Poder, política, autonomía

Por Cornelius Castoriadis

El autodespliegue del imaginario radical como sociedad y como historia -como lo social-histórico-sólo se hace, y no puede dejar de hacerse, en y por las dos dimensiones del instituyente y del instituido (1). La institución, en el sentido fundador, es una creación originaria del campo social-histórico -del colectivo-anónimo-que sobrepasa, como eidos, «toda producción posible de los individuos o de la subjetividad. El individuo -y los individuos- es institución, institución de una vez por todas e institución cada vez distinta en cada distinta sociedad. Es el polo cada vez específico de la imputación y de la atribución sociales establecidos según normas, sin las cuales no puede haber sociedad (2). La subjetividad, como instancia reflexiva y deliberante (como pensamiento y voluntad) es proyecto social histórico, pues el origen (acaecido dos veces, en Grecia y en Europa Occidental, bajo modalidades diferentes) es datable y localizable (3). En el núcleo de las dos, la mónada psíquica, irreductible a lo social-histórico, pero formable por éste casi ilimitadamente a condición de que la institución satisfaga algunos requisitos mínimos de la psique. El principal entre todos: nutrir a la psique de sentido diurno, lo cual se efectúa forzando e induciendo al ser humano singular, a través de un aprendizaje que empieza desde su nacimiento y que va robusteciendo su vida, invistiendo y dando sentido para sí a las partes emergidas del magma de significaciones imaginarias sociales instituidas cada vez por la sociedad y que son las que comparte con sus propias instituciones particulares (4).

Resulta evidente que lo social-histórico sobrepasa infinitamente toda «ínter-subjetividad». Este término viene a ser la hoja de parra que no logra cubrir la desnudez del pensamiento heredado a este respecto, la evidencia de su incapacidad para concebir lo social-histórico como tal. La sociedad no es reducible a la «intersubjetividad», no es un cara-a-cara indefinidamente múltiple,-pues el cara-a-cara o el espalda-a-espalda sólo pueden tener lugar entre sujetos ya socializados. Ninguna «cooperación» de sujetos sabría crear el lenguaje, por ejemplo. Y una asamblea de inconscientes nucleares sería imaginariamente más abstrusa que la peor sala de locos furiosos de un manicomio. La sociedad, en tanto que siempre ya instituida, es auto-creación y capacidad de auto-alteración, obra del imaginario radical como instituyente que se autoconstituye como sociedad constituida e imaginario social cada vez particularizado.

El individuo como tal no es, por lo tanto, «contingente» relativamente a la sociedad. Concretamente, la sociedad no es más que una mediación de encarnación y de incorporación, fragmentaria y complementaria, de su institución y de sus significaciones imaginarias, por los individuos vivos, que hablan y se mueven. La sociedad ateniense no es otra cosa que los atenienses -sin los cuales no es más que restos de un paisaje trabajado, restos de mármol y de ánforas, de inscripciones indescifrables, estatuas salvadas de las aguas en alguna parte del Mediterráneo-, pero los atenienses son sólo atenienses por el pomos de las polis. En esta relación entre una sociedad instituida que sobrepasa infinitamente la totalidad de los individuos que la «componen», pero no puede ser efectivamente más que en estado «realizado» en los individuos que ella fabrica, y en estos individuos puede verse un tipo de relación inédita y original, imposible de pensar bajo las categorías del todo y las partes, del conjunto y los elementos, de lo universal y lo particular, etc. Creándose, la sociedad crea al individuo y los individuos en y por los cuales sólo puede ser efectivamente. Pero la sociedad no es una propiedad de composición, ni un todo conteniendo otra cosa y algo más que sus partes -no sería más que por ello que sus «partes» son llamadas al ser, y a «ser así», por ese «todo» que, en consecuencia, no puede ser más que por ellas, en un tipo de relación sin analogía en ningún otro lugar, que debe ser pensada por «ella misma», a partir de «ella misma» como modelo de «sí misma» (5).

Pero a partir de aquí hay que ser muy precavidos. Se habría apenas avanzado (como algunos creen) diciendo: la sociedad hace los individuos que hacen la sociedad. La sociedad es obra del imaginario instituyente. Los individuos están hechos por la sociedad, al mismo tiempo que hacen y rehacen cada vez la sociedad instituida: en un sentido, ellos sí son sociedad. Los dos polos irreductibles son el imaginario radical instituyente -e1 campo de creación socio-histórico-, por una parte, y la psique singular, por otra. A partir de la psique, la sociedad instituida hace cada vez a los individuos -que como tales, no pueden hacer más que la sociedad que les ha hecho-. Lo cual no es más que la imaginación radical de la psique que llega a transpirar a través de los estratos sucesivos de la coraza social que es el individuo, que la recubre y la penetra hasta un cierto punto-límite insondable, ya que se da una acción de vuelta del ser humano singular sobre la sociedad-. Nótese, de entrada, que una tal acción es rarísima y en todo caso imperceptible en la casi totalidad de las sociedades, donde reina la heteronomía instituida (6), y donde, aparte del abanico de roles sociales pre-definidos, las únicas vías de manifestación reparable de la psique singular son la transgresión y la patología. Sucede de manera distinta en aquellas sociedades donde la ruptura de la heteronomía completa permite una verdadera individualización del individuo, y donde la imaginación radical de la psique singular puede a la vez encontrar o crear los medios sociales de una expresión pública original y contribuir a la autoalteración del mundo social. Y queda todavía otro aspecto por constatar, además de alteraciones social-históricas manifiestas y marcadas, sociedad e individuos se implican recíprocamente.

La institución y las significaciones imaginarias que lleva consigo y que la animan son creaciones de un mundo, el mundo de la sociedad dada, que se instaura desde el principio en la articulación entre un mundo «natural» y «sobrenatural» -más comúnmente «extrasocial» y «mundo humano» propiamente dicho-. Esta articulación puede ir desde la casi fusión imaginaria hasta la voluntad de separación más rotunda; desde la puesta de la sociedad al servicio del orden cósmico o de Dios, hasta el delirio más extremo de dominación y enseñoramiento sobre la naturaleza. Pero, en todos los casos, la «naturaleza» como la «sobrenaturaleza», son cada vez instituidas en su propio sentido como tal y en sus innombrables articulaciones, y esta articulación contempla relaciones múltiples y cruzadas con las articulaciones de la sociedad misma instauradas cada vez por su institución (7).

Creándose como eidos cada vez singular (las influencias, transmisiones históricas, continuidades, similitudes, etc., ciertamente existen y son enormes, como las preguntas que suscitan, pero no modifican en nada la situación principal y no pueden evitar la presente discusión), la sociedad se despliega en una multiplicidad de formas organizativas y organizadas. Se despliega, de entrada, como creación de un espacio y de un tiempo (de una espacialidad y de una temporalidad) que le son propias, pobladas de una cáfila de objetos «naturales», «sobrenaturales» y «humanos», vinculados por relaciones establecidas en cada ocasión por la sociedad, consideradas y sostenidas siempre sobre unas propiedades inmanentes del ser-así del mundo. Pero estas propiedades son re-creadas, elegidas, filtradas, puestas en relación y sobre todo: dotadas de sentido por la institución y las significaciones imaginarias de la sociedad dada (8).

El discurso general sobre estas articulaciones, trivialidades dadas de lado, es casi imposible: son cada vez obra de la sociedad considerada como tal, impregnada de sus significaciones imaginarías. La «materialidad», la “concreción” de tal o cual institución puede aparecer como idéntica o marcadamente similar entre dos sociedades, pero la inmersión, en cada ocasión, de esta aparente identidad material en un magma distinto de diferentes significaciones, es suficiente para alterarla en su efectividad social-histórica (así sucede con la escritura, con el mismo alfabeto, en Atenas en el 450 a. C. y en Constantinopla en el 750 de nuestra era). La constatación de la existencia de universales a través de las sociedades-lenguaje, producción de la vida material, organización de la vida sexual y de la reproducción, normas y valores, etc, -está lejos de poder fundar una «teoría» cualquiera de la sociedad y de la historia-. En efecto, no se puede negar en el interior de estas universales «formales» la existencia de otras universales más específicas: así, en lo que hace referencia al lenguaje, ciertas leyes fonológicas. Pero precisamente -como la escritura con el mismo alfabeto- estas leyes sólo conciernen a los límites del ser de la sociedad, que se despliega como sentido y significación. En el momento en que se trata de las «universales», «gramaticales» o «sintácticas», se encuentran preguntas mucho más temibles. Por ejemplo, la empresa de Chomsky debe enfrentarse a este dilema imposible: o bien las formas gramaticales (sintácticas) son totalmente indiferentes en cuanto al sentido -enunciado del que todo traductor conoce lo absurdo del mismo-; o bien éstos contienen desde el primer lenguaje humano, y no se sabe cómo, todas las significaciones que aparecerán para siempre en la historia -lo cual comporta una pesada e ingenua metafísica de la historia-. Decir que, en todo lenguaje, debe ser posible expresar la idea «John ha dado una manzana a Mary» es correcto, pero tristemente insuficiente.

Uno de los universales que podemos «deducir» de la idea de sociedad, urna vez que sabemos lo que es una sociedad y lo que es la psique, concierne a la validez efectiva (Geltung), positiva (en el sentido del «derecho positivo») del inmenso edificio instituido. ¿Qué sucede para que la institución y las instituciones (lenguajes, definición de la «realidad» y de la «verdad», maneras de hacer, trabajo, regulación sexual, permisión/prohibición, llamadas a dar la vida por la tribu o por la nación, casi siempre acogida con entusiasmo) se impongan a la psique, por esencia radicalmente rebelde a todo este pesado fárrago, que cuanto más lo perciba más repugnante le resultará? Dos vertientes se nos muestran para abordar la cuestión: la psíquica y la social.

Desde el punto de vista psíquico la fabricación social del individuo es un proceso histórico a través del cual la psique es constreñida (sea de una manera brutal o suave, es siempre por un acto que violenta su propia naturaleza) a abandonar (nunca totalmente, pero lo suficiente en cuanto necesidad/uso social) sus objetos y su mundo inicial y a investigar unos objetos, un mundo, unas reglas que están socialmente instituidas. En esto consiste el verdadero sentido del proceso de sublimación (9). El requisito mínimo para que el proceso pueda desarrollarse es que la institución ofrezca a la psique un sentido -otro tipo de sentido que el protosentido de la mónada psíquica-. El individuo social que constituye así interiorizando el mundo y las significaciones, creadas por la sociedad -interiorizando de este modo explícitamente fragmentos importantes e implícitamente su totalidad virtual por los «re-envíos» interminables que ligan magmáticamente cada fragmento de este mundo a los otros.

La vertiente social de este proceso es el conjunto de las instituciones que impregnan constantemente al ser humano desde su nacimiento, y en destacado primer lugar el otro social, generalmente pero no ineluctablemente la madre, que toma conciencia de sí estando ya ella misma socializada de una manera determinada, y el lenguaje que habla ese otro. Desde una perspectiva más abstracta, se trata de la «parte» de todas las instituciones que tiende a la escolarización, al pupilaje, a la educación de los recién llegados -lo que los griegos denominan paideia: familia, ritos, escuela, costumbre y leyes, etc.

La validez efectiva de las instituciones está así asegurada de entrada y antes que nada por el proceso mismo mediante el cual el pequeño monstruo chillón se convierte en un individuo social. Y no puede convertirse en tal más que en la medida en que ha interiorizado el proceso.

Si definimos como poder la capacidad de una instancia cualquiera (personal o impersonal) de llevar a alguno (o algunos-unos) a hacer (o no hacer) lo que, a sí mismo, no habría hecho necesariamente (o habría hecho quizá) es evidente que el mayor poder concebible es el de preformar a alguien de suerte que por símismo haga lo que se quería que hiciese sin necesidad de dominación (Herrschaft) o de poder explícito para llevarlo a… Resulta evidente que esto crea para el sujeto sometido a esa formación, a la vez la apariencia de la «espontaneidad» más completa y en la realidad estamos ante la heteronomía más total posible. En relación a este poder absoluto, todo poder explícito y toda dominación son deficientes y testimonian una caída irreversible. (En adelante hablará de poder explícito; el término dominación debe ser reservado a situaciones social-históricas específicas, ésas en las que se ha instituido una división asimétrica y antagónica del cuerpo social).

Anterior a todo poder explícito y, mucho más, anterior a toda «dominación» la institución de la sociedad ejerce un infra poder radical sobre todos los individuos que produce. Este infra-poder-manifestación y dimensión del poder instituyente del imaginario radical-no es localizable. Nunca es sólo el de un individuo o una instancia determinada. Es «ejercido» por la sociedad instituida, pero detrás de ésta se halla la sociedad instituyente, «y desde que la institución se establece, lo social instituyente se sustrae, se distancia, está ya aparte» (10). A su alrededor la sociedad instituyente, por radical que sea su creación, trabaja siempre a partir y sobre lo ya constituido, se halla siempre -salvo por un punto inaccesible en su origen- en la historia. La sociedad instituyente es, por un lado, inmensurable, pero también siempre retoma lo ya dado, siguiendo las huellas de una herencia, y tampoco entonces se sabría fijar sus límites. Todo lo que esto comporta respecto de un proyecto de autonomía y de la idea de libertad humana efectiva será tratado más adelante. Nos queda el infra-poder en cuestión, el poder instituyente que es a la vez el del imaginario instituyente, el de la sociedad instituida y el de toda la historia que encuentra en ello su salida provisional. Es pues, en cierto sentido, el poder del campo hístórico-social mismo, el poder de outis, de Nadie (11).

Tomado en sí mismo, pues, el infra-poder instituyente tal y como es ejercido por la institución, deberla ser absoluto y formar a los individuos de manera tal que estos reprodujesen eternamente el régimen que les ha producido. Es ésta, por otra parte evidente, la estricta finalidad de las instituciones existentes siempre y por todas partes. La sociedad instituida no alcanza nunca a ejercer su infra-poder como absoluto. Además es el caso de las sociedades salvajes y, más generalmente, de las sociedades que debemos llamar tradicionales-puede alcanzar a instaurar una temporalidad de la aparente repetición esencial, bajo la cual trabaja, imperceptiblemente y sobre muy largos períodos, su ineliminable historicidad (12). En tanto que absoluto y total, el infra-poder de la sociedad instituida (y, tras él, de la tradición) está, pues, abocado al fracaso. Este hecho, que aquí simplemente constatamos, se nos impone -existe la historia, existe una pluralidad de otras sociedades- y requiere ser elucidado.

Cuatro son los factores que aquí intervienen.

La sociedad crea su mundo, le concede sentido y hace provisión de significación destinada a cubrir de antemano todo cuanto pueda presentarse. El magmade significaciones imaginarias socialmente instituidas que reabsorbe potencialmente tódo cuanto pueda suceder, no puede, en principio, ser sorprendido o tomado desprevenido. En esto, evidentemente, el rol de la religión -y su función esencial para la clausura del sentido-ha sido siempre central (13) (el Holocausto se convierte en prueba de la singularidad y de la elección del pueblo judío). La organización conjuntiva-identitaria «en si ‘del mundo es no sólo suficientemente estable y «sistemática» en su primer momento para permitir la vida humana en sociedad, sino también suficientemente endeble e incompleta como para conllevar un número indefinido de creaciones social-históricas de significaciones. Los dos aspectos remiten a las dimensiones ontológicas del mundo en sí, como ninguna subjetividad trascendental, ningún lenguaje, ninguna pragmática de la comunicación sabrían hacerlo (14). Pero también el mundo, en tanto que «mundo presocial» -límite del pensamiento-, aunque en sí mismo no «significa» nada, está siempre ahí, como provisión inabarcable de alteridad, como riesgo siempre inminente de desgarrar el tejido de significaciones con el cual la sociedad lo ha revestido. El sinsentido del mundo representa siempre una amenaza posible para el sentido de la sociedad, el riesgo siempre presente de que se resquebraje el edificio social.

La sociedad fabrica los individuos a partir de una materia prima, la psique. ¿Qué hay de admirable, de entrada, en la plasticidad casi total de la psique al cuidado de la formación social a la que se supedita, o en su capacidad invencible de preservar su núcleo monádico y su imaginación radical, poniendo en jaque, al menos parcial, al adiestramiento soportado en perpetuidad? Cualquiera que sea la rigidez o cerrazón del tipo de individuo en que en ella se transforme, el ser propio e irreductible de la psique singular se manifiesta siempre -como sueño, enfermedad «psíquica», transgresión, litigio y querencia- pero también como contribución singular -raramente asignable, en las sociedades tradicionales- a la híper-lenta alteración de las maneras de hacer y de representar sociales.

La sociedad no es más que excepcionalmente -¿o nunca?- única y aislada. L.a sociedad se encuentra que existe una pluralidad indefinida de sociedades humanas, una coexistencia sincrónica y contacto entre sociedades otras. La institución de los otros y sus significaciones son siempre una amenaza mortal para las nuestras, lo que es sagrado para nosotros es abominable para ellos, y nuestro sentido les resulta el rostro mismo del sinsentido (15).

En fin, posiblemente la sociedad no pueda nunca escapar a sí misma. La sociedad instituida es siempre trabajada por la sociedad instituyente, bajo el imaginario social establecido corre siempre el imaginario radical. Es el hecho primero, bruto, del imaginario radical el que permite no ya «explicar», sino desplazar la pregunta que plantean el «se encuentra» y el «existe» anterior. La existencia de pluralidad esencial, sincrónica y diacrónica, de sociedades significa que existe imaginario instituyente.

Contra todos éstos factores que amenazan su estabilidad y su autopercepción, la institución de la sociedad siempre dispone de unas defensas y exhibiciones preestablecidas y preincorporadas. La principal entre éstas: la católica y virtual omnipotencia de su magma de significaciones. A las irrupciones del mundo bruto les serán atribuidos signos, de alguna manera serán interpretados y exorcizados. Incluso el sueño y la enfermedad. Los otros serán considerados como extranjeros, salvajes, impíos. El punto en el que las defensas de la sociedad instituida serán más débiles es, sin ninguna duda, su propio imaginario instituyente. También es éste el punto respecto al cual ha sido inventada la defensa más fuerte -la más fuerte desde hace mucho tiempo, y su duración parece extenderse al menos desde hace cien mil años-. Es la negación y la ocultación de la dimensión instituyente de la sociedad y la imputación del origen y del fundamento de la institución y de las significaciones lo que conduce a una fuente extra-social (extrasocial en relación a la sociedad efectiva, viviente: se puede tratar de los dioses o de Dios, pero también de los héroes fundadores o de los ancestros que se reencarnan continuamente en las nuevas venus). Líneas suplementarias aunque más débiles de defensa han sido creadas en los más tormentosos universos históricos. Mientras que la negación de la alteración de la sociedad o el recubrimiento de la innovación por su exilio en un pasado mítico se convierten en imposibles, lo nuevo puede ser sometido a una reducción ficticia pero eficaz mediante el «comentario» y la «interpretación» de la tradición (es el caso de las Weltreligionen, de las religiones como-históricas, y en particular de las concernientes a los mundos judíos, cristianos e islámicos).

El hecho de que todas estas defensas puedan fracasar, y en cierto sentido fracasen siempre, que puedan ocurrir crímenes, conflictos violentos insolubles, calamidades naturales que destruyan la funcionalidad de las instituciones existentes, guerras, etc., constituye una de las fuentes del poder explícito. Hay y habrá siempre una dimensión de la institución de la sociedad encargada de esta función esencial: restablecer el orden, asegurar la vida y la operación de la sociedad hacia y contra lo que en acto o en potencia la ponga en peligro.

Existe otra fuente, tan importante o más que la anterior, del poder explícito. La institución de la sociedad, y el magma de significaciones imaginarias que ella encarna, es mucho más que un montón de representaciones (o de «ideas»). La sociedad se instituye en y por las tres dimensiones indisociables: de la representación, del afecto y de la intención.

Si la parte «representativa» (lo cual no significa forzosamente representable y que pueda ser dicha) del magna de significaciones imaginarias sociales es la más difícilmente abordable, ello de entrada permanecería en un segundo plano (como a menudo en las filosofías de la historia y en las historiografías) si no apuntara más que a una historia y una hermenéutica de las «representaciones» y de las «ideas», si ignorara el magma de afectos propios de cada sociedad -su Stimmung, su «manera de vivirse y de vivir el mundo y la vida así como los vectores intencionales que tejen en conjunto la institución y la vida de la sociedad, eso a lo que podemos denominar su empuje propio y característico (que puede idealmente ser reducido, pero en realidad no lo es jamás, a su simple conservación) (16). Gracias al empuje en el pasado/presente de la sociedad habita un porvenir que está siempre por hacer. Este empuje es el que da sentido al enigma más grande de todos: eso que todavía no es pero será, otorgando a los vivos el medio de participar en la constitución o la preservación de un mundo que prolongará el sentido establecido. También mediante este empuje la innombrable pluralidad de las actividades sociales sobrepasa siempre el nivel de la simple «conservación» biológica de la especie, al mismo tiempo que se halla sometida a una jerarquización.

Ya que la ineliminable dimensión del empuj e de la sociedad hacia eso que hay que introducir, otro tipo de «desorden» en el orden social, supone, incluso en el marco más fijo y más repetitivo, que la ignorancia e incertidumbre en el porvenir no permita nunca una plena codificación previa de decisiones. El poder explícito aparece así como enraizado también en la necesidad de la decisión en cuanto a eso que queda por hacer y por no hacer en el seno de los fines (más o menos explicitados) y que el empuje de la sociedad se da como objetivo.

De este modo, si eso a lo que denominamos «poder legislativo» y «poder ejecutivo» puede permanecer enterrado en la institución (en la costumbre y la interiorización de normas supuestas como eternas), un «poder judicial» y un «poder gubernamental» deben estar explícitamente presentes, bajo cualquier forma, desde que la sociedad existe. La cuestión del pomos (y de su aplicación de una forma «mecánica», el pretendido «poder ejecutivo») puede ser recubierta por una sociedad; las cuestiones de la diké y del télos, no.

Fuese lo que fuese la articulación explícita del poder instituido, éste, lo acabamos de ver, no puede nunca ser pensado únicamente en función de la oposición «amigo-enemigo» (Karl Schmitt); no estaría tampoco reducido (no más que la dominación) al «monopolio de la violencia legítima». En la cima del monopolio de la violencia legítima, encontrarnos el monopolio de la palabra legítima; y éste está, a su vez, ordenado por el monopolio de la significación válida. El Amo de la significación sienta cátedra por encima del Amo de la violencia (17). Sólo mediante el fracaso que supone el derrumbe del edificio de significaciones instituidas puede empezar a hacerse oír la voz de las armas. Y para que la violencia pueda intervenir es necesario que la palabra -el imperativo del poder existente- asiente su poder en los «grupos de hombres armados». La cuarta compañía del regimiento Pavlovsky, la guardia de corps de Su Majestad, y el regimiento Semenovsky, son los más sólidos sostenes del trono del Zar-hasta las jornadas del 26 y 27 de febrero de 1917, cuando confraternizan con las masas y voltean las armas contra sus propios oficiales-. El ejército más poderoso del mundo no puede proteger nunca «si no» es fiel -y el fundamento último de su fidelidad es su creencia imaginaria en la legitimidad imaginaria-.

Hay y habrá siempre, pues, poder explícito en cualquier sociedad, a menos que ésta no consiga transformar sus individuos en autómatas, haciéndoles interiorizar completamente el orden instituido y construyendo una temporalidad que recubra de antemano todo el porvenir, misión imposible a tenor de lo que sabemos que está dado en la psique, en el imaginario instituyente y en el mundo.

Esta dimensión de la institución de la sociedad, relacionada con el poder explícito, o bien debido a la existencia de instancias que puedan emitir imperativos sancionables, es a lo que hay que identificar como la dimensión de lo político. A este respecto, importa poco que estas instancias se encarnen en la tribu entera, en los ancianos, en los guerreros, en el jefe, en el démos, en el Aparato burocrático o en lo que sea.

Llegados aquí conviene disipar tres confusiones . La primera, la identificación del poder explícito con el Estado. Las «sociedades sin Estado» no son «sociedades sin poder» . En éstas existe no solamente, como en todas partes, un infra-poder enorme (tanto más enorme cuanto más reducido sea el poder explícito) de la institución ya dada, sino también un poder explícito de la colectividad (o de los hechiceros, los guerreros, etc.) relativo a la diké y al télos -a los litigios y a las decisiones-. El poder explícito sao es el Estado, término y noción que debemos reservar a un eidos específico, ya que la creación histórica es de hecho casi datable y localizable. El Estado es una instancia separada de la colectividad e instituida de tal manera que asegure constantemente esta separación. El Estado es típicamente una institución secundaria.18

Propongo reservar el término Estado a aquellos casos en que éste se encuentra instituido como Aparato de Estado, lo cual comporta una «burocracia» separada, civil, clerical o militar, que es rudimentaria, es decir: una organización jerárquica con delimitación de áreas de competencia. Esta definición cubre la inmensa mayoría de organizaciones estatales conocidas y no deja fuera, por encima de sus límites, más que cosas excepcionales sobre las cuales pueden ensañarse los que olvidan que toda definición en el dominio social-histórico no va más que ós epi to polu, en la gran mayoría de las ocasiones, como diría Aristóteles. En este sentido, la polis democrática griega no es «Estado» si se considera que el poder explícito -la posición del momos, la diké, el télos– pertenecen al conjunto de los ciudadanos. Y esto explica, entre otras cosas, las dificultades de un espíritu tan potente como el de Max Weber ante la polis democrática, merecidamente subrayadas y correctamente comentadas en uno de los últimos textos de M.I. Fínley (19), 1a imposibilidad de hacer entrar la democracia ateniense en el tipo ideal de dominación «tradicional» o «racional» (tengamos presente que para Max Weber «dominación racional» y «dominación burocrática» son términos intercambiables) y sus desafortunados esfuerzos por vincular los «demagogos» atenienses a los detentadores de un poder «carismático». Los marxistas y las feministas replicarán, sin duda, aduciendo que el démos ejercía un poder sobre los esclavos y las mujeres, ya que se trataba de un Estado. Pero ¿admitirían, entonces, que los blancos de los estados del Sur de Estados Unidos eran el Estado con respecto a los esclavos negros hasta 1865? O bien ¿que los varones adultos franceses eran Estado respecto a las mujeres hasta 1945 (y, por qué no, los adultos respecto de los no adultos en la actualidad)? Ni el poder explícito ni incluso la dominación toman necesariamente la forma de Estado.

La segunda dimensión del poder explícito alude a la confusión dejo político con la institución conjunta de la sociedad. Se sabe que el término «lo político» fue introducido por Karl Schmitt (DerBegriff desPolitischen, 1928) en un sentido excesivamente estrecho y, en el caso de aceptarse lo que venimos arguyendo, esencialmente defectuoso. Asistimos en la actualidad a una tentativa inversa que consiste en pretender dilatar el sentido del término hasta permitirle absorber la institución conjunta de la sociedad. La distinción de lo político en el seno de otros «fenómenos sociales», reemplazaría, al parecer, al positivismo (por supuesto de lo que se trata no es de «fenómenos», sino de dimensiones ineliminables de institución social: lenguaje, trabajo, reproducción sexual, aprendizaje de las nuevas generaciones, religión, costumbres, «cultura» en su sentido restringido, etc.). También de esto se encargaría la política que asumiría la carga de generar las relaciones entre los seres humanos y de éstos con el mundo, la representación de la naturaleza y del tiempo, o la relación del poder y la religión. Esto no es, obviamente, nada distinto a lo que desde 1965 vengo definiendo como institución imaginaria de la sociedad y su desdoblamiento esencial en instituyente e instituido (20). Dejando de lado los gustos personales, no vemos qué beneficios se obtienen de denominar lo político a la institución catholou de la sociedad, y vemos claramente lo que se pierde. Así pues, o una cosa o la otra: bien, denominando «lo político» a eso que todo el mundo denominaría naturalmente la institución de la sociedad, se opera un cambio de vocabulario, que sin comportar nada respecto de la sustancia crea una confusión y entra en contradicción con nomina non sunt praeter necesitatem multiplicando; o bien se intenta preservar en esta sustitución las connotaciones que el término político tiene desde su creación por los griegos, es decir, que alude a decisiones explícitas y, al menos en parte, conscientes o reflexionadas; y entonces, por un extraño cambio, la lengua, la economía, la religión, la representación del mundo, se encuentran relevadas de decisiones políticas de una manera que no desaprobarían ni Charles Maurras ni Pol-Pot. Todo es política o bien no significa nada, o bien significa: todo debe ser política, salvo la decisión explícita del Soberano.

La raíz de la segunda confusión se encuentra, quizás, en la tercera. Actualmente se oye decir: Los griegos han inventado la política (21). Se puede atribuir a los griegos muchas cosas -sobre todo: muchas más cosas de las que se les atribuye habitualmente- pero ciertamente no la de la invención de la institución de la sociedad, ni siquiera del poder explícito. Los griegos no han inventado «lo» político en el sentido de la dimensión del poder explícito siempre presente en toda sociedad; han inventado o mejor, creado, «la» política, lo cual es muy distinto. En ocasiones se discute para saber en qué medida existía la política con anterioridad a los griegos. Vana querella, términos vagos, pensamiento confuso. Antes de los griegos (y después) existían intrigas, conspiraciones, tráficos de influencia, luchas sordas o declaradas para conseguir el poder explícito, hubo un arte (fantásticamente desarrollado en China), de administrar y agrandar el poder. Ocurrieron cambios explícitos y decididos de algunas instituciones -incluso de reinstituciones radicales («Moise» o, si se prefiere, Mahoma)-. Pero en estos últimos casos, el legislador alegaba un poder de instituir que era de derecho divino, fuese Profeta o Rey. Invocaba o producía los Libros Sagrados. Pero si los griegos han podido crear la política, la democracia, la filosofía, es también porque no tenían ni Libro Sagrado, ni Profetas. Tenían poetas, filósofos, legisladores y politai.

La política tal y como ha sido creada por los griegos ha comportado la puesta en tela de juicio explícita de la institución establecida de la sociedad -lo que presuponía, y esto se ve claramente afirmado en el siglo V, que al menos grandes partes de esta institución no tenían nada de «sagrado», ni de «natural», pero sustituyeron al romos-. El movimiento democrático se acerca a lo que he denominado el poder explícito y tiende a reinstituirlo. Como se sabe, lo intenta (no llega a plasmarse verdaderamente), en la mitad de las poleis. Ello no impide que se desarrolle en todas las poleis, ya que también los regímenes oligárquicos o tiránicos debían, ante él, definirse como tales, aparecer tal y como eran. Pero no se limita a esto, pretende potencialmente la re-institución global de la sociedad y esto se actualiza mediante la creación de la filosofía.Ya no se hacen más comentarios o interpretaciones de textos tradicionales o sagrados, el pensamiento griego es ipso facto cuestionado por la dimensión más importante de la institución de la sociedad: las representaciones y las normas de la tribu, y por la noción misma de verdad. Existe, siempre y en todas partes, «verdad» socialmente instituida, equivalente a la conformidad canónica de las representaciones y de los enunciados con lo que es socialmente instituido como el equivalente de «axiomas» y de «procedimientos de verificación». Es preferible denominarla simplemente corrección (Richtigkeit). Pero los griegos crean la verdad como movimiento interminable del pensamiento, poniendo constantemente a prueba sus límites y volviendo sobre sí mismo (reflexividad) y la crean como filosofía democrática: pensar no es la ocupación de los rabinos, los curas, cte., sino de los ciudadanos que quieren discutir en un espacio público creado por este mismo movimiento.

Tanto la política griega como la política kata ton. orthon logon pueden ser definidas como la actividad colectiva explícita queriendo ser lúcida (reflexiva y deliberativa), dándose como objeto la institución de la sociedad como tal . Así pues, supone una puesta al día, ciertamente parcial, del instituyente en persona (dramáticamente, pero no de una manera exclusiva, ilustrada por los momentos de revolución) (22). La creación de la política tiene lugar debido a que la institución dada de la sociedad es puesta en duda como tal y en sus diferentes aspectos y dimensiones (lo que permite descubrir rápidamente, explicitar, pero también articular– de una manera distinta la solidaridad), a partir de que una relación otra, inédita hasta entonces, se crea entre el instituyente y el instituido (23).

La política se sitúa pues de golpe, potencialmente, a un nivel a la vez radical y global, así como su vástago, la «filosofía política» clásica. Hemos dicho potencialmente ya que, como se sabe, muchas instituciones explícitas, y entre ellas, algunas que nos chocan particularmente (la esclavitud, el estatuto de la mujeres), en la práctica nunca fueron cuestionadas. Pero esta consideración no es pertinente. La creación de la democracia y de la filosofía es la creación del movimiento histórico en su origen, movimiento que se da desde el siglo VIII al siglo V, y que se acaba de hecho con el descalabro del 404.

La radicalidad de este movimiento no será menospreciada. Sin hablar de la actividad de los nomotetas, sobre la cual tenemos pocos datos fiables (pero sobre la cual muchas deducciones razonables, especialmente acerca de las colonias que empiezan a partir del siglo VIII, quedan por formular), basta con aludir a la audacia de la revolución clisteniana, que reorganizó profundamente la sociedad ateniense tradicional en vistas a una participación igualitaria y equilibrada de todos en el poder político. Las discusiones y los proyectos políticos de los siglos VI y V lo testimonian (Solón, Hipodamos, sofistas, Demócrito, Tucídides, Aristófanes, cte .), muestran claramente esta radicalidad. La institución de la sociedad es considerada como obra humana (Demócrito, Mikros Diakosmos en la transmisión de Tzetzés). Al mismo tiempo los griegos supieron muy pronto que el ser humano será aquello que hagan los nomoi de la polis (claramente formulado por Simónides, la idea fue todavía respetada en varias ocasiones como una evidencia por Aristóteles). Sabían, pues, que no existe ser humano que valga sin una polis que valga, que sea regida por el nomos apropiado. Sabían también, contrariamente a Léo Strauss, que no hay nomos «natural» (lo que en griego sería una asociación de términos contradictorios). Es el descubrimiento de lo «arbitrario» del nomos al mismo tiempo que su dimensión constitutiva para el ser humano, individual y colectivo, lo que abre la discusión interminable sobre lo justo y lo injusto y sobre el «buen régimen» (24).

Es esta radicalidad y esta conciencia de la fabricación del individuo por la sociedad en la cual vive, lo que encontramos detrás de las obras filosóficas de la decadencia -del siglo IV, de Platón y de Aristóteles-; las dirige como una Selbsh,erstaíadlich.keit -y las alimenta-. Es ésta la que permite pensar a Platón en una utopía radical y la que lleva a Aristóteles a hacer hincapié en la paideia tanto o más que en la «constitución política» en su sentido estricto. No es de ninguna manera casualidad que el renacimiento de la vida política en Europa Occidental vaya unido, con relativa rapidez, a la reaparición de «utopías» radicales. Estas utopías prueban, de entrada y antes que nada, esta conciencia: la institución es obra humana. No es por casualidad que, contrariamente a la indigencia que se observa en el seno de la «filosofía política» contemporánea, la gran filosofía política, desde Platón hasta Rousseau, haya puesto la paideia en el centro de su reflexión. Esta gran tradición-aunque en la práctica la cuestión de la educación haya preocupado siempre a los modernos- muere prácticamente con la revolución francesa. Y hay que ser beato e hipócrita a la vez, para poner mala cara y sorprenderse de que Platón haya pensado en despreciar las nomoi musicales y poéticas (el Estado decreta actualmente qué poemas tienen que aprender los niños en la escuela); que él haya tenido razón o no en hacerlo como lo hizo y hasta el grado en que quiso hacerlo, es otro asunto. Y ya volveremos a ello.

La creación por los griegos de la política y la filosofía es la primera aparición histórica del proyecto de autonomía colectiva e individual. Si queremos ser libres, debemos hacer nuestro pomos. Si queremos ser libres, nadie debe poder decirnos lo que debemos pensar.

Pero ¿de qué manera y hasta dónde queremos ser libres? Estas son las preguntas que aborda la verdadera política -cada vez más remotas en los discursos contemporáneos sobre «la política», los «derechos del hombre» o el «derecho natural»- que debemos abordar ahora.

Casi siempre y en todas partes las sociedades han vivido en la heteronomía instituida (25). En esta situación, la representación instituida de una fuente extrasocial del szomos constituye una parte integrante. El rol de la religión es, a este respecto, central: fortalece la representación de esta fuente y sus atributos, asegura que todas las significaciones-tanto del mundo como de las cosas humanas- gocen del mismo origen, cimienta esta seguridad en la creencia de que versa sobre componentes esenciales del psiquismo humano. Dicho sea de paso: la tendencia actual -de la que Max Weber es en parte responsable-de presentarla religión como un conjunto de «ideas», casi como una «ideología religiosa», conduce a resultados catastróficos, pues ignora las significaciones imaginarias religiosas, tan importantes y variables como las «representaciones» que son el efecto y el empuje religioso.

La negación de la dimensión instituyente de la sociedad, el recubrimiento del imaginario instituyente por el imaginario instituido va unido ala creación de individuos absolutamente conformados, que se viven y se piensan en la repetición (sea lo que sea aquello que puedan hacer al margen -y hacen muy poco-), pues la imaginación radical campa a sus anchas en tanto que puede hacer lo que quiere y mientras no se trate verdaderamente de individuos (compárese la similitud de esculturas de una misma dinastía egipcia con la diferencia entre Safo y Arquíloque o Bach y Haendel). Ello va unido también con la cerrazón anticipada de toda pregunta sobre el fundamento último de las creencias de la tribu y de sus leyes, así como sobre la «legitimidad» del poder explícito instituido. En este sentido, el término mismo de «legitimidad» de la dominación aplicado a las sociedades tradicionales, resulta anacrónico (y euro-céntrico o sino-céntrico). La tradición significa que la cuestión de la legitimidad de la tradición izo será planteada. Los individuos son fabricados de suerte que esta pregunta resulte para sí mismos mental y psíquicamente imposible.

La autonomía surge, como germen, desde que la pregunta explícita e ilimitada estalla, haciendo hincapié no sobre los «hechos» sino sobre las significaciones imaginarias sociales y su fundamento posible. Momento de la creación que inaugura no sólo otro tipo de sociedad sino también otro tipo de individuos. Y digo bien germen, pues la autonomía, ya sea social o individual, es un proyecto. La aparición de la pregunta ilimitada crea un eidos histérico nuevo -la reflexión en un sentido riguroso y amplio o autorreflexividad, así como el individuo que la encarna y las instituciones donde se instrumentaliza-. Lo que se pregunta, en el terreno social, es: ¿son buenas nuestras leyes? ¿Son justas? ¿Qué leyes debemos hacer? Y en un plano individual: ¿Es verdad lo que pienso? ¿Cómo puedo saber si es verdad en el caso de que lo sea? El momento del nacimiento de la filosofía no es el de la aparición de la «pregunta por el ser», sino el de la aparición de la pregunta: ¿qué debemos pensar? (La «pregunta por e1 ser» no constituye más que un momento; por otra parte, es planteada y resuelta a la vez en el Pentateuco, así como en la mayor parte de los libros sagrados.) El momento del nacimiento de la democracia y de la política, no es el reino de la ley o del derecho, ni el de los «derechos del hombre», ni siquiera el de la igualdad como tal de los ciudadanos: sino el de la aparición en el hacer efectivo de la colectividad en su puesta en tela de juicio de la ley. ¿Qué leyes debemos hacer? Es en este momento cuando nace la política y la libertad como socialhistóricamente efectiva. Nacimiento indisociable del de la filosofía (la ignorancia sistemática y de ningún modo accidental de esta indisociación es lo que falsea constantemente la mirada de Heidegger sobre los griegos así como sobre el resto).

Autonomía: auto-romos (darse) uno mismo sus leyes. Precisión apenas necesaria después de lo que hemos dicho sobre la heteronomía. Aparición de un eidos nuevo en la historia del ser: un tipo de ser que se da a sí mismo, reflexivamente, sus leyes de ser.

Esta autonomía no tiene nada que ver con la «autonomía» kantiana por múltiples razones; basta aquí con mencionar una: no se trata, para ella, de descubrir en una Razón inmutable una ley que se dará de una vez por todas -sino de interrogarse sobre la ley y sus fundamentos, y no quedarse fascinado por esta interrogación, sino hacer e instituir (así pues, decir)-. La autonomía es el actuar reflexivo de una razón que se crea en un movimiento sin fin, de una manera a la vez individual y social.

Llegamos a la política propiamente dicha y empezamos por el protéron pros hémas, para facilitar la comprensión: el individuo. ¿En qué sentido un individuo puede ser autónomo? Esta pregunta tiene dos aspectos: interno y extremo.

El aspecto interno: en el núcleo del individuo se encuentra una psique (inconsciente, pulsional) que no se trata ni de eliminar ni de domesticar; ello no sería simplemente imposible, de hecho supondría matar al ser humano. Y el individuo en cada momento lleva consigo, en sí, una historia que no puede ni debe «eliminar», ya que su reflexividad misma, su lucidez, son, de algún modo, el producto. La autonomía del individuo consiste precisamente en que establece otra relación entre la instancia reflexiva y las demás instancias psíquicas, así como entre su presente y la historia mediante la cual él se hace tal como es, permítele escapar de la servidumbre de la repetición, de volver sobre sí mismo, de las razones de su pensamiento y de los motivos de sus actos, guiado por la intención de la verdad y la elucidación de su deseo. Que esta autonomía pueda efectivamente alterar el comportamiento del individuo (como sabemos que lo puede hacer), quiere decir que éste ha dejado de ser puro producto de su psique, de su historia, y de la institución que lo ha formado. Dicho de otro modo, la formación de una instancia reflexiva y deliberante, de la verdadera subjetividad, libera la imaginación radical del ser humano singular como fuente de creación y de alteración y le permite alcanzar una libertad efectiva, que presupone ciertamente la indeterminación del mundo psíquico y la permeabilidad en su seno, pero conlleva también el hecho de que el sentido simplemente dado deja de ser planteado (lo cual sucede siempre cuando se trata del mundo social-histórico), y existe elección del sentido no dictado con anterioridad. Dicho de otra manera una vez más, en el- despliegue y la formación de este sentido, sea cual sea la fuente (imaginación radical creadora del ser singular o recepción de un sentido socialmente creado), la instancia reflexiva, una vez constituida, juega un rol activo y no predeterminado (26). A su alrededor, esto presupone también un mecanismo psíquico: ser autónomo implica que se le ha investido psíquicamente la libertad y la pretensión de verdad (27). Si ese no fuera el caso, no se comprendería por qué Kant se esfuerza en las Críticas, en lugar de divertirse con otra cosa. Y esta investidura psíquica -«determinación empírica»- no quita la eventual validez de las ideas contenidas en las Críticas ni la merecida admiración que nos produce el audaz anciano, ni al valor moral de su empresa. Porque desatiende todas estas consideraciones, la libertad de la filosofía heredada permanece como ficción, fantasma sin cuerpo, constructum sin interés «para nosotros, hombres distintos», según la expresión obsesivamente repetida por el mismo Kant.

El aspecto extremo nos sumerge de lleno en medio del océano socialhistórico. Yo no puedo ser libre solo, ni en cualquier sociedad (ilusión de Descartes, que pretendió olvidar que él estaba sentado sobre veintidós siglos de preguntas y de dudas, que vivía en una sociedad donde, desde hacía siglos, la Revelación como fe del carbonero dejó de funcionar, la «demostración» de la existencia de Dios se convirtió en exigible para todos aquellos que, incluso los creyentes, penaban). No se trata de la ausencia de coacción formal («opresión»), sino de la ineliminable interiorización de la institución social sin la cual no hay individuo. Para investir la libertad y la verdad, es necesario que éstas hayan ya aparecido como significaciones imaginarias sociales. Para que los individuos pretendan que surja la autonomía, es preciso que el campo social-histórico ya se haya auto-alterado de manera que permita abrir un espacio de interrogación sin límites (sin Revelación instituida, por ejemplo).Para que alguien pueda encontrar en sí mismo los recursos psíquicos y en su entorno los medios para levantarse y decir: nuestras leyes son injustas, nuestros dioses son falsos, es necesaria una auto-alteración de la institución social, obra del imaginario instituyente (el enunciado «la Ley es injusta», para un hebreo clásico es lingüísticamente imposible, o por lo menos absurda, ya que la Ley ha sido dada por Dios y la justicia es un atributo de Dios y solamente de él). Es necesario que la institución sea de tal modo que pueda permitir supuesta en tela de j uicio por la colectividad que ella hace ser y por los individuos que a ella pertenecen. Pero la encarnación concreta de la institución es esta serie de individuos que caminan, hablan, y se mueven. Se trata, pues, de un mismo hecho, en cuanto a la esencia, lo que debía surgir y surgió en Grecia a partir del siglo VIII, y en Europa Occidental a partir de los siglos XII y XIII, un nuevo tipo de sociedad y un nuevo tipo de individuos que se implican recíprocamente. No hay falange sin hoplitas, y sin hoplitas no hay falange. No hay, desde el 700, Arquíloque que pueda vanagloriarse de que habiendo tirado su escudo para darse a la fuga, ello no le acarreare perjuicio alguno (siempre podría comprar otro), ya que al no existir una sociedad de guerreros-ciudadanos a la que dar cuenta, le permitió cantar al valor y, al mismo tiempo, como poeta, hacer burla de ello. La necesaria simultaneidad de estos dos elementos en un momento de alteración histórica crea una situación impensable para la lógica heredada de la determinación. ¿Cómo formar una sociedad libre si no es a partir de individuos libres? ¿Dónde encontrar estos individuos si no han sido ya criados en la libertad? (¿Se tratará acaso de la libertad inherente a la naturaleza humana? ¿Por qué entonces ésta estuvo oculta durante milenios de despotismo, oriental o de cualquier otro tipo?) Ello nos remite al trabajo creador del imaginario instituyente como imaginario radical depositado en el colectivo anónimo.

La interiorización ineliminable de la institución remite pues al individuo al mundo social. A quien dice querer ser libre y no tener nada que ver con la institución (o, lo que es lo mismo, con la política) se les debe volver a enviar a la escuela primaria. Pero ese mismo remitirse a se hace a partir del sentido mismo del romos, de la ley: poner la propia ley para sí mismo no puede tener un sentido más que para algunas dimensiones de la vida, y ninguno para otras -no solamente éstas donde se encuentra a los otros (con los que nos podemos entender, pelear o simplemente intentar ignorarnos), sino sobre todo ésas donde encuentro la sociedad como tal, la ley social-institución.

¿Puedo decir que pongo mi ley -ya que vivo necesariamente bajo la ley de la sociedad-? Sí, sólo en un caso: si puedo decir, reflexiva y lúcidamente que esta ley es también la mía. Para que pueda decir esto no es necesario que la apruebe: basta con que haya tenido la posibilidad efectiva de participar activamente en la formación y el funcionamiento de la ley (28). La posibilidad de participar: si acepto la idea de autonomía como tal (no sólo porque resulte «buena para mí»), es porque evidentemente ninguna «demostración» puede obligar a poner en consonancia mis palabras y mis actos, la pluralidad indefinida de individuos pertenece a la sociedad conduciendo incluso a la democracia como posibilidad efectiva de participación igualitaria de todos en las actividades instituyentes del poder explícito (es inútil extenderse aquí sobre la necesaria implicación recíproca de igualdad y libertad, una vez que las dos ideas han sido pensadas con rigor, y evidenciados los sofismas mediante los cuales, desde hace mucho tiempo, se ha intentado convertirlas en términos antitéticos).

Así pues, hemos vuelto a nuestro punto de partida, pues el «poder» fundamental en una sociedad, el poder primero del que dependen todos los otros, lo que hemos denominado anteriormente el infra-poder, es el poder instituyente. Y si se deja de estar fascinado por «Constituciones» éste no es ni localizable, ni formalizable, pues pone de relieve el imaginario instituyente. La lengua, la «familia», las costumbres, las «ideas», un montón innombrable de otras cosas y su evolución escapan en lo esencial a la legislación. Por lo demás, en tanto que este poder es participable, todos participan. Todos son «actores» de la evolución de la lengua, de la familia, de las costumbres, etc.

¿Cuál ha sido pues la radicalidad de la creación de la política de los griegos? Ha consistido en que: a) una parte del poder instituyente ha sido explicitada y formalizada (concretamente, la que concierne a la legislación en sentido estricto, público = «constitucional»- así como privado), b) las instituciones han sido creadas para convertir la parte explícita de poder (comprendido el «poder político» en el sentido definido con anterioridad) participable, de ahí la participación igualitaria de todos los miembros del cuerpo político en la determinación del domos, la diké y del télos -de la legislación, de la jurisdicción del gobierno (no existe, hablando con rigor, «poder ejecutivo»: las tareas encomendadas a los esclavos en Atenas son realizadas actualmente por hombres frenéticos, animales vociferantes en espera de que el ser advenga a través de las máquinas).

Pues, planteada así la cuestión, la política ha acaparado, por lo menos en derecho, a lo político en el sentido definido con anterioridad. La estructura y el ejercicio del poder explícito se han convertido, en principio y en hecho, tanto en Atenas como en el Occidente europeo, en objeto de deliberación y de decisión colectiva (de la colectividad cada vez auto-puesta y, en hecho y en derecho, siempre necesariamente agito puesta). Pero también, y mucho más importante, la puesta en tela de juicio de la institución ¡ti Loto se ha convertido potencialmente en radical e ilin-litada. La transformación por Clístines del reparto tradicional de las tribus atenienses pertenece quizás a la historia antigua. Pero nosotros se supone que vivimos en una república; necesitaremos, pues, probablemente una «educación republicana». ¿Dónde empieza y dónde acaba la «educación» -sea o no republicana-?. Los movimientos emancipadores modernos, especialmente el movimiento obrero, pero también el movimiento de mujeres, han planteado la pregunta: ¿Puede haber democracia, puede haber igual posibilidad efectiva para todos los que quieren participar en el poder en una sociedad donde existe y se reconstituye constantemente una enorme desigualdad del poder económico, inmediatamente traducible en poder político -o bien en una sociedad que aun habiendo promulgado hace unos decenios los «derechos políticos» de las mujeres, continúa en la práctica tratándolas como «ciudadanos pasivos»? ¿Las leyes de la propiedad (privada o de «Estado») han caído del cielo? ¿En qué Sinaí han sido recogidas?

La política es proyecto de autonomía: actividad colectiva reflexionada y lúcida tendiendo a la institución global de la sociedad como tal. Para decirlo en otros términos, concierne a todo lo que, en la sociedad, es participable y compartible (29). Pues esta actividad auto-instituyente aparece así como no conociendo, y no reconociendo, de jure, ningún límite (prescindiendo de las leyes naturales y biológicas). ¿Puede y debe permanecer así?

La respuesta es negativa, tanto ontológicamente -por encima de la pregunta quid juris-, como políticamente -en prueba de esta pregunta-.

El punto de vista ontológico conduce a las reflexiones más pesadas y menos .pertinentes a propósito de la cuestión política. De todas formas la auto-institución explícita de la sociedad reencontrará siempre los límites a los que hemos aludido anteriormente. Toda institución, por más lúcida, reflexiva y deseada que sea surge del imaginario ínstituyente, que no es ni formalizable ni localizable. Toda institución, así como al revolución más radical que se pueda concebir, sucede siempre en una historia ya dada e incluso por más que tenga el proyecto alocado de hacer tabla rasa total, se encontraría que debería utilizar los objetos de la tabla para hacerla rasa. El presente transforma siempre el pasado en pasado presente, es decir el ahora adecuado no será más que la «re-interpretación» constante a partir de lo que se está creando, pensando, poniendo -pero es este pasado, no cualquier pasado, el que el presente modela a partir de su imaginario-. Toda sociedad debe proyectarse en un porvenir que es esencialmente incierto y aleatorio. Toda sociedad deberá socializar la psique de los seres que la componen, y la naturaleza de esta psique impone tanto a los modos como al contenido de esta socialización de fuerzas tan inciertas como decisivas.

Consideraciones muy pesadas y sin pertinencia política. Son profundamente análogas -y ello no se debe a un accidente- a las que; en mi vida personal, muestran que yo me hago en una historia que siempre me ha hecho ya, que mis proyectos más arduamente reflexionados pueden ser destruidos en un instante por lo que ocurre, que, viviendo, soy siempre para mí mismo una de las más poderosas fuentes de sorpresa y un enigma incomparable (pues me es muy cercano), que con mi imaginación, mis afectos, mis deseos me puedo entender pero, no puedo ni debo dominarles. Debo dominar mis actos y mis palabras, lo cual es algo muy distinto. Y, del mismo modo que estas consideraciones no me dicen nada sustancial respecto de lo que debo hacer -ya que puedo hacer todo lo que puedo hacer, pero no debo hacer cualquier cosa, y sobre lo que debo hacer, la estructura ontológica de mi temporalidad personal, por ejemplo, no me brinda ninguna ayuda-, a la vez, los límites ciertos e indefinibles que la naturaleza misma de lo social-histórico pone a la posibilidad de que una sociedad pueda establecer otra relación entre lo instituyente y lo instituido, no aporta nada sobre eso que debemos querer como institución efectiva de la sociedad donde vivimos. Del hecho de que, por ejemplo, «el muerto se agarre al vivo», como cuenta Marx, no puedo deducir ninguna política. El vivo no estaría vivo si no estuviera agarrado por el muerto -pero tampoco lo sería si lo estuviera totalmente-. ¿Qué puedo concluir respecto de la relación que una sociedad debe querer establecer, puesto que esto depende de ella, con su pasado? No puedo decir que una política que quisiera ignorar totalmente o exiliar la muerte, porque ella es contraria a la naturaleza de las cosas, estaría «abocada» al fracaso o «enloquecida»: estaría en la ilusión total en cuanto a su objetivo establecido, no serla por lo tanto nula. Estar loco no me impide existir: el totalitarismo ha existido, existe, bajo nuestra mirada intenta siempre reformar el «pasado» en función del «presente» (digamos, de pasada, que ha hecho a ultranza, sistemática y violentamente, lo que de otra manera todo el mundo hace tranquilamente, es la tarea cotidiana de periodistas, historiadores y filósofos). Y decir que el totalitarismo no puede tener éxito porque es contrario a la naturaleza de las cosas (lo cual no puede querer decir otra cosa: «naturaleza humana») es una vez más mezclar los niveles y poner como necesidad esencial lo que es un puro hecho: Hitler ha sido vencido, el comunismo no consigue, por el momento, dominar el planeta. Es todo. De puros hechos, y las explicaciones parciales que se podrían dar provienen también del orden de los puros hechos, no se deduce ninguna necesidad trascendente, ningún «sentido de la historia».

Sucede de otro modo si se adopta un punto de vista político, en prueba de la admisión que no sabemos definir los límites principales (no triviales) de la auto-institución explícita de la sociedad. Si la política es proyecto de autonomía individual y social (dos caras de lo mismo), se derivan buenas y abundantes consecuencias sustantivas. En efecto, el proyecto de autonomía debe ser puesto («aceptado», «postulado»). La idea de autonomía no puede ser fundada ni demostrada, toda fundación o demostración la presupone (ninguna «fundación» de la reflexión sin presuposición de la reflexividad). Una vez puesta puede ser razonablemente argumentada a partir de sus implicaciones y sus consecuencias. Pero puede también y, sobre todo, debe ser explicitada. Se derivan entonces consecuencias sustantivas, que dan un contenido, ciertamente parcial, a una política de la autonomía, pero le imponen también limitaciones. En efecto, se requiere, en está perspectiva, abrir lo más posible la vía a la manifestación del instituyente -y además introducir el máximo posible de reflexividad en la actividad instituyente explícita, así como en el ejercicio del poder explícito-. Pues, no hay que olvidarlo, el instituyente como tal, y sus obras, no son ni «buenas» ni «malas» -o más bien, pueden ser, desde el punto de vista de la reflexividad, el uno o el otro hasta el grado más extremo (así como la imaginación del ser humano singular)-. Resulta entonces imponderable formar instituciones convirtiendo esta reflexividad colectiva efectivamente posible e instrumentándola concretamente (las consecuencias de esto son innombrables), así como dar a todos los individuos la posibilidad efectiva máxima de participación en todo poder explícito y en la esfera más extensa posible de vida individual autónoma. Si se tiene en cuenta que la institución de la sociedad no existe más que por el hecho de estar incorporada en los individuos sociales, se puede entonces, evidentemente, justificar (fundar, si se quiere) a partir del proyecto de autonomía los «derechos del hombre», v mucho más: se puede también y sobre todo, dejando de lado las frivolidades de la filosofía política contemporánea y teniendo en cuenta a Aristóteles -la ley tiende a la «creación de la virtud total’.’ mediante prescripciones peri paideian tén pros to koin.on, relativas a la paideia orientada hacia la res pública- (30) comprender que la paideia, la educación-que comprende desde el nacimiento hasta la muertees una dimensión central de toda política de la autonomía, y reformular, corrigiéndolo, el problema de Rousseau: «Encontrar una forma de asociación que defienda y proteja de toda la fuerza común a la persona y los bienes de cada asociado, y por la cual cada uno uniéndose a todos no obedezca por lo tanto más que a sí mismo y permanezca tan libre como antes» (31). Inútil comentar la fórmula de Rousseau y su pesada dependencia de una metafísica del individuo-sustancia y de sus «propiedades». Pero veamos la verdadera formulación:

Crear las instituciones que, interiorizadas por los individuos, faciliten lo más posible el acceso a su autonomía individual y su posibilidad de participación efectiva en todo poder explícito existente en la sociedad.

La formulación no resultará paradójica más que a los poseedores de la concepción de la libertad-fulguración, de un para sí ficticio desligado de todo, incluso de su propia historia.

Resulta también -es una tautología- que la autonomía es, ipso facto, autolimitación. Toda limitación de la democracia no puede ser, tanto de hecho como de derecho, otra cosa que autolimitación (32). Esta autolimitación puede ser mucho más que simple exhortación, en el caso de que se encarne en la creación de individuos libres y responsables. Para la democracia no hay más que una «garantía» relativa y contingente. La menos contingente de todas se encuentra en la paideia de los ciudadanos, en la formación (siempre social) de individuos que han interiorizado a la vez la necesidad de la ley y la posibilidad de ponerla en tela de juicio, la interrogación, la reflexividad y la capacidad de deliberar la libertad y la responsabilidad.

La autonomía es pues el proyecto -y ahora nos situamos sobre un plano a la vez ontológico y político- que tiende, en un sentido amplio, a la puesta al día del poder instituyente y su explicación reflexiva (que no puede nunca ser más que parcial); y en un sentido más estricto, la reabsorción de lo político, como poder explícito, en la

política, actividad lúcida y deliberante que tiene como objeto la institución explícita de la sociedad (así como de todo poder explícito) y su función como nomos, diké, télos -legislación, jurisdicción, gobierno- hacia fines comunes y obras públicas que la sociedad se haya propuesto deliberadamente.

 

NOTAS:

Publicado en Revue de métaphysique et de morale, 1988, N°- 1.

1 C. Castoriadis, «Marxismo y teoría revolucionaria», Socialismo o barbarie, N°-3640, abril, 1964 junio, 1965, retomado posteriormente como primera parte de la Institución imaginaria de la sociedad. Citado más adelante como Castoriadis 196465 (1975), para la primera parte y Castoriadis 1975 para la segunda; véase p. 153147, 184-218 y la segunda parte, passim.

2 C. Castoriadis, 1975, cap. VI.

3 C. Castoriadis, «L’état du sujet aujourd’hui», Tropique N°- 38 (1986), pp. 13 y ss.; citado en adelante como Castoriadis, 1986. (Traducción castellana incluida en El psicoanálisis. Proyecto y elucidación, Ed. Nueva Visión, Bs. As., 1992)

4 C. Castoriadis, 1975, cap. VI y passim; también «Institution de la société et religion», Espiri4 mayo, 1982 e incluido en Los dominios del hombre. Las encrucijadas del laberinto; citado en adelante como Castoriadis, 1982 (1986).

5 C. Castoriadis, 1964-65 (1975), cap. IV.
6 C. Castoriadis, 1964-65 (1975), pp. 148-151; Castoriadis, 1982 (1986). 7 C. Castoriadis, 1964-65 (1975), pp. 208-211; Castoriadis, 1975, cap. V. 8 Ibid.

9 C. Castoriadis, «Epilégomenes á une théorie de 1’áme…», L’inconscient, N°- 8, octubre 1968, retomado en Les carrefours du labyrinthe, París; Le Seuil, 1978; citado en adelante como Castoriadis 1968 (1978); ver pp. 59-64 y Castoriadis 1975, pp. 420-431.(Incluñido en El psicoanálisis. Proyecto y elucidación)

10 C. Castoriadís, 1964-65 (1975), p. 154 y 1975, pp. 493-498.

11 C. Castóriadis, 1968 (1978), p. 64.

12 C. Castoriadis, 1975, pp. 256-259 y 279-296.

13 C. Castoriadis,1964-65 (1975), pp.182-184,196, 201-202, 207;1975, pp. 48485; (1986), passim.

14 C. Castoriadis, 1975, cap. V; también, «Alcance ontológido de la historia de la ciencia» en Los dominios del hombre, op. cit.; citado en adelante como Castoriadis 1985 (1986).

15 C. Castoriadis, «Notations sur le racisme», Connexions, N°- 48, 1986, pp. 107118. 16 C. Castoriadis, 1975, passim.
17 C. Castoriadis, 1975, p. 416.

18 Sobre el término ver Castoriadis 1975, pp. 495-496, e «Institution premiére de la société et institutions secondes», en Y a-t-il une théorie de Pinstitution publicado por el Centre d’Etude de la Famille, 1985, pp. 105-122.

19 M. I. Finley, Sur 1’histoire ancienne, París. La Découverte,1987, cap. 6. » Max Weber et la cité greque», p. 154.-175 y 179-182. Ver también C. Castoriadis, «La polis griega y la creación de la democracia», GraduateFacultyPhilosophyJournal, New School for Social Research, New York, 1983, vol. IX, N°- 2, retomado en Los dominios del hombre, op. cit., Gedisa, Barcelona 1988, citado en adelante Castoriadis 1983 (1986); p. 290-292.

20 C. Castoriadis, 1964-65 (1975), pp. 159-230; Castoriadis, 1975, passim.
21 La traductora de Politics in theAncien World de M. I. Finley tiene toda la razón al no ceder a una moda

fácil, dándole como título francés L’invention de la politique, París, Flammarion, 1985.

22 C. Castoriadis, 1964-65 (1975), p. 154.

23 C. Castoriadis,1964-65 (1975), pp.130-157. También, «IIntroducción general» en La société bureaucratique, París, 1973, 10/18 (Edición española La sociedad burocrática, Tusquets, Barcelona, 1978) pp. 51-61, y1975, pp. 295-296 y 496-498.

24 C. Castoriadis, «Valeur, égalité, justice, politique: de Marx á Aristote y Aristote á nous», Textures, N°- 12-13, 1975; retomado en Les Carrefours du labyrinthe, op. cit. pp. 268-316.

25 C. Castoriadis, 1964-65 (1975), pp. 148-151 y los textos citados, p. 62. 26 C. Castoriadis, 1964-65 (1975), pp. 138-146; 1986, pp. 24-39.

27 C. Castoriadis, 1968 (1978), pp. 60-64.

28 El discurso de las Leyes, en el Criton -que tengo por una simple transcripción, ciertamente admirable, de los Topo¡ y del pensamiento democrático de los atenienses-dice todo lo que puede decirse al respecto; é peithein é poiein a an kéleui (51-b) o bien le persuade (la patria, la colectividad que pone las leyes) o bien hacer lo que ella ordena. Las leyes añaden: tú siempre eres libre de partir, con todo lo que posees, (51 d -e), lo que, en rigor no resulta cierto en ningún Estado «democrático moderno».

29 Ver el texto citado en la nota de p. 63.

30 Etica a Nicomaco. E, 4, 1130 b 4-5, 25-26.

31 El contrato social, Libro I, cap. VI.

32 C. Castoriadis, «La lógica. de los magmas y la cuestión de la autonomía», en Los dominios del hombre, op. cit., pp. 417-418; también 1983 (1986), pp. 296-303.

Hannah Arendt: Revolución, sinónimo de vuelta a empezar

Por Javier Sádaba

Un texto inédito de la pensadora alemana, ‘La libertad de ser libres’, recupera la valentía de su pensamiento. Taurus publica el 8 de noviembre en España este breve ensayo iluminador.

La figura de Hannah Arendt es conocida. Y su influencia no ha dejado de crecer. Eso no quita para que sus escritos y su persona continúen siendo difíciles de clasificar. Para unos roza el pensamiento conservador, para otros habría que situarla en lo que convencionalmente llamamos izquierda y, finalmente, no son pocos los que o bien se limitan a considerarla inclasificable o espigan en muchas de las aristas y sugerencias que ofrece su pensamiento. Arendt escribió mucho, pero tal vez sus obras más conocidas tienen que ver con su análisis del totalitarismo y el dedicado a la condición humana. Aunque el más extendido y comentado sea el de Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal.

Este último libro le produjo la desafección y hasta un ataque acerado de amigos judíos como ella. No toleraban que criticara el secuestro ilegal de Eichmann en Argentina por parte de los servicios secretos judíos, la formación de un tribunal lejos de ser imparcial y, sobre todo, ver en Eichmann no tanto un sádico sino un pobre hombre que se limitó a obedecer órdenes. El francés Michel Onfray, siempre provocador, ha escrito recientemente un libro en el que no sólo muestra su acuerdo con Hannah Arendt, sino que incluso minimiza el mal intencionado causado a sus víctimas por Eichmann. Éste habría seguido al pie de la letra la idea de deber y obediencia de Kant. En una interpretación sesgada y un tanto ridícula del filósofo de Konigsberg, que es otro de los pilares de nuestra autora, escribe Onfray que las enseñanzas que recibió sobre Kant le llevaron a una estricta observancia de lo que se le mandaba, de la clásica «obediencia debida». En tal obediencia debida, que no mira ni a un lado ni al otro sino simplemente al superior, consistiría la banalidad del mal. Desde Arendt, dicha idea de frivolidad se ha convertido en una referencia de una maldad idiota, rutinaria, propia de espíritus incapaces de ver más allá de las ordenes recibidas.

El libro La libertad de ser libres, escrito en el contexto del que publicó Sobre la Revolución, habría que situarlo en el final de los años 60. Se trata de una publicación póstuma, que lleva el título de un discípulo suyo y que haría justicia al texto. Tiene un epílogo de Thomas Meyer y se completa con una amplia bibliografía y sus traducciones al castellano. Las páginas de este breve libro de la que fue, cosa extraña, alumna preferida y amiga del filósofo Heidegger, un nazi sin pizca de arrepentimiento, se centran, en el concepto de revolución, de su inserción en la Historia y en la importancia que tiene no olvidarlas. Igualmente del proceso que las hace nacer y su relación, íntima, con lo que es una de las características básicas de la humanidad. Ésta no es otra que la libertad.

Comienza Arendt recordando que las revoluciones políticas no debemos confundirlas, cosa ya obvia hoy, con las evoluciones científicas o con un significado atado a la etimología. En esta concepción simple, revolución es sinónimo de volver al principio, de dar la vuelta sobre sí mismo como en un círculo. La revolución política, por el contrario, rompería tales retornos y se abriría a algo nuevo. No restaura lo viejo, sino que lo suplanta con un novum, categoría usada, en otro contexto, por el también judío y marxista cálido E. Bloch. En este sentido hay que distinguir entre lo que se deja y lo que comienza. La libertad se equipara, bien lo expuso Isaiah Berlin, a la libertad negativa o repudio de lo anterior; y a la positiva, en donde el ser libre se construye después de nuestra manera de vivir. En este sentido lo ejemplifica nuestra autora en la revolución que funda los EEUU con la que surge de la Revolución Francesa, imagen universal de las revoluciones. La primera habría acabado, con un optimismo excesivo en su interpretación, en un orden constitucional estable y de amplias libertades individuales; mientras que la segunda no sólo se frustró, sino que dio paso al terror. Y es que en la norteamericana no existían masas hambrientas deseosas de comer y de que no murieran sus hijos rodeados de miserias. En esta última, la necesidad de supervivencia habría derrotado al deseo de la creación de un espacio público de iguales. Ambas fueron puestas en marcha por personas ilustradas, con suficiente ocio como para pensar en los cambios necesarios. Otra cosa es que no comprendieran la fuerza del proceso y las consecuencias que puede traer consigo una revolución. Y es que éstas pueden salir bien o mal. Cuando salen mal, muchas de ellas no sólo vuelven a su antigua situación sino que se pueden convertir en sociedades con una inmensa crueldad. Es el caso de Hitler o Stalin. Y en otra dimensión podríamos fijarnos en la llamada Primavera Árabe.

Lo que posibilita las revoluciones, aparte de las incitaciones de los intelectuales y el hartazgo del pueblo, suele ser el vacío de poder, el agotamiento de lo existente. Es el momento, por cierto, de que la ambición de los aprovechados se aúpe en tales revoluciones y las apaguen o las perviertan.

Por otro lado, los errores e irresponsabilidades de quienes tendrían que orientarlas facilitan el debilitamiento de lo logrado o que fuerzas exteriores las aplasten.

En este breve libro se sintetizan muchos de los pensamientos de una mujer que experimentó en su propia carne las convulsiones de su siglo. Al mismo tiempo aparecen unos inteligentes y esperanzadores destellos de su talento. Las revoluciones parten de cero si son tales. Como nosotros, que somos lanzados al mundo desde la nada. Y desde ahí nos construimos con los demás. Cómo lo hagamos depende de nosotros. Es siempre una esperanza en unos seres que estamos dotados con la capacidad de recordar y actuar.

Fuente: https://www.elmundo.es/cultura/laesferadepapel/2018/10/19/5bc92a29e5fdead7668b45eb.html

Abecedario de Cornelius Castoriadis

De la a de Autonomía a la z de Zapping. Una introducción al pensamiento de Cornelius Castoriadis a través de sus artículos, entrevistas en prensa y textos fundamentales.

Por Reveu Ballast

François Dosse, autor de una reciente biografía de Cornelius Castoriadis (François Dosse, Castoriadis, une vie, La Découverte, 2014, 2018), evoca una «paradoja»: ¿Cómo puede ser que un intelectual de tal «envergadura» sea hasta tal punto marginal e «ignorado» por la universidad? Celebremos más bien este «déficit de reconocimiento» institucional y mediático: es bajo estas condiciones que se desarrolla el pensamiento crítico.

Nacido en 1922, fallecido en 1997, pilar de la organización Socialisme ou Barbarie, primero trotskista y luego marxista crítico, al mismo tiempo economista y psicoanalista, revolucionario autoproclamado hasta su último aliento, este griego nacionalizado francés defendió toda su vida la autonomía.

La del cuerpo político y los individuos que lo componen. La que hay que aprender a arrancar «a las oligarquías burocráticas, empresariales y financieras» para instaurar —con la participación de la gran masa ciudadana y no únicamente del proletariado obrero— una sociedad auto-organizada, frugal, ecológica y democrática.

*

Autonomía: «Es el proyecto de una sociedad donde todos los ciudadanos tienen la misma posibilidad de participar en la legislación, gobierno, jurisdicción y finalmente en la institución de la sociedad. […] Es en esto que se la puede considerar un proyecto revolucionario, ya que revolución no significa masacres, ríos de sangre, el exterminio de los chuanes [insurgentes partidarios de la monarquía que combatieron contra la I República Francesa en las regiones del oeste de Francia] o la toma del palacio de invierno».

Entrevista publicada en el n° 10 de la revista Propos, en marzo de 1993

Hay una frase maravillosa de Tucídides: hay que elegir, descansar o ser libre. Y Pericles dijo a los atenienses: Si queréis ser libres, hay que trabajar. No te puedes relajar

Deliberar: «Estos tres siglos [en referencia a la Grecia clásica] están caracterizados por la participación constante, permanente, de ciudadanos en el cuerpo político. Esto no quiere decir que fuese al 100%, pero los estudios más recientes, el de Finley, por ejemplo, muestran que cuando un asunto importante era discutido en la asamblea del pueblo de Atenas, había entre 15.000 y 20.000 personas, de un total de 30.000 ciudadanos. Hay que comprender lo que esto supone. Quiere decir que había gente que salía a las dos de la mañana de Sounión, Laurión o Maratón para llegar al amanecer al Pnyx [colina donde se situaba el areópago]. Los pritanos anunciaban que el debate era abierto. Y esto lo hacían a cambio de nada. El salario eclesiástico fue introducido mucho más tarde. Perdían una jornada de trabajo y horas de descanso para participar».

Disputa: «Veamos la disputa entre la derecha y la izquierda. Ya no tiene sentido. Unos y otros dicen lo mismo. Desde 1983, los socialistas franceses hicieron una política que luego el conservador Édouard Balladur continuó. Cuando los socialistas volvieron al poder, hicieron con Pierre Bérégovoy la misma política, que fue continuada tras el regreso de Balladur. Chirac ganó las elecciones de 1995 diciendo: voy a hacer otra cosa, e hizo lo mismo de siempre. Los responsables políticos carecen de poder. Lo único que pueden hacer es seguir la corriente, es decir, aplicar la política ultraliberal de moda».

Post-scriptum sur l’insignifiance, L’Aube, 1998

Elegir: «La libertad es muy difícil. Porque es muy fácil dejarse llevar. El ser humano es un animal perezoso. Hay una frase maravillosa de Tucídides: hay que elegir, descansar o ser libre. Y Pericles dijo a los atenienses: Si queréis ser libres, hay que trabajar. No te puedes relajar».

Post-scriptum sur l’insignifiance, L’Aube, 1998

El capitalismo parece haber finalmente logrado crear el tipo de individuo que le corresponde: perpetuamente distraído

Enseñar: «Si los maestros no son capaces de inspirar a los niños el amor tanto por lo que aprenden como por el hecho de aprender, entonces no son maestros. Sin esto, se puede eventualmente salir de un instituto como un animal de concurso, no como alguien abierto al mundo y apasionado por esta enorme dimensión de la existencia humana que es el saber. Si yo he podido hacer algo en mi vida, ha sido gracias a mis padres, pero también gracias a la gran suerte de haber tenido, a lo largo de la miserable educación griega de mi infancia y adolescencia, de la decena de profesores que tuve, al menos uno del que estuve en cierto sentido enamorado».

Carrefours du labyrinthe, volume VI, Seuil, 1999.

Falso: «Ya no se trata de decir que el “proletariado” está históricamente encargado de la transformación de la sociedad, cuando este proletariado se ha vuelto una pequeña minoría, ni que las “clases asalariadas” lo están, ya que hoy en día casi todo el mundo es asalariado. La transformación de la sociedad exige hoy en día la participación de toda la población, y toda la población puede ser sensibilizada frente a esta exigencia —aparte, quizás, de entre un 3 y un 5% de individuos irreformables. Hay que insistir en otra falsa idea, profundamente arraigada en los movimientos de izquierda: la idea de que los pobres gozan de un privilegio político-histórico. Es una herencia cristiana. La lógica y la experiencia histórica muestran que la idea de tal privilegio es absurda, que los verdaderos pobres estarían más bien inclinados a doblegarse frente a los poderosos».

Une exigencepolitique et humaine, 1988 

Felicidad: «[Las personas] trabajan como animales en la fábrica o en la oficina durante la mayor parte de sus horas de vigilia, todo para lograr un aumento de 3% de su sueldo o un día más de vacaciones al año. Al final  —y esto es cada vez menos una previsión—, la felicidad humana será finalmente consumada por un monstruoso atasco, donde cada familia verá la televisión desde su coche mientras come helados producidos por el congelador del coche. El consumo en cuanto tal no tiene significado para las personas. […] En todo el mundo, los obreros esperan impacientemente durante toda la semana que llegue el domingo. Sienten la necesidad imperiosa de escapar al esclavismo físico y mental de la semana de trabajo. Esperan con impaciencia el momento en que serán dueños de su tiempo. Y descubren que la sociedad capitalista también se impone a ellos durante este tiempo».

Quelle démocratie? Écrits politiques, tome II, éditions du Sandre, 2013

Generalizado: «Es asombroso pensar que ha habido ideólogos y escritores que se han referido a la época contemporánea como una época de individualismo, cuando precisamente de lo que hay que lamentarse actualmente es de la desaparición de verdaderos individuos frente a esta suerte de conformismo generalizado».

Post-scriptum sur l’insignifiance, L’Aube, 1998

Goce: «Un nuevo tipo antropológico de individuo emerge, definido por la avaricia, la frustración, el conformismo generalizado (lo que en el ámbito de la cultura llamamos pomposamente posmodernidad). Todo esto se ha materializado en estructuras pesadas: la carrera desquiciada y potencialmente letal de una tecnociencia autonomizada; el onanismo consumista, televisivo y publicitario; la atomización de la sociedad, la rápida obsolescencia técnica y moral de todos los productos; las riquezas que, sin cesar de crecer, se escurren entre los dedos. El capitalismo parece haber finalmente logrado crear el tipo de individuo que le corresponde: perpetuamente distraído, pasando de un goce a otro, sin memoria y sin proyecto, dispuesto a responder a todas las solicitudes de una máquina económica que, cada vez más, destruye la biosfera para producir ilusiones llamadas mercancías».

Quelledémocratie? Écritspolitiques, tome II, éditions du Sandre, 2013 

La sociedad contemporánea posee una capacidad terrible para sofocar toda verdadera divergencia, ya sea haciéndola callar o haciendo de ella un fenómeno más

Historia: «No hay progreso en la historia, salvo en un sentido instrumental. Con una bomba atómica podemos matar a mucha más gente que con un hacha de piedra, así como las matemáticas contemporáneas son infinitamente más ricas, poderosas y complejas que la aritmética de los pueblos primitivos. Pero una pintura de Picasso no vale ni más ni menos que los frescos de Lascaux y de Altamira, la música balinesa es sublime y las mitologías de todos los pueblos son de una belleza y una profundidad extraordinaria. Y si hablamos desde un punto de vista moral, no hay más que mirar lo que sucede en torno nuestro para dejar de hablar de progreso. El progreso es una significación imaginaria esencialmente capitalista por la que el mismo Marx se dejó seducir».

Entrevista en La République des Lettres, junio de 1994

Intelectual: «Pienso que la verdadera función de un intelectual no es, desde luego, estar a la vanguardia de la sociedad, sino de cuestionar lo instituido, de interrogar y criticar lo que hay. No por el placer de criticar, sino porque, sin este distanciamiento de lo instituido, simplemente no hay pensamiento. »

Conferencia impartida el 31 de mayo de 1991 en el Collège international de philosophie

Kratos: «Primero está la palabra misma: democracia, Demos, Kratos. Kratos quiere decir poder, Demos es el pueblo, así que la democracia es el poder del pueblo. En la concepción griega, esto significa que, obviamente, no es el poder de una oligarquía. También significa que es el mismo pueblo el que ejerce el poder. Es decir, se trata de democracia directa. […] En el pensamiento moderno, la idea de la democracia representativa viene acompañada de lo que habría que llamar una alienación del poder, una auto-expropiación del poder».

Entrevista con Chris Marker, L’Héritage de la chouette, 1989

Limitación: «Hemos entrado en una época de ausencia de límites en todos los aspectos, y es por esto que sentimos el deseo de infinitud. Esta liberación es, en un sentido, una gran conquista. No se trata de volver a las sociedades de repetición. Pero también hay que —esto es importante— aprender a autolimitarse, individual y colectivamente. La sociedad capitalista es una sociedad que corre hacia el abismo, desde todos los puntos de vista, porque no es capaz de autolimitarse».

Post-scriptum sur l’insignifiance, L’Aube, 1998

Márgenes: «La marginalidad se convierte en algo reivindicado y central, la subversión es una curiosidad interesante que completa la armonía del sistema. La sociedad contemporánea posee una capacidad terrible para sofocar toda verdadera divergencia, ya sea haciéndola callar o haciendo de ella un fenómeno más, comercializado como el resto de cosas».

Entrevista en La République des Lettres, junio 1994

Novedad: «Abandonamos los territorios colectivos, nos replegamos a una existencia individual o micro-familiar, no nos preocupamos de nada que vaya más allá del círculo reducido de intereses personales. Este movimiento es animado por las capas dominantes; no es que haya, claro está, una conspiración, pero hay toda una dinámica del sistema. Esto es la sociedad de consumo: compre una nueva televisión y cállese; compre un nuevo modelo de coche y cállese. […] Todo esto fomenta la apatía de los individuos, todo esto destruye el espacio público como espacio de actividad colectiva desde el que la gente pueda tomar las riendas de su propio destino. »

Entrevista emitida por France Culture el 30 de enero de 1982

Oprimidos: «Contrariamente al lugar común marxista, la historia de las sociedades no es la de la lucha de clases. La mayor parte del tiempo, los esclavos, los oprimidos, se quedaron en su sitio aceptando la explotación y la opresión mientras bendecían a los zares».

La Culture de l’égoïsme, con Christopher Lasch, Climats, 2012 

Poder: «La política es lo que concierne al poder en una sociedad. Siempre ha habido, hay y habrá poder en una sociedad —poder en el sentido de decisiones colectivas que adquieren un carácter obligatorio, cuya transgresión es sancionada de un modo u otro, aunque sólo sea que no matarás. […] Siempre habrá, pues, decisiones colectivas. Esas decisiones se impondrán a todo el mundo. No quiere decir que tenga que haber un Estado, pero sí un poder. Un poder que siempre ha existido —ya sea en las tribus primitivas, en las tribus descritas por el antropólogo Pierre Clastres, en las mesetas de Birmania, en China, etc. »

«La relativité du relativisme. Débat avec le MAUSS», La Revue du MAUSS, n° 13,premier semestre 1999

Regímenes occidentales: «Estos regímenes son liberales: no recurren esencialmente a la coerción, sino a una suerte de débil semi-adhesión de la población. Ésta ha sido finalmente penetrada por el imaginario capitalista: el sentido de la vida humana sería la expansión ilimitada de la producción y el consumo, el pretendido bienestar material, etc.»

Entrevista publicada en el n° 10 de la revista Propos, en marzo 1993

Más insidiosa, la impostura publicitaria no es, a la larga, menos peligrosa que la impostura totalitaria. Con medios diferentes, tanto la una como la otra destruyen la existencia de un espacio público de pensamiento

Siglo XVIII: «Y en la medida en que una teoría liberal de la constitución política se elabora y prevalece a partir de finales del siglo XVIII, ella se basa en la afirmación explícita de la imposibilidad de esta participación en las sociedades contemporáneas y en la aceptación del Estado como diferente de la comunidad política, como algo extraño a ella. […] Esta filosofía política se encuentra frente a una cuadratura del círculo: se mantiene un Estado separado del que se intenta limitar el poder, se da por sentado que los ciudadanos no pueden o no quieren, salvo excepcionalmente, ocuparse de los asuntos públicos, y al mismo tiempo se pretende fundar sobre esto un régimen que profesa la soberanía del pueblo y que se da el nombre de democracia.

A la autoorganización de la sociedad llamada civil se acaba llegando a través del mercado —siendo la dimensión esencial de la sociedad la dimensión económica—, proceso con el que la comunidad política debería evitar interferir».

La Cité et les Lois —Ce qui fait la Grèce— La création humaine, Seuil, 2008

Socialismo: «No existe el socialismo como etapa necesaria de la Historia, así como tampoco una ciencia de la sociedad que garantice su llegada y que, en manos de especialistas, pudiese guiar su construcción. El proyecto socialista es el proyecto de la creación de una nueva forma de sociedad. […] Este objetivo se puede formular en una sola palabra: la obtención de la autonomía. La autonomía implica la supresión de los grupos dominantes y las instituciones que encarnan e instrumentalizan esta dominación —en primer lugar, el Estado—, el verdadero autogobierno de colectividades, la autoorganización de la sociedad.»

Entrevista publicada en Le Monde, el 13 y 14 diciembre de 1977

Tercer mundo: «Siempre he pensado que debería haber, no tanto una síntesis posible —no me gusta demasiado ese término, que encuentro demasiado radical-socialista—, sino una superación común que combinase la cultura democrática de occidente con las etapas por venir, o que deberían venir. Es decir, una verdadera autonomía individual y colectiva de la sociedad, que conservase, recuperase y desarrollase otros valores sociales y comunitarios que subsisten —en la medida en que han subsistido— en los países del tercer mundo. Todavía existen valores tribales en África. […] Creo que es necesario que haya algo que vaya más allá, que todavía encontramos en el tercer mundo, o al menos en ciertas partes: comportamientos, tipos antropológicos, valores sociales, significaciones imaginarias, como las llamo, que podrían ser, también ellas, retomadas por este movimiento, para transformarlo, enriquecerlo y fecundarlo».

Démocratie et relativisme, Débat avec le MAUSS, Mille et une nuits, 2010

Totalitarismo: «Después del derrumbe de los regímenes totalitarios y la pulverización del marxismo-leninismo, los intelectuales occidentales en su mayoría dedican su tiempo a glorificar los regímenes occidentales como regímenes democráticos, quizás no ideales (ignoro lo que esta expresión quiere decir), pero los mejores humanamente realizables, y a afirmar que toda crítica de esta pseudo-democracia nos lleva directos al Gulag. Así tenemos una repetición interminable de la crítica del totalitarismo, que llega con 70, 60, 50, 40, 30, 20 años de retraso (muchos antitotalitarios de hoy defendían el maoísmo a principios de los años 70). Esta crítica permite silenciar los problemas candentes de nuestro tiempo: la descomposición de las sociedades occidentales, la apatía, el cinismo y la corrupción política, la destrucción del medio ambiente, la situación de los países miserables, etc.».

Entrevista en La République des Lettres, junio 1994

Victoria: «No levantarse contra la impostura, no denunciarla, es ser corresponsable de su eventual victoria. Más insidiosa, la impostura publicitaria no es, a la larga, menos peligrosa que la impostura totalitaria. Con medios diferentes, tanto la una como la otra destruyen la existencia de un espacio público de pensamiento, de confrontación, de crítica recíproca. La distancia entre las dos, por lo demás, no es tan grande, y los procedimientos de los que se valen a menudo son los mismos».

L’industrie du vide, Le Nouvel observateur, julio de 1979

George W. Bush: «Antes de la guerra [del Golfo], George Bush era considerado como un blandengue por sus conciudadanos. Ahora mismo es un héroe. Pero Estados Unidos va a encontrarse inmediatamente con verdaderos problemas internos frente a los que Bush será impotente. La crisis de la sociedad estadounidense va a continuar, con la decrepitud de las ciudades, los desgarros sociales, y el resto de cosas que se saben. También esto es lo que comienza a producirse en Europa».

Entrevista publicada en Le Monde el 19 de marzo de 1991 

Y (y griega): «Cuando la gente vota, vota cínicamente.  No cree en el programa que se le presenta, pero considera que X o Y es un mal menor con respecto a lo que Z fue en el periodo precedente”».

Publicado en la revista Parcours, les cahiers du GREP Midi-Pyrénées, n° 15-16, septiembre de 1997

Zapping: «La ecología es subversiva porque pone en cuestión el imaginario capitalista que domina el planeta. Ella recusa el motivo central según el cual nuestro destino consiste en aumentar sin descanso la producción y el consumo. Muestra el impacto catastrófico de la lógica capitalista en el medioambiente y en la vida de los seres humanos. Esta lógica es absurda en sí misma y conduce a una imposibilidad física a escala planetaria, ya que acaba por destruir sus propias presuposiciones. No se trata solamente de la dilapidación irreversible del entorno y de recursos no remplazables. Es también la destrucción antropológica de los seres humanos, transformados en animales productores y consumidores, en zapeadores atontados».

Texto publicado en Le Nouvel Observateur del 7-15 mayo de 1992

Revitalizar el pensamiento crítico en América Latina

Por Decio Machado / Universidad Nómada Sur

Los debates de la izquierda han gozado históricamente de una gran riqueza intelectual y teórica.

En el mundo del socialismo real, pese a la deriva totalitaria de sus estados, hubo potentes debates tales como si era posible el “socialismo en un solo país” entre los partidarios de León Trotsky y Iósif Stalin; la hoja de ruta para superar la oposición entre el trabajo intelectual y manual entre dirigentes y dirigidos surgidos en China durante la revolución cultural; o la controversia sobre la ley de valor de Marx en las sociedades de transición que protagonizaran el Che Guevara, Ernest Mandel y Charles Bettelheim, con la participación de Paul Sweezy entre otros pensadores marxistas.

De igual manera, los debates de la izquierda en los países capitalistas tampoco fueron baladíes, revitalizándose las elaboraciones respecto a la caracterización de la naturaleza de clase del Estado y el papel de la democracia al interior del pensamiento marxista y la teoría crítica. Estos debates abarcaron desde las formulaciones de Louis Althusser en relación con la naturaleza y papel de los llamados aparatos ideológicos y represivos del Estado hasta los análisis de Michel Foucault sobre los diagramas y dispositivos de poder-saber y la matriz disciplinaria del panóptico moderno. Por su parte, la ratificación de la naturaleza de clase del Estado y las formas particulares que adopta la dominación política supondrían también la aparición de nuevos estudios tanto desde la perspectiva subjetivista como desde las visiones estructuralistas, generando grandes duelos teóricos como la polémica entre Ralph Miliband y Nikos Poulantzas. Incluso tras la caída del Muro de Berlín, las posiciones de Toni Negri y Michael Hart frente a John Holloway, con sus diferentes posiciones sobre la dialéctica y las diferentes perspectivas entre el autonomismo y el marxismo abierto son de gran riqueza intelectual en el ámbito del debate teórico de fin del pasado siglo.

Quizás por ello causa tanta congoja y vergüenza ajena el nivel teórico esbozado por algunos de los académicos latinoamericanos que se han caracterizado en los últimos años por ser los legitimadores intelectuales de los regímenes progresistas. En el campo de la izquierda nunca se había visto tan extensa combinación entre simplificación del pensamiento y actitud conformista en el campo del saber.

Diría Pierre Bourdieu que el intelectual está obligado a desarrollar una práctica de autocrítica. Que deben llevar a cabo una crítica permanente de los abusos de poder o de autoridad que se realizan en nombre de la autoridad intelectual; o si se prefiere, deben someterse a sí mismos a la crítica del uso de la autoridad intelectual como arma política dentro del campo intelectual mismo. Para este destacado representante de la sociología contemporánea, todo académico debería también someter a crítica los prejuicios escolásticos cuya forma más persuasiva es la propensión a tomar como meta una serie de revoluciones de papel. Ironizaría Bourdieu indicando que esto llevó a los intelectuales de su generación a someterse a un radicalismo de papel confundiendo las cosas de lógica por la lógica de las cosas.

Sin embargo, a lo que hoy asistimos por parte del establishment académico de propagandistas de los regímenes progresistas no es otra cosa que lo que el zapatista subcomandante Galeano llamara “histeria ilustrada de la izquierda institucional”, esa que ingenuamente llegada al poder se convierte en un clon de lo que dice combatir, corrupción incluida.

Es evidente que a la producción de pensamiento reaccionario debemos oponer la producción de redes críticas desde la intelectualidad específica. Hago referencia a la noción teórica elaborada por Foucault por la cual se define una actividad inscrita en un campo acotado en el que el intelectual practica su labor singular. Algo más parecido a la figura del experto que a la del opinador generalista que habla indistintamente sobre cualquier cosa en cualquier contexto. Pero esto debe hacerse desde la honestidad, al igual que cualquier tipo de intervención política, y ahí, volviendo al sup Galeano, “hay que reconocer que esa izquierda ilustrada es de deshonestidad valiente”, pues no le importa hacer el ridículo.

En el fondo, el rol de esta intelectualidad progresista se asemeja bastante al de los propagandistas del viejo régimen estalinista, aquellos a los que el mismo Stalin –el menos intelectual de todos los bolcheviques que protagonizaron la Revolución Rusa– bautizaría como “los ingenieros del alma”. Así Vladimir Putin es comparado con Lenin; Rafael Correa con el Che Guevara; las elecciones en Ecuador con la batalla de Stalingrado o el juicio a Lula por sus implicaciones en la trama Odebrecht con el hipotético vía crucis de Jesuscristo en su camino al Calvario.

Sin embargo, hay que hacer memoria de la represión correísta sobre el paro/movilización que tuvo lugar en Ecuador entre el 2 y el 26 de agosto de 2015, donde hubo 229 “agresiones, detenciones, intentos de detención y allanamientos en todos los territorios donde se realizaron movilizaciones y protestas” (informe del Colectivo de Investigación y Acción Psicosocial Ecuador) o la impunidad en los casos de asesinatos a destacados opositores al modelo extractivista como José Tendetza, Freddy Taish o Bosco Wisuma. Hay que recordar también cómo el gobierno del PT criminalizó y agredió la protesta de jóvenes brasileños en las calles de todo el país en junio de 2013 y posteriormente durante el Mundial de Fútbol de 2014, o cómo se ha disparado el número de asesinatos de jóvenes negros en las zonas de favela en una lógica de política de “limpieza social” sobre todo a partir de la aprobación –con el apoyo del gobierno de Dilma Rousseff– de la ley antiterrorista en el Legislativo. De igual manera, ya no podemos mirar a otro lado ante el nivel de violencia desplegado por las fuerzas de seguridad del Estado en Venezuela, las violaciones de derechos humanos y el alarmante nivel de deterioro de la democracia en ese país.

Ante esta realidad me viene a la memoria Jean Paul Sartre –exponente del existencialismo y del marxismo humanista– cuando en el año 1945 escribió en la revista Le Temps Modernes, “considero a Flaubert y a Goncourt responsables de la represión que siguió a la Comuna de París porque no escribieron una palabra para impedirla”. Para Sartre, el corazón de cuya filosofía era una preciosa noción de libertad y un sentido concomitante de la responsabilidad personal, la misión de un intelectual es proporcionar a la sociedad “una conciencia que la arranque de la inmediatez y despierte la reflexión”.

Aquí, ¿cómo no?, conviene rememorar también al palestino Edward W Said, quien sentenciaría en uno de sus más famosos textos: “Básicamente, el intelectual (…) no es ni un pacificador ni un fabricante de consenso, sino más bien alguien que ha apostado con todo su ser a favor del sentido crítico, y que por lo tanto se niega a aceptar fórmulas fáciles, o clichés estereotipados, o las confirmaciones tranquilizadoras o acomodaticias de lo que tiene que decir el poderoso o convencional”.

Como podemos apreciar, nada que ver con el –en palabras del sup Galeano– “pensamiento perezoso” del progresismo criollo de estos tiempos. Entender el porqué de este deterioro intelectual tiene que ver con razones que van desde las aspiraciones personales de algunos académicos respecto a su capacidad de influencia política en el poder, hasta con una simple falta de conocimientos científicos o históricos que procura esconderse tras una supuesta superioridad analítica, todo ello sin olvidar las limitaciones derivadas del pensamiento binario por el que el mundo se divide simplemente entre derecha e izquierda.

Pero hablemos claro. No existe el pensamiento crítico funcional a gobiernos progresistas o partidos de la izquierda institucional, eso es una falacia. En realidad, la modernidad no se imagina la política sin un proyecto intelectual, por superficial que este sea, motivo por el que toma sentido la intelectualidad progresista actual. Así de tristes son las actuales relaciones entre el saber y la política convencional latinoamericana.

En todo caso, no puede haber un pensamiento crítico que no tenga su anclaje en la propuesta de pensar históricamente y por lo tanto cuestionar la impuesta aceptación de que siempre ha existido y existirá el capitalismo, lo que reduce la cancha del juego a proceder solamente a “humanizarlo”. El pensamiento crítico es en realidad un pensamiento radicalmente anticapitalista. En eso no hay negociación, pues de ello depende el futuro de la humanidad.

De igual manera, el pensamiento crítico implica profundizar sin concesiones el estudio de los mecanismos que mantienen la dominación –procedan éstos de donde sea–, lo cual no admite espacios para la seducción por parte del poder. Y requiere superar lo que podríamos llamar ortodoxia marxista, incorporando lógicas libertarias, ecologistas, feministas, anticolonialistas e indigenistas entre otras tantas.

Al mismo tiempo el pensamiento crítico parte de una acción comprometedora, está embarcado en la acción política y es por ello despreciado desde el poder. No es premiado con salarios de analista para medios de comunicación “progresistas”, no hace consultorías gubernamentales y tampoco forma parte del actual y extendido business académico.

A partir de aquí, el camino es largo pero necesario si esa intelectualidad progresista quiere dejar de vivir del Sur, para pasar a ayudar a transformarlo.

https://brecha.com.uy/

 

La geo-ingeniería y la destrucción creativa de la Tierra por el capitalismo

Por John Bellamy Foster

Se está quemando un corto fusible. Al ritmo actual de crecimiento de las emisiones mundiales, se estima que la atmósfera alcanzará en menos de dos décadas el billón de  toneladas métricas de las emisiones acumuladas de carbono, desbordando el presupuesto mundial del carbono[1]***. Esto marcaría el inicio de un período de peligrosos cambios climáticos que resultarían ser irreversibles, afectando al clima durante siglos, si no milenios. Aún si hoy mismo toda la economía mundial fuera a cesar de emitir dióxido de carbono, el carbono excedente ya acumulado en la atmósfera ya asegura virtualmente que continuará el cambio climático, con efectos dañinos para la especie humana y la vida en general. Sin embargo, cuando se llegue a aumentar 2 grados centígrados sobre la temperatura promedio, asociada con un nivel de concentración de carbono en el medio ambiente de 450 ppm (partes por millón), esto nos llevará a una situación cualitativamente diferente. En ese momento, entrarían en acción las retroalimentaciones climáticas, amenazando catapultar las temperaturas globales promedio a 3°C o 4°C por encima de los niveles preindustriales en este siglo, lo que ya sucederá durante la vida de muchas personas que habitan hoy en nuestro planeta. La situación se agrava por la emisión de otros gases de efecto invernadero, que incluyen al metano y al óxido nitroso.

Los enormes peligros que presenta a la humanidad de conjunto el rápido cambio climático, y la incapacidad  para enfrentarlos por parte de la estructura político-económico capitalista existente, simbolizado por la presencia de Donald Trump en la Casa Blanca, han engendrado una búsqueda desesperada de “soluciones técnicas”, bajo la forma de una geo-ingeniería, que es como se define al conjunto de intervenciones humanas masivas y deliberadas para manipular al clima del planeta como un todo.

A la geo-ingeniería ahora la están impulsando entusiastamente la clase multimillonaria, representada por figuras como Bill Gates y Richard Branson; las organizaciones ambientalistas como el Environmental Defense Fund  (Fondo de defensa ambiental) y el Natural Resources Defense Council(Consejo de defensa de los recursos naturales); los comités de expertos como el Instituto Breakthrough y el Climate Code Red (“Código rojo climático”); y las empresas extractivas de combustibles fósiles , como Exxon Mobil y Shell; y también los gobiernos de los EE. UU., el Reino Unido, China, y Rusia. El Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (siglas en inglés: IPCC), ha incluido las estrategias de emisiones negativas, basada en la geo-ingeniería, bajo la forma de Bio-Energía con Captura y Almacenamiento de Carbono (siglas en inglés: BECCS) en casi todos sus modelos climáticos. Incluso algunas figuras en la izquierda política (donde recientemente se han impuesto en algunos círculos las ideas “aceleracionistas”) se han aferrado a la geo-ingeniería como un deus ex machina; lo que es una manera de defender una estrategia económica y tecnológica eco-modernista, como puede comprobarse en una cantidad de contribuciones al número de Verano 2017: “Earth, Wind, and Fire” de la revista Jacobin[2].

De acuerdo al climatólogo James Hansen[3], para que el sistema Tierra evite llegar a 450 ppm de concentración de carbono en la atmósfera, y vuelva al promedio de la época del Holoceno de 350 ppm, se necesitará hacer emisiones negativas por medios tecnológicos, y por lo tanto la geo-ingeniería, por lo menos en una escala limitada. Sin embargo, la estrategia de Hansen, como la de la mayoría de otros científicos, sigue basándose en el sistema actual. O sea, excluye la posibilidad de una revolución ecológica a gran escala, que implique la auto-movilización de la población en torno a la producción y el consumo. Lo que sigue siendo cierto es que todo intento de implementar la geo-ingeniería (aún en la forma de esquemas tecnológicos para la eliminación del carbono) como la estrategia dominante para abordar el calentamiento global, subordinada a los fines de la acumulación del capital, resultaría ser fatal para la humanidad. Los costos de esa acción, la carga que pondría sobre las generaciones futuras, y los peligros para las especies vivientes, incluyendo la nuestra, son tan grandes, que el único curso racional es una larga revolución ecológica, dirigida a la reducción más rápida posible del dióxido de carbono y las emisiones de otros gases de efecto invernadero, unida a un énfasis en la agroecología y la restauración de ecosistemas globales, incluyendo bosques, para absorber el dióxido de carbono.[4]  Esto necesitaría ser acompañado por una reconstitución de largo alcance de la sociedad en su mayor parte, re-instalar a un más alto nivel las prácticas colectivas e igualitarias, que habían sido socavadas por el crecimiento del capitalismo.

La geo-ingeniería del planeta bajo el régimen del “capital fósil”****

La geo-ingeniería como idea data del período de los primeros descubrimientos del rápido cambio climático antropogénico. Comenzando a principios de la década de 1960, Mijail Budyco, el  principal climatólogo de la Unión Soviética (y en esa época, del mundo), fue el primero en lanzar una serie de advertencias sobre el carácter inevitable del cambio climático global acelerado en el caso de sistemas basados en la combustión de combustibles fósiles[5]. Aunque hacía tiempo que se había reconocido la existencia del cambio climático antropogénico, lo nuevo fue el descubrimiento de importantes retroalimentaciones climáticas, como el derretimiento del hielo ártico y la interrupción del efecto albedo cuando el hielo blanco era reemplazado por el color azul del agua de mar, incrementando la cantidad de radiación solar absorbida por el planeta y el aumento de la temperatura global promedio. En 1974, Budyco propuso, como una posible solución al cambio climático, el uso de aviones de gran altura para soltar partículas de sulfuro (creando una especie de aerosoles de sulfato) en la estratósfera. Con ello se pretendía imitar el rol que jugaba la acción volcánica al lanzar sulfuro en la atmósfera, creando así una barrera parcial, limitando el ingreso de la radiación solar. Su argumento se basaba en que las economías capitalistas, en particular, no podrían restringir el crecimiento en que se basaba la acumulación del capital, con el uso de la energía y sus emisiones, a pesar del peligro que significaba para el clima[6]. Por consiguiente, había que explorar alternativas tecnológicas para estabilizar el clima. Pero recién en 1977, cuando el físico italiano Cesare Marchetti propuso un esquema para capturar las emisiones de dióxido de carbono provenientes de las plantas de energía eléctrica y utilizar tuberías para secuestrarlo y retenerlo en las profundidades oceánicas, fue que apareció la palabra “geo-ingeniería”.[7]

La propuesta precursora de Budyco, de usar partículas de sulfuro para bloquear una parte de los rayos solares, conocida ahora como “inyección estratosférica por aerosol”, y la temprana idea de capturar y secuestrar el carbono en el océano, representan los dos primeros abordajes a la geo-ingeniería (respectivamente, la administración de la radiación solar (SRM) y la eliminación de dióxido de carbono (CDR). El SRM fue diseñado para limitar la radiación solar que llega a la Tierra. Y el CDR procura capturar y eliminar el carbono para disminuir la cantidad que entra en la atmósfera.

Además de la inyección estratosférica por aerosol, hay otro abordaje al SRM que ha ganado adherentes con influencia en los últimos años, que es abrillantar las nubes marinas. Esto implicaría enfriar la tierra modificando las capas bajas de estratocúmulo que cubren alrededor de una tercera parte de los océanos, haciéndolas más reflectantes. En un escenario estándar, una flota especial de 1500 barcos no tripulados, controlados por satélite, recorrerían los océanos, esparciendo en el aire gotas submicrométricas de agua de mar que se evaporarían dejando residuos salinos. Estas partículas brillantes de sal reflejarían la radiación solar que ingresa. También actuarían como núcleos de condensación de las nubes, aumentando su área superficial, con el resultado de que habría aún más reflexión de la radiación solar.

En la actualidad, tanto la inyección estratosférica por aerosol como el abrillantamiento de las nubes marinas son ampliamente criticadas por suponer enormes riesgos además del propio cambio climático, aunque solo abordan los síntomas y no las causas del mismo. La primera, que sería suministrada a la estratósfera por medio de tubos, cañones, aeróstatos, o aviones, podría alterar al ciclo hidrológico global con enormes efectos impredecibles, conduciendo probablemente a sequías masivas en importantes regiones del planeta. Se teme que podría terminar con el sistema del monzón en la India, perturbando la agricultura para 2 mil millones de personas[8]. También se teme que podría afectar a la fotosíntesis y la producción agraria en gran parte del mundo[9]. La inyección de partículas de sulfuro en la atmósfera podría contribuir a la reducción de la capa de ozono.[10] Gran parte del sulfuro excedente podría cayendo en la tierra, generando la lluvia ácida.[11] Lo más preocupante de todo, la inyección estratosférica por aerosoles tendría que ser repetida año tras año. En el caso de terminar bruscamente este tratamiento, el ascenso en la temperatura asociada con el carbono adicional acumulado aparecería casi inmediatamente con la temperatura mundial subiendo posiblemente 2 ó 3°C en una década, que es un fenómeno conocido como el “problema de la terminación”[12].

Como sucedería con la inyección estratosférica por aerosoles, el abrillantamiento de las nubes marinas podría afectar drásticamente al ciclo hidrológico de  maneras impredecibles. Por ejemplo, podría general una severa sequía  en la región del Amazonas, secando al ecosistema terrestre más vital del mundo con efectos incalculables y catastróficos para la estabilidad el sistema de la Tierra[13]. Muchos de los peligros del abrillantamiento de las nubes son similares a los de la anterior medida. Como otras formas de la SRM, no haría nada para detener la acidificación de los océanos causada por los crecientes niveles de dióxido de carbono.

La primera forma de la CDR en atraer la atención por parte de grupos con intereses económicos e inversores fue la idea de fertilizar los océanos con hierro, fomentando así el crecimiento del fitoplancton, de modo de promover una mayor absorción oceánica de carbono. Ha habido una docena de experimentos en esta área y las dificultades relacionadas con este proyecto han resultado ser muchísimos. Los efectos sobre los ciclos del fitoplancton, del zooplancton y una multitud de otras especies marinas hasta llegar a las ballenas al final de la cadena alimentaria son indeterminados. Aunque algunas partes del océano se volverían más verdes debido al hierro adicional, otras partes se volverían más azules, más carentes de vida, porque estarían privadas de los nutrientes –nitratos, fósforo y sílice- necesarios para el crecimiento[14]. Hay evidencias que sugieren que gran parte del carbono asimilado por el océano quedaría en la superficie o en los niveles intermedios del mismo, y solo una pequeña parte llegaría a las profundidades oceánicas, para ser retenida en forma natural[15].

Entre los diversos proyectos de la CDR, es la BECCS, debido a su propuesta de hacer emisiones negativas, la que hoy atrae el mayor apoyo. Esto es porque parece permitir a las naciones rebasar los objetivos relacionados con el clima, sobre la base de que el carbono podría ser eliminado de la atmósfera en décadas posteriores. Aunque en la actualidad la BECCS existe mayormente como un modelo de computadora aún no sometido a ensayos, ahora se lo incorpora en casi todos los modelos climáticos utilizados por el IPCC[16]. Tal como se lo ha diseñado, la BECCS quemaría  cultivos agrícolas para generar electricidad, con la captura y el almacenamiento subterráneo del dióxido de carbono resultante. En teoría, dado que los cultivos  pueden ser considerados como neutrales en carbono, pues inicialmente toman el dióxido de carbono de la atmósfera y al final del proceso lo liberan nuevamente- la BECCS, al quemar la biomasa, luego capturar y retener las emisiones de carbono, sería un medio de generar electricidad, aunque al mismo tiempo daría por resultado una reducción neta del carbono atmosférico.

Sin embargo, en el momento en que se pasa de lo abstracto a lo concreto, se comienza a cuestionar la factibilidad de este proyecto. Los modelos de nivel medio del IPPC que se proyectan son para eliminar 630 gigatoneladas de dióxido de carbono  de la atmósfera, que son alrededor de dos tercios del total emitido entre la Revolución Industrial y el año 2011[17]. Esto se llevaría a cabo en gigantescas plantaciones de cultivos comerciales, gestionadas por agroempresas. Para eliminar un billón de toneladas de dióxido de carbono de la atmósfera, como se prevé en los escenarios más ambiciosos, habría que ocupar una superficie de tierra que duplicaría el tamaño de la India (o igual al de Australia), o sea aproximadamente tanta tierra como la que se cultiva en la actualidad, lo que exigiría proveer tanta agua dulce como la que se utiliza hoy en día para la agricultura a nivel mundial[18]. El climatólogo James Hansen -que ha señalado críticamente que las emisiones negativas se han “propagado como un cáncer” en los modelos climáticos del IPCC- ha estimado que el costo para implementar la BECCS en la escala proyectada  exigiría cientos de billones de dólares, con un “costo mínimo estimado” de alrededor de 570 billones de dólares para este siglo[19]. Los efectos de la BECCS –usada como un mecanismo primordial y diseñado para evitar la confrontación con el actual sistema de producción- significarían por consiguiente el desplazamiento masivo de los pequeños agricultores y de la producción mundial de alimentos.

Por otra parte, se ha demostrado que la idea de que las formas de la producción agrícola comercial en gran escala presupuestas en los modelos de la BECCS serían neutrales en carbono y que de este modo darían por resultado  emisiones negativas con la retención del carbono, resulta ser exagerada o falsa cuando se toman en cuenta sus efectos mayores en la tierra a nivel global. Se supone que el cultivo agrícola de la BECCS tendrá lugar en enormes plantaciones de monocultivo, desplazando otras formas de uso de la tierra. Sin embargo, los ecosistemas biológicamente diversos tienen sustancialmente mayores índices de retención de carbono en el suelo y la biomasa que los que tienen los de monocultivo[20]. Una alternativa a la BECCS en la promoción de retención de carbono sería promover una restauración ecológica masiva, planetaria, incluyendo la reforestación, junto a la promoción de una agroecología diseñada sobre las formas tradicionales de la agricultura, organizada alrededor del reciclamiento de nutrientes y de métodos adecuados para mejorar el suelo[21]. Esto evitaría la grieta metabólica asociada con los monocultivos de los agronegociosos, que son menos eficientes en lo que respecta a la producción de alimentos por hectárea y en la retención del carbono.

Otro “arreglo tecnológico” generalmente recomendado, la captura y retención del carbono (CCS) no es estrictamente una forma de geo-ingeniería, pues está dirigida a capturar y retener  las emisiones de carbono de determinadas plantas de energía eléctrica, como las centrales térmicas a carbón. Sin embargo, la promoción de una infraestructura de CCS a escala planetaria como medio de abordar el cambio climático –eludiendo de ese modo la necesidad de una revolución ecológica en la producción y en el consumo- se la puede ver más bien como una forma de geo-ingeniería a escala planetaria, debido a las inmensas dimensiones económicas y ecológicas proyectadas. Aunque la CCS permitiría teóricamente quemar combustibles fósiles sin emisiones de carbono en la atmósfera, la escala y los costos de las operaciones de CCS son prohibitivos. Como escribe Clive Hamilton en Earthmasters: The Dawn of the Age of Climate Engineering, la CCS para una sola planta del tamaño “estándar a carbón de 1.000 megawatts (…) necesitaría 30 kilómetros de maquinarias aspiradoras de aire y seis plantas químicas, con un espacio de 6 kilómetros cuadrados”[22]. El experto en energía, Vaclav Smil, ha calculado que “para secuestrar o retener solo una quinta parte de las emisiones actuales [año 2010] de CO2, tendríamos que crear una industria mundial totalmente nueva de absorción-concentración-condensación-transporte-almacenamiento cuya capacidad anual debería ser alrededor de un 70 por ciento mayor que el volumen anual ahora maneja la industria petrolera del crudo mundial, cuya inmensa infraestructura de pozos, oleoductos, estaciones de compresión y almacenamiento, llevó  generaciones para construir”[23]. La captura y el secuestro de las emisiones estadounidenses actuales de dióxido de carbono exigirían 130 mil millones de toneladas de agua por año, que es igual a alrededor de la mitad del flujo anual del Río Columbia. A esta nueva y gigantesca infraestructura se la debería colocar encima de la actual infraestructura del combustible fósil; todo ello para permitir que se continúe quemando combustibles fósiles[24].

Un principio de precaución planetario para el Antropoceno

Si la emergencia planetaria de nuestros días es un producto de siglos de guerra contra el planeta, considerado como un mecanismo de la acumulación del capital, a los proyectos de geo-ingeniería generados por el capital fósil los podemos considerar como gigantescos proyectos para permitir que el sistema siga librando esta guerra hasta  su culminación. La geo-ingeniería bajo el régimen actual de acumulación tiene como único objetivo mantener intacto el status quo; sin perturbar las relaciones dominantes de la producción capitalista y sin siquiera intentar suprimir a la industria del combustible fósil, con la que está profundamente relacionada. Las ganancias, la producción, y la solución a la pobreza energética en las partes más pobres del mundo, se convierten así en las justificaciones para siga funcionando el actual sistema del capital fósil, manteniendo a toda costa al régimen ambiental capitalista. La mentalidad prometeica que yace detrás de ello ha sido bien captada por una pregunta que hizo Rex Tillerson, cuando era CEO de la Exxon Mobil Corporation,  -sin rastro de ironía-  en una reunión anual de accionistas en 2013: “¿De qué sirve salvar al planeta si la humanidad sufre?”[25]

Toda la historia de las crisis ecológicas que condujeron a la actual emergencia planetaria, marcada por numerosos desastres – desde la destrucción casi total de la capa de ozono, la carga de nutrientes y la propagación de zonas muertas en el océano, hasta el propio cambio climático,  sirve para subrayar la marcha de los disparates asociados con todo intento de aplicar la geo-ingeniería a todo el planeta. La complejidad del sistema de la Tierra nos asegura que podrían surgir consecuencias imprevisibles. Como lo advirtió Frederick Engels en el siglo XIX: “No debemos… lisonjearnos demasiado de nuestras victorias humanas sobre la naturaleza. Esta se venga de nosotros por cada una de las derrotas que le inferimos. Es cierto que todas ellas se traducen principalmente en los resultados previstos y calculados, pero acarrean, además, otros imprevistos, con los que no contábamos y que, no pocas veces, contrarrestan los primeros.”[26]

Frente a la incertidumbre, acompañada de una probabilidad extremadamente alta de infligir un daño incalculable al sistema de la Tierra, es fundamental invocar lo que se conoce como el Principio de Precaución cada vez que se plantea la cuestión de la geo-ingeniería planetaria. Como lo ha explicado el economista ecológico Paul Burkett, la versión fuerte del Principio de Precaución abarca necesariamente los siguientes puntos:

  1. El propio Principio de Precaución, que dice que si una acción puede causar un daño grave, tenemos que contrarrestarla con medidas para asegurar que no tenga lugar la acción.
  2. El Principio de la Inversión de la Carga, bajo el cual es  responsabilidad de quienes apoyan una acción  demostrar que no es gravemente peligrosa, y por consiguiente cambiar el peso de la prueba de aquellos que son potencialmente dañados por la acción (por ejemplo, la población en general y otras especies que ocupan el mismo ambiente). En resumen, es la seguridad, no el peligro potencial, lo que se necesita demostrar.
  3. El Principio de la Evaluación Alternativa, estipulando que no se llevará a cabo ninguna acción potencialmente peligrosa, si hay acciones alternativas accesibles que logren de manera segura los mismos objetivos que la acción propuesta.
  4. Todas las deliberaciones sociales relacionadas con la aplicación de los artículos 1 al 3 deben ser abiertas, informadas y democráticas, y deben incluir a todas las partes afectadas.[27]

Es evidente que un fuerte Principio de Precaución, basado en cada uno de los criterios que hemos descrito,  descartaría completamente a la geo-ingeniería promovida en el contexto de un régimen capitalista de máxima acumulación  Hay una certeza casi total del peligro extremo para  la especie humana de conjunto que surge de todos las principales propuestas de la geo-ingeniería. Si se pusiera la carga de la prueba sobre los promotores del orden establecido de la geo-ingeniería capitalista, para que demuestren que no se infligiría un gran daño al planeta, como un lugar de habitación humana, esas propuestas fracasarían en la prueba. Dado que la alternativa de no quemar más los combustibles fósiles y promover formas alternativas de energía es totalmente factible, mientras que la geo-ingeniería planetaria conlleva inmensos peligros que se agregarían al sistema de la Tierra de conjunto, dicha tecnología como medio principal de controlar al calentamiento global también sería excluida por ese criterio. Finalmente, la geo-ingeniería bajo el actual sistema económico y social invariablemente implica alguna entidad proveniente de la estructura del poder –un multimillonario, una corporación, un gobierno o una organización internacional- que implemente esa acción ostensiblemente en nombre de la humanidad en general, aunque dejen afuera del proceso de toma de decisiones a las partes más afectadas del mundo, con cientos, quizás miles, de millones, de personas que pagan los costos ambientales, a menudo con sus vidas. En pocas palabras, la geo-ingeniería, en particular si está subordinada al proceso de acumulación del capital, viola la versión más sagrada del Principio de Precaución, que se remonta a la antigüedad: Primero no dañar.

La eco-revolución como la única alternativa

Como una prolongación de la guerra actual contra el planeta, un régimen de geo-ingeniería climática diseñado para mantener en funcionamiento el presente modo de producción se opone diametralmente  a la idea que enunció Barry Commoner en 1992 en Making Peace with the Planet, “Si el ambiente está contaminado y la economía está enferma, el virus que los causa se hallará en el sistema de producción.”[28] Hoy no puede haber dudas de que el actual modo de producción, en particular el sistema del capital fósil, que se necesita cambiar a escala mundial. Para parar el cambio climático, la economía mundial, la economía mundial debe cambiar rápidamente a las emisiones netamente cero de dióxido de carbono. Con un esfuerzo concertado por parte de la sociedad humana de conjunto, utilizando los medios tecnológicos sustentables ya existentes, esto se halla a nuestro alcance; especialmente cuando se lo acompañe con los cambios necesarios en la organización social para reducir el colosal despilfarro de recursos y vidas que está incorporado en el actual sistema de producción alienada. Esos cambios no podrían ser meramente implementados desde arriba por las élites, sino que requerirían la auto movilización de la población, inspirada por las acciones revolucionarias de la juventud en pos de soluciones igualitarias, ecológicas, colectivas y socializadas, consciente de que es el mundo que ella heredará lo que está más en juego.

Esta necesaria revolución ecológica incluirá en primer lugar: 1) una moratoria de emergencia sobre el crecimiento económico en los países ricos, acompañada de una redistribución  hacia abajo del ingreso y la riqueza; 2) reducciones radicales en las emisiones de gas de efecto invernadero; 3) eliminación gradual de toda la estructura de la energía del combustible fósil; 4) sustitución por una infraestructura de energía alternativa, basada en alternativas sustentables como la solar y la eólica, controladas localmente; 5) cortes masivos en el gasto militar con los excedentes económicos liberados para que sean usados en la conversión ecológica; 6) promoción de economías circulares y sistemas de despilfarro cero para disminuir la producción de energía y recursos; 7) creación de un sistema de transporte público efectivo, junto con medias para disminuir la dependencia en el automóvil privado; 8) restauración de ecosistemas globales, de acuerdo con comunidades locales, incluyendo las indígenas; 9) transformación de la producción de monocultivos destructiva e intensiva en energía y productos químicos de las agroempresas, en una agroecología basada en pequeñas granjas sustentables y el cultivo campesino con su mayor productividad de alimentos por hectárea; 10) institución de fuertes controles sobre la emisión de productos químicos tóxicos; 11) prohibir la privatización de los recursos de agua dulce; 12) imponer una fuerte gestión basada en la comunidad humana de los océanos comunes orientada a la sustentabilidad; 13) tomar nuevas medidas para proteger a las especies en peligro de extinción; 14) imponer límites estrictos al excesivo y destructivo marketing consumista por las corporaciones; 15) reorganizar la producción para deshacer las cadenas mercantiles actuales orientadas a la acumulación rapaz y la filosofía de aprés moi le déluge; y 16) desarrollar formas de producción más razonables, justas, y menos despilfarradoras, y más colectivas.[29]

En esa eco-revolución se necesitará dar prioridad a la eliminación más rápida imaginable de las emisiones provenientes del combustible fósil, pero esto a su vez exigirá cambios fundamentales en la relación humana con la tierra y en la relación de los seres humanos entre sí. Tendrá que ponerse un nuevo énfasis en el desarrollo humano sostenible y en la creación de un sistema orgánico de reproducción social metabólica. Se deberán superar los siglos de explotación y expropiación, incluyendo las divisiones sobre la base de la clase, el género, la raza y la etnicidad.                     

 


* Este artículo fue publicado en Monthly Review, Vol. 70, N°4, en septiembre 2018, y en Science for the People. Agradecemos a las direcciones de ambas revistas la gentil autorización para la traducción y publicación de este texto en Herramienta. Translated and reprinted by permission of Monthly Review Magazine and Science for the People. (c) Monthly Review vol. 70, no. 4, September 2018. All rights reserved.

** John Bellamy Foster es Director de Monthly Review y autor, entre otros libros, de The Ecological Rift (coautor con B. Clark y R. York), The Planet Emergency, Marx’s Ecology y The Vulnerable Planet.

La traducción para Herramienta es de Francisco T. Sobrino

[1] http://trillionthtone.org, visitada el 3 de junio de 2018. Notemos que el billón de toneladas métricas se refiere al carbono acumulado (no al dióxido de carbono).

*** N. del T.: «No habría que confundir la terminología “Presupuesto Mundial del Carbono” como título de la publicación editada desde el 2005 por este grupo, con la acepción del argot que entiende este sintagma (presupuesto de carbono) como la cantidad de emisiones que aún quedarían para cumplir un objetivo climático, como pueda ser el de evitar el incremento en 2°C en el calentamiento del planeta.»

[2] Jacobin, vol. 26 (2017).

[3] James Hansen et al., “Young People’s Burden: Requirements of Negative CO2 Emissions”, Earth System Dynamics 8 (2017): 577-616; James Hansen et al., “Young People’s Burden: Requirements of Negative CO2 Emissions”, 18 de julio de 2017, http://columbia.edu.

[4] Ver John Bellamy Foster, “The Long Ecological Revolution”, Monthly Review 69, no. 6 (noviembre 2017), 1-16.

**** N. del T: el autor llama así al capital que se basa en el uso masivo de combustibles fósiles

[5] Spencer Weart, “Interview with M. I. Budyko: Oral History Transcript”, marzo 25, 1990, http://aip.org, The Discovery of Global Warming (Cambridge, MA: Harvard University Press, 2003): 85-88; Climate and Life (Nueva York: Academic, 1974), 485; M. I. Budyko y Y. A. Izrael, ed., Anthropogenic Climate Change (Tucson: University of Arizona Press, 1991), 1-6; Blue Planet Prize, “The Laureates:Mikhail I. Budyko (1998)”, http://al-info.or.jp; john Bellamy Foster, “Late Soviet Ecology and the Planetary Crisis”, Monthly Review 67, no. 2 (junio 2015): 7-10.

[6] M. I. Budyco, Climate Changes (Washington, D.C.: American Geophysical Union, 1977), 235-36, 239-46; Foster, “Late Soviet Ecology”, 11-

[7] Oliver Morton, The Planet Remade (Princeton: Princeton University Press, 2016), 137-38.

[8] Alan Robock, Luke Oman, and Georgy L. Stenchikov, “Regional Climate Responses to Geoengineering with Tropical and Arctic SO2 Injections”, Journal of geophysical Research 113 (2008): D16101; Alan Robock, “20 Reasons Why Geoengineering May Be a Bad Idea”, Bulletin of Atomic Scientists 64, no.2 (2008): 15; Clive Hamilton, Earthmasters (New Haven: Yale University Press, 2003), 64.

[9] Robock, “20 Reasons Why Geoengineering May Be a Bad Idea”, 16.

[10] Íbid.

[11] Michael E. Mann and Tom Toles, The Madhouse Effect (Nueva York: Columbia University Press, 2016):123; Robock, “20 Reasons Why Geoengineering May Be a Bad Idea”, 16.

[12] Hamilton, Earthmasters, 65-67; Robock, “20 Reasons Why Geoengineering May Be a Bad Idea”, 17; Daisy Dunne, “Six Ideas to Limit Global Warming with Solar “Geoengineering”, Carbon Brief, May 9, 2018, http://carbonbrief.org.

[13] Hamilton, Earthmasters, 52-55; Carbon Brief, “Six Ideas”.

[14] Hugh Powell, “Fertilizing the Ocean with Iron”, Oceanus 46, no. 1 (2008), http://whol.edu; Hamilton, Earthmasters, 27-35.

[15] Powell, “Fertilizing the Ocean with Iron”, Hamilton, Earthmasters, 35.

[16] Abby Rabinowitz and Amanda Simson, “The Dirty Secret of the World’s Plan to Avert Climate Disaster”, Wired, 10 de diciembre de 2017.

[17] Rabinowitz and Simson, “The Dirty Secret of the World’s Plan to Avert Climate Disaster”.

[18] Julia Rosen, “Vast Bioenergy Plantations Could Stave Off Climate Change and Radically Reshape the Planet”, Science, 15 de febrero de 2018; Rabinowitz and Simson, “The Dirty Secret of the World’s Plan to Avert Climate Disaster”; ETC Group, Biofuel Watch, Heinrich Böll Stiftung, The Big Bad Fix: The Case Against Climate Geoengineering (2017) 22, http://boell.de.

[19] Hansen et al., “Young People’s Burden”

[20] ETC Group, Biofuel Watch, Heinrich Böll Stiftung, The Big bad Fix, 20-22; Michael Friedman, “Why Geoengineering Is Not a Remedy for the Climate Crisis”, MR Online, 22 de mayo de 2018, http://mronline.org.

[21] Friedman, “Why Geoengineering Is Not a Remedy for the Climate Crisis”.

[22] Hamilton, Earthmasters, 47-50.

[23] Vaclav Smil, “Global Energy: The Latest Infatuations”, American Scientist 99 (2011), http://americanscientist.org. Ver también Jeff Goodell, “Coal’s New Technology”, Yale Enviroment 360, July 14,  2008, http://e360.yale.edu.

 

[24] Andy Skuce, ”’We’d Have to Finish One New Facility Every Working Day for the Next 70 Years’-Why Carbon Capture Is No Panacea”, Bulletin of the Atomic Scientists, October 4, 2016; http://the-bulletin.org.

[25] Tillerson quoted in Michael Babad, “Exxon Mobil CEO: “What Good Is It to Save the Planet if Humanity Suffers?” Globe and Mail, May 30, 2017 (updated June 19, 2017).

[26]  Federico Engels, Dialéctica de la Naturaleza, México D.F., Editorial Grijalbo, 1961: pág. 151.

[27] Paul Burken, “On Eco-Revolutionary Prudence: Capitalism, Communism, and the Precautionary Principle”, Socialism and Democracy 30, no. 2 (2016): 87.

[28] Barry Commoner, Making Peace with the Planet (Nueva York: New Press, 1992), ix.

[29] Ver ETC Group, Biofuel Watch, Heinrich Böll Stiftung, The Big Bad Fix, pág. 10.

François Langlet: «La próxima crisis será más grave»

En declaraciones recogidas por Nicolas Domenach, François Langlet, conocido periodista económico y divulgador francés, se expresa sobre las posibilidades de crisis, como parte de un amplio reportaje especial del mensual Le Nouveau Magazine Littéraire bajo el título “El capitalismo ya no responde”.

¿La próxima crisis que parece dibujarse puede ser fatal?

La próxima crisis será verosímilmente más grave que la de 2008, porque en 2008 se trató un exceso de endeudamiento con un incremento del endeudamiento. Se trató el mal, por tanto, con mayor mal. Ahora bien, iguales causas producen iguales efectos. Lo que nos espera, aunque nadie pueda prever la fecha con certeza: depreciación del valor de las activos, acciones, inmobiliario, obligaciones, cuyo valor se ha hinchado por la creación de moneda por parte de los bancos centrales. Para evitar el hundimiento, hemos elevado una vez más la altura del edificio moviendo crédito generalizado y mundializado. Es probable que esto no dure.

¿Tienen los estados todavía los medios y la voluntad de regular un capitalismo financiero que ha enloquecido? ¿Y pueden controlar los GAFA [Google, Apple, Facebook y Amazon]? 

Los estados disponen de todos los medios para regular el capitalismo. El problema es que los límites que ponen no hacen más que desplazar la locura especulativa. Si se regulan los bancos –algo que se hizo después de 2008- las finanzas se desplazan al shadow banking, el sistema financiero paralelo.

El determinante principal de la crisis financiera es la psicología de las multitudes, es decir, los comportamientos borreguiles de los inversores, que perduran igual que el deseo de enriquecerse, es decir, mucho tiempo.

Es inútil esperar un mundo sin crisis, es ilusorio pensar que el Estado y los poderes públicos son una solución a la crisis financiera. Hay que regular, desde luego, pero eso no supone una protección absoluta. La vigilancia ha de ser permanente.

La patronal y los políticos ¿son conscientes de las apuestas, o se contentan con hacer populismo patronal para unos y política para otros?

Los patronos de las empresas que cotizan en Bolsa se ven a menudo forzados a respetar las reglas de juego del sistema actual: el que ignorase deliberadamente a sus accionistas se condenaría, lo cual lleva a veces a la empresa a prácticas contestables, como la recompra de las propias acciones, privándola de medios para invertir. En cuanto a los dirigentes políticos, no tienen siempre un buen conocimiento de los mecanismos de las finanzas y de la Bolsa, a falta de haber trabajado en empresas, lo que les conduce a menudo a los “Basta con…”

Los populistas son los más inclinados a estos atajos, tanto más seductores por cuanto  los partidos tradicionales, lo mismo los de izquierda que los de derecha, no vieron venir la última gran crisis.

¿Hay contradicción radical entre capitalismo y ecología o, a la inversa, puede el capitalismo salvar la Naturaleza después de haberla saqueado? 

Por definición, el capitalismo es predador, utiliza los recursos naturales para aumentar la producción y la riqueza, la de los accionistas, los asalariados o los consumidores. Hay, por tanto, una contradicción fundamental entre crecimiento y ecología. Pero se puede superar de diversas maneras. En primer lugar, instaurando reglas que limite la utilización de recursos. Y siguiendo con un mecanismo que haga subir el precio de los bienes en función de su escasez. Los recursos escasos deben facturarse más caros para disuadir de su utilización. Y el aumento del precio, en una economía de mercado, desencadena la investigación de innovaciones para substituir el antiguo modo de producción por uno nuevo, más económico en recursos. Esta espiral virtuosa no puede desarrollarse más que gracias a la interacción entre la mano invisible, la del mercado, y la mano bien visible del regulador.

periodista especializado en Economía, se ocupa de dicha sección en las emisoras francesas de radiotelevisión RTL y TF1. En los años 90 trabajó como jefe de redacción y director adjunto de la revista económica L´Expansion, así como en Enjeux-Les Échos, suplemento mensual del diario económico Les Échos, y La Tribune. Su último libro es Tordez le cou aux idées reçues.

Fuente:

Le Nouveau Magazine Littéraire, nº 10, octubre de 2018
Traducción: Lucas Antón (sinpermiso.info)