Nesrine Slaoui: “Decir que la meritocracia no existe es una realidad cuantificable”

La autora de Illégitimes (Fayard, 2021) analiza el mito meritocrático desde la perspectiva del feminismo interseccional.

Por Nesrine Slaoui / Politis

¿Se trata solo de tener la rutina matutina y la mentalidad adecuadas? ¿O es, en última instancia, una cuestión de la ley de la atracción y un salto cualitativo? Quizás los gurús de internet tengan razón. Solo quienes no se esfuerzan no logran hacerse ricos ni tener éxito en la vida.

En cualquier caso, este es el enfoque que promueve el desarrollo personal de estilo New Age, que no solo es un éxito de ventas, sino que también domina el discurso de empoderamiento en redes sociales. Este enfoque afirma que las verdaderas soluciones para encontrar el propio lugar y prosperar en una sociedad desigual residen en una hiperindividualización de los problemas —«¡No es la sociedad, eres tú!»— y en un misticismo híbrido de diversas creencias.

Hace unos años, animada por una amiga emprendedora de éxito, participé en un programa de coaching grupal exclusivo para mujeres, la mayoría norteafricanas. Se trataba de una serie de videoconferencias en las que la coach explicaba cómo «reprogramar nuestras creencias, nuestro cerebro, para impactar en nuestras vidas e incluso en nuestra relación con el dinero», sin ninguna base científica real y con un uso excesivo del término «energías».

Perdí el interés rápidamente, aunque seguí asistiendo, porque el verdadero interés para mí residía en otra cosa: en las historias y testimonios de estas mujeres que relataban traumas profundos y las realidades cotidianas de vidas lastradas por el sexismo y el racismo. Sin embargo, todas estaban decididas a construir su independencia financiera —de sus maridos o jefes— y a encontrar la vía libre en el capitalismo que les permitiera enriquecerse sin sucumbir a la hiperproductividad ni comprometer sus propios valores.

Privilegios y Discriminación

Cuando publiqué mi primer libro, Illégitimes (Fayard, 2021), que narraba mi trayectoria desde un proyecto de viviendas sociales en la región de Vaucluse hasta Sciences Po en París —una trayectoria que muchos medios de comunicación presentaron como modelo al plantearme preguntas irrelevantes—, realicé una serie de presentaciones en escuelas. Tuve que encontrar el equilibrio adecuado entre denunciar la reproducción social y no desanimar a quienes pudieran verse tentados a cursar estudios superiores a pesar de su origen obrero o inmigrante.

Decir que la meritocracia no existe es un hecho demostrado por las estadísticas. Es necesario recordar que en Francia las posiciones sociales se heredan de generación en generación y que los privilegios, en particular los financieros, se acumulan tanto como, para otros, la discriminación.

Lamentablemente, no es cuestión de fuerza de voluntad. Pero debemos encontrar la manera de expresarlo sin erosionar la autoestima, ya debilitada por la violencia social, de las generaciones más jóvenes. Porque para enfrentarse a un sistema hostil, se necesita mucha autoestima y confianza en uno mismo.

Decir que la meritocracia no existe no es lo mismo que afirmar que quienes escapan a las estadísticas, a menudo por los pelos, no lo merecen. Ese es un discurso dirigido a quienes han heredado privilegios, ciegos a las ventajas que han disfrutado. Criticar el mito de la meritocracia pretende deconstruir las narrativas empresariales desconectadas de la realidad de la desigualdad, no atacar a quienes han acumulado trabajos sin futuro, currículums rechazados e insultos mientras intentan hacerse un hueco en círculos cerrados.

Menciono esto porque, recientemente, la crítica a la meritocracia —vinculada a la lucha anticapitalista— se ha dirigido contra mujeres racializadas y públicas para deslegitimarlas, como Léna Situations y Théodora. Sin un análisis de las dinámicas raciales y de género, estas críticas sesgadas pueden convertirse en un medio más para silenciarlas.


Katharina Pistor: «Nuestro sistema monetario erosiona la democracia»

Por Robin Jaspert

Para lograr una sociedad más justa se necesita un sistema monetario diferente, opina la jurista Katharina Pistor. En esta entrevista, habla sobre el problema con las criptomonedas, el futuro del euro y cómo podrían funcionar los bancos democráticos.

El dinero es la infraestructura del capitalismo global, según la jurista Katharina Pistor, quien se ha labrado un nombre con su investigación sobre los fundamentos jurídicos de los mercados de capitales globales. Ahora se dedica al sistema monetario. En su análisis, este constituye, junto con el sistema jurídico, la base de la acumulación de capital global.

El Instituto de Investigación Social de Fráncfort invitó este año a la jurista, que trabaja en la Universidad de Columbia en Nueva York, a las Conferencias Adorno anuales que se celebraron en octubre. En el marco de tres conferencias, Pistor introdujo los fundamentos de un análisis crítico del sistema monetario y abogó por un sistema monetario diferente y socialmente justo, para gran disgusto de los numerosos banqueros que participaron. En una entrevista con Jacobin, explicó lo que significan las criptomonedas y el auge de China para el sistema monetario y cómo imagina un sistema monetario socialmente justo.

El subtítulo de tu conferencia es «Reorganización del sistema monetario». ¿Cómo debe reorganizarse el sistema monetario?

En primer lugar, debemos comprender cómo funciona el sistema monetario y cómo ha llegado a ser lo que es. Sobre esta base, podemos debatir y decidir si el sistema es viable y compatible con las ideas normativas de una democracia. Mi conclusión: este sistema es un obstáculo para una sociedad más justa y contribuye a la erosión de nuestra democracia, al daño medioambiental y a muchos otros problemas. Muchas cosas pueden atribuirse al sistema monetario. Por lo tanto, si necesitamos otro sistema monetario, surge la pregunta: ¿cómo debería ser?

Antes de abordar la cuestión de cómo podría ser ese sistema monetario, analicemos el sistema actual. En tus clases dices que, para ti, las criptomonedas no son dinero. ¿Por qué?

Las criptomonedas no son equiparables con el dinero emitido por el Estado. Y esa es la pretensión que Bitcoin reclamó al principio. «Somos un sustituto, un nuevo sistema monetario y no necesitamos al Estado», decían. El problema de las criptomonedas es que no pueden cumplir dos de las funciones esenciales del dinero. No son una medida de valor estable ni un medio de conservación de valor. Son volátiles, más volátiles que muchos otros instrumentos financieros. Para mí, esto muestra que son un instrumento financiero especulativo y no dinero.

¿Entonces solo son un medio de intercambio?

Exacto, al igual que muchos otros instrumentos financieros, se utilizan como medio de intercambio. Pero no pueden cumplir las funciones que hacen que un sistema monetario sea escalable, sostenible y estable. Ahora están surgiendo las stablecoins. Pero eso muestra lo poco convincente que es el sistema. Dicen: «Creamos una alternativa al sistema monetario estatal. Pero solo podemos estabilizarla respaldándola con fondos estatales como garantía». Entonces tengo una versión híbrida que se aferra al dinero estatal, como hacen los bancos. Desde el punto de vista estructural, no tenemos nada nuevo.

¿Entonces las criptomonedas no suponen un peligro para el orden monetario?

Suponen un peligro en la medida en que tenemos un nuevo instrumento financiero que se vincula cada vez más al Estado y que, en caso de emergencia, debe ser rescatado. Así es como se desarrolla el sistema financiero. Se crea algo nuevo, el Estado no lo restringe y, posteriormente, se legitima porque el Estado interviene. Finalmente, la cobertura de seguro que se concede a los bancos regulados por los Estados se transfiere a las criptomonedas para que el sistema no colapse.

Andrew Bailey, gobernador del Banco de Inglaterra, ha propuesto en el Financial Times que las stablecoins tengan acceso a las reservas del banco central. ¿Qué opinas al respecto?

No se debe hacer eso. Es una catástrofe. Se les da legitimidad. Se hace responsable a la sociedad de los excesos de un sistema monetario crediticio privado de nueva creación.

Sería la privatización de los beneficios y la socialización de las pérdidas, tal y como lo conocemos desde la crisis a partir de 2007. Tanto entonces como ahora circulaba el argumento: «Ahora ya existen. Ahora, para evitar crisis sistémicas con repercusiones masivas, debemos rescatarlas en caso de crisis».

Así es exactamente cómo funciona. Siempre funciona así. «Cuando sea lo suficientemente grande, tendréis que rescatarme», dicen. Y eso es lo que hacemos, despilfarrando recursos sociales en sistemas que especulan en exceso. Pero como su caída sería muy costosa para todos los demás, el banco central o el Estado simplemente intervienen y los rescatan a todos. Ese no es un sistema que funcione. Es un riesgo moral (moral hazard). Apuestan por que el Estado les respalde y lo combinan con una ideología de libre mercado. Eso es hipócrita.

La ideología libertaria de la desballestación del Estado es promovida actualmente por Javier Milei, Donald Trump y sus aliados en Silicon Valley, entre otros. Por un lado, exigen la desmantelación del Estado, pero por otro lado necesitan un Estado fuerte que garantice sus beneficios. ¿Cómo puede funcionar eso?

Lo que está ocurriendo en Estados Unidos desde enero es una toma de control privada del Estado por parte de la industria tecnológica. Cuando todos los «tech-bros» se sentaron en primera fila en la toma de posesión de Trump, muchos dijeron que era una muestra de sumisión de la industria tecnológica ante Trump. Yo dije que era una toma de control hostil del Estado con la ayuda de Trump. Quieren acceder a los sistemas informáticos de las agencias y ministerios más importantes y a sus datos. Quieren monetizarlos. Han comprendido, y eso es lo hipócrita de toda esta historia, que sin la institución del Estado no pueden llegar muy lejos.

Los datos que pueden obtener del Estado, como nuestros datos de la seguridad social, son de una calidad completamente diferente a los que pueden recopilar de Internet. En última instancia, se trata de hacer dinero con la ayuda de las instituciones estatales. Estas les ofrecen un efecto de escalada para obtener información y recursos de mejor calidad a los que de otro modo no tendrían acceso.

¿Cómo crees que seguirá evolucionando esto?

Lo que ya ha existido en el pasado son las llamadas «compañías estatales», como la Compañía Británica de las Indias Orientales. Eran las mayores empresas coloniales. Algunas eran peores que otras. Pero la idea de gobernar a personas y territorios basándose en mecanismos de lucro siempre ha sido inhumana. Sin embargo, la corona inglesa acabó sustituyendo a la Compañía Británica de las Indias Orientales.

Y transfirieron sus territorios, que antes eran privados, así como sus deudas, al gobierno colonial, que debía pagarse con los impuestos de la población.

Exacto. Y lo contrario está ocurriendo ahora mismo en Estados Unidos. La lógica de una economía privada de alta capitalización se está transfiriendo a las estructuras estatales, apropiándose así de los bienes públicos. De este modo, el bien común queda bajo el control de aquellos que tienen acceso a las estructuras estatales.

En tu enfoque, el dólar estadounidense ocupa el centro de una jerarquía monetaria global. ¿Cuánto tiempo seguirá funcionando esto? Sobre todo teniendo en cuenta que Donald Trump no está precisamente fortaleciendo económicamente a los Estados Unidos y que, entre otras cosas, el Banco Popular de China, el banco central chino, está concediendo líneas de crédito masivas. Entre 2001 y 2021, el volumen ascendió a unos 170.000 millones de dólares estadounidenses y, desde entonces, seguramente ha seguido creciendo. ¿Habrá pronto una nueva jerarquía en el sistema monetario?

Creo que habrá un sistema monetario multipolar. No creo que ninguna jerarquía monetaria sea algo dado por naturaleza. Está configurada por la sociedad. Siempre ha habido diferentes monedas coexistiendo. Incluso dentro de Estados Unidos, hasta la introducción del dólar (greenbacks) se utilizaban el dólar español, la libra esterlina y muchas otras monedas diferentes. Veo que nos espera algo similar si cada vez más actores abandonan el dólar.

Pero no hay ninguna moneda alternativa que tenga tanta presencia en las transacciones internacionales y que sea tan demandada. Por lo tanto, podría haber un mundo multipolar en el que se utilice mucho el renminbi, pero este sigue estando fuertemente controlado por China y no es ampliamente accesible. El euro también desempeñará un papel más importante.

¿El euro?

Creo que sí. Es una de las monedas más importantes junto con el dólar. Como garantía, desempeña un papel importante en determinadas zonas monetarias. Sin embargo, se generará una situación mucho más volátil. Y ya se puede ver que muchos están abandonando el dólar en las transacciones comerciales. Antes estaba claro: el petróleo, todo el comercio internacional a gran escala, se llevaba a cabo en dólares. Eso está cambiando.

Más del 40 % del comercio de importación y exportación sigue cotizándose en dólares estadounidenses.

Esto seguirá siendo así durante mucho tiempo. Es difícil salir de ahí. Pero creo que hay una diversificación, tanto de los actores financieros como de los comerciales. Esto aumentará si el dólar sigue siendo tan volátil como lo es actualmente.

Hemos hablado principalmente sobre el dinero. En tu último libro, Der Code des Kapitals (El código del capital), hablas sobre todo de los mercados de capitales. Has escrito que el derecho internacional del capital se basa en la legislación de Nueva York y Londres, ya que otros mercados de capitales adoptan sus sistemas jurídicos. ¿Esto también está cambiando o es menos dinámico que las jerarquías del sistema monetario?

Creo que eso es aún más sólido. Esto se debe también a que el derecho es muy portátil o se puede hacer portátil. La elección del derecho aplicable por las partes de una transacción o una empresa suele ser reconocida por otros ordenamientos jurídicos. Aquí también podría producirse un cambio, pero por ahora no ha cambiado nada en cuanto al dominio del derecho de Nueva York y Londres en los mercados de capitales. Para ello sería necesaria una decisión legislativa o judicial coordinada de muchos países que dijera: «Ya no aceptamos el derecho extranjero».

La cuestión subyacente es qué derecho se aplica cuando se celebra un contrato entre dos partes que no se encuentran en la misma jurisdicción. ¿Qué derecho es aplicable? ¿Pueden elegirlo ellos mismos? En el derecho internacional privado, desde hace mucho tiempo las partes pueden elegir libremente. Incluso si yo soy de Estados Unidos y tú de Alemania, podríamos celebrar un contrato según el derecho suizo. Lo mismo se aplica a las empresas. Las empresas, como estructura jurídica, se regían inicialmente por el derecho del lugar donde estaban establecidas y solo eran válidas dentro de esa jurisdicción.

En Estados Unidos, esto se debatió y se rechazó en el siglo XIX. El Tribunal de Justicia de la Unión Europea ha adoptado este argumento en una serie de sentencias desde 1999. Los intentos de poner bajo el derecho alemán a las empresas extranjeras con sede en Alemania se consideraron violaciones de la libre circulación de capitales. Por lo tanto, puedo fundar una empresa según la legislación de Luxemburgo o los Países Bajos y operarla en Alemania, eludiendo así las leyes alemanas, como la ley de cogestión.

Como empresa y actor financiero, tampoco me importa lo que suceda con el dólar estadounidense a la hora de elegir la legislación que regirá mis contratos. Aun así, puedo utilizar la legislación de Nueva York para mis contratos de derecho privado. Muchos lo hacen, porque la legislación de Nueva York se adapta muy bien a los deseos del sector financiero, al igual que el derecho contractual inglés. Por lo tanto, esto no va a cambiar tan rápidamente. Los chinos no pueden hacer mucho al respecto. Pero tampoco tienen por qué hacerlo. Simplemente lo utilizan también.

¿Entonces las dependencias de la trayectoria son más fuertes y no suponen una amenaza para el modelo capitalista chino?

Exacto. La elección del derecho aplicable también se permite con relativa libertad en China, aunque con la elección de la moneda es otra historia.

En esta conferencia te centras en el sistema monetario. Antes escribías principalmente sobre el capital. ¿A qué se debe este cambio?

En mi nuevo libro defino el capitalismo como un sistema que se apropia de los recursos sociales para crear riqueza y poder privados. Los dos sistemas sociales más importantes que se utilizan para ello son el sistema jurídico y el sistema monetario. Desde la publicación de El código del capital me he ocupado en profundidad del sistema jurídico, pero el sistema monetario es el otro pilar importante.

¿Qué podemos aprender sobre la acumulación de capital mediante el análisis del sistema monetario?

En el sistema capitalista, ambos van de la mano. El capitalismo intenta hacer realidad hoy las expectativas de ganancias y rendimientos futuros, convertirlas en dinero hoy mismo. Para ello, por un lado, necesito constructos jurídicos que hagan que estas expectativas artificiales sean lo más tangibles legalmente, que sean exigibles y, por lo tanto, negociables. Por otro lado, necesito que las ganancias sean realizables, para lo cual necesito el sistema monetario. Porque quiero convertir mis expectativas de ganancias futuras en un yate ahora mismo, y el eslabón intermedio para ello es el dinero.

¿La infraestructura de la acumulación de capital, se podría decir?

Exacto.

En contraposición, ¿cómo sería para ti un sistema monetario socialmente justo?

En mi opinión, un enfoque interesante es separar el sistema de pagos del sistema crediticio. Además, el crédito no tiene por qué ser la única forma de canalizar las inversiones. Esto también podría lograrse mediante la creación de dinero por parte del Estado o la creación de dinero por parte de bancos estatales con fines específicos.

La economista Grace Blakely propone una gestión del patrimonio público.

La cuestión es si esto se organiza de forma centralizada o a través de bancos especializados en temas específicos. Habría diferentes formas de organizarlo y, por el momento, soy agnóstica al respecto. Lo importante es que las decisiones de inversión deben estar respaldadas y legitimadas democráticamente. Al mismo tiempo, estas decisiones deben poder tomarse con rapidez. Por eso no todo puede estar vinculado a la democracia de base.

A esto se suma que la mayoría de la gente no tiene el valor ni el tiempo para ocuparse constantemente de estos temas. Debe poder delegarse. Pero el proceso no puede desaparecer tras las barreras de un banco central independiente que es políticamente intocable.

¿Qué papel desempeñarían los bancos centrales y el dinero digital del banco central en tu sistema monetario?

Veo un gran potencial en el dinero digital del banco central. Lamentablemente, los bancos centrales actuales no quieren ir en esa dirección. Sin embargo, el dinero digital del banco central podría sustituir a los bancos como sistema de pago para la población, es decir, eliminar a los intermediarios. Todas las personas podrían tener una cartera digital (Wallet) en el banco central. Si así puedo garantizar que las personas reciban sus pagos y puedan acceder a su dinero incluso en tiempos de crisis, desaparece la razón por la que los bancos siempre tienen que ser rescatados en tiempos de crisis.

De este modo, el Estado volvería a ser más autónomo. Los bancos centrales no quieren hacerlo porque temen privar a los bancos de un principio importante para su existencia y, por lo tanto, empujarlos al abismo y tener que rescatarlos de nuevo. Pero si se establece correctamente un sistema monetario digital, en la próxima gran crisis bancaria sería más fácil no dejarse chantajear por los bancos.

Para mí, eso sería un componente esencial de un sistema monetario justo. Si se dice que se separan los sistemas de pago y de crédito, entonces el sistema de pago se garantiza mediante dinero digital del banco central. Pero no creo que los bancos centrales deban ser los que decidan si puedo obtener una hipoteca. Por lo tanto, hay que pensar en cómo funcionaría eso. No creo que la concesión de créditos privados sea condenable en sí misma, pero no tiene por qué estar vinculada a la creación de dinero.

¿Es decir, una mezcla de sistema de pagos público, democratización de la creación de dinero y concesión de créditos privados?

Exactamente, sí.

La gran pregunta es, por supuesto: ¿cómo llegamos a eso?

En mi nuevo libro, The Law of Capitalism and How to Transform It, argumento que hay que reestructurar el sistema desde dentro. Pero, con las relaciones de poder en el sistema financiero y monetario, solo podremos salir de esta situación mediante una crisis masiva. Lo digo después de pensarlo detenidamente y no a la ligera. En 2008 argumenté que era necesario rescatar a los bancos. No había otra opción, porque el riesgo de que el sistema colapsara era demasiado grande.

El economista Hyman Minsky dijo que, en una crisis, hay que inyectar liquidez en el sistema y después invalidar todo, declarar ilegal todo lo que ha contribuido a la crisis. Pero eso no ocurre. En el momento en que he estabilizado el sistema, este se legitima a sí mismo. La ventana de oportunidad política para cambiar algo se cierra de nuevo. Lo vimos en 2008. No hemos cambiado el sistema.

Por lo tanto, me temo que necesitamos una crisis. El riesgo es que también pueda derivar en un fascismo total. Por eso lo digo con mucha reserva.  Pero siendo realista, puesto que este sistema financiero tiene un considerable poder sobre las autoridades estatales y el banco central, no hay otra opción. En mi opinión, desde un punto de vista realista, no se puede imaginar otra cosa en este momento. Espero que, cuando se creen las monedas digitales de los bancos centrales, se puedan mitigar los efectos de la crisis y que dichas monedas se conviertan en la interfaz con el nuevo sistema. Pero para ello, los bancos centrales tendrían que colaborar.

Entonces, por un lado, se necesitarían las posibilidades técnicas para llevar a cabo las reformas y, por otro, en momentos de crisis, las relaciones de poder políticas adecuadas para no caer en el fascismo.

El problema es que no se puede planificar cómo se formarán las relaciones de poder. Es algo imprevisible. Es un poco como la ruleta rusa. Por eso vacilo al decirlo, pero las reformas no nos llevarán a ese punto.

¿Qué te da esperanza?

Desde 2008 ha surgido una bibliografía realmente exhaustiva, escrita por un montón de gente inteligente que ha hecho buenas reflexiones sobre el sistema financiero y monetario y sus alternativas. En 2008 no se alcanzó este nivel, no había alternativas visibles. Había que salvar el sistema tal y como era de alguna manera.

Ahora tenemos una mejor base de conocimientos, así que solo necesitamos las relaciones de poder político adecuadas y entonces estaremos bien preparados para la próxima crisis, ¿no es así?

En principio, sí. En cualquier caso, eso me da más esperanza que cualquier otra cosa. Tenemos las tecnologías. Y tenemos la experiencia de la crisis del Covid, que ha demostrado que el Estado puede actuar. Incluso en muy poco tiempo.

Katharina Pistor imparte clases en la Facultad de Derecho de la Universidad de Columbia en Nueva York e investiga los fundamentos jurídicos del capitalismo y su sistema financiero y monetario. Entre sus publicaciones destaca «El código del capital: cómo el derecho crea riqueza y desigualdad».

Texto original: https://jacobin.de/artikel/finanz-zentralbanken-krypto-kapital-euro-dollar-kapitalismus

Traducción: Jaume Raventós

 

Decio Machado: «Reflexionar en tiempos de derrota»

Intervención de Decio Machado en la presentación del libro «ELUDIR LA GUERRA. CONSTRUIR NUEVOS MUNDOS» de Raúl Zibechi en la Universidad Politécnica Salesiana en Quito

Buenas tardes a todas y todos,

Este último trabajo de Raúl Zibechi es una obra de reflexión política profunda sobre las relaciones entre Guerra, Capitalismo, Revolución y Resistencia de los Pueblos.

Y no es baladí que esto se haga en momentos de derrota política y cultural de todos aquellos mundo de los venimos. De los mundos a los que hemos pertenecido, donde nos hemos formado y los que han hecho de nosotros -para bien y para mal- lo que somos hoy.

Y lo hace además en momentos de “contrarrevolución”, lo que, nada más y nada menos, implica literalmente una revolución al revés. Citando al maestro Paolo Virno, filósofo y activista marxista recientemente fallecido en Roma, una “contrarrevolución”, igual que su opuesto simétrico, no deja nada inmutable. Determina un estado de excepción en el que parece acelerarse el ritmo de los acontecimientos. Construye activamente su propio «orden nuevo». Forja mentalidades, actitudes culturales, gustos, usos y costumbres, en suma, un sentido común inédito…y lo hace ocupando y colonizando el territorio del adversario… es decir, lo que había sido nuestro territorio, dando otras respuestas a las mismas preguntas a las que nosotros decíamos responder.

Si, la época actual es la de la angustiosa constatación de una gran derrota. Habitamos un mundo gobernado por fuerzas políticas autoritarias, xenófobas, racistas, homofóbicas, cuyos discursos dominantes no cesan en su propósito de producir y habilitar pulsiones fascistas y tanáticas. Y para mal, América Latina conoce bien de estas cuestiones.

Pero más allá de los porqués de esta derrota o respecto a si dicha derrota es temporal o indefinida, opiniones y teorías al respecto hay para todos los gustos, lo que hace Zibechi es romper con las dos reacciones que predominan entre la “teórica” intelectualidad de las izquierdas en estos momentos de invierno: caer en un profundo trance emocional mezcla de melancolía, nostalgia, depresión, burnout, amargura, trauma y duelo; u optar por una irreflexiva reafirmación identitaria carente de críticas y justificadora de todo tipo de errores y excesos cometidos en el pasado.

Atrevido e irreverente como es el pensamiento y la figura de Raúl Zibechi, quienes lo conocemos y hemos compartido junto a él distintas historias podemos dar fe de ello, lo que se plantea en este libro es otra cosa. Es un análisis teórico e histórico sobre cómo la guerra forma parte del eje núclear del capitalismo, pero a su vez tambien se constituye en la raíz de la derrota de muchos procesos revolucionarios a lo largo de la historia.

Pero en este trabajo titulado “Eludir la guerra. Construir mundos nuevos”, el amigo Raúl también nos habla de alternativas, nos dice que desde los pueblos se articulan caminos… exponiendo distintas experiencias latinoamericanas —El Salvador, Guatemala, el zapatismo, los pueblos mapuche, nasa, garífunas, etc.— que muestran alternativas no militaristas para la emancipación.

Raúl Zibechi sostiene que el capitalismo no puede existir sin guerra: la guerra contra los pueblos y contra la Tierra; la violencia estructural del sistema —desde el extractivismo hasta la represión estatal— forma parte de su dinámica de acumulación; y retoma a autores como David Harvey (con su tesis sobre la acumulación por desposesión) o Frantz Fanon (en referencia a la cuestión de la descolonización y la psicopatología de la colonización), a la vez que posiciona una tesis diferencial: en el Sur global, la guerra no es una excepción, es la forma normal de gobierno.

Para el autor, y en consonancia con el pensamiento zapatista, la globalización neoliberal es una “cuarta guerra mundial”, concepto tomado del subcomandante Marcos cuando nos dijo aquello de que: “El enemigo ahora es la humanidad misma; todo lo humano que se opone al mercado debe ser destruido”.

Raúl nos habla de una militarización del pensamiento crítico. Aquí denuncia cómo la izquierda del siglo XX interiorizó la lógica militarista: los dirigentes comunistas -como Alexander Losovsky- concibieron la huelga como “batalla”, la organización sindical como “ejército”, y al adversario como “enemigo a aniquilar”; y como esta concepción impregnó la política revolucionaria: el partido como ejército, el Estado como botín de guerra. Según Zibechi, esa visión destruyó la creatividad popular y convirtió las revoluciones en reproducciones del orden autoritario que combatían.

Apoyándose en las tesis de sociologos estadounidenses como Charles Tilly y Theda Skocpol, el autor concluye que la guerra crea Estados y que las revoluciones —de la francesa a la china— solo produjeron Estados más fuertes, burocráticos y represivos. “La lógica revolución/guerra/Estado poderoso hace que los de abajo terminen más sometidos que antes” textualmente sentencia Zibechi.

Y a partir de ahí que este trabajo rescata el pensamiento del líder kurdo Abdullah Öcalan, posicionando reflexiones en torno a que el capitalismo no es solo economía, es una forma de poder violento y patriarcal; que no se puede liberar a los pueblos creando nuevos Estados, sino tejiendo confederaciones democráticas; o que la obsesión por conquistar el poder estatal fue “la trampa histórica del socialismo”, entre otras cuestiones…

Zibechi retoma también a Walter Benjamin, maestro de maestros, para afirmar que los pueblos viven permanentemente en “estado de excepción”, y que la verdadera acción revolucionaria debe situarse junto a los oprimidos, no en las instituciones.

Como pueden apreciar y perdonen la broma, la tesis antimilitarista expuesta en esta obra nada tiene que ver con el “Power Flower” nacido a mediados de la década de 1960… nada que ver con la psicodelia, el LSD o el ofrecerle flores a los policias y militares que nos reprimen. En definitiva, nada relacionado a la metáfora del poder de lo blando.

El amigo Raúl entiende la guerra contemporánea como una guerra total y difusa, donde: los ejércitos asumen el rol de los policías; el narco y el paramilitarismo son instrumentos económicos; las políticas sociales son militarizadas para neutralizar resistencias; y la violencia funciona como herramienta de control territorial y de destrucción de comunidades.

Además, en el libro se introduce una lectura biopolítica de la guerra mediante la cual: los ejércitos y el capital son interpretados como “macroparásitos”, que actúan devorando la energía social de los pueblos hasta eliminar sus “anticuerpos”, es decir, sus formas comunitarias de vida.

Y es a partir de ahí, cuando el autor recopila experiencias de cómo distintos pueblos latinoamericanos resisten sin reproducir la lógica de la guerra… siguiendo la consigna zapatista de que “el camino y el caminar son la meta” y que la resistencia consiste en crear formas de vida autónomas, no en disputar el poder estatal.

Quiero cerrar mi intervención con una conclusión final. Los tiempos de derrota son tiempos de desolación, de crisis, de incertidumbre y de desorientación. Se pierde porque se ha sido vencido y se pierde aquello que, al menos en apariencia, no puede recuperarse porque ha fenecido. Y la pérdida, como ya sabemos, produce dolor… Pero la derrota no sólo es dolorosa por haber fracasado. Lo es también por constatar aquello, citando al novelista argentino Robert Arlt, de que “sólo se pierde lo que realmente no se ha tenido”.

“Eludir la guerra. Construir mundos nuevos” no es un libro que romantice melancólicamente ni la “Era de la Revolución”, como definió el historiador marxista Eric Hobsbawm al período comprendido entre 1789 y 1848… ni tampoco las múltiples luchas emancipatorias y decoloniales que vinieron después. En este trabajo no se hace apología de la revolución rusa, entendiéndola como la conquista del poder político por la clase trabajadora de obreros y campesinos, bajo la dirección de su vanguardia, el Partido Bolchevique como la fuerza fundamental del proceso revolucionario en el eslabón más débil de la cadena del imperialismo, según lo definió Lenin a la Rusia zarista.

No, este trabajo y su autor entienden que el tiempo de la derrota también puede inaugurar la posibilidad de una catarsis colectiva, un instante en el que sea posible pensar la urgencia con paciencia, un momento en el que la capacidad crítica pueda ser recobrada para convocar ideas pasadas sin copiarlas, para traducirlas sin imitarlas, para extraer de ellas todo aquello que pueda servirnos para repensarnos hoy…

Cito un párrafo de este libro en alusión a lo anterior: “El arte de esquivar los golpes del enemigo —como en la danza do xondaro de los guaraníes— es el arte de seguir siendo diferente, de construir sin reproducir la violencia del sistema.”

Gracias Raúl por este aporte teórico al debate de las izquierdas… el cual, en tiempos de una pobreza intelectual impresionante y a diferencia de quienes lloran añorando un pasado que quedó atrás o de quienes se reafirman autoidentitariamente al calor de la triste inadmisibilidad de la derrota, entiende que los tiempos de derrota son tiempos propicios para repensarnos e incluso refundar el sentido de la revolución.

 

Máriam Martínez-Bascuñán: «La posverdad es el fin del mundo común»

Máriam Martínez-Bascuñán (Madrid, 1979) es profesora de Teoría Política en la Universidad Autónoma de Madrid. También ha sido directora de Opinión del diario El País y sobre todo una estudiosa de Hannah Arendt, de cuya mano visita los desafíos de posverdad y credibilidad que afrontan las democracias actuales en su último libro, ‘El fin del mundo común‘ (Taurus, 2025). Bascuñán abre una grieta nueva al señalar que la gran amenaza que se cierne sobre nuestra sociedad es la fractura de ese horizonte compartido sobre el que se asienta la convivencia. Pero no todo está perdido.

Por Pedro Silverio

Dice que el mundo común se está acabando. Si es así, ¿qué nos depara el futuro?

Yo hablo del fin del mundo común, pero no como algo irreversible. Es el diagnóstico que hago. Me detengo en lo que es el mundo común y mi diagnóstico es que la posverdad es esto, el fin del mundo común. Junto a Hannah Arendt defino esta idea del mundo común como aquello que nos conecta y nos separa a la vez. Nos conecta porque estamos todos en la misma realidad, pero al mismo tiempo nos separa porque cada uno la ve desde una perspectiva distinta. Arendt siempre habló de que la democracia tiene que velar para que exista ese mundo común. Que no se trata de que todos pensemos igual, sino que todos podamos discrepar sobre el mismo mundo. La posverdad no es que el político mienta, ya que los políticos han mentido siempre. Lo que pasa ahora es que el político utiliza la verdad o la mentira como un arma de poder para construir una realidad alternativa, que es una ficción. Lo que ha desaparecido es que hemos dejado de habitar en el mismo mundo. Para que haya un mundo común tenemos que mirar todos a ese mundo y discutir sobre él. El mundo común es también la erosión de todos esos intermediarios, de todas esas instituciones invisibles que ayudaban a sostener el suelo compartido para que fuese posible una conversación, la deliberación pública, e incluso las reglas del juego democrático. En el momento en el que caen todas esas instituciones invisibles con todos los consensos, es posible creer en realidades alternativas y en mundos ficticios que el líder es capaz de imponer. Lo vimos durante la pandemia. Por ejemplo, si alguien llega a decir que el virus no existe o que las vacunas tienen chips para controlarnos, ya no estamos discutiendo sobre el mismo mundo, ya no hay una conversación posible porque hemos roto ese suelo compartido.

«Sin pluralidad no hay mundo común», señala. ¿El problema es que los partidos políticos ahora buscan desprestigiar y deshumanizar al rival?

El problema hoy es que de alguna forma hemos sustituido la pluralidad por la lógica tribal. El tribalismo instala una lógica en la ciudadanía en la que la verdad no exige que la entiendas o que te preocupes; lo que exige es pertenencia. La fidelidad al grupo vale más que su propia opinión o que la evidencia, y el juicio crítico se convierte casi en un lujo innecesario. A los políticos les renta esto porque diluyen la pluralidad de perspectivas. Lo que estamos haciendo es meternos en tribus, en burbujas, y el criterio de validación de la verdad pasa por la palabra del líder. Nosotros repetimos lo que dice el líder frente a lo que dice el medio de comunicación desprestigiado o la evidencia científica. Hay que entender qué ha pasado para que esto ocurra, y hay que hacer una autocrítica. Muchas voces han quedado fuera de la conversación pública, fuera del radar de los políticos tradicionales y de los medios, como, por ejemplo, los chalecos amarillos. Lo que ha hecho el populista es decir: «Yo sí os escucho», se hace cargo desde la manipulación de esas demandas y las canaliza a través de la ira. Al darles voz, lo que ocurre es que homogeneiza esas voces, las manipula y, cuando llega al poder, vacía la propia democracia, ya que el populista acaba representándose a sí mismo.

Hoy cobra sentido lo que apunta en el libro de que la tecnocracia de los Draghi deja el camino abonado para los Meloni…

Yo creo que sí. Lo hemos ido viendo con muchos temas, que por ser muy importantes o por considerar que nos jugábamos todo con eso, han salido de la discusión pública. Se han tomado decisiones políticas en nombre de la autoridad científica. Durante la pandemia esto sucedió muchísimo, y algunos políticos se envolvieron en la bandera de la ciencia y se parapetaron en ella para justificar decisiones. Al expulsar a la ciudadanía de ese tipo de decisión y escudarte en la autoridad científica, de alguna forma lo que estás preparando es el camino para la revuelta populista. Cuando se habla o se parapetan determinadas decisiones en élites de expertos, hay un riesgo de deslegitimar otras opiniones que no están especializadas. Esto genera una centralización antidemocrática, una salida tecnocrática de los problemas, que es la antesala del populismo. Cuando no explicas bien lo que quieres hacer o utilizas la autoridad del experto para justificar una decisión y la suprimes del debate público, la gente empieza a imaginar cosas, como que hay un interés oscuro. Un ejemplo claro fue este verano con los incendios. Las autoridades e instituciones parecían abandonar a mucha gente, que se sentía invisible y fuera de las decisiones políticas. El resultado no solamente es la revuelta populista, sino la antipolítica, que acaba siendo aprovechada por la ultraderecha.

¿Y cómo es posible debatir sobre estas cuestiones en medio de tanta polarización?

Es muy difícil porque todo ya ha tomado forma como una guerra cultural; cualquier tema, incluso el cambio climático, se vuelve una guerra de posverdad. Al final, se ha creado mucha confusión en la que ya nadie sabe a quién creer. Lo peor no es lanzar una mentira, sino dejar de creer en todo. Y dejar de creer en todo implica que si alguien te dice que ha ganado las elecciones cuando las ha perdido, pues hay un porcentaje muy importante de la ciudadanía que lo acaba creyendo. Para que esto suceda, han tenido que desprestigiarse los medios de comunicación, las instituciones electorales, las autoridades y los periódicos. Al final, lo que hacemos es adherirnos a la lógica de la tribu, a la narrativa, que además te canaliza la ira y te presenta un rostro de a quién odiar y contra quién protestar.

En el libro señala que «tenemos una ciudadanía más desorientada que un pueblo engañado». ¿Puede ser porque la única ideología propositiva es la de la extrema derecha?

Yo creo que la clave es que se han convertido en buenos narradores políticos. Ellos tienen una forma de ver el mundo que reconoce a esas personas que se han sentido fuera y que da una visión coherente sobre el mundo, aunque sea ficticia. Por ejemplo, cuando Trump dice «Estados Unidos primero», es coherente con querer construir un muro más alto, o coherente con decir «cuidado que los inmigrantes se comen nuestras mascotas y hay que protegernos de estos bárbaros». Ellos son narradores políticos con narrativas perfectamente coherentes y diseñadas. Eso se intenta combatir con datos y con expertos, pero los hechos por sí solos no convencen a nadie. Además de datos y ciencia, lo que se necesita son narradores políticos que sepan contar los hechos de manera que interpelen a la ciudadanía y que nos hagan ver por qué importan.

¿Tenemos que asumir que el debate público va a estar ya para siempre inmerso en falsedades y posverdad?

Un programa político no debería ser reactivo, es decir, no debería estar todo el tiempo contestando las barbaridades del populista y no debería dejarse colonizar por la agenda del populista. Además, los políticos deben ser capaces de llegar a la gente con historias basadas en hechos. Yo creo que hemos menospreciado las emociones. Un político no puede ganar unas elecciones sin movilizar emociones. La clave está en qué tipo de emociones movilizas, si la ira o la esperanza, como hizo Obama. No vas a llegar a la gente solo con autoridad científica. Tienes que, basándote en esa evidencia científica, construir una narración política que convenza a la ciudadanía y la haga sentir protagonista, no espectadora, que la invite a ser parte de la solución, a deliberar, a decidir juntos.

Cuando habla de la autoridad de los expertos, señala que en muchas ocasiones se impone un criterio patriarcal y vale más la opinión de un hombre blanco que la de una mujer experta en el tema nada más que por ser hombre. ¿Hasta ese punto llega la preponderancia masculina?

Bueno, he escrito algunos trabajos sobre esa jerarquía de legitimidad en el espacio público a la hora de opinar. Esto ha sido así a lo largo de la historia; hay voces que gozaban de más autoridad y otras que han estado siempre en los márgenes. Los trabajos que yo cito en el libro tienen que ver con el Brexit y cómo se desprestigiaba a las expertas cuando hablaban de las implicaciones económicas. Ahí el ejemplo claro fue el secretario de Justicia del Reino Unido, Michael Gove, cuando dijo «estamos hartos de los expertos». Pero en el caso de las mujeres, la crítica muchas veces tiene más que ver con la identidad de la propia experta que con los argumentos que da. Esto demuestra la importancia de qué voces cuentan como narradores legítimos en el espacio público y qué voces se han deslegitimado, incluso la voz de la ciencia. Esto nos lleva a distinguir entre la verdad valiente, el discurso valiente, y el otro discurso que pasa por valiente porque dice que habla sin filtros. Y aquí hay una trampa peligrosa: se ha confundido la verdad valiente con el discurso «sin filtros». Verdad valiente es cuando alguien dice algo incómodo basado en hechos, aunque le cueste poder: un científico que advierte sobre el cambio climático contra intereses petroleros, un periodista que investiga la corrupción arriesgando su carrera. Discurso «sin filtros» es cuando alguien dice algo ofensivo o falso y lo presenta como valentía: Trump diciendo que las elecciones fueron robadas, políticos que llaman «valentía» a insultar minorías. No es valentía, es impunidad disfrazada de transgresión. La diferencia es crucial: uno desafía al poder con hechos o desde una voz con conciencia moral. El otro ejerce poder sin consecuencias.

Cierra el libro hablando de los medios de comunicación y el periodismo con una sentencia muy dura: «El objetivo no es tanto salvar al periodismo sino la función pública que realizaba». Si no van a seguir siendo los medios, ¿quiénes serán los nuevos actores que lleven a cabo esta función?

No creo que tengan que ser otros actores, ni que vayamos a volver al mundo de antes. El espacio público ha cambiado y las redes lo han hecho. Hay una lectura positiva en esto: han entrado opiniones que eran totalmente marginales y que han roto el consenso hegemónico. Defiendo la importancia de la crónica y el relato de los hechos a partir de la imparcialidad homérica. La imparcialidad homérica, según Arendt, no guarda silencio sobre el vencido, da testimonio de Héctor y de Aquiles. Lo que hace Homero es mostrar todos los lados con dignidad y preservar esa pluralidad de perspectivas. La imparcialidad homérica no es equidistancia, no es tratar todas las afirmaciones como igualmente válidas, ni es dar el mismo peso a los hechos y a las mentiras. Es dar testimonio de hechos como son. A veces, esa falsa equidistancia hace que se normalicen cosas que nunca deberían haberse normalizado. La clave está en la pluralidad de perspectivas y la imparcialidad, que no es equidistancia. Lo que no podemos es volver a asistir a casos como la cobertura de la BBC en las elecciones de 2024, que ponía al mismo nivel una propuesta de justicia de Kamala Harris que las declaraciones de Donald Trump diciendo que iba a fusilar periodistas.

 

Sonia Contera, catedrática de Física en Oxford: “Una de las cosas más terribles de la IA es que nos invita a dejar de pensar”

La experta española publica ‘Seis problemas que la ciencia no puede resolver’ y advierte de los peligros del “marco” neoliberal en el que se desarrollan la ciencia y la tecnología actuales

Por Patricia Fernández de Liz

Sonia Contera se autodefine como una “inadaptada” de la física en su página personal de la Universidad de Oxford, en la que trabaja como catedrática de Física Biológica. Esta madrileña de 55 años ha dedicado su carrera a estudiar y reflexionar profundamente sobre la física, sí, pero también sobre su relación con la biología, la nanotecnología, la informática, la filosofía el poder y la política. De todo ello habla en su libro más reciente, Seis problemas que la ciencia no puede resolver (Arpa), que explora los grandes enigmas sin solución que, sin embargo, mueven la ciencia y la tecnología en el mundo actual: la mecánica cuántica, la teoría del todo, el origen de la vida, el envejecimiento, la inteligencia artificial y la conciencia. Seis problemas fundamentales que, según Contera, la ciencia lleva décadas sin poder descifrar pero a los que paradójicamente dedica cada vez más recursos y atención.

Contera habla con EL PAÍS por videoconferencia desde su despacho en Oxford, donde reconoce añorar la luz que observa a través de la pantalla de su interlocutora. La experta reflexiona en la entrevista sobre los riesgos del “barbarismo de la especialización” del que hablaba José Ortega y Gasset, la perversión del sistema neoliberal de hacer ciencia y tecnología y el peligro más grave de todos: que la inteligencia artificial nos invite a dejar de pensar.

Pregunta. ¿Por qué escribir un libro sobre problemas que no se pueden resolver en lugar de hacerlo sobre los que sí?

Respuesta. Me decidí a escribir este libro porque, aunque no lo parezca, la ciencia está atascada en sus problemas más fundamentales. Y lo más interesante es que, cuanto menos los podemos resolver, más nos enfocamos en esas preguntas precisamente: la inteligencia artificial, los viajes planetarios, el origen de la vida, las computadoras cuánticas… Todo esto está en una ciencia que no entendemos y que llevamos sin entender mucho tiempo. Es una excusa también para observar cómo la ciencia ha ido mutando en los últimos 100 años y cómo los cambios económicos y geopolíticos se entrelazan con la tecnología. Y, además, creo que en estas preguntas fundamentales es donde la física va más allá de la ciencia utilitaria y racional del dinero, y conecta a las personas con los misterios profundos de la vida.

P. Decía Carl Sagan que vivimos en una sociedad exquisitamente dependiente de la ciencia y la tecnología, donde nadie entiende de ciencia y tecnología, y eso es una receta para el desastre. Algo así se desprende de su libro…

R. Sí, es también lo que decía Ortega y Gasset del barbarismo de la especialización. El científico se ha convertido en una parte de la maquinaria. Y por eso es importante volver a estas preguntas profundas. La mayor parte los científicos sabemos de nuestro campo de especialización, y no solemos opinar de otras áreas de la ciencia. El especialista no reflexiona sobre preguntas fundamentales, y además ahora tenemos unas tecnologías que nos llevan en volandas. Estamos en un momento muy catastrófico para el conocimiento. Los que sobreviven en la academia son los que tienen una capacidad de sufrir sin límites, y eso no tiene sentido. Tenemos que cuestionar el marco.

P. ¿El marco es el capitalismo?

R. No, hay muchos tipos de capitalismo. Es lo que estamos haciendo con él. A partir de la caída de la Unión Soviética, entramos en el neoliberalismo, este invento de la optimización de los beneficios para los que son los dueños de ellos. El marco en el que estamos haciendo la ciencia se está desmembrando. Y nos han vendido también una idea, la de la disrupción, que es una cosa muy perversa. Los científicos nos sentíamos encorsetados en la academia, porque no podíamos sacar ideas nuevas, y veíamos la disrupción de las start-ups como un paso hacia la libertad. Pero era un truco. Han usado la disrupción para destrozar lo público y que se quede en manos de grandes compañías, las “tecnofeudales”. Aunque tengan muy buenas intenciones, si el sistema es capaz de pervertirlas, acabamos en una situación muy complicada, que es en la que estamos ahora.

P. ¿Por qué los seis problemas de los que habla en su libro? ¿Cuál fue el criterio a la hora de seleccionarlos?

R. Están muy unidos y en el centro de los problemas científicos actuales. Por ejemplo, el primero, la mecánica cuántica. Surge a principios del siglo XX, con unos experimentos que no se pueden resolver con la lógica lineal normal. Esto cambia la manera de ver el mundo y todavía no lo entendemos, no comprendemos lo que significa ese salto. Hay un mundo clásico en el que las causas tienen efectos y el tiempo va hacia adelante, y hay un mundo cuántico donde hay otras reglas. Eso rompe con todo el bagaje de la Ilustración, la idea de que la razón puede resolver el mundo. Ese problema sin resolver sigue siendo totalmente central. Todas las preguntas modernas surgen de la mecánica cuántica.

P. El segundo problema es la teoría del todo. ¿Se van a poder alguna vez unificar todas estas teorías de la física?

R. Es muy interesante ese capítulo para mí, porque pensaba que lo iba a odiar. Creía que era una cosa totalitaria, de que los físicos lo quieren controlar todo. Pero es mucho más interesante. Es un anhelo muy profundo y muy antiguo de la humanidad, de intentar cerrar nuestro entendimiento del mundo, sabiendo que no vamos a poder hacerlo, y que está muy relacionado con el problema de la consciencia, con sabernos uno. Y esto cobra un cariz especial ahora, cuando estamos creando máquinas sin consciencia y sin ética.

P. En el libro pasa de la física a la biología con la pregunta que parece fundamental: el origen de la vida. ¿Por qué es la tercera y no la primera?

R. Porque el origen de la vida, como se trata en la ciencia moderna, surge de los físicos cuánticos. Fueron ellos los que se empiezan a obsesionar sobre por qué la vida surge en la Tierra. Esta escala, que es la escala de las moléculas, del ADN, de las proteínas, la escala nanométrica, es la frontera entre el mundo clásico y el mundo cuántico. Es el principio de la máquina de Turing, de los ordenadores. ¡Y eran los mismos personajes! Ahora este conocimiento está separado pero, en esa época, los mismos científicos se dedicaban al origen de la vida, a la mecánica cuántica, a fabricar los primeros ordenadores… Está todo entrelazado y luego lo hemos separado. Se nos ha olvidado la historia.

P. Por esa ultraespecialización científica actual que comenta, quizás hemos perdido una visión de la ciencia más amplia y rica…

R. Al escribir el libro me doy cuenta de que en el Proyecto Manhattan están todos: los físicos que comienzan a hacer los primeros ordenadores y a estudiar la cuántica también estaban preocupados por el origen de la vida. Son problemas muy filosóficos. Y cuando se acaba la guerra entramos en la ciencia de la reconstrucción. Es una agenda mucho más utilitarista, que más o menos cancela todas estas ciencias que se dedican más al significado profundo de la existencia. Era la racionalización de todo el sistema de conocimiento, y entra en sinergia con la fabricación de los primeros ordenadores. Y en ese momento nosotros nos hacemos parte de la máquina y se olvidan esas preguntas fundamentales. Se olvida la parte más trascendental, la cuántica, acaba siendo una cosa de hippies.

P. La siguiente pregunta que usted se hace en el libro intenta entender los límites biológicos del ser humano, el envejecimiento…

R. Es un tema muy interesante porque es profundo. ¿Qué significa envejecer? Movemos el tiempo hacia adelante, somos capaces de romper la simetría del tiempo, y eso son problemas de la física. La del envejecimiento es una ciencia muy multidisciplinar. Lo más problemático es que esto se hace sin control. Hay empresas privadas que no sabemos muy bien lo que están haciendo. Y todos estos magnates que quieren vivir para siempre… El psicoanálisis de los personajes que están en esta batalla sería interesante [risas].

P. Problema cinco. ¿Podemos crear máquinas verdaderamente inteligentes?

R. Ese es el principal problema de la actualidad. Nos obsesiona mucho, y por muchas razones: porque hablamos con ChatGPT, porque los drones inteligentes matan gente, porque nuestra relación con la IA es ya bastante distópica. Vivimos en la época del engaño. También estamos obsesionados con la inteligencia artificial general, pero es bastante improbable que en modelos digitales podamos tener lo que llamamos inteligencia general. Hay algo diferente en lo vivo respecto a lo digital.

P. Y eso entronca con la última pregunta. ¿Qué es la conciencia?

R. Me parece fascinante, porque ha sido siempre un tema tratado desde la pseudociencia, pero en los últimos 20 años hay un boom de neurocientíficos interesados en esto. El asunto es que solo somos individuos cuando reconocemos al otro. Sin el otro no hay yo. Pero tenemos una conciencia fragmentada por la especialización, y sin conciencia, sin unidad, no hay ética.

P. ¿Es posible una inteligencia artificial con conciencia de sí misma?

R. Creo que es imposible porque, realmente, no hay suficiente energía en el mundo para ello. Con 20 vatios funciona el cerebro humano, ¿cuánto necesitaría una IA? Lo único que sí puede pasar es que estemos dando tantos datos y en tantas dimensiones que el sistema de computación se nos escape y quizá no llegue a ser consciente, pero sí muy poderoso. Además, estas empresas [tecnológicas] empiezan a mutar también, no tienen límites, se les está olvidando lo que es ser humanos. En el libro hablo de la nueva banalidad del mal. Hannah Arendt está muy vigente.

P. ¿Hay alguna forma de controlar estas compañías?

R. Ahora mismo parece que no. En Estados Unidos nadie las puede controlar y Europa ha perdido esta batalla. Un primer paso es empezar a hablar de estos temas desde la ciencia. La reflexión del libro es que necesitamos misterios, porque nos humanizan, y estamos perdiendo la humanidad. El conocimiento es necesario para el bien común, por eso me gusta estar en la universidad. Una de las cosas más terribles que está haciendo la IA es que nos invita a dejar de pensar. Nos está separando del acto de reflexionar, y la ciencia es pensar.

P. Perder la capacidad de pensar, dice usted en el libro, es el desafío más relevante de la humanidad. ¿Lo ve en sus estudiantes, incluso en una universidad como Oxford? ¿Están perdiendo esa capacidad?

R. Esta es una universidad un poco especial, quizá sus estudiantes no sean muy representativos. Pero es verdad que antes muchos se enfocaban en el éxito profesional, el dinero, porque era posible. Sin embargo, la mitad de los estudiantes que tuve el año pasado haciendo proyectos de máster en mi laboratorio no encuentran trabajo. Y eran los mejores. Ahora vienen con una gran necesidad de filosofía, de pensar las cosas profundamente. Por eso he escrito el libro; estoy respondiendo a una necesidad de mis estudiantes. Y quiero darles esperanza.

Cinco ideas de Paolo Virno en cinco párrafos

Por Diego Sztulwark

Tonalidad afectiva. Una fenomenología de los muchos que como tales participan de la producción social contemporánea remite, pues, a una realidad común que Virno pensó como “situación emotiva”, es decir, como los “modos de ser y sentir” que actúan en la experiencia colectiva del trabajo, la recreación o la política. El tono afectivo de la multitud posee –para Virno– un grado cero o un corazón “neutro” –pues se trata siempre de capacidades vitales previas a sus conjugaciones concretas–, una naturaleza irremediablemente histórica ­–dado que hablamos siempre de la socialización de una multitud metropolitana realmente existente– y una condición ambivalente –que se determina en el modo en que el tono afectivo se conjuga en modalidades de aceptación y sumisión o bien de crítica o conflicto (es decir: que adquiere valores operativos en políticas concretas, incluso de signo opuesto). La situación emotiva de la multitud es para Virno tanto el “oportunismo” –la capacidad de captar y aprovechar oportunidades–, como el “cinismo” -aptitud para calcular (más que solo obedecer) reglas– y también la capacidad de “charla” (o “avidez de novedades”), que remite a las capacidades verbales de la multitud, y a la actualización de una epistemología popular, de una mundanidad de los sujetos –la búsqueda de repaso, de orientación práctica–, y al peso de los fenómenos comunicativos que han devenido centrales en la producción contemporánea. De este modo Virno describe la realidad de la multitud en términos de una intelectualidad de masas que se vale del uso del lenguaje y de las capacidades comunes de abstracción para orientarse –en el sometimiento tanto como en la rebelión–, pero también de “un conjunto de memorias” (aspecto mal discutido durante el debate pueblo/multitud que se dio en Argentina en torno a 2001), pues “nadie puede hacer una huelga siquiera de diez minutos sin contar con una gran tradición a sus espaldas”.