomas, Sztulwark nos invita a escucharlos, a aliarse con ellos, a pensar a partir de ellos. Son los agujeros a través de los que podemos ver más allá y pasar más allá.

La crítica ya no es entonces un discurso exterior, que añade conciencia a una impotencia, sino que nos pasa por el cuerpo y elabora algo del cuerpo. Ya no describe simplemente lo que el poder hace, sino que mira desde lo que se rompe, se quiebra y no se deja capturar. Ya no enjuicia o denuncia desde la superioridad moral, sino que habla y busca el contagio desde las propias heridas, las averías y las grietas. La crítica sintomática nos hace escuchar el estruendo de una batalla que se da a la vez dentro y fuera de nosotros mismos.

Tomar este punto de vista de la plebe interior, que es de nuevo el del reverso y el límite en relación al poder, resulta nuevamente indispensable para hacer el análisis de los dispositivos neoliberales: coaching, transparencia, seguridad, fluidez, comunicabilidad. Sin captar el malestar que roe todas las relaciones sociales no podemos entender nada de nuestro presente. Veremos por ejemplo en los fascismos posmodernos que afloran hoy la enésima «vuelta de tuerca» del capitalismo, cuando en realidad son una respuesta a la crisis de neoliberalismo incapaz de imponer plenamente sus modos de vida.

Indeterminación y co-determinación, grietas y hacer, saberes estratégicos y funcionamientos, plebe y síntomas… Distintos caminos para reinventar la crítica como pensamiento de la pelea, como método de la crisis, como escucha de los agujeros que se abren una y otra vez en la dominación.

Referencias:

Cornelius Castoriadis, Marxismo y teoría revolucionaria y «Política del encuentro»

John Holloway, Agrietar el capitalismo y «Salir del capitalismo»

Michel Foucault, «Poderes y estrategias» en Microfísica del poder «Por una nueva imaginación política»

Diego Sztulwark, La ofensiva sensible y «No hay neoliberalismo sin una violencia contra la sensibilidad»

La atmósfera del existencialismo

Por Fernando Broncano

En algún momento —creo recordar haber leído— Foucault rememora sus comienzos en una respuesta sobre su formación: “todos hacíamos como que no leíamos a Sartre”. Ya era de mal gusto entre los jóvenes intelectuales (Levi Strauss, Roland Barthes, Gilles Deleuze, Althusser…) hablar del viejo. Demasiadas batallas del abuelo, demasiado humanismo, demasiado historicismo, el pollo estaba hundido en el lodazal de Hegel.

No es que el personaje sea especialmente simpático: sucio, rijoso, alcohólico, machista, empeñado en sus últimos años en pasar a todos por la izquierda, justificando el estalinismo, los atentados indiscriminados de Septiembre Negro, … Simone de Bouvoir, quien mejor le conocía, también es su mejor retratista. Quizás sus novelas no sean nada del otro mundo, comparadas con la nueva literatura francesa del momento. Pero El ser y la nada, Cahiers pour une morale y Crítica de la razón dialéctica son tres libros sin los que es muy difícil entender algunos de los giros que ha ido dando la filosofía cuando el estructuralismo y la posmodernidad (una era de no saber qué hacer con el estructuralismo) han ido moderando su hegemonía cuando no mostrando sus entretelas.

Aunque las dudas sobre este autor impidan a alguien leer directamente a Sartre, no importa. Los años del existencialismo produjeron muchas otras obras y fueron vividos por mucha otra gente. Las estanterías de filosofía existencialista no están vacías. Por si se ha olvidado, habría que colocar al lado de Sartre a Simone Weil, por supuesto a Camus, su amigo/enemigo, a Merleau-Ponty, a Franz Fanon, y, pese a que ellas se hubieran sublevado con esa elección de lugar, a Hannah Arendt y a Iris Murdoch. Aun así, más que una buena biblioteca de filosofía, el existencialismo importa porque creó un clima cultural propicio para una cierta tonalidad en múltiples obras en cine, literatura, incluso en música y artes plásticas. Creó también un cierto vocabulario que se trasladó a la vida cotidiana como hermenéutica para las vidas de mucha gente en los tiempos sombríos de la reconstrucción del mundo tras la guerra mundial.

Debido a lo poco sistemático de la obra conceptual, las obras existencialistas atienden más a los análisis que a los instrumentos metodológicos para hacerlos. A diferencia de la filosofía analítica y del estructuralismo, filosofías empeñadas en dedicar el tiempo a afilar el cuchillo sin acabar nunca de extender la mantequilla, el existencialismo es sobre todo un enorme archivo de relatos sin piedad sobre las oscuras alcantarillas del alma. Pese a ello, me atrevo a seleccionar tres rasgos que formaron parte de las herramientas con las que se realizaron aquellas asombrosas películas, novelas, obras de teatro u, obras plásticas de expresionismo abstracto. Herramientas que dieron lugar a aquel vocabulario que llenó tantas conversaciones como opciones de vida. Son palabras que no ocultan su aura religiosa. El existencialismo es sobre todo la atmósfera moral de un mundo abandonado por los dioses, por lo que no hay que extrañarse de que las palabras que otras veces se oían pronunciadas en los púlpitos ahora se llenasen de un nuevo contenido ateo o de rebelión creyente contra la religión realmente existente. Estas son las tres ideas que elegiría:

 

Mala fe: es el término sartriano para el autoengaño como condición de existencia. Aunque el estructuralismo haya pasado a la historia de la filosofía como el autor de la muerte del sujeto, fue el existencialismo el que se atrevió a mirar en la oscuridad de los espíritus. A diferencia del sujeto que matan los estructuralistas, una pobre construcción intelectual que llaman sujeto cartesiano, una construcción intelectual que les sirve la mayoría de las veces para evitar cualquier autoexamen, el sujeto de los existencialista tiene un cuerpo y un alma llenos de vida y con ella, de culpa y redención. Hannah Arendt no emplea el término “mala fe”, pero usa el concepto para describir a Heidegger: “un zorro que siempre cae en las trampas que él mismo ha puesto”. La mala fe es la doble conciencia del sujeto colonizado que describe Fanon, la culpa de los personajes de Bergman o la soledad infinita de los de Antonioni; la enfermedad que corrompe el lenguaje de las criaturas de Beckett; la peste que infecta el alma en la novela de Camus. Es la condición de quien se sabe culpable y se refugia en una descripción piadosa de sí mismo. Como su nombre indica, la mala fe es el mejor término para entender por qué la actitud religiosa está ya condenada.

Encarnación: otra palabra de origen religioso, la que describe en la mitología paulina la condena del Hijo de Dios a un cuerpo humano. El existencialismo la rescata para darle una nueva vida en el cuerpo biológico y el social. Sin Merleau-Ponty, sin su fenomenología de la encarnación, no se entendería la revolución anticognitivista de la psicología y filosofía de la mente contemporánea. Se piensa con el cuerpo, no con un procesador húmedo de neuronas, sino con una totalidad que necesita estar actuando continuamente para percibir, sentir o simplemente deliberar. También Deleuze hacía como que no leía al existencialismo cuando promocionaba a Spinoza. En lo que respecta al cuerpo social, “encarnación” describe los procesos de desclasamiento de curas, monjas y militantes políticos que tiraron los hábitos (materiales e ideológicos) para vestirse los monos de las fábricas y aprender las experiencias sobre las que hablaban los libros que habían leído. “Encarnación” fue también lo que llevó a una generación de artistas y escritores a echarse a la carretera o a las sustancias prohibidas para intentar sentir algo más que la vida burguesa en la que se habían educado. La generación existencialista americana, la generación Beat, encarnó en sus destrozados cuerpos toda la ansiedad por otras formas de vida distintas al “american way of life”.

Compromiso. Sartre, Camus y Weyl coinciden en el mismo diagnóstico: no es posible esconderse de la responsabilidad de elegir. La elección es la condena de la voluntad a la conciencia. Es saberse atado por el camino que se ha tomado en aquella encrucijada. Margaret Gilbert, la teórica de la acción conjunta, lo explicará décadas más tarde al desentrañar el misterio de por qué las mínimas acciones que realizamos en común crean derechos y deberes. Si has decidido pasear con una persona, no puedes dedicar tu tiempo a mirar el móvil o atender al teléfono. Estaba en tu compromiso todo un complejo de formas de estar con otro. “Compromiso” es lo que narra los comportamientos reales de nuestras vidas más que las palabras que decimos. Es lo que expresan nuestras acciones, el juez implacable que no espera a las postrimerías del Juicio Final para determinar lo que somos. Es una palabra que formó parte del vocabulario político de otros tiempos. No se entiende la crítica al laborismo del grupo de educadores de Birmingham o de historiadores como E.P. Thompson sin esa forma de mirar a la acción política. Pero es hoy día un término central rescatado en muchas filosofías, por ejemplo en la filosofía del lenguaje neohegeliana de Brandom o en la mentada teoría de la acción conjunta de Gilbert.

Por muchas razones que tendría que desarrollar, pero que creo que están en la mente de muchos, la peste que nos habita nos ha devuelto también, aunque no lo sepamos, a la atmósfera existencialista.

Fuente: https://reviacontecimiento.wixsite.com/acontecimientos/post/la-atmósfera-del-existencialismo?fbclid=IwAR2E7Z_kfC9fVpR1xBfcPH_-sxOxwDPfkbNEEMiNLwIC2BriDvOBg2PQSzo

Ni hetero, ni homo: estamos cansados

Helena Vieira y Yuri Fraccarolidisse

Entre los últimos destellos de 2020 y el comienzo de este año, parte de las redes sociales siguió con atención el debate iniciado por Vladimir Safatle con el artículo “No hay heterosexuales”, seguido de la réplica “Hay homosexuales”, de Eduardo Leal Cunha. y, finalmente, por la réplica de Safatle, “Sobre la experiencia concreta de lo sexual”, todos publicados por Cult.

Antes de cualquier declaración, es necesario señalar que no pretendemos responder ni unirnos a este debate. Después de todo, en una pelea lacaniana, es mejor no estar. Tampoco sabemos si sería posible una respuesta por las gramáticas empleadas, las posiciones involucradas y los espacios históricamente construidos para quienes se atrevieron a desafiar el lugar que se les dio en la llamada «diferencia sexual». Hemos escrito aquí desde el disenso, una posición que rechaza el esquema réplica-réplica, moviéndose, por el contrario, hacia afuera, donde esta oposición no tiene sentido.

La curiosa ausencia de autoras, autores, performances y movimientos sociales tan importantes para el desarrollo político y teórico de las cuestiones evocadas por los textos, que, entre ellos, algunos incluso alcanzaron la categoría de lo que Foucault entendió como la forma cultural más legítima. Occidente, la filosofía, nos hizo pensar en qué deseos y qué prácticas movilizan la elección de la primacía de autores como Freud y Lacan y, en consecuencia, el espacio de la clínica.

Sin embargo, dada la relevancia del tema, se involucra sensiblemente con temas como la sexualidad, la raza y (necesariamente) el género; dada la perentoriedad de ciertos enunciados, la definición de caminos, las demandas de supuestamente nuevas gramáticas revolucionarias y un desacuerdo entre tantas (problemáticas) concordancias, decidimos abordar estos temas desde otra parte; decir desde otras perspectivas, que hasta el momento no se han movilizado en este espacio. Creemos, por tanto, acercar los argumentos más de lo que han reflexionado sobre sí mismos algunos de los sujetos desafiados por la fuerza por una idea de diferencia sexual.

Hablemos, por tanto, de los deseos y autores que movilizan esta escritura de una travesti y un maricón, con nuestros lenguajes de serpiente y fuego, como nos enseñó Gloria Anzaldúa. Tal demarcación, ni superflua ni demasiado identitaria, es necesaria para que no crean que estamos locos, al fin y al cabo, hablamos con gramáticas que pueden sonarles animales. Quizás también podamos sonar extraños, engañosos o incomprensibles, ya que a veces incluso podemos usar las palabras e ideas de sus padres fundadores de formas completamente diferentes a las que originalmente fueron formuladas.

Paul B. Preciado, en un texto de la comunicación que fue interrumpida durante la 49 Jornada de la Escuela de la Causa Freudiana, en Francia, en 2019, alude a un cuento de Kafka en el que el mono Pedro Vermelho, una vez capturado y transportado a Europa , relata la necesidad de olvidarse de su vida de mono y el intento de dominar el lenguaje humano para poder convertirse en hombre. Sin embargo, como señala Preciado, este proceso no implica ninguna idea de emancipación o liberación. Al contrario, sería una alegoría crítica del humanismo colonial europeo. Y aquí opera la identificación de Preciado con el mono Pedro Vermelho: “Yo, como cuerpo trans, como cuerpo no binario, al que ni la medicina, ni la ley, ni el psicoanálisis, ni la psiquiatría reconocen el derecho a hablar con conocimientos especializados sobre mi propia condición, ni la posibilidad de producir un discurso o una forma de conocimiento sobre mí mismo, aprendí, como Pedro Vermelho, la lengua de Freud y Lacan, la lengua del patriarcado colonial, su lengua, y estoy aquí para hablaros ”.

Escuchando a Pedro Vermelho y / o Preciado, entendemos que parte de lo que se puede entender como opresión heterosexual, lejos de tener que ver con cuestiones de convivencia o tolerancia, se refiere a la imposibilidad de comunicarse si no en términos de heterosexualidad, aspecto que destaca Monique Wittig. En este sentido, no hay posibilidad de hablar de sexualidad excepto de forma heterosexual. En lo que respecta a la presente discusión, esto significa decir, aún en la estela de Wittig, que estos discursos totalizadores, como «no hay heterosexuales» o «hay homosexuales», sólo pueden ser enunciados desde el interior del régimen heterosexual. La existencia de la heterosexualidad es la condición para la posibilidad de cualquier intento de negarla, por lo que siempre resultan frustrados, inocuos y contradictorios.

Por tanto, no se trata de atestiguar la existencia de la heterosexualidad, ni de la homosexualidad, es decir, no es una cuestión ontológica, sino tecnológica. Es decir, algo que concierne al funcionamiento de lo que en un momento dado del tiempo y la historia se ha denominado convencionalmente heterosexualidad y, además, los efectos de estas tecnologías en la constitución de lo real, del mundo y de los sujetos.

Partimos aquí de la apropiación del esquema propuesto por Gregory Bateson sobre los problemas filosóficos. Según el antropólogo, habría dos grandes órdenes de problemas y cuestiones para la filosofía: el primero estaría guiado por la búsqueda de la definición de lo que son las cosas, es decir, para abordar sus realidades y existencias (ontología); el segundo sería sobre cómo podemos saber qué son las cosas (epistemología). Inspirándonos en Gilles Deleuze y también en Donna Haraway, nos gustaría agregar una categoría al esquematismo de Bateson, proponiendo que hay otra categoría de problemas con respecto a cómo funcionan las cosas.

En este sentido, entonces, trasladamos el tema del debate a cómo funciona la heterosexualidad, que significa pensar desde qué prácticas, discursos y técnicas constituye, y también cuáles son sus efectos sobre las formas de vida y vivir y las relaciones de poder. Para ello, es necesario, en un gran esfuerzo de ficción, volver al momento de la creación de esta mitología encarnada -o, en palabras de Jonathan Ned Katz, el debut de lo heterosexual. A partir de los registros y notas del Dr. Richard von Krafft-Ebing, y apostando también por ese mismo desafío ficticio, Katz intenta demostrar la genealogía de los términos heterosexual y homosexual, y los efectos que producen tanto desde el punto de vista del erotismo como de la normalización. de determinadas prácticas y conductas.

Es dentro de la clínica médica donde la heterosexualidad se convierte en “sexualidad normal” y desarrolla un conjunto de prácticas y prescripciones que, en su repetición, conformarán el sujeto heterosexual. En este sentido, cabe señalar que antes del uso propuesto por Krafft-Ebing, el término heterosexual, como el utilizado por el médico estadounidense James Kiernan, tenía otra connotación, configurando una desviación del homosexual:

Esos heterosexuales estaban asociados con una condición mental, el hermafroditismo psíquico. Este síndrome asumió que los sentimientos tenían un sexo biológico. Los heterosexuales sentían la llamada atracción física masculina hacia las mujeres y la llamada atracción física femenina hacia los hombres. Es decir, esos heterosexuales tenían periódicamente inclinaciones por ambos sexos. El hetero en ellos no se refería a su interés por un sexo diferente, sino a su deseo por dos sexos ”, escribió Jonathan Ned Katz en 1996.

James Kiernam trató tanto la homosexualidad como la heterosexualidad como desviaciones, y la idea de sexualidad normal no fue nombrada: era un instinto sexual, que tenía el propósito deliberado de reproducción. La operación fundamental de Krafft-Ebing, al formar al heterosexual como normal, consiste en afirmar que el instinto sexual ya no tiene que ser deliberadamente reproductivo, la reproducción sería su consecuencia. El instinto sexual buscaría algo parecido al placer, siendo solo virtualmente reproductivo. Esta operación se percibe explícitamente en el informe de caso del sr. R., paciente del Dr. Krafft-Ebing cuya «cura» ha sido fomentar el placer sexual con las mujeres. En los procesos clínicos de Krafft-Ebing no hubo apelación directa a la reproducción, aunque, como dice irónicamente Katz, sus tratamientos casi siempre culminaron en bodas o en la descripción de sueños sobre mujeres. Parece haber aquí la inauguración de un mundo subjetivo del deseo de ser corregido y moldeado incluso por el propio médico: «Considero que el instinto heterosexual del paciente es la creación artificial de su excelente médico».

Es en este punto que Katz entiende el texto de Kraftt-Ebing como una transición entre el espacio victoriano y el moderno, haciendo de esta «diferencia entre los sexos y el eros las características distintivas básicas de un nuevo orden mundial social, lingüístico y conceptual», ofreciendo dos erotismos de sexo diferenciado, ideal y anormal.

Si la lectura de Katz aporta la historicidad de estos términos, creemos relevante resaltar un aspecto no destacado por el teórico norteamericano, pero que aparece básicamente en todos los informes de los pacientes del Dr. Krafft-Ebing utilizados: la heterosexualidad no se limitaría al deseo , sino también a un conjunto de actos sociales que producirían un cuerpo adecuado para esta forma sexual. Así, la heterosexualidad compondría el universo de las prácticas de género.

Es muy interesante considerar esto porque el discurso heterosexual surge en el siglo XIX junto con una miríada de otros discursos de poder, en la constitución de lo que Foucault llamó el dispositivo de la sexualidad. Entre estos discursos se encuentra el surgimiento del modelo dimorfista. Ahora bien, ¿no es la heterosexualidad la que presupone una naturaleza corporal binaria preexistente, en la que el acoplamiento pene x vagina sería la máxima del deseo humano? No hay posibilidad de pensar en la heterosexualidad sin la diferencia sexual y sin evocar la noción misma de sexo y género, porque la heterosexualidad se toma como algo natural y no como una opción general que estabiliza la naturalidad de las posiciones hombre-mujer.

Por tanto, el deseo o la idea de una sexualidad sólo es posible en la matriz heteronormativa, como argumentó Judith Butler hace treinta años, porque la idea misma de sexualidad se forja en la invocación performativa de una anterioridad natural del deseo, de reproducción y del sexo mismo: ficción prediscursiva. En este sentido, movilizando la noción de performatividad de Butler, no se trata de identificar a un sujeto heterosexual previo que participará en prácticas exclusivamente heterosexuales, sino de un campo de disputa de las prácticas en las que las que se significan socialmente como heterosexuales. Las prácticas producen la existencia del sujeto heterosexual. Es practicando la heterosexualidad que te vuelves heterosexual. El sujeto heterosexual es, por tanto, una ficción, pero una de las que existen, como el Estado, el Poder o el Pueblo. Siempre que hablamos de este tema, un amigo, el antropólogo Vitor Grunvald, nos recuerda el poema “Autopsicografia” de Fernando Pessoa:

El poeta es un pretendiente

Fingir tan completamente

Que finge ser dolor

El dolor que realmente siente.

Como el poeta, que ya no sabe qué dolor siente, qué finge y qué finge al sentir -por realizar tantos dolores dejan de existir los límites entre lo original y lo falso-, el sujeto heterosexual, en En medio de las tensiones entre la interpelación del sistema sexo-género, su agencia limitada y las formas de sujeción que le permiten ser sujeto, ya no es capaz de enumerar lo que le pertenece o no porque ahora todo lo que existe, todo produce efectos en el mundo y en los modos de subjetivación.

Como propone Monique Wittig, la heterosexualidad es un régimen político cuyo alcance no solo concierne al deseo o incluso a la reproducción, ordena el funcionamiento de las instituciones al concebir, por ejemplo, al Estado como Padre y al núcleo familiar como institución mínima de nuestras sociedades. No solo existe la heterosexualidad, sino que los heterosexuales son aquellos investidos de su poder, como alguaciles. Además, es importante considerar que la heterosexualidad como régimen político es parte de las fuerzas que operan la colonización de los pueblos del Sur global, cuyos cuerpos, deseos y formas de relacionarse se enmarcan. Recomendamos para esta discusión, ya que no podremos profundizar en el tema, la lectura de Género y colonialidad, de la socióloga María Lugones.

Aún en relación a esta concepción política de la heterosexualidad, Preciado propone que este no solo sería un régimen de gobierno, sino también una política de deseo. Al indagar sobre las prácticas que componen este régimen de gobierno, Preciado indica que sus modos de regulación no serían en forma de ley, sino a través de la regulación interna, siendo aquí el locus de la referida política de deseos: “Esta forma de servidumbre sexual se basa en una estética de la seducción, una estilización del deseo y una dominación históricamente construida y codificada, erotizando la diferencia de poder y perpetuándola. Esta política de deseos es la que mantiene vivo el antiguo régimen sexo-género, a pesar de todos los procesos legales de democratización y empoderamiento de las mujeres

También quisiéramos insistir críticamente en la idea de una “experiencia concreta de lo sexual” a pesar de lo vaga que nos haya parecido esta expresión, proponiendo así algo más cercano a un ejercicio de traducción. Pensamos que el carácter concreto de la experiencia heterosexual se realiza, o mejor dicho, se hace explícito, en la innumerable parafernalia sexual de la incitación a la heterosexualidad, desde la representación pornográfica a la telenovela, pasando por la literatura, la clínica psicoanalítica, el romanticismo, las representaciones de masculinidad (coches, barba, música, fútbol) y feminidad (estética, esmalte de uñas, uñas pintadas y pintalabios), ideales de la heterosexualidad. Pensamos, por tanto, que si no es posible señalar a los heterosexuales en la calle es porque, como el cielo azul, constituyen el paisaje y, por tanto, no es que carezcan de existencia, es que simplemente existen demasiado.

No parece haber nada subversivo en afirmar la inexistencia del heterosexual; esto ya lo hacía la medicina antes de Krafft-Ebing, cuando la sexualidad normal no tenía nombre. Es cierto que nombrar la norma es una operación de identidad, y que la misma noción de identidad es violenta y dificulta la formación de alianzas. Sin embargo, según la discusión de Butler en La vida psíquica del poder: teorías del sometimiento, esta es la paradoja del sometimiento: si la identidad nos limita, es necesario construir prácticas que partan de ella, algo que puede ser un excelente comienzo, pero un terrible final. Cuando Preciado en «Carta de un hombre trans al antiguo régimen sexual» nos invita a la desidentificación, esto no significa cambiar de nombre o denominación, sino cambiar de prácticas. Desidentificarse de la heterosexualidad no significa rechazar el apodo heterosexual, sino participar en prácticas sexuales no heterosexuales y no reproductivas, porque son las prácticas las que constituyen los sujetos, no los nombres.

Tampoco entendemos que esto signifique exigir teleológicamente un proceso político para «otras gramáticas» basado en un horizonte de indiferenciación en el que podamos encontrar «una forma mejor y más bella de hablar de sexo». Nos incomoda esta posición, ya sea por la promesa de belleza o por el borrado de vivencias e incluso por la identidad y producciones lingüísticas que han constituido y constituyen otras gramáticas además del vocabulario médico-legal, como el antropólogo Peter Fry ya trató o como recientemente demostró el investigador Luiz Morando en Enverga, pero no se rompe: Cintura Fina en Belo Horizonte.

Evocando una vez más a Preciado -no por predilección, sino quizás por la similitud entre sus discusiones en el contexto francés y lo que parece ser una importación de estas en el campo brasileño-, hay que decir: “Mi vida fuera del régimen de la diferencia sexual es más hermosa que cualquier cosa que pudieras haberme prometido como recompensa por consentir la norma».

HELENA VIEIRA es escritora e investigadora del Núcleo de Políticas de Genero de la Unilab

YURI FRACCAROLI tiene una maestría en Psicología Social por el Instituto de Psicología (USP)

Traducción del portugués, Santiago De Arcos-Halyburton

Publicado originalmente en https://revistacult.uol.com.br/home/nem-hetero-nem-homo-cansamos/?fbclid=IwAR3Jg4Uclt2E_n_Y3Nco266WBREzdqFPAIyelPt3lKNocZnz2HJtxkYdIkA