Las guerras imperialistas del siglo XXI

Cuando el enemigo del pueblo vive en todos los bandos

Por John Cajas-Guijarro

 

“Los que desean la guerra, la preparan y por medio de vagas promesas de una paz venidera o creando el miedo a invasiones intentan convertirnos en colaboradores de sus planes, son amenaza para nuestro mundo y para cualquier tipo de paz” Hermann Hesse

Hemos estado acostumbrados, especialmente en América Latina y otras regiones de la periferia capitalista, a escuchar enérgicos discursos en contra del “imperialismo yanqui”. Y sin duda que ese imperialismo posee un historial muy poco agraciado, el cual va desde la injerencia en las políticas internas de los países hasta las intervenciones militares -directas o indirectas- dependiendo, casi siempre, de cuántos recursos -petroleros, energéticos, geoestratégicos, etc.- estén en juego. En todas esas injerencias, la sangre de muchos inocentes de la periferia ha sido derramada.

Sin embargo, en medio de la algarabía de los discursos antinorteamericanos se fue perdiendo el contenido del término imperialismo. Recuperando -sin mucha emoción- algunas intuiciones sugeridas por V.I. Lenin (quien, recordemos, replanteó los argumentos de R. Hilferding a la vez que respondió a la polémica mantenida con K. Kautsky durante los inicios de la Primera Guerra Mundial), vale retomar la noción del imperialismo como una fase superior del capitalismo caracterizada al menos por los siguientes patrones:

  • El aparecimiento del capital financiero como fusión entre capitales productivos y no productivos -bancarios, comerciales, especulativos entre otros que podrían entrar en la categoría de capital ficticio-. Dicho capital financiero adquiere cierta -pero no absoluta- autonomía e influencia global. 
  • La exportación de capitales y su permanente relocalización con el fin de ampliar las fronteras de explotación tanto de la fuerza de trabajo como de la Naturaleza de las regiones periféricas (exacerbando en dichas zonas tanto la sobreexplotación laboral como el extractivismo).
  • La mundialización de los procesos de concentración-centralización del capital, que termina llevando al surgimiento de oligopolios transnacionales con influencia económica global.
  • La pugna de dichos oligopolios en la división del mundo en zonas de influencia, tanto con el afán de ampliar sus fuentes de medios de producción (en especial la obtención de recursos naturales), ampliar sus mercados, y hasta ampliar su poderío hegemónico en general. Esto último implica, entre otras cosas, el dominio imperialista ideológico y cultural impulsado a través de dispositivos de control hegemónico modernizados que incluyen celulares, redes sociales, buscadores de Internet, tiendas en línea y demás avances consumistas de nuestros tiempos (utilizados incluso para que, voluntaria y gratuitamente, la población entregue información personal -y hasta sensible- a grandes corporaciones).
  • El capital ficticio no solo presiona por la obtención de ganancias especulativas, sino que incluso retroalimenta la acumulación del capital productivo, creando una maraña en donde no se sabe dónde termina la producción y empieza la especulación. Esta compleja relación es conocida desde hace muchos años atrás. Un banquero inglés, James William Gilbart, en su libro The History and Principles of Banking, en 1834, fue categórico: “Todo lo que facilita el negocio, facilita la especulación, los dos en muchos casos están tan interrelacionados, que es difícil decir, dónde termina el negocio y empieza la especulación”. Esta conclusión, entre otras, permitió a Karl Marx desarrollar sus reflexiones sobre crédito y capital ficticio (ver capítulo 25 del tomo III de El Capital).
  • La entrada tanto en la banca como en el sistema financiero internacional de recursos nacidos desde procesos de lumpen-acumulación como el narcotráfico, la trata de personas, la venta de armas y demás mecanismos violentos que cada vez son más habituales en la lógica capitalista de lucrar como sea (para muestra basta mencionar el papel de los recursos del narcotráfico para sostener a la banca internacional durante la crisis de 2009). 
  • La agudización de la diferenciación entre los países de la periferia y semiperiferia capitalista y los grandes centros que cada vez consolidan un mayor poder económico global (con procesos como, por ejemplo, la agudización del intercambio desigual o la extracción de recursos usando alguna de las múltiples formas de acumulación por desposesión).

Nótese que, de los patrones presentados, ninguno considera que el imperialismo del siglo XXI es una característica propia de un país específico. Al contrario, el reparto del globo que se observa en esta fase superior del capitalismo se da entre grandes capitales oligopólicos de múltiples regiones del mundo, con una relativa menor participación de los Estados en relación a los imperialismos clásicos. Clara muestra de la naturaleza multipolar del imperialismo contemporáneo es la pugna entre los grandes capitales asociados a EEUU y a China, los cuales se disputan los mercados de manera feroz y sin escrúpulos (al punto de declararse la “guerra económica” entre ambas potencias, con escaramuzas bastante peculiares como lo sucedido con la empresa china Huawei).

Es decir, el imperialismo en el siglo XXI no tiene una nacionalidad definida, sino que cada vez adquiere una mayor multiplicidad de nacionalidades; tan múltiples como múltiples son las potencias capitalistas que se reparten el mundo. En particular, podemos pensar en -al menos- dos grandes “campos” del imperialismo que desde hace algún tiempo se enfrentan entre sí: imperialismos occidentales (con capitales oligopólicos originalmente enraizados en EEUU, en Europa Occidental y otros), e imperialismos orientales (consolidados originalmente en regiones como Rusia, China, Europa Oriental y otras zonas que entraron abiertamente en la lógica capitalista luego del fracaso del bloque soviético). 

Si bien, en consonancia con lo dicho antes, muchos de estos capitales ya han perdido su ubicación geográfica original y se localizan en donde puedan maximizar sus beneficios, aún mantienen lazos financieros con bolsas de valores y hasta con gobiernos de regiones específicas del mundo, lo cual permite su distinción. Al mismo tiempo, los capitales de los diferentes imperialismos crean espacios donde interactúan y negocian unos con otros -cual reuniones entre diferentes capos de la mafia-, conformando órganos que aspiran a actuar casi como gobiernos globales; un ejemplo es el foro de Davos, en donde la hipocresía no logra ocultar cómo muy pocos grupos de poder aspiran a definir el futuro del mundo 

Tanto los imperialismos occidentales como orientales tienen el mismo fin: la autovalorización ad infinitum del capital y de los procesos de concentración-centralización, cueste lo que cueste (sin importar ni siquiera la devastación climática, un campo de batalla donde los imperialismos ya empiezan a identificar otra fuente de lucro). Esto no implica que, al interior de cada uno de esos imperialismos también existan disputas encarnizadas. Pero dichas disputas muchas veces pueden mantenerse en pausa cuando se trata de sostener el poder ante otros imperialismos.

En el caso latinoamericano la cuestión se devela de forma clara: mientras que en la larga y triste noche neoliberal los imperialismos occidentales se encargaron de expoliar a los pueblos de la región, durante el auge y caída de los progresismos dicha expoliación quedó mucho más en manos de los imperialismos orientales.  En ambas épocas, tanto gobiernos neoliberales como “progresistas” se volvieron meras piezas dentro del reparto planetario de grandes oligopolios capitalistas -norteamericanos y chinos, sobre todo- que dominan el mundo económico de nuestros tiempos. 

Así, mientras en una época la deuda externa latinoamericana crecía gracias a la fuerte influencia del Fondo Monetario Internacional -bajo la tutela norteamericana- en una época subsiguiente el endeudamiento creció especialmente con el apoyo del Eximbank de China. Mientras en una época los “elefantes blancos” servían para extraer divisas de los países a través de proyectos empujados por el Banco Mundial, en otra época esos “elefantes blancos” pasaron a ser financiados por el Banco de Desarrollo de China. Mientras que en una época las redes de corrupción venían de la mano de un neoliberalismo salvaje que jugó con nacionalizar deudas privadas y privatizar activos estatales, en otra época se formaron redes de corrupción “progresista” y neoliberales financiadas tanto por empresas oligopólicas transnacionales regionales (como Odebrecht) en conjunto con capitales del imperialismo oriental (como las múltiples constructoras chinas y hasta rusas que entraron en la región). Corrupción que, por cierto, galopa a la par de los extractivismos, que resultan un elemento más del campo de batalla de los imperialismos.

Pero la disputa entre los imperialismos del siglo XXI no solo se ha vivido en tierras latinoamericanas. Basta recordar los casos de Libia y sobre todo Siria para notar como, mientras unos grupos “rebeldes” -incluyendo a extremistas y terroristas- eran apoyados por los imperialismos occidentales, las fuerzas gubernamentales -represivas y autoritarias- eran apoyadas por los imperialismos orientales. En Libia ganó occidente (con la caída de Gadafi), en Siria al parecer ganó oriente (con la supervivencia y consolidación de Al Assad). Afganistán sería otro caso de estudio, en donde los imperialismos se han sucedido desde hace décadas buscando consolidar una posición geoestrtágica sobre los recursos energéticos existentes en dicho país. Y en la mitad, entre miles de muertos y desplazados, los supervivientes de los conflictos vivieron -y todavía viven- en medio del infierno de la guerra. Aquí también podemos recordar la guerra de Irak fomentada por los imperialismos occidentales (sobre todo norteamericanos), las invasiones y bombardeos vividos en su momento en Georgia por parte de los imperialismos orientales (sobre todo rusos), o la disputa en Ucrania (donde ambos bandos parecen seguir en disputa)…

Todos estos casos -y muchísimos otros que deberán citarse en su momento- son ejemplos de una violencia exacerbada por las guerras imperialistas del siglo XXI. Guerras en donde el enemigo del pueblo vive en todos los bandos; no solo en el lado del “imperialismo yanqui” sino también en el lado del “imperialismo europeo”, el “imperialismo ruso”, el “imperialismo chino” … en definitiva, el enemigo vive entre los imperialismos occidentales y orientales. Mientras tanto, varios gobiernos del mundo levantan banderas y discursos antiimperialistas solo contra uno de los bandos en disputa; banderas y discursos que sirven de muletillas que ocultan el entreguismo de esos gobiernos hacia algún otro bando imperialista (ejemplo paradigmático fue el discurso del fetichismo progresista en contra del “imperialismo yanqui”, mientras por debajo se aupaba al imperialismo chino). 

Tal realidad -violenta, sanguinaria y multipolar- de la fase superior del capitalismo debe llevarnos a una reflexión muy seria sobre la idea misma de imperialismo, particularmente en Latinoamérica, pues esta idea no solo que ha sido vaciada de contenido, sino que merece ser reinterpretada a la luz de un mundo tan cambiante en el cual el capital sigue dominando. Una reflexión que es urgente, más aún cuando las tenazas de unas y otras potencias del mundo se ciernen sobre el pueblo venezolano; un pueblo inocente que puede volverse otro campo de batalla de las guerras imperialistas del siglo XXI si no se logra una salida democrática, soberana y, sobre todo, en paz.- 

Venezuela y la guerra por “el excremento del diablo”

UNA CUESTIÓN DEMOCRÁTICA GLOCAL

Por Alberto Acosta

“Las guerras son peleadas por pozos petroleros y estaciones de carbón. Por el control de los Dardanelos o del Canal de Suez; por cosechas coloniales a las que se pueda comprar barato y mercados conquistados a los que se pueda vender caro. La guerra es el capitalismo, pero sin guantes”.   Tom Stoppard

Al finalizar el siglo XIX, las exigencias de los acreedores internacionales entramparon a Venezuela. Las grandes potencias de la época: Gran Bretaña y Alemania, en noviembre de 1902 enviaron un ultimátum para satisfacer sus reclamos. El gobierno de Caracas, al no conseguir más recursos -aun imponiendo nuevos impuestos y entregando sus ingresos aduaneros- propuso negociaciones por separado a los acreedores. 

Los acreedores ignoraron la respuesta venezolana y a principios de diciembre enviaron sus flotas. El país fue bloqueado por la flota anglo-germano-italiana hasta febrero de 1903. Resultado: los pocos barcos venezolanos, destruidos; y, Puerto Cabello, La Guaira y Maracaibo, bombardeados. Las tropas extranjeras desembarcaron para proteger a sus connacionales y a sus intereses de la “tiranía extranjera”, como diría -para justificar la acción imperial- el canciller imperial alemán el príncipe Bernhard Heinrich Karl Martin von Bülow (todo esto en el contexto del gobierno del presidente-nacionalista Cipriano Castro, opuesto a varias empresas extranjeras que financiaron una guerra civil para defenestrarlo entre 1901-1903; hasta que fue derrocado por quien sería el dictador que inauguraría la Venezuela petrolera: el “benemérito” Juan Vicente Gómez).

Más de un siglo después vuelven a Venezuela las sombras de una posible invasión imperial; agresión que, como en otros rincones del mundo, busca justificarse bajo el lema de “traer libertad y democracia…”. El asunto parece local. Y lo es, en cuanto la cuestión sobre cuál es el presidente legítimo de Venezuela les atañe a los venezolanos y a nadie más. “Un análisis de la situación en Venezuela más allá de los lugares comunes”, como propone Decio Machado, permite afirmar que internamente el conflicto 

“hace tiempo dejó ser una cuestión de ideología o de clase. Venezuela se ha convertido en un Estado mafioso en el cual su cúpula dirigente se enfrenta con una oposición que también responde a intereses claramente espurios, apoyado por unas potencias que continúan con una línea de injerencia y reproducen una historia de siglos de dependencia.”

En efecto, sobre el país caribeño chocan cada vez con más fuerza “los sables” y “las chequeras” de las grandes potencias del momento (EEUU, China, Rusia e incluso la Unión Europea). Esa injerencia de potencias extranjeras -tanto en la oposición como el gobierno- hace que la explosiva situación interna tenebrosamente pierda su carácter local.

Sin detallar el conflicto actual y rechazando cualquier injerencia imperial -venga de donde venga- cabe preguntarse por una explicación profunda de la situación. En ese largo lapso desde el bombardeo europeo, y en especial al finalizar la Primera Guerra Mundial, Venezuela se consolidó como periferia petrolera estratégica (sobre todo para EEUU). Peor aún, si tomamos los datos de Carlos Mendoza Pottellá, actualmente el pueblo venezolano carga sobre sus hombros la “maldición” de que en su país se encontrarían las mayores reservas hidrocarburíferas del mundo. “Maldición” que otros rincones del mundo tristemente la han sufrido derramando sangre inocente.

Ya nadie duda a estas alturas que la tragedia venezolana encuentra muchas explicaciones en esta dependencia del “excremento del Diablo”, como definió al petróleo el venezolano Juan Pablo Pérez Alfonzo (1903-1979), uno de los creadores de la OPEP (Organización de Países Exportadores de Petróleo) y quien marcó una época en el manejo petrolero de su país. Desde el control de los asfaltos hace cien años por parte de la “New York & Bermúdez Company”, subsidiaria de la General Asphalt, con sede en Filadelfia, la voracidad por los hidrocarburos venezolanos nunca ha dejado de crecer. Y en el último tiempo ha aparecido un redoblado apetito tanto transnacional como de mafias locales por sus recursos minerales, como sucede de manera terrible en la cuenca del Orinoco. 

A la par de la desesperación por acceder a dichos recursos -o mejor digamos de la mano de esas apetencias-, los gobiernos venezolanos parcialmente han sacado alguna tajada para el país. Sin embargo, sea obteniendo o no una mayor participación en la renta petrolera, dichos gobiernos en varios momentos (o casi siempre), consciente o inconscientemente, han sido funcionales a las demandas de alguna facción del poder económico internacional. El gobierno de Hugo Chávez, que hace veinte años despertó alguna esperanza de cambio de esa realidad, al menos en el discurso, también quedó atrapado en la lógica de “la maldición de la abundancia” y de la funcionalidad a los intereses de grandes capitales transnacionales (entre rusos, chinos y demás, e incluso norteamericanos).

El manejo político inicial del gobierno de Chávez, junto con los enormes ingresos por exportaciones petroleras, que poco después aumentaron a la par del creciente precio del crudo, le permitieron desplazar del poder y prevenir el mantenimiento de grupos y fracciones de poder, que tradicionalmente habían lucrado de la riqueza hidrocarburífera y que incluso controlaban el manejo de la actividad petrolera hasta el Paro Petrolero en el 2003. Recursos cuantiosos se destinaron a ampliar la cobertura social -desde una lógica compensadora y clientelar- en varios ámbitos, teniendo en la mira a sectores tradicionalmente excluidos. De paso, se justificaban con estas inversiones sociales las “bondades indiscutibles” de los extractivismos, que se aceleraron mientras se postergó la superación del -de por sí limitadísimo- desarrollo industrial e inclusive agrícola del país. 

Esta disputa voraz por aprovechar la renta de la Naturaleza y sostener el poder, obligó al gobierno a asignar cuantiosas sumas de dinero para reforzar sus controles internos incluyendo la represión a los opositores, frenando y debilitando las iniciativas comunitarias de los primeros años. Dentro de esa jugada, grupos de las fuerzas armadas del país se beneficiaron de las rentas petroleras a cambio de mantener su respaldo al régimen. En especial, con Maduro en el poder luego de la muerte de Chávez, la represión adquirió un tinte brutal que, junto con la caída de los ingresos petroleros, transformó al “clientelismo” político en un burdo uso de la fuerza y del chantaje. Así, al ahogar la participación ciudadana sobre todo el madurismo terminó por vaciar la democracia, tendencia irreversible por más consultas repetidas hechas al pueblo en las urnas. 

En semejante escenario, en vez de generar alternativas auténticamente democráticas, las oposiciones en su mayoría obtusas y entreguistas, ahondaron el clima de violencia política existente. De hecho, tanto gobierno como oposición no han tenido reparo, en su momento, de utilizar al propio pueblo como carne de cañón en medio de pugnas políticas violentas que cada vez se acercan más a un enfrentamiento civil.

Con esto arribamos a una explicación profunda: en la periferia capitalista, el hiperextractivismo -y la consecuente falta de transformación estructural- camina de la mano del hiperpresidencialismo, que cobija y alimenta el autoritarismo y la corrupción. O en palabras de Eduardo Gudynas, “las distintas asociaciones entre extractivismos y corrupción se articulan entre sí, derivando hacia situaciones que erosionan la calidad de la democracia”, ahondando la violencia consustancial a los extractivismos (situación vista también en otros países extractivistas, con gobiernos conservadores o progresistas, como es el caso de Ecuador y sus patologías de la abundancia). 

Más allá de una que otra acción y discursos soberanistas, en definitiva, la dependencia del petróleo y los minerales en la periferia capitalista suele engendrar gobiernos caudillistas. Esto debilita las instituciones del Estado encargadas de hacer respetar las normas y fiscalizar al gobierno; carcome las reglas y la transparencia, alentando la discrecionalidad en el manejo de los recursos públicos y los bienes comunes; exacerba los conflictos distributivos por las rentas entre grupos de poder, consolidando a largo plazo el rentismo -y patrimonialismo-, subordinando clientelarmente aún más a aquellos sectores populares excluidos y sin poder de negociación sobre las rentas extractivas; alienta las políticas cortoplacistas y poco planificadas de los gobiernos, disminuyendo la inversión y el crecimiento económico; y hasta distorsiona la estructura productiva interna, con patologías económicas como la “enfermedad holandesa” u otras.

Y son estos gobiernos hiperpresidencialistas los que atienden de manera paternalista y clientelar las demandas sociales obteniendo recursos de la ampliación de los extractivismos, configurando el caldo de cultivo para nuevas conflictividades sociopolíticas y ecológicas. Tal como se constata con el fin del reciente ciclo de gobiernos progresistas, no se enfrentaron estructuralmente las causas de la pobreza y marginalidad, menos aún la matriz productiva primario exportadora y dependiente (más cuando se toma en cuenta que muchos sectores burgueses que se “enchufan” al proyecto clientelar de hecho lucran de la dependencia y el estatus quo). Igualmente los significativos impactos ambientales y sociales, propios de estas actividades extractivistas a gran escala, aumentan la ingobernabilidad, lo que a su vez exige nuevas respuestas represivas…

En este complejo entorno emerge el actual conflicto venezolano. Las presiones e intereses del imperialismo occidental chocan con las del imperialismo de oriente, como Rusia y sobre todo China. Como plantea Emiliano Terán Mantovani, “China es también responsable de la crisis venezolana actual; Rusia tampoco se queda atrás con los multimillonarios préstamos entregados (e incluso con las importantes ventas de armamento al país caribeño). En palabras de Emiliano, la larga ruta de reformas legales, normativas, políticas y medidas económicas en Venezuela han ampliado las fronteras de extracción petrolera y minera (sobre todo para beneficio de los capitales chinos); dando cada vez más cabida a formas de acumulación neoliberal, lo que él llama el Largo Viraje. 

Dicho esto, es evidente que la crisis de Venezuela es funcional a las potencias de los múltiples imperialismos que hoy se disputan el mundo (en lo que podría ser una “nueva guerra fría”).  Así, tras los discursos por la “democracia”, la “libertad” y el “bienestar” del pueblo venezolano están los viejos y cochinos intereses imperiales, favorecidos -aunque no sea de manera expresa- por gobiernos extractivistas. Hasta se podría pensar que la acción de los gobiernos “progresistas” terminó volviéndose parte de todo un proceso de entreguismo al imperialismo de oriente, tal como en su momento los gobiernos neoliberales hicieron en beneficio del imperialismo de occidente.

Semejantes caminos nos retornan al punto de partida. Afrontamos un asunto glocal: tanto local como global. La respuesta local demanda la libre determinación del pueblo venezolano -tal como plantea incluso en medio de una situación cada vez más conflictiva y polarizadas entre otras agrupaciones la Plataforma Ciudadana en Defensa de la Constitución. Acción local que necesita combinarse con una acción global de solidaridad internacional que facilite ese proceso interno, alejando las tenazas imperialistas en marcha -como demanda un nutrido y destacado grupo de intelectuales y organizaciones sociales de diversas partes del planeta. En definitiva, precisamos una acción glocal que permita reconstruir, desde dentro -sin injerencias imperiales, así como sin gobiernos títeres o usurpadores- la democracia, la esperanza y la paz en Venezuela.-

Venezuela y la geopolítica mundial más allá de homilías

Por Decio Machado / Universidad Nómada del Sur
La autoproclamación presidencial de Juan Guaidó -el pasado 23 de enero- inauguró un ciclo nuevo político en Venezuela. Se puede afirmar que es la primera vez, desde que el 2 de febrero de 1999 Hugo Chávez fuese investido presidente, el gobierno venezolano realmente siente la presión internacional a la que esta siendo sometido. Hoy, gran parte del establishment bolivariano teme que los impactos de su actual aislamiento internacional supongan un mayor deterioro de la economía nacional y el comienzo de una primavera venezolana que liquide definitivamente un régimen desde hace años sin legitimidad social.
A nivel global el mundo se ha dividido en torno a Venezuela: por un lado, apoyando a Guaidó están los Estados Unidos y la mayoría de los países de América Latina junto al Parlamento Europeo y los países más importantes del viejo continente; mientras las diplomacias de la República Popular China y de Rusia, así como gran parte de la izquierda regional y global intentan aún sostener al régimen de Nicolás Maduro.
Para la mayoría de analistas, especialmente los que se identifican con el lado progresista, asistimos a un nuevo orden geopolítico donde tantos los intereses humanitarios como los derechos democráticos y políticos están en disputa en Venezuela. Con base en esto se hacen grandilocuentes alegatos respecto a la libre autodeterminación de los pueblos y el derecho a la no injerencia extranjera en conflictos internos.
De igual manera, desde estas sensibilidades se considera que el elemento fundamental que motiva la presión política de Estados Unidos sobre Venezuela es su interés por controlar las reservas petrolíferas en la extensa Faja del Orinoco. De hecho, Estados Unidos a la fecha de hoy es el principal importador de petróleo venezolano.
Sin embargo y sin restar valor a lo anterior, un análisis serio sobre la crisis a lo interno de Venezuela requiere de un nivel de profundidad que no suele recogerse bajo parámetros estrictamente ideológicos y de barricada.
Autoproclamación de Juan Guaidó 
La concatenación de hechos segundos después de que Juan Guaidó se autoproclamase presidente encargado refleja claramente que había un concierto internacional armado entre el joven legislador, su partido Voluntad Popular y varios actores internacionales. La inmediatez de los reconocimientos de Donald Trump y Luís Almagro -Estados Unidos y OEA respectivamente- así lo demuestran. De igual manera, la rápida puesta en escena del Grupo de Lima y de forma más tibia de determinados países de la Unión Europea son el fruto de como se calentaron las líneas de comunicación diplomática auspiciadas desde Washington.
El drama venezolano radica en que el gobierno de Maduro y el supuesto de Guaidó carecen de legitimidad democrática. Gran parte de la comunidad internacional no reconoció nunca el último proceso electoral venezolano, tampoco las Naciones Unidas y menos aún los propios venezolanos. Tras indicadores de participación por encima del 75% en los comicios electorales anteriores, en las elecciones presidenciales del pasado 20 de mayo en Venezuela apenas participaron el 46% de los electores y solo respaldaron a Nicolás Maduro 6,2 millones de electores de un censo electoral de 20,5 millones, todo ello inmerso en una lógica de coerción, fraude e irregularidades que distan mucho del debido proceso democrático. Es así que Venezuela registró la abstención más alta de su historia desde la llegada de la democracia al país en 1958.
Sin embargo, lo anterior no legitima a Guaidó. Los gobiernos internacionales que le han reconocido como presidente encargado argumentan su posición con base en un artículo constitucional -el 233- que tiene su fundamento sobre un posible vacío de poder en la poltrona presidencial. Hablemos claro, en el Palacio de Miraflores no existe vacío de poder alguno, sino un poder ilegítimo en la medida en que no está avalado por la mayoría de la población.
Injerencia extranjera en el país
Pese al interés desde Washington en el derrocamiento de Maduro, cabe señalar que Estados Unidos lejos está de necesitar el petróleo venezolano. El desarrollo del shale oil estadounidense le ha permitido al gigante del norte ser un país casi autosuficiente en materia de crudo, tal y como lo fue antaño la Unión Soviética. En este sentido, el interés sobre la explotación y comercialización del crudo en el subsuelo de la Franja del Orinoco responde a intereses corporativos privados, no solo de las transnacionales extractivas norteamericanas, sino del mundo entero.
Más allá de las amenazantes declaraciones de Donald Trump, en Washington existe escaso interés en plantearse cualquier tipo de intervención militar masiva en territorio venezolano. En el Pentágono son conscientes que un guerra civil en Venezuela donde los Estados Unidos estén implicados sería un caos generalizado y con un fuerte riesgo de aparición de grupos paramilitares incontrolados dado el reparto de armas realizado por el régimen. Más que una guerra de perfil binario, los Estados Unidos podrían estarían enfrentando un proliferación de frentes locales más al estilo de lo que sucedió en Irak que el tan recurrido argumento izquierdista de Vietnam.
Pero además, Washington es consciente también de que la mayoría de la población norteamericana está lejos de avalar la participación de su país en un conflicto armado de estas características. En paralelo, si algo está caracterizando al gobierno de Trump es su escaso interés en articular una política internacional inteligente y posicionada con eje en la defensa de los intereses estadounidenses y el de sus aliados en el mundo. Ahí está la retirada de tropas de Siria y la reducción de unidades militares en Afganistán, ambos hechos cuestionados mayoritariamente por demócratas y republicanos en el Capitolio.
Hablemos claro. Desde los sucesos del 11S de 2001 la política exterior estadounidense se ha despreocupado de América Latina. Su injerencia en asuntos como el golpe de Estado en Honduras y el intento de compartir el uso de bases colombianas por parte de tropas estadounidenses -ambas cuestiones en el año 2009- ha sido puntual. Quizás por ello fue posible un ciclo políticamente progresista en el subcontinente sin derramamiento de sangre.
Así las cosas, las declaraciones de Donald Trump y la presión estadounidense sobre Venezuela -más allá de buscar ir liquidando elementos residuales del ciclo progresista- podría responder a rearticular las bases más ultraconservadoras del Partido Republicano. Esas que ya no encuentran hoy una Bahía de Cochinos por invadir y siente decepción respecto a un hipotético y gigantesco muro imaginario que no se plasma en realidad y que Trump instaló en sus subconscientes durante la campaña electoral bajo una lógica de guerra contra el supuesto enemigo de la migración.
Por otro lado, entender el alineamiento de posiciones geopolíticas en torno a la crisis venezolana bajo una lógica de “bad cops” (Trump, Almagro, Grupo de Lima…) versus “good cops” (Rusia, China, Turquía, México, Uruguay…) es una simplicidad.
Pero existe un reverso de la geopolítica que apoya a Maduro y donde aparecen potencias mundiales como la Federación Rusa y la República Popular China. Ambos, cabe decirlo, rentabilizando jugosos contratos de ventas de armamento durante los últimos quince años.
En el caso ruso la cosa es sencilla. Soportan el 5% de la deuda pública externa del país, llevan dos décadas invirtiendo más de 17.000 millones en el país principalmente mediante la petrolero estatal rusa Rosneft y ahora corren el riesgo de que un nuevo gobierno más amigo de Washington que de Moscú les generé problemas de cobro.
Por su parte, la República Popular de China vive una situación similar. En los últimos diez años Beijing ha inyectado en la economía china más de 62.000 millones de dólares, es decir, el 53% del monto total invertido o prestado en formato de créditos en América Latina. Los actuales 23.000 millones de dólares de deuda externa venezolana en manos chinas correrían peligro en el caso hipotético de que un régimen pro-estadounidense le pasase factura a Xi Jinping por haber sido el balón de oxigeno bolivariano durante la última década.
Grupo de contacto sobre Venezuela
Así las cosas, no es de sorprender que la reciente reunión del grupo de contacto sobre Venezuela en Montevideo haya sido un fracaso. Este hecho se visualiza en que su declaración final que no fue adoptada de forma unánime por el conjunto de países participantes.
No será la diplomacia internacional quienes ayuden al pueblo venezolano a resolver su problema interno. De hecho, las sanciones económicas y la intervención sobre Citgo y PDVSA que se realiza en el exterior incrementarán la penuria en la que se hayan los venezolanos, penuria a la que han sido sometidos por un gobierno sostenido económicamente también por billeteras extranjeras.
Una salida sin derramamiento de sangre y sin injerencia extranjera solo será posible en Venezuela si es que desde la sociedad se es capaz de articular una tercera vía que no responda a las lógicas hoy en conflicto.
Venezuela necesita su primavera!!!

Naomi Klein: “Soy una anticapitalista, este sistema está en guerra con nuestro ecosistema”

Periodista, escritora canadiense y sobre todo crítica de la globalización empresarial, la autora de No logo repasa las ideas tras algunos de sus más célebres libros y asegura, atribulada por el cambio climático, que “somos la última generación de la despreocupación, de poder imaginar que no hay límites a lo que podemos extraer”.

La escena parece, por decirlo de alguna forma, sacada de una distopía, aunque la realidad es más habitual de lo que podríamos pensar: filas de más de un día de espera con cientos de jóvenes en las afueras de una tienda de Apple, todos dispuestos a comprar por poco menos de un millón y medio de pesos chilenos los primeros equipos del iPhone del momento.

Llevo veinte horas de fila para poder entrar a la tienda -dice una chica a la cámara.
Me gusta ser de los primeros en la ciudad en tenerlo -explica un segundo joven.
O lo tienes el primer día o esperas un mes y yo no quiero esperar -argumenta otro.
Da estatus -dice un último.

Lo que vemos es parte de un capítulo del programa español Salvados —disponible en Netflix—, en donde el periodista Jordi Évole desarrolla reportajes de actualidad alrededor del mundo. “Nace, consume, muere” se llama la entrevista que sostiene con Naomi Klein en Toronto, donde la periodista y escritora canadiense reflexiona sobre el fenómeno anticapitalista, la llamada “terapia del shock” y el cambio climático, por lo demás, ejes centrales de algunos de sus libros La doctrina del shock, No logo y Vallas y ventanas.

Esta es parte de la conversación que mantienen en el episodio de Salvados.

Naomi Klein: En nuestras sociedades existen inmensas desigualdades y esta promesa de que si llevas la ropa adecuada no serás tratado como basura, creo que es muy poderosa. Para mí no se trata de juzgar al tipo que cree que será tratado con dignidad si va vestido correctamente, se trata de reconstruir esto e intentar crear una sociedad más justa, una donde se trate bien a todo el mundo.

Jordi Évole: Tanto tú como yo nos podemos permitir sin muchos problemas comprar un iPhone. Yo no sé quién es más vulnerable al consumismo, el que se lo puede permitir o el que lo ve como un objeto de deseo prácticamente inalcanzable.

NK: Hay gente que no se lo puede permitir, para quien la promesa de un iPhone o de un par de zapatillas para correr, es aún más intensa que para la gente que ya está en esta clase social. Como si pudiesen escaparse a otra clase para poder estar “on the go”, como dicen. Y creo que el móvil se ha ido convirtiendo en esa promesa de movilidad total y de libertad. Es una puerta. Para algunos es una puerta que te lleva a otra clase, fuera de donde estás. No eres feliz donde estás, por eso necesitas esa cosa que te llevará fuera.

JÉ: ¿De qué manera podemos combatir esa atracción que provocan en nosotros las grandes marcas? ¿Cómo podemos huir de eso?

NK: Tengo una visión particular sobre eso, porque paso medio año en el campo y medio en la ciudad. Paso media vida en una zona muy rural de Canadá, en British Columbia, donde no se puede comprar nada y no hay anuncios. Y ahí soy extremadamente consciente de cómo cambio al pasar de este espacio a una ciudad donde soy bombardeada con mensajes
que me dicen qué comprar, que no soy suficientemente buena…

JÉ: …ya tenemos todos la solución. Nos vamos a vivir todos al campo y se acabó el consumismo…

NK: No quiero decir eso. Esto es lo que me hace ser consciente, pero todos podemos hacer esto. Todos debemos preguntarnos: ¿De dónde procede esta necesidad que siento ahora? No ha salido de mí, es externa…

JÉ: En No logo hablas del poder de las marcas, han pasado 16 años y no sé si estamos mejor.

NK: Es interesante. Aquí, en Toronto, alguien publicó un artículo para un periódico local. Fue a una universidad de la zona y preguntó a los estudiantes sobre sus actitudes con las marcas y descubrió que estaban totalmente en contra de vestir logos. O sea, que algo ha cambiado, pero yo creo que la gran diferencia es que cuando acabé de escribir No logo mi libro termina con esa idea un poco loca de que uno debería empezar a pensar en sí mismo como una marca. La marca que se llama Tú. Y ahora, 16 años después, diría que la diferencia más significativa es que ahora tenemos una generación que ha crecido con la idea de que ellos mismos son una marca que tienen que promocionar constantemente. Y es por esto que el iPhone, o cualquier otro smartphone que utilices, es la primera herramienta que utilizarás como joven para crear tu marca. Es la herramienta que utilizarás para hacerte fotos y actualizar constantemente tus perfiles sociales para difundir la marca que eres tú.

JÉ: ¿Eres una antisistema?

NK: ¿Qué si soy una antisistema? No sé qué quieres decir. ¿Qué es una antisistema?

JÉ: Bueno, antisistema es ir contra el sistema que tenemos actualmente.

NK: Sí, soy una anticapitalista. Creo que tenemos un sistema político y económico que nos está fallando en múltiples niveles, incluyendo el nivel más importante de todos que es que este sistema está en guerra con nuestro ecosistema.

JÉ: En España, cuando un partido político se dice antisistema, normalmente se le ridiculiza. ¿A ti te pasa?

NK: Actualmente, estamos en un momento en que es una postura mayoritaria ser antisistema, ¿verdad? Tanto en la derecha como en la izquierda. Y esto es, si te fijas en las últimas elecciones presidenciales de EE.UU., la gente que apoyó a Donald Trump era antisistema. O por lo menos este era el discurso que él utilizó. Estaban en contra del sistema. La gente que votó a favor del “brexit” en Reino Unido estaban rechazando este sistema y creo que, desde el colapso económico de 2008-2009, las fallas de nuestro sistema económico son muy claras: privatizaciones, desregulaciones y recortes en el gasto social. Este modelo ha fracasado. Hay una carrera para llenar ese vacío. ¿Lo hará una alternativa progresista con una visión de cómo cambiar este sistema que mejore la vida de la mayoría y proteja el planeta, o bien este vacío será ocupado por un populismo de derechas, o incluso por un fascismo, que culpa a las personas negras y mestizas del fracaso del sistema y crea una sociedad más dividida y violenta? Mucha gente de derecha que se posiciona como antisistema es, en realidad, parte de ese sistema. Y, por supuesto, todas las contradicciones que encarna Donald Trump. El hecho de que forma parte del 1% del 1% del 1% e hizo una campaña diciendo que se va a cargar el sistema y que va a defender al pobre hombre que ha perdido el trabajo por culpa de un mexicano. Evidentemente, no lo considero ni un partido ni un candidato auténticamente antisistema, pero está aprovechándose de un sentimiento antisistema de la población.

JÉ: Cuando se empezó a hablar de globalización en los años 90, era un término estupendo, que gustaba, pero si hoy preguntas por la globalización no todo el mundo opinará eso. ¿Qué ha pasado?

NK: La realidad… la realidad tal cual es. Cuando empezamos a hablar de estos tratados de libre comercio en los 90, tuvimos un largo debate entre aquellos que decían: “No, esto va a bajar los salarios”, y otros que decían: “No, esto nos va a enriquecer y ayudar a todos”. Ahora ya tenemos una base de datos. Han pasado dos décadas para analizar la promesa que estas políticas hacían y lo que en realidad han supuesto. La realidad es compleja, pero ya sabemos que allí donde se introducen estas políticas aumenta la desigualdad.

JÉ: ¿A qué te refieres cuando hablas del “shock”?

NK: Lo que identifico como “shock” son esos momentos en que la historia se mueve a cámara rápida, cuando sucede algo que no podemos explicar porque salió de la nada. Es precisamente en estos momentos de confusión masiva, de “shock”, cuando hay una estrategia para llevar a cabo políticas muy impopulares. No es una conspiración, no estoy diciendo que creasen el “shock” para hacer estas políticas. En muchos casos, estos “shocks” son imposibles de planear, puede tratarse de una catástrofe natural como un tsunami o el huracán Katrina. Pero entienden que este es el momento de atacar, es el momento de pasar a la acción. Es el momento en que podrás privatizar el agua, la electricidad, la telefonía, a través de acciones inmediatas, que entonces llamaban, aunque ahora ya no usan este nombre, “terapia del shock”.

JÉ: ¿De dónde surge esa idea?

NK: Creo que mucho de ello proviene de la frustración. Al darse cuenta de lo difícil que es incrementar estas políticas sin una crisis, sin un “shock”, en una democracia. Por ejemplo, Milton Friedman, en Estados Unidos, intentó aconsejar a Nixon y Friedman estaba furioso, porque se suponía que era un gobierno de derechas. Pero Nixon no hizo caso de sus consejos. Terminó haciendo lo contrario para ganar las elecciones. Controló salarios y precios, introdujo regulaciones ambientales muy fuertes, y creo que esto fue el origen de todo: darse cuenta de que la democracia es un problema para el neoliberalismo.

JÉ: ¿Por qué el miedo es una herramienta tan potente para el poder?

NK: Si tus ideas son impopulares y, de hecho, dañan a la mayor parte de la población, debe haber una estrategia para llevarlas a cabo de algún modo. Y cuando estás en una democracia, los momentos de graves crisis económica crean situaciones donde puedes ser más autoritario de que costumbre, porque te puedes ocultar detrás de la crisis.

JÉ: ¿Qué papel jugamos los medios de comunicación cuando hay un proceso de “shock”?

NK: Bueno, es crucial. Idealmente, el rol de los medios es ayudar a que la gente no entre en pánico. Es por eso que juegan un papel tan importante durante los desastres naturales. El papel de los medios es muy importante para que la gente esté informada, se calme y las cosas funcionen con normalidad. Pero lo que pasa durante las crisis económicas es lo contrario. Incrementan la histeria, hacen que la gente esté más desorientada y más asustada. Esto es una traición al papel que deben tener. Idealmente, los que trabajan en los medios de comunicación deberían guiarnos. En cambio, aquellos que deberían ayudarnos a sobreponernos intelectualmente nos traicionan en ese momento de “shock”.

JÉ: En tu último libro, Esto lo cambia todo, dices que este sistema basado en crecer, producir y consumir, se va a tener que acabar por el cambio climático. ¿No podemos seguir creciendo?

NK: Tenemos un modelo económico para el que cualquier tipo de crecimiento es una ventaja, incluyendo el crecimiento más contaminante. No hace distinciones. Este modelo es totalmente incompatible con las medidas que necesitamos tomar para impedir un cambio climático catastrófico. En países como Canadá o España tenemos que reducir nuestras emisiones en un 10% al año. Esto es enorme. No hay ningún plan sobre la mesa que se acerque. Es imposible hacerlo en un sistema que convierte el mercado y el crecimiento en un fetiche. Partes de nuestra vida se centran solo en el consumo y el desperdicio. Y esto debemos limitarlo. Pero, al mismo tiempo, podemos hacer crecer las partes de nuestra economía que son poco contaminantes y mejoran la calidad de vida. Y si lo hacemos, va a ser todo mucho más fácil.

JÉ: ¿Por qué dices que luchando contra el cambio climático también podemos conseguir un cambio de sistema?

NK: Hemos asistido a 25 años de políticas que intentaban gestionar el cambio climático sin cambiar el sistema, que intentaban encajar el problema del cambio climático dentro del sistema de mercado existente, como el intercambio de emisiones, la creación de un mercado de la contaminación, la promoción de productos ecológicos en lugar de productos que no lo son, tratar a las personas sobre todo como consumidores. Lo cierto es que estas políticas han fracasado. El mercado de emisiones europeo no ha sido más que una pérdida de tiempo y dinero. Las emisiones mundiales han aumentado un 60%. Esto es así porque nuestro sistema está interfiriendo. Estoy convencida de que hace falta un cambio de sistema para lograr reducir las emisiones. Lo bueno es que el sistema está fracasando a otros niveles, además del cambio climático. Ahora tenemos una oportunidad, mientras cambiamos nuestras redes energéticas o nuestro sistema de transporte, de construir una economía justa al mismo tiempo. Mi obsesión de los últimos seis años ha sido tratar de unir todos estos movimientos. Por un lado, están los que luchan contra la austeridad, contra los tratados de comercio, la desigualdad, y por otro, los que luchan por el cambio climático y el medioambiente. No hablan mucho entre ellos. Son movimientos separados. Es necesario que sea el mismo movimiento y el mismo proceso. Necesitamos soluciones que aborden la desigualdad y el cambio climático al mismo tiempo.

JÉ: En los últimos años, hemos visto como multinacionales están intentando dar una imagen de que la manera de producir que tienen es sostenible o que están fabricando, por ejemplo, vehículos eléctricos. ¿El mercado está preocupado por el cambio climático?

NK: Creo que asumir que el enriquecimiento de Elon Musk vendiendo vehículos Tesla signifique que el capitalismo puede arreglar el cambio climático es una locura, porque son vehículos carísimos. Y el trabajo de verdad es invertir mucho en transporte público para que todo el mundo lo pueda usar. Y el mercado no tiene ningún interés en ofrecer transporte público económico, o incluso gratuito, porque así la gente dejaría de utilizar el automóvil, lo que sería una solución para la mayoría.

JÉ: Tú dices que deberíamos dejar de extraer petróleo desde ya. ¿Esto no es muy radical y, sobre todo, es posible?

NK: La ciencia es muy clara sobre esto. Si queremos hacer lo que nos comprometimos a hacer en París, en la última conferencia sobre el cambio climático, si queremos mantener el crecimiento de la temperatura por debajo de 1,5 a 2ºC, entonces no podemos hacer exploraciones para encontrar más petróleo, gas o carbón. Si consumiéramos todos los combustibles fósiles en producción, sobrepasaríamos ese objetivo de temperatura. Eso no significa que tengamos que parar mañana. Significa que necesitamos un plan para reducir progresivamente y avanzar hacia el 100% de energías renovables para mediados de siglo. y es posible hacerlo con la tecnología existente. ¡Es radical! Lo admito, pero el futuro lo es.

JÉ: Dices que se va a necesitar mucho dinero para frenar el cambio climático. ¿Quién lo va a pagar?

NK: Me alegro de que lo preguntes. Mucho del dinero tiene que venir de la gente que más responsabilidad tiene en esto. Por eso es tan importante que ahora tengamos mucha información nueva sobre lo que saben las compañías petrolíferas y cuándo lo han sabido. Es parecido a lo que pasó con las tabacaleras. Lo más fácil sería eliminar los subsidios a los combustibles fósiles, porque ahora pagamos a estas compañías para que contaminen, y les pagamos enormes subsidios. También necesitamos un impuesto alto sobre el carbón, pero diseñado para que no cargue el coste a los consumidores con menos recursos. Tiene que ser progresivo. Tenemos que aumentar las regalías a la extracción. Podríamos tener un impuesto sobre el lujo. Sabemos que la gente que es más rica es la que más contamina, y debería ser la que más pagara por esa transición. He dicho mucho la palabra “impuesto” y he sido muy sincera: se van a necesitar políticas redistributivas y va a haber que desafiar la lógica neoliberal, pero el problema es que vivimos en una época de riqueza privada sin precedentes. Debemos lograr una mayor parte de esa riqueza para pagar por el daño y la transición.

JÉ: ¿Qué países están tomando en serio la lucha contra el cambio climático?

NK: Resulta interesante que China se lo está tomando más en serio que, prácticamente, cualquier otro país. Han establecido una moratoria para las nuevas minas de carbón y están desplegando energía renovable a una velocidad increíble. Esto está pasando por la fuerte crisis que supone la contaminación en China. Alemania está haciendo muchas cosas. El 30% de su energía proviene de las renovables.

JÉ: ¿Todos somos responsables del desastre climático?

NK: Todos participamos en el sistema que causa la crisis climática pero no somos responsables al mismo nivel. Decir que hemos conocido al enemigo y somos nosotros, que lo hemos hecho entre todos, está beneficiando a las compañías petrolíferas, a las de carbón, que han luchado tanto para evitar que los gobiernos adopten medidas sensatas que nos habrían permitido hacer la transición a la energía renovable hace mucho tiempo. Mucha gente está en una situación en la que no tienen ninguna opción: viven en lugares sin transporte público, así que tienen que conducir. O no viven en lugares con estaciones de recarga, así que, aunque se pudiesen permitir un vehículo eléctrico, no pueden recargarlo. pero puedes ser parte de ese sistema y al mismo tiempo cambiarlo.

JÉ: ¿Va a ser esta la última generación de la abundancia?

NK: Creo que somos la última generación de la despreocupación, de poder imaginar que no hay límites a lo que podemos extraer de la Tierra. Así que… sí. Se acabó creer que podemos ser descuidados con los recursos que hacen posible la vida en el planeta.

JÉ: ¿Somos conscientes de que se están acabando los recursos naturales?

NK: No creo que haya un “nosotros” o un solo “nosotros” que responda a esa pregunta. Porque creo que hay partes de este planeta que han llegado al límite en temas como el agua, y no digamos el petróleo. Y están viviendo con una escasez extrema de agua ahora, así que entienden perfectamente los límites. Lo peligroso de los combustibles fósiles es que no se han agotado. No se trata de cuáles son los límites de lo que podemos extraer de la Tierra, sino de los límites de lo que la atmósfera puede absorber. Es necesario algún tipo de contención. Cuando has pescado al límite, ya no puedes pescar más, ¿no? Con el combustible fósil el problema es que hay más carbón del que nos podemos permitir quemar. Por eso hay un problema de regulación, un problema de codicia y un problema de contención, porque lo tenemos que dejar en la Tierra. Y si hay algo en lo que somos muy malos en el sistema capitalista, es en dejar las cosas que todavía pueden dar beneficios donde están.

JÉ: Tus diagnósticos son pesimistas pero, en cambio, siempre dejas abierta una puerta a la esperanza. No sé cómo lo haces…

NK: La razón por la que no pierdo la esperanza es que, si no tuviese un atisbo de esperanza, probablemente no escribiría libros ni daría conferencias. Porque no le veo el sentido a difundir desesperanza, daría paso a la gente que todavía tiene esperanza. No me gusta la gente que va por ahí difundiendo desesperanza, porque es contagioso. Si llegas a ese punto, te tienes que poner en cuarentena a ti mismo.

Fuente: http://culto.latercera.com/2019/02/02/naomi-klein-anticapitalista/?fbclid=IwAR1mRrVftPECdv6DzsGTycvJnEXGnVgNdeDEQ9cVrjXWCfIkJMyHRNH1Es4

El marxismo como religión: un recuerdo personal

Durante la Guerra Fría, el marxismo, con su creencia en el progreso ineludible de la humanidad, funcionaba como una religión al disipar el miedo a la guerra nuclear.

Por Branko Milanokic

Hace unos días, estaba escribiendo una parte de mi próximo libro (con el provisional y quizá no muy inteligente título de Globalización y desigualdad) que tiene que ver con la guerra. Es necesario incluir una sección sobre la guerra en un libro de economía actual porque todas las historias sobre convergencia económica, divergencia, la clase media global, r>g y demás pueden desaparecer completamente por la guerra, especialmente una guerra mundial.

Entonces recordé un pequeño episodio de mi vida, de hace mucho tiempo, cuando la amenaza de una guerra nuclear estaba muy presente. Como muchos de mis compañeros, me ha influido profundamente la Guerra Fría. Vivimos, hasta finales de los sesenta y principios de los setenta, constantemente bajo su sombra. Estaba en el colegio cuando se produzco la crisis de los misiles de Cuba y todavía recuerdo la sensación de terror que sobrevino a todo el mundo. Aunque era un país comunista, Yugoslavia, donde vivía entonces, no estaba alineado, así que no esperábamos que la primera tanda de misiles nos alcanzara. Tampoco quedaba muy claro quién podría atacar Yugoslavia. Pero el miedo al abismo era palpable.

En esa época, estudiábamos marxismo elemental, con su sucesión teleológica de formaciones socioeconómicas: comunismo primitivo, sociedad esclavista, feudalismo, capitalismo, socialismo y, entonces, el florecimiento del comunismo. Aprendimos que toda sociedad tenía que pasar estas fases y que la definitiva e inevitable fase final de todas las sociedades humanas era el comunismo. Por entonces, viviendo bajo la sombra del cataclismo nuclear, combiné lo que acababa de aprender sobre el avance ineludible de la humanidad con la amenaza de guerra. Si toda la humanidad debía alcanzar el comunismo, pensé, entonces no podemos sufrir un holocausto nuclear ahora ya que destruiría la humanidad antes de que llegue al comunismo. Así que decidí que el marxismo proporcionaba una refutación efectiva a cualquier posibilidad de una guerra nuclear. Mis miedos se disiparon. Porque, pensaba, si hay una guerra, el estudio científico de hacia dónde va la humanidad se demostrará incorrecto. Y, con esa idea reconfortante en la cabeza, me fui a la cama, convencido de que no era posible una guerra mundial.

Ahora, casi medio siglo después, mientras escribo sobre la guerra, me doy cuenta de cómo el marxismo en ese contexto cumplía con las funciones esenciales de una religión. A menudo se dice que el marxismo, con su sucesión de estados sociales y el efecto que tiene en la gente, es una religión secular. Pero en este caso era más que eso: permitía disipar el miedo a la muerte, como cualquier religión “seria”. Ahora cuando veo las nubes de una guerra nuclear aparecer de nuevo, ya no creo en los esquemas marxistas ni en el futuro ineludible de la humanidad, ni tampoco creo en la religión, y entonces no me queda nada que me haga olvidar el miedo a la guerra.

Traducción de Ricardo Dudda.

Publicado originalmente en el blog del autor: http://glineq.blogspot.com/

Bini Adamczak: “Tener el valor de mirar a los ojos del enemigo”

Sobre el recuerdo de las revoluciones, las apropiaciones de la derecha, una izquierda insegura y la relación con el estado.

Sebastian Friedrich: 200 años de Carlos Marx, 100 años de la revolución de octubre, 50 del 1968… estamos celebrando muchos aniversarios de fechas muy importantes para la izquierda. Pero solo con ello no se puede explicar únicamente la coyuntura actual de volver la vista al pasado. ¿Qué otras explicaciones hay?

Bini Adamczak: La explicación está muy relacionada con el espectáculo industrial-cultural actual. La revolución parece ser una aventura, en la cual pasan cosas inimaginables, el viejo orden se resquebraja, la gente anda por ahí con escopetas y los poderosos huyen. Uno se sienta cómodamente en casa, llueve fuera, y se lee una novela sobre la revolución. O una se sienta en un café, se bebe una copa de vino tinto y se elije una novela histórica de acción. ¡Qué tiempos aquellos! En el negocio cultural pasa algo parecido: Los debates históricos en las secciones de cultura se orientan a esos debates, lo cual interesa a las instituciones de la izquierda, las historiadoras y los intelectuales. Es una oportunidad de posicionar sus temas en los medios.

Pero esta no es la única razón. Tal vez el presente no ofrece suficientes ocasiones para hablar de este tipo de perspectivas radicales, como era el caso de 1968 o 1917. La mirada al pasado permite un planteamiento más radical y profundo de las condiciones elementales de nuestras condiciones de vida. Formulado de forma positiva:  podemos comprender mejor la actual crisis del capitalismo en la disyuntiva entre la herencia y las luchas pasadas, que están enterradas y olvidadas, pero que al tiempo están inconclusas. Como diría Walter Benjamin: La confrontación con la historia nos da la posibilidad de crear una constelación entre dos tiempos. Podemos preguntarnos: ¿Qué nos dice 1968, qué nos dice 1917 o qué nos dice Carlos Marx hoy?

SF: ¿Entonces qué nos dice la revolución hoy?

BA: Las revoluciones nos dan la posibilidad de encontrar otra escala con la que podamos medir el presente. La revolución nos ofrece un ángulo más además de un objetivo más fino. Muchas de las cuestiones que hoy nos preocupan son luchas defensivas o traslaciones a los marcos dados, como cuando pedimos acabar con el (sistema de ayuda social represivo) Hartz IV, que suban los salarios o que se remunicipalicen la propiedad de la vivienda. Otra cosa muy diferente es poner en cuestión la propiedad en sí. Estoy a favor de que los alquileres no suban, ¿o estoy a favor de que no haya alquileres en absoluto? ¿Pongo en cuestión el que haya una función social de los propietarios que deciden cómo viven las personas en sus casas?

Hay muchas preguntas radicales que casi no se plantean en la realidad porque las relación de fuerzas las apartan a un lado. Esa perspectiva revolucionaria puede ser recuperada en el presente a través del rodeo de la historia. Nos permite percibir este mundo de una forma muy diferente. Al mismo tiempo, tal vez es así como nos es posible articular nuestros deseos y lujurias, que en la situación actual nos parecen irreales.

SF: ¿Qué significa para tí en realidad revolución?

BA: Mi definición de revolución es muy abstracta, en ello no se diferencia de otras teorías de la revolución. Revolución no significa hacer política bajo unas condiciones predeterminadas, sino politizar uno mismo las condiciones de la política. No es preguntar cómo se puede compaginar el trabajo con la familia, sino cómo se puede acabar con el trabajo y con la familia en sí. ¿Cómo podemos organizar las tareas de otro modo? ¿Qué relaciones se pueden hacer en el lugar de las familiares o las profesionales? Esas son preguntas revolucionarias, que también se realizaron en 1917 y en 1968. En mi libro sobre la revolución, que se publicó con motivo del aniversario de los 50 y 100 años de esas olas revolucionarias, intenté recordarlas de nuevo.

SF: La revolución se consideraba muerta al menos desde la desaparición de la Unión Soviética, cuando se hablaba del fin de la historia. Ahora cada vez más personas notan que la historia en realidad no parece haberse acabado. ¿A qué se debe que un término como el de revolución sea usado más a menudo por las personas de nuevo?

BA: El libro se publicó en 2017, pero comencé mucho antes a escribirlo. En un momento en el que las revoluciones eran algo históricamente marginal. Era solo un tema importante para las ciencias sociales o la filosofía de la historia, pero no tenía nada que ver con la política. Entonces en 2011 llegaron las primaveras árabes. Con ellas aparece de repente de nuevo la revolución de una forma clásica, con la caída de un gobierno. Vivimos poco después la derrota de esos movimientos, que en parte se acomodaron relativamente rápido, en parte fueron integrados y en parte formaban parte de un bloque neoliberal y terminan en parte en la guerra civil.

SF: Has hecho muchas presentaciones de tu libro. ¿Cuál fue tu experiencia con las discusiones con el público?

BA: Aquí, yo vivo por desgracia sobre todo en Alemania, domina una impresión de que un golpe o cambios radicales de la sociedad o bien la revolución serían dominados por la derecha. Veo cómo la izquierda y también los liberales están ocupados en construir terraplenes para defenderse de los ataques de la derecha al orden de cosas. Una buena parte de la izquierda en Alemania está dominada por una melancolía específica alemana que cree que no se puede hacer nada contra la autoridad o que la masa en todo caso tiende a la derecha política. Es una atmósfera que encuentro a menudo en las salas en las que discuto. Tenemos que preguntarnos si ese sentimiento de verdad refleja la correlación de poderes y si tiene sentido esa ideología de defensa espontánea de lo existente contra los ataques de la derecha.

SF: ¿Si partimos de que todo será siempre peor se aumenta el riesgo de que todo sea peor?

BA: A la izquierda en Alemania le resulta difícil reconocer los logros propios y festejar las victorias, reflexionar sobre los propios fallos y llorar las derrotas.

SF: ¿Puedes poner un ejemplo?

BA: La izquierda en Alemania tiene muy pocos recuerdos de uno de los mayores movimientos huelguísticos de la historia de este país, la ola de huelgas entre 1990 y 1994 en Alemania del este. Se concentró sobre todo en contra del cierre de empresas, que el capital alemán había decidido por poco dinero, y fue una de las mayores y más largas olas de resistencia social autoorganizada desde la revolución de noviembre. En 1991 y 1992 tuvieron lugar 200 huelgas “salvajes” (no autorizadas). Pero la lucha contra el capital alemán se perdió. Esa derrota no se ha digerido nunca de forma completa. Solo podemos suponer, que una derrota del intento de defenderse ante los poderosos, que no ha sido penada, llorada de forma adecuada, es el motivo de decisiones posteriores de ir contra los más débiles y de identificarse con los poderosos.

El no llorar las derrotas lleva a que las derrotas se reproduzcan. De ese modo se extiende el sentimiento de que no se puede cambiar nada, a pesar de que la realidad tal vez ofrece más muestras a favor del cambio. La izquierda alemana se encuentra así como parte de un discurso general alemán que provoca la impresión una y otra vez de que la derecha fascista fuese más fuerte de lo que en realidad es. Al mismo tiempo, las fuerzas de resistencia permanecen invisibles y parecen menores de lo que son.

SF: Pero la marcha de la derecha avanza de verdad…

BA: En 2018 también hemos visto cómo hay una fuerte resistencia contra la derecha, uno que en otoño por suerte también se pudo ver en forma de cifras, cuando un cuarto de millón de personas salieron a manifestarse por las calles de Berlín en la manifestación del movimiento “unteilbar” (indisoluble). Al mismo tiempo, la izquierda se está anotando puntos en varias luchas, pensemos en el bosque Hambacher Forst, en el fuerte movimiento feminista, en las luchas contra la gentrificación o en el verano de la inmigración de 2015. Desde un tiempo a esta parte hay un gran apoyo en buena parte de la población con respecto a personas que cruzan las fronteras.

En tiempos de crisis, en los que el orden dominante, la hegemonía neoliberal, se está resquebrajando el fascismo no se puede combatir solamente defendiendo el status quo. La única posibilidad que hay de ser antifascista de forma activa es en forma de un ataque que llame las consecuencias reales de la miseria por su nombre y que no deje pasar las maniobras de despiste de la derecha. Es lo que se está viendo en los Gilets Jaunes en Francia, el movimiento de los chalecos amarillos.

SF: ¿Qué piensas sobre los Gilets Jaunes?

BA: Estuve en París para una presentación de un libro y hablé con muchas personas. Con mi francés entrecortado traté de hablar con un conductor de taxi y le pregunté lo que opinaba sobre los Gilets Jaunes. Me dijo que eran una buena idea, un concepto muy bueno. No parecía sentir la más mínima necesidad de distanciarse de la violencia, algo que conocemos en el discurso alemán. Ahí se refleja una tradición francesa, la del conocimiento de que se puede llegar a decapitar al rey. Es la experiencia de que la vicroria está en el ámbito de lo posible, que puede ser exitoso oponerse a la autoridad.

Los intelectuales críticos con los que hablé en París primero tomaron una distancia crítica para con los Gilets Jaunes, porque el movimiento parecía ser de derechas. Desde entonces éste se ha ido moviendo casa semana, sino cada día, hacia la izquierda.

SF: ¿A qué se debe eso?

BA: La respuesta instrumental sería que con el tiempo simplemente han entrado más personas de izquierdas en el movimiento. Es cierto pero no explica la vuelta a la izquierda de forma suficiente. Otra respuesta sería que en el momento en el que el movimiento se volvió más fuerte ha desarrollado también la valentía para patear hacia arriba. Fue uno de esos momentos en los que un movimiento se atreve a desafiar a los poderosos. Es un momento que requiere el reconocimiento, cuando las personas en la calle se atreven a mirar al enemigo a los ojos. Entonces ya no están limitadas a patear hacia abajo a personas que están en una situación peor. Es un momento emancipador. La valentía para patear hacia arriba es de izquierdas. La de patear hacia abajo de derechas.

SF: Pero en este momento parece que para muchos es la mejor opción patear hacia abajo. ¿Porqué?

BA: Me gustaría mostrarlo a través de un ejemplo: Un amigo mío de Austria me contó sobre una cita que tuvo. Conoció a un controlador aéreo a través de una aplicación telefónica y descubrió que era de derechas. Ya no quería tener sexo con él, pero sí seguir discutiendo. Mi amigo le explicó al controlador que los rumores sobre los inmigrantes y los refugiados no son correctos y le recordó cuánto dinero pierde el estado a través de la evasión de impuestos de las grandes empresas. El tipo no sabía muchas de estas cosas todavía y se dejó convencer en parte. Pero entonces dijo algo interesante. Incluso aunque todo lo que contase fuese cierto y las grandes empresas fueran el problema, no tendríamos ninguna posibilidad contra ellas. En el momento en que los argumentos son intercambiados se muestra algo así como una realidad afectiva: Contra los de ahí arriba no lo podemos conseguir, por eso nos dirigimos mejor contra los de ahí abajo.

SF: En tu libro sobre las revoluciones analizas sobre todo la revolución de octubre de 1917. ¿Fué una victoria o una derrota?

BA: La diferencia entre victoria y éxito, así como de derrota y fracaso que hace Enzo Traverso me parece muy útil en este sentido. Una de las experiencias básicas de los revolucionarios de 1917 fur la Comuna parisina. No querían volver a repetir la experiencia de la derrota de nuevo, dejarse masacrar por la burguesía. A ello se unió la traición de la socialdemocracia en 1914. En ese contexto se entiende el impulso de la revolución de octubre en dirección al autoritarismo y militarismo. Pero también ahí estaba el peligro de la asimilación por el adversario. En ese sentido 1917 es por una parte una victoria, porque la revolución no sufre una derrota frente al adversario. Por otro lado es un fracaso de las propias pretensiones emancipatorias, porque la sociedad, que debía nacer allí en realidad, no fue creada.

SF: Por lo menos se pudo tomar el poder del estado. En 1968 no se consiguió.

BA: Los movimientos del ´68 no consiguieron en ningún lugar dirigir revoluciones triunfadoras, pero fueron en parte exitosos, porque impusieron cambios fuertes. También a nivel económico: el ´68 y los siguientes se caracterizan por fuertes y exitosos movimientos huelguistas. Estos éxitos retrocederán en las siguientes décadas. Algo diferente ocurre en la esfera que llamamos de lo social o cultural, en la cual ocurre la transformación de las relaciones entre géneros, la liberación sexual o la caída de las instituciones viejas y autoritarias. En esto ha sido el ´68 exitoso hasta nuestros días. Sin embargo muchas de las conquistas fueron apropiadas por el neoliberalismo más tarde en una toma hostil. En el ´68 las personas lucharon porque el trabajo no fuera determinado por otros. Pero solo consiguieron imponer una parte de sus reivindicaciones. Hoy pueden decidir muchos cuándo trabajan, pero la fecha de entrega la sigue imponiendo el capital. De ese modo se convierte la autogestión en autoexplotación. En muchos ámbitos de la vida ocurre lo mismo.

SF: Describes el ´68 como un acontecimiento en el cual los cambios de los sujetos y la direfencia se encuentran en un primer plano, mientras en 1917 el foco se concentró en tomar el poder estatal. Me parece un poco simplificado, ya que como resultado del ´68 no hubo solo individualismo y sexo, sino también muchos nuevos grupos comunistas que se orientarom hacia el 1917.

BA: Es una presentación esquemática. He intentado remarcar las diferencias entre 1917 y 1968. El ´68 es en principio ambas cosas, un movimiento de repetición y uno de diferencia. Primero se conecta con el impulso de 1917, después se le vuelve la espalda. El movimiento feminista continúa primero la tradición, para después romperla y llevar a un feminismo autónomo que da la espalda a la subordinación a la contradicción principal económica. En Alemania se simboliza esto con el lanzamiento de tomates a los cadetes del SDS (que desencadenó las protestas feministas). Al mismo tiempo, tiene lugar un nuevo redogmatización en grupos comunistas, que se desarrollan a partir de la derrota de 1968, porque la revolución no llegó tan pronto como esperaban los revolucionarios. Es por ello que la cuestión de la organización se volvió a lanzar y se reorientó a los clásicos como por ejemplo Lenin o Mao. Ya que éstos habían sido exitosos. Hubo muchas tendencias contrarias, pero yo he mirado un periodo de tiempo bastante amplio. Con esta mirada algo desenfocada a un siglo aparecen momentos en la imagen que también se han mantenido por la apropiacoón neoliberal.

SF: ¿Podemos aprender algo de la apropiación del ´68?

BA: Tenemos que recuperar el valor de ir más allá de la frontera de lo permitido. Las derecha se ha apropiado de la provocación política. Se escenifican como los que rompen tabús, tratando de decir lo que no es posible decir dentro del marco del discurso. En ese sentido ellos lo que quieren es retirar las conquistas de 1968. Muchas personas de izquierda ven como su tarea confirmar los tabúes que existen o asegurarse en la mayoría casi con miedo, de que aquello que dicen permanece en el marco de lo que puede decirse. En la izquierda controla en buena parte el miedo al Shitstorm. El ´68 era en ese sentido diferente. Se trataba de la provocación, del shitstorm, de ir hacia delante y de contar con una reacción fuerte, para poder abrir algo.

SF: Y llegamos de nuevo al miedo, a la falta de valor para la revolución. Junto a la revolución está el término de las relaciones en tu obra. ¿Qué quieres decir con ello?

BA: Me he planteado la pregunta de hacia donde apuntaban las revoluciones: la de 1917 hacia la totalidad, al poder del estado, para conquistar la sociedad a partir del estado. La de 1968 de forma retrospectiva se orientaba a los sujetos, a partir de los cuales se conforma la totalidad. “Todo cambia cuando tú te cambias”. En la teoría de las sociedades y en la filosofía se llama Problema de la estructura y la acción, en el cual el pensamiento se ve atrapado. Se trata de la pregunta de si las personas hacen las estructuras o bien las estructuras determinan a las personas. Dependiendo del punto de partida es siempre un tira y afloja.

Quiero mover la mirada hacia otra cosa. No se trata ni de la totalidad ni de sujetos individuales, sino de las condiciones entre personas, sujetos, formas de vida o entre las instituciones.  Se trata de lo racional, es decir, de las relaciones en sí que componen lo que llamamos sociedad. Mi esperanza es: somos exitosos en pensar en cambios sociales, así como en su realización cuando tenemos claro que no se trata de transformar a las personas ni de conquistar el estado, sino de cambiar las relaciones. El término Beziehungsweise permite tener a la vista también las relaciones entre personas que no se conocen personalmente.

SF:  Revolución, las formas de las relaciones… Aún queda un término clave: la solidaridad. Ésta parece ser el punto de fuga de muchas personas en la izquierda. Lo que se debe comprender a partir de ello no está claro. También la derecha y los neoliberales hablan de solidaridad. ¿Cómo se puede evitar que se corrompa este término?

BA: La solidaridad sin la libertad de poder retirarse o de poder decir que no, no es solidaridad alguna. Lo que la derecha ofrece es un espíritu corporal, una obligación de ser leal, la homogeneización hacia el interior (de la sociedad) comprada a partir de una diferenciación hacia fuera. Y una solidaridad sin igualdad, es decir, sin la pretensión de que todas las personas que se miran frente a frente a los ojos, tampoco es solidaridad.

Si el antiracismo se limita a mandar dinero a algún sitio y de ordenar que los receptores sean agradecidos. Entonces eso es paternalismo. Tenemos pues que combinar libertad, igualdad y solidaridad. Estas son nuestras medidas críticas en las cuales podemos medir nuestra propia práctica, en la cual podemos comprobar si en las formas de relación que perseguimos alcanzar y desarrollamos en efecto se trata de relaciones solidarias.

SF: Si miramos al terreno de las relaciones, ¿no tenemos en todo caso que tratar de cambiar el estado, tal vez de tomarlo, de abolirlo… de hacer algo con ese estado?

BA: En la tradición marxista-leninista existe la idea de que hay fuerzas organizadas y conscientes que primero tomarán el estado, y con su ayuda cambiarán las bases de la sociedad, que permitirán a hacer que ese estado sea innecesario hasta que finalmente desaparezca. Volvemos la vista a un experimento de hace 70 años y constatamos que no ha funcionado demasiado bien. Algo que no solo fue el producto de las condiciones exteriores, sino de que el concepto en sí es muy problemático. Un poder de estado tiene la tendencia a organizar su propia supervivencia. Quien tiene el estado encima no se libra de él tan fácilmente.

SF:  ¿Cuál es entonces la alternativa?

BA: Una alternativa es dejar el estado a un lado y hacer sus propias cosas. En el peor de los casos, esto podría ser naiv porque el poder represivo, militar y policial, es decir, la contrarevolución organizada podría ser ignorada.

Destruir el estado, así lo formula el anarquista Gustav Landauer, significa crear otras relaciones. Ya que el estado en sí es una forma de relación. Es una relación burocrática y jerárquica, en la cual las órdenes son dadas y cumplidas por gente que tienen poca influencia en la creación de dichas reglas. La pregunta es ¿qué otras relaciones se pueden crear que sustituyan a las relaciones del estado? En Chiapas y en Rojava hay campos experimentales en los cuales se trabaja con otros modelos de administración. Se trata de evitar tanto como sea posible que lo común se independice como algo ajeno sobre los individuos.

SF: Si no queremos vivir en comunidades muy reducidas, se necesitará algo así como una solidaridad institucionalizada. ¿No hay en ello el mismo riesgo de que también ésta se independice y burocratice? Mi impresión es que la izquierda antiestatal se engaña con su retórica antiestatal.

BA: Bueno las instituciones y el estado no son idénticas directamente. El estado es una construcción institucional específica con forma autoritaria, mientras que institución es tan solo una práctica que se repite de forma constante. Pero es cierto que en teoría de la democracia hay un problema en ese sentido. Si hay personas que se juntan y acuerdan cómo quieren vivir y se dan determinadas reglas entonces también querrán que dichas normas tengan una relativa validez al día siguiente sean válidas y no sean puestas en cuestión. En las reglas se esconde siempre el peligro de la independización, es decir, el peligro de que la regla no sea ya una elección propia consciente. Por una parte tenemos la necesidad de libertad, de apertura, de carencia de reglas. Por otro lado tenemos la necesidad de estabilidad y de planificación segura. Esta contradicción no se puede disolver fácilmente, tan solo podemos tratar de encontrar una manera lo más transparente posible de lidiar con ello.

Eso significaría que por un lado uno se da reglas estables y al mismo tiempo también asegurar la disposición a que las reglas estén de nuevo a disposición de la gente cuando ésta lo reclame.

La apuesta de la izquierda es ésta: con ese problema de principios y democrático podemos encontrar una mejor forma de relación que las condiciones dominantes. Podemos encontrar una forma de relacionarnos que suponga una menor dominación, que sea más democrática. Entonces las personas sabrían que esas reglas que se han dado son sus reglas y que las pueden cambiar de nuevo juntos. Entonces no serían reglas que se independizasen de una forma fría y que como mucho sean útiles a una minoría.

(La entrevista la realizó Sebastian Friedrich, antiguo redactor de kritisch-lesen.de y experto en extrema derecha: https://kritisch-lesen.de/interview/der-mut-dem-gegner-in-die-augen-zu-s…).

es una teórica social y escribe sobre política, queer y revoluciones. La editorial Akal publicó en 2017 su librito “Comunismo para todxs : breve historia de cómo, al final, cambiarán las cosas”, que ha sido traducido a una docena de idiomas.

Fuente:

https://www.neues-deutschland.de/artikel/1109804.bini-adamczak-der-mut-dem-gegner-in-die-augen-zu-schauen.html

Traducción:Carmela Negrete / www.sinpermiso.info