Sergio Cesaratto: «El problema es Alemania, no Italia»

El Viejo Topo

Enemigo del euro, el economista Sergio Cesaratto arroja aquí un poco de luz sobre el conflicto que enfrenta a los mandatarios europeos con el gobierno italiano. Cesaratto (de quien El Viejo Topo publicará en breve su exitoso Seis lecciones de economía) imparte clases en la Universidad de Siena sobre Crecimiento económico y Políticas fiscales de la Unión Europea.

—El Comisario de Asuntos Económicos, Moscovici, y el responsable de Estabilidad Económica de la UE, Dombrovskis, han declarado que el gobierno italiano va abierta y conscientemente en contra sus compromisos consigo mismo y con otros Estados miembros. Le acusan de violar el Pacto de Estabilidad y Crecimiento.

—Pero ese es un pacto absurdo, porque durante la fase de depresión los presupuestos públicos tienen el deber de entrar en déficit y apoyar la economía. Lo que sí es necesario es reducir los intereses de la deuda, y el BCE dispone de los medios para intervenir y facilitarlo.

—Dombrovskis reprocha al gobierno italiano que pretenda resolver el déficit incrementando la deuda, en vez de presentar un presupuesto equilibrado.

—Gastamos 65.000 millones al año en intereses –el mismo dinero que damos a la educación– nos dice Moscovici. Bien, ¿queremos reducir la deuda para reducir los intereses? Hagámoslo, pero con cuidado, porque esta es la receta que en los últimos años ha matado a la economía italiana. En lugar de reducir la deuda, primero reduzcamos el tipo de interés, de modo que liberemos recursos para apoyar la demanda, y así también lograremos reducir la deuda.

—¿Y cómo reducir el interés?

—Los tipos de interés no los deciden los mercados, sino los bancos centrales cuando quieren hacerlo. Si no quieren, dejan que lo hagan los mercados. Y ese es precisamente el problema de nuestra deuda, que ha empeorado desde que los mercados tomaron el relevo del banco central. Si el BCE quiere, puede hacerlo. Ya lo hizo en 2010-2012, comprando bonos del Estado de unos pocos países, valores griegos, irlandeses, portugueses, españoles e italianos… Si el BCE empezara a comprar valores, los mercados recuperarían la confianza en la deuda pública de Italia y los tipos de interés caerían. Y el gobierno podría usar lo que se ahorre en el pago de intereses para implementar su programa electoral.

—¿Cree que el BCE lo hará?

—No, no lo hará. Para empezar, porque Draghi está acabando su mandato. En segundo lugar, porque primero debería convencer a los alemanes. En 2012 pudo pronunciar el famoso discurso de “lo que sea necesario” solo porque convenció a Merkel de que, de lo contrario, el lunes siguiente ya no existiría el euro.

—Japón tiene un ratio deuda/PIB del 250%; Grecia del 180% e Italia del 132%. ¿Por qué se preocupan tanto los inversionistas en el caso italiano?

— Al evaluar la sostenibilidad de la deuda pública hay que tener en cuenta dos factores: 1) Si está denominada en moneda nacional o extranjera; 2) Si está principalmente en manos de acreedores nacionales o extranjeros.

Una deuda denominada en moneda nacional y en manos de residentes se considera generalmente segura. Este es el caso de Japón. En particular, en Japón, los principales tenedores de bonos del Estado son su banco central y el sistema financiero nacional, que no se espera que vayan a especular contra su propio gobierno. El hecho de que la deuda pública japonesa se mantenga a nivel nacional no es sorprendente. Dado que Japón tiene tradicionalmente superávit de comercio exterior, la economía no depende de préstamos externos. Además, su deuda está denominada en yenes y el gobierno puede confiar en el Banco de Japón como comprador final, lo que tranquiliza a los inversores privados. Esto también significa que los tipos de interés –y el rendimiento de los bonos– están bajo control. Este círculo virtuoso mantiene estable la relación deuda/PIB. Si la deuda de Japón estuviera denominada en moneda extranjera y en manos de no residentes, la economía estaría expuesta a oleadas de pánico financiero. En el caso de Grecia, España e Italia, no existe ningún banco central que pueda actuar como comprador de último recurso.

El problema de la deuda pública italiana es su denominación en moneda extranjera (el euro) y la falta de un banco central nacional, cosas que van de la mano con la ausencia de control de los flujos de capital. Pero, a diferencia de España, Italia no tiene una exposición significativa con países extranjeros.

—¿Cómo llegó Italia a este nivel de endeudamiento? ¿Es por despilfarro o es un asunto más sistémico?

—El gran salto de la deuda pública italiana tuvo lugar en los años ochenta. Los setenta fueron un período de conflicto social que condujo a la inestabilidad de los precios. Sin embargo, un tipo de cambio flexible mantuvo la competitividad exterior, mientras que la política del Banco de Italia impidió el aumento de la deuda pública. A finales de la década, la élite italiana eligió un nuevo régimen de política económica basado en el tipo de cambio fijo y un banco central independiente.

Sin embargo, la pérdida de competitividad exterior provocó problemas de demanda agregada y, como dijo Stiglitz, los países con déficit por cuenta corriente persistentes o en expansión a menudo se ven obligados a contraer déficit fiscales para apoyar la demanda agregada. “Sin déficit fiscal, tendrían un alto nivel de desempleo”, escribió Stiglitz en 2010. Estos déficits fiscales y los elevados tipos de interés necesarios para mantener la paridad de los tipos de cambio en el SME provocaron la explosión del ratio deuda pública/PIB. El intento de imponer una “restricción externa” está en la base del problema de la deuda italiana.

Aunque Italia ha recuperado el aliento desde que dejó el SME en 1992, ha repetido el error de atarse las manos con su participación en la Unión Monetaria Europea. En la primera década del euro, Italia utilizó los tipos de interés más bajos y una política fiscal restrictiva para reducir el ratio deuda/PIB de alrededor del 125% al 100%, al precio del estancamiento de la demanda interna, que ha frenado la inversión y el crecimiento de la productividad.

La pérdida de competitividad externa –también debido a las políticas neomercantilistas alemanas– no ha ayudado. Como consecuencia de la crisis financiera y, sobre todo, del retraso en la intervención del Banco Central Europeo y de la imposición de la austeridad, el ratio deuda/PIB volvió a aumentar hasta el 130%.

Italia necesita desesperadamente una reactivación de la demanda interna a través de una política presupuestaria expansiva. Esto requiere que los tipos de interés se mantengan comparables a los niveles franceses. Italia ha sido rigurosa en sus cuentas públicas desde 1991, mucho más que Alemania, por lo que merece un apoyo. Por supuesto, se debe firmar un pacto de sangre para estabilizar la relación deuda/PIB, o para reducirla lentamente de manera compatible con el crecimiento.

—Sin embargo las agencias de calificación y los mercados internacionales están ejerciendo cada vez más presión. Y la Comisión Europea pide más disciplina fiscal.

—El problema de la economía europea es Alemania, no Italia. Es la mentalidad de la élite alemana, caracterizada por un modelo mercantilista que insiste en la moderación fiscal y salarial. Sostengo que la disciplina europea (o alemana) es la principal responsable del aumento de la deuda pública, el estancamiento económico y el declive. Los mercados financieros están asustados porque los inversores temen que Italia pueda descarrilar como resultado de la expansión fiscal sin el apoyo europeo.

—Usted reprocha a Alemania haber violado las reglas del juego, no solo las que recogen los Tratados, sino también las no escritas pero reconocidas por la disciplina económica como necesarias para el funcionamiento de un sistema de tipo de cambio fijo como el euro. ¿Qué reglas viola Alemania?

Una economía excedentaria necesita llevar a cabo políticas económicas expansivas; exactamente lo contrario de lo que está ocurriendo ahora con Alemania y sus políticas mercantilistas, que dan como resultado un superávit desproporcionado y adopta una política fiscal restrictiva con superávit presupuestario. En concreto, Alemania viola dos reglas básicas: durante años ha tenido un superávit comercial muy superior al 6% establecido por el Six Pack, un reglamento europeo; se niega a abandonar la moderación salarial para impulsar la demanda interna y, por lo tanto aumentar las importaciones, y al hacerlo también viola dos reglas que de hecho no están escritas: la de la convergencia, en la zona euro, de las tasas de inflación cercanas al 2%, y la de mantener el crecimiento de los salarios nominales en línea con la productividad.

—En su último libro se habla de “doble moral”, un concepto, el de moral, que generalmente tiene muy poco que ver con la economía. A menos que se esté refiriendo al ordoliberalismo, un pensamiento económico germano vinculado a la economía social de mercado…

—Sí, por supuesto me refiero al ordoliberalismo, una ideología –me resulta difícil llamar a esta mezcolanza de palabras una economía– que impregna la forma de pensar de las élites alemanas. El pensamiento ordoliberal se ha convertido en portador de un juicio moral en la economía a través del “principio de responsabilidad” y el consiguiente concepto de “culpa”, y todo lo que no es un presupuesto equilibrado se ha convertido en inmoral: la deuda es inmoral, etc… Pero como suele suceder, el moralista es el mayor pecador. El Estado alemán ha ayudado a los bancos alemanes con cientos de miles de millones, y eran bancos especulativos que estaban en crisis porque fueron los protagonistas de la crisis financiera estadounidense. La deuda de guerra alemana fue en parte perdonada y en parte aplazada, pero la benévola Berlín no tuvo la misma actitud con Grecia. Y con la crisis, Alemania se ha sobreequipado: el euro débil ha favorecido aún más sus exportaciones, la fuga de capitales de los países periféricos a sus bonos del Estado ha conllevado enormes ahorros en los gastos de intereses. Se ha calculado que entre 2010 y 2015 el Estado alemán ha tenido un ahorro de intereses de 100.000 millones de euros, ¡equivalente al 3% del PIB!

—La Lega Norte parece estar empujando a la economía hacia un modelo orientado a dar facilidades a las empresas, fomentando una generosa reducción de los costes empresariales: un impuesto fijo con dos niveles (15-20%) y ningún aumento del IVA. El Movimiento 5 Estrellas piensa en un estímulo impulsado por la demanda, con un ingreso mínimo garantizado (780 euros) y una revisión de las reformas de las pensiones. ¿Puede Italia hacer todo eso y mantener un déficit presupuestario inferior al 3%, o incluso al 1,6%, como afirma el Ministro de Economía Giovanni Tria?

Si Italia tuviera que hacer frente a las mismas tasas de interés que Francia en la deuda pública, podría permitirse una política fiscal expansiva moderada, consistente con la estabilización de la relación deuda/PIB.

En mi opinión, la posición del Gobierno italiano debería ser la siguiente: Italia ha mantenido un buen nivel de disciplina fiscal desde 1991 (superávit primario); si no fuera por las políticas equivocadas de la UE y del BCE, el ratio deuda/PIB se situaría en el nivel francés (100%). En cualquier caso, un 130% no es muy diferente. ¿Por qué Italia no debería obtener apoyo europeo a cambio de un compromiso para estabilizar el ratio deuda/PIB al nivel actual? Eso es razonable.

Desafortunadamente, Berlín dirá nein. Con el cambio en la gestión del BCE y un gobierno alemán más a la derecha, las cosas podrían incluso empeorar. Italia debería entonces prepararse para la salida. El principal problema de una salida sería la posible represalia franco-alemana. Demasiado para los sueños europeos del presidente Mattarella.

—Como economista, ¿qué políticas cree que ayudarían más al crecimiento italiano?

Italia no necesita un impuesto fijo, sino una campaña contra la evasión fiscal. Por supuesto, siempre que sea posible, sería deseable que los impuestos fueran más bajos, pero esa no es la prioridad. La economía debe dar prioridad a las familias que se encuentran por debajo del umbral de pobreza. Sin embargo, preferiría un plan de empleo en lugar de una renta básica generalizada. La infraestructura y la educación también son prioridades.

—Los bancos italianos, griegos y españoles tienen una gran cantidad de préstamos morosos. Esto se debe en parte a las personas que no pueden pagar sus préstamos y en parte a que las pequeñas y medianas empresas ya no son rentables. ¿La disciplina fiscal está ayudando a los bancos a reducir sus préstamos en mora?

—La morosidad es claramente el resultado de la austeridad. Por tanto, continuar con las mismas políticas no ayuda. La ausencia de un banco central que cubra la deuda pública y el aumento de los tipos de interés también afectan al coste del crédito para las empresas y los hogares italianos. Los bancos italianos cumplen con su trabajo de apoyar la economía. Los grandes bancos alemanes son instituciones especulativas, y están entre los protagonistas de la crisis financiera estadounidense. Todavía están repletos de activos tóxicos. La opinión pública alemana debería estar mejor informada al respecto. Como señala Adalbert Winkler, los economistas alemanes se quejaron cuando Draghi se movilizó para apoyar la deuda pública italiana, pero no dijeron nada cuando el gobierno alemán salvó a sus bancos atrapados en la crisis estadounidense. La actual caída del valor de los títulos del Estado italiano también ha tenido un impacto negativo en los balances de los bancos italianos. Por supuesto, forzarlos a deshacerse de ella sería un suicidio.

—El Banco Central Europeo pondrá fin a su programa de adquisición de valores en diciembre de 2018. ¿Cómo afectará esto a la economía italiana?

No cambiará mucho, los bonos del Tesoro italiano ya están fuertemente penalizados, injustificadamente. Por supuesto, si se produjera un ataque especulativo a la deuda italiana, tener un Draghi o un Trichet marcaría una diferencia. En este sentido, parece que Alemania también quiere evitar un nuevo presidente polémico como Weidmann. Sin embargo, las reformas de la gobernanza económica europea propuestas por Berlín son desestabilizadoras. La intención es privar a la Comisión Europea del poder de controlar y sancionar el cumplimiento de las normas fiscales, entregándolas a un Fondo Monetario Europeo y finalmente a los mercados. Esto deja poco espacio para la negociación política, y en última instancia es suicida. Ningún gobierno italiano puede sumarse a estas reformas.

—¿Italia destruirá la zona euro?

Mi respuesta espontánea sería: “Eso espero”. Creo que la zona euro es una jaula antidemocrática. Hasta cierto punto, esto también se aplica a la UE, que es una institución neoliberal. Por ejemplo, la UE ha prohibido las políticas industriales patrocinadas por el Estado y ha obligado a Italia a privatizar sus empresas públicas, principalmente vendiéndolas a empresas extranjeras, que a menudo las han desmantelado.

Italia destruirá la zona euro si Bruselas empuja al país a su destrucción a través de la especulación del mercado y las políticas de austeridad. ¿Quién está destruyendo la Eurozona y el comercio mundial, Italia o los superávits fiscales y exteriores de Alemania? Mi temor es que, aunque se vea expuesta a un ataque financiero y a una troika, Italia no se rebelará contra los dictados y permitirá que un nuevo Mario Monti masacre el país en nombre de Europa. Desafortunadamente, la tragedia griega nos enseña que la resiliencia de la gente ante las dificultades económicas (y a la estupidez) es infinita.

—En cualquier caso, el hecho de que no existan normas para la salida del euro pone a todos los países ante un salto en el vacío en el caso del eurexit o de la ruptura del sistema del euro, una posibilidad que no debe excluirse en caso de que se produzca una nueva crisis financiera. ¿Qué significaría la salida del euro para Italia?

La perspectiva de una reforma progresiva de la zona euro es más bien negra. La lógica alemana impulsa a que nos alimentemos en los mercados hasta que seamos disciplinados (¡como si realmente fuéramos indisciplinados!). En el caso de una crisis financiera y un ataque de los mercados a la deuda pública italiana, las hipótesis son: a) Troika más un nuevo Monti (ya hace tiempo que está preparado: Enrico Letta, con quizás Draghi como Presidente de la República). b) Salida. La salida implica problemas formidables tanto a corto como a largo plazo. Mucho depende de si hay o no represalias europeas. En resumen, a corto plazo, los “amigos” europeos pueden desconectar Target 2, el sistema de pago electrónico en el que viajan nuestras operaciones bancarias. Sería una parálisis, pero también un acto de guerra contra nosotros. A medio plazo, existe el problema de la deuda externa no renegociable. Se trata de abrir negociaciones. Menos preocupante es el frente devaluación/inflación, sobre el que se están pronosticando los catastrofismos más tontos. La devaluación de la lira sería limitada. La inflación debe ser controlada por una política de ingresos estricta. Los salarios aumentarán a medida que aumente la productividad. Sería importante que con el espacio que nos diera la devaluación se pudiera proceder a una expansión fiscal para que el empleo y la productividad se reanuden de inmediato. Pero el punto clave sería la actitud de Francia y Alemania.

Fuente: http://www.elviejotopo.com/articulo/el-problema-es-alemania-no-italia/

Para leer a Gramsci (y dejar de degradarlo)

Por Ignacio Lewkowicz

25-04-92, I.L

  1. Las unicas lecturas que estan a la altura de esta crisis del marxismo son las lecturas activas, es decir, las lecturas que abran diagonales medianamente nuevas ‑por ridiculas que sean. El comentario nos transforma en objetos de esta crisis. La tarea militante hoy exigida es ser sujeto de la destrucion activa del marxismo.
  2. Lo que interesa no es tanto Gramsci como pensamiento escrito sino su esfuerzo por pensar. Nos interesa mas como simbolo que como doctrina: Gramsci es “el que esta pensando” y no “el que ha pensa­do esto”. No nos interesa hoy tanto su teoria como su actitud teorica. Tal actitud teorica se puede resumir en una frase ‑vacia como toda consigna‑ que puede servir de ayuda memoria: “en situa­ciones de hegemonia enemiga, buscar la inconsistencia, para soste­ner el antagonismo”.
  3. ¿Por que carga asi las tintas Gramsci con los intelectuales?. Todo depende de la diagonal de lectura. El tema ya clasico para ubicar esta diagonal de lectura para Gramsci es su “relacion” con Lenin. Critico, enriquecedor, redundante o refutador, tales son las variantes “en‑si”. Es decir, tales son las variantes para una lectura que cree en las relaciones en‑si entre los textos. Pero para una lectura que ya descree de la realidad sustancial del autor en “su” letra, que sostiene que las filiaciones ‑por su naturaleza imaginaria‑ estan siempre en revision, las relaciones entre dos pensamientos son siempre resultado de operaciones de lectura. Son interpretaciones, que se valoraran segun los crite­rios que se decidan: esquematicamente, por un lado el criterio academico de adecuacion, por el otro, un criterio que valore la capacidad activa o reactiva de la lectura practicada.
  4. Simplificando mucho las cosas ‑trazando una linea de demarca­cion‑ se puede plantear que hay dos modos de situar la relacion. Un modo academico y un modo militante. Los resultados son radical­mente distintos. En terminos academicos, Gramsci y Lenin serian dibujados segun el prototipo del teorico de las ciencias sociales. Una teoria se contrasta con otra teoria. Dos discursos sobre el mismo objeto ‑el Estado y la Politica‑ tienen siempre una compara­cion posible. Del cuadro de semejanzas y diferencias se inferira la relacion de desarrollo, redundancia, refutacion, o lo que sea. Pero si situamos a Lenin y Gramsci ya no como dos profesionales de las ciencias sociales, sino como dos militantes, el aspecto de su relacion empieza a cambiar.
  5. Nuestra decision para leerlos consiste en sostener que se trata de dos militantes, de dos intelectuales organicos del proletaria­do, que analizando concretamente situaciones concretas, deciden abrir lineas estrategicas distintas para inscribir historicamente la misma voluntad politica antagonica. Este argumento que sigue se propone esbozar lineas para esta lectura y vislumbrar los efectos.
  6. Vuelvo, entonces, a la pregunta originaria: ¿por que Gramsci carga tanto las tintas sobre los intelectuales? Dos respuestas aparentemente contradictorias, cuyo tejido nos situa un Gramsci contemporaneamente activo: por un lado, porque la infraestructura no hace lazo social; por el otro, porque la infraestructura no presenta inconsistencias.
  7. Todo lazo social es efecto de un discurso. Todo lazo social es imaginario. Puede estar posibilitado desde determinadas condicio­nes economicas ‑ya de por si efecto de discurso‑, pero la consis­tencia del lazo no es proporcionada por el funcionamiento economi­co. La pregunta no dicha (?) de Gramsci es la siguiente. ¿Cual es el fundamento de los agrupamientos sociales efectivamente existen­tes? La respuesta esta en Rousseau, bajo la forma de respuesta a la pregunta “¿que es lo que hace que un pueblo sea un pueblo?”. La voluntad general, “pues si no hubiese un punto en el cual todos concordasen, ninguna sociedad podria existir”. De hecho, Gramsci viene a preguntarse por el mecanismo real de la consistencia social. Una vez levantada por Marx definitivamente, la imagen mitica del contratro social ya no puede ser reconvocada. Pero de hecho funciona algo asi como una especie de “efectos de un contra­to”. ¿Cuales son los mecanismos efectivos de este funcionamiento? El discurso hace lazo, la funcion‑”intelectual” es estructurante de la consistencia imaginaria del lazo.
  8. El problema del lazo social no tiene valor alguno en la coyun­tura en que trabaja Lenin. No es que no valga para Lenin, sino que no cumple ninguna funcion en su coyuntura. Y la esencia del mar­xismo es el analisis concreto de situaciones concretas. Lo que concreta las situaciones no es la carga de informacion empirica sino la existencia de una voluntad politica, de una fuerza hetero­genea. Lo que hace lazo es el poder de fuego politico‑militar. Lo que disuelve el lazo es otra fuerza politico‑militar. Nadie hace consideraciones estrategicas sobre la debilidad proyectiva de un peon en un problema de mate.
  9. La coyuntura italiana, en cuyas carceles piensa Gramsci, no presenta inconsistencias a nivel de la “infreastructura economica”. La inconsistencia no vendra de consideraciones del tipo eslabon mas debil, porque los deja sin politica posible a quienes habitan en un eslabon consistente y pujante del funciona­miento economico del capitalismo. El campo de una lucha estrategi­ca posible es el de la hegemonia. La lucha cultural estrategica es el lugar por el cual hacer saltar la inconsistencia de la hegemo­nia.
  10. Gramsci y Lenin comparten la voluntad antagonica. Lenin piensa el antagonismo en situaciones concretas de explosividad extrema. De ahi la ilusion que asocia antagonismo=virulencia, como si el antagonismo fuera un matiz, una especie de color local de la contradiccion, de la unidad y lucha de contrarios. Afortunadamen­te, despues de Mao, el concepto de antagonismo se desligo de las imagenes del antagonismo. Ya no es una especie de pintura enarde­cida de un odio de clases sino un concepto formal: la heterogenei­dad cualitativa, la exclusion afirmativa, la imposibilidad de afirmarse en inclusion estructural: es el concepto de aquel con­junto que para postularse debe subvertir la ley de construccion de las partes del conjunto que lo “incluye”. Lenin piensa ‑y practi­ca‑ un antagonismo en situaciones explosivas, en ausencia absoluta de hegemonia enemiga, en situaciones mantenidas por la fuerza seca. Gramsci piensa ‑y practica‑ el antagonismo fuera de situa­ciones explosivas, donde la hegemonia enemiga, lejos de haber fracasaso, se fortalece. Tambien Gramsci posee el don del mal. El mal no es cuestion de modales: no se reduce a violencia fisica. Es malvado aquel que se afirma
  11. El riesgo de una situacion caracterizada por la hegemonia burguesa es la aniquilacion de cualquier capacidad politica hete­rogenea. Independientemente del lenguaje del mismo Gramsci, que sistematicamente cae en simetria para concebir la lucha de clases, se puede interpretar su esfuerzo teorico en clave de voluntad de conservar la capacidad heterogenea: un principio de no‑inclusion que haga fracasar la hegemonia de la estructura. Lo practicado, pero no explicitado por Gramsci, lo no‑dicho estructurante de su labor teorica parece ser este negarse a caer en estructuras de inclusion, afirmarse quebrando las reglas de la inclusion hegemo­nica. Y si una clase es hegemonica en la medida enque conserve el monopolio intelectual, entonces la tarea militante es una labor intelectual heterogenea: dotar de consistencia a la voluntad politica.
  12. Lo peculiar de nuestro gran calabozo es esta especie de terror por el bosque: lo peculiar de nuestro gran calabozo es su capaci­dad de inclusion, su virtud representativa, que no deja nada fuera, que todo lo encarcela. Salvo mi voluntad heterogenea ‑dice Gramsci en prision, ignorando los destinos de su obra en nuestro gran calabozo actual‑. En esta linea: calabozo=estructura de inclusion total. La estructrura que amenaza fagocitarse cualquier capacidad heterogenea es la idea burguesa de nacion. ¿Que opone Gramsci a tal inclusion? Ya no un principio formal de internacio­nalismo. No se trata de sustituir un principio de inclusion ideo­logico (“nacion”) por un principio de inclusion verdadero (“clase”) como se sustituye lo falso por lo verdadero cuando el predicador lleva la buena nueva. Se trata de enfrentar a una estructurta de inclusion su exceso especifico. El punto de partida del antagonismo es la estructura de inclusion: solo lo que es de un todo le puede hacer obstaculo. El principio de internacionalis­mo se transforma en una declaracion moral cuando pierde su virtud politica: cuando deja de ser el exceso de una estructura de inclu­sion. Conservar la voluntad politica no suele ser conservar los enunciados en que la voluntad se sostiene en determinada situa­cion, suele ser raro: conservar la consistencia antagonica libran­dose de los enunciados que pueden ser incluidos. Para Lenin, no existe marco de inclusion ideologica nacional. Bien puede hacerse cargo de la declaracion del Manifiesto: los proletarios no tienen patria. En la situacion en que “trabaja” Gramsci la inclusion nacional es la inclusion ‑empezando por la lengua nacional que establece la comunicabilidad entre los dialectos‑. El punto de partida del antagonismo es que la estructura de inclusion es nacional.

 II – PERIODISMO INTEGRAL, O TRANSFORMACIÓN DEL UNIVERSO HEGEMÓNICO.

  1. Notablemente, la construcción que Gramsci hace del periodismo integral es casi una definición exhaustiva de militancia activa. Se trata, más que de una doctrina completa del militante, de una exigencia y una tarea: una directiva teórica y política.
  2. El periodismo integral no dispone de un lector ya capturado de antemano para el combate antiburgués. El Iskra de Lenin era un órgano de discusión interna entre militantes, donde se polemizaba sore la orden del día. Pero Lenin interviene en una situación concreta de ausencia absoluta de hegemonía enemiga. Para Gramsci, en cambio, el mundo presenta otra imagen. En situación de hegemo­nía enemiga, el lector es ajeno y hay que salir a pescarlo. Luego, el punto de partida concreto son los hábitos culturales del lec­tor; mientras que el objetivo estratégico es subvertirlos (y no meramente cambiarle el contenido). ¿Qué lee? ¿Cuándo lee? ¿Cuánto lee? ¿Qué titulares lo impacta? ¿Qué formato le es maleable o tentador? Todo esto se transa en función de construir una cultura alternativa, es decir, heterogénea y de masas. Caso contrario estaríamos en una disolución populista o un vanguardismo elitista.
  3. El periodista integral activo no baja línea. De manera muy distin­ta a los hábitos mal heredados de un leninismo hecho doctrina, nunca el problema estratégico de Gramsci es difundir la consigna justa. El periodista integral, vector de la cultura alternativa, apunta a la subversión del sentido en los signos y del modo de razonamiento. Porque ni el código ni su lógica son neutros: son función de la clase hegemónica. La batalla cultural estaría perdi­da si se situara a nivel de los mensajes y no a nivel del código. Los textos de Stalin y las declaraciones de Gorbachov son la prueba empírica catastrófica que debería convencer a cualquier empecinado, incluso a nosotros. Una subversión del código y su lógica son las condiciones imprescindibles para una cultura alter­nativa.
  4. Gramsci investiga los mecanismos concretísimos de producción de la ideología burguesa para ahí trabajar en función del fracaso de tal hegemonía. El lugar de producción de una identidad será el lugar de crítica de la producción de una diferencia, de resignifi­cación de una identidad.
  5. El problema de la cultura alternativa es: ¿cómo inscribir el materialismo histórico en las masas? ¿Cómo hacer que la filosofía de la praxis, materialismo histórico, se haga sentido común? (Sentido común = folclore de la filosofía.) Resignificando el sentido común transformarlo en buen sentido subvirtiendo los hábitos culturales y los mecanismos de razonamiento pero jamás sustituyendo una identidad por otra, un término por otro, etc.
  6. Las opciones parecen ser dos:

a‑ foquismo: un nuevo código completo ‑ jerga.

b‑ populismo: disolución en el viejo código.

Luego,

c‑ ni otro absolutamente nuevo ni lo mismo absolutamente viejo, sino resignificación del código viejo.

 

 III. OTRA VUELTA DE TUERCA.

  1. La conexión entre Mao y Gramsci es, académicamente hablando, un disparate. Lo que equivale a decir que, hablando seriamente, es una conexión necesaria. Para la academia es mezclar al más bueno de los demócratas occidentales con el más malo de los déspotas orientales. Estas distinciones de modales no valen nada para un pensamiento militante. Gramsci y Mao son las primeras huellas de un post‑leninismo por venir.
  2. En su calabozo, Gramsci piensa, para no enloquecer, la verdad del marxismo existente en su coyuntura y aun hoy sin procesar: revolucion cultural. La piensa en términos sintomáticos. Pero hay desarrollos tales de tal verdad ,que otra vuelta de tuerca en nuestra lectura nos obliga a criticar las tesis de nuestro punto de partida. Habíamos partido de postular que Gramsci se interesaba en el problema de la cultura y los intelectuales porque no existía en tal; coyuntura ninguna otra chance táctico‑política de consti­tuir una fuerza revolucionaria. Se nos presentaba como una deci­sión astutísima, pero puramente táctica, impuesta a la voluntad política por las condiciones particulares en que se desenvolvía tal militancia.
  3. Y bien podía ser que Gramsci se pensara de esta manera. Pero esta diagonal resultó no ser la más activa. No existe apuesta táctica que no modifique o aclare la voluntad estratégica, una vez que el pensamiento se ha desligado de la creencia en los medios y los fines. Afirmar una decisión táctica no es borrarla en el resultado. En rigor, táctica y estrategia no son medios y fines. Haber decidido que el campo cultural es tácticamente decisivo conlleva también la decisión de haber hecho del campo cultural el lugar de la estrategia: dar consistencia a una hegemonía social nueva, punto verdadero de no retorno.
  4. En este sentido la crítica gramsciana del mecanicismo y el fatalismo es clave: no es una discusión de matiz táctico sino una línea de demarcación fundamental. “A propósito de la función histórica desarrollada por la concepción fatalista de la filosofía de la praxis, se podría hacer su elogio fúnebre reivindicando su utilidad para un período histórico, pero, justamente por ello sosteniendo la necesidad de sepultarla con todos los honores del caso”._ La voluntad política marxista es destrucción del universo de significaciones burgués, revolución cultural, trastorno decisi­vo de “toda la superestructura jurídico‑política e ideológica”. La revolución en el modo de producción es una apuesta táctica que rindió gigantescos servicios, y hoy es rigurosamente inútil. Ser gramsciano hoy, lo mismo que ser maoista es haberse enterado de la directiva política de la época: subversión de los parámetros burgueses que hoy estructuran la cultura.
  5. ¿Qué es una revolución cultural? La apertura de una nueva disposición de la experiencia humana. Una revolución cultural es la posibilidad de masas de inaugurar una nueva experiencia del mundo y del hombre. Esta es la gran política marxista: no llevar al poder a una doctrina sino abrir unnuevo horizonte a lo posible, tal la sabiduría de Marechal._ Esquemáticamente, con bestialidad canibalesca, una nueva experiencia es una nueva disposición de las preguntas kantianas. Se puede caracterizar una época o una cultura por el modo en que se situan respecto de las preguntas “qué debo hacer”, “qué puedo conocer”. “qué me es dable esperar”. El modo de situarlas puede variar tanto en las respuestas como, en el sentido más decisivo, en las preguntas. Desde esta definición se sigue: revolución = revolución cultural = apertura a una nueva experien­cia del ser = corte por advenimiento de nuevos principios que regulan la experiencia._
  6. Pero abrir tales nuevas dimensiones exige un lenguaje adecuado que las posibilite. El código, sus signos, las significaciones organizadas por ellos excluyen de antemano cualquier tentativa de abrir tales juegos. Es necesaria una lingÜística compatible con un sujeto. Nietzsche inventó la filología activa. Gramsci el perio­dismo integral. ¿Qué pensar? ¿A partir de qué? “Este contraste entre el pensar y el obrar, esto es, la coexistencia de dos con­cepciones del mundo, una afirmada en palabras y la otra manifes­tándose en el obrar mismo, no se debe siempre a la mala fe. La mala fe puede ser una explicación satisfactoria para algunos individuos singularmente considerados … pero no es satisfactoria cuando el contraste se verifica en la vida de las amplias masas; en tal caso dicho contraste sólo puede ser la expresión de contra­dicciones más profundas de orden histórico social. Significa ello que un grupo social tiene su propia concepción del mundo, aunque embrionaria, que se manifiesta en la acción”._ Aquí claramente la acción de masas excede la comprensión de las masas porque excede por completo el saber filosófico y científico de la época.

¿Qué pensar? La acción. ¿A partir de qué? De la acción: de su carácter de exceso respecto de lo pensable en tal situación.

  1. ¿Qué significa una acción que exceda el cuadro del saber? Que por ahí está circulando algo radicalmente nuevo, para lo cual no hay palabra en la cultura. Tal acción es la verdad de la hegemonía en la medida en que indica su fracaso. La hegemonía no fracasa por el hecho de que algunas conciencias se les escapan sino porque la acción creadora de las masas la excede, aunque la conciencia de los individuos que soportan tal acción esté capturada por la hegemonía.

Si falta la palabra, tal acción no puede inscribirse en la cultura ni producir sus efectos: no puede desplegarse como expe­riencia nueva. Es necesario el intelectual orgánico que la inter­prete, que la descifre, que suplemente el campo de lo enunciable para darle una consistencia de exceso. Recordemos que la interpre­tación mínima es la consigna.

Tal acción sin palabra indica una singularidad que habrá que nominar para luego inscribir como experiencia.

  1. Así construye Gramsci la filosofía de la praxis, suturada absolutamente a la politica ‑independiente de cualquier relacion estructural con la ciencia‑ segun el primer dictamen de Althusser . Esta construcción es equivalente a la segunda formula­ción del materialismo dialéctico por Althusser._ No se trata ni de una teoría del conocimiento ni de una síntesis de los resultados de la ciencia: la filosofía de la praxis piensa el discurso para una práctica que está siendo explotada ideológicamente por el código. La filosofia de la praxis enhebra las practicas ‑la “accion pura”‑ cuyo sentido desentona con el discurso en que se “sostiene”. La filosofia de la praxis intenta dar consistencia de discurso a aquello que se presenta como no‑ideologico. Y en la decision de Gramsci lo no‑ideologico en cuanto tal es el obrar. Y todo obrar es politico. La funcion del intelectual organico con­siste en dotar de discurso (subversivo) a las prácticas sin di­scurso (ideológico). La diferencia radica en que mientras Althus­ser (se) sostiene que la ciencia es lo no ideológico como tal, Gramsci sostiene que es la acción de masas la que excede la capa­cidad hegemónica del discurso ideológico. Pero tampoco es cuestion de entrar en un jueguito academico de diferencias Gramsci‑Althus­ser. Haciendola corta, para una lectura militante se trata de la misma relacion que la Gramsci con Lenin. En situaciones concretas distintas, la folisofia marxista apuesta siempre a dar consisten­cia heterogenea, critica, a lo no ideologico en cuanto tal. En situaciones concretas distintas la filosofia marxista apuesta a lo que presenta algun viso de posibilidad critica. Y se sostiene que tal practica es lo no‑ideologico en persona._

 

UNA VUELTA MAS DE TUERCA

  1. Lo que se va perfilando, si damos por buena esta interpretacion de Gramsci, es una ruina progresiva de la concepcion “ajedrezada” de la politica, entendida en terminos de tactica y estrategia ‑que en general remite a la relacion de medios y fines. Para seguir en esta lectura, habria dos caminos, o trastornar de base las nocio­nes de tactica y estrategia o abandonarlas definitivamente por estar inexorablemente contaminadas de metafisica.
  2. Por razones de tradicion, de buena tradicion, nuestra lectura decide conservar los terminos, intuyendo que es posible desligar­las de las connotaciones tradicionales ‑de la mala tradicion. La movida decisiva consistiria en romper la imagen de estrategia=objetivos a‑priori. En su lugar, llamar estrategia a una voluntad de afirmar lo que irrumpiere, indiscernible desde hoy. No disenar puntos de llegada sino apostar a la consistencia a‑posteriori de lo que se arranque del lugar en que el discurso dominante lo estaca. Si la accion es lo que desborda y resquebraja la hegemonia ‑y por ello apostamos a la accion‑, habra que llamar estrategia a la quiebra de la hegemonia ‑y no a su sustitucion por otra mas feliz‑. El trabajo intelectual no consistira mas en disenar mejores futuros. El intelectual no consentira mas al honor de ser considerado visionario filantropo.
  3. En Gramsci suele aparecer como “objetivo estrategico” no la conquista de una posicion sino la autonomia politica, la cual quisieramos leerla como quiebra de la hegemonia, como fracaso de la totalizacion estatal, como presentacion de un Otro. La tarea que prescribe, bajo hegemonia adversaria ‑y hoy parece que toda hegemonia es adversa‑ consiste en leer la accion de masas                                                                      que perturba la hegemonia. La filosofia de la praxis debera movi­lizar los recursos que tiene y los que no para dotar de una con­sistencia racional a posteriori a la accion de masas que ya esta operando. La cristalizacion doctrinaria del materialismo dialecti­co ‑que Gramsci llama concepcion fatalista o mecanicista de la filosofia de la praxis‑ pretende fijar a‑priori la racionalidad de las acciones por venir. Frente a este racionalismo dominante, Gramsci no opone un espontaneismo irracionalista. Toma otra posi­cion frente a la alternativa leninista entre espontaneidad de las masas y direccion conciente.(Donde la direccion conciente ‑segun la interpretacion oficial‑ detentaba de antemano la razon por venir). No opone racionalidad/irracionalidad sino razon a‑priori/razon a‑posteriori. No opone razon/accion espontanea sino que situa a la razon como lectura de la accion espontanea de masas.
  4. Asi planteado, el sentido de la politica no seria la obtencion de tal realidad sino la propagacion de lo heterogeneo ‑y el fan­tasma constitutivo de su politica no seria la sociedad equis sino la “autonomia politica”.

 

ILUSTRACION (“a”:demostracion)

“El hombre activo, de masa, obra practicamente, pero no tiene clara conciencia teorica de su obrar, que sin embargo es un cono­cimiento del mundo en cuanto lo transforma. Su conciencia teorica puede estar, hiastoricamente, incluso en contradiccion con su obrar. Casi se puede decir que tiene dos conciencias teoricas (o una conciencia contradictoria): una implicita en su obrar y que realmente lo une a todos sus colaboradores en la transformacion practica de la realidad; y otra superficialmente explicita o verbal, que ha heredado del pasado y acogido sin critica. Sin embargo esta conciencia “verbal” no carece de consecuencias: unifica a un grupo social determinado, influye sobre la conducta moral, sobre la direccion de la voluntad, que puede llegar hasta un punto en que la contradictoriedad no permita accion alguna, ninguna decision y produzca un estado de pasividad moral; y poli­tica. La comprension critica de si mismo se logra a traves de una lucha de “hegemonias” politicas, de direcciones contrastantes, primero en el campo de la etica, luego en el de la politica, para finalmente arribar a una elaboracion superior de la propia concep­cion de la realidad”.

IL – 25-04-92

Vivir la belleza de forma colectiva

“¿Quién es una persona hermosa? ¿Qué es lo que merece la pena y merece ser amado? ¿Cuál es la identidad y la personalidad que debe de ser amada más? ¿Quién está en posesión de actitudes que llevan a amar? Tenemos que ser capaces de buscar, revelar y desarrollar la belleza y lo que es más querible. Tu razón de quedarte entre estas filas es la habilidad de ser una fuente de amor y de belleza”. (Abdullah Öcalan)

Antes de que la estética fuese confinada a la esfera de la filosofía y del arte, antes de ser concebida como un cuerpo femenino que apela a los deseos de los hombres, todo ese valor añadido, belleza y significado de la vida, era percibido como sagrado y hermoso. Abdullah Öcalan señala esto de forma muy contundente: “No reconozco la belleza fuera de una sociedad ética y política. ¡La belleza es ética y política!”. Especialmente con el surgimiento y alzamiento del poder y del Estado, la belleza y la bondad solo fueron capaces de ser protegidas mediante la lucha. El dicho de Zaratustra “Piensa, habla y actúa bien”, trazó unos principios, un camino en el cual muchos como Mani, Buda, Confuncio y Sócrates desarrollaron pensamientos para defender los valores sociales.

En las culturas del mundo surgieron héroes, profetas, tótems, deidades, religiones, creencias, que mostraron a la gente el camino a la belleza, la bondad y el bien. En el periodo más largo de la historia humana, debido a la personificación en la mujer de todo lo sagrado de la vida y de la representación de la mujer en la sociedad de esta cultura comunal, ella era vista como fuente de belleza.

En la antigüedad, en periodos en los que las condiciones de vida humana eran limitadas, aquello que reforzaba las condiciones para la reproducción, nutrición, y protección era venerado y considerado hermoso. Entre los artefactos arqueológicos más impresionantes de las épocas del Paleolítico y Mesolítico, están las muy debatidas figuras femeninas, que son referidas habitualmente como las Venus, y que encarnan este fenómeno. Considerando que a pesar de los escasos medios de sustento bajo una vida no sedentaria, donde las condiciones para la corpulencia eran casi imposibles, la veneración a la fertilidad y las Venus -que jugaban un papel notable en la vida-, se convirtieron en símbolos para valores sociales tales como la belleza y lo sagrado. Estas figuras representan mujeres de grandes vientres y pechos prominentes colgando hasta sus anchas caderas, que están a menudo en proceso de dar a luz.

En la geografía de Oriente Medio se pueden encontrar figuras femeninas de mayor tamaño y significado sugerente, de principios de la Era Neolítica, cuyos inicios se estiman hacia el 6.500 AC (Antes de Cristo). Entre las más antiguas de ellas, están las casas de Çatalhöyük, con relieves de representaciones de mujeres, tan antiguas como de entre el periodo de 6.500 hasta el 5.600 AC. En estos relieves están en general embarazadas y tienen pechos grandes. Öcalan hace referencia a la fuente de las figuras femeninas de Çatalhöyük cuando escribe que: “La revolución Neolítica (…) se desarrolló en la cuna de los ríos Éufrates, Tigris y Zab. Comienza allí y llega hasta Çatalhöyük. La mujer es la primera en desarrollar la agricultura y la cría de animales. Es representada como protegiéndose junto a dos leopardos. En excavaciones en estos lugares han surgido muchas figuras femeninas, porque el poder de la mujer era hegemónico”. La famosa Potnia Theron (señora de las bestias), entre lo que parece ser dos panteras, es tanto una madre como una jueza de la naturaleza. De acuerdo a una arqueóloga, Potnia debía haber sido la madre de otras diosas que habrían constituido una fuente de esperanza para campesinos y pastores desde el inicio del Neolítico hasta el alzamiento de las religiones monoteístas de dominación masculina.

En periodos posteriores, la belleza, la fertilidad, la bondad y el bien encontraron sentido para las comunidades matricéntricas agricultoras en los cultos a la diosa. Inanna para los Sumerios, Ishtar para los Akkadios, Astarte para los Cananeos, Kubaba y después Cibeles para los Hurritas y los Hititas, el-Uzza para la península Arábiga, Demeter para las culturas latinas, y Afrodita para los griegos, representaban símbolos, rituales y prácticas comunes. Todas ellas son diosas de la fertilidad, del amor y de la belleza. Öcalan reivindica que la tradición de Inanna-Afrodita representa una feminidad que todavía no ha perdido su belleza, su encanto sexual y su fuerza física. Lo que es entonces representado en las diosas es la tradición agricultora de la sociedad, su forma de vida ético-política. Todavía es posible encontrar rastros de las culturas de la diosa en los restos de las sociedades ético-políticas, y reconocer las inmensas luchas generadas en lugares en los que esta cultura es fuerte. Aunque no hay rastro de ellos al principio apareciendo junto a las diosas, los dioses emergieron primero como sus pequeños hijos y después como sus maridos. Dumuzi junto a Inanna, Tammuz al lado de Ishtar, Baal con Astarte, Attis junto a Cibeles, Osiris con Isis, y Adonis junto a Afrodita. El ritual sagrado del matrimonio, que es una unión de la diosa con su pareja elegida, celebrado a comienzos de la primavera, ocurría en términos de la diosa. Las elegías relatan la belleza y fertilidad de este proceso. En otoño, Dumuzi, Tammuz, Bal, Attis, Osiris y Adones mueren, representando la vuelta de la naturaleza a la tierra, solo para reunirse con la diosa de nuevo en el comienzo de la primavera. Estas historias mitológicas todavía prevalecen en nuestros epopeyas tales como Leyla y Majnoun, Mem y Zîn, Kerem y Aslı, Tahir y Zühre, Yusuf y Zulaikha, Arzu y Qamber, Siyabend y Xecê, historias que todavía hoy son contadas. La belleza de las mujeres en las elegías en las historias épicas de amor representan, de hecho, a las diosas como la fuente de la vida y de la belleza, a la vez que expresan un anhelo por la Era. Por esta razón, en estas históricas trágicas, el amor siempre es atacado por fuerzas malévolas: los amantes nunca consiguen reunirse en este mundo maligno, pero su amor se mantiene como la fuente de la verdadera belleza. Por eso Farhad y Shirin se dicen una al otro: “He encontrado la perfección solo en ti / De ahora en adelante no puedo esperar crear perfección / Mi primera derrota es mi derrota suprema / El trabajo de Farhad se ha completado / Shirin se opone a las palabras de Farhad. /Dice: Ya estamos embarcadas en la creación / Todas las bellezas serán preguntadas a nosotros / Embarcamos en ello lo bueno y correcto / Nuestro pensamiento buscará siempre la eternidad / Borra todo lo que creaste si así lo deseas / Si quieres, crea todo de nuevo / Si así lo deseas, cuenta una pasión que no se disminuirá a sí misma / Camina hacia los tiempos esperándonos / Quiero que superes mi belleza / No quiero quedarme sola en la naturaleza / Debo entenderme a mí misma con aquello que tu creaste / Dame mayores bellezas…”. (Traducción no oficial).

La superstición del salario

Por Ezequiel Gatto

El entrevistador se asoma al vértigo de algo que se disemina en esta crónica de la charla con el filósofo Franco Berardi, Bifo, quien habló del futuro sombrío sin abandonar el goce político.

I

Es uno de esos atardeceres que justifican vivir en esta ciudad. Franco Berardi, Claudia –su compañera– y yo, caminamos por calle Catamarca mientras conversamos. Bifo dice que éste era un buen momento para venir porque en unos años le será más difícil. Tiene 69 años. Calcula su propia muerte para decidir los movimientos que hace. Le digo que me alegra que haya decidido conocer Rosario. Cuando llegamos a la puerta del sindicato le explico rápidamente lo que sé de la vida actual y reciente de Empleados de Comercio. Entramos a la sala donde junto a Adriano Peirone conversaremos públicamente con Bifo invitados por la Facultad Libre. Noto que ríe, parece alegre de estar acá. Saluda, lo saludan. Mientras proceso mis nervios como puedo, le cuento a esta pareja de italianos que, como ellos, viví en Bologna. “Un año como repositor de jugos en el Ipercoop de Porta Lame”, les tiro, sabiendo que es casi imposible que ese elemento tan banalmente cotidiano no les cause gracia. Explotan. Yo me río con ellos.

Asomo la cabeza por entre el telón para ver si hay gente. Está repleto. Veo amigxs, conocidxs, rostros familiares a los que no les puedo poner nombre y desconocidos. Pibxs de veinti, personas de sesenti y, nosotrxs, los casi cuarenti. Las butacas no alcanzaron así que hay gente sentada en los pasillos del teatro. Circulan mates, se alistan cuadernos y anotadores, las pantallas de algunos teléfonos blanquean las caras de sus usuarios, otros rostros están concentrados en los libros que trajeron de sus casas o acabaron de comprar. Cae sobre todxs ellxs una luz entre amarilla y naranja que me transmite tranquilidad. La luz y el sonido son factores decisivos para nuestra sensibilidad. Vuelvo a pensar en el actual cambio de la luminaria urbana de la ciudad, una mezcla de apelaciones al costo y a la seguridad está haciendo volver a la luz blanca, incandescente, omnipresente. La luz naranja relaja, la blanca estimula. ¿Más estimulación necesitamos?

Vuelvo al teatro, a la gente que fue. Me pregunto cómo habrán llegado a leer a Bifo ¿En algún colectivo u espacio político? ¿En internet? ¿En la facultad? ¿Por amigos, docentes, compañeros, libreros, editores? La producción y circulación de libros tiene muchas modalidades (impresa, digital, privativa, colaborativa, feriante): ¿por cuál de ellas habrán llegado a títulos como Generación Post Alfa (2007), Félix (2013), La sublevación (2014), El trabajo del alma (2016), Fenomenología del fin (2017)? ¿Qué inquietudes, problemas y apuestas los retuvieron en esos textos? ¿Qué leyeron de Bifo que les hizo decir “esto está buenísimo, esto me sirve”? ¿Con qué no están de acuerdo?

¿Y qué hay de la efectividad? ¿En qué química social local hay un componente bifiano activo? ¿Qué clase de traducciones han tenido lugar? Me hago estas preguntas sin demasiado ánimo de responderlas: más aún, sin deseo de responderlas. No me interesa contestarlas sino disfrutar del vértigo de algo que se disemina, se diversifica y multiplica. Es casi un goce contemplativo, un goce político contemplativo.

II

Mientras repaso las preguntas que armé, escucho aplausos. Bifo y Adriano ya están sentados en la mesa, listos para arrancar la conversación. Luego de los agradecimientos y las presentaciones, le pedimos a Bifo que empiece hablando de Futurability, su último libro todavía no publicado en español. Toma el micrófono, sabiendo que lo primero es ir al punto donde late la objeción. Abre la boca y espanta un fantasma, que no es el del comunismo:

“Algunos amigos me dicen ‘Tienes que ver un médico, las cosas que escribes son demasiado pesimistas. Tienes que estar deprimido’. La verdad es que no lo estoy. Me parece que soy un materialista, y como materialista mi tendencia, mi deseo y mi actividad no es prever el futuro. Los materialistas no son profetas. Es analizar el presente. Y cuando analizo el presente, las cosas se han vuelto muy sombrías. Y en el presente podemos, no digo leer el futuro sino individuar tendencias, fuerzas, formas imaginarias que contienen mucho de lo que no puede no desarrollarse en el tiempo que viene. Y en esta actividad me di cuenta del hecho que la década que viene está marcada: el nazismo vuelve en larga parte del mundo. No quiero ser demasiado asertivo, pero veo desde las Filipinas a Estados Unidos, a la Italia a la Hungría, a la Rusia, a la Argentina de Macri. Es una tendencia clara hacia la violencia y el regreso de la esclavitud y la guerra. Me  parece inscripto en el presente. Y como los amigos me dicen ‘Estás deprimido, querido, tiene que ver un médico’, he decidido escribir un libro donde no hablo de este futuro sombrío”.

Hubo un tiempo, hace diez años atrás, en que lo leíamos y nos parecía que estaba yendo hacia una versión posobrerista del Apocalipsis. Ahora, un colapso financiero global, una masa social que pide venganza (y ya no reparación), un cambio de gobierno y un terremoto regional que amontonó muchas cosas a la derecha después, sus indicaciones se volvieron datos de lo cotidiano. En ese escenario, creo que no sólo sus amigos lo han interpelado por lo sombrío: intuyo que él mismo decidió empezar a buscar los puntos de potencia que nos saquen de esto. Lo escucho y me acuerdo de Heráclito. Debe ser por lo de “Oscuro”, pero también por lo de pensar el cambio y ser uno mismo capaz de cambiar. Y de cambiar el modo de pensar los cambios. Futurability es la búsqueda de la posibilidad. Una pequeña revolución copernicana que pone el eje donde antes estaba el margen: “En Futurability intento analizar el presente e implícitamente definir la tendencia hacia la cual estamos andando, pero al mismo tiempo intento decir que la posibilidad no está cancelada. Si el poder es la imposición de una forma sobre las muchas posibilidades y la potencia es la energía que hace posible el desarrollo de una posibilidad, la posibilidad es un campo que tiene el carácter de ser no infinito pero múltiple, hay muchas posibilidades en cada instante”.

Ezequiel Gato, Adriano Peirone, Franco “Bifo” Berardi

III

Está lloviendo mierda, un cáncer de locura, odio y tristeza se esparce por los cuerpos y experiencias, y a veces a uno le queda la sensación que preguntar es un lujo o un bien superfluo. Me digo que no, que es también por no preguntar que se arman las catástrofes. Le preguntamos, lxs que estábamos sentados a su lado y en las butacas y el piso, por la memoria y la transmisión generacional, por la imaginación y la política, por el vínculo entre trabajo y salario, por los memes como comunicación política, por el feminismo y las alternativas, por los riesgos del desempleo en Argentina. De mi parte, hay una pregunta que hace tiempo que me gustaría hacerle a Bifo. Sobre las alternativas a la economía de las finanzas, el endeudamiento, los salarios a la baja y la expansión de cierta desalarización (que llaman emprendedurismo pero es un monotributismo precario) que no tiene nada de liberador. Sé que se la voy a hacer cuando lo escucho decir:

 ¿Qué hay de posible hoy que no podemos ver debido a la Gestalt dominante? Un desarrollo del conocimiento y la tecnología según los intereses de la mayoría de la sociedad. ¿Es una desgracia si, por la inteligencia artificial, desaparece el 50% de los empleos? No, no lo es. Es una posibilidad extremadamente rica”. Y: “Autonomía significa tener la capacidad de desarrollar la posibilidad por fuera del dominio del capital. Esto, que es muy bueno a nivel teórico, siempre choca con la respuesta que viene del capital. Por eso no se puede olvidar un elemento antagónico, pero el acento tiene que estar puesto sobre la autonomía”. Y: “¿Qué expectativas tenemos? ¿Qué estamos esperando? Aquí entra el problema de la imaginación. ¿Puedo esperar volar? No. ¿Puedo imaginar vivir en condiciones que no sean de esclavitud? Actualmente, no. Pero es posible. Es posible pero no lo vemos, es posible pero no la imaginamos”.

Entonces, le cito algo que escribió en El trabajo del alma (2016) y le pregunto sobre las experiencias y deseos poscapitalistas: “¿Detectas alternativas en ciertas formas y prácticas económicas actuales? Y ¿cómo pensás la salida del salariado, y de la deuda, que impiden el desarrollo de otras posibilidades?” Garabatea algo en su cuaderno, se toma un instante para hacer la logística de sus ideas y dice:

“Antes que nada, hay que dar una definición de riqueza. No hemos entendido bien qué significa riqueza. En el tiempo capitalista y al interior del patriarcado es esencialmente un concepto acumulativo. La acumulación como pulsión patriarcal de objetivación. Pero riqueza es la posibilidad de gozar. Parece escandaloso pero es sencillo. Además, hemos aceptado la superstición del salario, la idea de que si no trabajas no puedes sobrevivir. Es una creencia que se superpone a la realidad y transforma las posibilidades en una Gestalt. El salario es una fuerza, una imposición. Hoy ya no es necesario. La potencia de la tecnología nos ofrece la posibilidad de emanciparnos del trabajo. Yo no estoy proponiendo la pereza generalizada, lo que estoy proponiendo es una liberación de la actividad humana de la forma salarial.”

Pienso que Bifo retoma al Marx y el Engels de la Ideología Alemana cuando dan aquella célebre definición del comunismo –compuesta por dos tercios campesinos, un tercio literario y, llamativamente, cero elemento industrial: “apacentar el ganado, pescar, hacer crítica literaria”– como un tipo de organización del trabajo y la sociedad que no fuerza a quedar fijado en una posición para garantizarse la subsistencia, dando “a cada uno según sus necesidades y recibiendo de cada uno según sus posibilidades”, permitiendo el desarrollo de diferentes capacidades. Un comunismo genérico. Bifo se apuntala ahí, pero deja de lado la hipótesis esencialista de Marx, que suponía que así habíamos sido en un comienzo (el comunismo primitivo) y que la división del trabajo nos había convertido en esclavos de las separaciones humanamente producidas, que el comunismo vendría a re-unir y superar.

Sometiendo la cuestión del trabajo a la riqueza de disponer del propio tiempo, Bifo radicaliza esta versión de la actividad venciendo al trabajo y, así, toma posición frente a la otra gran perspectiva que ha definido la cultura obrera: la que reivindica al trabajo no sólo como productor de valores sino como principio identitario y modo de producir mundo. Rechazo o apropiación. Esa tensión entre la riqueza del tiempo y la cuestión del trabajo como modo de adscripción, es un aspecto que deja (o vuelve) a dejar planteado un dilema que, incluso con las grandes diferencias entre las condiciones europeas y las argentinas, no cesa de ser una tensión política fundamental.  Creo que esa discusión, ramificada de múltiples maneras y expresada en innumerables tópicos (empleo y desocupación, derechos sociales, inteligencia artificial, trabajo y feminismo, la producción no remunerada de información, renta universal, 1% vs. 99%, salario ciudadano, etc.) la seguiremos teniendo durante un buen tiempo. Me quedo pensando en que necesitamos una investigación amplia y articulada sobre las prácticas concretas que hoy construyen mundos poscapitalistas, para multiplicarlas, pensarlas, visibilizarlas; para tirar del hilo de las posibilidades, para devenir tendencia.

IV

Encontrarse con alguien que uno ha leído no siempre garantiza un buen encuentro. A veces es mejor no conocer a los autores. Los nervios, no tener nada para decirse fuera de los textos, la hosquedad y la timidez, entre tantas otras posibilidades, pueden aparecer y teñir de un gris real a la fantasía multicolor. Viceversa, llegar con expectativas muy bajas puede resolverse en una alegre sorpresa. Esta vez las expectativas eran altas y lo que sucedió nos dejó a muchxs entusiasmadxs,  pensando que un diagnóstico, aunque oscuro, si bueno, es luminoso; que algunas provocaciones son como umbrales para abrir el juego.

Durante toda la charla, presté atención a la gesticulación de Bifo. Piensa con las manos, me dije en un momento. Las usa como un actor dramático, de una obra de Shakespeare o de Fritz Lang, o como he visto en fotos que gesticulaba Foucault. Palmas hacia arriba, dedos flexionados. Forman un conjunto tenso que aferra una idea. Que no se ve, pero está ahí, entre las manos. Las ideas, pienso cuando miro a Bifo hablar, son eso que, muchas veces, hace hacer a las manos.

Fuente: http://revistarea.com/la-actividad-contra-el-trabajo/

Notas al margen sobre las Memorias de Daniel Bensaïd

Por Gilbert Achcar

Ningún intelectual ha encarnado mejor y tanto tiempo el espíritu (revolucionario) de Mayo de 1968 como Daniel Bensaïd.

Es conocida la categoría gramsciana de intelectuales orgánicos, ya sean los que produce la clase dominante con el fin de asentar su hegemonía ideológico-cultural como los que emergen en el combate contra-hegemónico llevado a cabo por las capas subversivas del orden social establecido. ¿Pero cómo calificar a Daniel, intelectual sesentayochista por excelencia, representante de un espíritu revolucionario que se apoderó del movimiento de masas en el tiempo de algunas mañanas, antes de contraerse como cuero viejo con el paso de los años hasta el punto de que en su décimo aniversario no era ya más que un recuerdo lejano en la conciencia colectiva de la gran mayoría de sus actores?

“En 1978 ya había pasado el coche-escoba de la Unión (y de la desunión) de la izquierda […] Duelo por las grandes esperanzas y entierro sin mucha pompa del cambio anunciado.» (p. 93.) Con el paso de una década a otra –1978, 1988, 1998, 2008– el Mayo de los revolucionarios de 1968 se ha visto cada vez más ahogado por la recuperación de la ideología dominante, hasta el punto de tener que resignarse a «admitir que no hay un único “espíritu de Mayo”, sino espíritus en plural, su Mayo y el nuestro, que se opone tanto a su confiscación liberal aí como a su denigración regresiva”. (p. 105.)

Las primeras páginas de las Memorias de Daniel Bensaïd expresan muy bien su indignada protesta frente al ejército de renegados y embaucadores del espíritu original del Mayo francés.

¿Cómo designar por tanto a un intelectual que representa la continuidad minoritaria de un momento fugaz de radicalización, mucho más efímero, superficial e infinitamente menos trágico que la Comuna de París, que produjo sus comunerosconvertidos con los años en antiguos, como el abuelo materno de Daniel, comunero a los catorce años? Dejando asomar un punto de orgullo, el impaciente destaca su vinculación con la tradición revolucionaria francesa por parte de esta línea materna, tanto por la experiencia real del abuelo como por el imaginario de los ascendientes de este último (“me gusta pensar que pudieron participar en aquellos primeros círculos subversivos que Marx y Engels frecuentaron en 1844, durante su estancia parisina”, p. 33).

Propondría llamarlo intelectual simbólico, remitiéndome a uno de los sentidos que los diccionarios dan al término símbolo, sentido tomado, al parecer, de una definición de Alfred de Vigny en 1830: “persona que encarna, personifica de manera ejemplar”. Daniel Bensaïd sin duda ha encarnado, personificado de manera ejemplar el Mayo 1968 francés. Ya por este mismo hecho, se situaba en la continuidad de la larga serie de irrupciones revolucionarias –1789, 1792, 1830, 1848, 1871– que marcó el tiempo largo de la Revolución francesa, como identificó François Furet a la vista de los sobresaltos del ciclo revolucionario inaugurado a finales del siglo 18.

Los actores más jóvenes de la gran revolución fallida de 1968 constituían de forma manifiesta la herencia de estos sobresaltos, mientras la masa de participantes de más edad, encuadrada por los verdaderos intelectuales orgánicos de la clase obrera francesa del momento, creía encontrarse ante un remake de la huelga general de 1936 (en la cual la conmemoración de la Comuna de París constituyó un momento álgido, dicho sea de paso), un remake en que los Acuerdos de Grenelle debían preceder a la victoria electoral de un nuevo Frente Popular en vez de sucederla, como ocurrió con los Acuerdos de Matignon en 1936. Lo cierto es que el resurgimiento de gorros frigios en las grandes mareas humanas de 1968 testimoniaba esta continuidad de la tradición revolucionaria francesa. Más allá del simple espíritu de Mayo, Daniel Bensaïd encarnaba el conjunto de esta herencia, en su punto más alto –hasta el punto de que tomó parte en la batalla del bicentenario en 1989 personificando literalmente a la Revolución, con un libro redactado en primera persona, Yo, la Revolución: Remembranzas de una bicentenaria indigna (haciendo un guiño a La Vieja Dama indigna de René Allio).

En mayo de 1968, sin embargo, Daniel se reconocía sobre todo en la figura de Ernesto CheGuevara, a media distancia de las figuras de Mao y de Trotsky que constituían con la del Che la tríada legendaria de la radicalización estudiantil – sin olvidar la tendencia libertaria que se encarnó más bien en la figura de proa de esta radicalización representada por otro Daniel, sobre el que hicieron hincapié el poder y los medios de comunicación. Resulta que los dos Daniel, Bensaïd y Cohn-Bendit, fueron los principales animadores del Movimiento del 22 de Marzo, que partiendo de Nanterre iba a encender el fuego en el llano universitario. El Judío alemán de 1968 se ha impuesto históricamente como el intelectual orgánico por excelencia de la generación real de estudiantes sesentayochistas, pasados en su gran mayoría de una erupción revolucionaria, que resultó pubertaria, al estado de bobos, cuyo horizonte insuperable se ha vuelto la mejora de las condiciones ecológicas –una generación pasada, en suma, del rojo y negro al verde pálido, cruzado con rosa claro. Por su parte, el hijo de judío argelino, de nombre árabe, el episodio glorioso de 1968 expresaba sobre todo la persistencia del espíritu revolucionario, a contra-corriente de la evolución de la masa realmente existente de sus actores; de ahí su calificación de intelectual simbólico.

Todo revolucionario que piense que su deber es hacer la revolución, según la famosa fórmula del Che, es forzosamente voluntarista, la propia expresión lo es de manera suprema, al igual que lo es, si no más, la fórmula leninista del revolucionario profesional. Daniel estuvo eminentemente impregnado de este “voluntarismo político, galvanizado por la iluminación todavía activa del acontecimiento” (p. 117). Sus años más voluntaristas cubren básicamente la primera década que va de 1968 –del Mayo francés de aspecto festivo, ocurrido justo tras la ofensiva vietnamita que inauguró este annus horribilis para el sistema capitalista mundial– al final amargo de las ilusiones, con el telón de fondo del aborto del proceso revolucionario en Portugal y, en Indochina, el paso de la imagen de un Vietnam heroico a la de una Camboya de pesadilla, que el primero no tardó en invadir. El reflujo de la gran ola de 1968 se caracterizó por la reconversión de un puñado de intelectuales sesentayochistas en profesionales del marketing de un pensamiento nulo, en palabras de Deleuze.

Los “vuelos líricos” de los futuros “nuevos filósofos” en el inmediato post-1968 fueron sin embargo mucho más “delirantes” (p. 93) que la exageración voluntarista del alcance del acontecimiento que traducía la obra redactada en caliente en 1968 por Daniel Bensaïd y Henri Weber, Mayo 68: un ensayo general, una obra cuyo título constituye por sí mismo todo un programa. De estos años de hiper-voluntarismo, Daniel habla en dos capítulos de sus Memorias, con títulos evocadores: “La historia nos mordisqueaba la nuca” –se puede apreciar la desencantada atenuación de la expresión original lanzada por Daniel, cuando la historia mordíacon buenos dientes, expresión que constituyó la “máxima de nuestra impaciencia revolucionaria” (p. 126); “El tiempo del leninismo apresurado”, cuyas raíces se sumergen en la elaboración teórica de un “(ultra) leninismo, obnubilado por el momento paroxístico de la toma del poder” (p. 127), inspirado por el Lenin de Lukacs muy articulado en torno a la actualidad de la revolución.

El gusto a plomo que dejaron estos años locos –sobre todo en la experiencia edificante que fueron las incursiones de Daniel en América Latina, en particular en Argentina, al ritmo de la ola guevarista que acabó por reproducir el fracaso boliviano del Che, sin lograr extraer las lecciones adecuadas– se vislumbra en este comentario sorprendente, casi enigmático, que cierra el capítulo titulado “La violencia domesticada”. Daniel, revolucionario impenitente, decididamente alérgico a todo legalismo, se resigna mal al abandono de la violencia revolucionaria programada: quiere más bien

“esforzarse por disciplinarla y domesticarla, lo que supone desarrollar una nueva cultura jurídica y una cultura de la propia violencia. […] Algunos códigos militares y algunas artes marciales han esbozado pasos en esta dirección” (p.232).

Durante la segunda década post-sesentayochista, Daniel partirá bajo otros cielos en busca del Graal revolucionario– sobre todo Brasil, y también México. Nuevas decepciones, con un PT brasileño que confirmó su acelerado aprendizaje de la trayectoria histórica de la social-democracia europea, pasando en pocos años del socialismo radical al reformismo electoralista, esperando insertarse en la mutación social-liberal de la era de la mundialización. Y con un dirigente campesino trotskysta mexicano que parece inspirado en la filmografía de Elia Kazan, pasando del ¡Viva Zapata! a La ley del silencio, o dicho de otra manera de dirigente campesino revolucionario a dirigente social corrupto (para completar el escenario, fue asesinado ametrallado junto a otras catorce personas en 2007). La corrupción gangrenó al México que, con la LCR francesa, fue la joya de la Cuarta Internacional, ese “bonsai de Komintern” (p.361). (La joya brasileña, organizada en forma de tendencia en el seno del PT, que le sucedió como la portadora de las esperanzas de la Internacional en América Latina, degeneró a su vez una quincena de años más tarde).

Una gran melancolía caracterizó el vigésimo aniversario de Mayo 1968, con un embalsamamiento mediático de primera clase del recuerdo de la gran rebelión, y una fiesta de la LCR con una desesperante escasa asistencia. Como por desafío, rechazo a claudicar, Daniel y Alain Krivine firmaban un Mayo sí!, con el subtítulo de Rebeldes y arrepentidos. Desafío renovado por Daniel en esas otras exequias que fueron las ceremonias del bicentenario de la Revolución francesa, que ya se ha citado antes. Pero el desafío simbólico al espíritu de los tiempos no basta para conjurarlo. El hundimiento de la URSS fue vivido por Daniel como una derrota histórica, aún estando por encima de cualquier sospecha de simpatía por el estalinismo. Lo que tenía para él un gusto a derrota era más bien el final de una época marcada por la creencia en la actualidad de la revolución en sintonía con el Octubre 1917 ruso, cuyo espíritu, se quería creer, seguía incubando como cenizas bajo el estiércol estaliniano.

“Había llegado la hora del cierre de los posibles”, escribe Daniel citando a Deleuze (p. 370), cierre aún más desmoralizador porque la uniporalidad imperial hacia la que se inclinaba el mundo tenía acentos triunfalistas, aunque hacía agua por todas partes. Este gran giro histórico es objeto de un capítulo que Daniel tituló “Vientos de torbellino”, en contra de la glorificación de los “Vientos del Este” por una minoría de la LCR y de la Internacional, dirigida por Gérard Filoche, que no tardaría en abandonar la Liga, de la que había sido uno de sus muy primeros fundadores, para unirse a la izquierda del Partido socialista. Nada expresó mejor esta divergencias de juicios sobre la caída del Muro que el intercambio de exclamaciones entre los dos protagonistas de este debate: “¡Champagne!” exclamó Filoche, en un congreso internacional reunido en 1991; “¡Champagne y Alka-Seltzer!” replicó Bensaïd, que cita esta expresión sin mencionar el intercambio en que surgió inicialmente (p.370).

Aquél fue el momento melancólico de Daniel, durante el cual redactó en tres años, “llevado por [un] impulso grafomaníaco”, lo que califica de “trilogía sobre la historia y la memoria” (p. 380): la obra sobre la Revolución, seguida de otra sobre Walter Benjamin y por fin la obra sobre Juana de Arco. Las obras de la trilogía de 1989-1991, admite Daniel, “parecen alejadas de Marx”. Se trataba, afirma, “de un recorrido paralelo, para volver mejor a la cuestión del comunismo, por el enmarañado camino de las herejías, por el desvío de la racionalidad mesiánica, por el sendero escarpado de una lógica del acontecimiento” (p. 412.) Ese momento melancólico no tardó en transformarse en apuesta melancólica, según el título de la obra que Daniel publicó en 1997 y en la que el desafío volvía a la carga. “La apuesta se vuelve melancólica cuando lo necesario y lo posible divergen” (p. 454.) Pero entonces la apuesta no es otra que la manifestación renovada, una vez más, del optimismo voluntarista que se burla del pesimismo intelectualista.

Entre tanto, Daniel había fundado en 1992 una Sociedad para resistir al espíritu de los tiempos –tema que presidirá su reflexión y sus actividades desde entonces: en 1998 publicó un breve Elogio de la resistencia al espíritu de los tiempos, en 2001 Los Irreductibles. Teoremas de la resistencia al espíritu de los tiempos, y el mismo año Resistencias. Ensayo de topología general, a la vez que lanzaba, todavía en 2001, la revista ContreTemps [Contra-Tiempo]. Esta misma noción inspira los títulos del opus magnum de Daniel, publicado en 1995 en dos volúmenes complementarios, Marx el intempestivo y La Discordancia de los tiempos – una obra que se sitúa en contra de toda visión lineal de la temporalidad y de cualquier determinismo positivista, en nombre de la pluralidad de los posibles y del papel de los imponderables. El opus magnum de 1995 es la culminación de una larga acumulación teórica en la que trabajo universitario, trabajo de formación teórica (sobre todo en la escuela internacional militante de Amsterdam) y debates internos se conjugan para producir una suma que constituye innegablemente un marxismo original y de los más ricos, según esta visión pluralista del marxismo expresada en el nombre de una colección editorial que Daniel contribuyó a lanzar: “Mil marxismos”.

El mismo año en que apareció este trabajo considerable reapareció con ímpetu el viejo topo de la lucha de clases en la superficie de esta Francia que creía haberlo enterrado definitivamente después de 1968. El otoño caliente de 1995 fue el pico más elevado de las lucha sociales hexagonales desde el Mayo francés. Precedidas por la rebelión zapatista en 1994, las huelgas de 1995 anunciaban un nuevo ciclo de luchas que la manifestación de Seattle en 1999 daría un fuerte impulso en vísperas del nuevo siglo. “El comienzo de los años ochenta fue crepuscular, es cierto. Pero las señales de la renovación aparecieron antes de lo que se imaginaba, dibujando poco a poco la forma fluctuante de un movimiento por llegar, que no tiene nombre” (p. 461).

Estos “años de renacimiento”, escribe Daniel, fueron aquellos en que “tuteó directamente a la muerte” (p. 448). Cuando estalló el otoño caliente en Francia, era considerado un cadáver andante, el año siguiente se encontró verdaderamente in articulo mortis, antes de que las triterapias vinieran a darle un nuevo plazo que no habría podido imaginar que iba a renovarse durante quince años. En esta doble recuperación imprevista e inesperada, histórica y personal, Daniel sacó una inmensa energía de resistencia, a la vez que extraía de la experiencia concreta de la mortalidad –natural e inevitablemente– una filosofía de la existencia personal definida por el carpe diem del verdadero epicurismo (y no de su caricatura vulgar). Físicamente disminuido, volcó su energía en la escritura: “A falta de poder actuar y viajar a mi manera, escribir se ha convertido en la expresión privilegiada de esta condición espectral” (p. 449); – condición de un espectro que no por ello sonríe menos (cf. La Sonrisa del espectro, aparecido en 2000).

En los quince años de vida que obtuvo de propina, para mayor felicidad de Sophie, su compañera, de sus amigos y de sus camaradas, un Daniel tanto más entrañable porque la enfermedad le había liberado “de las vanidades cotidianas, de las preocupaciones ridículas y de los cálculos de interés” y vuelto más sensible aún “a los nuevos encuentros, a las amistades, que se hacen y se deshacen” (p. 451), llegó a publicar una quincena de obras de diversa talla, todas ellas obras de combate político y filosófico, el más importante de los cuales es su Elogio de la política profana, aparecido en 2008 y dedicado a cuatro camaradas de su generación, muertos prematuramente antes que él.

Su autobiografía, Una lenta impaciencia, es una obra magnífica, en que la belleza de la escritura alumbra la confesión, poco creíble a primera vista, que hace Daniel, animal político donde los haya, cuando dice que ha llegado “a preguntarme si la política era verdaderamente mi tipo, y si no me he equivocado de vocación” (p. 451). Una aclaración confirmada por el frecuente recurso de Daniel a los préstamos literarios, poéticos y paraliterarios a lo largo de sus Memorias, hasta la conclusión tomada de André Breton justificándose por esa afirmación: “El ojo de la poesía ve en ocasiones mucho más lejos que el de la política” (p. 468). Toda la obra de Daniel Bensaïd deja transparentar esta tensión entre una vocación literaria frustrada y una vocación política abrazada en detrimento de la primera, una tensión que se encuentra en Trotsky, el revolucionario cuyo nombre llevó (y a veces sufrió) como etiqueta hasta el fin de sus días.

Sin embargo, entre los grandes revolucionarios, Daniel profesaba la admiración más tierna por Blanqui. Sentía con toda razón una gran afinidad con el Encerrado, la afinidad del intelectual simbólico portador de una tradición revolucionaria francesa que va de los Jacobinos a Mayo 1968 con quien fue uno de los principales intelectuales orgánicos de la encarnación social real de esta tradición durante seis décadas cruciales del siglo 19: Louis Auguste Blanqui, medio-poeta medio-político, que comenzó también su carera revolucionaria participando en manifestaciones estudiantiles en el Barrio Latino; Blanqui, continuador del ala izquierda babouvistea del jacobinismo y precursor del leninismo, ese otro heredero del jacobinismo.

Cualquiera que esté familiarizado con la obra de Daniel Bensaïd reconocerá hasta qué punto fue influido por la recopilación publicada en 1972 por Miguel Abensour y Valentin Pélosse, que reagrupaba obras de Blanqui enmarcadas por otros textos. Entre otras, se encontraba la Instrucción para tomar las armas, escrito de Blanqui redactado con ese espíritu hiper-voluntarista como se denomina al blanquismo, y publicado en un cara a cara con extractos de la obra de Charles Fourier; pensamientos de Blanqui publicados bajo el título de Contra el positivismo, un ataque virulento a Auguste Comte; La Eternidad por los astros, obra del tiempo de la melancolía posterior al sangriento aplastamiento de la Comuna de París (“En el fondo, esta eternidad del hombre por los astros es melancólica”, escribe el propio Blanqui al final de la obra); y también las tesis “Sobre el concepto de historia” de Walter Benjamin, vueltas a publicar entonces por primera vez en francés desde 1947, en un momento –1972– en que Benjamin no se había convertido todavía en el objeto de una moda intelectual.

Este libro de 230 páginas contenía algunos de los temas e ingredientes fundamentales que caracterizarán el pensamiento futuro de Daniel Bensaïd, un pensamiento inscrito en la eternidad real –la que profieren las obras de largo alcance, mucho más seguramente de la que profieren los astros. Y la presencia político-intelectual de Daniel no está cerca de eclipsarse. Ha salido del presente para situarse de forma duradera en la posteridad revolucionaria: ese porvenir dura largo tiempo.

6/11/2018

http://www.contretemps.eu/daniel-bensaid-intellectuel-symbolique/

¿Qué significa hoy autonomía?

Franco Berardi Bifo

Traducido del italiano de Manuel Aguilar Hendrickson

Publicado en 2003 en el Instituto Europeo de Políticas Progresivas

Subjetivación y no sujeto

No pretendo hacer una reconstrucción histórica del movimiento de autonomía, sino tan sólo tratar de comprender su especificidad histórica volviendo sobre conceptos como rechazo del trabajo y composición de clase. Los periodistas usan el término operaismo para designar un movimiento político y filosófico que apareció en Italia en los años 60. A mí no me gusta ese término porque reduce la complejidad de la realidad social al mero dato de la centralidad de los obreros industriales en la dinámica social de la modernidad tardía. La centralidad de la clase obrera ha sido uno de los grandes mitos políticos del siglo XX, pero el problema que nos tenemos que plantear es el de la autonomía del espacio social frente al dominio capitalista, y el de las diferentes composiciones culturales, políticas e imaginarias que elabora el trabajo social. Por eso prefiero emplear la expresión composicionismo para designar ese movimiento de pensamiento.

Lo que me interesa subrayar de la operación filosófica del llamado operaismo italiano es el desmontaje de la noción de sujeto que el marxismo heredó de la tradición hegeliana. En lugar del sujeto histórico, el composicionismo empieza a pensar en términos de «subjetiv/acción». El concepto de clase social no tiene una consistencia ontológica, sino que debe entenderse como un concepto vectorial. La clase social es proyección de imaginaciones y proyectos, efecto de una intención política y de una sedimentación de culturas.

Los pensadores que escribían en revistas como Classe Operaia o Potere Operaio no usaban este tipo de lenguaje, no hablaban de inversiones sociales de deseo, y se expresaban de forma mucho más leninista. Pero el gesto que realizaron produjo un cambio importante en el panorama filosófico, que desplazó la atención de la centralidad de la identidad obrera a la descentralización del proceso de subjetivación. Félix Guattari, que entró en contacto con el operaismo después de 1977 y sólo fue conocido por los pensadores de la autonomía italiana después de esa fecha, insistió siempre en la idea de que no se debería hablar de sujeto sino, más bien, de proceso de subjetivación.

Partiendo de estas observaciones podemos tratar de comprender qué significa rechazo del trabajo. Esta expresión no significa tanto el hecho obvio de que a los obreros no les gusta que les exploten, sino algo más. Significa que la reestructuración capitalista, el cambio tecnológico y la transformación general de las instituciones sociales son el producto de una acción cotidiana de sustracción de la explotación, de rechazo de la obligación de producir plusvalor y de aumentar el valor del capital a costa de reducir el valor de la vida.

Como he dicho, no me gusta la expresión operaismo por la implícita reducción a una referencia social restringida, y prefiero la palabra composicionismo. El concepto de composición social o composición de clase, ampliamente utilizado por los pensadores «operaistas», parece tener más que ver con la química que con la historia social.

Me gusta la idea de que el lugar en el que se desarrollan los procesos históricos no sea el sólido territorio rocoso de origen hegeliano, sino un ambiente químico en el que sexualidad, enfermedad y deseo se combaten, se encuentran y se mezclan y cambian continuamente el panorama. Si usamos el concepto de composición podemos comprender mejor lo que sucedió en Italia en los años 70, y podemos entender mejor qué quiere decir autonomía: no es la constitución de un sujeto, no es la identificación de los seres humanos con una figura social prefijada, sino el cambio continuo de las relaciones sociales, la identificación y la desidentificación sexual y el rechazo del trabajo. El rechazo del trabajo es un producto de la complejidad de las inversiones sociales de deseo.

En este marco, autonomía significa que la vida social no depende sólo de la regulación disciplinar impuesta por el poder económico, sino también de los desplazamientos, los deslizamientos y las disoluciones que constituyen el proceso de autocomposición de la sociedad viva. Lucha, retirada, alienación, sabotaje, líneas de fuga del sistema de dominio capitalista.
Ese es el significado de la expresión «rechazo del trabajo». Rechazo del trabajo significa muy sencillamente: «no quiero ir a trabajar porque prefiero dormir.» Esta pereza es la fuente de la inteligencia, de la tecnología y del progreso. Autonomía es la autorregulación del cuerpo social, en su independencia y en sus interacciones con la norma disciplinar.

 

Autonomía y desregulación

Hay otro aspecto de la autonomía en el que se ha profundizado poco hasta ahora. El proceso de autonomización de los trabajadores de su papel provocó un terremoto social que, a su vez, desencadenó la desregulación capitalista. La palabra desregulación apareció en la escena ideológica a finales de los años 60, e interpretó un espíritu desestructurador que venía del pensamiento libertario y antiautoritario de los decenios precedentes. Hay toda una tradición de «desreglamentación», que recorre la cultura hippy libertaria californiana, el pensamiento autónomo italiano y la epistemología deseante francesa, que predica la autonomía de la dinámica social frente al dominio estatal y autoritario. El liberalismo recoge el impulso de estas culturas y lo transforma en fanatismo de la economía. La autonomía social desencadenó la potencia del saber y la imaginación colectiva, pero el liberalismo traduce esa liberación al terreno paranoico de la competitividad.

La desregulación que entró en la escena mundial en la época de Thatcher y de Reagan puede verse como la respuesta capitalista a la autonomización respecto al orden disciplinario del trabajo industrial. Los obreros pedían libertad frente a la regulación capitalista, y el capital hizo lo mismo pero a la inversa. La libertad frente a la regulación del Estado ha resultado ser despotismo sobre el tejido social y sobre la vida cotidiana de las personas concretas. Los trabajadores pedían libertad frente a la prisión del trabajo de por vida en la fábrica industrial, y la desregulación respondió mediante la flexibilización del trabajo y la fractalización del trabajo.

El movimiento de autonomía en los años 70 puso en marcha un proceso peligroso pero indispensable. Un proceso que se desarrolló desde el rechazo social del dominio capitalista hasta la revancha capitalista que adoptó la forma de desregulación, de libertad de la empresa frente a todo control estatal, de destrucción de la protección social, de reducción y externalización de la producción, de recorte del gasto social, de desfiscalización y, finalmente, de flexibilización. El movimiento de autonomía puso en marcha, en efecto, la desestabilización del contexto social que había surgido de un siglo de presiones sindicales y regulación estatal. ¿Cometimos, acaso, un terrible error? ¿Deberíamos arrepentirnos de las acciones de disidencia y sabotaje, de autonomía y de rechazo del trabajo que parecen haber provocado la desregulación capitalista?

No, en absoluto.

Es cierto que el movimiento de autonomía anticipó la tendencia, pero la desregulación estaba inscrita en las líneas de desarrollo del capitalismo posindustrial, como le estaba en la reestructuración tecnológica de la globalización productiva.
Hay una relación estrecha entre rechazo del trabajo e informatización de las fábricas, reducción de plantillas y subcontratación, y flexibilización del proceso global de trabajo. Pero esa relación es mucho más compleja que una simple cadena de causas y efectos.

El proceso de desregulación estaba ya inscrito en el desarrollo de nuevas tecnologías que permitían a las grandes empresas lanzar el proceso de globalización. Un proceso parecido se produjo en el campo de los medios de comunicación en el mismo período.

Pensemos en las radios libres italianas de los años 70. En aquellos años en Italia existía un monopolio estatal de la telecomunicación y estaba prohibida la emisión privada. La izquierda política, en especial el PCI, denunciaba a los activistas mediáticos de Radio Alice a los que acusaba de romper el sistema público de comunicación y de abrir así el camino a los medios privados. ¿Hay que pensar que tenía razón la izquierda estatista que se oponía a al proliferación comunicativa en nombre de la defensa del sistema público? No lo creo así. Creo que la izquierda tradicional se equivocaba por varias razones. Ante todo, porque el fin del monopolio público estaba ya inscrito en la evolución de la tecnología de la comunicación. En segundo lugar, porque la libertad de expresión es mejor que la centralización estatal de los medios. En ese momento la izquierda representaba una fuerza de conservación estatista, tanto en Italia como en los países del Este de Europa. Representaba un cascarón cultural que no podía sobrevivir a la transición posindustrial. Lo mismo podemos decir respecto al fin del imperio soviético. Sabemos que la población rusa está hoy peor que hace veinte años, y que la llamada democratización ha llevado sobre todo a la destrucción de la protección social, a una pesadilla de competición agresiva, de violencia, de corrupción y de miseria existencial.

Pero la disolución del régimen socialista era inevitable, porque ese orden bloqueaba la dinámica del deseo social y porque impedía la innovación cultural. La disolución de los regímenes comunistas estaba inscrita en la composición social de la inteligencia colectiva, en el imaginario creado por los nuevos medios globales y en las inversiones colectivas de deseo. Eso explica que la intelectualidad democrática y las fuerzas culturales disidentes tomasen parte en la lucha contra los regímenes socialistas, aunque supieran que el capitalismo no sería ningún paraíso. Hoy la desregulación está devastando la que en tiempos fuera sociedad soviética, y se experimenta la explotación, la miseria y la humillación hasta un punto tal vez nunca alcanzado, pero esta transición era inevitable y, en cierto sentido, ha sido un cambio progresivo.

Desregulación no significa sólo emancipación de la empresa privada frente a la regulación estatal y reducción del gasto público y de la protección social. También significa flexibilización del trabajo. La realidad de la flexibilidad del trabajo es la otra cara de esa emancipación de la disciplina capitalista. No debemos minusvalorar la relación entre el rechazo del trabajo y la flexibilización que le ha seguido. Una de las ideas fuertes del movimiento de autonomía era que «lo precario es bello». La precariedad del trabajo es una forma de autonomía frente al trabajo regular que dura toda la vida. En los años 70 era habitual trabajar unos meses, dejar el trabajo para irse de viaje, regresar y volver a trabajar unos meses y así sucesivamente. En condiciones de pleno empleo y en presencia de una extendida cultura igualitaria, no competitiva y no consumista, es posible un estilo de vida como ése, y le sienta bien al cuerpo y al espíritu. La ofensiva neoliberal de los años 80 pretendía invertir la relación de fuerzas. Desregulación y flexibilización del trabajo han sido efecto e inversión de la autonomía obrera. Es preciso comprenderlo, y no sólo por razones históricas. Si queremos entender lo que debemos hacer hoy, en la época de la plena flexibilidad del trabajo humano que, sin embargo, es también una fase de crisis del neoliberalismo, debemos comprender cómo pudo producirse, en ese paso de los años 70 a los 80, la ocupación del campo del deseo social por un imaginario economicista y competitivo.

En los últimos decenios la informatización del sistema de máquinas ha jugado un papel crucial en la flexibilización del trabajo, junto con la intelectualización y la inmaterialización de los principales procesos productivos. La introducción de las nuevas tecnologías electrónicas y la informatización del proceso productivo han abierto el camino a la creación de una red global de infoproducción, desterritorializada, deslocalizada y despersonalizada. La red global de infoproducción se ha convertido cada vez más en sujeto del proceso productivo social, y el tejido humano de las personas que lo componen se ha fragmentado hasta disolverse. No hay ya seres humanos que trabajan, sino fragmentos de tiempo sometidos al proceso de valorización, átomos de tiempo recombinados en el proceso productivo global. Los trabajadores industriales rechazaron su papel en la fábrica y ganaron, de ese modo, libertad y autonomía frente al dominio capitalista y frente al control de su tiempo de vida. Pero ello llevó a los capitalistas a invertir en tecnologías que ahorran trabajo y a cambiar la composición técnica del proceso de trabajo, para poder expulsar a los obreros industriales y sus formas de organización autónoma y crear una nueva organización del trabajo que pudiera ser más flexible.

 

Ascenso y caída de la alianza de trabajo cognitivo y capital recombinante

Intelectualización e inmaterialización del trabajo son una cara del cambio de las formas de producción social. La otra cara es la globalización planetaria. Inmaterialidad y globalización son complementarias. La globalización es un proceso que conlleva elementos de pesada materialidad, porque el trabajo industrial no desaparece en la época posindustrial, sino que emigra hacia las zonas geográficas en las que es posible pagar salarios bajos, y en las que la legislación no protege el trabajo y favorece a la libre empresa, a costa del medio ambiente y de la sociedad. La perspectiva de una extensión planetaria del proceso de producción industrial fue previsto por Mario Tronti en un artículo aparecido en el último número de la revista Classe Operaia, en 1967.

Tronti escribía que «el fenómeno más importante de los próximos decenios hasta el fin del siglo XX será el desarrollo de la clase obrera a escala planetaria». Esta intuición no se fundaba en el análisis del proceso de producción capitalista, sino en la comprensión de las transformaciones en la composición del trabajo. La globalización y la informatización podían preverse como una consecuencia del rechazo del trabajo en los países industriales de occidente. Durante los dos últimos decenios del siglo XX hemos asistido a una especie de alianza entre capital recombinante y trabajo cognitivo. Llamo recombinante al capital que no está ligado estrechamente a una aplicación industrial particular, sino que es transferible con rapidez de un lugar a otro, de una aplicación industrial a otra, de un sector de actividad económica a otro. Se puede llamar recombinante al capital financiero que desempeñó un papel central en la política y la cultura de los años 90. La alianza de trabajo cognitivo y capital financiero ha tenido importantes efectos culturales, como la identificación ideológica del trabajo y la empresa. Los trabajadores se han visto empujados a verse a sí mismos como autoempresarios. En esa visión había algo de cierto, en el período en el que florecieron las dotcom, cuando el trabajador cognitivo podía crear su empresa invirtiendo su fuerza intelectual (una idea, un proyecto, una fórmula) como un bien que podía valorarse en términos financieros.

Era la época que Geert Lovink, en su importante libro Dark Fiber,[1] llama la de la «dotcomanía». ¿Qué fue la «dotcomanía»? La participación masiva en el ciclo de inversión financiera de los años 90 puso en marcha un proceso de autoorganización de los productores cognitivos. Los trabajadores cognitivos invertían su experiencia, su saber y su creatividad, y encontraban en el mercado de acciones los medios para crear empresas. Para muchos la forma empresa se convirtió en el punto de encuentro entre capital financiero y trabajo cognitivo de alto potencial productivo.

La ideología libertaria y liberal que dominaba la cibercultura (sobre todo norteamericana) en los años 90 idealizaba el mercado presentándolo como un entorno puro. En ese entorno, natural como la lucha por la supervivencia del más fuerte que hace posible la evolución, el trabajo encuentra los medios necesarios para valorizarse y convertirse en empresa. Una vez dejado a su dinámica propia, el sistema económico de red estaba destinado a optimizar los beneficios económicos para todos, propietarios y trabajadores, entre otras cosas porque la diferencia entre propietarios y trabajadores se hacía cada vez más imperceptible al entrar en el circuito productivo virtual.

Este modelo, teorizado por autores como Kevin Kelly y convertido por la revista Wired en una especie de Weltanschauung liberal–digital, arrogante y triunfalista, entró en quiebra a principios del nuevo milenio, junto con la new economy y buena parte del ejército de emprendedores cognitivos que habían vivido en el mundo de las dotcom. La razón de la bancarrota se halla en el hecho de que el modelo de un mercado perfectamente libre es una falsedad teórica y práctica. Lo que el neoliberalismo reforzó a largo plazo no fue el libre mercado, sino el monopolio.

En la segunda mitad de los años 90 se desarrolló una auténtica lucha de clases dentro del circuito productivo de las altas tecnologías. El devenir de la red se ha visto marcado por esa lucha, cuyo resultado aún hoy es incierto. Desde luego, la ideología de un mercado libre y natural ha resultado un engaño. La idea de que el mercado funciona como un espacio neutro de confrontación entre ideas, proyectos, calidad y utilidad de los productos ha sido barrida por la amarga verdad de la guerra que los monopolios han librado contra la multitud de trabajadores autoempresarios y contra la patética masa de microtraders.[2] La lucha por la supervivencia no ha sido ganada por el mejor o por el más afortunado, sino por el que ha sacado los cañones: los cañones de la violencia, de la rapiña, del robo sistemático, y de la violación de cualquier norma ética o legal. La alianza Bush–Gates ha sancionado la liquidación del mercado, y con ello la fase de lucha interna en la clase virtual se acabó. Una parte de la clase virtual se ha incorporado al complejo militar industrial, mientras otra (la gran mayoría) ha sido expulsada de la empresa y empujada hacia los márgenes de una proletarización abierta. En el plano cultural están emergiendo las condiciones para la formación de una consciencia social del cognitariado. Y éste podría ser el fenómeno más importante de los años próximos, la única clave que podría ofrecer soluciones al desastre.

Las dotcom han sido el laboratorio de experimentación de un modelo productivo y de un mercado. Al final el mercado ha sido conquistado y asfixiado por las grandes empresas monopolistas, y el ejército de autoemprendedores y microcapitalistas de fortuna ha sido desplumado y disuelto. Así ha comenzado una fase nueva: los grupos que alcanzaron el predominio en el ciclo de la net economy se han aliado con el grupo dominante de la old economy (el clan mafioso de Bush y Berlusconi, la industria militar y la petrolera) y el proceso de globalización productiva sufre un bloqueo. El neoliberalismo ha producido su negación y sus más entusiastas defensores se han convertido en sus víctimas marginalizadas.

Con el crash de las dotcom el trabajo cognitivo se ha separado del capital. Los artesanos digitales, los que en los años 90 se sintieron empresarios de su propio trabajo, se han dado cuenta poco a poco de que han sido engañados, desplumados y expropiados, y eso creará las condiciones de una consciencia de nuevo tipo de los trabajadores cognitivos. Se darán cuenta de que a pesar de tener toda la potencia productiva, han sido expropiados de sus frutos por una minoría de especuladores ignorantes pero hábiles en el manejo de los aspectos legales y financieros del proceso productivo. El sector improductivo de la clase virtual, los abogados y los contables, se apropia del plusvalor cognitivo producido por los físicos, los informáticos, los químicos, los escritores y los operadores mediáticos. Pero éstos podrían separarse del castillo jurídico y financiero del semiocapitalismo y construir una relación directa con la sociedad, con los usuarios. Puede que entonces se inicie el proceso de autoorganización autónoma del trabajo cognitivo. Un proceso que ya ha empezado, como lo muestran las experiencias del mediactivismo y la creación de redes de solidaridad con el trabajo migrante.

Era necesario que atravesásemos el purgatorio de las dotcom, la ilusión de una fusión entre trabajo y empresa capitalista, y también el infierno de la recesión y la guerra infinita, para poder ver emerger el problema con claridad. Por una parte, el sistema inútil y obsesivo de la acumulación financiera y la locura de la privatización del conocimiento público, herencia de la vieja economía industrial. Por otra, el trabajo cognitivo que empieza a verse como cognitariado, y empieza a construir instituciones de conocimiento, de creación, de cuidado, de invención y de educación que son autónomas del capital.

 

Fractalización, psicopatía, suicidio

En la net economy, la flexibilidad ha evolucionado hacia una forma de fractalización del trabajo. Fractalización significa fragmentación del tiempo de actividad. El trabajador ya no existe como persona. Es tan sólo un productor intercambiable de microfragmentos de semiosis recombinante que entra en el flujo continuo de la red. El capital no paga ya la disponibilidad del trabajador a ser explotado durante un período largo de tiempo, no paga ya un salario que cubra todo el campo de las necesidades económicas de una persona que trabaja. El trabajador (máquina que posee un cerebro que puede ser usado por fragmentos de tiempo) recibe un pago por su prestación puntual, ocasional, temporal. El tiempo de trabajo es fractalizado y celularizado. Las células de tiempo están en venta en la red, y las empresas pueden comprar tantas como quieran sin comprometerse en absoluto con la protección social del trabajador. El trabajo cognitivo es un océano de microscópicos fragmentos de tiempo, y la celularización es la capacidad de recombinar fragmentos de tiempo en un determinado semioproducto. El teléfono celular o móvil puede ser visto como la cadena de montaje del trabajo cognitivo.

Este es el efecto de la flexibilización y de la fractalización del trabajo: lo que era autonomía y poder político del trabajo se ha convertido en dependencia total del trabajo cognitivo respecto de la organización capitalista de la red global. Este es el núcleo central de la creación del semiocapitalismo. Lo que era rechazo del trabajo se ha convertido en dependencia completa de las emociones y del pensamiento respecto al flujo de información. Su consecuencia es una especie de desplome nervioso que afecta a la mente global y provoca lo que nos hemos acostumbrado a llamar dotcom crash. La crisis del capitalismo financiero de masas se puede ver como consecuencia del colapso de la inversión económica del deseo social. Uso la palabra colapso en un sentido que no es metafórico, sino más bien una descripción clínica de lo que está sucediendo en la mente occidental. La palabra colapso describe un auténtico hundimiento patológico del organismo psicosocial. Lo que vimos en el período inmediatamente siguiente a los primeros signos de hundimiento económico, en los primeros meses del nuevo siglo, es un fenómeno psicopático: es el colapso de la mente global. Veo la depresión económica actual como un efecto colateral de una depresión psíquica. La intensa y prolongada inversión del deseo y de las energías mentales y libidinales en el trabajo ha producido el ambiente psíquico ideal para un colapso que se está manifestando ahora en el terreno de la economía con la recesión y el retroceso de la demanda, en el terreno político en forma de agresividad militar y en el terreno cultural en forma de una tendencia suicida de masas.

La economía de la atención se ha convertido en una cuestión importante en los últimos años. Los trabajadores virtuales tienen cada vez menos tiempo de atención disponible, porque están implicados en un número creciente de tareas mentales que ocupan todo su tiempo de atención, y no tienen tiempo para dedicar a su vida, al amor, a la ternura y al afecto. Toman Viagra porque no tienen tiempo para los preliminares del sexo. La celularización ha conllevado una especie de ocupación permanente del tiempo de vida. El resultado es una psicopatologización de la relación social. Los síntomas son evidentes: millones de cajas de psicofármacos se venden en las farmacias, la epidemia de trastornos de la atención se extiende entre niños y adolescentes, el uso de fármacos como el Ritalin se hace normal, y parece extenderse una epidemia de pánico.

Una auténtica ola de comportamiento psicopático parece dominar la escena de los primeros años del nuevo milenio. El fenómeno del suicidio se extiende mucho más allá de los límites del fanatismo islámico. Desde el 11 de septiembre de 2001, el suicidio se ha convertido en el acto político crucial en la escena política global. El suicidio agresivo no debe verse sólo como un fenómeno de desesperación y de agresión, sino como una proclamación del fin. La ola de suicidios parece sugerir que el género humano está fuera de plazo, y que la desesperación se ha convertido en el modo predominante de pensamiento sobre el futuro.

¿Y entonces? No tengo respuestas que ofrecer. Lo que podemos hacer es tan sólo lo que ya estamos haciendo: la autoorganización del trabajo cognitivo es la única vía para ir más allá del presente psicopático. No creo que el mundo pueda ser gobernado por la razón. La utopía de la Ilustración ha fracasado. Pero pienso que la difusión del conocimiento autoorganizado puede crear la forma social de un número infinito de mundos autónomos. El proceso de creación de la red es tan complejo que no puede ser gobernado por la razón humana. La mente global es demasiado compleja para ser conocida y dominada por mentes locales subtotales. No podemos conocer, no podemos controlar, no podemos gobernar toda la fuerza de la mente global.
Pero podemos gobernar el proceso singular de producción de un mundo singular de vida social. Eso es hoy autonomía.


[1] Geert Lovink, Dark Fiber, MIT Press , Cambridge (Mass.), 2002.

[2] N. de T. «Micronegociantes» en acciones, o «microinversores».