Transición política sudamericana, entre presidencias deshidratadas y el despertar de las calles

 

por Salvador Schavelzon

 

Sudamérica se muestra en estado de turbulencia y sin una tendencia definida que consiga orientar el proceso político. Con protestas de distinta naturaleza en octubre y noviembre en Ecuador, Chile, Bolivia, Colombia y Perú, el juego político migra de las instituciones para el movimiento social, sin que la política partidaria encuentre respuestas o formas de cerrar la crisis que las movilizaciones abren de par en par.

En Argentina y Brasil, sin recientes grandes manifestaciones, los líderes políticos concentran un alto grado de atención alrededor de sí. Pero el desencantamiento generalizado no es diferente al de los países vecinos, y el fin del progresismo no se traduce en el inicio de un ciclo conservador estable y prolongado. La alternancia política, vivida de forma escatológica, no constituye tampoco un sistema bipartidista como el de las décadas que siguieron a la democratización.

Es posible que los consensos que sustentan el modelo social y político se hayan vuelto obsoletos, además de injustos y para pocos, como siempre fueron, naciendo herederos de los pactos post dictadura militar. Pero toda la clase política todavía funciona con ellos, garantizando su vigencia y fortaleza, y enfrentando de forma conjunta, por lo tanto, a la oposición de las calles, línea de frente del momento actual.

En Bolivia y Chile, las protestas de octubre se iniciaron contra los presidentes Piñera y Evo Morales, pero la situación política abierta por las calles parece dislocarse más allá. En dos países con gobiernos de izquierda y de derecha que aparecían con la mayor estabilidad económica en la región, la crisis no se suaviza pero se aleja del conflicto por la reelección, en Bolivia, y de la renuncia de Piñera, en Chile. A partir de un acuerdo con participación de los legisladores del propio MAS (Movimiento al Socialismo), que mantiene mayoría en el legislativo, fueron convocadas elecciones sin la participación de Evo Morales, mientras su vuelta al país no parece ser lo que organice la política boliviana hacia delante, más allá de algunos sectores.

Incluso fuera del poder, partidos alimentados por el sistema no pueden romper con la lógica con que se acostumbraron a funcionar. Pasó con el kirchnerismo, que después de la derrota frente a Macri encontró legisladores propios construyendo mayoría con el nuevo gobierno. También con el Partido de los Trabajadores, en Brasil, que poco tiempo después de la destitución de Dilma Rousseff, siguió haciendo alianzas electorales con los partidos que consideraba golpistas. La radicalización discursiva convive con un juego institucional, electoral y de la administración burocrática contraria a la movilización y disputa política que busca cambios.

En Chile, la renuncia de Piñera deja de ser el foco, y ningún líder aparece como salvación. La fuerza de las calles parece alejar la idea de que la solución vendrá de arriba. Es el fracaso del sistema privado de jubilación, la mercantilización de la salud y la educación, el costo de vida, y las dificultades impuestas por el neoliberalismo, que están centralmente en la orden del día. Buscando recuperar iniciativa política, el gobierno hace acuerdos con la izquierda partidaria y convoca un proceso constituyente. La izquierda vota a favor de legislación represiva (ley “anticapucha”) y da lugar a una Convención Constituyente que garantiza poder de veto para la derecha. En una asamblea en manos de los partidos, probablemente el conflicto abierto por las calles no será cerrado fácilmente.

El ciclo progresista no es más posible de la forma como fue caracterizado entre diez y cinco años atrás, con el aprovechamiento de precios altos de commodities, aumento del crédito y consumo, buen trato con los poderes empresariales que generaron lucros históricos para el poder financiero, perdones fiscales para grandes empresas y expansión del agronegocio sin precedentes. Políticas sociales y de cultura pretendían equilibrar un modelo que no dejó de ser de concentración de renta y desigualdad. Crecimiento y consumo ocurrían sin ruptura con las bases de una democracia de pocas familias dueñas del poder.

Después del progresismo, y sin ruptura con las bases de la organización económica, así como de las políticas públicas de transferencias de renta, nuevas y viejas derechas ganan elecciones pero no establecen una nueva hegemonía. Como en Chile, el gobierno colombiano de Iván Duque, también de derecha, enfrenta fuerte oposición en las calles. Bolsonaro en Brasil, muestra grandes problemas de sustentación de una base parlamentaria y problemas para mostrar una mejora económica que beneficie la población. Apenas un discurso autoritario que se presenta contrario a las instituciones, pero que no se mostró capaz de organizar una base movilizada de sustentación, ni de unificar políticamente las distintas derechas oscurantistas, liberales, conservadoras y oportunistas que congrega.

La falta de legitimidad política del nuevo gobierno en Bolivia, de Jeanine Áñez, apenas lo autoriza para llamar nuevas elecciones, mientras el MAS se habilita para disputar la presidencia con nuevos candidatos, a ser nombrados por Evo Morales. El vacío de hegemonía deja al MAS con chances de conseguir, por un camino más largo, un retorno al poder parecido al del kirchnerismo en Argentina que, dejando de lado la centralidad del líder, preserva espacios de poder.  Asumiendo un tono moderado que seduce sectores medios, los consensos que gobiernan el sistema obtienen garantía con izquierdas del orden, tanto cuanto con derecha que asumen directamente el cuidado de los intereses de los de arriba.

En Ecuador, el presidente Lenin Moreno, que buscó ocupar el lugar dejado por Rafael Correa, de quien fue vicepresidente, enfrentó 11 días de rebelión cuando decretó medidas impopulares como el fin del subsidio al combustible, aumento de impuestos y corte de vacaciones para empleados públicos. La debilidad del sucesor, sin embargo, no abre camino para la vuelta del correísmo, derrotado en la tentativa de buscar una alianza con el movimiento social que paralizó el país con movilizaciones. En la voz de las organizaciones indígenas, destacadas en las jornadas de protesta, la oposición al gobierno venía junto con la oposición a la vuelta del ex presidente que, como los otros gobiernos progresistas, no se diferenció de los gobiernos de derecha en relación a las grandes obras que violaron territorios y autonomía de comunidades indígenas y tradicionales, y criminalización de la protesta.

La fuerza de las movilizaciones remite a las protestas de 20 años atrás, como en diciembre de 2001 en Argentina, la Guerra del Agua en Bolivia del 2000, en un ciclo global de movilizaciones iniciado en Seattle en 1999, o con el zapatismo en 1994 y que nunca concluyó, con frecuentes movilizaciones indígenas y campesinas en los Andes, marchas y levantamientos contra ajustes, o como lo protestos iniciados en junio de 2013 en Brasil, y las movilizaciones más recientes de estudiantes, campesinos e indígenas en Colombia, Chile y Ecuador. Nuevamente, las calles alimentan una búsqueda de auto-organización de los de abajo, con fuerza social y autonomía. Esta vez, sin embargo, no parecen abrirse salidas partidarias o populistas, con líderes que centralizan la iniciativa política conseguida por movimientos y luchas sociales.

Contra líderes que se vuelven blanco fácil de nuevas derechas, vemos indignación y revuelta que los excede, en movimientos de destitución seguidos de nuevas administraciones y líderes que enfrentan protestas o desencanto, sin apoyo movilizado fuera del tiempo de las elecciones. La aparición de una derecha autoritaria y más virulenta, con discurso de odio, ausente en el ciclo progresista, antagoniza y restaura el progresismo, que también no se retira definitivamente. Pero en este juego el resultado es el aumento de la visión generalizada de falta de alternativas por dentro del sistema.

La caída de Evo Morales, en Bolivia, se adecua al mismo momento regional, de disolución de hegemonías institucionales. Esta se produce después de una derrota electoral, en 2016, en un referéndum en el que la mayoría votó “No” a la reforma de la constitución que permitiría una nueva reelección, resultado contrariado por el tribunal constitucional que, bajo presión política, autorizó la candidatura, permitiendo la nueva postulación, que generó el conflicto posterior sobre la aceptación del resultado electoral. Después de 20 días de protestas en las ciudades, una victoria electoral controversial se tornó insostenible para el MAS cuando la auditoría de la OEA que el propio gobierno había solicitado, recomendó la realización de nuevas elecciones, y hubo desobediencia de las fuerzas de seguridad para contener la movilización social.

Sin Evo Morales, la llegada de la derecha asociada a la elite del Oriente del país, como la de Macri en Argentina en 2015 y de Bolsonaro en Brasil en 2018, no se explica por la fuerza política propia, tampoco por la intervención imperialista, sino por la pérdida de apoyo popular que interrumpe más de diez años de gobiernos sucesivos de signo plurinacional, progresista, populista, bolivariano o de izquierda. La oposición regional que desde la asunción de Evo Morales en 2006 buscó desestabilizar, había sido neutralizada en 2008, en un referéndum revocatorio contra Evo Morales, cuya victoria por el 67,4% aisló la oposición y dio lugar a la aprobación de la nueva Constitución Plurinacional. Pero el precio de la consolidación política y avance del MAS sobre las instituciones sería dejar de lado los cambios, negociando ya la propia constitución con las elites políticas y económicas que aprendieron a convivir con un progresismo amigo, y mismo con Estado Plurinacional, garantiza los viejos consensos.

La opción por la conciliación, los negocios, el desarrollismo predatorio en países de fuerte perfil de proveedor de materias primas, alejándose de las agendas que los erigieron en el poder, fue deshidratando rápidamente gobiernos populistas o progresistas. Del otro lado, derechas que se construyen en base a retórica mediática, oposición a la corrupción que no se sostiene una vez en el gobierno, falta de prometidas respuestas a los problemas endémicos, y dificultades económicas que abaten gobiernos de cualquier signo político, abren la posibilidad, clara hoy para la población de Chile más que en ningún otro lugar, que más allá de sucesiones presidenciales, disputas electorales y en la justicia, el foco de la política debe apuntar al arreglo neoliberal y su continuidad de décadas, administrada por los sucesivos poderes políticos.

La fuerza electoral de la derecha chilena, mostrada por el triunfo de Piñera en 2017, muestra pies de barro también, como fueron las victorias recientes de la izquierda, incluyendo Venezuela, momentáneamente al margen de la dinámica de las calles. Más de un mes de protestas diarias en las calles de Chile, con ocupaciones de escuela, paros generales, organización de asambleas populares, con una visión política que necesariamente pasa por la constatación que la alternancia política entre progresismo (neoliberal, de Bachelet) y derecha no había alterado la estructura que gobierna por detrás del espectáculo electoral y enfrentamiento ideológico sin contacto con la realidad cotidiana y las disputas concretas con el poder económico y la gobernanza neoliberal.

Junto con la política de las calles, la represión policial y militar gana espacio, generando diferencias internas al campo de la propia derecha en el poder. Con respaldo de sectores políticos conservadores, y también progresistas, la represión de las protestas expone la violencia institucional que cotidianamente está presente en la militarización de barrios populares, encarcelamiento en masa y asesinato de líderes sociales, práctica sistemática en varios países. La insistencia en limitar la política al espacio de las instituciones, más bien sólo aumenta el desencanto porque falta de respuestas que se muestran posibles y a la altura de la fuerza que muestran las movilizaciones de millones, cuando estas despiertan.

En las calles hoy no se encuentran respuestas y soluciones políticas para ser aplicadas. Pero se encuentran caminos para cuestionar las trampas de un sistema que tiende a eliminar el trabajo no precario y los espacios de la vida no sometidos al capitalismo. Se pone en agenda la destrucción de bosques y selvas con la expansión de un modelo de destrucción, que propone formas de vida miserables. En las calles, y más allá de la disputa presidencial, los acuerdos que estructuran el modelo se perciben de forma más nítida y masiva.

Más allá de una política partidaria e institucional que entra en desesperación y no encuentra respuesta, estudiantes toman la iniciativa política, grupos de mujeres politizan y ocupan las calles, pueblos indígenas luchan por el autogobierno poniendo en discusión el modelo de desarrollo, cada vez más cuestionado, asambleas de barrio crean afinidad entre vecinos y se organizan para la manifestación o la crítica a la sociedad de consumo. En las calles, el mundo de la mercancía, las deudas, la falta de horizontes, encuentran un lugar de existencia política que ya es una respuesta y alternativa.

El neoliberalismo se muestra poderoso en gobernar una fuerza de trabajo desorganizada y en mercantilizar cada vez más espacios de vida, pero en las calles una nueva fuerza política desarrolla herramientas para enfrentar los desafíos de gobiernos, nuevas derechas, continuidad de un sistema elitista para pocos. La oposición al neoliberalismo en las calles, coloca la autonomía como alternativa a la salida populista o progresista y, retomando antiguas movilizaciones, trasciende el llamado de las instituciones para que todo el mundo vuelva para casa y confíe nuevamente en líderes y partidos.

 

* Salvador Schavelzon es antropólogo, profesor en la Universidad Federal de Sao Paulo y autor de El nacimiento del Estado plurinacional de Bolivia y artículos varios sobre política latinoamericana.

Sahra Wagenknecht: “Una izquierda que se aleja de las capas socialmente discriminadas y sus intereses es, también ella, responsable de la subida de las derechas”

Albrecht Müller: El diario de mi región publicó el 22 de noviembre en primera página el siguiente titular: “Wagenknecht destrona a Merkel”. Hubiera sido fantástico de haberse tratado de la cancillería. Sin embargo, se trata de una encuesta, de la que NachDenkSeiten ya informó el 21 de noviembre. Que haya superado en esta encuesta de preferencias a Angela Merkel es reseñable y gratificante. ¿Qué significa? ¿Qué piensa hacer con este potencial?Sahra Wagenknecht: Por descontado, me alegré mucho del resultado de la encuesta, pero no debe ser sobreinterpretado. En este sondeo los encuestados deben puntuar si un político “representa sus intereses” o no. Los resultados varían de semana a semana por algunos puntos, lo que puede hacerle a uno subir o bajar. Así pues, ese puesto exacto es, por ahora, temporal. Lo que me alegra es que en estas y otras encuestas parecidas por lo general recibo buenos resultados. Eso muestra que la política que defiendo es la que muchos apoyan. Esta opinión es para mí un importante estímulo para continuar trabajando políticamente para otras mayorías y por una sociedad más solidaria.

AM: ¿Cómo podrían utilizarse estos resultados para reemplazar a Merkel o a su sucesora en la cancillería?

SW: Hace años que propongo otra línea política para La Izquierda de la que representa la actual dirección del partido. No debemos convertirnos en un partido del estilo verde-liberal, que con sus temas y discurso llega, en el mejor de los casos, a la clase media urbana y con estudios superiores. La tarea de un partido de izquierdas es representar a quienes deben esforzarse cada vez más por mantener su bienestar, esto es, a los damnificados por la globalización neoliberal, no a sus ganadores. Con esto no quiero decir que una izquierda que se perfile como defensora consecuente y popular de la clase media-baja y de los pobres pasado mañana pueda alzarse con la cancillería, pero en todo caso sería más fuerte que La Izquierda actual que, por desgracia, con la ausencia de Turingia y Bremen despide este año con un resultado catastrófico en las elecciones.

AM: Usted es algo así como la voz de la razón en un ambiente por lo demás muy poco dado a ella. Planteemos que su voz sigue siendo escuchada, ¿cuáles serían sus principales propuestas programáticas?

SW: Me parece importante aclarar los cambios de orientación que ha experimentado en las últimas décadas la política de izquierdas, su base social y su percepción pública en casi todos los países de la Unión Europea. Según una concepción clásica, la cuestión social, la lucha por buenos salarios y una seguridad social, era el núcleo de una política de izquierdas. En correspondencia, los partidos de izquierdas tenían su base en aquellos que dependían de un mercado laboral correctamente regulado, una buena infraestructura pública y un Estado del bienestar fuerte. Todas estas características fueron duramente combatidas en el marco de los estados nacionales y progresivamente socavadas a través de la globalización de la economía, la apertura de los mercados y los tratados comunitarios, que consagraban la retirada del Estado y la limitación de sus competencias reguladoras. Este desarrollo es una amenaza existencial para los estándares de vida de los antiguos votantes de los partidos de izquierdas. Para muchos, el declive social ha dejado de ser un temor en el futuro para convertirse en una amarga realidad presente, como ocurre con quienes han sido relegados a los empleos de bajos salarios en el sector servicios o para muchos de nuestros mayores con pensiones de miseria.

AM: ¿Sólo hay perdedores?

SW: También hay ganadores de la globalización neoliberal. Principalmente pertenecen a ellos la capa superior tradicional, que dispone de rentas y capital para invertir, y que pudo aumentar enormemente sus dividendos y riqueza en estos últimos años. Pero es importante entender que hasta cierto punto también pertenecen los ganadores la nueva clase media urbana, es decir aquellos en las nuevas profesiones altamente cualificadas y remuneradas que existen desde las finanzas y el asesoramiento hasta la programación de software, la publicidad o los medios. La mayoría de estos trabajos han surgido en grandes empresas de ámbito internacional, integradas a menudo en relaciones laborales transnacionales. Exigen el conocimiento de idiomas y un conocimiento profundo de otras culturas. Esta nueva clase media, surgida en las últimas décadas como un medio social autónomo y que reside en los encarecidos barrios de moda de las grandes ciudades, vive en otro mundo y tiene, en muchos aspectos, otros intereses que los del cartero que le sube por las escaleras sus pedidos por internet, la mujer que le limpia su casa o también el trabajador industrial de la pequeña ciudad, atenazado por el temor de que en cualquier momento su empresa será deslocalizada a un país con salarios más bajos o estándares medioambientales menos exigentes y, con ello, que desaparezcan las últimas empresas que pagan bien en su región.

AM: ¿Hablamos de los mismos sectores del electorado que han perdido los partidos de izquierdas?

SW: Las rentas altas urbanas son hoy el grupo de votantes más importante de Los Verdes, pero cada vez más también de los socialdemócratas y La Izquierda. Este medio social tiene una manera de pensar y de vivir según la cual, desde su punto de vista, la globalización, la emigración, la Unión Europea y el Estado nacional, son, hoy, de “izquierdas”, mientras que las antiguas corrientes mayoritarias socialdemócratas son de repente sospechosas de nacionalismo o incluso de racismo. El resultado es que la mayoría de los trabajadores y pobres considera hoy “la izquierda” como una ideología de los gobernantes, de quienes sacan tajada de la globalización neoliberal, y no se equivocan del todo. Es una evolución incorrecta, y grave. Una izquierda que se aleja de las capas socialmente discriminadas y sus intereses es, también ella, responsable de la subida de las derechas. La última victoria de la socialdemocracia danesa demuestra, por ejemplo, que una izquierda con una estrategia popular y orientada a las aspiraciones de la mayoría social puede volver a imponerse de manera sorprendentemente rápida a los partidos de derecha. Eso también sería posible en Alemania.

AM: ¿Cómo podría llevarse este discurso razonable a lo organizativo o a los medios?

SW: Se trata de tomar conciencia de qué va mal y por qué. Aceptar que antiguos votantes de La Izquierda no se pasan a Alternativa para Alemania (AfD) porque de repente se hayan tornado racistas, sino porque no se ven reflejados en partes importantes de la oferta política de la actual izquierda. No se puede declarar superado al Estado nacional, por ejemplo, y al mismo tiempo reclamar un fuerte Estado del bienestar, ya que no existe condiciones institucionales transnacionales ¡y menos aún el consenso!, para una redistribución a gran escala y una red social garantista. Pero justamente eso, una seguridad en los estándares de vida y no simplemente de existencia, fue antaño una de las demandas del Estado social alemán. Al apostar por un retorno de lo social en la política de izquierdas en vez de abanderar las políticas de identidad de moda de turno no se hace uno muchos amigos en los medios de comunicación, ni siquiera en los supuestamente de izquierdas. En ese sentido, tanto más importante son blogs como NachDenkSeiten, Makroskop y otros para dar a conocer esa posición a la opinión pública. Personalmente acabo de abrir un canal de YouTube que espero que tenga repercusión. Comenzaré comentando semanalmente la actualidad y respondiendo a comentarios y preguntas.

AM: ¿Qué pasará con Aufstehen [En pie]?

SW: Aufstehen tiene hoy más de 150.000 miembros y vuelve a presentar una tendencia al alza. Se trata abrumadoramente de personas sin carnet de partido de lo que fue el medio socialdemócrata y que hoy apenas se sienten representados por los partidos de izquierdas. Muchos participan en grupos locales y organizan encuentros y acciones, como un debate entre Kevin Kühnert y yo misma en septiembre, que tuvo una repercusión nacional. La tarea decisiva, la de llevar a las calles un movimiento amplio con reivindicaciones sociales, no se ha cumplido hasta la fecha, aunque sigue siendo de plena actualidad. Los sueños de desmantelamiento social de la actual presidencia de la CDU pueden conducirnos a una situación de urgente necesidad de oponerse al próximo recorte de las pensiones y otros tipos de recortes en todo el país.

AM: ¿Ve la posibilidad de unificar a todos los grupos progresistas en nuestro país?

SW: Hay una parte significativa de nuestra población que hoy no tiene ninguna voz política y que no se ve representada por ningún partido. Tampoco por AfD, que, en parte, es la opción electoral de estas personas, representa en modo alguno sus intereses y la mayoría de ellos lo saben. Si la izquierda política se presentase como una fuerza convincente –ya fuesen los socialdemócratas, La Izquierda, o ambos partidos– que, de manera creíble, pugnase por un nuevo orden económico y social, que asegurase el bienestar de la clase media amenazada, demoliese el sector de trabajos precarios y mal pagados y protegiese a los ciudadanos de la explotación, la inseguridad y los tiburones financieros, esto sería, con toda seguridad, una fórmula de éxito. Además, urge por motivos medioambientales una re-regionalización de la economía, un Estado fuerte, innovador y con capacidad de inversión, y poner fin a la producción de usar y tirar, que es una gran derrochadora de recursos. Debemos hablar de nuevas formas de propiedad económica que posibiliten una nueva orientación en ese sentido. La sociedad anónima, con sus accionistas y orientación incondicional a los beneficios a corto plazo, no es ninguna base para ello.

diputada por Düsseldorf del grupo de La Izquierda (Die Linke), del que fue presidenta hasta el 12 de noviembre de 2019.

Fuente:

NachDenkSeiten

David Harvey: “Marx pensaba que para cambiar el mundo primero hay que entenderlo, y entenderlo bien”

Con relación a la urbanidad y la política, David Harvey es uno de los geógrafos más respetados de la actualidad. Su análisis sobre el tema de la vivienda en el capitalismo global es imprescindible para aquellos que quieren adentrarse en la relación de las luchas sociales y los movimientos de inquilinos.

En esta entrevista realizada por Arnau Barquer, doctor en historia y coordinador de Catarsi Magazínprimero publicada en catalán, resuena el asunto anterior pero ahonda en otros necesarios sobre discusión política global.

Es tal vez su propuesta en torno a las políticas de izquierda sobre los diferentes temas que competen a la vida cotidiana de las mayorías lo más interesante de su reflexión. La desconexión existente entre los verdaderos problemas de la gente y la agenda de los partidos izquierdistas en el mundo se hace evidente en las palabras de Harvey, en un ejercicio de crítica más allá del oportunismo polarizante.

La visión que el intelectual británico tiene de las crisis financieras recientes y su relación con la situación política global calza con la línea de investigación que desde hace tiempo esta tribuna viene desarrollando, con el fenómeno Donald Trump y la combustión en las entrañas del poder estadounidense en plena ebullición.

Reproducimos la entrevista completa, incluida la discusión sobre la obra de Karl Marx y su influencia en nuestros tiempos contemporáneos. 


Nos gustaría empezar hablando de la crisis. Hace diez años ya del crack de 2009. ¿Cree que es una crisis global del capitalismo?

Hay muchas formas de entender las crisis. A mí me gusta decir que las crisis son períodos de reorganización del capital. Hay gente que cree que las crisis señalan el fin del capitalismo, pero yo creo que más bien son adaptaciones del capitalismo a nuevas circunstancias y momentos de reestructuración hacia un sistema alternativo.

¿Qué consecuencias cree que ha tenido la crisis de 2009? ¿Cree que la crisis ha terminado o, como dicen algunos economistas, estamos a las puertas de una nueva recesión?

Es interesante. Normalmente nos encontramos que la economía va bien y a la gente le va mal. Lo que pasó entre 2007 y 2009 fue una gran anomalía porque hubo diversas respuestas ante la crisis. En Occidente mayoritariamente se optó por la austeridad, de decir que era una crisis de la deuda y que se tenía que reducir. Que se tenía que recortar el gasto, tanto, que afectó negativamente a la calidad de vida de la mayoría de la población. Esto no afectó para nada a los ultrarricos, porque los datos muestran que el 1% (ó el 5%, ó los que sean) soportó muy bien la crisis y obtuvo grandes beneficios. Como reza el dicho: “No desaproveches nunca una buena crisis”. Los financieros salieron bastante bien parados de la crisis.

Pero hubo otra respuesta totalmente diferente, que fue la de China. La China no optó por políticas de austeridad, hizo una inversión masiva en infraestructuras y urbanización. Hasta el punto que disparó la importación de materias primas. Así que los países proveedores, como Chile con el cobre, Australia con el hierro y los minerales, Brasil con los metales y la soja, etc., superaron la crisis relativamente rápido. Creo que la China, ella sola, ha salvado el capitalismo global del colapso. Y esto es una cosa que en Occidente no se tiene muy en cuenta. La China ha creado más crecimiento desde 2007-2008 que Estados Unidos, Europa y Japón juntos. Como respuesta a la crisis, es brutal.

Así que ha habido dos salidas a la crisis. Técnicamente, terminó en 2009, pero si te fijas en las condiciones de vida de la gente, hay un estancamiento desde 2007-2008. Yo me centraría en un tema: en las crisis anteriores, como en la década de los 30 ó los 70, el capitalismo se ha reorganizado. En los años 30 fue la economía keynesiana, la intervención estatal, el control de la demanda, etc. En los años 70 surgieron las condiciones neoliberales que funcionaron un tiempo. Pero esta vez no creo que haya cambiado nada. Si acaso, las políticas que se han hecho son aún más neoliberales. Pero el problema es que el neoliberalismo ha perdido atractivo y legitimidad. Así que nos encontramos un neoliberalismo impuesto por medios autocráticos, a veces con el populismo de derecha con Trump, o a veces desde el propio capital.

Hablaba de Trump. A veces las crisis sirven para abrir puertas a la organización de la gente, pero en Estados Unidos y Europa hemos visto cómo la ciudadanía optaba por ideas y líderes reaccionarios. ¿Podemos pensar aún en el peso de un término como, por ejemplo, las condiciones objetivas?

Sí que podemos pensarlas, claro. ¿Por qué no? Las condiciones objetivas también se ven en las políticas. Creo que la izquierda no ha respondido bien a las transformaciones del capitalismo y que puede caer en errores que ya ha cometido. Por ejemplo, en los años 80 y 90 hubo mucha desindustrialización en Occidente por los cambios tecnológicos. La izquierda intentó defenderse de la desindustrialización y proteger las clases obreras tradicionales. Pero perdió la batalla y con ella, mucha credibilidad. Ahora vemos lo que pasa con la Inteligencia Artificial (IA). Llegará y hará con los servicios lo mismo que la automatización hizo con la manufactura. Y la izquierda puede volver a caer en el error de luchar contra una innovación que se impondrá. Creo que deberíamos ser una izquierda creativa que abrace la IA, la automatización, la idea de nuevas estructuras laborales y de ocupación, que vaya más allá de lo que plantea el capitalismo.

Pero eso significa hacer nuevas políticas, porque la clase trabajadora tradicional ha desaparecido en muchos países. Y, por lo tanto, la base tradicional de la izquierda ha desaparecido. No del todo, claro, pero sí bastante. Necesitamos una nueva izquierda que se centre en políticas anticapitalistas. Esto quiere decir centrarse no solo en los puestos de trabajo y los trabajadores, sino también en las condiciones de vida, la vivienda, servicios sociales, medio ambiente, transformación cultural. Necesitamos una izquierda con mirada amplia que ataque todas estas cuestiones en conjunto, ir más allá del pensamiento tradicional de una clase trabajadora en la que hay que basar todo.

Centrándonos en estos puntos, hay un potencial revolucionario en los movimientos sociales urbanos. ¿Cree que se han menospreciado desde los partidos de izquierda? ¿O hay cambios?

Ya hace tiempo que hay movimientos sociales en las ciudades. Por ejemplo, en los últimos 20 años los principales movimientos sociales se han centrado en el deterioro de las condiciones de vida en las zonas urbanas. Por ejemplo, las revueltas al Gezi Park de Turquía. En Brasil contra el transporte y la inversión en infraestructuras. Tenemos que asumir que hoy en día hay más focos de protesta en estos términos que en reivindicaciones laborales. Aún hay problemas en los lugares de trabajo, pero la izquierda tiene que hacer políticas para canalizar las demandas de los movimientos sociales.

Ya hace tiempo que lo digo. En los años 70 ya apuntaba que la izquierda tenía que tirar hacia aquí, pero nadie me hacía demasiado caso. Desde el año 2000 me escuchan un poco más. Por ejemplo, el movimiento de inquilinos que se está generando es importante. En Nueva York ya hace tiempo que hay. Hay demandas sobre este tema en California. ¿Cuántas ciudades en el mundo hoy en día hay con organizaciones de inquilinos y cuántos partidos de izquierda hacen políticas al respecto? Es increíble. No tiene sentido. ¿A qué se enfrentan? Los grandes capitales como Blackstone, que ya es el promotor inmobiliario más grande del mundo, controla California. Está empezando a ganar por aquí. Ya está en Shanghái, Bombay y en todas partes. Estos movimientos de inquilinos son totalmente anticapitalistas en este tema.

¿Cree que este problema mundial abre posibilidades para unir los movimientos anticapitalistas en diferentes luchas?

Las posibilidades que hay me crean expectativas. Si hubiera un movimiento internacional de expropiación a Blackstone, por ejemplo, sería interesante.

Hablemos sobre el libro que ha presentado en Barcelona (España). Dice que llegó tarde al marxismo. ¿Qué elemento tiene esta escuela de pensamiento que sea mejor o preferible a las demás?

Trabajaba en temas de urbanismo y llegué a Baltimore con 35 años. Trabajaba en estudios sobre la calidad del mercado de alquiler, que estaba provocando protestas en las ciudades de los Estados Unidos a finales de los 60. Mientras estudiaba, usaba la metodología de las ciencias sociales tradicionales, pero no terminaban de funcionar. Estuve buscando otras formas de plantearlo, y con algunos estudiantes propuse de leer a Marx. Lo encontré relevante, más por una cuestión intelectual que política. Pero después de citar a Marx tantas veces, me empezaron a tildar de marxista. No sabía qué significaba, pero al cabo de un tiempo no me importaba y les daba la razón.

¿Soy marxista? Pues soy marxista. A día de hoy aún no sé qué quieren decir. Sí que tiene un componente de mensaje anticapitalista y es una crítica al capital, y creo que hoy día es más importante que nunca antes. Porque cuando Marx escribió El Capital, el capitalismo era dominante en el Reino Unido, Europa occidental y los Estados Unidos. Pero hoy está en todas partes. Y los análisis de Marx de por dónde falla el capital y sus contradicciones siguen aún vigentes e importantes.

¿Qué les diría a las nuevas generaciones de activistas que están más interesadas en la acción política?

Marx dijo que no nos toca entender el mundo sino transformarlo. Pero no creo que él no estuviera interesado en entender el mundo. ¿Por qué escribió El Capital? Porque pensó que para cambiar el mundo primero hay que entenderlo, y entenderlo bien. Una de las cosas que considero importantes es recuperar las ideas de Marx junto con las circunstancias actuales para ayudar a la gente a entender a qué se enfrentan.

Por como lo plantea, ¿cree que hay perspectivas nuevas y diferentes de entender a Marx, como, por ejemplo, desde perspectivas centradas en disciplinas como la geografía o la historia?

Lo que puedo decir es que mi interés en el urbanismo y la geografía me llevaron a leer a Marx de una manera que creo que es diferente a la habitual. Por ejemplo, en el libro que escribí, Los límites del capital, hablaba principalmente de finanzas. Nadie hablaba mucho sobre ello en los años 70. Hablaba del uso que se hacía de la tierra y el terreno. Mi lectura de Marx siempre ha estado orientada a entender el desarrollo geográfico y el urbanismo. Esto me lleva a centrarme en aspectos de Marx que los otros ignoran. Creo que mi lectura va mucho por ahí. Y también pienso que reeditar un libro escrito en 1982 significa que la gente aún lo encuentra relevante y que más gente quiere hablar de urbanismo, vivienda y cosas así. Y que hay un marco de pensamiento sobre Marx más allá del que se ha estudiado históricamente.

Estamos viviendo un redescubrimiento de Marx a partir de la crisis. ¿Cree que esto ha hecho aflorar nuevos temas de debate y problemas en la izquierda? El redescubrimiento de Marx parece más un tema político que académico…

En todos mis años enseñando, he visto épocas de interés en Marx, de desinterés y de interés otra vez. Después de la crisis de 2007-2008, hubo un repunte en el interés. Parece que ahora ha bajado un poco, pero es porque la gente está más centrada en temas como el auge de Donald Trump, la ola neoliberal-fascista-derechista, la prohibición de la tenencia de armas, Bolsonaro, etc. Ahora hay más interés en la política. Los temas de economía política ahora tienen menos interés, pero si hay escalofríos en la economía mundial volveremos a hablar de ello.

Sobre la ciudad de Barcelona. Hay un tejido asociativo con larga trayectoria que confiaba en los poderes locales y después que hiciera su paso por el Ayuntamiento un partido de izquierda, se han generado algunas decepciones. ¿Cree que deberíamos cambiar algunas concepciones sobre el poder municipal?

Una de las cosas que estamos empezando a entender es el poder real de los municipios. En los Estados Unidos hay unos cuantos ayuntamientos radicales. Seattle, por ejemplo. Los Angeles es bastante progresista. Hay un ala progresista en Nueva York. Creo que esto viene por el cambio de foco de los problemas del lugar de trabajo al resto de aspectos de la vida diaria: vivienda, accesibilidad, etc. Creo que la izquierda tiene que hacer políticas para centrarse en estos problemas. No sabemos aún el poder real de las administraciones locales desde sus ámbitos y recursos limitados. Por ejemplo, en Nueva York el alcalde no puede aplicar políticas fiscales y esto limita porque son competencia estatal. Y la administración estatal es de su mismo partido, pero no se lleva bien con el alcalde. Hay conflictos entre estos niveles.

En Barcelona también hay gobierno regional, que no es del mismo color que el gobierno municipal, y uno intenta hacerse valer por encima del otro y al revés. Creo que es un tema importante. Y hay un tema que me interesa y también a mis compañeros: si un partido llega al poder, como es el caso de Barcelona, ¿hay un corpus y una trayectoria a la izquierda que le pueda ayudar a gobernar la administración y aplicar sus propuestas? Las competencias locales son limitadas. En el Reino Unido, por ejemplo, son casi inexistentes. Pueden hacer poco más que recoger la basura. Es difícil arrancar cualquier tema.

Me gustaría que se traspasaran competencias de los gobiernos centrales a los locales. Me gustaría que los ayuntamientos tuvieran más poder ante los estados. En Barcelona, el Ayuntamiento podría hacer políticas con competencias que ahora son del gobierno regional. Pero no conozco el marco actual exactamente. Pero tampoco tenemos a nadie estudiándolo. Nos toca a la gente como yo coger a los académicos y plantear puntos donde empezar a mirar.

¿Qué aspectos debería tocar? En lo que respecta a la vivienda, por ejemplo, ¿cuáles son las líneas políticas clave?

La vivienda es un derecho y hay que pensarlo como tal. Incluso la legislación del Congreso de los Estados Unidos en el año 1949 decía que todos sus ciudadanos tenían derecho a una vivienda y un entorno de vida dignos. Si nos creemos realmente este derecho, la sociedad se organizaría para garantizarlo. El problema es que se nos lleva tiempo diciendo que solo se puede garantizar a través del mercado. Pero el mercado es especialista en garantizarlo para las clases altas. No lo hace demasiado bien con las clases medias y sólo pone trabas y dificultades a las clases más bajas. El sistema de mercado es un desastre garantizando vivienda digna universal para todo el mundo, independientemente de los ingresos, raza o género.

Creo que se tendría que regular el mercado inmobiliario. ¿Cómo se regularía? Puedes limitar el precio de los alquileres y otras políticas así. No me gusta como idea a largo plazo, soy más partidario de la institucionalización. La vivienda social que se hacía antiguamente, por ejemplo. Pero el neoliberalismo nos ha dicho que no es eficiente. Pero, ahora que ya sabemos cómo lo hace el neoliberalismo, ¿por qué no intentamos de hacerlo diferente? Institucionalizamos el mercado de la vivienda y hacemos vivienda social. Se puede garantizar el derecho a la vivienda sin necesidad de compraventa de inmuebles.

Aún hay controversia sobre el papel del mercado en un marco económico socialista. ¿Qué papel debería tener?

Yo no tendría ningún problema en un mercado de intercambio. El problema es cuando las fuerzas del mercado son desiguales. Marx hablaba sobre la masa de poder y quién la controla. Por ejemplo, hoy en día Blackstone. Blackstone controla demasiada parte del mercado. No se habla mucho de intereses y sinergias, pero hay un coloso con una masa de capital enorme bajo control. Y pueden usar esta masa de capital para comprar políticos, corromper medios de comunicación, comprar elecciones y lo que sea. Este problema es crucial. Romper con gigantes como Google o Facebook sería necesario para cambiar de modelo.

En Cataluña hay un movimiento social considerable a favor de la autodeterminación. Pero no se tiene un debate sobre la soberanía real que habría dentro de la UE. ¿Qué se necesita para ser soberano?

En el tema de la soberanía, se trata de quién controla el Estado. El Estado controla las finanzas, ¿o las finanzas controlan el Estado? Si fuéramos griegos, diríamos sin duda que las finanzas controlan el Estado. Por lo tanto, la soberanía sería una parte irrelevante y minoritaria de la relación de poderes que controlan el Estado. Hay una anécdota de Bill Clinton en el año 1992, cuando presentó su programa económico y su secretario del Tesoro le dijo: “No puedes hacer eso”. Él preguntó por qué y le dijo: “Porque los financieros no te dejarán”. Hay una frase célebre de Clinton, que supuestamente dijo: “¿Quieres decir que mi política económica y las opciones de reelección dependen de un puto grupillo de financieros?”. Y el secretario del Tesoso, Robert Rubin, que venía de Goldman Sachs le respondió: “Sí”.

Clinton terminó aplicando un programa neoliberal con cosas como el NAFTA, y no cumplió con promesas electorales como un sistema sanitario universal y gratuito. Entonces, ¿quién manda en realidad? ¿Los especuladores? ¿Los políticos? Yo diría que el poder ahora mismo lo tienen los especuladores. En cierta manera, creo que aunque tengas autonomía política o la voluntad de tenerla, tienes el problema de tener que tratar con el mundo financiero y el capital. No creo que la autonomía real sea tan sencilla como decir: “Soy políticamente independiente”. Puedes tener un cierto margen de autonomía política, pero no te puedes escapar del capital.

Hablando de política en los Estados Unidos, estamos viendo un cambio con respecto a los socialistas democráticos. ¿Qué cree que puede tener de interesante para los movimientos políticos de otras partes?

Hasta ahora hemos tenido un partido con dos almas: el partido de Wall Street. Hay republicanos y demócratas que se discuten en muchos temas, pero ya sabemos cómo va. Hillary Clinton es un producto de Wall Street, por ejemplo. Y uno de los errores que cometió en la campaña electoral fue hacer charlas a Goldman Sachs cobrando no sé si eran 250 mil dólares por conferencia. Recibió mucho dinero de Wall Street, y es una cosa que se sabía. Todo el mundo les decía que eran el partido de Wall Street. El jefe demócrata del Senado, Check Schumer, y el secretario segundo del Senado también han recibido mucho dinero de Wall Street. El Partido Demócrata es claramente el partido de Wall Street, y ha estado así desde que se desvinculó de los sindicatos durante los años 80.

Y ahora hay otra alma del partido que reclama deshacer el vínculo con Wall Street. Bernie Sanders ha dicho que hace falta una revolución en la política, y que podría ser a través de un Partido Demócrata desligado de Wall Street. Aún así, la mayoría dentro del partido no lo quiere. Yo diría que un tercio del partido apuesta por “liberarse de Wall Street”, y dos terceras partes dicen “no, no, necesitamos Wall Street, su ayuda y apoyo”. Pero hay la idea que este es el problema.

A nivel de calle, la movilización ciudadana estará espoleada por la gente más radical, especialmente los jóvenes. Hay un joven americano posterior a la Guerra Fría que no entiende la retórica anticomunista ni entiende por qué les dicen que las políticas socialistas son malas. La derecha les dice: “El socialismo los sacará de las deudas para estudiar en la universidad y les dará sanidad gratuita”. Claro, seguramente dicen: “Suena bien, si esto es el socialismo, me hago socialista”.

Estamos en este punto. También está claro que la irrupción de Donald Trump ha movilizado políticamente a mucha gente para frenar lo que está pasando. Y otras cosas, como por ejemplo los ataques al aborto y a los derechos de las mujeres han despertado una conciencia de que “tenemos que recuperar nuestro país de las manos de estos locos de derecha que tienen el poder”. No solo en el gobierno federal, sino en todos los niveles. Así que hay movimientos de fondo en los Estados Unidos.

Ve un cambio…

No estoy seguro que sea un cambio, pero sí que habrá un retroceso y en las próximas elecciones veremos un giro a la izquierda. Pero no creo que vaya muy lejos. Es el partido de Wall Street, al fin y al cabo.

Fuente: Misión Verdad

Christian Laval: “El neoliberalismo es hoy insoportable”

El sociólogo francés ve un renacido deseo de cambiar la sociedad y la vida

Por Justo Barranco

El sociólogo francés Christian Laval (1953) ha pasado por el centro cultural El Born para revisar la sombra de la revolución rusa y sus mitos. Justo en el momento en el que de Chile a Irak, de Hong Kong a Líbano y Ecuador, hay levantamientos populares contra el gobierno.

El profesor de Nanterre ha escrito junto a Pierre Dardot libros comoLa nueva razón del mundo , sobre el actual orden neoliberal, o comoComún –ambos publicados por Gedisa–, sobre los comunes, la palabra que articula los nuevos movimientos de resistencia al neoliberalismo en el siglo XXI. Y aunque recuerda divertido que se lleva 150 años enterrando al capitalismo, “es incontestable que el neoliberalismo está hoy en crisis”. Y no sólo eso. Cree que ha renacido un deseo de cambiar el mundo, la vida… y a nosotros mismos.

 

 

 

Las nuevas revoluciones

“El modelo de la revolución bolchevique se ha acabado, pero renacen formas de deseo de cambiar el mundo”

“Desde 1989, con la caída del muro de Berlín, pensamos –recuerda– que la revolución había sido abolida. Que una gran ciclo revolucionario iniciado con la Revolución Francesa se acababa. Muchos historiadores decían que se había acabado. También la historia. Pero se ve que no. Sigue habiendo luchas, insurrecciones y revueltas, el poder sigue ahí y sigue siendo contestado. Y estamos en un momento en el que el neoliberalismo se pone en cuestión en muchos lugares del mundo, y los políticos autoritarios también. En Francia los chalecos amarillos son un síntoma o una señal de esta revuelta general en el mundo. ¿Es la revolución? El modelo de la revolución bolchevique impuesto durante todo el siglo XX, gran referente de todos los movimientos revolucionarios, creo que se ha acabado definitivamente tras 1968. Pero no hay que confundir el fin del modelo bolchevique con el de la revolución. Por el contrario, el momento en el que vivimos es un despertar, un renacimiento de formas de deseo de cambiar la vida, el mundo, la sociedad y a nosotros mismos porque el neoliberalismo se ha convertido en totalmente insoportable, intolerable a causa de las desigualdades sociales hoy tan evidentes y por la crisis medioambiental ligada. Esto hace pensar que la juventud del mundo entero finalmente entra en revuelta”.

Christian Laval en el Instituto Francés de Barcelona

Christian Laval en el Instituto Francés de Barcelona (Mané Espinosa)

La chispa Macron

“El libro de campaña de Macron se tituló ‘Revolución’ y ha realizado políticas que la derecha no habría osado”

Estudioso de las ideas de Jeremy Bentham, creador del utilitarismo, Laval recuerda que con él nació el Homo economicus , que desde hace unas décadas se ha transformado en un hombre-empresa que está en innovación y desequilibrio perpetuo, obligado a superar su puntuación continuamente. “Bentham quería que todo fuera útil y formuló a final del XVIII el principio de la sociedad moderna: fundada sobre el cálculo de utilidad, sus individuos tienen como motivo de acción tan sólo el interés personal. Con el neoliberalismo, a mitad del siglo XX, este hombre de mercado se transforma de manera sutil en hombre-empresa”. El hombre-empresa, apunta, “es la representación antropológica del management, la contabilidad, el marketing. Es un inversor y en todo lo que hace debe pensar en la rentabilidad de sus estudios, salud, trabajo, vida sentimental y sexual. Eso ha tenido un efecto en el lenguaje. Gestionar es la palabra más usada de la lengua. Todo se gestiona. La empresa se convierte en la lógica general y, por tanto, la competencia es el modelo en el que nos debemos implicar. Todo individuo está atrapado en la red fina de esa competencia. Y no estamos bien, sino mal”.

 

 

 

Un movimiento de base

“Los ‘chalecos amarillos’ creen en la democracia local, muy lejos del centralismo de la extrema derecha”

Porque, razona, “todo el mundo está en competencia por todo y la gente acaba por sufrir. Además eso permite disminuir los medios: se les dan a los que más los merecen , a los otros, poco. Durante años la gente no ha dicho nada, ha acumulado sufrimiento, parecían pasivos, y en un momento dado ha surgido un movimiento de masas y los gobiernos están desestabilizados”. El sociólogo subraya que ya hemos tenido episodios revolucionarios a escala del mundo y hoy hay algo “que se parece, un contagio por todas partes. Y el movimiento entre diferentes partes del mundo se hace signos, entre Hong Kong y Barcelona hay ecos. Entre Chile y los chalecos amarillos hay referencias comunes”.

En su opinión, los chalecos amarillos franceses “se rebelan contra la situación social que viven, con frecuencia situaciones precarias y que se degradan. Es gente que habita en las periferias y son las primeras víctimas de la disminución de ayudas y la desaparición de servicios públicos. Lo nuevo es que han surgido a distancia de las organizaciones políticas y sindicales. Es un momento de crisis muy profunda de la representación política. De ahí la ambigüedad del movimiento, que ha desarrollado rasgos nacionalistas y canta La marsellesa , no La Internacional . Y ha inventado un nuevo símbolo, el chaleco amarillo , extraordinario, emblema de revuelta en el mundo”. Advierte de que es un movimiento muy heterogéneo, pero hay tentativas de concurrir a las municipales con listas ciudadanas. “Creen que la democracia local es un bien precioso. Y es que es un movimiento muy local: lo primero que hicieron fue ocupar rotondas cerca de los centros comerciales, miniplazas en vez de grandes plazas. Y reivindican referéndums locales, alejados de la ideología muy centralista de la extrema derecha”.

 

 

 

Las explosiones actuales

“En el modelo actual todo el mundo está en competencia por todo y se ha acumulado sufrimiento en silencio”

Para Laval, son una contestación a que “el sistema esté desconectado de sus vidas y prisionero de procesos globales”. Aún así, para que explotaran hacía falta que esos procesos se encarnaran en alguien. Y llegó Macron. “Representa el sistema y las fuerzas globales. Él jugó la carta regia y comenzó su reino diciendo que iba a ejercer un poder jupiterino. Hace falta ser francés y fanático del centralismo para decir algo así. Y lo dijo sin reír. Su electorado responde al fenómeno de la concentración de la riqueza en algunas ciudades globales. No le eligieron las periferias. Su golpe de genio fue conseguir fusionar dos electorados: las fracciones modernizadoras del centroderecha y el centroizquierda. Su libro de campaña electoral se llamabaRevolución . La prometió. Y ha hecho una política radical de derecha que la derecha no había osado. Sobre el mercado de trabajo, los impuestos, la enseñanza. Y tiene la idea de la nación startup. El mismo que habla de poder jupiterino. Arcaísmo y modernidad”.

Pero si es el neoliberalismo está en crisis, dice, también es muy plástico ,y además está el neoliberalismo autoritario a la Bolsonaro o la Trump, “que reciclan la cólera social transformándola en movimientos de demanda de más autoridad, de un jefe que dé soluciones”. En el otro polo, apunta, la socialdemocracia europea está a punto de desparecer por aplicar la política neoliberal. Y más a la izquierda, todo está por nacer: muchas fuerzas, señala, creen haber hallado en lo común una base doctrinal, pero hacen falta más experiencias para que se desarrolle. “El socialismo del XIX también necesitó tiempo. En 1820 estaban Saint-Simon, Proudhon, Fourier, pero el socialismo como doctrina y partido nació a final de siglo. Frente a nuevos problemas, inventar respuestas nuevas necesita tiempo y errores”, concluye.

Fuente: https://www.lavanguardia.com/cultura/20191202/471997532011/el-neoliberalismo-es-hoy-insoportable.html?fbclid=IwAR0NHTAZsCERx4b16i0SCA7aveN-mnxROGpOsel6EEAGZA2t9dj7AlJglEw

El General Intellect

Por Paul Mason

La escena es Kentish Town, Londres en febrero de 1858, en algún momento en torno a las 4 de la mañana. Marx es aún un hombre buscado por la policía en Alemania y desde hace diez años cada vez más es más pesimista respecto de la posibilidad de la revolución. Pero ahora ha sucedido un crash en Wall Street, los bancos están cayendo por toda Europa y él sigue luchando para acabar un libro sobre economía para el que se ha comprometido desde hace mucho tiempo. “Estoy trabajando como un poseso durante toda la noche”, confiesa, “para ver si puedo poner en claro al menos un esbozo antes de que caiga el diluvio”.

Marx cuenta con pocos recursos. Tiene una pase para la British Library que le da acceso a los últimos datos. Durante el día escribe artículos en inglés para el New York Tribune. Durante la noche viene rellenando 8 cuadernos con garabatos casi ilegibles en alemán: comentarios sueltos, pensamientos experimentales y notas para él mismo.

Los cuadernos, conocidos conjuntamente como los Grundrisse (que puede traducirse como las líneas maestras – Outlines) [1], fueron conservados por Engels, pero éste no llegó a leerlos. Se archivarían en la sede del partido socialdemócrata alemán hasta que la Unión Soviética los comprase en 1920. No serían leídos en la Europa occidental hasta el final de la década de 1960, y en inglés hasta 1973. Cuando finalmente se llega a ver lo que Marx estaba escribiendo aquella fría noche de 1858, los estudiosos admitirán que se trata de algo que desafía todas las interpretaciones de Marx hechas hasta entonces. Las notas escritas aquella noche se titulan el Fragmento sobre las máquinas (Fragment on Machines, en inglés). [2]

El Fragmento sobre las máquinas empieza con la observación de que con el desarrollo de la gran industria se cambia la relación entre trabajador y máquina. En la primera industria, estaba el hombre, una herramienta trabajada a mano y un producto. Ahora en lugar de la herramienta, el trabajador “inserta el proceso de la naturaleza, transformado en un proceso industrial, como un medio entre él y la naturaleza inorgánica, dominándola”. Da un paso a un lado del proceso de producción en lugar de ser su actor principal”.

Marx había imaginado una economía en la que el principal rol de las máquinas era el de producir, y el principal rol de la gente era supervisarlas. Tenía claro que una economía así la principal fuerza productiva sería la información. El poder productivo de máquinas como la selfactina hiladora de algodón [3], el telégrafo o la locomotora a vapor estaba “totalmente desproporcionado respecto del tiempo de trabajo empleado en su producción (de la máquina), sino que depende más bien del estado general de la ciencia y del progreso de la tecnología o de la aplicación de esta ciencia a la producción”.

La organización y el conocimiento, en otras palabras, hacían una contribución mayor al poder (capacidad) productivo que el trabajo de fabricar y hacer funcionar las máquinas.

Dado aquello en lo que se convertiría el Marxismo – una teoría de la explotación basada en el robo del tiempo de trabajo – esta es una afirmación revolucionaria. Sugiere que – una vez que el conocimiento se convierte en fuerza productiva por su propio derecho, superando ampliamente el trabajo concreto empleado en crear una máquina – la gran cuestión se convierte no en la de los salarios frente al beneficio sino la de quién controla el “poder del conocimiento”.

Marx lanza así una bomba. En una economía en la que las máquinas hacen la mayor parte del trabajo, en la que el trabajo humano consiste sobre todo en la supervisión, la reparación y el diseño de las máquinas, la naturaleza del conocimiento dentro de las máquinas, escribe, tiene que ser “social”.

Usemos un ejemplo contemporáneo. Si hoy una desarrolladora de software usa un lenguaje de programación para escribir el código que conecta una página web a una base de datos, la desarrolladora estaría trabajando claramente con conocimiento social. No estoy hablando aquí específicamente sobre programación Open Source, simplemente de un proyecto normal de software comercial. Cada capa del proceso ha sido creada compartiendo información, agrupándola, ajustando el código y las interfaces.

Obviamente, la propia programadora no es la propietaria del código en el que está trabajando. Pero igualmente la empresa que la emplea tampoco puede ser propietaria más que de una fracción de éste. Puede legalmente patentar cada fragmento de código que produzca la programadora. La puede incluso forzar a firmar un acuerdo de que lo que escriba en sus ratos libres pertenezca a la empresa – pero el código aún contendrá miles de líneas de código escrita por otra gente que no pueden ser patentadas. [4]

Además, el conocimiento que se necesitó para producir el código aún está en el cerebro de la programadora. Podrá, si las condiciones del mercado lo permiten, cambiarse a un lugar de trabajo diferente y desarrollar la misma solución, si fuera requerida. Con la información, parte del producto permanece con la trabajadora de una manera en que no sucedía en la era industrial.

Ocurre lo mismo para la herramienta que está usando: el lenguaje de programación. Ha sido desarrollado por decenas de miles de personas que han contribuido con su conocimiento y experiencia. Si se descarga la última actualización, sin duda contendrá cambios basados en lo aprendido por todos los demás que lo están usando.

Y más aún, los datos de los consumidores – los registros dejados por cada interacción con el sitio web – también pueden ser propiedad de la empresa. Y sin embargo han sido socialmente producidos: Yo te envío un enlace, tú lo cliqueas, o lo retuiteas a 10.000 seguidores.

Marx no podría haber imaginado un servidor web. Aunque sin embargo pudo observar el sistema de telégrafos. Hacia 1858 el telégrafo, instalado en paralelo a las vías de ferrocarril por todo el mundo y terminando en todas las estaciones y sedes de empresas, era el sistema infraestructural más importante del mundo. Tan solo Gran Bretaña tenía una red con 1.178 nodos fuera de Londres así como varios centenares más conectando la City, el Parlamento y los muelles de Londres.

Los operadores telegráficos estaban altamente cualificados pero, como ocurre con los programadores de software, el conocimiento necesario para operar un teclado telegráfico era insignificante en comparación con el conocimiento materializado en la vasta máquina internacional que estaban realmente supervisando.

La memorias de los operadores telegráficos nos muestran claramente el carácter social de la tecnología. La regla número uno era que el límite de la velocidad a la que podías enviar la información era la velocidad a la que la persona en el otro extremo era capaz de recibirla. Pero en el complejo sistema telegráfico, en el que emisores y receptores en habitaciones repletas tenían que negociar el uso de la capacidad de líneas atestadas con operadores en lugares remotos, “manejar los egos era una parte tan importante del trabajo de un operador como el uso del teclado telegráfico. Los operadores considerados y dispuestos a ayudarse unos a otros hacían el trabajo más fácil; aquellos mandones, arrogantes u orgullosos hacían el trabajo muy difícil”. Su trabajo era social, el conocimiento materializado (embodied) en la máquina era social.

En el Fragmento sobre las máquinas estas dos ideas – que la fuerza motriz de la producción es el conocimiento y que el conocimiento almacenado en las máquinas es social – llevó a Marx a las siguientes conclusiones.

Primero, en un capitalismo fuertemente mecanizado, aumentar la productividad a través de un mejor conocimiento es una fuente de beneficio mucho más atractiva que extender la jornada de trabajo o acelerar el ritmo de trabajo: los días más largos consumen más energía, el aumento del ritmo de trabajo en última instancia se encuentra con los límites de la destreza y la resistencia humanas. Pero una solución tecnológica es barata y carece de límites.

Segundo, Marx argumentaba, el capitalismo basado en el conocimiento no pude sostener un mecanismo de precios en el que el valor de algo esté determinado por el valor de los inputs necesarios para su producción. Es imposible valorar adecuadamente los inputs cuando viene en la forma de conocimiento social. La producción impulsada por el conocimiento (knowledge-driven production) tiende a la creación ilimitada de riqueza, independientemente del trabajo gastado, Pero el sistema capitalista normal se basa en precios determinados por el coste de los inputs y asume que la oferta de todos los inputs es limitada.

Para Marx el capitalismo basado en el conocimiento crea una contradicción – entre las “fuerzas de producción” y las “relaciones sociales”. Estas constituyen “las condiciones materiales para hacer estallar el fundamento del capitalismo”.[5] Más aún, el capitalismo de este tipo se ve forzado a desarrollar el poder intelectual del trabajador. Tenderá a reducir las horas de trabajo (o a reducir su extensión), dejando tiempo a los trabajadores para desarrollar sus talentos artísticos y científicos fuera del trabajo, algo que se convierte en esencial para el propio modelo económico. Finalmente Marx propone un nuevo concepto que no aparece en ningún otro lugar – antes o después – en toda su obra, el general intellect. Cuando medimos el desarrollo de la tecnología, escribe, estamos midiendo el grado en que “el conocimiento social general se ha convertido en una fuerza de producción… bajo el control del general intellect”.

Las ideas esbozadas en el Fragmento fueron reconocidas en la década de 1960 como una completa partida respecto del marxismo clásico. En el siglo 20 la izquierda había visto la planificación estatal como la ruta de salida del capitalismo. Había asumido que las contradicciones internas del capitalismo residían en la naturaleza caótica del mercado, su incapacidad de satisfacer las necesidades humanas y su propensión a las crisis catastróficas.

En el Fragmento de 1858, sin embargo, nos vemos confrontados a un modelo diferente de transición: una vía de salida basada en el conocimiento, en la que la principal contradicción es entre la tecnología y el mecanismo de mercado. En este modelo, garabateado en papel en 1858 pero desconocido por la izquierda durante más de 100 años, el capitalismo colapsa porque no puede existir a la par que el conocimiento compartido. La lucha de clases se convierte en la lucha por ser humano y educado durante nuestro tiempo libre.

Fue el izquierdista italiano Antonio Negri quien describió el Fragmento sobre las máquinas como Marx más allá de Marx. Paolo Virno, uno de sus colegas, señaló que estas ideas “no están presentes en ninguno de sus otros escritos y que de hecho parecen alternativas a la fórmula habitual”.

La pregunta que queda es, ¿por qué Marx no profundizó en esta idea? ¿Por qué desaparece el general intellect como concepto excepto en esta página inédita? ¿Por qué este modelo de la disolución del mecanismo de mercado por parte del conocimiento social se pierde en la escritura del Capital?

La respuesta obvia – más allá de todas las discusiones textuales – es que el propio capitalismo en aquel tiempo no corroboraba la proposición. Una vez pasado el pánico de 1858, volvió la estabilidad. La socialización del conocimiento inherente al telégrafo y la locomotora de vapor no eran suficientes para hacer estallar los fundamentos del capitalismo.

En la siguiente década, Marx construyó una teoría del capitalismo en la que la emergencia del general intellect no hace estallar los mecanismos de cambio y en la que no se hace ninguna mención al conocimiento como fuente independiente de beneficio. En otras palabras, Marx abandonó las ideas específicas que había esbozado en el Fragmento sobre las máquinas.

La emergencia del marxismo del siglo 20 como una doctrina del socialismo de estado y de la transición impulsada por la crisis no fue un accidente; estaba basada en el Marx del Capital.

Aquí, sin embargo, no me ocupa la historia del Marxismo sino la pregunta de si hay una vía hacia el poscapitalismo basada en la emergencia de la tecnología de la información. Resulta claro del estudio del Fragmento que Marx al menos imaginó algo así.

Imaginó que la información producida socialmente se materializaría en las máquinas. Imaginó esto produciendo una nueva dinámica, que destruiría los viejos mecanismos para la creación de precios y beneficios. Imaginó al capitalismo siendo obligado a desarrollar las capacidades intelectuales de los trabajadores. E imagino la información viniendo a ser almacenada (acumulada?) y compartida en algo que llamó general intellect – que era la mente de todo el mundo sobre la Tierra conectada por el conocimiento social, en la que toda mejora beneficia a todos. En resumen, imaginó algo parecido al info-capitalismo en el que vivimos.

Más aún, imaginó cual sería el principal objetivo de la clase trabajadora si este mundo llegara a existir: liberarse del trabajo. El socialista utópico Charles Fourier había predicho que el trabajo se convertiría en algo parecido al juego. Marx no estaba de acuerdo. En su lugar, escribió que la liberación vendría a través del tiempo de ocio: “El tiempo libre ha transformado naturalmente a sus poseedores en sujetos diferentes, que  entran entonces en el proceso directo de producción como esos sujetos diferentes… en cuyas cabezas está el conocimiento social acumulado”.

Esta es posiblemente la idea más revolucionaria de Marx: la reducción del trabajo a un mínimo podría producir un tipo de ser humano capaz de aplicar la totalidad del conocimiento social acumulado; una persona transformada por vastas cantidades de conocimiento producido socialmente y que por primera vez en la Historia hubiera más tiempo libre que tiempo de trabajo. El trabajador imaginado en el Fragmento no está tan lejos de la persona educada universal vislumbrada por Peter Drucker. [6]

Pienso que Marx abandonó este experimento mental porque tenía escasa relevancia para la sociedad en que vivió. Pero tiene una enorme relevancia para la nuestra.

#notas a a la traducción

[1] Grundrisse, en alemán, significa literalmente trazado o (más modernamente) planta de un edificio, aunque el significado se extiende en el ámbito del pensamiento a algo equivalente a plan, fundamentos, bases. Grund es suelo a la vez que base, razón o motivo; y -riss(e) se usa como trazo, siendo el dibujo de alzado en Arquitectura, por ejemplo, Aufriss, y la planta, Grundriss. Layout en inglés, tiene una connotación diferente a la de planta en castellano, creo que más próxima a la alemana, que sería más bien la de organización-distribución-composición sobre el plano horizontal… Los Grundrisse en inglés están subtitulados efectivamente Foundations of the Critique of Political Economy (Rough Draft), y las ediciones más antiguas en español, en SigloXXI, por ejemplo, no incluían el término Grundrise y se titulaban directamente Elementos fundamentales para una crítica de la economía política (borrador).

[2] En la edición de los Grundrisse – al menos en la que yo tengo en inglés (1993, Penguin Classics, Londres) -, lo que se describe como el Fragmento no aparece como tal sino que son una serie de secciones sucesivas [pp. 690-706] que comienzan con una de título El proceso de trabajo. – Capital fijo, medios de producción. Máquina. – Capital fijo. Trasposición de los poderes del trabajo en poderes del capital en el capital fijo y circulante. En qué medida el capital (máquinas) crea valor. – Lauderdale. La máquina presupone una masa de trabajadores. El ahora célebre pasaje en que Marx usa la expresión general intellect, – que como curiosidad aparece en minúsculas en la edición en inglés -, es al final del llamado Fragmento, en la página 706 de la edición que menciono, donde dice: “La naturaleza no construye ninguna máquina, locomotora, ferrocarril, telégrafo eléctrico, selfactina… Éstos son productos de la industria humana; material natural transformado en órganos de la voluntad humana sobre la Naturaleza o de la acción humana en la Naturaleza. Son órganos del cerebro humano creados por la mano humana, conocimiento objetivado (hecho objetos). El desarrollo del capital fijo nos muestra hasta que grado el conocimiento social general, knowledge (sic en el original), se ha convertido en fuerza de producción directa y cómo por lo tanto las condiciones del proceso de la vida han venido a estar ellas mismas bajo el control del general Intellect y han sido transformadas a su medida. Hasta que grado son producidas las fuerzas de producción social, no solo en la forma del conocimiento, sino como órganos directos de la praxis social; del proceso real de la vida.” [p. 706; traducción del editor de estas notas, usando el original en alemán]. Como curiosidad para los aficionados el texto original en alemán – un poco más largo, donde parece que Marx emplea la misma expresión general Intellect: “Die Natur baut keine Maschinen, keine Lokomotiven, Eisenbahnen, electric telegraphs, selfacting mules etc. Sie sind Produkte der menschlichen Industrie; natürliches Material, verwandelt in Organe des menschlichen Willens über die Natur oder seiner Betätigung in der Natur. Sie sind von der menschlichen Hand geschaffne Organe des menschlichen Hirns; vergegenständlichte Wissenskraft. Die Entwicklung des capital fixe zeigt an, bis zu welchem Grade das allgemeine gesellschaftliche Wissen, knowledge, zur unmittelbaren Produktivkraft geworden ist und daher die Bedingungen des gesellschaftlichen Lebensprozesses selbst unter die Kontrolle des general Intellect gekommen und ihm gemäß umgeschaffen sind. Bis zu welchem Grade die gesellschaftlichen Produktivkräfte produziert sind, nicht nur in der Form des Wissens, sondern als unmittelbare Organe der gesellschaftlichen Praxis; des realen Lebensprozesses.” [https://de.wikipedia.org/wiki/General_intellect]

[3] “Self-acting machine” se tradujo en la época al castellano, divertidamente, como “selfactina”.

[4] Este párrafo no se si es del todo correcto es su redacción original, aunque sí que estimo que comunica el sentido de lo que argumenta Mason.

[5] En el original en que parece complacerse Mason y cuyo espíritu me parece que me cuesta mantener en la traducción: “These form ‘the material conditions to blow [capitalism’s] foundation sky-high’.”

[6] Peter Drucker, considerado el fundador de la teoría moderna del management, inventó el concepto del “knowledge worker”. Puede verse: https://en.wikipedia.org/wiki/Peter_Drucker

#comentarios

El texto de Paul Mason se explica bastante bien por sí mismo. Aún así hago un par de comentarios. Un lector ha hecho un comentario muy agudo… (¡gracias!). Considerad estos míos como preguntas o dudas más que como afirmaciones… A ver si podemos ir consultando a alguien más experto…

(1) El primero, señalado por Mason, pero que no deja de sorprenderme. Para los aficionados a Marx – ya se que los lectores son una ínfima minoría – y ya lo decía Engels en su entierro si mal no recuerdo, su principal contribución fue la teoría de la plusvalía – estrechamente relacionada con su versión de la teoría del valor-trabajo. De atrás para alante: todo el valor creado en el proceso de producción lo es por parte del trabajo. Por eso llama trabajo vivo a la fuerza de trabajo – frente al trabajo muerto almacenado en máquinas o equipos o materias primas -, o capital variable, porque es el que aumentan su valor en el proceso, frente al capital fijo (trabajo muerto) cuyo valor es trasladado al producto final sin modificación por el trabajo vivo.

Lo que Mason – y parece ser que Negri y demás – interpretan de los párrafos del Fragmentoes que las tecnologías suficientemente avanzadas (procesos automatizados como los asociados a los algoritmos podíamos imaginar) también crean valor en el proceso de trabajo, reduciendo o incluso minimizando la contribución del trabajo, de las fuerzas de trabajo humanas en el proceso. Es algo cataclismático, podríamos decir. Hmmm… (Ver el diagrama al principio del post comparando el proceso de producción clásico propuesto en El Capitalcon el que se derivaría de las notas del Fragmento).

En revisión, ver comentarios al post al final:

(2) Mason, – y según explica Virno – parecen decir que tras anotar estas ideas en los Grundrisse, la había eliminado del Capital, su obra principal en el campo de la economía política. Por un lado y con mi modesto conocimiento de la obra diría que es cierto. Por otro diría que leyendo con atención los capítulos dedicados a la “plusvalía relativa” – en los que trata entre otras cosas sobre cooperación, máquinas, gran-industria… – el asunto sí que se podría considerar presente aunque de forma poco evidente. La plusvalía relativa explica entre otras cosas como los capitalistas tratan de aumentar su beneficio (plusvalía) a través de la incorporación de nuevas formas de organización y de la innovación tecnológica que aumenten la productividad. Si los cambios tecnológicos según Marx eran capaces de aumentar la productividad (esto es, reducir los costes de producción para hacer un producto igual o mejor) se deduce que las tecnologías (entendidas posiblemente en un sentido amplio) de alguna manera también crean valor.

Volviendo a la definición de valor de Marx – del valor-trabajo – se ve que efectivamente está también ahí: “El tiempo de trabajo social necesario, en un lugar y un estado de desarrollo tecno-científico determinados -, para producir una determinada mercancía.” Aquí el estado de desarrollo técnico-científico sería el factor que incorpora la cuestión tecnológica y ¿su participación en la creación de valor?

Ps a raíz del comentario/ Quizás la diferencia tendría que ver con la visión relativamente estática que propone la abstracción del primer volumen del Capital de Marx – para la que la fuerza de trabajo es la única que crea valor -, y el contraste con una visión más dinámica – un mundo como el actual, que podría describirse como un mundo del dominio de la plusvalía relativa (según el sistema de Marx) -, en el que el estado de equilibrio, que permite  que precio y valor se aproximen, es más excepción que regla. La carrera de la innovación exponencial… Me pierdo ya por aquí, pero igual la teoría marginalista es mejor en esta situación para explicar el precio de la mercancía, aunque quizás no su “valor”…

Aunque creo que hay algo más: La idea de que ciertas máquinas automáticas son capaces de producir más valor del que se ha gastado (horas de trabajo) en producirlas. El software libre podría ser el caso… Un desarrollador cobra sus horas de trabajo y el software se emplea en llevar a cabo la tarea para la que se ha desarrollado; pero además puede ser usado en otras tareas similares sin límite y sin que se “desgaste”…

(3) Lo que parece atraer a Mason y a los post-operaístas – y a mí – de todo estos es precisamente lo que Marx llama el  General Intellect, que sería el reconocimiento de este estado de desarrolllo tecno-científico como un conocimiento social general, del conjunto de la sociedad. Tendría que ver con lo que se vienen llamando ecosistemas tecno-sociales: formación general de la sociedad, prácticas sociales establecidas, maneras de aplicar el conocimiento, etc.

La conclusión que propone Mason – y que entiendo que también planteaba los postoperaístas es que la lucha por el control de este General Intellect, por el control del conocimiento tecno-cienifico y su orientación – se hace un tema centra de nuestro tiempo. Negri y Hardt lo llamaban en Imperio el devenir maquínico de la multitud; mi propia versión a partir de aquello y de Haraway era el del los devenires cíborg de la multitud.

(4) Esto último es lo que me ha recordado otras cosas con las que vengo trabajando últimamente como son la idea de Mente y de ecología mental en Bateson y Guattari, que tendría que ver con la interacción entre conocimiento/maneras de pensar colectivos-sociales y construcción/transformación de nuestros entornos (territorio, ciudades, espacios de trabajo, vida cotidiana…) y más recientemente, lo que ando leyendo estos días, del Stack de Benjamin Bratton, una forma de interpretar la actual sociedad de las redes digitales como una megaestructura o megamáquina emergente en la que se componen el conocimiento objetivado en infraestructuras y algoritmos con la propia Tierra y sus habitantes, todos los cuales evolucionan transformándose y produciendo mundos en el marco de sus interacciones. Trataré de hacer una reseña de esta última referencia en breve.

Aquí lo dejo. Vale.

#referencias

Paul Mason, 2015, Postcapitalism. A Guide to the Future. Penguin. Random House, Londres [pp.133-138]

Karl Marx, 1993 (1857-58) Grundrisse. Foundations of the Critique of Political Economy (Rough Draft), Penguin Classics, Londres

Otras:

Gregory Bateson (traducción de J. Pérez de Lama), 1970, Form, Substance, Difference, en G. Bateson, 2000, Steps to an Ecology of MInd, Chicago University Press, Chicago | en este blog

Benjamin Bratton, 2015, The Stack. On Software and Sovereignty, The MIT Press, Cambridge

Michael Hardt, Antonio Negri, 2000, Empire, Harvard University Press, Cambridge

Félix Guattari, 2000 [1989], Las tres ecologías, Pretextos, Valencia

José Pérez de Lama, 2006, Devenires cíborg. Arquitectura, urbanismo y redes de comunicación, Secretariado de Publicaciones Universidad de Sevilla, Sevilla

Crisis permanente del capital y el asentamiento de un nuevo nacionalismo autoritario en el siglo XXI

Por Daniel Feldmann 1 2

Traducción del francés: Emilio Guzmán Lagreze3.

En este artículo, Daniel Feldmann se propone, a partir de una confrontación crítica con las tésis de Karl Polanyi desarrolladas en su obra La Gran Transformación, analizar el sentido de los nuevos nacionalismos encarnados por los gobiernos de Trump, Orban, Duterte, Bolsonaro … Mientras que los proyectos de modernización nacionalistas sean de derecha como de izquierda durante los dos primeros tercios del siglo XX tendían a promover el desarrollo capitalista modulando sus efectos atomizantes y desocializantes, los nuevos nacionalismos, lejos de llevar la lógica neoliberal, constituyen hoy en día las formas mejor adaptadas a la gubernamentalidad neoliberal en la medida en que ellos aceleran las reestructuraciones económicas y políticas en curso, avalan y simbolizan en un sentido « patriótico » la lucha autofágica de todos contra todos y proponen tomar en carga de manera más eficaz, la gestión autoritaria de los individuos y grupos sociales deviniendo estos superfluos de cara a la valorización capitalista.

1 – Introducción1

En el prefacio titulado « Anatomía del nuevo liberalismo » en la traducción inglesa de su obra Esa pesadilla que no termina. La extraña victoria. Cómo el neoliberalismo destruye la democracia2, Christian Laval y Pierre Dardot sostienen la tesis según la cual el giro político mundial actual, marcado por el ascenso de un nuevo nacionalismo de derecha, en el que el punto de lanza fundamental es la elección de Donald Trump en 2016, pero también el ascenso reciente en el poder de otros dirigentes como Matteo Salvini, Viktor Orban, Sebastian Kurz, Rodrigo Duterte y Jair Bolsonaro, se inscribe en un marco más largo y general caracterizado por el entrelazamiento entre neoliberalismo y autoritarismo. Para Dardot y Laval, « Esta matriz estratégica de las transformaciones económicas y sociales, muy cercano de un modelo naturalizado de guerra civil, encuentra otra tradición, más auténticamente militar y policial, aquella, que hace de la « seguridad nacional » la prioridad de todos los objetivos gubernamentales. Neoliberalismo y securitarismo de Estado han hecho tempranamente una muy buena pareja »3.

Buscaremos a lo largo de este texto identificar ciertas causas y consecuencias de tal imbricación, a partir de hipótesis y análisis que serán abordados en las cuatro secciones siguientes. En primer lugar (sección 2), apoyándonos en ciertas categorías de la crítica a la economía política marxiana, sugerimos que la guerra civil es siempre algo latente y constitutivo de la misma dinámica capitalista, al mismo tiempo que suponemos que las transformaciones en curso del siglo XXI tienen tendencia a eludir los frenos en otros momentos históricos han podido han podido retener mediante el intermediario del Estado y de ciertas instituciones el desencadenamiento de tal guerra. Luego (en la sección 3), recuperando de manera crítica la importante contribución de Karl Polanyi, intentaremos mostrar que las condiciones históricas que, en el siglo XX (sobre todo después de la Segunda Guerra mundial), autorizaban ciertas formas de limitación y de control social consciente de la esfera económica, son hoy en día superadas, dando lugar a una heteronomía creciente del proceso político y social, así que a la profundización substancial de un proceso de individualización y de atomización. Tener en cuenta esas evoluciones resulta esencial para aprehender la coyuntura que vivimos. En la sección 4, afirmamos que tal intensificación de la incontrolabilidad y de la de-socialización reemplaza más y más al espectro de la guerra civil y es indisociable de un proceso de crisis permanente e irreversible del capital, proceso que buscamos esclarecer a través del concepto de « contradicción en proceso » presente en los Grundrisse4 de Marx. Finalmente, en la sección 5, trataremos discernir los sentidos de los nuevos nacionalismos autoritarios, indicando que ellos tienen en común el llevar al extremo y con eficacia ciertas tendencias ya contenidas al seno de la diseminación de la dinámica de límites internos del capital y de la difusión de la racionalidad neoliberal.

2 – La modernidad capitalista y el fantasma de la guerra civil

Para esclarecer lo que llamamos por « fantasma de la guerra civil » que ronda las sociedades capitalistas en este siglo XXI, debemos saber qué tipo de guerra hablamos. Para este hecho, es muy útil e incluso necesario proceder a una breve digresión inicial que nos ayudará a producir una puesta en perspectiva teórica e histórica los términos de esta guerra civil.

La separación entre lo que hemos llamado como esfera política y la esfera económica es un producto de la modernidad capitalista. Después de todo, es el capitalismo que, instalando la generalización de la mercancía y del valor como forma indirecta de mediación entre individuos, produce tal autonomización de lo económico en la medida en que suprime la antigua indistinción entre la reproducción de la vida material con las costumbres, las tradiciones y las relaciones de poder directas y personales entre individuos.

Sin embargo, tal escisión, en la que el resultado es la co-emergencia del sujeto económico privado celoso de sus intereses y sumido en la competencia de los mercados y del sujeto político bajo la forma del ciudadano moderno, debe ser aprehendido en tanto que unidad sin la cual la sociedad capitalista no podría desarrollarse. No deseamos tratar en detalle las diferentes dimensiones de esta relación entre las esferas económica y políticas (tales como la promoción violenta de fases de acumulación primitiva sostenida por el Estado en tanto que garante del dinero, y en tanto que proveedor de infraestructuras esenciales para la reproducción capitalista, el Estado en tanto que promotor de la expansión externa de los capitales nacionales, etc.). No retenemos aquí más que una de esas dimensiones, lo que parece esencial para la reflexión contemporánea. La interiorización por parte de los individuos de los imperativos abstractos de valorización del capital genera en sí una dinámica perturbadora y de potencial guerra civil. Y ello no solamente en razón del hecho que las relaciones sociales dentro del capitalismo deben aparecer bajo la forma de cosas como la mercancía y el dinero. Más importante aún es el hecho que una sociabilidad fetichista « pura » – es decir sin ninguna otra forma de mediación social– no podría más que conducir a una lógica de destrucción y de mera supervivencia. La violencia directa de la mercancía sin ningún control llevaría directamente a la guerra civil. Sin la constitución de una esfera política distinta, lo que Marx llamó « salto de la muerte » de la mercancía5, es decir, la necesidad imperativa de transformarla en dinero, de transponerla cruda y desnuda en el conjunto de las relaciones sociales, estas serían simplemente inviables. Así, la metáfora del « salto mortal » de Marx abre la posibilidad de ir más allá de una simple metáfora.

Es en esta óptica que es legítimo considerar el Estado- nación y la esfera política, no como una simple relación de exterioridad a la dinámica del mercado y de competencia, pero mucho más precisamente en tanto que estructura del lazo social que permite reproducir esta dinámica. Así, pertenece al Estado, no solamente el crear una institucionalidad correspondiente a la sociabilidad de la mercancía y del capital – ley abstracta, contratos, normas, etc. – así que el rol de atenuación del potencial siempre presente de violencia y de conflicto generalizado contenido en la lógica de la competencia. Bien entendido, ello no niega el hecho que la violencia misma bajo diferentes formas– internas o externas en el marco de cada uno de los diferentes Estados nacionales – ha sido siempre una marca decisiva de esta misma modernidad capitalista. Por el momento, lo que nos interesa antes que todo, es sugerir que existe un potencial de guerra civil y de explosión que se desprende de la forma reificada instituida por la categoría de valor económico que debe ser debe estar en alguna medida contenida, sino, el caos y el descontrol social pondría en peligro la misma continuidad de las condiciones de valorización infinita del capital en tanto que fin en sí. Es precisamente en el marco de esta tensión constitutiva que el Estado debe aparecer en tanto que regulador de las relaciones económicas, productor de control y de contrapeso para la lógica descentralizadora de la concurrencia generalizada, en tanto que árbitro de ciertos conflictos entre diferentes intereses privados y no en menos ocasiones, en cuanto organizador de la integración – material, institucional y simbólica – del espacio territorial de la nación.

Conviene decir que esta misma tensión constitutiva plantea una contradicción moral que divide también la sociedad burguesa. Dado que tal sociedad reduce el contacto de los seres humanos a una concurrencia feroz y permanente, es necesario erigir como ideal moral la represión y la retención de esta agresión egoísta desencadenada por la propia estructura social. Como lo señala Max Horkheimer, para atenuar y sublimar tal agresividad, le corresponde igualmente a la esfera política y al Estado promover la difusión de valores opuestos al individualismo ilimitado: « La necesidad de la moralidad idealista resulta de la situación económica de la burguesía. (…) ha sido necesario amplias medidas gubernamentales para permitir al conjunto de la realidad social el reproducirse en la forma dada (…) Así, uno de sus orígenes es por tanto la necesidad para la sociedad de limitar el principio de concurrencia al curso del período histórico que éste regula »6.

Por otra parte, y es central, la capacidad del Estado para resolver tal tensión constitutiva no jamás puede ser ilimitada. El mismo Estado está sumido a los imperativos y restricciones que escapan a él, y que son el producto de una lógica tautológica que impide a menudo toda coordinación racional. Para tratar de abordar mejor esta cuestión, nos remitimos aquí a Jean-Marie Vincent, que declara : « No hay discontinuidad absoluta entre la acumulación de capital y la producción de valores propios del Estado, orden, seguridad, formalismo de la igualdad, pero al contrario, discontinuidad relativa, dialéctica sutil de la exclusión y de la inclusión. De un lado, el Estado se presenta como la sublimación de las relaciones sociales inmediatas, como si devolviera a los individuos de la sociedad capitalista una sociabilidad de la que han estado desposeídos. De otro lado, está íntimamente vinculado a la socialización-privatización de la vida capitalista »7. Vincent señala el hecho que esta socialización encarnada en el Estado y en las instituciones políticas es al mismo tiempo una privatización, ya que ella restablece igualmente el atomismo generalizado resultante del hecho que los individuos no son más que medios individualizados de una dinámica capitalista que les escapa. Los individuos están estrechamente vinculados, pero se trata de una interconexión centrada en la concurrencia y la confrontación. Así, la misma socialización política capitalista que produce la unificación de los individuos en un mismo marco social estable constituye la base de la búsqueda de su exclusión y de su separación conflictiva, es decir, de una inestabilidad crónica. Tal inestabilidad no puede simplemente estar suspendida de manera indefinida. Ya que el Estado no puede bloquear la reproducción fetichista de la sociedad en la cual « la independencia recíproca de las personas se completa en el seno de un sistema omnilateral de dependencia factual »8. El Estado debe ser la mediación política que corresponde a esta « dependencia reificada » de la que habla Marx, así como el mismo Estado no puede más que estar obligado por ella. Así, al seno de esta dialéctica de unficación y separación, de socialización y de privatización mediada por el Estado, una dinámica se crea en la cual las medidas yendo hacia un orden consciente de la reproducción social no pueden abolir el carácter incontrolable y errático de esta reproducción. En más, en medida en que en el capitalismo, la mediación política estática no es un fin en sí, sino que el marco político que permite el desarrollo de la valorización del capital en tanto que un fin en sí, la acción de control mismo del Estado no puede más que preparar nuevas situaciones incontrolables. La voluntad organizadora y « pacificadora » del Estado le ayuda a reconstituir los elementos desorganizadores, imprevisibles y perturbadores. Es por esta razón que Vincent critica la ilusión voluntarista consistente en « sobrestimar las posibilidades del Estado » y a « atribuirle capacidades de intervención más allá de los límites que le asigna a la valorización »9. Tal sobrestimación del Estado, que tiende a inflar excesivamente su autonomía, encuentra su origen en la exteriorización de la esfera política de cara a la sociedad, pero no comprende que esta exteriorización es precisamente la otra cara de una totalidad dominada por el movimiento imparable y abstracto del capital. Así, la misma totalidad que confiere cierta autonomía al Estado reproduce incansablemente su subordinación y heteronomía10.

Ahora podemos volver a nuestra cuestión inicial. Nuestra hipótesis es que la nueva coyuntura histórica estaría marcada por una bancarrota creciente en ese rol de balizamiento, de orden, de sublimación del egoísmo agresivo y de control social y económico relativo ejercido por el Estado nación y sus instituciones. Trataremos mostrar que esta quiebra constituye el contexto de las nuevas formas de nacionalismo autoritario que han sido desarrolladas recientemente. En una coyuntura marcada por la crisis del capital, al seno de las parejas contradictorias en las cuales se despliega la tensión constitutiva de la sociabilidad capitalista – socialización-individualización, inclusión-exclusión, unificación-separación, organización-desorganización -, estaríamos confrontados a una dominación creciente del segundo término de estas parejas. Así, una sociabilidad emerge que se confunde más y más con la lógica desnuda y bruta de la mercancía y del valor, y se aproxima entonces, peligrosamente a una guerra civil abierta. Frente a esta imagen explosiva y a las consecuencias imprevisibles, la política y la actividad de Estado cambian de condición. En lugar de proponer , de atenuar y limitar las potenciales violencias, la lucha de-socializante de todos contra todos y la desintegración social, ahora es cuestión de asumir más y más esas características en tanto que realidades cristalizadas y de gobernar con y a través ellas.

3 – La realidad y el anacronismo de Karl Polanyi

La tensión constitutiva tratada en la sección precedente no puede ser aprehendida de manera abstracta, es decir, desencarnada y separada de la realidad y de la historia concreta. En ese sentido, es muy útil aquí volver a la lectura de Karl Polanyi sobre la crisis del liberalismo de comienzos del siglo XX. Este autor, partiendo de una aproximación diferente de la crítica de la economía política marxiana, ha presentado una lectura de una calidad y originalidad innegables de la « gran transformación »11 que marcaría el siglo XX, a saber la emergencia de instituciones que buscarían de diversas formas « reorientar » la economía a través de ciertas formas de control y de limitaciones de la sociedad.

Uno de los principales puntos abordados por Polanyi en su libro de 1944 es de una actualidad abrasadora : la reducción de todas las esferas de la vida al mecanismo del mercado, la transformación de todas las actividades humanas en un juego indiscriminado de oferta y demanda sería insostenible. Para Polanyi, no podría haber una sociedad verdadera rebajando la relación del hombre a la naturaleza a un simple hecho de ganancia pecuniaria transformando el trabajo humano en una simple mercancía que pueda ponerse en excedencia en cada momento, el dinero no siendo más que un medio de cambio controlado por la sociedad, deviene objeto de una mera especulación tal como un casino12. La tierra, el trabajo y el dinero serían para Polanyi falsas mercancías, o mercancías « ficticias » en su terminología, en el sentido en que no podrían jamás ser autorizadas para flotar en el modo anárquico de los mercados desregularizados.

Es precisamente contra esta « mentalidad de mercado obsoleta », según los términos de Polanyi13, esta mentalidad absolutista e intransigente defendida por sus apologistas, que la sociedad no solamente desearía, sino que ha sido obligada a rehacer. Las intenciones de ganancia puramente económicas, la monetarización total de las actividades humanas no podrían fluir libremente, ya que ello pervertiría el sentido mismo de lo que sería la vida común de los individuos. Así, el « contra-movimiento » sería inevitable, tendiente a reorientar lo económico que huye en vía de las diferentes formas de control social. Habría una repulsión casi automática, un imperativo real de contestación frente a la tentativa de reducir el mundo a los excesos motivacionales puramente mercantiles.

Por otro lado, es fundamental tener en cuenta que tal reacción obligatoria de la sociedad estaría lejos de garantizar en si una solución positiva y civilizatoria a la cuestión. Después de todo, para Polanyi, el « contra-movimiento » permitiría en tanto reforzar un nuevo marco institucional que reduciría el atomismo social preservando el bienestar y la libertad de las personas más que revitalizar la economía por instituciones políticas y sociales poniendo en obra una represión creciente, a la imagen de los regímenes fascistas o dictatoriales. En nombre de la lucha contra la de-socialización brutal del libre mercado, el siglo XX produciría nuevas formas sociedad autoritaria, mucho más brutales y bárbaras que aquellas que se pretendía combatir.

Ese « contra-movimento » Polanyiano ha estado siempre ligado a lo nacional. La invocación de lo nacional en el siglo XX, sea bajo la forma directa de los nacionalismos modernizadores o de mecanismos nacionales de coordinación y de planificación económica y social era una constante. La integración y la cohesión social han sido propuestos por vía del Estado nacional, al mismo tiempo que este último afirmaba su razón de ser precisamente a través de esta integración y esta cohesión. Incluso si en realidad, esta integración y cohesión, sobre todo en la periferia del capitalismo, parecían fantasiosas, ya que la dinámica social estaba mantenida por niveles enormes de exclusión y violencia14, siendo siempre el « proyecto nacional » que inspiraba y legitimaba – en las dictaduras y las democracias de izquierda y derecha – la movilización del progreso y la perspectiva de un devenir armonioso ante el desafío puesto por la modernización. Para parafrasear a Benedict Anderson, incluso si las « comunidades imaginadas »15 nacionales no existían dentro de cierta medida más que en el imaginario, ellas eran el pilar de ordenamiento investigado.

De ello se desprende que la actualización de la tesis Polanyiana en el siglo XXI está hoy en día atravesada por una contradicción flagrante. Así, el « contra-movimiento » parecía profundamente presente en la medida en que la sociedad reacciona innegablemente a los efectos de la subordinación total e indiscriminada a los mercados que la dinámica neoliberal busca imponer. Hay inquietudes frente a la globalización y la revuelta difusa y transversal en diferentes sectores con la intensificación de la dinámica social perjudicial actual. Sin embargo, el carácter de ese « contra-movimiento » Polanyiano en relación a lo que había sido a lo largo del siglo XX, ha cambiado considerablemente de cualidad. Contrariamente al pasado, los procesos que logran reorientar o reintegrar la esfera económica bajo el control de la sociedad por sus instituciones no están en curso. La insatisfacción generalizada no puede estar políticamente movilizada– de la izquierda a la derecha – contra los procesos sociales y económicos que restablecen la de-socialización, la individualización y la mercantilización en profundidad de la sociedad a escala extendida. La tierra (entendida aquí en el sentido amplio del entorno natural de las actividades humanas), el trabajo y el dinero que deberían ser preservados y coordinados socialmente para Polanyi, han devenido justamente objetos de desregulación desarraigados, de mercantilización y especulación. Así, si nos apoyamos en las propias concepciones de Polanyi, se desprende que el nuevo nacionalismo del siglo XXI no puede ser asimilado como los nacionalismos y proyectos nacionales del pasado fundados en la administración política y la restricción por la sociedad de los « molinos satánicos » del mercado16. Avanzamos aquí hacia una tesis que será desarrollada más adelante : pese a la cortina de humo de los discursos apologéticos que dicen lo contrario, los nuevos nacionalismos no solamente no suprimen la absolutización de los mercados– con la desintegración y la anomia social que son los corolarios – sino que al contrario, reproducen, incluso radicalizan una vez que están en el poder, la reducción de la vida social a las motivaciones económicas y a la competencia cada vez más intensa de los individuos.

¿Dónde se sitúa entonces el límite teórico de Polanyi ? Si tenía razón en nuestra opinión, cuando señalaba la imposibilidad de establecer mercados ilimitados en tanto forma de coexistencia estable, sin embargo, se mantiene atado a una antropología trans histórica según la cual estaría siempre a disposición de las sociedades de subordinar la vida material a las costumbres, a los valores y prácticas que pondrían la práctica económica en su lugar, es decir, en un marco institucional que impediría la desestructuración de la sociedad. Si en La gran transformación Polanyi muestra de manera convincente que los mismos mercados modernos eran en gran parte una construcción planificada e instituida por instancias políticas, ello no significa, sin embargo, que será siempre posible concebir una planificación en dirección opuesta, en el sentido del advenimiento de instituciones capaces de limitar los efectos perturbadores de esos mercados sobre la sociedad. Un breve resumen de los procesos al curso del siglo XXI muestra por sí mismo que estamos lejos de todo « contra-movimiento » Polanyiano, bien al contrario : tanto las instituciones políticas como las formas de subjetivación tienden a un proceso incontrolable de de-socialización, de soberanía de la lógica mercantil, de la atomización de los individuos y la destrucción de los pilares colectivos susceptibles de provocar lo que el autor ha llamado el movimiento « de autoprotección » de las sociedades.

Para nosotros, hay en el análisis de Polanyi una falta de percepción, ya que la posibilidad misma de dirigir y de forjar mediante las instituciones y de frenar el élan disoluble de los mercados y de la monetarización ilimitada de la vida (volveremos más tarde en la sección siguiente) debe ser historicizada. Sobre todo desde que el capital en tanto que relación social se impone de manera invasiva al mundo, eliminando o remodelando en todos lados los vestigios pre-modernos, el carácter y la cualidad de las esferas sociales, políticas y culturales no pueden estar libres de la dinámica fetichista del capitalismo.

Tal fetichismo, por supuesto, no debe ser comprendido en el sentido de una subordinación simplista a los automatismo e imperativos del valor y del capital, como si los individuos fueran casi como marionetas carentes de toda agencia. En efecto, la fuerza del fetichismo contemporáneo reside precisamente en gran parte en una subordinación consciente y deseada de las personas a una forma de dominación abstracta e impersonal que termina por someter a todo el mundo, ya que ella domina y limita el alcance de las iniciativas y acciones individuales. Ello nos da cuenta de la vigencia y actualidad del diagnóstico dado por Herbert Marcuse sobre los países desarrollados a finales de 1960. Para este autor, conviene poner al día la formulación original de Marx sobre el análisis de las prácticas fetichizadas del capitalismo. En efecto, si estas últimas forman parte de una sociedad enferma dentro de su propia impotencia y heteronomía, ellas constituyen al mismo tiempo el producto de una adhesión abierta de los individuos y están también manifiestamente inflados por la cultura y las instituciones en vigor17.

Sea lo que sea, pensamos que la relectura de la obra de Polanyi, tanto por su fuerza como por sus debilidades, más allá de la simple curiosidad intelectual, puede darnos indicios valiosos para pensar la especificidad del momento presente, precisamente a partir de una búsqueda sobre el estancamiento de una reedición del « contra-movimiento » Polanyiano y del carácter incontrolable e imprevisible de la coyuntura que se desprende. La lectura de las transformaciones en curso por Wolfgang Streeck constituye una contribución valiosa en este sentido, pero no sin exactitudes como veremos más adelante. Para Streeck18, estaríamos de cara al fin del capitalismo, no como una caída repentina, sino como un largo proceso de ruptura de las condiciones que permitirían históricamente su mantenimiento sin vuelta posible a ellas. Más precisamente, y acá al igual que Polanyi, Streeck sugiere que no solamente los frenos y límites institucionales de los mercados desregulados conferían un mínimo de cohesión social al capitalismo, sino que designaban igualmente las diferentes expresiones de oposición al capitalismo que le daban una gran vitalidad. No es por azar – en un diagnóstico que se parece al de Eric Hobsbawm en su Edad de los extremos– que Streeck recuerda que es precisamente la fuerza de los sindicatos, del movimiento obrero y de la amenaza soviética en la post-guerra, combinada con las reglamentaciones keynesianas y al apoyo explícito de las inversiones públicas que permitieron la fase más grande de crecimiento del capitalismo. En esta perspectiva, esas serían las limitaciones, las amenazas y las limitantes externas impuestas al capital, y también en cierta medida las victorias relativas de los trabajadores en la lucha de clases, que garantizaron la estabilidad y el orden social sin los cuales la acumulación del capital no podría haberse desarrollado de forma adecuada a largo plazo.

Por otro lado, en nuestros días, dentro del marco de la dinámica neoliberal y Hayekiana en curso, el precedente juego virtuoso entre vitalidad y oposición habría tomado fin, haciendo de la victoria total aparente del capitalismo, la prefiguración de su fin. Para Streeck19, el estancamiento económico, la redistribución oligárquica, el saqueo del sector público, la corrupción y la anarquía mundial serían los síntomas de esta profunda crisis. Y al origen de esta crisis, el « desorden mundial (…) es hoy en día otra cosa : el resultado de un ataque rápido y exitoso de los mercados contra una larga diversidad de instituciones y de actores heredados del pasado o construido sobre largas luchas políticas, que durante un cierto tiempo han contenido la avanzada del capitalismo dentro de los limites socialmente aceptados ».

La tesis de Streeck es seductora y es sin duda un poder explicativo para ciertos fenómenos contemporáneos, pero ella deja cuestiones cruciales sin respuesta. En primer lugar ¿Por qué, contrariamente al pasado, este ataque de los mercados puede ser tanto global como totalitario? En un segundo lugar, en relación con la cuestión precedente, ¿Por qué el desorden mundial se impone como norma y evita formas de control social consciente que podrían de cierta forma re establecer los frenos necesarios para sumir al capitalismo en ciertos mecanismos? Si, por una parte, Streeck llama acertadamente la atención sobre los aspectos fundamentales del capitalismo actual – crisis económica permanente, concentración de ingresos y de las riquezas, totalitarismo de los mercados, anarquía y heteronomía de las acciones de los individuos y de los Estados, etc – por otra parte, no puede darnos claramente la explicación de las causas y de la historicidad de estos mismos aspectos. En otros términos, las virtudes del análisis de Streeck no lo eximen de cierta forma de razonamiento tautológico explicando el poder del capital de destruir sus barreras exteriores… por la propia victoria (a lo Pyrrhus) del capital y de los mercados. Por consecuencia, sugerimos aquí un eje de análisis que intente llenar las lagunas dejadas por Streeck, siguiendo los indicios dados por Jean-Marie Vincent indicados en la sección precedente : el marco institucional de las sociedades no proviene del « exterior », en la medida en que está igualmente conforme a las vicisitudes del fin último del modo de producción actual siendo el movimiento de « valorización del valor » que está a la base del capital en tanto que relación social. Ello nos lleva a buscar, dentro de los límites internos de esta relación social, los motivos y las consecuencias del estancamiento actual del « contra-movimiento » de Polanyi, así como intentar situar los contornos del nuevo nacionalismo.

4 – La contradicción en proceso en siglo XXI.

La heteronomía creciente y la incapacidad flagrante de los Estados nacionales para mantener algún control sobre la esfera económica en el sentido Polanyiano del término es un rasgo llamativo de los últimos decenios. El rasgo destacable de este resulta ser más intenso cuando contrastamos nuestra época con el estándar mundial post-Segunda Guerra Mundial durante la cual el « contra-movimiento » defendido por Polanyi tenía su apogeo. Pese a las diferencias importantes que existen entre las diferentes regiones del mundo y la rivalidad declarada entre los diferentes modelos económicos de esta época, existían líneas comunes, una similitud importante detrás de una retórica que proclamaba la diferencia absoluta. Después de todo, en el primer mundo con el modelo fordista-keynesiano, en el segundo mundo con los llamados « socialismos reales » y en el tercer mundo con las experiencias de modernización desarrollistas, las prácticas de planificación, de control y de reglamentación sostenidas por el Estado se encontraban presentes de forma remarcable. De diversas formas, la idea que podríamos modelar el desarrollo económico en un sentido determinado estaría presente. Como lo señala justamente Moishe Postone20, el hecho que las prácticas y formaciones estructurales de la post guerra hayan perdido su lugar no debe considerarse como algo fortuito, producto de una llamativa contingencia histórica. La avalancha neoliberal consolidada firmemente entre la década de los 1980 y 1990 no puede ser atribuida a una simple ofensiva de las potencias y a una astucia de las élites quienes, en nombre de sus privilegios y de su codicia, habrían consciente y deliberadamente engañado y remodelado la sociedad entera según sus deseos, asfixiando a todas las resistencias para establecer el orden actual profundamente desigual y oligarca. Esta subestimación de la agencia y coordinación de las élites confunde no solamente las causas con las consecuencias de los procesos actuales, sino que también deja sin explicación la resiliencia y la profundidad de las transformaciones ocurridas. Ya que reduce la cuestión al eterno problema de las relaciones de poder y de fuerza, a una configuración hegemónica desfavorable supuestamente efímera, parte importante de la izquierda – radical o moderada – sigue atada a la promesa de un vuelco que, implícita o explícitamente, coquetea nostálgicamente con el deseo de retorno del élan conductor y regulador del Estado el cual ya ha terminado y no puede volver.

Al mismo tiempo, tal sobrestimación retrospectiva del arreglo Post-Guerra en los tres mundos, olvida el hecho que los procesos ya estaban en curso en esta época, que se han vuelto contrarios al « contra-movimiento » Polanyiano y preparaban ya cierta manera la vuelta al « molino satánico » de los mercados ilimitados. Sea en el primer mundo con su alianza tácita entre el capital y el trabajo que ha incluido de forma relativamente favorable a los trabajadores en los circuitos de producción y consumo, sea en el segundo y el tercer-mundo con sus esfuerzos de modernización recuperatoria de sus economías y sus sociedades, ya existía un proceso en el que la imposición de la lógica y los imperativos del capital se generalizaban y reforzaban. Pensamos que la dinámica de modernización de la post-guerra, a pesar del espíritu dominante de coordinación de los procesos económicos (o incluso puede ser por esta misma razón) ha contribuido a universalizar y profundizar el élan de la producción para la producción, la búsqueda ilimitada de acumulación, la interiorización de la competitividad, el consumo en tanto que manipulación del deseo, destrucción de las formas de vida tradicionales precapitalistas, dominación de las motivaciones puramente económicas y elección del dinero y de la forma-valor en tanto que mecanismos todopoderosos de mediación social (incluyendo en los países autodenominados « socialismos reales »). Liberando las fuerzas supuestamente puestas bajo su control, los vectores de contención y de administración política buscan ordenar la integración y cohesión de los individuos a nivel nacional han reforzado sea de manera intencional o no, la dinámica de la socialización fetichista potencialmente des-integrante y desestabilizadora que hemos mencionado apoyándonos en Jean-Marie Vincent. Al mismo tiempo, precisamente porque la dominación y la protección de los espacios económicos nacionales no eran más que un medio para preparar a los países y empresas en los mercados internacionales, ello contribuye en reforzar posteriormente la internacionalización y la reanudación de los movimientos de capitales y una competencia mundial que se hace en detrimento del marco estabilizador que el Estado-nación pretendía o afirmaba defender.

La sociedad neoliberal contemporánea y las instituciones que la acompañan no surgen por tanto como una ruptura total con el momento precedente. Las mismas exigencias del proceso de acumulación capitalista, así como la difusión incesante de la racionalidad instrumental legitimada por la idea de modernización y de progreso omnipresente en los tres mundos de la post-guerra, han pavimentado la vía actual sobre la cual avanzamos. Retrospectivamente, podemos afirmar que una especie de « astucia de la irracionalidad » del capital ha vuelto a su lugar. De esta forma, el margen de maniobra relativa y el horizonte de alternativas y de proyectos nacionales integradores que se abren (o parecen abrirse) en el período post-guerra estimulan una dinámica que ya contiene en gran parte el germen de su propia negación. Así, más allá de las utopías y proyecciones que han marcado y marcan aún la comprensión de esta fase más estatista del capital, una gran homogeneización de la vida alrededor de los criterios abstractos de rentabilidad y competencia ya estaba en curso, incluso si en una gran parte de la humanidad, ello implicaba – e incluso hoy en día mucho más – la transformación de los individuos en « sujetos monetarios sin dinero » tal como lo dice Robert Kurz21.

Por otro lado, el argumento que hemos mantenido hasta ahora siempre resulta insuficiente para trata de forma correcta el problema de saber por qué y cómo, en el transcurso de los últimos decenios, el neoliberalismo ha tenido una profundidad sin resistencia en todos los niveles, generando una escalada de la heteronomía y un crecimiento de la pérdida de control sobre el sistema-mundo capitalista. Tratemos de avanzar en este punto. Si es innegable que la mundialización comercial, productiva y financiera actual es un factor que socava a la antigua noción de espacios económicos nacionales y debilita al tipo de coordinación de Estado usada en otros períodos – sin hablar del chantaje y del veto a las políticas nacionales que los « mercados mundiales » pueden ejercer – no es la mundialización como tal quien podría explicar someramente la significación de los procesos en curso. Tenemos que incorporar forzosamente la existencia de los limites internos del capital en tanto que relación social. O incluso, debemos tener debidamente en cuenta el hecho que la mundialización – que en términos de Marx mencionados a continuación, han devenido una forma inmediata de interdependencia « reificada y universal » – interconecta bajo una forma cada vez más caótica una totalidad atravesada por tales limites. Esos límites son aquí comprendidos como la concretización cad avez más visible de la hipótesis ya avanzada por Marx en los Grundrisse a raíz de lo que denomina como la contradicción en proceso del capital, es decir su tendencia, de hacer de la lógica competitiva, en transformar el trabajo vivo en trabajo obsoleto por la producción de riqueza material, mientras que el mismo capital continúa en exigir la extracción de trabajo viviente como presupuesto de su propia valorización22.

Es precisamente en la unión del anacronismo histórico de la forma-valor en tanto que presupuesto de la existencia material y, por otro lado, las exigencias cada vez más brutales del capital que buscan modelar la sociedad a imagen suya que se encuentra la llave decisiva para la comprensión de la irracionalidad creciente y de la aceleración de la vida contemporánea. La línea directriz absoluta de la valorización en tanto que fin en si, subordinando al conjunto de la producción social, revela las paradojas así como la perspectiva de un colapso ecológico frente a la posibilidad de una relación armoniosa con la naturaleza, la miseria frente a la abundancia, la explotación y la precariedad creciente del trabajo frente al potencial de su reducción substancia, si no su abolición, para obtener la mayoría de los bienes necesarios para la vida. Si las consecuencias de la contradicción en curso, que hacen lo que Marx llamó como « General Intellect » – es decir, la ciencia y la tecnología avanzada – el factor decisivo de la producción, ya han sido puestos en marcha con la llegada de la tercera revolución industrial hace algunos decenios, estos no tienden más que a intensificarse el día de hoy con las innovaciones – en curso o en potencia – que acompañan a la cuarta revolución industrial y sus nuevos métodos de producción a imagen de la industria 4.0. La realidad de una crisis profunda del trabajo y de los empleos23, que tiende a englobar a las profesiones aún más cualificadas y a la clase media24, no escapan tampoco los economistas llamados mainstream25.

Por otro lado, es evidente que, y es una constante que se discute mucho menos, que la crisis del trabajo es también la misma del capital y las mediaciones que se le asocian, por lo tanto, el Estado Nación. Teniendo que el motor del sistema es la creación de plusvalor mediante la extracción de trabajo productivo no es sorprendente que el sistema ande desde hace muchos decenios con un crecimiento débil, con crisis recurrentes, con la incapacidad de retomar un modelo de acumulación durable y una contradicción substancial de las inversiones productivas a largo término. La propia reproducción sistémica del capitalismo comienza a sumirse cuando, tal como lo señala André Gorz, « la producción de mercancías (…) es demasiado estrecha y demasiado eficiente en trabajo humano para permitir la sobreabundancia de capitales el valorizarse »26. O dicho de otra manera, tomando como válida la hipótesis desarrollada por François Chesnais quien retoma la obra de Ernest Mandel y de Robert Kurz, el límite del capital deviene insuperable « a medida que la escasez de plus-valor se consolida, deviene estructural »27.

Aparece entonces la siguiente paradoja : mientras el capital logra sus límites, exige e impone de manera más ilimitada la adhesión de los individuos, instituciones y Estados a su dinámica. Ya que contrariamente a la sugestión de Streeck, la autonomía relativa del pasado de la cual disponía la esfera política para gestionar los procesos sociales e imponer ciertos controles a los aspectos más perniciosos de la lógica mercantil no significa– o por lo menos no principalmente – establecer barreras exteriores al capital. Al contrario, esta autonomía ha ganado peso por el mismo rol de la esfera política en establecimiento y refuerzo de la dinámica expansiva de la valorización del capital, al igual que esta dinámica expansiva retro actúa con el fin de acrecentar el margen de la esfera política. Tal como se le llama « modernización » o « desarrollo », los controles estatales de la post-Segunda Guerra Mundial eran irreemplazables para garantizar ciertas condiciones esenciales que una mera empresa privada no desearía jamás o no podría jamás instituir, tal como superar ciertos vestigios sociales atávicos tan necesarios ; unificar, proteger y consolidar los mercados nacionales ; establecer la infraestructura y los diferentes mecanismos de sostenimiento por el desarrollo de la producción y de la circulación de mercancías ; sin hablar de la creación extremadamente violenta, de un proletariado en las regiones de un capitalismo más tardío. Pensamos que es posible, en cierta medida, invertir la cuestión propuesta por Streeck a propósito de « la edad de oro » y el gran crecimiento económico de los « tres mundos » post Segunda Guerra Mundial. Ya que no serían tanto las oposiciones y los límites institucionales tendientes a controlar el capital habrían sostenido éxito en el curso de este período. Al contrario, el horizonte aún presente de una expansión extendida de la acumulación de capital – expansión favorizada por las mediaciones sociales, pero también extendiendo igualmente el tamaño y amplitud de dichas mediaciones – constituía precisamente el principal factor que ha permitido esta modelización de las instituciones sobre la lógica económica.

Ahora bien, mientras los mismos límites internos del capital son alcanzados, frente a la puesta en marcha de la expansión sistémica que ha suscitado en el pasado la promesa de un « progreso » a lograr con penalidades y serios sacrificios, deja lo que esta promesa resulta fraudulenta, el colapso del viejo rol del Estado deviene evidente. Lo que se produce entonces, es un enorme retroceso de los controles posibles anteriormente en la esfera económica. Y como la crisis actual no ha hecho aparecer otra forma de sociabilidad más allá del capital y de la mercancía, la forma concreta por la cual se llevan a cabo los procesos sociales y económicos no puede ser que la subordinación directa y sin frenos a una competencia cada vez más brutal que poner en marcha procesos de-socializantes e insensibles a todo otro sentido y objetivo social que no sea el de la rentabilidad contable y abstracta28.

En otras palabras, el bloqueo de la valorización inscrito en la contradicción en proceso del capital no implica la suspensión de la ley del valor29. Al contrario, la ley del valor deviene en realidad cada vez más implacable, colonizando todas las instituciones y dominios de la vida justamente porque que su « materia prima » se enrarece. Si, como decía Cervantes, « La mejor salsa del mundo, es el hambre » la insaciabilidad y el descontrol inherente al mismo concepto de capital no pueden más que crecer mientras la posibilidad efectiva de nuevos frentes durables y perennes de valorización se enrarecen. Ello no significa, por el contrario, que el Estado-nación abandone la escena o que su importancia se vea reducida. Se trata más bien de un cambio de cualidad y de sentido de su propia performance : pasa de su antiguo rol de apoyo gestión de una dinámica ascendiente – en términos capitalistas por su puesto – a la situación actual en la cual se adapta y busca imponer la adaptación total de la sociedad a los riesgos, a la imprevisibilidad y a los imprevistos resultado de una crisis estructural sin fin.

De ello se desprenden importantes transformaciones. Una marca indeleble del nacionalismo y de los proyectos nacionales de la post-guerra era la conciliación relativa y regulada de la expansión de la valorización del capital con la integración de sus poblaciones por el trabajo. El horizonte que le daba un sentido a la idea de lo nacional era el de una sociedad salarial, material, institucional y simbólicamente ordenada por el Estado, sea en la mediación de las relaciones entre capital y trabajo, o en el propio Estado en tanto que empleador privilegiado por sus inversiones y empresas. Existe el día de hoy, entonces una ruptura fundamental cuando el trabajo no puede aparecer como el lazo que une los esfuerzos individuales a un orden colectivo o nacional30 y que el fantasma de lo superfluo pesa como una espada a su vez sobre los que ya son superfluos así como sobre aquellos que temen caer en esta condición.

No obstante, como tal superfluidéz creciente del trabajo no suprime su necesidad por la vida de los individuos bajo el capitalismo, un conflicto cada vez más sangriento se instala en el mundo del trabajo. Un conflicto cada vez más individualizado y en el que prolifera la informalidad, la rotación creciente de empleados, la flexibilidad, el devenir « empresario de si mismo », sin hablar del crecimiento de la oferta de servicios personales a los más afortunado – un síntoma combinado de alza de las desigualdades y de falta de empleos. La rareza de encontrar empleos estables y perennes abre la vía a una sumisión sin límites así como a un culto a la competencia. Tal como hace metáfora Herbert Böttcher, vivimos para « pedalear para mantener una posición, en una escalera descendiente »31. En ese sentido, la racionalidad neoliberal – inculcada por los gobiernos que no dejan de eliminar los derechos y garantías del trabajo, pero que también está interiorizado por los individuos – puede ser muy bien leído como una forma de gobierno que se corresponde con un mecanismo de selección adaptado a la coyuntura en la que el capital alcanza sus límites internos. El carácter abstracto de esta racionalidad, es decir el hecho de unificar la evaluación de cada individuo sobre la base del único criterio de rentabilidad cuantitativa, está ahora erigido en mecanismo de selección y de exclusión, de recompensa y sanción. La auto-cosificación de los individuos, su búsqueda constante de auto-valorización – que encuentra en la exaltación del concepto de « capital humano » su expresión perfecta – indica una captura aún más profunda de las personas por el fetiche del capital. Una dinámica perversa de compensaciones se produce, en la cual, frente a la atrofia del valor, se busca a todo lugar el valorizar todo « capital humano » individual, y al mismo tiempo, frente a la heteronomía y la ausencia de estabilidad, se promueve la apología de la autonomía y de la independencia de los individuos32. Las consecuencias psicosociales de esta situación son profundas. Tal como lo describe Anselm Jappe, una subjetivación extrema del valor en su momento de crisis engendra una alternancia devastadora de sensaciones de éxito y de poder absoluto, con sentimientos de fracaso, de auto-culpabilización y de vacío absoluto33. Así, si releemos la cita de Horkheimer de nuestra primera parte a la luz del presente, aparece no solamente que la dinámica social no puede inhibir los aspectos más perniciosos, agresivos y egoístas del « principio de competencia », pero que los alienta incluso deliberadamente. La antigua sublimación que restringía esos aspectos mediante una moral limitante, que tan hipócrita y contradictoriamente, era la base de una institucionalidad tendiente a generar una tensión constitutiva de la sociedad burguesa, se disuelve. Liberada de tales límites, la violencia del « salto mortal » de la mercancía, violencia siempre latente pero reprimida, tiende a trascender su carácter de simple metáfora, liberando los fantasmas de la guerra civil.

Christian Laval y Pierre Dardot utilizan el concepto de « subjetivación financiera »34 para pensar las consecuencias de una sociabilidad en la cual los individuos incitados a comportarse como si fueran « capital humano » adoptan por sus propios medios la lógica del capital portador de intereses y del capital ficticio. Ya que en la lógica del capital humano está incrustada la convicción que cada uno puede « valorizar su valor » a lo largo del tiempo a partir de la simple posesión de ciertos atributos, interiorizando la lógica del capital financiero que parecería valorizarse y producir sus frutos para su propia posesión « Invertir en sí mismo » a la espera de una rentabilidad posterior es el discurso dominante, incluso para aquellos que son aún asalariados formales y relativamente estables. Así como el concepto de capital portador de intereses manifiesta el hecho que « el capital en tanto que tal deviene mercancía »35, el « capital humano » manifestaría la situación en la cual los individuos en tanto que tales, y no solamente su fuerza de trabajo, son proyectados como mercancías.

Asimismo, como la lógica del capital ficticio, el « capital humano » está basada en el proceso de valorización y de desvalorización fundado en expectativas y anticipaciones siempre cambiantes siempre en riesgo por el porvenir. El concepto y análisis de Dardot y de Laval son muy pertinentes en este sentido, pero pensamos que es crucial integrar el hecho que, es justamente a causa del estancamiento actual de la expansión del trabajo productivo y del valor, esta subjetivación financiera es el corolario de la dinámica objetiva del capitalismo contemporáneo, totalmente fundada en apuestas cada vez menos creíbles de anticipación futura. La hipertrofía de la financiarización contemporánea, el aumento incontrolable de burbujas de activos y el endeudamiento creciente de las empresas, crédito extendido a los consumidores – a la vez para compensar la frágil renta de las familias y para crear una demanda de mercancías de obsolesencia programada– no expresan más que una tentativa de fuga teniendo en cuenta los límites internos alcanzados por el capital. Como lo señala Chesnais, « la financiarización es la consecuencia y no la causa de la situación de estancamiento de la acumulación »36 . Sin embargo, como la montaña de capitales ficticios que circula el día de hoy no puede estar completamente autonomizada de una valorización real que podría producirse un día (¿cuándo?), se trata de una fuga cada vez más precaria e irreal, y que necesita entonces dosis cada vez más fuertes de un pretendido remedio que no puede más que convertir al sistema económico siempre más errático y explosivo.

Estos últimos decenios han estado marcados por una sucesión de crisis financieras cada vez más brutales, el propio FMI y la OCDE han proclamado la aparición de una nueva crisis a venir. Cada vez más, en momentos muy breves en los cuales hay de hecho una expansión de la acumulación de producción real, resulta que esta última tiene tendencia a ser inducida por las burbujas financieras, de las acciones en la bolsa o por el precio de ciertos commodities37, así como por el crédito acrecentado que les acompaña. El término « capitalismo invertido » de Norbert Trenkle38 bien describe al proceso en el cual no es más la perspectiva de una valorización productiva que guía la dirección de la finanza sino que más bien la perspectiva de una acumulación financiera a corto término por la inflación artificial de ciertos activos, lo que terminar por dar un impulso a ciertas inversiones productivas. El hecho que tal lógica « invertida » se haya también intensificado de manera intensa después de la gran crisis de 2008 revela que ella tiende a devenir cada vez más el modus operandi del capitalismo mundial. La idea que el crecimiento chino y su modelo económico particular podrían contradecir tal lógica no está respaldada por los hechos. Al contrario, se trata más bien de una excepción que confirma la regla. Es innegable, por un lado, que la China ha devenido durante los últimos decenios una enorme fábrica de bienes y de plus valor para el capitalismo mundial, su propia expansión de exportaciones ha estado condicionada por la demanda proveniente del crecimiento exponencial de créditos y del «  efecto de riqueza » de las burbujas inmobiliarias y de activos provenientes del resto del mundo, en particular de los Estados Unidos39. En efecto, la funcionalidad de la integración China en el « sistema-mundo » capitalista, además de atenuar provisoriamente las dificultades de valorización del capital productivo y de provocar booms de materias primas en los países periféricos durante cierto tiempo, consistía en hacer que el alineamiento de sus saldos comerciales sobre las obligaciones americanas ayudan a los Estados Unidos a seguir siendo el principal motor de la economía mundial gracias a su creación desmesurada de capital ficticio. Así, la excepción china no ha dejado de ser la confirmación de una regla más general dictada por la dinámica de la contradicción en proceso del capital. En realidad, esta regla no deja de manifestarse hoy en día en la dinámica interna de la economía China, en la que el proletariado industrial está en un declive absoluto en medio de la más grande robotización del mundo y por tanto el crecimiento económico – incluso si ella supera la media mundial – depende cada vez más de la dinámica de un endeudamiento intenso, así como de una burbuja inmobiliaria sin precedentes que no podrá durar sin futuras crisis.

Es en este contexto intrínsecamente frágil que la economía mundial se reproduce. El aumento incontrolable de las deudas públicas y la crisis fiscal del Estado son a la vez las causas y consecuencias de la “arquitectura de castillo de cartas” en la cual el capitalismo se encuentra atrapado hoy en día. En primer lugar, sin ámbitos de valorización productiva durable, el Estado – que no crea valor por el mismo – ve su fuente de recursos erosionada. Al mismo tiempo, teniendo en cuenta la dinámica « invertida » del capitalismo, la socialización recurrente de las ganancias con el fin de evitar una desvalorización devastadora del capital acumulado deviene el único medio de retardar un estancamiento total de la máquina económica. En el mismo sentido, es necesario comprender que las presiones en favor de exenciones fiscales para los capitalistas a la imagen de aquellas recientes empresas por el gobierno de Trump tienden menos a la recuperación directa de las inversiones productivas que a inflar mejor – o al menos de evitar el colapso de – la acumulación ficticia de las empresas40.

La flagrante injusticia social de ese favoritismo hacia las minorías privilegiadas que ello entraña, deviene aún más cruel en la medida en que, para hacer frente a esta dinámica, la austeridad llega totalmente a los servicios públicos y a los bienes públicos de uso colectivo. Austeridad selectiva y elitismo, pero que refleja al mismo tiempo una contradicción insoluble, a saber el hecho que, al mismo tiempo que los Estados han sido llamados a gastar o abdicar los recursos para que la acumulación ficticia continúe, el crecimiento del endeudamiento estatal amenaza a la credibilidad del último « refugio » hasta el presente de esta misma acumulación, a saber, los títulos públicos nacionales. Las crecientes preocupaciones de que una nueva crisis mundial mayor no puede ser apaciguada por el sostenimiento estatal – o por lo menos sin la intensidad necesaria manifestada después de la crisis de 2008, ya que las tasas de interés son demasiado bajas dentro de las principales economías y una nueva expansión general de la deuda pública resulta temeraria – pesan como una seria amenaza sobre las diferentes divisas y la riqueza asociada a ellas. La misma confianza en el dólar en tanto que pivote permanente e infalible del sistema financiero mundial se ha devaluado, sin hablar del hecho que en razón de las divisiones geopolíticas actuales, es prácticamente imposible que se reproduzcan acciones coordinadas a nivel internacional entre gobiernos como aquellas que han sido desencadenadas en respuesta a la crisis del 2008. En todo caso, la ausencia de toda base creíble para pensar a largo plazo, impulsa las decisiones capitalistas y a los Estados nacionales hacia un corto-terminismo profundamente enraizado41.

No es sorprendente que el estrechamiento de la valorización productiva puesta por la contradicción en proceso del capital en el siglo XXI acentúa los mecanismos de expropiación que no hacen más que redistribuir una riqueza existente – conforme a lo que David Harvey llama « acumulación por desposesión »42– es decir, la privatización, las adquisiciones predatorias de empresas, la expropiación y la especulación inmobiliaria y territorial, la monopolización de la propiedad intelectual y de los commodities, sin hablar de la corrupción sistémica.

5 – Los sentidos del nuevo nacionalismo

Teniendo en cuenta el fracaso de lo nacional en tanto que instrumento de control social consciente de la lógica mercantil y de respaldo del « contra-movimiento polanyiano », el crecimiento de nuevos nacionalismos podría a primera vista aparecer como un extraño anacronismo, como una especie de atavismo que, pese a todo, continua de manera fantasmagórica produciendo sus efectos de sentidos y en conformidad a una cierta lógica social. La pista no es totalmente falsa puesto que resulta evidente que el recurso al pasado deviene actual y viviente justamente porque porvenir parece bloqueado. La sociabilidad que corresponde a la profundización de la contradicción en proceso del capital exige la repetición acelerada y la subordinación cada vez más aguda a un presente que se desploma más, en la misma fase en que la esfera política – que llevaba siempre en ella una visión o esperanza por el futuro – se sustrae los medios que podrían transformar de manera substancial este momento presente. Sugerimos que es bajo este prisma que es posible comprender de mejor forma el por qué reencuentra tanta importancia la movilización de la idea de nación.

Ciertamente, la superposición de las temporalidades, el uso y funcionalización de avatares del pasado en contextos presentes muy diferentes de aquellos de los cuales han sido formados no son en si nuevos. Horkheimer ha ya mostrado justamente que ese proceso es recurrente a lo largo de la historia de la modernización43. La cuestión que se propone es por tanto de tratar de identificar aquí las especificidades de un nacionalismo en un contexto de crisis permanente, de un nacionalismo que da forma y está al mismo tiempo moldeado por la coyuntura contemporánea de los límites internos del capital.

Un primer paso en esta dirección consiste a tener en cuenta que incluso si la mundialización capitalista podría mantener las promesas de sus apologistas – prosperidad, difusión de las democracias y de los valores liberales, pacificación de los conflictos internacionales por vía de intercambios económicos, culturales, etc – ésta hipotética integración benéfica no resolvería el problema de la separación política del mundo en soberanías político-nacionales opuestas entre ellas. Meiksins Wood ha considerado muy bien esta situación44 : para una economía cada vez más integrada al nivel transnacional no existe alguna estructura política transnacional que le corresponda. Si utilizamos aquí la terminología marxista clásica, habría una incongruencia entre une infraestructura capitalista que trasciende al Estado-nación y una superestructura que la reafirma habida cuenta de la imposibilidad de superar la división política del sistema-mundo capitalista. Wood pone entonces un elemento a su vez simple pero fundamental: ¿Quién podría establecer, y de qué manera, un orden armonioso y convencional en medio de la fragmentación del mundo en cientos de Estados dotados de estructuras políticas así como de fuerzas militares desigualmente potentes? ¿O bien, en regiones del mundo en donde incluso no hay Estados, sino que conflictos entre milicias y caudillos de la guerra, para que tal ordenación pueda ser producida? La respuesta negativa tales cuestiones sería la prueba que la historia de una eventual harmonía resultado de la mundialización de los capitales no sería más que una quimera. Al contrario, un potencial de violencia – real o amenazante – y de anarquía así como la posibilidad de un retroceso nacionalista en todo momento estaría siempre presente dentro del sistema-mundo capitalista. Tal diagnóstico de Wood, establece al día siguiente del 11 Septiembre del 2001, mientras que Estados Unidos buscaba simplemente afirmar su rol de « policía mundial » en el nombre de un pretendido « orden », hoy en día es aún más pertinente en un mundo que sufre siempre los efectos de la crisis económica de 2008 y donde incluso no hay tampoco sombra alguna de la coordinación de relaciones internacionales que parecían existir bajo la dirección de Estados Unidos poco después de la Guerra Fría. La reciente subida en potencia política y militar de Rusia, a pesar de su relativa debilidad económica, sería el arquetipo de esta « inadecuación » entre lo político y lo económico que reaviva a los nacionalismos.

Parelalemente, podemos partir de la observación de Wood para revelar otro proceso. La resiliencia « atávica » de las estructuras nacionales le permite la posibilidad de participar no solamente en la escena internacional, sino que también de redimensionar y de resignificar la dinámica de la crisis económica, social y política en cada país. Esta refuncionalización de la idea de nación, incluso si comparte un punto común con los nacionalismos y el fascismo presentes durante la crisis de la década de 1930, es un fenómeno sin precedente y totalmente diferente de los ejemplos del pasado. El nacionalismo lleva consigo genéticamente siempre una idea de diferenciación con respecto al otro y, en ese sentido, ha estado siempre en relación con su « afuera », con su exterior. Consecuentemente, en la historia, construir la nación –consideráramos este acto como civilizador o bárbaro – siempre ha significado constituir una frontera que unifica a un conjunto dado, precisamente porque se excluye a otro.

Los nuevos nacionalismos de hoy en día, así como las formas reaccionarias del nacionalismo anterior, reposan sin duda este ascenso de un conjunto nacional dado en detrimento de su exterior, apoyándose en el sentimiento real de impotencia y de resentimiento vigente. No obstante, hay un nuevo aspecto y crucial dentro de la oleada nacionalista contemporánea, a saber, el hecho que, en la ausencia de bases materiales concretas que unifiquen al conglomerado tal como en el pasado, la idea de nación no puede estar movilizada en el sentido de una inmovilización o limitación del atomismo y de la desocialización. De ahí la extraña situación, pero cada vez más presente, de una cierta identidad política de ese grupo nacional deforme, que no es la promesa de una transformación profunda de las instituciones sociales y económicas, sino del fomento y de la simbolización « patriótica » de la lógica autofágica de lucha de todos contra todos presente hace mucho tiempo en nuestra sociedad45. Además una de las razones por las cuales, contrario a los nacionalismos llegados al poder posteriormente a profundas rupturas institucionales – revoluciones, guerras, contra-revoluciones -, en la coyuntura actual no es necesario tal grado de ruptura. La misma adaptación del Estado y de la esfera política a los imperativos totalitarios de los « mercados » y a la competencia intransigente últimos decenios, una lógica que ha decaído, aquello que se denominaba como democracia, ha permitido al autoritarismo en proceso de ser desplegado a partir de las propias instituciones existentes, lo que le promete asimismo ganar terreno de mejor forma en el seno de un aura de « legitimidad ».

Por tanto, la cadena siguiente se consolida. Frente a una crisis irreversible de capital, la tecnología gubernamental neoliberal se erige como una forma de administración de los individuos, o tal como lo señalan Dardot y Laval46 , el neoliberalismo deviene una forma de gobierno mediante la crisis . Sino que, ya que esta tecnología de gobierno consiste en un mecanismo cuantificador de la selección de personas en función de una renta individual más y más difícil para tener en cuenta los límites de la propia valorización capitalista, ella produce una verdadera fábrica social de indiferencia, miedo y odio. La indiferencia, ya que la internalización aumentada de fetichismo exigida por la sociabilidad presente implica el desprecio de todos los valores humanos y todas las cualidades sensibles y concretas que no sirvan directamente para la obtención de un valor monetario abstracto. El miedo, porque la precariedad e inseguridad respecto al porvenir han devenido norma inevitable. Y, finalmente, el odio – a los otros y sí mismo – ya que el culto a la competencia sin controles ni contrapesos, al mismo tiempo que transforma a los otros en potenciales enemigos mortales, también normaliza la convicción que los fracasos personales son una responsabilidad y una culpa exclusiva de los mismos individuos o de ciertos chivos expiatorios47.

Tenemos entonces, los ingredientes de un sufrimiento social agudo. En la medida en que tal daño social no está racionalizado en enfrentándose a sus verdaderas causas, que residen en la heteronomía de una sociabilidad que no puede ser reproducida más que en el impulso extremo de compulsiones incontrolables, ella no puede más que devenir más y más difusa e indeterminada, reclamando compensaciones emocionales – las « respuestas concretas », de las medidas teniendo « un impacto » y de los « culpables » – que crean un terreno fértil para la demagogia del populismo nacionalista.

Si no entendemos al capitalismo como una mera ideología o una política específica, sino que como un modo de gobierno de la vida capitalista en una crisis en permanente, los nuevos nacionalismos autoritarios no son menos neoliberales que el cosmopolitismo « democrático », hoy en día desvanecido. Así, los nuevos nacionalismos se muestran aún mejor adaptados para ir hasta el fin de tal neoliberalismo. Teniendo que el horizonte de la vida es reducido a un corto-terminismo alucinatorio, la política tradicional, basada en promesas cada vez más abstractas y la proyección de un avenir cada vez menos creíble, hoy en día atado por la tensa cuerda del presentismo, se sofoca48. En la medida en que ella está fantasiada en el espectáculo de un pretendido diálogo social que es en realidad un monólogo en el que el resultado es casi siempre sabido de antemano, la política tradicional aparece como un « lujo » fastidioso, ineficaz y falso, abriendo la vía a otras proposiciones políticas que prometen « fuerza » y « agilidad ».

Por otra parte, mientras que el cosmopolitismo « democrático » trata de disimular o de minimizar la dura realidad de la indiferencia, miedo y del odio, los nuevos nacionalismos populistas toman en serio a este mal social, no porque tengan la intención de eliminarlo sino porque proponen canalizarlo, dándole formas concretas y gobernar mediante esta vía. Horkheimer fue muy perspicaz cuando desde los años 1930, había notado que la politización de la agresión latente en la sociedad burguesa no era solamente un medio de canalizar la cólera de las masas contra sus enemigos que amenazaban realmente o no los fundamentos del poder establecido49. Tanto más pertinente y actual es el hecho que tal politización de la agresividad sería una forma odiosa pero eficaz de igualdad social. Dirigiendo la cólera y la frustración hacia aquellos que aparecen como gente extraña, como amenazas, que salen de lo común o incluso aquellos que parecen estar relativamente protegidos de las compulsiones societales que están en curso, los demagogos pueden dar la impresión que nadie puede escapar a la destructividad general. En ese sentido, se trata de una nivelación, no en el sentido de una igualdad sustantiva, sino que al contrario una nivelación de todos los malestares y desprecios producidos socialmente, que de manera perversa gratifica a los individuos mostrándoles que no hay alternativa a una vida mejor y diferente a su miseria cotidiana, dándoles a entender que todo seguirá igual. Todo ello sin entrar en las otras características esenciales de cada uno de los prejuicios y de formas de odio que se multiplican en la coyuntura actual, pensamos que el análisis de Horkheimer permite traer una clarificación esencial sobre el desarrollo general de la hostilidad hacia la actividad artística e intelectual, la persecución de los movimientos sociales, el odio hacia los inmigrantes, racismo contra los negros, islamofobia, antisemitismo, machismo y homofobia.

Estos precedentes permiten sacar a la luz el hecho que los nuevos nacionalismos, incrustados en un discurso « anti-sistémico », pueden ser tanto o más eficaces para responder a las exigencias del sistema neoliberal y su racionalidad, incluso si sus dirigentes no han sido apoyados – al menos desde el inicio – por la mayoría del establishment de sus países.Ya hemos comentado las exenciones fiscales de Trump para las grandes empresas, pero igualmente podemos hablar de su ataque contra servicios de salud (Obamacare), mencionar la reforma laboral de Orban diseñada para sus opositores como una forma de semi-esclavitud, o entonces evocar la actual coalición en el poder de Italia, al seno del cual el Movimento 5 estrellas incluso ha integrado en su programa gubernamental la proposición de un « Ministerio de la promoción meritocrática », sin mencionar del programa económico de Bolsonaro en el que la radicalización del neoliberalismo ha dejado sin aliento a los más conversos defensores del « libre mercado ».

Sin embargo, es también muy significativo que incluso el gobierno de Macron, que se hace la de un campeón del cosmopolitismo « democrático » y el heraldo de un empresariado individualista que tiene la intención de transformar Francia en un « start up nation », ha movilizado de manera cínica los sentimientos nacionalistas y xenófobos contra los migrantes luego del discurso nacional pronunciado en respuesta al movimiento de los Gilets Jaunes el 10 de diciembre del 201850. Igualmente, el ministro del Interior de la que en algún momento fue la tolerante Alemania, ha declarado recientemente que la cuestión de los refugiados era la « madre de todos los problemas »51. Sin olvidar por supuesto, toda la xenofobia que rodea a la retórica alrededor del Brexit. Las líneas de demarcación entre diferentes ideologías han sido cada vez más débiles y existe una conjunción cada vez más explícita entre el neoliberalismo y el nacionalismo autoritario52. Y tal conjunción no puede tomar importancia más que en la medida en que la lógica securitaria y represiva aparece como el único pilar posible de las formas de sociabilidad existentes. La apología de « el orden », de « la autoridad » y de la « seguridad »53 se adhiere a un esfuerzo de moralización fundado en la combinación de la meritocracia neoliberal con valores atávicos tales como los de la familia y la religión.

El miedo, el odio y la indiferencia, que son síntomas de una individualización generalizada y del carácter cada vez más abstracto de los vínculos sociales, por otro lado no pueden estar dirigidos de forma solamente individual. Ellos necesitan de una forma colectiva de desborde, de encarnar en una forma específica su carácter difuso. Expresado y promovido por la idea de una patria nacional, tal como la de « America first » de Trump o el « Brasil ante todo y Dios por sobre todo » de Bolsonaro, ese trabajo está facilitado por la puesta en relieve de enemigos internos y externos a dominar y reprimir. Por un lado, se pide que el Estado sea duro y violento contra los supuestos enemigos de la nación. En el caso de Brasil, la elección de los pueblos autóctonos como enemigos nacionales se vincula totalmente con la « acumulación por desposesión », demoliendo toda fantasía ecológica o humanista que pudiera generarla. Por un lado, mientras este mismo Estado en el caso de Trump y Bolsonaro, propone la legalización de las armas para todos los ciudadanos termina ilustrando la racionalidad neoliberal misma puesta en extremo por su agresividad: la individualización y privatización de los medios de violencia. Si el precio a pagar para tratar de asimilar la existencia humana a la lógica del capital en crisis es la generalización de la guerra civil y la supresión del carácter dialógico de la política, el nacionalismo autoritario está más equipado que sus ideologías de competencia para dar tal pelea, a la vez discursiva y concretamente54.

Asimismo, la ola autoritaria aparece igualmente más apropiada para tratar la superfluidez estructural que acompaña a la contradicción en tanto que proceso del capital. Si la modernización nacional no ha parado de producir a sus excluidos, a quienes han casi siempre pedido esperar el día en que, finalmente, el « progreso » y el « desarrollo » llegue a ellos, pareciera ahora de manera cada vez más explícita que, frente a la carrera de la « selección » y a la « exclusión » neoliberal, el número de personas dejadas en la exclusión, incapaces de salir adelante aumenta cada vez más. ¿ Qué hacer entonces con aquellos en los que el trabajo no es explotable y que incluso no pueden simular su auto-valorización en tanto que « capital humano », pero que por otro lado están privados de toda otra forma de existencia que aquella fundada en el dinero y el valor ?

En un capitalismo en el que, frente a sus límites, intensifica aún el culto al trabajo y del producir por producir – incluso en la forma individualista del empresario de si mismo– los que no pueden, incluso potencialmente, entrar como mercancías dentro del juego de la abstración y de la igualdad del valor no pueden ser considerados más que con extrañeza, como una diferencia absoluta y por tanto como una amenaza. En donde la intensificación de la administración represiva y criminalizante de los superfluos, de la administración de las personas desechables de las condiciones económicas y sociales existentes, factores que permiten al nuevo nacionalismo el adquirir un complemento. En el nombre de los « valores nacionales », las personas tomadas en la categoría de « amenaza externa », representadas por ejemplo bajo el trato de los inmigrantes y de los refugiados, son decretados como « incompatibles », « inadmisibles» o incluso directamente designados como « animales » o de « escorias humanas », al mismo término que aquellas subsumidas bajo la « amenaza interna », por ejemplo los jóvenes sin ninguna perspectiva de empleo remitidos a las periferias urbanas.

La comunidad nacional se imagina entonces como la colectividad de lo que están – o parecen estar– integrados, proyectando en ellos mismos una victoria supuesta sobre los seres humanos « vencidos », teniendo en cuenta que estos últimos son indeseables para el capital.

No obstante, ello no debe ocultar el hecho que, como bien lo demuestra Achille Mbembe en Critique de la raison nègre55, la desechabilidad y la vulerabilidad tienden a volverse condición universal de los seres humanos. Así, el rechazo que golpea a los que están marcados por la exclusión constituye también una exteriorización de un fantasma que rodea aquellos cuales la inclusión pareciera tener un carácter cada vez más provisorio e incierto. En todo caso, es dentro de este proceso de deshumanización mortal y de separación forzada que los populistas de derecha configuran su identidad, tratando de dar más continuidad a los dispositivos de control físico de los humanos que son desarrollados en todos lados independiente del gobierno de turno. Paralelo a la supresión de todas las fronteras que separan aún ciertos territorios y ciertas dimensiones de la vida de la lógica del capital, la sociedad crea ahora nuevas fronteras, barreras, muros, sistemas de seguridad público y privados sofisticados para aislar y contener a los hombres de forma policial y militar. Retomando a Mbembe56, ello puede parecernos el sentido de su concepto de fronterización, vale decir de nuevas formas globales de confinamiento y control de los individuos que residen en el « sueño de una seguridad sin falla, que no solamente exige vigilancia sistemática y total sino que también exige expurgar a ciertos sujetos » y que « es síntoma de las tensiones estructurales que, hace décadas, acompañan a nuestro paso hacia un nuevo sistema técnico más automatizado , más reticular y más abstracto, hecho de diversos monitoreos – numérico, algorítmico, numinoso »

Finalmente, si por un lado las perspectivas de lucha y de los movimientos sociales buscan combatir tal marco y evolucionan en una dirección emancipatoria parecen extremadamente limitadas, por otro lado, la dureza y brutalidad de la coyuntura actual pueden ayudar a buscar nuevos caminos y a desmitificar las prácticas y las ideas que aprisionan al pensamiento de izquierda. En particular, la crítica del nuevo nacionalismo de derecha por la vía de defensa de un nacionalismo de izquierda « auténtico y popular », o en tanto que « populismo de izquierda »57, no solamente le erra al blanco, sino que legitima igualmente, independiente de las intenciones, al mismo marco de referencias que debería ser criticado. Esas posiciones, perpetúan y se apoyan en el fetiche de la política, ignoran la dinámica de trasfondo fetichista que ha bloqueado a la política tal como ha existido en otras ocasiones. Así, la lógica soberanista de combate para los Estados Nacionales como tales, sea cual sea el sentido que haya podido tener en el pasado y las emociones que ella pueda aún movilizar en el presente, no puede más que conducir hoy en a un callejón sin salida consistente en proponer diferentes formas de gestión de la misma crisis del capitalismo.

Es precisamente el hecho que el Estado nacional ha perdido toda capacidad para estructurar lo social en torno a un « proyecto » de desarrollo apareciendo cada vez más y más como la última mediación al seno del colapso social que debe ser denunciado y tematizado para hacer posible la búsqueda de alternativas eficaces.

Sin este punto de vista, la lucha por la hegemonía deviene como mucho una evaluación abstracta y a-histórica de las relaciones de fuerza (¿ Para hacer qué exactamente ?), y lo peor, tiende aproximarse transversal y peligrosamente la izquierda a la demagogia populista de derecha. Si el concepto de hegemonía tiene siempre un sentido para pensar la lucha para superar el estado actual de las cosas, ello requiere necesariamente la crítica negativa de las categorías estructurantes del capital – mercancía, valor, trabajo abstracto así como el Estado – con el fin que en la lucha para superar el estado actual de las formas, podremos proponer nuevas formas de vida y de existencia en común. Sin minimizar la adversidad del contexto en el cual estamos enredados y tomando conciencia de la naturaleza colectiva de esta tarea, yo creo que es el único medio de dar coherencia y de inteligibilidad a las luchas que se siguen y seguirán, incluyendo las luchas más inmediatas.

29/11/2019

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1 La idea de este artículo viene de las discusiones que han tenido lugar el 2018 en el seno del Grupo de estudios sobre el neoliberalismo y las alternativas (GENA) de SOPHIAPOL, Unité de investigación en sociología, filosofía y antropología política, de la Université Paris Ouest Nanterre La Défense. Agradezco mucho a mi amiga y colega profesora de la Unifesp Virgínia Junqueira por la traducción de este artículo así como a Memphis Krickeberg et Paul Guillibert por las relecturas.

2Dardot Pierre & Laval Christian, Ce cauchemar qui n’en finit pas. Comment le néolibéralisme défait la démocratie, La Découverte, 2016.

3Dardot Pierre & Laval Christian, « Anatomie du nouveau libéralisme », reflexions-echanges-insoumis.org, 2019, http://reflexions-echanges-insoumis.org/anatomie-du-nouveau-neoliberalisme/

4Marx Karl, Manuscrits de 1857 – 1858 dits « Grundrisse », Éditions Sociales, 2011.

5 « Ese salto del valor de la mercancía que abandona su cuerpo de mercancía para encarnarse en la del oro, lo he llamado en otra obra el salto mortal de la mercancía. Claro que si le falla, no es la misma mercancía la que se estrella, sino su poseedor. » in Marx Karl, Le Capital. Critique de l’économie politique. Livre premier. Le procède de production du capital, Quadrige/PUF, 1993, p 120.

6Horkheimer Max, « Contribution à l’anthropologie de l’âge bourgeois » in Théorie traditionnelle et théorie critique, Gallimard, 1974, p.144.

7 Vincent Jean-Marie, Les mensonges de l’Etat. Paris, Le Sycomore, 1979, p.39.

8 Marx Karl, Le Capital. Critique de l’économie politique. Livre premier. Le procès de production du capital, Quadrige/PUF, 1993, p 122.

9 Vincent Jean-Marie, Les mensonges de l’État, Le Sycomore, 1979, p.40.

10 « Al mismo tiempo, la política se manifiesta como su propia negación, como crecimiento de la impotencia en el juego de la potencia. Más precisamente, los dispositivos maquínicos de los cuales ella se dota terminan por absorber y deformar las impulsiones de las cuales ella cree alimentarse y vivificar las confrontaciones estratégicas y tácticas. En lugar dirigir verdaderamente, la política está dirigida por todos los procesos suponía tomar en cuenta y adaptar los unos a los otros. Lejos de transcender los automatismos económicos, porque ella sustituye las deficiencias, ella termina por casar la lógica y la dinámica” en Vincent Jean-Marie, Critique du travail: Le faire et l’agir, Presses Universitaires de France, 1987, p.91.

11Polanyi Karl, La grande transformation. Aux origines politiques et économiques de notre temps, Gallimard, 1972.

12 Conviene notar que incluso un autor políticamente conservador y defensor explícito de la civilización burguesa, pero sobre todo perspicaz como Schumpeter, ha llegado a conclusiones similares en el tema de las antinomias del liberalismo utilitario : « ningún sistema social puede funcionar si está exclusivamente fundado sobre un sistema de libres contratos celebrado entre partes contractuales (legalmente) iguales, cada una de esas partes no estando por hipótesis, guiada por nada más que por sus propios fines utilitarios (a corto término). » in Schumpeter Joseph, Capitalisme, socialisme et démocratie, Payot, 1983, , p. 404). Sobre este tema, ver también Feldmann Daniel, « Utilitarismo e racionalidade em Schumpeter, Keynes e Hayek: uma visão crítica » in Revista da sociedade brasileira de economia política, n. 42, 2015.

13Polanyi Karl, « La mentalité de marché est obsolète ! » in Polanyi Karl, Essais, Seuil, 2008.

14En lo que concierne en la manera en que la modernización acelerada de Brasil después de la Segunda Guerra mundial ha tenido como resultado alimentar la exclusión social y la violencia, conviene citar Francisco de Oliveira en su Critique de la raison dualiste de comienzos de los años 1970, como en el siguiente de 2003, el texto « Ornithorynque » ( Oliveira Francisco de, Crítica à razão dualista. O ornitorrinco, Boitempo, 2003).

15Anderson Benedict, L’imaginaire national, La Découverte, 2006.

16« Los mercados de trabajo, de la tierra y de la moneda son sin duda esenciales para la economía de mercado. Pero ninguna sociedad podría soportar, aunque solo fuera durante el tiempo más breve, los efectos de un sistema igual fundado en ficciones groseras, si su substancia humana y natural como su organización comercial no estuvieran protegidos contra los estragos de esta fábrica del diablo. » Polanyi Karl, La grande transformation. Aux origines politiques et économiques de notre temps, Gallimard, 1972, p. 124. Es precisamente esta protección de la que hablaba Polanyi que deviene imposible en este siglo XXI.

17A propósito de los procesos fetichistas, Marcuse (1967) afirmará que « Marx pensaba que ellos afirman « a espaldas» de los individuos; en las sociedades avanzadas de hoy en día, esto es verdad solo con importantes reservas. Ingeniería social, el management científico de la empresa y de las relaciones humanas, la manipulación de las necesidades instintivas son practicadas en el plano de las políticas públicas y demuestra un grado de conciencia al seno de la ceguera general. » in Marcuse Herbert, « Aggressiveness in advanced industrial society », marxists.org ,https://www.marxists.org/reference/archive/marcuse/works/aggressiveness.htm

18 Streeck Wolfgang, « Como vai acabar o capitalismo? O epílogo de um sistema em desmantelo crônico », piaui.folha.uol.com, 2014, https://piaui.folha.uol.com.br/materia/como-vai-acabar-o-capitalismo/

19Ibid.

20Postone Moishe, « Histoire et impuissance politique : mobilisation de masse et formes contemporaine d’anticapitalisme », palim-psao.fr, 2017, http://www.palim-psao.fr/2017/04/histoire-et-impuissance-politique-mobilisation-de-masse-et-formes-contemporaines-d-anticapitalisme-par-moishe-postone.html

21 Kurz Robert, O colapso da modernização: da derrocada do socialismo de caserna à crise da economia mundial, Paz e Terra, 1993.

22«  El capital mismo es la contradicción en tanto que proceso, cuanto que se esfuerza en reducir el tiempo de trabajo al mínimo mientras que por otro lado pone al tiempo de trabajo como la única medida de la riqueza. » in Marx Karl, Fondements de la critique de l’économie politique [Grundrisse der Kritik der politischen Ökonomie, 1857-1858], Anthropos, 1967, tome 2, pages 222-223.

23 Botelho basado en los datos de la OIT, señala que actualmente « 63% de la mano de obra mundial actual está desempleada, desmotivada (no busca empleo) » o compuesta « de empleos vulnerables, de trabajadores autónomos, trabajadores sin ingreso, miembros de cooperativas de productores, etc. ». Voir Botelho Maurilio Lima, « Crise do trabalho hoje: desenvolvimento tecnológico, instabilidade do emprego e crise do capitalismo » in Acesso Livre, n.5, 2016, p.18.

24Ver sobre este tema un análisis convincente en Collins Randall « The end of middle class work: no more escapes. » in Wallerstein Immanuel (dir.), Does capitalism have a future ?, Oxford University Press, 2013.

25Rifkin Jérémy, La nouvelle société du coût marginal zéro : L’internet des objets, l’émergence des communaux collaboratifs et l’éclipse du capitalisme, Babel, 2016.

26 Gorz André, Ecologica, Éditions Galilée, 2007.

27Desde un punto de vista sistémico, el crecimiento relativo de los empleos en el sector de los servicios en relación a los otros sectores no solamente no resuelve el problema, sino que tiende a agravarlo. Ya que si es cierto que ciertas ramas del sector de servicios pueden emplear un trabajo productivo – es decir un trabajo productivo para el capital, aquello que crea plusvalor – una gran parte de la mano de obra empleada en ese sector es improductiva, incluso si ella es necesaria para el circuito del capital, en la medida en que ella no ejerce sus actividades más que en el dominio de la circulación de las mercancías, como en el caso del comercio, de las finanzas, de la publicidad y del marketing, etc. Donde el hecho que los capitales que emplean una mano de obra no productiva no contribuyen del todo a crear plusvalía, mientras que entran por el contrario en conflicto con los otros capitales para obtener de plus-valor.

28Sobre la difusión generalizada en la sociedad contemporánea de normas contables y normas abstractas de rentabilidad económica, ver Dardot Pierre & Laval Christian, Ce cauchemar qui n’en finit pas. L’étrange victoire. Comme le néolibéralisme défait la démocratie, La Découverte, 2016, en particulier la riche discussion du chapitre « La fabrique du sujet néolibérale ».

29Ella parece ser para nosotros la tesis errónea de André Gorz mismo así como de otros autores como Toni Negri. Ver Gorz André, Ecologica, Éditions Galilée, 2007.

30Una dimensión crucial de esta cuestión reside en el hecho que las nuevas estructuras productivas aumentan las asimetrías entre las diferentes regiones del globo y aceleran el aborto de la utopía del « catching up » de la periferia capitalista en relación al centro. De una parte, las exigencias en términos de ciencia, de cualificación, de capitalización y de infraestructuras devienen muy grandes para los países periféricos llegados tarde en la competencia, sin contar el hecho que las tecnologías son más y más inaccesibles dado su monopolización por la generalización actual de las patentes y propiedades intelectuales. Por otro lado, incluso el « dumping social » puesto en obra por los antiguos proyectos nacionales, es decir, la puesta en disposición de una mano de obra abundante con muy bajos salarios para seguir el cabo de la modernización, deviene cada vez más obsoleto, en particular en los sectores clave de la economía mundial que son precisamente aquellos que necesitan menos trabajadores. Para ello véase Feldmann Daniel, « A crise contemporânea do capitalismo: reflexões a partir de um debate com as abordagens sistêmicas de Arrighi, Fiori e Wallerstein. » in Economia e Sociedade, Campinas, 2019.

31 Böttcher Herbert, « Alguma coisa segue seu curso ou: o apito final que ninguém quer ouvir », 2018,http://www.obeco-online.org/herbert_bottcher3.htm

32 Así, el lugar que ocupa Internet y las redes sociales en las nuevas formas de subjetivación no pueden solamente reducirse hoy en día a los desarrollos tecnológicos. Después de todo lo que los nuevos canales numéricos dan forma, es simplemente el contenido de la atomización y de la abstracción que corresponde a la dinámica de crisis misma del capital. La publicidad directa de si puede ser individualizada sin mediación, en función del resultado numérico de los gustos y lo que se comparte que permiten dar a conocer y valorizar su « capital humano ». La centralidad de esos canales numéricos para la actividad política contemporánea – ver las campañas de Trump y Bolsonaro – no puede ser interpretada a partir de un determinismo tecnológico. Aquí, las redes sociales ceden el paso a un proceso ya en vías de poner fin a la política en tanto que movimiento dialógico y en tanto que espacio de discusión de posiciones contradictorias. En la medida en que el suceso de tal política numérica reside precisamente en su capacidad cuantitativa para atender la mayor cantidad de personas rápidamente e instantáneamente, la idea misma de diálogo, la construcción colectiva de ideas y de proposiciones, la discusión de las divergencias e incluso la veracidad de los mismos hechos empíricos son bloqueados. Así, la política está consolidada en tanto que inversión en la cual lo virtual deviene real y lo real deviene virtual.

33«  Esta descripción resumida de la lógica del valor permite tomar la similitud con la lógica narcisista. (…) La única realidad es su yo, un yo que (casi) no tiene cualidades propias porque no se enriquece más a través de las relaciones objetuales, que hacia el otro. Al mismo tiempo, este yo trata de expandirse al mundo entero, de englobar y reducir ese mundo a una simple representación de si mismo, una representación en la que las figuras son inesenciales, pasajeras e intercambiables. El mundo exterior – a partir de su propio cuerpo orgánico – no tiene consistencia para el narcisista más que el valor de uso no tiene consistencia para el valor. En los dos casos, no puede haber relación pacífica, sino que solamente de dominación y de explotación para alimentar un apetito voráz. » Jappe Anselm, La société autophage: Capitalisme, démesure et autodestruction, La Découverte, 2017, 129.

34 Vease Dardot Pierre & Laval Christian, Ce cauchemar qui n’en finit pas. L’étrange victoire. Comme le néolibéralisme défait la démocratie, La Découverte, 2016, notamment les pages 94 et 107.

35 Marx Karl, Le Capital. Livre II et III, Folio, 2013, p. 1669.

36Chesnais François, « Les dimensions financières de l’impasse du capitalisme. », alencontre.org, 2017,http://alencontre.org/economie/les-dimensions-financieres-de-limpasse-du-capitalisme-i.html

37NDE: « Los commodities corresponden a las materias primas tales como la cebada, el trigo, el oro, el petróleo y el gas. El sector de las materias primas tiene consecuencias importantes sobre otros dominios y sectores. Por ejemplo, una subida de precios del trigo puede aumentar en los países pobres. Los commodities son intercambiados en los mercados al contado o de los mercados derivados. Ciertas materias primas tienen un precio universal que evoluciona según la oferta y la demanda, tal como el cobre. Otros como el trigo o el petróleo dependen de la calidad de la producción. » Ver « Qu’est-ce que les commodities ? » andlil.com, 2013, https://www.andlil.com/definition-de-commodities-132089.html

38Trenkle Norbert, « Workout. The crisis of labor and the limits of capitalist society , Keynote Lecture at the International Conference « Rethinking the future of work », 27-28/04/2018, ICUB Research Institute of the University of Bucharest, krisis.org, http://www.krisis.org/2018/workout-the-crisis-of-labor-and-the-limits-of-capitalist-society-text-and-video/

39 Brenner Robert, O Boom e a Bolha: Os Estados Unidos na Economia Mundial, Record, 2003, p.264.

40Vease Chesnais François, « Etats-Unis. Les vantardises de Trump. Or, une nouvelle crise financière guette », alencontre.org, 2018, https://alencontre.org/ameriques/americnord/usa/etats-unis-les-vantardises-de-trump-or-une-nouvelle-crise-financiere-guette.html

41Esta dimensión es crucial para comprender el carácter efímero de lo que se ha llamado – no sin una gran distorsión del modelo original – las experiencias de desarrollo en América del Sur. Si, desde 1994, Roberto Schwarz había declarado que « el nacionalismo desarrollista había devenido una idea vacía, o mejor, una idea por la cual no había dinero », un ensayo desarrollista no podía insinuarse que de manera precaria en aquel comienzo del siglo XXI ya que, precisamente en el curso de un breve momento de valorización artificial global del capital ficticio desde el último decenio, el dinero – dólares americanos principalmente – afluían. Cuales sean las intenciones de los dirigentes y de los partisanos de la vuelta al desarrollismo, el hecho mismo que este sea dependiente del clima especulativo y de corto término del capital internacional, indica que tal impulso de « proyecto nacional » traicionaría ya su propio concepto. Véase también Daniel Augusto, « Impasse brasileiro: o desmonte como projeto », Nuestra America XXI. Grupo de trabajo CLACSO. Crisis y Economia Mundial, r2017, http://rebelion.org/docs/227823.pdf

42Harvey David, Le nouvel impérialisme, Les Praires Ordinaires, 2010.

43Horkheimer Max, « Égoïsme et émancipation. Contribution à l’anthropologie de l’âge bourgeois » in Théorie traditionnelle et théorie critique, Gallimard, 1974.

44Meiksins Wood Ellen, Império do capital, Boitempo, 2014.

45Es lo que, para nosotros, adhiere a la sugestión de Pierre Sauvêtre formulada en un debate de GENA que esos nuevos nacionalismos podrían igualmente ser descritos como una forma de «  neoliberalismo identitario ».

46 Dardot Pierre & Laval Christian, Ce Cauchemar qui n’en finit pas. L’étrange victoire. Comment le néolibéralisme défait la démocratie, La Découverte, Paris, 2016

47Dardot y Laval por un lado, como Robert Kurz del otro, comprenden bien ese punto : « El capitalismo avanzado destruye no solamente las estructuras tradicionales que lo han precedido, en primer lugar la familia, pero igualmente las estructuras a la creación las cuales ha contribuido, como las clases sociales. Asistimos a una individualización radical que hace que todas las formas de crisis social sean percibidas como crisis individuales, todas las desigualdades son vinculadas a una responsabilidad individual » (Dardot Pierre & Laval Christian, La nouvelle raison du monde. Essai sur la société néolibérale, La Découverte, 2010. p. 335). O incluso : « El orden dominante del sistema social ha sido erigido en dogma de una ley natural, más allá de toda posibilidad de evaluación – por consecuencia, la causalidad de las experiencias negativas no puede recaer más que sobre los sujetos, en su existencia inmediata. Cada uno es culpable de sus propios males o fracasos, pero también las crisis sociales y las catástrofes no pueden ser causadas más que por personas o grupos subjetivamente culpables. El error no es nunca del mismo sistema, es siempre alguien quien ha cometido una falta o un crimen »  in Kurz Robert, « Populisme hystérique. Confusion des sentiments bourgeois et chasse aux boucs-émissaires », palim-psao.fr, 2009, http://www.palim-psao.fr/article-populisme-hysterique-confusion-des-sentiments-bourgeois-et-chasse-aux-boucs-emissaires-par-robert-kurz-40339574.html

48Es interesante notar que en los años 1940, Schumpeter apuntó hacia una cosa similar y que su análisis siempre es actual para dar a luz la fragilidad del juego institucional de las democracias liberales frente al frenesí utilitario de las sociedades modernas. « Para las masas, son las consideraciones a corto plazo que cuentan (…) desde el punto de vista del utilitarismo individualista, tal sentimiento es, por supuesto, perfectamente racional » in Schumpeter Joseph, Capitalisme, socialisme et démocratie, Payot, 1983,p. 174.

49Horkheimer Max, « Égoïsme et émancipation. Contribution à l’anthropologie de l’âge bourgeois » in Théorie traditionnelle et théorie critique, Gallimard, 1974.

50« El discurso de Emmanuel Macron frente a los « gilets jaunes » », lemonde.fr, 10/12/2018,https://www.lemonde.fr/politique/article/2018/12/10/le-verbatim-de-l-allocution-televisee-du-president-de-la-republique_5395523_823448.html

51« Alemania: la inmigración, es la «madre de todos los problemas», dijo el ministro del Interieor », lesoir.be, 06/09/2018, https://www.lesoir.be/176934/article/2018-09-06/allemagne-limmigration-est-mere-de-tous-les-problemes-dit-le-ministre-de

52Por no mencionar aquí el caso de China, que persiste trágicamente aún a ser considerado por ciertos sectores de la izquierda como una alternativa « anti-imperialista » a los Estados-Unidos. El desarrollo en curso del sistema de « ranking social » basado en las tecnologías de reconocimiento facial que serán obligatoriamente impuestas en China durante los próximos años es la muestra más clara de los procesos que acá discutimos. Tal sistema servirá no solamente para capturar a los presuntos criminales, sino para también atribuir notas – es precisamente esta connotación que se llama « ranking social » – a todos los ciudadanos sobre la base de una investigación vigilada en tiempo real sobre su comportamiento a través de los 600 millones de cámaras ya existentes para tal función. Esas notas, a su vez , servirán de referencia para la asignación de empleos, préstamos bancarios, alojamientos, visas, admisión a las universidades etc. Esta distopía de control absoluto digna de 1984 de Orwell muestra que lo que la China « comunista » tiene la intención de organizar y de institucionalizar es en realidad la lógica neoliberal extendida a su límite: los individuos serán reducidos a simples « capitales humanos » que serán forzados bajo una vigilancia totalitaria para luchar por su constante auto-valorización, es decir, a pelearse sin tregua para mejorar su “score” que será atribuido por el gobierno en cada período. Así, el reconocimiento facial será utilizado de manera que cada persona sea clasificada según un « valor nominal » abstracto y cuantitativo. El hecho que los diputados del partido de Bolsonaro hayan viajado a China para informarse de esta « innovación » en vistas de su futura aplicación en Brasil, muestra solamente que la conjunción entre neoliberalismo y autoritarismo es transversal a la cortina de humo que son las diferentes ideologías promovidas por los Estados, véase: « Bancada do PSL vai à China importar sistema que reconhece rosto de cidadãos »,noticias.uol.com, 2019, https://noticias.uol.com.br/politica/ultimas-noticias/2019/01/16/bancada-do-psl-vai-a-china-para-importar-tecnicas-de-reconhecimento-facial.htm?fbclid=IwAR2WHZeVfotq-IRKuW1sFCEdB-VSdjMtQYGXu68bkWmwPoVZ4CqXXQ9wOBY

53Es porque, contrariamente a la austeridad impuesta a los servicios públicos en general, los budgets de la armada y de la seguridad han, aumentado de manera global. Para un análisis detallado de la cuestión en el caso francés, ver Serfati Claude, « La défense, un avantage compétitif de la France en la Unión Europea », contretemps.eu, 2018, https://www.contretemps.eu/defense-armee-france-europe/

54Para un buen análisis de la ideología subyacente a la extrema derecha brasilera actualmente en el gobierno, ver Catalani Felipe, « Aspectos ideológicos do bolsonarismo », blogdaboitempo.com.br, 2018,Aspectos ideológicos do bolsonarismo Voir Carvalho Fred Lyra de, « Crise: entre o comum, o sentido, o governo, o motim e a comuna », Revista Maracanan, n. 18, 2018 pour une réflexion bien faite sur la place de la violence dans la politique contemporaine.

55 Mbembe Achille, Critique de la raison nègre, La Découverte, 2013.

56Mbembe Achille, « La démondialisation », esprit.presse.fr, 2018, https://esprit.presse.fr/article/achille-mbembe/la-demondialisation-41829

57Como lo propone por ejemplo Chantal Mouffe. Ver Mouffe Chantal, « Diante do avanço do populismo de direita, “o único caminho é desenvolver um populismo de esquerda”. Entrevista com Chantal Mouffe », ihu.unisinos.br, 2018, http://www.ihu.unisinos.br/78-noticias/584930-diante-do-avanco-do-populismo-de-direita-o-unico-caminho-e-desenvolver-um-populismo-de-esquerda-entrevista-com-chantal-mouffe

1Texto original « Crise permanente du capital et sens du nouveau nationalisme autoritaire au XXIème siècle ». Aparecido el 26 de Julio de 2019 en Solitudes Intangibles. http://solitudesintangibles.fr/crise-permanente-du-capital-et-sens-du-nouveau-nationalisme-autoritaire-au-xxieme-siecle-daniel-feldmann/

2Profesor adjunto del Departamento de Economia de la Universidade Federal de São Paulo.

3Sociólogo de la Universidad de Valparaíso, miembro del CEPIB-UV.

Fuente: https://www.intersecciones.com.ar/2019/11/29/crisis-permanente-del-capital-y-el-asentamiento-de-un-nuevo-nacionalismo-autoritario-en-el-siglo-xxi/?fbclid=IwAR3kv7lPqbHfTM-f4T4h4RbUh7OrazLFlO2c5K96NiHv2EgYgl6B-5I1LIc