Georges Didi-Huberman: “Las imágenes no son sólo cosas para representar”

Georges Didi-Huberman, filósofo e historiador del arte
El ensayista reflexiona en torno a la imagen y a su dimensión política, la historia, el arte y la memoria. Está en Buenos Aires para el montaje de la muestra Sublevaciones, de la cual es curador, una exposición que promete convertirse en uno de los fenómenos culturales del año en el país.
Por Verónica Engler

El filósofo e historiador del arte Georges Didi-Huberman –uno de los pensadores centrales de nuestro tiempo– está desde la semana pasada trabajando a tiempo completo en Buenos Aires, en el montaje de la muestra Sublevaciones (Soulèvements), de la cual es curador, en el Centro Arte Contemporáneo del Museo de la Universidad Nacional de Tres de Febrero (Muntref). La exposición se fundamenta en un trabajo histórico y teórico que Didi-Huberman viene realizando desde hace años, y que está plasmado en una serie de libros titulados L’oeil de l’histoire (El ojo de la historia).

Integrada por más de doscientas obras (de Marcel Duchamp, Man Ray, Tina Modotti y Henri Cartier-Bresson, entre otros; además de los locales Abraham Regino Vigo, Adriana Lestido, León Ferrari y Eduardo Longoni), Sublevaciones –que ya se presentó en Paris y Barcelona– probablemente se transforme en uno de los fenómenos culturales del año en el país.

Desde hace décadas, este ensayista de renombre internacional viene reflexionando en torno a la imagen y a su dimensión política, la historia, el arte, la memoria, y también sobre ese campo fecundo de estudios que es la historia del arte. Perteneciente a un linaje de pensadores disruptivos como el filósofo Walter Benjamin, y los historiadores del arte Aby Warburg y Carl Einstein, la propuesta de Didi-Huberman, como la de sus predecesores, también se dirige contra una cierta concepción de la historia, positivista, evolucionista y teleológica. “Crear la historia con los mismos detritus de la historia”, incitaba Benjamin en su Libro de los Pasajes. Se trata de una propuesta epistemológica que supone que la historia (como objeto de la disciplina) no es una cosa fija, ni siquiera un simple proceso continuo y que la historia (como disciplina) no es un saber estático ni un relato causal. De esta forma, el pasado deja de ser un hecho objetivo y se transforma en un hecho de memoria. Entonces, para desmontar la continuidad de las cosas que propone la construcción epistémica convencional, la alternativa es el “montaje”, un concepto clave para entender el pensamiento de Didi-Huberman. En su texto Cuando las imágenes tocan lo real, lo explica de esta manera: “El montaje será precisamente una de las respuestas fundamentales a ese problema de construcción de la historicidad. Porque no está orientado sencillamente, el montaje escapa de las teleologías, hace visibles las supervivencias, los anacronismos, los encuentros de temporalidades contradictorias que afectan a cada objeto, cada acontecimiento, cada persona, cada gesto. Entonces, el historiador renuncia a contar ‘una historia’ pero, al hacerlo, consigue mostrar que la historia no es sin todas las complejidades del tiempo, todos los estratos de la arqueología, todos los punteados del destino.” El montaje, de esta manera, permite establecer una relación crítica entre las imágenes que ayuda a escapar de la cadena de los estereotipos, de los clichés de la mirada que impiden ver muchas cosas. Para Didi-Huberman, el buen uso de la imagen es, sencillamente, el buen montaje. De estas y otras cuestiones conversará amablemente en la siguiente entrevista, durante una pausa en su ajetreada jornada, mientras almuerza unas empanadas antes de ir a la inauguración de la cátedra “Políticas de las Imágenes” que presidirá en la Untref.

–¿Cómo concibe el tema de las sublevaciones y cómo fue pensada esta muestra a partir de ese tópico?

–Yo no empecé concibiendo la sublevación, fue exactamente el movimiento inverso. Se cree que un filósofo tiene primero una idea general y después la aplica a una exposición, pero no es en absoluto así. Son las obras que se van cosechando las que dan una idea de lo que puede ser, aunque no es exactamente una idea, es sobre todo un recorrido en una serie de problemas. No tengo una teoría o una definición de sublevación, no es ése el problema. Es una fenomenología, o una antropología, eso quiere decir que es más descriptivo, de alguna manera. No es una ontología, es solamente un recorrido con algunos ejemplos con vínculos que creo que tienen, pero me resisto a la idea de cualquier definición.

–¿Cuáles fueron las cuestiones que hicieron que ese recorrido cuajara en la muestra? ¿Se trata de iconografías de las luchas populares que para usted resultan significativas? 

–¿Lo que me quiere preguntar es por qué no hay sublevaciones fascistas? Hay sublevaciones fascistas. Pero en una exposición que puede verse en diez minutos o diez horas, supongamos que se la quiere ver en diez minutos, si muestro un puño levantado y al lado un signo fascista, si se mira rápidamente se va a ver un signo igual entre las dos imágenes. Y yo no creo que haya un signo igual entre los dos, entonces evité las sublevaciones populares reaccionarias que existen, como en este momento en Francia, por ejemplo.

–¿Qué significa para usted reflexionar sobre la dimensión política de las imágenes?

–Yo comencé como historiador del arte, es decir, como un enamorado de la belleza. Y un día me di cuenta de que todo análisis de una imagen tiene una dimensión política, y toda imagen tiene una dimensión política. Entones, intenté ser más preciso, porque la dimensión artística siempre está en dialécticas con algo más temible, más peligroso.

–Su propuesta como historiador del arte y filósofo de las imágenes se basa en la idea de que no hay fuentes originarias en la historia, ni causas y consecuencias lineales entre los acontecimientos. Siguiendo el legado de Walter Benjamin, de alguna manera lo que usted plantea es desbordar lo que sería un tiempo pacificado de la narración ordenada, para lo que postula las nociones de montaje y anacronismo. ¿Cómo funcionan estas cuestiones entre las obras que conforman Sublevaciones?

–Funcionan a través de los gestos al principio. El hecho de que cuando uno está alienado y protesta contra esa alienación, la protesta toma una forma corporal: es el brazo que se levanta, el cuerpo que se despliega, la boca que se abre, entre las palabras y cantos, todo eso es corporal. El cuerpo humano es lo más antiguo que poseemos, el cuerpo humano es más antiguo que un fósil, que una obra de arte griega, el cuerpo humano es muy antiguo, es nuestra antigüedad. Todo eso es anacrónico. Cuando un joven de Mayo del 68 se mueve y puede moverse como Dionisio es anacrónico.

–Usted escribió el libro Imágenes pese a todo: memoria visual del Holocausto (2003) a partir de cuatro fotos tomadas por los Sonderkommandos (que eran los judíos que tenían que meter en la cámara de gas a sus congéneres y luego enterrarlos; después ellos mismos también eran condenados), un texto en el que, entre otras cuestiones, propone la necesidad de mostrar esas imágenes sobre lo inimaginable, la Shoah. ¿De qué manera se insertan estas fotos en Sublevaciones?

–Estas cuatro fotos forman parte de la exposición, pero si miramos lo que representan, nos podemos preguntar “¿por qué están en esta exposición?” A la izquierda hay un grupo de mujeres que van a la cámara de gas para que las ejecuten, y en la imagen de la derecha hay cadáveres que se queman…  ¿Dónde está la sublevación? Ahí la respuesta es que precisamente no hay que mirar en las imágenes sólo lo que representan. Las imágenes no son sólo cosas para representar, son ellas mismas cosas que están al extremo de nuestros cuerpos. Cuando tengo mi cámara de fotos y saco una foto (mientras dice esto le saca una foto a la cronista), ya está, le saqué una foto, está al extremo de mi cuerpo. Una imagen es un gesto, y el gesto de fotografiar a esas pobres mujeres y esos pobres cadáveres, el mismo gesto de decidir fotografiarlos, mientras que el que sacó la foto sabía que iba a morir así, eso es un gesto de sublevación. ¿Y cuál es el resultado? El resultado es que nosotros podemos verlo hoy. Lo que era terrible era que todo eso era invisible al mundo entero. Nosotros, gracias a ese hombre que murió, por supuesto, tenemos acceso a esta verdad histórica. Yo agregaría que esas fotos forman parte de un conjunto de decisiones tomadas por esa gente, esos prisioneros, enterrados en la tierra, son fotos que hicieron explotar una cámara de gas. Es una insurrección, esa imagen forma parte de un gesto de insurrección, a pesar de lo que representa. Y la gran pregunta de estas imágenes extremas sería: cuando no hay nada, cuando no hay ningún medio para luchar, cuando uno está totalmente en actitud de humillación, ¿cómo se subleva de todas maneras? Esto está claro.

–Las fotos tienen además del signo de esa sublevación extrema el valor testimonial, es un legado de memoria.

–Sí, testimonios y también esperanza. No esperanza para él, el fotógrafo, que sabe perfectamente que va a morir, esperanza para el futuro. Por eso pienso que el gesto de sublevación va siempre hacia el futuro, pero siempre también es una cuestión de memoria. Es el tema más importante, es la relación entre el deseo, que va hacia el futuro, y la memoria.

–A veces se cuestiona la necesidad de mostrar imágenes del horror, muchos se preguntan si la exhibición de estas imágenes no puede fomentar el morbo, una especie de gozo perverso, a través de cierta dinámica de circulación de imágenes como la que impera en los medios de comunicación masivos.

–Ya que hablamos de perversión, podríamos pensar que hay perversos a quienes les gustan mucho los zapatos o el cabello. ¿Vamos a suprimir el cabello y los zapatos? No, la perversión no está en el objeto, está en la mirada. Entonces, la imagen del horror, la imagen de guerra, es inocente. Lo que es culpable, eventualmente, es la mirada, la utilización que se hace de la imagen. La perversión no está en la imagen, está en la mirada. No creo en la necesidad de censurar cierto tipo de objetos, sino en modificar la actitud subjetiva respecto de eso. Por ejemplo, yo no tengo para nada ganas de ver videos de Daesh (Estado Islámico), pero si un día tuviera que trabajar con eso, tendría que verlo, qué puedo hacer…

–¿Considera que la mirada contemporánea está determinada por los medios de comunicación masivos? Condicionada en relación a producir ciertas cegueras y ciertas visibilidades, y ciertos cliché de la mirada.

–Hay un filósofo que a mí me gusta mucho, que se llama Gilles Deleuze, y él dijo algo que adoro, que no vivimos en una civilización de la imagen, no es cierto, vivimos en una civilización de clichés. Y nuestro trabajo es mirar imágenes o crear imágenes que deconstruyan los clichés. Por eso me interesa poner en conexión las imágenes entre sí a través de un recurso constante a la idea de montaje. Lo importante es poner en relación las imágenes porque ellas no hablan en forma aislada.

–¿Y cómo se hace eso?

–Con montaje. Por ejemplo, con el lenguaje tenemos un cliché con la palabra “pueblo”. En Francia Marine Le Pen utiliza el nombre del “pueblo”. Entonces, ¿yo tengo que renunciar a la palabra “pueblo”? No, yo voy a hacer otro montaje, distinto al que hace Marine Le Pen, y lo mismo con las imágenes.

–Generalmente se suele entender el acto de mirar como un hecho dado por la sensibilidad, simple, directo, sin mediaciones, algo que sería sencillo e inmediato. Pero usted postula que, por el contrario, hay que trabajar bastante para poder mirar. ¿Cómo es esa tarea?

–Sí, sí, hay que trabajar más allá de la pura visión. Hay que trabajar más allá de la simple información inmediata que puede arribar al cliché. Porque miramos también con palabras, y a veces miramos muy mal. Necesitamos tomarnos el tiempo para mirar un poquito mejor.

–¿Es necesario desarrollar algún tipo de pedagogía orientada a generar nuevos espacios de visibilidad? 

–Sí, la pedagogía de las personas que han hecho preguntas no consensuales respecto de las imágenes, pero no hay mucha gente que haga esto. Hay una desproporción completa entre la importancia que se da a las imágenes en la vida cotidiana, en la política, el marketing, etcétera, y la ausencia de reflexión sobre las imágenes. Se considera que los que reflexionan sobre las imágenes son muy complicados, pero no es cierto, no son más complicados que los que trabajan en la Bolsa (se ríe).

–¿Qué tipo de contribución a la construcción histórica le parece que es capaz de aportar este tipo de conocimiento por la imagen?

–En todos los campos de conocimiento histórico, en todas las áreas, la imagen aporta cuestiones específicas e interesantes.

Fuente: file:///Users/deciomachado/Downloads/45024-las-imagenes-no-son-solo-cosas-para-representar.html

Yanis Varoufakis: «La tragedia de Europa es que sus estados no son soberanos»

El exministro de Finanzas griego encabeza desde Alemania una lista transnacional para las elecciones europeas con la que pretende combatir la ultraderecha y las políticas de austeridad

Por Carles Planas Bou

Yanis Varoufakis quiere a volver a dar guerra en Bruselas. Bajo un programa que exige devolver la democracia a la Unión Europea (UE), el exministro de Finanzas griego fue ratificado el domingo en Berlín como cabeza de lista de ‘Democracia en Europa’, un movimiento progresista que desde Alemania pretende dar el salto a la primera línea política en las elecciones europeas del próximo mayo y alzarse como oposición a la austeridad y al nacionalismo de corte autoritario cada vez más extendido en el continente.

Este nuevo partido nace del movimiento paneuropeo DiEM25que el mismo Varoufakis co-fundó en 2016 tras dimitir como responsable de las finanzas del gobierno de Alexis Tsipras. Su alianza con partidos progresistas de todo el continente se agrupará bajo el paraguas de ‘Primavera Europea’, la primera lista electoral transnacional que concurrirá a esos comicios.

Financiado con aportaciones ciudadanas, este movimiento de base formado por activistas e intelectuales reclama una agenda de progreso que se oponga a la creciente desigualdad de salarios y que impulse la justicia social y el respeto al medio ambiente. Cuenta con el respaldo de personalidades tan diversas como el excandidato a la presidencia de Estados Unidos, Bernie Sanders, la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, o el fundador de Wikileaks, Julian Assange.

En la presentación de su candidatura, Varoufakis se sienta a charlar con este diario.

– En 2016 presentó su movimiento DiEM25 desde Berlín. Ahora regresa a Alemania. ¿Es un mensaje a Bruselas?

-Presentar mi candidatura en Alemania para las elecciones europeas mientras sigo liderando el partido en Grecia (MeRA25) muestra nuestra intención de romper las barreras nacionales y poner fin a la tóxica narrativa y al falso mito de que hay una brecha entre el norte y el sur de Europa. La brecha real es entre las fuerzas progresistas y el autoritarismo, ya sea el del ‘establishment’ o el de la ultraderecha racista.

– ¿Por qué elige las elecciones europeas?

-Europa vive en una crisis sistémica que no puede solucionarse a nivel nacional. En los dos últimos años DiEM25 ha hecho lo que no ha hecho ningún otro partido político, hemos intentado dar respuesta a qué debemos hacer frente a la crisis bancaria, la pobreza, la inversión en energías verdes, la deuda pública y la migración. Ahora queremos llevar nuestro programa a los votantes.

-¿Es la creación de esa lista transnacional una forma de reconocer que la soberanía nacional no existe?

-Soy un férreo defensor de la soberanía, es un concepto clave de la democracia. La tragedia de la Eurozona es que desde que se creó una unión política los estados que la forman no son soberanos. Ni España, ni Grecia, ni incluso Alemania. Solo hay un control por la fuerza de la troika y sus instituciones. Eso supone un completo colapso de la soberanía, a nivel europeo, nacional o regional. Para recuperarla debemos europeizar los problemas que queremos resolver.

– A la ultraderecha no le ha hecho falta gobernar para marcar la agenda política y condicionar a los grandes partidos. ¿Cómo pretenden contrarrestarlo?

-La mayoría de la gente mira al futuro y ve un lugar menos próspero que el pasado. Esto crea frustración, rabia, indignación y miedo. Y tienen razón en verlo así porque después del 2008 el ‘establishment’ trasladó los costes del sector financiero hacia los ciudadanos más débiles del sistema. Para la ultraderecha racista eso le hace muy fácil poder señalar al diferente, al inmigrante, al sirio, al judío. ¿Cuál es el antídoto a ello? Creo que como la causa es paneuropea la solución también debe serlo, además de progresista. Debemos confrontar a la extrema derecha pero también sus causas, que son las políticas fracasadas del ‘establishment’, eso del “socialismo para los bancos pero austeridad para todos los demás”.

– Cuentan con el apoyo de fuerzas de izquierdas como Barcelona en Comú por todo el continente pero vais por libre. ¿Por qué no trazar una alianza con otros partidos progresistas, como pedían en Alemania desde Die Linke?

-Nuestros compañeros en España son muy importantes y queremos trabajar con ellos. Pero los ciudadanos europeos están hartos de los políticos, también de los de izquierda, y con razón. Lo último que quieren ver es como éstos se juntan para repartirse los cargos y para ser elegidos. Lo que decimos a todas las fuerzas progresistas de Europa es que estamos abiertos a debatir nuestras propuestas, a ir a efectos prácticos. ¿Qué haremos para combatir la pobreza? El presupuesto español no es suficiente para responder a eso. Así que primero las políticas, después ya estaremos unidos. Esto es algo en lo que la izquierda no es buena. Les encanta la idea de crear alianzas y después se rascan la cabeza para saber qué propuestas hacer. Podemos selló un pacto con la Francia Insumisa de Jean-Luc Mélenchon pero no creo que compartan su idea de salir de la Unión Europea.

– Necesitarán debatir también con los llamados partidos socialdemócratas.

-No existe tal cosa como los partidos socialdemócratas. Algunos se han mantenido a flote porque han conseguido abandonar el barco hundido de la socialdemocracia. En Grecia tenemos un gobierno con antiguos colegas que hablan en nombre de la izquierda. La división entre la izquierda y la derecha siempre seguirá siendo pertinente mientras exista el capitalismo. Pero estos partidos nacionales ahora van con banderas que nos recuerdan que no pretenden resolver los problemas de clase.

– ¿Se alegrará Bruselas de su regreso político?

-No les importa un pimiento. ¿Sabes por qué? Porque el Parlamento Europeo no existe en sus mentes. Lo ignoran, no tiene la autoridad para mantener los controles y equilibrios.

Fuente: https://www.elperiodico.com/es/internacional/20181126/yanis-varoufakis-la-tragedia-de-europa-es-que-sus-estados-no-son-soberanos-7168269

Rita Segato: «El feminismo punitivista puede hacer caer por tierra una gran cantidad de conquistas»

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La antropóloga disertó en la cuarta edición del Encuentro Latinoamericano de Feminismos. «No hay una solución simple, pero es necesario pensar más y estar en un proceso constante», señaló.
En la Argentina, como lo demostró ayer Thelma Fardin, las mujeres ya no nos callamos más. Contra el acoso, la violencia y la justicia patriarcal, el escrache, ya sea anónimo o con nombre y apellido, se posicionó como un dispositivo para alertar de posibles violentos, pero también como una búsqueda de ajusticiamiento mediante la condena social. A través de este método, que virtualmente está en manos de todos y todas, hemos visto caer desde ídolos rockeros hasta actores -Juan Darthés, el último-, docentes prestigiosos, cuadros políticos de organizaciones y partidos, todo tipo de “ciudadanos de a pie”. Sin embargo, dispara interrogantes que todavía no parecen saldados: ¿Podemos ponerlo en duda? ¿Puede el punitivismo, frente a la impunidad, ser una forma de “justicia popular”?

Este fin de semana se celebró en La Plata la cuarta edición del Encuentro Latinoamericano de Feminismos, donde la antropóloga Rita Segato junto la periodista e integrante de HIJOS Lucía García Itzigsohn, entre otras invitadas, debatieron acerca de estas cuestiones en la rueda “Seguimos persiguiendo justicia —  Homenaje a Chicha Mariani”. En conjunto, abordaron cuestiones como la búsqueda de una reparación, el significado de la memoria, y repasaron la historia del escrache como método de lucha; sin embargo, la charla terminó con más interrogantes que respuestas.

Itzigsohn, que contó su experiencia como hija de detenidos desaparecidos, sostuvo que estas acciones surgieron “como una instancia de justicia en acto, perfomática”. “Hoy estoy en otra posición, la vía institucional es importante porque inscribe las cosas en otro nivel”, señala, y recuerda: “Nosotros hacíamos una investigación copiada de las Abuelas. Íbamos a las casas y hacíamos guardia, trabajábamos con los vecinos, les contábamos que íbamos a marcar ese domicilio”, previo al momento de la icónica bombita roja. “Era un momento festivo”, con murga incluida: “Bailábamos, porque podíamos transformar la impunidad en algo que poníamos en la discusión social. Era una catarsis colectiva”.

Si hay o no reparación, Itzigsohn define que la violencia es justamente “lo irreparable”; sin embargo, poder sanar colectivamente y vivir desde el cuerpo que lo que le había pasado a ella también lo atravesaron otros, le permitió “una línea de fuga del lugar de víctima”.

Para la antropóloga Rita Segato, el “bien colateral” de la dictadura fue justamente eso: escenas como la de los escraches, que promocionaron el debate para desarrollar así una inteligencia social “más sofisticada”, que permitió “salir de los lugares comunes”, y promovió que las mujeres profundicen “una nueva forma de hacer política”, que reafirma: “Surgió con las Madres”. Por eso, para ella, los homicidios de Berta Cáceres y de Azucena Villaflor fueron femicidios; aunque muchos hombres fueron asesinados por las mismas causas, señala que la diferencia radica en que lo que se quería matar “era un estilo de hacer política, una politicidad propia de las mujeres”.

Sin embargo, menciona que estos métodos usados en el período de post-dictadura “nunca fueron un linchamiento”, sino el fruto de “un convenio colectivo a través del cual concluyeron que había que llegar a un castigo”: aunque no hubo una instancia judicial, sí hubo una de “juicio justo”. Por eso reconoce que “desde el feminismo podría haber una instancia de juicio justo”, -en vez de las escraches como se los conoce ahora, -“como una asamblea, para que la situación no sea un linchamiento sin sumario”. “Si defendemos el derecho al proceso de justicia, nuestro movimiento no puede proceder de esa forma que ha condenado”.

Para ella, la impunidad radica en que ahora es exhibida como un show, como en el caso de Lucía Pérez, donde se le dijo a la gente que “el mundo tiene dueños”, y que ellos “no van a ceder ante ningún pedido de la sociedad”: hay un “mensaje de la dueñidad”, donde lo que queda en claro es que “la institucionalidad” es una ficción.

“Entonces, ¿qué es lo contrario a la impunidad? ¿El punitivismo?”, se pregunta Rita. Sabiendo que estaba entrando en un terreno complicado, invitó a salir “de los binomios mas paridos, como el abolicionismo o el regulacionismo, que simplifican la realidad”. Y agregó: “No quiero un feminismo del enemigo, porque la política del enemigo es lo que construye el fascismo. Para hacer política, tenemos que ser mayores que eso”. “Antes de ser feminista soy pluralista, quiero un mundo sin hegemonía. Lo no negociable es el aborto y la lucha contra los monopolios que consideran que hay una única forma del bien, de la justicia, de la verdad: eso es mi antagonista”, describió. Para la investigadora, “el feminismo punitivista puede hacer caer por tierra una gran cantidad de conquistas”, es “un mal sobre el que tenemos que reflexionar más”, y recuerda la violencia que se vive en las prisiones: “¿Puede un estado con las cárceles que tiene hacer justicia? Esa no puede ser la justicia; ser justo con una mano y ser cruel con la otra”.

Profundizando este concepto, la antropóloga expuso que hay que tener “cuidado con las formas que aprendimos de hacer justicia” desde lo punitivo, que están ligadas a la lógica patriarcal. El desarrollo del feminismo, recalca, no puede “pasar por la repetición de los modelos masculinos”. Frente a eso, sabe que la respuesta no es fácil: “No hay una solución simple, pero es necesario pensar más y estar en un proceso constante. Cuando el proceso se cierra, es decir, cuando la vida se cierra, se llega a lo inerte”, en cambio, “la política en clave femenina es otra cosa, es movimiento”.

Además, señaló que “la única forma de reparar las subjetividades dañadas de la víctima y el agresor es la política, porque la política es colectivizarte y vincular”, propuso Segato. “Cuando salimos de la subjetividad podemos ver un daño colectivo”, y eso no puede curarse “si no se ve el sufrimiento en el otro”. Por eso, considera clave el proceso de debate y búsqueda de justicia: “Fuimos capturadas por la idea mercantil de la justicia institucional como producto y eso hay que deshacerlo. Perseguimos la sentencia como una cosa, y no nos dimos cuenta que la gran cosa es el proceso de ampliación del debate”.

Foto: Rita Segato

Fuente:http://www.agenciapacourondo.com.ar/generos/rita-segato-el-feminismo-punitivista-puede-hacer-caer-por-tierra-una-gran-cantidad-de

 

La extrema derecha en Brasil: aprendiendo y desaprendiendo desde la izquierda

Por Eduardo Gudynas y Alberto Acosta

El triunfo en las elecciones presidenciales de Brasil de Jair Bolsonaro tiene muy importantes efectos en toda América Latina y plantea enormes desafíos políticos. Expresa no solo otro caso donde un gobierno progresista debe dejar el gobierno, sino también la llegada al poder de actores ultra conservadores o de la extrema derecha.

Estas implicancias exigen un análisis de los efectos de este giro político extremo, y en especial las izquierdas latinoamericanas están conminadas a aprender de lo que allí sucedió. Sea aquellos grupos que todavía gobiernan en algunos países, sea las izquierdas o progresismos que están en la oposición en otros. Todos ellos enfrentan el desafío de no repetir las contradicciones observadas en Brasil, y en otros países vecinos. Esto también es indispensable para los movimientos ciudadanos que siguen lidiando con estrategias como las extractivistas, ya que un estilo político como el propuesto por Bolsonaro solo augura una acentuación de la violencia.

Enfrentamos preguntas que deben hacerse. ¿Qué nos enseña Brasil para evitar, por ejemplo, que alcance la presidencia la extrema derecha en Ecuador o Uruguay? ¿Cómo evitar que el ejemplo Bolsonaro permita que se acentúe todavía más la deriva hacia la derecha en Chile o Colombia? Sin negar las intromisiones externas o los desvíos internos, es necesario reflexionar sobre lo sucedido.

En este texto presentamos distintas reflexiones a partir de lo sucedido en Brasil. No se pretende un análisis detallado de la política interna en ese país, sino que nuestro propósito es otro: rescatar algunos aprendizajes que sean útiles para unas izquierdas que están ubicadas en las naciones vecinas. Por esa razón también ponemos énfasis en la situación de los demás países sudamericanos. Tampoco se repite la nutrida información circulante ni se apelara a análisis simplistas, tales como achacar toda la culpa sea a la derecha, al progresismo, al imperialismo o a los grandes medios de prensa.

Son los resultados de un trabajo en marcha, desde el compromiso con la justicia, tanto social como ecológica, para evitar que otros Bolsonaros se instalen en el resto del continente, y apostando así a una renovación de las izquierdas.

Progresismos e izquierdas: son diferentes

En todo el continente, los agrupamientos políticos conservadores realizan un activo entrevero de hechos para desacreditar las opciones de cambio hacia la izquierda. Se mezclan las severas crisis de Venezuela y Nicaragua con la caída del Partido de los Trabajadores (PT) en Brasil, para insistir en que las opciones de cambio hacia la izquierda son imposibles, fatalmente están teñidas por la corrupción, y así sucesivamente. Pero justamente la crisis brasileña muestra la necesidad de insistir en las diferencias entre progresismos e izquierdas.

Es que muchos de los problemas observados en Brasil resultan, como se verá más abajo, de programas y una gestión de gobierno del PT y sus aliados donde poco a poco olvidaron sus metas iniciales de izquierda para transformarse paulatinamente en progresismos. Esto nunca lo ocultaron, sino que hicieron de ello uno de sus atributos. Por lo tanto, una primera lección a tener en cuenta es que la distinción entre izquierdas y progresismos sigue siendo clave [1].

Humildad para entender los humores del pueblo

El Partido de los Trabajadores y el liderazgo de Lula da Silva fue repetidamente presentado como ejemplo de viraje exitoso hacia las llamadas “nuevas izquierdas” en toda América Latina y a nivel mundial, lo que es comprensible al haber ganado cuatro elecciones consecutivas. No fueron pocos los grupos políticos que en distintas naciones lo tomaron como inspiración. Es más, se insistía en que el “pueblo” en su mayoría había adherido a la izquierda y eso explicaba victorias electorales como las de Dilma Rousseff.

Sin embargo, en un proceso relativamente veloz, incluyendo los abusos de la oposición de las disposiciones jurídicas, el PT perdió el control del gobierno, Rousseff fue removida de su cargo en 2016. Ella fue reemplazada por un político poco conocido y de derecha, Michel Temer, quien había sido vicepresidente de la misma Rousseff. Los escándalos de corrupción no cedieron, se procesaron a decenas de empresarios, políticas e intermediarios, y Lula da Silva, perseguido por la justicia, fue encarcelado (ingresando en prisión en abril de 2018).

Esas y otras circunstancias desembocaron en un cambio político extremo. No sólo triunfó Bolsanaro, sino que se hizo evidente que la sociedad brasileña es más conservadora de lo pensado. Aquel mismo “pueblo” que años atrás apoyaba al PT, en unos casos lo rechazaba intensamente, y en otros, festejó a un candidato prolífico en discursos de tono fascista.

Estamos aquí ante una otra lección que impone precaución en usar categorías como “pueblo”, y que nos demanda humildad en aseverar cuáles son los pensamientos o sensibilidades prevalecientes. Quedan en evidencia las limitaciones de un “triunfalismo facilista” ante una sociedad brasileña que no era tan izquierdista como parecía y un conservadurismo que estaba mucho más extendido de lo que se suponía. En ese sentido, Maristella Svampa anota que el triunfo de Bolsonaro se “nutre de un fascismo social preexistente”, que ya estaba avanzando en el país [2]. Es una dinámica que también puede tener algunas similitudes con los derrumbes de las izquierdas y socialdemocracias europeas para dar paso a un paulatino avance de grupos ultraconservadores o fascistas [3].

Esta es una cuestión de mucho cuidado viendo cómo avanzan las creencias en una prosperidad que supuestamente descansa en el individualismo, el consumismo, y que entienden como normal y hasta necesaria la existencia de profundas diferencias sociales, y aceptan la violencia.

Derechas sin disimulos y progresismos disimulando ser izquierda

Seguidamente queda en evidencia otro aprendizaje: los riesgos de un programa que se recuesta sobre sectores y prácticas conservadoras para poder ganar la próxima elección. Una postura que asume que primero se debe “ganar” la elección presidencial, y que una vez en el palacio de gobierno se podrá “cambiar” al Estado y la sociedad. Esto se ejemplifica en Brasil con acciones que van desde la adhesión a un orden financiero (en la muy conocida Carta al Pueblo Brasileño firmada por Lula  en plena campaña electoral [4]) hasta su articulación política con el PMDB (Partido Movimiento Democrático Brasileño) de centro-derecha para lograr gobernabilidad. Le siguieron otras concesiones clave en las estrategias de desarrollo, cerrando la puerta a transformaciones estructurales del aparato productivo y así repitiendo el estilo primario exportador [5]. Este es justamente uno de los aspectos que sirven para caracterizarlos como progresistas y diferenciarlos con las izquierdas.

Se cae en una situación donde el progresismo una y otra vez intenta disimular que es una izquierda, mientras que la nueva derecha nada disimula ni oculta. Bolsonaro critica abiertamente a negros o indígenas, es homofóbico y misógino, ironiza con fusilar a militantes de izquierda, defiende la tortura y la dictadura, y apuesta a reformas económicas regresivas. Es ese tipo de discurso el que es apoyado o al menos tolerado por una proporción significativa de la sociedad brasileña.

Pero a su vez, no son pocas las medidas que tomó el progresismo para obtener algunas ventajas (sean políticas, electorales o económicas) pero que en realidad eran funcionales al pensamiento conservador, como fue alentar el consumismo y el mismo individualismo. De esta manera se le allanaba el camino a un futuro conservadurismo.

Desarrollo nada nuevo sino senil

La necesidad de distinguir entre progresismos e izquierda también queda en evidencia al analizar las estrategias sobre desarrollo seguidas por el PT en Brasil. El camino de esos gobiernos, el “nuevo desarrollismo”, descansó otra vez en las exportaciones de materias primas. Para lograrlo se ampliaron las fronteras extractivistas y la captación de inversión extranjera, alejándose así de muchos reclamos de la izquierda.  

De ese modo, Brasil devino en el mayor extractivista del continente, tanto minero como agropecuario (por ejemplo, las exportaciones de minerales hasta llegaron a triplicar a la suma de todos los demás países mineros sudamericanos). Esto sólo es posible aceptando una inserción subordinada en el comercio global y una acción limitada del Estado en algunos sectores como el industrial, justamente al contrario de las aspiraciones de la izquierda de sacar a nuestros países de esa dependencia en la exportación de productos primarios.

La esencia de esa estrategia de desarrollo no es diferente a que siguieron otros regímenes progresistas pero también algunas administraciones conservadoras. La adicción al petróleo, la minería y otros extractivismos es muy clara en la Venezuela bolivariana, e incluso se está profundizando con Nicolás Maduro. Algo similar se ha repetido en Argentina, Bolivia y Ecuador [6]. Tomando a este último país como ejemplo, el gobierno de Rafael Correa devino en el gran promotor de la megaminería y defensor del petróleo [7], sin lograr una transformación estructural, por lo que bien se puede hablar de “una década desperdiciada” [8].

Sin duda hay diferencias allí donde el Estado tiene una presencia mayor. Esto es evidente en Brasil con enormes empresas como Petrobras (hidrocarburos) o Vale (minería), que son en parte estatales o estaban controladas y financiadas por el gobierno. En cualquier caso persistió el componente extractivista y primario exportador, que vienen de la mano de procesos desindustrializantes y que obliga a prácticas de imposición territorial y control de movimientos sociales.

Las limitaciones de esas estrategias se disimularon en Brasil con los jugosos excedentes de la fase de altos precios de las materias primas. Aunque se publicitó la asistencia social, el grueso de la bonanza se centró en otras áreas, tales como el consumismo popular, subsidios y asistencias a sectores extractivos o el apoyo a algunas grandes corporaciones (las llamadas campeões nacionales [9]).

Esto explica que el “nuevo desarrollismo” fuese apoyado tanto por trabajadores, que disfrutaban de créditos accesibles, como por la elite empresarial que conseguía dinero estatal para internacionalizarse. Lula da Silva era aplaudido, por razones distintas, tanto en los barrios pobres de su país como en el Foro Económico de Davos [10]. El PT contribuyó sustantivamente a la defensa cultural de esas estrategias, y por ello en Brasil no ocurrieron debates que alcanzaron la misma intensidad a los vividos en los países vecinos.

Las ayudas mensuales que se otorgaban en Brasil a los sectores marginados sin duda eran importantes, pero no sacaban realmente a la gente de la pobreza, ni resolvía la excesiva concentración de la riqueza, ni impedía que mucho dinero se perdiera en redes de corrupción. La caída de los precios internacionales de las materias primas dejó todavía más en evidencia estás limitaciones. De mane-

ra análoga, la reducción de la pobreza en países como Ecuador se acompasó con un aumento de la concentración de la riqueza, con lo que los ricos estaban mejor y los pobres un poco menos mal [11].

Las izquierdas deben aprender de esa incapacidad de los progresismos para transformar la esencia de sus estrategias de desarrollo. Se profundizó la dependencia de las materias primas, con China como nuevo referente, con graves efectos en la desindustrialización y fragilidad económica y financiera. El “nuevo desarrollismo” que quiso construir el progresismo no es “nuevo”, y en verdad es tan viejo como las colonias, pues en aquel entonces arrancó el extractivismo.

La lección para las izquierdas en el resto del continente es que la reflexión sobre las alternativas al desarrollo sigue siendo clave. Se podrá tener un discurso radical, pero si las prácticas de desarrollo repiten los conocidos estilos, se quiera o no, eso desemboca en políticas públicas convencionales, y es esa convencionalidad otro componente que apartó a los progresismos de las izquierdas.

En repetidas ocasiones han asomado los intentos de poner en discusión las bases conceptuales de ese desarrollo. Se destaca por ejemplo la propuesta que nació desde la sociedad civil ecuatoriana por una moratoria petrolera, pero algo análogo por cierto no ocurrió en Brasil durante los mandatos del PT. A su vez, la discusión en Ecuador estaba directamente vinculada con de los derechos de la naturaleza, otras de las innovaciones de la nueva constitución de ese país [12]. Romper con la dependencia con los extractivismos es un tema clave para las izquierdas, y para ello es indispensable poner en debate las concepciones del desarrollo.

Tensiones similares ocurren entre los grupos opositores en los países bajo gobiernos conservadores. Esto se ilustra en Perú, donde la oposición no-conservadora parece dividirse entre una desarrollista al estilo progresista y otra que intenta una transformación más sustancial. La primera mantendría los extractivismos asumiendo con optimismo que los podrá controlar ecológicamente, les impondría impuestos adecuados para compensar sus impactos, y podría blindarlos contra la corrupción;  necesita esos extractivismos porque sigue creyendo que desarrollo es crecer económicamente. Es más o menos la receta seguida en Brasil. La otra, en cambio, apuesta a salir de la dependencia de los extractivismos, y asoma como más abierta al aceptar la necesidad de explorar alternativas al desarrollo.

En cambio, en Colombia, una parte de la oposición no-conservadora logró dar pasos sustantivos en ese tipo de reflexión en la última campaña electoral. En efecto, en el debate conocido como “petróleo versus aguacates”, más allá de cómo se lo abordó en los medios, refleja un intento muy valioso desde la Colombia Humana (liderada por Gustavo Petro), para pensar alternativas frente al inminente agotamiento de los hidrocarburos en ese país.

Todos estos casos muestran que existen opciones para una renovación de izquierda que acepte el desafío de poner en discusión estrategias de desarrollo, en particular los extractivismos, se repiten desde tiempos coloniales.

Clientelismo versus justicia social

El PT aprovechó distintas circunstancias logrando reducir la pobreza, junto a otras mejoras (como incrementos en el salario mínimo, formalización del empleo, salud, etc.), todo lo cual debe ser aplaudido [13]. Por medio de políticas sociales se puede paliar la pobreza, pero cuando prevalece el clientelismo eso se vuelve acotado. No se consigue construir ciudadanías sólidas que reclamen desde los derechos, lo que va mucho más allá de un bono mensual en dinero. El consumismo se acentúo y se lo confundió con mejoras en la calidad de vida. La bancarización y el crédito explotaron (el crédito privado trepó del 22% del PBI en 2001 al 60% en 2017). De este modo prevaleció el asistencialismo y con más extractivismos se reforzó la mercantilización de la sociedad y la Naturaleza.

El nuevo desarrollismo golpeó sobre todo a pobres y marginados en las ciudades y el campo, y en particular a los indígenas. Eso alimentó las peleas del progresismo con organizaciones campesinas, indígenas, ambientalistas, feministas, etc.  En este contexto se mezclan reclamos por empleo y salud con otras, como las demandas económicas. El consumismo y las ayudas en dinero a los sectores más empobrecidos fortalecieron la lógica del clientelismo, que en otros progresismos se sustentó en un matonismo caudillista. No se construyeran o fortalecieran ciudadanías responsables y organizaciones sociales autónomas, indispensables para hacer realidad los requeridos cambios estructurales. Las mismas organizaciones sociales, pilares del PT, tuvieron que subordinar sus objetivos, tales como la distribución de la tierra, a las lógicas de “el poder por el poder” desplegadas por aquel partido.

No se quiso entender que esas estrategias obligaban a usar ciertos instrumentos económicos, sociales y políticos nada neutros, y más bien contrarios a buena parte de la esencia de izquierda. Como resultado, se generaron condiciones para el retorno de la derecha dejando servido un Estado y normas que lo harán todavía más fácil sostenerse en el poder.

Además, la fragilidad del “nuevo desarrollo” hace que los progresismos no puedan resolver sus crisis desde una perspectiva de izquierda y deriven hacia políticas públicas más conservadoras. El PT contribuyó a erosionar la calidad política y aplicó medidas abiertamente contrarias a las izquierdas que le dieron origen, tales como las flexibilizaciones ambientales y laborales para atraer a inversores. Paradojalmente, esos cambios en Brasil antecedieron, por ejemplo, a las “licencias ambientales express” de Colombia.

En el campo de la justicia social se priorizaron instrumentos de redistribución del ingreso y no tanto de la riqueza, mientras que los derechos ciudadanos y de las diversas comunidades, sobre todo indígenas, seguían siendo frágiles. El sueño de resolver las contradicciones y conflictos por medio de compensaciones económicas, entregando todo tipo de bonos, se derrumbó. En condiciones donde el consumismo genera la falsa imagen de bienestar en amplios segmentos sociales, al carecerse de espacios plurales para sopesar oposiciones, se siembra el terreno para apelar a un narcisismo nacionalista que al poco tiempo se conecta con la xenofobia. El racismo xenófobo ya no ocurre so

lamente en Brasil. Ultimamente se lo percibe y vive en ciudades de Colombia, Ecuador, Perú y Chile. Y en tanto involucra sobre todo a la migración venezolana es aprovechado para acusar al “socialismo” como la raíz de todos los males.

Tampoco se puede marginar en este breve análisis la brutal militarización de la política gubernamental para intentar frenar la delincuencia común en Brasil, sobre todo en las grandes urbes, y que provocó todavía más violencia e inseguridad.

Bajo estas y otras dinámicas, el énfasis en ayudas y compensaciones económicas acentuó la mercantilización de la sociedad y la Naturaleza. Con ello, el progresismo olvidó aquel principio de la izquierda de desmercantilizar la vida, justamente una de sus reacciones contra el neoliberalismo prevaleciente en el siglo pasado.

La insistencia del progresismo brasileño en el crecimiento económico como fundamento del desarrollo reforzó un mito que ahora aprovechó Bolsonaro, presentándose como el mejor mediador para alcanzar esa meta. Esa misma obsesión con el crecimiento está en los progresismos gobernantes (es muy visible tanto en Bolivia como en Uruguay, por ejemplo), como en los gobiernos conservadores. Los caminos y los instrumentos pueden ser diferentes en algunos puntos, pero todos parten de concebir al crecimiento económico como meta privilegiada, teniendo sobre todo a las inversiones extranjeras y las exportaciones como sus principales sino únicas mediaciones, con el fin de viabilizar dicho crecimiento más y más los extractivismos.

En cambio, la crítica de izquierda debe, en el siglo XXI, poner ese reduccionismo en discusión. En efecto, es necesario no quedar atados a esas visiones estrechas y caducas. Es hora de aceptar que la justicia social es mucho más que la redistribución, así como que la calidad de vida es también más que el crecimiento económico.

Ruralidades conservadoras

 

Las cuestiones alrededor de las ruralidades y el desarrollo agrícola, ganadero y forestal, también están repletas de lecciones a considerar. Bolsonaro llega a la presidencia apoyado entre otros por un ruralismo ultraconservador que festeja sus discursos contra los indígenas, los campesinos y los sin tierra, y que reclama el uso de las armas y la violencia. Podría argumentarse que apunta a ideas y prácticas como las que ya ocurren en muchas zonas de Colombia, donde está muy instalada esa lacerante realidad.

Bolsonaro se apoya en la llamada “bancada ruralista”, un sector que ya había llegado al parlamento con el progresismo, en tanto Rousseff colocó a una de sus líderes en su gabinete (Kátia Abreu) [14]. Este ejemplo debe alertar a la izquierda, pues distintos actores conservadores y ultraconservadores aprovechan de los progresismos para enquistarse en esos gobiernos.

Paralelamente, el progresismo fue incapaz de promover una real reforma agraria o en transformar la esencia del desarrollo agropecuario brasileño. Recordemos que bajo el primer gobierno de Lula da Silva se difundió la soja transgénica y se multiplicaron los monocultivos y la agroindustria de exportación, y no se apoyó de la misma manera a los pequeños y medianos agricultores. Otras administraciones progresistas, en especial las de Argentina, Ecuador y Uruguay, apostaron al mismo tipo de agropecuaria [15].

La problemática con el mundo rural se repite en los demás países sudamericanos, y muchas veces los progresismos han intentado esquivarlos porque entiende que cualquier opción de cambio en este campo le implicará perder votos. El caso brasileño muestra que el simplismo de apoyar los monocultivos de exportación, sostener al empresariado del campo, y si hay dinero, distribuir asistencias financieras a campesinos, finalmente erosiona la propia base electoral. 

Una renovación de las izquierdas, en cambio, debe innovar en propuestas por una nueva ruralidad, abordando en serio no solo la tenencia de la tierra, sino los usos que de ella se hacen, el papel de proveedores de alimentos no sólo para el comercio global sino sobre todo para el propio país.

Esta problemática de alguna manera ha retrocedido en los progresismos gobernantes (tal como se evidencia en las política rurales de Bolivia o Ecuador), o está estancada o retrocede por el avance del agronegocio (en Argentina o Uruguay). A la vez, sigue siendo una cuestión pendiente en países como Colombia, Perú o Chile, lo que requiere que los grupos en la oposición lo aborden.

No solo estamos ante desafíos con problemática tradicionales, como la propiedad o tenencia de la tierra, sino en la necesidad de comenzar a entender al territorio como espacio de vida y no simplemente como un factor de producción, y los papeles que debe desempeñar en la prosecución del Buen Vivir.

Corrupción, violencia y derechos

No puede dejar de mencionarse la problemática de la corrupción que, como ya se indicó arriba, penetró profundamente en el gobierno de Brasil. Los esquemas de corrupción se extendieron o repitieron en las naciones vecinas, como sucedió con los negociados de Odebrecht y otras corporaciones. Sin duda que la prensa convencional aprovechó esto para insistir en la corrupción del gobierno del PT, con asociaciones simplistas tales como sostener que todo socialismo es sinónimo de corrupción. Pero a la vez ocultaba o poco decía sobre la corrupción desde los gobiernos conservadores, como en Perú o Colombia, y que llegó a extremos escandalosos en Chile por afectar al Poder Ejecutivo y a todo el Legislativo (en el primer gobierno de Sebastián Piñera).

El progresismo no supo abordar esa problemática, prevalecieron las defensas o los silencios, y las imágenes que se popularizaron fueron las de los sobornos de Petrobras, los bolsos de dinero en Argentina o los fajos de dólares en el techo de un apartamento en Quito. O sea, todos casos atados a los progresismos.

La lección ante esto es simple pero a la vez debe ser contundente. Las izquierdas deben recuperar una lucha frontal contra la corrupción. Debe ser un tema prioritario y debe estar dispuesto a tomar las medidas necesarias para que no se difunda, a todo nivel, tanto entre autoridades nacionales como a nivel local.

La corrupción puede a su vez ser interpretada como una violación de las ideas de justicia y de las salvaguarda de los derechos. En ese sentido, Brasil también muestra que el progresismo no logró evitar la criminalización de la protesta ciudadana, o la tolerancia o inoperancia ante las violaciones de los derechos. Pero lo mismo ha ocurrido con los progresismos en los países vecinos, como muestra el hostigamiento de los gobiernos de Correa o Morales a las organizaciones sociales, o el espionaje que mantenía el kirchnerismo en Argentina.

Tampoco puede obviarse que Brasil, por ejemplo lidera los indicadores mundiales en asesinatos de defensores de la tierra, teniendo a Colombia en tercer lugar (57 en el primer caso y 24 en el segundo, según Global Witness) [16].

Se vuelve evidente que la criminalización de los movimientos ciudadanos y sociales no puede ser tolerada por una renovación de la izquierda. Una verdadera izquierda debe promover y fortalecer el marco de los derechos humanos en todo momento y en todo lugar, más aún desde el gobierno, aún si ello le significa perder una elección, ya que es su única garantía no sólo de su esencia democrática sino de retornar al gobierno.

Radicalizar la democracia

La debacle política brasileña también confirma la enorme importancia de una radicalización de la democracia, una de las metas del empuje de las izquierdas de años atrás y que precisamente el progresismo abandonó. Aquella incluía, por ejemplo, hacer efectiva la participación ciudadana en la política y mejorar la institucionalidad partidaria. Sin embargo, el PT de Brasil concentró cada vez más el poder en el gobierno federal, tuvo un desempeño confuso y hasta perverso: en unos casos volvieron a usar los sobornos a los legisladores (recordemos el primer gobierno del Partido de los Trabajadores con el mensalão); persistió el verticalismo partidario (por ejemplo, con Lula eligiendo a su “sucesora”); poco a poco se desmontaron experimentos vigorosos (como los presupuestos participativos); y se usaron las obras públicas en una enorme red de corrupción al servicio de los partidos políticos.

El caudillismo partidario se repitió en otros progresismos (como en Ecuador, donde Correa eligió a su sucesor, o en Argentina donde lo mismo hizo Cristina Fernández de Kirchner).

Es evidente que una renovación de las izquierdas necesita aprender de esa dinámica, y no puede renunciar a democratizar tanto la sociedad como sus propias estructuras y prácticas partidarias. Si no lo hace, solo facilita el surgimiento de oportunistas. Las estructuras políticas de izquierda deben, de una vez por todas, ser dignas representantes de sus bases y no meros trampolines desde los que ascienden figuras individuales, con claros rasgos caudillescos.

Otra lección surge de comprender que la obsesión electoralista lleva a prácticas que impiden esa democratización. En efecto, el “miedo a perder la próxima elección” hace que el núcleo gobernante (tanto sus políticos como tecnócratas) se abroquelen, rechacen los reclamos de cambio y apertura, y se inmovilicen. Un temor de ese tipo se evidencia en el progresismo boliviano con su imposición de una nueva re-elección de dudosa legalidad. Del mismo modo, en Ecuador, Correa también quiso introducir la posibilidad de una reelección indefinida violentando la Constitución, pero que luego, cuando entendió que su candidatura no avizoraba éxito, retrocedió con una transitoria que postergaba la posibilidad. Esta realidad, en parte debida a la incapacidad de fortalecer al propio partido político alentando sucesores y renovaciones, es otra muestra de debilidad democrática.

Un reto aún mayor para las izquierdas, sobre todo luego de las experiencias progresistas, es reconocer el papel político de los pueblos indígenas en una democratización real.

Simplificaciones esencialistas

Muchos de los problemas señalados hasta aquí fueron desestimados en buena parte de los debates en los que participaban militantes y académicos progresistas. En cambio, prevalecían descripciones esencialistas y simplistas tanto dentro de Brasil como en los países vecinos. Los gobiernos del PT eran presentados, tanto desde otras izquierdas como incluso por conservadores, como una maravilla, se insistía en logros rutilantes (como la sustantiva reducción de la pobreza), y eran considerados como un ejemplo a seguir para las izquierdas de los países vecinos. Se agregaba que Lula da Silva representaba una izquierda seria, de tipo socialdemócrata, y lejos de los desvaríos, por ejemplo, de Hugo Chávez en Venezuela. Hoy en día cambiaron los argumentos y las voces, pero se repite ese esencialismo totalizante: Brasil ahora se habría convertido en ejemplo de la peor extrema derecha.

 

Abordajes esquemáticos de este tipo se repiten entre quienes años atrás afirmaban que el “pueblo” empujaba hacia la izquierda, para ahora alarmarse por lo que interpretan como mayorías que festejan el uso de armas, se burlan de migrantes o indígenas, o se refugian en el dogmatismo religioso. Aquí ocurre, como ya alertamos, un uso superficial de categorías como “pueblo”.

Estos problemas se repiten en varios países sudamericanos. Es así que en Argentina muchos intelectuales y líderes sociales sostenían que los gobiernos del matrimonio Kirchner habían cambiado para siempre a la sociedad argentina, mientras que en Bolivia se publicita la creación de un estado “plurinacional” con predominancia de los “indígenas”. Ahora sabemos, años atrás, que las dos posiciones son tanto simplificaciones como exageraciones.

Nuestro punto no es adentrarse en sopesar cada uno de los componentes, sea de las alabanzas como de las críticas, sino en dejar en claro que muchos de esos análisis eran apenas simplificaciones. Es más, en los últimos años se perdió la rigurosidad en los análisis, y seguramente también la humildad y la mesura. Una renovación de las izquierdas, por lo tanto, no puede caer en esos esquematismos, sino que debe reconocer, entender y respetar la diversidad dentro de la sociedad.

Cuando se cae en las simplificaciones que insisten en presentar como que casi todo es o fue positivo, ya no hay lugar ni para advertencias o críticas, ni para los ajustes y cambios. En el Brasil del PT y su base aliada, así como en los progresismos de los países vecinos, hay muchos ejemplos de esto. Se minimizaron muchos problemas, e incluso se negaban las contradicciones. La crítica y la autocrítica estaban suspendidas para muchos. Era más sencillo minimizar u ocultar los problemas, negar los enfrenamientos, o recurrir a slogans mientras duró el auge de las materias primas.

Todavía recordamos como se tildaba a las alertas como expresiones de oposición conservadora, de ser una izquierda infantil, o servir al imperialismo extranjero, tan solo para citar algunas de las expresiones peyorativas. Así, simplemente cualquier crítica era de antemano devaluada porque se hacía el juego a la derecha, decían.

               

Esa negación de la autocrítica y el blindaje irracional también se observa, con distintas intensidades, en los países donde los progresismos todavía gobiernan. Esto va desde la persecución directa a la disidencia partidaria y el desmoronamiento de las garantías democráticas en Venezuela, el colapso político del gobierno de Daniel Ortega en Nicaragua, pasa por el abuso electoral como ocurre con el Movimiento al Socialismo de Bolivia que califica a cualquier voz de alerta de neoliberal, opositora o de derecha, y llega a la postura del gobierno de Tabaré Vázquez en Uruguay que simplemente se refugia en una postura pedante y silenciosa.

Se puede retrucar que los agrupamientos partidarios progresistas promueven la crítica, que realizan seminarios invitando a todo tipo de panelistas, que discuten con los movimientos sociales, y así sucesivamente. Pero en realidad, una vez ganado el gobierno, todos ellos han avanzado hacia el encerramiento y blindaje. Y lo que es más grave, grupos de pensamiento otrora críticos, terminaron por orquestar posiciones que, incapaces de tomar otros caminos, terminarán muriendo por la nostalgia del poder que perdieron.

Por momento la situación se volvió muy extraña, ya que habían muchas discusiones sobre distintas variedades de desarrollo, pero se impedía pensar más allá del desarrollo, ni se aceptan sus límites sociales o ecológicos. El debate crítico y plural se empobreció.

En síntesis, los conflictos y las contradicciones proliferan, y si se observan con atención han estado presentes en Brasil y en los otros gobiernos progresistas. Lo que sucede ahora es que este tipo de situaciones son ahora más difíciles de ocultar, y llegó a tales extremos en Brasil que ese inmovilismo del progresismo se convirtió en uno de los tantos factores que seguramente explican la victoria de Bolsonaro.

Erosionando a las izquierdas y la política

Cuando se rechazan las alertas y se silencia el debate, los problemas no se resuelven. Por ello, bajo los progresismos aumentaron las contradicciones entre distintos grupos sociales, o entre el capital y la naturaleza, o entre la soberanía nacional y la subordinación a la globalización, para mencionar apenas tres situaciones. Esas contradicciones siguen su marcha, se suman tensiones, la gente se cansa, se irrita, se enoja, y llega un momento en que se erosiona gran parte de la base de sustento ciudadano del progresismo. Una situación que se agudiza cuando los precios de las materias primas decaen en el marco mundial y se frena bruscamente la insostenible bonanza consumista y disminuyen las aportaciones sociales de corte clientelar. Todo esto, en un escenario de creciente corrupción, desemboca en cada vez más amplios rechazos ciudadanos a los progresismos.

Aquí se agregan otros problemas. Si bien insistimos en que progresismo e izquierda son distintos, los cuestionamientos y cansancios ciudadanos termina englobando a la izquierda. Es entendible que para buena parte de la opinión pública izquierda y progresismo sean lo mismo, sobre todo por la insistencia de los progresismos en autocalificarse como una nueva izquierda por un lado, y por la sistemática acción de confusión y demolición ideológica que llevan adelante las fuerzas de la derecha por el otro lado. Entonces, la debacle de progresismos como el PT en Brasil o el kirchnerismo en Argentina tiene una consecuencia asociada que hace todavía más dificultosa la reconstrucción de unas izquierdas que sean realmente nuevas.

En este deterioro no ha sido nada menor el papel de los escándalos de corrupción que salpican a todos estos gobiernos, tal como indicamos arriba, aunque de distinta manera. Es una situación que ha sido aprovechada por los medios convencionales insistiendo una y otra vez en tramas como las de Petrobras y las corporaciones constructoras como un exclusivo problema de la izquierda.

No puede dejar de sorprender que el mismo país que hace pocos años atrás era presentado como ejemplo de la “marea hacia la izquierda”, de un “nuevo” desarrollismo y de un liderazgo popular, pasara ahora a ser un caso de estudio en el sentido contrario. Una tendencia que para algunos además anuncia una catástrofe democrática.

Esos y otros factores generan un desencanto y enojo con los progresismos, tanto en Brasil como en otros países, y con ello se fecta a la calidad de la política como un todo. Observamos una caída de la confianza ciudadana con los partidos políticos, los poderes legislativos o los ejecutivos. Como anota el reporte Latinobarómetro 2018 el apoyo a la democracia declina de manera sistemática desde el año 2010, alcanzando el 48% en 2018 [17]. Al tiempo que ha comenzado a crecer el porcentaje de quienes preferirían un régimen autoritario, ese mismo análisis advierte que “los ciudadanos de la región que han abandonado el apoyo al régimen democrático prefieren ser indiferentes al tipo de régimen, alejándose de la política, la democracia y sus instituciones. Este indicador nos muestra un declive por indiferencia. Son estos indiferentes que votan los que están produciendo los cambios políticos, sin lealtad ideológica ni partidaria y con volatilidad”.  Se alimentan posturas anti-políticas que preparan un terreno fértil para aventuras ultra conservadoras como las que expresan Bolsonaro.

Intelectuales y democracia

En estos golpes contra la democracia y la política han jugado papeles importantes la escasez de análisis rigurosos y críticos sobre las particularidades de los progresismos, la exageración con etiquetas tales como “populismo” para todo tipo de régimen político, y otras formas de simplificaciones. La falta de autocrítica, incluso la activa oposición a ella, dificultaba remontar estas situaciones. Es por lo tanto importante explorar algunas lecciones sobre el papel de los intelectuales y el mandato por la democracia.

Para ello es oportuno rescatar reflexiones del gran sociólogo brasileño Florestan Fernandes. En una conferencia ofrecida en 1965, que aunque tiene medio siglo reviste mucha actualidad, le decía a los estudiantes de la Facultad de Filosofía, Ciencias y Letras de la Universidad de São Paulo, que “en verdad, es casi nula la diferencia que separa el presente del pasado en muchas comunidades humanas brasileñas, donde todavía impera formas arcaicas de despotismo”, agregando que tres experiencias republicanas “fallaron en el plano elemental de garantizar un régimen democrático de viabilidad histórica y normalidad de funcionamiento” [18]. Siguiendo esas ideas, habría que preguntarse si regresó en Brasil ese despotismo arcaico que describe Fernandes, o si este más reciente ciclo republicano volvió a fallar en garantizar y fortalecer la democracia.

Fernandes también afirmó no tener dudas que el “único elemento realmente positivo” en la historia reciente de Brasil estaba en los “pequeños progresos que alcanzamos en la esfera de la democratización del poder”. Desde allí postula que “el mayor deber del intelectual, en su tentativa de ajustarse creadoramente a la sociedad brasileña, se objetiva en una obligación permanente de contribuir, como pueda, a extender y profundizar el apego del hombre medio a un estilo democrático de vida”.

Ese pensamiento alumbra sobre la situación actual, ya que lo ocurrido con los progresismos es que se volvieron cada vez más comunes los intelectuales que abandonaban la reflexión independiente y se sumaban a los coros de apoyo, en lugar de los análisis que escucharan los reclamos de comunidades locales prefirieron las visiones y argumentos de la burocracia desarrollista estatal, y así sucesivamente. Ese deterioro de las capacidades de análisis crítico y autocrítico es un factor muy importante en explicar el agotamiento de los progresismos.

Se cayó en el simplismo de creer que bastaba conquistar la presidencia para cambiarlo todo. Pero, una vez en el  palacio de gobierno, al asumirse portadores de la voluntad colectiva y casi propietarios de la verdad, creyeron que ya no era necesario seguir profundizando la democracia. Posiciones que, sin duda alguna, se revelaron no solamente ajenas a la izquierda, sino que terminan siendo funcionales en el mediano plazo a la extrema derecha. La democratización en buscar alternativas al desarrollo no puede ser confundida ni reducida a la nacionalización de recursos o a sostener empresas estatales.

Fernandes insistía en que los “intelectuales brasileños deben ser paladines convencidos e intransigentes en la causa de la democracia”. En ese compromiso democrático está la necesidad de aceptar, reconocer y escuchar las advertencias, los reclamos y las críticas. Allí se abren las puertas para una renovación desde la izquierda.

Renovación de las izquierdas

El triunfo de la extrema derecha en Brasil debe ser denunciado y enfrentado en ese país, como también deben fortalecerse las barreras que impidan otro tanto en los países vecinos. El caso brasileño además muestra que para entender las condiciones actuales se debe también considerar lo realizado por los gobiernos del PT, por sus aspectos positivos, por su duración (recordemos otra vez que ganaron cuatro elecciones), pero también por sus contradicciones. Las alertas sobre la deriva de ese partido y algunos aliados hacia un progresismo que se alejaba de la izquierda fueron desoídas.

Cuestionamientos sobre temas fundamentales como los impactos del “nuevo desarrollismo” primarizado fueron no sólo desatendidos, sino que además se combatieron los debates y se marginaron los ensayos que buscaban las alternativas al desarrollo. Persistían problemas como el debilitamiento en la cobertura de derechos, la violencia en el campo y la ciudades, el destrato de los pueblos indígenas, y todo tipo de impactos ambientales. Pero distintos actores, tanto dentro de esos países como desde el exterior, aplaudían complacientes incapaces de escuchar las voces de alarma con el pretexto perverso de ser funcionales a la oposición.

A pesar de todo, en Brasil como en el resto del continente, se encuentran múltiples resistencias y alternativas que se construyen cotidianamente, especialmente desde espacios comunitarios. Ellas ofrecen inspiraciones para una recuperación de las izquierdas, desde la crítica al desarrollismo, los empeños para abandonar la dependencia extractivista o los esfuerzos para salvaguardar los derechos ciudadanos. Allí están los insumos para una nueva izquierda comprometida con horizontes emancipatorios.

 

Entendemos eso como necesario y posible. Por ello no compartimos el pesimismo extremo que existe entre algunos actores, aunque podemos comprenderlo. Un pesimismo que considera que el capitalismo alcanzó una victoria total en América Latina y que cualquier opción de izquierda se volvió inviable. Al contrario, entendemos que el derrumbe que observamos afecta a los progresismos, y que ellos deberían permitir nuevas opciones para reconstruir las izquierdas.

Esa renovación implica incorporar nuevas cuestiones y no caer en las viejas contradicciones, como negar la problemática ambiental, asumir que todo se solucionará con estatizar los recursos naturales o los medios de producción, esconder los vicios patriarcales o ser indiferente a la multiplicidad cultural expresada por los pueblos indígenas y afro.

La renovación de las izquierdas debe asumir la crítica y la autocrítica, cueste lo que cueste, para aprender, desaprender y reaprender de las experiencias recientes. Se mantienen conocidos desafíos y se suman nuevas urgencias. La izquierda latinoamericana debe avanzar en alternativas al desarrollo, debe ser ambientalista en tanto busca una convivencia armónica con la Naturaleza y feminista para enfrentar el patriarcado, persistir en el compromiso socialista con remontar la inequidad social, y decolonial para superar el racismo, la exclusión y la marginación. Todo esto demanda siempre más democracia.

Distintos actores sociales seguramente tienen, a su vez, diferentes papeles y responsabilidades, pero todas ellas deben estar articuladas con la causa intransigente con la causa de la democracia, tal como reclamaba tiempo atrás Fernandes. Sin la democracia, se corre el riesgo que el capitalismo genere en Brasil, dice Fernandes, como en los demás países latinoamericanos agregamos nosotros,  unas formas de explotación e inequidades tan “chocantes, deshumanizadas y degradantes”  como otras que ya existieron en el pasado agrario del país. Nos alarma que tal vez eso es justamente lo que está ocurriendo en nuestro continente.

 

 

Distintas versiones resumidas del presente análisis se publicaron en el semanario Voces (Uruguay), Página Siete (Bolivia), Desde Abajo (Colombia), Wayka (Perú), Plan V (Ecuador) y Correio da Cidadania (Brasil). Esta versión final se publicó en la serie Política y Democracia, Documentos de Trabajo, D3E CLAES, diciembre 2019, en www.DemocraciaSur.com

 

E. Gudynas es investigador en el Centro Latino Americano de Ecología Social en Uruguay. A. Acosta es profesor universitario, fue presidente de la Asamblea Constituyente de Ecuador y candidato a la presidencia por la Unidad Plurinacional de las Izquierdas.

 

 



[1] Sobre la distinción entre izquierdas y progresismos, ver por ejemplo,

La identidad del progresismo, su agotamiento y los relanzamientos de las izquierdas,  E. Gudynas, ALAI, 7 octubre 2015, https://www.alainet.org/es/articulo/172855

[3] Alejando Teitelbaum ve un paralelismo entre lo que sucede en Europa con los que está aconteciendo en América Latina: “El Progresismo colapsado en América Latina, la socialdemocracia en Europa, están dejando la mesa servida a gobiernos ultraconservadores y fascistoides. El caso de Brasil” http://www.elsalmon.co/2018/11/el-progresismo-colapsado-en-america.html?m=1

[4] Carta ao Povo Brasileiro, junio 2002, disponible en Leia íntegra da carta de Lula para

acalmar o mercado financiero, Folha S. Paulo, 24 junio 2002, https://www1.folha.uol.com.br/folha/brasil/ult96u33908.shtml

[5] Sobre algunos balances realizados dentro de Brasil sobre el desempeño del PT, véase entre otros a A. Singer e I. Loureiro (orgs), As contradições do Lulismo. A que ponto chegamos?, Boi Tempo, São Paulo, 2016; también a Francisco de Oliveira,  Brasil: uma biografia não autorizada, Boi Tempo, São Paulo, 2018.

[6] De la resaca del neoextractivismo y los extravíos del progresismo, a los acechos del neofascismo, H. Machado Aráoz, Servindi (Perpu),

https://www.servindi.org/actualidad-noticias/29/10/2018/de-la-resaca-del-neoextractivismo-y-los-extravios-del-progresismo-los

[7] Véase De la violación del Mandato Minero al festín minero del siglo XXI, A. Acosta y F. Hurtado Caicedo, Rebelión, 30 junio 2016,

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=215028

[8] Una década desperdiciada – Las sombras del correismo, A. Acosta y J. Cajas-Guijarro, La Línea de Fuego, Quito, 2018 https://lalineadefuego.files.wordpress.com/2018/06/libro_la_decada_desperdiciada.pdf

[9] Véase una explicación dada por el Banco Nacional de Desarrollo Económico

Social (BNDES), quien fuera uno de los principales financiadores de esos “campeones, en: Livro verde. 65 anos. Nossa história tal como ela é, BNDES, Rio de Janeiro, 2017.

[10] Por ejemplo el Foro Económico Mundial de Davos le dio el primer premio de  “estadista global” a Lula en 2010;  en Ambito Financiero, B. Aires, 29 enero 2010,

https://www.ambito.com/el-foro-davos-consagro-un-lula-ausente-como-estadista-global-n3605459

[11] Esto corresponde a la tendencia que Jürgen Schuldt denomina como

 “hocico de lagarto”, analizado para el caso ecuatoriano en el artículo del mismo nombre por A. Acosta y J. Cajas-Guijarro (2018).  https://es.scribd.com/document/391301168/El-gran-fraude-59-76-Alberto-Acosta-y-John-Cajas-Guijarro-Incluye-Links

[12] De la amplia bibliografía existente sobre el tema se puede consultar : Dejar el crudo en tierra o la búsqueda del paraíso perdido – Elementos para una propuesta política y económica para la Iniciativa de no explotación del crudo del ITT,

A. Acosta, E. Gudynas, E. Martínez y J. Vogel, Revista de la Universidad

Bolivariana 8 (23), 2009, https://scielo.conicyt.cl/pdf/polis/v8n23/art19.pdf 

[13] Véanse por ejemplo los detallados análisis de Lena Lavinas, tales como The takeover of social policy by financialization. The Brazilian paradox, Palgrave McMillan, 2017; y en colaboración con D.L. Gentil, Brasil anos 2000.  A política social sob regencia da financierização, Novos Estudos Cebrap, 2018.

[14] Sobre K. Abreu en la administración Rousseff: Dilma confirma escolha polêmica para Agricultura: saiba por quê, BBC Brasil, 23 diciembre 2014, https://www.bbc.com/portuguese/noticias/2014/12/141215_katia_abreu_nomeacao_rm

El Movimiento Sin Tierra se oponía a la designación: Los Sin Tierra piden a Rousseff que no nombre ministra a polémica senadora, El Diario. Madrid, 15 diciembre 2014,

https://www.eldiario.es/politica/Tierra-Rousseff-ministra-polemica-senadora_0_335267481.html

[15] Una revision en: Sacred groves, sacrifice zones and soy production: globalization,

intensification and neo-nature in South America, Journal Peasant Studies 43 (2): 251-285, 2016.

[16] Los reportes están disponibles en www.globalwitness.org

[17] Latinobarómetro 2018. Corporación Latinobarómetro, Santiago de Chile.

[18] Fernandes, F. Sociedade de clases e subdesenvolvimento. 5ª edición, Global, São Paulo, 2008.

Gilets Jaunes: Esperanza o Desesperación

Por Frederico Lyra de Carvalho

Una señorita paró para conversar y me fue diciendo que este era el tercer fin de semana seguido que ella subía desde Bordeaux a París vistiendo el chaleco amarillo. En autobús un trayecto como ese dura cerca de 8 horas. No pregunte si ese había sido el medio de transporte que ella utilizó para desplazarse, pero imagino que es lo más probable, finalmente este ha sido el patrón mayoritario. Venir en tren es caro. Si ella llegó en autobús, lo más probable es que volvió en el mismo tipo de transporte. Así y todo son 16 horas de viaje. Además podemos imaginar que ella debe haber estado por lo menos 8 horas manifestándose en la calle. Así es, este era el tercer fin de semana que ella entregaba entero a la insurrección. Y ella prometió volver. Es esa energía politica la que tal vez debiese interesarnos más y que, de cierta forma está poniendo el rostro en Francia. Este desplazamiento territorial es uno de los aspectos fundamentales de los gilets jaunes. Como bien observó Eric Hazan, excluyendo a los militantes de siempre, no encontramos ningún parisino en las calles, son los provincianos los que invaden y paralizan la ciudad. Y esto es un hecho nuevo, esta vez “París no es un actor, sino un campo de batalla”. Antes era los dos. Y ellos solo suben a la capital por ser esta la sede del gobierno y por la visibilidad que da: “es donde podemos ser escuchados” me dice otra persona. Esto sirve para observarnos otra novedad, que lo que es más impresionante no se está dando en Paris, sino que en las provincias. De cierta forma, es un fenómeno semejante a lo que aconteció con el Brexit, donde quedó claro que habia una desconexión entre la capital cosmopolita y global y el resto del país. Es en las ciudades intermedias, en las rotondas, en las carreteras, en las acampadas diseminadas por todo el país que las nuevas alianzas y relaciones se están construyendo. Algunos están acampados en las carreteras y rotondas hace semanas. Los bloqueos logísticos han sido mucho más que simples bloqueos. Pero nunca está demás enfatizar, son, antes que todo, bloqueos y los amarillos ya bloquearon, entre otras las fábricas de L’Oreal, Monsanto, Vuitton y Airbus. No está claro que el Estado pueda dar cuenta de esta fragmentación que parece haber tomado un curso acelerado. Él no ha logrado controlar de forma efectiva lo que sucede en todas las provincias. París es la vitrina de la insurrección, pero el principal foco parece estar más allá, esparcido en varios pedazos por toda Francia.

Lo anterior no quiere decir que no pasa nada en la ciudad luz, muy por el contrario. En estos sábados de conteo regresivo para Navidad, la ciudad ha quedado irreconocible. Detenida. El mercado navideño, buena parte de las vitrinas, la mayoría de los museos y reparticiones públicas están cerradas. Varios conciertos y obras de teatro fueron cancelados, algunos cines no abrirán. Pero París no está muerta, está como en una vida otra. El “apocalipsis” que fue propagandizado durante toda la semana anterior al 4to acto que aconteció el día 8 [8 de diciembre] por los medias y por el gobierno al final se tornó, como era previsible, un fake news más. La propaganda anti gilets jaunes es intensa, pero no ha funcionado. Aunque haya comenzado en los alrededores del Arcos de Triunfo, fue apenas cerca de las 14 horas que el conflicto se generalizó por toda la zona oeste. Otra novedad, según el mismo Hazan. Por algunas horas buena parte de la ciudad era de aquellos que por ahí tranquilamente andaban. Pocas veces el flaneur benjaminiano se sintió tan en casa. Los gilets jaunes paseaban en pequeños grupos por los cuatro costados de la ciudad, de un lado a otro como si la ciudad, por aquellas pocas horas, fuese de ellos. Como si en un improvisado movimiento continuo inventasen una nueva manera de ocuparla. Y todo eso en silencio: oíanse los espectros de la ciudad y, más al fondo, los ecos de las explosiones. El paisaje sonoro era otro. La profanación de la rutina de la ciudad más visitada del mundo revelo, por algunos instantes, aspectos de ella que estaban olvidados.

El dispositivo represivo, no obstante, era enorme. El empleo de la violencia excesiva ya se volvió la regla. Ochenta y nueve mil policías fueron repartidos por todo el territorio de Francia – diez mil solo en Paris. Hasta blindados [tanquetas], del mismo tipo de los utilizados en la destrucción de la ZAD, dieron nuevo rostro a la capital. Si sumamos a los bomberos y otros destacamentos policiales ese número se alza a 120 mil efectivos. Un número pocas veces visto antes: Y eso para un número oficial de 136 mil manifestantes – o sea, uno por cada uno. Al final hubo casi 2 mil interpelaciones y 1700 detenciones preventivas, o sea más del 1% de los que salieron a las calles fueron detenidos, además de los más de mil heridos, algunos en estado grave, y una señora muerta. El mismo día hubo varias prisiones preventivas aun en los automóviles y autobuses camino de Paris, la mayoría bajo el pretexto de ser potenciales participantes de la manifestación. El caso más emblemático fue el de Julein Coupat, uno de los supuestos autores del Comité Invisible, aquel mismo personaje del Caso Tarnac. Él fue detenido junto con un amigo en la zona este de la ciudad al momento de entrar en un automóvil. Desde el primer acto amarillo, la represión ha batido todos los records en la cantidad del uso de municiones, especialmente de granadas y el gas lacrimógeno. Aunque el dispositivo represivo había, de cierta manera, conseguido asegurar y proteger la fortaleza en que se transformó Paris, la ciudad quedó paralizada por todo un día. Todo lejos de cualquier normalidad. Y esta vez la insurrección se diseminó por otros lugares de las ciudades. No existe claridad respecto de si el Estado tiene como seguir con esta politica represiva actual. Parece estar llegando a su límite de uso del personal disponible y de eficiencia de esa táctica. Un CRS (policía militarizada anti disturbios) dio una entrevista a L’Humanité diciendo que prefería pedir licencia médica que estar del lado errado de la barricada, y dejó en el aire el hecho de que otros colegas tal vez hiciesen lo mismo. Otro sugirió que después de los gilets jaunes, vendrían los gilets bleus. Nunca esta demás recordad que la sustitución del Ejercito por los CRS es reciente, data apenas del final de la Segunda Guerra Mundial. En tiempos de crisis esa cara es más explícita, aun mas cuando converge con la “Guerra al Terrorismo”, que reapareció con toda su fuerza el 11 de diciembre en Estrasburgo –y en Campinas. De toda forma, el acto del día 8 fue, de cierta forma, menos conflictivo, hubieron menos barricadas y menos incendios que el día 1. Un hecho importante ocurrido durante la semana que precedió a la manifestación fue la humillación sufrida por los liceanos de Mantes-la-Jolie. En todo canto esta humillación fue escenificada. Los partidos y algunas organizaciones más tradicionales estaban allí en buena cantidad, pero se quedaron del otro lado de la ciudad. No todos entendieron todavía este nuevo papel complementario de retaguardia de un movimiento difuso y autónomo.

Los niños dibujan lo que ven en la televisión, alguno juegan a los gilets jaunes en las escuelas. Este es el asunto dominante de las conversaciones en el metro y en las salas de espera. Por primera vez la violencia de los manifestantes es tolerada por aquellos que no salen a las calles o aquellos que saldrían pero no van a la acción directa. Hecho nuevo que los mass media no han conseguido doblegar. Uno de los factores más importantes del movimiento es que aquellos que intentaron autoproclamarse líderes o representantes del movimiento fueron desautorizados y casi inmediatamente destituidos en sus intenciones. No es para repetir esto que tantos visten el chaleco amarillo. La auto-organización absoluta es la que reina. Además, uno de los ejes fundamentales de las demandas de las calles es el cobro por la efectividad del contenido del ideario de ciudadano republicano. Se pide un basta al formalismo retórico en que se tornó ese discurso. La principal demanda, en el fondo, es por justicia social. La extrema derecha, aunque presente, parece hasta aquí residual e inoperante. El tenor social de las demandas los ha alejado. Y esa impresión fue reforzada con una encuesta publicada en Le Monde, donde, si por un lado, aparecen temas nacionales los temas xenófobos no aparecen. Es en esa línea tenue que se darán las cosas. ¿Qué es una lucha nacional de masas en un país imperial, una de las más importantes economías del mundo, en plena descomposición de la globalización?

En efecto, es difícil predecir qué seguirá. Pero lo cierto es que Macron ya fue derrotado en la calle poco menos de un mes después de la apoteosis geopolítica que fue la conmemoración a los 100 años del armisticio de la Primera Guerra Mundial. El discurso que dio atestiguó eso. Como nos dijo un señor en la calle: «vengo de sentir miedo solo, ahora ellos también van a tener que sentir miedo, vamos a mostrar de lo que somos capaces». Que fue respondido por un CRS sin mayores rodeos, frente a frente, mirándose a los ojos con otro manifestante: «si quieres seguir vivo, vuelve a casa». Todo puede suceder, incluso nada. No se puede predecir el desenlace de esta pieza que se desarrolla en actos al mismo tiempo continuos, pues son siempre los sábados, y discontinuos, pues hay una semana entre cada acto. Lo que pasa es que en ese explosivo tiempo presente que aplasta el horizonte con un peso infernal sobre todos los individuos, no hay como proyectar algo más allá. Lo que queda es la ambigüedad de la improvisación. Una improvisación teatral en la que no está todavía claro lo que se está representando. De hecho este interregno temporal es vivido como una pesadilla por todos. El cineasta Philip Garrel, como todo gran artista, parece tener una buena intuición sobre el momento. Al final de una sesión de Les Amants réguliers, cuando se le pidió hacer una comparación entre el momento actual y 1968, el asunto de la película, dio con un diagnóstico de la época: antes era esperanza (espoir), ahora es desesperación (désespoir).

Nota: Texto escrito antes del Vº Acto del día 15 de diciembre. Es una continuación de un primer texto escrito entre el III° e IV° Acto y publicado en: https://urucum.milharal.org/2018/12/07/as-elites-falam-do-fim-do-mundo-nos-do-fim-dos-mes-notas-sobre-os-gilets-jaunes/
[ ] del traductor.

Traducción del portugués: Santiago de Arcos-Halyburton

Lant Pritchett: “Europa necesita más de 200 millones de inmigrantes en los próximos 30 años”

Lant Pritchett, economista y profesor en Harvard, propone una receta radical contra el suicidio demográfico de Occidente: inmigración en masa rotativa y regulada
Por Tim Phillips
Una cosa que nunca oirás decir a un político en 2018: la inmigración en Europa es muy, pero que muy baja. Lant Pritchett, profesor de Práctica del Desarrollo Internacional en la Kennedy School of Government de la Universidad de Harvard, ha calculado que el continente va a necesitar al menos 200 millones de nuevos trabajadores en los próximos 30 años.
En el mundo desarrollado nos hacemos más ricos, vivimos durante más tiempo y tenemos menos hijos para que nos mantengan cuando lleguemos a viejos. Al mismo tiempo, los países desarrollados gastan miles de millones en ayudas selectivas para aliviar la pobreza en forma de ayudas que son muy inferiores a lo que podrían ser si las personas pobres sencillamente ganaran un poco más de dinero. Lant Pritchett tiene una gran idea que cree que puede solucionar ambos problemas a la vez y puede que hayas oído hablar de ella, se llama inmigración en masa.

Sabrás que la postura que defiendes, Lant, es un punto de vista que no comparte casi ninguna otra persona en el mundo desarrollado. Tu razonamiento empieza reflexionando sobre la forma en que se lleva a cabo el desarrollo hoy en día y sobre los programas  que intentan reducir la pobreza utilizando el resultado de experimentos de campo. Además, tus cálculos demuestran que los avances son mínimos en comparación con la inversión que estamos realizando. ¿Podrías darnos algunos ejemplos?

Lo que resulta difícil de admitir es que el mundo no está lleno de gente pobre, sino que está lleno de gente en sitios pobres. Por eso, si tomas a una persona que está atrapada en un lugar pobre y con poca productividad, e intentas hacer algo para aumentar su productividad, pero sin sacarlo de un lugar con baja productividad, las ganancias que se pueden esperar son moderadas, del orden de un 5% o 10 % de crecimiento con respecto a las tasas de rentabilidad que se obtienen con las intervenciones que intentan incrementar los ingresos de las personas pobres.

Por ejemplo, el programa contra la pobreza que más veces se ha reproducido, basándose en pruebas rigurosas, se llama el enfoque gradual. Una ONG de Bangladesh lo ha utilizado ampliamente y hace poco realizó un ensayo aleatorio de control en siete países diferentes para evaluarlo. Las tasas de rentabilidad que se obtuvieron fueron positivas, pero deja que te explique lo que son tasas de rentabilidad positivas: gastaron 4.500 dólares por hogar para obtener 334 dólares de renta en el tercer año. Ahora bien, si extrapolamos que esos 334 dólares se mantienen durante 20 años, es verdad que se obtienen tasas de rentabilidad positivas, pero hay que reconocer que 334 dólares al año es una cantidad muy baja. La gente está atrapada en lugares con baja productividad, pero eso no significa que sean personas con baja productividad; únicamente se encuentran atrapadas en lugares con baja productividad. Por eso, las ayudas individuales son una forma muy complicada de lograr progreso.

Tu argumento también se basa en el tipo de rentabilidad que esta gente conseguiría si la economía del lugar donde se encuentran pudiera crecer a mayor velocidad. ¿Podías darnos un ejemplo también de eso?

Claro, pero los economistas utilizamos un concepto de la productividad económica que, a menudo, en nuestras ecuaciones denominamos A. Se trata únicamente de lo que hace que mis esfuerzos se multipliquen para llegar al total de la producción. Y lo que hemos aprendido es que en la mayoría de las variables que determinan por qué yo soy rico y alguien de un país pobre es pobre, una pequeña parte depende de mi idiosincrasia, pero una gran parte depende del valor de A en el lugar donde me encuentro. Si se dinamiza A, se pueden generar ganancias muy elevadas. Por ejemplo, si observamos las ganancias que ha producido la aceleración del crecimiento en India, una aceleración que comenzó a principios de los noventa, vemos que el resultado acumulativo ha sido de billones de dólares de ganancias. Es decir, ganancias impresionantes para todos los ciudadanos indios. En ese sentido, intervenciones realizadas sobre el conjunto de la economía que estimulen una dinámica que haga crecer la economía en general, que haga que todos los elementos sean más productivos y que haga que la gente invierta más, pueden conseguir que los resultados se multipliquen una barbaridad. Por otra parte, este tipo de condiciones son muy difíciles de crear. En realidad, no existe una ciencia exacta para generar y mantener un crecimiento acelerado en un país cualquiera, y tampoco en los países pobres. India y China han destacado por conseguir prolongados períodos de crecimiento y eso es fantástico, pero carecemos de una ciencia fiable y reproducible que nos permita repetir el crecimiento económico en un ámbito concreto. En definitiva, sí, las ganancias que se obtienen en esos casos son enormes, pero también es cierto que las condiciones son muy difíciles de replicar.

Uno de los argumentos que la gente emplea para defender esas ayudas es que no existen porque la gente las quiera, sino porque se ha intentado crecer, pero el crecimiento no ha sido lo suficientemente bueno, así que aunque las ganancias sean pequeñas, siempre es mejor que nada.

Bueno, mi intención no es atacar a ninguna organización filantrópica en concreto o a cualquier otra organización que esté realizando intervenciones eficaces que ayuden a la gente. No tengo ninguna objeción al respecto, pero el eslogan, o lo que me gustaría que se convirtiera en un eslogan es: lo mejor que puedes hacer es peor que lo mínimo que puedes hacer. ¿A qué me refiero con esto? Lo mejor que puedes hacer en relación con una intervención selectiva que funciona con gente pobre en Etiopía para aumentar sus ingresos, produce una mejora de la renta menor que si simplemente permites que esa persona venga y trabaje en empleos poco cualificados en Reino Unido, Alemania o Estados Unidos. En ese sentido, las ganancias de permitir que venga mano de obra no cualificada a Estados Unidos, donde hemos llevado a cabo un riguroso estudio económico y estamos bastante seguros de la cifra, son del orden de 17.000 dólares al año.

En resumidas cuentas, la intervención directa en el lugar: unos 330 dólares al año; un año de movilidad: 17.000 dólares. Es el día y la noche. ¿Y por qué digo que es lo mínimo que puedes hacer? Porque les estás pagando 17.000 dólares, que es exactamente lo que producen. Pueden proporcionar servicios por valor de 17.000 dólares porque están en un lugar de elevada productividad. Por ese motivo, permitir que personas de un lugar con poca productividad se desplacen a lugares con mucha productividad tiene muchísimas más ventajas potenciales y aseguradas que cualquier tipo de intervención, ya sean pequeños programas individuales, o de crecimiento, que son enormes, pero realmente inciertas.

Sí pero, ¿es seguro? Porque si observamos lo que está pasando, muchos de los inmigrantes poco cualificados que llegan actualmente al mundo desarrollado no viven bien. Independientemente del entorno político.

Esta es la parte complicada. Es muy difícil para la gente de los países ricos imaginarse una realidad opuesta. Puede que parezca que lo están pasando fatal si lo comparas con lo que tú o yo pensamos que está bien, pero también están muchísimo mejor aquí que lo que habrían estado si se hubieran quedado en sus casas. En nuestro estudio, que utilizaba datos del censo de EE.UU., el sueldo medio de las personas con trabajos poco cualificados en Estados Unidos era de aproximadamente 10 dólares por hora. Si tú o yo trabajáramos por 10 $/h, no estaríamos muy contentos y el estilo de vida que llevaríamos sería muy modesto. Ahora bien, el sueldo medio del lugar del que provienen es de 2,20 $/h, así que aunque nosotros miremos y digamos, vaya, estos inmigrantes no viven bien, la realidad es que puede que no vivan como nosotros, pero también hay que pensar en la realidad opuesta y no cabe duda de que es una apuesta bastante segura.

Y además, con las condiciones que yo propongo, que implican una inmigración rotativa regulada, lo que tendríamos es un proceso que nos permitiría cerciorarnos de que la gente que viene dispone de una oportunidad laboral antes de venir, así que las posibilidades de que vengan y se sumen a la lista de desempleados también se verían reducidas.

Tu argumento, que se utiliza muy pocas veces, es que necesitamos una inmigración en masa en el mundo desarrollado, porque la transición demográfica en las economías desarrolladas indica que nos estamos haciendo viejos y que esto no es económicamente viable.

Bueno, yo no lo llamo una transición demográfica, lo llamo un suicidio demográfico. La transición demográfica que imaginaban los demógrafos suponía que la tasa de fertilidad se mantendría en unos niveles elevados y se estancaría en 2 o 2,1 hijos, que es prácticamente la tasa de reemplazo. Lo que ha sucedido, sobre todo en Europa, es que la tasa se ha precipitado y ha pasado a ser de 1,1 o 1,2. Con estos niveles, las poblaciones menguan como nunca antes lo habían hecho. Cuando las poblaciones se contraen porque la fertilidad disminuye, se invierte lo que se denomina la pirámide demográfica. Ahora mismo está apoyada sobre su vértice. Realicé un cálculo en el cual resultó que en 2050 habrá cuatro veces más gente en Japón con más de 80 años que con menos de 15. Imagina qué tipo de sociedad será y cuáles serán las consecuencias de tener el cuádruple de personas con más de 80 años que de gente joven, y también lo que eso conlleva, que habrá casi la misma cantidad de personas no solo en edad de jubilación, sino con una edad muy avanzada, en relación con la población total. Eso es impracticable por dos razones: en primer lugar, quién va a cuidar de las personas mayores es un gran problema. El cuidado de los ancianos, la asistencia médica domiciliaria y las necesidades de la vejez requieren mano de obra. En segundo lugar, quién va a pagar todo esto, porque Europa cuenta con un maravilloso y generoso sistema asistencial que ampara a las personas a lo largo de su ciclo vital y que incluye pensiones de jubilación. Ahora mismo estas pensiones son insostenibles. Si hay dos jubilados por trabajador, aunque este último contribuyera con un 100% de impuestos no podría mantener el nivel de las pensiones y la edad de jubilación. Al menos no como lo que existe en Europa. Y creo que preocuparse por un pequeño margen no sirve de nada, si lo comparamos con la magnitud de la transición demográfica.

Así que retomando el cálculo con el que comenzamos, ¿cuántos trabajadores necesitaríamos para que se mantenga constante en los niveles actuales el índice de población activa envejecida en relación con la población jubilada? La respuesta sería unos 250 millones más de personas. Esos son muchos millones más de los que cualquier país europeo está acogiendo en la actualidad. Jack Goldstone, de la Universidad George Mason, lo explica con las siguientes palabras: “Europa no tiene un problema de inmigración, tiene un problema de integración”, y si no puede encontrar la manera de integrar a los trabajadores que necesita en su sociedad y economía, se van a ver en una situación extrema en relación con las consecuencias del suicidio demográfico que se avecina.

Aun así, si nos fijamos en los problemas sociales que ha provocado la reciente inmigración, y esta inmigración es de menos de un quinto de lo que propones, ¿qué se puede hacer para solucionar ese problema de integración y hacer que el proceso sea menos doloroso?

Bueno, creo que para solucionar ese problema de integración, los trabajadores van a tener que ser integrados en la economía sin que necesariamente sean integrados en la sociedad política. Deja que te explique por qué nadie más comparte mi visión. En Europa, durante cien años, se han fusionado dos cuestiones. Una es quién es un ciudadano de nuestra sociedad política que ayuda a decidir cómo se gobierna nuestra soberanía, y otra quién puede trabajar de forma legal en nuestros países. Esas dos cuestiones se han vuelto complementarias a la fuerza, y esa fue la revolución fundamental de la política migratoria de principios del siglo XX, que se dedicó a cerrar fronteras y a unir esos dos conceptos. No solemos buscar ejemplo en los países del Golfo, pero en Kuwait no tienen ningún problema en establecer esa separación. Allí dicen: estas personas pueden vivir y trabajar en nuestro país de acuerdo a las siguientes condiciones, pagando los siguientes impuestos, pueden recibir las siguientes prestaciones, etc., pero no están en camino de obtener la ciudadanía.

Se me ocurren un montón de motivaciones morales perfectamente legítimas que hagan que la gente no se sienta cómoda, pero creo que existe una manera de crear una movilidad rotativa que favorezca el desarrollo y respete los derechos. Esto significa que seguramente a la gente le rechine pensar que alguien pueda vivir 35 años en un país y no adquirir nunca la ciudadanía. Por otra parte, una movilidad rotativa en la cual la gente viene por períodos fijos de tres o cinco años y luego regresa a sus países natales enriquecida, con inmensos ahorros y recursos que poder utilizar en sus países de origen, puede permitirnos lograr un equilibrio para decir, mira, esta gente puede trabajar en nuestro país. Quieren trabajar en nuestro país. Podemos acordar unos términos y condiciones según los cuales estamos dispuestos a dejarles trabajar en nuestro país, pero no les vamos a integrar social o políticamente en el sentido de que no contamos con que se queden para siempre. Esto no es algo que la gente pueda aceptar con facilidad, pero en un mundo de opciones imposibles, creo que la gente no está siendo realista sobre lo imposibles que son las alternativas.

Cuando hablas de los trabajadores inmigrantes en los países del Golfo, por ejemplo, esos programas reciben muchas críticas, incluidas las de no respetar los derechos de esos trabajadores. ¿Estás convencido de que es posible lograr un equilibrio en ese sentido? ¿Es solo que no lo estamos haciendo lo suficientemente bien?

Totalmente. Creo que se critica a esos países y en ocasiones de forma legítima. También es cierto que el beneficio que obtienen los trabajadores a los que permiten entrar no recibe el debido reconocimiento. Hace poco se realizó un cálculo que indicaba que la mejora de la pobreza que se consigue con la apertura de los países del Golfo a estos trabajadores supera con creces el total de lo que envían los países ricos en forma de ayuda exterior. Por eso, sí, se les critica por el tratamiento de los derechos y, sí, un programa de inmigración rotativa tendría que prestar especial atención a ese asunto, pero aun así creo que si los países ricos ponen buena voluntad en las posibilidades que tienen para implementar este programa, no creo que sea tan difícil crear un sistema rotativo que evite que los trabajadores inmigrantes terminen siendo víctimas de abusos o que no se respeten sus derechos. En cuanto se reconoce cuál es la realidad política, está claro lo que uno tiene que hacer. Por ejemplo, existía un programa en Nueva Zelanda que creó una migración temporera deliberadamente favorable al desarrollo y respetuosa con los derechos, para inmigrantes provenientes de las islas del Pacífico que trabajaran en el campo neozelandés. Realizaron una rigurosa evaluación del programa y como era de esperar, las ganancias salariales fueron descomunales y, más aún, midieron casi todo lo relacionado con el bienestar, tanto de la gente que se desplazó, como de los lugares de los que vinieron, de las familias, etc. y, en líneas generales, la conclusión fue que todos salían ganando. Los lugares de los que venían se beneficiaron de las remesas que enviaban, los trabajadores tenían sueldos más altos, Nueva Zelanda necesitaba sin duda la mano de obra porque, de lo contrario, habrían tenido que abandonar esas industrias, puesto que les habría resultado difícil atraer a trabajadores neozelandeses para cubrir esos puestos. Sin embargo, soy el primero en admitir que no es fácil conseguir que esto sea políticamente aceptable porque la gente tiene que sacarse de la cabeza la fusión de quién puede ser un futuro ciudadano y quién puede trabajar aquí. Este concepto no ha existido durante muchos miles de años de la historia de la humanidad y el período en el que esta amalgama ha sido ampliamente aceptada como cierta es realmente muy corto y, en mi opinión, está a punto de llegar a su fin.

¿No supone un problema para los países de los que vienen estos inmigrantes que los que tienen más talento, los más trabajadores, los que tienen más posibilidades de poder ayudar a esos países a desarrollarse sean los que tienen más posibilidades de irse?

Totalmente, por eso mi eslogan es: movilidad laboral rotativa favorable al desarrollo y respetuosa con los derechos. Favorable al desarrollo significa precisamente que quiero que vengan los menos cualificados, no los que poseen más cualificaciones. Lo que está sucediendo actualmente es que contratan a las personas de esos países con más talento, cuando en realidad no es eso lo que necesitan el Reino Unido, Europa o Estados Unidos. Lo que necesitan de verdad es ocupar un montón de posiciones que requieren mano de obra intensiva y relativa baja cualificación, que no están siendo cubiertas y que seguirán suponiendo gran parte de la población activa. Realizamos un cálculo para los EE.UU. en el que dividíamos el trabajo entre poco cualificados y lo que podría deslocalizarse. El resultado fue que, según las propias previsiones del Departamento de Trabajo de los Estados Unidos, el aumento en los próximos 10 años del empleo poco cualificado, que no se puede deslocalizar, equivalía a todo el aumento de la población nativa.

Pero estamos hablando de cosas como limpiar edificios, servicios alimentarios, jardinería… Nadie en Estados Unidos aspira a que su hijo termine trabajando en el sector alimentario. No todos los ciudadanos nativos quieren realizar esos trabajos, pero los trabajos están ahí, esos trabajos tienen que ocuparse. Pero si dices que vas a seguir vinculando ciudadanía con derecho a trabajar, entonces todo el mundo quiere contratar médicos de Ghana y eso, lógicamente, tiene consecuencias para Ghana. Al contrario, si Ghana pudiera mandar jardineros, trabajadores del sector alimentario y trabajadores poco cualificados, entonces ganamos todos. Gana Ghana porque consigue comprimir su mercado laboral de personal poco cualificado y eso probablemente haga que suban los sueldos, y evita precisamente que se seleccione lo más rentable de los países ricos; por ese motivo quiero desarrollar una idea de la movilidad rotativa que sea favorable al desarrollo: porque permite de verdad que las personas poco cualificadas tengan la oportunidad de desplazarse, no solo las altamente cualificadas.

Escuchamos con frecuencia a los economistas hablar del auge de los robots y de que pronto se producirá un desempleo en masa en las sociedades desarrolladas. Se podría decir que este es el peor momento de la historia para recibir a cientos de millones de trabajadores inmigrantes.

Creo que el entusiasmo que existe sobre el auge de los robots es quizá uno de los fenómenos más perversos del mundo actual. Hay mil millones de personas en el planeta que estarían encantadas de mudarse a los países ricos y dejarse la piel en trabajos poco cualificados. Que tengamos a las personas con más talento, ingenieros tecnológicos y emprendedores, desarrollando robots para evitar que esa gente tenga la oportunidad de trabajar en nuestros países ricos es sencillamente escandaloso. Tenemos al recurso más escaso del mundo economizando y reduciendo la necesidad del recurso más abundante del mundo: la mano de obra no cualificada. Eso es sencillamente escandaloso.

¿Por qué no hay nadie más que defienda tu argumento, Lant?

Porque al hacerlo suenas como un loco. Tus ojos se han abierto de par en par en varias ocasiones durante la entrevista porque parece políticamente imposible, y por eso uno parece un loco por decirlo. En ocasiones enseño a mis estudiantes esta visión y luego les muestro la imagen de un personaje histórico de Estados Unidos llamado John Brown, que fue un abolicionista que intentó promover una rebelión de esclavos y que fue ejecutado por ser un loco de remate. En esa época, el abolicionismo como movimiento era una locura. Y luego les explico que la Guerra Civil estadounidense comenzó en 1860 y que adivinen en qué año se ejecutó a John Brown. Ellos suponen que sucedería unos 20 o 30 años antes del inicio de la Guerra Civil y antes de que estas ideas fueran aceptadas. La respuesta es 1859. John Brown estaba loco y siguió estando loco y siguió estando loco y luego terminó siendo un héroe porque las ideas cambian muy rápido. Por eso, en unos pocos años, mi visión será la corriente más popular.

¿Hay tiempo de poner en práctica estos programas de movilidad laboral controlada? Suele llevar tiempo implementarlos mientras se decide en el ámbito político.

Quizá, pero creo que pueden asimilarse muy rápido una vez que la gente se acostumbre a la idea. Creo que pueden desarrollarse muy rápido. Y, por cierto, una vez que lleguen, la gente se dará cuenta de las ventajas que conllevan. Los inmigrantes que están en los países ricos están ahí porque los ciudadanos de los países ricos los quieren, alguien quiere contratarlos. A menudo Italia muestra sentimientos antiinmigratorios, incluso gente en el actual Gobierno, pero cuando intentaron actuar contra los inmigrantes, resultó que los inmigrantes estaban en las casas de las personas cuidando a las personas mayores. La retórica habitual es: expulsemos a los extranjeros. Eso logra una cierta repercusión, pero cuando vienen a decirte, no, mira, nos referimos a la persona que cuida a tu abuela, la gente dice, eh, no, no, no, ni de coña. Por eso creo que una vez que pongamos la rueda en marcha la gente se percatará de las ventajas que conlleva, se volverá muy popular y quedará rápidamente arraigado, y una vez que se active el suicidio demográfico y se vean de verdad cuáles son las consecuencias, creo que se producirá una segunda y total aceptación. En parte porque creo que podemos ajustar algunos de estos programas para cubrir unas posiciones concretas y decir, mira, necesitamos tanta gente para asistencia geriátrica; y la gente verá que todos salimos ganando con el cuidado de los ancianos y empezarán a decir, ¡coño!, ¿por qué no lo hemos hecho antes? Y luego pasaremos a otras cosas, como por ejemplo para qué diantres estamos inventando robots para cosechar el campo, cuando hay mil millones de personas en el planeta que no tienen ningún problema en venir durante la temporada de cosecha, hacer el trabajo y regresar a sus casas. Creo que se puede escalar muy rápido y creo que se popularizará también muy rápido.

Todo esto siendo consciente de que sé que estoy loco, pero loco sobre algo que será de sentido común en el futuro.

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Este texto es la transcripción de la entrevista radiofónica de Vox Talks del CEPR Policy Portal.

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Traducción de Álvaro Sanjosé. 

Fuente: https://ctxt.es/es/20181212/Politica/23378/migraciones-lant-pritchett-pensiones-harvard-desarrollo.htm