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Autor: admin

Pensar en tiempos de pandemia

04oct-20
Publicada el 4 octubre, 2020
por admin

Por Denise Najmanovich

No estamos aislados. Nunca lo estaremos. Por el contrario, si algo nos ha mostrado esta pandemia es lo ligados que estamos, lo profundamente entramados y no sólo entre humanos sino con todas las criaturas y entidades de la naturaleza. Estamos unidos, tal vez más unidos que nunca, aunque no podamos movernos como antes. Lo que estamos viviendo no es aislamiento, sino geolocalización (en fácil, cada uno en su casa, si la tiene). El éxito que ha tenido la denominación “asilamiento social” nos muestra la fuerza que aún tienen el pensamiento moderno y sus ilusiones individualistas  y antropocéntricas que nos hacen creer que trascendimos la naturaleza, que estamos enfrentados a ella y que podemos, e incluso debemos, dominarla. Este modo de concebir la humanidad no sólo invisibiliza nuestras raíces, nuestra pertenencia y participación en la trama de la naturaleza, sino que también nos impide darnos cuenta (y agradecer) a todos aquellos que  hoy con su actividad sostienen, nutren y cuidan la vida de todos: personal de salud, sin duda, pero también agricultores, distribuidores de alimentos y medicamentos, barrenderos, cuidadores de casas, de ancianos y tantísimos otros humanos y no humanos como la red de plantas que produce oxígeno y los animales que colaboran en la dispersión de las semillas.  Nosotros los humanos nos movemos menos, pero esto ha hecho que muchas otras especies ganaran movilidad, ya que los ecosistemas viven en un equilibrio dinámico que expresa una paradójica armonía tensa, generativa, robusta y vulnerable a la vez, siempre creativa y por lo tanto parcialmente destructiva.

Por eso hoy, más que nunca, tenemos que dejar atrás las falsas y peligrosas ilusiones de independencia. Lo más importante que podemos aprender de esta pandemia es que no vivimos aislados –ni ahora ni nunca-, porque la vida es siempre convivencia, influencia y afectación mutua. No hay aislamiento alguno:  han variado los modos de la presencia, la expresión de los afectos, los medios de interactuar, las formas de circular. Lo que se ha modificado es la dinámica vincular y las formas del lazo, se han generado otros encuentros y modos distintos de entretejernos: ahora tengo más tiempo para cuidar de mis plantas, y doy clases por internet. Nosotros estamos más quietos pero los ecosistemas siguen fluyendo y si somos capaces de entender lo que ha sucedido, podremos utilizar el dolorosísimo aprendizaje  para no volver a ese modo de vida que nos quieren hacer creer que es la “normalidad” cuando se trata una “normalización” impuesta por las élites que son las únicas que se benefician del modo de existencia extractivo y depredador de la modernidad y de estos tiempos convulsos que Bauman bautizó como “modernidad líquida” (2003). Un modo de vivir  que concibe todo como recurso y mercancía, que basado en un saber mecanicista ha sido incapaz de comprender la vida y sólo ha deseado someterla. Es desde esa concepción y las prácticas productivistas que promueve que las corporaciones globales han depredado el planeta. Esta  pandemia ha sido una de muchas nefastas  consecuencias, pues está genéticamente ligada a un modelo productivo (basado en la devastación de los bosques, la fractura y agotamiento de los suelos, el emponzoñamiento de los ríos, los incendios  indiscriminados) que en nombre de un supuesto (y falaz) progreso económico está hiriendo de muerte al planeta y a nosotros en él.

Nos han  educado para creer que somos la cumbre de la creación, que estamos enfrentados a la naturaleza, que la hemos trascendido gracias a la razón, que debemos enseñorearnos de ella. Así hemos dado rienda suelta a la codicia corporativa, que presenta la mera acumulación monetaria como crecimiento. Así hemos confundido los caprichos de las élites dominantes con necesidades universales humanas, el éxito con la felicidad y el buen vivir con el mucho poseer.

Un diminuto virus vino a recordarnos que nuestra independencia es una vana y peligrosa ilusión, que somos una criatura entre otras y que no hay dueños de la vida. Tal vez el desafío más importante que tengamos sea el de aprender a pensar y a vivir de un  modo no predatorio, entendiendo que somos parte y no amos de la tierra, y que nuestro destino está enlazado al de lo demás.

La cuarta herida narcisista: Ciegos a nuestra ceguera

“Lo mejor para las turbulencias del espíritu, es aprender. Es lo único que jamás se malogra. Puedes envejecer y temblar, anatómicamente hablando; puedes velar en las noches escuchando el desorden de tus venas, puede que te falte tu único amor y puedes perder tu dinero por causa de un monstruo; puedes ver el mundo que te rodea, devastado por locos peligrosos, o saber que tu honor es pisoteado en las cloacas de los espíritus más viles. Sólo se puede hacer una cosa en tales condiciones: Aprender.”  (Yourcenar,1999)

Si algo podemos aprender de estos tiempos catastróficos es que la vida no tiene compartimentos estancos, ni seres aislados. Hemos estado ciegos a la interconexión de la naturaleza. No hemos sabido pensarnos como parte, ni comprender la importancia de la convivencia entre los diversos ecosistemas y también al interior de cada uno de ellos. Se trata ahora de entender lo que Edgar Morin vine planteándonos desde hace décadas:

el fenómeno que nosotros llamamos “Naturaleza” no es más que la extraordinaria solidaridad de sistemas encabalgados,  edificándose los unos sobre los otros, por los otros, con y también contra los otros: la Naturaleza son los sistemas de sistemas, en rosario, en racimos, en pólipos, en matorrales, en archipiélagos. (1977)

La luz cegadora del iluminismo, convirtió todo en objeto y también en recurso. La concepción mecanicista, disociada y desvitalizada de la ciencia moderna, se forjó bajo la ilusión de que el hombre podía adueñarse de la naturaleza. Por eso es preciso renunciar a la creencia de que somos una excepción y aceptar  esta  cuarta herida narcisista que nos impone un diminuto y a la vez poderosísimo virus. Primero Copérnico nos invitó a abandonar la creencia de la tierra como el centro del universo, luego Darwin, nos instó a aceptar que somos un animal entre otros y finalmente Freud, abrió la experiencia humana para acoger los territorios del inconsciente. Hoy,  cuando creíamos controlarlo todo, la pandemia nos ha mostrado lo fútiles y dañinas que son la pretensiones de dominación. Así nos invita y hasta diría que nos exige dejar de lado el absurdo protagonismo que nos hemos conferido, abandonar la postura antropocéntrica para entendernos como parte de la trama de la vida. Vida que no es propiedad de ninguna criatura y que  nadie  puede dominar.

Para entender esta pandemia es preciso repensarlo todo: nuestra concepción de la humanidad, los vínculos dentro de nosotros y con otros –que nunca son completamente ajenos-, así como las complejidades, devenires y tensiones de la vida en común. Para emprender esta tarea necesitamos salir de los corralitos disciplinarios, aprender a ver las conexiones: ¿cuáles son los vínculos entre el virus, el agronegocio y el tráfico de fauna? ¿Qué relación tienen las pandemias con la tala indiscriminada, la industrialización del campo y la megaminería que están devastando el planeta? ¿Qué tiene que ver la megalomanía corporativa global con la eliminación de las regulaciones  que protegían la vida?

Desde los postulados del modelo mecánico-racional se supone que la productividad genera crecimiento económico cuando la experiencia nos ha enseñado que  se trata sólo de un modo de acaparamiento y avara acumulación de las élites para las que el otro (tanto humano como no-humano) es un mero recurso, un objeto a utilizar. Para los abordajes de la complejidad que promuevo el otro es un compañero convivencial que me puede potenciar tanto como despotenciar, pero cuya existencia es tan legítima como la  mía. No somos los amos de la tierra, somos terranos como todas las criaturas. Ni siquiera somos protagonistas, somos parte entre partes de la vibrante, activa y creativa trama de la vida.  Para reparar y expandir la vida postpandemia necesitamos gestar otro modo de pensar que nos permita entender el juego de los vínculos (Najmanovich, 2005), entender sus ritmos, sus tensiones, sus producciones, sus sinergias e inhibiciones, sus diversidades y su generatividad.

En su excelente texto Componer con Gaia Jordi Carmona Hurtado (2020) plantea que “la naturaleza se ha vuelto un agente histórico”. En una conversación virtual le comenté que para mí siempre lo ha sido, y siempre lo será. De ella venimos y en ella nos disolveremos. A mi entender, y creo que acordamos en ello, lo que está ocurriendo es que el Coronavirus nos permite hacer visible lo que siempre ha estado allí pero que nuestro entrenamiento cultural no nos permitió percibir ni pensar: que no somos los directores de la orquesta universal.  Por eso el desafío actual es aprender a prestar atención a los vínculos, las mediaciones, los equilibrios dinámicos, las armonías tensas, del vivir entramados en lugar de seguir intentando encajar la vida en la grilla de lo ya sabido. Seguir los consejos de Heráclito cuando nos advertía que había que “esperar lo inesperado; porque lo inesperado es difícil y arduo” (1997). Extraordinaria paradoja que hoy resulta imprescindible aprender a habitar para poder ser partícipes activos en la construcción de un modo de existencia que ponga en el centro la vida y comprenda el valor primordial del cuidado mutuo para evitar que se repitan las catástrofes y para que en lugar de generar destrucción, cegados por el eufemismo de la producción, empecemos a ser parte de la curación de este planeta herido.

Pasados varios meses desde las primeras noticias sobre este virus que todo lo ha trastornado, recién estamos empezando a atar algunos cabos, que lentamente dan lugar a un paisaje para el que no estábamos preparados. Nos damos cuenta que no supimos ver los indicios ni escuchar las múltiples señales de alarma que, recién ahora, sabemos que existieron y que fueron desatendidas por aquellos que detentan posiciones de poder.

Crónica de una pandemia anunciada

Les propongo ahora un pequeño recorrido para pensar cómo se generó esta catástrofe, para ver cuántas señales de alarma fueron pasadas por alto y ‑sobre todo- para salir del foco estrecho al que nos condenan los análisis disociados. Desde luego que sólo podremos dar algunos trazos pero serán más que suficientes para empezar a percibir la matriz generativa de esta pandemia, y muchas de las epidemias que la precedieron y que no fueron tenidas en cuenta como merecían ya que afectaron sobre todo a países alejados del Norte Global.

Esta pandemia que ya ha costado cientos de miles de muertos y millones de contagiados no es una desgracia que nos ha caído del cielo, ni es el producto de un lamentable azar, ni tampoco un castigo divino (discurso infaltable de algún obispo  apocalíptico tratando de cosechar almas para su rebaño).  Como todo lo que existe es el resultado de un proceso generativo que es preciso entender. Algo que nunca lograremos si quedamos cautivos de las noticias sensacionalistas sobre  “mercados exóticos” de China (que buscan azuzar la xenofobia) mientras se elude informar que esos mercados, si bien existen y juegan un papel en esta historia, son sólo una parte del tráfico ilegal de especies que mueve entre 8.000 y 20.000 millones de euros al año. En la siguiente enumeración podemos ver algunas de los muchísimas alertas que ningún gobernante del planeta quiso escuchar:

2007 Artículo de investigadores de la Universidad de Hong Kong en Clinical Microbiology Reviews alertando sobre el peligro de un brote de coronavirus

2008 Informe de la CIA que preveía una pandemia aproximadamente para el 2025.

2012 Libro de David Quammen Derrame: Infecciones animales y la próxima pandemia humana

2015 Charla TED de Bill Gates indicando que no estábamos preparados para la próxima pandemia

2016 Libro Megagranjas, Megagripe de Robert Wallace

2019 Reporte de la OMS informando sobre la posibilidad de una pandemia causada por un patógeno respiratorio letal.

Todos estos informes fueron públicos, muchos de agencias gubernamentales, otros de muy reconocidos especialistas y no faltaron los personajes hipermediáticos como Bill Gates a quienes escucharon millones de personas. Todos ellos no dejaban lugar a duda sobre el rol estelar que tendrían las pandemias en siglo XXI.  El texto de David Quammen (2012) fue distinguido como el libro científico del año por el New York Times. En su texto predice con claridad que la próxima pandemia sería producida más o menos para esta época por un virus zoonótico. Veamos con un poco de detalle esta cuestión, pues es crucial para comprender lo que nos está sucediendo, cómo llegó a producirse y por qué no se hizo nada para evitarlo. La palabra “derrame” que utiliza en el título de su libro  es un término técnico que utilizan los biólogos para dar cuenta de lo que ocurre cuando un microorganismo pasa de su ecosistema habitual a infectar al ser humano. Desde luego que el virus no se va de paseo a visitar el mundo. Su dispersión se debe a que la actividad de las empresas extractivas, especialmente pero no exclusivamente del agronegocio,  arrasan los equilibrios dinámicos de los ecosistemas.

El mismísimo Bill Gates dio públicamente la voz de alarma sobre las pandemias que se venían en el año 2015 en una conferencia que al día del hoy escucharon varias decenas de millones de personas. En ella señaló claramente que la epidemia de Ébola  tenía que ser tomada como una alarma temprana, que pronto habría otras, probablemente peores. Desde luego no dijo nada del agronegocio, sino de la necesidad de otros emprendimientos en el área de salud…y no es casual porque él mismo está hoy embarcado en la producción agrícola de alta tecnología y utilización intensiva de agrotóxicos que producirán las enfermedades que luego sus empresas de salud van a curar (sólo para aquellos que puedan pagarlo).

El biólogo Robert G. Wallace en su libro Big farms, Big Flu (2016) trazó con claridad  la conexión entre las nuevas pautas de la producción agropecuaria y la etiología de las epidemias que se han desatado en las últimas décadas. Su trabajo resulta central para comprender  que el Covid‑19 no es un incidente aislado. Si focalizamos sólo en el virus en el mejor de los casos tendremos una vacuna para éste, pero las megacorporaciones globales seguirán depredando el planeta y habrá  brotes de otros virus (locales o globales, pero siempre muy letales), en un círculo vicioso infernal.

Si alguno cree que ya el panorama no puede ser peor, he de terminar este apartado mencionando el valiosísimo trabajo de Dennis Carroll, quien dirigió la Unidad De Influenza Pandémica y Amenazas Emergentes en la Agencia Federal para el Desarrollo Internacional (USAID) durante casi 15 años. En un reportaje reciente el investigador norteamericano sostuvo: “Sabíamos que esto iba a suceder. Podría haber sido este coronavirus… u otro virus de la influenza. Pero ahora sabemos que la frecuencia se está intensificando” (Carroll, 2020). La respuesta de Trump fue desfinanciar la agencia, lo mismo que hizo con la del cambio climático. Carroll sostiene que uno de los mayores obstáculos para entender lo que sucede es que “desafía a las personas a pensar de manera diferente”. Necesitamos aprender a percibir los paisajes vitales, revitalizar el pensamiento y los modos de convivencia en lugar de quedar cautivos de los modelos disociados y mecánicos del productivismo global y de las concepciones competitivas y guerreras que le son propias.

Lo que la metáfora de la guerra nos impide ver

“La guerra como metáfora moral es limitada, limitante y peligrosa. Al reducir las opciones de acción a ‘una guerra contra’ lo que sea que sea, divide el mundo en Yo o Nosotros (bueno) y Ellos o Él (malo) y reduce la complejidad ética y la riqueza moral de nuestra vida a Sí/No, Prendido/Apagado. Esto es pueril, engañoso y degradante”. (Le Guin, 2003)

Nuestra cultura suele entender la paz como mera ausencia de guerra, no tenemos ninguna definición afirmativa de las experiencias o situaciones pacíficas. Tan solo imaginamos que son estados completamente libres de conflictos, de desacuerdos, de disonancias. Algo que cualquiera que piense un segundo notará que no sólo es falso en relación a su experiencia, sino también imposible. La otra versión que tenemos de la paz, es aún más absurda, porque suele entenderse como imperturbabilidad: una vida libre de influencias, afecciones, emociones y deseos. Si tal fuera el caso, y por suerte no lo es, sólo podría hallarse en los cementerios. Como nadie se vería tentado a esa excursión macabra para encontrar la paz deseada, se nos ofrecen refugios ilusorios, ideales perfectos donde reina una armonía paradisíaca, donde se acoplan las “medias naranjas”, y hallan una imperturbable felicidad las  almas gemelas. En la vida política esto se expresa en la pretensión de lograr un  consenso unánime, una convivencia sin tensiones, una seguridad sin fisuras. En la medicina esta mirada ha llevado a que se impusiera la más absurda definición de salud que se haya podido producir: “La salud es un estado de perfecto (completo) bienestar físico, mental y social, y no sólo la ausencia de enfermedad” (OMS, 1946). Esta perfección-completud no tiene el más mínimo sentido en relación a un ser vivo, siempre en devenir en el encuentro con otros, con los que puede lograr  un equilibrio complejo, fluido, tenso, generativo. La pretensión paradisíaca nos ha llevado a concebir la medicina como una guerra perpetua contra cualquier agente que perturbe ese ideal inalcanzable y así nos ha impedido ver la potencia (re)generativa de la vida y de los vínculos, así como el valor del cuidado mutuo.

Macrón, Trump, Bolsonaro, entre otros dirigentes mundiales, han hecho  un (patético) llamamiento a la guerra contra un enemigo invisible. La respuesta más lograda que he leído es la de  Arundhati Roy:

…si fuera una guerra de verdad, ¿quién estaría mejor preparado que Estados Unidos? Si no fueran mascarillas y guantes lo que necesitaran sus soldados de primera línea, sino fusiles, bombas inteligentes, armas anti-búnker, submarinos, aviones de combate y bombas nucleares, ¿habría escasez? (2020)

Solo me resta destacar que si fuera una guerra está claro que no han sido estos líderes los que han triunfado.

Por suerte no es un destino obligado el de quedar cautivos de las metáforas guerreras aun cuando son muy pregnantes en nuestra cultura, no sólo en la política, sino también en la medicina, como mostró hace décadas Susan Sontag en su excelente libro La enfermedad y sus metáforas (2003). Las células invaden, los anticuerpos son el ejército de defensa, bombardeamos el tumor con rayos, o recurrimos al arsenal químico, etc.

Cuando concebimos la vida como un combate,  gestamos un escenario plano, un foco estrecho, una perspectiva pobre (y triste) para  pensar y comprender la salud y la convivencia que son indisociables. Lamentablemente ésta es nuestra herencia cultural: tanto en la teoría política, que a partir de Hobbes sostiene la idea del “hombre lobo del hombre” (1983), como en la teoría evolutiva que describe el vivir como una lucha por la existencia.

Nadie en sus cabales negará las tensiones, conflictos, combates que se dan en el vivir, pero tampoco dejará de percibir la ternura, la ayuda mutua, el cuidado, la generatividad y fecundidad de la naturaleza y de todas sus criaturas, incluidos nosotros.

Si cerramos el foco de nuestra percepción limitando nuestro pensamiento al “ataque” viral, quedarán en la neblina las preguntas por la causa de la pandemia y con ellas perderemos la oportunidad de evitar otras. Pero  no sólo eso, nuestra vida quedará reducida al temor a la muerte y a lucha contra ella. Una vida raquítica y precaria, que no busca el bien vivir-convivir sino el evitar morir. Una vida aterrada por el temor al otro, al que siempre se ha de considerar ajeno.

Muchos de los saberes ancestrales y también muchos desarrollos del pensamiento contemporáneo han hecho lugar a la complejidad comprendiendo la naturaleza toda como una matriz generativa en lugar de quedar cautivos en los modelos ideales de la ciencia y la filosofía mecanicista.  Hoy más que nunca, ante el cataclismo de una enfermedad global y muchos otros desastres debidos al cambio climático y la explotación extrema, es vital cambiar paradigmas y, más ampliamente, transformar completamente nuestra relación con la naturaleza, aprender a cuidar y expandir la vida, reducir el daño que está generando esta pandemia y evitar otras en el futuro.

La narrativa guerrera siempre ha sido central en nuestra cultura, como muestran los aforismos invertidos de Von Clausewitz (2015)  “La guerra es la política continuada por otros medios” y Foucault (1992) “La política es la continuación de la guerra por otros medios”. Lamentablemente la metáfora del combate y de la competencia (que es una ritualización de la guerra) permeó toda la cultura: desde la historia y la biología, hasta la medicina, especialmente a partir de la focalización en la lucha contra los microbios. Para citar sólo algunos ejemplos de las últimas décadas los líderes mundiales  han declarado la guerra al cáncer, a las drogas, a la pobreza, al terrorismo, al crimen, ¡incluso a la violencia!. Ya sabemos los resultados de estas cruzadas que no han hecho otra cosa que que intentar apagar el fuego con gasolina. No ha de extrañarnos, pues la metáfora de la guerra anula la complejidad, limitando las vías de cuidado y curación. Lo que nos lleva a preguntarnos cómo es que se mantiene incólume cuando su aplicación casi siempre ha fracasado.

Su simplicidad es parte de su éxito, pero también es crucial comprender la faceta afectiva: la promoción simultánea del miedo, que es el afecto menos afín al pensamiento y el ansia de conquista.  Al construir un mundo de enfrentamientos absolutos que buscan la subyugación o la aniquilación del otro,  todo se reduce a los vencedores y los vencidos, los líderes y los seguidores, los héroes y los villanos. Un mundo en blanco y negro, muy diferente a nuestra caleidoscópica existencia, pero que crea una narrativa poderosa: el otro es absolutamente ajeno y necesariamente un enemigo. Como dijo uno de los personajes de Sartre: “El infierno son los otros” (2004). ¿Lo  son?

Tejiendo la convivencia: armonías generativas tensas e intensas

Hemos heredado un modo de pensar basado en modelos mecánicos, abstractos e ideales que ha descuartizado la investigación en contextos estancos y que al hacerlo nos ha impedido comprender los vínculos, las tramas, los flujos, las tensiones, la diversidad de composiciones. En fin, hemos quedado ciegos a la complejidad del vivir-convivir que también es devenir (evolución creativa, bien diferente al domesticado e ilusorio progreso lineal mecánico).

La vida, sin embargo, no puede pensarse desde esta mirada esencialista que presupone pureza, y menos aún desde la versión mecánica de la modernidad que se sostiene en la ilusión de independencia. La vida nace, deviene y muere, en el encuentro con otros, gracias a otros y también contra otros, en entrecambio con otros. Propongo utilizar el término entrecambio para dar cuenta de que no se trata meramente de una interacción exterior, sino de una transformación mutua. Necesitamos a los otros para nutrirnos, para crecer, para procrear, para aprender, para respirar…para todo lo que implica el vivir que es siempre convivir.

Los poetas lo han expresado mejor que nadie, uniendo la belleza y el sentido como en estas palabras de  Octavio Paz:

la vida no es de nadie, todos somos la vida (…)
soy otro cuando soy, los actos míos
son más míos si son también de todos,
para que pueda ser he de ser otro,
salir de mí, buscarme entre los otros,
los otros que no son si yo no existo,
los otros que me dan plena existencia,
no soy, no hay yo, siempre somos nosotros,
la vida es otra… (1960)

Nuestra relación con los otros no es la de la pura lucha y enemistad, aunque a veces puedan darse enfrentamientos. Vivir es ser acogido en un nido ecológico cuidado por otros y la vida se sostiene y expande a través de los encuentros potenciadores. Esto es lo que la metáfora de la guerra y su estética dicotómica nos impiden ver: que no existen enemigos ni amigos absolutos (porque en la vida no hay absoluto), que todo depende de lo que se geste en el vínculo, que –además‑ es dinámico. Que la vitalidad y la hospitalidad al otro son primarias, y la defensa necesaria pero subsidiaria.

Focalizar en el amigo versus elbenemigo hace que queden en la penumbra o, peor aún,  que resulten invisibilizados los amantes, los amigos “con derechos”, los contactos, los conocidos, los compañeros, los hermanos de sangre, la fratría y/o sororidad elegida, los rivales, los simbiontes, los amigos que devinieron  enemigos, los enemigos que se volvieron amigos, los actos generosos de los enemigos, algunos  comportamientos mezquinos de los amigos, y un largo etcétera. No se trata de salir de la captura del negro y blanco por albergar solamente a grises –que desde luego  es una apertura valiosa-, ni tampoco promuevo la remanida estrategia de buscar  un justo medio que también sostiene la pureza de los extremos. Mi propuesta es aprender a percibir y pensar la radical, multicolor, caleidoscópica diversidad en permanente mixtura, composición y descomposición que nos ofrece la naturaleza. Abrirnos a otras percepciones y sentidos con sus sutilizas y matices porque saber viene de “sabor” y la experiencia humana es la de un cuerpo vivo complejo que puede ser afectado de muchos modos y pensar en diferentes cuerdas.

Nuestra cultura esencialista no ha soportado nunca  la impermanencia. Esa que hermosamente describía Heráclito cuando afirmaba que “nunca nos bañamos dos veces en el mismo río…” y continuaba afirmado (aunque la divulgación mutiló la cita): “…y las almas se disuelven en la aguas” (1977). Tanto le tememos  que la Real Academia de la Lengua Española ni siquiera admite la existencia de este término, que igual ha sido y sigue siendo muy utilizado por los que amamos el pensamiento más que los mandatos de sus majestades. Hemos sido criados en el  temor al cambio, y el pavor a la alteridad. Nos asusta la ambigüedad, y nos cuesta comprender la permeabilidad. Tenemos enormes dificultades para pensar la generatividad  y pánico a la contaminación. La ilusión de independencia y autodeterminación nos ha llevado a demonizar la influencia hasta tal punto que la gripe primero se llamó influenza.

La “influencia”, está ligada al fluir, a la vida errante, a lo que no se deja atrapar en una categoría, a lo que altera (temor de los temores) por eso es incompatible con la pureza inmutable del Ser. Nuestra civilización está no sólo fundada, sino fundamentada en la creencia en un Ser puro, en una esencia eterna e inmutable, imperturbable. Así nace también el ideal de invulnerabilidad incompatible con la vida. Nuestra relación con la alteración, la transformación, la errancia (que de allí proviene “error”), ha sido siempre la de concebirlas como patologías, defectos, faltas, vicios a ser evitados o combatidos. Al menos por la mirada hegemónica, pero la vida siempre pugna por salir y fluir, así que existieron muchos que  han preferido el fluir de la vida al agua estancada del Ser.

En la actualidad están desarrollándose una gran variedad de abordajes complejos que hibridan ciencia, arte, filosofía, saberes comunitarios, sabidurías ancestrales en alegre y promiscuo mestizaje.  Modos de investigar y actuar que no disocian la teoría y la práctica, ni la ciencia del saber comunitario,  que buscan generar sentidos que nos permiten comprender la potencia generativa de la naturaleza y tejer con ella un modo de convivencia cuidadoso. En un trayecto fecundo fueron tejiéndose saberes que nos permiten comprender la potencia de la naturaleza sin reducirla a un modelo único, dando lugar a múltiples facetas de la poiesis vital, del vínculo tenso entre el ser vivo y el ambiente en el que estamos embebidos, junto a una inmensa variedad de especies amigas y también de posibles venenos y predadores. Esta perspectiva no dicotómica nos está permitiendo pensar armonías generativas muy distintas al modelo de equilibrio estático del mecanicismo, al monocorde acuerdo total, o al acople mecánico de la llave y la cerradura que son las armonías monótonas, paradisíacas e ilusorias  que ofrece la cultura esencialista en todas sus versiones (desde la Antigua Grecia hasta la Modernidad). La armonía generativa es paradójica: acorde y discorde a la vez, capaz de albergar la simbiosis y también el parasitismo, de gestar múltiples modos de colaborar que no se oponen a algunas formas de competir. Una danza de composiciones y descomposiciones, de modos de potenciarnos y también de dañarnos, que van configurando  una inmensa variedad de alianzas y parentescos raros (Haraway, 2019).

En este paisaje complejo y vital, nada es en sí dañino o beneficioso, todo depende de múltiples factores, a diferencia de la máquina para la cual todo elemento extraño es destructivo ya que no puede ni aprender ni desarrollarse. En el vivir, los otros son límite y posibilidad a la vez, peligro y sinergia. Nada puede ni busca crecer ilimitadamente, salvo en la imaginación megalómana de las élites globales.

Los virus pueden ser considerados un ejemplo maravilloso de la ambigüedad, ya que es imposible dar una respuesta unívoca a la pregunta ¿son los virus seres vivos?, que tiene una deliciosa, y también ambigua, respuesta: puede ser, a veces, depende de la localización. Lo mismo sucede con este cuestionamiento que ante tanta cruzada guerrera  es imprescindible hacerse: ¿son los virus enemigos? Menuda desgracia sería si lo fueran, se calcula que hay 1031 virus en nuestro planeta, más que estrellas en el universo (Wu, 2020). Pero esto no es lo más sorprendente: como muestra la investigación de las últimas décadas sobre el microbioma en nuestro cuerpo hay entre dos y diez veces más microorganismos que células humanas. No sólo co-evolucionamos con otros diferentes a nosotros, sino que nuestro propio cuerpo es una activa comunidad, un ecosistema diverso en permanente transformación. Como sostiene Ed Yong:

El cuerpo humano alberga billones de microbios que conforman todo un mundo en simbiosis con su entorno. Estos microscópicos y multitudinarios compañeros vitales no solo moldean nuestros órganos, nos protegen de enfermedades, e influyen en nuestro comportamiento, sino que resultan clave a la hora de entender el funcionamiento de la vida (…) Todos los conceptos que usan los ecólogos para describir los ecosistemas de escala continental que vemos a través de los satélites también se aplican a los ecosistemas de nuestros cuerpos, que vemos a través de los microscopios (2017).

Antes que él, lo dijo el poeta Walt Whitman (2001):

Yo soy inmenso…y contengo multitudes

La ciencia recién ahora comienza a atisbar el carácter ecosistémico de la naturaleza y de nuestra propia existencia, y a comprender que la pureza es estéril y que la vida gesta y anida en la fecundidad vincular. Todo en el vivir son encuentros, pero tanto la metáfora de la guerra como la mecanicista, nos han hecho ciegos a las composiciones sinérgicas (aquellas que nos potencian), pues sólo ven “peces grandes que se comen a los chicos”. La versión de la teoría evolucionista centrada en la competencia, que cada día está más cuestionada en el ámbito científico, nos ha impedido comprender el valor crucial de la ayuda mutua y la simbiosis en la vida personal y colectiva. El temor a la otredad –fuera y dentro de cada uno- ha llevado a focalizar y destacar sólo  los encuentros destructivos o despotenciadores.

Sin embargo, la experiencia nos ha enseñado a todos que hay vínculos potenciadores, nutritivos, reparadores. Que hay tanta o más ayuda mutua que competencia, más simbiosis que depredación, como desde hace décadas viene planteando Lynn Margulis y hoy aceptan las nuevas corrientes de la biología resignificando y remodelando radicalmente las concepciones evolutivas (Margulis, y Sagan, 1995).

Personas y bacterias, virus y seres inorgánicos, ninguno es un veneno en sí mismo, sino que lo es para alguien, en ciertas composiciones. Ni el SARS‑CoV–2, ni ningún otro. Sabemos desde antaño que no existe veneno sino dosis (lo que vale para los virus y cualquier otra sustancia). Nada es dañino, ni beneficioso, en  sí mismo. Es en el vínculo vivo,  actual y situado, que algo me fortalece o me lastima, me inhibe o me potencia. Y eso cambia con el tiempo, con el contexto, con el modo de poner el cuerpo, con la configuración de la comunidad…con todas y cada una de las dimensiones de la vida.

Nuevos paradigmas están revolucionando el campo de la inmunología que también fue construido desde la metáfora de la guerra y la exclusión del otro (lo que no resulta asombroso cuando recordamos que algunos de sus padres fundadores, como Sir Macfarlane Burnet, fueron miembros activos de las sociedades eugenésicas). En las últimas décadas diversos investigadores han propuesto miradas que salen de la perspectiva disociada y batalladora del Yo vs. No‑Yo. Francisco Varela (2000) nos invita a pensar el sistema inmune como un tipo de sistema cognitivo que organiza el sí mismo corporal,  actividad que no se realiza  en contra de otros, sino nutriéndose de muchos y, por supuesto, también defendiéndose de los dañinos. En éste sentido ha sido particularmente valiosa la “Teoría del peligro” de Polly Matzinger (2002). En lugar de seguir la metáfora de la guerra, ella gestó un modelo inmunológico que plantea que el sistema inmune responde a señales de peligro que se producen cuando somos dañados y no a la mera  extrañeza o ajenidad. En lugar de un enfrentamiento entre el Yo y un No-Yo (absolutos, esenciales e inmutables) el sistema inmunológico se ocupa de cuidar la vida de un ser que vive entre otros, con otros, gracias a otros, y no necesariamente (aunque a veces sí sea el caso) contra otros. Su propuesta permite explicar por qué el sistema inmune no ataca la comida que sin duda está formada por cuerpos extraños al organismo y tampoco a un feto sano o los miles de millones de microorganismos que viven en simbiosis dentro nuestro. Al mismo tiempo permite comprender por qué  no responde defensivamente cuando lo foráneo no es dañino, y también ataca cuando algo propio lo es, como en los fenómenos de autoinmunidad.

Estas nuevas miradas son cruciales para comprender nuestra propia existencia como ecosistemas complejos en los que no existe un yo esencial, sino  una composición vital siempre en curso, un trayecto abierto de construcción de sí, no exento de peligros ni de sinergias. Los seres vivos generan dinámicamente su propia coherencia vital en armonización tensa con otros, muchos de los cuales son colaboradores, algunos devienen simbiontes esenciales para la vida y otros la ponen en peligro.

Para comprender el vivir-convivir tenemos que poder albergar todo aquello que hemos intentando eludir o combatir: el entrecambio, la afección e influencia mutua, la co-evolución, el linaje de transformaciones (no somos los mismos de ayer ni seremos idénticos mañana). No tiene sentido “sumar” o meramente “agregar” lo que habíamos expulsado. Es preciso reconfigurar completamente nuestro modo de conocer, de concebir lo vivo, de entender la naturaleza incluidos nosotros en ella.

A modo de inconclusión

La estupidez consiste en querer concluir.

(Flaubert, 2010)

Un virus zoonótico recorre el mundo generando una de las mayores catástrofes de las últimas décadas. Los líderes mundiales han planteado el problema en términos de guerra y cruzada sanitaria, pero no es ésta la única mirada posible. En lugar de quedar cautivos en las concepciones militaristas-mecanicistas podemos plantar y cultivar otro territorio problemático.

La pandemia no es el resultado de la mera existencia de un virus patógeno, sino de un modo de existencia que facilita su difusión y que limita las estrategias de cuidado. Si hacemos lugar a la complejidad de la vida y el pensar veremos que esta pandemia es más bien un síntoma de una enfermedad mucho más grave aún que he denominado “productivitis”: una dolencia generada por el modelo  social basado en la expansión ilimitada de la producción y el consumo que promueve para ello un modelo de negocios predador cada vez más intenso caracterizado por las Megagranjas, Megaemprendimientos, Megaminería, Meganegocios, propios de la Megalomanía del pensamiento racionalista patriarcal que jamás ha comprendido la vitalidad de la vida.

Los valores privilegiados por las Megacorporaciones (sin distinción ideológica) son la maximización, la optimización y la eficiencia concebidos desde un modelo mecánico combinado con un esquema financiero en el que la naturaleza y sus dinámicas no tienen lugar. Estos sistemas no crecen, tan sólo “incrementan” (ganancias, propiedades, dinero, todo aquello que se puede cuantificar). Este modo de pensar no acepta límite alguno a su carrera hacia el abismo y buena parte de su producción es despilfarro, acumulación ociosa que en la mayoría  de los casos es inútil pero muchísimas veces resulta tóxica o letal.

El arrasamiento de los equilibrios dinámicos de los ecosistemas no es un daño colateral de la aplicación de su modelo, es inherente a él e inevitable. Esta vez la consecuencia ha sido una pandemia, en otras oportunidades han sido desastres climáticos, envenenamiento de los ríos, y muchas otras catástrofes que se han agudizado en las últimas décadas. Si, además, consideramos que sus políticas eficientistas desmantelaron los sistemas de salud y más ampliamente los lazos de cuidado en la mayoría de los países del Norte Global, podremos entender las inmensa cantidad de muertos que se ha cobrado la pandemia en los países que presumían de ricos. La combinación letal de productivitis y eficientitis es la responsable tanto de la propagación del virus como de su letalidad, ya que contagiarse no implica enfermarse y el curso de la enfermedad depende de los cuidados que podemos desplegar. Los recortes en salud, para hacer más eficiente el sistema, tuvieron éxito, y su triunfo es nuestra desgracia porque  muchos de los contagios se debieron a que las élites hicieron todo lo posible para no cerrar sus fábricas o las cerraron cuando ya la situación era catastrófica y las muertes no fueron el resultado directo de la infectividad vital sino de que una parte muy importante de la población no puede acceder a los servicios médicos necesarios.

La productividad y la eficiencia son medidas de rango estrecho que privilegian ciertos valores como la ganancia, el “ahorro” de tiempo cronológico, la cantidad de productos, a costa de otros que resultan invisibilizados o desvalorizados. Entre ellos todo lo que no entre en su sistema de medidas: la belleza, el cuidado de la naturaleza –incluyendo en ella a los trabajadores-, el lazo comunitario, etc. La invención y la imposición de la obsolescencia programada son muestras más que claras de la concepción de la excelencia eficientista.

La megalomanía corporativa nos hechiza con grande narraciones, con gestas heroicas, ahora recargadas en la versión CEO. En ellas el protagonista está preocupado sólo por su meta, y no se hace responsable de lo que destruye en el camino para obtener el triunfo. Su eficiencia se basa en la extracción y explotación de otros –humanos y no humanos- “externalizando” los problemas. La corporación global produce consumiendo agua que paga a precios irrisorios y luego elimina sus desechos sobre los ríos que nutren a los seres vivos. Destruye los equilibrios ecosistémicos para imponer su modelo productivo, pero esta depredación no entra  en sus costos, sino en los nuestros.  Por supuesto que su sistema de publicidad mediático mundial no destaca estos aspectos, sino que se expresa con bellas palabras creando una versión contemporánea de los patriarcales cantares de gesta. Revisten su accionar de gestos heroicos, de avances tecnológicos, de innovaciones imparables, de emprendedimientos invulnerables, de crecimiento económico y  progreso. Pero no pueden evitar que muchos veamos el lado oscuro de la productivitis que nos está matando de diversos modos: generando devastación y pandemias, pero también hambre (porque la industrialización del campo no ha mejorado ni un poco este flagelo mundial), jornadas interminables de trabajo cada vez más precario, desfinanciación y desmantelamiento de todas las protecciones y cuidados sociales.

Si queremos gestar un modo de existencia potenciador para todos es preciso volver a poner en el centro la vida y la convivencialidad. Para ello es preciso cambiar no sólo de paradigmas, sino todo nuestro modo de pensar-sentir-actuar para abandonar la autopista productivista que nos lleva al abismo y empezar a gestar un caminar convivencial, como proponía Ivan Illich (2011), en el que las herramientas, industrias, dispositivos, sistemas sirvan para  potenciar la vida singular y común, a diferencia del sistema  productivista en el que la vida es un recurso para el sistema.  Hoy la propuesta de convivencia puede pensarse de forma aún más amplia, por eso me gusta hibridarla con el ecofeminismo de Haraway que amplía la convivencialidad para abarcar las relaciones con lo no‑humano.

A mi entender, la cuestión crucial que emerge cuando pensamos la pandemia desde la complejidad es la necesidad de transformar los modos de existencia para que la gestión esté al servicio de la gestación y no al revés como impone el modelo patriarcal corporativo global (ya sea capitalista neoliberal, chino, ruso, o cualquier otro).

Podemos hacer de esta pandemia, que solo es uno de los muchos síntomas  de la catástrofe planetaria generada por la productivitis humana, un punto de bifurcación para salir de la captura mecanicista-racionalista y empezar a habitar la trama de la vida. En ella el crecimiento nunca es mero incremento, sino transformación en el encuentro porque a diferencia de las máquinas los seres vivos crecen (lo que implica múltiples transformaciones) en la convivencia con otros regulándose y adaptándose mutuamente.

Los seres vivos somos a la vez vulnerables y robustos, lo que para nuestra cultura dicotómica resulta impensable pero es muy fácil de entender cuando salimos de sus grillas. Somos vulnerables porque vivir es convivir y podemos ser afectados de muchas maneras. La gran mayoría son potenciadoras y eso hace que la vida sea robusta, que pueda perseverar en la existencia, y seguir la dinámica generativa y regeneradora. Por supuesto, la otra cara de esta vulnerabilidad es que también habrá encuentros que nos hieran o destruyan. Al comprenderlo podemos cultivar el arte de los buenos encuentros, habitar la vida desde el cuidado mutuo, desplegar nuestra vitalidad y no solo evitar los daños.

La megalómana ilusión de invulnerabilidad puede tener un éxito circunstancial pero a la larga siempre ha sido lo que más nos ha debilitado, pues este modo de vivir que persigue el incremento ilimitado no sólo es iluso sino también suicida. En la trama de la vida todo desarrollo tiene como límite el de los demás, ya sea como potenciación mutua, como constricción, o como daño o destrucción. Vivir implica siempre que nos co-adaptamos, co-evolucionamos, con-vivimos regulándonos mutuamente. La vida no es productiva, es poiética y por lo tanto: viable, fecunda, fértil, gestante, creativa, fructífera. Ningún ser vivo busca ni precisa de un crecimiento ilimitado, ningún sistema viable puede lograrlo.

La vida es siempre vulnerable porque es afectación mutua. Esa vulnerabilidad no es fragilidad, es permeabilidad y apertura. Por eso puede ser generativa y re-generativa, precisamente porque no es un sistema cerrado, sino un sistema abierto,  permeable capaz de incorporar a otros, de metamorfosearse y  aprender.

Sólo podremos reparar el daño de la productivitis, desarrollarnos y desplegar la potencia vital desde perspectivas convivenciales (que nunca son ni abstractas ni  únicas). Para ellos será preciso soltar el lastre del consumo, sus desigualdades y sus  excesos,  para promover formas nutricias y al mismo tiempo frugales (desde  el consumo de alimentos hasta el de noticias, pasando por deshacer el hechizo de que cada nuevo gadget o invento es un avance ¿hacia dónde?, ¿para quién?)

La ecología convivencial de los cuidados es también una mirada feminista que honra la complejidad y por ello nos invita a desertar del patriarcado, sus guerras y sus cantares de gestas, para emprender un camino que nos permita ser parte del cuidado de este planeta herido. No negamos la producción, la resignificamos como poiesis y la ponemos al servicio de la trama de la vida. No buscamos la eficiencia, que siempre se mide por algún parámetro arbitrario, sino la vitalidad. No precisamos ganar porque la vida es fecunda y no necesita protagonistas porque  en ella todos podemos disfrutar de ser parte del ensamble.

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Paul Laverty: “La memoria es crucial. Y es algo bien distinto a la nostalgia”

04oct-20
Publicada el 4 octubre, 2020 2
por admin

Por Álvaro Guzmán Bastida y Héctor Muniente Sariñena

En un momento de nuestra charla, Paul Laverty (Calcuta, 1957) despega su mirada incandescente de los ojos de su interlocutor, ofreciéndole un respiro, y se gira ligeramente para señalar a un grupo de trabajadores latinos al otro lado del ventanal de un café neoyorquino. “Antes de que llegaseis me ha pasado la mañana hablando con esos chicos”, cuenta. “Están construyendo una casa. Son una inspiración tremenda. Les pagan por día, y cobran ciento cincuenta dólares. ¿Por qué no hablamos de eso, de sus historias, de cómo llegaron hasta aquí? Miradlos. No hablan una palabra de inglés y me han dicho que llegan a casa después de las once de la noche todos los días. ¿Cómo van a tener tiempo de ver a sus hijos? La situación más aparentemente anodina puede traer consigo una enorme riqueza para el guionista”.

La escena retrata a Laverty, un apasionado del oficio de guionista, que irradia entusiasmo por las historias y sus portadores anónimos. Colaborador ingénito de Ken Loach, con quien ha conseguido dos palmas de oro, su filmografía ofrece un repaso a los conflictos sociales más importantes de los últimos treinta años. Siempre con el foco puesto en los de abajo, ha abordado la alienación de la juventud en la Gran Bretaña desindustrializada e infestada de drogas (Felices dieciséis), la explotación de los inmigrantes (En un mundo libre), la privatización de la guerra (Route Irish), el desguace del estado del bienestar (Yo, Daniel Blake) o, en su última película, Sorry we missed you, la precarización del trabajo en la era de Uber y Amazon. También se ha enfrentado, con similar sed de justicia, a cuestiones históricas como la Guerra de Independencia de Irlanda (El viento que agita la cebada) y el pillaje imperial de América (También la lluvia). Laverty, en el Nueva York inmediatamente previo a la pandemia para una proyección de su último filme, repasa para CTXT gran parte de su trayectoria, cómo llegó al cine a través del activismo pro derechos humanos y el periodismo, y ofrece a regañadientes algunas claves sobre su oficio. Pero, ante todo, como su admirado Eduardo Galeano, habla de fútbol.

Para empezar, hablemos de Dios. Usted nació en Calcuta, en la India, en tiempos de la Madre Teresa. Después fue a Roma a estudiar para hacerse sacerdote. Más tarde se mudó a Nicaragua en pleno apogeo de la teología de la liberación. Y su obra como guionista está llena de motivos que se pueden considerar religiosos, como la redención, el perdón, o incluso el martirio. ¿Qué papel juega la religión en su trabajo y en su vida?

La respuesta directa es que no lo sé. Pier Paolo Pasolini decía que, después de hacerse comunista, tenía “nostalgia de la fe”. Pero supongo que, de algún modo extraño, ha tenido un papel importante en mi faceta de escritor. Aunque uno nunca sabe. Porque me mandaron al seminario a los doce años. El motivo fue que había suspendido el examen del eleven-plus, el que hacen los chicos antes de cumplir los doce. Y si suspendes ese examen, te mandan a la escuela técnica, y terminas de carpintero o fontanero o trabajador del metal en una fábrica. Si apruebas, vas al instituto.  Así que mi hermano y yo suspendimos. Andy es disléxico y cree que yo lo soy también. O a lo mejor es que somos medio tontos, yo qué sé. Bueno, el caso es que mi madre y mi padre pensaron: “¿Por qué no te haces cura?”  Como mi primo había ido al seminario y te daban una equipación de fútbol preciosa, roja y azul, dije: “Bueno, venga, vamos a probar”. Así que ingresé en el seminario. Creo que mis padres solo buscaban darnos una educación mejor. La ironía del asunto es que nos enseñaban curas que no habían estudiado las materias sobre las que daban clase, así que eran unos profesores horribles.

Pero lo que sí había era una tremenda disciplina, también para el estudio. Después de aquella experiencia a los doce años fui a la Universidad Gregoriana y estudié filosofía, también con los jesuitas. Así que todo mi mundo giraba en torno al adoctrinamiento. Muchos de ellos eran curas de clase trabajadora, de descendencia irlandesa. Todo estaba cargado de contradicciones. Por un lado, el amar al prójimo como a uno mismo y todas esas nociones estaban muy arraigadas, pero también predominaba un catolicismo simplista, en el que todo era blanco o negro. Llegó un momento en el que no pude aguantar la claustrofobia de todo aquello y, para resumir, me echaron. Lo interesante del asunto es que ahora, como escritor, me fascinan no el blanco y el negro, sino los grises. Y además aquello hizo que creciera en mí una enorme curiosidad, porque tenía veinte años, me sentía como un galgo en una jaula y me moría de ganas de ver el mundo. Creo que crecer en el seno de la iglesia me dio una enorme curiosidad, además de permitirme ver lo que hay ahí dentro, empezando por el adoctrinamiento.

Por eso me parece que casi todo lo que se ha escrito sobre los abusos o la crueldad, como Las Hermanas de la Magdalena, no termina de enfocar bien la cuestión. No tienen curiosidad por cómo esta gente se convirtió en lo que son. Los ven como “los malos”, y creo que hay algo mucho más sutil que entra en juego. ¿Cómo llegan a ese punto? ¿Cómo y por qué cierran filas?

Y creo que tenéis razón al poner el foco sobre todas las cuestiones que mencionáis, como la redención, el perdón y la furia. Una de mis citas favoritas la escribió San Agustín hace 1500 años, pero bien la podría haber cantado Woody Guthrie. Dice así: “La esperanza tiene dos hijas hermosas: la ira y la valentía. La ira ante el estado de las cosas y la valentía, para cambiarlas”. Se trata de una emoción genuinamente humana, que vale tanto para el político como el cura o el activista agnóstico. Yo no soy una persona religiosa, pero estoy empapado de ese mundo de solidaridad, porque creo que saca lo mejor de nosotros.

Además, me fascinan algunas nociones de la Iglesia, como un documento reciente del papa Francisco sobre el medio ambiente. Vale muchísimo la pena hacerse con él. Obviamente, hay cosas con las que no estoy de acuerdo, porque es un texto católico. Pero el análisis que hace es brillante. Habla sobre la solidaridad entre generaciones. No soy religioso, pero me fascina una institución enorme, con mil millones de personas, dentro de la cual hay un monumental debate. Steve Bannon quiere cargarse al Papa. Es un católico radical de extrema derecha. Hay hijos de puta horribles y crueles ahí dentro, que quieren destruir la teología de la liberación. Juan Pablo II quería acabar con los teólogos de la liberación, los quiso humillar en Nicaragua. Pero por otro lado están jesuitas como el padre Gorostiaga en Centroamérica, que eran más bien marxistas, y muchas de las comunidades cristianas que conocía en El Salvador, gente maravillosa. Estaban siendo torturados y señalados por los escuadrones de la muerte, y eran revolucionarios a su manera. Todo eso me fascina.

Eso nos lleva a otra institución que está en disputa, como es la familia. Margaret Thatcher dijo, célebremente: “La sociedad no existe. Solo existen hombres y mujeres individuales y las familias, peleando cada cual por sus intereses”. Nos resulta irónico, pero también productivo, que la familia es un lugar de refugio, que ofrece soluciones para los personajes de sus películas. ¿Qué denota eso acerca del mundo en el que vivimos y de la izquierda hoy en día?

Bueno, no puede negarse la importancia que tiene la familia en nuestras vidas. Y, dramáticamente, como escritor, te da muchísima gasolina, ¿no os parece? Se trata de gente que se quiere y se odia y está llena de contradicciones. Mirad lo que hicimos en El viento que agita la cebada (2006), donde dos hermanos se aman hasta destrozarse el uno al otro.

En Sorry We Missed You, se trata de una familia que se quiere, que hace todo lo posible por mantenerse a flote, pero vive enredada en la crisis de la austeridad. Como no pudieron subirse al barco de la vivienda en propiedad cuando el crédito era barato por no tener para un depósito, están jodidos. Y así están cientos de miles de familias en el Reino Unido ahora mismo, mientras que se ha dejado irse de rositas a las instituciones financieras después de 2008. Así que buscábamos visualizar a una pequeña familia de estas, y hacerlo desde el punto de vista del niño de dieciséis años que pelea con su madre y con su padre. Yo tengo un chaval de dieciséis. Te vuelven loco. Pero también hay unos lazos enormes por debajo de todo eso, basados en los cuidados. Además, con la familia están los lazos de la clase, el código postal, la educación, el género. Son cuestiones muy importantes, que nos sirven de esquema para la vida. Así que terminas abordándolos, aunque sea por accidente. También el qué sucede si uno no tiene una familia, lo duro que puede llegar a ser. Tuvimos una historia llamada La parte de los Ángeles (2012), en la que el joven protagonista, Paul, no tiene familia. Sus padres son adictos. Y si no tienes ese sentido de seguridad en tu entorno, si estás solo, el sentido del mundo se hace muy diferente, especialmente si tienes orígenes humildes, estás mucho más expuesto. Si te sucede algo insospechado, se te puede llevar por delante.

Es curioso que nuestra generación, la que vive con la gig economy y la precarización del trabajo, los recortes y los contratos de cero horas, tenga que ver cómo una pareja como usted y Ken Loach nos cuenten historias sobre ese mundo. ¿Cómo encuentra de salud a su género, el del cine social y político?

Bueno, es cierto que estamos contando historias sobre la gig economy. Pero estoy seguro de que hay un montón de gente joven a la que le gustaría hacerlo, y que probablemente lo haría mejor que nosotros porque les está tocando vivir en ella, pero nunca se les da la oportunidad. Así que la pregunta es: ¿Quién comisiona? El asunto siempre termina en las grandes corporaciones, en el dinero y el poder. No paro de conocer a gente que, estoy seguro, tiene ideas brillantes. ¿Tendrán la oportunidad de llevarlas a cabo? Es una cuestión diferente. Porque hay un jodido commissioner que dicta lo que se produce.  ¿Por qué se marginaliza a las mujeres? Las cosas están cambiando, pero: ¿Con que frecuencia vemos el trabajo de los estudiantes negros en pantalla? Incluso después de que se haga la película, ¿quién tiene acceso a ella? Es otra cuestión fundamental, la de la distribución. Nosotros tenemos mucha suerte, porque hacemos películas de bajo presupuesto. Eso quiere decir que terminan siendo bastante rentables. Nadie gana una fortuna, pero todo el mundo recupera su dinero, lo que nos permite hacer la siguiente película.

Usted no estudió cine, ¿verdad?

No, no. Lo que sucedió fue que gané una beca Fullbright por accidente para ir a estudiar a la USC, en Los Ángeles. Alguien presentó un guion mío sin que me enterara. Y me eligieron. Entrevistaron a cinco candidatos y terminé ganando yo. Cuando por fin fui, Ken me propuso hacer juntos Tierra y libertad (1995). Me dijo: “Vuelve y la hacemos”. Y yo: “No hombre, acabo de llegar”. Pero al final dije: “A la mierda, vuelvo”. Así que volví, hicimos Tierra y libertad, y luego regresé a estudiar a la USC, y resultó ser un puto coñazo. Pero me habían dado una beca enorme y no tenía nada de dinero. Estaba pelado. Así que utilicé el dinero de la beca para vivir en el centro de Los Ángeles, en un lugar que era una puta locura, MacArthur Park. Ahí es donde entré en contacto con la organización Justicia para los Conserjes y terminé escribiendo el guion de Pan y rosas (2000). Para eso sirvió el dinero.

¿Cómo empezó a trabajar con Ken Loach?

Yo trabajaba como activista en Nicaragua. Y, cuando volví de viaje al Reino Unido, estaba harto de escribir informes pro derechos humanos y de hacer periodismo. Me dije: “Quiero ver si soy capaz de trascender el periodismo”. Me pagaba una ONG escocesa minúscula. Me daban ciento cincuenta dólares al mes y, con eso, como activista iba tirando. Luego trabajé para una organización nicaragüense, hablaba a delegaciones, viajaba al campo, monitorizaba violaciones de derechos humanos, e intentamos alimentar el debate con lo que estaba pasando. Pero era cada vez más difícil, porque los derechos humanos se habían politizado mucho. Es como ahora con Siria, que todos niegan todo lo que sucede. En fin, viajaba a zonas en guerra, entrevistaba a gente que había sido asaltada por las Contras. Pero siempre terminaba hablando con periodistas. Así que al final dije: “A la mierda. Voy a escribir una película sobre esto”. Así que me compré un libro sobre el tratamiento cinematográfico que, por cierto, sigo sin entender qué es un puto tratamiento, pero escribí uno. Y se lo mandé a cientos de personas. La mayoría ni respondieron. Los que lo hicieron, me dijeron: “Estarás de broma. Una zona de guerra, todo en español, sin infraestructura… Y nunca has escrito un guion”.  Pero Ken me contestó la carta y me dijo: “Si pasas por Londres, vente a tomar el té”.

¿No se conocían?

No, no, no. Le escribí así, de la nada. Eso sí: Me preparé muy, pero que muy bien. Trabajé muy duro en aquel texto. Lo que no sabía era que una cosa es decir que vas a hacer algo en un tratamiento, y otra muy distinta es el jodido guión. Pero bueno, el caso es que Margaret Thatcher acababa de desregular los autobuses y me costó un pico bajar de Glasgow a Londres. Así que voy a tomarme el té con Ken y me dice: “Es una apuesta arriesgada, pero: ¿Por qué no intentas escribir el guión y me lo pasas?” La verdad es que estaba fascinado con todo lo que había visto en Centroamérica. Como todo el mundo, tenía mucha curiosidad por Nicaragua. Por aquel entonces era la segunda prioridad nacional de Estados Unidos en temas de política exterior, por detrás solo de la Unión Soviética. Es algo increíble. Todo porque querían machacar la Revolución para que no se expandiera por el resto de América Latina. Bueno, pues escribí la primera mitad de La canción de Carla(1996). Me salió disparado, como un tiro. Fue como probar por primera vez una droga, porque en lugar de explicar lo que vas a hacer, tienes que inventarte un protagonista, darle un trabajo, escribir una escena, un diálogo… Me dio un subidón, que todavía no se me ha ido. Vuelve cada vez que me siento a escribir.

¿Cómo logró hacerlo? ¿Qué leyó para prepararse?

Me compré un montón de libros, sobre todo de escritura de guiones. Y la mayoría resultaron ser una mierda, según recuerdo. Estaba todo lleno de reglas y regulaciones. Pero creo que se pueden aprender técnicas para escribir, aprender sobre el conflicto y demás. Hay buenos talleres para esas cosas.

Lo que diría es que en todas estas películas, en especial Yo, Daniel Blake (2016) y Sorry We Missed You(2019), lo que había aprendido como periodista resultó importantísimo, para llegar al fondo de los asuntos, para indagar, para seguir mis instintos, descubrir lo que hay detrás de las cosas. Todo eso es fundamental. Son habilidades clave. Y luego te olvidas de todo eso y te pones a escribir de manera dramática.

Hay una breve escena en Sorry We Missed You en la que se entrecruzan varios de los asuntos que hemos tratado. En ella, un policía regaña al adolescente protagonista por un pequeño acto de vandalismo, pero acto seguido le dice, con gran cercanía, que tiene suerte de tener un padre que le quiere y le cuida. Hablando de grises, se trata de un personaje muy complejo, por pequeño que sea su papel. Por un lado, representa la autoridad y de su posición se desprende una clara carga ideológica. Pero también se convierte en una suerte de héroe para el padre en el momento en que le muestra solidaridad y empatía. ¿Cómo se escribe un personaje así?

Normalmente, nuestros guiones son prácticamente idénticos a lo que se ve en la película. El actor se llama Cleggy, y es un policía de verdad. Un hombre verdaderamente adorable. Justo antes de empezar a rodar la escena, le dije: “Supongo que has hecho esto un montón de veces”. Y me dice: “Sí, muchísimas”. Entonces le dije: “Bueno, pues hazlo como lo harías tú”. Y terminó diciendo casi lo mismo que habíamos escrito, pero con mucha pasión. Me sorprendió. Por eso les dije el otro día a los estudiantes de la escuela de cine de Columbia en una charla: “Documentaos, y la gente os sorprenderá”.

Porque si uno hace su trabajo y se documenta, descubre que la gente está llena de contradicciones. Por eso creo que escuchar es fundamental para escribir. No porque vayas a copiar lo que escuchas, sino porque a veces abre un sentido de la percepción al que no llegarías por ti mismo.

Hicimos una película llamada Route Irish (2010), que trata sobre los soldados que vuelven de la Guerra de Irak, muchos de los cuales habían estado allí como mercenarios, contratistas de la guerra. Lo que me interesaba era, en realidad, cómo se está privatizando la guerra. Si los matan, ni siquiera los cuentan. Quería hablar con los soldados que volvían a casa, así que me dirigí a una organización en Escocia que trata con el síndrome de estrés postraumático. Conocí a gente increíble ahí, gente verdaderamente dañada. Pero el momento de la verdad llegó cuando hablé con una vieja enfermera, que estaba en su último día de trabajo. Le dije: “Dios mío, ¿cuánto tiempo llevas trabajando con esta gente?” Era una mujer maravillosa. Y entonces me dijo algo que nunca olvidaré. Estaba hablando con los soldados, y entonces se giró y dijo: “La mayoría de estos hombres están de luto por lo que un día fueron”. Y pensé: “¡Joder! Ese sí que es un viaje, ¿eh?” Y eso me abrió los ojos a toda la historia. Por eso creo que todo el trabajo periodístico es importantísimo. Eso no se aprende en la puta escuela de cine. Hay que ir allí y escucharlos, hablar con ellos.

Usted escribe en un tiempo de derrota histórica para la izquierda. ¿Hasta qué medida se encuentra en la paradójica tesitura de reapropiarse de espacios e instituciones que asociamos tradicionalmente con la derecha? Nos referimos no solo a la familia, de la que ya hemos hablado, sino incluso al trabajo asalariado en un estadio anterior al de la gig economy. ¿Hay lugar para la nostalgia en la política y la escritura revolucionarias?

Dejadme que haga una distinción. Creo que la nostalgia es tremendamente peligrosa. Hollywood y el Reino Unido se especializan en la nostalgia. Se especializan en el sentimentalismo enfermizo, en presentar un futuro del color de rosa. Esa es la mierda bidimensional sentimentaloide que vemos salir de Gran Bretaña, en especial, con un sinfín de historias sobre los ricos y los poderosos, en una sociedad que desprende clasismo por todas partes. Estas historias están empapadas de ese clasismo. Ya sabéis a qué me refiero, al señor de la casa y la pobre sirvienta y todo eso.

La memoria, por otro lado, es crucial. Es algo bien distinto a la nostalgia. La memoria es testaruda. Kundera dijo: “La lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido”. Es una frase fantástica. Y es absolutamente verdadera, porque él se crió en una sociedad totalitaria, así que sabe cómo se reescribe la historia.

Hace unos años, hicimos un cortometraje de once minutos y medio. Es sobre el 11 de septiembre. El otro día se lo pusimos a los estudiantes de Columbia y no sabían de qué se trataba. Saben qué es su 11-S, pero el otro, en el que su país machacó a Allende. Por eso es tan importante la memoria. ¿Qué hizo Estados Unidos en América Latina? Avasallar a todas las instituciones democráticas que pudo, desde periódicos a organizaciones de base o sindicatos. Las socavaron. Trataron de destruirlas. Si recuerdas eso, puedes luchar contra toda la mierda esa de la exportación de la democracia y el estado de derecho. El gran relato de Gran Bretaña es que exportó civilización y el estado de derecho por todo el Imperio Británico. Por eso se pusieron furibundos cuando sacamos El viento que agita la cebada. Por eso es tan importante la distinción.

Vivimos un momento de renacer del nacionalismo, en el que son posibles desde el Brexit al fundamentalismo hindú de Modi en la India o Trump, y en el que en España Vox pide abiertamente a Mel Gibson que haga una película sobre Blas de Lezo, el almirante imperial de la Armada. ¿Por qué decide abordar un guionista como usted la historia? ¿Cuál es su método para escribir sobre la misma?

¿De verdad le pidieron eso a Mel Gibson? Sería bien fácil subvertir eso, ¿no os parece? Sería divertidísimo. Pues hemos hecho dos películas verdaderamente históricas, También la lluvia (2010) y El viento que agita la cebada. Son empresas complejísimas, la verdad, porque hay que entender en profundidad la historia, que es fascinante, pero lleva mucho esfuerzo.  Así que es una ardua tarea. También la lluvia la escribí primero como una pieza histórica, basada en la obra de Howard Zinn. En realidad fue Noam Chomsky el que me puso en contacto con Howard. Howard había visto Pan y rosas y le había encantado. Así que me contó que HBO le había propuesto hacer seis películas inspiradas en su libro La otra historia de los Estados Unidos y me dijo: “¿Quieres escribir la primera”

Y yo pensé: “¡Joder!” Porque me había leído el libro hacía veinte años y me encantaba. Me apasionaba Howard, pero estaba trabajando muchísimo con Ken, así que sentía una responsabilidad inmensa. Así que me puse a trabajar como una puta mula. Leía y estudiaba sin parar. Y Howard me decía: “Deja de leer. Empieza a escribir de una puñetera vez”. En fin, resumiendo, él quería que empezásemos por Colón. Y a mí me interesaba Colón y esas primeras cartas, pero los que realmente me cautivaron fueron Bartolomé de las Casas y Antonio de Montesinos. Aquel sermón de navidad de 1511 me sigue volando la cabeza.

Así que Howard me mandó una carta diciendo: “Van a hacer el casting. La película sale adelante, bla bla bla…” Y el presupuesto era enorme. Entonces, al día siguiente, volvió a escribirme Howard diciendo: “De pronto, HBO lo ha cancelado”. No sabía por qué. Era poco después del 11-S. Le parecía que a lo mejor no querían tratar temas controvertidos, o lo que fuera. Yo que sé. El caso es que aquel proyecto murió.

Pero usted no lo abandonó y lo retomó casi una década después, esta vez sin HBO y con su compañera, Icíar Bollaín, en la dirección. ¿Por qué siguió empeñado en llevar a cabo el proyecto?

Después de todo aquel trabajo, no podía dejarlo. Y, sobre todo, aquel discurso de Antonio de Montesinos me volvía a la cabeza una y otra vez. No me dejaba en paz. Tenéis que leerlo.  Es increíble. Lo que hicieron entonces fue tratar de prohibirlo. Cuando dio el sermón, un domingo, todos los líderes coloniales se pusieron furiosos. Dijeron: “Más te vale distanciarte de él”. Pero los curas dominicos se reunieron y decidieron predicarlo incluso con más fuerza. Así que trataron de censurarlo, y aquí estamos hablando de él cinco siglos después.

Hay un gran riesgo cuando abordas un tema histórico, porque te puedes perder en los detalles. ¿Cómo se quitaban el hábito? ¿Qué aspecto van a tener? La comunidad indígena ya no está allí. El idioma ha muerto. Icíar estuvo brillante. Cuanto más lo analizábamos históricamente, más me daba cuenta de que estábamos completamente minados por el medio. Así que dije: “¿Y si lo vemos desde una perspectiva moderna?” Así que le di un giro. Y, de pronto, todo se abrió en canal.

Hay una escena que me encanta cómo resolvió Icíar. El equipo de rodaje contrata a unas madres indígenas para que ahoguen, como actrices, a sus hijos. Lo están filmando. Y entonces las madres se niegan porque ni se las pasa por la cabeza hacerlo. Les dicen: “Pero lo tenéis que hacer para la película, porque esto sucedió realmente”. Y ellas contestan: “Nos da igual. Hay cosas más importantes que su película”. Lo que hace el público es meterse de verdad en la mente de esta gente que en el siglo XV tuvo la fuerza necesaria para ahogar a sus hijos. Y eso desencadena un horror diez veces mayor que si lo hubiéramos hecho desde la perspectiva histórica.

Los héroes de sus películas tienden a ser idealistas que terminan perdiendo. ¿Hay lugar para los finales felices en el mundo el que vivimos?

Nunca los llamaría héroes. En ningún caso. No podría escribir sobre ellos si los llamara así. Pero creo que cada caso es diferente. En En un mundo libre (2007), la protagonista es dura como un clavo. Es brutal.  Y termina donde ella quería. Alguien como el protagonista de Buscando a Eric (2009), la peliculita que hicimos sobre fútbol, es un pobre hombre que tiene ataques de pánico, que se está desmoronando, pero como se refugia en su comunidad termina rodeado de afecto y se abre camino. Lo mismo que La parte de los Ángeles. Y luego están los que son finales abiertos, como Mi nombre es Joe (1998). Casi lo consigue, y al final no sabemos qué va a pasar en esa relación. En Pan y rosas terminan ganando la huelga, aunque la expulsan. Y quedan las tragedias, como la de Irlanda, con un hermano que termina ejecutando al otro.  Y fue una verdadera tragedia, porque Irlanda se convirtió en un pantano infectado de curas, como dice uno de los personajes en la película. Si hubiera ganado el bando reaccionario habrían convertido a Irlanda en otra España de los años 30. Así que cada una de nuestras historias es diferente.

En mi experiencia, nunca es blanco o negro. Las victorias nunca son definitivas. Y las derrotas, por mucho que lo sean, casi nunca terminan de derrotarnos. Yo, Daniel Blake es una tragedia, pero lo es porque nos encontramos con una situación trágica, así que quisimos hacer algo que tuviera ese peso. Sorry we missed you, es una tragedia. El personaje está prisionero, como un ratón en una rueda. Está atrapado económicamente por completo. Pero es un personaje con un arco bien definido, porque terminan calándoles las sandeces que le habían enseñado al entrar en la empresa. Se había tragado toda esa falsa conciencia.

Insertar un mensaje político, o en clave de justicia, es un reto difícil para muchos escritores y cineastas. ¿Cómo consigue el difícil equilibrio entre no ser excesivamente didáctico y resultar demasiado sutil? ¿Podría hablar sobre su proceso para crear drama a partir de la vida real?

Bueno, si planeas transmitir un mensaje, estás muerto. La gente no para de decirme: “¿Por qué no haces una película sobre Cuba?”. Bueno, acabamos de hacer una. Pero: “¿Por qué no haces una sobre Palestina? ¿Por qué no haces esto o lo otro?”. Lo dicen como si el asunto convirtiera en buena la historia. Nunca ha sido así y nunca lo será. Lo que hay que hacer es encontrar una manera brillante de abordar todas esas cosas, pero si es simplemente un mensaje, es muy difícil que funcione, porque la gente es inmune a los mensajes, porque son propaganda. Por eso hay que contar una gran historia. Así que para mí y para Ken, a pesar de lo que dicen, la historia viene primero y siempre será así.

Con Pan y rosas, después de ponerme en contacto con Justicia para los Conserjes, fui allí. Viajé a Juárez y hablé con todas las jóvenes de las maquiladoras. Pero mi personaje favorito era la hermana, que justo al final traiciona a las sindicalistas. Me encantaba ese personaje porque la entendía. No se fía de nadie porque la ha explotado absolutamente todo el mundo.

Siempre te va a terminar atrayendo el material por el que te sientes verdaderamente apasionado, pero la construcción de la historia debe ser lo primero, por delante de las cuestiones políticas. Y luego está el asunto de hasta qué punto algo es político. Me cuido mucho de calificar a una película de “política” o “no política”, porque es una manera de alienar al público de tu historia. La gente dice: “Ay, Dios, eso son deberes. Qué pereza”. Pero luego llega una película enorme de derechas y es “entretenimiento”. Como Peligro inminente(1994), el tipo que es un héroe en la CIA porque consigue vencer al malo dentro de la organización. Todo extraído de un libro de Tom Clancy, que era el autor favorito de Ronnie Reagan. Y van y dicen que es entretenimiento. No hombre no, eso es una película política. Así que huyamos de esas definiciones.

Siguiendo con ese tema, Rafael Azcona solía decir, parafraseando a Cesare Zavattini, que “el neorrealismo murió el día que los guionistas dejaron de ir en tranvía”. ¿De dónde surgen sus ideas? ¿Qué clase de trabajo de campo hace? ¿Qué lee para llegar a la premisa y a los personajes de la historia?

Qué buena cita. Me encanta. Es buenísima. Pues bueno, H.G. Wells se quedaba todo el día sentado y sin salir de la habitación, así que cada cual tiene su manera de hacerlo. Depende de la historia que quieras contar. Pero las ideas surgen de todas partes. Estamos rodeados de ellas.

Buscando a Eric, sin ir más lejos, fue un accidente. Cantona vino a vernos y nos dijo que quería hacer una historia real sobre un aficionado que le siguió del Leeds al Manchester United. Y a mí aquello no me interesaba en absoluto. Tenía esta imagen grabada de Eric Cantona, que era como un dios para los aficionados del Manchester United. Su presencia en el campo, su concepto de sí mismo, era increíble. Me acuerdo de un gol que marcó, que usamos en la película, y que fue la obra de un genio. Es una pared que hace con Brian McClair y la clava en la escuadra izquierda. Y entonces va y saca el pecho, se gira a todo el estadio y dice: “Aquí estoy yo”. Era intelecto, inteligencia, arrogancia, habilidad, todo aunándose en una preciosa comunión. Y en ese momento pensé: ¿Y si lo juntáramos con un pobre hombre que es exactamente lo contrario, que tiene ataques de pánico, que no sabe bien quién es, que está destruido? Y se me ocurrió que se encontrasen en su imaginación.

¿De dónde vino aquella idea? Pues no lo sé. Pero llevaba mucho tiempo queriendo hacer una historia sobre abuelos, y entonces supongo que mi cerebro juntó las dos cosas por accidente. Así que fui a por Eric y le dije: “¿Qué te parece no ser el Eric real, sino vivir en la imaginación de alguien, de un tipo que ha fumado demasiado y tiene ataques de pánico y viene a verte para encontrarse?”. Se partió de risa y dijo: “Venga, vamos a por ello”. Y entonces se lo conté a Ken y me dijo: “Adelante”. Así que, ya veis, fue un completo accidente.

¿Qué le parece el fútbol de hoy, en el que los plutócratas de todo el mundo se compran equipos?

Me parte el corazón. Mira el Liverpool, propiedad de unos putos americanos. Y el Manchester City, se han comprado un equipazo, plagado de talento. Es una contradicción enorme. Me encanta el fútbol que hace Guardiola. Me vuelve loco. Pero cuando ves que destrozan al Norwich, que les meten un 6-0… El dinero lo destruye absolutamente todo. Y todo este lío del mundial. Me está matando. No voy a poder ver el próximo mundial. No lo veré, por mucho que ame profundamente el fútbol. ¿Cuántos trabajadores han muerto construyendo los estadios? Es que no voy a verlo. No puedo. Me va a partir el puto corazón y estaré atento todo el rato, a lo mejor lo oigo por la radio. ¡Eso sí que es un personaje cómico! Alguien que no puede aguantar la putada de no ver el mundial. Me siento como un Don Quijote patético, pero no voy a ver el jodido mundial y me va a matar.

Otro Rafael, el novelista Rafael Chirbes, decía que la ficción es el campo de batalla del imaginario colectivo. Eso trae a colación la cuestión de la distancia entre la audiencia que se pretende que tenga una película u obra de arte y su audiencia real. ¿Para quién escribe?

Es otra pregunta muy interesante, pero creo que parte de una premisa que es falsa al menos en parte. Os voy a contar una anécdota que ilustra a qué me refiero: La derecha detesta nuestras películas, especialmente cuando ganan la Palma de Oro. Gente como el político Michael Gove se volvió loca con El viento que agita la cebada. Se volvieron locos de verdad. Y decían una y otra vez: “Ahí están estos, escribiendo para la clase media, para que la gente que aparece en sus películas nunca las vea”. Al cabo de un tiempo, visité una cárcel juvenil con la película La parte de los Ángeles y había un chico pelirrojo que nos hacía de guía. Me di cuenta de que sus compañeros le llamaban Pinball. Entonces me giré y le dije: “¿Pinball? ¿Cómo es que te llaman Pinball?”. Y dice: “Ah, viene de esa película, Felices dieciséis (2002)”.  No sabía que yo había escrito el guión. Y va y me dice: “A todo el mundo como yo que termina aquí le acaban llamando Pinball porque vemos la película sin parar”. Estábamos en una prisión. Obviamente, no habían ido al cine a verlo, pero esas películas terminan llegando a la gente sobre cuyas vidas tratan. Los encuentran de alguna manera.

Así que nunca me he sentado y dicho: “¿Cuál es la audiencia de esto que voy a escribir?”. En primer lugar, creo que sería una tontería, porque: ¿Quién tiene una audiencia? La idea de que os puedo juntar a vosotros dos, que podéis tener gustos completamente distintos, de que puedes saber quién es tu audiencia y lo que quiere… No somos máquinas. Por eso el drama es tan impredecible. Nunca sabes qué conmoverá a la gente. Obviamente, es algo que tienes presente mientras construyes un guión, porque al final funciona como un argumento. Tienes que ser honesto con los personajes. En otras palabras, cuando estoy escribiendo el primer borrador de un guión, me siento como si estuviera viendo la película. Y a veces me conmuevo, o me enfado muchísimo. Me trastorna mucho emocionalmente escribir, porque me hace vivirlo por primera vez. Así que yo soy la jodida audiencia. Eso es. Y luego espero que, si tiene sentido para mí, lo tenga para otros.

Por último: ha escrito con éxito veinte películas que son obras dramáticas con un trasfondo político y social ¿Qué consejo le daría a jóvenes escritores que tengan el mismo compromiso que usted pero no sepan por dónde empezar?

Ay, Dios. No lo sé. Es algo que me siempre me incomoda. En Columbia, siempre anuncian estas charlas como “clases maestras”. Y me han invitado a muchas, en todo el mundo. El otro día les dije: “Puedo ir, pero si lo llamáis ‘clase maestra’, no me presento”. ¿Cómo va a ser una clase maestra? Un budista zen, un cinturón negro de Karate o un cirujano, esos son maestros. Todo lo que yo puedo hacer es compartir errores y experiencias. Y cada cual hace esto a su manera y tiene su talento. Lo que yo tengo es una curiosidad devoradora.

Así que lo único que puedo decir es: escribe sobre lo que realmente te importa porque entonces tendrás fuerzas para trabajar como una puta mula y puede que encuentres algo interesante. Yo solo hago eso. Hay gente que podría recibir una comisión, dedicarle un tiempo y entregarla, como un profesional. La gente me pide una y otra vez que adapte los trabajos de otros. Pero se le iría el misterio al asunto. Para mí esto es un viaje, una aventura. La gente joven lo que tiene que hacer al escribir es intentar encontrar una forma imaginativa de contar la historia, algo inesperado, sobre todo ahora que hay tanta competencia. Y otra cosa muy, pero que muy importante es que, si vas a trabajar en cine, tienes que colaborar. Encuentra un socio, sé leal a él y trabajad juntos. Y no le enseñes el guión a todo hijo de vecino y recibas comentarios de veinte personas diferentes. Ken es director y yo escritor. Nos encontramos a mitad de camino como cineastas. Rebecca (O’Brien) es productora. Nos permite llevar a cabo nuestro trabajo. Y nos unimos los tres, trabajando juntos desde hace muchísimo tiempo. Cada uno tenemos habilidades diferentes, pero la lealtad es para con el proyecto, por encima de los egos.

Así que si puedes, encuentra a gente con la que encontrarte así y trabajar, alguien que crea en ti y en quien tú creas, con quien quieras pasar el tiempo, que te alimente y te enriquezca, que tenga una sensibilidad parecida a la tuya. Pero si no encuentras buenos colaboradores, la experiencia será atroz. Yo tuve mucha suerte. Aunque es cierto que escribí a doscientos directores y productores, y la mayoría me dijo que no. Y el único que contestó fue Ken. Así que más te vale trabajar como una mula para buscarte la suerte.

Así que el principal consejo que nos ha dado es que no veamos el mundial

Eso es. Ya sabéis quién es Eduardo Galeano. No apagues la grabadora, que esto es lo más importante que os voy a contar en la entrevista. Lo conocí muchos años después de haberme leído Las venas abiertas de América Latina como joven activista en Nicaragua. Me fascinó y me leí todos sus libros. Así que, años después nos presentó un director peruano encantador, Javier Corcuera. Y fuimos a comer algo cuando pasaba por Madrid. Era un tipo divertidísimo. No hacía otra cosa que hablar de fútbol. Claro, él escribió el libro más bonito que hay sobre fútbol, El fútbol a sol y sombra. Y dijo: “En su vida, un hombre puede cambiar de mujer, de partido político o de religión, pero no puede cambiar de equipo de fútbol”. Y es verdad, porque la gente que cambia de equipo no es aficionada de verdad. Sólo puedes tener un equipo.

Lo veré a través del ojo de una cerradura.

Ya le pasaremos un informe.

Nunca debí haber dicho eso. Va a ser una tortura…

Fuente: https://ctxt.es/es/20201001/Culturas/33643/Alvaro-Guzman-Hector-Muniente-entrevista-Paul-Laverty-guionista.htm

Necesidad y dificultad del encuentro

27sep-20
Publicada el 27 septiembre, 2020
por admin

Por Amador Fernández-Savater

Cómo orientarse en lo que pasa? Es una pregunta clásica de la filosofía: ¿cómo orientarse en el pensamiento y en la historia? Su actualidad es muy evidente.

¿Cómo orientarnos hoy en la masa de datos, rumores, estados de ánimo más o menos manipulados, en medio de una situación abierta y completamente inédita? ¿Cómo leer e interpretar esos datos, qué relación hay entre los datos y las decisiones gubernamentales? ¿Exactamente en nombre de qué se están tomando las decisiones? ¿La salud, la economía? Pero, ¿qué salud y qué economía?

Las dificultades para orientarse generan hoy estupor y parálisis por abajo: renunciamos finalmente a entender, es tanta la complejidad, y delegamos en “los que saben”. ¿Quiénes? Los especialistas de la cosa pública: expertos políticos y sanitarios. Renunciamos a transformar la situación y nos las arreglamos como podemos -entre el miedo, la resignación y la pillería.

Tenemos la intuición de que tanto los datos como las interpretaciones se nos sirven “cocinadas” en función de los intereses del momento: minimizar el alcance del virus para reactivar la economía / maximizarlo para vendernos protección a cambio de miedo y sumisión. Negación y disuasión. Pero, ¿cómo ir más allá de la mera sospecha crítica? En una palabra: ¿cómo pensar en estas circunstancias? ¿Y cómo actuar conforme a lo que pensamos?

Vamos a repasar algunos posibles elementos de respuesta en tres autores contemporáneos: Cornelius Castoriadis, Guy Debord y Hannah Arendt.

Castoriadis

En la obra del filósofo griego Cornelius Castoriadis, una idea central es que no hay expertos en política.

La política, el ejercicio de pensar y decidir juntos sobre la vida en común, no admite una ciencia, un saber universal y necesario. Se decide en función de valores que son creaciones imaginarias sociales -siempre particulares y contingentes- y que ninguna razón puede fundamentar del todo. La definición de una “vida buena” es una apuesta, una invención. Es decir, no hay naturaleza humana que realizar, ni tampoco una idea de Bien Común escrita desde siempre en el cielo de las ideas. Lo humano es creación permanente de sentido sobre un fondo trágico de sinsentido, interrogación infinita y apertura de la historia.

No hay Ciencia o Razón de la política, sólo hay razones u opiniones. No todas valen lo mismo, dice Castoriadis, pero -he aquí la dificultad- no hay procedimiento a priori para decidir entre ellas. La subordinación del criterio político -particular y contingente- a un punto de vista científico -universal y necesario- supone la cancelación misma de la política democrática.

En una verdadera democracia, el experto puede aportar su saber específico (tekhné) a la elaboración colectiva de un juicio y un criterio, pero no determinar una decisión. La misma configuración del problema es un asunto social. Es decir: la política no consiste sólo en la elaboración colectiva de respuestas a problemas dados, sino en la construcción misma de esos problemas. La construcción del sentido de lo que pasa. Por esa razón, dice Castoriadis, el juez de un experto no puede ser otro experto, sino la propia colectividad de los afectados por las decisiones que se toman.

Nada más lejos de la situación actual, donde nos limitamos a obedecer las decisiones tomadas por los expertos de la cosa pública. Podemos desde luego legitimar con nuestro asentimiento las decisiones que nos parezcan más razonables, pero no confundamos esa adhesión con una forma de participación. El espacio de pensamiento y decisión con respecto a los asuntos más comunes de la vida cotidiana está hoy cerrado, no es participable. Al parecer no tenemos nada que aportar salvo caos y confusión. Mejor mantenernos apartados, callados, sumisos.

Debord 

Guy Debord acuñó la célebre fórmula de “sociedad del espectáculo” para referirse a la sociedad contemporánea. ¿En qué consiste?

El espectáculo detenta “el monopolio de las apariencias”, esto es, el monopolio sobre lo que se percibe, lo que puede decirse acerca de lo que se percibe, lo que se puede hacer al respecto o en consecuencia. (La sociedad del espectáculo) “es el momento en que la imagen elegida por otro se ha convertido en la principal relación con el mundo”.

Ese monopolio es un monólogo autorreferencial y sin réplica, que incluye distintas opciones -distintas mercancías, distintos canales, distintos partidos- pero todas dentro del mismo marco de lo visible y pensable. Como cantaban los Housemartins, “nos dicen que hay distintos puntos de vista, pero sólo son los distintos tonos de una misma tristeza”.

“El espectáculo es lo opuesto a la lógica” dice Debord en una frase llena de implicaciones. ¿A qué lógica se refiere? A la capacidad de captar inmediatamente lo importante, lo menos importante, lo irrelevante; lo incompatible y lo complementario, lo que tal enunciado implica, lo que impide. Esa lógica sólo se ha formado socialmente en el diálogo y la comunicación directa.

Se aprende a pensar pensando en común, escuchando y engarzando nuestra palabra con la del otro, activando la atención para aportar al hilo del razonamiento que se construye en el entre de la conversación, captando las sombras de nuestros puntos de vista gracias a las críticas de otros puntos de vista, alcanzando así una posición más fuerte, más incluyente. “La verdad”, dice Debord, “es la totalidad de los sentidos posibles”.

Pero el espectáculo es una luz sin sombra. No tolera ninguna alteridad desde la que ser criticado, nunca admite mirarse desde afuera. Dice verlo todo, representar la totalidad. Como espectadores, en condiciones de aislamiento, aferrados a nuestras identidades, nos volvemos literalmente estúpidos. Incapaces de pensar, es decir, de salir de nosotros mismos, ese “nosotros mismos” -opiniones, gustos, emociones- que sólo es una opción más en un menú prestablecido.

En pandemia, el espectáculo se ha vuelto “espectáculo del horror”: el periodismo mainstream se reduce al conteo morboso de los casos de contagio, la polémica política y la culpabilización y polarización social (jóvenes, inmigrantes, pobres). El pensamiento jamás roza un medio de comunicación, incluyendo a los medios “progres” y sus tertulianos “críticos”. Pensar no es denunciar o polemizar, sino elaborar un juego nuevo de preguntas y respuestas: nuevos modos de ver e, incluso, nuevos objetos que ver. Eso ocurre en lo común y lo común no existe en los medios de comunicación, sólo una sucesión de monólogos llamados “tertulias”.

Los historiadores de una sociedad emancipada futura se preguntarán cómo pudo la nuestra colocar en su mismo corazón un dispositivo tan estupidizante e irracional como los medios de comunicación. Y leerán a  Guy Debord.

Arendt

Según Hannah Arendt, el primer paso en la pérdida de la libertad es “la privación de un lugar en el mundo que haga significativas a las opiniones y efectivas a las acciones”.

Es lo que pasa en el caso de las redes sociales: se pueden opinar mil cosas distintas, pero no son significativas porque no están ligadas a una acción, a un gesto, a un cuerpo, a un comportamiento, a un mundo compartido, a un terreno común.

Ese “lugar” es lo que permite que los actos y las palabras estén ligados, que “las palabras no estén vacías y los hechos no sean brutales, que las palabras no se empleen para velar intenciones sino para descubrir realidades, y los actos no se usen para violar y destruir, sino para establecer relaciones y crear nuevas realidades”. Habitar ese lugar nos permite recuperar nuestro poder de hacer y rehacer el mundo común,  todo lo contrario de la política de los políticos (palabras vacías, empleadas para velar realidades, etc.).

Sin lugar no es posible pensar. Y en esa disociación entre palabras y actos empezamos a disparatar. Los fenómenos totalitarios, según Arendt, son típicamente modernos: arraigan en el suelo de la atomización y la soledad de masas, donde han sido destruidas las comunidades políticas estables y los territorios comunes. Allí nacen las “teorías de la conspiración”, como la conspiración judía, que conectan todos los hechos en una gran teoría explicadora: el plan total, la gran paranoia. El sentido común se crea en elemento de lo común.

Cuidar de qué vida

Hoy tenemos como nunca necesidad de pensar. Para orientarnos en lo que pasa, para salir del estupor y la parálisis. Y sólo se piensa, como hemos visto, en el encuentro. No se trata sólo de “entender lo que pasa” a un nivel abstracto, sino de preguntarnos qué vida queremos y cómo se protege. Cómo queremos que sean las escuelas, los barrios, el trabajo, etc. No hay orientación sin deseo, no hay pensamiento sin un querer.

Cuanto más sepamos sobre el virus, mejor. Pero ninguna explicación “racional” y “objetiva” nos dirá qué debemos hacer al respecto, qué sentido tiene su intrusión para nosotros, cómo debemos vivir. El problema y la respuesta son, como decía Castoriadis, una creación, una invención, una apuesta.

El “lugar” de que hablaba Hannah Arendt puede ser, no sólo una comunidad o un territorio dado, sino una pregunta: ¿qué vida queremos, cómo cuidarla? Podemos incluso decir esto: la pregunta inventa el lugar y la comunidad. La pregunta convoca y reúne a quienes se sienten afectados, aparece en un espacio dado -escuela, barrio, centro de salud- pero a la vez lo reorganiza, crea nuevas conexiones, abre una situación de pensamiento, de aprendizaje, de lucha.

En esas situaciones se elaboran voces autónomas que pueden intervenir en la coyuntura, agujerando el “monopolio de las apariencias” (político-mediático-experto) que reina sin réplica. Voces que hablan desde la vida pero sin moverse de la vida, a diferencia de los que pretenden legislar sobre ella a distancia.

Se trata de romper todas las las separaciones que debilitan, las barreras por funciones y roles (entre trabajadores, entre trabajadores y usuarios), creando nuevas asociaciones en torno a problemas y aprendizajes, incluyendo a “expertos en saber” y a “expertos en experiencia” en igualdad, sin jerarquías.

Necesitamos pensar y se piensa en el encuentro. Pero el encuentro se ha vuelto hoy un desafío mayor. No sólo porque estén prácticamente prohibidas las reuniones, sino porque hay que crear un espacio de reunión -o de manifestación, etc.- cuidadoso e inclusivo, donde los diferentes se encuentren al seguro. Los modos de hacer  prefiguran lo que se reclama y se quiere. Lo que había hasta ahora no alcanza. Es precisa una nueva sensibilidad política.

Amador Fernández-Savater publica ahora Habitar y gobernar; inspiraciones para una nueva concepción política (Ned ediciones)

Fuente: El Diario España

La tasa de ganancia de EEUU antes del COVID

27sep-20
Publicada el 27 septiembre, 202027 septiembre, 2020
por admin

Por Michael Roberts

Cada año, analizo la cuantificación de la tasa de ganancia de EEUU. Los datos oficiales de EEUU ya están disponibles para actualizarla para 2019.Hay muchas formas de medir la tasa de ganancia (para conocer las distintas formas, consulte http://pinguet.free.fr/basu2012.pdf ). Tengo una forma de hacerlo y pueden verificar y replicar mis resultados consultando el excelente manual que explica mi método, compilado amablemente por Anders Axelsson de Suecia.

Los lectores de mi blog y de mis artículos saben que prefiero medir la tasa de ganancia a partir de la plusvalía total en una economía en relación con el capital privado total empleado en la producción. Esta es la fórmula más cercana posible a la fórmula original de Marx de s / C + v. Así que obtengo lo que llamo una cuantificación de la «economía total», basada en el ingreso nacional total (menos depreciación) para la plusvalía; los activos fijos privados netos no residenciales para el capital constante; y agregando la compensación a los empleados para el capital variable. Esto es lo que podría llamarse una tasa de ganancia general o bruta. La tasa de ganancia será menor si miramos solo al sector corporativo, o al sector corporativo no financiero, antes o después de impuestos, etc.

La mayoría de las fórmulas de cálculo marxistas excluyen cualquier cuantificación del capital variable sobre la base de que la «compensación a los empleados» (salarios más beneficios) no es un stock de capital invertido sino un flujo de capital circulante. Y no se puede medir fácilmente a partir de los datos disponibles. No estoy de acuerdo en que esto sea una restricción y G Carchedi y yo hemos escrito un trabajo inédito sobre este punto. Aun así, dado que el valor del capital fijo constante en comparación con el capital variable es de cinco a ocho veces mayor (dependiendo de si se usa una medición del coste histórica o actual), la adición de una medición del capital variable en relación al denominador no cambia la tendencia o los puntos de inflexión en la tasa de beneficio de manera significativa (aunque cambia el nivel absoluto). Esto también se aplica al resto del capital circulante, es decir a los inventarios (el stock de bienes intermedios y sin terminar), o al ‘capital en uso’. Deberían y podrían añadirse como capital circulante al denominador de la tasa de beneficio, pero no lo he hecho porque los resultados serían un poco diferentes.

Por el contrario, Brian Green ha realizado un trabajo importante de medición del capital circulante y su tasa de rotación para la economía estadounidense con el fin de incorporarlo a la cuantificación de la tasa de ganancia. Considera que esto es vital para establecer la tasa de ganancia adecuada y también como un indicador de posibles recesiones. Puede considerarse la utilidad del trabajo de Green en su sitio web aquí: https://theplanningmotive.com/ . Todo lo que diría es que agregar el capital circulante a los activos fijos en el denominador de la tasa de ganancia no afecta realmente el resultado final cuando se cuantifica la tasa de ganancia de EEUU.

En cualquier caso, mi fórmula de medir ‘toda la economía’ para la tasa de ganancia de EEUU desde 1946 hasta 2019 se ve así.

En este gráfico, he incluido mediciones basadas en costes históricos (HC) y actuales (CC) para comparar. Para obtener una explicación de por qué incluyo ambos, consulte mis artículos anteriores y mi libro, The Long Depression (el apéndice). Las dos cuantificaciones difieren particularmente en la década de 1960 y de 1990. La diferencia se debe a la inflación. Si la inflación es alta, como lo fue entre los años sesenta y finales de los ochenta, entonces la divergencia entre las fórmulas de medición con HC y CC es mayor. Cuando la inflación cae, la diferencia entre las dos fórmulas con HC y CC se reduce. De 1965 a 1982, la tasa de ganancia estadounidense cayó un 20% con la fórmula HC, pero un 35% con la CC. De 1982 a 1997, la tasa de ganancia de Estados Unidos aumentó sólo un 9% en la fórmula con HC, pero aumentó un 29% con CC. Pero durante todo el período de posguerra hasta 2019, hubo una caída secular de la tasa de ganancia de EEUU. ¡En la fórmula con HC del 31% y con CC del 31%!

De cualquier manera, los datos confirman la explicación de Marx de las tendencias en la rentabilidad. Según Marx, los cambios en la rentabilidad dependen del movimiento relativo de dos categorías marxistas en el proceso de acumulación: la composición orgánica del capital (C / v) y la tasa de plusvalía (explotación) (s / v). Desde 1946, ha habido un aumento secular en la composición orgánica del capital (medida de HC) del 60%, mientras que el principal ‘factor contrarrestante’ en la ley de Marx de la tendencia descendente de la tasa de ganancia, la tasa de plusvalía, en realidad ha caído más del 10%. Entonces, la tasa de ganancia cayó un 31%. Por el contrario, en el período denominado ‘neoliberal’ de 1982 a 1997, la tasa de plusvalía aumentó un 16%, más que la composición orgánica del capital (11%), por lo que la tasa de ganancia aumentó un 9%. Desde 1997, la tasa de ganancia de Estados Unidos ha caído alrededor del 6%, porque la composición orgánica del capital ha aumentado casi un 17%, superando el aumento de la tasa de plusvalía (3%).

Uno de los resultados implicitos de los datos es que cada recesión económica en los EEUU ha sido precedida por una caída en la tasa de ganancia y luego por una caída en la masa de ganancias. Esto es lo que cabría esperar cíclicamente de la ley de rentabilidad de Marx.

He argumentado que la rentabilidad del capital es clave para analizar si la economía capitalista está en un estado saludable o no. Si la rentabilidad cae de manera persistente, eventualmente la masa de ganancias comenzará a caer y eso desencadena un colapso de la inversión y una crisis.

En 2019, según mi fórmula de cuantificar, la rentabilidad general de EEUU cayó ligeramente en comparación con 2018. La rentabilidad en 2019 está ahora entre un 5 y un 9% por debajo del pico posterior a la Gran Recesión de 2014 y un 10% por debajo del pico anterior a la Gran Recesión de 2006. Además, la masa de ganancias cayó un 3% en 2019. De hecho, el período de 2014 a 2019 es ya el período de contracción más largo en la rentabilidad en EEUU desde 1946. Eso sugiere que la economía de EEUU ya evolucionaba hacia una depresión en 2020 antes de que la pandemia de COVID se extendiera.

En septiembre de 2020 sabemos ya que todas las principales economías del mundo (con la excepción de China) sufrirán la mayor contracción de posguerra del PIB real en 2020. ¿Pero cómo afectará eso a la tasa de ganancia en 2020? Suponiendo una caída del 7% en el PIB real de EEUU, calculo que podemos esperar una caída del 25% en la tasa de ganancia. En mi primer gráfico incluyo esa predicción en mi pronóstico para 2020. Si es correcta, la tasa de ganancia de EEUU alcanzará un nuevo mínimo de posguerra en 2020.

Es así cuantificando la economía en su conjunto. Si consideramos el sector corporativo no financiero, un proxy del sector productivo de la economía, entonces la tasa de ganancia podría caer hasta un 3%, según los datos de la Reserva Federal, el nivel más bajo desde que existen los registros de la Fed.

Michael Roberts
es un reconocido economista marxista británico, que ha trabajado 30 años en la City londinense como analista económico y publica el blog The Next Recession.

Fuente:

https://thenextrecession.wordpress.com/2020/09/13/the-us-rate-of-profit-before-the-covid/

Traducción:G. Buster

Cómo la pandemia ha acelerado la transición al postcapitalismo

27sep-20
Publicada el 27 septiembre, 2020 1
por admin

Por Yanis Varoufakis

Hace unos días [el 19/08/2020] sucedió algo extraordinario. Algo que nunca había sucedido en la historia del capitalismo. En Gran Bretaña se dio la noticia de que la economía había sufrido la mayor caída de su historia, más del 22% durante los primeros 7 meses de 2020. Sorprendentemente, el mismo día, la bolsa de valores de Londres, el índice FTSE100, subió más del 2%. El mismo día, durante un tiempo en el que Estados Unidos se ha detenido y está empezando a parecer no sólo una economía en graves problemas, sino también, funestamente, un estado fallido, el índice SP500 de Wall Street batió un récord histórico.

Incapaz de contenerme, tuiteé lo siguiente:

“El capitalismo financiero se ha desacoplado de la economía capitalista, saliendo de la órbita de la Tierra, dejando tras de sí vidas y sueños rotos. Mientras el Reino Unido se hunde en la peor recesión de la historia y EE.UU. se acerca al estatus de estado fallido, el FTSE100 sube un 2% y el S&P500 rompe todos los récords.”

Antes de 2008, los mercados monetarios también se comportaban de una manera que desafiaba el humanismo. Las noticias de despidos masivos de trabajadores serían seguidas rutinariamente por fuertes subidas en el precio de las acciones de las empresas «dejando ir a sus trabajadores» –como si estuvieran preocupados por su liberación…–. Pero al menos, había una lógica capitalista en esa correlación entre los despidos y el precio de las acciones. Esa desagradable causalidad estaba anclada en las expectativas sobre los beneficios reales de una empresa. Más precisamente, la predicción de que una reducción de la masa salarial de la empresa podría, en la medida en que la pérdida de personal llevara a una reducción proporcional menor de la producción, conducir a un aumento de los beneficios y, por lo tanto, de los dividendos. La mera creencia de que había suficientes especuladores que podían formar esa expectativa particular era suficiente para provocar un aumento del precio de las acciones de las empresas que despedían a los trabajadores.

Eso fue antes de 2008. Hoy día, este vínculo entre las previsiones de beneficios y los precios de las acciones ha desaparecido y, como consecuencia, la misantropía del mercado de valores ha entrado en una nueva fase postcapitalista. Esta afirmación no es tan controvertida como puede parecer a primera vista. En medio de nuestra actual pandemia, ninguna persona en su sano juicio imagina que hay especuladores que creen que hay suficientes especuladores que pueden creer que los beneficios de las empresas en el Reino Unido o en los Estados Unidos aumentarán en cualquier momento. Y, sin embargo, compran acciones con entusiasmo. El efecto de la pandemia en nuestro mundo posterior a 2008 está creando fuerzas hasta ahora desconocidas.

En el mundo actual, sería un error intentar encontrar cualquier correlación entre lo que ocurre en el mundo real (el de los salarios, los beneficios, la producción y las ventas) y en los mercados monetarios. Hoy en día, no hay necesidad de una correlación entre las «noticias» (por ejemplo, una nota de prensa sobre que alguna gran multinacional despidió a decenas de miles) y las subidas de precios de las acciones. Mientras vemos que las bolsas de valores suben en un momento en el que las economías se hunden, sería un error pensar que los especuladores escuchan que la economía del Reino Unido, o la economía de los Estados Unidos, se ha hundido y piensan: «Genial, compremos acciones”. ¡No, la situación es mucho, mucho peor!

En el mundo posterior a 2008, a los especuladores –por primera vez en la historia– les importa un bledo la economía. Ellos, como tú y yo, pueden ver que la Covid-19 ha puesto al capitalismo en animación suspendida. Que está aplastando los márgenes de beneficio de las empresas y destruyendo las vidas y los medios de vida de muchos. Que está causando un nuevo tsunami de pobreza con efectos a largo plazo en la demanda agregada. Que demuestra en cada país y cada ciudad las profundas divisiones de clase y raza preexistentes, ya que algunos de nosotros tuvimos el privilegio de mantener las reglas de la distancia social mientras un ejército de personas trabajaba por una miseria y en riesgo de contagio para satisfacer nuestras necesidades.

No, lo que estamos viviendo ahora no es el típico desprecio capitalista por las necesidades humanas, la tendencia estándar del sistema capitalista a estar motivado únicamente por la necesidad de maximizar el beneficio o, como decimos los izquierdistas, la acumulación de capital. No, el capitalismo está ahora en una nueva y extraña fase: el socialismo para los muy, muy pocos (cortesía de los bancos centrales y los gobiernos que atienden a una pequeña oligarquía) y la austeridad estricta, junto con la cruel competencia en un entorno de feudalismo industrial y tecnológicamente avanzado para casi todos los demás.

Los eventos de esta semana en Wall Street y la City de Londres marcan este punto de inflexión –el momento histórico que los futuros historiadores sin duda elegirán para decir: fue en el verano de 2020 cuando el capitalismo financiero finalmente rompió con el mundo de la gente real, incluyendo capitalistas lo suficientemente anticuados como para tratar de sacar provecho de la producción de bienes y servicios.

Pero empecemos por el principio. ¿Cómo empezó todo?

Antes del capitalismo, la deuda aparecía al final del ciclo económico; un mero reflejo del poder de acumular los excedentes ya producidos. Bajo el feudalismo,

  • la producción venía primero, con los campesinos trabajando la tierra para plantar y cosechar cultivos.
  • La distribución seguía a la cosecha, mientras el sheriff recogía la parte del señor. Una porción de esta parte se monetizaba más tarde, cuando los hombres del señor la vendían en algún mercado.
  • La deuda sólo surgía en la última etapa del ciclo, cuando el señor prestaba su dinero a los deudores, el rey a menudo entre ellos.

El capitalismo invirtió el orden. Una vez que la mano de obra y la tierra fueron mercantilizadas, la deuda fue necesaria antes de que la producción comenzara. Los capitalistas sin tierra tuvieron que pedir prestado para arrendar trabajadores, tierras y máquinas. Sólo entonces podía comenzar la producción, produciendo ingresos cuyo reclamante residual eran los capitalistas. Por lo tanto, la deuda impulsó la primera obra del capitalismo. Sin embargo, se necesitó la segunda revolución industrial antes de que el capitalismo pudiera remodelar el mundo a su imagen y semejanza.

La invención del electromagnetismo, a partir de las famosas ecuaciones de James Clerk Maxwell, dio lugar a la primera empresa conectada a la red; Edison, por ejemplo, produjo de todo, desde centrales de generación de energía y la red eléctrica hasta la bombilla de cada casa. La financiación necesaria para construir estas megaempresas fue, naturalmente, más allá de los límites de los pequeños bancos del siglo XIX. Así nació el megabanco, como resultado de fusiones y adquisiciones, junto con una notable capacidad de crear dinero de la nada. La aglomeración de estas megaempresas y megabancos creó una nueva tecnoestructura que usurpó los mercados, las democracias y los medios de comunicación. El rugido de los años 20, que condujo a la caída de 1929, fue el resultado.

De 1933 a 1971, el capitalismo global fue administrado y planificado centralmente bajo diferentes versiones del New Deal, que incluía la economía de guerra y el sistema de Bretton Woods. Tras la desaparición de Bretton Woods a principios de los años 70, el capitalismo volvió a una versión de los años 20: Bajo el disfraz ideológico del neoliberalismo (que no era ni nuevo ni liberal), la tecnoestructura volvió a tomar el relevo de los gobiernos. El resultado fue el 1929 de nuestra generación, que ocurrió en 2008.

Tras el colapso de 2008, el capitalismo cambió drásticamente. En su intento por reflotar el sistema financiero hundido, los bancos centrales canalizaron ríos de dinero barato de deuda hacia el sector financiero, a cambio de una austeridad fiscal universal que limitó la demanda de bienes y servicios de las clases medias y bajas. Incapaces de beneficiarse de los consumidores afectados por la austeridad, las empresas y los financieros fueron conectados al constante goteo de deuda ficticia de los bancos centrales.

Cada vez que la Reserva Federal, el Banco Central Europeo o el Banco de Inglaterra inyectaban más dinero en los bancos comerciales –con la esperanza de que este dinero se prestara a empresas que a su vez crearían nuevos puestos de trabajo y líneas de productos–, el nacimiento del extraño mundo en el que ahora vivimos se acercaba un poco más. ¿Cómo? Como ejemplo, consideremos la siguiente reacción en cadena. El Banco Central Europeo extendió nueva liquidez al Deutsche Bank. El Deutsche Bank sólo podía beneficiarse de ella si encontraba a alguien a quien prestar este dinero. Dedicado al mantra del banquero «nunca prestes a alguien que necesite el dinero», el Deutsche Bank nunca lo prestaría a la «gente humilde», cuyas circunstancias se veían cada vez más disminuidas (junto con su capacidad para devolver cualquier préstamo importante); el Deutsche prefería prestárselo, por ejemplo, a Volkswagen. Pero, a su vez, los ejecutivos de Volkswagen miraron a la «gente humilde» y pensaron: «Su situación económica está empeorando, no podrán permitirse nuevos coches eléctricos de alta calidad». Y así, Volkswagen pospuso inversiones cruciales en nuevas tecnologías y en nuevos trabajos de alta calidad. Pero los ejecutivos de Volkswagen habrían sido negligentes al no aceptar los préstamos baratos ofrecidos por el Deutsche Bank. Así que los aceptaron. ¿Y qué hicieron con ese dinero recién acuñado por el BCE? Lo usaron para comprar acciones de Volkswagen en la bolsa de valores. Cuantas más acciones compraban, más alto era el valor de las acciones de Volkswagen. Y como las bonificaciones salariales de los ejecutivos de Volkswagen estaban ligadas al valor de las acciones de la compañía, se beneficiaron personalmente –mientras que, al mismo tiempo, la potencia de fuego del BCE fue verdaderamente desperdiciada desde el punto de vista de la sociedad, y de hecho del capitalismo industrial.

Este fue el proceso por el cual, de 2008 a 2020, las políticas para reflotar el sector bancario a partir de 2009 dieron lugar a la casi completa zombificación de las empresas. La Covid-19 encontró el capitalismo en este estado zombificado. Con el consumo y la producción golpeados masivamente de una vez, los gobiernos se vieron obligados a entrar en el vacío para sustituir todos los ingresos a gran escala en un momento en que la economía capitalista real tiene una escasa capacidad para generar riqueza real. El desacoplamiento de los mercados financieros de la economía real, que fue el detonante de esta charla, es una señal segura de que algo que podemos calificar indefendiblemente de postcapitalismo ya está en marcha.

Mi diferencia con otros compañeros de la izquierda es que no creo que haya ninguna garantía de que lo que sigue al capitalismo –llamémoslo, a falta de un término mejor, postcapitalismo– sea mejor. Puede ser totalmente distópico, a juzgar por los fenómenos actuales. A corto plazo, para evitar lo peor, el cambio mínimo necesario que necesitamos es un Green New Deal internacional que, comenzando con una reestructuración masiva de las deudas públicas y privadas, utilice herramientas financieras públicas para presionar los montones de liquidez existentes (por ejemplo, los fondos que impulsan los mercados monetarios) hacia el servicio público (por ejemplo, una revolución de la energía verde).

El problema que enfrentamos no es sólo que nuestros regímenes oligárquicos lucharán con uñas y dientes contra cualquier programa de este tipo. Un problema aún más difícil de resolver es que un Green New Deal internacional, del tipo al que se ha aludido anteriormente, puede ser una condición necesaria pero no es, ciertamente, una condición suficiente para crear un futuro para la humanidad por el que valga la pena luchar. ¿Podemos imaginar lo que puede ser suficiente? Mi polémico disparo de despedida es que, para que el postcapitalismo sea genuino y humanista, tenemos que negar a los bancos privados su razón de ser y acabar, de un solo golpe, con dos mercados: el mercado de trabajo y el mercado de valores.

Plenamente consciente de lo difícil que es imaginar una economía tecnológicamente avanzada que carezca de mercados de acciones y de trabajo, escribí mi próximo libro Another Now, en el que expongo el argumento de que poner fin a los mercados de trabajo y de acciones, junto con el tipo de banca comercial que se da por sentado hoy en día, es un requisito previo para una sociedad postcapitalista con mercados que funcionen, democracia auténtica y libertad personal.

Este texto es un extracto de la charla virtual con Daniel Denvir en la Lannan Foundation, el 13 de agosto de 2020.

Yanis Varoufakis
Co-fundador del Movimiento por la Democracia en Europa (DIEM25), Yanis Varoufakis es diputado y portavoz de este grupo en el Parlamento griego y profesor de economía de la Universidad de Atenas. Es ex-ministro del Gobierno de Syriza, del que dimitió por su oposición al Tercer Memorándum UE-Grecia. Es autor, entre otros, de «El Minotauro Global».

Fuente:

https://www.yanisvaroufakis.eu/2020/08/21/something-remarkable-just-happened-this-august-how-the-pandemic-has-sped-up-the-passage-to-postcapitalism-lannan-institute-virtual-talk/

Traducción:David Guerrero

Mark Alizart: «La crisis ecológica es otra ocasión para el capitalismo»

22sep-20
Publicada el 22 septiembre, 2020
por admin

por Silvina Friera

Entrevista al autor de «Golpe de Estado climático»

 

El filósofo está lejos de suscribir la mirada que señala el estado actual de las cosas como una crisis para el poder económico. Reconoce la desorganización de la izquierda y advierte que «muchos líderes mundiales le hacen la guerra a la ecología.»

 

“La catástrofe constituye el elemento vital y el modo normal de existencia del capitalismo en su fase final”. Esta definición de Rosa Luxemburgo aparece como epígrafe de Golpe de Estado climático, un libro fundamental del filósofo francés Mark Alizart en el que plantea que “la crisis ecológica es el golpe de suerte que el ‘capitalismo del desastre’ necesitaba para extender su control sobre la tierra entera. “Lo primero que el movimiento ecologista tiene que hacer para constituir un frente único es romper con la idea de que la crisis ecológica afecta a todo el mundo sin distinción. Esta idea tiene el efecto contrario, permitir que aquellos que objetivamente están menos concernidos por la crisis se laven las manos. No hacer nada por impedir la crisis ecológica equivale a una exterminación de masa (…) y hay que hacer que los que se adaptan a ella carguen con el oprobio”, advierte Alizart, filósofo posnietzscheano a quien se lo puede inscribir también en la tradición del marxismo y el trotskismo.

“Tenemos que volver a tomarnos el mundo como los sans-culottes se tomaron la Bastilla, como los insurgentes de 1917 se tomaron el Palacio de Invierno, puesto que este mundo es nuestro, nos pertenece y es porque nos lo han robado que no se hace justicia”, escribe Alizart (Londres, 1975) al final de Golpe de Estado climático, libro traducido por Manuela Valdivia y publicado por La Cebra, editorial independiente de Adrogué dirigida por Cristóbal Thayer y Ana Asprea, que también ha editado del mismo autor Criptocomunismo y Perros.

-¿Por qué afirmás en Golpe de Estado climático que la causa ecologista retrocede?

-¡Basta con mirar quién conduce las naciones más grandes del mundo! Trump, Putin, Xi Jinping, Modi, Scott, Johnson, sin hablar de Orban o Duterte… No solo no hay un ecologista en el cargo, sino que hay personas que, conscientemente, hacen la guerra a la ecología. Y eso a pesar de cuarenta años de difusión de la palabra ecologista. O más bien a causa de eso: saben ahora que son o ellos o los ecologistas. Ellos o la democracia. Por lo tanto, hacen lo que sea para que sean ellos. De ahora en adelante se juegan el todo por el todo.

-Los gobernantes están informados del calentamiento climático hace 40 años a través del Informe Charney. ¿En qué estadio de la “negación” del calentamiento climático estamos hoy? ¿Cómo entender la pasividad y la falta de acciones?

-Estamos en la última fase: la destrucción activa de los ecosistemas. Los locos que nos gobiernan terminaron con el climatoescepticismo. Les fue útil, pero ya pasó su tiempo. Ya no se puede ocultar a las poblaciones que el clima está en crisis. Por lo tanto, ha llegado el momento de convencerlas de que está bien que el clima esté en crisis. Es lo que Tony Abbot, el ex Primer Ministro australiano contratado por Boris Johnson para llevar adelante las negociaciones del Brexit, dijo textualmente en 2018: “el cambio climático probablemente sea bueno”.

-Es interesante cuando señalás la relación que hay entre quienes rechazan la ecología, porque la crisis ecológica amenaza esencialmente, por ahora, a las poblaciones indígenas y a los pobres de Asia, África y Medio Oriente, con el hecho de que cuando se hizo evidente que por la Covid-19 se morían los ancianos, los más pobres y los trabajadores menos calificados, varios dirigentes políticos en distintos países del mundo argumentaron que no había que sacrificar la economía por “esa gente”. ¿El lucro ilimitado empuja al capitalismo a coquetear con su propia destrucción?

-El capitalismo no coquetea nunca con su destrucción. Realmente es preciso llegar a entender eso, sino no se entiende nada. El capitalismo pasa por fases de destrucción, pero ellas son siempre creadoras, como lo ha señalado (Joseph) Schumpeter. Dicho de otro modo, la crisis ecológica es para el capitalismo sólo una ocasión para obtener más beneficios, o para obtenerlos en otra parte, cargándolos a espaldas de otras personas. La crisis ecológica no es el fin del capitalismo, es el capitalismo con menos personas, aquellos que morirán a causa de ella, los losers de la crisis ecológica, como diría Trump. Del mismo modo, la Covid no fue el fin del capitalismo: sólo condujo a una transferencia de riqueza de los pequeños comerciantes hacia Amazon.

-“¿Podrías ampliar tu afirmación “Los mega incendios de la Amazonía son nuestros incendios del Reichstag” en función del rescate que hacés de Trotsky-Luxemburgo-Marx?

-El incendio del Reichstag fue orquestado para que Hitler no perdiera las elecciones legislativas. En este incendio perpetrado por los nazis subyacía la idea de endosarle la responsabilidad del mismo a un comunista para demostrar que si su partido no era reelegido masivamente los socialistas destruirían Alemania. En este momento, una lógica similar está detrás de la exaltación de las revueltas en Estados Unidos. Trump quiere convencer a su base de que es él o el caos. Pero esta es también la lógica que se aplica a los mega incendios forestales y, de modo general, al calentamiento climático: son intentos de Golpe de Estado. Se trata de agravar la crisis climática para debilitar la democracia. Todo lleva a creer, en efecto, que con la multiplicación de los dramas ecológicos el mundo será desestabilizado por oleadas migratorias y revueltas del hambre. Pero un mundo desestabilizado es un mundo que se arma y se protege, que declara la ley marcial, que impone el toque de queda y que, últimamente, suspende sus elecciones democráticas. Trump, otra vez él, por otra parte, no ha ocultado su deseo de posponer las elecciones a causa de la Covid. Pero lo más extraordinario de todo esto es que los climatofascistas pueden apropiarse de las acusaciones de los ecologistas y decir que los responsables de la crisis climática son “el capitalismo”, la “modernidad” o “el progreso”, ¡no ellos! Entonces, de este modo, hacen un doble golpe: desestabilizan la democracia liberal y, además, ¡pueden encarcelar a los liberales y a los demócratas!

-¿Qué pueden aprender los ecologistas, en términos de activismo político, de la asociación “Act Up”?

-En la época en que apareció el Sida muchos militantes dedicaron su tiempo, en primer lugar, a acompañar a los enfermos esperando que los gobernantes y los laboratorios encontraran un remedio. Act Up nace al tomar conciencia de que este remedio no llegaría nunca porque la muerte de los homosexuales, las prostitutas, los drogradictos, los haitianos, no interesaban a los gobernantes, e incluso esas muertes les venían bien a algunos políticos. Desde entonces, Act Up decidió tomar cartas en el asunto, e ir por los laboratorios y ministerios para forzar a los científicos y a los políticos a trabajar. De la misma manera, el giro Act Up de la ecología que apoyo consiste en que los ecologistas dejen de creer que los gobernantes y los industriales van a reducir voluntariamente las emisiones de dióxido de carbono o la producción de plástico. Eso no va a suceder porque, como he dicho, hoy nos encontramos en una fase terminal en la que las naciones se sirven del clima para hacerse la guerra entre ellas y para hacer la guerra a una parte de su población. Es preciso, por lo tanto, que los ecologistas de ahora en más vayan por las empresas, los ministerios y también los laboratorios de investigación, que obliguen a las personas a hacer su trabajo.

-¿Por qué no se cuentan las muertes de la crisis ecológica? ¿Por qué no se muestra la “curva” de emisiones de carbono que tendremos que aplanar como la curva de contagios del Covid-19?

-Porque son como los muertos del Sida: invisibles. Son viejos, inmunodeprimidos, lejanos, de color… La única razón por la cual se ha mostrado tanto la curva de la Covid es porque se tenía miedo de enfermar. En Estados Unidos, ahora que se sabe que afecta más a las personas invisibles, trabajadores sociales, personas de color, Trump no la muestra más, e incluso ha dado consignas para que no se cuenten más los muertos.

-¿Qué impacto podría tener que las elecciones presidenciales en Estados Unidos las gane Joe Biden, un candidato sensible al ecologismo?

-Biden es literalmente la última chance para el planeta. Sé que puede parecer un poco dramático decirlo en estos términos, pero si el país más contaminador del planeta sigue contaminando otros cuatro años como hasta ahora, y sobre todo si no asume el liderazgo mundial en torno al clima, y no impide a los otros contaminar, será el fin.

-Greta Thunberg prometió que pronto seguirá con sus consignas e iniciativas, en pausa por la pandemia, respetando los protocolos sanitarios que sean necesarios. Las derechas en el mundo, que no suelen ser respetuosas de ningún tipo de protocolo, han salido a manifestar en las calles, sin cumplir el distanciamiento necesario, sin usar mascarillas, con un discurso conspiranoico de la pandemia. ¿Por qué las derechas están en las calles y las izquierdas en casa?

-¡Buena pregunta! Hay muchas cosas. En primer lugar, la derecha es más rica que la izquierda. El capital está de su lado, y el capital se organizó para ganar la lucha de clases y la batalla de las ideas creando todas estas redes de información que transmiten su propaganda día y noche. Ahora bien, entre esas ideas difundidas está aquella según la cual el Occidente cristiano blanco lucha en adelante por sobrevivir. Se ha dicho hasta el cansancio a los blancos norteamericanos que pronto serían una minoría; a los cristianos en todo el mundo que iban a ser superados por otras religiones, el Islam a la cabeza; a los Occidentales de manera general que sus antiguas colonias, África, India, China, iban a adelantarlos, que luchan con la fuerza loca de los condenados a muerte. Por izquierda, la organización es más débil. Las divisiones ideológicas más fuertes. Y el sentimiento de que su vida está en juego menos fuerte. Seguramente, existe el calentamiento climático pero lo esencial de la intelligentsia de izquierda es suficientemente próspera, vieja e instalada en las democracias moderadas, para no tener que sufrir sus consecuencias directas. Viéndolo bien, vacila, igual que la izquierda alemana en 1933 frente al nazismo. Hay una izquierda que se dice que, a pesar de todo, las cosas no son tan graves. Otra que se dice que frente a la violencia siempre se puede oponer el diálogo. Otra en fin que sigue estando apegada a cuestiones sociales y societales. Todo ello compone un punto de vulnerabilidad que no tiene idea de lo que le va a caer encima.

-En el último capítulo del libro, recordás un libro de Bataille, La parte maldita, en que trataba de pensar una economía humana que imitara la naturaleza, una especie de comunismo cósmico capaz de triunfar sobre el doble callejón sin salida del capitalismo y el sovietismo. ¿En qué aspectos ese proyecto político sigue siendo actual?

-Es actual en todo. Bataille estaba apasionado por la termodinámica que es la ciencia más general de los sistemas caóticos, y de la cual algunos aspectos pueden ayudar a comprender y establecer un modelo de los ecosistemas. La meteorología por ejemplo es una aplicación de las leyes de la termodinámica, de modo que el estudio del clima y de la ecología dependen también de ella. En este sentido, su comunismo cósmico era una especie de “ecología del capital”. En los años setenta, los teóricos de la bioeconomía recuperaron esta idea y profundizaron en ella. Después de algunos años, se descubre que Marx mismo pensaba que el socialismo tenía que tomar la forma de una gestión termodinámica de la economía. “El ecosocialismo” es hoy el nombre de esta corriente de pensamiento que es el único escudo contra el carbofascismo.

-¿Cómo estás viviendo esta “gran pausa” que implica la pandemia? ¿Pudiste escribir y leer o es tal la magnitud de la incertidumbre que hasta tus propios hábitos se vieron alterados?

-No, no he podido trabajar mucho. Fue una conmoción muy grande. Pero yo he visto en la pandemia, por desgracia, la confirmación de la idea central de Golpe de Estado climático. La pandemia ha sido administrada según los principios del darwinismo social. Y ahora, con posterioridad, se liberan todas las pulsiones autoritarias del Estado. La Covid no es, por desgracia, más que el tráiler del desastre climático hacia el que nos dirigimos.

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