Un dilema falaz: ¿naturaleza o “desarrollo”?

La justicia social no es viable sin la justicia ecológica, y viceversa; y lo mismo sucede con los derechos humanos y ecológicos.

Por Alberto Acosta // Economista ecuatoriano. Exministro de Energía y Minas. Expresidente de la Asamblea Constituyente.

La sentencia del Tribunal Internacional de Derechos de la Naturaleza, que rechaza  la construcción de una controvertida carretera en el corazón del TIPNIS (Territorio Indígena Parque Nacional IsiboroSécure) ha provocado diferentes reacciones de las autoridades del Estado boliviano. Mientras el presidente de la Cámara de Diputados, miembro del partido gobernante MAS, dijo que “tomará debida atención de las recomendaciones emergidas por este tribunal para que se pueda dar aplicabilidad a sus resoluciones”, en un artículo de prensa la viceministra de Medio Ambiente arremetió en contra “del fallo de un supuesto Tribunal Internacional autonombrado” (fake-tribunal en sus palabras), afirmando que la sentencia “establece que la naturaleza estará intocada y que condenaremos a las comunidades y poblaciones que viven en los bosques a no acceder a los derechos a un desarrollo digno y sustentable”.

Tal declaración coincide con la simplona apreciación del Vicepresidente boliviano quien, al hablar de la intangibilidad del TIPNIS, llegó a afirmar “que usted no puede sacar una hoja. Eso es intangibilidad. Que usted no puede levantar una rama. Que usted no puede tocar nada. Es decir, no puede hacer una escuela. No puede perforar para agua potable. Eso es intangibilidad”. A más de torpemente querer confundir a la sociedad boliviana, estos pronunciamientos reflejan un dilema falaz: ¿naturaleza o “desarrollo”?

Vamos por partes. Sobre la viceministra, cabe indicar que sus palabras delatan la incomprensión de un tribunal de la sociedad civil global que no pertenece a Naciones Unidas, no es una ONG ni proviene de ningún acuerdo entre Estados u agrupaciones políticas. Su aparecimiento es consecuencia de la Conferencia Mundial de los Pueblos sobre el Cambio Climático y los Derechos de la Madre Tierra, paradójicamente convocada por el presidente Evo Morales en abril de 2010.

Sus miembros participan a título individual: son personas de prestigio, de todos los continentes, motivadas solo por su conciencia y deseo de defender los Derechos de la Madre Tierra (y, por tanto, el derecho a la vida de sus hijas e hijos). Y es justo ese hecho de nacer desde abajo –pero con grandes objetivos– lo que fortalece y distingue a este tribunal de cualquier entidad “formal”.

Para entender la relevancia de este tipo de tribunales basta recordar al Tribunal Russell-Sartre, creado desde la sociedad civil para enfrentar los crímenes de guerra del imperialismo yanqui en Indochina.

¿Se atrevería alguien a tildar de “fake” a un tribunal presidido por pensadores de gran ética que buscaban juzgar los crímenes cometidos por Estados Unidos en Vietnam? Y, por cierto, de ahí nacería luego el Tribunal Permanente de los Pueblos, otro espacio de indudable fuerza ética.

Es claro que estos tribunales de la sociedad civil buscan precisamente incomodar al poder –político, económico y demás– cuando ha atropellado derechos (una de las especialidades de quienes ejercen el poder).

Respecto a las palabras del Vicepresidente boliviano, recalquemos el principio de que la justicia social no es viable sin la justicia ecológica, y viceversa (lo mismo sucede con los derechos humanos y ecológicos), lo cual se debe a que seres humanos y naturaleza formamos una sola gran unidad: somos la vida misma de este mundo.

Semejante principio choca con la política de muchos gobiernos latinoamericanos –como el boliviano– que falazmente hablan de superar los extractivismos profundizándolos (incluso con megainfraestructuras).

En realidad, a más de violar a la Madre Tierra y a los Derechos Humanos, en particular de los pueblos indígenas, los extractivismos ahondan los conflictos, las violencias y hasta la dependencia de los países al capital transnacional.

Duele que se siga vendiendo esa falacia de que se debe sacrificara la naturaleza para invocar al “desarrollo”: un verdadero fantasma, responsable hasta del propio “subdesarrollo”.

Así mismo, entristece que la incomprensión de que el Vivir Bien, establecido en la Constitución del Estado Plurinacional de Bolivia, no es una alternativa de “desarrollo” –sustentable o no–, sino una alternativa al “desarrollo”. El Vivir Bien es una forma muy diferente de entender la vida, propiciando la armonía entre los seres humanos y de éstos, en tanto comunidades e individuos, con la Pachamama.

Así, la idea de que la atención gubernamental a las poblaciones indígenas y no indígenas del TIPNIS no será posible por cumplir con los Derechos de la Madre Tierra es aberrante. Aberración sostenida desde una falsa dicotomía –naturaleza o “desarrollo”– que urge superar si queremos evitar que la vida termine subsumida por el poder.

Fuente: https://www.paginasiete.bo/ideas/2019/7/7/un-dilema-falaz-naturaleza-desarrollo-223117.html

Cornelius Castoriadis: El papel de la ideología bolchevique en la aparición de la burocracia

Este texto fue publicado en enero de 1964 en la revista Socialisme ou Barbarie, numero 35,  con el seudónimo de Paul Cardan. Servía de introducción a la obra La oposición obrera, de Alejandra Kolontai, publicada en el mismo número de la revista.

El folleto de Alexandra Kolontai La Oposición Obrera apareció en Moscú en 1921, durante la violenta controversia que precedió al XX Congreso del Partido bolchevique y que el propio Congreso debía cerrar para siempre igual que todas las demás.

Aún no se ha terminado de hablar acerca de la revolución rusa, de sus problemas, de su degeneración, del régimen que finalmente ha producido. ¿Y cómo habría de terminarse de hablar? En ella se combinan la única revuelta victoriosa de cuantas ha protagonizado la clase obrera y, además, el más hondo y revelador de todos sus fracasos. El hecho de que la Comuna de París haya sido aplastada en 1871, o la de Budapest en 1956, nos enseña que los obreros insurgentes encuentran problemas de organización y de política inmensamente difíciles; que su insurrección puede encontrarse aislada; que las clases dominantes no retroceden ante ninguna violencia, ante ninguna barbarie cuando se trata de salvar su propio poder. Pero la revolución rusa nos obliga a reflexionar no tan sólo sobre las condiciones de una victoria del proletariado, sino también acerca del contenido y la posible suerte de tal victoria, acerca de su consolidación y su desarrollo, acerca de los gérmenes de un fracaso cuyo alcance sobrepasa infinitamente la victoria de los versalleses, la de Franco en la guerra civil española o la de los blindados de Kruschev. Precisamente porque aplastó a los ejércitos blancos, pero luego sucumbió a la burocracia que ella misma había engendrado en sí, la revolución rusa nos sitúa frente a problemas de una naturaleza muy distinta que la táctica o los métodos de insurrección armada o la apreciación correcta de la relación de fuerzas. Nos obliga a meditar acerca de la naturaleza del poder de los trabajadores y sobre lo que entendemos por socialismo. Justamente porque condujo a un régimen en el cual la concentración de la economía, el poder totalitario de los dirigentes y la explotación de los trabajadores han sido llevados al límite y producido, en suma, el grado extremo de centralización del capital y de su fusión con el Estado, la revolución rusa nos sitúa para comprender la que ha sido, y sigue aún siendo, la forma en cierto sentido más perfeccionada, más «pura» de la moderna sociedad de explotación. Al encarnarse el marxismo, por primera vez en la historia, al hacer en consecuencia ver en tal encarnación un monstruo desfigurado, nos permite entender ese marxismo en la misma o aún mayor medida en que puede ser comprendida por él. El régimen que ha producido ha pasado a ser la piedra de toque de todas las ideas habidas y por haber, tanto -sin duda- las originarias del marxismo clásico como de las ideologías burguesas; ello lo ha logrado a base de echar a perder al primero precisamente al realizarlo y, también, a fuerza de hacer triunfar la más profunda esencia de las segundas, pese a negarlo de continuo. No ha terminado aún, pues, de plantear los problemas más actuales ni de ser la revelación más evidente, a la vez que la más enigmática, de la historia mundial; no ha terminado de hacerlo, en razón de haberse extendido a la tercera parte del mundo, en razón de las revueltas obreras que se han alzado contra su dominio en los últimos diez años, ni tampoco en razón de su actual estallido en un polo ruso y otro chino. El mundo en que vivimos, pensamos y actuamos ha sido puesto en sus raíles en octubre de 1917 por los obreros y bolcheviques de Petrogrado.

De entre las innumerables cuestiones que suscita la suerte corrida por la revolución rusa, dos constituyen los pilares en que se apoyan todas las demás. La primera: cuál es la sociedad producida por la degeneración de la revolución (es decir, cuál es la naturaleza y la dinámica de ese régimen, en qué consiste la burocracia rusa, cuál es su relación con el capitalismo y con el proletariado, su lugar histórico, sus problemas actuales). Ha sido discutida numerosas veces (1), y aún lo será (2). La segunda: cómo una revolución obrera puede dar origen a una burocracia, y de qué modo esto ha ocurrido en Rusia. Esta cuestión la hemos examinado en su aspecto teórico (3), pero sólo en pequeña medida la hemos abordado desde la óptica de la historia concreta. Por supuesto que existe una dificultad casi insuperable para estudiar de cerca este período oscuro donde los haya, el que va desde octubre de 1917 a marzo de 1921, y en el cual se ha jugado la suerte de la revolución. El problema que en primer lugar nos interesa no es, en efecto, otro que éste: ¿en qué medida los obreros rusos han intentado tomar por sí mismos la dirección de la sociedad, la gestión de la producción, la regulación de la economía, la orientación de la política? ¿Cuál ha sido su conciencia de los problemas, su actividad autónoma? ¿Cuál su actitud frente al Partido bolchevique, frente a la naciente burocracia? Porque no son los obreros quienes escriben la historia, sino siempre “los otros”. Y esos “otros”, quienesquiera que sean, sólo existen históricamente porque las masas son pasivas, o activas únicamente para sostenerles, y ellos mismos lo afirmarán en cualquier oportunidad; la mayor parte de las veces, ni verán ni oirán los ademanes y las palabras que traducen esa actividad autónoma. En el mejor de los casos, la utilizarán a las claras tanto en cuanto coincida “por milagro” con su propia línea, y cuando se aparte de ella la condenarán radicalmente y le imputarán los móviles más infames (de este modo Trotski describe en términos grandiosos a los obreros anónimos de Petrogrado marchando hacia el Partido bolchevique, o movilizándose ellos mismos durante la guerra civil, pero califica a los insurgentes de Kronstadt de infiltrados y agentes del Estado Mayor francés). A esos “otros” les faltan las categorías, las células cerebrales por así decirlo, todo lo que necesitarían para comprender esa actividad autónoma, incluso lo que les sería necesario para captarla como tal: como una actividad que no ha sido institucionalizada, que carece de jefe y de programa, que no tiene estatuto, que ni siquiera es percibible a no ser bajo la forma de los «desordenes» y de los «jaleos». La actividad autónoma de las masas pertenece, por definición, a “lo rechazado” de la Historia.

Por ello, no ocurre únicamente que el registro documental de los fenómenos que nos interesan más que otros en este período sea fragmentario, ni siquiera que haya sido sistemáticamente suprimido, y continúe siéndolo, a manos de la burocracia triunfante. Lo importante es que ese registro es “orientado” y “selectivo” en mucha más honda proporción que cualquier otro testimonio histórico. La ira reaccionaria de los testigos burgueses y la apenas menos rabiosa de los socialdemócratas; el delirio anarquista; la historiografía oficial, periódicamente reescrita de acuerdo con las necesidades de la burocracia; y la historiografía trotskista, exclusivamente preocupada de justificarse a posteriori y en ocultar su papel en las primeras etapas de la degeneración: todo ello se confabula para ignorar los signos de la actividad autónoma de las masas durante esa época o, hablando en puridad, para «demostrar» a priori que era imposible que tal actividad existiera entonces.

El texto de Alexandra Kolontai [“La oposición obrera”] aporta, a este respecto, informaciones de inestimable valor. En primer lugar, por las indicaciones directas que suministra acerca de las actitudes y las reacciones de los obreros rusos ante la política del Partido bolchevique. Seguidamente, y sobre todo, al mostrar que una amplia fracción de la base obrera del Partido tenía conciencia del proceso de burocratización en curso, y se alzaba contra él. Ya no es posible, después de haber leído este texto, seguir presentando la Rusia del 20 como un caos, un amontonamiento de ruinas donde el proletariado estaba pulverizado y donde los únicos elementos de orden eran el pensamiento de Lenin y “la férrea voluntad” de los bolcheviques. Los obreros querían otra cosa, y lo demostraron: en el seno del Partido, por medio de la Oposición Obrera; y, fuera del Partido, por medio de las huelgas de Petrogrado y de la revuelta de Kronstadt. Fue menester que todo eso fuera aplastado por Lenin y Trotsky, para que Stalin consiguiera, después, salir victorioso.

A la pregunta: ¿cómo la Revolución rusa pudo producir un régimen burocrático?, la respuesta habitual, dada antes que nadie por Trotski (y recogida al cabo de mucho tiempo muy a gusto por los compañeros de viaje del estalinismo y, hoy en día, por los mismos kruschevianos, a fin de «explicar» las «deformaciones burocráticas del régimen socialista»), es ésta: la revolución tuvo lugar en un país atrasado, que de todas maneras no hubiese podido construir el socialismo a solas; se encontró aislada en virtud del fracaso de la revolución en Europa, y en especial en Alemania, entre 1919 y 1923; para colmo, el país se fue completamente devastado por la guerra civil.

Esta respuesta no merecería que nos detuviéramos en ella ni un solo momento, a no ser por la aceptación general que la rodea y el papel mistificador que desempeña. El atraso, el aislamiento y la devastación del país, hechos todos ellos incontestables en sí mismos, habrían podido también explicar una derrota pura y simple de la revolución, una restauración del capitalismo clásico. Pero lo que se pregunta es precisamente por qué no hubo derrota pura y simple, por qué la revolución, después de haber vencido a sus enemigos exteriores, se vino abajo en el interior; por qué «degeneró» bajo esa precisa forma que conducía al poder burocrático. La respuesta de Trotski, para utilizar una metáfora, viene a ser como si dijese: ese individuo ha cogido una tuberculosis porque se hallaba tremendamente debilitado. Pero, estando tan debilitado, habría podido morir, o contraer otra enfermedad: ¿por qué ha contraído precisamente “esa” enfermedad? Lo que hay que explicar, en la degeneración de la revolución rusa, es justamente la especificidad de esa degeneración en cuanto degeneración “burocrática”; y ello no puede hacerse más que a condición de rechazar factores de índole tan general como el atraso y el aislamiento. Añadamos, de pasada, que semejante «respuesta» nada nos enseña que sobrepase el ejemplo de Rusia. La única conclusión que podemos extraer de ella es que los revolucionarios deben formular ardientes votos para que las próximas revoluciones ocurran en países más avanzados, para que no se queden aisladas y para que las guerras civiles no sean en absoluto devastadoras.

Abundando además en este aspecto, el hecho de que desde hace ya más de veinte años el régimen burocrático haya desbordado ampliamente las fronteras de Rusia, el que se haya instalado en países que de ninguna forma podríamos calificar de atrasados (Checoslovaquia o la Alemania del Este), el que la industrialización que ha hecho de Rusia la segunda potencia mundial no haya conseguido debilitar a la burocracia, demuestra que toda discusión en términos de «atraso», de «aislamiento», etc. es pura y simplemente anacrónica.

Si queremos comprender el surgimiento de la burocracia como capa gestora que va siendo más y más preponderante en el mundo contemporáneo, estamos obligados a constatar de inmediato que, paradójicamente, aparece en los dos polos del desarrollo social, a saber: por un lado, como producto orgánico de la madurez de la sociedad capitalista; por otro, como una «respuesta forzosa» de las sociedades atrasadas al problema de su “paso” a la industrialización.

En el primer caso, el surgimiento de la burocracia no ofrece misterio alguno. La concentración de la producción conduce necesariamente a la aparición, en el seno de las empresas, de una capa que debe asumir de modo colectivo la gestión de inmensas agrupaciones económicas, tarea que sobrepasa cualitativamente las posibilidades de un propietario individual. El creciente papel del Estado, en el campo económico por supuesto, pero también en los demás, lleva a la vez a la extensión cuantitativa y a un cambio cualitativo del aparato burocrático del Estado. En el otro polo de la sociedad, el movimiento obrero degenera al burocratizarse, se burocratiza al integrarse en el orden establecido y no puede integrarse en él si no es burocratizándose. Estos diversos elementos constitutivos de la burocracia -técnico-económica, político-estatal, «obrera»- coexisten mejor o peor entre sí y también en compañía de los elementos propiamente «burgueses» (propietarios de los medios de producción), pero la evolución tiende constantemente a incrementar su peso en la dirección de la sociedad. En tal sentido, puede decirse que el surgimiento de la burocracia corresponde a una fase «última» de la concentración del capital, y que la burocracia personifica o encarna el capital durante dicha fase, a igual título que la burguesía en la fase precedente. Y esa burocracia puede, al menos por lo que respecta a su origen y a su función socio-histórica, ser comprendida con ayuda de las categorías del marxismo clásico (poco importa, en este punto, si los supuestos marxistas de nuestros días, infinitamente por debajo de las posibilidades de la misma teoría que se adjudican, siguen siendo incapaces de dar un estatuto socio-histórico a la burocracia, y se ven por tanto llevados, creyendo que en sus ideas no hay nombre para tal fenómeno, a rechazar la existencia de los hechos y a hablar del capitalismo contemporáneo como si nada hubiese cambiado desde hace cien o cincuenta años).

En el segundo caso, la burocracia surge, si así podemos decirlo, del vacío mismo de la sociedad que se considera. Es cierto que, en la casi totalidad de las sociedades atrasadas, las antiguas capas dominantes se muestran incapaces de emprender la industrialización del país; es cierto que el capital extranjero no crea, en el «mejor» de los casos, más que enclaves de explotación moderna; es cierto que la burguesía nacional, nacida tardíamente, no posee ni la fuerza ni el valor necesarios para emprender la transformación de arriba abajo de las antiguas estructuras que sería exigido por la modernización. Añadamos que, por ese mismo hecho, el proletariado nacional es demasiado débil para desempeñar el papel que le asigna el esquema de la «revolución permanente»; es decir, para eliminar a las antiguas capas dominantes y lanzarse a una transformación que conduzca, de modo ininterrumpido, desde la etapa «democrático-burguesa» a la etapa socialista.

¿Qué puede ocurrir entonces? La sociedad atrasada puede permanecer en su estancamiento: y permanece, durante un tiempo más o menos prolongado (sigue siendo el caso, aún hoy en día, de un gran número de países atrasados ya se hayan constituidos como estados antigua o modernamente). Pero tal estancamiento significa de hecho una degradación en cualquier caso relativa, e incluso a veces absoluta, de la situación económica y social, y una ruptura del equilibrio precedente. Agravada casi siempre por factores en apariencia «accidentales», pero en realidad inevitables en su recurrencia y que encuentran una resonancia infinitamente incrementada en una sociedad deslavazada, cada ruptura de equilibrio se convierte en una crisis que, por lo general, se combina con un componente «nacional». El resultado puede ser una lucha social-nacional abierta y larga (China, Argelia, Cuba, Indochina), o un golpe de Estado, casi fatalmente militar (Egipto). Ambos casos presentan inmensas diferencias, pero también un punto común.

En el primer caso, la dirección político-militar de la lucha se erige gradualmente en capa autónoma que gestionara la «revolución» y, después de la victoria, la reconstrucción del país; en vista de lo cual se atrae de forma natural a todos los elementos ligados con las antiguas capas privilegiadas, selecciona otros de entre las masas y constituye, a la vez que la industria del país, la pirámide jerárquica de lo que será el esqueleto social. Esa industrialización se realiza, por supuesto, según los clásicos métodos de acumulación primitiva, mediante la explotación intensa de los obreros y aún en mayor medida de los campesinos y la integración, prácticamente forzosa, de estos últimos en el ejército de trabajo industrial. En el segundo caso, la burocracia estatal-militar, al desempeñar un papel de tutela con respecto a las capas privilegiadas, no las elimina radicalmente, ni tampoco abate el estado de cosas que encarnan; puede preverse así, casi siempre, que la transformación industrial del país no terminará sin una nueva convulsión violenta. Pero, en ambos casos, lo que se constata es que la burocracia juega en efecto, o tiende a jugar, el papel de sustituto de la burguesía en sus funciones de acumulación primitiva.

Es preciso señalar que esa burocracia provoca de hecho el estallido de las categorías tradicionales del marxismo. En ningún sentido puede decirse que esa nueva capa social se ha formado y crecido en el seno de la sociedad precedente, ni que nazca de un nuevo modo de producción, cuyo desarrollo había llegado a ser incompatible con el mantenimiento de las antiguas formas de vida económica y social. Por el contrario, es ella quien hace nacer ese nuevo modo de producción en la sociedad dada; ella misma no surge a partir del normal funcionamiento de la sociedad, sino a partir de la incapacidad que la sociedad tiene para funcionar. Su origen es, casi sin metáfora, el vacío social; sus raíces históricas se hunden tan sólo en el porvenir. No tiene evidentemente ningún sentido decir que la burocracia china es el producto de la industrialización del país, cuando podría decirse, infinitamente con mayor razón, que la industrialización de China es el producto del ascenso al poder de la burocracia. Tal antinomia no puede ser sobrepasada si no es constatando que, en nuestros días, y a falta de una solución revolucionaria a escala internacional, un país atrasado no puede industrializarse más que si se burocratiza.

En el caso de Rusia, si bien la burocracia se encuentra con que ha realizado, después de todo, la “función histórica” (4) de la burguesía de antaño o de la burocracia de un país atrasado de hoy; si, por otra parte, no puede ser asimilada a esta última (5), lo cierto es que las condiciones de su nacimiento son diferentes: lo son precisamente porque Rusia en 1917 no era simplemente un país «atrasado», sino un país que, a la par que su atraso, presentaba un desarrollo capitalista bien afirmado (la Rusia de 1913 era la quinta potencia industrial mundial), tan bien afirmado que el país fue precisamente teatro de una revolución del proletariado que se alzaba en nombre del socialismo (mucho tiempo antes de que esa palabra hubiese llegado a significar cualquiera sabe qué o, incluso, nada en absoluto). La primera burocracia que se ha convertido en clase dominante en su sociedad ha sido la burocracia rusa, y aparece justamente como el producto final de una revolución acerca de la cual todo el mundo pensaba que había otorgado el poder al proletariado.

La burocracia rusa representa, pues, un tercer tipo, de hecho el primero que surge claramente en la historia moderna; un tipo de burocracia bien delimitado: la burocracia que surge de la degeneración de una revolución obrera, la burocracia que “es” esa degeneración misma; lo es incluso si, en el caso de la burocracia rusa, podemos encontrar, desde el principio, tantos elementos de «gestión de un capital centralizado» como de «capa que desarrolla por todos los medios una industria moderna».

Pero ¿en qué sentido puede decirse –teniendo en cuenta precisamente la evolución ulterior, teniendo en cuenta también que la «toma del poder» en octubre de 1917 fue organizada y dirigida por el partido bolchevique y que, desde el primer día, ese poder fue asumido de hecho por ese partido- que la revolución de octubre fue una revolución proletaria, al menos si rechazamos identificar lisa y llanamente una clase con un partido que dice representarla? ¿Por qué no decir -tal y como no han faltado quienes lo han dicho- que nunca hubo otra cosa en Rusia que el golpe de Estado de un partido que, habiéndose asegurado de una manera u otra el apoyo del proletariado, no tendía sino a instaurar su propia dictadura, empeño en el que triunfó?

No tenemos la intención de discutir este problema en los términos escolásticos que lo plantean a base de preguntarse: ¿es lícito clasificar la revolución rusa en la categoría de las revoluciones proletarias? La cuestión que nos importa es ésta: ¿desempeñó la clase obrera rusa un papel histórico propio durante aquel período o, al contrario, fue simplemente la infantería movilizada al servicio de otras fuerzas ya constituidas? ¿Apareció como un polo relativamente autónomo en la lucha y el torbellino de las acciones, de las formas organizativas, de las reivindicaciones y de las ideas o, por el contrario, no fue sino un simple catalizador de impulsos que le venían de fuera, es decir, un instrumento manipulado sin gran dificultad ni riesgo?

Cualquiera que haya estudiado, aunque sea poco, la historia de la revolución rusa, no dudará a la hora de responder. Petrogrado en 1917, e incluso después, no es ni la Praga de 1948 ni el Cantón de 1949. El papel independiente del proletariado resalta con claridad: incluso, en principio, por la naturaleza del proceso que ocasiona que los obreros llenen las filas del Partido bolchevique y le concedan, de modo mayoritario, un apoyo que nada ni nadie podía arrebatarles ni imponerles en aquel entonces; o por la relación que les une con ese Partido; o por el peso de la guerra civil, asumido por ellos espontáneamente. Pero, ante todo, merced a las acciones autónomas que emprenden: ya en febrero, ya en julio de 1917, y mucho más aún después de octubre, al expropiar a los capitalistas sin, y también contra, la voluntad del Partido, al organizar por su propia cuenta la producción; en suma, merced a los órganos autónomos que constituyen, sean soviets o especialmente comités de fábrica.

El éxito de la revolución no fue posible sino por la convergencia del inmenso movimiento de revuelta total de las masas obreras, por su voluntad de cambiar sus condiciones de existencia, de desembarazarse de los patronos y del zar; eso por un lado y, por el otro, por la acción del Partido bolchevique. Decir que únicamente el Partido bolchevique podía, a fines de octubre de 1917, dar una expresión articulada y un “objetivo inmediato” preciso (el derrocamiento del Gobierno provisional) a las aspiraciones de los obreros, de los campesinos y de los soldados, con ser cierto, no significa en ningún modo que esos obreros fuesen una infantería pasiva. Sin esos obreros que militaban en sus filas y fuera de ellas, el Partido no era nada, ni física ni políticamente. Sin la presión de su creciente radicalización, ni siquiera habría adoptado una línea revolucionaria. Y en ningún momento, ni siquiera largos meses después de la toma del poder, puede decirse que el Partido “controlase” los movimientos de la masa obrera.

Pero tal convergencia, que culmina en efecto con el derrocamiento del Gobierno provisional y con la constitución de un Gobierno de predominio bolchevique, resultó pasajera. Los síntomas de separación entre el Partido y las masas aparecen relativamente temprano, incluso si, por su misma naturaleza, semejante separación no puede ser captada con la nitidez debida por las tendencias políticas organizadas.

Resulta cierto que los obreros esperaban de la revolución un cambio total de sus condiciones de existencia. Esperaban sin duda una mejora material, pero sabían perfectamente que esa mejora no podría ser inmediata. Únicamente los espíritus mezquinos pueden ligar esencialmente la revolución a dicho factor, o ligar la posterior desilusión de los obreros a la incapacidad del nuevo régimen para satisfacer tales esperanzas de mejoras materiales. La revolución se había iniciado, en cierto modo, en demanda de pan; pero, ya mucho antes de octubre, había sobrepasado la cuestión del pan y había absorbido la pasión total de los hombres. Durante más de tres años, los obreros rusos soportaron sin flaquear las más extremas privaciones materiales, al tiempo que componían la parte esencial de los contingentes que habrían de derrotar a los ejércitos blancos. Se trataba para ellos de liberarse de la opresión de la clase capitalista y de su Estado. Habiéndose organizado en los soviets y en los comités de fábrica, encontraban inconcebible -ya con anterioridad a octubre, pero sobre todo después- que no se expulsara a los capitalistas; y de ahí que llegaran a descubrir que podían organizar y gestionar por sí mismos la producción. Y ellos fueron quienes echaron por su propia cuenta a los capitalistas, de acuerdo con una iniciativa por entero contraria a la línea del Partido bolchevique -el decreto de nacionalización promulgado en el verano de 1918 no fue sino la ratificación de un estado de cosas dado- y quienes pusieron en funcionamiento las fábricas.

Para el Partido bolchevique de ninguna manera se trataba de eso. Teniendo en cuenta que su línea se precisa después de octubre (pese a la mitología extendida tanto por estalinistas como por trotskistas, puede demostrarse fácilmente, con textos en mano, que antes y después de octubre el Partido bolchevique está enteramente a oscuras en lo que se refiere a lo que pretende hacer una vez que haya tomado el poder), vemos que aspira a instaurar en Rusia una economía «bien organizada», según el modelo capitalista de la época (6), un «capitalismo de Estado» (tal expresión aparece de continuo en los escritos de Lenin), al cual se superpondrá un poder político “obrero”; poder que, de hecho, será ejercido por el partido de los obreros, el Partido bolchevique. El «socialismo» (que, según Lenin escribió sin vacilar, implica la «dirección colectiva de la producción») vendrá después.

No se trata únicamente de una «línea», de algo que simplemente se diga o se piense. En lo que toca a la mentalidad profunda y a la actitud real, el Partido está impregnado, de arriba abajo, de la convicción indiscutible de que debe “dirigir”, en el pleno sentido del término. Tal convicción, existente desde mucho antes de la revolución (como lo demuestra Trotski al hablar de la mentalidad de los «hombres de comité» en su biografía de Stalin), se ve compartida en la época, por otra parte, por todos los socialistas (con sólo algunas excepciones, entre las que contaríamos a Rosa Luxemburgo, a la tendencia Gorter-Pannekoek en Holanda y a los «comunistas de izquierda» en Alemania). Convicción que se verá inmensamente reforzada con la conquista del poder, la guerra civil, la consolidación del poder del Partido; convicción que Trotski expresará con claridad en aquel entonces, al proclamar «los derechos de primogenitura» del Partido.

Esta mentalidad no es sólo una mentalidad; se convierte, casi inmediatamente después de la conquista del poder, en una “situación social real”. Individualmente, los miembros del partido asumen los puestos dirigentes en todas las esferas de la vida social; en parte, cierto, «porque no puede hacerse de otra manera», lo cual quiere decir al tiempo: porque todo cuanto hace el Partido, hace que no pueda ser hecho de otra manera.

En el aspecto colectivo, la única instancia real de poder es el Partido y, ya desde muy pronto, las cimas del Partido. Los soviets se ven reducidos, a raíz de la conquista del poder, a instituciones puramente decorativas (basta con observar que su papel fue absolutamente nulo durante todas las discusiones que precedieron a la paz de Brest-Litovsk, es decir, ya a principios de 1918). Si es verdad que la existencia social real de los hombres determina su conciencia, resulta desde ese momento ilusorio pedir al Partido bolchevique que actúe de otro modo distinto al que le obliga la situación real en que se halla: o sea, como órgano dirigente que posee, no obstante, un punto de vista acerca de su sociedad que no es necesariamente el que la sociedad tiene sobre sí misma.

Ante esta evolución, o más bien ante esta súbita revelación de la esencia del Partido bolchevique, los obreros no oponen resistencia. Al menos, no advertimos signos directos de ello. En el intervalo entre la expulsión de los capitalistas y la puesta en funcionamiento de las fábricas, es decir, entre los comienzos del periodo revolucionario y las huelgas de Petrogrado y la revuelta de Kronstadt, a su final, en el invierno de 1920-1921, carecemos de datos sobre alguna manifestación articulada de actividad autónoma de los obreros [Nota de 1976: Esta afirmación debe matizarse a partir de estudios posteriores; ver por ejemplo “Los bolcheviques y el control obrero 1917-1921”, edición castellana en París, Ruedo Ibérico, 1972]. La guerra civil y la continua movilización militar de ese período, la preocupación impuesta por las cuestiones prácticas inmediatas (producción, avituallamiento, etc.), la oscuridad de los problemas y, sin duda, por encima de todo, la confianza de los obreros en el Partido, explican el fenómeno. Hay, ciertamente, dos aspectos en la actitud de los obreros con referencia a esto. Por un lado, la aspiración a desembarazarse de toda dominación, a tomar en sus propias manos la dirección de sus asuntos; por otro, la tendencia a delegar el poder en ese partido que acababa de demostrar que era el único que se oponía irreconciliablemente a los capitalistas y que conducía la guerra contra ellos. La oposición, la contradicción entre ambos aspectos no era percibida en la época, ni -estaríamos tentados de decir- podía serlo, al menos con claridad.

Y, sin embargo, fue percibida, y en gran medida, en el seno mismo del Partido. Desde comienzos de 1918 y hasta la prohibición de las fracciones en marzo de 1921, se forman en el Partido bolchevique tendencias que expresan con una clarividencia y una nitidez a veces sorprendentes la oposición a la línea burocrática del Partido y a la burocratización vertiginosa de la organización. A comienzos de 1918 son los «Comunistas de izquierda»; en 1919, la tendencia del «Centralismo democrático»; por fin, en 1920-1921, la «Oposición obrera». Podrán encontrarse, en las “Notas históricas” que publicamos como epílogo al texto de Alexandra Kolontai [en su publicación en “Socialisme ou Barbarie”], precisiones acerca de las ideas y actividad de tales tendencias [Nota de 1976: hoy puede verse sobre el tema la obra de Brinton ya citada]. En ellas se expresan a la vez la reacción de los elementos obreros del Partido -que sin duda traduce también las actitudes del ambiente proletario externo al Partido- en contra de la línea de «capitalismo de Estado» impuesta por la dirección, y asimismo se expresa lo que podríamos denominar «el otro componente» del marxismo, es decir, el que invoca la actividad propia de las masas y proclama que la emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos.

Pero las tendencias de oposición fueron sucesivamente derrotadas, y definitivamente eliminadas en 1921, al tiempo que se aplasta la revuelta de Kronstadt. Los muy debilitados ecos de la crítica contra la burocracia que encontramos después en la «Oposición de izquierda» (trotskista), con posterioridad a 1923, no tienen igual significación. Trotski se opone a una “mala política” de la burocracia y a los excesos de su poder; nunca pone en cuestión su esencia, ni los problemas suscitados por las oposiciones de 1918-1921 (primordialmente: quién gestiona la producción, qué debe hacer el proletariado durante la «dictadura del proletariado», aparte de trabajar y seguir las directrices de «su partido»); esos problemas le serán a Trotski extraños hasta prácticamente el final de su vida.

Nos vemos así obligados a constatar que, contrariamente a la mitología dominante, la partida decisiva se juega, y se pierde, no en 1927, ni en 1923, ni siquiera en 1921, sino mucho antes, durante el período 1918-1921. Ya en 1921 hubiera sido precisa una revolución, en el total sentido de la palabra, para enderezar la situación, y ni siquiera una revuelta como la de Kronstadt -los hechos mismos lo probaron- era suficiente para modificar al menos algo de lo esencial. Esta andanada de advertencia condujo al Partido bolchevique a reparar aberraciones cometidas en el tratamiento de otros problemas (en especial con respecto al campesinado y a las relaciones entre la economía urbana y la economía agraria) y propició, por lo tanto, una atenuación de las tensiones provocadas por el hundimiento económico y un comienzo de reconstrucción de la producción. Pero tal reconstrucción iba ya bien colocada en los raíles del capitalismo burocrático.

En efecto, es entre 1917 y 1920 cuando el Partido bolchevique se instala firmemente en el poder, hasta el punto en que no podría verse desalojado de allí sino por la fuerza de las armas. Y es al comienzo de ese período cuando las incertidumbres de su línea son eliminadas, corregidas las ambigüedades, resueltas las contradicciones. En el nuevo Estado, el proletariado debe trabajar, movilizarse, morir dado el caso, a fin de defender el nuevo poder; debe dar sus elementos más «conscientes» , más «capaces» a «su» Partido, en el seno del cual se convertirán en dirigentes de la sociedad; debe ser «activo y participante» cada vez que le sea pedido, pero justo hasta el límite en que el Partido decida; debe someterse absolutamente al Partido en todo lo esencial. «El obrero -escribe Trotsky durante ese período, en una obra que conoce inmensa difusión en Rusia y en el extranjero- no hace cambalaches con el gobierno soviético; está subordinado al Estado, le está sometido en todos los aspectos, ya que se trata de “su” Estado» (7).

El papel del proletariado en el nuevo Estado está, pues, claro: es el de ser ciudadanos entusiastas y pasivos. Y el papel del proletariado en el trabajo y en la producción no lo está menos. En resumen, es idéntico al que representaba antes, bajo el capitalismo; excepto que ahora serán seleccionados obreros que tengan «carácter y aptitudes» (8) para sustituir a los directores de fábrica que han huido. Lo que preocupa al Partido bolchevique durante ese período no es cómo puede facilitarse el que las colectividades obreras tomen en sus manos la gestión de la producción, sino cómo podrá formar, cuanto antes, una capa de directivos y administradores de la industria y la economía.

La lectura de textos “oficiales” de dicha época no deja subsistir ninguna duda al respecto. La formación de una burocracia en tanto que capa gestora de la producción (y que dispone, inevitablemente, de privilegios económicos) fue, desde prácticamente el principio, “la política consciente, honesta y sincera del partido bolchevique, con Lenin y Trotsky a la cabeza”. Tal política era, honesta y sinceramente considerada como socialista: o, con mayor exactitud, como una «técnica administrativa» que podría ponerse al servicio del socialismo, puesto que la clase de administradores dirigentes de la producción quedaría bajo el control de la clase obrera «personificada por su Partido comunista». La decisión de colocar en la cúspide de una fábrica a un director y no a un equipo obrero, escribe Trotski, carece de importancia política: «No puede ser ni acertada ni errónea, desde la óptica de la técnica administrativa… Sería el peor de los errores confundir la cuestión de la autoridad del proletariado con la de los equipos obreros que gestionen las fábricas. La dictadura del proletariado se expresa mediante la abolición de la propiedad privada de los medios productivos, mediante la dominación sobre el entero mecanismo soviético por parte de la voluntad de las masas, y no mediante la forma de dirección de las diversas empresas» (9). La “voluntad colectiva de las masas” citada significa aquí una expresión metafórica que designa la voluntad del Partido bolchevique. Los jefes bolcheviques se explicaban así sin ninguna hipocresía, contrariamente a algunos de sus “defensores” de hoy. «En esta sustitución del poder de la clase obrera por parte del poder del Partido -escribía por entonces Trotski- nada hay de fortuito e incluso, en el fondo, no hay siquiera sustitución. Los comunistas expresan los intereses fundamentales de la clase obrera. Es absolutamente natural que, en una época en que la Historia trae al orden del día la discusión de tales intereses en toda su amplitud, los comunistas se conviertan en los representantes declarados de la clase obrera en su totalidad» (10). Encontraríamos con facilidad decenas de citas de Lenin que exponen idéntica idea.

El poder indiscutido de los directores en las fábricas, bajo el único “control” (¿cuál, realmente?) del Partido. El poder indiscutido del Partido sobre la sociedad, sin control alguno. Nadie en aquellos días podía impedir la fusión de estos dos poderes, la interpenetración recíproca de ambas capas, la consolidación de una burocracia inamovible que dominase todos los sectores de la vida social. El proceso pudo verse acelerado y ampliado por la entrada en el Partido de elementos extraños al proletariado, que acudían raudos a ponerse bajo el ala de la victoria; pero ésa fue una “consecuencia”, y no una causa, de la orientación del Partido.

El momento en que la oposición a esa orientación del Partido se expresó con mayor fuerza en su seno fue la discusión acerca de la «cuestión sindical» (1920-1921), que precedió al X Congreso del Partido. En el plano formal se trataba del papel de los sindicatos en la gestión de la producción y de la economía; por la fuerza de las cosas, la discusión cayó en el campo de los problemas, ya larga y ásperamente debatidos durante los dos años anteriores, del “mando de uno solo” en las fábricas y del papel de los “especialistas”. El lector encontrará, en el texto mismo de Alexandra Kolontai y en las

Notas Históricas que le siguen, la descripción de las diversas posiciones enfrentadas. Para resumirlo brevemente, la dirección del Partido, con Lenin a la cabeza, reafirmaba que la gestión de la producción debía ser confiada a administradores individuales («especialistas» burgueses u obreros seleccionados en razón de sus «aptitudes y capacidades») bajo el control del Partido, y que los sindicatos debían asumir tareas de educación de los obreros y de defensa de éstos con respecto a los directivos de la producción y del Estado. Trotski pedía una subordinación completa de los sindicatos al Estado, su transformación en apéndices y órganos del Estado (y del Partido), siempre a partir del mismo razonamiento: puesto que somos un Estado obrero, el Estado y los obreros son la misma cosa y. por lo tanto, los obreros no necesitan un órgano separado que les defienda contra «su» Estado. La Oposición Obrera pedía que “la gestión de la producción y de la economía fuese confiada gradualmente a los «colectivos obreros» de las fábricas” con arreglo al modo en que tales colectivos estaban organizados en los sindicatos; que la «dirección de uno solo» fuese reemplazada por la dirección colegiada; que el papel de los especialistas y de los técnicos fuese reducido. La Oposición subrayaba que el desarrollo de la producción en las condiciones postrevolucionarias era un problema principalmente social y político, cuya solución dependía del despliegue de la iniciativa y creatividad de las masas trabajadoras, y no un problema administrativo y técnico. La Oposición denunciaba la creciente burocratización del Estado y del Partido (ya en aquel entonces todos los puestos de responsabilidad de alguna importancia eran adjudicados por nombramiento desde arriba y no por elección), y la separación continua entre el Partido y los obreros.

Es cierto que, en algunos de estos puntos, las ideas de la Oposición eran confusas y que, en conjunto, la discusión parece haberse desarrollado sobre un plano formal, de igual manera que las respuestas que se aportaron, tanto por una parte como por otra, eran respuestas más formales que de fondo (el fondo, por otro lado, se decidía ya en otro lugar distinto a los Congresos del Partido). Así, la Oposición (y Kolontai en las páginas de su texto) no distinguía claramente entre el papel (indispensable) de los especialistas y de los técnicos en cuanto tales y bajo el control de los obreros, y la transformación de esos especialistas y técnicos en gestores incontrolados de la producción. La Oposición desarrollaba una crítica indiferenciada de especialistas y técnicos, con lo que ofrecía un fácil blanco a los ataques de Lenin y Trotski, que se esforzaban denodadamente en demostrar que no puede haber fábrica sin ingenieros, y llegaban subrepticiamente a la asombrosa conclusión de que aquélla era una razón suficiente para conceder a los ingenieros poderes dictatoriales de gestión sobre la totalidad del funcionamiento de la fábrica. La Oposición luchaba encarnizadamente en la discusión del problema del «mando colegiado» , opuesto al «mando de uno solo», lo cual ofrecía un aspecto relativamente formal (un mando colegiado puede ser tan burocrático como el mando de un sola persona) y dejaba en la sombra el verdadero problema, no otro que el de la verdadera fuente de la autoridad. De este modo, Trotski podía permitirse decir: «La actividad de los trabajadores no se define ni se mide por el hecho de que la fábrica esté dirigida por tres hombres o por uno solo, sino que hay factores y hechos de orden mucho más profundo» (11), con lo que esquivaba el verdadero problema, es decir, en qué relación esos «tres hombres» o el «uno solo» se hallan con respecto a la colectividad de los productores de la empresa. La Oposición hacía alarde de un relativo fetichismo sindical, en una época en que ya los sindicatos habían caído bajo el prácticamente completo control de la burocracia del Partido. «Un mantenimiento prolongado de la “independencia” del movimiento profesional en una época de revolución proletaria es tan imposible como una política de bloques. Los sindicatos se convierten, en tal época, en los órganos económicos más importantes con que cuenta el proletariado en el poder. Precisamente por ese hecho caen bajo la dirección del Partido comunista. No son únicamente las cuestiones de principio del movimiento profesional, sino también los conflictos serios que pueden tener lugar en el interior de estas organizaciones, lo que se encarga de resolver el Comité Central de nuestro Partido» (12). Escribiendo para responder a las acusaciones de Kautsky acerca del carácter antidemocrático del poder bolchevique, Trotski no tenía motivo, sino muy al contrario, para exagerar la influencia del Partido en los sindicatos.

Pese a tales debilidades, pese a esa relativa confusión, la Oposición Obrera planteaba el verdadero problema: ¿quién debe gestionar la producción en el «Estado obrero»?, y respondía correctamente: los organismos colectivos de los trabajadores. Lo que la dirección del Partido quería, lo que había ya impuesto -y ahí no hay ninguna diferencia entre Lenin y Trotski-, era una jerarquía dirigida desde arriba. Es sabido que esa concepción obtuvo la victoria. También es sabido a dónde ha llevado dicha victoria.

En la lucha entre la Oposición Obrera y la dirección del Partido bolchevique, se asistió a la disociación de dos aspectos contradictorios que, paradójicamente, han coexistido en el marxismo en general, y en particular en su encarnación rusa. La Oposición Obrera hace oír, por vez primera en la historia del movimiento marxista oficial, esa llamada a la actividad propia de las masas, esa confianza en las capacidades creadoras del proletariado, esa convicción de que, con la revolución socialista, comienza un período verdaderamente nuevo de la historia humana, en el cual las ideas del periodo precedente no conservarán sino un valor mínimo y el edificio social deberá ser reconstruido de arriba abajo.

Las tesis de la Oposición son un intento de encarnar tales ideas en un programa político que se ocupe del campo fundamental de la producción.

El triunfo de la orientación leninista constituye el triunfo del otro aspecto que, a decir verdad, se había convertido desde hacía mucho tiempo, e incluso en Marx mismo, en el elemento predominante en el pensamiento y la actividad socialista. Lo que constantemente, como una obsesión, aparece una vez y otra en todos los textos y discursos de Lenin durante ese período es la idea de que Rusia debe aprender de las enseñanzas «escolares» de los países capitalistas avanzados y convencerse, por lo tanto, de que no existen treinta y seis métodos para desarrollar la producción y la productividad del trabajo y para salir del atraso y del caos, es decir, que hay que adoptar la «racionalización» capitalista, los métodos de dirección capitalistas, los «estímulos laborales capitalistas». Todo ello no son sino medios que, al parecer, podrían ponerse al servicio de ese fin histórico radicalmente opuesto: la construcción del socialismo. En base a esto, Trotski, al discutir los méritos del militarismo, llega a separar por completo el Ejército en sí mismo, o sea, su estructura y sus métodos. del sistema social al que sirve. Lo que resulta criticable en el militarismo burgués y en el Ejército burgués, dice en síntesis Trotski, es que están al servicio de la burguesía; en cuanto a lo demás, no hay nada que decir. La única diferencia, según él, reside en esto: «¿Quién detenta el poder?» (13). De igual manera, la dictadura del proletariado no se expresa «mediante la forma de dirección de las diversas empresas» (14). La idea de que los mismos medios no pueden ponerse indiferentemente al servicio de fines distintos; de que existe una relación intrínseca entre los instrumentos que se utilizan y el resultado que se obtiene; de que, ante todo, ni el Ejército, ni la fábrica, son simples «medios» o «instrumentos», sino estructuras sociales donde se organizan dos formas fundamentales de relaciones entre los hombres (la producción y la violencia); la idea de que en esas formas de relación puede percibirse, condensada, la expresión esencial del tipo de relaciones sociales que caracterizan una época, tal idea, al ser considerada totalmente trivial para un marxista, se ve «olvidada» por entero. Se trata sólo de desarrollar la producción, utilizando para ello aquellos métodos y estructuras que han demostrado que funcionan. El hecho de que, entre esas “demostraciones”, la principal la constituyera el desarrollo del “capitalismo” en cuanto sistema social, es decir, que una fábrica produzca no exactamente tejidos o acero, sino proletariado y capital, eso era perfectamente indigno de atención.
Detrás de ese «olvido» se esconde, evidentemente, algo más. Desde un punto de vista coyuntural, existe por supuesto la angustiosa preocupación por levantar cuanto antes una producción y una economía que se hunden. Pero semejante preocupación no dicta fatalmente la elección de los «medios». Si, para los dirigentes bolcheviques, aparece como evidente que los únicos medios eficaces son los medios capitalistas, eso significa que también ellos están impregnados de tal convicción, de que el capitalismo es el único sistema “productivo” eficaz y racional. Fieles a Marx en cuanto a querer suprimir la propiedad privada, o la anarquía mercantil, no pretenden suprimir la organización de la producción llevada a cabo por el capitalismo. Aspiran a modificar la “economía”, no las relaciones de trabajo y el trabajo mismo. A un nivel aún más hondo, su filosofía es la filosofía del desarrollo de las fuerzas productivas, y también ahí son fieles herederos de Marx o, al menos, de un aspecto de Marx, que es el dominante en sus obras de madurez. El desarrollo de las fuerzas productivas es, si no el fin último, en todo caso sí el “medio absoluto”, en el sentido de que todo lo demás debe llegar por añadidura. y de que todo en absoluto debe verse subordinado a tal desarrollo. ¿Los hombres? También los hombres, claro está. «Por regla general, el hombre se esforzará por evitar el trabajo… El hombre es un animal perezoso…» (15). Para combatir esa pereza, es preciso poner en acción todos los medios que han probado su eficacia: el trabajo obligatorio -cuyo carácter cambia como de la noche al día en caso de ser impuesto por la «dictadura socialista» (16)-, y los medios técnicos y económicos: “Bajo un régimen capitalista, el trabajo por piezas o a destajo, la puesta en vigor del sistema taylorista. etc., tenían como meta aumentar la explotación de los obreros y arrebatarles la plusvalía.

Como consecuencia de la socialización de la producción, el trabajo por piezas, a destajo, etc., apunta a un crecimiento de la producción socialista y, por lo tanto, a un aumento del bienestar común. Los trabajadores que aportan en mayor medida que otros su esfuerzo al bien común adquieren el derecho a recibir una porción mayor del producto social que los rácanos, los indolentes y los desorganizadores». Esto no lo dice Stalin en 1939, sino Trotski en 1919 (17).

Que una organización socialista de la producción durante el primer período no resulta concebible sin una «obligación de trabajar» (el que no trabaja no come), es cierto; que una uniformización del esfuerzo realizado por talleres y fábricas debe exigir el establecimiento de algunas normas laborales indicativas, es probable. Pero todos los sofismas de Trotski sobre el hecho de que «el trabajo libre» no ha existido jamás en la Historia y no existirá antes del comunismo pleno, no podrán hacer olvidar a nadie la cuestión crucial: ¿”Quién” establece las normas? ¿”Quién” controla y sanciona la obligación de trabajar? ¿Son las colectividades de trabajadores organizados? ¿O bien una categoría social específica, que tiene como función gestionar el trabajo de los otros? Gestionar el trabajo de los otros: he ahí el punto de partida y el de llegada de todo ciclo de explotación. Y esta «necesidad» de una categoría social específica que gestione el trabajo de los otros en la producción, y también la actividad de los otros en la política y en la sociedad, esta necesidad de una dirección separada de las empresas y de un partido que domine el Estado, la proclamó el bolchevismo desde los primeros días de su subida al poder y se empeñó encarnizadamente en imponerla. Sabido es que lo logró. En tanto en cuanto las ideas desempeñan un papel en el desarrollo histórico -y, “en último análisis”, su papel es enorme-, la ideología bolchevique (y, a su través, la ideología marxista) ha sido un factor decisivo en el surgimiento de la burocracia rusa.

Notas

(1) Ver, entre otros, P. Chaulieu: “Las relaciones de producción en Rusia” (núm.2) y “La explotación de los campesinos bajo el capitalismo burocrático» (núm. 4) [P.Chaileu es uno de los seudónimos, como Paul Cardan, que utilizó Castoriadis. Textos incluidos en La sociedad burocrática Vol 1, Barcelona, Tusquets, 1976]; Claude Lefort: “El totalitarismo sin Stalin» (núm. 15).[Incluido en el libro ¿Qué es la burocracia?, París, Ruedo Ibérico]

(2) Publicaremos, en nuestros próximos números, artículos acerca de la economía y de la sociedad rusas después de la industrialización.

(3) Ver también los textos citados en la nota 1, el editorial del núm. 1, y P. Chaulieu: “Sobre el contenido del socialismo” (núm. 17).

(4) Cuando hablamos de “función histórica” en este contexto no hacemos metafísica o racionalización a posteriori. Se trata de una abreviación para decir: o bien Rusia habría desarrollado una gran industria moderna, o bien el nuevo Estado habría sido aplastado en cualquier conflicto (lo más tarde, en 1941).

(5) Únicamente en este sentido existe un elemento de verdad en la relación establecida por Trotsky entre la burocracia y el atraso de Rusia, relación torpemente resucitada por Deutscher, por ejemplo. Lo que evidentemente se olvida en nuestros días de añadir es que, en este caso, se trata a las claras de un “régimen de explotación” que realiza la acumulación primitiva.

(6) Una cita entre cien posibles: “La historia hizo aparecer en 1918 las dos mitades separadas del socialismo, que vivían codo con codo, como dos brotes futuros en el interior de la concha única del capitalismo internacional. Alemania y Rusia encarnaron la materialización más flagrante: la una, de las condiciones socioeconómicas del socialismo; la otra, de sus condiciones políticas.» (Lenin: «Infantilismo ‘de izquierda’ y mentalidad pequeño-burguesa», Selected Works , vol. VII, p. 365.)

(7) L. Trotski: Terrorismo y Comunismo, ed. 10-18, París, 1963, p. 252.

(8) Ib., p. 228.

(9) Ib., p. 243.

(10) Ib., págs. 170-171.

(11) Ib., p. 242.

(12) Ib., p. 172.

(13) Ib., p. 257, subrayado en el texto.

(14) Ib., p. 243.

(15) Ib., p. 202.

(16) Ib., p. 223.

(17) Ib., p. 225.

Henri Lefebvre: “El espacio: producto social y valor de uso”

Introducción: Henri Lefebvre: un ‘programa común’ hacia un espacio socialista

por Pedro Jiménez Pacheco

En Francia entre los años 1972 y 1977, los partidos de la izquierda institucional (Partido Comunista Francés, Partido Socialista y Movimientos Radicales de Izquierda) finalmente llegaron, no sin dificultad, a unirse en la Union de la gauche con el objetivo de desarrollar un ‘programa común’ para la conquista electoral del poder en una perspectiva de ‘transición al socialismo’. Dentro de este marco, al no existir un análisis serio y profundo sobre la especificidad de la dimensión espacial de la dominación capitalista, y casi nada de lo que podría o debería ser un ‘espacio socialista’, esta sería una nueva oportunidad para que Lefebvre se detenga a llenar esta deficiencia teórica. Así pues, en el año 1976, participó en muchos debates dentro y fuera de los partidos de la Unión de la Izquierda. Uno de ellos, en torno a la pregunta ‘¿Hay alguna teoría socialista del espacio?’ Este coloquio merece la atención de Lefebvre para intentar resumir el progreso de su reflexión teórica y política del espacio (Garnier, 2010). Dicho congreso será difundido el mismo año en una edición especial de La nouvelle revue socialiste, titulada Le renouveau socialiste et l’unité de la gauche[i]. Tres años más tarde, en 1979, el joven profesor J. W. Freiberg del Departamento de Sociología de la Universidad de Boston, publicará la conferencia de Lefebvre en su libro Critical Sociology: European Perspectives[ii], una recopilación de las conferencias recogidas durante cinco veranos consecutivos, en seminarios intensivos con diez académicos europeos[iii]. Además, en los años académicos regulares, Freiberg dio la bienvenida al inglés Michael Mann, al canadiense John O’Neill, al español Vicente Navarro, al suizo-alemán Urs Jaeggi, al egipcio Anouar Abdel-Malek, y en particular al francés Henri Lefebvre, que mantuvo a sus oyentes fascinados con una semana de espléndidas conferencias (Freiberg, 2000). Una de ellas, L’espace: produit social et valeur d’usage, se tradujo al inglés y fue reproducida en el libro de Freiberg.

Jean Pierre Garnier[iv] nos recuerda la importancia y la claridad del discurso de Lefebvre en la construcción de ese programa común de transición hacia el socialismo en Francia durante los años 70. En primer lugar, se  propone volver a la posesión y gestión colectiva del espacio como estrategia fundamental en la transformación social, añadiendo a esto su producción social, así como también, el desvelamiento y crítica radical del espacio capitalista, dejando ver sus funciones y contradicciones en el camino hacia un colapso generalizado del espacio, en el que los movimientos de base en el mundo empiezan a desafiar a la dominación de lo económico sobre el espacio social y su valor de uso. Lefebvre plantea la reinvención de dichos movimientos, su reorganización fuera del lugar de trabajo, su re-dimensionamiento, y futuras luchas en el espacio como movimientos de usuarios, sin aniquilar la lucha de clases. Introduce la categoría del tiempo vivido en el espacio, como valor de uso fundamental, cercenado y reducido por la modernidad al tiempo lineal de supremacía de lo económico.

Esta re-invención de los movimientos de base supone una de las claves de esta izquierda unida para llevar a las masas a encontrar nuevas expresiones y un idioma común, que normalmente topan con unos límites política y estratégicamente estrechos. En este sentido se considera que la posición de Lefebvre fue inequívoca al anunciar el rol de esta nueva izquierda como organizadora de la lucha de clases en el espacio, de manera opuesta a su pacificación y estabilización, tal como lo hizo la izquierda institucional una vez llegada al gobierno (Garnier, 2010). Así, el discurso de Lefebvre fluye a raíz de su innovación teórica sobre la producción del espacio social y el análisis para descifrar el espacio capitalista, hacia un claro posicionamiento de la idea de que una sociedad que se está transformando dentro del socialismo no puede aceptar (incluso durante el período de transición) al espacio que ya es producido por el capitalismo; y, que esta sociedad ‘diferente’ inventa, crea, produce nuevas formas de espacio, pero existen unas relaciones de propiedad y otras relaciones sociales de producción que están bloqueando esas posibilidades.

Debido a la coyuntura política entre espontánea y partidista, Lefebvre hace un aporte al allanamiento del camino de transición (pacífica) al socialismo, dedicando la segunda parte de su discurso al ‘espacio socialista’ y su situación dentro de las oportunidades y los obstáculos para sustituir al espacio capitalista. Sin adelantar demasiado los aportes lefebvrianos, está claro que el acercamiento que hace al espacio socialista es más un soporte teórico organizativo, que una lanza de insumos programáticos u operativos. El despliegue y fluidez del contenido del discurso, sin embargo, es de una concreción inédita en las obras y artículos de Lefebvre. Su análisis, obliga a detenerse en algunos detalles que se resuelven adecuadamente en su teoría unitaria del espacio social.

El Espacio: Producto social  y valor de uso, Henri Lefebvre

“Cambiar la vida”, “cambiar la sociedad”, estas frases no significan nada si no existe la producción de un espacio apropiado.

“Producir el espacio”, estas palabras son sorprendentes: la producción del espacio, en concepto y en realidad, ha aparecido sólo recientemente, sobre todo, en la explosión de la ciudad histórica, la urbanización general de la sociedad, los problemas de la organización espacial, etc. Hoy en día, el análisis de la producción muestra que hemos pasado de la producción de cosas en el espacio a la producción del espacio mismo.

Este paso de la producción en el espacio a la producción del espacio ocurrió debido al crecimiento de propias fuerzas productivas y por la intervención directa del conocimiento en la producción material. Este conocimiento se convierte eventualmente en conocimiento sobre el espacio, información sobre la totalidad del espacio. La producción en el espacio no está desapareciendo, pero está orientada de una forma diferente. Uno puede hablar de una economía de flujos: el flujo de la energía, el flujo de las materias primas, el flujo del trabajo, el flujo de la información, etc. Las unidades de producción industrial y agrícola ya no son independientes y aisladas.

De esto se desprende una importante consecuencia: La planificación de la economía moderna tiende a convertirse en la planificación del espacio. El urbanismo y el manejo territorial son solo elementos de esta planificación espacial, los efectos de la misma se sienten por todas partes, aunque este ha sido particularmente el caso de Francia.

El espacio es social: se trata de la asignación de lugares más o menos apropiados para las relaciones sociales de reproducción, es decir, las relaciones bio-fisiológicas entre los sexos, las edades, la organización específica de la familia, y para las relaciones de producción, es decir, la división del trabajo y su organización.

El pasado ha dejado sus marcas, sus inscripciones, pero el espacio es siempre un espacio presente, una totalidad actual, con sus enlaces y conexiones para la acción. De hecho, la producción y el producto son lados inseparables de un proceso.

El espacio social no se explica por la naturaleza (el clima y la topología), la historia, o la cultura. Además, las fuerzas productivas no constituyen un espacio o un tiempo. Mediaciones y mediadores se interponen entre ellos: con sus razones derivadas del conocimiento, de la ideología, del sistema de significados.

Es el espacio una relación social? Sí, sin duda, pero es inherente a la relación de propiedad (el propietario de la tierra, en particular), también está vinculado a las fuerzas productivas que dan forma a esta tierra. El espacio está impregnado de relaciones sociales; no sólo es sostenido por las relaciones sociales, sino que también está produciendo y es producido por las relaciones sociales.

El espacio tiene su propia realidad en los actuales modo de producción y sociedad con las mismas demandas y en el mismo proceso global de materias primas, dinero y capital.

El espacio natural se ha ido irreversiblemente. Y aunque permanece, por supuesto, como el origen del proceso social, la naturaleza se reduce ahora a los materiales en los que operan las fuerzas productivas de la sociedad.

Cada sociedad nace en el marco de un modo de producción dado, con las peculiaridades inherentes a este marco, moldeando su espacio. La práctica espacial define su espacio, lo plantea y lo presupone en una interacción dialéctica.

El espacio social, pues, siempre ha sido un producto social, pero esto no fue reconocido. Las sociedades pensaban que recibieron y transmitieron el espacio natural. Todo el espacio social tiene una historia que comienza a partir de esta base natural: en efecto, la naturaleza está siempre y en todo lugar caracterizada por particularidades (climas, topologías, etc.).

Pero si hay una historia del espacio, si hay una especificidad del espacio de acuerdo a los períodos, las sociedades, los modos y relaciones de producción, entonces hay un espacio del capitalismo, es decir, de la sociedad administrada y dominada por la burguesía.

EL ESPACIO CAPITALISTA

El capitalismo y neocapitalismo han producido un espacio abstracto, que es el reflejo del mundo de los negocios en los niveles nacional e internacional, así como, del poder del dinero y la política del Estado. Este espacio abstracto depende de vastas redes de bancos, empresas y grandes centros de producción. También existe la intervención espacial de autopistas, aeropuertos y redes de información. En este espacio, la cuna de la acumulación, el lugar de la riqueza, el sujeto de la historia, el centro del espacio histórico, –en otras palabras, la ciudad– ha estallado.

El espacio como un todo entra en el modo modernizado de producción capitalista: se lo utiliza para producir plusvalía. El suelo, el subsuelo, el aire, e incluso la luz son parte de ambos, las fuerzas productivas y los productos. La fábrica urbana, con sus múltiples redes de comunicación e intercambio, es parte de los medios de producción. La ciudad y sus diversas instalaciones (puertos, estaciones de tren, etc.) son parte del capital.

El espacio abstracto revela sus capacidades opresivas y represivas en relación con el tiempo. Rechaza el tiempo como una abstracción (excepto cuando se trata del trabajo, del productor de las cosas y de la plusvalía). El tiempo se reduce a las limitaciones del espacio: horarios, carreras, travesías, cargas.

Las diferentes funciones del espacio capitalista

Medio de producción

El espacio es un medio de producción: la red de intercambios y los flujos de materias primas y energía que conforman el espacio también son determinados por el espacio. Los medios de producción, un producto en si mismos, no se pueden separar de las fuerzas de producción, técnicas y conocimiento, de la división internacional del trabajo, de la naturaleza, o del Estado y otras superestructuras.

La ciudad, el espacio urbano y la realidad urbana no pueden ser concebidos simplemente como la suma de lugares de consumo de bienes (mercancías) y los lugares de producción (empresas).

La disposición espacial de una ciudad, una región, una nación o un continente incrementa las fuerzas productivas, al igual que lo hacen los equipos y máquinas en una fábrica o en una empresa, pero en otro nivel. Uno utiliza el espacio tal y como se utiliza una máquina.

Un objeto de consumo

El espacio como un todo es consumido para la producción del mismo modo que lo son edificios industriales y sitios, máquinas, materias primas y la fuerza de trabajo.

Cuando nosotros vamos a las montañas o a la playa, consumimos un espacio. Cuando los habitantes de la Europa industrializada descienden al Mediterráneo, el cual se ha convertido en su espacio de ocio, ellos pasan del espacio de producción al consumo del espacio.

Un instrumento político

El Estado utiliza el espacio de tal manera que garantice su control de los lugares, su jerarquía estricta, la homogeneidad total y la segregación de las partes. Es por tanto un espacio administrativamente controlado e incluso un espacio vigilado. La jerarquía de los espacios corresponde a la de las clases sociales, y si existen guetos para todas las clases, los de la clase obrera son simplemente más aislados que los de las otras clases.

La intervención de la lucha de clases

La lucha de clases interviene en la producción del espacio, hoy más que nunca. Sólo el conflicto de clases puede evitar que el espacio abstracto se auto-propague por todo el planeta y, por tanto, pueda borrar todas las diferencias espaciales. Sólo la acción de clase puede producir diferencias que se opongan a lo interior del crecimiento económico, a saber, la estrategia, la lógica, y el sistema.

Debido a esto, en el actual modo de producción, el espacio social está considerado entre las fuerzas productivas y los medios de producción, entre las relaciones sociales de producción y su reproducción especialmente.

La historia emerge a nivel mundial, y por tanto produce un espacio en este nivel: La formación de un mercado mundial, una generalización internacional del estado y sus problemas, nuevas relaciones entre sociedad y espacio. El espacio mundial es el campo en el que nuestra época es creada.

Con este espacio mundial, y con las nuevas contradicciones se borran viejas contradicciones, nuevos agravantes aparecerán; por ejemplo, las relaciones internacionales entre los estados y sus estrategias de confrontación.

Las contradicciones del espacio capitalista

Este espacio producido por el capitalismo y por el Estado tiene sus propias contradicciones.

La contradicción mayor

La mayor contradicción del espacio surge de la pulverización del espacio por la propiedad privada, la demanda de fragmentos intercambiables, y por la capacidad científica y técnica (informacional) de tratar al espacio en aún más vastos niveles. La contradicción “centro/periferia” resulta de la contradicción “global/parcial”, puesto que todas las construcciones globales llevaron a la creación de una centralidad concentrada.

Un espacio orientado hacia lo reproducible

Orientada hacia la reproducción de las relaciones sociales de producción, la producción del espacio promulga una lógica de homogeneidad y una estrategia de lo repetitivo. Pero este espacio burocrático está en conflicto con sus propias condiciones y con sus propio resultados. Cuando el espacio es de esta naturaleza, ocupado, controlado, orientado hacia lo reproducible, pronto se ve a si mismo rodeado de lo no-reproducible: la naturaleza, el sitio, lo local, lo regional, lo nacional, incluso el nivel mundial.

La actividad de la base, discontinua, múltiple, pronto se propone el retorno al espacio pre-capitalista. A veces propone un contra-espacio, que empuja hacia la explosión de todos los espacios organizados por la racionalidad estado-burocrático.

…Y la negación de las diferencias.

Este espacio abstracto formal y cuantificado niega todas las diferencias, las que provienen de la naturaleza y la historia, así como las que vienen desde el cuerpo, edades, sexos y etnias. La importancia de estos factores disimula y estalla el propio funcionamiento del capitalismo. El espacio dominante, de los centros de riqueza y poder, se ve obligado a moldear los espacios dominados, los de la periferia.

En el espacio del neo-capitalismo, la economía y la política tienden a converger, sin que, sin embargo, lo político domine lo económico. Por tanto, los conflictos se manifiestan entre el estado hegemónico –que aún no es dueño de las cosas– y los dueños de estas cosas.

La explosión generalizada del espacio

Debido a estas contradicciones, nos encontramos ante un extraordinario, pero poco conocido fenómeno: la explosión de espacios. Ni el capitalismo, ni el Estado pueden mantener el espacio caótico y contradictorio que han producido. Podemos ser testigos, en todos los niveles, de esta explosión del espacio:

  • En el nivel de lo inmediato y lo vivido, el espacio está explotando por todos lados, ya sea el espacio habitable, el espacio personal, el espacio escolar, el espacio de la prisión, el espacio del ejército, o el espacio hospitalario. En todas partes, las personas se están dando cuenta de que las relaciones espaciales son también las relaciones sociales.
  • Al nivel de las ciudades, no sólo vemos la explosión de la ciudad histórica sino también la de todos los marcos administrativos en los que hubieran querido encerrar el fenómeno urbano.
  • Al nivel de las regiones, las periferias están luchando por su autonomía o cierto grado de independencia. Comprometen acciones que desafían su subordinación a la centralización estatal, económica y política.
  • Finalmente, en el nivel internacional, no sólo las acciones de las denominadas empresas supranacionales, sino también las de las grandes estrategias mundiales, se preparan y hacen inevitable la nueva explosión del espacio. El Mediterráneo es un excelente ejemplo, porque si se ha convertido en un espacio estratégico, es sólo después de la acumulación de muchos factores. Esta red, que contenía las relaciones comerciales más antiguas del mundo, lo cual nos dio nuestras grandes ciudades y puertos, recientemente ha sido transformada por completo en un espacio de ocio para la Europa industrial. Y más recientemente, este espacio ha sido atravesado por el flujo de energía y materias primas. Por último, ha sido un espacio casi sobre-industrializado con enormes complejos instalados en su periferia, no sólo en Fos, sino también en Sagunto y en Taranto (Francia, Italia y España). Estos fenómenos representan alteraciones extraordinarias del espacio y nos permiten estudiar los problemas ya planteados por las transformaciones del espacio contemporáneo.

Movimientos sociales que cuestionan el uso del espacio

En todos los países industrializados, existe un movimiento muy antiguo que proviene de las demandas relativas al trabajo, las empresas y los lugares de trabajo; no obstante, parece que los movimientos actuales están surgiendo a nivel mundial, y aunque todavía estén divididos, incompletos, y en gran parte inconscientes de sí mismos, se requiere una reorganización del espacio fuera de los lugares de trabajo.

Estos son los movimientos de consumidores. En los Estados Unidos son muy frecuentes, numerosos, y más o menos cuestionan el uso del espacio. Ellos revelan que:

  • El espacio no es únicamente un asunto económico, en el cual todas las partes son intercambiables y tienen valor de cambio.
  • El espacio no es más que un instrumento político para la homogeneización de todos los sectores de la sociedad.
  • El espacio sigue siendo un modelo, un prototipo perpetuo del valor de uso resistiendo a las generalizaciones del intercambio y valor de cambio en una economía capitalista bajo la autoridad de un estado de homogeneización.
  • El espacio es un valor de uso, pero más aún es tiempo, con el cual está íntimamente vinculado, porque el tiempo es nuestra vida, nuestro valor de uso fundamental. El tiempo ha desaparecido en el espacio social de la modernidad. El tiempo vivido pierde la forma y el interés social a excepción del tiempo de trabajo. El espacio económico subordina al tiempo, mientras que el espacio político lo erradica, ya que está amenazando a las relaciones de poder existentes. La primacía de lo económico, y aún más, de lo político, conduce a la supremacía del espacio a través del tiempo.

Uno de los puntos más importantes para el poder de la izquierda es el apoyo a los movimientos de consumidores que aún no han encontrado su voz y están muy a menudo encerrados en esos marcos estrechos a los cuales el significado político de sus acciones se les escapa.

Por tanto, una de las funciones políticas de la izquierda es usar la lucha de clases en el espacio.

HACIA UN ESPACIO SOCIALISTA

Al igual que las sociedades que la precedieron, la sociedad socialista debe producir su espacio, pero con plena conciencia de sus conceptos y potenciales problemas.

En la actualidad es popular decir que el marxismo es anticuado, que es menos relevante para la historia. Sin embargo, es precisamente hoy, más que nunca, que no podemos analizar los fenómenos del mundo excepto a la luz de las categorías fundamentales del marxismo, estando dispuestos a modificarlas para situaciones específicas.

A pesar de que el espacio no se analiza en ‘El capital’, ciertos conceptos, como el valor de cambio y valor de uso, en la actualidad se aplican al espacio. En la actualidad, debemos utilizar la distinción, que Marx no introdujo, entre la dominación y la apropiación de la naturaleza. Este conflicto se despliega en el espacio: en espacios dominados y espacios apropiados. Aún más que en la época de Marx, la naturaleza es la fuente de todo valor de uso.

¿Deberíamos socializar el espacio? Por supuesto que no: porque ya está socializado en el marco de la sociedad y el modo de producción existente. Una sociedad que se está transformando dentro del socialismo no puede aceptar (incluso durante el período de transición) al espacio que ya es producido por el capitalismo. Hacerlo significa aceptar las estructuras políticas y sociales existentes; que sólo conducen a un callejón sin salida. Aceptando la reproducción de las relaciones de producción: que al final, son las mismas, y sin embargo, estarían jerarquizadas y controladas, sería reflejar todavía la antigua jerarquía social.

Una sociedad “diferente” inventa, crea, produce nuevas formas de espacio, pero las relaciones de propiedad y producción ahora bloquean estas posibilidades. Algunos quieren el socialismo en los países industrializados para continuar con el crecimiento y la acumulación, es decir, con la producción de las cosas en el espacio. Otros quieren romper este modo de producción. Pero las fuerzas productivas han cambiado enormemente, pasando de la producción de las cosas en el espacio a la producción del espacio; es necesario proceder entonces a las consecuencias finales de este salto cualitativo. Esto implica el proceso de crecimiento cuantitativo, no para romperlo, sino para dar rienda suelta a todo su potencial.

La producción del espacio socialista significa el fin de la propiedad privada y de la dominación política del espacio por parte del Estado, lo cual implica el paso de la dominación a la apropiación y la primacía del uso por encima del intercambio.

Por otra parte, el espacio capitalista y neo-capitalista es un espacio de cuantificación y homogeneidad en crecimiento, un espacio mercantilizado donde todos los elementos son cambiables y por tanto intercambiables; un espacio en el que la policía del estado no tolera ninguna resistencia ni obstáculos. El espacio económico y el espacio político, por tanto, convergen hacia la eliminación de todas las diferencias.

En la medida en que podamos concebirlo, dadas ciertas tendencias actuales, el espacio socialista será un espacio de diferencias.

El rol determinante de los movimientos sociales

Hay razones para creer que solamente la convergencia y la conjunción de los movimientos obreros y campesinos, vinculados a la producción de las cosas y el trabajo material y quienes utilizan el espacio, permitirán que el mundo cambie. Con respecto a la posesión y gestión del espacio, los movimientos sociales urbanos no tienen el carácter continuo y la promesa institucional de aquellos que provienen de las fábricas, unidades y sectores de la producción. Sin embargo, si la presión de la base (los consumidores) se produce con bastante fuerza, influirá en la producción en general hacia el espacio y hacia las necesidades sociales de esta base. La acción de esas partes interesadas determinaría las necesidades sociales, que entonces ya no serían determinadas por los “expertos”. Las nociones de equipo y entorno se liberarían por tanto de su contexto tecnocrático y capitalista. Sin embargo, la explosión espontánea de la “base” social, aunque revolucionaria y profunda, no sería suficiente para producir una definición adecuada, operacional, del espacio en la sociedad socialista. Sería, sin embargo, una parte integral de estas determinaciones. No obstante, la gestión del espacio social, al igual que la naturaleza, sólo puede ser colectiva y práctica, controlada por la base, es decir, democrática. Las partes “interesadas”, los “afectados”, intervendrían en el, lo administrarían y lo controlarían. Pero en primer lugar, llevarían hasta el fin la explosión de todo el espacio impuesto.

Una autogestión general

La reconstrucción del “menos a más” del espacio social, producido previamente desde el “más a menos”, implica la autogestión general, es decir, a varios niveles, complementando a la autogestión de las unidades e instancias de producción. Sólo de esta manera, la socialización de los medios de producción puede incluir la cuestión del espacio. Hacerlo de otra manera, para definir un ”espacio socialista” como el espacio natural o comunas que viven en un espacio privilegiado o en “conviviality”, es confundir el fin con los medios, el objetivo con las etapas; esto es, en otras palabras, el utopismo abstracto.

La producción en una sociedad socialista es definida por Marx como la producción para las necesidades sociales. Estas necesidades sociales, en gran medida, conciernen al espacio: vivienda, transporte, equipamientos, reorganización del espacio urbano, etc. Estas necesidades amplían la tendencia capitalista al producir el espacio mientras se modifican radicalmente los productos. Esto es lo que contribuye a la transformación de la vida cotidiana, a la definición de desarrollo más en lo social que en términos individuales, sin la exclusión de este último. El individuo en una sociedad socialista tiene derecho a un espacio, así como el derecho a la vida urbana como el centro de la vida social y las denominadas actividades culturales, etc.

El comienzo de esta transformación tiene que esperar a que el pensamiento, la imaginación, la creatividad, que a su vez dependen de la superación de la separación entre lo ”público” y lo ”privado”, por clarificación de la ilusión sobre lo social y lo colectivo cofundada con la “beneficencia pública”, etc.

Las políticas socialistas del espacio pueden resolver las contradicciones del espacio, tan sólo añadiendo a ellas las otras contradicciones económicas y sociales. Por supuesto, la presión de la base y la autogestión del espacio no pueden auto-limitarse a un reformismo.

El giro del mundo “nuevamente de pie”, según Marx, implica el vuelco de los espacios dominantes, colocando la apropiación sobre la dominación, la demanda sobre el mando, y el uso por encima del intercambio. La Autogestión se revela como los medios y el fin, una fase de la lucha y también su objetivo. En el espacio transformado, se puede y debe establecer una redefinición de las relaciones entre las actividades productivas y el retorno al mercado interior, orientada deliberadamente hacia las cuestiones del espacio. Es el espacio como un todo el que sería redefinido, y que provocaría una conversión y una subversión.

Una redefinición del espacio como una función del valor de uso. –¿Cómo están previstos estos procesos revolucionarios?

Si la situación actual no se reduce a una crisis económica, y en su lugar, llama a una modificación profunda de la sociedad y la civilización, todavía ofrece un punto de referencia desde el cual se puede iniciar la transformación. La modificación puede ser así definida: el espacio producido desde la perspectiva de la prioridad de los medios de intercambio y el transporte será producida a partir de la perspectiva de la prioridad del valor de uso. La revolución de los espacios implica y amplifica el concepto de revolución, definida como un cambio en la propiedad de los medios de producción. Se da una nueva dimensión a dicho concepto, a partir de la supresión de una particularmente peligrosa forma de la propiedad privada, la del espacio: subterráneo, espacio de suelo, espacio aéreo, espacio planetario, e incluso del espacio interplanetario.

Las denominadas fórmulas de transición –el control estatal de la tierra, nacionalizaciones, municipalizaciones– no han tenido éxito. Pero ¿cómo podemos limitar y suprimir la propiedad del espacio? Tal vez recordando los escritos de Marx y Engels: un día, en efecto vendrá, la propiedad privada de la tierra, de la naturaleza y sus recursos, lo que parecerá tan absurdo, tan odioso, tan ridículo como la posesión de un ser humano por otro.

Los problemas relacionados con la “contaminación del medio ambiente”, vistos por los ecologistas como primarios, son realmente importantes, pero son secundarios. En esta perspectiva, el problema real de la sociedad y su transformación se desvía hacia el naturalismo: tomemos, por ejemplo, el biologismo involucrado en el tratamiento del espacio humano como un espacio animal.

En conclusión, una transformación de la sociedad presupone la posesión y la gestión colectiva del espacio mediante una intervención permanente de las “partes interesadas”, a pesar de sus múltiples y a veces contradictorios intereses. Esta orientación tiende a superar las separaciones y disociaciones en el espacio entre una obra (única) y una mercancía (repetida).

Esta es una orientación. Nada más y nada menos. Pero señala un significado. A saber, algo que se percibe, una dirección es concebida, un movimiento vivo hace su camino hacia el horizonte. Pero todavía no es nada que se asemeje a un sistema.

Lefebvre, H. (1976). L’espace: produit social et valeur d’usage. En: La nouvelle revue socialiste, número especial.

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Traducción de  Pedro Jiménez Pacheco. Becario del Gobierno Ecuatoriano y candidato a Doctor en Teoría e Historia de la Arquitectura por la Universidad Politécnica de Cataluña en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Barcelona (ETSAB). La investigación doctoral del autor se centra en la actualización y profundización de la teoría radical del espacio social y crítica urbana de Henri Lefebvre y su aplicación en el estudio urbano de la ciudad de Barcelona en la era del gobierno de los comunes.

[i] Lefebvre, H. (1976). L’espace: produit social et valeur d’usage. En: La nouvelle revue socialiste, número especial.

[ii] Freiberg, J. W. (Edit.), (1979). Space, Social Product and Use Value. En: Critical Sociology: European Perspectives.

[iii] Los seminarios contaron con la asistencia de estudiantes graduados y jóvenes profesores de todo Estados Unidos. Entre los invitados estuvieron Alain Touraine de Francia y el italiano Franco Ferrarotti durante el primer verano; el inglés Anthony Giddens y el alemán Claus Offe durante el segundo; el español Manuel Castells y el griego Nicos Poulantzas durante el tercero; Ralph Miliband de Inglaterra y Hans Peter Dreitzel de Alemania durante el cuarto; y Göran Therborn de Suecia con Robin Blackburn de Inglaterra durante el quinto año (Freiberg, 1979).

[iv] Garnier, Jean-Pierre. (2010). Démocratie locale ou auto-gouvernement territorial? Discurso en el seminario “Hábitat y Sociedad”. Facultad de Geografía de la Universidad de Barcelona, 26 de noviembre, 2010.

Giorgio Agamben: Del Estado de Derecho al Estado de Seguridad

Por Giorgio Agamben
No es posible comprender lo que realmente se juega en la prolongación del estado de emergencia en Francia si no se lo sitúa en el contexto de una transformación del modelo estatal que nos es familiar. Es crucial, primero que nada, desmentir el propósito de las mujeres y hombres políticos irresponsables, según los cuales el estado de emergencia sería un escudo para la democracia.
Los historiadores saben perfectamente que lo que es cierto es lo contrario. El estado de emergencia es justamente el dispositivo mediante el cual los poderes totalitarios se instalaron en Europea. Así, en los años que precedieron a la toma del poder por Hitler, los gobiernos socialdemócratas de Weimar habían recurrido tan a menudo al estado de emergencia (estado de excepción, como se lo nombra en alemán) que se pudo decir que Alemania había dejado de ser, antes de 1933, una democracia parlamentaria.
Ahora bien, la primera acción de Hitler, después de su nombramiento, fue proclamar un estado de emergencia, que jamás fue revocado. Cuando la gente se sorprende de los crímenes que pudieron cometerse impunemente en Alemania por los nazis, se olvida de que estos actos eran perfectamente legales, porque el país estaba sometido al estado de excepción y las libertades individuales estaban suspendidas.
No vemos por qué un escenario semejante no podría repetirse en Francia: imaginamos sin dificultad un gobierno de extrema derecha sirviéndose para sus fines de un estado de emergencia al que gobiernos socialistas han habituado a partir de ahora a los ciudadanos. En un país que vive en un estado de emergencia prologando, y en el que las operaciones de policía sustituyen progresivamente al poder judicial, cabe aguardar una degradación rápida e irreversible de las instituciones públicas.
Esto es tanto más cierto que el estado de emergencia se inscribe, hoy en día, en el proceso que está haciendo evolucionar las democracias occidentales hacia algo que hay que llamar, ya mismo, Estado de seguridad («Security State», como dicen los politólogos estadounidenses).
La palabra «seguridad» ha entrado tanto en el discurso político que se puede decir, sin temor a equivocarse, que las «razones de seguridad» han tomado el lugar de aquello que se llamaba, en otro tiempo, la «razón de Estado». Hace falta, sin embargo, un análisis de esta nueva forma de gobierno. Como el Estado de seguridad no atañe ni al Estado de derecho ni a aquello que Michel Foucault llamaba las «sociedades de disciplina», conviene arrojar aquí algunas referencias con miras a una posible definición.
En el modelo del británico Thomas Hobbes, quien ha influenciado tan profundamente nuestra filosofía política, el contrato que transfiere los poderes al soberano presupone el miedo recíproco y la guerra de todos contra todos: el Estado es aquello que viene precisamente a poner fin al miedo. En el Estado de seguridad, este esquema se invierte: el Estado se funda duraderamente en el miedo y debe, a toda costa, mantenerlo, pues extrae de él su función esencial y su legitimidad.
Ya Foucault había mostrado que, cuando la palabra «seguridad» aparece por primera vez en Francia en el discurso político con los gobiernos fisiócratas antes de la Revolución, no se trataba de prevenir las catástrofes y las hambrunas, sino de dejarlas advenir para poder a continuación gobernarlas y orientarlas a una dirección que se estimaba beneficiosa.
De igual modo, la seguridad que está en cuestión hoy no apunta a prevenir los actos de terrorismo (lo cual es, por lo demás, extremadamente difícil, si no imposible, porque las medidas de seguridad sólo son eficaces después del golpe, y el terrorismo es, por definición, una serie de primeros golpes), sino a establecer una nueva relación con los hombres, que es la de un control generalizado y sin límites — de ahí la insistencia particular en los dispositivos que permiten el control total de los datos informáticos y comunicacionales de los ciudadanos, incluyendo la retención integral del contenido de las computadoras.
El riesgo, el primero que nosotros levantamos, es la deriva hacia la creación de una relación sistémica entre terrorismo y Estado de seguridad: si el Estado necesita el miedo para legitimarse, es entonces necesario, en última instancia, producir el terror o, al menos, no impedir que se produzca. Se ve así a los países proseguir una política extranjera que alimenta el terrorismo que se debe combatir en el interior y mantener relaciones cordiales e incluso vender armas a Estados de los que se sabe que financian las organizaciones terroristas.
Un segundo punto, que es importante captar, es el cambio del estatuto político de los ciudadanos y del pueblo, que se suponía que es que el titular de la soberanía. En el Estado de seguridad, vemos producirse una tendencia irreprimible hacia aquello que bien hay que llamar una despolitización progresiva de los ciudadanos, cuya participación en la vida política se reduce a los sondeos electorales. Esta tendencia es tanto más inquietante que había sido teorizada por los juristas nazis, quienes definen al pueblo como un elemento esencialmente impolítico, cuya protección y crecimiento debe asegurar el Estado.
Ahora bien, según estos juristas, hay una sola manera de volver político este elemento impolítico: mediante la igualdad de ascendencia y raza, que va a distinguirlo del extranjero y del enemigo. No se trata aquí de confundir el Estado nazi y el Estado de seguridad contemporáneo: lo que hay que comprender es que, si se despolitiza a los ciudadanos, ellos no pueden salir de su pasividad más que si se los moviliza mediante el miedo contra un enemigo que no le sea solamente externo (eran los judíos en Alemania, son los musulmanes en Francia hoy en día).
Es en este marco donde hay que considerar el siniestro proyecto de deterioro de la nacionalidad para los ciudadanos binacionales, que recuerda a la ley fascista de 1929 sobre la desnacionalización de los «ciudadanos indignos de la ciudadanía italiana» y las leyes nazis sobre la desnacionalización de los judíos.
Un tercer punto, cuya importancia no hay que subestimar, es la transformación radical de los criterios que establecen la verdad y la certeza en la esfera pública. Lo que impresiona en primer lugar a un observador atento a los informes de los crímenes terroristas es la renuncia integral al establecimiento de la certeza judicial.
Mientras en un Estado de derecho es entendido que un crimen sólo puede ser certificado con una investigación judicial, bajo el paradigma seguritario uno debe contentarse con lo que dicen de él la policía y los medios de comunicación que dependen de ésta — es decir, dos instancias que siempre han sido consideradas como poco fiables.
De ahí la vaguedad increíble y las contradicciones patentes en las reconstrucciones apresuradas de los eventos, que eluden adrede toda posibilidad de verificación y de falsificación y que se parecen más a chismorreos que a investigaciones. Esto significa que al Estado de seguridad le interesa que los ciudadanos —cuya protección debe asegurar— permanezcan en la incertidumbre sobre aquello que los amenaza, porque la incertidumbre y el terror van de la mano.
Es la misma incertidumbre que se encuentra en el texto de la ley del 20 de noviembre sobre el estado de emergencia, que se refiere a «toda persona hacia la cual existan serias razones de pensar que su comportamiento constituye una amenaza para el orden público y la seguridad». Es completamente evidente que la fórmula «serias razones de pensar» no tiene ningún sentido jurídico y, en cuanto que remite a lo arbitrario de aquel que «piensa», puede aplicarse en todo momento a cualquiera. Ahora bien, en el Estado de seguridad, estas fórmulas indeterminadas, que siempre han sido consideradas por los juristas como contrarias al principio de la certeza del derecho, devienen la norma.
La misma imprecisión y los mismos equívocos resurgen en las declaraciones de las mujeres y hombres políticos, según los cuales Francia estaría en guerra contra el terrorismo. Una guerra contra el terrorismo es una contradicción en los términos, pues el estado de guerra se define precisamente por la posibilidad de identificar de manera certera al enemigo que se debe combatir. Desde la perspectiva seguritaria, el enemigo debe —por el contrario— permanecer en lo vago, para que cualquiera —en el interior, pero también en el exterior— pueda ser identificado como tal.
Mantenimiento de un estado de miedo generalizado, despolitización de los ciudadanos, renuncia a toda certeza del derecho: éstas son tres características del Estado de seguridad, que son suficientes para inquietar a las mentes. Pues esto significa, por un lado, que el Estado de seguridad en el que estamos deslizándonos hace lo contrario de lo que promete, puesto que —si seguridad quiere decir ausencia de cuidado (sine cura)— mantiene, en cambio, el miedo y el terror. El Estado de seguridad es, por otro lado, un Estado policiaco, ya que el eclipse del poder judicial generaliza el margen discrecional de la policía, la cual, en un estado de emergencia devenido normal, actúa cada vez más como soberano.
Mediante la despolitización progresiva del ciudadano, devenido en cierto sentido un terrorista en potencia, el Estado de seguridad sale al fin del dominio conocido de la política, para dirigirse hacia una zona incierta, donde lo público y lo privado se confunden, y cuyas fronteras provocan problemas para definirlas.

Traducción  de «De l’Etat de droit à l’Etat de sécurité», publicado en Le Monde el 23 de diciembre de 2015.

Éric Sadin: “Debemos hacer frente a los evangelistas de Silicon Valley”

El filósofo francés alerta en La silicolonización del mundo de los intereses de las grandes empresas tecnológicas y sus efectos en la sociedad

Por Fernando Díaz de Quijano

Silicon Valley como “cura de rejuvenecimiento del capitalismo”, como modelo inspirador de una nueva fiebre del oro planetaria, con múltiples intentos de réplica en todo el mundo que parten de una mezcla de “resentimiento y admiración absorta” y la pretensión de “igualar al amo o incluso superarlo”. ¿Cómo llegó el Valle de Santa Clara, al sur de la Bahía de San Francisco, a convertirse en el epicentro de las grandes decisiones tecnológicas que marcarán el futuro inmediato de la humanidad? El filósofo francés Éric Sadin (París, 1972), que lleva una década analizando con una postura crítica los efectos de los avances tecnológicos en la sociedad, ha visitado España para presentar La silicolonización del mundo, ensayo que publicó en 2016 y que ahora traduce al español la editorial Caja Negra.

“Buenos Aires quiere ser la Silicon Valley de América del Sur. También Santiago de Chile y São Paulo. Incluso dentro de Estados Unidos, Boston quiere ser el nuevo Silicon Valley y Miami quiere ser la Silicon Beach”, enumera Sadin por citar solo algunos ejemplos. ¿Y en Francia? “Ah, por favor, no me hagas hablar de La French Tech”, suplica el autor de libros como Vigilancia global, La sociedad de la anticipación, La humanidad aumentada y La vida algorítmica y de artículos para Le Monde, Libération, Les Inrockuptibles y Die Zeit.

Pero nuestra conversación con Sadin no comienza por aquí. Al filósofo francés le preocupa que sus teorías sean malinterpretadas o simplificadas en exceso, por eso dedica los primeros veinte minutos de su entrevista con El Cultural a “sentar las bases” de la conversación, es decir, a resumir minuciosamente el contenido del libro.

Sadin no habla de tecnología o de economía, sino de “tecnoeconomía”, porque considera que hoy la primera se ha sometido a la segunda. “Hasta hace poco el mundo tecnocientífico tenía autonomía, había una pluralidad en la investigación con intereses diversos. Pero hoy la técnica está estrictamente determinada para dar respuesta a intereses financieros cada vez más importantes. Por tanto los caminos de la investigación ya están trazados de antemano, quitándonos la capacidad de construir las cosas de otra manera”, asegura el filósofo.

Desde los años noventa vivimos en lo que Sadin denomina la edad del acceso, que ha permitido que un número cada vez mayor de personas puedan comunicarse y acceder a la información a costes cada vez menores. Pero desde 2010 aproximadamente ha comenzado en paralelo otra etapa: la edad de la medición de la vida, caracterizada por la extensión de los sensores en muchos objetos y ámbitos de la vida cotidiana y de sistemas de inteligencia artificial que analizan la ingente cantidad de datos que aquellos producen.

La industria 4.0 persigue la optimización extrema, convirtiendo a los humanos en robots de carne y hueso»

Esto, según Sadin, provoca un doble fenómeno. Por una parte, “la mercantilización de la vida, la capacidad de las grandes empresas del mundo digital para acompañarnos continuamente y orientar nuestros gesto con el objetivo principal de incentivar acciones comerciales”. Por la otra, “la organización algorítmica de las sociedades”, ya que en la industria 4.0 esta conjunción de sensores e inteligencia artificial, que está presente en todas las fases del proceso productivo, persigue la “optimización extrema” del rendimiento de los trabajadores, “convirtiendo a los humanos en robots de carne y hueso”. Este es precisamente el tema principal de su último libro, La inteligencia artificial o el desafío del siglo. Anatomía de un antihumanismo radical (editorial L’échappée), que sale a la venta en francés la próxima semana.

Pregunta.- Por ahora es hasta cierto punto posible mantenerse al margen de esta “mercantilización de la vida” que denuncia usted. Pero ¿qué ocurrirá cuando los sensores y la inteligencia artificial estén por todas partes? ¿Resistirse será una condena a la marginación?

Respuesta.- Antes que resistencia, yo hablaría de divergencia. Es decir, en qué medida podemos imaginar y hace posible otros modelos de existencia, individuales y también colectivos, que no estén basados únicamente en un tecnoliberalismo que quiere siempre orientar nuestras existencias y que tiene una visión higienista de la sociedad. Para que esto fuera posible deberíamos desconfiar de lo que yo llamo tecnodiscursos, promovidos por las industrias, las instituciones educativas, los think tanks, y los responsables políticos que están convencidos de que ese modelo económico es la única solución para responder a una necesidad imperativa de crecimiento. Y para ello es una cuestión fundamental, como decía George Orwell, la higiene del lenguaje, recuperar la precisión e identificar las cosas con detalle, que es lo que trato de hacer con mis libros.

»Por tanto, antes que aceptar los discursos tal y como nos vienen, debemos hacer frente a la nueva raza de los expertos, de los evangelistas de Silicon Valley, a los que se paga muy bien por llevar “la palabra” a Bruselas, a Macron, a la Casa Blanca, y que aseguran que todo tiene que someterse a la transformación digital, como si estuviera escrito. ¿Podemos hacernos la pregunta? ¿Podemos al menos tomarnos el tiempo de reflexionar con todas las partes concernidas? Le doy un ejemplo: el Ministerio de Educación Nacional francés, durante el mandato de Hollande (que se supone un régimen de izquierdas, aunque en realidad es socioliberal), firmó un acuerdo de colaboración con Microsoft, pero Microsoft no debería tener ninguna competencia en nuestro sistema educativo. Ese es el resultado del lobbying, de los evangelistas de Silicon Valley y de los políticos que se someten a ellos.

La filosofía seria debe ir a los laboratorios y conocer la historia de la tecnología, no describir los fenómenos en una sola frase»

P.- Ahora que las máquinas van a estar cada vez más capacitadas para tomar decisiones autónomas, ¿cree que la filosofía puede alzarse como una disciplina cada vez más necesaria?

R.- Me gustaría decir sí y no. Sí, si se hace con seriedad, no como el historiador Yuval Noah Harari, que se ha convertido en una estrella en dos años y ahora se dice experto en inteligencia artificial, lanzando frases definitivas y tres fórmulas que todo el mundo acepta. La filosofía seria consiste en ir a los laboratorios, conocer un poco la historia de la tecnología, no describir los fenómenos en una sola frase o en cincuenta líneas. Sí, debe haber una atención minuciosa hacia lo que está ocurriendo, y ahí existe un campo de investigación teórico que responde a los desafíos mayores de nuestro tiempo, sobre todo en el mundo tecnocientífico, que ha vendido su alma. Pero cuando un buen investigador o un buen programador recibe grandes cantidades de dinero de Google o del sector de la inteligencia artificial es difícil posicionarse de forma crítica. Pero más allá del mundo científico, debe ser la sociedad entera la que preste atención a estas cuestiones. Sería trágico que solo lo hicieran los filósofos.

»Por otra parte, el único motivo de vigilancia no debe ser la privacidad de los datos personales. El principio liberal de libertad se basa hoy solo en la protección de la libertad personal, lo que Isaiah Berlin denominó libertad negativa. Por eso pensamos que con el nuevo reglamento europeo para la protección de datos que se aprobó en mayo todos nuestros problemas están resueltos. Pero hay cosas al menos tan importantes como poder navegar por la web sin que se colecten mis datos. Es el momento de que la sociedad mida la amplitud de lo que está en juego, porque la organización de la sociedad que se está imponiendo ahora durará muchísimos años y tenemos que decidir si dejamos que eso suceda o no.

P.- Si volviéramos atrás en el tiempo, al momento seminal de Silicon Valley, y pudiera apretar un gran botón rojo para detener su eclosión, ¿lo haría?

R.- [Tras pensar unos segundos] No. No se trata de eso, es un asunto de pluralidad. El drama de la investigación tecnocientífica es que ha tomado un camino único.

El gran naufragio

Por Pierre Salama

La economía brasileña en problemas: antecedentes, debilidades y fortalezas

Prever uno o más futuros posibles para Brasil es hoy particularmente difícil por dos razones: una de ellas se debe al contexto internacional, actualmente en desplazamiento; la otra se debe al choque político que el país atraviesa desde la elección de un presidente que desea romper con el pasado de una forma particularmente brutal y muchas veces incoherente.

El contexto internacional es cada vez más inestable, marcado por el ascenso de China y el declive relativo de Estados Unidos, los cambios brutales en las “reglas de juego” que hasta hace poco gobernaron la globalización del comercio, la desaceleración del crecimiento del comercio internacional y la adopción de medidas proteccionistas, la transformación de la tecnología y el surgimiento de la inteligencia artificial y de la automatización, y la probabilidad significativa de una crisis financiera internacional.

A medida que pasan los meses, la política económica propuesta por el nuevo gobierno se enfrenta a un rechazo cada vez mayor, ya sea de parte del Congreso o del propio pueblo brasileño. Por momentos, esta política económica se muestra incoherente debido a declaraciones intempestivas –tanto del núcleo cercano al presidente (familia, consejeros) como de ministros incompetentes– que contradicen lo dicho por el ministro de Economía o el vicepresidente. Así, sufre de un déficit de racionalidad, esto es, una incapacidad manifiesta para implementar un programa económico controvertido, liberal pero cojo. De hecho, las líneas generales hasta ahora conocidas muestran los gérmenes de múltiples dilemas entre soberanía, liberalismo e intervencionismo, capaces tanto de revivir oposiciones entre aquellos que apoyaron la llegada de Bolsonaro a la presidencia como de animar a los movimientos sociales.

UNA ECONOMÍA PREDOMINANTEMENTE RENTISTA.

Así anunciado, este subtítulo puede sorprender o incluso chocar. No hace mucho tiempo, en 2007, Brasil era presentado no sólo como una de las economías más poderosas del mundo, sino como una especie de El Dorado para los inversores extranjeros. Contrariamente a lo que se pueda haber escrito en el pasado, Brasil no es una economía emergente. A largo plazo, su Pbi per cápita no se está aproximando al de los países avanzados; creció ligeramente en el período entre 2004 y 2013 bajo las dos presidencias de Lula y la primera de Rousseff. El Pbi per cápita con relación al de Estados Unidos fue aproximadamente el mismo en 1960 y en 2016, mientras que el de Corea del Sur, que parte de un nivel inferior, supera al de Brasil en 1990 y alcanza el 50 por ciento del de Estados Unidos en 2016, de acuerdo al Banco Mundial.

Hay que destacar que en Brasil el comportamiento de los empresarios es fundamentalmente rentista, con algunas excepciones. Prefieren, en principio, consumir, invertir en productos financieros o incluso en la producción de materias primas, en lugar de hacerlo en la industria, en la innovación y en los llamados servicios dinámicos.

Las consecuencias son:

  1. Una tasa de inversión muy baja.
  2. Un nivel de productividad del trabajo en la industria brasileña también bajo (véase tabla 1).
  3. Una tendencia al estancamiento económico del Pbi per cápita desde los años noventa.

 

Con un crecimiento tan bajo, la movilidad social se muestra reducida: la probabilidad de que el hijo de una persona pobre sea pobre cuando alcance la edad adulta es muy alta, a menos que una política voluntaria de redistribución de la renta sea puesta en práctica por el gobierno: aumento del salario mínimo mayor al crecimiento de la productividad del trabajo, políticas diversas de asistencia a los más pobres como Bolsa Familia, pago de pensiones indexadas a los campesinos pobres y a los discapacitados –incluso cuando no hayan contribuido.

En gran parte gracias a las políticas sociales, hasta 2014 ocurrió una ligera caída en las desigualdades a nivel de los ingresos de la fuerza de trabajo. Con la crisis económica y la política de austeridad decidida por el segundo gobierno de Rousseff, seguida por la de Temer a partir de 2016, esas desigualdades pasaron a subir nuevamente.

El declive de la desigualdad en la renta de trabajo durante las dos presidencias de Lula y la primera de Dilma fue acompañado por un aumento en la desigualdad de la renta personal, al contrario de lo que afirmaron los discursos oficiales. Esto fue demostrado por economistas que usaron no sólo los datos proporcionados por la Encuesta Nacional por Muestra de Hogares (Pnad por sus siglas en portugués), sino además las informaciones del impuesto a la renta de las personas (Irpf) para los deciles más ricos. Así, de acuerdo con los cálculos de Morgan,1 el coeficiente de Gini no sufrió la caída anunciada.

Por otro lado, la disminución de la pobreza entre 2002 y 2004 fue considerable. Entre 2002 y 2013, el número de hogares pobres disminuyó de forma pronunciada en relación con el total de hogares y el de hogares en la indigencia disminuyó del 10 al 5,3 por ciento. La metodología para medir la pobreza cambió en noviembre de 2015. De acuerdo a las estimaciones de la investigadora brasileña Sonia Rocha, la pobreza aumentó de 13,8 por ciento en 2014 a 16 por ciento en 2015 y la indigencia, de 3,4 a 4,2 por ciento. Ese aumento continuó en 2016 y en 2017 según el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística.

DE LA DESINDUSTRIALIZACIÓN…

La desindustrialización de Brasil es prematura. En América Latina, este fenómeno llegó mucho antes que en los países avanzados; de ahí el uso del adjetivo “precoz”, utilizado cuando el ingreso per cápita corresponde a la mitad del de los países avanzados al iniciarse el proceso de desindustrialización.

El Pbi real per cápita de la industria de Brasil no alcanzó el nivel de 1980, pero en Estados Unidos aumentó en más de un 60 por ciento en el mismo período. El peso relativo de la industria manufacturera en el Pbi pasó de 24 por ciento en 1980 a 13 por ciento en 2014 y 10 por ciento en 2017.2 La participación de la industria manufacturera brasileña en la industria manufacturera mundial (en términos de valor agregado) fue de 2,7 por ciento en 1980, de 3,1 por ciento en 2005 y de 1,8 por ciento en 2016, según el Instituto de Estudios para el Desarrollo Industrial brasileño.3 En China, esta proporción pasó de 11,7 por ciento en 2005 a 24,4 por ciento en 2016. Por lo tanto, mientras disminuye relativamente en Brasil, aumenta considerablemente en China.

Las exportaciones de manufacturas están en caída en términos relativos en Brasil, pasando de representar el 53 por ciento del valor de las exportaciones en 2005 al 35 por ciento en 2012, en favor de las exportaciones de materias primas agrícolas y mineras. Recién en febrero de 2016 pudieron crecer debido a una fuerte desvalorización del real en 2015 y a la baja en el precio de los productos. El peso de su valor en las exportaciones mundiales de productos industriales pasó de 0,8 por ciento a 0,61 entre 2005 y 2017.

… A LA CRISIS.

La desindustrialización precoz se debe a la falta de una política cambiaria destinada a contrarrestar la apreciación de la moneda y al aumento de los salarios por encima de la productividad del trabajo –que, de hecho, ha sido muy débil–, así como a la relativa ausencia de una política industrial que se oponga a ciertos efectos perniciosos sobre la competitividad.

El aumento de los precios de las commodities en los últimos años, la suba significativa del volumen de exportaciones y la entrada de capital extranjero en Brasil tuvieron como efecto la apreciación de la moneda brasileña en términos reales en comparación con el dólar (véase tabla 2). Esta apreciación fue más o menos combatida en la primera presidencia de Dilma. Además, ocurrió una depreciación acentuada en 2015. La valorización de la moneda nacional tiene efectos perversos, que los economistas generalmente denominan “enfermedad holandesa” o “dutch disease”. Las políticas de esterilización de liquidez causadas por este tipo de bonanza pueden combatirla, pero no fueron aplicadas sistemáticamente, excepto de forma irregular en la primera presidencia de Rousseff.

La valorización de la tasa de cambio a mediano plazo, intercalada con devaluaciones más o menos significativas, no fue compensada por esfuerzos en pos de aumentar la productividad laboral. No sólo el aumento de la productividad del trabajo en la industria manufacturera fue muy modesto (y desigual, dependiendo de los sectores, de la dimensión de las empresas y de su nacionalidad), sino que fue acompañado de fuertes aumentos salariales por lo menos en las escalas más bajas. A causa de la enorme desigualdad de renta, esos aumentos son justificados desde un punto de vista ético. Pero si no son acompañados por una política industrial destinada a aumentar la productividad y ocurren junto con una apreciación de la moneda nacional, sobreviene una caída de la competitividad del tejido industrial. La abundancia de divisas provenientes de la venta de materias primas permitió que parte de la demanda fuera satisfecha por el crecimiento de las importaciones.

La competitividad de la industria manufacturera, el sector más expuesto a la competencia internacional, se deterioró durante este período. A pesar del menor costo en moneda local de las importaciones de bienes de capital y de los productos intermedios, el aumento en el costo unitario del trabajo amputó la rentabilidad. El impacto total sobre los precios los hizo más rígidos, debido al aumento de la competencia internacional en los sectores expuestos. En consecuencia, el impacto en la rentabilidad de las empresas (véase tabla 3) anunció la crisis de 2014 y, especialmente, de 2015 y 2016.

En resumen, la apreciación de la moneda nacional debilitó el tejido industrial, redujo la rentabilidad de las empresas de la industria manufacturera y promovió la inversión en actividades rentistas, lo que explica así el bajo nivel de inversión en actividades productivas en el mediano plazo, especialmente si se lo compara con el de los países asiáticos. Esta fue la levadura de la crisis.

CRECIMIENTO SIN ALIENTO Y DÉFICIT DE RACIONALIDAD.

El nuevo presidente hereda una situación económica contradictoria: por un lado, buenos puntos de partida, pero, por otro, una situación social muy deteriorada, una inserción internacional problemática y cierta incapacidad de recuperación luego de la crisis de 2015-2016.

A fines de 2018 algunos puntos de partida parecían positivos, había un pequeño déficit en el saldo de cuenta corriente: –0,7 por ciento del Pbi; un saldo primario de presupuesto (o sea, sin contar los pagos por concepto de deuda pública) de –2,3 por ciento del Pbi. Aquí la crisis enmascara, sin embargo, un déficit nominal todavía muy elevado: –7,3 por ciento del Pbi debido al peso de los pagos de la deuda, una tasa moderada de inflación (3,75 por ciento al año para el Ipc); elevadas reservas internacionales (375.000 millones de dólares) formadas principalmente por los ingresos de capital, especialmente de la inversión extranjera directa (79.000 millones en 2018).

Previamente, la restricción externa fue levantada gracias a la bonanza proporcionada por la venta de materias primas y la entrada de inversión extranjera directa. El aumento del poder de compra fue satisfecho a través de las importaciones, en detrimento de la producción doméstica. Esta se mostró incapaz de superar las restricciones competitivas impuestas por la globalización comercial, además de estar sujeta al deterioro de sus costos unitarios de trabajo. La reprimarización de la economía con el ascenso de las actividades rentistas contuvo tres aspectos: uno positivo, ya que hizo posible un aumento en el poder de compra; otro negativo, porque rompió el tejido industrial en sus ramos más dinámicos y preparó así la crisis futura; finalmente, el tercer aspecto también fue negativo, porque la riqueza capitalista pasó a venir de la renta y no de la explotación de la fuerza de trabajo. La reprimarización, una ilusión de riqueza, crea un tipo de capitalismo cada vez más dependiente del precio de las materias primas, un capitalismo incapaz de revolucionar las prácticas de producción.

CONCLUSIÓN.

América Latina nunca conoció un milagro económico. La reprimarización de sus economías, así como su consecuente desindustrialización precoz, acarreó consigo más vulnerabilidad. La pobreza disminuyó, pero la renta relativa de los estratos medio-bajo y medio se redujo, lo que eventualmente generó frustración. Después de declinar en el sur y en el centro del país, con los dos primeros gobiernos de Lula y el primero de Dilma, la violencia volvió a aumentar significativamente. Los sectores más ricos se enriquecieron y, cuando vino la crisis, los partidos progresistas fueron fácilmente usados como chivo expiatorio. Se dijo entonces que eran ellos los responsables de impedir el enriquecimiento de los más ricos y de haber permitido el empobrecimiento relativo de una gran parte de las clases medias. Además, fueron acusados, tal como lo habían sido los otros partidos, de haber permitido y participado de la gangrena de la corrupción.

Es posible que las reformas planificadas no puedan ser implementadas y que los conflictos de intereses conduzcan a reformas profundamente edulcoradas. Los gritos de alarma ya pululan en las revistas financieras. El crecimiento sólo vendrá de esas reformas, dicen. Sin ellas, el país se va a hundir en la crisis. El problema es que muchas de esas reformas liberales ya fueron emprendidas, como la del mercado de trabajo. Y sin embargo, la tasa de crecimiento continúa muy baja y cada día que pasa se hace una previsión aun más baja del crecimiento futuro.

En realidad, Brasil paga un precio muy caro por los errores de la política económica de Lula y de Dilma Rousseff, por el liberalismo sin contenido social de Temer y ahora de Bolsonaro. El peso de este último, sin embargo, es de orden completamente diferente en relación con los errores anteriormente señalados. Brasil paga un precio alto debido a la manipulación de las instituciones, debilitadas por años de dictadura, por expulsar a Rousseff de la presidencia y por la imposición actual de una política más dura de liberalización económica. Subsiste la esperanza de evitar los efectos insalubres de los escándalos de corrupción, pero este punto está lejos de ser alcanzado.

El déficit de racionalidad aumenta. ¿Hasta dónde irá? ¿Qué vendrá después? ¿Un impeachment del vicepresidente apoyado por los militares? ¿La salida del presidente apoyado por las sectas religiosas? ¿El retorno de la izquierda?

 

1. Marc Morgan, 2018, “Falling inequality beneath extreme and persistent concentration: new evidence for Brazil combining national account, survey and fiscal data”, Wid, Working paper, número 12 , págs 1-78.

2. Instituto de Estudios para el Desarrollo Industrial, 2018, “Indústria e o Brasil no futuro”, pág 22.

3. Ídem, pág 25.

 

Por Pierre Salama. Economista, profesor emérito de la Universidad de París XIII e investigador de las economías latinoamericanas.

Artículo publicado originalmente en Outras Palavras, Brecha lo reproduce con autorización.