Capitalismo, reproducción y cuarentena

Por Silvia Federici

Nosotras como feministas, los movimientos de mujeres en todo el mundo, hace muchísimos años venimos repitiendo que este sistema no garantiza nuestro futuro, no garantiza nuestra vida. Este sistema nos está matando de tantas formas diferentes pero conectadas: nos está matando con la agricultura industrializada, con la comida que nos da diabetes. En el 2019 más de 4 millones de personas murieron de diabetes en el mundo por esta comida fast food tan venenosa. Y también la contaminación de las aguas, los pesticidas. Entonces las mujeres del mundo, campesinas, indígenas, urbanas, son la primera línea en la lucha por una sociedad diferente. Por una reproducción que nos da vida, nos da futuro, que nos nutre, que no nos va a matar.

Es muy importante decir que esta pandemia hace muy visible, muy evidente, lo que pasa cada día con la guerra, con los desahucios, con las deslocalizaciones, las expropiaciones, la gente que es expulsada de su campo, con la contaminación del medio ambiente, la destrucción de la naturaleza. Otro ejemplo es el aumento de la desesperación. Hoy se habla en Estados Unidos de que 20 mil personas murieron por el coronavirus. Es terrible, es terrorífico. Solamente el año pasado 48 mil personas se suicidaron. Se suicidaron porque esta vida siempre es más triste, siempre es más difícil.

Como siempre, las que más sufren son las mujeres. Hoy podemos ver que son la primera línea como trabajadoras de cuidado (enfermeras, cajeras en las tiendas). Y también el incremento de trabajo en la casa, tener a los hijos, no transmitirles miedo, protegerlos de esta amenaza.

Todo esto pone en el centro, hace muy visible, la importancia de la reproducción. Reproducción es una palabra que todavía hace referencia a muchísimas realidades diferentes pero conectadas. Reproducción es el cuidado, las crianzas, cocinar, acompañar a los enfermos. Y también el cuidado de la naturaleza. Es la agricultura sustentable, donde las mujeres son las primeras trabajadoras. Una agricultura que no termina en el lucro, sino en el sustento de su familia. Es así que pueden controlar que lo que entra al cuerpo no te va a matar, te va a nutrir. Esta agricultura industrializada nos ha dado el cáncer, muchísimas enfermedades que son completamente derivadas de un modelo basado en el lucro. No es como la pequeña agricultura, donde la gente trabajaba con una relación muy directa con la naturaleza. Esta globalización, esta división internacional de la producción basada en el lucro no tiene ningún sentido: buscar la manzana que llega de China o de miles de kilómetros.

Entonces podemos ver que la reproducción es el terreno estratégico fundamental para la construcción de un futuro, de una sociedad. Reproducción significa vida, significa futuro. Vivimos en un sistema capitalista que su problema fundamental, lo que lo hace insustentable, es que sistemáticamente se basa sobre la subordinación de la reproducción de la vida. La subordinación de nuestra vida, de nuestro futuro. Se basa en el lucro individual, en el lucro de las grandes compañías y corporaciones. Esto es el capitalismo. Se funda sobre la explotación del trabajo humano y la subordinación de nuestra reproducción. Se puede ver que todas las medidas políticas y económicas que ponen en acción están conformadas por esta finalidad.

Las mujeres ya están dando esta lucha. Los movimientos de mujeres son hoy estratégicamente importantes. Podemos ver que la lucha es para recuperar la medida más básica de nuestra reproducción. Que sea la riqueza social que hemos producido, que sea la tierra, que sea el control sobre el agua, sobre las selvas. Crear una forma de organización. Hay redes de mujeres que ya se están formando para fortalecer los lazos. Fortalecer no solo nuestra capacidad de resistencia al Estado, sino de imponer otro tipo de sociedad. Como se dice en España y en América Latina: una sociedad donde la vida esté en el centro. Y también crear formas de reproducción más solidarias.

Durante muchos años, con compañeras de todo el mundo hablamos de la política de los comunes. Nunca se verificó con tanta claridad este concepto. Pensar colectivamente, no individualmente. Pensar nuestra vida cotidiana, nuestro trabajo, el futuro. Pensarlo colectivamente, no como seres aislados. Ahora están intentando aislarnos en el nombre de esta epidemia. Debemos tener mucho cuidado. El miedo es que usarán la epidemia. El miedo de morir, que es muy fuerte, muy legítimo, lo usarán para continuar aislándonos, desmantelando nuestras protestas.

Es importante que desde abajo empezamos a recuperar el control de nuestra vida y a tomar decisiones colectivas. Esto signfica también que parte de nuestra lucha debe ser la de imponer al Estado como parte de la recuperación de la riqueza social. El Estado debe relocalizar los lugares donde podemos cuidar nuestra salud. Ahora solo podemos estar en la casa o en el hospital. Mucha gente tiene miedo de ir al hospital porque saben que se pueden infectar. El hospital no es solamente un espacio de cuidado de la salud. Es un lugar donde no hay insumos, donde quienes trabajan están en peligro. Entonces: la importancia de relocalizar, de tener estructuras de la comunidad, como alguna vez tuvieron muchísimos países. Antes del neoliberalismo exisitieron pequeñas clínicas, lugares, donde una persona podía ir si tenía problemas, sin necesidad de ir al hospital. En esta estructura se podía ejercitar también un mayor control sobre el tipo de cuidado que nos dan, que necesitamos. Se podría establecer un intercambio entre la gente del barrio, de la comunidad, con quienes trabajan en las instituciones. Necesitamos revitalizar esta estructura.

Hoy no es Estado sí o no. Es claro que tenemos la necesidad de usar estructuras que llegan de las instituciones, porque no tenemos alternativa. Una alternativa es comenzar a reflexionar colectivamente sobre lo que necesitamos, sobre nuestra salud, sobre la comida, sobre el territorio, sobre todas las situaciones que afectan nuestra vida. Mientras tanto, relocalizar la agricultura, la salud. Crear formas de control colectivo, de tomar decisiones de comprender.

Yo creo que es importante reflexionar sobre la realidad cotidiana antes del coronavirus. Y hablo sobre todo de Estados Unidos: en el período 2017-2018 más de 60 personas han muerto por Influenza. Y cerca de medio millón de personas murieron de cáncer. Miles y miles mueren de diabetes. Es una estadística increíble. Volviendo al comienzo: es un sistema que crea una condición de muerte permanente. Y sin hablar de la guerra: por años y años Estados Unidos y la Comunidad Europea en complicidad están creando una situación de guerra permanente que ha destruido Medio Oriente y ahora el norte de África.

Entonces: como mujeres, como feministas, ver que tenemos una mirada particularmente clara de la importancia de la reproducción de la vida. De cuáles son nuestras vulnerabilidades y cuáles son las necesidades que tenemos. Podemos ver que necesitamos una lucha muy amplia. Una lucha que conecta a las mujeres de áreas urbanas con áreas rurales para crear nuevas estructuras, nuevos lazos de solidaridad, nuevas formas de reproducción. Siempre inspiradas por el concepto de que la reproducción de la vida, la finalidad de la sociedad, debe ser el bienestar, el buen vivir y no el lucro privado.

Byung-Chul Han: vamos hacia un feudalismo digital y el modelo chino podría imponerse

El filósofo coreano y ensayista bestseller alerta que el coronavirus podría llevarnos a una sociedad de vigilancia total: el control digital podría imponer el régimen chino y jaquear las libertades occidentales.

La amenaza del terrorismo ya bastante nos lleva a someternos a medidas denigrantes de seguridad en los aeropuertos sin oponer la menor resistencia. Con los brazos en alto dejamos que nos escaneen el cuerpo. Permitimos que nos palpen en busca de armas ocultas. Cada uno de nosotros es un terrorista en potencia. El virus es terrorismo que viene del aire, representa una amenaza considerablemente mayor que la del terrorismo islámico. Resulta intrínseco a la lógica de todo esto pensar que la pandemia tendrá consecuencias que transformarán al conjunto de la sociedad en una zona de seguridad, en una cuarentena permanente en la que cada uno será tratado como un potencial portador del virus.

Europa y Estados Unidos están perdiendo todo su esplendor en medio de la pandemia. Van a los tumbos. Parece que son incapaces de controlar la epidemia. En Asia, lugares como Taiwán, Hong Kong, Singapur, Corea del Sur o Japón supieron controlarla con relativa rapidez. ¿A qué se debe esto? ¿Qué ventajas sistémicas evidencian los países asiáticos? En Europa y en Estados Unidos el virus se encuentra con una sociedad liberal en la que se propaga sin esfuerzo. ¿Acaso el liberalismo tiene la culpa del fracaso europeo? ¿Será que el virus se siente a gusto en el sistema liberal?

Pronto se impondrá la idea de que la lucha contra la pandemia indica actuar a pequeña escala, es decir, poniendo el foco en la persona, el individuo. Pero el liberalismo no permite fácilmente un procedimiento de este tipo. Una sociedad liberal se compone de individuos con libertad de acción que no autorizan la injerencia estatal. La sola protección de datos impide la vigilancia a pequeña escala de las personas. La sociedad liberal no contempla la posibilidad de hacer de las personas, individualmente, el objeto de la vigilancia, por eso no le queda más remedio que el shutdown, con consecuencias económicas masivas. Occidente llegará pronto a una conclusión fatal: que lo único capaz de evitar el cierre total es una biopolítica que permita tener acceso ilimitado al individuo. Occidente concluirá que la protegida esfera privada es justamente lo que ofrece refugio al virus. Pero reconocer esto significa el fin del liberalismo.

Trabajadores médicos en el hospital de Dongsan en Daegu (Corea del Sur) / DPA

Trabajadores médicos en el hospital de Dongsan en Daegu (Corea del Sur) / DPA

Los asiáticos están combatiendo el virus con un rigor y una disciplina que para los europeos resulta inconcebible. La vigilancia se centra en cada persona en forma individual, y esto constituye la principal diferencia con la estrategia europea. Los rigurosos procedimientos asiáticos recuerdan a aquellas medidas disciplinarias adoptadas en la Europa del siglo XVII para combatir la epidemia de la peste. Michel Foucault las describió de manera impactante en su análisis de la sociedad disciplinaria. Las casas se cierran por fuera y las llaves se entregan a las autoridades. Se condena a muerte a quienes violan la cuarentena. Se mata a los animales que andan sueltos. La vigilancia es total. Se exige obediencia incondicional. Se vigila cada casa en forma individual. Durante los controles, todos los habitantes de una casa deben asomarse por las ventanas. A quienes viven en casas que dan a patios traseros se les asigna una ventana al frente por la cual asomarse. Llaman a cada persona por su nombre y le preguntan por su estado de salud. Quien miente se expone a la pena de muerte. Se establece un sistema de registro total. El espacio se vuelve una red anquilosada de células impermeables. Cada quien está atado a su lugar. Cualquiera que se mueva pone en riesgo su vida.

En el siglo XVII Europa devino en una sociedad disciplinaria. El poder biopolítico penetra hasta en los más mínimos detalles de la vida. Toda la sociedad se transforma en un panóptico, es atravesada por la mirada panóptica. El recuerdo de esas medidas disciplinarias se ha desvanecido por completo en Europa. En realidad, eran medidas mucho más rigurosas que las que toma China ante esta pandemia. Pero se podría decir que la Europa de los siglos XVII y XVIII es la China actual. Entretanto, China ha creado una sociedad disciplinaria digital con un sistema de crédito social que permite una vigilancia biopolítica y un control sin fisuras de la población. Ni un solo momento de la vida cotidiana escapa a la observación. Se monitorea cada clic, cada compra, cada contacto, cada actividad en las redes sociales. Se utilizan 200 millones de cámaras de vigilancia con reconocimiento facial. Quien cruza un semáforo en rojo, tiene contacto con personas opositoras al régimen o publica comentarios críticos en las redes sociales vive en peligro. Quienes, en cambio, compran comida sana o leen los periódicos oficialistas, son recompensados con créditos baratos, seguros de salud o visas de viaje. En China esta vigilancia total es posible porque no existe restricción alguna al intercambio de datos entre los proveedores de internet y de telefonía móvil y las autoridades. Así que el Estado sabe dónde estoy, con quién me encuentro, qué estoy haciendo en este momento, qué ando buscando, en qué pienso, qué compro, qué como. Es muy probable que en el futuro el Estado también controle la temperatura corporal, el peso, los niveles de azúcar en sangre, etc.

La vigilancia digital total de la población está demostrando ser por demás eficaz contra el virus. Cualquiera que salga de la estación de trenes de Beijing es capturado por una cámara que mide su temperatura corporal. Si tiene temperatura alta, se informa por teléfono móvil a todas las personas que iban en el mismo vagón. El sistema sabe quién, cuándo y dónde iba sentado en el tren. Y las personas potencialmente infectadas se detectan usando solo datos tecnológicos. Las redes sociales informan sobre el uso de drones para vigilar la cuarentena. Si una persona abandona clandestinamente su cuarentena, el dron vuela hacia ella y la insta a volver a casa. Incluso puede que el dron imprima una multa en el momento y la deje caer sobre su cabeza. Parece que se está produciendo un cambio de paradigma en el control de la pandemia y Occidente no termina de darse por enterado. El control de la pandemia se está digitalizando. No sólo la combaten virólogos y epidemiólogos sino también ingenieros informáticos y especialistas en big data.

Distancia. El subte en Seúl, Corea del Sur. /EFE

Distancia. El subte en Seúl, Corea del Sur. /EFE

En la lucha contra el virus, el individuo es vigilado individualmente. Una aplicación le asigna a cada persona un código QR que indica con colores su estado de salud. El color rojo indica una cuarentena de dos semanas. Solo pueden moverse libremente quienes puedan mostrar un código verde. No es solo China, otros países asiáticos también implementan la vigilancia individual. Para detectar personas potencialmente infectadas se cruzan los más diversos datos. El gobierno de Corea del Sur está considerando incluso la posibilidad de obligar a las personas que entran en cuarentena a llevar un brazalete digital que permita controlarlas las 24 horas del día. Hasta ahora ese método de vigilancia estaba reservado para quienes habían cometido delitos sexuales. De modo que, frente a la pandemia, cada individuo es tratado como un criminal en potencia.

El feudalismo digital

El modelo asiático para combatir el virus no es compatible con el liberalismo occidental. La pandemia pone en evidencia la diferencia cultural entre Asia y Europa. En Asia sigue imperando una sociedad disciplinaria, un colectivismo con fuerte tendencia al disciplinamiento. Se aplican sin más medidas disciplinarias radicales que encontrarían fuerte rechazo por parte de los europeos. No se las percibe como restricción de los derechos individuales sino como cumplimiento de deberes colectivos. Países como China y Singapur tienen un régimen autocrático. Hasta hace pocas décadas también en Corea del Sur y Taiwán prevalecían condiciones autocráticas. Los regímenes autoritarios hacen de las personas sujetos disciplinarios, las educan para la obediencia. Y Asia está marcada por el confucianismo, que dicta la obediencia incondicional a la autoridad. Todas estas peculiaridades asiáticas resultan ventajas sistémicas para contener la epidemia. ¿Será que la sociedad disciplinaria asiática terminará imponiéndose a escala global a la luz de la pandemia?

Ni siquiera es necesario remitirse a Asia para señalar el peligro que la pandemia representa para el liberalismo occidental. La vigilancia panóptica no es un fenómeno exclusivamente asiático. Ya estamos viviendo en un panóptico digital global. Las redes sociales también se parecen cada vez más a un panóptico que vigila y explota sin piedad a los usuarios. Nos exponemos voluntariamente. No entregamos nuestros datos por la fuerza sino por necesidad interior. Constantemente se nos incita a compartir nuestras opiniones, preferencias y necesidades, a comunicarnos y a contar nuestras vidas. Después, los datos son analizados por plataformas digitales dedicadas al pronóstico y a la manipulación de comportamientos, y explotados comercialmente sin tregua ni cuartel.

Incluso ellas. Un barbijo sobre la cara de una estatua en honor a las mujeres que fueron sometidas a esclavitud sexual por los japoneses. /   EFE/EPA/YONHAP SOUTH KOREA OUT

Incluso ellas. Un barbijo sobre la cara de una estatua en honor a las mujeres que fueron sometidas a esclavitud sexual por los japoneses. / EFE/EPA/YONHAP SOUTH KOREA OUT

Vivimos en un feudalismo digital. Los señores feudales digitales como Facebook nos dan la tierra y dicen: ustedes la reciben gratis, ahora árenla. ¡Y la aramos a lo loco! Al final, vienen los señores y se llevan la cosecha. Así es como se explota y vigila la totalidad de la comunicación. Es un sistema extremadamente eficiente. No existe la protesta porque vivimos en un sistema que explota la libertad en sí misma.

El capitalismo en su conjunto se está transformando en un capitalismo de vigilancia. Plataformas como Google, Facebook o Amazon nos vigilan y manipulan, con el propósito de maximizar sus ganancias. Se registra y analiza cada clic. Somos dirigidos como marionetas por hilos algorítmicos. Pero nos sentimos libres. Asistimos a una dialéctica de la libertad, que la vuelve servidumbre. ¿Esto todavía es liberalismo?

La pregunta que nos deberíamos hacer es: ¿por qué toda esta vigilancia digital, que está teniendo lugar de todas formas, debería detenerse ante el virus? Es probable que la pandemia haga caer ese umbral de inhibición que venía impidiendo que la vigilancia se extendiera biopolíticamente al individuo. La pandemia nos lleva hacia un régimen de vigilancia biopolítica. No solo nuestras comunicaciones, también nuestro cuerpo, nuestro estado de salud, se está convirtiendo en objeto de vigilancia digital. La sociedad de la vigilancia digital está experimentando una expansión biopolítica.

Según Naomi Klein, autora de No Logo, el shock es un momento oportuno para instalar un nuevo sistema de dominación. El shock pandémico hará que se imponga a nivel global una biopolítica digital que se apodere de nuestro cuerpo con su sistema de control y vigilancia, una sociedad disciplinaria biopolítica que vigile permanentemente hasta nuestro estado de salud. Tampoco descartemos que vayamos a sentirnos libres en ese régimen de vigilancia biopolítica. De hecho vamos a pensar que todas estas medidas de vigilancia son en pos de nuestra propia salud. La dominación se completa en el momento en que coincide con la libertad. En medio de la conmoción causada por la pandemia, ¿se verá Occidente obligado a abandonar sus principios liberales? ¿Corremos el riesgo de volvernos una sociedad de cuarentena biopolítica que restrinja de manera permanente nuestra libertad ? ¿Es China el futuro de Europa?

Byung-Chul Han, filósofo de origen surcoreano y docente en Berlín, ha sido casi integralmente traducido al castellano. Es autor de ensayos breves como «La agonía del eros», «Enjambre», «La sociedad del cansancio» y «Topología de la violencia». Traducción del alemán: Carla Imbrogno.

Prefacio de Huelga de masas, partido y sindicatos, de Rosa Luxemburg

Por György Lukács

El 13 de abril de 1885 nació el gran pensador marxista húngaro György Lukács. Frente a la degradación positivista del marxismo, Lukács siempre afirmó su punto de vista subjetivo y voluntarista, necesario en los momentos decisivos de la lucha.

Rosa Luxemburg no fue tan sólo una mártir de la revolución proletaria; toda su vida fue un gran combate para que el proletariado se hiciera revolucionario, para que la justa toma de conciencia de la situación de la lucha de clase, oscurecida consciente o inconscientemente, a los ojos de la clase obrera, por los oportunistas socialdemócratas, se introdujera en la conciencia del proletariado: para que la conciencia de clase así desarrollada se transformara en acción revolucionaria. De modo que Rosa Luxemburg libró las batallas más difíciles de su vida, ante todo, contra las corrientes derechistas y centristas del movimiento obrero de hoy. No es sorprendente que finalmente fueran los mercenarios de Ebert y Scheidemann los que la mataron: toda su vida se batió contra ellos, con las nobles armas de la ciencia y de la justicia; mientras que ellos trataron de imposibilitar su influencia sobre la clase obrera por medio de calumnias, intrigas y mentiras. Hasta que, finalmente, cuando todo esto fracasó, cuando Luxemburg avanzó en cabeza de las masas revolucionarias para ganar la lucha de la clase proletaria por la vía armada, la asesinaron.

Rosa Luxemburg era una verdadera dirigente del proletariado. Quizá, junto a Lenin, el único sucesor digno de Marx y de Engels. Pero como la revolución proletaria se diferencia fundamentalmente de la revolución burguesa —la del proletariado no es tan brillante como la de la burguesía, pero va más al fondo que ella, y, pese a que progresa más despacio, cambia más profundamente lo esencial de la sociedad—, de ahí se desprende que el dirigente de la revolución proletaria se diferencia profundamente del tipo de dirigente de la revolución burguesa. Este dirigente no es ni un gran demagogo, ni un orador brillante y un agitador como Danton o como Lajos Kossuth; sino que será aquel que cultive más a fondo el marxismo, la dialéctica revolucionaria, la ciencia de la lucha de clases. Aquel que, con la ayuda del marxismo, sea capaz de analizar, de valorar y de juzgar correctamente todo acontecimiento de la vida cotidiana y sea, por consiguiente, capaz de mostrar la correcta vía de acción a la clase obrera.

Pero del hecho de que el juicio sobre la situación actual y la vía designada para la acción que de él se desprende sean correctos no se deduce que las grandes masas del proletariado puedan comprenderlos de inmediato ni que deban reaccionar en la dirección adecuada. Los oportunistas, al colocar en primer plano sus propios intereses, miopes y falseadores, han envenenado, durante décadas, las reflexiones y los sentimientos de la clase obrera. La han habituado a no mirar los acontecimientos desde el punto de vista de los intereses de clase generales del proletariado, y a que, en cambio, cada cual se preocupe ante todo de sus intereses personales, es decir, aquellos que conciernen al oficio o a la fábrica en un sentido restringido. Han conseguido, con ello, oscurecer la conciencia del proletariado, dirigir a la clase obrera en una dirección oportunista y pequeñoburguesa, y educarla en este sentido.

Fue contra este oportunismo pequeñoburgués contra el que Rosa Luxemburg libró los combates más difíciles de su vida. Como agitadora, como organizadora, como periodista del diario y como teórica, en las reuniones públicas, en los diarios, en los congresos, con armas distintas, pero siempre con igual fuerza, se batió en defensa del verdadero sentido del marxismo: por la revolucionarización del proletariado. Fue en esta batalla en la que Rosa Luxemburg se hizo grande, se convirtió en una verdadera mártir del proletariado; ella y sus compañeros de lucha.

La propia Rosa Luxemburg era un gigante del pensamiento porque no sólo presentaba, con instinto certero, los peligros que encerraba el oportunismo, sino que también analizó, con un profundo conocimiento marxista, todo acontecimiento del presente: ella fue la primera en ver, con una clarividencia profética, lo esencial de la historia, y todo lo que se desprende de este conocimiento para las acciones del proletariado. Si hoy observamos la obra y la vida de Rosa Luxemburg, no podemos dejar de constatar que fue ella la primera que percibió correctamente el imperialismo como última etapa del capitalismo, y las consecuencias necesarias de éste: la guerra mundial y la revolución mundial; ella fue la que descubrió la primera y única arma eficaz a emplear contra los peligros del imperialismo: los movimientos de masas revolucionarios.

El ascenso de la lucha de clases final entre el proletariado y la burguesía, el cómo, las condiciones, las posibilidades y las armas de esta lucha de clases, he ahí el contenido de la obra y la vida de Rosa Luxemburg. En los momentos en que el movimiento obrero europeo —y sobre todo alemán— se había hundido tan profundamente en el oportunismo que éste no sólo saboteaba las acciones de modo encubierto, sino que también podía manifestarse abiertamente, y teóricamente, Rosa Luxemburg fue la primera en imponer la teoría de la revolución proletaria contra la teoría del oportunismo. Es verdad que, entonces, en contra del creador de la teoría reformista, Bernstein, también Kaustky libró una batalla teórica. Pero esas dos especies de batalla estaban separadas una de otra como el cielo de la tierra. Kautsky puso en evidencia los errores teóricos y prácticos de Bernstein, pero desconfiaba, con una prudencia inconsciente, de remover el fondo del problema. Calificaba, sin embargo, a la teoría de Bernstein en su conjunto de “desviación teórica”, que no podía ni debía analizarse más que dentro del partido. Rosa Luxemburg demostró, con una lógica decisiva y despiadada, que había que elegir. Había que elegir entre seguir siendo o dejar de ser socialista. Aquel que, como Bernstein, enseña que en el capitalismo la capacidad de adaptación aumenta cada vez más, paralelamente al desarrollo de la sociedad; y que, por consiguiente, la posibilidad de crisis económicas —si es que llegan a estallar—, así como su intensidad y su significación, decae cada vez más; aquel que pretende que la clase obrera no tiene posibilidad de tomar en sus manos el poder organizativo de la producción como no sea por medio de la lucha sindical y sin revolución; aquel que dice que la sociedad “se fusiona” pacíficamente con el socialismo, ése ha dejado de ser socialista, y ha abandonado el terreno teórico del socialismo revolucionario.

Rosa libró esta batalla todavía —en apariencia— junto a Kautsky y a otros; éstos criticaban “su tono” y no se identificaban con “sus exageraciones”, pero, “en el fondo”, según decían, estaban de acuerdo con ella. En efecto, la toma de posición oficial del partido significaba la condena del oportunismo abierto de Bernstein y otros. Pero aquello que Bernstein y otros perdían ahí, lo ganaban en la práctica. En vano declaraba el partido alemán que estaba en las posiciones del marxismo revolucionario. En la práctica, cuanto más se acercaba la crisis final del capitalismo, tanto más él se aproximaba a la posición de Bernstein, tanto más oportunista se hacía.

Contra este oportunismo, Rosa Luxemburg dio batalla en todos los terrenos —ahora ya sola, apoyada por unos pocos camaradas comprensivos y revolucionarios (Liebknecht, Mehring, Radek, Zetkin, etc.; algunos de ellos, como, por ejemplo, Pannekoek, no comprendían su toma de posición profunda). Al comienzo, Kautsky y los demás observaban los esfuerzos de Rosa Luxemburg con una objetividad “científica” elegante y “neutra”, y, luego, pasaron a serle abiertamente hostiles. El contenido de la principal obra de su vida (La acumulación del capital, publicada en 1913) es el análisis del imperialismo como etapa última y nueva del desarrollo capitalista; supone un retorno al verdadero método de Marx, y un intento de comprender, apoyándose en su espíritu, el problema de los nuevos tiempos, que los oportunistas, basándose en la letra de Marx, no podían ni querían comprender. El problema de la acumulación del capital es, en efecto, un problema vital del desarrollo capitalista. Acumular significa acrecentar la producción capitalista gracias a una parte de la ganancia producida anualmente. Esta parte es igual a aquella que queda si, de la ganancia global de un año de la clase capitalista, se resta la parte consumida en las necesidades propias de esta clase. Con este resto, amplía y desarrolla sus fábricas. La acumulación es, pues, una cuestión de valorización económica de la ganancia que supera el consumo capitalista. La cuestión está en: ¿Quién comprará estas mercancías producidas de un modo acelerado? Para todo obrero sensato, la teoría de Rosa Luxemburg resulta clara de inmediato: de la acumulación del capital se deriva necesariamente la tentativa del capital de extender el mercado de modo continuo e ininterrumpido. Dado que la capacidad de absorción del mercado interior es limitada, el capital se ve obligado a expandirse a escala internacional (de ahí el imperialismo). Pero como tarde o temprano tiene que llegarse a una situación en que todas las colonias y esferas de interés sean propiedad garantizada de determinados grupos de interés imperialistas-capitalistas, será inevitable el estallido de una batalla a vida o muerte entre estos grupos: la guerra mundial. La causa última de esta guerra está en el hecho de que todo grupo imperialista-capitalista quiere evitar la crisis definitiva a costa de otro; puesto que, para la producción capitalista creciente, no existe mercado lo bastante amplio. Dado que la guerra mundial no puede ser otra cosa que una tentativa de evitar la crisis final, y que no resuelve en absoluto la crisis en sí misma, sino que siembra los gérmenes de nuevas guerras mundiales, resulta que la guerra mundial es, necesariamente, la crisis última del capitalismo y que, por lo tanto, tiene que conducir a la revolución mundial.

En contra de esta determinación extremadamente clara, la “ciencia” del oportunismo dio una batalla tan encarnizada que no encontramos otra igual en toda la historia del pensamiento socialista. La flor y nata de la “ciencia” del oportunismo, con Otto Bauer y Hilferding a la cabeza, trató de demostrar, con argumentos, con burlas y con datos estadísticos, no tan sólo que Rosa Luxemburg se equivocaba, sino también que veía un problema allí donde no había ninguno. El problema de la acumulación del capital, según ellos, no es tal problema: el capital crea por sí mismo su propio mercado. El imperialismo es un “fenómeno efímero”, las crisis tienen un carácter “transitorio”, y, por lo tanto, el capitalismo —desde el punto de vista económico— puede incluso ser eterno. Por lo menos, es seguro que no será él mismo el que cave su propia fosa a través de su desarrollo ilimitado y técnico.

Toda teoría de la lucha de clases tiene a su práctica por criterio verdadero. Así como los oportunistas, durante largos años, no quisieron reconocer la existencia del imperialismo y la necesaria aproximación de la guerra mundial consecuente a él, del mismo modo, cuando estalló la guerra mundial, no quisieron tampoco ver en ella el desencadenamiento de la crisis mundial, y aún menos extraer consecuencias relativas a su acción. Igual que en el caso del imperialismo, tomaron la guerra por un episodio, de tal carácter que, con la desaparición de éste, volvería una vez más la situación “normal”: el tiempo de la lucha sindical, de las elecciones parlamentarias, de los congresos internacionales. Evidentemente, en estas condiciones, la Internacional de los oportunistas se hundió. Cosa que, por lo demás, ellos consideraron como un episodio. “La Internacional es un medio de paz, no de guerra”, decía el más sensato de ellos, Kautsky.

La lucha teórica y práctica de Rosa Luxemburg contra los oportunistas cosechaba en este terreno sus más difíciles y brillantes victorias. Pese a que se pasó en la cárcel la mayor parte de la guerra, fue ella la que, junto con Mehring, Liebknecht y Jogiches organizó la lucha ilegal contra la guerra. Crearon, con Mehring, la revista Internacional, y, más tarde, al ampliarse el grupo, publicaron ilegalmente las célebres cartas de Espartaco, y crearon la Liga de Espartaco. Ella fue la que, durante los primeros días, condujo a Liebknecht, que dudaba, por el buen camino; fue gracias a su clarividencia teórica que las dudas del más grande de los héroes de la lucha contra la guerra no duraron más que unos pocos días. Ella fue la que sentó las bases teóricas de toda la lucha. En su magnífico folleto titulado La crisis de la socialdemocracia, esboza una vez más un cuadro grandioso del desarrollo del imperialismo, de la significación histórica y mundial de la guerra, de la tarea del proletariado respecto a su propia misión; tarea que la socialdemocracia no había podido ni querido cumplir. Y exigió la creación de un arma necesaria para la lucha del proletariado contra el capitalismo mundial: la formación de una Internacional nueva y revolucionaria.

Porque Rosa Luxemburg no olvidó nunca la práctica al lado de la teoría. Para ella, la más profunda y cierta de las teorías tan sólo era válida en la medida en que mostraba una nueva vía para la acción del proletariado, del mismo modo que la crítica no fue para ella más que un medio para el descubrimiento de medios de lucha positivos. Rosa Luxemburg observaba la aproximación de la revolución mundial con la misma clarividencia profética que el próximo peligro de la guerra mundial. La revolución rusa de 1905-1907 despertó por un momento a la socialdemocracia europea de la pereza teórica. Bajo la influencia de la revolución rusa, incluso Kautsky y los demás creyeron que había llegado la época de la revolución, y tomaron por objeto de análisis el medio de lucha que se había manifestado allí, por primera vez y de modo brillante: la huelga de masas.

Sin embargo, entonces, como toda teoría oportunista abierta o enmascarada, ésta partió de bases falsas, llegando a resultados igualmente falsos y a la inacción. También ahí descubrió de modo decisivo la falsedad del punto de partida. Las dos corrientes oportunistas polemizaban en tomo a si era correcto (y cuándo lo era) utilizar la huelga de masas como medio de lucha. Rosa Luxemburg, en cambio, constató que la cuestión estaba incorrectamente planteada. Ya que no se trata de si se quiere o no, o para cuándo se quiere, la huelga de masas (en último análisis, la revolución), sino de qué posición adoptar ante la huelga de masas, que se desarrolla necesariamente como consecuencia del desarrollo económico: ¿Cómo conduciremos esta huelga de masas en la dirección de la revolución proletaria?

Con esta concepción, cambia radicalmente la posición relativa al problema de la organización. De acuerdo con la vieja concepción de la socialdemocracia, la organización es una premisa de la revolución: tan sólo se puede pensar en la revolución cuando la clase obrera está ya organizada de tal modo que puede realizarla con éxito. En contra de esta toma de posición, es totalmente correcta la crítica de Engels de la teoría anarquista de la huelga, según la cual o bien las coyunturas políticas no permiten la evolución de la organización perfecta, y entonces la huelga general es imposible, o bien sí la permiten, y entonces el poder del proletariado es ya tal que la huelga general es ya inútil. Rosa Luxemburg rompe, ante todo, con el concepto estricto y mecánico de la huelga general, de acuerdo con el cual ésta es una acción momentánea, bien preparada y putschista, cuyo objeto es la toma voluntaria del poder político o el de alcanzar otro objetivo político cualquiera. Demuestra, con abundante documentación histórica, que la huelga general es un proceso. La huelga no es un medio de la revolución, sino que es la revolución misma. No es la simple utilización del poder económico de la clase obrera para lograr determinados objetivos políticos, sino que la huelga general es la unidad indivisible de la lucha económica y política. Los movimientos de reivindicaciones salariales se convierten inevitablemente en luchas políticas. Además, las épocas revolucionarias se caracterizan precisamente por esta unidad indivisible. Por consiguiente, la organización no es una premisa (una condición), sino la consecuencia de la huelga general, y, por lo tanto, de la revolución. La consigna del Manifiesto comunista según la cual el proletariado se organiza como clase por la revolución ha sido claramente confirmada por la revolución rusa. Y con mayor razón cuanto que el proletariado como clase está lejos de ser idéntico a esas capas de la aristocracia obrera cuya organización es el único, o, mejor dicho, el principal objetivo del oportunismo. En cada país —y no tan sólo en la Rusia “atrasada”— hay amplias capas del proletariado (respecto a Alemania, Luxemburg enumera a los mineros, los obreros del textil, los obreros del campo) cuya organización no es posible más que por la revolución, por una vía revolucionaria. Y entonces esas capas “atrasadas”, infinitamente explotadas —precisamente porque no tienen por perder más que sus cadenas— se convierten, en la revolución, en combatientes, tan dignos de confianza, al menos, como los antiguos miembros de los sindicatos.

De este modo, puede verse bajo una nueva luz el papel del partido en la revolución. Rosa Luxemburg rechaza la toma de posición según la cual el papel del partido consiste en “hacer” la revolución, y que es idéntica en los oportunistas y en los putschistas, con un objetivo distinto, por lo menos. No por describir la huelga general revolucionaria como una explosión elemental que resulta del desarrollo económico viene a negar la significación del partido. Al contrario. Fue ella la primera —exceptuando a los rusos— en descubrir y situar en su lugar correcto el verdadero papel del partido en la revolución: la dirección de los movimientos de masas desarrollados espontáneamente.

Con este descubrimiento, Rosa Luxemburg regresa a la fuente inicial de la ciencia de la lucha de clases, ocultada durante tanto tiempo por la falsa ciencia del oportunismo: Marx. Marx define claramente, ya a comienzos de los años cincuenta, lo esencial de la revolución proletaria, en oposición a la revolución burguesa. Y entonces Rosa Luxemburg, su discípula autónoma, genial y fiel, le sigue en esta definición: la revolución proletaria no puede terminar con la toma del poder de estado, momentánea y lograda, sino que es un proceso largo y doloroso, lleno de altibajos. En contra de las preocupaciones oportunistas en cuanto a que la revolución proletaria llegue demasiado pronto y no encuentre “maduras” ni las condiciones económicas ni las del proletariado, Rosa Luxemburg demuestra, ya en los años noventa, que la revolución no puede llegar demasiado pronto, puesto que la simple existencia de las fuerzas revolucionarias del proletariado es ya consecuencia de la maduración de las condiciones económicas. Desde el punto de vista de la conservación del poder, en cambio, la revolución llega y tiene que llegar demasiado pronto. Y ello porque la madurez revolucionaria no puede adquirirla el proletariado más que por la acción revolucionaria, más que en la revolución misma.

Rosa Luxemburg, la fanática de la revolución, era una revolucionaria de mirada fanáticamente clara, liberada de toda ilusión. Cuando en noviembre de 1918 se abrieron ante ella las puertas de la cárcel, cuando las masas rebeladas empezaron a organizarse bajo la bandera de Espartaco, Rosa Luxemburg no sobrestimó en ningún momento la evolución de la revolución alemana. Sabía perfectamente que las grandes masas del proletariado alemán no estaban verdaderamente revolucionarizadas, que la revolución política (burguesa) empieza apenas a transformarse en revolución económica (proletaria). Sabía perfectamente que la insurrección de enero provocada por Noske tenía que terminar en un fracaso, y que aquel enfrentamiento representaba tan sólo una batalla preparatoria para la revolución alemana. En el momento en que los proletarios conscientes entraron en lucha, Rosa Luxemburg tenía perfecta conciencia de que la lucha no tenía salida, pero sabía conscientemente que la victoria final se acercaba; y cayó bajo los golpes de los mercenarios de Noske como mártir y heroína verdadera.

Fuente: https://www.elviejotopo.com/topoexpress/prefacio-a-huelga-de-masas-partido-y-sindicatos/

Pandemia y colapso civilizatorio

por Raúl Zibechi

En sus efectos y consecuencias, la pandemia es la gran guerra de nuestros días. Como sucedió con las dos conflagraciones del siglo XX o con la peste negra del siglo XIV, la pandemia es el cierre de un periodo de nuestra historia que, resumiendo, podemos denominar como el de la civilización moderna, occidental y capitalista, que abarca todo el planeta.

La globalización neoliberal ha encarnado el cénit y el comienzo de la decadencia de esta civilización. Las pandemias, como las guerras, no suceden en cualquier periodo, sino en la fase terminal de lo que el profesor de historia económica Stephen Davies (de la Universidad Metropolitana de Manchester) define como una ecúmene, una parte del mundo que tiene «una economía integrada y una división del trabajo, unidas y producidas por el comercio y el intercambio» (https://bit.ly/2y1spAg).

Las pandemias se verifican, en su análisis, cuando un periodo de «creciente integración económica y comercial sobre gran parte de la superficie del planeta» llega a su fin. Son posibles por dos fenómenos complementarios: un elevado movimiento humano y un incremento de la urbanización, potenciadas por un modo de vida al que llamamos globalización y por «la cría intensiva de ganado».

En rigor, la pandemia acelera tendencias prexistentes. Son básicamente tres: la interrupción de la integración económica; debilitamiento político que provoca crisis de las clases dominantes; y profundas mutaciones sicológicas y culturales. Las tres se están acelerando hasta desembocar en la desarticulación del sistema-mundo capitalista, en el que está anclada nuestra civilización.

La primera se manifiesta en la interrupción de las cadenas de suministro de larga distancia, que conducen a la desglobalización y la multiplicación de emprendimientos locales y regionales.

América Latina está en pésimas condiciones para encarar este desafío, toda vez que sus economías están completamente volcadas hacia el mercado global. Nuestros países compiten entre sí para colocar los mismos productos en los mismos mercados, al revés de lo que sucede en Europa, por ejemplo. La estrechez de los mercados internos juega en contra, mientras el poder del uno por ciento tiende a dificultar la salida de este modelo neoliberal extractivo.

En segundo lugar, las pandemias, dice Davies, suelen «debilitar la legitimidad de los estados y de los gobiernos», mientras se multiplican las rebeliones populares. Las pandemias afectan sobre todo a las grandes ciudades, que conforman el núcleo del sistema, como es el caso de Nueva York y Milán. Las clases dominantes habitan las metrópolis y tienen una edad superior a la media, por lo que serán también afectadas por las epidemias, como puede observarse ahora.

Pero las pandemias suelen, también, arrasar con buena parte de la riqueza de las élites. Al igual que las guerras, las grandes catástrofes «producen una gran reducción de la desigualdad». Así sucedió con la peste negra y con las guerras del siglo XX.

El tercer punto de Davies, los cambios culturales y sicológicos, son tan evidentes que nadie debería ignorarlos: el activismo de las mujeres y de los pueblos originarios, con la tremenda crisis que han producido en el patriarcado y el colonialismo, son el aspecto central del colapso de nuestra civilización estadocéntrica.

El líder kurdo Abdullah Öcalan, en el segundo volumen de la monumental obra de su defensa ante la Corte Europea de Derechos Humanos, contrapone la «civilización estatal» con la «civilización democrática», y concluye que ambas no pueden coexistir*.

Para Öcalan, el Estado «se formó en base a un sistema jerárquico sobre la domesticación de la mujer» (p. 451). Con el tiempo, el Estado se convirtió en el núcleo de la civilización estatal, existiendo una «estricta relación entre guerra, violencia, civilización, Estado y justicia-Derecho» (p. 453).

Por el contrario, la civilización democrática se diferencia de la estatal, en que busca satisfacer al conjunto de la sociedad por medio de la «gestión común de los asuntos comunes» (p. 455). Su base material y su genealogía deben buscarse en las formas sociales previas al Estado y en aquellas que, luego de su aparición, quedaron al margen del Estado.

«Cuando las comunidades alcancen la capacidad de decidir y actuar sobre los asuntos que les conciernen, entonces se podrá hablar de sociedad democrática», escribe Öcalan.

Ese tipo de sociedades ya existen. Conforman los modos de vida en los que podemos inspirarnos para construir las arcas que nos permitan sobrevivir en la tormenta sistémica, que ahora se presenta en forma de pandemia, pero que en el futuro se combinará con caos climático, guerras entre potencias y contra los pueblos.

Conozco algunas sociedades democráticas, sobre todo en nuestro continente. La mayor y más desarrollada cuenta ya con 12 caracoles de resistencia y rebeldía donde construyen mundos nuevos.

* La civilización capitalista. La era de los dioses sin máscara y los reyes desnudos, Caracas, 2017.

* La civilización capitalista. La era de los dioses sin máscara y los reyes desnudos, Caracas, 2017.

Más allá del colapso: tres meditaciones sobre las condiciones resultantes posibles

Por Franco “Bifo” Berardi

De repente, lo que hemos estado pensando durante los últimos cincuenta años tiene que ser repensado desde cero. Gracias a Dios (¿es Dios un virus?) que tenemos una gran cantidad de tiempo extra ahora porque las viejas empresas están hoy fuera de juego.

Voy a decir algo sobre tres temas distintos. Uno: el fin de la historia humana, que se desarrolla claramente ante nuestros ojos. Dos: la emancipación en curso del capitalismo, y/ o el peligro inminente del tecno-totalitarismo. Tres: el regreso de la muerte (por fin) a la escena del discurso filosófico, después de su larga negación moderna, y la revitalización del cuerpo como disipación.

1.-Bichos

La filósofa que mejor anticipó el apocalipsis viral en curso es Donna Haraway. En Seguir con el problema, ella sugiere que el agente de la evolución ya no es el Hombre, sujeto de la historia.

El humano está perdiendo su centralidad en este proceso caótico, y no debemos desesperarnos por esto, como hacen los nostálgicos del humanismo moderno. Al mismo tiempo, no deberíamos buscar consuelo en los delirios de un tecno-arreglo, como lo hacen los tecno-maníacos transhumanistas contemporáneos.

La historia humana ha terminado, y los nuevos agentes de la historia son los ‘bichos’ [critters], en la jerga de Haraway. La palabra ‘bicho’ refiere a pequeñas criaturas, criaturas pequeñas y juguetonas que hacen cosas extrañas, como provocar mutaciones.

Bien: los virus. Burroughs habla de los virus como agentes de mutación: mutación biológica, cultural, lingüística.

Los bichos s no existen como individuos. Se propagan colectivamente, como un proceso de proliferación.

El año 2020 debería ser visto como el año en que la historia humana se disolvió, no porque los seres humanos desaparezcan del planeta Tierra, sino porque el planeta Tierra, cansado de su arrogancia, lanzó una microcampaña para destruir su Will zur Macht.

La Tierra se está rebelando contra el mundo, y los agentes del planeta Tierra son inundaciones, incendios y, sobre todo, bichos.

Por lo tanto, el agente de la evolución ya no es el ser humano consciente, agresivo y de voluntad fuerte, sino la materia molecular, los microflujos de criaturas incontrolables que invaden el espacio de producción y el espacio del discurso, reemplazando la historia por la herstoria, la época en que la Razón teleológica es reemplazada por la Sensibilidad y el devenir sensual y caótico.

El humanismo se basó en la libertad ontológica que los filósofos italianos del Renacimiento temprano identificaron con la ausencia de determinismo teológico. El determinismo teológico ha terminado y el virus ha tomado el lugar de un dios teleológico.

El fin de la subjetividad como motor del proceso histórico implica el fin de lo que hemos llamado “Historia” con h mayúscula, e implica el comienzo de un proceso en el que la teleología consciente es reemplazada por múltiples estrategias de proliferación.

La proliferación, la diseminación de los procesos moleculares, reemplaza la historia como macroproyecto.

El pensamiento, el arte y la política ya no deben verse como proyectos de totalización (Totalizierung, en el sentido de Hegel), sino como procesos de proliferación sin totalidad.

2.-El uso, lo útil

Después de cuarenta años de aceleración neoliberal, la carrera del capitalismo financiero se detuvo de repente. Uno, dos, tres meses de bloqueo global, una larga interrupción del proceso de producción y de la circulación global de personas y bienes, un largo período de aislamiento, la tragedia de la pandemia … todo esto va a quebrar la dinámica capitalista en un manera que puede ser irremediable, irreversible. Los poderes que administran el capital global a nivel político y financiero están tratando desesperadamente de salvar la economía, inyectando enormes cantidades de dinero en ella. Miles de millones, miles de millones … cifras, números que ahora tienden a significar: cero.

De repente, el dinero no significa nada, o muy poco.

¿Por qué le están dando dinero a un cadáver? ¿Puedes revivir el cuerpo de la economía global inyectando dinero en él? No puedes. El punto es que tanto el lado de la oferta como el de la demanda son inmunes al estímulo monetario, porque la caída no ocurre por razones financieras (como en 2008), sino por el colapso de los cuerpos, y los cuerpos no tienen nada que ver con el estímulo financiero.

Estamos pasando el umbral que lleva más allá del ciclo de labor-dinero-consumo.

Cuando, un día, el cuerpo salga del confinamiento de la cuarentena, el problema no será reequilibrar la relación entre tiempo, labor y dinero, reequilibrar la deuda y el reembolso. La Unión Europea se ha fracturado y debilitado por su obsesión con la deuda y el equilibrio, pero la gente está muriendo, los hospitales se están quedando sin ventiladores y los médicos están abrumados por la fatiga, la ansiedad y el miedo a las infecciones. En este momento esto no se puede cambiar con dinero, porque el dinero no es el problema. El problema es: ¿cuáles son nuestras necesidades concretas? ¿Qué es útil para la vida humana, para la colectividad, para la terapia?

El valor de uso, expulsado por mucho tiempo del campo de la economía, ha vuelto, y lo útil ahora es el rey.

El dinero no puede comprar la vacuna que no tenemos, no puede comprar las máscaras protectoras que no se han producido, no puede comprar los departamentos de cuidados intensivos que han sido destruidos por la reforma neoliberal del sistema de salud de Europa. No, el dinero no puede comprar lo que no existe. Solo el conocimiento, solo el trabajo inteligente puede comprar lo que no existe.

Así el dinero es impotente ahora. Solo la solidaridad social y la inteligencia científica están vivas, y pueden volverse políticamente poderosas. Por eso creo que al final de la cuarentena global, no volveremos a la normalidad. Lo normal nunca volverá. Lo que sucederá después aún no se ha determinado, y no es predecible.

Nos enfrentamos a dos alternativas políticas: un sistema tecno-totalitario que relanzará la economía capitalista mediante la violencia, o la liberación de la actividad humana de la abstracción capitalista y la creación de una sociedad molecular basada en el uso.

El gobierno chino ya está experimentando a gran escala con el capitalismo tecno-totalitario. Esta solución tecno-totalitaria, anticipada por la abolición provisional de la libertad individual, puede convertirse en el sistema dominante del tiempo venidero, como Agamben ha señalado correctamente en sus recientes y controvertidos textos.

Pero lo que dice Agamben es solo una descripción obvia de la emergencia actual y del futuro probable. Quiero ir más allá de lo probable, porque lo posible es más interesante para mí. Y lo posible está contenido en la ruptura de la abstracción y en el dramático retorno del cuerpo concreto como portador de necesidades concretas.

Aquello con alto valor de uso está de vuelta en el campo social. El uso, olvidado y negado por el proceso capitalista de valorización abstracta, es ahora el rey de la escena.

El cielo está despejado en estos días de cuarentena, la atmósfera está libre de partículas contaminantes, ya que las fábricas están cerradas y los automóviles no pueden circular. ¿Volveremos a la economía extractiva contaminante? ¿Volveremos al frenesí normal de destrucción por acumulación y de aceleración inútil por el valor de cambio? No, debemos avanzar hacia la creación de una sociedad basada en la producción de lo útil.

¿Qué necesitamos ahora? Ahora, en el momento inmediato, necesitamos una vacuna contra la enfermedad, necesitamos máscaras protectoras y necesitamos equipos de cuidados intensivos. Y a la larga necesitamos comida, necesitamos afecto y placer. Y una nueva cultura de ternura, solidaridad y frugalidad.

Lo que queda del poder capitalista intentará imponer un sistema de control tecno-totalitario en la sociedad, esto es obvio. Pero la alternativa está aquí ahora: una sociedad libre de las compulsiones de acumulación y crecimiento económico.

3.-Placer

El tercer punto sobre el que me gustaría reflexionar es el retorno de la mortalidad como la característica definitoria de la vida humana. El capitalismo ha sido un intento fantástico de superar la muerte. La acumulación es el Ersatz que reemplaza la muerte con la abstracción del valor, la continuidad artificial de la vida en el mercado.

El cambio de la producción industrial al trabajo de información, el cambio de la conjunción a la conexión en la esfera de la comunicación, es el punto final de la carrera hacia la abstracción, que es el hilo principal de la evolución capitalista.

En una pandemia, la conjunción está prohibida: quédese en casa, no visite a amigos, mantenga su distancia, no toque a nadie. Es inevitable una enorme expansión del tiempo que se pasa en línea, y todas las relaciones sociales (trabajo, producción, educación) se han desplazado a esta esfera que prohíbe la conjunción. El intercambio social offline ya no es posible. ¿Qué pasará después de semanas y meses de esto?

Tal vez, como predice Agamben, ingresaremos al infierno totalitario de un estilo de vida plenamente conectado. Pero un escenario diferente es posible.

¿Y qué si la sobrecarga de la conexión rompe el hechizo? Cuando la pandemia finalmente se disipe (suponiendo que lo haga), es posible que se haya impuesto una nueva identificación psicológica: online equivale a enfermedad. Tenemos también que imaginar y crear un movimiento de caricias que obligue a los jóvenes a apagar sus pantallas conectivas como recordatorios de un momento solitario y temeroso. Esto no significa que debamos volver a la fatiga física del capitalismo industrial; más bien significa que debemos aprovechar la riqueza del tiempo que la automatización emancipa del trabajo físico, y dedicar nuestro tiempo al placer físico y mental.

La propagación masiva de la muerte que estamos presenciando en esta pandemia puede reactivar nuestro sentido del tiempo como disfrute, en lugar de como un aplazamiento de la alegría.

Al final de la pandemia, al final del largo período de aislamiento, la gente simplemente puede continuar hundiéndose en la nada eterna de la conexión virtual, del distanciamiento y la integración tecno-totalitaria. Esto es posible, incluso probable. Pero no deberíamos estar limitados por lo probable. Deberíamos descubrir la posibilidad oculta en el presente.

Puede ser que después de meses de constante conectividad en línea, las personas salgan de sus casas y apartamentos en busca de conjunción. Puede surgir un movimiento de solidaridad y ternura que lleve a las personas hacia una emancipación de la dictadura conectiva.

La muerte está de vuelta en el centro del paisaje: la mortalidad negada desde hace mucho tiempo, la misma que hace que los humanos estén vivos.


Publicado originalmente como “Beyond the Breakdown: Three Meditations on a Possible Aftermath” en E-flux.

Fuente: Calderon094

 

Vigilar y Castigar

POR MICHEL FOUCAULT

Según una orden publicada a fines del siglo XVII, estas fueron las medidas a tomar cuando la peste apareció en una ciudad:

Primero, una separación espacial estricta: el cierre de la ciudad y sus distritos periféricos, la prohibición de abandonar la ciudad bajo pena de muerte, la matanza de todos los animales callejeros; La división de la ciudad en barrios distintos, cada uno gobernado por un intendente. Cada calle se coloca bajo la autoridad de un síndico, que la mantiene bajo vigilancia; si deja su calle, será condenado a muerte. En el día señalado, a todos se les ordena permanecer en el interior de las viviendas: está prohibido salir bajo pena de muerte. El síndico en persona viene a cerrar la puerta de cada casa desde afuera; se lleva la llave y se la entrega al intendente del barrio; el intendente lo guarda hasta el final de la cuarentena. Cada familia habrá hecho sus propias provisiones; pero, para el pan y el vino, se instalan pequeños canales de madera entre la calle y el interior de las casas, permitiendo así que cada persona reciba su ración sin comunicarse con los proveedores y otros residentes; carne, pescado y hierbas serán subidos a las casas con poleas y cestas. Si es absolutamente necesario salir de la casa, se hará de a uno por vez, evitando cualquier reunión. Solo los intendentes, síndicos y guardias se moverán por las calles y también, entre las casas infectadas, de un cadáver a otro, los «cuervos», a quienes puede dejarse morir: estas son «personas de poca sustancia que trasladan a los enfermos, entierran a los muertos, limpian y desempeñan muchas tareas viles y abyectas”. Es un espacio segmentado, inmóvil, congelado. Cada individuo está fijo en su lugar. Y, si se mueve, lo hace a riesgo de su vida, contagio o castigo.

La inspección funciona sin cesar. La mirada está alerta en todas partes: «Un cuerpo considerable de milicianos, comandados por buenos oficiales y hombres acaudalados», montan guardia en las puertas, en el ayuntamiento y en cada barrio para garantizar la pronta obediencia de la gente y el acatamiento más absoluto a los magistrados, «como también para observar todo desorden, robo y extorsión». En cada una de las puertas de la ciudad habrá un puesto de observación; al final de cada calle, los centinelas. Todos los días, el intendente visita el barrio a su cargo, pregunta si los síndicos han llevado a cabo sus tareas, si los habitantes tienen algo de qué quejarse; ellos «observan sus acciones». Todos los días, también, el síndico sale a la calle de la que es responsable; se detiene frente a cada casa: hace que todos los habitantes salgan a las ventanas (a los que viven con vistas al patio se les asignará una ventana que da a la calle en la que nadie más que ellos puedn mostrarse); él llama a cada uno por su nombre; se informa sobre el estado de todos y cada uno de los habitantes, que “están obligados a decir la verdad bajo pena de muerte».

Si alguien no aparece en la ventana, el síndico debe preguntar por qué: «De esta manera descubrirá con facilidad si se ocultan muertos o enfermos». Todos encerrados en su jaula, todos en su ventana, respondiendo a su nombre y mostrándose cuando se les preguntó: es la gran revista de los vivos y los muertos.

Esta vigilancia se basa en un sistema de registro permanente: informes de los síndicos a los intendentes, de los intendentes a los magistrados o alcaldes. Al comienzo del «encierro», se establece el papel de cada uno de los habitantes presentes en la ciudad, uno por uno. Este documento contiene «el nombre, la edad y el sexo de cada uno, cualquiera sea su condición». Se envía una copia al intendente del barrio, otra a la oficina del ayuntamiento, otra para que el síndico pueda pasar lista. Todo lo que se puede observar durante el curso de las visitas (muertes, enfermedades, quejas, irregularidades) se anota y se transmite a los intendentes y magistrados. Los magistrados tienen control completo sobre el tratamiento médico; han nombrado un médico a cargo; ningún otro practicante puede atender, ningún boticario prepara medicamentos, ningún confesor visita a una persona enferma sin haber recibido de él una nota escrita «para evitar que alguien oculte y trate con aquellos enfermo, desconocidos para los magistrados». El registro de lo patológico debe estar constantemente centralizado. La relación de cada individuo con su enfermedad y con su muerte pasa por los representantes del poder, el registro que llevan, las decisiones que toman.

Cinco o seis días después del comienzo de la cuarentena, se inicia el proceso de purificación de las casas una por una. Todos los habitantes están obligados a irse; en cada habitación, «los muebles y los bienes» se levantan del suelo o se suspenden en el aire; se vierte láudano en la habitación. Después de sellar cuidadosamente con cera ventanas, puertas e incluso cerraduras, el láudano se enciende. Finalmente, se cierra el laúdano se consume y la casa se cierra; los que han realizado el trabajo son registrados, igual que lo fueron al entrar, «en presencia de los residentes de la casa, para ver que no se llevaban algo que no tenían al entrar». Cuatro horas después, los residentes pueden regresar a sus hogares.

Este espacio cerrado y segmentado, observado en cada punto, en el que los individuos se insertan en un lugar fijo, en el que se supervisan los movimientos más leves, se registran todos los eventos, en los que un trabajo ininterrumpido de escritura vincula el centro y la periferia , en el que el poder se ejerce sin división, de acuerdo con una figura jerárquica continua, en la que cada individuo se ubica, examina y distribuye constantemente entre los vivos, los enfermos y los muertos; todo esto constituye un compacto mecanismo disciplinario. La peste se enfrenta con orden; su función es resolver cada posible confusión: la de la enfermedad, que se transmite cuando los cuerpos se mezclan; la del mal, que aumenta cuando el miedo y la muerte superan las prohibiciones. Establece para cada individuo su lugar, su cuerpo, su enfermedad y su muerte, su bienestar, por medio de un poder omnipresente y omnisciente que se subdivide de manera regular e ininterrumpida incluso para la determinación final del individuo, de lo que lo caracteriza, lo que le pertenece, lo que le sucede.

Contra la peste, que es una mezcla, la disciplina pone en juego su poder de análisis. Toda una ficción literaria creció en torno a la peste: leyes suspendidas, prohibiciones levantadas, el frenesí del paso del tiempo, cuerpos relacionándose sin sentido, individuos desenmascarados, abandonando su identidad legal y la figura bajo la cual eran reconocidos, permitiendo aparecer un verdad muy diferente. Pero también había un sueño político de la peste, que era exactamente lo contrario: no el festival colectivo, sino las divisiones estrictas; no la transgresión de las leyes, sino la regulación hasta en los menores detalles de la vida cotidiana a través de la mediación de toda la jerarquía que aseguraba el funcionamiento capilar del poder; no máscaras que fueron puestas y quitadas, sino la asignación a cada individuo de su nombre «verdadero», su lugar «verdadero», su cuerpo «verdadero», su enfermedad «verdadera». La peste como forma, a la vez real e imaginaria, del desorden, tenía su correlativa disciplina médica y política. Detrás de los mecanismos disciplinarios se puede leer la memoria inquietante de «contagios», de la peste, de rebeliones, crímenes, vagabundeo, deserciones, de personas que aparecen, desaparecen, viven y mueren en desorden.

Es cierto que el leproso dio lugar a rituales de exclusión, que en cierta medida proporcionaron el modelo y la forma general del gran Confinamiento, pero la peste dio lugar a proyectos disciplinarios. En lugar de la división masiva y binaria entre un grupo de personas y otro, exigía separaciones múltiples, distribuciones individualizadas, una organización en profundidad de vigilancia y control, una intensificación y una ramificación del poder.

El leproso quedó atrapado en una práctica de rechazo, de encierro en el exilio; fue abandonado en una masa indiferenciada; los enfermos de la peste se vieron atrapados en una minuciosa división táctica en la que las diferenciaciones individuales eran los efectos restrictivos de un poder que se multiplicaba, articulaba y subdividía. El gran confinamiento por un lado; el entrenamiento correcto en el otro.

El leproso y su separación; la peste y sus segmentaciones. El primero está marcado; el segundo analizado y distribuido. El exilio del leproso y la detención de la peste no traen consigo el mismo sueño político. El primero es el de una comunidad pura, el segundo el de una sociedad disciplinada. Dos formas de ejercer poder sobre los hombres, de controlar sus relaciones, de separar sus mezclas peligrosas. La ciudad afectada por la peste, atravesada por jerarquía, vigilancia, observación, escritura; la ciudad inmovilizada por el funcionamiento de un poder extenso que se aplica de manera distinta a todos los cuerpos individuales: esta es la utopía de la ciudad perfectamente gobernada. La peste (prevista como una posibilidad al menos) es el juicio en el cual se puede definir idealmente el ejercicio del poder disciplinario. Para que los derechos y las leyes funcionen de acuerdo con la teoría pura, los juristas se colocan imaginariamente en el estado de naturaleza. Para ver el funcionamiento perfecto de las disciplinas, los gobernantes soñaban con la peste. Proyectos disciplinarios subyacentes, la imagen de la peste representa todas las formas de confusión y desorden; así como la imagen del leproso, separada de todo contacto humano, subyace en proyectos de exclusión.