El impacto de la crisis venezolana en la izquierda latinoamericana

Por Pablo Stefanoni

El modelo bolivariano, que durante años funcionó como un faro que inspiraba a otras fuerzas políticas en la región, hoy es un lastre. La crisis que atraviesa Venezuela debería generar un debate acerca de los límites y errores del único país que se autoproclamó socialista después de la caída del Muro de Berlín.

Hace 20 años, el triunfo de Hugo Chávez fue seguido con un entusiasmo limitado por la izquierda latinoamericana. Un tanto folklórico, el ex paracaidista había organizado en 1992 un golpe de Estado militarmente fallido pero, a la larga, políticamente exitoso (1), y tras su victoria en las elecciones presidenciales de 1998 sorprendió al jurar su cargo sobre la “Constitución moribunda”. En un comienzo, sus posicionamientos ideológicos resultaban ambiguos: si bien había tenido acercamientos con la izquierda durante su carrera militar, al mismo tiempo se había rodeado de asesores como el nacionalista argentino, con posiciones cercanas a los militares carapintadas, Norberto Ceresole, y por otro lado elogiaba la Tercera Vía de Tony Blair. Fue tras el golpe que sufrió en 2002 que la experiencia chavista terminó de ser incorporada como acervo de una izquierda latinoamericana que había encontrado en la tradición nacional-popular una tabla de salvación frente a la crisis del socialismo real y las derrotas de los 70. El sueño de Jorge Abelardo Ramos de articular populismo y socialismo parecía hacerse parcialmente realidad, primero en Venezuela y después en Bolivia y Ecuador. Pero lo que en un momento fue una locomotora hoy se volvió un peso para los progresismos regionales, a punto tal que nadie puede ganar hoy una elección en América Latina sin diferenciarse del madurismo, en el contexto de una masiva migración de venezolanos que dan carnadura –y voz– a los fracasos de su gobierno.

Cultura de campamento

Es difícil atribuir a la “maldición de la abundancia” el derrumbe económico que atraviesa Venezuela; otros países de la región y del mundo dependen de las exportaciones hidrocarburíferas y no sufren un retroceso de características post-bélicas –la caída del PIB en Venezuela ronda el 50% en los últimos cinco años, un hecho inédito en la región– (2). Hasta hace un par de años, gracias a la combinación de una serie de dimensiones a menudo poco debatidas por las izquierdas latinoamericanas, el chavismo había logrado postergar la discusión sobre la “vía venezolana al socialismo… petrolero” hasta que ya no haya “conspiraciones imperialistas” en el horizonte, es decir, ad infinitum. Entre esas dimensiones encontramos el carisma excepcional de Chávez (imposible de transmitir y que combinaba “padre severo” con “madre cariñosa”); un tipo de mesianismo compasivo de matriz cristiana; un cripto estalinismo tropical desorganizado que entronca con rituales y marcos interpretativos del socialismo real, y una visión militarista de los problemas propia de un caudillismo pretoriano (3). Todo esto en el marco de una gran ineficiencia administrativa, incluso en comparación con otros “populismos” de la región.

Tras la muerte de Chávez (marzo de 2013), sin una institucionalidad bolivariana propiamente dicha y en un contexto de una pronunciada caída de los precios de los hidrocarburos, la fórmula bolivariana –petróleo+carisma+empoderamiento simbólico de los excluidos– se debilitó hasta desembocar en la situación actual.

Frente a esa deriva, una parte de la izquierda crítica intentó anclarse en una suerte de “melancolía chavista”, y atribuir los problemas al liderazgo de Nicolás Maduro, el “hijo de Chávez”. Pero la profundidad de la crisis (hiperinflación, derrumbe del PBI, inseguridad), junto a la falta de espacios de deliberación política real en el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), impidieron la emergencia de un “chavismo crítico” con incidencia social, por lo que una parte de él terminó en el Frente Amplio Venezuela Libre, que agrupa fuerzas vivas, iglesias, partidos e intelectuales de diferentes tendencias.

Venezuela vive, como señaló el sociólogo Marc Saint-Upéry, en una suerte de “autoritarismo anárquico y desorganizado” (4), incapaz incluso de imponer la autoridad del Estado, como lo demuestran la crisis del sistema carcelario, el “pranato” (mafia) minero (5) y las cifras brutales de inseguridad (80 muertes violentas por cada 100.000 habitantes), que han acabado incluso con parte de la sociabilidad nocturna. A ello hay que sumar los Operativos para la Protección y Liberación del Pueblo (OLP) y más recientemente las maniobras de las Fuerzas de Acciones Especiales (FAES), que en ambos casos rutinizaron el gatillo fácil en los barrios (6), además de una gestión predatoria de Petróleos de Venezuela (Pdvsa), la gallina de los huevos de oro de la revolución. La situación es tan mala que el propio Maduro habló –después de casi dos décadas– del “falso socialismo”, en un intento de convencer a los electores de que voten por “un nuevo comienzo”.

Mientras este modelo parecía funcionar, por ejemplo reduciendo la pobreza, Venezuela, amplificada por la retórica de Chávez, se había transformado en un faro político en la región, con discursos que revitalizaron la tradición antiimperialista y hasta “ponían en la agenda” el socialismo. No obstante, desde el comienzo del proceso se podían observar todo tipo de problemas, tapados, hasta donde era posible, por el boom de los precios petroleros (que subieron alrededor del 1.000% durante la era Chávez). Detrás de estos discursos a menudo se escondían las culturas políticas forjadas por Acción Democrática y Copei desde 1958.

En las últimas dos décadas se han ensayado varias estrategias –en la primera etapa, “operativos cívico-militares”– para llevar adelante “procesos de inclusión masivos y acelerados” a través de una distribución más justa de la renta petrolera, junto con un sistema comunal que debería absorber a la democracia liberal. Algunos críticos del rentismo hablan de la “cultura de campamento”, en la que predominan los operativos extraordinarios sin continuidad en el tiempo (7). Pero fue el propio Chávez quien, admitiendo implícitamente el fracaso de una agenda de desarrollo post-hidrocarburífera (la “siembra del petróleo”), definió el proyecto en marcha como “socialismo petrolero”. Durante una emisión de Aló Presidente, su programa semanal, el mandatario venezolano explicó: “Estamos empeñados en construir un modelo socialista muy diferente al que imaginó Marx en el siglo XIX. Ese es nuestro modelo, contar con esta riqueza petrolera”.

Las imágenes del socialismo

En este marco emergió lo que el economista marxista Manuel Sutherland define como un “populismo clientelar lumpen”, que se fue superponiendo a los efectos iniciales del empoderamiento simbólico de las capas más postergadas. Esto explica en parte la persistencia del chavismo en sectores de la sociedad que encontraron en Chávez al líder que, seguramente sin haber leído a Ernesto Laclau, construyó el “significante vacío” en el que se inscribieron las múltiples demandas de los de abajo. Pero también la degradación actual.

El caso venezolano deja en evidencia que, desde la caída del Muro de Berlín en 1989, no fue posible pensar, ni teórica ni prácticamente, un tipo de transformación socialista integral de la sociedad sin caer en la cultura anti-pluralista del socialismo real. Y en esa deriva no fue menor el rol de Cuba, embarcada hoy en una serie de reformas pero sin perder la vocación totalitaria en diversos terrenos de la vida social. Venezuela, sin dudas, no se transformó en Cuba: no logró poner en práctica algunas políticas públicas de inclusión social sistemática –como lo hicieron los cubanos en materia de salud y educación–, y no terminó de desmantelar totalmente la “democracia liberal” (aunque la Asamblea Nacional Constituyente inaugurada en 2017 modeló un gobierno de facto que se sitúa por encima de los poderes constituidos y anuló en los hechos a la Asamblea Nacional –de mayoría opositora desde 2015 y declarada en desacato por una justicia completamente subordinada al chavismo–).

De este modo, el “silencio Cuba”, al decir de Claudia Hilb, de muchas izquierdas latinoamericanas –y de más allá también– devino en un “silencio Venezuela”, que no significó, como tampoco ocurrió en el caso de la isla, no hablar de Venezuela, sino evitar enfrentar los problemas apelando de manera mecánica a las “agresiones imperiales”. Bajo el mismo acoso imperial, la Bolivia de Evo Morales lleva más de una década de crecimiento y consolidación macroeconómica, baja inflación y estabilidad cambiaria.

Lo cierto es que la misma Venezuela que pareció alentar la expansión del socialismo en la región terminó convirtiéndose en un búmeran para las izquierdas. No es de extrañar que las fuerzas de derecha latinoamericanas incluyan a Venezuela –o, mejor dicho, a los riesgos, más imaginados que reales, de venezuelización– en las campañas electorales. Incluso Sebastián Piñera llegó a hablar, con tonalidades de realismo mágico, de los peligros de transitar hacia “Chilezuela” si triunfaba el candidato de centroizquierda, por no hablar del “efecto Venezuela” en la política argentina, colombiana y brasileña. Por supuesto, esos relatos pueden descartarse como propios de la tradicional retórica conservadora que busca desprestigiar a los gobiernos populares. Pero eso significaría desconocer que Venezuela es el único país que se proclamó “socialista” con posterioridad a la caída del Muro de Berlín y que hoy replica imágenes clásicas de la decadencia del socialismo real: desabastecimiento, colas, hiperinflación, migraciones masivas y un Estado crecientemente pretoriano.

Las derivas del Foro de San Pablo

El giro a la derecha en la región no alentó una revisión crítica de la “década ganada” sino actitudes reactivas y retroutopías sobre las “primaveras populares” perdidas. Esto puedo verse en la 24ª Asamblea del Foro de San Pablo, celebrada en julio de 2018 en La Habana. La presencia en su seno de las figuras del ala más conservadora de Cuba, como el vicesecretario del Partido Comunista de Cuba (PCCh), José Ramón Machado Ventura, contribuyó al repliegue ideológico y a la retórica contra el cerco imperial. Pero el imperio requiere un análisis más fino, al menos para reconocer que los halcones de la era Bush que hoy buscan derrocar a Maduro –y le ofrecen una playa paradisíaca si se va del país o la de Guantánamo si se queda– conviven con un Trump que llegó a la Casa Blanca supuestamente apoyado por Vladimir Putin, en el marco de la emergencia de la “derecha alternativa”.

Problemas como la corrupción fueron englobados en el encuentro del Foro en el gran relato de la conspiración política-judicial. Y aunque sería ingenuo negar las operaciones y el rol de la política y los jueces celebrities, lo cierto es que la ética pública constituye una demanda popular generalizada. De hecho, en los países gobernados por la derecha las izquierdas ganan también con discursos “honestistas”, como ocurrió en México con Andrés Manuel López Obrador. Pero incluso más allá de esta cuestión –que hoy tiñe todas las campañas electorales– la solidaridad acrítica del Foro con el gobierno de Venezuela y con Daniel Ortega en Nicaragua –que logró mantenerse en el poder sin escatimar represión a sangre y fuego– deja ver una subestimación de las izquierdas regionales de la crisis política y moral de gran parte de sus fuerzas y del problema democrático. Una subestimación que recuerda reacciones frente a la crisis del socialismo real poco antes del derrumbe de la Unión Soviética, en 1991.

“Empate catastrófico”

Habrá que ver cómo termina el “empate catastrófico” iniciado con la guerra de poderes lanzada en 2015, cuando la oposición ganó dos tercios de la Asamblea Nacional. Juan Guaidó, en una especie de acto “leninista”, se hizo proclamar “presidente encargado”, tratando de aprovechar los “instantes huidizos” de la política. E hizo de la “ayuda humanitaria” –con apoyo de Estados Unidos– su caballito de batalla para mostrar que tiene algún poder material y tratar de quebrar a las Fuerzas Armadas. Es claro que la caída de Maduro sería un golpe inevitable para las izquierdas de la región (maduristas y no maduristas).

Sin embargo, la experiencia del socialismo real advierte sobre los riesgos de atar la suerte de la izquierda a proyectos políticos cuyo único mérito es “resistir al imperio”, aunque resulten opresivos para quienes viven en ellos, y de reclamar Estado de Derecho, libertades democráticas y justicia independiente sólo cuando gobierna la derecha. No puede ignorarse que la persistencia de Maduro en el poder, en las condiciones actuales, tiene también un efecto disuasivo sobre cualquier proyecto de transformación social que se identifique como socialista. Lo entendió Bernie Sanders, que hoy lidera uno de los movimientos más dinámicos de la izquierda global, quien hizo una crítica democrática radical al gobierno venezolano al tiempo que rechazaba el injerencismo de los halcones de la Casa Blanca (8).

Notas:

1. En parte este éxito fue posibilitado, de manera involuntaria, por el indulto otorgado por el presidente Rafael Caldera.

2. Pablo Stefanoni, “¿A dónde va Venezuela? (si es que va a alguna parte)”, entrevista a Manuel Sutherland, Nueva Sociedad, ed. digital, Nueva Sociedad, Buenos Aires, enero de 2019.

3. Marc Saint-Upéry y Pablo Stefanoni, “Le cauchemar de Bolívar: crise et fragmentation des gouvernements de l’Alba”, Hérodote, París, 2019.

4. Marc Saint-Upéry, El sueño de Bolívar. Los desafíos de las izquierdas latinoamericanas, Paidós, Barcelona, 2008.

5. Pranes son los jefes del hampa. Ver “El Arco Minero del Orinoco. Diversificación del extractivismo y nuevos regímenes biopolíticos”, Nueva Sociedad, Nº 274, marzo-abril de 2018.

6. “Las FAES. Reflexiones sobre la (in)seguridad en Venezuela”, entrevista a Keymer Ávila, Aporrea, 3-1-2019; Rebecca Hanson y Verónica Zubillaga, “Los operativos militarizados en la era post-Chávez. Del punitivismo carcelario a la matanza sistemática”, Nueva Sociedad, Nº 278, noviembre-diciembre de 2018.

7. Rafael Uzcátegui, La Revolución como espectáculo. Una crítica anarquista al gobierno bolivariano, Libros de Anarres, Buenos Aires, 2010.

8. Tuit, 24 de enero de 2019.

Periodista e historiador, jefe de redacción de Nueva Sociedad.

Fuente:

https://www.eldiplo.org

Keynes y la eutanasia del rentista

Por Frances Coppola

En un reciente artículo para la revista New Statesman, la reportera económica Grace Blakeley hace una extraordinaria afirmación. Escribiendo sobre los orígenes del FMI, dice:

“Setenta y cinco años han pasado desde que estas instituciones financieras internacionales fueran creadas en Bretton Woods, New Hampshire, en 1944. Entonces los delegados de aquella reunión buscaban amansar el poder de las finanzas internacionales. Su crecimiento había contribuido a causar el Crash del 29 en Wall Street y la consiguiente Gran Depresión. J.M. Keynes –quien lideró la delegación británica- llegó a Bretton Woods con la idea de aplicar la “eutanasia” a la élite financiera que él veía como parasitaria al sistema productivo.”

Yo pensaba que Bretton Woods había sido sobre el libre comercio y la cooperación económica, no sobre “amansar el poder de las finanzas internacionales”. Pero quizá me equivocaba. Así que me puse a revisarlo.

De acuerdo con el Departamento de Estado de los EEUU, Bretton Woods nació de la terrible experiencia durante la depresión mundial de principios de los años 30. Pero no eran las financias internacionales lo que Bretton Woods se proponía a amansar, si no la política de competencia desleal con el país vecino por las exportaciones:

“La lección aprendida por los burócratas de los EEUU durante el periodo de entre guerras, se tradujo en las instituciones creadas en la conferencia. Políticos como el presidente Franklin D. Roosevelt y el secretario de Estado Cordell Hull eran partidarios de la creencia Wilsoniana de que el libre comercio no solo promovía la prosperidad mundial, sino también la paz internacional. La experiencia de los años 30 realmente lo sugería. Las políticas adoptadas por los gobiernos para combatir la Gran Depresión –barreras arancelarias, devaluaciones competitivas, discriminación comercial- habían contribuido a crear un inestable entorno internacional sin mejorar la situación económica. Esta experiencia llevó a los líderes internacionales a concluir que la cooperación económica era la única opción para la paz y prosperidad, tanto en casa como fuera.”

Tampoco Keynes llegó a Bretton Woods con ningún plan para aplicar “la eutanasia del rentista”. La propuesta de Keynes estaba dirigida a los gobiernos, no a los capitalistas:

“Harry Dexter White, el asistente especial para el secretario del tesoro de los EEUU y John Maynard Keynes, el asesor del tesoro británico, redactaron independientemente diferentes planes para las organizaciones que proveerían asistencia financiera a los países que experimentaran déficits en la balanza de pagos en el corto plazo. La asistencia financiera ayudaría a asegurar que esos países no adoptasen políticas proteccionistas o predatorias, ni en el comercio ni en la política monetaria, con el objetivo de mejorar la posición de su balanza de pagos. Ambos planes previeron un mundo con tipos de cambio fijo, creyendo que ayudaría más a la expansión del comercio mundial que los tipos de cambio flexibles.”

El propio Keynes resumió su propuesta así:

”una Banco de Compensación de Pagos Internacional [International Clearing Union], basado en la moneda bancaria internacional, llamada (digamos) bancor, fijado (no unilateralmente) su valor en oro y aceptada como equivalente al oro por la Commonwealth británica y los EEUU y por todos los miembros de la unión con el propósito de liquidar los balances [pagos] internacionales.”

Más adelante en su propuesta original, aconseja que “la construcción de una organización bancaria internacional, construida por la experiencia para satisfacer necesidades prácticas, debe ser dejada tan independiente como sea posible”. Parece que amansar las finanzas internacionales no estaba en su agenda. Así que, ¿de dónde sale la afirmación de Blakeley de que Keynes aspiraba a aplicar la “eutanasia del rentista”?

Pues viene de la Teoría General de Keynes. Y no tiene nada que ver con los desajustes comerciales que Bretton Woods trataba de controlar. El tema son los tipos de interés. Keynes, escribiendo en 1936, pensó que lo extraño sería la nueva normalidad:

“Existe, en cambio, una segunda y mucho más fundamental conclusión que se infiere de nuestro razonamiento y que tiene consecuencias sobre el futuro de la desigualdad de la riqueza, a saber, nuestra teoría del tipo de interés. La justificación sobre una tasa de interés moderadamente alta ha sido fundamentada entonces en la necesidad de proveer un suficiente incentivo al ahorro. Pero hemos mostrado que la cantidad de ahorro real se determina necesariamente por el nivel de inversión, y que el nivel de inversión es estimulado por un bajo tipo de interés, siempre y cuando no intentemos estimular la inversión más allá del punto correspondiente al pleno empleo. Así que nos es favorable reducir el tipo de interés hasta el correspondiente nivel de pleno empleo según la estructura de la eficiencia marginal del capital.

No cabe duda de que este criterio llevará a un tipo de interés mucho más bajo que el que ha regido hasta ahora… Estoy convencido que la demanda de capital está estrictamente limitada en el sentido de que no sería difícil incrementar el stock de capital hasta el punto en el que su eficiencia marginal haya caída a muy bajos niveles. Esto no significaría que los bienes de capital costarían prácticamente nada, sino que el rendimiento del capital tendría que cubrir a penas algo más que su amortización debido al desgaste y la obsolescencia junto con algo de margen para cubrir el riesgo y el ejercicio de habilidades y discernimiento. En resumen, el rendimiento agregado de los bienes durables [de capital] en el curso de su vida, como en el caso de los bienes no durable, cubriría justo su coste de mano de obra de producción más una renta por el riesgo y los costes del oficio y la supervisión.

Ahora bien, aunque este estado de la situación sería compatible con cierto grado de individualismo, supondría con ello la eutanasia del rentista y, consecuentemente, la eutanasia del creciente poder opresivo del capitalista para explotar el valor del capital gracias a su escasez. Hoy en día, los tipos de interés no recompensan ningún genuino sacrificio más de lo que lo hace la renta de la tierra. El dueño del capital puede obtener beneficio porque el capital es escaso, igual que el propietario de la tierra puede obtener su renta porque la tierra es escasa. Pero mientras que puede haber intrínsecas razones para la escasez de la tierra, no hay intrínsecas razones para la escasez del capital…

Entiendo, entonces, el periodo rentista del capitalismo como una fase transitoria la cual desaparecerá cuando haya hecho su trabajo. Y con la desaparición de su periodo rentista muchas más cosas en el propio sistema sufrirán un gran cambio. Será, además, una gran ventaja para el orden de los acontecimiento que estoy proponiendo, que la eutanasia del rentista, del inversor inútil, no será nada repentino, sino una mera gradual pero prolongada continuación de lo que hemos visto recientemente en Gran Bretaña, y no necesitará revolución alguna.”

El hecho de que esto fuera escrito en los años 30 es importante. La observación de Keynes de que la eutanasia del rentista “no necesitará revolución alguna” es a la vez un reconocimiento y un desafío al marxismo. Si el capitalismo en cualquier caso está condenado por su propio éxito, la revolución es innecesaria. Fíjense que ello no conlleva la inacción ante el capitalismo:

“Así, en la práctica, tenemos que aspirar (no hay nada en esto lo cual sea inalcanzable) a un incremento del volumen del capital hasta que deje de ser escaso, para que así el inversor inútil no reciba ningún beneficio; y aspirar a un sistema impositivo que permita que la inteligencia, determinación y destreza ejecutiva del banquero, el emprendedor et hoc genus (quienes son ciertamente tan indulgentes con su oficio que su labor podría obtenerse a un gran menor precio que al del presente), para así aprovechar su servicio a la sociedad con una recompensa razonable…”

Querida Grace Blakeley, al malversar la pegadiza frase de Keynes, has malentendido totalmente su significado. Keynes previó una época en la que el capital sería tan abundante que los capitalistas no podrían vivir gracias al mero rendimiento del capital y tendrían que trabajar por “una recompensa razonable”. Los rentistas morirán sin hacer ruido.

Vivimos en esa época. La tasa real de rendimiento del capital ha estado cayendo durante 30 años y es ahora negativa. El capital ha sido demasiado exitoso recomponiéndose a sí mismo tras su enorme destrucción en la primera mitad del siglo XX. Ahora hay demasiado capital y no hay suficientes proyectos de inversión rentables. Como Keynes predijo, el capitalismo se está destruyendo a sí mismo.

Pero los rentistas que están sufriendo no son los ricos capitalistas que Keynes imaginó. Son la clase media de jubilados cuyos ahorros no ganan prácticamente nada. Hemos construido un sistema de pensiones enteramente sustentado en una expectativa de rendimiento que ya no puede generar. Y sin embargo, el imperativo del ahora nunca ha sido tan fuerte en tanto que las poblaciones envejecen y los gobiernos reducen el sistema de bienestar. Esto me parece un bucle que se retroalimenta. A la vez que el capital es más abundante, la tasa de retorno cae, forzando a la gente a ahorrar más para financiar sus jubilaciones, haciendo así al capital aún más abundante y forzando a la baja la tasa de retorno todavía más. Algo tiene que ceder aquí.

Históricamente, cuando el capital deviene en abundancia, los ricos y poderosos han preferido destruirlo antes que compartirlo. Y esto me lleva de vuelta a Bretton Woods. El sistema del patrón oro del final siglo XIX, conocido en los EEUU como la “época dorada” por su prosperidad sin precedente, acabó con la mayor destrucción de capital de la historia. La conferencia de Bretton Woods aspiraba no a “amansar las finanzas internacionales”, sino a reestablecer la prosperidad de la época dorada. Los estadistas de entonces reconocieron que la cooperación, y no el conflicto, es el camino a la prosperidad. Keynes no fue a la conferencia para aplicar la “eutanasia del rentista”, sino para crear un sistema en el cual la riqueza de las naciones fuera compartida más equitativamente. Esto es lo que debemos solucionar hoy, antes de que sea demasiado tarde.

es una reputada economista, editora de Pieria.

Fuente:

https://www.coppolacomment.com/2019/04/keynes-and-death-of-capitalism.html?spref=tw

Traducción:Ayoze Alfageme

Un huésped incómodo

Por Decio Machado / Universidad Nómada del Sur

Revista La Brecha

Ecuador y la entrega de Assange a Reino Unido.
El pasado 11 de abril, el fundador de Wikileaks, Julian Assange, fue expulsado de la embajada de Ecuador en Londres. El gobierno de ese país le había retirado minutos antes el estatuto de asilo, lo que desembocó en las dramáticas imágenes que dieron la vuelta al mundo con Assange arrastrado por agentes de la Scotland Yard a un furgón policial, para ser luego confinado en la prisión de Belmarsh, una cárcel de alta seguridad ubicada en el sudeste de la capital británica, lugar que se conoce popularmente con el apelativo de “el Guantánamo de Londres”.

Más allá de que la diplomacia ecuatoriana y su gobierno nacional hayan quedado en entredicho con tal acción violatoria del derecho interno e internacional, conviene hacer un repaso rápido de cómo llegó Julian Assange a la embajada ecuatoriana en Londres y sus seis años y diez meses de permanencia en ella.

Fue el martes 19 de junio de 2012 cuando Assange llegó a esas instalaciones diplomáticas. Chompa de cuero, casco de moto y una piedra en el zapato para cojear convincentemente fueron el camuflaje utilizado por quien nos desvelara, entre otras cosas, las atrocidades estadounidenses en la guerra de Irak y Afganistán, así como las injerencias del Departamento de Estado en la política nacional de prácticamente todos los países del planeta.

Negociada de antemano con las principales autoridades de la cancillería ecuatoriana, el gobierno del pequeño país andino dijo acceder a la petición de asilo político con base en criterios que se fundamentan en la defensa de los derechos humanos y el respeto a convenciones y tratados internacionales. En el fondo, desde el inicio hasta el final de dicha operación política se ocultaba la intención de reposicionar al entonces presidente de la República del Ecuador, Rafael Correa, como un adalid de la libertad de expresión, mientras en el interior del país el periodismo crítico era amenazado y perseguido por el régimen.

Assange, empujado por su necesidad de protección internacional, accedía así a ser herramienta y producto de la estrategia político-publicitaria de un gobierno menor en un país de escasa importancia geopolítica.

***

Confinado en 19 metros cuadrados en una misión diplomática londinense que ni siquiera dispone de un patio interior donde recibir la luz del sol, la convivencia entre un Assange cada vez más desquiciado psicológicamente y unos funcionarios ecuatorianos de perfil ideológico más bien conservador y procedencia social elitista no fue fácil. El fundador de Wikileaks no se dejó domesticar tampoco por las presiones recibidas del gobierno ecuatoriano en diversos momentos. En octubre de 2016, se le cortó por primera vez el uso de Internet, por orden del entonces mandatario Rafael Correa. La decisión se tomó tras presiones del secretario de Estado estadounidense John Kerry, en el marco de las filtraciones de documentos de Wikileaks sobre la candidata presidencial Hillary Clinton. En un comunicado público del Ministerio de Relaciones Exteriores ecuatoriano, se reconoció entonces que al asilado australiano se le había “restringido temporalmente” su sistema de comunicaciones, dado que “el gobierno del Ecuador respeta el principio de no intervención en los asuntos de otros países y no se inmiscuye en procesos electorales en curso ni apoya a un candidato en especial”.

Esta circunstancia volvería a suceder en marzo de 2018, ya bajo el gobierno de Lenín Moreno, actual inquilino del palacio presidencial de Carondelet, de Quito. En la ruptura definitiva entre Moreno y Assange que se dio entonces, el mandatario ecuatoriano indicó que había heredado del gobierno anterior “una piedra en el zapato”, en referencia a la protección del fundador de Wikileaks. El rompimiento se dio tras una fracasada operación diplomática realizada por la hoy presidenta de la Asamblea General de Naciones Unidas. María Fernanda Espinosa, quien ejerció como titular de la cartera de Exteriores en el gobierno de Lenín Moreno hasta mediados de junio de 2018, había intentado sacarlo de territorio británico mediante la nacionalización ecuatoriana de Assange y su nombramiento como consejero diplomático con salario de funcionario público.

Assange debía empezar a ejercer su cargo el 19 de enero de 2018 y el plan fracasó ante la negativa de Reino Unido, que evidentemente nunca reconoció el estatuto de asilado de un Julian Assange ya inclinado, en su evolución personal, a desarrollar actividades afines a los intereses estratégicos geopolíticos rusos. Espinosa anularía inmediatamente después aquel nombramiento, dejando al descubierto las pueriles limitaciones estratégicas del gobierno ecuatoriano.

Con José Valencia ya como titular del Ministerio de Relaciones Exteriores, la situación del australiano se complicó notablemente. Valencia, un diplomático de carrera, ya había dado muestras de sus posiciones pro estadounidenses durante la crisis de Angostura de 2008 –violación de la soberanía territorial de Ecuador por Colombia por medio del bombardeo de un campamento clandestino de las Farc–. La llegada de Valencia al frente de la cartera ocurrió en el marco del fin del ciclo progresista, momento de realineación de las políticas exteriores de Sudamérica con los intereses de la Casa Blanca. De aquellos barros, estos lodos… Es así como, apoyado por sus colaboradores más directos, el presidente Moreno se sacó la “piedra en el zapato”.

***

Sin embargo, y más allá de vergüenzas políticas internacionales, todo el procedimiento implementado por el Ministerio de Relaciones Exteriores es de dudosa legalidad. Quito le retiró indebidamente la nacionalidad ecuatoriana a Julian Assange –una necesidad legal para entregarle a Scotland Yard su nuevo prisionero–, violando la Constitución y la ley de Ecuador. Con el argumento de que dicha nacionalidad había sido otorgada irregularmente por la canciller anterior, el gobierno actual ignoró –urgido por los tiempos impuestos por intereses extranjeros– la obligación de garantizar a Assange el debido proceso. Este acto de desnaturalización debería haber sido validado por un juez en materia administrativa, y eso no sucedió.

En paralelo, y según la relatora especial de Naciones Unidas sobre ejecuciones extrajudiciales, sumarias o arbitrarias, Agnes Callamard, Ecuador ha expuesto a “graves violaciones a sus derechos humanos” a Julian Assange por retirarle la protección diplomática. Incluso la propia defensora del pueblo ecuatoriana, a contracorriente del gobierno y la posición generalizada en los medios de comunicación convencionales del país, expresó sus críticas al respecto e indicó que la decisión gubernamental “ha limitado los derechos a la nacionalidad, asilo, el principio de no devolución y las garantías del debido proceso previstos en la Constitución de la República, la ley de movilidad humana y en los instrumentos internacionales de derechos humanos”.

Acorralado ante semejantes argumentos, el gobierno de Ecuador se ha visto obligado a mantener un “show mediático” ante su ciudadanía, con la articulación de una narrativa que hace referencia a una trama de ciberespionaje internacional. Conscientes de que la lucha por el poder implica el control del mensaje, se desarrolló un disparatado discurso oficial en el que se implica a supuestos hackers rusos en territorio nacional –a los que nunca se encontró–, a un desarrollador sueco de software libre amigo de Assange y especialista en protección de datos, e incluso a la mascota que acompañó a Assange en su tiempo de confinamiento en la embajada. Según el embajador ecuatoriano en Londres, se sospecha que el gato –hoy desaparecido– adoptado por el fundador de Wikileaks en sus tiempos de reclusión diplomática estuviese entrenado por el huésped indeseado para portar sofisticados dispositivos de espionaje en su collarín.

En resumen y más allá del riesgo que hoy pende sobre la libertad e incluso la vida de Julian Assange, no cabe duda de que la acción ecuatoriana sobre este caso le daría la razón a Goethe, cuando dijo: “Contra la estupidez, hasta los dioses luchan en vano”.

Una curva cada vez más larga, pero más baja de la economía global

Por Michael Roberts

Los primeros tres meses de 2019 han mostrado una disminución significativa en la actividad económica mundial. La producción industrial global (medida por los economistas JP Morgan) está en realidad cayendo.

También el comercio mundial durante los dos primeros meses de este año.

Y justo hoy, las ventas minoristas en Estados Unidos de febrero también muestran una desaceleración.

Los indicadores de actividad económica en muchas economías importantes están cayendo; y se contrae la producción industrial en Europa y Japón. Los indicadores de actividad empresarial en los EE.UU. son los más altos de las principales economías capitalistas del G7, pero incluso allí están empezando a caer de nuevo. Este es el último indicador de Markit de producción industrial en los EEUU, que todavía está por encima de 50, pero cayendo.

Las ganancias de las empresas, que es el principal motor de crecimiento de la inversión (por lo general con un retraso de un año), también están disminuyendo en algunas de las principales economías. De hecho, China acaba de anunciar la mayor caída de beneficios industriales en diez años, un 14% menos en enero-febrero respecto al año pasado.

Las previsiones para el crecimiento económico del primer trimestre de este año, que acaba de terminar, son más bajas que las estimaciones previas. En los EE.UU., después de alcanzar cerca de un 3% anual en 2018, el pronóstico promedio es de un crecimiento anualizado de sólo el 2% en el T1 de 2019 y aún menor en el T2.

Como dije en mi último artículo, parece que lo que he llamado la Larga Depresión en las principales economías capitalistas desde el final de la Gran Recesión en 2009, no ha terminado. Defino esta Larga Depresión como el resultado de que el crecimiento global del PIB real, el comercio, la inversión y los ingresos salariales están muy por debajo de sus tasas previas a la crisis de 2007. Y el diferencial entre el PIB y la inversión potencial si el crecimiento tendencial hubiera continuado durante la últimos diez años y los que realmente son, no ha disminuido en absoluto.

Y sin embargo, esto es después de lo que John Mauldin, el blogger sobre inversiones llama : “años de asombroso, increíble, sin precedentes, y astronómicamente enorme estímulo monetario de la Reserva Federal, el Banco de Japón, el Banco Central Europeo, y otros. Todos ellos en diversas y variadas formas, abrieron los grifos y los dejaron correr a todo volumen durante casi una década. Y todo lo que produjo fue la débil recuperación antes mencionada“.

Y no son sólo las principales economías de Europa y Asia las que se están ralentizando rápidamente. También Australia, el llamado país ‘afortunado’ que ha evitado una recesión durante más de 27 años, un record solo superado por China. Sin embargo, con la desaceleración en China y en otros lugares, la economía australiana ha entrado en lo que algunos llaman una ‘recesión del crecimiento’, en la que el crecimiento del PIB real ya no coincide con la expansión de la población, por lo que el PIB per capita ha caído durante los dos últimos trimestres de 2018 . Después de un auge enorme de la vivienda que hizo crecer la deuda de los hogares a más del 120% del PIB, una de las más altas del mundo, que situó la deuda de los hogares cerca de 190% de su renta disponible, los precios de la vivienda han comenzado a derrumbarse, cayendo un 14% desde hace 18 meses.

Y luego están los llamados mercados emergentes. Esto es lo que escribí el pasado mes de mayo: 

“El aumento de las tasas de interés mundiales y la creciente guerra comercial iniciada por el presidente de EE.UU. Trump van a afectar a las llamadas economías capitalistas emergentes como Turquía. El coste de los préstamos en moneda extranjera va a aumentar mucho y es probable que la inversión extranjera disminuya … ..Turquía se encuentra actualmente muy cerca de una crisis de la deuda, junto con Argentina (dónde ya ha estallado), Ucrania y Sudáfrica “.

El aumento de los costes de los préstamos en dólares y la caída del comercio mundial, junto con el riesgo de una guerra comercial abierta entre los EE.UU. y China ha desmotivado a los inversores extranjeros a poner su dinero en las economías emergentes más débiles o con problemas como Turquía, Argentina, Venezuela , e incluso Indonesia. Sus monedas se han hundido, lo que eleva los costes de los préstamos aún más y provoca una fuga de capitales de los turcos o argentinos ricos. William Jackson, el economista jefe para mercados emergentes de la consultora Capital Economics, escribe: “La escala del endurecimiento de las condiciones financieras es similar a la que tuvo lugar durante la crisis de deuda de la zona euro en 2011-12.”

Con la noticia de que el “Trump turco”, Erdogan, ha perdido las elecciones locales en las grandes ciudades como Ankara y Estambul, porque la economía ha entrado en depresión, la lira turca se ha desmoronado.  El banco central de Turquía ha utilizado hasta un tercio de sus reservas en dólares para tratar de apuntalar la lira turca y, después de fracasar, el gobierno está bloqueando la ‘venta a corto’ y que los bancos presten dinero al exterior. Erdogan se ha negado a aceptar la financiación del FMI porque implicaría una austeridad severa y la pérdida del control sobre la política del gobierno. Pero la lira sigue cayendo.

Por el contrario, el gobierno Macri de derecha de Argentina ha solicitado un enorme préstamo al FMI, de hecho, el más grande de la historia del FMI: $ 57.000 millones. El FMI trata de apuntalar un gobierno dispuesto a imponer la austeridad y la privatización al dictado del FMI. Pero en vano, porque la economía se atasca. El peso cae de nuevo en medio de un declive más profundo de la economía doméstica y Argentina se aproxima a las elecciones generales de octubre.

Ucrania también ha sido un beneficiario de la ayuda del FMI, impuesta al país en medio de la profunda recesión de 2016 durante la guerra civil que estalló entre el gobierno de derecha en Kiev y el este del país rusófono, con el respaldo de Putin. Aunque la economía se ha recuperado algo en 2017 y 2018, arrastrada por la subida mundial de los precios de las materias primas, el nivel de corrupción no tiene precedentes.

Como resultado, los electores de Ucrania se han alejado de los principales contendientes, como el presidente Poroshenko y la favorita de Occidente, Yulia Timoshenko, y parecen optar por un comediante de televisión que asegura que esta limpio de toda corrupción.  “Bajo Poroshenko, nuestro nivel de vida ha disminuido aún más. Me convertí en pensionista bajo su administración. Tengo una experiencia de trabajo de 30 años como maestra de jardín de infancia y recibo 1600 hryvnia [$ 58], que recientemente han aumentado en 100 hryvnia [$ 3.6] “, asegura una votante con lágrimas en los ojos. “Estoy muy insatisfecha con el actual gobierno. Son todos unos ladrones“.

Y además la tragedia de Venezuela. No puedo abordar de nuevo la terrible situación en ese país, con apagones diarios, la hiperinflación (según el FMI, la tasa anual de inflación en Venezuela en 2019 será 10 millones %) y la escasez en medio de un intento de golpe impulsado por la derecha respaldada por los EE.UU. y sus acólitos en otros países de América Latina. Se han hecho con el control financiero de la petrolera estatal (pero no con las instalaciones). El régimen de Maduro resiste con un limitado apoyo y la ayuda de Rusia y China. El colapso del PIB de Venezuela desde 2013 es mayor que el que provocó la caída de la Unión Soviética.

Las economías capitalistas avanzadas se están desacelerando rápidamente y muchas de las llamadas economías emergentes están entrando en recesión. Incluso en los EE.UU., el temor a una posible recesión ha llevado a los inversores a mantener los bonos del gobierno, reduciendo su rendimiento (la tasa de interés efectiva) por debajo del nivel de los préstamos a corto plazo de los bancos.  La llamada curva de rendimiento invertida ha sido un indicador bastante fiable del peligro de una recesión, ya que refleja la falta de voluntad para invertir en la producción, incluso cuando las tasas de interés para los préstamos son muy bajas.

¿Cómo se producirá una recesión global? El punto de inflexión más probable será la deuda empresarial. Desde el final de la Gran Recesión, la deuda no financiera global ha seguido aumentando. La deuda de los hogares ha caído porque las personas han dejado de pagar sus hipotecas o porque no son capaces de conseguir una. La deuda pública se disparó cuando los gobiernos rescataron a los bancos y se endeudaron para cubrir los déficits causados ​​por la caída de los ingresos fiscales y el aumento de las prestaciones sociales. Sin embargo, la deuda del gobierno más o menos se ha estabilizado (como porcentaje del PIB). Sin embargo, la deuda de las empresas sigue en aumento.

Hasta ahora, el coste de los intereses del servicio de esta creciente deuda ha sido manejable – al menos para la mayoría de las empresas, aunque el Banco de Pagos Internacionales (BIS) estima que alrededor del 20% de las empresas son ‘zombies’, es decir no ganan beneficios suficientes para cubrir los costes de sus deudas. Si las tasas de interés se dispararan (¡y no pueden bajar más!), y/o los beneficios se hundieran, grupos empresariales completos podrían verse en problemas y empezar a dejar de pagar sus bonos o los préstamos de los bancos.

Quizás la crisis actual sea sólo leve, como la caída del crecimiento del PIB en 2015-16. Pero pareciera que esta vez es más amplia y puede ser mucho más profunda.

es un reconocido economista marxista británico, que ha trabajador 30 años en la City londinense como analista económico y publica el blog The Next Recession.

Fuente:

https://thenextrecession.wordpress.com/2019/04/01/getting-longer-but-lower/

El apogeo del capitalismo y nuestro malestar político

La ética del beneficio privado ha llegado a dominar la cultura política. Desde hace al menos dos décadas, la aparición de liderazgos basados en el dinero y la irrupción de unas élites desatentas con los problemas ciudadanos, han favorecido un panorama de desconfianza en la política. El capitalismo está en su apogeo, la política en crisis.

Por Branko Milanovic

Hay pocas dudas de que el mundo occidental está atravesando una seria crisis política, que se puede describir como una crisis de confianza en las instituciones políticas y los gobiernos.

Sin embargo, a menudo parece que se pasan por alto dos cuestiones. En primer lugar, la crisis de confianza en las instituciones no se limita a Occidente, es generalizada. La crisis occidental recibe más atención solo porque los medios de comunicación occidentales son dominantes y porque se asumía que las sociedades liberales económicamente más avanzadas no sufrirían una desconexión tal entre gobernantes y gobernados.

En segundo lugar, la crisis es de larga data: se remonta mucho más allá de la debacle financiera de 2008 y del malestar creado por la globalización. Es probable que su origen sea el éxito impresionante y algo inesperado de la introducción de relaciones capitalistas en todos los ámbitos de la vida, incluidas nuestras vidas privadas y, significativamente, la política.

Las revoluciones neoliberales de comienzos de la década de 1980, asociadas al entonces presidente de Estados Unidos Ronald Reagan y a la primera ministra británica Margaret Thatcher –sin olvidar al «líder supremo» chino, Deng Xiaoping–, se apoyaron en revoluciones en el pensamiento económico, tales como la teoría de la elección pública y el libertarismo, que en forma explícita comenzaron a tratar el espacio político como una extensión de la economía diaria. Se veía a los políticos como un conjunto más de empresarios que, en lugar de llevar sus habilidades y su gusto por los riesgos a la banca privada o al desarrollo de software, ingresaban en la política. Se consideraba normal que un comportamiento egoísta y orientado a objetivos no estuviera necesariamente limitado a la esfera económica: era más general y también incluía a la política.

Una visión reivindicada

Esta visión del mundo se reivindicó de una manera increíble. No era solo que los políticos se comportaban a menudo de manera interesada (algo que quizás también habían hecho con frecuencia en el pasado), sino que comenzó a esperarse de ellos ese comportamiento. No necesariamente se lo aprobaba, pero sí se lo esperaba, en el sentido de que no se consideraba extraño o inusual que los políticos pensaran primero y primordialmente en sus propios intereses económicos.

Podían beneficiarse de las conexiones y el poder que habían adquirido mientras estaban en la función pública para encontrar empleos lucrativos en el sector privado (José Manuel Durão Barroso, Tony Blair, Jim Kim del Banco Mundial). Podían dar charlas multimillonarias a magnates corporativos (Barack Obama, Bill y Hillary Clinton). Podían integrar un sinfín de directorios.

O bien algunos, provenientes del sector privado (Silvio Berlusconi), iban a promocionar abiertamente sus partidos políticos como organizaciones clientelares: si usted tiene un problema y quiere solucionarlo, únase al partido. Recuerdo haber visto en las calles de Milán ese tipo de publicidad de la Forza Italia de Berlusconi, un movimiento cuya falta de ideología más allá del provecho económico individual se reflejaba en su nombre banal, tomado en préstamo de los simpatizantes de la selección italiana de fútbol.

Es larga la lista de políticos que consideraron la generación de dinero para su beneficio (y el de sus seguidores) como una función normal del homo economicus una vez logrado el acceso a la función pública. Sabemos de algunos de sus miembros más destacados, con frecuencia como resultado de una equivocación, cuando sus actividades fueron demasiado lejos y ya no fueron capaces de ocultarlas. Los conocemos por sus escándalos financieros y, en ocasiones, por las condenas a prisión. Por ejemplo, dos de los tres últimos presidentes brasileños están en la cárcel por sobornos. Los cinco últimos presidentes peruanos han sido encarcelados por corrupción, están siendo investigados o son prófugos de la justicia. La hija del difunto presidente de Uzbekistán ha sido encarcelada por su participación en operaciones multimillonarias de malversación de fondos. La sombra del procesamiento sobrevuela a la hija del ex-presidente angoleño, presidenta de la compañía estatal de petróleo y la mujer más rica de África, en caso de que regrese al país.

En Europa, se está investigando al ex-presidente francés Nicolas Sarkozy por una serie de escándalos financieros, de los cuales el más serio surge de informes de financiación ilícita para su campaña presidencial de 2007 por parte del fallecido dictador libio Muamar el Gadafi. El ex-canciller alemán Helmut Kohl tuvo que renunciar en 2000 al cargo de presidente honorario de la Unión Demócrata Cristiana (CDU, por sus siglas en alemán) luego de revelaciones sobre la existencia de cuentas bancarias secretas del partido que presidía.

El presidente estadounidense Donald Trump se ha negado a revelar el contenido de sus declaraciones de impuestos de varios años y a poner sus negocios en un fideicomiso ciego para aislarlo de incentivos externos. Su colega ruso, Vladímir Putin, ha logrado convertir su poder político en una riqueza que supera en gran medida sus ingresos.

Solo negocios

Así, los políticos de este a oeste y de norte a sur han ratificado el «imperialismo económico» neoliberal: la idea de que todas las actividades humanas están impulsadas por el deseo de éxito material, de que el éxito en la generación de dinero es un indicador de nuestro valor social y de que la política es una línea más de negocios.

El problema con este enfoque cuando se lo aplica al espacio político es que engendra cinismo entre la población, porque la jerga oficial de los políticos tiene que girar alrededor del interés y el servicio públicos, y sin embargo hay una gran diferencia entre la realidad y la justificación ideológica de esa realidad. Por otra parte, la discrepancia es fácil de descubrir. Todos los funcionarios del gobierno aparecen entonces como hipócritas que nos dicen que están allí porque están interesados en el bien común, cuando en realidad es claro que se meten en la política para forrar sus bolsillos ahora o en el futuro; o, si ya son ricos, para asegurarse de que no se tome ninguna decisión política contra su «imperio».

¿Es extraño entonces que no se pueda demostrar confianza alguna respecto de cualquier cosa que digan los políticos? ¿Es extraño que cada una de sus acciones se pueda ver como motivada por el beneficio personal o dictada por lobistas? De hecho, tanto la revolución del mercado de la década de 1980 como el paradigma económico dominante nos dicen que debería ser precisamente así, y que eso resulta lo mejor.

No hay una solución fácil

La desconfianza hacia las elites gobernantes se debe así a una proyección extremadamente exitosa del modo capitalista de comportamiento y de operaciones que llega a todas las esferas de la actividad humana, inclusive la política. Ocurre que, si alguien lo hace, ya no se puede esperar que la gente crea que las políticas están motivadas por el ideal del servicio público.

El problema no tiene una solución fácil. Para recuperar la confianza, es necesario sacar la política de los campos en que tienen vigencia reglas capitalistas normales. Pero hacerlo requiere que los políticos rechacen el conjunto de valores estándar que está implícito en el sistema capitalista: la maximización del interés financiero. ¿Cómo y dónde vamos a encontrar esa clase de personas? ¿Deberíamos, como los tibetanos, buscar a los nuevos líderes en lugares distantes, incontaminados de hipermercantilización? Dado que esto no parece siquiera remotamente probable, creo que es necesario que nos acostumbremos a la idea de una desconfianza constante y de una amplia brecha entre la elite política y la mayoría de la población.

Esto podría volver la política turbulenta por un largo tiempo. Es el apogeo del capitalismo el responsable de esta turbulencia y de nuestro –inevitable– malestar político.

Traducción: María Alejandra Cucchi

Fuente: https://www.ips-journal.eu/regions/global/article/show/the-apogee-of-capitalism-and-our-political-malaise-3349/

El estancamiento natural del capitalismo

Por Yanis Varoufakis

Tras la Gran Depresión que siguió a la debacle bursátil de 1929, casi todos reconocieron que el capitalismo era inestable, poco fiable y propenso al estancamiento. Pero en las décadas posteriores, la imagen cambió. El renacimiento del capitalismo en la posguerra, y en particular el ímpetu hacia la globalización financierizada después de la Guerra Fría, resucitaron la fe en las capacidades autorreguladoras de los mercados.

Hoy, más de diez años después de la crisis financiera global de 2008, esta fe conmovedora está otra vez hecha añicos, ahora que vuelve a afirmarse la tendencia natural del capitalismo al estancamiento. El ascenso de la derecha racista, la fragmentación del centro político y el aumento de tensiones geopolíticas son meros síntomas de la descomposición del capitalismo.

El equilibrio de una economía capitalista depende de un número mágico, que se presenta en la forma del tipo de interés real (tras descontar la inflación) predominante. Es mágico porque tiene que matar de un solo tiro dos pájaros muy diferentes, que vuelan en dos cielos muy diferentes. En primer lugar, debe equilibrar la demanda de empleo asalariado de los empleadores con la oferta de mano de obra disponible. En segundo lugar, debe equiparar ahorros e inversión. Si el tipo de interés real predominante no equilibra el mercado laboral, el resultado es desempleo, precariedad, potencial humano desaprovechado y pobreza. Si no consigue llevar la inversión al nivel de los ahorros, se produce la deflación, y esto desincentiva todavía más la inversión.

Se necesita mucho coraje para dar por sentado que este número mágico existe o que, de existir, nuestras acciones colectivas darán lugar en la práctica a un tipo de interés real cercano a esa cifra. ¿Cómo pueden los libremercadistas estar tan seguros de que existe un único tipo de interés real (digamos, 2%) que inspirará a los inversores a canalizar todo el ahorro existente hacia inversiones productivas y alentará a los empleadores a contratar a todo aquel que quiera trabajar por el salario predominante?

La fe en la capacidad del capitalismo para generar este número mágico deriva de una perogrullada. Milton Friedman decía que si una mercancía no es escasa, entonces no tiene valor, y su precio ha de ser cero. De modo que si su precio es distinto de cero, tiene que ser escasa y, por tanto, debe haber un precio al cual no queden unidades de esa mercancía sin vender. Del mismo modo, si el salario predominante no es cero, entonces todos los que quieran trabajar por ese salario hallarán empleo.

Aplicando el mismo razonamiento a los ahorros, en la medida en que el dinero pueda financiar la producción de máquinas que produzcan artículos valiosos, tiene que haber un tipo de interés suficientemente bajo al cual alguien tomará prestado en forma rentable todo el ahorro disponible para construir esas máquinas. Por definición, concluía Friedman, el tipo de interés real convergerá en forma casi automática a ese nivel mágico que elimina a la vez el desempleo y el exceso de ahorro.

Si eso fuera cierto, el capitalismo nunca se estancaría, a menos que un gobierno entrometido o un sindicato egoísta dañen su fabulosa maquinaria. Pero por supuesto, no es cierto, por tres razones. En primer lugar, el número mágico no existe. En segundo lugar, incluso si existiera, no hay un mecanismo por el cual el tipo de interés real converja hacia esa cifra. Y en tercer lugar, el capitalismo tiene una tendencia natural a permitir el fortalecimiento de un sistema gerencial cuasicartelizado que suplanta a los mercados y al que John Kenneth Galbraith denomina“tecnoestructura”.

La situación actual de Europa da pruebas abundantes de la inexistencia de ese valor mágico del tipo de interés real. El sistema financiero de la Unión Europea tiene retenidos hasta tres billones de euros (3,4 billones de dólares) en ahorros que se niegan a ser invertidos productivamente, aun cuando el tipo de interés del Banco Central Europeo sobre los depósitos es –0,4%. En tanto, el superávit de cuenta corriente de la UE en 2018 llegó a la monstruosa cifra de 450 000 millones de dólares. Para que el tipo de cambio del euro se debilite lo suficiente como para eliminar el superávit de cuenta corriente y al mismo tiempo el excedente de ahorro, el tipo de interés del BCE debería caer al menos hasta –5%, un número que destruiría al instante los bancos y fondos de pensiones europeos.

Dejando a un lado la inexistencia del tipo de interés mágico, la tendencia natural del capitalismo al estancamiento también se debe a que no es verdad que los mercados de dinero tiendan al equilibrio. Los libremercadistas dan por sentado que todos los precios se ajustan mágicamente de modo de reflejar la escasez relativa de las mercancías. Pero en realidad no es así. En cuanto surgen noticias de que la Reserva Federal o el BCE están pensando cancelar una suba prevista de tasas, los inversores temen que la decisión obedezca a pronósticos pesimistas en relación con la demanda general; por consiguiente, no aumentan la inversión, sino que la reducen.

En vez de invertir, se lanzan a concretar más fusiones y adquisiciones, que fortalecen la capacidad de la tecnoestructura para fijar precios, bajar salarios y gastar dinero en la recompra de acciones propias para mejorar las bonificaciones de los ejecutivos. Eso lleva a que aumente todavía más el excedente de ahorro y a que los precios no reflejen la escasez relativa; o, para ser más precisos, la única escasez que los precios, salarios y tipos de interés terminan reflejando es la escasez de demanda agregada de bienes, mano de obra y ahorro.

Lo notable es la imperturbabilidad de los libremercadistas ante los hechos. En cuanto sus dogmas chocan con la realidad, se defienden con el epíteto “natural”. En los setenta predijeron que una vez controlada la inflación, el desempleo desaparecería. Pero en los ochenta el desempleo se mantuvo pertinazmente alto a pesar de la baja inflación, así que proclamaron que el nivel de desempleo que quedara había de ser “natural”.

Asimismo, los libremercadistas actuales atribuyen la falta de inflación (pese al crecimiento salarial y al bajo desempleo) a que hay una nueva normalidad, una nueva tasa de inflación “natural”. Con sus anteojeras panglossianas, dan por sentado que lo que sea que observen es el resultado más natural en el más natural de todos los sistemas económicos posibles.

Pero el capitalismo tiene una única tendencia natural: al estancamiento. Y como todas las tendencias, es posible superarla por medio de estímulos. Uno es la financierización exuberante, que produce un enorme crecimiento a mediano plazo a costa de sufrimiento en el largo plazo. Otro es la inyección y administración de un tónico más sostenible por parte de un mecanismo político de reciclado de excedentes, como ocurrió con la economía de tiempos de la Segunda Guerra Mundial o su extensión de posguerra, el sistema de Bretton Woods. Pero ahora que la política está tan maltrecha como la financierización, el mundo necesita más que nunca una visión post‑capitalista. Tal vez la mayor contribución de la automatización que hoy se suma a la desgracia del estancamiento sea inspirar esa visión.

Traducción: Esteban Flamini