Hardt y Negri: ‘Asamblea’, o cómo articular las luchas de la multitud (II)

por Miquel Martínez / Josep Artés

En esta segunda entrega del análisis de la última obra de Hardt y Negri, abordamos las propuestas que ofrecen ambos autores en Asamblea para la organización de los ciclos de luchas y la institución de nuevas formas de vida.

Tomando como punto de partida la afirmación según la cual “no sabemos de qué es capaz la multitud cuando se reúne en asamblea”, en su última obra Hardt y Negri plantean la necesidad de producir las condiciones necesarias para liberar la potencia creativa de todas aquellas expresiones subjetivas de carácter subversivo. Como ya apuntamos en la primera parte de este texto, los autores desarrollan esta tesis siguiendo dos ejes principales: el de la organización interna de los movimientos políticos y sociales y el de la institución de las formas de vida que se generan al margen del modelo neoliberal.

En este sentido, con la noción de asamblea se hace alusión al espacio en que la toma de decisiones se produce desde la horizontalidad y en base a los principios de la democracia absoluta, pero también al conjunto de dispositivos que cabe poner en funcionamiento para conseguir, tanto la destitución del poder constituido, como la constitución de una nueva articulación de las relaciones en el campo social. De esta manera, si los procesos de destitución y constitución se definen, en sentido estratégico, como el principal objetivo alrededor del cual plantear las luchas en el contexto actual, los autores apuntan a la organización y a la institución como las vías más adecuadas para llevar a la práctica tal aspiración.

Luchas sin vanguardias: el problema de la organización

En su producción anterior, Hardt y Negri hablan de manera profusa sobre las formas de articular la multitud. En Asamblea, los autores plantean de manera explícita el problema de la organización de las revueltas que se han producido los últimos años. Cabe recordar, por este lado, que nos encontramos en un contexto caracterizado no solo por la existencia de centros de poder diseminados, lo que conlleva que sea difícil plantear un combate focalizado y con unos objetivos claros, sino también, en muchas ocasiones, en un marco en el que destaca la ausencia de líderes, lo que en principio podría implicar dificultades a la hora de decidir la estrategia a seguir en las luchas. En este sentido, en Asamblea se aborda la cuestión de cómo tomar la iniciativa, por parte de los movimientos políticos y sociales, cuando el esquema tradicional de una vanguardia dirigente que representa los intereses de la masa ha dejado de ser, en buena medida, operativo.

Desde esta perspectiva que proponen los autores, el proletariado está formado en la actualidad por todas aquellas y todos aquellos capaces de generar una riqueza en términos colectivos y que, en este sentido, sufren de una manera u otra la explotación capitalista, tanto en lo que respecta a la producción estrictamente material como a la (re)producción inmaterial expresada en la creación de formas de vida. El espacio amplio y heterogéneo de la multitud cuenta así entre sus filas con las expresiones subjetivas que escapan del patrón patriarcal, heteronormativo y racista. Asimismo, junto con los sectores que integran la clase trabajadora tradicional, la multitud se conforma a través de lo que los autores llaman el proletariado intelectual o el cognitariado, las y los estudiantes, la mano de obra del sector terciario y los sectores productivos no tradicionales. Si se quiere decir en términos de Deleuze y Guattari, con la multitud se expresa en la actualidad el devenir minoritario de todo el mundo.

Los autores inciden así en uno de los puntos centrales de su obra. En la línea tanto de los movimientos autónomos italianos de los años setenta como de las demás luchas que se dan alrededor del año 68 en distintas partes del mundo, en Las verdades nómadas (1985) se plantea la necesidad de articular los movimientos llamados minoritarios que, cada vez más, ocupan un espacio central a la hora de dinamizar las luchas. En este texto, surgido de un intercambio epistolar entre Negri y Guattari cuando el primero se encontraba en la cárcel de máxima seguridad de Rebibbia, los autores empiezan por rechazar la organización centralista de las luchas. En su lugar, reivindican un multicentrismo funcional con capacidad para neutralizar los efectos del capitalismo y, al tiempo, para articular las luchas de los movimientos enfrentados al poder constituido. Asimismo, los autores plantean la posibilidad de llegar a una coimplicación multivalente entre la clase obrera tradicional y las trabajadoras y los trabajadores del sector terciario, así como con las precarias y precarios. Estos elementos constituyen el doble eje de lo que los autores definen como un método de agregación molecular, en referencia a las luchas que se dan por debajo del ámbito de la representación política.

De esta manera se avanzan, asimismo, algunos de los elementos que Negri tratará posteriormente en títulos como La fábrica de la estrategia (2004), desde la perspectiva de renovación del aparato conceptual marxista que apuntamos en la primera parte de este análisis. A partir del ejemplo que ofrece la toma del poder por parte de Lenin, aunque situados ahora en el contexto del capitalismo postindustrial, Negri trata de caracterizar la emergencia de una nueva subjetividad colectiva ―los soviets del nuevo siglo― alrededor de dos elementos principales. En primer lugar, la necesidad de organizar las luchas, así como las relaciones sociales en su conjunto, sobre la base de la toma colectiva y directa de las decisiones. En segundo lugar, las posibilidades que por esta parte ofrecen los procesos productivos basados en el avance de los dispositivos tecnológicos; sobre todo en la medida en que tales dispositivos pueden contribuir a una actividad más autónoma, es decir, desligada de los procesos capitalistas de atribución de valor, por parte de las nuevas figuras productivas.

Como se puede observar, los rasgos característicos del espacio que constituye la multitud, como un todo abierto y dinámico, atravesado por una heterogeneidad radical aunque con capacidad para proponer unos objetivos en común, obligan a plantear la cuestión de la organización interna del movimiento o los movimientos. En este sentido, el dilema sobre la necesidad o no de una organización para las luchas expresa, en opinión de los autores, un falso problema: no hay duda de que los ciclos de luchas y los movimientos que los protagonizan necesitan proponer unos objetivos y la orientación más adecuada para conseguirlos. En todo caso, esto no supone que se deban recuperar los liderazgos caracterizados por la concentración de funciones y la dirección vertical, de arriba a bajo, con que se ejerce el poder. Son los movimientos mismos, desde el interior y en sentido horizontal, los que deben decidir hacia dónde y cómo se orientan las luchas. En este sentido, si con la noción de liderazgo se hace alusión a la posibilidad de organizar las acciones de manera eficaz, regular y masiva, con capacidad para conmover las relaciones a todos los niveles, más que eliminar esta posibilidad, se trata de llevar el liderazgo al lugar de la inteligencia colectiva que se pone de manifiesto en el interior de los propios movimientos. No se trata, pues, de rechazar la noción de liderazgo, sino de eliminar su carácter trascendente y, por tanto, separado del movimiento.

La propuesta de Asamblea pasa así por invertir el plano en que la tradición marxista ha elaborado buena parte del análisis de las luchas contra el capital. Como apuntan los autores, de lo que se trata ahora es de dar la vuelta a las dos mitades del centauro, de manera que la parte pensante y, en este sentido, las decisiones y el poder ejecutivo sobre la estrategia a seguir se alberguen en la base, en manos de la militancia y del movimiento. Reservando asimismo la posibilidad, en sentido táctico y de manera provisional, de abstraer una parte del movimiento para que se encargue de tareas de tipo representativo. En vez de mantener el esquema según el cual el proletariado debe devenir una clase en sí y para sí a través de la mediación y la organización de una cúpula dirigente, los autores reivindican la posibilidad de organizar las luchas sobre un plano de inmanencia, en la medida en que es el movimiento mismo el que puede diseñar, a través de sus acciones, un principio fuerte y compartido de articulación colectiva.

Igualmente, Asamblea alerta sobre el peligro de reproducir las relaciones que se dan en el interior del sistema capitalista cuando se trata de organizar las luchas. Lo que, dicho así, puede parecer una evidencia, no lo es tanto si tenemos en cuenta el contexto biopolítico en el que nos movemos. De esta manera, si se trata de combatir el poder de mando capitalista, el tipo de organización que se de a sí mimo el movimiento debe prefigurar y constituir un ensayo ―si bien a dimensión reducida― del conjunto de relaciones a las que se trata de dar vida con cada nuevo ciclo de luchas. En este sentido, puede servir como base y ejemplo el potencial productivo de la multitud, que late rebelde bajo las redes de la explotación capitalista.

Luchas descentralizadas: el problema de la institución

Una vez que se han dado algunas claves para pensar la organización de las luchas en manos de los movimientos, falta por apuntar cómo se puede llegar a concretar los efectos de tales luchas mediante la creación de un proceso institucional de carácter abierto e inacabado, aunque duradero y estable. Con estas dos líneas, siguiendo la lectura de Maquiavelo que los autores no abandonan a lo largo de su obra, tendríamos garantizadas para los movimientos y sus ciclos de luchas la virtud (que se concentra en las capacidades estratégicas de la multitud) y la fortuna (que se expresa, como veremos a continuación, a través de la creación institucional del común).

Para empezar, si se trata de instituir las relaciones de la multitud es porque Hardt y Negri no rechazan la toma del poder como vía para construir un nuevo orden social. Esto es lo que lleva a los autores a abandonar la terminología que habían utilizado hasta este momento, en referencia a la tensión que se produce entre la capacidad productiva de la multitud y la capacidad de absorción del capitalismo. En los títulos anteriores, siguiendo la distinción spinoziana entre la potestas y la potentia, los autores definían el poder imperial, propio del capitalismo en la actualidad, mediante el término de biopoder, reservando la noción de biopolítica para la potencia creativa de la multitud. Ahora, en Asamblea, Hardt y Negri utilizan el mismo término ―poder― para referirse a la gestión de la propiedad capitalista (Poder) y a la articulación del espacio del común (poder) ―si bien utilizando la mayúscula o la minúscula para la letra inicial en cada caso―.

Así pues, quizá de forma más clara que en ningún otro lugar de su obra, los autores inciden en Asamblea sobre este punto: de la misma manera que no se trata de abandonar el espacio de la organización y del liderazgo, sino de dotarlo de un contenido liberador y eficaz para las luchas colectivas en el contexto actual, ahora se trata de tomar el espacio del poder no solo de otro modo, sino, sobre todo, con unos objetivos distintos de los que plantea el sistema capitalista. En definitiva, se trata de crear un espacio estable para las relaciones autónomas de la multitud y, pues, para la construcción y la defensa de la riqueza que emerge del común.

En este sentido, si ―como ya apuntamos en el texto anterior― hasta ahora los autores habían utilizado la noción de éxodo, en Asamblea, en cambio, esta estrategia del poder dual, que se expresa desde el interior y en contra del sistema, se complementa tomando elementos de otras dos vías que no rechazan, en este caso, la toma del poder institucional: la del reformismo antagonista y la de la hegemonía.

Mediante la noción de éxodo se trata de prefigurar, a pequeña escala y partiendo de la organización de los propios movimientos, la articulación futura de un espacio amplio y estable de relaciones al margen del sistema capitalista. Entre los ejemplos actuales que ofrecen los autores encontramos los centros sociales ocupados de Italia en los años setenta y, más recientemente, las acampadas surgidas alrededor del ciclo de luchas de 2011. La segunda vía trata de infiltrarse, por medios electorales, en las instituciones, con el objetivo de transformarlas desde el interior. Proyectos de carácter municipalista y partidos como Podemos o Syriza ―aunque este caso constituye un ejemplo del fracaso de la hipótesis basada en el reformismo antagonista―, se encontrarían entre las propuestas de este tipo. Por último, la estrategia de la hegemonía plantea la destitución más o menos rápida del orden establecido, sin desestimar la vía electoral, a lo que debe seguir la construcción de un nuevo espacio institucional a todos los niveles. Las experiencias que se han dado en algunos países de América Latina durante las dos últimas décadas, pueden constituir una muestra por esta parte. En este sentido, se trataría de hacer confluir las tres líneas ―los tres rostros de Dioniso para el (auto)gobierno de la multitud, como apuntan los autores― con el propósito de llevar más allá el alcance, habitualmente relativo, y de fortalecer la capacidad de resistencia, a menudo frágil, de los proyectos de carácter prefigurativo.

Así pues, el nuevo espacio institucional debe impugnar la propiedad capitalista en favor de la producción cooperativa del común. Al mismo tiempo, la nueva creación institucional debe desbordar los límites impuestos por la soberanía y su materialización en el seno del aparato estatal. Decae así, igualmente, el peso de los mecanismos de representación en la esfera de lo político. Superar la soberanía quiere decir, en este caso, que no se acepta ni la abstracción que supone un sujeto unificado como el de pueblo ―o el de nación―, ni la alienación de la capacidad de decisión que, sobre este cuerpo político, acaba ejerciendo el modelo representativo. Como apuntan los autores, el objetivo de disminuir al máximo la distancia entre gobernantes y gobernados debe constituir, por esta parte, uno de los motores del nuevo espacio institucional. En este sentido, el comunismo se reivindica desde la posibilidad de llevar a la práctica procesos de producción, circulación y atribución del valor, así como también de expresión y de participación política, que ni caigan bajo las redes del Mercado ni se encuentren encerrados en los límites del Estado. Por este lado, como indican los autores, experiencias como el confederalismo democrático kurdo o las comunidades autónomas zapatistas ofrecen un ejemplo de buena parte de los aspectos implicados en la construcción de un nuevo espacio institucional.

Como dijimos al principio, Asamblea constituye por esta parte un espacio en el que desarrollar y concretar, en el que poner a trabajar conjuntamente las principales herramientas conceptuales que Hardt y Negri han forjado con su obra a lo largo de los últimos veinte años.

Figuras de la antipolítica en Carl Schmitt

Por Rodrigo Páez Canosa

Diferir es la operación más propia de toda subjetividad antipolítica. Sin atender a las condiciones en las que se despliega, ella rechaza toda resolución, a la que concibe como una afrenta o, más aún, como una amenaza. Porque la decisión no es una acción más, molesta y desagradable, sino que ella se constituye en esa dilación y todo corte, en tanto punto final de la demora, la destruye. El carácter antipolítico de la dilación se expresa de un modo concreto en las situaciones de crisis,1 pues ahí se percibe claramente que el aplazamiento indefinido de la decisión conduce indefectiblemente a la simple disolución del orden amenazado. Si frente a la crisis existe algún gesto o la producción de un mínimo de forma, entonces ya operó allí algún corte capaz de instituir coordenadas básicas para la acción. En estos casos se revela el núcleo metafísico de toda subjetividad antipolítica que, a través de diversas operaciones, se constituye en oposición a toda acción formativa: ella es ante todo socavamiento de forma y representación. No se trata en efecto de que toda subjetividad antipolítica sea destructiva de un modo militante ni de que pueda existir sólo en un medio caótico. Por el contrario, tanto el liberal como el romántico como figuras de la antipolítica sólo pueden desplegarse al resguardo de un orden político estable. Pero las operaciones que los constituyen se oponen a aquellas que producen orden político, forma y representación. Su acción no es pues destructiva de un modo directo, sino erosiva y deconstructiva.

El pensamiento de Schmitt desarrolla esta subjetividad antipolítica a través de distintas figuras que le permiten comprender las operaciones específicas que la constituyen y el peligro político que entraña. Desde un punto de vista ligado a una situación concreta de conflicto que precisa de una decisión, el rechazo de esta subjetividad a toda determinación sólo agudiza las dificultades presentes y conduce en última instancia a la disolución del orden amenazado. Las dificultades que afrontó la República de Weimar a lo largo de toda su existencia, sus causas y el modo en que se disolvió fueron para Schmitt expresiones claras de los efectos de la indeterminación en el campo de la política. Su participación directa en las disputas teóricas y políticas de Weimar le permitió una comprensión amplia y profunda del modo en que la indeterminación se expresó en todas las instancias decisivas: tanto en la Constitución,2 como en las doctrinas prevalecientes que marcaban el rumbo,3 como también en las resoluciones concretas que (no) se tomaron.4 La Segunda Guerra y el orden mundial que se estableció tras ella mostraron sin matices los peligros que contenía. Es característico del abordaje schmittiano apuntar directamente al núcleo de la cuestión. No se pierde en rodeos, sino que piensa las operaciones que constituyen a la subjetividad antipolítica en su núcleo metafísico: bajo sus diversas formas, la dilación que constituye a la subjetividad antipolítica se manifiesta en un tránsito perpetuo y una fuente inagotable de simple pluralidad indiferenciada. Esta fluidez y apertura la vuelve muy productiva en las esferas de la economía y la estética, pero se constituye como un serio obstáculo para la construcción política. Este rasgo nodal de la subjetividad antipolítica se manifiesta de diversas maneras. En primer lugar se desarrollará aquí la figura del romanticismo, a partir de la cual Schmitt polemiza con una de las caras del yo moderno: aquella que asume la secularización de la omnipotencia divina como un modo de afirmación de la propia omnipotencia, entendida como una inquieta y permanente autoproducción de sí. De allí que toda definición, toda forma y construcción que se objetive y estabilice de alguna manera en el mundo sea vista como un agravio a su productividad infinita. En segundo término se tratará las formas liberales de aparición de la subjetividad antipolítica. Si bien el liberalismo es un antagonista permanente del pensamiento de Schmitt, es posible distinguir algunos matices en su caracterización. En ese sentido, interesa aquí destacar dos operaciones centrales de la subjetividad liberal que, aunque íntimamente relacionadas, destacan en cada caso aspectos diversos. Esas operaciones son la discusión y el compromiso.

1. El principal desarrollo schmittiano del núcleo metafísico de la subjetividad antipolítica se encuentra en Romanticismo político de 1919. En el prólogo a la segunda edición de 1924 Schmitt hace una suerte de aclaración metodológica central que no sólo instituye la perspectiva de análisis que había seguido en el trabajo de 1919 sino que, además, es posible extender como clave de lectura para el abordaje de la cuestión de la subjetividad a lo largo de toda su obra. Después de señalar como insuficientes las definiciones por temáticas o caracterizaciones dice:

…la definición del romanticismo no puede partir de cualquier objeto o tema percibido como romántico, de la Edad Media o de las ruinas, sino del sujeto romántico. Siempre se dará con una determinada clase de personas, lo que en el plano intelectual es evidente. Se debe atender a la conducta particular del romántico y a partir de la relación específicamente romántica con el mundo, no del resultado de esta conducta ni de todas las cosas y circunstancias que aparecen en una colorida variedad como consecuencias o síntomas (Schmitt 1919: 43).

Son las operaciones del sujeto romántico, su modo de estar y relacionarse con el mundo lo que revela su núcleo metafísico. Desde esta perspectiva, el estudio del romanticismo se revela como un estudio de la subjetividad romántica. Lo que Schmitt indaga no es una descripción empírica ni una caracterización del sentido común. Al investigar los modos de estar concretos, precisa las operaciones que constituyen un sujeto como sujeto romántico. Como se verá más adelante, la misma perspectiva puede ser adoptada respecto del liberal como figura de la antipolítica: apunta fundamentalmente a definir las operaciones que constituyen al sujeto liberal. Es decir, antes que describir a aquellas personas, acontecimientos o movimientos llamados románticos o liberales, Schmitt define políticamente aquello que hace a un liberal, liberal y a un romántico, romántico.

En este último caso, el abordaje de Schmitt interviene en distintos registros a la vez. Por un lado, intenta impugnar conceptualmente la inclusión de los contrarrevolucionarios y la Iglesia Católica en el movimiento romántico.5 La estrategia central para ello no consiste en la exposición de evidencias históricas, sino en el señalamiento de las diferencias sujetivas esenciales que los distinguen. En efecto, si no es posible dicha inclusión es porque la relación que los reaccionarios y la Iglesia Católica establecen con el mundo difiere de aquella de los románticos en su núcleo conceptual: mientras que estos últimos permanecen ajenos a todo posicionamiento que suponga una incursión en la realidad política concreta, aquellos constituyen su pensamiento y su praxis como un modo de intervención directo. Por otro lado, la comprensión de la subjetividad romántica en su núcleo metafísico es una tarea de primer orden en la medida en que no refiere a una subjetividad extraña, sino a un modo de darse del «espíritu moderno». El peligro que representa para todo orden político no es un peligro que amenaza desde fuera. Como señala Carlo Galli, Schmitt y los románticos – podría decirse: el pensamiento moderno en general – tienen el mismo punto de partida: la desustancialización de la realidad que ya no presenta una estructura esencialista.6 La actividad sintética del sujeto se vuelve así una instancia fundamental en la constitución moderna del mundo. Pero, ante ese común punto de partida los caminos se bifurcan ya que lo que constituye una u otra forma de subjetividad no es el reconocimiento de ese «fondo abismal» sino el modo de habitar esa nueva realidad que surge en la modernidad. Así, mientras que la subjetividad romántica exacerba la productividad del sujeto de modo tal que rechaza toda detención de su actividad poiética auto-referencial y así toda cristalización de la misma, Schmitt persigue una «voluntad de forma»7 que se expresa en una objetivación visible de la actividad productiva del sujeto. Este es el punto decisivo que distingue hacia dentro del «espíritu moderno» una y otra posición. Porque aún cuando ambos se encuentran inscriptos en el moderno proceso de secularización, las distintas formas en que se da ese proceso produce efectos filosófico-políticos muy distintos: una cosa es «cuando se pone en el lugar de Dios a otra instancia objetiva absoluta, por ejemplo, el Estado, [en ese caso] aún es posible una cierta objetividad y sujeción» (Schmitt, 1919: 59). Pero,

que la instancia última se desplace de Dios al «yo» genial cambia todo el primer plano y revela el ocasionalismo en forma auténtica y pura. […]. Porque ésta [postura] hace posible tomar cualquier punto concreto como salida para vagar por lo ilimitado e inconcebible a partir de él, según la individualidad del individuo romántico […]. A partir de oportunidades siempre nuevas se origina un mundo siempre nuevo, pero sólo ocasional, un mundo sin sustancia, sin sujeción funcional, sin conducción firme, sin conclusión, sin definición, sin decisión, sin tribunal último, que sigue su curso infinitamente conducido por la mano mágica del azar, the magic hand of chance (Schmitt 1919: 59-60).

La pura productividad no puede someterse sin destruirse, de allí el carácter esencial de su antipoliticidad.

Las distintas notas que Schmitt señala de la subjetividad romántica remiten siempre al punto nodal que la distinguen de la propia posición del jurista: la imposibilidad de una representación formativa. Según la definición distintiva de Schmitt el romanticismo es «ocasionalismo subjetivado» (Schmitt 1919: 58, 163-164). Con esta fórmula expresa la relación específica del sujeto romántico con el mundo: éste es sólo una ocasión y una oportunidad para el despliegue poiético de aquél. Se vuelve así creador del mundo, ya que para él sólo será mundo lo que sirva de ocasión para una vivencia propia. Este endiosamiento del sujeto – propio de la sociedad burguesa – permite captar con claridad el efecto disolvente de su actividad: todo acontecimiento externo le es indiferente porque, más allá de su gravedad o superficialidad, cualquiera puede servir de punto de partida para la actividad creadora del sujeto. Una guerra mundial, un desengaño amoroso o el movimiento de un molino pueden ser todos por igual ocasión para la poetización romántica. Esta indiferencia vuelve fútil toda intervención en el mundo y se expresa, llevada al plano subjetivo, en una aversión hacia los conflictos externos característica de los románticos. El envés antipolítico de esta actitud es la «reserva subjetivista» (Schmitt 1919: 135) que no sólo mantiene al romántico apartado de la realidad, sino que lo conduce a rechazar toda concretización efectiva de la acción. Frente al yo productor de la realidad moderna, el yo romántico prefiere el eterno errar sin dirección fija. En efecto, toda realización concreta es la destrucción del pleno infinito de posibilidades. Mientras que lo posible es un espacio fértil para aquel vagabundeo, transformar lo real es siempre una actividad mezquina. Así, con vistas a la preservación de su excitada creatividad los románticos convierten la posibilidad en una categoría más digna y más «real» que la realidad misma.

Esta opción por la posibilidad sustrae a la subjetividad romántica de toda definición y le constituye una línea de escape, un refugio al cual retirarse si apremia la necesidad de actuar. Mediante operaciones específicas evade siempre la responsabilidad de una resolución. Pero ¿Cuáles son esas operaciones que le permiten diferir indefinidamente la decisión? Schmitt señala la ironía y la intriga como los procedimientos propios de la subjetividad romántica:

El romántico evita la realidad, pero irónicamente y con ánimo de intriga. Ironía e intriga no son disposiciones de ánimo de un hombre en fuga, sino la actividad de un hombre que, en lugar de crear nuevas realidades, hace jugar una contra otra para paralizar la realidad limitada que en cada caso se presenta. El romántico se sustrae irónicamente a la objetividad opresiva y se guarda de comprometerse con cualquier cosa; en la ironía se encuentra la reserva de todas las posibilidades infinitas. Así preserva su genial libertad interior, la cual consiste en no renunciar a ninguna posibilidad (Schmitt 1919: 134).

Para Schmitt, en primer lugar, la ironía no es utopía. La operación utópica consiste en crear una realidad abstracta que sirva de criterio para juzgar la realidad concreta, pero en sí misma carece de realidad. El romántico, por el contrario, no crea realidades nuevas, sino que toma las existentes y las hace jugar de modo tal que se neutralicen y no haga falta intervenir en ellas. Frente a un conflicto concreto la ironía permite disolver la oposición de las partes en un «tercero superior» en el que se armonizan. Puede ser el Estado, la Iglesia o cualquier otro. En el caso de que aquel tercero neutralizador entre en conflicto, siempre será posible encontrar uno nuevo que neutralice al anterior. Es por ello que la decisión destruye la subjetividad romántica. Lo que la mantiene en su ser es, por el contrario, la dilación perpetua de la decisión que se sostiene en la operación de disolución de los conflictos a partir de la apelación al «tercero superior» que se constituye siempre como «la escapatoria ante la disyuntiva radical» (Schmitt 1919: 183).

Cuando esta operación de fuga se despliega sobre la actividad política se constituye como irresponsabilidad. Por un lado porque su carácter pasivo y prescindente la pone al servicio de cualquier fuerza externa a sí misma. Si ella no decide, otros decidirán por ella y la sumarán como parte de una intervención concreta, más allá de las reservas y excusas que interponga. Pero sobre todo porque en el campo político la dilación de la decisión produce caos y disolución. Schmitt insiste en el final de Romanticismo político en la oposición extrema entre la subjetividad romántica y la política. Pero esta oposición no refiere fundamentalmente a que el romántico político no sea un personaje efectivo en la política, sino al hecho de que, en su límite, una destruye a la otra. Si sólo afirmase la ineficacia política del romántico, no habría mayor problema: los románticos políticos serían unos personajes pintorescos que pasarían de una fuerza política a otra, redactando con alto estilo distintos programas sin importar su contenido. Pero la cuestión es más profunda y atañe al núcleo metafísico. La actividad política destruye al romanticismo porque lo determina y la neutralización romántica de la decisión socava todo orden en la medida en que impide la institución de una forma representativa, siempre fundada para Schmitt en un corte decisivo. De hecho, el romanticismo político como tal no existe; Schmitt llama así al «acompañamiento emotivo del romántico a un suceso político, que provoca ocasionalmente una productividad romántica» (Schmitt 1919: 239). Al señalar esta incompatibilidad, Schmitt indica el peligro que entraña para todo orden político el giro subjetivista de la secularización moderna que desplaza la omnipotencia divina hacia el yo. En ese sentido, la subjetividad romántica realiza en clave estética la operación burguesa de elevar la dimensión privada a fundamento último. El yo cerrado en sí mismo sirve ahora como criterio de acción y de pensamiento. Constituido a partir de una exaltada productividad artística, la subjetividad romántica lleva su operación de neutralización estética también a todas las dimensiones de la vida práctica:

La estetización general – considerada sociológicamente – sólo sirvió para privatizar por la vía de lo estético también los otros campos de la vida espiritual. Si se disuelve la jerarquía de la esfera espiritual, todo puede convertirse en centro de la vida espiritual. Pero todo lo relacionado con el espíritu, incluso también el arte, se transforma en su esencia, y hasta se falsea, cuando lo estético es absolutizado y puesto como centro. […]. Ni las decisiones religiosas, ni las morales, ni las políticas, ni los conceptos científicos son posibles en el terreno de lo puramente estético. Pero ciertamente, todas las contradicciones y diferencias objetivas, bien y mal, amigo y enemigo, Cristo y Anticristo, pueden convertirse en contrastes estéticos… (Schmitt 1919: 57).

Esto es lo que hace el romántico y lo que lo vuelve destructivo para la política, sólo posible a partir de tales decisiones. Como pensador de la autonomía de lo político, Schmitt no impugna la actividad romántica en sí, sino el desplazamiento de lo estético a lo político y el debilitamiento de los criterios específicos de este último ámbito que trae consigo. Schmitt no se opone, sin embargo, a la estetización de lo político desde una exigencia abstracta de pureza. Por el contrario, lo que el jurista señala es el peligro político que entraña la irresponsabilidad romántica. Al situarse en una posición pasiva que observa y acompaña, el romanticismo se pone «al servicio de otras energías no románticas y la elevación sublime por sobre la definición y la decisión se transforma en una compañía servil de fuerzas ajenas y de decisiones ajenas» (Schmitt 1919: 242).

2. La crítica de Schmitt al liberalismo no es una crítica, se trata más bien de una oposición polémica. Sobre todo por las implicancias subjetivas de la crítica: ella es una operación con una fuerte impronta liberal. En efecto, Schmitt no busca develar las injusticias que el liberalismo oculta, ni discutir indefinidamente al respecto, sino posicionarse frente a él como católico en el plano teológico, como decisionista en el plano jurídico y como estatalista en el plano político; es decir, no crítica, sino existencialmente.8 Esta oposición sin embargo no impide cierta oscilación en sus planteos. Muchas veces de hecho parece no quedar claro cuál es precisamente el objeto de la polémica ni la oposición misma: ¿Es el parlamentarismo de Weimar lo mismo que el liberalismo? ¿Son antiliberales las dictaduras comisariales y las presidencias fuertes o son más bien medidas extremas que permiten el resguardo de un orden liberal? ¿Por qué la cuestión de la propiedad privada – uno de sus aspectos fundamentales – no es un punto central en la oposición schmittinana al liberalismo?9 En verdad, en concordancia con la perspectiva tomada en su estudio sobre el romanticismo, gran parte de su abordaje polémico del liberalismo apunta a desentrañar el «espíritu» del liberalismo, es decir, el núcleo metafísico de la subjetividad liberal. Antes que ver las medidas que tomaron o toman los gobiernos llamados liberales, Schmitt busca delimitar las operaciones constitutivas del sujeto liberal para luego reconocer los aspectos liberales o no de los distintos acontecimientos y movimientos políticos («liberales» o no) que aborda. En ese sentido no son incoherentes con su antiliberalismo ni su participación en la defensa del Reich (supuestamente liberal) contra Prusia,10 ni el intento de sostener la Constitución de Weimar a partir de su interpretación del art. 48,11 ni sus elogios o acercamientos teóricos a grandes nombres de la tradición liberal como Jacob Burckhardt o Bejamin Constant.12 En todos los casos lo que rescata son los elementos no-liberales de todos esos compromisos – intelectuales y políticos – que asume. Es parte de su perspectiva antiliberal, justamente, no reducir toda explicación al individuo. En ese sentido, no todo lo que dice un hombre liberal como el pensador francés es liberal, por el contrario, un mismo hombre porta siempre diversas máscaras. Así, la teoría del pouvoir neutre parece situarse, al menos en su interpretación, del lado de un pensamiento político no liberal y cubre al nombre Constant con una máscara estatalista. Por otra parte, es propio del antiliberalismo de Schmitt sostener (en toda la amplitud del término) las concepciones e instituciones que en una situación política conflictiva conduzcan al mantenimiento del orden político. En ese sentido, más allá de las insuficiencias que encuentra en la Constitución de Weimar, es coherente que haya tomado partido por ella hasta el momento mismo de su derrumbe y que lo haya hecho subrayando insistentemente sus elementos no liberales. Porque, sin descuidar en nada la rigurosidad de sus ideas, Schmitt no desconoce el carácter político – i.e. polémico – de las mismas y las particularidades que se siguen de este reconocimiento: en primer lugar, que no se trata de realizar una descripción empírica de los gobiernos y las teorías liberales, sino de conceptualizar su principio existencial. En segundo lugar, que esa conceptualización no es neutral, sino que supone un posicionamiento político. No es lo mismo, en efecto, entender que el liberalismo es ante todo neutralización de la decisión que defensa de la propiedad privada; y la elección de una u otra definición no nace de un análisis pretendidamente objetivo de cierto corpus liberal (¡¿Cómo se delimita el corpus si no se ha tomado ya partido?!), sino de una decisión respecto de los actores e ideas concretas que intervienen en una situación política concreta.

En el contexto de una profunda inestabilidad política como la del período de entreguerras en Alemania, cuestiones como la libertad o la división de poderes, ambas constitutivas del liberalismo, eran a los ojos de Schmitt secundarias respecto de la cuestión nodal de la época.13 Ésta era la continuidad o no de la unidad política del pueblo alemán, que se definía en la capacidad o incapacidad de decisión del pueblo como un todo.14 La amplitud de la libertad de prensa o las facultades del poder legislativo son cuestiones que vienen a continuación de una decisión concreta acerca de la propia existencia como unidad política. En esa situación, Schmitt aboga por reforzar las instancias institucionales con competencias para tomar resoluciones extraordinarias como vía para frenar los continuos actos de desestabilización de los partidos situados en los extremos, posición que tiene su correspondencia en el plano teórico con sus desarrollos de conceptos como «estado de excepción», «soberanía» y «dictadura» entre otros. La posición contraria, el liberalismo, se empecina en cambio con una serie de dispositivos que, con independencia de las intenciones de los actores involucrados, conducen indefectiblemente, según Schmitt, hacia un proceso de disolución.15 En el plano político es éste el principal motivo de su antiliberalismo: «liberal» es un modo de actuar y pensar política y jurídicamente que en el contexto de la crisis de Weimar conduce a la destrucción de la unidad política del pueblo alemán.

Este modo de pensar y de estar se mueve para Schmitt entre dos perspectivas cercanas y complementarias, pero que revelan cada una de ellas aspectos diferentes de la subjetividad liberal. En primer lugar, centradas en los textos escritos hasta la primera mitad de la década del ’20, las ideas de Schmitt sobre el liberalismo se desarrollan con una fuerte presencia de los pensadores contrarrevolucionarios y ofrecen la imagen que ellos construyeron de la burguesía en el siglo XIX. La influencia de éstos, particularmente de Donoso Cortés, se percibe sobre todo en el lugar fundamental que ocupa el concepto de «discusión» como operación fundamental que constituye a la subjetividad liberal. En segundo lugar, aparece una caracterización del liberalismo que se construye a partir de la oposición a la teoría pluralista del Estado y al concepto de «compromiso» como operación fundamental del liberalismo en el contexto del fin de la distinción entre sociedad y Estado. En ambos casos, sin embargo, se mantiene el mismo sentido de las operaciones centrales de la subjetividad liberal: la dilación y su envés (anti)institucional, la negación del Estado como unidad soberana.

2.1 Schmitt retoma la caracterización que Donoso Cortés hace de la burguesía francesa durante la Monarquía de Julio como «clase discutidora» para situar a la discusión como operación constitutiva de la subjetividad liberal. Define así un criterio para comprender el liberalismo en su fundamento, que se construye sobre la imagen del liberalismo francés del siglo XIX acuñada por los contrarrevolucionarios. Esta caracterización no constituye para Schmitt un anacronismo ni aparece como insuficiente.16 En sus escritos de la primera mitad del ’20, por el contrario, señala con claridad que aquella imagen de los contrarrevolucionarios es la más adecuada para comprender el liberalismo imperante en la Alemania de Weimar. Lo anacrónico no es para él la lectura del liberalismo con criterios del siglo XIX, sino el liberalismo mismo, tanto en su modo de actuar como en sus instituciones, empezando por la misma Constitución de Weimar.17 Al igual que el romanticismo, la subjetividad liberal se constituye a partir de la dilación indefinida de la decisión; de allí su incapacidad para pensar y actuar en el contexto conflictivo de la entreguerra que para Schmitt demanda una decisión capaz de poner fin al caos político y establecer un orden. Según su parecer, la vigencia del pensamiento contrarrevolucionario se encuentra precisamente en esta apelación a la decisión como única vía de resolución de una situación de conflicto político extremo, incluso con cierta indiferencia respecto del contenido de la decisión:

El significado actual de aquellos filósofos contrarrevolucionarios del Estado reside empero en su consecuente opción por la decisión. Ellos elevaron el momento de la decisión a tal punto que finalmente suprimieron el pensamiento de la legitimidad, desde el cual habían partido. (Schmitt 1922: 69).

Schmitt remite al Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo de Donoso Cortés18 para mostrar el modo en que el liberalismo disuelve la necesidad de decidir en una eterna discusión. Allí el español señala al catolicismo y al socialismo como fuerzas políticas en pugna, una que sostiene la soberanía de Dios, otra la del Pueblo, en medio de las cuales se encuentra, sin decidirse, el liberalismo «que nunca dice afirmo ni niego y que a todo dice distingo» (Donoso Cortés 1851: 446). Con esta caracterización busca señalar el carácter inadecuado de la posición liberal frente a una situación de crisis política extrema (Donoso Cortés 1851: 449). Así lo expresa Schmitt:

En la esencia del liberalismo burgués se encuentra, según Donoso, el no decidirse respecto de esta lucha [entre catolicismo y socialismo], sino intentar entablar en su lugar una discusión. Define a la burguesía directamente como una «clase discutidora» [en esp. en el original]. Con lo cual queda juzgada, pues en ello reside su voluntad de evadir la decisión. Una clase que desplaza toda su actividad política a los discursos, la prensa y el parlamento no puede enfrentar una época de luchas sociales (Schmitt 1922: 64).

Esta última es la conclusión de Donoso Cortés que Schmitt aplica a su presente. No porque la «clase media» alemana del ’20 sea idéntica a la burguesía francesa del siglo XIX en su composición social, sino porque, más allá de las inmensas diferencias que pueden encontrarse entre ambas, se constituyen para su intervención política a partir de la misma operación: la dilación de la decisión bajo la forma de la discusión. Si Schmitt llama «burguesía» al actor que pone en acto el dispositivo dilatorio de la discusión, no lo hace tanto como un recurso retórico o por la influencia de von Stein, Marx y Cortés19; tal nombre posee una fuerte carga polémica y apunta a indicar el núcleo antipolítico de tal actor. En efecto, la caracterización schmittiana es política antes que sociológica y se orienta a la comprensión de la subjetividad liberal y sus efectos para la situación política de Alemania, y no a un pretendido conocimiento «objetivo» de una determinada clase social.

Si bien el abordaje schmittiano del liberalismo se orienta a partir de una caracterización político-filosófica del mismo, no se agota en ella. Por el contrario, la definición del núcleo metafísico sirve como criterio ordenador que permite comprender desde un posicionamiento claro los distintos fenómenos que trata. En ese marco se inscriben sus ideas sobre el parlamentarismo. Schmitt no hace una mera descripción empírica del mismo, sino que lo aborda muñido de una clave interpretativa a partir de la cual podrá distinguir su sentido específico y distinguir qué le es propio y qué no, aún cuando en las opiniones al respecto e inclusive en la práctica concreta se mezclen los tantos. Al respecto Schmitt es particularmente claro: «La forma típica de aparición [typische Erscheinungsform] del liberalismo político- jurídico es el sistema parlamentario» (Schmitt 1928b: 46). El parlamento es pues, desde esta perspectiva, la institución de gobierno que se articula sobre principios liberales. En efecto, para Schmitt, «todos los órganos y normas específicamente parlamentarios cobran su sentido sólo por la discusión y la publicidad» (Schmitt 1923a: 5). Ambas habían sido recursos esenciales para la lucha contra el absolutismo en el siglo XIX y revelan, al igual que la división de poderes, el sentido específico del parlamento: es una institución orientada fundamentalmente al control del gobierno. La discusión como principio parlamentario se erige sobre la confianza en que el libre intercambio de opiniones produce espontáneamente la armonía (Schmitt 1923a: 46). De allí el retorno inevitable al principio antipolítico de la dilación: si la verdad es el resultado de un debate honesto, todo corte o interrupción será ilegítimo por principio. El tiempo no constituye una variable relevante al momento de la discusión y todo resultado de una determinación alcanzado antes del acuerdo armonioso de las partes será espurio. Como dinámica de gobierno, el parlamentarismo tiende entonces a la postergación indefinida de la decisión y sitúa al parlamento como principal contrapeso al carácter resolutivo del ejecutivo. La publicidad, por su parte, nace como una exigencia frente a los arcana rei publicae como principio de gobierno (Schmitt 1923a: 47-48). Se liga con el principio de la discusión en el punto en que la libre competencia de opiniones precisa que las mismas sean públicas y visibles para que cualquier ser dotado de razón pueda emitir su voz al respecto. En su desarrollo histórico la publicidad se desprende del conflicto concreto que le dio lugar y se vuelve una exigencia absoluta, válida por sí misma. En verdad, para mantener su intensidad polémica siempre se encontrará un resquicio al que oponerse. Eliminados los arcana del poder, se desconfía ahora de los hombres que traman secretos planes para beneficiar sus propios intereses, o de las instituciones políticas que por su propia dinámica corrompen a las personas y ocultan la verdad. En todo caso, la publicidad aparece para el parlamentarismo como un «correctivo absoluto» (Schmitt 1923a: 49) capaz de hacer frente a las arbitrariedades del poder.

Esta caracterización le permite a Schmitt distinguir el parlamentarismo de la democracia, en torno a lo cual gira el texto de 1923 (y sobre todo el prólogo de la edición de 1926) sobre el parlamentarismo. Esta distinción es fundamental porque permite comprender el mayor déficit de éste último, a saber, la falta de reconocimiento de la nueva situación política causada por el advenimiento de las masas como actor central y casi exclusivo de la vida política en Europa. La identificación de democracia y parlamentarismo es, en verdad, a los ojos de Schmitt, una simple remisión de los principios liberales al nombre democracia: se llama democráticos a aquellos gobiernos parlamentarios que sostienen la división de poderes y la necesidad del debate público. De ese modo, queda impensado lo específico de la democracia que, en su exacerbación a partir de la masificación de la política, precisa de nuevas formas de acción política. El parlamentarismo nació con relación a una disputa específica y un enemigo específico: la monarquía absoluta. Al intentar trasladarlo automáticamente a la situación alemana de la entreguerra, pierde su efectividad y se vuelve un recurso estéril para afrontar los desafíos de la democracia de masas. El motivo lo refiere Schmitt, nuevamente, a la operación específica del liberalismo parlamentario: la discusión. Sus presupuestos y condiciones de posibilidad han variado; y si esa fue una operación efectiva contra el absolutismo, nada puede hacer frente a los dispositivos de control y dirección de masas. La primera condición para que la discusión sea efectiva es que sea tomada en serio y no aparezca como una puesta en escena para conservar las formas. El soporte de la discusión es la confianza en la razón, en la verdad y, de allí, en la posibilidad de convencer al otro o de que el otro me convenza mediante argumentos racionales. Pero esta condición se ha visto avasallada por la democracia de masas que se impone mediante dispositivos de sugestión y producción de verdad muy diversos. En la mezcolanza de recursos audiovisuales, técnicos, psicológicos orientados a producir efectos en las masas, la discusión pierde su especificidad y deviene un recurso más sin especificidad alguna:

La situación del parlamentarismo es hoy tan crítica porque la evolución de la moderna democracia de masas ha convertido la discusión pública que argumenta en una formalidad vacía (Schmitt 1923a: 9).

En las prácticas de gobierno la discusión se vuelve negociación. Pero entonces ya no persigue ni la verdad ni la justicia, sino la conveniencia y el acuerdo de intereses (Schmitt 1923a: 8). Esto no constituye para Schmitt una impugnación de la negociación y exigencia de discusión, sino que da cuenta de la insuficiencia de ésta y de la necesidad de impulsar otras formas de gobierno específicas para la democracia de masas.

2.2. Schmitt encuentra en la teoría pluralista del Estado una de expresiones más claras del liberalismo como «una teoría de la disolución o refutación del Estado» (Schmitt 1932a: 73). De acuerdo con ella, el Estado es una institución social más del complejo constituido por partidos políticos, sindicatos, agrupaciones de intereses, asociaciones civiles, la familia, las iglesias y demás organizaciones de la sociedad; no se encuentra ya por encima, sino junto a ellas (Schmitt 1930: 152). De ese modo pierde su núcleo político y se subsume en la heterogénea dimensión de lo social. Al hacerlo, el Estado queda equiparado a las restantes organizaciones sociales y pierde así el monopolio de la decisión. Frente a un conflicto ya no arbitra, sino que queda él también sujeto a la resolución que surja espontáneamente del libre juego social. Porque, desde el punto de vista de la teoría pluralista, ya no existe una instancia última de decisión, sino que ahora es cada individuo el que decide de acuerdo a sus relaciones de fidelidad y lealtad (a la familia, la empresa, la iglesia e incluso al Estado, pero puesto ahora al mismo nivel). Este desplazamiento de la decisión al individuo es, en verdad, una negación de la decisión en el sentido schmittiano de la palabra y en ello radica el carácter eminentemente liberal de esta teoría: ante la necesidad del trazado de directivas con relación a la vida política de un pueblo (en política exterior, economía, cultura, etc.) no hay una resolución posible; la dirección de la «sociedad» como un todo no puede ser determinada porque la decisión del conjunto se disuelve en una pluralidad inorgánica de voces. Al imposibilitarse de ese modo la decisión política, aquella que no sólo resuelve una situación de conflicto extremo, sino que configura y constituye la unidad de un pueblo, se pone en peligro, a los ojos de Schmitt, la continuidad del orden político existente. En los últimos años de la República de Weimar este peligro estaba representado fundamentalmente por el Partido Comunista y el Partido Nacional Socialista cuyos representantes insistieron, frente a un evidente (al menos para Schmitt) riesgo de disolución del Estado y la Constitución, en la defensa de los intereses particulares de sus partidos correspondientes sin atender al interés general del pueblo alemán como un todo.

La dispersión de las instancias de decisión vuelve imposible la comprensión del Estado como expresión de una voluntad unitaria. Frente a esto, la teoría pluralista concibe la institución del Estado como producto de un compromiso (Kompromiss). Con respecto a esta cuestión, Schmitt señala en primer lugar el vínculo de esta idea de compromiso como fundamento del Estado con la teoría dualista del Estado. Cuando no se comprende al Estado como una unidad cerrada en sí misma, sólo resta pensarlo como un compromiso entre partes que determinan el modo y forma de su existencia a través de contratos y acuerdos (Schmitt 1931: 60). Este punto de vista se manifestaba durante el siglo XIX en Alemania en la comprensión de la Constitución como un contrato cuyas partes eran el príncipe y el pueblo, el rey y las cámaras, el gobierno y el parlamento. Con el advenimiento de la democracia de masas, empero, se rompe aquella clara distinción y hace su entrada un concepto más amplio de compromiso que no se limita ya a aquellas figuras que permanecían dentro de la esfera del Estado. El compromiso en el que se sostiene la Constitución involucra ahora una pluralidad de partes entre las que se encuentran partidos políticos y asociaciones sociales con intereses de distinto tipo (económicos, religiosos, culturales). La construcción de la voluntad estatal ya no remite a una dimensión política-unitaria, sino justamente al compromiso de los distintos portadores del pluralismo estatal y las coaliciones que se constituyen de acuerdo al ámbito en el que se debe llegar a una resolución (política exterior, política económica, social o cultural). No se trata ya de las indefiniciones que se plasman en la Constitución en virtud de la concurrencia de diversos principios políticos y de la falta de definición por uno de ellos, sino del desplazamiento de la decisión hacia actores sociales no políticos (fundamentalmente económicos)20 que se produce en virtud de aquella indefinición. Cuando las posiciones e instancias constitucionales y políticas no son capaces de una resolución, entonces «otros poderes, sean legales o apócrifos, sea consciente o inconscientemente, se hacen cargo del rol del Estado y gobiernan por lo bajo, para decirlo de algún modo» (Schmitt 1931: 101). En la renuncia a decidir, el espacio de poder vacante nunca queda vacío. De este modo, sin embargo, se disuelve la unidad política del pueblo y se allana el camino para el advenimiento de otro tipo de orden en que el Estado ha sido colonizado enteramente por la sociedad. A este fenómeno, que para Schmitt no era ya una proyección, sino la situación efectiva de la gran mayoría de los Estados industriales, lo llamó «Estado total».21 El Estado como compromiso entonces conduce al aplazamiento indefinido de la decisión mediante la multiplicación indeterminada de las instancias de decisión: si todos deciden por sí mismos, entonces no hay decisión común.

La negación de la decisión política inscripta en el concepto de compromiso es referida también por Schmitt en su Teoría de la Constitución para referirse a la Constitución de Weimar. Le asigna allí «carácter de compromiso» en la medida en que, respecto de diversas cuestiones centrales, hace del aplazamiento de la decisión su procedimiento más característico. El compromiso consiste en ese contexto en la búsqueda de una «formula que satisfaga todas las exigencias contradictorias y deje indecisa en una expresión anfibológica la cuestión litigiosa misma» (Schmitt 1928a: 54). Así, si bien en última instancia Weimar se constituye como una democracia constitucional burguesa y rechaza la alternativa socialista (que se presentaba en ese entonces bajo la forma soviética), no excluye la introducción de diversos principios de distinto corte, relativos a las «leyes constitucionales», que la vuelven una Constitución «mixta».22 En ella conviven aspectos liberales con otros socialdemócratas o de antiguo cuño que no siempre son compatibles entre sí. Frente a esta convivencia de elementos difícilmente conciliables, el aplazamiento indefinido de una decisión que resuelva la cuestión en favor de uno u otro se vuelve así el dispositivo más corriente. En el contexto de la Teoría de la Constitución, Schmitt refiere a esta idea de compromiso para señalar que en la ley no hay contenida voluntad alguna y que toda la mezcolanza de principios jurídicos y políticos contenidos en la Constitución de Weimar sólo tiene sentido sobre la base de una decisión del pueblo alemán en su conjunto a favor de la democracia constitucional y, lo que para Schmitt es más fundamental, en contra de una República socialista de Consejos como la que impulsaban los espartaquistas (Schmitt 1928a: 57). Si la de Weimar es una Constitución, lo es porque hay una voluntad política unitaria que la sostiene, éste es su supuesto, aún cuando se encuentre repleta de formulas dilatorias.

En este punto se visualiza el carácter de compromiso de la Constitución de Weimar no ya respecto de cuestiones puntales, sino tomada en su conjunto: ella está partida en dos. La primera parte, que delinea los rasgos fundamentales de un sistema parlamentarista, formalista y liberal, y la segunda que es, en realidad, «una segunda parte contrapuesta a la primera, heterogénea respecto a la que organiza un Estado legislativo parlamentario; en suma, una segunda Constitución» (Schmitt 1932c: 58). En efecto, la segunda parte se ordena como un sistema jurídico con principios no sólo diversos, sino incluso contradictorios con los que ordenan la primera parte. De hecho, la segunda parte introduce una serie de principios materiales sustantivos que rompen con la neutralidad axiológica de la primera. Sin embargo, el antagonismo más fuerte no se encuentra allí, sino en los principios ordenadores de cada parte, que da nombre al libro donde se abordan estas cuestiones con mayor profundidad: por un lado el principio de legalidad, por el otro, el de legitimidad.23 De allí que la Constitución de Weimar, aún cuando contenga importantes determinaciones políticas, lleva inscripta la postergación liberal de la decisión en su estructura misma, ya que elude definirse respecto del sistema que la ordena (legalidad parlamentaria o legitimidad plebiscitaria). Esta indefinición nodal es lo que la vuelve fuente de inestabilidad política y del debilitamiento de la unidad política del pueblo alemán. Porque, en el contexto del pluralismo estatal, la falta de decisión respecto de estos principios los vuelve a ambos obsoletos como principios ordenadores y los reduce a una función meramente instrumental al servicio de los intereses en pugna:

La legalidad y la legitimidad se convierten entonces en instrumentos tácticos, de los que cada cual se sirve conforme le resulte ventajoso en el momento, arrojándolos a un lado cuando se dirijan contra él mismo, y tratando cada una constantemente de arrancárselos de la mano al otro. Ni la legalidad parlamentaria, ni la legitimidad plebiscitaria, ni ningún sistema concebible de justificación, pueden sobrevivir a semejante degradación en herramienta técnico-funcionalista. También la Constitución se disuelve en sus elementos y en sus posibilidades de interpretación contradictorios, y ninguna ficción normativista de «unidad» impedirá que cada uno de los grupos en pugna se apodere de aquel fragmento o palabra de la Constitución que le parezca más apropiado para derribar al partido contrario, también en nombre de la Constitución. La legalidad, la legitimidad y la Constitución, en vez de impedir la guerra civil, sólo contribuyen a exacerbarla (Schmitt 1932c: 116).

En otro pasaje similar de El custodio de la Constitución, parece afirmar (Schmitt emplea en este caso el potencial) no ya la posibilidad de una guerra civil, sino su efectividad, al menos en estado larvado:

Si el Estado no fuese nada más que este sistema pluralista, entonces sería en verdad sólo un compromiso continuo; su constitución sería un contrato entre complejos sociales de poder que construyen y basan el sistema pluralista sobre la base de la frase pacta sunt servanda; los contrayentes retendrían su obra, la Constitución, en sus manos, permanecerían como amos del contrato constitucional, el cual podrían modificar tal como lo habían constituido y persistirían entre sí como magnitudes políticas autónomas. Lo que quedaría de unidad estatal sería entonces (como en toda alianza y contrato) el resultado de una alianza acordada con reservas existenciales. «El contrato entonces sólo tiene el sentido de un acuerdo de paz entre los grupos pactantes, y un acuerdo de paz posee siempre, quiéranlo así o no los partidos, una relación con la posibilidad de la guerra, por más lejana que sea.»24 Eso sería, cuando las agrupaciones decisivas entre amigo y enemigo se determinan internamente en vez de externamente, una guerra civil. ¿Qué sería en una situación tal «Estado» y qué el «todo» de la unidad política de un pueblo? (Schmitt 1931: 141-142).

En efecto, que el Estado y la Constitución sean compromisos, supone que no hay una subjetividad común, sino que los que pactan mantienen una «reserva existencial» respecto de todo lo que pueda ser decidido estatalmente. En ese sentido, todos los pactantes son, potencialmente, enemigos. Si el liberalismo pluralista conduce a esta posibilidad es justamente porque posterga indefinidamente la decisión política a partir de la cual se destruye aquella reserva mediante la institución de una relación de representación. Para Schmitt el liberalismo es, en su núcleo mismo, desestabilizador. Porque no se trata solamente de su escasez de recursos para hacer frente a situaciones excepcionales, sino que, al preservar lo particular frente al Estado, no puede dejar de afirmar, al mismo tiempo, la posibilidad real de la guerra civil. Sobre todo en el contexto de la sociedad de masas en el que ha desaparecido la distinción entre Estado y sociedad y, en consecuencia, los antagonismos sociales y económicos ya no tienen sobre sí un criterio superior capaz de limitarlos. Desde esta perspectiva, no hay orden sin política y cuando reina la paz, ello se debe al Estado y la política, y nunca a los diversos mecanismos liberales de control del poder. Lo que Schmitt percibe cada vez más claramente es que los actores sociales desligados de una articulación política, pero activos en su intervención a través de acuerdos y compromisos, sólo ven en la política un recurso para proteger y fomentar sus propios intereses. El hecho de pensarla de ese modo revela la aspiración íntima de estos actores a disponer de todas las ventajas del poder político sin asumir ninguno de sus peligros.25 Pero, si nada se debe a la política y sólo es posible pensar la responsabilidad con relación a los propios intereses privados-económicos, entonces no hay ya unidad, sino sólo fragmentación y guerra civil latente.

La negativa a reconocer un criterio autónomo de lo político une en lo más íntimo al romanticismo y al liberalismo en su común antipoliticidad. Pero mientras que el romanticismo articula dicha negativa mediante una estetización general de la realidad, el liberalismo lo hace mediante la resignificación de conceptos políticos mediante otros de orden ético o económico. Así, por ejemplo, la lucha se vuelve ahora competencia o discusión, el Estado se torna sociedad, el pueblo es ahora masa de consumidores, y el dominio y el poder se convierten en propaganda y manipulación de masas (Schmitt 1932a: 100). El dispositivo es el mismo: desconocer la especificidad de lo político y su subsunción bajo otras esferas que permiten la neutralización – conceptual – de la conflictividad como presupuesto y de la necesidad de decisión y forma representativa que se sigue de ella. Es en este sentido que no puede haber una «política liberal, sino siempre únicamente una crítica liberal a la política» (Schmitt 1932a: 98). Así como el romántico no podía intervenir políticamente, sino sólo acompañar emotivamente un suceso político, la crítica es el modo liberal de ese acompañamiento. Los liberales «yo discuto» y «yo contrato», por un lado, y el romántico «yo poetizo», por otro, son distintas formas de aparición del «yo difiero» constitutivo de la subjetividad antipolítica. La lúcida comprensión de estas figuras por parte de Schmitt no se desarrolla a partir de un mero interés científico por el conocimiento, sino por motivos políticos. A través de ellas Schmitt puede comprender y posicionarse en la conflictiva situación alemana del período de entreguerras. Su voz en ese contexto no tiene matices: frente a la crisis nada pueden hacer las discusiones y compromisos, es la política la que debe ponerse al frente. Cuando una época demanda una decisión, su dilación sólo puede conducir a la fragmentación y disolución.

NOTAS:

  1. La fuerza explicativa del momento excepcional es una de las premisas del abordaje schmittiano de los conceptos políticos. En efecto, «Lo normal no prueba nada, la excepción prueba todo; no sólo confirma la regla, la regla vive en verdad sólo de la excepción» (Schmitt 1922: 21).
  2. Para Schmitt la Constitución de Weimar no era expresión de una decisión unitaria, sino el fruto de un acuerdo. De allí la mezcolanza de principios (socialistas, liberales, católicos, etc.) que contiene y la escisión profunda entre la primera y la segunda parte. Ver Schmitt 1928a: 52-57; Schmitt 1932c: 57-79.
  3. Fundamentalmente el parlamentarismo de corte liberal. Ver Schmitt 1923a.
  4. La referencia es aquí a la negativa del presidente Hindenburg a establecer una dictadura en defensa de la Constitución y la consiguiente designación de Adolf Hitler como Canciller en 1933.
  5. Ver Galli 1996: 216.Schmitt 1919: 82, 126.
  6. Ver también Schmitt 1923b: 10-12. Schmitt 1922: 59.
  7. Ver Galli 1996: 215.
  8. Maschke 1988: 73. El contraste con la perspectiva liberal es bien clara: mientras que el libro que contiene el artículo de Maschke, cuyos compiladores se reconocen liberales ellos mismos, refiere en su título a la «crítica del liberalismo» de Schmitt, Maschke, que se denomina a sí mismo anti-liberal, entiende la posición de Schmitt frente al liberalismo como una oposición y no como una crítica.
  9. Sobre la cuestión de la propiedad como principio del liberalismo ver Schmitt 1928a: 299; Schmitt 1932a: 99.
  10. Sobre esta cuestión véase Schmitt 1932b; Bendersky 1983: 154-167.
  11. Véase, entre otros, Schmitt 1925; Schmitt 1931: 132-159.
  12. Para la figura de Jacob Burkchardt véase Schmitt 1932a: 54; Schmitt 1928a: 103. Sobre Constant véase Schmitt 1925: 26, Schmitt 1931: 132 y ss. Véase también Dotti: 2005.
  13. Véase Schmitt 1923a: 47-50.
  14. Véase Schmitt 1931: 110.
  15. Uno de los ejemplos más significativos es el referente al desplazamiento liberal de la legitimidad por la legalidad. En la introducción a la segunda edición de 1968 de Legalidad y Legitimidad, Schmitt señala cómo la legalidad fue el «arma más poderosa» de Hitler para llegar al poder. Véase Schmitt 1931: 16-18.
  16. En su análisis de La situación espiritual-histórica del parlamentarismo actual, Eugenia Parise sostiene que una de las deficiencias del planteo schmittiano consiste en reducir la complejidad de los actores sociales que conforman la «clase media» a la burguesía del siglo XIX. Pero al afirmar esto pierde de vista la perspectiva schmittiana, ya que ésta no busca una descripción empírica del sujeto del liberalismo, sino la caracterización de su núcleo metafísico. Véase Parise 1995: 30-32.
  17. «La constitución de Weimar es en cierto sentido algo póstumo. Ella realiza reivindicaciones, ideales y programas que fueron de actualidad en 1848» (Schmitt 1928b: 44).
  18. Donoso Cortés 1851: 441 y ss.
  19. Ésta es la posición de Parise, véase nota 16.
  20. Sobre el devenir del Estado pluralista en un Estado económico y en una policracia donde domina lo económico sobre lo político, véase Schmitt 1931: 91-94.
  21. Sobre el «Estado total» Schmitt 1931: 73-91. Sobre el carácter «totalitario» del pluralismo Schmitt 1932c: 115.
  22. Éste es el sentido de «mixto» en el contexto de la Teoría de la Constitución (Schmitt 1928a: 53). En «El Estado de derecho burgués» refiere esta idea de status mixto a todo Estado burgués y avanza un paso más al señalar el sentido de la «mixtura»: los principios opuestos contenidos entre sí se neutralizan mutuamente a favor de la libertad individual del burgués. Véase Schmitt 1928b: 46.
  23. La referencia es, por supuesto, a Legalidad y legitimidad.
  24. Cita de Schmitt al texto de su autoría «Ética estatal y Estado pluralista». Véase Schmitt 1930: 164.
  25. Los actores de este uso meramente instrumental de lo político que busca sustraerse al elemento de riesgo que porta son llamados por Schmitt «poderes indirectos» y surgen junto con sus reflexiones acerca del Estado pluralista. Véase por ejemplo Schmitt 1931: 64. Pero esta figura tiene un desarrollo posterior en su texto de 1938, sobre la figura del Leviatán en Hobbes. Allí también se encuentran relacionados con la idea de pluralismo y de evasión del riesgo político, pero con vistas a pensar el fracaso del Leviatán como símbolo político capaz de contenerlos y la consiguiente decadencia de la estatalidad moderna. Véase Schmitt 1938: 123-141. Sobre este tema ver Dotti 2002. Allí el autor señala cómo en el contexto de 1938 Schmitt también incluye entre los poderes indirectos a los organismos paraestatales del nacionalsocialismo. El texto sobre el Leviatán expresaría así una forma de compromiso (quizás tenue, pero real) contra el nazismo.

REFERENCIAS:

Joseph W. Bendersky (1983), Carl Schmitt. Theorist for the Reich, Princeton, Princeton University Press, 1983.
Juan Donoso Cortés (1851), Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo. Citado según la edición de las Obras Completas, editadas por J. Juretschke, Madrid, B.A.C., 1946, pp. 347-551.

Jorge E. Dotti (2002), «¿Quién mató al Leviatán? Schmitt interprete de Hobbes en el contexto del nacionalsocialismo», Deus Mortalis, n°1, 2002, pp. 93-190.
Jorge E. Dotti (2005), «Ménage à trois sobre la decisión excepcional. Kierkegaard, Constant y Schmitt», Deus Mortalis, n°4, 2005, pp. 303-379.

Carlo Galli (1996), Genealogía della politica. Carl Schmitt e la crisi del pensiero politico moderno, Bologna, Il Mulino, 1996.

Günter Maschke, «Drei Motive im Anti-Liberalismus Carl Schmitts», Carl Schmitt und die Liberalismuskritik, K. Hansen/H. Lietzmann (Hrsg.), Opladen, Leske + Budrich, 1988, pp 55-79.
Eugenia Parise, Carl Schmitt. La difficile critica del liberalismo, Napoli, Liguori Editore, 1995.

Carl Schmitt (1919), Politische Romantik, München/Leipzig, Duncker & Humblot, 1919. Se cita según la traducción al español de L. A. Rossi y S. Schwarzböck, Romanticismo político, Quilmes, UNQ Ediciones, 2001.
Carl Schmitt (1922), Politische Theologie. Vier Kapitel zur Lehre von der Souveranität, München/Lepzig, Duncker & Humblot, 1922. Se cita según la séptima edición de 1996.

Carl Schmitt (1923a), Die geistesgeschichtliche Lage des heutigen Parlamentarismus, München/Leipzig, Duncker & Humblot, 1923. Se cita según la traducción al español de T. Nelson y R. Grueso, Sobre el parlamentarismo, Madrid, Tecnos, 1996. Esta edición incluye el importante prefacio a la edición de 1926.

Carl Schmitt (1923b), Römischer Katholizismus und politische Form, Hellerrau, Jakob Hegner, 1923. Se cita según la traducción al español de C. Ruiz Miguel, Catolicismo y forma política, Madrid, Tecnos, 2000.
Carl Schmitt (1928a), Verfassungslehre, München/Lepzig, Duncker & Humblot, 1928. Se cita según la traducción al español de F. Ayala, Teoría de la Constitución, Madrid, Alianza, 1996.

Carl Schmitt (1928b), «Der bürgerliche Rechtstaat», Die Schildgenossen, Jg. 1928 (pp. 127-133). Se cita según la edición de Günter Maschke, Staat, Großraum, Nomos. Arbeiten asu den Jahren 1916-1969, Berlin, Duncker & Humblot, 1995, pp. 44-54.

Carl Schmitt (1930), «Staatsethik und Pluralistischer Staat», Kantstudien, Band 35, Heft 1 (pp. 28-42). Se cita según la tercera edición de Carl Schmitt, Positionen und Begriffe im kampf mit Weimar – Genf – Versailles 1923-1939, Berlin, Duncker & Humblot, 1994.

Carl Schmitt (1931), Der Hüter der Verfassung, Tübingen, J.C.B. Mohr (Paul Siebeck), 1931. Se cita según la cuarta aparecida por la editorial Duncker & Humblot en el año 1996.
Carl Schmitt (1932a), Der Begriff des Politischen, München/Lepzig, Duncker & Humblot, 1932. Se cita según la traducción al español de R. Agapito, El concepto de lo político, Madrid, Alianza, 1999

Carl Schmitt (1932b), «Schußrede vor dem Staatsgerichthof in Leipzig in dem Prozeß Preußen contra Reich». Se cita según la tercera edición de Carl Schmitt, Positionen und Begriffe im kampf mit Weimar – Genf – Versailles 1923-1939, Berlin, Duncker & Humblot, 1994.

Carl Schmitt (1932c), Legalität und Legitimität, München/Lepzig, Duncker & Humblot, 1932. Se cita según la traducción al español de J. Díaz García, Legalidad y legitimidad, Buenos Aires, Struhart & Cía., 1994.

Carl Schmitt (1938), Der Leviathan in der Staatslehre der Thomas Hobbes. Sinn und Fehlschlag eines politischen Symbols, Hamburg, Hanseatische Verlaganstalt, 1928. Se cita según la traducción al español de A Attili, El Leviatán en la doctrina del Estado de Thomas Hobbes, México D.F., Universidad Autónoma Metropolitana, 1997.

Hardt y Negri: ‘Asamblea’, o cómo cartografiar los últimos ciclos de luchas (I)

por Miquel Martínez  / Josep Artés

Tomando como punto de partida Asamblea, el título más reciente de Hardt y Negri, recorremos la producción conceptual con la que ambos autores analizan los últimos ciclos de luchas.

Ahora que se cumplen dos décadas desde la publicación de Imperio (2000), Michael Hardt y Antonio Negri completan con su última obra, Asamblea (2019), el análisis que durante estos últimos años han llevado a cabo sobre las resistencias y los contrapoderes capaces de poner en cuestión los intentos del capitalismo por monopolizar las relaciones políticas, sociales y económicas.

El recorrido de los autores comienza así con la entrada del nuevo milenio, no solo analizando sino también acompañando el ciclo de luchas surgido alrededor del movimiento por una globalización alternativa, en el marco del capitalismo en fase avanzada y en plena ofensiva e intento de expansión del modelo neoliberal. Unos años más tarde, y ante la necesidad de poner el foco sobre las alternativas que se pueden dibujar ante un poder que se pretende imperial, los autores saludarán en Multitud (2004) la formación de una nueva subjetividad colectiva atravesada por la heterogeneidad y con un potencial creativo capaz de descentrar las formas de atribución de valor propias de la extracción capitalista. De la misma manera, siguiendo en esta línea de destituir las relaciones propias del capitalismo para constituir un nuevo orden de relaciones a todos los niveles, en Commonwealth (2009) los autores trabajarán sobre el concepto del común como espacio ontológico propio de la multitud y en el que esta subjetividad, esta inteligencia colectiva, es capaz de dar lugar a nuevas formas de riqueza encarnadas en el ámbito de la producción material y, en general, en la creación de formas de vida.

De esta manera, y después de elaborar en Declaración (2012) una crónica urgente sobre la ola de revueltas que emerge en 2011 en distintas partes del mundo ―de las primaveras árabes al 15M, pasando por Occupy Wall Street―, en Asamblea los autores llaman la atención sobre la necesidad de analizar los problemas de organización que surgen alrededor de los movimientos sociales y políticos, así como de encontrar formas de articulación para las nuevas relaciones que, en cada nuevo ciclo de luchas, desde principios del siglo XX ―y aun antes, si orientamos el punto de referencia hacia acontecimientos como el alzamiento zapatista― se han dado como alternativa al orden impuesto, a escala global, por el sistema capitalista.

En este sentido, con Asamblea se trata de poner a trabajar la producción conceptual a la que han dado lugar Hardt y Negri a lo largo de la serie de textos precedentes, cerrando así una línea de análisis que nos permite recorrer la línea roja ―en ocasiones latente y subterránea― de las revueltas que durante las últimas décadas han puesto en duda la estabilidad sistémica neoliberal. De esta manera, poniendo el foco en las experiencias concretas de los movimientos sociales, así como en las nuevas formas de actividad orientada a la producción de valor, Asamblea sistematiza un conjunto de respuestas a la principal cuestión que atraviesa tanto la obra conjunta de los autores como la importante producción anterior de Negri, y que se puede analizar a través de dos ejes entrelazados: el problema de la organización de las luchas, si miramos hacia el interior de los movimientos políticos y sociales; y el problema de la institución, si miramos hacia el exterior, hacia la conformación de las relaciones en el campo social.

Abordamos, en este texto, el marco en el que los autores desarrollan su obra, con el fin de explicitar desde qué posición tratan Hardt y Negri de pensar el presente. Para una segunda entrega, reservamos el análisis de los dos ejes que acabamos de mencionar: el relativo a las líneas de organización, con las que dotar de mayor fortaleza a las luchas, y el relativo a la creación institucional bajo premisas disimétricas a las del poder capitalista.

Nuevos ciclos de luchas, nuevos instrumentos para el análisis

Los elementos que acabamos de apuntar aparecen como resultado de un proceso de renovación del cuerpo teórico y de los mecanismos de intervención del marxismo. Por esta parte, Asamblea se expresa de manera explícita ―como se puede ver en los apartados titulados “Debates marxistas”― y, de manera más o menos clara, en los demás capítulos. Los autores inciden, con este trabajo de actualización del análisis y de las prácticas marxistas, en lo que constituye una constante en su producción. Asimismo, en la obra de Negri, con títulos como Los libros de la autonomía obrera (1970-1978) o Marx más allá de Marx (1979) ―así como en la trayectoria militante del autor, cuya experiencia se puede seguir en grupos como Potere operaio o Autonomia―, se encuentra también presente la necesidad de recuperar, desde una lectura abierta y crítica, los principales elementos con los que el marxismo ha analizado las relaciones de producción y de poder dentro del sistema capitalista.

Por este lado, si bien en las últimas décadas las condiciones en que se dan los procesos de producción han mutado, al mismo tiempo que lo han hecho los medios necesarios para la creación de riqueza, la explotación sigue presente como signo ineludible de la expropiación que el poder capitalista lleva a cabo sobre la sociedad en su conjunto. Como señalan los autores de manera clara en Asamblea, este proceso de privatización de los beneficios que lleva a cabo el capitalismo tiene en la actualidad un carácter abiertamente parasitario, en la medida en que el tipo de actividades que se realizan ya no necesitan, en muchas ocasiones, ni de la organización ni de los medios que antes disponía el capitalista.

El poder de mando global se ejerce ahora sobre procesos de producción de tipo intelectual, afectivo ―en un sentido amplio― con capacidad para funcionar de manera cooperativa y autónoma. A esto se refieren Hardt y Negri cuando recuerdan los cambios que han llevado, a partir del año 68, a la constitución de una nueva fuerza de trabajo cuya producción solo se puede entender en términos sociales y desde la cooperación colectiva, y que surge como resultado del declive progresivo del obrero masa propio de la producción fordista y del obrero especializado propio de la gran industria. Asimismo, el avance de las nuevas tecnologías y su aplicación a los procesos productivos ―cuyo ejemplo más destacado se encuentra en la robotización o la toyotización de las actividades― ha provocado un cambio sustancial en las luchas: si las posibilidades de éxito por parte del movimiento obrero se encontraban en un principio en la capacidad por hacerse con los medios de producción, el tipo de trabajo que se desarrolla en la actualidad implica que en muchas ocasiones la fuerza de trabajo disponga de los medios necesarios, no solo para llevar a cabo su actividad sino, además, para hacerlo sin necesidad de intermediación alguna. Hardt y Negri toman como punto de partida el análisis que expone Marx en los Grundrisse sobre la mecanización de la producción, alertando del peligro de caer en planteamientos ingenuos respecto de la tecnología. Dicho de otro modo, la liberación del proletariado no depende tanto de los avances tecnológicos como de la capacidad de apropiación que muestre sobre estos avances y sus potencialidades productivas.

De hecho, las posibilidades de supervivencia por parte del sistema se encuentran en buena medida ligadas a su capacidad de conformar, de manera estructural, un modelo de subjetividad compatible con las exigencias del gobierno neoliberal. Siguiendo las huellas del análisis que lleva a cabo Foucault sobre el poder, Hardt y Negri parten así desde una concepción de carácter biopolítico. El poder se cierne sobre la vida en su conjunto en la medida en que no trata solo de incidir en sentido extensivo, ocupando la totalidad del territorio, sino también en sentido intensivo, es decir, mediante la conformación del medio y de las subjetividades que lo han de habitar. El poder capitalista, si bien necesita mantener centros de mando e instaurar ciertas jerarquías, se distribuye así de forma inmanente. Con esto el sistema no solo trata de determinar las relaciones de producción ―lo que el marxismo clásico entiende por el ámbito de la infraestructura― sino también, y de manera acompasada, las relaciones de reproducción ―lo que desde la perspectiva marxista clásica se inserta en el ámbito de la superestructura―.

En en este contexto, la ley del valor ya no solo debe captar las relaciones que se dan entre los muros de la fábrica y, por tanto, en espacios de tiempo delimitados y sobre unidades simples de producción, de carácter objetivo y susceptibles, por tanto, de ser contabilizadas en términos de valor de cambio. La huella de la explotación sobre la actividad de la fuerza de trabajo, tal y como quedaba albergada en la mercancía, resulta, así, cada vez más tenue para el análisis. De esta manera, un análisis sobre la ley del valor que trate de responder a las condiciones del contexto actual, debe captar el resultado de la extracción de beneficios que el capitalismo lleva a cabo a gran escala, sobre el conjunto de las relaciones que constituyen el campo social, sin límites en el tiempo y en un espacio abierto para la acción. Por decirlo con el “Post-scriptum sobre las sociedades de control” de Deleuze, que los autores citan en más de una ocasión, el análisis sobre el valor producido y su alienación se debe dar en un contexto en el que la vieja fábrica deviene al fin alma empresarial, capaz de propagarse por la sociedad en su conjunto. Esto es, en definitiva, lo que Hardt y Negri definen como la subsunción ―por absorción, colonización, captura― real de las formas de vida por el capital.

Nuevos ciclos de luchas, nuevos objetivos

En todo caso, los autores rechazan la determinación teleológica, finalista que la dialéctica clásica reserva para los cambios en la sociedad. En términos eminentemente materialistas, para Hardt y Negri solo las relaciones que se dan en el campo social, así como la capacidad de orientación y organización de las rupturas y los acontecimientos que se liberan con cada nuevo ciclo de luchas, pueden decidir el alcance de los procesos de cambio. De la misma manera, teniendo en cuenta el contexto biopolítico y la necesidad por parte del sistema capitalista de eliminar todo espacio de exterioridad, los autores rechazan que sea la confrontación directa con el poder de mando el único motor de las transformaciones sociales. Esto no implica abandonar el antagonismo como elemento alrededor del cual explicar las relaciones de fuerza en el seno de la sociedad. De lo que se trata es de entender tal antagonismo en términos positivos, de creación de alternativas, y no solo desde la necesidad de combatir de manera frontal los embates del poder.

En este sentido, si bien en muchas ocasiones es necesario crear diques de contención frente a la violencia que se genera desde los poderes establecidos, o que segregan los grupos de extrema derecha, a medio y largo plazo se trata de abrir espacios que escapen de la influencia del sistema; espacios que, en todo caso, no se deben configurar desde la pureza de las identidades políticas, como reductos para una minoría militante, sino como territorios amplios en los que articular las distintas singularidades que caen bajo las exigencias del sistema y que, al mismo tiempo, pueden vivir bajo parámetros de relación y de producción que dejen atrás la explotación neoliberal.

Es de esta manera que cabe entender nociones como la de éxodo, en este caso por el lado de la construcción de subjetividades subversivas y, pues, desde la posibilidad de conjugar las resistencias con la creación de alternativas. De manera más exacta todavía, se trata de hacer que las resistencias constituyan en sí mismas, al menos de forma germinal, un indicio sobre las relaciones que se pueden articular más allá del radio de acción del modelo neoliberal. Como se puede leer en distintas partes de su obra, los autores recuerdan la afirmación de George Jackson, miembro del partido Black Panther, que exhortaba a no olvidar tomar un arma antes de emprender cada nueva huida. Este elemento supone, de hecho, una de las líneas que Hardt y Negri no han dejado de explorar a lo largo de su producción: la utilización de la fuerza en sentido democrático y, así, como una forma de combatir los efectos negativos que el modelo neoliberal inocula, de manera estructural, sobre la población en su conjunto. Pero sobre todo, así se puede entender la importancia que conceden los autores a las acampadas que surgieron alrededor de las protestas de 2011 y que sirvieron para poner en duda las bases del sujeto que el neoliberalismo ha construido los últimos tiempos, contando con los materiales que disponen los medios de comunicación de masas, los instrumentos de control avanzado, la deuda como mecanismo de alienación de la riqueza o el modelo representativo en el ámbito de la decisión política.

Hardt y Negri recuperan, pues, para su última obra uno de los aspectos principales de su pensamiento: la prioridad ontológica de las luchas y la producción de los movimientos sociales y políticos sobre los intentos de control y extracción de beneficios que pone en juego el poder capitalista. Esto coincide con la afirmación radical de la inmanencia que los autores reivindican en el conjunto de su producción. Siguiendo en este caso los pasos de Spinoza ―y de la lectura que lleva a cabo Negri sobre la obra del autor de la Ética en La anomalía salvaje(1981)―, la constitución ontológica del ámbito de lo social depende de unas composiciones de cuerpos determinadas ―atravesadas por un conjunto de discursos―, entre las cuales circulan una serie de afectos de distinto tipo. En definitiva, la acción de la multitud tiene la capacidad de dar lugar a la vida en su totalidad; de la misma manera que el capitalismo, en la medida en que incide sobre la vida extrayendo y privatizando la potencia creativa de la multitud, se define en última instancia como un poder de muerte. La distinción propia del marxismo entre el trabajo vivo ―por el que el proletariado crea un conjunto de relaciones capaces de transformar la realidad― y el trabajo muerto ―por el que el capitalista extrae la plusvalía―, resuena así en el análisis que llevan a cabo los autores. Al fin y al cabo, como recuerda Negri en una de las entrevistas que ha concedido con motivo de la publicación de Asamblea, “ya no podemos seguir moviéndonos sobre la base de una crítica que no sea colorida, que no esté cargada de los sabores de la vida”.

Por Miquel Martínez  / Josep Artés

Profesores de Filosofía

El quinto peronismo a la luz del pasado

Por Claudio Katz

Con la presidencia de Alberto Fernández comienza el quinto gobierno peronista de la historia argentina. Aún se desconoce la modalidad de justicialismo adoptará ese mandato y los cuatro antecedentes previos ofrecen pistas contradictorias. Ese movimiento transitó por caminos contrapuestos que explican su permanencia.VARIANTES DE JUSTICIALISMO

El peronismo es la estructura política dominante desde la mitad del siglo pasado. Mantiene gran primacía como cultura, fuerza electoral y red de poder.

Su versión clásica (1945-55) se inspiró en el nacionalismo militar y apuntaló a la burguesía industrial, en conflicto con el capital extranjero y las elites locales. Las confrontaciones con las potencias imperiales nunca alcanzaron la intensidad de los procesos radicales antiimperialistas (Arbenz en Guatemala, Torrijos en Panamá). Pero incluyeron choques del mismo alcance que otras presidencias progresistas (Cárdenas en México).

El primer peronismo implementó mejoras sociales de enorme envergadura. En ningún otro país de la región se forjó un estado de bienestar tan próximo a la socialdemocracia europea. Por esa razón logró un inédito sostén en la clase obrera organizada. Resulta difícil encontrar otro ejemplo internacional de identificación tan estrecha del proletariado con un movimiento no comunista, socialista o anarquista.

El segundo peronismo fue totalmente diferente (1973-76). Estuvo signado por la violenta ofensiva de las vertientes fascistas (López Rega) contra las corrientes radicalizadas (JP, Montoneros). La derecha arremetió a los tiros contra la vasta red de militancia forjada durante la resistencia a la proscripción de Perón. Actuó con furia contrarrevolucionaria en el contexto insurgente de los años 70.

La presencia de esos dos polos extremos al interior del mismo movimiento fue una peculiaridad de ese peronismo. Incluyó corrientes antagónicas, que en el resto de América Latina confrontaban en organizaciones opuestas. La convivencia de Argentina era inimaginable en otras latitudes como Chile, dónde Pinochet y Allende nunca compartieron el mismo el espacio.

El tercer peronismo fue neoliberal. En los años 90 Menem puso en práctica las políticas de privatización, apertura comercial y flexibilización laboral, que implementaban los thatcheristas de todo el mundo. No fue el único converso de ese período (Cardoso en Brasil, PRI de México), pero nadie corporizó una deserción tan impúdica del viejo nacionalismo.

El riojano perpetró atropellos que superaron las tropelías del antiperonismo. Atacó a los huelguistas de la telefonía, el petróleo y los ferrocarriles que se oponían a las privatizaciones, desarticuló los sindicatos combativos y domesticó a la burocracia sindical. Menem aprovechó el contexto internacional de euforia neoliberal y el agobio interno generado por la hiperinflación, para imponer su terrible modelo de injusticia social.

Sus agresiones demostraron hasta qué punto el peronismo puede encabezar procesos regresivos. Esa misma mutación reaccionaria se verificó en otros casos, como el MNR de Bolivia o el APRA de Perú. Pero esas formaciones se extinguieron o abandonaron definitivamente todo nexo con su base popular. Afrontaron la disolución o el declive.

En cambio el peronismo recompuso la fidelidad de su electorado, modificando el principal cimiento de ese sostén (sindicatos, precarizados, funcionarios, capitalistas). Siempre mantuvo una relación tensa con el establishment y nunca logró la adhesión perdurable de la clase media. El grueso de ese sector preservó su afinidad con otros partidos tradicionales.

Los tres peronismos del siglo pasado ilustran la multiplicidad de variedades que asumió ese movimiento. Ha protagonizado grandes crisis y sorpresivas reconstituciones. De cada desplome emergió un nuevo proyecto amoldado a los tiempos.

EL PROGRESISMO KIRCHNERISTA

El kirchnerismo encabezó un cuarto peronismo de índole progresista. Retomó con otros fundamentos las mejoras del primer periodo. El viejo paternalismo conservador fue reemplazado por nuevos idearios pos-dictatoriales de participación ciudadana. La confrontación interna con la derecha no fue dramática y se zanjó con un distanciamiento del duhaldismo.

Kirchner reconstruyó el aparato estatal demolido por el colapso del 2001. R estableció el funcionamiento de la estructura que garantiza los privilegios de las clases dominantes. Pero consumó esa reconstitución ampliando la asistencia a los empobrecidos, extendiendo los derechos democráticos y facilitando la recuperación del nivel de vida. Su gestión incluyó alejamientos del justicialismo ortodoxo e intentos de refundación “transversal”. Hubo un infructuoso tanteo de confluencia con los herederos del alfonsinismo.

Kirchner se amoldó al nuevo escenario de regresión industrial y fractura entre trabajadores formales y precarizados. M antuvo el soporte popular del peronismo, pero tomó distancia de la clase obrera, buscando neutralizar el protagonismo sindical.

Cristina introdujo una impronta más combativa, gestada en la confrontación con la derecha (agro-sojeros, medios de comunicación, fondos buitres). Esa polarización quebró el equilibrio que había mantenido Néstor con todos los grupos de poder.

El cristinismo alumbró agrupaciones juveniles contestatarias y multiplicó las enemistades con gobernadores, intendentes y jerarcas sindicales. El inesperado carisma de CFK resucitó identificaciones populares y odios del liberalismo.

Cristina reforzó la autonomía de Estados Unidos inaugurada con el entierro del ALCA, la creación de UNASUR y el acercamiento a Rusia y China. Esta distancia con Washington retomó la tradicional lejanía del peronismo pre-menemista con el Departamento de Estado. Pero también hubo una gran afinidad con Israel que potenció el embrollo con Irán.

El cuarto peronismo se ubicó en la centroizquierda regional (junto a Lula, Correa y Tabaré), pero estableció nexos más estrechos con las vertientes radicales de Chávez y Evo.

Esa flexibilidad de la diplomacia kirchnerista sintonizó con el viraje económico neo-desarrollista. En un marco de rebote productivo interno y alta valorización internacional de las exportaciones se logró acelerar la recuperación del PBI. La r egulación estatal no modificó la base exportadora primarizada, pero oxigenó a la industria con alientos del consumo.

El neo-desarrollismo kirchnerista incluyó la renegociación de deuda con una importante quita, la nacionalización del sistema privado de pensión y el control cambiario. Implicó más intervencionismo que el auspiciado por Lula, pero no introdujo las medidas socialdesarollistas que propiciaba la heterodoxia radical. La auditoria de la deuda, la nacionalización comercio exterior y la regulación de los bancos no fueron considerados. También fue desechado el esquema boliviano de nacionalizar el petróleo y el gas para reinvertir la renta energética.

Néstor y Cristina apostaron al virtuosismo de la demanda y confiaron en las promesas de los empresarios afines. Pero no consiguieron las inversiones prometidas por esos capitalistas, que prefirieron fugar gran parte del capital receptado a través de los subsidios. La inflación, el déficit fiscal y las devaluaciones reaparecieron, junto a la consolidación del basamento extractivo agro-exportador, la estructura industrial dependiente y el sistema financiero ineficiente. El neo-desarrollismo n o pudo contrarrestar las adversidades estructurales que corroen a la economía argentina.

El kirchnerismo participó del ciclo progresista regional con una impronta peronista. No compartió la matriz socialdemócrata de endiosamiento institucional que imperó en Brasil, Uruguay. Prevaleció la norma presidencialista, los mecanismos delegativos y los órganos para-institucionales.

Este rumbo fue conceptualizado a través de elogiosas teorías del populismo, que impugnaron las fantasías republicanas, exaltando la gravitación del liderazgo y la necesidad del conflicto.

Esa mirada también confluyó con la vieja animosidad peronista hacia el socialismo. El “pos-marxismo” pro-populista empalmó con los prejuicios anticomunistas y contrastó con el reencuentro de Evo y Chávez con la revolución cubana. En su hostilidad al proyecto anticapitalista Néstor y Cristina mantuvieron su fidelidad a los tres peronismos precedentes.

PRAGMATISMO SIN FRONTERAS

El primero y el segundo peronismo gobernaron un país que conservaba la dinámica floreciente del pasado. La tercera y cuarta versión intentaron remedios contrapuestos a la monumental crisis de las últimas décadas. Ese retroceso económico incluye agudos colapsos periódicos. En muy pocos países se observan oscilaciones tan abruptas del nivel de actividad, fugas de capital tan significativas y niveles tan persistentes de inflación.

Ese tormentoso escenario es un efecto de las adversidades generadas por la globalización. El país albergó una industrialización temprana, con gran desenvolvimiento del mercado interno e importantes conquistas sociales. Esa estructura no encaja con el capitalismo actual y por esa razón la sucesión de ajustes no tiene fin.

El mismo desacople padecen otras economías medianas como Brasil y México. Pero Argentina no tiene las compensaciones del enorme mercado vigente en el primer caso. Tampoco cuenta con la proximidad de negocios en Estados Unidos que atempera la crisis azteca. Países como Chile o Perú carecen de parques industriales significativos y están menos afectados por la regresión fabril de Sudamérica. La crisis argentina supera, además, a todos sus vecinos por la pérdida de la tradicional primacía de las exportaciones agropecuarias.

Las dos respuestas simétricas ensayadas para lidiar con esas desventuras tuvieron nítidos exponentes en el peronismo. La salida neoliberal -que propicia una mayor reprimarización- fue motorizada por el menemismo y la opción neo-desarrollista -que intenta preservar la estructura industrial- fue promovida por el kirchnerismo. Ninguno pudo encarrilar su proyecto y ambos quedaron a mitad de camino. En los dos intentos se corroboró cómo la obsolescencia económica perpetúa la inestabilidad política.

Las versiones antitéticas del peronismo contemporáneo buscaron resoluciones también contrapuestas, al deterioro del aparato represivo que incomoda a las clases dominantes. El uso corriente de la coerción ha quedado muy afectado en Argentina por el repliegue del poder militar. El viejo protagonismo político del ejército fue socavado por los crímenes de la dictadura, la aventura de Malvinas y la derrota de los levantamientos de carapintadas. Por eso las Fuerzas Armadas no ejercen el control explícito que exhiben en Colombia, México o Brasil o el rol subyacente que juegan en Chile o Perú.

El menemismo intentó restaurar esa gravitación, creando una nueva fuente de negocios en el submundo del tráfico de armas. Pero esa peligrosa incursión naufragó entre grandes escándalos (venta de armas a Ecuador y Croacia), enigmáticos atentados (embajada de Israel, AMIA, Rio Tercero) y dudosos accidentes (Carlitos Menem).

Por el contrario Kirchner profundizó la desarticulación del poder militar, para afianzar una institucionalidad plenamente civil. Por eso reinició los juicios a los genocidas y adoptó la agenda democrática de las Madres (conmemoraciones del 24 de marzo, recuperación de los nietos, rescate de la memoria de los desaparecidos).

Menem y Kichner transitaron por senderos muy opuestos en el terreno de la economía, la política y las instituciones. Ese contraste ilustró cómo el peronismo gestiona pragmáticamente el poder, seleccionando la opción que mejor se amolda a cada escenario.

CONTENCION DE LA BELIGERANCIA

La continuada presencia del peronismo obedece también al sostenido nivel de movilizaciones populares. Esa disposición de lucha condujo desde el fin de la dictadura a 40 huelgas generales. La sindicalización se ubica en el tope de los promedios internacionales y su incidencia es notoria en los momentos de gran conflicto. Por esa gravitación de la intervención popular, Argentina ocupa en América Latina un lugar equiparable a Francia en Europa. Define una tónica de resistencia que impacta sobre el resto de la región.

Los dos primeros peronismos utilizaron el aparato del PJ (y su extensión en la CGT) para lidiar con esa beligerancia. Pero desde los años 80 debieron actuar también frente a movimientos sociales surgidos de la pauperización que afecta al país.

Como un tercio de la población ha sido empujada a la miseria, todos los gobiernos han incorporado el asistencialismo en gran escala. Los planes de auxilio se han convertido en un gasto indispensable para la reproducción del tejido social. El empobrecimiento argentino es un efecto de la regresión económica contemporánea y no del subdesarrollo histórico de América Latina. Esa degradación ha producido formas de resistencia muy enlazadas con la belicosidad precedente .

Los movimientos sociales ocupan un lugar protagónico en la protesta actual. Irrumpieron en los piquetes callejeros contra el desempleo y descollaron durante la alianza con las cacerolas de la clase media expropiada por los banqueros.

Su gravitación obedece al cambio registrado en el entramado social. La regresión fabril ha desplazado gran parte de las demandas en las fábricas a exigencias en las calles. Los precarizados peticionan al Estado sin detentar los resortes de la producción. Esa combatividad de los movimientos permitió conquistar la asignación universal, cuando la extensión de las marchas asustó a las clases dominantes.

El kirchnerismo se amoldó al nuevo escenario, pero supuso que la reactivación económica absorbería paulatinamente el desempleo y diluiría la incidencia de los movimientos sociales. Esa reducción significativa de la desocupación no se efectivizó y la pobreza se mantuvo en un invariable piso del 30% de la población.

Frente a este resultado el cuarto peronismo amplió el número de los planes sociales. La bancarización de ese derecho -mediante una tarjeta asignada a cada beneficiario de la AUH- no alteró la gravitación de las nuevas organizaciones populares.

Estos agrupamientos superaron con mayor implantación territorial su status inicial de resistentes. La denominación de “piqueteros” -que aludía a una forma de lucha- fue reemplazada por el término más apropiado de movimientos sociales. En cada país esa denominación alude organizaciones de distinto tipo. En Argentina involucra agrupamientos de precarios y desocupados y no de pueblos originarios (Bolivia) o de campesinos (Brasil).

Los movimientos tantean actualmente un proceso de sindicalización. Por el volumen de sus afiliados, esa agremiación los convertiría en el segundo conglomerado del país. La cúpula de la CGT resiste esa incorporación masiva de nuevos cotizantes, que rompería todos los equilibrios del universo sindical.

La relación del kirchnerismo con los movimientos sociales atravesó por todas las alternativas imaginables. Hubo afinidad, tensión, alejamiento y ruptura. La pesadilla vivida recientemente con el macrismo condujo al reencuentro. Esa cambiante sucesión de aproximaciones y distanciamientos reproduce la relación del justicialismo clásico con el sindicalismo. Amortiguar y disciplinar la belicosidad popular es una persistente necesidad del peronismo.

LOS FRACASOS DE LA DERECHA

La renovación periódica de la principal fuerza política del país es también consecuencia de la probada impotencia de sus adversarios. Desde el golpe gorila del 55´ ningún gobierno de la derecha liberal logró estabilizar su gestión. Fallaron las dictaduras y las vertientes civiles que timoneó el radicalismo.

El peronismo implementa un manejo flexible del Estado, con favoritismos cambiantes amoldados a la movilidad social que propicia. Por eso ha lidiado mejor con una crisis estructural que nadie logra resolver.

La derecha tuvo su mayor oportunidad con Macri, al conseguir el primer acceso a la presidencia por vía electoral.   Pero esa apuesta del antiperonismo terminó en un fulminante naufragio. Los CEOs del PRO exhibieron una incapacidad mayúscula para remontar las adversidades de la economía. Tampoco lograron doblegar la resistencia popular que mantuvo las movilizaciones y los piquetes.

Esa doble incapacidad del macrismo socavó la consolidación de la “nueva hegemonía derechista”, que algunos analistas entreveían como el gran logro de Cambiemos . En muy poco tiempo se verificó el carácter efímero de una supremacía asentada en coyunturas electorales y atontamientos mediáticos.

El macrismo intentó disfrazar su conservadurismo con mensajes de neoliberalismo modernizado, publicidad de emprendedores y exhibición de individualismo mercantil. Pero gobernó con demagogia electoral, gasto público y recreación de las viejas mañas de la partidocracia.

La coalición encabezada por el PRO ni siquiera pudo repetir el corto escenario de calma que generó el espejismo de la Convertibilidad. En la competencia entre gobiernos reaccionarios, el peronismo menemista exhibió mayor eficacia que Cambiemos.

El fracaso del último cuatrienio confirma la notoria incapacidad gubernamental de la derecha argentina, en comparación a sus pares de Colombia, Perú o Bolivia. También ratifica su dificultad para instalar exponentes extremos en el terreno político (Olmedo) o económico (Espert).

Lo mismo ocurre con las modalidades ultra-derechistas que se expanden con disfraces evangélicos y mensajes de xenofobia. No han logrado la penetración conseguida en otros lugares. Se mantienen agazapadas en el país, sin avizorar irrupciones virulentas ( Bolivia), incursiones sistemáticas ( Venezuela) o despliegues de terror (Colombia). No cuentan tampoco con la raigambre pinochetista que tuvieron en Chile.

Por estas diferencias no se afianzó un personaje como Bolsonaro, que en Brasil rememora a la dictadura desarrollista y a sus militares impunes. Allí consagra las tradiciones regresivas de una historia nacional signada por el orden. Esa trayectoria contrasta con la convulsión que ha primado en Argentina.

El peronismo obedece también a esos contrastes, que lo inducen a incorporar a todas las opciones posibles a su juego interno. No es casual que el único aspirante a emular a un Bolsonaro sea un experimentado oportunista del justicialismo (Pichetto).

EXTINCIÓN VERSUS ETERNIDAD

Dos tesis contrapuestas sobre el futuro del peronismo han disputado preeminencia desde la mitad del siglo pasado. Los teóricos de la eternidad confrontan con los previsores de la desaparición. En los períodos de auge justicialista prevalece el primer diagnóstico y en las etapas de crisis el segundo.

El postulado de invariable perdurabilidad se basa en la probada recreación que ha logrado el peronismo. Las versiones más extremas identifican esa regeneración con la propia naturaleza del país. Estiman que se ha forjado una unión indisoluble entre el justicialismo y la argentinidad.

Pero si existió un país pre-peronista, cabe imaginar también otro pos-peronista. Ningún movimiento histórico tiene garantizada su continuidad hasta el fin de los tiempos. La permanencia que logró el justicialismo no implica duración infinita.

Ha subsistido por la peculiar irresolución de una prolongada crisis que degrada al país sin transformarlo. La persistencia de las mismas tradiciones políticas en ese escenario constituye un singular desarreglo histórico. Lo más corriente en otros países ha sido el proceso opuesto de fuerte declive de las estructuras políticas que pierden sus cimientos. Esa erosión desintegró arraigados partidos (conservadores, democratacristianos, socialdemócratas, comunistas) durante las últimas décadas. El peronismo no está intrínsecamente inmunizado contra ese ocaso.

La tesis opuesta ha previsto una y otra vez la desaparición de ese movimiento. En los últimos años ese pronóstico fue enfáticamente retomado por los intelectuales del macrismo. Estimaron que la gran mutación social padecida por Argentina, conduciría a la sustitución de la columna vertebral del justicialismo (clase obrera) por nuevos trabajadores informales, carentes de identificaciones y lealtades.

Ese diagnóstico quedó refutado por la fulminante victoria del Frente de Todos . El peronismo no sólo derrotó a Cambiemos . Conquistó nuevas gobernaciones, quórum propio en el senado y mayoría total en diputados.

La hipótesis del fin del peronismo por expansión de los precarizados, omitió que esa transformación social no tiene correlato automático en la esfera política. Es cierto que los movimientos sociales recientes surgieron fuera del peronismo, pero mantienen una ambigua relación con esa estructura y lo votaron mayoritariamente para desembarazarse de Macri.

Los pensadores de la derecha supusieron que la fractura social creaba un vacío disponible para cualquier modalidad de oficialismo. Por eso combinaron el padrinazgo estatal con una esquizofrénica andanada de agresiones y dádivas . Por un lado, propagaron infamias contra los empobrecidos (“planeros”, “vagos”, “ mujeres que se embarazan para cobrar la asignación”) y por otra parte p ropiciaron la despolitización, con la expectativa de erosionar las viejas fidelidades electorales.

Los dos operativos fallaron. Los movimientos sociales consolidaron su presencia con acciones que contuvieron la degradación social y preservaron el legado político previo. Los intelectuales del liberalismo confundieron por enésima vez su deseo con la realidad y el esperado declive de su rival desembocó en un proceso inverso de resurgimiento.

La experiencia de los últimos cuatro años confirma la intrínseca irresolución del debate entre los previsores del entierro y la perpetuación del justicialismo. Por eso resulta más útil indagar las causas del pasaje de un peronismo a otro, en medio de crisis mayúsculas. Esas convulsiones han amenazado efectivamente la supervivencia de ese movimiento. Pero hasta ahora el justicialismo evitó su extinción encontrando nuevos formatos de gobierno. El quinto peronismo encarna un nuevo intento de esa remodelación.

DESACIERTOS Y DECEPCIONES

Desde su irrupción el peronismo suscitó reacciones contradictorias en la izquierda. Hubo períodos de crítica furibunda y momentos de resignada subordinación.

Las diferencias ideológicas que separan a ambas formaciones son mayúsculas. El peronismo propugna la humanización del capitalismo suponiendo que ese sistema permite la equidad, si se compatibilizan los intereses de los patrones y los asalariados. Por eso propone el arbitraje del estado para armonizar ambas partes, en una “comunidad organizada” y rectora de los destinos de la nación.

La izquierda resalta, por el contrario, que los capitalistas lucran con la explotación de los asalariados y utilizan los recursos públicos para garantizar sus privilegios. Recuerda que suelen ampliar esos beneficios erosionando la soberanía nacional.

Esos principios contrapuestos -que separan a los marxistas de los peronistas- no definen la política de la izquierda, hacia el movimiento que conserva la adhesión mayoritaria de la población.

Ese continuado predominio indujo a diferentes estrategias para transformar, eludir o erradicar al peronismo. Con distintas opciones se intentó revertir el gran pecado de origen, que convirtió al justicialismo en un partido de masas. En los años 40 los socialistas y comunistas coincidieron con la derecha liberal, en el hostigamiento común a Perón.

Esa convergencia compartió la falsa acusación de “fascista”, esgrimida contra el nuevo líder por el bloque anti-alemán de la URSS y los Aliados. La subordinación a ese alineamiento geopolítico encegueció a la izquierda, impidiéndole registrar el carácter nacionalista y reformista del naciente peronismo. Esa miopía permitió que el justicialismo surgiera con el sostén de sectores provenientes del anarco-sindicalismo y del socialismo.

Para enmendar ese descomunal desacierto, muchas corrientes familiarizadas con la izquierda propugnaron el posterior ingreso al peronismo. Imaginaron distintos caminos para inducir su conversión en una fuerza pro-socialista. Esa expectativa incluyó la asunción total o parcial de la identidad peronista. En el cenit de ese proyecto se batalló por forjar la “patria socialista” que imaginaban sectores de la JP, el Peronismo de Base y los Montoneros.

La cúpula del PJ cerró violentamente el tránsito por ese rumbo. Bajo directivas del propio Perón se desencadenó un baño de sangre para eliminar a todas las vertientes radicalizadas (“infiltrados”).

El férreo verticalismo que el conductor introdujo en su primer mandato (para restringir huelgas y limitar la autonomía de los líderes sindicales) fue reforzado en el segundo período, para perpetrar una contrarrevolución. Los crímenes de Isabelita y la Triple A pavimentaron el camino de Videla y sepultaron las ilusiones de transformación socialista del peronismo.

Ese proyecto se extinguió por completo, pero dejó una vertiente más moderada que propugna la conversión del peronismo en una fuerza acabadamente progresista. Ya no esperan una evolución anticapitalista, pero sí la consolidación de un movimiento desembarazado de sus viejos vestigios derechistas. Hasta ahora, no hay indicios de concreción de esa esperanza.

Los conservadores como Massa, los oportunistas como Gioja y los cavernícolas como Pichetto se alternan en el control de los aparatos peronistas, que operan con burócratas asociados con la derecha. Por esa razón, la recreación del menemismo es una posibilidad siempre abierta en el universo del justicialismo.

Como el peronismo está intrínsecamente consustanciado con el orden capitalista, su performance derechista depende de las circunstancias. El justicialismo apuntaló en su origen a la burguesía nacional, favoreció a los neoliberales con Menem y sostuvo a grupos locales industrialistas y financiarizados con Kirchner. El cortocircuito estructural del peronismo con la izquierda deriva de esa defensa sostenida de los privilegios de las clases dominantes.

INGENUAS NEGACIONES

La rebelión del 2001 provocó una crisis mayúscula en el peronismo, que fue responsabilizado por el despojo menemista y por la bomba monetaria sembrada con la Convertibilidad . La indignación popular contra todo el sistema político (“Que se vayan todos”) afectó a los derivados de la UCR y del PJ. En el pico de la catástrofe económica fueron convocadas las elecciones de emergencia, que llevaron a Kirchner a la presidencia.

Durante ese convulsivo interregno floreció el autonomismo. Sus propulsores exaltaron las asambleas barriales, elogiaron la democracia directa y promovieron la organización cooperativa. Imaginaron que el propio movimiento de piquetes y cacerolas alumbraría un sistema de representación desprovisto de partidos, elecciones, parlamentos y liderazgos. Propusieron desconocer al estado para “cambiar el mundo sin tomar el poder”, creando una nueva economía asentada en las empresas recuperadas.

Ese proyecto se diluyó vertiginosamente cuando Kirchner consolidó su comando del cuarto peronismo. El autonomismo no tuvo respuesta frente al nuevo oficialismo progresista. Ni siquiera registró cómo numerosos líderes de revuelta eran atraídos por la Casa Rosada.

El kirchnerismo reintrodujo parámetros de politización que desconcertaron a las corrientes libertarias. No supieron distinguir a Néstor y Cristina de sus antecesores neoliberales. La pretensión autonomista de soslayar cualquier contaminación con el universo institucional naufragó en forma vertiginosa.

Las nuevas referencias que estableció Kirchner impusieron definiciones desconocidas por los libertarios. Esa orfandad ilustró cómo tambalea esa corriente frente a un desafío político significativo. Todas las inconsistencias heredadas del viejo anarquismo reaparecieron súbitamente. El enflaquecimiento autonomista ante el progresismo K recreó el declive final de los derivados de la FORA frente al primer peronismo.

Ese retroceso ha confirmado la imposibilidad de encarar un proyecto de transformación popular omitiendo el manejo del Estado. La captura y modificación de esa estructura es indispensable para encarar un cambio radical. No hay otra forma de reducir la desigualdad y mejorar el nivel de vida.

Quedó confirmado que ninguna multiplicación de “contrapoderes” en los territorios, sindicatos o cooperativas reemplaza el control del Estado. La idealización autonomista de los movimientos sociales le impide forjar un proyecto de superación del peronismo.

CONTRAPOSICIONES SIMPLIFICADAS

La gran hostilidad inicial de comunistas y socialistas hacia el peronismo dejó un vacío cubierto por otras tradiciones marxistas. El trotskismo ocupó parte de ese espacio, compartiendo la ponderación justicialista del proletariado industrial. Sus diversas organizaciones evitaron las crisis posteriores del PC (ambigua postura frente la dictadura), los vaivenes del maoísmo y las derrotas de la guerrilla.

Ese trasfondo explica la irrupción del MAS, el despunte del PO y la gestación del FIT. Consolidaron fuerzas militantes con jóvenes predispuestos a la acción. El pragmatismo de algunas corrientes (MST) ha coexistido con emprendimientos mediáticos e incursiones intelectuales de otras vertientes (PTS). La mayoría mantuvo un frente que superó las viejas fracturas por minucias. Han logrado que la propia denominación de “izquierda” sea identificada con sus actividades.

Esas agrupaciones prosperan en las crisis del peronismo y retroceden en las recomposiciones de ese movimiento. Ese vaivén se ha repetido de sde que el retorno de Perón opacó la expansión del clasismo. La llegada del kirchnerismo neutralizó a la izquierda, que recobró fuerza con la erosión del cristinismo y volvió a decaer con el debut del albertismo.

La lógica de ese vaivén es frecuentemente ignorada por sus propios afectados. En lugar de analizar esas oscilaciones, suelen proclamar el invariable “agotamiento del nacionalismo burgués”. Ese enunciado choca con la cruda realidad y afronta los mismos problemas del diagnóstico liberal de extinción del justicialismo.

Los reiterados señalamientos del fin del peronismo no registran las variedades de ese movimiento. El kirchnerismo, por ejemplo, nunca fue diferenciado de sus adversarios derechistas y por esa razón, en los conflictos entre ambos prevaleció la neutralidad. Reiteradamente se igualó a los dos campos, reduciendo esos choques a una simple disputa inter-burguesa. Esa mirada predominó frente a la puja con los agro-sojeros, la ley de medios y la expropiación de YPF.

En lugar de reconocer los ingredientes progresistas de esas iniciativas se remarcó la naturaleza capitalista del kirchnerismo. Pero como ese cimiento es compartido por casi todos gobiernos del país y del mundo, su constatación no esclarece ninguna especificidad del cuarto peronismo.

El bonapartismo es otra noción utilizada para caracterizar al kirchnerismo. Pero ese término aludía en el pasado a un arbitraje extraparlamentario, en coyunturas de crisis militar, catástrofe económica o disgregación política. Su extensión a Néstor y Cristina es forzada y no define el posicionamiento de esos mandatarios. Los bonapartismos pueden tener implicancias progresivas o regresivas. Si se soslaya esa valoración el diagnóstico carece de relevancia.

La simple presentación del kirchnerismo como una fuerza burguesa condujo a descartar alianzas durante los cuatro años de resistencia al macrismo. Tampoco se construyeron puentes con la gran expectativa que despertó la fórmula de los Fernández. Varios integrantes del FIT incluso sugirieron el voto en blanco, en la eventualidad de un balotaje entre el peronismo y Cambiemos .

Ese frente difunde meritorios programas anticapitalistas e impulsa candidatos comprometidos con la lucha popular. Pero esas iniciativas afrontan un invariable techo, ante la ausencia de estrategias viables de transformación de la sociedad. La emulación del modelo bolchevique no ofrece esos cursos.

La disputa de la izquierda con el peronismo requiere exponer caminos, referencias y experiencias alternativas. La despreocupación por la viabilidad de la propuesta conduce al mismo divorcio de la realidad que afecta al utopismo libertario. Esa desconexión es acentuada por una proclamada enemistad con todas las variantes de la izquierda mundial.

Particularmente chocantes son las críticas a Cuba o Venezuela en plena agresión imperial. Los medios de comunicación derechistas suelen difundir esos mensajes por su notoria sintonía con los prejuicios del sentido común. Esa prédica obstruye la potencial integración de las tradiciones revolucionarias latinoamericanas al desarrollo de una izquierda efectiva. El encierro realimenta la preeminencia del peronismo.

INSOSLAYABLES DISTINCIONES

La experiencia ha demostrado que el peronismo no es el ámbito de construcción de un proyecto de la izquierda. La esperada transformación de ese movimiento en una fuerza radicalizada ha sido reiteradamente desmentida por la impronta conservadora, que invariablemente retoma el justicialismo.

Ese desenlace no elimina la eventual reaparición de modalidades progresistas, como ocurrió con el kirchnerismo. Desconocer esos momentos reformistas (y los consiguientes logros populares) conduce a la auto-inmolación de la izquierda. El diagnóstico inicial de “fascismo” durante el primer peronismo no fue el único desatino. Los proveedores de banderas rojas a las marchas de la Sociedad Rural contra el kirchnerismo padecieron una desubicación semejante.

Los virajes del peronismo explican su perdurabilidad y las dificultades para erigir una alternativa. Esa obstrucción no se resuelve con resignadas disoluciones, ciegas confrontaciones o ingenuas omisiones. La opción se construye sin denostar al peronismo y sin aceptar su inexorable primacía.

La simple presencia de un gobierno peronista no esclarece su performance. Hay que evaluar si navega por los torrentes de la reacción o del progresismo, recordando su potencial familiaridad con ambos universos.

Las posturas de cada peronismo frente a los escenarios regionales brindan pistas para esclarecer su modalidad. El cariz centroizquierdista del kirchnerismo quedó muy definido por su empalme con el ciclo progresista sudamericano. También el perfil derechista de Menem estuvo signado por las “relaciones carnales” con Estados Unidos.

Todo el recorrido expuesto de la historia del peronismo apunta a facilitar la evaluación del contexto actual. ¿Qué modalidad de justicialismo está forjando Alberto Fernández? ¿Cómo será su quinta versión de ese movimiento? ¿Cuáles serán los antecesores privilegiados y desechados? ¿Qué orientación sugieren las primeras medidas de su gobierno? Las respuestas a estos interrogantes exigen otro texto.

RESUMEN

Aún se desconoce el tipo de justicialismo que prevalecerá con Alberto Fernández. En el pasado hubo nacionalismo con reformas sociales, virulencia derechista, virajes neoliberales y cursos progresistas. Menem y Kirchner fueron los extremos de ese pragmatismo.

El peronismo contuvo al sindicalismo y amortigua a los movimientos sociales. Se recicla frente a crisis mayúsculas y fracasos de sus adversarios liberales. Su extinción o eternidad no está predeterminada. No converge con el proyecto socialista, ni ha podido extirpar a sus vertientes reaccionarias. Es imposible forjar una alternativa de izquierda desechando el manejo del estado y desconociendo los virajes progresistas del peronismo.

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Claudio Katz. Economista, investigador del CONICET, profesor de la UBA, miembro del EDI. Su página web es: www.lahaine.org/katz

Territorio y poder

por Raúl Zibechi

Los movimientos antisistémicos y las relaciones sociales no capitalistas, cobran fuerza y se potencian cuando echan raíces en territorios recuperados y bajo control de sujetos colectivos. Una de las claves de esta potenciación de los movimientos consiste en que los territorios nos brindan la posibilidad de construir poderes propios, fuera del control de las instituciones estatales.

Si las mujeres zapatistas pueden decir que en el año pasado no hubo feminicidios en sus tierras, es porque se han hecho fuertes («empoderadas», diría la academia), capaces de defenderse, activando las nuevas relaciones sociales que están construyendo. Algo similar puede decirse de otros pueblos en movimiento, en particular en América Latina.

De algún modo, podemos calibrar la fuerza de un movimiento por su grado de territorialización; ya que los otros modos de evaluar las potencias colectivas, como la cantidad de personas que se movilizan, siendo barómetro, no resulta suficiente para construir algo nuevo, diferente y duradero. El territorio puede ser la casa común donde nacen y crecen otros mundos.

Las asambleas territoriales que se han creado en Chile al calor de la rebelión popular que estalló el 18 de octubre, son la creación más importante del pueblo chileno, porque encarnan la autoorganización colectiva para resistir y crear nuevas relaciones, por fuera del mercado y el Estado. En noviembre pasado, en Santiago había 120 asambleas territoriales enlazadas en dos coordinadoras, según la zona de la ciudad, con fuerte arraigo entre los vecinos movilizados (https://bit.ly/2RwOzSu).

El 18 de enero en el encuentro de la Coordinadora de Asambleas Territoriales eran casi 200 (se registraron 164, siendo 24 asambleas de fuera de Santiago). Al encuentro asistieron más de mil delegados, que se organizaron en 20 grupos de trabajo para debatir sobre cuatro temas: la coyuntura constituyente, el pliego de demandas (salud, educación, seguridad social, vivienda, etcétera), derechos humanos y construcción de poder territorial.

El colectivo de educación popular Caracol fue el encargado de promover dinámicas para que circulara la palabra y no quedara monopolizada por los varones militantes. En su análisis, las asambleas territoriales son el aspecto organizativo «más relevante» de la revuelta en curso, que generó «un clima de ingobernabilidad nunca visto en la posdictadura», sólo comparable con las jornadas de protesta contra Pinochet entre 1983 y 1986 (https://bit.ly/37OfIGp).

Define a las asambleas como «poder popular local» en las ciudades, ya que resuelven sus problemas más urgentes «por mano propia y colectiva», sin perder el horizonte nacional. El colectivo Caracol nos recuerda que la asamblea y la educación popular son las formas organizativas legitimadas por el Chile de abajo, formas de democracia directa que están en la base de los movimientos estudiantil, feminista, medioambiental y en las protestas territoriales. Por eso actualizan las viejas consignas de «todo el poder a las asambleas» y “levantar dos, tres… mil asambleas territoriales”.

En la apertura del encuentro, realizado en la Escuela de Artes y Oficios de la Universidad de Santiago, se leyó un comunicado de la Coordinadora de Asambleas Territoriales (CAT) que rechaza la convocatoria desde arriba de la asamblea constituyente, mientras defiende un proceso para una nueva Constitución desde las asambleas, los cabildos y los movimientos populares (https://bit.ly/315VNAb).

Apuesta a fortalecer el sujeto popular con base en el trabajo solidario y colectivo en los barrios, la autoeducación y autoformación popular, y defiende «una democracia directa sin jerarquías». Llama a destituir a la clase política, al poder y a las militancias tradicionales, mientras defiende la idea de vivir en comunidad y tejer lazos de confianza en los territorios.

Este es el núcleo de la rebelión y la herencia político-cultural más importante para las próximas generaciones de rebeldes. Así como el levantamiento ecuatoriano parió un Parlamento Indígena y Popular donde se coordinan ya 200 movimientos, el estallido chileno se condensa y adquiere densidad política en la red de asambleas territoriales.

La experiencia nos enseña que la acción multitudinaria intensa, que suele denominarse «ciclo de protesta», se desgrana con el paso del tiempo. Para que las prácticas colectivas no se diluyan, para que «la dignidad se haga costumbre», como señala la Coordinadora, lo vivido por miles de personas debe cristalizarse en estas organizaciones territoriales, que seguirán horadando el sistema, en silencio, cuando los focos mediáticos se apaguen.

Hay mucho para debatir y para seguir aprendiendo. Como crear nuestra propia agenda y no depender de la agenda de arriba; como rehuir la lógica de llevar a las instituciones o al escenario macro, lo que vamos construyendo abajo y a la izquierda. Estas asambleas son el mundo nuevo posible, que debemos cuidar para que otros y otras lo multipliquen, cuando puedan y quieran.