Problema de vida o muerte: El desafio político de la sociedad brasileña

por Altamir Tojal

Es muy difícil mantener la distancia y el aislamiento social, inclusive en países donde el gobierno central apoya o determina, articulando con otros poderes y niveles de la administración pública y con la sociedad. Es difícil incluso cuando todos reman en la misma dirección.

Hasta ahora, esta ha sido la única medida efectiva para contener los efectos de la pandemia del Covid 19 hasta que se creen nuevos tratamientos, medicamentos y vacunas efectivas que puedan producirse y ponerse a disposición de la población del planeta, es decir, de la humanidad.

SACRIFICIO Y RECOMPENSA

El sacrificio es grande en países que cumplen el distanciamiento y el aislamiento, pero los resultados son positivos: el «aplanamiento de la curva de contagio», la reducción de muertes y la posibilidad de tomar medidas para la expansión prudente y organizada de la circulación y el reinicio actividades económicas que tuvieron que ser suspendidas.

Esta etapa ya comenzando en China y otros países de Asia y se anuncia en Europa y en otros lugares. Los gobiernos de todas las regiones persiguen esta estrategia y trabajan para definir formas seguras y sustentables, es decir, con el menor riesgo posible de retroceso de las medidas de flexibilidad.

BRASIL A CONTRAMANO

Aquí ni siquiera llegamos a tener aislamiento efectivo. Lo que sucede es el auto-aislamiento de quienes quieren y pueden y las medidas de los gobernadores y alcaldes que restringen el movimiento de personas y algunas actividades.

En Brasil, mientras el presidente de la república actúa contra el distanciamiento y el aislamiento social y manipula políticamente la cuestión sanitaria, ya estamos experimentando un aumento del contagio que podría haberse evitado, del sufrimiento, de miles de muertes y hemos llegado al colapso del sistema de salud en muchas ciudades. Esto tiende a empeorar en las próximas semanas.

PEOR PARA LA ECONOMÍA

Es probable que el efecto sobre la economía, que ya es devastador, sea aún más severo. Ya somos el país que tiene una de las mayores devaluaciones de la moneda, uno de los peores resultados en el mercado de valores y, ciertamente, la caída del PIB en Brasil será mayor que el promedio de otros países, según lo previsto por el Banco Mundial.

El desempleo, que ya era enorme, aumentó en aproximadamente un millón de personas y el colapso de la economía informal impone a millones de trabajadores precarios el dilema de tener que elegir entre el hambre y el riesgo de enfermedad y muerte. La Renta de Emergencia aprobada aún no llega a gran parte de las personas más pobres. Las medidas de apoyo a las empresas no parecen ser suficientes para preservarlas y salvar los empleos.

SIN PROTECCIÓN SOCIAL

Todo esto significa un mayor riesgo de contagio por el virus, sufrimiento y muerte y también más dificultades para la recuperación económica.

El sistema de protección social es insuficiente en Brasil e inadecuado para los cambios sociales y económicos que han tenido lugar en el mundo durante mucho tiempo. Todo lo que no se ha hecho en las últimas décadas en términos de inversión en salud, educación e infraestructura ahora pasa la cuenta multiplicada por la gravedad de la crisis.

ACCIÓN DE GENOCIDIO

Todo indica que el presidente Jair Bolsonaro continuará actuando para agravar la crisis de salud y, en consecuencia, la situación económica del país, ya sea para tratar de evitar que su clan rinda cuentas ante la justicia o por objetivos electorales, o peor, dictatoriales. Todo esto camuflado por un discurso negacionista.

Sacó al Ministro de Salud que había estado haciendo lo correcto y empeoró el ambiente político con la maniobra que condujo a la salida del Ministro de Justicia. Hace un llamado a la población a levantarse contra las únicas medidas sanitarias que funcionan. Y no muestra signos de que cambie su línea de acción genocida.

OBJETIVOS PERSONALES Y POLÍTICOS

Por el contrario, continúa atacando las medidas de alejamiento social y aislamiento. Hace un llamado a la gente para que desobedezca a los gobernadores y alcaldes y enviste contra el Congreso Nacional, el sistema de justicia, la prensa, la ciencia, la medicina y quien se atreva a criticar y oponerse a su proyecto. La situación de los gobernadores y alcaldes es insostenible. La crisis empeora dentro de la federación y entre los poderes. Además de ser genocida, las acciones de Bolsonaro son explícitamente anti-democráticas.

Demuestra su crueldad al usar la crisis de salud, el miedo al hambre en las familias y la angustia de los empresarios en ruinas por motivos personales y políticos. Apuesta a que su dominio sobre la máquina federal, el apoyo de los sectores militar, religioso y empresarial, sus seguidores organizados y el control de un equipo poderoso en las redes sociales serán capaces de subyugar a sus oponentes y a la sociedad, compensando cualquier desgaste que su posicionamiento genocida y dictatorial podría imponer .

POR LA VIDA Y LA DEMOCRACIA

El presidente de la república no solo escapa a la responsabilidad y al juramento de defender a la población y la democracia, sino que actúa en contra del esfuerzo que la sociedad realiza para protegerse y preservarse.

La sociedad brasileña que enfrentó más de veinte años de dictadura, superó la hiperinflación, sufrió uno de los mayores ataques de corrupción que se conocen en el planeta y atraviesa un largo período de estancamiento económico, ahora enfrenta un desafío político del mismo tamaño o quizás más grande que todos estos juntos, se enfrenta a una cuestión de vida o muerte: evitar el sufrimiento y la destrucción de los compatriotas en una escala que parece impredecible, la destrucción de la economía y la asfixia de las instituciones y la democracia misma.

 

Altamir Tojal: Periodista y escritor. Publico la novela Faz que Não Vê  y la colección de cuentos Oásis Azul do Méier.

Nadie sabe lo que puede un cuerpo

por Juan Dorado

He intentado varias veces sentarme a escribir sobre lo que nos está pasando. Terminar un párrafo me causaba dolor. Lo borraba asqueado. Sentía que el gesto más filosófico debería ser mantenerse en silencio. Lo sigo sintiendo. Cada día estoy más convencido de ello. Y eso que no estoy seguro de casi nada en los días de la peste, eso que los modernos llamamos pandemia. Sin embargo, me entra una sensación de seguridad cuando pienso que los que nos dedicamos a leer y a escribir, algunos también a enseñar, deberíamos hoy desaprender la seguridad con la que emitimos juicios y opiniones sobre el presente y, cómo no, sobre el futuro. Porque no hay futuro. Jamás ha habido y no lo habrá nunca. Cuando lleguemos a él, ya no será futuro. Además, como no se cansaba de repetir Agustín García Calvo: el Futuro es de Ellos, de los esbirros del Poder, de quienes hacen planes desde Arriba.  A nosotros, los que estamos abajo, los que habitamos las minúsculas, nos va la vida en romper el Futuro: o hay Futuro, entonces habrán ganado ellos, o no lo hay, y habremos resistido y desbaratado sus planes, ya que no habrán podido cumplirlos. Y eso significará que estamos vivos, con toda la imprevisibilidad, las infinitas improbabilidades, que eso supone. Ojalá algún día nos demos cuenta de que es la ciencia de la política, no la teología, que no es de este mundo, la que debería empeñarse en estudiar los milagros de nuestra vida en común: porque somos los seres humanos, con nuestra capacidad de actuar, los que podemos desplegar continuamente lo imprevisible y lo improbable, seamos o no conscientes de las consecuencias de nuestras acciones. Esta idea no es mía, aunque la haga mía, sino que aparece en los escritos de Hannah Arendt, una mujer cuya vida atravesó los tiempos más oscuros del pasado siglo demostrando el inmenso coraje cívico de pensar sin barandillas.

No soporto, por tanto, las predicciones con las que nos atosigan a diario los medios de (in)comunicación. Si esta pandemia viral que nos mantiene distanciados a los unos de los otros nos pilló desprevenidos, dejemos de sentirnos tan seguros para prever lo que vendrá. No lo sabemos. Y eso nos angustia. Convivamos, pues, con la angustia. Que nuestros cuerpos visibles nos hayan mandado parar para evitar un mal encuentro con otro cuerpo invisible al que llamamos virus nos tiene desconcertados. Nos habíamos acostumbrado a vivir como si no fuésemos cuerpos. Y, de pronto, estamos parados y encerrados, con miedos muy concretos que nos revelan que somos carne que delira y fantasea con inmunidades abstractas. Llevamos tanto siendo movilizados por fantasías de omnipotencia que hasta hemos sido capaces de llamar Antropoceno a una era geológica. De ahí que darnos cuenta de que la más minúscula de las criaturas, migrando inconscientemente de una punta a otra del planeta, haya sido capaz de detener la maquinaria económica mundial, algo que ninguna voluntad política había conseguido desde que tenemos memoria, entrañe una herida narcisista monumental. Hasta nunca, antropocentrismo. Pero alto aquí, es durísimo encajar este golpe en nuestro amor propio: que no nos extrañe, por ello, que proliferen las creencias en las más variopintas conspiraciones antes de aceptar que lo impersonal pueda desencadenar consecuencias sociales y económicas formidables. Ya nos advirtieron quienes montaban tragedias en la antigua Atenas: la soberbia es la más letal de las pestes para el cuerpo político.

Agarrarnos desesperadamente a lo probable no nos va a decir nada sobre lo posible. Al contrario, sólo servirá para cultivar tristezas y terminar atragantándonos de impotencia. Que nos resulte más fácil imaginar el fin del mundo que el fin de nuestro modo de vida, ese realismo capitalista que ha pasado a convertirse en la religión de nuestra época, asfixia la mera posibilidad de imaginar alternativas. Me ha entristecido, incluso enrabietado, leer a autores y autoras a los que admiro desde hace mucho aprovechar este acontecimiento para atrincherarse en sus ideas. Al parecer, no aguantan que lo imprevisto estropee sus teorías. Defiendo, para quien quiera escucharme, que no es el tiempo de las predicciones, sino de las ficciones, de poner en práctica nuestra imaginación radical para narrarnos de otra manera de dónde partimos y adónde queremos llegar. Quienes me conocen y me leen saben que me ilusiona la puesta en práctica de una de estas ficciones: la renta básica universal e incondicional como un nuevo derecho humano para liberarnos de esos pedagogos de la crueldad que pregonan que la vida hay que ganársela. No sé si ha llegado su tiempo, tampoco me importa demasiado, pues no conozco ningún derecho social o político que haya caído del cielo. En todo caso, tampoco considero que deba ser la conciencia de nuestra vulnerabilidad lo que nos una en una vinculación negativa: los seres humanos no somos más vulnerables que cualquier otro viviente, tampoco en eso somos excepcionales. Prefiero centrarme en lo que podemos, precisamente porque tampoco lo sabemos.

“Y el hecho es que nadie, hasta ahora, ha determinado lo que puede el cuerpo”, escribía Spinoza en el ya lejano siglo XVII, pero sabemos por experiencia que “el cuerpo, en virtud de las solas leyes de su naturaleza, puede hacer muchas cosas que resultan asombrosas a su propia alma”. Apuesto que esta bendita ignorancia de nuestra potencia, de nuestra capacidad de afectar y de ser afectados, sea lo que nos haga sentir y experimentar en común que la Realidad no es todo lo que hay.

Política anticapitalista en tiempos de coronavirus

Por David Harvey

Cuando trato de interpretar, comprender y analizar el diario flujo de noticias, tiendo a ubicar lo que está pasando con el trasfondo de dos modelos de cómo funciona el capitalismo, que son diferentes, pero se entrecruzan. El primer plano estriba en la cartografía de las contradicciones internas de la circulación y acumulación del capital como flujos del valor del dinero en busca de beneficio a través de los diferentes “momentos” (como los denomina Marx) de la producción, realización (consumo), distribución y reinversión. Se trata de un modelo de la economía capitalista como una espiral de infinita expansión y crecimiento. Se vuelve bastante complicado a medida que se va elaborando a través, por ejemplo, de las lentes de rivalidades geopolíticas, desiguales desarrollos geográficos, instituciones financieras, políticas de Estado y reconfiguraciones tecnológicas, y de la madeja siempre cambiante de las divisiones del trabajo y de las relaciones sociales.

Concibo este modelo, no obstante, como algo encastrado en un contexto más amplio de reproducción social (en hogares y comunidades), en una relación metabólica en curso y siempre en evolución con la naturaleza (incluida la “segunda naturaleza” de la urbanización y el medio construido) y toda suerte de formaciones culturales, científicas (basadas en el conocimiento), religiosas y sociales contingentes que crean las poblaciones humanas de manera característica a lo largo del espacio y el tiempo. Estos “momentos” incorporan la expresión activa de aspiraciones, necesidades y deseos, el ansia de conocimiento y sentido y la búsqueda en evolución de satisfacción contra un trasfondo de cambiantes disposiciones institucionales, contestaciones políticas, enfrentamientos ideológicos, pérdidas, muertes, derrotas, frustraciones y alienaciones, todo resuelto en un mundo de una marcada diversidad geográfica, cultural, social y política. Este segundo modelo constituye, como si dijéramos, mi comprensión operativa del capitalismo global como formación social distintiva, mientras que la primera se refiere a las contradicciones dentro del motor económico que mueve a esta formación social por ciertas sendas de su evolución histórica y geográfica.

En espiral

Cuando el 26 de enero de 2020 leí por vez primera acerca de un coronavirus que estaba ganando terreno en China, pensé inmediatamente en las repercusiones que tendría en la dinámica global de la acumulación de capital.

Sabía por mis estudios del modelo económico que los bloqueos y alteraciones en la continuidad del flujo de capital tendrían devaluaciones como resultado, y que, si se extendían y ahondaban las devaluaciones, eso significaría el arranque de la crisis. También era bien consciente de que China es la segunda mayor economía del mundo y que había rescatado de manera eficaz al capitalismo global en el periodo de las secuelas de 2007–8, de manera que cualquier golpe a la economía china estaba destinado a tener consecuencias graves para una economía global que ya se encontraba, en cualquier caso, en una situación arriesgada. El modelo existente de acumulación de capital ya estaba, me parecía a mí, en dificultades. Se estaban sucediendo movimientos de protesta en casi todas partes (de Santiago a Beirut), muchos de los cuales se centraban en el hecho de que el modelo económico dominante no estaba funcionando bien para la mayoría de la población. El modelo neoliberal descansa de manera creciente en capital ficticio y en una ingente expansión de la oferta de dinero y creación de deuda. Se está enfrentando ya al problema de una insuficiente demanda efectiva para realizar los valores que el capital es capaz de producir. De modo que ¿cómo podría el modelo económico dominante, con su decaída legitimidad y delicada salud, absorber y sobrevivir a los inevitables impactos de lo que podría convertirse en una pandemia? La respuesta dependía onerosamente de cuánto pudiera durar y propagarse la alteración, pues, como señalaba Marx, la devaluación no se produce porque no se puedan vender las mercancías sino porque no se pueden vender a tiempo.

Durante mucho tiempo había rechazado yo la idea de “naturaleza” como algo exterior y separado de la cultura, la economía y la vida diaria. Adopto una visión más dialéctica y relacional de la relación metabólica con la naturaleza. El capital modifica las condiciones medioambientales de su propia reproducción, pero lo hace en un contexto de consecuencias involuntarias (como el cambio climático) y con el trasfondo de fuerzas evolutivas autónomas e independientes que andan perpetuamente reconfigurando las condiciones ambientales.

Desde este punto de vista, no hay nada que sea un desastre verdaderamente natural. Los virus van mutando todo el tiempo, a buen seguro. Pero las circunstancias en las que una mutación se convierte en una amenaza para la vida dependen de acciones humanas.

Hay dos aspectos relevantes en ello. En primer lugar, las condiciones ambientales incrementan la probabilidad de vigorosas mutaciones. Resulta plausible esperar, por ejemplo, que los sistemas de abastecimiento de alimentos intensivos o azarosos en las zonas subtropicales húmedas pueden contribuir a esto. Existen esos sistemas en muchos lugares, incluida China, al sur del Yangtse y en el Sudeste asiático. En segundo lugar, varían enormemente las condiciones que favorecen la rápida transmisión mediante los cuerpos receptores. Parecería que las poblaciones humanas de elevada densidad son un blanco receptor fácil. Es bien sabido que las epidemias de sarampión, por ejemplo, solo florecen en grandes centros de población urbana, pero se desvanecen rápidamente en regiones escasamente pobladas. El modo en que los seres humanos interactúan unos con otros, se mueven, se disciplinan u olvidan lavarse las manos afecta al modo en que se transmiten las enfermedades. En épocas recientes, el SRAS, la gripe aviar y porcina parecen haber salido de China o del Sudeste asiático. China ha sufrido también enormemente a causa de la peste porcina, lo que ha conllevado el sacrificio de cerdos en masa y el aumento de los precios de la carne porcina. No digo todo esto para acusar a China. Hay muchos lugares más en los que son elevados los riesgos medioambientales de mutación y propagación. Puede que la “gripe española” de 1918 proviniera de Kansas y puede que África incubara el HIV/AIDS ,ny desde luego inició el virus del Nilo Occidental y el Ébola, mientras que el dengue parece florecer en América Latina. Pero las repercusiones económicas y demográficas de la difusión del virus dependen de grietas y vulnerabilidades en el modelo económico hegemónico.

No me sorprendió excesivamente que el COVID-19 se descubriera inicialmente en Wuhan (aunque no se sabe si se originó allí). Era evidente que los efectos locales serían substanciales y que, considerando que se trataba de un centro de producción de importancia, habría repercusiones económicas globales (aunque no tenía ni idea de la magnitud). La gran pregunta era cómo podrían producirse el contagio y la propagación, y cuánto duraría (hasta que se encontrara una vacuna). La experiencia previa había mostrado que uno de los inconvenientes de una globalización creciente estriba en lo imposible que resulta detener la rápida difusión internacional se nuevas enfermedades. Vivimos en un mundo enormemente conectado en el que casi todo el mundo viaja. Las redes humanas de potencial difusión son inmensas y están abiertas. El peligro (económico y demográfico) sería que la alteración durase un año o más.

Aunque se produjo una caída inmediata en los mercados bursátiles cuando se conocieron las primeras noticias, esto se vio seguido de un mes o más en que los mercados alcanzaron nuevas alzas. Las noticias parecían indicar que todo seguía como de costumbre, salvo en China. Parecía creerse que íbamos a experimentar una repetición del SRAS, el cual terminó por contenerse con bastante rapidez y por tener una repercusión global bastante reducida, aunque tuviera una elevada tasa de mortandad y creara un pánico innecesario (visto a toro pasado) en los mercados financieros. Cuando apareció el COVID-19, la reacción dominante consistió en presentarlo como una nueva versión del SRAS, volviendo superfluo el pánico. El hecho de que la epidemia arrasara China, que se movilizó rápida y despiadadamente para contener sus repercusiones llevó asimismo al resto del mundo a tratar erróneamente el problema como algo que sucedía “por allá” y, por tanto, lejos de la vista y del pensamiento, acompañado de algunas inquietantes señales de xenofobia anti China. El clavo que con el virus pinchaba la historia, por lo demás triunfante, del crecimiento de China se recibió hasta con regocijo en ciertos círculos de la administración de Trump.

Sin embargo, comenzaron a circular historias de interrupciones de las cadenas de producción global que pasaban por Wuhan. En buena medida se ignoraron o se trataron como problema de determinadas líneas de producto o de empresas (como Apple). Las devaluaciones fueron locales y particulares y no sistémicas. Se minimizaron también las señales de caída de la demanda del consumo, aunque esas grandes empresas, como McDonald’s y Starbucks, que tenían grandes operaciones en el mercado interior chino, tuvieran que cerrar sus puertas durante un tiempo. El solapamiento del Año Nuevo chino con el brote del virus enmascaró su impacto a lo largo de enero. La autocomplacencia de esta respuesta estuvo gravemente fuera de lugar.

Las noticias iniciales de la propagación internacional del virus fueron ocasionales y episódicas con un brote grave en Corea del Sur y unos cuantos focos más como Irán. Fue el brote italiano el que desató la primera reacción violenta. El derrumbe del mercado bursátil, que empezó a mediados de febrero, fue oscilando en cierto modo, pero para mediados de marzo había llevado a una devaluación neta de casi el 30% en los mercados bursátiles de todo el mundo.

El recrudecimiento exponencial de los contagios provocó una panoplia de respuestas a menudo incoherentes y con frecuencia llenas de pánico. El presidente Trump llevó a cabo una representación del intento de detener el mar frente a una marea potencial en aumento de enfermedades y muertes. Algunas de las respuestas han sido verdaderamente extrañas. Hacer que la Reserva Federal rebaje los tipos de interés a la vista de un virus parecía raro, aun cuando se reconociera que la medida estaba destinada a aliviar las repercusiones en los mercados, más que a detener el avance del virus.

En casi todas partes a las autoridades públicas y los sistemas de atención sanitaria los sorprendieron escasos de personal. Cuarenta años de neoliberalismo a lo largo de América del Norte y del Sur, y de Europa, habían dejado a la opinión pública totalmente al descubierto y mal preparada para enfrentarse a una crisis sanitaria de este género, aunque los anteriores sustos del SRAS y el Ebola proporcionaron bastantes advertencias, además de lecciones convincentes respecto a lo que habría que hacer. En muchas partes del supuesto mundo “civilizado”, los gobiernos locales y regionales, que invariablemente forman la primera línea de defensa de la salud pública y las emergencias sanitarias de este género, se habían visto privados de financiación gracias a una política de austeridad destinada a financiar recortes de impuestos y subsidios a las grandes empresas y a los ricos.

Las grandes farmacéuticas corporativistas tienen poco o ningún interés en investigaciones sin ánimo de lucro en enfermedades infecciosas (como es el caso de todos los coronavirus que llevan siendo bien conocidos desde los años 60). Las grandes farmacéuticas rara vez invierten en prevención. Tienen poco interés en invertir a fin de estar preparados para una crisis de salud pública. Le encanta proyectar curas. Cuantos más enfermos estemos, más dinero ganan. La prevención no contribuye al valor para los accionistas. El modelo de negocio aplicado a la provisión de salud pública eliminaba el superávit que se ocupaba de las capacidades que harían falta en una emergencia. La prevención ni siquiera era un área de trabajo lo bastante tentadora para justificar formas de asociación público-privado. El presidente Trump había recortado el presupuesto del Centro de Control de Enfermedades [Center for Disease Control – CDC] y disuelto el grupo de trabajo sobre pandemias del Consejo de Seguridad Nacional [National Security Council] con el mismo ánimo, mientras recortaba la financiación de toda la investigación, incluida la del cambio climático. Si quisiera ponerme antropomórfico y metafórico en esto, yo concluiría que el COVID-19 constituye una venganza de la naturaleza por más de cuarenta años de grosero y abusivo maltrato a manos de un violento y desregulado extractivismo neoliberal.

Acaso sea sintomático que los países menos neoliberales, China y Corea del Sur, Taiwán y Singapur, han pasado por la pandemia hasta ahora en mejor situación que Italia, aunque Irán desmienta este argumento como principio universal. Si bien ha habido muchas pruebas de que China gestionó el SRAS bastante mal, en esta ocasión el presidente Xi se movió con rapidez para ordenar transparencia tanto en la información como en la realización de pruebas, tal como hizo Corea del Sur. Con todo, se perdió en China algo de tiempo valioso (solo unos cuantos días pueden marcar la diferencia). Lo que resultó, sin embargo, notable en China, fue el confinamiento de la epidemia a la provincia de Hubei, en cuyo centro se encuentra Wuhan. La epidemia no se desplazó a Beiying o al oeste, ni siquiera más al sur. Las medidas tomadas para confinar geográficamente el virus fueron draconianas. Serían casi imposibles de reproducir en cualquier otro lugar por razones políticas, económicas y culturales. Las informaciones procedentes de China sugieren que los tratamientos y las medidas fueron todo menos delicadas. Por ende, China y Singapur desplegaron su poder de vigilancia personal hasta niveles que eran invasivos y autoritarios. Pero parecen haber sido extremadamente eficaces en total, aunque si las medidas para contrarrestarlo se hubieran puesto en práctica unos pocos días antes, los modelos sugieren que se podrían haber evitado muchas muertes. Se trata de una información importante: en cualquier proceso de crecimiento exponencial existe un punto de inflexión más allá del cual la masa en ascenso queda totalmente fuera de control (nótese aquí, una vez más, la significación de la masa en relación al ritmo). El hecho de que Trump perdiera el tiempo durante tantas semanas puede todavía demostrarse costoso en vidas humanas.

Los efectos económicos se disparan ahora sin control, tanto dentro de China como más allá. Las alteraciones que operan en las cadenas de valor de las empresas y en ciertos sectores resultaron más sistémicas y sustantivas de lo que se pensó en un principio.

El efecto a largo plazo puede consistir en abreviar o diversificar las cadenas de suministro mientras nos movemos hacia formas de producción menos intensivas en trabajo (con enormes implicaciones para el empleo) y una mayor dependencia de los sistemas de producción con inteligencia artificial. La alteración de las cadenas de producción entraña prescindir o despedir trabajadores, lo que hace decrecer la demanda final, mientras la demanda de materias primas hace disminuir el consumo productivo. Estos impactos por el lado de la demanda han producido como mínimo una suave recesión.

Pero las mayores vulnerabilidades estaban en otra parte. Los modos de consumismo que explotaron después de 2007–8 se han estrellado con demoledores consecuencias. Estos modos se basaban en reducir el tiempo de facturación del consumo hasta acercarlo lo más posible a cero. El diluvio de inversiones en esas formas de consumismo guarda absoluta relación con la absorción máxima de volúmenes exponencialmente crecientes de capital en forma de consumismo que tuvieran el tiempo más breve posible de facturación. El turismo internacional ha sido emblemático. Las visitas internacionales se han incrementado de 800 a 1.400 millones entre 2010 y 2018. Esta forma de consumismo instantáneo requería masivas inversiones de infraestructuras en aeropuertos y aerolíneas, hoteles y restaurantes, parques temáticos y actos culturales, etcétera. Este lugar de acumulación capitalista está hoy encallado: las líneas aéreas están cerca de la bancarrota, los hoteles están vacíos, y es inminente el desempleo masivo en los sectores de alojamiento. No es buena idea comer fuera y han cerrado en muchos lugares restaurantes y bares. Hasta la comida para llevar parece entrañar riesgos. Al vasto ejército de trabajadores de la economía “de pequeños encargos” [“gigeconomy”] o de otras formas de trabajo precario lo están poniendo en la calle sin medios visibles de sustento. Se cancelan actos tales como festivales culturales, campeonatos de fútbol y baloncesto, conciertos, congresos de negocios y profesionales, y hasta reuniones políticas con fines electorales. Se han clausurado esas formas de consumismo de “actividades”. Los ingresos de los gobiernos locales se han ido por el agujero. Y están cerrando universidades y colegios.

Buena parte del modelo innovador de consumismo capitalista resulta inservible en las actuales condiciones. Ha quedado mellado el impulso hacia lo que André Gorz describe como “consumismo compensatorio” (en el que se supone que los trabajadores alienados recobran su ánimo gracias a un paquete de vacaciones en una playa tropical).

Pero las economías capitalistas están movidas por el consumismo en un 70 o incluso un 80 %. La confianza y el sentir de los consumidores se han convertido en los últimos cuarenta años en la clave para la movilización de la demanda efectiva y el capital se ha visto cada vez más impulsado por la demanda y las necesidades del consumidor. Esta fuente de energía económica no se ha visto sometida a desenfrenadas fluctuaciones (con unas pocas excepciones, como la erupción del volcán islandés que bloqueó los vuelos transatlánticos durante un par de semanas). Pero el COVID-19 no está respaldando una desenfrenada fluctuación sino un todopoderoso derrumbe en el corazón de la forma de consumismo que domina en los países más opulentos. La forma en espiral de infinita acumulación de capital está desmoronándose hacia dentro de una parte del mundo a cualquier otra. La única cosa que puede salvarlo es un consumismo masivo financiado e inducido por los gobiernos conjurado de la nada. Esto exigirá la socialización del conjunto de la economía de los Estados Unidos, por ejemplo, pero sin llamarlo socialismo.

Líneas del frente

Hay un mito conveniente según el cual las enfermedades contagiosas no reconocen clases ni otras barreras o límites sociales. Como muchos de esos dichos, hay una cierta verdad en esto. En las epidemias de cólera del siglo XIX, que transcendieran las barreras de clase fue lo bastante dramático como para generar el nacimiento de un movimiento de salud e higiene públicas (que se profesionalizó) que ha perdurado hasta hoy. Que este movimiento estuviera destinado a proteger a todo el mundo o solo a las clases altas no siempre estuvo claro. Pero hoy los efectos y repercusiones diferenciales sociales y de clase cuentan otra historia. Las repercusiones económicas y sociales se filtran a través de las discriminaciones “de costumbre” que en todas partes quedan en evidencia. Para empezar, la fuerza de trabajo que se espera se ocupe de cuidar a la creciente cifra de enfermos resulta de modo característico enormemente definida en términos de género, raza y etnia en la mayoría del mundo. Es reflejo de la fuerza laboral de clase que se encuentra, por ejemplo, en aeropuertos y otros sectores logísticos.

Esta “nueva clase trabajadora” está en primera fila y lleva la peor parte tanto de ser la fuerza laboral que soporta mayor riesgo del virus en su trabajo o de ser despedida sin recursos, debido al repliegue económico impuesto por el virus. Está, por ejemplo, la cuestión de quién puede trabajar en casa y quién no.

Con ello se agudiza la división lo mismo que la cuestión de quién puede permitirse aislarse o ponerse en cuarentena (con o sin salario) en caso de contacto o contagio. Exactamente del mismo modo en que aprendí a denominar los terremotos de Nicaragua (1973) y Ciudad de México (1995) “temblores de clase”, el avance del COVID-19 exhibe todas las características de una pandemia de clase, género y raza. Si bien los esfuerzos de mitigación se encubren con la retórica de que “estamos todos juntos en esto”, la práctica, sobre todo de los gobiernos nacionales, sugiere motivaciones más siniestras. La clase trabajadora contemporánea en los Estados Unidos (que comprende de modo predominante a afroamericanos, hispanos y mujeres con salario), se enfrenta al desagradable dilema de contaminarse en nombre de los cuidados y mantener los puntos claves de abastecimiento (como tiendas de comestibles) abiertos o el desempleo sin prestaciones (como una adecuada atención sanitaria). El personal asalariado (como yo mismo) trabaja desde casa y recibe su nómina igual que antes, mientras los altos ejecutivos vuelan por ahí en aviones y helicópteros privados.

La fuerza laboral ha sido socializada en casi cualquier parte del mundo desde hace mucho para que se comporte como buenos sujetos neoliberales (lo que significa culparse a sí mismos, o a Dios, si algo va mal, pero no atreverse nunca a sugerir que el capitalismo pudiera ser el problema). Pero hasta los buenos sujetos neoliberales pueden ver que hay algo erróneo en la forma en la que se ha respondido a esta pandemia.

La gran pregunta es: ¿cuánto durará esto? Podría durar más de un año, y cuanto más dure, mayor será la devaluación, incluida la de la fuerza de trabajo. Los niveles de desempleo se elevarán, casi con seguridad, a niveles comparables a los de los años 30, en ausencia de intervenciones masivas del Estado que tendrán que ir contra la tendencia liberal. Son múltiples las ramificaciones inmediatas de la economía, así como de la diaria vida social. Pero no todas son malas. En la medida en que el consumismo contemporáneo se estaba volviendo excesivo, estaba bordeando lo que describía Marx como “sobreconsumo y consumo demencial, lo que significa a su vez, [bordear] lo monstruoso y lo estrambótico, la ruina” de todo el sistema. Lo temerario de este sobreconsumo ha desempeñado un papel de primera importancia en la degradación ambiental. La cancelación de vuelos de líneas aéreas y las radicales restricciones al transporte y el movimiento han tenido consecuencias positivas en relación a las emisiones de gases de invernadero. La calidad del aire ha mejorado mucho en Wuhan, igual que lo ha hecho en muchas ciudades norteamericanas. Los lugares de ecoturismo tendrán tiempo de recobrarse de tantas pisadas. Los cisnes han vuelto a los canales de Venecia. En la medida en que se frene ese gusto por esos excesos consumistas temerarios e insensatos, podría haber algunos beneficios a largo plazo. Tener menos muertes en el monte Everest podría ser una buena cosa. Y aunque nadie lo está diciendo en voz alta, el sesgo demográfico del virus puede acabar afectando a pirámides de edad con efectos a largo plazo sobre las cargas de la Seguridad Social y al futuro del “sector de los cuidados”. Se ralentizará la vida diaria y eso será, para algunos, una bendición. Las reglas de distanciamiento social sugeridas podrían llevar, si la emergencia continúa el tiempo suficiente, a cambios culturales. La única forma de consumismo que casi con toda seguridad se beneficiará será lo que yo llamo la economía de “Netflix”, que da servicio, de todos modos, a los “espectadores de atracón”.

En el frente económico, las respuestas se han visto condicionadas por la forma de éxodo del derrumbe de 2007–8. Esto entrañaba una política monetaria de extraordinaria soltura emparejada con el rescate de los bancos, complementada con un aumento espectacular en el consumo productivo por una expansión masiva de inversión infraestructural en China. Esto último no se puede repetir en la escala requerida. El paquete de rescate establecido en 2008 se centró en los bancos, pero también implicó la nacionalización de facto de General Motors. Tal vez resulta significativo que frente al descontento de los trabajadores y una demanda de mercado que se hunde, las tres grandes compañías automovilísticas de Detroit están cerrando, al menos temporalmente.

Si China no puede repetir su papel de 2007–8, entonces la carga de salir de la actual crisis económica se desplaza ahora a los Estados Unidos, y aquí se encuentra la ironía última: las únicas medidas políticas que van a funcionar, tanto económica como políticamente, son bastante más socialistas que cualquier cosa que pudiera proponer Bernie Sanders, y esos programas de rescate tendrán que iniciarse bajo la égida de Donald Trump, presumiblemente bajo la máscara del Hacer Grande De Nuevo a Norteamérica.

Todos esos republicanos que se opusieron tan visceralmente al rescate de 2008 tendrán que tragarse sus palabras o desafiar a Donald Trump. Este último, si es sabio, cancelará las elecciones sobre la base de una emergencia y declarará el principio de una presidencia imperial para salvar al capital y al mundo de la “revuelta y la revolución”.

Pensar los años veinte

Por Franco Berardi ‘Bifo’

2019 was the year in which mass culture finally realised that millennials —my generation— are no longer children; that some of us will soon be forty. We’re over, we’re cancelled, it’s already done. The average millennial is balding now; he has a daughter that he can’t stop posting about on social media (yes! dip your child into the endless stream of digital images! submerge her! nothing could possibly go wrong!), he gets nostalgic about Disney or Pokémon; he’s a defeated sadsack loser, and history has already passed him. They are genderless cyborgs, downloading new identities from an internet that now bleeds directly into their flesh.

Sam Kriss: «Teenage Bloodbath: the 2010s in review».

Ahora que el río ha desembocado en el océano

Se sabe que en el pensamiento crítico no hay lugar para una deriva apocalíptica, para el final de la historia. El pensamiento crítico surge como un pensamiento de la historia, y en la historia encuentra su esfera de pertenencia. La evolución no es objeto del pensamiento crítico, ni el pensamiento crítico conoce la evolución. Por esta razón, el pensamiento crítico está muerto, y ya no interesa a nadie, excepto a un pequeño número de académicos que se repiten atónitos viejos análisis que apenas captan nada de una realidad que ha abandonado el río de la dialéctica desembocando en el mar impasible de la evolución. Los demás, que no son críticos ni académicos, acuden en masa a los altares de alguna iglesia, o tragan antidepresivos, o se tiran, de forma más efectiva, desde el décimo piso. La potencia desmesurada de la evolución no sabe qué hacer con la crítica, no sabe qué hacer con la ética, no sabe qué hacer con la humanidad.

Por otro lado, incluso antes del pensamiento crítico, es la crítica misma, como facultad cognitiva, la que se ha ido a la mierda. La crítica, la facultad de discernir entre lo verdadero y lo falso, entre lo bueno y lo malo, requiere del tiempo necesario para la elaboración de los enunciados, para la valoración de los acontecimientos. La crítica estaba estrechamente vinculada al modo alfabético de comunicación, al modo secuencial de exposición. Y como McLuhan predijo en 1964, cuando la tecnología de la comunicación secuencial de la escritura es sustituida por la tecnología simultánea de la electrónica, el pensamiento crítico es sustituido por el pensamiento mitológico.

Ya estamos en el universo del pensamiento mitológico, ocupado por gigantescas máquinas de destrucción, impasibles, indiferentes al dolor y al placer, indiferentes a la indignación moral y a la rabia política. La evolución continúa sin atormentarse con la conciencia, como un animal prehistórico que regresa con sus pezuñas tan grandes como montañas, incendios gigantescos como un continente, multitudes aturdidas con la mascarilla verde y la Antártida que se descongela rápidamente inundando las costas en las que viven seiscientos millones de habitantes. La crítica (el arte de la medida) no está equipada para estas desmesuras.

Para qué sirve pensar

A diferencia de lo que dice Heidegger en Was heisst Denken?, diría que pensar no tiene mucho que ver con el ser. En la esfera del devenir histórico, pensar significa hacer que el mundo fuese decible y, por lo tanto, habitable. Al abandonar la esfera de la historia y la crítica, el devenir del mundo se ha vuelto independiente de nuestro pensamiento. No obstante, ahora nos toca pensar en los años veinte del siglo XXI, la década en la que hemos entrado, porque incluso si el pensamiento ya no gobierna el flujo, puede sugerirnos una manera de nadar (…).

La nueva década fue anunciada por una convulsión del cuerpo planetario: la revuelta volcánica pero incoherente que en el otoño de 2019 movilizó a millones de personas desde Santiago de Chile hasta Hong Kong, París o Beirut, chocando con varias formas de poder, todas igualmente graníticas. La convulsión fue seguida inmediatamente por el triunfo barroco de la muerte: la eliminación del asesino Soleimani por el asesino Trump, y la reunión del asesino Trump con el asesino Netanyahu para iniciar la solución final del pueblo palestino. La década fue anunciada por el fuego interminable de los bosques australianos, por la aglomeración de miles de personas que huyen de la playa que baja al océano: la última playa. En una playa frente al océano con las llamas detrás de nosotros: aquí estamos. Todos.

Qué hace Ricky tras la última escena?

Sorry we missed you es sin duda la más desesperada, la más angustiosa de las películas de Ken Loach. Es la historia del descenso al infierno interminable de la precariedad de una familia de proletarios ingleses. Es una película sobre la esclavitud que ha tomado el lugar del trabajo asalariado: explotación absoluta, tortura cotidiana, desierto angustioso de la metrópoli, competencia agresiva que devasta hasta el último pedazo de relación humana, miseria interminable. La madre es una cuidadora por horas; Ricky, el padre, trabaja como transportista para una empresa de reparto a domicilio; los dos niños están abrumados por la devastación psíquica precaria, la comunicación mediada por el teléfono móvil que suena continuamente para recibir órdenes e implorar ayuda, y no hay ningún futuro imaginable más allá de la repetición infinita de este infierno.

En un determinado momento de la película, el padre, después de ser atacado durante el trabajo por un grupo de ladrones, regresa a su casa herido con la cara hinchada y dos costillas rotas y telefonea al jefe llamado Malone que lo amenaza con una multa si no va a trabajar el día siguiente. Temprano, por la mañana, adolorido con unos vendajes ensangrentados, Ricky se sube a su camioneta y corre por las calles hacia el almacén donde lo espera Malone, el jefe torturador que se beneficia de su trabajo y manda sin escuchar razones. La película termina así, y no sabemos qué sucederá cuando llegue Ricky, en esas condiciones. ¿Trabajará todo el día? ¿Se derrumbará? ¿Qué hará el protagonista de la película de Ken Loach después de esta última escena?

Se me ocurre una respuesta. Ricky llega al almacén de la empresa PDF (Parcels Delivered Fast) pisando el acelerador a toda velocidad, derriba la puerta y se precipita en el local en dirección a la oficina donde lo espera Malone, el jefe. La furgoneta atraviesa la puerta a ciento veinte kilómetros por hora y aplasta al jefe contra la pared, haciendo papilla su cuerpo macizo, moliendo sus huesos uno por uno y, al mismo tiempo, matando al conductor. Es solo mi imaginación, es justo lo que deseaba ver, pero es algo que Ken Loach no ha mostrado ni quizás imaginado. El suicidio es la única salida: esta es la única conclusión de la película y también de la vida que vivimos. En el mejor de los casos, podemos ser shahīd, mártires suicidas, pero sin vírgenes esperándonos en el paraíso (porque no hay paraíso, solo el infierno en el que vivimos).

Ninguna guerra fría en el horizonte

Entramos a tientas en la tercera década del siglo, y tratamos de entender las líneas generales de la evolución del mundo después de que Trump agrediera a la globalización neoliberal, la misma que ahora amenaza con hundirse definitivamente tras la pandemia viral. Algunos parecen estar de acuerdo en en el hecho de que hemos entrado en una nueva guerra fría que opondría a Estados Unidos y China. Competencia económica en el contexto de un proceso de rearme y de mejora tecnológica de la guerra virtual. Por supuesto, hay algo de verdad en esta consideración (en la que Federico Rampini insiste, por ejemplo, en sus libros recientes), pero creo, por dos razones, que la analogía con la guerra fría no funcione.

La confrontación soviético-estadounidense entre los años cincuenta y ochenta se basó en un fuerte control bipolar de los conflictos mundiales. Estados Unidos y la Unión Soviética tenían la potencia militar y la autoridad política necesarias para controlar, reprimir y canalizar las transformaciones geopolíticas locales, así como contener los conflictos sociales dentro de un marco geopolítico sustancialmente rígido. Nada que ver con el contexto actual: la línea divisoria entre la hegemonía china y la hegemonía estadounidense —incluso dominando el juego global en la economía, la tecnología y el equilibrio geopolítico—, no tiene las características de la bipolaridad perfecta de la era soviética. Los actores geopolíticos se han multiplicado caóticamente, muchos de ellos tienen armas nucleares y la lógica bipolar no controla la dinámica de sus proyectos en conflicto.

En segundo lugar, el equilibrio del terror entre los años cincuenta y ochenta se basó en proyectos ideológicos coherentes, y los conflictos locales tuvieron lugar en líneas recomponibles (el campo socialista y las democracias occidentales). Hoy la imagen del mundo está fragmentada a lo largo de líneas de identidad que son irreductibles a un diseño unitario. La única verdadera línea de fractura unificadora es la que opone el Norte del mundo, en declive demográfico y económico, al Sur del mundo en plena explosión demográfica. Y merece la pena profundizar en este tema.

En el próximo decenio, el declive de la población del hemisferio norte podría convertirse en un colapso precipitado. El bloque social y étnico que corresponde al Norte colonial —Europa, Norteamérica, Japón— no acepta su propio declive, y reacciona con un movimiento etnonacionalista que actualiza la obsesión fascista de defender a la raza blanca amenazada por la sustitución, transformando el mundo blanco en una fortaleza asediada. Flota el fantasma del pasado colonial, el absoluto no-dicho del discurso político occidental.

El cielo de la guerra fría estuvo dominado por dos conflictivos diseños universales: la democracia y el libre mercado versus el socialismo y el Estado totalitario. Esto produjo una tendencia a la rigidez paranoica de los dos conjuntos culturales. El cielo del siglo XXI está atravesado por innumerables flujos de identificación precaria, incoherente, tendencialmente psicótica. La subjetivación colectiva se aferra agresivamente a la raza, la etnia, la nación, la fe religiosa, la identidad sexual. El contexto que se va delineando, lejos de presentar los contornos tranquilizadores conocidos de una guerra fría, tiene, en mi humilde opinión, las características de la guerra civil global.

El triunfo de la muerte

La democracia liberal es la incubadora de la actual forma cumplida del nazismo, que encuentra su lugar de elección en los Estados Unidos, una entidad fundada en el genocidio, la deportación y la esclavitud, cuya sociedad constitutivamente racista hoy se hunde en la demencia senil.

La década de 2020 se está inaugurando con el triunfo definitivo de Trump. En el contexto internacional, la eliminación del general iraní Soleimani suscitó un escándalo entre los demócratas (como si el Partido Demócrata hubiera sido alguna vez respetuoso con el derecho internacional) y provocó una ola de dolor y rabia en las masas iraníes. Pero, para deleite de los votantes estadounidenses, se ha demostrado que el régimen chií es impotente y que su única respuesta posible es una acción suicida, y en el caso iraní el resultado suicida es absolutamente probable, dado que el regreso del Mahdi —el duodécimo imán oculto— solo sucederá cuando su pueblo se haya sacrificado.

El triunfo de Trump se ha vuelto abrumador con la conclusión del proceso de impeachment, y está destinado a que culmine en noviembre con la victoria electoral que sancionará definitivamente el fin de la democracia liberal en el mundo. Difícilmente este segundo triunfo de Trump podrá ser contrarrestado por el poder financiero de Bloomberg, ya que la mayoría de los votantes jóvenes están con Sanders, y es poco probable que se dejen convencer para votar a un candidato más odioso aún que el propio Trump [Nota edición: este artículo se publicó antes de la retirada de Bernie Sanders de la carrera presidencial]. A estas alturas, los jóvenes electores han aprendido que los fascistas son horribles, de acuerdo, pero el chantaje de la izquierda neoliberal (o nosotros o el fascismo) no lo es menos. La victoria de Trump consolidaría a escala global un fenómeno del cual el nazismo de Hitler fue una anticipación inmadura.

El principal teórico del etnonacionalismo del siglo XXI es el autor de un texto titulado Manifiesto por la independencia europea, no menos idiota y no menos efectivo que el Mein Kampf. Su nombre es Andreas Breivik y se publicitó matando a 77 personas desarmadas, y en su mayoría menores de edad, el 11 de marzo de 2011. En su abominable escrito, explica que el error de Hitler fue la identificación de los judíos como el principal enemigo de la raza superior, puesto que son aliados en la lucha mortal contra los musulmanes y otras razas inferiores. Se trata de la teoría que hoy anima la política de la Casa Blanca y la alianza entre el cristianismo evangélico ultrareaccionario y el sionismo, en la perspectiva del inminente apocalipsis. Esta alianza tiene como objetivo crear las condiciones culturales y militares para el exterminio racial en la fase de una cada vez más cercana catástrofe ambiental.

El discurso supremacista contemporáneo (en la formulación de Trump y Bolsonaro, por ejemplo) no se basa en la negación del cambio climático, como puede parecer, sino en un razonamiento más realista: ocho mil millones de personas no pueden convivir en el planeta Tierra en condiciones de devastación ambiental. Por lo tanto, se trata de crear las condiciones técnicas para la supervivencia de una parte de la humanidad y, por lo tanto, de eliminar la otra parte. Ningún teórico, periodista o político de la derecha mundial se expresa en términos semejantes, por supuesto. Pero este es el significado no tan oculto del discurso supremacista contemporáneo, que ya gobierna casi todos los países del norte del mundo.

La paradoja demográfica (envejecimiento del norte contra la expansión de las poblaciones india, islámica y africana) tiene como consecuencia lógica una migración gigantesca que los supremacistas llaman gran sustitución. Incluso si la llamada gran sustitución no es el efecto de una conspiración maléfica de Soros, como deliran los paranoicos, no puede negarse que vaya apareciendo naturalmente esta tendencia, como hace la izquierda antirracista, que no se atreve a pensar que la única forma de afrontar este fenómeno es una estrategia de redistribución de la riqueza para equilibrar los efectos del colonialismo. En este vacío estratégico, el suprematismo razona cada vez más abiertamente en términos de una solución final: rechazo de la migración, eliminación de la mayoría de la población mundial. En estas monstruosas premisas, literalmente inimaginables, está basado el discurso neorreaccionario y encuentra una perspectiva de racionalidad, por repugnante que sea. El inconsciente planetario sintoniza con un contenido hasta ahora reprimido: la imposibilidad de la convivencia de miles de millones de habitantes en condiciones de cambio climático y estancamiento económico a largo plazo.

En las décadas posteriores a la segunda guerra mundial tuvo lugar una gigantesca batalla cultural y política: el movimiento obrero y estudiantil fue el protagonista, pero no pudo desarrollar una estrategia de redistribución frugal y escapar del modelo de crecimiento. De ahí que el movimiento fuese derrotado y la contrarrevolución nihilista thatcheriana preparara el regreso del nazismo, esta vez en una versión madura. El nazismo de Hitler fue solo una horrenda premonición: en realidad, el capitalismo aún no había madurado la perspectiva de extinción que hoy se percibe claramente, y no se habían constituido las condiciones técnicas de control absoluto.

En el libro lack Earth: the Holocaust as history and as warning, Timothy Snyder sostiene que el totalitarismo político se vuelve aceptable para la mayoría de la población cuando la alternativa es la precipitación de condiciones ambientales insostenibles, y el genocidio se vuelve aceptable cuando aparece como la única posibilidad para evitar la extinción de la propia familia o la propia nación.

Para pensar los años veinte se debe tener el coraje de pensar en la inminencia del horror.

Funky nazi

El etnacionalismo que triunfa a nivel mundial es la señal de una desesperación expresada en un lenguaje absurdo. A la migración que presiona en las fronteras y obliga a los depredadores a atrincherarse detrás de muros físicos y mentales cada vez más altos y cada vez más frágiles, el etnacionalismo blanco, incapaz de asumir la responsabilidad del colonialismo y pagar el precio, opone la propia primacía con la apocalíptica lógica de exterminio. Asediada internamente por la demencia senil y la depresión, la cultura dominante destruye en sí misma todos los rastros humanos para no sucumbir a su propia fragilidad íntima. El cinismo se convierte entonces en el registro ético y lingüístico predominante.

¿Qué significa cinismo en el plano lingüístico y ético? El cinismo tiene algo que ver con la ironía: con ella comparte la suspensión de la relación entre enunciación y verdad. A pesar de la analogía retórica, sin embargo, entre el cinismo y la ironía hay una divergencia ética radical: la ironía suspende la relación entre la enunciación y la verdad para aludir a la pluralidad de mundos posibles, mientras que el cinismo suspende esa relación porque no quiere renunciar al privilegio implícito en la conservación de lo existente. Pienso en la extraordinaria muestra de cinismo de toda la clase política republicana frente alimpeachment de Trump. Nadie podía negar que el presidente había realizado una acción inmoral, ilegal, vergonzosa. Nadie lo negó. Pero la defensa del poder blanco no puede ceder ante tales trivialidades, especialmente porque en los últimos setenta años la política exterior estadounidense ha sido una sucesión ininterrumpida de actos inmorales, ilegales, vergonzosos. Por lo tanto, cada declaración del presidente y sus secuaces estaba fundada, hasta límites grotescos, en una suspensión sistemática de la verdad. Cualquiera que dijera la verdad sería amenazado, asaltado, ridiculizado y finalmente despedido (como sucedió con un militar y un embajador que simplemente dijeron la verdad sobre las llamadas de chantaje de Trump a Zelenski). Se ha tratado de una representación cómica extraordinaria porque todos, hasta los espectadores más desprevenidos, sabían que cada palabra del presidente era falsa. Pero la agresividad dio fuerza de verdad a la falsificación más obvia. La política de toda la clase dominante blanca occidental, sin distinción entre izquierda y derecha, estaba perfectamente sintetizada en esa subversión cínica de la enunciación.

Estamos aquí ante una evolución del estilo nazi: en el discurso hitleriano había una trágica seriedad de la tradición, la familia, la comunidad y la nación. En el nazismo 2.0, la tragedia se evapora para dejar espacio a la comedia cínica. La familia, la tradición, la comunidad, la nación no son más que ficciones que han perdido toda relación con lo vivido. El trumpismo contemporáneo exalta la comunidad con cinismo barroco, pero sabe que ya no hay ningún sentido de comunidad en el capitalismo tardío global. Exalta los valores de la nación, pero sabe bien que el poder está totalmente desterritorializado. Por esta razón, el meme irónico toma el lugar de la retórica trágica: no hay consistencia ni seriedad en el meme, porque su poder se basa en la super-inclusividad semántica, es decir, en el hecho de que cada signo puede significar todo y su opuesto. Pura voluntad de potencia sin ninguna fe en la verdad del enunciado.

Cincuenta años de penetración mediática y publicitaria ininterrumpida han creado las condiciones para esta erosión de la relación entre el enunciado y la verdad. La publicidad ha destruido cualquier coherencia de la enunciación, expandiendo desmesuradamente el espectro semántico de cada signo, hasta incluir en cada interpretación lo opuesto de lo que significa cada signo. La interpretación se ha hecho ejercicio de puro poder sin coherencia.

En la jerga afroamericana, el término funky se usa para referirse al exceso de excitación, la ruptura de cualquier inhibición semántica y de cualquier coherencia ética. Funky es la desconexión del lenguaje de cualquier relación con la coherencia, y la arbitrariedad desencadenada del flujo semiótico. Funky-Nazies la tormenta de mierda que la razón política no es capaz entender y, aún menos, de detener (…).

¿De qué extinción estamos hablando?

La extinción ha entrado en la esfera perceptiva del género humano en la segunda década de este siglo: la palabra impronunciable ha sido pronunciada. No la razón política sino el inconsciente percibe esta posibilidad, este acercamiento del fin. Si cruzamos el pronóstico de crecimiento de la población en el sur del planeta con la reducción del espacio habitable debido a la catástrofe ecológica (áreas costeras inundadas, áreas continentales que exceden las temperaturas tolerables, áreas devastadas por la contaminación tóxica), nos damos cuenta de que las grandes migraciones son inevitables. Las grandes migraciones alimentan las guerras, el internamiento masivo de los pobres por los menos pobres y el exterminio. Eso es lo que ya está sucediendo en la frontera mediterránea y en muchas otras fronteras de la Tierra.

A pesar de los patéticos llamamientos (el tiempo se acaba, sólo quedan diez años…), la catástrofe ecológica ya no es reversible, ni siquiera puede ser contenida: esto explica el crecimiento de las fuerzas políticas que niegan el problema. Ganan las elecciones solo aquellos que se comprometen a continuar con la devastación y aquellos que persiguen el crecimiento sobre cualquier otra consideración: crecimiento quiere decir devastación, y la palabra sostenible va acompañada de una sonrisa sardónica. En Italia, para ganar las elecciones en Emilia-Romaña, el candidato del Partido Democrático (centro-izquierda) exigió que el gobierno nacional cancelara un proyecto de ley que quería establecer un impuesto sobre el plástico debido a que la producción de envases de plástico se concentra en Emilia. No hay deniers: nadie cree realmente que el cambio climático no exista. Pero la mayoría piensa que no se puede hacer nada para detener el apocalipsis, por lo que lo único razonable es bunkerizarse y exterminar a los que se acercan al búnker.

Desde que George Bush declaró en la Cumbre de Río de Janeiro de 1992 que «el nivel de vida de los estadounidenses no es negociable», la alternativa ha sido clara: o la humanidad se libera del pueblo estadounidense o el pueblo estadounidense se libera de la humanidad. La victoria de Trump marca el momento en que el pueblo estadounidense se prepara para la eliminación de la humanidad para que los estadounidenses puedan mantener su nivel de vida. Por el momento parece que prevalece esta perspectiva. La nación más asesina de todos los tiempos (cuya historia de genocidio, deportación y esclavitud hace palidecer al Tercer Reich) está lista para el Holocausto de la humanidad no estadounidense. America First finalmente significa esto. A menos que alguien decida desatar la hecatombe final comenzando con los estadounidenses, ya que varios países (Corea del Norte, por ejemplo, y por supuesto China) tienen la fuerza necesaria para incinerar a la mitad de la población estadounidense. El suicidio es la monstruosa perspectiva que se está delinando para la humanidad del siglo XXI. ¿Desde qué punto de vista deberíamos lamentarlo?

Temo que el futuro contenga una posibilidad más dolorosa que la extinción biológica de la humanidad. La humanidad es lo suficientemente resistente como para sobrevivir al cambio climático, la guerra mundial y los bombardeos atómicos. Quizás la especie humana sobreviva. Y la civilización también está destinada a sobrevivir, transferida a la esfera automática de la red conectiva global. Separada de los humanos, objetivada en técnica, la civilización podrá reproducir y expandir sus concatenaciones abstractas. Lo que no sobrevivirá en mi opinión es el frágil equilibrio de la civilización humana, de la civilización en cuanto humana. Una civilización inhumana, y poblaciones humanas sin civilización: esta me parece la perspectiva más probable para el siglo XXI (…)

Ética de la extinción

Pensar los años veinte significa interpretar las tendencias que aparecen en la condición actual, pero no solo. También significa trazar las líneas de una ética de extinción. Una ética del devenir nada.

La ética moderna quería ser una preparación para el buen vivir. Ahora necesitamos volver a concebir la ética como una preparación para el buen morir. No (sólo) en el sentido estoico de meditar individualmente sobre una muerte digna, sino también en el sentido de elaborar una conciencia colectiva del horizonte de extinción de la civilización humana.

Franco Bifo Berardi (Bolonia [Italia], 1948) es filósofo, escritor y agitador cultural. Graduado en estética y formado con Félix Guattari, actualmente es profesor de historia social de los medios de comunicación en la Academia de Bellas Artes de Brera (Milán). Fue un destacado activista de la llamada autonomia operaria italiana durante la década de los setenta y, desde entonces, ha desarrollado una prolífica obra crítica en la que ha estudiado las transformaciones del trabajo y de la sociedad producidas por la globalización, especialmente en cuanto al rol de los medios de comunicación en las sociedades postindustriales. Su producción teórica ha ido acompañada de un activismo por los medios de comunicación alternativos, tarea que inició con la fundación de la revista A/Traverso, fanzine del movimiento de 1977 en Italia, y que prosiguió con la creación de la Radio Alice —la primera emisora pirata del país— y la TV Orfeu, cuna de la televisión comunitaria en Italia. En el terreno ensayístico, debutó con Contro il lavoro (Feltrinelli, 1970) y, desde entonces, ha publicado medio centenar de títulos, algunos de ellos traducidos al castellano, como La fábrica de la infelicidad (Traficantes de Sueños, 2003), La sublevación (Artefakte, 2013) o Fenomenología del fin (Caja Negra Editora, 2017).

Publicado originalmente en la revista Not el 20 de febrero de 2020, y traducido por Juan Dorado en El Cuaderno Digital

Gustavo Esteva: La amenaza real es un ejercicio autoritario sin precedentes

Desde que el virus salió de China se sabía que no es mayor problema para la inmensa mayoría de las personas. No sentirán nada o, cuando más, padecerán una gripa más o menos severa. Tendrán probablemente dificultades respiratorias quienes ya sufrían de problemas pulmonares por la contaminación industrial, como en Wuhan y Palermo, o por otros factores. La mayoría se curará en unos días. Unas cuantas, las que tenían ya una condición de salud delicada, requerirán tratamiento especial y algunas personas de este grupo morirán. Nunca se sabrá la verdadera causa de su muerte… pero se contabilizará en la cuenta del coronavirus, para aumentar el pánico.

Ciertas personas son especialmente vulnerables, por su edad o por condiciones de salud delicadas. El número no es muy grande, pero es mayor que quienes cada año corren riesgos por la gripa de invierno. Una reacción apropiada hubiera sido organizarse localmente para cuidar a esas personas de la mejor manera posible. El papel del gobierno habría sido respaldar ese empeño, garantizando apoyo económico y atención médica a quienes les hiciera falta.

En vez de eso, los gobiernos imitaron a China…, pero sólo en el confinamiento. Allá dieron prioridad a la gente, no a la economía, y el gobierno garantizó condiciones materiales de supervivencia y atención médica gratuita a todas las personas. Implementó esas decisiones a través de una amplia estructura organizativa.

Era imposible imitar a China, donde se combinaba una tradición milenaria de disciplina del pueblo chino con un gobierno muy autoritario, que ejerce amplio control tecnológico sobre cada persona. Ningún otro gobierno podía garantizar a toda la gente la supervivencia y la atención médica gratuita. En forma atropellada se creó así un dispositivo ineficiente, injusto e inmoral. No logra hacer más lento el contagio, atiende a los infectados de manera racista y clasista, y de trasmano condena a una clase de personas a la muerte, las desecha.

El virus hizo evidente la manera in­sensata y casi criminal de tratar a personas de edad avanzada. En Italia murió la mitad de los ancianos de un asilo… que ya estaban en completo abandono. En casi todos los países empezaron a desecharlas disimuladamente. El gobierno mexicano fue el primero que lo convirtió en política pública abierta. Según su Guía bioética, preferirán a los jóvenes sobre los viejos.

La amenaza real es un ejercicio autoritario sin precedentes. “La actual emergencia sanitaria –sostiene Giorgio Agamben– puede considerarse como el laboratorio en el que se preparan los nuevos arreglos políticos y sociales que esperan a la humanidad” (Distanciamiento social, Una Voce, 6/4/20, artilleriainmanente.noblogs.com.). Podríamos salir, según ‘Bifo’, bajo las condiciones de un estado tecnototalitario perfecto (Franco ‘Bifo’ Berardi, Crónica de la posdeflación, Mundo Nuestro, 19/3/20, http://mundonuestro.mx/index.php/ autores/item/2303-franco-berardi-bifo- cronica-de-la-psicodeflacion). Para Raúl Zibechi, el militarismo, el fascismo y las tecnologías de control poblacional son enemigos poderosos que, aunados, pueden hacernos un daño inmenso, al punto que pueden revertir los desarrollos que han tejido los movimientos desde la anterior crisis (A las puertas de un nuevo orden mundial, elsaltodiario.com).

Muchas personas están actuando con libertad, por estrictas razones de supervivencia –tienen que salir a buscarla– o porque no aceptan vivir sin interacción humana. En vez de asumir el aislamiento, la separación, la subordinación a la pantalla y la instrucción, intensifican sus relaciones con otras y otros. Resisten en pequeños grupos la ola autoritaria que nos acosa y empiezan a producir juntos su propia vida, en redes con otros y otras que hacen algo semejante.

Hay quienes, tal como Giap usó la máquina estadunidense de guerra para derrotarla, entran al territorio enemigo para destruirlo. El “ hackeo cultural”, por ejemplo, produce narrativas insurrectas de código abierto y defiende vida y territorio desarticulando los sistemas de opresión un meme a la vez ( https://hackeocultural.org/ wp-content/uploads/2020/04/Hackear LaPandemia-1.1 -HackeoCultural.pdf ).

Mientras se multiplican la imaginación creativa y la capacidad autónoma, así como la solidaridad con quienes nada tienen, millones presionan por volver a alguna forma de normalidad. Aprenden a vivir bajo una sociedad de control, obedeciendo sin chistar hasta las instrucciones más disparatadas. Cuelgan su alimentación de Uber Eats, Walmart y Monsanto, y exigen medidas policiacas contra quienes siguen su propio camino.

Mientras gobiernos y corporaciones extienden sus tentáculos electrónicos de control, se forma desde abajo el caldo de cultivo social del ejercicio autoritario. Muchas personas empiezan a atacar o reprimir a quienes sólo pueden entender la vida como un ejercicio de libertad entre personas y comunidades.

Fuente: https://www.jornada.com.mx/2020/04/20/opinion/022a1pol

La esencia del Estado contemporáneo (1)

Por Jacques Rancière

Fuente del texto en francés: Le Grand Continent, 10 de Marzo de 2020.

Traducción al español: Ignacio Gordillo y Martín Macías Sorondo. Corrección y edición: Gisele Amaya Dal Bó.

El filósofo francés Jacques Rancière firma un texto crucial sobre las transformaciones del Estado contemporáneo, los usos de la inseguridad y la lógica global de la profunda contradicción que estructura la secuencia actual.

El 29 de febrero, en Francia, el gobierno decidió implementar el decreto 49.32 para hacer pasar su reforma de las jubilaciones en la Asamblea Nacional, reforma que desde su fase de proyecto había desencadenado uno de los mayores movimientos sociales de los últimos cincuenta años. Ese mismo día, se anunciaron las primeras medidas de orden público para limitar la propagación del coronavirus, prohibiendo las grandes reuniones y restringiendo la circulación en los primeros focos de contagio identificados. Esta coincidencia no debe entenderse como más que eso, una coincidencia. La llegada del virus sigue siendo, por supuesto, un elemento exógeno. Pero tampoco hay que desaprovechar esta oportunidad conceptual, porque implica simultáneamente dos formas del vínculo entre los ciudadanos y el Estado, que pueden parecer contradictorias.

Nos pareció pertinente entonces ofrecer la lectura de una crónica pronunciada por el filósofo Jacques Rancière en el verano de 2003 en una situación que presenta elementos análogos a los que estamos viviendo en estos días: por una parte, la canícula que conlleva la muerte de miles de ancianos, por la otra, la reforma del sistema jubilatorio. El autor nos ha autorizado generosamente a publicarla bajo la condición de que “no le adjudiquemos el rol de profeta”.

El Estado y la canícula por Jacques Rancière

Al defenderse por no haber sabido prever los efectos de la canícula3, nuestro gobierno ha reconocido implícitamente que le correspondía, si no controlar el calor y el frío, por lo menos, prever todos sus efectos posibles sobre las vidas de nuestros conciudadanos.

Si el asunto se presta a la reflexión, es porque el gobierno está al mismo tiempo empeñado en una labor aparentemente opuesta. Su gran tarea es la de reducir los gastos que la colectividad asume para garantizar, tanto como sea posible, para cada uno un empleo, un salario y acceso a la salud. Este cometido se acompaña de un discurso que exalta las virtudes reencontradas del riesgo y de la iniciativa individual contra la tiranía del Estado de bienestar y el arcaísmo timorato de los privilegios sociales.

Es así como las circunstancias actuales nos presentan, en apariencia, un singular contra-efecto: en el momento en el que el Estado decide hacer menos por nuestra salud, se reconoce responsable en su conjunto en lo que respecta a nuestra vida, su duración y su protección contra todos los flagelos que la pueden amenazar. No se trata aquí de una contradicción accidental, sino más bien de una lógica global. Lo que está en juego en las reformas actuales no es, sin importar lo que se diga, la restauración gloriosa de las virtudes del individuo contra el lastre del Estado. Es más bien el reemplazo de sistemas horizontales y asociativos de solidaridad por una relación vertical entre cada individuo con el Estado protector.

¿De qué nos protege el Estado precisamente? Se resume en una palabra: inseguridad. Se ha querido asignar este término a los fenómenos de violencia y de delincuencia que existen en buena parte de los suburbios y colegios. Pero la inseguridad no se identifica con ningún fenómeno en particular; es la sensación móvil de que estamos amenazados por flagelos innumerables y eventualmente sin rostro. Nuestro presidente fue hace poco elegido por algunos para luchar contra el flagelo de la inseguridad en los suburbios y por otros para protegernos de la extrema derecha securitarista. En qué medida ha vencido a esas dos enfermedades, hoy en día nadie se lo pregunta expresamente. En su lugar, se le plantea si su gobierno ha hecho todo lo que es necesario para prolongar nuestra vida tanto como ella pueda serlo.

Detrás de las alabanzas oficiales a la virtudes del emprendimiento y del riesgo, lo que aparece de hecho es un vínculo cada vez más fuerte de cada individuo con un Estado encargado de protegernos de todos los peligros, tanto aquellos del islamismo y del terrorismo, como aquellos del calor y del frío. Esto quiere decir que la sensación de miedo es aquello que hoy más que nunca cimienta la relación de los individuos con el Estado.

Sería necesario entonces revisar algunos de los análisis entre los que hemos estado viviendo desde hace algún tiempo. Estos nos describen al Estado contemporáneo como aquel cuyo poder está cada vez más diluido, invisible, en sincronía con los flujos de mercancías e información. Estaríamos en la era del consenso automático, del ajuste indoloro entre la negociación colectiva del poder y la negociación individual de los placeres en la sociedad de masas democrática.

Sin embargo, el estruendo de las armas estadounidenses, los himnos a Dios y a la bandera o las renovadas mentiras de la propaganda estatal han sacado a la luz una verdad inquietante: el Estado consensual en su forma consumada no es el Estado gerencial o el Estado modesto. Es el Estado reducido a la pureza de su esencia: el Estado policial. La comunidad de sentimiento que apoya a este Estado y que este gestiona en su beneficio, es la comunidad del miedo.

Los errores que los gobiernos reconocen o de los que se les acusa en lo que respecta a la protección de su población actúan, entonces, como una especie de contra-efecto. Al no protegernos bien, están demostrando que están ahí más que nunca para hacerlo. El fracaso del gobierno de los Estados Unidos en proteger a su pueblo de un ataque preparado desde hacía mucho tiempo se revela como una prueba de su misión de protección preventiva contra una amenaza invisible y omnipresente. Lo mismo ocurre con los fracasos de nuestros gobiernos para hacer frente a la pequeña delincuencia o para prevenir los riesgos para la salud. Prevenir el peligro es una cosa, manejar la sensación de inseguridad es otra.

La opinión reinante desearía ver en el desarrollo de la lógica securitaria una reacción defensiva provisoria, debida a los peligros que plantean hoy en día a nuestras sociedades avanzadas las actitudes reactivas de las poblaciones desfavorecidas, impulsadas por la pobreza al desvío de conducta, el fanatismo o el terrorismo. Pero no hay indicios, en verdad, de que las actuales campañas de fuerzas militares y policiales o que los reglamentos securitarios estén conduciendo a una reducción de la brecha entre ricos y pobres, lugar privilegiado en el cual se quiere ver la amenaza permanente que pesa sobre nosotros.

La inseguridad no es un conjunto de hechos, es un modo de gestionar la vida colectiva. La avalancha mediática cotidiana sobre todas las formas de peligros, riesgos y desastres, así como la moda intelectual del discurso catastrofista y la moral del mal menor, muestran suficientemente que los recursos del tópico securitario son ilimitados. La sensación de inseguridad no es una preocupación arcaica, hoy reactivada debido a circunstancias transitorias. Es una forma de gestión de los Estados y del planeta que es capaz de reproducir en bucle las mismas circunstancias que lo sustentan.

 

 

(1) El artículo original se encuentra en: Rancière, Jacques, Moments politiques, interventions 1977-2009, París, La Fabrique, 2009, pp. 142-145.

(2) El tercer párrafo del artículo 49 de la Constitución Nacional francesa le permite al primer ministro, luego de consulta con el gabinete de ministros, decidir la promulgación de un proyecto de ley referido a las finanzas o al financiamiento de la seguridad social sin que sea necesario el debate parlamentario. Funciona, en suma, como una medida de excepción en la promulgación de leyes. El Parlamento puede contestar la decisión presentando una moción de censura en el lapso de las 24 horas posteriores a la aplicación del artículo 49.3, que debe ser apoyada por la mayoría de los miembros de la Asamblea para cobrar efecto y desaprobar el programa o la decisión del gobierno. En tal caso, el primer ministro debe, por ley (art. 50) presentar su renuncia al presidente. En el caso en cuestión, dada la mayoría parlamentaria del partido promotor de la reforma de las jubilaciones, la aplicación del artículo 49.3 supuso una aceleración en la aprobación de la ley que impidió su debate, método ampliamente repudiado por la ciudadanía y los partidos de oposición. (N.T.)

(3) En 2003, una ola de calor en Europa occidental y el creciente número de muertes que ella provocó habían suscitado en Francia cierta crisis político-mediática.