Decio Machado: «Ecuador no aguanta cuatro años más así»

Por Dimitris Givisis / Epohi (Periódico de Syriza)

Con encuestas que muestran como todavía Rafael Correa mantiene el liderazgo político en el país, Andrés Arauz -ex ministro de Talento Humano- de apenas 35 años encabeza las opciones de voto en Ecuador. Para hablar de esto entrevistamos a Decio Machado, uno de los más renombrados analistas políticos de izquierdas del país y miembro del equipo fundador de la revista digital Ecuador Today.

¿Qué crees que significaran las elecciones del 7 de febrero para el futuro del Ecuador? ¿Cuáles son los dilemas que surgen durante estas elecciones?

La involución en materia de indicadores económicos y sociales que ha sufrido Ecuador durante estos últimos tres años y medio en los que ha gobernado Lenín Moreno es impresionante. La economía nacional está semi-estancada, el desempleo crece aceleradamente, los indicadores de pobreza están disparados, el endeudamiento externo aumenta, la delincuencia en las calles está descontrolada y la pérdida de derechos adquiridos por parte de las y los trabajadores es permanente. Todo esto sucede mientras el conjunto de políticas socio-económicas diseñadas desde el Gobierno Nacional durante esté período han tenido como objetivo favorecer a las élites. Esta realidad se venía dando desde antes de la pandemia, si bien a partir del impacto del Covid-19 en el país la situación se volvió dramática. Ecuador es el segundo país en el ranking global de naciones con mayor tasa de fallecidos en relación al número de habitantes consecuencia de la pandemia pese a que la cifras oficiales intenten disimularlo. Esto es el fruto de las políticas neoliberales aplicadas durante este período de gestión de gobierno, mediante las cuales se ha desmantelado cobertura pública y se ha deteriorado enormemente la calidad de servicios esenciales, a la par que los grandes grupos económicos siguen manejando cifras de rentabilidad y beneficios económicos vergonzosos en esta coyuntura.

Ante esta situación, el próximo 7 de febrero el pueblo ecuatoriano tiene que decidir sobre continuidad o cambio. Personalmente considero que el país no aguanta cuatro años más de un gobierno como este…

¿Cómo es el escenario político tres demandas antes de las elecciones? ¿Qué ambiente se vive en estos momentos en Ecuador?

Existen dieciséis candidaturas diferentes que se disputan las elecciones presidenciales en el país. Esto, que parecería ser un signo de vitalidad democrática, representa en realidad todo lo contrario. No hay debate de ideas, los medios de comunicación privados y el propio Gobierno Nacional están en su mayoría alineados políticamente con la principal candidatura conservadora -la que encarna el banquero Guillermo Lasso- e incluso el Consejo Nacional Electoral, quien se supone que es la institución rectora de la democracia en el país, carece la imparcialidad.

En ese contexto, la mayoría de los ciudadanos sienten un pesimismo generalizado respecto al futuro del país. El divorcio entre el establishment político y la sociedad es enorme, y la credibilidad de las instituciones públicas e incluso de los organismos rectores de la democracia es bajísima. Mucha gente siente que estas elecciones no son transparentes y que existe el riesgo real de un fraude electoral si la opción ganadora en las urnas termina siendo la de Andrés Arauz o de forma menos probable la candidatura asociada al mundo indígena.

Las encuestas muestran una ventaja de Andrés Arauz, ¿cómo interpretas esto? ¿cuáles son las alianzas sociales que aseguran este avance?

Más allá de los sectores conservadores, desde muchos sectores de la izquierda y de los movimientos sociales se desarrollaron críticas al gobierno de Rafael Correa. Eso es bueno dado que demuestra la amplia diversidad existente en la izquierda latinoamericana, la cual no se vio ideológicamente identificada con las estructuras de poder construidas durante la década progresista.

 

Hoy estamos ante una realidad diferente. Amplios sectores sociales van a votar por la candidatura de Andrés Arauz, apadrinada por Rafael Correa, porque son conscientes de la necesidad de parar la ofensiva neoliberal que sufrimos en el país. En paralelo, la otra candidatura que podría disputar el voto de izquierda en Ecuador, hago referencia a Yaku Pérez de Pachakutik, inspira poca confianza dado que en estos momentos transita ideológicamente hacia una posición más centrista entendiendo erróneamente que con ello ganará más votos.

¿Hasta qué punto las elecciones en Ecuador pueden verse afectadas por acontecimientos generales como la elección de Biden en Estados Unidos, el debilitamiento de los gobiernos de derecha en América Latina y la recuperación de fuerzas progresistas en el subcontinente?

Las relaciones de dependencia establecidas por el gobierno de Lenín Moreno respecto a Washington ha sido uno de los episodios políticos más vergonzosos de estos últimos tres años y medio. Moreno ha tomado gran parte de las decisiones que afectan el ámbito de la política nacional tras consultarlas con la embajada estadounidense, y en materia de política exterior la falta de soberanía ha sido más que evidente. Se cuestionó la victoria electoral de Fernández en Argentina, Ecuador fue de los primeros países en reconocer a Juan Guaidó como presidente de Venezuela, los conflictos diplomáticos con Maduro han sido permanentes, se apoyo al gobierno ilegítimo de Bolivia, etc…

El retorno de gobiernos progresistas en la región no tiene una afectación directa sobre la política nacional, aunque en caso de que gane Arauz permitirá poner nuevamente en marcha un proyecto de integración regional que fue destruido desde el Departamento de Estado norteamericano con la complicidad de los gobiernos conservadores.

¿Qué perspectivas hay para superar esta crisis multifacética que enfrenta Ecuador? ¿Cuáles son los desafíos para el futuro inmediato para la sociedad civil y los movimientos sociales del país?

La relación durante el periodo de gobierno correísta con los principales movimientos sociales ecuatorianos, especialmente con el movimiento indígena y el movimiento de mujeres, fue muy conflictiva. Andrés Arauz es un hombre joven y pese a que su trayectoria ha sido más tecno-burocrática que movimentista, todos esperamos de que en caso de ganar las elecciones tenga la capacidad de dialogar con estos sectores e incorporar sus principales demandas a las lógicas de gobierno durante el próximo periodo. De hecho, Arauz ha planteado públicamente la necesidad de impulsar transformaciones más radicales que las realizadas durante el gobierno de Rafael Correa. Eso genera expectativa entre sectores que ideológicamente se sienten más alineados a la transformación que a la reforma.

Superar la crisis económica, ambiental, institucional, política y social que vive hoy el Ecuador no será cosa fácil ni factible en el corto plazo. El país necesita transformaciones radicales y duraderas en el tiempo. Debates sobre el cambio de la matriz productiva, la protección del medio ambiente, el paso a una sociedad moderna y tecnológica, la atención a los sectores históricamente olvidados, el combate a la pobreza y la exclusión social, la generación y protección de empleo digno, la equidad de género y el derecho al aborto, las política inclusivas o una política tributaria que haga que las élites sean las que más aporten para sacar al país de la crisis en un momento como el que actualmente vivimos forman parte de varias de las reivindicaciones que se hace desde el frente popular y que un gobierno progresista debe comenzar a atender desde el primer día después de su investidura.

“Zorba el griego”, de Nikos Kazantzakis: recuperar el color de las cosas cotidianas

Por Nadia Smirnova 

¿Cuándo se abrirán los oídos del mundo, patrón? ¿Cuándo se abrirán nuestros ojos para ver? ¿Cuándo se abrirán nuestros brazos? ¿Cuándo nos abrazaremos todos: piedras, flores, lluvia y seres humanos? ¿Qué dices tú, patrón? ¿Qué dicen los libros?

La manera más idónea de crear algo es permanecer en todo momento fiel a uno mismo, expresando con sinceridad lo que conmueve el corazón, pasando a habitar el alma, pues no conocemos sino a través del amor y del afecto. Sólo al reconocer algo como parte de nosotros mismos, comprehenderlo, podremos transformarlo en materia para la creación artística; sólo así será verdadera y podrá llegar a la sensibilidad de los demás.

Pero aquello ya no era escritura, era una guerra, una cacería despiadada, un asedio y un conjuro para hacer salir a la fiera de su guarida. Encantamiento mágico, de verdad, es el arte; en nuestras entrañas habitan oscuras fuerzas homicidas, abominables impulsos de matar, de destruir, de odiar, de deshonrar; y llega el arte con su dulce pífano, y nos libera.

Sin lugar a duda, el escritor cretense Nikos Kazantzakis cumplió con tal precepto, pues sus creaciones literarias le fijaron como una de las figuras fundamentales de la literatura griega moderna, así como un referente a escala universal. El excelente índice de sus obras cuenta con títulos tan destacados como Cristo de nuevo crucificado, Lirio y serpiente o El pobre de Asís; pero, desde luego, su novela más afamada es Zorba, el griego (Vida y andanzas de Alexis Zorba). Fue publicada en 1946 y no tardó en obtener un amplio reconocimiento: ya en el año 1964 se llevó a cabo una adaptación al cine al cargo del director Michael Cacoyannis, con la música de Mikis Theodorakis. En pocas décadas, el libro alcanzó un renombre sin precedentes, consolidándose como una manifestación literaria de gran interés y convirtiendo a su protagonista, Alexis Zorba, en un paradigma de la cultura griega.

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La novela de Kazantzakis no pasó desapercibida en el panorama literario hispanoparlante, apareciendo las primeras traducciones a principios de los años setenta (en la película de culto El Desencanto, de 1976, Michi Panero hace una referencia al libro). Entre las ediciones más recientes destaca la magistral traducción de Selma Ancira, publicada en Acantilado como Zorba, el griego (Vida y andanzas de Alexis Zorba).

Tal y como apunta el título, la narración del libro se adentra en la historia de Alexis Zorba, un hombre experimentado y lleno de vida. A pesar de la intensidad de las peripecias vitales, su corazón ha permanecido abierto en todo momento, permitiéndole conservar una mirada pura y franca hacia el mundo.

Sentía, escuchando a Zorba, que el mundo recuperaba su virginidad. Todas las cosas cotidianas, que ya habían perdido su color, recobraban el esplendor de sus primeros días, cuando apenas habían salido de las manos de Dios. El agua, la mujer, la estrella, el pan volvían a la misteriosa fuente primigenia y la rueda divina volvía a adquirir impulso en el aire.

Zorba es una persona cercana a la tierra y al cielo, que forma parte del mundo natural y se integra en el equilibrio universal. “¿Qué le puede decir un ‘intelectual’ a un titán?”, se pregunta el narrador al verse empequeñecido ante la magnitud de la figura de Zorba. Como una montaña que ha sido eterno testigo del transcurso del tiempo, Zorba posee un alma elemental que encierra dentro de sí la sabiduría del mundo, sabiendo dar respuestas llenas de verdad, candor y sencillez a las preguntas más enrevesadas que tiene el humano.

Miraba a Zorba a la luz de la luna y me maravillaba con cuánta gallardía y simplicidad se avenía al mundo, cómo el alma y el cuerpo eran una sola cosa, y todo, mujeres, pan, mente, sueño, armonizaban de inmediato con su carne y, felizmente, se transformaban en Zorba. Nunca había visto una concordia tan amistosa entre hombre y universo.

Se podría pensar que un personaje de tales características, de tanta entereza y coherencia no puede ser sino una fábula, una manera de desgranar la realidad por parte del autor para hacerla más comprensible. Sin embargo, Zorba no es un mero arquetipo ni fruto de la imaginación, pues la ficción de la novela se asienta sobre una vivencia real de Nikos Kazantzakis: la explotación de las minas de la península de Mani con un hombre llamado Georgios Zorbas, que sirvió de prototipo para el personaje al ejercer una gran influencia sobre el escritor.

Si quisiera elegir entre las personas que han dejado las huellas más hondas en mi alma, tal vez destacaría a tres o cuatro: Homero, Bergson, Nietsche y Zorba. […] Zorba me enseñó a amar la vida y a no temer la muerte. […]
Él tenía lo que un escritorzuelo necesita para salvarse: la mirada primigenia que, de un flechazo, atrapa su presa en el vuelo; el instinto creativo, cada mañana renovado, de mirarlo siempre todo como si fuese por primera vez, devolviendo la virginidad a los elementos eternos —viento, mar, fuego, mujer, pan— de nuestra vida cotidiana. Poseía la firmeza en la mano, la frescura del corazón, la audacia de burlarse de su propia alma, como si dentro de sí tuviera una fuerza superior a ella.

Así, Zorba, el griego viene a ser una mezcla de ficción y de realidad autobiográfica de Kazantzakis, donde la figura de Zorba es vista a través del prisma del “patrón”, un joven intelectual griego que no es otro que el propio autor. El personaje del patrón es un idealista intelectual lleno de interrogantes filosóficos. A pesar de su gran sensibilidad combinada con la sensatez, es incapaz de experimentar la vida de manera tan plena como lo hace Zorba. Tiende a recluirse en su propio mundo, dejando que su mente vague por sus profundidades hasta transformar las vivencias en pensamientos sin materia; incluso al estar sumergido en la alegría del mundo, tiene que hacer un esfuerzo para liberarse de su racionalidad y su propensión a pensarlo todo.

Mi contacto con los seres humanos había acabado en monólogo interior. Había caído tan bajo, que si hubiese podido elegir entre enamorarme de una mujer o leer un buen libro sobre el amor, habría elegido el libro.

Entiende y siente las cosas sólo a través del filtro del intelecto que traspone la realidad, que mide y teoriza ante cualquier tipo de experiencias; mientras Zorba se entrega a ellas sin reflexionar, abriéndose al aquí y ahora decididamente y con todo su ser.

[Zorba:] Los trabajos a medias, las palabras a medias, los pecados a medias, las bondades a medias son los que han llevado al mundo al desbarajuste en el que está. ¡Vamos, hombre, llega hasta el fondo, dale y no tengas miedo! ¡Más asco le da a Dios el mediodiablo que el archidiablo!
Sopesaba las palabras de Zorba, llenas de sustancia, de un cálido olor a tierra y de humana gravedad. Sus palabras ascendían desde sus riñones y desde sus vísceras y aún conservaban el calor humano. Las mías eran de papel, descendían desde la cabeza, salpicadas únicamente por una gota de sangre; y si algún valor tenían, ese valor se lo debían a esa gotita de sangre.

A pesar de ser un hombre cuya intelectualidad había resultado en la negligencia de lo corporal, lo pasional y lo animal, la erudición del personaje no supone una rehuida de la sensibilidad, sino que le hace adoptar una perspectiva de espectador. No es capaz de experimentar la plenitud de la vida en toda su insondable profundidad, pero esto no es un impedimento a la hora de poder aprehenderla —su experiencia posee una naturaleza más teórica y reflexiva—.

He desperdiciado mi vida, pensaba. ¡Si pudiera coger una esponja y borrar todo lo que he leído, todo lo que he visto y oído, si pudiera entrar en la escuela de Zorba y aprender el grande, el verdadero alfabeto! ¡Qué camino tan distinto habría tomado! Habría entrenado a la perfección mis cinco sentidos, y a mi piel toda, para que se alegrara y comprendiera. Habría aprendido a correr, a luchar, a nadar, a montar a caballo, a remar, a conducir un coche, a disparar un fusil. Habría rellenado mi alma de cuerpo; habría reconciliado dentro de mí, por fin, a estos dos antagonistas seculares…

Al entrar en contacto con la visión primigenia de Zorba, el personaje cae bajo su influencia, adaptándose y aprendiendo de ella. De este modo, su propia experiencia de las cosas se ve transformada por la nueva amistad. No obstante, no se trata de un cambio radical o inverosímil, sino más bien un enriquecimiento de la personalidad que suele producirse en uno al descubrir un nuevo saber, una forma de sabiduría distinta que permite adquirir, por un tiempo, una perspectiva distinta ante la vida.

Evocaba todos los días que había pasado con él, llenos de sustancia humana. El tiempo había adquirido, al lado de Zorba, un sabor distinto; ya no era una sucesión matemática de acontecimientos ni un problema filosófico irresoluto dentro de mí; era una arena tibia y bien cernida, y lo sentía derramarse delicadamente, haciéndome cosquillas entre los dedos.
Por primera vez la víspera había tenido la certeza tangible de que el alma también es carne, más rápida de movimientos quizá, más diáfana, más libre; pero carne. Y la carne es, ella también, alma, un poco soñolienta, extenuada por largas caminatas, sobrecargada por pesadas herencias; pero en los momentos cruciales se despierta también ella, se despereza, agitando sus cinco tentáculos, como si fueran alas.

Pero Zorba, el griego no es únicamente una historia de dos personas distintas que entran en contacto y sinergia; también es una novela que encierra una serie de reflexiones espléndidas, así como una frenética y desbordante acción que siempre llega en el momento oportuno y, en toda su impetuosa brutalidad, armoniza con el conjunto, mostrando el implacable equilibrio del destino que tan bien se refleja en el libro.

Existen obras literarias que saben revelarnos una verdad, y de este modo devolvernos una parte de nosotros mismos; lo mismo ocurre con las personas. Zorba, en este caso, tiene una influencia doble: a medida que uno se adentra en la novela, se crea una especie de paralelismo entre el Zorba-hombre y el Zorba-libro. A la vez que el personaje del patrón se ve transformado por Alexis Zorba, el lector percibe que la novela produce un cambio gradual en su interior: al acercarnos a la armonía que buscamos, el libro aporta sus notas y melodías al ritmo inmortal.

La vida con Zorba había ensanchado mi corazón y algunas de sus palabras habían serenado mi mente, dando una solución simplísima a las complejas preocupaciones que vivían en mí. Este hombre, con su instinto infalible, con primigenio ojo de águila, tomaba atajos rápidos y seguros y llegaba sencillamente, sin fatiga, a la cúspide del esfuerzo: el no esfuerzo.

Cualquier cosa dicha de la novela parecerá insuficiente, cualquier descripción quedará corta ante la esencia de Zorba, el griego. Como todo lo bello, alberga algo de inefable, un aire propio que se respira entre líneas. Quizás ésa sea la razón por la que la narración parece tener su propio espacio emocional de gran amplitud que envuelve al lector, apoderándose de sus sentidos e influyendo sobre su percepción.

Y mientras pensaba en la terrible melodía, mi pecho comenzó, poco a poco, a desbordarse; los oídos se despertaron, el silencio se volvió grito, el alma, también ella hecha de la misma melodía, se tensaba y se asomaba inquieta fuera del cuerpo, para escuchar.

Fuente: https://elvuelodelalechuza.com/2020/12/30/zorba-el-griego-recuperar-el-color-de-las-cosas-cotidianas/

Con Biden habrá más revoluciones de color en América Latina

Por Raúl Zibechi

Las formas cambian, pero el fondo sigue siendo el mismo. En vez del muro, las restricciones a los inmigrantes y el discurso ultra de Donald Trump, vendrán las declaraciones «correctas» sobre la democracia, las mujeres y los afrodescendientes de Joe Biden. En vez del militarismo descarnado, las revoluciones de color ideadas por la Open Society de Soros para promover cambios de régimen que favorezcan sus intereses.

La pista la dio Thomas Shannon el primero de enero en una carta abierta en medios brasileños. Shannon fue embajador de Estados Unidos en Brasil en el gobierno de Obama y había sido subsecretario para Asuntos del Hemisferio Occidental con George W. Bush.

La carta de Shannon titulada «La delicada verdad sobre una vieja alianza» fue publicada en la revista Crusoé (https://bit.ly/2LLldiB), que funge como «periodismo independiente», antibolsonarista ahora, pero cuyos fundadores jugaron un papel destacado en el proceso contra Lula que desembocó en su reclusión y en la destitución de Dilma Rousseff, operando entonces desde el influyente sitio El Antagonista (oantagonista.com).

Shannon comienza su carta asegurando que «la relación entre Brasil y Estados Unidos es una de las piezas fundamentales de la diplomacia en el siglo XXI». Repasa luego las similitudes entre sus sociedades, para rematar que «el presidente electo (Biden) conoce bien Brasil y América Latina», asegurando que «ningún presidente estadunidense comenzó su mandato con tal conocimiento y experiencia en la región».

En la segunda parte de su misiva, Shannon emprende un feroz ataque al gobierno de Jair Bolsonaro, porque «ha hecho casi todo lo posible para complicar la transición en la relación bilateral», al expresar su preferencia por Trump en las recientes elecciones y por haber criticado a Biden, quien pidió en un debate una acción más enérgica de Brasilia contra la deforestación.

Para Shannon es inadmisible que Bolsonaro haya «repetido las infundadas acusaciones de fraude del presidente Trump en los comicios estadunidenses», ya que lo interpreta como un ataque a la democracia de Estados Unidos y al futuro gobierno de Biden.

Pero lo más grave empieza después. Shannon le dice al gobierno lo que debe hacer en tres aspectos (la pandemia, el cambio climático y la posición ante China respecto a las redes 5G) y luego amenaza. «Es algo que no se perdonará fácilmente ni se olvidará», remata el diplomático.

Algunos podrán alegrarse, incluso en la izquierda, de que el nuevo gobierno de Estados Unidos le baje el pulgar a Bolsonaro. Por mi parte, tanto el silencio del Partido de los Trabajadores de Brasil como del propio Lula, muestran las dificultades de la izquierda frente al viraje en curso en la Casa Blanca.

No se trata de Jair Bolsonaro, sino de nuestros países, de la soberanía de las naciones. El presidente de Brasil debe ser condenado y apartado por su propio pueblo. Ha hecho todos los méritos para que la sociedad se movilice para destituirlo. Pero que desde el imperio amenacen con nuevas revoluciones de color, es una pésima noticia. Podrán atacar ahora gobiernos de ultraderecha, pero seguirán con todo lo que se les ponga en su camino, sea conservador o progresista.

La operación de derribar a Bolsonaro cuenta ya con un considerable apoyo mediático e institucional. La Orden de Abogados de Brasil, que jugó sucio contra Lula y pidió la destitución de Dilma (https://bbc.in/3soJjAA), está promoviendo ahora la destitución de Bolsonaro. Su presidente, Felipe Santa Cruz, declaró que «el ritmo del proceso será dictado por presión de las calles», llamando, de hecho, a la movilización popular (https://bit.ly/3q5ntQS).

Para la derecha «democrática», ésa que apuesta a la defensa del medio ambiente con medidas cosméticas, que engalana el gabinete de Biden con mujeres y afrodescendientes, pero sigue sosteniendo la violencia policial/patriarcal, llegó el momento de ponerle freno a la ultraderecha. Los bolsonaristas hicieron el trabajo sucio contra la izquierda, pero ya no le son útiles. Igual que Trump.

Para comprender este viraje basta con recordar las guerras centroamericanas, donde el Pentágono apoyó primero los genocidios militares para luego promover opciones «centristas», como las democracias cristianas, para recomponer el escenario ante el fuerte desgaste de los golpistas de Guatemala y El Salvador.

Si el mandato de Trump fue abominable, el de Biden no lo será menos. Recordemos la guerra en Siria, la liquidación de la primavera árabe y la invasión de Libia, promovidas y gestionadas por el equipo que ahora retorna a la Casa Blanca.

En América Latina, las destituciones ilegítimas («golpes» dicen otros) de Manuel Zelaya (2009), de Fernando Lugo (2012) y de Dilma Rousseff (2016), se produjeron bajo el gobierno «progre» de Barack Obama (2009-2017). No olvidemos a Trump. Pero tampoco que, de la mano de Biden, retornan personajes nefastos como Victoria Nuland, organizadora del golpe y la posterior guerra en Ucrania.

Servigne: «El nivel de vida va a bajar, y se puede anticipar o sufrirlo»

El autor de ‘Colapsología’ cree que mantener la civilización termoindustrial actual es una utopía

Por Justo Barranco

La utopía desde hace siglos, desde Platón, Tomás Moro o Fourier con sus falansterios igualitaristas, se ha dedicado a imaginar cómo transformar el mundo. En cambio hoy, advierten los autores de Colapsología (Arpa editorial), la utopía es pensar que el mundo puede aguantar tal y como lo conocemos en estos momentos. No lo creen, ven el actual sistema al borde del colapso, que no significa al borde del apocalipsis ni del fin del mundo, puntualizan. Pero tampoco se trata de una crisis pasajera.

Pablo Servigne y Raphaël Stevens subrayan que colapso significa que es más que probable que una mayoría de la población en un futuro cercano ya no contará con las necesidades básicas –agua, alimentación, energía, vivienda– cubiertas a precio razonable. Y lo que venga después será un proceso largo de conflictos en mucho peores condiciones que si nos hubiéramos preparado para el cambio.

PARIS, FRANCE - JULY 06 : Pablo Servigne, collapsology leader and Yvan Saint-Jours, author and director at the YpyPyp editions specializing in issues of autonomy are photographed for Paris Match walking barefoot on a wooded path, at the GoodPlanet foundation in the Bois de Boulogne in Paris, France. (photo by Philippe Petit/Paris Match via Getty Images)

Pablo Servigne, coautor de ‘Colapsología’

Una serie para el colapso. En Francia sus ideas y las de otros pensadores han generado incluso una fascinante serie, El colapso . Una serie que comienza con la falta de cada vez más productos en los supermercados, cortes eléctricos, escasez de la gasolina y, en breve, una sociedad que empieza a desintegrarse social y políticamente y a luchar entre sí por los recursos. Los más ricos tienen islas fortificadas.

Colapso y pandemia. Servigne explica que la colapsología es un intento de unir la abundante información científica repartida entre muchas disciplinas para dar sentido al mundo que vivimos. Lejos de la literatura apocalíptica y de los creyentes en el progreso que aseguran que el mercado y la tecnología lo arreglan todo, han querido, afirma, “mostrar la complejidad del tema, los puntos de inflexión, de irreversibilidad o que el colapso puede llegar antes de lo previsto”. Subraya que estudian los choques sistémicos y que “la pandemia no es sólo una crisis sanitaria, la provocan la economía, la política, los problemas de biodiversidad, la mundialización, la tala de árboles o destruir el sistema de salud con el modelo neoliberal. Todo unido crea la crisis, que a su vez tiene muchos efectos ecosistémicos, sociales y políticos”.

«Cada vez habrá más y más choques sistémicos como la pandemia y serán cada vez más violentos y frecuentes»

El desarrollo sostenible ya se acabó. “Todo está conectado, es lo que queremos decir –prosigue–, y nuestro mensaje es que en la situación actual, en el antropoceno, en el que las acciones humanas han alterado el clima, habrá cada vez más y más choques sistémicos como la pandemia y serán cada vez más violentos y frecuentes. Hay que aprender a vivir con ello, es el gran clic que hay que hacer, porque es muy tarde para el desarrollo sostenible”.

Populismo y colapso. “Uno de los factores claves de la caída -continúa Servigne– son las malas decisiones de las élites. Y cuando la gente comienza a sentir el caos cada vez más quieren un regreso al orden, la figura del padre, dictadores, hombres autoritarios. Que provocan cada vez más caos. Un intento de volver a un estado al que no volveremos. Falta un nuevo imaginario. El retorno a lo normal es un mito como el del crecimiento infinito. El colapso es una imagen potente, pero le falta otra mitad, el renacimiento, crear nuevos horizontes”.

«Las renovables no bastarán para cambiar la situación. Nuestra civilización se basa en la potencia de las energías fósiles»

El fin de la civilización termoindustrial. Porque lo que para el autor está claro es que se acaba la civilización termoindustrial. “El holoceno fue un periodo muy estable climáticamente que duró 10.000 años y permitió la invención de las ciudades y la civilización. Hoy nos hemos salido de la ruta, para la agricultura es catastrófico, porque es la ciencia de la vida basada en la predictibilidad y sólo habrá terreno desconocido. Y las renovables no bastarán para cambiarlo. Nuestra civilización se basa en la potencia de las energías fósiles. Nunca ha habido una transición de unas energías a otras, las utilizamos todas, carbón, nuclear, renovables y una inmensa cantidad de energía fósil irreemplazable. Y ni una fuente de energía infinita resolvería ya el cambio climático ni las especies desaparecidas. Ya tenemos trayectorias irreversibles”.

Decrecer. “El nivel de vida va a bajar, y se puede anticipar y hacerlo menos desagradable o sufrirlo con guerras, enfermedades y hambre. Hay un riesgo serio de degradación de las condiciones de vida más rápido de lo previsto, aunque todo está abierto aún. Y el decrecimiento es una política de anticipación, aprender a compartir, no tanto para los ricos y mínimo vital para los pobres”.

«‘Mad Max’ es el estadio cuatro del hundimiento, sería lo que pasa en Libia hoy»

¿Es posible ‘Mad Max’?Mad Max es el estadio cuatro del hundimiento, lo que pasa hoy en Libia, gente en el desierto con kalashnikovs, hundimiento de las instituciones, luchas de clanes y por el petróleo. Es una posibilidad. Hay cinco estadios: primero el hundimiento financiero, sin dinero en los cajeros, como Argentina en 2001. Puede quedarse ahí o degenerar en hundimiento económico: nada en los súper, como Cuba en los noventa. Y eso puede derivar en colapso político: como Rusia en los 90, con vuelta de las mafias. Y en hundimiento social, como en Mad Max . Son los colapsos, en plural, y no son blanco o negro. No todos los países saldrán igual de ellos, dependerá de cómo actúen”.

¿Cuándo? “Ya tenemos los desastres aquí. Hay margen de maniobra, pero ya hay guerras por el clima, refugiados climáticos, catástrofes nucleares, enormes incendios, crisis financieras sucesivas, y esto se puede acelerar. Y las elites no invierten en resiliencia, en redundancia, en cuidados para atravesar este siglo de tempestades con el menor sufrimiento. El Estado del bienestar es un invento genial y lo destruimos desde hace 40 años”, concluye.

La Vanguardia

Las urgencias y el pragmatismo demolieron el pensamiento crítico

Por Raúl Zibechi

Una de las principales características del pensamiento crítico fue siempre la capacidad de mirar largo y lejos, de otear por encima de los árboles para divisar el horizonte. Esa mirada larga ha sido la brújula que no se perdía ni siquiera en las peores situaciones. En momentos de guerras y genocidios, la esperanza provenía de la convicción de que se sigue caminando en la dirección elegida.

Por lo tanto, cultivar la memoria es una cuestión básica, casi un instinto para sobrevivir y crecer. No para aferrase al pasado sino para afirmar las raíces, la cosmovisión, la cultura, la identidad que nos permiten seguir siendo y caminar, caminar, caminar….

El pensamiento crítico se viene ahogando en la inmediatez, se pierde en la sucesión de coyunturas en las que apuesta por el mal menor, ruta casi segura para perderse en el laberinto de los flujos de información, sin contexto ni jerarquización. El sistema aprendió a bombardearnos con datos, con las últimas informaciones que sobreabundan en medio de la escasez casi absoluta de ideas diferentes a las hegemónicas.

Estos años buena parte de la izquierda y de la academia la emprendieron contra Trump. Lógico y natural. Pero parecen haber olvidado que algunos de los desarrollos más oprobiosos vienen de los años de Barack Obama, el progresista que inició la guerra en Siria, que promovió el golpe de Estado en Egipto y decenas de intervenciones contra los pueblos en América Latina, Asia y África.

Dedicar todos los análisis a las coyunturas implica dejar de lado los factores estructurales. De ese modo, no pocos analistas que presumen de un pensamiento crítico, “olvidan” que los gobiernos progresistas profundizaron el extractivismo (acumulación por despojo o cuarta guerra mundial). Cuando los incendios en la Amazonia, esta corriente mayoritaria atacaba a Bolsonaro (con toda razón), pero no quiso mirar que bajo el gobierno de Evo Morales sucedía exactamente lo mismo.

Sinceramente, no veo la menor urgencia en que retornen gobiernos progresistas que ya han mostrado los límites de las administraciones que encabezaron. En Bolivia, señala Rafael Bautista, era necesario derrotar a la derecha y la gente lo hizo, pero “la usurpación que hace el MAS de la victoria popular, creyendo que fue obra exclusivamente suya la recuperación democrática, está conduciendo a ese desencantamiento que es lo que, precisamente, sucedió previamente para que el golpe pasado sea legitimado por una revuelta social” (Alai, 4 de enero de 2021).

Si el pensamiento crítico naufraga en la cortedad de miras, ha optado también por culpar de todos los problemas a la derecha. De este modo, al amputarse la autocrítica con la excusa de no dar argumentos al adversario, queda impedido de aprender de los errores, de confrontar abiertamente y debatir en colectivo para llegar a conclusiones comunitarias que orienten la acción.

¿Dónde están las autocríticas del brasileño PT, del MAS de Eco o de Alianza País de Rafael Correa? Para evitar el debate acuñaron la idea de “golpe”, que se aplica en cualquier coyuntura que sea adversa. O de “traición”, para dar cuenta de casos tan sonados como los del ecuatoriano Lenin Moreno y el uruguayo Luis Almagro, olvidando que fueron elegidos por Correa y Mujica respectivamente.

Podría seguir argumentando situaciones y conceptos que han desviado o impedido los debates y, peor, los aprendizajes siempre necesarios. Hay un punto, empero, en el que seguimos atascados sin poder avanzar, ni tender puentes, ni hacer balances. Me refiero al papel del Estado en los procesos revolucionarios.

Algunos nos negamos a considerar que los Estados estén en el centro del horizonte emancipatorio, mientras muchos otros no conciben la acción política por fuera de la institución estatal. No es un asunto menor. Es el rompeolas contra el que se estrellarán las futuras generaciones, incluyendo los movimientos indígenas y feministas, los más pujantes en estos años.

Se viene difuminando una idea nefasta que dice: si las personas, los colectivos o los movimientos adecuados llegan al Estado, por ese sólo hecho lo modifican, cambian su carácter. Como si el Estado fuera una herramienta neutra, utilizable tanto para oprimir y reprimir como para liberar pueblos y ajustar cuentas con la clase dominante.

La experiencia histórica, desde la revolución rusa hasta los últimos gobiernos progresistas, habla por sí sola. Pero al parecer recordar y hacer balance es un ejercicio demasiado pesado para un pensamiento indolente, que busca acurrucarse en la tibieza de las comodidades antes que acampar a la intemperie.

La política sudamericana como péndulo inestable

Por Salvador Schavelzon

 Sudamérica terminaba 2019 con revueltas en las calles e inestabilidad política. La inestabilidad mostraba un campo de indefinición sin tendencia común ni nuevo paradigma que unificara la política regional en una única dirección. Al margen de la economía, con situaciones variables en los distintos países, lo que parecía una constante es que los arreglos políticos e institucionales que acompañaron al neoliberalismo en las últimas décadas, tanto en sus versiones de liberalismo pro mercado, como en la socialdemocracia o el progresismo, se muestran agotadas. 

Vuelcos de los electores a la derecha o a la izquierda, con alto nivel de votos “contra” todos los gobiernos, muestra también que no hay un nuevo modelo que consiga estabilizar o traer un control político de las instituciones para ningún lado. Los llamados populismos, de izquierda y de derecha, aparecen como síntoma más que como solución y las calles en varios países muestran que tiempos de movilización desordenada mantendrán el tablero político en movimiento. 

La inestabilidad trae también realineamientos que cortan transversalmente ejes de lectura política y solidaridad anteriores. Esta época dejará marcas en el porvenir político, ya latentes en las controversias que acompañan la vida política. Así como el chavismo, el gobierno de Salvador Allende, el plebiscito uruguayo sobre privatizaciones en 1992, Israel, la caída de la Unión Soviética, hechos recientes como la caída del PT y de Evo Morales, el crédito para propuestas como las de López Obrador o el Frente Amplio que en algunos proponen en Brasil para derrotar a Bolsonaro, formarán parte de las discusiones de la izquierda latinoamericana con interpretaciones divergentes. 

La pandemia, por otra parte, desde su inicio mostró distintas reacciones y sensibilidades que suspendieron también ejes políticos anteriores. El panorama muestra distintas prioridades, entre el llamado al cuidado auto-organizado de los de abajo, el cuestionamiento crítico de medidas de disciplinamiento, la búsqueda de brechas para expresar el descontento político o abrir camino a lucha social priorizando o no, en cada caso, la oposición a los gobiernos de turno.

Asumiremos aquí un lugar en estos debates con un primer gesto de entender la respuesta a la pandemia como un momento más de un proceso político que no altera totalmente su curso, y no como evento que exige reorganizar la concepción de cada pieza política del sistema. Grandes frentes o la vuelta al Estado que aparece en un horizonte post pandémico, por ahora no pueden mencionarse como cambio político concreto y no afectan la forma de gobierno construida en las últimas décadas. 

El neoliberalismo hoy carece de alternativas o transformaciones que lo desafíen. Su debilidad constitutiva no se convierte en cuestionamiento de su viabilidad, porque ya nace conviviendo con esa fragilidad. Donde sí vemos abertura y dinamismo, con volatilidad, es en el orden de los estilos de gestión, con fuertes cuestionamientos de autoridades establecidas, la aparición de nuevas figuras políticas y también propuestas de nuevos pactos, nuevas articulaciones, intentos políticos de representar los cambios internos al capitalismo que parecen ser un hecho.

Todos los poderes reinantes, de cualquier tendencia, son cuestionados o tienen su orden de gobierno dificultada, sea desde las calles o desde las instituciones políticas. La falta de alternativas políticas hace, así, que sean las crisis de gobierno el escalón donde por ahora la crisis del régimen se manifiesta. Una crisis más profunda abre una gran interrogación, pertinente incluso para pensar la actual pandemia, en su relación que va más allá de las instituciones liberales, republicanas, y obliga a preguntarnos por el modelo de organización económica y de vida en que se sustenta la sociedad industrial contemporánea. 

En Sudamérica, gobiernos de izquierda sólo fueron posibles sin cuestionamientos más profundos. Pero tampoco es posible hoy mantener las condiciones de posibilidad política de la década del progresismo, con bonanza económica, reducción de la pobreza, políticas sociales y aumento del consumo en base al aprovechamiento de precios altos de commodities con una apuesta por la expansión de soja, la megaminería, etc. La incapacidad de estos gobiernos para impedir el aumento de la desigualdad, la precariedad y la dependencia financiera, además de la destrucción medioambiental y de la impotencia frente a modelos de salud y educación privatizados, hacen a este modelo también no deseable ni suficiente.  

Pero el quiebre actual va más allá de la viabilidad de una etapa post progresista. La crisis nos lleva más atrás, y la obsolescencia remite incluso a la democratización de la década del 80, con los pactos postdictadura que definieron el rumbo político posterior con la conformación de una o más élites políticas hoy desafiadas. El juego de gobiernos neoliberales y progresistas que se sucedieron desde entonces, conformando un arreglo entre derecha y progresismo, está quebrado. 

Siguiendo los resultados electorales de varios países podemos ver que las victorias son de fuerzas políticas nuevas o renovadas: Macri, Bolsonaro, Alberto Fernández, López Obrador, Lenin Moreno, por distintos caminos, son más liberales, más populistas, más moderados, o más extremistas que los campos políticos que reemplazan. Ni siquiera el kirchnerismo, con Cristina en la vicepresidencia, o la candidatura del ministro de economía de los gobiernos de Evo Morales, en Bolivia, pueden ser leídos como continuidad.  

La reciente movilización norteamericana, y las de Ecuador, Colombia y Chile, al menos, en sudamérica, con movilización indígena, formación de asambleas, enfrentamiento con la policía en las calles, y politización generalizada, permiten que las luchas sean también un elemento en la escena política de inestabilidad, que a depender de las fuerzas institucionales,  el esfuerzo siempre será el de sepultar cualquier discusión más profunda o que vaya más allá del enfrentamiento mediático en que el sistema hace de cuenta que representa la totalidad.

Fuera del juego político consagrado en las últimas décadas, oponiendo opciones sociales a opciones de mercado sin cuestionar los acuerdos comunes, hay un mundo inmenso desde donde es posible visualizar la gravedad de gobiernos al servicio de modelos destructivos y de explotación, cuya versión de izquierda no evita un ritmo de muerte sobre el territorio, y la versión derechista sólo avanza sobre los pasos ya iniciados por los que ahora le son oposición. Este lugar, es también el de la lucha posible, donde no hay alternativas ya visibles de salida del momento actual, pero donde se imagina una ruptura con las formas actuales del capitalismo.

 

Derecha y progresismo.

En su dimensión más radical, este momento de ruptura con los consensos de la democracia se expresa en Brasil con el bolsonarismo, en su reivindicación y emulación del pensamiento de la derecha más recalcitrante, con elementos importados de la guerra fría, con gestos antidemocráticos explícitos que remiten al lenguaje de la guerra interna del aparato de represión del tiempo de la dictadura contra las organizaciones de izquierda, y a la negación de las políticas de inclusión de minorías o educación y derechos plurales. Esta postura rompe con el consenso democrático de la democracia neoliberal que primó hasta recientemente, como retorno al tiempo anterior a ese consenso. Si bien en términos de modelo económico se intensifica el neoliberalismo, sin la idea de protección del fascismo clásico, en términos políticos hay una ruptura con el consenso salido de la Constitución de 1988.

Reivindicaciones públicas de torturadores de la dictadura, ataques a los poderes constituidos del legislativo y judicial, como apelo populista y conservador al mismo tiempo, alineado con las nuevas derechas de Europa y Estados Unidos, recoge también las agendas conservadoras de iglesias evangélicas, con hincapié en el orden securitario de liberación del porte de armas, violencia policial institucional, encarcelamiento en masa y cercanía con milicias paramilitares. 

En otro elemento de ruptura con los consensos democráticos anteriores, durante la (no) gestión de la pandemia en Brasil, esta actitud se tradujo en la minimización negacionista de la amenaza viral, desafiando el consenso global de emergencia sanitaria, y defendiendo de forma cínica la necesidad de mantener la economía en funcionamiento. En su expresión de ruptura con la democracia multipartidaria anterior, frente a la cual Bolsonaro mantiene distancia, el gobierno de Brasil es conformado por una combinación de actores y discursos que combinan sectores ideológicos antimodernos, militares, empresarios y muchos vínculos con un capitalismo de empresarios que ocupan territorios y explotan recursos naturales no renovables, con rapiña económica y negocios ilegales.

Esta embestida no es ajena a las alianzas gobernantes o de la derecha latinoamericana en México, Colombia, Perú, etc. Pero es una forma particularmente radicalizada que aprovecha la caida de una socialdemocracia liberal débil, que en los últimos años gobernaba con apoyo político de sectores políticos conservadores. Gobernadores del peronismo de derecha en Argentina, base parlamentaria de “bala, biblia y ganado” en Brasil, empresarios del Oriente de Bolivia que rápidamente ocuparon la presidencia en la última crisis de aquel país. La izquierda habían tomado un camino de derechización con ajustes de austeridad, tratados bilaterales de libre comercio, represión de movimientos sociales y distancia con las agendas que lo vieron llegar al poder o que este campo ahora defiende desde banderas históricas como la reforma agraria hasta las agendas de inclusión, que alianzas conservadoras no permitían, o incluso distribución de riqueza con tasación de fortunas o impuestos que se beneficien del avance de la financiarización de la vida social.  

La socialdemocracia perdió apoyo social, como queda visible en la falta de movilización frente a su caída. Campañas anticorrupción que la comprometían y fueron mediáticamente difundidas le hicieron mella, pero también debe observarse el progresivo acercamiento hacia el centro político o la derecha, asumiendo agendas conservadoras como las citadas, además de militarización, inacción frente a la desregulación y pérdida de derechos del trabajo, aceptación de políticas de género, educación sexual y salud reproductiva conservadoras impuestas por aliados religiosos.

Cualquier movimiento que busque entonces reconquistar espacio para los de abajo, debe tomar nota del movimiento que representa el bolsonarismo contra el consenso y la izquierda del sistema. Con signo político opuesto, debe ser el lugar de cualquier proyecto radical de transformación la crítica de los consensos y poderes institucionales de la democracia burguesa, ligada a prácticas empresariales corruptas y destrucción del ambiente con afán de lucro. La seducción que Bolsonaro ejerce sobre clases populares, sólo podrá deshacerse si una posición no reaccionaria, no nacionalista y alejada de una visión de mundo jerárquica y homogeneizadora pueda ser capaz de impugnar el consenso que gobernó la región en las últimas décadas. Debe poder encarnar un lugar anti sistema, esta vez auténtico y, por lo tanto, no neoliberal. 

Este movimiento no ha ocurrido y el efecto bolsonaro es más bien el de una izquierda o progresismo que defiende las instituciones republicanas en crisis, o esperar de ellas una reacción contra el ataque que Bolsonaro representa, y desde ese lugar construye nuevas alianzas de amplio espectro, abarcando por supuesto el del empresariado neoliberal.

Gestión de la Pandemia y progresismo 

Frente a la barbarie bolsonarista el progresismo reemplazado encuentra un brújula en Argentina. El país se encuentra económicamente mucho más comprometido que Brasil y otros países de la región, con inflación y devaluación constante desde hace años. Muy dependiente de exportaciones primarias y con un Estado con dificultades de enfrentar sus compromisos financieros con bancos y con la población. Pero políticamente encontró con la gestión de la pandemia un liderazgo gubernamental fuerte. 

La victoria de Alberto Fernández frente a Mauricio Macri en 2019 ocurrió en una elección disputada y a la sombra de Cristina Kirchner. O dejando a Cristina Kirchner en la sombra frente a parte del electorado que la rechaza. Fue el fuerte rechazo contra Macri que lo llevó a la presidencia así como el fuerte rechazo contra Cristina había llegado a Macri al mismo lugar cuatro años atrás. Pero la apuesta por la respuesta dura frente a la pandemia que no evitó escenificación performática sobre el papel cuidador del Estado, con la presidencia coordinando cada detalle de su implementación, resultó en que la figura de Cristina Kirchner quedase atrás e incluso líderes de la oposición se sumaran y fueran fotografiados junto a él en la tarea de enfrentar el coronavirus.

Posición acertada política y sanitariamente, de hecho presenta un contraste con Brasil, que también no deja de ser explotado política y mediáticamente desde Argentina. El contraste de Argentina con Brasil y Chile -pero no así Uruguay y Paraguay, que tuvieron mejor respuesta estadística- no deja de emular la competición futbolística y tal vez algo aún más bélico, con cierres de fronteras y lecturas nacionalistas que reconfortan espíritus que encuentran satisfacción en un Estado pensado como poderoso y superior. En realidad, la apuesta populista del peronismo no es diferente a la que Trump, que cierra fronteras para viajes de personas de Brasil o plantea una oposición con China; y del propio Bolsonaro, que ya se refirió a Argentina despectivamente a partir de sus preferencias políticas que son tratadas como pasaporte para el deterioro económico y la corrupción. 

El tema es que todo el lenguaje y escenificación nacionalista nace como reflejo fácil cuando, en la búsqueda del enemigo para antagonizar, tenemos una visible discusión abierta sobre modelos políticos y estamos envueltos en la contabilización de cadáveres, operaciones logísticas y internacionales para garantizar el funcionamiento del sistema sanitario, y ante un primer plano del control estatal para garantizar el lockdown, la preparación de hospitales de campaña y la fabricación militar de remedios o vacunas en gran escala. Es el tiempo de expertos médicos y logísticos, también religiosos y responsables de seguridad gubernamental. 

Pasando el primer impacto, donde algo nuevo exigió un reacomodamiento, vemos como la lógica de la pandemia no es más que una intensificación o continuidad alterada de posiciones políticas anteriores, sea en agendas empresarias de concentración, creación de nuevos mercados, o en las oposiciones buscando elementos de movilización, cuestionamiento de poderes establecidos, junto a medios de comunicación que también mantienen intactas sus narrativas buscadoras de audiencia. 

En Brasil, como si el gobierno Bolsonaro no buscara justamente un vacío especulador de gobierno, al inicio de la pandemia se llegó a interpretar que el gobierno real estuviera en manos de militares, y no del presidente. Hay 3 mil cargos políticos en manos de esta fuerza, además de tres generales con funciones ministeriales de coordinación. El Jefe de la Casa Civil (Jefe de Gabinete o ministro articulador) en manos del general retirado Braga Netto juega este papel ambiguo de coordinar políticas a las que el gobierno decidió oponerse.  Pero al margen de invocaciones fuera de lugar del Plan Marshall y especulaciones sin sustento sobre interés militar en desplazar a Bolsonaro, el gobierno muestra cierta lógica en el retiro continuo de funciones estatales de cuidado y presencia estatal.

Aunque la pandemia redujo el apoyo a Bolsonaro, que debió deshacerse de sus ministros más populares (de la salud, durante la pandemia y de justicia, en un conflicto por el intento de control de las investigaciones policiales) sería un error no partir de su popularidad para cualquier análisis. Esto, junto al conservadurismo del congreso, lo blindan de una destitución, que mal es propuesta por la débil oposición, sin fuerza moral y política para superarlo. Mientras la oposición es solamente una crítica desde el consenso democrático de elites anteriormente vigente, o una indignación frente a la desidia, el bolsonarismo se fortalece y siente autorizado como fuerza autopercibida como de intervención anti izquierdista y anti estatal. 

La oposición, que enfrenta la salud de la enfermedad, el bien y el mal, la civilización y la barbarie, Brasil de Argentina, se encuentran a veces por el peor camino. No el de la crítica anti-sistema, que buscaría superar el consenso de la desigual democracia del capitalismo sudamericano, sino el de una derechización generalizada. En Brasil, vemos los gobiernos estatales (provinciales) que se mantuvieron en manos del PT o el progresismo (como Flavio Dino y Rui Costa, en Bahía y Maranhao), no sorprende ver que sus iniciativas se acercan a la agenda conservadora que eligió a Bolsonaro: militarización de la educación, represión de movimientos campesinos (ver denuncias de CPT contra Dino), políticas de salud impulsadas por evangélicos con propuestas de internación compulsiva de usuarios de drogas, y la apuesta por el agronegocio, el desarrollo predatorio con gran minería, trenes, etc. Lo mismo podía verse entre aliados del kirchnerismo en las provincias o en la composición del voto progresista en todos los países, apuntando a una clase media a la que se promete inclusión vía consumo, sin servicios sociales de calidad. 

Una izquierda que no sigue el camino del autoritarismo conservador, como Haddad en Brasil, Luis Arce en Bolivia, López Obrador en México y Alberto Fernández, por otra parte, se ubican en un centro liberal, con discurso más o menos populista, cerca de sectores políticos que el progresismo reemplazó se opuso cuando gobierno, mostrando políticamente la realidad del consenso que las nuevas derechas extremistas cuestionan, y terreno fértil para que un nuevo capitalismo lleve adelante planes de reconversión y cambios pensados a la medida de los negocios y el mercado, y no de la deliberación colectiva, la democracia en sentido amplio y las mayorías. Mucho menos de los trabajadores que sufren con precariedad esos cambios.

La idea de que el consenso todavía es posible, con adaptaciones como la autodefinición de Alberto Fernández como progresista liberal, o la ilusión de que todos caben en un discurso formulado para la “clase media”, es uno de los elementos de una crisis que no muestra caminos políticos fértiles o con horizontes más allá de la crisis. Más hacia la izquierda, no hay expresiones partidarias que expresen la movilización y el foco es el mismo que el progresismo, de oposición discursiva y electoral contra Bolsonaro, Macri, el gobierno transitorio de Bolivia. En Argentina hace tiempo que el kirchnerismo, junto a la oposición a Macri, englobaron a buena parte de la izquierda. En Brasil, la nueva izquierda es identificada con Guilherme Boulos del MTST (Sin Techo), ex candidato a presidente del PSOL; Marcelo Freixo, del mismo partido y que representa la lucha contra las milicias hoy empoderadas desde el gobierno; cuya fuerza y energía gira en torno de la disputa electoral y partidaria más que en la disputa social. Estas opciones, a las que pueden comparase el Frente Amplio de Perú y Chile, como nuevas izquierdas que, a pesar de la plena conciencia del fracaso del progresismo, se reencuentran rápidamente con la izquierda de gobierno, incorporados a la lógica parlamentaria, y en agendas que legitiman el juego del sistema de forma bien comportada. 

La continuidad del progresismo con las bases del modelo económico y el consenso neoliberal se observa como posición de gobierno. En Argentina, la apuesta política a la reactivación de la megaminería de Vaca Muerta, declarada como prioridad a pocos días de asumir el gobierno de Fernández-Fernández. O la apuesta de Alberto Fernández por un posicionamiento moderado, de no intensificar las álgidas tensiones que recorren la política, observable incluso en una medida que podría dar espacio para la movilización. La distancia pandémica, así, parece formar parte del estilo político que no sólo contrasta con el interés por los bombos, calles y militancia que los Kirchner cultivaban, sino que también la forma en que se interviene en una gran empresa cerealera con riesgo de quiebra y acusada de especulación financiera, no es cuestionando la lógica agroexportadora, de gestión empresarial ligada al envenenamiento transgénico, la concentración de la propiedad agraria, y el ahogo de pequeños productores. 

Cuando Bolsonaro desplaza al PT y Alberto se enfrenta al macrismo, muchos sueñan con una época de oro de 10 años atrás. El control político del progresismo en estos y otros países, sin embargo, no permitió avanzar de forma estructural sobre los grandes problemas. No hace falta de mucho para entender cómo la oposición antisistémica de Bolsonaro es falaciosa y no representa ni siquiera la lucha anticorrupción. Se muestra necesario entonces hacer un esfuerzo mayor y volver a los momentos de las grandes protestas donde realmente se abrieron momentos de discusión general sobre el rumbo político: el 2001-2002 en Argentina, 2013 en Brasil, el periodo de 2000 a 2005 en Bolivia, el Caracazo de 1989 en Venezuela o las movilizaciones indígenas en Ecuador. Algo de eso parecía empezar a dibujarse en 2019.

Inestabilidad regional y fin del consenso 

El caso de Venezuela es particular, se adelantó en la inestabilidad, con un pico de conflicto político poco tiempo atrás, ahora se convirtió en un lánguido deterioro decadente, sin que las fuerzas de oposición puedan derribar al gobierno ni este recuperar su estrella y revertir el desastre económico. También se encuentra en impasse sin un consenso o modelo político que funcione y se imponga como alternativa, pero en lugar de cambios guiados por renovaciones electorales, vive una inercia de la situación anterior, vivida de forma rígida. 

La derecha derivada del uribismo también encuentra popularidad en Colombia, pero en 2019 se encontró con un crecimiento en las marchas en su contra, sumándose al ciclo de movilizaciones. Estabilidad política y estabilidad del modelo político se muestran como variables independientes. Genera cambios de liderazgo y legitimidad política de signo variado, con renovación en Argentina, ruptura en Brasil, cuestionamiento sin alternativas en Chile y movilización en otros países incluso con fortaleza de sus gobiernos anteriores. En México, a contramano del progresismo del sur, López Obrador tiene aire para hablar de Estado de Bienestar, pero sin que esto sea viable concretamente y sin poder evitar ser parte de la misma crisis neoliberal que lleva populistas de derecha al gobierno en otros países.

El consenso que cae es el del modelo económico de la democracia neoliberal, sea administrado por la derecha o la izquierda. El juego político institucional tiende a moverse entre la extrema derecha y el centro, entre gestión posible y ruptura conservadora. La falta de modelo político desde la izquierda  muestra que, como gobierno, el sistema sólo se mantiene con ajustes, militarización y represión. Pasa a ser anecdótico si desde la presidencia se cita a Salvador Allende y el Che Guevara como en México, con el poder empresarial dentro del gabinete de ministros, o si se asume una identidad ultraliberal, con militantes enarbolando banderas norteamericanas, como en Brasil. Lo ideológico, en esta coyuntura, también está disociado del modelo político y económico que se opta por administrar. 

La necesidad de cambio de paradigma quedó clara en Ecuador con la revuelta de varios días en septiembre, con protagonismo indígena, que se enfrentó al gobierno sin que el correísmo apareciera como alternativa. De hecho, los indígenas dejaron claro que no luchaban por la vuelta de quien había invadido sus territorios con proyectos militarizados de mineración de capital Chino. Las protestas aumentaban en Colombia, sin que tampoco una fuerza opositora emerja con fuerza, en un caso de gobierno de derecha que en la respuesta a la pandemia aumentó su popularidad. La vuelta de la derecha en Uruguay y su persistencia en Paraguay y Perú, también no permite trazar constantes porque la respuesta al coronavirus fue dispar. Como en Bolivia, en estos países nuevas y viejas derechas también hacen parte de un juego inestable donde el progresismo tampoco salió de la cancha, y puede retornar.

El debilitamiento electoral del progresismo, con simultáneo crecimiento electoral de la derecha en varios países, obliga a descartar las visiones que entienden la caída de Morales, Lula y Cristina (en 2015) como operaciones orquestadas directamente por el intervencionismo norteamericano, que sin embargo hubiera ahorrado a Nicolás Maduro, que en realidad es el régimen más contestado y geopolíticamente opuesto a Washington. 

En el ojo de la tormenta de la crisis neoliberal debemos ver como por detrás de la institucionalidad y la ideología, se impone una realidad precaria de explotación como realidad de millones que, bajo ningún gobierno de izquierda o de derecha, podrán aspirar a seguridad social, salud y educación de calidad. Apenas sectores privilegiados de la sociedad cuentan con estos servicios y las viejas estructuras sindicales se muestran mayormente incorporadas a la gestión capitalista o ligados al campo de disputa electoral sin capacidad para sumar a la protesta social. 

En una crisis sistémica que es también civilizacional, una resistencia desde el campo del trabajo, con nuevas formas de organizarse y luchar, se suma a luchas anti raciales con epicentro en Estados Unidos, y da lugar también a resistencias territoriales, urbanas, rurales y selváticas que cuestionan el modelo de desarrollo y en todo el continente ha mostrado fuertes procesos de lucha contra gran minería e intervenciones estatal-empresarias que significan directamente en la desaparición de formas de vida para enriquecimiento privado, como base material de formas de vida mercantilizadas y no disociadas de la explotación y forma de vida urbana en las periferias.  

Si Argentina y Brasil contrastan como dos búsquedas de canalizar el descontento coo vuelta al progresismo o escape del mismo por el camino de la peor derecha, Chile y Bolivia se oponen también como inestabilidad desde las calles con signo político opuesto. La continuidad del Evismo, que ganó una nueva elección en 2019 y podría volver a hacerlo frente a Jeanine, aunque le costaría imponerse en segunda vuelta, muestra que nada garantizado para la derecha, que en Chile, ganando elecciones con apoyo popular un estallido social le muestra continuamente la puerta de la calle.

Chile entre nueva Constitución y Protesta

Chile fue donde la inestabilidad política de la crisis del régimen encontró un camino de movilización con millones en las calles. Un estallido social se inició el 18 de octubre de 2019 con una acción contra el aumento del pasaje de estudiantes secundarios, que se convirtió en un levantamiento social generalizado contra el presidente, de enfrentamiento en barrios y el centro de la ciudad con la policía, y como movimiento por una nueva Constitución. Este proceso atravesó el verano y sólo se interrumpió con la pandemia. Aunque inicialmente el gobierno no impuso un lockdown estricto, los efectos sobre la movilización y sus protestas semanales fue de interrupción inmediata. 

El saldo fue miles de presos políticos, formación de asambleas en todo el país que podrán rearticularse y la apertura de un proceso deliberativo que sólo parcialmente se encaminó por el camino constituyente. La convocatoria a un referendo y elección de Constituyente, pospuesto de mayo para septiembre por la pandemia, nace de un acuerdo entre el gobierno derechista de Sebastián Piñera y la oposición, incluyendo la tercera fuerza, del Frente Amplio, que nace de las movilizaciones estudiantiles. El llamado a “dejar atrás la Constitución de Pinochet”, de 1981, muestra como el viejo consenso neoliberal bajo el cual también gobernó el partido socialista y con apoyo del partido comunista, está roto. 

La realidad, sin embargo, es que la fuerza de la calle muestra como desalineado con los deseos mayoritarios el acuerdo que dio lugar a una nueva Constituyente, donde por el modo de aprobación, la derecha tendrá poder de veto garantizado. Será una Constitución firmada por los actores políticos dominantes en las últimas décadas, a lo que se suma el Frente Amplio, lo que permite esperar que las calles vayan a ocuparse nuevamente en el caso de que una nueva Constitución de hecho se haga realidad. En ese escenario, el propio poder empresario toma distancia de Piñera y el camino más represivo, viendo con buenos ojos una nueva Constitución, que interrumpa las protestas y le de nueva viabilidad al neoliberalismo chileno. Por el otro lado, cualquier moderación del gobierno de derecha es aprovechada por la extrema derecha, de José Antonio Kast, en la línea de la incorrección política y reavivamiento de discurso anticomunista ultra conservador con tintes fascistas. 

El consenso entonces enfrenta resistencia en Chile, pero esa resistencia no tiene una solución u horizonte político. La duda es si la solución del sistema, con viejos y nuevos actores políticos cerrará la grieta entre la política y la gente, hoy abierta. Para eso no debemos ver solamente las protestas. El problemas es la informalidad, las mayorías no sindicalizadas, el trabajo precario, las poblaciones tradicionales y las agendas contrarias al desarrollo capitalista. El riesgo de la via Constituyente, iniciada por Bachelet sin apoyo pero que con el estallido social cobró impulso, es que sin respuestas reales a la crisis y sin alterar las bases del modelo, más allá de declaraciones simbólicas como ocurrió en Bolivia, permita una sobreviva a un modelo social que hoy por hoy sólo se mantiene con dura represión.

El problema no es diferente en los otros países. El consenso democrático de las últimas décadas es también el del desarrollo capitalista y en eso no se difiere tampoco de las nuevas derechas y las nuevas izquierdas. No hay fuerzas políticas que representen políticamente estas discusiones, sólo luchas, algunas muy potentes e inspiradoras, en toda latinoamérica, que muestran que de hecho el consenso no es invencible, aunque esto no signifique que hay un modelo viable esperando del otro lado de la movilización. El llamado a la vuelta del Estado, puede mostrar la fragilidad del sistema de salud estatal, pero no es bajo ningún concepto una superación del neoliberalismo militarizado y precarizador, más que como discurso electoral de los progresismos.

Bolivia.

En Bolivia, las elecciones del 20 de octubre de 2019 fueron seguidas de tres semanas de protestas sociales. El contexto era una postulación de Evo Morales muy cuestionada, contraria al mandato de la Constitución que él apoyó en 2009 y opuesta a lo votado por la población en un referéndum en 2016, en que el No a la reforma de la constitución para permitir una nueva reelección triunfó en la primer derrota electoral de Evo Morales desde 2005. A esto se sumó un conteo de votos que abrió margen a sospechas de fraude, que derivaron en la recomendación de realización de nuevas elecciones por parte de la OEA, convocada por el gobierno para auditar la elección. La continuación de las protestas con amotinamiento policial derivó en que la Central Obrera Boliviana y, especialmente, el ejército, que no asumiría una represión sangrienta como la de 2003, que derivó en la llegada del MAS al gobierno, pidieran la renuncia de Evo Morales. 

El 11 de noviembre, Evo Morales, su vicepresidente y autoridades máximas del congreso, controlado por el partido de gobierno, renuncian y parten para el exilio. Poco después asumiría la senadora opositora Jeanine Áñez sin apoyo mayoritario del congreso pero sí del ejército y sin enfrentar movilización masiva. Este gobierno se constituye en hecho consumado y pasa a ser legitimado incluso por la mayoría congresal, del partido de Evo Morales, que busca convocar rápidamente elecciones. La pandemia abre espacio para que Áñez suspenda las elecciones y prolongue su gobierno, al mismo tiempo en que se postula como candidata presidencial para elecciones finalmente fijadas para septiembre.  

Como Lula y el Kirchnerismo, Evo Morales mantiene un caudal considerable de apoyo electoral, suficiente para seguir siendo una fuerza política de peso, aunque con dificultades para imponerse electoralmente. Más allá de la política electoral polarizada, gobiernos de más de diez años sufrieron también el desgaste de la crisis de gubernamentalidad neoliberal. En Bolivia, la aceptación del modelo que se traducía en alianzas con sector empresarial del agronegocio y una apuesta comunicacional dirigida a la clase media, buscando que políticas sociales y renta del gas se tradujera en consumo y movimiento económico en las ciudades. La movilización social que posibilitó al MAS llegar al gobierno y aprobar una nueva Constitución fue substituida por propaganda estatal y afianzamiento de las instituciones tradicionales sin nada de “descolonización” en su funcionamiento.

El deterioro del apoyo electoral de los primeros diez años de gobierno, marcaron la caída del evismo ubicando a Bolivia en el mapa de la inestabilidad sudamericana que al llegar la pandemia se debate entre un gobierno de derecha que debe mantener apoyo entre los anteriores votantes del MAS, la posible vuelta del progresismo con un candidato moderado que podría compararse con el “progresista liberal” de la definición de Alberto Fernández, buscando burlar la imagen negativa como equilibrista donde tampoco surge fuerza para superar el consenso neoliberal que, a su vez, sólo puede ser administrado con cada vez más costo político. 

Quizás la fuerza que mantiene Evo Morales todavía pueda evitar un gobierno de extrema derecha en Bolivia cuando se normalice la situación institucional. De hecho, como en Argentina, el voto boliviano es progresista mucho más que conservador, a diferencia de Perú, Colombia o Brasil. Pero al margen de la épica comunicativa, ya no hay esperanzas de cambio profundo en el MAS y su retroceso electoral pone a Bolivia también en la senda de la inestabilidad y alternancia entre izquierdas o socialdemocracias moderadas, sin fuerza para enfrentarse al poder económico y las pautas que este establece desde el mercado, incluso en las transformaciones que se visualizan mejor en tiempo de pandemia. 

Aunque sea real el matiz entre un neoliberalismo asumido y conservador, y un progresismo que no rompe con el neoliberalismo y busca posicionar al Estado como interventor, en Bolivia como en otras partes la vieja derecha institucional y el progresismo son parte del mismo consenso. El triunfo de Evo Morales en 2005 era algo nuevo, porque venía de las calles y la movilización social. Pero el camino seguido una vez estabilizada la disputa por el poder a fuerza de votos, con una aprobación de Constitución negociada con la derecha en el congreso (no habilitado inicialmente a esto), muestra un destino común que también es riesgo para las movilizaciones de Chile y otros lugares.