La literatura y la vida

Por Gilles Deleuze

Escribir no es contar los recuerdos, los viajes, los amores y los lutos, los sueños y las fantasías propios. Sucede lo mismo cuando se peca por exceso de realidad, o de imaginación: en ambos casos, el eterno papá y mamá, estructura edípica, se proyecta en lo real o se introyecta en lo imaginario. Es el padre lo que se va a buscar al final del viaje, como dentro del sueño, en una concepción infantil de la literatura. Se escribe para el propio padre–madre. Marthe Robert ha llevado hasta sus últimas consecuencias esta infantilización, esta psicoanalización de la literatura, al no dejar al novelista más alternativa que la de Bastardo o de Criatura abandonada. Ni el propio devenir–animal está a salvo de una reducción edípica, del tipo «mi gato, mi perro». Como dice Lawrence, «si soy una jirafa, y los ingleses corrientes que escriben sobre mí son perritos cariñosos y bien enseñados, a eso se reduce todo, los animales son diferentes… ustedes detestan instintivamente al animal que yo soy». Por regla general, las fantasías de la imaginación suelen tratar lo indefinido únicamente como el disfraz de un pronombre personal o de un posesivo: «están pegando a un niño» se transforma enseguida en «mi padre me ha pagado». Pero la literatura sigue el camino inverso, y se plantea únicamente descubriendo bajo las personas aparentes la potencia de un impersonal que en modo alguno es una generalidad, sino una singularidad en su expresión más elevada: un hombre, una mujer, un animal, un vientre, un niño… Las dos primeras personas no sirven de condición para la enunciación literaria; la literatura sólo empieza cuando nace en nuestro interior una tercera persona que nos desposee del poder de decir Yo (lo «neutro» de Blanchot). Indudablemente, los personajes literarios están perfectamente individualizados, y no son imprecisos ni generales; pero todos sus rasgos individuales los elevan a una visión que los arrastran a un indefinido en tanto que devenir demasiado poderoso para ellos: Achab y la visión de Moby Dick. El Avaro no es en modo alguno un tipo, sino que, a la inversa, sus rasgos individuales (amar a una joven, etc.) le hacen acceder a una visión, ve el oro, de tal forma que empieza a huir por una línea mágica donde va adquiriendo la potencia de lo indefinido: un avaro…, algo de oro, más oro… No hay literatura sin tabulación, pero, como acertó a descubrir Bergson, la  tabulación, la  función fabuladora, no consiste en imaginar ni en proyectar un mí mismo. Más bien alcanza esas visiones, se eleva hasta estos devenires o potencias.

No se escribe con las propias neurosis. La neurosis, la psicosis no son fragmentos de vida, sino estados en los que se cae cuando el proceso está interrumpido, impedido, cerrado. La enfermedad no es proceso, sino detención del proceso, como en el «caso de Nietzsche».

Igualmente, el escritor como tal no está enfermo, sino que más bien es médico, médico de sí mismo y del mundo. El mundo es el conjunto de síntomas con los que la enfermedad se confunde con el hombre. La literatura se presenta entonces como una iniciativa de salud: no forzosamente el escritor cuenta con una salud de hierro (se produciría en este caso la misma ambigüedad que con el atletismo), pero goza de una irresistible salud pequeñita producto de lo que ha visto y oído de las cosas demasiado grandes para él, demasiado fuertes para él, irrespirables, cuya sucesión le agota, y que le otorgan no obstante unos devenires que una salud de hierro y dominante haría imposibles. De lo que ha visto y oído, el escritor regresa con los ojos llorosos y los tímpanos perforados. ¿Qué salud bastaría para liberar la vida allá donde esté encarcelada por y en el hombre, por y en los organismos y los géneros? Pues la salud pequeñita de Spinoza, hasta donde llegara, dando fe hasta el final de una nueva visión a la cual se va abriendo al pasar. La salud como literatura, como escritura, consiste en inventar un pueblo que falta. Es propio de la función fabuladora inventar un pueblo. No escribimos con los recuerdos propios, salvo que pretendamos convertirlos en el origen o el destino colectivos de un pueblo venidero todavía sepultado bajo sus traiciones y renuncias. La literatura norteamericana tiene ese poder excepcional de producir escritores que pueden contar sus propios recuerdos, pero como los de un pueblo universal compuesto por los emigrantes de todos los países. Thomas Wolfe «plasma por escrito toda América en tanto en cuanto ésta pueda caber en la experiencia de un único hombre». Precisamente, no es un pueblo llamado a dominar el mundo, sino un pueblo menor, eternamente menor, presa de un devenir–revolucionario. Tal vez sólo exista en los átomos del escritor, pueblo bastardo, inferior, dominado, en perpetuo devenir, siempre inacabado. Un pueblo en el que bastardo ya no designa un estado familiar, sino el proceso o la deriva de las razas. Soy un animal, un negro de raza inferior desde siempre. Es el devenir del escritor. Kafka para Centroeuropa, Melville para América del Norte presentan la literatura como la enunciación colectiva de un pueblo menor, o de todos los pueblos menores, que sólo encuentran su expresión en y a través del escritor.9 Pese a que siempre remite a agentes singulares, la literatura es disposición colectiva de enunciación. La literatura es delirio, pero el delirio no es asunto del padre–madre: no hay delirio que no pase por los pueblos, las razas y las tribus, y que no asedie a la historia universal. Todo delirio es histórico–mundial, «desplazamiento de razas y de continentes». La literatura es delirio, y en este sentido vive su destino entre dos polos del delirio. El delirio es una enfermedad, la enfermedad por antonomasia, cada vez que erige una raza supuestamente pura y dominante. Pero es el modelo de salud cuando invoca esa raza bastarda oprimida que se agita sin cesar bajo las dominaciones, que resiste a todo lo que la aplasta o la aprisiona, y se perfila en la literatura como proceso. Una vez más así, un estado enfermizo corre el peligro de interrumpir el proceso o devenir; y nos encontramos con la misma ambigüedad que en el caso de la salud y el atletismo, el peligro constante de que un delirio de dominación se mezcle con el delirio bastardo, y acabe arrastrando a la literatura hacia un fascismo larvado, la enfermedad contra la que está luchando, aun a costa de diagnosticarla dentro de sí misma y de luchar contra sí misma. Objetivo último de la literatura: poner de manifiesto en el delirio esta creación de una salud, o esta invención de un pueblo, es decir una posibilidad de vida. Escribir por ese pueblo que falta.

Critica y clínica.

Crueldad: pedagogías y contra-pedagogías

Por Rita Segato

Llamo pedagogías de la crueldad a todos los actos y prácticas que enseñan, habitúan y programan a los sujetos a transmutar lo vivo y su vitalidad en cosas. En ese sentido, esta pedagogía enseña algo que va mucho más allá del matar, enseña a matar de una muerte desritualizada, de una muerte que deja apenas residuos en el lugar del difunto. La trata y la explotación sexual como practicadas en los días de hoy son los más perfectos ejemplos y, al mismo tiempo, alegorías de lo que quiero decir con pedagogía de la crueldad. Es posible que eso explique el hecho de que toda empresa extractivista que se establece en los campos y pequeños pueblos de América Latina para producir commodities destinadas al mercado global, al instalarse trae consigo o es, inclusive, precedida por burdeles y el cuerpo-cosa de las mujeres que allí se ofrecen.

Cuando hablo de una pedagogía de la crueldad me refiero a algo muy preciso, como es la captura de algo que fluía errante e imprevisible, como es la vida, para instalar allí la inercia y la esterilidad de la cosa, mensurable, vendible, comprable y obsolescente, como conviene al consumo en esta fase apocalíptica del capital. El ataque sexual y la explotación sexual de las mujeres son hoy actos de rapiña y consumición del cuerpo que  constituyen el lenguaje más preciso con que la cosificación de la vida se expresa. Sus deyectos no van a cementerios, van a basurales.

La repetición de la violencia produce un efecto de normalización de un paisaje de crueldad y, con esto, promueve en la gente los bajos umbrales de empatía indispensables para la empresa predadora. La crueldad habitual es directamente proporcional a formas de gozo narcísico y consumista, y al aislamiento de los ciudadanos mediante su desensitización al sufrimiento de los otros. Un proyecto histórico dirigido por la meta del vínculo como realización de la felicidad muta hacia un proyecto histórico dirigido por la meta de las cosas como forma de satisfacción[1].

La sujeción de las personas a la condición de mercancía impuesta a las mayorías por el carácter precario del empleo y del salario, así como el retorno y expansión del trabajo servil, semi-esclavo y esclavo, también son parte de lo mismo. La predación de territorios que hasta hace poco permanecían como espacios de arraigo comunal, y de paisajes como inscripciones de la historia, es decir, como libros de historia, para su conversión en commodities por la explotación extractivista en las minas y el agro-negocio son facetas de esa cosificación de la vitalidad pachamámica. Incluyo aquí también la alienación, robo o cancelación de la fluencia del tiempo vital, encuadrado ahora, encarcelado, por los preceptos del capital -competitividad, productividad, cálculo de costo/beneficio, acumulación, concentración-, que confiscan la fluencia que llamamos “tiempo” en la que toda vitalidad está inmersa. La pedagogía de la crueldad es, entonces, la que nos habitúa a esa disecación de lo vivo y lo vital, y parece ser el camino inescapable de la modernidad, su último destino.

El paradigma de explotación actual supone una variedad enorme de formas de desprotección y precariedad de la vida, y esta modalidad de explotación depende de un principio de crueldad consistente en la disminución de la empatía de los sujetos. Como he afirmado en otras oportunidades[2], el capital hoy depende de que seamos capaces de acostumbrarnos al espectáculo de la crueldad en un sentido muy preciso: que naturalicemos la expropiación de vida, la predación, es decir, que no tengamos receptores para el acto comunicativo de quien es capturado por el proceso de consumición. Expropiar el aliento vital pasa a ser visto como un mero trámite que no comporta dolor, que no puede comunicarse, un acto maquinal, como cualquier consumición. Es por eso que podemos decir que la estructura de personalidad de tipo psicopático, no vincular, defectiva en lo que respecta a emociones y sentimientos, es la personalidad modal de nuestra época por su funcionalidad a la fase actual extrema del proyecto histórico del capital: la relación entre personas vaciada y transformada en una relación entre funciones, utilidades e intereses.

Es muy difícil encontrar las palabras adecuadas para describir lo que no es nada, la nada marmórea restante del proceso de consumición y obsolescencia en que se ha transformado la vida en los centros de la modernidad. ¿Acaso no percibimos que todas las obras de la más nueva tecnología inician su proceso de degradación apenas erigidas? ¿No es éste, entonces, un ambiente mortuorio, de decadencia acelerada?

Naturalmente, las relaciones de género y el patriarcado juegan un papel relevante como escena prototípica de este tiempo. La masculinidad está más disponible para la crueldad porque la socialización y entrenamiento para la vida del sujeto que deberá cargar el fardo de la masculinidad lo obliga a desarrollar una afinidad significativa -en una escala de tiempo de gran profundidad histórica- entre masculinidad y guerra, entre masculinidad y crueldad, entre masculinidad y distanciamiento, entre masculinidad y baja empatía. Las mujeres somos empujadas al papel de objeto, disponible y desechable, ya que la organización corporativa de la masculinidad conduce a los hombres a la obediencia incondicional hacia sus pares –y también opresores-, y encuentra en aquéllas las víctimas a mano para dar paso a la cadena ejemplarizante de mandos y expropiaciones.

En este sentido, es muy importante no guetificar la cuestión de género. Esto quiere decir, no considerarla nunca fuera del contexto más amplio, no verla exclusivamente como una cuestión de la relación entre hombres y mujeres, sino como el modo en que esas relaciones se producen en el contexto de sus circunstancias históricas. No guetificar la violencia de género también quiere decir que su carácter enigmático se esfuma y la violencia deja de ser un misterio cuando ella se ilumina desde la actualidad del mundo en que vivimos.

El hombre campesino-indígena a lo largo de la historia colonial de nuestro continente, así como el de las masas urbanas de trabajadores precarizados, se ven emasculados como efecto de su subordinación a la regla del blanco, el primero, y del patrón, el segundo -patrón blanco o blanqueado de nuestras costas. Ambos se redimen de esta emasculación, de esta vulneración de su condición social, laboral, incompatible con las exigencias de su género mediante la violencia. Ante el avance de la pedagogía de las cosas, como también podríamos llamarle a la pedagogía de la crueldad, el hombre indígena se transforma en el colonizador dentro de casa, y el hombre de la masa urbana se convierte en el patrón dentro de casa. En otras palabras, el hombre del hogar indígena-campesino se convierte en el representante de la presión colonizadora y despojadora puertas adentro, y el hombre de las masas trabajadoras y de los empleos precarios se convierte en el agente de la presión productivista, competitiva y operadora del descarte puertas adentro.

A esto se le agrega la expansión  de los escenarios de las nuevas formas de la guerra en América latina, con la proliferación del control mafioso de la economía, la política y de amplios sectores de la sociedad. La regla violenta de las pandillas, maras, sicariatos y todos los tipos corporaciones armadas que actúan en una esfera de control de la vida que he caracterizado como para-estatal atraviesa e interviene el ámbito de los vínculos domésticos de género, introduce el orden violento circundante dentro de casa. Es imposible hoy abordar el problema de la violencia de género y la letalidad en aumento de las mujeres como si fuera un tema separado de la situación de intemperie de la vida, con la suspensión de las normativas que dan previsibilidad y amparo a las gentes dentro de una gramática compartida.

Al hablar de la pedagogía de la crueldad no podemos olvidarnos de mencionar a los medios masivos de información, con su lección de rapiña, escarnio y ataque a la dignidad ejercitadas sobre el cuerpo de las mujeres. Existe un vínculo estrecho, una identidad común, entre el sujeto que golpea y mata a una mujer y el lente televisivo. También forma parte de ese daño la victimización de las mujeres a manos de los feminicidas como espectáculo televisivo de fin de tarde o de domingos después de misa. Los medios nos deben una explicación sobre por qué no es posible retirar a la mujer de ese lugar de víctima sacrificial, expuesta a la rapiña en su casa, en la calle y en la sala de televisión de cada hogar, donde cada una de estos feminicidios es reproducido hasta el hartazgo en sus detalles mórbidos por una agenda periodística que se ha vuelto ya indefendible e insostenible.

A partir de lo dicho, ¿cómo entonces concebir y diseñar contra-pedagogías capaces de rescatar una sensibilidad y vincularidad que puedan oponerse a las presiones de la época y, sobre todo, que permitan visualizar caminos alternativos?  Son cuatro los temas que vinculo a la posibilidad de instalar en el mundo esas contra-pedagogías. Me referiré a ellos de forma muy sucinta y aforística, más que nada como una convocatoria para juntar esfuerzos y seguir debatiendo. El texto de las clases podrá dar pistas para entender mejor lo que propongo.

  1. La contra-pedagogía de la crueldad tendrá que ser una contra-pedagogía del poder y, por lo tanto, una contra-pedagogía del patriarcado, porque ella se contrapone a los elementos distintivos del orden patriarcal: mandato de masculinidad, corporativismo masculino, baja empatía, crueldad, insensibilidad, burocratismo, distanciamiento, tecnocracia, formalidad, universalidad, desarraigo, desensitización, limitada vincularidad. El patriarcado, como he afirmado anteriormente[3], es la primera pedagogía de poder y expropiación de valor, tanto en una escala filogenética como ontogenética: es la primera lección de jerarquía, aunque la estructura de esa jerarquía haya ido mutando en la historia[4].
  1. La experiencia histórica de las mujeres podrá sentar el ejemplo de otra forma de pensar y actuar colectivamente. Una politicidad en clave femenina es –no por esencia sino por experiencia histórica acumulada[5]-, en primer lugar una política del arraigo espacial y comunitario; no es utópica sino tópica; pragmática y orientada por las contingencias y no principista en su moralidad; próxima y no burocrática; investida en el proceso más que en el producto; y sobre todo solucionadora de problemas y preservadora de la vida en el cotidiano.
  1. Las mujeres hemos identificado nuestro propio sufrimiento y hablamos de él. Los hombres no han podido hacerlo. Una de las claves del cambio será hablar entre todos de la victimización de los hombres por el mandato de masculinidad y por la nefasta estructura corporativa de la fratria masculina. Existe violencia de género intra-género, y la primera víctima del mandato de masculinidad son los hombres: obligados a curvarse al pacto corporativo y a obedecer sus reglas y jerarquías desde que ingresan a la vida en sociedad. Es la familia la que los prepara para esto. La iniciación a la masculinidad es un tránsito violentísimo. Esa violencia va más tarde reverter al mundo. Muchos hombres hoy se están retirando del pacto corporativo, marcando un camino que va a transformar la sociedad. Lo hacen por sí, en primer lugar. No por nosotras. Y así debe ser.
  1. De una forma esquemática es posible decir que existen dos proyectos históricos en curso en el planeta, orientados por concepciones divergentes de bienestar y felicidad: el proyecto histórico de las cosas y el proyecto histórico de los vínculos, dirigidos a metas de satisfacción distintas, en tensión, y en última instancia incompatibles. El proyecto histórico centrado en las cosas como meta de satisfacción es funcional al capital y produce individuos, que a su vez se transformarán en cosas. El proyecto histórico de los vínculos insta a la reciprocidad, que produce comunidad. Aunque vivamos inevitablemente de forma anfibia, con un pie en cada camino, una contra-pedagogía de la crueldad trabaja la consciencia de que solamente un mundo vincular y comunitario pone límites a la cosificación de la vida.

[1] Para una extensión sobre el tema, ver “La pedagogía de la crueldad”, entrevista que di a Verónica Gago  publicada en  Las 12, Página 12, Buenos Aires, 29 de mayo de 2015

[2] “Patriarcado: del borde al centro. Disciplinamiento, territorialidad y crueldad en la fase apocalíptica del capital”en La Guerra contra las mujeres. Madrid: Traficantes de Sueños, 2016

[3] Ver Las estructuras elementales de la violencia Buenos Aires: Prometeo, 2003 y 2013.

[4] Ver La Crítica de la Colonialidad en Ocho Ensayos y una Antropología por Demanda, Buenos Aires: Prometeo, 2015

[5] Ver “Manifesto in Four Themes” in  Critical Times 1/1, 2018 (de próxima aparición)

Este texto forma parte del nuevo libro de Rita Segato, que será presentado en la Feria del Libro de Buenos Aires el día 6 de mayo a las 16hs.

Silvia Rivera Cusicanqui: Nuestra visión antropocéntrica y soberbia recibió un golpe bien dado

La intelectual dice que este golpe ha sido oportuno y que no será el último que reciba la humanidad. Rescata la valoración de lo local, como por ejemplo, los alimentos producidos en el entorno.

La pandemia está siendo un caudal de reflexiones y análisis políticos, filosóficos y sociológicos. Hay lecturas apocalípticas, otras de esperanza; algunas resaltan una crisis civilizatoria, otras avizoran un nuevo orden. Entre ellas, Silvia Rivera Cusicanqui -historiadora y socióloga boliviana- se inclina por ver una oportunidad para descongestionar la enorme presión que ejerce la humanidad sobre el planeta y advertir que esta (la pandemia) es una advertencia que recibe el hombre contemporáneo por su explotación salvaje de la naturaleza. Aunque es escéptica de que la sociedad global sea capaz de aprovechar la desaceleración del mundo para dar un respiro al medioambiente e incorporar formas más amigables de consumo, opina que este periodo de crisis sanitaria está dejando lecciones y prácticas importantes de consumo local y creación de redes.

La pensadora ha dejado por largos meses la actividad de análisis, debate y discusión que ha sido esencia de su vida desde hace años y sostiene que se ha volcado a lo práctico y cotidiano de manera silente y automática.

Silvia está refaccionando su casa. Su refugio de Sopocachi, donde nos recibe con el sombrero y las trenzas que la acompañan desde hace décadas, es transitado activamente por obreros que acarrean materiales de construcción.

Ha aceptado el encuentro a regañadientes, en medio de sus quehaceres. Hay temas, como la política, de los que no quiere hablar y lo dice claramente. “Es un momento para pensar, no estoy lista para opinar”.

Cuando la llamo para pedirle una entrevista, lo primero que pregunta es sobre qué tema e, impaciente, antes de que termine de explicarle, responde: “bueno, te espero mañana a las once”.

Así es que, luego de pasar entre los muebles amontonados por el arreglo y ser inspeccionada celosamente por la perra guardiana que la tutela, nos sentamos a charlar.

Dice que a una generación cada siglo, o más, le toca vivir una pandemia, ¿qué lecciones trae un episodio de este tipo en un mundo que se creía superpoderoso?

Nunca hemos vivido una situación así. Una vez por siglo se dan estas pandemias y esta generación no había vivido nada parecido. Es un evento único, que se ha agudizado por la globalización.

Sin embargo, algunos historiadores dicen que la globalización no hace más grave la pandemia pues siempre ha sido un fenómeno expansivo…

No es así porque nunca ha estado tan interconectada la humanidad. Hace un siglo, los viajes eran en barco, había mucho menos contagio entre diferentes países. De América a China se tardaba varios meses. Esta es la primera vez que se da una situación tan grave. La famosa peste negra que ha matado a millones de personas, afectó principalmente a Europa, porque el resto del mundo no estaba conectado. Esta es la única vez, la primera, pero no va a ser la última de un fenómeno auténticamente global. Ninguna generación anterior ha vivido lo que nosotros hemos vivido: que se pare el mundo.

¿Qué ha representado esta parálisis?

Tiene sus ventajas eso de que se pare el mundo. Inmediatamente han empezado a sentirse ciertos efectos al rebajar la presión sobre el clima: hemos empezado a darnos cuenta del nivel de destrucción que ha ocasionado el capitalismo al planeta. Por otro lado, sería muy difícil que se pare el mundo bajo otro tipo de presiones o causas; digamos que haya un día mundial del peatón… nadie lo va a cumplir. En cambio ahora sí, efectivamente dejaron de haber vuelos y bajó impresionantemente el nivel de contaminación. Se paró el mundo también en cuanto al hiperconsumo y el consumo a larga distancia. Ya no había caso de traer de lejos las cosas; tocaba consumir lo local. Todas estas cosas son muy buenas si uno las piensa desde el punto de vista de alternativas a esta sociedad, una sociedad que está camino al desastre ecológico. Sin embargo, no hemos tenido la madurez necesaria para leer esta situación y sus consecuencias. A pesar de que hay toda una propuesta a nivel de América Latina, de pensadores como Maristella Svampa y varias otras personalidades, cientistas sociales, ecologistas, etc., en sentido de aprovechar que se ha parado el mundo para seguir bajando la circulación de bienes y vehículos, y evitar volver al ritmo de contaminación previo para dar prioridad a la soberanía alimentaria; nada de eso se ha podido impulsar, no hay condiciones. Más bien por el contrario, con el tema de la recuperación económica se quiere dar más impulso a los transgénicos, exportar soya, o sea intensificar la presión medioambiental. No hemos aprendido la lección y van a tener que venir un par más de golpes de este estilo para que entendamos. Una pandemia es una situación provocada por el ser humano.

¿Cómo será el mundo pospandemia?, ¿habrá un mundo nuevo, volveremos a ser lo que éramos o peor de lo que éramos?

La gente tiene un poco más de sabiduría que los Estados. Va a ser el Gobierno quien so pretexto de la reactivación económica, va a volver a emprenderla con el extractivismo. Espero que no sean esos megaproyectos megalómanos que tanto le gustaban a García Linera, que quería que todo sea en grande: grandes fábricas, hidroeléctricas, la carretera al Tipnis, todo eso. Ya se ha visto el fracaso que esto representa. Yo creo que el Gobierno, probablemente por falta de recursos y porque hay cosas más urgentes como es que la gente se alimente, no va a entrar en esos megaproyectos tan escandalosamente agresivos del pasado. Pero, sí creo que se va a alentar la expansión de la frontera agrícola en el oriente, ese va a ser un problema serio. Ahora ya hay sequía, por ejemplo, y nadie habla de eso. Yo prendo la radio y espero a ver si alguna autoridad dice algo y no: nadie dice nada, a nadie le importa. Seguimos en la inconsciencia más absoluta sobre qué es lo que nos ha pasado.

Hay visiones encontradas sobre lo que nos ha dejado esta pandemia: solidaridad, cooperación; pero también individualismo, egoísmo, discriminación. ¿Usted se queda con el lado bueno o con el lado oscuro de este periodo?

Hay de las dos cosas. No es blanco o negro. No somos un ejemplo de gente solidaria, tampoco somos unos monstruos de egoísmo y nomeimportismo. Acá hay más solidaridad que en otros países, hay más conciencia del autocuidado. Mi balance a nivel social es que quizás hemos valorado mejor las cosas más elementales de la vida como es no tener agua, no tener a nadie con nosotros, etc. Son cosas que hemos valorado porque no podíamos salir a consumir espectáculos, no podíamos viajar, interactuar, etc. Hemos empezado a valorar cosas más sencillas.

Nos hemos vuelto manipulables. Ese hombre moderno que se creía superpoderoso y dueño de su destino, se ha visto de pronto sin un presente ni un futuro, totalmente dependiente de las decisiones de otros, ¿qué huella dejará esto en la psique colectiva?

Es una lección contra la soberbia. Justamente esa percepción de que la ciencia lo puede todo, el ser humano es capaz de todo, esa visión tan antropocéntrica, tan soberbia, ha recibido un golpe bien dado y oportuno. Se ha visto impotente frente a un bichito insignificante y ha tardado tanto en entenderlo… tanto que cuando finalmente empieza a haber diferentes vacunas, empieza a haber mutaciones del virus. La ciencia ha demostrado estar en pañales porque no es holística, no entiende qué conexión tiene el bicho, por ejemplo, con la deforestación; cree que es un problema de ponerle un veneno al bicho, de vacunar el cuerpo contra el bicho, pero no, ¿cómo haces que no se sigan produciendo las causas para su origen? Tendrías que parar la deforestación y hacer cambios serios: en el consumo, manejo de residuos, etc. Y eso no lo vamos a hacer.

Y en cuanto a lo político social, según el historiador Yuval Noah Harari, el control y el autoritarismo que se ha erigido puede convertir a la pandemia en el origen del peor sistema totalitario de la historia, ¿qué opina?

En los primeros momentos de la pandemia parecíamos un país ocupado por fuerzas armadas, y lo más increíble es que era un golpe de Estado que estaba aconteciendo en todo el mundo al mismo tiempo; no había un signo de izquierda ni de derecha. Es como ha dicho Foucault: una peste da lugar a la sociedad de control perfecta, el ideal de los totalitarios, de los que han diseñado la noción de panóptico. Una situación de pandemia es el ideal del control social. Sin embargo, a pesar de todo, se ha visto también una cierta desobediencia civil, sana, no paranoica. Pero, lastimosamente eso no va a seguir, es momentáneo.

Pero, ¿eso de que nos vigilen desde el celular, el uso de la tecnología para controlar a la población, ha llegado para quedarse en nuestra sociedad?

Sí, pero siempre ha sido así desde que existe el celular. El celular es el Gran Hermano y lo tienes en el bolsillo hace años. A pesar de ello y mucho más, la gente no va a renunciar a la tecnología por nada del mundo, no puede prescindir de su celular. Antes y después de la pandemia estamos en una sociedad de control.

En medio de la pandemia también se han detonado expresiones de racismo, de discriminación entre seres humanos. ¿Será esto reversible o hemos involucionado en estos aspectos?

Hay en general más desconfianza del otro, sea o no racial. El problema es con el “otro” en general y ese otro puede ser el vecino, puede ser el extranjero… Además, hay en general una retracción de la necesidad de comunicarse con otros. Nuestras capacidades comunicativas se han estrechado mucho y estamos prácticamente encuevados.

¿Cuál cree que sea la marca que distinga a esta generación de la pandemia?

Yo creo que nos va a dejar la capacidad de pensar en chiquito: pensar en las cosas más elementales, pensar en espacios pequeños de sociabilidad, reconstruir tejidos cercanos, actividades relativamente reducidas de bajo perfil, pensar en un mundo más local, con redes humanas solidarias, no necesariamente electrónicas. Y el tema del autoabastecimiento. El hecho de consumir lo que se produce alrededor nuestro. Eso hace bien: hemos dejado de comer tomates peruanos, paltas peruanas para empezar a producir nuestros alimentos. El aumento de la agricultura urbana es un buen legado de la pandemia.

Pero, por otro lado, la solución a la pandemia viene por el lado del multilateralismo: la vacuna por ejemplo.

Obviamente, esta pandemia no va a ser solucionada en términos de cada país. Aunque claro, ahí las que van a ganar son las grandes empresas farmacéuticas, que siempre han metido la mano en este tipo de conflictos. Ya sea por la vía de las vacunas o de los pesticidas, las transnacionales han sido las que han desarrollado con más fuerza sus tentáculos para ocupar todos los monopolios en el mundo y esta vez también nos van a apretar, nos vamos a volver dependientes de las vacunas. Además, siempre están corriendo detrás de la liebre: esta pandemia se les ha adelantado kilómetros y ellos recién están sacando la vacuna.

La pandemia también ha servido para consolidar liderazgos políticos divisorios, de izquierda y de derecha, que dan alas a teorías conspirativas o niegan la pandemia. Se ha consolidado una sociedad donde nadie cree en nadie, donde no se confía sino en los que piensan como uno, ¿será eso posible de revertir?

No creo. El mundo polarizado es una realidad. En nuestro país se está haciendo competencia de quién lo hizo mejor, si Arce o Añez y es evidente que hay mejores condiciones para Arce. Sin embargo, yo creo que no se ha terminado de reconocer el desastre que quedó del sistema de salud del MAS. Hasta ahora no se ha terminado de asumir los impactos de la pandemia y la política del parche parece que está por seguir y la idea de que vamos a vivir de los bonos. Las respuestas siguen siendo improvisadas, fáciles.

¿Qué de las teorías conspirativas que han proliferado en estos tiempos? En las pandemias que azotaron al mundo en siglos pasados, se atribuía todo a la voluntad de los dioses o de fuerzas superiores; en este siglo, se cree en las teorías de la conspiración y en las fake news, ¿a qué obedece esto?

Se cree que se ha lanzado el virus desde un laboratorio, pero no es así. No se puede hablar de un solo tipo de virus sino de todo un fenómeno que genera el ser humano. Un ser humano que quiere cambiar la reproducción de la naturaleza produciendo una serie de seres híbridos, creando condiciones para que se escape un virus. La visión de la ciencia occidental es analítica: todo lo despedaza para verlo descontextualizado. Hay que entender que el virus está conectado con más de un siglo de destrucción de la naturaleza y si no se revierte eso va a seguir habiendo este tipo de amenazas.

¿Qué lectura tiene del país después de una crisis postelectoral en 2019, una pandemia y nuevas elecciones?

No voy a hablar de eso. No estoy lista para opinar.

Fuente: https://www.paginasiete.bo/nacional/2020/12/27/silvia-rivera-nuestra-vision-antropocentrica-soberbia-recibio-un-golpe-bien-dado-279258.html

Políticas anticapitalistas en tiempos de COVID-19

Cuarenta años de neoliberalismo en toda Norteamérica, Sudamérica y Europa han dejado lo público completamente expuesto y sin preparación para enfrentarse a una crisis de salud pública de esta clase

David Harvey (Jacobin)

Cuando trato de interpretar, entender y analizar el flujo diario de noticias, tiendo a situar lo que está ocurriendo en un contexto que abarca dos modelos, distintos pero entrecruzados, de cómo funciona el capitalismo. El primero es la cartografía de las contradicciones internas de la circulación y la acumulación de capital, producidas por los desplazamientos del valor monetario en su búsqueda de beneficio a través de los distintos “momentos” (como Marx los llama) de la producción, realización (consumo), distribución y reinversión. Este es un modelo de la economía capitalista como espiral de crecimiento y expansión sin fin. La cuestión se complica bastante cuando se tienen en cuenta, por ejemplo, rivalidades geopolíticas, desarrollos geográficamente desiguales, instituciones financieras, políticas estatales, reconfiguraciones tecnológicas y la red, en constante cambio, de las divisiones del trabajo y las relaciones sociales.

En cualquier caso, imagino este modelo como integrado en un contexto más amplio de reproducción social (en hogares y comunidades), en una relación metabólica en curso y en perpetua evolución con la naturaleza (incluyendo la “segunda naturaleza” que es la urbanización y el entorno urbanizado) y en toda clase de articulaciones sociales contingentes, culturales, científicas (basadas en el conocimiento) o religiosas que las poblaciones humanas han creado en todo lugar y en todo momento. Estos “momentos” posteriores incorporan la expresión activa de las necesidades y los deseos humanos, el ansia de sabiduría y de significado y la búsqueda cambiante de realización en contra de un entorno hostil de medidas institucionales inestables, disputas políticas, confrontaciones ideológicas, pérdidas, derrotas, frustraciones y alienaciones. Todo ello funcionando en un mundo marcadamente diverso geográfica, cultural, social y políticamente. Este segundo modelo constituye, por así decirlo, mi comprensión actual del capitalismo global como una formación social específica; mientras que el primero habla sobre las contradicciones dentro del motor económico que impulsa esta formación social a lo largo de ciertos itinerarios de su evolución histórica y geográfica.

Cayendo en picado

Cuando el 26 de enero de 2020 leí por primera vez sobre un coronavirusque ganaba terreno en China, enseguida pensé en las repercusiones para las dinámicas globales de la acumulación de capital. Sabía por mis estudios del modelo económico que las obstrucciones e interrupciones en la continuidad del flujo de capital resultarían en devaluaciones, y que si las devaluaciones se volvían más extensas y profundas eso indicaría el comienzo de una serie de crisis. Era también muy consciente de que China es la segunda economía más grande del mundo y que rescató eficazmente al capitalismo global en el periodo posterior a 2007- 2008, de forma que cualquier golpe a la economía china estaba ligado a serias consecuencias para la economía global, que estaba ya, en cualquier caso, en una condición lamentable. Me parecía que el modelo existente de acumulación de capital estaba, de por sí, en grandes problemas. Estaban aconteciendo protestas prácticamente en todas partes (de Santiago a Beirut), muchas de las cuales se centraban en el hecho de que el modelo económico dominante no estaba funcionando bien para el grueso de la población. Dicho modelo neoliberal es cada vez más dependiente del capital ficticio y de una vasta expansión de la oferta de dinero y de la creación de deuda; y se está enfrentando al problema de una demanda efectiva insuficiente para realizar los valores que el capital es capaz de producir. Así que, ¿cómo hará el modelo económico dominante, con su debilitada legitimidad y su delicada salud, para absorber y sobrevivir a los inevitables impactos de lo que podría convertirse en una pandemia? La respuesta depende en gran medida de cuánto dure y se extienda la interrupción, ya que, como Marx señaló, la devaluación no ocurre porque las mercancías no puedan ser vendidas, sino porque no puedan ser vendidas a tiempo.

Desde hace tiempo vengo rechazando la idea de “naturaleza” como algo ajeno e independiente de la cultura, la economía y la vida diaria; mi punto de vista sobre la relación metabólica con la naturaleza es más relacional y dialéctico. El capital modifica las condiciones medioambientales de su propia reproducción, pero lo hace en un contexto de consecuencias no deseadas (como el cambio climático) y sobre una base de fuerzas evolutivas autónomas e independientes que están constantemente reconfigurando tales condiciones medioambientales. Desde este punto de vista no hay algo así como un desastre completamente natural. Por supuesto que los virus mutan continuamente, pero las circunstancias en que una mutación se vuelve una amenaza letal para la vida dependen de las acciones humanas.

Hay dos elementos importantes en esto. Primero, las condiciones ambientales favorables aumentan la probabilidad de mutaciones vigorosas; es plausible, por ejemplo, esperar que los sistemas intensivos o erráticos de suministro de alimentos en los climas subtropicales contribuyan a esto. Dichos sistemas existen en muchos lugares, incluido el sudeste asiático y China al sur del Yangtsé. Y segundo, las condiciones que favorecen la rápida transmisión a través de los cuerpos de los huéspedes varían enormemente, siendo las poblaciones humanas de alta densidad vistas como un blanco fácil. Es bien sabido que las epidemias de sarampión, por ejemplo, solo florecen en grandes centros urbanos mientras que mueren rápidamente en regiones escasamente pobladas. Cómo interactúan los seres humanos entre ellos, cómo se mueven, se autodisciplinan o se olvidan de lavarse las manos afecta a la forma que tiene la enfermedad de transmitirse. En años recientes tanto el SARS como la gripe aviar y la porcina parecen haber surgido de China o el sudeste asiático; la propia China sufrió el año pasado una devastadora peste porcina, la cual implicó la matanza masiva de cerdos y el aumento de los precios de la carne de cerdo. No digo todo esto para acusar a China, hay muchísimos lugares con altos niveles de riesgo ambiental en cuanto a que ocurran mutaciones y a que se facilite la dispersión de los virus: posiblemente la gripe española de 1918 proviniese de Kansas, África dio origen al virus del Nilo Occidental y al ébola y quizás incubase el VIH/SIDA, mientras que el dengue parece prosperar en Latinoamérica. Pero los impactos económicos y demográficos que produce la propagación del virus dependen de grietas y vulnerabilidades preexistentes en el modelo económico hegemónico.

No me sorprendió excesivamente que el COVID-19 hubiese sido encontrado en Wuhan (aunque se desconoce dónde se originó). Inequívocamente los efectos locales serían significativos y, dado que este es un importante centro de producción, seguramente se darían repercusiones económicas globales (aunque no tenía ni idea de su magnitud). La gran pregunta era cómo podría darse el contagio y la propagación, y cuánto duraría (hasta que se encontrase una vacuna). Experiencias anteriores nos han mostrado que una de las contrapartidas de la creciente globalización es la imposibilidad de detener la rápida difusión internacional de nuevas enfermedades. Vivimos en un mundo altamente interconectado donde prácticamente todo el mundo viaja, las redes humanas de potencial propagación son extensas y están abiertas. El peligro (económico y demográfico) sería que la interrupción durase un año o más.

A pesar de que hubo una recesión inmediata en los mercados de valores de todo el mundo cuando se conoció la noticia original, sorprendentemente fue seguida de algo más de un mes en el que los mercados alcanzaron nuevas máximas, lo cual parecía indicar que los negocios seguían transcurriendo con normalidad en todas partes menos en China. La creencia era que se iba a repetir lo que ocurrió con el SARS, que fue contenido bastante rápido y tuvo una escasa repercusión global, a pesar de su alta tasa de mortalidad, causando a los mercados financieros un ataque de pánico (en retrospectiva) innecesario. Cuando apareció el COVID-19 la reacción mayoritaria fue tildarlo de repetición del SARS, entendiendo que el pánico era superfluo. El hecho de que la epidemia se desatara en China, que se movió rápida e implacablemente para contener sus efectos, también llevó al resto del mundo a tratar erróneamente el problema como algo que está sucediendo “allí” y, por lo tanto, fuera de la vista y de la mente (algo, además, acompañado de algunas problemáticas muestras de xenofobia hacia los chinos en ciertas partes del mundo). El pico que el virus causó en la, de otra manera, triunfante historia del crecimiento chino fue incluso recibido con alegría en ciertos círculos de la administración Trump.

Sin embargo, comenzaron a circular las noticias de la interrupción de las cadenas globales de producción que pasaban por Wuhan, lo cual fue largamente ignorado o simplemente considerado como problemas de algunas cadenas de producción o corporaciones particulares (como Apple). Las devaluaciones eran locales y concretas y no sistémicas. Se restó importancia a los indicios de que estaba cayendo la demanda de los consumidores, incluso cuando corporaciones que tenían una ingente actividad en el mercado chino, como McDonald’s y Starbucks, tuvieron que cerrar sus puertas por un tiempo. El solapamiento del Año Nuevo chino con el estallido del virus ocultó su impacto durante enero. La complacencia ante esta reacción estaba completamente fuera de lugar.

Las primeras noticias sobre la propagación internacional del virus eran episódicas y ocasionales, con un brote serio en Corea del Sur además de algunos otros focos de infección, como Irán. Fue el estallido italiano el que provocó la primera reacción violenta. El derrumbe bursátil que comenzó a mediados de febrero osciló un poco, pero para mediados de marzo ya había provocado una devaluación neta de casi el 30% en los mercados de valores de todo el mundo.

El escalado exponencial de las infecciones suscitó una serie de reacciones en ocasiones derivadas del pánico y a menudo incoherentes: el presidente Trump realizó una imitación del rey Canuto en medio de una marea potencialmente creciente de enfermedad y muerte. Algunas de las respuestas han sido realmente extrañas, como hacer que la Reserva Federal bajase las tasas de interés frente a un virus, algo que resulta raro incluso cuando se reconoció que la táctica pretendía aliviar las consecuencias para los mercados más que detener el progreso del virus.

Las autoridades y los sistemas de salud públicos fueron sorprendidos en todas partes por una gran falta de personal. Cuarenta años de neoliberalismo en toda Norteamérica, Sudamérica y Europa habían dejado lo público completamente expuesto y sin preparación para enfrentarse a una crisis de salud pública de esta clase; a pesar de que los sustos anteriormente provocados por el SARS y el ébola dieron avisos más que suficientes, así como lecciones contundentes sobre lo que debía de hacerse. En muchos lugares del mundo supuestamente “civilizado”, los gobiernos locales y las autoridades regionales o estatales (que forman indefectiblemente la primera línea de defensa en este tipo de emergencias de seguridad y salud públicas) se han quedado sin fondos gracias a una política de austeridad diseñada para financiar subsidios y recortes de impuestos a las corporaciones y a los ricos.

A las grandes corporaciones farmacéuticas les interesa entre poco y nada la investigación altruista de las enfermedades infecciosas (como es el caso de la familia de los coronavirus, que se conoce perfectamente desde los años sesenta). Las grandes farmacéuticas raramente invierten en prevención y tienen escaso interés en invertir para la preparación ante una crisis de salud pública, ya que adoran diseñar curas. Cuanto más enfermos estemos más dinero ganan. La prevención no contribuye a la maximización del valor para los accionistas. El modelo empresarial aplicado a los servicios de salud pública acabó con las reservas de infraestructuras necesarias para afrontar una emergencia; la prevención ni siquiera era un campo lo suficientemente atractivo como para garantizar colaboraciones entre lo público y lo privado. El presidente Trump recortó el presupuesto de los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades y disolvió el grupo especializado en pandemias del Consejo de Seguridad Nacional, de la misma forma que les cerró el grifo a los fondos dedicados a la investigación, incluyendo la del cambio climático.

Si quisiera hablar de manera metafóricamente antropomórfica, diría que el COVID-19 es la venganza de la naturaleza por casi cuarenta años de flagrante y abusivo maltrato por parte del violento y desregulado extractivismo neoliberal.

Quizá sea sintomático que los países menos neoliberales (China, Corea del Sur, Taiwán y Singapur) hayan conseguido atravesar la pandemia en mejor forma que Italia, aunque Irán desmiente que este sea un principio universal. A pesar de que China manejó la crisis del SARS de forma más bien pésima, inicialmente ocultando y negando hechos, esta vez el presidente Xi ordenó rápidamente que hubiese transparencia tanto en las evaluaciones como en los informes, algo que también ha hecho Corea del Sur. Con todo, en China se perdió tiempo muy precioso, pues apenas unos días marcan completamente la diferencia. Sin embargo, lo más destacable de la gestión china fue el confinamiento de la epidemia en la provincia de Hubei, con Wuhan en el centro, gracias a ello la epidemia no llegó ni a Pekín, ni al este, ni tan siquiera más al sur. Las medidas tomadas para confinar el virus geográficamente fueron draconianas; casi imposibles de replicar en cualquier otro lugar debido a razones políticas, económicas y culturales. Los informes que vienen desde China sugieren que los tratamientos y las medidas tomadas no tuvieron en cuenta en ningún caso los cuidados, más aún, el nivel de vigilancia personal al que llegaron China y Singapur es claramente invasivo y autoritario. No obstante, tales medidas parecen haber sido extremadamente efectivas en conjunto, a pesar de que, si hubiesen sido puestas en marcha apenas unos días antes, se hubiesen evitado muchas muertes, según señalan algunos modelos. Esta información es importante: en cualquier proceso de crecimiento exponencial hay un punto de inflexión a partir del cual la masa en aumento se descontrola por completo (nótese aquí, una vez más, la importancia de la masa en relación al ritmo de crecimiento). El hecho de que Trump perdiese el tiempo durante semanas puede pagarse caro en vidas humanas.

Ahora, la economía está cayendo en picado, completamente fuera de control, tanto en China como más allá. Los trastornos en la cadena de valor de las corporaciones y de ciertos sectores se han revelado más sustanciales y sistémicos de lo que originalmente se pensaba. El efecto a largo plazo será el acortamiento o la diversificación de las cadenas de suministros a la vez que una búsqueda de nuevas formas de producción de menor intensidad laboral (con enormes consecuencias para el empleo) y una mayor dependencia en sistemas de producción administrados por inteligencias artificiales. La interrupción de las cadenas de producción acarrea el despido o cese de los trabajadores, lo que, al final, disminuye la demanda; mientras que la demanda de materias primas disminuye el consumo productivo. Estos impactos en la demanda habrían producido, por derecho propio, cuanto menos una recesión moderada.

Pero los mayores puntos débiles estaban en otra parte. Los modos de consumismo que explotaron tras 2007-2008, y que consistían en reducir el tiempo de rotación del consumo lo más cerca posible de cero, se han estrellado dejando consecuencias devastadoras. La avalancha de inversiones a dichos modos de consumismo tenía que ver con la maximización de la absorción de volúmenes exponencialmente crecientes de capital en formas de consumo que tuvieran los tiempos de rotación más cortos posibles. El ejemplo del turismo internacional es emblemático. Los viajes internacionales aumentaron de 800 a 1.400 millones entre 2010 y 2018; esta forma de consumismo instantáneo requiere de inversiones masivas en aeropuertos, aerolíneas, hoteles, restaurantes, parques temáticos, eventos culturales, etc. Este espacio de acumulación de capital está ahora paralizado: las aerolíneas cerca de la bancarrota, los hoteles vacíos; y en el sector de la hostelería es inminente el desempleo masivo, pues comer fuera no es una buena idea, los bares están cerrados en muchas localidades e incluso la comida para llevar parece arriesgada. El vasto ejército de trabajadores de la industria del espectáculo, o de cualquier otra basada en el trabajo precario, está siendo abandonado sin ningún medio de subsistencia aparente. Eventos como festivales culturales, torneos de fútbol y baloncesto, conciertos, convenciones empresariales y profesionales, e incluso reuniones políticas en torno a las elecciones no paran de ser cancelados. Estas formas de consumo de experiencias basadas en los eventos han sido clausuradas, los ingresos de los gobiernos locales se han estrellado y las universidades y las escuelas se están cerrando.

Gran parte del modelo más puntero de consumismo capitalista contemporáneo es directamente inservible en las condiciones actuales. Incluso fue frenado el impulso hacia lo que André Gorz llama “consumo compensatorio” (por el cual se supone que trabajadores alienados van a recuperar su espíritu gracias a un paquete de vacaciones en una isla tropical).

Pero las economías capitalistas contemporáneas están basadas en el consumo en un 70% o incluso en un 80%. La confianza del consumidor y el sentimentalismo se han convertido, a lo largo de los últimos 40 años, en la clave del flujo de la demanda efectiva, y el capital se ha orientado cada vez más a las demandas y necesidades personalizadas. Esta fuente de energía económica no ha sufrido grandes fluctuaciones, excepto por algunas excepciones como la erupción volcánica en Islandia, que bloqueó el tráfico aéreo transatlántico durante algunas semanas. Sin embargo, el COVID-19 está suponiendo no meramente una fluctuación salvaje, sino directamente una quiebra absoluta en el corazón de las formas de consumo dominantes en los países más prósperos. La forma helicoidal de la acumulación ilimitada de capital está colapsando hacia dentro en todo el planeta y la única manera de salvarlo sería que surgiese de la nada un consumismo masivo motivado y financiado por los gobiernos. Esto requeriría de la socialización de toda la economía en, por ejemplo, los EE.UU., sin que se la llamase socialismo.

La primera línea del frente

Existe el mito, muy conveniente, de que las enfermedades infecciosas no distinguen de clases o de otras diferencias y fronteras sociales. Como les ocurre a muchas de estas máximas, se puede encontrar una cierta verdad en ellas: en las epidemias de cólera del siglo XIX la transgresión de las barreras de clase fue lo suficientemente dramática como para dar lugar al nacimiento de la higiene pública y de los movimientos por la salud (que posteriormente se profesionalizaron) que alcanzan hasta nuestros días. Si este movimiento fue concebido para proteger a todo el mundo o únicamente a la clase alta no ha sido nunca realmente esclarecido. Sin embargo, hoy las diferencias de clase y los efectos e impactos sociales revelan una situación completamente distinta; las repercusiones económicas y sociales son filtradas a través de discriminaciones “habituales” evidentes en todas partes. Para empezar, la mano de obra que se espera se encargue de los números cada vez más altos de enfermos está, en la mayor parte del planeta, atravesada por el género, la raza y la etnia, lo cual imita las diferencias de clase en los empleados de, por ejemplo, aeropuertos, así como de otros sectores logísticos.

Esta “nueva clase trabajadora” es la primera línea del frente y soporta la carga de, o bien ser el sector de mayor riesgo, dentro de quienes trabajan, de contraer el virus a través de sus empleos, o bien ser despedidos sin recursos debido a los recortes económicos impuestos por el virus. Existe, por ejemplo, la cuestión de quién puede trabajar desde casa y quién no, lo cual, junto con la cuestión de quién puede permitirse el aislarse en su casa en caso de contacto o infección (con o sin salario), agudiza la división social. En el mismo sentido en que aprendí a llamar “terremotos de clase» (“class-quakes”) al terremoto de 1973 en Nicaragua y al de 1995 en México D.F., el desarrollo del COVID-19 muestra todos los elementos de una pandemia marcada por la clase, el género y la raza. Mientras que los esfuerzos por atenuar los daños se camuflan bajo la retórica del “estamos todos juntos en esto”, las prácticas, especialmente por parte de los gobiernos nacionales, indican motivaciones ocultas más siniestras. La clase obrera norteamericana contemporánea (compuesta principalmente por afroamericanxs, latinxsy mujeres asalariadas) se enfrenta a la difícil decisión de exponerse a la contaminación en nombre del cuidado y mantenimiento de los lugares de abastecimiento clave (como abrir las tiendas de alimentación) o al desempleo sin prestaciones (como una atención sanitaria adecuada). El personal asalariado (como yo) trabaja desde casa y sigue recibiendo su salario igual que antes, mientras que los CEO dan vueltas por ahí en helicópteros y jets privados.

Los trabajadores han sido socializados, en la mayor parte del mundo, para que se comporten como buenos sujetos neoliberales, lo cual significa culparse a sí mismos, o a Dios, si algo sale mal, pero nunca atreverse a sugerir que el problema puede ser el capitalismo. Pero incluso los buenos sujetos neoliberales pueden ver que hay algo defectuoso en cómo se está gestionando la pandemia.

La gran pregunta es: ¿cuánto durará esto? Podría ser más de un año; y cuanto más dure, más devaluación habrá, incluyendo la de la fuerza de trabajo. En ausencia de intervenciones estatales masivas, en contra del pensamiento neoliberal, las tasas de desempleo alcanzarán, casi con total seguridad, los niveles de la década de 1930. Hay múltiples ramificaciones de esto tanto para la economía como para la vida diaria, pero no todas ellas son malas. En la medida en la que el consumismo contemporáneo estaba convirtiéndose en excesivo, se encontraba al borde de lo que Marx describió como “sobreconsumo y consumo insensato, que llevados hasta lo monstruoso y lo extravagante producen la decadencia” de todo el sistema. La imprudencia de este sobreconsumo ha jugado un papel fundamental en la degradación del medio ambiente. La cancelación de vuelos y la disminución de todos los transportes y desplazamientos está teniendo consecuencias positivas al respecto de las emisiones de gases de efecto invernadero; la calidad del aire en Wuhan, y en muchas ciudades estadounidenses, ha mejorado enormemente; los lugares ecoturísticos tendrán algo de tiempo para recuperarse del atropello, y los cisnes han vuelto a los canales de Venecia. En la medida en que se reduzca el interés mismo por el imprudente y absurdo sobreconsumo, podría haber incluso beneficios a largo plazo, como por ejemplo que hubiese menos muertes en el monte Everest. Y, a pesar de que nadie lo dice en voz alta, el sesgo demográfico del virus puede acabar afectando a las pirámides de población con efectos a largo plazo en los costes de la Seguridad Social y en el futuro de la “industria de los cuidados”. La vida diaria será más lenta, lo cual será una bendición para cierta gente, y las medidas de distanciamiento social provocarán, si la emergencia dura lo suficiente, transformaciones culturales. La única forma de consumismo que será, casi con total seguridad, positiva es la que llamo economía de “Netflix”, que, en cualquier caso, satisface a los “espectadores compulsivos”.

En el frente económico, las respuestas han sido condicionadas por la forma de dejar atrás la crisis de 2007-2008, que implicó una política monetaria increíblemente débil unida a los rescates bancarios; todo ello complementado por un aumento dramático en el consumo productivo debido al aumento masivo de inversiones chinas en infraestructura. Esto último no puede repetirse a la escala a la que se requeriría. Los paquetes de rescate establecidos en 2008 se centraron en los bancos, pero también implicaron la nacionalización de facto de General Motors. Quizás sea significativo que, ante el descontento de los trabajadores y la caída de la demanda de mercado, estén cerrando, aunque sea temporalmente, las tres grandes compañías automotrices de Detroit.

Si China no puede repetir el papel que realizó en 2007-2008, entonces la carga de salir de la actual crisis económica recae sobre EE.UU.; y aquí está la ironía definitiva: las únicas medidas que funcionarán, tanto económica como políticamente, y que deberán ponerse en marcha bajo el mandato de Donald Trump (presumiblemente enmascaradas bajo el “Make America Great Again”), son bastante más socialistas que cualquier cosa que pudiese proponer Bernie Sanders.

Todos esos republicanos que se opusieron visceralmente al rescate de 2008 tendrán que asumir sus propios errores o desafiar a Donald Trump, quien, si es sabio, cancelará las elecciones excusándose en la emergencia y declarará una presidencia imperial para salvar al capital y al mundo de “disturbios y revoluciones”.


Este artículo fue publicado originalmente en Jacobin el 20 de marzo de 2020

David Harvey es un geógrafo y teórico social marxista británico. Es catedrático de Antropología y Geografía en la City University of New York y Miliband Fellow de la London School of Economics

Traducción de  Marco Silvano.

El ascenso del capitalismo en China

Por Au Loong-Yu

La fusión del Estado con los sectores dominantes de la economía ha alcanzado niveles sin precedentes. La consecuencia de esto es una gran desigualdad en el ingreso, lo que hace que China tenga un mercado doméstico muy estrecho en relación con sus capacidades productivas. Por lo tanto, debe primero inundar todo el mundo con sus mercancías, y luego exportar capital. 

Para contar la historia completa del conflicto entre China y Estados Unidos hay que empezar por el comienzo, es decir, por la naturaleza del ascenso de China al estatus de superpotencia.

La única forma en la que un país semicolonial, humillado e invadido en numerosas ocasiones por países imperialistas, pudo terminar con el trágico destino de su pueblo fue fortaleciendo la nación por medio de la modernización. Esto tomó parcialmente la forma de una política de autodefensa nacional.

Beijing ha recibido múltiples recordatorios de las ambiciones imperiales de EE. UU., incluso durante décadas recientes. En 1993, EE. UU. detuvo y requisó el buque chino The Galaxy en el Océano Índico. En 1999, la embajada china en Yugoslavia fue bombardeada por EE. UU. Hay aviones de combate que espían permanentemente la zona económica exclusiva de la Isla de Hainan, llegando a causar que un avión chino se estrelle contra el mar en 2001.

La amarga experiencia le enseñó a China que, si no quería ser acosada por el imperialismo estadounidense, debía ser al menos igual de fuerte y enérgica. En este sentido, su ascenso al estatus de potencia mundial estuvo motivado por la autodefensa y, por lo tanto, fue legítimo. Este proyecto de autodefensa también era legítimo desde el punto de vista de los intereses del pueblo trabajador. Sin embargo, el proceso fue definido por dos características incompatibles con estos intereses: la conversión en un proyecto de capitalismo de Estado y las ambiciones expansionistas.

De acuerdo con la doctrina del PCCh de 1949, el ascenso del país no sería de tipo nacionalista. La revolución de 1949 tuvo el apoyo de la gran mayoría del pueblo trabajador. El pueblo creía en las promesas del PCCh, según las cuales la modernización conllevaría más democracia y una justicia distributiva, con el objetivo de perseguir el internacionalismo y el socialismo en el largo plazo.

El prometido ascenso de China no debía seguir la tradicional vía capitalista y nacionalista. Debía seguir una vía socialista. Deng Xiaoping dejó esto en claro en su discurso de 1974 frente a la ONU, cuando afirmó que «si un día China debe cambiar de color y convertirse en una superpotencia, si debe jugar el papel de tirano en el mundo y someter en todas partes al resto de los países a sus acosos, a sus agresiones y a la explotación, el pueblo del mundo debería identificarla como una nación socialimperialista, dejarla al descubierto, oponerse a ella y trabajar en conjunto con el pueblo chino para derrocarla».

Pero el PCCh no pudo sostener su promesa, lo cual había quedado claro en la década de los cincuenta, mucho antes del momento en que Deng pronunció su discurso frente a las ONU. La China de Mao fue exitosa en el objetivo de modernizar parcialmente el país, pero el pueblo pagó un costo terrible, en muchos casos absolutamente innecesario.

Fue durante este período que la burocracia del partido se elevó al estatus de una nueva clase dominante, que gozaba de privilegios económicos y políticos. La contribución de Deng a esta nueva clase dominante consistió en dar luz verde para «hacerse capitalista». De manera sorprendente –y a diferencia de lo que sucedió en Rusia– tuvo éxito.

Esta fue la segunda faceta del ascenso de China, a saber, el ascenso del capitalismo chino. Su éxito se debe precisamente a que se trató de un proyecto de capitalismo dirigido por el Estado, en el cual el partido-Estado concentra en sus manos tanto el monopolio de la violencia como el poder del capital para favorecer el crecimiento económico.

Esto nos lleva a una tercera faceta del ascenso de China: su expansionismo, que es consecuencia necesaria del capitalismo monopolista chino. La fusión del Estado con los sectores dominantes de la economía (representados por las empresas de propiedad estatal) ha alcanzado niveles sin precedentes. El Estado devora enormes cantidades de recursos que terminan en los bolsillos de quienes desempeñan alguna función pública, en megaproyectos de inversión, o en ambos a la vez.

La consecuencia de esto es una gran desigualdad en el ingreso, lo que hace que China tenga un mercado doméstico muy estrecho en relación con sus capacidades productivas. Por lo tanto, debe primero inundar todo el mundo con sus mercancías, y luego exportar capital.

Con la exportación de capital a escala masiva, se hizo necesaria la intervención sobre la política doméstica de los países de acogida, con el objetivo de garantizar y supervisar las inversiones. Por lo tanto, Beijing se traga sus propias palabras cuando repite en la actualidad el lema de una «política no intervencionista». Casi el 90% del comercio chino y el 80% de sus importaciones de petróleo pasan hoy a través del estrecho de Malacca. Beijing vive bajo el temor permanente a un potencial escenario en el cual Estados Unidos intervenga esta ruta comercial. De aquí su ofensiva en el mar de la China Meridional. Esta es una dinámica importante que subyace al conflicto de China con EE. UU.

La batalla por Hong Kong como síntoma

Desde 2008, las ventajas que beneficiaron a China se están agotando, lo que se expresa en ciertos problemas estructurales: salarios reales deprimidos por las altas tasas de inversión, disminución de la demanda doméstica, proceso de sobreproducción y de sobreinversión.

Detrás de estos factores debe buscarse el problema central: la decadencia generalizada de la burocracia del partido. Cuanto más saquea la burocracia al país, más le preocupa que estos problemas queden al descubierto. Esto explica, en parte, por qué Beijing vigila cada vez más de cerca a Hong Kong.

Treinta años atrás, crecía entre las autoridades de Beijing la preocupación acerca de cómo la libertad política de Hong Kong podría afectar su dominio sobre la sociedad. Esto alcanzó un punto crítico cuando Hong Kong proveyó un fuerte apoyo al movimiento democrático de 1989. En los años noventa, cuando comenzaron la «reforma» y la «apertura» más radicales, Hong Kong contribuyó significativamente al nacimiento y crecimiento de la sociedad civil china, por primera vez desde 1949. Este proceso estuvo caracterizado por el rápido crecimiento de asociaciones civiles e incluso de movimientos sociales, que Beijing consideraba como potencialmente peligrosos.

Cuanto más asciende China en la escena internacional, más se preocupa Beijing por el libre flujo de información en Hong Kong.

La desaparición de los miembros de Causeway Bay Books es un caso típico. Entre octubre y diciembre de 2015, desaparecieron cinco propietarios y trabajadores de la librería Causeway Bay Books. Dos de los arrestos se dieron aparentemente por fuera de cualquier marco jurídico. Se trató de un castigo por la publicación de un libro acerca de la vida privada de Xi Jinping en Hong Kong.

La lección de este incidente es clara: el libre flujo de información simplemente no puede convivir con los intereses centrales de Beijing. Esto llevó a que en 2019 Beijing promulgara una ley de extradición en Hong Kong, que luego desató un efecto dominó y finalmente tuvo como resultado el comienzo de una «nueva Guerra Fría» entre EE. UU. y China, con Hong Kong como campo de batalla.

Este conflicto también anuncia el fin de los beneficios estratégicos que Hong Kong ofrecía a Beijing. La pérdida de Hong Kong como una plataforma en la cual las empresas chinas podían acceder a dólares norteamericanos, utilizando la región como un trampolín para entrar y salir y para captar inversiones extranjeras, creará un gran problema para las finanzas y la economía de Beijing.

escritor, activista marxista y autor, entre otros, de Hong Kong in Revolt. The Protest Movement and the Future of China (Pluto Press, 2020).

Fuente:

https://jacobinlat.com/2020/12/18/el-ascenso-del-capitalismo-chino/

Traducción:Valentín Huarte

A propósito de la coyuntura actual

por Alain Badiou

Hacer una evaluación política racional de la coyuntura actual se ha vuelto una auténtica rareza. Entre las homilías catastrofistas que emanan de los sectores más involuntariamente religiosos del ecologismo (estamos al borde del Juicio Final) y las fantasmagorías de una izquierda desorientada (somos los contemporáneos de «luchas» ejemplares, de «movimientos de masas» imparables y del «colapso» de un capitalismo liberal asolado por la crisis), cualquier orientación racional se desvanece y una especie de caos mental, ya sea voluntarista o derrotista, prevalece por todas partes. Me gustaría adelantar aquí algunas consideraciones, tanto empíricas como prescriptivas.

A una escala casi planetaria, desde hace ya algunos años, sin dudas desde lo que se llamó la primavera árabe, estamos en un mundo en el que abundan las luchas, o, más precisamente, las movilizaciones y las concentraciones de masas. Propongo que la coyuntura general está marcada, subjetivamente, por lo que yo denominaría movimientismo, es decir, la convicción ampliamente compartida de que las grandes concentraciones populares lograrán indudablemente un cambio en la situación. Vemos cómo esto ocurre de Hong Kong a Argelia, de Irán a Francia, de Egipto a California, de Mali a Brasil, de India a Polonia, así como en muchos otros lugares y países.

Todos estos movimientos, sin excepción, parecen poseer tres características:

  1. Son compuestos en su origen social, en el pretexto de su revuelta y en sus convicciones políticas espontáneas. Este aspecto polimorfo también arroja luz sobre su número. No son agrupaciones de trabajadores, ni manifestaciones del movimiento estudiantil, ni revueltas de comerciantes aplastados por los impuestos, ni protestas feministas, ni profecías ecológicas, ni disidencias regionales o nacionales, ni marchas de los que se denominan migrantes y yo llamo proletarios nómadas. Es un poco de todo eso, bajo la batuta puramente táctica de una tendencia dominante, o de varias, según el lugar y las circunstancias.
  2. De este estado de cosas se desprende que la unidad de estos movimientos es –y no puede ser de otra manera, dado el estado actual de ideologías y organizaciones– de tipo estrictamente negativo. Huelga decir que esta negación se refiere a realidades dispares. Uno puede rebelarse contra las acciones del gobierno chino en Hong Kong, contra la apropiación del poder por camarillas militares en Argelia, contra el dominio de la jerarquía religiosa en Irán, contra el despotismo personal en Egipto, contra la reacción nacionalista y racista en California, contra las acciones del Ejército francés en Mali, contra el neofascismo en Brasil, contra la persecución de los musulmanes en India, contra la estigmatización retrógrada del aborto y las sexualidades no convencionales en Polonia, etcétera.

Pero nada más –en particular, nada que equivalga a una contrapropuesta de alcance general– está presente en estos movimientos. Al fin y al cabo, a falta de algo parecido a una propuesta política común que rompa claramente con las limitaciones del capitalismo contemporáneo, el movimiento termina dirigiendo su unidad negativa contra un nombre propio, generalmente el del jefe de Estado. Se va del grito «Mubarak debe irse» al de «Fuera el fascista Bolsonaro», pasando por «Modi racista, vete», «Abajo Trump» y «Bouteflika, retírate». Sin olvidar, por supuesto, las invectivas, las intimaciones a renunciar y los ataques personales contra nuestro propio objetivo natural aquí, en Francia, que no es otro que el pequeño Macron. Propongo, entonces, que todos estos movimientos, todas estas luchas, son, en última instancia, fuerismos. Existe el deseo de que el líder en cuestión se vaya, sin tener siquiera la menor idea de qué va a reemplazarlo ni del procedimiento por el cual, suponiendo que de hecho el tipo se vaya, uno puede asegurarse de que la situación realmente cambie.

En suma, la negación, que unifica, no es portadora de ninguna afirmación, ninguna voluntad creadora, ninguna concepción activa del análisis de situaciones y de lo que puede o debe ser una política de nuevo tipo. En ausencia de ella, el movimiento termina –y esta es la señal de su final– con esa forma definitiva de su unidad, a saber, la de levantarse contra la represión policial de la que ha sido víctima, contra la violencia policial que ha sido obligado a confrontar. En otras palabras, la negación de su negación por las autoridades. Estoy directamente familiarizado con esto desde mayo del 68, cuando, en ausencia de enunciados comunes, al menos al comienzo del movimiento, uno gritaba en las calles: «CRS = SS».1Felizmente, esto fue seguido en aquel momento –pasada la primacía de la revuelta negativa– por cosas más interesantes, al precio, por supuesto, de un enfrentamiento entre concepciones políticas opuestas, entre enunciados distintos.

  1. Hoy, a la larga, el movimientismo planetario sólo da como resultado el mantenimiento reforzado de los poderes fácticos o los cambios cosméticos, que pueden resultar peores que aquello contra lo que uno se rebeló en primer lugar. Mubarak se fue, pero Al Sisi, que lo reemplazó, es otra versión, quizás peor, del poder militar. Al final, el control de China sobre Hong Kong se ha reforzado, con la imposición de leyes más acordes a las que prevalecen en Beijing y el arresto masivo de militantes. La camarilla religiosa en Irán está intacta. Los reaccionarios más activos, como Modi y Bolsonaro, y la rosca clerical polaca se encuentran muy bien, muchas gracias. Y el pequeño Macron, con un 43 por ciento de aprobación, goza hoy de una salud electoral mucho mejor, no sólo en comparación con el comienzo de nuestras luchas y movimientos, sino incluso en contraste con sus predecesores, quienes, se trate del muy reaccionario Sarkozy o del lobo con piel de socialista Hollande, apenas alcanzaban, a esta altura de su mandato presidencial, el 20 por ciento del apoyo.

Me viene a la mente una comparación histórica. En los años comprendidos entre 1847 y 1850, se produjeron, en gran parte de Europa, grandes movimientos de trabajadores y de estudiantes, grandes levantamientos de masas contra el orden despótico establecido tras la restauración de 1815 y astutamente consolidado tras la revolución francesa, de 1830. Más allá de una ferviente negación, a falta de una idea firme de lo que podría representar una política esencialmente diferente, el furor de las revoluciones de 1848 sólo sirvió para introducir una nueva secuencia regresiva. En particular, el resultado en Francia fue el interminable reinado de un representante típico del capitalismo emergente, Napoleón III, también conocido, según Víctor Hugo, como Napoleón el Pequeño.

Sin embargo, en 1848, Marx y Engels, que habían participado en los levantamientos en Alemania, extrajeron las lecciones de todo este asunto, tanto en textos de análisis histórico –como el panfleto titulado Las luchas de clases en Francia– como en ese manual, al fin afirmativo, que describió lo que debería ser una política completamente nueva, cuyo título es Manifiesto del Partido Comunista. Es en torno a esta construcción afirmativa –que lleva el «manifiesto» de un Partido que no existe, pero debe existir– que comienza, a largo plazo, otra historia de la política. Marx reincidió 23 años después, al extraer lecciones de un admirable intento que, a pesar de su heroica postura defensiva, una vez más careció de la organización efectiva de su unidad afirmativa, a saber, la Comuna de París.

No hace falta decir que nuestras circunstancias son muy diferentes, claro está. Pero pienso que hoy todo gira en torno a la necesidad de que nuestras consignas negativas y nuestras acciones defensivas sean finalmente subordinadas a una visión clara y sintética de nuestros propios objetivos. Y estoy convencido de que, para lograrlo, debemos recordar, en todo caso, aquello que Marx declaró como el núcleo de su pensamiento. Un núcleo que, por supuesto, es a su vez negativo, pero a una escala tal que sólo puede apoyarse en una afirmación grandiosa. Me refiero a la consigna de abolir la propiedad privada.

Mirados de cerca, eslóganes como «Defender nuestras libertades» y «Detener la violencia policial» son, estrictamente hablando, conservadores. El primero implica que disfrutamos, en el actual statu quo, de verdaderas libertades comunes que deben ser defendidas, cuando nuestro problema central debería ser, en cambio, que sin igualdad la libertad no es más que un señuelo. ¿Cómo podría la proletaria nómada privada de papeles legales, cuya llegada aquí no es más que una epopeya cruel, llamarse a sí misma libre en el mismo sentido que la multimillonaria que detenta el poder real, dueña de un jet privado y de su piloto, protegida por la fachada electoral de sus apoderados en el Estado? ¿Y cómo podrían los revolucionarios coherentes imaginar –si es que en verdad albergan el deseo afirmativo y racional de un mundo diferente– que la Policía del poder puede ser amigable, cortés y pacífica? Una Policía que diga a los rebeldes, algunos de ellos enmascarados y armados: «¿El Palacio del Elíseo? Sí, claro, la gran puerta al fondo por la calle de la derecha». ¿En serio?

Sería mejor volver al meollo de la cuestión: la propiedad. El lema general unificador puede inmediatamente ser: «Colectivización de todo el proceso de producción». Su correlato intermedio negativo, de alcance inmediato, «La abolición de todas las privatizaciones decididas por el Estado desde 1986». En cuanto a un buen eslogan, puramente táctico, que dé trabajo a los dominados por el afán de negación, podría ser el siguiente: instalémonos en las oficinas de un departamento muy importante del Ministerio de Economía y Finanzas llamado Comisión de Participaciones y Transferencias». Hagámoslo con pleno conocimiento de que este nombre esotérico, «participaciones y transferencias», no es más que la máscara transparente de la Comisión de Privatización, creada en 1986. Y que la gente sepa que estaremos apostados en esta comisión de privatización hasta la desaparición de toda forma de propiedad privada en lo que concierne a todo aquello que, de una u otra forma, pueda considerarse un bien común.

Simplemente popularizando estos objetivos, tanto estratégicos como tácticos, abriremos otra época, que siga a la de las «luchas», los «movimientos» y las «protestas», cuya dialéctica negativa está en proceso de agotarse a sí misma y agotarnos a nosotros. Seremos los pioneros de un nuevo comunismo de masas, cuyo «espectro», para hablar como Marx, recorrería no sólo Francia y Europa, sino el mundo entero.

  1. Se refiere a las Compañías Republicanas de Seguridad (CRS), cuerpo policial antidisturbios francés, y a las Schutzstaffel (SS), fuerzas paramilitares de la Alemania nazi (N. del E.).

Por Alain Badiou
23 diciembre, 2020

(Publicado originalmente en francés en Quartier Général y en inglés en Verso Books. Traducción al español de Brecha.)