La peligrosa legitimación del “fascismo social”

El triunfo de Jair Bolsonaro en Brasil evidenció las limitaciones de los gobiernos populistas latinoamericanos. Podría marcar el inicio de un ciclo social regresivo y un retroceso democrático.

Por Maristella Svampa *

Debates me consulta sobre cómo los gobiernos del Partido de los Trabajadores derivaron en un fenómeno como el de Bolsonaro en Brasil y las consecuencias de que este “agotamiento” de los progresismos latinoamericanos en la región derive en regímenes de extrema derecha.

Voy a hablar primero de la dimensión más política del fenómeno. Siempre digo que los populismos latinoamericanos, que suelen ser progresistas, estatalistas, nacionalistas, son muy ambivalentes . Por un lado, desarrollan políticas de inclusión para con los más desfavorecidos; por el otro, hacen un pacto con el gran capital.

En este marco, se desarrolla una retórica de guerra, avalada por la oposición. Este encasillamiento de la realidad en dos bandos opuestos implicó una tremenda polarización y simplificación del espacio político, que vivimos hasta hoy. Del lado de los progresismos, la polarización produjo una exacerbación de las hipótesis conspirativas: al final todo terminaba siendo culpa del “imperio”, de la derecha o de los grandes medios de comunicación. Toda crítica desde la izquierda ecologista, indígena o clasista era “funcional” a los sectores más concentrados. Lo peor es que no hubo posibilidad de que emergieran nuevas opciones en el campo de la centroizquierda, lo que se agravó con los años, al calor del proceso de concentración del poder en los líderes o lideresas progresistas.

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Desde el PT al kirchnerismo, nadie quería competencia en su espacio ideológico, y las nuevas opciones de centro izquierda fueron incapaces de derribar el muro. En el caso del kirchnerismo fue claro: Cristina Fernández eligió como opositor-estrella a Macri, cuando éste estaba lejos de tener chances electorales a nivel nacional. Tampoco hubo lugar para la autocrítica sobre el declive de los progresismos.

Desde los sectores de derecha observamos la demonización de las experiencias progresistas, que hacia el fin de ciclo fueron caracterizadas como “populismos irresponsables”, culpables de haber desperdiciado la bonanza económica asociada al boom de los commodities; y reducidos a una pura matriz de corrupción, frente a escándalos como el Lava Jato en Brasil y los que ya se filtraban en Argentina.

La peligrosa legitimación del “fascismo social”

La derecha se vio beneficiada por la polarización, porque con los años los oficialismos progresistas fueron revelando con claridad sus limitaciones, sus déficits y también sus perversiones. Al calor de la crisis económica, fueron licuando su capital político. Al calor de los hechos de corrupción, perdieron credibilidad. Se fueron convirtiendo en regímenes de dominación tradicional.

El fin de ciclo dejó al rey desnudo: al contrario de lo que se pensaba inicialmente, no era tan cierto que la región latinoamericana iba a contramano del resto del planeta. No era tan cierto que se hubieran reducido las desigualdades en América Latina, en realidad, más bien se redujo la pobreza, se aumentó el salario de los trabajadores en blanco, se amplió el consumo, pero todo esto siempre en forma aleatoria y volátil, dependiente de los ciclos económicos. Tampoco hubo reforma tributaria, no se tocaron los intereses de los más poderosos.

Dinámicas de democratización

Hubo, ciertamente, dinámicas de democratización específica. Por ejemplo, el PT impulsó el ingreso de los jóvenes negros y pobres a la universidad pública. Democratizó y “plebeyizó” el sistema universitario. El kirchnerismo amplió los derechos de las llamadas minorías sexuales, incrementó el presupuesto para la educación pública y amplió la jubilación, por ejemplo. Pero por otro lado, tanto el PT como el kirchnerismo pactaron con el gran capital extractivo y, en el caso del PT, también con el financiero. Nunca como antes los sectores concentrados hicieron negocios tan fabulosos. Al final del ciclo, se probaría que en realidad los pobres eran un poco menos pobres, pero los ricos se habían hecho aún más ricos.

Por otra parte, los hechos de corrupción revelaron una trama muy oscura de sobreprecios, de cuentas offshore, de enriquecimientos escandalosos, un sistema a gran escala.

La crisis del sistema democrático en Brasil, de la mano de las delaciones que implicó la caída de la clase política y empresarial, nos devuelve un escenario de descomposición. Aunque no esté probado que Lula se haya quedado con un departamento, y Dilma está lejos de estar implicada directamente en algún hecho de corrupción (ciertamente su desplazamiento fue un golpe de Estado parlamentario), ambos resultan responsables, en tanto máximos representantes del PT y ex jefes de Estado, de haber avalado un sistema de corrupción a gran escala, desde el “Mensalao” (causa por sobornos a parlamentarios a cambio de apoyo político en el Congreso) al Lava Jato (trama de sobreprecios y sobornos de contratistas del Estado a líderes políticos, en especial con fondos de la petrolera estatal Petrobras) junto con el resto de la clase política y empresarial. No se los puede eximir de responsabilidad. Y en eso los oficialismos de izquierda todavía no hicieron la autocrítica.

Temer y Macri se explican en ese escenario de desencanto, de decepción, que refleja una derecha refortalecida, con un lenguaje abiertamente neoempresarial y antipopulista. Una derecha a la que no le tiembla el pulso para reprimir ni para redoblar el ajuste neoliberal y el neoextractivismo en los territorios en disputa. Así, comenzamos a vivir otro clima de época. Los aires progresistas parecen estar cada vez más lejos. Términos que hasta hace poco tiempo parecían expulsados del lenguaje político volvieron a estar en el centro de la agenda. “Mercados, FMI, ajuste, sinceramiento, tarifazos…”.

Ahora bien, hasta ahí tenemos un escenario político más bien latinoamericano, que va diseñando un “consenso antipopulista”, en una lectura lineal, propia de la derecha, que asocia al populismo exclusivamente con la corrupción y el despilfarro.

Y, recordemos, los populismos latinoamericanos del siglo XXI –como dije al principio– no fueron una pura matriz de corrupción, también hubo una dinámica de democratización, ligada a un lenguaje de derechos.

En el plano social

Lo que ocurre con Jair Bolsonaro en Brasil nos pone en alerta, porque de algún modo resitúa a América Latina en el escenario político global, en consonanciacon lo que sucede en los Estados Unidos de Donald Trump, con el populismo de derecha, donde converge la xenofobia, el lenguaje antiderechos, con el nacionalismo de extrema derecha; o como es el caso de algunos países europeos, donde se expanden los partidos de extrema derecha.

Sobre lo social entonces.

Si bien es cierto que hay algo del orden de “lo impensable” en esta emergencia de la ultraderecha, que evidencia la fragilidad de los valores democráticos e instala un clima social regresivo, hay que decir que todo esto se nutre de un fascismo social preexistente. Todo esto no sucede de la noche a la mañana, pero una vez que coagulan ciertas dinámicas sociales regresivas puede verse con claridad que estamos frente a otro escenario, muy distinto al anterior. En este sentido, coincido con lo que afirma el ensayista Alejandro Katz, que aquello que antes no era permitido, que era mal visto, que no podía decirse porque era políticamente incorrecto, que era entendido como un gesto antidemocrático, lo que podemos llamar los peores sentimientos, los más arcaicos y primarios, ahora pueden ser dichos abierta e violentamente.

La honestidad brutal y los peores sentimientos priman por sobre los valores de la tolerancia y el reconocimiento del otro. Ese nuevo clima de época, regresivo y prefascista, está buscando una traducción política. En lo político, y más allá del sentimiento antipetista de las clases medias y altas, Bolsonaro expresa ese llamado social a restablecer los valores morales tradicionales y las jerarquías depuestas.

Esto se liga a la acción sostenida de determinados actores, como por ejemplo las iglesias evangelistas, promotores de una visión tradicional de la familia y las relaciones sexuales, que fueron cruciales para el triunfo de Bolsonaro. En Argentina, estas iglesias junto con los llamados sectores “provida”, fueron fundamentales en las movilizaciones contra la legalización del aborto. En Colombia promovieron el rechazo del acuerdo de paz entre el gobierno y las FARC hace dos años, porque decían que éste impulsaba la “ideología de género”. En Costa Rica hubo un candidato de ultraderecha evangelista y homofóbico que pasó a segunda vuelta, aunque felizmente no ganó.

Odio y desprecio

Este fascismo social manifiesta el odio y el desprecio hacia el/la que es diferente, oponiéndose a ciertas dinámicas de democratización, de ampliación de derechos. Desde abajo se expresa en la defensa de la familia tradicional y sus instituciones, en el apoyo a los discursos punitivistas en relación a la inseguridad (antigarantismo).

Desde arriba se combina el llamado de aquellos que defienden una concepción que bien podría entenderse como una actualización de la doctrina de seguridad nacional, con fuerte presencia de los militares, asociada en lo económico al neoliberalismo. Esa fue la fórmula de la dictadura militar brasileña, un capitalismo autoritario y de índole nacionalista. Esto último sin duda va a afectar aún más el mundo de los trabajadores, al cada vez más amplio universo de los pobres y excluidos, así como al de los movimientos que luchan contra el avance del capital extractivo en los territorios. La Amazonía ya es una frontera de muerte.

No se olviden que América Latina es la región del mundo donde se asesinan mayor cantidad de activistas ambientales, y Brasil es desde el 2015 el país que ha venido encabezando el ranking de asesinatos, precisamente en la frontera amazónica. Es de esperar que, con las declaraciones que hizo Bolsonaro –que lo acercan a Trump en su negacionismo en relación al cambio climático– la situación empeore notablemente. Los movimientos campesinos y socioambientales antiextractivistas, las ONG ambientalistas y los defensores de los derechos humanos están muy amenazados: serán abiertamente considerados como un obstáculo “criminal” que se opone al avance del capital.

Durante doce años vivimos la incomodidad de los populismos progresistas. Pero las conductas ligadas al fascismo social no estaban legitimadas. Hoy la situación es de un gran retroceso. No sabemos hasta dónde puede llegar Bolsonaro, pero no hay que olvidar que es un candidato apoyado por los militares, que buscan recuperar su lugar de poder en la sociedad brasileña. En un contexto marcado por nuevos conflictos sociales, mayor desigualdad, creciente desorganización social, discursos punitivos y crisis de los partidos políticos se va abriendo una peligrosa caja de Pandora que va instalando y legitimando conductas fascistizantes, que durante décadas creímos erradicadas. Así, son diferentes los elementos que van articulando este fascismo social con el neoliberalismo económico, en un escenario que parece anunciar los contornos de una posible guerra social destructiva, en donde se juegan las emociones y sentimientos más primarios de la sociedad. El “fascismo social difuso” –del cual nos hablaba ya años atrás Boaventura de Sousa Santos– comienza a encontrar una traducción política más estable. Muy probablemente éste no se manifieste de la misma forma en todas las sociedades, pero lo cierto es que se vienen tiempos de oscuridad.

 

*Socióloga, escritora, licenciada en Filosofía por la Universidad Nacional de Córdoba, doctora en Sociología por la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales (Ehess) de París, investigadora principal del Conicet y profesora titular de la Universidad Nacional de La Plata

Entrevista con Byung-Chul Han: Al capitalismo no le gusta el silencio

Byung-Chul Han, filósofo y profesor de Kulturwissenschaft en la UDK de Berlín, esboza con sus obras La sociedad del cansancio (2010), La sociedad de la transparencia (2012) y La agonía de Eros (2012) un análisis en tres partes de la sociedad contemporánea. En ellos describe de qué manera se está gestando en la actualidad un cambio de paradigma que pasa desapercibido: de una sociedad de la negatividad a una de la positividad, en la que todos tenemos demasiado, en la que todo se ajusta a todo. Han identifica a través de esto las causas del paisaje patológico de nuestro tiempo: depresión, déficit de falta de atención, desgaste profesional (burnout) y trastorno límite de personalidad (borderline). Una sociedad que es un «infierno de lo igual», puesto que todos se asemejan, es una sociedad sin Eros, y es que el Eros sólo puede valer frente al otro en una relación empática. Thomas Ostermeier y Florian Borchmeyer conversan aquí con Byung-Chul Han acerca de la crisis en los sentimientos en el teatro y en la sociedad.

Thomas Ostermeier: ¿Podemos explicar el desencadenado mercado financiero con la codicia?

Byung-Chul Han: El capitalismo no se puede explicar sólo con codicia. Actualmente pienso que la pulsión de muerte también está en acto. Tal vez somos nosotros quienes nos empujamos hacia nuestro fin. Nos destruimos para generar ganancias. Ya no hay renovación. La renovación consiste en dejar que las cosas envejezcan lo más rápido posible. Una maquinaria de destrucción. Hoy todo nace muerto. La guerra surge cuando las fuerzas de producción, debido a la falta de mercados, estallan y se desahogan en formas no-naturales. La guerra destruye de formas no-naturales. El consumo, en cambio, destruye de formas naturales. Consumimos para la paz (risa). Y no únicamente la naturaleza, también nuestra salud mental.

to: …Y la destrucción personal. Lo que usted describe en la Sociedad del cansancio es también la destrucción de la psique del hombre…

b-ch: Sí, y por eso mismo lo digo, es la pulsión de muerte…

Florian Borchmeyer: Tal vez no sea únicamente codicia, sino también deseo. El capitalismo es un sistema que genera deseos que hasta ese momento no existían. Nuevas necesidades y anhelos hacia nuevos productos que antes nadie necesitaba.

b-ch: Eva Illouz vincula el capitalismo con el romanticismo, con un romanticismo consumista. Pero no sé, realmente, en qué medida el capitalismo puede ser romántico. El deseo se relaciona con lo imposible, lo inalcanzable. No es consumible. Al contrario, lo que tiene lugar es la supresión del deseo. ¿Quién anhela hoy amar? Incluso el amor surge de sentimientos consumibles. El capitalismo crea continuamente necesidades de consumo. No existe «un anhelo» por un smartphone. El internet no es tampoco un espacio de deseo.

to: Usted escribe en su libro que el capitalismo no es una religión, porque no garantiza ni perdón ni expiación.

b-ch: Sí, justamente planteo eso, sobre todo respecto a la teoría de Walter Benjamin. Él señala que el capitalismo es un culto, no de la expiación, sino, más bien, de la culpabilización.* Sin embargo, una religión implica esencialmente también el perdón y la expiación. Una religión sin salvación no es una religión. El capitalismo únicamente endeuda. Quizás el hombre se culpabiliza a sí mismo para no ser libre, se crea deudas. Porque quien es libre debe actuar. Generalmente nos referimos a nuestras deudas para no tener que actuar. Cierto, también es Max Weber quien vincula el capitalismo con la posibilidad de la salvación.

to: ¿En qué consistiría la salvación en el capitalismo?

b-ch: No todos se encuentran entre los llamados. E, incluso, no se puede saber si uno pertenece a los llamados; pero, si tengo éxito y acumulo capital, entonces pertenezco a los elegidos.

to: Un calvinismo… Pero el capitalismo no promete una salvación en el más allá, la promete precisamente en esta vida.

to: Pero no de la salvación.

b-ch: Del brillo de la salvación. Si poseo riquezas inconmensurables, surge la ilusión de la omnipotencia y de la inmortalidad. Riquezas: es una bella palabra. Una riqueza inagotable maximizaría el poder y eclipsaría mi propia finitud. ¿En qué consiste la salvación? Esta ilusión debe ser suficientemente fuerte. Y ahí hay una dimensión teológica que no tiene nada que ver con la codicia. En el capitalismo hay varias dimensiones de la pulsión de muerte en juego. ¿Cuánto somos capaces de destruir? Todos lo saben: todo nace muerto.

to: Entonces permitámonos hablar una vez más del amor. En el teatro nos encontramos en una gran crisis, porque ya no somos capaces de narrar sentimientos en el escenario.

b-ch: ¿Por qué son imprescindibles los sentimientos en el teatro?

to: Porque describen situaciones emocionales.

b-ch: Se describen situaciones, luego vienen las emociones, y finalmente surgen los sentimientos. Yo actúo una figura, sin emociones, entonces hago un gesto. Y eso puede conmover al público. Si creo una figura, un gesto, surge a través de ello una narración. Y la narración crea sentimientos. Si lo que le interesa es expresar sentimientos de manera inmediata, directa, entonces tenemos pornografía, como lo señalaría Botho Strauß. El teatro de hoy es pornográfico, le hace falta lo erótico. Los actores son todos psicópatas. Y esto habla de una degradación fundamental del teatro.

to: ¿Y entonces qué debería narrar el teatro?

b-ch: ¡Situaciones, actos!

to: Claro. Pero es una ocasión en la cual (retomemos aquí un viejo concepto, aquel de catarsis) se lleva al público a un momento en el que pueden purificarse emocionalmente, porque han tenido una experiencia emocional; todo a través del seguimiento de una historia.

b-ch: Los sentimientos están siempre codificados. Y el teatro era tal que —incluso en el siglo diecinueve— la sociedad confirmaba siempre los códigos. Y es que, por medio de estos códigos surgen también sentimientos. Los sentimientos son la confirmación de dichos códigos.

fb: Tal vez deberíamos no apegarnos tanto a la narración de sentimientos. Porque los sentimientos no son la temática de la trama, son los motores…

b-ch: ¡Pero es eso lo más interesante!

fb: Un sentimiento no representa en sí mismo una historia, si no estaríamos llegando directamente a la pornografía, por ejemplo, si alguien quisiera hacer una obra de teatro acerca de un sentimiento, una obra sobre el amor, que explicara o representara el amor. Lo que sí son, desde la época de las tragedias griegas, es la fuerza motora de toda historia. Incluso en Antígona los sentimientos no son el tema: son la fuerza motora.

to: El impulso hacia una acción es siempre distinto entre una figura que se desplaza, y, por ejemplo, aquel otro que gustosamente también se desplaza. Así es como una figura comienza a moverse.

fb: Y lo que es provocado, según Aristóteles, es miedo y compasión. Las cuales, nuevamente, son categorías emocionales.

b-ch: Señor Ostermeier, usted dijo: La crisis del teatro contemporáneo consiste en la dificultad que tiene para narrar. ¿Por qué es una crisis actual, antes solía ser distinto?

to: Antes no se excluían los sentimientos, porque existían palabras que les correspondían. Mientras que, para nosotros, como usted lo describe en su libro, el Eros se ha perdido a través de la pérdida del otro.

b-ch: ¿Hoy, entonces, se quedan fuera los sentimientos? ¿Cómo?

to: Al menos en el teatro, sentimientos como la compasión, la tristeza, la empatía, el apego, el compromiso, todos son excluidos, renegados.

fb: … al menos su representación ininterrumpida…

to: La emoción más común que normalmente experimento en una visita al teatro es la agresión. Una agresión frontal ante la cual siempre me pregunto: ¿Por qué me grita alguien de esa forma, así, constantemente? No le he hecho absolutamente nada.

b-ch: Ya, entiendo. Recientemente fui a ver una obra de teatro. Fue demasiado ruidoso. Me incomodó, me sentí acosado. Me fui en la pausa. Yo quisiera, me gustaría más bien un teatro del silencio, donde se susurre. ¿Por qué tanto ruido?

to: Lo mismo pregunto yo mismo constantemente. ¿No sería acaso una prueba, que ya no dispongamos más del entreacto? No porque el teatro esté en crisis, sino, más bien, porque el teatro puede ser tan bueno como la sociedad que refleja. Y una sociedad que es sólo ruido o silencio, obtiene un teatro que sólo es ruido, o bien, deja de existir simplemente. ¿Cómo sería una posible respuesta a esta interrogación en torno a la crisis de los sentimientos?

b-ch: Deberíamos comenzar con una aclaración conceptual. Un sentimiento es distinto a una emoción. Un sentimiento es también distinto a un afecto. En su interrogación, en este respecto, nos encontramos frente a una falta de claridad conceptual. Y necesitamos claridad conceptual para poder discutir. Podemos hablar así del sentimiento de la belleza. En cambio, no podemos hablar de «la emoción o del afecto de la belleza». Se vuelve muy clara la diferencia entre emoción y afecto, por ejemplo, a través de ciertas expresiones. Tener el toque de la pelota (Ballgefühl) en el futbol, por ejemplo. ¿Afecto hacia la pelota (Ballaffekt), emoción de la pelota (Ballemotion)? (Risas). O la sensibilidad lingüística. Un sentimiento es una condición o una capacidad, es algo estático. Y la emoción, en cambio, es siempre un conmover. También una emoción puede provocar una historia, un acto. Podemos, entonces, decir: nos encontramos dentro de una crisis de los sentimientos debido a una coyuntura de los afectos. ¿Me pregunta usted por qué grita la gente así en los escenarios? Porque actúan con afectos, y ya no con sentimientos. Los sentimientos son inter-subjetivos. Los sentimientos fundan una colectividad, la constituyen. Lo que significa que son algo social. Los afectos pueden, por su parte, ser algo asocial, algo alienador, excluyente.

to: ¿Es la ira un afecto o un sentimiento?

b-ch: Depende del contexto. Un afecto no se canta. Narrar sentimientos significa cantar. En el teatro se canta. Para el canto se requiere una estructura narrativa, un espacio narrativo. A esto quiero llegar cuando pregunto qué entendemos por ira. Tomemos menin, la primera palabra de la Iliada.

fb: La narración de la cólera. Canta, oh diosa, la cólera…

b-ch: La primera historia de la cultura europea inicia con la cólera. Menin. Cantar la cólera. Esta cólera cantable no es un mero afecto, sino más bien lo que suscita esta narración es algo que contiene también la dimensión de lo colectivo.

fb: Se cuenta de una cólera, pero de una que emana de la ira individual de Aquiles…

b-ch: ¡Claro!

fb: …la cual, a su vez, cuestiona el sistema social, y, a través de eso, también el mundo de los dioses. Porque la Iliada cuenta la historia de la guerra de Troya desde el inicio hasta el final. La historia comienza cuando la cólera de Aquiles surge. Y, cuando se sosiega la cólera, también termina la historia. De esta manera es la cólera un sentimiento narrativo.

b-ch: Esta cólera se canta, lo que significa: es narrable. En esta historia el problema no es: ¿cómo podemos narrar sentimientos? La historia consiste en la narración de un sentimiento de cólera. Sólo podremos entender la crisis de los sentimientos cuando distingamos los sentimientos de los afectos. Para crear sentimientos, en necesario primero abrir un espacio de resonancia. Los afectos no lo necesitan, son como disparos, se buscan una vía. No despliegan ninguna espacialidad, no construyen.

to: ¿Hay, basándose en su conocimiento de la historia del pensamiento, sentimientos determinados que están desapareciendo? ¿Y otros que se están propagando? O, tal vez, ¿podríamos decir que los sentimientos disminuyen y los afectos aumentan?

b-ch: Creo que los sentimientos son espacialidades que no se pueden consumir. Mientras que las emociones y los afectos pueden hacerse consumibles.

to: (Susurra) ¡Los sentimientos también!

b-ch: Los sentimientos no se pueden consumir. La tristeza no se puede consumir. No hacemos dinero de la tristeza. Hoy hay ciudadanos irritados y olas de indignación. ¿Es esta indignación cólera? La cólera se puede cantar. La indignación no se puede cantar: es ruido en las redes sociales. La indignación es algo subjetivo, alienante.

to: ¿Y qué pasa con los indignados en España?

b-ch: No sólo ellos, también el Occupy Movement terminó en nada.

to: ¿Por qué?

b-ch: Porque el sistema aliena. ¿Cómo puede surgir un «nosotros» en un sistema donde cada uno está para sí mismo? Todo es pasajero.

to: Pero, al mismo tiempo, siempre se dice cómo las empresas hoy intentan, asemejándose a familias, crear lazos. Se trata siempre de vincular emocionalmente a los empleados con la empresa, para que ellos mismos se vuelvan más explotables. Antes un obrero era consciente de que su patrón lo explotaba, pero no tenía otra opción porque tenía cinco hijos. Hoy ocurre un fenómeno completamente diferente, como usted describe en su libro La sociedad del cansancio: la auto-explotación. Y todo comienza cuando uno mismo dice: «Mi empresa, para la que trabajo, es mi familia, mi hogar, y es el lugar donde también he crecido emocionalmente».

b-ch: El capitalismo se ahorra los sentimientos. Si tomara la decisión de comprar algo de manera racional, no compraría mucho. Se necesita movilizar emociones para crear más necesidades.

fb: ¿Emociones, o sentimientos?
b-ch: ¡Emociones! La emoción es un movimiento que me propulsa a ocuparme de él. Las emociones son inestables, la razón es estable.

Puedo mantener mis convicciones, pero las emociones me agitan, y para generar ventas y necesidades el capitalismo necesita más que lo racional. Por eso el capitalismo busca suscitar emociones al nivel del consumo. La publicidad debe alentar emociones, porque sólo lo emocional puede llegar más lejos, más adentro; y así, entonces, uno se deja ser más explotado todavía. El sentimiento de libertad de «tú no trabajas para nadie, optimízate, proyéctate a ti mismo…» sigue la misma lógica de «formo parte de una familia, me desarrollo y me realizo a mí mismo»…

to: …«y me vuelvo responsable de un proyecto»…

b-ch: …O una iniciativa… desde mi parte más personal, interna. Esto, claro está, es mucho más eficiente que una suerte de explotación exterior. Con emociones se pueden colocar cadenas internas, las cuales son peores que las externas.

to: La coyuntura de los afectos a costa de los sentimientos. Me atrevería a lanzar la tesis, a la cual ya ha venido aludiendo: Si perdemos la colectividad, perdemos también los sentimientos.

b-ch: Botho Strauß escribe: «Como cuando escuchamos un sonido plateado, de gracia femenina, casi entonándose a sí mismo, así, tal cual, y, al instante siguiente, de repente, tras un breve intervalo, degenera en un ruido gutural, casi un berrido, algo verdaderamente ordinario. Esta brusca variación en el espectro musical no es un gesto de coloración, es, más bien, un diálogo forzado, violento: obligar a alguien a dejarse conocer». Para Botho Strauß el teatro es un espacio de diálogo, y sólo ahí puede existir el Eros —por medio de este esfuerzo, que no es sino aproximarse al otro—.

to: Ese ha sido mi tema principal en los ensayos los últimos dos años. Porque me topé con él a partir de una gran frustración experimentada frente a la actuación, cuando me dije a mí mismo: «Detente, deja de querer generar sentimientos únicamente desde ti mismo». Antes mirábamos alrededor de nosotros. No sé si antes realmente actuaban entre ellos, al menos se volteaban a ver y compartían una codificación estética. Porque se intentaban conocer entre los actores, entenderse para convencerse. La dirección contemporánea de teatro establece el acuerdo estético fundamental: «Salta-al-frente-y-grítale-al-público». Lo que alguna vez fue un acto revolucionario, hoy se ha convertido en un gesto vacuo, de estética banal, puesto que ya no tiene nada de revolucionario, sino más bien repite un patrón ordinario.

b-ch: Si queremos hablar de sentimientos, deberíamos primero aprender a actuar con los demás. Porque, cuando se actúa con alguien, hay una narración.

to: Precisamente eso busco en mis ensayos. Les digo a los actores: «Dejen de comportarse como trabajadores, ocupados con sus cosas, pensando: es esta la figura que tengo que pintar».

b-ch: El teatro se ha vuelto ruidoso. En un teatro japonés me siento muy bien: el teatro-Nô, el teatro-Kabuki, no me hacen sentir acosado. Me gusta ir al cine. En un teatro me siento acosado por los actores.

to: …Porque la gente que está actuando sólo tiene una intención: hostigarlo. Es una tontería. Un teatro ruidoso es la expresión de una sociedad que ha perdido, como fenómeno colectivo, los sentimientos, y como nosotros queremos suscitar sentimientos en el teatro, para poder provocarlos, recurrimos a los afectos.

b-ch: ¿Provocarlos?
to: Sí, nuestros afectos provocan emociones en la sala.

b-ch: De hecho, los afectos no crean emociones.

to: No, más bien contra-afectos. Los afectos provocan justo eso que usted acaba de mencionar: ¡Es puro ruido! Esa fue su reacción. Y, ¿qué es eso sino un afecto?

b-ch: No: «Fue ruidoso. No hubo nudo narrativo».

BO: ¿«Nudo narrativo»? Es desacreditable.
b-ch: Sólo los nudos narrativos crean sentimientos.

to: ¿Y cómo podría ser eso, en un ambiente teatral, en el cual el discurso dominante es posdramático?

b-ch: ¿Qué significa posdramático?

fb: Estados de ánimo en lugar de acciones…

to: Lo posdramático quiere decir: en un mundo en el cual lo narrativo ya no forma parte de él porque no se identifican más agentes, no me es posible construir eventos dramáticos. Mi experiencia del mundo no es más que una desorientación, y yo no sé quién es responsable de lo que ahí pasa. Y este es el mundo que intento reflejar, y sólo puedo hacerlo de forma posdramática.

b-ch: Pero podría hacerse también un proyecto alternativo.
to: Intento, lleno de dudas, con mi teatro, crear algo que pueda ser un proyecto alternativo.

b-ch: Pero deberíamos no repetir lo que ya hace tiempo se superó, más bien, en lugar de eso, inventar una nueva forma de lo narrativo.

to: Es lo dramático. Es el nudo de una narración lo que crea sentimientos. Para eso, empero, necesito un tratamiento teatral.

b-ch: No sé si la narración tenga que ser siempre teatral.

to: No, no necesariamente. Una novela también puede funcionar así.

fb: Correcto, aunque tal vez deberíamos ir aún más lejos de sólo lo teatral. Usted escribe en La agonía de Eros: «Hoy en día el amor es positivado como una forma más del placer: tiene que producir, ante todo, sentimientos positivos, ya no es un evento, una narración, ya no es más drama, sino, más bien, es emoción y excitación sin consecuencias». Hemos estado aproximándonos hasta ahora al teatro y, sin embargo, parece que es un espejo de lo que ya sucede en nuestra sociedad.

b-ch: El amor es también un acto, una historia. Hoy, sin embargo, el amor adquiere la forma de un cómodo arreglo de sentimientos consumibles. La lealtad no es una emoción, es una acción. Una determinación. La lealtad convierte a la casualidad en destino. Crea algo eterno.

to: La mayor parte de la gente piensa que el amor es un baño de espuma.

b-ch: Un baño cambiante de afectos. Por eso cambiamos todo el tiempo de parejas, porque estamos hambrientos de afectos, de nuevas experiencias afectivas. Así, el amor pierde su estabilidad.

to: ¿Cuál sería su respuesta a la pregunta de la satisfacción de afectos a través del constante cambio de pareja?

b-ch: Esto último nos indica que el amor no es ya ninguna acción. En una carta de Gorz para D., una carta de un filósofo francés a su esposa, se encuentra esta declaración de lealtad: «Aunque ya tienes ochenta y cinco años y te has encogido cinco centímetros, siempre seguirás siendo atractiva». Esta fidelidad es un acto. La fidelidad no surge nada más así como un sentimiento, se lleva a cabo.

to: Pero ahí vienen los afectos, entre todo esto: «¡Oh! ¿De dónde estar segura yo de que este hombre es el hombre a quien yo amo, y con quien consumaré el acto del amor y el acto de la lealtad, y no alguno los otros ocho, alguno de los cuales también podría ser?».

b-ch: Hoy vivimos en una sociedad en la cual los actos ya no son posibles. En una sociedad afectiva yo ya no puedo actuar. Tal vez es la poligamia o esta sociedad del «poli-amor» —una expresión penosa— algo que podría hallarse en el modelo de producción capitalista o neoliberal. La maximización de opciones. Y la maximización de afectos. El modelo de producción económico se refleja también en el ejercicio del amor.

fb: En La agonía de Eros usted escribe: «Hoy en día el otro desaparece». ¿A qué se refiere?

b-ch: En nombre de la libertad hemos suprimido al otro, su negatividad. En nombre de la libertad hemos también eliminado todos los significantes masculinos como Dios o el falo. Narro la historia de un artista japonés que se amputó el falo e hizo que un cocinero lo preparara; y, entonces, invitó por Twitter a todo mundo para que probaran el platillo que habían hecho con su pene. En dicha ocasión realizó un performance y los invitados probaron su falo. Él quería ser libre, independientemente de un género, adquirir otra identidad. Para una tal totalización de la libertad debemos pagar un precio: una ausencia de orientación, una ausencia de vínculos. No tenemos a nadie enfrente, ningún otro. Cada quien está solo frente a sí mismo.

to: Usted hablaba antes del problema de la lealtad. ¿Por qué piensa usted que tanta gente tiene un problema de lealtad en nuestra sociedad?

b-ch: La lealtad y la productividad se excluyen. La deslealtad es la que se preocupa del crecimiento y de la productividad. Pero quiero volver al teatro. Para usted el teatro del futuro es un espacio libre de presiones monetarias. Yo también tengo una idea del teatro del futuro. Sería un teatro del silencio. Y tal vez queremos decir lo mismo. Al capitalismo no le gusta el silencio. •

Traducción de David Luna

* En alemán, «deuda» y «culpa» son la misma palabra, schuld. (N. del E.)

 

Bolsonaro y sus repercusiones en la región

Por Decio Machado / Universidad Nómada Sur

Brasil, país emergente que ha sido referencia en el subcontinente, se ha convertido tras las elecciones del pasado 28 de octubre en el eje sobre el que pivota gran parte de la inestabilidad  política y económica regional.
La nación más grande de Suramérica, con una tasa de homicidios que supera el conjunto de Europa y también de Estados Unidos, decidió, en el marco de una fuerte deslegitimación social de su ecosistema político institucional, votar por el antipetismo plasmado en la figura de una nueva derecha que se manifiesta como alternativa pese a sus cánones sumamente conservadores en el sentido moral y neoliberales en lo referente a sus planteamientos económicos.
El fenómeno puede ser extensible a otros países de América Latina en la medida en que el subcontinente ostenta la nada envidiable distinción de ser la región más violenta del mundo, con 23,9 homicidios por cada 100.000 habitantes, comparado con 9,4 de África, 4,4 de América del Norte, 2,9 de Europa y 2,7 de Asia.
Hablamos de un territorio que concentra apenas el 8% de la población mundial pero el 37% de los homicidios que acontecen en el planeta, donde están ocho de los diez países más violentos a nivel global y 42 del ranking de las 50 ciudades más inseguras del globo terráqueo. En ese contexto, las expresiones políticas de “mano dura” contra la violencia, tal y como lo que representa Bolsonaro, pueden imponerse ante conceptos anteriormente aceptados respecto a la inviolabilidad de la integridad física y los derechos ciudadanos.
En paralelo, tres de cada cuatro ciudadanos latinoamericanos manifiesta -según diversos estudios de alcance regional- escasa o nula confianza en sus respectivos gobiernos y alrededor del 80 por ciento de la sociedad es consciente de que la corrupción esta extendida en las instituciones públicas de la región. El sistema de partidos políticos está actualmente altamente desprestigiado, las clases vulnerables -sectores recién salidos de la pobreza- y las clases medias más consolidadas no sienten que sus reclamos sean adecuadamente canalizados ni por sus gobiernos ni por las formaciones políticas de viejo cuño, a la par que la mayoría de la gente no tiene fe en el futuro. En resumen, la desconfianza ciudadana es cada vez mayor y está conllevando a una fuerte desconexión entre sociedad y la estructura del Estado, lo que pone en jaque la cohesión social y debilita el “hipotético” contrato social existente.
Así las cosas, el terreno esta abonado para la configuración de nuevas fuerzas políticas que se posicionen como antisistémicas frente a los partidos convencionales, incluyendo entre ellos a las candidaturas progresistas que durante el pasado ciclo político no pusieron en cuestión ni el modelo de acumulación heredado, ni al status quo existente al interior de nuestras sociedades, ni el modelo para la toma de decisiones al interior del Estado. En paralelo, se reposiciona socialmente -en sociedades asediadas por el crimen y la violencia- el imaginario de que para acabar con la delincuencia es necesario que haya “mano dura” por parte de las autoridades, reconfigurándose las tácticas militarizadas como las herramientas proclives para asegurar una gestión exitosa en la seguridad ciudadana.
Pero más allá de un posible “efecto contagio” en la región y contrario a las lógicas emanadas por líderes como Lula, Chávez o Correa, el actual presidente electo de Brasil no manifiesta inicialmente mayor pretensión respecto a convertirse en un figura de liderazgo regional.
Más allá de su confrontación ideológica con gobiernos como Cuba, Venezuela e incluso Bolivia, países a los que Bolsonaro considera que “no agregan valor económico y tecnológico a Brasil”, el futuro mandatario brasileño ha manifestado interés por acercarse a países desarrollados de fuera de la región con el fin de reimpulsar el comercio exterior del gigante suramericano. Dicha posición posiblemente termine de sepultar los ya semi-moribundos procesos de integración regional: Celac, Unasur e incluso el propio Mercosur. El primer destino que aparece en su agenda internacional es Chile, donde será recibido por Sebastián Piñera, y que parece indicar un cambio en la preferencia de sus alianzas comerciales en la región, antes priorizadas con Argentina que es el tercer país que más importa de Brasil; también visitará Estados Unidos con el fin de entrevistarse con Donald Trump, líder por el cual Bolsonaro ha manifestado “gran admiración”; y en tercer lugar Israel, país en el cual pretende trasladar su embajada desde Tel Aviv a la ciudad de Jerusalem, siguiendo las presiones internas recibidas desde sectores evangélicos y pentecostistas.
China, principal socio comercial de Brasil en estos últimos años -con un monto de 75.000 millones de dólares en comercio bilateral durante el ejercicio 2017 (20,3 por ciento del comercio exterior brasileño)- se mantiene a la expectativa respecto a los iniciales movimientos de Jair Bolsonaro, quien ha descrito al coloso asiático como «un depredador que busca dominar las áreas económicas clave de su país y la región”. Pese a ello, Beijing confía en que las relaciones comerciales con Brasil sigan siendo prósperas y en prueba de buena voluntad tituló al editorial del día después del triunfo de Bolsanaro en el China Daily, periódico controlado por el Partido Comunista Chino, “No hay razones para que el Trump tropical interrumpa las relaciones con China”. En dicho texto, la burocracia gubernamental asiática manifestaba: “apreciamos la sincera esperanza de que cuando asuma el liderazgo de la octava economía más grande del mundo, Bolsonaro mirará de manera objetiva y racional el estado de las relaciones China-Brasil”. En todo caso y más allá de su posible alineamiento geopolítico con los intereses de Estados Unidos a nivel global, preocupa sobre manera en Beijing -por su posible efecto cascada- que devendrá del viaje a Taiwan pre-programado por Bolsonaro para el mes de marzo.
Por otro lado, las continuas referencias neonacionalistas expresadas por Jair Bolsonaro durante la reciente campaña electoral vendrían a indicar una tendencia a la revisión de lo que han sido las políticas impulsadas desde Itamaraty durante las últimas décadas. Su lema “Brasil por encima de todo, Dios por encima de todos” se asemeja bastante al “America First” de Donald Trump, y pese a que la política exterior esta minimizada tanto en el discurso como en el programa electoral del actual presidente electo, Bolsonaro defiende en la práctica un cierre de fronteras respecto a políticas migratorias pero una mayor apertura comercial con base en la reducción de aranceles y barreras no arancelarias, así como la firma de acuerdos bilaterales de comercio país a país y no integrados al interior del Mercosur.
Según Luiz Philippe de Orléans e Brangaça, uno de los pocos nombres que aparecen como posibles titulares de la Cartera de Relaciones Exteriores en el futuro gabinete de ministros de Bolsonaro: “Brasil está abierto a los negocios pero cerrado a la influencia (…) Tenemos que cerrarnos a la influencia de Naciones Unidas, de China y de los grandes bloques negociadores de la Unión Europea que tienen a Brasil en sus agendas”.
Así las cosas, incluso en la Alianza del Pacífico, bloque de países de economías abiertas compuesto por países de clara tendencia conservadora, se manifiesta inquietud respecto al impacto en la región del “nuevo” Brasil que presidirá Bolsonaro a partir del 1 de enero del próximo año.
Fuente: Revista La Brecha / Uruguay

Entrevista a Franco “Bifo” Berardi: Fascismo senil y algoritmo financiero.

por Diego Sztulwark

Con casi una decena de libros publicados en castellano, Bifo, lejos de ser un autor desconocido en Sudamérica, se ha convertido en una estimada fuente de inspiración. Para quienes no lo conocen, este filósofo activista de Bolonia, que bordea los 70 años, es un autor prolífico cuya obra es publicada en la Argentina con mucho interés por varias editoriales (Cruce, Tinta Limón, Cactus, Hethk, Caja Negra) desde hace años. Bifo es una de las figuras paradigmáticas del joven movimiento del autonomismo italiano (también conocido como movimiento operario): fue uno de los protagonistas del Movimiento italiano de 1968 –en Italia se prolongó hasta 1977–, fundó la histórica revista A/traverso y la mítica Radio Alice (primera radio pirata italiana). Traducido por pequeñas editoriales y blogs –nodos de auténticas redes de prácticas activas en el ámbito de la pedagogía o de la militancia, del teatro y el cine–, leído por hakers y psicoanalistas, comunicadores y filósofos de la técnica, sus ideas no dejan de ser utilizadas y puestas en conexión con situaciones diversas. Durante algunos años vivió en Nueva York, donde conoció de cerca el movimiento cyberpunk y fue el artífice de TV Orfeo, la primera televisión comunitaria de Italia. Actualmente se desempeña como profesor de historia social de los medios en la Academia de Bellas Artes de Brera, Milán.

En esta conversación hemos querido conocer algo más del método de la plasticidad o “cartográfico” –heredado de Félix Guattari–, y de cómo fue evolucionando ese modo de trabajo, tomando principalmente como puntos de referencia sus obras publicadas en la Argentina: Generación post AlfaFélixDe la SublevaciónEl trabajo del Alma y Fenomenología del fin. En sus palabras, el método “rizomático” consiste en hacer la cartografía viva y nunca totalizable de la composición social. ¿Cómo leer a Bifo hoy, desde nuestras circunstancias? ¿Qué nos enseña su modo de trabajo a la hora de abordar unas prácticas situadas en la particular coyuntura histórica de la región –el neoliberalismo sin crisis de Chile, los límites del llamado progresismo en Uruguay, el neoliberalismo de manual de un Durán Barba, clave para comprender la situación política argentina, y el tecno-fascismo emergente en Brasil–? ¿Cómo ligar la actualización del método cartográfico a la incorporación cotidiana de nuevas generaciones de activistas en diferentes colectivos, organizaciones y movimientos que investigan y experimentan el más allá del neoliberalismo, el racismo, el patriarcado y el fascismo? ¿Cómo evitar la nocividad de simplificaciones relativas al deseo -ese “flujo psíquico que se activa y se desactiva, y que se modifica por efecto de las condiciones culturales, técnicas, sociales entre las cuales se mueven los flujos del imaginario”–, clave en la fuerza de estos movimientos?

Félix Guattari y el método de la plasticidad

Diego Sztulwark: ¿Cómo fue tu relación con Félix Guattari? ¿Cómo se conocieron? ¿Cómo lo recordás? Me refiero a sus aspectos biográficos, a rasgos de su amistad o del compañerismo que tuvieron.

Franco Berardi: A Félix lo conocí leyendo su libro, Una tomba per Edipo. Psicoanalisi et trasversalità (publicado en castellano por Siglo XXI bajo el título Psicoanálisis y transversalidad, Buenos Aires, 1976), que me impresionó mucho, y lo encontré personalmente en junio de 1977, cuando me había escapado de Italia después de la insurrección boloñesa de marzo del mismo año. Félix estaba muy entusiasmado con los acontecimientos italianos de ese año. Su obra comenzaba a circular, en especial en Bolonia, y la explosión de locura feliz de los “indianos” metropolitanos y de Radio Alice estaba influida por la lectura de El Antiedipo.

Llegué a París en mayo de 1977, después de cruzar clandestinamente la frontera entre Italia y Francia. Durante las primeras semanas, unos amigos me hospedaron en una casa de la Avenue de la République. Félix fue muy amistoso conmigo desde el primer momento; en junio le hice un llamado telefónico y él de inmediato me invitó a alojarme en su casa de la rue de Condé, cerca de Odéon. Viví en ese lugar, una casa laberíntica con muebles de varios estilos mezclados entre sí, con visitas continuas de intelectuales, de artistas, de activistas.

En julio, me arrestaron en París mientras caminaba por la calle. Los jueces italianos me buscaban por la organización de la revuelta estudiantil de marzo y le habían pedido a la magistratura francesa mi extradición a Italia, donde 300 de mis compañeros y gran parte del equipo de Radio Alice ya estaban encarcelados. Durante mi detención en la prisión de Fresnes, en las afueras de París, Félix armó con sus amigos una solicitud por el rechazo a la extradición, y fue firmada por numerosos escritores. En el proceso, el juez me liberó reconociendo el carácter político de las acusaciones. Algunos días después de esto, Félix y yo escribimos un texto de denuncia de la represión en Italia que fue firmado por Sartre, Sollers, Foucault, Barthes y muchas otras personas, lo que produjo un efecto muy fuerte en la opinión de la izquierda italiana.

Félix era un hombre simpático, generoso, que parecía siempre un poco distraído, como alguien que siempre está pensando en otra cosa. Si bien tenía muchos años más que yo, nunca he sentido a Félix como a un padre, sino siempre como a un hermano.

D.S.: En tu artículo “Depresión Félix” te referís a su muerte y señalás un aspecto de la filosofía de Guattari y Deleuze sobre el deseo. Si entendí bien, afirmás que hubo en El Antiedipo una concepción utópica-juvenil del deseo, corregida luego en ¿Qué es la filosofía? ¿Podrías explicar cómo fue esa “depresión” de Félix desde el ángulo de su concepción del activismo? En tu texto ligás la concepción del deseo como “vejez” (esta segunda posición de nuestros filósofos) con la sabiduría budista sobre la impermanencia de las formas. Me gustaría mucho saber cómo pensás esta reorganización del deseo.

F.B.: La lectura de El Antiedipo, para mí y para miles de estudiantes y activistas del movimiento autónomo italiano, hizo crecer la convicción en que el proceso revolucionario estuviera destinado a expandirse y continuar en el tiempo, porque se fundaba sobre una dinámica del deseo que parecía imparable. El problema es que nuestra interpretación del concepto de deseo era muy simple. Entendámonos, no estoy hablando de la complejidad real del texto, de lo que Guattari y Deleuze entendían en sus escritos, y de las complicaciones ligadas a la relación entre lacanismo y nueva práctica psicoanalítica. No. Quiero limitarme solo a una reflexión sobre el efecto político de nuestra lectura. A partir de 1977, mientras estaba en París viviendo en casa de Félix, participé de la actividad del CINEL (Centre d’Initiative pour de Nouveaux Espaces de Liberté), donde cumplía una función de enlace entre el movimiento italiano y el laboratorio filosófico parisino. Pero debo confesar que no estoy contento del modo como se desarrolló esa función. La atención teórica se concentraba sobre el concepto del deseo, y el deseo aparecía como una fuerza incontenible que solo esperaba ser desencadenada para luego arrollar a toda forma de represión y explotación.

Se trataba de una visión simplista sobre el plano filosófico, y políticamente peligrosa. Era simplista porque reducía el deseo a una fuerza natural, naturalmente buena y progresiva. No es así: el deseo no es una fuerza natural sino un flujo psíquico que se activa y se desactiva, y que se modifica por efecto de las condiciones culturales, técnicas, sociales entre las cuales se mueven los flujos del imaginario. Lo que creo haber entendido es que el deseo no es una fuerza unívoca liberadora o positiva, sino que es el campo sobre el que se forman las fuerzas subjetivas, donde chocan, y vencen, y pierden sus batallas. El punto de partida del discurso guattariano consiste en la afirmación de que el deseo no es una falta, y que su dinámica no es la de la necesidad, pero sí la de la creación de mundos imaginativos. Pero la modalidad en que esta dinámica se manifiesta y los contenidos imaginativos que el deseo produce pueden ser muy diversos.

A partir de 1977, las modalidades de formación del campo deseante cambiaron drásticamente. Los flujos autónomos, igualitarios, que en los años 70 se habían manifestado bajo la forma de autonomía social, fueron investidos y transformados hacia un sentido individualista y competitivo en los años siguientes, en los años de la contrarrevolución liberal. Esta evolución ya había sido prevista y desarrollada en la década de 1970 por Jean Baudrillard. Pero Baudrillard era visto con una cierta sospecha en el ambiente guattariano. Yo leí sus libros en los primeros años 80, justamente cuando comenzaba a desplegarse la transformación social y técnica que identifica al liberalismo. Y mi visión del lazo entre deseo y procesos de subjetivación comenzó a cambiar.

La visión triunfalista del deseo, la acentuación del carácter liberador de la energía deseante, nos impidió por mucho tiempo elaborar un discurso sobre la depresión. En efecto, el tema de la depresión queda al margen de la reflexión guattariana, aun cuando Félix sufrió de depresión en varias ocasiones, sobre todo en los años invernales, en los años 80.

 

 

 

 

 

 

 

 

D.S.: Hay una relación intensa y cambiante de Félix Guattari con el psicoanálisis, en particular con el lacaniano, con el que estuvo muy ligado. ¿Cómo fue su relación con Lacan? ¿Qué podemos decir hoy del esquizoanálisis y cómo actualizarías las diferencias entre ambas orientaciones analíticas?

F.B.: Debo confesarte que yo no conocía a Lacan antes de encontrar a Félix, por lo cual mi sucesiva lectura del mismo ha sido influida por la crítica guattariana. No sé mucho sobre la relación de Félix con Lacan. Cuando lo conocí, en 1977, esta relación ya hacía un tiempo que había terminado, y creo que nunca hemos hablado de Lacan. Por entonces, atravesábamos un momento intensamente político y nos abocábamos a cuestiones vinculadas a la campaña contra la represión en Italia, a la petición firmada por los intelectuales parisinos contra la política represiva, que convocaba a un coloquio internacional a realizarse en septiembre en Bolonia.

Félix mismo eligió a las personas a quienes pedir su firma y la adhesión. Es significativo el hecho de que la petición no fuera firmada por Lacan, pero creo que se debió a que Guattari había decidido no contactarlo. ¿En qué consiste la crítica de Guattari-Deleuze al lacanismo? Es una pregunta compleja. Para responderla, sugiero la referencia a un artículo que Guattari publicó en 1972, en la revista Change International, “Machine et Structure” (“Máquina y estructura”, artículo incluido en el ya citado Psicoanálisis y transversalidad). En ese artículo, Guattari manifiesta su insatisfacción por la reducción lacaniana del inconsciente a estructura, y propone trasladar la atención a la máquina, o sea a la concatenación técnica y semiótica que modifica el campo en el cual actúa el inconsciente.

Nunca entendí bien cómo fue la relación personal que Félix tuvo con Lacan después de esta ruptura filosófica. Lo que me parece decisivo, en el plano de la relación psicoanalítica, es que en Guattari el rol del analista está mucho más volcado a refocalizar que a interpretar. La refocalización, o sea el desplazamiento práctico del foco de la atención y de la inversión, es una acción que concierne a la relación entre la persona y su ambiente comunicativo, afectivo, su paisaje social. De este modo, Guattari se alejaba del predominio freudiano de la función interpretativa, para proponer el esquizoanálisis, que consiste en una refocalización del paisaje, de las proyecciones, de las mismas obsesiones y de los mismos delirios del sujeto del esquizoanálisis. El esquizoanálisis propone seguir lo esquizo en su recorrido psicótico para hacer posible, desde el interior del delirio, el encuentro de nuevas posibles concatenaciones que permitan la salida de los retornos obsesivos, y encontrar por esa vía retornos colectivos felices, capaces de sostener la dinámica de la caósmosis.[1]

El problema de fondo, sin embargo, está en el hecho de que desde los años 80 en adelante, el territorio imaginario cambia de modo dramático. En las condiciones creadas por la nueva tecnología reticular y por la explosión del liberalismo, la movilización psíquica –continuamente solicitada por las nuevas formas del capital, por la estimulación permanente de la publicidad, por el asedio mediático– condujo a la actual desestructuración pánica de la producción del inconsciente. En el universo de la sobrestimulación, el problema del esquizoanálisis también se redefine.

El pensamiento deseante nace en los años 1969 y 1970 como cuestionamiento a una dimensión de la existencia colectiva que, según la crítica de los situacionistas, se encuentra dominada por el aburrimiento (boredom). La mutación técnica producida por el neoliberalismo y por las redes desplaza esta dimensión social del aburrimiento hacia una prevalencia de la ansiedad. El cuadro psicopatológico cambia de modo tan radical que el triunfalismo deseante, que en un primer momento encontramos en el Antiedipo, terminó por convertirse en una fuerza útil para la desregulación liberal y para el hiperconsumismo. En sus últimas obras, particularmente en ¿Qué es la filosofía? y en Caósmosis, Deleuze y Guattari comienzan a hablar de la faz caótica y dolorosa del deseo. El texto más actual en este sentido es el último capítulo de su último libro: “Del caos al cerebro”. La problemática del caos, del sufrimiento psíquico que eso lleva consigo, las estrategias de relación con el caos abren una nueva fase en el pensamiento de Deleuze y Guattari, aun cuando esa fase terminaría pronto, ya que Félix muere en 1992, y Deleuze pocos años después.

D.S.: En cuanto a las posiciones de Guattari en política ¿cómo evolucionó su marxismo desde un punto de vista activista o militante?

F.B.: Guattari formó parte de un grupo trotskista durante los años posteriores a 1968, pero debemos tener en cuenta que la definición de trotskista en Francia era muy amplia e imprecisa: una manera de decir marxista no ortodoxo, comunista no stalinista. También Baudrillard, tan diferente de Guattari, había sido trotskista en la década de 1960, lo cual no dice demasiado con respecto a su formación filosófica.

El marxismo de Guattari no tenía un carácter reducible al abanico de los marxismos ortodoxos, leninista, maoísta, trotskista, consejista. Para él, como para Deleuze, no se trataba de determinar una versión correcta o una aplicación actualizada del pensamiento de Marx, sino de conceptualizar la dimensión de la subjetividad que falta en su obra.

Das Kapital finaliza con un capítulo inconcluso, del que Marx escribió solo el título (“Las clases”) y unas pocas líneas. Es el capítulo 52 nunca escrito, en el cual Marx hubiera debido elaborar la cuestión de la clase no solo como objeto económico, sino también como sujeto político, histórico. Marx no desarrolló este concepto que permanece como un agujero en la textura general de su pensamiento.

En el vacío de este agujero se desarrolla la historia del movimiento revolucionario y el pasaje desde la Primera a la Segunda Internacional. Subsistió por un lado una interpretación más determinista, la de Engels y de la socialdemocracia alemana, y por otro una concepción más voluntarista que se manifiesta con la formación del partido bolchevique de Lenin. En el primer caso, la clase obrera es el efecto de la transformación productiva industrial, y su maduración política coincide con el desarrollo de las fuerzas productivas, con la concentración creciente del capital y también con la masificación del trabajo industrial. En el segundo caso, el concepto de clase obrera implica la relación hegeliana entre an sich y fur sich, es decir, entre la dimensión objetiva del trabajo, la materialidad de las relaciones económicas, y la dimensión subjetiva: conciencia política de los trabajadores, mediada por el partido e incorporada en el partido.

El pensamiento de Deleuze y Guattari se puede situar en el interior de la esfera del marxismo como una reconfiguración del problema de la subjetividad, detrás de la alternativa entre determinismo económico y voluntarismo político. La subjetividad deja de ser algo económicamente determinado, como tampoco un puro efecto de la voluntad política. Se comienza a entender la dimensión subjetiva como algo concreto pero no determinado. La lucha de clases también tiene que comprender el deseo, lo que significa el inconsciente social, el sufrimiento psíquico y las concatenaciones de enunciación. Guattari nunca se planteó el problema de establecer una nueva ortodoxia marxista, solo se propuso ilustrar los procesos de subjetivación que transforman la condición objetiva de las fuerzas sociales en actores de enunciación colectiva.

 

D.S.: En sus últimos años, Guattari pasa de la idea de transversalidad a la de “metamodelización”. Quizás esta intuición práctica y teórica resuma mucho de su camino. ¿Qué es la metamodelización? ¿Qué importancia tiene hoy para las prácticas según tu criterio?

F.B.: Me parece que el concepto de metamodelización tiene algo que ver con lo que Gregory Bateson expone en su ensayo sobre la esquizofrenia, Pasos hacia una ecología de la mente (Lohlé-Lumen, Buenos Aires, 1998). El esquizoanálisis, dice Félix, no consiste en imitar al esquizofrénico, sino en salir (como lo hace el esquizo) de las fronteras del sentido, del significado establecido, para ampliar la visión, para acceder a la dimensión a-significante como posibilidad de recontextualización de la psicosis y de la normalidad, y de la relación entre psicosis y normalidad.

Bateson dice que el esquizofrénico no reconoce las comillas de la metáfora, y la toma como la realidad. En este sentido, el esquizo es un metamodelizador. El trabajo del esquizoanálisis consiste en esto: tomar en serio la metáfora, ampliar el territorio de la significación, hasta implicar y comprender lo a-significante. Metamodelizar significa trascender la dimensión modelizada (lo que está comprensible en el interior del campo del significado) para comprender lo que no pertenece al significado. Metamodelización, entonces, es una ampliación del cuadro analítico que permite, como dice Guattari en Caósmosis, recargar la significación.

D.S.: En tu trabajo Fenomenología del fin, hacés referencia a un “método rizomático” o cartográfico ¿Cómo es, cómo funciona y para qué sirve en tu práctica actual?

F.B.: Rizomático o cartográfico, ambos términos van juntos. No hay otro modo de hablar del rizoma que no sea cartográfico, es decir, que no sea una fenomenología infinita del rizoma que es irreducible a una totalización.

D.S.: De nuevo, pensando en Guattari y también en vos, ¿qué papel juega la tradición del obrerismo italiano en el pensamiento de cada uno de ustedes? Es muy diferente, lo sabemos, pero quizás puedas contar brevemente cómo es en cada uno. De Guattari conocemos su amistad y su colaboración con Toni Negri. Un poco lo que cuenta François Dosse en Gilles Deleuze y Félix Guattari. Biografía cruzada.

F.B.: El encuentro de lo que se conoce como obrerismo italiano y lo que se conoce como postestructuralismo francés no es solo un acontecimiento biográfico o meramente político. Hay una convergencia filosófica que tiene que ser investigada. Desde 1977, muchos intelectuales italianos huyeron a Francia, y la red de sostenimiento que Guattari había construido con sus colaboradores (CINEL, Centre d’Initiative pour de Nouveaux Espaces de Liberté), en esta coyuntura, ha sido importante para el desarrollo de un discurso teórico común. Pero lo que me interesa subrayar es la metodología común que para mí se identifica a través del concepto de “composición social”.

El pensamiento obrerista y el postestructuralista convergen en la común atención al proceso molecular (para decirlo con las palabras de Guattari) y a la cotidianidad y espontaneidad del rechazo del trabajo. La lucha de clases es ante todo un proceso vinculado a la composición social, técnica, cultural. Y psíquica –esta es la contribución específica de Guattari–. La subjetividad es el territorio de convergencia de los flujos que proceden del campo de la economía, de la cultura, del inconsciente.

D.S.: Para entender este encuentro entre el llamado postestructuralismo francés (Deleuze, Guattari, Foucault) y el obrerismo italiano es necesario volver sobre los diferentes modos de leer a Marx que habías mencionado.

F.B.: Tenemos que retomar lo que decía antes: durante el siglo XX se definen dos grandes direcciones a partir de la obra de Marx. La primera es la tradición humanista, historicista, que se encuentra en pensadores como los de la Escuela de Frankfurt. Esta tradición enfatiza las obras juveniles de Marx, aun involucradas en una visión teleológica y hegeliana. La segunda es la tradición estructuralista que resalta la dimensión económica de la lucha obrera, y se refiere sobre todo a la obra fundamental, Das Kapital.

Pero hay una tercera posibilidad de interpretación del pensamiento marxiano, que emerge después del 68 y de la publicación de la obra menos conocida, Grundrisse, en particular el “Fragmento sobre las máquinas”. En este texto, Marx se focaliza sobre la cuestión del cambio técnico, de sus efectos en la esfera de la subjetividad obrera, y de la disminución del tiempo de trabajo necesario –liberación del tiempo de vida social desde la esclavitud del salario–, como condición del comunismo.

El obrerismo italiano enfatiza la importancia del “Fragmento…” marxiano y, al mismo tiempo, plantea el problema de la subjetivación en términos de recomposición social del trabajo, contra el trabajo. La lucha es, en esencia, lucha de liberación del tiempo de vida humana desde el trabajo asalariado. Al mismo tiempo, Guattari enfatiza el carácter liberador de la dimensión maquínica, y abandona una postura nostálgico-humanista sospechosa de la técnica.

Espasmo Caosmótico

D.S.: Como conclusión sobre la figura de Guattari ¿qué dirías de su vigencia? En tu libro ya mencionado, Félix, en el capítulo “La depresión Félix” introducís reflexiones de procedencia budista. ¿Querés decir algo más sobre Guattari?

F.B.: Creo que el legado más importante de Félix se encuentra en su última obra, Caósmosis, y en el libro contemporáneo a este, escrito en colaboración con Deleuze, ¿Qué es la filosofía? En este libro compartido se habla de vejez y de amistad. Y se habla de caos, del sentimiento de desbordamiento. El caos y el cerebro, el dolor de ser superados por la velocidad de los signos. Pero en su libro en solitario, Guattari escribe las palabras: spasme chaosmique. Me parece que es la primera vez que aparecen estas palabras en su obra. El espasmo, la dolorosa aceleración del organismo, el efecto de pánico y de parálisis que este provoca.

La lectura de El Antiedipo produjo un efecto de euforia a nivel intelectual y político. Una euforia contemporánea a una intensificación del universo semiótico, mediático, visual. Una euforia contemporánea a la desregulación neoliberal. El movimiento social autónomo, en Italia como en otros lugares, fue atravesado por esta euforia que se puede identificar como corriente deseante. La depresión psíquica se ha vuelto un fenómeno masivo en expansión en el nuevo siglo, en especial para la generación conectiva. En las obras de Deleuze y Guattari, el tema de la depresión parece ignorado, casi removido. Sin embargo, el tema implícito en Caósmosis y en el último libro en común es la depresión, aunque esta palabra nunca sea pronunciada. El espasmo caósmico del que habla Guattari, el efecto caótico de la aceleración en su relación con el cerebro, representan la emergencia de una intención de enfrentarse al agujero negro.

D.S.: ¿Cuáles son, en la actualidad, las formas dominantes de modernización de la subjetividad capitalista, y cómo atraviesan transversalmente lo psíquico, lo social y lo institucional?

F.B.: Advierto dos tendencias generales de trasformación de la subjetividad, divergentes en su dirección, pero que se alimentan de modo recíproco. La primera es la creación de la autonomía global, la conexión de los cerebros en una red prescriptiva, la construcción de un sistema de tipo neurototalitario que unifica la extracción de big data y la predisposición de automatismos técnicos. La segunda tendencia es la demencia desencadenada de los cuerpos separados de los cerebros, el caos geopolítico, la guerra civil fragmentaria y global al mismo tiempo.

La divergencia entre la actuación matemática de la autonomía financiera tecno-comunicacional y el caos psíquico, político, social, traza una forma esquizofrénica de la mente global. La voluntad política se ha vuelto impotente para gobernar los flujos infoesféricos (medios, finanzas). La impotencia es el carácter profundo de la psicoesfera de nuestro tiempo, una llave para interpretar el giro hacia la derecha de grandes partes de la población blanca de Occidente. La potencia de la voluntad política y de la democracia como ejercicio de la voluntad es aniquilada por un sistema de automatismos tecnolingüísticos y por la potencia desterritorializadora de las agencias de producción semiótica global: FAGMA (Facebook, Apple, Google, Microsoft, Amazon).

En consecuencia, la voluntad se manifiesta como un Ersatz, como un sustituto histérico. El fascismo se presenta de nuevo en la escena europea y en la escena mundial. Pero no se trata, como en los años 20 del siglo pasado, del fascismo futurista eufórico de hombres jóvenes que esperaban la gloria nacionalista. Ahora el fascismo es el de los que no pueden imaginar futuro alguno, un fascismo de la vejez de la impotencia. Una gran parte de los jóvenes europeos votan por la derecha –la marcha ultraderechista de Varsovia, que se hizo algunos meses atrás, convocó a muchos jóvenes–, tienen una percepción senil, están animados por el resentimiento y son incapaces de imaginar un futuro que sea algo diferente de un regreso del pasado.

En Dialéctica de la Ilustración, un libro escrito en los años 40, Adorno y Horkheimer sostienen que si la razón no es capaz de asimilar una reflexión sobre su momento regresivo está destinada a la extinción, a ser destruida (Theodor W. Adorno y Max Horkheimer: Dialettica dell’Illuminismo, Einaudi, 1947, Prefacio, página 5). Adorno y Horkheimer se refieren a lo que había pasado en su época: el nazismo se afirmó como destrucción de la razón porque la razón no supo comprender las fuerzas de la oscuridad evocadas por la humillación del Tratado de Versalles y el empobrecimiento de los trabajadores alemanes. Lo mismo pasa hoy: la razón se identifica con el algoritmo financiero y la mayoría del pueblo se da vuelta contra la razón, y quiere vengarse contra los partidos de la izquierda neoliberal que impusieron la fuerza de una razón antisocial. El fascismo de Trump y de la Brexit es una venganza contra la racionalidad, por eso no creo que pueda producirse un pronto regreso a la democracia.

D.S.: ¿Una nueva separación entre cuerpo y cerebro?

F.B.: La separación del cerebro global conectado desde el cuerpo afectivo es la causa de la demencia que vuelve. El regreso a la identidad nacional, religiosa, racial es el efecto de la caída de todo universalismo, porque el universalismo se ha convertido en globalismo técnico-financiero. El cerebro se conecta en un espacio bunkerizado, inaccesible a los cuerpos dementes. Y los cuerpos dementes se dedican a una guerra de los pobres contra los más pobres, de los impotentes contra los más impotentes.

D.S.: ¿Por qué insistís con nociones como “caoides” y “heterogénesis” en este contexto?

F.B.: En Caósmosis, Guattari habla de la niebla y de los miasmas como el panorama del fin del siglo pasado. Hoy, la niebla y los miasmas se han vuelto sofocantes desde un punto de vista físico y sobre todo desde un punto de vista psicosocial. “I can’t breathe.” “No puedo respirar”: el grito colectivo de los que desfilaron en las calles norteamericanas después de la muerte de Eric Garner, el afroamericano asmático sofocado por un policía hace algunos años, es el grito que mejor expresa la subjetividad contemporánea.

Ya cité el “spasme chaosmique” que provoca una contracción dolorosa del organismo social planetario. La aceleración está provocando un espasmo. La aceleración es una intensificación del estímulo infonervioso que genera patologías bien conocidas, pero escasamente explicadas, como el trastorno de déficit de atención o el ataque de pánico. El caos político debe ser interpretado como un epifenómeno colectivo de las patologías de intensificación, del espasmo caósmico. ¿Qué se hace en una condición de espasmo? Se busca un ritmo diferente, un ritmo más armónico, más sincronizado, por decirlo de algún modo, del organismo con el cosmos, con el entorno mutante.

El “caoide” es un conjunto semiótico (un signo, un grafo, una invención técnica, un concepto, un meme) que hace posible un ritmo sintónico con el ritmo acelerado del entorno técnico y relacional. Un concepto actúa como un caoide cuando tiene la capacidad de revelar algo que la visión dominante oculta. La poesía puede sugerir un ritmo que permita armonizar con el caos.

En Caósmosis, Guattari añade las siguientes palabras: “¿Qué es el pensamiento sino la capacidad de enfrentar el caos?” Hay que recordar que en el último capitulo de ¿Qué es la filosofía?, refiriéndose al caos y al cerebro, Deleuze y Guattari plantean que el único modo de relacionarse felizmente con el caos es aliándose con él, no combatiéndolo, porque el caos se alimenta de la guerra. El problema en consecuencia es: ¿Puede el cerebro colectivo producir de modo consciente una nueva sintonía con la evolución técnica del cerebro colectivo mismo? ¿Puede el cerebro colectivo (el general intelect) actuar conscientemente sobre su misma evolución?

D.S.: ¿Sigue siendo necesaria la discusión de la violencia? Si es así, ¿cómo pensar una contraviolencia en el actual contexto?

F.B.: En Italia prima la idea de que los años 70 fueron de mucha violencia. Y lo fueron en el estricto campo político. No obstante, la violencia está mucho más difundida en nuestros días: lo observamos en la vida cotidiana, en la realidad de las relaciones personales, en la frecuencia del femicidio. Si la violencia de los años 70 se presentaba principalmente como un conflicto entre visiones universalistas (lucha de clases, internacionalismo, en contra de la democracia liberal capitalista), hoy se manifiesta como la fragmentación identitaria, como la lógica del pertenecer: proliferación de los nacionalismos, de las mafias, de los integrismos religiosos. Sin embargo, no creo que la afirmación de un derecho histórico a organizar la violencia de los oprimidos, que fue un principio leninista y anarquista en el siglo pasado, tenga en la actualidad algún sentido.

La forma actual del dominio financiero, tecnológico, psíquico no se puede contrastar con la fuerza física. No hay un lugar físico donde se concentre el poder financiero. El dominio es desterritorializado y desmaterializado: se encuentra en la circulación de signos en la infoesfera, en automatismo técnicos inexorables que la violencia física no puede siquiera tocar. Solo un proceso de sabotaje y de reprogramación puede parar y subvertir la máquina financiera global. Solo un proceso de autoorganización de los trabajadores cognitivos puede redireccionar la arquitectura tecnosocial de la actividad productiva.

D.S.: ¿Podrías explicar el papel que le otorgás a la maternidad en relación con el cuerpo, el lenguaje, los signos y la sensibilidad?

F.B.: Luisa Muraro, en su libro El orden simbólico de la madre, se refiere a la relación entre el cuerpo de la madre y la génesis de la significación: la atribución de significado es el efecto de una confianza fundamental, la confianza en el cuerpo de la madre, o sea en la voz hablante de un ser humano. La relación entre significado y significante, que es arbitraria en el sentido de Saussure, se forma a partir de la singularidad de la voz y de la confianza afectiva. El significante “agua” se vincula con el significado operacional del líquido que bebimos para aplacar la sed porque la voz de mi madre garantizó la relación funcional entre signo y referente. Cuando digo “madre” no me refiero a la madre biológica, ni estrictamente a un ser humano de sexo femenino, sino a la voz singular que genera sentido, que genera confianza en el sentido del mundo. El mundo tiene sentido porque un cuerpo singular, una voz singular atribuye sentido a las palabras que denominan el mundo.

¿Qué pasa, entonces, cuando aparece en la escena una generación de seres humanos que aprendió más palabras desde una máquina que a través de una voz humana? ¿Qué pasa cuando emerge en la escena del mundo una generación que no funda su entendimiento y su capacidad de significación sobre la confianza afectiva, sino sobre la funcionalidad de signos que no tienen garantía afectiva sino solo operacional? Yo creo que esta ausencia del cuerpo de la madre (que puede ser el tío, el vecino de casa, un hermano, no importa, pero tiene que ser una vibración singular y afectiva), esta sustitución de una vibración singular por una máquina, es el fundamento de lo que llamamos precariedad: una fragilidad psíquica que se manifiesta como incapacidad de construir relaciones sociales de solidaridad.

Una tendencia de origen lacaniano, que se está manifestando en el pensamiento psicoanalítico contemporáneo (pienso en Massimo Recalcati), afirma que el problema esencial de nuestro tiempo es la desaparición del padre, o sea de la autoridad simbólica que se manifiesta en la ley y garantiza el orden social. El efecto de los movimientos antiautoritarios y de la aceleración semiótica neoliberal sería la explosión del inconsciente y la desaparición de la figura ordenadora del padre. Hay algo de verdadero en esta tesis, pero no creo que esta sea la dirección más interesante para entender lo que está pasando y, sobre todo, para imaginar cómo podemos actuar terapéutica y políticamente. Creo que el problema fundamental no es la explosión de la figura paterna ordenadora (la autoridad simbólica) sino el desvanecimiento del cuerpo de la madre (la afectividad como fundación de la simbolización). El problema verdadero es la crisis de la capacidad de fraternidad. Cuando la relación entre hermanos se funda sobre el vínculo con el padre no es fraternidad sino asociación patricida, comunidad entre guerreros. La fraternidad no se funda en la autoridad paterna, sino en la empatía afectiva que se origina desde el cuerpo de la madre.

Loveless (Sin amor), la película del director ruso Andrey Zvyagintsev, trata sobre la desaparición de Aliosha, un niño de ocho años a quien Genia, su madre, no sabe y no puede amar. Esa es la desaparición del futuro mismo, que en la película de Zvyagintsev está sustituido por la omnipresencia de la pantalla móvil, del smart-phone.

D.S.: Finalmente, ¿cómo te planteas en el contexto actual la cuestión de la tarea política-intelectual?

F.B.: Esta es la pregunta de más difícil respuesta: ¿cuál es la tarea del intelectual, del pensador en la época actual, a la que ingresamos oficialmente con la victoria de Trump, con la difusión del nacionalismo en Europa y con la derrota de la izquierda en América latina? Agregaría, más radicalmente, ¿qué hacer cuando el legado del humanismo moderno se hunde junto con el legado de la Ilustración y del socialismo?

A diario nos enfrentamos con la emergencia de la infamia: la arrogancia de los ignorantes que toman el poder justamente gracias a su ignorancia y a su arrogancia. ¿Y la miseria y la desesperación en aumento incesante que afecta a una cantidad de seres humanos cada vez mayor?

Creo que tenemos que vivir en una condición de duplicidad que implica el ejercicio de hablar con dos idiomas diferentes: el primero es el idioma de la resistencia humana; el segundo, el de la profecía y la anticipación, el de la creación de conceptos que estén a la altura de la mutación post-humana que no podemos parar.

En el primer nivel, tenemos que educar a los que nos escuchan a ser justos con las naciones en el sentido que los judíos dieron a esta expresión durante la Shoah. O sea que tenemos que expandir a las minorías que resisten contra lo inhumano y que se comprometen a continuar siendo humanos como el italiano Vittorio Arrigoni, como la americana Rachel Corrie. En el segundo nivel, tenemos que comprender la nueva dirección que la evolución está imprimiendo sobre los acontecimientos de la historia y de la vida cotidiana, y elaborar conceptos que sean capaces de atravesar el caos, actuar como caoides, producir un horizonte de transformación consciente.

En el primer nivel, tenemos que crear espacios de solidaridad clandestina e incluso lugares de felicidad, para evitar que la conciencia sin esperanza devenga en depresión psíquica o en agresividad y en autolesión. Resistiendo, tenemos que saber que la resistencia no puede resistir, que los valores del humanismo moderno no pueden parar ni subvertir la ola de venganza antihumana que sale desde el océano de la desesperación contemporánea. En el segundo nivel, tenemos que conservar la conciencia del posible a pesar de la fuerza del probable, del inevitable. El apocalipsis que acompaña a la mutación puede oscurecer el posible, pero no cancelarlo. La posibilidad de un uso social de la tecnología, la posibilidad de un uso humano del conocimiento, permanece en la conexión de los cerebros, a pesar de la forma tecno-social que somete la inteligencia a la acumulación.

D.S.: En sus tesis sobre el concepto de historia, Walter Benjamin denunciaba que la socialdemocracia, apegada al evolucionismo, miraba con sorpresa el arribo del fascismo, y que ese asombro, producto de su fe en el progreso, no le había permitido combatirlo con éxito. ¿Somos capaces de extraer un conocimiento político útil del fascismo del siglo XXI?

F.B.: Creo que en los últimos años se ha reproducido la misma situación que denunciaba Benjamin. Al igual que en el siglo XX, la izquierda no ha sido capaz de anticipar esta nueva ola de oscuridad. La izquierda y el liberalismo-demócrata en general, subalternos al realismo absolutista de la economía financiera, han perdido el pulso de la profunda mutación del psiquismo social. Horkheimer y Adorno ya lo plantearon en el prefacio de su Dialéctica de la Ilustración: si el pensamiento crítico no logra entender la oscuridad que acompaña a la Ilustración, firma con eso mismo su sentencia de muerte.

No creo que se produzca una vuelta a la normalidad liberal-democrática. Creo que se ha abierto la caja de Pandora. Solo mas allá de la oscuridad puede volver a emerger la posibilidad. El problema presente es cómo podemos sobrevivir al ensombrecer. Y al mismo tiempo, cómo podemos transmitir el contenido de la posibilidad.

[1] Sobre la caósmosis, Bifo señala en Fenomenología del fin que “es el proceso que sigue a la explosión de la topología morfoestática y que tiene como resultado el surgimiento de una nueva forma”. Caósmosis es el título de uno de los más importantes libros de Guattari, publicado en castellano por Manantial, Buenos Aires, 1996.

 

Fuente: http://lobosuelto.com/?p=22084

Las estrategias no son para siempre

Por Raúl Zibechi

En Brasil triunfó Jair Bolsonaro. A eso se agrega la victoria de Mauricio Macri en Argentina, del uribista Iván Duque en Colombia y el viraje derechista de Lenín Moreno en Ecuador.

En su conjunto, el mapa político ha virado fuertemente hacia posiciones antiobreras, antifeministas, en contra de los pueblos originarios y negros. El avance del racismo, el machismo y la violencia antipopular llegaron para quedarse un buen tiempo.

Aunque cambien algunos gobiernos, esas actitudes arraigaron en nuestras sociedades, incluso en el seno de algunas organizaciones populares.

Estamos ante un viraje de la sociedad, a lo que se suman los cambios negativos de gobiernos.

Por eso creo que es un buen momento para la reflexión, sin dejar de profundizar las resistencias, de mejorar las organizaciones y enfrentar los desafíos más urgentes.

Durante la primera mitad del siglo XX el núcleo de las organizaciones populares eran los sindicatos, por oficios primero, de masas cuando comenzó la industrialización en algunos países.

En todo caso, los sindicatos eran el centro de las resistencias y del cambio social. Eran el eje de la acumulación de fuerzas, de la conquista y la defensa de derechos.

En el ámbito político, la acción colectiva aspiraba a implantar una sociedad más justa a través de varios mecanismos, a veces contradictorios pero complementarios siempre.

Donde se pudo, las izquierdas y los nacionalismos populares acudieron a elecciones. Pero la comparecencia electoral no era un fin en sí mismo, sino una parte de una estrategia mucho más abarcadora que desbordaba siempre el cauce electoral.

Tiempo de revoluciones

Hubo levantamientos de masas e insurrecciones, como el célebre Bogotazo de 1948 ante el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en Colombia.

O el levantamiento obrero del 17 de octubre de 1945 en Buenos Aires, que quebró el poder de la oligarquía e impuso un gobierno popular.

En otros países, como Brasil, Chile y Perú, los movimientos y las izquierdas ocuparon desde el espacio legal electoral hasta las calles y los campos en acciones diversas, siempre dirigidas a un mismo fin: imponer la fuerza de los de abajo.

Hubo también revoluciones. En 1911 en México y en 1952 en Bolivia, que marcaron a fuego la historia de ambos países, más allá de las derivas posteriores de cada proceso.

Con la revolución cubana cambiaron los ejes. Una parte sustancial del campo popular se volcó en la lucha armada, en todos los países del continente.

En el mismo período, la segunda mitad del siglo XX, hubo también insurrecciones (15 levantamientos obreros sólo en Argentina entre 1969 y 1973), además de la histórica Asamblea Popular en 1971 en Bolivia y los potentes Cordones Industriales en el Chile de Allende, formas de poder popular desde abajo.

Todas las formas de lucha estaban combinadas: la electoral, la insurreccional y la guerrillera.
El embudo electoral

Con el neoliberalismo, luego de las dictaduras del Cono Sur, las cosas cambiaron de forma drástica.

Las guerrillas centroamericanas y colombiana dejaron las armas para adentrarse en discutibles pero necesarios procesos de paz.

En los 90, las izquierdas dejaron de prepararse para encabezar insurrecciones (como las que hubo en Ecuador, Bolivia, Venezuela, Paraguay, Perú y Argentina que derribaron una decena larga de gobiernos), para focalizarse en el terreno electoral.

En este punto veo dos problemas, derivados de apostar todo en la estrategia electoral, como única opción imaginable.

El primero es que la diversidad de formas de lucha ha sido uniformizada por la cuestión electoral, lo que debilita al campo popular.

Siempre pensamos -y yo sigo pensando- que concurrir a las elecciones es tanto como jugar en el terreno del enemigo de clase. Lo que no quiere decir que no haya que hacerlo. Pero no debemos jugar sólo en ese espacio, desarmando los poderes populares.

El segundo es que las patronales y las elites están vaciando las democracias, dejando en pie sólo un cascarón electoral.

El panorama sería así: podemos votar cada varios años, elegir presidentes, diputados y alcaldes. Pero no podemos elegir el modelo económico, social y laboral que queremos.

Eso está fuera de la discusión. Por eso digo que tenemos elecciones pero no tenemos verdadera democracia.

En este punto es cuando veo necesario hacer la pausa del debate.

Ellos están dejando de lado incluso las libertades democráticas. Es lo que se propone Bolsonaro cuando dice que va a “poner fin al activismo”, o cuando Patricia Bullrich, la ministra argentina de Seguridad, asegura que hay “connivencia entre los movimientos sociales y el narco”, dando así carta blanca a la represión.

Estamos ante un recodo de la historia que nos impone evaluar lo que hemos aprendido y lo que venimos haciendo, para encarar las insuficiencias y ver por dónde seguir.

Limitarnos sólo al terreno electoral es tanto como subordinarnos a la burguesía y al imperio, atados de pies y manos a su agenda.

¿Entonces?

Las estrategias no se inventan. Se sistematizan y generalizan, lo que ya es bastante.

En la historia de las luchas de clases, las estrategias las definía un pequeño círculo de varones, blancos ilustrados en comités centrales o direcciones de partidos de izquierda y nacionalistas.

Eso no volverá a suceder, porque se trataba de una lógica patriarcal que los movimientos de mujeres se están encargando de desmontar.

Creo que tenemos dos caminos para avanzar. Uno es recordar lo que hizo el viejo movimiento obrero y el otro lo que están haciendo los pueblos originarios y negros.

La primera consiste en recuperar, no imitar, aquel rico universo proletario que contaba con sindicatos, ateneos, cooperativas, teatro popular, universidades populares y bibliotecas, en un amplio abanico de iniciativas que incluían la defensa del trabajo, la organización del tiempo libre y del consumo, la formación y la diversión.

Todo ello por fuera de los cauces del Estado y del mercado. La clase podía hacer toda su vida, menos el horario de trabajo, en espacios auto-controlados.

La segunda es observar lo que vienen haciendo los pueblos. En comunidades indígenas y en palenques/quilombos encontramos todo lo anterior, más espacios de salud y de producción de alimentos y de reproducción de la vida.

En Argentina hay 400 fábricas recuperadas, en Colombia 12 mil acueductos comunitarios y en Brasil 25 millones de hectáreas recuperadas en una reforma agraria desde abajo.

Lo que propongo es pensar la transición al mundo del mañana desde esos espacios, no desde los Estados.

Lo que sueño es que ese mundo nuestro crezca y que pongamos en ese crecimiento lo mejor de nuestras fuerzas.

Si además de todo esto, vamos a las elecciones y las ganamos, mejor aún.

Pero sin desarmar este mundo nuestro.

29/10/2018

http://www.rel-uita.org/sociedad/las-estrategias-no-son-para-siempre/

Cathy O’Neil: «La próxima revolución política será por el control de los algoritmos»

«Solo sabemos que funcionan bien para quien los diseña, pero pueden ser tremendamente injustos para las personas objetivo», defiende la matemática Cathy O’Neil

Por Carlos del Castillo

Palabra de dios. Por mandato real. Es la economía, estúpido. La historia ofrece constantemente ejemplos de cómo las personas recurrimos al mito de la autoridad superior para revestir de una supuesta justicia objetiva nuestras decisiones. Para Cathy O’Neil, los algoritmos son el siguiente mito en esa lista.

O’Neil, matemática doctorada en Harvard, posdoctorada en el MIT, fue una de las primeras en señalar que nuestro nuevo emperador también está desnudo. Un algoritmo (o la celebrada Inteligencia Artificial, que «no es más que un término de marketing para nombrar a los algoritmos») es tan machista, racista o discriminador como aquel que lo diseña. Mal programados, pueden llegar a ser Armas de Destrucción Matemática (Capitán Swing), como detalla en su libro sobre el peligro que representan para la democracia.

Defiende que existe una diferencia entre lo que la gente piensa que es un algoritmo y lo que realmente es un algoritmo. ¿Cuál es?

La gente piensa que un algoritmo es un método para tratar de llegar a una verdad objetiva. Hemos desarrollado una fe ciega en ellos porque pensamos que hay una autoridad científica detrás.

En realidad un algoritmo es algo tonto, básicamente un sistema de perfiles demográficos generado a partir del big data. Averigua si eres un cliente que paga o cuáles son tus posibilidades para comprar una casa en base a pistas que has ido dejando, como cuál es tu clase social, tu riqueza, tu raza o tu etnia.

¿Qué es un arma de destrucción matemática?

Es un algoritmo importante, secreto y destructivo. Injusto para los individuos que evalúa.

Normalmente son un sistema de puntuación. Si tienes una puntuación lo suficientemente elevada se te da una opción, pero si no la consigues se te deniega. Puede ser un puesto de trabajo o la admisión en la universidad, una tarjeta de crédito o una póliza de seguros. El algoritmo te asigna una puntuación de manera secreta, no puedes entenderla, no puedes plantear un recurso. Utiliza un método de decisión injusto.

Sin embargo, no solo es algo injusto para el individuo, sino que normalmente este sistema de decisión es algo destructivo también para la sociedad. Con los algoritmos estamos tratando de trascender el prejuicio humano, estamos tratando de poner en marcha una herramienta científica. Si fracasan, provocan que la sociedad entre un bucle destructivo, porque aumentan la desigualdad progresivamente.

Pero también puede ser algo más preciso. Puede ser un algoritmo para decidir quién accede a la libertad condicional racista, uno que determina qué barrios sufren una mayor presión policial en función de la presencia de minorías…

Cathy O'Neal, en un momento de la entrevista con eldiario.es
Cathy O’Neal, en un momento de la entrevista con eldiario.es ÁLVARO MINGUITO

¿A quién le pedimos cuentas cuando un algoritmo es injusto?

Es una buena pregunta. La semana pasada salió a la luz que luz que Amazon tenía un algoritmo de selección de personal sexista. Cada vez que ocurre algo así, las empresas se muestran sorprendidas, toda la comunidad tecnológica se muestra sorprendida. En realidad es una reacción fingida, hay ejemplos de algoritmos discriminatorios por todas partes.

Si admitieran que los algoritmos son imperfectos y que potencialmente pueden ser racistas o sexistas, ilegales, entonces tendrían que abordar este problema para todos los algoritmos que están utilizando. Si hacen como si nadie supiera nada pueden seguir promulgando esta fe ciega en los algoritmos, que ellos en realidad no tienen, pero que saben que el resto del público tiene.

Por eso escribí el libro, para que la gente deje de estar intimidada por los modelos matemáticos. No hay que abandonar la automatización ni dejar de confiar en los algoritmos, pero sí exigir que rindan cuentas. Sobre todo cuando actúan en un campo en el que no hay una definición clara de qué es «éxito». Ese es el tipo de algoritmo que me preocupa. Quien controle el algoritmo controla la definición de éxito. Los algoritmos siempre funcionan bien para la gente que los diseña, pero no sabemos si funcionan bien para la gente objetivo de esos algoritmos. Pueden ser tremendamente injustos para ellos.

¿La próxima revolución política será por el control de los algoritmos?

En cierto sentido, sí. Creo que los algoritmos reemplazarán todos los procesos burocráticos humanos porque son más baratos, más fáciles de mantener y mucho más fáciles de controlar. Así que, sí: la cuestión sobre quién tiene el control está relacionada con quién despliega ese algoritmo. Espero que nosotros tengamos un control con rendición de cuentas sobre ellos.

Pero si nos fijamos en un lugar como China, donde  hay sistemas de puntuaciones sociales que son intentos explícitos de controlar a los ciudadanos, no tengo tanta esperanza sobre que los ciudadanos chinos puedan ser los propietarios de esos algoritmos. En estos casos estamos hablando de una distopía, una sociedad de vigilancia en la que el Gobierno controla a los ciudadanos con los algoritmos, como una amenaza real. Es algo que puede pasar.

Cathy O'Neal.
Cathy O’Neal. ÁLVARO MINGUITO

De momento el poder político no ha hecho mucho por mejorar la transparencia de los algoritmos. 

Sí, es un problema real. Los políticos piensan que desde su posición tendrán en su mano controlar los algoritmos, así que no quieren renunciar a este poder, aunque sea malo para la democracia.

Es una consideración muy seria. Como digo en el libro, Obama fue adorado por la izquierda por su uso del big data para aumentar las donaciones o mejorar la segmentación de mensajes. Pero eso fue un precedente muy peligroso: en las últimas elecciones hemos visto como la campaña de Trump logró suprimir el voto de los afroamericanos gracias a esa misma segmentación de mensajes a través de los algoritmos de Facebook.

Publicó su libro en 2016. ¿Ha cambiado algo desde entonces?

Cuando escribí el libro yo no conocía a nadie preocupado por este tema. Eso sí ha cambiado. Vengo de Barcelona, donde he visto a 300 personas, mayoritariamente jóvenes, preocupadas por este tema. Es un fenómeno emergente a nivel mundial, la gente está empezando a ver el daño, el mal que hay aquí. La mayor parte de este daño algorítmico no se ve, no es visible. Que la gente sea más consciente hace que podamos esperar que haya una demanda para que los algoritmos rindan cuentas. Espero que eso ocurra.

Fuente: https://www.eldiario.es/tecnologia/proxima-revolucion-politica-control-algoritmos_0_830117867.html