Arte, Sociedad y Política: Otras formas de protesta

Juan-Ramón Barbancho

Facultad de Artes. Universidad Central del Ecuador


Resumen:
            El arte, en la sociedad actual, debe ser una poderoso llamamiento a la acción, donde los/as creadores/as se impliquen de manera activa y efectiva en y con los problemas de afectan a sus conciudadanos/as. Ha pasado el tiempo del artista –genio romántico- encerrado en su estudio esperando a que llegue la inspiración: la inspiración está en la calle. El arte verdaderamente social debe ser un intersticio que abra brechas por donde los asuntos sociales y políticos pasen a primer nivel, porque el arte, en el siglo XXI, será social o no será.
En las últimas décadas del siglo XX, especialmente en América Latina, las especiales circunstancias políticas hicieron que artistas, tanto individuales como organizados en colectivos, se implicaran, del brazo de los/as demás ciudadanos/as en la lucha política.

* * * * *

“El mundo de la expresión artística es el mundo de la belleza,
pero también el mundo de la reflexión, la experimentación,
la denuncia, la provocación, la innovación” 1

Acciones de arte y política, o donde el arte ha intentado interferir en la política convirtiéndose en una herramienta de lucha social, se han dado y se dan en muy diferentes puntos del planeta. Allí donde se dan situaciones de injusticia y opresión y donde hay artistas conscientes de ser una parte más de la sociedad y de su valor para traducir en imágenes y/o acciones esa lucha, aparecen este tipo de trabajos.

En algunos casos esos/as creadores/as se han agrupado en colectivos que ha tenido una vida más o menos efímera, en otros lo han hecho y lo hacen de forma individual. Las manifestaciones han sido y son, unas, más llamativas, ampliándose al ámbito urbano y congregando a numerosos grupos de personas. Otras son menos provocadoras pero pueden ser igualmente eficaces.

Como digo, se dan en muchas partes del mundo, pero tal vez en América Latina, por su “particular” devenir político y social, por su historia de colonialismo, descolonización y neocolonización se provoque un caldo de cultivo especial para este tipo de situaciones. También podría aventurarme a decir que la conciencia social y política de los/as artistas latinoamericanos/as está más despierta, pero esto podría entenderse como un agravio comparativo para los/as creadores/as de otros lugares y no es mi intención, porque, además, estas situaciones de dan –o se pueden dar- en todos lados. Pero sí que es cierto que en el “nuevo continente” se han dado de una manera especial, y como prueba de ello hay ejemplos más que significativos de la lucha de los/as artistas contra sus respectivas dictaduras, cosa que, por ejemplo, en Europa no se ha dado con “nuestros” regímenes autoritarios y antidemocráticos, al menos hasta el momento presente.

Este activismo artístico en América Latina se ha manifestado en modos de producción de formas estéticas y de relacionalidad que anteponen la acción social a la tradicional exigencia de la autonomía del arte, y desde luego totalmente alejado de aquel “arte por el arte”. De hecho, todas estas experiencias cuestionan la institución artística, en muchos casos controlada por el poder, y diluyen el concepto de autor/a en un hecho colectivo de acción social/política/artística, pero poco importa que sea considerado arte o no. No diferencia a artistas de no artistas. Muchos/as ya no quieren “ser artistas”, no en el sentido que tradicionalmente se le ha ido dando, más bien se sienten cómodos/as con el papel de mediadores/as o posibilitadores/as. Lo “artístico” está en que provienen del mundo de la creación estética y se aprovechan de su capacidad y experiencia como organizadores/as visuales para buscar información, documentarla y comunicarla, para hacer del arte una práctica ubicada en el intersticio de otros territorios. El ser artista es una función y los/as artistas buscan socializar esa función y su experiencia. Su finalidad es social/política de concienciación, no la producción de “objetos”, más bien lo que se produce es la acción, más claramente que nunca, de un “estar juntos” que diría Bourriaud y el activismo artístico busca una transformación social/política.

Como ejemplo de esto, Tucumán Arde, realizado a principios de 1968, fue una acción artístico/política de denuncia, donde un grupo de artistas, periodistas y sociólogos de Buenos Aires y Rosario, se propusieron, como otros grupos del mismo tipo en América Latina, sacar el arte de las instituciones, que estaban controladas por los medios de la Dictadura y la censura hacia todo “arte revolucionario”, denunciar la situación de la cultura y, sobre todo, poner su trabajo como artistas y pensadores al servicio de la sociedad. En este caso de la sociedad y el pueblo de Tucumán, donde el poder y la burguesía industrial estaban cerrando los molinos de azúcar, bajo el plan “Operativo Tucumán” única fuente de trabajo y supervivencia de los obreros y sus familias, obligando a estos a una emigración forzosa hacia zonas urbanas, donde sólo podrían encontrar un trabajo inseguro y mal pagado.

Los/as integrantes del grupo, compuesto por Eduardo Favario, León Ferrari, Juan Pablo Renzi, Roberto Jacoby, Graciela Carnevale, María Teresa Gramuglio y Nicolás Rosa, entre otros, firmantes del manifiesto “Tucumán arde”, buscaban una forma de integrar el arte y la sociedad y de buscar una salida útil a su trabajo. A finales de los años cincuenta las vanguardias se habían consolidado y muchos artistas ya habían abandonado los soportes tradicionales eligiendo el conceptualismo como la forma más óptima de enfrentarse al “arte oficial” y dirigirlo hacia una actividad intelectual crítica, bajo la consigna de “el arte pasa a la acción”.

Para eludir la censura organizaron el I Encuentro Nacional de Arte de Vanguardia, cuya primera acción fue “Tucumán arde” y así denunciar ese plan del Gobierno, “Operativo Tucumán”, puesto en marcha en 1966.

El proceso de la obra fue laborioso, al tener que viajar varias veces a Tucumán para, allí y con los protagonistas, recoger toda la información posible sobre lo que estaba ocurriendo y sus nefastas consecuencias, para conformar lo que ha sido uno de los ejemplos más destacados de arte político y de investigación de América Latina. Constituyeron los que se llamó un circuito sobreinformacional, recogiendo los testimonios de los afectados en documentos, fotografías y filmaciones, para después llevarlos, con el formato de exposición, a diferentes lugares del país, algo que no se puedo llevar a cabo por los impedimentos del Gobierno y de la censura.

Sí que se pudo efectuar una parte del proyecto, la recogida de información, y realizar la primera exposición. El trabajo tenía tres etapas: la primera la recogida de la información en el lugar mismo de los hechos, para lo que contaron con la colaboración de grupos estudiantiles y obreros que se integraron así a la manifestación de la obra.

En un segundo lugar elaboraron esa información que serviría para la organización de la exhibición en las Centrales Obreras.

La segunda parte fue la exposición de esta información. En noviembre de ese mismo año se realizó la muestra en la sede de la Confederación General del Trabajo (CGT) de Rosario, que se convirtió en un espacio asombroso, con el suelo cubierto con los nombres de los terratenientes de los molinos de azúcar, evidenciando sus relaciones con el poder político local. Los/as visitantes tenían que pisar aquellos nombres para entrar.

Sobre las paredes se podían leer los informes y ver los reportajes sobre la situación en Tucumán, además de películas, audiovisuales y fotografías, un hecho curioso es que las luces se apagaban intermitentemente cada dos minutos, como una alusión al tiempo promedio en que se producían muertes infantiles en Tucumán, debido a la crisis y la pobreza de las familias que se habían quedado sin trabajo. A los/as visitantes se les ofrecía café sin azúcar.

Esta misma exposición se realizó el  25 de noviembre en Buenos Aires, con el lema, colocado a la entrada, de “Visite Tucumán, jardín de la miseria”, en contraposición al lema del Gobierno “Tucumán, jardín de la República”. No pudo tener el éxito de la muestra de Rosario, ya que a pocas horas de su inauguración se ordenó su clausura y las previstas para Santa Fe y Córdoba no se pudieron realizar, sin que tuviera lugar la tercera parte del proyecto con la recogida y publicación de toda la información, síntesis y evaluación de lo ocurrido.

En un contexto parecido y con una situación política similar, en 1979, en plena dictadura de Pinochet, surgió en Chile, por parte de algunos/as creadores/as, la necesidad de tomar una postura frente al poder, manifestarse como artistas y como ciudadanos/as y realizar una serie de acciones que pusieran de manifiesto no sólo su oposición al régimen sino también su compromiso como creadores/as. En una situación así era fácil jugarse la libertad, e incluso la vida, pero también era necesario poder expresarse, tuviera las consecuencias que tuviera.

En este contexto y con esta necesidad, el sociólogo Fernando Balcells, la escritora Damiela Eltit y los artistas Raúl Zurita, Lotty Rosenfeld y Juan Castillo crearon el Colectivo de Acciones de Arte (CADA), a través del que llevaron a cabo una serie de acciones artísticas que denunciaron los abusos de la dictadura y evidenciaran su oposición, que no era otra que la de la mayoría de los/as chilenos/as.

Estas acciones fueron maniobras teatrales y de performance, acciones e intervenciones en las calles. Además de un compromiso social y político, ponían de manifiesto que el arte no era una actividad encerrada en los centros de arte para un público elitista, sino que, más bien, debía ser una práctica social necesaria, eliminando así la tradicional distancia que parecía habitual entre el/a artista y el/a espectador/a. No sólo ponían en evidencia su compromiso, sino que invitaban a todos/as los ciudadanos/a a participar en sus protestas, a salir de una situación pasiva de resignación. La dimensión de estos trabajos, invadiendo la esfera de lo social/ciudadano, se salía así de lo “institucional” llegando a todos los ámbitos.

Fueron muchas las acciones que llevaron a cabo durante los años que funcionó el grupo, y algunas de ellas aún siguen vigentes. Todavía hoy, el CADA se mantiene como un referente en lo que a formas de protesta política desde el arte se refiere, no sólo en América Latina, sino a nivel internacional.

Uno de sus primeros trabajos fue Inversión de escena, el 17 de octubre de 1979, donde ocho camiones de la fábrica de leche Soprole recorrieron la ciudad hasta pararse frente al Museo Nacional de Bellas Artes. Encerró una metáfora interesante, una denuncia del sistema del arte, al ir desde una conservera a “otra”, la del arte apartado de la sociedad por la dictadura, a la vez que se ponía de manifiesto la censura cultural del régimen.

La fachada del museo fue cubierta con una gran tela blanca, enmascarando la institución, invirtiendo la escena, y evidenciando que el arte no estaba dentro sino en la calle: “el arte es la ciudad y el cuerpo de los ciudadanos desnutridos”.

Uno de sus trabajos más impactantes fue Ay Sudamérica, en 1981, en el que desde seis aviones lanzaron sobre Santiago cuatrocientos mil panfletos en los que explicaban la relación entre el arte y la sociedad y la necesidad de que ambos estuvieran unidos. A través de esto, como decía antes, el arte era sacado de las instituciones y de los salones de la burguesía y demandaba que cada persona tuviera el derecho a llevar una vida de libertad. Fue el 12 de julio. Este “bombardeo” sobre la ciudad tenía otra intención, al recordar el ataque aéreo sobre la Casa de la Moneda, que dio inicio a la dictadura militar.

            El fulgor de la huelga, llevada a cabo en 1981, se realizó en una fábrica de metales y fue la puesta en escena de una huelga de hambre en la que se denunciaba la situación de desempleo de obreros, debido a la crisis en la que se encontraba el país.

            A la hora señalada (1982) fue una acción de Juan Castillo y Raúl Zurita, llevada a cabo en una fábrica de luces, en la que, retomando escenas de la película High Noom, los artistas se enlazaron en un duelo, creando una situación tensa, un duelo pacífico, rodeados por una línea de neón, donde denunciaban la violencia de la dictadura, y jugando con la doble acepción de la palabra duelo, como lucha y como luto, en este caso por los derechos civiles de la población chilena.

Acciones colectivas, donde formaron parte otros/as artistas, agentes sociales y público en general, como NO +, que se llevó a cabo desde 1983 hasta 1988, fue una protesta llevada a cabo por el grupo, pero donde se invitaba a todos/as a completar la frase.  Se extendió por todo Chile, hasta llegar a interferir en el plebiscito del 88, donde la población votó no a la dictadura.

En septiembre de 1985 Viuda se propuso dar relieve a la situación de las mujeres cuyos maridos habían sido asesinados por la represión del régimen. Era el retrato de una mujer, que se podía extrapolar al de muchas, con el texto, más que explícito, “Mirar su gesto extremo y popular. Prestar atención a su viudez y sobrevivencia. Entender a un pueblo”. Con ella se ponía de manifiesto, también, la situación de miles de familias que habían quedado al cuidado de las mujeres, la fortaleza de ellas y la brutalidad de la dictadura.

Como estás comentadas, todas las acciones del CADA pusieron de manifiesto, como digo, tanto el compromiso de sus integrantes con la sociedad, como la capacidad del arte para convertirse en una eficaz herramienta de denuncia y lucha política.

Otros/as artistas, algunos/as también en colectivos pero muchos/as de forma individual, también han hecho de su trabajo un constructo social/político. Sin duda las acciones del CADA son un referente, como digo, de lucha política en primer plano, pero igualmente hay otras formas de hacer, otras formas de crear desde el compromiso. Tal vez podamos pensar que algunas, por más poéticas quizá, sean menos impactantes, aunque no por eso menos eficaces. De lo que se trata, en el fondo, es de ser conscientes de que el arte ya no puede continuar encerrado en su propia excelencia, tiene que ser un arma de combate, una herramienta social, y que todos/as tenemos que estar comprometidos en el deseo de hacer una sociedad más justa, cada uno/a desde nuestra posición.

El Silueteazo (Argentina, 21 de septiembre de1983) fue una acción colectiva de protesta y reivindicación con la que Rodolfo Aguerreberry (1942/1997, docente y artista), Guillermo Kexel (1953, diseñador, serígrafo y artista) y Julio Flores (1950, docente y artista) se plantearon que el arte, ante la situación que se vivía en su país, con la dictadura militar, debía convertirse más en una acción social/política que en la producción de “objetos”. Debían sacarlo de las instituciones, caducas y dominadas desde el poder, para enfrentarse con éste desde la calle. Además, como otros muchos grupos y artistas del mismo pensamiento, abogaban por la disolución de la “obra de arte” y del concepto de autor, si acaso éste debería ser el colectivo. Un planteamiento de lucha frente al Estado que había censurado toda oposición, incluso condenando al exilio a algunos artistas.

Las manifestaciones de las “Marchas de resistencia” y el movimiento de “Las madres de la Plaza de Mayo” alentaron a los miembros del colectivo a tomar partido y unirse a ellas desde la acción artística. Pero fue mucho más allá, al convertirse en un referente de acción social/política en toda Argentina.

Originalmente, el Silueteazo fue una iniciativa de estos artistas para participar en el Premio Objeto y Experiencias de la Fundación Esso, convocado en 1982. La propuesta fue mucho más allá de los límites institucionales y se convirtió en una acción colectiva, con la que quisieron abordar la realidad política en la que se encontraba el país y, así, demostrar que el arte, convertido en acción pública, era mucho más de lo que se estaba haciendo, demostrar su compromiso con la sociedad.

La idea surge de un cartel del artista polaco Jerzy Spasky que había sido publicado en el Correo de la UNESCO unos años antes, y que venía perfectamente para denunciar los desaparecidos por la dictadura. La obra de Spasky hacía referencia a los muertos en Auschwiz, con el lema “Cada día en Auschwitz morían 2.370 personas, justo el número de figuras que aquí se reproducen”. Se ajustaba perfectamente a su idea de denuncia por los desaparecidos y fue apoyado por las Madres de la plaza de Mayo. La acción ocurrió desde la plaza hasta las calles de la ciudad. Consistió en realizar una silueta, de ahí su nombre, por cada desaparecido. Fueron muchas las personas que se prestaron para que su cuerpo fuera la silueta de los desaparecidos, convirtiéndose así la obra en una acción verdaderamente social, colectiva. Miles de siluetas ocuparon calles y edificios.

El trabajo de estos colectivos es claramente social/político, pero también hay en América Latina otros y otras artistas que trabajan a título individual y que, como los casos anteriormente citados, hacen de su trabajo una manifestación plástica y evidente de su compromiso social/político y de la necesidad que tienen, no ya como creadores y creadoras sino como personas, de implicarse de una manera activa con/en la vida de los/as demás.

Como digo, todos los trabajos citados en este artículo dan cuenta del compromiso social/político de sus autores/as, tanto individualmente como integrados en diferentes colectivos, y, además, evidencian que el arte tiene —debe tener— esa responsabilidad, cuando las circunstancias así lo exigen. No podemos quedarnos encerrados en esa “torre de marfil”, hay que salir a la calle, hay que interactuar con los/as demás ciudadanos/as, tenemos que hacer de nuestro trabajo un verdadero constructo social.

BIBLIOGRAFÍA

Ardenne, Paul (2006). Un arte contextual. Creación artística en medio urbano, en situación, de intervención, de participación. CENDEAC, MURCIA.
Barbancho, Juan-Ramón (2012). El elogio de la locura. Cuando los compromisos devienen en imágenes. Fundación Chirivella Soriano. Valencia.
Barbancho, Juan-Ramón Ed (2013). Conversaciones sobre arte, política y sociedad. Publidisa, Sevilla.
Bourriaud, Nicolas (2008). Estética relacional. Los sentidos/artes visuales. Adriana Hidalgo Editora. Buenos Aires, Argentina. 2ª edición.
Brea, José Luis (2002). La era postmedia. Acción comunicativa, prácticas (post)artísticas y dispositivos neomediales. Argumentos, Centro de Arte de Salamanca. Salamanca.
Fischer, Ernst (1993). La necesidad del Arte. Nexos. Madrid.

Méndez, Lourdes (1995), Antropología de la producción artística, Síntesis, Madrid.

NOTAS:

1 Varela, J. y  Álvarez Uría, F. (2000): “Materiales de sociología del arte”. Siglo XXI. Madrid, p. X

La conciencia de los ex-comunistas

Por Isaac Deutscher

Texto publicado en abril de 1950. El ensayo apareció como reseña de The God that Failed [El Dios que cayó] en The Reporter (Nueva York), abril de 1950

Ignazio Silone cuenta que una vez dijo jocosamente a Togliatti, el líder comunista italiano: ”La lucha final será entre los comunistas y los ex-comunistas”. Hay en esa broma una amarga gota de verdad. En las escaramuzas de propaganda contra la U.R.S.S. y el comunismo, los ex-comunistas o los ex-compañeros de viaje son los tiradores más activos. Con la displicencia que le distingue de Silone, Arthur Koestler hace una observación similar: ”A todos los comodones insulares anticomunistas anglosajones os pasa lo mismo. Odiáis nuestros lamentos de Casandra y os resentís de tenernos por aliados; pero, en fin de cuentas, nosotros, los ex-comunistas, somos las únicas personas de vuestro bando que saben de qué se trata”.

El ex-comunista es el enfant terrible de la política contemporánea. Aflora en los lugares y los rincones más singulares. Nos aborda y nos obliga a escucharle en Berlín, para contar la historia de su ”batalla de Stalin-grado”, librada allí, en Berlín, contra Stalin. Se le puede encontrar junto a de Gaulle: nada menos que André Malraux, el autor de La condición humana. En el más extraño proceso político de los Estados Unidos, los ex-comunistas han apuntado con el dedo, durante meses, a Alger Hiss. Otra ex-comunista, Ruth Fischer, denuncia a su hermano, Gerhart Eisler, y echa en cara a los británicos que no le entregasen a los Estados Unidos. Un ex-trotskista, James Burnham flagela a los hombres de negocios norteamericanos por su verdadera o supuesta falta de conciencia de clase capitalista, y esboza un programa de acción para nada menos que la derrota universal del comunismo. Y, ahora, seis escritores — Koestler, Silone, André Gide, Louis Fischer, Richard Wright y Stephen Spender — se reúnen para exhibir y destruir al Dios que cayó.

La ”legión” de los ex-comunistas no marcha en estrecha formación. Está desperdigada y ofrece un espectro amplio y prolongado. Sus miembros se parecen mucho los unos a los otros, pero también difieren. Tienen rasgos comunes y características individuales. Todos han abandonado un ejército y un campamento: algunos como objetores de conciencia, algunos como desertores, y otros como merodeadores. Unos cuantos se aferran serenamente a sus objeciones de conciencia, mientras que otros reclaman vociferantemente comisiones en un ejército al que se han opuesto de un modo encarnizado. Todos ellos llevan sobre sí pedazos y andrajos del antiguo uniforme, complementados con los más fantásticos y sorprendentes trapos nuevos. Y todos llevan dentro de sí sus comunes resentimientos y sus reminiscencias individuales.

Algunos se unieron al partido en un cierto momento y otros en un momento distinto; la fecha de su incorporación es de gran interés para comprender sus experiencias ulteriores. Por ejemplo, aquellos que entraron en el partido en los años veinte llegaron a un movimiento en el que el idealismo revolucionario encontraba muchas oportunidades. La estructura del partido era todavía fluida; no había entrado aún en el molde totalitario. La integridad intelectual se valoraba aún en un comunista; aún no se había rendido al bien de la raison d’état de Moscú. Los que se unieron al partido en la década de 1930 comenzaron su experiencia a un nivel mucho más bajo. Desde el principio fueron manipulados como reclutas en los cuarteles del partido por los sargentos mayores del partido.

Esa diferencia es significativa para la cualidad de las reminiscencias de los ex-comunistas. Silone, que se unió al partido en 1921, recuerda su primer contacto con verdadero entusiasmo; sus recuerdos transmiten plenamente la excitación intelectual y el entusiasmo moral que latían en aquellos tempranos días. Los recuerdos de Koestler y Spender, que llegaron al partido después de 1930, revelan la completa esterilidad moral e intelectual de su primer contacto. Silone y sus camaradas se ocuparon intensamente de ideas fundamentales, antes y después de ser absorbidos por los afanes del deber cotidiano. En la historia de Koestler, su encuadramiento y cometido en el partido dejan desde el primer momento en la sombra toda cuestión de ideal y convicción personal. El comunista de primera hora era un revolucionario antes de convertirse, o de que se supusiese que debía convertirse, en una marioneta. El comunista de alistamiento tardío apenas tuvo la oportunidad de respirar el genuino aire de la revolución.

No obstante, los motivos originarios para su incorporación al partido fueron similares, si no idénticos, en casi todos los casos: la experiencia de la injusticia o de la degradación social; el sentimiento de inseguridad fomentado por crisis sociales o económicas; y el anhelo de un gran ideal u objetivo, o de una guía intelectual digna de confianza, para moverse en el difícil laberinto de la sociedad moderna. Los neófitos del comunismo sentían que las miserias del viejo orden capitalista eran insoportables; y la luz brillante de la revolución rusa iluminaba con una extraordinaria nitidez aquellas miserias.

El socialismo, la sociedad sin clases, la desaparición del estado: todo eso parecía a la vuelta de la esquina. Pocos neófitos sospechaban la sangre, el sudor y las lágrimas que vendrían más tarde. El intelectual convertido al comunismo parecía a sus propios ojos un nuevo Prometeo, excepto que no estaba encadenado a la roca por la ira de Júpiter. ”A partir de aquel momento [así recuerda ahora Koestler su propio estado de ánimo en aquellos días] nada podía perturbar la serenidad y la paz interior del converso, a no ser el miedo ocasional a perder de nuevo la fe…”

Nuestro ex-comunista denuncia ahora amargamente la traición de sus esperanzas. Y le parece que tal cosa casi no ha tenido precedentes. No obstante, cuando describe con elocuencia sus primeras esperanzas e ilusiones, detectamos un tono extrañamente familiar. Exactamente de la misma manera rememoraban el desilusionado Wordsworth y sus contemporáneos sus primeros entusiasmos juveniles por la revolución francesa:

Bliss was it in that dawn to be alive,
But to be young was very heaven! [1]

El comunista intelectual que se aparta emocionalmente de su partido puede pretender para sí una noble ascendencia. Beethoven hizo pedazos la primera página de su Heroica, en la que había puesto la dedicatoria de su sinfonía a Napoleón, tan pronto como supo que el primer cónsul se disponía a subir a un trono. Wordsworth llamó a la coronación de Napoleón ”un triste revés para toda la humanidad”. En toda Europa los entusiastas de la revolución francesa quedaron aturdidos al descubrir que el corso liberador de los pueblos y enemigo de los tiranos era a su vez un tirano y un opresor.

Del mismo modo, los Wordsworth de nuestros días se disgustaron al ver a Stalin fraternizar con Hitler y Ribbentrop. Aunque en nuestros días no se habían creado nuevas Heroicas, las páginas con dedicatorias de sinfonías no escritas fueron rotas igualmente con grandes alardes.

En The God that Failed, Louis Fischer trata de explicar, con unos ciertos aires de remordimiento y no muy convincentemente, por qué se adhirió tanto tiempo al culto de Stalin. Analiza la variedad de motivos, unos de acción lenta y otros de acción rápida, que determinan el momento en que la persona se recobra de su apasionamiento por el stalinismo. La fuerza de la desilusión europea ante Napoleón fue casi igualmente irregular y caprichosa. Un gran poeta italiano, Ugo Fos-colo, que habla sido soldado de Napoleón y había compuesto una Oda a Bonaparte, el liberador, se revolvió contra su ídolo después del tratado de Campoformio, que debió pasmar a un ”jacobino” de Venecia más o menos como el pacto nazi-soviético pasmó a los comunistas polacos. Pero un hombre como Beethoven permaneció bajo el hechizo de Bonaparte durante siete años más, hasta que vio al déspota quitarse la máscara republicana, un hecho que abrió los ojos de los hombres de un modo comparable al de las purgas stalinianas de los años treinta.

No puede haber tragedia mayor que la de una gran revolución que sucumbe al puño que tenía que defenderla de sus enemigos. No puede haber espectáculo tan repugnante como el de una tiranía post-revolucionaria vestida con las banderas de la libertad. El ex-comunista está moralmente tan justificado como lo estaba el jacobino al denunciar el espectáculo y revolverse contra él.

Pero ¿es verdad, como Koestler pretende, que ”los ex-comunistas son las únicas personas … que saben de qué se trata”? Puede aventurarse la afirmación de que la verdad es exactamente lo contrario: de todas las personas, las que menos saben de qué se trata son los ex-comunistas.

En cualquier caso, las pretensiones pedagógicas de los escritores ex-comunistas parecen groseramente exageradas. La mayoría de ellos (Silone es una notable excepción) no han estado nunca dentro del verdadero movimiento comunista, en el meollo de su organización clandestina o abierta. Por regla general, se han movido en la orla literaria o periodística del partido. Sus nociones de la doctrina y la ideología comunista han solido brotar de su propia intuición literaria, que es a veces aguda, pero frecuentemente desorientadora.

Aún peor es la característica incapacidad del ex-comunista para la imparcialidad. Su reacción emocional contra su anterior milieu no le suelta de su garra mortal y le impide la comprensión del drama en que se vio implicado o medio implicado. El cuadro del comunismo y del stalinismo que pinta el ex-comunista es el cuadro de una gigantesca cámara de horrores intelectuales y morales. Al contemplarlo, el no iniciado se siente transportado de la política a la demonología. A veces el efecto artístico puede ser vigoroso: horrores y demonios entran en muchas obras maestras; pero es políticamente indigno de confianza, e incluso peligroso. Desde luego, la historia del stalinismo abunda en horrores. Pero ése no es más que uno de sus elementos; e incluso ése, el demoníaco, tiene que traducirse en términos de motivos e intereses humanos. Y el ex-comunista ni siquiera intenta esa traducción.

En un raro relámpago de auténtica autocrítica, Koestler hace esta admisión:

”Por regla general, nuestros recuerdos representan románticamente el pasado. Pero cuando uno ha renunciado a un credo o ha sido traicionado por un amigo, lo que funciona es el mecanismo opuesto. A la luz del conocimiento posterior, la experiencia original pierde su inocencia, se macula y se vuelve agria en el recuerdo. En estas páginas he tratado de recobrar el estado de ánimo en que viví originariamente las experiencias [en el partido comunista] relatadas, y sé que no lo he conseguido. No he podido evitar la intrusión de ironía, cólera y vergüenza; las pasiones de entonces parecen transformadas en perversiones; su certidumbre interior, en el universo cerrado en sí mismo del drogado; la sombra del alambre de espinos atraviesa el campo de la memoria. Aquellos que fueron cautivados por la gran ilusión de nuestro tiempo y han vivido su orgía moral e intelectual, o se entregan a una nueva droga de tipo opuesto, o están condenados a pagar su entrega a la primera con dolores de cabeza que les durarán hasta el final de sus vidas.”

Ese no es necesariamente el caso de todos los ex-comunistas. Es posible que algunos sientan que su experiencia ha estado libre de los mórbidos armónicos descritos por Koestler. Sin embargo, éste ha dado en ese pasaje una caracterización veraz y honrada del tipo de ex-comunista al que él mismo pertenece. Pero es difícil concordar ese autorretrato con su otra pretensión de que la cofradía en cuyo nombre habla sean ”las únicas personas … que saben de qué se trata”. Con el mismo derecho, quien haya sufrido un shock traumático puede pretender que es él el único que realmente entiende de heridas y de cirugía. Lo único que el intelectual ex-comunista sabe, o, mejor dicho, siente, es la naturaleza de su propia enfermedad; pero ignora el carácter de la violencia externa que la ha producido y su posible terapéutica.

Ese emocionalismo irracional domina la evolución de muchos ex-comunistas. ”La lógica de la oposición a toda costa — dice Silone — ha llevado a muchos ex-comunistas muy lejos de sus puntos de partida; en algunos casos, hasta el fascismo.” ¿Cuáles fueron aquellos puntos de partida? Casi todos los ex-comunistas rompieron con el partido en nombre del comunismo. Casi todos ellos se propusieron defender el ideal del socialismo de los abusos de una burocracia sometida a Moscú. Casi todos empezaron por vaciar el agua sucia de la revolución rusa para proteger al niño que se estaba bañando en ella.

Más pronto o más tarde, aquellas intenciones se olvidan o se abandonan. Después de romper con una burocracia de partido en nombre del comunismo, el hereje rompe con el comunismo. Pretende haber descubierto que la raíz del mal alcanza una profundidad mucho mayor de lo que él imaginó al principio, aun cuando es posible que su ahondamiento en busca de aquella raíz haya sido muy perezosa y superficial. El ex-comunista no defiende ya el socialismo de los abusos poco escrupulosos; lo que ahora hace es defender a la humanidad de la falacia del socialismo. Ya no trata de vaciar el agua sucia de la revolución rusa para proteger al niño del baño: descubre que el niño es un monstruo al que hay que estrangular. El hereje se convierte así en renegado.

En qué medida se aparte de su punto de partida, y, como dice Silone, se convierta en fascista o no, depende de las inclinaciones y gustos del ex-comunista: una estúpida caza de herejes stalinistas lleva a menudo a extremos al ex-comunista. Pero, cualesquiera que sean los matices de las distintas actitudes individuales, generalmente el intelectual ex-comunista deja de oponerse al capitalismo. A menudo une sus fuerzas a los defensores de éste, y aporta a esa tarea la falta de escrúpulos, la estrechez mental, el desprecio a la verdad y el odio intenso que le fue imbuido por el stalinismo. Continúa siendo un sectario. Es un stalinista vuelto del revés. Sigue viendo el mundo en blanco y negro, sólo que ahora los colores se distribuyen de modo distinto. Como comunista, no ve diferencia entre los fascistas y los socialdemócratas. Como anticomunista, no ve diferencia entre el nazismo y el comunismo. En otro tiempo aceptó la infalibilidad del partido; ahora se cree infalible a sí mismo. Después de haber sido arrebatado por la ”mayor ilusión”, está ahora obsesionado por la mayor desilusión de nuestro tiempo.

Su anterior ilusión suponía al menos un ideal positivo. Su desilusión actual es enteramente negativa. En consecuencia, su papel es intelectual y políticamente infecundo. También en eso se parece al amargado ex-jacobino de la época napoleónica. Wordsworth y Coleridge estaban fatalmente obsesionados por el ”peligro jacobino”; su miedo amortiguó incluso su genio poético. Fue Coleridge quien denunció en la Cámara de los Comunes un proyecto de ley de prevención de la crueldad contra los animales como ”el mejor ejemplo de jacobinismo legislativo”. El ex-jacobino pasó a ser el apuntador de la reacción antijacobina en Inglaterra. Directa o indirectamente, su influencia se encuentra detrás de las leyes contra los escritos sediciosos y la correspondencia traidora, de prácticas traidoras y de reuniones sediciosas (1792-94), detrás de la derrota de las reformas parlamentarias, detrás de la suspensión del acta de habeas corpus, y del aplazamiento, durante toda una generación, de la emancipación de las minorías religiosas de Inglaterra. Y, en vista de que el conflicto con la Francia revolucionaria ”no era ocasión de hacer experimentos azarosos”, también al mercado de esclavos se le concedió derecho a la vida … en nombre de la libertad.

Exactamente de la misma manera, nuestros ex-comunistas, por la mejor de las razones, hacen las cosas más execrables. El ex-comunista avanza brevemente en primera línea en toda caza de brujas. Su ciego odio hacia su anterior ideal es una levadura para el conservadurismo contemporáneo. No es raro que los ex-comunistas denuncien la más suave tendencia del ”estado benefactor” como ”bolchevismo legislativo”. El ex-comunista hace una contribución de peso al clima moral en que se incuba la contrapartida moderna de la reacción anti-jacobina inglesa.

La grotesca actuación del ex-comunista es un reflejo de la situación sin salida en que él mismo se encuentra. La situación sin salida no es exclusivamente suya; él se encuentra en el mismo callejón en que toda una generación lleva una vida incoherente y perpleja.

El paralelo histórico aquí trazado se extiende al paisaje general de las dos épocas. El mundo está escindido entre el stalinismo y la alianza anti-stalinista de modo muy parecido a como estuvo escindido entre la Francia napoleónica y la Santa Alianza. Es una escisión entre una revolución ”degenerada”, explotada por un déspota, y una agrupación de intereses conservadores predominantes, aunque no exclusivos. En términos de política práctica, la elección parece estar ahora, como lo estuvo entonces, limitada a esas alternativas. Sin embargo, los aspectos buenos y malos de esa controversia están tan desesperadamente confundidos que, cualquiera que sea la elección que se haga, y cualesquiera que sean los motivos prácticos de la misma, es casi seguro que a la larga, y en el sentido más ampliamente histórico, esté equivocada.

Un hombre honrado y de mente crítica podría reconciliarse tan poco con Napoleón como con Stalin. Pero, a pesar de la violencia y engaños de Napoleón, el mensaje de la revolución francesa sobrevivió para resonar poderosamente durante todo el siglo XIX. La Santa Alianza liberó a Europa de la opresión napoleónica y, por algún momento, su victoria fue aclamada por la mayoría de los europeos. No obstante, lo que Castlereagh, Metternich y Alejandro I tenían que ofrecer a la Europa ”liberada” era meramente la conservación de un viejo orden en descomposición. Así, los abusos y la agresividad de un imperio engendrado por la revolución permitieron seguir viviendo al feudalismo europeo. Ése fue el más inesperado triunfo de los ex-jacobinos. Pero el precio que pagaron fue que ellos mismos, y su causa antijacobina, aparecieron como anacronismos viciosos y ridículos. En el año de la derrota de Napoleón, Shelley escribió a Wordsworth:

In honoured poverty thy voice did weave
Songs consecrate to truth and liberty —
Deserting these, thou leavest me to grieve,
Thus having been, that thou shouldst cease to be.[2]

Si nuestros ex-comunistas tuviesen algún sentido histórico, harían bien en ponderar esa lección.

Algunos de los animadores ex-jacobinos de la reacción antijacobina tenían tan pocos escrúpulos ante su cambio de chaqueta como los Burnhams y los Ruth Fischers de hoy. Otros sentían remordimientos, y se excusaban mediante el recurso al sentimiento patriótico, o a una filosofía del mal menor, o a ambas cosas, para explicar por qué habían tomado el partido de las viejas dinastías contra un emperador advenedizo. Aunque no negasen los vicios de las cortes y de los gobiernos que en otro tiempo habían denunciado, alegaban que aquellos gobiernos eran más liberales que Napoleón. Eso era sin duda verdad en el caso del gobierno de Pitt, aunque a la larga la influencia social y política de la Francia napoleónica en la civilización europea fuese más permanente y fecunda que la de la Inglaterra de Pitt; y no hay ni que hablar de la Austria de Metternich o la Rusia del zar Alejandro. ”¡Qué pena que todas las mejores esperanzas de la tierra estén puestas en ti!”: ése fue el suspiro de resignación con que Wordsworth se reconcilió con la Inglaterra de Pitt. ”Mucho más abyecto es tu enemigo”, era su fórmula de reconciliación.

”Muchísimo más abyecto es tu enemigo”, podría haber sido el lema de The God that Failed y de la filosofía del mal menor expuesta en sus páginas. El ardor con que los escritores de ese libro defienden al Occidente contra Rusia y el comunismo es a veces enfriado por la incertidumbre o por una inhibición ideológica residual. La incertidumbre aparece entre líneas de sus confesiones, o en curiosos apartes.

Silone, por ejemplo, describe aún la Italia pre-mussoliniana contra la que, en su condición de comunista, se había rebelado, como ”pseudodemocrática”. Apenas cree que la Italia post-mussoliniana sea mejor, pero ve a su enemigo staliniano como ”más, mucho más abyecto”. En mayor medida que los demás coautores del libro que comentamos, Silone tiene conciencia del precio que los europeos de su generación han pagado ya por la aceptación de filosofías de mal menor. Louis Fischer aboga por la ”doble repulsa” del comunismo y del capitalismo, pero su repulsa de este último suena a débil fórmula para salvar la cara; y su culto recién descubierto del gandhismo no hace otra impresión que la de un escapismo embarazoso. Pero es Koestler quien, ocasionalmente, en medio de toda su afectación de frenesí anticomunista, revela algunas curiosas reservas mentales: ”…si revisamos la historia — dice — y comparamos los fines elevados en cuyo nombre empiezan las revoluciones, con el triste final al que conducen, vemos una y otra vez cómo una civilización corrompida corrompe a sus propios productos revolucionarios” (el subrayado es mío). ¿Ha meditado Koestler las implicaciones de sus propias palabras, o no hace otra cosa que acuñar un bon mot? Si el ”producto revolucionario”, el comunismo, ha sido realmente ”corrompido” por la civilización contra la que se ha rebelado, entonces, por repulsivo que el producto pueda ser, la fuente del mal no está en el mismo, sino en aquella civilización. Y eso será así con independencia del celo con que el propio

Koestler pueda hacer de abogado de los ”defensores” de la civilización a lo Chambers.

Aún más sorprendente es otro pensamiento — ¿o quizás es también solamente un bon mot? — con el que Koestler pone inesperadamente fin a su confesión:

”Serví al partido comunista durante siete años, el mismo tiempo que Jacob pastoreó las ovejas de Labán para conseguir a Raquel. Cuando el tiempo estuvo cumplido, la novia fue conducida a la oscura tienda de Jacob; hasta la mañana siguiente no descubrió éste que sus ardores se habían dirigido no a la amable Raquel, sino a la desagradable Lía.

Me pregunto si Jacob se recuperó alguna vez de la conmoción emocional de haber dormido con una ilusión. Me pregunto si después creyó haber creído alguna vez en aquélla. Me pregunto si el final feliz de la leyenda se repetirá; porque, al precio de otros siete años de esfuerzos, Jacob obtuvo también a Raquel, y la ilusión se hizo carne.

Y los siete años no le parecieron más que unos pocos días, por el amor que le tenía.”

Uno puede pensar que Jacob-Koestler se entrega a la ingrata reflexión de si no habrá dejado demasiado precipitadamente de pastorear las ovejas de Labán-Stalin, en vez de esperar con paciencia a que su ”ilusión se hiciese carne”.

Mis palabras no pretenden censurar, ni menos castigar, a nadie. Mi propósito, conviene repetirlo, es poner de relieve una confusión de ideas que el intelectual ex-comunista no es el único en padecer.

En uno de sus artículos recientes, Koestler desahoga su irritación contra aquellos buenos viejos liberales que se escandalizaron por el exceso de celo anticomunista en un antiguo comunista y le vieron con el disgusto con que la gente ordinaria ve al ”sacerdote que cuelga la sotana y se lleva a una muchacha al baile”.

Bueno, los buenos viejos liberales pueden tener razón, después de todo: es posible que ese tipo peculiar de anticomunista les parezca como un cura que cuelga la sotana y se ”lleva al baile” no precisamente una muchacha, sino una ramera. La completa confusión intelectual y emocional del ex-comunista le hace inadecuado para toda actividad política. Está acosado por una vaga sensación de haber traicionado o sus ideales anteriores o los ideales de la sociedad burguesa; como Koestler, puede incluso tener una noción ambivalente de haber traicionado unos y otros. Entonces intenta suprimir su sentimiento de culpabilidad e incertidumbre, o esconderlo con una manifestación de extraordinaria certidumbre y frenética agresividad. Insiste en que el mundo debería ver la incómoda conciencia que él padece como la más clara de las conciencias. Es posible que el ex-comunista deje de interesarse por toda causa que no sea ésta: la de su propia autojustificación. Y, para cualquier actividad política, ése es el más peligroso de los motivos.

Parece que la única actitud digna que el intelectual ex-comunista puede adoptar es la de elevarse au-dessus de la mêlée. No puede unirse al campo stalinista, ni a la Santa Alianza anti-stalinista, sin hacer violencia a lo mejor de sí mismo. Dejémosle, pues, que se mantenga aparte de ambos campos. Dejémosle que trate de recuperar el sentido crítico y la imparcialidad intelectual. Dejémosle superar la pequeña ambición de meter un dedo en el pastel político. Dejémosle en paz al menos con su propio yo, si el precio que ha de pagar por una falsa paz con el mundo es la renuncia de sí mismo y la denuncia de sí mismo.

Eso no quiere decir que el ex-comunista que sea escritor, o intelectual en general, deba retirarse a la torre de marfil. (De su pasado le queda un desprecio por la torre de marfil.) Pero sí puede retirarse a una torre de observación, a una atalaya. Observar alerta y con im parcialidad este inquieto caos de mundo, estar al acecho de lo que pueda brotar del mismo e interpretarlo sine ira et studio; ése es ahora el único servicio honorable que el intelectual ex-comunista puede ofrecer a una generación en la que la observación escrupulosa y la interpretación honrada se han hecho tan tristemente raras. (¿No es chocante lo poco que se encuentra de observación e interpretación, y lo mucho de íilosofismos y sermoneos, en los libros de la pléyade de los escritores ex-comunistas de talento?)

Pero, ¿puede ahora verdaderamente el intelectual ser un observador imparcial de este mundo? Aunque el tomar partido le haga identificarse con causas que no son la suya, ¿no tiene igualmente que tomar partido? Bien, podemos recordar a algunos grandes ”intelectuales” del pasado que, en una situación similar, se negaron a identificarse con ninguna causa establecida. Su actitud parecía incomprensible a muchos de sus contemporáneos: pero la historia ha probado que su juicio había sido mejor que las fobias y odios de su tiempo. Podemos mencionar aquí tres nombres: Jefferson, Goethe y Shelley. Los tres, cada uno de ellos de una manera diferente, tuvieron que enfrentarse a la opción entre la idea napoleónica y la Santa Alianza. Los tres, cada uno de ellos de manera diferente, se negaron a elegir.

Jefferson fue el más leal de los amigos de la revolución francesa en el período heroico de sus comienzos. Estaba dispuesto a perdonar incluso el terror, pero se apartó con disgusto del ”despotismo militar” de Napoleón. Sin embargo, no tuvo trato alguno con los enemigos de Bonaparte, los ”hipócritas liberadores” de Europa, como él les llamaba. Su imparcialidad no era meramente lo que convenía al interés diplomático de una república joven y neutral; brotaba naturalmente de las convicciones republicanas y de la pasión democrática del propio Jefferson.

A diferencia de Jefferson, Goethe vivió en el mismo centro de la tormenta. Las tropas de Napoleón y los soldados de Alejandro, por turno, establecieron sus cuarteles en Weimar. Como ministro de su príncipe, Goethe se inclinó de modo oportunista ante uno y otro invasor; pero como pensador y como hombre se mantuvo no comprometido y apartado. Era consciente de la grandeza de la revolución francesa y estaba impresionado por sus horrores. Saludó el sonido de los cañones franceses en Valmy, como la obertura de una época nueva y mejor, y supo ver a través de las locuras de Napoleón. Aclamó el momento en que Alemania se liberó de Napoleón, y tuvo una aguda conciencia de la miseria de aquella ”liberación”. Su alejamiento, en ese y en otros asuntos, le valieron el sobrenombre de ”el olímpico”; y no siempre se pretendía que esa etiqueta fuese enaltecedora. Pero su aspecto olímpico no se debía a su indiferencia por el destino de sus contemporáneos. Velaba su drama personal: su incapacidad y falta de ganas de identificarse con causas que eran un inextricable revoltijo de elementos buenos y malos.

Finalmente, Shelley contempló el choque de los dos mundos con toda la ardiente pasión, ira y esperanza de que era capaz su gran alma joven: indudablemente él no era un ”olímpico”. Aun así, ni por un momento aceptó las pretensiones santurronas de ninguno de los beligerantes. A diferencia de los ex-jacobinos, más viejos que él, fue fiel a la idea republicana jacobina. En su condición de republicano, y no como patriota de la Inglaterra de Jorge III, dio la bienvenida a la caída de Napoleón, aquel ”esclavo sin verdaderas ambiciones” que ”bailó e hizo cabriolas sobre el sepulcro de la libertad”. Pero, como republicano, sabía también que ”la virtud tiene un enemigo más eterno” que las violencias y los fraudes bonapartistas: ”la vieja costumbre, el crimen legal y la fe sanguinaria”, encarnados en la Santa Alianza.

Los tres — Jefferson, Goethe y Shelley — fueron en cierto sentido ajenos al gran conflicto de su época, y por eso la interpretaron con mayor verdad y penetración que los asustados y odiadores partidistas de uno y otro lado.

Es una lástima y una vergüenza que la mayor parte de los intelectuales ex-comunistas se inclinen a seguir la tradición de Wordsworth y Coleridge mejor que la de Goethe y Shelley.


Notas:

[1] En aquella aurora era una felicidad estar vivo;
¡pero ser joven era el cielo mismo!

[2] En una honrada pobreza tu voz tejió / cantos consagrados a la verdad y la libertad. / Al abandonarlos, me haces que lamente / que, habiendo sido así, hayas dejado de serlo.


Un análisis de la situación en Venezuela más allá de los lugares comunes

Venezuela se ha convertido en un Estado mafioso en el cual su cúpula dirigente se enfrenta con una oposición que también responde a intereses claramente espurios, apoyado por unas potencias que continúan con una línea de injerencia y reproducen una historia de siglos de dependencia.

Por Decio Machado / Universidad Nómada del Sur (Centro de Estudios de Geopolítica Crítica en América Latina)

El pasado 23 de enero el legislador Juan Guaidó se autoproclamó presidente encargado de la República Bolivariana de Venezuela. Este joven diputado por el Estado de Vargas, desconocido hasta hace apenas unos días por la mayoría de los venezolanos y especialmente por la comunidad internacional, pertenece al partido Voluntad Popular —organización política fundada en diciembre del 2009 bajo el liderazgo de Leopoldo López— y fue nombrado como presidente de la Asamblea Nacional tan solo 18 días antes de su autoproclamación presidencial.

Guaidó, de apenas 35 años, comenzó a incursionar en política en su etapa universitaria. Fue uno de los dirigentes estudiantiles de la llamada “generación de 2007”, movimiento opositor del entonces presidente Hugo Chávez. De ahí pasó a la política institucional ganando su curul en las elecciones legislativas de 2011 y siendo reelegido en 2016.

El rol asumido por Juan Guaidó implica un cambio en las estrategias de una oposición que, pese a las debilidades del régimen, se ha caracterizado por su fragmentación interna y la pugna entre los distintos líderes. A la postre, esta situación es la que permitió la supervivencia de Nicolás Maduro en el poder pese a su escasa legitimidad política y social. Sin embargo, con gran parte de los liderazgos opositores en condición de exiliados o inhabilitados por la “justicia” bolivariana —caso de Leopoldo López, Antonio Ledezma, Julio Borges o Henrique Capriles entre otros—, una figura como Guaidó, relegada al segundo plano político en la oposición hasta hace escasos días, ha pasado a tomar un rol protagónico y posiblemente decisivo en la actual coyuntura política del país.

Apenas segundos después de que Juan Guaidó expresara la frase de la autoproclamación —“Juro asumir formalmente las competencias del Ejecutivo Nacional como el presidente encargado”—, el mandatario estadounidense, Donald Trump, y el secretario general de la OEA, Luís Almagro, entraban en escena cumpliendo un rol estratégicamente preasignado. De esta manera, se inauguraba una cada vez más amplia lista de países y organismos internacionales que han ido paulatinamente reconociendo al nuevo líder opositor en desmedro de Nicolás Maduro.

Analizar el resultado del reciente movimiento de piezas realizado por un sector de la oposición en el tablero político venezolano requiere una objetividad de la que lamentablemente la mayoría de opinadores andan escasos.

En este sentido haremos un esfuerzo aplicado sobre los siguientes cuatro ejes de esta crisis: legitimidad o no de la autoproclamación presidencial de Guaidó; cuál es la realidad tras la injerencia extranjera en el país; cuáles son las estrategias de los actores en conflicto y los escenarios más factibles que podrían generarse; y, por último, cuál sería la resolución más adecuada para los interés populares.

ILEGITIMIDAD DEMOCRÁTICA DE LOS PODERES EN PUGNA

En primer lugar, se debe indicar que el proceso electoral del pasado 20 de mayo, por el cual Nicolás Maduro fue elegido —con el 67,84% de los votos emitidos— por segunda vez como presidente de Venezuela para el período 2019-2025—, se dio en el marco de amplias irregularidades tanto en su convocatoria como durante el proceso electoral. Lo anterior incluye la inhabilitación de diversos candidatos, el impedimento de participación de múltiples partidos opositores, la falta de competencias constitucionales de la Asamblea Constituyente para convocar a elecciones, la falta de tiempo para los lapsos establecidos en la normativa electoral y las múltiples denuncias por compra de votos.

Fueron varios los organismos internacionales que denunciaron la carencia de garantías democracias y transparencia en el proceso electoral, lo que conllevó a que incluso Nacional Unidas desestimara su participación con observadores electorales.

Este cuestionamiento también se dio en el interior de Venezuela, registrándose la abstención más alta en la historia de los comicios presidenciales desde la llegada de la democracia al país en 1958. Mientras la participación electoral en 2006 había sido del 74,7%; en 2012, del 80,5% y en 2013, del 79,6; en 2018, apenas alcanzó el 46% de los electores, es decir, votó menos de la mitad de la población convocada. De un censo electoral de 20,5 millones de ciudadanos tanto solo 9,4 millones se personaron ante las urnas, respaldando al régimen del Nicolás Maduro tan solo 6,2 millones de ellos.

Sin embargo y más allá de lo anterior, la aplicación del artículo 233 del Constitución (en el cual se estable que si un presidente electo no puede juramentar para iniciar su mandato, la presidencia debe encargarse al presidente de la Asamblea Nacional hasta que se designe un nuevo mandatario) no es aplicable en las actuales circunstancias.

Dicho artículo fue diseñado ante la posibilidad de que un presidente electo no pudiera asumir el mando del país, situación muy lejana a la realidad que vive en la actualidad Venezuela. Lo que existe en este momento es un mandatario que no ha sido reconocido por la mayor parte de la sociedad de su país, pero no un vacío de poder.

Así las cosas, la autoproclamación de Guaidó y su reconocimiento internacional obedece a lógicas políticas nacionales e internacionales, pero carece de fundamento jurídico. En lo que respecta al ámbito regional y más allá de la vergonzosa actuación de la OEA, la actual coyuntura se da con una Unasur absolutamente desactivada tras la implementación de una nueva hegemonía neoliberal en Sudamérica.

Lamentablemente quedan en el olvido los precedentes instaurados por este organismo de integración ante la crisis política en Bolivia en 2008, el golpe de Estado contra el presidente Zelaya en Honduras en junio del 2009, la instalación de bases militares de EE UU en Colombia en agosto de 2009, la tensiones fronterizas y geopolíticas fruto de la ruptura de relaciones entre Colombia y Venezuela en agosto del 2010, la crisis en Ecuador tras el amotinamiento policial en septiembre de 2010, el derrocamiento del presidente Fernando Lugo en Paraguay en junio del 2012 o los intentos de desestabilización en Venezuela entre abril del 2013 y marzo del 2015, momento en el cual los mandatarios suramericanos convocados en cumbre presidencial reconocieron al presidente Maduro y la legitimidad del proceso electoral de abril del 2013.

INJERENCIA EXTRANJERA EN ASUNTOS INTERNOS DE VENEZUELA

Pese a las dos décadas de gobierno chavista en Venezuela, Estados Unidos sigue siendo el principal importador de petróleo venezolano y también el primer proveedor de divisas a Venezuela. Sin embargo, y pese a los ríos de tinta expresados en sentido contrario por analistas de la izquierda tradicional, el interés estadounidense sobre el petróleo venezolano está estrictamente enmarcado en las actividades de sus compañías transnacionales.

La dependencia estadounidense del petróleo extranjero se ha reducido drásticamente en los últimos años, pasando a ser un país casi autosuficiente fruto del brutal desarrollo de su industria del fracking. Lo anterior no quita que, tal y como ya ha anunciado John Bolton, asesor de Trump en la Casa Blanca, exista un interés de las empresas petroleras estadounidenses en invertir y producir petróleo en Venezuela, condición atada a la salida de Nicolás Maduro del palacio presidencial de Miraflores.

Estados Unidos se ha despreocupado sistemáticamente de Venezuela y del resto del subcontinente desde el año 2001, momento en que la Administración Bush procedió con sus guerras en el Golfo Pérsico y Afganistán. Desde la llegada de Donald Trump al despacho oval, lo que se visualiza en Washington es un fuerte desinterés por diseñar una política estratégicamente bien pensada, ambiciosa, sistemática y enfocada a la defensa de los intereses de los Estados Unidos y el de sus aliados.

La pasada semana incluso el Senado estadounidense votó —con mayoritario apoyo de demócratas y republicanos— en contra de lo que definió como “precipitada retirada” de tropas de Siria y la reducción de sus soldados en Afganistán. En este sentido, parecería que los beligerantes discursos de Trump y las presiones diplomáticas estadounidenses tendrían como objetivo real el resintonizar con el electorado republicano más ideológicamente radical, condición necesaria tras el estancamiento de la propuesta presidencial respecto a construir un gigantesco muro en su frontera con México.

En el lado contrario de la barricada aparecen Rusia y China, quienes son los principales proveedores de armas de Venezuela. El apoyo político ruso a Maduro es meramente pecuniario, pues más allá de los intereses políticos —Venezuela ha expresado su apoyo a Rusia en temas como el reconocimiento de Abjasia, Osetia del Sur y la situación en Ucrania—, soportan en torno al 5% de la deuda pública externa del país, la cual tuvo como finalidad financiar la compra de aviones de combate y un par de submarinos.

En este sentido y ante un cambio de régimen, Vladimir Putin corre el riesgo de perder más de 17.000 millones de dólares invertidos en el país caribeño durante las últimas dos décadas. La mayor parte de estos a través de adjudicaciones poco transparentes por parte del establishment bolivariano a la petrolera estatal rusa Rosneft.

En el caso de China, su relación con Venezuela deviene del plan del presidente Xi Jinping para extender la influencia de Beijing a nivel internacional. Pese a que varios países se han ido retirando de hacer negocios con Caracas en los últimos años, la República Popular China ha duplicado su apoyo. Durante la última década, Venezuela ha recibido más de 62.000 millones de dólares de China, principalmente en créditos, lo que representa el 53% del total de montos prestados por el gigante asiático en América Latina.

China posee en la actualidad un valor de 23.000 millones de dólares de la deuda externa de Venezuela, lo que les convierte en el mayor acreedor del país y el actor que hace todavía sostenible —gracias a su billetera— al régimen de Nicolás Maduro. Un cambio de gobierno con tendencia pro-estadounidense podría complicar los mecanismos de pagos de la deuda externa venezolana.

ESTRATEGIA DE LOS ACTORES EN CONFLICTO Y ESCENARIOS PREVISIBLES

El escenario político abierto tras la autoproclamación presidencial de Juan Guaidó tiene objetivos claros y concretos: incrementar aun más el actual desgaste y deslegitimación política a la que está sometido Nicolás Maduro y su camarilla al interior de Venezuela; posicionar un nuevo liderazgo político en el país buscando unificar a los partidos opositores bajo una misma estrategia; terminar de aislar globalmente al régimen bolivariano mediante la implementación de sanciones internacionales; y, ante la potencialidad del actual envite, resquebrajar el apoyo de las Fuerzas Armadas a Nicolás Maduro.

En este sentido, Donald Trump ya articuló medidas que van directamente al punto más frágil de la economía venezolana sancionando a la petrolera estatal PDVSA y bloqueando sus activos y cuentas. Citgo, una empresa venezolana que opera en Estados Unidos con miles de instalaciones, refinerías y gasolineras será entregada a la oposición política. A partir de ahora los fondos que debe pagar Estados Unidos al gobierno venezolano serán abonados a un pretendido Gobierno de Juan Guaidó. Se busca terminar de colapsar económicamente al régimen de Maduro —el FMI proyecta para este año una hiperinflación del 10.000.000%— sin importar el impacto que dicho tipo de acciones tienen sobre una sociedad venezolana, la cual vive inmersa en la escasez de alimentos y medicinas.

Esta condición se da con una PDVSA en condición de default y una producción petrolera —fruto de la ineficiencia gubernamental y la corrupción institucional— al nivel más bajo de las últimas tres décadas: 1,3 millones de barriles diarios.

Lo anterior se hace posicionando un liderazgo nuevo, buscando superar la frustración que sintió una parte de la población venezolana tras los cuatro meses de protestas desarrollados en 2017 y que se saldaron con 125 muertos. De momento, líderes opositores tradicionales como Henrique Capriles o Henry Ramos Allup no están apareciendo en busca de protagonismo y tampoco cuestionan la nueva estrategia opositora, lo que parece indicar un pacto transitorio pese a que hay descontento por el apoyo explícito de Estados Unidos a la estrategia diseñada desde Voluntad Popular.

Por su parte, Nicolás Maduro y la boliburguesía instalada en el poder no parece tener una estrategia que vaya más allá de buscar una lógica de estancamiento en la resolución del conflicto. Para ello es posible que se opte por una opción de dialogo con la oposición bajo el objetivo de ganar tiempo.

Una vez agotado la estrategia del culto a la personalidad de Hugo Chávez, al régimen de Maduro tan solo le queda dotar de instrucción militar a los sectores de la población más incondicionales con su régimen. Con el objetivo anunciado de llegar a dos millones de milicianos reclutados y armados para defender su gobierno, el régimen busca hacer una demostración de fuerza que atemorice la iniciativa política opositora y desmovilice, bajo la estrategia del miedo, las presumibles y permanentes movilizaciones en las calles que se avecinan. De hecho, un estudio de la firma Torino Capital —un banco de inversiones y broker de bolsa con sede en Nueva York y amplias inversiones en América Latina— asigna tan sólo el 40% de probabilidades y el 30% de posibilidades a un escenario donde el Gobierno de Maduro se vea obligado a convocar elecciones presidenciales anticipadas.

En paralelo, Maduro busca diminuir el impacto de las sanciones estadounidenses sobre PVDSA incrementando la venta de petróleo a intermediarios que luego revenderían los barriles en Estados Unidos u otros países, así como mediante el aumento de la exportación de crudo a China e India. En paralelo, se ha lanzado una iniciativa que busca nuevos proveedores para adquirir los diluyentes que permiten comercializar los crudos pesados de la Faja del Orinoco y los combustibles que compran en el exterior por las fallas permanentes en las refinerías del país.

Proyectando al corto plazo, el gobierno de Maduro debe gastar de forma inmediata unos 3.000 millones de dólares para poder atender las necesidades en importación de productos básicos —buena parte de ellas han sido reorientadas hacia México, Rusia y Turquía— como harina, arroz, pasta y leche en polvo que vende a precios subsidiados a la población de menos ingresos y la compra de combustible para evitar fallas en las bombas de gasolina e interrupciones en el servicio eléctrico. En todo caso, se prevé que baje el suministro de alimentos, que haya problemas con el abastecimiento de gasolina y es muy probable que aumenten los apagones y otro tipo de fallas eléctricas.

Por último, ante la inminente caída en el ingreso de divisas, el Banco Central de Venezuela implementa medidas de emergencia para evitar la escalada del dólar y una mayor devaluación del bolívar. En este sentido, se pretende recortar severamente el crédito y aumentar de manera sustancial la porción del dinero que las entidades financieras tienen que congelar como reservas. En todo caso, es previsible que la hiperinflación no se vaya a detener, dado que la causa fundamental de esta es que el Gobierno crea dinero sin respaldo para cubrir en grandes cantidades sus gastos. Incluso lo más probable es que la contracción del crédito profundice la actual recesión económica que tuvo su punto de arranque en 2013 y se agudizó a partir del 2015.

Si la oposición política venezolana no lograra resquebrajar el apoyo militar a Maduro, condición inevitable para sacarle del poder, lo previsible es que la reducción en el ingreso de divisas obligue a recortar severamente las importaciones de materia prima e insumos en el país. Un reciente análisis de compañía Credit Suisse sentencia que las sanciones estadounidenses sobre Venezuela, debido a la restricción en divisas empujará al tipo de cambio y la inflación, traerá una mayor recesión.

En todo caso, pudiera ocurrir que la estrategia estadounidense y opositora convierta al gobierno de Nicolás Maduro en una especie de big brother que lo mantenga en el poder con un país aún más empobrecido donde el único que tenga algo que repartir sea él gracias a sus negociaciones con China, Rusia, Turquía y México.

LA MEJOR SOLUCIÓN POSIBLE

Lo primero que hay que entender es que ya no se trata de una disputa ideológica o de clase. El Gobierno actual en Venezuela tiene más que ver con prácticas fujimoristas que con las implementadas por el chavismo durante sus momentos de mayor legitimidad político-social. Ser chavista hoy en Venezuela no tiene por qué significar el apoyo al régimen de Nicolás Maduro. A la par, han sido los barrios populares de Caracas los que han protagonizado las movilizaciones populares durante estas últimas noches, precisamente aquellos anteriormente bajo control del régimen.

Venezuela se ha convertido en un Estado mafioso en el cual su cúpula dirigente se enfrenta con una oposición que también responde a intereses claramente espurios. Lo ideal, pero poco factible, sería que en este contexto se constituyera una tercera fuerza, en este caso de carácter social y con protagonismo de la sociedad civil, con el fin de imponer la voluntad mayoría que implicaría una salida política alejada del derramamiento del sangre y el intervencionismo extranjero.

En la práctica, la salida política más adecuada es la convocatoria de unas elecciones libres, lo que implica cuestiones colaterales como la implementación inmediata de un nuevo Consejo Nacional Electoral —órgano rector de la democracia actualmente en manos del partido de gobierno— conformado estrictamente para este momento por académicos y figuras con reconocimiento nacional no vinculados a intereses partidistas.

No cabe duda que Nicolás Maduro debe marcharse del país, posiblemente con destino a algún país aliado que le brinde —al menos inicialmente— protección. En paralelo, los militares de tropa deberían entender que pese a los actuales privilegios de los que gozan sus mandos no deben ejercer la represión sobre la mayoría disidente de su sociedad, y tampoco deben ser cómplices de la represión que en la actualidad ejercen los grupos paramilitares que responden al régimen. De acuerdo a los registros levantados por Provea —organización social dedicada a la defensa de los derechos humanos en Venezuela—, las Fuerzas de Acciones Especiales (FAES) de la Policía Nacional Bolivariana son responsables del asesinato de 205 ciudadanos entre los meses de enero y diciembre de 2018.

Una escenario de guerra al interior de Venezuela fruto de una hipotética invasión extranjera al país, escenario poco probable, pero argumento sobre el cual se ha intentado legitimar desde hace años el régimen, no le daría la más mínima posibilidad de victoria a la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB) pese a las importantes inversiones en armamento realizadas en los últimos años.

Más allá de los enardecidos discursos pretendidamente heroicos y patrióticos de Nicolás Maduro, Estados Unidos sigue siendo la primera potencia militar del planeta y dispone de una amplia capacidad para realizar operaciones militares quirúrgicas con menor exposición que en sus contiendas durante el pasado siglo, mientras Venezuela ocupa el puesto 45 del ránking militar entre 131 países. Una guerra en Venezuela se parecería más a lo sucedido en Iraq y Libia que al tan recurrido ejemplo de Vietnam.

Lo más probable es que los hoy valientes y patrióticos mandos del ejército bolivariano busquen mecanismos por los cuales negocien amnistías y sobreseimientos en las investigaciones que pudieran iniciarse sobre ellos por casos de corrupción y acciones represivas contra la población civil, momento en el cual podrían abandonar a Maduro a su suerte si es que lo consideran como el perdedor de la actual disputa.

Fuente: https://www.elsaltodiario.com/la-ruta-del-jaguar/analisis-de-la-situacion-en-venezuela-maduro-guaido-lugares-comunes

El fin de Brasil como potencia global emergente

por Raúl Zibechi

«Del ridículo no se vuelve», acostumbraba decir el general argentino Juan Domingo Perón parafraseando a otro presidente, Domingo Faustino Sarmiento.

La frase se puede aplicar con todo rigor al papelón de Jair Bolsonaro en el Foro de Davos, donde tenía 45 minutos para explicar su programa de gobierno ante la crema de los empresarios del mundo, pero la inspiración se le agotó en apenas seis y medio. Peor aún, dejó plantados a los medios y a los organizadores al suspender la rueda de prensa, que todos los mandatarios ofrecen, junto a tres de sus ministros.

Bolsonaro no tiene mucho para decir pero, sobre todo, no sabe cómo hacerlo. Sigue actuando de la misma manera que lo hacía cuando era un oscuro diputado. O, como lo describela periodista Eliane Brum, «sigue creyendo que está en campaña y que seguirá ganando al grito de las redes sociales». Para la periodista, la más laureada de Brasil, Bolsonaro tiene un «nivel escolar» y su intervención «sonaba como la de un estudiante mediocre presentando un trabajo copiado a un colega, porque no tenía convicción y las frases no se conectaban unas con otras».

«La mediocridad es peligrosa», reflexiona Brum, ya que el presidente se comporta como un hincha de fútbol. «Me dio miedo», dijo el Nobel de Economía Robert Shiller: «Brasil es un gran país que merece algo mejor». Una personalidad como la Bolsonaro al frente de un país de 200 millones de habitantes y la décima economía del mundo, no puede dejar de preocupar incluso a quienes lo apoyaron.

Uno de sus hijos, Flavio, senador electo y diputado de Río de Janeiro durante cuatro mandatos, se enriqueció de forma muy rápida con cantidades muy por encima de sus ingresos, por lo que están siendo observado porque se sospecha corrupción. Peor aún, estaría involucrado con grupos paramilitares como «Escritorio del Crimen», el responsable del asesinato de la concejal Marielle Franco.

Flavio contrató a la madre y la esposa de Adriano da Nóbrega, líder del grupo actualmente fugado, para trabajar en su despacho, y entregó al criminal la medalla Tiradentes, la más alta distinción que ofrece la Asamblea Legislativa de Río, cuando estaba preso por homicidios cometidos como miembro de la Policía Militar.

El vicepresidente, el general Hamilton Mourao, ha desmentido decisiones de Bolsonaro y de su canciller, como la promesa de campaña de que Brasil trasladaría la embajada en Israel a Jerusalén. Algunos países árabes como Arabia Saudí presionan para cortar las importaciones de carne brasileña si se llegara a concretar.

En los medios políticos se suceden las especulaciones que van desde un impeachment a Bolsonaro, hasta un «golpe suave» para apartarlo del poder o dejarle un papel decorativo. El periodista brasileño Pepe Escobar señala que la red Globo tendría un «documental explosivo que muestra que el atentado con cuchillo que sufrió en septiembre pasado, durante la campaña electoral, era en realidad un truco».

Sin embargo, Bolsonaro es un problema menor para Brasil. Los verdaderos, los que están en la base de la neutralización del país como potencia emergente y como líder incluso de la región sudamericana, son mucho más profundos y amenazan con retornar al país al lugar de semicolonia exportadora de materias primas, bajo la sombra de la potencia dominante y sin la menor proyección internacional.

La primera puede sintetizarse en la adquisición de Embraer por Boeing. Bolseando decidió aprobar la venta sin ejercer el derecho de veto que le otorga la posesión de un acción de oro. La nueva sociedad tendrá una estructura en la cual Embraer controlará el 20% y Boeing el 80%, mientras el desarrollo del avión de transporte militar KC-390, realizado enteramente por la brasileña, quedará con 51% para Embraer y 49% para Boeing. Sólo la aviación ejecutiva y de defensa quedarán en manos de Embraer. Por esta operación la brasileña recibirá 3.100 millones de dólares, después de impuestos y gastos de la transacción.

Embraer entregó a Boeing su parcela más lucrativa, siendo la tercera fabricante de aviones comerciales del mundo y vanguardia en los de un solo pasillo. La pregunta que muchos se hacen es si podrá sobrevivir una empresa que fabrica sólo aviones ejecutivos que representan apenas el 26% de la facturación total. El primer problema es la deserción previsible de ingenieros, los cerebros en este tipo de empresas, y nada menos que 4.500 de los 16.000 empleados de Embraer.

Renata Belzunces del Departamento Intersindical de Estadística y Estudios Socioeconómicos, sostiene que la venta de Embraer afecta la soberanía nacional. La empresa estratégica más importante de Brasil se volverá, en su opinión, una mera abastecedora de piezas para EEUU.

Según la economista, es la empresa más innovadora del país y «la principal exportadora de productos de alta intensidad tecnológica capaz de generar desarrollo junto al Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales y al Departamento de Ciencia y Tecnología Aeroespacial». Una empresa de este porte trabaja con decenas de otras, que le suministran productos de alta tecnología conformando un polo tecnológico de avanzada, que ahora quedará muy reducido.

La segunda cuestión es que Brasil queda sometido, por voluntad expresa de sus gobernantes, a ser un mero satélite de EEUU. Según el director del Instituto de Estudios Latino Americanos (IELA), Nildo Ouriques, el sector militar encabezado por Mourao que tiene el verdadero poder en Brasil, «sólo piensa en agradar a Estados Unidos». En su opinión, esta actitud que define como «agringamiento», se relaciona con la dictadura militar (1964-1985) que «pasó a la reserva entre 10 y 12.000 oficiales acusados de nacionalistas o comunistas».

El resultado es que un vicepresidente como Mourao coloca a Brasil en relación de dependencia con la política exterior estadounidense, siendo «incapaz de luchar por la soberanía, observando el mundo con la mirada de los EEUU».

Es evidente que un gran país que pretenda ser potencia emergente y referencia para sus vecinos debe contar con una economía con tecnologías de punta y, sobre todo, debe tener una personalidad propia. La naciones que se someten a una gran potencia, no pueden jugar el papel de líderes o referentes, menos en un período de grandes cambios y sacudones geopolíticos como el actual.

Venezuela: Cuando la izquierda dejó la cancha sola y libre para el imperialismo

Rafael Uzcátegui / Coordinador General de Programa Venezolano de Educación-Acción en Derechos Humanos (Provea)

Hasta el mes de octubre de 2016 era válida una interpretación del conflicto venezolano como una disputa entre dos burguesías por imponer su modelo de dominación. En ese momento hubo una transformación estructural de la disputa, cuando el gobierno de Nicolás Maduro decidió convertirse en una dictadura. La democracia, con todas y sus limitaciones, era el terreno de juego donde todas las fuerzas políticas y sociales podían impulsar una transformación, teniendo como herramientas esas libertades democráticas que, como sabemos, costaron mucha sangre, sudor y lágrimas alcanzarlas. Si la policía asesinaba a un compañero, podíamos denunciarlo ejerciendo la libertad de prensa y expresión y tener la expectativa que los asesinos algún día serían castigados precisamente por esa justicia formal, con todos los adjetivos que deseemos acompañarla. En dictadura sencillamente había que abandonar esas ilusiones y prepararnos o para la resistencia o para la dominación.

Desde ese día hicimos muchas cosas para alertar, adentro y afuera, la gravedad de lo que estaba pasando. En el 2017 fuimos parte de la multitud que en toda Venezuela se movilizó por un cambio, pagando un precio muy alto por ello, en muertos, heridos y exiliados sociales. No fue sino hasta que los miles de venezolanos migrantes llegaron a los países de la región que algunas organizaciones comenzaron a escuchar lo que denunciábamos. Durante mucho tiempo, pero especialmente bajo la dictadura de Maduro, las fuerzas y grupos internacionales de izquierda, salvo excepciones, nos dejaron solos, le dieron la espalda al creciente rugir del pueblo venezolano, hoy una absoluta mayoría, por una transformación del estado de las cosas. En este camino muchos de los jóvenes que protestaban en la calle no podían encontrar referentes en las izquierdas, muchas de ellas por ser cómplices es su silencio, otras abiertamente apoyando, hasta última hora, al autoritarismo y la coerción por hambre y humillación.

Luego de la muerte de Chávez y hasta enero de 2019, para muchos de los progresismos Venezuela se convirtió en un tema incómodo, políticamente incorrecto en su deriva totalitaria. Se dejó de hablar sobre la revolución bolivariana porque era mejor pasar la página. Ahora muchos de los que callaron, conscientemente, ahora denuncian el protagonismo “de las derechas” y del “imperialismo” en la resolución del drama en nuestro país. Los mismos que dejaron la cancha sola, que nunca tuvieron la intención de salir de la camisa de fuerza de las ideologías para escuchar el sufrimiento de las personas de carne y hueso y tener una respuesta a ello.
Hoy, cuando las muchedumbres están desesperadas por un cambio de rumbo, que los saque de la agobiante miseria que padecen y que los obliga a irse, literalmente, caminando sobre la frontera, el liderazgo lo ha asumido la presidencia de la Asamblea Nacional, que guste o no, fue votada por 14 millones de personas. Quien contiene al autoritarismo desbocado del madurismo no es ninguna coalición de fuerzas izquierdistas, sino los países del mundo que por sus propias razones han decidido darle fecha de caducidad al bolivarianismo en el poder. Esta cartografía del conflicto la definió, para volverlo a reiterar, la inacción de las izquierdas y progresismos del mundo, que razonaron y actuaron dejando a su suerte al pueblo venezolano.

No es lo mismo la democracia, imperfecta todo lo que se argumente, a la dictadura. No me cabe en la cabeza ningún activista que, en la España de los cincuentas, hubiera balbuceado siquiera la consigna “Ni Dictadura ni Transición”. O pongámoslo más cerquita, en el Perú de los 90´s, “Ni Fujimori Ni Toledo”. A este despropósito es el que nos convocan, algunos, el día de hoy.

Se puede ser todo lo anti Trump que se desee y, a su vez, estar en contra de todo lo que representa Nicolás Maduro. Yo mismo lo soy. Lo intolerable es asumir una posición que se niegue a incidir en los acontecimientos. Cualquier contención la podemos construir con las multitudes en movimiento. Pero para eso hay que estar en la calle junto a ellas. No invitándolas a la pasividad y la desmovilización.

Trabajar con el cuerpo: Diálogos entre feministas y prostitutas

Por Barbara Bonomi Romagnoli

Sí, sin signo de interrogación: el trabajo sexual es trabajo. Y como tal hay que aceptarlo. No significa que se apruebe esa elección, sino reconocer su dignidad al igual que otras, aceptando al menos detenerse y escuchar lo que las partes directas e interesadas tienen que decir. Y sin tener que recordar cada vez que el tráfico y la explotación son diferentes y que las trabajadoras sexuales están en primera línea del frente en la lucha contra la ilegalidad, el abuso y la violencia. Sí, es cierto que el trabajo sexual elegido sin restricciones concierne a una minoría de personas, pero eludir la comparación porque afecta a pocas personas es como decir: ya no tratamos con minorías étnicas o feministas porque no son la mayoría de la población.

Es indudable que Carla Lonzi declaró, en su momento, que «el feminismo se presentó como la salida entre las alternativas simbólicas de la condición femenina, la prostitución y la clausura: poder vivir sin vender el cuerpo y sin renunciar a él», pero no creo que, como argumentan, entre otras, Monica Ricci Sargentini y Alessandra Bocchetti, que haya sido paradójico, incluso impropio, haber organizado en la Casa internazionale delle donne, en Roma, el 21 de enero, un encuentro público sobre trabajo sexual precisamente en la sala dedicada a Lonzi, la feminista que, en el Manifesto di Rivolta Femminile de 1970, escrita con Carla Accardi y Elvira Banotti, afirmó: «damos la bienvenida a la sexualidad libre en todas sus formas». Al contrario, creo que Lonzi habría escuchado con cuidado y atención, como lo hicieron las doscientas personas presentes, los emocionantes testimonios y las resoluciones subsiguientes, y que abrieron el debate a preguntas y contradicciones que ciertamente no se resolvieron, pero que marcaron un primer paso importante para comenzar a razonar, de forma dialogante, sobre una cuestión candente y quizás, para mucha gente, irritante.

Candente, al punto de hacer saltar los mínimos niveles de respeto mutuo, tal como lo demuestra los ataques violentos sufridos por las organizadoras en las redes sociales o la indebida injerencia de algunas voces del feminismo italiano para evitar que la reunión tuviera lugar en la «casa de todas»; irritante porque hablar de «trabajo sexual» significa debatir no solo con quienes han decidido sin coerción trabajar con su propia sexualidad y con su cuerpo, sino también lidiar con las dudas y los temores, deseos, perturbaciones y rémoras que el hablar de «sexo» implica.

«Durante algún tiempo hemos presenciado en el mundo feminista reacciones emocionales descontroladas en oposición a un planteamiento que reconoce a las prostitutas como interlocutoras iguales porque entiende la prostitución como un hecho político», recordó Maria Rosa Cutrufelli, escritora, autora en 1981 de Il cliente. Inchiesta sulla domanda di prostituzione, la primera investigación que puso el foco sobre el protagonista masculino del asunto. «Hoy se habla de trabajo sexual, una expresión reciente nacida precisamente de la lucha de las prostitutas y tras los debates en los espacios feministas —continuó Cutrufelli— y aunque no puedo seguir opinando, como en los años ochenta, que la prostitución es la institución negra y oscura contrapuesta a la institución clara y blanca del matrimonio, ciertamente —también retomando a Kate Millett y su texto The prostitution papers— se puede afirmar que no ha cambiado en los círculos feministas la resistencia general a reconocer igual dignidad a las mujeres que eligen voluntariamente vender su cuerpo: aquí me gusta hablar de elección voluntaria en lugar de elección libre».

No es de la misma opinión Pia Covre, fundadora con Carla Corso del Comitato per i diritti civili delle prostitute, durante años activa en las redes internacionales y que ha venido desde Pordenone para contar su experiencia personal: «Personalmente, prefiero la expresión “libre elección” porque así es como lo viví yo cuando, en un momento de mi vida, decidí que quería que me pagaran por un intercambio económico-sexual que se daba por supuesto en las relaciones. Me bastó echar dos cuentas para entender que ganaría más dinero que haciendo de camarera».

«Hasta 1982, cuando nacimos como comité, hice política de varias maneras, incluso con los radicales por el derecho al aborto, —ha explicado Covre—, pero nunca había participado en asambleas feministas. Ir a reunirme con ellas y encontrarse frente a un muro fue muy decepcionante, pero esto no me impide sentirme feminista. He pasado mi vida luchando por mi (y nuestra) autodeterminación y libertad, porque, de lo contrario, siempre seremos aplastadas entre las presiones abolicionistas y regulatorias que, en ambos casos, no se preocupan por las condiciones materiales de la vida, incluso las higiénico-sanitarias, de quienes hacen este trabajo, a menudo, incluso para escapar de la pobreza».

Así pues, por un lado, no se elude el nudo de las condiciones materiales de partida que pueden convertirse en limitaciones, por el otro, los protagonistas repiten, el trabajo sexual se elige teniendo bien presente el resto del mundo laboral y lo que implica. Sin embargo, el estigma recae en algunos trabajos y no sobre todos: «Si trabajara para una corporación multinacional o para una sociedad cuya dirección es masculina, como casi siempre, ¿alguna de ustedes también diría que soy una sierva del capitalismo patriarcal? Si comiera cadáveres de animales torturados, mamíferos como yo, o de otras especies, algunos dirían: es una asesina, una especista infame, ¿con la misma gravedad de «la que hace” de prostituta, de stripper o de amante?».

Estas son preguntas dirigidas sobre todo a aquellas feministas que piensan que de ciertos trabajos hay quizá que avergonzarse, hasta el punto de negarlos, sin tener en cuenta todas las variables involucradas. También por esta razón, muchas redes de trabajadoras y trabajadores sexuales entrelazan sus batallas por los derechos civiles con las de los y las migrantes y, al mismo tiempo, piden la despenalización del trabajo sexual y una legislación no represiva sobre el tema de la migración; subrayar que el trabajo sexual no es necesariamente un trabajo por tiempo indefinido y las condiciones de vida pueden cambiar si se protegen los derechos civiles y sociales. El colectivo feminista Ombre Rosse se mueve dentr de este contexto y participó en la reunión aportando testimonios directos para entender quiénes son y qué quieren las personas que realizan un trabajo sexual. Para proteger a sus activistas, el colectivo optó por intervenir de forma anónima y con el apoyo de Silvia Gallerano, actriz e intérprete del monólogo La Merda, con el que ya ha recibido muchos premios internacionales. «Trabajar con el cuerpo significa un montón de cosas incluyendo compartir algo íntimo. Esto es valido para el trabajo sexual, pero también para otros trabajos que involucran cuerpo, sensaciones y relaciones. Muchos trabajos de cuidado suponen intimidad corporal y no solo, muchos trabajos performativos incluyen expresiones corporales e interpretaciones que tienen sus raíces en la esfera íntima», como la trabajadora sexual interpretada por Gallerano, quien agrega: «elegí hacer este trabajo como adulta, después de un camino feminista que me dio la oportunidad de razonar sobre mi estar en el mundo, un razonamiento que no ha concluido porque seguir en ese estar en el mundo también significa volver a cuestionarse continuamente, al menos para mí».

Sin embargo, hay quienes tienen certezas inoxidables y decidieron que cualquiera que tome esta decisión es esclava del patriarcado: «Vender tu cuerpo es una frase que odio y que siempre he odiado. Como si no existiera mi mente, mi inteligencia, como si mi cuerpo se pudiera descuartizar. ¿o tal vez el problema es tener sexo a cambio de dinero? ¿practicar el sexo sin amor? ¿o es el sexo solo el problema?», —la otra voz del colectivo fue directa al grano: «Me gustaría poder trabajar en cooperativas dirigidas por colegas, protegidas del abuso, la explotación y la violencia, incluso por parte de las fuerzas del orden».

Pero es violencia también «hablar y decidir en mi lugar, juzgarme, inferiorizarme, victimizarme y estigmatizarme, querer hacer leyes contra mi libertad de elección: pensé que esto lo hacían sacerdotes, objetores, machistas, no mujeres que se declaran feministas como yo». —concluyó Ombra Rossa— Me gustaría que el pensamiento feminista acepte y respete las subjetividades no conformes, las minorías oprimidas, otras experiencias e identidades, me gustaría que el feminismo rompa definitivamente el esquema patriarcal de santa-puta que dice criticar y, en cambio, reitera».

También porque, como ha señalado Giorgia Serughetti, —investigadora de la Universidad de Milán Bicocca y autora en 2013 de Uomini che pagano le donne—, claramente no podemos seguir apuntando con el dedo sobre la oferta, sino que «también debemos tener en cuenta la complejidad de la demanda, ese mundo variado compuesto en su gran mayoría por hombres, pero ya no solo por hombres, que pregunta y también busca en Internet sexo pagado, siempre en un contexto en el que las relaciones de poder están dentro del marco económico del sistema capitalista. Basta con pensar —agrega Serughetti— en el caso en que se vio a mujeres  pidiendo servicios sexuales a cambio de una remuneración a solicitantes de asilo. La repetición del esquema de poder de un sujeto privilegiado sobre una persona en desventaja (hombre/mujer, blanca/migrante) no solo enfatiza el tema de la desigualdad, sino que también derrumba otro lugar común que quiere ver al cliente como un sujeto desviado».

Finalmente, todas las cartas se mezclan con la actuación de Rachele Borghi, profesora de geografía en la Sorbona y miembro del comité de contratación del CNR francés. A raíz del proyecto colectivo transnacional Zarra Bonheur, compartido con la pornoactivista Slavina, Borghi literalmente ha expuesto las palabras de quienes eligen el trabajo sexual y buscan alianzas políticas con otras sexualidades disidentes y con quienes estén en disposición de aceptar sus vidas. De hecho, no solo recordó que era una feminista transfeminista en la red con muchas otras, sino que, felizmente, montó en secuencia una sección transversal de los razonamientos de las mujeres que luchan por el reconocimiento del trabajo sexual y los argumentos violentos de quienes en las últimas semanas han atacado irrespetuosamente la posibilidad de escuchar diferentes feminismos.

periodista italiana feminista

Fuente: https://27esimaora.corriere.it/18_gennaio_22/lavorare-il-corpo-dialoghi-femministe-prostitute-7c9e0d2e-ff98-11e7-8956-3bd9e98ac74a.shtml

Traducción:Ana Jorge / sinpermiso.info