Jacques Derrida: Estrategia general de la deconstrucción

Entrevista de Cristina de Peretti / Publicada en «Política y Sociedad en 1989

Jacques Derrida, pensador francés contemporáneo, pone en marcha a lo largo de sus escritos -ya muy numerosos – lo que se ha dado en llamar la «estrategia general de la deconstrucción» que, pese a lo que suele creerse erróneamente, no es tanto una crítica negativa -destructiva- de la tradición filosófica cuanto una especie de «Palanca» de intervención activa (teórica y práctica) de su ámbito problemático. Si, en el marco de esta tradición, el logofonocentrismo señala la relación necesariamente inmediata y natural del pensamiento (logos unido a la verdad y al sentido) con la voz (foné que dice el sentido), el falogocentrismo muestra, a su vez, la estrecha solidaridad que existe entre «la erección del logos paterno (el discurso, el nombre propio dinástico, rey, ley, voz, yo, velo del yo-la-verdad-hablo, etc.) y del falo “como significante privilegiado”».

En la deconstrucción como práctica textual, la diseminación, esa «imposible reapropiación (monocéntrica, paterna, familiar) del concepto y del esperma», esto es, la diseminación como lo que no vuelve al padre, supone un riguroso desplazamiento de los supuestos hermenéuticos que salvaguardan el privilegio ontológico y semántico del texto y de la autocracia del autor (como padre-creador y guardián a la vez del sentido único y verdadero del texto) y legitiman la búsqueda y garantía del origen como fundamento último de la razón patriarcal.

 

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Usted ha declarado siempre que existe una unidad esencial entre el logocentrismo y el falocentrismo y, como consecuencia de ello, utiliza el término «falogocentrismo». A partir de esta unidad ¿piensa usted que se puede decir que la deconstrucción implica un cierto punto de vista feminista y, viceversa, que la critica feminista como crítica cultural (es decir, literaria, filosófica, política, artística, etc.), para ser realmente subversiva, debe articularse necesariamente como deconstrucción?

La unidad entre logocentrismo y falocentrismo, si existe, no es la unidad de un sistema filosófico. Por otra parte, esta unidad no es patente a simple vista: para captar lo que hace que todo logocentrismo sea un falocentrismo hay que descifrar un cierto número de signos. Este desciframiento no es simplemente una lectura semiótica: implica los protocolos y la estrategia de la deconstrucción. Debido a que la solidaridad entre logocentrismo y falocentrismo es irreductible, a que no es simplemente filosófica o no adopta sólo la forma de un sistema filosófico, he creído necesario proponer una única palabra: falogocentrismo, para subrayar de alguna manera la indisociabilidad de ambos términos.

Dicho esto, no sé si la deconstrucción implica como usted sugiere, un punto de vista feminista. ¿Por qué? Mis reservas son, en primer lugar, que no existe la deconstrucción. Hay procedimientos deconstructivos diversos y heterogéneos según las situaciones o los contextos y, de todos modos, tampoco existe un solo punto de vista feminista. Por otra parte, en el caso de que hubiera algo así como el feminismo, habría muchas posibilidades o muchos riesgos de que este feminismo, precisamente en cuanto sistema que invierte o que se propone invertir una jerarquía, reprodujese frecuentemente ciertos rasgos del falocentrismo. Por lo tanto, no creo que se pueda decir simplemente que la deconstrucción del falocentrismo implica un punto de vista feminista.

Hechas estas precisiones, es cierto que la deconstrucción desestabiliza, sin duda alguna, la jerarquía contra la cual se dirige la crítica feminista y creo que no hay deconstrucción consecuente del falogocentrismo que no implique un replanteamiento de la jerarquía falocéntrica, por tanto, en cierto modo, la toma en consideración de lo que ocurre en la llamada lucha feminista. Prefiero utilizar la expresión un poco imprecisa: «lo que ocurre en la llamada lucha feminista» antes que hablar del feminismo porque, como ya intenté mostrar muy en especial en aquel breve texto sobre Nietzsche: Eperons, ocurre con frecuencia que el feminismo no es, a su vez, más que una traducción invertida del falogocentrismo. Por todo ello, apuesto más bien por una doble estrategia. Por una parte, en nombre de una deconstrucción radical no hay que neutralizar las jerarquías y pensar que se debe abandonar el combate feminista en su forma clásica. En un cierto aspecto, hay, pues, que aceptar el feminismo en una cierta fase, en ciertas situaciones, aceptar las luchas, como usted dice, políticas, culturales y sociales del feminismo teniendo en cuenta al mismo tiempo que, a menudo, se basan todavía en presupuestos falogocéntricos y que, por lo tanto, mediante otro gesto, es preciso seguir cuestionándose dichos presupuestos. De ahí resulta una doble postura muy difícil de mantener para los hombres y yo creo que todavía más para las mujeres, para las mujeres que quieren a la vez comprometerse en un combate feminista y no renunciar a una cierta radicalidad deconstructiva. Un doble trabajo, una doble postura, a veces, suponen contradicciones, tensiones, pero creo que estas contradicciones deben ser asumidas. Es decir que en el discurso, en la práctica, hay que intentar subrayar ambos niveles, subrayarlos en el discurso, en el estilo, en la estrategia. Lo que expreso en términos un tanto abstractos puede ser muy concreto, y considero que muchas de las tensiones que se dan en el interior de los grupos feministas se aclaran más o menos explícitamente, más o menos temáticamente, por la existencia de estos dos niveles, de estos dos alcances de la crítica: una crítica feminista clásica, un combate político clásico por una parte y, por otra, un hostigamiento deconstructivo que está a otro nivel. Valores como los de la cultura, de lo literario, de lo político, de lo artístico son valores determinados en sí mismos, precisamente en este espacio falogocéntrico. Aquí también hay que tenerlo en cuenta, hay que subrayarlo. Todas las consecuencias estratégicas difíciles a las que acabo de referirme deben ser analizadas según los contextos, según las situaciones, según el grado de desarrollo de las luchas feministas en tal o cual sociedad, en tal o cual país, en tal o cual momento. Por ejemplo, la estrategia no puede ser la misma en una democracia occidental de los países industriales y en una sociedad asiática o africana que conoce, a la vez, una estructura política y un tipo de desarrollo industrial diferentes. Por lo tanto, en estos casos, hay que saber adaptarse. Incluso dentro de una misma sociedad. No es lo mismo la situación en la universidad, en una fábrica, etc. La lucidez recomienda ajustar, sin empirismo, sin relativismo, estos principios a estas situaciones.

 

¿Piensa usted que la crítica cultural feminista es una tarea que deben llevar a cabo sólo las mujeres? En el caso contrario ¿cuáles serían, en su opinión, los límites de dicha tarea realizada por los hombres?

Aquí también hay que poner en funcionamiento con mucha prudencia un buen número de distinciones. No veo por qué razón lo que usted denomina la crítica cultural feminista debe estar reservada sólo a las mujeres. No veo en absoluto lo que podría justificar semejante exclusión. Comprendo que. en ciertas situaciones, al comienzo de las luchas, etc., quizá fuera necesario no tanto excluir a los hombres de la participación en dicha crítica cultural cuanto reconstruir unas solidaridades femeninas que, en último término, conducen únicamente a marginar la actividad de los hombres en estos grupos. En mi opinión, se trata de una necesidad que sólo se puede imponer hasta cierto punto pero que no debe convertirse en regla. Por el contrario, la regla debe ser romper con semejante situación.

Usted me pregunta acerca de los límites de una crítica cultural feminista llevada a cabo por los hombres. Aquí hace falta una segunda distinción. Cuando usted habla de «los hombres» se refiere, por una parte, a la objetividad del estado civil y, por otra, a lo que se denomina la organización anatómica, es decir a todo lo que hace que reconozcamos inmediatamente —o creamos reconocer inmediatamente— la diferencia entre un hombre y una mujer Pero, como usted sabe, las cosas son, desde el punto de vista de las pulsiones de la organización fantasmática, del inconsciente —por decirlo en dos palabras—, mucho más complicadas y puede haber personas llamadas «hombres» que están mucho más preparadas, motivadas, etc., que determinadas mujeres para llevar a cabo dicha crítica cultural. Por lo tanto, habría que ver quién es el hombre, quién es la mujer y qué parte de femenino y de masculino hay en cada individuo para poder evaluar estos límites. Dicho esto, es evidente que, si confiamos en una identidad segura del hombre y de la mujer, en una diferencia sexual en cierto modo determinable y no problemática, no sé hasta qué punto se puede hablar de límites esenciales en la crítica cultural. Como acabamos de ver, la crítica cultural no puede ser radical más que si se dedica a la vez a interrogar y a perturbar o. como usted dice, a subvertir todo lo que concierne a las jerarquías falogocéntricas. Ahora bien a este respecto, la motivación que tienen los llamados «hombres» para emprender dicha deconstrucción no es forzosamente más limitada que la que tienen las mujeres porque, sin duda, el falogocentrismo rige todos los deseos bajo su ley, pero la opresión a la que somete, lo que esta jerarquía imprime o impone puede pasar tanto sobre lo que se da en llamar «los hombres» como sobre lo que se da en llamar «las mujeres».

Dado que esta crítica cultural concierne a unos discursos, a una simbólica, a una fantasmática, etc., cosas todas ellas no necesariamente ligadas o no inmediatamente ligadas a una identidad sexual marcada por la anatomía o por la objetividad del estado civil, en la medida en que se trata de discursos —en sentido amplio— de lo simbólico, de la cultura, etc., no veo por qué un sexo debe tener al respecto un poder más limitado que el otro sexo. Se puede incluso afirmar—y ésta es una de las paradojas que habría que subrayar— que, precisamente a causa de la autoridad del falogocentrismo, en ciertas situaciones, los hombres se han beneficiado de esta jerarquía y han adquirido, en determinadas situaciones, una cultura filosófica más avanzada, donde hay más hombres, digamos, que participan en la legitimidad de la cultura filosófica. Puede darse el caso, de hecho (y esto no es en absoluto un derecho sino un hecho), de que la deconstrucción del falogocentrismo esté, durante una determinada fase, representada o sostenida más a menudo por los hombres que por las mujeres. No hay por qué escandalizarse por ello. Este es «precisamente» el efecto del falogocentrismo o, incluso, de las contradicciones que estructura, de los double-binds que puede estructurar. La axiomática de la deconstrucción ha sido a menudo propuesta por los hombres. Naturalmente, esto crea a renglón seguido todo tipo de tensiones en los movimientos feministas donde ciertas mujeres creen que tienen que rechazar dicho discurso deconstructivo so pretexto de que está asociado en muchos casos a los hombres. Otras mujeres, por el contrario, piensan que prestarse a dicho rechazo es una debilidad estratégica. Como usted sabe, me refiero a cosas muy concretas. Ello puede crear problemas en los movimientos feministas. El rechazo de todo discurso asociado a un hombre puede provocar en la estrategia feminista unas crispaciones y unos debilitamientos a los cuales hay que estar atento. Como muy bien sabe, se trata de un gesto que se repite con frecuencia y que consiste en decir: «¡no! éste es el discurso de un hombre, por muy feminista que sea, no queremos el discurso de un hombre», y a menudo esto va acompañado de una regresión. Hablo de un modo muy abstracto pero usted sabe que se pueden encontrar ejemplos muy concretos.

 

¿Piensa usted que lo femenino en el sentido fuerte del término, es decir como situación genérica, existe? ¿O no? Y en este sentido, ¿cree usted que es posible elegir entre las dos formas esenciales de la teoría feminista, esto es, entre el feminismo de la igualdad —que se presentaría, quizá, como una especie de radicalización de la idea de igualdad de la Ilustración— y el feminismo de la diferencia —que pone el acento en las eventuales virtualidades de «lo femenino» a fin de apoyar unas alternativas de acción en determinados ámbitos (cultural, etc.)—?

¿Cuál de estos dos feminismos tendría, en su opinión, mayor poder de subversión?

Se trata de una cuestión esencial y muy difícil. Para dar una primera respuesta rápida, yo diría que la elección de uno de estos dos feminismos conduce al fracaso. Si optamos por el feminismo igualitario, de la Ilustración, según la política democrática clásica, si nos atenemos a él, reproduciremos una cultura que tiende a borrar las diferencias, a regular simplemente el progreso de la condición de las mujeres sobre el progreso de la condición de los hombres. Permaneceremos así en la superficie de las condiciones profesionales, sociales y políticas desembocando en una especie de interiorización del modelo masculino. Pero si nos limitamos a un feminismo de la diferencia nos arriesgamos también a reproducir una jerarquía, a hacer caso omiso de las formas de lucha política, sindical, profesional, so pretexto de que la mujer, en la medida en que es diferente y para afirmar su diferencia sexual, no tiene por qué rivalizar con los hombres en todos estos planos. También aquí nos arriesgamos a reproducir una jerarquía dada. En esta cuestión pienso que no hay que elegir.

Para volver a la primera parte de su pregunta, no creo que haya que decir libremente sí a esto, no a lo otro. No se trata de una cuestión de elección Las exigencias de la situación y las luchas feministas no son luchas que se eligen libremente. Son luchas —cuando son verdadera- mente luchas— ineludibles y, por lo tanto, poderosamente motivadas, En consecuencia, la elección está fuera de lugar Todo ello resulta muy difícil e implica un gesto doble, desdoblado y sobredeterminado, Es preciso luchar en los dos frentes a la vez, es decir luchar políticamente según unos esquemas clásicos de reivindicación a favor, pongamos por caso, de la igualdad de oportunidades. Esta era la lucha de las sufragistas: el derecho al voto, el mismo salario por igual trabajo, la participación de las mujeres en la vida pública, el acceso a los puestos de responsabilidad en todas las profesiones. La forma clásica del sindicalismo feminista, si se quiere. Y opino que es preciso que éste llegue lo más lejos posible. Se han hecho ciertos progresos, al menos en las democracias industriales de Occidente pero, como es sabido, aún es preciso realizar enormes progresos en otras sociedades y también en las nuestras.

Pero si este igualitarismo terminase por neutralizar la diferencia sexual, si terminase por borrar lo femenino como tal, dicho progreso confirmaría a la vez la jerarquía y la neutralización falogocéntrica. El falogocentrismo es una jerarquía que se presenta bajo la forma de la neutralidad. Se habla del «hombre en general» y detrás de la tapadera del hombre en general, es el hombre-varón el que se lleva el gato al agua. Si nos atuviéramos a una forma igualitarista, al estilo de la Ilustración, correríamos el riesgo de reproducir esta situación. Hoy día es preciso renovar el movimiento crítico de los Ilustrados. Con todo resultaría muy sencillo analizarlo como un movimiento falogocéntrico muy marcado. Un análisis del discurso ilustrado, en mi opinión, lo confirmaría. Por lo tanto, tampoco aquí puede adoptarse una postura sencilla. A estas preguntas no se puede contestar con un sí o con un no. Considero que con respecto a estas cuestiones no disponemos, como ocurre en una votación, de un modo binario de decidir respondiendo sí o no. El binarismo, en cuanto oposición entre el sí y el no, es precisamente lo que en este caso hay que deconstruir.

 

En su opinión, ¿cuál sería la relación de la crítica cultural feminista como deconstrucción con otras opciones con otros puntos de vista críticos con determinados grupos sociales (homosexuales minorías étnicas, etc.) marginados? ¿Opina usted que comparativamente, la crítica feminista puede constituir una lucha más subversiva, más global?

Evidentemente, con mucha frecuencia, lo que usted denomina la crítica feminista lucha contra determinados procesos de marginalización, de legitimación y, puesto que es la misma máquina social o socio-política la que opera estas marginalizaciones o estas represiones, de entrada el feminismo se solidariza con las luchas de los homosexuales o de las minorías étnicas. Todos los militantes son sensibles a esta solidaridad de minoritarios, de oprimidos, de marginados. Sin embargo. so pretexto de que estas luchas tienen a menudo un adversario común y de que hasta cierto punto hacen causa común, no hay tampoco por qué borrar las diferencias entre estos grupos y entre estas luchas, A veces, desde el punto de vista de una determinada Fantasmática, la homosexualidad puede ser anti-feminista. Puede haber una homosexualidad, una homosexualidad feminista que reproduzca los rasgos del falogocentrismo. Todo ello es muy complejo.

La palabra «global» que usted propone podría significar —en este sentido estoy dispuesto a aceptarla— que la crítica feminista, si quiere ser radical, debe dirigirse contra esa poderosa máquina que llamo falogocentrismo y que es la condición de todas estas opresiones contra las facciones dominadas de la sociedad, contra la homosexualidad, etc. Desde este punto de vista, por lo tanto, podría poseer un poder de subversión más radical, Dicho esto, es preciso estar atento a gran cantidad de pliegues. El falogocentrismo puede ser a la vez, a cierto nivel, un machismo o un androcentrismo que somete a la mujer por medio de una relación heterosexual jerarquizada. Pero también se da un componente homosexual del falogocentrismo a otro nivel al que hay que estar asimismo muy atento. Nos encontramos en medio de toda una serie combinatoria de pulsiones, de posiciones sexuales, y lo que hay que hacer es prestar mucha atención a éstas. No se puede determinar demasiado deprisa los límites de lo que se denomina heterosexualidad, hombre-mujer, etc. Lo que la deconstrucción —si algo semejante existe— nos enseña son las astucias y las argucias de todas estas categorías. Por ejemplo, hay que luchar por la liberación, por la desmarginalización, por la supresión de la represión de la homosexualidad en la sociedad sin olvidar que la homosexualidad es reprimida en nombre de un cierto fantasma homosexual, En el fondo, la policía, el ejército, la autoridad social que representa al falogocentrismo conlleva un componente homosexual a otro nivel.

 

¿Qué consecuencias políticas pueden derivarse de la crítica feminista de la cultura? ¿Cómo podrían articularse las consignas las líneas rectoras de una acción política?

No sé pensar en términos de consignas. Opino que las consignas son muy útiles pero, precisamente, una consigna se determina siempre en una situación concreta, precisa y no existen consignas generales. Así, la consigna feminista de una iraní no puede ser la consigna feminista de una católica española o la de una estudiante americana, etc. A veces pueden incluso ser contradictorias, incompatibles entre sí. Por otra parte, el término «cultura» me molesta un poco porque, justamente, una deconstrucción ambiciosa va más allá de lo cultural. Es preciso interrogar la instancia misma de lo cultural.

Como usted bien sabe, lo que me interesa sobre todo es algo que, en el pensamiento, no reconoce la cultura como la instancia última. En cierto modo, toda cultura es falogocéntrica y. quizá, lo que me parece indispensable es un movimiento que vaya más allá de dicho valor de cultura. No digo que, de una vez por todas, haya que ir más allá de la cultura sino que, constantemente hay que no perder de vista algo que no se limita a la esfera de lo cultural, incluso en un sentido muy amplio. Lo que me interesa en el pensamiento no es cultural, tampoco es científico. Por eso, en el fondo, en lo que aún puede tener de cultural, la lucha feminista sólo me interesa en parte. Llega un momento en el que, tras haberla considerado muy importante por referirse a un síntoma masivo de nuestra cultura precisamente, me parece insuficiente, Llega un momento en el que las cuestiones del pensamiento que me interesan, no digo que estén desexualizadas o que neutralicen la diferencia sexual pero sí que conservan con la diferencia sexual una relación que ya no pertenece a dicha problemática, a esas posiciones en las que el feminismo se ha desarrollado.

Hoy día, como es sabido, la cultura se convierte en el elemento que todo lo anega en los discursos generales de nuestra cultura precisamente occidental, Cuando se habla de cultura se está designando una especie de elemento oceánico que todo lo anega: la ciencia, la filosofía, las artes, las costumbres, etc. y, justamente, sin que se cuestione el modo en que este valor de cultural, con toda su historia, se ha impuesto. Entonces, la cultura ¿qué es? ¿es la Bildung, es la paideia, la colonización? ¿Pertenece a la oposición naturaleza/cultura? Este valor de cultura me molesta. Ahora existen ministerios de la cultura; a menudo se determina la cultura como lenguaje comunicacional, como lenguaje informacional y la deconstrucción del concepto de cultura me parece ser una tarea importante incluso desde el punto de vista de las luchas feministas. No utilizaré, pues, la palabra «cultura» sin comillas, sin muchas comillas.

 

Hay muchas mujeres, sobre todo en Francia y en Estados Unidos que han optado por la estrategia general de la deconstrucción para llevar a cabo su investigación filosófica o literaria, etc. ¿Qué opina en general de su trabajo?

No sé exactamente a quién se refiere pero aquí tampoco me gustaría ahogar las singularidades o los individuos en una generalidad: «las mujeres en Francia».

 

Me refiero, en Francia por ejemplo, a Sarah Kofman, a Lucette Finas, a Sylviane Agacinski…

En cada caso lo que hacen es muy diferente. Realizan un trabajo muy idiomático y, en el fondo, aunque éste sirva, en mi opinión, a una causa feminista general, no se trata de una lucha organizada y homogénea y eso mismo me parece algo muy positivo. Algunas lo realizan, como Sarah Kofman, a la vez desde el punto de vista de la filosofía y del psicoanálisis; Sylviane Agacinski leyendo a Kierkegaard; otras, como Hélene Cixous, inventando una lengua poética o unas lenguas ficcionales; Lucette Finas leyendo textos de la tradición o de la modernidad literarias. Si tuviéramos más tiempo, insistiría sobre todo en la singularidad de cada una de estas obras.

Un discurso es tanto más deconstructivo cuanto menos se refiere a la deconstrucción como un método general. La deconstrucción no es un método, no es un sistema de reglas o de procedimientos. Hay reglas limitadas, si se quiere, recurrencias pero no hay, una metodología general de la deconstrucción, El juego deconstructivo debe ser, en la mayor medida posible, idiomático, singular; debe ajustarse a una situación a un texto, a un corpus, etc., y en lo que respecta a los textos «feministas» (entre comillas) ocurre lo mismo. La relación entre dichos textos y la deconstrucción es de esta índole. No se trata de aplicar la deconstrucción al feminismo, Lo que decíamos hace un momento, al comienzo, de la deconstrucción del falogocentrismo muestra que éste no es un caso particular sobre el que aplicar la deconstrucción. En cierto modo, toda crítica del falogocentrismo es deconstructiva y feminista, toda deconstrucción comporta un elemento feminista.

 

Para terminar una pregunta que no tiene nada que ver con el feminismo. ¿Piensa usted que la a fidelidad, al pensamiento de Derrida, consiste en seguir fielmente la estrategia general de la deconstrucción o, por el contrario, considera que para ser verdaderamente fiel a Derrida, hay que intentar deconstruir a Derrida?

Es una pregunta difícil porque cuando usted pronuncia mí nombre, parece suponer que hay un sistema, un corpus o una identidad que se trata de deconstruir o no. Bajo este nombre, hay un determinado número de textos que son, a su vez, heterogéneos, múltiples, replegados sobre sí mismos… textos en medio de los cuales yo mismo me debato y que, en cierto modo, intento deconstruir. Si se quiere, la deconstrucción no se aplica a un punto central. Puede haber gestos deconstructivos dentro de un texto que se reclama de una estrategia general de la deconstrucción. Cuando escribo, una frase deconstruye, de alguna forma, a la otra. Por lo tanto, la auto-deconstrucción, aún cuando no sea nunca transparente y reflexiva, es el proceso mismo de la deconstrucción. No sólo se puede sino que hay que deconstruir a Derrida y, hasta cierto punto, yo mismo intento hacerlo.

Pero si se pensase que eso consiste en sorprender un sistema y en hallar en él el punto central a partir del cual todo podría tambalearse, ello significaría que no se lee. Semejante punto no existe. La debilidad y la fuerza de los textos deconstructivos consisten precisamente en el hecho de que no se agrupan en torno a un punto que pueda servir de palanca definitiva en una estrategia de deconstrucción en deconstrucción…

Alejandro Grimson: El fin de la globalización y el surgimiento de nuevas experiencias derechistas

Por Ulises Bosia

Dialogamos con Alejandro Grimson en una entrevista urgente. Conversamos con el antropólogo acerca del fin de la globalización, el surgimiento de nuevas experiencias derechistas en diversas partes del mundo, la necesaria construcción de una nueva mayoría en la Argentina y por supuesto, sobre la tarea que concentra hoy todas sus energías: hacer de CLACSO (el Consejo Latinoamericana de Ciencias Sociales) un espacio que aglutine voces diversas y construya pensamiento crítico a la altura de los desafíos que atraviesa la región.

Hace poco escribiste que el “neoliberalismo progresista” está en proceso de extinción y que frente a ese proceso las derechas están viviendo un proceso de mutación. ¿Cómo caracterizarías ese proceso de cambio de las derechas?

El concepto de “neoliberalismo progresista” lo planteó la filósofa del pensamiento crítico Nancy Fraser para aludir a los fenómenos del estilo que va desde Obama hasta Zapatero. En el sentido de que son programas económicos ortodoxos del Consenso de Washington con la idea de un respeto por las minorías. Muy alejado, para plantearlo de manera concreta, de lo que puede plantear un Bolsonaro, un Trump o fenómenos de ese tipo que están surgiendo. El neoliberalismo que podríamos llamar clásico de los ’90, hace crisis más temprano en América Latina que en Europa, pero después también hace crisis en Europa y Estados Unidos, y a partir de ahí se produce un fenómeno de polarización. En esa polarización surgen estas nuevas derechas que están caracterizadas por rasgos mucho más autoritarios, xenófobos, racistas, misóginos, homofóbicos, anti-migrantes. Y que incluso –aunque hay que analizar los casos porque hay variaciones- pueden o no ser parte de programas aperturistas o de otro tipo de fenómenos en el sentido económico como es el caso del Brexit, que implica un cambio en la dirección, que también podrían tener otros países europeos, en el sentido de que la tendencia a la “globalización” tal como la conocíamos hasta 2015-2016 -cuando se impone el Brexit, se impone Trump-, implica a mi juicio un tiro de gracia de la globalización tal como la conocimos desde la caída del Muro de Berlín.

Por otro lado afirmás que las “nuevas derechas” no son un fenómeno pasajero sino que expresan fuerzas sociales y culturales enraizadas en las sociedades. ¿En qué aspectos ves esa representatividad de las nuevas derechas?

Nosotros habíamos hecho estudios en el caso argentino y hay estudios en otros lugares del mundo, que muestran que en todos los contextos donde se construyó una cierta hegemonía de democracias electorales/ burguesas/ representativas hay umbrales de derechos humanos que antes del surgimiento de estas nuevas derechas se venían garantizando. Lo que mostramos nosotros en esos estudios es que existía en 2011-2012-2013 una minoría intensa, en el caso de la sociedad argentina, que era una minoría con fuertes rasgos sexistas, machistas, racistas, xenófobos. Dependiendo de las preguntas que hacíamos en una encuesta financiada por CONICET, nos daba que entre un 25 y 35% de la sociedad tenía tendencias de ese tipo. Lo que sucedía en aquel momento era que no había un discurso político que encarnara a ese sector. Lo que podríamos considerar el “babyetchecoparismo” no tenía articulación. Lo que vamos viendo en el caso de Brasil es cómo no se trata de una persona (Bolsonaro), sino de un fenómeno social: el “bolsonarismo”. Es decir, hay un sector importante de la sociedad brasileña que manifiesta aspectos fuertemente racistas, clasistas, misóginos, homofóbicos. Bolsonaro expresa hoy ese fenómeno profundamente social y cultural. Si bien en la Argentina ese cristal de que hay cosas que no pueden ser dichas, no se rompió, no se había roto en 2015/2016, está claro que hay un gradualismo de ir destruyendo los sentidos comunes democráticos, de derechos humanos, de respeto a las diferencias, etc.

En el caso del macrismo, el año pasado se desató un fuerte debate, en el que se discutió entre otras la tesis de que se trata de una nueva derecha “moderna y democrática”. ¿Cómo ves desde el presente el devenir del macrismo? ¿Pensás que puede mutar hacia una versión menos “liberal” y más “bolsonarista”? ¿Por qué no fue posible hasta ahora la construcción de una hegemonía neoliberal en nuestro país?

Creo que en ese debate que se desató sobre si el macrismo es o no es democrático, el problema es el verbo ser. Ahí pareciera que estamos discutiendo sobre Macri. Y cuando discutimos sobre fenómenos sociales y políticos no podemos discutir sobre cuál es la caracterización que tenemos solamente de una persona. Porque Bolsonaro por ahora no es posible en la Argentina porque la sociedad argentina tiene asentados otros valores. Detuvo el 2×1 hace poquísimo. Hoy no es posible. Todavía. El macrismo ganó por elecciones, correcto. ¿Eso significa que “es” democrático? Bueno, es un gobierno que ganó por elecciones. La expresión de que ES democrático implica que respeta los derechos humanos, que respeta a rajatabla los derechos de los opositores a su gobierno, que no reprime manifestaciones, que no tiene presos políticos, que repudia la posibilidad de que un opositor a su gobierno vaya preso sin pruebas. Ser democrático es eso. Yo veo que es un gobierno electo a través de los mecanismos institucionales previstos en la Constitución, que tiene rasgos autoritarios desde el primer día que se están agravando, en esta política de agravamiento gradual. Un gradualismo autoritario que intenta socavar, hay que ver si lo consigue, las bases culturales del sentido común democrático de los argentinos. Por eso es muy importante dar la batalla también en ese terreno.

Desde el punto de vista de las fuerzas democráticas, progresistas y populares poco a poco se va instalando la necesidad de una mayor articulación e incluso de un frente patriótico hacia las elecciones del año que viene. ¿Cuáles creés que son los principales desafíos para construir una nueva mayoría?

Se fue instalando poco a poco. Hubo varias personas y fuerzas que desde que asumió este gobierno, planteamos la necesidad de la unidad y trabajamos para generar espacios de conversación. Como en 2016 “Confluencia por los derechos” y muchísimas experiencias que veo con alegría que se van fortaleciendo en estos meses y estas semanas cada vez más intensamente. Me parece decisivo que haya una unidad muy amplia porque a mi juicio es categórica la prioridad en el caso argentino: la derrota electoral del macrismo y del neoliberalismo. Es decir, quiero ser claro que siempre pensé y siempre planteé la necesidad de un frente antineoliberal. Creo que eso es lo decisivo en este momento y que todas y todos los que estamos en contra de estas políticas económicas, sociales, represivas, necesitamos unirnos. La clave a mi juicio es no empezar discutiendo exclusiones, sino empezar discutiendo programas, puntos centrales de lo que necesita la Argentina en este momento. Esa tiene que ser la gran definición. Un gobierno claramente democrático, claramente nacional, claramente popular y feminista, donde se desarrollen políticas económicas y sociales que garanticen que todas y todos los argentinos queden dentro del modelo de desarrollo. No es ese el horizonte que yo veo de largo plazo en Argentina. Mis deseos son bastante más profundos, tienen que ver con realmente reducir drásticamente todas las desigualdades, de clase, de género, raciales, territoriales que hay en la Argentina. Creo que hay que ir construyendo ese horizonte emancipatorio, pero no colocarlo como un programa realizable mañana, sino unirnos para producir cambios reales, concretos, que impacten sobre la vida de la gente y a través de esos cambios potenciar la construcción de esos horizontes empancipatorios.

Por otra parte marcás que es preciso preguntarse cómo gobernar frente a la existencia de una derecha de nuevo tipo, y que eso remite a un debate que permita volver a repensar un balance de las experiencias de la oleada popular de los primeros quince años del siglo XXI en América Latina. ¿Cuáles pensás que son los rasgos críticos más importantes para pensar hoy de aquellas experiencias, en función de una nueva oleada futura?

Vengo desarrollando este tema en varios textos, es algo extenso. Básicamente el primer punto es que en varios países de América del Sur y América Latina se produjo una derrota. Cuando ocurre una derrota hay que pensar por qué se sufrió una derrota. Y por supuesto que estamos bastante de acuerdo en muchos factores objetivos que influyeron en esa derrota como es el poder mediático concentrado, el poder judicial, el hecho de que los poderosos son los poderosos, que los poderosos son la derecha, etc. Sin embargo, todo eso nosotros lo sabíamos de antes. Sin embargo con esos poderosos en su lugar y jugando hubo triunfos importantes de fuerzas progresistas, populares, de izquierda, depende los países y los términos que se quieran usar. Yo creo que hay que introducir una dimensión de la discusión de los factores subjetivos. En el sentido de cuáles son los factores que inciden para que haya una construcción política que permita darle sustentabilidad política a los procesos de transformación de carácter popular. Eso implica a mi juicio volver sobre la noción de hegemonía en el sentido de que siempre es necesario entender que la política implica una construcción y articulación de heterogeneidades donde se conceden cuestiones que no se consideran esenciales para poder preservar –y estoy casi citando a Gramsci- aquellas cuestiones que se consideran esenciales. Tiene que haber concesión, construcción de mayorías. Construcción de mayorías siempre implica reconocer la heterogeneidad constitutiva de lo popular y en ese sentido asumir que debe haber tensiones productivas al interior de una fuerza que articule las heterogeneidades de los campos populares y transformadores en los distintos países de América Latina y el Caribe. En ese sentido, en términos más conceptuales creo que hay que reconocer la relevancia de los factores subjetivos para la política: entender las dinámicas de las creencias sociales, de los sentidos comunes, de las nuevas expectativas que generan los procesos de inclusión, de cómo ir dialogando con sectores de la sociedad que son dinámicos y no van a ir agradeciendo eternamente los logros que se puedan ir obteniendo. En ese sentido, toda política por definición es necesariamente intersubjetiva.

En este contexto, y como parte de un planteo que proponés para CLACSO, ¿cuáles creés que son los principales desafíos para el pensamiento crítico en nuestra región? ¿Qué papel pensás que puede jugar la intelectualidad y las instituciones académicas comprometidas para afrontar esta disputa con las nuevas derechas?

Conociendo los mundos académicos de Nuestra América podemos decir que en la heterogeneidad de esos mundos académicos puede haber colegas que desarrollan su trabajo en función de las necesidades obvias de cualquier ser humano: tener un sustento. Eso significa dar clases, investigar, cobrar un salario, lo cual termina implicando muchas veces irse ajustando individualmente a las exigencias sistémicas de las instituciones financiadoras, etc. Sin embargo el papel de CLACSO y los pensamientos críticos tiene que ver con una dimensión distinta. Es el papel de investigación social crítica como horizonte y como tarea concreta: comprender mundos, comprender realidades para poder transformarlas. En el contexto actual debemos potenciar la tradición de los pensamientos críticos en plural para contribuir a comprender mejor cuáles son nuestros problemas, las dificultades de las sociedades en todos los planos y también las dificultades reflexivamente de los propios movimientos sociales y las propias fuerzas políticas transformadoras, las formaciones culturales emergentes, los proyectos educativos de cambio, los proyectos de comunicación contrahegemónica. En ese sentido, el desafío principal de CLACSO en esta etapa política de ascenso de la ultraderecha y del giro autoritario de las derechas que se presentaron como si fueran “democráticas” es principalmente consensuar las grandes preguntas de nuestro tiempo para que CLACSO sea un gran foro para el debate de los pensamientos críticos. No necesariamente vamos a estar de acuerdo en las respuestas a esas preguntas. Es a partir de la conversación, de la confrontación de ideas, de la discusión franca que podremos construir aportes conceptuales, culturales, económicos, políticos, que incidan de dinámicas de transformación, trabajando en articulación con los procesos y los movimientos sociales, en las dinámicas de cambio social apuntando a sociedades mucho más democráticas e igualitarias.

Fuente: https://oleada.com.ar/nuevas-mayorias/entrevista-alejandro-grimson-investigador-antropologo-clacso/

Ecuador: El presupuesto de un gobierno descompuesto

Un paso más en el retorno neoliberal

 “La dificultad radica no tanto en desarrollar nuevas ideas,

más bien en escapar de las viejas.” -John Maynard Keynes

Autores: Alberto Acosta [1] y John Cajas Guijarro [2]

Cuatro años estancados… ¡Cuatro! Entre 2014 y 2018 (según previsiones oficiales), el ingreso promedio por ecuatoriano se ha reducido de 6.347 a 6.110 dólares anuales. Resultado del estancamiento, el empleo se ha deteriorado gravemente: mientras que en diciembre de 2014 el 49,3% de la población trabajadora tenía un empleo adecuado, a septiembre de 2018 ese porcentaje apenas llegó a 39,6%. Para colmo, hay una tendencia deflacionaria que en 2017 implicó una caída anual de precios en -0,20%, situación registrada también en varios meses de 2018 (por ejemplo, -0,05% en octubre). Estancamiento, empleo deteriorado, deflación… estos son apenas tres indicadores -de muchos otros- que denotan cuán complejo es el contexto económico del país en los últimos años (si bien tal contexto no es novedad , prohibido olvidar que responde a todo el desperdicio de la década pasada ).

A esta complejidad económica se suma la débil política -sobre todo económica- del gobierno de Lenín Moreno: arrancó preocupado más de su supervivencia que del contexto económico ; luego mantuvo por varios meses una política económica indefinida entre “ planes y rata-planes ”; después claudicó dicha política en beneficio de grandes grupos económicos al aprobar la “ Ley de Fomento Productivo ” (aunque antes ya dio señas de claudicación al entregar el dinero electrónico a la banca privada así como al ceder el manejo de la economía a representantes directos del gran capital). Pero a pesar de que el morenismo ha dado pasos de sobra para consolidar el retorno neoliberal que arrancó su antecesor (incluso golpeando a los sectores sociales), aún no se ha ganado la bendición de los referentes neoliberales criollos para quienes las acciones del gobierno “se quedan cortas” .

Tal es la fragilidad política del gobierno de Moreno (contextualizada por un severo estancamiento económico), que ni siquiera ha podido consolidar con “normalidad” el típico ritual de aprobación del Presupuesto General del Estado para 2019. Por un lado, las primeras filas del debate sobre el presupuesto pertenecen a los “expertos economistas” que buscan insertar cómo sea su cosecha ideológica en la voluble política económica oficial. Por otro lado, la sociedad ocupa la platea como observadora, a ratos combativa ante problemas puntuales (como las protestas por los recortes a la educación superior ), a ratos exigiendo que la austeridad no se sobreponga a la vida (como la solicitud de financiamiento para el cuadro básico de medicamentos ), y a ratos simplemente aburrida escuchando tanto tecnicismo. Y en medio, el gobierno se tambalea incluso con desacuerdos internos que han llevado a que Moreno pida la renuncia a todo su gabinete a pretexto de “evaluarlo” (a la vez que otros aprovechan para “sacudirse” del morenismo ).

A más de evidenciar la debilidad política del gobierno, la actual discusión -y pugna- sobre el Presupuesto muestra un hecho que casi nunca se toma en cuenta: es un grave error asumir que el Presupuesto es obra de “especialistas”, para “especialistas”. En realidad, éste no es un texto “técnico” alejado de la cotidianeidad de la sociedad. Al contrario, sus asignaciones y sobre todo su ejecución influyen en gran medida sobre la vida de la gente (ejemplos evidentes son la educación, la salud o el mismo empleo).

En otras palabras, el Presupuesto es, ante todo, un documento político; de hecho, es una suerte de espejo de doble ala en donde se reflejan los múltiples intereses -tanto propios como ajenos- ante los cuales el gobierno busca dar respuesta. Por una parte, están los ingresos, es decir de dónde vendrán los recursos (aquí se evidencian pugnas como el cobro de más impuestos directos a los grandes ingresos o más impuestos indirectos al consumo, así como la ampliación o no del extractivismo). Por otra parte, están los egresos, hacia dónde serán destinados los recursos (aquí emergen pugnas como asignar mayores recursos a la inversión social o al pago de la deuda, sostener la inversión pública o el gasto corriente en sueldos, sostener los subsidios o eliminarlos). Como bisagra de ajuste entre ingresos y gastos está el financiamiento -endeudamiento, con el cual se despiertan los intereses de los mercados financieros internacionales y de quienes lucran de las necesidades de recursos del país.

Y por si no bastara toda esta interrelación de intereses, apenas aprobado un presupuesto nacen un sinfín de mecanismos -incluso legales- que permiten la manipulación de asignaciones y montos por ejecutarse (p.ej. entrega de fondos a destiempo, retrasos en la ejecución presupuestaria de instituciones que terminan gastando “cómo sea” al final del período fiscal, reversión de fondos no ejecutados, endeudamiento encubierto con proveedores del Estado, contratos complementarios y ajustes de precios en obras, contrataciones vía decreto de emergencia, entre muchos otros mecanismos).

Por tanto, el presupuesto -sea el que se discute, el que se aprueba e incluso el que se modifica cada cierto tiempo- es un documento vivo que refleja todas esas pugnas por los ingresos, gastos y financiamiento del gobierno. Pugnas que deben ser entendidas por la población entera, incluso para que ésta participe tanto de la elaboración como del control y de la ejecución presupuestarias. Tan es así que la discusión de los presupuestos es vital en democracias vigorosas. No puede ser solo un tema de “entendidos”. Justo con esta idea en mente, cabe hacer una breve lectura económico-política del Presupuesto sugerido por el gobierno de Moreno, no como cifras que suben o bajan sino, sobre todo, como reflejo de intereses que pugnan a dentelladas tajadas de un pastel que a ratos parece que ya no da más.

Así, al revisar la propuesta de Presupuesto General del Estado para 2019 vemos, en primer término, que ésta nace de un gobierno descompuesto que busca afrontar por medio de un ajuste neoliberal los desequilibrios heredados de su antecesor. Sin embargo, y quizá en concordancia con la compleja situación política del momento, aún ese intento no es suficiente como para satisfacer a los economistas OCP (ortodoxos, conservadores y prudentes), para quienes aún persiste un supuesto “ADN socialista del gobierno”. Y si bien el Presupuesto no se ajusta plenamente a las condiciones que se impondrían en caso de llegar un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI), está claro que la aspiración del neoliberalismo criollo es que todos los caminos lleven al Fondo

Entrando un poco al detalle de las cifras, podemos leer cada una de las alas del espejo presupuestario, es decir, de ingresos y gastos, para cerrar con la bisagra del financiamiento.

Ingresos: redistribución nula, extractivismo exacerbado y privatizaciones

Dentro de los ingresos (que la proforma presupuestaria estima en 27.137 millones de dólares, monto mayor al presupuesto codificado -es decir, ajustado- de 2018 en 2.911 millones, todo sin contar el financiamiento -es decir, endeudamiento- público), hay al menos tres puntos que merecen mención: ingresos tributarios, petroleros y por concesiones.

Sobre los ingresos tributarios, la proforma para 2019 estima obtener 15.223 millones de dólares (monto mayor al presupuesto codificado para 2018 en 160 millones de dólares). Dentro de esos ingresos por tributos llama la atención la reducción del impuesto a la renta global que se presupuesta en 4.077 millones (monto menor al presupuesto de 2018 en 273 millones), así como del impuesto al valor agregado (IVA) recaudado por el Servicio de Rentas Internas que alcanzaría los 4.651 millones (monto menor al de 2018 en 7 millones). Realmente el rubro que justifica buena parte del incremento agregado de los impuestos corresponde a IVA recaudado por la Secretaria Nacional de Aduana (SENAE), el cual alcanzaría 2.147 millones (monto mayor al presupuesto de 2018 en 309 millones).

Si se analizan estas cifras a la luz de las exoneraciones tributarias concedidas a los grandes capitales por el gobierno de Moreno a mediados de 2018 (sobre todo con la ya mencionada “ Ley de Fomento Productivo ” que exonera hasta por más de 10 años el impuesto a la renta a supuestas “nuevas inversiones”) queda claro que el morenismo no tiene intención alguna de ampliar sus recursos con impuestos progresivos que mejoren la distribución del ingreso. Al contrario, posiblemente se prevé que las exoneraciones presionen a la baja al impuesto a la renta, lo cual al parecer se compensaría con mayores recaudaciones tributarias aplicadas posiblemente a las importaciones más que al consumo interno.

Por el lado de los ingresos petroleros el escenario es aún más sombrío, con dos temas a destacar: el precio del barril de petróleo presupuestado y la estimación de las tasas futuras de extracción petrolera (extracción pues el crudo no se produce). Sobre el precio del crudo, para 2019 se lo ha presupuestado en 58,29 dólares por barril: 16,31 dólares más que el año precedente. Si bien tal expectativa de un precio mayor amplía los ingresos petroleros, también amplía el monto de los subsidios a los combustibles (tema que, por cierto, fue mal manejado por el morenismo aun cuando había alternativas ). Por tanto, el efecto neto de un mayor precio del crudo es menor al que en un inicio podría pensarse.

Además, casi evocando los fantasmas de 2015, precisamente luego de que el gobierno de Moreno presentó su proforma presupuestaria, en los mercados internacionales el precio del crudo WTI (referente para el Ecuador) cayó hasta los 50 dólares por barril, llevando a que el crudo ecuatoriano alcance alrededor de 45 dólares por barril aplicando el castigo promedio recibido en 2018. Solo esa caída ha despertado voces sugiriendo que se reestime a la baja el precio del crudo presupuestado … Sin duda la volatilidad del precio del petróleo es un tema delicado ante el cual se debe pensar en mecanismos presupuestarios que enfrenten la situación [3] , pero sin caer en la aberración neoliberal de constituir “fonditos” con el único propósito de garantizar el pago del endeudamiento externo. En el caso de constituir “fondos”, estos deberían tener como fin la estabilización económica vía políticas contracíclicas (p.ej. expandiendo líneas de crédito de emergencia a sectores vulnerables).

Pero más grave que la cuestión del precio del petróleo (que no siempre es la variable clave que define la dinámica del Presupuesto ) es la cuestión de la extracción. Con la proforma presentada se ratifica la vocación extractivista del morenismo (heredada desde hace mucho tiempo atrás y consolidada en la administración anterior). Así, se aspira a que entre 2018 y 2019 la extracción de petróleo aumente de 526 a 565 mil barriles diarios (es decir, un aumento aproximado de 192 a 206 millones de barriles al año, con un volumen de exportación que llegaría a los 151 millones de barriles), mientras que para 2020 se alcanzaría el pico de extracción con 589 mil barriles diarios (unos 215 millones al año) (ver página 19 de la Programación Presupuestaria Cuatrianual ).

Semejante salto esperado en la extracción petrolera desnuda una decisión gubernamental que atropella disposiciones legales y procesos en marcha: el gobierno se dispone a extraer el crudo del campo Ishpingo sin contar aún con la licencia ambiental, sin considerar el reclamo pendiente sobre la consulta popular planteada por el colectivo Yasunidos (que está siendo procesado en el Consejo Nacional Electoral ), rechazando de facto los reclamos formulados por mujeres amazónicas y hasta aumentando las probabilidades de un potencial genocidio de los Pueblos Indígenas en Aislamiento que habitan la zona . De hecho, para 2019 se espera incrementar la extracción petrolera en el ITT un 49% pasando de 58.119 a 114.217 barriles diarios , en donde Ishpingo contribuiría con 18.206 barriles diarios . En definitiva, el extractivismo exacerbado sería un salvavidas del morenismo, el cual aspira “comerse” todo el ITT con tal de obtener ingresos de corto plazo para sostenerse en el poder (y eso que el país aún no vive el apogeo de la quimera minera …).

Un ítem adicional que debe discutirse proviene de las concesiones, las cuales el gobierno aspira que en 2019 generen un ingreso de mil millones de dólares. De lo poco que se sabe al respecto, está la participación de organismos multilaterales como el BID, la CAF y el Banco Mundial en el “diagnóstico” de las empresas públicas así como en la potencial “monetización” de activos públicos (es decir, privatizaciones). El alcance de este proceso puede ser enorme, incluyendo a empresas públicas como CNT, Seguros Sucre, CELEC, CENEL y la Planta de almacenamiento de gas de Monteverde (cabe mencionar que solo CNT generó al Estado 220 millones en utilidades entre 2017-2018 y aun así se la busca privatizar), además de la “monetización” en los sectores vial, inmobiliario, energético, entre otros.

En definitiva, los ingresos a los que aspira el morenismo provendrán del extractivismo exacerbado, privatizaciones y un manejo tributario donde la redistribución es nula…

Gastos: salarios rígidos, inversión cayendo y otra vez el capital sobre el ser humano

Pasando a los gastos (que la proforma presupuestaria estima en 36.160 millones de dólares, monto mayor al presupuesto codificado de 2018 en 2.247 millones, incluyendo la amortización de la deuda pública y el saldo de las deudas por ventas anticipadas de petróleo), cabe destacar cuatro elementos: remuneraciones, inversión, servicio de la deuda y subsidios.

En el tema de remuneraciones, el gasto en personal se mantiene prácticamente inalterado al presupuestarse en 9.498 millones de dólares (monto inferior al presupuesto codificado de 2018 en apenas 70 millones). Esta persistencia del gasto en personal parece contradecir el discurso de austeridad del gobierno de Moreno, más cuando no se hace ninguna mención de una posible reducción -o mejor aún, eliminación- de los macrosueldos de la burocracia dorada: existirían 38.000 funcionarios que ganarían más de 5 mil dólares mensuales y que cada año consumen 2.240 millones de dólares [4] ; solo al reducir esos sueldos un 40% (dejando un promedio de 3 mil mensuales) se ahorraría cada año casi 900 millones de dólares, monto cercano a lo que el morenismo aspirara obtener por concesiones.

Por cierto, el tema del empleo y las remuneraciones en el sector público merece un análisis más cuidadoso. Decimos eso tanto por la importante heterogeneidad del empleo público como porque las remuneraciones en este sector muestran una particularidad: en ningún año del período 2008-2017 (incluyendo los años de crisis) el total de esas remuneraciones ha sufrido reducciones (ver gráfico 1). Esto podría implicar que las remuneraciones en el sector público podrían estar adquiriendo una rigidez cuasi-estructural, volviendo muy difícil su reducción (hasta en términos políticos por la reacción y la influencia que pueden tener especialmente los funcionarios de mayores sueldos).

Mientras que los gastos en remuneraciones parecen adquirir una rigidez cuasi-estructural, en cambio la inversión pública se ha convertido en la variable de ajuste del gobierno, con un presupuesto de solo 3.315 millones de dólares (monto inferior al presupuesto de 2018 en 841 millones). De hecho, al revisar los montos históricos destinados al Plan Anual de Inversiones (ver gráfico 1) se nota una contracción severa en comparación, por ejemplo, a los 8.104 millones de dólares alcanzados en 2013. Semejante caída en las inversiones públicas es preocupante y denota cuán errónea es esa lectura de que existe un “ADN socialista” dentro del gobierno (que, para colmo, en lo que va de 2018 apenas ha alcanzado una ejecución presupuestaria de 23% en lo que a inversión se refiere).

Gráfico 1. Remuneraciones y plan anual de inversiones (millones de dólares)

Nota: 2008-2017 presupuesto devengado; 2018 codificado a septiembre; 2019 proforma presupuestaria.

Fuente: Ministerio de Economía y Finanzas. Elaboración propia.

Por cierto, 2013 fue el único año en que el Plan Anual de Inversiones superó al gasto en remuneraciones, después del cual se observa una caída severa de las inversiones públicas mientras que el pago a personal continuó creciendo. Esto muestra que ya desde antes del gobierno de Moreno se prefirió enfrentar la crisis reduciendo la inversión pública en vez de reducir los elevados salarios de un buen grupo de funcionarios públicos. Quizá para efectos de una política contra-cíclica (es decir, una política que fomente la expansión en tiempos de crisis) hubiera sido deseable que más bien sean los megasueldos del sector público los que se reduzcan mientras se intentaba sostener lo mejor posible la inversión; más aún si se toma nota de que posiblemente la inversión pública tenga un mayor efecto multiplicador que el gasto en salarios (sobre todo aquellos burócratas dorados). Pero, es claro que la inversión pública tiene menores rigideces políticas y grupos de interés que la sostengan…

Otro elemento de la inversión pública que merece atención -y que, penosamente, suele considerarse como gasto en la contabilidad oficial- es la inversión social, sobre todo en educación y salud. Al revisar el Presupuesto de 2019 se nota que en el caso de salud el monto asignado se encuentra estancado en 3.097 millones de dólares (valor apenas superior en 15 millones al presupuesto de 2018); por su parte, en el caso de educación, el presupuesto se estanca en 5.351 millones (monto menor en 11 millones al presupuesto de 2018). Pero, sin duda, el aspecto que más resalta sobre el estancamiento del Presupuesto en salud y educación se observa al comparar estas magnitudes con el servicio de la deuda pública (amortizaciones e intereses): desde 2014 la suma del presupuesto en salud y educación (excepto tercer nivel) siempre ha sido menor al monto asignado al servicio de la deuda; es decir, desde 2014 el capital ha vuelto a ponerse por encima del ser humano (ver gráfico 2). De hecho, tomando datos del Banco Central del Ecuador se puede verificar que, entre 2015-2017, por cada dólar destinado a la inversión en educación y salud se ha destinado de 1,44 a 1,55 dólares al servicio de la deuda, volviendo a una tendencia típica de la vieja noche neoliberal (ver gráfico 3).

Gráfico 2. Salud, educación y servicio de la deuda (millones de dólares)

Nota: 2010-2017 presupuesto devengado; 2018 codificado a septiembre; 2019 proforma presupuestaria. “Servicio de la deuda” incluye amortizaciones de deuda y

Fuente: Ministerio de Economía y Finanzas. Elaboración propia.

Gráfico 3. Gasto en servicio de la deuda pública/gasto en salud y educación (gobierno central)

Fuente: Banco Central del Ecuador. Elaboración propia.

Aparte de esa tendencia a que el capital se sobreponga al ser humano, el estancamiento de los presupuestos de educación y salud tiene como consecuencia que se siga incumpliendo del mandato constitucional según el cual cada año el monto mínimo anual de inversiones en educación -sin considerar la educación superior- y salud debe llegar al 6% [5] y 4% [6] del PIB respectivamente: una meta que debía alcanzarse en tiempos del gobierno anterior al morenismo, pero que en los hechos no se cumplió y sigue sin cumplirse.

Finalmente, en el caso del gasto en subsidios, el Presupuesto para 2019 llega a los 6.955 millones de dólares (monto mayor en 3.485 millones al presupuesto de 2018). Aquí el subsidio de mayor incremento en el presupuesto corresponde a los combustibles, alcanzando los 4.176 millones (superando en 2.469 millones al monto de 2018). Luego sigue el restablecimiento de los aportes del Estado al Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social (IESS), generando un presupuesto de 1.995 millones de dólares para 2019 (aumento de 1.157 millones respecto a 2018). Después existen subsidios varios como a la vivienda, al desarrollo social, al agua potable o al agro, los cuales experimentarán un retroceso.

Toda esta estructura de subsidios muestra los múltiples conflictos que todavía debe afrontar el gobierno de Moreno aparte de los ya mencionados como, por ejemplo: eliminar o no el subsidio a los combustibles, particularmente la gasolina extra, luego del fracaso de la eliminación del subsidio de la gasolina súper (que generó un ahorro mínimo al fisco ); garantizar la contribución del 40% de las pensiones al IESS cuando con el mismo instituto se mantiene una deuda del Estado -en papeles- que se ubicaría en alrededor de los 7 mil millones de dólares (y considerando que la seguridad social está en una situación muy frágil , todo en medio del fantasma de la privatización rondando); el retroceso en subsidios a la vivienda que, junto con la contracción del plan de inversiones, vuelven cada vez más improbable la posibilidad de que el gobierno morenista cumpla con su oferta de construcción de 325 mil viviendas ; etc.

En resumen, el morenismo por el lado de los gastos enfrenta tanto una rigidez cuasi-estructural en términos del gasto en remuneraciones al mismo tiempo que se contrae drásticamente el plan anual de inversiones. Asimismo, en el gasto se observa que la inversión social en educación y salud se estanca/decae mientras que se acelera el pago del servicio de la deuda pública, con una compleja estructura de subsidios que -hasta el momento- no está siendo afrontada de forma coherente.

Saldo: endeudamiento perpetuo y, ¿buscando servir la mesa?

Cuando las alas del espejo presupuestario están desbalanceadas de modo que los gastos superan a los ingresos, la salida es obvia: se debe incrementar el financiamiento, es decir, el endeudamiento público. Así, para 2019 se ha presupuestado un financiamiento de 8.166 millones de dólares (monto ligeramente menor al de 2018 en 300 millones). Semejante situación implica que, por un año más el Ecuador deberá seguir incrementando su deuda, sobre todo externa. Pero lo más grave es que gran parte de ese financiamiento se licúa en el pago del servicio de la deuda que, para 2019, se prevé en alrededor de 8.107 millones de dólares (incluyendo saldos de preventas petroleras).

Y, para colmo, lo peor aún está por venir: para 2020, 2021 y 2022 el Ecuador deberá pagar, solo en amortización de su deuda pública, un monto acumulado de casi 20 mil millones de dólares . Para dimensionar el golpe, tómese en cuenta que a octubre de 2018 la deuda pública total llegó a 49.069 millones de dólares (35.192 millones de deuda externa y 13.876 millones de deuda interna) ; es decir, en tres años el Ecuador deberá pagar un monto equivalente al 40,7% del stock de toda la deuda pública. A ese lúgubre escenario cabe agregar las incertidumbres que rondan en la economía mundial , en especial los efectos de potenciales incrementos futuros de las tasas de interés a nivel internacional fomentados desde Estados Unidos (lo cual va a encarecer el crédito -incrementándose aún más el servicio de la deuda- además de generar movimientos adversos de capitales para los países empobrecidos).

En medio de ese horizonte tan complejo, hasta el acceso a nuevo endeudamiento para el morenismo se encuentra asfixiado, lo cual ha llevado a que el gobierno reluzca su “creatividad” consiguiendo préstamos con el Credit Suisse en noviembre de 2018 , en condiciones similares a las de un crédito contratado previamente con Goldman Sachs en septiembre ; créditos apalancados con garantías de más del 100% con bonos del Estado. A eso se suma el viaje que Moreno y su séquito harían en diciembre para suplicar nuevo financiamiento a China con el fin de cerrar el año con algo de vida . Por su parte, para 2019 el financiamiento se sostendría desde diversas fuentes: 2,9 mil millones de dólares por medio del sector financiero privado (aún no se conoce la proporción local e internacional de dicho financiamiento); 1,8 mil millones desde gobierno como China; 916 millones en multilaterales; 755 millones vía bonos en el mercado nacional.

El saldo, entonces, es claro: el Ecuador seguirá empantanándose cada vez más en una deuda eterna … Es obvio que el sucesor de Moreno -de quién muchos ya empiezan a lucubrar- evidentemente no va a querer ensuciarse políticamente con el pantano que le espera al país. Es ahí donde toma sentido aquella premonición neoliberal: “todos los caminos conducen al FMI”, caminos que -prohibido olvidar- fue el antecesor de Moreno quién los retomó ya en el 2014 para conseguir el beneplácito del Fondo destinado a la colocación de 2 mil millones de dólares en bonos del estado en el mercado financiero internacional e incluso con un “crédito de estabilización de balanza de pagos” pedido al Fondo luego del terremoto de abril de 2016 .

De ese modo, parecería que el gobierno de Moreno -y su proforma- no son más que instrumentos de transición que buscan cerrar el largo ciclo para retornar al FMI y a una nueva larga y triste noche neoliberal. Bajo tales condiciones, quizá al morenismo le importa muy poco su debilidad política… Lo que realmente parece importarle dejar la mesa servida para que el próximo inquilino de Carondelet pueda sobrevivir -al menos- sus cuatro años de gestión. ¿Cómo lograrlo? Dejando listo -y hasta firmado- un acuerdo con el Fondo, tal como ya se está haciendo en otras dimensiones como la arremetida de Tratados de Libre Comercio (TLC) que el morenismo está dispuesto a firmar aprovechando el TLC con la Unión Europea formado en 2016 ( pensando siempre en el beneficio de unos cuantos capos del comercio )…

Ese parece ser el futuro inmediato: un país hundido cada vez más en el retorno neoliberal, con un gobierno descompuesto que no le importa agonizar en los años que le quedan mientras sigue avanzando hacia el pasado, comiéndose aún más la Naturaleza, profundizando la flexibilización del trabajo, minimizando aún más la economía social y solidaria, endeudándose hasta el cuello… Todo vale con tal de llevarnos… a una nueva década perdida con aroma a eterno retorno.-

Notas:


[1] Economista ecuatoriano. Ex-ministro de Energía y Minas. Ex-presidente de la Asamblea Constituyente. Ex-candidato a la Presidencia de la República del Ecuador.

[2] Economista ecuatoriano. Profesor de la Universidad Central del Ecuador. Doctorante en economía del desarrollo en FLACSO-Ecuador.

[3] Por ejemplo, durante la discusión previa a la aprobación del Presupuesto se podría pensar en la construcción de múltiples versiones de éste, cada una reflejando un escenario distinto en cuanto a precios del petróleo (u otras variables macro). De esas múltiples versiones, la Asamblea podría escoger la que parezca más razonable considerando usando como apoyo las previsiones más actuales de los mercados petroleros de futuros .

[4] Dato mencionado por Eduardo Valencia en entrevista recogida por Plan V: “La proforma presupuestaria 2019: novedades y sorpresas”, noviembre 13 de 2018. Disponible en: http://www.planv.com.ec/historias/sociedad/la-proforma-presupuestaria-2019-novedades-y-sorpresas

[5] Ver transitoria decimoctava de la Constitución de Montecristi.

[6] Ver transitoria vigesimosegunda de la Constitución de Montecristi.

Crisis, What Crisis?

Decio Machado / Universidad Nómada Sur

Desde los textos de los Grundisse de Karl Marx (no se asusten señores neoliberales, últimamente hasta Francis Fukuyama o The Economist reivindican los diagnósticos de aquel sabio y combativo barbudo respecto a los defectos del capitalismo) ya sabemos que las crisis cíclicas son una ley inherente al sistema capitalista.

Las burbujas financieras y las crisis capitalistas se vienen repitiendo desde 1637, cuando el precio de un bulbo del tulipán en Holanda llegó a valer lo mismo que una vivienda, y de forma indiscutible desde 1825, cuando la primera auténtica crisis de sobreproducción internacional golpeó al planeta.

La lista de fallos generalizados en las relaciones económicas y políticas de reproducción capitalista es larga: tras 1637, sobrevino en 1720 la llamada Burbuja de los Mares del Sur y toda Europa entró en recesión; en 1797 tuvo lugar una burbuja del suelo en Estados Unidos y la retirada masiva de depositantes de bancos británicos, lo que generó un nuevo crack económico a ambos lados del Atlántico; en 1819 los bancos estatales estadounidenses emitieron amplios préstamos a agricultores, lo que fomentó una burbuja especulativa que determinó que muchos bancos quebraran cuando los prestamistas no pudieron atender sus obligaciones financieras; en 1837 la retirada de fondos del gobierno de los Estados Unidos en el Second of the United States provocó una nueva crisis de cinco años de duración; en 1857 la quiebra de la Ohio Life Insurance and Trust Company combinada con la crisis del sector ferroviario norteamericano y el hundimiento de un barco cargado de oro camino de Nueva York, generó una nueva convulsión económica con fuerte impacto global; en 1873 se dio la (primera) Gran Recesión; en 1884 quebraron entidades financieras como Grant and Ward, Marine National Bank y Penn Bank, generándose un efecto dominó en Wall Street; en 1901 tuvo lugar el primer crack de la bolsa de Nueva York; en 1907 sucedió el llamando “Pánico de los Banqueros”; en 1929 sucedió la (segunda) Gran Depresión; en 1937 tuvo lugar la denominada “Crisis Olvidada”; en 1973 la Crisis del Petróleo; en 1987 el “Lunes Negro”; en 1994 el “Efecto Tequila”; en 1997 la crisis financiera asiática; en 2000 la burbuja “Puntocom”; y en 2008 la crisis de las “hipotecas subprime” conocida también como la explosión de la burbuja inmobiliaria.

El juego de las crisis del capitalismo es sencillo y se resume en un fragmento del diálogo entre Jeremy Irons -director general de una entidad financiera que se presupone es Lehman Brothers aunque sin nombrarla- y Kevin Spacey -un analista de riesgo subido de categoría en dicha compañía- en el largometraje Margin Call (2011) dirigido y escrito por J.C. Chandor, cuyo título en castellano es El precio de la codicia, donde el primero indica tras un despido masivo en la compañía:

Sientes tanta lástima de ti mismo que es insoportable… ¿Qué? Tú crees que hoy hemos dejado algunas personas sin trabajo y que no vale la penaPero tú llevas haciendo eso cada día hace ya casi 40 años. Y si esto no vale la pena, entonces nada lo valeEs solo dinero. Se fabrica. Trozos de papel con fotos para que no tengamos que matarnos para conseguir comida. No es malo y hoy no es diferente a lo que ha sido siempre: 1637, 1797, 1819, 37, 57, 84, 1901, 7, 29, 1937, 74… ¡1987! Aquel año sí que me jodió bien92, 97, 2000 y como sea que llamemos a este, es siempre lo mismo, una y otra vez, no podemos evitarlo. Y tú y yo no podemos controlarlo, ni pararlo, ni frenarlo. Como mucho alterarlo ligeramente. Solo reaccionamos. Ganamos mucho si lo hacemos bien y podemos perderlo todo si lo hacemos mal. En el mundo siempre ha habido y siempre habrá el mismo porcentaje de ganadores y perdedores. Ricos felices y pobres desgraciados. Peces gordos y perros hambrientos. Sí… Puede que hoy en día nosotros seamos más que nunca, pero los porcentajes son exactamente iguales”.

Pues bien, sin recuperarnos aún del último impacto -lo que tenemos en la actualidad es un ritmo de crecimiento muy inferior al de antes de la última crisis además de un incremento permanente de la desigualdad global y una tendencia generalizada al elevado desempleo-, los principales gurús de Wall Street ya prevén la llegada de la siguiente crisis el próximo año o lo más tardar en 2020.

Analizando el funcionamiento del sistema capitalista global durante las últimas cuatro décadas nos encontramos con que desde 1982 han estado bajando de forma sostenible los tipos de interés a escala planetaria. Eso propició que el mundo viviera una etapa de prosperidad sin precedentes, pero por otro lado impulsó que la deuda global se triplicara respecto al PIB planetario.

Los impactos de la última crisis generaron consecuencias múltiples, destacándose entre estas una profunda crisis de liquidez global que implicó grandes inyecciones de dinero en efectivo desde los bancos centrales de todo el mundo a los sistemas financieros privados. Tanto en Europa como en Estados Unidos se aplicaron programas de políticas de estímulo económico buscando dinamizar sus economías. Si bien es cierto que gran parte de los endeudamientos públicos globales fueron parte importante de los mecanismos dotados para la salida de la crisis de 2008, también lo es que serán el principal pilar de la próxima crisis global.

Visto desde esta perspectiva podríamos decir que, a diferencia de las anteriores, la crisis de 2008 tiene matices que la convierten en una crisis de carácter estructural. Los mecanismos de corrección aplicados para rearticular el equilibrio económico y superar la anterior etapa de recesión son los que generarán un fuerte colapso del sistema financiero global en la próxima recesión.

Larry Summers, quien ejerciera como secretario del Tesoro en la época de Bill Clinton y también como asesor del presidente Barak Obama ha llegado incluso a desarrollar la llamada tesis del “estancamiento global”. Según Summers, el tipo de interés de equilibrio en la economía habría bajado tanto que las políticas monetarias ultra-expansivas no son suficientes ya para estimular la demanda, llegándose a la conclusión de que el crecimiento a futuro es sólo posible mediante la generación de burbujas que tras estallar vuelven a generar una economía maltrecha.

La deuda global actual alcanza los 247 billones de dólares, tres veces el tamaño de la economía mundial, lo que hizo que Murray Gunn -jefe de investigación global de Elliott Wave International- declarara el pasado mes de septiembre que “las principales economías están a punto de sumergirse en la peor recesión que hemos visto en 10 años”.

Ante esto vale la pena fijarse en las dos principales economías del planeta.

En el caso de Estados Unidos, los datos de endeudamiento comienzan a ser alarmantes: la deuda de las familias alcanzan actualmente los 13,3 billones de dólares, una cifra superior a la de la crisis del 2008. Así los créditos universitarios superan notablemente los 611.000 millones que alcanzaron una década atrás, los créditos por compras de autos y los saldos de las tarjetas de crédito también han superado los montos de hace una década. Según Peter Schiff, broker y presidente de la corredora de bolsa Euro Pacific Capital, la próxima crisis “será mucho peor que la Gran Depresión de 1929, la economía de Estados Unidos está peor que hace una década” y esta estallará antes de que Donald Trump -y en Ecuador Lenín Moreno- termine su primer mandato.

En pocas palabras, la eleva deuda estadounidense no es más que el flujo de capitales con el que se ha alimentado el auge económico del país tras la crisis del 2008. Buscando correcciones, la Reserva Federal de los Estados Unidos ha incrementado desde diciembre del 2015 siete veces el precio del dinero y tiene previsto volver a hacerlo para la segunda mitad de próximo mes. El punto de inflexión llegará cuando comience la próxima oleada de impagos por parte de los prestamistas que, abrumados por el incremento de los tipos de interés, obligarán a que se reduzca el gasto público y los ingresos.

En paralelo, el sistema financiero de la República Popular China representa uno de los mayores riesgos a la estabilidad económica mundial. Según Mark Carney, gobernador del Banco Inglaterra, “China es una gran fuente de crecimiento para la economía global, un milagro económico, muchos aspectos positivos… pero al mismo tiempo, su sector financiero se ha desarrollado muy rápidamente y tiene muchas de las mismas hipótesis de antes de la última crisis financiera”.

El gigante asiático, según el departamento de estudios de Goldman Sachs, tiene ya una deuda total (pública y privada) que alcanza cuotas del 270% de su PIB (170% de las corporaciones, 60% del Estado y el 40% de los hogares). Esto hace que el PIB nominal chino esté por debajo del PIB real, es decir, gran parte de los nuevos préstamos no tienen como finalidad estimular la economía sino pagar otros préstamos adeudados.

Según la agencia de calificación Moody´s, el sector público -gobierno y empresas estatales- de China alcanzará un nivel de deuda equivalente al 149% del PIB a finales de esta década, unos 15 puntos porcentuales más que en 2017, debido a que las autoridades recurrirán a un mayor apalancamiento para sostener el crecimiento vía gasto público.

La gran grieta estructuralmente existente entre las necesidades reales de gasto de los gobiernos locales y regionales de China respecto a sus relativamente limitadas fuentes de ingresos generan que estos sigan siendo dependientes de las empresas públicas locales para financiar sus necesidades de infraestructuras. Esta situación provoca que dichas empresas representen el mayor porción de deuda oculta a nivel regional en China. Hay casos donde, según cálculos realizados por diversas agencias calificadoras de riesgo, la deuda real alcanza un monto 80% mayor al que se presentó como deuda oficial a finales de 2017.

En paralelo, el alto endeudamiento privado que enfrenta China es un problema grave que puede desembocar en un nuevo tsunami financiero global, pues su “banca en la sombra” ha crecido a niveles exponenciales y más de seis mil bancos subterráneos operan desde los trasfondos de su economía. Si bien el sistema financiero del país no está en riesgo, siendo más robusto que el de algunos de los países del Norte económicamente desarrollado, los préstamos ocultos en los balances de los bancos -esos que forman parte de las inversiones a corto plazo y entre los que aparecen los préstamos del sistema bancario en la sombra- se elevan a cerca de 35 billones de yuanes, más de cinco veces el volumen en dólares de préstamos de alto riesgo que tenía Estados Unidos al comienzo de la crisis financiera de 2008.

Para Marko Kolanovic, analista de la institución financiera JP Morgan, el crack de 2008 será el equivalente a un pequeño sobresalto comparado con lo que se nos viene próximamente encima, lo cual sucederá bajo la estructura de una gran crisis de liquidez que golpeará a los mercados y que derivará en una gran tensión social.

El desarrollo tecnológico derivó en que el mercado bursátil esté controlado por una serie de algoritmos que actúan de forma automática, lo que hará que cuando comience la próxima crisis las acciones se desplomen con mas violencia que nunca. En estas condiciones los bancos centrales no solo tendrán que comprar deuda soberana e inyectar dinero en sus economías, sino que se verán en la necesidad de hacerse con acciones de empresas claves.

Hablemos claro, quien salvó al sistema capitalista en la última recesión mundial fueron los Estados y sus bancos centrales. Esta condición se verá notablemente potenciada en la próxima crisis, momento en que los gurús del neoliberalismo en el Norte Global mutarán su discurso pese a que los apólogos de esta ideología fundamentalista en los países del Sur Global, Ecuador entre ellos, anden -como siempre tarde y a deshora- profundizando en narrativas sobre la no incidencia de los Estados en el mercado y la economía… ¿Es que acaso alguien todavía se cree el cuento del libre mercado en mercados globalizados que son cada vez más dominados y manejados por las grandes transnacionales norteamericanas, chinas y europeas?

Ideas sobre cómo comunicar el colapso civilizatorio

Por Luís González Reyes

(Artículo previamente publicado en el web de la revista Contexto. A su vez, es un resumen de la contribución del autor al libro Humanidades ambientales, coordinado por José Albelda, José María Parreño y J. M. Marrero Henríquez. Reproducido con permiso.)

Vivimos las primeras etapas de un cambio civilizatorio de grandes proporciones. En este proceso, viviremos la quiebra del capitalismo global, un alza de los conflictos por el control de los recursos, una fuerte reconfiguración del Estado o una re-ruralización social. Este colapso de la civilización industrial es inevitable.

Pero esta inevitabilidad no significa que el futuro esté escrito. Dentro del campo de posibilidades físicas que tengamos, la reconfiguración de los ecosistemas y las sociedades humanas dependerá en gran medida de lo que hagamos ahora. Es más, el colapso brindará oportunidades inéditas para la articulación de sociedades más justas, solidarias y sostenibles. Por ejemplo, un sistema energético basado en fuentes de acceso más universal (las renovables), una tecnología más apropiable (más sencilla), sociedades más fácilmente gestionables democráticamente (más locales y de menor tamaño) o un tejido social más denso (la supervivencia pasará por el colectivo). Estas oportunidades serán más cuanta menos degradación social y ambiental se produzca. En este sentido, cuanto antes se pongan en marcha medidas acordes con los nuevos contextos, mayores serán las posibilidades de limitar esta degradación.

Con estas premisas, el objetivo de comunicar el colapso no es realizar un ejercicio de amargura prospectiva, ni un análisis complejo del contexto –aunque ambos factores deban cumplir un papel– sino que las sociedades puedan organizarse para aprovechar las oportunidades y sortear los riesgos que nos brinda el final del metabolismo industrial.

¿Cómo comunicar el colapso a personas conscientes de la situación?

Quienes conocen los escenarios más factibles del cambio climático y de la restricción energética y material, el posible auge de nuevos fascismos, o el probable incremento de la población en condiciones de miseria, temen esos escenarios. No habría que alimentar más ese miedo, sino buscar estados de ánimo que nos sirvan de pértiga para saltarlo. Uno fundamental es la esperanza. Eso es justo lo que proyectan lemas como “sí se puede” y “otro mundo es posible”. La esperanza no se construye sobre la nada, sino que requiere de razones sobre las que sostenerse. Y las hay, pues el colapso abrirá oportunidades a sociedades más vivibles.

Sin embargo, la esperanza habría que transmitirla con realismo. Por ejemplo, comunicar que las renovables son la solución a la situación climática y energética sin cambiar a fondo nuestro orden socioeconómico no es cierto. En este sentido, es probable que el movimiento ecologista haya dado excesivas esperanzas de que el sistema actual podía seguir su curso con simplementeaplicar un paquete de políticas climáticas, energéticas o de conservación de la biodiversidad.

Las luchas impulsadas por los movimientos sociales deben tener beneficios perceptibles y sostenibles para quienes participen en ellas y la alegría tiene que ser uno de ellos. Además, en la medida en que nos moviliza más el refuerzo positivo que el negativo, este es un elemento que cobra especial relevancia. Una de las cosas que más alegría y placer nos causa es la interrelación con otras personas para construir algo. Otro motivo que puede alegrarnos es el desmoronamiento de un orden basado en el sufrimiento social y la destrucción ambiental: el final del capitalismo global es una buena noticia.

Además de la esperanza y la alegría, también debería estar la responsabilidad, pues conocer los posibles escenarios futuros es saber que las políticas que se adopten ahora marcarán cuántas personas sobrevivan y su calidad de vida. Para reforzar esa responsabilidad habría que transmitir la relevancia de la acción. En primer lugar, porque es con nuestras prácticas cotidianas como nos construimos como personas distintas. También porque en un entorno muy cambiante quienes se hayan organizado tendrán una importante capacidad de influencia. Finalmente, porque los mundos a los que nos iremos acercando serán cada vez más locales y por lo tanto más influenciables por nuestras acciones.

Si la primera idea tiene que ver con las emociones que movilizamos, la segunda es con el tipo de análisis que realizamos, que debe ser riguroso. El colapso es una disminución drástica de la complejidad de manera que surja una estructura radicalmente distinta. No es un cambio de régimen, no es una ocupación, tampoco es una crisis. Está marcado por un descenso en la población, la especialización social (diferenciación social, especialización laboral), las interconexiones (comercio, penetración de los órganos de poder), y la cantidad de información que contiene y fluye por el sistema (acceso al conocimiento, arte, intercambio de información). El colapso no es un hecho súbito, sino un proceso que durará muchas décadas. Este es un problema de primer orden, pues actuamos cuando vemos el peligro inminente, pero no si este sucede poco a poco. Por todo ello es importante denominar al colapso por su nombre.

Otro análisis importante es que, aunque el medio ambiente está en el centro de las causas del colapso, no es su única dimensión. También son fundamentales los elementos económicos, culturales y políticos. Pero considerar la multidimensionalidad de factores que concurren en el colapso no significa darles a todos la misma importancia. Así, la capacidad del ecologismo social para analizar el momento actual desde la complejidad, pero dando gran relevancia a los límites ambientales, es un ejemplo a seguir.

Trabajar desde una visión sistémica es una estrategia adecuada para comunicarse con personas que ya son conscientes de la crisis civilizatoria porque es un pensamiento que ya tienen entrenado. Además, esta estrategia ha demostrado ser movilizadora. Una muestra fue la impresionante resonancia que alcanzaron Los límites del crecimiento, un análisis sistémico.

¿Cómo comunicar el colapso a quienes no son conscientes de él pero quieren saber?

En gran medida, mucho de lo dicho anteriormente se puede aplicar a este grupo, por lo que nos centramos en varios elementos extra.

En lo que concierne a las emociones, es importante sumar el miedo, pues es una emoción que motiva a las personas a no continuar por las sendas más peligrosas. Cuanto menos miedo al colapso tengan las sociedades, más profundo será. En ese sentido, mensajes complacientes con la pervivencia del sistema actual o que pongan excesivamente en duda el colapso serían contraproducentes.

Otra razón para no sortear el miedo que causa la comunicación de la prospectiva dura que tenemos por delante es que los cambios necesarios y deseables en la transición civilizatoria requieren de poblaciones maduras. Por ello, no podemos tratar a las personas como si fuesen infantes y no pudiesen hacerse cargo de sus vidas. Si vamos a necesitar lo mejor del ser humano, pongamos altas expectativas en él y mostrémoslo con nuestros actos.

A estas razones para usar el miedo podemos sumar que, para actuar, el ser humano necesita conocer el límite a partir del cual la inacción o la acción incorrecta tiene consecuencias negativas. De este modo, no solo habría que comunicar los aspectos potencialmente peligrosos de los escenarios por venir, sino hacer un esfuerzo por señalar los límites, los umbrales de no retorno. Aunque esto es especialmente difícil, ya que la crisis sistémica que vivimos tiene unos límites inaprensibles, hacer mucha incidencia, por ejemplo, en el aumento de 1,5ºC como límite de seguridad climática es importante.

Un último argumento para usar el miedo es que es una herramienta que se ha utilizado con profusión en numerosas campañas exitosas. Por ejemplo, probablemente el libro más influyente del ecologismo ha sido La primavera silenciosa, que transmitía las perniciosas consecuencias del uso de los pesticidas. Otro texto muy influyente fue el ya nombrado Los límites del crecimiento, que también planteaba un mensaje muy duro. Fuera del ecologismo, también hay numerosos ejemplos, como la lucha contra el tabaquismo.

Esto implica que no deberíamos llamar al cáncer, gripe. Estamos viviendo el colapso de la civilización industrial, no una crisis más, ni una transición como la solemos entender (algo tranquilo y más o menos pilotado). Tenemos que llamar a las cosas por su nombre. Igual con algunos sectores sociales el término colapso no es el más adecuado, pero no puede ser sustituido por giros que quiten importancia a los desafíos que enfrentamos. Esto no significa regodearse en lo doloroso, es más, resulta clave comunicar desde la empatía.

Sin embargo, el miedo es un potente sentimiento desmovilizador, pues suele inducir a buscar la seguridad en la ausencia de cambios. Además, una sociedad miedosa es insegura de sí misma, por lo que rinde muy por debajo de sus posibilidades. En ella, se bloquea la visión de partes de la realidad especialmente molestas, pero fundamentales para afrontar los problemas. Así, solo las sociedades que consigan controlar el miedo serán capaces de encarar de forma emancipadora el futuro, las otras correrán el riesgo de buscar tablas de salvación en opciones autoritarias.

Por ello, el miedo debe superarse y esto solo se hace en colectivo. Para sacudirse el miedo, resulta imprescindible construir un camino con desafíos asumibles, riesgos afrontables psicológicamente, y en el que las sociedades vean las ventajas y la factibilidad de los cambios. También usar esa pértiga en forma de esperanza y alegría que nombramos. A las estrategias ya expuestas para construir la esperanza, habría que sumar otra de especial importancia para este grupo: que para que sea creíble, tiene que encarnarse y vivirse.

La última idea es la importancia de articular la comunicación desde el hacer más que desde el decir. Los entornos en los que nos movemos construyen nuestro sistema de valores. Cambiando nuestras formas de actuar, cambiamos nuestras formas de pensar. Así, los cambios personales y sociales solo se van a dar si las personas participan en entornos que gratifiquen valores emancipadores. Por ello, más clave que los discursos que articulamos son las prácticas que promovemos. Además, relacionarnos a través de las prácticas y no de los discursos diluye las barreras que nos ponemos ante ideologías ajenas.

Para esta construcción de visiones alternativas, será importante que existan muchos entes comunicadores distintos con mensajes parecidos. Esto permitirá sortear la voluntariedad de la escucha. Conseguir esos emisores diferenciados pasa por que distintos grupos sociales sean intermediarios de nuestra comunicación y la traduzcan. Que otras personas hagan suyo el mensaje, dándole sus propios matices y énfasis. Desde esta perspectiva, podría ser más estratégico comunicar a un público cercano, que tiene predisposición a escucharnos y maneja nuestros mismos códigos, y que este sea el que comunique posteriormente a otros sectores.

América Latina desde la teoría de la dependencia

Por Claudio Katz

Conferencia expuesta en el Encuentro “La economía de América Latina y el Caribe ante el nuevo entorno internacional”, ANEC, La Habana, 11-9-2018.

 

Desde hace cuatro décadas vivimos bajo la sombra del capitalismo neoliberal. Ese período c omenzó con el thatcherismo, se reforzó con el desplome de la Unión Soviética y persiste en la actualidad. Modificó el funcionamiento de la economía con atropellos a las conquistas sociales, que facilitaron la gran ampliación de actividades y territorios sometidos a la lógica de la ganancia.Todas las corrientes de pensamiento coinciden en resaltar los efectos negativos de esa etapa para América Latina. Pero la teoría marxista de la dependencia aporta importantes instrumentos adicionales para esa evaluación.Este enfoque fue desarrollado por Ruy Mauro Marini, Theotonio Dos Santos y Vania Bambirra en los años 70. Alcanzó gran predicamento, con una interpretación del subdesarrollo centrada en la pérdida de recursos padecida por la periferia. Ilustró especialmente cómo la reproducción dependiente acentuaba la inserción internacional subordinada de la región. Esa tradición permite evaluar ocho características del escenario actual [1].

EXTRACTIVISMO Y PRIMARIZACIÓN

El primer rasgo dominante de la economía latinoamericana es la primarización y el extractivismo. D esde los años 80 rige un patrón de especialización exportadora, que recrea la antigua especialización de la región como proveedora de productos básicos. Se han consolidado los cultivos de exportación en desmedro del abastecimiento local, a través de un empresariado que maneja los negocios rurales con criterios de inversión y rentabilidad.

Por su parte, l as empresas transnacionales han introducido la explotación en gran escala de la minería, con extracciones a cielo abierto que multiplican las calamidades ambientales. Se ha intensificado, además, la succión de todas las variantes del petróleo (convencional, shale oil , subsuelo marítimo).

Este perfil de actividades centradas en el agro, la minería y la energía es más visible en Sudamérica, pero acentúa la vulnerabilidad de toda la región frente al vaivén de los precios de las materias primas. Esta fragilidad salta a la vista en el estancamiento actual de las cotizaciones del petróleo, el cobre y la soja. Ninguno de esos productos mantiene los elevados niveles de la década pasada.

P ara colmo, la nueva ofensiva exportadora de Estados Unidos amenaza varios mercados de la zona, mientras China incrementa su presencia en la región. El gigante oriental persiste como el principal demandante de insumos básicos, pero s elecciona compras e incentiva la competencia con proveedores de otros continentes.

Estos datos ilustran el agravamiento de los problemas estructurales que estudiaba la teoría de la dependencia. La primarización y el extractivismo son las denominaciones contemporáneas del subdesarrollo, generado por la sumisión de la región a los precios externos de las commodities.

A diferencia del pasado, los estudios de este problema ya no se inspiran en simples presupuestos de desvalorización de las exportaciones básicas. Registran, por ejemplo, la dinámica ascendente de esas cotizaciones durante la década pasada.

El movimiento de esos precios es investigado tomando en cuenta su patrón cíclico. Ese vaivén refleja la menor flexibilidad de los productos primarios a la innovación tecnológica, en comparación a sus pares del universo fabril. Por su mayor rigidez, esos insumos tienden a encarecerse suscitando procesos reactivos de industrialización de las materias primas.

El doble movimiento de presiones encarecedoras y reacciones de abaratamiento explica la oscilación periódica de esos precios. Pero esas fluctuaciones siempre afectan a la región. Por su condición dependiente, América Latina nunca aprovecha los momentos de vacas gordas y siempre padece los períodos de vacas flacas.

Otro problema evaluado con mayor atención es el adverso manejo de la renta. Han surgido importantes estudios sobre esa remuneración a la propiedad de los recursos naturales, que puede ser interpretada como una plusvalía extraordinaria generada en la propia actividad primaria o absorbida de otros sectores.

La gravitación de esa renta ha crecido en forma excepcional por su carácter estratégico para la acumulación. Las grandes potencias disputan duramente el botín de los recursos naturales y América Latina continúa sufriendo la confiscación sistemática de ese excedente. Esa apropiación retrata la dinámica actual de la renta imperialista y de los procesos de acumulación por desposesión.

A diferencia de otras economías no metropolitanas (como Australia o Noruega) que aprovechan la renta para su desenvolvimiento, América Latina tiene vedado ese usufructo. Como ocupa un lugar subordinado en la división global del trabajo, drena en forma sistemática el grueso de esos recursos hacia el exterior.

La primarización y el extractivismo exportador reproducen un escenario clásico del dependentismo. El análisis de la renta y del patrón cíclico de los precios de las materias primas complementa la clarificación que introdujo ese enfoque.

REGRESIÓN INDUSTRIAL

El segundo rasgo del escenario actual es el repliegue de la i ndustria. En Sudamérica descendió el peso del sector secundario en el PBI y en Centroamérica quedó confinado a los eslabones básicos de la cadena global de valor. Por eso circulan tantas reflexiones sobre la “desindustrialización precoz” de la región, que destacan las diferencias con la deslocalización imperante en las economías avanzadas. Se ha profundizado el distanciamiento con la industria asiática y muchas fábricas cierran antes de haber alcanzado su madurez.

Ese deterioro afecta principalmente a l modelo forjado para abastecer el mercado local, durante la sustitución de importaciones. La industria tradicional de los países medianos se encuentra en franco retroceso. En Brasil el aparato industrial perdió la dimensión de los años 80, la productividad se ha estancado, el déficit externo se expande y los costos aumentan por la obsolescencia de la infraestructura. En Argentina el declive es mucho mayor. La recuperación de la última década no revirtió la aguda caída previa, persiste la alta concentración en pocos sectores, el predominio extranjero y la baja integración de componentes locales.

Pero también el modelo de las maquilas mexicanas afronta graves problemas. Continúa ensamblando partes de las grandes fábricas estadounidenses, pero ha perdido gravitación frente a los competidores asiáticos. Estas tendencias se acentuarán, si Trump impone sus exigencias en la renegociación del tratado de libre comercio (TLCAN).

Todas las medidas que adopta el millonario para revertir el desbalance comercial estadounidense afectan la producción latinoamericana. Pretende debilitar a los rivales brasileños con escándalos tipo Oderbrecht y apuntala el predominio yanqui en los servicios, el tráfico de datos y las comunicaciones. Busca especialmente disputar con China el control del aparato fabril de la región.

Desde hace años el gigante asiático despliega un modelo de compras de materias primas y ventas de manufacturas, que erosiona el tejido industrial. Frecuentemente utiliza los convenios de libre-comercio para bloquear cualquier protección al ingreso de sus productos.

Las dos grandes potencias cuentan, además, con el auxilio de los gobiernos de la r estauración conservadora. Esos regímenes aceleran la disminución de aranceles, en el mismo momento que Estados Unidos y China discuten el incremento de sus tarifas. Los presidentes derechistas de Sudamérica avanzan incluso en la suscripción de un convenio de libre-comercio con la Unión Europea, que afectará severamente al Mercosur.

 La regresión industrial de la región actualiza todos los desequilibrios del ciclo dependiente que estudiaron los teóricos de la dependencia. En los años 70 resaltaban el sistemático drenaje de recursos que afectaba a ese sector, a través del giro de utilidades. El mayor predominio de los capitales foráneos acentuó en las últimas décadas esa obstrucción al proceso local de acumulación.

La globalización productiva genera una creciente especialización latinoamericana en insumos básicos o en el mero funcionamiento de las armadurías. Por el lugar marginal que ocupa de la cadena de valor, América Latina no cumple ningún papel significativo en el diseño, la innovación o la gestación de nuevos productos.

Pero a diferencia del escenario descripto por los teóricos de la dependencia, el retroceso actual de la industria latinoamericana coexiste con un despunte de sus equivalentes asiáticos. Esa divergencia se verifica en el enorme ensanchamiento de la brecha que separa a Corea del Sur de Brasil o Argentina.

Ese distanciamiento obedeció en sus inicios al gran atractivo capitalista de explotar la fuerza de trabajo barata del Sudeste Asiático. Pero la brecha de salarios derivó posteriormente en una inserción diferenciada de ambas regiones en la división global del trabajo. Corea del Sur quedó integrada al eslabón superior de un vasto entramado oriental, que recrea en bloque la ventaja comparativa de una fuerza de trabajo devaluada y disciplinada.

Mientras que América Latina era funcional al viejo modelo sustitutivo de importaciones, el Sudeste Asiático optimiza la actual internacionalización capitalista de la producción.

La interpretación dependentista de esa bifurcación pone el acento en la forma de extraer plusvalía. Esa mirada contrasta con la simplificada visión neoliberal, que atribuye las divergencias de ambas regiones a una ventajosa inclinación asiática por la apertura comercial.

Muchos autores heterodoxos han demostrado la falacia de ese argumento. Pero suponen ingenuamente que la divergencia entre ambas zonas obedeció a la implementación de políticas económicas contrapuestas. Estiman que los asiáticos optaron por un buen camino desechado por sus pares latinoamericanos. Con ese presupuesto de libre albedrío, olvidan todos los condicionamientos estructurales que impone la maximización de la ganancia en la división global del trabajo

El razonamiento dependentista aporta un buen soporte para comprender el retroceso industrial de la región. Pero el distanciamiento de América Latina con el desenvolvimiento asiático no se explica sólo con el instrumental de los años 60. Esa bifurcación exige indagar la nueva dinámica de la globalización productiva.

MODALIDADES DE EXPLOTACIÓN

 El dramático deterioro de los indicadores sociales retrata un tercer plano de la realidad latinoamericana. Bajo el neoliberalismo no sólo se agravó el d esempleo y la informalidad laboral. L as brechas sociales nuevamente se ensancharon en la región más desigual del planeta. Esa polarización explica la aterradora escala de la violencia social que impera en las ciudades. De las 50 urbes más peligrosos del planeta 43 se localizan en América Latina.

La expulsión de campesinos generada por l a transformación capitalista del agro ha sido determinante de esa degradación . Contribuye a engrosar la masa de excluidos urbanos que encuentra poco trabajo y percibe ínfimos ingresos. La enorme expansión de ese segmento explica el nuevo papel de la narco-economía, como refugio de supervivencia.

Otro correlato de la especialización en exportaciones básicas es la concentración de actividades en el turismo. En varias economías pequeñas de Centroamérica la creación de empleos está prácticamente restringida a ese sector.

La ausencia de puestos de trabajo multiplica la emigración y la consiguiente dependencia familiar de las remesas. Enormes contingentes de jóvenes desempleados tienen simultáneamente vedado e l arraigo y la emigración. Trump acentúa esa adversidad declarando la guerra a los desamparados. I nsulta a los mexicanos, construye muros y desprecia a los países del Caribe.

Las teorías económicas convencionales suelen omitir esos padecimientos. En cambio la tradición dependentista, prioriza la denuncia de todas las desgracias generadas por el capitalismo dependiente. Ilustra cómo el modelo neoliberal potencia la miseria reforzando la informalidad laboral. A diferencia de las economías desarrolladas, la pobreza desborda en América Latina al segmento precarizado y afecta a una enorme porción de los trabajadores estables.

La clase media de la región sólo aglutina en la región a un reducido conglomerado de la población. En comparación a los países avanzados aporta un colchón muy exiguo, al abismo que separa a los acaudalados de los empobrecidos. Está constituida principalmente por pequeños comerciantes o cuentapropistas y no por profesionales o técnicos calificados.

Ese infra-desarrollo refleja la estrechez de la industria y la escasa gravitación de los servicios de alta tecnología. La expansión de los sectores medios en algunos países durante la década pasada fue sobredimensionada y omitió su coexistencia con la enorme desigualdad.

Es evidente que el modelo actual amplía la brecha de salarios entre América Latina y las economías centrales. Esa disparidad corrobora la continuidad del escenario dependentista. Tal como señalaba Marini, esa disparidad de sueldos se acentúa por la inclinación de los capitalistas locales a compensar su debilidad internacional, con mayor opresión de la fuerza de trabajo.

Las grandes diferencias nacionales de salario se han afianzado bajo el capitalismo neoliberal. Pero no convalidan el tradicional contrapunto entre formas de explotación en el centro y modalidades de superexplotación en la periferia.

La globalización productiva ha diversificado la estructura internacional de los salarios, con nuevas estructuras de valores altos, medios y bajos de la fuerza de trabajo. Las empresas transnacionales toman en cuenta esas diferencias, para definir sus inversiones y optimizar el fraccionamiento del proceso de fabricación en distintos países.

Los grandes cambios generados por esa reorganización de la actividad laboral afectan a todas las economías. América Latina acompaña, por un lado, la tendencia a la segmentación de los asalariados entre un sector formal-estable y otro informal-precarizado. Los países centrales incorporan, por otra parte, la retribución de una parte de la fuerza de trabajo por debajo de su valor. La actualización del razonamiento dependentista exige conceptualizar esas transformaciones de las últimas décadas.

DETERMINANTES DEL ENDEUDAMIENTO

El creciente peso de la deuda constituye un cuarto rasgo de la economía latinoamericana actual. Esa pesadilla sigue afectando a la región, a través de la vieja secuencia de desequilibrios fiscales y déficits externos, que engrosan los pasivos y precipitan las crisis.

Bajo el capitalismo neoliberal se registraron períodos de distinta gravedad de ese encadenamiento. En la década pasada la apreciación de las materias primas y el ingreso de dólares permitieron cierto alivio. Posteriormente ese respiro desapareció y el endeudamiento resurgió con gran intensidad .

La relación deuda/producto ha desmejorado significativamente en la mayoría de los países desde el 2015. La presencia de dos actores complementarios de ese proceso -el FMI y los fondos de inversión- es mucho más visible que en el pasado.

La tradición dependentista suele evitar el análisis del endeudamiento en simple clave de especulación financiera. Destaca que el creciente peso de los pasivos expresa la fragilidad productiva y comercial del capitalismo dependiente. La vulnerabilidad financiera complementa esas inconsistencias .

Hay agobio con el pago de los intereses, las refinanciaciones compulsivas y las cesaciones de pagos por el perfil subdesarrollado de economías primarizadas, con poca industria y elevada especialización en servicios básicos. El endeudamiento no se dispara sólo por el “saqueo de los financistas”. Refleja la creciente debilidad de los procesos de acumulación.

Lo mismo ocurre con el déficit fiscal. Ese desbalance no deriva del populismo, el malgasto o la indisciplina de los latinoamericanos. Refleja la condición dependiente de todos los países. El deterioro de las cuentas públicas se ha profundizado, además, por la generalizada fuga de capitales que instrumentan los acaudalados de la región.

Esa emigración de fondos se acrecentó en las últimas décadas por la localización de las grandes fortunas en los paraísos fiscales. La mudanza es también indicativa de la estrecha asociación gestada por los grandes grupos locales ( Rocca, Slim, Cisneros, Camargo Correa) con las empresas transnacionales. La concentración y extranjerización de las principales empresas confirma el diagnóstico de las clases dominantes formulado por la teoría marxista de la dependencia.

La vieja burguesía nacional de industriales -que privilegiaba la expansión de la demanda, fabricando para el mercado interno con protección aduanera- se ha extinguido. En la actualidad predomina una burguesía local que prioriza la exportación y prefiere la reducción de costos a la ampliación del consumo. Todos los cuestionamientos dependentistas a la existencia de una burguesía nacional desarrollista han sido validados por esa evolución de las clases capitalistas.

VARIEDAD DE CRISIS

También la dinámica de la crisis corrobora las caracterizaciones de la teoría de la dependencia. Esas convulsiones constituyen una quinta característica del escenario regional.

Bajo el neoliberalismo las crisis han sido más periódicas e intensas a escala global. En ciertos casos (2008-09), provocaron grandes recesiones e involucraron socorros a los bancos solventados con emisión monetaria. En otras circunstancias, golpearon a las economías intermedias ( México en 1995, Sudeste Asiático en 1997, Rusia en 1998, Argentina en 2001).

Esta última variedad reaparece en la actualidad y ya impacta sobre Argentina y Turquía. L a crisis se concentra nuevamente en los denominados países emergentes, afectados por la valorización del dólar, el aumento de la tasa de interés estadounidense y las tensiones comerciales entre las grandes potencias.

A mediados del 2018 Argentina se ha transformado en el eslabón más débil del entramado regional. La política neoliberal extrema de Macri generó déficit comercial, fuga de capitales y un festival de especulación financiado con créditos externos. Cuando los acreedores cortaron los préstamos temiendo la cesación de pago, el gobierno recurrió a un desesperado auxilio del FMI. Esa decisión ha puesto en marcha un círculo vicioso de ajustes que empobrecen a la población. El potencial contagio de la convulsión argentina a otros países es la principal preocupación de los economistas.

Las crisis han sido una pesadilla recurrente del capitalismo dependiente. Obedecen, en primer lugar, al estrangulamiento del sector externo que generan los desequilibrios comerciales y las salidas de fondos financieros .

Como las economías latinoamericanas dependen del vaivén de precios de las materias primas, en los períodos de valorización exportadora afluyen las divisas, se aprecian las monedas y el gasto se expande. En las fases opuestas los capitales emigran, decrece el consumo y se deterioran las cuentas fiscales. En el pico de esa adversidad irrumpen las crisis.

Esas fluctuaciones magnifican a su vez el endeudamiento. En los momentos de valorización financiera los capitales ingresan para lucrar con operaciones de alto rendimiento y en los períodos inversos se generaliza la emigración de los capitales. Estas operaciones se consuman engrosando los pasivos del sector público o privado.

El segundo determinante de las crisis regionales son los periódicos recortes del poder adquisitivo. Esas amputaciones agravan la ausencia estructural de una norma de consumo masivo. La debilidad del mercado interno y el bajo nivel de ingreso de la población explican esa carencia. La expansión de la informalidad laboral, los bajos salarios y la estrechez de la clase media acentúan la fragilidad del poder de compra.

Las dos modalidades de la crisis -por desequilibrio externo y por retracción del consumo- se han verificado en todos los modelos de las últimas décadas. Irrumpieron durante la sustitución de importaciones (1935-1970) y reaparecieron en la “década perdida” de estancamiento e inflación (años 80). E n el posterior debut del neoliberalismo asumieron mayor intensidad por el impacto de la desregulación financiera, la apertura comercial y la flexibilidad laboral .

Los mismos desequilibrios persistieron durante los ensayos neo-desarrollistas de la década pasada. La intervención del estado para sostener el nivel de actividad no ahuyentó el fantasma de la crisis. Los desfasajes de la balanza de pagos y las asfixias del consumo están inscriptos en el ADN del capitalismo latinoamericano.

La teoría de la dependencia siempre estudió esas tensiones con criterios multicausales y subrayó la ausencia de un sólo determinante de la crisis. Las convulsiones que padece la región son desencadenadas por fuerzas diversas, que combinan los desequilibrios externos con las restricciones del poder de compra. La sobreproducción o el declive porcentual de la tasa de ganancia –que impactan más directamente sobre las economías desarrolladas- operan a una escala que desborda el escenario regional.

IMPERIALISMO Y SUBIMPERIALISMO

La sexta característica de la región deriva de su continuada subordinación al imperialismo estadounidense. La pretensión de Trump de restaurar la hegemonía de la primera potencia agrava ese sometimiento. El magnate intenta utilizar el poder geopolítico-militar de su país para recuperar posiciones económicas perdidas. En esa estrategia de recomposición imperial, América Latina es tratada como un patio trasero sujeto a la doctrina Monroe.

Trump busca reducir el margen de autonomía de los tres países medianos de la región. Exige que Brasil entregue la explotación petrolera, que México refuerce la penetración de la DEA y que Argentina se sume a las provocaciones anti-iraníes. Como las invasiones directas tipo Granada o Panamá no son factibles (por ahora), el ocupante de la Casa Blanca refuerza las bases en Colombia y auspicia acciones terroristas contra Venezuela.

Los presidentes derechistas de la región -que esperaban una relación de sometimiento tradicional- han aceptado la sumisión extrema que exige Trump. No sólo convalidan las decisiones d el Ministerio de Colonias (OEA) y se arrodillan en las Cumbres de Lima. Promueven, además, la disolución de UNASUR por simple pedido del Departamento de Estado.

Este escenario actualiza el legado antiimperialista de la teoría de la dependencia, que combinaba tradiciones de resistencia nacional con proyectos socialistas. Ese enfoque se inspiró en el proceso anticapitalista que inauguró la revolución cubana, radicalizando la batalla contra el agresor estadounidense.

El período de grandes esperanzas en acelerados avances del socialismo, que despertó ese triunfo en el Caribe se cerró en los años 80, con la derrota de los movimientos guerrilleros, el fracaso de la Unidad Popular chilena y la frustración de Nicaragua.

Pero e l antiimperialismo reapareció posteriormente en las rebeliones populares que iniciaron el ciclo progresista, con ideas de soberanía nacional y campañas contra el pago de la deuda externa. La continuidad de esa batalla actualmente incluye la denuncia del embargo que sufre Cuba y las agresiones que padece Venezuela.

Las banderas antiimperialistas no han perdido centralidad con la globalización. Las resistencias populares surgen, maduran y se desenvuelven en distintos países o regiones, a través de organizaciones y programas nacionales.

El dependentismo también ha legado una tradición de empalmes entre la teoría económica, la acción política y el compromiso social. Esa complementariedad es decisiva en una región con elevados niveles de movilización popular.

En este mismo terreno político se verifica una séptima característica más peculiar de las economías medianas, que en los últimos años han sido clasificadas en el casillero de los emergentes. Actualmente se verifica una gran remodelación de esos estamentos intermedios.

La vieja relación bipolar (centro-periferia) actualmente adopta ciertos rasgos triangulares, ante la competencia entre economías metropolitanas y nuevas potencias industrializadas por el sometimiento de la periferia. En su amoldamiento a la globalización productiva, las distintas franjas intermedias adoptan modalidades diferenciadas.

Algunas e conomías se insertan en el gran taller industrial de Oriente y otras recrean su antiguo rol de proveedoras de insumos. El primer grupo asciende y el segundo retrocede de la división global del trabajo, siguiendo las trayectorias contrapuestas que han transitado Corea del Sur y Brasil.

Como l a teoría marxista de la dependencia siempre prestó gran atención a los países intermedios, su mirada facilita la comprensión de estas novedosas situaciones. Conviene recordar que Marini analizaba las singularidades de esas formaciones, distinguiendo el status de los países más relegados del lugar alcanzado por Brasil en el escenario regional.

El teórico de la dependencia i ntrodujo el concepto de subimperialismo para retratar ese segmento. Le asignó a esa categoría una dimensión económica de expansión externa y otra geopolítico-militar de protagonismo regional.

La caracterización complementaria de semiperiferia que aportó Wallerstein definió a los países intermedios por su inserción internacional y nivel de desarrollo. Esa noción permite, por ejemplo, distinguir en la actualidad a Corea del Sur de Mozambique.

El alcance del subimperialismo es más controvertido. Se aplica a las sub-potencias regionales con capacidad de acción militar, que cumplen un doble rol de gendarmes asociados y autónomos de Estados Unidos. Turquía e India ejemplifican ese rol en Medio Oriente y el Sur de Asia.

Por el contrario Brasil mantiene un status semiperiférico, sin desenvolver una acción subimperial en Sudamérica. Ese perfil geopolítico es coherente con su regresión manufacturera y su especialización en las exportaciones primarias. Brasil ilustra la inexistencia de estrictos paralelos entre potencias subimperiales y economías semiperiféricas.

REGÍMENES AUTORITARIOS

La multiplicación de gobiernos autoritarios constituye el octavo rasgo actual de América Latina. Ese perfil se verifica tanto en los regímenes derechistas continuados (Perú y Colombia), como en los surgidos de elecciones (Argentina) o golpes institucionales (Honduras (2009, Paraguay 2014, Brasil 2017).

En todos los casos se afianzan sistemas represivos que utilizan el estado de excepción para aplicar la agenda neoliberal. Las situaciones de mayor dramatismo se observan en México (2000 muertes por mes, incontables desaparecidos, 330.000 desplazados) y Colombia (385 líderes sociales ultimados desde la firma del Acuerdo de Paz). La misma tónica adopta el asesinato de militantes populares. Ya hay varios nombres que simbolizan el mortífero accionar de los gendarmes y las bandas parapoliciales (Marielle Franco, Sabino Romero, Berta Cáceres, Santiago Maldonado, Yolanda Maturana).

La persecución de opositores y la proscripción de los principales líderes del ciclo progresista ilustran la misma tendencia, en un marco de creciente fraude y alta abstención electoral. Incluso los gobiernos conservadores con cierto sostén social afrontan escenarios de legitimidad decreciente.

En la mayoría de los países los medios de comunicación fijan la agenda derechista. Identifican la corrupción con el progresismo, ocultando el protagonismo de muchos presidentes neoliberales en los desfalcos del erario público.

El golpismo de Brasil sintetiza todos los rasgos del nuevo modelo autoritario. Los poderosos han gobernado con la complicidad de los jueces, utilizando las infamias difundidas por los medios de comunicación y las amenazas propagadas por los militares. Han vulnerado las formalidades institucionales para instaurar una descarda plutocracia.

Para caracterizar los nuevos regímenes represivos son muy relevantes algunas ideas expuestas por los teóricos de la dependencia. En esos trabajos asignaron una significativa gravitación al pilar coercitivo de los sistemas políticos latinoamericanos.

En la época de las dictaduras analizaron especialmente los modelos de contra-insurgencia, evaluando sus familiaridades y diferencias con el fascismo. En el período pos-dictatorial advirtieron la incompatibilidad del neoliberalismo con la continuidad de las conquistas democráticas. Esa contraposición se ha corroborado en forma contundente en las últimas décadas.

ADVERSARIOS Y BALANCES

La teoría marxista de la dependencia contribuye a esclarecer las principales características del escenario latinoamericano actual. Permite comprender el extractivismo, el repliegue de la i ndustria, el deterioro social, el endeudamiento estructural, el reinicio de la crisis, la relación con el imperialismo, la especificidad de las semiperiferias y la dinámica de los r egímenes autoritarios. Esa clarificación se verifica en la polémica con las dos teorías más influyentes de la región: el neoliberalismo y el neodesarrollismo.

La primera corriente mantiene su predominio en la mayoría de los gobiernos, universidades y medios de comunicación. Persiste como práctica reaccionaria, pensamiento conservador y modelo de acumulación anti-popular.

El neoliberalismo anticipó en Sudamérica (a fines de los 70) su preeminencia internacional. Pero también ha enfrentado en esa región resistencias superiores al resto del mundo. Tuvo una etapa inicial de políticas de ajuste y otra fase posterior centrada en las privatizaciones. Esas orientaciones acentuaron todos los desequilibrios económicos tradicionales.

En la actualidad, los neoliberales continúan repitiendo las mismas recetas de apertura comercial y flexibilización laboral. Idealizan al capitalismo y niegan sus desequilibrios intrínsecos. Suponen que la mundialización aproxima a la sociedad a un idílico estadio de mercados perfectos, distribución óptima de recursos y convergencias entre economías avanzadas y retrasadas.

Desde el atril reiteran todas las fantasías de la ortodoxia neoclásica. Pero en la gestión práctica se han tornado más pragmáticos y eluden el análisis de cualquier episodio que contradiga sus dogmas. Han quedado especialmente desconcertados por la presencia de un presidente estadounidense que emite discursos proteccionismo y un enemigo chino que defiende el libre-comercio.

La confrontación dependentista con las incongruencias del neoliberalismo enriquece la batalla de ideas, contra los principales defensores del orden opresivo imperante en América Latina.

El debate con el neo-desarrollismo transita por otro carril. Aquí prevalece un contrapunto de perspectivas opuestas para superar el retraso de la región. La divergencia actual está centrada en el balance de los modelos heterodoxos ensayados en la última década, para retomar la industrialización con políticas de regulación estatal.

La crítica dependentista destaca que esas orientaciones soslayaron los cambios estructurales requeridos para erradicar el subdesarrollo. En Argentina eludieron al manejo estatal del comercio exterior, en Brasil convalidaron la primacía de las finanzas y a escala regional congelaron los proyectos de integración (Banco del Sur, fondo común de reservas, sistema cambiario coordinado). Por esa razón, las mejoras logradas en el debut de esos modelos se disiparon, cuando se consolidó la adversidad económica internacional.

La teoría de la dependencia permite entender los límites de las experiencias neodesarrollistas. Esos proyectos minimizan la escala e intensidad de los conflictos vigentes bajo el capitalismo. Relativizan el sometimiento de la región a la dominación imperial y apuestan ingenuamente a un funcionamiento amigable de las economías asentadas en el lucro.

Ciertamente el ciclo progresista de la década pasada permitió desahogos políticos, conquistas democráticas y mejoras sociales. Pero no llegó a conformar una etapa pos-liberal. Los gobiernos mantuvieron los privilegios de los grupos dominantes y se asustaron frente a las protestas sociales. Por eso toleraron la demagogia de la derecha y abrieron el camino a la restauración conservadora.

El balance crítico debe extenderse también al proceso más radicalizado de Venezuela, que continúa afrontando la guerra económica y las conspiraciones criminales. El chavismo implementó políticas de redistribución del ingreso, que afectaron a las clases dominantes y mejoraron inicialmente el ingreso de las mayorías. Pero nunca transformó la renta petrolera en el pilar de un proyecto productivo. Todas las iniciativas de industrialización quedaron bloqueadas por el mal uso de las divisas y los compromisos con la boliburguesía.

L as experiencias de los últimos años confirman la necesidad de respuestas socialistas a los problemas de la región. Ese horizonte fue postulado por la teoría de la dependencia en contraposición a las il usiones de forjar modelos humanitarios, inclusivos o redistributivos del capitalismo. Esos atributos contradicen la lógica de un sistema regido por explotación y la desigualdad.

Ninguna modalidad del capitalismo de estado resuelve los desequilibrios del capitalismo privado. Las mismas contradicciones que generan la competencia, el beneficio y la explotación afectan a ambas variantes. La superación del capitalismo dependiente exige una renovada batalla por el socialismo.

REINVENCIÓN DEL DEPENDENTISMO

La provechosa actualización del legado de Marini no se extiende a la obra de F ernando Henrique Cardoso. El ex mandatario de Brasil inspiró la versión convencional de la teoría de la dependencia, a partir de una caracterización del nivel de autonomía exhibido por cada país latinoamericano.

Cardoso rechazó primero la contraposición entre dependencia y desarrollo, para auspiciar un desenvolvimiento asociado con las empresas transnacionales. Posteriormente incorporó todos los dogmas del neoliberalismo. Hubo continuidad de pensamiento y no sólo improvisación, en el hombre que quemó todos sus escritos para ocupar el sillón presidencial.

La visión marxista se ubicó en la vereda opuesta. Retomó la revalorización de la lucha nacional que concibió el autor de El Capital en su madurez y reelaboró todos los estudios de la centuria pasada sobre el subdesarrollo. Ese dependentismo maduró en los encuentros con la teoría del sistema-mundo y en los empalmes con el marxismo endogenista . Con ese sustento ensanchado ofreció un gran cimiento para comprender la realidad latinoamericana .

La teoría marxista de la dependencia fue revitalizada por dos figuras recientemente fallecidas. Theotonio Dos Santos indagó múltiples facetas del capitalismo contemporáneo y a portó importantes reflexiones sobre el estado, las clases dominantes y la burocracia. Samir Amin r azonó desde Asia y África los problemas de antiguas sociedades orientales sometidas al colonialismo, combinando en forma magistral la historia con la economía. La continuación de esas investigaciones permitirá renovar una concepción insoslayable para develar los enigmas del siglo XXI .

Resumen

Un enfoque renovado de la teoría marxista de la dependencia clarifica las causas del retroceso económico latinoamericano durante el neoliberalismo. Ilustra cómo el extractivismo recrea el subdesarrollo y explica el repliegue de la industria frente a la competencia asiática.

También resalta la coexistencia de la brecha internacional de los salarios, con la segmentación laboral en la periferia y la precarización en el centro. Destaca que el creciente endeudamiento expresa la fragilidad del capitalismo dependiente y la asociación de las clases dominantes con sus pares foráneos. Esclarece, además, la combinación de crisis por desequilibrios externos y asfixias del poder adquisitivo.

Los principios antiimperialistas del dependentismo recobran vigencia frente al intento estadounidense de recuperar hegemonía. Sus conceptos de semiperiferia y subimperialismo clarifican el despunte de los emergentes. Esa escuela ofrece interpretaciones del autoritarismo de los regímenes derechistas y argumentos para confrontar con el neoliberalismo. Permite además extraer balances de la frustración neodesarrollista. La reinvención de esa teoría transita por el camino que pavimentaron Theotonio Dos Santos y Samir Amin.

Nota:

[1] Las tesis que exponemos sintetizan conceptos desarrollados en dos libros recientes. Toda la bibliografía correspondiente se encuentra en esos textos. Katz, Claudio. Neoliberalismo, Neodesarrollismo, Socialismo , Batalla de Ideas Ediciones, 2015, Buenos Aires. Katz, Claudio. La teoría de la dependencia, 50 años después , Batalla de Ideas Ediciones, 2018, Buenos Aires (próxima aparición).

Claudio Katz es economista, investigador del CONICET, profesor de la UBA, miembro del EDI.Su página web es: www.lahaine.org/katz