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El progresismo como parte del sistema

02may-23
Publicada el 2 mayo, 2023
por Administrador

Por Decio Machado / Director Fundación Nómada

Arranco esta breve reflexión rememorando a José Ortega y Gasset, quien fue el más destacado referente de una generación de intelectuales españoles que en 1914 toma consciencia y se levanta contra la “vieja política”.

En el ámbito filosófico Ortega y Gasset, arqueólogo de la verdad y del conocimiento, plantea su teoría de la razón vital como alternativa al intelectualismo racionalista (razón pura cartesiana), la cual se fundamenta sobre dos perspectivas: la perspectiva de la vida que viene dada como realidad y la perspectiva de la razón donde el individuo se sitúa en su esfuerzo por comprender la realidad.

Parte del pensamiento orteguiano se condensa en la famosa frase “yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo”, contenida en su obra “Meditaciones del Quijote” (1914), y que viene a indicar que vivir es tratar con el mundo y entendiendo el contexto actuar en él. Partiendo de esa filosofía y como respuesta a un cuestionamiento puntual a su accionar político Ortega indicó: “No me pidan que sea coherente con mis ideas, pídanme que sea coherente con la realidad”.

Pues bien y tras esta introducción, la realidad de la izquierda latinoamericana en este momento es que, moderado su discurso político hasta la enésima expresión y en varios casos hasta obligados a forjar alianzas electorales con la centro derecha y el liberalismo ante el ascenso de nuevas tendencias filofascistas en la región, en la actualidad el progresismo se enfrenta a una grave pérdida de identidad y de confusión en su perfil ideológico.

Teniendo en cuenta, desde un enfoque estrictamente político, que el denominador común que transversaliza el primer ciclo de hegemonía progresista en el subcontinente es su incapacidad para generar transformaciones políticas, sociales y económicas de perfil estructural en los respectivos países en los que fue gobierno con excepción de Venezuela -lo cual es un caso singular de estudio-, en las condiciones actuales las posibilidades de alcanzar tales objetivos se muestra sustancialmente más lejanas.

Todos los gobiernos progresistas actualmente existentes en América Latina, tanto los que repiten como los que se estrenan en tales funciones, en la coyuntura política actual optaron por temperar sus discursos y propuestas políticas a cambio de alcanzar el poder. Sin embargo, el actual desplazamiento político y programático del progresismo hacia el centro implica una influencia cada vez mayor del conservadurismo moderado y sectores corporativos sobre dicha sensibilidad política. En estos momentos, esto es visible en Argentina, Brasil, Bolivia, Ecuador sin ser el progresismo gobierno e incluso en Venezuela. En la práctica, lo que en corto puede parecer una concesión que posibilita su acceso al poder y en cierto modo les proporciona cierta estabilidad política, a la larga les aleja de los sectores sociales que históricamente les respaldaron y de la presión social que necesitan para implementar las reformas políticas instaladas en sus respectivos programas de gobierno y/o compromisos electorales.

Entregados al pragmatismo y la renuncia a lo que originariamente posicionaron como identidad ideológica, en este segundo ciclo de hegemonía progresista en curso la izquierda institucional poco se distinguen en su accionar de otras fuerzas existentes en el actual ecosistema político. En la gestión de los actuales gobiernos progresistas en el subcontinente la implementación de políticas públicas direccionadas hacia la transformación social es prácticamente inexistente, se carece de alternativas al modelo económico vigente y no se implementan fórmulas diferenciadas a la tendencia punitivista imperante que aporten soluciones en el corto plazo a los crecientes problemas de criminalidad e inseguridad ciudadana. Al menos en ambos casos, siendo la economía y la seguridad las principales preocupaciones en nuestras sociedades latinoamericanas, las políticas planteadas desde el progresismo se asemejan cada vez más a las a las propuestas históricamente identificadas con la derecha moderada.

Así las cosas, la izquierda progresista muestra su incapacidad para recuperar el entusiasmo popular que generó en su pasado reciente, cundiendo la apatía política en sus respectivas sociedades latinoamericanas que visualizan -con cada vez mayor claridad- la incapacidad de dicha sensibilidad política para producir las profundas transformaciones sociales que se reclaman y son necesarias en los distintos países de la región.

Es en este contexto donde el populismo de derecha radical acumula capital político, mostrándose -pese a sus reciente derrotas electorales- como una propuesta alternativa al actual establishment político latinoamericano del cual el progresismo pasó a formar parte, lo cual supone por momentos una amenaza cada vez mayor para nuestras frágiles, deficientes y limitadas democracias.

Cartografiando la crisis del capitalismo

27abr-23
Publicada el 27 abril, 2023
por Administrador

Entrevista a Nancy Fraser

El sábado 11 febrero de este año, Nancy Fraser sostuvo una entrevista con el programa To The Best Of Our Knowledge (TTBOOK), de la Wisconsin Public Radio (WPR), conducido por la periodista Anne Strainchamps. La WPR es una red de emisoras radiales públicas con epicentro en la ciudad de Madison, que depende de la Universidad y el Estado de Wisconsin, y que se escucha en todo el Medio Oeste de EE.UU. La entrevista a Fraser, breve pero jugosa, fue transcripta y editada como nota por la propia Strainchamps, y publicada el domingo 19/2 –con el audio original completo– en el portal digital de TTBOOK, bajo el título “The radical philosopher mapping the crises of capitalism” (“La filósofa radical mapea la crisis del capitalismo”). A la brevedad, WPR replicó el audio y la transcripción editada en su página web. Como la entrevista nos parece valiosa, y como constatamos que no ha tenido eco en el mundo hispanoparlante (no así en el mundo de habla portuguesa, donde un par de sitios brasileños la difundieron), decidimos traducirla al castellano y publicarla en nuestro semanario Kalewche, con el título de “Cartografiando la crisis del capitalismo”.

La norteamericana Nancy Fraser (Baltimore, 1947) es una de las pensadoras más lúcidas e influyentes de la izquierda marxista y feminista contemporánea, no solo en EE.UU. y la anglosfera, sino a nivel mundial. Su debate con Judith Butler en los años noventa tuvo un gran impacto intelectual, dejando bien establecidas las diferencias entre un feminismo posmoderno y un feminismo más clásicamente materialista y socialista. Sus estudios en torno a las injusticias de redistribución y reconocimiento crearon un fértil campo para pensar problemáticas complejas sin caer en simplificaciones ni polarizaciones maniqueas, en tanto que sus debates con Axel Honnet han sido de enorme valor intelectual. Hace pocos años dio a conocer un potente Manifiesto para un feminismo del 99 %, redactado en colaboración con Titthi Bhattacharya y Cinzia Arruzza: un verdadero hito del feminismo anticapitalista, y una demoledora crítica al feminismo liberal (hoy dominante).

Su último libro, Cannibal Capitalism. How Our System Is Devouring Democracy, Care, the Planet –and What We Can Do about It (Verso, Londres y Nueva York, 2022, 190 págs.), aún no traducido al español, está dando que hablar en el campo intelectual y militante de la izquierda marxista, feminista y ecologista, debido a sus ambiciones teóricas y sus implicaciones políticas. El 12 de febrero, publicamos en nuestra sección de reseñas Parley “El capitalismo hoy (y antes también), según Nancy Fraser”, un artículo de nuestro compañero Fernando Lizárraga que resume con claridad y precisión los seis capítulos de la obra. Renovamos la invitación a leer su recensión. Tal lectura suplementaria no tendría nada de digresivo, pues la entrevista que aquí compartimos mucho tiene que ver con el contenido del libro Cannibal Capitalism.
Las aclaraciones entre corchetes son nuestras, no de la entrevistada ni de la entrevistadora.

La historia emergente de nuestro tiempo es un relato de crisis superpuestas: el cambio climático, la pandemia, la agitación económica, la guerra, la violencia racial y mucho más. La filósofa Nancy Fraser lo llama “una tormenta perfecta de la irracionalidad y la injusticia del capitalismo”. Es un momento que ella lleva tiempo prediciendo, incluso esperando.

“Los momentos de crisis profunda y aguda que son visibles para mucha gente, crisis que se viven como terribles callejones sin salida, en los que la gente siente que algo tiene que ceder y que no podemos seguir así, cuando esa sensación se generaliza, entonces se produce una aceleración del aprendizaje social. También se produce una aceleración de las cosas más feas y desagradables», dijo Fraser a To The Best Of Our Knowledge. “Pero es una época en la que la gente está abierta a ideas innovadoras, a cosas que nunca antes se habrían planteado”.

Fraser es una de las teóricas críticas más destacadas del mundo, filósofa feminista marxista de la New School for Social Research. A lo largo de cuatro décadas, ha construido una teoría general del capitalismo, extendiendo las ideas de Marx y Engels para incorporar el feminismo, la justicia racial, el medio ambiente y ahora la pandemia. Su trabajo es ampliamente conocido en Europa, donde ha alcanzado el estatus de estrella intelectual. En Estados Unidos, es una figura importante de la izquierda académica, en las páginas de Jacobin Magazine y The New Left Review. Recientemente, ha empezado a escribir para un público más amplio, con libros como Feminism for the 99% y Cannibal Capitalism. How Our System Is Devouring Democracy, Care, the Planet –and What We Can Do about It.

Hablar con Nancy Fraser es extrañamente alentador. Si algo le han enseñado 40 años de estudio del capitalismo es el valor de una buena crisis.

Esta transcripción ha sido editada por razones de claridad y extensión.

Nancy Fraser: Las cosas se ponen interesantes en estas situaciones de crisis. Fue entonces cuando conseguimos el New Deal. Nunca se podría haber conseguido de forma gradual. Hizo falta una gran conmoción en todo el sistema y el miedo de las clases empresariales a la revolución social desde abajo, al comunismo, a los sindicatos, etcétera. Hacen falta fuerzas movilizadas que asusten a las clases dominantes para que se les ocurra hacer, o aceptar, cambios importantes.

Creo que estamos en un momento de crisis aguda. Son raras en la historia. Ha habido quizá cuatro o cinco en los 500 años de historia del capitalismo.

Anne Strainchamps: ¿Son puntos de inflexión?

NF: Los puntos de inflexión son aquellos en los que se puede crear un nuevo sistema.

Así es como yo lo veo. En primer lugar, veo la historia del capitalismo como periodos de relativa normalidad en los que el riesgo rapaz está, digamos, suficientemente contenido. Se descarga sobre poblaciones que no cuentan, o que podemos ignorar, porque están lejos. Así que construimos un estado de bienestar para nosotros. Pero mientras tanto, seguimos bombeando petróleo por ahí y así sucesivamente.

AS: ¿Qué ocurre cuando llega uno de estos momentos de crisis, de agitación social y política? ¿Qué cambia?

NF: Cuando acaba relativamente bien –lo que no siempre ocurre–, surge una nueva forma de capitalismo que es estructuralmente diferente. Sigue estando impulsado por la acumulación de capital y tiene esa rapacidad incorporada, pero es un reinicio. Y cuando funciona, es también porque hay alguna nueva forma de producción económica o tecnología que crea una riqueza que puede ser compartida más ampliamente, por lo que se obtiene una mayor participación de la población.

Lo que hizo posible el New Deal fue la construcción de toda esta sociedad en torno al motor de combustión interna. Ahora, en retrospectiva, eso resulta ser trato diabólico: dimos a la gente de los países ricos unos derechos sociales relativamente buenos a costa del medio ambiente. No son soluciones permanentes, pero si duran 40 ó 50 años, se desarrollará un nuevo modo de vida.

AS: Usted cree que esta crisis es diferente. ¿Por qué?

NF: El cambio climático parece cambiar las reglas del juego. Es una amenaza existencial para todo el planeta, para cualquier cosa que se parezca a una civilización humana. La cuestión es si el capitalismo puede resolverlo. No puedo asegurar que no, pero tengo mis dudas.

Y por eso creo que deberíamos exigir cosas como nacionalizar las compañías petroleras y las empresas de combustibles fósiles. Que la cuestión de cómo vamos a generar energía se convierta en una cuestión política, sujeta a la política democrática y a la planificación social.

AS: Mientras tanto, probablemente no soy la única persona que a las dos de la mañana teme que todo se venga abajo y la vida se convierta en algo parecido a un especial de la HBO con bandas de humanos salvajes vagando por autopistas abandonadas.

NF: ¿Arrasando, luchando en botes salvavidas, cada uno por su lado?

AS: Correcto. Pero quizás después de eso, ¿las pequeñas comunidades se unirían y formarían sus propias sociedades nuevas?

NF: Pensar después del apocalipsis y la devastación es demasiado derrotista para mí. No apostaría los ahorros de mi vida a la idea de que estaremos a la altura de las circunstancias, pero tenemos que seguir luchando como locos, porque las alternativas son demasiado horribles, incluida esa.

AS: Lo sé. No paro de leer artículos sobre el colapso de la civilización, así que es alentador oírte decir que todavía podemos hacer algo.

NF: No digo que vayamos a hacerlas. Hace falta imaginación política y voluntad política. Pero mi idea es la siguiente: la gente se está organizando en todas partes.

En algunos casos, están formando desagradables milicias derechistas supremacistas blancas. En otros casos, están haciendo Black Lives Matter o están luchando contra los oleoductos o la deforestación o lo que sea. Así que hay mucha gente en movimiento. Pero está fragmentada. Está por todas partes. Lo que les falta es un mapa.

AS: ¿Un mapa?

NF: De dónde se sitúa la cuestión que es existencial para ellos en relación con la cuestión que es existencial para esas otras personas de allí, que no es intuitivamente obvia. Así que lo que hago, y no soy la única, es intentar trazar un mapa del sistema, para que puedas entender cómo el mismo sistema que te está jodiendo a ti en relación con este río contaminado de aquí, está jodiendo a otra persona en relación con el motivo por el que no puede vacunarse allá.

No se puede luchar contra estas cosas una por una. Tienes que intentar luchar contra el sistema.

AS: ¿Qué tendrían en común un creyente de QAnon o un supremacista blanco con un socialista progresista?

NF: Creo que hay que alejarse de las creencias superficiales para ver de dónde viene la ira y qué les motiva. Yo diría que muchas de estas personas tienen quejas legítimas y buenas razones para estar enfadadas, pero tienen diagnósticos muy equivocados. Creen que es culpa de los inmigrantes, de los negros, de las redes de pedofilia y las pizzerías, o de unas elecciones robadas.

AS: También les motiva una profunda crítica a las élites.

NF: Más que eso. Yo diría que tienen un mapa de la jerarquía social en tres partes. Tienen una élite. Tienen a la despreciada clase baja que son los violadores mexicanos, los islamistas, los negros perezosos que no quieren trabajar. Y luego tienen a la gente virtuosa, los «verdaderos estadounidenses», que están atrapados en el medio, e intentan luchar contra los de arriba y los de abajo.

También está el populismo de izquierda, que no tiene [en su mapa] a la despreciada underclass [«subclase» o «lumpemproletariado»]. Tiene al 1% y al 99% [léase: «oligarquía» vs. «pueblo»]. Eso también es populismo, no un sofisticado análisis de clase.

AS: Cuando dice mapa, pienso en algo visual.

NF: Creo que todo el mundo tiene un mapa en la cabeza. Cuando las personas se organizan o movilizan políticamente, tienen una especie de mapa de quién es el enemigo. El problema es que la mayoría de los mapas que la gente genera espontáneamente, si no ha reflexionado a fondo, son demasiado simples. El mapa permite trazar conexiones.

Así que, si cada uno de nosotros puede rastrear las raíces profundas hasta el mismo sistema, y si tenemos un nombre para el sistema, podemos al menos hablar de cómo hacer un cambio radical, que llegue a las raíces de esto.

Y aun así podríamos fracasar. Las fuerzas del caos, la codicia y la estupidez son grandes. Pero –¡por el amor de Dios!– teniendo en cuenta lo que está en juego, ¿cómo no vamos a intentarlo?

Lo que está en juego ahora mismo es tan importante, y la situación es tan grave, que –es extraño decirlo, pero– este es el momento que he estado esperando desde la década del 60. Este es el momento en el que algún tipo de radicalismo es necesario y posible, porque nada más funcionará. De eso estoy segura. Sólo funcionará el radicalismo real.

Jacques Rancière: ‘La representación es lo contrario de la democracia’

27abr-23
Publicada el 27 abril, 2023
por Administrador
«La noción de populismo fue hecha para amalgamar todas las formas de política que se oponen al poder de las competencias autoproclamadas y para dirigir estas resistencias a una misma imagen: aquella del pueblo atrasado e ignorante, incluso rencoroso y brutal.» Jacques Rancière
Entrevista al filósofo Jacques Rancière por revista francesa Le Nouvel Observateur
 
Le Nouvel Observateur: La elección presidencial es generalmente presentada como el punto culminante de la vida democrática francesa. Pero ésta no es tu opinión. ¿Por qué?
Jacques Rancière: En su principio, como en su origen histórico, la representación es lo contrario de la democracia. La democracia está fundada sobre la idea de una competencia igual de todos. Y su modo normal de designación es el sorteo, como se practicaba en Atenas, para prevenir el acaparamiento del poder por esos que lo desean.
La representación es un principio oligárquico: los que están de esta manera asociados al poder no representan a una población sino al estatuto o la competencia que funda su autoridad sobre esta población: el nacimiento, la riqueza, el saber u otros.
Nuestra sistema electoral es un compromiso histórico entre poder oligárquico y poder de todos: los representantes de las potencias establecidas se convierten en los representantes del pueblo, pero, inversamente, el pueblo democrático delega su poder a una clase política acreditada de un conocimiento particular de los negocios comunes y del ejercicio del poder. Los tipos de elección y las circunstancias inclinan más o menos la balanza entre los dos.
La elección de un presidente como encarnación directa del pueblo ha sido inventada en 1848 contra el pueblo de las barricadas y de los clubes populares y reinventada por de Gaulle para otorgar un “guía” a un pueblo muy turbulento. Lejos de ser la coronación de la vida democrática, es el punto extremo del despojo electoral del poder popular al provecho de los representantes de una clase de políticos en la que las facciones opuestas comparten a la vez el poder de los  “competentes”.
Cuando François Hollande promete ser un presidente “normal”, cuando Nicolas Sarkozy se propone “dictar la palabra al pueblo”, ¿no toman nota de las insuficiencias del sistema representativo?
Un presidente “normal” en la V República, es un presidente que concreta un número anormal de poderes. Hollande quizás será un presidente modesto. Pero será la encarnación suprema de un poder del pueblo, legitimado para aplicar los programados definidos por los pequeños grupos de expertos “competentes” y una Internacional de banqueros y de jefes de Estado que representan los intereses y la visión del mundo de las potencias financieras dominantes.
En cuanto a Nicolas Sarkozy, su declaración es francamente cómica: por prinicipio, la función presidencial es aquella que dicta inútil la palabra del pueblo, porque ésta sólo escoge silenciosamente, una vez cada cinco años, aquello que va a hablar en su lugar.
¿Metes a la campaña de Jean-Luc Mélenchon en el mismo saco?
La operación de Mélenchon consiste en ocupar una posición marginal que está ligada a la lógica del sistema: aquella del partido que está al mismo tiempo dentro y fuera. Esta posición ha sido por mucho tiempo la del Partido Comunista. El Frente Nacional se encontraba apoderado, y Mélenchon intenta reanudarlo a su modo. Pero en el caso del PCF esta posición se apoyaba sobre un sistema efectivo de contrapoderes que le permitían tener una agenda distinta de las agendas electorales.
En Mélenchon, como en Le Pen, se trata sólo de aprovechar esta posición en el cuadro del juego electoral de la opinión. Honestamente, no pienso que él tenga gran cosa que esperar. Una verdadera campaña de izquierda sería una denunciación de la función presidencial misma. Y una izquierda radical, supone la creación de un espacio autónomo, en relación a las instituciones y las formas de discusión y de acción que no dependen de las agendas oficiales.
Los comentadores políticos se acercan rápidamente a Marine Le Pen y Jean-Luc Mélenchon acusándolos de populismo. ¿El paralelismo tiene fundamentos?
La noción de populismo fue hecha para amalgamar todas las formas de política que se oponen al poder de las competencias autoproclamadas y para dirigir estas resistencias a una misma imagen: aquella del pueblo atrasado e ignorante, incluso rencoroso y brutal. Se evocan los pogromos, las grandes demostraciones nazis y la psicología de las masas a la manera de Gustave Le Bon para identificar al poder del pueblo y desatando un paquete racista y xenófobo.
¿Pero dónde se ve hoy en día a las masas en cólera destruir los comercios magrebinos o persiguiendo a los negros? Si existe una xenofobia en Francia, ésta no viene del pueblo, sino más bien del Estado cuando persiste en poner a los extranjeros en situación de precariedad. Estamos tratando con un racismo desde arriba.
Por lo tanto, ¿no hay ninguna dimensión democrática en las elecciones generales que marcan la vida en las sociedades modernas?
El sufragio universal es un compromiso entre los principios oligárquicos y democrático. Nuestros regímenes oligárquicos todavía tienen necesidad de una justificación igualitaria. Aunque sea mínimo, este reconocimiento del poder de todo hace que, a veces, el sufragio conduzca a las decisiones que van en contra de la lógica de los competentes.
En 2005, el Tratado Constitucional Europeo fue leído, comentado, analizado; una cultura jurídica compartida fue desplegada por internet, los incompetentes han afirmado una cierta competencia y el texto ha sido rechazado. ¡Pero se sabe lo que pasó! Finalmente, el tratado ha sido ratificado sin haber sido sometido al pueblo, bajo el argumento de que: Europa es un asunto para las personas competentes cuyo destino no se puede conferir a los riesgos del sufragio universal.
¿Dónde se sitúa entonces el espacio posible de una “política” en el sentido en que tú la entiendes?
El acto político fundamental es la manifestación del poder de aquellos que no tienen ningún título para ejercer el poder. En los últimos tiempos, el movimiento de los “indignados” y la ocupación de Wall Street han sido, después de la “primavera árabe”, los ejemplos más interesantes.
Estos movimientos han recordado que la democracia es algo vivo, porque ella inventa sus propias formas de expresión y reúne materialmente un pueblo que no está más dividido en opiniones, grupos sociales o corporaciones, sino que es el pueblo de todo el mundo y sin importar quién sea. En esto radica la diferencia entre la gestión —que organiza las relaciones sociales donde cada uno está en su lugar— y la política —que reconfigura la distribución de los lugares.
Esto es por lo que el acto político se acompaña siempre de la ocupación de un espacio al que se le desvía de su función social para hacerlo un lugar político: ayer fue la universidad  o la fábrica, hoy en día es la calle o la plaza. Por supuesto, estos movimientos no han renunciado a esta autonomía popular de las formas políticas capaces de durar: las formas de vida, de organización y de pensamiento en ruptura con el orden dominante. Encontrar la confianza en esta capacidad es un trabajo de largo aliento.
¿Irás a votar?
Yo no soy de los que dicen que la elección no es más que un simulacro y que nunca hay que votar. Existen circunstancias donde tiene sentido reafirmar este poder “formal”. Pero la elección presidencial es la forma extrema de la confiscación del poder del pueblo empleando su propio nombre. Y yo pertenezco a una generación nacida en la política de los tiempos de Guy Mollet y para quien la historia de la izquierda es aquella de una traición perpetua. Entonces no, no creo que vaya a ir a votar.

Comencemos de nuevo a leer a Gramsci

21abr-23
Publicada el 21 abril, 2023
por Administrador

Reseña de la obra de Peter D. Thomas The Gramscian Moment. Philosophy, Hegemony and Marxism (Historical Materialism Book Series, vol. 24), Leiden y Boston, Brill, 2009.

Por Toni Negri

El libro de Peter D. Thomas The Gramscian Moment. Philosophy, Hegemony and Marxism es importante, ante todo, por el hecho de traducir el pensamiento de Gramsci de Italia al mundo y, en particular, por el modo de enmarcar a Gramsci para el mundo anglófono. El propósito explícito de la obra de Thomas es abrir el debate sobre Gramsci en el seno del marxismo anglosajón, que hoy ocupa un lugar central en la elaboración de la filosofía marxista. Huelga añadir que, a tal fin, Thomas despliega una lectura de Gramsci que no sólo tiene en cuenta la renovación operada en los estudios gramscianos desde la publicación, a mediados de los años setenta, de la edición completa de los Quaderni[1] y del epistolario de Gramsci [2], sino que también se ve realzada y enriquecida por una lectura comparativa de la bibliografía—concretamente, Althusser y Anderson— que, por así decirlo, ha servido de base para el experimentum crucis en la trayectoria de Gramsci por el mundo atlántico.

Formularé algunas observaciones sobre la interpretación que hace Thomas del pensamiento de Gramsci. Comenzaré por señalar que me convence sólo parcialmente la decisión de Thomas de pasar por Althusser en su aproximación a Gramsci. Tanto la liquidación inicial de Gramsci por Althusser en Para leer El capital[3] como su posterior y ambivalente acercamiento a Gramsci en la última fase de su pensamiento (la llamada «filosofía del encuentro») tienen lugar en el interior de un aparato epistemológico —típicamente francés y vinculado a la crítica del lenguaje científico propia de la escuela de Canguilhem— que es ajeno al marxismo gramsciano. Hay que reconocer, sin embargo, que no es mucho lo que Thomas apuesta a las similitudes [entre Gramsci y Althusser]; al contrario, reniega de ellas sin rodeos. ¿Pero, entonces, por qué detenerse en semejante confrontación? Porque según algunos althusserianos ese episodio —el encuentro entre Althusser y Gramsci— constituiría «el último gran debate» en torno a la definición de «filosofía» en Marx. Pero ¿acaso tuvo tanta importancia ese debate?

Mucho más convincente resulta, sin embargo, la aproximación de Thomas a la lectura de Gramsci por Anderson y la consiguiente crítica que de ella hace. En su importante ensayo de 1976 «Las antinomias de Antonio Gramsci»[4], Anderson sostenía que las investigaciones de Gramsci en la cárcel se caracterizaban por una serie de ambigüedades que darían lugar a una transformación y reconfiguración paulatinas de sus tesis, en particular de las tesis relativas al Estado y a concepto nuclear gramsciano de hegemonía.

Según Anderson, el error habría estado en el enfoque del propio Gramsci[5], lo cual explicaría los múltiples y ambiguos usos que se han hecho del pensamiento gramsciano. En particular, el concepto de «revolución pasiva» representaría una suerte de corrimiento de Gramsci hacia Kautsky. En segundo lugar, el concepto gramsciano de hegemonía delataría un excesivo énfasis en el poder de la sociedad civil frente al poder del Estado (tesis a la que, hegelianamente, se suscribiría también Norberto Bobbio). Y así sucesivamente. No es tarea difícil, sin embargo, para Thomas —aunque sí es laboriosa— refutar esas interpretaciones que se han convertido en opiniones firmemente establecidas y de amplia circulación en el pensamiento anglosajón.

Thomas refuta tanto filológicamente —basándose en lo fundamental en la excelente contribución de Gianni Francioni[6]— como políticamente la lectura crítica que hace Anderson de esos conceptos esenciales y, en su lugar, los rearticula en una sólida y sustancialmente nueva armazón. Y lo hace con eficacia. Cabe mencionar, por cierto, que con la intensidad y la meticulosidad de su escritura, el libro de Thomas se hace acreedor de la gran tradición marxológica alemana y rusa; cualidad que se suma a su valor como obra de erudición.

Pasaré ahora a detenerme en algunos motivos de la obra. Me parece excelente el examen a que somete Thomas el concepto de «revolución pasiva»; examen cuyos ecos resuenan más allá de la simple reconstrucción del concepto y nos trasladan a un terreno propiamente «biopolítico». En otras palabras, la «revolución pasiva» de la burguesía se nos presenta en transiciones moleculares que se consolidan y reconfiguran a lo largo del tiempo; transiciones que también —recíprocamente, es decir, dialécticamente— inciden en las estructuras y las subjetividades del proceso histórico. Me inclino en particular por esa definición de «revolución pasiva», herramienta conceptual de la que, más o menos conscientemente, fui usufructuario en mi esfuerzo por describir la génesis de la ideología burguesa entre Descartes y Spinoza y entre la acumulación primitiva de capital, la configuración del Estado absoluto y las alternativas republicanas.

Igualmente sólido y exhaustivo es el análisis que hace Thomas del concepto de «hegemonía», cuya originalidad demuestra tanto en relación con la historia prerrevolucionaria de Rusia como con la experiencia del bolchevismo en su fase constitutiva y hasta el período de la Nueva Política Económica (NEP). Esa originalidad consiste en la oposición radical a considerar la hegemonía como una teoría genérica del poder social y en vincularla, en cambio, a la definición de la «forma-Estado» tal como se ha venido configurando en el mundo occidental y en sus revoluciones. Renacida en la figura de la dictadura del proletariado, la hegemonía es un arma que hay que conquistar y aplicar en el proceso de lucha por la realización del socialismo. También a ese respecto el análisis de Gramsci contiene elementos de juicio sumamente sagaces; a saber, que la hegemonía proletaria aparece enraizada en un contexto biopolítico (el derivado de la experiencia revolucionaria de la clase obrera); o, por el contrario, que la hegemonía es expresión de la dictadura de la burguesía, del fascismo, una hegemonía que se extiende desde el Estado para investir a la sociedad y configurarla como «biopoder». Pero es sólo el primer concepto de hegemonía —el concepto de clase— el que contiene esa potencialidad constitutiva que la convierte en dispositivo ontológico. No creo que al decir esto esté yo amalgamando categorías propias de Foucault con las categorías de Gramsci. Al contrario, creo que la referencia a Foucault contribuye a realzar aún más la pertinencia de las innovaciones interpretativas de Thomas. Ya es hora de que algunos estudiosos reexaminen el pensamiento de Gramsci desde una perspectiva foucaultiana.

Una vez llevada a término su labor de redefinición de los conceptos básicos, Thomas va más allá de las tradiciones interpretativas al uso y dirige sus esfuerzos a la conformación de una figura definitiva del pensamiento gramsciano. Permítanme citar uno de los pasajes de la conclusión del libro:

«”Historicismo absoluto”, “inmanencia absoluta” y “humanismo absoluto”. Esos conceptos deberán entenderse como tres “atributos” de un proyecto constitutivamente inconcluso de la elaboración del marxismo como filosofía de la praxis. Tomados en su fecunda y dinámica interacción, esos tres atributos pueden considerarse breves síntesis para la elaboración de un programa autónomo de investigación en filosofía marxista hoy en día, como una intervención en la Kampfplatz[7] de la filosofía contemporánea que intenta heredar y renovar el gesto crítico y constructivo original de Marx[8].»

Es, por tanto, en el terreno de la reducción absoluta de los conceptos a la historia que se crea la posibilidad de una gramática abierta y traducible para la organización hegemónica de las relaciones sociales. Es en el terreno de la inmanencia, del rechazo de toda forma de trascendencia, que determinada práctica social puede erigirse en teoría o, mejor dicho, que se crea la posibilidad de establecer una relación recíproca y productiva entre teoría y práctica. Y, por último, sólo un humanismo absoluto puede sentar las bases para la realización de un proyecto dialéctico-pedagógico de hegemonía:

«En otras palabras, la noción de una nueva forma de filosofía como elemento en la construcción de un aparato hegemónico alternativo de democracia proletaria[9].»

 

Una última observación. ¿Por qué el pensamiento gramsciano, reconstruido de esa forma, debería seguir representándose como «filosofía»? O mejor todavía, ¿pueden la praxis y el pensamiento que la configura dentro de los parámetros del historicismo, la inmanencia y el humanismo seguir definiéndose como «filosofía»? ¿No deviene la filosofía más bien una ilusión insostenible, una herramienta inutilizable una vez que esos criterios —historicismo, inmanencia y humanismo— se asumen como categorías de reflexión en el seno de la praxis? En efecto, cabría preguntarse ¿qué queda de la filosofía cuando hemos sido testigos de la destrucción de sus referencias a la trascendencia de lo teológico-político y a los temas residuales de la secularización? A mi juicio —y ese juicio es confirmado por un gramscismo como el de Thomas— la filosofía es hoy, para bien y para mal, una reliquia, una variante más o menos reaccionaria del intento de la burguesía de comprender su propio destino. Pero entonces, una vez trasladado el pensamiento al lugar en que lo sitúa Thomas, ¿por qué seguir considerando a Gramsci un filósofo? ¿Se habría sentido a gusto el propio Gramsci con semejante caracterización? El objeto de la praxis no es filosófico; es histórico, inmanente, humano y, por tanto, revolucionario. Como dice el Gramsci de «Americanismo y fordismo»: «En América, la racionalización ha determinado la necesidad de elaborar un nuevo tipo humano que se ajuste al nuevo tipo de trabajo y de proceso de producción[10].» Es a la continua revolución de lo humano a la que apunta la praxis.

 

Este texto se ha traducido del original en italiano, publicado con el título de «Ricominciamo a leggere Gramsci» еn el diario Il Manifesto, el 19 de febrero de 2011, y reproducido en EuroNomade el 18 de julio de 2013. Existe una traducción al inglés hecha por Max Henninger para Negri in English, publicada el 28 de abril de 2011. La versión actualizada del texto en inglés, ligeramente aumentada y anotada, se incluyó posteriormente en el libro de Antonio Negri Marx and Foucault (trad. Ed Emery), Cambridge, UK & Malden, MA, Polity Press, 2017, pp. 117-120. Por consiguiente, esta última versión en inglés se ha privilegiado como fuente principal para la presente traducción a la par con el original en italiano publicado en Il Manifesto. La traducción de todas las citas y las notas son del traductor.

Notas

[1] Cuadernos [de la cárcel]. En italiano en todas las versiones consultadas.

[2] Cf. Quaderni del carcere (Edición crítica del Instituto Gramsci. A cargo de Valentino Gerratana), Turín, Einaudi, 1975. Para una edición en español véanse los 6 volúmenes de Cuadernos de la cárcel (Edición crítica del Instituto Gramsci. A cargo de Valentino Gerratana) (trad. Ana María Palos; revisada por José Luis González), México, D. F., Ediciones Era, 1985 (primera reimpresión). En 2020, la Editorial Einaudi publicó una nueva edición, a cargo de Francesco Giasi, de Lettere dal carcere —Cartas desde la cárcel— de Gramsci, cuya primera edición data de 1947, con ocasión del décimo aniversario de la muerte de su autor. La publicación, en aquel entonces, de su epistolario —cuya cuenta asciende hoy a cerca de 500 cartas— le valió a Gramsci la concesión póstuma del Premio Viareggio, el más prestigioso de Italia. Véase en español Antonio Gramsci, Cartas desde la cárcel (1926-1937) (trad. Cristina Ortega Kanoussi), México, Ediciones Era, 2005.

[3] Cf. Luis Althusser, Étienne Balibar et al, Lire Le Capital, París, PUF, 2014. Para una edición en español véase Para leer El capital (trad. Marta Harnecker), Madrid, Siglo XXI de España Editores, 2006 (26ª edición).

[4] Cf. Perry Anderson, «The antinomies of Antonio Gramsci», New Left Review, I/100, nov.-dic. de 1976. Véase en español Perry Anderson, Las antinomias de Antonio Gramsci (trad. Lourdes Bassols y J. R. Fraguas), Madrid, Akal, 2018.

[5] En el citado artículo de Anderson originalmente publicado en 1976 en NLR, se alude a «las oscilaciones en el uso que hace Gramsci de sus términos centrales» y a las «ambigüedades en su uso del término hegemonía» y se señala que Gramsci «nunca se comprometió inequívocamente con ninguno de ellos». Anderson va tan lejos que llega a preguntarse, en términos difícilmente retóricos: «¿Cómo es posible que Gramsci, militante comunista con un historial de inquebrantable —y hasta indebida— hostilidad política al reformismo, dejara un legado de semejante ambigüedad», en relación con conceptos como hegemonía, sociedad civil, sociedad política, Estado, revolución burguesa, revolución proletaria, etc., y con sus interrelaciones y presuposiciones recíprocas?

[6] Cf. Gianni Francioni, «Structure and Description of the Prison Notebooks» [Estructura y descripción de Cuadernos de la cárcel], International Gramsci Journal, 3(2), 2019, pp. 65-82.

[7] En alemán en el original: campo de batalla.

[8] Peter D. Thomas, The Gramscian Moment. Philosophy, Hegemony and Marxism (Historical Materialism Book Series, vol. 24), Leiden y Boston, Brill, 2009, p. 448.

[9] Ibídem, p. 450.

[10] Antonio Gramsci, «Americanism and Fordism» en Selections from the Prison Notebooks (ed. y trad. Q Hoare y G. Nowell-Smith), Nueva York, Orient Longman, 1996, p. 286.

De la fábrica global a la mina planetaria

21abr-23
Publicada el 21 abril, 2023
por Administrador

Una entrevista con Martín Arboleda

El capitalismo del siglo XXI se ha vuelto esencialmente «extractivista»: varias dinámicas que antes eran propias de la producción primaria se replican ahora en otros sectores de la economía. Es necesaria, entonces, una lectura ampliada del extractivismo.

Por Nicolás Allen

Sabemos que los minerales arrancados de la tierra terminan en nuestros dispositivos electrónicos y de alta tecnología. Pero esos solo son los puntos de partida y de llegada. Para analizar el recorrido completo, debemos seguir su movimiento desde los sitios de extracción, transitando complejas cadenas logísticas, hasta la fábricas chinas donde se confeccionan los productos que retornan a los mismos sitios de producción primaria en Chile, Argentina, Brasil y el mundo, en un despliegue de inteligencia artificial, big data y robótica que daría envidia al mismísimo Google.

Este círculo es el mundo que analiza Martín Arboleda en Planetary Mine: Territories of Extraction under Late Capitalism (Verso, 2020), una de las grandes novedades editoriales del año pasado y una pieza fundamental para entender el capitalismo contemporáneo. Según Arboleda, el sistema de «mina planetaria» emerge de una transformación doble en el modo de producción capitalista: una nueva geografía de la industrialización tardía, que desplaza su eje hacia el Pacífico, y un proceso inédito de integración a través de la denominada «revolución logística». De esta manera, el extractivismo desborda los límites del sector primario individualmente considerado y proyecta sus lógicas a las tecnologías digitales, los sistemas logísticos, el sector inmobiliario y el financiero, etc.

Pensar en términos de una «mina global» o una «mina planetaria», sostiene el autor, implica desarrollar mecanismos teórico-metodológicos para poder captar estas relaciones de interdependencia en la economía global. Pero también procura llamar la atención sobre un problema de carácter político-estratégico de primer orden: la necesidad de redoblar los esfuerzos por superar la fragmentación de la subjetividad productiva de las clases trabajadoras.

NA

Me parece que uno de los elementos más provocativos de tu libro es que nos insta a pensar en la industria extractiva —típicamente vista como algo externo a la industria manufacturera— como algo inherente al capitalismo industrial. ¿Qué nos puede decir el extractivismo sobre el patrón de acumulación actual?

MA

Afirmar que el proceso extractivo desborda el espacio de extracción puede parecer una verdad de Perogrullo. Sin embargo, una gran parte de los estudios en la materia consiste en el análisis de las relaciones que establece una compañía, el Estado y la comunidad en un territorio local. Si bien estos casos en muchas ocasiones son esclarecedores, en general tienden a pasar por alto el hecho de que la mina, el pozo petrolero o la explotación agroindustrial es solamente el inicio de un gran entramado de relaciones sociales e infraestructuras sociotécnicas que en muchos casos abarcan una parte considerable de la superficie del planeta. Si bien este tipo de estudios de caso parten de la premisa de que la producción primaria es globalizada, no se tiende a indagar en los mecanismos, redes, flujos y relaciones de poder que hacen posible dicha globalidad.

En otras palabras, usualmente se termina por presuponer aquello que de hecho debería explicarse. No podemos entender el llamado superciclo de materias primas en América Latina sin antes comprender, por ejemplo, cómo la reconfiguración de la industria electrónica (de la mano de empresas como Apple, Microsoft, Foxconn, Huawei, etc.) ha permitido un nuevo paradigma de organización industrial y de urbanización que incide de manera directa en las lógicas y estrategias de extracción de recursos naturales en la región. Este paradigma industrial, conocido usualmente como «wintelismo», se fundamenta en una nítida separación funcional de la innovación y la manufactura en la producción de los artefactos electrónicos.

Esta separación entre concepción y ejecución en la cadena productiva, a su vez, ha impulsado la especialización e integración vertical de la manufactura en Asia, originando sistemas productivos que operan a escalas gigantescas, como lo ha documentado el impresionante trabajo fotográfico de Edward Burtynsky. La fábrica más grande de Foxconn en Shenzhen alcanzó a tener cerca de 400 000 trabajadores en su momento de apogeo, una cifra cuatro veces mayor a la que alguna vez tuvo el complejo manufacturero River Rouge de la compañía Ford, en Estados Unidos. Por supuesto, esta ampliación en la escala industrial se ha manifestado en un aumento exponencial de la demanda de recursos así como en el tipo de recursos que se demandan. Pensemos que un teléfono inteligente de última generación puede contener hasta treinta minerales distintos, y esto de por sí presupone una cadena global de suministro altamente sofisticada que pueda conectar estas fábricas globales con múltiples espacios de extracción alrededor del mundo.

Pero uno de los fenómenos que más impone la urgencia de pensar el extractivismo en términos de fenómeno interconectado es quizás lo que se puede considerar como un «giro logístico» en las industrias extractivas. Con el auge de una nueva división internacional del trabajo estructurada en torno a las economías asiáticas, las grandes distancias de transporte de minerales impulsaron un proceso de modernización tecnológica en la cadena logística para eliminar asimetrías de información e ineficiencia entre los distintos eslabones.

Durante las últimas tres décadas del siglo XX, Japón, Corea del Sur y China desarrollaron nuevos avances tecnológicos en el transporte marítimo y la infraestructura portuaria, que permitieron una reducción importante en los tiempos de circulación de las materias primas a través del Océano Pacífico. Posteriormente, la implementación de tecnologías de trazabilidad mineral y de mapeo de cadenas de suministro impulsaron un proceso más sistemático y sofisticado de integración funcional entre la producción primaria, el sistema portuario y el transporte, tanto terrestre como marítimo.

En consecuencia, las operaciones mineras han transitado de un énfasis corporativo en los rajos y socavones hacia uno que también engloba la velocidad de circulación, la homeostasis de los sistemas logísticos y el flujo ininterrumpido de los minerales. El planteamiento que hace Planetary Mine consiste en afirmar que este proceso de integración logística en la cadena extractiva demanda un ejercicio conceptual simultáneo que permita ampliar y complejizar los marcos analíticos con los que tradicionalmente se entiende la producción primaria y su relación con otros sectores de la economía.

NA

Las tecnologías de transporte siempre han incidido de manera más o menos directa en la organización industrial. Pienso en cómo las técnicas de agua, que dieron paso al uso del vapor, o luego al gas, implicaron una doble reorganización tanto en la forma de producción fabril como en el desplazamiento de mercancías. Tu argumento extiende esta idea también a la producción primaria, ¿verdad?

MA

Claro. A lo largo de la historia moderna, los sistemas de transporte han ejercido un importante rol como semillero de innovación tecnológica para permitir el acceso a recursos naturales geográficamente remotos. Distintas potencias económicas se han visto en la necesidad de inventar tecnologías de transporte y navegación cada vez más eficientes para reducir costos de transporte y así lograr o mantener su predominio comercial. Algunos ejemplos de este fenómeno son los bergantines utilizados por España para transportar oro y plata a través del Atlántico en el siglo XVI, el fluyt holandés para transportar madera en el siglo XVII, los barcos motorizados introducidos por el Imperio Británico para llevar guano y caucho desde el Amazonas en el siglo XIX y el Valemax, el barco carguero más grande jamás construido, que transporta hierro desde Brasil a China a través del Océano Pacífico.

Sin embargo, lo que hace de la revolución logística de las últimas décadas un fenómeno históricamente único es el hecho de que ha tornado difusos los límites que separan el transporte de otros tipos de trabajo productivo. Tradicionalmente, la logística había estado restringida al transporte y al almacenamiento. No obstante, distintas innovaciones tecnológicas recientes le han permitido reinventarse como una ciencia de la circulación general, que apunta al manejo integrado de la cadena de suministros como un sistema total.

A mi parecer, una de las grandes contribuciones de los estudios críticos de la llamada «revolución logística» es el hecho de que pone de manifiesto la creciente importancia que ha adquirido la esfera de la circulación en el proceso de acumulación del capital. El hecho de que compañías como Walmart y Amazon —cuyo giro de negocios es eminentemente logístico— sean consideradas como la punta de lanza de un nuevo paradigma de organización industrial en el siglo XXI da cuenta de la relevancia de la circulación en la economía global.

Justamente, lo que está en juego con la política de la circulación es la posibilidad de contribuir al desarrollo de una teoría ampliada de la extracción. Mi trabajo parte de una comprensión crítica de la circulación del capital que entiende a la producción, la circulación, la distribución y el consumo como distintos momentos de un solo proceso de transformación sociometabólica. Pensar críticamente la circulación del capital, por su parte, involucra hacer del valor un dispositivo metodológico para comprender la interdependencia. El énfasis metodológico en el valor nos recuerda que la mina es un producto del trabajo humano, y que por ello se hace necesario indagar en la realidad cotidiana de las distintas clases trabajadoras (tanto asalariadas como no asalariadas), así como en la organización tecnológica y productiva de los espacios de extracción.

Otro aspecto importante de emplear el valor como lente de observación en procesos extractivos es el hecho de que, como lo sugiere Marx en los Grundrisse, el capital es valor en proceso. El valor, en este sentido, es una entidad incompleta que emerge en la producción pero se realiza en la economía de mercado gracias a procesos y prácticas que desbordan la relación trabajo-capital (y que involucran actividades de cuidado, de transporte, de almacenaje, de intermediación financiera, de extracción de renta, de comercialización, de consumo).

De nada sirve tener acceso a un depósito mineral si no se cuenta con las tecnologías necesarias para extraer de manera rentable. Por su parte, de nada sirve extraer minerales si estos no se pueden llevar al mercado de manera rápida y segura. Además, si los minerales se venden en el mercado y una porción de la ganancia no se reinvierte nuevamente en el proceso productivo, se corre el riesgo de sucumbir ante la competencia entre empresas y el cambio tecnológico. Por tanto, este «valor en proceso» debe realizarse en el mercado para que exista y, por ende, pueda funcionar como capital. Así, el valor debe transitar de manera constante entre sus distintas fases o modos de existencia, pues de lo contrario se devalúa, se destruye o queda obsoleto. Entender el valor en términos de una potencialidad que adquiere existencia concreta en la esfera de la circulación es, a mi parecer, una estrategia metodológica fructífera para visibilizar la geografía expandida de la extracción.

Este desplazamiento de la dinámica de acumulación hacia la circulación ha generado un inusitado interés en el tomo II de El Capital, en el cual Marx supera un énfasis más restringido al proceso de producción de mercancías y analiza la realización del valor en términos de un proceso intrínsecamente turbulento y sujeto a distintos focos de crisis y disrupción. En las industrias extractivas, el ensanchamiento y la complejización de la esfera de la circulación han evolucionado de manera conjunta a su creciente politización. Hasta se podría decir que algunas de las emergentes formas de lucha y movilización social que actualmente más inciden sobre la extracción tienen lugar en la esfera de circulación (es decir, en puertos, oleoductos, vías férreas, autopistas, supermercados, corredores terrestres o marítimos, etc.). Los llamados cuellos de botella o choke points de las cadenas globales de suministro, en consecuencia, han emergido como espacios clave del nuevo paisaje de la lucha territorial y la insurgencia laboral en el siglo XXI.

NA

¿Cuáles son los puntos principales que vuelven necesaria esta nueva forma de abordar las industrias extractivas?

MA

Quizás el principal hito histórico que hace necesaria una comprensión unificada del proceso global de acumulación del capital es la llamada Nueva División Internacional del Trabajo (NDIT). La llamada NDIT ha convertido a las economías del este asiático en el centro gravitacional de un nuevo sistema mundial estructurado en torno al Océano Pacífico. Este evento geohistórico no tiene precedentes en la historia moderna, y ha trastocado la geometría de poder de un sistema mundial que desde el siglo XVI se había organizado alrededor del Océano Atlántico y de las potencias europeas y Estados Unidos.

Con la NDIT, el sistema capitalista se ensancha y se complejiza y, por ende, el modelo tradicional de una economía capitalista organizada en torno a potencias occidentales y periferias no occidentales entra en crisis. En este sentido, una de las contribuciones importantes de la tesis de la NDIT consiste en resaltar el hecho de que el capitalismo no es un fenómeno «occidental»; más bien, su fase occidental no sería sino la larga prehistoria de una formación social que hoy ha asumido un carácter verdaderamente global. Para Marx, la unicidad global del capital —en la figura de un mercado mundial— era apenas un problema abstracto por tratar en el tomo V de El Capital, nunca escrito. Hoy, sin embargo, la realización concreta de este mercado mundial que avizoró Marx impone importantes desafíos políticos y teórico-metodológicos.

NA

Es decir que donde algunos ven en el ascenso de China la emergencia de una nueva superpotencia mundial o el surgimiento de un orden global multipolar, tú observas una forma más elevada y «pura» del capitalismo. ¿Cuáles son las implicancias de eso para la vigencia del imperialismo?

MA

Efectivamente, sí. Una de las implicaciones importantes de la NDIT —cuyo punto más álgido se dio con el auge de China a principios del actual siglo— es que de alguna manera tensiona el modelo de ciclos sistémicos de acumulación que supedita cada período de desarrollo capitalista a la conducción de una economía hegemónica (los imperios ibéricos en el siglo XVI, el Reino de los Países Bajos en el siglo XVII, Inglaterra en los siglos XVIII y XIX y Estados Unidos en el siglo XX). El desplazamiento del eje de la economía mundial hacia el Océano Pacífico es un evento geohistórico de tal magnitud que es improbable esperar el mismo patrón de dinámicas interestatales que marcaron la era occidental del capitalismo. Esa, por ejemplo, fue la conclusión a la que llegó Giovanni Arrighi en su libro Adam Smith en Pekín, publicado poco tiempo antes de su muerte en 2009, en el que el autor cuestiona el esquema de ciclos sistémicos que él mismo había elaborado.

El acenso de China ha generado distintos acontecimientos que han sido considerados imperialistas, como las disputas territoriales relacionadas al megaproyecto de infraestructura Belt and Road (también conocido como «la Nueva Ruta de la Seda»), al puerto de Gwadar en Pakistán y a los asentamientos mineros chinos en África, para citar algunos de los ejemplos más paradigmáticos. Lo primero que se observa aquí es que la vocación china no es de carácter militarista o de ocupación territorial (como fue el caso de las potencias europeas), sino más bien marcadamente mercantilista. De acuerdo con Parag Khanna, por ejemplo, esta vocación mercantilista de China se manifiesta en el hecho de que este país no busca ocupar otros países, sino asegurar el flujo de mercancías a través de ellos. El hecho de que China opere con una lógica más mercantilista que territorial indica que quizás estamos frente a una ruptura con el entramado de relaciones interestatales propias de las potencias europeas.

En América Latina, por ejemplo, se ha sugerido que el Consenso de Washington ha sido remplazado por un Consenso de los Commodities que ha instalado a China como el nuevo centro de las mismas relaciones de dependencia de siempre. Si bien hay una intuición muy importante en esta tesis, creo que la extrapolación mecánica de realidades angloeuropeas al contexto latinoamericano debe tomarse con más cautela, pues corre el peligro de pasar por alto la especificidad del contexto actual. Por ejemplo, como lo sugiere la literatura especializada en el campo de los estudios agrarios, la idea de una «extranjerización de la tierra» en la región (ya sea a manos de China o de bancos de inversión del Norte Global) carece de un fundamento empírico concreto y obedece más a suposiciones y exageraciones periodísticas sobre la inversión china en la región.

De hecho, lo que parece decir la evidencia empírica es que gran parte del acaparamiento de tierras que se ha dado recientemente en la región obedece a la actividad de grupos empresariales nacionales o al auge de empresas translatinas o multilatinas que adquieren tierras en países vecinos. Este hallazgo de por sí pone en tensión las interpretaciones estadocéntricas de la extracción de recursos en Latinoamérica y también resalta el rol (igualmente importante) de las burguesías nacionales. En consecuencia, también tensiona las lecturas estatistas del imperialismo y demanda nuevas perspectivas que, como lo ha afirmado Jeffery Webber, puedan dar cuenta de la «estratificación compleja» que caracteriza el sistema mundial bajo la fase tardía del capitalismo.

NA

Tal vez con eso toquemos uno de los temas más complejos pero interesantes de Planetary Mine, que es el modo en que el sistema de competencia interestatal podría perder vigencia mientras el imperialismo sigue operando.

MA

Parto de la idea de que el imperialismo es una forma política de la tendencia a incrementar la composición orgánica del capital —esto es, la proporción de capital fijo a capital variable, o de maquinaria a trabajo humano— a un nivel sistémico. Esta lectura se nutre principalmente de la teoría de reproducción ampliada que desarrolló Rosa Luxemburgo en La acumulación del capital. El aumento de la productividad a través de la producción de plusvalía relativa no solamente genera una mayor demanda de recursos naturales en las economías manufactureras, sino que también satura los mercados de consumo nacionales.

En ese sentido, el proceso de reproducción ampliada genera presiones sistémicas que anteceden la autoridad política del Estado, pues se originan justamente en el proceso de acumulación. Uno de los aspectos relevantes de las teorías del imperialismo que surgieron de autores de la Segunda Internacional (como Luxemburgo, Lenin, Hilferding, etc.) es precisamente el hecho de que se desligaron de teorías políticas del imperialismo y desarrollaron explicaciones de este fenómeno que hacían hincapié en sus aspectos más económicos y sistémicos.

En otras palabras, la contribución de estas teorías consistió en descifrar las fuerzas económicas que impulsan lo que en la superficie parecían estrategias estatales supuestamente autónomas. Fue justamente esta misma intuición lo que por ejemplo llevó a Hannah Arendt a definir el imperialismo moderno como «la emancipación política de la burguesía» a través de un desdoblamiento del Estado político.

Hoy en día estamos presenciando una exacerbación de los síntomas tradicionales del imperialismo tales como el despojo violento de poblaciones rurales, un creciente uso de la fuerza extraeconómica para contener el descontento y la revuelta social y el exterminio de comunidades indígenas y defensoras del medio ambiente, entre otros. Sin embargo, trazar una causalidad directa con China o con cualquier otra potencia, como sucedía en otras épocas, se hace cada vez más difícil, y esto conlleva la necesidad de repensar el imperialismo o, mejor dicho, de tensionar las comprensiones más convencionales de este fenómeno que parten del presupuesto de que el Estado es su elemento primigenio.

Como bien lo ha planteado Raúl Zibechi recientemente, la militarización es la fase avanzada del extractivismo. Sin embargo, esta militarización ya no se da en un marco de relaciones interestatales discerniblemente antagónicas, sino que se presenta eminentemente como un mecanismo de los Estados para controlar a sus propias poblaciones domésticas ante las necesidades sistémicas del proceso de reproducción ampliada. En el lenguaje de la intelligentsia económica, tanto neoliberal como neodesarrollista, las necesidades sistémicas que se desprenden de la producción de la plusvalía relativa a escala planetaria se entienden en términos de un imperativo de asegurar el «progreso», el «desarrollo» y el «crecimiento económico». Como lo han demostrado diversos estudios, estos discursos sobre el progreso muchas veces son abrumadoramente compatibles con prácticas de expulsión e incluso exterminación en zonas extractivas.

NA

O sea que el Estado nación es una forma —cada vez más rígida y autoritaria, como señalas— cuyo contenido más profundo remite en ultima instancia a la economía mundial, ¿no? Entiendo que aquí echas mano de un enfoque teórico particular, el llamado «análisis de formas».

MA

Un aspecto muy relevante de esta corriente de pensamiento es el hecho de que cuestiona la separación metodológica entre lo político y lo económico que tiende a ser propia de variantes más estructurales del marxismo. Bajo una reconstrucción hegeliana de la obra de madurez de Marx, estas tradiciones plantean que el Estado liberal no constituiría una esfera independiente o con «autonomía relativa» (en los términos en que lo proponen autores como Althusser o Poulantzas) del proceso de acumulación, sino que sería más bien una forma fetichizada o un modo de existencia de un contenido subyacente, el cual comprende las relaciones sociales en su materialidad concreta.

Esta comprensión dialéctica del Estado ofrece una alternativa tanto a las lecturas «hiperglobalistas», que proclaman la erosión de la soberanía del Estado nación ante la fuerza avasalladora de las compañías trasnacionales y el capital financiero (como es el caso de las teorías sociológicas de la globalización que surgieron de autores como Manuel Castells, Zygmut Bauman, Michael Hardt y Antonio Negri, entre otros) como a las lecturas «politicistas», que ven el sistema mundial como el resultado inmediato de relaciones antagónicas entre Estados nación que se presuponen autónomos (como sucede, por ejemplo, con algunas teorías de la dependencia, del intercambio desigual y del imperialismo).

En palabras de Werner Bonefeld, el Estado moderno es «la forma política de la libertad de mercado». En América Latina, esta lectura hegeliana y dialéctica del Estado capitalista fue desarrollada inicialmente por el clásico libro Hacia un Marx desconocido, de Enrique Dussel, y posteriormente por Juan Iñigo Carrera. Para Iñigo Carrera, las dinámicas que fundamentan la Nueva División Internacional del Trabajo serían globales en cuanto a su contenido y nacionales en cuanto a su forma. Es justamente esta lectura del Estado capitalista la que a mi parecer permite captar la manera en que un Estado neoliberal crecientemente autoritario y amurallado y un orden mundial funcionalmente integrado por cadenas de suministro se necesitan mutuamente.

NA

Estamos conversando hace rato sobre una teoría ampliada de la extracción. Por cierto, la extracción se ha convertido en un término que se utiliza a propósito de diversos tipos de explotación que ocurren por fuera del sitio de producción estrechamente definido. ¿Hay consideraciones estratégicas —como aquellas que han desarrollado algunas corrientes feministas en torno a la extracción financiera— que se desprendan de tu teoría acerca de una «mina global»?

MA

Lo que plantearon personas como Mariarosa Dalla Costa y Antonio Negri en su momento fue el hecho de que la producción capitalista había desbordado el espacio individual de la fábrica y se empezaba a derramar por todo el tejido social: en hogares, escuelas, cárceles, así como en el arte y la cultura popular. De la misma manera, hoy podemos observar el modo en que el extractivismo empieza a desbordar los límites del sector primario individualmente considerado y a proyectar sus lógicas y relaciones sociales a las tecnologías digitales, los sistemas logísticos, el sector inmobiliario y el financiero, entre otros.

Pensar en términos de una mina global o una mina planetaria implica justamente desarrollar mecanismos teórico-metodológicos para poder captar estas relaciones de interdependencia en la economía global. Implica volver de manera crítica al estudio de los circuitos de capital, las cadenas globales de mercancías, el análisis de sistemas-mundo y otras aproximaciones afines que justamente permitan comprender ese complejo entramado de procesos que conectan minas, puertos, buques cargueros, fábricas, bolsas de valores y espacios de consumo masivo.

Pero el concepto de una mina global también comporta un problema de carácter político-estratégico de primer orden, pues implica un esfuerzo de superar la fragmentación de la subjetividad productiva de las clases trabajadoras, que tiende a reducir el extractivismo a un problema de «comunidades locales» y que desconoce la realidad de trabajadoras y trabajadores no solamente en la minería, sino en otros eslabones de la cadena logística. En este sentido, este enfoque se inspira en el clásico libro Patriarcado y acumulación a escala mundial, en el que Maria Mies afirmó que la naturaleza fetichizada de la mercancía capitalista tendía a invisibilizar las relaciones de mediación social que hacían de la mujer productora en la maquila del Sur Global y la mujer consumidora de un Norte Global crecientemente empobrecido dos caras de una misma moneda.

Esta opacidad también la podemos ver hoy en día en la aparente fragmentación que dificulta entender la manera en que las comunidades indígenas y campesinas del espacio extractivo se vinculan con los espacios de logística, manufactura y consumo en otros lugares del mundo. Revelar el modo en que estos distintos espacios de la división sexual e internacional del trabajo se coproducen, para Maria Mies, no era un problema meramente teórico sino principalmente de estrategia socialista. Era la condición para poder imaginar y construir un verdadero internacionalismo del pueblo trabajador.

NA

En alguna medida, es el viejo dilema de una creciente socialización del trabajo y la simultánea fragmentación de la clase obrera… ¿Se podría decir que las nuevas dinámicas de extracción que estamos discutiendo conllevan la posibilidad de una nueva subjetividad revolucionaria?

MA

Es muy improbable pensar que el impresionante proceso de integración funcional que se ha presentado en la cadena extractiva no haya tenido su propio correlato político. Como lo discutíamos hace un momento, la creciente importancia de la esfera de la circulación en la acumulación del capital ha traído consigo nuevas manifestaciones de lucha territorial y política. Pero no es solamente el hecho de que la revuelta social haya desbordado los espacios de producción y ahora se extienda más ampliamente por todo el tejido social.

Una de las particularidades de las crisis del siglo XXI es que ha hecho resurgir la antigua figura del movimiento de masas. El movimiento feminista es quizás el ejemplo más paradigmático de este emergente paisaje de la revuelta social pues, como lo ha afirmado Verónica Gago, es un movimiento que se distingue porque combina masividad y radicalidad. Algo similar sucede con el movimiento de Black Lives Matter o con el de justicia climática, que lidera Greta Thunberg y que se opone a los dos grandes pilares de la economía capitalista: el crecimiento infinito y las industrias fósiles.

Esta creciente interdependencia y socialización del trabajo traen consigo el desafío de entender la subjetividad revolucionaria como una subjetividad que es socialmente mediada. Tradicionalmente, se ha tendido a pensar que los fundamentos para la acción transformadora consciente se encuentran en elementos culturales (la particular valentía o dignidad de un pueblo), morales (la idea de la libertad o de la igualdad) o transhistóricos (la solidaridad propia de comunidades primitivas) de la vida social. Si bien estas lecturas son relevantes, pierden de vista las capacidades transformadoras que se desarrollan al interior de la evolución global del capitalismo.

Esta fue quizás una de las conclusiones más importantes a las que llegó Marx en sus escritos etnológicos tardíos sobre las comunidades arcaicas. En los llamados «Cuadernos Kovalevsky» y en los borradores de la carta que escribió a Vera Zasulich en 1881, Marx empieza a cuestionar la idea de que el proletariado industrial pudiese ser «la partera de la historia». Por el contrario, comenzaba a identificar en las sociedades primitivas y no occidentales una serie de elementos esenciales y algunas potencialidades de lo que podría ser una civilización poscapitalista avanzada. Sin embargo, las relaciones de la comunidad arcaica se habían mantenido delimitadas a una existencia parroquial debido a su capacidad técnica, y por ende sería un sistema complejo de interdependencia social —como el que se desprende de la ciencia y tecnología capitalistas— lo que permitiría la generalización de estas relaciones a una escala planetaria.

Los escritos de juventud de Álvaro García Linera, por ejemplo, desarrollan justamente esta posibilidad de que lo comunitario que hay en la comunidad arcaica pueda regresar en una forma superior gracias al intercambio metabólico global que hace posible la modernidad capitalista. El regreso de esta comunidad arcaica, sin embargo, esta vez tendría un contenido planetario, precisamente por la socialización del trabajo moderno. Esta formación terciaria de la sociedad, denominada en términos de «Ayllu Universal» por García Linera o de «modernidad ch’ixi» por Silvia Rivera Cusicanqui, sería la conjugación de lo comunitario y lo planetario. Me parece interesante pensar que en la nueva figura del movimiento de masas (ya sea feminista, antirracista o ecosocialista) se refleja una nueva conciencia planetaria en la que podremos encontrar los primeros vestigios de lo que podría llegar a ser este Ayllu Universal o esta futuridad ch’ixi.

Creo, en definitiva, que cualquier alternativa real al capitalismo tiene la difícil misión de elaborar una articulación más matizada entre lo nuevo y lo antiguo, para que así no caiga en los extremos del productivismo acrítico o de la nostalgia pastoril. Este tipo de maniqueísmo clausura trayectorias civilizatorias complejas, barrocas y heterogéneas en las que, como alguna vez lo afirmó Bolívar Echeverría, la vida social pueda seguir siendo moderna pero al mismo tiempo radicalmente alternativa.

Pensar en una sociedad que se pueda construir en torno al valor de uso y a la reproducción social no implica renunciar a las posibilidades que ofrece la técnica. En la tradición ecosocialista encontramos un importante esfuerzo de elaboración teórica para imaginar un tipo de anticapitalismo que sea tecnológicamente avanzado y democráticamente planificado (a través de interacciones múltiples entre cuerpos autogestivos y cuadros técnicos) pero que, al mismo tiempo, respete, preserve y restaure los límites naturales del planeta y de sus sistemas biofísicos.

 

Ernest Mandel fue uno de los grandes pensadores marxistas del siglo XX

06abr-23
Publicada el 6 abril, 2023
por Administrador

Por Alex de Jong

Nacido un día como hoy hace un siglo, Ernest Mandel fue uno de los principales pensadores políticos de su época. Desde su activismo adolescente en la resistencia antinazi hasta sus últimos días, Mandel fue un inflexible defensor de los ideales socialistas y los intereses de la clase obrera.

El intelectual y activista socialista belga Ernest Mandel nació hoy hace cien años, el 5 de abril de 1923. Mandel fue un agitador incansable y un erudito que escribió algunas de las obras más significativas de la teoría marxista durante la segunda mitad del siglo XX.

Mandel es quizás más recordado hoy por su libro Capitalismo tardío, que popularizó un término ahora familiar. El crítico Fredric Jameson se basó en gran medida en los escritos económicos de Mandel en su teorización del posmodernismo, y «capitalismo tardío» se ha convertido en un cliché periodístico para el análisis cultural.

El propio Mandel, que en su día escribió una historia social de las novelas policíacas, podría haber sonreído ante esta curiosa apropiación de su obra. Pero su objetivo primordial era cuestionar las estructuras de poder del capitalismo, más que analizar sus efectos culturales secundarios.

Permaneció fiel a ese objetivo desde su adolescencia como combatiente de la resistencia en tiempos de guerra que sobrevivió al sistema penitenciario nazi hasta sus últimos días en el páramo neoliberal de la década de 1990. La vida política y la obra de Mandel pueden ser una importante fuente de inspiración para el nuevo movimiento socialista de hoy.

Resistencia al nazismo

Mandel nació en una familia de judíos polacos asimilados de origen alemán en la ciudad belga de Amberes. Su padre, Henri Mandel, tenía simpatías izquierdistas, concretamente con las ideas de León Trotsky. Durante la década de 1930, tras la llegada de los nazis al poder en Alemania, la casa de los Mandel se convirtió en un lugar de encuentro para refugiados de izquierdas. Escuchando a estos refugiados hablar de socialismo, de los últimos acontecimientos en la Unión Soviética y del ascenso del fascismo, el joven Ernest se inició en la política radical.

En mayo de 1940, la guerra llegó a Bélgica y la Alemania nazi invadió el país. Gran parte de la izquierda fue incapaz de responder a la nueva situación. Muchos dirigentes del socialdemócrata Partido Laborista Belga y de los sindicatos huyeron del país, mientras que Hendrik de Man, antiguo dirigente del Partido Laborista, llamaba a colaborar con los ocupantes.

El pacto de no agresión soviético-alemán seguía vigente en aquel momento, y los comunistas belgas proclamaron una postura de una «pura y más completa neutralidad». Semanas después del comienzo de la invasión nazi, un asesino que trabajaba por orden soviética asesinó a Trotsky en su exilio mexicano.

En medio de esta confusión, un grupo de izquierdistas independientes se propuso publicar el primer periódico clandestino en lengua flamenca, que se editó en casa de los Mandel. Ernest y su padre escribieron muchos de los artículos del periódico. En agosto de 1942, Ernest pasa a la clandestinidad. A finales de ese año fue detenido, pero logró escapar mientras lo transportaban.

Según el biógrafo de Mandel, Jan Willem Stutje, Henri Mandel pagó un rescate por la liberación de su hijo. La «audaz huida» de Ernest bien podría haber sido «escenificada por agentes ansiosos por evitar ser interrogados». Según Stutje, la huida de Mandel lo dejó con un sentimiento de culpa.

Sin inmutarse, Mandel continuó sus actividades de resistencia. Para entonces, se había convertido en miembro del Partido Comunista Revolucionario (PCR) trotskista. A principios de 1944, el PCR elaboró un panfleto bilingüe sobre los contactos entre empresas alemanas y estadounidenses que se dirigía directamente a los soldados alemanes: «Están siendo sacrificados como carne de cañón mientras sus amos negocian para salvar sus posesiones». El 28 de marzo de 1944, mientras distribuía el panfleto, Mandel fue detenido de nuevo.

Arrestado por sus actividades de resistencia y no por ser judío, Mandel fue enviado a diferentes prisiones y campos de trabajo, llegando en un momento dado a ser obligado a trabajar en una fábrica de productos químicos de IG-Farben. Como miembro de la resistencia, judío y trotskista despreciado por sus compañeros de prisión estalinistas, sus posibilidades de sobrevivir eran escasas.

Mandel recordó más tarde que la pura suerte fue una de las razones por las que consiguió salir adelante. Pero también atribuyó su éxito al hecho de establecer lazos con algunos de los guardianes de la prisión alemana que habían sido partidarios del partido socialdemócrata antes de que los nazis tomaran el poder: «Era lo más inteligente que se podía hacer, incluso desde el punto de vista de la autopreservación». Las duras condiciones le pasaron factura y Mandel fue hospitalizado a principios de 1945. El 25 de marzo de 1945, las fuerzas estadounidenses liberaron el campo en el que estaba recluido.

El trotskismo después de Trotsky

Aunque los familiares directos de Mandel sobrevivieron a la guerra, su abuela, su tía y su tío fueron asesinados en Auschwitz, junto con sus familias. Henri Mandel soñaba con una carrera académica para su hijo, pero Ernest tenía otras prioridades. Quería continuar la lucha contra el capitalismo, el sistema que había producido los horrores del nazismo y la guerra. A lo largo de su vida, la experiencia del fascismo siguió siendo un punto de referencia político y moral para Mandel.

León Trotsky y sus partidarios habían fundado la IV Internacional (CI) en 1938. Trotsky esperaba que la prueba de la guerra que se avecinaba desacreditaría a los partidos comunistas estalinistas y confiaba en que la IV Internacional se convirtiera en una alternativa. Sin embargo, el importante papel de la Unión Soviética en la derrota de la Alemania nazi y la participación de los comunistas en los movimientos de resistencia europeos aportaron a esos partidos un prestigio y una popularidad sin precedentes, dejando a sus rivales del ala radical del movimiento obrero con escasas oportunidades de crecimiento.

Mientras tanto, la guerra y la represión habían diezmado a los pequeños grupos asociados a la CI. Mandel sintió que era su deber ayudar a construir el movimiento trotskista y se convirtió en un activista destacado en sus filas. En parte, le impulsaba el recuerdo de los camaradas que los nazis habían asesinado, como su íntimo amigo Abram Leon, autor de un importante estudio sobre la historia judía y el antisemitismo.

Como muchos radicales, Mandel pensaba que la guerra sería el preludio de una oleada de revoluciones en Europa, como había ocurrido con la Primera Guerra Mundial. El programa que Trotsky redactó para la CI en 1938 afirmaba que el capitalismo había encallado:

Las fuerzas productivas de la humanidad se estancan. Ya los nuevos inventos y mejoras no consiguen elevar el nivel de riqueza material. Las crisis coyunturales bajo las condiciones de la crisis social de todo el sistema capitalista infligen privaciones y sufrimientos cada vez más pesados a las masas.

Poco a poco, Mandel llegó a reconocer que el sistema no sólo seguiría funcionando, sino que incluso era capaz de desarrollarse aún más, entrando en un largo periodo de crecimiento económico después de 1945. En estas condiciones, se afilió al Partido Socialista Belga, manteniendo en secreto su identidad trotskista, y ayudó a fundar el semanario La Gauche (La Izquierda), un periódico que llegó a ser influyente en la izquierda socialista belga.

En este periodo, Mandel se consolidó como teórico y dirigente socialista. En 1962 publicó su primera gran obra, Teoría económica marxista. El libro ofrecía una presentación sistemática de su tema, intentando demostrar que se podía «reconstituir todo el sistema económico de Karl Marx» recurriendo a «los datos científicos de la ciencia contemporánea».

En la introducción del libro, Mandel describía su enfoque como «genético-evolutivo», con lo que quería decir que se dedicaba a estudiar el origen y la evolución de su tema. «La teoría económica marxista», escribió, debe considerarse como «el resumen de un método, de los resultados obtenidos mediante el uso de este método, y de los resultados que están continuamente sujetos a reexamen». La combinación de historia y teoría, tratando continuamente de integrar nuevos hallazgos, sería característica de la obra de Mandel.

Reformas estructurales y estrategia socialista

Mientras trabajaba en Teoría económica marxista, un libro de casi ochocientas páginas en su traducción inglesa, Mandel desarrolló una estrategia de «reformas estructurales anticapitalistas» como parte del círculo en torno a La Gauche. Con esto se refería a reformas que no introducirían el socialismo en sí mismas pero que, sin embargo, representarían pasos hacia él y «darían a la clase obrera la capacidad de debilitar decisivamente al gran capital.»

Para Mandel, las posibles reformas estructurales anticapitalistas en Bélgica incluían la organización de una oficina de planificación que garantizara el pleno empleo, el control público de las grandes empresas y la nacionalización del sector energético. Subrayó que las reformas económicas no podían separarse de la cuestión del poder político.

Mandel intentaba formular una estrategia socialista que pudiera ser adecuada para un país capitalista desarrollado como Bélgica. Una fuente de inspiración para este esfuerzo fue la huelga general belga del invierno de 1960 contra una serie de reformas propuestas por el gobierno de derechas. La huelga, que duró varias semanas, movilizó a cientos de miles de trabajadores. Las huelgas y ocupaciones de fábricas francesas de junio de 1936, tras la llegada al poder del Frente Popular de izquierdas, fueron otro ejemplo citado por Mandel.

Durante el periodo de crecimiento económico de la posguerra, las condiciones de vida habían mejorado para muchos, pero luchas como la huelga general belga demostraban que el desarrollo capitalista no había pacificado del todo a la clase obrera. Para Mandel, las armas más poderosas de los trabajadores en la lucha contra el capitalismo eran la organización, la educación política y la conciencia de su papel económico esencial.

Reconocía que las luchas de los trabajadores no giraban simplemente en torno a las condiciones económicas, sino que también estaban impulsadas por la resistencia a prácticas laborales alienantes y opresivas. Incluso los trabajadores relativamente acomodados experimentaban alienación y dominación en el lugar de trabajo. En un balance de la huelga de 1960, Mandel escribió que la lucha de la clase obrera contra el capitalismo «difiere de las luchas sociales del pasado en que no es sólo una lucha por intereses esenciales e inmediatos». Esa lucha puede convertirse en una «lucha consciente para reestructurar la sociedad».

Mandel argumentó que la huelga belga fue una oportunidad perdida porque no había habido un liderazgo político que propusiera esa reestructuración. Para que se produjera un cambio revolucionario, era necesario ampliar la lucha por las reformas económicas a la cuestión del poder político.

Para Mandel, la lucha sólo podía ser victoriosa si «el adversario se enfrentaba no sólo en las fábricas sino también en las calles». La historia había demostrado, insistía, la necesidad de establecer un partido revolucionario que «explicara incansablemente» a los trabajadores que era necesario tomar el poder económico además del político para alcanzar sus objetivos.

Dinámica del capitalismo tardío

Durante la década de 1960, Mandel desarrolló su comprensión de cómo funcionaba el capitalismo un siglo después de que Marx hubiera publicado El Capital. Inicialmente utilizó el término «neocapitalismo» antes de decantarse por «capitalismo tardío». El libro de 1972 con ese título fue la obra magna de Mandel.

En El capitalismo tardío, intentó «ofrecer una explicación marxista de las causas de la larga onda de crecimiento rápido de la posguerra». Según Mandel, este periodo de crecimiento también tenía «límites inherentes» que aseguraban que daría paso a «otra larga onda de creciente crisis social y económica para el capitalismo mundial, caracterizada por una tasa de crecimiento global mucho menor». Predijo correctamente el final del auge de la posguerra a mediados de la década de 1970.

Mandel consideraba que una de las características del capitalismo tardío era la aceleración del ritmo de innovación tecnológica. Esto acortó la vida útil del capital fijo y dio lugar a una mayor necesidad de planificación por parte de las grandes empresas. También se produjo una intervención gubernamental en la economía a una escala sin precedentes para evitar colapsos como el de Wall Street en 1929. Como observó Mandel en 1964 «El Estado garantiza ahora, directa e indirectamente, el beneficio privado de formas que van desde las subvenciones encubiertas hasta la ‘nacionalización de las pérdidas’».

Sin embargo, cada intento del capitalismo por superar sus contradicciones le planteaba nuevos problemas. Respaldados por los gobiernos, los bancos concedían créditos baratos a las empresas, lo que permitía un rápido crecimiento, pero también provocaba inflación. Dicha inflación perjudicaba a las grandes inversiones a largo plazo que eran fundamentales para la competencia entre las grandes empresas, intensivas en capital.

A su vez, los intentos de combatir la inflación crearon sus propios problemas, estrangulando el crecimiento económico. La intervención del Estado en la economía podía ser útil para evitar crisis catastróficas y garantizar los beneficios. Pero también dejó claro a todo el mundo que «la economía» no era un hecho natural.

Horizontes revolucionarios

Mandel apostó por la posibilidad de un cambio revolucionario derivado de tales contradicciones. Explosiones como la huelga general belga y la crisis griega de Apostasia de 1965 le plantearon un dilema marxista clásico. Si era cierto, como había insistido Marx, que «la ideología dominante de toda sociedad es la ideología de la clase dominante», entonces ¿cómo podía liberarse la clase obrera?

Mandel reconoció que el dominio de la ideología de la clase dominante tenía raíces más profundas que la «manipulación ideológica» a través de los medios de comunicación de masas, el sistema escolar, etc. Esta dominación sacaba fuerzas del funcionamiento cotidiano del capitalismo en el que los trabajadores se veían obligados a competir entre sí y tenían que depender de la venta de su fuerza de trabajo.

Sin embargo, las inevitables contradicciones y crisis del capitalismo derivadas de la competencia entre los monopolios dominantes también provocaron fisuras en el consenso dominante. La cuestión central para los socialistas era cómo ir más allá de los estallidos de descontento que eran el resultado inevitable de las turbulencias económicas. Pasar de las luchas defensivas contra los ataques a las condiciones de vida y los salarios a las demandas de poder de los trabajadores requería un «salto consciente».

En un influyente texto sobre la necesidad de la organización socialista, Mandel desarrolló sus ideas sobre lo que haría posible ese salto. Distinguió entre tres grupos: la masa de la clase obrera, una vanguardia de esa clase formada por trabajadores activistas y los miembros de las organizaciones revolucionarias. La tercera categoría se solapaba parcialmente con la segunda.

En el esquema de Mandel, la «vanguardia» no era una élite autoproclamada, sino los activistas más comprometidos y enérgicos de la clase obrera. Construir un movimiento revolucionario significaba ganar a esos trabajadores activistas para las ideas socialistas. Esto les proporcionaría organización y evitaría su retirada del activismo político durante el inevitable reflujo de las luchas sociales inmediatas.

El cambio radical sólo sería posible durante las oleadas de agitación, cuando las contradicciones del capitalismo generaran ira y protestas masivas. Durante esos periodos, un partido revolucionario debería intentar atraer a grupos cada vez mayores de personas a la acción política y proponer reivindicaciones anticapitalistas.

Mandel veía la revolución como un proceso de interacción entre la acción organizada y los movimientos espontáneos en el que los trabajadores se organizarían inevitablemente en diferentes grupos. Con ello rompía una división estereotipada entre organización y espontaneidad que se asociaba respectivamente con las figuras de Vladimir Lenin y Rosa Luxemburgo en la izquierda marxista. Medio en broma, Mandel se llamaba a sí mismo «un leninista con desviaciones luxemburguesas».

Un puente entre generaciones

Los años sesenta y principios de los setenta fueron tiempos turbulentos durante los cuales Mandel fue extraordinariamente productivo, como si fuera arrastrado por la creciente marea de la lucha de clases. Junto con El capitalismo tardío, los otros libros que publicó en esos años incluían un estudio de las contradicciones entre el capitalismo estadounidense y el europeo, un texto erudito sobre La formación del pensamiento económico de Karl Marx, una crítica de la tendencia eurocomunista entre los partidos comunistas de Europa Occidental y un examen de los ciclos de auge y depresión en la historia del capitalismo, Las ondas largas del desarrollo capitalista. A lo largo de su vida, Mandel publicó más de dos docenas de libros y cientos de artículos.

Al mismo tiempo, Mandel fue un incansable agitador y polemista. En 1964, fue invitado a Cuba para participar en debates sobre la planificación socialista. El Che Guevara había leído con gran interés la Teoría Económica Marxista y mantuvo extensas discusiones con Mandel.

Por su parte, Mandel quedó muy impresionado con el líder revolucionario argentino. Cuando el ejército boliviano capturó y ejecutó sumariamente a Guevara en 1967 cuando intentaba lanzar una campaña de guerra de guerrillas, Mandel publicó un apasionado homenaje a «un gran amigo, un camarada ejemplar, un militante heroico.»

Los gobiernos de los Estados capitalistas consideraron que Mandel era una presencia inoportuna en su territorio. En 1969, las autoridades estadounidenses le negaron la entrada en un caso que la mayoría conservadora del Tribunal Supremo citó más tarde como precedente para justificar la «prohibición musulmana» de Donald Trump. Unos años más tarde, el gobierno de Alemania Occidental intervino para bloquear el nombramiento de Mandel en la Freie Universität de Berlín e hizo que fuera expulsado del país.

Francia fue otro país que prohibió la entrada de Mandel en su territorio. En mayo de 1968, fue invitado a hablar en reuniones de la Juventud Comunista Revolucionaria (JCR), un grupo izquierdista que se había acercado a la Cuarta Internacional. La JCR estuvo muy implicada en las movilizaciones y protestas de mayo del 68.

En lo que debió de ser una oportunidad satisfactoria de participar en alguna actividad práctica, Mandel ayudó a construir barricadas en el Barrio Latino de París durante la «noche de las barricadas». El coche en el que había llegado a París fue destruido durante los enfrentamientos callejeros. Un reportero escuchó a Mandel exclamar «¡Qué hermoso! Es la revolución».

Para la nueva generación de revolucionarios, Mandel era un vínculo con la historia y la experiencia revolucionarias. Daniel Bensaïd, dirigente de la JCR, recordaba cómo Mandel les ayudó a descubrir «un marxismo abierto, cosmopolita y militante». Para estos jóvenes izquierdistas, según Bensaïd, Mandel fue «un tutor teórico» y un puente entre generaciones: alguien que hacía pensar a la gente, en lugar de pensar por ellos.

Mandel tenía grandes dotes pedagógicas, practicadas en innumerables reuniones con trabajadores, sindicalistas, estudiantes radicales y activistas revolucionarios. Su folleto de 1967, «Introducción a la teoría económica marxista», se convirtió en un clásico muy leído.

Socialismo o barbarie

Hay algo trágico en el hecho de que Mandel, que tanto había luchado por el cambio socialista, falleciera en 1995, cuando la hegemonía neoliberal estaba en su apogeo. Mandel tuvo dificultades para adaptarse al declive de las luchas sociales a partir de finales de los años 70.

Mirando hacia atrás en el nuevo siglo a una popular introducción al marxismo que Mandel había publicado en 1974, Bensaïd argumentó que su optimista análisis político sobre las perspectivas del socialismo se basaba en la «confianza sociológica de Mandel en la creciente extensión, homogeneidad y madurez del proletariado en su conjunto». Según Bensaïd, esta confianza «transformó en una tendencia histórica irreversible la situación específica creada por el capitalismo industrial de posguerra y su modo específico de regulación.» Sin embargo, la ofensiva neoliberal de los años 80 hizo retroceder este proceso, minando las fuerzas del trabajo organizado:

Lejos de ser irreversible, la tendencia a la homogeneización fue socavada por las políticas de fragmentación de las unidades de trabajo, de intensificación de la competencia en el mercado mundial del trabajo, de individualización de los salarios y del tiempo de trabajo, de privatización del ocio y de los modos de vida, de demolición metódica de la solidaridad y de la protección sociales. En otras palabras, lejos de ser una consecuencia mecánica del desarrollo capitalista, la aglutinación de las fuerzas de resistencia y subversión del orden establecido por el capital es una tarea incesante recomenzada en luchas cotidianas, y cuyos resultados nunca son definitivos.

Más adelante en su vida, el exuberante optimismo de Mandel se combinó con advertencias contra los efectos a largo plazo del capitalismo. La elección histórica era barbarie o socialismo, insistía, y el resultado socialista no estaba garantizado.

Durante este periodo, Mandel volvió al estudio de la barbarie capitalista expresada en la Segunda Guerra Mundial y los crímenes del nazismo. Aunque siguió siendo un admirador de Trotsky de toda la vida, reevaluó algunos de sus juicios anteriores, volviéndose más crítico con las prácticas de Trotsky durante sus «años oscuros» a principios de la década de 1920, cuando, según Mandel, «la estrategia de la dirección bolchevique obstaculizaba más que promovía la autoactividad de los trabajadores».

Mandel se enorgullecía de situarse dentro de lo que consideraba la tradición esencial de la Ilustración: la lucha por la emancipación y la autodeterminación humanas. Aunque no le gustaba el término, había, como ha observado Manuel Kellner, una dimensión utópica en el pensamiento de Mandel. Era utopismo en el mejor sentido de la palabra: fe en que la sociedad puede rehacerse, mediante la acción humana, en algo mucho mejor.

Para Mandel, la crisis del socialismo y del comunismo era ante todo una crisis de esta creencia. «La principal tarea de socialistas y comunistas», escribió poco antes de su muerte, «es restaurar la credibilidad del socialismo en la conciencia de millones». Describió los objetivos del socialismo en «términos casi bíblicos»:

Eliminar el hambre, vestir a los desnudos, dar una vida digna a todos, salvar la vida de los que mueren por falta de atención médica adecuada, generalizar el libre acceso a la cultura, incluida la eliminación del analfabetismo, universalizar las libertades democráticas, los derechos humanos y eliminar la violencia represiva en todas sus formas.

Para Mandel, la esperanza de un futuro así se basaba en la chispa de rebelión que siempre había hecho que la gente se rebelara contra las condiciones opresivas y alienantes. La tarea de los socialistas era avivar esa chispa apoyando todas esas rebeliones y presentando una alternativa de futuro.

Esa tarea no ha cambiado. En un período histórico diferente, el legado de Mandel de escritura y activismo puede ayudarnos en la búsqueda de un nuevo camino.

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