Ernesto Castro: “El capital más valorado y escaso hoy en día es la atención”

Provocador, original y heterodoxo, el filósofo Ernesto Castro parece entender bien cómo articular un discurso crítico y constructivo digerible para la juventud.

Por Kike Oñate

Ernesto Castro (Madrid, 1990) es doctor y profesor de Filosofía en la Universidad Complutense. Autor de Un palo al agua: ensayos de estética(Micromegas, 2016) y Contra la postmodernidad (Alpha Decay, 2011), su amplia producción intelectual se puede consultar en YouTube, pues a través de un formato conferencial comparte sus clases y charlas en vídeo. Desde el trap a los fundamentos filosóficos de Marine Le Pen o la figura del humorista Chiquito de la Calzada, con Castro se puede hablar de casi todo.

Provocador, original y heterodoxo. Con un pie en el submundo de internet y otro en el conocimiento académico más clásico, este profesor parece entender bien cómo articular un discurso crítico y constructivo digerible para la juventud, en un momento en que el simple hecho de escuchar o debatir se encuentra en riesgo. Prueba de ello son los más de 25.400 seguidores de su canal. En esta ocasión conversamos sobre los grandes debates de la izquierda, la consolidación de las derechas ‘iliberales’ y la contribución del ecologismo político, el feminismo y el antiespecismo dentro de la tradición progresista. Además de intentar revisar la idea del Estado —ahora que este se encuentra en crisis— mediante el viejo ideario anarquista, liberal y anarcocapitalista.

En el vídeo ¿Contra la pedagogía? explicabas cómo funciona tu método de enseñanza en la universidad, caracterizada por difundir las clases a través de Youtube y exponerlas como una conferencia magistral ¿Cómo lo definirías?

Nunca repito las conferencias que ya he dado, lo cual tiene un cierto punto de osadía, y en ocasiones las hago a petición de terceras personas. Esto me supone un desafío constante por el hecho de tener que formarme para hablar de cosas nuevas. De esta manera, diría que mi proceso de producción intelectual va de la mano de mi formación intelectual. Decía Hegel —burlándose de Schelling— que realizó su formación en público, porque escribió según iba leyendo. Yo hago algo parecido, ya que doy las conferencias según voy interesándome por las temáticas o las ideas que me suscita la gente. Además, todo esto lo entiendo como un proceso de autoformación por medio de la conferencia y la rueda de preguntas, que considero el método más participativo, pues requiere un mayor esfuerzo por parte del público. Es más, el capital cognitivo más valorado y escaso hoy en día es la atención, el desarrollo de esas dos virtudes no las paga nadie. Una persona capaz de ser paciente y tolerante incluso consigo mismo —y lo que está escuchando— ha ganado bastante la batalla contra el capitalismo acelerado.

En este sentido, ¿es el feminismo el último fenómeno de masas que consigue politizar conciencias?

Estoy de acuerdo con Íñigo Errejón cuando dijo que es el único movimiento social en España. Si bien no es el más hegemónico, su transversalidad le permite imponer temas que no se habían contemplado hasta entonces. Antes del 8M, partidos como Ciudadanos consideraban que no había que acudir a la manifestación o huelga porque era de izquierdas. Al día siguiente salieron vestidos de morado. El feminismo es un constructor de hegemonía y catalizador de debates y luchas que no tienen por qué partir del núcleo del conflicto de género. Con todos los replanteamientos raciales, la interseccionalidad, incluso la forma de abordar el fenómeno migratorio, el feminismo está siento la punta de lanza de muchos planteamientos de izquierdas actuales. No hay forma más coherente de ser obrerista que ser precisamente feminista, por la feminización de la fuerza de trabajo.

Respecto a tu formación, en alguna ocasión has manifestado la influencia filosófica del conocido profesor Jorge Riechmann ¿Qué aporta el ecologismo político a la tradición izquierdista?

Hay muchos que entienden el ecologismo y el feminismo como una extravagancia de la izquierda posterior al mayo del 68. Esto me parece superficial, pues la irrupción de estos movimientos supuso el replanteamiento de lo que iba a ser el fracaso del marxismo occidental, así como de la Unión Soviética. Cuando Manuel Sacristán descubre que el PCE carecía de un proyecto interesante para España, reformuló inteligentemente el ideario comunista entendiendo que el sueño del aumento indefinido de los medios de producción no es posible en un mundo finito. De este modo, se replanteaba el crecimiento ilimitado de las fuerzas productivas, tan presentes en Marx y otros economistas clásicos.

Comprender la economía como una parte de la ecología, es decir, como una estructura social encuadrada en otras previas de orden biológico: ese es uno de los retos de la izquierda. Por otro lado, destacaría el pacifismo como actitud ética con una dimensión internacional. En mi opinión, el ecologismo —junto al feminismo— supuso una de las revisiones más coherentes y sistemáticas del proyecto ilustrado marxista, siendo consciente de las limitaciones tanto biológicas como ecológicas de la especie humana.

Las referencias sobre antiespecismo se repiten en tus vídeos ¿Por qué este interés?
La causa antiespecista tiene un valor independiente de si es vehiculada por la derecha o por la izquierda. Me parece una hipocresía por parte de los individualistas metodológicos que presumen ser los liberales el defender solamente a ciertos individuos y no a todos los individuos sintientes. Si la derecha liberal quiere ser coherente debe ser antiespecista. De hecho, la gran diferencia entre estos últimos y los ecologistas es el individualismo, pues el ecologismo valora el zorro porque está en peligro de extinción y participa de un conjunto holístico que es el equilibrio ecosistémico. Por el contrario, en un caso límite, al antiespecista no le importaría exterminar a las especies carnívoras para maximizar la utilidad de otras.

¿Y qué extraes de cada razonamiento?
El conflicto entre estos dos pensamientos no es tal, ya que a largo plazo los intereses de un individuo pueden coincidir con los de la especie. Lo mismo ocurriría con las personas y el Estado. De esta manera, veo compatibles los dos principios clásicos de la tradición de izquierdas como son la igualdad y la libertad, es decir, lo colectivo y lo individual.

Tras el ascenso de la extrema derecha internacional, cierta izquierda trata ahora de construir un nuevo relato basado en ideas como el nacionalismo económico, la soberanía estatal y el control de las fronteras. Todo ello recordando una suerte de Estado del Bienestar idealizado con la pretensión de hacer frente a la ola conservadora ¿A qué se debe?

Es una expresión más de la clásica tensión que ha existido dentro de la izquierda entre el internacionalismo y el soberanismo desde la Revolución francesa. En el presente, muchos creen que el nuevo eje político es esa antítesis entre globalistas y nacionalistas, más allá del arriba-abajo que supuestamente iba a desbancar el eje izquierda-derecha. Si bien es cierto que esa retórica fue muy utilizada durante la crisis económica, no sé hasta qué punto ha beneficiado a los partidos de extrema izquierda hacer pasar lo que han sido posiciones de izquierdas de toda la vida por otras ‘populares’. Hubo victorias muy esperanzadoras como la del partido Syriza, pero que gestionando el gobierno se vio obligado a hacer un arreglo de tipo nacionalista, a través diversos acuerdos y estableciendo una fuerte inversión económica en defensa por la paranoia acerca de Turquía. Y eso sin contar la traición posterior al “oxi”.

¿Y cómo crees que se articulan estas ideas en España?

Cuando se habla de soberanía económica o nacionalismo económico se pretende exportar a España un modelo político que es de difícil aplicación, precisamente porque no sabemos cuál es la unidad de soberanía a la que estamos apelando. Si previamente no se reconstruye un discurso sobre qué ha sido la nación española —o la catalana, o la vasca, en caso de querer ir por alguna de esas vías— no se puede apostar fuerte por dicha idea estatal. Muchos intelectuales de derechas subrayan la contradicción que existe dentro de Podemos en que por un lado se declaren patriotas, pero estén dispuestos a destruir la patria levantando una frontera con Catalunya. A juicio de muchos, la mayor traición a los principios igualitarios de izquierdas consiste, básicamente, en considerar a ciertos sectores de la población como ajenos e ignorarlos a la hora de tomar decisiones colectivas.

¿Por ejemplo?

El antiguo militante del PSUC Félix Ovejero, que ha sido uno de los fundadores de Ciudadanos, se sigue reivindicando dentro de la tradición socialista y es un teórico importante de la renta básica. Sin embargo, entiende que el núcleo de aplicación de las políticas de izquierdas es, a poder ser, el conjunto de la humanidad, siendo los Estados realmente existentes una aproximación a tal cosa. En ese sentido, por suerte o por desgracia, todos los partidos que existen en España son necesariamente europeístas y no existe una extrema derecha antieuropea, salvo la que se pudiera articular entorno a Vox.

Y recuerdas algo más.

La razón por la cual algunos teorizan que no existe una extrema derecha xenófoba en España —salvo, insisto, la que se pueda articular entorno a Vox— es porque no se requiere una alteridad amenazadora fuera del Estado que se convierta en el enemigo simbólico de la nación. De esta manera, no es necesario demonizar al árabe o al emigrante latinoamericano porque existe el demonio catalán, vasco o gallego.

Vivimos en sociedades tan estatalizadas que pese a haber una clara falta de credibilidad respecto a los mecanismos de representatividad de las democracias liberales uno no llega a cuestionarse la posibilidad de no delegar sus responsabilidades políticas y gobernar junto a otros individuos “emancipados”. Es más, se prefiere optar por candidatos autoritarios ¿Por qué se escoge esta vía?

Rouba mas faz, (“Roba pero hace”) fue uno de los lemas de la derecha brasileña de siempre. Se suele decir que los países más blasfemos son también los más religiosos y en este sentido hay un chiste que dice: los españoles creen tanto en Dios que se cagan en él. La relación amor-odio que tenían los súbditos del Antiguo Régimen respecto a la Iglesia, puede ser la misma que siente el español respecto de España como nación y Estado.

Se parte de la premisa por la cual el Estado es una institución confiscatoria, de manera que la única diferencia entre una banda de ladrones y los cuerpos de seguridad es que son reconocidos por otras bandas que constituyen todo el sistema interestatal. La vieja visión agustiniana —que más adelante seria adoptada por los anarquistas— del Estado como algo ilegítimo y, a su vez, el sustituto de la religión por la ideología, genera una permanente tensión por no reconocerse en ciertas instituciones, pero al mismo tiempo preferir lo malo conocido a lo peor por conocer.

¿Qué otros factores destacarías?

Evidentemente la manipulación mediática influye mucho e incluso los políticos más demagógicos suelen vender la carta del orden y el establecimiento de una paz social perturbada por la gente políticamente correcta, las ‘feminazis’, los comunistas e incluso los fascistas. Desde la izquierda radical se está magnificando la emergencia de la extrema derecha porque el único signo distintivo que existe entre la izquierda progre heredera de la socialdemocracia y la izquierda radical es el compromiso fuerte de esta última con el antifascismo. En la era de Pedro Sánchez, con un “gobierno de ministras”, Podemos solamente se puede mostrar como una marca independiente combatiendo el otro extremo del arco parlamentario.

Habiendo participado activamente en el mundo de la comunicación cultural, ¿qué piensas sobre el formato digital de los nuevos medios?

Los medios que mejor conocen la viralidad son conscientes de que lo más atractivo es el contenido banal y superficial combinado con investigaciones originales. Interviú fue un modelo que te atraía por los ojos y te cautivaba con los textos. Hoy en día, otros periódicos digitales como El Confidencial juegan la doble baza de apostar por la derecha económica y la izquierda cultural. Por lo tanto, si existe verdaderamente un pensamiento único ese es una fusión perversa —denunciada por la derecha iliberal y la alt right—, entre el liberalismo económico y el izquierdismo cultural. De este modo, consideran hipócritas, por ejemplo, a Rosalía y a cierto feminismo asociado a grandes empresas. Según ellos, no se puede denunciar el “mal querer” al mismo tiempo que se hace negocio con Inditex.

Algo que también se critica desde la izquierda. La trampa de la diversidad del escritor Daniel Bernabé ya va por su séptima edición. Plantea un debate que ha generado muchas críticas, pero también alabanzas ¿Qué opinión te merece?

Las críticas que se han hecho a la posmodernidad desde un punto de vista político son un clásico de la izquierda radical desde mediados de los años ochenta. De hecho, hay un giro dentro debate sobre el posmodernismo desde las cuestiones más filosóficas, tratadas por autores como Lyotard o Habermas, a las cuestiones más sociopolíticas, como las tratadas por Fredric Jameson: el posmodernismo como lógica cultural del capitalismo tardío, en el que es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. En ese sentido, la crítica de Bernabé es interna a ese paradigma de pensamiento, porque él mismo no tiene las herramientas filosóficas, sociológicas o económicas —ni siquiera periodísticas— para verdaderamente plantear una alternativa a esa forma de pensamiento. Lo único que hace es criticar, con toda la razón, cómo ciertos movimientos identitarios de la izquierda pueden ser instrumentalizados por el capital, como pasó con los movimientos contraculturales que se convirtieron en la conquista de lo cool y los nichos de mercado de los años 80.

Por lo tanto, ¿cuáles son para ti los aspectos más débiles del libro?

Existen tantas obras sobre esta temática que el libro de Bernabé es el típico panfleto que genera debate por su propio título, más que otra cosa. Me pareció interesante la reseña que hizo Alberto Garzón, sobre cómo la falta de documentación y el hecho de haber sido escrito en pocos meses influye mucho en que no haya un conocimiento profundo de los autores. Así, la crítica al filósofo Jean-François Lyotard y las observaciones sobre antiespecismo son totalmente superficiales. Aun así, es un libro necesario para generar estos debates, y la crítica que hace a esos movimientos son legítimas, pese a no ir más allá de su marco de pensamiento, ni entender hasta qué punto la llamada lucha de clases de toda la vida, tal y como fue articulada por la tradición marxista, fue concebida como una lucha identitaria en la que una clase en sí se convertía en una clase para sí, al transformar un elemento sociológico, como la diferencia de renta o la relación respecto a los medios de producción, en un signo diferencial que le permitiera producir un antagonismo frente a la burguesía, el patrón o el terrateniente.

Y añades un elemento más.

Aunque las clases preexistan sociológicamente no se articulan políticamente sino a través de discursos necesariamente identitarios, con una diferencia entre ‘ellos’ y ‘nosotros’. En esa construcción siempre hay bandos, pues una de las grandes objeciones que plantea el libro es que, ¿acaso no existía la misma división entre trostskistas, estalinistas o maoístas dentro de los partidos que hay a día de hoy entre el feminismo radical o liberal, antiespecismo o ecologismo? No se puede apostar al mismo tiempo por una izquierda que sea plural y que esa unidad se cree de arriba a bajo, de manera jerárquica, como una cadena de mando militar.

En Saló o 120 días de Sodoma, Pier Paolo Pasolini recrea una escena donde una pareja heterosexual hace el amor con ternura, después de sufrir interminables torturas grupales. Cuando sus verdugos fascistas les descubren, la chica huye —en un acto de debilidad patriarcal— y el joven, desnudo, levanta simbólicamente el puño antes de ser acribillado entre risas ¿Los diversos socialismos actuales siguen ofreciendo una clara alternativa ante la barbarie?

La izquierda a día de hoy tiene una alternativa moral a lo que es el individualismo, el consumismo, el ecocidio y el austericidio. Identifica lo que es la barbarie, pero no sé hasta qué punto tiene verdaderamente idea de cómo construir un modelo que no incurra en la barbarie socialista sin rostro humano del siglo XX. Yendo un poco más allá, esta escena de Saló también puede representar la desnudez de la propia izquierda durante la Segunda Guerra Mundial, ya que especialmente en el caso italiano tuvo que asociarse con los que hasta entonces habían sido sus verdugos, EE UU y Gran Bretaña, que habían permitido que Europa central cayera en la órbita nazi-fascista. Sin embargo, hay una gran fetichización del antifascismo que obvia los ajustes de cuentas de los aliados tras la caída de Francia e Italia.

Frente a la descordinación entre las izquierdas, al otro lado del espectro político parece que las cosas se encaminan solas, pues movimientos diversos y adaptados a las particularidades de cada país, llegan a establecer acuerdos de mínimos. Propones un nuevo término, derecha iliberal, ¿qué significa?

Es la forma en la que la extrema derecha se rearticula después de la Segunda Guerra Mundial, reconstruyendo una memoria histórica benévola con su propio pasado y retomando ciertos principios del liberalismo como la libertad y la igualdad aplicada al concepto de Estado, familia y clero. Se vende a sí misma como la última trinchera del Estado nación frente a las fuerzas de un capitalismo que consideran marcadamente socialista —e incluso sionista— donde la izquierda y la derechas apostarían por lo mismo, es decir, la globalización. Frente a estos dos movimientos de desterritorialización, utilizando la terminología de Gilles Deleuze y Félix Guattari, la derecha iliberal sería un fenómeno de territorialización.

Aquí también se podría recurrir a Karl Polanyi, ya que hablaba de tres pseudomercancias: la fuerza de trabajo, la tierra y la moneda. En el momento que estas se privatizan, de manera natural se generan contramovimientos cuya posición ideológica no está definida. De este modo, ante la mercantilización del Estado nación, la derecha iliberal sería una respuesta contrarevolucionaria a esa revolución concreta, asumiendo algunos de los principios tradicionales de la izquierda.

¿Cómo se situaría en el terreno de las ideas?

La derecha iliberal parte de la ética del liberalismo, que básicamente desconfía del propio concepto de política o la existencia de la sociedad y el pueblo. “No existe la sociedad tan solo los individuos y sus familias”, decía Margaret Thatcher. Esto es importante, pues marca la división entre una derecha completamente liberal que defiende el individualismo, y otra que se apoya en instituciones feudales o premodernas como la familia, el clero o la nación, esta última entendida desde una perspectiva étnica. Yo hablo de “derecha iliberal” por la eufonía de no saber si estás escuchando “liberalismo” o “iliberalismo”, pues la relación de continuidad y discontinuidad que existe entre ambas derechas es similar a la que hay entre el marxismo y el posmarxismo.

Sobre las peculiaridades adaptativas de las nuevas derechas, ¿qué dirías?

En Hungría, Jobbik, el partido de extrema derecha que ha obligado al actual presidente Viktor Orbán a escorarse todavía más hacia este concepto del que hablamos, es islamófilo. Entienden que el húngaro pertenece a la familia lingüística de las lenguas turcomanas de Asia central. De esta manera, Hungría sería la puerta a Occidente de países como Irán. Por esa razón, Jobbik pidió que la guardia de la revolución iraní garantizara que las elecciones fueran realizadas conforme al procedimiento internacional. Esto muestra la pluralidad que existe dentro de las derechas iliberales, ya que, dependiendo de las características culturales y ideológicas de cada país, se construyen de manera distinta.

¿Y qué ocurre en el contexto español?

Para empezar, aquí no es posible una derecha xenófoba, porque el proyecto imperial del cual se tiene nostalgia no tuvo un racismo étnico sino religioso. El ‘otro’ y el antagonista del Imperio Español no fue el negro o el indio, sino el infiel y el hereje. A pesar de los intentos de algunos psiquiatras franquistas como Juan José López Ibor o Antonio Vallejo-Nájera por construir una tipología del antiespañol fundamentada en la genética, a la búsqueda de lo que ellos llamaron “el gen rojo”, la derecha iliberal española ha asumido que los antiespañoles (ese mito) no nacen sino que se hacen. En este sentido, Foucault teorizó muy sobre cómo el Estado construye un concepto de ciudadano que en última instancia es racista, porque siempre tiene que excluir a alguien. Esto me recuerda a una frase muy bonita de Paul Preciado donde señala que la raza es una tecnología del poder.

Has entrevistado a conocidos anarcocapitalistas como el profesor Miguel Anxo Bastos y acudiste al ya extinto canal del mismo espectro político Bailando con Lobos. Siendo abiertamente de izquierdas, ¿qué es lo que te seduce de este movimiento intelectual?

El liberalismo siempre se ha mostrado como una ética, no como una política. La defensa del individuo y la mayoría de edad intelectual que tiene este para tomar decisiones por sí mismo sin ser asesorado de manera paternalista o incluso de forma impuesta a través de una institución coercitiva, esto es, el Estado. A mí lo que me interesa del liberalismo es esa apelación a la mayoría de edad intelectual del individuo frente al colectivo. Por lo demás, sus agenda política y económica me parece profundamente utópica, cuando no directamente sociópata.

La crítica de Bastos hacia el Estado la toma principalmente de la tradición marxista y siempre reitera que el liberalismo carece de un buen análisis al respecto. Para empezar porque en España y otros países, los liberales son los que construyen el Estado nación moderno, que expropian a la Iglesia y privatizan esos bienes creando las bases del capitalismo y el nacionalismo. Si se puede hablar de neoliberalismo, como dijo Herbert Spencer, el liberalismo antiguo combatía el derecho sagrado del altar, mientras que el nuevo liberalismo debe hacerlo contra el derecho sagrado de los parlamentos y la idea de que lo decidido allí por mayoría es bueno.

Sorprende la falta de referencias a la extensa tradición anarquista –o libertaria– ibérica en tus conferencias ¿A qué se debe?

La tengo en cuenta y diría que ha sido precisamente esta la que ha incorporado de una manera pionera todas las problemáticas ecologistas que ya estaban en Piotr Kropotkin o Élisée Reclus, la idea de apoyo mutuo. Por el contrario, aunque también hay muchos textos dispersos, el marxismo clásico se articuló mediante obras que dan gusto leer, como pasa con Georg Lukács, Louis Althusser o Theodor Adorno. Es difícil encontrar el equivalente a El Capital en el anarquismo, aunque haya panfletos y ensayos, cuesta tener una imagen de un libro donde se recopile una idea muy concreta. Pese a esto, todas las ideas libertarias están en el aire y son el verdadero socialismo que debería oponerse a la barbarie. Volviendo a Sacristán, en su reformulación durante los años ochenta, lo que hace es retomar muchas cosas que ya habían planteado los anarquistas y anarcocomunistas anteriores.

Fuente: https://www.elsaltodiario.com/pensamiento/entrevista-filosofo-ernesto-castro-trap-antiespecismo

Reflexiones sobre impunidad, punitivismo y justicia en los feminismos en movimiento

Por Cristina Vega

En los últimos meses, a medida que avanzaban las denuncias públicas de agresiones y acosos machistas en distintos entornos se deslizaba, a veces de forma sutil, otra abierta, la idea de que el feminismo en movimiento se decantaba peligrosamente hacia una línea punitivista. Me gustaría abordar esto, como siempre, pensando desde los distintos espacios que me sirven de referencia. En España y en América Latina, la emergencia de fuerzas conservadora que hacen del feminismo y la cuestión de la violencia un nuevo terreno para la contra-ofensiva, y en lo más inmediato, en Ecuador, pero también en otros países latinoamericanos, la aparición de declaraciones, textos y eventos, que desde la izquierda, cuestionan el modo en que se denuncian casos y se realizan escraches en entornos próximos[1].

 

Debate “clásico” sobre punitivismo

 

Hasta hace poco, el debate “clásico” sobre punitivismo se refería a la crítica que la izquierda realizaba al aumento de las penas como solución a los problemas sociales, incluido éste, tradicionalmente auspiciado por sectores conservadores. Como sabemos, la cárcel no sólo no reinserta sino que acrecienta la violencia, incluida la de género. En España, el reciente asesinado de Laura Luelmo a manos de Bernardo Montoya, encarcelado durante 17 años y libre desde hacía dos meses, no hace sino verificar este hecho. Las derechas en ese país, haciendo rapiña del clima anti-violencia propiciado por las masivas movilizaciones feministas se afanan entonces en pedir cadena perpetua o prisión permanente revisable al tiempo que atacan al movimiento y las políticas públicas logradas en este terreno.

Mientras, muchas feministas ofrecen visiones ricas y complejas acerca de la violencia y la justicia patriarcal que emana del Estado[2] y comienzan a reflexionar sobre cómo sería una justicia feminista. Llaman primeramente la atención sobre la impunidad (tan sólo si se aplicaran mejor las penas existentes y se hiciera una interpretación no patriarcal de las mismas habríamos avanzado algo). Redimensionan, una vez más, el problema de la justicia más allá del aparato punitivo[3], y plantean cómo la cultura de la violación (en un sentido amplio), permea el Estado, las instituciones, y el conjunto de las relaciones sociales normalizando comportamientos de violencia y desprecio hacia los cuerpos feminizados. Desmantelar la justicia patriarcal en el Estado es una tarea urgente y no puede reducirse al siempre popular, socorrido y reaccionario reclamo del encierro de por vida y el recorte de derechos. En este debate en el que leo una parte de los recientes y polémicos cometarios de Rita Segato. Luchar contra la impunidad no sólo no es incompatible con la crítica al punitivismo y sus connivencias patriarcales, sino que se erige en una pieza fundamental para ampliar el debate, interpelar a toda la sociedad en los entornos cotidianos y deslindarse de la ofensiva de los sectores más reaccionarios que aprovechan nuestro impulso para retomar su proyecto criminalizador y autoritario.

Este marco “clásico” del debate se solapa con otros dos, componiendo todos ellos un entorno particularmente paradójico.

 

Denuncias y escraches en los feminismos en movimiento

 

El segundo marco se refiere a cómo ciertos sectores, digamos progresistas, que apenas sí pueden ocultar la sorpresa que les produce el protagonismo del feminismo en la política actual y hacia el que no les resta sino aproximarse desde un profundo (y arrongante) desconocimiento, procesan las denuncias públicas de las agresiones que se han popularizado en entornos sociales próximos.

Al calor de la ola Mi primer acoso, Me too y demás, muchas mujeres han revisitado su pasado para entender mejor su presente y han hablado públicamente de sus violaciones, de las agresiones que han recibido y de las formas de acoso normalizadas a las que se han visto expuestas. Algunos se inquietan al constatar el volumen de estas formas de violencia y lo extendidas que están en ambientes muy diversos, incluidos los de la izquierda (“no pueden ser tantas y en todas partes!”). La incredulidad y la sorpresa, en el mejor de los casos, ha sido mucha y la complicidad, en otros, mayor.  Tanto es así que el feminismo ha tenido que recurrir al Yo sí te creo y al Mira cómo nos ponemospara resguardar estas denuncias, que por otro lado no siempre han encontrado los entornos de contención, interpretación y acompañamiento más favorables (cuestión sobre la que debemos seguir pensando). La denuncia pública en redes se ha desbordado, los grupos de apoyo locales se ido constituyendo, se han creado y aplicado (a veces) protocolos y el escrache ha continuado siendo un modo de justicia desde abajo con el que quebrar el victimismo y decir fuerte y claro: aquí estamos como cuerpo colectivo visible que afirma frente al descrédito. Estas acciones no siempre han sido exitosas o no siempre se han hecho de la mejor manera pero esto no les resta ni una pizca de pertinencia y de legitimidad. Tan sólo nos obligan, como en todo (la estrategia legal, la relación con familiares, etc.), a afinarlas.

La denuncia y rechazo público de los agresores, que en sí misma es una medida preventiva, no es nueva y tiene una larga historia en el feminismo que se remonta a la década de 1970, momento en el que en distintos países además de patrullas de acompañamiento y dispositivos de acogimiento, se utilizaban carteles con el rostro de violadores en entornos barriales, laborales y organizativos, así como marchas locales contra agresiones y agresores concretos en las que se hacían marcajes y se rompía el anonimato.

Lo que la prensa amarilla contemplaba como crímenes pasionales o contra el honor, fue re-enmarcado por este tipo de actuaciones, que más tarde pasarían nuevamente a ser carnaza para los realities recodificando de este modo la energía de la acción directa feminista. Estas formas de exhibición eran en sí mismas una forma sanción muy ligada a la autoconciencia y una sobreexposición de los violentadores en la comunidad. En algunos casos se acompañaba de denuncias legales, por aquel entonces desconsideradas, y en otros de formas de expulsión, amenaza o de mediación (de parte de familiares o amigos que llamaban a los agresores al orden ante la presión de las organizaciones de mujeres).

Si establecemos un paralelismo con la experiencia de justicia indígena, cuando ésta se aplica para casos de violencia, invitación que tomo de una compañera ecuatoriana, podemos identificar algunas diferencias pero también importantes puntos en común. Lo que vemos es una cadena de eventos que van desde la denuncia, la exposición pública, la deliberación en asamblea, la sanción (a veces expulsión), la reparación y la restitución/sanación (cuando la falta no es muy grave). La exposición y sanción comunitaria cuando se aplican tiene un peso tan fuerte que el juicio moral pasa a un segundo término y es el ostracismo y el castigo lo que lo condensan en un evento: cavar la zanja, no poder entrar en el espacio compartido o ser ortigado a los ojos de todos. La reincorporación, como la reparación, es posible pero esto no resta fuerza al momento de la exposición y la pena. Esto también sucede en la denuncia pública feminista, en la que, aunque algunos se afanen en ignorarlo, también se produce un proceso de deliberación tanto interno como con otros, donde la falta se interpreta en relación al contexto en la que se produce y donde el escrache más que un caso sumarísimo hace parte de un trayecto más amplio (escucha, contención, acompañamiento de la víctima y la familia, reinterpretación colectiva, denuncia, seguimiento, estrategia jurídica, recursos… y a veces búsqueda de reparación), cada uno de ellos con sus dolores, obstáculos y reflexiones[4]. Existen varias diferencias, pero una de ellas, que no conviene olvidar, es que mientras en unos ámbitos esta forma de proceder está comúnmente legitimada, en la sociedad en general puede resultar peligrosa. No pocas víctimas y/o activistas se han expuesto a amenazas o han sido agredidas por hacer este tipo de acciones. También el peso de la denuncia ante la ley (patriarcal) se ha hecho valer contra quienes se han atrevido a romper el silencio.

En entornos militantes, este tipo de analogías prefieren no considerarse y lo que resulta bueno, heroico incluso para otras luchas, en ésta se convierte en abusivo, vengativo e inhumano. La denuncia pública de los agresores sigue siendo muy mal vista y despertando reacciones; a veces de maternaje, otras de exculpación y otras de complicidad por temor a que uno pueda verse salpicado en las íntimas complicidades que mantiene con un orden de privilegios que si bien no siempre entraña violencia está atravesado por la asimetría[5]. La reflexividad, como la autocrítica, ha brillado por su ausencia y la apropiación y simplificación de los argumentos y experiencias feministas a veces resultan francamente patéticos.

 

Los hombres tienen un problema

El feminismo, en su multiciplicidad y en sus diálogos tensos y productivos, más que pensamientos dogmáticos y dicotómicos, como algunas personas afirman, ha sostenido con frecuencia posiciones “impropias” o impuras. Eso es justamente lo que permite no juzgar a quien ha sido víctima sino entenderse en relación y en continuidad con ella al compartir lugares afines y contradictorios en sistemas de dominación múltiple, también en el patriarcal, que nos tocan a todas de distintas maneras. Sin duda, también ha tenido que establecer fronteras allí donde reinaban las ambigüedades deliberadas que siempre han rodeado a estas formas de violencia, demasiado salpicadas por fuertes dosis de amor, dependencia e intimidad. Personas sin experiencia en el acompañamiento de estos casos en el sistema de justicia o en entornos de proximidad con víctimas o con escasa reflexión organizativa en este terreno evitan la singularidad de estos casos. Se han mostrado particularmente críticas desconociendo una larga historia, tanto en el plano político como en el legal, que tiene sus razones de ser aunque no siempre nos ponga a todas en acuerdo.

Es duro entenderse, como partícipe o como cómplice, en casos de violencia machista. Es duro ver sufrir a los compañeros que uno consideraba ejemplares en muchos aspectos y que resultan demasiado comunes en tantos otros. Por desgracia, esta aspereza, poco comparable a la que sufren quienes están del otro lado, se evade y, como se suele decir, la mejor defensa es un ataque (ataque a quién ha sido atacada!).

Creo que la respuesta a esta dificultad no puede ser el desconocimiento o la connivencia, como tampoco puede ser la negativa a deliberar y escuchar diferentes visiones, sin que esto nos transforme de buenas a primeras en escrupulosos liberales que sólo ven poder y desigualdad en el ojo ajeno.

Yo no he tenido que criar niños, me ha tocado más bien conjurar las amenazas de imaginar que mi hija algún día podría no llegar a casa o vese en situaciones no deseadas y de indefensión. Pero tengo cerca a algunos hombres que en modo alguno siento como antagonistas, mucho menos naturales, pero sí sujetos con privilegios. Me gusta pensar que el terreno de las masculinidades es un lugar fértil desde el que renombrar las paradojas y avanzar para construir otras paternidades, otras homosexualidades, diferentes maneras de ser niños, otros modos de vivir con mujeres y niñes libres. Siempre lo hemos dicho con algunas compañeras: si más y más hombres se sintieran interpelados e interpelaran desde y junto al feminismo, como de hecho creo que comienza a suceder en algunos lugares, entonces avanzaríamos en la tarea de quebrar la masculinidad dominante. Por eso me parece absurdo pensar que los interlocutores son “algunos hombres”, los violentos; los interlocutores, como recordaba una provocadora carta[6], son los hombres, los hombres de la masculinidad hegemónica, los que se ubican en ese lugar y construyen antagonismos desde ahí, porque su falta de acción sigue recordando a la sociedad que el “problema” de la violencia es de ellas y no ellos, de todos ellos.

Lo que me preocupa realmente de algunas críticas de la izquierda es que se traduzcan en una deslegitimación del feminismo, que ahora (justo ahora!) es vengativo, promueve el linchamiento o, como se presume en algún texto, no debería ser “anti hombre”, como si el feminismo hubiera sido en algún momento algo semejante (y las feministas hubieran dejado de convivir, dialogar u organizarnse con sus semejantes buscando condiciones más justas en distintos terrenos de la vida). Hablar aquí de violencia y fascismo aviva, a mi juicio, un fantasma que cuando ponemos pié a tierra se revela como eso, un fantasma. No deja de ser curioso que los que en otros escenarios se presentan como radicales, en éste se muestren tan a favor de la igualdad de oportunidades, el humanismo y cosas por el estilo. Como hace poco decía Claudia Korol desde Argentina replicando el lema “Si no hay justicia hay escrache”, “nos ponemos así, porque en el camino de los buenos modales perdimos muchas vidas”[7]. Este horizonte, que entrelaza violencia, dominación y genealogía política en nombre propio no podemos ignorarlo, no podemos dejar que otros lo ignoren o tergiversen. La nuestra es una historia de violencia, autoconciencia y resistencia, una historia de reconocimiento colectivo, autodefensa y afirmación de la libertad, y por si acaso, una historia de diálogos, acompañamientos y construcción de una mejor vida en común donde el cuidado pueda situarse en el centro[8].

 

El género (y el feminismo) bajo ataque

Si en el primer marco de debate, el “clásico”, la actual potencia feminista se convierte en una excusa para fomentar el punitivismo patriarcal enarbolado por la derecha al tiempo que se deslegitima el movimiento, en el segundo, el “progresista”, es en sí misma una fuerza punitiva cuyo acumulado de experiencias y formas de actuación se ponen bajo sospecha. A pesar de la pluralidad de voces y estrategias, el feminismo que hoy politiza la violencia en las calles se convierte en una amenaza peligrosamente decantada hacia convertir el ni una menos y el vivas nos queremos en el extremismo.

Un tercer marco para el debate sobre punitivismo, con el que habrán de medirse los anteriores, se consolida. Me refiero al del “ataque al género” de parte de (nuevas) fuerzas ultraconservadoras y fundamentalistas que hoy, más que nunca, hablan el “lenguaje del género y la sexualidad” contra el feminismo y los movimientos de la libertad sexual. Sus discursos y estrategias concurren en el mismo campo de juego; se trata de una onda global cuya potencia no podemos desestimar, mucho menos en América Latina.

Acudiendo a instrumentos como “la ideología de género” y su plasmación en campañas como “Con mis hijos no te metas” y otras afines en temas de educación sexual, aborto y reconocimiento y derechos de las diversidades sexo-genéricas, estos sectores, liberados de las constricciones de un feminismo que ha conquistado, supuestamente, la institucionalidad estatal a través de los organismos internacionales, están presentándose y ganando elecciones y sumando adeptos en iglesias y congregaciones. Como en todos los periodos de crisis, la restauración del orden patriarcal resulta particularmente eficaz y Jahir Bolsonaro es la expresión más acabada de esta onda. En ella, el feminismo se torna en un enemigo a combatir, aquí sí, de manera directa y bélica, tanto en lo que haya podido acumular en el Estado, como en lo que hoy expresa con fuerza en las calles. La violencia machista, ¡todo bien! Y, por si acaso, los hombres como víctimas de la violencia de parte de las mujeres, ¡pues también!

Buena parte del debate clásico de la derecha tradicional respecto al aumento de penas se está reciclando en el presente con esta nueva onda fundamentalista. Del punitivismo “clásico” se toma el ímpetu criminalizador y anti-derechos. A esto se añade en el presente la tergiversación y demonización del “género” y el feminismo, que se traduce cada vez más en aplaudir la justicia patriarcal, las sentencias que exculpan a los agresores, así como los comportamientos cotidianos aleccionadores y correctivos para con las mujeres y la infancia. La potencia movilizadora del feminismo, que poco tiene que ver con las Naciones Unidas y mucho con la acción cotidiana y callejera, con la reorganización de sentidos y normalidades en centros educativos, colectivos sociales, familias, universidades…, resulta un enemigo a combatir, a veces, el enemigo a combatir o mediante el que se combate en un sentido amplio (como vimos en el caso colombiano durante el plebiscito sobre los acuerdos de paz).

En este escenario, de rearme patriarcal neoliberal, reaccionario y fundamentalista, las acusaciones de punitivismo cobran vuelo. Resultaría muy lamentable que siendo el feminista uno de los movimientos más activos y propositivos a escala mundial y latinoamericana, contribuyéramos, desde frentes supuestamente afines, a lo mismo. Buena es la reflexión cómplice que nos empuja a avanzar al hilo de las experiencias diversas que se van acumulando, mala cuando lo que en realidad se busca, en la intimidad social que habitamos, es no ver cuestionados los privilegios en el injusto orden de cosas existente.

Verdaderamente, toca seguir pensando.



[1]          Querría resaltar aquí dos referencias recientes: distintas declaraciones de Rita Segato en entrevistas realizadas durante el 12/2018 alertando contra la idea de un “feminismo del enemigo” o un “feminismo punitivista”, que ella misma ha ido matizando. http://www.agenciapacourondo.com.ar/generos/rita-segato-el-feminismo-punitivista-puede-hacer-caer-por-tierra-una-gran-cantidad-de y http://www.eldesconcierto.cl/2018/12/17/rita-segato-el-feminismo-no-puede-y-no-debe-construir-a-los-hombres-como-sus-enemigos-naturales/. Y en Ecuador, un texto firmado a cuatro bandas por Natalia Sierra, Paz Guarderas, Erika Arteaga y Alejandra Delgado el 17/12/2018, titulado “¿Culpable por ser hombre? Feminismos en una sociedad patriarcal” http://www.planv.com.ec/culturas/debate/culpable-ser-hombre-feminismos-una-sociedad-patriarcal

[2]          Ver, en este sentido, el texto de Violeta Assiego, “Ellos piden cárcel, nosotras justicia”, 20/12/2018, El Diario. https://www.eldiario.es/zonacritica/piden-carcel_6_848375169.html

[3]          Posición crítica que estuvo presente de forma temprana, y a la que aportamos en los 2000, cuando se comenzaba a popularizar la ecuación entre femicidio y terrorismo en España.

[4]   Creo que Rita Segato, al llamar la atención sobre el linchamiento, difumina el hecho de que lo común en los procesos de denuncia pública, al menos los que yo he podido ver o participar, se han acompañado de vivas y ricas deliberaciones situadas donde la mujer agredida ha sido una pieza fundamental.

[5] A mí no me gusta equiparar discriminación y desigualdad con violencia. Aunque formen parte de un mismo orden patriarcal creo que es conveniente, también políticamente, distinguirlas y no convertir cualquier forma de abuso de poder en violencia. Las relaciones de dominación son tóxicas, generan dependencias en las que mujeres y hombres participan, y pueden resultar en agresiones en un orden sin duda jerárquico pero si hacemos colapsar todas bajo una única denominación disminuimos nuestras posibilidades de encontrar formas de intervención acordes con sus diferencias. Se acrecienta también, por el camino, el colapso entre víctima y victimismo.

[6]          Cristina Fallarás, “Carta a los hombres”, Público, 20/12/2018. https://blogs.publico.es/otrasmiradas/17424/carta-a-los-hombres/

[7]          “No hables de punitivismo para garantizar la impunidad. Mira como nos ponemos”, 20/12/2018, Marcha. http://www.marcha.org.ar/no-hables-de-punitivismo-para-garantizar-la-impunidad-mira-como-nos-ponemos/

[8]          Sigue Korol, “Justicia no es punitivismo. No nos interesa castigar. Nos interesa sí, defender nuestros cuerpos y vidas de las agresiones. Eso puede significar, cuando no hay otros modos, visibilizar a los violentos, para que no puedan gozar de la impunidad que les ofreció el sistema de justicia patriarcal, y para que sus víctimas no vivan aterradas, para que no haya nuevas víctimas. Quienes por eso nos dicen punitivistas, tienen que hacer propuestas concretas para garantizarnos la vida, y una vida sin miedo. Si no tienen esa respuesta, respeten por favor las formas de lucha colectiva que la marea feminista, que la revolución feminista va encontrando. Escuchar, acompañar, creer en nosotras mismas.»

 

Profesora investigadora en el programa de género de FLACSO-Ecuador y parte de la Revista Feminista Flor del Guanto.

Fuente:

www.sinpermiso.info

Gleichheit. Rosa Luxemburgo y las mujeres

Por María Julia Bertomeu

Si las luchas del presente se alimentan de los combates del pasado, encuentro oportuno comenzar mi breve texto en homenaje a Rosa Luxemburgo con algunas reflexiones de Nancy Fraser –la activista y profesora de filosofía política de la New School for Social Research de New York- sobre la segunda ola del feminismo y su relación con el actual capitalismo, destructor del estado de bienestar de post-guerra.

En el año 2013, Fraser redactó un artículo para The Guardian, manifestando su profunda preocupación por los posibles usos –por parte del capitalismo neoliberal- de ciertas consignas históricas enarboladas por las luchas feministas. Se confesaba atemorizada ante la posibilidad de que por un ‘cruel giro del destino’, el movimiento de liberación de las mujeres se hubiera enredado peligrosamente  junto a los esfuerzos neoliberales para construir una sociedad de libre mercado. No sin razón decía la feminista norteamericana que tal cruel destino explicaría “por qué y cómo sucedió que las ideas feministas que formaron parte de una cosmovisión radical ahora se expresan mayoritariamente en términos individualistas… y también cómo sucedió que un movimiento que antaño priorizó la solidaridad social, ahora celebra a las empresarias exitosas… o que un movimiento que antes valoraba el cuidado y la interdependencia, ahora aliente el avance individual y la meritocracia. Según Fraser, se trata de una segunda ola del feminismo, que se corresponde con un capitalismo desorganizado, globalizado, neoliberal, y acaba mudando en la doncella de ese capitalismo contra-reformado, para decirlo con la certera expresión que acuñó Toni Domènech.

En un artículo de 2017 -a propósito de las marchas masivas y globalizadas de mujeres – Fraser se reveló menos temerosa y más optimista ante lo que denomina el comienzo de una nueva ola de luchas feministas militantes (¿la tercera?). En su opinión, ya no es suficiente con oponerse a Trump y a sus políticas agresivamente misóginas, transfóbicas y racistas, también se debería apuntar al ataque neoliberal en curso en contra de la previsión social y derechos laborales. Una agenda feminista internacionalista ampliada, nos decía Fraser, que conjugue el anti-racismo, anti-imperialismo, anti-heterosexismo y anti-liberalismo. En este punto generosamente reconoció que su “feminismo para el 99 %” se inspira en el potente movimiento argentino Ni una menos, cuya consigna es denunciar la violencia contra las mujeres en sus múltiples facetas: violencia doméstica, del mercado, de la deuda, de las relaciones capitalistas de propiedad y del Estado. (http://www.sinpermiso.info/textos/un-feminismo-para-el-99-por-eso-las-mujeres-haremos-huelga-este-ano)

Como he dicho al comienzo, los artículos de la perspicaz filósofa política norteamericana son oportunos para volver a traer la palabra de Rosa Luxemburgo, a modo de recuerdo en el centenario de ese 15 de enero de hace ya cien años, en el que el culetazo del rifle de un soldado destrozó su cráneo, y también asesinó a su camarada Karl Liebknecht junto a miles de trabajadores y trabajadoras.

Sabemos de una discusión teórica presente –no saldada ni posiblemente saldable- sobre la relación entre marxismo y feminismo, entre capitalismo y opresión de las mujeres, entre la clase social y el género. Es posible que la contundencia característica de la Rosa roja –en la lucha, en sus escritos, en la polémica y en el amor-, no contribuirá a disipar los ánimos de la contienda académica, aunque sin duda alguna sus textos nos recuerdan que la disputa tiene una historia escrita con sangre, y que si el presente se nutre del pasado, sus obras son un suelo nutricio para una mirada socialista sobre las luchas de las mujeres.

Rosa nunca habló del patriarcado, mucho menos -y por obvias razones- de género, pero tampoco habló de las mujeres  como una categoría abstracta, transhistórica, por encima de las clases. Hablaba sí, al mismo tiempo, de la revolución de las mujeres proletarias, de la revolución rusa y de las mujeres en las huelgas de masas. Ella misma, en una carta enviada a Louise Kautsky invitándola a concurrir a la celebración del Primer día Internacional de las mujeres, manifestaba su asombro porque había recibido una credencial feminista por parte de los organizadores de la Conferencia en Jena, y preguntaba a Louise -en esa misma carta- ¿es que acaso ahora somos feministas?. Su camarada Clara Zetkin –la directora del periódico Die Gleichheit,el principal órgano de difusión de los panfletos de Rosa en contra de la guerra y a favor de las mujeres (proletarias) – fue la impulsora de tal evento ante el Comité ejecutivo de la Segunda Internacional. Rosa bien supo y dijo que Clara cargaba con ‘tal cantidad de trabajo’… y siempre la acompañó con sus escritos y discursos, interviniendo públicamente en la disputa abierta entre los camaradas ‘reformistas’. Rosa Luxemburgo, Clara Zetkin y Alexandra Kollontai lucharon –teórica, práctica y tácticamente- en contra de las alianzas oportunistas propuestas por los “políticos realistas” de la socialdemocracia alemana que en 1912 votaron en Bruselas a favor de ‘un hombre un voto’ y rechazaron otorgar la extensión del voto a las mujeres – sugiriendo fantasiosamente que la defensa de los principios políticos habría privado a la socialdemocracia de logros concretos-.

Es oportuno también recordar el texto de Rosa: “La huelga de masas, partido y sindicatos”, sobre los acontecimientos alemanes de 1905-1906 y las discusiones teóricas en torno a la conveniencia de tal tipo de medidas, en el que recordaba Rosa –la activista y teórica- que las huelgas de masas no se ‘fabrican artificialmente’, ni se deciden al azar, ni se propagan como una peste, son un fenómeno histórico que en un momento dado surge de las condiciones sociales con una inevitable necesidad histórica. El escrito es un manifiesto en contra de los sindicatos socialdemócratas alemanes, al decir de Rosa conservadores, cobardes y reformistas, pero también es una certera refutación de la vieja retórica conservadora sobre la ‘falta de madurez o sobre la debilidad’ de los grupos y las clases revolucionarias, en ese momento en boca de los dirigentes socialistas y parlamentarios alemanes. Salvando muchas distancias, el éxito de las convocatorias de los movimientos feministas de la nueva ola –Fraser dixit- tampoco ha sido producto del azar, ni la acción de los sindicatos conservadores, lo que más sorprende es que son una respuesta a condiciones sociales y económicas que causan los fenómenos de violencia sobre las mujeres y la desigualdad real, y muy especialmente de las mujeres pobres.

El movimiento “feminista” era para Rosa -en su tiempo y lugar- el de las sufragistas inglesas y el de las mujeres burguesas. Su juicio sobre tales movimientos es duro, implacable y consecuente con su posición política socialista revolucionaria: la reivindicación de los derechos iguales para la mujer es -en las feministas burguesas- pura ideología de grupos aislados sin raíces materiales, es un fantasma del antagonismo hombre-mujer, es un capricho (Luxemburgo (1914) ‘La proletaria’). La preocupación de Rosa -y de sus camaradas de lucha – era separar el voto femenino entendido como el objetivo de las luchas de mujeres en general, de la táctica para lograrlo, y esa táctica no era sólo tarea de mujeres, sino una responsabilidad común de clase de las mujeres y los hombres del proletariado. Según Rosa, en efecto

El voto femenino aterra al actual Estado capitalista porque tras él están los millones de mujeres que reforzarían al enemigo interior, es decir, a la socialdemocracia. Si se tratara del voto de las damas burguesas, el Estado capitalista lo considerará como un apoyo para la reacción. La mayoría de estas mujeres burguesas, que actúan como leonas en la lucha contra los «privilegios masculinos», se alinearían como dóciles corderitos en las filas de la reacción conservadora y clerical si tuvieran derecho al voto. Serían incluso mucho más reaccionarias que la parte masculina de su clase. A excepción de las pocas que tienen alguna profesión o trabajo, las mujeres de la burguesía no participan en la producción social. No son más que co-consumidoras de la plusvalía que sus hombres extraen del proletariado. Son los parásitos de los parásitos del cuerpo social. Y los consumidores son a menudo mucho más crueles que los agentes directos de la dominación y la explotación de clase a la hora de defender su «derecho» a una vida parasitaria. (Luxemburgo, 1912)

Rosa habla de proletarias y burguesas, de sexo y clase social; nunca se le ocurrió hablar de sexo sin clase social, y mucho menos hablar del trabajo doméstico en abstracto, independientemente de la clase social. Rosa nunca pensó en una marcha de sólo mujeres e interclasista, e incluso confesó que toda su vida había luchado en contra de la idea de la “la unión de las mujeres”.

La pregunta queda planteada: ¿será posible cumplir con la ambiciosa agenda del movimiento Ni una menos o con la propia agenda de Fraser en contra del capitalismo contra-reformado, pero sin hablar de clases sociales? ¿marcharán juntas -las pobres y las ricas, las empresarias y las trabajadoras domésticas feministas- en contra de las políticas económicas neoliberales y la conculcación de derechos económicos de todos por parte de Trump y de Macri? El tiempo lo dirá y Rosa siempre será quien fue: una grande, defensora socialista y revolucionaria de los derechos de mujeres y hombres proletarios, desposeídos y condenados a emigrar en busca de pan y trabajo.

Bibliografía

Ciriza, Alejandra (2017) “Tras los pasos de mujeres en tiempos de revolución. Alexandra Kollontai, Rosa Luxemburg y Clara Zetkin”. En Caminos de revolución, reflexiones sobre el proyecto socialista y su vigencia. Buenos Aires,  Ediciones La llamarada.

Dunayevskaya, Raya (2017). Rosa Luxemburgo, la liberación femenina y la filosofía marxista de la revolución. Cuba, filosofí@.cu.

Fraser, Nancy https://www.theguardian.com/commentisfree/2018/jan/27/we-need-a-feminism-for-the-99-thats-why-women-will-strike-this-year

https://www.theguardian.com/commentisfree/2017/feb/06/women-strike-trump-resistance-power.

Luxemburgo, Rosa.

En archivo https://www.marxistsfr.org/espanol/luxem/index.htm

1912: El voto femenino y la lucha de clases

1913: Proyecto de Resolucion presentada en el congreso de Jena de 1913

1914: La proletaria

Nota: Agradezco  a Julie Wark que me haya sugerido nombrar a otras voces feministas que comparten la posición de Fraser, entre ellas a Linda Alcoff, Cinzia Arruzza, Tithi Bhattacharya, Rosa Clemente, Angela Davis, Zillah Eisenstein, Liza Featherstone, Nancy Fraser, Barbara Smith y Keeanga-Yamahtta Taylor.

Es miembro del comité de redacción de Sin Permiso.

Fuente:

www.sinpermiso.info

 

Acerca de la complejidad del pasado y las políticas de memoria histórica

Por Enzo Traverso

El historiador Enzo Traverso, profesor de la Universidad de Cornell (EE.UU.), es uno de los más destacados especialistas en estudios de la memoria histórica. En esta entrevista, responde a una serie de preguntas centradas en la memoria de los verdugos y sus legados, el crecimiento de los nuevos movimientos de extrema derecha y la situación de las políticas europeas de la memoria histórica. También se refiere a sus últimos libros, Left-wing melancholia. Marxism, History, and Memory (Columbia University Press, 2017) y Les nouveaux visages du fascisme (Editions Textuel, 2017).

¿Por qué hay tan pocos estudios sobre la memoria de los autores?

Hay estudios numerosos y en ocasiones extremadamente importantes sobre los verdugos si se piensa en las obras de Christopher Browning y Harald Welzer. La memoria de los verdugos ha sido objeto de ficción literaria – por ejemplo,  Les Bienveillantes de Jonathan Littell – pero el corpus disponible de testimonios y memorias es limitado. A los verdugos no les gusta exhibir o recordar sus crímenes y prefieren ocultarlos. Los casos de “salidas del armario” son poco frecuentes (por ejemplo, las memorias del general Aussaresses sobre la tortura durante la guerra de Argelia). No es sorprendente. La escasez de recuerdos de los verdugos (y por tanto los estudios relativos sobre ellos) es la inversión dialéctica del papel cada vez mayor que el recuerdo de las víctimas ha cobrado en nuestras sociedades y en la memoria colectiva.

¿Usted cree que una política de la memoria histórica enfocada exclusivamente en las víctimas y no en los agresores puede provocar una cierta ceguera de los crímenes que se cometen actualmente?

Francamente, creo que es necesario liberarnos de este juego de espejos y de una conciencia histórica basada en la masificación de las víctimas. Debemos tratar de dar cabida a la complejidad del pasado, que no se reduce a una confrontación binaria entre verdugos y víctimas. El recuerdo de las batallas y los compromisos políticos a las causas emancipadoras del pasado tiene poco reconocimiento. El siglo XX no se compone exclusivamente de las guerras, el genocidio y el totalitarismo. También fue el siglo de las revoluciones, la descolonización, la conquista de la democracia y de grandes luchas colectivas. Esta memoria ha sido deslegitimada hoy en día, después de haberla ocultado y enterrado. Yo la llamo una “memoria marrana”, en tanto que es una memoria oculta, clandestina, como la de los marranos en el Reino de España cuando la Inquisición. Creo que para romper la jaula del “presentismo” – un mundo encerrado en el presente sin utopía ni tampoco capacidad de mirar hacia el futuro – es necesario dar cabida a estas memorias. El recuerdo de los movimientos colectivos adquiere una dimensión anti-conformista, quizá subversiva en una época neoliberal dominada por el individualismo y la competencia.

Usted habla de “post-fascismo” con el fin de describir los nuevos movimientos políticos y sociales de la extrema derecha y para distinguirlos del fascismo de los años 1930 o del neofascismo de final del siglo XX. ¿Podría explicarnos en qué consiste ese post-fascismo?

Hablo de “post-fascismo” porque la nueva extrema derecha ha tomado su distancia del fascismo, al menos en los países donde se ha convertido en un jugador importante en la vida política. En el plano ideológico, el post-fascismo es muy diferente del fascismo tradicional en términos de lenguaje, organización y movilización. Ya no es fascista pero todavía no se ha convertido en algo completamente diferente y nuevo. Es una forma de transición, lo que justifica la noción de post-fascismo. Sus características dominantes son el nacionalismo y la xenofobia, especialmente en forma de islamofobia. Hoy en día, ya no encuentra su propósito fundamental en el anticomunismo o el antisemitismo. El enfoque ha cambiado. Sin embargo, una gran crisis económica con el desmantelamiento del euro y las instituciones europeas, etc. podría provocar un cambio de rumbo y un retorno al fascismo tradicional. Por supuesto, esto puede ocurrir también fuera de Europa. Después de la elección de Donald Trump en los EE.UU., Jair Bolsonaro, un político que reúne todos los requisitos de un líder fascista, ha sido elegido en Brasil. Esto representa una tendencia internacional.

¿Qué tipo de políticas de la memoria histórica podrían crear conciencia de los peligros de estas corrientes de extrema derecha actuales sin tener que recurrir a banalizar el fascismo con comparaciones obsoletas?

Todos los políticos del sistema estigmatizan a la extrema derecha, pero a menudo legitiman su retórica. Si aceptamos la idea de que la construcción de Europa implica que se adopten políticas de austeridad, que las restricciones aplicadas por los mercados son indiscutibles, que hay demasiados inmigrantes y que los ilegales deben ser deportados en vez de legalizados, que el Islam es incompatible con la democracia occidental y que el terrorismo debe ser combatido con leyes especiales que reduzcan las libertades civiles – como todos nuestros gobiernos han estado diciendo durante diez años – la consecuencia es que la extrema derecha prosperará. Con el fin de frenar su avance, es necesario tener primero una discusión real y decir la verdad. La acogida de los inmigrantes y refugiados es un deber moral, en la medida en que millones de europeos emigraron y huyeron de regímenes autoritarios en los dos últimos siglos; y una necesidad social, en la medida en que los necesitamos tanto por razones económicas como demográficas. En una era global, nuestras sociedades no pueden sobrevivir como entidades cerradas, étnica y culturalmente homogéneas.

En cuanto a las políticas de la memoria histórica, tenemos que reconocer que el fascismo del siglo XXI es muy diferente al de la década de 1930. La lección que debemos inferir de la historia es que las democracias son perecederas y pueden ser destruidas. En los países que han experimentado el fascismo – estoy pensando en Italia, Alemania, España y algunos otros – una democracia que no haya asimilado esta lección será frágil y vulnerable. En este sentido, la memoria antifascista me parece tópica.

Las dictaduras han dejado un legado y algunos lugares de memoria. El tratamiento de estos lugares por las democracias ha sido motivo de controversia, por decir lo menos. ¿Qué se puede hacer con lugares como el Valle de los Caídos en España?

No creo en el mito de la “reconciliación” ni en la “memoria compartida”. Una sociedad democrática fuerte no debe temer a sus enemigos y debe concederles la libertad de expresión dentro de los límites de la ley. Cuando se trata de la memoria del fascismo en Italia y del franquismo en España, sería mejor reconocer su existencia en lugar de ocultarlas. Un estado democrático puede tolerarlas, pero de ninguna manera asumirlas o integrarlas en sus propias instituciones. Un Estado democrático no debe establecer una visión oficial del pasado (como es el caso de las dictaduras), pero tiene el deber de reconocer sus propias responsabilidades. Por ejemplo, el reconocimiento de Chirac de la responsabilidad del Estado francés por deportar judíos o el reconocimiento de Emmanuel Macron de la tortura durante la guerra de Argelia son bienvenidos. En España, la “Ley de la Memoria Histórica” se mueve en esta dirección, a pesar de sus límites.

La cuestión de qué hacer con el Valle de los Caídos es compleja. Mi punto de vista es el de un observador independiente que de ninguna manera pretende tener soluciones mágicas. En mi opinión, la decisión de Pedro Sánchez de exhumar los restos de Franco y sacarlos del Valle de los Caídos es una buena opción. Sin embargo, también es necesario retirar la gigantesca cruz que domina el lugar con el fin de “desacralizar” lo. Podría entonces ser transformado en un memorial y museo con una presentación crítica de su historia. Se convertiría en un memorial en el sentido alemán de un  Mahnmal (una advertencia para las generaciones futuras). No creo en la posibilidad de crear un lugar de recuerdo compartido en el que los republicanos y los nostálgicos del franquismo pueden reunirse “fraternalmente” en nombre de la reconciliación nacional. Tampoco creo en un monumento que recuerde a todas  las víctimas de la guerra civil, poniendo a todas en el mismo nivel y el mismo lugar. Esta sería una opción hipócrita y no la política de la memoria de un estado democrático. En este caso, sería difícil evitar exhumar todos los restos (tanto de los soldados franquistas como de los republicanos deportados) para enterrarlos en un lugar diferente, cercano o distante. Dicho esto, no estoy al tanto de todas las propuestas que se han hecho y mi posición no es resultado de un estudio en profundidad o de una reflexión profunda.

¿Cómo ha afectado el neoliberalismo a nuestra percepción del tiempo? ¿Cómo influye en nuestra visión del pasado, presente y futuro?

El neoliberalismo comprime nuestras vidas en un eterno presente, un mundo dominado por la aceleración que nos da la impresión de cambio permanente, aunque los fundamentos sociales y económicos permanecen estáticas. La sociedad de libre mercado promete satisfacer todos nuestros deseos – nuestras utopías se convierten en individuales y se “privatizan” – en el contexto de un modelo social y antropológico que da forma a nuestras vidas, a las instituciones y a las relaciones sociales. En una sociedad neoliberal, el pasado se cosifica y el recuerdo se transforma en un artículo de consumo, construido y difundido por la industria cultural. Las políticas de la memoria – museos y conmemoraciones – están sometidas a los mismos criterios de cosificación (rentabilidad, cobertura en los medios de comunicación, adaptáción a los gustos predominantes, etc.). Inventar y sobre todo imponer diferentes marcos temporales no es tarea fácil. Conectar con la temporalidad del pasado (disparar a los relojes de las torres de las iglesias con el fin de detener el tiempo, de acuerdo con la famosa imagen de Walter Benjamin) o inventando marcos temporales que no estén sometidos a las reglas de la sociedad de libre mercado es el gran reto de todos los proyectos alternativos. Los movimientos sociales en los últimos años, como el 15-M, Occupy Wall Street, Nuit Debout etc, han sido experiencias interesantes en este sentido.

¿Cuál es la “melancolía de la izquierda” y cómo la memoria puede convertirse en una herramienta de transformación social?

La melancolía de la izquierda siempre ha existido. Ha seguido a los fracasos de los movimientos colectivos y al colapso de las esperanzas de revolución. No busca ni la pasividad ni la resignación y puede favorecer una reevaluación crítica del pasado capaz de preservar su dimensión emocional. Esto significa tanto el duelo por los compañeros perdidos como recordar los momentos alegres y fraternales de la transformación social mediante la acción colectiva. Necesitamos esta melancolía impulsado por el recuerdo, lo que no es obstáculo para la reactivación de la izquierda.

¿Cómo describiría las políticas de la memoria histórica que la UE ha puesto en marcha hasta ahora y cuáles son sus principales retos?

La misión esencial de las políticas de la memoria histórica de la Unión Europea ha sido principalmente instrumental y decorativa: mostrar la virtud, mientras se adoptan políticas anti-sociales. Por un lado, empobreciendo a Grecia, por otro, organizando conmemoraciones del Holocausto; por un lado, haciendo patente el poder de la troika, un poder supranacional carente de legitimidad democrática, por otro, proclamando los otros derechos humanos; por un lado financiando museos y conmemoraciones dedicadas a las víctimas del totalitarismo y el genocidio, por otro cerrando las fronteras meticulosamente y negándose a adoptar una política común para acoger a los refugiados. Esta hipocresía sólo puede tener consecuencias negativas. El ascenso de la extrema derecha es una prueba de ello.

profesor de la Universidad de Cornell (EE.UU.), es uno de los más destacados especialistas en estudios de la memoria histórica.

Fuente:

http://europeanmemories.net/magazine/about-the-complexity-of-the-past/

Traducción:G. Buster / sinpermiso.info

La tragedia de los bienes compartidos

Por Mario Bunge

Mario Bunge, uno de los filósofos vivos más reconocidos mundialmente, está a punto de cumplir 100 años. Y permanece intelectualmente activo, cosa que no es muy habitual a una edad tan respetable. Envió hace pocos días un artículo para la revista Revista Iberoamericana de Autogestión y Acción Comunal de cuyo Consejo de Redacción es miembro. Al hacer el envío de este artículo pidió que fuera también publicado en Sin Permiso, como nos comunicó Antonio Colomer, director de la mencionada revista. Mario Bunge es un viejo amigo de Sin Permisodonde hemos publicado más de 30 artículos. A continuación publicamos el mencionado texto de Mario Bunge.

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Estos días celebramos el medio centenario de una publicación que mostró que la comunidad de bienes puede llevar a conflictos suicidas (Hardin, 1968). En efecto, supongamos que dos familias o individuos compartan un predio y pongan sus rebaños de ovejas o cabras a pastar en él. En régimen de mercado libre, al cabo de un tiempo ambas familias se habrán beneficiado por igual, o una de ellas, la más emprendedora, habrá desplazado a la otra con sólo poner más animales que la otra para explotar el mismo recurso. O sea, la libertad de empresa puede causar desigualdad. ¿Cómo evitar este resultado?

Evidentemente, la prédica de la solidaridad no será eficaz, la intervención del Estado podrá ser negativa, y alguien o algo debiera impedir que los bienes comunes en cuestión sean apropiados por una de las partes. La mejor solución es el autogobierno, o sea, la formación de un tribunal imparcial que resuelva racionalmente los conflictos de intereses entre las partes. Esta es la solución que propuso Elinor Ostrom (1990) y que le valió el Premio Nobel de economía de 2009.

Semejante autogobierno de recursos compartidos no es utópica, sino que viene siendo practicada desde el año 960 en la provincia de Valencia (Giner Boira 1969). Este tribunal es una empresa de gestión colectiva que se ha reunido semanalmente sin interferencias políticas. Al constituirse y renovarse, el Tribunal de las Aguas de Valencia antepone la igualdad a la libertad, lo que corrobora el principio “La igualdad precede a la libertad y a la solidaridad.” (Bunge, 2009).

El que este principio sea rechazado tanto por los autodenominados libertarios de izquierda o anarquistas como por los de derecha o republicanos, sólo sugiere que estas ideologías no respetan los hallazgos de la ciencia social. Tampoco los respetan los marxistas, quienes jamás han imaginado experimentos para poner a prueba sus hipótesis, pese a lo cual se han apoderado de la expresión ‘socialismo científico’.

Lo que hemos dicho sobre libertad sin igualdad también vale para igualdad sin libertad y para solidaridad sin igualdad ni libertad. Ello se confirma pensando experimentos en los que un grupo de agentes sociales se sujeta a dos de los mandamientos de la triada “Libertad, igualdad, solidaridad.” No es casual el que esta triada sea más prestigiosa y practicable que cualquiera de sus componentes individuales.

Hace un rato nos ocupamos de la precariedad de la libertad sin igualdad ni fraternidad. Veamos ahora qué pasa con la igualdad a secas. Tampoco es éste tema de utopía, ya que la practicó en Camboya el régimen de los jmeres rojos encabezados por Pol Pot, con el apoyo estratégico del gobierno norteamericano de Nixon y Kissinger. El objetivo de este régimen era imponer la igualdad por la fuerza, mediante la ejecución de todas las personas que sobrepasasen los bajos promedios característicos de una sociedad rural. Es sabido que este intento fracasó, y que se lo recuerda como un atroz genocidio guiado por una ideología primitiva y cruel. En resumen, la igualdad a palos es insostenible tanto teórica como políticamente.

¿Qué sucede con el comunitarismo, o el ideal de la solidaridad o responsabilidad social del individuo? No parece practicable, ya que la práctica de la fraternidad involucra sentimientos de hermandad y generosidad, que no son fáciles de despertar ni de controlar. No es casual el que el comunitarismo fuese propugnado por unos pocos filósofos idealistas como Hegel, quien también fue  estatista. (Recuérdese su tesis “El Estado es la sombra de Dios sobre la Tierra.”)

Dejaremos para otra ocasión el tema de la administración del Estado, que algunos consideran un bien común y otros un mal común. Baste recordar que los bienes mostrencos pueden ser arrebatados por bandidos, que todo grupo social tiene que ser admnistrado,  y que la promesa del marchitamiento gradual y automático del Estado no tiene más fundamento que la promesa de vida eterna.

 

BIBLIOGRAFIA

Bunge, Mario. 2009. Filosofía política. Barcelona, Buenos Aires: Gedisa.

Giner Boira, Vicente. 1969.El Tribunal de las Aguas de Valencia: 960-1960. Valencia: Javier Boronat.

Hardin, Garrett. 1968. The tragedy of the commons. Science 152: 1234-1248.

Ostrom, Elinor. 1990. Governing the Commons. Cambridge: Cambridge University Press.

se doctoró en Ciencias Fisicomatemáticas por la Universidad de La Plata en 1952. Fue homenajeado con el Premio Príncipe de Asturias, 14 títulos de doctor honoris causa y cuatro de profesor honorario. Actualmente es profesor de Filosofía en la McGill University de Montreal (Canadá). Los temas principales de su amplia bibliografía (76 libros y más de 500 artículos) son la física, la filosofía de las ciencias naturales y sociales, la semántica, la ontología y la ética.

Fuente:

www.sinpermiso

Repensando nuevamente el Estado. ¿Reconstruirlo u olvidarlo?

Por Alberto Acosta

Resumen

El Estado representa un espacio complejo de dominación y expresión del poder político. Sus crisis son el resultado de tensiones y disputas, que forman parte de las crisis orgánicas del capitalismo. En América Latina, el modelo de Estado-nación es matizado, fundacionalmente, por la colonialidad del poder, excluyente y limitante para el avance cultural, productivo y social en general. Ahora bien, el Estado «mínimo» neoliberal, imperante en América Latina, entró en crisis. En este sentido, las múltiples crisis de este modelo de Estado permiten entender la lucha de pueblos latinoamericanos como Bolivia, Ecuador y Perú, movilizados para lograr algún día superar los profundos resabios coloniales, presentes en toda la región.

Superar los resabios coloniales implica pensar y construir sociedades que no sean sometidas por ninguna forma de dominación estatal: que aseguren igualdad y libertad y, que asuma las diversidades culturales existentes, en el marco de un Estado plurinacional. A manera de ejemplo, en Bolivia y Ecuador, el Estado plurinacional se instituyó constitucionalmente, lo cual no signi ca que ya se viva en dicho Estado. En verdad, construir el Estado plurinacional exige rupturas profundas de las estructuras coloniales, oligárquicas y neoliberales. En el fondo, la plurinacionalidad debe rescatar la pluralidad étnica y cultural para repensar al Estado, que reconozca los derechos colectivos, de la naturaleza y la autodetermi- nación de los pueblos. El Estado plurinacional es otro Estado para otra sociedad y otra propuesta de vida, el Buen Vivir, como fundamento de un nuevo orden social e institucional, basado en nuevos valores, centrados en lo humano, en la comunidad y en el respeto a la naturaleza.

El paso del Estado-nación al Estado plurinacional, comunitario y autonómico es todo un desafío. Se trata de dejar la modernidad, la historia de la soberanía en la modernidad, la historia del Estado en la modernidad, la historia de la relación entre Estado y sociedad, una historia que de ne la separación entre gobernantes y gobernados… Dejamos atrás una historia de la colonización y dominaciones polimorfas… dejamos atrás entonces la ilusión que provoca- ron los Estados nación subalternos….

Raúl Prada Alcoreza

Las diferencias no son el problema, el problema son las jerarquías. Las jerarquías hacen que las diferencias se vuelvan una fuente de discriminación, de deva- luación y de subordinación.

Silvia Federici

El Gobierno del Estado moderno no es más que una junta que administra los nego- cios comunes de toda la clase burguesa.

Karl Marx y Friedrich Engels

 

Las múltiples crisis del Estado

El Estado puede pensarse como un «aparato políticamente organizado, coercitivo, administrativo y simbólico dotado de poderes generales y específicos» que posee un «control continuo y no contestado» sobre una población y un territorio determinados2. A lo largo de la Historia el control—y la construcción— de dicho aparato de poder político ha dependido de determinados intereses. 3 Alrededor del Estado se organizó la sociedad en algunas ocasiones. En otras, el Estado terminó estructurando a la sociedad. De cierta forma, el Estado sintetiza un espacio complejo de dominación y expresión del poder político. Sus crisis, resultado de permanentes y múltiples disputas, en la modernidad forman parte de las crisis orgánicas del capitalismo y tal como vamos, parecería imposible imaginar una sociedad con un Estado que no asuma una tarea de dominación.

En Nuestra América, el modelo de Estado es matizado por una ambigüedad fundacional en la construcción de «la nación». Tal matiz, sustentado en la colonialidad del poder, resultó excluyente y limitante para el avance cultural, productivo y social en general. Más aún, al decir de Raúl Prada, en el mundo subalterno, los Estado-nación son funcionales al sistema-mundo, en tanto son dependientes de la lógica de acumulación capitalista global. A pesar de ese hecho, los debates sobre el Estado muchas veces se limitaron a coyunturas importantes, pero menores en esencia. Así, sin pretender agotar los temas tratados, recordemos que en ocasiones la discusión giró sobre el Estado unitario o federal o sobre el tamaño del Estado 4, pero muy pocas veces se profundizó sobre la esencia misma de la ideología estatal y sus distintas pretensiones paradigmáticas. Y estas discusiones a la postre, una y otra vez, se diluyeron en la compulsión de «conservar el poder por el poder».

Particularmente, en Latinoamérica, durante el tornasiglo, entró en crisis el Estado «mínimo» neoliberal que buscaba —como sea— insertar a la región en el mercado mundial vía competencia y vía una creciente y descontrolada mercantilización. Ese Estado neoliberal se abría a los productos foráneos y aseguraba los capitales externos, incluso reprimiendo a amplios segmentos de sus propias sociedades; todo en nombre de la entelequia del «desarrollo». El objetivo fue refuncionalizar la institucionalidad estatal a las demandas del capital.

Ahora, sin minimizar ni la crisis del Estado neoliberal ni la incapacidad del Estado progresista de resolver el meollo del problema, cabe entender que también está en crisis —y desde hace tiempo— el Estado colonial sobre el cual se fundó el Estado oligárquico que es, a su vez, la base del Estado actual. En último término, el Estado-nación está en crisis. Es más, la idea de «nación» hace agua por doquier frente a los embates imperialistas disfrazados como «globalización» e «interdependencia», disfraces planteados hasta por el propio Fondo Monetario Internacional:

«La globalización es una interdependencia económica creciente del conjunto de países del mundo, provocada por el aumento del volumen y la variedad de las transacciones transfronterizas de bienes y servicios, así como de los ujos internacionales de capitales, al tiempo que la difusión acelerada de tecnología» (FMI)5

Un ejemplo de esta «interdependencia económica creciente», que en realidad es una dependencia creciente, son las restricciones al Estado —sobre todo a los países subdesarrollados—impuestas por los Tratados de Libre Comercio o de protección a las inversiones extranjeras.

Desde esa perspectiva, las múltiples crisis del Estado obligan a entender mejor la lucha de pueblos latinoamericanos como Bolivia, Ecuador e inclusive Perú. En estos países hay procesos emancipadores, movidos por la necesidad imperiosa de superar los profundos resabios coloniales, presentes en toda la región.

La tarea sería, entonces, construir otras sociedades, que no sean sometidas por ninguna forma de Estado en tanto instrumento de dominación. Esto demanda pensar, al menos, en dos opciones: un Estado diferente al actual, que asegure igualdad y libertad, y asuma —desde lo comunitario— las múltiples diversidades existentes, normalmente marginadas o subyugadas; o rechazar cualquier idea de Estado y pensar formas diferentes de organizar el poder político. Ante tal dilema, el Estado plurinacional y su estructura intercultural —en la mira de varias sociedades— podría ser una alternativa o al menos abriría la puerta a este complejo debate desde otra vertiente ideológica.

Las raíces racistas de los Estados coloniales

Una base de los Estados coloniales —y de los actuales— es el racismo, un problema de múltiples dimensiones, incluso políticas y económicas. El racismo, que legitimó la conquista al suponer que hay razas y que estas pueden jerarquizarse, es un problema político que ha terminado provocando segregación económica, exclusión y marginación. Hasta es un problema ambiental, pues se irrespetan los ecosistemas y territorios de pueblos y nacionalidades aborígenes, afroamericanas, u otras históricamente excluidas. La segregación racial emerge incluso en asentamientos urbanos, donde los grupos racialmente marginados, muchas veces, son forzados a vivir en la mayor precariedad.

El racismo es, a decir de Aníbal Quijano (2001), «la más profunda y perdurable expresión de la dominación colonial, impuesta sobre la población del planeta en el curso de la expansión del colonialismo europeo». Al iniciar la colonia se consideraba, incluso, que los indígenas no tenían alma. Así, hasta hoy, el racismo es de las más arraigadas y e caces formas de dominación social, material, psicológica, económica y política.

El racismo tiene múltiples manifestaciones de violencia, al punto que nacionalidades y pueblos originarios o indígenas, así como comunidades afro, son las más empobrecidas, explotadas y vulnerables. El desempleo o la carencia de educación o salud golpean a estos grupos mucho más que a otros. Además, sufren discriminaciones en cuanto a participación en la toma de decisiones y el ejercicio mismo de la «democracia», sobre todo cuando se minimizan o aún niegan sus formas tradicionales de organización comunitaria.

Para colmo, los grupos dominantes —incluso desde el Estado— han intentado «blanquear» sus sociedades. Los pueblos «sombra» devinieron en meros objetos de mediciones, censos, estadísticas, estudios que han ampliado y acumulado las exclusiones. Todo para integrarlos en sociedades «mestizas», borrando sus especificidades y potencialidades, al punto que sus ideales de «libertad» han sido encadenados a la búsqueda de parecerse a su opresor. Bien anota Paco Gómez Nadal con un estilo directo y diáfano:

«Los oprimidos suelen copiar el discurso del opresor y piden lo que este les indica que es lo adecuado para ellos. Todavía hoy, la única propuesta ‘bondadosa’ que se hace a la mayoría de pueblos indígenas tiene que ver con infraestructuras, aunque para nada con el derecho de autodeterminación, con el potencial creador que da la libertad. Se ‘compra’ sin discusión el discurso de ‘la educación os hará libres’ cuando, en la mayoría de los casos, la educación en América Latina y El Caribe —también en otras latitudes— perpetúa la servidumbre y la colonialidad social.» 6

Paco Gómez Nadal, además de demostrar cómo se ha querido incluso minimizar la presencia indígena y afro, aborda un tema clave: «la colonialidad del poder»; colonialidad extendida al saber y al ser. Y como él demuestra con gran profusión de datos, dichas colonialidades siguen hoy vigentes. Explican la organización actual del mundo en su conjunto, donde la «colonialidad» es pilar fundamental de la Modernidad.

Para entender mejor estos antecedentes históricos, sobre los que se asienta el poder mundial y los Estados-nación como su expresión política, cabría considerar, como lo precisa Aníbal Quijano, que:

«el actual patrón de poder mundial consiste en la articulación entre: 1) la colonialidad del poder, esto es la idea de ‘raza’ como fundamento del patrón universal de clasi cación social básica y de dominación social; 2) el capitalismo, como patrón universal de explotación social; 3) el Estado como forma central universal de control de la autoridad colectiva y el moderno Estado-Nación como su variante hegemónica y 4) el eurocentrismo como forma central de subjetividad/intersubjetividad, en particular en el modo de producir conocimiento».

Así, como ya mencionamos, el Estado-nación en de nitiva devino en una pieza más de un sistema-mundo que consolida patrones globales de poder alimentados desde la colonialidad, sobre todo en el mundo subalterno. Todo esto provocó un desarraigo múltiple que incluso condena desde hace cientos de años a muchas partes del mundo al extractivismo 7.

No solo se estructuró un remozado dominio político y económico sobre bases coloniales. El aspecto cultural (étnico-racial) de esta compleja, larga y continuada conquista y colonización, es básico para entender el desarraigo de las élites en toda la vida republicana subalterna. No olvidemos que la «condena» de la vida humana aún depende del origen familiar y étnico, tal como lo anota Gómez Nadal:

«Solo hay que caminar América Latina y el Caribe para constatar que las y los obreros más empobrecidos, las y los campesinos más marginalizados, las y los trabajadores informales más excluidos o las personas desempleadas sin futuro suelen ser, en su mayoría, de ascendencia indígena o afrodescendiente».

Queda claro, entonces, que el racismo es «la más profunda y perdurable expresión de la dominación colonial, impuesta sobre la población del planeta en el curso de la expansión del colonialismo europeo», retomando nuevamente a Aníbal Quijano. Desde entonces, ha sido una de las más arraigadas y e caces formas de dominación, a la cual se conjugan otras formas como el patriarcalismo, igualmente de raigambre colonial.

El resultado de la expansión de patrones de poder racistas es un desencuentro entre la originalidad y la especificidad de la experiencia histórica del mundo de «los indeseables» (pero indispensables) y la con guración eurocéntrica de la perspectiva dominante. Aún en el siglo xxi, se «lee» las realidades de nuestros países como- si-fueran-Europa o como-si-fueran-Estados Unidos (o como-si-debieran-ser): la realidad moderna de los dominantes, transformada casi en una cacotopía. Por otro lado, en la misma complejidad, hasta ahora se mantiene la «insanable lacra de la percepción eurocentrista del dominante sobre el dominado, que bloquea la admisión de tal dominado como otro sujeto»: Aníbal Quijano. Así, por décadas se mantuvo intacta la negación colonial de la calidad de sujetos a indígenas —y a personas esclavizadas negras—, particularmente en su representación en tanto comunidades con identidades y visiones propias.

Como el aparato de poder, el Estado-nación moderno y liberal lleva en su alma toda esta lógica en donde las jerarquías políticas reproducen las visiones y prácticas racistas coloniales, y en donde la diversidad de lo subalterno es condenada a homogenizarse y parecerse a su «colonizador» (ignora o reprime hasta la existencia de las culturas y lenguas de pueblos y nacionalidades presentes desde antes de la conquista). Así surge el Estado actual en toda Nuestra América, heredero de estructuras y prácticas coloniales que cimentaron una dominación oligárquica, y que una y otra vez intenta blanquear la sociedad, como anotó Bolívar Echeverría.

Las tensiones plurinacionales e interculturales en Nuestra América

En Bolivia y Ecuador, el Estado plurinacional se elevó al nivel constitucional. Eso no implica que ya se viva en dicho Estado o que se transite hacia este. En Bolivia, en el proceso constituyente, se discutió sobre la condición de una posibilidad histórica-política que viabilice el Estado Plurinacional. Sin embargo, es poco lo construido desde entonces, anulándose la propia posibilidad plurinacional al consolidarse un Estado unitario como aparato de poder para modernizar el capitalismo. Mientras que, en Ecuador, más allá de la importancia histórica y sim- bólica de la declaratoria constitucional del Estado Plurinacional, nada se ha hecho.

La realidad no cambia con una Constitución, por más vanguardista que sea. Sin embargo, el debate está planteado en esos países y en otros de la región. En Perú, por ejemplo, en un tiempo no muy lejano, podemos anticipar que se abordará esta cuestión, incluso a nivel constitucional. Este tema tampoco debería marginarse en países como Brasil, Chile, Paraguay e inclusive Argentina.

Construir el Estado plurinacional plantea rupturas profundas de las estructuras coloniales, oligárquicas y hasta neoliberales 8. Va más allá de las reinvin- dicaciones indígenas, pues representa superar la esencia homogeneizadora de los Estados latinoamericanos de alma colonial. Por tanto, la plurinacionalidad no acepta una sola nación o nacionalidad, peor impuestas desde el poder y los privilegios. Presupone la existencia de diversas nacionalidades —pueblos y comunidades— hoy existentes, aunque muchas incluso en enfrentamiento permanente y viviendo marginadas y subordinadas.

Así, la plurinacionalidad como nueva concepción de organización social, rescata la pluralidad étnica y cultural para repensar al Estado. Cuentan, por mencionar apenas un par de referencias, los derechos colectivos y no solo los individuales. Igualmente interesa un nuevo relacionamiento con la Naturaleza, con miras hacia una ciudadanía ambiental o ecológica. Hasta se podría idear una «ciudadanía multicultural» o directamente una «ciudadanía universal» 9, ampliando las ciudadanías hasta para pensar en una organización social global, donde la diversidad de cada Estado plurinacional se combine con la de otros, surgiendo un ciudadano del mundo diverso, plural, y muy diferente al ciudadano homogéneo de la globalización capitalista.

En sociedades coloniales y patriarcales —sustentos del capitalismo—, rebosantes de racismo y carentes de democracia, construir otro Estado — plurinacional—, que elimine las dominaciones existentes, más que un reto es una necesidad. Por lo tanto, urge afrontar temas clave (patriarcado, racismo, xenofobia, etc.) al analizar las formas de pertenencia a un territorio, sin olvidar nuestra interacción global en tanto que somos Naturaleza.

En suma, el reto es mirar la plurinacionalidad como ejercicio de democracia incluyente, pero, sobre todo, como propuesta de vidas diversas en máxima armonía y cercanía con la Naturaleza. La plurinacionalidad, entonces, debe acoplarse con otras definiciones enfocadas al territorio y al manejo de los patrimonios naturales. Aquí se puede aprender particularmente de pueblos y nacionalidades indígenas y su permanente resistencia y construcción de alternativas, especialmente en estas últimas décadas en las que han sido actores de luchas democráticas locales, nacionales e internacionales.

Un comentario al margen de esto, los pueblos y nacionalidades 10, sin buscar apologías e idealizaciones, tienen formas más democráticas para tomar muchas decisiones en comparación a la «democracia» occidental. La vida comunitaria en sí misma podría verse como democracia auténtica. Y estas prácticas, que podrían servir para repensar la democracia en términos amplios, por la misma discriminación y rechazo a lo originario son marginadas, ridiculizadas o ignoradas. Esta aceptación no implica desconocer los límites de tal democracia asamblearia, sobre todo en comunidades muy grandes. De todas formas, sin buscar un ejemplo a copiarse literalmente, podría mencionarse la democracia directa de Suiza, con su interesante —y complejo— sistema de consultas o referéndums populares vinculantes.

Lo cierto es que pueblos y nacionalidades indígenas, juntamente con otros grupos sociales, sobre todo populares, antipatriarcales y ecologistas, con sus luchas demandan una democracia plena, construir ciudadanías colectivas, respetar la multiculturalidad, practicar la interculturalidad, dar paso a las libertades creando siempre más oportunidades, sin exclusiones. Si todo esto, junto a la construcción de un Estado plurinacional, puede generar una democracia continuada, es una de pregunta que queda por resolver. Lo cierto es que esas aspiraciones solo serán viables desmontando las actuales estructuras de dominación propias del capitalismo, que encuentran en el Estado la institucionalidad para ejercerla.

La plurinacionalidad no es un reconocimiento pasivo a la diversidad de pueblos y nacionalidades, sino una declaración pública de incorporar perspectivas diferentes con relación a la sociedad. El Estado plurinacional nos lleva a pensar en las soberanías —en plural—, no solo la tradicional soberanía nacional sino la soberanía patrimonial. 11 Raúl Prada (2010) nos habla, con razón, de «la polisemia de sus significados», destacando «sobre todo uno, en el cual soberanía tiene que ver con la legitimidad del poder».

Es justo reconocer que han sido pueblos y nacionalidades los que, en mayor medida, han evitado la apropiación y destrucción de las riquezas de la Naturaleza. Así, el proyecto político de construir un Estado plurinacional más que tolerar la diversidad, debe celebrarla. ¿Cómo hacerlo? Pensando, desde la propia experiencia histórica de pueblos y nacionalidades, en un Estado conformado por nacionalidades y pueblos unidos por identidades culturales vigorosas, con un pasado histórico y, sobre todo, con una voluntad de integración que supere su marginación y explotación.

Parte de esa experiencia histórica es la tradición democrática de intolerancia al abuso del poder y a la corrupción, desde la que pueblos y nacionalidades propusieron construir el Estado plurinacional e impulsar el Buen Vivir 12. Todo esto incluso como parte de la lucha que lideraron contra gobiernos neoliberales. Dicha lucha comienza, en el caso de Ecuador y Bolivia, a fraguarse en tanto proceso político vinculado a problemas y reclamos de identidad, de territorios o de agua a principios de los años noventa.

Penosamente ese horizonte civilizatorio quedó trunco gracias a gobiernos «progresistas» que sucumbieron a los «malditos placeres» del extractivismo, a las viejas prácticas clientelares, a la perseverancia de una corrupción cada vez más institucionalizada y a la consecuente profundización de diversas modalidades de acumulación dependientes, exacerbadas por la misma modernización del Estado.

Recuperar esa matriz originaria —pero traicionada—, además de enriquecer culturalmente a las sociedades occidentales, permitirá superar sus prácticas y percepciones racistas. Sería una gran palanca para alentar un proceso descolonizador enfrentando los retos histórico-culturales pendientes en Nuestra América. Esto debe hacerse entendiendo que la plurinacionalidad no implica un Estado parcializado, fragmentado. No se quiere construir una fracción del Estado que atienda solo «lo indígena» o «lo afro». Un Estado plurinacional es más amplio y complejo y rebaza a «indígenas» o «afros».

La emergencia de las organizaciones indígenas, exigiendo un espacio propio en la vida política, se proyecta en la exigencia de derechos colectivos, territoriales, derechos relacionados a su propia cultura y sensibilidades, derechos de la Pachamama (los Derechos de la Naturaleza: Gudynas 2016, Acosta 2012), así como a instituciones propias que garanticen su autosu ciencia, autonomía y autogobierno. Estas organizaciones reclaman un puesto como sujetos políticos en sus respectivas sociedades, superando el tratamiento casi de objetos al que habían sido degradados por poderes coloniales y oligárquicos, e incluso —en varias ocasiones—por supuestas posiciones de izquierda.

Aquí es justo acusar al discurso y práctica de cierta izquierda que entendía «el problema indígena» solo desde el enfrentamiento capital-trabajo. Para estos grupos, los indígenas eran meros explotados del campo, campesinos asimilables a la lógica sindical, reproduciendo la imposición colonial al desconocer sus propias lógicas y formas de vida incluso en lo económico. Por eso no sorprende que, actualmente, el Estado plurinacional sea criticado no solo desde frentes oligárquicos y neoliberales, sino desde un socialismo «conservador» o de intelectuales positivistas autoproclamados de izquierda 13.

En ese contexto de resistencias y construcciones, los indígenas irrumpieron con fuerza. Se asumieron como sujetos. Rechazaron el paternalismo que los relegó en la vida política. Enfrentan los extractivismos y la colonización en clave republicana, pero es crucial notar que no emergieron como sujetos individuales, sino en tanto sujetos colectivos y comunitarios, es decir portadores de derechos colectivos. Eso hace que tal posición permita recuperar lo colectivo, lo comunitario, lo diverso, como piedras sillares para la plurinacionalidad y el Buen Vivir o sumak kawsay, entendida esta concepción de vida plena como proceso para que la Humanidad se reinserte con armonía en los ciclos vitales.

Reconocer y aceptar formas de organización social que anteceden a la conquista es otro punto importante, sin que eso implique una «recuperación arqueológica» para construir otras sociedades, como si estas fueran museos sociológicos. Más bien una arqueología histórica para conocer y recuperar los valores fundacionales de pueblos y nacionalidades indígenas debe servir de inspiración para organizar otro tipo de sociedades, la que podríamos de nir como «nación cívica» podría coexistir con varias naciones culturales, es decir con pueblos y nacionalidades preexistentes a la conquista, que han resistido a la dominación y explotación coloniales e incluso republicanas.

Junto con la coexistencia, la plurinacionalidad exige —al menos— espacios y formas de autogobierno y autodeterminación para pueblos y nacionalidades. Esto, como es obvio, implica un choque difícil y complejo con quienes defienden al Estado-nación tradicional, y más aún con quienes ni siquiera quieren imaginar un mundo sin esos Estados, en tanto instrumentos de dominación que ponga en riesgo sus privilegios.

Por último, cabe recuperar una riquísima historia de propuestas —fallidas o exitosas— de plurinacionalidades a lo largo del mundo, tal como hace Boaventura de Souza Santos (2010). Hay, por igual, una suerte de legislación internacional plasmada, por ejemplo, en el Convenio 169 de la oit o en la Declaración de las Naciones Unidas de los Pueblos Indígenas. El logro más importante por ahora (aunque limitado, como ya lo dijimos), reposa en las constituciones de Ecuador y Bolivia 14, que conminan a sus sociedades a construir Estados plurinacionales. En este punto, más que el avance en los procesos desatados a raíz de estas conquistas constitucionales, lo crucial es la posibilidad de avizorar los retos y las limitaciones que estos logros representan.

Esta discusión constituyente puede ser un inicio de una renovada descolonialidad del poder. Un nuevo horizonte histórico emerge donde irrumpe la emancipación del eurocentrismo. Esta emancipación convoca a una lucha social para prescindir del capitalismo y será la única forma de abandonar una existencia social cargada de dominación, discriminación racista/étnica/sexista/clasista, explotación económica, donde el Estado es solo un ladrillo más del gran muro llamado capital. Esto reclama nuevas formas de comunidad y de expresar diversidad social, solidaridad y reciprocidad. Apunta, por igual, a terminar la homogeneidad institucional del Estado-nación, construyendo instituciones distintas, buscando igualdades en las diversidades. Este nuevo Estado deberá aceptar y propiciar autonomías territoriales de los pueblos y nacionalidades, de las comunidades y de los individuos. Todo esto, en esencia, significa crear democráticamente una sociedad democrática, como parte de un proceso continuo y de largo plazo, en el que la radicalización permanente de la democracia es insoslayable.

Debe quedar bien claro, como ya se dijo, que una Constitución en donde se establece la plurinacionalidad per se no garantiza que el Estado sea plurinacional y no lo será, sobre todo, si la Constitución no se asume como un proyecto de vida en común por toda la sociedad para su transformación. No será realidad si sociedad, individuos y colectividades no se apropian de lo que significa una Constitución. 15

Una Constitución no solo es el documento jurídico más político de todos, ni el documento político más jurídico de todos, sino que es un proyecto de vida en común: este es el meollo de una Constitución transformadora. En el caso de Ecuador y Bolivia, sería un proyecto de vida plurinacional. En suma, una Constitución puede ser una caja de herramientas que describe derechos, obligaciones, instituciones, elementos básicos para la plurinacionalidad y para construir otro tipo de sociedades. «Su aplicabilidad, construcción y ejercicio son el gran desafío» de toda la sociedad, recuerda Nina Pacari (2010). Tarea que, por tanto, no recae solo en pueblos y nacionalidades originarias.

El Buen Vivir como base de otro Estado

De todo lo anterior se deriva la necesidad de recuperar las prácticas de las comunidades indígenas, asumiéndolas como son, sin idealizarlas. Por cierto, no se trata de parchar al actual Estado, ni de hacer una mera combinación de ideas indigenistas y estructuras actuales. La idea no es yuxtaponer propuestas y visiones indígenas y no indígenas. El Estado plurinacional no es un Estado híbrido, es otro Estado para otra sociedad y otra propuesta de vida, el Buen Vivir. Por tanto, la plurinacionalidad implica otro proyecto de país (de Souza Santos, 2010) y otro proyecto de mundo, como base hacia otra civilización.

En esta nueva situación destaca que mientras varias posturas del «desarrollo» convencional—e incluso varias corrientes críticas— usan saberes propios de la Modernidad, el sumak kawsay o Buen Vivir escapa a esos límites. En efecto, el Buen Vivir recupera conocimientos y saberes de pueblos o nacionalidades originarias de Nuestra América, incluso existentes en otras latitudes (Kothari, Demaria, Acosta 2015). Al recordar esto, ahora se discuten varias ideas y posturas englobadas bajo el rótulo del «Buen Vivir» (en Ecuador) o «Vivir Bien» (en Bolivia).

El Buen Vivir, como concepto plural y en construcción, discurre pesadamente en los debates teóricos dominantes. En ocasiones, como rezago vivo de la colonialidad del poder, es visto como algo marginal o folklórico, pero realmente el concepto lleva a recuperar conocimientos, prácticas y experiencias de pueblos y nacionalidades indígenas. Más allá de las diversas posturas del Buen Vivir, hay elementos uni cadores clave como la crítica al «desarrollo» entendido como progreso, o el reclamo de otra relación con la Naturaleza. El Buen Vivir no es, entonces, un «desarrollo alternativo» dentro de una larga lista, sino una alternativa opuesta a todas esas posturas (Gudynas y Acosta, 2011).

Esto lleva —como ya lo hicimos— a cuestionar al propio Estado como visión unívoca, unidireccional, planteada desde los centros del poder por siglos. Particularmente en los últimos años, en diversas partes del planeta, han surgido interesantes debates al respecto. Se entiende esto pues las visiones del Buen Vivir no solo se circunscriben a lo andino/amazónico, sino que se proyectan con creciente fuerza desde fuera de esta región.

Se habla de construir una sociedad sustentada en armonías plenas: de los seres humanos consigo mismos, con otros seres humanos y con la Naturaleza. Eso no implica una visión milenarista de un paraíso armónico. El Buen Vivir afronta las luchas sociales que surgen de las múltiples formas de explotar, dominar y excluir del capitalismo, con ictos que rebasan la lucha de clases. Otras luchas igual de importantes se dan contra el patriarcado, el racismo, los enormes y crecientes con ictos intergeneracionales, para mencionar apenas unas cuantas bisagras propias de los conflictos capitalistas que son afrontados desde la perspectiva totalizadora del Buen Vivir.

Los principios del Buen Vivir, en la Constitución ecuatoriana de 2008, por ejemplo, se presentan en paralelo, y con igual jerarquía, que otros principios clásicos como igualdad, inclusión, dignidad, libertad, solidaridad, reciprocidad, respeto, equidad social y de género en la participación, bienestar común, responsabilidad, justicia social, etc 16. A su vez, estos principios se vinculan en directo con la organización económica del Estado, resaltándose las relaciones de solidaridad y reciprocidad (contrarias a la lógica explotadora del capitalismo).

Esta idea del Buen Vivir se vincula con saberes y tradiciones indígenas. Por lo tanto, hay un esfuerzo deliberado por visibilizar saberes y concepciones ocultadas y sojuzgadas por largo tiempo. Este proceso se enmarca en la construcción de otros Estados y de sociedades plurinacionales. Todos estos enfoques delimitan los marcos para una sociedad plurinacional, hasta se podría argumentar que estos principios ético-morales provenientes del Buen Vivir estarían en los fundamentos de la plurinacionalidad.

El Buen Vivir rechaza al capitalismo, que aceleró el divorcio de la Humanidad consigo misma y con la Naturaleza, pero también crítica a los socialismos realmente existentes, gravemente antropocéntricos (Atawallpa Oviedo, 2011). El Buen Vivir, en tanto expresión de democracia radical, cuestiona todo autoritaris- mo, y por ende discute la noción de Estado tal como la conocemos hasta ahora.

Como alternativa tanto al capitalismo como al socialismo real, el Buen Vivir, surgido en las discusiones sobre plurinacionalidad en Bolivia y Ecuador, plantea una propuesta de cambio civilizatorio, por eso cobra cada vez más vigor aún fuera del mundo andino-amazónico, más allá de sus retos plurinacionales. El foco de atención es el gran salto revolucionario del antropocentrismo a visiones sociobio- céntricas, mejor aún carentes de todo centro, con sus respectivas consecuencias sociales (políticas, económicas, culturales, etc.). Si aceptamos esta posibilidad de un mundo sin centros de dominación, una pregunta obvia es en qué tipo de Estados debemos pensar, asumiendo que el Estado aún es una institución social y política indispensable.

Plurinacionalidad, democracia radical en la diversidad

Al plantearse un nuevo Estado debe incorporarse al Buen Vivir y a los Derechos de la Naturaleza, para consolidar y ampliar los derechos colectivos o comunitarios. Esto no se opone a la participación ciudadana, al contrario, se plantea una democracia abierta no solo a una ciudadanía individual/liberal.

Tal como ya se anotó, desde la lógica de los derechos colectivos se abre espacio a ciudadanías colectivas, comunitarias, interculturales. Por igual, los Derechos de la Naturaleza necesitan —y originan— otra definición de ciudadanía, individual, colectiva, pero también ambiental o mejor aún ecológica. Por igual acoge una justicia ecológica que supera a la justicia tradicional: Eduardo Gudynas (2009) las llama «metaciudadanías ecológicas». Tal visión de ciudadanías es eminentemente plural, pues depende de las historias sociales, territoriales y de los ambientes. Para alcanzarlas hay que consolidar y ampliar el pluralismo jurídico, así como la práctica de la gestión pública con criterios plurinacionales e interculturales, que aseguren una mayor y efectiva participación ciudadana y comunitaria.

Si se quiere superar la colonialidad del poder, del saber y del ser, habrá que hacer una descolonización profunda. Esto exige prácticas interculturales permanentes en todas las dimensiones vitales en colectividad siguiendo a Catherine Walsh (2009). Todos estos son temas de debate y discusión del neoconstitucionalismo transformador (ver el valioso aporte de Ramiro Ávila Santamaría, 2011), que es en esencia descolonizador.

Esto exige crear esquemas horizontales de redistribución de riqueza y poder, así como de construcción de equidades en plural, pues no solo está en juego la cuestión de la lucha de clases, es decir el enfrentamiento capital-trabajo. Está en juego la superación efectiva del concepto de «raza» y del racismo como el con gurador más crudo de estas sociedades. Es crucial entender que el capitalismo en su matriz es patriarcal, por lo tanto, superar esta tara atávica de tantas civilizaciones es vital.

Así, la discusión sobre la plurinacional es en sí mismo un acto de resarcimiento histórico para pueblos y nacionalidades. A su vez, es una oportunidad para que estas sociedades aprendan de «el otro» en un importante ejercicio de alteridad, asumiendo una convivencia democrática y equitativa, en donde —como ya se dijo— la armonía rija las relaciones humanas y con la Naturaleza. Este empeño reconoce la interculturalidad como fundamento de la plurinacionalidad. Tal propuesta se sintetiza, además, en el reconocimiento diario de las diversidades. Se trata de una vida en común, marcada por la inclusión efectiva, no por la exclusión ni la inclusión subordinada como ejecutan los gobiernos progresistas-caudillescos de Ecuador y Bolivia (Luis Tapia 2011), que impulsaron la aprobación de la plurinacionalidad en sus constituciones, pero no en sus prácticas.

En suma, este neoconstitucionalismo transformador, fundamental para otro tipo de Estado es eminentemente emancipatorio. Es un punto de partida, no de llegada, para construir alternativas al «desarrollo» y superar las aberraciones antropocéntricas, que —paradójicamente— arriesgan gravemente la existencia de su propio centro: el ser humano.

La tarea es aprender desaprendiendo, aprender y reaprender a la vez (Nina Pacari, 2010). Una tarea compleja y difícil, que exigirá siempre más democra- cia, nunca menos. La consolidación constitucional, en consecuencia, depende de profundizar la democracia en sociedades pluriculturales, que incluyan a las poblaciones históricamente marginadas.

Concluyamos aceptando que el desafío es muy complejo, más no imposible. Para enfrentarlo, lo primero que se requiere es claridad sobre los «horizontes del Estado plurinacional», horizontes sintetizados por Raúl Prada Alcoreza (2010) al señalar que:

«El paso del Estado-nación al Estado plurinacional, comunitario y autonómico es todo un desafío. Se trata de dejar la modernidad, la historia de la soberanía en la modernidad, la historia del Estado en la modernidad, la historia de una relación entre Estado y sociedad, una historia que de ne la separación entre gobernantes y gobernados, entre sociedad política y sociedad civil, en un contexto matricial donde se demarcó la relación entre dominantes y dominados, a partir de mecanismos de dominación y diagramas de poder que atraviesan los cuerpos y los territorios, incidiendo en las conductas y comportamientos, en la administración de la tierra y los territorios, en la explotación de la fuerza de trabajo. Dejamos atrás una historia de colonización y dominaciones polimorfas desplegadas en el mundo, donde la geopolítica de la economía-mundo y del sistema-mundo capitalista divide el planeta entre centro y periferia, racializando la explotación de la fuerza de trabajo y controlando las reservas y recursos naturales, estableciendo una división del trabajo planetaria, convirtiendo a los países periféricos en exportadores de materias primas y reservas de mano de obra barata, trans riéndoles más tarde, a algunos de estos países que ingresan tardíamente a la revolución industrial, tecnología obsoleta, desplazando la industria pesada, considerada de alta y masiva inversión de capital, pero con bajos rendimientos a mediano y largo plazo, pre riendo optar por eso por la circulación y la inversión del capital nanciero, que rinde grandes bene cios a corto plazo. Dejamos atrás entonces la ilusión que provocaron los Estado-nación subalternos, una vez concluidas las guerras de independencia y las luchas de liberación nacional, la ilusión de nuestra independencia e igualdad en el concierto de las naciones, en el marco jerárquico de las Naciones Unidas».

En consecuencia, urge construir sobre la marcha una nueva historia, la cual necesita de «una nueva democracia pensada y sentida desde los aportes culturales de los pueblos originarios. Una democracia incluyente, armónica y respetuosa de lo diverso» (Nina Pacari, 2010). Todo esto como parte de propuestas de transformaciones profundas, civilizatorias, en las que el énfasis debe estar en asegurar simultáneamente la pluralidad y la radicalidad. Una tarea que no será posible de la noche a la mañana, sino a través de sucesivas aproximaciones que enfrenten todas aquellas maquinarias de muerte que amenazan a la supervivencia humana y a la vida en el planeta. Un esfuerzo que libere las fuerzas sociales hoy atrapadas en diversas institucionalidades del poder estatal, potenciando sus capacidades de autosu ciencia, autogestión y autogobierno. Todo esto demanda no solo inteligencia en la crítica, ni solo profundidad en las alternativas, sino sobre todo la acción de las fuerzas políticas que lideren y viabilicen estos procesos emancipatorios.

De lo anterior surge una serie de interrogantes: ¿servirán estas re exiones para con gurar y conformar Estados que no sean espacios y herramientas de dominación? ¿Es viable descolonizar, despatriarcalizar, en suma, emancipar sin el instrumento estatal? ¿Será posible configurar Estados profundamente demo- cráticos que impulsen las transiciones civilizatorias? ¿Podrían transformarse los Estados subalternos y dependientes del capital global en actores que posibiliten la salida del círculo vicioso del poder que se nutre de las demandas del capital transnacional? ¿Serán viables estas transformaciones dada la condición global y dominante del modo de producción capitalista? ¿Habría cómo prefigurar otro tipo de organizaciones internacionales que no reproduzcan las estructuras de dominación desde perspectivas globales? ¿Serán estas reflexiones válidas para la Humanidad o será mejor empezar a despedirnos del Estado?

Quede claro que la incomprensión y no aceptación de las verdaderas raíces de muchos países de Latinoamérica quizás explique la existencia de Estados (casi) fallidos o naciones permanentemente en ciernes, pues nunca se asumió esa realidad. La propia inviabilidad histórica de estos Estados nacionales se explica en gran medida por no haber incorporado a pueblos y nacionalidades. Sin embargo, aún queda la duda de si la incorporación y no marginación de esos grupos es su ciente para crear otra estructura estatal que nos lleve a la gran transformación civilizatoria poscapitalista urgente para que la Humanidad tenga algún futuro. Es más, quizás la propuesta de Estado plurinacional sirva más como herramienta para la descolonización, antes que como un aporte concreto de cómo debería ser el nuevo Estado, si es que tiene sentido insistir en buscarlo.

De nitivamente, lo que está claro es que la premisa descolonizadora y despatriarcalizadora, como elementos fundamentales para superar la explotación del ser humano y de la Naturaleza por parte del capital, demanda rebasar los Estados- nación coloniales, oligárquicos, capitalistas para que estas transformaciones no se queden simplemente en los discursos. De todas formas, nada cuesta pensar en que quizá la mayor utopía a la que podría aspirar la Humanidad es la vigencia del Buen Vivir en un mundo sin Estados.

Notas:

  1. Economista ecuatoriano. Exministro de Energía y Minas. Expresidente de la Asamblea Constituyente. Excandidato a la presidencia de la República del Ecuador.
    El autor de estas líneas agradece los sugerentes comentarios de Raúl Prada Alcoreza y los valiosos aportes de John Cajas-Guijarro.
  2. Esta noción del Estado está sustentada en la propuesta de Bob Jessop (2016, pp. 72-73) en el Handbook on Theories of Governance, Edward Elgar Publishing, Cheltenham.

    3  Un trabajo recomendable es el de Isabella Radhuber (2013); Der plurinationale Staat in Bolivien. Die Rolle der Ressourcen- und Budgetpolitik, Westfälisches Dampfboot, Münster. Disponible también en español: Radhuber, Isabella (2014); Recursos naturales y nanzas públicas. La base material del Estado plurinacional de Bolivia, Plural Editores, La Paz. El texto propone una lectura desde las diversas teorías del Estado y las confronta con el signi- cado del Estado plurinacional.

    4  Basta ver la discusión propuesta por el autor de estas líneas en su libro El Estado como solución, ildis, Quito (1998), tanto como la discusión posterior los diversos textos: 2007, 2008, 2009, 2010. Sin tratar de negar las fallas de dichos textos, cabe anotar que hay que ubicarlos en los correspondientes momentos políticos, sobre todo al inicio de enfrentamiento al Estado mínimo de la ideología neoliberal.

    5 Citado por Jose na del Prado (2005, p. 317).

    6 Paco Gómez Nadal (2017), Indios, negros y otros indeseables – Capitalismo, racismo y ex- clusión en América Latina y el Caribe, Serie Debate Constituyente, editores Alberto Acosta y Esperanza Martínez, Abya-Yala, Quito.

    7 Sobre esta cuestión se puede recomendar los textos de Eduardo Gudynas, Jürgen Schuldt e  inclusive del autor.

    8 Para profundizar en esta discusión, se recomienda leer los varios textos sobre el Estado Plurinacional de Raúl Prada Alcoreza.

    9 La Constitución ecuatoriana de Montecristi (2008), en su artículo 416.6, «propugna el principio de ciudadanía universal, la libre movilidad de todos los habitantes del planeta y el progresivo n de la condición de extranjero como elemento transformador de las relaciones desiguales entre los países, especialmente Norte-Sur».

    10 En Ecuador, desde la visión de organizaciones indígenas, como la conaie, las nacionalidades son entidades históricas y políticas con una identidad, idioma y cultura comunes, que viven en un territorio determinado mediante sus instituciones y formas tradicionales de organización social, económica, jurídica, política y ejercicio de autoridad. Los pueblos indígenas, en cambio, se definen como las colectividades originarias, conformadas por comunidades con identidades culturales que les distinguen de otros sectores de la sociedad ecuatoriana, regidas por sistemas propios de organización social, económica, política y legal. En una nacionalidad pueden existir diversos pueblos, que mantienen características esenciales de ella, por ejemplo, su idioma, pero que tienen otros elementos que los diferencian; situación que no es realmente aceptada ni respetada por el Estado-nación. Web http://ec.kalipedia.com/geogra a-ecuador/ tema/geogra a-poblacion/nacionalidades-pueblos-ecuador.html?x=20080801klpgeogec_2. Kes&ap=1

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    11 Es larga la lista de las soberanías: alimentaria, energética, cultural, económica, monetaria, del cuerpo, etc. Ver Acosta y Martínez (2010).

    12 La lista de textos que abordan este tema es cada vez más grande. Podríamos mencionar los aportes de Gudynas (2014), a modo de ejemplo, en su artículo ‘Buen Vivir: sobre secuestros, domesticaciones, rescates y alternativas’; también en el mismo libro, el capítulo de Estermann (2014) ‘Ecosofía andina. Un paradigma alternativo de convivencia cósmica y de vida plena’. Otro libro recomendable es el de Omar Felipe Giraldo (2014). Así mismo, Atawallpa Oviedo (2011), Qué es el sumakawsay. Más allá del socialismo y capitalismo; o los textos del autor de estas líneas, como El Buen Vivir. Sumak Kawsay, una oportunidad para imaginar otros mundos (Acosta, 2013).

    13 No solo aquí hay voces críticas desde vertientes «progresistas». Hay varias críticas al Buen Vivir o a los Derechos de la Naturaleza. Por ejemplo, se puede consultar los artículos de Sánchez Parga (2011) para Ecuador o Mancilla (2011) para Bolivia, donde se echa de menos un debate más serio y profundo. También es recomendable la respuesta de Eduardo Gudynas a estas visiones positivistas y conservadoras.

    14 Para comprender el proceso boliviano se recomienda, a más del mencionado aporte de Isabella Radhuber, los trabajos de Raúl Prada Alcoreza, Luis Tapia y Oscar Vega Camacho, quienes, de manera seria y responsable, han analizado este difícil y apasionante proceso constitucional. Para el Ecuador no hay tantos aportes, pero destaca el artículo de Floresmilo Simbaña, a más de los documentos base preparados por la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (conaie) para el proceso constituyente de 2007-2008.

    15 Sin duda, esta exigencia cobra mucha fuerza en países como Ecuador que han expedido, desde 1830, hasta la fecha, veintiuna constituciones. Un récord lamentable pues evidencia el irrespeto casi permanente a las instituciones. Y por eso es indignante que la Constitución de 2008 haya sido desmontada e irrespetada por el gobierno que contribuyó a su redacción y aprobación.

    16 Estos principios generan diversas interpretaciones y conflictos, como los que avizora Atawallpa Oviedo Freire, a quien le cuesta aceptar incorporar varios principios «liberales» en la esencia del Buen Vivir.

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