Por Yanis Varoufakis

Por Yanis Varoufakis

Por Michael Roberts

El FMI estima que la economía mundial crecerá un 3,3% este año, por debajo del 3,5% que había pronosticado para 2019 en enero. Es la tercera vez que el FMI ha rebajado su previsión en seis meses. La nueva economista jefe del FMI, Gita Gopinath cree que la economía mundial ha entrado en “un momento delicado” . Y ha ofrecido un perspicaz pronóstico: “Si los riesgos de una desaceleración no se materializan y la política de apoyo puesta en marcha es eficaz, el crecimiento global debería recuperarse. Sin embargo, si cualquiera de los principales riesgos se materializa, entonces las esperadas recuperaciones de las economías estresadas, de las economías dependientes de las exportaciones y de las economías altamente endeudadas pueden descarrilar”. Así que, por un lado o por el otro ….
Junto a la perspectiva del FMI, la Brookings Institution, privada, hizo público también su análisis sobre la situación de la economía mundial, concluyendo de su índice de seguimiento de la actividad económica que el mundo ha entrado en una “desaceleración sincronizada” que puede ser difícil revertir. El índice de seguimiento Brookings-FT para la recuperación económica mundial (Tigre) comparan indicadores de la actividad real, de los mercados financieros y de la confianza de los inversores con sus promedios históricos para la economía global y para países concretos. Los principales índices han retrocedido significativamente desde finales del año pasado y están en sus niveles más bajos, tanto para las economías emergentes como para las avanzadas desde 2016, el año de rendimiento económico mundial más débil desde la crisis financiera.

Brookings no cree que sea inminente una recesión, pero “todos los sectores de la economía mundial estaban perdiendo impulso”. Si bien no estamos en una recesión global aún, es evidente a partir de los últimos datos de las principales economías que aún estamos en la Larga Depresión, como he definido este período desde el año 2009. Frances Coppola, la economista heterodoxa, también ha escrito que el capitalismo está bloqueado en una larga depresión y hace una serie de puntualizaciones similares a las mías sobre sus consecuencias. Pero en cuanto a las causas, Coppola, como otros keynesianos, se aferra a la idea de un ‘estancamiento secular’,a saber, que la depresión se debe a una falta crónica ”de demanda ». Los lectores habituales de mis artículos saben que no considero que esta sea una explicación adecuada de las crisis y depresiones. En una economía con fines de lucro, es la rentabilidad del capital lo que importa.
Y el nuevo Informe de Estabilidad Global del FMI ofrece más apoyo a mi interpretación causal de la larga depresión. Confirmando lo que he demostrado empíricamente antes, el FMI considera que la rentabilidad empresarial (medida por las ganancias corporativas en relación con el balance de activos) en las principales economías no ha recuperado los niveles de 2008. De hecho, la rentabilidad del capital está muy por debajo de los niveles de finales de 1990.

Esta larga depresión tiene características similares a la depresión de finales del siglo XIX y la Gran Depresión de la década de 1930. La primera fue superada por una serie de crisis, que finalmente hicieron aumentar la rentabilidad y la segunda mediante una guerra mundial. Creo que la actual depresión tendrá una evolución más parecida a la del siglo XIX.
La baja rentabilidad explica sobre todo por qué la inversión empresarial ha sido tan débil desde 2009. Los beneficios obtenidos han sido destinados a la especulación financiera: para fusiones y adquisiciones, la recompra de acciones y el pago de dividendos. También ha habido acumulación de dinero en efectivo. Todo ello porque la rentabilidad de la inversión productiva sigue siendo históricamente baja.
Como lo resume Gillian Tett en el FT: “el FMI calcula que las empresas estadounidenses pagaron dividendos a los accionistas y recompras de acciones que suponían el 0,9 por ciento de los activos el año pasado, el doble del nivel de 2010. No es de extrañar que los mercados de acciones se hayan disparado (dejando de lado las oscilaciones de finales del año pasado). Las empresas también han utilizado este arsenal para aumentar significativamente las fusiones y adquisiciones: este tipo de acuerdos absorbieron flujos de efectivo equivalentes al 0,4 por ciento de los activos en 2019, en comparación con prácticamente cero en 2011. Sin embargo, el volumen de flujo en efectivo gastado como inversión de capital, por el contrario, se mantiene plano desde 2012, situándose en torno al 0,7 por ciento de todos los activos – menos que el flujo de efectivo destinado al pago de dividendos a los accionistas”. O, como señala el informe del FMI:“Las fuertes ganancias en los Estados Unidos fueron utilizadas para pago de dividendos y el aumento de riesgos financieros”. Pero no, parece, para aumentar la inversión.
El otro factor clave en la larga depresión ha sido el aumento de la deuda, especialmente de la deuda empresarial. Ante la baja rentabilidad, las empresas han acumulado más deuda para financiar proyectos o especular. Las grandes empresas como Apple o Microsoft pueden hacerlo porque tienen reservas de efectivo en las que apoyarse si algo va mal; las empresas más pequeñas sólo pueden aguantar esta espiral de la deuda porque las tasas de interés se mantienen en mínimos históricos y, por lo tanto, el servicio de la deuda sigue siendo viable – siempre y cuando no haya una disminución de las ventas y ganancias.

De nuevo, el Informe sobre la Estabilidad Global del FMI resume la situación. “En la mayoría de las economías avanzadas, la capacidad de servicio de la deuda en el sector empresarial mejoró durante la reciente recuperación cíclica. Los balances parecen lo suficientemente fuerte como para sostener una desaceleración económica moderada o un endurecimiento gradual de las condiciones financieras. Sin embargo, los niveles de deuda en general y la toma de riesgos financieros han aumentado, y la solvencia de los prestatarios se ha deteriorado en relación con la calificación de los bonos como inversión y los mercados de préstamos apalancados. Una desaceleración significativa o un endurecimiento importante de las condiciones financieras podría llevar a una revisión importante de los precios de los riesgos de crédito y hacer más difícil el servicio de la deuda de las empresas endeudadas. En la medida en que las condiciones monetarias y financieras sigan siendo favorables, es probable que la deuda continúe aumentando a mediano plazo, en ausencia de medidas de política económica, aumentando el riesgo de un ajuste más duro en el futuro”.
Cada crisis tiene un disparador diferente o causa próxima. La recesión internacional de 1974-5 fue provocada por un fuerte aumento de los precios del petróleo y el abandono de los EE.UU. del patrón dólar-oro. La crisis de 1980-1982 fue provocada por una burbuja inmobiliaria en Europa y una crisis industrial en las principales economías. La recesión de 1990-2 fue provocada por los precios del petróleo y la guerra de Irak. La leve recesión de 2001 fue el resultado de la explosión de la burbuja dot.com. Y la Gran Recesión se inició con el colapso de la burbuja inmobiliaria en los EE.UU. y la consiguiente restricción del crédito provocada por la diversificación internacional de los derivados de crédito. Pero detrás de cada una de estas crisis se encuentra el movimiento a la baja en la rentabilidad del capital productivo y, finalmente, una desaceleración o disminución de la masa de ganancias. (El nexo de inversión y lucro).
Esta vez creo que el detonante será la deuda empresarial, ya que las empresas consiguen acumular un exceso de créditos baratos y cuando los beneficios caen y el coste de los interés sube, se convierten en insolvente. El economista marxista Eric Toussaint, del CADTM, está de acuerdo. “Esta montaña de deuda corporativa privada será un elemento primordial de la próxima crisis financiera”. Y subraya que “a medida que las tasas de interés suben, el valor de la deuda corporativa cae. Cuanto mayor es la proporción de la deuda corporativa devaluada en relación con los activos de una empresa, mayor será su impacto negativo en el balance de la empresa. El valor del capital corporativo cae también y puede llegar un punto en que ya no cubre sus obligaciones. En 2016 Apple informó a las autoridades de EE UU que en el caso de un aumento del 1% en las tasas de interés, perdería $ 4.900 millones. Por supuesto, al igual que otras compañías, Apple pidió créditos para financiar sus compras de deuda. En 2017 Apple ya se ha endeudado por valor de $ 28 mil millones, situando el total de su deuda en $ 75 mil millones. Esto, por efecto dominó, podría producir una crisis de una dimensión similar a la de la crisis financiera de Estados Unidos en el período 2007-2008“.
Como ha dicho la economista jefe del FMI: el capitalismo está en un momento delicado.
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Como abogado, ¿podría decirme cuál es la hipótesis más probable en el caso de Assange?
La salida de Assange de la embajada de Ecuador ha puesto en movimiento varios enfrentamientos legales simultáneos, todos los cuales se verán sin duda sometidos a una intensa observación y cobertura por parte de los medios de comunicación internacionales.
En primer lugar, la policía de Londres ya ha puesto a Assange a disposición judicial y se le ha considerado culpable de eludir la acción de la justicia británica. Los tribunales del Reino Unido le impondrán a Assange una sentencia en breve por esa acusación, lo que significa que estará sujeto a reclusión en el Reino Unido.
Por separado, los representantes legales de Assange en el Reino Unido han señalado que tienen la intención de luchar contra la petición de los Estados Unidos de extraditar a Assange. Assange comparecerá ante un tribunal en el Reino Unido en mayo para iniciar ese proceso de enfrentarse a la extradición. Este será el campo de batalla y es de esperar que Assange y los partidarios de WikiLeaks utilicen el proceso de extradición para sembrar calumnias sobre el sistema legal norteamericano y los peligros de procesar al periodismo. No ha de sorprender que esto parezca habérselo esperado el Departamento de Justicia de los Estados Unidos y haya elaborado la imputación de Assange siguiendo líneas muy restringidas. Al enfrentarse tan sólo a cinco años de cárcel si se le condena, a Assange le resultará difícil argumentar que el sistema legal norteamericano le persigue de una forma intrínsecamente prejuiciada o abiertamente agresiva. .
Dicho esto, aunque la imputación sea limitada y la pena relativamente ligera, considerando la gravedad de la información publicada por WikiLeaks, el hecho mismo de que Assange esté afrontando esta batalla de la extradición bien podría tener implicaciones peligrosas y de gran alcance para los periodistas de los Estados Unidos y del extranjero que publican materiales de fuentes con origen en la seguridad nacional. Y de modo simultáneo, la asesoría legal de la presunta víctima de violación en Suecia también buscará la extradición de Assange si las autoridades suecas deciden volver a imputar a Assange por ese delito. De acuerdo con la ley sueca, las autoridades pueden llevar adelante estas acusaciones hasta que prescriban, lo que no sucedería hasta 2020.
Así pues, en resumen, sabemos que Assange tiene problemas legales en el Reino Unido y se verá sentenciado por el crimen del que se le declaró culpable [el jueves], que habrá momentos legales decisivos en los tribunales británicos acerca de si extraditar o no a Assange a los Estados Unidos, y que bien puede ser que Suecia salte a la palestra a fin de vindicar su derecho a juzgar a Assange por violación. Mi previsión es que Assange será extraditado a los Estados Unidos, y que esto se deberá en parte a la redacción restringida que se ha hecho de la imputación y a la leve sentencia de cárcel a la que se enfrenta Assange. En cualquier caso, el verano de 2019 estará lleno de historias acerca de WikiLeaks y Assange.
Como “hacker”, ¿cuál cree usted que es la opinión general acerca de él en la comunidad de “hackers”, sobre todo en la comunidad norteamericana?
Si me hubiese hecho esta pregunta hace varios años — y sobre todo antes de las elecciones de 2016 — habría dicho que la comunidad de “hackers” tiene una visión generalmente favorable de Assange. No hay duda de que se trata de un individuo con coraje, una persona que ha arrojado luz sobre secretos que, podría sostenerse, no deberían haber permanecido en secreto, y que la ha cantado las verdades al poder. Sin embargo, en años recientes ese apoyo ha menguado. La implicación de Assange en la publicación de los documentos del Guccifer 2.0 de la Convención Nacional Demócrata, durante las elecciones de 2016, se han considerado clave para la elección de Donald Trump. Y recientemente ha salido a la luz que Roger Stone, aliado y confidente de Trump, que se enfrenta asimismo a acusaciones penales en los Estados Unidos, puede haber tenido relación, directamente o por medio de intermediarios, con WikiLeaks durante las elecciones de 2016. No ayudó a la reputación de Assange que Donald Trump declarase durante la campaña, según es fama, que le “encanta WikiLeaks.”
Todo esto, junto con lo que muchos interpretan como un comportamiento desdeñoso y narcisista, no ha sido el mejor modo de que Assange se ganara amigos e influyera en la gente de la comunidad de “hackers”. Pero hay partidarios a muerte WikiLeaks en el mundo de los “hackers” que creen que la misión y la finalidad de WikiLeaks se encarna en Assange, y el apoyo a Assange en ese mundo no ha decaído. Pero, culpable o no, no se puede negar que las prácticas e injusticias que Assange y WikiLeaks sacaron a la luz con las filtraciones de Manning cambiaron el mundo. Y por eso no dejaré de tener sentimientos encontrados: aplaudo el resultado final, pero discrepo de los medios.
¿A qué se arriesga hoy Chelsea Manning por causa de Assange? ¿Cree usted que estuvo suficientemente protegida por WikiLeaks?
Tal como están ahora las cosas, no creo que Chelsea Manning se enfrente a riesgo legal alguno a cuenta de Assange. Ya le juzgó y condenó por sus delitos un tribunal militar de acuerdo con el Código Uniforme de Justicia Militar, por el que Manning estuvo ya en prisión. El presidente Obama le conmutó luego la sentencia en uno de los actos finales de su presidencia. Por definición, de acuerdo con la Quinta Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos, no se le pueden imputar de nuevo los mismos cargos. Si Assange, no obstante, detalla ante las autoridades norteamericanas acciones de Manning que puedan dar lugar a delitos aparte, es posible que Manning tenga que enfrentarse a cargos adicionales como civil. Considerando el abanico de acusaciones contra Manning, creo que es una hipótesis muy poco probable.
Por el momento, las cuestiones legales a las que se enfrenta Manning, y por las que se encuentra en prisión, son responsabilidad suya por negarse a prestar declaración ante el Gran Jurado acerca de Wikileaks. La posición de Manning es de principio y hunde sus raíces en la creencia de que el testimonio en secreto es injusto, pero en mi opinión, esta es una lucha mal encaminada. La declaración ante el Gran Jurado es secreta por una razón: atañe a investigaciones penales en curso. Cuando concluyan los testimonios, será cosa del Gran Jurado — compuesto por ciudadanos corrientes — llegar a una decisión respecto a si existen pruebas suficientes para proseguir con la acusación.
Esta protección de WikiLeaks al precio de la libertad de Manning me parece extraña. Tal como yo entiendo las cosas, WikiLeaks no hizo abiertamente esfuerzos para proteger a Manning en el curso de su juicio. Admitamos que quizás poco pudiera hacer WikiLeaks, aparte de tratar de persuadir a la opinión pública. Pero resulta crucial recordar que en 2017 WikiLeaks se comprometió a que “si Obama le concede clemencia a Manning, Assange se avendrá a su extradición a los EE.UU”. Después de que Obama le conmutara la pena a Manning, Assange incumplió su promesa y permaneció en la embajada de Ecuador en Londres.
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por Eduardo Febbro
Discípulo de Althusser, ha escapado a los vicios de una tradición marxista fosilizada confrontando su pensamiento con las luchas concretas de los dominados.
Hay formas de pensar no diferente sino en disidencia, de no repetir el agotador mensaje del diagnostico del mal y, al mismo tiempo, de descubrir las posibilidades infinitas de la acción humana. El filósofo francés Jacques Rancière pertenece a esta dinastía de los rebeldes con magia y argumentos. Quien se acerque a su profusa obra saldrá con sus convicciones trastornadas. Discípulo de Louis Althusser, Rancière ha sin embargo escapado a los vicios de una tradición marxista fosilizada confrontando su pensamiento con las luchas concretas de los obreros y los dominados. La palabra obrera, La noche de los proletarios o La filosofía de los pobres fueron los primeros libros que publicó a partir de los años 70. Le siguió un cuerpo de obra monumental cuyo centro ha sido siempre la emancipación humana, la lucha de clases y la igualdad. Rancière es un insurgente inspirado que, en los últimos años y a partir de obras como El odio a la democracia, El espectador emancipado, Los tiempos modernos, Arte, tiempo, política o ¿En qué mundos vivimos? ha atraído a un público joven y comprometido, hastiado del pensamiento que se consume como un plato congelado cocinado en un microondas.
Es un pensador realista cuando escribe: “no estamos frente al capitalismo sino que vivimos en su mundo”. Cine, teatro, literatura, exploración de los lazos entre política y estética son igualmente temáticas que integran su obra en una búsqueda constante de comprender la multiplicidad de los tiempos en los que vivimos. Porque para el filosofo francés nacido en Argelia en 1940, la idea de que existe una suerte de modernidad única, un tiempo universal y lineal es una construcción tramposa. No hay una línea temporal sino varias a lo largo de las cuales se despliegan nuestras realidades y rebeldías . Esa pluralidad del tiempo es, según expresa en esta entrevista con PáginaI12 realizada en París, una de las posibilidades más ricas de reconstruir una acción colectiva y efectiva. En suma, una semilla para derrotar al sistema. Adepto de las brechas, las islas o los instantes de rebeldía, Rancière defiende la idea de que los movimientos de protestas sólo tienen éxito cuando logran detener el curso del tiempo e instaurar, por un momento, otro, fuera de las agendas del sistema. Son semillas de autonomía que producen bosques de transformación. Revoluciones, movimientos de protestas, posibilidades de acción contra el liberalismo, extremas derechas y ocaso de las izquierdas centradas y de las extremas son algunos de los temas que el filósofo francés borda en esta entrevista, donde lo esencial es la posibilidad humana de la emancipación ante un sistema de opresión voraz.
–El sistema liberal mundial cerró con candado todas las posibilidades de una transformación fría, es decir, sin violencia, mediante la concertación y la negociación. Usted, en su abundante obra, postula un modo de acción espacial y temporal casi como única legitimidad de acción colectiva para confrontar al sistema.
–He tratado de demostrar que ya no hay más un poder central concebido como una fortaleza y la posibilidad de un asalto contra esa fortaleza. El capitalismo está en todas partes de la vida social, no estamos frente a él sino que vivimos en su mundo. Sin embargo, el capitalismo es también frágil. Su ley choca en todas partes con resistencias locales y puntuales. En todas partes se han dado una serie de revueltas protagonizadas por comunidades específicas contra le extensión del poder capitalista y el poder del Estado. Creo que en una situación como esta es importante que se desarrollen comunidades que tengan sus propias agendas políticas sin estar sometidas a las agendas parlamentarias porque estas se han vuelto de alguna manera agendas del Estado. En casi todos nuestros países los sistemas representativos han pasado a ser agentes del Estado, han dejado de ser una parte del poder popular. Una política efectiva o alternativa al sistema capitalista y al poder del Estado que está cada vez más integrado al poder capitalista puede existir únicamente de forma autónoma, es decir, con gente capaz de crear sus formas de organización, sus agendas y sus propios medios de acción. Se trata de desarrollar movimientos con una autonomía lo más amplia posible. Pueden ser formas de autonomía política separadas de las agendas parlamentarias, puede ser una autonomía económica a través de la creación de una red alternativa de producción, de consumo y de intercambios, o formas de autonomía ideológica o incluso militares, como en México por ejemplo. De todas maneras, esto no tiene nada que ver con las ideas que antes se tenían sobre la insurrección. Hemos dejado de estar en esa situación en la que se creía que el capitalismo produce su propia desaparición. La lógica marxista enunciaba que el capitalismo creaba un modelo de producción que lo haría explotar. Está claro que no es así. Incluso se pensó que el capitalismo se alimentaba a si mismo con el trabajo pero ya sabemos que el capitalismo lo que hace es destruir el trabajo para perpetuarse. No hay ninguna expectativa de que el capitalismo produzca el socialismo, ni tampoco de que el pueblo armado se rebele porque los obreros como las armas han desaparecido. No hay ni horizonte definido, ni fuerzas identificables. Lo que si vemos es la creación puntual de autonomías locales específicas en donde el sistema de dominación es frágil y se lo puede atacar y a partir de las cuales pueden constituirse fuerzas alternativas. Luego, esas zonas de autonomía extienden su poder tanto como pueden.
–En su filosofía la idea del tiempo y del papel que este juega tanto en los sistemas hegemónicos como en los intentos de trastornarlos es fundamental. Usted escribe al respecto que “una política de emancipación existe bajo la forma de una interrupción del tiempo”.
–Se tiene siempre la idea según la cual están, por un lado, los movimientos efímeros y, por el otro, las estrategias a largo plazo. Pero la historia del mundo es bastante diferente. Cuando se crean alternativas al sistema de dominación siempre ocurren durante momentos singulares. Las revoluciones fueron momentos singulares que duraron días, semanas, meses o años. Esto equivale a decir que el orden normal de las cosas fue interrumpido, que, en ciertos momentos, las reglas normales desaparecen, que el tiempo queda suspendido y al mismo tiempo se acelera porque los movimientos generan altas velocidades. Un ejemplo de ello es lo que pasó en Francia en Mayo de 1968: el orden normal del gobierno y de la economía de pronto se detiene, el tiempo se para, se bloquea. Y cuando el tiempo se detiene la gente empieza a reflexionar sobre la sociedad y se lanzan iniciativas que tienen efectos muy rápidos. Estamos entonces en una situación que el sistema no previó.
–¿El movimiento de los chalecos amarillos en Francia responde acaso a esa lógica?
–-Se trata de un movimiento interesante porque, al principio, fue protagonizado por una categoría de gente que nunca protesta. Y es interesante también porque es un movimiento de gente relativamente madura, de personas que no son oriundas de una tradición de la izquierda pero que terminan por adoptar formas pertenecientes a la izquierda internacional. Ocuparon las rotondas como los jóvenes indignados ocuparon las plazas en Madrid. Se pronunciaron a favor de una democracia horizontal, lo cual corresponde al anarquismo de la juventud intelectual. Creo que fue efectivamente un momento de suspensión que empezó como protesta contra un impuesto ecológico y acabó poniendo en tela de juicio todo el sistema. Después, los chalecos amarillos fueron un movimiento que se vio paralizado porque no sabía exactamente qué quería más allá de sus reclamos iniciales. No había un horizonte final, pero no es culpa de ellos sino porque es así: no hay horizonte final y nadie sabe hacia dónde mirar. Los chalecos amarillos reflejaron la situación global de los movimientos de protesta de los últimos años durante los cuales se vieron formas de interrupción del tiempo que al final se trabaron porque tuvieron un tiempo autónomo que no sabía hacia dónde se dirigía. Ocurre entonces que esos movimientos o se agotan o los gobiernos los transforman en enfrentamientos. Así se pierde la originalidad política de la situación.
–Esto equivale a pensar que resulta imposible constituir lo que usted llama “una comunidad de lucha contra el enemigo”.
–Se han creado esas comunidades de lucha y muchas obtuvieron victorias. Han sido victorias puntuales, locales. Pero en realidad, en la historia de la emancipación siempre ha sido así: hay momentos de emancipación colectiva. Esos momentos pueden ser pensados como etapas dentro de una temporalidad extensa y, al mismo tiempo, como momentos en cuales la gente vivió con libertad y en igualdad. Serían como los momentos de los movimientos: vivir cierto tiempo en plena libertad colectiva. Se crean espacios, brechas, oasis, y se busca desarrollarlos, pero no es evidente. Por eso me gusta la idea de la ocupación de las plazas, de los espacios, porque indica que cuando se ocupan los espacios se crea otra forma de temporalidad.
–¿Cómo durar más allá de esos momentos?
–Ha habido intentos de crear movimientos que vayan más allá de la protesta para prolongarse en el tiempo hasta convertirse en movimientos capaces de organizar formas de vida alternativa. La historia nos demuestra sin embargo que fueron esos movimientos autónomos los que consigueron victorias, incluso parciales, contra el capital y el Estado. Hoy vemos claramente que ni los partidos revolucionarios ni los sindicalizados llegaron a ganar algo. No. Cuando hay medidas que van en contra del trabajo lo más eficaz no es la acción de los sindicatos sino la de los movimientos autónomos como los indignados, la noche de pie o los chalecos amarillos. Las estrategias de los partidos o los sindicatos ya no valen nada. Las fuerzas de la izquierda han sido integradas al Estado y llevan a cabo una política similar a la de las fuerzas de la derecha. Es paradójico porque al mismo tiempo que no sabemos hacia dónde se dirigen esos movimientos, son, de hecho, los únicos movimientos reales que impugnan al poder. En Francia, la izquierda tradicional no existe más. Queda por ahí ese presunto populismo de izquierda que intenta recuperar lo que hay y dotarse de una fuerza parlamentaria: Syriza en Grecia, Podemos en España o Francia Insumisa aquí. Pero esos partidos no organizaron ninguna lucha victoriosa contra el enemigo. En cambio, movimientos como los indignados sí lo hicieron. En Grecia, por ejemplo, Syriza cambió de bando. Al final, tenemos movimientos que nos sabemos hacia donde van pero son los únicos que existen.
–Esas tres izquierdas europeas, la de Grecia, Francia y España, al final no desembocaron en nada. Están en una situación de ocaso lento.
–A mi me llamó mucho la atención el hecho de que en España, Podemos, cuando se constituyó, su primera acción consistió en presentar una lista para las elecciones europeas en vez de actuar allí donde su acción tenía un sentido. Creo no obstante que, como la izquierda adoptó en todas partes el perfil de la derecha, hay un lugar para la izquierda de la izquierda. Sin embargo, hasta ahora, esa izquierda de la izquierda no fue capaz de organizar ninguna acción autónoma.
–¿Qué deberíamos reformular? ¿Hacer un inventario de toda la herencia de la izquierda revolucionaria y la de transformación y, desde allí, pensar en otra cosa?
–La única herencia real con lo que contamos hoy es la herencia que nos dejaron los movimientos momentáneos. No hay herencia de los partidos de izquierda, ni tampoco de los partidos revolucionarios que apenas consiguen escasos porcentajes en las elecciones. No estoy diciendo que se debe rechazar a los partidos de la izquierda. Se trata de constatar la verdad. En Francia, la resistencia al liberalismo ha sido tal vez más fuerte que en otros lados, pero sólo gracias a la herencia de mayo del 68 y no a los partidos de la izquierda que, más bien, lo que hicieron fue confiscar esa herencia.
–Lo efímero es entonces lo trascendente.
–Lo efímero es lo que rompe el curso del tiempo de la dominación y lo que deja una herencia. No es sólo una herencia sentimental sino que son hechos. En Francia, las victorias obtenidas contra la reforma de la jubilación (1995) y contra una ley de reforma laboral en 2006 se consiguieron por la herencia de mayo del 68 y no por la acción de los partidos de la izquierda.
–Las extremas derechas son la gran figura renacida del panorama mundial. Fueron creciendo proporcionalmente al ocaso de la socialdemocracia. Para usted, ¿ese retorno es un momento efímero o veremos un arraigo temporal más consistente?
–El fenómeno mayor, para mi, no es el de una extrema derecha que regresa después de haber estado escondida. No, lo esencial es cómo la derecha tradicional se fue a los extremos. En la medida en que la izquierda implementa la misma política económica y social que la derecha, la derecha tuvo que buscarse una figura especifica para existir. Es por eso que la derecha necesita radicalizarse y apelar a toda una serie de instintos y pasiones que hace 30 años no necesitaba. Antes, la derecha se presentaba como una fuerza de centro, medio liberal, medio modernista. Ahora eso se acabó. Para existir en el parlamento deben radicalizarse. Por eso no pienso que la extrema derecha sea una expresión de las clases populares. Ese es el análisis oficial. El auge de la extrema derecha se debe a la radicalización de la derecha. Desconfío de la idea acerca de un supuesto arraigo popular de la extrema derecha. La idea de un pueblo francés racista que tiene enfrente a los inmigrados ha sido construida por todo un sistema de propaganda.
–Hago una escala en uno de sus libros más bellos: “Los tiempos modernos”. Por lo general se habla de “modernidad” y no de tiempos modernos. ¿Cuál es la diferencia entre la modernidad y los tiempos modernos?
–-Para mi la idea de la modernidad es totalmente falsa, tanto como el enunciado según el cual la modernidad ha funcionado como una declaración de la autonomía del arte. Siempre traté de demostrar que era lo contrario, es decir, que si existía una modernidad artística ésta consistía en la voluntad de unir el arte con la vida y no de hacer que el arte fuera autónomo. Con este libro quise demostrar que no existe una temporalidad de la modernidad sino que hay varias maneras de construir la modernidad. Tiempos Modernos porque son varios y varias: está la modernidad económica y la modernidad industrial y ambas no se corresponden con la modernidad política o espiritual. No hay un sólo tiempo moderno. Una historia con una gran H y un tiempo homogéneo no existe. Hay, sí, temporalidades diferentes. También se ha acuñado la falsa idea de que la modernidad es un proceso continuo dentro de un tiempo único y similar. No, no hay tiempo sino tiempos. El arte y los artistas crean en cierto momento un tipo de tiempo moderno que no es en nada homogéneo. Es una suerte de paradigma de la modernidad, una manera de ligar el tiempo, el movimiento, la comunidad, el presente, el futuro.
–Hoy vivimos dentro de varios tiempos dictados por la tecnología y dentro de la noción de “pos”: pos modernidad, pos verdad. Se evoca así el fin de todo pero todo sigue…
–El término pos, en realidad, corresponde un poco al discurso del intelectual cansado que dice “todo está terminado”. Ya se empezó a decir que todo estaba terminado en los años 1820…En aquella época ya se hablaba de la literatura industrial y se afirmaba que la literatura y la cultura se habían terminado, que sólo importaba el mercado. Hace dos siglos que se afirma esto. Este discurso le conviene a todo el mundo: tanto a quienes se presentan como los últimos defensores de la civilización como a los que se creen innovadores de un nuevo tiempo y portavoces de ese tiempo. Son nociones sin interés porque después, bueno, todo sigue, continúa, no estamos ni en el pos ni en el fin de la civilización. Es una construcción falsa aunque sea intelectualmente tan útil para los filósofos crepusculares como para los se creen vanguardistas. Es un doble juego donde, en lo que atañe a la verdad, se decreta que la verdad se ha terminado, que los hechos carecen de importancia y que lo importante es el análisis y la interpretación porque estamos más allá de todo, en un pos infinito. Aquí vemos claramente que estamos ante a una forma de administrar la opinión en donde los hechos han dejado de ser necesarios y donde lo importante es integrarlos en un sistema de explicación preexistente y, por consiguiente, no hace falta que los hechos sean verdad.

Tras 28 días cortando la Panamericana y otras carreteras estratégicas, la Minga indígena, negra y campesina consiguió que el presidente, Iván Duque, reconociera la necesidad de negociar con los movimientos sociales. Quieren un debate público con el mandatario sobre los temas candentes: la paz y el asesinato de líderes sociales, el medioambiente y el modelo de desarrollo.
La desesperación de las clases medias y altas se apoderó de Popayán cuando transcurrían tres semanas de la Minga que había comenzado el 10 de marzo. Cuando escaseaban los alimentos por el corte de la principal carretera de la región, única vía de comercio internacional con el sur del continente, un concejal de la ultraderecha entregó dinero a emigrantes venezolanos para que apedrearan la sede del Consejo Regional Indígena del Cauca (Cric). El resultado fue de varias personas heridas y la amenaza de los indígenas de tomarse la ciudad colonial si no se frenaba en seco la violencia.
Esta vez, la Minga (trabajo agrícola colectivo, en quechua) fue más amplia que en ocasiones anteriores, ya que no sólo involucró a los pueblos del Cauca, sino también a los del Huila, el Valle del Cauca, Caldas y Risaralda, departamentos en los que la paralización fue importante, aunque no tan contundente como en el primero. Movilizó entre 20 y 25 mil personas en las carreteras durante un mes, con toda la infraestructura necesaria para dormir, alimentarse y trasladarse, con baños, fogones y quemaderos de basura, gracias al trabajo solidario de cientos de comunidades.
Fueron capaces de poner en pie un centro de comunicaciones con sistema de televisión para trasmitir sus deliberaciones por medio de redes sociales y levantaron una carpa para 5 mil sillas. La movilización fue tan amplia como satisfactorio el resultado para los movimientos, en particular desde que el ex presidente Álvaro Uribe, mentor de Duque, mostró su oposición ante la disposición a negociar del gobierno.
En su cuenta de Twitter, Uribe calificó los movimientos de “terroristas” y justificó una eventual “masacre” contra la protesta. El ex está furioso, porque su pupilo aceptó en un inicio ir a negociar en persona al Cauca (epicentro de los mayores conflictos sociales, por tierra y contra la minería), y de esa forma se distanció de su política de confrontación que, en su extremo más radical, llama a la guerra contra Venezuela.
La reunión entre Duque y las comunidades organizadas estaba prevista para este martes 9, pero fracasó luego de que a último momento el gobierno adujera problemas de seguridad en el punto de encuentro. Sin embargo, desde el Ministerio del Interior se afirmó que el presidente espera reunirse con los delegados indígenas en Bogotá (El Tiempo, 10-IV-19).
Al dejar abierta esa posibilidad, el presidente Duque desmiente a quienes sostenían que las demandas indígenas son excesivas, ya que se limitan a concretar acuerdos firmados con el anterior presidente, Juan Manuel Santos. Pero es apenas un detalle. Según el balance de la página Prensa Rural, “por primera vez las comunidades indígenas, campesinas y afros del Norte del Cauca realizan un ejercicio de este tipo en forma unificada y organizada” (prensarural.org, 8-IV-19).
El futuro pasa por “construir procesos autónomos de desarrollo en lo político, económico y cultural”, que no terminen delegando en partidos o gobiernos, “como ha ocurrido en Brasil, Venezuela, Ecuador o Bolivia”, sostiene el análisis.
Ni paz ni tierra
Más de mil personas marcharon el 5 de abril desde la sede de la embajada de Colombia hasta la sede de la Corte Penal Internacional (Cpi) en La Haya, para visibilizar la violencia contra líderes sociales y autoridades de pueblos indígenas y negros. La firma del acuerdo de paz con las Farc, el 24 de noviembre de 2016, no frenó la sangría.
Los datos oficiales son apabullantes. En 2018 fueron asesinados 172 líderes y lideresas, a los que deben sumarse otros 29 en el curso de este año. Los asesinados entre 2016 y noviembre de 2018 ascienden a 423, según la Defensoría del Pueblo. Ante la impunidad y la inexistente reacción de las autoridades colombianas, los movimientos y los defensores de derechos humanos apelaron a la Cpi para que comience a actuar.
Las cifras difieren, pero incluso la fiscalía aceptó que las muertes responden a un mismo patrón. Los crímenes se producen en territorios que han sido abandonados por la guerrilla y están siendo ocupados por paramilitares y narcotraficantes, vinculados con grandes proyectos extractivos (en general, minería a cielo abierto). Las acciones de estas bandas armadas no sólo provocan muertes, sino también el desplazamiento forzado de miles de personas.
La paz y la vida no son bienes que entusiasmen a una parte de los colombianos, en particular a las clases medias urbanas, que componen un sector decisivo en el tablero político y electoral del país. Los terratenientes se las arreglaron, a sangre y fuego, para mantener y ampliar las posesiones que conquistaron durante la colonia y conservan a costa de marginar a los campesinos, y arrastraron a su lógica guerrera a una parte de la sociedad.
En la década del 60, la Alianza para el Progreso aconsejó al presidente Carlos Lleras Restrepo (1966-1970) que hiciera una reforma agraria para impedir situaciones como la guerra civil conocida como La Violencia (1948-1958), librada entre liberales y conservadores, que se cobró entre 200 y 300 mil vidas y debilitó al Estado al propiciar el nacimiento de las guerrillas. Lleras se propuso organizar y movilizar a los campesinos, pero los terratenientes contratacaron mediante el Pacto de Chicoral (1972), que cerró toda posibilidad de reparto y paz. Hasta hoy.
El Informe Nacional de Desarrollo Humano de 2011 concluye: “A partir de ese momento, no sólo se hizo mucho más difícil poner fin a la guerra civil, sino también retroalimentar positivamente el nuevo impulso a la expulsión del campesinado”. Agrega que en la década del 80 los terratenientes se reforzaron “con el encuentro entre las dinámicas del narcotráfico y la guerra”.
La piedra en el zapato
La Minga hunde sus raíces en esas heridas. Pero esta vez no sólo se movilizaron indígenas, sino también afrodescendientes y campesinos. Los sectores político-sociales más implicados son el Congreso de los Pueblos y la Cumbre Nacional Agraria y Campesina, articulaciones de los más activos movimientos sociales del país, que ya en 2013 protagonizaron un paro agrario tan contundente que el gobierno de ese entonces se sentó a negociar.
La movilización comenzó a organizarse en febrero, cuando se reunieron 380 delegados de 170 organizaciones para poner en común opiniones sobre el Plan Nacional de Desarrollo del gobierno. Constataron que no había un capítulo dedicado a los pueblos originarios, que, desde el principio, temen que no haya inversiones significativas según lo acordado con el gobierno anterior.
La articulación rural-urbana es otra característica de la Minga. La Central Unitaria de Trabajadores de Colombia convocó una movilización nacional para el 25 de abril, a la que se sumarán organizaciones de campesinos afectados por el programa de sustitución de cultivos ilícitos (entiéndase hoja de coca) y de cultivadores que se oponen al uso del glifosato.
Neis Oliverio Lame, consejero mayor del Cric, cargo rotativo entre dirigentes indígenas, respondió a la agresión de Uribe con una frase que lo dice casi todo: “Le diría al senador que deje el odio, que contribuya a construir país, que entienda que Colombia es pluriétnica” (Semana, 8-IV-19).
El dirigente indígena comentó que no le sorprende que “una parte del establecimiento perciba a los indígenas del Cauca como bárbaros encapuchados”, porque “ese rechazo es lo que explica que los indígenas históricamente hayan sido excluidos de un proyecto de nación”. En efecto, los medios sólo informaban de la Minga con imágenes de manifestantes que quemaban llantas y lanzaban piedras en la carretera.
Los pueblos nasa (así se denominan la mayoría de los indígenas del Cauca que integran el Cric) han creado una estructura de autodefensa denominada Guardia Indígena, capaz de defender el territorio de narcos, paramilitares y guerrilleros apelando sólo a sus bastones de mando. Son los “guerreros milenarios”, que fueron distinguidos con el Premio Nacional de Paz y con reconocimientos al cuidado ambiental y al mejor plan de desarrollo; además, varios de sus referentes fueron nombrados maestros en sabiduría por la Unesco.
Desde la Minga de 2008, que le torció el brazo al entonces presidente Uribe, los indígenas, los afros y los campesinos han sido un muro en el que se ha estrellado la política de la ultraderecha. No debe sonar extraño que, al ser la piedra en el zapato del régimen pos conflicto armado, se hayan convertido en “terroristas” para las elites.
Ahora son los principales adversarios del llamado “desarrollo”, que en Colombia se expresa en minería (rechazada cada vez que hubo referendos populares), extracción de petróleo, palma de aceite, hidroeléctricas y grandes obras de infraestructura. “Nosotros no hemos estado incluidos en la visión de desarrollo de los gobiernos. Y está en juego la tierra, que es sagrada”, sostiene Neis. “No queremos fracking ni más agresiones a la naturaleza. Eso es lo que no han podido entender.”
Control social y antidemocracia
Por una empanada
La pesadilla de George Orwell es ya realidad en buena parte del mundo. En Colombia se puso en marcha con el Código de Policía, que, desde su vigencia, cosecha un amplio repudio por las prácticas discriminatorias que enseña.
Steven Claros, de 22 años, no podía salir de su asombro cuando un policía le impuso una multa de 834 mil pesos (9 mil pesos uruguayos) por comprar una empanada en la calle a una vendedora ambulante, que también fue multada. Según los uniformados, la multa se colocó al amparo de un artículo del Código Nacional de Policía y Convivencia, porque dicha actividad “promueve o facilita el uso indebido del espacio público”.
El hecho de que la movilización social en las redes haya convencido a las autoridades de devolverle a Steven el dinero de la multa no cambia las cosas. Muchas otras personas no tienen la posibilidad de visibilizar una injusticia, como lo hizo el estudiante multado, ni la red de amistades que ayudaron a este a pagar una cifra que sobrepasa el salario mínimo.
El código entró en vigor en enero de 2017, con el objetivo de “prevenir la violencia y los delitos que se derivan de los conflictos de convivencia”. Se castiga con más de cien dólares “consumir bebidas alcohólicas en lugares no autorizados”; con 90 dólares al dueño de un perro que no tenga póliza de seguro, y con una cifra similar a quien lo saque a pasear “en estado de embriaguez”.
El código regula y castiga desde los modos de comportarse en la protesta social y en el espacio público hasta la venta informal (duramente castigada), en un país donde esa actividad involucra a la mayoría absoluta de los trabajadores y muy en particular a las mujeres de los sectores populares.
El director de la edición colombiana de Le Monde Diplomatique, Carlos Gutiérrez, señala que “no hay día que no se conozca alguna arbitrariedad policial”. Al célebre caso de la empanada, se suman otros: “Por correr en una terminal de transporte y así alterar el espacio público, por ocupar y vender de manera ilegal en el espacio público, por reírse e irrespetar a la autoridad, por actuar de manera solidaria con alguien que estaban multando”. En ese sentido, señala el caso de un abogado que ofreció sus servicios a un obrero de la construcción multado por empujar una carretilla.
En su opinión, el código pretende reglarlo todo de modo tal que la sociedad se vuelva productiva, como forma de ascender al desarrollo. “El espacio público debe estar libre, facilitando así la efectiva circulación de mercancías”, escribe en la edición de abril del mensuario. Pone en la lupa, de modo muy particular, las conductas juveniles de los sectores populares, al castigar que hagan grafitis, que beban en la calle y que practiquen malabarismo, ya que son la porción más vulnerable de la sociedad.
Al amparo del código se aplicaron ya 400 mil multas, pero hay cientos de demandas en su contra. En un país donde 13 millones de personas viven del cuentapropismo, sin empleo formal con derechos, no tiene el menor sentido interponer multas que muchas veces superan el salario mínimo (de 824 mil pesos), cifra a la que no llegan muchos informales.
Según datos oficiales, la mitad de la población colombiana es pobre, porcentaje similar al de la informalidad existente. El mentado Código otorga superpoderes a la policía. El más grave quizás sea que puede entrar en una vivienda sin necesidad de una orden judicial e informar a sus superiores después del allanamiento.
Lo más sintomático, sin embargo, es el período histórico en el cual se promulga este código: cuando se estaba negociando la paz con la guerrilla. No es algo nuevo en la historia: en Brasil, por ejemplo, la policía militar se generalizó cuando se decidió abolir la esclavitud. Para los excluidos de siempre, recordaba Walter Benjamin, la vida cotidiana es el estado de excepción permanente.

por Bernardo Álvarez-Villar
Para el pensador alemán Anselm Jappe, el capitalismo narcisista en el que estamos insertos ha dado lugar a la sociedad “autófaga” que, como en el mito, termina devorándose a sí misma cuando ya nada sacia su apetito.
Anselm Jappe (Bonn, Alemania, 1962) es un pensador inclemente y vigoroso, alérgico a los argumentos consoladores y a los subterfugios intelectuales. Junto a otros desviados de la ortodoxia marxista (Robert Kurz en Alemania, Moishe Postone en Estados Unidos, Luis Andrés Bredlow en España) lleva años cuestionando los axiomas de una izquierda que, piensa Jappe, ha sido incapaz de comprender las transformaciones del capitalismo en las últimas décadas. Para Jappe y los suyos el hilo de Ariadna del que habría que tirar para desentrañar el espíritu de la época es la llamada “crítica del valor”: “Mientras que el marxismo tradicional se ha limitado siempre a demandar otra distribución de los frutos de este modo de producción, la crítica del valor ha comenzado a cuestionar el propio modo de producción”.
A España empezó a llegar su pensamiento en 1998, cuando Anagrama publicó Guy Debord, un ensayo sobre el filósofo situacionista y la banalización de su pensamiento en esa sociedad del espectáculo que tanto había repudiado. Desde entonces ha sido la editorial Pepitas de Calabaza la que ha difundido su obra en nuestro país: Crédito a muerte. La descomposición del capitalismo y sus críticos (2011); El absurdo mercado de los hombres sin cualidades. Ensayos sobre el fetichismo de la mercancía (2009) y Las aventuras de la mercancía (2016).
Su último libro es La sociedad autófaga. Capitalismo, desmesura y autodestrucción, un exhaustivo estudio del mecanismo enloquecido en el que se ha convertido el sistema económico y cómo su funcionamiento nos aboca a terminar como el rey Erisictión, rey griego que acabó devorándose a sí mismo cuando ya nada saciaba su apetito, que funciona como alegoría de una civilización, la nuestra, que se autodestruye cegada por la desmesura. Anselm Jappe atendió a las preguntas de El Salto por correo electrónico.
Parte de la idea de que la crítica del valor permite darle sentido a fenómenos sociales, culturales y políticos diversos que, a priori, parecen no tener ninguna relación entre sí. ¿Podría explicar qué es la crítica del valor y por qué cree que es la herramienta más certera para entender la sociedad capitalista?
La crítica del valor es una corriente internacional, nacida en Alemania a finales de los años ochenta en torno a la revista Krisis y a Robert Kurz, que propone una crítica radical de la sociedad capitalista basada en las teorías de Marx, pero que se distancia del marxismo tradicional. La crítica del valor sitúa en el centro las categorías de mercancía, valor, dinero y, sobre todo, de trabajo abstracto, es decir, el trabajo considerado solo por la cantidad de tiempo gastado, sin tener en cuenta su contenido. Para la crítica del valor, la explotación y la lucha de clases son solo una parte del problema: el capitalismo es también una subordinación de lo concreto a lo abstracto, lo que lo convierte en una sociedad incapaz de autorregularse, y esto se ve en la crisis ecológica. La crítica del valor se opone a la fragmentación posmoderna del pensamiento: la lógica de la mercancía y del trabajo abstracto crea una teoría capaz de pensar la totalidad.
En el libro, además de la crítica del valor, recurre constantemente al psicoanálisis: ¿Qué puede decirnos hoy el psicoanálisis?, ¿cómo complementa a la crítica del valor?
El fetichismo de la mercancía, una categoría crítica esencial de Marx retomada por la crítica del valor, se refiere a un nivel profundo e inconsciente de la sociedad. Más allá de sus intenciones conscientes, los individuos ejecutan los imperativos de un sistema social anónimo e impersonal. Marx llama al valor el “sujeto automático”. El psicoanálisis, por su parte, es otro modo de comprender ese lado inconsciente de la vida social. Ambos enfoques son complementarios, pero deben ser integrados: por lo general, el psicoanálisis ha puesto unilateralmente el acento en el individuo, descuidando la dimensión social y su evolución histórica, mientras que el marxismo ha descuidado la dimensión psicológica en favor solo del nivel económico y político. Bajo la superficie racional de la búsqueda de los propios intereses, el capitalismo es una sociedad extremadamente irracional y contraproducente que no puede explicarse solo mediante las motivaciones conscientes de los actores sociales.
¿Por qué dice que 1968 es el año inaugural de un nuevo capitalismo, “el narcisista”, frente a su predecesor, el “capitalismo edípico”?
El carácter social basado en el trabajo duro, el ahorro, la represión de las pulsiones, la obediencia a las autoridades, etc., comenzaba ya a no resultar funcional después de la Segunda Guerra Mundial. Los profundos cambios sociales producidos a partir de 1968 no condujeron en ningún lado a una superación del capitalismo, sino a su modernización. Muchas exigencias de liberación individual han encontrado su seudorrealización en la sociedad de consumo. La sumisión “edípica” a una autoridad personal —por ejemplo, un maestro que predica “patria, trabajo y familia”— ha sido sustituida por la adhesión a un sistema que aparentemente permite a los individuos realizar sus propias aspiraciones… ¡Pero a condición, claro está, de que esto se produzca en términos de mercado! Ahora, por ejemplo, los profesores son coachs que quieren ayudar a los jóvenes a incorporarse al mercado de trabajo y a concretar sus “proyectos de vida”.
Escribe que “las antiguas instancias de liberación se han integrado en la ideología del sistema” ¿Sigue la izquierda anclada en una visión del mundo que todavía no ha asimilado esa ruptura que dice que se produjo en 1968?
Muy a menudo es así. Existe una tendencia muy difundida a identificar el capitalismo contemporáneo con sus etapas pasadas y desentenderse de la evolución que se ha producido. ¿Por qué? Esencialmente, porque es mucho más fácil concebir una visión dicotómica en la que “nosotros” —el pueblo, el proletariado, los trabajadores, el “99%”— somos los “buenos”, frente a una pequeña minoría que nos oprime. Es mucho más duro admitir hasta qué punto todos nosotros estamos implicados en el sistema y tener además que revisar nuestra adhesión personal a muchos valores y estilos de vida dominantes.
¿Cómo enfrentarse entonces a un sistema que, como dice, es un mecanismo ciego y autónomo, del que nadie puede responsabilizarse y que no es posible controlar?
El hecho de que lo esencial no sean las responsabilidades personales —que, no obstante, existen; basta pensar en Monsanto-Bayer y sus campañas de desinformación sobre la peligrosidad de productos suyos como el Roundup— desde luego no impide que podamos y debamos oponernos a cualquier deterioro de las condiciones de vida provocado por la lógica económica desencadenada, ya se trate de una mina o de un aeropuerto, de un centro comercial o de los pesticidas, de una ola de despidos o del cierre de un hospital. Sin embargo, al mismo tiempo es necesario cambiar la propia vida y romper con los valores oficiales asimilados, como el de trabajar tanto para consumir tanto, y con los imperativos de la competencia, la performance, la eficiencia, la velocidad, sin preguntarse al servicio de qué hay que ser eficientes.
Alerta de los peligros que suponen la digitalización de la vida, la inteligencia artificial y la ingeniería genética, ¿a qué clase de mundo nos están llevando estas tecnologías que abrazamos con entusiasmo como si fuesen a solucionar nuestros problemas?
La opinión pública está perpleja y dividida ante estas tecnologías. Los peligros son conocidos. Pero muy a menudo se ponen de relieve también sus supuestas ventajas: las plantas genéticamente modificadas aumentan los rendimientos agrícolas, la investigación genética combate las enfermedades raras, la inteligencia artificial gestiona ciudades enteras de manera ecológica, el uso precoz del ordenador aumenta la inteligencia de los niños… Se supone que en cada ocasión hay que sopesar ventajas y desventajas. Pero la verdadera cuestión es otra: ningún problema actual requiere una solución técnica. Se trata siempre de problemas sociales.
¿Para qué aumentar los rendimientos agrícolas por medio de los transgénicos si buena parte de las cosechas acaban arrojadas al mar para mantener altos los precios? ¿Para qué revolver los genes para combatir enfermedades raras si millones de personas mueren por enfermedades de lo más vulgar, provocadas, por ejemplo, por el agua contaminada? ¿Para qué gestionar la ciudad mediante algoritmos de Google, en lugar de renunciar al plástico, el petróleo, el coche, el cemento armado o el aire acondicionado, para tener un ambiente más sostenible?
Dice que uno de los grandes problemas de nuestra sociedad es que nos condena a vivir en una infancia perpetua, ¿por qué el capitalismo necesita que seamos como niños para poder funcionar?
Por una parte, todo poder separado requiere súbditos infantiles. Durante mucho tiempo, fue la religión la que cumplió esta función. En algunos aspectos, el siglo XIX supuso los inicios de una emancipación mental a nivel masivo, respecto a la cual el siglo XX representa más bien una regresión. Cuanto más obedece el consumidor-ciudadano a sus impulsos inmediatos, más se aprovechan de ello el mercado y el Estado. La tendencia a un narcisismo generalizado significa también una regresión a un estadio primitivo de la infancia, donde no hay una verdadera separación entre el yo y el mundo. Como explico en mi libro, este narcisismo solipsista está ligado a la lógica del valor y del trabajo abstracto, que niega igualmente la autonomía del mundo y lo reduce a una emanación del sujeto.
Dedica cincuenta páginas del libro a reflexionar sobre las nuevas formas de crimen y terrorismo: ¿Cuáles son los rasgos de esa nueva violencia y de qué cree que son síntoma?
El crimen se ha vuelto tan irracional y autorreferencial como la lógica económica —la acumulación tautológica de trabajo, valor y dinero— y la psique narcisista de los individuos. El amok, en sus varias formas, es el ejemplo supremo de un crimen que ya no obedece a la realización de un interés, aceptando los riesgos, sino que, en este caso, la destrucción y la autodestrucción se convierten en fines en sí mismas. El odio del sujeto de la mercancía por el mundo y a sí mismo, normalmente latente, se hace aquí manifiesto, y por eso golpea con tanta fuerza a la opinión pública. Que después se añada una seudorracionalización política o religiosa es a menudo algo secundario: en el crimen gratuito se hace evidente el vacío fundamental que habita el individuo contemporáneo, en cuanto dominado por una economía que se ha vuelto loca.
Escribe que “un retorno al estado social no es posible ni deseable”: ¿Por qué no es posible y por qué no es tampoco deseable?, ¿en qué consisten entonces esos “compromisos soportables” de los que habla al final del libro?
El “Estado social” fue financiable durante la última gran época de acumulación económica, el llamado “milagro económico” de la posguerra. Hoy esta época a menudo se recuerda con nostalgia, sobre todo en Francia, como una época dorada. Una parte de la izquierda querría simplemente retornar a aquella situación. Sin embargo, su fin no se debió solo a una contraofensiva del capital en la época neoliberal, sino también a la disminución objetiva de los beneficios, consecuencia de la sustitución del trabajo vivo por las tecnologías, única fuente del valor y, en consecuencia, de la plusvalía y de la ganancia.
La revolución microelectrónica de los años setenta ha acelerado intensamente la desaparición del trabajo vivo, y en consecuencia de los beneficios, y finalmente la posibilidad de financiar el Estado social. También hay que decir, no obstante, que la sociedad de los años sesenta era rígida y aburrida, con un futuro completamente trazado para los jóvenes. Fue contra ese modo de vida contra el que se levantó la juventud mundial en 1968. La perenne precariedad establecida más adelante por el neoliberalismo es una siniestra parodia de la vida aventurera. En lugar de soñar con el retorno a un capitalismo moderado, hoy hay que ir más allá de una sociedad en la que debemos contentarnos con migajas en forma de “protección social”.
¿Qué virtudes y qué flaquezas ve en el movimiento feminista que ha crecido estos últimos años?
El movimiento feminista ha tenido en ciertos aspectos una evolución parangonable a la del movimiento obrero histórico: tras la repulsa inicial de toda la sociedad que produce la opresión del propio grupo, se pasó a esforzarse por asegurar una mejor integración —en un caso, de los obreros; en el otro, de las mujeres— en un sistema que ya no se ponía verdaderamente en cuestión, con algunos puestos privilegiados para algunos portavoces. Los obreros consiguieron el derecho al voto y, más tarde, un coche y una casita en propiedad; alguno incluso ha llegado a ministro. Las mujeres, aparte de poder votar, han podido convertirse en policías, y alguna también en ministra. Pero no a todo el mundo le gusta. En el campus de la Universidad Complutense vi un grafiti que decía: “Contra el feminismo liberal”.
La crítica del valor, por otra parte, se ha convertido en “crítica del valor-escisión”, un término un poco complicado para afirmar que la “escisión” de la esfera del no-valor en sentido económico, tradicionalmente asignada a las mujeres (esencialmente, las tareas domésticas y los comportamientos relacionados), constituye un presupuesto esencial de la producción de valor económico. Por eso, la crítica del patriarcado representa una parte fundamental de la crítica del valor: el capitalismo es patriarcal por naturaleza y no será superado sin la abolición del patriarcado.
¿Cómo interpreta el auge del populismo y la extrema derecha desde la crítica del valor? Dice que el populismo es transversal y que poco importa que reivindique a “los de abajo” o a “la nación”.
Las distintas formas de populismo reaccionan a los males sociales —sobre todo, a la desigual distribución de la riqueza— identificando a un grupo de responsables personales: los ricos, los banqueros, los corruptos, los especuladores. Se ignoran las lógicas sistémicas y se recurre al moralismo (la “codicia”). Casi siempre, el populismo santifica el “trabajo honrado” y lo opone a los “parásitos”. Por eso, la diferencia entre populismo “de derechas” y populismo “de izquierdas” no es tan grande como se cree. Ambos se basan en un falso anticapitalismo. No se trata de una novedad absoluta; en los años veinte y treinta ya hubo fenómenos de este tipo. Entonces, el antisemitismo constituía un aspecto esencial. Pero este existe también hoy, de forma soterrada y a veces abiertamente, en la denuncia del “especulador”.
Dice en el libro que no vivimos en una sociedad tan laica como nos gusta pensar, y que a Dios lo sustituyó el Mercado. ¿Podemos vivir prescindiendo de ídolos y dioses?
Hasta ahora, en la historia un tipo de religión ha sustituido a otro. La llamada secularización no ha tenido lugar; en ciertos aspectos, la mercancía constituye una religión más insidiosa que la antigua, porque cada mercancía particular representa un ser fantasmagórico: la cantidad de trabajo abstracto que la ha producido.
¿Cree que, como Erisictón, acabaremos autodestruyéndonos o seremos capaces de echar el freno antes de la catástrofe definitiva?, ¿el capitalismo terminará colisionando con los límites del planeta o tropezará antes con su propia dinámica?
¡Quién puede saberlo! Mi libro quiere ser simplemente una pequeña contribución para evitar esa catástrofe. Parece una bobada, pero depende de cada uno de nosotros. La actitud de cada cual frente a los retos del presente ya no depende mucho de la pertenencia a una clase social, un país, una raza, un sexo. Cada uno de nosotros está llamado a adoptar posiciones sobre las múltiples cuestiones abiertas. Las fronteras tradicionales (dominadores/dominados, ricos/pobres, sur/norte del mundo) resultan hoy un tanto confusas, pero esto constituye también una oportunidad. Es sobre todo la cuestión ecológica y climática la que puede constituirse en la base de un amplio movimiento de contestación… Que, no obstante, también se encontrará con enemigos, de eso no cabe duda.
Por Bernardo Álvarez-Villar
Traducción: Diego Luis Sanromán

Mis reuniones con el fundador de WikiLeaks, Julian Assange, siempre tuvieron lugar en la misma habitación pequeña. Como saben los servicios de inteligencia de varios países, visité a Assange en la embajada de Ecuador en Londres muchas veces entre el otoño de 2015 y diciembre de 2018. Lo que estos fisgones no saben es el alivio que sentía cada vez que me iba de allí.
Quería reunirme con Assange por el profundo aprecio que siento por el concepto original de WikiLeaks. Cuando de adolescente leí 1984 de George Orwell, a mí también me inquietaba la perspectiva de un estado vigilante de alta tecnología y su potencial efecto en las relaciones humanas. Los primeros escritos de Assange –particularmente su idea de utilizar la propia tecnología de los estados para crear un inmenso espejo digital que pudiera mostrar a todos lo que estaban haciendo- me colmaron de esperanza de que, en conjunto, podríamos derrotar a Gran Hermano.
Cuando conocí a Assange, esa primera esperanza ya se había desvanecido. Rodeados por bibliotecas abarrotadas de literatura ecuatoriana y publicaciones del gobierno de Ecuador, nos sentábamos y conversábamos hasta bien entrada la noche. Un dispositivo sobre un estante de la biblioteca emitía un ruido blanco agobiante para contrarrestar los dispositivos de escucha. A medida que iba pasando el tiempo, la sala claustrofóbica, la cámara muy mal escondida que me apuntaba desde el cielo raso, el ruido blanco y el aire rancio sólo me producían ganas de salir corriendo a la calle.
Los detractores de Assange han estado diciendo durante años que su confinamiento era autoinfligido: se escondía en la embajada de Ecuador porque huyó tras el pago de una fianza en el Reino Unido para evitar responder por acusaciones de ataque sexual en Suecia. Como hombre, siento que no tengo ningún derecho a expresar una opinión respecto de esas acusaciones. Las mujeres deben ser escuchadas cuando denuncian un ataque. Sólo la violencia que los hombres han infligido a las mujeres durante milenios es más vil que la falta de respeto y la denigración a la que son sometidas las mujeres cuando hablan.
Recuerdo decirle a Julian que, de haber estado en su lugar, habría querido enfrentar a mis acusadoras, y escucharlas cuidadosa y respetuosamente, sin importar si se presentaron o no cargos oficiales. Él me respondió que él también quería eso. “Pero, Yanis”, dijo, “si yo fuera a Estocolmo, me dejarían incomunicado y, antes de que tuviera la posibilidad de responder a cualquier acusación, me habrían despachado en un avión rumbo a una cárcel de máxima seguridad de Estados Unidos”. Para dejar sentada la idea, me mostró el ofrecimiento de sus abogados a las autoridades suecas de ir a Estocolmo si le garantizaban que no sería extraditado a Estados Unidos bajo cargos de espionaje. Suecia nunca tuvo en cuenta la propuesta.
Durante los años que pasó Assange en la embajada de Ecuador, en circunstancias que Naciones Unidas consideró una “detención arbitraria”, muchos amigos y colegas se burlaban de su miedo –y me fustigaban por creer en él-. En septiembre pasado, la historiadora e intelectual feminista Germaine Greer resumió esa idea en una radio pública australiana: “No será extraditado a Estados Unidos”, dijo burlonamente, culpando a los abogados de Julian de engañarlo haciéndole sentir miedo a una extradición mientras cobraban las regalías de su libro.
Ahora Julian está languideciendo en Belmarsh, una célebre cárcel de alta seguridad inglesa, en una celda sin ventanas en el sótano, con menos aire fresco y menos luz que antes. Sin posibilidad de recibir visitas, espera la extradición a Estados Unidos. “Déjenlo que se pudra en el infierno”, es una respuesta frecuente de gente buena en todo el mundo que se enfureció ante la difusión por parte de WikiLeaks de correos electrónicos de Hillary Clinton antes de la elección presidencial de Estados Unidos en 2016, que insufló aire fresco a las velas de Donald Trump. ¿Por qué, preguntan, Assange no ha difundido nada fulminante sobre Trump o el presidente ruso, Vladimir Putin?
Antes de que explique por qué sus detractores deberían reconsiderar su postura, permítanme dejar sentada mi frustración personal por su apoyo al Brexit, sus ataques imprudentes a sus críticas feministas, su editorialización a favor de Trump y, más importante, sus comunicaciones con la gente de Trump. Yo le manifesté esta frustración en la cara varias veces.
Pero castigar a WikiLeaks por no publicar filtraciones que dañen a todos los bandos por igual es no entender la situación. WikiLeaks se creó como un buzón digital donde cualquier denunciante podía depositar información que fuera verdadera y cuya revelación resultara de interés público. Ésa es la única obligación de WikiLeaks. Por naturaleza, no puede controlar quién filtra qué; su tecnología impide inclusive a Assange conocer la identidad de un denunciante. Si esto significa que la mayoría de las filtraciones incomodarán a las potencias occidentales, ése es el gran servicio, aunque imperfecto, que nos brinda WikiLeaks –un servicio que, para mi frustración, se vio disminuido por la editorialización de Julian.
Los acontecimientos recientes demuestran que su situación actual no tiene nada que ver con las acusaciones suecas o con su papel al ayudar a Trump contra Clinton. Ahora que Chelsea Manning está nuevamente en prisión por negarse a confesar que Assange la incitó, o la ayudó, a filtrar pruebas de las atrocidades de Estados Unidos en Irak y Afganistán, la mejor explicación de lo que está sucediendo surge de boca de Mike Pompeo, el primer director de la CIA de Trump y hoy secretario de Estado norteamericano.
Pompeo describió a WikiLeaks como “un servicio de inteligencia hostil no estatal”. Tiene toda la razón. Pero es una descripción igualmente precisa de lo que todo medio periodístico que se precie de tal debería ser. Como han advertido Daniel Ellsberg y Noam Chomsky, los periodistas que no se oponen a la extradición de Assange a Estados Unidos podrían ser los próximos en la lista negra de un presidente que los considera el “enemigo del pueblo”. Celebrar su arresto y hacer la vista gorda al continuo sufrimiento de Manning es un regalo para los mayores enemigos del liberalismo.
Además del liberalismo, la persecución de Assange por el complejo industrial y de seguridad de Estados Unidos tiene otra víctima: las mujeres. Ninguna mujer, en Suecia o en cualquier parte, recibirá justicia si ahora lo encierran en una prisión de máxima seguridad por revelar crímenes contra la humanidad perpetrados por hombres desagradables con o sin uniforme. El continuo sufrimiento de Manning no le sirve a ningún objetivo feminista.
De manera que ésta es la idea: juntemos fuerzas para impedir la extradición de Assange de cualquier país europeo a Estados Unidos, para que pueda viajar a Estocolmo y darles a sus acusadoras la posibilidad de ser oídas. Trabajemos juntos para empoderar a las mujeres, protegiendo a la vez a los denunciantes que revelen un comportamiento infame que gobiernos, ejércitos y corporaciones preferirían esconder.