¿Para qué sirve la universidad?

Por Claudio Lomnitz

En los albores de la Segunda Guerra Mundial, Gran Bretaña tenía menos de una veintena de universidades. Las de viejo cuño: Oxford, Cambridge, St. Andrews, Glasgow, Edimburgo, Aberdeen; y las formadas en el siglos XIX y a inicios del XX: Durham, la Universidad de Londres, Birmingham, Manchester, Liverpool, Leeds, Sheffield, Queens y Reading.

Sin embargo, ese puñado de universidades tuvo un papel determinante en que Inglaterra le ganara la guerra a Alemania. Así, por ejemplo, el físico que inventó el radar, que hizo posible que la Royal Airforce triunfara sobre la Luftwaffe, fue estudiante —y luego profesor— en Saint Andrews. La descodificación de las señales secretas de los alemanes, desarrollada en Bletchley Park, fue realizada por matemáticos, lingüistas y filósofos de Oxford y Cambridge. La diplomacia británica pasaba toda por esas universidades y se nutría de ellas, como lo hacían también las armadurías y la ingeniería. Sin sus universidades Inglaterra hubiera perdido la guerra.

Vale la pena recordar esto hoy porque en México se ha entendido la función de la universidad, en primer lugar, como un espacio de ascenso o de reproducción de clase. Y se sabe que, en efecto, las universidades son espacios de formación de clase. Pero no son sólo eso.

Universidad

Ilustración: Patricio Betteo

Volvamos un momento al ejemplo británico de los años treinta y cuarenta del siglo pasado. Las universidades británicas eran elitistas. Muchas de ellas —sobre todo las más antiguas, como Oxford y Cambridge— tenían a la reproducción de la clase dominante como una de sus funciones más importantes. Otras, como las llamadas “red brick universities”, fundadas en el siglo XIX, formaban profesionales en contextos urbanos, y con eso ayudaban a consolidar a sectores medios emergentes. Cierto. Pero esas instituciones no tenían como su fin específico ni la movilidad de clase ni su reproducción, sino la educación y la investigación al más alto nivel. La reproducción de clase tenía que pasar por ese filtro y, con ello, los conocimientos y experiencias adquiridas ahí se convertían, para muchos, en el fin real de sus vidas.

Pongo el ejemplo de Charles Darwin, que es a la vez excepcional y paradigmático. El padre de Charles Darwin era un médico bastante adinerado. Influido por un anhelo de reproducción familiar (y de clase) Charles se inscribió en la Facultad de Medicina de la Universidad de Edimburgo, pero ahí se apasionó por asuntos científicos, que lo llevaron a abandonar la medicina. Esto molestó bastante a su padre, quien optó por sacar a su hijo de la Universidad de Edimburgo y mandarlo a Cambridge, para que se formara como pastor anglicano. Evidentemente, Charles tampoco se volvió pastor, sino que continuó con su pasión de naturalista. Lo demás ya lo conocemos todos. La universidad —aun la más elitista del mundo— no fue nunca sólo un sitio de reproducción social, sino que fue siempre y ante todo un sitio de transformación personal a través del libre estudio. El resultado de esta suma de cambios personales fue, a su vez, que la universidad se volvió un espacio privilegiado de transformación social.

En México la universidad ha sido entendida ante todo como un espacio ya sea de ascenso social o de reproducción social. Es por eso que hoy la certificación pareciera ser más importante que la experiencia universitaria —los estudios, la vida estudiantil, el contacto con los profesores. De ahí sale, también, la idea de que cualquier evaluación que tenga consecuencias prácticas en la vida del estudiante es “punitiva”. Si la universidad es selectiva, se dice correctamente, será elitista. Y si es elitista, se continúa, ya equivocadamente, su único fin será la reproducción de la elite. Por lo tanto (sigue el razonamiento), si la universidad no tiene “evaluación punitiva” (o, dicho de otra forma, si no tiene sistemas de evaluación que tengan consecuencias prácticas para el estudiante), será un espacio igualitario y de ascenso social, porque todos los que estudien ahí saldrán con el mismo certificado. La magia de la certificación habrá borrado las diferencias entre las clases sociales.

La opinión general que hay sobre la educación superior en México está equivocada. La universidad no es sólo un mecanismo de ascenso o de reproducción de clase. La universidad es, en primer lugar, un sitio de formación de estudiantes —lo que significa de transformación de los estudiantes— y, por eso justamente, es un espacio privilegiado para la creación intelectual que termina siendo fundamental para la sociedad en su conjunto: Inglaterra hubiera perdido la guerra con Alemania sin Oxford y Cambridge.

Felizmente, México no tiene a una guerra internacional en su horizonte, pero sí enfrenta una genuina emergencia colectiva: el cambio climático y la crisis ambiental. México enfrenta también una guerra interna. ¿Y cómo le hace frente el gobierno a estos retos? ¿Le apuesta, acaso, a consolidar sus centros de pensamiento? De ninguna manera. El gobierno sigue creyendo que la educación superior se debate entre dos modelos: el de la reproducción de clase y el del ascenso social, y este gobierno le ha apostado todo al del ascenso social, vaciando la universidad de todo contenido. El sumum de esta política ha sido la adopción oficial de la fórmula equivocada de “evaluación punitiva”, y la consecuencia de este imaginario educativo es la creación de cien universidades que, entre todas, no suman a una.

 

Claudio Lomnitz
Profesor de antropología de la Universidad de Columbia. Es autor de La nación desdibujada. México en trece ensayos y El regreso del camarada Ricardo Flores Magón, entre otros libros.

Gramsci no tiene la culpa

La discusión política se ha intensificado en los últimos meses, gracias a los continuos anuncios gubernamentales, pero eso no significa que vivamos en una sociedad más politizada. De hecho, podría ser el síntoma de una ciudadanía que pierde injerencia en los asuntos públicos.
Por Alberto Fernández
El 17 de marzo de 2019, el presidente Andrés Manuel López Obrador decretó el fin del neoliberalismo en México. Las semanas previas había estado comunicando a la sociedad no solo su peculiar definición del término “neoliberalismo”, sino también enlistando todos los males que trajo consigo, desde la corrupción y los divorcios hasta las desapariciones forzadas, pasando por todos los problemas económicos que aquejan al país.

El anuncio del fin del neoliberalismo y su reemplazo por el “posneoliberalismo” no ha traído consigo un saludable debate sobre los saldos de un modelo económico y las alternativas a seguir en los próximos años, sino una multiplicación ad infinitum de “relatos”, algunos tan efímeros como un hashtagde las redes sociales, que buscan etiquetar a aliados y adversarios en uno y otro lado del término. “Neoliberales” son la reforma educativa de 2013, los críticos de izquierda del presidente y los capos del narco. “Posneoliberales” pueden ser los performances de la senadora Jesusa Rodríguez contra los tacos de carnitas, la cancelación de programas sociales y las funciones mañaneras del presidente y la prensa.

Vale la pena preguntarse si este mundo de relatos y posicionamientos instantáneos contribuye a generar la base de información y debate público para una mayor participación de la ciudadanía en los asuntos públicos o si, por el contrario, los temas que son relevantes para los ciudadanos en lo individual o los grupos organizados se diluyen en los intercambios de epítetos, generando así una despolitización de la sociedad.

Con la llegada a la presidencia de López Obrador, México entra en un movimiento mundial cuyo objetivo común explícito ha sido la ruptura de la “hegemonía neoliberal”. Lo que este ensayo aborda no es cómo ese objetivo se traduce en el diseño e implementación de un programa económico alternativo al neoliberalismo, sino cómo el mero intento de trascender la hegemonía neoliberal y construir una “contrahegemonía” ha influido en el modo en que se entiende la política y se politiza a grupos sociales o audiencias.

Hegemonía y contrahegemonía en América Latina

La “hegemonía”, según la definición clásica de Antonio Gramsci, se refiere al conjunto de medios no coercitivos que emplea la clase en el poder para mantener dominadas a las clases subalternas. Por ello, todo proyecto revolucionario necesita erigir su contrahegemonía cultural como complemento de la batalla en el plano del poder político y el modelo económico.

De acuerdo con Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, la teoría de Gramsci sobre la hegemonía surgió como una respuesta a un no evento: los levantamientos revolucionarios por parte del proletariado, que la teoría marxista de la historia consideraba inevitables, simplemente no ocurrieron. En la medida en que el marxismo anterior a Gramsci, como ideología oficial de los regímenes del llamado socialismo real, fue perdiendo atractivo en el repertorio ideológico y estratégico de los movimientos de izquierda, el campo de los estudios culturales ofreció un refugio para los teóricos de la hegemonía y un espacio para experimentar en el terreno de la literatura, las artes y la producción cultural en general.

Mouffe y Laclau trajeron de vuelta el concepto de “hegemonía” a la lucha por el poder político justo a tiempo para incidir en dos cosas: en la crítica del neoliberalismo como pensamiento “hegemónico” y en la construcción de una contrahegemonía que respondiera a la etapa neoliberal. El resultado es la teoría populista, en que la contrahegemonía se construye alrededor de una demanda que predomina (“hegemoniza”) sobre las demás. A su vez, el discurso populista cementa un bloque popular, enfrentado irreductiblemente al bloque del poder, ante el cual se define por contraste, para producir nuevos valores y modelos de gestión pública.

Podemos en España fue el primer movimiento explícitamente populista, fundado por jóvenes profesores universitarios bien versados en la teoría. El chavismo nunca reclamó para sí el manto intelectual laclauiano, pero la lógica con la que construyó su identidad política es casi un tipo de ideal populista. Más directo fue el involucramiento de Ernesto Laclau como asesor de los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández en Argentina. Kirchner, un oscuro gobernador de los páramos australes, logró consolidar un poderoso bloque popular una vez en el poder, ubicando a una omnipresente “oligarquía” como el enemigo irreductible.

En otros países latinoamericanos, el impacto de la teoría laclauiana fue menos obvio, pero varios de sus elementos son discernibles en la política de confrontación permanente de Rafael Correa, la creación de una coalición fuera de los ejes tradicionales izquierda-derecha que llevó a Daniel Ortega de regreso al poder y, por supuesto, la exitosa estrategia de López Obrador, con su “mafia del poder” como némesis y la postulación de la lucha anticorrupción como “significante vacío” y centro de todo discurso público.

Al denunciar que la despolitización de las decisiones de política económica constituía un secuestro de la democracia, la contrahegemonía posneoliberal se ha propuesto repolitizar todos los aspectos de la vida pública y aún más. Toda interacción social se ha convertido en un espacio para construir la contrahegemonía. La pregunta es si esta hiperpolitización logra acrecentar la participación ciudadana en la toma de decisiones o, por el contrario, diluye y banaliza la energía cívica, disminuyendo la capacidad de la sociedad de incidir en las políticas de gobierno y aumentando la discrecionalidad de los políticos y funcionarios públicos.

La batalla por la hegemonía y la guerra de relatos

Además de la filosofía de Gramsci, el populismo de Laclau descansa en gran medida en la vieja semiología de Ferdinand de Saussure, las teorías de los actos discursivos y la función performativa del lenguaje, especialmente John L. Austin y Roland Barthes. La función creadora del discurso es un pilar fundamental del populismo. En ella radica su capacidad de politizar masivamente a individuos y grupos sociales, pero también es el origen de sus excesos.

El discurso populista no se conforma con complementar la capacidad descriptiva del lenguaje con el recurso performativo, sino que cancela la función descriptiva del discurso y la sustituye por la pura performatividad. Cuando el dirigente populista proclama que “el pueblo rechaza completamente a la mafia del poder”, esas palabras no se refieren a ningún grupo determinado y comprensible que exista fuera de dicho enunciado: un grupo particular de ciudadanos, un segmento socioeconómico mensurable. El discurso por sí solo crea al “pueblo” y a la “mafia del poder”, al tiempo que postula su oposición irreductible.

Así, el discurso político abandona los juicios de hecho o de valor y entra con ello en el terreno del “relato”. La “contrahegemonía” así construida es un edificio de relatos diametralmente opuestos al relato “hegemónico” del “poder”. Incluso las políticas públicas pueden ser un espacio para el despliegue de esta lógica política. Por ejemplo, el memorando del presidente López Obrador para, de acuerdo con su anuncio, cancelar la reforma educativa de 2013, sin ninguna fundamentación jurídica y fácilmente impugnable ante los tribunales, era solo un performance dirigido a sus seguidores para movilizar el apoyo bajo un discurso compartido, que describía la reforma impugnada y la que ellos promovían en términos absolutamente contrarios.

El filósofo Slavoj Žižek suele defender la utilidad táctica, y por ende coyuntural y temporal, de los recursos discursivos populistas. En la práctica, el populismo es un instrumento muy a la mano para prender la chispa de la politización. Como he mencionado con anterioridad, una de las críticas más comunes que la izquierda hace al neoliberalismo es su pretensión de despolitizar la toma de decisiones en materia de política económica bajo el entendido de que esta es una esfera de conocimiento especializado, “científico” y basado en verdades autoevidentes. Frente a esta hegemonía del pensamiento económico científico y escépticamente despolitizado –expresada también como un sistema de valores centrado en el logro y la independencia individuales, el retiro del Estado y la mercantilización de bienes sociales como la salud y la educación–, el movimiento contrahegemónico busca posicionar un relato en las antípodas del primero. Para Žižek, este primer acto es en cierta medida insurreccional dado que facilita la irrupción de sectores sociales previamente excluidos del debate “científico” sobre la economía y produce una sacudida democrática (“telúrica”, la llama Podemos).

En la práctica, sin embargo, posicionar un relato contrahegemónico, a fin de revertir los excesos excluyentes de cierto pensamiento hegemónico, termina destruyendo los cimientos que le son comunes con otras áreas de la actividad humana. Así, el relato contrahegemónico no se limita a desmontar el monopolio que ejercen los científicos sociales en la discusión de diversos problemas, sino que ataca al pensamiento científico en general, al que se acusa de “racionalista, hegemónico y colonizador”.

En el terreno de las instituciones políticas, la vieja crítica de la izquierda al “excesivo” apego de los liberales a los aspectos “formales” de la democracia y el abandono de sus aspectos “sustantivos” se traduce en la abolición de toda pretensión de formalidad.

Esta actitud, que inicia como escepticismo y crítica saludables, no hacia las ciencias sociales, las instituciones o los procesos democráticos formales en sí, sino a su pretendida infalibilidad y sus usos excluyentes, acaba por destruir toda forma de validación del discurso público exterior a este y a las fuentes de la legitimidad política. El resultado es una aturdidora guerra de relatos.

Saldos de la hiperpolitización

En la construcción de relatos contrahegemónicos “desde abajo” toda vivencia individual tiene valor narrativo. Las redes sociales permiten la reproducción ad infinitum de cada perspectiva personal, pero no existen mecanismos ampliamente aceptados que permitan el filtro, la agregación, la sistematización y la representación de lo individual de manera que propicie una comunicación con referentes y criterios de validación comunes. Cada enunciado personal tiene valor absoluto, por supuesto para quien lo emite, pero también para los que comparten el mismo espacio público. Por ello, el discurso político de nuestros días está lleno no solo de relatos banales, sino que, peor aún, adolece de una falsa equivalencia que, por ejemplo, otorga igual valor a una descripción científica sobre la vacunación que a la opinión de alguien que “siente” que las vacunas son dañinas.

Todo ello, traducido en términos políticos, significa que, si bien los relatos contrahegemónicos de nuestros días parecen fomentar una radical redistribución horizontal de la acción política, en realidad podríamos estar viviendo un momento de despolitización masiva. Convertir, como lo hacen las redes sociales, cada interacción en un sitio de competencia, en primer lugar, por imponer una serie de conceptos y significados, ha traído consigo que los contenidos concretos del discurso político se hayan diluido. En una época en que cualquiera puede obtener información en un tiempo mucho menor a lo que tardaba un experto hace cinco décadas, nuestros debates son bastante desinformados.

La consecuencia no es para ignorarse. Reducidas las formas sustantivas en que el ciudadano puede incidir en las decisiones políticas, el poder parece estar involucionando a su forma más primigenia. En Venezuela, el primer país de la marea rosa donde triunfó esta contrahegemonía, cada día trae consigo batallas apocalípticas donde el único objetivo es sobrevivir. El país de los círculos bolivarianos, comités de barrio y otras tantas formas de supuesta democracia directa, es ahora el primer ejemplo de una sociedad pospolítica, en la medida en que los sitios tradicionales de la incidencia política –las instituciones, las políticas públicas, el debate público– han dejado prácticamente de existir. A su vez, Estados Unidos tiene una tradición de solidez institucional mucho más larga que la de Venezuela, pero está viviendo el colapso de su esfera pública a nivel nacional y sus ámbitos de gobierno ya no pueden ponerse de acuerdo ni siquiera en qué constituye un delito. El caso estadounidense, como otros casos de populismo xenofóbico de ultraderecha –Hungría, Polonia, Brasil y otros más–, debería ser una seria llamada de atención para quienes piensan que el populismo es una forma viable de repolitización desde la izquierda.

En México estamos aún lejos de los casos extremos de colapso político o degeneración acelerada del debate público, pero sí podemos estar a las puertas de una despolitización generalizada. La prisa del presidente López Obrador por “hacer historia” antes de que la historia transcurra puede empezar a revertir los procesos de participación ciudadana que con tanto esfuerzo se fueron construyendo desde hace varias décadas. Al banalizar y pervertir mecanismos de participación social, como las consultas ciudadanas, despojándolos de todo apego a los procedimientos establecidos, el presidente está en los hechos despolitizando la toma de decisiones sobre proyectos de infraestructura.

De la misma manera, al convertir cada conferencia de prensa mañanera en una plataforma para emitir su relato sin la posibilidad de contrastar datos y rendir cuentas, López Obrador está socavando la interlocución posible del poder con la sociedad. Todo ello, mientras repite sin cansancio sus edictos sobre el fin del neoliberalismo. Quizá no haya habido gobernante alguno en América Latina y el mundo que se haya tomado menos la molestia de sustituir el relato neoliberal por otro que tuviera un mínimo de coherencia. Sus certificados de muerte al neoliberalismo no son más que una demostración de fuerza, aunque en los hechos la contrahegemonía lopezobradorista sea casi indistinguible de la vieja hegemonía neoliberal, solo que con guirnaldas de flores.

El eterno regreso de la sociedad civil

Gramsci no tiene la culpa, así como tampoco la tuvo Marx. En la actualidad somos testigos de la vulgarización de la teoría de la contrahegemonía, entendida como la simple proliferación de relatos diametralmente opuestos a lo que sea que se diga desde el poder, más cuando a quienes ostentan ese poder se les cuelga el sambenito de “neoliberales”. Esto no es muy diferente a la forma en que la vieja teoría marxista de la historia se enseñaba, en las escuelas de cuadros, como mero “determinismo histórico”.

Pero la atomización de los relatos es también la fragmentación de la sociedad civil. El individuo, desprovisto de la urgencia de hacer causa común con sus semejantes para hacer oír su opinión o defender sus intereses, se atrinchera en su zona de hiperactivismo. Paradójicamente, su capacidad de incidencia es inversamente proporcional a la visibilidad de sus enunciados. ¿Cómo revertir esta situación?

En primer lugar, resistiendo la urgencia de la satisfacción inmediata. La multiplicación de los relatos se basa en la capacidad de reacción instantánea, con una fuerza equivalente, pero en el sentido opuesto. Si el relato contrario dice “blanco”, el hiperactivista dice “negro” sin pensársela mucho. La estrategia de (re)politización de nuestros días debe comenzar por introducir algún tipo de mediación entre la exposición de un relato y su respuesta. Esto implicaría crear o retomar espacios que permitan tanto el acceso a la información, como su validación, análisis y procesamiento. El propósito sería generar respuestas colectivas donde la perspectiva individual se oriente hacia un interés general. Esta ha sido siempre la función de la membresía en organizaciones como los sindicatos, las asociaciones vecinales, las agrupaciones profesionales, etcétera. Ello requiere recuperar a la sociedad civil como sitio de agregación y representación de intereses y formación de una opinión pública informada.

Aunque el presidente está decidido a repetir un mismo relato ramplón cada día hasta que se acepte que ha “hecho historia”, y a la vez gobernar mediante la llana imposición, su gestión tiene distintas tendencias, algunas de las cuales, como la política laboral, pueden revitalizar la representación eficaz y democrática de los intereses. Fortalecer esa vía y abrir otras similares es una forma de contrarrestar la dilución de la política en el mar de los relatos y de prevenir la despolitización de la sociedad. Salir de la oposición hegemonía/contrahegemonía que reduce la política a la confrontación frontal permanente.

Una sociedad civil efectivamente politizada a través de una robusta tradición de debate sustantivo, representación de intereses y capacidad de llamar a cuentas al poder, no se presta a ser cooptada en la lógica simplista de aliado versus adversario. Ese es el antídoto tanto para la guerra de relatos vacuos, como para la reinstauración del poder bruto. ~

Fuente: https://www.letraslibres.com/mexico/revista/gramsci-no-tiene-la-culpa

Dónde perdimos la brújula

Por Raúl Zibechi

Los asesinatos de la brasileña Marielle Franco (marzo de 2018) y de la hondureña Berta Cáceres (marzo de 2016) fueron crímenes políticos, algo en lo que coinciden movimientos, partidos de izquierda e intelectuales progresistas. Ambas eran mujeres de abajo y del color de la tierra, feministas que resistían el patriarcado y el capitalismo. Con toda razón se achacaron sus crímenes a la alianza entre empresas multinacionales, gobiernos y milicias paramilitares, que en cada país adquiere formas distintas pero siempre favorecen al 1 por ciento más poderoso.

La vida del campesino náhuatl Samir Flores tenía muchas similitudes con las de Berta y Marielle: nació abajo y resistió el capitalismo neoliberal que en su tierra (Amilcingo, Morelos) se concreta en grandes obras de infraestructura, igual que en Honduras, donde Berta resistió un proyecto hidroeléctrico para el desarrollo del país. Tres personas que vivieron y murieron de pie, defendiendo la dignidad de sus pueblos convertidos en obstáculo para la acumulación de capital.

Siendo los contextos de los crímenes tan similares, debe entenderse porqué académicos y profesionales que se dicen progresistas, establecen diferencias y exigen no politizar el asesinato de Samir, al que consideran además una cuestión policial. Tres crímenes de Estado, como los de Ayotzinapa, de los cuales siempre hemos responsabilizado a los gobiernos en turno.

Lo único que justificaría un tratamiento diferente es que en Brasil y Honduras se trata de gobiernos de derecha, acusados de complicidad con los crímenes, mientras en México el discurso progresista del actual gobierno (que no sus acciones), lo exculparían de cualquier responsabilidad. A mi modo de ver, estamos ante un argumento mezquino y pobre.

Es evidente que los discursos y las palabras no pueden modificar los hechos y, sobre todo, no tiene sentido aplicar raseros diferentes a situaciones similares. Si Ayotzinapa fue responsabilidad del gobierno de Peña Nieto, si Marielle y Berta fueron responsabilidad de sus respectivos gobiernos, no hay modo de eludir la responsabilidad del asesinato de Samir.

Por ese camino se llega a una extravío de difícil retorno, lindero con la aberración. El mayor desatino de las izquierdas del continente se llama, por ahora, Nicaragua. Daniel Ortega no pierde oportunidad de mentar su supuesto antimperialismo, mientras su gobierno, según reciente informe de Amnistía Internacional, sigue instaurando un ambiente de terror, donde cualquier intento por ejercer la libertad de expresión y el derecho a reunión pacífica es castigado con represión (https://bit.ly/2GyYFvy).

La comandante sandinista Mónica Baltodano denuncia las penosas condiciones carcelarias de los presos, enfermos por el consumo de aguas putrefactas y condiciones sanitarias lamentables. Según Baltodano, nunca hubo tal cantidad de presos en Nicaragua, que sufren peores condiciones que los presos de Somoza como lo fue ella misma (https://bit.ly/2IgjVqC).

En Nicaragua se tortura a los detenidos con los métodos salvajes de las dictaduras (https://bit.ly/2wCEJmQ). Pero buena parte de la izquierda sigue apoyando al régimen neosomocista de Ortega, incluyendo algunos intelectuales. En este periodo incierto de decadencia imperial y de las izquierdas, las palabras no valen nada o, parafraseando al poeta, ciertas voces valen menos, mucho menos que el orín de los perros.

Se ha convertido en norma que las palabras enmascaren realidades que se pretenden ocultar, porque resulta incómodo aceptarlas.

El progresismo es, en primer lugar, una construcción discursiva. Solamente discursiva porque no produce cambios estructurales. La clave de cualquier transformación verdadera no es otra que el poder popular, las decisiones que emanan de los de abajo, no las políticas de arriba, por más revolucionarias que se digan. Este punto es tan decisivo, que podría incluso definirse revolución no por la toma del poder, sino por la organización masiva de los de abajo, del modo que decidan.

En segundo lugar, el centro del conflicto del progresismo es contra los pueblos y no contra el capital y las derechas, como pretenden los intelectuales progres. Este punto es nodal y es el que permite establecer diferencias entre los progresismos (acomodados a la relación de fuerzas heredadas y limitados a gestionar lo existente) y otros procesos que, mal que bien, pretenden superar el estado actual de las cosas.

Los enemigos que ataca el progresismo, son el pueblo mapuche (al que se le aplicó la ley antiterrorista), los movimientos de junio de 2013 en Brasil, y los pueblos originarios, en general y ahora los de México en particular, entre los más evidentes.

La brújula que se perdió es la ética. Que no se recupera con discursos sino escuchando a los pueblos, aceptando sus decisiones colectivas que, nunca en cinco siglos, pudieron ser encajonadas en envases institucionales. Lo demás es verborrea hueca que sólo pretende amparar a los de arriba ninguneando a los pueblos.

Fuente: https://www.jornada.com.mx/2019/06/07/opinion/018a2pol

El socialismo estadounidense y la «izquierda de lo posible»

Entrevista a Bhaskar Sunkara

El socialismo en Estados Unidos tiene una larga y rica historia. Y hoy vive uno de sus momentos más intensos. Pero, ¿de qué hablamos cuando hablamos de socialismo en Estados Unidos? El director de la revista Jacobin, Bhaskar Sunkara, lo explica en esta entrevista.

Por Nicolas Allen

Nota: traducción del inglés de Agustina Santomaso.

Cuando Bhaskar Sunkara fundó la revista Jacobin a fines de 2010, tenía una ambición tan sencilla como imponderable: saltar la barrera que había mantenido aislados a venerables proyectos editoriales del marxismo anglosajón –New Left Review, Monthly Review, Dissent– y colocar el socialismo en el centro del debate mainstreamestadounidense. Esa audacia fundante vino acompañada de una apuesta estilística: un socialismo empaquetado en un lenguaje comunicativo y propositivo, un diseño gráfico innovador y una actitud insurgente. De ahí, sus primeros éxitos. Cinco años más tarde, Jacobin ya era la indiscutida vocera de la izquierda estadounidense, pero faltaba un golpe de fortuna para que cumpliera con su principal objetivo. La campaña de Bernie Sanders de 2015 marcó un antes y un después: el «socialismo democrático», etiqueta que Sanders usa para definir su propia adscripción política, se volvió de pronto una expresión de uso común y un objeto de fascinación, y también de fuerte rechazo, para un público estadounidense que hasta hace poco miraba esa etiqueta con la misma incredulidad que a una invasión alienígena.

A su vez, «socialismo democrático» remitía a una de las influencias constitutivas de la revista: la agrupación Socialistas Democráticos de Estados Unidos (dsa, por sus siglas en inglés). Si bien perfilaban tendencias diversas en las páginas de Jacobin –donde se debatía sobre los méritos del comunismo italiano, León Trotski, Karl Kautsky, Ralph Miliband o el eurocomunismo–, la nueva visibilidad del socialismo democrático echó luz sobre la misión ideológica de la revista. No en vano muchos integrantes de su línea fundadora también militaban en dsa: tanto la revista como la organización –que no es un partido– entrañaban una estrategia dialoguista y buscaban polemizar con el sentido común liberal (en el sentido estadounidense, donde casi es sinónimo de progresista) con el fin de ganar nuevos adeptos al socialismo.

Como relata Sunkara, el triunfo de Donald Trump en 2016 fue el golpe de gracia. La derrota de los demócratas por una figura ampliamente rechazada dinamitó la legitimidad del partido y abrió un vacío que pronto se llenaría de nuevas figuras de la izquierda insurgente. Alexandria Ocasio-Cortez, Rashid Tlaib e Ilhan Omar son los nombres que más resuenan en los medios hegemónicos, pero detrás de ellos hay una camada de socialistas, en gran parte afiliados a dsa, muchos con menos que 30 años, que vienen registrando victorias electorales en todo el país.

Aunque no tenga la omnipresencia mediática de Ocasio-Cortez, Sunkara es regularmente convocado a cnn y otros canales masivos para disertar sobre el socialismo. Su nuevo libro, The Socialist Manifesto1 [El manifiesto socialista], es una buena síntesis del tono que venía elaborando en su trabajo editorial: programático, agresivo, pero también jocoso y optimista. Cabalgando en la nueva ola socialista, Jacobin incluye, además de las versiones impresa y digital (con un millón de visitas por mes), una publicación teórica llamada Catalyst, la revista británica Tribune, Jacobin Italia y, dentro de poco, una edición brasileña de la misma revista.

Según una reciente encuesta de Gallup, 51% de los jóvenes estadounidenses de entre 18 y 29 años tiene una opinión favorable del socialismo, mientras que solo 45% tiene una mirada positiva sobre el capitalismo. ¿A qué le atribuye la sorpresiva popularidad del socialismo?

El término «socialismo», obviamente, ha sido usado en un sentido muy vago. Cuando la gente habla de socialismo en Estados Unidos suele referirse a una expansión del Estado de Bienestar. Parte de la popularidad del socialismo tiene que ver con que, a pesar de que la Guerra Fría terminó hace tiempo, la derecha estadounidense sigue usando el fantasma del socialismo para vilipendiar reformas que son meramente liberales. Incluso aquellas que los socialistas no necesariamente apoyan, como el Obamacare impulsado por Barack Obama para mejorar, con ciertos límites, la cobertura sanitaria. Creo que la derecha estadounidense, irónicamente, ha logrado quitarle a la palabra algo del miedo que transmitía al repetirla una y otra vez. También creo que la gente en general siente que el capitalismo no está funcionando para ella, o no está funcionando como debería. Parte de esto, en mi opinión, es lo que está detrás de esa encuesta.

Luego estuvo la campaña de Sanders. Por un azar de la historia, Sanders se define a sí mismo como socialista democrático. Sanders se politizó en el entorno del socialismo democrático e incluso de joven integró la Liga de la Juventud Socialista (Young People’s Socialist League), el brazo juvenil del Partido Socialista de Estados Unidos. Pero yo creo que la revista Jacobin, así como algunos sectores de la izquierda estadounidense, jugó un rol importante en la capitalización del enojo que la gente sentía con el liberalismo. Occupy Wall Street, el levantamiento de Wisconsin de 2011, la reciente ola de huelgas de maestros, todos estos procesos están mostrando el creciente descontento ante cierto tipo de políticas de los demócratas liberales. Incluso Black Lives Matter, un movimiento nuevo que denuncia el racismo y la violencia contra las personas negras, nació ante el descontento con los mismos políticos negros electos, que eran justamente demócratas liberales. Jacobin logró delinear una política a la izquierda del liberalismo reinante y enunciar que este tipo de política es, en términos amplios, una política socialista democrática. Para usar un clisé: el surgimiento de Sanders y el descontento generado por las políticas liberales crearon las «condiciones objetivas» para que emerja una suerte de revuelta a la izquierda del centro liberal. Sin embargo, esa revuelta fácilmente podría haber adoptado un lenguaje más populista, como el de Podemos. Tanto por la revista Jacobin como por la existencia de redes socialistas en eeuu, por nuestra capacidad de competir por encima de nuestra categoría –siendo numéricamente minoritarios pero con gran alcance mediático–, el debate se ha polarizado en torno del socialismo.

No estoy del todo seguro de que haya sido positivo que el debate se haya desarrollado de esta forma. Lo que sí sé es que, si Jacobin tiene algún crédito en esto, es en relación con el lenguaje que se está utilizando.

Es interesante lo que dice sobre lo fortuito de que el término «socialismo» se haya instalado. Por más de un siglo la pregunta parece haber sido: ¿por qué no hay socialismo en eeuu?2Ahora que el término está en circulación, tal vez sea el momento de recuperar la historia del socialismo en eeuu y redescubrir algunas figuras olvidadas, como Eugene Debs, Mother Jones o Bayard Rustin.

Claro, vale la pena recordar que el socialismo no fue inorgánico a la política estadounidense. Ha sido más episódico que ausente. Hace más de 100 años teníamos la primera ola de socialismo estadounidense, y fue el mejor tipo de socialismo. Fue el mejor en el sentido de que se «habló» socialismo en un lenguaje estadounidense, abarcando las diferentes lenguas del país: el socialismo judío del Lower East Side de Nueva York, las tradiciones populistas del centro y sur del país, el sindicalismo de los mineros del oeste, los grupos socialistas cristianos. Basta mirar el caso de Eugene Debs, un ateo y fundador del Partido Socialista, y observar cómo él también hablaba como un pastor cristiano. El socialismo reemergió con la Gran Depresión de la década de 1930 y otra vez con la Nueva Izquierda en los años 60. Y ahora está de nuevo, pero de una forma diferente. En otras palabras, hoy es necesario ubicarnos dentro de una tradición socialista estadounidense.

Pero lo que es tan importante como inusual respecto del socialismo estadounidense es que estuvo totalmente ausente de la escena política desde la Nueva Izquierda hasta hoy. Lo que eso significa es que hoy podemos presentarnos como una fuerza insurgente: nunca estuvimos en el poder, nunca fuimos responsables de una política de austeridad, como la socialdemocracia europea. La situación actual nos permite trabajar con la campaña de Sanders –la expresión masiva de la centroizquierda en eeuu– y levantar un programa propio que, en líneas generales, es socialdemócrata. Este programa es visto por muchos en eeuu como una insurrección o una revolución política, aunque en cualquier otro lugar del mundo podría ser visto con otros ojos, incluso como simples retoques tecnocráticos. También podemos invertir la pregunta que usted plantea: por más que haya una tradición socialista, ¿por qué en eeuu no se ha desarrollado un partido laborista o un partido socialdemócrata? Para ser breve, yo creo que esto tiene mucho que ver con la contingencia: perdimos batallas claves en ciertos momentos de la historia. En primer lugar, en el contexto de la temprana industrialización estadounidense hubo una división inicial entre los sindicatos artesanales y los nacientes sindicatos industriales. Además, eeuu tuvo siempre una inusual estructura partidaria que dificultó la existencia de terceros partidos. Cuando el socialismo comenzó a crecer en el país en 1890, muchos votantes –mayormente varones blancos que accedieron tempranamente al sufragio– ya tenían cimentadas sus lealtades partidarias hacia alguno de los dos partidos mayoritarios, Demócrata o Republicano. Y hay además otro tipo de razones históricas para la ausencia de un partido socialdemócrata. El Estado fue muy violento a la hora de reprimir cualquier conflicto laboral. Y el tamaño del país sumó otras dificultades: las distintas células del socialismo estadounidense eran difusas y no tenían un aparato centralizado como sí existía en otras partes del mundo, como ocurrió con los partidos de la Segunda Internacional, el Partido Socialdemócrata de Alemania [spd, por sus siglas en alemán] en 1880, o los bolcheviques durante sus años de actividad clandestina o semiclandestina. Es una cuestión complicada que intento abordar en The Socialist Manifesto. Los socialistas siempre estuvimos presentes, en pequeñas células, y yo realmente creo que vamos a ver un renacimiento. Puede que ese renacimiento no use exactamente el vocabulario político que como socialistas nos gustaría. De todos modos, va a haber una creciente fuerza de centroizquierda, igualitaria, un movimiento con base social. La corriente sanderista en la política estadounidense no se va ir a ninguna parte, llegó para quedarse. Ahora, si el uso actual del lenguaje socialista, dsa o Jacobin estarán por mucho más tiempo, es algo de lo que estoy menos seguro.

Señala la idea de un socialismo vernáculo, que había un socialismo hablado con acento estadounidense. ¿Hay en Jacobin un intento de adaptar el marxismo a la mentalidad estadounidense, al sueño americano y su fijación con la libertad?

Yo creo que la base de nuestra política tiene que resonar con el sentido común de la mayoría de la gente. En eeuu, ya tenemos las mayorías para impulsar programas socialdemócratas. Ya tenemos la mayoría para impulsar una cobertura gratuita de salud para todos (Medicare for All) o un programa de empleo garantizado. Tenemos mayorías que piensan que la inmigración es algo positivo. La pregunta es cómo tomar estas preferencias políticas y convertirlas en una plataforma. Yo creo que la cuestión no es tanto cómo cambiar la conciencia de la gente –su conciencia no es una cosa tan terrible–, sino convencerla de que la política puede hacer una diferencia en su vida. Bajo el capitalismo, es perfectamente racional mantener la cabeza baja y no confrontar, porque por más que entre trabajadores y capitalistas haya una dependencia mutua, siempre va a ser una situación de poder asimétrica. Es racional que si alguien es despedido apele a la ayuda de sus amigos y su familia para seguir a flote, o que vaya a capacitarse y trate de salir adelante. Todas estas respuestas son más racionales, en las condiciones actuales, que ir a la huelga o involucrarse en un movimiento político. Nuestro objetivo como socialistas es decirle a la gente que la política tiene algunas soluciones para ella y que estamos para crear la estructura que canalice su malestar y que luche y defienda sus intereses. Soy muy optimista sobre la mentalidad de la mayoría de la población estadounidense, soy optimista de que habrá tarde o temprano una mayoría progresista duradera en este país, como ha existido en otros. Cuando habla de «nosotros», ¿se refiere a dsa? No, me refiero al socialismo en eeuu y a la izquierda en general. No creo que dsa sea una organización lo suficientemente coherente como para que podamos hablar en términos de «nosotros». Cualquiera puede afiliarse a la organización. Es la izquierda estadounidense. Dentro de dsa hay anarcocomunistas, socialdemócratas, socialistas democráticos y trotskistas. Tenemos muchas tendencias dentro del arco de dsa, y por lo general no están organizadas en facciones, están mayormente trabajando en conjunto, lo que es algo bueno. No es la misma organización a la que yo me afilié en 2007 cuando tenía 17 años. Aun así, dsa solo llega a tener 60.000 afiliados, entonces está bien que no sea coherente, dirigida por un comité central que se cree la vanguardia de la clase obrera estadounidense, porque en definitiva somos un país con 330 millones de habitantes. Y aunque creo que debemos ser ambiciosos, debemos rechazar esas viejas arrogancias de cierta izquierda tradicional.

Nuestra misión es participar en coaliciones con corrientes mucho más amplias. Yo veo el papel del socialismo como formador de una red con capacidad de intervenir en diferentes movimientos, particularmente el movimiento obrero, para incrementar los niveles de conciencia de clase y radicalizar las luchas; pero no necesariamente que el socialismo sea el movimiento. Y esta consideración no es tanto una consigna política, o un miedo al centralismo democrático o a los movimientos vanguardistas, sino más bien una cuestión práctica. Estamos en un momento histórico de debilidad de la izquierda. No deberíamos sobredimensionar o inflar las cosas buenas que están sucediendo. Es una trampa clásica de la izquierda decir: «Tenemos 50.000 miembros hoy, ayer teníamos 5.000, así que mañana tendremos millones y nos convertiremos en un partido de masas». No veo que eso sea lo que está sucediendo.

¿Puede comentar un poco más sobre la historia de dsa? dsa tiene sus raíces en una organización llamada Comité Organizador de los Socialistas Democráticos [dsoc, por sus siglas en inglés], fundado por una división de lo que fue el Partido Socialista de Estados Unidos [spa, por sus siglas en inglés]. El spa tuvo un masivo declive luego de su época dorada y llegó a ser un simple caparazón de sí mismo a principio de los años 70. En sus últimos días, en la década de 1970, el spa se había dividido en un sector de izquierda, uno de centro y otro de derecha. La izquierda todavía se aferraba a la insistencia de Debs en la absoluta independencia política de la clase obrera y estaba muy enfocada en competir electoralmente como socialistas independientes, sin vínculos con el Partido Demócrata. El sector de derecha se había vuelto casi indistinguible del liberalismo de la Guerra Fría: anticomunistas feroces, también habían revisado sus posturas sobre la burocracia sindical y efectivamente abrazaron la central burocratizada –la Federación Estadounidense del Trabajo y Congreso de Organizaciones Industriales [afl-cio, por sus siglas en inglés]– como una posible vanguardia de un nuevo movimiento reformista en eeuu. Ese era el sueño de, por ejemplo, el activista Bayard Rustin, quien quería conectar una parte del movimiento obrero con la corriente más mainstream del movimiento de derechos civiles y convertir esa confluencia en una fuerza socialdemócrata. Rustin combinó su apoyo a la Guerra de Vietnam y su adhesión al anticomunismo con un deseo de no separar la izquierda de la base social obrera para armar una futura fuerza socialdemócrata. En el centro estaban Michael Harrington y su gente. Harrington, una suerte de sucesor de Norman Thomas3, era el socialista más destacado en eeuu. Había escrito unos años atrás un best-seller sobre la pobreza, The Other America [La otra América], que inspiró el programa de bienestar social de Lyndon B. Johnson: la llamada «War on Poverty» [guerra contra la pobreza]. La postura de Harrington era buscar un punto medio: no ceder a las tendencias de derecha del partido, oponiéndose a la Guerra de Vietnam –más tibiamente de lo que nos hubiera gustado–, pero, al mismo tiempo, confiando en que el Partido Demócrata podía realinearse y convertirse en una fuerza próxima a los partidos socialdemócratas europeos. Vale recordar que, en esos años, la socialdemocracia europea aún tenía fuertes tendencias de izquierda y parecía posible una transición de la democracia social al socialismo democrático. Luego, en los años 80, el dsoc se fusionó con el New American Movement [Nuevo Movimiento Estadounidense], un movimiento más activista que se desprendió de la Nueva Izquierda y que estaba un poco más orientado a la militancia sindical. De esa fusión emergió dsa. Harrington convocó a una nueva coalición de la izquierda obrera con los demócratas progresistas: algunos, como David Dinkins, el primer alcalde negro de Nueva York, eran miembros de dsa. Un demócrata como Ted Kennedy brindó un discurso en el funeral de Harrington en 1989. Es decir, dsa planteó un juego político: mantener un pie dentro y otro fuera del Partido Demócrata, con la idea de que la organización se pudiera convertir en el «ala izquierda de lo posible». Tras la muerte de Harrington, la organización se corrió aún más a la derecha y derivó en algo irrelevante. Cuando yo me incorporé en 2007, dsa estaba básicamente muerto, con menos de 5.000 miembros. Descontentos con la organización, los jóvenes como yo bromeábamos con que nos habíamos convertido en el «ala derecha de lo imposible». El conflicto en este punto se centró en las tensiones entre los jóvenes, una generación ubicada más a la izquierda, que era crítica del acercamiento de dsa al Partido Demócrata, y los contemporáneos a Harrington, que estaban tratando de mantener viva la organización.

A fines de 2010 surgió Jacobin. A pesar de que la revista era independiente, muchos de quienes participaban en el proyecto eran cercanos a dsa. E integrantes de Jacobin que también eran miembros de dsa, como Amber Frost y Elizabeth Bruenig, empezaron a destacarse. Jacobin comenzó a crecer con el movimiento Occupy Wall Street en 2011. Pero, al igual que dsa, nuestro verdadero crecimiento sucedió en la campaña de Sanders de 2015-2016. dsa pasó de 6.000 a 12.000 miembros durante la campaña. En general, se unían jóvenes con una presencia fuerte en las redes sociales. Muchos de ellos trabajaban en los medios o en otros campos, de modo que eran muy visibles. Pero la verdadera explosión de la organización, en términos de cantidad de miembros, tuvo lugar con la elección de Trump, cuando la membresía creció por encima de los 30.000 adherentes. Mucho de lo sucedido fue por azar: empezamos a recibir una cobertura favorable en los medios y la gente comenzó a googlear«democratic socialism».

Una vez que se alcanza cierto tamaño y se mantienen reuniones por todo el país, en ocasiones con cientos de asistentes, entonces el proceso de sumar más miembros funciona por sí mismo: un amigo o una amiga pregunta qué vas a hacer más tarde, y respondes «Voy a una reunión política, súmate si quieres». De ahí el crecimiento se volvió más orgánico, pero es realmente interesante ver lo azaroso que ha sido este crecimiento, impulsado en gran parte por internet.

Lo mismo se puede decir del fenómeno Sanders. Siempre cuando quiero explicarles a mis amigos trotskistas y de otros países que están tratando de comprender esto en un contexto internacional, les digo: hay un nivel de fortuna y contingencia. No es posible entender la de Sanders como una campaña electoral tradicional de izquierda, como si hubiera un movimiento social de izquierda del que Sanders sería el reflejo electoral. Esto tendría sentido en otros momentos del siglo xx, cuando se podía decir que el peso de los partidos socialdemócratas en los parlamentos era un reflejo del peso del movimiento obrero, pero hoy parece observarse una situación opuesta. Sanders está surgiendo de un vacío y está, de hecho, generando militancia, no cooptando o reflejando fuerzas extraparlamentarias. Lo mismo sucede con dsa, que a través de internet y con una cobertura mediática favorable, está alcanzando a muchas personas de orientación liberal que terminan acudiendo a la organización. No se me ocurre un antecedente de algo similar en otro país.

Se podría decir de Podemos que muchos de sus fundadores estaban vinculados previamente a grupos tradicionales de izquierda y luego intentaron conscientemente abandonar el lenguaje de la izquierda más tradicional para adoptar una retórica más populista. La ironía en eeuu es que estamos haciendo lo inverso a Podemos: estamos reclutando a un montón de liberales desilusionados que hablan un lenguaje político más familiar a la mayoría de los estadounidenses y convirtiendo a esos liberales en socialistas. De repente, esos liberales están participando en esotéricos debates sobre Nicos Poulantzas o Ralph Miliband.

Obviamente, es genial que más personas se nucleen alrededor de ideas más radicales, dado lo radicales que son los problemas que enfrenta el mundo hoy. Pero a veces veo personas que adoptan una retórica alienante y quiero recordar que muchas veces son las mismas personas que apoyaban a Hillary Clinton en 2016.

De cualquier modo, no puedo explicar completamente el auge del socialismo y de dsa. Pero la huella de la cultura masiva estadounidense –o el imperialismo cultural– significa que todo lo que hagamos aquí será amplificado.

Algunos elementos que comenta –la contingencia y el rol de los medios en la construcción política– me recuerdan un libro interesante de Paolo Gerbaudo que recién fue publicado en inglés: The Digital Party4. Allí el autor analiza partidos nuevos como Podemos o figuras como Sanders y subraya la naturaleza paradójica de esta nueva izquierda hipermediática: por un lado, el peso de la imagen favorece la creación de un culto a la personalidad –se me viene a la mente también Alexandria Ocasio-Cortez– y también formas organizativas extremadamente verticales. Pero por otro lado, alienta una forma de compromiso militante muy descentralizada, con formas difusas de membresía. ¿Lidian con estas preguntas mientras intentan formar una organización masiva y democrática?

dsa es radicalmente democrático, tal vez la organización más democrática que haya en la izquierda hoy, casi en exceso. Sanders es un político a cuya campaña podemos dar forma e influenciar: si no nos gusta una política que él está proponiendo –un copago en el Medicare, por ejemplo–, podemos mandar un mensaje a través de canales internos y también a través de una petición externa. Yo creo que podemos darle forma a su campaña. Pero no hay duda de que somos a su vez impulsados por la energía de lo que él está generando. Por supuesto, una fuerza minoritaria puede hacer la diferencia. Si miramos la lucha de los sindicatos docentes de eeuu, la ola de huelgas ha sido impresionante, pero detrás de ellos hay un par de miles de personas que galvanizan la actividad política de todo el país. Yo creo que esta es la naturaleza de la política. La clave es que tu programa sea aceptado ampliamente y que tengas medios democráticos para promover la acción política, reflejando sus decisiones y también disciplinando a los políticos electos (ahora mismo, más allá del experimento en Chicago, no hay votaciones en bloque realmente disciplinadas de parte de los socialistas5).

Lo que estoy tratando de decir es que eventualmente vamos a necesitar un partido a la izquierda del liberalismo. En esta cuestión, al menos en el contexto europeo, yo soy muy tradicional, en el sentido de conservar algunas viejas cosas que ya funcionaron. Creo que Podemos, por ejemplo, es un partido increíblemente poco democrático. En vistas de lo que está sucediendo en Francia y en otros lugares con el llamado retorno del populismo, a mí me gusta una parte de la retórica populista, pero me gustaría aún más que solo fuese eso, retórica; que detrás de los líderes carismáticos todavía haya un proceso de construcción de partido en un sentido más tradicional. Soy más permisivo con las tendencias populistas aquí en eeuu, porque creo que estamos en una situación «prepartidaria» todavía. Es preciso entender esto: la situación política estadounidense es tal que ni siquiera tenemos verdaderos partidos políticos, es decir, no tenemos partidos sostenidos en afiliados. Yo me registré en el Partido Demócrata cuando tenía 18 años y me pasé los siguientes 11 años criticando el Partido Demócrata sin parar. No me expulsaron porque, según la propia lógica institucional de los partidos, legalmente no me pueden expulsar. Es una situación extraña y nos da espacio, por ahora, para organizar a los socialistas alrededor de las primarias, aunque eventualmente tendremos que romper definitivamente con los demócratas en algún momento.

Mencionó la idea de convertir a los liberales al socialismo. Me parece que gran parte de la apuesta de Jacobin es justamente esa: polemizar, de buena fe, con una tradición ajena, el liberalismo, para destruir algunas vacas sagradas de esa misma ideología, como la libre competencia, el individualismo emprendedor y la autosuficiencia, y ciertas versiones de la política de la identidad.

La idea siempre fue dividir el liberalismo en distintos sectores, porque vivimos en un país donde el lenguaje del socialismo está en gran parte ausente. Entonces, cuando hablamos de liberalismo, no estamos interesados en aquellos individuos que tuvieron plena conciencia de una política de izquierda y la rechazaron optando por otra posición. Nos interesa la gente a la que jamás se le presentó una alternativa. De ese segundo grupo, muchos hace poco tiempo se llamaban liberales y votaban a los demócratas –muchos de nuestros liberales en eeuu son en realidad socialdemócratas que carecen de un lenguaje para reconocerse como tales–. Por mi parte, yo pondría el énfasis en aquellos sectores despolitizados, que raras veces votaron y que cuando votan lo hacen por los demócratas. Este grupo ni siquiera se identifica con algo que se podría llamar una ideología liberal. Esta distinción es importante en el contexto estadounidense. Desde la izquierda, tenemos que avanzar con mucha humildad y paciencia cuando presentamos nuestra visión política. No tenemos una historia de éxitos a la que podemos apelar. No hay ningún motivo para que alguien se identifique como socialista en este país: nadie está en un sindicato con una tradición socialista, muy pocos tuvieron un integrante de su familia que militara en un partido socialista, o un abuelo que fuera perseguido por su afiliación socialista. La situación es diferente de la de otros países. Sí creemos que hay una necesidad moral detrás del movimiento socialista, pero esto dista mucho de ser una necesidad práctica en la vida cotidiana de la gente. Nuevamente, por eso necesitamos tener paciencia y humildad. Me gustaría cambiar de tema y pasar a la discusión sobre Trump: uno de los argumentos prevalentes dice que su triunfo en las elecciones refleja una derechización de la clase obrera estadounidense, específicamente de la clase obrera blanca. ¿Cómo responde a este discurso? Y, más allá de su veracidad, ¿cómo debería responder la izquierda a la amenaza del populismo de derecha?

La primera manera de responder es mirando el aspecto empírico: la base política de Trump es muy similar a la base del populismo de derecha y a los partidos de derecha de todo el mundo. No son los trabajadores de McDonald’s, ni necesariamente los banqueros y los ceo. Es más probable que el votante de Trump sea el gerente regional. Es importante tomar en cuenta que eeuu es un país grande, con muchos votantes, y por lo tanto es fácil encontrar a millones de miembros de la clase obrera que votaron a Trump. Con su campaña logró convencer a una porción suficiente de la clase obrera como para dar vuelta las elecciones, en lo que fue un triunfo apretado que dependía de los resultados de unos pocos estados. Pero la mayor parte de la clase obrera votó a Hillary Clinton o se quedó en su casa. Es muy importante no sobredimensionar el componente obrero de Trump. La agenda de Trump es antipopular. Tiene una base estable de alrededor de 40% del país, que es poco. Esto no significa que la aparición de Trump no tenga su lado aterrador. Pero no creo que podamos construir política solo reaccionando contra la derecha. Creo que hay demasiada histeria alrededor del incipiente movimiento fascista en eeuu. Lo que yo veo es un crecimiento del populismo de derecha que se ha dado periódicamente a lo largo de la historia del país, y ahora nuevamente tenemos la tarea histórica de derrotar a ese populismo. Los liberales pecan de ver estos movimientos populistas de derecha como inorgánicos y de sobredimensionar su novedad histórica. ¿En qué sentido serían inorgánicos? Los liberales siempre han sido muy hostiles frente a cualquier tipo de militancia de la derecha. Ellos entienden esa actividad como paranoica, como si fuese expresión de una enfermedad mental. Cualquiera que cuestiona las instituciones republicanas, dicen, debe sufrir una enfermedad mental. Y los liberales también extienden esta lectura patologizante a nosotros, los que estamos en la izquierda. Creo que el Partido Demócrata es demasiado reactivo, demasiado anti-Trump, demasiado enfocado en su personalidad. Esto puede producir una situación en la que Trump pierda en las próximas elecciones, pero el trumpismo no haya sido adecuadamente vencido. Se ha centrado demasiado en los tics de Trump, un enfoque que refleja el rechazo que él genera entre la clase media profesional.

Mi propia experiencia en los medios me pone en constante contacto con personas que comparten una repulsión moral de Trump, que rechazan su personalidad, su evidente racismo y sexismo. Pero para mí es totalmente insuficiente quedarse en ese plano. Creo que nosotros, desde la izquierda, necesitamos decir a los votantes: «Nos preocupa, entendemos tus miedos y penas, y además tenemos algunas ideas para mejorar tu vida». Así no vamos a ganar la mayor parte de la base de Trump, porque la mayoría de quienes lo apoyan no están motivados por dificultades económicas, pero nuestra plataforma podría lograr reducir su apoyo.

Yo creo que la base para un futuro movimiento masivo socialista democrático se compondrá de quienes votaron a Hillary Clinton y de quienes se sienten totalmente alienados de la política. Habrá, también, una pequeña parte de las personas que votaron a Trump. Pero se hace difícil interpelar a este último grupo, o incluso a algunos sectores más de centro, si simplemente aceptamos que 40% de los votantes, o una amplia parte de la población, padece de un trastorno psicológico. Esa me parece una manera muy equivocada de hacer política, y también un análisis incorrecto.

Si miramos a algunas de las figuras más destacadas de los últimos años –estoy pensando en Ocasio-Cortez, proveniente de dsa, o incluso en una demócrata de izquierda como Ilhan Omar–, pareciera que los pilares del consenso liberal del país están siendo fuertemente cuestionados: la política exterior de eeuu es sometida a juicio en cada discurso de Omar, mientras que Ocasio-Cortez está llamando a un Green New Deal [Nuevo Pacto Verde] que no solo significaría una refundación del Estado, sino que cuestiona el dominio irrestricto del capital sobre la sociedad estadounidense. ¿Se siente esperanzado de un posible realineamiento del consenso liberal hacia la izquierda? Sí, y para ser honesto esa siempre fue nuestra estrategia. Si ha existido una estrategia compartida entre el movimiento progresista y los socialistas democráticos, fue esa: dividir lo que aparenta ser una sólida coalición del Partido Demócrata. No creemos que todos los votantes del Partido Demócrata realmente apoyen el liberalismo centrista de Clinton. Votaron eso simplemente porque era la mejor alternativa y saben qué tan mala es la derecha estadounidense y qué tan de derecha es el Partido Republicano.

Entonces, buscamos distinguir entre los miembros del Partido Demócrata que apoyan el Estado de Bienestar y el resto del Partido Demócrata y su dirección. Yo creo que esa división es algo que está encarnado y personificado en figuras de dsacomo Ocasio-Cortez, Rashid Tlaib e Ilhan Omar, entre otras. Detrás del triunfo electoral de estas figuras, hay una organización que se llama Justice Democrats [Demócratas por la Justicia], un grupo que, sin tener las mismas motivaciones socialistas, utiliza las mismas tácticas que antes usaba dsa: trabajar dentro del Partido Demócrata como una fuerza insurgente. Hoy en día la militancia de dsa está enfocada en otros lugares, fuera del Partido Demócrata, en el activismo de base.

Es emocionante ver cómo esas divisiones propias del partido se han personificado. Creo que aprendimos una gran lección: identificamos nuestra base y propulsamos una acción. Ocasio-Cortez no habría sido elegida sin la iniciativa de grupos como Justice Democrats o dsa. Ahora ella como individuo está radicalizando estas divisiones y polarizando el debate en un sentido que favorece a la izquierda.

¿Qué es, entonces, lo que estamos haciendo en eeuu con este nuevo tipo de político, con los socialistas que fueron elegidos o incluso con la campaña de Sanders? Aquí tengo que confesar que aún no tengo elaborado un marco teórico, aunque estoy tratando de desarrollarlo. Yo provengo de una formación marxista ortodoxa. Pero hay una observación que resulta útil en el plano teórico: Sanders y el movimiento que lo rodea representan una democracia social anclada en la lucha de clases, que es distinta de los antiguos modelos de la socialdemocracia. Mientras que en el periodo de posguerra la socialdemocracia buscaba canalizar la militancia sindical y el movimiento obrero, intentando traducirlos en poder electoral y en un pacto de gobernabilidad basado en el equilibrio de clases, Sanders y Jeremy Corbyn son fuerzas totalmente insurgentes.

En teoría son movimientos moderados. Pero el modo en que buscan conquistar el poder implica un proceso de lucha y polarización. Cuando Sanders habla de los «millonarios y multimillonarios», está invocando la figura del conflicto social como la única manera de que el pueblo trabajador conquiste lo que merece. En ese sentido es importante olvidarse de esa idea de que «Sanders es un mero socialdemócrata», porque incluso si sus ideas no son revolucionarias, él sí es un insurgente.

Es preciso darle impulso a este proceso socialdemócrata, que se despliega según una lógica de lucha de clases, para primero conquistar un sistema pleno de bienestar y después, sin desmovilizar, radicalizar el mismo proceso hacia el socialismo. En realidad, hoy tengo menos certeza que antes sobre los pasos por seguir, pero a la vez tengo más confianza de que de algún modo la historia nos acompaña. Tengo más certeza sobre la necesidad moral del socialismo democrático, pero aún más sobre que la gente tomará conciencia de que la democracia y la política ofrecen soluciones para sus problemas, y que no será seducida por la política de exclusión, odio y barbarie que ofrece la derecha.

  • 1. B. Sunkara: The Socialist Manifesto: The Case for Radical Politics in an Era of Extreme Inequality, Basic Books, Nueva York, 2019.
  • 2.Werner Sombart: ¿Por qué no hay socialismo en los Estados Unidos? [1906], Capitán Swing, Madrid, 2009.
  • 3. Ministro presbiteriano estadounidense. Fue pacifista y candidato presidencial por el spa en seis ocasiones.
  • 4.P. Gerbaudo: The Digital Party: Political Organisation and Online Democracy, Pluto Press, Londres, 2018.
  • 5.Will Bloom: «Una ola socialista en Chicago» en Nueva Sociedad, edición digital, 4/2019, www.nuso.org.

Mario Bunge: “Las políticas científicas utilitarias están hambreando a las ciencias básicas”

Pocos años atrás Gustavo E. Romero realizó esta formidable entrevista a Mario Bunge, uno de los más grandes filósofos contemporáneos, autor de la obra de filosofía más importante y ambiciosa del siglo XX, que rescata el espíritu griego de que la ciencia y la filosofía son herramientas para llegar a una ética y a una forma de hacer mejor el mundo. En este diálogo extenso y profundo, Bunge cavila sobre sus aportes más hondos y a la vez sobre el escaso impacto de su obra en la comunidad filosófica.

Mario Bunge lleva ya más de 70 años investigando sobre prácticamente todos los aspectos de la filosofía y la ciencia. Bunge es doctor en Ciencias Fisicomatemáticas por la Universidad Nacional de La Plata, fue profesor titular de Física Teórica en esa universidad y en la de Buenos Aires, profesor titular de Filosofía con dedicación exclusiva también en la UBA, así como en las de Delaware y Temple, y Frothingham Professor de Lógica y Metafísica en la Universidad McGill en Montreal, hasta retirarse como profesor emérito. Doctor Honoris Causa de casi una veintena de universidades de Europa y América, Guggenheim Fellow, Alexander von Humboldt Fellow, Killiam Fellow; Mario Bunge es autor de unos 80 libros que incluyen clásicos como Causality(1959), Scientific Research (1967), y el monumental Treatise on Basic Philosophy(1974-1989) en ocho volúmenes, acaso una de las obras de filosofía más importante y ambiciosa del siglo XX.

Profundamente interesado en el desarrollo de la cultura, dista de ser el pensador apartado de los problemas reales y encerrado en una torre de marfil filosófica. No hace mucho presentó sus memorias, tituladas Entre dos Mundos. En esa ocasión, tuve el honor de decir unas palabras sobre Mario, que reproduzco a continuación: “La publicación del libro de memorias de Mario Bunge en castellano, por las editoriales Eudeba y Gedisa, es un acontecimiento extraordinario en mi opinión. Y es extraordinario por dos razones. Primero porque la trayectoria vital de Mario es extraordinaria, y por otro lado porque la obra filosófica de Mario Bunge también es extraordinaria. Como recién comentaba Miguel Ángel [Quintanilla], si uno tiene que pensar en un filósofo comparable a Mario Bunge, el único nombre que por lo menos a mí me viene a la cabeza es el de Bertrand Russell. Bertrand Russell vivió en una época filosófica diferente; una época de transición, desde una filosofía más bien oscurantista a una filosofía científica, y no pudo desarrollar una obra con la coherencia que tiene la obra de Mario Bunge, que se pudo escribir en un período distinto, a partir de los años 50. Si tuviera que señalar qué es lo más extraordinario de la obra de Bunge precisamente diría eso: la coherencia. Hace no mucho releí Causalidad, el libro que Mario escribió en 1959; primero lo publicó en inglés, como se mencionó hoy, y luego lo sacó Eudeba en 1961, o sea hace 53 años. Es prácticamente imposible encontrar en esa obra algún enunciado que no sea armonioso con los volúmenes que seguirían a lo largo del medio siglo posterior. Si uno va a otros grandes libros de Mario, por ejemplo, en la década del 60, el Foundations of Physics –un libro que lamentablemente nunca fue traducido al castellano– en la parte inicial del libro hay un proyecto de filosofía científica que básicamente preanuncia lo que Mario haría en las siguientes dos décadas, que sería el Tratado de Filosofía Básica, actualmente en proceso de traducción al castellano. La obra de Bunge no sólo es una obra coherente, sino que es una obra de extraordinaria claridad, es una obra de una enorme amplitud: abarca la semántica, la ontología, la epistemología y la filosofía de todas las ciencias especiales y abarca también la ética. Para los griegos, la retórica, que sería lo que nosotros llamamos hoy en día la semántica o filosofía del lenguaje, y la física eran un medio para llegar a una ética, a un conocimiento que nos permitiese vivir en el mundo y vivir lo mejor posible. Lamentablemente, para la mayor parte de los filósofos y de las personas que hacemos ciencia hoy en día, la filosofía y las ciencias son solamente un trabajo más. Yo creo que Mario Bunge ha sabido rescatar ese espíritu de la vieja filosofía griega de que la ciencia y la filosofía son herramientas para llegar a una ética y a una forma de hacer mejor el mundo. Permítanme terminar esta brevísima intervención con una confesión. El encontrarme con la obra de Mario Bunge ha sido el hecho capital de mi vida intelectual. Me ha marcado para siempre. En las últimas pocas semanas, durante el mes de septiembre, cuando leía las pruebas de galera de este libro, en un lugar muy extraño, en las islas Galápagos, me fue dado recuperar la alegría del descubrimiento inicial de esaobra extraordinaria.”

Una de las dichas de mi vida ha sido la amistad generosa de Mario Bunge. Quizás abusando de esa amistad, le he pedido una entrevista, para que ampliase algunos temas que toca en sus memorias, y otros que me han intrigado. Ofrezco al lector esa entrevista, con la esperanza de que la disfrute tanto como yo

Su obra tiene una coherencia única en la filosofía actual. Sus primeros libros, comoCausality, Metascientific Queries, Intuition and Science y The Myth of Simplicity son trabajos con un fondo realista, y despliegan una filosofía científicamente informada y en ocasiones altamente formalizada. Sin embargo, en mi opinión, es hacia 1967 que se produce quiebre con Scientific Research y Foundations of Physics: dos libros ambiciosos que presentan proyectos enormes de una unidad notable. En Foundations, libro feliz y único, en su capítulo segundo presenta un esquema de lo que luego desarrollaría usted en su Treatise. Parecería como si a partir de allí pasó a ocuparse en forma verdaderamente sistemática de un proyecto filosófico completo. ¿Cómo ve Foundations a casi 50 años de su publicación y cuál es el impacto que piensa tuvo en el desarrollo de la filosofía de la ciencia?

Creo que si mi obra filosófica tiene alguna unidad y coherencia es porque me he ocupado de problemas y no de autores; porque esos problemas son importantes y no meros ejercicios académicos; porque me han interesado todas las ramas de la filosofía; porque he procurado mantenerme cerca de la ciencia; y porque, al librarme de Hegel y sus discípulos, me empeñé en ser lo más claro posible. Tanto, que un amigo íntimopredijo que yo nunca llegaría a ser un filósofo. “¿Por qué?” le pregunté. “Porque se te entiende todo”, respondió.

Por definición, problemas importantes son los que se presentan en paquetes o sistemas, de modo que no pueden atacarse de a uno, aislándolos de los demás componentes del sistema. Esta es una de las limitaciones del enfoque analítico. Por esto una vez les dije a los de SADAF (Sociedad Argentina de Análisis Filosófico) que planeaba instalarles en frente la futura ASF (Asociación de Síntesis Filosófica).

El típico profesor de filosofía es un comentarista o escoliasta que trabaja miniproblemas o pseudoproblemas antes que un investigador de problemas gordos, como los de la naturaleza del espacio y el tiempo, la materia y la mente, la causalidad y el azar, el significado y la verdad, el valor y la acción, la ciencia y la técnica, la justicia social y el progreso. Suele plantearse problemitas o pseudoproblemas de las formas “¿Qué opinó Fulano acerca de la crítica de Mengano a Zutano?”, “¿En quiénes se inspiró Perengano?”, “¿En qué consiste conocer el color rojo?”, “¿En qué se distinguen losinfinitos mundos posibles del que habitamos?”, “¿Cuáles nombres no cambian en otros mundos?”, “¿Cómo se asciende de un puñado de datos empíricos a una ley?”, “¿Por qué hay algo y no nada?”, y “¿Cómo construye el mundo el yo (o el cerebro)?”.

La frecuencia de cuestiones de estas formas en la literatura filosófica actual explica tanto la fragmentación como la inutilidad de la misma: trata de nimiedades o de absurdos, de modo que las respuestas, cuando las hay, no constituyen avances del saber ni suscitan nuevos problemas que motiven nuevos proyectos de investigación. Son meros juegos sin consecuencia, como los juegos de naipes, aunque sin la excitación que provoca la incertidumbre del resultado. Evocan al cínico que declaró que la filosofía es aquello que, con ella o sin ella, el mundo permanece tal y cual. En el original italiano suena mucho mejor.

En efecto, 1967 fue para mí como el annus mirabilis que vivió Newton tres siglos antes, aunque con consecuencias incalculables para todo el mundo. El que ambas obras mías aparecieran ese año se debió a circunstancias ajenas a mi voluntad, porque Scientific Research, que empecé a escribir en Buenos Aires en 1961, ya estaba concluido en 1963, y Foundations of Physics, comenzado en Delaware en 1964, fue terminado dos años después. En mis memorias cuento las vicisitudes que sufrieron ambas obras. Baste decir aquí que ambas fueron víctimas de la neofobia que aqueja a casi todos los filósofos contemporáneos, y también que la terminación y publicación de ambas son ejemplos de la buena suerte de que he gozado desde mi nacimiento.

Usted me pregunta por el impacto de mi sistema filosófico. Francamente, creo que no ha tenido ninguno en la comunidad filosófica, y un impacto muy débil sobre los físicos, psicólogos y sociólogos. Es verdad que algunos filósofos han adoptado algunas de mis ideas sin citarme, pero la mayoría las ha ignorado o basureado porque chocan con la imagen de segunda mano que han aprendido de las autoridades en la materia. Por ejemplo, los empiristas, que tendrían que haber analizado correctamente las operaciones de medición, no lo han hecho, porque han ignorado nada menos que los indicadores.

Ya en La investigación científica (1967) afirmo que lo que se pone a la prueba empírica no es una proposición teórica sino la conjunción de la misma con un indicador adecuado, tal como la altura de una columna de mercurio cuando medíamos la temperatura corporal. Para peor, Dirac y otros grandes han afirmado que los valores teóricos se contrastan directamente con las lecturas de los instrumentos. Los trabajos prácticos que hacíamos en el Instituto de Física de La Plata me salvaron de cometer ese error garrafal.

Foundations of Physics ha sido algo más exitoso gracias a un puñado de físicos, en primer lugar tu maestro Héctor Vucetich,el relativista mexicano Guillermo Covarrubias y el premio Nobel Willis Lamb, quien me ofreció trabajar con él cuando yo estaba inmerso en la filosofía de lo social.

La escuela llamada estructuralista, de Patrick Suppes, Joseph Sneed, Wolfgang Stegmüller, y Carlos Ulises Moulines, comprende que hay que analizar teorías íntegras,pero lo que entienden por ‘teoría’ no es lo que entienden los matemáticos ni los físicosteóricos, y sus tentativas de reconstruir la mecánica y la termodinámica son tan absurdas que se han ganado las burlas despiadadas del máximo especialista en esas teorías, el difunto Clifford Truesdell, amigo mío, en su libro An Idiot’s Fugitive Essays on Science(New York: Springer, 1984), en el que pulveriza a esos autores. Conste que yo intenté convencerlo a Truesdell de que morigerara sus ataques. Fue inútil: estaba furioso por esa tergiversación de la ciencia. Pero los autores de la misma no se dieron por aludidos. Tampoco reaccionaron a mi crítica, algo anterior, en Mathematical Reviews, en la que señalaba, entre otros errores graves, la confusión entre dos conceptos de modelo, el matemático (ejemplo de una teoría abstracta) y el usado en ciencia y técnica (teoría específica, o de alcance limitado), que Baithwaite había llamado apropiadamenteteorita. Mis amigos Jesús Mosterín y Roberto Torretti sienten gran respeto por esos macaneadores, ninguno de los cuales ha aportado algo a las grandes controversias de su tiempo, en particular las referentes a la interpretación de la mecánica cuántica, el dualismo psiconeural, y el enfoque individualista de lo social.

Mi Foundations of Physics es desconocido por casi todos los filósofos de la física, mayormente porque se ocupan de calcular o medir, antes que de examinar fundamentos, y en muy pequeña parte debido a la reseña hostil de John Earman en Philosophy of Science. Earman, colaborador de Jesús Mosterín, en un artículo sobre cosmología inflacionaria, atacó este libro pese a no saber física o, mejor dicho, por ignorarla por completo. Debe haberle molestado particularmente mi afirmación de que no es lícitoexaminar alguna fórmula famosa, tal como “E=mc^2”, fuera de su contexto, que es lamecánica relativista. Incluso Popper hizo esto: creía que esa fórmula valía para todo, cuando de hecho sólo vale para cosas dotadas de masa. La arrogancia de los filósofos es notable. También atacaron el libro el matemático holandés Hans Freudenthal, especialista en pedagogía matemática, y el profesor de física Strauss, de Alemania Oriental, ninguno de los cuales había trabajado en axiomática.

El problema de la verdad lo ha ocupado durante más de 50 años. Desde la publicación de su primera teoría de la verdad en The Myth of Simplicity hasta la penúltima, Matter & Mind, usted ha ido perfeccionado y esclareciendo su posición ¿Cuál es la situación actual del problema? ¿Qué falta hacer, en su opinión?

Desgraciadamente no tengo nada nuevo que informar. Esto se debe a que la mayoría de los filósofos ni siquiera advierten el problema: no saben que en las ciencias y técnicas se usan dos conceptos de verdad (formal y fáctica), así como verdades aproximadas además de las exactas que nos dan la lógica y la matemática. Por ejemplo, la afirmación de que los planetas son esféricos es una verdad fáctica y aproximada: pertenece a la astronomía, no a la geometría, y su grado de verdad es algo menor que el de la afirmación de que los planetas son elipsoides imperfectos. Los científicos toman todo esto por sabido, mientras que los lógicos lo ignoran. Incluso el gran Tarski creyó que el concepto de verdad como adecuación de la idea a la cosa, que aprendió de Aristóteles, valía en matemática, y Popper acató su autoridad. Mi ex-alumno Jean-Pierre Marquis hizo su tesis doctoral sobre la verdad aproximada y construyó toda una teoríaalgebraica, a la que llamó “álgebra de Bunge”, publicada en el Notre Dame Journal of Logic, pero no tuvo repercusión.

Los estudiantes de filosofía suelen empezar por las tablas de verdad, que sirven al principio, e interpretan el principio de ambivalencia como la tesis de que toda proposición es ya verdadera, ya falsa. Yo lo interpreto como la tesis de que toda inferencia deductiva es ya válida, ya inválida. Creo haber sido el primero en sostener que la lógica deductiva no es una teoría de la verdad, de modo que hay que inventar teorías de las verdades que respeten la lógica.

También creo haber sido el primero en afirmar que las lógicas no estándar, como la trivalente y la modal, son inútiles, y que la lógica para-consistente, que admite contradicciones, es perniciosa, ya que lo menos que podemos pedirle a una teoría es que sea coherente. También he criticado la identificación de verdad parcial con probabilidad, que es absurda, porque la verdad no tiene nada que ver con azar ni con incertidumbre. Ciertos hechos o acontecimientos son probables (mucho o poco), pero laexpresión “la probabilidad de la proposición A es igual al número B” ni siquiera tienesentido. Pero muchos filósofos seguirán usando el cálculo de probabilidades como la llave maestra para abrir todas las puertas filosóficas, porque es la única teoría matemática que conocen.

En matemática pura se usan dos conceptos de verdad formal (como demostrable y como satisfacible, o susceptible de tener modelos) y en las demás disciplinas usamos el concepto, aun intuitivo, de verdad de hecho, o conformidad de la idea a la cosa. He hecho varios intentos de construir tal teoría, la última vez en mi Evaluating Philosophies, del 2012, que tendría que estar por salir en castellano. Pero aun no estoy satisfecho. Necesitamos nuevas intuiciones y nuevos contraejemplos.

En todo caso, yo trato la construcción de una teoría adecuada (¿verdadera?) de la verdad fáctica parcial como un proyecto de largo alcance. Espero que otros investigadores propongan teorías mejores que las mías, pero les advierto que se expondrán a la irritación de los lógicos, como la que atacó a mi amigo Paul Bernays (el asistente de Hilbert) cuando le presenté la primera de las mías. Una noche, en pleno invierno de 1961, fue a nuestro departamento, situado en el barrio negro de Filadelfia, para retarme y hacerme desistir de mi intento. Yo lo tomé con calma y no le llevé el apunte. También criticó mi teoría de la intensión (con s) o connotación, que expuse una década después en el aula colmada del ETH de Zürich, no porque le encontrase errores, sino porque era aún más formalista que su gran maestro David Hilbert. Pero ninguna de ambas críticas empañó la relación muy cordial que Marta y yo teníamos con él. Nos vimos tanto en los EE UU como en Europa. Una noche se lo presenté al filósofo argentino Andrés Raggio, viejo amigo mío, y los tres asistimos al seminario que Bernays mantenía en el ETH. No entendimos mucho porque exponía un estudiante que parecía recién bajado de la cumbre, ya que hablaba un alemán suizo muy cerrado.

Los 4 primeros volúmenes de su monumental Treatise on Basic Philosophy, dedicados a la semántica y la ontología, están altamente formalizados. Eso los hace libros particularmente claros y precisos. Sin embargo, el estilo del Treatise cambia a partir del tomo 5 y se vuelve más discursivo. ¿A qué se debió ese cambio? Mirado desde hoy, ¿piensa que fue positivo?

Es muy cierto que a partir del quinto tomo de mi Tratado hay poca matemática. El motivo es que hacia esa época cambió radicalmente el clima cultural o Zeitgeist: las humanidades y las ciencias sociales fueron inundadas por el posmodernismo, enemigo del rigor. Por ejemplo, la sociología matemática, que James Coleman, Raymond Boudon y Harrison White habían empezado con tanto ímpetu alrededor de 1960, se eclipsó de golpe. Cuando llegué a McGill a fines de 1966, propuse dictar un curso de sociología matemática y fui a verlo al director del departamento de sociologíapidiéndole que me mandase algunos alumnos, y me respondió de buena fe: “¿Qué es eso?.” Y el patrón de la epistemología en la Université du Québec à Montréal difundió exitosamente la escuela austriaca de economía, que ignora la matemática y va junto con el individualismo filosófico y el neoliberalismo.

Yo cedí por temor a que nadie me leyese y abandoné el estilo matemático aunque, por supuesto, seguí rechazando el macaneo posmoderno, tan bien criticado por Juan José Sebrelli en Argentina y por Gabriel Andrade en Venezuela. No obstante, en 1971 fundé la Society for Exact Philosophy, asociación americano -canadiense que sigue reuniéndose anualmente. Yo he dejado de asistir a sus reuniones porque casi todas las exposiciones que se hacen en ellas versan sobre aplicaciones de la concepción bayesiana o subjetivista de la probabilidad, que yo rechazo porque son modelos aprioristas, por tanto arbitrarios, de la creencia.

La psicología de la creencia es otra cosa: es la investigación empírica de las creencias. Irónicamente, uno de sus resultados es que nuestras creencias no se ajustan al cálculo de probabilidades. En particular, solemos violar el teorema según el cual el grado de creencia en una conjunción A&B es menor o igual que las probabilidades separadas de A y de B.

¿A qué se debió que una vez terminado el Treatise, se dedicase una década a la filosofía de las ciencias sociales?

Hasta 1980 yo había trabajado en las filosofías de la matemática, física, biología y psicología, pero había descuidado la problemática filosófica de las ciencias sociales. Sentía el deber de llenar ese hueco en mi filosofía de la ciencia, tanto más por cuanto estaba muy insatisfecho con los trabajos que leía para dictar mis cursos sobre la materia, así como con las presentaciones que escuchaba en coloquios. Además, en la década de 1970 yo había publicado algunos trabajos sociológicos sobre estructura social, participación, marginación, desarrollo, e indicadores sociales, de modo que me sentía capacitado para trabajar en filosofía de las ciencias sociales.

En particular me interesaba la ontología de lo social: ¿Qué clase de cosa es el grupo social, cómo funciona y en qué se diferencia de lo biológico y de lo mental? Estaba insatisfecho tanto con el globalismo de Talcott Parsons como con el individualismo de Friedrich von Hayek: con el primero debido a su tufo intuicionista, y con el segundo porque negaba la existencia de totalidades como la familia y la empresa, que poseen propiedades impersonales, como composición, estratificación, cohesión y estabilidad o su contraria.

Pensando en estos problemas di con el tercer enfoque, el sistemismo, y elaboré un concepto sistémico de grupo social. Este se resume en la cuaterna ordenadaComposición, Ambiente, Estructura, Mecanismo. Presenté algunas de estas ideas en los seminarios sobre desarrollo organizados por UNESCO en Paris (1978), por el PNUD en México (1979), y en Katmandú el año siguiente. Todas esas reuniones me enseñaron y estimularon. Además, en todas ellas tuve maestros y críticos constructivos, los que escasean en las reuniones de filósofos.

Durante la primera década del siglo XXI publicó usted una serie de libros notables como su Philosophical Dictionary, Emergence & Convergence, Chasing Reality yMatter & Mind. En cierta forma esos libros expanden en forma accesible problemas que ya había tratado. Son, quizás, los libros que más llegada han tenido al gran público en inglés. ¿Qué lo motivó a escribirlos?

Cada uno de esos libros resume una nueva etapa de un proyecto de investigación de largo alcance. Retoma temas que había trabajado antes, pero siempre corrijo errores e introduzco algo nuevo. Por ejemplo, en Matter and Mind le doy al enredo (entanglement) más importancia que antes, al punto de afirmar que la caricatura clásica de una partícula elemental es el abrojo y no la bolita. También le doy al libre albedrío, en el que siempre creí, más importancia que antes. Es una característica que la máquina de Turing no puede imitar, porque ella se detiene cuando no recibe impulsos exteriores. Hay decenas de problemas que me siguen intrigando y manteniendo despierto después de medio siglo. Éste es uno de los motivos del insomnio que padezco desde los treinta años de edad.

Además de repensar viejos problemas a la luz de los nuevos conocimientos que aprendo en las revistas científicas que frecuento, están los estímulos exteriores, como algunas preguntas que me formulan corresponsales viejos o nuevos, así como errores importantes que encuentro en la literatura. Por ejemplo, la semana pasada leí una frasede un neurocientífico a quien admiro: “El cerebro es la maquinaria que construye la realidad.” Junta un error (el mecanicismo) con una locura digna de un esquizofrénico (eso de la construcción en lugar de representación del mundo).

¿Por qué piensa que los filósofos angloparlantes son reacios a citar sus trabajos, mientras que los mismos trabajos son fuente de estímulo para muchos científicos? ¿Cree que esa situación se revertirá?

Creo que hay dos motivos: desinterés por los problemas que más me interesan, y facilismo. Recordemos que lo que más aprenden los estudiantes de filosofía en todo el mundo es historia de la filosofía, filosofía ya hecha por otros. Su tarea no es filosofar, sino leer y comentar textos. Les enseñan a convertirse en escolásticos, no a ayudar a avanzar el conocimiento conversando con gentes que enfrentan problemas nuevos.

Para hacer carrera en filosofía hay que mostrar que se ha memorizado una pila de detalles que no excitan a nadie. Es peligroso enfocar problemas nuevos o tratar problemas viejos de manera original.

Para la mayoría de los filósofos yo soy un advenedizo, un inmigrante indocumentado, ya que no tengo un doctorado en filosofía. Para peor, tengo el descaro de reprochar a filósofos profesionales, con doctorados en filosofía, el que no se atrevan a abordar problemas gordos, que exijan estudiar materias que no figuran en el plan de estudios de filosofía. Y cuando se animan a asomarse a territorio extranjero suelen limitarse a libros de divulgación, porque no están preparados para leer artículos técnicos en revistas especializadas. Este no es mi caso, ya que desde mis tiempos de estudiante me he habituado a leer revistas y, habiendo estudiado ciencias “duras”, no les temo a las “blandas.” En resumen, no soy uno de ellos, de modo que no tienen por qué leerme ni,menos aún, citarme, sobre todo cuando me plagian.

No sé si esta situación cambiará alguna vez. Dejé de hacer profecías cuando mi bola de cristal se estrelló al chocar con la realidad.

En muchos de sus libros su estilo polémico suele ser particularmente duro para los estándares académicos anglosajones. ¿Piensa que eso ha perjudicado la divulgación de sus ideas originales en ese ámbito?

Sin duda. Mi falta de tacto, que ya me reprochaban mis padres, me ha atraído muchas antipatías. Pero creo que lo que más odios me ha acarreado es el decirles a muchos que lo que están haciendo no es sino molestar a las polillas: que nada de lo que dicen o escriben ayudará a avanzar el conocimiento o, lo que es peor, que han obstaculizado la búsqueda de la verdad. ¿A quién puede gustarle que le digan que ha vivido en vano? Pero admita que soy circunspecto. Por ejemplo, no he escrito que el segundo Husserlestuviese loco de atar, ni que el segundo Wittgenstein escribía para tontos, ni que…

Entiendo que Nicholas Rescher es el filósofo vivo que mejor consideración le merece. ¿Puede resumir sucintamente el porqué?

Admiro a Nick Rescher por su curiosidad, su conocimiento monumental, y su amor por la claridad. Nunca olvidaré la ocasión en que, en una reunión de un comité de un organismo internacional, tuvimos que pronunciarnos sobre la interpretación de cierto reglamento. Éramos el lógico ruso Kolmogoroff, el filósofo y doctor en jurisprudencia Stephen Körner, Nick y yo. El único que entendió el problema fue Nick, quien disertó sobre el mismo y propuso la resolución que los demás aceptamos humildemente. Además, le estoy reconocido a Rescher porque ha respondido puntualmente a todas mis preguntas y ha reconocido mis méritos. Otra característica poco común de Rescher es que no ha tenido empacho en abrazar causas políticas impopulares. Por ejemplo, decidió hacerse republicano cuando advirtió que todas las guerras habían sido iniciadas por gobiernos demócratas. No sé si el belicismo de George Bush Jr. le ha hecho cambiar de opinión.

¿Cuáles son en su opinión los principales temas abiertos de los que debería ocupar la filosofía contemporánea?

Primero, siguen en pie todos los grandes problemas que nos han legado nuestros predecesores, desde los llamados presocráticos en adelante. No es que sean misterios insolubles, como lo afirmó recientemente Noam Chomsky, sino que se trata de grandes proyectos de investigación que, esperamos, se vayan resolviendo de a poco. Segundo, están todos los nuevos problemas que van surgiendo a medida que avanzan las ciencias y las técnicas. Por ejemplo, todavía no sabemos a ciencia cierta en qué se distingue la materia viva de la química, en qué consiste la información de que hablan los psicólogos, ni cómo debemos obrar para evitar causar en los niños modificaciones epigenéticas heredables, ni qué es la justicia social.

¿Porqué cree que la mayoría de los filósofos son tan ignorantes de ciencia, en particular de física y neurociencias?

Primero, porque aprender ciencias duras es más difícil que leer y comentar historias de la filosofía. El jardinero de cementerio hace un trabajo mucho menos duro que el labrador que abre nuevos surcos en tierra virgen. Segundo, porque el idealismo y el fenomenismo, que han sido las filosofías dominantes desde Berkeley y Hume, Kant y Hegel, menosprecian, desprecian o malentienden la investigación científica. Incluso Popper, el más famoso filósofo de la ciencia, la ha entendido mal, al sostener que los científicos aspiran a que sus ideas sean refutadas (como me lo dijo en 1961, cuando lo visitamos con Marta), y que la historia de la ciencia es una sucesión de teorías, en que la única función de los experimentos es intentar refutar teorías.

¿Piensa que tiene sentido plantear, como lo intentan algunos físicos actuales, una“teoría del todo”? ¿Considera es epistemológicamente razonable pensar que pueda formularse tal teoría?

En los tiempos en que la mecánica era la única teoría científica propiamente dicha, cabía la ilusión de que lo explicase todo. A partir de entonces se fueron descubriendo propiedades emergentes y se fueron construyendo teorías y disciplinas que desbordaban a la ciencia de los cuerpos. Ni siquiera a la física le bastó la mecánica cuando se estudió la luz. Los químicos posteriores a Dalton y Berzelius descubrieron vínculos químicos, como el que mantiene a la molécula de hidrógeno, que no eran físicos. Darwin mostró que las especies biológicas pueden transformarse sin que sucedan catástrofes físicas. Marx describió cambios sociales que surgen de conflictos sociales ajenos a la física y la química. Etcétera, etcétera. En resumen, la realidad es tan variada que no basta una teoría para describirla y explicarla. De hecho, cada tanto se forman ciencias nuevas que nadie predijo. Por ejemplo, nadie predijo la epigenética, nacida hace una década. El proyecto de construir teorías de todo me parece ridículamente ambicioso, porque la mayoría de las propiedades las tienen exclusivamente los miembros de algunas clases. Por ejemplo, los átomos carecen de memoria, y los seres humanos somos los únicos animales que nos distinguimos por ser en gran medida artificiales, hecho que refuta los intentos de explicar la naturaleza humana en términos puramente biológicos.

¿Cuáles son las mayores amenazas a la ciencia en nuestro tiempo?

La principal amenaza a la ciencia es la misma que pende sobre la especie humana: los desastres antropogénicos causados por la pérdida constante de suelo, el agotamiento de recursos no renovables, el calentamiento global, y otras calamidades concomitantes con la industria que procura la ganancia de unos pocos en lugar del bienestar de todos.

Las políticas científicas utilitarias, que privilegian a las ciencias aplicadas y a las técnicas, están hambreando a las ciencias básicas y están perjudicando a las que buscan conocimiento más que poder. Ejemplo reciente: las grandes firmas farmacéuticas han cerrado sus laboratorios de neurociencias porque no les rendía; en particular, no habían inventado nuevas píldoras para tratar eficazmente las enfermedades mentales más comunes, la depresión y la demencia. La ciencia aplicada y la técnica siempre se han nutrido de la ciencia desinteresada. Si esto lo ignoran los empresarios, el Estado tendrá que tomar la iniciativa. Incluso Clinton y Obama, tan obtusos en todo lo demás, lo han comprendido.

Una amenaza menor es el anti-cientifismo que campea en los sectores de extrema derecha y de extrema izquierda, y cuyo resultado neto es desanimar a los jóvenes que están considerando seguir una carrera científica. Este engendro de filósofos oscurantistas y científicos fracasados no sería tan dañino si no penetrase en las universidades, como lo viene haciendo en Argentina. De aquí que los profesores de ciencias tienen el deber de contrarrestarlo.

¿Qué proyectos tiene entre manos?

Creo que me dedicaré a los fundamentos de la sociología. Aunque ya no podré contar con los sabios consejos de Bob Merton ni con las críticas agudas de Raymond Boudon, es seguro que podré interactuar con mi nuevo amigo Dominique Raynaud, que se especializa en historia de la ciencia y del arte, así como en sociología histórica del conocimiento. Es un náufrago notable del hundimiento de las humanidades francesas.

Sin embargo, no estoy seguro de poder terminar este proyecto, porque desde que tuve mi primer accidente cerebro-vascular, hace cuatro años, siento que las parcas me pisan los talones.

¿Qué le diría a un joven científico con intereses filosóficos, o a un joven filósofo con intereses científicos?

Le diría que haga filosofía siempre que la tome como vocación, no como profesión. También le aconsejaría que se ocupe de problemas, no de autores, y que prefiera los problemas grandes a los chicos, aunque piense que le quedan grandes, porque para disfrutar del filosofar hay que tomarlo como una aventura, no como una rutina.

Finalmente, le recomendaría que hable con no-filósofos, para saber cuál es su filosofía espontánea, para saber qué tesis y problemas filosóficos tienen sin saberlo, y para suscitarles inquietudes filosóficas. Por ejemplo, pregúnteles a los matemáticos cómo demostrar que todos los teoremas se descubren, no se inventan; a los físicos, que los entes físicos no tienen propiedades antes que empezaron a trabajar los físicos; a los biólogos, cómo saben que los dinosaurios de todo el mundo se extinguieron de golpe cuando cayó el gran meteorito en el Yucatán; a los antropólogos, cómo saben que los Homo Sapiens nunca se cruzaron con los Neanderthal; a los historiadores, por qué los parisinos destruyeron la Bastilla pese a que allí había solo siete presos; a los teólogos, qué pruebas tienen de la existencia de Jesús; y a los acólitos de Chomsky, que niegan la evolución de las lenguas, por qué casi todos los sustantivos anglosajones perdieron el género cuando fueron invadidos por los normandos, que sí les asignaban sexo (LA fleur, LE fruit).

Su teoría de la verdad considera como portadores de verdad a las proposiciones. Siendo las teorías sistemas infinitos de proposiciones, ¿piensa que puede atribuírseles valores de verdad?

No. Creo que los valores de verdad emergen solamente en el curso del trabajo de poner a prueba las proposiciones. Mientras no se dé por concluido el trabajo de verificación, residen en una especie de limbo. Es claro que en el curso de dicho trabajo suele atribuírseles verdad o falsedad, pero tal atribución es tentativa o transitoria: se la hace para saber qué consecuencias traería su verdad o su falsedad.

Me doy cuenta de que esta postura contradice al platonismo, que es la filosofía espontánea del matemático. Pero concuerda con mi visión de la investigación como invención justificable (no arbitraria), no como descubrimiento de un mundo platónico de ideas hechas. La realidad nos es dada, mientras que a la ciencia la vamos haciendo. Un jurista diría acaso que a mí me interesa la scientia ferenda más que la scientia lata.

¿Por qué no cerró el Treatise con un volumen 9, dedicado a la estética? Es la única rama de la filosofía que no ha abordado en forma sistemática.

No me he ocupado de la estética porque no creo en ella. Creo que la estética no es una disciplina sino un montón de opiniones injustificadas, y que quienes no tienen experiencia artística debieran abstenerse de hacer estética. Sin embargo, creo que los filósofos que tengan experiencia artística pueden intentar hacer estética. Fue el caso de mi difunto amigo José María Ferrater Mora, autor de media docena de buenas novelas y una cincuentena de películas. Durante años le insté a que escribiese sobre estética. Finalmente empezó a escribirlo y había alcanzado a terminar cuatro capítulos cuando le falló el corazón.

Permítame terminar preguntándole por sus gustos estéticos. ¿Podría mencionarme algunos artistas y escritores de ficción que tiene en estima?

No me duermo sin antes leer algunas páginas de alguna novela. Los grandes novelistas me inspiran tanto respeto y afecto como los grandes científicos y filósofos. Lo mismo me ocurre con los grandes dramaturgos y comediógrafos, como Aristófanes, Lope, Molière y Wilde. En cambio, los trágicos y la poesía me dejan frío.

Desde mi adolescencia me gustó explorar las literaturas de todos los países. Creo que elQuijote, La comedia humana y Guerra y paz son las cumbres de la novelísticauniversal. Pero he “descubierto” grandes novelistas en todos los países que he visitado,excepto Argentina, Marruecos y Nepal, y me entusiasman algunos de países que nunca he visitado, como Albania (Ismail Kadaré), Trinidad y Tobago (Vidiadhar Surajprasad Naipaul), y Sudáfrica (J. M. Coetzee). También me gustan mucho Eça de Queirós, Jorge Amado, Alejo Carpentier, Gabriel Delibes, Mario Vargas Llosa, Naioul, Vonnegut, Narayan, Le Clézio, Margaret Atwood, Peter Carey, Philip Roth, Sinclair Lewis, Anatole France, Italo Calvino, José Saramago, Carlos Fuentes, Orhan Pamuk y otros más.

Admiro el estilo de Borges, pero sus temas me parecen triviales: fue un miniaturista. Para emprender algo grande en cualquier campo hay que tener coraje. Los tímidos siguen a otros en lugar de tomar la delantera; y si es necesario se agachan ante los poderosos.

Siempre me gustó la música y una vez quise aprender a tocar el violín, mi instrumento favorito, pero fracasé. Mi repertorio musical es reducido: está comprendido entre Vivaldi y Prokofief. Me conmueven Mozart, Beethoven, Schubert, y algunas cosas de Bach, Schumann, Mendelsohn, Ravel, Stravinsky y Fauré, pero Britten, Bartók, Mahler y Schostakovich me aburren o enojan. Marta, que tiene una buena educación musical, se irrita por la limitación de mis gustos musicales, pero para mí no hay arte sin emoción, y los compositores posteriores a Prokofief me dejan frío en el mejor de los casos. En cuanto al rock, me parece la antimúsica, así como el existencialismo me parece la antifilosofía.

Soy un negado para las artes plásticas, con excepción de los viejos maestros, como Dürer, Holbein, los Brueghel y Vermeer, así como los impresionistas. Me interesan Dalí y Magritte. Y me conmueven el Partenón y las catedrales góticas, especialmente las de Notre Dame, Chartres y Freiburg, a la que admiraba diariamente desde mi despacho en el Instituto de Física Teórica en esa ciudad, en la que escribí Foundations of Physics. Ella fue lo que más eché de menos cuando nos mudamos de Freiburg a Montreal.

*Una primera versión de esta entrevista se publicó en enero de 2015 en el sitio

http://www.filosofiaenlared.com

Arundhati Roy: «Las elecciones en India son una burla de lo que se supone que es la democracia”

Por Samuel Earle

“En India”, escribió Arundhati Roy en 2002, “si eres un carnicero o un genocida que se dedica a la política, tienes todos los motivos para ser optimista.” Roy se refería a Narendra Modi, el entonces primer ministro de Gujarat, quien se había visto implicado en los tumultos de 2002 contra los musulmanes en este Estado, en los que murieron asesinadas por lo menos mil personas. Modi siempre ha proclamado su inocencia –de forma poco plausible, según muchos–, pero la predicción de Roy sobre el futuro que le esperaba ha resultado certera. Tras las últimas elecciones en India, en las que su partido, el Bharatiya Janata Party (BJP), ha arrasado con un descarado mensaje de supremacía hindú, Modi se dispone a asumir su segundo mandato presidencial y reúne en sus manos más poder que nunca.

Como dice Roy, la “democracia más grande del mundo” –un orgulloso epíteto nacional que ella prefiere entrecomillar– existe en distintos siglos al mismo tiempo, presa entre la tradición, el sistema de castas y el caos del turbocapitalismo. Modi encarna estas contradicciones más que la mayoría: un personaje auténtico y al mismo tiempo con aspiraciones, que promete tanto la gloriosa resurrección del Hindustán como reformas neoliberales; el mítico niño chaiwala que ahora viste trajes de 16.000 dólares.

Modi no aparece mencionado en la largamente esperada segunda novela de Roy, The Ministry of Utmost Happiness (El Ministerio de la Máxima Felicidad), publicada en 2017, pero su visión de una nación hindú está presente en el libro. “Quizá no deba decirlo”, declara ella, “pero si una novela puede tener un enemigo, el enemigo de esta novela es la idea de una nación, una religión, una lengua, que es el lema de la ideología hindutva de Modi.

Pese a que Roy saltara a la fama por su novela de ficción, al ganar el Premio Booker en 1997 con su primera obra, El dios de las pequeñas cosas, nunca quiso ser conocida, según dijo una vez, como “una mujer guapa que ha escrito un libro”. Tampoco estaba interesada en convertirse en embajadora cultural de la India moderna, ascendente, que domina la caracterización de su país que hacen los medios occidentales en el siglo XXI. Actualmente, Roy es tan conocida por su actividad política como por sus obras de ficción. Ha estado encarcelada, acusada de sedición, se unió a los maoístas en la jungla india y ha apoyado movimientos políticos de todo el planeta. En junio publicará sus obras completas de no ficción, My Seditious Heart (Mi corazón sedicioso), un libro que tiene más de un millar de páginas.

He conversado recientemente con Roy por correo electrónico sobre el resultado de las elecciones indias, el significado de Modi y el papel de una escritora en un momento en que –en sus palabras– “el mundo está agitado”. Esta entrevista ha sido ligeramente editada por razones de claridad y estilo.

Pregunta: En medio de todo lo que ha cambiado en tus escritos y en el mundo, Modi siempre ha aparecido como un personaje terrible en tu obra. ¿Se ha desarrollado la tragedia de su presidencia tal como preveías, o te ha sorprendido de alguna manera su liderazgo?

Respuesta: El primer mandato de Modi se desarrolló tanto de la manera que yo había previsto como por vías que yo no esperaba. Yo preveía que se comportaría como un aplicado trabajador de la protofascista Rashtriya Swayamsevak Sangh (RSS, Asociación Patriótica Nacional), la madre del BJP, consagrada a declarar formalmente a India como nación hindú. Así, yo esperaba el ataque a la comunidad musulmana, la demonización de los cristianos y los comunistas, la tendencia a atacar y también cooptar e hinduizar a los dalits. Esto estaba en el guion. Incluso preví (y anticipé por escrito) un golpe terrorista o una guerra justo antes de las elecciones. Esperaba la buena acogida por parte de las grandes empresas, la política de privatización, pero no preví su política de desmonetización, que anunció una noche por televisión, cuando declaró que el 90 % de la moneda india dejaba de ser de curso legal. Fue un duro golpe para la gente, pero esto no ha impedido que salieran en masa a votar de nuevo por él.

Modi ha vuelto, incluso reforzado, adorado como un dios. El fenómeno psicológico es fascinante: el dolor convertido en placer por el bien de la nación. Es una victoria formidable, proporcionada por votantes de todas las castas, clases, regiones y etnias. En su discurso triunfal ante miles de personas que gritaban su nombre, dijo dos cosas que dan mucho miedo. Primero, que la elección de 2019 ha sancionado la muerte oficial del laicismo en India. Ningún partido político ha hecho campaña ondeando la bandera del laicismo, dijo. Eso es más que cierto: el principal partido de oposición, el Partido del Congreso, no tuvo el valor de mencionar la palabra musulmán por miedo a que lo calificaran de promusulmán. Así, los linchamientos, las masacres de musulmanes han quedado tapados por un tupido velo. El mayoritarismo, el nacionalismo hindú, ha ganado la partida.

En segundo lugar, Modi declaró que en esta elección, al derrotar completamente a los partidos que decían representar a las castas inferiores, el BJP había derrotado el sistema de castas. Las dos únicas castas que reconoce, dijo, eran los pobres y los que trabajan por acabar con la pobreza. Así, mientras que en el terreno social el BJP se dedica a combatir al enemigo, en el ámbito económico aparentemente no hay enemigos. En un país en el que nueve personas poseen la misma riqueza que los 500 millones de personas más pobres, los ricos son misioneros. Es una visión terrible. Y habiendo sido elegido y alcanzado el estado divino echando migas a los pobres, una bombona de gas a familias rurales acechadas por el hambre, un regalo de 2.000 rupias (30 dólares) a campesinos profundamente endeudados y que se suicidan por cientos de miles, armando a millones de jóvenes parados con nada más que con retórica agresiva, Modi se ha ganado el derecho a continuar con la política económica que ha generado este problema.

Al afirmar que ya no hay castas salvo los pobres y los que desean aliviar la pobreza, viene a decir que él y la RSS han hecho lo que B.R. Ambedkar, un defensor pionero de los dalits, no logró: acabar con el sistema de castas. Es una afirmación extremadamente inquietante. Porque como dijo Ambedkar, el hinduismo es una casta. Lo que han hecho la RSS y el BJP en esta elección es reforzar el sistema de castas: manejar las divisiones de casta, aprovechar las contradicciones materiales entre castas y subcastas, y enfrentar unas con otras con precisión matemática.

Pregunta: Parece que ha redefinido efectivamente el centro político a su imagen. ¿Ves alguna manera de hacer frente a esta nueva normalidad a lo largo de su próximo mandato?

Respuesta: En los días que siguieron a su elección, después de recibir algunas duras críticas en la prensa internacional, Modi pronunció un discurso en el que habló de la protección de las minorías y del cumplimiento de la constitución india. Contradijo más o menos lo que él mismo y sus colegas de la dirección habían declarado el día antes. Este oportunismo es la táctica típica de la RSS. Un aspecto interesante es que el endiosamiento de Modi ha oscurecido la idea del BJP como partido. Su enorme riqueza, la maquinaria del partido, todo ha sido utilizado para coronar al monarca. Existe una ridícula película hagiográfica sobre la vida de Modi, llena de falsedades, que acaba de publicarse. No cabe duda que contribuirá a su endiosamiento. Pero a pesar de todo esto, Modi solo puede ser el monarca mientras la RSS quiera que ocupe el trono. El poder de la RSS es la nueva normalidad.

Preguntas cómo se puede hacer frente a esto. En estos momentos, en el norte de India, la mayoría de otros partidos políticos están sumidos en el desastre. El Congreso ha sido derrotado, los comunistas están destruidos, los partidos políticos que se identifican como dalits o casta desfavorecida han quedado más o menos diezmados. En conjunto, los partidos de oposición han tenido un comportamiento mezquino y arrogante entre ellos, debilitándose mutuamente mientras su barco se hundía. Espero que se formulen algunas preguntas serias.

La RSS cuenta con unos 600.000 cuadros disciplinados y muy formados que puede desplegar. Los demás no tienen casi ninguno. Esta vez el BJP tenía 20 veces más dinero que todos los demás juntos. La próxima vez tendrá probablemente 50 veces más dinero. Y no cabe duda de que las elecciones en India tienen que ver cada vez más con el dinero, con el espectáculo, con el control de los grandes medios de comunicación y de las redes sociales. Todas las instituciones de este país se han doblegado a su voluntad, incluida la Junta Electoral y, quién sabe, tal vez las máquinas de votación electrónica. Ese dinero les permitió comprar decenas de miles de expertos informáticos, analistas de datos, activistas de las redes sociales que manejaban miles de grupos de Whatsapp con propaganda cuidadosamente seleccionada, personalizada y adaptada a cada sector, región, casta y clase, a cada mesa electoral de cada circunscripción.

Esta clase de dinero puede vender todo lo que decida vender, en este caso un producto tan tóxico que generó una epidemia. La campaña no abordó ni una cuestión importante, como el cambio climático, la crisis económica en cierne, la salud o la educación. Nada salvo estupidez medieval tóxica a escala colosal. ¿Cómo podemos considerar que ha sido una elección justa? Fue una carrera entre un Ferrari y unas cuantas bicicletas, y los medios aplaudiendo al Ferrari como si no hubieran notado nada anómalo. Ahora lo enjabona con alabanzas y se mofa de las bicicletas por sus malos resultados.

Así que ¿cuáles son las vías que quedan para hacer frente a esta formación? Los partidos políticos existentes no lo tendrán fácil, en este modelo mayoritario de democracia electoral, para hacer frente a esta formidable máquina cargada de dinero y de odio. Creo que la rabia popular romperá un día la máquina. No hablo de una revolución, sino de una erupción, de la reaparición de movimientos sociales no oenegeizados. Esto vendrá, y generará nueva energía y un nuevo tipo de oposición que no podrá ser domeñada. Tendremos que jugar un juego nuevo, uno que no haya sido amañado como lo ha sido este. Esta elección en India, que tanto saludan como un gran ejercicio de democracia, es todo lo contrario: nada más que una burla de lo que se supone que es la democracia.

Pregunta: ¿Consideras que el éxito del BJP va en la misma onda que recientes convulsiones nacionalistas en lugares como el Reino Unido, EE UU y Brasil?

Respuesta: Creo que tiene mucho que ver con las convulsiones nacionalistas que prevalecen. Aunque en India la RSS lleva trabajando concienzudamente en pro de este objetivo desde hace 95 años. Cuenta con sistemas que los demás fascistas o supremacistas blancos no tienen.

Pregunta: En 2009 dedicaste una colección de ensayos tuyos a quienes “aprendieron a separar la esperanza de la razón”. ¿Cuál es la relación entre esperanza y razón en estos momentos? ¿Hay señales de que vuelven a juntarse?

Respuesta: Puse en práctica esta doctrina durante la precampaña electoral. Mientras que todos los comentaristas predecían el triunfo del BJP [por escasa mayoría], algunas de nosotras insistíamos en que perdería. Lo dije públicamente, porque sentí la necesidad de poner en duda la certeza del resultado. Había quienes temían la victoria del BJP y predijeron en público que este partido se llevaría la palma. Probablemente quisieron indicar que sabían tomarle el pulso al pueblo. No hacía falta mucho para sentir el pulso, se respiraba en el aire. Pero esas tristes predicciones no hicieron más que reforzar la propaganda, en el sentido de la inevitabilidad. De modo que quienes habíamos aprendido a separar la esperanza de la razón insistimos obstinadamente en que ganaría la oposición, en que tenían pactos secretos y estrategias acertadas. Porque es justamente esa clase de esperanza loca la que finalmente hará que la gente se levante contra esta pesadilla. Así que sí, la esperanza separada de la razón. Y añade a esto: la resistencia separada de la razón. Eso es lo que necesitamos.

Pregunta: El estado de ánimo en India parece cada vez más militarizado, y Modi hizo todo lo que pudo para dar alas a este sentimiento durante su campaña electoral, alineándose con las fuerzas armadas y atizando el temor a los supuestos enemigos de la nación. ¿Qué posición ocupa una escritora –especialmente una que tiene un “corazón sedicioso”– en semejante atmósfera?

Respuesta: ¡Ja! Endeble, diría yo, y sumamente peligrosa. Porque nos hemos visto reducidas a una situación en que incluso quienes se oponen al nacionalismo hindú proponen de manera poco convincente diversas variantes de un hinduismo mejor y un nacionalismo mejor. Nuestros cerebros están siendo envueltos con film retráctil en la bandera nacional. El ataque, no contra los intelectuales, sino contra toda forma de inteligencia, va a ser feroz. Mientras que los políticos, los directivos empresariales y sus socios en los medios de comunicación son millonarios y milmillonarios –ricos más allá de lo imaginable–, los estudiantes, profesores, escritores, periodistas independientes están siendo acusados de antinacionales elitistas.

Elite es la etiqueta que se aplica a cualquier persona de inteligencia superior a la media que alberga instintos no serviles. Amit Shah, el presidente del BJP, y Ram Madhav, el secretario general, emitieron sus amenazas sin adornos el mismo día uno. Amit Shah, desde el estrado en que celebró la victoria en la misma noche en que se proclamaron los resultados; Ram Madhav, en la columna de un diario al día siguiente, titulada “The Leader is the Truth” (El líder es la verdad), donde dijo que los “restos” de los “cárteles seudolaicos/liberales que mantenían una influencia y un dominio desproporcionados sobre el establishment intelectual y político del país” tenían que ser “desechados” del “paisaje cultural e intelectual” del país. Antiguo, directo, típicamente fascista. En este segundo mandato, tratarán de llevar a cabo lo que iniciaron hace cinco años: el fin de toda educación real, de toda investigación real, de todo pensamiento real, de todo arte real. El ataque a las universidades, a la propia inteligencia, está en el orden del día.

Pregunta: Siempre has refutado a quienes tratan de imponer una distinción entre tu arte y tu activismo, diciendo que basta con llamarte escritora. ¿Es esta limitación –en que el compromiso serio y activo con el mundo se sitúa fuera de la misión de una escritora– algo que sientes más insistentemente en India?

Respuesta: No, de verdad que no. Lo noto más insistentemente en Europa y América, donde solía sentir una especie de complacencia petulante: no había mejor aspiración que tratar de ser como ellos. Pienso que esto está cambiando, se ha producido una desestabilización. Han aparecido grandes temores. Una vez más se plantean grandes cuestiones. El mundo entero está revuelto. El arte y la literatura lo reflejarán.

Pregunta: La lengua, en el sentido más amplio, ha pasado a ser objeto de atención especial en tu pensamiento: su pluralidad, sus posibilidades, sus perversiones políticas. ¿Se trata en parte de una respuesta a la doctrina hindutva de “una nación, una lengua, una religión”, doctrina que comparten todos los nacionalistas, o es la lengua simplemente el terreno natural de una escritora?

Respuesta: Es el terreno natural de este país, esta complejidad. Y por supuesto, siendo escritora disfruto con ello. La parte más graciosa de la doctrina de los nacionalistas hindúes de “una lengua, una religión, una nación” –que aquí se resume en “hindi, hindú, hindustán”– es que esas tres palabras son en realidad palabras persas. Pero más en serio, en una región en que se hablan 780 lenguas, de las que 20 están reconocidas en la constitución india, ¿puedes imaginar la violencia de esa doctrina? Después tienes a la élite que habla inglés, cuyos componentes se acusan regularmente entre sí (en inglés) de ser una élite anglófona, y también la élite de casta superior que no habla inglés, pero que envía a sus hijos a escuelas que enseñan en inglés, pero que quiere denegar a los pobres el derecho a aprender un idioma que les proporcionará oportunidades que de lo contrario no tendrán.

Pregunta: Finalmente, a lo largo de tu vida te has manifestado a través de muchos medios distintos, como novelas de ficción, películas, obras de teatro, reportajes, ensayos, incluso en el teatro y la arquitectura. ¿Existe una forma –o un entorno, un tiempo, un espacio– en que te encuentras más a gusto?

Respuesta: Yo cuento historias. Pienso en historias. Son mi hogar. Mi verdadero amor.

Samuel Earle es periodista independiente, residente en Londres.

https://newrepublic.com/article/154011/arundhati-roy-indias-elections-a-mockery-democracy-supposed-be

Traducción: vientosur.info