El neoliberalismo destruye la innovación científica

Por Simon Grassmann

Traducción: Florencia Oroz / Jacobinlat.com

En las últimas décadas, los científicos han realizado cada vez menos avances innovadores. La culpa la tiene el modelo académico, cada vez más competitivo y basado en métricas, que desalienta la creatividad y la asunción de riesgos.

Cuando pienso en ciencia «disruptiva», recuerdo al primer científico pionero que vi: el difunto premio Nobel Oliver Smithies. En la presentación que le escuché, reflexionó sobre su vida y aconsejó a jóvenes científicos sobre sus carreras. «Muy a menudo las ideas para investigar surgen de nuestras experiencias o recuerdos», dijo. «Solo hace falta un momento para que surja la idea, pero a veces hace falta toda una vida para demostrar que funciona».

Smithies pensaba que era importante perseguir pacientemente las grandes ideas, aunque eso supusiera largos periodos de baja productividad. El consejo era estupendo, pero seguirlo hoy sería probablemente un suicidio profesional.

Smithies se doctoró en un tema que no interesaba a nadie. Inventó una máquina, el osmómetro, un aparato para medir la concentración de partículas en una solución, que nadie acabó utilizando. La publicación de su tesis apenas fue citada por otros científicos. Pero para Smithies, este momento de científico en formación fue crucial: adquirió independencia y aprendió a investigar correctamente.

Tras su tesis, decidió cambiar totalmente de rumbo y estudiar la insulina. Su investigación fracasó en gran medida a la hora de aportar nuevos conocimientos, pero en sus proyectos paralelos hizo su primer descubrimiento «disruptivo». A partir de las observaciones que hizo viendo a su madre lavar la ropa cuando era niño, Smithies desarrolló geles de almidón para la purificación de proteínas. Estos geles serían la base de uno de los métodos más transformadores de la biología molecular: el Western blot. En la actualidad, los Western blots se realizan con regularidad en laboratorios de todo el mundo y suelen ser el paso previo para muchas incursiones en nuevas investigaciones científicas.

Aunque es difícil pensar en una contribución más digna, Smithies nunca ganó el Premio Nobel por el Western blot. En cambio, recibió el premio por otra cosa, después de volver a cambiar de campo. Smithies recibió el Nobel por el primer enfoque exitoso de la selección de genes en ratones.

Según un estudio reciente, los descubrimientos disruptivos como los de Smithies han disminuido drásticamente en las últimas décadas. Los artículos y patentes disruptivos se definen como publicaciones que cambian la dirección de un campo, redefinen la ciencia ya existente y tienen el potencial de transformar nuestra comprensión del mundo, incluido lo que se enseña en los cursos de introducción a la ciencia en todo el mundo. Los datos de los autores son convincentes: tales disrupciones en la ciencia han experimentado un descenso constante y pronunciado en las últimas décadas.

Cuando la ciencia aún era disruptiva

¿Por qué la ciencia es cada vez menos disruptiva? La reciente publicación de Michael Park, Erin Leahey y Russell J. Funk en Nature suscitó un animado debate en la comunidad científica. Muchos creen que es una característica inherente al campo que los hallazgos más disruptivos se produzcan en el momento de la concepción de nuevas áreas de estudio: avances «al alcance de la mano». Pero los autores sostienen que tales hipótesis no explican adecuadamente sus observaciones. En su lugar, sugieren varios problemas sistémicos que pueden explicar el declive de la capacidad disruptiva, como el hecho de centrarse en la cantidad de publicaciones en lugar de en la calidad.

En mi opinión, los principales problemas que conducen al declive de la «ciencia disruptiva» son estructurales. El principal es el carácter cada vez más competitivo y basado en métricas del mundo académico. Aunque este sistema pretende ofrecer criterios objetivos de mérito científico, en realidad resta la libertad necesaria para la ciencia disruptiva e incentiva a los investigadores a aumentar sus «puntuaciones de éxito» en lugar de centrarse en la ciencia innovadora.

Hoy en día, una carrera como la que describe Smithies es impensable. Los científicos no cambian el enfoque de su investigación. Más bien, tienden a ser cada vez más estrechos en su investigación, algo que Park et al. cuantifican. También es casi imposible tener una carrera científica sin publicar artículos importantes a cada paso del camino.

Publicar o perecer

¿Por qué los científicos de hoy en día evitan tomarse la libertad que Smithies consideró tan crucial para su propia carrera? La razón por la que es tan raro que los científicos se tomen un año sabático o cambien de campo es sencilla: están atrapados en un sistema de competencia brutal. Si te tomas un descanso o no publicas durante un tiempo, estás fuera.

En un elegante artículo, la socióloga francesa Christine Musselin muestra cómo la competencia llegó a estructurar la ciencia académica. La competencia entre universidades por el estatus se convierte en una rivalidad alimentada por el Estado como «organizador de la competencia».

Al principio, el Instituto Nacional de Salud (NIH) concedía financiación sobre todo a centros o proyectos comunes («subvenciones P01»). En la década de 1970, este sistema de financiación fue rápidamente sustituido por subvenciones para investigadores individuales concedidas en concursos cada vez más estandarizados («subvenciones R01»). Mediante el mecanismo de una «tasa de costes indirectos», parte del dinero que los investigadores individuales reciben de estas subvenciones va a parar a sus universidades. De este modo, la financiación federal de las universidades pasó a depender de los buenos resultados que obtuvieran sus investigadores en los concursos para obtener subvenciones federales.

En teoría, las contiendas entre científicos no tienen por qué ser algo malo. Como dice Musselin, la competencia existía en la ciencia incluso cuando era más disruptiva. Lo que cambió fue la naturaleza de esta competición entre científicos. En la búsqueda de medidas que las universidades y el Estado puedan utilizar para clasificar a sus competidores, estas instituciones buscan métricas objetivas de la calidad de los investigadores. Es este intento de «objetivar al genio» lo que acaba erosionando la ciencia disruptiva.

Estas métricas se basan en las publicaciones de los investigadores. Algunas mediciones, como el Índice H, miden la frecuencia con la que las publicaciones de un científico son citadas por otros científicos. Otras, como el «factor de impacto», utilizan como indicador el registro de citas de las revistas en las que publica el científico. El valor «objetivado» de los investigadores no solo ha servido para las clasificaciones universitarias, sino que también ha llegado a determinar la distribución de las subvenciones federales y los puestos de profesorado.

A primera vista, el sistema parece una forma elegante de abordar un problema que probablemente era aún peor en el pasado: si atribuimos puntuaciones objetivas de calidad a los científicos y las utilizamos, por ejemplo, para distribuir los puestos de profesor, dependemos menos de decisiones subjetivas, que pueden permitir el nepotismo y los prejuicios individuales para determinar quién avanza. Pero el descenso medido de la ciencia disruptiva sugiere que el sistema no funciona realmente como se pretende. Al contrario, crea incentivos que son veneno para la investigación innovadora.

El «laboratorio productivo»

Una vez que una carrera depende de un sistema de puntuación, los investigadores tratarán de optimizar sus puntuaciones. En lugar de una competición por hacer la mejor ciencia, los científicos cazan «puntos de impacto».

¿Cómo se llega a ser el mejor puntuado? En primer lugar, se obtiene una mejor puntuación cuando se aumenta la producción de artículos. La forma más fácil de aumentar esa producción es contratar a personas cuyo trabajo y capacidad intelectual le permitan producir más artículos por los que obtendrá reconocimiento.

El incentivo para los profesores es claro: consiga el mayor número posible de trabajadores subordinados y tendrá más publicaciones. Cierta característica del sistema de publicación garantiza que contratar a más aprendices nunca sea perjudicial: la división entre «primer» y «último» autor. Los profesores obtienen su moneda por ser últimos autores (el último nombre en la lista de personas que publican el artículo), mientras que los trabajadores reciben créditos de primer autor. Para los investigadores, «último autor» significa «esta persona es el cerebro del estudio», y «primer autor» significa «esta persona hizo el trabajo práctico».

El ejemplo de Smithies demuestra que los científicos disruptivos necesitan libertad para plantearse cuestiones por curiosidad. Smithies tenía esa libertad porque sus profesores, en todas las etapas de su carrera, le veían como a un compañero y no como a un empleado. En los laboratorios modernos con profesores que adoptan plenamente el modelo de competencia en el mundo académico, los jóvenes investigadores son empleados, no compañeros.

Como sugiere un comentario reciente en el debate en torno a la ciencia disruptiva, los jóvenes científicos se centran hoy en día en un «enfoque ejecutivo y basado en los resultados» en lugar de dedicarse a la investigación creativa impulsada por la curiosidad. En mi opinión, este cambio en la formación de los jóvenes investigadores no se debe a estilos de enseñanza erróneos. Por el contrario, es la consecuencia lógica de la transformación de la relación profesor-formando, alimentada por el actual esquema de competencia en la ciencia.

Productividad y especialización

El énfasis en la «productividad de la investigación» no solo determina la forma de actuar de los científicos senior, sino que también restringe fundamentalmente a los científicos junior. Estas restricciones son más evidentes en el punto de transición entre aprendiz y profesor.

Para ser profesor, hay que conseguir «becas de inicio». En Estados Unidos, la principal beca inicial en ciencias biológicas es la K99 de los NIH. Para recibir una beca K99, tienes que demostrar tu productividad. Y tu productividad se demuestra con publicaciones a lo largo del tiempo.

Para medir esta productividad, necesitas un plazo de tiempo determinado. Los científicos noveles solo pueden solicitar una beca K99 durante los tres primeros años y medio de su posdoctorado. Durante este tiempo, los científicos tienen que demostrar su productividad con artículos como primeros autores.

Pero los distintos tipos de investigación no son racionalmente comparables de este modo. Digamos que hay dos investigadores: uno es un biólogo computacional que utiliza datos preexistentes para su investigación y el otro investigador estudia el efecto del envejecimiento del sistema inmunitario y debe realizar sus propios experimentos. El biólogo computacional no tiene problemas para publicar en tres años y medio. Pero para el investigador centrado en el envejecimiento, cada experimento le lleva un año. A menos que tengan mucha suerte, no hay forma de que puedan publicar a tiempo.

Debería ser obvio que las limitaciones de tiempo como las impuestas por la necesidad de ganar subvenciones de inicio seleccionan un determinado tipo de investigación. El investigador interesado en el envejecimiento probablemente tendrá que elegir entre proseguir su investigación impulsada por la curiosidad y arriesgar su carrera, o perseguir un proyecto que sea «factible» para publicar más artículos rápidamente. Por desgracia, la ciencia más fácilmente publicable es probablemente la menos perturbadora. La probabilidad de publicar es mayor si se sigue la investigación de su supervisor y se estudian cuestiones que arrojan resultados predecibles.

Las restricciones impuestas a los investigadores por la «viabilidad» y la «productividad» no se limitan a las subvenciones iniciales: los NIH enumeran explícitamente la «viabilidad» como uno de los criterios clave en la evaluación de todas las subvenciones. Detrás de esta decisión se esconde una valoración de la «productividad» por encima de la «creatividad» en la estructura competitiva del mundo académico.

El corsé neoliberal

Los incentivos que se derivan del modelo competitivo del mundo académico moderno limitan la libertad de los investigadores de un modo que suprime la ciencia disruptiva. Pero, ¿cómo podemos deshacerlo? Un primer paso es entender por qué el mundo académico se transformó de esta manera en primer lugar. Y en el centro de esta transformación está la neoliberalización de la ciencia.

El punto de vista imperante del capitalismo neoliberal dice que una competencia (supuestamente) meritocrática es la mejor manera de estructurar la sociedad y maximizar el crecimiento económico. La objetivación del valor de la investigación es una forma del fenómeno más amplio de la mercantilización en constante expansión bajo el capitalismo; la transformación de los aprendices en manos de alquiler es un ejemplo de la alienación descrita por Karl Marx, en la que los trabajadores son separados de los frutos de su propio trabajo y de su control sobre el proceso productivo. Y detrás de los métodos actuales de evaluación de la «viabilidad» de la investigación científica, podemos encontrar las mismas prácticas que despliegan las instituciones financieras para el «análisis de riesgo» de las inversiones.

Enfrentarse a una catástrofe climática y a una crisis en la distribución de la riqueza debería hacernos repensar este enfoque de la organización de la vida social. Pero para la ciencia, el problema es evidente: la estructura de un mercado competitivo no favorece en primer lugar una buena investigación.

En primer lugar, la objetivación de la exploración y la innovación científicas de la forma que exige el capitalismo no favorece los avances científicos, porque la mayoría de los descubrimientos revolucionarios, por su naturaleza, son impredecibles. Por ejemplo, cuando Francis Mojica empezó a estudiar patrones repetitivos en el ADN de las bacterias, a nadie le importó. Las grandes revistas se negaron a publicar sus hallazgos. Hoy sabemos que ese trabajo fue, de hecho, la base de quizá el mayor descubrimiento de la biología moderna: las tijeras genéticas CRISPR/Cas9, que están revolucionando la biología molecular y las ciencias de la vida.

En segundo lugar, la transformación de la relación mentor-aprendiz de igual a igual en jefe-trabajador asalariado tampoco tiene mucho sentido para el mundo académico a gran escala: los aprendices de hoy son los profesores de mañana. Suprimir la autonomía y la creatividad de los aprendices convirtiéndolos en trabajadores asalariados es perjudicial para la futura generación de profesores, que entonces habrán perdido su capacidad de pensar creativamente y habrán sido entrenados para tomar opciones menos arriesgadas.

Por último, si aceptamos que los avances son impredecibles, debemos comprender que la buena ciencia nunca puede «cuantificarse» como un producto. La ciencia más disruptiva requiere probablemente mucho más tiempo que otras investigaciones. También requiere asumir grandes riesgos: por ejemplo, que los científicos decidan cambiar de campo o estudiar algo totalmente nuevo. Si seguimos midiendo la calidad de la investigación como «productividad predecible» y distribuimos los recursos y los puestos en consecuencia, nos perderemos mucha ciencia disruptiva.

Recuperar la disrupción limitando la competencia

Para recuperar la ciencia disruptiva, tenemos que limitar el esquema de competencia que, en última instancia, ha mermado nuestra capacidad para llevar a cabo una investigación impulsada por la curiosidad. Un primer paso podría ser reforzar la financiación garantizada de las instituciones y reducir los recursos que hay que adquirir en los concursos de subvenciones, especialmente para los jóvenes investigadores.

Además, habría que reducir drásticamente los intentos de «puntuar» el valor de los investigadores a través de su historial de publicaciones. En su lugar, debemos aceptar el hecho de que el valor científico no puede cuantificarse. Por tanto, las decisiones sobre los puestos del profesorado deben basarse en gran medida en juicios cualitativos. Para evitar el nepotismo y la discriminación injusta, deberíamos aumentar radicalmente la participación democrática en la toma de decisiones institucionales. La contratación de profesores, por ejemplo, podría ser votada por todo el profesorado, e incluso por los posdoctorales.

Por último, debemos invertir la reciente transformación de la relación mentor-aprendiz. Los límites a la composición de los grupos de investigación podrían ayudar en este sentido, ya que la mayoría de las estructuras «explotadoras» se caracterizan por un gran número de posdocs altamente cualificados que permanecen durante mucho tiempo bajo el control de un único profesor. Y los sindicatos de estudiantes de postgrado y postdoctorales son esenciales para empoderar a los becarios y hacer oír sus preocupaciones de una forma que el sistema actual no permite.

No se predijo que el trabajo de Kati Kariko sobre las vacunas de ARNm tuviera algún valor. Como consecuencia, casi se vio obligada a abandonar el mundo académico porque no pudo conseguir financiación ni un puesto de profesora titular. Según un artículo del New York Times, Kariko «necesitaba subvenciones para llevar a cabo ideas que parecían descabelladas y extravagantes. No las consiguió, a pesar de que se premiaron investigaciones más mundanas».

Su trabajo, por supuesto, acabaría siendo la base de las vacunas COVID-19 que salvan vidas. Reformando la ciencia para volver a poner en el centro la investigación impulsada por la curiosidad, podemos asegurarnos de no perdernos más descubrimientos importantes como el suyo.

Entrevista histórica a Toni Negri

Por Pablo Elorduy y Pedro Castrillo

El desastre de la deuda que se avecina

por Michael Roberts

La próxima semana, 300 organizaciones internacionales y 100 jefes de estado se reunirán en París para discutir cómo «construir un sistema financiero internacional más receptivo, más justo y más inclusivo para luchar contra las desigualdades, financiar la transición climática y acercarnos a la consecución de los Objetivos de Desarrollo Sostenible». Esta reunión tiene lugar en París porque el llamado Club de París durante los últimos 60 años ha monitoreado y administrado los préstamos y créditos públicos y de los bancos privados garantizados por los gobiernos a los llamados países en desarrollo, vagamente llamado el Sur Global estos días.

La reunión tiene lugar cuando la situación de grandes sectores del Sur Global tras la pandemia es grave. Se habla mucho en el Norte Global de que el aumento de las tasas de interés causa crisis bancarias y amenaza con las quiebras de las llamadas «empresas zombis» sobrecargadas de deuda. Pero esto no es nada comparable con el daño económico y social que están sufriendo los países de bajos ingresos y con mucha deuda en África, Asia y América Latina.

Ha pasado más de un año desde que escribí una nota titulada La crisis sumergida de la deuda, en la que describí el estrés económico al que se está sometiendo a las economías pequeñas y de bajos ingresos de todo el mundo debido a la inflación de alimentos y energía, el aumento de las tasas de interés y un dólar fuerte. Además, señalaba especialmente a Ghana, Sri Lanka, Egipto y Argentina. De hecho, ya cuando estabamos en medio de la pandemia en 2020, destaqué el creciente desastre de la deuda para más de 30 economías «emergentes», donde viven muchas de las personas más pobres del planeta.

Durante la pandemia, el FMI y el Banco Mundial acordaron una moratoria limitada en el servicio y pago de las deudas de estos países. Pero no fue una cancelación y la moratoria ya ha concluido. Y no se hizo nada en relación con las deudas del Club de París o sobre las enormes deudas con los bancos privados y otras instituciones financieras, que continuaron exigiendo, como en el drama de Shakespeare, su libra de carne. Y desde el final de la pandemia, el fuerte aumento de las tasas de interés de la deuda global y un fuerte dólar estadounidense (gran parte de la deuda global está en dólares) han puesto a todavía más países al borde del incumplimiento de los pagos y a una mayor pobreza.

La mayoría de los países pobres dependen de la venta de materias primas y productos agrícolas o el ensamblaje industrial en maquiladoras para el Norte. Eso significa que los ingresos por exportación son vitales para el ingreso nacional. Pero el crecimiento del comercio mundial ha disminuido, particularmente desde la Gran Recesión de 2008-9 y aún más desde la pandemia. El volumen del comercio mundial creció a una tasa media anual del 5,8 % entre 1970 y 2008, mientras que el crecimiento medio del PIB fue del 3,3 %. Pero en la Larga Depresión de 2011 a 2023, el crecimiento promedio del comercio mundial fue de solo un 3,4 % anual, mientras que el crecimiento medio del PIB mundial fue solo del 2,7 %. De hecho, el PIB real per cápita del Sur Global, excluyendo China, se ha estancado en relación con las economías capitalistas avanzadas.

La reducción del crecimiento del comercio mundial es particularmente crítica para las economías «emergentes». El crecimiento de las exportaciones en las economías del Sur Global ha caído más de la mitad en comparación con la tasa alcanzada antes de la Gran Recesión. E incluye a China, la economía exportadora más grande del mundo.

Fuente: CPD, cálculos MR

El crecimiento del comercio mundial en el primer trimestre de 2023 se sitúa ahora en el -0,9 %, tras una disminución de 2,0 % en el último trimestre del año pasado. La mayoría de las regiones han experimentado una disminución en el comercio de mercancías en los dos últimos trimestres, lo que indica una nueva caída en el comercio de bienes, según CPD. Y ahora tenemos una recesión manufacturera mundial.

PMI de fabricación global (cualquier cosa por debajo de 50 es recesión)

Fuente: Economía comercial

La reciente edición de las Perspectivas Económicas Globales del Banco Mundial pinta una situación grave para muchas economías más pobres. Señala que los objetivos de desarrollo en la lucha contra la pobreza de la ONU, la Agenda 2030, están por ahora «muy lejos del objetivo». Se espera que los países más pobres del mundo paguen un 35 % más en intereses de la deuda este año para cubrir el coste adicional de la pandemia de Covid-19 y el aumento dramático en el precio de las importaciones de alimentos. Los 75 países más pobres, muchos de ellos en el África subsahariana, gastarán más de 100.000 millones de dólares adicionales para cubrir los préstamos obtenidos en su mayoría durante la última década.

Los pagos de la deuda están consumiendo más gasto público en los países pobres cuando ya les estaba costando mucho proporcionar servicios de educación y salud. Es más probable que las guerras y los fenómenos meteorológicos extremos vinculados a la crisis climática afecten con más intensidad a los países de bajos ingresos que a otros lugares debido a la debilidad de las redes de seguridad social. En promedio, los países más pobres gastan solo el 3 % del PIB en sus ciudadanos más vulnerables, en comparación con un promedio del 26 % en otras economías.

El crecimiento económico en las economías en desarrollo que no son China caerá del 4,1 % en 2022 al 2,9 % en 2023. El economista jefe del Banco Mundial, Gill, ha escrito: «A finales de 2024, el crecimiento de los ingresos per cápita en aproximadamente un tercio de los EMDE será más bajo que en vísperas de la pandemia. En los países de bajos ingresos, especialmente los más pobres, el daño es aún mayor: en aproximadamente un tercio de estos países, los ingresos per cápita en 2024 se mantendrán por debajo de los niveles de 2019 en un promedio del 6 %». Catorce países de bajos ingresos ya tienen dificultades con la deuda o en alto riesgo, en comparación con solo seis en 2015. Hasta 21 países son vulnerables.

Analicemos algunos de esos desastres de deuda.

Ghana ha sido considerada durante mucho tiempo una historia de éxito y un modelo para el desarrollo africano. Es un importante productor de oro y cacao y tiene uno de los mayores PIB per cápita de la región. Pero el gobierno se ha visto obligado a solicitar un rescate del FMI de 3 mil millones de dólares cuando incumplió sus deudas en diciembre pasado. El gobierno pidió muchos préstamos para aislar a la economía de los efectos de la pandemia. Como resultado, la deuda del sector público pasó del 62 % del PIB en 2020 a más del 100 % el año pasado. El servicio de la deuda supone ahora alrededor del 70 % de los ingresos del gobierno.

Ghana se vio excluida de los mercados internacionales de deuda a medida que crecía la preocupación sobre su capacidad para pagar lo que debía. Para obtener los fondos del FMI, los prestamistas nacionales, es decir, los bancos locales, deben aceptar una pérdida en sus préstamos. Pero Ghana también tiene que conseguir que los prestamistas extranjeros acepten un recorte a perdida en los 34 mil millones de dólares de la deuda y eso no será fácil. Los prestamistas privados son responsables del 60 % del valor nominal de la deuda externa de Ghana, pero las altas tasas de interés que cobran implican que tienen derechos sobre el 75 % de los pagos de la deuda. Estos prestamistas no aceptarán recortes sin pelear. El gobierno de Ghana ha dejado de pedir más préstamos y está imponiendo severos recortes en el gasto en los servicios públicos. Está subiendo los impuestos, pero esto solo afectará a quienes tienen un empleo «formal». La mayoría de la gente trabaja «informalmente» con dinero en efectivo y muchas empresas evaden impuestos por completo. La corrupción es generalizada.

La cercana Nigeria también está en problemas. El país más grande de África está plagado de guerras internas, corrupción endémica y despilfarro de ingresos energéticos. La inversión extranjera directa ha caído a sus niveles más bajos en nueve años: de 3.000 millones de dólares en 2015 a 468 millones. Se prevé que 13 millones más de nigerianos caigan por debajo de la línea de pobreza entre 2019 y 2025.

El Líbano es un país que todavía no tiene gobierno un año después de las elecciones nacionales, solo una administración interina en funciones, y ha estado sin presidente durante siete meses. El ex gobernador del banco central está acusado de corrupción, lavado de dinero y malversación de fondos. La libra libanesa ha perdido más del 98 % de su valor frente al dólar desde 2019, mientras que la inflación anual subió al 269% en abril.

En Asia, Pakistán, un país enormemente poblado (230 m), se encuentra en una profunda crisis política y económica y ahora está recurriendo al FMI para un rescate. El país tiene 126 mil millones de dólares en deuda externa y debe pagar 80 mil millones de dólares de ellos en los próximos tres años. La rupia ha perdido el 50 % de su valor en comparación con el dólar estadounidense. Las reservas de divisas para cubrir los pagos se han reducido a solo 4.500 millones de dólares. El PIB está cayendo. El país se ha visto afectado por terremotos e inundaciones y lo dirige el ejército, que absorbe gran parte del gasto público. La inflación está en un máximo histórico del 38 %.

Además está Argentina, una de las economías «emergentes» más acomodadas. La economía está atrapada en la hiperinflación crónica y la deuda. Se ha visto obligada una vez más a acudir al FMI en busca de más fondos para devolver lo que ya debe. El país se enfrenta a grandes pagos de deudas este mes y el próximo.

Y las reservas de divisas se han agotado. Las reservas netas de Argentina se volvieron negativas en mayo.

La pesadilla de la deuda de Sri Lanka en 2021 culminó con una protesta masiva y la huida del entonces presidente del país. Pero las deudas permanecen. Se ha hablado mucho de la deuda con China, afirmando que China es el problema al llevar a los países pobres a una «trampa de la deuda». Pero solo el 14 % de la deuda externa de Sri Lanka se debe a China, mientras que el 43 % se debe a los tenedores de bonos privados (en gran parte fondos buitre occidentales como BlackRock y bancos como el HSBC de Gran Bretaña y el Crédit Agricole de Francia). Otro 16 % se debe al Banco Asiático de Desarrollo (sobre el que EEUU tiene una influencia significativa) y un 10 % al Banco Mundial (dominado también por EEUU). Así que la deuda «multilateral» realmente significa deuda con instituciones dominadas por Estados Unidos.

¿Qué hay que hacer? Claramente, la primera medida inmediata es cancelar las enormes deudas acumuladas por estos países pobres. Las deudas son el resultado de una economía capitalista mundial débil; la corrupción y la mala gestión por parte de los gobiernos locales; y la avaricia rapaz sobre los recursos e ingresos públicos de los prestamistas extranjeros.

Hay una concentración significativa de participaciones en manos de algunos de los principales acreedores externos. En la década de 1990, los cinco principales acreedores externos representaban el 60 % del crédito externo total a países de bajos ingresos y consistían principalmente en acreedores multilaterales y del Club de París. A finales de 2021, la concentración de los cinco principales acreedores externos había aumentado aún más, representando el 75 % del total de crédito externo a los países de bajos ingresos (LIC). Y la parte de la deuda con el sector privado se ha duplicado aproximadamente del 8 % al 19 %. Por lo tanto, si el FMI, el Banco Mundial y solo unos pocos países acreedores clave estuvieran de acuerdo, las deudas de los países pobres podrían cancelarse. ¿La reunión de París hará algo al respecto? Lo dudo.

Luego está el problema a largo plazo: la explotación continua por parte del bloque imperialista, a través de sus empresas multinacionales e instituciones financieras, de la fuerza de trabajo del Sur Global con la connivencia de las corporaciones nacionales y los gobiernos oligárquicos locales. Sin una reestructuración total de la economía mundial hacia la propiedad colectiva y la planificación con gobiernos obreros, la miseria de la deuda continuará.

 

Prólogo del libro: Comunicación y prospectiva

Por Decio Machado / Consultor político, experto en comunicación y economía digital

En las últimas tres décadas hemos asistido a cambios sustanciales en la forma de comunicarnos. Pasamos del formato unidireccional de los viejos medios de comunicación tradicionales a una lógica actual donde la sensación que tenemos es la de encontrarnos en una revolución permanente y, hasta cierto punto, estresante. No estamos solo ante una cuestión de forma, sino también ante un cambio en la psicología del conocimiento.

Para más escarnio, los sucesos vividos en los años 2020 y 2021 hicieron que el devenir a dos o tres años se comprimiera en apenas tres o cuatro meses. La pandemia no transformó la historia, pero sí la aceleró. Se abrió el mundo virtual con optimización de recursos -tiempo y dinero- que nos forzó a pasar de la teleinformación y la teledemocracia a la ciberinformación y la ciberdemocracia.

Más allá de lo derivado del criminal coronavirus, cabe reseñar que los procesos de modernización tecnológica han venido históricamente marcados por una aceleración de sus impactos en materia de comunicación e información. Así, conseguir una audiencia de 50 millones de personas le llevó a la radio unos 39 años, a la televisión unos 13 años, al internet unos 4 años, a la red social Facebook unos 2 años y a Google+, red social hoy desaparecida por problemas de seguridad de datos, apenas 88 días.

Si hablamos de TikTok, el último boom en redes sociales, cabe indicar que dicha plataforma fue lanzada al mercado en septiembre del 2016 bajo el nombre inicial de Douyin y en tan solo tres meses alcanzaba ya los 100 millones de usuarios en China. A julio de 2022, último dato oficial sobre el que tenemos constancia respecto a dicha red, contaba con más de 1023 millones de usuarios activos a nivel global.

Pero, además, podríamos decir que desde la segunda mitad del pasado siglo asistimos a un proceso que sociológicamente hemos llamado segunda modernidad, una vuelta de tuerca a la historia de la individualización humana. Si la industrialización y las prácticas del capitalismo de la producción en masa generaron riqueza por doquier y, como consecuencia, surgieron políticas redistributivas y de acceso a la salud y a la educación, el hecho de que cientos de millones de personas consiguieran acceder a experiencias hasta entonces privatizadas por parte de una minúscula élite comenzó a generar también una nueva sociedad de individuos.

La educación y el trabajo del conocimiento enmarcado en el capitalismo cognitivo incrementaron nuestro dominio del lenguajey del pensamiento, los cuales son precisamente los pilares sobre
los que conformamos nuestro sentido personal y nuestras propias opiniones. El desarrollo de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, así como la democratización en materia de
movilidad y consumo, estimularon nuestra autoconciencia y nuestras capacidades imaginativas como individuos, rompiendo roles e identidades grupales predefinidas antaño. Las grandes mayorías
dejaron de ser un pueblo hobbeliano (eje agrupador y regularizador de toda vida o acción sociopolítica de las personas) para pasar a ser una spinozista multitud (conjunto de singularidades que se opone a la obediencia y a pactos duraderos).

Si la primera modernidad, marcada por el capitalismo de masas y el modelo keynesiano de desarrollo, reprimió el crecimiento y la expresión del yo individual en beneficio de las soluciones colectivas, en esta, la actual segunda modernidad, marcada por la incertidumbre, el yo es ya lo único que tenemos.

Es así como llegamos a esto que el sociólogo polaco-británico Zygmunt Bauman definió como “modernidad líquida”. Una sociedad donde todo se individualizó cambiando las reglas de comportamiento social bajo conceptos de fluidez, cambio, flexibilidad y adaptación en aquello que la revista Harvard Business Review definió hace unos años atrás como entornos VUCA (volatilidad, incertidumbre –“uncertainty” en inglés-, complejidad y ambigüedad).

Inmersos en este contexto, y en un mundo en el cual se recibe un promedio de 5000 impulsos de ruidos diarios, las audiencias se transformaron en nómadas, rompiendo cualquier militancia anterior en medios de comunicación o canales informativos. Pero, además, estamos hoy ante un ciudadano más perezoso que el del siglo pasado. El individuo actual no hace los esfuerzos que hacían los ciudadanos del siglo pasado, ya no busca información complementaria a lo que recibe de forma esquemática por las redes. Estamos ante una sociedad digitalmente avara, donde hay saturación de la información (contenidos infinitos) frente a una mente humana cuyo recurso mnemotécnico registra apenas 2,3 elementos por cada situación (atención finita). Es aquí donde se genera una nueva disputa por el golpe de impacto que haga que determinada información o contenido informativo no se quede en la mayoritaria atención parcial de la audiencia, sino que capte la
muy exclusiva atención completa del receptor.

En este nuevo contexto donde el acceso a la información es prácticamente instantáneo, la sociedad se convirtió en oblicua. Cualquier receptor de información es además emisor, superándose así el proceso tradicional de aprendizaje, de importación/exportación, para entrar en el de creación múltiple y colectiva, superadora de fronteras y transversal.

Sin embargo, lo anterior se da bajo un modelo de comunicación caracterizado por la economía discursiva. Como ya indicamos, estamos ante un ciudadano más avaro digitalmente, lo que implica que apenas goce de entre 4 y 6 segundos de paciencia cognitiva. Ese es el tiempo que le damos a una noticia para que nos genere interés. Fruto de lo anterior, estamos obligados a comunicar de forma sintética, diciendo mucho en muy poco tiempo, es decir, condensado los significados.

Por último, cabe señalar que el ciudadano/audiencia actual, frente al gigantesco tsunami informativo y de contenidos que nos agrede todos los días, opta por las fotos grandes, los contextos y
los videos como mecanismo prioritario para informarse. Estamos ante un modelo de cultura hipervisual donde evidentemente lo “no verbal” ya no es banal.

Pues bien, es en este complejo contexto que la primera parte de este trabajo que ahora tienes en tus manos, fruto de la colaboración entre docentes de cuatro importantes universidades analiza el estado actual de la formación universitaria en la disciplina de comunicación y sus tendencias futuras.

Aquí es importante hacer una observación: derivado de que la comunicación surgió, en primer lugar, como una profesión para luego trasladarse, de forma problemática, al campo de lo científico, dicha disciplina nunca ha llegado a alcanzar el nivel de madurez y estabilidad de otras disciplinas científicas. Siendo así las cosas, cuesta hablar de una teoría de la comunicación totalmente acabada, pues la comunicación carece de fundamentos definitivos y absolutos de conocimiento científico.

Quizás por ello, una de las virtudes de esta obra está en que cabalga por encima de los manuales clásicos de estudio de la comunicación en los que se realizan aproximaciones científicas desde el conjunto de las ciencias humanas, sociales y de la naturaleza. De igual manera, este trabajo sobrevuela de forma ligera sobre los sesudos ensayos especializados en una teoría de la comunicación sobre la que hoy, sometida a un acelerado y agresivo proceso de transformación, tendríamos mucho que discutir.

Aquí vale la pena parar un momento y mirar hacia atrás. Cabe recordar que sería allá por 1892 cuando Joseph Pulitzer ofreció al presidente de la Universidad de Columbia, Seth Low, financiar la primera escuela de periodismo del mundo. Tras ser rechazada dicha oferta, habría que esperar hasta 1903 para ver cómo esta misma institución académica crearía la Columbia University Graduate School of Journalism, primera escuela de periodismo del mundo, y luego hasta 1908 para que la Missouri University entregara el primer título universitario en esta disciplina.

Pero si miramos hacia nuestra América, las primeras licenciaturas en periodismo no llegarían a aflorar hasta la década de 1930, y es entre 1960 y 1970 cuando se establecerían las bases del pensamiento comunicacional latinoamericano.

Quizás porque no es inusual que en América Latina los medios de comunicación masiva hayan sido sostenidos por razones políticas más que económicas, desde el nacimiento de la llamada
escuela latinoamericana de comunicación sus principales teóricos siempre los consideraron como poderosos instrumentos de control social y explotación cultural al servicio de las élites dominan-
tes. Desde entonces hasta hoy, aquellos viejos debates en torno al colonialismo informativo y al rol que ejercen los medios en nuestras sociedades del sur global siguen aún vigentes, aunque clara-
mente transformados por el desarrollo de las nuevas tecnologías en materia de comunicación e información. Sin embargo, sería ya en el presente siglo cuando presenciaríamos cómo el populismo
progresista desarrollaría una estrategia de expansionismo político, llegando a muy diversos campos sociales -entre ellos la comunicación y los medios- dentro de los procesos de disputa política y debate de lo público. En definitiva, aquello que los sociólogos como Pierre Bourdieu teorizaron respecto a que los medios deben/deberían ser campos autónomos de la política o del Estado, “esferas de acción social con reglas o intereses propios” en términos bourdonianos, nunca tuvieron aplicación en el subcontinente.

Pero hablemos claro: más allá de la disputa política, lo que comúnmente llamamos “comunicación masiva” no es más que una instantánea distorsionada de la inconmensurable diversidad de perspectivas y demandas existentes en nuestras heterogéneas y complejas sociedades.

Es por todo lo anterior que no es baladí que los autores que participan en la primera parte de este libro dediquen sus esfuerzos a vislumbrar las tendencias actuales y futuras de la formación académica en materia de comunicación. En este maremágnum de lógicas transversalizadas que en la actualidad componen la comunicación y la información, así como sus antecedentes y su aplicación práctica en la región, los autores fueron capaces de liberarse de anacrónicos corsés teóricos e ideológicos para posicionarse claramente ante las demandas del mercado y la multiplicidad de disciplinas implicadas en esta nueva lógica de transversalidad mixta.

Vivimos en pleno desarrollo de la Cuarta Revolución Industrial, connotada por la emergencia de las nuevas tecnologías (sistemas ciberfísicos, robótica, internet de las cosas, conexión entre dispositivos y coordinación cooperativa de las unidades de producción económica), la neurociencia, el escenario biológico y la inteligencia artificial.

Dado que el constructo analítico legado por el filósofo francés Michel Foucault nos permitió descubrir la profunda relación existente entre el poder y el saber, sustrayendo del saber su pre-
supuesto de neutralidad, repensar hoy la comunicación supone entender que los marcos de condicionalidad política aparentemente normativas del sistema capitalista neoliberal han dejado
sin base gran parte de las propuestas teóricas alternativas de antaño. De ahí es desde donde este trabajo hace un esfuerzo para identificar planes de estudio para el futuro inmediato en la Acade-
mia y escuelas especializadas, así como el análisis de consideraciones que han de tenerse en cuenta respecto a la formación de los nuevos profesionales de la comunicación según las exigencias de los contextos y de acuerdo con las múltiples realidades actualmente existentes.

En un mundo así configurado, donde la relación saber-poder se deja ver objetivada en el sujeto, todo un formato de nuevas narrativas toma fuerza en el entorno digital como forma cotidiana de contar historias.

Decía el psicólogo estadounidense Jerome Bruner (2013) que “Somos fabricantes de historias. Narramos para darle sentido a nuestras vidas, para comprender lo extraño de nuestra condición humana”. Pues bien, es aquí en donde se centra la segunda parte del libro.

Como bien se indica en algún momento de este trabajo, las tecnologías y los medios tienen un carácter social y han transversalizado la política, el tejido social existente y a la ciudadanía en general. Pero igual sucede de forma inversa, las estrategias políticas incluyen el marketing y la publicidad para difusión, intervención en medios y construcción de imagen pública.

Todo lo anterior se relaciona con las mentes y acciones ciudadanas, utilizándose como herramientas múltiples fuentes de mediación, la seducción y el estímulo, así como los mecanismos de interiorización. Es por ello que se hace visible la necesidad de profundizar en las nuevas narrativas digitales, entender sus características, su contexto y su relación con los objetivos que hay detrás de estos. Esto ha de identificarse más allá de que sean comerciales corporativos, políticos o informativos, así como quienes en cada caso los gestionan.

El relato aquí toma un protagonismo especial y, como ya sabemos, se compone de un arco tripartido: introducción, nudo y desenlace. Siempre con un adversario, siempre con un valor y
siempre con una moraleja, enseñanza o aspiración.

Pero hablemos claro respecto a esto también. La diferencia entre persuadir y manipular es meramente ética, motivo por el cual las plataformas digitales se convierten también en un espacio complejo donde se evidencian condicionamientos y desigualdades entre actores sociales, nuevos o viejos, pero reforzados en lo contemporáneo bajo lógicas neoliberales, que tratan de manejar a toda la vida humana en un formato de negocio o con fines de mantenimiento del poder.

Volviendo a Foucault, y conscientes de que no existe saber independiente del poder, pues el saber produce y mantiene el poder, tras los atentados a las torres del World Trade Center y al edificio del Pentágono la administración de Bush renovó el cargo de Subsecretario de Estado en Diplomacia Pública y Asuntos Públicos, puso al frente a Charlotte Beers -conocida como la “reina del branding”-, quien no provenía del área militar ni de la política, sino de las comunicaciones y hasta entonces había ejercido como CEO de la gigantesca agencia de publicidad y marketing J. Walter Thompson Worldwide. Quizás ese momento de septiembre de 2001 fuera el elemento referencial de un cambio de época: a Beers se le encomendó explicar y vender la política exterior de la administración Bush, especialmente su guerra contra el terrorismo, todo ello con un presupuesto asignado por el Congreso de los Estados Unidos de 520 millones de dólares, que fue utilizado para una campaña comunicacional cuidadosamente dotada de elementos emocionales y altamente segmentada. El problema de “¿Por qué nos odian?” fue refrescado, en leguaje publicitario, en “¿Cómo reposicionamos la marca?”.

A partir de ahí los nuevos teólogos de la “guerra justa” comenzarían a expandir sus tesis sobre la superioridad de Occidente respecto al islam y al resto del planeta, basadas en la vacua hipótesis previamente concebida denominada como “choque de civilizaciones”. Se invadieron países como Afganistán e Irak, se generaron campos de reclusión y tortura clandestinos en diferentes partes del planeta, donde eran llevados individuos secuestrados de manera ilegal desde diversas partes del mundo con la complicidad de los gobiernos de turno, y se generó un modelo de neutralización de disidencias internas a través de la “ USA PATRIOT Act” (Ley Patriótica), que luego fue replicada a su manera en diversos países del planeta. En palabras del filósofo italiano Toni Negri, toda violencia que no fuera ejercida por las “fuerzas imperiales” pasó a ser necesariamente concebida como ilegítima y criminal, es decir, terrorista. Condición por cierto a la que asistimos recientemente en las últimas movilizaciones populares que tuvieron lugar en nuestro país.

Aquí entramos en una tercera y última parte del libro que aborda temáticas vinculadas a la comunicación corporativa y a la comunicación política.

En la lucha discursiva la verdad o la mentira no nos ayudan mucho a comprender la realidad. Una explicación en comunicación corporativa o política es cierta si produce efectos tales como si lo fuera, sin importar si es cierta o no. El objetivo es generar consenso en torno a una idea o una identificación.

Vinculado a lo anterior, y en el plano de lo político, hacer una buena comunicación parte de tener una buena lectura del momento y de los equilibrios de fuerzas que lo componen, entendiendo las posibilidades que se abren en cada coyuntura. El signo fundamental de la hegemonía en comunicación es construir un relato tan sólido que hasta tus adversarios o competencia tengan
que ceñirse a este para conflictuar o disputar con nosotros.

Los autores implicados en esta parte del trabajo entienden a la perfección que la comunicación es la política expresada en su modo público; por lo tanto, no se gobierna bien y se comunica mal y si se comunica mal es que se gobierna mal. En definitiva, un problema comunicacional es un problema político, dado que toda comunicación es una representación de la política.

De igual manera, los autores de estos textos marcan con énfasis la diferencia entre comunicación política electoral y comunicación política de gobierno. Sobre esto un apunte: pese a que más del 80% de la referencias existentes sobre comunicación política son de perfil electoral, cabe indicar que dicha comunicación es cortoplacista, mientras que la comunicación de gobierno tiene un enfoque a mediano y largo plazo y debería tener como objetivo resignificarse durante muchos años después.

Tanto en el ámbito de lo corporativo como de lo político, la comunicación se da hoy en un formato de 360 grados; su rango de riesgo es ese y, por lo tanto, debe comunicar en 360 grados también. Es decir, hoy se comunica por todos los canales hacia todos los lados.

De esta manera, la palabra convergencia es una de las palabras clave en comunicación en los momentos actuales. Se trata entonces de establecer un único discurso a través de múltiples canales y formatos diferentes mediante la microsegmentación.

Pese a todo lo descrito anteriormente, es importante destacar que la comunicación política latinoamericana muestra notables limitaciones para entender, beneficiarse y beneficiarnos al conjunto de la sociedad con estas nuevas herramientas digitales. En este ámbito de acción se debe reconocer al mundo corporativo como un espacio más eficiente que la tecnoburocracia política o estatal.

El porcentaje de respuestas por parte de instituciones públicas y gobiernos en general al ciudadano usuario de redes sociales en América Latina no alcanza al 3 % y, además, se dan de forma tardía en gran parte de los casos. De igual manera, la respuesta de los políticos en campaña hacia la ciudadanía que les reclama o consulta es extremadamente baja obviando la posibilidad de generar foros virtuales de debate, aprendizaje mutuo y construcción de consensos, o incluso el impulso de movimientos cibernéticos como una nueva forma de organización política ciudadana. En resumen, los políticos del subcontinente, lejos de distinguir entre forma y fondo, entendieron el uso de estas nuevas herramientas de comunicación desde una perspectiva simplista de aggiornamento, es decir, como la incorporación de una nueva técnica para hacer exactamente lo mismo que ya anteriormente hacían.

Pero quizás aquí, cosa que se aborda parcialmente en la obra, lo más interesante y preocupante de observar es que la construcción de toda esta comunicación se da bajo una tecnología que, como toda tecnología, no es neutra, sino que viene marcada por su ideología.

Entender el rápido crecimiento de las big tech implica comprender que este modelo de negocio se caracteriza por su extraordinaria escalabilidad, lo que supone rentabilidades monetarias astronómicas para los proyectos exitosos tras una primera fase de capitalización. En la práctica, las ratios de productividad de estas compañías superan con facilidad el millón de dólares por empleado contratado, generando un modelo de trabajo derivado de la “economía de plataforma” que tiene un cierto aire vintage bien manchesteriano: precarización, salarios muy bajos, horarios fuera de la ley, sobreexplotación laboral e indefensión del trabajador o trabajadora.

Las nuevas empresas tecnológicas aprendieron con prontitud que las ideas, valores y gustos de las personas se transfieren con facilidad, esparciéndose a través de las redes sociales, pero también afectando las formas de hacer y pensar de las y los individuos que formamos parte de ellas, diseñando y manipulando los mecanismos de conexión entre nosotros. De esta manera, las plataformas que mayoritariamente manejamos siguen el rastro de nuestros focos de interés y deseos, limitando con algoritmos las relaciones entre personas, objetos e ideas bajo una lógica que podríamos definir como tendenciosamente orwelliana.

Lo anterior obedece a un cierto desplazamiento del eje de acumulación capitalista, el cual, más allá del predominio del capital financiero especulativo, ahora se sitúa en la captura de información de los usuarios de tecnología debido al impacto del big data, del data mining, el internet de las cosas, la inteligencia artificial y la red de sensores e islas de datos que propicia la comunicación M2M (machine to machine). Todo este nuevo modelo de extractivismo (desposesión por despojo) va conformando un ecosistema que permite la proliferación de oferta localizada e individualizada de bienes y servicios. A su vez, la cada vez mayor capacidad del mercado de personalizar los consumos nos permite vislumbrar una economía enfocada exclusivamente en el deseo, extrayendo cada vez mayor valor del commodity humano en lugar de crearlo.

Pero quizás lo más grave es que la actual dictadura algorítmica define la “relevancia” de las informaciones, limitando el mundo que vemos en función de las preferencias expresadas por el individuo en cuestión y también por las mayorías; el resultado no es otro que el reforzamiento del “saber” dominante con exclusión del resto del espectro. La nueva superestructura digital, controlada
por las big tech y conformada, entre otros, por algoritmos como el PageRank de Google o el EdgeRank de Facebook clasifican e influyen de modo creciente a la percepción que hoy tienen de la
realidad esa más de la mitad -dato en permanente expansión- de la población planetaria actualmente conectada.

El actual proceso de digitalización de la vida, sumado al desarrollo de la economía de datos, así como la “huella digital” unida a la extracción de información personal, permite la generación de un big data ciudadano cuya dimensión y volumen no tiene precedentes en la historia de la humanidad. El acceso en tiempo real por parte del poder/poderes a tal magnitud de información respecto a sus dominados sienta las bases para nuevos modelos de control tanto corporativos como político-social-disciplinarios. De esta manera, la tecnología se ha convertido en un “capital fijo” cuya propiedad redefine las relaciones de poder en el actual modelo capitalista.

Es ahí donde estamos ante un reto, todo un nuevo reto que pone en cuestión el modelo de sociedad al que aceleradamente nos dirigimos y desde el cual la comunicación, entre otras disciplinas, se convierte en un espacio de disputa.

Sin más, solo queda desearles que disfruten de las interesantes páginas que a continuación encontrarán y que conforman el cuerpo de esta interesante obra.

 

Étienne Balibar: “La fuente permanente de la vida democrática es su elemento insurreccional”

Francesco Brancaccio / Francesco Pavin (Global Project)

En esta entrevista con el filósofo marxista Étienne Balibar, realizada en abril en París, se discuten aspectos estratégicos, de composición social y política, de prácticas y de valores de los movimientos de protesta en Francia, fundamentalmente del movimiento contra la reforma de las pensiones y el movimiento Soulèvements de la terre contra la devastación de los ecosistemas rurales. A día de hoy, el pueblo francés continúa con las espadas en alto, sin que aún pueda hablarse de derrota o de victoria, mientras las luchas en Francia, al igual que la guerra en Ucrania, permanecen ausentes de las discusiones sobre la unidad de la izquierda en España.

Hemos escuchado tu presentación en el taller sobre la huelga que tuvo lugar en la Universidad de París 8 Saint-Denis-Vincennes. Me pareció muy interesante el concepto de “insurrección democrática” que propones. Lo has tratado añadiendo otro aspecto importante: que la insurrección no es algo que vendrá o que esté por venir, sino que es algo que ya está aquí y ahora. ¿Te importaría volver sobre este punto?

Sí, la insurrección no es algo que esté por venir: está teniendo lugar en este momento. He utilizado este término a propósito, porque no me parece que haya otros mejores, pero por supuesto tenemos que discutir el significado que le damos. Remite, por lo demás, a cosas que he escrito hace bastante tiempo y que sigo defendiendo. No rechazo el término democracia, al contrario: creo que la raíz permanente, la fuente permanente de la vida democrática es precisamente su elemento insurreccional, es decir, el rechazo del orden existente, dominante y desigual. Durante mucho tiempo he trabajado con un par antitético, insurrección-institución, que se parece un poco al par poder constituyente-poder constituido de Toni [Negri].

Y luego hay una tradición en el uso de este término que viene de la Revolución Francesa y también del contacto que tuve con los norteamericanos y sudamericanos; y de la gran avenida de la Ciudad de México que se llama Insurgentes; y de la Revolución Americana, que utilizó mucho la categoría de “The Insurgents”. Y además es una palabra de la Comuna de París. Así que me parece importante utilizar este término porque conserva la idea de ruptura con el poder y, en consecuencia, con lo dominante.

Estoy de acuerdo con esta lectura, porque da la posibilidad de imaginar y construir nuevas instituciones a partir de la parte más cercana a la gente, el territorio. Por ejemplo, el otro día hablábamos del municipalismo.

Sí, qué duda cabe, pero tampoco quiero enredarme en esta discusión. Hubo alguien que hizo una intervención muy interesante durante el debate, evocando Rojava e introduciendo el tema del municipalismo en el sentido de Murray Bookchin y otros. Esta es también una perspectiva muy interesante, pero no quiero que penséis que imagino una especie de reconstrucción anarquizante del sistema político en la que todo se base en las comunas municipales.

Creo que es muy importante refundar la práctica democrática en contacto con luchas y elementos muy fuertes de autogestión a nivel local. Pero justo después en el debate empezamos a hablar del Estado, de los servicios públicos. Si reflexionamos sobre estos elementos, no creo en absoluto que en un contexto como el del Estado en Francia, y más en general en Europa, se pueda abolir el Estado y poner en su lugar una federación de comunas municipales.

Francia es un país, como se suele decir, jacobino o bonapartista –a veces hay una gran confusión entre estos dos aspectos–, y luego hay raíces aún más antiguas que lo convierten en un país en el que el centralismo estatal es absolutamente monstruoso. Se trata de una ideología compartida tanto por la derecha como por la izquierda. Toda la sociedad está organizada en torno al poder central. Por eso tenemos que hacer un esfuerzo muy importante para deconstruir, como decía uno de mis maestros, Jacques Derrida, esta representación totalmente vertical o verticalista de lo político.

Reflexionando de nuevo sobre la relación entre insurrección democrática e instituciones, compartimos desde luego la perspectiva de la insurrección como elemento fundador y dinámico de la democracia. Pero si hablamos de instituciones del Estado, esta perspectiva implica claramente que las instituciones son capaces de reformarse a sí mismas a partir del momento insurreccional. Ahora bien, el problema es que las instituciones –al menos, las estatales– no responden hoy dinámicamente al impulso insurreccional, por ejemplo, reformándose. Al contrario, la situación política, en el caso de Macron y su gobierno, está completamente cerrada y me atrevería a decir que bloqueada.

Claro, estoy de acuerdo. No albergo ilusiones sobre las capacidades –y si queréis hablamos también de Macron– de democratización endógena del sistema estatal en su forma actual y a partir de sus propias instituciones. La cuestión es si tenemos un concepto puramente estatal de lo que llamamos instituciones, o si intentamos tener un concepto más amplio de instituciones. Hay una tradición también en el pensamiento de izquierdas –y aquí estoy muy lejos de lo que aprendí de mi maestro Althusser, he evolucionado en este sentido– que tiene que ver con el pensamiento crítico, en el sentido amplio del término, que utiliza la categoría de institución en un sentido mucho más amplio, más activo, más revolucionario que la acepción jurídica y estatal del término. Por ejemplo, Cornelius Castoriadis hablaba de la institución imaginaria de la sociedad; Miguel Abensour empleaba la idea de la capacidad instituyente de los movimientos populares, etc. Son formas de decir que los movimientos que cuestionan la verticalidad del Estado o el monopolio de las clases dominantes sobre el gobierno de la sociedad no son solo movimientos que destruyen, sino que inventan, que organizan, que proponen formas de organizar la sociedad.

¿Qué diferencia crees que hay entre este movimiento y los anteriores (el movimiento contra la Loi Travail, los Chalecos Amarillos, etc.), respecto al hecho insurreccional?

En mi opinión, los otros movimientos también pueden calificarse de movimientos insurreccionales.

¿Existe entonces una continuidad entre estos diferentes movimientos o momentos de la misma tendencia insurreccional?

Sí, claro.

¿Se podría hablar incluso de una insurrección que estaría cobrando un carácter permanente?

Quiero tener los pies en el suelo y ser realista. No hay que perder de vista que, de alguna manera, desde hace varios años –es difícil fijar un punto de partida preciso–, los movimientos sociales que vemos en Francia tienen todos al principio un carácter defensivo. Son movimientos que reaccionan con mayor o menor fuerza, con pasión me atrevería a decir, con esperanza política, al trabajo de demolición que está llevando a cabo el poder neoliberal en Francia. Todo esto está lleno de paradojas: cuando uno se pregunta qué imagina Macron en este momento, qué tiene en la cabeza, sencillamente se puede decir que quiere ser la Margaret Thatcher francesa. Macron piensa así. Aunque no soy extraordinariamente optimista sobre la correlación de fuerzas, creo que las condiciones que permitieron a Margaret Thatcher obtener una victoria casi total sobre el movimiento obrero británico y en particular sobre el sindicalismo y, más en general, sobre la sociedad, las clases trabajadoras, no son las mismas en Francia.

De todos modos, surge una cuestión y es la siguiente: ¿por qué el capital financiero necesita una Margaret Thatcher en Francia en 2023? ¿Por qué el capitalismo francés lleva cuarenta años de retraso con respecto a otros países similares en el desmantelamiento del estado del bienestar que se creó tras el final de la Segunda Guerra Mundial? Se podría escribir una larga historia al respecto.

Hay varias razones, pero lo que es seguro es que todos estos movimientos, uno tras otro, presentan sobre todo un carácter defensivo. En todo ello hay también elementos de desesperación, un aspecto que me llama mucho la atención. El día 5 de abril, en el debate de París 8, en la intervención de una compañera joven, surgió una verdadera desesperación de una categoría de estudiantes que ya no comen; en un sistema universitario que se desintegra progresivamente, los jóvenes tienen la impresión de que su futuro es oscuro.

Luego estaba el compañero que hablaba en nombre de las banlieues. Podríamos pensar que es bueno que haya alguien que venga a decirnos que no hay que olvidar a los inmigrantes, que no hay que olvidarse de las banlieues, pero en el hecho de que hablara con tanta vehemencia vi algo más: que la vida es insoportable en las banlieues. Entonces, cuando se dice que el movimiento olvida estas cosas es verdad y mentira a la vez, porque lo interesante de lo que está pasando ahora es que, si tomamos la huelga de los basureros o incluso las manifestaciones, no hay una fractura racial insalvable que separe a los inmigrantes de los trabajadores “franceses”.

Pero el problema existe como tal, y si intentamos reflexionar sobre el futuro o las posibilidades de un movimiento insurreccional o una insurrección pacífica en un país como Francia, no tardamos en preguntarnos cómo superar las fracturas entre la clase obrera en el sentido tradicional del término, por un lado, y, por otro lado, la juventud en paro de las banlieues que desciende masivamente de inmigrantes de las antiguas colonias francesas. No existe el abismo que describen algunos teóricos radicales de la “lucha de razas”, sino un problema, una contradicción. Con este tipo de problema en mente, en el breve texto publicado enL’Humanité –¡sólo disponía de 3.000 caracteres!– utilicé la famosa fórmula del presidente Mao sobre las “contradicciones en el seno del pueblo”. Hay muchas cosas del presidente Mao que no me gustan, pero creo que esta fórmula es muy importante.

Pero es precisamente el elemento insurreccional el que permite no limitar los movimientos a su carácter defensivo.

Me parece importante que en la Nuit Debout, en el movimiento de los Chalecos Amarillos y en las huelgas actuales contra la prolongación de la edad de jubilación no solo haya habido desesperación, así como que no se trate únicamente de luchas defensivas. Estos movimientos aportan también una dimensión constructiva, un elemento de esperanza y de imaginación para el futuro. No se trata solo de defender conquistas, por fundamental que sea la defensa de estos logros. Cada vez está más presente la doble idea de que la sociedad puede organizarse de otro modo y de que, por otra parte, las personas de abajo, como diría nuestra tradición política común, tienen una capacidad real de hacer que la sociedad funcione de forma diferente.

Desde luego, hay experiencias recientes que han tenido que desempeñar un papel importante para alimentar esta idea. No es una cuestión de espontaneidad. No creo que la idea de la gente que sale a la calle sea: “Somos el pueblo, tomemos las cosas en nuestras manos” contra esta casta de oligarcas y tecnócratas. No creo que la gente crea –esto es un poco el mito de la Comuna de París– que basta con tener asambleas del pueblo para gobernar un país. Son perfectamente conscientes de que no solo hacen falta funcionarios, sino también organizaciones y estructuras. Pero quienes nos gobiernan han demostrado recientemente que hay una especie de impostura en la pretensión de las clases dirigentes de ser las únicas capaces de gobernar.

La covid-19 ha sido una experiencia muy interesante a este respecto. Tanto en los hospitales como en las escuelas o los institutos, todo se habría derrumbado, nada habría podido funcionar si el colectivo del personal de los hospitales o el de los profesores no hubiera compensado las contradicciones y el desorden provocados por las instrucciones que venían de la administración central.

De esta guisa, el pueblo ha experimentado una capacidad colectiva de organización y de gobierno, y sabe que este poder tecnocrático neoliberal que pretende gobernarlo todo provoca en realidad desórdenes por todas partes. Por supuesto, podemos y debemos plantearnos la cuestión de si no existe una estrategia perversa –y volvemos así a nuestro punto de partida– y totalmente deliberada para desorganizar los grandes servicios públicos al objeto de favorecer su privatización, es decir, de instaurar sistemas de servicios fundamentales totalmente privados y organizados con arreglo a las clases, un sistema con los ricos o ultrarricos con escuelas privadas, hospitales privados, clínicas privadas, pensiones de capitalización, etc., por un lado, y el pueblo llano con servicios degradados, por otro lado. A pesar de que elementos de la tradición de la “République Sociale” han retrasado relativamente este proceso, las cosas también están mal en Francia: basta con acudir a una cita hospitalaria para comprobar que hay escasez de personal. Así que puede ser que haya una estrategia perversa por parte del poder: de hecho, vemos que mientras afirman querer salvar los servicios públicos, están echando abajo todo.

Para terminar sobre este punto, no estoy diciendo que el movimiento social al que asistimos, que viene después de otros movimientos, vaya a conseguir más que los anteriores invertir el curso de esta historia, de esta política. Sin embargo, me impresiona mucho el hecho de que, cada vez que se presenta la ocasión, cada vez que se defiende algo esencial, resurge esta doble dimensión constructiva y esperanzadora.

Y hay algo más que invita a la reflexión: los Chalecos Amarillos, por ejemplo, fueron tan populares porque mucha gente en Francia pensó que esas personas hablaban en nombre de todos nosotros y luchaban por nosotros. No es un movimiento que involucrara a una mayoría de ciudadanos franceses; la “Nuit Debout” tampoco lo hizo, aunque por motivos distintos. No hay que idealizar el movimiento actual, no todo el mundo participa en él de la misma manera, pero en este sentido creo que los sondeos son reales cuando muestran que una gran mayoría de franceses apoya el movimiento.

Y hay otros indicios: si una inmensa mayoría de trabajadores, precarios o no, no estuvieran ahogados por el aumento del coste de la vida y por unos salarios cada vez más bajos, tendríamos cuatro o cinco veces más gente en las huelgas y manifestaciones. He leído el texto de Frédéric Lordon, que afirma que el poder ahora solo se mantiene gracias al hilo que lo une a la policía y a Darmanin [ministro del Interior]. Este análisis no me parece correcto: el poder tiene todo tipo de recursos, incluida una Francia de derechas o de extrema derecha con la que puede aliarse. Pero lo cierto y sorprendente es que el poder se encuentra en un estado de aislamiento y de impotencia política.

(…)

Si miramos a Francia con una perspectiva europea, ahora mismo, tiene una dimensión de lucha institucional que otros países no tienen. ¿Cómo te lo explicas?

Sí, es impresionante, aunque debo tener cuidado de no caer en el narcisismo.

Creo que es importante hacerse esa pregunta, también porque has hablado de esperanza. Y estamos de acuerdo, también necesitamos esperanza. En tu opinión, ¿este “modelo francés” de luchas podrá llevar a que se muevan otros países europeos? Pienso en Alemania o Italia, por ejemplo.

Ay, amigo, no lo sé. Porque precisamente he vivido la esperanza, seguida más tarde por la desilusión, de que se creara en Europa algo así como un espacio político común, en el que no solo pudieran circular ideas y proyectos organizativos, sino también en el que los movimientos sociales y políticos surgidos de abajo pudieran animarse y reforzarse mutuamente.

Nunca pensé que desaparecerían las fronteras; soy muy consciente de que las tradiciones nacionales son fuertes, de que el poder se organiza a escala nacional y de que las luchas obreras y, más en general, populares, también. Sin embargo, yo creía no solo en el internacionalismo, sino también en la internacionalización de las dinámicas políticas. Y esta idea alimentó en mí y en otros la esperanza y el objetivo de poner en marcha un movimiento constituyente, expresión que utilicé en el momento de la crisis griega en un texto escrito junto con Sandro Mezzadra y Frieder Otto Wolf, y no es casualidad que lo firmáramos un francés, un alemán y un italiano. Sandro había mencionado ese concepto, un “momento constituyente para Europa”, y a partir de ahí escribimos juntos. Nos referíamos a una alternativa política concebible a escala de la propia Europa, y a nuestro juicio esta cobraba aún mayor importancia en la medida en que todos rechazábamos el nacionalismo, el soberanismo que tanta influencia tiene en una parte de la izquierda de cada país.

Cada cierto tiempo hemos nutrido la esperanza de que causas comunes a todos los pueblos de Europa pudieran servir de cemento para la cristalización, para el cambio de escala del espacio de las luchas sociales y políticas, algo tanto más necesario cuanto que se trata de un recurso fundamental utilizado por el capitalismo actual para organizar los poderes de decisión real tanto en el plano nacional como supranacional. En el plano transnacional, ya no existen formas de protesta, al menos en apariencia, a excepción del nacionalismo.

Para nosotros, las causas en juego eran otras. Pensábamos que era el apoyo a experiencias de izquierda o de extrema izquierda, como Syriza en Grecia o Podemos en España, la resistencia a la financiarización extrema. También pensábamos que era la defensa de los derechos de las personas migrantes y refugiadas.

El movimiento contra la crisis climática, “fin du monde, fin du mois”, quizás pueda ser una respuesta en este sentido para repensar una nueva dimensión que cruce fronteras.

¡Ahí estamos de acuerdo, amigo! Es el candidato más serio a una transnacionalización de las luchas, y quizás nos hayamos equivocado al no hablar de ello hasta ahora. Y aquí tocamos otra contradicción en el seno del pueblo. Es muy interesante y puede ser decisivo que en este momento haya en Francia, al mismo tiempo, aunque no a la misma escala, un movimiento de protesta social y de defensa de las conquistas del estado del bienestar, por un lado, y por otro un movimiento cada vez más visible contra la destrucción del medio ambiente, y en particular contra la política del capitalismo extractivo del medio ambiente. Se trata de una causa potencialmente transfronteriza.

Eso sí, no hay una fusión absolutamente espontánea de los dos, y precisamente por eso, como muchos otros, digo que la discusión debe desarrollarse entre las las bases, y por supuesto con mediadores, sindicalistas y tal vez intelectuales, para garantizar que la gente hable, que la situación no se quede empantanada. Por un lado –y quede claro que no quiero presentarlo de forma caricaturesca– tendríamos trabajadores que tienen interés, o que creen tener interés en que continúe el productivismo, porque de ahí se deriva su empleo, su nivel salarial; y por otro lado, jóvenes y no tan jóvenes –y yo soy uno de ellos– que están apegados a la idea de que solo podemos salvar algo del medio ambiente a condición de que nos comprometamos con la vía del decrecimiento. Esto es potencialmente transnacional.

El concepto de decrecimiento. Durante mucho tiempo no nos hemos adherido a esta visión del decrecimiento. Creo –y éste es el debate que tenemos dentro de la comunidad política a la que pertenezco– que debemos adoptar esto como un punto cardinal de lucha.

Yo también lo creo, pero tenemos que ser serios y explicar que el decrecimiento no es el cierre de todas las fábricas y la vuelta a la vida de los cazadores-recolectores amazónicos. Es una transformación de la sociedad industrial.

Y, por lo tanto, también un rechazo de este modelo capitalista de sociedad industrial que destruye la vida.

Sin duda!

Quizá podamos formularlo de esta manera: se trata de reflexionar y comprometerse concretamente en la cuestión estratégica de cambiar el modo de producción.

Sí, precisamente, se trata de un cambio del modo de producción, y me refiero aquí a la definición elemental de la expresión “modo de producción”.

Y en este necesario cambio de modo de producción también hay cosas que tienen que “crecer”, como los servicios públicos, las actividades asistenciales, la circulación del conocimiento, la educación, etc.

Sí, claro, y aquí es donde llegamos al meollo del problema, porque hay que estudiar la necesidad de una planificación democrática. Es decir, una planificación que implique la iniciativa de toda la población desde abajo (y no el Gosplan que viene desde arriba) en la transformación de los modos de vida y de los servicios. Si se dice que hay que reorganizar la sanidad y los servicios médicos, se llega inmediatamente al meollo del problema. La gente tiene tumores; la vida humana está hecha de fluctuaciones permanentes entre lo normal y lo patológico de distintas maneras, y para hacer que todo esto sea soportable hacen falta una serie de medios técnicos, y por ende hay que producirlos, no se trata de volver a ser campesinos en la Edad Media.

Y a este respecto cabría trazar un vínculo entre este tema ecológico y la reforma de las pensiones. En la Universidad de París 8 insististe en la importancia del hecho de que la movilización comenzó en torno al rechazo de la reforma de las pensiones, y que el tema de las pensiones no es solo un “pretexto” para oponerse a las políticas de Macron en general, sino una cuestión fundamental sobre qué tipo de sociedad queremos construir. Es un asunto decisivo, porque está en juego la relación entre el tiempo de trabajo y el tiempo de vida; y el cambio en el modo de producción implica también eso, repensar esta relación desde una perspectiva ecológica. Abandonar la carrera a ciegas del productivismo probablemente signifique preguntarnos qué debemos producir y cómo debemos hacerlo, y reflexionar sobre el hecho de que hay una serie de actividades en nuestra vida que ya, aquí y ahora, no responden a la lógica mercantil y que han de ser reforzadas.

El tema de las pensiones plantea toda una serie de cuestiones políticas muy interesantes. Un tema que surge constantemente en los discursos de la clase dirigente en este debate es: “¿Cómo vamos a defender a escala europea un sistema de pensiones que presenta una disparidad total respecto a lo que se hace en todos los demás países europeos? En todas partes la edad de jubilación es de 65 o incluso 67 años, como en Alemania o Italia, y vosotros en Francia os jubiláis a los 62 años, ¡sin dar un palo al agua! No se pueden defender tales privilegios!”. Esto se complementa con el discurso de Macron, que no para de repetir que los franceses no trabajan lo suficiente, que son perezosos.

Podríamos entrar en detalle para entender qué hay detrás de la abstracción de estas cifras, es decir, hasta qué edad trabaja realmente la gente en otros países europeos, y también en Francia, teniendo en cuenta que el límite de edad de 62 años no significa desde luego que todo el mundo acabe a los 62 años, a veces están en paro con esa edad o siguen trabajando más años porque el importe de su pensión a los 62 sigue siendo demasiado bajo.

Y luego podríamos adoptar el punto de vista de que, en lo fundamental, cuanto más puedan protegerse los trabajadores de la sobreexplotación, mejor para ellos y, en ese sentido, en lugar de culpar a los franceses por trabajar menos que los italianos y los alemanes, ¡deberíamos desear que los italianos y los alemanes se jubilaran antes!

Lo dije rápidamente en mi texto: sorprende comprobar hasta qué punto el debate sobre las pensiones verifica el concepto marxista o marxiano, muy sencillo pero fundamental, del valor de la fuerza de trabajo y de su explotación. A condición, claro está –y esto está en la propia lógica de Marx, creo yo–, de que salgamos del punto de vista microeconómico, es decir, de creer que el valor de la fuerza de trabajo sólo se define a escala del día y del año.

Por el contrario, es un concepto que atañe a toda la vida del trabajador. Si nos planteamos el problema de saber a qué precio se compra y se vende la fuerza de trabajo, vendida por los trabajadores y comprada por el capital, es evidente que en el sistema actual –y esto no era así en la época de Marx– debemos incluir en este valor tanto los salarios que las personas ganan durante su vida como las pensiones que cobran después. Y así, desde este punto de vista, la ofensiva actual del capital francés consiste en ejercer la máxima presión sobre esa remuneración total. Es la misma lógica que encontramos en el capítulo de El Capital dedicado a la jornada de trabajo, salvo que aquí no razonamos en el plano de la jornada de trabajo, sino de toda la vida.

Si planteamos el problema en términos de distribución del valor producido por el conjunto de la sociedad, me parece que la cuestión cambia de sentido. La desigualdad de la distribución no deja de crecer bajo el sistema actual; el desmantelamiento de las conquistas tradicionales de la seguridad social y del sistema de pensiones forma parte de los medios que utiliza el capital para reducir aún más el precio al que compra la vida de los trabajadores. Por lo tanto, ¡la defensa de todos los aspectos de esa remuneración, directos e indirectos, es el meollo de la lucha de clases!

Llegados a este punto, más que preguntarse si es justo jubilarse a los 62, 65 o 67 años, la pregunta que hay que hacerse es si los trabajadores, incluidos los de los servicios, es decir, los que constituyen la inmensa mayoría de la sociedad, tienen lo suficiente para vivir digna y correctamente en el mundo actual. La respuesta es la siguiente: aunque es cierto que partimos de un nivel muy alto, porque los países del Norte se han beneficiado de la imposición imperialista, y el movimiento obrero ha impuesto muchos compromisos al capital durante siglo y medio, la tendencia general se encamina a la precariedad, a la proletarización de los niveles de vida.

Pero hay otro aspecto del sistema de pensiones en el que hay que insistir, y es el que has mencionado antes: no solo se trata de cómo se distribuyen los productos del trabajo, teniendo en cuenta las grandes desigualdades que existen entre hombres y mujeres, sino sobre todo de cómo se divide la vida entre trabajo y actividad libre.

El trabajo es una categoría que tiene que ser discutida, reflexionada, criticada; es cierto que una tradición en el marxismo contemporáneo, pienso en Postone y otros, afirma que la noción misma de trabajo es una noción capitalista. Esto es cierto. Aunque Marx escribió que el objetivo de la sociedad comunista es reducir el tiempo de trabajo al máximo para liberar tanto tiempo como sea posible para la actividad libre, en realidad –podría equivocarme– no creo que el trabajo sea lisa y llanamente esclavitud. Por el contrario, creo que podemos y debemos pensar que hay en el trabajo una condición que hay que organizar de otra manera para realizar la propia vitalidad, la propia potencia de acción.

Sin embargo, lo cierto es que, por otra parte, hoy es fundamental saber si los individuos y las sociedades disponen de tiempo libre para actividades distintas que las que están al servicio de un empleador. En este debate sobre las pensiones, se ofrece una imagen caricaturesca del pensionista como alguien que está sentado en su sofá delante de la televisión –es la imagen caricaturesca del prolo francés, que vive a mesa puesta por su mujer y que el día de la jubilación se sienta en el sofá con su cigarrillo a ver la televisión–. Pero eso no es lo que hacen los jubilados.

Participan por ejemplo en actividades asociativas, en la economía social y solidaria; realizan múltiples actividades que participan en la producción de riqueza en la sociedad.

¡Ya lo creo! Y esto se pone de manifiesto si hacemos hincapié en la importancia de los cuidados, los servicios y la solidaridad. Marx tenía buenas razones para decir que el trabajo se socializa, pero el trabajo que se organiza en formas capitalistas crea muy poca solidaridad en el seno de la sociedad. Y por eso es interesante comprobar que las personas que ya no están obligadas a ir todos los días a su oficina, a su empresa, son las que transmiten su vitalidad, su conatus, que diría Spinoza, al campo de las actividades asociativas, sin las cuales la sociedad no podría vivir. Se trata, por lo tanto, de personas sumamente útiles. Y no hay que preguntarse cómo se evalúa el valor mercantil de sus actividades, porque no son actividades mercantiles. No digo que sea el comunismo, no lo sé, pero sin duda es el no-capitalismo, sin el cual las sociedades no podrían sostenerse.

Es tal vez lo que podemos llamar la comuna.

Por supuesto, es una forma de comuna, una de las formas de comuna. La imagen caricaturesca del pensionista es la del ultraindividualismo. Hay muchas cosas que van en este sentido: hace unos días leía un artículo en Le Monde que decía que el debate francés sobre las pensiones tenía que provocar estupor al lector del Québec, porque allí tienen el mejor sistema de pensiones del mundo. Ese sistema se basa en las capitalizaciones individuales, y son capaces incluso de explicar que los fondos de pensiones invierten eligiendo, de manera ética, inversiones “limpias” en todo el mundo, desde África hasta China, ¡lo que significa que su sistema sería un sistema internacionalista y no nacionalista! Cada cual trabaja para sí mismo, cada cual contribuye para sí mismo y, al final de la historia, ¡cada cual vive solo y muere solo! No digo que el problema de las pensiones lo sea todo, y además tengo una tendencia hacia lo que Hegel, y luego Marx, llamaban empirismo especulativo, es decir, que cuando pasa algo lo abordas como una apuesta teórica fundamental. Pero desde luego no es una batalla conservadora.

No tiene nada de conservador, y si la “jeunesse”, los protagonistas del movimiento y de los “débordements” después del recurso al art. 49.3, se han tomado la cuestión de las pensiones tan en serio y tan a pecho, es porque ven en esta batalla algo que remite inmediatamente a la cuestión de la vida de la sociedad, y de ahí a la cuestión de la vida del planeta, de la ecología. Sobre esto circulaba un cartel muy divertido: “Quiero jubilarme antes del fin del mundo”.

¡Sí, son muy graciosos! Tal vez podamos ver en sus consignas y en su experiencia una manera de articular orgánicamente la cuestión de la precariedad y la de la jubilación. En algunos aspectos, la jubilación es la antítesis de la precariedad. Puede parecer paradójico, aunque no lo es, que los jóvenes, cuyo primer problema consiste en comprender las condiciones en las que van a poder encontrar un trabajo, no anden buscando la seguridad, como si fueran pequeños burgueses.

Su objetivo no es sólo tener un sueldo a fin de mes, aunque eso sea importante. Les gusta hacer otras cosas en su vida y no limitarse a ir a la oficina. Y a este respecto el teletrabajo no resuelve nada. Quieren hacer otras cosas en su vida, militar por la ecología o inventar nuevas actividades artísticas y culturales, pero su problema inmediato es la precariedad. Por un lado, se les impide hacer planes personales y, por otro lado, se les echan abajo las formas de empleo que se han venido construyendo prácticamente a lo largo de un siglo.

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Esta entrevista se publicó en italiano en Global Project.

Traducción de Raúl Sánchez Cedillo.