Una guerra vieja que sigue matando

La vuelta a las armas de las FARC disidentes.
Por Decio Machado

 

Con los acuerdos de paz de 2016 incumplidos por el gobierno y el exterminio de líderes sociales en ascenso, Colombia no logra cerrar la fase final de un conflicto que la mayoría de su población quiere dejar atrás. Aunque la casi totalidad de la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc) permanece desmovilizada, un puñado de dirigentes de rango medio encabezados por Iván Márquez anunció la última semana su vuelta a la lucha armada, en lo que parece una salida individual para algunos de ellos, apremiados por la justicia.

En junio de 2016 el entonces aún presidente de Colombia Juan Manuel Santos indicaría en el Foro Económico Mundial realizado en la ciudad de Medellín: “Tenemos información amplísima de que ellos (las Farc) están preparados para volver a la guerra y la guerra urbana, que es más demoledora que la guerra rural”. Eran los momentos previos al plebiscito por los acuerdos de paz que se realizaron el 2 de octubre de ese mismo año y en el que el No se impondría por medio punto porcentual sobre los partidarios de terminar con la guerra.

Tras la victoria uribista en aquella consulta popular que puso en vilo estos acuerdos alcanzados entre el gobierno de Santos y el mayor de los grupos insurgentes levantado en armas desde 1964, la primera reacción de las Farc fue la aparición en La Habana de sus dos principales dirigentes, Rodrigo Londoño –alias Timochenko– e Iván Márquez, quienes indicaron: “Las Farc mantienen su voluntad de paz y reiteran su disposición de usar solamente la palabra como arma de construcción hacia el futuro”. Tres años después de aquellos episodios, el pasado 30 de agosto, varios comandantes acompañados por una veintena de disidentes de la guerrilla desmovilizada hacían despertar a Colombia con un video emitido en la madrugada que confirmaba las sospechas de muchos durante los últimos meses: un sector de las Farc vuelve a la guerra.

En el centro del video, Iván Márquez, tras de él, un cartel de fondo que dice “Mientras haya voluntad de lucha, habrá esperanza de vencer”, y a su alrededor otros comandantes de rango medio, como Jesús Santrich, Aldinever Morantes, Iván Merchán –alias Iván el Loco–, Henry Castellanos –alias Romaña–, Enrique Marulanda y Hernán Darío Velásquez –alias el Paisa–. Márquez, con pistola al cinto y leyendo un largo y grandilocuente comunicado en el que se marca una línea de tiempo desde Simón Bolívar hasta nuestros días, indica: “Anunciamos al mundo que ha comenzado la segunda Marquetalia (lugar de fundación de las Farc) bajo el amparo del derecho universal que asiste a todos los pueblos del mundo de levantarse en armas contra la opresión (…). Es la continuación de la lucha guerrillera en respuesta a la traición del Estado al acuerdo de paz de La Habana”.

UNA RUPTURA ANUNCIADA

La lentitud en su aplicación y el escaso cumplimiento de los acuerdos de paz firmados en la capital cubana han sido una constante durante todo este período posguerra. Las Farc enfocaron su negociación en la creación de lo que llaman “Territorios Campesinos”, zonas que serían territorios de propiedad de la colectividad manejados por líderes comunales. Sin embargo, hasta el momento, la reincorporación económica, social y política de los miles de militantes de la guerrilla fariana avanza extremadamente despacio. En paralelo, y según el Instituto Kroc, una de las instituciones encargadas de verificar el cumplimiento de lo acordado en La Habana, el acceso al uso de la tierra mediante la formalización masiva de pequeñas y medianas propiedades rurales no supera el 3 por ciento; los programas de desarrollo con enfoque territorial tienen una aplicación estimada del 9 por ciento; los planes nacionales para la reforma rural integral se han consolidado tan solo en un 4 por ciento, y los programas de sustitución de cultivos ilícitos con tratamiento penal diferencial llegan a no más de 12 por ciento.

En lo referente a la participación política, las Farc pactaron que, en 16 de las zonas más afectadas por el conflicto, el Estado crearía circunscripciones transitorias de paz donde regirían condiciones especiales. En la actualidad, la aplicación de la ley de garantías y promoción de la participación ciudadana para movimientos y organizaciones sociales se estima implementada en un 13 por ciento; la implementación de consejos territoriales para la reconciliación y la convivencia apenas llega al 17 por ciento; la formulación de planes de atención inmediata no supera el 10 por ciento, y la participación ciudadana a través de medios de comunicación comunitarios mediante la promoción de la democratización del uso del espectro electromagnético no se ha realizado.

Si a lo anterior se le suma las dramáticas cifras, validadas por la Defensoría del Pueblo, sobre los 480 líderes sociales y 150 guerrilleros desmovilizados que han sido asesinados desde enero de 2016 –momento del alto el fuego–, no queda otra que reconocer que Iván Márquez tiene razón a la hora de denunciar que en Colombia los acuerdos de paz están siendo incumplidos y que se repite un proceso similar al que ya ocurrió con la Unión Patriótica. Esa formación legal de izquierda, tras su fundación en 1985 por miembros desmovilizados de las Farc y el Partido Comunista de Colombia tras los acuerdos de paz negociados con el gobierno de Belisario Betancur, sufrió un proceso de exterminio que implicó el asesinato a manos de paramilitares y de fuerzas de seguridad de entre 3 mil y 5 mil de sus integrantes.

Ahora bien, viendo la composición de la comandancia disidente congregada en torno a Márquez, la vuelta a las armas de este reducto fariano –el 90 por ciento de los desmovilizados se mantiene, hasta el momento, fiel al acuerdo de paz– bien parecería una salida individual para algunos de sus protagonistas. Ese es, en primer lugar, el caso del propio Iván Márquez. Este comandante lleva enredado en las Farc cerca de medio siglo y en los años ochenta se sometió a los mencionados acuerdos de paz con Betancur, dejando las armas y siendo investido como congresista de la República. Tras el intento fallido de la Unión Patriótica por democratizar Colombia, Márquez volvería al monte y participaría en diferentes procesos de paz, y sería el jefe negociador en La Habana. Tras la muerte del comandante en jefe guerrillero Alfonso Cano, en 2011, disputó internamente su dirección frente a Rodrigo Londoño, Timochenko, y quedó definitivamente relegado al segundo puesto de la estructura de mando.

Pese a distinguirse dentro de la guerrilla como un líder más político que militar, Márquez tiene 73 procesos pendientes. Entre ellos, la masacre de La Chinita, en la que el 23 de enero de 1994 el V Frente de las Farc asesinó a 35 civiles durante una fiesta popular en Apartadó, en el Urabá antioqueño. En paralelo, el gobierno de Estados Unidos lo acusa de “establecer las políticas de las Farc”para “dirigir y controlar la producción, manufactura y distribución de cientos de toneladas de cocaína”. Según evolucionen esos procesos, en caso de detención podría ser extraditado.

Algo similar sucede con Jesús Santrich, quien protagonizara el más grande entuerto judicial pos acuerdos de paz. Por sus condiciones físicas y su pérdida de visión casi completa, su aporte a la guerrilla es más ideológico que militar, aunque fue impulsor de la radio clandestina de las Farc y dirigente del Bloque Caribe, subdivisión militar de la insurgencia que operaba en el norte del país. Tuvo un papel destacado como negociador en La Habana y fue detenido en abril de 2018, acusado de narcotráfico, de forma muy discutible y controvertida, por Estados Unidos. Consciente del riesgo de ser extraditado, pasó a la clandestinidad a comienzos de julio pasado y sobre él existe una orden de captura internacional (véase “Sin ánimo de cumplir”, Brecha, 26-VII-19).

Otros comandantes en discordia son Hernán Darío Velásquez, alias el Paisa, y Henry Castellanos, alias Romaña. El Paisa comandó durante más de dos décadas la principal fuerza de elite del grupo insurgente y fue uno de los hombres de confianza del Mono Jojoy, líder del Bloque Oriental de las Farc. Tiene una decena de condenas por homicidios y terrorismo, además de 27 condenas por secuestro. Se le acusa, entre otros, del asesinato en el año 2000 de quien fuera presidente de la Comisión de Paz de la Cámara de Representantes de Colombia y miembro del Partido Liberal, Diego Turbay Cote, y de su familia; del secuestro en 2002 de la ex congresista Gloria Polanco y sus hijos, cuyos esposo y padre fueron asesinados en 2005 tras no poder pagar el rescate; del secuestro y asesinato en 2009 del gobernador del departamento de Caquetá, Luis Francisco Cuéllar, o de atentados como el coche bomba en el club El Nogal, en 2003, en Bogotá, en el que fallecieron 36 personas y 200 quedaron heridas. En paralelo, Romaña tiene abiertos más de 70 procesos en su contra por delitos relacionados con secuestro, terrorismo, narcotráfico y homicidios.

Ni el Paisa ni Romaña apoyaron inicialmente el proceso de paz, y se incorporaron a las negaciones de La Habana cuando estaban ya bastante avanzadas. De igual manera y pese a los acuerdos establecidos en función de la justicia especial para la paz, ambos podrían terminar declarando en el Palacio de Justicia, según cómo evolucione cada uno de sus procesos judiciales.

LA VIABILIDAD DE LA VUELTA A LAS ARMAS 

Pese a que está todavía por verse la capacidad de convocatoria de Iván Márquez y su grupo entre los guerrilleros desmovilizados, pocos son en Colombia quienes piensan que sea viable rearticular a las Farc al día de hoy. La vuelta a las armas del grupo disidente encabezado por Márquez aparece como un proyecto llamado al fracaso y desfasado respecto a la realidad actual del país. Colombia, a pesar de la violencia que emana de su oligarquía rural y que se ceba sobre dirigentes sociales comunitarios e insurgentes desmovilizados, vive la fase final de una historia que la ha acompañado durante más de medio siglo. Si para algo valió el acuerdo de paz fue para concienciar a gran parte del país de que la guerra, sea impulsada desde un bando o desde el otro, no es una salida. De acuerdo con datos de la reciente Encuesta Mundial de Valores, a más del 70 por ciento de los colombianos le preocupa que continúe la guerra interna.

Las propias Farc habían negociado la paz en 2016 forzadas por su debilitamiento paulatino, que mucho tiene que ver también con la colaboración de la inteligencia estadounidense en el conflicto. Desde los sucesos de Angostura de 2008 (cuando un bombardeo militar colombiano a un campamento de retaguardia en Ecuador asesinó al comandante guerrillero Raúl Reyes), la detección de computadoras conectadas y dispositivos electrónicos móviles permitió localizar a los escuadrones de la guerrilla, modalidad con la que se la golpeó notablemente.

Ahora, se estima que los liderados por Márquez podrían movilizar inicialmente a entre 1500 y 2 mil insurgentes de los 13 mil desmovilizados de las Farc contabilizados por el Alto Comisionado de Paz. Buena parte de esa minoría propensa a volver a las armas estaría aún en los espacios territoriales de capacitación y reincorporación, donde fueron acogidos los guerrilleros al comenzar el proceso de desmovilización. La mayoría de los farianos, sin embargo, ocupa ya nuevas áreas de agrupamiento, a las que se han ido con sus familias en busca de asegurar su subsistencia económica. Esas cifras coinciden con diversos informes internacionales auspiciados por Naciones Unidas que establecen que, en los procesos de desmovilización de grupos insurgentes, entre el 10 y el 15 por ciento de sus miembros termina volviendo a las armas.

Por otro lado, Márquez anunció en su grabación que las restituidas Farc guerrilleras buscarán aunar esfuerzos con el Ejército de Liberación Nacional (Eln), otro grupo armado de orientación marxista-leninista que aún mantiene su actividad militar en determinadas zonas selváticas de Colombia, especialmente en territorios aledaños a la frontera con Venezuela. Dado el cierto apoyo que durante los últimos años ambos grupos guerrilleros han recibido desde Caracas, cabe pensar que desde el Palacio de Miraflores se les ve como posibles aliados estratégicos en caso de que la República Bolivariana sufra algún tipo de intervención militar extranjera.

Al mismo tiempo, el mensaje de Iván Márquez busca cambiar algunas formas farianas clásicas, aunque sin por ello modernizarse. Márquez dice, por ejemplo, que el objetivo de las nuevas Farc no es atentar contra la policía o las fuerzas armadas, sino contra la mafiosa oligarquía colombiana. Tal cual se decía en un comunicado del M-19 –grupo insurgente adscripto al socialismo democrático y desaparecido en marzo de 1990– a finales de 1987: “Guerra a la oligarquía, paz a las fuerzas armadas”. Nada nuevo bajo el sol.

La negociación de los últimos acuerdos de paz en Colombia duró más de seis años y conllevó la redacción de un documento de más de 300 páginas, que en la práctica se ha incumplido. El propio presidente Iván Duque ha manifestado en múltiples declaraciones su escasa voluntad por darle vigor al proceso de paz. Pese a los incumplimientos gubernamentales, el paso dado ahora por el reducto de comandantes disidentes liderados por Márquez beneficia precisamente a los opositores a los acuerdos de 2016, encabezados por el ex presidente Álvaro Uribe. El pasado jueves 29, apenas conocido el regreso a las armas de Márquez, Uribe hizo un llamado inmediato a derogar todos los pactos en materia de justicia transicional y a la quita del rango constitucional al acuerdo de paz.

Fuente: brecha.com.uy

Donna Haraway, la científica contra el Antropoceno cuyo laboratorio es el lenguaje

Dado que la destrucción del planeta no se va a frenar negándola ni minimizando el impacto evidente de sus efectos, la bióloga Donna Haraway sugiere como salida una alianza multiespecies. Lo hace en Seguir con el problema, una suerte de manifiesto fundacional para una nueva civilización en el que hibrida la utopía con el hecho científico y el relato de pequeñas experiencias que apuntan en esa misma dirección.

Por José Durán Rodríguez

Un aviso antes de empezar: no resulta sencillo leer a Donna Haraway ni descifrar totalmente lo que plantea en sus indagaciones. Y también una recomendación complementaria: conviene no desistir en el intento, puesto que se trata de una lectura imprescindible por la visión única que aportan sus análisis en los que entrecruza biología, economía, cultura, feminismo y ciencia ficción. Apuntadas las consideraciones preliminares, al lío sin más demora.

En su más reciente título —Seguir con el problema, publicado originalmente en 2017 y traducido ahora al español por la editorial consonni—, la doctora en biología regresa a la actualidad abordando el complejo juego de cómo vivir bien (y morir bien) en convivencia con un planeta que se va a la mierda. Ese problema, el gran problema, requiere según Haraway de múltiples simbiosis entre las distintas especies que lo habitamos, una interdependencia mutua que dibuja como camino a seguir, plagado de complicidades pero no exento de conflictos.

Para Helen Torres, traductora habitual de los trabajos de Haraway, lo novedoso en Seguir con el problemason las preguntas que hace y las respuestas que ofrece sobre el Antropoceno. “Se habla mucho de ello pero nadie lo cuestiona. Haraway lo hace no desde la teoría abstracta sino que habla de proyectos concretos, pequeños. Es un aporte fundamental a nivel político”, explica Torres a El Salto, al tiempo que avanza alguna de las líneas controvertidas que se pueden leer en sus páginas: “También dice cosas que no sé si sentarán bien a todas las feministas, como lo de controlar el nivel de población”.

A Haraway no le gusta el término con el que se nombra los tiempos que vivimos. Acuñada a principios de los años 80 por el ecólogo de la Universidad de Michigan Eugene Stormer, la noción de Antropoceno designa la evidencia de los efectos transformadores de las actividades humanas sobre la Tierra. Ganó relevancia en el año 2000 cuando el premio Nobel Paul Crutzen postuló que había llegado el momento de bautizar con ella la nueva era geológica. Haraway explicita sus objeciones y prefiere denominarlo Capitaloceno, dado que es todo el paradigma económico vigente lo que configura la amenaza a la estabilidad ecológica. Pero ella va más allá y propone un nombre “para otro lugar y otro tiempo que fue, aún es y podría llegar a ser”. Lo llama Chthuluceno, un sustantivo compuesto por dos raíces griegas que “juntas nombran un tipo de espaciotiempo para aprender a seguir con el problema de vivir y morir con respons-habilidad en una tierra dañada”.

A diferencia del Antropoceno (o Capitaloceno), el Chtuluceno que inventa Haraway estaría habitado por “historias y prácticas multiespecies en curso de devenir-con, en tiempos que permanecen en riesgo, tiempos precarios en los que el mundo no está terminado y el cielo no ha caído, todavía”.

En ese mundo, los seres humanos no son los únicos actores importantes puesto que lo que propone Haraway es una red tentacular, un sistema simpoiético, generado con otros, no construido en solitario. “Nos necesitamos recíprocamente en colaboraciones y combinaciones inesperadas, en pilas de compost caliente. Devenimos-con de manera recíproca o no devenimos en absoluto”, se lee en las páginas del libro.

Tomemos aire. Recurramos de nuevo a Torres para avanzar en la maraña de términos y conceptos generados por ella misma que Haraway emplea. La traductora reconoce la complejidad de su trabajo al pasar de un idioma a otro y destaca el juego y la metáfora como claves sobre las que la investigadora construye sus textos de manera consciente. “Eso es un giro radical que nos hace pensar desde un lugar muy distinto: con Haraway se desmorona esa separación entre la ciencia como lo objetivo y la narrativa como lo subjetivo”, valora Torres. Así, el trabajo con la metáfora y la etimología hace que los escritos de Haraway se ubiquen en un lugar diferente al de los textos científicos, pero también al de la literatura.

“Importa qué materias usamos para pensar otras materias, importa qué historias contamos para contar otras historias, importa qué pensamientos piensan pensamientos, importa qué conocimientos conocen conocimientos” es unleitmotivque impregna toda esta indagación acerca de cómo seguir con el problema. Porque el problema persiste y lo que se requiere es, según Haraway, aprender a estar verdaderamente presentes, “no como un eje que se esfuma entre pasados horribles o edénicos y futuros apocalípticos o de salvación, sino como bichos mortales entrelazados en miríadas de configuraciones inacabadas de lugares, tiempos, materias, significados”. Por ello la autora es partidaria de lo que denomina generar “parentescos raros”, una opción que “problematiza asuntos importantes como ante quién se es responsable en realidad”.

Haraway también alude a las dos tentaciones, las dos respuestas que se suelen dar ante el problema. Por un lado, la confianza ciega en la curación por medio de la tecnología; por otro, dar por terminado el juego, la profecía autocumplida por la que no hay nada que hacer. Ella, confiando en el poder de la imaginación, se sitúa en una tercera vía para la que recurre a la narrativa de la ciencia ficción, “tan importante en su pensamiento como el hecho científico”, señala Torres. “Si su laboratorio es el lenguaje —precisa la traductora—, la manera de narrar es fundamental. Escoge la ciencia ficción porque es el terreno en el que podemos imaginar otras realidades”.

Una idea que se repite a lo largo del libro es el significante de múltiples significados S.F., acrónimo de ciencia ficción, fabulación especulativa, hechos científicos, feminismo especulativo o figuras de cuerdas. Este último elemento es básico en lo que Haraway quiere contar en Seguir con el problemaya que una de sus acepciones remite a esas redes de hilo tejidas manualmente que van pasando de manera igualmente manual de unas personas a otras. De nuevo, metáforas que nos piensan.

A mediados de los años 80 Donna Haraway firmó el texto con el que se suele identificar su trabajo. El Manifiesto Cyborg, realizado como una colaboración para la revista Socialist Review, supuso una reflexión sobre la identidad de género en una era dominada por la cibernética que criticaba el esencialismo a la hora de analizar las diferencias entre hombres y mujeres. Más de tres décadas después, Torres considera que Seguir con el problema“tendría que tener una influencia a nivel político como la que tuvo el Manifiesto Cyborg”.

‘SEGUIR CON EL PROBLEMA’ EN CUATRO FRASES
La traductora Helen Torres conoce ampliamente el pensamiento de Donna Haraway. Además de traducir muchas de sus obras al español, le ha servido de inspiración para varios de los proyectos artísticos en los que ha participado. Para ella, la repercusión de Haraway ha sido mayor en el campo del arte que en la academia, lo que confirma el valor del trabajo de la científica, siempre localizado y focalizado pero también planteado de algún modo como guía: “Muestra la manera de poder pensar desde un punto de vista y también un camino que va a permitir generar otras cosas. Es una apuesta por otras formas de pensar que ayudan a no separar el pensamiento de la acción”.
 
Para resumirSeguir con el problema, Torres comenta para El Saltocuatro de las frases más significativas que se leen en el libro.
 
“Vivir-con y morir-con de manera recíproca y vigorosa en el Chtuluceno puede ser una respuesta feroz a los dictados del Ántropos y el Capital”
Lo traduje como “vivir-con”, que queda un poco raro, para marcar la idea de “con”. Acostumbrémonos a las cosas raras con Haraway [risas]. Ella lo enmarca en ideas como la simbiosis que han sido demostradas pero que los científicos no están trabajando. En su análisis del capitalismo incorpora todo: las subjetividades, la política, lo global, la economía,… Y en esta frase se ve bastante.
“Estoy profundamente comprometida con las posibilidades más modestas de la recuperación parcial y del mutuo entendimiento”
En todos sus análisis tira de hilos de cosas pequeñas, nunca va a hacer una generalización. Ella habla desde un conocimiento situado, y en este libro, además, lo practica. Enuncia desde dónde habla. Analiza a partir de pequeños detalles cómo se van entrelazando las cosas para configurar una realidad y no otra.
“Naturalezas, culturas, sujetos y objetos no preexisten a sus configuraciones entrelazadas del mundo”
Desde el pensamiento oficial se entiende que existimos antes de relacionarnos con, cuando nada existe fuera de la relación, según han criticado Haraway y otros muchos autores. Es interesante lo que ella dice de prestar atención a qué nos hacen hacer otras especies. Si piensas el mundo como configuraciones e interacciones, sales del excepcionalismo humano.
“Seguir con el problema de la compleja configuración de mundos es el nombre del juego de vivir y morir bien en convivencia sobre la tierra”
Siempre habla de configuraciones de mundos, por eso lo que hace no puede ser una receta. Muchos seres, muchos bichos, configuran el mundo, aunque muchas veces no seamos conscientes.
Fuente: https://www.elsaltodiario.com/pensamiento/donna-haraway-nuevo-libro-seguir-problema-crisis-climatica

Cartografiar la contraofensiva: el espectro del feminismo

Reaccion del neomachismo & Feminismos
Por Verónica Gago
Los feminismos han desafiado a los poderes establecidos y estos han desencadenado una triple contraofensiva: eclesial, económica y militar, que tiene uno de sus anclajes en la denuncia de la «ideología de género». Una de las operaciones relacionadas es asociar la «ideología de género» al colonialismo. Otra consiste en infantilizar el feminismo como política trivial, de clase media, frente a la urgencia popular del hambre.
Estamos presenciando un momento de contraofensiva: es decir, de reacción a la fuerza desplegada por los feminismos en la región. Es importante remarcar la secuencia: la contraofensiva responde a una ofensiva, a un movimiento anterior. Esto supone ubicar la emergencia de los feminismos en relación con el posterior giro a la derecha en la región, incluso con tonalidades protofascistas, y a escala global. Se desprenden de aquí dos consideraciones. En términos metodológicos: ubicar la fuerza de los feminismos en primer lugar, como fuerza constituyente. En términos políticos: afirmar que los feminismos, en su capacidad de devenir masivos y radicales, ponen en marcha una amenaza hacia los poderes establecidos y activan una dinámica de desobediencias que se intenta contener contraponiéndole formas de represión, disciplinamiento y control en varias escalas. La contraofensiva es un llamado al orden y su agresividad se mide en relación con la percepción de amenaza a la que está respondiendo. Por eso, la feroz contraofensiva desatada hacia los feminismos nos da una lectura a contrapelo, en reversa, de la fuerza de insubordinación que se ha percibido como ya aconteciendo y a la vez con posibilidad de radicalización.Veamos las líneas de la contraofensiva para luego volver sobre los contornos de la caracterización de qué es lo que se delinea como «amenaza», ya que eso nos permitirá entender por qué estamos presenciando la construcción del feminismo como nuevo «enemigo interno». O por qué el feminismo funciona como espectro al que distintos poderes se proponen conjurar.

Uno: la contraofensiva eclesial

Mediante el concepto de «ideología de género» se sintetiza hoy una auténtica cruzada encabezada por la Iglesia católica contra la desestabilización feminista. «La ideología de género es una estrategia discursiva ideada desde el Vaticano y adoptada por numerosos intelectuales y activistas católicos y cristianos para contraatacar la retórica de la igualdad de derechos para mujeres y personas lgbti», argumenta Mara Viveros Vigoya. Eric Fassin señala que la embestida contra el término «género» empieza abiertamente a mediados de la década de 1990 desde grupos católicos de derecha estadounidenses, en ocasión de la Conferencia sobre Población y Desarrollo de la Organización de las Naciones Unidas ( onu ), realizada en El Cairo en 1994, y durante las reuniones preparatorias de la Conferencia de Beijing (1995) en Nueva York. Varias crónicas señalan como la lobbista más activa del Vaticano a Dale O’Leary, una periodista católica conservadora que plasmó esta discusión en el libro The Gender Agenda [La agenda de género], cuyo argumento principal es que el género se presentaba como «una herramienta neocolonial de una conspiración feminista internacional». Según Mary Anne Casey, el ataque surge primero contra leyes y políticas y luego se concentrará en la teoría y señalará a Judith Butler como la «papisa del género». Son campañas impulsadas desde arriba, como argumenta Sonia Corrêa en una entrevista con María Alicia Gutiérrez: «no han sido gestadas en la base de nuestras sociedades, sino más bien en las altas esferas de las negociaciones internacionales y la elucubración teológica».

Uno de los textos más emblemáticos de la «cruzada» es (editado originalmente en italiano por Edizioni Dehoniane de Bologna en 2003). La «entrada» género está escrita por (1952-2010), teóloga católica alemana que traza las coordenadas de la discusión apuntando a Butler como responsable de desacoplar el sexo biológico de la categoría «cultural» de género y de habilitar su proliferación indiscriminada. Como también se constata en otros tantos textos eclesiásticos, Burggraf muestra preocupación por la recepción de la palabra «género» en organismos internacionales como la onu y la vía de recursos que estas instancias implican. Pero lo que más me interesa remarcar –para luego seguir el hilo de esta argumentación– es la afinidad que ella traza entre la ideología de género y una «antropología individualista del neoliberalismo radical».

Antes de Butler, el linaje teórico que se describe en estas publicaciones de pelaje variado se remonta a Friedrich Engels y Simone de Beauvoir. De manera particular, sin embargo, el énfasis del antecedente de la «ideología de género» se traza con las teorizaciones de la Escuela de Fráncfort en la década de 1930 y, en particular, con el modo en que sus conceptos se diseminaron en las revueltas de los años 60 en los movimientos radicales. El «marxismo cultural» de la Escuela de Fráncfort sería el enemigo de la cristiandad occidental. La conversión del vocablo «género» en un anatema, una maldición, recrea y actualiza toda la fábula de la amenaza a la civilización cristiana y occidental, pero con un agregado: destacando su capacidad de «transversalidad» ideológica y, por tanto, su fuerza de propagación que iría más allá de la reconocible «izquierda».

La disputa es enorme. Según la Iglesia católica, lo que está en juego es la naturaleza humana porque se está cuestionando el binarismo de género que constituye la célula base de la reproducción heteronormada; es decir, la familia. Por eso, en la cruzada toman también progresiva relevancia las identidades y corporalidades trans y las tecnologías dedicadas a la reproducción. Ambas «cuestiones» son representadas como una etapa superior de la ideología de género, la consagración del desacople del sexo respecto del género y, por tanto, la amenaza a la teoría antropológica-teológica cristiana de la complementariedad entre lo masculino y lo femenino. Para resumirlo en palabras de Sarah Bracke y David Paternotte: «El Vaticano considera la noción analítica de género como una amenaza a la Creación Divina». La noción de género, entonces, usurpa –y por eso amenaza– el poder divino de creación. Crear géneros diversos –o poner «el género en disputa» para usar el título más famoso de Butler– aparece, desde la Iglesia, como una disputa directa con Dios.

En 2017, los investigadores David Paternotte y Roman Kuhar se preguntan algo fundamental: cómo se ha producido la traducción de un concepto teórico a los discursos religiosos y, especialmente, cómo luego esos discursos pasan a convocar movilizaciones a escala global. La hipótesis que exploran es, en el contexto europeo, su intersección con el nacionalismo y los populismos de derecha. Con la misma preocupación por su articulación política con la derecha, Agnieszka Graff y Elżbieta Korolczuk subrayan –a partir del análisis del caso polaco, pero luego extendiéndose a Europa– que el ataque antigénero identifica a quienes propagan la ideología como liberales, miembros de elite, mientras que la cruzada religiosa estaría defendiendo a las clases trabajadoras, que portarían una suerte de conservadurismo que emana de la condición de ser las «víctimas» de la globalización: «los ‘generistas’ estarían bien financiados y conectados con las elites globales mientras que la gente común estaría pagando el precio de la globalización». La asociación entre neoliberalismo y género insiste por varias vías y prepara el terreno para argumentar –como lo veremos en relación con el debate argentino– que el antineoliberalismo solo puede venir de la mano de una conservación de los «valores familiares» y de la disciplina del trabajo a los que estos están íntimamente asociados.Uno de sus voceros argentinos se jacta de estar a la vanguardia de esta teorización. El abogado católico cordobés Jorge Scala publicó en 2010 el libro La ideología de género. O el Género como herramienta de poder (según afirma el autor, con más de 10 ediciones en España). Allí caracteriza la «ideología de género» como un «totalitarismo»: «La ideología de género busca imponerse de forma totalitaria, mediante el ejercicio del poder absoluto, en especial a nivel supranacional –y desde allí recalar en los distintos pueblos y naciones–, mediante el control de los medios de propaganda y de elaboración cultural», sintetiza en su publicidad. Dice detectar tres vías por las cuales la «ideología de género» se expande: el sistema educativo formal, los medios de comunicación y los derechos humanos. Lo totalitario sería lo propio de un sistema cerrado, de un «lavado de cerebro global». En 2012, el libro fue traducido y publicado en Brasil. En marzo de 2013, ante la consagración de Jorge Bergoglio como papa Francisco, Scala escribió:

Hay una coincidencia que me resulta particularmente significativa: el 13 de marzo de 2012 la Corte Suprema de Justicia de la República Argentina dictó un fallo inicuo pretendiendo legalizar el aborto a petición en dicha Nación. Exactamente un año después, el 13 de marzo de 2013, el Colegio Cardenalicio eleva a la Sede de Pedro al cardenal primado de la Argentina. Es como una caricia del Espíritu Santo.

Para Mary Anne Casey, los dos papas que han encarnado «la guerra del Vaticano contra la ideología de género» son Benedicto xvi y Francisco. El hecho de que provengan de Alemania y Argentina respectivamente no pasa inadvertido:

De maneras no previamente analizadas, Ratzinger parece haber estado reaccionando directamente a los acontecimientos recientes de entonces en Alemania, incluyendo, por un lado, la presencia de libros de feministas que subrayaban la construcción social de los roles de género (…) en las listas de best-seller locales y, por otro lado, el mandato constitucional de la legislación federal alemana que garantiza a los individuos la oportunidad legal de cambiar de sexo. Los reclamos de derechos trans fueron, junto con los reclamos feministas, un componente fundacional, y no un agregado reciente, a la esfera de preocupaciones del Vaticano sobre el «género» y al enfocar tal preocupación en el desarrollo de las leyes seculares. Tal como Ratzinger puede haber llevado con él a Roma su memoria de los acontecimientos en Alemania, lo mismo Jorge Mario Bergoglio, quien viajó a Roma en 2013 para convertirse en papa Francisco, dejando atrás una Argentina que solo un año antes había aprobado, con la oposición de Bergoglio pero sin ninguna oposición legislativa, una ley sobre identidad de género que está entre las más generosas del mundo respecto a las personas que desean legalmente cambiar de sexo.Según la investigadora, sin embargo, lo que caracteriza a Francisco es haberle encontrado un giro táctico al combate: la «ideología de género» pasa a ser asociada por el papa argentino con una «ideología colonizadora», especialmente impulsada por ong y organismos internacionales. De este modo, el papa que viene del «Tercer Mundo» moviliza una retórica pseudoantiimperialista para librar la batalla contra los derechos de mujeres y lgtbi +. Un segundo logro le atribuye Casey a Francisco: haber conseguido unificar distintos credos (especialmente católicos, evangélicos y mormones) en la cruzada contra la «ideología de género», amalgamados por la expansión de la «amenaza». Fue en los últimos pocos años cuando la doctrina eclesial devino hashtag multiuso y herramienta de movilización que salió a disputar las calles: . En ella se inscriben, por ejemplo, las manifestaciones alrededor del eslogan «Con mis hijos no te metas». La «ideología de género» sería, en este caso, el contenido de una nueva currícula escolar que al incorporar nociones como «igualdad de género» e «identidad de género» promovería, según los manifestantes en Perú, por ejemplo, «la homosexualidad y el libertinaje sexual en los escolares». En Argentina, hay que notar la ofensiva contra la ley nacional 26150 que crea el derecho a recibir Educación Sexual Integral ( esi ) desde el inicio de la escolaridad; ley que fue defendida por organizaciones que popularizaron la consigna «La educación es una causa feminista», mientras monseñor Héctor Aguer (arzobispo de La Plata) declaraba que «el aumento de los femicidios tiene que ver con la desaparición del matrimonio». En Colombia, la llamada «ideología de género» jugó un papel clave en la campaña que agitó la «amenaza del género» a favor del triunfo del «No» a los Acuerdos de Paz entre el gobierno y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia ( farc ) de 2016. Sonia Correa agrega sobre el mapa latinoamericano:

A principios de 2017, las campañas antigénero estallaron en el contexto de la Reforma Constitucional del Distrito Federal en México y poco después un autobús «antigénero» comenzó a circular por todo el país. Dos meses después, el mismo autobús estaba viajando por Chile, justo antes de la votación final de la reforma a la ley que dejó atrás la prohibición de la terminación del embarazo promulgada por el régimen pinochetista en los 80. Llevaron a cabo también una campaña contra la «ideología de género» en el plan de estudios de la educación pública en Uruguay, un país conocido por su laicismo. En Ecuador, una disposición legal que intentaba limitar la violencia de género fue atacada por grupos conservadores religiosos antigénero. La Corte Constitucional boliviana derogó la Ley de Identidad de Género recientemente aprobada, argumentando que la dignidad de la persona tiene su raíz en el binario sexual de lo humano.

Este 2019 se abrió con el estreno del extremista de derecha Jair Bolsonaro en Brasil, cuyo primer discurso presidencial estuvo referido al combate contra la «ideología de género». Unas semanas después, el joven empresario Nayib Bukele ganó la Presidencia de El Salvador con la misma bandera. La batalla del siglo xxi va así tomando diversas escenas y modalidades. Pero lo que cabe resaltar es de qué manera se declina esta batalla como contienda política en cada situación local y cómo logra justamente presentarse enhebrada a coyunturas bien diversas, construyendo un paisaje del giro conservador en la región. Es imposible entender este devenir en consigna de movilización de la cruzada religiosa fundamentalista –es decir, fabricarle su «movimiento social»– sin tomar en cuenta el auge de masividad y radicalidad de los feminismos que han tomado las calles en dinámicas transnacionales.

En Argentina hay un punto de quiebre: es la «marea verde» a favor de la legalización del aborto que durante 2018 inundó las calles y difundió su impacto a escala mundial. La ampliación del debate sobre el aborto en términos de soberanía, autonomía y clase, su radicalización militante por las nuevas generaciones y la proyección política de sus demandas en la atmósfera feminista desataron una virulencia nueva de la contraofensiva eclesial. Hemos visto el lanzamiento a las calles del movimiento «celeste», las frases de defensa sobre las «dos vidas» y llamamientos al odio en escuelas religiosas y púlpitos. Pero, sobre todo, una militancia enardecida en hospitales, en juzgados y en los medios de comunicación contra el aborto. Esta campaña llegó a la aberración durante 2019 con los casos de una niña de 12 años en Jujuy y otra de 11 en Tucumán y la reivindicación de la violación y maternidad forzada de las menores por un editorial del diario La Nación.

Espiritualidad política. Como movimiento múltiple, el feminismo pone en escena la disputa por la soberanía de los cuerpos. Y claro está: de los cuerpos feminizados en términos de su jerarquía diferenciada. De esos cuerpos que históricamente fueron declarados no soberanos. Sentenciados como no aptos para decidir por sí mismos. Es decir: de los cuerpos tutelados.

Pero el feminismo habla de los cuerpos al mismo tiempo que pone en disputa una espiritualidad política. Y que es política justamente porque no separa el cuerpo del espíritu, ni la carne de las fantasías, ni la piel de las ideas. El feminismo (como movimiento múltiple) tiene una mística. Trabaja desde los afectos y las pasiones. Abre ese campo espinoso del deseo, de las relaciones amorosas, de los enjambres eróticos, del ritual y la fiesta y de los anhelos más allá de sus bordes permitidos. El feminismo, a diferencia de otras políticas que se consideran de izquierda, no despoja a los cuerpos de su indeterminación, de su no saber, de su ensoñamiento encarnado, de su potencia oscura. Y por eso trabaja en el plano plástico, frágil y a la vez movilizante de la espiritualidad.

El feminismo no cree que haya un opio de los pueblos: cree, por el contrario, que la espiritualidad es una fuerza de sublevación. Que el gesto de rebelarse es inexplicable y, a la vez, la única racionalidad que nos libera. Y que nos libera sin volvernos sujetos puros, heroicos ni buenos.

La Iglesia ha entendido esto desde todos los tiempos. Podemos referirnos una vez más a Calibán y la bruja, de Silvia Federici, para recordar por qué la quema de brujas, herejes y sanadoras fue una escena predilecta para desprestigiar el saber femenino sobre los cuerpos y aterrorizar su efervescencia curadora y su fuerza de tecnología de amistad entre mujeres. O al aún más clásico Witches, Midwives and Nurses: A History of Women Healers [Brujas, parteras y enfermeras. Una historia de las mujeres sanadoras] de Bárbara Ehrenreich y Deirdre English, donde por ejemplo se analiza la guía de quema de brujas del siglo xv –Malleus maleficarum [El martillo de las brujas]–, que aseguraba que «nada le hace más daño a la Iglesia católica que las parteras», que por supuesto son también las aborteras.

Hoy vemos en las calles, en las casas, en las camas y en las escuelas una batalla por la espiritualidad política (que, en su movimiento masivo, tiñe todo de verde, como un principio-esperanza). Y por eso, de nuevo, la Iglesia católica, a través de sus representantes y voceros varones, siente que tiene una misión que cumplir, una tarea de salvación de almas que se traduce en una guerra por el monopolio del tutelaje sobre los cuerpos femeninos. Hay un punto fundamental en la actualidad de esta cruzada y es el rol del papa Francisco, especialmente por su conexión en Argentina con varios movimientos sociales.

La Iglesia de los «pobres». Con particular énfasis, esta disputa por los cuerpos se despliega cuando se trata del tutelaje de mujeres «pobres». Y sucede justo en el momento en que el feminismo se hace fuerte desde los barrios, desde las generaciones jóvenes pero al mismo tiempo como nueva alianza entre madres e «hijes», y cuando hay un debate clasista sobre la diferencia de riesgos que comporta el aborto. Como lo expuso en el Congreso de la Nación una joven de la organización Orilleres de la Villa 21-24 y Zavaleta, en la ciudad de Buenos Aires: «En nuestros barrios intervienen instituciones como las iglesias que se encargan de moralizar nuestros cuerpos, nuestras decisiones, y que operan para que las mujeres no tengamos acceso al aborto legal. Sin derechos sobre nuestros cuerpos y nuestras vidas estamos condenadas a seguir siendo vulneradas».

Unos días antes, un conocido cura «villero» había insistido en que el aborto no es un reclamo popular. Argumentó que «el fmi [Fondo Monetario Internacional] es aborto» (título con el que circuló mediáticamente su discurso). Con esto, la Iglesia pretende instalar que la autodeterminación de las mujeres, el propio derecho a decidir sobre el cuerpo, es una cuestión neoliberal. Desconocen y falsean tanto las luchas históricas por el aborto como la actualidad del movimiento feminista, donde esta demanda está asociada a un reclamo de vida digna y contra el ajuste neoliberal, y en cuya amalgama se hicieron pañuelazos en muchos barrios y villas.

En su pretensión de mostrarse como los únicos antiliberales, los voceros de la Iglesia refieren esta argumentación a las «mujeres pobres»: a quienes ellos consideran que deben conducir especialmente, a quienes quitan la capacidad de decisión en nombre de su condición social, a quienes visibilizan como resistentes solo si son madres. De este modo, la trampa que tienden parece reivindicarse «clasista», pero en verdad es justamente lo contrario: intentan trazar una distinción de clase que justificaría que a las mujeres pobres no les queda más alternativa que ser católicas y conservadoras, porque solo tienen como opción su maternidad. De este modo, se intenta reducir el abortar (es decir, decidir sobre el deseo, la maternidad y la propia vida) a un gesto excéntrico de la clase media y alta (que, claro está, puede poner en juego recursos económicos diferentes). El argumento «clasista», que por supuesto existe en términos de posibilidades diferenciadas para acceder a un aborto seguro, se invierte: pasa a funcionar como justificación de la clandestinidad. El derecho a decidir, para la Iglesia, debe permanecer así alejado de los barrios populares. Esta cruzada por infantilizar a las mujeres «pobres» es la punta de lanza, porque si se desarma, la Iglesia misma se queda sin fieles. Lo más brutal es el modo en que, para sostener esto, tienen que hacer oídos sordos –desconocer y negar– lo que dicen las propias mujeres de las villas y las organizaciones que trabajan en ellas. Aun cuando ellas están insistiendo en todos lados con la consigna «dejen de hablar por nosotras».

Queda claro que la Iglesia, a través de sus voceros varones, no quiere dejar de legislar sobre el cuerpo de las mujeres y que encuentra en el movimiento feminista una amenaza directa a su poder, edificado sobre el control de los cuerpos y las espiritualidades feminizadas. Porque es el control de la vida y de los modos de vida (toda una guerra se despliega sobre el propio vocablo «vida») lo que está en juego para hacer de la espiritualidad un sinónimo de obediencia y de renovadas formas de tutelaje.

Volvamos al argumento que se renueva y refuerza: querer asociar feminismo y neoliberalismo. El aborto como sinónimo de «cultura del descarte» que enarbola la propaganda eclesial tiene este propósito. Pero es justamente un feminismo anti-neoliberal lo que se ha venido fortaleciendo en los últimos años y lo que pone en jaque esta falaz argumentación de la institución que es del reino celeste.

Dos: la contraofensiva moral… y económica

Estamos hablando de la disputa por la definición de neoliberalismo y, en particular, de qué sería el antineoliberalismo. Y aún más: de qué prácticas implica lo popular en su capacidad estratégica de construir antineoliberalismo. Ahí está el corazón del debate. Quienes denuncian la «ideología de género» proponen un combate al neoliberalismo a través de un retorno a la familia, al trabajo disciplinado como único proveedor de dignidad y a la maternidad obligatoria como reaseguro del lugar de la mujer.

El neoliberalismo, así, queda definido como una política y un modo de subjetivación de la pura disgregación del orden familiar y laboral. Que ese orden sea patriarcal, por supuesto, no es problematizado, sino ratificado. Llegamos a una suerte de contradicción lógica: ¿puede el antineoliberalismo sustentarse en un orden patriarcal cuya estructura biologicista y colonial es indisimulable? Esto es justamente lo que han dejado claro los feminismos en su radicalización masiva: no hay capitalismo neoliberal sin orden patriarcal y colonial. La trinidad es indisimulable.El argumento que intenta instalar la doctrina de Francisco es que la «ideología de género» es «colonial» y «liberal». Parece paradójico que la institución que debe sus cimientos en nuestro continente a la colonización más cruenta enarbole un discurso «anticolonial». Parece paradójico que, en un momento en que la jerarquía de la Iglesia católica se ve impugnada por las denuncias de abuso sexual a menores por parte de sus integrantes, surja por arriba la bandera de un antineoliberalismo de corte miserabilista y patriarcal para señalar al feminismo como enemigo interno. Parece paradójico que en un momento en que el «inconsciente-colonial» como lo llama Suely Rolnik o las «prácticas descolonizadoras» de las que habla Silvia Rivera Cusicanqui tienen en los feminismos un enorme espacio de problematización y resonancia, sea la Iglesia católica apostólica romana la que quiere presentarse como anticolonial.

Veamos cómo se articula la contraofensiva eclesial con la contraofensiva económica. El ajuste económico de los últimos años, que en el caso de Argentina se traduce en inflación y aumento de tarifas básicas, en despidos y en recortes de servicios públicos, tiene especial impacto sobre las mujeres y, de modo más general, sobre las economías feminizadas. Varias integrantes de organizaciones sociales cuentan que no cenan como modo de autoajuste frente a la escasez de comida y para lograr repartir mejor lo que hay entre hijos e hijas.

Técnicamente se llama «inseguridad alimentaria». Políticamente, evidencia cómo las mujeres ponen de manera diferencial el cuerpo, también así, ante la crisis. Esto se ve reforzado por la bancarización de los alimentos mediante las tarjetas «alimentarias» (parte de la bancarización compulsiva de las ayudas sociales de la última década), que se canjean solo en ciertos comercios y que están «atadas» a la especulación de algunos supermercados a la hora de fijar precios. El fantasma del saqueo a los comercios de alimentos se agita como amenaza de represión e incentiva la persecución de las protestas en nombre de la «seguridad».

Encierro, deuda y biología. Con la contraofensiva económica vemos un rasgo fundamental del neoliberalismo actual: la profundización de la crisis de reproducción social que es sostenida por un incremento del trabajo feminizado, que reemplaza las infraestructuras públicas y queda implicado en dinámicas de superexplotación. La privatización de servicios públicos o la restricción de su alcance se traducen en que esas tareas (salud, cuidado, alimentación, etc.) deben ser suplidas por las mujeres y los cuerpos feminizados como tarea no remunerada y obligatoria.

Varias autoras han destacado el aprovechamiento moralizador que se articula a esta misma crisis reproductiva. Acá surge una clave fundamental: las bases de convergencia entre neoliberalismo y conservadurismo. Como sostiene Melinda Cooper, necesitamos situar cuándo el neoliberalismo, para justificar sus políticas de ajuste, revive la tradición de la responsabilidad familiar privada y lo hace en el idioma de… ¡la «deuda doméstica»! Endeudar a los hogares es parte de su llamado a la responsabilización neoliberal, pero al mismo tiempo condensa el propósito conservador de plegar sobre los confines del hogar cisheteropatriarcal la reproducción social.

Encierro, deuda y biología: tal es la fórmula de la alianza neoliberal-conservadora. La reinvención estratégica de la responsabilidad familiar frente al despojo de infraestructura pública permite esta convergencia muy profunda entre neoliberales y conservadores.

Esto lo vemos claramente en cómo la contraofensiva económica es también contraofensiva moralizadora y saca su fuerza del empobrecimiento acelerado, que tiene como espacio de expansión la financiarización de las economías familiares que hace que los sectores más pobres (y ahora ya no solo esos sectores) deban endeudarse para pagar alimentos y medicamentos y para financiar en cuotas con intereses descomunales el pago de servicios básicos. Si la subsistencia cotidiana por sí misma genera deuda, lo que vemos es una forma intensiva y extensiva de explotación que encuentra en las economías populares feminizadas su laboratorio.

Pero la torsión conservadora es un aspecto fundamental que intenta reforzar, por un lado, la obligación de contraprestación de la ayuda social con exigencias familiaristas como lógica de cuidado y responsabilidad; por otro, hace que las iglesias sean hoy canales privilegiados para la redistribución de recursos. Vemos consolidarse así una estructura de obediencia sobre el día a día y sobre el tiempo por venir que obliga a asumir de manera individual y privada los costes del ajuste y a recibir condicionamientos morales a cambio de los recursos escasos.

Caracterizamos así la contraofensiva económica como terror financiero porque se despliega como «contrarrevolución» cotidiana en dos sentidos: porque nos quiere hacer desear la estabilidad a cualquier costo y porque opera sobre el tejido del día a día, el mismo que los feminismos ponen en cuestión porque es allí donde se estructura micropolíticamente toda forma de obediencia. No es casual entonces que militancias políticas cercanas al Vaticano quieran construir un falso antagonismo: feminismo versus hambre. De nuevo, la operación consiste en infantilizar el feminismo como política trivial, de clase media, frente a la urgencia popular del hambre. Más bien lo contrario es cierto: no hay oposición entre la urgencia del hambre a la que nos somete la crisis y la política feminista. Es el movimiento feminista en toda su diversidad el que ha politizado de manera nueva y radical la crisis de la reproducción social como crisis a la vez civilizatoria y de la estructura patriarcal de la sociedad. A eso se contrapone una asistencia social focalizada (forma predilecta de la intervención estatal neoliberal), que busca reforzar una jerarquía de merecimientos en relación con la obligación de las mujeres según sus roles en la familia patriarcal: tener hijos, cuidarlos, escolarizarlos, vacunarlos.

Lo que la contraofensiva religiosa no soporta es que enfrentando al hambre se desafíe también el mandato patriarcal de la reproducción de la norma familiar, del confinamiento doméstico y de la obligación de parir. Lo que la contraofensiva religiosa busca en la contraofensiva económica es una oportunidad para reponer una imagen de lo popular como conservador y de lo conservador como genuino porque, de nuevo, trae una idea de lo «antineoliberal» que no hace más que ocultar la alianza entre neoliberalismo y conservadurismo que vemos hoy en el giro neofascista regional y global.El movimiento feminista crece dentro de organizaciones diversas y por ello está presente en las luchas más desafiantes del presente, y desde ahí realiza los diagnósticos no fascistas de la crisis de reproducción social. El hambre no es una definición biologicista. Las jefas de hogar sacan las ollas a la calle y le ponen el cuerpo a la denuncia del ajuste, la inflación y la deuda. Las pibas en situación de calle discuten qué son las violencias de las economías ilegales. Las presas denuncian la máquina carcelaria como lugar privilegiado de humillación. Pero es necesario desconocer estos potentes lugares de enunciación para poder sostener el falso antagonismo «hambre versus feminismo».

Pero demos una vuelta más al vínculo actual entre neoliberalismo y conservadurismo. ¿Por qué se amalgaman en economías de la obediencia impulsadas desde la moral religiosa y desde la moral financiera? ¿Por qué esta alianza encuentra en las economías ilegales un flujo paralelo y a la vez explotable de armas y dinero? Podemos ir a una pregunta anterior que hemos desarrollado para hacer una lectura feminista de la deuda: ¿qué pasa cuando la moralidad de los trabajadores y las trabajadoras no se produce en la fábrica y a través de sus hábitos de disciplina adheridos a un trabajo mecánico repetitivo? ¿Qué tipo de dispositivo de moralización es la deuda en reemplazo de esa disciplina fabril? ¿Cómo opera la moralización sobre una fuerza de trabajo flexible, precarizada y, desde cierto punto de vista, indisciplinada? ¿Qué tiene que ver la deuda como economía de obediencia con la crisis de la familia heteropatriarcal? ¿Qué tipo de educación moral es necesaria para una juventud endeudada y precarizada? Como lo escribimos en Una lectura feminista de la deuda:

No nos parece casual que se quiera impulsar una educación financiera en las escuelas al mismo tiempo que se rechaza la implementación de la Educación Sexual Integral ( esi ), lo cual se traduce en recortes presupuestarios, en su tercerización en ong religiosas y en su restricción a una normativa preventiva. La esi es limitada y redireccionada para coartar su capacidad de abrir imaginarios y legitimar prácticas de otros vínculos y deseos, más allá de la familia heteronormativa. Combatirla en nombre del #ConMisHijosNoTeMetas es una «cruzada» por la remoralización de lxs jóvenes, mientras se la quiere complementar con una «educación financiera» temprana.

La respuesta eclesiástica a la contraofensiva económica es la reposición familiarista de la reproducción, el apuntalamiento de la obediencia a cambio de recursos, la despolitización de las redes feministas para enfrentar el hambre y la desestructuración de las familias como norma y el intento de remoralizar el deseo. La respuesta económica a la contraofensiva religiosa es unificar la moralidad deudora con la moralidad familiarista.

Tres: la contraofensiva militar

El asesinato de lideresas territoriales, la criminalización de las luchas de las comunidades indígenas y la persecución judicial, así como formas de represión selectivas en las manifestaciones, se han incrementado en los últimos años. El asesinato de la activista lesbiana negra Marielle Franco en 2018 condensa el de muchas y en particular apunta a las mujeres negras y a las disidencias como nuevo «enemigo» y enemigo «principal».

Entonces, ¿cómo explicar la alianza actual entre neoliberalismo y neofascismos?

El fascismo actual es una política que construye un enemigo «interno». Ese enemigo interno está encarnado por quienes históricamente han sido considerados extranjeros en el ámbito «público» de la política. Hoy el enemigo interno al que apunta el fascismo es el movimiento feminista en toda su diversidad y los y las migrantes, como sujetos también feminizados. El fascismo actual lee nuestra fuerza de movimiento feminista, antirracista, antibiologicista, antineoliberal y, por tanto, antipatriarcal.

La agresividad del fascismo actual, sin embargo, no tiene que hacernos perder de vista algo fundamental: expresa un intento de estabilizar la continua crisis de legitimidad política del neoliberalismo. Tal crisis está siendo producida como despliegue de fuerzas por el movimiento feminista transnacional, plurinacional, que actualmente inventa una política de masas radical justamente por su capacidad de tramar «alianzas insólitas», para usar el término de Mujeres Creando, ahora en una escala inédita. Son esas formas prácticas de transversalidad las que materializan el carácter anticapitalista, anticolonial y antipatriarcal del movimiento. Las alianzas, como tejido político construido pacientemente en temporalidades y espacios que no suelen ser reconocidos como estratégicos, formulan una nueva estrategia de insurrección entre los históricamente considerados no ciudadanos del mundo.

Quisiera terminar con una pregunta recientemente lanzada por Butler, porque nos permite situar aún más precisamente la investigación que nos queda por delante: «Entonces podemos preguntarnos ahora si el movimiento de la ideología antigénero es parte del fascismo, o si podemos decir que comparte algunos atributos, que contribuye a los fascismos emergentes, o que es en algún sentido sintomático del nuevo fascismo».

Nota: este artículo es un adelanto del libro La potencia feminista. O sobre el deseo de cambiarlo todo (Tinta Limón, Buenos Aires, en prensa).

Fuente: https://nuso.org/articulo/cartografiar-la-contraofensiva-el-espectro-del-feminismo/

El socialismo del siglo XXI es similar al del XX

por Raúl Zibechi

Si sólo fuera Venezuela. Pero nuestra historia de crímenes es demasiado larga como para seguirla ignorando. Roque Dalton y la comandante Ana María, miembros del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, son apenas dos perlas en un collar interminable. ¿En qué cuenta colocamos los crímenes de Sendero Luminoso, los miles de asesinados en nombre de la revolución y del “presidente Gonzalo”? ¿Y los muertos por Daniel Ortega? ¿Quién los asume? ¿Quién da la cara por tantas y tantos asesinados en nombre de un proyecto emancipatorio que no es tal?

Cuando no se puede culpar al imperialismo, como en los casos mencionados, la opción es mirar para otro lado. O mentar “errores”, para desviar la atención. Como todos los cometemos, ¿quién podría culpar entonces a los perpetradores? Lo grave es la doble moral, la ética de usar y tirar, para evitar no sólo la condena verbal, sino para no entrarle de veras a nuestro Gulag*, a los crímenes que cometemos en nombre de nuestro proyecto político que, bien mirado, es apenas un proyecto de poder.

El Foro de San Pablo tiene una larga trayectoria. Fue fundado en 1990 a instancias del Partido de los Trabajadores de Brasil, para enfrentar las consecuencias de la caída del socialismo real y las consecuencias del neoliberalismo en América Latina. Su importancia radica en que funciona como una suerte de centro de pensamiento para las izquierdas del continente y coordina a la casi totalidad de estas fuerzas.

Sin embargo, desde su creación ha sido incapaz de explicar las causas por las cuales colapsaron los socialismos soviéticos y los porqués de que China se haya colocado a la cabeza del neoliberalismo global. La impresión que se recoge es que los problemas del socialismo son, básicamente, los países imperialistas que ponen palos en la rueda de un sistema exitoso que avanzaría imparable si no fuera por las dificultades externas.

Lo demás serían errores entendibles. En una extensa entrevista de Tomás Borge a Fidel Castro en 1992, centrada en la figura de Stalin, reconoce: “Creo que Stalin cometió errores muy grandes, pero también tuvo aciertos grandes”. Entre los errores destaca “enorme abuso de poder”, pero no dice a qué se refiere y se niega a echar sobre sus hombros los millones de muertos por el régimen. Luego menciona dos tipos de errores: la política agraria y la militar.

Llama la atención que no mencione crímenes como los cometidos contra la vieja guardia bolchevique, Kamenev, Zinoviev, Trotski, Bujarin, por mencionar apenas algunos de los más conocidos. No son errores. Fueron asesinatos evitables, al punto que buena parte de ellos fueron rehabilitados tiempo después. Los juicios de Moscú no se debieron ni a errores ni a la locura de Stalin. De los 1.966 delegados del XVII Congreso del Partido Comunista, celebrado en 1934, 1.108 fueron arrestados y casi todos murieron ejecutados o en prisión.

Con razón Pierre Broué, en su historia del partido bolchevique, concluye que hubo una “exterminación” de los militantes y cuadros del partido de le época de Lenin. La importancia de esta historia, que llamamos habitualmente estalinismo, es que sigue operando, que no está cerrada. La represión sirve en dos sentidos: consolida a la burocracia en el poder y le allana el camino para convertirse en una nueva clase dominante. Por eso la represión no es un hecho menor: no es un error ni es consecuencia de la “manía persecutoria” de un loco (Stalin), como dijo tiempo después Kruschev.

Quiero enfatizar que la represión tiene una utilidad política y económica, como señala Foucault. En el bienio 1936-1937 hubo en la URSS 680.000 ejecutados y 630.000 internados en campos de trabajo. Hubo además, y de esto casi no se habla, una vergonzosa colaboración entre el KGB y la Gestapo alemana, que llevó a la entrega al régimen nazi de comunistas alemanas y austríacos refugiados en la URSS.

Lo anterior me parecen consideraciones necesarias para abordar los procesos actuales, porque buena parte de lo que sucede con los partidos integrados en el Foro de San Pablo no es nuevo, sino la repetición de una historia con la que en algún momento  deberíamos zanjar. Porque la represión es un límite ético intolerable. 

El Foro de San Pablo, a mi modo de ver, omite tres cuestiones en relación con Venezuela, Nicaragua y el conjunto de la izquierda en la región.

La primera es la necesidad de asumir que el socialismo no consiste en la concentración de los medios de producción y de cambio en el Estado, como se hizo en todos los procesos revolucionarios. Concentrar poder y recursos en el Estado va a contramano de la emancipación, crea las condiciones para la emergencia de un poderosa burocracia que, poco a poco, se va transformando en una nueva clase que se coloca sobre la sociedad y la oprime para beneficio propio.

La segunda es que la represión tiene por objetivo catapultar a esa clase a la gestión de los medios de producción. Aquí es necesario actualizar los análisis y comprender que la burguesía tiene dos ramas: la tradicional, propietaria de los medios de producción, y la que los gestiona. Son dos caras de la clase dominante, pero de la clase de los gestores son muy pocos los que quieren hablar. 

Sin embargo, es lo que sucedió en la URSS y está sucediendo en China con los cuadros del Partido Comunista. Algo muy similar a lo que sucede en Venezuela y en Nicaragua, donde Ortega y su grupo han desviado los beneficios económicos procedentes de Caracas para su grupo de poder.

La tercera es el pragmatismo, las desviaciones éticas que terminan haciendo que las revoluciones sean muy parecidas a los regímenes que existían antes. Hoy muchos ex comandantes sandinistas consideran que entre Ortega y Somoza no hay gran diferencia. La corrupción rampante en las izquierdas en los gobiernos juega un papel similar a la que otrora jugaba la represión: es un modo de acumulación “originaria” de una clase emergente que hace un discurso de izquierdas pero actúa como las derechas.

¿Cómo es posible que el Foro de San Pablo se niegue sistemáticamente a condenar la represión y corrupción de los gobiernos que lo integran?

Por último, debemos recordar que la implosión de la URSS no fue impuesta desde fuera, sino fruto de la deserción de los trabajadores, que primero se replegaron ante la represión y luego fueron dejando de colaborar con el régimen, boicoteando a la burocracia en el poder en todos los aspectos que pudieron.

Maduro perdió el barrio 23 de Enero, un bastión del chavismo y lugar emblemático de la conciencia popular venezolana. Algo similar sucedió con Monimbó, que fue un barrio clave en la lucha contra los Somoza y ahora es un bastión de la resistencia a Ortega. Son signos que las izquierdas no quieren o no pueden ver ni, peor aún, comprender.

 

*Campos de trabajo forzoso en la Unión Soviética donde se internaba a personas opuestas al régimen.

“Comunas”, “chavismo popular” y otras dolencias de la tiranía

to vulgarize an falsifie until a bare lie shines.

W.S. Burroughs.

 

MADURO, ESCUCHA…

La “Marcha Campesina Admirable” caminó 21 días desde lo profundo de Venezuela hasta Caracas. Era para muchos chavistas un bálsamo para el ego; demostraría que el chavismo era más que la barra brava o la torcida de uno de los gobiernos más brutales y despóticos de la historia nacional sino que también era lucha y poder popular. De hecho se suponía que la marcha demostrara que las dos cosas eran ciertas, que el chavismo es leal pero luchador, rebelde pero obediente.

La marcha coincidió con la movilización de las enfermeras y de los trabajadores de Ferrominera, con las innumerables luchas cotidianas para tener agua corriente gas o electricidad. Sus reivindicaciones eran justas y, significativamente, ninguna era contra el latifundio y la agroindustria sino contra el mismo gobierno que desde los tiempos de Chávez había contemplado indiferente el asesinato de dirigentes campesinos. Para Chávez siempre hubo algo más importante de que hablar, más importante que la muerte de su propia gente.

Aunque tenían todo el derecho a la misma ira de las enfermeras o los obreros de ferrominera, de la gente que meses después duraría días alzada en Catia, Petare y Cotiza (o los Pemones que Guaidó sacrificó en Santa Elena) resultó que la admirable marcha era, finalmente, chavista y por tanto incapaz por definición de luchar contra aquello que la oprime: “Maduro Escucha, esta es también tu lucha” fue el gritito patético, destemplado, que soltaron ante las filas de la Guardia Nacional. En los días siguientes serán desmovilizados de la manera usual: ofreciendo reuniones con los dirigentes, recibiendo saludos vacíos y dejados finalmente en la misma espera indefinida, espera de perro abandonado, que es la vida de todos los chavistas.

Si hizo falta la masacre de Ezeiza y la Triple A, la bala y la tortura, para acabar con el peronismo de izquierda, para desbandar al chavismo “popular” basta con promesas y alguna reunión.

Desde el Este de Caracas y Ciudad Tiuna, el fortín de la burocracia, bien protegidos contra la crisis, los chavistas originarios -la clientela política de Juan Barreto- y los Chavistas Bravíos -la clientela politica de Elías Jaua- jugaron luego a victimizar a los participantes de la marcha campesina agitando el fantoche de un supuesto “chavismo popular” al mismo tiempo que defendían la legitimidad del gobierno que ese pueblo tiene años combatiendo.

El reto, para los que hablaban de Chavismo popular, era hacer del chavismo un ideal más que una forma concreta de gobernar -para que nunca pudiera ser cuestionado- algo que flota más allá de sus miserias, legitimarlo en la misma gente a la que oprimía. Pero los motorizados, los precarios, los trabajadores ya no sirven para eso: o combaten al chavismo o huyen de él. La clave estaba, obviamente, en “la comuna” pero la vida aburrida de los comuneros de las ciudades, repartida entre el trabajo impago y la rutina burocrática no era lo suficientemente encantadora.

Hacía falta algo más, algo afín a la perspectiva turística que, desde la Revolución Cubana, le da forma al izquierdismo: ver las cosas desde lejos, conocerlas en una visita guiada, ilusionarse con lo pintoresco, hacer de la vida ajena un mural viviente en el que el militante, conmovido, pudiera contemplar la justicia de su causa mientras toma fotos y compra souvenirs.

Ese lugar idílico ya había sido encontrado en El Maizal, estado Lara, y, desde 2017, estaba haciendo su trabajo de convencer a los confundidos de la conveniencia de “amar el poder y “desear aquello mismo que nos domina y explota”, como una hermosa y dulce mujer que fuera el argumento a favor del marido que le fractura la mandíbula.

La gente del Maizal hace perfectamente bien el papel de mujer maltratada que apoya hasta la muerte al marido maltratador: soporta pasivamente todo tipo de abusos pero sigue siendo chavista, hace críticas pero obedece y en eso se convirtió en un ejemplo no solo de los pobres que seguían el guión asignado por los funcionarios de clase media sino de como dentro de las izquierdas lo disidente y lo subalterno son incapaces de crear alternativa, solo de reproducir el aparato.

Y mientras el chavismo funcionarial, acomodado, asegura que atacar al chavismo es negar la capacidad de lucha de gente como la del Maizal es en realidad la identidad chavista misma, y más allá, el fetichismo izquierdista con el aparato, la dirigencia y el estado el que les quita la capacidad de luchar al imponer la ley de la lealtad, es decir, de la obediencia y reducirlas a lo que los atocinados y tetoncitos teóricos del chavismo han llamado “interpelación”: comunidades como la del Maizal no solo no pueden protestar, desobedecer, acusar o rebelarse, solo solicitar una y otra vez que las escuchen, apelar a la buena voluntad de la dirigencia porque, por definición, están volcadas en su propio microcosmos, sin cuestionar nunca la obediencia y la lealtad a la que están sometidos.

EL QUE PARTE Y REPARTE…

En una tradición o linaje en que entran el peronismo y el castrismo la llamada comuna chavista es simplemente una asociación vecinal (mal) integrada al aparato de estado. Y de ese aparato recibe dinero o bienes pero también  órdenes: la materialidad de su vida está consumida por una relación clientelar con el estado y la ejecución interminable, del dia a la noche, de tareas de todo tipo: desde ser relleno en movilizaciones a las que ya nadie quiere ir hasta hacer el trabajo de distribuir los alimentos del CLAP.

La “comuna” más que política es policía, es decir, un reparto una administración que nunca es discutida ni cuestionada. Los ingenuos que se alegraban con la noción de democracia participativa nunca se preguntaron quién era el que asignaba las partes de esa participación a cada quien. El castrismo fue quien llevó más lejos esta tecnología de poder en que se busca que la gente invierta grandes cantidades de tiempo, esfuerzo y afecto en tareas irrelevantes como elegir un diputado a una Asamblea Nacional que no decide nada.

Si la idea en Cuba es crear una ilusión de libertad en el sistema monopartidista, en Venezuela es desconectar al chavismo de base no solo de los grandes problemas nacionales sino del gobierno de la ciudad y los territorios. Por eso el consejo local de planificación fue eliminado: aunque modesta era una instancia autónoma con algún poder sobre el presupuesto, sobre la circulación de dinero público. Es fácil ver que estos consejos no solo habrían podido dar problemas a los corruptos alcaldes y concejales sino que, en ciertas circunstancias, hubieran podido coordinarse entre si y con otras instancias para tener algún impacto en el gobierno de la ciudad.

Así, fueron reemplazados por el Consejo Comunal y la Comuna, instancias sin poder o autoridad que están cerradas a la ciudad, subordinadas primero al absurdo “Ministerio de las Comunas” y ahora al partido y las autoridades municipales, un espacio donde, de entrada, las posibilidades de juego político son muy limitadas si no nulas. Más que a un soviet o incluso a una comuna estilo chino, el consejo comunal recuerda a esa consigna del Caudillo Franco de que la verdadera participación es el trabajo: un Consejo Comunal es, en esencia, burocracia vecinal, una administración pública sumergida que gestiona la pobreza y la precariedad de los servicios públicos. Y por todo ese trabajo, sobre todo femenino, no cobran nada.

Pero las comunas “visibilizan” a millones de personas que no eran tomadas en cuenta por la clase política que gobernó hasta 1998 y de las que, hasta hoy, la mayoría de los antichavistas no tiene nada bueno que decir. Fue precisamente esa exclusión la que el chavismo aprovechó visibilizando cuando y donde quería, como los noticieros de televisión, a aquellos que no eran visibles sino en la crónica roja. Todas las banalidades de Paulo Freire quedan a plena vista: los pobres fueron finalmente incluidos pero en un aparato clientelar y solo para obedecer.

Todo el proyecto salió diseñado desde Miraflores y no tenía relación alguna con ninguna organización popular existente o con los consejos locales de planificación que la constitución establecía. Tampoco hubo debate alguno sobre formas organizativas por la sencilla razón de que el chavismo ni tiene espacios donde hacer tal debate ni la organización en general es debatida: la militancia chavista es administrativa, rutinaria, sucesión interminable de tareas y consignas decididas por la dirigencia.

De la misma forma que Chávez diseñó los consejos comunales Maduro diseño los CLAP en los que el “comunero” ya no es más que parte de una empresa logística para distribuir alimentos y el cuerpo que rellena una calle cuando un dirigente corrupto quiere hablar. Si en el periodo de Chávez el comunero podía hacerse la ilusión de gobernar su ínsula Barataria en el de Maduro se le ha dejado claro que es el empleado impago de un mediocre supermercado gubernamental.

Desde que fue creada la comuna los idiotas del chavismo de clase media pasan su vida hablando de comuna, comunero, comunito, comunalizar, etc. precisamente porque, como el soviet -y el mismo comunismo- la idea fue vaciada de una manera tan eficaz que, como decía el viejo Burroughs solo  la mentira desnuda brilla. Sería mucho favor decir que la comuna chavista tiene con los soviets la misma relación que una piel de tigre tiene con un tigre, en realidad es la misma que la piel del tigre tiene con el animal print.

La mayoría de los consejos comunales y comunas sólo fueron efectivos para proyectos que mejoraran el medio ambiente y la infraestructura. También para hacer trabajo social con los casos más desesperados de enfermedad y miseria en un país que no tiene una seguridad social real, pero fueron muy deficientes a la hora de producir nada.

El fetichismo con El Maizal, inicia en que ahí sí hay producción agrícola. Incluso se podría decir que El Maizal es un espacio con una beligerancia que usualmente no tienen las comunas chavistas pues ha tenido que enfrentar todas las extorsiones y violencias que enfrenta la producción agrícola así como la violencia criminal de los gobiernos municipales. Pero fue esa excepción lo que, tristemente, terminó ratificando como regla: aunque han puesto presos a algunos de sus miembros, aunque les robaron su victoria en las elecciones municipales, pese a los múltiples y continuos atropellos el Maizal sigue y seguirá siendo chavista y leal al gobierno en unos términos que para la mayoría descreída son risibles:

A pesar de que nuestro máximo comandante en jefe Hugo Chávez en vida dio instrucciones de forma personalizada, clara, precisa y pública, algunos representantes de cargos de poder al que llegaron mediante la tarjeta electoral del chavismo, insisten en contradecir las órdenes recibidas y burlarse del legado del gigante arañero.

Los abusos e injusticias que los miembros de la Comuna el Maizal recibe del chavismo realmente existente sirven para justificar un chavismo ilusorio -”chavismo popular”- que legitima en la medida en que se queja pero permanece leal. Si el chavismo en sí es una de las ilusiones fundamentales de la izquierda en nuestros días el chavismo popular y la comuna son las ilusiones del funcionariado oportunista que no se decide a romper con Maduro y oponerse a él para no quedar desempleado.

El Maizal ha servido a ese propósito: recibe un continuo flujo de invitados y turistas internacionales, fascinó a los burócratas de la Fundación Rosa Luxemburgo y ha hecho fantasear con cultivar la tierra a gente tan obesa que no puede verse los pies. Y aunque recientemente cayó en una situación desafortunada parece ser la prueba para los que creen que se pueden combatir los errores del gobierno siéndole leal y obedeciendo sin necesidad de pasarse a la disidencia, como Marea Socialista.

EL MÉTODO

Allá en el siglo XIX la comuna era ni más ni menos que un modo de deconstruir el estado, Engels decía claramente que no podía considerarse un estado a la comuna de París: Más cercana del municipalismo de Bookchin y tal vez de Kobane que de los CDR y las comunas agrícolas chinas, abarcaba la ciudad en su conjunto y era más que un dulce fenómeno asambleísta.

La comuna del chavismo es otra cosa, no tanto falsa sino falseada un ejemplo más de las tantas formas de organización jerárquica, sin autonomía, en las que es imposible distinguir al corporativismo militar del estalinismo y al peronismo del castrismo, el problema no es solo que las comunas chavistas estén subordinadas al estado mediante el clientelismo y la obediencia, es el principio de fragmentar la ciudad en ínfimos “teatros” que corresponden a los cubículos de una oficina virtual. No importa cuántos cubículos se integren el poder lo sigue teniendo el poder ejecutivo sea municipal, estatal o nacional.

Esto es importante: porque los fenómenos moleculares, micropolíticos, de los que se habla desde hace décadas no se dan en los pequeños espacios locales sino en los grandes movimientos y redes: conciertos, batallas, manifestaciones, ciudades están llenos de fuerzas moleculares, del “devenir revolucionario de la gente” que Deleuze oponía al “futuro de la revolución” gestionado por los aparatos de captura de la izquierda.

 

Los pequeños espacios, por el contrario, son el mejor lugar para que se reproduzca lo mayoritario, lo molar, a través de ellos la gente se conecta con los aparatos sobre los que no tiene poder. Por eso es que todas las organizaciones jerárquicas están divididas en células que no se comunican entre sí sino con su dirección. Y si ese puede ser un buen principio para una fuerza militar, para los bomberos o una organización clandestina si se hace de él un modelo general de toda organización el resultado es tan totalitario como podría esperarse.

Por demás no se puede sacar legitimidad siempre de ser el mal menor. Por eso hacen falta todas las fantasías comunitaristas, participativas, pintoresquistas, que hacen pensar que, allá en otro lugar, se está construyendo un mundo mejor  que justifica todo lo malo que es necesario hacer (como destruir el sur de Venezuela mediante la minería o asesinar a golpes a los prisioneros políticos o encarcelar dirigentes sindicales).

Las comunas chavistas son ese lado bueno que justifica todo lo malo  para los izquierdistas venezolanos y extranjeros y Venezuela en si es esa islita valiente tal y como lo fue Cuba por décadas: la pantalla en que se proyectan las fantasías de una izquierda universitaria y de clase media. El Más allá, la Tierra sin Mal que justifica todos los sacrificios que, en la práctica, padecen los habitantes de la islita valiente. Los cubanos, como es sabido, son maestros en esa arte que hace de la gente que no come carne la justificación de los que la comen en demasía.

Estas fantasías son necesarias para el ecosistema y la cultura de izquierdas. Por eso los chavistas “bravíos” o “disidentes” que cobran hasta por respirar tienen el cinismo, de legitimar el chavismo en nombre de las viejitas del consejo comunal que trabajan de gratis o de los dirigentes campesinos asesinados. La misma indiferencia de los abogados del chavismo popular tanto al diseño del aparato del que son parte las comunas como a las condiciones materiales de vida de los comuneros devela de qué trata esta última y definitiva demagogia: Uno nunca los verá a protestar por el trabajo impago, sumisión a los caprichos e incompetencia de la burocracia o la precariedad en que tienen que trabajar esos comuneros que usan como excusa para sus fantasías.

Los antichavistas creen que existe un plan bolchevique maligno contra la democracia representativa, en realidad no existe un plan sino un método que se usó primero tanto contra el soviet como contra la Asamblea Constituyente. La “comuna” chavista es lo que queda luego de aplicar ese método de falsificación, destrucción y vaciamiento que, improvisado en 1918, terminó por convertirse en estándar.

Incluso los gobiernos más autoritarios -especialmente ellos- pueden justificarse en la democracia directa o el asambleísmo no solo porque son ideales para el ilusionismo político sino por su alcance limitado, su lentitud y propensión a la teatralización de la lucha política.

La gente siempre hará asambleas y concilios, el problema es si estas entran como piezas en un orden pre-definido, como usuarios sin privilegio de administrador o como una forma de hacking en ese orden. De poco sirve la más “popular” de las asambleas si no puede cuestionar el orden al que está subordinada o si no puede ejercer poder sobre algo más que sí misma: en cierto nivel nombrar autoridades, elegir comisiones y asignar tareas se convierte en un rito vacío o un simple juego.

Democracia no es un ideal moral o una forma definida de organización que podamos imitar: es el poder que se ejerce desde todos lados, vigilar al vigilante, gobernar al gobernante: El sindicato no era importante porque reuniera a los obreros en bonitas asambleas sino porque ejercía poder sobre los patrones. Si, por ejemplo, los Chalecos Amarillos en Francia tienen algún poder o influencia no es por la simple forma asamblearia sino por su capacidad de “actuar sobre las acciones de otros” incluido el gobierno francés, lo mismo puede decirse de cualquier movimiento político importante sea el Solidaridad Polaco, la Intifada o la lucha contra el apartheid.

La democracia no es una mera toma de poder, aunque no la excluye, es cambiar la relación con el estado, cosa que “olvida” frecuentemente la izquierda obsesionada con capturar el estado o capturar a los demás usando al estado. El problema es ejercer poder y crear autoridad eso es imposible si, de antemano, se acepta sin cuestionamiento un poder y una autoridad que está más allá de nuestro alcance.

Por eso el chavismo “crítico” que está reciclando los mismos corruptos de siempre como “disidencia” rara vez mencionó la lucha insumisa, realmente bravía, de las enfermeras y los obreros de Ferrominera o las rebeliones en Petare, Catia y Cotiza: ellos no estaban pidiendo al amo que se uniera a la lucha, estaban luchando contra él y por eso es que pese a que el sindicato es una estructura burocrática y vetusta, en buena medida anacrónica, en las condiciones de Venezuela, donde la precariedad es extrema y el gobierno ha tratado de eliminar la libertad sindical gremios y sindicatos terminaron por ser mucho más radicales que cualquier “comuna” simplemente por oponerse a la normalización de la miseria a la que las comunas contribuyen como parte del sistema CLAP: reclamar el derecho de comprar la comida en un supermercado como se hace en cualquier otro país con un salario mínimamente digno acabó por ser más radical que todas las utopías pintorescas de todas las misiones y comunas juntas.

Así, es la misma identidad y la organización chavistas la que les quita a los chavistas la capacidad de luchar: el chavismo consiste en una producción casi autopoiética de obediencia, de una lealtad que, como las ilusiones, es una cadena intangible. Chavismo es deuda y amor, lealtad e ilusión, “rebelión” contra una serie de enemigos malignos (burguesía, oligarquía, imperialismo) cuya condición es la obediencia primero al caudillo y luego a la oligarquía   cívico-militar. Por eso la única manera de que existiera una disidencia chavista fue oponerse a los sucesores de Chávez en nombre del mismo Chávez, es decir, desplazando la obediencia a un muerto idealizado que ya no puede dar más órdenes.

“Poder Popular”, no era él de Catia, Petare Cotiza y Santa Elena alzados contra el chavismo? no fue el que Guaidó vino a desmovilizar calculadamente con su plan? en Venezuela todos sabemos que las masacres del FAES -y antes de la OLPH- no son solo parte de la forma de mantener a raya a las bandas armadas sino para aterrorizar a unos barrios que hace mucho no son chavistas ni tienen interés en ser parte de ninguna “comuna”.

Caminando hasta Ecuador, recibiendo plomo por protestar por el agua o el gas, batallando día a día contra la precariedad y la miseria, burlándose de las versiones oficiales, insultando a Maduro cada vez que se les va la luz, enterrando a sus muertos y extrañando a los que se fueron están los venezolanos que nunca aceptaron estar en el mural viviente del chavismo.

Ninguno de ellos sería capaz de gritar Maduro Escucha, esta es también tu lucha. No solo sería ridículo sino que su grito es diferente.

 

Dedicado a Rubén  González y Rodney Alvarez.  Y a mi madre, que trabaja en un consejo comunal.

Frank Van Free: “La historiografía objetiva no existe. Pero la objetividad puede ser un método”

Por Sebastiaan Faber

El mensaje fue sencillo: no tirar nada, guardarlo todo. Para la Historia.

El 28 de marzo de 1944, en plena ocupación nazi, el gobierno neerlandés exiliado en Londres aprovechó una de sus emisiones radiofónicas –quince minutos diarios en Radio Naranja– para hacer una llamada a la población holandesa que sufre bajo el yugo de Hitler: “No es posible escribir la historia solo en base a documentos y archivos oficiales”, afirma Gerrit Bolkestein, ministro de Educación de aquella época. “Para que nuestros descendientes se den plena cuenta de lo que hemos vivido y superado como pueblo durante estos años, necesitaremos precisamente los documentos sencillos –un diario, las cartas de un obrero enviado a Alemania, las prédicas de un cura…–. No podremos pintar el retablo de esta lucha por la libertad en todo su brillo y profundidad hasta que podamos reunir todo ese material sencillo, cotidiano, en cantidades abundantes”, añadió.

Acto seguido, el ministro anunció la creación, en una futura Holanda liberada, de un centro dedicado a recopilar documentación e investigar la historia de la ocupación y la resistencia.

Entre los miles de oyentes clandestinos que escuchaban las palabras del ministro se encontraba una joven judía que llevaba casi dos años escondida, con su familia, en la parte trasera de una casa en el Prinsengracht de Ámsterdam. “Ayer por la noche habló el ministro Bolkesteyn”, escribe Anne Frank en su diario al día siguiente, “sobre una recolecta de diarios y cartas que se hará cuando termine la guerra. Imagínate lo interesante que sería que yo sacara una novela sobre la Casa de Atrás … Seguro que ya al cabo de unos diez años después de la guerra, será gracioso contar cómo vivíamos, comíamos y hablábamos nosotros, como judíos, aquí”. El discurso del ministro anima a Anne a reescribir su diario de cara a su futura publicación.

Como sabemos, esa publicación será póstuma. Once meses después de la alocución radiofónica, en febrero de 1945, Anne, que había sido delatada y detenida en agosto, muere en el campo de Bergen-Belsen. El 5 de mayo del mismo año Holanda quedó liberada. A los tres días, se cumplió la promesa del ministro Bolkestein con la fundación oficial del Instituto Estatal para la Documentación de la Historia de Holanda en Tiempo de Guerra.

En los siguientes 34 años, el RIOD (por sus siglas en neerlandés) fue dirigido por el periodista judío Loe de Jong, quien había asesorado al ministro en Londres. Como director de esta institución, De Jong produjo una historia en 14 volúmenes sobre Holanda en guerra, además de una sonada serie televisiva en 21 entregas. Durante el largo periodo de la posguerra, De Jong y su instituto se convirtieron en una especie de conciencia del país respecto a su comportamiento frente al dominio nazi.

Aunque De Jong se jubiló hace cuarenta años, su instituto y su prestigio siguen en pie. Eso sí, su cometido se ha ampliado. Rebautizado como el Instituto para los Estudios de Guerra, Holocausto y Genocidios (NIOD por sus siglas en neerlandés), emplea a unas 75 personas –entre ellas, una treintena de investigadores– y maneja un presupuesto anual de cerca de siete millones de euros. Su objetivo, además de la investigación científica, es ponerse a disposición de la sociedad civil. Su archivo –que, entre muchas otras cosas cuenta con 2.500 diarios de los años 1940-45– está abierto al público; y el NIOD promueve grandes debates sociales en torno a la violencia, pasada y presente.

Además de continuar la investigación sobre la II Guerra Mundial –actualmente un equipo de investigadores está documentando el dudoso papel de los servicios municipales durante la ocupación nazi–, el NIOD coordina otros importantes proyectos. Hoy, por ejemplo, sus investigadores recopilan material para el futuro estudio de la guerra civil en Siria. También lleva dos años liderando una investigación internacional, controvertida, sobre los actos de violencia cometidos a finales de los cuarenta por las fuerzas armadas holandesas en Indonesia –entonces todavía una colonia– para suprimir sus ansias de independencia. En cuatro años de lucha intensa, murieron casi 5.000 soldados, miles de colonos holandeses, y al menos 100.000 indonesios.

Desde su fundación, el NIOD se ha especializado en iluminar las páginas más oscuras de la historia nacional, incluido el alto nivel de colaboración de las autoridades durante la ocupación nazi, que permitió la deportación de 107.000 judíos, que suponían tres cuartos de su población. También se ha enfocado en episodios ignominiosos más recientes. En 2002, después de siete años de investigación, el NIOD publicó un informe de más de 3.000 páginas sobre el papel del contingente militar holandés en la matanza en 1995 de jóvenes musulmanes en Srebrenica, en la antigua Yugoslavia, por las fuerzas serbobosnias. Las revelaciones del NIOD convencieron al entonces primer ministro holandés a presentar la renuncia de su Consejo de Ministros.

“Que yo sepa, fue la única vez que un trabajo de historia tumbó a un gobierno”, me dijo, no sin orgullo, Frank van Vree, el actual director del Instituto, cuando le fui a visitar a su majestuoso despacho en el edificio monumental en el Herengracht de Ámsterdam que hospeda al NIOD. Van Vree (Cuijk, 1954), historiador, ha dedicado su vida profesional a estudiar la historia del periodismo y las políticas de la memoria. Lleva tres años al mando del NIOD.

Su instituto combina una mirada rigurosamente crítica sobre la propia historia nacional con una clara asunción de su papel en la sociedad civil y el debate político. ¿Hay entes parecidos en otros países europeos? En España, por ejemplo, no me consta que exista nada comparable…

La verdad es que somos bastantes únicos, tanto en el carácter de nuestro cometido como en nuestro tamaño y la independencia de la que gozamos a la hora de realizar nuestra labor de investigación. El Instituto de Historia Contemporánea alemán (Institut für Zeitgeschichte) quizá sea parecido, aunque solo se enfoca en la Segunda Guerra Mundial, y obviamente fue fundado, en 1947, bajo circunstancias muy diferentes.

Entiendo que el Instituto está realizando un proyecto para el gobierno municipal de Ámsterdam.

El consistorio nos ha pedido que investiguemos el comportamiento de todos los servicios municipales en los años de la ocupación nazi, desde el servicio social hasta el departamento de tranvías. Este tipo de encargo marca otra fase más en la concientización nacional con respecto al Holocausto. Después de la gran producción historiográfica que se realizó entre los años cuarenta y sesenta, los años setenta nos dieron un enfoque  centrado en las víctimas. En los noventa, el debate se centró en las restituciones y el arte robado. Hoy, por fin, son las agencias gubernamentales –como los municipios o los ferrocarriles– las que se atreven a mirarse al espejo. Y acuden a nosotros. Es un trabajo delicado, ya que se trata no solo de establecer la verdad del pasado, sino también de temas complicados de justicia y de reparación, muchas veces económica.

El Estado está financiando la gran investigación sobre la violencia colonial en Indonesia, pero entiendo que la iniciativa no se ha originado en el Gobierno.

Así es. El Estado la financia con más de cuatro millones de euros, pero solo cedió esa partida después de una intensa presión activista de la sociedad civil, sobre todo de la comunidad indonesia, que después fue asumida por la comunidad científica. Este proyecto es también bastante excepcional en el contexto europeo. Cuando se lo explicamos a nuestros colegas en Francia o Gran Bretaña, se quedan estupefactos. Que se hiciera algo así en Francia, por ejemplo, digamos con respecto a Argelia, sería difícil de concebir.

¿Cómo se consiguió que el Gobierno holandés se plegara?

Los primeros intentos, en 2012, fracasaron. En un principio, el Partido Liberal del primer ministro Rutte se negaba, desde una solidaridad con los veteranos del ejército colonial holandés. Pero después de que aparecieran libros importantes de historiadores que demostraron que la actuación de las fuerzas holandesas incluía una violencia excesiva, sistemática y a gran escala, empezó a crearse un contexto político diferente. Para 2016, la situación había cambiado por completo. En ese momento los diferentes partidos políticos asumen que investigar el pasado colonial es una obligación moral. Es más, empiezan a competir entre sí por el capital político que esa posición moral supone.

Curiosamente, precisamente en ese mismo periodo asistimos al auge de una nueva derecha radical que promueve un revisionismo histórico en clave de orgullo nacional, que celebra el pasado colonial y que rechaza las lecturas “políticamente correctas”.

De hecho, el proyecto sobre Indonesia ha sido criticado desde la derecha tanto como desde la izquierda. La derecha alega que ignoramos el lado holandés de la historia y que asumimos sin más el punto de vista postcolonial de los indonesios. La izquierda radical nos critica porque no afirmamos simplemente que el colonialismo era un mal, y punto. No ayuda que la izquierda desconfíe de la historiografía académica por principio.

Algo así se ha visto en España, donde el movimiento por la recuperación de la memoria histórica se ha enfrentado a los historiadores académicos, a los que pide que se tomen más en serio su misión social. El NIOD, en cambio, ha asumido esa función social desde su misma fundación. ¿Esas dos misiones, la científica y la social, son compatibles siempre?

Al contrario, crean una fricción constante. Se ve claramente en lo de Indonesia. Pero precisamente por eso hemos buscado el debate, desde el principio. El proyecto, por ejemplo, se lanzó hace dos años en un mitin público, con 300 personas, bastante tumultuoso. Y así hemos seguido. Nos hemos sentado a hablar con todos los grupos, incluidos los más radicales. Nuestra intención es escuchar a todos, aunque al final siempre habrá grupos que se sientan ignorados.

¿Cómo lidian con estas tensiones?

Como investigadores, buscamos crear un mapa de los acontecimientos históricos, sin dejar de reconocer las diferentes perspectivas que existen. Es más, la idea es precisamente explicar cómo esos mismos acontecimientos han generado esas perspectivas conflictivas. Tenemos un grupo de 25 investigadores en varios países, más otros 12 en la propia Indonesia. Como se puede imaginar, hay bastantes debates y desacuerdos internos sobre temas de perspectiva y de terminología. A mí todo eso me entusiasma, aunque a veces cuesta evitar que el equipo se rompa.

Los desacuerdos internos, ¿se reflejarán en los resultados que finalmente se presenten al público?

Sí, queremos mantener visibles todas esas voces diferentes. Además, para asegurar que el trabajo llegue a más gente, los resultados se publicarán en holandés, inglés y bahasa (indonesio). Es verdad que esta postura transparente también implica un riesgo, porque supone admitir cierta vulnerabilidad. Pero me parece que, a estas alturas, simplemente no podemos pretender asumir una posición monolítica.

El Foro por la Democracia de Thierry Baudet, la estrella de la nueva derecha radical, aboga por el orgullo patriótico. Supongamos que llega al poder. ¿Amenazará este tipo de mirada crítica, este mirarse al espejo del país? ¿Va a poder impedir el trabajo del NIOD?

No lo creo. Para empezar, solo la mitad de nuestra financiación como Instituto es estatal. Todo lo demás nos llega de otras fuentes. Pero también tenemos una rigurosa independencia en lo que respecta a la investigación, vigilada por los comités científicos y por la Academia Real de las Ciencias (KNAW), a la que responde el NIOD.

Hay constancia, sin embargo, de que el Gobierno quiso imponer vetos y censuras al Instituto en el pasado. Por ejemplo, con respecto a los trapos sucios de la monarquía, o el mismo comportamiento de los soldados holandeses en Indonesia.

Sí, pero eso fue sobre todo antes, cuando el Instituto dependía directamente del Ministerio de Educación. Hoy vivimos en otra época. Para empezar, hay mucha más conciencia de la independencia investigadora. Hoy me parece que cualquier gobierno se lo pensaría diez veces antes de intentar inmiscuirse en nuestro trabajo. Que nuestro margen de libertad ha crecido también lo demuestra la investigación sobre lo ocurrido en Srebrenica. Fueron los investigadores los que tumbaron al gobierno, no al revés.

En años recientes, la temática del Instituto ha cobrado una relevancia nueva, tanto en Europa como en Estados Unidos. Y sin embargo, cuando la congresista norteamericana Alexandria Ocasio-Cortez señaló que lo que existe hoy en la frontera entre EE.UU. y México son campos de concentración, el Museo del Holocausto norteamericano insistió en que era una comparación inválida.

Son situaciones complicadas. Nosotros intentamos inhibirnos de los juicios políticos directos. Si algún periodista me hubiera llamado para pedir mi opinión sobre la analogía de Ocasio-Cortez, le habría indicado cuáles son, a mi juicio, las similitudes y diferencias entre los dos casos. Pero no habría expresado una opinión sobre la idoneidad de la comparación. Nuestro papel no es emitir juicios políticos, sino proporcionar la información que permita la formulación de esos juicios.

No nos hacemos ilusiones: la historiografía objetiva no existe, pero la objetividad puede ser un método. Como ocurre con el periodismo, se puede aspirar al máximo rigor, al mínimo de prejuicios y a la máxima transparencia. Aun así, lo que acabas presentado nunca será más que una interpretación de los acontecimientos, que siempre contiene elementos subjetivos, incluso literarios. Pero esa conciencia de que la subjetividad es inevitable no impide respetar la deontología, más bien lo contrario.

Lleva tres años de director del NIOD. ¿Ha habido sorpresas?

No debería haberlas. He dedicado parte de mi vida profesional a investigar las políticas de la memoria. Y aun así, no me deja de sorprender el carácter político del trabajo que realizamos. Simplemente es imposible ignorarlo. Es una realidad social. Esto no significa que no puedas aceptar encargos de gobiernos o instituciones. Pero sí significa que hay que tener mucho cuidado. Hay que tomar plena conciencia del campo de fuerzas y cuidar las condiciones de tu labor. Y establecer criterios muy claros.

Por ejemplo, acabamos de aceptar un encargo para investigar el papel de la psiquiatría holandesa durante la ocupación. Es un proyecto financiado por unas treinta instituciones de este campo, que se han dado cuenta de que no saben casi nada sobre su propia historia en esta materia. Ellas también sienten la necesidad de mirarse al espejo. En Alemania, sabemos bien que hubo tremendos excesos en psiquiatría, con unas 250.000 personas asesinadas. Aquí en Holanda parece que las cosas no llegaron tan lejos. Pero es un tema muy delicado, en el que es muy importante velar por la integridad científica.

Dado el carácter del Instituto y su cometido, es fácil que converjan asuntos académicos, políticos e incluso personales. Pienso en la figura de Evelien Gans, una investigadora del NIOD cuya familia fue víctima del Holocausto, que se dedicó a investigar el antisemitismo pero que también se involucró intensamente en la discusión pública. Cuando Gans se suicidió, ahora hace un año, poco después de jubilarse, usted escribió: “La noticia de que ha acabado con su propia vida es muy dura. …  Siempre se entregó al máximo, no se inhibió, nunca le dieron miedo los debates”. ¿Ustedes se plantean el impacto psicológico del trabajo que realizan?

Evelien era un ejemplo de alguien completamente identificada con su tema. Fue su fuerza pero a veces también su debilidad. La verdad es que no tenemos un psicólogo en plantilla. Pero es curioso que me lo mencione, porque de hecho decidimos hace poco ocuparnos más en serio de esa dimensión. Tenemos a investigadores que se ocupan de los tribunales de guerra africanos o de la guerra civil en Siria. También son temas muy duros. Nos hemos dado cuenta de que es importante sentarnos con un profesional para considerar los efectos de este tipo de trabajos sobre las personas.

Fuente: https://ctxt.es/es/20190828/Politica/27918/holanda-memoria-historica-niod-frank-van-vree-sebastiaan-faber.htm