Una nueva trinchera en la batalla contra el neoliberalismo

Por Paul Mason

Solo un nuevo internacionalismo de izquierdas, que acepte una reafirmación limitada de la soberanía económica nacional, puede aspirar a vencer la ola creciente de populismo autoritario.

Si existe un documento fundacional de la socialdemocracia, este es sin duda Socialismo Evolutivo de Eduard Bernstein. Escrito en 1899, enseñó a los líderes del Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD) que el capitalismo se había estabilizado de forma permanente, que el socialismo se lograría a través del parlamento y no de la lucha de clases, y que la clase trabajadora del siglo XX no sería ni culturalmente homogénea ni espontáneamente socialista.

Los socialdemócratas debían dejar de estar esperando a que llegara una mega crisis para acabar con el capitalismo, dejar de obsesionarse con las huelgas de masas y la dictadura del proletariado, y plantear el argumento de que, aunque el capitalismo hubiese mejorado la suerte de los trabajadores, el socialismo podía hacerlo mejor.

La estabilidad duró apenas 15 años y terminó el día en que el partido de Bernstein votó a favor del presupuesto de guerra del Kaiser Guillermo II.

En 1919, la dictadura del proletariado era una realidad no solo en Rusia sino también en Baviera y en Hungría. Lo que quedaba del SPD entró a formar parte del primer gobierno de coalición de la República de Weimar desde donde, siguiendo el consejo de Bernstein, se resistió a los intentos de su propia izquierda de «socializar» la economía y reprimió implacablemente a la izquierda comunista.

Si existe un documento de refundación de la socialdemocracia, este es el sin duda libro de Anthony Giddens Más allá de la izquierda y la derecha. Publicado en 1994 surgió, como la obra de Bernstein, de una crítica del marxismo ortodoxo.

Al igual que Bernstein, Giddens argumentaba que la estructura del capitalismo había cambiado, creando unas condiciones que hacían que el viejo programa de un socialismo dirigido por el Estado fuese ya inviable.

Cristalizadas en la doctrina de la Tercera Vía y recogidas en el libro con este mismo título de 1998, las ideas de Giddens proporcionaron el marco ideológico de los gobiernos socialdemócratas en el Reino Unido, Alemania, Australia y los Países Bajos, y también del segundo mandato de Bill Clinton.

A diferencia de Bernstein, Giddens no afirmó nunca que el capitalismo se había vuelto estable de forma permanente, sino que se había vuelto permanentemente volátil, pero cuya volatilidad era potencialmente benigna siempre y cuando pudieran controlarla gobiernos progresistas.

La tarea de los socialdemócratas era ayudar a las personas de clase trabajadora a sobrevivir en medio de la permanente inseguridad y desempoderamiento que provocaba la globalización. En lugar de un programa para desbrozar la jungla capitalista, la socialdemocracia se convertía en una especie de kit de supervivencia.

La crisis general de la socialdemocracia se da hoy porque el mundo que Giddens describía se ha evaporado. El mundo de Trump, Putin, Erdogan y Xi Jinping es tan diferente del mundo de Blair y Schroeder como lo fueron las luchas callejeras de Weimar del socialismo electoral y pacífico de la década de 1890.

En dos ocasiones, en un siglo, la socialdemocracia ha entrado en crisis porque su proyecto estratégico se basaba en condiciones que dejaron de existir.

Si contemplamos lo que queda de la socialdemocracia centrista y del liberalismo social – Renzi en Italia, Schulz en Alemania, Hillary Clinton en Estados Unidos y el ala Progress del Partido Laborista británico -, la imagen que a uno le viene a la mente es la de los supervivientes de un naufragio aferrándose a los restos de la  nave.

Schulz se aferra a Merkel. Renzi quería aferrarse a Berlusconi, pero ambos han perdido tantos votos que ahora esto resulta inútil. Hillary Clinton se aferra a Wall Street. El ala Progress del laborismo se aferra a la posibilidad de que surja una nueva fuerza centrista a lo Macron que la saque de la pesadilla del liderazgo de Corbyn.

Todos ellos se aferran a una forma de globalización que ha fracasado. Y los europeos se ven obligados a aferrarse a la Europa del Tratado de Lisboa – cuando también ésta está fracasando.

Para renovar la socialdemocracia tenemos que hacer lo que Bernstein y Giddens intentaban hacer: elaborar un análisis del mundo en el que vivimos.

Ambos fundaron sus argumentos en ciertas premisas sobre la dinámica futura del capitalismo, el papel del Estado en la economía y la atomización de las estructuras de clase, de las culturas y alianzas que prevalecían en los años que les precedieron.

Es significativo que ambos estaban críticamente comprometidos y eran deudores del método marxista del materialismo histórico – un método que no preocupaba para nada a los apparatchiks del partido, que solo usaban sus teorías como adorno para el proyecto de gestionar el capitalismo.

Partir de un análisis material del mundo – en lugar de una lista de políticas, tácticas y principios – es una tradición que la socialdemocracia europea ha perdido en la era neoliberal.

La premisa ideológica del neoliberalismo siempre ha sido anti-teórica: no preguntes por qué existe este tipo de economía, o cuánto tiempo puede durar – simplemente acéptala como permanente y continúa mejorando sus prestaciones.

Así que, en medio del pánico – cuando la Alternative für Deutschland (AFD) alcanza al SPD alemán en las encuestas, y cuando el Partito Democratico (PD) en Italia cae por debajo del 20% mientras que se dispara el porcentaje de populistas y xenófobos -, debemos empezar por analizar la situación y abstenernos de lanzar frenéticas súplicas de que el mundo «vuelva a la normalidad».

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Si el neoliberalismo se ha descompuesto, ¿cuál es exactamente el mecanismo que ha fallado? No puede ser que el colapso de un simple sistema bancario sea la causa de que gran parte de la población de Occidente se haya vuelto en contra de los derechos universales y el cosmopolitismo.

El economista de la Universidad Goldsmiths de Londres, William Davies, ofrece dos definiciones del neoliberalismo que explican por qué el mundo que Giddens describía – con bastante precisión – ha desaparecido.

La primera es «la elevación de principios y técnicas de evaluación de mercado a nivel de normas respaldadas por el Estado».

Davies señala que el neoliberalismo, con el tiempo, ha ido centrándose menos en crear relaciones basadas en el intercambio y más en imponer un comportamiento competitivo en áreas donde no existía el mercado.

Los cuadros comparativos de centros de enseñanza y los ránkings universitarios mundiales son solo un ejemplo – otro ejemplo son los falsos procesos de licitación que han posibilitado la entrega de miles de millones de dinero público en contratos de servicio a compañías como Carillion e Interserve.

Para Davies, bajo el sistema neoliberal no es el mercado, sino el cálculo económico el que se impone a la fuerza en todos los ámbitos y aspectos de la vida. Y esto lleva a su segunda definición, más precisa, del neoliberalismo: «el desencanto de la política por medio de la economía».

El neoliberalismo fracasa porque no es la solución para los problemas del sistema keynesiano sino, en realidad, un arreglo temporal. La causa de la ruina de ambos modelos ha sido su incapacidad para sostener a la vez la productividad y la rentabilidad corporativa.

Entre 1989 y 2008, el crecimiento lo impulsaba una expansión financiera insostenible, los déficits fiscales, el rápido proceso de equiparación de Asia y América Latina y la ampliación de la población activa. En 2008 lo que saltó por los aires fue un sistema global que dependía de una ficción financiera.

A resultas de ello, tenemos ahora una economía global que mantienen a flote 19 billones de dólares de dinero creado por los bancos centrales y la socialización permanente del riesgo bancario, y en la que muchos de los países industrializados avanzados presentan las siguientes características:

1. Aumento de la desigualdad por el aumento del valor de los activos provocado por la expansión cuantitativa.

2. Sectores enteros dominados por monopolios centrados en la búsqueda de rentas.

3. Una élite financiera mundial unida en torno a la defensa de sus privilegios estratégicos – que consisten en mantener su riqueza en jurisdicciones offshore, no disponibles para los recaudadores de impuestos de los Estados-nación y por lo tanto inmunes a las políticas redistributivas.

4. Altos niveles de subempleo y de trabajo precario, con millones de personas en lo que David Graeber llama «trabajos de mierda»; unos salarios reales que no logran mantenerse a la par del ritmo de crecimiento de los activos del 1% más rico de la población; y una participación salarial agregada a niveles históricamente bajos.

5. Un mercado global que ha empezado a fragmentarse siguiendo líneas regionales y nacionales; la paralización de los tratados de liberalización del comercio; la balcanización de los sistemas financieros y de la economía de la información; y el inicio de una guerra comercial abierta.

Ante esta situación, las élites políticas nacionales suelen optar por tres tipos de respuesta.

La primera es tratar de mantener el status quo, lo que resulta en un aumento constante de la desigualdad y el empobrecimiento continuo de los trabajadores y de la clase media baja. Este es el enfoque de Macron en Francia, Merkel en Alemania y del lobby conservador-liberal en el Reino Unido.

La segunda es una especie de «neoliberalismo nacionalista»: el intento de potenciar la introducción coercitiva de los mecanismos de mercado a través de una ruptura parcial con el sistema multilateral de comercio global.

Esta es la intención que hay detrás del European Research Group (ERG) en el seno del Partido Conservador británico: eliminar las regulaciones medioambientales y de seguridad y eliminar – como quiere Liz Truss – los requisitos y titulaciones profesionales que, según ellos, «ahogan el crecimiento» al establecer la obligación de que médicos, pilotos de líneas aéreas o fisioterapeutas tengan licencia para ejercer – con lo que resultan de difícil sustitución por el precariado.

Se trata, a todos los efectos, de «Thatcherismo en un solo país», y también del no reconocido denominador común de las tres facciones de la derecha alemana: el AfD quiere reformas más liberalizadoras del mercado, pero no inmigración; el Partido Democrático Libre (FPD) quiere que Alemania doble su apuesta en el Eurosistema para descolocar al resto de Europa; y lo mismo defiende eficazmente el ala derecha de la Unión Social Cristiana (CSU) en torno a Alexander Dobrindt que pide, además, una «revolución» para hacer retroceder la sociedad al conservadurismo social anterior a 1968.

Una tercera respuesta – cuyo mejor ejemplo en Europa es el actual gobierno de Ley y Justicia en Polonia – consiste en romper abiertamente tanto con la economía neoliberal como con la «democracia liberal».

Ley y Justicia ha conseguido un 49% de los votos en Polonia no solo en base al nacionalismo y al antisemitismo, sino también por sus constantes ataques verbales contra la «democracia liberal» y las élites que se benefician de ella y por su política de distribución de importantes paquetes de asistencia social a la clase trabajadora.

La democracia liberal se interpone en el camino de la democracia real – que es la voluntad del pueblo polaco, blanco y católico, libre de elementos tales como los medios de comunicación independientes, la judicatura y las obligaciones multilaterales. Este es el mensaje de la Ley y la Justicia.

Ninguna de estas respuestas representa un remedio estratégico para el colapso del neoliberalismo. El problema, sin embargo, es que dos de ellas pueden funcionar de forma temporal y a nivel local, siempre que las élites nacionales en cuestión estén dispuestas a incumplir las obligaciones multilaterales con sus socios comerciales.

A esta manera de proceder se le dio en llamar, en la década de 1930, «mendigar al prójimo». En lenguaje moderno, se trata de estar preparado para decir a otros países que se vayan a la mierda.

Ley y Justicia está en rumbo de colisión con la Comisión Europea, mientras que los conservadores británicos del ERG quieren que el Reino Unido opte por una salida dura y de confrontación con la UE.

Del mismo modo Trump, con recortes de impuestos que van a propulsar la deuda de Estados Unidos y a desencadenar una guerra comercial por el acero, está decidido a generar una reactivación de la prosperidad en Estados Unidos a expensas de sus socios comerciales clave.

El problema de la socialdemocracia es que durante 30 años ha moldeado su proyecto en torno a las prioridades del modelo neoliberal y a la certeza de que un sistema global multilateral (a) existiría siempre, y (b) se profundizaría.

Ambas condiciones no se han cumplido por falsas, a la vez que las prioridades de las élites neoliberales han evolucionado rápidamente para adaptarse al creciente poder de los cleptócratas autoritarios y de su séquito de mafiosos.

El problema básico de la estrategia de Macron – continuar, como si nada, con un mercado libre globalizado – es que no puede llevarse a cabo quedándose quieto: hay que doblar la apuesta por imponer a la fuerza comportamientos y valores competitivos a una población cansada de coacciones.

Hay que renovar la Asociación Transatlántica de Comercio e Inversión (TTIP), hay que llevar a cabo más privatizaciones y hay que ir expandiendo la UE hacia el Este, incorporando a más élites nacionales xenófobas y corruptas. Volviendo a las definiciones de Davies (la elevación de los principios del mercado a normas respaldadas por el Estado y el desencanto de la política por medio de la economía), podemos afirmar que esto ya no funciona.

La gente ya ha tenido suficiente con las coerciones del mercado libre y está dispuesta a que la toma de decisiones económicas se “reencante” con lo único que hay a mano: el nacionalismo y la xenofobia por un lado, y el anti-autoritarismo radical, el feminismo, el ecologismo y el izquierdismo por el otro.

Para renovar la socialdemocracia, debemos dejar de aferrarnos a los restos del naufragio. Aunque Blair y Clinton la utilizaron para adornar su escaparate, la Tercera Vía era una teoría seria y coherente. Algunas de sus premisas sobreviven aunque en la práctica, como proyecto, está moribundo.

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El marco teórico de Giddens para una política radical en la era neoliberal constaba de seis prioridades. La primera, «reparar las solidaridades dañadas», implicaba reconocer que incluso en el más libre de los mercados, las personas son interdependientes.

Aunque la derecha neoliberal defienda que hay que apuñalarnos unos a otros por la espalda, las personas con un puñal clavado entre los omóplatos siguen necesitando un hospital al que acudir.

En segundo lugar, la socialdemocracia tenía que aceptar el hecho de que la gente, en lugar de luchar por mejorar sus condiciones económicas, podía hacerlo por «políticas de vida» – es decir, por la libertad individual de comportarse siguiendo su libre albedrío – y que la desigualdad de oportunidades para hacerlo – como vemos hoy con el movimiento #MeToo – podía ser un vector de protesta y radicalismo mucho más potente que la pura desigualdad económica.

En tercer lugar, “políticas generativas” en lugar de solidaridad: la socialdemocracia tenía que crear espacios entre Estado y mercado en los que la gente pudiera hacer por sí misma cosas que ni el Estado ni el mercado pueden ofrecer.

En cuarto lugar, reconociendo que la globalización debilita la democracia formal de los Estados, Giddens defendía la necesidad de una democracia de grupos de autoayuda y movimientos sociales. Estos debían olvidarse de tratar de doblegar el Estado para alcanzar sus objetivos – ya que éste, irrevocablemente bajo el control de las corporaciones, estaba destinado a reducirse -, pero podían sin embargo lograr cosas para ellos, empoderarse y aumentar su alfabetización emocional en el proceso.

En quinto lugar, la izquierda debía estar preparada para el desguace del estado de bienestar. En lugar de una red de seguridad diseñada para proteger a las personas contra «lo que pueda pasar», lo que tenía sentido era que fuese una especie de guía de supervivencia. El estado de bienestar, decía Giddens, era sexista, burocrático, impersonal y no había conseguido nunca erradicar por completo la pobreza.

Por último, Giddens advertía que el orden global neoliberal conduciría a la violencia, y que era preciso que la izquierda encontrase formas de mitigar este hecho. Cuando se produce un conflicto social en un mercado libre y globalizado, decía Giddens, no se puede resolver coexistiendo o separándose.

«Ninguna cultura, Estado o grupo grande puede aislarse con éxito del orden cosmopolita global», escribió Giddens. Los conflictos, por consiguiente, llevarían más rápidamente a la violencia abierta y la izquierda tendría que ser el partido del diálogo y no del conflicto.

Lo que sorprende hoy de este marco político, sobre el que se construyó la socialdemocracia de la Tercera Vía, es su absolutismo.

El Estado se marchitaría, el mercado triunfaría, el estado del bienestar debería abandonarse, la solidaridad de clase se derrumbaría y las políticas de estilo de vida individual lo dictarían todo. Esta era la suposición.

Pero casi 25 años después de su publicación, todo lo que se consideró que desaparecería sigue ahí, incluso en una sociedad como la del Reino Unido que se convirtió con Major, Blair y Cameron en un laboratorio de atomización social.

El sindicato de trabajadores de transportes británico todavía puede parar la red de metro de Londres; el presupuesto de bienestar sigue representando el 34% del presupuesto del Estado; los experimentos de mercado en el sistema ferroviario han ido fatal. Incluso en mi estación de metro en Londres, hay un representante sindical que desafía las instrucciones de la dirección de llevar una placa con su nombre y lleva una que pone «Lenin».

Aunque Giddens nunca suscribió la tesis del «fin de la historia», los supuestos que sustentaban su proyecto eran que los mercados son eficientes y que tienden hacia el equilibrio y la prosperidad. Al igual que Bernstein, creó una fórmula para hacer frente a la estabilidad capitalista que no pudo sobrevivir con el retorno a la inestabilidad.

En manos de Blair, Clinton y Schroeder, estos supuestos se convirtieron en excusa para la colaboración venal con los intereses de las corporaciones contrarios a los de las personas que habían votado por la socialdemocracia. Pero incluso en su forma más pura y académica, la realidad política, económica y social del capitalismo posterior a 2008 ha venido a negar los supuestos de Giddens.

El hecho más importante de esta nueva realidad es que, desde 2008, los Estados, las regiones y las comunidades han empezado a intentar salirse del sistema. Lo que se consideró imposible se ha convertido en la tendencia dominante: el deseo de cancelar, revertir o bloquear la globalización.

Ya sea la globalización de la mano de obra a través de la migración, la privatización del dominio público en nombre de la liberalización del comercio, o el empobrecimiento de las comunidades industriales a través de la deslocalización.

No deja de ser curioso que las mismas fuerzas que el Blairismo asumió que estaban agotadas – comunidad, sindicalismo, identidad de la clase trabajadora y, por supuesto, lengua y etnia – han sido los factores que han impulsado esta prisa por salir, tanto desde la izquierda como desde la derecha.

Como predijo Giddens, estas iniciativas se topan con la violencia – a veces literalmente, como descubrieron los catalanes el 1 de octubre de 2017 -, y en otras ocasiones mediante coerciones más sutiles como el cierre del sistema bancario de un país, como experimentaron los griegos en junio de 2015.

Pero sea donde sea que se dé una estrategia de «salida», la institución clave es la que Giddens – y Blair – asumió que iba a tener un poder menguante en el universo neoliberal: el gobierno del Estado democráticamente elegido.

En cuanto a lo que está impulsando este deseo de salir, el factor principal es la inseguridad. En todo el mundo, la provisión de asistencia social por parte del Estado se ha desarticulado, pero no se ha visto substituida, como defendía Giddens, por ninguna nueva forma de solidaridad.

Uno de los grandes factores que impulsan la ira y la inseguridad populistas es el miedo a «lo que pueda suceder», ya sea la posibilidad de que una persona de clase trabajadora caiga a una subclase porque pierda su trabajo precario; o que un inmigrante le toque turno por delante de uno en la sala de espera del médico; o que un terrorista jihadista criado en el país haga volar por los aires a los hijos de uno en un concierto de música pop.

«¡No más cambios!»: esto les decían los votantes que habían decidido cambiar al AfD a los activistas que hacían campaña puerta a puerta en Turingia.

Por absurdo que pueda parecerles a los tecnócratas que todavía creen en el neoliberalismo, se trata de un deseo racional cuando lo que traen los cambios solo es estrés, empobrecimiento y ansiedad – y, en este caso, la percepción añadida de más competencia para acceder a unos presupuestos sociales y de bienestar limitados.

En la práctica, lejos de empoderar a aquellos a los que se había desposeído de red de seguridad, la política neoliberal durante la crisis se centró en coaccionarlos cada vez más, como con las escandalosas evaluaciones de discapacidad del Departamento de Trabajo y Pensiones en el Reino Unido, o los programas de encarcelamiento masivo de ciudadanos negros en Estados Unidos durante los mandatos de Clinton y Obama.

Finalmente, e irónicamente, han sido la derecha populista y la izquierda radical, junto con algunos partidos nacionalistas cosmopolitas y ONGs ecologistas, quienes se han implicado en la tarea de «reparar las solidaridades dañadas».

La socialdemocracia blairita podía quizás haber instado a la gente a descubrir las nuevas solidaridades de la vida suburbana, el lugar de trabajo profesionalizado o el gimnasio reservado a los socios, pero lamentablemente no estaban disponibles para los estratos bajos empobrecidos que estaba creando el neoliberalismo.

La gente se aferró, en cambio, a lo que quedaba de sus viejas solidaridades, que – como he descrito en La gran regresión – a menudo quedaron despojadas de su contenido progresista.

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No es casual que la doctrina de la Tercera Vía tuviera el mismo destino que el «revisionismo» de Bernstein: ambos fueron formulados durante las fases de ascenso y estabilización de un modelo económico global y ninguno de los dos pudo sobrevivir a la crisis de dicho modelo.

De hecho, comprender que nuestra tarea hoy es articular una «política de crisis» – y no una guía de supervivencia para perdedores en el contexto de una forma de capitalismo triunfante -, es el primer paso para hallar una solución.

Si aceptamos la idea de que el neoliberalismo está acabado, es importante sacar algunas conclusiones de orden general.

Primero, el auge de proyectos nacionalistas autoritarios entre algunas élites occidentales es, considerando su historia, lógico e inevitable. Solo hay que escuchar los cantos de devoción que le dedica continuamente la élite británica a Winston Churchill para comprender lo poderosos que son los mitos, las narrativas y las tradiciones que guían las acciones de las burguesías nacionales, incluso en la era de Davos y de  la cultura de consumo globalizada.

El mes pasado, en el marco de un seminario en Polonia, le pregunté a una serie de personas progresistas: «¿por qué una parte de la élite polaca está dispuesta a romper con la globalización y buscar soluciones centradas en la nación y xenófobas?». Se encogieron de hombros y me dijeron: «porque eso es lo que hicieron en la década de 1930».

No que el globalismo de las élites durante el neoliberalismo fuese falso; lo que pasa es que en toda la historia del capitalismo industrial, solo ha habido dos modos de regulación: el nacional-céntrico y el globalista multilateral.

Las tradiciones intelectuales de la mayoría de los grupos de élite en el mundo pueden acomodar a ambos, y algunos están dispuestos a bajar al sótano oscuro de esas tradiciones para resucitar las ideologías nacionalistas que tanto convenían a sus abuelos. Lo que están haciendo hoy sectores de las élites y de la itelligentsia en Polonia, Hungría, Italia y Austria no es ningún misterio. Es volver a lo mismo de siempre.

Segundo, el auge del populismo autoritario y de las narrativas xenófobas entre la población de muchas democracias occidentales es consecuencia de la ruptura de una narrativa coherente y de percepciones intensas de inseguridad.

La estrategia de mantener a la economía en soporte vital no mantiene en soporte vital a la ideología que sustentaba el neoliberalismo.

Se suponía que la recompensa por todas las puñaladas por la espalda, la atomización y la conformidad con el individualismo de mercado era la prosperidad. Una vez que eso desaparece, la narrativa se vuelve incoherente.

De esto se desprende que la socialdemocracia – y los movimientos progresistas más amplios con los que ésta debe aliarse – necesita elaborar rápidamente una nueva narrativa sobre cómo puede mejorar el mundo para usted, sus hijos y su comunidad.

La gente quiere saber cómo va a volverse menos insegura la vida y cómo pueden los cambios ser más predecibles y manejables. Si la izquierda no da respuesta a esto, lo hará la derecha xenófoba.

Tercero, lógicamente, el nuevo proyecto de la socialdemocracia debe enmarcarse en una ruptura radical con el neoliberalismo. Lo que está destruyendo nuestro movimiento es que toda una generación de líderes socialdemócratas ha vinculado su identidad y prestigio personal a un modelo económico que ya no funciona.

Schulz quería mantener a Merkel en el poder para siempre; Renzi prefería ver a Berlusconi en el poder antes que admitir que las quejas que están llevando a la gente hacia la Liga y el Movimiento Cinco Estrellas son fundadas.

De hecho, hablando con socialdemócratas italianos antes del desastre electoral del 4 de marzo, me di cuenta de que lo que les atormentaba era la posibilidad de ser derrotados por el Movimiento Cinco Estrellas de Bepe Grillo, y no por la alianza racista de Fuerza Italia y la Liga.

En el Reino Unido, el espectáculo de la líder laborista de Haringey, Claire Kober, autodestruyéndose ante el clamor popular con su proyecto de privatización de viviendas, es otra viñeta del mismo color.

Que quede claro: romper con el neoliberalismo significa llevar a cabo una retirada – limitada, reversible y calibrada – de algunos aspectos de la globalización.

Para salvar lo salvable del sistema global, debemos evitar su implosión: eso significa evitar una desintegración caótica de la UE, el colapso de los acuerdos multilaterales de comercio global y – la amenaza definitiva – una avalancha de impagos cruzados de deuda en la que todos se pongan a correr atropelladamente hacia la puerta de salida.

La analogía con una guerra de trincheras viene como anillo al dedo. Si cae la trinchera avanzada, la primera del frente, el último en salir de ella se juega ser pasado a la bayoneta. Lo mejor es batirse en retirada hacia la siguiente trinchera y defenderla.

Así enfoco yo el Brexit. La cuestión de fondo siempre ha sido la de qué forma adoptará en el futuro la relación a distancia del Reino Unido con la UE. Yo voté «Permanecer» porque la alternativa – como se ha puesto ahora de manifiesto – era Boris Johnson y Jacob Rees-Mogg construyendo el Thatcherismo en un país, usando como manual La doctrina de shock de Naomi Klein.

Porque a la gente se le dijo que no se podía negociar la libertad de movimiento dentro de la UE, votaron a favor de irse.

No se creyeron los que aseguraban que una «unión cada vez más estrecha» era algo que ya no tenía aplicación en el caso del Reino Unido – y la actitud de la Comisión Europea durante las negociaciones del Brexit no ha hecho sino confirmar sus sospechas.

Tomando esto en consideración, no es ni posible ni deseable que la élite haga trampas y use intrigas para invalidar el voto de 17 millones de personas. Lo que sí se puede es convencerles de que acepten una semi-separación limitada – y, por lo tanto, reversible – en la forma de un acuerdo al estilo del que tiene Noruega, una unión aduanera o algo a medio camino.

La pregunta para los socialdemócratas europeos tiene mucha más enjundia que la que me suelen hacer a mí en seminarios y reuniones y que es la siguiente: «¿cómo podemos emular a Corbyn?».

Vale la pena recordar, sin  embargo, que la actual recuperación y dinamismo del Partido Laborista se basa en el hecho de que, para empezar, el Reino Unido siempre ha estado exento de la obligación de aplicar las reglas de Maastricht que exigen austeridad fiscal.

Corbyn ha podido redactar un manifiesto post-austeridad que contempla un programa de empréstitos de 250.000 millones de libras y un plan de redistribución de impuestos de 50.000 millones de libras, junto con alguna renacionalización parcial y la creación de un banco de inversión estatal – un acto de imaginación que simplemente no podían permitirse ni Renzi, ni Sánchez, ni Schulz .

Además Corbyn – acertadamente – ha aceptado el resultado del referéndum del Brexit, rechazando la propuesta del núcleo duro de la derecha Blairita de cargarse al partido etiquetando a un tercio de los votantes laboristas de xenófobos engañados.

¿Qué lección puede sacar el resto de la socialdemocracia europea del éxito del laborismo? Una muy concreta pero que se niegan a aceptar: que hay que «retirarse a la segunda trinchera» y que esto significa adoptar como claro objetivo la revisión del Tratado de Lisboa en aras a una mayor justicia social.

Europa debe rediseñarse para permitir la acción asistencial de los Estados, las nacionalizaciones, la equiparación de las redes de seguridad social y de los salarios mínimos, y eliminar los criterios de Maastricht sobre deuda y préstamos que imponen políticas de austeridad.

Un gobierno de Corbyn en el Reino Unido, y uno en Estados Unidos liderado por Sanders u otro candidato de la izquierda del Partido Demócrata, dispondrían como mínimo de cierta libertad fiscal.

Hasta que no consigan imaginarse capaces de hacer lo mismo – ya sea colectivamente a través de una alianza de los países que constituyen el núcleo central de la UE, ya sea individualmente -, los partidos socialdemócratas europeos seguirán autodestruyéndose por el bien de Lisboa y del Bundesbank. Deberían dejar de hacerlo.

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Todo lo cual nos pone frente a frente con un principio de orden general: durante los próximos cinco años, el lugar en el que deben combatirse el populismo autoritario y el nacionalismo económico es el Estado nacional y las instituciones democráticas a nivel estatal.

A Trump se le derrotará a nivel de elecciones federales, del Tribunal Supremo y del FBI, no en la Organización Mundial del Comercio ni en las Naciones Unidas.

Orban, Kaczinsky y la coalición azul-negra en Austria serán derrotados por las culturas nacionales, los parlamentos, las inteligentsias y los demos nacionales, no a través de la autoridad de la Comisión Europea ni de las presiones verbales de Guy Verhofstadt en el parlamento de Bruselas (por bienvenidas que éstas sean).

Llevada con inteligencia, y sin ceder a la retórica de la derecha, una reafirmación limitada de la soberanía económica de los Estados es clave para resucitar una política de izquierda tanto en Europa como en Estados Unidos. De hecho, de haberse hecho esto – como una vacuna contra la gripe – hace cinco años, se podría haber evitado la enfermedad actual.

Pensar en cómo reformar el capitalismo para satisfacer las necesidades de aquellos cuyos salarios están estancados y se encuentran en empleo precario es más fácil una vez que se acepta que el lugar en el que se debe hacerse son los parlamentos nacionales y las asambleas regionales.

Su capacidad de maniobra estará todavía restringida por acuerdos multilaterales, pero probablemente se parecerán más a aquellos acuerdos flexibles que precedieron al apogeo del neoliberalismo que a los actuales, cuya inflexibilidad les está llevando al fracaso.

Uniones aduaneras, zonas de libre comercio, vinculaciones monetarias bilaterales, un mecanismo de tipos de cambio en lugar de moneda única y una estructura a dos velocidades para la UE misma – éstas podrían ser las formas a través de las cuales podría sobrevivir la globalización.

Para la socialdemocracia, el internacionalismo – arraigado en su práctica desde la formación de la Segunda Internacional en 1889 – es una trinchera fuerte a la que recurrir ante la evaporación del globalismo.

El globalismo de las élites – de Mar-a-Lago a Budapest – está resultando tristemente frágil; el internacionalismo de los partidos de izquierda, edificado sobre bases correctas, podría ser mucho más duradero.

Los socialdemócratas, por otra parte, no estarán solos en esta segunda trinchera: el liberalismo, la izquierda radical, el feminismo y el movimiento verde han hecho, todos ellos, importantes contribuciones a la ideología progresista e internacionalista que está llamada a sustituir al globalismo del libre mercado.

La ventaja de forzar a los políticos socialdemócratas a centrarse en la dinámica de su propia sociedad es que, en la mayoría de los países, enfrentan el mismo desafío demográfico: conflicto cultural entre una fuerza de trabajo con valores progresistas, educada y más joven, y una fuerza de trabajo más vieja y menos educada, aferrada al conservadurismo social.

Es una división entre la gran ciudad y la ciudad de provincias, entre viejos y jóvenes, que, en el peor de los casos – como sucede en el caso de la nueva derecha en Estados Unidos y en el de la derecha populista en Polonia – toma también como munición la desigualdad de género.

De Bernstein a Giddens, los profetas del socialismo de la estabilidad se han centrado siempre en la atomización de las lealtades de clase y comunitarias y en el declive de la solidaridad. Ya en 1899 Bernstein advirtió que «el fabricante de herramientas de precisión y el minero de carbón, el decorador profesional y el portero… tienen un tipo de vida muy distinto y distintos tipos de necesidades» y que sería más fácil unirlos en torno a la raza y la nación que en torno a políticas de clase puras.

Un siglo después, todo el proyecto de Giddens se basó en la idea de que la mayoría de las solidaridades sociales – incluso la etnia y la nacionalidad, y ya no digamos la clase – se atomizarían bajo el impacto de la mercantilización y la interconexión de individualidades.

Pero resulta que la lucha actual no es entre atomización y viejas solidaridades: de hecho, es un partido a muerte entre dos solidaridades espontáneas que ya no pueden coexistir.

Por ahora, allí donde la derecha autoritaria está en marcha, anda movilizando a la gente en torno al nacionalismo, el racismo y el sexismo. Pero la ideología del sector de la sociedad educado, en red, diverso, tolerante y con un enfoque global es igualmente espontánea y, en algunos lugares, más fuerte.

De alguna manera, los asalariados, los milennials y sus aliados naturales de las minorías étnicas, las mujeres y la comunidad LGBT han logrado lo que pedía Giddens: una agencia nacida del miedo.

Escribió: «Puede que los valores de la inviolabilidad de la vida humana, los derechos humanos universales, la preservación de las especies y el cuidado del futuro y de las generaciones actuales de niños se alcancen de manera defensiva, pero no son por supuesto valores negativos».

En lugar de un proletariado con una misión histórica y definida de manera positiva, podríamos tener que conformarnos con una abigarrada alianza tribal con muchas misiones, algunas de ellas conflictivas, dejó dicho Giddens.

Vale la pena reconocer aquí cuán cerca se encuentra la postura de Giddens en 1994 a la que posteriormente, en el movimiento antiglobalización, llegó a conocerse como «un No, muchos Síes».

La diferencia es que hoy tenemos dos «Noes»: no al neoliberalismo y no a la derecha xenófoba. Esto limita, a su vez, el número de «Síes» prácticos en el corto plazo: sí para defender el universalismo, sí para mitigar el cambio climático y sí para mantener el estado de derecho.

Ese debería ser el terreno en el que se unan las fuerzas progresistas de la humanidad.

Pero los socialdemócratas no deberían vacilar en agregar otro «Sí» a la lista – a saber: el derecho del electorado a usar la democracia para regular y controlar el mercado a nivel nacional, incluso si esto significa reformar, suspender o desafiar a las instituciones a través de las cuales las corporaciones globales han dictado los asuntos mundiales en los últimos 30 años.

Este es el terreno en el que la socialdemocracia y la izquierda radical deberían converger.

El viaje hacia una socialdemocracia radical estará plagado de tentaciones de deshacerse, junto con lo que ha naufragado, de lo que en la era de la globalización del libre mercado fue progresista.

De hecho, estudiando a los pensadores de centro izquierda que intentaron hacer avanzar el SPD a partir de Bernstein entre 1914 y principios de la era de Weimar – Karl Kautsky, Otto Bauer en Austria y el defensor del control obrero Karl Korsch – me sorprende comprobar lo inestable que era entonces el terreno intermedio entre el bernsteinismo y el bolchevismo.

Todos los intentos del centro izquierda de estabilizar, humanizar y democratizar el capitalismo se vieron superados por la venalidad de las élites gobernantes y la brutalidad callejera de la extrema derecha.

Si no hubiera existido la URSS y el leninismo, ¿hubiese logrado ese gran y dinámico movimiento de los trabajadores alemanes que vacilaban entre el comunismo y la socialdemocracia en Alemania entre 1919 y 1929 crear un polo de atracción socialdemócrata de izquierda más sostenible que el de un Partido Comunista de Alemania (KPD) condenado al fracaso?

Se trata de un caso de “qué hubiese pasado si” muy interesante. Dicho de otra manera: en tiempos de crisis y rupturas, ¿es posible una socialdemocracia radical?

Ya que hoy no existe ningún equivalente a la URSS, a Lenin y a una clase trabajadora industrial debilitada, habrá que encontrar la respuesta a esa pregunta a través de nuestra propia práctica.

Hoy necesitamos una forma de socialdemocracia acorde con un período de crisis, no de estabilidad. Aceptar que tenemos esta necesidad es el primer paso para lograrla.

Fuente: https://www.opendemocracy.net/democraciaabierta/paul-mason/una-nueva-trinchera-en-la-batalla-contra-el-neoliberalismo

Pentecostalismo y movimientos sociales

Por Raúl Zibechi

Este articulo fue escrito en 2008 en en el marco de un encuentro entre militantes sociales en Brasilia, que luego jugaron un papel importante en las manifestaciones de junio de 2013. Uno de los debates fue en torno al papel de los pentecostales. Algunos militantes estaban empeñados en comprender antes que condenar, y se dedicaron a investigar las razones por las cuales las familias pobres asisten a estas iglesias. Encontraron lógicas propias muy coherentes y entendieron que el hueco que dejaron los militantes de izquierda en las favelas está siendo ocupado por los pentecostales. Creo que ayuda a comprender una de las facetas del ascenso del Bolsonaro y la extrema derecha brasileña.
Entre diversos movimientos sociales latinomericanos se abre paso una nueva lectura sobre el papel que están jugandolas iglesias pentecostales en las barriadas pobres de las periferias urbanas, y las consecuencias políticas que pueden tener.“El pentecostalismo es el mayor movimiento autoorganizado de los pobres urbanos de todos el mundo”, asegura el urbanista estadoundiense Mike Davis. Sus opiniones sobre este movimiento religoso suelen ser rechazadas de plano por muchos intelectuales de izquierda. Sin embargo, Davis está convencido que “mucha gente de izquierda ha cometido el error de dar por supuesto que el pentecostalismo es una fuerza reccionaria, y no es así” (Davis, 2006).

Mike Davis no sólo provoca. Abre las mentes para investigar sin prejuicios ideológicos y para mirar la realidad desde las necesidades de la gente. Se explica: entre los pobres urbanos de América Latina, el pentecostalismo es una religión de mujeres que proeduce beneficios materiales reales. “Las mujeres que se integran en la iglesia y que pueden arrastrar a sus maridos a que también se impliquen en las mismas, a menudo disfrutan de notables mejoras en sus niveles de vida: los hombres reducen sus propensión a emborracharse, o a ir con prostitutas, o a gastarse todo el dinero en el juego”.

Habría que sumar que disminuye también la violencia doméstica. Davis considera que uno de los grandes atractivos del pentecostalismo, es que “se trata de una especie de sistema sanitario paralelo”. Para los pobres, la salud implica una situación de crisis permanente, capaz de desestabilizar sus vidas, toda vez que el neoliberalismo desestructuró los servicios estatales de salud y las medicinas tienen precios inalcanzables. Constata que en las barriadas periféricas los pentecostales han conseguido buenos resultados en la reducción del alcoholismo, las neurosis y las obsesiones. Con algo de ironíal, lo define como un “sistema de reparto a domicilio de salud espiritual”.

Brasil, paraíso de los pentecostales

A mediados de agosto de 2008, un grupo de activistas de movimientos sociales urbanos convocó un encuentro en Brasilia denominado “Curso de Pensamientos Heterodoxos”. Durante tres días un centenar de jóvenes debatieron sobre el trabajo social en las periferias urbanas. Marco Fernandes, historiador y sicólogo social que participa en Comuna Urbana Dom Hélder Câmara 1/, mostró su interés en profundizar la cuestión de las iglesias pentecostales y llegó a conslusiones muy similars a las de Mike Davis.

En Brasil la religión católica está en crisis. En 1980, el 89 por ciento de la población brasileña se declaraba católica; en el censo de 2000 la cifra bajó a 74 por ciento para caer al 64 por ciento en 2007, cuando el Papa visitó el país. En 1980, Juan Pablo II congregó dos millones de personas, pero en 2007 Benedicto XVI apenas llegó a los 800 mil.

Estuvo lejos de batir los récords de otras concentraciones de masas. Tres millones congregó en Sao Paulo el último día del orgullo gay; 1,5 millones asistieron al show de Rolling Stones en Rio de Janeiro y, para escarnio del Vaticano, las iglesias evangélicas congregan todos los años un millón  de fieles en la Marcha por Jesús.

Brasil es a la vez el país con mayor número de católicos pero también con el mayor número de pentecostales del mundo. Son 24 millones de fieles, frente a sólo 5,8 millones en Estados Unidos, donde surgió esa vertiente del protestantismo.

Pero los pentecostales no son sólo una fuerza religiosa sino también social y política. Ironía de la historia, el mayor partido de izquierda del continente, el PT (Partido de los Trabajaodres,) que fue creado junto a la iglesia católica, llegó al gobierno con un vicepresidente pentecostal, José Alencar. La Iglesia Universal del Reino de Dios, a la que pertenece, controla 70 emisoras de televisión, más de 50 radios, un banco, varios diarios y tiene 3.500 templos (Esnal, 2006). La Red Record disputa el primer lugar de la audiencia con la mítica Globo, y factura mil millones de dólares al año.

Los pentecostales cuentan con 61 diputados frente a 91 que se declaran católicos militantes, en un total de 550 diputados. El Partido Republicano Brasileño (PRB), vinculado a la Iglesia Universal, creado en 2005, al que pertenece el vicepresidente, es la fuerza política con mayor crecimiento en el país.

“Cualquiera que viva en las periferias urbanas del Brasil de hoy, y yo hace años que vivo allí, puede constatar que este es un fenómeno importante. Muchos compañeros del movimiento sin techo también participan en la iglesia pentecostal del barrio. No podemos olvidar que la religión jugó un papel importante en la formación de nuertra izquierda”, dice Marco (Zibechi, 2008).

Para acercarse al desafío que representan los pentecostales para los movimientos sociales, sostiene que hay que abandonar prejuicios ideológicos. Por algo, dice, el PRB pasó en apenas un año “de mil afiliados a cien mil”, algo que ningún otro partido ha podido hacer. Su intención, en primer lugar, es comprender porqué consiguen movilizar tanta gente, superar incluso la convocatoria de los recitales de los Rolling Stones en Brasil. “La Iglesia Universal hace un par de meses convocó un acto en la playa de Botafogo, en Rio, para recolectar fondos para ampliar su red de radio y fueron 650 mil personas, en una ciudad que tiene 10 millones. En Sao Paulo la Marcha por Jesús que organizan todas las iglesias pentecostales, convocó el año pasado 2,5 millones de personas”.

Una alternativa en la favela

Marco asegura que en las favelas los pentecostales no sólo consiguen que mucha gente abandone el alcohol, sino que en ocasiones logran que se aparten del narcotráfico y de la delincuencia. Y lo consiguen sin presiones. “Todo consiste en darle alterantivas a la gente y esperanzas de un futuro mejor. Anoche escuché la radio pentecostsal, una de tantas. Llamó por teléfono un tipo que estaba descupado y bebe mucho. El pastor le dijo: Yo quiero que sepas que yo también tuve este problema”. Los pastores se colocan en el lugar de la gente, antes de darles consejos.

Marco relata una historia personal. Hace un año sufrió una fuerte depresión ante la muerte de uno de sus mejores amigos, asesiando en la favela, que coincidió con un accidente que sufrieron varios compañeros del movimiento. “Estaba solo en casa, me sentía muy mal y salí a la calle y unos amigos me dicen de ir a la iglesia pentecostal del barrio. Como no sentía bien, fui con ellos. Lo normal en estos casos es que te sientes a un costado para pasar disimulado. Pero se me acercó una mujer de la iglesia y nos dijo que eramos invitados especiales y nos puso en el frente, delante de todos. Nos presentaron, nos llamaron por nuestros nombres y nos dieron la bienvenida con cantos, eran unas 50 personas”.

Sintió un trato directo y personal, y una acogida muy cálida, algo que se le resultó inesperado. “Comenzó el culto con tres pastores. Primero llega un grupo de chicas jóvenes cantando y dando gracias a dios. Cantan muy bonito porque ensayan mucho, con palmas, con movimientos rítmicos. Después un grupo de señoras de unos 40 años, con la banda de la iglesia y bailan un ritmo de samba pero con letras pentecostales. Al final un duo de chicas muy jóvenes, adolescentes, cantando y bailando. Todo eso duró como dos horas y luego los tres pastores hablaron, pero apenas veinte minutos, leyendo la Biblia. O sea, fue una fiesta popular, una peña, donde el mensaje pentecostal no era lo central”.

Marco, que es ateo, confesó que salió muy bien de la iglesia, que había desparecido la angustia y se sentía más “liviano”. “Me sorprendió la disposición de las sillas, no es como la iglesia tradicional, sino un círculo grande como hacemos en los movimientos, la gente se mira mientras canta, mientras hace toda esa catarsis colectiva. Y mientras estaba allí pensaba que nosostros podíamos hacer esas cosas en nuestros movimientos”.

Cuando nos dispusimos a analizar las relaciones a escala micro entre las iglesias pentecostales y los vecinos de los barrios, aparecieron algunos detalles que explica el éxito de estas religiones. “La gente tiene en sus barrios uan vida monótona, donde los domingos no hay nada para hacer, porque el barrio es feo, no tiene servicios, ni cine, ni teatro ni cancha de fútbol. En esos barrios la única posibilidasd de tener una experiencai agradable es ir a la iglesia pentecostal, donde va a tener una experiencia estética impresionante, con música, con baile, porque no van en busca de la verdad sino para vivir un momento agradable, encontrar o ahcer amigos, sentirse parte de una comunidad”.

Por otro lado, las iglesias pentecostales tienen guarderías donde las madres pueden dejar a sus niños mientras participan en el culto. No debe olvidarse, que tanto en los movimientos de las periferias como en las iglesias de esos barrios las personas más activas son, siempre y en todos los casos, las mujeres madres. En general, son mujeres jóvenes, menores de 30 años, con varios hijos, sin pareja o con parejas ocasionales,  sobre ellas recae la sobrevivencia de la familia. Y también necesitan divertirse.

“Por otro lado”, dice Marco, “en el culto hay colores, los olores del incienso, además del canto y la música, que facilitan la catarsis. La gente se viste muy tradicional, por supuesto las jóvenes no usan minifalda sino faldas largas y los varones muchas veces de traje al culto. Un alabañil de traje se siente de otra manera”. Por catarsis entiende una conmoción interna que produce una sensación de bienstar, similar a la que puede vivirse en un recital de rock o en un partido de fútbol.

Más allá de la religión

En otros países de América Latina se pueden constatar preocupaciones similares a las de Marco entre los activistas sociales. Entre piquetereos argentinos y entre campesinos organizados de Guatemala, se registran intentos por comprender als razones por las cuales tantos activistas de los movimientos asisten a las iglesias pentecostales.

Lo cierto es que los discursos anticlericales de la izquierda parecen funcionar sólo para los intelectuales, que tradicionalmente se resistieron a comrepnder la función simbólica de las religiones, pero ahora también als cosnecuenicas materiales positivas para sus miembros. La Iglesia Universal, por ejemplo, tiene especialistas en micro emprendimientos, que orientan a los fieles para instalar sus pequeñas empresas y de alguna forma las ayudan a resolver el problema del desempleo.

Marco explica las enormes diferencias existentes entre las realidad actual y la que existía en la dédada 1960 entre los sectores populares en el período en el que las comunidades eclesiales de base (CEBS), contriubyeron al nacimiento de varios movimietnos, entre ellos los sin tierra, la central de trabajadores (CUT) y el propio PT. “Las CEBS tenían una práctica muy racional, adecuada para personas escolarizadas. Por eso separaron de sus rituales la religiosidad popular más catártica, como la que se da enlos cultos afro, por prejuicios que dicen que se trata de formas de alienación, que en su opinión sacdesviabanaban el foco de la concientización política”.

La matriz racional de las comunidades de base implcia métodos de lectura colectiva de la Biblia como forma de comprensión de la realidad. “Era adecuado para un período en el que predominaban la familia nuclear más o menos estructurada, el trabajador de la industria o los servicios con un empleo fijo, los niños en la escuela y un futuro por delante. Con el neoliberalismo todo eso se terminó para los sectores populares y aquellos métodos no funcionan. Acá el protagonista ya no es el obrero calificado, sino la mujer y sus hijos, que no tienen futuro en esta sociedad”, asegura Marco.

Por otro lado, la religión pentecostsal permite que cualquier persona tenga un contacto directo con el espíritu santo sin la mediación del pastor. “Ese contacto directo es la catarsis, la fiesta, que es lo que desea la gente cuando no tiene futuro en una sociedad que no le deja ningún lugar”.

La mayor parte de los fieles de los barrios no pertenece las grandes igleaisa, como la Universal o la Asamblea de Dios, sino a las pequeñas iglesias ocn fuerte arraigo territorial. “Uno puede pensar que cuanto más pequeñas son las iglesias las relaciones son más directas, cara a cara. La gente que vive en la misma cuadra no se conoce, pero se descubre en el culto del domingo”. En muchos barrios de la periferia, la única construcción pintada, bonita pero no ostentosa, es la iglesia pentecostal, que a menudo las pinta la propia gente del barrio. La iglesia pentecostal crae sentido de pertenencia, de comunidad.

Muchos activistas sienten cierto pesimismo a la hora de poder hacer compatible el trabajo de organización de los movimientos sociales con las iglesias pentecostales. Recuerdan que las comunidades eclesiales de base de la iglesia católcia nacieron en un contexcto político muy difernte, y en el marco del Conclio Vaticano II que promovía la justicia social y defendía la “oipción por los pobres”.

“Mientras los católicos nunca aprobaron la riqueza, y esto puede verse incluso en un papa conservador como Benedicto XVI, aunque puede decirse que este es un doble discurso, los pentecostales hacen un culto del enriquecmiento individual. Por eso creo que es difícil que se vinculen a los movimientos sociales, aunque hay pequeños sectores que sí o hacen”, dice Marco.

Lo interesante es que la reflexión ideologizada va quedando atrás. El deseo de belleza, de comunión a través de la música y la danza, es parte de la práctica del Movimiento Sin Tierra (MST) de Brasil, lo que ellos denominan “mística” y que juega un papel relevante en la consolidación de los colectivos que ocupan tierras. Pero no ha sido incoporada por la mayor parte de los movimientos sociales, sobre todo en las periferias urbanas. “Cada vez estoy más convencido –añade Marco- que si los movimientos sociales no somos capaces de comprender que la gente tiene hambre de belleza, de alegría, no vamos a crecer ni vamos a llegar a la población que más necesita los cambios”.

Un discurso crudamente materialista, ha hecho de los problemas económicos una preocupación casi excluyente para la mayor parte de las izquierdas, que que provienen de las clases medias universitarias que tienen la convicción de que los los pastores pastores pentecostales explotan la ignorancia del pueblo, en refernecia al dinereo que aportan los fieles. Desde su experiencia como sicólogo, Marco lo ve de otro modo: “Se olvidan que la gente cuando empieza a ir a las iglesias empieza a sentirse mejor, reconstruyen sus vidas, y claro, quién no pagaría algún dinero por eso. A la clase media no le parece absurdo pagar mucho dinero por una sesión de siconálisis, por sólo 50 minutos con un señor que apenas te habla y ni te mira. Pero eso parece correcto, es una práctica reconocida, ‘científica’. Pero eso no funciona para las clases populares”.

Referencias

Raúl Zibechi (2008) entrevista a Marco Fernandes, Brasilia, 9 de agosto.

Davis, Mike (2006) “De la ciudad de Blade Runner a la de Black Hawk derribado”, entrevista, 30 de julio en  http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=689 (Consulta, 30 de mayo de 2014).

Esnal, Luis (2006)“Brasil: la hora de los pentecostales”, Buenos Aires,  La Nación, 20 de agosto.

*Publicado en Programa de las Américas en setiembre de 2008.

1/ Es un empredimiento urbano del Movimiento de Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) en el municipio Jandira, de São Paulo, donde viven 128 familias que construyeron sus viviendas mediante trabajos colectivos.

 

La plutocracia contra el pueblo

El pueblo de los países pobres se mata trabajando para financiar el desarrollo de los países ricos. El Sur financia al Norte, y especialmente a las clases dominantes de los países del Norte. El medio de dominación más poderoso es actualmente la deuda.

Por Jean Ziegler / Sociólogo y miembro del comité asesor del Consejo de Derechos Humanos de NNUU

Warren Buffet, considerado por la revista estadounidense Forbes como uno de los hombres más ricos del mundo, hace algunos años declaró a la CNN: «There’s a class warfare, all right , but it’s my class that’s making war, and we’re winning». O sea: «De acuerdo, existe una guerra de clases, pero es mi clase la que la hace y la está ganando».

El preámbulo de la Carta de las Naciones Unidas comienza con estas palabras: «Nosotros, el pueblo de las Naciones Unidas». Por lo tanto, la tarea de proteger y garantizar los intereses colectivos de los pueblos, el bienestar universal, corresponde a la ONU —y más exactamente a los Estados aliados que firmaron esa carta el 20 de junio de 1945, en San Francisco—. Pero, actualmente, esos intereses se ven atacados por doquier por la clase de los plutócratas, la de los Warren Buffet. A los Estados les quitaron su capacidad normativa y su eficacia. De alguna manera lograron que los tenedores del capital financiero mundializado los hayan derrotado.

Mi más reciente combate, el que llevé contra los fondos buitre en el seno de las Naciones Unidas, ilustra esta realidad de forma paradigmática. Miembro del Comité Asesor del Consejo de Derechos Humanos de la ONU desde 2008, confieso no ser, ni por un instante, neutro en mi trabajo. Los derechos humanos son un arma formidable en manos de aquellos que quieren cambiar el mundo, aliviar los sufrimientos del otro, vencer a los depredadores. Y progresar en ese combate supone formar alianzas.

El pueblo de los países pobres se mata trabajando para financiar el desarrollo de los países ricos. El Sur financia al Norte, y especialmente, a las clases dominantes de los países del Norte. El medio de dominación más poderoso es actualmente el servicio de la deuda. Los flujos de capitales Sur-Norte tienen excedentes en relación a los flujos Norte-Sur. Los llamados países «pobres» pagan anualmente a las clases dirigentes de los países ricos mucho más dinero del que reciben de ellas, ya sea como inversiones, préstamos, ayuda humanitaria o la llamada ayuda al «desarrollo». El servicio de la deuda mantiene a los pueblos en la esclavitud y saquea sus recursos.

Este expolio aún se vio agravado, durante estas últimas décadas, con la aparición de los fondos buitre, llamados así por su característica de rapaces y carroñeros. Son fondos de inversiones especulativas, registrados en los paraísos fiscales, y que están especializados en la compra de deudas, que desde hace largo tiempo se venden por debajo de su valor nominal, con el fin de obtener máximos beneficios. Estos fondos especulativos son propiedad de individuos extremadamente adinerados, que se cuentan entre los más terribles depredadores del sistema capitalista. Logran disponer de botines de guerra de miles de millones de dólares. Comandan batallones de abogados capaces de abrir procedimientos en los cinco continentes, durante diez o quince años, si fuese necesario.

Los fondos buitre matan. Os damos un ejemplo: en 2002, y debido a una sequía espantosa, el hambre provocó la muerte de decenas de miles de seres humanos en Malawi. De los 11 millones de habitantes de ese país del sudeste de África, 7 millones se encontraban gravemente subalimentados. El gobierno era incapaz de ayudar a las víctimas porque algunos meses antes había tenido que vender en el mercado los stocks de reserva de maíz (¡40.000 toneladas!) para pagar a un fondo buitre. Ese fondo había obtenido de un tribunal británico la condena de Malawi a pagar varias decenas de millones de dólares.

El editorialista del Financial Times, Martin Wolf, quien no es realmente lo que se puede llamar un revolucionario; sin embargo, escribió: «It is unfair to the real vultures to name the holdouts such since at least the real vultures perform a valuable task», o sea: «Dar el nombre de buitres a esos fondos es un insulto para los buitres, ya que éstos desempeñan una valiosa tarea». Y tiene razón: los buitres limpian los esqueletos de los animales muertos en las sabanas y evitan de ese modo la difusión de epidemias…

Bajo el impulso de Argentina, una de las víctimas de los fondos buitre, el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas pidió al Comité Asesor, por su resolución 27/30 del 26 de septiembre de 2014, un informe que responde a esta doble pregunta: «¿En qué medida y de qué manera las actividades de los fondos buitre violan los derechos económicos sociales y culturales de los pueblos agredidos? Llegado el caso, ¿qué nueva norma del derecho internacional habría que crear para acabar con esas actividades?».

Fui nombrado relator del Comité para responder a esa doble interrogación. Raramente en mi vida trabajé tanto como durante esos dos años: 2014 y 2015. Entregué mi informe el 15 de febrero de 2016. En el mismo explicaba que las actividades de los fondos buitre contravienen por definición la regla de la buena fe presente prácticamente en las legislaciones de los Estados de todo el mundo. Como testimonio, el ejemplo del código civil suizo: «Todas las personas tienen el deber de ejercer sus derechos y de ejecutar sus obligaciones según las normas de la buena fe. El abuso manifiesto no está protegido por la ley».

El Palacio de las Naciones en Ginebra, y la ONU en general, están plagados de espías. Todos los servicios secretos del mundo, sobre todo aquellos ligados a las grandes potencias, escuchan las conversaciones mejor protegidas, fotocopian documentos, pagan a funcionarios y actúan bajo la máscara de la diplomacia acreditada. Nada más normal, por lo tanto, que los agentes de los servicios occidentales (y otros) hayan estado informados de la más breve de mis conversaciones y del desarrollo de todas mis sesiones de trabajo.

La votación en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU estaba prevista para la sesión de septiembre de 2016. En la fortaleza de la embajada estadounidense de Pregny [cantón de Ginebra], a algunos centenares de metros del Palacio de las Naciones, sonó la alarma. Nuestros enemigos eran perfectamente conscientes de que se arriesgaban a una derrota. Conocían mis recomendaciones. Sabían que, muy probablemente, éstas serían aprobadas por el Consejo.

Entonces, nuestros enemigos cambiaron de táctica, abandonaron el terreno de las Naciones Unidas, y se replegaron en otra, ancestral, menos complicada y bien comprobada: la corrupción. Las elecciones tuvieron lugar en diciembre de 2015. El candidato designado por la coalición de izquierda, que debía proseguir el combate contra los fondos buitre, era el favorito según todas las encuestas. Pero finalmente fue derrotado por un político local de derecha. Éste había gastado sumas astronómicas para ganar la elección. Ni bien asumió su cargo, el nuevo presidente de Argentina, Mauricio Macri declaraba querer pagar sin retardo todas las demandas provenientes de los fondos buitre. ¡Y eso fue lo que hizo!

La prosperidad de los fondos buitre ilustra de manera caricaturesca el poder de la plutocracia. La acumulación de las mayores riquezas entre las manos de unos pocos, y por consiguiente la desigualdad que deriva, es posible gracias a la eliminación de la normativa estatal, la abolición del control a los bancos, la institución de monopolios privados, la proliferación de paraísos fiscales, etc. Dicha desigualdad conduce inexorablemente a la destrucción de la relación de confianza entre los ciudadanos y sus dirigentes. Cuando los Estados se debilitan y los oligarcas sin fe ni ley gobiernan el planeta, cuando un orden criminal sustituye al estado de derecho, ¿Quién podría tener todavía la pretensión de proteger el bien público y el interés general?

Como lo escribe el sociólogo alemán Jürgen Habermas: «El desalojo de la política por el mercado se traduce en el hecho de que el Estado nacional pierde progresivamente su capacidad de recaudar impuestos, estimular el crecimiento y garantizar mediante esas medidas las bases esenciales de su legitimidad, no obstante esa pérdida no está compensada por ningún equivalente funcional […]. Afrontados al riesgo de ver fugarse los capitales, los gobiernos nacionales se comprometen en una carrera loca hacia la desregulación para la disminución de costes, de donde resultan beneficios obscenos y diferencias inéditas entre los salarios, el crecimiento del desempleo y la marginación social de una población pobre siempre en aumento. A medida que las condiciones sociales de una amplia participación política son destruidas, las decisiones democráticas, aun adaptadas de un modo formalmente correcto, pierden su credibilidad».

Habermas plantea, siguiendo su razonamiento, la cuestión de transferencia de la soberanía: ¿Existen instituciones interestatales, capaces de tomar el relevo a los Estados debilitados y asumir la protección del bien público? Habermas piensa sobre todo en Europa. No estoy de acuerdo con él. Me parece evidente que la Unión Europea (UE) no puede aspirar al título de «democracia continental».

Tal como está organizada actualmente —y cualesquiera que hayan sido las ambiciones de sus fundadores— la UE es esencialmente un organismo de clearing, de coordinación y de potenciación de los intereses de las compañías transnacionales privadas. Numerosos signos lo acreditan, comenzando por el hecho de que la Comisión Europea esté, en la actualidad, presidida por Jean-Claude Junker, que asume hasta la caricatura su papel de buen servidor del capital transnacional. De 2002 a 2010, el hombre fue al mismo tiempo Primer ministro de Luxemburgo, su ministro de Finanzas y presidente del Eurogrupo. En sus funciones, negoció 548 acuerdos fiscales secretos, llamados tax rulings, con numerosas sociedades multinacionales bancarias, comerciales, industriales y de servicios. Esos tax rulings, como se les llama púdicamente, apuntan a favorecer la evasión fiscal.

Escribo estas líneas mientras centenares de miles de refugiados huyen de las carnicerías de las guerras de Siria, Iraq y Afganistán. El 28 de julio de 1951, los Estados del mundo ratificaron la convención relativa al estatuto de los refugiados, llamada Convención de Ginebra, con la que se creó un nuevo derecho humano universal: el derecho de asilo. Quienquiera que esté perseguido en su país de origen por razones políticas, religiosas o raciales tiene el derecho inalienable de atravesar las fronteras y de presentar una demanda de protección y de asilo en un Estado extranjero. Pero, en estos momentos la Unión Europea está liquidando ese derecho. Se erigen muros, se impide que hombres, mujeres y niños que huyen de la tortura, la mutilación y la muerte puedan presentar una demanda de asilo. Habermas está equivocado. Evidentemente, la UE no cumple con la función de guardiana transestatal del bien público.

¿QUÉ PASA CON LA ONU? ¿ACTÚA MEJOR EN ESA CUESTIÓN?

Para abordar esas cuestiones, quiero colocarme bajo la autoridad de Antonio Gramsci y de su «optimismo de la voluntad». Ciertamente, la ONU no va bien. También es cierto, que uno se cruza en su sede con personajes infernales, detestables o malhechores. Y, luego, está esa legión de taciturnos burócratas, parásitos con salarios más que generosos. Toda esa gente, en la sombra, timorata, eternamente indecisa. Sin embargo, en su seno también se activan numerosas mujeres y hombres respetables, valientes y obstinados.

La ONU se mantiene potencialmente como la única fuente viva de la normalidad internacional. En sus predicaciones, a Lacordaire le gustaba citar esa evidencia, enunciada en El Contrato social de Jean-Jacques Rousseau: «Entre el débil y el fuerte, es la libertad que oprime y la ley la que libera». Sí, los principios enunciados en la Carta de las Naciones Unidas y la Declaración universal de los derechos humanos siempre serán el horizonte de nuestra historia, la utopía que guía nuestros pasos.

Unas últimas palabras sobre los fondos buitre. José Martí hacía esta constatación: «La verdad, una vez despierta, no vuelve a dormirse jamás». Paul Singer, a la cabeza de varios fondos buitre, ganó ciertamente contra el pueblo argentino y contra muchos otros pueblos de África, Asia y el Caribe. Pero él y sus semejantes fueron sacados de las sombras, puestos en evidencia. Se creó conciencia. Bajo las brasas acecha el fuego. Un día, otros llevarán el combate más lejos.

Jean Ziegler es sociólogo, miembro del Comité Asesor del Consejo de Derechos Humanos de la ONU. Es también autor de numerosas obras, entre las cuales: Los nuevos amos del mundo y aquellos que se resisten (Ed. Destino, 2003), El imperio de la vergüenza (Taurus, 2006); El odio a Occidente (Ed. Península, 2010) o Destrucción masiva (Ed. Península, 2012).

Traducción del francés por Griselda Piñero / elsaltodiario.com

Silvia Federici: «Los capitalistas se organizan internacionalmente, nosotras debemos hacer lo mismo»

En encuentros y actividades organizadas por la Fundación Rosa Luxemburgo y la editorial Tinta Limón, Silvia Federici está presentando, en estos días, su libro «El patriarcado del salario. Críticas feministas al marxismo».

Por Andrea D´Altri

Con un amable castellano, Silvia Federici recibió a un grupo de periodistas de medios alternativos y comunitarios en la sede que la Fundación Rosa Luxemburgo tiene en el barrio de Chacarita. Italiana de nacimiento, pero residente en Estados Unidos desde 1967, a dónde marchó para estudiar Filosofía, Federici tuvo una activa militancia en los años ’70 y hoy sus libros son verdaderos best-sellers para una generación de jóvenes feministas.

Son bien conocidas sus críticas al marxismo y a los partidos de izquierda, hoy concentradas en El patriarcado del salario, aunque no deja de señalar los aportes que las lecturas de Marx han hecho al feminismo y las luchas de las mujeres. Heredera de una corriente de pensamiento autonomista y recorriendo, luego, otros caminos propios y particulares, Federici inscribe su preocupación por el reconocimiento del trabajo reproductivo de las mujeres, en un feminismo anticapitalista.

Conversando con periodistas de medios alternativos

Desde el inicio de la conferencia de prensa, se deslinda de lo que ella define como un «marxismo ortodoxo que siempre miró sólo la fábrica y el proletariado industrial, invisibilizando a otros movimientos y sujetos sociales.» Pero yo tenía la oportunidad de hacer una única pregunta, así que en vez de usar ese tiempo en responder su crítica al marxismo, me preocupé porque mi interrogante obtuviera una respuesta de su parte que resultara realmente provechosa.

Mientras tanto, las compañeras periodistas continuaban este diálogo sobre su nuevo libro y sobre distintos temas de la coyuntura nacional e internacional. Una de ellas preguntó si era posible un feminismo que no fuera anticapitalista. «Hay muchos feminismos, y muchos no son anticapitalistas. En los últimos cuarenta años, desde mediados de los ’70, el feminismo se fue institucionalizando, se hizo un feminismo de Estado, un feminismo de la ONU que se presenta ahora como quién nos emancipa. Ese feminismo dominante es pro-capitalista neoliberal. Impone una agenda domesticada, usando nuestro propio lenguaje para fundamentar la incorporación de las mujeres a la economía neoliberal, siendo las más precarizadas bajo la mistificación de la emancipación.» Prosiguió: «Un feminismo que parta de la experiencia de las mujeres en su trabajo de reproducción, su trabajo doméstico, tiene que ser anticapitalista. El capitalismo sólo fue capaz de dar prosperidad para algunos sectores y por determinado tiempo limitado, mientras para la mayoría de las mujeres, nada.»

Con Silvia Federici hemos polemizado en un artículo titulado «Nosotras, el proletariado», precisamente, por la supremacía que le adjudica al trabajo reproductivo en el funcionamiento del capitalismo, al que considera más fundamental aún que a los mecanismos de extracción de plusvalía en el ámbito del trabajo extradoméstico. «El trabajo doméstico tiene una contradicción interna», dijo Federici, «porque reproduce la vida, pero en las sociedades capitalistas ese trabajo sirve para reproducir la existencia del capital, mediante la reproducción de la fuerza de trabajo. Es el trabajo más importante de la sociedad.»

Otras compañeras se adentraron en algunos de los temas que fueron debatidos durante este año en el movimiento de mujeres de Argentina, en las grandes movilizaciones del 8 de marzo y por el derecho al aborto. Hubo quien comentó sobre cómo el gobierno de Macri se había reapropiado de una agenda feminista, de manera oportunista y otra que preguntó cuál debería ser el rol de los compañeros varones en las marchas de mujeres. «Los varones que apoyan, al fondo de la marcha», respondió sonriendo Silvia Federici y eligió hablar de otra ubicación, de la ubicación política: «Deben elegir dónde se ubican en esta lucha de las mujeres: si lo harán para reafirmar las jerarquías o para abolirlas». También aprovechó para hablar de la violencia machista: «La violencia contra las mujeres es un sabotaje de la lucha anticapitalista».

«El peligro de la derecha, como la que representa Trump, es que se termina idealizando lo anterior, como Obama, del Partido Demócrata. Lo peor de las últimas décadas en Estados Unidos, lo hicieron los demócratas. La alternancia en el poder de estos dos partidos es funcional al sistema.»

Aunque la lectura de sus libros, incluido El patriarcado del salario, me había despertado varios interrogantes, a mi turno tuve que decidirme por una única pregunta y planteé que, en general, se habla de los efectos negativos de la asalarización de las mujeres, porque se incorporan a trabajos muy precarios y además cargan con la doble jornada que representa el trabajo reproductivo no remunerado; pero que, actualmente, la mitad de la clase trabajadora asalariada son mujeres. ¿Qué efectos puede tener, no sobre las mujeres que es lo que ya conocemos, sino sobre el conjunto de la clase trabajadora, sus luchas, sus organizaciones, su burocracia sindical y sus representaciones –que siempre fueron masculinizadas-, que la mitad de la clase sean mujeres? Tenía en mente el impacto que, en Argentina, está teniendo el movimiento de mujeres –mayoritariamente juvenil- entre las trabajadoras de la salud, docentes, trabajadoras de diferentes gremios y ramas de la producción y los servicios que están enfrentando el ajuste impuesto por el gobierno nacional y el FMI. Pensaba en cómo, a su vez, ellas interpelan a sus compañeros de trabajo.

«Un efecto ya inmediato es el nuevo interés de muchas mujeres sobre la socialización del trabajo reproductivo; porque se ha quebrado la ilusión de que salir de la casa para hacer otro trabajo extradoméstico es emancipatorio. En los ’70 hubo un período en que las mujeres que salían a trabajar fuera de su hogar, reclamaban tiempo para amamantar, reformas en la organización del trabajo en función de sus capacidades reproductivas. Pero mientras tanto, se estaba desmantelando la gran industria como la habíamos conocido hasta el momento. Esta temática de cómo unir las dos partes del trabajo, productivo y reproductivo, vuelve a tener importancia. Estamos asistiendo a una gran crisis de la reproducción.»

El derecho al aborto y a la maternidad, el rol reaccionario de la Iglesia católica y los sectores fundamentalistas, el avance de la derecha en el continente, la depredación de la naturaleza y muchos otros temas se fueron desplegando a lo largo de casi dos horas de conferencia de prensa. Cuando compararon a Bolsonaro de Brasil con Trump, aprovechó también para desligarse del Partido Demócrata norteamericano. «El peligro de la derecha, como la que representa Trump, es que se termina idealizando lo anterior, como Obama, del Partido Demócrata. Lo peor de las últimas décadas en Estados Unidos, lo hicieron los demócratas. La alternancia en el poder de estos dos partidos es funcional al sistema.»

Terminó la conferencia de prensa. Mientras las periodistas salían de la sala, Silvia permaneció en su silla. Pensé que podía aprovechar la ocasión para hacerle una pregunta más de la que tenía permitida. Me invitó a sentarme a su lado y seguimos conversando por más de media hora. Le planteé que me inquietaba su afirmación sobre los comedores comunitarios y otras organizaciones impulsadas por mujeres, que permiten paliar el hambre en las barriadas populares. Que si bien permitían restablecer nuevas formas de relaciones y lazos comunitarios, como ella decía, se trataba de organizaciones para la resistencia, que surgían de las necesidades más acuciantes, de la emergencia que impone el ajuste estructural de la economía; que, entonces, teníamos que pensar cómo pasar a la ofensiva, sin idealizar las formas organizacionales a las que nos empuja la miseria capitalista para sobrevivir.

Me dijo que estaba de acuerdo con que eran formas de resistencia que surgían como consecuencia de la emergencia de la crisis y me preguntó: «Pero, acaso, ¿no viven permanentemente en situaciones de emergencia las mujeres bajo este sistema?» Añadió: «Sé que, una vez que se estabiliza la situación económica, muchas mujeres vuelven al lugar donde estaban antes. Pero creo que la lucha debe ser constituyente, construir nuevos entramados y redes, desplegar la creatividad. Porque de esa manera, lo nuevo se va construyendo en la lucha misma y no hay que esperar a algún futuro lejano.»

No me dejó muy convencida; pero seguimos hablando de política. Le pregunté su opinión sobre el fenómeno Sanders en las últimas elecciones norteamericanas. Me quiso alertar de que Bernie Sanders no era verdaderamente socialista y le aclaré que yo no creía eso, pero que me parecía interesante el surgimiento de una generación de jóvenes norteamericanos abiertos a escuchar algunas ideas que, para Estados Unidos, parecían bastante radicales. «Sí, eso es cierto. Pero Sanders terminó apoyando a Hillary Clinton y el peligro es que, de ese modo, toda una generación caiga en el escepticismo y el cinismo».

Enseguida me preguntó cómo podía ser que nadie dijera más nada contra el Papa, en Argentina, cuando se sabe que Bergoglio fue indagado por casos de robos de bebé durante la dictadura militar, como también por la desaparición de dos sacerdotes de la orden jesuita. Le dije que el Papa tenía una influencia muy directa en la política nacional, que mantiene vínculos con funcionarias y funcionarios del gobierno, pero también con sectores políticos y sindicales del PJ y el kirchnerismo, con movimientos sociales. Ya estaba al tanto de que se había hecho una movilización de sectores sindicales y políticos del arco opositor, hacia la Basílica de Luján para pedir pan y trabajo. Le parecía un grave error. Para ella, criada en la Italia de posguerra, la Iglesia es sinónimo de fascismo.

Conversando con sindicalistas

Al día siguiente, Silvia Federici se reunió con mujeres sindicalistas. Las organizadoras tuvieron la amabilidad de invitarme, una vez más. Federici volvió sobre los mismos tópicos, aunque esta vez, a diferencia de la conferencia de prensa, se trató de una conversación colectiva. Nuevamente se diferenció de la izquierda partidaria, señalando que contrariamente a lo que decían las corrientes políticas, que el sujeto primario era el obrero industrial, ella sostiene que «la cadena de montaje capitalista comienza en nuestras cocinas y nuestras camas.» Remarcó que el trabajo doméstico es fundamental. «¿Por qué siendo tan importante, está invisibilizado? Por eso, porque es muy importante. Porque los patrones se verían obligados a pagarlo, no podrían acumular tanta riqueza como acumulan si fuera reconocido.» Sin embargo, contra la posibilidad de interpretar que la lucha feminista es una lucha contra los varones, añadió: «Los reales beneficiarios de este trabajo son los hambreadores, los capitalistas.»

«Cambiar esta situación implica darle más poder a las mujeres, cambiar las relaciones con los hombres. A través del salario, el capital ha delegado en los hombres, el poder de controlarnos y controlar nuestro trabajo. La violencia doméstica siempre ha sido tolerada por el Estado, en gran medida, porque es parte del disciplinamiento del trabajo doméstico.»

«Sólo el 9% de los trabajadores norteamericanos están sindicalizados. Los únicos sindicatos fuertes son los de maestras y maestros. Y es un sector estratégico porque son un punto de unión entre el mundo del salario y el mundo del hogar.»

Para Federici, este planteo que hicieron en los años ’70, cuando conformó con otras feministas la Campaña Internacional por el Salario para el Trabajo Doméstico, era «una medida para cambiar las relaciones de poder entre hombres y mujeres y empezar una lucha, pero teniendo más poder. No era la revolución. Algunas feministas nos acusaban de institucionalizar el lugar de la mujer en la casa, su encarcelamiento en el hogar. Pero nuestra respuesta era que las mujeres obreras nos decían que ya estaban encarceladas.»

Luego se refirió al papel que jugaron las profesoras y maestras en las recientes huelgas docentes en Estados Unidos. Ellas luchaban no sólo por sus reivindicaciones sino también porque se preguntaban «qué vamos a hacer con nuestros estudiantes, que no comen». Volviendo sobre el tema de los sindicatos, añadió: «Los hombres y las mujeres migrantes han encabezado las luchas en Estados Unidos, por la sindicalización. Sólo el 9% de los trabajadores norteamericanos están sindicalizados. Los únicos sindicatos fuertes son los de maestras y maestros. Y es un sector estratégico porque son un punto de unión entre el mundo del salario y el mundo del hogar.»

Aquí tuve ganas de decirle que, aún siendo de esa izquierda partidaria marxista que ella critica, teníamos acuerdo en este punto. Pero Silvia estaba en la otra punta de una larga mesa. Entre ella y yo, más de cincuenta mujeres sindicalistas, varias de ellas peronistas, kirchneristas y de otras corrientes políticas. Una expresó su adhesión a Cristina Kirchner, feliz de que la expresidenta se declarara feminista. Federici escuchó a todas atentamente y, sobre el final, volvió sobre los partidos del régimen a los que había cuestionado duramente el día anterior: «Hillary Clinton no era alternativa a Trump, porque en su política esencial eran lo mismo. Es importante desenmascarar su apropiación del feminismo. Es peligroso, porque a Trump se lo crítica abiertamente, es claro. Pero las Hillary, los Obama confunden. Eso es feminismo de la ONU. Eso para mí es más peligroso porque crea confusión y cooptación institucional.»

Quise retirarme antes de que la acusaran a Silvia de «trosquearla» con estas aseveraciones. Mientras me alejaba por la avenida Paseo Colón, me resonaba algo en lo que Federici había sido explícita y que, a pesar de nuestras diferencias, también compartimos: «El feminismo debe ser internacionalista. Los capitalistas se organizan internacionalmente, nosotras debemos hacer lo mismo.»

Fuente: http://www.laizquierdadiario.com/Silvia-Federici-Los-capitalistas-se-organizan-internacionalmente-nosotras-debemos-hacer-lo-mismo?utm_content=buffer85c88&utm_medium=social&utm_source=facebook.com&utm_campaign=buffer

Entrevista Daniel Colson: “el anarquismo es extremadamente realista”

En el anarquismo, no se trata de ideas y leyes abstractas, codificadas y grabadas en mármol. Se trata de una determinación y de un juicio internos a cada situación , por minúscula que sea, un juicio o una evaluación inmediata, práctica y muy intuitiva, intempestiva, por ejemplo la de los milicianos españoles desertando de las columnas anarquistas en el momento mismo de su militarización.

Entre las tradiciones históricas revolucionarias, es difícil encontrar una más repleta de tesoros que el anarquismo. Las diferentes versiones del marxismo-leninismo (maoísmo, trotskismo), son hoy prácticamente “lenguas muertas”, es decir, “lenguas que no son ya la lengua materna de ningún individuo, ni la lengua de uso en ninguna comunidad natural de hablantes”. Y si algún autor de esa corrienteaún nos hace pensar hoy, como es el caso de Gramsci, es por haber tenido que inventar en su día un nuevo lenguaje (en lugar del vocabulario marxista clásico) para esquivar la censura.

Por el contrario, el anarquismo resuena intensamente con los movimientos políticos más recientes como las plazas de 2011: autoorganización, rechazo de la delegación, disgusto hacia las intrigas de palacio, atención sensible hacia todas las relaciones vitales, carácter afirmativo y no sólo reactivo, lógica no frontal o simétrica del antagonismo, etc. Y sin embargo, ese vínculo es más implícito e inconsciente que explícito. ¿Por qué? Porque hay dragones. Dragones guardianes que, hechizados por el brillo del tesoro, lo custodian de tal modo que lo sofocan y esterilizan.

Encierran el anarquismo en siglas, fechas y héroes, fetichizan la memoria, construyen identidades-fortaleza, desconfían de lo nuevo.
Se vuelven necesarios, pues, los espíritus aventureros que se atreven a burlar la vigilancia de los dragones para liberar y compartir los tesoros retenidos. Los “traductores” que devuelven la vida al anarquismo y el anarquismo a la vida, activando una memoria no nostálgica, sino inspiradora para el presente. Como por ejemplo Tomás Ibañez,  Christian Ferrer o el filósofo e historiador francés Daniel Colson.

En esta entrevista concedida a la revista francesa Ballast, Daniel Colson comparte algunos de los preciosos tesoros que ha encontrado en sus incursiones: el anarquismo como ontología y no como utopía o ideal, la visión del Estado como “resultante” de las relaciones de poder micro, el antiautoritarismo existencial como rasgo libertario, la ética anarquista como lógica de los comportamientos y los afectos, la revolución social más allá de la revolución política, el sentido de la multiplicidad, etc.
Tesoros para disfrutar y compartir, para activar en la vida y en las luchas, una vez liberados de los dragones guardianes de la ortodoxia.

Propones la idea de que el anarquismo no sería un modo de vivir, ni un estado de ánimo, sino una verdadera ontología. ¿Qué quieres decir con esto?

Hablar de ontología es hablar de lo que es, de lo que hay, de las cosas, de los hechos. Al contrario de lo que se piensa a menudo (algunos libertarios también lo hacen), el anarquismo no es un ideal o una utopía, ni tampoco una de esas ideas bellas pero irrealizables. El anarquismo es extremadamente realista. Habla de las cosas tal y como son: el caos, los accidentes, la vida y la muerte, la alegría, pero también la tristeza y el sufrimiento, las relaciones de fuerza y de poder, el azar y la necesidad, tanto de la existencia humana como del mundo y el universo que son los nuestros. En dos palabras, la “anarquía” de lo que es. El idealismo y la utopía no están del lado del anarquismo, sino del lado de las “leyes”, de las “religiones”, de los “Estados” y de los sistemas (incluso científicos) que pretenden poner orden y dar sentido al caos, doblegarlo a su lógica particular, a costa de muchos sufrimientos, violencias y obligaciones. El orden se dice a sí mismo realista, pero su realidad no es otra que la de la dominación.

¿Podrías hablarnos de esto a través de un ejemplo?

Sí, formo parte desde hace muchos años de una librería asociativa libertaria, La Gryffe. Como todas las asociaciones -esos “seres colectivos”, que diría Proudhon-, La Gryffe ha vivido (y vive) numerosos conflictos a lo largo de su dilatada historia: una multitud de pequeñas tensiones localizadas en el día a día; pero también conflictos generales (o de conjunto) más o menos dramáticos, bajo la forma de crisis periódicas en torno a la orientación y el funcionamiento de la librería o a la apropiación de la “fuerza colectiva” (Proudhon) que “resulta” de cualquier cooperación, grupo o asociación.

Esas tensiones y crisis han provocado a menudo un profundo desánimo entre los miembros de La Gryffe y entre quienes la observan desde fuera. ¿Cómo? ¿Incluso un proyecto libertario como La Gryffe no logra evitar las fricciones, los líderes y las luchas por el “poder”? ¿Qué pasaría entonces en un marco más amplio? ¿Cómo puede creerse en el proyecto anarquista si ya sus más mínimas manifestaciones y tentativas no consiguen funcionar sin complicaciones, divisiones, renuncias, impotencias y choques (incluso a veces violentos, como lo demuestra la historia del anarquismo español)?

Por supuesto, hay razones evidentes en este mundo para estar desanimado. Pero desde un punto de vista libertario, no son de este tipo. No tienen que ver con la debilidad de una utopía o ideal que se estrellaría contra la dura realidad de un mundo en el que actuar como un ángel conduce muy a menudo a comportarse como una bestia. Lejos de sorprenderse o desanimarse, los anarquistas deberían advertir que las tensiones, los conflictos, las pasiones, las rivalidades y las violencias que se pueden constatar por todas partes son justamente la prueba más concluyente de la ontología que ellos defienden: la anarquía de lo que es, la anarquía de lo que hay. Bajo la fachada de las religiones y los Estados, de la cortesía y de las apariencias, siempre espera una nueva crisis, una nueva explosión, una nueva demostración del carácter anarquista e indomable de la realidad.

El desánimo de los libertarios no tiene que ver con el diagnóstico de la realidad, sino con la dificultad para deshacerse del peso de las representaciones idealistas, con la transformación reiterada del realismo anarquista en unos principios abstractos e ideológicos comparables a los de todas las demás ideologías y religiones, morales o estatales. Una vez convertido en programa e ideal, los anarquistas se esfuerzan, como nuevos Sísifos, en aplicar el proyecto anarquista a la realidad, pero es en vano. Ni siquiera disponen del poder de las instituciones autoritarias y jerárquicas que podrían darle a su proyecto, como ocurre en los demás casos, ciertas apariencias de realidad.

¿Dónde y cómo nace la concepción anarquista de la realidad? ¿Y en tu caso personal?

El punto de partida de la concepción anarquista del mundo no radica en la filosofía o en “la cabeza” de algunos pensadores como Proudhon o Bakunin. Bakunin “se vuelve anarquista” tardíamente, bajo el efecto de los acontecimientos, de su encuentro sensible y concreto con los obreros relojeros del Jura en Suiza. El pensamiento de Proudhon, muy marcado al comienzo de su vida por la experiencia profesional en una imprenta, se debe principalmente a los acontecimientos de 1848, que transformaron profundamente, quizá no tanto a la persona que era, pero sí lo que pensaba y no dejó ya nunca de pensar.

En mi caso (mucho más modesto, evidentemente), tampoco empecé por la filosofía, sino también por unos acontecimientos (los de Mayo del 68 en este caso) que cambiaron mi vida, pero también por una serie de investigaciones históricas profundas sobre el movimiento obrero. Es decir, yo me hice interiormente anarquista en el fuego de los acontecimientos de Mayo, pero fue el contacto con la historia obrera lo que me hizo entender la amplitud y la profundidad del proyecto libertario, su manera de relacionarse con las cosas y con la vida más inmediata y material, así como la radicalidad de la revolución que este proyecto implica.

En el vocabulario de la filosofía contemporánea, se podría decir que el anarquismo constituye un horizonte de pensamiento o, de manera más amplia, un “plano de consistencia” (Deleuze). Algo “prende”, algo “cuaja” y va asociando numerosas entidades diferentes al mismo tiempo que las hace proliferar: prácticas, teorías, técnicas, expresiones, temperamentos, personalidades, modos de ser, conceptos, gestos, ideas, estéticas, etc. Proudhon propone un concepto especial para pensar este “cuajar” de hechos y fuerzas diferentes: es el concepto de “homología” (que por cierto usa también Spinoza cuando explica,  groso modo, que hay más puntos comunes entre un caballo de labranza y un buey que entre un caballo de labranza y un caballo de carreras).

Así es como se han asociado (para mí) realidades tan diferentes como la historia del movimiento obrero y El Anti-Edipo de Deleuze y Guattari, entre ellas y a la vez con todo un mundo de hermanos, hermanas y primos, a veces muy lejanos: Spinoza, Leibniz, Simondon, Gabriel Tarde y muchos otros más. Y así creo que puede entenderse el concepto de “anarquía positiva” de Proudhon: un “prender”, un “cuajar” de cuerpos y sentidos, no como se solidifica el hormigón (esa es la manera del fascismo religioso y el integrismo islámico), sino más bien en el sentido de una improvisación de jazz: modos de asociación de entidades radicalmente dispares y singulares que recomponen el mundo sin dejar nunca de ser diferentes, de tener una realidad, un modo de ser y un punto de vista radicalmente irreductibles a todos los demás. Los “haces de autonomía” (Proudhon), las “libres asociaciones de fuerzas libres” (Bakunin) o la “unión libre […] de los únicos” (Stirner y Landauer) son modos de asociación que implican la autonomía absoluta de las fuerzas asociadas.

Hablabas de “anarquía positiva”. ¿Tiene esta noción de Proudhon un eco en tus libros, en tu insistencia sobre el carácter nocivo del resentimiento y de la negatividad como motores políticos, tan presentes sin embargo en los ámbitos contestatarios? En el fondo, ¿cómo luchar sin odio?

No había pensando en el sentido que le das a la palabra “positiva” en la fórmula de Proudhon. Me parece que esta palabra le servía sobre todo para distinguir entre una especie de anarquía primera, en el sentido tradicional y negativo de “an-anarquía”, de caos, y un segundo sentido, la auto-organización en el seno de ese caos, la auto-organización de ese mismo caos, mediante todo un proceso de selección de fuerzas, de disposiciones, en oposición y en equilibrio, etc. Pero, tenga que ver o no con Proudhon, tu pregunta sigue vigente y valida.

El anarquismo, estrechamente vinculado en su nacimiento a la violencia de la lucha de clases de los inicios del capitalismo industrial, no se libró de los efectos de odio, de resentimiento y de venganza que inducía dicha violencia. Pero no es el odio y el resentimiento lo que llama más la atención cuando se estudia la historia del anarquismo, especialmente de ese anarquismo obrero que fue su cuna y su horizonte.

Si uno examina la organización de los  “Caballeros del trabajo” o el contenido de los discursos de los líderes de los movimientos obreros que recriminan a su público la actitud de esclavos o de ovejas, es que el anarquismo obrero nace y se afirma, no como un movimiento de víctimas, sino de “maîtres” [amos y señores, pero también maestros y maestros artesanos], en el sentido que Nietzsche da a esa palabra. El “amo” anarquista y el “amo” nietzscheano comparten la característica decisiva de no tener ni necesitar esclavos (tanto Nietzsche como Proudhon son críticos de Hegel y de su dialéctica del amo y del esclavo).

Los “amos” de artes y oficios donde el anarquismo encuentra a muchos de sus militantes, los “amos” zapateros del Père Peinard que echan a los patrones a golpes de cinturón, etc. Habría mucho que decir sobre la complejidad y la ambivalencia de aquella actitud de “amos”, tanto en el terreno profesional como dentro de las familias obreras, a través del modelo patriarcal que defiende vigorosamente Proudhon, donde el cinturón no sólo sirve para echar a los patrones…

Los “amos” de Nietzsche y del anarquismo son afirmativos, afirmativos en la rebelión y en las fuerzas interiores que autorizan esa rebelión, incluso cuando se trata de una rebelión tan desesperada como la de los Sonderkommandos de Birkenau o de Treblinka. En Nietzsche y en el anarquismo encontramos la misma idea de una afirmación emancipadora que escapa a toda negatividad; una afirmación generosa que pretende arrastrarlo todo consigo, rehacerlo todo, como lo demuestra la idea de huelga general insurreccional y el “separatismo” que implica (“la comunidad en la fuga” de la que habla Gustav Landauer) y que uno encuentra en el viejo anarquismo obrero, pero también en muchos movimientos contemporáneos (puede leerse en este sentido A nuestros amigos, el último libro del Comité Invisible).

Creo que estás de acuerdo con el análisis que hace Foucault del poder, ¿nos puedes decir algo más al respecto?

Para Foucault, el “poder” está en todas partes: es una multitud infinita de pequeños poderes o de pequeñas relaciones de poder que se encadenan, producen y sostienen entidades más amplias (las “resultantes” de que hablan Proudhon, Bakunin, Reclus…): los Estados, las Iglesias, las leyes religiosas, el capital, Dios. Todas las micro-relaciones de poder parecen emanar de estas entidades, pero en realidad son su causa y su sostén .

Se puede lamentar que Foucault no haya tomado más en cuenta el pensamiento libertario. Pero también es lamentable el hecho de que el pensamiento libertario haya podido, no tanto en sus prácticas como en las representaciones de muchas de sus organizaciones y de sus militantes más ideológicos, hipostasiar las resultantes de las relaciones de dominación: hipostasiar el Estado, el capital, las religiones como grandes enemigas (reproduciendo la creencia de que ellas son la fuente y el origen de las relaciones de poder, cuando en realidad sólo son sus resultantes y sin ellas no son nada).

El anarquismo no nació de una teoría previa y negativa del Estado y su conveniente destrucción. De forma mucho más concreta, el anarquismo nació de la práctica y de las interacciones inmediatas y minúsculas de la Primera Internacional, del modo en que Anselmo Lorenzo y Paul Robin percibieron las relaciones de Marx con sus discípulos, por ejemplo. Son estas pequeñas interacciones, amplificadas, las que han dado sentido a una crítica más general del Estado, del Capital, de la Religión, de la Política y de los Partidos. De manera muy significativa, el movimiento libertario naciente no se definió primero como anarquista, sino como “anti-autoritario”. El anarquismo nació de prácticas y percepciones anti-autoritarias (la vertiente guerrera y combativa de la palabra “libertario”) y son esas prácticas y esas percepciones las que han continuado dándole cuerpo y sentido al anarquismo, al anarquismo obrero o al anarquismo actual, en sus componentes más vivas y menos ideológicas.

La suerte del anarquismo es que, como movimiento práctico y nacido de la práctica, tuvo enseguida, con Proudhon y Bakunin principalmente, una teoría homóloga a esas prácticas. Una teoría de la “fuerza colectiva” compuesta por otras fuerzas colectivas que producen “resultantes” que corren siempre el riesgo de volverse contra las mismas fuerzas que las han producido. Sé que es complicado, sobre todo para las mentes marcadas por las representaciones del orden dominante, pero me parece que quienes tienen las tripas (ese “otro cerebro”) o el resorte anarquista, deberían hacer el esfuerzo de leer realmente a Bakunin, a Proudhon, a Kropotkin y a tantos otros…

¿Qué podríamos encontrar en estos viejos autores?

Por ejemplo, Proudhon proporciona una batería de conceptos extremadamente ricos y esclarecedores sobre la naturaleza de las relaciones de poder. “Fuerzas”, “fuerzas colectivas”, “resultantes”, “componentes” y “composiciones”, “absolutos”, “mónadas”, etc. La gran originalidad de la teoría anarquista de inspiración proudhoniana se puede resumir en tres puntos:

1. Dar cuenta, de manera concreta, de todas las potencias que nos aplastan y dominan en el campo económico (teoría del valor), político (nacimiento y sostenimiento del Estado), ideológico y simbólico (Iglesia, Dios).
2. Dar sentido a las luchas e interacciones más inmediatas y minúsculas, frente a la visibilidad cegadora de las grandes dominaciones, como los “focos” donde se libra por doquier la guerra entre dominación y emancipación.
3. Inscribir explícitamente lo que está en juego de manera global e inmediata en lo que Proudhon llama una “nueva ontología” que funda la potencia teórica, práctica y revolucionaria del anarquismo.

Criticas el “cientificismo ingenuo y cínico” del marxismo y elogias la ética del anarquismo. ¿Cuál es esa ética? ¿Que los medios, como decía Camus, son ya fines en sí mismos? ¿Que, como declaraba Malatesta, a quien dedicaste un libro, más vale una derrota que la victoria sin principios?

Me parece que habría que precisar lo que entiendo por “principios”. En el anarquismo, no se trata de ideas y leyes abstractas, codificadas y grabadas en mármol. Se trata de una determinación y de un juicio internos a cada situación , por minúscula que sea, un juicio o una evaluación inmediata, práctica y muy intuitiva, intempestiva, por ejemplo la de los milicianos españoles desertando de las columnas anarquistas en el momento mismo de su militarización.

Camus tiene razón. Para el anarquismo, solo existen “fines” y no “medios”, fines inmediatos e innumerables: en dos palabras, la anarquía, la an-arkhe , no es la ausencia de principios, sino un exceso de principios primeros, de “absolutos” como decía Proudhon, que asociados y federados, son capaces por selección, confrontación, imitación, lógica y dinámica internas de reproducirse y propagarse por todas partes. El anarquismo se opone a cualquier lógica instrumental y utilitaria, objetiva y objetivante. Cada cosa es una fuerza singular que resulta de una composición de fuerzas igual de singulares, ellas mismas compuestas de otras fuerzas singulares.

Para criticar el anarquismo, hay quien habla de “deseo”, de “capricho” y de “subjetividades deseantes”. Pero es equivocado reducir el anarquismo a las trampas y las deformaciones del liberalismo, a la presión de consumir cada vez más objetos o mercancías de todo tipo. Para el anarquismo, los “deseos” no son los del consumo capitalista y sus individuos artificiosos, esas “unidades de codicia” de las que habla Gilles Châtelet en Vivir y pensar como puercos: “bolas de billar patéticas que en sus esfuerzos por diferenciarse se hunden cada vez en la mayor equivalencia”. Para el anarquismo, los deseos son fuerzas materiales singulares que implican y movilizan cada vez la totalidad de lo que es, bajo cierto punto de vista, según cierta configuración, un modo de ser opresivo o emancipador. “Deseos”, “fuerzas”, “voluntad de poder” (pero también “conatus”, “entelequias” y otras nociones) son conceptos que afirman, cada uno a su manera, la misma realidad, la realidad material de lo que es.

Efectivamente, al cientificismo del marxismo (a las “situaciones objetivas” decretadas e impuestas por el Partido), el anarquismo no le opone ninguna moral, ni unos principios morales, sino una “ética”, en el sentido de Spinoza. Una ética que es ante todo una etiología, una lógica de los comportamientos y de los afectos, un sentido práctico, que proviene de las cosas, los acontecimientos y las situaciones.

Una vieja querella agita los movimientos de emancipación, en el sentido amplio de la palabra: el individuo y el colectivo. Se acusa a menudo a los anarquistas de despreciar el segundo término y a los comunistas de sacrificar el primero. ¿Cómo resuelves esa cuestión?

Históricamente, el anarquismo padeció durante mucho tiempo una corriente “individualista” muy particular y que hoy, afortunadamente, casi ha desaparecido. Se volvió inútil en la medida que el propio capitalismo impuso a todo el mundo la “individualización” de los “gustos y colores” que el individualismo “anarquista” oponía a las nuevas y viejas comunidades (Iglesias, sindicatos, oficios, naciones, familias, grupos de afinidad, etc.). Este individualismo anarquista (que siempre fue marginal y que todavía perdura aquí y allá, en el terreno de la alimentación, de la procreación o de la sexualidad por ejemplo) tiene dos características negativas.

Acabamos de ver la primera: la inscripción del individualismo anarquista en el interior de las representaciones y las prácticas o los “deseos” del liberalismo capitalista hoy hegemónico. La segunda característica deriva de la primera pero va más allá. Es la creencia exorbitante en la existencia primera y auto-fundadora de un “sujeto” trascendental, dueño de sus elecciones y de sus decisiones; una creencia y un postulado extremadamente poderoso en la vida práctica (educativa, laboral, judicial…) y en el terreno de la filosofía, desde Descartes a Sartre, pasando por Kant, Husserl y muchos más.

Para los movimientos anarquistas pasados y presentes, la relación entre el individuo y el colectivo se plantea en unos términos y en un horizonte de pensamiento y acción radicalmente diferentes. La afirmación “personal”, como diría Proudhon, no tiene nada de liberal y no remite a la ficción moderna de un individuo o un sujeto trascendente, que existiría por fuera de las cosas, de las situaciones y de los acontecimientos. La inmensa mayoría de los militantes revolucionarios, orgánicamente vinculados a movimientos de masas (principalmente, el sindicalismo), pueden calificarse seguramente como “personalidades fuertes” o “individualistas”, pero ese individualismo y esa personalidad sólo tienen sentido y existencia dentro de los movimientos colectivos, dentro de las “subjetividades colectivas” de las que son a la vez el producto y una de sus componentes.

Un último comentario: para el anarquismo, no hay diferencias de naturaleza entre el “individuo” y el “grupo”. Como lo subraya Proudhon, “el individuo es un grupo”, un “compuesto de potencias” ellas mismas compuestas de otras potencias compuestas y así hasta el infinito. El “individuo es un grupo” y todo “grupo es un individuo”, una “individuación”, un “ser”, una “subjetividad”, un “absoluto”, cada vez singular y sorprendente, y sólo mediante una larga experiencia colectiva podemos captar sus fuentes y sus efectos, buenos o malos, opresivos o emancipadores.

Críticas la pertinencia de las nociones de derecha y de izquierda como “ilusiones” que sólo sirven para estafar a los ciudadanos-electores. ¿Piensas que habría que superar esa división ineficaz para comprender nuestra época, como aconsejaba Castoriadis? Hay quien te diría que es lo mismo que dice el Frente Nacional…

La distinción derecha/izquierda, así como el “ni derecha ni izquierda”, son nociones políticas y politiqueras, aunque se basen y actúen en un viejo fondo imaginario que desborda los meros dispositivos políticos. El anarquismo recusa lo político como una trampa mortal para un proyecto revolucionario que abarca la totalidad de lo que hay, que parte de esta totalidad, de todos sus componentes. A la “revolución política” (nuevo Estado, nuevos dirigentes, nueva constitución), el anarquismo opone desde el principio una revolución social y económica (“la Social”) que se distingue radicalmente de la simple y vieja revolución política. Una revolución que parte de todas las cosas, una revolución de largo recorrido que las implica a todas por igual: es “la independencia universal” y “la independencia del mundo” que cantan las viejas canciones obreras del siglo XIX. En esa lógica emancipadora, los “revolucionarios” no preguntan jamás a sus numerosos compañeros de pelea si son socialistas, de derechas, cristianos o budistas. La dinámica y la lógica emancipadora valen por sí mismas, no se exigen los compromisos ideológicos propios de los partidos, las Iglesias o las “sectas”.

Hemos visto recientemente, en España, a ciertos anarquistas mostrarse  extremadamente hostiles hacia un movimiento como Podemos y, en particular, hacia su portavoz Pablo Iglesias: ¿no hay una especie de purismo y de sectarismo en el movimiento anarquista que le condena a predicar dentro de su capilla, a hablar sólo a las minorías, a mantenerse lejos de “las masas”, por usar una palabra que no te gusta mucho?

Desconozco la naturaleza de esas críticas hacia Podemos y, por experiencia, desconfío un poco de ellas. Pero en lo que venimos diciendo creo que habría argumentos para elaborar una crítica anarquista. Podemos presenta dos características estrechamente unidas e igualmente inaceptables para el anarquismo:

1. Una solución política, ganar las elecciones, conquistar el poder del Estado.
2. Fundar su acción y esta victoria (de opinión) sobre la cantidad, sobre la “mayoría” de individuos-electores-ciudadanos, que se parecen como tales a las “bolas de billar” de Chatelet y se expresan en  grandes coreografías “de masa” que llegan después (y codifican) las movilizaciones de las multitudes heterogéneas.

Para acabar, quizá la pregunta más difícil: ¿podrías dar una breve definición del anarquismo?

Es Deleuze (y Guattari) quien, de manera aparentemente enigmática, da a mi juicio la mejor definición: la Anarquía, “una extraña unidad que sólo se reclama de lo múltiple”. Espero que lo dicho anteriormente contribuya a aclararla.

Esta es una versión parcial de la entrevista publicada por la revista francesa Ballast en febrero de 2015.

Traducción al castellano de Nicolas Bersihand.

En castellano, Daniel Colson ha publicado  Pequeño léxico filosófico del anarquismo (de Proudhon a Deleuze).

Tomado de: http://www.eldiario.es/interferencias/Daniel_Colson-anarquismo_6_567003317.html

Evocar el 68 desde las mujeres en lucha: memoria viva en tiempos de rebelión

Por Mariana Menéndez Díaz y María Noel Sosa González

La lucha de las mujeres irrumpió en los últimos años en América Latina con una extraordinaria fuerza, el Río de la Plata es uno de los epicentros de este resurgir feminista, y desde esta cuenca escribimos. En medio de la revuelta la propia lucha ha evocado la memoria, por necesidad vital de utopías y por urgencia estratégica. Una memoria viva que hemos intentado retejer escandalizadas -e incluso con angustia- ante el descubrimiento del despojo y la insistente producción de olvido. Una producción de olvido provocada desde el poder dominante y también desde los discursos dominantes en la izquierda. Silvia Rivera Cusicanqui nos ha dicho, retomando la cosmovisión andina en la búsqueda de una alteridad epistémica, que el pasado está frente a nosotrxs y es lo que podemos ver, mientras el futuro se encuentra en nuestra espaldas. Son las evocaciones del pasado las que pueden guiarnos.

Cincuenta años después, ¿qué nos evoca el 68? ¿Qué puede volver a enseñarnos desde nuestro presente? Si algo nos ha llegado es su irreverencia, su puesta en jaque de las jerarquías. Los acontecimientos de ese año – que ni empiezan ni terminan en Mayo ni en Paris- sacudieron al mundo y todavía hoy podemos sentir su eco. El primer paso, tal vez, es fugarse de la imagen congelada del 68’ parisino reducido a batalla cultural, entendida de modo limitado, para abrirlo al proceso de luchas a lo largo y ancho del mundo. En nosotras late todavía la revuelta, late el germen de lucha que queremos retomar hoy en este nuevo tiempo de rebeldía de las mujeres.

Tiempo de revuelta

Los años 60’ fueron tiempo de convulsionados en el norte y especialmente en América Latina. En Vietnam enfrentaban la invasión gringa, Praga olía a primavera, centroamérica latía en las guerrillas de la mano de la revolución cubana, en el sur también se relanzaban las luchas obreras. México se agitaba con los sucesos de Tlateloco, como cruel respuesta a las movilizaciones estudiantiles acompañadas no sólo por obreros, sino también por las madres de lxs estudiantes. Fueron también tiempos de descolonización y lucha anti rascista, años en los que avanzaron las luchas por la independencia en África y el movimiento negro en Estados Unidos.

Imanuel Wallerstein (1999) señala que si observamos el sistema mundo, han habido dos revoluciones mundiales: 1848 y 1968. Afirma que ambas fueron un fracaso histórico y un punto de inflexión. Si la revolución de 1848 pare al movimiento obrero, las revueltas del 68 abren lo que se ha denominado como “nuevos movimientos sociales”, o dicho de otro modo, abre la ventana para aires nuevos y renovados sujetos, interpelando a la “vieja izquierda”. Si vemos de forma rápida los focos de ambas parecen ser europeos, pero si miramos en detalle el 68 fue un tiempo de rebelión planetario. Podríamos decir que el entramado clase, sexo, raza tiene nudos antiguos, pero las organizaciones hasta entonces solían hacer foco en una de las dimensiones de la dominación. Desde los estudiantes, las mujeres, lxs jóvenes, las luchas anticolonialistas y el movimiento negro se abre un nuevo tiempo en las calles y en las reflexiones. Estos sujetos colectivos encarnan un cuestionamiento al sistema de dominación, a la hegemonía estadounidense, y también a las perspectivas teórico políticas emancipatorias. Construyendo profundas críticas a la tradiciones de izquierda y al modelo soviético devenido en autoritarismo letal. Señalan jerarquías hasta ahora invisibilizadas, permitiéndonos entender de manera más contundente el funcionamiento del capital. Pero sobre todo., ya no admiten esperar más. Ya no aceptan que sus problemas sean resueltos luego del gran día de la revolución.

Mirar desde esta diversidad de luchas nos señala por lo menos dos aprendizajes, la existencia de una multiplicidad de sujetos en lucha y la imperiosa tarea de insistir en descolonizar y despatriarcalizar nuestra producción de memoria y nuestras prácticas de transformación. La irrupción – antes, durante, y pos 68 – de múltiples sujetos nos ha enseñado a cultivar una mirada que reconoce la amalgama de dominaciones, que no sólo señala la explotación capitalista sino la opresión y el despojo. La urgencia por comprender que la máquina de muerte a la que nos enfrentamos se funda en la sedimentación de relaciones capitalistas patriarcales de matriz colonial. Tres aristas que no pueden pensarse escindidas sino profundamente imbricadas, que se refuerzan mutuamente anudadas por la violencia de todo tipo hacia nuestros cuerpos y nuestros territorios. Nosotras quisiéramos hoy seguir el hilo de la lucha antipatriarcal y feminista, reconocernos en ese largo linaje de mujeres en lucha, recuperar las luchas del 68’ multiplicadas en los 70’ a través de una de las más potentes revueltas de las mujeres.

68 y después: revuelta feminista 

Las mujeres en esos años no sólo comenzaron a lucir minifaldas con desenfado, sino que estaban germinando una fuerza que terminaría cuestionandolo todo. Fueron partícipes de todas las luchas, desde el movimiento negro hasta la lucha obrera, de la resistencia en Vietnam hasta protagonistas de la lucha contra la guerra, estuvieron en las guerrillas y en las luchas estudiantiles. Dinamitaron el lugar del cautiverio impuesto a la mujer para lanzarse otra vez a participar de la vida política. Pero una sensación extraña es relatada por varias protagonistas, una incomodidad que luego sería combustible emancipatorio y que abrió preguntas nuevas: ¿qué lugar nos tocó dentro de esas luchas? ¿qué tareas asumimos y nos fueron adjudicadas? ¿que voces eran escuchadas y cuáles no? ¿quienes marcaban las formas, los ritmos y las prioridades? Casi las mismas preguntas que nos hicimos nosotras, hijas de las luchas contra el neoliberalismo de los años 90’, antes de reconocernos feministas.

Coincidimos con Francesca Gargallo (2008) cuando afirma que no se puede decir sencillamente que la luchas del 68’ inventaron la liberación femenina, pero sí que existen entre ambas un vínculo insoslayable. Los últimos años de la década del 60` y los años 70’ se conocen en el feminismo como la segunda ola. Desde allí podemos encontrar los hilos que unen el 68 con la irrupción de la lucha de las mujeres. Las críticas lanzadas a la izquierda serán retomadas y amplificadas desde las experiencias feministas, ya que muchas nacieron en sus entrañas. “El deseo de vivir no se mendiga, se toma” era una de las frases grafiteadas en plena revuelta parisina, las mujeres que participaron de algún u otro modo sintieron sus efectos y se los tomaron en serio. Sus deseos y su imaginación política ya no pedirían permiso ni mendigarían.

¿Que había estado pasando en esos años en la vida de las mujeres? En 1960 se había iniciado la comercialización de la pastilla anticonceptiva en Estados Unidos y un años después ya circulaba por Europa. En 1963 se publica “La mística de la feminidad” de Betty Friedan, donde se describe “ese malestar que no tenía nombre” y que no era otra cosa que las vivencias del patriarcado que ahogaban a muchas mujeres. Aunque fuera luego criticado por ser pensado desde las mujeres blancas, urbanas y de estratos medios, el libro es de los primeros en dar cuenta de la ola feminista que estaba empezando y que luego tendrá mayor visibilidad y fuerza. Aparecen diversos grupos de mujeres, intervenciones artísticas, clínicas autogestionadas de salud, habrá poesía, música y tiempo de rebelión. Imágenes, relatos y testimonios de esa época aparecen en el documental “She is beautiful when she is angry”. Las mujeres negras serán protagonistas de las luchas antirascistas, serán oradoras, teóricas e inspiradoras de muchas otras mujeres. Angela Davis (2016) como figura icónica, entretejerá una mirada entre marxismo, antirascismo y feminismo dando impulso a la necesaria perspectiva interseccional. Por otra parte, aparecerá también una de las máximas expresiones de esos años que es el texto de Kate Millet, Política sexual, publicado en 1970. Desde allí se popularizó la frase “lo personal es político”, que da nombre y cristaliza uno de los sentidos más potentes de ese tiempo de lucha. El énfasis puesto en politizar lo cotidiano del 68 será radicalizado a través de esta consigna y las prácticas de autoconciencia que se extendían en cientos de grupos por todo el país.

Katerine MacKinnon (1995) dijo que “El feminismo es la única teoría que emerge de aquellos cuyos intereses afirma” al hacer referencia a que el método de crear conciencia -también llamado concientización en Estados Unidos o autoconciencia por las italianas- es el método por excelencia del feminismo. Muchos grupos de autoconciencia surgieron de forma más o menos espontánea, entre amigas, compañeras de universidad, vecinas. Es desde esta práctica de hablar entre mujeres, pero esta vez revalorizada, politizada y conceptualizada, que las experiencias en este tiempo de lucha cobran fuerza. En distintos formatos, con distinta frecuencia, las mujeres comenzaron a reunirse y a hablar de su experiencia como mujeres y lo hacían sólo entre ellas. Esto significaba relatar abusos, hablar de sexualidad, de hijos, de maridos y de cenas, de jefes, de sus madres y abuelas y de todo lo que en lo cotidiano y a lo largo de nuestra vida nos conforma como mujeres desde el esquema de dominación. Cada una fue encontrando en la otra señas propias, dolores ya no individuales sino colectivos y desde ahí aparece una fuerza capaz de desbordarlo todo. Lo personal es político no era un eslogan vacío, sino una clave política profundamente fértil. Ese mismo debate es el que en la actualidad recogemos, se trata de un partir de sí, para no quedarse en sí (Pérez Orozco, 2014), como un intento de no separar el cuerpo femenino de las luchas que se dan, o más bien de un partir de sí para ser con otras, para ser mujeres en lucha (Menéndez, 2017).

En Francia luego de Mayo del 68 las mujeres que estaban organizadas en distintos grupos, especialmente en grandes ciudades, crean el Movimiento de Liberación de las Mujeres. Se trató de un esfuerzo de organización política de gran alcance. La estética de la provocación y el sarcasmo que habían tenido lxs estudiantes es redoblado desde las mujeres, por ejemplo en el acto de depositar flores en la tumba del soldado desconocido, en el Arco de Triunfo de París, pero dedicándoselo a la mujer del soldado desconocido. Con las flores pusieron la inscripción “Existe alguien más desconocido que el soldado desconocido, su mujer”. Se burlaban del canon masculino con ironía, en frases como «Un hombre de cada dos es una mujer». En octubre, cuarenta mujeres, encadenadas a las rejas de la prisión de la Petite Roquette, clamaban: «Nosotras somos todas prisioneras»”. En 1971 aparece el “manifiesto de las 343”, que abre el debate sobre la legalización del aborto en el país.

De ese tiempo de lucha y en esa geografía aparecen varias mujeres que debaten desde el pensamiento de la diferencia, criticando las bases psicoanalíticas y de la teoría política, tan propias del mundo francés. Ellas cuestionan la centralidad de lo fálico en tales teorías, no por la teoría en sí, sino para denunciar lo que eso ha significado en tanto toda nuestra referencia simbólica se construye sobre lo masculino. Abren desde ese lugar el debate sobre un nuevo orden simbólico en femenino, especialmente Luce Irigaray (2007) quien aporta nuevas pistas para pensar las relaciones entre mujeres desde el espéculo, desde el mirar hacia nosotras mismas y nuestras semejanzas y ya no desde el ser lo otro, lo abyecto, o recuperando a Simone de Beauvior, reclamando ya no ser más el segundo sexo.

En Italia Carla Lonzi, desde Revuelta feminista, dará inicio también la práctica de autoconciencia y escribirá ese texto hermoso de título irreverente “Escupamos sobre Hegel” para realizar una crítica contundente al pensamiento filosófico masculino. En esa geografía existió también un intenso y prolífero debate con el marxismo y variados aportes desde el pensamiento de la diferencia sexual, también llamado feminismo de la diferencia. Especialmente desde la Librería de Milán se realizan publicaciones que teorizan desde el partir de sí (Rivera- Garretas 1997), ampliando la mirada al orden simbólico que surge desde las relaciones entre mujeres, con base en la relación primaria con la madre (Muraro, 1991). Preocupadas por una política viva, cuestionando la lógica de la representación y la igualdad en términos modernos, es decir una a la que sólo acceden los hombres, discuten sobre otros modos de producir decisión colectiva y de vivir dignamente.

También en Italia y en Estados Unidos las feministas producirán una mirada renovada sobre el marxismo, primero en el texto fundante “El poder femenino y subversión de la comunidad” de Maria Rosa Dalla Costa y Selma James (1977). Organizando a su vez la Campaña Internacional por salario para el trabajo doméstico, recopilada en parte en el libro “Wages for Housework. The New York commitee 1972 – 1977” editado recientemente por Silvia Federici.

Desde esta lucha por el salario, no como táctica sino como perspectiva, las críticas a la izquierda abiertas por el 68 serán retomadas y profundizadas. Federici (2010; 2013) por ejemplo avanzará sobre la crítica a Marx, para releer su concepción sobre la acumulación originaria y la degradación de las mujeres en la llamada transición del feudalismo al capitalismo, afirmando que esa violencia es un proceso continuo que reactualiza las formas de despojo. Así como la necesidad de comprender que la división creada entre producción y reproducción implica la invisibilización y desvalorización del trabajo reproductivo a cargo mayoritariamente de las mujeres. Estos primeros aportes abonarán luego los fértiles debates posteriores sobre la centralidad de la reproducción de la vida para repensar la transformación y la recreación de las luchas por lo común y las tramas comunitarias, poniéndose cada vez más en diálogo con la experiencia latinoamericana contemporánea para nutrirse mutuamente.

El cielo se oscurece y las estructuras de poder reaccionan a las revueltas, en ciertos lugares se les construyen diques y en otros, más colonizados, más pobres, se las liquida. Mientras tanto se da inicio al proceso de neoliberalización, que implica en nuestro sur ver estallar las dictaduras con toda su violencia. Cientos de mujeres militantes deberán marchar al exilio buscando asilo, y en esa migración forzosa muchas se encontrarán con las experiencias feministas del norte. Provocando en ellas una relectura de sus experiencias vitales y políticas a la luz de las diferencias y las relaciones de poder entre hombres y mujeres. Aunque en los años 70 aquí se vivía bajo el terrorismo estatal y no hubo el mismo grado de expansión de energía feminista que en el norte, al volver y encontrándose con otras en la luchas contra la dictadura darán inicio a un nuevo movimiento de mujeres que durante la década de los 80’ recorrerá las calles las plazas y las camas, en nuestro país y en la región. Hoy que América Latina es fuente de fuerza central para la lucha de las mujeres, que desde aquí gritamos ni una menos y vivas nos queremos, y se repica de sur a norte, cuán necesario y urgente abrir el diálogo con el pasado y entre distintas geografías. Somos nietas e hijas de todas ellas, somos el presente de su irreverencia y la prueba viva de la libertad que ejercitaron y que supieron abrir para nosotras, desde esa memoria late nuestro deseo de cambiarlo todo.

Referencias

Dalla Costa, Mariarosa y James, Selma (1977) El poder de la mujer y subversión de la comunidad. México: Siglo XXI Editores.

Federici, Silvia (2010) Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria. Buenos Aires: Tinta Limón.

De Beauvior, Simone. El segundo sexo. Madrid: Cátedra

Davis, Angela (2016) Mujeres, raza y clase. Madrid: Akal.

Federici, Silvia (2013) Revolución en punto cero. Trabajo doméstico, reproducción y luchas feministas. Madrid: Traficantes de sueños.

Gargallo, Franseca (2008) “1968: una revolución en la que se manifestó un nuevo feminismo”, en Le Monde Diplomatique año VI, n. 65.
Irigaray, Luce (2007) Espéculo de otra mujer. Madrid: Akal
Lonzi, Carla (1978) Escupamos sobre Hegel y otros escritos sobre liberación femenina. Buenos Aires: La pléyade

MacKinnon, Catherine (1995) Hacia una teoría feminista del Estado. Madrid: Cátedra.

Menéndez, Mariana (2018) Entre mujeres:“Nuestro deseo de cambiarlo todo”.
Apuntes sobre el re-emerger feminista en el Río de la Plata. en Apantle 3 ¿Común hacia donde?. Mexico: SOCCE.

Muraro, Luisa (1994) El orden simbólico de la madre. Madrid: Horas y HORAS.

Picq, Françoise (2008) El hermoso post-mayo de las mujeres. Dossiers Feministes, número 12, pp. 69-77.

Pérez Orozco, Amaia (2014) Subversión feminista de la economía. Aportes para un debate sobre el conflicto capital-vida. Madrid: Traficantes de sueños.

Rivera Garretas, María Milagros (1997) El fraude de la igualdad. Los grandes desafíos del feminismo hoy. Buenos Aires: Librería de las mujeres

Suárez Briones, Beatriz, Martin Lucas, Maria Belén; Fariña Busto, Maria Jesús (eds) (2000) Escribir en femenino. Barcelona: Icaria.

Wallerstein, Immanuel (1999). “1968: el gran ensayo” en Arrighi, Hopkins, Wallerstein, Movimientos Antisistémicos. Madrid: Akal.

 

Fuente: Contrahegemonía