La lucha de Jasic: debate de balance entre los maoístas chinos

Por Qian Beli

En julio del año pasado, 2018, 89 trabajadores de la empresa Shenzhen Jasic Technology Co. Ltd. exigieron el derecho a crear un sindicato. Aunque en la última década ha habido un creciente número de conflictos y huelgas obreras en Shenzhen, el caso Jasic es inusual, ya que fue apoyado abiertamente por un grupo de estudiantes y recién graduados maoístas y marxistas.

Los activistas estudiantiles llegaron a Shenzhen y apoyaron las reivindicaciones de los trabajadores de mejores condiciones de trabajo, el pago de salarios atrasados y la seguridad social, junto con la indemnización por despido así como la creación de un sindicato. Procedentes de diferentes partes de China, organizaron un “Grupo de Apoyo a los trabajadores de Jasic” y se unieron a los trabajadores de Jasic que combatían a la policía.

También establecieron un sitio web – que ahora ha sido eliminado – llamado “Vanguardia de nuestra era” para dar a conocer el caso Jasic y pedir apoyo a las luchas de estos trabajadores. [En la actualidad el sitio web oficial del grupo de apoyo, probablemente gestionado desde algún lugar fuera del país, es https://jiashigrsyt1.github.io/]

La lucha de Jasic se intensificó rápidamente pasando de ser una lucha de organización sindical en una planta a una lucha política contra las autoridades locales. Enseguida fue reprimida, con muchas detenciones. Cuatro trabajadores están a la espera de juicio y 34 simpatizantes están bajo arresto domiciliario, obligados a repudiar su causa, o han desaparecido. De los 34, dos son de ONGs y no tenían nada que ver con el caso mas allá de reenvíar noticias con sus teléfonos móviles.

Casi dos docenas más, al regresar a la universidad, han sido interrogados, amenazados, golpeados y en algunos casos expulsados. Como algunos clubes universitarios marxistas perdieron su registro, varios intelectuales de izquierda, entre ellos Noam Chomsky, han hecho públicas declaraciones de apoyo a los activistas detenidos y anunciado su intención de boicotear las conferencias sobre marxismo patrocinadas oficialmente por China.

Más de 50 estudiantes actuaron en solidaridad con los trabajadores de Jasic. Muy distinto de lo que sucedió en la plaza de Tiananmen en 1989, cuando al comienzo de las protestas, los intelectuales y los estudiantes se aislaron de los trabajadores.

Tanto el profesor Pun Ngai en la Universidad de Hong Kong como el escritor y activista Au Loong Yu han calificado el caso Jasic, en el que los estudiantes se han organizado y movilizado en apoyo de los trabajadores, de “importancia histórica.” Au ha señalado que aunque los estudiantes individualmente por primera vez apoyaron a los trabajadores de saneamiento en la huelga de Guangzhou de 2009, en el caso Jasic los jóvenes maoístas desarrollaron “un alto perfil de resistencia y confrontación”, que evidencia su compromiso en una situación altamente represiva.

Mientras que estos autoproclamados socialistas en China provienen del maoísmo, este artículo sobre sus debates internos muestra como están tratando de resolver problemas estratégicos y tácticos frente a la aguda represión, y las diferencias regionales y de niveles de conciencia y combatividad de los trabajadores. El autor, Qian Benli, es un activista laboral en China.

Para firmar una petición en favor de la liberación de los militantes chinos presos ir a https://www.labourstartcampaigns.net/show_campaign.cgi?c=4078 .

 

En términos generales, En China hoy hay dos grandes tendencias maoístas. Una tiene más conexiones con la nomenklatura del régimen; están a favor del nacionalismo en el pensamiento de Mao y defienden a los actuales dirigentes del Partido Comunista Chino (PCCh) por su posición firme en contra de Occidente.

Otra tiene una posición mucho más crítica sobre el régimen chino actual. Creen que el PCCh ha sido controlado por los capitalistas y la solución es la revolución proletaria. (1) Esta segunda tendencia prefiere identificarse a sí misma como marxista-leninista-maoísta de izquierda (en lo sucesivo, ml-ml). (2)

De acuerdo con un artículo publicado por el sitio web Red China (China Roja), la corriente ml-ml emergió como una fuerza política a principios de este siglo XXI a partir de varios grupos de izquierda presentes en internet. Inicialmente sus miembros incluían a activistas obreros veteranos que han participado en las luchas contra la privatización de las empresas de propiedad estatal (EPE), antiguos miembros del PCCh que no les gustaban las reformas capitalistas, guardias rojos de la Revolución Cultural, etc.

Después de 2012, la ml-ml se revigorizó con sangre fresca de grupos universitarios de izquierda, con estudiantes e intelectuales jóvenes. La movilización de Jasic en 2018 mostró que la ml-ml era más mayor y estaba mejor organizada que otras corrientes de izquierda en China, pero no hay evidencias de una organización unificada.

De hecho, los debates provocados por las consecuencias de esta movilización muestra que las generaciones veteranas y las más jóvenes de ml-ml – para mayor comodidad, ‘guardias’ viejos y jóvenes- tienen desacuerdos políticos y estratégicos importantes.

Jasic: una breve cronología

Muchos informes han descrito los detalles del conflicto de Jasic y las protestas relacionadas, la movilización y la represión. En este artículo no vamos a repetir toda la historia, pero si trazar una breve cronología para entender los debates dentro de la corriente ml-ml.

Desde marzo hasta julio de 2018: Varios casos de resistencia contra reglas ilegales y las intimidaciones de la dirección en la fábrica Jasic en Shenzhen. Varios trabajadores de Jasic decidieron establecer un sindicato de fábrica y buscaron la ayuda de la sección sindical oficial del distrito. Esta última respondió que primero debía obtener el consentimiento de la dirección de la fábrica.

10-18 de julio: Los activistas obreros recogieron 89 firmas de sus colegas que querían unirse al sindicato de fábrica. Sin embargo, estos activistas fueron despedidos por la dirección de uno en uno con diferentes excusas.

20 julio: Siete trabajadores despedidos protestaron fuera de la fábrica. La policía vino y se los llevó. Fueron física y mentalmente maltratados en la comisaría de policía. Más tarde, otros trabajadores protestaron frente a la comisaría de policía y exigieron la liberación de los siete trabajadores. La policía detuvo a algunos de estos manifestantes.

21-27 de julio: Información online y comienzo de la movilización. Más protestas fuera de Jasic y las comisarías de policía. Los participantes eran principalmente trabajadores de la fábrica en Shenzhen. El día 27, la policía hizo un arresto masivo de 30 manifestantes, entre ellos un estudiante.

De 28 de julio a principios de agosto: La propaganda y la movilización se intensifican. Tanto viejos como jóvenes guardias ml-ml, y de otras corrientes de izquierda, el movimiento obrero en todo el país, y estudiantes de muchas universidades mostraron su solidaridad de diversas maneras. Los medios internacionales comienzan a informar del conflicto.

Se forma el Grupo de Apoyo a los trabajadores de Jasic (en lo sucesivo, el grupo de apoyo). Cada vez más personas llegan a Shenzhen para unirse al grupo, incluyendo tanto guardias jóvenes como viejos de la ml-ml. La policía local se convierte en su principal objetivo.

11 agosto: El Grupo de Apoyo publicó una carta abierta, pidiendo a la autoridad central del PCCh que investigue a los “reaccionarios y las fuerzas del mal” que se esconden en el interior del gobierno de Shenzhen. Uno de los organizadores del Grupo de Apoyo, Shen Mengyu, fue secuestrado por la noche, lo que provocó una nueva ronda de boletines que condenan la represión y solicitan apoyo solidario.

24 de agosto: La policía allana el apartamento que el Grupo de Apoyo había alquilado para alojamiento temporal. Sesenta personas fueron detenidas, 50 de ellos estudiantes. La mayoría de los estudiantes fueron puestos en libertad en dos días. Sin embargo, algunos de ellos son constantemente acosados por sus universidades y la policía local. En otras ciudades varias personas relacionadas con la corriente ml-ml son arrestados por la policía en sus oficinas o residencias ese mismo día.

9-11 de noviembre 2018: Al menos otras 18 personas relacionadas con los ml-ml son detenidos en todo el país.

Actualización reciente: Una serie de grupos universitarios de influencia ml-ml haber sido sancionados. Muchos de los estudiantes que se unieron al grupo de apoyo (incluyendo los que no fueron a Shenzhen) están bajo vigilancia o son expulsados temporalmente de la universidad. A mediados de enero de 2019, 36 personas detenidas durante el conflicto de Jasic todavía no han sido liberados.

En marzo de 2019, por lo menos 10 miembros del Grupo de Apoyo se habían visto obligados a grabar vídeos de confesión, en los que afirman que el conflicto de Jasic fue causado por una conspiración de ultraizquierdistas para incitar a la subversión del poder del Estado.

Críticas por parte de los viejos guardias

Los guardias veteranos de la ml-ml están evidentemente descontentos con los resultados de la movilización de Jasic. Inicialmente, la crítica fue interna, pero los jóvenes guardias publicaron su respuesta en noviembre pasado. El 1 de enero de 2019, los viejos guardias publicaron una carta abierta a los jóvenes guardias en el sitio web de China Roja.

La carta empieza alegando que los atributos “pequeño-burgueses” de los jóvenes guardias han tenido consecuencias muy graves, que se muestran no sólo durante el conflicto de Jasic.

Señala que prestan más atención a los trabajadores migrantes jóvenes, pero descuidan a los trabajadores fijos de las SOE, prestan más atención a las regiones costeras, pero abandonan las del interior, prestar más atención a los procedimientos legales capitalista, pero abandonan los métodos de lucha más eficaces desarrollados por los trabajadores chinos en las luchas anteriores y pagan más atención a la propaganda en las redes sociales, abandonando el trabajo de organización entre las masas.

La carta a continuación, sostiene que la causa fundamental del fracaso en Jasic es lo que describen como la hoja de ruta burguesa del “movimiento obrero”:

“En primer lugar la lucha por la creación de sindicatos formales y abiertas, legalizados por la ley capitalista; a continuación, la lucha por la democracia capitalista. Con el fin de constituir sindicatos, los jóvenes que defiendan las ‘teorías’ marxista-leninista-maoístas deben ir a trabajar a las fábricas y movilizar a los trabajadores para llevar a cabo la lucha. El método de ‘lucha’ debe ser exigir a los capitalistas; si la ‘lucha’ es reprimida, hay que hacer una petición al aparato del Estado capitalista; si se reprime de nuevo, hay que apelar al poder mágico de la opinión pública”.

La carta sostiene que esta hoja de ruta puede funcionar en Occidente, pero no en la China actual. Porque China es un país semi-periférico en el sistema capitalista mundial, y la explotación de una gran cantidad de mano de obra barata es el elemento vital del capitalismo chino. Así, la clase capitalista no permitirá a los trabajadores organizar sindicatos legales mientras el dominio capitalista siga funcionando “normalmente”.

Cuando el dominio capitalista se desmorone frente a una marea revolucionaria, la clase obrera china podrá exigir los derechos sindicales de forma autónoma y en general, pero sus exigencias irán sin duda alguna más allá de eso en ese momento. Por lo tanto, la reivindicación básica de crear un sindicato en Jasic con la ayuda de los sindicatos oficiales del PCCh por parte de los jóvenes guardias era ilusoria desde el principio.

Los viejos guardias piensan que los jóvenes guardias cometieron más errores una vez que la protesta inicial de los trabajadores fue reprimida por la policía local. Un error fue esperar que la presión de la solidaridad de izquierda y de la opinión pública en el extranjero podría cambiar la posición del gobierno capitalista.

La carta señala que el poder de la opinión pública es muy limitado en la China actual. En la mayoría de los casos, el futuro de la lucha de los trabajadores depende decisivamente de las relaciones de poder de clase locales en cada momento. Los capitalistas locales y los burócratas sólo hacen concesiones cuando los trabajadores son una amenaza real para ellos – como una huelga eficaz capaz de causar importantes pérdidas económicas o afectar las promociones de los burócratas locales.

Otro error relacionado fue culpar a otras personas por no mostrar suficiente solidaridad tras el fracaso. La carta señala que la movilización de gente para mostrar su solidaridad en internet e ir a Shenzhen no salvó la lucha; en cambio, ha dejado al descubierto la red ml-ml y permitido que muchos izquierdistas jóvenes sean víctimas de la represión estatal.

Las posiciones de la Vieja Guardia

En su carta, los viejos guardias expliquen su propuesta de hoja de ruta correcta para la liberación proletaria en China. Instan a los jóvenes guardias a cambiar su enfoque de los sindicatos y la democracia capitalista y a concentrarse en la cuestión central de la revolución proletaria: cómo tomar el poder del Estado.

Afirman que China nunca dejará de ser un país semi-periférico en el sistema capitalista mundial. De acuerdo con su definición, los países del centro explotan a los otros países, como China tiene la mayor población del mundo, en su conjunto, simplemente no puede explotar a los otros países.

Por lo tanto, la clase capitalista china no será capaz de resolver las futuras crisis económicas y políticas. Esto provocará una crisis revolucionaria, pero en ese momento el proletariado chino no tendrá suficiente fuerza para tomar el poder estatal a nivel nacional. Habrá un período de transición de varias decenas de años. Durante este período, el proletariado formará su propio partido y madurará políticamente. Luego podrá tomar el poder.

Sin embargo, el dominio capitalista es ahora estable. Los viejos guardias sugieren que la principal tarea de los ml-ml es aprender los métodos y experiencias de las luchas de las masas trabajadoras, en lugar de tratar de “inspirar”, “dirigir” o “movilizar” las luchas de los trabajadores.

Por otra parte, los activistas jóvenes deben ir al interior en lugar de a las regiones costeras. En la medida que las regiones interiores de China están mucho menos desarrolladas económicamente, el poder de la clase capitalista es relativamente más débil, por lo que será más fácil establecer las bases revolucionarias del proletariado durante el período de transición.

Aunque el número de trabajadores migrantes es muy importante en las regiones costeras, no tienen fuertes lazos con los residentes locales (en muchos casos, ambas partes también tienen intereses en conflicto), por lo que les será difícil tomar el estado allí, incluso durante el período revolucionario.

Para hacer frente a la represión estatal, los viejos guardias también dan sugerencias concretas. Utilizan el ejemplo del caso del Grupo de Lectura Maoísta. (3) En otro artículo publicado recientemente en la web China Roja, los viejos guardias afirman que la campaña de solidaridad había sido dirigida por ellos desde enero de 2018.

Su estrategia fue reconocer la legitimidad del Estado, citando a Xi Jinping en la petición. Al mismo tiempo, reivindicar que los “ocho jóvenes” eran marxistas-leninistas que se dedican principalmente a actividades de bienestar social y no suponían una amenaza política.

Propusieron que después de entregar su petición al Ministro de Seguridad Pública, los cuatro fugitivos debían entregarse a la policía, públicamente, como una manera de ampliar la influencia de la corriente ml-ml. (4)

El artículo concluye que estas estrategias han reducido al mínimo las pérdidas de los ml-ml en una situación en la que el equilibrio de poder de clase no estaba a su favor. Por el contrario, durante el conflicto de Jasic, los jóvenes guardias ignoraron las sugerencias y advertencias de los viejos guardias y se negaron a retirarse, lo que resulta en grandes pérdidas frente a la represión estatal.

Respuesta de los jóvenes guardias

Desde el pasado mes de noviembre, los jóvenes guardias han publicado una serie de artículos para responder abiertamente a las críticas y sugerencias anteriores. Defienden que la petición de un sindicato por parte de los trabajadores de Jasic no fue una propuesta surgida en los ‘jóvenes izquierdistas de origen social pequeño-burgués’, sino resultado de la auto-determinación surgida de las luchas obreras diarias.

También niegan la teoría de los viejos guardias de que la explotación de una gran cantidad de mano de obra barata siempre será el pilar del capitalismo chino. En su opinión, la transformación económica y la escasez de mano de obra ampliaran gradualmente el espacio para el movimiento sindical. Por lo tanto, cada vez más trabajadores, inevitablemente, harán suya esa reivindicación.

Los jóvenes guardias argumentan que su propia posición de apoyar la reivindicación de un sindicato no es reformista o una hoja de ruta más pequeño-burguesa – nunca han pensado o dicho que los objetivos finales fueran la creación de sindicatos legales o el logro de una democracia capitalista al estilo occidental. La apoyaron porque los trabajadores sindicalizados serían más propensos a acciones colectivas en la medida que el conflicto de clases se intensifique en el futuro.

También insisten en que protestar contra la policía después de la primera ronda de detenciones fue una decisión de los trabajadores, aunque fuese equivocada o demasiado optimista. Creen que el movimiento obrero de China, inevitablemente, madurará políticamente en el futuro, y que por lo tanto no se debe desalentar a los trabajadores que han tomado este paso en la actualidad.

Sobre la cuestión de la movilización de los estudiantes, sus argumentos son los siguientes: en primer lugar, después de la detención en masa del 27 de julio, los estudiantes eran la única fuerza que podía seguir protestando, y viajar a Shenzhen fue su opción proactiva. En segundo lugar, debido a las complicadas circunstancias y los rápidos cambios de coyuntura en Shenzhen, las acciones de los estudiantes no eran perfectas, pero esto no niega la naturaleza esencialmente progresista del Grupo de Apoyo.

En tercer lugar, como activistas los estudiantes se enfrentan a la maquinaria violenta del estado, tarde o temprano, por lo tanto sus experiencias durante la lucha de Jasic y la represión consiguiente son lecciones útiles.

Sobre la cuestión de priorizar las regiones costeras frente a las del interior, los guardias jóvenes tampoco están de acuerdo con los viejos guardias. Afirman que China tiene 287 millones de trabajadores migrantes, que comprende el 70% de la clase obrera; las luchas de los trabajadores chinos están más concentradas en las regiones costeras del este, especialmente el delta del río Perla; la clase obrera en las regiones del interior es pequeña en número, no está concentrada, y por lo general es menos militante.

Se burlan de la idea de “establecer las bases revolucionarias del proletariado en el interior,” calificándolas de fantasías de “revolucionarios de salón”. En un artículo, incluso denuncian las sugerencias de los viejos guardias como ‘capitulacionismo’ y les acusan de “apuñalar a sus camaradas desde el punto de vista capitalista”.

Los jóvenes guardias creen que, a pesar de que la lucha de Jasic ha tenido algunos contratiempos, que no ha sido un fracaso total – también ha tenido algunos logros. Por ejemplo, la discusión en China sobre la situación social está predominantemente en manos del Estado y los liberales, pero la lucha de Jasic fue un paso importante que ha permitido que las masas oigan las voces de la izquierda.

La movilización estudiantil también habría demostrado que las decenas de millones de estudiantes universitarios son la reserva de talento de la izquierda china y apunta un futuro brillante para la izquierda.

¿Continuar la lucha?

Al menos en apariencia, los jóvenes guardias ml-ml no aceptan las críticas y las sugerencias de los viejos guardias. A pesar de las pérdidas que sufrieron, continúan en la lucha a su manera, con gran entusiasmo. Como se describe en el Mensaje de Año Nuevo del Grupo de Apoyo:

“… El 26 de diciembre, el 125 cumpleaños del presidente Mao Zedong, cuatro representantes del Grupo de Apoyo fueron a su lugar de nacimiento, Shaoshan. Sus apasionados discursos y canciones ganaron el aplauso de la audiencia. La gente de todas las regiones del país, sin miedo a los trucos de la autoridad, se unieron al Grupo de Apoyo en su lucha por la justicia y se sumaron al esfuerzo para rescatar a los camaradas detenidos …

“Todo el mundo en el GAJ (Grupo de Apoyo Jasic) está dispuesto a apoyar a los camaradas en las prisiones capitalistas y para sacrificarlo todo por la liberación de la clase obrera, preparados para ser detenidos y esposados por la sucia policía de Guangdong que defiende a los capitalistas!”.

Como observador externo, acepto que algunas de las críticas y las sugerencias de los viejos guardias no tienen sentido y entiendo que los activistas no pueden dar a conocer todas sus estrategias y tácticas bajo un régimen autoritario. Sin embargo, algunos problemas son aún discutibles.

En primer lugar, el discurso social en la China de hoy es muy reaccionario. El “liberalismo” chino está lejos de ser la peor parte de la derecha – las ideas racistas, el sexismo, el nacionalismo, el patriarcado y el burocratismo tienen mayor influencia que las ideas de izquierda en general.

En este entorno, las consignas ultra-izquierdistas pueden desanimar a algunos jóvenes partidarios de la izquierda. Por ejemplo, el número de jóvenes estudiantes o trabajadores que están sinceramente dispuestos a “sacrificar todo por la liberación de la clase obrera” o “ser detenidos y esposados por la sucia policía” – especialmente cuando son conscientes de que su sacrificio no supondría ningún beneficio para los trabajadores cuyos intereses se han comprometido a servir.

Por otra parte, ya que muchos de los que están dispuestos a hacer tales sacrificios están en la cárcel, ¿quién va a reclutar y formar a más jóvenes para la izquierda? Los artículos en los medios sociales probablemente no serán capaces de sustituir el trabajo de organización en el mundo real.

En segundo lugar, si el gobierno de Guangdong es controlado por capitalistas y reaccionarios, ¿los que están en Beijing son acaso nuestros camaradas? Creo que tenemos que tener en cuenta que, independientemente de las luchas entre facciones de la clase dominante, todas ellas comparten una orientación común que es la de suprimir todas las resistencias de la clase obrera en el conjunto de China.

El gobierno central de Beijing a veces afirma que “ama a los trabajadores y los pobres”, pero esto es sólo su división del trabajo en el juego de “policías buenos y malos”. La izquierda no debe enviar el mensaje a las masas de que algunos ‘hermanos mayores’ están de nuestro lado, incluso con el fin de rescatar a sus camaradas.

En tercer lugar, el debate regiones costeras o del interior no es una cuestión en blanco o negro. Si algunas personas pueden organizar o establecer contactos con los trabajadores de las regiones del interior, deben hacerlo; si los demás encuentran que es más fácil construir grupos en el delta del río Perla, deben continuar su trabajo.

No es una cuestión de principios. Hay muchas universidades en las ciudades del interior, que también están industrializadas, como Wuhan y Chongqing; también hay grandes empresas estatales y una clase obrera tradicional en ciudades costeras como Shanghai.

Imaginemos un escenario: un estudiante de izquierda va a la universidad en Wuhan y se dedica a actividades de apoyo a los trabajadores locales; después de graduarse se traslada a Shenzhen para unirse a un grupo que comparte la misma política, mientras que algunos de sus compañeros de izquierda deciden quedarse y seguir trabajando con los trabajadores locales de Wuhan.

Después de algunos incidentes, acaba en la lista negra de la policía de Guangdong y es constantemente acosado allí; tiene que volver a su ciudad natal, donde la represión no es tan grave, y empieza a ponerse en contacto con los izquierdistas locales … Este escenario es probablemente la respuesta más natural y práctica para los jóvenes izquierdistas de la China de hoy.

Notas:

  1. En el pasado, algunos de ellos también esperaban que la facción maoísta en el partido se hiciese con el poder y llevase al país por su senda preferida. La caída de Bo Xilai, rompió esa esperanza.
  2. Los liberales chinos y de extrema derecha a menudo se refieren a los maoístas como “Mao Zuo.” Este término puede causar confusión. La traducción literal al inglés es “izquierda maoísta”, que distingue a los maoístas de otros izquierdistas. Pero la gente también traduce este término por “izquierda maoísta”, que indica que hay una derecha maoísta. Para los liberales y la extrema derecha, “izquierda” es una palabra negativa, por lo que este término se utiliza generalmente de una manera irrespetuosa. Los izquierdistas no-maoístas utilizan este término también, pero las implicaciones son complicadas. Algunas personas piensan que todos los maoístas son estalinistas y cuando les llaman “Mao Zuo” dan a entender que son engañosos. Otros tratan a los maoístas de izquierda con más camaradería y creen que podrían ser aliados en muchas luchas; por lo que se refieren a los maoístas de izquierda como “Mao Zuo”, para distinguirlos de los maoístas pro nomenklatura.
  3. En noviembre de 2017, la policía allanó un grupo de lectura de la Universidad de Tecnología de Guangdong. Cuatro participantes fueron detenidos y otros cuatro se convirtieron en fugitivos. En sus cartas abiertas publicadas más tarde, algunos de ellos se identifican como ml-ml. Se puso en marcha una campaña de solidaridad a nivel nacional. En marzo de 2018, la policía de Guangdong habían retirado los cargos y todos los ocho jóvenes habían sido liberados.
  4. Al final resultó que la policía de Guangdong retiró los cargos antes de que los fugitivos fueran convencidos de entregarse.
Es el heterónimo de un activista por los derechos obreros chino.

Fuente: Against the Current

Traducción:Enrique García / sinpermiso.info

Estados Unidos contra China

¿Acaso el imperio estadounidense es tan vasto y arrogante en sus exigencias, que cualquier potencia emergente debe enfrentarse a él?

Por Susan Watkins

Las crecientes tensiones entre Washington y Pekín aún no constituyen una nueva guerra fría, pero señalan un cambio importante en la política estadounidense. Desde la década de 1990, cuando se orquestó el ingreso de China en la Organización Mundial del Comercio —garantizando sus activos en dólares en el momento cumbre de la crisis financiera—, se había puesto el énfasis en la cooperación, aunque respaldado por el poderío militar. Actualmente Washington amenaza con incrementar la guerra arancelaria y pide a los miembros de la Otan el boicot a la tecnología de 5G china que lidera el mercado.

El Departamento de Justicia ha organizado una espectacular acusación internacional a la directora ejecutiva de una empresa tecnológica china por comerciar con Irán. La última declaración de la Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense presenta a China, junto con Rusia, como “potencias revisionistas”. Estados Unidos esperaba, según explicaba ese documento, que su integración en el orden internacional liberalizaría a China; en cambio, la RpCh estaba tratando de ampliar el alcance de su “modelo económico impulsado por el Estado”. Su objetivo era desplazar a Estados Unidos del Pacífico occidental y reordenar la región a su conveniencia.

También había autocríticas. Como única superpotencia después de la Guerra Fría, Washington había sido demasiado complaciente. “Asumimos que nuestra superioridad militar estaba garantizada y que una paz democrática era inevitable. Creíamos que la ampliación e inclusión liberal-democrática alterarían fundamentalmente la naturaleza de las relaciones internacionales y que la competencia daría paso a una cooperación pacífica”. En cambio, ha comenzado una nueva era de “competencia entre las grandes potencias”, que implica un choque sistémico “entre las visiones libre y represiva del orden mundial” (1).

Aunque la postura estadounidense más dura cuenta con un amplio apoyo por encima de las diferencias partidarias, Wall Street se muestra nervioso. Robert Rubin dijo a los lectores de The New York Times que no se puede instruir simplemente a China para que cambie su modelo económico, aunque debería reconocer que algunas consecuencias de su sistema eran inaceptables para Estados Unidos. Martin Wolf explicó en el Financial Times que el camino correcto era administrar las relaciones con una China que sería a la vez “enemiga y amiga”.

Pero los medios liberales han respaldado en general la nueva línea. “Las sospechas internacionales tienen tanto que ver con la naturaleza del sistema chino como con la propia compañía [Huawei]”, declaró el Financial Times. “Trump tenía razón al presionar sobre todos los temas”, declaró The New York Times. The Economist estaba de acuerdo en que “Estados Unidos debe ser fuerte”: “La disposición de Trump a interrumpir y ofender puede ser efectiva” (2). Un texto de cabecera en el último número de Foreign Affairs marca las acusaciones. China está buscando un “dominio completo” en la región del Índico-Pacífico, donde pretende ser la “potencia hegemónica indiscutida en los terrenos político, económico y militar”.

Pekín ha podido elegir en sus relaciones con las instituciones del orden global diseñadas por Estados Unidos —la ONU, la OMC, el Banco Mundial—, y se ha forjado un apoyo en las regiones donde Estados Unidos ha estado ausente (relativamente hablando): África, Asia Central, Irán, Sudán, Corea del Norte, etcétera. Ha venido socavando el sistema de alianzas de Estados Unidos en Asia, alentando a Filipinas a distanciarse de Washington, apoyando la apertura de Seúl a Pyongyang, respaldando a Japón contra los aranceles estadounidenses, etcétera.

Una es una superpotencia de mercado libre, que se extiende a todo el mundo, la otra es un Estado comunista de base campesina, que ha experimentado treinta años de crecimiento capitalista de alta velocidad

Aunque Estados Unidos debería confiar en mantener su preeminencia en Asia mediante medios “competitivos pero pacíficos”, debería prepararse asimismo para el uso de la fuerza militar (3). ¿Hasta qué punto son graves estos nuevos antagonismos entre grandes potencias y cuál es su lógica? Desvelar las relaciones estructurales entre ambas es complicado no solo por su mutua interdependencia, sino también por las disparidades existentes entre ellas, sea como “amigas” (socios financieros y económicos) o como “enemigas”. Esas asimetrías caracterizan no solo su tamaño, riqueza, poder y modelos políticos, sino sus metas y objetivos.

En la última era de la competencia entre las grandes potencias, los protagonistas eran del mismo género: Estados-nación capitalistas industriales avanzados, que no obstante se expandían a velocidades distintas y con posesiones en el exterior desiguales. En el caso presente, ambos organismos son entidades singulares, distintas de cualquier otra cosa que haya existido en la Tierra. Una es una superpotencia de mercado libre, que se extiende a todo el mundo, la otra es un Estado comunista de base campesina, que ha experimentado treinta años de crecimiento capitalista de alta velocidad. La Unión Soviética también era una entidad singular; pero la URSS se fundó como negación del sistema capitalista (su opuesto, dijo Lenin). También la RpCh; sin embargo, China se ha convertido en el sector más dinámico de ese sistema, produciendo altos rendimientos para el capital atlántico, invirtiendo billones en activos denominados en dólares y asegurando la “gran moderación” de los salarios y precios de Estados Unidos, con sus flotas de buques de contenedores que surcan el Pacífico para abastecer los estantes estadounidenses.

La interdependencia financiera y económica entre ellas no solo es asimétrica (acreedor pobre, deudor rico), sino que opera a múltiples niveles que se han ido ajustando en diferentes grados y en diferentes tempos, y que se hallan a merced de las variaciones de sus monedas. Antes de 2007, los comentaristas veían los desequilibrios comerciales entre ambas potencias como el mayor riesgo para la estabilidad económica mundial. Desde entonces, el valor de las importaciones estadounidenses procedentes de China ha aumentado un 57 por 100, mientras que la RpCh ofrece un mercado insustituible para los productos agrícolas, aeroespaciales y de maquinaria estadounidenses.

Sin embargo, las áreas de simbiosis contrastan con la agudización de la competencia sectorial, no solo con las compañías estadounidenses, sino en todos los mercados del mundo rico. En el plano interno, las dos economías ofrecen un conjunto diferente de contrastes. Estados Unidos representa un capitalismo continental maduro, cuyo sector industrial alcanzó su punto de crecimiento máximo hace setenta años. Durante los últimos cuarenta ha venido debatiéndose contra la caída de sus tasas de beneficio, la presión a la baja de los salarios, la deslocalización y la huida en busca de mayores rendimientos en la especulación de activos y en la inversión exterior.

Pero si su parte en el PIB mundial se ha reducido desde 1945 de la mitad a un cuarto, Estados Unidos ha fortalecido su liderazgo mundial en las finanzas, la producción cultural y la innovación tecnológica; la propia revolución digital es algo “Made in usa”. En comparación, el PIB per cápita de China es inferior a la séptima parte del de Estados Unidos y su parte en la producción mundial es del 18 por 100. Pero el crecimiento chino se ha disparado a un promedio anual sostenido del 10 por 100 durante tres décadas, desacelerándose sólo en los últimos años.

Al ofrecer mano de obra barata y dócil para el trabajo de ensamblaje en Zonas Económicas Especiales especialmente diseñadas, China adquirió los conocimientos técnicos de la fabricación moderna al tiempo que absorbía las ganancias de la exportación

Desde la década de 1970, la producción de riqueza en Estados Unidos se ha desplazado lentamente del “rustbelt” al “sunbelt”, acumulándose en unas pocas docenas de distritos. Durante el mismo periodo, China se ha transformado de un país rural asiático en una sociedad urbanizada ultramoderna con el mayor sector intelectual del mundo. En este caso espectacular de desarrollo combinado del recién llegado, no es fácil distinguir el país de origen de los factores involucrados.

China inició su despegue industrial en la década de 1990 sobre grandes oleadas comerciales que se iban globalizando rápidamente bajo la dirección de Estados Unidos: la caída de los aranceles, los torbellinos de la inversión de capital, la logística de la containerización cerrada y precintada. Estas fueron las condiciones previas para su crecimiento. Pero la RpCh tomó prestada la fórmula inicial para su modelo impulsado por las exportaciones de los “gansos voladores” del este de Asia, y gran parte del capital inicial provino de la diáspora regional china y de Hong Kong, Taiwán y Japón.

Al ofrecer mano de obra barata y dócil para el trabajo de ensamblaje en Zonas Económicas Especiales especialmente diseñadas, adquirió los conocimientos técnicos de la fabricación moderna al tiempo que absorbía las ganancias de la exportación. Pero el imán que atrajo a las empresas estadounidenses, japonesas y europeas a establecerse allí era endógeno, “made in China”: un vasto mercado interno de consumo, cuyas capacidades económicas y culturales se habían desarrollado bajo el gobierno comunista.

La alfabetización campesina, una fuerza laboral femenina emancipada y un sistema nervioso burocrático que se extiende a todas las aldeas, capaz de dirigir los préstamos bancarios, organizar las infraestructuras y controlar los flujos de capital. Estos factores locales, tanto como su tamaño, diferencian al desarrollo chino del seguido por el resto de “países de reciente industrialización”.

Como entidades político-económicas, las dos potencias no solo han venido creciendo a diferentes velocidades, sino que cada una ha ido cambiando, interna y externamente, de diferentes maneras. Durante la Guerra Fría, Estados Unidos, como potencia hegemónica mundial, toleraba un alto grado de proteccionismo económico en su campo. A medida que la amenaza comunista retrocedía y la competencia intercapitalista se intensificaba, Washington fue abandonando su resolución abnegada y comenzó a usar su peso global para afirmar los intereses nacionales estadounidenses (4).

Nixon revocó los acuerdos de Bretton Woods en favor del sistema del dólar fiduciario. Los funcionarios de Reagan fortalecieron a Alemania y a Japón para revalorizar sus monedas y dar una ventaja adicional a los exportadores estadounidenses. El Banco Mundial y el FMI se utilizaron para abrir las economías golpeadas por las crisis y poner sus activos en venta. Estos fueron los primeros indicios de un nuevo orden imperial que se completó una vez que Estados Unidos emergió como la única superpotencia.

Este nuevo orden instituyó un régimen de “reformas estructurales”, que penetraron profundamente en la vida económica y política de otros países, abriéndolos a los flujos financieros y comerciales internacionales. Las reformas se centraron en los derechos de propiedad de las empresas y los inversores atlánticos que operaban en el extranjero, permitiéndoles adquirir la propiedad de los activos nacionales situados en otros países e integrarlos en flujos de ganancias globales. Al mismo tiempo, Estados Unidos instituyó un cambio radical en las relaciones interestatales, abandonando el principio westfaliano de la jurisdicción soberana del Estado. La soberanía se concebía ahora como una licencia parcial y condicional, que podía retirarse si un Estado cumplía las normas económicas y políticas liberales establecidas por la “comunidad internacional” liderada por Washington y supervisada por sus instituciones globales (5).

Mientras tanto, la erosión de la soberanía de otros Estados iba acompañada por su acumulación en el centro imperial, donde Estados Unidos se arrogaba el derecho al cambio de régimen, con o sin el consentimiento de sus aliados, embarcándose en un programa de guerra claramente nacional, centrado en el petróleo y en Israel, que afectaba a la totalidad del Gran Oriente Próximo.

El doble objetivo del Pcch ha sido proteger el modelo político-económico que había construido y mejorar el estatus de China dentro del sistema internacional dirigido por Estados Unidos

Bajo ese nuevo orden, la política de Washington hacia China era muy clara. Las directrices establecidas en su National Security Strategy de 1993 se han seguido inflexiblemente desde entonces. La prioridad estratégica para Estados Unidos después de la Guerra Fría era evitar la aparición de una nueva superpotencia, para lo cual mantendría la indiscutible supremacía aérea y naval en la región del Pacífico que había disfrutado desde 1945. Washington vigilaría a China estrechamente y la “apoyaría, contendría o equilibraría” según fuera necesario.

El objetivo era presionar a Pekín para que implementara las reformas estructurales definidas por el Banco Mundial, abriera totalmente sus mercados a las empresas e inversores del Atlántico Norte y garantizara sus derechos de propiedad. Washington esperaba que la socialización de las élites chinas dentro de su sistema universitario ayudaría a producir un nuevo estrato de Yeltsins y Gorbachovs, abierto a la idea de reemplazar el Pcch por una forma más aceptable de gobierno. Pekín no ha manifestado una ambición equivalente de reformar el sistema interno de Estados Unidos, ni de desafiar frontalmente el nuevo orden interestatal.

Operando dentro del nuevo orden globalizado, Pekín esperaba protegerse del destino que había golpeado a los “mercados abiertos” de la región durante la crisis asiática de 1997, cuando el FMI descargó su furor sobre Yakarta, Bangkok y Seúl

El doble objetivo del Pcch ha sido proteger el modelo político-económico que había construido y mejorar el estatus de China dentro del sistema internacional dirigido por Estados Unidos. A diferencia de la prosa severa de los documentos políticos estadounidenses, las versiones públicas de la “gran estrategia” china han sido nebulosas, cuando no negativas. “Mantener un perfil bajo, ocultar el brillo, no buscar el liderazgo, sino hacer algunas cosas”, es la sabiduría atribuida a Deng Xiaoping. En la práctica, la política exterior de China ha sido vacilante.

Tratando de complacer a los estadounidenses, se ha volcado en movimientos agresivos contra regímenes “fraternales”: la desastrosa invasión de Vietnam en 1979; el envío de uigures para apoyar a los muyahidines respaldados por Estados Unidos en Afganistán; el respaldo a Estados Unidos en las sanciones contra Corea del Norte. Acompañándolas de ocasionales condenas del hegemonismo estadounidense, emitió su voto favorable en el Consejo de Seguridad de la ONU a la ocupación de Iraq y al bombardeo de Libia.

Operando dentro del nuevo orden globalizado, Pekín esperaba protegerse del destino que había golpeado a los “mercados abiertos” de la región durante la crisis asiática de 1997, cuando el FMI descargó su furor sobre Yakarta, Bangkok y Seúl. Los controles de capital y un enorme volumen de ganancias en dólares fueron sus primeras líneas de defensa, empezando por el superávit comercial de dos billones de dólares con Estados Unidos, de cuyos consumidores dependía el modelo de exportación chino. Al mismo tiempo, los dirigentes del Pcch pretendían pasar lo más rápidamente posible del modelo de exportación al crecimiento impulsado por el consumo doméstico, mediante un gigantesco programa de inversión interna.

Desde principios de la década de 2000, la reconstrucción física del país (cientos de ciudades nuevas, miles de kilómetros de autopistas, plantas de energía, viaductos, trenes de alta velocidad) absorbió materias primas e insumos de los países cercanos del hemisferio sur, para quienes China se convirtió en un importante socio comercial: Brasil, Argentina, Venezuela, Zambia, Sudán, Australia, Indonesia, etcétera. Durante ese proceso se convirtió en un constructor de infraestructuras de primer nivel en todo el mundo, creando autopistas a lo largo de los Andes y puentes entre las islas del Océano Índico, con contratos facilitados por créditos baratos.

La nueva China arrojaba una luz brillante sobre los límites del poder estadounidense, sobre las zonas que el ajuste estructural había dejado sin desarrollar y sobre los países castigados por el capricho de Washington. La crisis financiera trajo consigo un punto de inflexión histórico en las relaciones entre Estados Unidos y China. Una buena parte de las reservas de dólares de Pekín se habían invertido confiadamente en Fanny Mae y Freddie Mac. El descubrimiento de que se estaban volatilizando en la crisis crediticia llegó como una conmoción. “Cuando más entusiasmados estábamos con el rápido crecimiento de las reservas de divisas, constatamos que China había caído inconscientemente en una ‘trampa del dólar’”, dijo un experto (6).

Washington puso a ambas instituciones dinamizadoras del mercado hipotecario estadounidense bajo su tutela, pero éste era solo un fuego entre muchos, siendo mucho más peligroso el riesgo que se cernía sobre el conjunto del sistema bancario atlántico. La Reserva Federal estableció líneas semiocultas de intercambio de divisas con los bancos centrales involucrados de las que Rusia y China quedaron excluidas.

Para Washington, el mayor golpe geopolítico de 2009 provino de Japón, donde el opositor Partido Demócrata obtuvo una victoria aplastante. Su líder, Hatoyama Yukio, anunció que el fracaso de la Guerra de Iraq y el desplome de Wall Street mostraban que la era de la globalización liderada por Estados Unidos estaba llegando a su fin, y dio la bienvenida a una nueva era de multipolaridad. Japón reconocía ahora que su esfera básica de intereses era la región de Asia Oriental. Debía aspirar a una integración monetaria regional (con China), como una extensión natural del crecimiento económico, con un nuevo marco de seguridad en consonancia. Exigió que Estados Unidos renunciara a su enorme base militar y naval en Okinawa, la isla meridional más próxima a la provincia china de Fujian que a Tokio, desde la que ejerce el control del Pacífico occidental y de los mares del Este y Sur de China.

El gobierno de Obama movilizó sus fuerzas contra el plan. En abril de 2010, Hatoyama se había derrumbado, mientras se ponía en marcha el “giro de Obama hacia Asia” en el que se basaría el 60 por 100 de la potencia de fuego estadounidense. La reacción de Pekín a la crisis financiera fue doble. En el ámbito diplomático, el gobierno de Hu Jintao resolvió “diversificar” su política exterior. Si bien Washington seguía siendo “la clave de las claves”, “las áreas circundantes son la primera prioridad, los países en vías de desarrollo son la base, los foros multilaterales son la escena importante”. Entretanto Pekín combinaba un paquete épico de estímulos con una instrucción a los bancos para que duplicaran sus cifras de préstamos, estimándose el efecto general en casi el 20 por 100 del PIB.

Las autoridades centrales especificaron los sectores en los que el gasto debía quedar a cargo de los gobiernos regionales y de nivel inferior: salud, educación, vivienda de bajos ingresos, investigación y desarrollo digital, protección del medio ambiente, etcétera, aunque buena parte acabó en casos de asignación deficiente, burbujas especulativas y préstamos dudosos.

A corto plazo, el crecimiento se restauró mediante un sensible giro hacia las empresas de titularidad estatal y el sector financiero protegido por el Estado, que el Banco Mundial deploró, tras la protección de los controles de capital reforzados. La creciente deuda interna, acumulada entre un organismo estatal y otro, fue la principal razón para que China no abriera más sus mercados al capital atlántico. La desaceleración de la economía y el descontento popular favorecieron la decisión de endurecer las restricciones políticas. Cuando el exceso de capacidad se acumuló en el sector de la construcción nacional, el gobierno de Xi Jinping dio forma estratégica al proyecto de adjudicación de contratos en el extranjero. La Iniciativa del Cinturón y la Ruta, o Nueva Ruta de la Seda, anunciada en 2013, se extendería hacia el oeste a través de Eurasia y hacia el sur hasta Singapur, uniendo puertos desde Hambantota (Sri Lanka) a Guadar (Pakistán) y Yibuti a lo largo de los océanos meridionales del continente.

Los préstamos y las facturas se podrían acomodar fuera del sistema del dólar. Al mismo tiempo, los observadores estadounidenses comenzaron a hacer sonar la alarma sobre los avances chinos en tecnología digital, reconocimiento facial e inteligencia artificial, alimentados por las corrientes de datos de su vasta población digitalizada.

Las opciones de China son aún más limitadas. No puede darse el lujo de deshacerse de sus dólares y carece de cualquier equivalente al sistema de alianzas de Estados Unidos con los países más ricos

Desde cierto punto de vista, la RpCh ha sido un ejemplo clásico de un crecimiento capitalista desigual, que ha impulsado el surgimiento de una nueva gran potencia que inevitablemente causaría fricciones en relación con la partición existente del planeta. Pero si en 1914 las grandes potencias europeas estaban tan igualadas en fuerza militar y económica que podían luchar entre sí durante cuatro años antes de que uno de los bandos prevaleciera, hoy en día el imperio estadounidense es tan vasto, tan arrogante en sus demandas, que cualquier potencia en rápido ascenso debe chocar inmediatamente con él; pero su poderío militar hace imposible su derrota.

De ahí resulta como alternativa la sumisión o el punto muerto de un largo y enconado enfrentamiento. El gobierno de Trump ha endurecido el tono de las relaciones con China, pero el cambio de política de Washington del “apoyo” a “equilibrar y contener” ya estaba en marcha con Obama. Las crecientes tensiones entre las dos potencias están, una vez más, determinadas asimétricamente, aunque queda por ver si Xi será más beligerante que sus antecesores.

No obstante, la interdependencia entre ellas hace pensar que muchas de las armas de Washington pueden resultar de doble filo. El comercio ha crecido, aunque aumentarán las tensiones. La guerra arancelaria de Trump ya amenaza con dañar a los sectores de población estadounidenses con mayor peso electoral y político (agricultores, banqueros, empresas aeroespaciales y de máquina-herramienta), mientras que el sistema político de la República Popular China puede mitigar más fácilmente la insatisfacción doméstica ante los consabidos ajustes de cinturón generados por los bloqueos extranjeros. La Reserva Federal podría sacar rápidamente el capital invertido en China elevando los tipos de interés, pero eso haría que Estados Unidos y el resto del mundo volvieran a caer en recesión. Las sanciones financieras similares a las aplicadas a Irán y Rusia, y que ahora están siendo aplicadas tentativamente a los jefes ejecutivos de Huawei, no tienen efectos secundarios en el país, pero ejercen una notable presión sobre los aliados. Hasta Alemania se está resistiendo a las últimas medidas contra Teherán. El ruido de sables en el estrecho de Taiwán o en el Mar del Sur de China uniría a la población china tras de Xi, mientras que provocaría la alarma en Wall Street. La política exterior estadounidense actual está llevando de hecho a Rusia, China e Irán a una alianza en la práctica.

Pero las opciones de China son aún más limitadas. No puede darse el lujo de deshacerse de sus dólares y carece de cualquier equivalente al sistema de alianzas de Estados Unidos con los países más ricos. Lo que puede hacer es aprovechar el arma tradicional de los débiles: aceptar, para luego no hacer nada. Eso hace que lo más probable sea un patrón de desgaste prolongado: periodos de mayor presión alternados con distensión, acuerdos en la cumbre intercalados con alarmas y boxeo de sombra, crisis repentinas sobre aviones espía, intervenciones para avivar o apaciguar las revueltas.

Los posibles focos de tensión son muchos. Sin embargo, la dirección que tomará a medio plazo el Estado chino, el mayor del mundo, sigue siendo difícil de adivinar. Esto se debe principalmente a que el carácter del propio Estado y la economía que preside son muy opacos.

En este número de NLR publicamos tres perspectivas distintas sobre las relaciones entre economía y Estado en China. En “El Pcch y el ancien régime”Peter Nolan expone la concepción del papel del mercado y de la administración pública en que se basa el planteamiento del régimen de Xi Jinping, apoyándose en los recursos ideológicos del confucianismo. Desde ese punto de vista, la regulación estatal, con el Pcch al mando, es esencial para configurar un mercado que satisfaga las necesidades de la población. “Ronald Coase en Pekín”, de Christopher Connery, repasa la era de la reforma siguiendo los pasos del economista de Chicago en su libro How China Became Capitalist(2012) para desvelar una versión peculiarmente china de la cultura neoliberal habilitada por el Estado. Finalmente Victor Shih, en discusión con Robert Brenner, ofrece un análisis unificado del papel del régimen como administrador del auge chino basado en las exportaciones, en relación con sus intentos actuales de dirigir una economía endeudada entre la Escila de la recesión y el Caribdis de la fuga de capitales.

Podemos formular preguntas a cada uno de ellos. A Nolan: ¿hasta qué punto se parecen la economía política confuciana y la práctica estatal existente? A Connery: ¿el tipo chinificado de neoliberalismo que aplaudió Coase agota las realidades chinas? A Shih: ¿cuáles son las medidas políticas de los dilemas económicos con los que se debate el Pcch? ¿Qué fuerzas en conflicto están en juego, dentro y fuera del Partido?

En lo que respecta a las tensiones entre China y Estados Unidos, cada perspectiva implica al respecto consecuencias diferentes. Aunque, como señala Nolan, el resultado sigue siendo una cuestión abierta, la importancia lógica de su lectura sería que la alteridad fundamental del sistema económico de la RpCh hará inevitables esos enfrentamientos. En el caso de Connery, Estados Unidos no tendrá que preocuparse en lo que concierne al capitalismo, aunque sí en lo que atañe a su primacía económica. La visión de Shih implicaría que la propia alteridad del sistema chino —muy dependiente de la deuda— es la razón por la que Estados Unidos tiene poco por lo que preocuparse en términos de desafío sistémico o competencia económica. Tres lógicas diferentes, pues, para reflexionar sobre los ejes de las relaciones futuras entre China y Estados Unidos.

NEW LEFT REVIEW #115
Artículo publicado en el número 115 de la edición española de New Left Review y reproducido con permiso por El Salto.

 

NOTAS AL PIE
1 National Security Strategy of the United States of America, Washington dc, 2017, pp. 25, 27, 45-46.
2 Consejo editorial, «Huawei will struggle to assuage Western concerns», Financial Times, 28 de enero de 2019; Consejo editorial, «You don’t understand tariffs, man», The New York Times, 4 de diciembre de 2018; «China vs America», The Economist, 18 de octubre de 2018.
3 Oriana Skylar Mastro, «The Stealth Superpower: How China Hid Its Global Ambitions», Foreign Affairs, enero-febrero de 2019.
4 Perry Anderson, «Imperium», nlr 83, septiembre-octubre de 2013, p. 16; ed. cast.: Imperium et Consilium, Madrid, 2014, p. 25; y American Foreign Policy and Its Thinkers, Londres y Nueva York 2015, p. 17. Ahí se examinan en detalle las variaciones a lo largo del tiempo de la adecuación y fricción entre los aspectos universal- capitalista y nacional-supremacista de la hegemonía estadounidense.
5 Peter Gowan, «El cosmopolitismo neoliberal», nlr 11, noviembre-diciembre de 2001, pp. 151-165. El Tratado de Westfalia de 1648 puso fin a las devastadoras guerras de religión del siglo XVII mediante un acuerdo mutuo de respeto a la jurisdicción doméstica de cada soberanía.
6 Yu Yongding, director del cass Institute of World Economics and Politics, hablando en 2011, citado en Jonathan Kirshner, American Power after the Financial Crisis, Ithaca (ny), 2014, p. 115.

Esferas de la insurrección

Por Suely Rolnik

Un fragmento del flamante libro de la psicóloga, docente y activista brasileña Suely Rolnik, traducido por Damian Kraus y editado por Tinta Limón Ediciones. “Es necesario resistir en el propio campo de la política de producción de la subjetividad y del deseo dominante en el régimen en su versión contemporánea –es decir, resistir al régimen dominante en nosotros mismos–, lo cual no cae del cielo ni se encuentra listo en alguna tierra prometida”, dice la autora.

Una atmósfera siniestra envuelve el planeta. El aire del ambiente, saturado de las partículas tóxicas del régimen colonial-capitalístico, nos sofoca.

Con sucesivas transmutaciones, este régimen viene perdurando y sofisticándose desde finales del siglo XV, la época de su fundación. Su versión contemporánea –financierizada, neoliberal y globalitaria– empieza a formarse en el paso del siglo XIX al siglo XX y se intensifica luego de la primera guerra mundial, cuando se internacionalizan los capitales. Pero a partir de mediados de la década de 1970 llega a su poder pleno, al afirmarse contundentemente –y no por casualidad– luego de los movimientos micropolíticos que sacudieron el planeta durante las décadas de 1960 y 1970. Durante ese período –mediados de la década de 1970– se concretan los primeros pasos de un trabajo de desciframiento del actual rumbo de este régimen en su compleja naturaleza, es decir, de los principios que la rigen y de los factores que engendran las condiciones para su consolidación.

Sin embargo, y tal como suele suceder en los momentos de transición radical, fundamentalmente a partir de mediados de la década de 1990 –cuando se empiezan a hacer sentir con mayor claridad sus efectos nefastos sobre la vida cotidiana– este desciframiento se expande y se densifica, dando lugar a un debate colectivo que viene desplegándose desde entonces. Dicho debate adquiere su impulso en la experiencia de los movimientos sociales que emergen en el transcurso de la década anterior como reacción a la toma del poder mundial por parte del actual régimen. Como rayos, esos movimientos han venido irrumpiendo en los cielos del capitalismo globalitario cada vez que se forman nubes tóxicas debido a la densificación de la atmósfera en alguna de sus regiones, cuando su perversión supera el límite de lo tolerable. La intensidad de irrupción de dichos movimientos –equiparable a la de la violencia del régimen que los había desencadenado– tiende entonces a provocar una desestabilización temporal de su tiránica omnipotencia. Y a la misma velocidad que surgen desaparecen para resurgir enseguida, de otro modo y en otros lugares, movilizados por nuevos acontecimientos que nos instalan en lo intolerable –lo cual evidentemente los lleva a producir otras cartografías, otros sentidos, distintos a los que los preceden. Esta serie de movimientos se extiende hasta comienzos de la década del 2000, cuando se interrumpe, para volver a reaparecer luego de la crisis de 2008. La nueva serie de movimientos, que se encuentra actualmente aún en curso, emerge en diferentes puntos del planeta, fundamentalmente a partir del comienzo de la segunda década de este siglo, y precede a la escritura de este ensayo.

En el contexto de estos movimientos y del debate a ellos asociado se inserta el presente ensayo. Su punto de partida es uno de los temas del orden del día en esta construcción colectiva: el modo de relación entre el capital y la fuerza vital, propio del régimen en su actual versión, y por entero distinto a su modo fordista. En esta nueva versión, el ámbito de la fuerza vital de la cual se alimenta el capitalismo ya no se reduce a su expresión como fuerza de trabajo, lo que implica una metamorfosis radical de la propia noción de trabajo. Eso se acompaña de una paulatina dilución de la forma del Estado democrático de derecho, de la cual dependían las leyes laborales propias del régimen en su versión anterior.

El abuso de la vida

Si bien la base de la economía capitalista es la explotación de la fuerza de trabajo y de la cooperación inherente a la producción para extraer plusvalía de ellas, dicha operación –a la que podemos denominar “proxenetización” o “cafisheo” para asignarle un nombre que diga más precisamente la frecuencia vibratoria de sus efectos en nuestros cuerpos– fue cambiando de figura con las transfiguraciones del régimen en el transcurso de los cinco siglos que nos separan de su origen. En su nueva versión, es de la propia vida que el capital se apropia; más precisamente, de su potencia de creación y transformación en la emergencia misma de su impulso –es decir, en su esencia germinal–, como así también de la cooperación de la cual dicha potencia depende para efectuarse en su singularidad. La fuerza vital de creación y de cooperación es así canalizada por el régimen para construir un mundo acorde con sus designios. En otras palabras, en su nueva versión, es la propia pulsión de creación individual y colectiva de nuevas formas de existencia, y sus funciones, sus códigos y sus representaciones lo que el capital explota, haciendo de ella su motor. Por eso la fuente de la cual el régimen extrae su fuerza deja de ser exclusivamente económica para serlo también intrínseca e indisociablemente cultural y subjetiva –por no decir ontológica–, lo cual la dota de un poder perverso más amplio, más sutil y más difícil de combatir.

Frente a este cuadro, se hace evidente que no basta con actuar en la esfera macropolítica, en donde actúan tradicionalmente las izquierdas, sobre todo las institucionales. Esto explicaría incluso su impotencia ante los rumbos actuales del régimen colonial-capitalístico. De acuerdo con la visión introducida por autores que pensaron la nueva relación entre el capital y el trabajo, con su enfoque en la apropiación por el capital de la potencia de creación –especialmente Toni Negri y Michael Hardt,  quienes denominaron al nuevo pliegue del régimen como “capitalismo cognitivo”–, la resistencia actualmente pasaría por un esfuerzo de reapropiación colectiva de esa potencia para construir con ella aquello a lo que estos autores designan como “lo común”.  En diálogo con ellos, podemos definir a lo común como el campo inmanente de la pulsión vital de un cuerpo social cuando este la toma en sus manos, de manera tal de direccionarla hacia la creación de modos de existencia para aquello que pide paso. También según Hardt y Negri, de esta construcción de lo común resultan cambios en las formas de la realidad. Su argumento indica que si en el capitalismo industrial las formas de la fuerza de trabajo y su cooperación –en este caso organizadas como producción en cadena– estaban predefinidas por el capital, en el modo de expropiación de esta fuerza propio de la nueva versión del régimen, sus formas no están predeterminadas, pues es de la propia potencia de su construcción que se constituye el capital fijo. Esto abriría una posibilidad de autonomía en la orientación del destino de la fuerza vital. Sin embargo, dicha fuerza es desviada a favor de la producción de escenarios destinados a la acumulación de capital.

También según estos autores, y partiendo del principio de que la potencia vital pertenece a quien trabaja, es precisamente la experiencia de su relativa autonomía la que genera las condiciones favorables para su reapropiación. Retomando el diálogo con ellos, podemos añadir que de la reapropiación deseante, individual y cooperativa, del destino ético de la pulsión vital –en síntesis, de su reapropiación ontológica–, puede resultar un desvío colectivo de su abuso a manos del régimen en dirección hacia una ética de la existencia. Sin embargo, y tal como los autores mencionados lo señalan, su reapropiación por parte de la sociedad es virtual mientras no encuentra formas de actualización, lo cual depende de una voluntad colectiva de actuar con miras a la construcción de lo común, que no está dado a priori.

Es exactamente en esta dirección que vienen actuando algunos de los mencionados movimientos colectivos que irrumpen a mediados de la década de 1990 y vuelven a irrumpir en distintos momentos desde entonces, en el activismo propiamente dicho y, no por casualidad, también en el arte, con sus fronteras cada vez más indiscernibles. En esa transterritorialidad se crean las condiciones más favorables para la movilización de la potencia de creación de las prácticas activistas, como así también de la potencia micropolítica en las prácticas artísticas que, aunque su esencia reside en dicha potencia, se encuentran hoy en día desprovistas de ella en favor de su proxenetización por el capital, que encuentra en ese dominio una fuente privilegiada para su expropiación.

Una inquietud mueve la escritura de este ensayo: si bien ya constituye un paso importante reconocer que no basta con resistir macropolíticamente al actual régimen, y que urge también e igualmente obrar para reapropiarse de la fuerza de creación y cooperación –es decir, actuar micropolíticamente–, reconocer esto racionalmente no asegura acciones eficaces en esta dirección. Sucede que la reapropiación del impulso de creación depende de que esta incida sobre las acciones del deseo, de modo tal de imprimirle su dirección y su modo de relación con el otro. Sin embargo, tales acciones tienden a chocar contra la barrera de la política de producción de la subjetividad y del deseo inherente al régimen vigente. Al igual que en cualquier otro régimen, es el modo de subjetivación que en él se produce lo que le imprime su consistencia existencial, sin la cual no se sostendría; uno no existe sin el otro. En el caso del nuevo pliegue del régimen colonial-capitalístico, el cafisheo de la pulsión vital nos impide reconocerla como nuestra, lo que hace que su reapropiación no sea tan obvia como lo pretendería nuestra vana razón.

Si se tiene esto en cuenta, resulta evidente que no se logra retomar las riendas de esa potencia mediante un sencillo decreto de la voluntad, por más imperiosa que esta sea, ni tampoco a través de la conciencia, por más lúcida y bienintencionada que la misma sea. Ni mucho menos se logra reapropiarse de ella colectivamente como un solo cuerpo supuestamente natural que estaría dado a priori y, por si fuera poco, en sinergia absoluta entre todos los elementos que lo componen, tal como lo pretenden los heraldos mesiánicos de un paraíso terrenal. Es necesario resistir en el propio campo de la política de producción de la subjetividad y del deseo dominante en el régimen en su versión contemporánea –es decir, resistir al régimen dominante en nosotros mismos–, lo cual no cae del cielo ni se encuentra listo en alguna tierra prometida. Al contrario, es un territorio al cual debe conquistárselo y construírselo incansablemente en cada existencia humana que compone una sociedad, y esto incluye intrínsecamente a su universo relacional. De dichas conexiones se originan comunidades temporales que aspiran a actuar en esa dirección en la construcción de lo común. Con todo, tales comunidades jamás ocupan el cuerpo de la sociedad como un todo, pues este se hace y se rehace en el inexorable embate entre distintos tipos de fuerzas.

Pero, ¿cómo liberar la vida de su proxenetización?

Insurgir o sublevarse en este terreno implica diagnosticar el modo de subjetivación vigente y el régimen de inconsciente que le es propio; y que se investigue cómo y por dónde se viabiliza un desplazamiento cualitativo del principio que lo rige. Sin ello, la tan aclamada propuesta de reapropiación colectiva de la fuerza creadora como profilaxis de la patología del presente no saldrá del laboratorio de las ideas, y corre el riesgo de permanecer confinada en el plano imaginario, con sus hermosas ilusiones alentadoras.

Propongo designar como “inconsciente colonial-capitalístico” a la política del inconsciente dominante en este régimen y que atraviesa toda su historia, pues lo único que varían son sus modalidades junto con sus transmutaciones y sus formas de abuso de la fuerza vital de creación y cooperación. En tal sentido, podemos también denominarlo “inconsciente colonial-cafisheístico”, por las razones antes evocadas. Es probablemente a la resistencia contra este régimen del inconsciente que se refieren Deleuze y Guattari cuando claman por una protesta de los inconscientes en el año 1972, cuando apenas si se esbozaba el trabajo de elaboración colectiva de la audaz experiencia de mayo de 1968 y, simultáneamente, la toma del poder por el nuevo régimen manifestaba entonces sus primeras señales, aun nebulosas.

La intención que mueve el presente texto es la de escrutar la modalidad actual del inconsciente colonial-cafisheístico introducida por el capitalismo financierizado y neoliberal, la cual se define, insisto, por el secuestro de esa fuerza en el propio nacimiento de su impulso germinador de mundos. Pero, ¿cómo esquivar ese régimen del inconsciente en nosotros mismos y en nuestro entorno? En otras palabras, ¿en qué consistiría la mentada protesta de los inconscientes?

La respuesta a esta pregunta requiere de un trabajo de investigación que solo puede efectuarse en el terreno de la propia experiencia subjetiva. Habrá que buscar vías de acceso a la potencia de la creación en nosotros mismos: la naciente del movimiento pulsional que mueve las acciones del deseo en sus distintos destinos. Un trabajo de experimentación sobre uno mismo que demanda una atención constante. En su ejercicio, la formulación de ideas es inseparable de un proceso de subjetivación en el cual esa reapropiación se vuelve posible durante breves y fugaces momentos, y cuya consistencia, su frecuencia y su duración se amplían paulatinamente, a medida que ese trabajo avanza.

De este modo, el trabajo necesario para contestar esta pregunta nos exige que, junto con el desplazamiento de la política de producción de la subjetividad y del deseo dominante en la nueva versión de la cultura moderna occidental colonial-capitalística, desplacemos igualmente la política de producción de pensamiento, propia de esa cultura, activando su médula vital y su habilidad para desarmar las configuraciones del poder. Sin ello, nuestra intención se ahoga en la orilla. Desde la perspectiva de esos desplazamientos, pensar y sublevarse se convierten en una sola y la misma práctica: una no avanza sin la otra. Corrobora esta indisociabilidad el hecho de que, si bien tal práctica solo puede plasmarse por principio en el ámbito de cada existencia, la misma no transcurre aisladamente. En primer lugar, porque su propio motor no empieza ni termina en el individuo, ya que su origen reside en los efectos de las fuerzas del mundo que habitan en cada uno de los cuerpos que lo componen, y su producto lo constituyen las formas de expresión de esas fuerzas, procesos de singularización en cada uno de ellos, los cuales se plasman en un terreno común a todos, y lo transfiguran. Nada que ver con la autorreflexividad, la interioridad o los temas privados. La segunda razón, que resulta inseparable de la primera, consiste en que tal práctica se alimenta de resonancias de otros esfuerzos que van en la misma dirección y de la fuerza colectiva que promueven, no solamente a causa de su poder de polinización sino también y fundamentalmente por la sinergia que producen.

Resonancias de este tipo no son únicamente hallables en un campo determinado del saber que tendría el presunto monopolio de la expertise en el tema, tal como el de los estudios culturales, poscoloniales o queer, por ejemplo, que serían los más obvios. Podemos encontrarlas en diversos campos de la práctica teórica y, más aún, pueden surgir a partir de la producción de pensamiento en cualquier esfera de la vida colectiva: desde la así llamada “alta cultura” hasta la canción popular, pasando por las experimentaciones que se llevan a cabo –entre otras esferas– en la sexualidad, en la relación con el otro, en la agricultura o en aquello que los pueblos indígenas han venido insistiendo en decirnos desde que osaron tomar la palabra públicamente en alto y buen tono. Tales resonancias y las sinergias que producen crean las condiciones para la formación de un cuerpo colectivo común cuya potencia de invención, al actuar en direcciones singulares y variables, pueda llegar a tener la fuerza suficiente como para contener el poder de las fuerzas que prevalecen en otras constelaciones, aquellas que se componen de cuerpos que intentan cafishear la pulsión vital ajena o que se entregan a su proxenetización. Con esas sinergias se abren caminos para desviar tal potencia de su destino destructor.

Es esta precisamente la perspectiva que rige el pensamiento en la elaboración de este ensayo; y es, por ende, y por principio, no solo transdisciplinaria sino también indisociable de una pragmática clínicopolítica. Al ser este necesariamente el trabajo de muchos y de cada uno, que nunca se agota, las ideas que aquí se compartirán constituyen tan solo algunas herramientas conceptuales entre las que están hoy en día inventándose en múltiples direcciones para abordar la pregunta anteriormente formulada: “¿Cómo liberar la vida de su proxenetización?”. Este proceso de invención resulta de la inteligencia colectiva que viene activándose a una velocidad exponencial, movilizada por la urgencia de enfrentar el alto grado de perversión del régimen en su nueva versión. Las herramientas aquí sugeridas nos ayudarán a examinar tanto la política de producción de la subjetividad, del deseo, del pensamiento y de la relación con el otro que nos lleva a una entrega ciega a la apropiación de la fuerza de creación como a aquella en la cual se viabiliza su reapropiación. Contaremos así con un criterio para establecer la distinción entre esas micropolíticas y el tipo de formaciones del inconsciente que resulta de cada una de las mismas en el campo social.

Fuente: http://lobosuelto.com/esferas-de-la-insurreccion-suely-rolnik/

Estado como puente o límite

Por Luchino Sívori

`Anarquismo y marxismo compartían la idea de que el comunismo era equivalente a la liquidación del Estado(…)  A este proceso se lo llamó revolución.´

Emmanuel Rodríguez López, La política contra el Estado, 2018.

 

Según la ortodoxia marxista, el Estado representaba el estadio previo al Socialismo por excelencia, el puente por el cual la clase obrera debía pasar antes de realizar la deseada Revolución. Casi dos siglos después, sin embargo, el Estatismo parece haberse convertido, según pudimos ver a lo largo del siglo XX y parte del actual, en el protagonista indiscutible para retrasarla, desvirtuarla o, directamente, anularla del todo.

 

……………..

 

Olin Wright, fallecido recientemente, afirmaba en su libro Los Puntos de la Brújula (2019):

`Aunque ha habido desafíos revolucionarios al capitalismo, los ejemplos históricos de transformación rupturista nunca han sido capaces de mantener un proceso prolongado de construcción experimental de instituciones democráticas (…) siempre han sido de corta vida y relativamente aislados.´

Similarmente García Linera, vice-presidente de Bolivia, en su obra Qué es una revolución: de la Revolución Rusa de 1917 a la revolución en nuestros tiempos (2017) escribía que en la URSS a través de la NEP se hizo patente la necesidad de fijar el proceso a través de un Estado centralizado poco democrático, única forma, según él, de mantener a salvo el espíritu de Octubre.

Wright y Linera, aunque provengan de fuentes de inspiración diferentes, se parecen en su crítica del proceso histórico soviético. Como intelectuales marxistas, se esforzaron en comprender por qué se produjo (y produce, ya que ambos también analizan los casos de Cuba, China y Bolivia) ese “parón” en el camino hacia el socialismo. Ambos, también, se diferencian de los típicos motivos por los cuales la izquierda contemporánea suele atribuirse o delegar la derrota. En lugar de conceptos e ideas,  parecen querer decirnos, es la corporización institucional de las luchas hacia donde deberíamos mirar con más atención.

 

ESTATISMO COMO VÍA O FIN

Las revoluciones denominadas socialistas, como se sabe, si bien lograron una ruptura con el Capital redistribuyendo la riqueza más equitativamente, no supieron ser plenamente democráticas en los distintos lugares donde allí se implantaron.

Una de las razones más importantes por la cual esa fue finalmente la deriva, según los autores, se debió a que la concentración del poder político y económico se monopolizó en un partido único centralizado. De esta manera, lo que representaba la primera fase de la teoría marxista (dictadura del proletariado) llevó, deliberadamente o no (según Linera, necesario; de acuerdo a Wright, discutible) a una suerte de impasse estatista sin continuidad.

No pudiendo abrirse a una alternativa igualitaria democrática (extensión política) ni tampoco a delegar la organización de la economía en otra cosa que no sea el Partido (extensión económica), la Revolución se convirtió así en un aparato burocrático alejado de lo que debía ser su misión originaria histórica: la coordinación planificada de los diferentes grupos conformantes de la sociedad civil organizada (soviets).

Discursivamente, sabemos, esta doble limitación político-económica, sumada a la extensa propaganda imperialista durante la Guerra Fría, llevó a que durante años la “amenaza roja” se convirtiese finalmente en una “amenaza contra la democracia”, re-significando el valor del Liberalismo (libertad) en detrimento del comunista (dictadura, control).

A pesar de que el Estatismo como planificador centralizado de la vida política y económica no tuvo las mismas líneas de interpretación en América del Sur que en el Viejo Continente (derivas fascistas en el Mediterráneo y centro de Europa; socialdemócratas en Escandinavia; comunismo en el Este), actualmente, tres décadas después de la caída del Muro, estos significantes y significados siguen jugando en el inconsciente colectivo de la mayoría silenciosa, anexando nuevas connotaciones negativas como “intervencionismo” y “paternalismo” al ya muy denostado concepto.

 

IZQUIERDA Y ESTADO

Como dijimos, hasta ahora lo que hemos vivido según los autores no fue estrictamente un Socialismo en toda regla, sino más bien hibridaciones estatistas con ciertos elementos socialistas. Formas económicas con mecanismos institucionales que no lograron ser completamente democráticas. Tanto la actividad económica como la civil política se vieron, pues, en los distintos casos parcialmente controlados por alguna forma de poder de un Estado centralizado, con un partido único, una sociedad civil subordinada y un alto nivel de autoritarismo político. A pesar de lo nominativo, no llegó a ser socializado el sistema, incapaz de trascender ese primer estadio prescrito por la teoría marxista que afirmaba que el Estado era la vía, y no el fin, hacia el Socialismo.

¿Cómo se plantearon, entonces, las diferentes luchas las Izquierdas occidentales sabiendo que el Estado, al revés de lo que se esperaba, cumplió más bien un rol ralentizador o directamente taponador?

Desde la caída del bloque soviético, tres formas de actuación emancipadoras han sido las preponderantes según el historiador catalán Xavier Domènech. Según afirma en su libro Cambio político y movimiento obrero bajo el franquismo: Lucha de clases, dictadura y democracia (2011), podrían denominarse con el nombre del juego “Piedra, papel y tijera”.

La primera forma fueron aquellos casos históricos donde la Ruptura y la confrontación directa con el poder estatal representaron los mecanismos principales, con el objetivo de lograr la destrucción del Estado para luego plantear las bases de la transformación total de la sociedad.

La segunda forma representarían aquellas experiencias donde el uso y utilización de las estructuras del Estado del Bienestar se priorizaron en contraposición al enfrentamiento, buscando potenciar la democratización y engrandeciendo el poder social en áreas clave como los presupuestos y la gestión municipalista.

La tercera, como su nombre lo indica, fueron aquellas iniciativas que habitaron en los márgenes de la sociedad capitalista, en sus alteridades y contornos, ignorando o pretendiéndolo hacer toda forma de gestión ajena a la propia comunidad.

En muy pocas palabras, Piedra sería la destrucción del Estado, el Papel su uso y la Tijera el corte de la relación-dependencia.

Por momentos, una de ellas pareciera resolver el impasse estatista; en otros, ninguna de las tres da la impresión de ser efectiva a gran escala.

Seguramente no exista una única vía para trascender el Estatismo, un elemento que se pensó como herramienta y acabó representando otra cosa. Seguramente, también, habrá que re-pensar si las cuestiones de Clase siguen siendo válidas para la teoría de la transformación, o de si las luchas identitarias, por poner un ejemplo, representan quizás una amenaza más grande al efecto dilatador del Estado representativo.

De la misma manera, no pareciera que los caminos intermedios, como la democracia asociativa o el corporativismo nórdico, sean las respuestas idóneas a cómo finalmente llegar a un poder social de la economía y la política.

Trascender el Estatismo para llegar al Socialismo, pues, representa por ahora una tarea pendiente. Mientras tanto, nos queda el conocimiento que podamos extraer de las experiencias de transformación, incluyendo, incluso, a aquellas que no consideran al Estado como aliado circunstancial. Un camino no trazado que se hace al andar, y no al revés como a veces asumimos los que estimamos la teoría.

Fuente: http://lobosuelto.com/el-estado-como-puente-o-limite-luchino-sivori/

David Harvey: «Veremos un resurgimiento de la izquierda, pero tiene que buscar una nueva voz»

por Edgar Sapiña

David Harvey (Gillingham, 1935) es un geógrafo marxista de origen británico que  trabaja como profesor en la City University of New York (CUNY) y que se ha convertido en uno de los científicos sociales de referencia para muchos movimientos de izquierdas. Estos días visita Barcelona para presentar su nuevo libro La lógica geográfica del capitalismo (Icaria Editorial), una obra biográfica en la que se ofrece un repaso histórico de la trayectoria del autor, una entrevista realizada en 2015, nuevos textos traducidos al castellano y un capítulo inédito.

 

Usted se define como anticapitalista antes que socialista, comunista, anarquista o populista. ¿Por qué?

El capital tiene mucha influencia sobre muchos aspectos de la vida diaria. No es solo la economía. Es la cultura, la forma de pensar o las estructuras de conocimiento. Conceptos como el comunismo o el socialismo suelen estar muy asociados con una concepción del mundo muy rígida. Las relaciones sociales entre las personas deben ser transformadas, pero esto requerirá muchas transformaciones mentales. Por eso pienso que tenemos que quitarnos el capitalismo de nuestras cabezas, así como de las calles y de la vida.

¿Y el anticapitalismo es un término que engloba más aspectos que conceptos como el socialismo o el comunismo?

Sí. Creo que no estamos en una posición como para describir ahora una alternativa al capitalismo y quiero escapar de la caja que es el comunismo, el socialismo o el anarquismo.

Después de un periodo de silencio, parece que en los últimos años ha habido un interés creciente por el comunismo. Aquí en España, por ejemplo, en 2017 Alberto Garzón publicó Por qué soy comunista. ¿Cómo se materializa el comunismo hoy?

No lo sé. Tampoco sé qué piensa Garzón sobre el comunismo. De lo que estoy seguro es de que los niveles de desigualdad actuales son inaceptables. No creo en una absoluta igualdad, creo que ciertas desigualdades son interesantes, pero ciertamente las desigualdades de ingresos están revirtiendo muchas de las cosas que deberíamos poder alcanzar.

Una de las cosas en las que pienso más al final del día es en la calidad de las relaciones sociales entre las personas. Uno de los efectos de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos ha sido la degradación de las relaciones entre grupos de inmigrantes o entre grupos con diferentes orientaciones sexuales. La transformación de estas relaciones sociales está yendo en una dirección muy negativa.

¿El comunismo ha evolucionado desde la caída del muro de Berlín en 1989 o la disolución de la Unión Soviética en 1991?

El comunismo es crítico, obviamente ha evolucionado desde 1989 y creo que, de alguna forma, el colapso de la Unión Soviética y todo lo que ello supuso permitió la reevaluación de lo que debía ser el proyecto comunista. Tenemos un gobierno en China que se llama a sí mismo comunista. Mucha gente no se lo toma en serio, pero deberían hacerlo. Lo que deben hacer o hacia dónde tienen que ir es una gran pregunta para mí.

¿Cree que es una sociedad comunista?

No, no es una sociedad comunista, pero ideológicamente ellos han reivindicado que para el año 2050 serán una sociedad plenamente socialista. Yo me tomo muy en serio esa proclamación, a pesar de algunas medidas que han adoptado, como el intercambio mercantil capitalista. Hay problemas de desigualdad social y de degradación ambiental, pero todos los países los tienen. Ellos han dicho que serán plenamente socialistas para el año 2050 y esto significa combatir el problema medioambiental y la desigualdad social.

Una de las cosas que sabemos de China es que cuando dicen que van a hacer algo lo hacen y lo hacen muy rápido, no son demócratas para nada, pero no hay que subestimar las posibilidades que tiene China. Trump está organizando una política antichina ahora mismo y es un profundo error por parte de los Estados Unidos, porque está empujando a China a ser más autónoma.

Dos de las corrientes de pensamiento más recientes son el feminismo y el ecologismo. ¿Cómo coexisten estos dos movimientos con el sistema económico actual?

Una de las cosas interesantes de estos dos movimientos es que el neoliberalismo ha puesto desde 1970 un gran énfasis en el emprendimiento y ha abierto la posibilidad a que el feminismo use esta ideología para crear lo que podríamos llamar un feminismo corporativo. Ese es el feminismo de Hillary Clinton, un tipo de emprendimiento satisfactorio en el que, por supuesto, hay la posibilidad de que las mujeres ocupen posiciones importantes en el mundo académico, por ejemplo. Lo mismo podría ocurrir con el multiculturalismo y la orientación sexual.

El neoliberalismo puede ser visto como una apertura que permite un progreso en los derechos del colectivo LGTBI y de las mujeres. De todos modos, creo que muchas feministas se están dando cuenta de que el neoliberalismo no es la solución sino que es su enemigo prioritario. Hay una transformación en algunas pensadoras feministas que dicen que no pueden lograr sus objetivos desde el neoliberalismo y que hay que moverse hacia unas posiciones anticapitalistas. Lo mismo se puede decir del movimiento ecologista.

Entonces, ¿es compatible defender el capitalismo a la vez que el feminismo y el ecologismo?

Si defiendes el sistema económico actual te encontrarás defendiendo un tipo de feminismo que se basa en incorporar más mujeres en empresas, pero el problema ahora mismo son las condiciones salariales de las mujeres trabajadoras, que están viviendo en unas condiciones muy difíciles. Ellas son las que están sufriendo las políticas neoliberales. Mientras que una mujer de clase media se puede beneficiar del neoliberalismo, muchas de las trabajadoras están sufriendo mucho bajo las políticas de austeridad. Algunas mujeres y ecologistas se benefician del neoliberalismo, pero las problemáticas principales están fuera de la dinámica capitalista.

¿Usted cree que en los próximos años el capitalismo evolucionará y defenderá el ecologismo, en aras de generar un beneficio económico de ello, o se mantendrá en el mismo punto en el que está ahora?

El ecologismo forma parte de un gran negocio, hay sectores del mercado que están tratando de lidiar con el cambio climático. No digo que el capitalismo no haya prestado atención a las cuestiones medioambientales, lo que cuestiono es el límite del beneficio capitalista. La industrialización de la agricultura, por ejemplo, ha creado un serio efecto secundario. Estos son problemas que llevan al límite la capacidad del sistema económico capitalista.

¿Las problemáticas que van más allá de lo material invisibilizan la lucha de clases?

Hay una tendencia que consiste en evitar la cuestión de clase, particularmente desde la caída de la Unión Soviética había una tendencia que decía que Marx y el conflicto de clases sociales estaban muertos. Si preguntamos ahora mismo cuáles son los agentes activos, en términos de políticas de izquierdas, ya no son los trabajadores fabriles. La clásica visión del proletariado que se va a emancipar es el trabajador de una fábrica.

El problema principal es preguntarse quién es el proletario hoy en día. Cuando nos hacemos esta pregunta tenemos que pensar en una configuración distinta. El otro día, cuando estaba en un aeropuerto, miré por la ventana y vi la fuerza del trabajo. ¿Quién hace funcionar un aeropuerto? Cuando miras a los Estados Unidos, ves a mucha gente de color, muchos inmigrantes y mujeres asalariadas. Si toda esta gente de golpe deciden hacer huelga, el aeropuerto tiene que cerrar. El capital estaría completamente bloqueado. Este es el nuevo proletariado.

En esta década los partidos de extrema derecha han crecido. De hecho, en las últimas elecciones europeas han ganado en Francia, el Reino Unido, Italia, Hungría y Polonia. ¿Cómo deben responder los partidos de izquierdas, ya que una parte de los votantes de extrema derecha son antiguos votantes de izquierdas?

Hace falta una reorientación de las políticas de izquierdas y creo que las bases institucionales de las políticas de izquierdas no han sobrevivido demasiado bien. Las políticas de izquierdas han fallado en gran medida en los últimos 10 o 15 años, con algunas excepciones. Por ejemplo, el auge inicial de Podemos fue una cosa muy positiva, pero creo que está aún en formación. Hay una vasta parte de la población descontenta con las políticas neoliberales. Es un momento muy interesante. Tengo la sensación de que en un futuro muy próximo veremos un resurgimiento de la izquierda, pero tiene que buscar una nueva voz y hablar de un modo distinto. La conversación debe estar basada en una configuración ideológica distinta.

¿En qué se debe basar esa conversación?

Tiene que estar basada en cómo entender las políticas anticapitalistas en la actual conjunción. Las transformaciones revolucionarias no serán violentas. En los últimos 20 años hemos vivido una presión en la calle muy fuerte, un ejemplo actual de ello son los chalecos amarillos en Francia. La gran pregunta es hacia dónde va políticamente. Tenemos que repensar cómo deben ser las políticas. Para eso hay que tener una conversación sobre qué es el anticapitalismo.

Usted concibe la historia y la geografía como dos disciplinas inseparables que, juntas, explican qué está sucediendo en el mundo. De todos modos, hoy en día se estudian por separado. ¿Esto es un error del mundo académico?

Es un profundo error, sí. La especialización es importante, pero lo que realmente no me gusta es la creación de aprendizajes que se supone que no se deben comunicar con otras disciplinas. ¿Por qué estamos segmentando de esta forma? Una cosa peculiar en el mundo académico en Estados Unidos, no sé si también ocurre aquí, es que hay una constante demanda de multidisciplinaridad.

¿Por qué cree usted que la geografía es una disciplina útil para comprender la realidad?

Uno de los motivos es que el hecho de que la geografía no sea una disciplina muy organizada crea una gran oportunidad. Dudo que me pudieran haber dejado hacer en otra disciplina todo lo que he hecho en geografía. La geografía es más abierta, un poco porque la gente no sabe exactamente lo que es, eso está bien, pero a su vez está mal porque los administradores académicos no saben qué hacer con ello.

No sé si está muy pendiente de la situación política en Barcelona. Después de las elecciones municipales, Ada Colau tratará este sábado de ser reelegida alcaldesa con el apoyo del PSC y de la lista de Manuel Valls, que está apoyada por Ciudadanos. Si eso ocurre, ERC, que ganó las elecciones, se convertiría en el principal partido de la oposición. ¿Cuál sería el mejor escenario para gobernar Barcelona, según su opinión?

La gestión de Colau fue muy importante para la gente que, como yo, cree que la organización del poder municipal es parte de un proceso político muy crítico en el mundo ahora mismo. Creo que lo que pasa en el nivel municipal es importante y la administración de Colau ha sido una muestra importante para el resto del mundo, enseñando que las cosas se pueden hacer.

La cuestión independentista se tiene que abordar, este es un hecho muy particular que hace las cosas difíciles, no es una cosa de partidos de izquierdas contra partidos de derechas. Personalmente no me emociona demasiado la idea de una Catalunya independiente, creo que no va a suceder y no creo que la Unión Europea lo vaya a aceptar, pero eso es solo mi opinión desde fuera. Puedo ser persuadido [ríe].

Crítica de la Teoría Monetaria Moderna

Por Michael Roberts

1- El Chartalismo y Marx

La Teoría Monetaria Moderna (TMM) se ha convertido en una moda entre muchos economistas de izquierda en los últimos años. La nueva representante demócrata de izquierdas en EEUU, Alejandra Ocasio-Cortez es al parecer una de sus partidarias; y un destacado exponente de la TMM ha debatido recientemente la teoría y sus implicaciones políticas con el portavoz para economía y finanzas del Partido Laborista, John McDonnell.

La TMM tiene cierto atractivo para la izquierda, porque parece ofrecer apoyo teórico a las políticas de gasto fiscal financiadas con dinero del banco central y para aumentar el déficit presupuestario y la deuda pública, sin miedo a la crisis. Y por lo tanto para defender políticas de gasto público en proyectos de infraestructura, creación de empleo e industrias, en contraste directo con las principales políticas neoliberales de austeridad y mínima intervención del gobierno.

Por lo tanto, en esta nota voy a ofrecer mi opinión sobre el valor real de la TMM y sus implicaciones políticas para el movimiento obrero. En primer lugar, voy a tratar de hacer una descripción general de la misma para señalar sus similitudes y diferencias con la teoría monetaria de Marx.

La TMM se fundamenta en las ideas de lo que se llama el “Chartalismo”. Georg Friedrich Knapp, un economista alemán, acuñó el término “chartalismo” en su Teoría Estatal del Dinero, que fue publicada en Alemania en 1905 y traducida al inglés en 1924. El nombre deriva del latín Charta‘, en el sentido de una ficha o billete. El Chartalismo argumenta que el dinero se originó con los intentos del estado de dirigir la actividad económica y no como una solución espontánea a los problemas con el trueque o como un medio para monetizar la deuda.

El Chartalismo sostiene que el intercambio de mercancías generalizado solo se generó históricamente después de que el estado fuese capaz de crear la necesidad de utilizar su moneda soberana mediante la imposición de impuestos a la población. Para los chartalistas, la capacidad del dinero para actuar como unidad de cuenta para el crédito/deuda depende fundamentalmente de la confianza depositada en el soberano o el poder del soberano para imponer su voluntad sobre la población. El uso del dinero como unidad de cuenta de las deudas/créditos es anterior a la aparición de una economía basada en el intercambio generalizado de mercancías. Así, el chartalismo argumenta que el dinero surgió primero como una unidad de cuenta de la deuda y no del intercambio. Keynes fue en gran medida un admirador del chartalismo, pero esta teoría se opone claramente a la visión de Marx de que el dinero es analíticamente inconcebible sin entender el intercambio de mercancías.

¿Puede la Teoría chartalista / Teoría Monetaria Moderna (TMM) y la teoría marxista del dinero ser compatibles o complementarias o es una de ellas errónea? Mis respuestas serían: 1) el dinero es anterior al capitalismo, pero no por la acción del estado; 2) Sí, el estado puede crear dinero, pero no controlar su precio. Así que la confianza en su dinero puede desaparecer; y 3) una posición chartalista estricta no es compatible con la teoría del dinero marxista, pero además la TMM tiene características complementarias.

Ahora quisiera tratar de ampliar estos argumentos.

La Teoría Monetaria Moderna y la teoría marxista del dinero son complementarias en la medida en que ambas son teorías endógenas del dinero. Ambas rechazan la teoría cuantitativa del dinero, es decir, que la inflación o la deflación depende de las decisiones de los bancos centrales de inyectar o no dinero-crédito. Por el contrario, es la demanda de dinero la que determina la oferta: es decir, los bancos hacen préstamos y como resultado se crean depósitos y deuda para financiar los préstamos, no al revés. En ese sentido, tanto la TMM como la teoría marxista reconocen que el dinero no es un velo sobre la economía real, sino que la economía moderna (capitalista) es una economía monetaria de cabo a rabo.

Tanto Marx como los partidarios de la TMM coinciden en que la llamada teoría cuantitativa del dinero, como la desarrollaron en el pasado el economista de la Escuela de Chicago Milton Friedman y otros, que guió la política de los gobiernos en la década de 1980, es errónea. Los gobiernos y los bancos centrales no pueden influir en los auges y crisis del capitalismo mediante el control de la oferta de dinero. El triste récord de los actuales programas de flexibilización cuantitativa (QE) adoptados por los principales bancos centrales para tratar de impulsar la economía lo confirma. Los balances negativos de los bancos centrales se han disparado desde la crisis de 2008, pero el crecimiento del crédito bancario no; y tampoco el crecimiento del PIB real.

Pero la teoría marxista de dinero hace una distinción importante que no incluye la TMM. El capitalismo es una economía monetaria. Los capitalistas comienzan con capital dinero para invertir en la producción de productos básicos y de capital, que a su vez, a través del empleo de la fuerza de trabajo (y su explotación), con el tiempo ofrece un nuevo valor que se realiza en mayor capital-dinero. Por lo tanto, la demanda de capital-dinero impulsa la demanda de crédito. Los bancos crean dinero o crédito como parte de este proceso de acumulación capitalista, pero no el capital financiero separado de la producción capitalista. Los defensores de la TMM / chartalistas argumentan que la demanda de dinero es impulsada por los “espíritus animales» de los agentes individuales (los keynesianos) o por el estado que necesita crédito (los chartalistas). Por el contrario, la teoría marxista del dinero estima que la demanda de dinero, y por lo tanto su precio, es finalmente determinada por el ritmo de acumulación del capital y el consumo capitalista.

La teoría y la historia del dinero 

Esto plantea la cuestión de fondo de las diferencias entre la Teoría Monetaria Moderna, sus orígenes chartalista, y la teoría marxista del dinero. La teoría del dinero de Marx es específica del capitalismo como modo de producción, mientras que la TMM y el Chartalismo son ahistóricos. Para Marx, bajo el capitalismo, el dinero es la representación del valor y, por lo tanto, de la plusvalía. En la fórmula D-C-P-D’, D puede intercambiarse con C porque D representa C y D’ representa C’. El dinero no podría hacer el intercambio posible si la intercambiabilidad no fuera inherente a la producción de mercancías, si no fuera una representación del trabajo abstracto socialmente necesario y por lo tanto del valor. En ese sentido, el dinero no surge en el intercambio, sino que es la representación monetaria del valor del intercambio (RMVI), o del tiempo de trabajo socialmente necesario (TTSN).

La teoría de Marx analiza las funciones del dinero en una economía capitalista mercantil. Es una teoría históricamente específica, no una teoría general de la moneda a lo largo de la historia, ni una teoría del dinero en las economías pre-capitalistas. Así que, si bien es cierto que el dinero aparece por primera vez en la historia como una unidad de cuenta de los impuestos y los pagos de la deuda (como los chartalistas y Keynes señalan), ello no contradice la teoría del dinero en el capitalismo de Marx.

De todos modos, tengo grandes dudas de que, históricamente, la deuda del estado fuese la razón de la aparición del dinero (volveré a abordar este tema en futuras nota). David Graeber, el antropólogo anarquista, parece sostener esto en su libro, La deuda: los primeros 5000 años. Pero no me acaba de convencer. Marx sostiene que el dinero surge naturalmente en la medida que la producción de mercancías se generaliza. El estado simplemente valida la forma dinero, no la inventó. De hecho, creo que la cita de Locke que utiliza Graeber en la p.340 de su libro resume bien el argumento. “Locke insiste en que no se puede hacer valer más una pequeña pieza de plata si se la denomina ‘chelín’ que hacer a un hombre de baja estatura más alto por declarar que en la actualidad un pie tiene quince pulgadas”.

En la exposición clásica del Chartalismo, Knapp argumentó que los estados han designado históricamente la unidad de cuenta y que, al exigir que los impuestos se pagarán en una forma particular, garantizó que esa forma circularía como medio de pago. Todo contribuyente tendría que conseguir el dinero suficiente definido arbitrariamente por el estado y tendría que recurrir al intercambio monetario. Joseph Schumpeter refutó este enfoque cuando dijo: “Si Knapp se hubiera limitado a afirmar que el Estado puede declarar un objeto o un documento judicial o una ficha (con un signo) moneda de curso legal y que la declaración a este efecto de que un determinado documento de pago o ficha sería aceptado como satisfacción de los impuestos hubiera supuesto un importante avance en la asignación de algún valor a ese documento de pago o ficha, hubiera implicado una verdad aunque fuera obvia. Pero si hubiera afirmado que dicha acción del Estado determinaría el valor de ese documento de pago o ficha, hubiera sido una propuesta interesante, pero falsa”. [Historia del Análisis Económico, 1954]. En otras palabras, el Chartalismo es obvio y está en lo cierto o es interesante e incorrecto.

El dinero como mercancía o surgido de la nada 

Marx argumentó que el dinero en el capitalismo tiene tres funciones principales: como medida de valor, como medio de intercambio, y “el dinero como dinero”, que incluye el pago de la deuda. La función de medida de valor se deduce de la teoría del valor trabajo de Marx y esta es la principal diferencia con los Chartalistas / TMM, que (por lo que se) no tienen ninguna teoría del valor y, por lo tanto, una teoría de la plusvalía.

En efecto, para los exponentes de la TMM, el valor es ignorado a favor de la primacía del dinero en las relaciones sociales y económicas. Véase esta explicación de uno de los partidario de la TMM de su relación con la teoría del valor de Marx: “El dinero no es una mera ‘expresión’ o ‘representación’ de la creación de valor agregado privada. En su lugar, la TMM supone que el dinero como columna vertebral fiscal y flujo macro-económico implican juntos un horizonte material compartido de producción y distribución … Al igual que el marxismo, la TMM basa el valor en la construcción y mantenimiento de una realidad material colectiva. En consecuencia, rechaza la  teoría de la utilidad neoclásica, que basa el valor en el juego de las preferencias individuales. Pero, en contraste con el marxismo, la TMM sostiene que la producción de valor está condicionada por la capacidad fiscal abstracto del dinero y la jerarquía de la mediación que soporta. La TMM no descarta de ningún modo la fuerza de la gravitación física en la realidad humana. Más bien, de manera implícita de-prioriza la causalidad de la gravedad en los procesos políticos y económicos, mostrando las condiciones ideales en las que el dinero real se distribuye a través de la estructura piramidal“.

Si se abre uno paso en esta jerga escolástica, creo que significa que la TMM difiere de la teoría del dinero de Marx afirmando que el dinero no está vinculado a ninguna ley del valor que la arrastra como la ‘gravedad’, sino que tiene la libertad de expandirse y, de hecho, cambiar por si mismo de valor. ¡El dinero es la fuerza causal principal del valor, no al revés!

En mi opinión, esto no tiene sentido. Se hace eco de las ideas del socialista francés Pierre Proudhon en la década de 1840 que afirmaba que el problema del capitalismo era el sistema monetario en sí, no la explotación del trabajo y el modo de producción capitalista. Esto es lo que Marx pensaba del argumento de Proudhon en su capítulo sobre el dinero en los Grundrisse: “¿Pueden las relaciones de producción existentes y las relaciones de distribución que les corresponden ser revolucionadas por un cambio en el instrumento de la circulación?” Para Marx, “la doctrina que propone trucos en la circulación como una forma de, por un lado, evitar el carácter violento de estos cambios sociales y, por otro, de hacer estos cambios aparezcan no como una condición previa, sino resultado gradual de estas transformaciones en la circulación” comete un error fundamental y es una interpretación errónea de la realidad del capitalismo.

En otras palabras, la separación del dinero del valor y hacer del dinero la principal fuerza de cambio en el capitalismo es no reconocer la realidad de las relaciones sociales en el capitalismo y la producción con fines de lucro. Sin una teoría del valor, los partidarios de la TMM entran en un mundo económico ficticio, donde el estado puede emitir deuda y convertirla en créditos a cuenta del estado por un banco central, a voluntad y sin límite o repercusiones en el mundo real del capital productivo,  aunque nunca es tan simple como parece.

Para Marx, el dinero hace dinero a través de la explotación del trabajo en el proceso de producción capitalista. El nuevo valor creado se materializa en productos para la venta; el valor obtenido está representado por una cantidad de dinero. Marx comenzó su teoría del dinero como una mercancía como el oro o la plata, cuyo valor puede ser intercambiado con otras materias primas. Así que el precio o el valor del oro anclan el valor monetario de todos los bienes. Sin embargo, si el valor o el precio del oro cambian debido a un cambio en el tiempo de trabajo necesario para la producción de oro, entonces también lo hace el valor del dinero como precio de otros productos básicos. Una fuerte caída en el tiempo necesario para la producción de oro y por lo tanto una caída en su valor darían lugar a un fuerte aumento de los precios de otros productos (oro español de América Latina en el siglo XVI) – y viceversa.

La siguiente etapa en la naturaleza del dinero fue el uso de papel o monedas fiduciarias fijadas por el precio del oro, el patrón oro y, finalmente, la etapa de las monedas fiduciarias o ‘dinero de crédito’. Pero, contrariamente a la opinión de los TMM o Chartalistas, esto no cambia el papel o la naturaleza del dinero en una economía capitalista. Su valor todavía está ligado a la SNLT en la acumulación capitalista. En otras palabras, el dinero mercancía tiene / contiene el valor mientras que el dinero no mercantil representa / refleja el valor y, debido a esto, puede medir el valor de cualquier otra mercancía como expresarlo en forma de precios.

Los estados modernos son claramente cruciales para la reproducción de dinero y el sistema en el que circula. Sin embargo, su poder sobre el dinero es bastante limitado – y como dijo Schumpeter (y Marx habría dicho), los límites son más claros a la hora de determinar el valor del dinero. La Casa de la Moneda puede imprimir el número de billetes y monedas que quiera, pero no puede decidir lo que representan. Esa relación se determina mediante un sinnúmero de decisiones de fijación de precios de las empresas privadas, principalmente, que reaccionan de manera estratégica a la estructura de costes y la demanda a la que se enfrentan, en competencia con otras empresas.

Esto hace que el valor del dinero respaldado por el estado sea inestable. En realidad, la teoría chartalista lo reconoce. Según esta, el principal mecanismo por el cual el Estado proporciona valor a la moneda fiduciaria es mediante la imposición de obligaciones fiscales a sus ciudadanos y proclamando que aceptará sólo una cierta forma de pago (sea la que sea) para satisfacer esas obligaciones fiscales. Pero Randall Wray, uno de los escritores más activos de esta tradición, admite que si el sistema de impuestos se rompe, “el valor del dinero caería rápidamente hacia cero.” De hecho, cuando la solvencia del estado está seriamente cuestionada, el valor de las monedas nacionales colapsa y exige cambios en los productos reales, tales como el oro, como forma de acumulación para almacenar el valor. El precio del oro se disparó en el inicio de la actual crisis financiera en 2007 y otro aumento aún mayor tuvo lugar a principios de 2010, cuando la crisis de la deuda de los países del sur del Euro, agravó la situación.

Las conclusiones de política económica

A menudo escucho a distintos defensores de la TMM decir que “el dinero puede ser creado de la nada» . El ‘Dinero bancario no existe como resultado de la actividad económica. En cambio, el dinero bancario crea actividad económica’. O esto: ‘ El dinero para un préstamo bancario no existe hasta que nosotros, los clientes, solicitamos un crédito. (Ann Pettifor). La respuesta breve a esta idea es que “sí, el estado puede crear dinero, pero no puede fijar su precio”, o valor. El precio del dinero se decide en el tiempo mediante el movimiento del capital fijo así como el tiempo de trabajo socialmente necesario. Si un banco central ‘imprime’ dinero o acepta créditos a cuenta del Estado, facilita al Estado el dinero que necesita para poner en marcha programas de empleo, infraestructuras, etc., sin sin tener que recurrir a medidas fiscales o la emisión de bonos. Esta es la conclusión de política económica de la TMM. Esa es la ‘salida’ a una crisis capitalista causada por una caída en la producción del sector privado.

La TMM y los chartalistas proponen que la inversión del sector privado se sustituya o complemente la inversión del gobierno ‘pagada’ mediante la ‘creación de dinero de la nada’. Pero este dinero pierde su valor si no guarda ninguna relación con el valor creado por los sectores productivos de la economía capitalista, que determinan la SNLT y todavía dominan la economía. En lugar de ello, el resultado será el aumento de precios y / o la caída de la rentabilidad que a la larga ahogará la producción del sector privado. A menos que los proponentes de la TMM estén dispuestos a aceptar una propuesta política marxista: es decir, la apropiación del sector financiero y los ‘altos mandos’ del sector productivo a través de la propiedad pública y un plan de producción, frenando o poniendo fin a la ley del valor en la economía, sin lo que la política de gasto público mediante la creación ilimitada de dinero fracasará. Hasta donde se, los exponentes de la TMM evitan cuidadosamente y hacen caso omiso de esa conclusión política. Tal vez porque al igual que Proudhon no entienden la realidad del capitalismo, prefiriendo los ‘trucos de circulación’; o tal vez porque en realidad se oponen a la abolición del modo de producción capitalista.

Por supuesto, nada de esto ha sido probado en la vida real, porque la política de la TMM nunca se ha aplicado (ni por supuesto, la política económica marxista en una economía moderna). Así que no sabemos si la inflación se dispararía por la creación ilimitada de dinero para financiar programas de inversión. Los partidarios de la TMM defienden que  la ‘monetización del déficit’ concluiría una vez que se alcanzase el pleno empleo. Pero eso plantea la cuestión de si el sector privado en una economía puede ser sometido a la fina manipulación del Banco Central y la política de estado. La historia ha demostrado que no es así y no hay manera de que los gobiernos puedan controlar el proceso de producción capitalista y los precios de producción “de una manera tan afinada”.

Incluso el principal exponente de la TMM, Bill Mitchell, es consciente de este riesgo. Como dice él mismo en su blog, “Piense en una economía que está saliendo de una recesión y en fuerte crecimiento. Los déficits presupuestarios todavía podrían expandirse en esta situación, lo que los haría obviamente procíclicos, pero aún así la estrategia fiscal seguiría siendo la correcta debido a que el crecimiento del gasto público neto es el motor del crecimiento y de la economía hacia el pleno empleo. Incluso cuando el crecimiento del gasto no gubernamental es positivo, los déficits presupuestarios son apropiados si apoyan el movimiento hacia el pleno empleo. Sin embargo, una vez que la economía alcanza el pleno empleo, no sería apropiado para el gobierno seguir impulsando la demanda agregada nominal mediante la expansión de los gastos discrecionales, ya que correría el riesgo de inflación.” (El subrayado es mío).

Parece que la TMM, al final, se reduce a ofrecer una teoría para justificar el gasto público sin restricciones para mantener y / o restaurar el pleno empleo. Esa es su tarea, no otra. Es por esto que atrae la simpatía de la izquierda del movimiento obrero. Pero esta aparente virtud de la TMM oculta su lado negativo como un obstáculo para el cambio real. La TMM no dice nada acerca de por qué existen convulsiones en la acumulación capitalista, excepto que el estado puede reducir o evitar los ciclos de auge y caída mediante un uso juicioso del gasto público en un proceso de acumulación dominado por el capitalismo. Por lo tanto, no tiene una política de cambio radical en la estructura social.

La explicación marxista es más completa, ya que integra dinero y crédito en el modo de producción capitalista, pero también muestra que el dinero no es el problema decisivo en el modo de producción capitalista y que el control de las finanzas no es suficiente.  Por lo tanto, puede explicar por qué las soluciones keynesianas no funcionan bien para sostener la prosperidad económica.

2- Los trucos de la circulación

Como he señalado, la TMM es hija de lo que se llama Chartalismo, a saber, la teoría de que el dinero es históricamente creación del estado y no, como afirma la teoría neoclásica, una extensión del comercio de trueque; o la visión marxista de que el dinero aparece con el surgimiento de los mercados y la producción de mercancías (“El dinero cristaliza necesariamente del proceso de intercambio, en el que los diferentes productos del trabajo son, de hecho, equiparados entre sí, y por lo tanto convertidos en mercancías …. En la medida en que la transformación de los productos del trabajo en mercancías se lleva a cabo, una mercancía en particular se transforma en dinero.”- Marx capital Vol 1).

No abordaremos si el Chartalismo es un relato histórico preciso de la aparición del dinero. En su lugar, me refiero a una excelente exposición corta de la historia del dinero del economista marxista argentino, Rolando Astarita (aquí). Astarita también ha analizado la TMM en varios artículos, y me apoyaré en algunos de sus argumentos. Baste decir que argumentar que el dinero sólo surgió debido al papel del Estado en las economías precapitalistas no se corresponde con los hechos.

Sin embargo, la TMM parte de la convicción de que es el estado (no las relaciones mercantiles capitalistas) las que establecen el valor del dinero. Randall Wray, uno de los  principales exponentes de la TMM sostiene que el dinero toma su valor no de la mercancía “sino más bien de la voluntad del Estado de aceptarla como forma de pago”. El fundador del Chartalismo, Knapp, dice: “el dinero es una criatura de la ley” ; “La denominación de medios de pago de acuerdo con las nuevas unidades de valor es un acto libre de la autoridad del Estado”; y “en los sistemas monetarios modernos la decisión [del Estado] es siempre suprema”. De este modo, el sistema monetario moderno “es un fenómeno administrativo” y nada más.

Keynes también apoyó este punto de vista chartalista. En su Tratado sobre el dinero, Keynes afirma: “se alcanzó el dinero chartalista o estatal cuando el Estado asumió el derecho de declarar que forma de dinero acepta en un momento dado” . Así que “el dinero contable, especialmente aquel en el que las deudas, los precios y el poder adquisitivo general se expresan, es el concepto básico de la teoría del dinero”.  No creo que sea correcto decir que la TMM bastardiza a Keynes (como hizo un comentario a mi primera parte) – por el contrario, la TMM y Keynes están de acuerdo en que el dinero es un producto de la creación del estado en la medida en que el estado decide la unidad de cuenta de todas las transacciones.

Pero decidir la unidad de cuenta (por ejemplo, si dólares o euros) no es lo mismo que decidir su valor para las transacciones, es decir, como una medida o depósito de valor. La TMM supuestamente apoya el enfoque del dinero ‘endógeno’, es decir, que el dinero es creado por las decisiones de los empresarios para invertir u hogares para gastar, y de los préstamos que los bancos les otorgan para ese propósito. Así que los bancos hacen préstamos y así crean dinero (emitido por el estado). El dinero es depositado por los receptores de préstamos y pagan impuestos al estado. Según la TMM, los préstamos son creados por los bancos y los depósitos son absorbidos por los impuestos, en ese orden. En un nivel simple, la TMM se limita a describir cómo funcionan las cosas en la banca y el dinero. Y esto es lo que muchos partidarios de la TMM argumentan: ‘todo lo que estamos haciendo es hacer una descripción’.

Pero la TMM va más allá. Se argumenta que el Estado crea el dinero con el fin de recibir el pago de los impuestos. El Estado puede imponer impuestos a los ciudadanos y puede decidir la naturaleza de la moneda de curso legal que sirva de dinero. Así que el dinero es un producto del estado. Por lo tanto, la TMM tiene un circuito de dinero que sería: dinero del estado – otros (entidades no estatales) – impuestos – dinero del estado. El estado inyecta dinero en el sector privado, y el dinero es luego reabsorbido con la recaudación de impuestos. De acuerdo con la TMM, contrariamente a lo que pensamos la mayoría de nosotros de forma simplista, la emisión de dinero y la recaudación de impuestos no son alternativas contrapuestas, sino acciones que ocurren en diferentes momentos del mismo circuito. Así que si un gobierno tiene un déficit fiscal y gasta más de lo que recibe en impuestos, el sector no estatal tiene un excedente que se puede utilizar para invertir, gastar y emplear a más asalariados. El déficit del Estado por lo tanto se puede financiar mediante la creación de más dinero. Los impuestos no son necesarios para financiar los gastos del estado, sino para generar demanda de dinero (¡pagar impuestos!).

Pero el circuito de la TMM no muestra lo que sucede con el dinero que los capitalistas y los hogares tienen. En la TMM, M (en valor) se puede aumentar a M’ puramente mediante un dictat del estado . Para Marx, M sólo puede ser aumentado a M’ si la producción capitalista incrementa el valor de las materias primas que se venden por más dinero. Esta fase es ignorada por la TMM. El circuito de la MTT se inicia desde el estado a los sectores no estatales y de nuevo al estado. Pero esto ocurre al revés, causalmente. El circuito capitalista comienza con el capitalista y el dinero a través de la acumulación y la explotación del trabajo y llega de nuevo al capitalista, que paga después al estado los impuestos, etc. La TMM hace caso omiso de esto. Pero demuestra que el dinero no es exógeno a la actividad económica capitalista. Su valor no es controlado por el estado.

La TMM crea la ilusión de que todo este proceso se inicia y termina con el gobierno cuando realmente comienza dentro del sector capitalista, incluyendo el sistema bancario. Los impuestos no pueden absorber por completo el dinero porque los impuestos lógicamente se producen después de un cierto nivel de gasto en la producción privada. Los impuestos son generados cuando el sector privado gasta y los gobiernos deciden utilizar los impuestos para movilizar algunos recursos para el estado. Los ingresos privados y el gasto en recursos preceden a los impuestos.

Otra chartalista, Tcherneva escribe: “Los chartalistas argumentan que, puesto que el dinero es un monopolio público, el gobierno tiene a su disposición una forma directa para determinar su valor. Recuerde que para Knapp los pagos con la moneda miden un determinado número de unidades de valor. Por ejemplo, si el Estado requiere que para obtener una unidad muy potente de dinero una persona debe proporcionar una hora de trabajo, entonces el dinero tendría un valor exactamente de una hora de trabajo. Como emisor monopolista de la moneda, el Estado puede determinar el valor que la moneda tendrá mediante el establecimiento de los términos en los cuales se obtiene el dinero de alta potencia “(página 18). Política estatal de ‘precios exógenos’ de Tcherneva es bastante similar a las del socialista utópico del siglo XIX John Gray  que creía que mediante la emisión de bonos que tuvieran un precio determinado exógenamente para representar el tiempo de trabajo, las economías podrían favorecer el crecimiento y el pleno empleo – una opinión que Marx criticó .

La TMM difiere del gasto público mediante déficit fiscal keynesiano en que sus defensores defienden déficits públicos permanentes con el fin de impulsar la economía y lograr el pleno empleo de los recursos. De esta manera, el estado se convierte en el “empleador de última instancia”. De hecho, los partidarios de la TMM afirman que el paro puede ser resuelto dentro del capitalismo. Así que no hay necesidad de cambiar las formaciones sociales basadas en el capital privado. Todo lo que se necesita es que los políticos y los economistas reconozcan que el gasto público ‘financiado’ mediante la creación de dinero puede resolver el problema y alcanzar el pleno empleo.

Tcherneva escribe: “Los chartalistas proponen una política de pleno empleo en la que el estado establece exógenamente un precio importante para la economía, que a su vez sirve como un ancla para todos los demás precios …. Esta propuesta se basa en el reconocimiento de que el Estado no se enfrenta a limitaciones financieras operativas, que el desempleo es el resultado de la restricción de la emisión de moneda, y que el Estado puede ejercer una fijación de precios exógena (fijación de precios exógena)”. Esta conclusión política es bastante irónica. Conduce a la opinión de que el pleno empleo se puede lograr mediante la emisión “exógena” de moneda a un precio fijo. Y, sin embargo, la TMM rechaza el argumento monetarista de que un aumento exógeno de la cantidad de dinero debe conducir a un aumento de la actividad económica. ¡Pero pareciera que la TMM también tiene una teoría exógena de dinero!

Como Cullen Roche, un keynesiano ortodoxo, resume : “La TMM trata de reinventar la rueda y argumentar que es culpa del gobierno (e implícitamente, del resto de la sociedad) que no se pueda encontrar trabajo … La TMM defiende una causalidad invertida, comenzando con el estado y elaborando a partir de él”.  Roche continúa :“la causalidad real es que los recursos privados necesariamente preceden a los impuestos. Sin un sector privado de generación de ingresos altamente productivo no hay nada especial acerca de los activos creados por un gobierno y es literalmente imposible que estos activos sigan siendo valiosos. Creamos equidad cuando producimos bienes y servicios reales o aumenta el valor de mercado de los activos con respecto a sus pasivos a través de la producción. Es completamente ilógico y tonto argumentar que uno puede simplemente “imprimir” equidad de la nada. La deuda pública es, lógicamente, un pasivo de la sociedad que la crea. La deuda pública agregada es una responsabilidad que debe ser financiada por el rendimiento productivo de esa sociedad “.

Un comentario recibido a mi primera parte cuestionó mi afirmación de que los partidarios de la TMM creen que el dinero puede ser creado de la nada – que esto era una distorsión de la TMM. El argumento real de la TMM es que el gasto público puede financiarse mediante el aumento de la actividad económica y por lo tanto más impuestos. Yo cito algunos economistas que hablaron de ‘crear de la nada’, pero al parecer estos no son verdaderos partidarios de la TMM. Pero el experto fiscal británico y economista, Richard Murphy, es sin duda un defensor de la TMM. Y según él “los gobiernos pueden hacer dinero de la nada, a voluntad … La TMM defiende que todo el gasto público está, de hecho, financiado por dinero creado de esta manera, creado por los bancos centrales en nombre del gobierno … La TMM argumenta lógicamente como consecuencia que no hay tal cosa como impuestos y gastos cuando se considera la actividad del gobierno en la economía; sólo puede haber gasto e impuestos.” Del mismo modo, Stephanie Kelton es actualmente la economista más popular de la TMM. Ella defiende que los gobiernos pueden expandir el gasto cuanto sea necesario para lograr la plena utilización de los recursos productivos en una economía gracias al dinero del estado, porque este tipo de gasto es ‘autofinanciado’.

El dinero sólo tiene valor porque hay un valor en la producción que lo respalde. El gasto público no puede crear ese valor – de hecho, algunos gastos del gobierno pueden destruir valor (armamento, etc). El valor productivo es lo que da credibilidad al dinero. Un sector privado productivo genera el producto interno y los ingresos pasivos que dan credibilidad crediticia al gobierno en el primer lugar. Cuando esa credibilidad no existe, esa confianza en la moneda del Estado puede desaparecer rápidamente, como vemos en Venezuela o Zimbabwe, e incluso Turquía en este momento (volveré a ello en una nota futura).

Para citar de nuevo a Cullen Roche: “la producción productiva, necesariamente, precede a los impuestos. En este sentido, es apropiado decir que la producción productiva sostiene al dinero. Y si la producción productiva colapsa no hay grupo armado de hombres que puedan obligar a la gente a pagar impuestos … Así que el punto importante es que un gobierno tiene efectivamente limites en su gasto. Está limitado por la cantidad y calidad de la producción productiva de su sector privado. Y la cantidad y calidad de los ingresos que el sector privado puede crear es la cantidad de ingresos que limita la capacidad del gobierno para gastar“. Esta es una terminología keynesiana: pero si cambiamos la palabra ‘ingresos’ o ‘producción’ por ‘valor’, es similar en términos marxistas.

La teoría del dinero de Marx coincide con el enfoque endógeno en la medida en que es el sector capitalista el que crea la demanda de dinero; para actuar como medio de cambio y depósito de valor. Los bancos hacen préstamos y crean depósitos, y no viceversa. De hecho, la teoría del dinero de Marx es más consistentemente endógena que la de la TMM porque reconoce la primacía del proceso de acumulación capitalista (con bancos y mercados) a la hora de decidir el valor del dinero, no ningún papel ‘exógeno’ del estado. Como dice Astarita: “la diferencia fundamental entre el enfoque marxista del dinero y el enfoque chartalista gira alrededor de este único punto. En la concepción de Marx, el dinero sólo puede ser entendido como una relación social. En el enfoque chartalista, es un artificio en el que las determinaciones sociales esenciales están ausentes …“barre debajo de la alfombra” la centralidad del trabajo productivo, y la explotación del trabajo, la verdadera base sobre la que se asienta la sociedad capitalista“.

El Estado no puede establecer a voluntad el valor del dinero que se emite por la sencilla razón de que, en una economía capitalista, no es dominante y omnipotente. Las empresas capitalistas, los bancos e instituciones dominan y toman decisiones sobre la base de la ganancia y la rentabilidad. Como resultado, de forma endógena determinan el valor de las mercancías y el dinero. La ley del valor de Marx defiende que el valor está anclado en el tiempo de trabajo socialmente necesario para la producción global de mercancías (bienes y servicios), es decir, mediante la productividad media del trabajo, las tecnologías y la intensidad del trabajo. El estado no puede superar o ignorar esta realidad.

Y es una realidad. Permítanme ofrecer algunas pruebas empíricas simples (algo que los defensores de la TMM no hacen). El gasto público en las economías modernas, en particular las que son objeto de la reflexión de la TMM (que no tienen mucho que decir sobre las denominadas ‘economías emergentes’ – pero volveré a ello en una nota futura), como los EE.UU. o el Reino Unido o el G7, es alrededor de un 30-50% del PIB. La inversión pública es sólo alrededor del 3-5% del PIB. Que hay que compar con la inversión del sector capitalista de un 15-25%, mientras que el gasto de los hogares varía entre el 55-70% del PIB. El volumen de bonos del gobierno nacional en manos privadas en los EE.UU. es sólo el 4% del patrimonio neto del sector privado.

Hice un pequeño análisis empírico de la relación entre el gasto público y el desempleo. De acuerdo con la TMM, se podría esperar que cuanto mayor es la proporción del gasto público en una economía, más bajo es el desempleo. Pero !la evidencia demuestra lo contrario! El gasto público en Francia es de más del 55% del PIB, del 39% en Japón y un 38% en los EE.UU.. Pero ¿cuál de estos tres países tiene la mayor tasa de desempleo? Francia 9%; Japón 2,4% y los EE.UU. 4%. La mayoría de las economías capitalistas avanzadas con los coeficientes de gasto público más altos tienen mayores tasas de desempleo. Esto demuestra que hay otras razones que la falta de gasto público para explicar el nivel de desempleo en las economías capitalistas.

Así que la emisión de dinero por el estado no es un motor clave de la economía y el empleo. Por supuesto, los defensores de la TMM a veces argumentan que este es el problema: basta con ampliar el gasto público, en particular las inversiones, financiarlas con ‘emisión de dinero’ y el estado de forma exógena superará o evitará las dificultades de la acumulación capitalista. Sin embargo, esta respuesta nos lleva inmediatamente a la cuestión, conscientemente ignorada por la TMM, de que es el sector capitalista el dominante en las economías modernas, para bien o para mal, no el dinero emitido por el estado.

¿Es realista que la TMM afirme que la única razón de las economías modernas sufran desempleo se debe a que los políticos no aplican la TMM y que los gobiernos gasten tanto como sea necesario, respaldados por la emisión de dinero controlado por el Estado? Ese no era el punto de vista de Keynes o Marx. Keynes creía que la causa del desempleo era la falta de inversión de los capitalistas; Marx dijo lo mismo (aunque el ejército de reserva de mano de obra es el resultado del sesgo pro-capital en la acumulación capitalista). La diferencia entre Marx y Keynes era lo que provoca cambios en la inversión. Para Marx era la rentabilidad; Para Keynes los ‘espíritus animales’ o la ‘confianza empresarial’. Ambos vieron las líneas de falla dentro del capitalismo: Keynes en el sector financiero; Marx en el capitalismo en su conjunto. Por el contrario, la TMM cree que es sólo ¡el hecho de no permitir que el estado amplíe la emisión de dinero!

Pero tal vez la crítica más elocuente de la TMM es que, dado que no reconoce la importancia del sector capitalista en su circuito de dinero y sólo la dicotomía estado/’sector no estatal’, no puede decirnos nada acerca de por qué y cómo hay depresiones regulares de la producción y la inversión en las economías modernas. Sobre esta cuestión, los partidarios de la TMM tienen la misma posición que los keynesianos ortodoxos: que puede ser debido a una falta de ‘demanda efectiva’ o a causa de los ‘espíritus animales’ y no con ninguna contradicción en el modo capitalista de producción. Pero para los defensores de la TMM esta cuestión es irrelevante. Los partidarios de la TMM tienen la misma visión que el economista ortodoxo keynesiano Paul Krugman, a saber, que en realidad no importa cuál sea la causa de una depresión: lo más importante es salir de ella mediante el gasto público. En el caso de Krugman través del gasto público gracias a una emisión de bonos juiciosa; en el caso de la TMM con gasto público financiado por la emisión de dinero.

Llámenme anticuado, pero creo que la ciencia avanza mejor mediante la búsqueda de las causas de porque las cosas suceden para entender mejor qué medidas se pueden aplicar de forma útil para evitar las consecuencias indeseadas (la vacunación de enfermedades, por ejemplo). Esperar ciegamente a ver si el gasto público funciona no es científico. De hecho, los economistas marxistas han trabajado mucho para demostrar que las grietas en la rentabilidad del capital es la explicación más convincente de las crisis recurrentes, no la falta de demanda ni la austeridad en el gasto público. Y eso implica medidas para reemplazar completamente la economía monetaria con fines de lucro.

La respuesta al desempleo o para acabar con las crisis no radica en el simple recurso a la emisión de dinero, como afirma la TMM. La TMM se basa en lo que Marx llamó “los trucos de la circulación”: “la doctrina que propone trucos de circulación como una forma de, por un lado, evitar el carácter violento de estos cambios sociales y, por otro, de hacer que estos cambios no aparezcan como una condición previa sino el resultado gradual de estas transformaciones en la circulación”.

La TMM alega que tiene una teoría endógena del dinero, pero en realidad defiende una exógena, basada en la emisión de dinero del estado. Afirma que el gasto público puede ampliarse cuanto sea necesario para alcanzar el pleno empleo a través de la emisión de dinero, sin ninguna referencia a la actividad productiva de la economía no estatal, en particular, la rentabilidad del sector capitalista. De hecho, de acuerdo con la TMM, el capitalismo puede sobrevivir y lograr un crecimiento armónico y pleno empleo mediante «trucos de circulación”. La TMM ignora u oculta las relaciones sociales de explotación de la mano de obra con fines de lucro. Y al vender ‘aceite de serpiente’ en su lugar, la TMM desorienta al movimiento obrero sobre cuales deben ser los cambios fundamentales.

3- Un respaldo al capitalismo

Voy a intentar abordar ahora los aspectos prácticos, en otras palabras, ¿cuáles son las propuestas de política económica que los partidarios de la TMM proponen que un gobierno aplique con el fin de crear más puestos de trabajo y mejores salarios sin provocar inflación?

Desde la Gran Recesión, los economistas de izquierda han tratado de refutar las teorías de la económicas neoliberales dominante que exigen presupuestos gubernamentales equilibrados y una reducción de los altos niveles de deuda pública.  Las políticas de austeridad neoliberales han significado recortes de las prestaciones sociales, de los servicios públicos, el estancamiento de los salarios reales y un aumento del desempleo. Naturalmente, el movimiento obrero quiere revertir estas políticas que hacen que los trabajadores paguen por el fracaso de los bancos y el capitalismo.

La alternativa habitual suele venir del keynesianismo tradicional, es decir, más gasto público (mediante la ejecución de déficit en los presupuestos anuales) para impulsar la demanda efectiva en la economía capitalista, crear puestos de trabajo y aumentar los salarios. Y aquí es donde entra en juego la TMM. Como el portavoz de la TMM Randall Wray escribe, lo que la TMM aporta a la política de estímulo fiscal keynesiano es el argumento teórico de que “un gobierno soberano no puede quedarse corto de su propia moneda”. Dado que el estado tiene el monopolio de fijar la unidad de cuenta (dólares o euros o pesos), puede crear tanto dinero como sea necesario, distribuir ese dinero a entidades no estatales, y así impulsar la demanda y crear puestos de trabajo e ingresos. Como dice Stephanie Kelton, una de las principales exponentes de la TMM y asesora de Bernie Sanders, “El emisor de la moneda nunca puede quedarse sin dinero, ya que siempre puede imprimir más dólares, pesos, rublos, yenes, etc.”

Por lo tanto, los déficits presupuestarios del estado (y el aumento de la deuda del sector público) no son un problema. Y debido a que casi siempre hay ‘holgura’ en las economías capitalistas, es decir, desempleo y recursos infrautilizados, siempre hay espacio para impulsar la demanda, no sólo temporalmente hasta que el sector capitalista se recupere de nuevo (como en las políticas keynesianas), sino de forma permanente. Esto suena muy atractivo a la izquierda en el movimiento obrero.  He aquí una justificación teórica del gasto público y los déficits presupuestarios ilimitados para lograr el pleno empleo sin tener que tocar las complicadas limitaciones del sector capitalista de la economía. Todo lo que se necesita es que los políticos y los gobiernos reconozcan el simple hecho de que el Estado no puede quedarse sin dinero.

La política económica de la TMM implícita en esa premisa teórica es lo que llaman “trabajo garantizado” por el gobierno. A todo el mundo se le garantiza un puesto de trabajo si quiere o lo necesitan; el gobierno los empleará en proyectos; o pagará por ellos para conseguirles un trabajo. La mayoría de las personas trabajan para las empresas capitalistas o el gobierno, pero el desempleo se mantiene y puede engullir a un sector considerable de la población activa. Así que el gobierno debe actuar como un “empleador de última instancia”. No reemplazar a las empresas capitalistas, sino movilizar a las personas en edad de trabajar que el capital no emplea. Según Randall Wray: “Bastaría con gestionar un programa colchón de mano de obra”.   Se podría definir como un respaldo del gobierno al capitalismo.

Bill Mitchell es un destacado economista de la TMM de Australia y ha hecho campaña incansablemente por el trabajo garantizado por el gobierno.  Él lo describe como “‘un programa de empleo público permanente que ofrece un trabajo con un salario digno (mínimo) a cualquier persona que quiera trabajar pero no puede encontrar empleo” ….  Los empleos del programa de trabajo garantizado movilizaría el ‘fondo’, en el sentido de que los salarios mínimos no competirían con la estructura salarial del mercado de trabajo. Al no competir con el mercado de trabajo privado, el trabajo garantizado evitaría las tendencias inflacionarias del viejo keynesianismo, que intentó mantener plena utilización de la capacidad mediante la ‘contratación de la parte superior’“.

Garantizar un trabajo a todos suena muy bien. Pero, al parecer, no va a ser un trabajo con un salario digno (un salario con el que las personas puedan vivir dignamente). No, sólo será un ‘salario mínimo’ para asegurarse de que no “compite con la estructura salarial del sector privado”. En otras palabras, con Amazon o Wal-Mart, o las pequeñas empresas comerciales y de ocio, que seguirán pudiendo pagar a sus trabajadores salarios muy bajos (en o cerca del mínimo) sin interferencias del trabajo garantizado, porque dichos empleos tendrán que pagar menos.

Así, el trabajo garantizado actúa como un respaldo para el sector privado: no lo reemplaza. Bill Mitchell otra vez: “El Gobierno opera una reserva de estabilización de puestos de trabajo para absorber a los trabajadores que no pueden encontrar empleo en el sector privado. Esa reserva se expande cuando disminuye la actividad del sector privado. El TG cumple esta función de absorción para reducir al mínimo los costes asociados con el flujo de la economía. Así que el gobierno absorbe continuamente a los trabajadores desplazados del sector privado. Los trabajadores de la “reserva de estabilización” tendrían el salario mínimo, que establecería un piso salarial para la economía”.

En cierto modo, esto me recuerda a la idea de la Renta Básica Universal. La RBU también es un respaldo al capitalismo, al proporcionar ingresos básicos a las personas, incluso si no trabajan. El TG ofrece un salario mínimo si desean trabajar. Pero ninguno de ellos amenaza o reemplazar la estructura salarial del sector capitalista o las decisiones del capital sobre a quién emplear y en qué condiciones. Como dice Mitchell: “Para evitar afectar a la estructura salarial del sector privado y para asegurar que el TG es consistente con una inflación estable, la tasa salarial del TG debe ajustarse al nivel del salario mínimo”.

Y ¿qué tipo de empleos serán? Por definición no serán puestos de trabajo cualificados dado que el gobierno “contratará en el fondo”. Pero serán en proyectos útiles sin ánimo de lucro, como la construcción de carreteras, puentes, etc:  “muchas actividades socialmente útiles, incluyendo los proyectos de renovación urbana y otros programas ambientales y de construcción (reforestación, estabilización de dunas de arena, control de la erosión del valle del río, y similares), la asistencia personal a los pensionistas, y otros programas comunitarios. Por ejemplo, los creadores podrían contribuir a la educación pública como artistas itinerantes”.

Cuando leí esa lista, me recordó al New Deal de Roosevelt de la década de 1930. Con Roosevelt, la Works Progress Administration  (WPA) puso a trabajar a muchos desempleados en una amplia gama de programas de obras públicas financiados por el gobierno, con la construcción de puentes, aeropuertos, presas, oficinas de correos, hospitales y cientos de miles de millas de carreteras. Todo a cambio de ingresos muy básicos. ¿Resolvió el problema del altísimo desempleo durante la Gran Depresión? En 1933 la tasa de desempleo alcanzó el 25%; en 1938 fue el 19%; así que no fue un gran éxito. Los defensores de la TMM dirán que fue debido a que no se aplicó correctamente, dado que Roosevelt seguía tratando de equilibrar el presupuesto del gobierno, no incurrir en un déficit permanente.

El objetivo del programa de TG es proporcionar puestos de trabajo sólo con un salario mínimo. Lo que también me recuerda las famosas ‘reformas’ laborales de Hartz en Alemania en la década de 2000, que crearon programas para los desempleados con el salario mínimo estricto. La tasa de desempleo se redujo pero los salarios reales se estancaron. Aunque el desempleo está en su nivel más bajo desde la reunificación alemana en 1990, 9,7% de alemanes con trabajo todavía viven por debajo del umbral de la pobreza, definido como un ingreso de alrededor de € 940 por mes, mas o menos. De hecho, la cifra de trabajadores pobres ha crecido del 7,5% en 2006 e incluso supera la media del 9,5% en la UE, según datos de Eurostat.

Los salarios reales alemanes y el PIB per cápita

Si quiere saber cómo se sienten los empleados remunerados con el salario mínimo en el contexto alemán, lea esto.

El otro problema con el gasto público sin límite defendido por la TMM es la inflación. El estado puede controlar y emitir la moneda y los gobiernos nunca puede quedarse sin ella, pero el sector capitalista controla la tecnología, las condiciones de trabajo y el nivel de calificación y la intensidad de la fuerza de trabajo. En otras palabras, la productividad del trabajo (valor real) no está bajo control del estado a pesar de su monopolio de la impresión de moneda. Así que una economía está limitada por la productividad y el tamaño de la fuerza de trabajo cuando está totalmente ocupada. Si el gobierno sigue inyectando dinero cuando no se puede aumentar la producción, habrá inflación de los precios de los productos y/o inflación en los activos financieros especulativos.

Los partidarios de la TMM son conscientes de este problema. Bill Mitchell dice:  “cuando el nivel de actividad del sector privado es tal que las presiones de precios y salarios se convierten en el precursor de un episodio inflacionario, el gobierno puede manipular los ajustes de política fiscal y monetaria (mejor política fiscal) para reducir el nivel de la demanda del sector privado”.  En otras palabras, el gobierno va a recortar el gasto o aumentar los impuestos y/o las tasas de interés como la teoría económica dominante.  Como resume Randall Wray: “La solución es evitar gastar más una vez se alcanza el pleno empleo; y controlar cuidadosamente el gasto incluso antes de alcanzar el pleno empleo para evitar cuellos de botella”.

Así que estamos de vuelta a la gestión macro keynesiana tradicional, algo que abismalmente fracasó en la década de 1970 cuando las economías capitalistas experimentaron estagflación, es decir, un aumento de la inflación y del desempleo al mismo tiempo. La razón fue que la inflación y el empleo no están bajo el control del Estado en una economía capitalista, sino que dependen de la rentabilidad del capital y de las decisiones de inversión de los capitalistas. La TMM sólo ofrece un respaldo a la inversión y al empleo capitalista, no una alternativa.

Si hay inflación a nivel nacional que frene las exportaciones de un país, los defensores de la TMM proponen hacer flotar la moneda. Así no hay controles de capital ni interferencias en los mercados de divisas. Randall Wray: “dejaría que dólar flotase”. Lo que podría ser aceptable para los EE.UU., cuya moneda, el dólar, es la moneda de reserva internacional y tiene que ser sostenida por los estados extranjeros y las empresas para hacer negocios. Pero esa no es la situación de las economías capitalistas más pequeñas, sobre todo de los llamados países emergentes. Si la inflación se afianza porque el gobierno está imprimiendo pesos, liras o bolivares sin parar para tratar de mantener el pleno empleo, mientras que la producción capitalista colapsa, el resultado será la hiperinflación. Y si las monedas están flotando sin ningún tipo de control, el valor de las monedas se desplomará, como en Turquía, Argentina, Venezuela, etc.

Lo que esto demuestra es que la TMM es en gran medida una teoría orientada a Australia  y EE.UU. y que sus prescripciones de política económica no tienen ninguna aplicación viable en la mayoría de las economías globalmente, al igual que la teoría y la política keynesianas. El Estado puede controlar la emisión de su moneda, pero no puede controlar su valor frente a otras monedas o al oro, el dinero mundial. Si los tenedores o compradores potenciales pierden la confianza en el valor de una moneda, su valor colapsará, lo que aumenta la inflación.

La mayoría de los dirigentes sindicales se oponen a la austeridad. Pero no quieren una política que signifique la destrucción de las relaciones económicas capitalistas: algo demasiado aterrador, arriesgado y no ‘realista’, por lo que buscan políticas que ofrezcan revertir la austeridad sin poner en peligro el capitalismo, como la financiación keynesiana del déficit. La TMM ofrece una justificación teórica novedosa para la financiación del déficit permanente: el Estado controla el dinero como unidad de cuenta y no hay límite, por tanto, al gasto público y el aumento de la deuda pública no es ningún problema. La única restricción es cuando los recursos se agotan y la inflación pueden sobrevenir. Entonces es el momento de gravar fiscalmente.

De esta manera, la TMM actúa como un respaldo del capitalismo: el Estado es el empleador de último recurso, pero no el principal empleador. Busca compensar (apañar) los fracasos de la producción capitalista, no reemplazarla.

es un reconocido economista marxista británico, que ha trabajador 30 años en la City londinense como analista económico y publica el blog The Next Recession. La presente contribución es la suma de tres artículos publicados por M. Roberts en su blog el 28 de enero, el 3 de febrero y el 5 de febrero de 2019.

Fuente:

https://thenextrecession.wordpress.com

Traducción:G. Buster