La deuda empresarial y las preocupaciones del FMI

Por Michael Roberts

El FMI no se ha andado con rodeos en su último mensaje en el blog FMI. Está realmente preocupado por los llamados ‘préstamos apalancados’, que están llegando a niveles peligrosos a nivel mundial. Estos préstamos, por lo general concedidos por un sindicato de bancos, se hacen a las empresas que están muy endeudadas o tienen calificaciones de crédito malas. Se les llama “apalancadas” debido a que la relación que hay entre la deuda del prestatario con sus activos o ingresos supera con creces las normas del mercado financiero. El volumen de estos préstamos a nivel mundial es ahora de $ 1.3 billones y concesión anual se esta acercando a la del año previo a la crisis de 2007.

“Con las tasas de interés extremadamente bajas durante años y con mucho dinero fluyendo a través del sistema financiero, los inversores hambrientos de  rentas están tolerando niveles cada vez más altos de riesgo y apostando por instrumentos financieros que, en tiempos menos especulativos, razonablemente deberían evitar”. Dice el FMI. Alrededor del 70% de estos créditos se encuentran en los EE.UU.; allí es donde existe es mayor riesgo de una crisis de crédito. Y más de la mitad del total de los créditos de este año implica dinero prestado para financiar fusiones y adquisiciones y compras apalancadas (LBO), pagar dividendos y recomprar acciones a los inversores: en otras palabras, asumir riesgos financieros en lugar de inversión productiva.

Y a pesar de que las ganancias corporativas en los EE.UU. han aumentado mucho en 2018, el porcentaje de empresas que han aumentado su deuda en relación con las ganancias hasta cinco veces ha llegado a superado el nivel de 2007.

Las nuevas ofertas de crédito también incluyen una menor protección para los inversores, en los conocidos como “pactos”, y una capacidad menor para absorber las pérdidas. Este año, los llamados préstamos con “pacto-lite” representan hasta el 80% de los nuevos créditos concedidos a prestamistas no bancarios (los llamados “inversores institucionales”), frente a alrededor de un 30% en 2007.

Con el aumento del apalancamiento, lo que debilita la protección de los inversores y erosiona los elementos de garantía de la deuda, las tasas de recuperación promedio de los préstamos en mora se ha reducido al 69%, desde un promedio anterior a la crisis del 82%. Por lo que cualquier bancarrota afectará considerablemente la economía ‘real’.

Ya en 2007, la crisis de la deuda se agravó por el fenomenal crecimiento en derivados de crédito emitidos por entidades no bancarias, los llamados ‘bancos en la sombra’, que no están sujetos a los controles de los bancos centrales. Ahora, de nuevo, es en el área de los “banco en la sombra” donde amenaza una crisis de deuda. Estas instituciones tienen ahora alrededor de $ 1.1 billones de dólares en préstamos apalancados en los EE.UU., casi el doble del nivel previo a la crisis. Además de eso hay $ 1,2 billones de bonos de alto rendimiento, o bonos basura, por pagar. Las instituciones no bancarias incluyen fondos de préstamos mutuos, compañías de seguros, fondos de pensiones y obligaciones con garantía prendaria (OCE), que agrupan los préstamos en paquetes y luego los venden a otros inversores. Los CLO suponen más de la mitad de la emisión global de préstamos apalancados. Los fondos de inversión (que por lo general son comprados por los ahorradores típicos a través de sus bancos) que invierten en préstamos apalancados han crecido de aproximadamente $ 20 mil millones en activos en 2006 a aproximadamente $ 200 mil millones este año, lo que representa más del 20% de los préstamos pendientes.

El servicio de toda esta deuda es posible siempre y cuando las ganancias se invierten en las empresas y la tasa de interés de la deuda no se eleva demasiado. Las ganancias corporativas parecen ser fuertes, por lo menos en los EE.UU.. En el último trimestre de beneficios empresariales, que el 85-90% de las empresas han hecho público, las ganancias corporativas en Estados Unidos han subido casi un 27% respecto al mismo período del año anterior (si bien los ingresos por ventas son sólo el 8%). el crecimiento de los ingresos por ventas en Estados Unidos es aproximadamente 20% mayor que en Europa y Japón, pero el crecimiento de las ganancias es de dos a tres veces mayor. Eso indica que las ganancias en los Estados Unidos están infladas por los recortes excepcionales en los impuestos corporativos de Trump etc.

Además, son las ganancias en el sector de la energía y el petróleo los que han abierto el camino, ya que los precios del petróleo aumentaron durante el año pasado. Recientemente, el precio del petróleo ha tenido una caída grave cuando la oferta (la producción en los EE.UU.) se ha multiplicado. Lo que va a reducir la contribución del sector de energético, en un sentido amplio, al crecimiento de las ganancias.

De todos modos, los ingresos públicos de las empresas en sus cuentas son puro espejismo. El nivel real de las ganancias se manifiesta mejor en los datos más amplios recogidos en las cuentas nacionales oficiales. Y la discrepancia entre el aumento de las ganancias según lo registrado allí y los informes de resultados de las sociedades no ha sido nunca tan alta desde la crisis de  las dot.com de 2000, que anunció la depresión económica leve de 2001. Las ganancias corporativas por acción publicadas en Estados Unidos están aumentando rápidamente, pero las ganancias en ‘toda la economía’ son básicamente planas.

La otra variable es el coste de los préstamos. La década de bajas tasas de interés ha terminado en la medida en que la Reserva Federal de Estados Unidos continúa con su política de aumentó paulatino de su tasa política.

La política de la Fed establece el piso para todos los tipos de préstamo, no sólo en la economía de Estados Unidos, sino también en el extranjero siempre que el préstamo sea en dólares.

Como ya he explicado en una serie de notas, la política de aumentos paulatinos de la Fed hará más difícil  el servicio de la deuda de las empresas, en particular para aquellas empresas que han recurrido a préstamos apalancados y bonos basura. Está es la razón clave de la futura crisis.

Michael Roberts es un reconocido economista marxista británico, que ha trabajador 30 años en la City londinense como analista económico y publica el blog The Next Recession.

Fuente: https://thenextrecession.wordpress.com/2018/11/16/corporate-debt-the-imf-gets-worried/

Traducción: G. Buster/sinpermiso.info

Giorgio Agamben: «Lo que me interesa en un ser vivo es siempre su forma-de-vida»

Entrevista Doppiozero

El 25 de octubre de 2018 se publicó en una sola edición en la editorial Quodlibet la obra en la que trabajó Giorgio Agamben por veinte años, es decir, el proyecto Homo sacer. En los volúmenes que forman parte de esta obra fueron introducidos y definidos en el debate filosófico conceptos que después se volverán un patrimonio común (también a la vez objeto de críticas) de la filosofía contemporánea: el de sacertas, de nuda vida, de campo, de forma-de-vida, la dicotomía bios/zoé, por nombrar sólo algunos. La entrevista que sigue, a cargo de Antonio Lucci y publicada el 29 de octubre en Doppiozero, es fruto de una reflexión sobre las cuestiones «arquitectónicas» de la obra agambeniana. El entrevistador también aprovecha para agradecer a su amigo Carlo Salzani «por las preciosas sugerencias que me han llevado a la formulación de algunas de las preguntas presentadas».
Giorgio Agamben,  en estos días aparecen, en Quodlibet, en una edición única, los nueves volúmenes de Homo sacer, un trabajo que te ocupó prácticamente viente años. Tú mismo, en el prefacio al último de los volúmenes de la serie, El uso de los cuerpos, sostenías que una obra «sólo puede ser abandonada», rechazando, en ese entonces, poner la palabra «fin» al proyecto. En esta edición completa, a tres años de distancia de la publicación del último volumen del proyecto, ¿ves un trabajo definitivamente cerrado, o algo todavía posible de integraciones?
En el pensamiento, como en la vida, no es fácil saber qué está definitivamente cerrado y qué está todavía abierto. Una genealogía de la política occidental como aquella que emprendí en Homo sacerpodría continuar sin fin. En este sentido, la obra acabada es siempre un fragmento. La apariencia de completud de una obra se debe más bien a razones, por así decirlo, arquitectónicas y estilísticas y es solamente porque el edificio me parecía haber alcanzado una forma coherente que pude abandonarlo. Una integración en sentido técnico es la nota larga de quince páginas sobre el concepto de guerra que agregué a Stasis en esta edición. Pero prefiero considerar otras investigaciones que publiqué y que podré eventualmente publicar en un futuro como obras autónomas. Por lo demás, cada uno de los nueve volúmenes aquí reunidos nació con una vida propia y su composición en un conjunto no sigue solamente criterios lógicos y conceptuales. Si el primer nivel de una composición filosófica es ciertamente conceptual, el último, como recordaba Benjamin, es de orden musical.
Una pregunta con respecto a la arquitectura general del proyecto, que toma el nombre general del volumen I: Homo sacer. El poder soberano y la nuda vida. Originalmente este volumen es el único en no estar numerado, lo que podría dar la idea de que el volumen habría sido pensado para ser autoconcluyente. Por lo demás, el cierre del mismo libro ya en la época abría a la posibilidad de una ampliación futura de las investigaciones ahí presentadas, como indica el pasaje final. «Si llamamos forma-de-vida a este ser que es sólo su nuda existencia, a esta vida que es su forma y se mantiene inseparable de ella, entonces veremos abrirse un campo de investigación que yace más allá del definido por la intersección de política y filosofía, ciencias médico-biológicas y jurisprudencia. Pero antes será necesario verificar cómo, en el interior de los confines de estas disciplinas, algo como una nuda vida ha podido ser pensado y de qué modo, en su desarrollo histórico, han terminado chocando con un límite más allá del cual no pueden continuar, si no es a riesgo de una catástrofe biopolítica sin precedentes» (Homo sacer. Il potere sovrano e la nuda vita, p. 211). Cuando pensaste y escribiste este primer texto, ¿tenías ya en mente no limitarte a un solo volumen, sino hacer de Homo sacer un proyecto?
A pesar de que sabía con certeza que había emprendido una investigación de largo aliento, no tenía todavía una idea precisa de su articulación. Empecé a entreverla con mayor claridad mientras trabajaba en Estado de excepción. Por tanto, comprendí que una investigación como la mía tenía necesariamente que incluir una serie de indagaciones arqueológicas, que son aquellas que pasaron a formar la segunda sección de la obra (además del estado de excepción, la guerra civil, el juramento, la economía, el oficio, y sobra decir que otras hubieran podido agregarse). En cuanto a la última sección, como su cita lo sugiere, fui consciente desde el inicio de que tenía que estar dedicada a una definición de la forma-de-vida .
Los primeros tres volúmenes publicados del proyecto, Homo sacer, Lo que resta de Auschwitz y Estado de excepción, se animan claramente por un interés político. En el primero son teorizadas dos de las categorías filosóficas que tendrán después más éxito en la segunda mitad de la década de 1990 y en el primer decenio del nuevo milenio: la de nuda vida y de campo. Se han servido de estas categorías filósofos, antropólogos, sociólogos, incluso geógrafos. Sin embargo, en los libros sucesivos el interés político explícito parece dejar el lugar al análisis arqueológico y los dos conceptos mencionados pierden un poco su centralidad, me parece. ¿Consideras que estos dos conceptos siguen siendo todavía centrales para tu filosofía?
No tiene sentido distinguir el análisis arqueológico de aquel político. Una investigación filosófica que no tiene la forma de una arqueología corre hoy el riesgo de acabar en la habladuría. Y no sólo porque la arqueología es la única vía de acceso a la comprensión del presente, sino porque el ser se da siempre como un pasado, necesita constitutivamente una arqueología. Los dos conceptos que has mencionado, tenían su lugar y su sentido en una investigación arqueológica sobre la estructura del poder y no pueden ser separados de ésta. Ciertamente, en su aparición a mitad de la década de 1990, estos dos conceptos suscitaron polémicas y escándalo, y me esforcé no poco para hacer comprender en qué sentido la producción de la nuda vida definía la operación fundamental del poder y por qué el campo y no la ciudad era el paradigma político de la modernidad. Hoy, en los espacios integralmente despolitizados de nuestras sociedades posdemocráticas, en las cuales el estado de excepción se ha vuelto la regla, esos conceptos se han vuelto casi banales. De cualquier modo se prefiere a menudo usarlos de modo genérico, por fuera del contexto en que habían sido creados y del cual son inseparables; algunos incluso han convertido simplemente la nuda vida y la biopolítica en categorías positivas, operación como mínimo descuidada.
Una pregunta todavía relativa a la primera parte del proyecto, en particular a los volúmenes I y II. Si se consideran el volumen de apertura del proyecto, Homo sacer, y aquellos presentes en la parte II, latinidad y grecidad parecen estar en perfecto equilibrio, desde los títulos de los textos, tres latinos (Homo sacer, Iustititium, Opus Dei) y tres griegos (Stasis, Horkos, Oikonomia). ¿Es deseada esta no insistencia tuya en no dar predominio ni a la tradición griega ni a la romana? O bien, a pesar del equilibrio entre los títulos, ¿a tu parecer en el proyecto Homo sacer una de las dos tradiciones es prioritaria con respecto a la otra?
No tengo ninguna preocupación de mantener el equilibrio entre las dos culturas clásicas y los títulos no deben inducir a error. Trabajo con textos latinos o griegos sin preconcepciones según las necesidades de la investigación y en cada una de mis indagaciones arqueológicas las dos tradiciones se entrecruzan continuamente. La enorme influencia que ha ejercido en Occidente el derecho romano a menudo me ha obligado a confrontarme con el mundo latino, pero Grecia, como más tarde la teología cristiana, está igualmente presente. En cambio, para mí es decisivo que la búsqueda arqueológica alcance en cada ocasión un punto en el cual entre el fenómeno histórico y las fuentes y los documentos que nos lo han transmitido hay un hiato y una no coincidencia. En este punto, que se podría definir como el punto de surgimiento del fenómeno o, como lo llamaba Overbeck, su prehistoria, las fuentes y las tradiciones caen y el pasado y el presente, la prehistoria y la poshistoria se enfrentan y parecen casi tocarse.
Otra pregunta sobre la importancia de las diferentes tradiciones filosóficas para tu proyecto. Después de la conclusión de Homo sacer, publicaste un texto —Karman. Breve tratado sobre la acción, la culpa y el gesto (2017)— en el cual abordas una genealogía del concepto de culpa y —por lo que puedo recordar, corrígeme si me equivoco— por primera vez de manera difusa con el pensamiento oriental. ¿Karman no habría podido, tal vez, formar parte también de la sección II de Homo sacer? ¿O acaso el pensamiento oriental está demasiado lejos del proyecto de una arqueología de la política occidental? Dicho de otro modo: de acuerdo contigo, las categorías filosóficas que subyacen a la estructura conceptual del mundo contemporáneo son principalmente aquellas que derivan del eje genealógico greco-romano-cristiano, o hay otras tradiciones que han influido de manera decisiva en nuestro presente?
Yo trabajo sólo en ámbitos de los cuales puedo controlar las fuentes de primera mano. Esto no significa que las tradiciones, como aquellas orientales, cuya lengua no conozco, no me interesen: significa sólo que no puedo pretender hablar seriamente de ellas. En Karman, el pensamiento indio no es objeto de una indagación arqueológica, sino que es citado únicamente por la analogía que según algunos estudiosos existe entre el término sánscrito karman y el latino crimen, que designan ambos la acción imputable a un sujeto y que está cargada de consecuencias.
Probablemente la parte II del proyecto es aquella que, usando una categoría que tú mismo introduces en Signatura rerum en 2008, procede mayormente por «paradigmas». Viendo la nueva disposición y nomenclatura de los textos que forman parte del proyecto, parece como si dos categorías pertenecientes al mundo romano, aquellas de Iustitium y Opus Dei, constituyen los paréntesis de apertura y de clausura entre los cuales se insertan tres categorías griegas, aquellas de Stasis, Horkos y Oikonomia. ¿Estos volúmenes de la segunda parte de Homo sacer, y su ordenamiento, tienen que entenderse como interconectados, leerse en continuidad uno con otro? ¿O hay que tomarlos, precisamente, como paradigmas que —te cito— se conservan en su dispersión (Signatura rerum, p. 81), a fin de darnos imágenes y Urszenen múltiples que condujeron hasta el corazón pulsante de nuestra época?
Una vez más, las conexiones están en las cosas y no en el arbitrio del autor. Más que «escenarios originales», yo busco alcanzar en cada ocasión aquello que Foucault llamaba un a priori histórico, que coincide para mí, como apenas dije, con el punto en el que aparecer una brecha entre el fenómeno en su surgividad y las fuentes y los documentos que nos lo han transmitido, entre la prehistoria y la historia. En este punto la investigación histórica y aquella arqueológico-filosófica se dividen.
El volumen III del proyecto lleva ahora el título Auschwitz, y no ya Lo que resta de Auschwitz. ¿Cómo fue que quisiste renunciar a la referencia al «resto», que es una categoría tan importante para toda la arquitectura de su volumen?
Cambiar un título no significa de ningún modo renunciar a un concepto. «Resto» es una categoría importante en mis investigaciones e incluso he terminado recientemente un ensayo que se titula precisamente «La lengua que resta».
En una entrevista de enero de 2001 con Hanna Leitgeb y Cornelia Vismann, publicada en la revista alemana Literaturen, definías Homo sacer III como «ein ethisches Korrelat, eine Theorie der Subjektivität», es decir, como «un correlato ético, una teoría de la subjetividad» para las teorías expuestas en el primer volumen de Homo sacer.  ¿Sigue siendo éste tu parecer, es decir, que Auschwitzcontiene tu «teoría de la subjetividad»?
La doctrina del sujeto como testigo realizada en el tercer capítulo del libro sobre Auschwitz sigue siendo fundamental para mí. Todavía estoy convencido de que verdaderamente humano es sólo aquel que testimonia lo no-humano y que el sujeto testimonia antes que nada una desubjetivación. Y hasta hoy me parece cierto, como me enseñó Primo Levi, que sujeto es aquel que lleva a la palabra una imposibilidad de hablar, de proferir palabras.
A menudo en sus trabajos, y desde el final del primer volumen de la serie Homo sacer, haces referencia a la forma-de-vida. El texto que parece aproximarse más a la descripción de aquello que, en la historia de la cultura occidental, ha sido una forma-de-vida, es Altísima pobreza. Aquí el monje franciscano, en la medida en que se vuelve puro «gesto», es decir, en que incorpora la regla monástica más allá de la propia individualidad, se vuelve —me parece entender— forma-de-vida. Al final de Homo sacer IV.2 defines el alma, de acuerdo con como es descrita en el mito platónico de Er, una forma-de-vida. Personalmente vi en el Pulcinella de Divertimento per li regazzi (2015), en el Majorana de Che cos’è reale?(2016) y en el Giorgio Agamben de Autorretrato en el estudio(2017) tres retratos paradigmáticos de tres formas-de-vida. ¿Nos podrías decir algo más sobre este concepto tan importante para tu filosofía? ¿La forma-de-vida tiene también una dimensión política? ¿Ella se puede, de algún modo, definir, o pertenece más bien a ese campo de objetos que no pueden ser descritos, sino sólo «mostrados»?
La forma-de-vida carece de una dimensión política, es un concepto intrínsecamente político. Con algunas aproximaciones, se podría decir que la forma-de-vida define la política que no está ya fundada en el aislamiento de la nuda vida, que no es ya, en este sentido una biopolítica. Uno de los resultados de mis indagaciones es que, contrariamente a lo que se podía esperar, en nuestra cultura la vida no es un concepto médico-científico, sino una categoría filosófico-política. En los 57 tratados del Corpus hippocraticum, que recopila los textos de la medicina griega, el término vida (zoé) casi no aparece, y en ningún caso en un significado técnico. Si se abre en cambio la Política de Aristóteles, el concepto «vida» asume aquí desde las primeras páginas una función fundamental. La vida (zoé) es aquello sobre cuya exclusión se funda la polis, o, más precisamente, aquello que es incluido en ella a través de su exclusión y, de esta manera, funge como fundamento negativo de la política. Esta ex-ceptio, esta toma-afuera o exclusión-inclusiva de la vida se encuentra en muchísimos aspectos de nuestra cultura, no solamente política. También el aislamiento de la vida vegetativa (también ésta de origen aristotélico, Aristóteles detestaba las plantas) que está a la base de la medicina moderna tiene una estructura muy similar. En cuanto a su alusión al libro sobre Pulcinella y al Autorretrato en el estudio, sobra decir que lo que me interesa en un ser vivo es siempre su forma-de-vida.
Una pregunta sobre referencias filosóficas de Homo sacer. Leyendo sus volúmenes en orden cronológico, se tiene la impresión de que, en los primeros textos, los autores de referencia son para ti, principalmente, Aristóteles entre los antiguos, Benjamin y Schmitt entre los contemporáneos. Si se mira en cambio a los últimos volúmenes del proyecto, parece que terminas «suavizando» a Aristóteles con Platón, por cuanto respecta a la grecidad, y que Foucault asume un papel cada vez más importante, en paralelo con una importancia cada vez menor concedida a Schmitt. En El uso de los cuerpos, además, vuelves de nuevo a Heidegger, después de que en los últimos volúmenes de Homo sacer parecía haber perdido importancia. ¿Se trata sólo de un uso de autores diferentes en función de diferentes contextos e intereses de indagaciones, o —efectivamente— en el curso de los últimos años tu interés filosófico se ha desplazado? ¿Cuáles autores considerarías que son tus principales interlocutores en el proyecto Homo sacer?
Si se dividen los filósofos, como ha sido a menudo sugerido, según una descendencia platónica y una aristotélica, es claro que yo me situaría entre los platónicos y no entre los aristotélicos. Igualmente evidente es que me siento más cercano a Benjamin que a Schmitt. Pero una investigación como la de Homo sacer no se realiza según descendencias y simpatías, sino, como en un campo de batalla, según necesidades de orden estratégico y táctico. Si hubiera seguido las simpatías, habría ciertamente podido evitar hojear el inmenso corpus de la teología medieval o aquel de la tradición jurídica, pero de esta manera me habría dejado derrotar por adversarios que espero en cambio haber conseguido neutralizar.
Me parece que muchos de los libros y ensayos que no forman «oficialmente» parte del proyecto Homo sacer son, sin embargo, muy importantes para su concepción y para su arquitectura. Me refiero, en particular a Profanaciones, ¿Qué es un dispositivo?, pero sobre todo a El tiempo que resta y Lo abierto. Este último (explícitamente, pero implícita e insistentemente también El tiempo que resta) es el texto que a menudo citas mayormente entre aquellos que has escrito (algo que casi nunca haces en tus obras), especialmente en El uso de los cuerpos. Otros textos, en cambio —por ejemplo Auschwitz— no vuelven nunca y no son nunca mencionados. ¿Nos puedes aclarar la relación entre éstos y otros de tus textos con aquellos incluidos en Homo sacer?
Tal vez das demasiada importancia a las distinciones formales. Sobra decir que todas las partes de la obra de un autor están entrelazadas una a otra, se llaman y se responden permanentemente. Y ciertamente Lo abierto, en cuanto contiene una reflexión sobre el concepto de vida y sobre la máquina antropológica que divide y al mismo tiempo une a lo animal y a lo humano, afecta de cerca la investigación de Homo sacer. Y una arqueología del mesianismo como aquella realizada en El tiempo que resta, no puede poner en cuestión toda la conceptualidad de nuestra cultura. En una indagación como la mía —pero tal vez así es siempre en el pensamiento— todo está íntimamente conectado.
Una última pregunta, si me lo permites. Escribes, en el prefacio a El uso de los cuerpos, que su investigación puede «eventualmente ser continuada por otros». Al investigador que quisiera seguir la pista indicada por Homo sacer, para buscar «continuar» ese género de investigación, ¿qué tienes que decir? Y, viceversa, ¿qué se auguraría ver indagado en un posible Homo sacer V?
Estoy convencido de que lo más precioso que hay en una obra de pensamiento es su capacidad de ser desarrollada y continuada por otros. No se trata solamente de un principio metodológico, sino también de un verdadero principio ético que siempre he buscado seguir. Si tuviera que hacer una recomendación a los jóvenes estudiosos, sería precisamente no buscar a toda costa la originalidad, sino aplicarse más bien a reunir y a continuar aquello que en los autores que aman permaneció incumplido o no dicho. Pero, para responder a tu pregunta, percibir con claridad aquello que en el pensamiento propio permaneció incumplido o no dicho es para un autor extremadamente difícil. Por eso es necesario que sea otro quien lo haga.

Fuente: https://artilleriainmanente.noblogs.org/post/2018/11/03/agamben-doppiozero/

Riesgos en la disputa por la hegemonía global

Por Decio Machado / Consultor político internacional, miembro de la Universidad Nómada del Sur y del Grupo de Estudios de Geopolítica Crítica de América Latina

 

Pese a que la República Popular China reivindique a través de su diplomacia que su huella militar en el exterior está muy por debajo de su rol económico global, ya comienza a causar preocupación en diferentes partes del planeta como se va configurando su nueva hegemonía mundial.

Más allá de que el gigante asiático en la actualidad tenga una población de casi 1.400 millones de habitantes entre los cuales destacan 56 grupos étnicos reconocidos y 300 lenguas vivas diferentes, todo parece indicar que mientras se sustente la capacidad de compatibilizar un régimen político de partido único, sin libertades democráticas, con una economía de mercado, su estabilidad interna -se estima que en 2030 su clase media ascenderá a 500 millones de habitantes- no debería generar grandes convulsiones en el exterior. Todo ello pese a que Beijing siga sin rendir cuentas ante foros internacionales sobre sus violaciones de derechos humanos en conflictos internos tales como la ocupación del Tíbet, la represión sobre el activismo disidente uigur (quienes procesan la religión musulmana, tienen una lengua de origen turquino y utilizan el alfabeto árabe) en la provincia de Xinjiang o las reivindicaciones autonomistas en la Mongolia Interior.

En un hecho que, pese a todo, el establishment burocrático chino está actuando con mucha inteligencia en el ámbito de la política exterior. Esto permite atisbar que el actual gobierno chino no cometerá el mismo error que cometió la dinastía Ming en los albores del siglo XV, cuando renunciaron a la política de expansión económica y militar que había iniciado el general Chen Ho entre 1405 y 1433. Nacido en una familia presumiblemente de origen árabe-mongol, en la provincia central de Yünnan, Cheng Ho fue un eunuco al servicio del emperador Ming Yung-lo que convertido en general dirigió siete expediciones a los mares del Sur y visitó no menos de 37 países, desde el antiguo reino de Champa -actual región vietnamita de Annam- hasta la costa oeste africana. Las expediciones de Cheng Ho, emprendidas casi un siglo antes que las de Cristobal Colón y Vasco da Gama, fortalecieron fuertemente la influencia de China sobre sus vecinos, pero fueron criticados y luego suspendidos por el conservadurismo de la burocracia confuciana bajo el argumento de ser inútiles y significar un dispendio de recursos.

Hoy, 600 años después, China demuestra que sí tiene definida una política claramente expansionista basada en buscar alianzas de cooperación estratégica con el resto de los países del planeta, especialmente con sus vecinos más próximos.

Gran parte de esta fuerte actividad diplomática y comercial se da en el llamado Mar de China Meridional, una extensión marítima con una superficie de 4.25 millones de kilómetros cuadrados que abarca desde la costa sur de China hasta Singapur, extendiendo sus aguas por todos los países de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN). La zona comprende países como Taiwán -reivindicado históricamente por China y sólo reconocido por 22 Estados, ninguno de ellos asiático- y la presencia de   países como Indonesia, Malasia, Tailandia o Vietnam -potencias medias en ascenso que en la próxima década podrían convertirse en los “nuevos BRICs”-, además de otras naciones como Myanmar (antigua Birmania, donde tiene lugar una fuerte represión militar en contra del grupo étnico musulmán rohinyá), Brunei, Camboya, Filipinas o Laos.

En el Mar de China Meridional los problemas de soberanía sobre sus más de 400 islas, arrecifes y bancos de arena, han sido una constante histórica desde mediados del siglo XX tras la segunda guerra mundial. El más importante de estos conflictos se da en las islas Spratly, donde hasta seis de estos países se disputan su soberanía y muchas de estas islas ya están ocupadas estratégicamente por diversos Estados a la espera de poder reclamar su soberanía respecto a todo el archipiélago. Estas reivindicaciones derivan de la posible existencia de importantes depósitos de hidrocarburos -hace cinco años atrás China y la petrolera Shell sellaron una alianza para explotar estos supuestos yacimientos- y por encontrarse en una zona de capital importancia para el comercio marítimo regional. El otro conflicto insular es el de las islas Paracelso -también llamadas Paracel-, al norte de las Spratly, donde también se vislumbra la posible existencia de petróleo y gas natural. En 1974 ya hubo enfrentamientos entre las fuerzas chinas y las de Vietnam del Sur en las islas Paracelso, el conflicto se reanudó entre ambos países en 1988, y se volvió a recrudecer en 1995 ya con la participación también de Filipinas ante la construcción de infraestructura por parte del gobierno chino en el atolón de Mischief Reef. En todos los casos, China logró reivindicar su control sobre los territorios en disputa.

Sin embargo y pese a que Vietnam ocupe 30 de estas islas y arrecifes, Malasia posea control sobre otros tres de estos y en una de ellas haya construido un hotel, y Filipinas también ejerza el control sobre una decena más, las políticas de ocupación y control implementadas por China en los últimos tiempos destacan por su ritmo y magnitud. La República Popular China ha ignorado sistemáticamente cualquier recomendación o resolución de los organismos internacionales al respecto.

El Mar de China Meridional tiene un valor geoestratégico fundamental para las economías que lindan con él, tanto por su valor en recursos naturales como por su centralidad como vía de comunicación.

Más allá de las reservas pesqueras que proveen de alimento a las poblaciones de la región, se estima que en el Mar de China Meridional existen 7 mil millones de barriles de reservas de petróleo y un estimado de 900 billones de pies cúbicos de gas natural.

La zona goza de 14 de los 20 puertos con mayor afluencia de contenedores del planeta: nueve chinos y cinco distribuidos entre Singapur, Taiwán, Corea de Sur y Malasia. El caso de Singapur es especialmente relevante, dado que desde hace cinco años permanece inamovible en la parte superior del Índice de Centro de Desarrollo Marítimo Internacional (ISCD, sigla en inglés), un indicador económico que cubre 43 de los puertos y ciudades más grandes del mundo y que está diseñado para dar claridad a los inversores y gobiernos sobre el rendimiento relativo de los centros de transporte de carga marítima en todo el planeta. Esto releva el potencial de la zona y el dinamismo comercial existente en la región respecto a la afluencia de grandes buques de carga y petroleros, lo que se cruza con numerosas consideraciones estratégicas, energéticas y económicas que se relacionan entre si con la necesidad de asegurar el abastecimiento de recursos naturales y por lo tanto obtener el control militar de la zona.

A todo lo anterior hay que sumar la singularidad geográfica de este territorio, ya que en no pocos lugares hay estrechos muy angostos pasos como el de Malaca entre Malasia e Indonesia y por donde transitan 150 buques diarios, el de Singapur o el sembrado de islas a lo largo de gran parte de la zona. A través de las rutas del Mar de China Meridional, Corea del Sur obtiene el 65 por ciento del petróleo que importa para el abastecimiento de su economía nacional, Japón y Taiwán el 60 por ciento y la propia China el 80 por ciento del total de su abastecimiento. Esto último explica por que el politburo del Partido Comunista Chino extiende su reclamo territorial al 90 por ciento de estas aguas.

Pese a que durante el mandato de Barack Obama el gobierno estadounidense se negara a tomar una posición en la disputa que involucra a China frente a otros países asiáticos, ya durante el año 2016 su entonces secretario de Estado, John Kerry, advirtió sobre “un aumento de la militarización, de un tipo o de otro” en la zona.

En estos últimos dos meses, ya bajo la Administración Trump, la Flota del Pacífico de Estados Unidos ha desarrollado una serie de ejercicios militares que buscan advertir a China de que Washington tiene intención de intensificar la tensión en la región.

Esto se da en el contexto de la actual guerra comercial impulsada por Donald Trump contra Beijing, donde más allá de las excentricidades del magnate norteamericano y de su actitud sumamente beligerante con gran parte del sistema mundo, es un hecho que los subsidios de China a ciertos sectores, el dumping en el extranjero por su exceso de productos siderúrgicos y la imposición de restricciones a las exportaciones de ciertas materias primas benefician a determinadas empresas y productores chinos frente a la histórico control de los mercados internacionales de las corporaciones transnacionales norteamericanas y el propio gobierno estadounidense.

Pero más allá del control de los mercados internacionales, el actual conflicto en el Mar de China Meridional viene a demostrar que la rivalidad entre las dos potencias -una emergente y otra en declive- no es sólo económico, sino que también goza de un trasfondo militar. Si Estados Unidos escala la tensión buscando que la República Popular China paralice las construcciones unilaterales que están realizando en islas, arrecifes y bancos de arena en la zona o su acceso a estas, dicho bloqueo podría desembocar en un conflicto a gran escala.

En estas condiciones y pese a las rivalidades enmarcadas en las pretensiones soberanía entre los países de la zona, los países miembros de la ASEAN -cuyo principal socio comercial, por cierto, es la República Popular China- comienzan a lanzar mensajes dirigidos a la Casa Blanca. En unas recientes declaraciones el presidente filipino Rodrigo Duterte indicó ante diversos medios de comunicación internacionales: “China ya está en posesión del Mar de China Meridional. Ahora está en sus manos. Entonces, ¿por qué tienen que generar fricciones (…) que desembocarán en una respuesta China? Es una realidad, y Estados Unidos y todos deberían darse cuenta de que China está ahí”.

La ASEAN busca inteligentemente habilitar soluciones de perfil diplomático frente a la cada vez más poderosa China, marco en el cual negocia en la actualidad un código de conducta con Beijing para asegurar la paz y estabilidad en ese mar, por el que transita más del 30 por ciento del comercio marítimo mundial. El primer borrador del texto se espera en 2019 y se estima que entrará en funcionamiento en 2021.

Sin embargo y en paralelo, el actual vicepresidente estadounidense Mike Pence insiste que el Mar de China Meridional no pertenece “a una única nación” y que Estados Unidos seguirá navegando y sobrevolando militarmente la zona. Las declaraciones de Pence son recriminadas también por otros mandatarios de la región, como el primer ministro de Malasia -Mahathir Mohamad- quien ha manifestado que los grandes barcos de guerra y los aviones militares no son necesarios en el Mar de China Meridional, pues estos pueden provocar incidentes que eleven la tensión en la zona.

Pese a las presiones chinas sobre los territorios en disputa, los países de la ASEAN coinciden en su mayoría en el hecho de que cualquier estrategia diplomática será bienvenida para solucionar el conflicto “siempre y cuando no incluya enviar a la Séptima Flota a la zona”.

Pero hablemos claro, como dijo Napoleón Bonaparte hace ya más de 200 años, “la política de los Estados reside en su geografía y capacidad de influencia”. El conflicto por el Mar de China Meridional comienza ha determinarse como un enfrentamiento entre poderes mundiales y su devenir comienza a ser incierto y muy preocupante. Es de prever que China continuará avanzando de hecho sobre el territorio -con o sin fallos adversos de los organismos internacionales-, sobre las bases de su cada vez mayor supremacía económica y militar en la región.

Dependerá de que tipo de reacción devenga del Despacho Oval y del Pentágono para que se establezca un nuevo modelo de gobernanza global coherente con el nuevo patrón de globalización en curso. Una nueva torpeza más del presidente Trump respecto a las estrategias estadounidenses en la zona podría suponer el inicio de un conflicto de consideraciones globales que ninguna nación del sistema mundo desea en la actual coyuntura de crisis sistémica internacional.

Enzo Traverso: “En el siglo XX no sólo hubo totalitarismos y genocidios, sino también revoluciones”

El historiador italiano presentó su nuevo libro «Melancolía de izquierda», en el que da cuenta de cómo después de 1989 y la caída del Muro se hizo difícil pensar en una superación del capitalismo

Por Diego Rojas

Si el historiador estudia la evolución de las sociedades, ¿cómo pensarla una vez que el siglo XX se cerró con el planteo del fin de la historia, la derrota de las revoluciones y el reinado de lo fragmentario y la micropolítica? Enzo Traverso –docente en la universidad de Cornell, en Nueva York, Estados Unidos, autor del best-seller La historia como campo de batalla y reconocido como uno de los más importantes historiadores de la actualidad– se hace estas preguntas en Melancolía de izquierda (Fondo de Cultura Económica), su nuevo libro, que reúne ensayos sobre esta situación paradójica a la que se enfrenta el historiador, cuando no el militante (Traverso es también un militante socialista que interviene desde el campo intelectual).

La melancolía implica una contemplación particular, ya que no trata de mirar la historia para pertrecharse de herramientas hacia el futuro, sino que la estudia en una situación de permanencia. La «melancolía» era considerada en el medioevo, primero, como un mal orgánico, fisiológico; luego, se transformó en una actitud hacia la existencia, hacia la vida, una virtud. Con esa mirada melancólica, ¿es posible preguntarse sobre cómo cambiar hoy el mundo? Walter Benjamin, el pensador alemán que conjugó a Marx con el Talmud, decía que el historiador debía pensar el «instante del peligro» para poder encausar una obra. Hoy, desde esta baldosa inestable de los tiempos, Traverso visitó el país invitado por la Universidad de San Martín, el Cedinci –que reúne los archivos de la historia de la izquierda y el movimiento obrero con gran prepotencia de trabajo– y la Fundación Rosa Luxemburgo para dar una serie de conferencias acerca de este problema. Traverso conversó con Infobae Cultura sobre estos tópicos.

–En su libro subyace una falta que, quizás, pueda ser resumida en la frase de Frederic Jameson: «Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo».

–Ese pasaje fue escrito por Jameson en la década de los noventa, algunos años después de la caída del muro de Berlín. Comparto el diagnóstico por la situación que se creó luego de la caída del «socialismo realmente existente», pero estoy convencido que en este siglo XXI surgirán nuevas utopías. Estamos en un periodo de transición. Esta época está más cargada de miedo que de esperanza. El siglo XX estaba cargado de proyecciones utópicas hacia el futuro, que iba a ser de emancipación, de liberación. Hoy se piensa al futuro en términos de catástrofes ecológicas, por ejemplo, posibles, y eso hace difícil pensarlo.

La memoria del movimiento obrero, de la lucha de clases, de las posibilidades emancipatorias se eclipsó y no tiene lugar en el espacio público. Esto se debe a la herencia de la derrota de las revoluciones del pasado

–Ante esta dificultad de pensar el futuro usted remarca el rol predominante de las políticas de la memoria.

–Se habla mucho de memoria, una categoría que era marginal a lo largo del siglo XX hasta los años ochenta. No se hablaba de «memoria» ni en literatura ni en las ciencias sociales. Luego, la memoria se volvió en un elemento central en nuestras culturas. Pero se dibuja al siglo XX como el siglo de las guerras, los totalitarismos y genocidios, que claramente son una dimensión fundamental para leer al siglo XX, sin embargo esa focalización obsesiva en las víctimas es muy selectiva y a veces se transforma en un prisma deformante. El siglo XX no sólo fue el siglo de las guerras y los totalitarismos, sino que también fue el siglo de las revoluciones, de las olas emancipatorias, fue el siglo de la descolonización en todos los continentes. La memoria del movimiento obrero, de la lucha de clases, de las posibilidades emancipatorias se eclipsó y no tiene lugar en el espacio público. Esto se debe a la herencia de la derrota de las revoluciones del pasado. Y el mundo de hoy rompió la manera en que la memoria de esas revoluciones era transmitida. La memoria de izquierda era transmitida a través de marcos sociales propios del movimiento obrero como sindicatos, partidos. El mundo de hoy produjo el fin de las grandes concentraciones industriales, la precariedad laboral. Los partidos se convirtieron en máquinas electorales y eso produce que la memoria sea muy selectiva, desarrollada por los medios de comunicación y la industria cultural. Si el siglo XX es considerado el siglo de los horrores totalitarios fascistas y comunistas, eso implica una apología del orden dominante hoy, que estaría plasmado por la economía de mercado y la democracia liberal postulados como el mejor de los mundos.

–¿Hay una responsabilidad de cierta izquierda, que no denunció lo que hoy se conoce como «totalitarismo comunista»?

–Comparto la interpretación de Isaac Deutscher, historiador polaco que realizó su obra en Inglaterra, que detectó el retrato del anticomunista como un intelectual que muchas veces era comunista y luego transformó en una misión explicar al mundo cómo de malo era el comunismo. Su visión de «el bien contra el mal» no había cambiado, antes decía que la URSS era el paraíso y el capitalismo era el mal, ahora invertía las posiciones.

–Pero, más allá del discurso, ¿no sigue existiendo la lucha de clases?

–Las revoluciones árabes, por ejemplo, que derrocaron dictaduras y fueron interrumpidas por la guerra civil en Libia, tenían un límite porque no sabían cómo seguir avanzando. Ahora, la declinación de este movimiento, la integración de estos movimientos en un esquema de poder también afecta a las corrientes que plantean una superación del estado de las cosas.

(Leandro Martinez / Comunicación UNSAM)
(Leandro Martinez / Comunicación UNSAM)

–En su libro usted rescata manifestaciones culturales o artísticas que tienen potencia para mostrar el estado de las cosas. También toma a la película Tierra y libertad, de Ken Loach, que recupera un horizonte más clásico.

–El éxito de Tierra y libertad está vinculado a su capacidad de mostrar cómo el siglo pasado fue un siglo de esperanzas y acciones revolucionarias. Permite dibujar una visión diferente del pasado. Pero no es ingenua. Muestra una revolución derrotada no sólo por el enemigo, sino por sus propias contradicciones. Reconstruye el conflicto entre los revolucionarios y el estalinismo. Espero que haya otras películas que estimulen una reflexión crítica sobre el pasado.

–¿Qué queda de la hermandad de las vanguardias artísticas y las políticas que se vieron a comienzos del siglo XX con la actualidad?

–El arte en toda época es un vector privilegiado en la conformación de un imaginario. Los sueños inconscientes de la sociedad muchas veces se expresan en la creación artística. Pero ahora la reificación del arte en el mercado es tan fuerte que esas posibilidades son ocultadas. En mi libro escribo sobre la bohemia del siglo XIX, que creo es actual. Hoy muchos artistas son bohemios, crean en condiciones de marginalidad, pero con mucha potencia. En movimientos como Ocuppy Wall Street había muchos artistas involucrados en esos movimientos. Hoy se puede ver eso en revistas como Jacobin en los Estados Unidos, cuya contribución es significativa.

–En las últimas elecciones hubo diputados «socialistas demócratas».

–Yo vivo en los Estados Unidos y veo que esas corrientes se adhieren al Partido Demócrata por una cuestión funcional, para poder inscribirse en la política que llegue a las mayorías. Saben que el Partido Demócrata es uno de los pilares del capitalismo estadounidense, y no es por capitulación que integran ese partido, sino que es un cálculo político para poder desarrollarse a través de ese canal. No digo que no plantee un problema o que no sea una estrategia polémica, sino que observo que lo hacen de manera consciente.

–Una de sus actividades en la Argentina está organizada por el Cedinci, que es un centro de archivo de la memoria histórica de la clase obrera y la izquierda argentinas. ¿Existen fenómenos parecidos en Estados Unidos?

–Espero que aparezcan, pero lo que hay en Estados Unidos son universidades con archivos muy ricos del movimiento obrero, pero que no son centros de reflexión sobre esos movimientos. Sólo recopilan archivos. En Cornell, donde trabajo, hay un archivo muy grande sobre los sindicatos. Pero no hay instituciones como el Cedinci, que tienen un perfil intelectual y una actividad de esa naturaleza.

(Leandro Martinez / Comunicación UNSAM)
(Leandro Martinez / Comunicación UNSAM)

-¿Cómo ve la intelectualidad de izquierda en Europa la situación en la Argentina, en cuanto al lugar de la izquierda?

–Se ve con mucho interés, atención y simpatía. Pero desde afuera se ve que la tensión está copada por el macrismo y el peronismo. Se ve que este polo de izquierda está ocultado por esa dominación binaria. Lo que puede ser interesante es que en la Argentina hay una búsqueda de cambio que no sea la invención de algo totalmente nuevo, que nace con un corte radical con el pasado, sino que hay una nueva izquierda que se plantea como una continuidad de una raíz histórica. El problema es que en la Argentina hay esa recomposición que no es directa del gran movimiento de masas como puede verse, por ejemplo, en España con Podemos, que es el producto más perfilado del movimiento de «indignados». Vamos a ver qué pasará en los próximos años.

Fuente: https://www.infobae.com/cultura/2018/11/18/enzo-traverso-en-el-siglo-xx-no-solo-hubo-totalitarismos-y-genocidios-sino-tambien-revoluciones/?outputType=amp-type&__twitter_impression=true

¿Qué es un empleo útil?

Por Michel Husson

Esta pregunta carece de fundamento a priori: no se hubiera creado un empleo si fuera inútil y es igualmente útil para quien lo ejerce, ya que le proporciona un ingreso. Pero la pregunta se vuelve relevante si se plantea al nivel del conjunto de la sociedad. La pregunta entonces es: ¿qué es un trabajo socialmente útil?

Los trabajos improductivos no son inútiles

La economía política se ha enfrentado a esta pregunta durante mucho tiempo, pero desde un ángulo algo sesgado, preguntándose quiénes son los trabajadores productivos. Esta distinción entre trabajo productivo e improductivo tiene una larga historia, que se remonta a François Quesnay. En su famoso Cuadro económico 1/, plantea que «la nación se reduce a tres clases de ciudadanos: la clase productiva, la clase de los propietarios y la clase estéril». La clase productiva se define estrechamente, como «la que nos hace renacer por la cultura del territorio las riquezas anuales de la nación. La clase de propietarios incluye al soberano, los terratenientes y los decimadores»[encargados de cobrar el diezmo]. Sigue habiendo la clase definida como «estéril» que agrupa «a todos los ciudadanos ocupados con otros servicios y con otras obras que no sean las de la agricultura». Para la llamada escuela fisiocrática (que algunos llamaron la «secta de los economistas»), la tierra es, por lo tanto, la única fuente de riqueza gracias a su capacidad «milagrosa», y solo el trabajo de la tierra es productivo.

Obviamente, Marx no podía adherirse a esta definición estrecha de trabajo productivo, pero reconoció en Quesnay el gran mérito de haber analizado el circuito económico en términos de clases sociales. El error cometido por Quesnay puede, en cierta medida, explicarse por la realidad de su tiempo. Pero también expresa un sesgo ideológico al querer legitimar la utilidad social del gasto de los ricos. En un borrador de artículo para la Enciclopedia 2/ que permanecerá en el estado de borrador, Quesnay tuvo esta excelente fórmula: «Es necesario dejar a los ricos la libertad de gastos (…) La persona rica que disfruta de su riqueza, la devuelve a la sociedad. ¡No debemos molestar a los ricos en el disfrute de su riqueza o de sus ingresos, ya que es el disfrute de la riqueza lo que da origen y perpetúa la riqueza!» Vemos que la teoría de la escorrentía es… una vuelta a las fuentes.

Un poco más tarde, Quesnay, imagina un diálogo con un hipotético M. H. que sugiere que «es el trabajo del obrero lo que ha producido el valor de mercado de [la] mercancía». Quesnay no está convencido, e insiste nuevamente en las virtudes del consumo de los ricos: «Los ricos son por su disfrute los dispensadores de los gastos con los que pagan a los trabajadores; les harían mucho daño si trabajaran para ganar este gasto, y se lo harían a sí mismos realizando un trabajo penoso que sería para ellos una disminución del disfrute para ellos; porque lo que es penoso es la privación del disfrute satisfactorio. Así, no obtendrían el mayor aumento posible de disfrute por la mayor reducción posible de gasto» 3/. Estamos de acuerdo en que este desarrollo es admirable: los ricos perjudicarían a los trabajadores si se entregasen a un trabajo pesado.

En La riqueza de las naciones, Adam Smith realiza un ataque bastante cáustico a Quesnay: «El sistema que representa el producto de la tierra como la única fuente de ingresos y riqueza de un país por lo que yo sé nunca ha sido adoptado por ninguna nación, y existe ahora solo en Francia, en las especulaciones de un pequeño número de hombres de gran conocimiento y talento distinguido. Seguramente no vale la pena discutir durante mucho tiempo los errores de una teoría que nunca se ha puesto en práctica y que probablemente nunca hará daño en ningún lugar del mundo” 4/. Para él, el error capital de este sistema es, obviamente, presentar a «la clase de artesanos, fabricantes y comerciantes, como totalmente estéril e improductiva” 5/.

La distinción de Adam Smith entre trabajo productivo e improductivo se refiere explícitamente a la teoría del valor: «Existe un tipo de trabajo que se suma al valor del objeto sobre el que se ejerce; Hay otro que no tiene el mismo efecto. El primero, que produce un valor, puede llamarse trabajo productivo; el último trabajo no productivo « 6/. En su mayor parte, el trabajo no productivo es, para Smith, el de los proveedores de servicios, especialmente los empleados domésticos.

Karl Marx discutirá en profundidad el análisis de Smith y propondrá su propia definición de trabajo productivo, de acuerdo con su modelo teórico: «desde el punto de vista capitalista, solo el trabajo que crea un valor agregado es productivo». El trabajo improductivo es en consecuencia definido como trabajo «que no se intercambia por capital” 7/. Una definición similar se encuentra en El Capital: «Ahí [en el capitalismo] el objetivo determinante de la producción es la plusvalía. Por lo tanto, se supone que solo es productivo el trabajador que le da una plusvalía al capitalista o cuyo trabajo fecunda al capital» 8/. Sin embargo, Marx adopta en otra parte una definición más estrecha; por ejemplo, el trabajo en el comercio o el transporte es para él improductivo: «las funciones puras del capital en la esfera de la circulación no producen valor ni plusvalía” 9/.

Este embrollo ha generado una abundante literatura dedicada a la exégesis de los textos, a menudo contradictorios, de Marx sobre esta cuestión. Una de las mejores síntesis se puede encontrar en un artículo antiguo de John Harrison 10/. El autor no es un marxista ortodoxo: para él, querer «mantener un concepto solo porque aparece en los escritos de Marx es reducir el marxismo a un dogma». Y no hay que quejarse: «El intento de Marx de definir científicamente la categoría de trabajo improductivo empleada por el capital fue fundamentalmente mal concebido». La integración de este concepto en el sistema teórico de Marx lleva a muchas inconsistencias: por ejemplo, los llamados trabajadores improductivos no se verían afectados por la explotación.

En su notable discusión sobre esta temática 11/, Christophe Darmangeat finalmente retiene solo una definición estricta de los trabajadores productivos: son «aquellos cuyo salario se paga con la renta» y admite que la importancia de esta distinción en el interior del sector capitalista «ha contribuido a oscurecer el alcance, incluso su misma existencia». La distinción productivo/no productivo no puede, en última instancia, servir de criterio para evaluar la utilidad de los empleos. Sin embargo, Harrison señaló otro problema metodológico, planteando la hipótesis de que Marx definió implícitamente el trabajo improductivo como «superfluo en un sistema de producción hipotético más racional». Es esta pista la que proporciona una base crítica para la noción de utilidad de los trabajos.

El desglose del valor

En su libro, en el que defiende las desventajas del mercado 12/, Roger Bootle introduce una fructífera distinción entre empleos creativos y empleos distributivos, que no es sin relación con la que Marx trató de establecer entre trabajo productivo y trabajo improductivo. Para simplificar, los trabajadores creativos crean valor, mientras que los trabajadores distributivos son empleados para capturar este valor en beneficio de una u otra entidad, en una lógica de competencia generalizada.

Adair Turner ha retomado recientemente esta distinción y habla de empleos de «suma cero» 13/ porque mueven valor sin crearlo. El ejemplo típico es el de las actividades de marketing y publicidad que pretenden convencernos de que «el producto A es mejor que el producto B.» Turner esboza un catálogo a la Prevert de los empleos que clasifica en esta categoría:

  • los ciberdelincuentes y los ciberexpertos empleados para contrarrestar sus ataques;
  • los abogados especializados en divorcios o en derecho de la compensación por accidente, error médico o malversación financiera;
  • los abogados de negocios que protegen los derechos de propiedad intelectual;
  • los contables y los abogados fiscales empleados en la optimización de impuestos, y los funcionarios asignados a su control;
  • los intermediarios financieros y los gestores de activos;
  • los consultores, reguladores financieros y responsables de conformidad (compliance officers);
  • los banqueros de negocios, abogados y altos directivos que administran las finanzas corporativas, a menudo sin creación duradera de valor.
  • los lobistas y comunicadores.

Gerentes, supervisores, anunciantes, consultores: ¿todos inútiles?

Pero, después de todo, estos trabajos de suma cero son útiles porque están adaptados al sistema de la competencia realmente existente. Así que esa categoría solo realmente tiene sentido, como sugirió Harrison, en referencia a otra sociedad que habría reducido esos costos falsos de la competencia. Abre de todos modos una reflexión que puede desarrollarse en varios niveles.

Se podría así incluir en los empleos de suma cero a algunos de los dedicados a la gestión de lo que eufemísticamente se llaman recursos humanos. Sin embargo, los nuevos métodos de gestión conducen a un rápido crecimiento de los puestos de trabajo correspondientes. Este es el punto de partida de las experiencias de las empresas liberadas, de las que la mejor conocida es probablemente Favi. Jean-François Zobrist, el jefe de la empresa y promotor del experimento, basó su proyecto en la observación de una jerarquía hipertrofiada dedicada al control de los productores. A menudo se refiere a un estudio de 2007 que afirma que «las empresas industriales tienen una estructura de costes que se distribuye en un 75% en costes directos y en un 25% en costes indirectos». Por lo tanto, eliminó la jerarquía, así como un gran número de funciones de apoyo que no contribuyen directamente a la producción. El balance de estas experiencias es, sin duda, discutible, pero su punto de partida es el crecimiento, considerado como excesivo, de los empleos de encuadramiento y de control.

[Presentación de Favi por Favi: «FAVI, bajo el liderazgo de su ex Director, Jean-François Zobrist , desarrolló en la década de 1980 una organización centrada en el CLIENTE, donde la estructura desaparece para garantizar una escucha completa de los equipos autónomos y responsables. Una gestión atípica que aboga por la búsqueda permanente del Amor del cliente, la confianza en el Hombre y la innovación . Red. A l’Encontre]

En la muy seria Harvard Business Review, dos economistas especializados en gestión intentaron cuantificar esta inflación jerárquica 14/. Localizaron 24 millones de gerentes, gestores y otros supervisores en los Estados Unidos, o sea el 18% del empleo (y casi el 30% de la masa salarial). Tomando como referencia a las empresas más parsimoniosas, llegaron a la conclusión de que este número podría reducirse a la mitad. También consideraron que la mitad de las reuniones internas, a las que los otros asalariados dedican aproximadamente el 16% de su tiempo, son una pérdida de tiempo, lo que equivale a casi 9 millones de empleos de tiempo completo. En total son 21.4 millones de empleados que «sin su culpa, crean poco o ningún valor económico».

Esta es una explicación de la paradoja de Robert Solow. A nivel de taller u oficina, los trabajadores/trabajadoras (y los consultores) observan muy concretamente el crecimiento de la productividad, pero como señaló Robert Solow hace 30 años, ello no se ve en las estadísticas macroeconómicas. Esta evaporación podría así explicarse porque la productividad percibida se evalúa solo en relación con los trabajos creativos, mientras se olvidan los trabajos distributivos.

El valor social del empleo

Otro tema digno de mención es la relación entre utilidad social y remuneración. Este es el nuevo camino explorado por tres investigadores de la New Economic Foundation, basado en una evaluación del valor social de varias profesiones 15/. Utilizan la metodología denominada «retorno social de la inversión» (Social Returns on Investment) desarrollado por la Oficina del Gabinete británico 16/. Se trata de evaluar el desempeño de cada profesión comparando lo que aporta a la sociedad y lo que le cuesta. Es cierto que el método es cuestionable porque se basa en el supuesto de que uno puede monetizar los efectos útiles -o dañinos-, de diferentes actividades. Pero se implementa de manera razonada y el mensaje que entrega es esclarecedor.

Entre las seis profesiones examinadas, dos pueden contrastarse aquí, en los dos polos de la escala social: por un lado, un trabajador de reciclaje y, por otro lado, un banquero de negocios. La primera reduce la contaminación y trata los residuos. En cada caso, se propone una valoración: por ejemplo, el CO2 ahorrado se valora en 51 libras por tonelada, tomando la estimación del informe Stern. Resultado: el producto social de este trabajador, pagado 13.650 libras, está evaluado en 151.152 libras. La relación entre su valor social y su salario es, por lo tanto, de 11 a 1.

El balance de los banqueros de la City es, por otra parte, francamente negativo. Por supuesto, crean valor que se puede medir por la contribución del sector al PIB y a las finanzas públicas; pero destruyen mucho más, debido a la crisis financiera que ayudaron a provocar. En total, «mientras ganan entre £500.000 y £10 millones, los banqueros de la City destruyen 7 libras de valor social por cada libra de valor creado».

Este método de evaluación es cuestionable, pero permite probar la intuición según la cual los salarios asociados a los diversos tipos de empleo no están relacionados con su utilidad social. Se podrían multiplicar los ejemplos: así, un ingeniero proveniente de una gran escuela ganará dos o tres veces más en el sector privado para desarrollar tecnologías más o menos inútiles que en la investigación fundamental.

Empleos de mierda y empleos estúpidos

Roger Bootle se arriesga a una conjetura bastante divertida para explicar por qué los intermediarios financieros merecenganar tanto: «su trabajo es tan embrutecedor que sólo el dinero puede justificarlo, y es necesario que se lleven un montón para aliviar sus sufrimientos». Probablemente es también por esta razón que su remuneración se llama eufemísticamente compensación. Esta sugerencia, por supuesto, evoca los análisis mordaces de David Graeber. En su libro Bullshit Jobs 17/, propone el concepto de trabajos estúpidos que definen como «una forma de empleo remunerado que es tan completamente inútil, superflua o perjudicial que ni siquiera el asalariado puede justificar su existencia».

Graeber, sin embargo, introduce una distinción conceptual entre estos trabajos estúpidos (bullshit jobs) y los trabajos de mierda: «Ahora tenemos que abordar otra distinción fundamental: entre los trabajos que no tienen sentido y los que son simplemente trabajos sucios. Llamaré a los segundos trabajos de mierda, como se hace comúnmente. Evoco esta cuestión solo porque es muy común que los confundamos, y es extraño, porque no se parecen en nada. Incluso se podría decir que son diametralmente opuestos. Los trabajos estúpidos a menudo están muy bien pagados y ofrecen excelentes condiciones de trabajo, pero no sirven para nada. Los trabajos de mierda, en su mayor parte, consisten en tareas que son necesarias e indiscutiblemente beneficiosas para la sociedad; solo que los que están a su cargo están mal pagados y mal tratados».

Aquí encontramos la pala de Bootle que, por lo tanto, proporcionaría así un apoyo socio-psicológico para la clase de trabajo estúpido: solo una buena compensación los haría aceptables, ya que son inútiles. Y también existe la idea de una desconexión entre el valor social de los empleos y su salario: los empleos estúpidos son «indiscutiblemente beneficiosos para la sociedad» pero están mal pagados. Esta es la pregunta que ya planteó Keynes: «¿Durante cuánto tiempo será necesario pagar a los hombres de la City de forma tan desproporcionada con lo que otros ganan por servicios no menos útiles o penosos que realizan para la sociedad?» 18/.

¿Quién crea valor?

Está claro que los trabajos útiles y los productivos son dos categorías que no se superponen. Detrás de estas tipologías, encontramos el problema del valor. Para usar la tabla de lectura marxista, un trabajo es útil cuando produce un valor de uso; es productivo si aumenta el valor de cambio de los bienes. Por ejemplo, el trabajo de los funcionarios públicos es útil, pero no productivo en el sentido que Marx da a este término.

Este punto de vista, sin embargo, ha sido discutido por Jean-Marie Harribey 19/, quien argumenta que hay dos formas de validar el trabajo: «hay un segundo espacio de validación del trabajo colectivo y, por lo tanto, aplicando la definición general de Marx, un segundo espacio de creación de valor, que tiene la asombrosa peculiaridad de estar destinado no al capital sino a la sociedad en su conjunto. La gran diferencia con la validación social del trabajo necesario para producir una mercancía es que el que menciono no proviene del mercado sino de la decisión política de responder a las necesidades sociales y de dedicar recursos materiales (inversión) y fuerzas de trabajo. Si estas se encuentran disponibles, al lado del producto monetario mercantil se agrega un producto monetario que no mercantil” 20/. Para Harribey, el trabajo de los funcionarios públicos crea un «valor monetario no mercantil»: son, en este sentido, productivos.

Se puede criticar esta teorización 21/, pero hay que reconocer que este debate es en gran parte casuístico: nadie niega utilidad social de los funcionarios, independientemente de que creen o no «valor monetario». Sin embargo, esta discusión tiene el mérito de plantear la cuestión de los métodos de validación del trabajo: en el caso de los empleos públicos, reenvía claramente a las opciones políticas. Queda por entender cómo se validan los empleos en el sector mercantil. Para los economistas dominantes, es la magia de los mercados libres lo que opera: los puestos de trabajo se crean de acuerdo con la combinación óptima de las elecciones realizadas por un lado por los consumidores, por el otro por los productores. Pero no todos los consumidores son iguales y la validación de los empleos está condicionada por la distribución de la demanda social y, por lo tanto, de los ingresos. Por eso, como hemos visto con Quesnay, los precursores de la teoría moderna de la escorrentíacomenzaron con una apología del consumo de los ricos.

Empleo y consumo de los ricos

Por tanto, debemos regresar, esta vez a Thomas Malthus, porque revela los verdaderos fundamentos de teorizaciones muy contemporáneas. Malthus desea el bien de la humanidad: «Es muy deseable que las clases trabajadoras estén bien pagadas, por una razón mucho más importante que todas las consideraciones relacionadas con la riqueza; quiero decir, por la felicidad de la gran masa de la sociedad «, dice con la mano en el corazón.

Desafortunadamente, eso no es posible, ya que no todas las demandas se pueden aceptar: «Si cada trabajador consumiera el doble del trigo que consume ahora, tal aumento de la demanda, lejos de fomentar la riqueza, haría probablemente abandonar el cultivo de muchas tierras y provocaría una gran disminución del comercio interno y externo» 22/.

Para evitar los terribles efectos de un aumento en los salarios, Malthus se hace el abogado de los ricos y de su función social: consiste en proporcionar puestos de trabajo para los necesitados. Malthus es, por lo tanto, el promotor de una teoría interesante que demuestra la necesidad de una clase de consumidores improductivos para crear empleos, pero más bien de los empleos domésticos, como explica en su estilo inimitable: «Los sirvientes son agentes sin los cuales las clases media y alta no podrían usar sus recursos para el beneficio de la industria… Notemos además que los servicios personales, domésticos o puramente intelectuales, pagados voluntariamente, se distinguen esencialmente del trabajo necesario para la producción. Se les paga sobre la renta y no sobre el capital: no tienen ninguna tendencia a aumentar los gastos de producción y a reducir las ganancias» 23/.

La untuosidad hipócrita del pastor Malthus obviamente atraerá la ira de Marx, incluso si no niega la realidad de los fenómenos. Los progresos de la productividad hacen posible «emplear progresivamente a una parte considerable de la clase obrera en servicios improductivos, y reproducir, en particular, en una proporción cada vez mayor, bajo el nombre de la clase doméstica, compuesta de lacayos, cocheros, cocineros, sirvientas, etc., a los antiguos esclavos domésticos». Esta acumulación de riqueza entre los ricos «da a luz a nuevas necesidades de lujo con nuevos medios para satisfacerlas (…) En otras palabras, la producción de lujo aumenta « 24/.

Un siglo y medio nos separa de estas referencias académicas. ¿Pero cómo no ver su actualidad? Basta, por ejemplo, aproximar Malthus a André Gorz en un atajo vertiginoso. En un artículo de 1990, Gorz escribió: «Durante las dos o tres o cuatro horas pasadas cortando el pasto, paseando al perro, comprando y limpiando, comprando el periódico o cuidando a los niños, estas horas se transfieren, contra pago, a un proveedor de servicios. No hace nada que cualquiera no pueda hacer por sí mismo también. Simplemente, libera dos o cuatro horas de tiempo permitiendo comprarle dos o cuatro horas de su tiempo (…) Comprar el tiempo de alguien para aumentar sus propios ocios o su comodidad, no es otra cosa, en efecto, que comprar el trabajo de sirviente (…) Pero, ¿quién tiene interés, quién tiene los medios para pagar los beneficios de los nuevos sirvientes? «25/.

Y si regresamos a Malthus, recurrimos al mismo análisis: «No hay nadie que, con un ingreso de quinientas libras o más, consienta en tener casas, ricos muebles, ropa, caballos y vehículos, si uno tiene que barrer sus propios apartamentos, cepillarse y lavar sus muebles y ropas, preparar sus propios caballos, finalmente cocinar y vigilar la despensa». Además, estos servicios presentan, una vez más, el beneficio adicional de no tener «ninguna tendencia a aumentar los costos de producción y disminuir los beneficio” 26/.

Un último retorno a Gorz hace posible cerrar el círculo: «El desarrollo de servicios personales, por lo tanto, solo es posible en un contexto de creciente desigualdad social, donde una parte de la población monopoliza las actividades bien remuneradas y obliga a otra parte a asumir el papel de sirviente « 27/.

Consumo de los ricos y empleo

Por lo tanto, la continuidad es clara entre las teorizaciones de Malthus y la realidad del capitalismo contemporáneo, en el que los empleos de unas y unos dependen de la riqueza de los demás. Por eso debemos preguntarnos «¿quién trabaja para quién?» Al igual que lo hicieron tres sociólogos en 1979 que demostraron, en particular, que «el consumo de bienes de lujo, que se refiere, en mayor o menor medida, a una familia de cada dos, moviliza a uno de cada diez trabajadores” 28/.

En línea con este trabajo, realizamos un pequeño ejercicio de comparación entre los trabajos de servicios personales y la participación en el ingreso nacional del 10% más rico 29/. De hecho, se ha establecido que ellos son los que se benefician ante todo de las ventajas fiscales vinculadas a este tipo de empleo: «La mitad más modesta de la población se benefició en 2012 de solo el 6,6% del total de estos gastos fiscales, mientras que el decil más rico se benefició con más del 43,5% del subsidio fiscal total « 30/.

Desde finales de la década de 1990, el número de asalariadas y asalariados del sector, así como el número total de horas de trabajo, aumentaron regularmente hasta la entrada en crisis, que llevó a una disminución. Pero encontramos un perfil similar para el 10% más rico. Una simple ecuación econométrica valida esta correlación: los empleos de servicios personales dependen de la fortuna de los más ricos.

Ya hemos mencionado 31/ este sorprendente ejemplo del reinicio del astillero de La Ciotat (ciudad portuaria próxima a Marsella, ndt), ahora dedicado al mantenimiento de yates de lujo. El artículo terminaba con una frase del Papa Francisco criticando la «confianza bruta e ingenua en la bondad de los que detentan el poder económico y en los mecanismos sacralizados del sistema económico dominante» 32/, que está en la base de la teoría de la filtración.

Una pequeña fábula ecológica y social

Puesto que se acerca el final del año, reproducimos aquí, como conclusión, una fábula escrita durante las vacaciones de Navidad de 2007. Su punto de partida es la observación de que los ricos, en promedio, contaminan más. Eso es cierto a nivel mundial 33/, pero también dentro de un país como Francia. Los cálculos del INSEE muestran así que: «El 20% de los hogares más ricos inducen, a través de sus compras, el 29% de las emisiones de CO2, mientras que el 20% de los más modestos inducen solo el 11%» 34/.

Imaginemos un país que produce y consume solo automóviles. Esta sociedad está compuesta por 80 asalariados/as y 20 rentistas. Cada rentista percibe un ingreso que es el doble que el de un asalariado/a. Lo dedica a la compra de un 4×4 que es dos veces más caro de producir y dos veces más contaminante que cada uno de los 80 coches que consumen las y los 80 asalariadas. Imaginemos ahora una especie de cumbre de Grenelle (referencia a los Acuerdos suscritos entre el gobierno Pompidou, las organizaciones patronales y los sindicatos, que tuvieron lugar en Grenelle, barrio del suroeste de París, y que supusieron el final del movimiento huelguístico de mayo del 68 en Francia, ndt) [alusión a la Grenelle del medio ambiente que comenzó en 2007] que reduce a la mitad los ingresos de los rentistas, de modo que no pueden comprar más que automóviles normales, como los asalariados.

Hagamos las cuentas: el PIB, que ascendía a 120 (dado que el 4×4 contaba el doble), cae a 100. Por tanto, hay un decrecimiento del 20%. El tiempo de trabajo de las asalariadas se reduce en la misma proporción, pero su número no ha cambiado. Y como los 4×4 eran dos veces más contaminantes, las emisiones totales de CO2 también se redujeron en un 20%. La única diferencia radica en la distribución de los ingresos: la proporción de los salarios aumenta del 66,6% (80 de 120) al 80% (80 de 100) y la de los rentistas disminuye en contrapartida.

Esta fábula se inspiró en las reacciones muy hostiles de Angela Merkel a una decisión de la Comisión Europea que fijó para 2012 un umbral máximo de emisiones de CO2 para los automóviles. Como la industria automovilística alemana está especializada en sedanes de lujo muy grandes (más contaminantes), se ha considerado que esta medida estuvo dirigida a la industria alemana. Es por eso que esta fábula imagina un mundo improbable que produce y consume solo automóviles. Obviamente, se pueden hacer estas hipótesis más en conformidad con la realidad. Pero ello no cambiará cualitativamente sus enseñanzas. La primera es que existe un fuerte vínculo entre el modo de consumo y la distribución del ingreso. Al modificar este último, podemos eliminar algunos de los consumos dañinos: los 4×4 y otros de grandes cilindradas son inútiles socialmente y nefastos ecológicamente.

En cuanto al decrecimiento, no podemos hacer un proyecto sin analizar el contenido social del PIB. En nuestra fábula, la restricción de los ingresos destinados a la compra de los 4×4 lleva al decrecimiento. Pero también habría habido decrecimiento si el salario se hubiera reducido a la mitad: el PIB se habría reducido en un tercio, con una parte salarial cayendo al 50%.

Finalmente, la articulación de las opciones ecológicas y sociales plantea la cuestión de una verdadera democracia. En nuestro ejemplo, tenemos que comparar, por un lado, la libertad de los rentistas para conducir en 4×4 en lugar de un sencillo automóvil y, por otro, el aumento en las emisiones de CO2 que sufre el conjunto de la sociedad. El bienestar no mercantil de menores emisiones de CO2 debería ser internalizado, como dicen los economistas, para que pueda compararse con la satisfacción mercantil de los rentistas. Sin embargo, la democracia actual hace que este tipo de elección sea casi imposible, tan fuerte es la incautación de los poseedores sobre sus formas de expresión.

Imaginemos en fin una Europa sin 4×4, Mercedes, BMW, Porsche, Lexus y otros grandes coches. Los ricos contaminarán menos, al menos en esta forma. Sus frustraciones serán compensadas por un bienestar social y ecológico adicional: menos CO2 y menos tiempo de trabajo. Pero del empleo, ¿qué se dirá? Frente a este tipo de objeción es como medimos la preponderancia de lo que el Papa Francisco llama «confianza burda e ingenua (…) en los mecanismos sacralizados del sistema económico dominante». Si dejamos de producir los bienes y servicios innecesarios, el tiempo dedicado a su producción también sería inútil y podría transformarse en tiempo libre. Pero esto supone una vez más recortar en la misma proporción la parte de las riquezas que corresponde a estos consumos inútiles.

El desafío climático, por tanto, necesita de una profunda transformación del modo de satisfacción de las necesidades sociales. Ello implica desarrollar la oferta de servicios colectivos (salud, educación, etc.) menos voraces en energía, reubicando actividades que reducen los costos de transporte, mejorando la vivienda y los espacios sociales, etc. Como el consumo mercantil a menudo solo es un sustituto de la satisfacción de las necesidades sociales básicas, la extensión del tiempo libre y la provisión de instalaciones comunitarias aparecen como requisitos previos de una transformación de los patrones de consumo. Esta concepción, que puede describirse como materialista, se opone claramente a la denuncia de los consumidores, privados de alternativas reales, y a las soluciones mercantiles ineficientes y socialmente regresivas, como la ecotasa. Pero todo esto, como hemos visto, implica un cambio radical en la distribución de los ingresos.

6/11/2018

http://alencontre.org/laune/economie-politique-quest-ce-quun-emploi-utile.html

Notas

1/ François Quesnay, “Analyse de la formule arithmétique du Tableau Economique”, Journal de l’agriculture, du commerce & des finances, juin 1766, p. 11-41.

2/ François Quesnay, “Hommes”, projet d’article pour l’Encyclopédie, 1757, reproducido en: Revue d’histoire des doctrines économiques et sociales, Vol. 1 (1908), p. 78-79,

3/ François Quesnay, “Dialogue sur les travaux des artisans”, Journal de l’agriculture, novembre 1766 dans Oeuvres économiques et philosophiques, Jules Peelman, Paris, 1888 p. 536-535.

4/ Adam Smith, Recherches sur la nature et les causes de la richesse des nations, Flammarion, tome 2, 1991 [1776], p. 291. (Adam Smith, La riqueza de las naciones, Alianza Editorial, 2011)

5/ ídem, p. 294.

6/ ídem, tome 1, p. 417.

7/ Karl Marx, Teorías sobre la plusvalía. Primera Parte, Crítica, 1977)

8/ Karl Marx, El Capital, Libro 1, tome 2, Ediciones Siglo XXI .

9/ Karl Marx, El Capital, Libro 3, Ediciones Siglo XXI.

10/ John Harrison, “Productive and Unproductive Labour in Marx’s Political Economy”, Bulletin of the Conference of Socialist Economists, Autumn 1973.

11/ Christophe Darmangeat, Le Profit déchiffré. Trois essais d’économie marxiste, Paris, La Ville brûle, 2016 ; ver también esta síntesis del autor: “De quoi le travail productif est-il le nom ?”, Les Possibles n° 15, décembre 2017.

12/ Bootle Roger, The Trouble with Markets. Saving Capitalism from Itself, 2009.

13/ Adair Turner, “Capitalism in the age of robots: work, income and wealth in the 21st-century”, 10 de abril de 2018. Ver también: Adair Turner, “L’économie à somme nulle”, Alternatives économiques, 12 de septiembre de 2018.

14/ Gary Hamel &Michele Zanini, “Excess Management Is Costing the U.S. $3 Trillion Per Year”, Harvard Business Review, September 5, 2016.

15/ Eilis Lawlor, Helen Kersley, Susan Steed, “A Bit Rich. Calculating the real value to society of different professions”, New Economic Foundation, Londres, 2009.

16/ UK Cabinet Office, A Guide to Social Return on Investment, 2012.

17/ David Graeber, Bullshit Jobs, Les Liens qui Libèrent, 2018, p. 43.

18/ John Maynard Keynes, India Currency & Finance,1913, p.192.

19/ Jean-Marie Harribey, La richesse, la valeur et l’inestimable, Les Liens qui Libèrent, 2013.

20/ Jean-Marie Harribey, “Les deux espaces de valorisation en tension”, ContreTemps, 19 de julio de 2016.

21/ Ver por ejemplo: Christophe Darmangeat, “Les fonctionnaires productifs de revenu ?”, ContreTemps, 18 de mayo de 2016 ; Michel Husson, “Comptabilité nationale et valeur non marchande”, note hussonet n°103, 18 de octubre de 2016.

22/ Thomas R. Malthus, Principios de economía política, Fondo de Cultura Económica, 1998.

23/ Ídem,.

24/ Marx, El Capital, Libro 1, Tomo 2, Edictorial Siglo XXI.

25/ André Gorz, “Pourquoi la société salariale a besoin de nouveaux valets”, Le Monde diplomatique, junio 1990, p. 22-23.

26/ Malthus, op. cit., p. 336.

27/ André Gorz, André Gorz, La metamorfosis del trabajo, Editorial Sistema, 1994.

28/ Christian Baudelot, Roger Establet et Jacques Toiser, Qui travaille pour qui ?, François Maspero, 1979.

29/ Michel Husson, “Services à la personne et répartition des revenus”, note hussonet n°129, 19 de octubre de 2018.

30/ Clément Carbonnier, Nathalie Morel, “Etude sur les politiques d’exemptions fiscales et sociales pour les services à la personne”, LIEPP Policy Brief n°38, 2018.

31/ Michel Husson, “L’art d’ignorer les pauvres”, A l’encontre , 13 de mayo de 2017.

32/ François, Exhortation apostolique Evangelii gaudium, 24 de noviembre de 2013, p. 48.

33/ Lucas Chancel et Thomas Piketty, “Carbone et inégalité: de Kyoto à Paris”, Paris School of Economics, noviembre de 2015.

34/ Fabrice Lenglart, Christophe Lesieur, Jean-Louis Pasquier, “Les émissions de CO2 du circuit économique en France”, en : Insee, L’économie française, edición 2010.

Fuente: https://vientosur.info/spip.php?article14372

Juliet Mitchell: “Yo sigo siendo feminista marxista, que es algo que no está de moda”

Conversamos con Juliet Mitchell, psicoanalista y feminista marxista británica, activista durante la segunda ola feminista y autora de Women, the longest revolution. Actualmente, dicta clases en las universidades de Cambridge y Londres.

Juliet Mitchell eligió el viejo teatro The Old Vic para esta conversación. Google Maps indica que la estación más cercana a ese teatro en el sur de Londres es Waterloo, como la batalla en la que Napoleón fue derrotado por el Duque de Wellington. A Mitchell le da gracia la pregunta sobre el nombre y menciona el intento frustrado de cambiarlo. En 2018, toda la zona que rodea el teatro sigue llevando el sello de la vieja superioridad imperial.

Nació en Nueva Zelanda, pero desde muy chica vive en Inglaterra. Aunque tiene casi 80 años, sigue dando clases en la Universidad de Londres y en Cambridge, donde fundó el Centro de Estudios de Género. La segunda ola feminista la encontró en la Universidad de Leeds y Reading cuando comenzó a dictar clases. Fue parte del puñado de estudiantes y profesoras que convocaron a la primera Conferencia Nacional del Movimiento de Liberación de las Mujeres en el Ruskin College de Oxford, junto con las historiadoras Sheila Rowbotham, Anna Davin y Catherine Hall. La conferencia contó con la presencia de 600 mujeres y se discutieron cuatro demandas: igualdad salarial, iguales oportunidades de trabajo y estudio, anticonceptivos gratuitos y derecho al aborto libre y guarderías durante las 24 horas. Esta conferencia sería la primera de diez que concentrarían los debates y definiciones del movimiento.

Aunque comenzó su carrera en Literatura, siguió su camino político y académico por el psicoanálisis, en particular en relación con el feminismo. Además de su activismo feminista, y como parte de ese movimiento, reflexionó sobre los lazos que se desarrollaban entre la lucha contra la opresión y otros movimientos que se rebelaron contra el capitalismo. Autodefinida como feminista marxista, uno de sus (pocos) textos más conocidos nació como artículo para la legendaria New Left Review en 1966, “Women: The Longest Revolution” (Mujeres: la revolución más larga). El ensayo buceaba en diferentes teorías feministas, con el objetivo de rescatar los puntos más agudos de la tendencia socialista, minoritaria pero con una importante presencia en el movimiento feminista. Quizás sin saberlo, compartía algo del camino de Lise Vogel que también buscaba retomar el análisis marxista para enriquecer el punto de vista feminista, cuya máxima expresión fue Marxismo y la opresión de la mujer: hacia una teoría unitaria (1983).

Feminismos, ayer y hoy

Desde los primeros intercambios, habla de su trabajo sobre las relaciones entre hermanos y hermanas, que en inglés se mencionan con una palabra sin género: siblings, porque considera que son poco exploradas. Y aunque aclara que no conoce los debates en todos los países, sabe del movimiento por el aborto legal que sacudió a nuestro país durante 2018, y hace muchas preguntas para intentar captar algo de su alcance. El inicio de la conversación se da por la situación actual del feminismo y el movimiento de mujeres.

Creo que el feminismo siempre ha sido un movimiento de protesta combinado y heterogéneo, y tenemos que aceptar que es así, en lugar de restringir lo que yo creo que es el feminismo para mí. Por el ejemplo, el Me Too es algo combinado, tengo críticas, creo que fue en gran medida individualista, tanto los varones defendiéndose a ellos mismos como las mujeres acusándolos, cuando era algo que necesitaba colectivo (las mujeres deberían haberse organizado como grupo, y la gente podría presentar lo que le había pasado y tomar decisiones colectivas, eso sería lo negativo para mí. Sin embargo, creo que fue algo muy valiente. La denuncia que se hizo contra Kavanaugh [el juez acusado nominado a la Corte Suprema de EE. UU. de abuso sexual] me parece muy buena […] Creo que tenemos que buscar los aspectos positivos de lo que hacen las mujeres, lo que no quiere decir que no hagamos críticas, desde nuestras perspectivas.

Aparece rápido en la conversación la comparación entre la segunda ola feminista en los años 1970 –que buscaba conquistar derechos– y este momento en el que, después años de ampliación de derechos –con una mayor presencia de las mujeres en casi todos los ámbitos, incluso con mujeres en posiciones de poder–, los movimientos que se desarrollaron –como Ni Una Menos de Argentina o Me Too en EE. UU.–, renovaron las fuerzas del movimiento de mujeres, pero con una matriz de carácter defensivo (violencia, femicidios, abusos). Mitchell reconoce un elemento similar a otros momentos históricos,

Creo que siempre existe un momento antifeminista después de un movimiento tan expansivo [se refiere a la segunda ola]. Por ejemplo, cuando hicimos el centro de estudios género en Cambridge, era un momento contra el feminismo. En ese momento dijimos, “ya no se puede pelear en el valle, porque ahí solo es discusión contra el antifeminismo, el debate se vuelve repetitivo y ya no es dinámico”, y entonces pensamos qué hacemos mientras pasa este momento, cómo debatimos, y como estábamos en Cambridge, empezamos a pensar otra agenda y creamos un programa sobre las mujeres. […] En ese momento cambiamos el nombre del centro a estudios de género porque en ese momento, la historiadora Joan W. Scott había escrito el artículo “El género: una categoría útil para el análisis histórico” (American Historical Review, 1986), y no podíamos usar “mujer” como una categoría para analizar los procesos. Ella después cambió de opinión, pero nosotras seguimos pensamos que género es una categoría útil.
Creo que ahora estamos en una posición diferente, creo que esta posición defensiva porque es contra algo que no afrontamos correctamente antes…

Esta reflexión no es aislada. De hecho existen innumerables discusiones en los momentos de cambio, como el que vivimos, especialmente alrededor de la violencia machista, los abusos sexuales, incluso las violaciones, que en otros momentos de la historia estuvieron naturalizados en diferentes grados. Es un proceso muy contradictorio, donde el Estado, las clases dominantes y los medios de comunicación no son neutrales, toman aspectos del discurso feminista en general o el “sentido común” igualitario de esta época. En este semanario hemos recorrido el debate que abrieron los escraches en Argentina o las denuncias que motorizaron el Me Too.

Acerca de este momento, ella reafirma que a pesar de que se pueda definir como defensivo, ve que el machismo está expuesto y “no es posible volver atrás”. Justamente, esta idea de que es imposible “volver atrás” es lo que deja en evidencia las contradicciones de un escenario en el que existen derechos formales, producto de décadas de movilizaciones y concesiones que se vieron obligadas a dar las clases dominantes, y persisten la violencia y la opresión. A la vez, solo una parte de las mujeres (u otros sectores oprimidos) puede acceder a ellos, mientras para la mayoría, materialmente, sigue siendo muy difícil. Juliet Mitchell comenta que muchas mujeres, “siguen teniendo miedo de los hombres, nadie dice que no podés usar esos derechos”. Y puede existir un componente de miedo, pero el mayor contraste existe entre la convicción de muchas mujeres que creen (y han escuchado durante años) que la igualdad es un hecho, pero en la “vida real” esa igualdad está muy condicionada por la pertenencia de clase, por el lugar donde viven, las medidas de austeridad o medidas de ajuste de los gobiernos. Y la violencia machista, que persiste, es uno de los ejemplos más crudos de esa contradicción, porque se sigue reproduciendo incluso cuando existen tantos derechos como nunca antes. Ante este panorama, conversamos sobre un ejemplo cotidiano, la posibilidad de romper una relación en la que una mujer ya no quiere estar. Si las mujeres no tienen trabajo o tienen una vivienda, ese derecho es un poco un papel mojado, ¿cómo podrían divorciarse?

Claro, no pueden sobrevivir. Claro, tampoco existe la paridad salarial acá [en el Reino Unido], en algunos casos las mujeres llegan a cobrar el 60 % del salario de un varón, cambia mucho según el trabajo. Por ejemplo, ahora en mi facultad hay una pelea para que las trabajadoras de limpieza cobren lo mismo que sus compañeros porque están divididos en el trabajo dentro y fuera del edificio. Me recuerda a la lucha por la ley de paridad salarial de 1968, de las trabajadoras de Ford, que estaban relegadas a los trabajos menos calificados (…) Las cosas cambiaron desde la segunda ola feminista, ha habido muchas conquistas, y de alguna forma creo que hay que ver incluso en este momento defensivo un aspecto de “conquista”, porque se puede mostrar [lo conquistado], es de lo que se trata hacer un balance. Y, espero que no pero, te dicen “no empieces análisis de clase”, “no empieces con el análisis de género”… Que no son lo mismo, pueden estar mezclados pero hay que pensar a través de los dos, no solo a través de uno de ellos. Para el marxismo, creo que de lo que se trata es de pensarlo dialécticamente, materialmente.

Feministas, discursos e ideas

“Yo sigo siendo una feminista marxista, como vos, que es algo que no está de moda en esta parte del mundo”, subraya Juliet Mitchell, cuando habla de algo que repetirá en otros momentos, que es la poca presencia de las corrientes marxistas en el movimiento feminista británico.

Trabajo y vivo en Cambridge, donde puse en pie un centro género, es una universidad muy clasista, tanto Oxford como Cambridge son universidades de clase. Mis amigas y amigos siempre están preocupados por la diversidad, dicen, “Debemos tener más estudiantes negros, más estudiantes LGBT”; pero no se puede tener diversidad sin un análisis de clase para empezar. Por ejemplo hay un rumor de que en Oxford ingresaron más estudiantes negros y descubrieron que la mayoría eran “príncipes nigerianos”. ¿Qué quiero decir? Que eran varones, de clases altas y provenientes de la educación privada.

La anécdota lleva la conversación a cómo las democracias capitalistas utilizaron el discurso de la diversidad que, en parte mostraba conquistas de las personas LGBT como derechos civiles y la pelea contra muchos prejuicios, pero a la vez era utilizado muy hábilmente para invisibilizar otras diferencias, que se hunden en el corazón mismo de una sociedad organizada alrededor de la explotación del trabajo asalariado y la división en clases. La referencia a la descripción que hizo la filósofa y feminista estadounidense Nancy Fraser, con el nombre de “neoliberalismo progresista”, es casi inevitable. Pero rápidamente la charla encuentra otro cauce y va hacia Brasil que, para Mitchell, es junto al avance de la ultraderecha en Europa uno de los desafíos urgentes para el feminismo y el marxismo:

Creo que necesitamos un nuevo análisis, frente este nuevo ascenso del fascismo y el lugar de las mujeres en ese discurso. Por ejemplo, pienso en dos amigas que fueron a la embajada de Brasil a votar, fue algo intimidante: había un grupo de mujeres protestando y un grupo de hombres con remeras estampadas con armas, les gritaban cosas como “Putas, váyanse de acá” […] En Brasil creo que se movilizaron 4 millones de mujeres, pero hay mujeres también oponiéndose a eso; siempre existe esa dinámica, siempre hay antimujeres entre las mujeres. Creo que es algo para analizar. Como marxistas creo que nos tenemos que preguntar cuál es la relación entre el fascismo del capitalismo tardío y el ataque a las mujeres…

Esa reflexión también podría plantearse en el sentido inverso y sería válido. Es el caso de las movilizaciones de mujeres que sirvieron como canal de un descontento mucho más amplio que las “agendas” o las demandas que originan esas movilizaciones. Un ejemplo es la Marcha de Mujeres contra Donald Trump, cuando recién asumía la presidencia en Estados Unidos, o la propia movilización en Argentina contra la violencia machista o por el derecho al aborto legal que, en diferentes momentos, mezcló diferentes elementos que las hicieron masivas. Esto fue parte de la reflexión que abrimos luego de las marchas masivas el 8M de 2017.

Volvemos momentáneamente a la comparación de los momentos históricos y reflexiona sobre los discursos y las ideologías con más peso en el feminismo,

No creo que estemos retrocediendo, creo que está pasando otra cosa, que es un momento diferente. Y definitivamente tiene que ver con el movimiento de mujeres, con el feminismo, y es muy bueno que haya espacio para corrientes feministas marxistas, es muy alentador. Acá [en el Reino Unido] no hay corrientes feministas marxistas, el movimiento está bastante hegemonizado por las teorías queer… Por supuesto, existen intereses y demandas más que legítimas.

Esto dispara un cuestionario rápido y recíproco sobre las corrientes políticas y perspectivas, especialmente sobre el peso de las visiones que realizan críticas certeras a las políticas identitarias o el discurso del feminismo liberal y sin embargo, con una radicalidad aparente, abandonan la exigencia de derechos democráticos en el capitalismo y la lucha por transformar de raíz el orden social, lo cual desemboca inevitablemente en salidas individualistas.

Sí, ese es un punto muy interesante, y además muchas corrientes así como el posmodernismo terminan en visiones políticamente anarquistas, que creo que Marx que tenía razón cuando señalaba al anarquismo como la otra cara de una misma moneda con respecto a la burguesía. Lo mismo ocurre con el individualismo, como te decía al principio, una de mis preocupaciones con el movimiento Me Too que es muy individualista. Una vez que entrás en el individualismo, pocas cosas buenas pasan. En un sentido, el sujeto del feminismo, que son las mujeres, desaparece para convertirse en individuos. Existe esta idea de “Me quiero aislar”, bueno hacé lo que quieras […] Creo que tenemos que ser capaces de lograr cambios en las instituciones, en el sentido de lo que sucede en Argentina donde quieren cambiar la ley sobre el derecho al aborto. Tiene que ver con eso y también con qué balance o relación de fuerzas hay detrás de esas instituciones…

“Creo que hay algo de fuerza en esta posición defensiva, hay algo positivo. Porque es una fuerza que unifica”, señala Mitchell volviendo al problema de los motores de los movimientos actuales. Y aunque compartimos la visión de que son movimientos que tienen la potencia de desnudar la desigualdad y la persistencia de la violencia, volvemos sobre el problema de empezar desde un punto de demasiado bajo. Ante esto, Mitchell responde que, “Claro, cuando hablo de lo positivo del momento defensivo, me refiero sobre todo a una cuestión de análisis”.

Como psicoanalista, Mitchell trabajó sobre muchos temas relacionados con la sexualidad femenina, la maternidad y el lugar de las mujeres en la familia. La mayoría de sus trabajos son previos a la crisis actual de la reproducción social a un nivel sistémico en el capitalismo, sin embargo sostiene que,

El capitalismo idealiza la maternidad, por un lado, y la hace imposible, por el otro. Y ahora esa combinación idealización-imposibilidad es cada vez más fuerte, por ejemplo acá [en el Reino Unido] es cada vez más difícil para más y más mujeres convertirse en madres, cada vez crece más la brecha entre ricos y pobres. Y simplemente es imposible, pero a la vez la maternidad es el único lugar donde se les permite capacidad de acción o elección a las mujeres. Es decir, son sujetos de elección en la maternidad y en ningún otro lugar. Pero no se dan las condiciones para que puedas realizar esa capacidad de elegir […] La socialización del cuidado y la crianza de niñas y niños es muy buena, en comparación con una familia aislada. No puedo estar más a favor de los jardines de infantes. Y el sistema de Bowbly [se refiere al psicoanalista John Bowbly, creador de la teoría del apego para la crianza, N. de R.] era un sinsentido de la segunda posguerra [cuando existió una política fuerte para que las mujeres regresaran hogar después de haber ingresado masivamente en la fuerza laboral por falta de mano de obra masculina, N. de R.]. Yo crecí en la guerra, ninguno de nosotros tenía a su mamá en casa, todas trabajaban, y estábamos bien, crecíamos juntos. Creo que una instancia colectiva es esencial para niñas y niños. La maternidad, en cambio, se construye de forma aislada y ese es el problema, no es que haya algún problema en ser madre. La maternidad no fue siempre algo aislado, en las sociedades basadas en la agricultura no era algo aislado. Desde el siglo XX se fue aislando, centrada en algo individual, y a eso se suma, otra vez, que no existen condiciones para una maternidad aislada, es un ideal inalcanzable, que en realidad no es un ideal. Insisto mucho en la colectivización de la crianza, es parte de mi visión marxista. El gran problema de las mujeres siempre ha sido el aislamiento. Y el único lugar donde se les permite ser sujeto es la maternidad, que es una ocupación de 24 horas y completamente aislada.

Cuando estamos cerca de terminar la conversación y el bar del teatro Old Vic se llena de gente y crece el murmullo, conversamos su ensayo de mediados de los años 1960, The Longest Revolution, y la vigencia o no de una de las ideas que desarrolla alrededor de la “conciencia feminista”:

Creo, entonces, que necesitamos desarrollar nuestra conciencia feminista al máximo, y al mismo tiempo transformarla mediante un análisis socialista científico de nuestra opresión. Los dos procesos deben avanzar de forma simultánea –la conciencia feminista no se desarrollará “naturalmente” en socialista, ni debería hacerlo: ambas coexisten y deben trabajarse juntas. Si solo desarrollamos la conciencia feminista… lo que conseguiremos es, no una conciencia política, sino el equivalente al chauvinismo nacional de las naciones del tercer mundo o el economicismo entre las organizaciones obreras; una mirada que se ve a sí misma, que solo ve el funcionamiento interno de un segmento; los intereses de ese segmento. La conciencia política responde a todas las formas de opresión.

¿Sigue pensando así?

Sí, sigo pensándolo. Sí, absolutamente. Pero sobre la cuestión de por qué hay más ataques a las mujeres, creo que hay pensarlo en este momento, que es diferente […] No es que toda opresión sea parte de la misma opresión, pero hay que observarlo en su tiempo, y los tiempos son diferentes. Y el lugar de las mujeres en esta situación las pone en un lugar de vanguardia en la lucha de la opresión, porque están en un lugar de “vanguardia” al ser atacadas. Y no es que eso sea más importante que otra cosa en ningún sentido, pero políticamente, creo que las mujeres están en una posición estratégica importante en este momento […] Y eso era diferente en el momento que escribí ese texto, a mediados de los años 1960 y no estábamos en una situación así, más bien una gran parte del país atravesaba un momento bastante liberador […] Por qué hoy hay un retroceso en el derecho al aborto, en los derechos de las mujeres. Creo que siempre por debajo de la idealización, como la que el capitalismo construye alrededor de las mujeres y la maternidad, hay un ataque tanto a la maternidad como al derecho al aborto, porque lo que está bajo ataque es el derecho de las mujeres a decidir.

Fuente: http://www.laizquierdadiario.com/Yo-sigo-siendo-feminista-marxista-que-es-algo-que-no-esta-de-moda?utm_content=buffer50540&utm_medium=social&utm_source=twitter.com&utm_campaign=buffer