Revolucionar y ecologizar las fuerzas productivas

por Joaquim Sempere

Una crítica ecologista del paradigma económico marxista

Hay muchas razones para pensar que el posible hundimiento del capitalismo, al menos tal como lo hemos conocido hasta ahora, llegará antes por el choque con los límites naturales del planeta que por el desenlace de las luchas de clases, si bien éstas no desaparecerán, sino que se librarán cada vez más en torno a los conflictos ecológicos. Gracias a las contribuciones de Wolfgang Harich (1975), Manuel Sacristán (1984) y Michael Löwy (2003, 2006 y 2020), entre otros, y en particular de John B. Foster (2004), conocemos hoy la existencia en la obra de Marx y Engels de una consciencia ecológica que impide oponer Marx y ecología. Pero esto no contradice la constatación de que el corpus teórico marxista no ha hecho suyo el paradigma de interpretación ecológico: pese a aceptar la noción de metabolismo, Marx no llevó hasta sus últimas consecuencias el reconocimiento de sus interacciones con los entornos naturales en que se mueve siempre la vida, incluida la vida humana. Las sociedades humanas evolucionan, sin duda, pero modifican el medio y lo pueden alterar tanto que ya no pueda seguir siendo soporte de la vida en su forma habitual: entonces la evolución deja de funcionar como había funcionado antes y se detiene o se adapta, si puede, al nuevo entorno ecológico. Este será el punto de vista desde el cual abordaré mi revisión crítica del marxismo como teoría y de algunas de sus conclusiones políticas.

Límites de la ecología de Marx

Con el uso de la noción de metabolismo —y no en escritos inéditos o marginales, sino en el propio Capital— Marx mostró tener una visión potencialmente ecológica de la economía, que se echa de ver también en su consideración de los trabajadores en términos biológicos, muy alejada de la de los economistas clásicos, que trataban el trabajo como simple mercancía (cf. El capital, libro I, cap. 8), así como en su explicación de la fractura metabólica en la agricultura capitalista. Pero ni Marx ni Engels desarrollaron mucho más allá sus intuiciones protoecologistas. Sus discípulos tampoco, pese a las valiosas contribuciones de autores como Kautsky y Bujarin. En consecuencia, el “marxismo operativo” asumió la ecología de manera superficial, en el mejor de los casos.

Hay tres razones poderosas por las que Marx y Engels no podían ir mucho más lejos. La primera es que en los años de su madurez, la población mundial era del orden de unos 1.500 millones de personas, cinco veces menos que la de hoy. El mundo era todavía un “mundo vacío”, y la huella ecológica estaba lejos de la translimitación actual. La segunda razón es que la industria utilizaba muy pocos minerales metálicos, y lo hacía en cantidades muy modestas. Hoy los progresos científicos nos permiten conocer y utilizar prácticamente todos los elementos de la tabla periódica. En circunstancias semejantes habría sido una proeza haber concebido la idea de límites absolutos de los recursos naturales; y haber previsto que la especie humana se convertiría en un agente geológico y meteorológico capaz de transformar la naturaleza hasta el punto de provocar desastres a escala mundial.

La tercera razón es no haber comprendido que la finitud de las reservas de combustibles fósiles, que iban a convertirse en la base energética del desarrollo industrial de su época, impondrían un límite temporal a la economía que dependía de ellos, y que su agotamiento supondría un desafío fundamental para la continuidad de esa economía. Esta matriz energética, además, se componía de stocks del subsuelo, de modo que su agotamiento obligaría en el futuro a regresar a las energías de flujo —radiación solar, leña, viento, energía muscular animal y humana, etc.— del pasado, aunque a un nivel más elevado, lo que dejaba abiertos muchos interrogantes sobre las relaciones entre sistema económico y medio ambiente.

Hoy sabemos que la humanidad está cerca de los límites absolutos del planeta. Por ende, no basta con considerar que la actividad humana afecta a un único sistema, o algunos, de manera que se puedan corregir los deterioros de las fuentes de vida para que sigan proporcionando riqueza. Hay que aceptar que puede infligir al Ecosistema Global o Biosfera daños irreparables. Kenneth Boulding expresó esta idea con la imagen de la “economía del cow boy”. Esta economía es la que hoy prevalece: no hace falta ocuparse de los daños infligidos al medio natural porque cuando un territorio queda agotado, siempre hay otro un poco más lejos que podrá ser explotado. La alternativa, según este autor, en una “economía de la nave espacial Tierra”, en la que el marco geofísico en que tiene lugar la aventura humana es una unidad o totalidad cerrada (salvo respecto de la energía, que procede del Sol) que hay que contemplar como una reserva limitada de recursos que deben ser constantemente reciclados para proporcionar alimentos, agua y servicios varios a los astronautas que somos los seres humanos. En semejante visión el principio ecológico es el que prevalece.

La noción marxista de fuerzas productivas

El pronóstico según el cual el capitalismo llegaría a su fin debido a luchas de clases como expresión del conflicto entre fuerzas productivas y relaciones de producción o propiedad hoy no es fácilmente aceptable por dos razones. La primera es que los grupos humanos oprimidos por el sistema —y por eso mismo llamados a luchar contra él— están fragmentados, circunstancia que les dificulta erigirse en sujeto colectivo de la lucha por un cambio. Imperialismo y desarrollo desigual han dado lugar a diferencias enormes entre las clases populares de los países ricos y las de los países pobres, de modo que las agregaciones nacionales suelen tener más fuerza que la unidad de clase por encima de las fronteras. La segunda razón es que las fuerzas productivas heredadas del industrialismo han aportado innovaciones de valor indiscutible —en particular el conocimiento científico—, pero también desarrollos técnicos mal orientados y no adaptados a un buen metabolismo con la naturaleza. Los problemas más graves derivan del uso de recursos materiales y energéticos de la corteza terrestre. Esos problemas pueden clasificarse en dos grandes categorías:

  1. Las energías de flujo (leña, radiación solar, viento, corrientes de agua, etc.) se substituyeron por combustibles fósiles (más tarde se les añadió el uranio), que son energías de stock, dotados de gran versatilidad y densidad energética. Gracias a su calidad y volumen, esas energías hicieron posible un crecimiento exponencial de la población, con una elevada esperanza de vida, y una civilización material que aportó una abundancia sin precedentes de bienes y servicios. El problema de estas fuentes de energía es que su quema causa el calentamiento de la atmósfera y el cambio climático, cargado de graves amenazas para la humanidad; y que están condenadas a agotarse —según cálculos solventes, durante la segunda mitad del siglo XXI (Riba 2011)—. Tendrán que ser reemplazadas por fuentes renovables de energía, las únicas disponibles (si se excluye el uranio por sus peligros), las cuales proporcionan energías de flujo. Estas fuentes no proporcionan tanta potencia como las fósiles, ni cabe esperar que aporten las ingentes cantidades de energía usada actualmente por la especie humana, ni, por consiguiente, sostener una economía de dimensiones parecidas a las de la economía actual.
  2. En lo que respecta a los materiales, las fuerzas productivas industriales han substituido las materias primas preindustriales —que eran sobre todo bióticas (madera, fibras vegetales o animales, pieles, hueso, cuerno…) y por ende renovables— por otras de origen mineral, abióticas y no renovables. Antes se habían empleado minerales (barro, piedra, arena, minerales metálicos…), pero se trataba de materiales que retornaban al medio natural sin contaminarlo peligrosamente, y que se usaban en cantidades pequeñas. Actualmente se usan todos los elementos de la tabla periódica en distintas industrias, mucho más desarrolladas tecnológicamente, y en grandes cantidades, de modo que la enorme demanda industrial de estos minerales supone una amenaza de agotamiento de las reservas del subsuelo del planeta. Además, la extracción y el uso de estos materiales consumen muchísima energía y producen a menudo peligrosas contaminaciones.

Hay que transformar radicalmente las fuerzas productivas

Debe añadirse algo acerca de las energías de flujo. Antes de la era industrial, no se requerían demasiados medios técnicos para captarlas. Bastaban ciertos instrumentos o máquinas: hachas y sierras para la leña, molinos de viento o de agua, velas para navegar, etc. En cambio las energías renovables modernas —eólica, fotovoltaica, solar térmica y termoeléctrica, geotermia, energía de las olas y las mareas, etc.— requieren una metalurgia compleja y otros procesos industriales (células fotoeléctricas, electrólisis, baterías, pilas de hidrógeno…) que necesitan metales y otros minerales. Con las energías renovables modernas la demanda de minerales metálicos experimenta un gran auge, sobre todo porque con el control de la electricidad, esta forma de energía se ha generalizado para numerosos usos, en los que es absolutamente insubstituible. La electricidad requiere aparatos sofisticados que consumen, en su producción y funcionamiento, grandes cantidades de metales, algunos de los cuales son escasos. Además, el uso de las nuevas técnicas se ha puesto al alcance de toda la población, y cada vez en un mayor número de países. Por esto la demanda de los minerales necesarios para satisfacer estas necesidades no cesa de aumentar y se acerca a los límites últimos de las reservas minerales de la corteza terrestre, al menos en el caso de ciertos metales escasos y a la vez estratégicos.

Por todas estas razones, las fuerzas productivas existentes no pueden constituir un fundamento viable, sino que tienen que ser revolucionadas para que resulten ecológicamente sostenibles. Como ha dicho Michael Löwy, para salir del capitalismo y construir un ecosocialismo, “la apropiación colectiva es necesaria, pero habría que transformar también radicalmente las propias fuerzas productivas” (Löwy 2020). Dada la importancia que la noción de producción tiene en este esquema, hace falta revisarla a la luz de lo que hoy sabemos de ecología.

Clasificación de las fuerzas productivas

Para Adam Smith y los otros economistas clásicos de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, había tres factores de producción: tierra, capital y trabajo. Marx, a la vez que aceptaba ese esquema, asumió la observación de William Petty según la cual, a propósito del valor, “la tierra es la madre y el trabajo el padre”, y dio importancia al metabolismo socionatural. El capital sería resultado acumulado de la producción de valor (“trabajo acumulado”), y por tanto un factor ontológicamente derivado de los otros dos. Marx dio una importancia crucial al trabajo como acción específica del ser humano en su interacción con el mundo físico y con los otros seres humanos. Con el trabajo el ser humano no sólo trasforma el mundo exterior, sino que se transforma también a sí mismo, haciendo emerger capacidades, necesidades y aspiraciones nuevas. Pero no explicó qué significa el trabajo humano —ni tampoco la tierra— desde el punto de vista biofísico, pese a reconocer la importancia del metabolismo. (Dejo aquí de lado la distinción crucial que Marx introdujo entre “trabajo” y “fuerza de trabajo”.) Como otros pensadores criticados por la economía ecológica, olvidó o subestimó los flujos físicos a favor de los monetarios.

En cierta manera, se puede aceptar, con Kenneth Boulding, que tierra, capital y trabajo son antes factores distributivos que productivos. Aluden a los tipos de ingreso característicos de las economías modernas: renta (de la tierra), beneficio (del capital) y salario (del trabajo). Esta constatación no quita valor a la fórmula trinitaria, porque en la actividad económica los distintos protagonistas concurren con aquello que están en condiciones de aportar, y esto tiene efectos económicos evidentes. Se puede añadir que los mencionados factores aluden también a la distribución social del poder: el capital da a quien lo controla un poder sobre quien no tiene ningún medio de vida y se ve obligado a trabajar al servicio de un capitalista a cambio de un salario. La observación de Boulding, además, subestima el papel del trabajo ignorando su significación antropológica profunda.

Los factores biogeoquímicos de la producción económica

En cualquier caso, el proceso productivo propiamente dicho se conceptualiza mejor, desde el punto de vista biofísico, con otras categorías. Podemos catalogarlas en ocho factores: 1) trabajo, 2) conocimiento, 3) materiales, 4) energía, 5) herramientas, 6) espacio, 7) tiempo y 8) residuos. El actor de un proceso económico, el trabajador (y/o quien le emplea), concibe mentalmente un proyecto; aplica un conocimiento, tanto del objetivo buscado como de los medios para llevarlo a la práctica; se dota de materiales y de energía de baja entropía que obtiene del medio ambiente; combina estos elementos con la ayuda de herramientas; los procesos implicados requieren espacio y tiempo; y finalmente se emiten partes sobrantes de materiales y energía en forma de residuos, que van a parar al medio ambiente. Este esquema —inspirado en Boulding (1992: 51-57) con algunos cambios— permite describir de manera más transparente las actividades económicas en el marco del entorno biogeoquímico en que tiene lugar el metabolismo socionatural: los materiales, la energía y el espacio provienen del medio natural, al que van a parar los residuos. Este inventario de factores revela así de manera clara que no hay producción al margen del medio ambiente natural.

Interesa también tener en cuenta los conceptos de flujo y fondo (o bienes-fondo). Materiales, energía, productos y residuos circulan: son flujos. Pero en toda producción —como subrayó Georgescu-Roegen (1986: 255-257)— hay elementos estables, los bienes-fondo, que se mantienen inalterables, como las máquinas, los locales, etc., aunque con el tiempo también se degradan convirtiéndose ellos mismos en residuos, y ha de ser reemplazados. Para la continuidad de toda producción hay que proteger la capacidad de los bienes-fondo para posibilitar reiteradamente los procesos de producción y reproducción sin los cuales la vida se interrumpiría.

Producción económica comporta destrucción ecológica

Cuando se habla de producción material se supone la existencia previa de una materia, sometida a una transformación que le da una forma que antes no tenía. Pero no se advierte que toda producción material comporta una destrucción. Al interactuar con el medio natural —obteniendo de él recursos materiales y energía y devolviéndole residuos— los seres humanos alteran ese medio, lo socavan, lo contaminan, lo destruyen. En los ecosistemas naturales las alteraciones provocadas por el juego entre los organismos vegetales y animales y su entorno abiótico se compensan de manera espontánea, manteniéndose la capacidad de dicho entorno para reproducir la vida una y otra vez —salvo cuando se producen mutaciones cualitativas, a veces cataclísmicas, que reorganizan el ecosistema sobre nuevas bases. En cambio, cuando la acción humana es la que actúa sobre el medio, hacen falta intervenciones conscientes y deliberadas para compensar las destrucciones y corregir constantemente las alteraciones infligidas al medio que puedan interrumpir su capacidad de proporcionar bienes y servicios a las comunidades humanas.

Esto ya lo habían descubierto los primeros agricultores y ganaderos hace milenios: sabían que después de la cosecha era preciso restituir a la tierra cultivada los nutrientes extraídos añadiendo estiércol u otros fertilizantes. Sabían que debían luchar contra la erosión de los suelos. Sabían que sólo podían obtener madera del bosque por debajo de su tasa de regeneración. Se autoimponían vedas en la pesca para permitir a las poblaciones de peces recuperarse. Sabían, en suma, que el ser humano es un intruso que no puede sobrevivir ni vivir sin causar algún tipo de heridas a la naturaleza prístina. Pero, como en todos los asuntos humanos, el saber no se aplica siempre de manera consecuente ni menos aun infalible. La ignorancia, la imprevisión, la ambición excesiva o el error de cálculo han conducido a muchas sociedades humanas a destruir su base ecológica de subsistencia y a desaparecer. La consciencia de la destrucción inherente a la producción, pues, ha estado presente a lo largo de la historia, pero siempre coexistiendo con la amenaza de una ambición excesiva que ha desembocado, en no pocas ocasiones, a dejar de aprovechar con prudencia el medio natural.

En el curso de la era moderna tuvieron lugar dos fenómenos que lo cambiaron todo: una explosión demográfica acompañada del saqueo de la biosfera y la fractura metabólica que supuso la dependencia creciente de la especie humana de los recursos minerales de la corteza terrestre.

Explosión demográfica y saqueo de la biosfera

La población mundial, que había crecido lentamente desde los 2 millones de habitantes estimados del Paleolítico hasta los 900 millones en el año 1800, se multiplicó por ocho entre el 1800 y el 2000, alcanzando los 7.500 millones. Este salto imprimió al medio ambiente una huella ecológica muy superior a la de cualquier época anterior, incrementada por unas innovaciones técnicas más agresivas con el medio natural. En un par de siglos se produjo un gran saqueo de la biosfera (Ponting 1992: 221-241). Se liquidaron cantidades inmensas de organismos vivientes, haciendo retroceder la biodiversidad y poniendo las bases de la Sexta Gran Extinción de especies vivas actualmente en curso y provocada por Homo sapiens. La especie humana disputó con un éxito aplastante el espacio vital de la Tierra a todas las restantes especies. Se pasó de un mundo vacío a un mundo lleno de pobladores humanos (Herman Daly).

Fractura metabólica y dependencia de la corteza terrestre

El segundo fenómeno fue una fractura metabólica: hasta la revolución industrial la especie humana había vivido, como los otros animales, de los bienes y recursos proporcionados por la fotosíntesis y había usado las energías libres proporcionadas por la naturaleza (radiación solar, viento, etc.). Con la revolución industrial se empiezan a quemar combustibles fósiles, primero carbón, luego petróleo y gas fósil disponibles en el subsuelo de la Tierra. La humanidad abandonó unas energías de flujo, renovables, por otras de stock, no renovables (Tanuro 2007). Pero, además, las innovaciones científicas y técnicas permiten conocer, descubrir y poner en valor muchos recursos minerales, sobre todo metálicos, antes ignorados. Empieza entonces una carrera para extraer los recursos minerales del subsuelo del planeta. A comienzos del presente milenio la industria utiliza prácticamente todos los elementos químicos de la tabla periódica.

La magnitud de la explotación de los recursos no renovables de la corteza terrestre se echa de ver en las siguientes cifras. La biomasa extraída por las actividades agrícolas, forestales, ganaderas y pesqueras en 1995, expresada en miles de millones de toneladas, ascendía a 10,6, descontando las pérdidas. Por su parte, las rocas y minerales extraídos ascendía el mismo año a 32, descontando los residuos (gangas y estériles) (Naredo 2007: 52, cuadro 1.1). En otras palabras: la humanidad actual extrae del medio natural tres veces más cantidad —en peso— de recursos abióticos del subsuelo que de recursos bióticos producidos por la fotosíntesis.

Tanto los combustibles fósiles —y el uranio— como los minerales metálicos y no metálicos son recursos no renovables, presentes en cantidades limitadas en la corteza terrestre. Si añadimos los fertilizantes de origen también mineral usados en la agricultura moderna, resulta que las sociedades humanas han dado un salto de gran transcendencia: han pasado de depender de recursos renovables y procedentes de la fotosíntesis a depender de recursos no renovables del subsuelo. Este cambio ha permitido intensificar la producción, obteniendo cantidades muy superiores de bienes (entre ellos más alimentos y medicamentos que incrementan la población humana y su esperanza de vida), proporcionando utilidades y comodidades nunca vistas. Pero intensificar la producción en el marco de un sistema socioeconómico expansivo como es el capitalismo ha supuesto intensificar también la destrucción. Las mejoras en el transporte han permitido no depender de los recursos cercanos y llegar hasta el último rincón del mundo para proveerse de lo necesario. La capacidad para no depender de los ecosistemas de proximidad alimenta la ilusión de que al ser humano todo le resulta posible, y que no hace falta reparar los daños infligidos al medio. A partir de ahí, el delirio antropocéntrico de dominación ilimitada ha desencadenado una carrera hacia una destrucción creciente de todas las condiciones de vida que no ha dejado de acelerarse.

Redefinir la noción de producción

En este contexto resulta obligado redefinir la noción de producción en la línea propuesta, asociando producción económica con deterioro ecológico (Naredo y Valero 1999) y proponiendo la tarea previa de minimizar la destrucción y la tarea ulterior de aplicar la regeneración, restauración o reposición como complemento necesario de la producción, a fin de hacer posible una economía sostenible en el tiempo. Hoy se percibe mejor que nunca que nuestros éxitos productivos son indisociables de los “efectos colaterales” destructivos que supone la sobreexplotación de la biosfera y la explotación irreversible de la corteza terrestre bajo el impulso al crecimiento incesante del sistema capitalista. La destrucción asociada a la actual abundancia ha llegado tan lejos que pone en peligro la reproducción mínima necesaria para sostener para toda la población una vida que merezca el calificativo de humana.

¿Qué cabe decir del sistema agroalimentario? Desde sus inicios la agricultura requirió alterar los ecosistemas preexistentes —sobre todo deforestando con el fuego— y reconstruir unos ecosistemas simplificados (agroecosistemas) destinados a asegurar alimentos y otros productos vegetales que han resultado (con excepciones) ecológicamente viables, aunque a menudo empobrecidos desde distintos puntos de vista. Lo mismo puede decirse de la ganadería, la pesca y el aprovechamiento forestal. A lo largo de la historia muchas comunidades agrícolas han sido conscientes de la necesidad de restauración permanente de la fertilidad de la tierra y han hallado fórmulas perdurables. Actualmente la recuperación ecologista de esta consciencia pone en entredicho las prácticas insostenibles de la agricultura llamada industrial aplicadas desde hace un par de siglos. Se está investigando y ofreciendo alternativas, pero no hay alternativa real sin una agricultura ecológica que no dependa de la energía del petróleo ni de otras aportaciones no renovables de la corteza terrestre. Las modalidades más artificializadas de agricultura moderna (cultivo sin tierra, agricultura vertical, etc.) sólo serán prácticas regenerativas viables si pueden prescindir de insumos no renovables.

Por otra parte, en un “mundo lleno” como el actual en el que habrá que renunciar a gran parte del transporte mecánico, deberá garantizarse que la provisión de alimentos sea suficiente y esté al alcance de todos, lo cual implica la máxima proximidad posible entre producción agroalimentaria y consumo, sólo viable con una redistribución espacial de las poblaciones humanas: un regreso a la tierra de millones de personas, un éxodo urbano hacia territorios rurales y ciudades medias y pequeñas más próximas a las fuentes de alimentos.

Para numerosas corrientes del pensamiento moderno agricultura, ganadería y pesca se han visto como sectores “tradicionales”, incapaces de modernizarse y contribuir significativamente al crecimiento económico por su menor capacidad para introducir aumentos de productividad. Se ha considerado a los campesinos poco menos que una rémora del pasado. Hay que superar esta visión: hay que restituir al sector agroalimentario y a sus protagonistas la importancia vital que tienen. La crisis a la que nos encaminamos los colocará en el lugar que les corresponde: un lugar central en la sociedad.

Las graves incógnitas del saqueo de la corteza mineral de la Tierra

Si persisten las tasas actuales de extracción y reciclado, se llegará a un punto en que los minerales aprovechables de la Tierra no bastarán para unas demandas industriales que no cesan de aumentar. Habrá que adaptarse a cantidades inferiores. El metabolismo industrial sólo podría imitar los procesos circulares de la biosfera si la energía usada por el ser humano fuese toda ella renovable y se reciclara el 100% de los materiales, lo cual es imposible. Es oportuno recordarlo cuando los voceros del capitalismo verde ofrecen el paso a una “economía circular” como una solución milagrosa a nuestro alcance.

El agotamiento de los combustibles y el uranio, previsto para la segunda mitad del siglo XXI, privará a la humanidad de las fuentes energéticas que han alimentado —hasta en un 85%— toda la civilización industrial. Habrá que encontrar fuentes alternativas de energía, que no podrán ser más que las renovables. Pero captar las energías renovables exige espacio y materiales, y las reservas de los metales necesarios para hacer funcionar las infraestructuras de captación no bastan para obtener la cantidad desmesurada de energía que usa la actual sociedad industrial (García Olivares, Turiel et al.: 2012). Será preciso reducir drásticamente el uso de energía y, por tanto, de recursos materiales y artefactos. Teniendo en cuenta el volumen de la población mundial y la cantidad y calidad de sus demandas, esta situación planteará retos de muy difícil solución. El drama que amenaza el inmediato futuro radica en haber construido una civilización material sumamente rica, compleja y energívora gracias a una abundancia de energía de stock de elevada densidad que se habrá agotado en el curso de pocos decenios.

El cambio climático puede parecer una amenaza más peligrosa que la perspectiva de un declive energético. Pero ello equivale a ignorar el papel estratégico que desempeña la energía en todas las actividades humanas; y a ignorar también que la emergencia climática solo puede enfrentarse eficazmente suprimiendo la quema de combustibles fósiles. McGlade y Ekins estiman que la quema entre 2010 y 2050 de todas las reservas fósiles conocidas triplicaría las emisiones de CO2 que mantendrían la temperatura del planeta por debajo de los 2 ºC, y para evitarlo proponer abstenerse de extraer del subsuelo 1/3 del petróleo, 1/2 del gas y 4/5 del carbón (Van der Ploeg y Rezai 2017). Pero en ambos casos —tanto si se adopta esta medida de autocontención como si se queman de manera irresponsable todos los combustibles fósiles a nuestro alcance— el problema del suministro de energía sería el mismo. En los dos supuestos la especie humana se encaminaría —con ritmos y efectos diferentes— hacia una dependencia decreciente de los combustibles fósiles y hacia una transición obligada (felizmente obligada) hacia un modelo energético renovable. La necesidad de adaptarse a un modelo energético renovable, dependiente de energías de flujo de densidad menor, no garantizará que se pueda mantener sin cambios importantes la actual civilización material a la que la gente se ha acostumbrado, lo cual impondrá un decrecimiento que puede resultar traumático, a menos que tenga lugar en un marco social completamente nuevo, ecosocialista.

Las estimaciones sobre disponibilidad de los materiales de la corteza terrestre indican que, si siguen los actuales ritmos de extracción, se agotarán los metales y otros materiales estratégicos en períodos que oscilan entre los 40 y los 100 años (Pitron 2019: 192). Esto augura un futuro en que ha humanidad tendrá que hacer funcionar su sistema productivo con un acervo de recursos que no sólo será limitado, sino obligadamente decreciente a partir de un punto determinado, ya que el reciclado no es posible con rendimientos del 100%, de modo que el sistema productivo deberá adaptarse a una cantidad menguante de materiales de la Tierra. Actualmente las cantidades de metales reciclados quedan lejos de las extraídas del subsuelo. El porcentaje de metal reciclado que se destina a la demanda final es para el aluminio del 34-36%, para el cobalto del 32%, para el cobre del 20-37%, para el níquel del 29-41% y para el litio de menos del 1% (World Bank 2020 [cifras de UNEP 2011]). Si prosiguen las actuales tasas de extracción y reciclado, pues, llegará un momento en que los metales disponibles no bastarán para satisfacer las demandas de unos usos industriales en expansión permanente. Será preciso adaptarse a una dotación menor. Como vio lúcidamente Georgescu-Roegen hace medio siglo, el principal obstáculo a la continuidad del industrialismo es más de materiales que de energía (cf. Naredo 2017: 75-76).

La finitud de la corteza terrestre, pues, pone un límite a los minerales aprovechables, incluyendo en este límite la cantidad de metales necesaria para un modelo energético 100% renovable y para la digitalización que requeriría dicho modelo con las actuales tecnologías de captación y control digital y con los actuales niveles de uso energético. El actual uso masivo de recursos minerales no renovables es el caso más flagrante de destrucción asociada a la producción porque su extracción es irreversible e irrepetible y la degradación entrópica asociada a su utilización reduce irremediablemente su disponibilidad futura. De cara al porvenir, será inevitable adoptar formas de existencia humana sobre una base material más reducida. ¿Será viable entonces la vida humana? ¿Y la civilización?

No hay respuestas concluyentes a tales interrogantes. La probabilidad de un estado de guerra prolongado por recursos crecientemente escasos es muy alta porque los países más ricos y poderosos tendrán la tentación de acaparar todo lo que puedan a cualquier precio. Pero incluso sin catástrofes bélicas el declive energético —y por tanto también de materiales— traerá consigo regresiones, colapsos y retrocesos en los niveles de complejidad y de civilización imposibles de pronosticar. También cabe imaginar que una pequeña parte de la humanidad pueda llegar a dominar una cantidad suficiente de fuentes de recursos del subsuelo para erigirse (al menos durante un tiempo, antes de agotar su propia base material) en potencia dominante sobre el resto de la humanidad. El desigual reparto de recursos del planeta permite imaginar escenarios de futuro muy variados, incluidas las distopías más devastadoras.

Paradójicamente, puede ocurrir que la finitud de los recursos de la Tierra sea el obstáculo insuperable que logre detener la carrera hacia el abismo. Así como la escasez de metales imposibilita construir una infraestructura de energías renovables que pueda suministrar a la humanidad las cantidades de energía usadas hoy, también hará imposible el despliegue previsto de las redes de comunicación y la digitalización que promueven y celebran los heraldos de dicho progreso. Los sistemas informático —incluso antes del despliegue del 5G— utilizan ya cantidades de energía comparables a las utilizadas por toda la aviación civil mundial, y tienen necesidades en metales escasos que alcanzarán pronto sus límites. El sistema mundial de transporte topará con límites semejantes si se pretende mantener la flota actual de vehículos pero reconvertida a energías renovables: “Transformar la actual flota de vehículos con motor de combustión (990 millones de automóviles, 130 millones de camionetas, 56 millones de camiones y 670 millones de motos) en una flota de vehículos eléctricos requeriría el 33% del litio, el 48% del níquel y el 59% del platino existentes en la corteza terrestre. Esto sería técnicamente factible, pero aun en este caso, podría provocar un aumento enorme de los precios de estos metales y bloquear la demanda de los mismos para otros usos industriales” (Bellver 2019).

En un horizonte de penuria, la ciencia puede ofrecer innovaciones útiles. La “ciencia de los materiales”, por ejemplo, puede obtener substancias artificiales con las que lograr ciertos servicios con cantidades muy inferiores de masa, como el grafeno, que se fabrica con un elemento muy abundante en la naturaleza: el carbono. La investigación deberá orientarse a la mejora de la eficiencia en energía y materiales. Constituirá sin duda una parte importante de la necesaria transformación de las fuerzas productivas hacia un metabolismo mejorado y simplificado en el seno de una economía humanista sin crecimiento.

Paradigmas ecológico y evolucionista

El corpus teórico marxista no vincula el industrialismo moderno con la fractura metabólica fosilista y la dependencia masiva de los minerales de la corteza terrestre, revelando así que se trata de una visión no ecológica. No haber comprendido la diferencia radical entre un metabolismo basado en la fotosíntesis y las energías libres y otro basado en recursos no renovables y finitos, destinado al callejón sin salida del agotamiento de los stocks del subsuelo, es una debilidad teórica que impide abordar adecuadamente la interpretación del industrialismo y sus perspectivas. Daniel Tanuro (2007) lo ha percibido correctamente cuando dice que ni Marx ni Engels “parecen haber comprendido que el paso de la leña a la hulla constituía un cambio cualitativo muy importante: el abandono de una energía de flujo (renovable) a favor de una energía de stock (agotable)”. Pero no desarrolla esta idea hasta su desenlace lógico: el paso de la leña a la hulla ha permitido un crecimiento excepcional de las fuerzas productivas que el movimiento inverso —en este caso, del petróleo a la eólica/fotovoltaica— no podrá mantener al mismo nivel y con las mismas formas. Se trata de lo que Alain Gras llama “la trampa de las energías fósiles”. La demanda de energía (de flujo) con las tecnologías modernas acarrea la demanda paralela de minerales, de manera que no se trata de pasar simplemente del uso de recursos de stock al de recursos de flujo, pues los recursos de flujo requieren también bienes de stock, y en grandes cantidades debido al nivel muy alto de consumo y de necesidades al que las poblaciones humanas se han acostumbrado. Será preciso revolucionar las fuerzas productivas, construir una matriz productiva nueva y distinta, asentada sobre un sistema de energías renovables de flujo. Y aceptar las limitaciones de la producción correspondientes.

Un elemento de la perspectiva de futuro que resulta invisible con este marco teórico es que el agotamiento de la matriz energética fosilista imposibilitará la continuidad del capitalismo como sistema socioeconómico basado en la expansión indefinida de la producción de valor y, por tanto, de la apropiación y acumulación de recursos naturales. Este tope —intrínsecamente ecológico— supone un obstáculo para la continuidad del sistema mucho más contundente que el tope social contemplado por Marx y Engels: “la burguesía produce ante todo sus propios sepultureros. Su desaparición y la victoria del proletariado son igualmente inevitables” (Manifiesto del partido comunista). Y este límite ecológico condiciona también el futuro, incluso en la perspectiva del ecosocialismo: habrá que adaptarse a un modelo energético de menor potencia y renunciar a las formas actuales de abundancia material, abundancia que no debe confundirse con bienestar.

Es posible que se haya agotado el tiempo para una salida constructiva y que no nos quede otra alternativa que prepararnos para lo peor. En todo caso, la perspectiva de una u otra forma de colapso ecosocial sólo es imaginable a partir de un paradigma ecológico, no evolucionista. (Hay que decir también que de Marx siempre cabe esperar sorpresas, pues, como sucede a menudo con los pensadores grandes, era capaz de pensar con gran libertad fuera de sus propios marcos conceptuales. Al comienzo del Manifiesto comunista dice, en efecto, que la lucha de clases a lo largo de la historia ha terminado “siempre con la transformación revolucionaria de toda la sociedad o el hundimiento de las clases en pugna” [cursiva añadida]. La observación contrasta marcadamente con el tono evolucionista del texto en que figura y que caracteriza el marxismo tal como se desarrolló tras la muerte de su autor…)

En algo así se resume el cambio de paradigma necesario.

Por Joaquim Sempere | 14/04/2021

[Versión modificada del artículo publicado con el mismo título en Revista de Economía Crítica, núm. 30 (segundo semestre de 2020)]

 

Referencias bibliográficas

Bellver, José (2019): “Costes y restricciones ecológicas al capitalismo digital”, in Papeles de relaciones ecosociales y cambio global, nº144. Madrid

Boulding, Kenneth (1989): “The Economics of the Coming Spaceship Earth”, reproducido [“La economía futura de la Tierra como un navío espacial”, pp. 262-272] en Herman E. Daly, comp., Economía, ecología, ética. Ensayos hacia una economía en estado estacionario. México, Fondo de Cultura Económica

— (1992): Towards a new economics. Critical essays on ecology, distribution and other themes. Aldershot-Brookfield, Edwar Elgar Publishing Ltd.

Foster, John Bellamy (2000): Marx’s Ecology. Materialism and Nature. New York, Monthly Review Press [trad. castellana La ecología de Marx. El Viejo Topo, 2004].

García Olivares, Ballabrera, García Ladona y Turiel (2012): “A global renewable mix with proven technologies and common materials”, en Energy Policy, 41, pp. 561-574.

Georgescu-Roegen, Nicholas (1986): “Man and Production”, in Maura Baranzini i Roberto Scazzieri, eds., Foundations of Economics. Structures and Inquiry in Economic Theory. Oxford-Nueva York, Basil Blackwell, 1986.

Harich, Wolfgang (1978): ¿Comunismo sin crecimiento ? Babeuf y el Club de Roma, trad. de Gustau Muñoz y prólogo de M. Sacristán. Barcelona, Materiales [original alemán 1975].

Löwy, Michael (2003): “Progrès destructif. Marx, Engels et l’écologie », in Capital contre nature, dir. De Jean-Marie Harribey et M. Löwy. Paris, PUF.

— (2006): «Développement des forces productives ou subversion de l’appareil de production ? Une perspective écosocialiste», Écologie et Politique, n.º 32.

— (2012): Écosocialisme. L’alternative radicale à la catastrophe écologique capitaliste. Paris, Mille et une Nuits-Librairie Arthème Fayard [trad. cast.: Ecosocialismo. La alternativa radical a la catástrofe ecológica capitalista. Madrid, Biblioteca Nueva, 2012].

— (2020): XIII Thèses sur la catastrophe (écologique) imminente et les moyens de l’éviter. Mediapart.fr.

Naredo, J. M., y A. Valero, dirs. (1999): Desarrollo económico y deterioro ecológico, Madrid, Fundación Argentaria-Visor.

Naredo, J. M. (2007): Raíces económicas del deterioro ecológico y social. Más allá de los dogmas. Madrid, Siglo XXI.

— (2017): Diálogos sobre el oikos. Entre las ruinas de la economía y la política. Madrid, Clave Intelectual.

Pitron, Guillaume (2019): La guerra de los metales raros. La cara oculta de la transición energética y digital. Barcelona, Península.

Ponting, Clive (1992): Historia verde del mundo, Barcelona, Paidós.

Riba, Carles (2011): Recursos energètics i crisi. La fi de 200 anys irrepetibles. Barcelona, Universitat Politècnica de Catalunya [disponible, también en castellano, en www.upc.edu/idp].

Sacristán, Manuel (1984): “Algunos atisbos político ecológicos de Marx”, in Mientras tanto, nº 21 (diciembre 1984) [reeditado en M. Sacristán, Pacifismo, ecología y política alternativa. Barcelona, Icaria, 1987, pp. 139-150].

Tanuro, Daniel (2007): “Énergie de flux ou énergie de stock? Un cheval de Troie dans l’écologie de Marx», dans Europe Solidaire Sans Frontières (26/11/2007).

Tello, Enric (2016): “Manuel Sacristán at the Onset of Ecological Marxism after Stalinism”, Capitalism Nature Socialism, DOI: 10.1080/10455752.20.

Van der Ploeg, F., y A. Rezai (2017): “Cumulative emissions, unburnable fossil fuel, and the optimal carbon tax”, in Technological Forecasting and Social Change, n. 116 (2017).

World Bank (2020): Minerals for Climate Action: The Mineral Intensity of the Clean Energy Transition.

Ficciones financieras: viejas y nuevas

Por Michael Roberts

I: Las viejas

Debo declarar un posible conflicto de intereses. En los viejos tiempos, hace muchas lunas, trabajé para una consultora de inversiones que asesoraba a Bill Hwang, el propietario de Archegos, la “oficina familiar” del fondo de cobertura que se derrumbó recientemente, dejando 20 mil millones de dólares de deudas a dos grandes bancos, Credit Suisse y Nomura.

Bill Hwang

Hwang era entonces un ‘cachorro de tigre’, alguien a quien el veterano administrador de fondos de cobertura, Julian Robertson, del fondo de inversiones pionero Tiger, favoreció con capital de inversión ‘semilla’. Después de dejar Tiger, Hwang se estableció por su cuenta en 2001 con gran éxito. Pero su primer escándalo fue cuando, en 2013, Hwang fue excluido del negocio de inversiones en EE UU. Las autoridades alegaron que, utilizando información privilegiada, su fondo de cobertura Tiger Asia Management había violado las promesas que había hecho a algunos de los bancos de inversión más poderosos del mundo.

Pero no importa, Hwang, hijo de un pastor y profundamente religioso, pronto se reinventó para continuar la obra de Dios en la especulación financiera. Hwang ha atribuido a su fe haberlo ayudado a superar los tiempos difíciles. Después de la desaparición de Tiger Asia, dijo que había escuchado grabaciones de la Biblia durante horas.

Tras escuchar la palabra de Dios, estableció lo que se llama una ‘oficina familiar’, Archegos Capital Management, y llegó a desarrollar sus posiciones comerciales hasta decenas de miles de millones de dólares en los bancos de Wall Street, incluidos algunos a los que su antigua empresa había supuestamente engañado. La caída de Hwang se produjo la semana pasada cuando no pudo hacer frente a las caídas marginales en las operaciones de derivados (equity swaps), que había sufrido en varios bancos de inversión. Estos instrumentos les dan a los especuladores la opción de beneficiarse de las carteras de acciones sin tener que poseer ellos mismo las acciones en cuestión. Como dijo Marx hace unos 150 años en El Capital, “Se pueden obtener ganancias puramente mediante la negociación de una variedad de derechos financieros que existen solo en papel…. De hecho, se pueden obtener ganancias utilizando solo capital prestado para participar en el comercio (especulativo), sin el respaldo de ningún activo tangible».

Parece que Hwang había pedido prestados miles de millones de swaps de diferentes bancos para maximizar su «apalancamiento» al apostar en el mercado de valores, sin decirle a cada banco cuánto había pedido prestado. La debacle de Archegos Capital ha expuesto los riesgos ocultos del lucrativo pero opaco negocio de los derivados de acciones a través del cual los bancos empoderan a los fondos de inversión para hacer grandes apuestas en acciones y activos relacionados. “Tenemos un problema fundamental a la hora de informar sobre la tenencia de acciones sintéticas, un problema que no es secreto y no es nuevo”, dijo Tyler Gellasch, ex funcionario de la SEC y director ejecutivo de Healthy Markets, un grupo de presión. “Si hay cinco bancos diferentes que brindan financiamiento a un solo cliente, es posible que cada banco no lo sepa y, en cambio, piense que puede vender su exposición a otro banco si tienen problemas, pero no pueden, porque esos bancos ya están expuesto.»

Cuando las apuestas de Archegos se debilitaron, Hwang no pudo cumplir con sus compromisos con estos bancos y varios se quedaron colgados del problema. Como escribió Marx en El Capital“En toda estafa bursatil todo el mundo sabe que de un momento a otro llegará el colapso, pero todos esperan que pueda caer sobre la cabeza de su vecino, después de que él mismo haya atrapado la lluvia de oro y colocarla a buen recaudo».   En este caso, Goldman Sachs y Morgan Stanley rompieron primero con Whang y Credit Suisse y Nomura no.

La historia de Archegos es la de una crisis financiera a la antigua. Sí, el instrumento financiero involucrado, los derivados de intercambio de acciones, es una nueva forma de activo financiero (o lo que Marx llamó ‘capital ficticio’), inventado en los últimos 25 años. Y la creación de una ‘oficina familiar’, que no está sujeta a las mismas regulaciones financieras para los fondos de inversión modernos, se ha convertido en una nueva forma de evitar el escrutinio. Los fondos de cobertura son vehículos financieros especulativos básicamente para apostar (en su mayoría con dinero prestado) sobre el movimiento de los precios de las acciones, bonos, materias primas y sobre los ‘derivados’ de estos ad infinitum.. Las empresas de apuestas, cuando se anuncian en televisión, deben advertir: ‘por favor apueste responsablemente’, como exigen los reguladores (con poco efecto, por supuesto). Pero con las ‘oficinas familiares’, generalmente financiadas por fortunas familiares globales mega-ricas, es aún peor. No hay controles ni advertencias en absoluto.

En un informe emitido hace un año, la escuela de negocios Insead señaló que el número de ‘oficinas familiares’ unifamiliares había crecido un 38% entre 2017 y 2019, para llegar a ser más de 7.000. Los activos bajo gestión se situaron en unos 5,9 billones de dólares en 2019, según el informe. Hay que compararlo con los 3.6 billones de dólares en la industria global de fondos de inversión, según HFR. Estas ‘oficinas familiares’ pueden hacer lo que quieran con sus activos, sin regulación. Las familias ricas colocan una parte cada vez mayor de su riqueza en este tipo de estructuras. En promedio, controlan activos por valor de 1.600 millones de dólares cada una, según otro estudio de 2020 de UBS, y unas pocas pueden llegar a cientos de miles de millones de dólares. Normalmente, cada oficina familiar tiene dos o tres oficinas, a menudo en centros como Singapur, Luxemburgo y Londres. A los directores ejecutivos se les paga alrededor de 335.000 dólares al año, según el informe de Insead.

En el ejemplo de Archegos, parece que solo han sufrido los megabancos de inversión y no la gente corriente. Por lo tanto, es posible que no tengamos simpatía por ellos. Pero indirectamente, todos nos vemos afectados porque los bancos están utilizando fondos, también a menudo prestados, para especular de esta manera en lugar de proporcionar un servicio bancario adecuado a las personas. Los bancos prestan con condiciones estrictas para hipotecas o préstamos a pequeñas empresas, pero parece que no tienen ningún control en el caso de empresas como Archegos, con las que los bancos pueden ganar mucho dinero si todo va bien. Pero como lo expresó un corredor de derivados de acciones, los swaps de rendimiento total de acciones son “un caso clásico de recoger monedas de cinco centavos bajo una apisonadora … Puede recoger esas monedas de cinco centavos todo el día. Esa apisonadora se mueve muy lentamente. Pero si te tropiezas, chico, te atropellan».

En el caso del escándalo financiero de Woodford en el Reino Unido, ha habido un impacto directo en la gente del «mundo real». Han pasado más de 18 meses desde que la implosión del negocio de fondos de inversión de Neil Woodford desató el mayor escándalo de inversiones británico en una década. Más de 300.000 personas que confiaron sus ahorros ganados con esfuerzo al famoso «seleccionador de acciones» todavía están esperando recuperar el dinero. Muchos han tenido que retrasar la jubilación después de sufrir pérdidas de decenas de miles de libras. La Autoridad de Conducta Financiera del Reino Unido, el supuesto regulador financiero, fracasó estrepitosamente a la hora de prevenir el colapso de Woodford. Woodford fue aclamado en su día como «el hombre que no puede dejar de ganar dinero » y el «Warren Buffett de Gran Bretaña”. Pero el gran especulador bursátil se vio obligado a suspender la negociación de su fondo insignia Equity Income de 3.700 millones de libras esterlinas después de no poder hacer frente a una oleada de inversores que reclamaron su efectivo. Los inversores pueden perder hasta mil millones de libras esterlinas, más de una cuarta parte del valor del fondo en el momento de la suspensión.

Neil Woodford

También está el caso Greensill. Este era un banco ‘fintech’ creado por el ex ejecutivo de Morgan Stanley y Citibank, Lex Greensill. Se especializó en ‘financiamiento de la cadena de suministro’, es decir, ‘factoraje inverso’ donde el comprador elige facturas que el ‘factor’ de financiamiento (Greensill) pagará anticipadamente; eso es lo opuesto al factoraje donde el proveedor elige las facturas que quiere pagar por adelantado por el factor. El financiamiento de la cadena de suministro acelera las transacciones en un mercado global en rápido movimiento. Pero pone la carga del pago en el factor. La innovación revolucionaria de Lex Greensill consistió en dar un paso más, realizar y empaquetar estas facturas en fondos de inversión para venderlos a los bancos, de la misma forma que los grandes bancos de inversión convirtieron las hipotecas de alto riesgo en valores antes de la crisis financiera de 2008.

Greensill también utilizó depósitos de empresas y ayuntamientos para invertir en su aparentemente lucrativa operación, ofreciendo altas tasas y encontrando fondos y préstamos para clientes cuando los grandes bancos no prestaban. Creció rápidamente y adquirió exposición en préstamos por valor de 143.000 millones de dólares en 2019 con diez millones de clientes. En particular, proporcionó fondos al magnate metalúrgico Sanjeev Gupta, que posee la tercera empresa siderúrgica más grande del Reino Unido.

Sanjeev Gupta

Pero Greenshill quebró cuando no pudo encontrar suficiente financiamiento para sus compromisos crediticios en constante expansión y sus altas tasas para los depósitos. Los trabajadores del acero de Gupta podrían perder sus trabajos y los ayuntamientos alemanes podrían sufrir perdidas de 500 millones de dólares.

El escándalo todavía está en marcha, ya que parece que Greensill nunca tenía fondos suficientes para asumir los enormes pasivos (deudas) que tenían empresas como las siderúrgicas de Gupta. Peor aún, también parece que las empresas de Gupta estaban usando facturas para obtener préstamos de Greensill que fueron emitidas por otras empresas del complejo corporativo, en otras palabras, ¡que se apalancaban en recibos potenciales como garantía a Greensill que en realidad eran deudas de otros departamentos de la empresa! Mientras tanto, la empresa del grupo Gupta estaba recibiendo préstamos Covid de emergencia respaldados por el estado para mantener sus negocios durante la pandemia. Hasta el punto de que Gupta compró una casa adosada de 42 millones de libras esterlinas en Londres. Ahora se cree que Gupta está en Dubai. El gobierno del Reino Unido de Boris Johnson puede verse obligado a «nacionalizar» Liberty Steel de Gupta para salvar la empresa. Ha elaborado un plan de contingencia para rescatar Liberty Steel con dinero público mientras busca un comprador. Por lo tanto, este colapso financiero se rescatará gracias al erario público británico, de manera similar a cómo el Tesoro rescató British Steel en 2019 a un coste para los contribuyentes de casi 600 millones de libras esterlinas.

Así que nada ha cambiado desde que Marx escribió sobre “una nueva aristocracia financiera, una nueva variedad de parásitos en forma de promotores, especuladores y directores simplemente nominales; todo un sistema de estafa y engaño mediante la promoción de corporaciones, la emisión de acciones y la especulación de acciones».

Con el auge de las finanzas, «Todos los estándares de medición, todas las excusas más o menos todavía justificadas bajo la producción capitalista, desaparecen (….) dado que en este caso la propiedad existe en forma de acciones, su movimiento y transferencia se convierten puramente en el resultado del juego especulativo bursátil, en el que los peces pequeños son devorados por los tiburones y los corderos por los lobos de la bolsa”.

Lo nuevo son las formas de estas estafas. Ha habido un enorme aumento de lo que se denomina «banca en la sombra», es decir, préstamos y financiación de entidades no bancarias (IFNB), que se ha expandido enormemente desde el final de la Gran Crisis Financiera y ahora representa casi la mitad de todos los «activos» financieros. Nuestro nuevo moralista financiero, el ex gobernador del Banco de Inglaterra, Mark Carney, advierte que: «más de 20 billones de libras de activos se mantienen en fondos que prometen liquidez diaria a los inversores a pesar de invertir en activos subyacentes potencialmente ilíquidos».  Carney reconoce que fondos como los administrados por el deshonrado Neil Woodford “se basan en una mentira y podrían representar una amenaza para la economía global.  Estos fondos mantienen activos que son difíciles de vender a toda prisa, al tiempo que permiten a los inversores sacar su dinero cuando quieran, son un riesgo creciente para el sistema financiero«.

De vuelta a Marx.  “Las dos características inmanentes del sistema crediticio son, por un lado, desarrollar el incentivo de la producción capitalista, desde el enriquecimiento mediante la explotación del trabajo ajeno, hasta la forma más pura y colosal de juego y estafa”. De modo que el sector financiero sigue igual que antes, se dedica a la especulación y los reguladores no pueden detenerlos.

A medida que los mercados bursátiles mundiales alcancen nuevos máximos históricos y los bancos centrales continúen proporcionando suministros casi ilimitados de crédito al sector financiero aparecen ficciones financieras nuevas y sus inevitables crisis.

II: las nuevas (SPAC, NFT, criptomonedas)

El capital financiero es siempre ingenioso a la hora de inventar nuevas formas de especulación y estafas. En el pasado hemos tenido el boom de las punto.com cuando los precios de las acciones de muchas empresas emergentes de Internet se dispararon al alza, solo para colapsar cuando las ganancias de estas empresas no se materializaron y el coste de pedir prestado para especular aumentó. Eso fue en 2000 y estuvo seguida de una leve recesión en 2001.

Luego tuvimos el enorme auge crediticio en los precios de la vivienda, las hipotecas y los paquetes hipotecarios titulizados y sus derivados, que impulsaron un enorme boom inmobiliario y bursátil que colapsó en la crisis financiera mundial de 2008 y la posterior Gran Recesión. A esto le siguió una inyección masiva de dinero de los bancos centrales con tasas de interés muy bajas o cero y una «flexibilización cuantitativa» que condujo a un auge adicional en los mercados de acciones y bonos hasta máximos históricos. La crisis del COVID hizo que los bancos centrales duplicaran la ‘flexibilización cuantitativa’ para mantener el crecimiento de los precios de los activos financieros, mientras que la ‘economía real’ basada en la rentabilidad y la inversión en activos productivos se estancó.

En este mundo del siglo XXI, en el que son fáciles los préstamos de dinero, ha habido una serie de nuevas ficciones en el mundo de casino de la especulación financiera.

En primer lugar, están los SPACS, vehículos de adquisición para fines especiales. Estas son las llamadas compañías de “cheques en blanco”, los e.bancos y otros fondos de inversión que invierten en un SPAC, que no posee nada, pero promete a los inversores que el SPAC comprará una empresa privada y luego la llevará al mercado de valores en lo que se denomina Oferta Pública Inicial (venta de acciones al público). Si la oferta pública inicial genera un precio más alto que la inversión en el SPAC, todos obtienen ganancias.

Los SPAC se han apoderado de Wall Street y se han convertido en una de las inversiones favoritas de los gestores de fondos de inversión. Como explicó un SPAC, tenemos una “estructura inherentemente favorable a los inversores” con pocas desventajas. En Estados Unidos, que representa la mayor parte de la actividad de SPAC, 235 de estos instrumentos han recaudado 72.000 millones de dólares en lo que va de año, según Refinitiv. Pero, ¿hay un «pequeño inconveniente»? Supuestamente hay poco riesgo de perder la inversión original porque el efectivo se deposita en un fideicomiso que invierte en bonos del Tesoro de Estados Unidos y los accionistas pueden solicitar la devolución de su dinero en cualquier momento. Pero existe la posibilidad de que los altos rendimientos provengan de una peculiaridad única en el SPAC, que se divide en acciones y ‘opciones’ (opciones para comprar acciones) poco después de que la estructura comience a cotizar. Y aquí existe un riesgo sustancial de que las cosas salgan mal.

La opción, que por lo general vale solo una fracción de una acción, actúa como un endulzante para los primeros patrocinadores, quienes pueden recuperar su inversión mientras mantienen la opción. Cuando el SPAC encuentra una empresa para adquirir, las opciones se convierten en participaciones relativamente baratas en la nueva empresa. Pero aquellos que no aceptaron opciones sino que optaron por una participación en la empresa fusionada (principalmente pequeños inversores), corren el riesgo de una rentabilidad potencialmente mala y una recuperación de su inversión significativa menor en comparación con las opciones gratuitas conferidas a los primeros suscriptores.

Y muy a menudo resulta un mal negocio. Mientras que los fondos de inversión compran las ‘opciones’ a una fracción del precio de las acciones del SPAC y se retiran antes de que se complete la adquisición de SPAC, los pequeños inversores ‘minoristas’ permanecen hasta el final y descubren que el precio de la oferta pública inicial de adquisición cae muy rápidamente, dejándolos con pérdidas significativas. El resultado es que los pequeños inversores proporcionan el dinero para los ricos. Sin embargo, mientras el dinero es barato y el mercado de valores está en auge, los pequeños inversores en mejores condiciones seguirán esperando ganar dinero.

Luego están los NFT, o ‘tokens no fungibles’. ¿Qué diablos es eso? Las NFT son activos financieros digitales almacenados en blockchains (códigos digitales). Todo se puede convertir en un NFT para intentar venderlo. Christies ya ha subastado una obra de arte NFT (codificada digitalmente) por 70 millones de dólares. Una película nominada al Oscar se ha lanzado como NFT (código digital) y así sucesivamente. Pero lo que se vende es solo una representación única, en cadena de bloques (codificada digitalmente) de la obra de arte, no la obra de arte real en sí. Es el derivado final: un código digital derivado de un objeto o incluso de una persona, pero sin derechos de propiedad. ¿Entonces, para qué sirve? Para nada en realidad, es solo una moda y el comprador del NFT espera que se pueda vender a otro idiota para obtener ganancias.

Un aspecto negativo de la moda de los NFT es que la codificación de una obra de arte o una idea en una cadena de bloques implica cálculos complejos que consumen mucha energía. En seis meses, un solo NFT de un artista criptográfico consumió electricidad equivalente al consumo de energía promedio de un ciudadano de la UE durante 77 años. Esto, naturalmente, da como resultado una huella de carbono significativa.

Y este es un problema que se aplica a la tecnología blockchain de manera más general. Por ejemplo, la criptomoneda original Bitcoin (BTC) tiene un consumo de energía anual estimado en el rango equivalente a aproximadamente el 0,45 por ciento de la producción total de electricidad del mundo.

Y eso me lleva a la saga de las criptomonedas como el bitcoin. Escribí sobre blockchains y la locura de las criptomonedas hace más de tres años. Argumenté entonces que el Bitcoin tiene como objetivo reducir los costes de transacción en los pagos por Internet y eliminar por completo la necesidad de intermediarios financieros, es decir, los bancos. Pero dudaba que tales monedas digitales pudieran reemplazar las monedas fiduciarias existentes y ser ampliamente utilizadas en las transacciones diarias. Desde entonces, el precio de los bitcoin en monedas fiduciarias como el dólar ha fluctuado violentamente, pero más recientemente se ha disparado a alturas estratosféricas a medida que el dinero barato y la baja inflación han reducido el valor de la principal reserva y depósito de moneda, el dólar estadounidense. Mientras que el oro solía ser la reserva alternativa de valor al dólar, ahora parece que las criptomonedas como el Bitcoin se están convirtiendo en el activo monetario especulativo. ¿Por qué? Bueno, la mayor parte del oro se encuentra en las bóvedas de los bancos centrales, por lo que su precio está sujeto no solo al suministro de las minas de oro, sino también a las decisiones políticas de los bancos controlados por el gobierno. En cambio, el Bitcoin tiene una cantidad claramente definida de suministro digital y, a través de blockchains, se puede extraer y realizar transacciones sin controles gubernamentales.

En el mundo de fantasía actual de la inversión financiera de casino, el Bitcoin y otras criptomonedas parecen más atractivas para los especuladores de divisas que incluso el oro. Y así continúa el auge de las criptomonedas. Por ejemplo, Coinbase Global Inc, el mayor mercado de criptomonedas de EEUU, ahora está valorado en alrededor de 68 mil millones de dólares, en comparación con solo 8 mil millones en octubre de 2018. La compañía ahora tiene más de 43 millones de usuarios en más de 100 países.

Pero las criptomonedas no están más cerca de lograr la aceptación como medio de intercambio. El valor del Bitcoin no está respaldado por garantías gubernamentales, por definición. Está respaldado solo por el ‘código’ y el consenso que existe entre sus ‘mineros’ y titulares más importantes. Al igual que con las monedas fiduciarias, donde no hay un producto físico que tenga un valor intrínseco en el tiempo de trabajo para producirlo, la moneda criptográfica depende de la confianza de los usuarios. Y, de hecho, esa confianza en las criptomonedas varía con su precio en relación con la moneda fiduciaria, el dólar. Su precio se mide en dólares o en lo que se llama una ‘moneda estable’ ligada al dólar.

De hecho, mientras ha estallado la locura de las criptomonedas, el dólar estadounidense se ha afianzado cada vez más firmemente como la principal moneda del mundo (67% de todos los pagos, seguido del euro, el yen y el yuan).

El Bitcoin no está más cerca de la aceptación universal que cuando comenzó. Si bien las criptomonedas se han convertido cada vez más en parte de las finanzas digitales especulativas, todavía no creo que reemplazarán a las monedas fiduciarias, cuyo suministro está controlado por los bancos centrales y los gobiernos como principal medio de intercambio. Permanecerán en la microperiferia del espectro de las monedas digitales, tal como lo ha hecho el esperanto como lengua mundial universal contra el poder del inglés, el español y el chino.

Además, ya existen rivales a las criptomonedas que cuentan con el respaldo de los gobiernos: las monedas digitales del banco central (CBDC). Las CBDC se han debatido durante años como una alternativa al monedo en efectivo, ya que muchas economías han sido testigos de una caída en el uso del dinero físico en las transacciones. El dinero en efectivo representó solo el 20% de los pagos en China, la segunda economía más grande del mundo en 2018, según una investigación publicada por el Bundesbank en 2019. Esta semana, China se convirtió en la primera economía importante en crear una versión digital basada en blockchain de su moneda, el ciber yuan, para ser utilizado en transacciones. El banco central de Suecia, el Riksbank, reveló esta semana que su proyecto piloto de e-krona tardará al menos un año más en estar listo.

Estados Unidos es más reacio porque las finanzas estadounidenses tienen al dólar, que es la principal moneda del mundo. Esta semana, el presidente de la Reserva Federal, Jerome Powell, dijo que «no hay prisa por desarrollar una moneda digital del banco central».  Tras denigrar a las criptomonedas como «altamente volátiles y, por lo tanto, no son reservas de valor realmente útiles y no están respaldadas por nada», Powell continuó: » Es más un activo especulativo, que es esencialmente un sustituto del oro en lugar del dólar». Aun así, la Fed de Boston se asoció el año pasado con el Instituto de Tecnología de Massachusetts en un estudio de varios años sobre el desarrollo de una moneda digital del banco central. Pero se espera que el trabajo demore de dos a tres años.

En teoría, estas CBDC brindan una forma fluida y confiable de realizar transacciones digitales de manera más o menos instantánea y, como están respaldadas por el gobierno, las hacen atractivas en comparación con el oro, las monedas fiduciarias y las criptomonedas. Pero también reducen la libertad de las personas para controlar su propio ‘efectivo’ y abren las puertas de las actividades financieras personales a los gobiernos, supuestamente reduciendo la corrupción, pero también poniendo los medios de vida de las personas aún más en manos de los gobiernos.

En los últimos 20 años, las ficciones financieras se han digitalizado cada vez más. Las transacciones financieras de alta frecuencia han sido reemplazadas por la codificación digital. Pero estos desarrollos tecnológicos se han utilizado principalmente para aumentar la especulación en el casino financiero, dejando atrás a los reguladores. Cuando los mercados financieros se derrumben, lo que eventualmente ocurrirá, el daño digital quedará al descubierto.

es un reconocido economista marxista británico, que ha trabajado 30 años en la City londinense como analista económico y publica el blog The Next Recession.

Fuente:

https://thenextrecession.wordpress.com/2021/04/03/financial-fictions-the-old-ones/

Traducción:G. Buster

Amagar en el mar del Sur de China para golpear en Ucrania

por Raúl Zibechi

Desde hace algunos meses el ex secretario de Estado Henry Kissinger viene alertando sobre la posibilidad de un conflicto armado entre EEUU y China, apuntando la necesidad de que su país tome el camino de la cooperación con Pekín, ya que puede «conducir a buenos y grandes resultados».

Por el contrario, desaconseja justo lo que viene haciendo el presidente Joe Biden, ya que «una coalición que apunta a un país específico no es razonable».

A fines de marzo, con 97 años, Kissinger insistió en «un entendimiento con China sobre un nuevo orden global para garantizar la estabilidad o el mundo enfrentará un período peligroso como el que precedió a la Primera Guerra Mundial«. Lo dice con la experiencia que le da el haber piloteado uno de los giros de política internacional más importantes de la década de 1970, al haber concretado una alianza de EEUU con China para contener a la Unión Soviética.

En un evento de Chatham House en Londres, dijo que «es infinitamente más peligroso ahora de lo que era entonces», en referencia a la situación de 1914 que desencadenó la primera guerra, ya que «el armamento de alta tecnología en ambos lados podría conducir a un conflicto».

En el mismo sentido se pronunció el analista Michel T. Klare: «La historia nos dice que los conflictos no siempre comienzan debido a la planificación y la intención», explica Klare en un largo artículo en Tom Dispatch.

En junio de 1914, sostiene, «las principales potencias europeas tropezaron con la Primera Guerra Mundial». Y agrega: «Lamentablemente, nos enfrentamos a la posibilidad de una situación muy similar en los próximos años. Las tres principales potencias militares de la era actual, China, Estados Unidos y Rusia, se están comportando de manera inquietante, igual que sus contrapartes de esa era anterior».

Argumenta que el actual despliegue de fuerzas en las fronteras de sus adversarios, o de los aliados de esos adversarios, y las operaciones de «flexión muscular y demostración de fuerza (…) implican un alto grado de riesgo cuando se trata de provocar un choque accidental o no intencionado que podría resultar en un combate a gran escala o incluso, en el peor de los casos, en una guerra global».

A mi modo de ver, el despliegue naval de EEUU en el mar del Sur de China es apenas un amague previo a la presión, con atisbos de guerra «localizada», en la frontera de Ucrania con Rusia.

A principios de abril un grupo de ataque de portaviones de EEUU entró en el mar de China, pero Pekín reaccionó desplegando un grupo de tareas del portaviones Liaoning en el Estrecho de Miyako, perteneciente a la prefectura de Okinawa pero relativamente cerca de Taiwán, la isla que está en el centro de las disputas.

En efecto, el despliegue de la Armada del Ejército Popular de Liberación, incluía el portaviones Liaoning y estaba acompañada por el destructor de misiles guiados Nanchang, que navegaron a través del estrecho de Miyako, situado entre las islas japonesas de Miyako y Okinawa, en dirección al océano Pacífico, según Global Times.

El periódico oficialista chino agrega que el despliegue de su Armada se realizó «comenzando ejercicios regulares cerca de la isla de Taiwán, en un momento en que los buques de guerra estadounidenses, incluido un portaviones, hicieron provocaciones puntiagudas cerca de China».

Los destructores chinos de la clase 055 son considerados «las naves de combate más poderosas del mundo«, superiores incluso a los estadounidenses Zumwalt, según la revista especializada MilitaryWatch Magazine. Lo más sugestivo es que China ha sido capaz de botar ocho de esas naves en tiempo récord de tres años.

La impresión es que China no es vulnerable en sus aguas territoriales, ni en los mares que la circundan. Un reciente estudio de Military.Direct, concluye que las tres potencias militares del mundo tienen sus puntos fuertes en cada una de las tres armas: EEUU en la superioridad aérea, Rusia en la terrestre y China en la naval.

Según este análisis, el poder aéreo del Pentágono es superior al de China y Rusia sumados. Pero China duplica la capacidad naval de EEUU en sus aguas, donde además de su Armada cuenta con misiles antibuque para los que el Pentágono no tiene respuesta, además de la guerra cibernética que el Dragón está en condiciones de desplegar, cegando las defensas enemigas.

Por eso, limitado en el Mar del Sur de China, el Pentágono parece estar apuntando hacia las fronteras de la Unión Europea con Rusia. Como señala el analista de Asia Times, Pepe Escobar, «Ucrania y Rusia pueden estar al borde de la guerra, con graves consecuencias para toda Eurasia».

Según su análisis, el 24 de marzo el presidente ucraniano Volodímir Zelenski firmó un decreto que define que la política oficial del país consiste en «recuperar Crimea de Rusia», lo que equivale a una declaración de guerra apoyada por la OTAN. Esa es la razón para Escobar de que Rusia refuerce sus fronteras.

¿Qué buscan la OTAN y el Pentágono al crear una situación bélica en las fronteras de Rusia? Creo que se trataría de un golpe estratégico de tres dimensiones:

El primero significa la ruptura deseada por Washington entre la Unión Europea y Rusia. Aislar a Rusia es un deseo largamente acariciado por las elites de EEUU, que buscan a mediano plazo un cambio de régimen en Moscú para instalar un gobierno pro occidental que abra sus enormes riquezas naturales a las multinacionales del Norte.

El segundo es el fin del gasoducto Nord Stream 2, al que le faltan apenas 35 kilómetros y dos meses para su finalización, lo que asegura el suministro energético a Alemania y Europa en el largo plazo. Las reiteradas sanciones a empresas europeas y rusas que construyen el gasoducto no han podido impedir su desarrollo, considerado «peligroso» por Washington que desea vender su propio a gas a Europa.

El tercero se relaciona con China y Eurasia, como apunta Escobar. Debilitar a Rusia es el paso imprescindible para bloquear o acotar la Ruta de la Seda. Como señala el exembajador de la India MK Bhadrakumar, el acuerdo China-Irán firmado el 27 de marzo, cambia las reglas del juego porque «afecta las estrategias globales estadounidenses», al punto que aliados tradicionales de EEUU como Turquía y Arabia Saudí ya no siguen sus orientaciones.

A la defensiva en todo el mundo, apretar en Crimea y en las repúblicas de Donetsk y Lugansk puede ser una salida, peligrosa por cierto, para una estrategia global que no encuentra puntos de apoyo como antaño.

Gubernamentalidad y biopolítica en el Brasil contemporáneo

Por Silvio Gallo

Resumen

El artículo plantea la actualidad de los conceptos de biopolítica y de gubernamentalidad para pensar el mundo contemporáneo. Después de marcar los vínculos de la gubernamentalidad con los procesos de subjetivación, plantea que hay que pensar los procesos de gubernamentalización de los Estados en Latinoamérica que, aunque bajo la influencia de la colonización europea, no han seguido exactamente los mismos esquemas trabajados por Foucault cuando analiza Francia. En el caso específico de Brasil, trabaja la idea de que se ha producido una “gubernamentalidad democrática” después de los años de dictadura, que se ha centrado en la producción de sujetos ciudadanos. Finaliza con la hipótesis que en la gestión de la pandemia de COVID-19 se ha instalado la maquinaria de una bio(necro)política.

En esta oportunidad, vamos a utilizar algunas herramientas conceptuales producidas por Michel Foucault para intentar pensar algunos rasgos de la realidad brasileña contemporánea. De modo especial, vamos a operar con los conceptos de biopolítica y gubernamentalidad para pensar a partir de cuestiones específicas del campo de la Educación y desde allí realizar algunos aportes en el ámbito de la Filosofía de la Educación.

La idea general es que la noción foucaultiana de gubernamentalidad puede servirnos como una especie de “operador analítico” para estudiar la producción de políticas educativas. Si la biopolítica implica una acción de los Estados sobre las poblaciones, claramente las políticas públicas son intentos en esta línea. En este sentido, las políticas educativas son importantes esfuerzos en torno al control poblacional mediante la acción sobre los individuos convirtiéndolos en sujetos singulares, educados según los principios determinados por el Estado. De manera específica, planteamos que se ha producido en Brasil un tipo específico de gubernamentalidad que nombramos como “gubernamentalidad democrática” y que, en tanto operador analítico, permite comprender la producción biopolítica en el campo educativo desde 1985 hasta 2018.

En la dinámica del texto, antes de plantear la hipótesis central, vamos a esbozar algunas consideraciones alrededor de la biopolítica y de la gubernamentalidad en Foucault, para después quedarnos con las cuestiones específicas de la realidad brasileña. En el apartado final, haremos un bosquejo sobre la situación de estos días, bajo la pandemia de COVID-19 y la acción de un gobierno autoritario y antidemocrático.

Biopolítica y la cuestión del sujeto

No se puede pensar la biopolítica apartada de la cuestión del sujeto. Incluso, es posible afirmar que hay una suerte de “giro subjetivo” en el pensamiento y en la obra de Foucault, y que tal giro se ha tornado posible por la noción de gubernamentalidad. Hacemos esta anotación amparados en el análisis llevado a cabo por la filósofa Muriel Combes en el libro La vie inséparée. Vie et sujet au temps de la biopolitique, donde leemos que “poner la cuestión del sujeto a partir de sus modos de objetivación no puede ser hecho sino con la ayuda de una cuestión del poder como gobierno”.[1]Queda explicitado, pues, que es la transformación hecha por Foucault a mediados de los años 1970, en donde la noción de poder muta hacia la noción de gobierno, la que produce, poco después, un “giro subjetivo” en su trabajo. La autora llama nuestra atención por el hecho que, aunque la cuestión del sujeto aparezca como “subproducto” de la noción de gobierno, ella va a alejarse de la cuestión del biopoder, ganando autonomía e importancia en el trabajo de Foucault de los años 1980.

“[…] entre 1980 y 1982 el planteo de la cuestión del sujeto, tan cercano de aquel de la gubernamentalidad, no se puede disociar de la oscilación en la cual el gobierno de sí por sí mismo comprende la obediencia al otro —tenemos como ejemplo el poder pastoral en el cual se trata, para aquel que es dirigido, del reconocimiento de que la verdad de sí mismo pasa por la relación con el deseo y la lucha contra sí mismo en la obediencia a su director—, tanto en la óptica de la construcción de sí como en la dirección de consciencia estoica, la cual tiene por objetivo la maestría de sí por parte del dirigido, quien puede tornarse, a su vez, “director” de su director, en la medida en que viene a ser maestro de sí mismo. Es, verdaderamente, en esta línea en zigzag del gobierno de sí que se pone el énfasis tanto en la relación de obediencia al otro o de comando del otro, como en la relación de la construcción de sí, que aparece como proyecto de una historia de la inquietud de sí; y, alrededor de la noción de experiencia, una línea a lo largo de la cual la cuestión del sujeto se separa visiblemente del análisis del biopoder. Al final, al orientar el problema del sujeto al lado de la gubernamentalidad, mediante las técnicas de sí, el análisis se aleja de la problemática del biopoder”.[2]

Lo que nos interesa en este momento es el enlace inicial entre gobierno y sujeto. La razón es que el concepto de gobierno abre toda una nueva serie de consideraciones y de posibilidades. De un lado, salimos de las relaciones del tipo mando-obediencia, cuando tenemos la cuestión del poder, para transitar hacia un mecanismo de conducción de las conductas. Según Foucault (2008), el gobierno presupone la libertad de los sujetos gobernados. Ya no se trata de hacer imposiciones al otro, de controlar su deseo, pero sí de, conociendo sus comportamientos, actuar sobre ellos, intentando direccionarlos según los objetivos de aquel que gobierna. Conducir las condutas, en palabras de Foucault.[3]De otro lado, somos introducidos en el pliegue entre el gobierno de los otros y el gobierno de sí mismo. El poder como gobierno se ejerce sobre los otros, pero también sobre uno mismo. Por ende, trabajar sobre uno mismo es ponerse en la esfera de la subjetividad. Hay una acción del gobierno que es constitutiva de los sujetos.

Pensar la gubernamentalidad, como aspecto de la maquinaria biopolítica, es entonces pensar cómo somos subjetivados, de qué manera las relaciones de poder hacen de nosotros sujetos que pueden actuar, que son conducidos, pero también, que se conducen a sí mismos. Esta cuestión gana destaque especial cuando pensamos en el campo educativo. Como veremos en seguida, al analizar el caso de Brasil, la producción biopolítica de políticas educativas implica maneras de producir sujetos.

Gubernamentalización del Estado en Brasil

Cuando acompañamos el análisis de Foucault en su curso de 1978, Seguridad, territorio, población, vemos la importancia que atribuyó al proceso de gubernamentalización de los Estados modernos. Con evidente centralidad en Francia y en otros países europeos, el filósofo llama la atención en torno a tres conformaciones del Estado que, a su vez, corresponden a tres tecnologías distintas de poder. De manera que, partiendo de los Estados de justicia, que operaban con la tecnología del poder de soberanía, puede constatarse una transición hacia los Estados administrados, correlatos del poder disciplinar, hasta llegar a los Estados gubernamentalizados que tienen su funcionamiento centrado en la tecnología del biopoder. El análisis de Foucault es minucioso y lo que queremos aquí es, tan solo a manera de aproximación, delinear este proceso de avance en la conformación del Estado moderno, el cual pasa por transformaciones importantes en sus modos de operación en la medida en que cambian las tecnologías de poder disponibles y dominantes.

Muy bien; ¿cómo trasplantar este análisis hecho en Europa para Latinoamérica? En nuestro continente, tuvimos distintas civilizaciones, con diferentes organizaciones políticas. El Estado moderno ha sido introducido por los europeos con sus proyectos coloniales luego, con diferencias en relación con aquello que pasaba en Europa. España y Portugal, aunque tuviesen similitudes en sus constituciones estatales, con estrechas relaciones con la Iglesia católica, tenían también sus diferencias, algunas significativas, en los proyectos de colonización. Llamamos la atención en torno a una sola diferencia, a título de ejemplo: si en los territorios españoles aún en siglo XVI tuvimos la instalación de universidades, no pasó lo mismo en los territorios portugueses; aunque algunos cursos de formación superior hayan sido instalados en Brasil a partir de 1808,[4] cuándo la familia real portuguesa se trasladó a tierras brasileñas, las primeras universidades sólo serían creadas en la década de 1930. Esto es suficiente para evidenciar los distintos proyectos coloniales en suelos latinoamericanos. En los dos casos, explotación, sin duda, pero con diferencias culturales significativas.

Esto nos lleva a plantear que sí podemos pensar procesos de gubernamentalización de los Estados latinoamericanos, pero no podemos hacerlo como una simple adecuación del modelo de Foucault construido alrededor de los Estados europeos. Está por ser hecha una historia de los procesos de gubernamentalización de nuestros respectivos países, cada cual con sus rasgos característicos. Si las diferencias en los procesos de los distintos Estados europeos no son tan grandes a punto de impedir una caracterización general, como lo hizo Foucault, cuando hablamos en Latinoamérica hay que tener cautela, hay que buscar las características y tiempos propios en los países colonizados. Además, hay que pensar las diferencias substanciales entre Brasil, con su colonización portuguesa y los demás países de colonización española.

Vamos a detenernos un poco sobre el caso de Brasil. No se trata, es evidente, de un análisis exhaustivo; lo que haremos no es más que buscar algunos marcos generales, bosquejando lo que podrá un día ser una historia de la gubernamentalización del Estado brasileño. Si algunos pueblos originarios construyeron civilizaciones en el período precolombino, algunas con Estados organizados y fuertes, este no ha sido el caso en las tierras que un día serían el Brasil. Los pueblos que aquí vivían constituyeron sociedades sin Estado y, si seguimos al antropólogo francés Pierre Clastres, sociedades contra el Estado.[5]

Queda claro, así, que el Estado que se ha instalado en Brasil ha sido el Estado europeo, fruto de la colonización portuguesa. Tuvimos un largo periodo colonial, del 1500, año de la toma de los territorios por los portugueses, hasta el 1822, año de la declaración de la independencia del país. Los historiadores definen distintos periodos en estos tres siglos, pero lo más importante para lo que concierne nuestro tema es el hecho que en el año 1808 la corte portuguesa se instalase en Rio de Janeiro, obligada a salir de Lisboa ante el temor de una invasión del territorio portugués por Napoleón. Este hecho es importante dado que cambia radicalmente la relación de la administración portuguesa frente a las tierras colonizadas. Es la presencia de la familia real en estas tierras la que va a impulsar la cultura con la apertura de escuelas, cursos de formación superior (como se ha dicho antes), museos, teatros etc. De esta manera, en sintonía con el interés de este texto, es posible afirmar que durante todo el período colonial tuvimos un Estado que operaba según los modelos del poder de soberanía. Aunque en Europa ya tuviésemos la organización de un Estado administrativo, operando bajo el poder disciplinar, como muestra Foucault, por acá se seguían las prácticas del poder soberano.

La independencia ha sido declarada en el año 1822, de forma rara: ha sido el príncipe, hijo del rey de Portugal, que tenía el encargo de administrar la colonia después de la vuelta del rey a Lisboa – en el año 1821, para enfrentar una revuelta popular –, quien declaró el país independiente, instituyendo el “Império do Brasil”. El periodo imperial tuvo una duración de 67 años, del 1822 hasta el 1889, con dos emperadores: Pedro I, quien ha reinado hasta 1831, año en el que fue a Portugal para asumir el trono de aquel país, dejando el gobierno de Brasil a su hijo, quien se ha tornado Pedro II con apenas cinco años. Pedro II reinó por 58 años. En este periodo imperial tuvimos una mezcla de maquinarias de poder; sin ninguna pretensión de exhaustividad, podría señalarse una transición del Estado jurídico-soberano hacia un Estado administrativo, sobre todo bajo el gobierno de Pedro II. Sin embargo, hacia el final del periodo se pueden ver rasgos de un proceso de gubernamentalización del Estado brasileño, pero aún mezclado con maquinarias disciplinarias y mismo soberanas.

En 1889, un golpe de Estado llevado a cabo por líderes militares y civiles instituyó el régimen republicano presidencialista, bajo una fuerte influencia de intelectuales positivistas. Se va a ver, entonces, un proceso de fuerte conversión de las maquinarias estatales, un verdadero proceso de gubernamentalización. Aunque pasando por una etapa de Estado administrativo, la gubernamentalización camina a pasos fuertes. De todas maneras, como ya se ha señalado, esta historia está por ser hecha y pensamos que un tal estudio sería interesante para demarcar distintos periodos y distintas maneras de practicar la gubernamentalidad. Otro estudio promisor sería una comparación entre los distintos países de Latinoamérica y sus procesos de gubernamentalización; ¿Cuáles las similitudes? ¿Cuáles las diferencias?

Gubernamentalidad democrática: ¿una invención “made in Brazil”?

Esta rápida introducción ha tenido como propósito traernos al punto clave de este texto, la presentación de la hipótesis respecto a que tuvimos, en las últimas décadas del siglo XX y en las primeras del siglo XXI, el desarrollo de una maquinaria de gubernamentalidad sui generis, centrada en la afirmación de la democracia y comprometida con las prácticas neoliberales. Por esta razón, proponemos nombrarla como una “gubernamentalidad democrática”, un gobierno de los ciudadanos que son libres para tomar sus decisiones y son llamados a participar de la sociedad en sus múltiples instancias. Eso puede parecer extraño para quienes estén familiarizados con el trabajo de Foucault, visto que el proceso de gubernamentalización de los Estados europeos coincide con la construcción de los Estados democráticos modernos. Pero consideramos que la adjetivación “democrática” hace sentido en la realidad política brasileña, tal como intentaremos demostrar.

A lo largo del largo del siglo XX, en su período republicano, Brasil sufrió dos períodos dictatoriales. Primero tuvimos una dictadura civil, llevada a cabo por Getulio Vargas, entre 1930 y 1945, que culminó con la instalación del llamado “Estado Novo”. La política de Vargas tuvo paralelos importantes con el fascismo italiano de Benito Mussolini, de suerte que la legislación obrera brasileña por él instituida ha sido largamente inspirada en la “Carta del Lavoro” del dictador italiano. Después, entre 1964 y 1985, tuvimos una dictadura militar, con largo apoyo civil y empresarial, y con una sucesión de generales ocupando la presidencia de la república. Entre 1945 y 1964 tuvimos gobiernos nacionalistas, que invirtieron en el desarrollo del país, pero también gobiernos populistas. El golpe de Estado de 1964 ha sido la reacción conservadora a un gobierno tendiente un poco más a la izquierda, que intentaba implementar reformas de base, como una reforma agraria, por ejemplo.  En este período, es ya posible percibir intentos de direccionar la maquina gubernamental hacia una afirmación de la democracia, pero el movimiento fue interrumpido por el golpe y por los 21 años de dictadura.

En 1984 tuvimos la última elección indirecta bajo el régimen dictatorial, ya totalmente debilitado y negociando la transición, con la garantía de una amnistía a los crímenes políticos cometidos, sea por los gobernantes o por la oposición. Concurrieron candidatos a presidente civiles y militares mientras el candidato indicado por el gobierno militar era, él mismo, civil. Ganó la oposición, con un candidato de centro, con la misión de implementar una transición segura.[6] Así, en 1985 empezó el primer gobierno civil después de 21 años de dictadura militar, siendo el primero de sus actos la creación de una Asamblea Nacional Constituyente con la tarea de crear una nueva Constitución para el país. Esta carta magna ha sido aprobada en 1988, consolidando la institución de un orden jurídico y social democrático.

Uno de los principios centrales de la Constitución de la República Federativa del Brasil es la ciudadanía, con la afirmación de que el ciudadano es el sujeto activo en la política y en la sociedad. Esto inicia un proceso de afirmación de la ciudadanía en todo el orden jurídico del país, siendo este principio asumido en toda la producción de políticas públicas en los más diversos campos. En el campo de la Educación, la Constitución impuso la necesidad de organización de una nueva ley general para garantizar el ordenamiento jurídico del campo, puesto que la ley de entonces había sido producida durante la dictadura. El Congreso Nacional inició los debates y trabajos al tiempo que una Ley Nacional de Directrices y Bases de la Educación Nacional era finalmente aprobada en diciembre de 1996, después de ocho años de intenso trabajo parlamentario. En su artículo segundo, se lee: “La educación, deber de la familia y del Estado, inspirada en los principios de libertad y en los ideales de la solidaridad humana, tiene por finalidad el pleno desarrollo del educando, su preparación para el ejercicio de la ciudadanía y su calificación para el trabajo”.[7]

Toda la política educativa producida entre 1996 y 2018[8]tiene a la ciudadanía y la inclusión como palabras clave, lo que significa que todos tienen que ser ciudadanos o no pueden ser gobernados.[9] Como se mostró en el inicio, hay una fuerte vinculación de la gubernamentalidad con los procesos de subjetivación, puesto que son los sujetos quienes son gobernados; lo que hemos visto en Brasil ha sido un proceso de producción de sujetos ciudadanos, incluidos en una maquina social y política.

Somos sujetados como ciudadanos; hemos sido, de manera compulsiva, subjetivados para obedecer a los principios básicos de una sociedad democrática. Hay que participar; hay que confesar su verdad política en el voto; hay que confesar su verdad técnica en el trabajo; hay que confesar la verdad de aquello que se es en los distintos procesos sociales, puesto que somos, todos, ciudadanos de derechos. Tenemos derecho a la educación, derecho a la salud, derecho al trabajo etc.; tenemos derecho de ser, por eso somos. La biopolítica de la gubernamentalidad democrática produce el “sujeto de derechos”.

Para citar tan solo un ejemplo, uno de los primeros marcos legales aprobados después de la Constitución de 1988 ha sido el ECA – Estatuto da Criança e do Adolescente (ley de reglamentación de la atención a los niños y a los jóvenes), de 1990. Esta ley implicó un avance extraordinario con relación a la legislación autoritaria que teníamos antes (el Código de Menores), instituyendo una forma democrática de gobernar la infancia y la juventud. Dicha ley partió del principio de que niños y jóvenes, que todavía no gozan de todos los derechos democráticos de los ciudadanos, son también “sujetos de derechos”. Su primer derecho es el derecho a la protección integral, o sea, el derecho a ser tutelado (gobernado) por los adultos. Ello en nombre de la democracia.[10]

Esta maquinaria de una gubernamentalidad democrática ha atravesado más de tres décadas —no importa el partido político que estuviese en el gobierno—, dejando claro que es una política de Estado, o para decirlo con Foucault, el modo de operación del Estado. Claro está que hubo momentos, como durante los gobiernos del Partido dos Trabalhadores (entre 2003 y 2016), en que la defensa de la democracia y las demandas a una mayor participación popular han sido agudizados, pero en todo el período ella ha estado en operación.

Hoy: ¿una bio(necro)política?

No tenemos todavía condiciones de analizar si, después de 2019, seguimos con la operación de una gubernamentalidad democrática en el país; pensamos que no, pero hace falta algún alejamiento histórico para que se pueda decir con certidumbre. Puede ser que estemos a punto de vivir un hiato en el proceso de redemocratización del país, que pueda ser retomado con el gobierno siguiente; o no, puede ser que vivamos ahora un cambio profundo en la gubernamentalidad con la cual opera el Estado brasileño. Pero una cuestión podemos enfrentar: ¿En la pandemia y crisis sanitaria de 2020-2021, como actúa el gobierno brasileño?

Para responder a esta pregunta, proponemos operar un acoplamiento conceptual, afirmando que vivimos, hoy, una bio(necro)política. Intentemos explicar este planteamiento de modo breve.

Foucault ha planteado la biopolítica y los procesos de gubernamentalización del Estado a partir de la realidad europea, con obvia centralidad en Francia. El filósofo contemporáneo Achille Mbembe, pensando a partir de África, propone que debemos pensar, también, en una necropolítica, una política que se ejerce como gestión de la muerte. Alguien podría objetar que el mismo Foucault ha previsto esta cuestión, al plantear, sobre todo en el curso de 1976 (Defender la sociedad), la idea de un “racismo de Estado” en el seno de la biopolítica, citando ejemplos como la actuación del Estado nazi en Alemania y del Estado estalinista en la Unión Soviética. Pero el filósofo africano habla de otra cosa, más profunda e intensa. Siguiendo su tesis de que el occidente ha producido una “razón negra”, el otro de la razón afirmada por los blancos europeos, plantea que, en muchos de los territorios ajenos, colonizados, sobre todo en América, se ha robustecido una necropolítica.

La construcción colonialista de una “razón negra” ha servido para sustentar un sistema de intensa explotación de la mano de obra humana que ha hecho posible el crecimiento de las economías capitalistas de Europa. Podríamos, quizás, extender la idea de razón negra a los pueblos originarios de las tierras que los europeos nombraron América; aquí, pueblos han sido aniquilados para garantizar la conquista del territorio y esa ha sido una de las razones para traer africanos como mano de obra para hacer andar la producción y la economía colonial. En gran medida, es la razón negra que hace posible una espoliación absoluta de estos pueblos que son “otros” con relación a los europeos; si han de tener sus vidas afirmadas, los otros pueden tener sus vidas negadas, con una gestión necropolítica.

Lo que hace el planteo de Mbembe distinto de aquel de Foucault es la cuestión del territorio. En cuanto el Estado europeo se gubernamentaliza con la implementación de gestiones biopolíticas en su territorio, ejerce otro tipo de gestión política en territorios ajenos, colonizados, que va en dirección contraria a aquella de la afirmación de la vida, gobernando a través del terror y de la muerte. Por eso una necropolítica. Por otro lado, podemos decir que la gestión necropolítica de los territorios colonizados ha sido la condición y la sustentación económica de los Estados biopolíticos europeos.

En nuestros días, Mbembe habla en un “devenir negro del mundo”, puesto que el neoliberalismo ejerce una sobreexplotación de poblaciones pobres por todo el mundo, lo que abre las puertas para una extensión de la necropolítica. Pero, en una dirección distinta, proponemos que, con la crisis sanitaria global impuesta por la pandemia de coronavirus a partir de comienzos de 2020, experimentamos otro tipo de gestión estatal, que articula aspectos biopolíticos y necropolíticos, y esto es claro para nosotros cuando miramos lo que pasa en Brasil.

Algunos países utilizan las maquinarias biopolíticas en la gestión de la pandemia y bajo el discurso de afirmación y protección de la vida, vigilan, controlan los desplazamientos de los ciudadanos y, ahora, empiezan a vacunar las poblaciones, como forma de protección. En Brasil, tenemos un gobierno federal que ha optado por negar la importancia de la pandemia y afirmar la imposibilidad de parar la economía. Por esa razón, no hizo esfuerzos para garantizar ni el confinamiento ni el alejamiento social. Si algunas medidas en esta dirección han sido implementadas, lo fueron por los gobernantes provinciales o municipales. Para el gobierno federal, no es posible evitar las muertes y todo el tiempo se encargó de minimizar su impacto; hoy el Brasil ocupa el segundo lugar mundial en número de muertos por COVID-19, atrás de los Estados Unidos que, bajo el gobierno Trump, tuvo una actuación semejante. Llamamos la atención hacia el doble aspecto del discurso del gobierno: de un lado, afirmación de la economía, de la necesidad del trabajo, de afirmación de la vida; de otro lado, minimización del impacto de las muertes, apuntando a su aceptación por la población.

Esa doble posición, de afirmación de la vida y afirmación de la muerte, al mismo tiempo, pone de manifiesto una cisura en la sociedad, una división hecha por el gobierno entre aquellos que van a ser protegidos y tener la vida garantizada y aquellos que, fuera de esta categoría, pueden morir. Y así vemos una doble maquinaria política en acción; paralelamente a una gestión biopolítica para una camada de la población, una gestión necropolítica para otra parcela, aquella de los negros, los pobres, los más viejos, justamente aquellos que más necesitan del apoyo del Estado. Es una política deliberada para hacer morir aquellos que son más costosos y hacer vivir a aquellos que, por la capacidad productiva, pueden pagar más impuestos.

En nuestra visión, no se trata simplemente del efecto del racismo de Estado que ha apuntado Foucault, pues no apunta a poner a un grupo poblacional al margen y señalarlo como peligroso para el conjunto social. Se trata, por el contrario, de hacer una gestión política de la muerte, de gobernar por la muerte. Y como eso se hace en el mismo territorio en que el Estado opera también un gobierno de la vida, una biopolítica, nos parece interesante pensar la situación como una bio(necro)política, evidenciando que la necropolítica está incrustada en el seno de la biopolítica. Aunque sean conducciones de conductas distintas y mismo contradictorias, operan en conjunto, una influyendo directamente en la otra.

***

Para terminar, queremos decir que las dos exploraciones conceptuales que aquí realizamos, aunque de manera muy rápida e introductoria, a saber: la idea de una gubernamentalidad democrática en las décadas postdictadura y la idea de una bio(necro)política actuando en la contemporaneidad pandémica, ambas pensadas en el caso brasileño, son afirmaciones de la actualidad de la biopolítica.

Gilles Deleuze ha dicho, cierta vez, que un concepto filosófico dice respecto a una o más funciones, encontrándose siempre en el contexto de un campo de pensamiento que se define por variables internas y externas.[11] Un concepto es creado por necesidad, para cumplir tales o cuales funciones; si las variables internas o externas cambian, el concepto también cambia y quizás llegue un tiempo en que ya no haga sentido; en estos casos, afirma Deleuze, hay que dejarlo de lado, dejarlo morir, y crear nuevos conceptos. Pensamos que este no es el caso de la biopolítica y de la gubernamentalidad. Aunque tengamos cambios expresivos en las variables internas y externas (las condiciones históricas ya no son las mismas experimentadas por Foucault en la década de 1970), los conceptos todavía se sostienen, puesto que el campo problemático al que apuntan sigue activo. Pero, como tenemos transformaciones importantes en curso, también es necesario experimentar variaciones en el concepto, adaptaciones que permitan que la herramienta siga operando con buenos resultados. En este sentido presentamos la gubernamentalidad democrática y la bio(necro)política como claves posibles de lectura de la realidad brasileña contemporánea, como manifestaciones de la actualidad de la biopolítica y no de su superación.

 

Bibliografia

  1. Lei de Diretrizes e Bases da Educação Nacional (Lei nº 9394/96). Brasília: Presidência da República/Casa Civil, 1996 (disponible en: http://www.planalto.gov.br/ccivil_03/leis/l9394.htm).
  2. CLASTRES, P. A sociedade contra o Estado – pesquisas de antropologia política. São Paulo: Cosac & Naif, 2003.
  3. COMBES, M. La vie inséparée. Vie et sujet au temps de la biopolitique. Paris: Éditions Dittmar, 2011.
  4. CUNHA, L.A. A universidade temporã. 2ª ed. Rio de Janeiro: Francisco Alves, 1986.
  5. DELEUZE, G. Deux régimes de fous. Textes et entretiens 1975-1995. Paris: Les Éditions de Minuit, 2003.
  6. FOUCAULT, M. Em defesa da sociedade. São Paulo: Martins Fontes, 1999.
  7. FOUCAULT, M. Segurança, território, população. São Paulo: Martins Fontes, 2008.
  8. GALLO, S. Governamentalidade democrática e ensino de filosofia no Brasil contemporâneo. Cadernos de Pesquisa(Fundação Carlos Chagas), v.42, 2012, p.48 – 64.
  9. GALLO, S. “O pequeno cidadão”: sobre a condução da infância em uma governamentalidade democrática. In: RESENDE, H. (org.). Michel Foucault – O Governo da Infância. Belo Horizonte: Autêntica, 2015, p. 329-343.
  10. GALLO, S. Políticas da diferença e políticas públicas em educação no Brasil. Educação e Filosofia, Uberlândia, v. 31, n. 63, p. 1497-1523, set./dez. 2017a.
  11. GALLO, S. Biopolítica e subjetividade: resistência?Educar em Revista, Curitiba, Brasil, v. 33, n. 66, p. 77-94, out./dez. 2017b.
  12. GALLO; S.; ASPIS, R. L. Biopolítica-vírus e educação-governamentalidade e escapar e… Revista de Estudos Universitários. Sorocaba, v. 37, n. 2, p. 167-179, dez. 2011.
  13. GALLO, S.; LIMONGELLI, R.M. “Infância maior”: linha de fuga ao governo democrático da infância. Educação e Pesquisa, São Paulo, v. 46, e236978, 2020 (disponible en: https://www.scielo.br/scielo.php?pid=S1517-97022020000100407&script=sci_arttext con versiones en portugués y en inglés).
  14. MARTINS, A.C.P. Ensino superior no Brasil: da descoberta aos dias atuais. Acta Cirúrgica Brasileira, vol.17. 3. São Paulo, 2002 (disponible en: https://www.scielo.br/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0102-86502002000900001).
  15. MBEMBE, A. Crítica da Razão Negra. São Paulo: n-1, 2018a.
  16. MBEMBE, A. Necropolítica – biopoder, soberania, estado de exceção, política de morte. São Paulo: n-1, 2018b.
  17. SCOTT, J.C. Against the grain – a deep history of the earliest States. New Haven and London: Yale University Press, 2017.

Notas
[1] COMBES, M. La vie inséparée. Vie et sujet au temps de la biopolitique, ed., cit., p. 57.
[2] Ibidem, p. 60, tradución propia
[3] Sobre la noción de conducta y el gobierno como su conducción, ver sobre todo la clase de 1 de marzo de 1978 (Foucault, 2008, p. 253-303).
[4] Em 1808 han sido creadas escuelas superiores de Cirugía y Anatomía en Bahia y en Rio de Janeiro; dos años más tarde, surgió la Academia Real Militar (Rio de Janeiro) y unas otras pocas instituciones surgieron en los años siguientes (MARTINS, 2002). Aunque tuvimos esfuerzos de constitución de universidades que no han tenido continuidad, desde el inicio de la república, en 1889 (con destaque para la Universidade de Manaus, 1909 y la Universidade do Paraná, 1912), solamente en 1934 ha sido creada la Universidade de São Paulo y en 1937 la Universidade do Brasil (hoy Universidad Federal do Rio de Janeiro) (CUNHA, 1986).
[5] Clastres estudió los guaraní de América del Sur y planteó la tesis política de que sus organizaciones sociales no sólo no se organizaran según la forma del Estado, como la han evitado, la han conjurado. Estos pueblos inventaran otras formas de organización política. Ver Pierre Clastres, A sociedade contra o Estado. En dirección análoga, pero estudiando pueblos del Oriente, el antropólogo estadounidense James C. Scott plantea que si los primeros Estados se han organizado a través del acumulo de granos, algunos pueblos han buscado otros cultivos, que no permitían su acumulación, con eso han evitado la emergencia de la forma Estado. Ver, de este autor, Against the grain – a Deep history of the earliest States.
[6] El presidente que ha sido elegido, Tancredo Neves, cayó enfermo y no pudo tomar pose, siendo llevado al cargo su vicepresidente, José Sarney. Días después del inicio del nuevo gobierno, nombrado por Neves como “Nova República”, fue anunciado su fallecimiento, de manera que el gobierno quedó en manos de Sarney.
[7] BRASIL, 1996, el subrayado es mío
[8] La elección, en fines de 2018, de un presidente que está en el cargo desde enero de 2019 y que tiene un proyecto y un discurso autoritarios ha implicado en un fin – o una pausa, quizás, a depender del futuro – de esta gubernamentalidad democrática.
[9] Hemos publicado algunos artículos y capítulos de libros explorando este tema; están todos referenciados al final, caso el lector tenga curiosidad y desee profundizar el tema GALLO, 2012; GALLO, 2015; GALLO, 2017a; GALLO, 2017b. En el momento, estamos finalizando la edición de un e-book resultante de un seminario de posgrado en el primer semestre de 2020 en la Universidad de Campinas, donde los estudiantes han explorado y analizado distintos aspectos de políticas educativas de Brasil con el operador analítico de la gubernamentalidad. Será publicado brevemente con el título Governamentalidade democrática e política educacional brasileira.
[10] Se puede encontrar un análisis de esta política pública en el artículo “Infância maior”: linha de fuga ao governo democrático da infância (GALLO; LIMONGELLI, 2020).
[11] Ver : Réponse à une question sur le sujet, texto de 1988, que reaparece en la colectánea “Deux régimes de fous – textes et entretiens 1975-1995”.

El auge del capitalismo y la productividad del trabajo

Por Michael Roberts

En mi opinión, Marx y Engels hicieron dos grandes descubrimientos científicos: la concepción materialista de la historia y la ley del valor bajo el capitalismo; en particular, el papel de la plusvalía en la acumulación capitalista. La concepción materialista de la historia afirma que las condiciones materiales del modo de producción de una sociedad y las clases sociales que emergen en ese modo de producción determinan en última instancia las relaciones y la ideología de esa sociedad. Como escribió Marx en el prefacio de su libro de 1859 Contribución a la crítica de la economía política : “El modo de producción de la vida material condiciona el proceso general de la vida social, política e intelectual. No es la conciencia de los hombres lo que determina su existencia, sino su existencia social la que determina su conciencia».

Esa visión general ha sido reivindicada muchas veces en estudios sobre la historia económica y política de la organización humana. En particular a la hora de explicar el surgimiento del capitalismo hasta convertirse en el modo de producción dominante. Se acaba de publicar un nuevo estudio que ratifica la fortaleza de la concepción materialista de la historia. Tres académicos de las universidades de Berkeley y Columbia han publicado un artículo titulado “¿Cuándo comenzó el crecimiento? Nuevas estimaciones del crecimiento de la productividad en Inglaterra desde 1250 hasta 1870”.

Intentan medir cuándo despegó realmente el crecimiento de la productividad (producción por trabajador u horas de trabajador) en Inglaterra, uno de los primeros países donde el modo de producción capitalista fue dominante. Encuentran que apenas hubo crecimiento de la productividad antes de 1600. Pero la productividad comenzó a despegar mucho antes de la llamada ‘Revolución Gloriosa’ de 1688, cuando Inglaterra se convirtió en una ‘monarquía constitucional’ y el gobierno político de los comerciantes y terratenientes capitalistas se hizo realidad. Según estos académicos desde aproximadamente 1600 hasta 1810, hubo un modesto aumento de la productividad de la fuerza de trabajo en Inglaterra de aproximadamente un 4% cada década (es decir, 0,4% anual), pero después de 1810 con la industrialización de Gran Bretaña, hubo fue una rápida aceleración del crecimiento de la productividad hasta aproximadamente un 18% cada década (o el 1,8% anual). El paso del capitalismo agrícola del siglo XVII al capitalismo industrial transformó la productividad del trabajo.

Los autores comentan: “nuestra evidencia ayuda a distinguir las teorías de por qué comenzó el crecimiento. En particular, nuestros hallazgos apoyan la idea de que un amplio cambio económico precedió a las reformas institucionales burguesas de la Inglaterra del siglo XVII y puede haber contribuido a provocarlas».  En otras palabras, primero fue el cambio en el modo de producción y las clases sociales; los cambios políticos llegaron después.

Como continúan diciendo los autores, “un debate importante sobre el inicio del crecimiento es si el cambio económico impulsó el cambio político e institucional como argumentó Marx o si el cambio político e institucional impulsó el crecimiento económico”. Los autores no quieren aceptar sin más la concepción de Marx y buscan argumentar que «la realidad es probablemente más compleja que cualquier punto de vista unívoco».  Pero no pueden escapar a sus propios resultados: que el crecimiento de la productividad comenzó casi un siglo antes de la Revolución Gloriosa y mucho antes de la Guerra Civil Inglesa. Y «esto apoya la visión marxista de que el cambio económico contribuyó de manera importante al cambio institucional del siglo XVII en Inglaterra».

El otro aspecto interesante del artículo es que los autores intentan medir el impacto del crecimiento de la población en la productividad y los salarios. A principios del siglo XIX, Thomas Malthus argumentó que era imposible que el crecimiento de la productividad creciera lo suficiente como para permitir a los trabajadores aumentar sus ingresos reales, porque los ingresos más altos conducirían a un aumento de nacimientos y, finalmente, a la superpoblación, la escasez de alimentos y hambrunas, etc.., que reducirían la población y los ingresos nuevamente.

Los autores señalan que, antes de 1600, hay evidencia para apoyar el argumento de Malthus. El período de 1300 a 1450 fue un período de plagas frecuentes, la más famosa fue la Peste Negra de 1348. Durante este período, la población de Inglaterra se redujo en un factor de dos, lo que provocó una fuerte caída en la oferta de mano de obra. Durante este mismo período, los salarios reales aumentaron sustancialmente. Más tarde, de 1450 a 1600, la población (y la oferta de trabajo) se recuperó y los salarios reales cayeron. En 1630, la economía inglesa había vuelto casi exactamente al mismo punto en el que estaba en 1300.

La razón por la que el argumento de Malthus tiene validez antes de 1600 es que hubo poco o ningún crecimiento de la productividad; de modo que los medios de subsistencia estaban determinados únicamente por la oferta de trabajo y los salarios. La Inglaterra precapitalista era una economía estancada y estacionaria en términos de productividad del trabajo. Pero también lo fue el impacto de la teoría de la sobrepoblación maltusiana. Los autores encontraron que la dinámica de la población maltusiana era muy lenta: una duplicación de los ingresos reales condujo a un aumento de 6 puntos porcentuales por década (0,6% anual) en el crecimiento de la población. Eso implicaba que se necesitaron 150 años para que un aumento en los ingresos reales impulsara la población lo suficiente como para provocar una reversión en el crecimiento de los ingresos.

Pero una vez que el capitalismo aparece en escena, el afán de lucro de los terratenientes capitalistas y los comerciantes fomenta el uso de nuevas técnicas y tecnologías agrícolas y la expansión del comercio. Más tarde, el crecimiento de la productividad despega a un ritmo lo suficientemente rápido como para superar el lento impacto de la «superpoblación» maltusiana. De hecho, con el capitalismo industrial después de 1800, el crecimiento de la productividad es 28 veces mayor que el impacto negativo muy lento del aumento de la población en los ingresos reales.

Thomas Malthus

Esto confirma la opinión de Engels cuando escribió: “Para nosotros el asunto es fácil de explicar. El poder productivo de que dispone la humanidad es inconmensurable. La productividad del suelo se puede incrementar ad infinitum mediante la aplicación de capital, trabajo y ciencia”.  Umrisse 1842

Antes del capitalismo, las sociedades feudales malvivian con sus economías devastadas por las plagas y el clima. Por ejemplo, la Peste Negra de 1348 devastó a la sociedad inglesa durante más de un año, acabando con alrededor del 25% de la población. Durante tres siglos después de la Peste Negra, la plaga reapareció intermitentemente por décadas y acababa cada vez con una parte significativa de la población. Por lo tanto, los salarios reales en Inglaterra se vieron afectados principalmente por estos cambios de población y el consiguiente tamaño de la fuerza de trabajo (aunque, como se argumentó antes, a un ritmo muy lento).

Pero bajo el capitalismo, la productividad aumentó bruscamente y el nivel de los salarios reales ya no estaba determinado por el clima o las pandemias, sino por la lucha de clases sobre la producción y distribución del valor y la plusvalía creados en la producción capitalista en la agricultura y la industria. Una de las características del ascenso del capitalismo a partir de 1600 que señalan los autores es el aumento de la jornada laboral y del año laboral, otra confirmación del análisis de Marx sobre la explotación bajo el capitalismo.

Los autores señalan que a medida que el capitalismo comenzó a pasar de la producción agrícola a la industria, en la segunda mitad del siglo XVIII, los salarios reales en Inglaterra se redujeron ligeramente a pesar del crecimiento sustancial de la productividad. Citan una explicación potencial, a saber, «la pausa de Engels«, es decir, la idea de que la mayor parte de las ganancias de la industrialización temprana fue para los capitalistas en lugar de los trabajadores.

Los autores son reacios a aceptar que Engels tenía razón, prefiriendo una explicación de Malthus de finales del siglo XVIII (que acababan de rechazar). Además, piensan que los salarios reales comenzaron a crecer ya en 1810, antes del período de 1820-1840 que Engels cita como una «pausa». Pero de todos modos, podemos ver que la brecha entre la productividad y los salarios reales se amplió drásticamente desde el comienzo del capitalismo industrial hasta ahora. La plusvalía (el valor del trabajo no remunerado) se disparó a comienzos del siglo XIX.

Más importante aún, el estudio refuta la ‘interpretación Whig (liberal) de la historia’, es decir, que la historia de la ‘civilización’ humana es resultado de un progreso gradual con cambios que son resultado de ideas más sabias y de formas políticas construidas por personas inteligentes. En cambio, la evidencia del crecimiento de la productividad en Inglaterra muestra «cambios bruscos y considerables en el crecimiento promedio» que respaldan la noción de que «algo cambió», es decir, que la transición del estancamiento al crecimiento fue algo más que un proceso constante de crecimiento muy gradual”. Sobre la interpretación del gradualismo Whig, los autores concluyen que «los resultados no apoyan esta visión de la historia».

Además, el estudio muestra que, dado que el crecimiento sostenido de la productividad comenzó en Inglaterra sustancialmente antes de la Revolución Gloriosa de 1688, no fue el cambio en las instituciones políticas lo que condujo al crecimiento económico. Por el contrario, fue el cambio en las relaciones económicas lo que condujo al crecimiento de la productividad y luego al cambio político. «Si bien los cambios institucionales asociados con la Revolución Gloriosa pueden haber sido importantes para el crecimiento, nuestros resultados contradicen la opinión de que estos eventos precedieron al inicio del crecimiento en Inglaterra».

Como lo expresó sucintamente Engels: “La concepción materialista de la historia parte de la proposición de que la producción de los medios para sustentar la vida humana y, junto a la producción, el intercambio de cosas producidas, es la base de toda estructura social; que en toda sociedad que ha aparecido en la historia, la manera en que se distribuye la riqueza y la sociedad dividida en clases u órdenes depende de lo que se produce, cómo se produce y cómo se intercambian los productos. Desde este punto de vista, las causas finales de todos los cambios sociales y revoluciones políticas deben buscarse, no en el cerebro de los hombres, no en las mejores percepciones de los hombres sobre la verdad y la justicia eternas, sino en los cambios en los modos de producción e intercambio».

Los autores no pueden evitar llegar a una conclusión similar. Como dicen: “Marx hizo hincapié en la transición del feudalismo al capitalismo. Sostuvo que después de la desaparición de la servidumbre en el siglo XIV, los campesinos ingleses fueron expulsados ​​de sus tierras a través del movimiento de cercamiento. Ese expolio inauguró un nuevo modo de producción: uno en el que los trabajadores no poseían los medios de producción y solo podían subsistir con el trabajo asalariado. Este proletariado estaba maduro para ser explotado por una nueva clase de agricultores e industriales capitalistas. En ese proceso, las revoluciones políticas fueron un paso decisivo para asegurar el ascenso de la burguesía. Para triunfar, el capitalismo necesitaba romper los grilletes restantes del feudalismo…. Nuestros hallazgos apoyan la visión marxista en el sentido de que estimamos que el inicio del crecimiento precedió tanto a la Revolución Gloriosa como a la Guerra Civil Inglesa (1642-1651). Esta estimación del momento del inicio del crecimiento respalda la opinión de que el cambio económico impulsó la historia hacia adelante e impulsó el cambio político e ideológico».

El desarrollo del capitalismo en la agricultura y el comercio sentó las bases para la introducción de tecnología industrial que condujo a la llamada revolución industrial y al capitalismo industrial. La Revolución Industrial se produjo en Gran Bretaña alrededor de 1800 porque «la innovación era excepcionalmente rentable en ese momento».  A medida que aumentaron los salarios reales, hubo un incentivo para explotar las materias primas necesarias para las tecnologías que ahorran mano de obra en textiles como la hiladora jenny, el molino de agua y la mula, así como tecnologías de combustión de carbón como la máquina de vapor y el horno de fundición de coque. La productividad laboral se disparó al alza. Hubo un aumento asombroso de la inversión en medios de producción en relación con la mano de obra. Según los autores, de 1600 a 1860, el capital social en Inglaterra creció en un factor de cinco, o un 8% por década.

El capitalismo industrial había llegado y, junto con el aumento de la productividad, una mayor explotación del trabajo, así como la ideología de la «economía política» y las instituciones burguesas de gobierno.

es un reconocido economista marxista británico, que ha trabajado 30 años en la City londinense como analista económico y publica el blog The Next Recession.

Fuente:

https://thenextrecession.wordpress.com/2021/03/28/the-rise-of-capitalism-and-the-productivity-of-labour/

Traducción:G. Buster

Marx y la historia

En su concepción materialista de la historia Marx priorizó la valoración de las luchas entre las clases sociales

Por Eric Hobsbawm

Estamos aquí para discutir temas y problemas de la concepción marxista de la historia, cien años después de la muerte de Marx. Éste no es un ritual de celebración de su centenario, pero sí es importante que comencemos por recordar el papel único de Marx dentro de la historiografía. Lo haré sencillamente por medio de tres ilustraciones.

La primera es autobiográfica. Cuando yo era estudiante en Cambridge en los años treinta, muchos de los hombres y mujeres más aptos se afiliaron al Partido Comunista. Pero como ésta era una época muy brillante en la historia de una universidad muy distinguida, muchos de ellos estaban profundamente influidos por los grandes nombres a cuyos pies nos sentábamos. Allí, entre los jóvenes comunistas, solíamos decir en broma que los filósofos comunistas eran wittgensteinianos, los economistas comunistas eran keynesianos, los estudiantes comunistas de la literatura eran discípulos de F .R. Leavis. ¿Y los historiadores? Eran marxistas, porque no había ningún historiador que conociéramos en Cambridge .ni en ninguna otra parte ―y conocíamos a algunos grandes, como Marc Bloch― que pudiera competir con Marx como maestro y como inspiración. Mi segundo ejemplo es similar. Treinta años después, en 1969, Sir John Hicks, ganador del premio Nobel, publicó su Teoría de la Historia Económica. Escribió: “La mayoría de aquellos [que deseen otorgar un lugar al curso general de la historia] usarían las categorías marxianas, o alguna versión modificada de ellas, ya que no hay muchas versiones alternativas disponibles. Sin embargo, sigue siendo extraordinario que cien años después de Das Kapital […] no haya surgido mucho más”[2] Mi tercera ilustración proviene del espléndido libro de Fernand Braudel El capitalismo y la vida material, un libro cuyo título mismo indica un vínculo con Marx. En ese ilustre trabajo se alude a Marx más que a ningún otro autor, más aún que a cualquier otro autor francés. Un tributo de esta naturaleza de un país no muy dado a subestimar a sus pensadores nacionales, es en sí impresionante.

ESCRITOS HISTÓRICOS

Esta influencia de Marx en la escritura de la historia no es un desarrollo evidente. Aunque el concepto materialista de la historia es el fundamento del marxismo, y aunque todo lo que Marx escribió está impregnado de historia, Marx mismo no escribió mucha historia en el sentido en el que los historiadores la entienden. En este respecto Engels fue más historiador, pues escribió más trabajos que razonablemente podrían clasificarse como “historia” en las bibliotecas.

Desde luego Marx estudió historia y era erudito en extremo. Pero no escribió ningún trabajo que dijera “Historia” en el título, a excepción de una serie de artículos polémicos antizaristas que después se publicó bajo el título La historia secreta de la diplomacia en el siglo XVIII y que es uno de sus trabajos menos valiosos. Lo que llamamos criterios históricos de Marx consisten casi exclusivamente de análisis políticos de acontecimientos actuales y comentarios periodísticos, combinados con cierto trasfondo histórico. Sus análisis políticos, como La lucha de clases en Francia y El dieciocho brumario de Luis Bonaparte, son realmente notables. Sus voluminosos escritos periodísticos, aunque no todos son de igual interés, contienen análisis de la mayor relevancia ―uno piensa en sus artículos sobre la India― y son, en todo caso, ejemplos de cómo Marx aplicó su método a problemas concretos tanto de historia como de un periodo que desde entonces se ha convertido en historia. Pero no fueron escritos en tanto que historia, como la entienden las personas que se dedican al estudio del pasado. Finalmente, el estudio que Marx hizo del capitalismo contiene una enorme cantidad de material histórico, ilustraciones históricas y otros elementos importantes para el historiador.

Así, el grueso del trabajo histórico de Marx está integrado a sus escritos teóricos y políticos. Todos ellos consideran el desarrollo histórico dentro de un marco más o menos a largo plazo, que abarca todo el lapso del desarrollo humano. Deben leerse en conjunto con los escritos que se centran en periodos cortos o en problemas y temas particulares, o en la historia detallada de acontecimientos concretos.

Sin embargo, no puede encontrarse en Marx ninguna síntesis completa del proceso del desarrollo histórico; ni tampoco puede tratarse a El Capital como una “historia del capitalismo hasta 1867”.

Existen tres razones, dos menores y una fundamental, por lo cual esto es así; y por qué los historiadores marxistas no se limitan meramente a comentar a Marx sino que llevan a cabo lo que él mismo no hizo.

Primero, como sabemos, Marx tuvo una gran dificultad para terminar sus proyectos literarios. Segundo, sus puntos de vista continuaron evolucionando hasta su muerte, aunque sujetos a un marco establecido “a mediados de los 1840”. Tercero, y más importante, en sus trabajos más maduros Marx deliberadamente estudió la historia en un orden inverso, tomando al capitalismo desarrollado como su punto de partida. “El hombre” era la clave para la anatomía del “simio”. Desde luego, esto no es un procedimiento antihistórico. Implica que el pasado no puede ser entendido exclusiva o primariamente en sus propios términos: no sólo porque forma parte de un proceso histórico, sino porque también sólo ese proceso histórico nos ha permitido analizar y entender cosas sobre ese proceso y sobre el pasado. Tomemos el concepto de trabajo, fundamental para el concepto materialista de la historia. Antes del capitalismo ―o antes de Adam Smith, como Marx lo dice más específicamente― el concepto de trabajo-en-general, a diferencia de las clases particulares del trabajo que son cualitativamente diferentes y no comparables, no existía. Mas si hemos de entender la historia de la humanidad, en un sentido global, a largo plazo, como la utilización progresiva y efectiva de la naturaleza por el hombre, entonces el concepto del trabajo social en general resulta esencial. La posición de Marx aún es debatible, en el sentido de que no puede decimos si un análisis futuro, basado en el desarrollo histórico futuro, será capaz de hacer descubrimientos analíticos comparables que permitan a los pensadores reinterpretar la historia de la humanidad en términos de algún otro concepto analítico central. Éste es un hueco potencial en el análisis, aun cuando no pensamos que tal futuro desarrollo hipotético pueda abandonar la centralidad del análisis marxista del trabajo, al me- nos respecto a ciertos aspectos obviamente cruciales de la historia humana. No intento cuestionar a Marx, sino sencillamente mostrar que su postura debe excluir mucho de lo que a los historiadores les interesa saber ―como algo de no inmediata relevancia para su propósito―; por ejemplo, muchos aspectos de la transición del feudalismo al capitalismo. Éstos fueron dejados a los marxistas posteriores, aunque es cierto que Federico Engels, siempre más interesado en “lo que sucedió realmente”, se ocupó más de tales asuntos.

El concepto materialista de la historia

La influencia de Marx en los historiadores, y no sólo en los historiadores marxistas, está, sin embargo, basada tanto en su teoría general (el concepto materialista de la historia), con sus alusiones y esbozos de la configuración general del desarrollo histórico de la humanidad desde el comunalismo primitivo hasta el capitalismo, cuanto en sus observaciones concretas en relación a aspectos particulares, periodos y problemas del pasado. No quiero decir mucho acerca de estas últimas, aun cuando han sido extremadamente influyentes y aún pueden ser muy estimulantes e iluminadoras. El primer volumen de El Capital contiene tres o cuatro referencias más o menos marginales acerca del protestantismo, pero el debate acerca de la religión en general y el protestantismo en particular, así como sobre el modo de producción capitalista, se deriva de ellas. De manera similar, El Capital tiene una nota al pie de página sobre Descartes en que vincula sus puntos de vista (animales como máquinas, lo real en oposición a lo especulativo, la filosofía como medio para dominar la naturaleza y perfeccionar la vida humana) con el “periodo de la manufactura” y plantea la pregunta de por qué los primeros economistas preferían a Hobbes y a Bacon como filósofos, y los posteriores a Locke. (Por su parte, Dudley North creía que el método cartesiano había “comenzado a liberar a la política económica de sus antiguas supersticiones”.)[3] Hacia el año de 1890 los no-marxistas ya estaban utilizando esto para ejemplificar la notable originalidad de Marx, y todavía hoy puede proporcionar material para un seminario de al menos seis meses de duración. Sin embargo, no será necesario convencer a ninguno de los asistentes a esta reunión de la genialidad de Marx o de la gama de sus conocimientos e intereses; y debe apreciarse que muchos de sus escritos acerca de aspectos particulares del pasado reflejan inevitablemente el conocimiento histórico disponible en su tiempo.

Vale la pena discutir más la concepción materialista de la historia porque hoyes punto de controversia o de crítica no sólo de los no-marxistas y los antimarxistas, sino también dentro del marxismo. Por generaciones fue la parte menos cuestionada del marxismo y se le consideraba, correctamente creo yo, como su meollo. Desarrollada en el transcurso de la crítica que Marx y Engels hicieron de la filosofía e ideología alemanas, la concepción materialista de la historia apunta esencialmente contra la creencia de que “las ideas, pensamientos y conceptos producen, determinan y dominan al hombre, sus condiciones materiales y su vida real”.[4] A partir de 1846 este concepto permaneció casi inalterado. Puede resumírsele en una sola frase, repetida con variantes: “No es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia”.[5] Ya está elaborada en La ideología alemana:

Esta concepción de la historia por tanto se basa en explicar el proceso real de producción empezando por la producción material de la vida misma- y en comprender la forma de relación conectada con y creada por este modo de producción, por ejemplo, la sociedad civil en sus varias etapas, como la base de toda la historia; describiéndola en su acción como Estado, y también explicando cómo todos los distintos productos teóricos y formas de la conciencia, la religión, la filosofía, la moralidad, etcétera, etcétera, surgen de ella, y rastreando el proceso de su formación desde esa base; es así como todo el conjunto puede, por supuesto, ser representado en su totalidad (y por lo tanto también las acciones recíprocas de estos diferentes aspectos entre sí).[6] Debemos notar de paso que para Marx y para Engels el “verdadero proceso de producción” no es simplemente “la producción material de la vida misma”, sino algo más amplio. Para utilizar la justa formulación de Eric Wolf, es “el complejo conjunto establecido de relaciones mutuamente dependientes entre naturaleza, trabajo, labor y organización social”.[7] También debemos notar que los humanos producen tanto con las manos como con la cabeza.[8]

Esta concepción no es historia sino una guía para ella y un programa de investigación. Citemos nuevamente La ideología alemana:

Ahí donde termina la especulación, donde comienza la vida real, ahí por consiguiente empieza la verdadera ciencia positiva, la explicación de la actividad práctica, del proceso práctico del desarrollo humano […] Cuando se describe la realidad, la filosofía autosuficiente [die selbstiindinge Philosophie] pierde su medio de existencia. En el mejor de los casos su lugar sólo puede ocuparlo una suma de los resultados más generales, abstracciones que se derivan de la observación del desarrollo histórico de los hombres. Estas abstracciones, divorciadas de la historia real, no tienen valor alguno en sí mismas. Sólo pueden servir para facilitar el acomodo del material histórico, para indicar la secuencia de sus estratos independientes. Pero de ninguna manera proporcionar una receta o un esquema, como lo hace la filosofía, para recortar nítidamente las épocas de la historia.[9]

La formulación más completa viene en el Prefacio de 1859 a la Contribución a la crítica de la economía política. Debe preguntarse, desde luego, si uno puede rechazarlo y seguir siendo marxista. Sin embargo, es perfectamente claro que esta formulación ultraconcisa requiere de una elaboración: la ambigüedad de sus términos ha suscitado un debate acerca del significado preciso de “fuerzas” y “relaciones sociales” de producción, lo que constituye la “base económica”, .la “superestructura”, etcétera. También está perfectamente claro el principio que, debido a que los seres humanos tienen conciencia, el concepto materialista de la historia es la base de la explicación histórica, pero no la explicación histórica en sí. La historia no es como la ecología: los seres humanos deciden y piensan acerca de lo que sucede. Lo que no queda tan claro es si es determinista en el sentido de que nos permite descubrir lo que sucederá inevitablemente, a diferencia de los procedimientos generales de la transformación histórica. La cuestión de la inevitabilidad histórica sólo puede resolverse de manera firme en retrospectiva, y aun así sólo como una tautología: lo que sucedió era inevitable porque no pasó otra cosa; por lo tanto, cualquier cosa que hubiera podido ocurrir es de interés académico. Marx quería probar a priori que un cierto resultado histórico, el comunismo, era el producto inevitable del desarrollo histórico. Pero de ninguna manera parece claro que esto pueda demostrarse a través de un análisis histórico científico. Lo que era patente desde un principio es que el materialismo histórico no era determinismo económico: no todos los fenómenos no-económicos de la historia pueden derivarse de fenómenos económicos específicos, y los acontecimientos y las fechas particulares no están determinados en este sentido. Aun los más rígidos proponentes del materialismo histórico dedicaron largas discusiones al papel del accidente y del individuo en la historia (Plejánov); y pese a todas las críticas filosóficas que puedan hacerse a las formulaciones de Engels, éste fue bastante poco ambiguo en este punto en sus últimas cartas a Bloch, Schmidt, Starkenburg y otros. Marx mismo, en textos tan específicos como El dieciocho brumario y en textos periodísticos de los años cincuenta, no deja duda alguna de que su punto de vista era básicamente el mismo.

El ser y la conciencia

 En realidad, el argumento crucial acerca de la concepción materialista de la historia ha tenido que ver con la relación fundamental entre el ser social y la conciencia. Esto se ha centrado no tanto en consideraciones filosóficas (por ejemplo “idealismo” contra “materialismo”) o en cuestiones morales (“¿cuál es el papel del libre albedrío y de la acción humana consciente?”, “si la situación no está madura, ¿cómo podemos actuar?”), cuanto en problemas empíricos de historia comparativa y antropología social. Un argumento típico sería que es imposible distinguir las relaciones sociales de producción de las ideas y los conceptos (por ejemplo, distinguir la base de la superestructura), en parte porque ésta es, en sí, una distinción histórica retrospectiva, y en parte porque las relaciones sociales de producción están estructuradas por la cultura y por conceptos que no pueden ser reducidos a ellas. Otra objeción sería que ya que un cierto modo de producción es compatible con n tipo de conceptos, éstos no pueden explicarse mediante la reducción a la “base”. Así, sabemos de sociedades que tienen la misma base material pero con diferentes maneras de estructurar las relaciones sociales, la ideología y otros rasgos superestructurales. Hasta este grado la visión que tienen los hombres del universo determina las formas de su existencia social, al menos en la medida en que éstas determinan a aquélla. Lo que designan estos puntos de vista debe entonces analizarse de modo distinto: por ejemplo, siguiendo a Lévi-Strauss, como un conjunto de variaciones sobre un número ilimitado de conceptos intelectuales.

Dejemos de lado la cuestión de si Marx abstrae de la cultura. (Mi propio punto de vista es que en sus escritos históricos es todo lo contrario de un reduccionista económico.) El hecho fundamental sigue siendo que el análisis de cualquier sociedad, en cualquier momento de su desarrollo histórico, debe comenzar con el análisis de su modo de producción: esto es decir, de a] la forma técnico-económica del “metabolismo entre el hombre y la naturaleza” (Marx), la manera en que el hombre se adapta a la naturaleza y la transforma a través del trabajo: y b] los arreglos sociales por medio de los cuales el trabajo es movilizado, organizado, distribuido. Hoy esto es así: si deseamos comprender lo que sea acerca de Gran Bretaña o Italia a finales del siglo XX, obviamente debemos comenzar por las transformaciones masivas de los métodos de producción que se llevaron a cabo en los años cincuenta y sesenta. En el caso de las sociedades más primitivas, la organización basada en el parentesco y en el sistema de ideas (del cual la organización por parentesco es, entre otras cosas un aspecto) dependerá de si estamos tratando con una economía basada en la recolección o en la producción de alimentos. Por ejemplo, como lo ha señalado Wolf,[10] en una economía basada en la recolección de alimentos los recursos están ampliamente disponibles para cualquiera con la habilidad de obtenerlos, y en la economía basada en la producción de alimentos (agrícola o pastoral) el acceso a estos recursos es restringido. Debe ser definido, no sólo aquí y ahora sino a lo largo de generaciones.

Ahora bien, aunque el concepto de base y superestructura es esencial para definir una serie de prioridades analíticas, la concepción materialista de la historia se enfrenta a otra crítica más seria. Marx sostiene no sólo que el método de producción es primario y que la superestructura debe de alguna manera conformarse a “las distinciones esenciales entre los seres humanos” que implica (es decir, las relaciones sociales de producción), sino también que hay una inevitable tendencia evolutiva al desarrollo de las fuerzas productivas materiales de la sociedad y, merced a ella, a que entren en contradicción con las relaciones de producción existentes y sus expresiones superestructurales relativamente inflexibles, las cuales entonces tienen que ceder. Como G.A. Cohen ha sostenido, esta tendencia evolutiva es, entonces, en el sentido más amplio, tecnológica.

El problema no es tanto por qué debería existir esta tendencia, ya que, a través de la historia del mundo entero, sin lugar a dudas ha existido hasta nuestros días. El verdadero problema está en que, evidentemente, esta tendencia no es universal. Aunque podemos dar explicaciones sobre muchos casos de sociedades en que no se presenta, o parece detenerse en cierto punto, esto no es suficiente. Bien podemos postular una tendencia general a progresar de la recolección a la producción de alimentos (donde esto no sea imposible o innecesario por razones ecológicas), pero no podemos hacer lo mismo para los desarrollos modernos de la tecnología y la industrialización, los cuales han conquistado el mundo desde una, y una sola, base regional. Esto parece crear una trampa sin salida: o bien no hay una tendencia general de desarrollo de las fuerzas materiales de la producción de una sociedad, o a desarrollarse más allá de cierto punto; en cuyo caso el desarrollo del capitalismo occidental debe ser explicado sin una referencia primaria a una tendencia tan general, y la concepción materialista de la historia sólo puede en el mejor de los casos utilizarse para explicar un caso en especial. (Apunto de pasada que abandonar la opinión de que los hombres están actuando constantemente de una manera que tiende a aumentar su control sobre la naturaleza no es realista y produce considerables complicaciones históricas y de otros tipos.) O bien existe tal tendencia histórica general; en cuyo caso debemos explicar por qué no ha funcionado en todas partes, o por qué en muchos casos (por ejemplo en China) ha sido efectivamente contrarrestada con toda claridad. Parecería que tan sólo la fuerza, la inercia o algún otro poder de la estructura social y de la superestructura sobre la base material pudieron haber detenido el movimiento de esa base material.

Desde mi punto de vista esto no crea un problema insuperable para la concepción materialista de la historia como forma de interpretación del mundo. El mismo Marx, que estaba muy lejos de ser un pensador de una sola línea, ofreció una explicación de por qué algunas sociedades evolucionaron desde la antigüedad clásica al capitalismo pasando por el feudalismo y, también, por qué no lo hicieron otras sociedades (la mayoría de las cuales pueden más o menos agruparse bajo el Modo de Producción Asiático). Sin embargo, esto crea una dificultad muy grande para la concepción materialista de la historia como manera de cambiar el mundo. El meollo del argumento de Marx con respecto a esto es que la revolución debe venir porque las fuerzas de producción han alcanzado, o deben alcanzar, un punto en el cual son incompatibles con “el tegumento capitalista” de las relaciones de producción. Pero, si puede demostrarse que en otras sociedades no ha habido ninguna tendencia a crecer de las fuer- zas materiales, o bien que su crecimiento ha sido controlado o desviado por la fuerza de la organización social y la superestructura, o que ésta misma ha impedido el estallido de la revolución tal como la define el Prefacio de 1859, entonces ¿por qué no ocurre lo mismo en la sociedad burguesa? Por supuesto, sería posible y hasta relativamente fácil formular un argumento histórico más modesto sobre la necesidad o acaso la inevitabilidad de la transformación del capitalismo en socialismo. Pero entonces perderíamos dos cosas que eran importantes para Karl Marx, y ciertamente para sus seguidores (yo incluido): a] la idea de que el triunfo del socialismo es el fin lógico de toda la evolución histórica hasta la fecha; y b] que el socialismo marca el fin de la “prehistoria”, en el sentido de que no puede ser ni será una sociedad «antagonista”.

Modos de producción

 Esto no afecta el valor del concepto de “modo de producción”, que el Prefacio define como “el agregado de las relaciones de producción que constituyen la estructura económica de una sociedad y forman el modo de producción de los medios materiales de la existencia”. Cualesquiera que sean las relaciones de producción, y cualesquiera sean las otras funciones que puedan tener, el modo de producción constituye la estructura que determina la forma que tomarán el crecimiento de las fuerzas productivas y de la distribución del excedente, y determina cómo la sociedad puede o no cambiar sus estructuras, y cómo, en momentos adecuados, la transición a otro modo de producción pueda llevarse o se llevará a cabo. También establece la gama de posibilidades superestructurales. En resumen, el modo de producción es la base para comprender la variedad de sociedades humanas y sus interacciones. Así como sus dinámicas históricas. El modo de producción no es idéntico a una sociedad: “la sociedad” es un sistema de relaciones humanas, o para ser más precisos, una relación entre grupos humanos. El concepto de “modo de producción” (MDP) sirve para identificar las fuerzas que conforman la alineación de estos grupos; lo cual puede hacerse de varias maneras en diferentes sociedades, dentro de una cierta gama. ¿Forman los MDP una serie de etapas evolutivas ordenadas cronológicamente o de alguna otra manera? No parece haber mucha duda de que Marx veía a los MDP como formando una serie en la que la creciente emancipación del hombre de la naturaleza y su control sobre ella afectaban tanto a las fuerzas como a las relaciones de producción. De acuerdo con este grupo de criterios, podría pensarse que los distintos MDP están agrupados en orden ascendente. Pero mientras es claro que algunos MDP no pueden situarse o pensarse unos antes que otros (por ejemplo aquellos que requieren la producción de mercancías o máquinas de vapor antes qué aquellos que no la requieren), la lista de MDP que hizo Marx no intenta formar una cronología lineal sucesiva. De hecho, es cuestión de observar que en todos, menos los (hipotéticos) estados más primitivos del desarrollo humano, ha existido una variedad de MDP que coexisten e interactúan.

Un modo de producción abarca tanto un programa particular de producción (una manera de producir sobre la base de una tecnología particular y la división productiva del trabajo) como “un conjunto específico histórico de relaciones sociales a través de las cuales se despliega el trabajo para arrebatar energía a la naturaleza por medio de herramientas, habilidades, organización y conocimiento”, en una cierta fase de su desarrollo, y a través de la cual el remanente socialmente producido es circulado, distribuido y utilizado para acumularse o para algún otro fin. Una historia marxista debe considerar ambas funciones.

Aquí está la debilidad de un libro importantísimo y muy original del antropólogo Eric Wolf: Europa y el pueblo sin historia. En él Wolf intenta demostrar cómo la expansión global y el triunfo del capitalismo han afectado a las sociedades precapitalistas que aquél ha integrado a su sistema mundial; y cómo el capitalismo, a su vez, ha sido modificado y moldeado al ser empotrado, en cierto sentido, dentro de una pluralidad de modos de producción. Éste es un libro de conexiones más que de causas, aunque las conexiones puedan resultar esenciales para el análisis de las causas. De manera brillante explica una forma de comprender “las características estratégicas de […] [la] variabilidad” de diferentes sociedades; esto es, las formas en las que podrían modificarse o no por el contacto con el capitalismo. Incidentalmente, también nos proporciona una guía para entender las relaciones entre los MDP y las sociedades que los contienen y sus ideologías o “culturas”[11] Lo que no hace ―ni de hecho intenta hacer― es explicar el movimiento de la base material y de la división del trabajo, y por lo tanto las transformaciones de los MDP. Wolf trabaja con tres grandes MDP o “familias” de MDP: el modo “ordenado por el parentesco”, el modo “tributario” y el “modo capitalista”. Pero aunque reconoce el cambio de una sociedad cazadora y recolectora de alimentos a una sociedad productora dentro del modo “ordenado por el parentesco”, su método “tributario” es un vasto continuo de sistemas que incluye tanto lo que Marx llamó “feudal” como lo que llamó “asiático”. En todos éstos, los grupos dominantes que ejercen una fuerza política y militar se apropian de los excedentes. Hay mucho que decir sobre esta clasificación tan amplia, tomada de Samir Amin, pero su inconveniente es que el método “tributario” claramente incluye sociedades en muy diferentes etapas de capacidad productiva, de los señores feudales occidentales de la Edad Media al Imperio Chino; de economías sin ciudades a las urbanizadas. Sin embargo, el análisis toca sólo periféricamente lo que es el problema esencial del por qué, cómo y cuándo una variante del método tributario generó el capitalismo desarrollado.

En resumen, el análisis de los sistemas de producción debe estar basado en el estudio de las fuerzas materiales de producción existentes: esto es, estudio tanto de la tecnología y de la organización como de la economía. No debemos olvidar que en el mismo Prefacio, cuyo pasaje posterior es citado con tanta frecuencia, Marx sostiene que la economía política es la anatomía de la sociedad civil. Sin embargo, en un aspecto el análisis tradicional de los MDP y su transformación aun debe desarrollarse; y el trabajo marxista reciente lo ha hecho. A menudo, la transformación real de un modo de producción ha sido vista en términos causales y unilineales: dentro de cada modo, se dice, existe una “contradicción básica” que genera la dinámica y las fuerzas que llevarán a su transformación. No está muy claro que ésta sea la visión de Marx ―a excepción del capitalismo― y ciertamente nos conduce a grandes dificultades y a debates sin fin, particularmente en referencia a la transición del feudalismo occidental al capitalismo. Parece de mayor utilidad hacer las siguientes dos suposiciones. Primero, que los elementos básicos dentro de un modo de producción que conducen a desestabilizarlo implican la potencialidad, más que la certeza, de la transformación, pero que, dependiendo de la estructura del método, también establecen ciertos límites al tipo de transformación posible. Segundo, que los mecanismos que conducen a la transformación de un modo a otro pueden no ser exclusivamente internos de ese modo, sino pueden surgir de la conjunción e interacción con sociedades con diferentes estructuras. En este sentido todo desarrollo es un desarrollo mixto. En vez de buscar únicamente las condiciones regionales específicas que llevan a la formación de, digamos, el sistema peculiar de la antigüedad clásica en el Mediterráneo, o de la transición del feudalismo al capitalismo dentro de los feudos y las ciudades de Europa occidental, deberíamos observar los distintos caminos que conducen a los cruces y encrucijadas en que se encontraron estas regiones en cierta etapa de desarrollo.

Este acercamiento ―que me parece cabe perfectamente dentro del espíritu de Marx, y para el cual, si es preciso, puede encontrarse alguna autoridad textual― facilita la explicación de la coexistencia de sociedades que progresan más en el camino del capitalismo y aquellas que, hasta no ser penetradas y conquistadas por él, no pudieron desarrollarse de esa manera. Pero también centra la atención en un hecho, de que los historiadores y los capitalistas están cada vez más conscientes: que la evolución de este sistema es en sí una evolución mixta; que se construye sobre la base de materiales preexistentes, utilizándolos y adaptándolos pero también siendo moldeado por ellos.

Investigaciones recientes sobre la formación y el desarrollo de las clases trabajadoras han servido para ilustrar este punto. De hecho, una de las razones por las que los pasados veinticinco años en la historia del mundo han sido testigos de cambios sociales de tal profundidad, es que esos elementos precapitalistas, hasta ahora partes esenciales de la operación del capitalismo, finalmente han sido demasiado erosionados por el desarrollo capitalista para jugar el papel vital que alguna vez ocuparon. Estoy pensando aquí, por supuesto, en la familia.

El legado de Marx

Permítanme ahora volver a los ejemplos de que hablaba al principio de esta charla que ilustran la gran significación que tuvo Marx para los historiadores. Marx sigue siendo la base esencial de cualquier estudio adecuado de la historia, porque ―hasta ahora― sólo él ha intentado formular un enfoque metodológico de la historia como totalidad, y de concebir y explicar el proceso entero de la evolución social humana. En este sentido es superior a Max Weber, su único verdadero rival como influencia teórica para los historiadores, y en muchos aspectos un suplemento importante y correctivo. Una historia basada en Marx es inconcebible sin adiciones weberianas, pero la historia weberiana es inconcebible excepto en la medida en que toma a Marx, o al menos el Fragestellung marxista, como punto de partida. Si deseamos responder la gran pregunta de toda la historia ―principalmente, cómo, por qué y a través de qué procesos ha evolucionado la humanidad, del hombre de las cavernas al astronauta, el detentador de la fuerza nuclear y el ingeniero genético― sólo podemos hacerlo formulando preguntas al estilo de Marx, aunque no aceptemos todas sus respuestas. Lo mismo se aplica si queremos responder la segunda gran pregunta implícita en la primera: por qué esta evolución no ha sido pareja y lineal, sino extraordinariamente desigual y combinada.

Las únicas respuestas alternativas que han sido sugeridas formulan en términos de evolución biológica (la sociobiología), pero son evidentemente inadecuadas. Marx no dijo la última palabra ―todo lo contrario― pero sí la primera, y todavía estamos obligados a continuar el discurso que él inauguró.

El tema de esta charla es Marx y la Historia, y no es mi función anticipar aquí la discusión acerca de cuáles son (o deberían ser) los temas más relevantes para los historiadores marxistas de hoy. Pero no quisiera terminar sin llamar la atención hacia dos temas que a mi parecer requieren de atención urgente. El primero ya lo he mencionado: es el desarrollo de la naturaleza mixta o combinada de cualquier sociedad o sistema social; su interacción con otros sistemas y con el pasado. Es, si desean, la elaboración de la frase célebre de Marx en el sentido de que los hombres hacen su propia historia, pero no como ellos la eligen sino “bajo circunstancias específicas, dadas y transmitidas desde el pasado”. La segunda es la clase y la lucha de clases. Sabemos que ambos son conceptos esenciales para Marx, al menos en la discusión de la historia del capitalismo, pero también sabemos que los conceptos están pobremente definidos en sus escritos, lo cual ha originado grandes debates. Una gran parte de la historiografía marxista tradicional no ha podido esclarecerlos, y por lo tanto esto ha acarreado dificultades.

Permítanme dar un solo ejemplo.

¿Qué es la “revolución burguesa”? ¿Podemos pensar en una “revolución burguesa” como “hecha” por una burguesía, como el objetivo de una lucha burguesa por el poder contra el antiguo régimen o la clase dominante que obstaculiza el camino de la institución de una sociedad burguesa? ¿O cuándo podemos pensar que esto sucede así? Las críticas recientes de la interpretación marxista de las revoluciones inglesa y francesa han sido efectivas, en gran parte porque han demostrado que una imagen tan tradicional de la burguesía y de la revolución burguesa es inadecuada. Deberíamos haber sabido esto. Como marxistas, o de hecho como observadores realistas de la historia, no seguiremos a los críticos que niegan la existencia de tales revoluciones, o niegan que las revoluciones inglesas del siglo XVII y la revolución francesa consiguieron cambios fundamentales y la reorientación “burguesa” de sus sociedades. Pero tendremos que pensar con mayor precisión lo que queremos decir.

Entonces, ¿cómo podemos resumir el impacto de Marx en la escritura de la historia cien años después de su muerte? Podemos señalar cuatro puntos esenciales:

La actual influencia de Marx en los países no-socialistas es indudablemente mayor entre los historiadores de lo que lo fue durante mi vida ―y mi memoria abarca cincuenta años― y probablemente más que nunca desde su muerte. (La situación en países oficialmente comprometidos con sus ideas obviamente no puede compararse.) Es necesario decir esto, porque en Oeste momento hay un movimiento bastante generalizado de alejamiento de Marx entre los intelectuales, particularmente en Francia y en Italia. El hecho es que su influencia puede verse no sólo en el gran número de historiadores que se proclaman marxistas, aunque es bastante grande, y et número que reconocen su significación en la historia (por ejemplo Braudel en Francia, la escuela de Bielefeld en Alemania), sino también en el enorme número de historiadores exmarxistas, a menudo eminentes, que sostienen el nombre de Marx ante el mundo (por ejemplo Postan). Más aún, existen muchos elementos que, hace cincuenta años, eran manejados principalmente por marxistas y ahora se han vuelto parte de la principal corriente de la historia. Es cierto que esto no ha sido sólo debido a Carlos Marx, pero probablemente el marxismo ha sido la influencia principal en la “modernización” de la escritura de la historia contemporánea. El marxismo, tal y como se escribe y discute hoy, al me- nos en la mayoría de los países, toma a Marx como punto de partida y no como su punto de No quiero decir que necesariamente este marxismo esté en desacuerdo con los textos de Marx, aunque está preparado para hacerlo donde éstos están equivocados o donde son obsoletos. Esto sucede claramente en el caso de su visión de las sociedades orientales y del “modo de producción asiático”, brillantes y profundas como a menudo eran sus ideas, y también respecto a sus puntos de vista sobre las sociedades primitivas y su evolución.

Como se ha señalado en un reciente libro sobre el marxismo y la antropología escrito por un antropólogo marxista: “El conocimiento de Marx y Engels de las sociedades primitivas era bastante insuficiente como base para la antropología moderna”. Tampoco quiero decir que este marxismo necesariamente desee revisar o abandonar las líneas principales del concepto materialista de la historia, aunque está preparado para considerarlas críticamente donde sea necesario. Por mi parte, no deseo abandonar la concepción materialista de la historia. Pero la historia marxista, en sus versiones más fructíferas, ahora utiliza los métodos de Marx más que comentar sus textos; excepto donde claramente vale la pena comentarlos. Tratamos de hacer lo que el mismo Marx no hizo. Hoy la historia marxista es plural. Una sola interpretación “correcta” no es lo que Marx nos legó: se volvió parte de la herencia marxista, particularmente a partir de 1930 más o menos, pero esto ya no se acepta ni es aceptable, al menos ahí donde la gente tiene una opción en el Este pluralismo tiene sus desventajas. Son más obvias entre quienes teorizan acerca de la historia que entre quienes la escriben, pero son visibles aun entre estos últimos. Sin embargo, ya sea que pensemos que estas desventajas son más grandes o mas pequeñas que las ventajas, el pluralismo del trabajo marxista de hoy constituye un hecho ineludible. Es más, no hay nada malo en ello: La ciencia es un diálogo entre distintos puntos de vista basados en un método común. Sólo deja de ser ciencia cuando no hay un método para decidir cuál de los dos puntos de vista contendientes está equivocado o es menos fructífero.

Desafortunadamente, a menudo éste es el caso en la historia, pero de ninguna manera sólo en la historia marxista. Hoy la historia marxista no está, ni puede estar, aislada del resto del pensamiento y de la investigación histórica. Ésta es una declaración con una perspectiva doble. Por una parte los marxistas ya no rechazan ―excepto como fuente de material básico para su trabajo― los escritos de historiadores que no pretenden ser marxistas, o que de hecho son antimarxistas. Si son buenos, debe tomárseles en cuenta. Esto no nos detiene, sin embargo, para criticar o librar una batalla ideológica aun contra los buenos historiadores que actúan como ideólogos. Por otra parte, el marxismo ha transformado la corriente fundamental de la historia a tal grado que a menudo hoy resulta imposible decir si un trabajo particular ha sido escrito por un marxista o por un no– marxista, a menos que el autor nos advierta de su posición ideológica.

Esto no es causa de Me gustaría pensar en un tiempo futuro en que nadie preguntara si los autores son marxistas o no, porque entonces los marxistas podrían estar satisfechos con la transformación de la historia alcanzada a través de las ideas de Marx. Pero estamos lejos de una condición tan utópica; las luchas de ideología y política, clase y liberación del siglo XX son tales que ni siquiera es concebible. Para el futuro previsible, tendremos que defender a Marx y al marxismo dentro y fuera de la historia, contra aquellos que lo atacan con bases políticas e ideológicas. Al hacerlo, defenderemos también la historia, y la capacidad del hombre para comprender cómo el mundo ha llegado a ser lo que es, y cómo el hombre puede avanzar hacia un futuro mejor.

—-

Notas

[1] Dictado por el autor en la conferencia del Centenario de Marx, organizada por la República de San Marino en 1983.

[2] J. Hicks, A Theory of Economic History, Londres, 1969, p. 3-8.

[3] Citado de El Capital, vol. I, Carlos Marx, Penguin Books, Harmondsworth, 1976, p. 513.

[4] Marx, Engels. La ideología alemana, ed. Pueblos Unidos, Buenos Aires, 1973, p. 26.

[5] Ibid., p. 37.

[6] Ibid., p. 53.

[7] E. Wolf. Europa y el pueblo sin historia, Berkeley, 1983, p. 74.

[8] Ibid., p. 75.

[9] La ideología alemana, cit., p. 37.

[10] Wolf, op. cit., pp. 91-92.

[11] Wolf, op. cit., p. 389.

* Conferencia publicada en New Left Review, nº 143, 1984. Traducción de Laura Emilia Pacheco para Cuadernos Políticos nº 48, 1986.