Marc Augé: La ilusión del internet crea nuevas soledades

Lo más triste que ha visto el antropólogo y etnólogo francés Marc Augé (Poitiers, 1935) es el aislamiento contemporáneo provocado por la tecnología y los medios de comunicación masiva, y “cómo una red social (en la que se conectan personas enmascaradas) establece que sólo existen tres o cuatro reacciones posibles a un suceso”.

El profesor de la École des Haute Études en Sciencies Sociales de París, de la que fue director entre 1985 y 1995, estuvo en México para impartir una serie de tres conferencias que concluyó el pasado viernes 23, en el Auditorio Jaime Torres Bodet del Museo Nacional de Antropología, donde habló de la sociedad del consumo, la desigualdad social y el impacto de las nuevas tecnologías.

En el marco de la Feria Internacional del Libro de Antropología e Historia –que estará abierta hasta el próximo 2 de octubre en dicho museo– y de la inauguración del postgrado en Ciencias Antropológicas de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), el autor dio su conferencia con el título ‘El fin de la prehistoria de la humanidad como sociedad planetaria’.

En ella planteó que la tecnología, los medios masivos de comunicación y los discursos hegemónicos que estos imponen crean “nuevas soledades” relacionadas con “la práctica sistemática e ilusoria de internet”.

Al respecto, agregó que hay cosas y sucesos que existen en la medida en que tienen más videos y mensajes que los autentifiquen:

“En las viviendas, casas o apartamentos, el televisor y el ordenador han ocupado el lugar del hogar. Al mismo tiempo, el individuo de algún modo está desplazado respecto de sí mismo. Se equipa de instrumentos que lo ponen en contacto constante con el mundo exterior más lejano.”

Y atribuyó tal situación a lo que llamó “el triunfo del sistema de consumo”, en el que es necesario consumir para existir, en un engranaje comercial que convierte en productos, incluso a expresiones artísticas o literarias.

Así lo manifestó a través de un comunicado del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), que lo invitó a dictar el ciclo de conferencias:

“El futuro de la humanidad puede que no sea una democracia generalizada, sino una aristocracia planetaria que opondría de manera más o menos organizada, una minoría de los cercanos al saber, el poder y la fortuna, a una masa de alienados por el consumo y una masa, aún más grande, de excluidos del consumo.”

Hay pues, en opinión suya, tres categorías de seres humanos: Los poseedores, los consumidores y los excluidos, donde lamentablemente la cifra de los más ricos entre los ricos y los más pobres entre los pobres va en aumento.

Y mientras para turistas y empresarios que se desplazan por el planeta “como por su propio jardín”, la movilidad “es algo normal”, la movilidad en el trabajo ha comenzado a desestabilizar al sistema con la migración forzada, exilios y fugas en campos de refugiados.

El antropólogo, creador de los conceptos “sobremodernidad” (referida al “exceso” de modernidad, de información, de imágenes, de individualismo) y “no-lugares” (sitios de circulación como autopistas, aeropuertos; de consumo como supermercados y cadenas hoteleras, y de comunicación como pantallas, cables, ondas, que no son lugares donde se establezcan relaciones sociales duraderas (https://www.ddooss.org/articulos/textos/Marc_Auge.htm)), es optimista dentro de todo.

Ante los cuestionamientos de los asistentes al auditorio Torres Bodet, consideró que hay manera de revertir las tendencias hacia la soledad y la alienación, y una de ellas es la educación y la labor que desarrollan disciplinas como la antropología, que mantienen una posición inherentemente crítica:

“La instrucción es el único medio para hacer un buen uso de la tecnología y comprender la información que se nos brinda. Nuestra tarea es hacer que los medios de comunicación sigan siendo eso, medios, y no fines en sí mismos.”

Autor de una vasta obra traducida al español, donde destacan: La comunidad ilusoria, El viaje imposible, Por una antropología de la movilidad y El viajero subterráneo: un etnólogo en el Metro, Augé concluyó:

“Asistimos al final de la historia de la humanidad como sociedad planetaria. Debemos reconocer que tratándose del planeta Tierra mismo, la historia apenas comienza. Antes imaginábamos marcianos, para los siglos por venir nos queda la construcción de una sociedad de terrestres para comenzar a adaptarnos al cambio de escena que nos proyectará en nuestra galaxia.”

El dragón se apodera del mar del Sur de China

por Raúl Zibechi

Más acá de la guerra tecnológica, cuyo desenlace sigue siendo incierto y, al parecer, lejano, lo que resulta seguro es que China está consolidando sus posiciones para convertir el estratégico mar del Sur de China en un coto cerrado, algo similar a lo que viene siendo el Caribe para Estados Unidos en el último siglo.

El dragón sigue creciendo en todos los aspectos, como lo enseña la última lista de la revista Forbes sobre las 500 mayores empresas del mundo: «Excluyendo Taiwán, 119 empresas de China continental y Hong Kong llegaron a la lista, casi a la par con los Estados Unidos. Este es un cambio histórico», dijo la revista en un comunicado.

Desde 2001, ha habido un cambio significativo en la distribución geográfica de las empresas en el ranking. EEUU tenía 215 en 2001, que cayeron a 121 este año. En tanto, China tenía sólo 10 en 2001 y pasó a las 129 en la actualidad, si se computan las diez de Taiwán en la lista Fortune Global 500 de este año. Tres grandes empresas estatales chinas (Sinopec Group, China National Petroleum y State Grid) se colocan entre las cinco principales compañías este año.

Pero el centro del poder de Pekín se está expresando cada vez más en el mar del Sur de China. Surgen estos días dos datos centrales: además de las siete islas artificiales fortificadas construidas por China en ese mar, consiguió ahora la cesión de una base naval de Camboya que puede trastocar los equilibrios regionales y, en paralelo, se conocieron ejercicios con misiles antibuque en las proximidades de las disputadas islas Spratly y Paracel (Nansha y Xisha).

La primera información proviene del Wall Street Journal que sostiene que China y Camboya firmaron un acuerdo secreto que le permite a la Marina del dragón el acceso exclusivo a la base naval Ream en el golfo de Tailandia durante 30 años. Aunque el Gobierno de Phnom Penh negó la versión, en gran medida porque se trataría de un acuerdo inconstitucional, en los hechos Camboya es el principal aliado de China en la región.

En 2017 el Gobierno de Camboya canceló los ejercicios militares bilaterales Angkor Sentinel con EEUU y ahora los realiza exclusivamente con China. La reacción de Washington no se hizo esperar. Emily Zeeberg, portavoz de la embajada en Phnom Penh, instó al Gobierno camboyano a que respete «su compromiso constitucional de seguir una política exterior independiente».

Un dato adicional de la mayor importancia es que la base naval está situada a escasa distancia de un aeropuerto que está siendo construido por una empresa china. Se trata del aeropuerto Dara Sakor, en la costera provincia de Koh Kong, cuya pista supera los 3.200 metros, lo que permite el aterrizaje de grandes naves. Está en construcción además un resort turístico que ocupa 45.000 hectáreas donde se invertirán 3.800 millones de dólares por la china Union Development Group.

Por otro lado, entre el 29 de junio y el 3 de julio, la Armada china realizó pruebas reales con misiles de medio alcance entre las islas Spratly y Paracel, en un bloque de 22.000 kilómetros cuadrados. Entre los misiles probados se encuentra el DF-21D, con un alcance de 1.500 kilómetros, denominado «asesino de portaviones» por su capacidad de caer en vertical sobre el blanco, lo que hace muy difícil la defensa.

Además fue probado el misil DF-26 con un alcance de 5.000 kilómetros, con capacidad para una ojiva nuclear. Este misil puede alcanzar la isla de Guam, donde EEUU tiene una de las más importantes bases militares en el Pacífico.

Según el análisis de Asia Times, «las pruebas fueron una advertencia a Estados Unidos en el sentido de que sus buques de guerra y los portaviones son vulnerables al cruzar el mar del Sur de China, o en caso de acudir en ayuda de sus aliados en las aguas en disputa con Pekín». En esa situación están países como Japón, Taiwán, Vietnam, Filipinas, Malasia, Brunéi e Indonesia.

Para China, la región del mar del Sur o Meridional es doblemente problemática. Por un lado, la hegemonía en esas aguas tiene un carácter estratégico militar, ya que es el espacio desde el cual puede sufrir una agresión, como ya sucedió en el pasado, con las flotas imperiales inglesa y francesa. Además, un tercio del transporte marítimo mundial atraviesa el mar del Sur de China, que representa el grueso de las exportaciones e importaciones del dragón.

La «libertad de navegación» que reclama Washington va en contra de la soberanía que reclama China, que está convirtiendo esas aguas en espacio de uso exclusivo de su Armada.

En opinión del periodista Jonathan Manthorpe de Asia Times, la retirada del Gobierno de Trump del tratado IRNF (Intermediate-Range Nuclear Forces) crea una situación extremadamente peligrosa. El tratado había sido firmado en 1987 por los presidentes de EEUU y la URSS, prohibiendo los misiles de hasta 5.500 kilómetros: «Se negoció y acordó debido a que tanto la Unión Soviética como la OTAN comprendieron que el despliegue de lo que se llamó ‘armas nucleares tácticas’ podría desencadenar una escalada de conflictos que llevaría a una guerra nuclear”.

La situación sería similar, en su opinión, a la que se vivió en Europa hace 40 años. Por eso concluye, con ironía, que «sería maravilloso creer que Xi y Trump tienen la misma sagacidad para hacer frente a los peligros de esta situación de la que tuvieron Reagan y Gorbachov».

Más allá de la ironía del periodista, hay dos elementos que son ciertos. El primero es que la situación puede llegar a ser dramática si las dos potencias que se disputan los mares del Pacífico no encuentran las vías del diálogo para resolver los problemas que, por ahora, denominan como «guerra comercial», cuando en realidad es una amplia disputa que abarca desde las tecnologías de punta hasta la hegemonía marítima y militar.

La segunda, es que China no deja de avanzar, paso a paso, en todos los terrenos, como lo demuestra la conversión del mar del Sur de China en algo similar a lo que los romanos llamaban «mare nostrum», en referencia al Mediterráneo.

Geopolítica en el Capitaloceno

Por BIRGIT MAHNKOPF

Traducción: José Bellver

Bajo las condiciones de un modo de producción capitalista, la «ruptura metabólica» entre los seres humanos y la naturaleza se ha ampliado tanto que los “antropos” se han convertido en un “factor geológico” que está a punto de terminar con la vida en la Tierra tal como la conocemos desde hace más de diez mil años. En lugar de iniciar un cambio estructural que respete las restricciones socioecológicas de la acción humana, estamos en cambio experimentando una renovación de la geopolítica: no solo la feroz competencia internacional por la disminución de las reservas de petróleo y gas natural, sino también una “fiebre verde” por los metales, minerales, el agua y la tierra.

El término «Antropoceno» es utilizado para designar una nueva era geológica marcada por la acción del ser humano (anthropos). Esto concepto fue propuesto por la comisión estratigráfica de la asociación de geólogos más antigua del mundo en Londres, que está convencida de que la influencia del comercio humano en el clima mundial y los sistemas biofísicos de la Tierra pusieron fin al Holoceno. Este término se refiere al período de aproximada- mente 12.000 años desde la última glaciación, que se caracterizó por unas condiciones climáticas muy estables propicias para el desarrollo humano. En contraste, el período de los antropos se refiere a un período geológico caracterizado por una multitud de influencias ambientales antropogénicas, como la extinción, la propagación y la migración de especies animales y vegetales, el aumento de gases de efecto invernadero en la atmósfera, la degradación del suelo, la acidificación y la sobrepesca en los océanos, así como la contaminación del suelo, el agua y el aire. Actualmente, existe un consenso entre los investigadores de la tierra y el clima de que los seres humanos se han convertido en un “factor geológico”, aunque en diferentes grados, dependiendo de sus orígenes geográficos y sociales. Con la adopción de este papel, la humanidad está desestabilizando los sistemas biofísicos de la Tierra, que han evolucionado durante un período de aproximadamente 1,2 millones de años, y destruyendo “la trama de la vida”, que conecta plantas y animales (incluidos los humanos) y los minerales mediante ciclos complejos de materia y energía. En la actualidad, todo apunta al hecho de que los “antropos” han llevado al sistema Tierra a un camino irreversible de desarrollo hacia un “estado de invernadero” que podría durar de decenas a cientos de miles de años.1

¿Antropoceno o Capitaloceno?

Para algunos científicos, el Antropoceno coincide con el comienzo de la “conquista europea del mundo” a principios del siglo XVI. Otros lo vinculan con la industrialización en Europa alrededor del 1800. La mayoría de los geólogos británicos de la comisión estratigráfica se han pronunciado a favor de fijar el inicio del Antropoceno a mediados del siglo XX.

Existen razones plausibles para esta confusión: lo que es completamente novedoso en términos históricos no es de ninguna manera la conexión entre la acción humana, el cambio de los paisajes, del ciclo atmosférico del agua y los cambios climáticos. Desde el comienzo del Holoceno, cuando las condiciones climáticas estables hicieron posible que la agricultura se extendiera en muchas regiones del mundo, los seres humanos han modificado deliberadamente la flora y la fauna, creando enclaves artificiales en una naturaleza indómita, domesticando y criando animales y plantas, creando sistemas de riego y aprovechamiento de la energía solar. Esto ha llevado a menudo a crisis ecológicas de alcance regional, a menudo en conjunción con crisis civilizatorias. Pero como resultado del crecimiento de la población hecho posible por la «revolución neolítica» hace 12.000 años, la consiguiente división del trabajo entre hombres y mujeres, ciudades y países, trabajo mental y trabajo físico y la colo- nización económica y política de los hábitats no europeos, la “ruptura” en el contexto del metabolismo social y el metabolismo prescrito por las leyes naturales de la vida se amplió (tal como apuntó Karl Marx).

Solo bajo las condiciones de un modo de producción capitalista, cuyo objetivo principal es producir valor (monetario) a través de la producción sistemática de una «acumulación inmensa de mercancías»,2 el metabolismo entre lo humano y la naturaleza (o entre lo humano y lo no humano) adquiere una dimensión global –con la explotación de los humanos por otros humanos y el planeta entero transformando en una vasta reserva de posibles valores de uso, una reserva de mano de obra y un vertedero para todo tipo de residuos. Con la tendencia del capitalismo a convertirse en un sistema mundo tanto económico como ecológico, basado en el uso de combustibles fósiles, la «ruptura metabólica» se ha ampliado tanto que la humanidad ha alcanzado el «umbral planetario»3 identificado por los investigadores del clima. Traspasarlo tendría consecuencias graves, repentinas e irreversibles para todos los seres vivos. Esta es la razón por la que algunos científicos sociales,4 en la tradición de la crítica de la economía política, consideran que el término «Capitaloceno» es más preciso que el del «Antropoceno»,5 dado que los impulsores de las transformaciones planetarias son la rentabilidad y la productividad destinadas a maximizar la valoración del capital.

El capitalismo es una máquina de crecimiento si no está obligado a reconocer los límites de la forma material o de valor de uso. Bajo la presión de la competencia constante, los capi- talistas deben reducir los costes de producción y circulación y, por lo tanto, aumentar la productividad del trabajo. Esta ha sido la forma de producir la «Riqueza de las Naciones» desde los primeros días del capitalismo, como se describe en el famoso libro de Adam Smith. Esta es la razón por la cual los capitalistas deben reemplazar el trabajo vivo con maquinaria. Desde el siglo XIX, la maquinaria ha sido manejada principalmente por energía fósil, como el carbón, el petróleo y el gas. De hecho, esta maquinaria permite procesar las materias primas agrícolas y minerales para convertirlas en valores de uso para la satisfacción de las necesi- dades humanas y estos materiales deben transportarse desde su ubicación de origen, donde se extraen, crían o cultivan, hasta los lugares donde se procesan, y hasta donde finalmente se consuman. Estas cadenas de suministro, que van desde la naturaleza original de la Tierra (el conjunto de recursos) hasta los sistemas económicos, culturales, sociales y políticos (en plural) de la Tierra, constituyen la columna vertebral del sistema capitalista global.

Las cadenas de suministro de energía y materias primas están en manos de las cambiantes alianzas entre los Estados y las empresas privadas. No son solo las leyes naturales las que gobiernan el flujo de recursos desde sus orígenes hasta el lugar del consumo final; más bien, son los actores económicos y políticos poderosos los que establecen estas cadenas para garantizar el suministro de energía fósil y materias primas para las economías modernas. Debido al desarrollo desigual –una competencia entre socios desiguales, tanto a nivel internacional como dentro de las naciones– la lucha por la energía y otros productos primarios ha sido y sigue siendo extremadamente caótica.

La renovación de la geopolítica

El mundo globalizado del siglo XXI no aparece con amigables ropajes verdes. El orden inter- nacional está colapsando, los conflictos regionales siguen abiertos, ha comenzado una nueva carrera de armamentos y el derecho internacional tal como se estableció después de la Segunda Guerra Mundial parece obsoleto. En los EEUU, los funcionarios del gobierno piensan en voz alta sobre la guerra nuclear. Estos procesos fomentan la feroz competencia internacional por la disminución de las reservas de petróleo y gas natural, y cada vez más por los metales, los minerales, el agua y la tierra también.

Al igual que en el apogeo de la antigua geopolítica del imperialismo europeo, la geografía ha adquirido una renovada relevancia en el sentido de control sobre los territorios de otros estados (con un énfasis especial de nuevo puesto en Eurasia). Además, la relevancia de la geología ha crecido en el sentido de que no solo el petróleo y el gas, sino también los metales y los minerales se han convertido en “recursos estratégicos”. Hoy en día, estos dos elementos de la geopolítica coexisten con la geoeconomía, que se refiere al poder de mer- cado y las alianzas que se fortalecen a través de acuerdos de libre comercio bilaterales, regionales e incluso macro-regionales y la protección mundial de los llamados derechos de propiedad intelectual y las inversiones. Además, la política internacional todavía tiene un papel importante que desempeñar, en forma de diplomacia de los recursos, de métodos legislativos para establecer y defender monopolios, y regulaciones restrictivas varias; y, no olvidemos, las sanciones económicas, el establecimiento de bases militares y, al menos para la disminución del poder hegemónico de los EEUU, las intervenciones militares destinadas al “cambio de régimen”.

El capitalismo global aún depende del petróleo barato. Su importancia para satisfacer las necesidades de energía primaria del mundo puede disminuir en las próximas décadas. Pero el petróleo barato sigue siendo la “sangre vital” del transporte, la industria petroquímica cuyos productos se han vuelto tan esenciales para la vida cotidiana, la agricultura industrial, los productos manufacturados y la guerra moderna. Con el fin de mantener el control sobre el suministro y la fijación de precios de los hidrocarburos, se siguen construyendo tuberías y puertos, refinerías y ferrocarriles. Como en el pasado, las tuberías que se extienden por grandes distancias por tierra y mar extienden el alcance de los estados más poderosos más allá de sus propios territorios. Este es el razonamiento que sigue el presidente de EEUU, Trump, cuando promueve un mayor consumo de combustibles fósiles en el extranjero (ya sea en Europa, India o Corea del Sur) o cuando promueve una cooperación aún más estrecha con Arabia Saudita: “Ningún otro país, y mucho menos la comunidad internacional unida detrás del acuerdo climático de París, debería poder privar a los EEUU de su solución de carbono”.6 Pero también la iniciativa china Belt Road Initiative (BRI)7 está diseñada para servir a la nueva geopolítica de la energía, todavía basada en combustibles fósiles. La iniciativa, que enfatiza la construcción de infraestructuras, da a China un impulso para recortar o contener las actividades de otras naciones sin tan siquiera usar armas. De hecho, la BRI es un proyecto impulsado por los combustibles fósiles que apunta a construir oleoductos, refinerías de petróleo y puertos para enviar petróleo y otras materias primas desde América Latina, África e Irán a la China continental.

Ciertamente, algunos líderes empresariales están preocupados por los numerosos factores relacionados con la transgresión de los «límites planetarios» que amenaza el valor de sus negocios y la solvencia crediticia. Es posible que se preocupen por la inminente crisis del agua y el hambre que causará disturbios sociales, conflictos violentos y la migración involuntaria a lugares que consideran sus “regiones de seguridad nacional”. Pero muchos otros ven el cambio climático incluso como una oportunidad de negocio. Las nuevas rutas de transporte serán accesibles en el Ártico debido al cambio climático, mientras que los nuevos yacimientos de petróleo y gas que son difíciles y costosos de acceder serán más atractivos, como los recursos de tipo bituminoso en Venezuela y África, el petróleo en alta mar de Brasil, o el petróleo pesado en la selva tropical del Amazonas.

Es probable que los conflictos geopolíticos y las disputas internacionales sobre el acceso y el transporte de todo tipo de materias primas socaven incluso los intentos modestos de cooperación. No solo EEUU está persiguiendo un proteccionismo nacional creciente. Especialmente con respecto al petróleo y el gas, la UE depende en gran medida de las importaciones de metales y minerales, con las mayores importaciones netas de recursos por persona en todo el mundo. La proporción de las importaciones de la UE para muchos “materiales estratégicos” llega a alcanzar el 100%. En palabras del ex comisario de Comercio de la UE, Peter Mandelson, en la Conferencia de Comercio y Materias Primas en Bruselas en septiembre de 2008, la UE necesita «importar para exportar… estamos en una carrera».8Por lo tanto, no es sorprendente que la Comisión Europea abordadara la importancia de los cambios impuestos en el orden económico mundial debido a la enorme escala de desarrollos requeridos por el uso intensivo de recursos en China e India ya en 2006, con su «Estrategia Europa global» (Global Europe Strategy) seguida en 2008 de su «Iniciativa sobre materias primas» (La Raw Material Initiative, reconfigurada en 2011 en la «Hoja de ruta hacia una Europa eficiente en el uso de los recursos»).

Al otro lado del Atlántico, es altamente improbable que los EEUU alguna vez sean energéticamente autosuficientes. La expansión a su capacidad de producción debido a la llama- da “revolución del esquisto” podría traer una mayor capacidad de recuperación a los cho- ques a corto plazo, pero el aumento del uso de energía per cápita significa que el país sufrirá aumentos de costes energéticos a largo plazo. Sin embargo, por el momento, la administración Trump, que funciona como un brazo extendido del complejo militar de combustibles fósiles-finanzas, parece estar firmemente decidida a explotar todas las reservas nacionales para obtener el “dominio de la energía” al suministrar combustibles fósiles a otros países. La administración de los EEUU también ha descubierto que el país es «altamente dependiente de las importaciones de ciertos productos minerales y que esta dependencia crea una vulnerabilidad estratégica tanto para su economía como para el ejército de cara a afrontar la acción de gobiernos extranjeros, los desastres naturales y otros eventos que pueden interrumpir el suministro de estos minerales clave».9 Las preocupaciones relacionadas con la “vulnerabilidad estratégica” se discuten no solo entre las agencias gubernamentales en los EEUU y Europa, sino también en el Japón de escasos recursos. La continuación del liderazgo tecnológico de estos países depende de un suministro constante y creciente de minerales y metales (a precios asequibles), que son vitales para varias tecnologías futuras. En contraste, para Australia, que es un importante exportador mundial de minerales, la evaluación crítica depende más del potencial de sus propios recursos para cubrir la demanda mundial.

La base imperialista de la estrategia de recursos nacionales del otro gigante que consume energía, China, es menos obvia. Pero al igual que EEUU, China hará cualquier cosa para garantizar que continúen los flujos de energía (ya sean de Oriente Medio, Rusia o África). La principal diferencia con el objetivo de EEUU de “dominio de la energía” podría ser que China, al menos por ahora, está más dispuesta a cubrir su vulnerabilidad a las restricciones de recursos a través de decisiones políticas más allá de la acción militar y la exclusión de aliados potenciales y socios comerciales. Por lo tanto, China se enfoca más en construir alianzas para hacer acuerdos de acceso a largo plazo, esperando mayores dividendos de la cooperación que de la confrontación.

Pero lo que es de suma importancia sobre el nacionalismo de recursos de hoy es que se centra no solo en controlar la producción y el comercio de las decrecientes existencias de petróleo, lo que proporciona un alto retorno energético de la inversión (EROI, según sus siglas en inglés),10 y un petróleo y un gas no convencionales mucho más caros, extracción y procesamiento que requiere enormes cantidades de energía y dinero para construir refi- nerías, oleoductos, plataformas petrolíferas, puertos, carreteras y otras infraestructuras. Además de esto, el acceso a las “materias primas críticas” se ha convertido en una preocu- pación estratégica cada vez más importante para todas las “grandes potencias”, e incluso para aquellos en el segundo nivel. En este contexto, las fuerzas militares, los científicos, las organizaciones internacionales (como la Agencia Internacional de Energía) y grupos de expertos interesados en geopolítica (como el Consejo de Relaciones Exteriores de los EEUU, el instituto de relaciones internacionales de los Países Bajos Clingendael, Chatham House en el Reino Unido y Price Waterhouse Cooper están analizando los impactos de la creciente demanda de minerales y metales. Además de las materias primas necesarias para el desarrollo de infraestructuras, la producción de energía fósil y nuclear, la industria química, aeroespacial, equipos médicos y todo tipo de comunicaciones avanzadas (como el GPS, los satélites espaciales y los sistemas de comando, y las infraestructuras de amplificación de señal), se necesitan enormes cantidades de metales y minerales para las industrias nuevas: primero, para la “transición verde” hacia la producción de energía renovable; segundo, para la transmisión de la electricidad; tercero, por la llamada “Cuarta Revolución Industrial” basada en la digitalización y la inteligencia artificial; y, cuarto, para diferentes tipos de siste- mas militares11 en los que no solo las aeronaves necesitan masas de “materiales críticos”, sino también otros componentes de los sistemas, como estaciones terrestres, enlaces de datos y personal de control.

En casi todos los países industriales avanzados (pero también en China), se ha desarrollado la integración del procesamiento de datos digitales en los procesos de producción, con tecnología clave como sensores, “etiquetas de identificación” de radiofrecuencia, microchips de alto rendimiento, tecnologías avanzadas de visualización y cables de fibra óptica que exigen una cantidad cada vez mayor de metales y minerales particulares. Un estudio realizado en 2016 en nombre de la Agencia alemana de recursos minerales (DERA, según sus siglas en alemán) examinó la demanda global de materias primas para 42 diferentes tecnologías futuras en 2013 y 2035 y comparó la demanda creciente esperada con el volumen de producción global de los metales respectivos en 2013. El estudio mostró cómo para algunas materias primas (como el litio, los metales ligeros de tierras raras, el germano, el indio y el galio), ya es previsible que en un período de poco más de dos décadas, la demanda casi se duplique, se triplique (en el caso de las tierras raras pesadas), e incluso cuadruplique (tantalio). En algunos casos, el aumento de la demanda superaría con creces la producción primaria en 2013 (litio, disprosio/terbio y renio), mientras que en otros el aumento sería aún más brusco (cobalto, cobre, escandio, platino).12 Esto significa que la lucha por los materiales primarios no ha terminado con el surgimiento de la inteligencia artificial y la digitalización ubicua. Por el contrario, esto probablemente se intensificará dado el nexo global de la tierra, el agua, los alimentos, los minerales y la energía, y dado que unos pocos países dominan el mercado de los minerales críticos.

En este contexto, habrá que tener en cuenta varios compromisos inevitables entre los objetivos económicos y ecológicos, incluido el cambio hacia un “capitalismo más verde”. Mientras que, en los debates actuales, las dimensiones económicas y geopolíticas de la escasez de recursos reciben una amplia atención, el impacto de la escasez física de los minerales en la geoeconomía del capitalismo global, y aún más importante en un futuro postfósil, rara vez se atienden. De acuerdo con el principio de acumulación capitalista, incluso una transición hacia tecnologías de energía renovable resultará en un círculo vicioso entre los sectores de la energía y el metal. Además, en muchos países (principalmente en China), agudizaría las ya severas contradicciones insertas en el nexo del agua y la energía, y por lo tanto también afectaría negativamente la producción de alimentos.

La “criticidad” de las materias primas se suele debatir desde un punto de vista económico, centrándose en los retrasos en la entrega y otros riesgos de suministro. Estos a menudo están vinculados a la gobernanza inestable de las materias primas y la volatilidad de los precios de los productos básicos. Sin embargo, desde principios de la década de 2000, las dimensiones geopolíticas de la escasez (en términos de barreras políticas planteadas en los países productores, que han comenzado a proteger sus intereses mediante impuestos a la exportación y diversas restricciones comerciales) se han colocado en un primer plano. China, donde se produjo más del 90% de los elementos de tierras raras, ha comenzado a priorizar sus propias necesidades de suministro. Los funcionarios del Gobierno sostienen que los impuestos a la exportación sobre las materias primas son más bajos que los de los productos terminados (como los imanes para la tecnología de energía renovable), y que la extracción ilegal en el sur del país (donde se extraen los óxidos de tierras raras altamente contaminantes) debería desaparecer. Además, los pronósticos para el estado de la industria de metales de tierras raras de China no son prometedores: aunque el país produce el 95% de la producción mundial, solo posee el 23% de la cantidad total de minerales del mundo, principalmente en tres sitios en el sur de China, ya muy agotados. En consecuencia, las restricciones a la exportación se consideran un instrumento apropiado para proteger las “tecnologías verdes” de China. El miedo ha estado creciendo tanto en los EEUU como en la UE sobre el hecho de que sus economías podrían perder el liderazgo tecnológico frente a los chinos, particularmente con respecto a las tecnologías de energía solar fotovoltaica y de turbinas eólicas. Hoy en día, la carrera por el liderazgo en inteligencia artificial y digitalización de economías enteras parece ser aún más importante que la competencia por las “tecnologías verdes”. Esto tiene el potencial de estimular las guerras comerciales entre Occidente y China.13

En contraste con las dimensiones económicas y geopolíticas de la escasez, la escasez física –y por lo tanto también el carácter geológico y material de los minerales– rara vez se considera una amenaza grave, ya sea en términos de la geoeconomía del capitalismo global o el impacto ecológico de minería. Esto refleja una ignorancia sistémicamente anclada, al menos desde la perspectiva de un futuro postfósil. A pesar de que la corteza terrestre contiene enormes cantidades de reservas minerales, muchas sustancias ampliamente utilizadas se enfrentan al agotamiento en función de la escasez absoluta de la naturaleza y los límites tecnológicos actuales. Desde el punto de vista de la termodinámica, un recurso puede ser crítico cuando supera un cierto «umbral de exergía».14 A medida que la ley del mineral disminuye, la energía requerida para extraer el mineral aumenta exponencialmente. Este ya es el caso del cobre, un material esencial para casi todos los tipos de dispositivos eléctricos. En comparación con la tecnología de motores de gasolina, los vehículos de motor eléctrico necesitan una cantidad de cobre cuatro veces mayor, además de una mayor cantidad de metales como el cobalto, el litio y elementos de tierras raras pesadas y ligeras. Si solo cada segundo automóvil basado en combustible que ya se encuentra en el mercado fuera reemplazado por un vehículo eléctrico, y se tienen en cuenta las tendencias actuales en las ventas globales (que se espera que aumenten en un 50% en los próximos 25 años), la cantidad de metales solo para la producción de automóviles aceleraría la deforestación como resultado de la minería, lo que generaría más daños ecológicos.

Esto ilustra que el intercambio es inevitable. Sin hallazgos sustanciales de depósitos altamente concentrados, la producción de varios metales (es decir, los productos necesarios para una futura “economía verde”) no puede aumentar, pero es más probable que disminuya junto con la concentración de los sitios existentes. Cuando la producción de varios metales no aumenta al mismo ritmo (rápido) que la demanda, el precio de los “materiales críticos” aumentará sustancialmente en el futuro cercano. En estas condiciones, incluso los repositorios menos concentrados se verán económicamente viables. Pero cuanto más baja sea la concentración del material, más residuos se generarán, y más químicos tóxicos y cantidades masivas de agua y energía serán necesarias para la extracción. En resumen, lo más perturbador será el impacto en la naturaleza local, los trabajadores y la población.

La “nueva fiebre del oro” dirigida hacia depósitos ricos en metales con altas concentraciones de metales de dos a cinco millas por debajo de la superficie de los océanos (a lo largo del ecuador o en el Círculo Polar Ártico) ofrece otro ejemplo de un intercambio entre objetivos económicos y ecológicos. Dentro de las próximas décadas, la capacidad tecnológica para la minería de aguas profundas mejorará, y las recientes dificultades de financiamiento para este tipo de “aventuras” probablemente se resolverán debido al aumento de los precios de los productos básicos. En ese momento, podría comenzar la extracción comercial activa, destruyendo los ecosistemas únicos de los océanos profundos antes de que este patrimonio común de la humanidad sea incluso comprendido y cartografiado.15

El movimiento a medias hacia un capitalismo más verde, con su enfoque en las tecnologías de energía renovable, es un proyecto basado en una serie de concesiones y un indeterminado número de contradicciones sin resolver. Si el mecanismo de acumulación capita- lista basado en los principios de la propiedad privada y el crecimiento económico se toma como un hecho, y de manera implícita la creación infinita de riqueza monetaria, una transición hacia tecnologías de energía renovable resultará en un círculo vicioso entre la producción de energía y los metales. Las compensaciones de “agua por energía” y “energía por agua” también son significativas. Por un lado, en comparación con las tecnologías de carbón, solar y eólica, consumen menos agua en la generación de energía. Pero cuando se considera el ciclo de vida completo de tales tecnologías (incluida la fabricación de paneles solares y turbinas eólicas), la huella hídrica de ambas es bastante sustancial. Se requiere energía para suministrar y tratar el agua; a medida que aumenta la huella hídrica del sector energético y el agua escasea (lo que ocurrirá no solo en China sino en muchas otras regiones del mundo), se necesita más energía para suministrarla y tratarla.16 Además, dado que los parques eólicos solares y eólicos en tierra requieren grandes áreas de tierra, que no están disponibles en países y regiones con alta densidad de población, se generarán más conflictos por el acceso al agua, la tierra y los alimentos. Por lo tanto, el agua tiene el potencial de convertirse pronto en la causa más importante de los conflictos, como lo ha sido la gasolina durante mucho tiempo.

Birgit Mahnkopf es profesora de Política Social Europea en la Escuela Superior de Ciencias Económicas y Derecho (HWR) de Berlín.

Notas:

1 W. Steffen et al., «Planetary Boundaries: Guiding human development on a changing planet», Science, núm.347, vol. 6223, disponible en: https://science.sciencemag.org/content/347/6223/1259855.full

2 K. Marx, Capital. A Critique of Political Economy, Vol. 1, p. 26.

3  W. Steffen et al., «Trajectories of the Earth System in the Anthropocene», PNAS, 6 de agosto de 2018, disponible en: https://doi.org/10.1073/pnas.1810141115

4  E. Altvater, «El Capital y el capitaloceno», Revista Mundo Siglo XXI, núm 33, vol. IX, 2014, CIECAS-IPN, pp. 5-15; A. Malm, «Fossil Capital. The Rise of Stream Power and the Roots of Global Warming», Verso, Londres/Nueva York, 2016; J.W. Moore (ed.), Anthropocene or Capitalocene? Nature, History and the Crisis of Capitalism, PM Press, Oakland, CA 2016. pp. 138-152.

5  A pesar de que también sería posible nombrar a esta era geológica como “Tanatoceno” debido al historial de destrucción por parte de la humanidad, tanto de otros seres humanos como de muchas otras especies que han ido progresivamente des- apareciendo del planeta, véase C. Bonneuil y J-B. Fressoz, L’événement anthropocène. La terre, l’histoire et nous, Seuil, Paris, 2016.

6 M.T. Klare, «America’s Carbon Pusher-in-Chief: Trump’s Fossil-Fueled Foreign Policy», 2017, disponible en: http://www.tomdispatch.com/blog/176313/.

7 Nota del traductor: en castellano la Belt Road Initiative es también conocida como «la nueva Ruta de la Seda»

8 P. Mandelson, «The Challenge of Raw Materials», discus en la Trade and Raw Materials Conference, Bruselas, 29 de sep- tiembre de 2008, disponible en: http://europa.eu.

9 Departamento de Interior de EEUU, Final List of Critical Minerals, 2018, disponible en: https://www.federalregister.gov/docu- ments/2018/05/18/2018-10667/final-list-of-critical-minerals-2018.

10 Aunque existe una gran cantidad de controversias acerca del EROI (tasa de retorno energético) exacto de las diferentes fuentes de energía, no hay duda de que el EROI para la mayoría de las fuentes de energía “verdes” (como el viento, la energía solar fotovoltaica o el etanol), sino también el petróleo y el gas “no convencionales” es más bajo en comparación con el petróleo, el gas o el carbón convencionales.

11 Por ejemplo, para piezas de aviones, motores, sistemas de guía de misiles y defensa antimisiles, detección de minas sub- marinas, GPS para todo el sistema de comunicaciones, contra maniobras electrónicas, sin olvidar los sistemas militares no tripulados (drones).

12 DERA (Deutsche Rohstoffagentur), Rohstoffe für Zukunftstechnologien, Berlin, 2016. Para un análisis exhaustivo véase: A. Diederen, Global Resource Depletion: Managed Austerity and the Elements of Hope, Eburon, Delft, 2010 y los trabajos de W. Zittel, E. Schriefl y M. Bruckner, en A. Exner, M. Held y K. Kümmerer (eds.), Kritische Metalle in der Großen Transformation, Springer, Berlin, 2016.

13 Departamento de Interior de EEUU, op.cit.. El Departamento del Interior indica en este documento que en lo que se refiere a las materias primas estratégicamente importantes, China fue el productor líder de 15 de los 33 productos listados como «críticos».

14 Esta es una medida del grado de distinción termodinámica que tiene una pieza de material de su “preponderancia” circun- dante; la rareza física o termodinámica se explica por los costes de energía requeridos para obtener un producto mineral de roca ordinaria con las tecnologías disponibles. Véase: G. Calvo, A. Valerio y A. Valerio, «A Thermodynamic Approach to Evaluate the Criticality of Raw Material Flows and its Application Through a Material Flow Analysis in Europe», Journal of Industrial Ecology, julio de 2017.

Anatomía del nuevo neoliberalismo

El desorden global
Por Pierre Dardot y Christian Laval

Desde hace una decena de años viene anunciándose regularmente el fin del neoliberalismo: la crisis financiera mundial de 2008 se presentó como el último estertor de su agonía, después le tocó el turno a la crisis griega en Europa (al menos hasta julio de 2015), sin olvidar, por supuesto, el seísmo causado por la elección de Donald Trump en EE UU en noviembre de 2016, seguido del referéndum sobre el Brexit en marzo de 2017. El hecho de que Gran Bretaña y EE UU, que fueron tierras de promisión del neoliberalismo en tiempos de Thatcher y Reagan, parezcan darle la espalda mediante una reacción nacionalista tan repentina, marcó los espíritus debido a su alcance simbólico. Después, en octubre de 2018, se produjo la elección de Jair Bolsonaro, quien promete tanto el retorno de la dictadura como la aplicación de un programa neoliberal de una violencia y una amplitud muy parecidas a las de los Chicago boys de Pinochet.

El neoliberalismo no solo sobrevive como sistema de poder, sino que se refuerza. Hay que comprender esta singular radicalización, lo que implica discernir el carácter tanto plástico como plural del neoliberalismo. Pero hace falta ir más lejos todavía y percatarse del sentido de las transformaciones actuales del neoliberalismo, es decir, la especificidad de lo que aquí llamamos el nuevo neoliberalismo.

La crisis como modo de gobierno

Recordemos de entrada qué significa el concepto de neoliberalismo, que pierde gran parte de su pertinencia cuando se emplea de forma confusa, como sucede a menudo. No se trata tan solo de políticas económicas monetaristas o austeritarias, de la mercantilización de las relaciones sociales o de la dictadura de los mercados financieros. Se trata más fundamentalmente de una racionalidad política que se ha vuelto mundial y que consiste en imponer por parte de los gobiernos, en la economía, en la sociedad y en el propio Estado, la lógica del capital hasta convertirla en la forma de las subjetividades y la norma de las existencias.

Proyecto radical e incluso, si se quiere, revolucionario, el neoliberalismo no se confunde, por tanto, con un conservadurismo que se contenta con reproducir las estructuras desigualitarias establecidas. A través del juego de las relaciones internacionales de competencia y dominación y de la mediación de las grandes organizaciones de gobernanza mundial (FMI, Banco Mundial, Unión Europea, etc.), este modo de gobierno se ha convertido con el tiempo en un verdadero sistema mundial de poder, comandado por el imperativo de su propio mantenimiento.

Lo que caracteriza este modo de gobierno es que se alimenta y se radicaliza por medio de sus propias crisis. El neoliberalismo solo se sostiene y se refuerza porque gobierna mediante la crisis. En efecto, desde la década de 1970, el neoliberalismo se nutre de las crisis económicas y sociales que genera. Su respuesta es invariable: en vez de poner en tela de juicio la lógica que las ha provocado, hay que llevar todavía más lejos esa misma lógica y tratar de reforzarla indefinidamente. Si la austeridad genera déficit presupuestario, hay que añadir una dosis suplementaria. Si la competencia destruye el tejido industrial o desertifica regiones, hay que agudizarla todavía más entre las empresas, entre los territorios, entre las ciudades. Si los servicios públicos no cumplen ya su misión, hay que vaciar esta última de todo contenido y privar a los servicios de los medios que precisan. Si las rebajas de impuestos para los ricos o las empresas no dan los resultados esperados, hay que profundizar todavía más en ellas, etc.

Este gobierno mediante la crisis solo es posible, claro está, porque el neoliberalismo se ha vuelto sistémico. Toda crisis económica, como la de 2008, se interpreta en los términos del sistema y solo recibe respuestas que sean compatibles con el mismo. La ausencia de alternativas no es tan solo la manifestación de un dogmatismo en el plano intelectual, sino la expresión de un funcionamiento sistémico a escala mundial. Al amparo de la globalización y/o al reforzar la Unión Europea, los Estados han impuesto múltiples reglas e imperativos que los llevan a reaccionar en el sentido del sistema.

Pero lo que es más reciente y sin duda merece nuestra atención es que ahora se nutre de las reacciones negativas que provoca en el plano político, que se refuerza con la misma hostilidad política que suscita. Estamos asistiendo a una de sus metamorfosis, y no es la menos peligrosa. El neoliberalismo ya no necesita su imagen liberal o democrática, como en los buenos tiempos de lo que hay que llamar con razón el neoliberalismo clásico. Esta imagen incluso se ha convertido en un obstáculo para su dominación, cosa que únicamente es posible porque el gobierno neoliberal no duda en instrumentalizar los resentimientos de un amplio sector de la población, falto de identidad nacional y de protección por el Estado, dirigiéndolos contra chivos expiatorios.

En el pasado, el neoliberalismo se ha asociado a menudo a la apertura, al progreso, a las libertades individuales, al Estado de derecho. Actualmente se conjuga con el cierre de fronteras, la construcción de muros, el culto a la nación y la soberanía del Estado, la ofensiva declarada contra los derechos humanos, acusados de poner en peligro la seguridad. ¿Cómo es posible esta metamorfosis del neoliberalismo?

Trumpismo y fascismo

Trump marca incontestablemente un hito en la historia del neoliberalismo mundial. Esta mutación no afecta únicamente a EE UU, sino a todos los gobiernos, cada vez más numerosos, que manifiestan tendencias nacionalistas, autoritarias y xenófobas hasta el punto de asumir la referencia al fascismo, como en el caso de Matteo Salvini, o a la dictadura militar en el de Bolsonaro. Lo fundamental es comprender que estos gobiernos no se oponen para nada al neoliberalismo como modo de poder. Al contrario, reducen los impuestos a los más ricos, recortan las ayudas sociales y aceleran las desregulaciones, particularmente en materia financiera o ecológica. Estos gobiernos autoritarios, de los que forma parte cada vez más la extrema derecha, asumen en realidad el carácter absolutista e hiperautoritario del neoliberalismo.

Para comprender esta transformación, primero conviene evitar dos errores. El más antiguo consiste en confundir el neoliberalismo con el ultraliberalismo, el libertarismo, el retorno a Adam Smith o el fin del Estado, etc. Como ya nos enseñó hace mucho tiempo Michel Foucault, el neoliberalismo es un modo de gobierno muy activo, que no tiene mucho que ver con el Estado mínimo pasivo del liberalismo clásico. Desde este punto de vista, la novedad no consiste en el grado de intervención del Estado ni en su carácter coercitivo. Lo nuevo es que el antidemocratismo innato del neoliberalismo, manifiesto en algunos de sus grandes teóricos, como Friedrich Hayek, se plasma hoy en un cuestionamiento político cada vez más abierto y radical de los principios y las formas de la democracia liberal.

El segundo error, más reciente, consiste en explicar que nos hallamos ante un nuevo fascismo neoliberal, o bien ante un momento neofascista del neoliberalismo 2/. Que sea por lo menos azaroso, si no peligroso políticamente, hablar con Chantal Mouffe de un momento populista para presentar mejor el populismo como un remedio al neoliberalismo, esto está fuera de toda duda. Que haga falta desenmascarar la impostura de un Emmanuel Macron, quien se presenta como el único recurso contra la democracia iliberal de Viktor Orbán y consortes, esto también es cierto. Pero, ¿acaso esto justifica que se mezcle en un mismo fenómeno político el ascenso de las extremas derechas y la deriva autoritaria del neoliberalismo?

La asimilación es a todas luces problemática: ¿cómo identificar si no es mediante una analogía superficial el Estado total tan característico del fascismo y la difusión generalizada del modelo de mercado y de la empresa en el conjunto de la sociedad? En el fondo, si esta asimilación permite arrojar luz, centrándonos en el fenómeno Trump, sobre cierto número de rasgos del nuevo neoliberalismo, al mismo tiempo enmascara su individualidad histórica. La inflación semántica en torno al fascismo tiene sin duda efectos críticos, pero tiende a ahogar los fenómenos a la vez complejos y singulares en generalizaciones poco pertinentes, que a su vez no pueden sino dar lugar a un desarme político.

Para Henry Giroux 3/, por ejemplo, el fascismo neoliberal es una “formación económico-política específica” que mezcla ortodoxia económica, militarismo, desprecio por las instituciones y las leyes, supremacismo blanco, machismo, odio a los intelectuales y amoralismo. Giroux toma prestada del historiador del fascismo Robert Paxton (2009) la idea de que el fascismo se apoya en pasiones movilizadoras que volvemos a encontrar en el fascismo neoliberal: amor al jefe, hipernacionalismo, fantasmas racistas, desprecio por lo débil, lo inferior, lo extranjero, desdén por los derechos y la dignidad de las personas, violencia hacia los adversarios, etc.

Si bien hallamos todos estos ingredientes en el trumpismo y más todavía en el bolsonarismo brasileño, ¿acaso no se nos escapa su especificidad con respecto al fascismo histórico? Paxton admite que “Trump retoma varios motivos típicamente fascistas”, pero ve en él sobre todo los rasgos más comunes de una “dictadura plutocrática” 4/. Porque también existen grandes diferencias con el fascismo: no impone el partido único ni la prohibición de toda oposición y de toda disidencia, no moviliza y encuadra a las masas en organizaciones jerárquicas obligatorias, no establece el corporativismo profesional, no practica liturgias de una religión laica, no preconiza el ideal del ciudadano soldado totalmente consagrado al Estado total, etc. (Gentile, 2004).

A este respecto, todo paralelismo con el final de la década de 1930 en EE UU es engañoso, por mucho que Trump haya hecho suyo el lema de America first, el nombre dado por Charles Lindbergh a la organización fundada en octubre de 1940 para promover una política aislacionista frente al intervencionismo de Roosevelt. Trump no convierte en realidad la ficción escrita por Philip Roth (2005), quien imaginó que Lindbergh triunfaría sobre Roosevelt en las elecciones presidenciales de 1940. Ocurre que Trump no es a Clinton o a Obama lo que fue Lindbergh a Roosevelt y que en este sentido toda analogía es endeble. Si Trump puja cada vez más en la escalada antiestablishment para halagar a su clientela electoral, no trata, sin embargo, de suscitar revueltas antisemitas, contrariamente al Lindbergh de la novela, inspirada directamente en el ejemplo nazi.

Pero, sobre todo, no estamos viviendo un momento polanyiano, como cree Robert Kuttner (2018), caracterizado por la recuperación del control de los mercados por los poderes fascistas ante los estragos causados por el no intervencionismo. En cierto sentido ocurre todo lo contrario, y el caso es bastante más paradójico. Trump pretende ser el campeón de la racionalidad empresarial, incluso en su manera de llevar a cabo su política tanto interior como exterior. Vivimos el momento en que el neoliberalismo segrega desde el interior una forma política original que combina autoritarismo antidemocrático, nacionalismo económico y racionalidad capitalista ampliada.

Una crisis profunda de la democracia liberal

Para comprender la mutación actual del neoliberalismo y evitar confundirla con su fin es preciso tener una concepción dinámica del mismo. Tres o cuatro decenios de neoliberalización han afectado profundamente a la propia sociedad, instalando en todos los aspectos de las relaciones sociales situaciones de rivalidad, de precariedad, de incertidumbre, de empobrecimiento absoluto y relativo. La generalización de la competencia en las economías, así como, indirectamente, en el trabajo asalariado, en las leyes y en las instituciones que enmarcan la actividad económica, ha tenido efectos destructivos en la condición de los personas asalariadas, que se han sentido abandonadas y traicionadas. Las defensas colectivas de la sociedad, a su vez, se han debilitado. Los sindicatos, en particular, han perdido fuerza y legitimidad.

Los colectivos de trabajo se han descompuesto a menudo por efecto de una gestión empresarial muy individualizadora. La participación política ya no tiene sentido ante la ausencia de opciones alternativas muy diferentes. Por cierto, la socialdemocracia, adherida a la racionalidad dominante, está en vías de desaparición en un gran número de países. En suma, el neoliberalismo ha generado lo que Gramsci llamó monstruos mediante un doble proceso de desafiliación de la comunidad política y de adhesión a principios etnoidentitarios y autoritarios, que ponen en tela de juicio el funcionamiento normal de las democracias liberales. Lo trágico del neoliberalismo es que, en nombre de la razón suprema del capital, ha atacado los fundamentos mismos de la vida social, tal como se habían formulado e impuesto en la época moderna a través de la crítica social e intelectual.

Por decirlo de manera un tanto esquemática, la puesta en práctica de los principios más elementales de la democracia liberal comportó rápidamente bastantes más concesiones a las masas que lo que podía aceptar el liberalismo clásico. Este es el sentido de lo que se llamó justicia social o también democracia social, a las que no cesó de vituperar precisamente la cohorte de teóricos neoliberales. Al querer convertir la sociedad en un orden de la competencia que solo conocería hombres económicos o capitales humanos en lucha unos contra otros, socavaron las bases mismas de la vida social y política en las sociedades modernas, especialmente debido a la progresión del resentimiento y de la cólera que semejante mutación no podía dejar de provocar.

¿Cómo extrañarse entonces ante la respuesta de la masa de perdedores al establecimiento de este orden competitivo? Al ver degradarse sus condiciones y desaparecer sus puntos de apoyo y de referencia colectivos, se refugian en la abstención política o en el voto de protesta, que es ante todo un llamamiento a la protección contra las amenazas que pesan sobre su vida y su futuro. En pocas palabras, el neoliberalismo ha engendrado una crisis profunda de la democracia liberal-social, cuya manifestación más evidente es el fuerte ascenso de los regímenes autoritarios y de los partidos de extrema derecha, respaldados por una parte amplia de las clases populares nacionales. Hemos dejado atrás la época de la posguerra fría, en la que todavía se podía creer en la extensión mundial del modelo de democracia de mercado.

Asistimos ahora, y de forma acelerada, a un proceso inverso de salida de la democracia o de desdemocratización, por retomar la justa expresión de Wendy Brown. A los periodistas les gusta mezclar en el vasto marasmo de un populismo antisistema a la extrema derecha y a la izquierda radical. No ven que la canalización y la explotación de esta cólera y de estos resentimientos por la extrema derecha dan a luz un nuevo neoliberalismo, aún más agresivo, aún más militarizado, aún más violento, del que Trump es tanto el estandarte como la caricatura.

El nuevo neoliberalismo

Lo que aquí llamamos nuevo neoliberalismo es una versión original de la racionalidad neoliberal en la medida que ha adoptado abiertamente el paradigma de la guerra contra la población, apoyándose, para legitimarse, en la cólera de esa misma población e invocando incluso una soberanía popular dirigida contra las élites, contra la globalización o contra la Unión Europea, según los casos. En otras palabras, una variante contemporánea del poder neoliberal ha hecho suya la retórica del soberanismo y ha adoptado un estilo populista para reforzar y radicalizar el dominio del capital sobre la sociedad. En el fondo es como si el neoliberalismo aprovechara la crisis de la democracia liberal-social que ha provocado y que no cesa de agravar para imponer mejor la lógica del capital sobre la sociedad.

Esta recuperación de la cólera y de los resentimientos requiere sin duda, para llevarse a cabo efectivamente, el carisma de un líder capaz de encarnar la síntesis, antaño improbable, de un nacionalismo económico, una liberalización de los mecanismos económicos y financieros y una política sistemáticamente proempresarial. Sin embargo, actualmente todas las formas nacionales del neoliberalismo experimentan una transformación de conjunto, de la que el trumpismo nos ofrece la forma casi pura. Esta transformación acentúa uno de los aspectos genéricos del neoliberalismo, su carácter intrínsecamente estratégico. Porque no olvidemos que el neoliberalismo no es conservadurismo. Es un paradigma gubernamental cuyo principio es la guerra contra las estructuras arcaicas y las fuerzas retrógradas que se resisten a la expansión de la racionalidad capitalista y, más ampliamente, la lucha por imponer una lógica normativa a poblaciones que no la quieren.

Para alcanzar sus objetivos, este poder emplea todos los medios que le resultan necesarios, la propaganda de los medios, la legitimación por la ciencia económica, el chantaje y la mentira, el incumplimiento de las promesas, la corrupción sistémica de las élites, etc. Pero una de sus palancas preferidas es el recurso a las vías de la legalidad, léase de la Constitución, de manera que cada vez más resulte irreversible el marco en el que deben moverse todos los actores. Una legalidad que evidentemente es de geometría variable, siempre más favorable a los intereses de las clases ricas que a los de las demás. No hace falta recurrir, al estilo antiguo, a los golpes de Estado militares para poner en práctica los preceptos de la escuela de Chicago si se puede poner un cerrojo al sistema político, como en Brasil, mediante un golpe parlamentario y judicial: este último permitió, por ejemplo, al presidente Temer congelar durante 20 años los gastos sociales (sobre todo a expensas de la sanidad pública y de la universidad). En realidad, el brasileño no es un caso aislado, por mucho que los resortes de la maniobra sean allí más visibles que en otras partes, sobre todo después de la victoria de Bolsonaro como punto de llegada del proceso. El fenómeno, más allá de sus variantes nacionales, es general: es en el interior del marco formal del sistema político representativo donde se establecen dispositivos antidemocráticos de una temible eficacia corrosiva.

Un gobierno de guerra civil

La lógica neoliberal contiene en sí misma una declaración de guerra a todas las fuerzas de resistencia a las reformas en todos los estratos de la sociedad. El lenguaje vigente entre los gobernantes de todos los niveles no engaña: la población entera ha de sentirse movilizada por la guerra económica, y las reformas del derecho laboral y de la protección social se llevan a cabo precisamente para favorecer el enrolamiento universal en esa guerra. Tanto en el plano simbólico como en el institucional se produce un cambio desde el momento en que el principio de competitividad adquiere un carácter casi constitucional. Puesto que estamos en guerra, los principios de la división de poderes, de los derechos humanos y de la soberanía del pueblo ya solo tienen un valor relativo. En otras palabras, la democracia liberal-social tiende progresivamente a vaciarse para pasar a no ser más que la envoltura jurídico-política de un gobierno de guerra. Quienes se oponen a la neoliberalización se sitúan fuera del espacio público legítimo, son malos patriotas, cuando no traidores.

Esta matriz estratégica de las transformaciones económicas y sociales, muy cercana a un modelo naturalizado de guerra civil, se junta con otra tradición, esta más genuinamente militar y policial, que declara la seguridad nacional la prioridad de todos los objetivos gubernamentales. El neoliberalismo y el securitarismo de Estado hicieron buenas migas desde muy temprano. El debilitamiento de las libertades públicas del Estado de derecho y la extensión concomitante de los poderes policiales se han acentuado con la guerra contra la delincuencia y la guerra contra la droga de la década de 1970. Pero fue sobre todo después de que se declarara la guerra mundial contra el terrorismo, inmediatamente después del 11 de septiembre de 2001, cuando se produjo el despliegue de un conjunto de medidas y dispositivos que violan abiertamente las reglas de protección de las libertades en la democracia liberal, llegando incluso a incorporar en la ley la vigilancia masiva de la población, la legalización del encarcelamiento sin juicio o el uso sistemático de la tortura.

Para Bernard E. Harcourt (2018), este modelo de gobierno, que consiste en “hacer la guerra a toda la ciudadanía”, procede en línea directa de las estrategias militares contrainsurgentes puestas a punto por el ejército francés en Indochina y en Argelia, transmitidas a los especialistas estadounidenses de la lucha anticomunista y practicadas por sus aliados, especialmente en América Latina o en el sudeste asiático. Hoy, la “contrarrevolución sin revolución”, como la denomina Harcourt, busca reducir por todos los medios a un enemigo interior y exterior omnipresente, que tiene más bien cara de yihadista, pero que puede adoptar muchas otras caras (estudiantes, ecologistas, campesinos, jóvenes negros en EE UU o jóvenes de los suburbios en Francia, y tal vez, sobre todo en estos momentos, migrantes ilegales, preferentemente musulmanes). Y para llevar a buen término esta guerra contra el enemigo, conviene que el poder, por un lado, militarice a la policía y, por otro, acumule una masa de informaciones sobre toda la población con el fin de conjurar toda rebelión posible. En suma, el terrorismo de Estado se halla de nuevo en plena progresión, incluso cuando la amenaza comunista, que le había servido de justificación durante la Guerra Fría, ha desaparecido.

La imbricación de estas dos dimensiones, la radicalización de la estrategia neoliberal y el paradigma militar de la guerra contrainsurgente, a partir de la misma matriz de guerra civil, constituye actualmente el principal acelerador de la salida de la democracia. Este enlace solo es posible gracias a la habilidad con que cierto número de responsables políticos de la derecha, aunque también de la izquierda, se dedican a canalizar mediante un estilo populista los resentimientos y el odio hacia los enemigos electivos, prometiendo a las masas orden y protección a cambio de su adhesión a la política neoliberal autoritaria.

El neoliberalismo de Macron

Sin embargo, ¿no es exagerado meter todas las formas de neoliberalismo en el mismo saco de un nuevo neoliberalismo? Existen tensiones muy fuertes a escala mundial o europea entre lo que hay que calificar de tipos nacionales diferentes de neoliberalismo. Sin duda no asimilaríamos a Trudeau, Merkel o Macron con Trump, Erdogan, Orbán, Salvini o Bolsonaro. Unos todavía permanecen fieles a una forma de competencia comercial supuestamente leal, cuando Trump ha decidido cambiar las reglas de la competencia, transformando esta última en guerra comercial al servicio de la grandeza de EE UU (“America is Great Again”); unos invocan todavía, de palabra, los derechos humanos, la división de poderes, la tolerancia y la igualdad de derechos de las personas, cuando a los otros todo esto les trae sin cuidado; unos pretenden mostrar una actitud humana ante los migrantes (algunos muy hipócritamente), cuando los otros no tienen escrúpulos a la hora de rechazarlos y repatriarlos. Por tanto, conviene diferenciar el modelo neoliberal.

El macronismo no es trumpismo, aunque solo fuera por las historias y las estructuras políticas nacionales en las que se inscriben. Macron se presentó como el baluarte frente al populismo de extrema derecha de Marine Le Pen, como su aparente antítesis. Aparente, porque Macron y Le Pen, si no son personas idénticas, en realidad son perfectamente complementarias. Uno hace de baluarte cuando la otra acepta ponerse los hábitos del espantajo, lo que permite al primero presentarse como garante de las libertades y de los valores humanos. Si es preciso, como ocurre hoy en los preparativos para las elecciones europeas, Macron se dedica a ensanchar artificialmente la supuesta diferencia entre los partidarios de la democracia liberal y la democracia iliberal del estilo de Orbán, para que la gente crea más fácilmente que la Unión Europea se sitúa como tal en el lado de la democracia liberal.

Sin embargo, tal vez no se haya percibido suficientemente el estilo populista de Macron, quien ha podido parecer una simple mascarada por parte de un puro producto de la élite política y financiera francesa. La denuncia del viejo mundo de los partidos, el rechazo del sistema, la evocación ritual del pueblo de Francia, todo esto era quizá suficientemente superficial, o incluso grotesco, pero no por ello ha dejado de hacer gala del empleo de un método característico, precisamente, del nuevo neoliberalismo, el de la recuperación de la cólera contra el sistema neoliberal. No obstante, el macronismo no tenía el espacio político para tocar esta música durante mucho tiempo. Pronto se reveló como lo que era y lo que hacía.

En línea con los gobiernos franceses precedentes, pero de manera más declarada o menos vergonzante, Macron asocia al nombre de Europa la violencia económica más cruda y más cínica contra la gente asalariada, pensionista, funcionaria y la asistida, así como la violencia policial más sistemática contra las manifestaciones de oponentes, como se vio, en particular, en Notre-Dame-des-Landes y contra las personas migrantes. Todas las manifestaciones sindicales o estudiantiles, incluso las más pacíficas, son reprimidas sistemáticamente por una policía pertrechada hasta los dientes, cuyas nuevas maniobras y técnicas de fuerza están pensadas para aterrorizar a quienes se manifiestan e intimidar al resto de la población.

El caso de Macron está entre los más interesantes para completar el retrato del nuevo neoliberalismo. Llevando más lejos todavía la identificación del Estado con la empresa privada, hasta el punto de pretender hacer de Francia una start-up nation, no cesa de centralizar el poder en sus manos y llega incluso a promover un cambio constitucional que convalidará el debilitamiento del Parlamento en nombre de la eficacia. La diferencia con Sarkozy en este punto salta a la vista: mientras que este último se explayaba en declaraciones provocadoras, al tiempo que afectaba un estilo relajado en el ejercicio de su función, Macron pretende devolver todo su lustre y toda su solemnidad a la función presidencial. De este modo conjuga un despotismo de empresa con la subyugación de las instituciones de la democracia representativa en beneficio exclusivo del poder ejecutivo. Se ha hablado con razón de bonapartismo para caracterizarle, no solo por la manera en cómo tomó el poder acabando con los viejos partidos gubernamentales, sino también a causa de su desprecio manifiesto por todos los contrapoderes. La novedad que ha introducido en esta antigua tradición bonapartista es justamente una verdadera gobernanza de empresa. El macronismo es un bonapartismo empresarial.

El aspecto autoritario y vertical de su modo de gobierno encaja perfectamente en el marco de un nuevo neoliberalismo más violento y agresivo, a imagen y semejanza de la guerra librada contra los enemigos de la seguridad nacional. ¿Acaso una de las medidas más emblemáticas de Macron no ha sido la inclusión en la ley ordinaria, en octubre de 2017, de disposiciones excepcionales del estado de emergencia declarado tras los atentados de noviembre de 2015?

La aplicación de la ley en contra de la democracia

No cabe descartar que se produzca en Occidente un momento polanyiano, es decir, una solución verdaderamente fascista, tanto en el centro como en la periferia, sobre todo si se produce una nueva crisis de la amplitud de la de 2008. El acceso al poder de la extrema derecha en Italia es un toque de advertencia suplementario. Mientras tanto, en este momento que prevalece hasta nueva orden, estamos asistiendo a una exacerbación del neoliberalismo, que conjuga la mayor libertad del capital con ataques cada vez más profundos contra la democracia liberal-social, tanto en el ámbito económico y social como en el terreno judicial y policial. ¿Hay que contentarse con retomar el tópico crítico de que el estado de excepción se ha convertido en regla?

Al argumento de origen schmittiano del estado de excepción permanente, retomado por Giorgio Agamben, que supone una suspensión pura y simple del Estado de derecho, debemos oponer los hechos observables: el nuevo gobierno neoliberal se implanta y cristaliza con la promulgación de medidas de guerra económica y policial. Dado que las crisis sociales, económicas y políticas son permanentes, corresponde a la legislación establecer las reglas válidas de forma permanente que permitan a los gobiernos responder a ellas en todo momento e incluso prevenirlas. De este modo, las crisis y urgencias han permitido el nacimiento de lo que Harcourt denomina un “nuevo estado de legalidad”, que legaliza lo que hasta ahora no eran más que medidas de emergencia o respuestas coyunturales de política económica o social. Más que con un estado de excepción que opone reglas y excepciones, nos las tenemos que ver con una transformación progresiva y harto sutil del Estado de derecho, que ha incorporado a su legislación la situación de doble guerra económica y policial a la que nos han conducido los gobiernos.

A decir verdad, los gobernantes no están totalmente desprovistos para legitimar intelectualmente semejante transformación. La doctrina neoliberal ya había elaborado el principio de esta concepción del Estado de derecho. Así, Hayek subordinaba explícitamente el Estado de derecho a la ley: según él, la ley no designa cualquier norma, sino exclusivamente el tipo de reglas de conducta que son aplicables a todas las personas por igual, incluidos los personajes públicos. Lo que caracteriza propiamente a la ley es, por tanto, la universalidad formal, que excluye toda forma de excepción. Por consiguiente, el verdadero Estado de derecho es el Estado de derecho material (materieller Rechtsstaat), que requiere de la acción del Estado la sumisión a una norma aplicable a todas las personas en virtud de su carácter formal. No basta con que una acción del Estado esté autorizada por la legalidad vigente, al margen de la clase de normas de las que se deriva. En otras palabras, se trata de crear no un sistema de excepción, sino más bien un sistema de normas que prohíba la excepción. Y dado que la guerra económica y policial no tiene fin y reclama cada vez más medidas de coerción, el sistema de leyes que legalizan las medidas de guerra económica y policial ha de extenderse por fuerza más allá de toda limitación.

Por decirlo de otra manera, ya no hay freno al ejercicio del poder neoliberal por medio de la ley, en la misma medida que la ley se ha convertido en el instrumento privilegiado de la lucha del neoliberalismo contra la democracia. El Estado de derecho no está siendo abolido desde fuera, sino destruido desde dentro para hacer de él un arma de guerra contra la población y al servicio de los dominantes. El proyecto de ley de Macron sobre la reforma de las pensiones es, a este respecto, ejemplar: de conformidad con la exigencia de universalidad formal, su principio es que un euro cotizado otorga exactamente el mismo derecho a todos, sea cual sea su condición social. En virtud de este principio está prohibido, por tanto, tener en cuenta la penosidad de las condiciones de trabajo en el cálculo de la cuantía de la pensión. También en esta cuestión salta a la vista la diferencia entre Sarkozy y Macron: mientras que el primero hizo aprobar una ley tras otra sin que les siguieran sendos decretos de aplicación, el segundo se preocupa mucho de la aplicación de las leyes.

Ahí se sitúa la diferencia entre reformar y transformar, tan cara a Macron: la transformación neoliberal de la sociedad requiere la continuidad de la aplicación en el tiempo y no puede contentarse con los efectos del anuncio sin más. Además, este modo de proceder comporta una ventaja inapreciable: una vez aprobada una ley, los gobiernos pueden esquivar su parte de responsabilidad so pretexto de que se limitan a aplicar la ley. En el fondo, el nuevo neoliberalismo es la continuación de lo antiguo en clave peor. El marco normativo global que inserta a individuos e instituciones dentro de una lógica de guerra implacable se refuerza cada vez más y acaba progresivamente con la capacidad de resistencia, desactivando lo colectivo. Esta naturaleza antidemocrática del sistema neoliberal explica en gran parte la espiral sin fin de la crisis y la aceleración ante nuestros ojos del proceso de desdemocratización, por el cual la democracia se vacía de su sustancia sin que se suprima formalmente.

Pierre Dardot es filósofo y Christian Laval es sociólogo. Ambos son coautores, entre otras obras, de La nueva razón del mundo y Común

Traducción: viento sur

Referencias

Gentile, Emilio (2004) Fascismo: historia e interpretación. Madrid: Alianza.

Harcourt, Bernard E. (2018) The Counterrevolution, How Our Government Went to War against its Own Citizens. Nueva York: Basic Books.

Kuttner, Robert (2018) Can democracy survive Global Capitalism? Nueva York/Londres: WW. Norton & Company.

Paxton, Robert O. (2009) Anatomía del fascismo. Madrid: Capitán Swing.

Roth, Philip (2005) La conjura contra América. Barcelona: Mondadori.

Notas:

1/ Prefacio a la traducción en inglés, publicada por la editorial Verso, de La pesadilla que no acaba nunca (Gedisa, 2017), obra publicada originalmente por La Découverte, París, en 2016.

2/ Éric Fassin, “Le moment néofasciste du néolibéralisme”, Mediapart, 29 de junio de 2018, https://blogs.mediapart.fr/eric-fassin/blog/290618/le-moment-neofasciste-du-neoliberalisme .

3/ Henry Giroux, Neoliberal Fascism and the Echoes of History, https://www.truthdig.com/articles/neoliberal-fascism-and-the-echoes-of-history/ , 08/09/2018.

4/ Robert O. Paxton, “Le régime de Trump est une ploutocratie”, Le Monde, 6 de marzo de 2017.

Fuente: https://vientosur.info/spip.php?article14984

Raúl Zibechi: “Los movimientos sociales son los únicos que pueden impedir la barbarización a la que nos conduce el sistema capitalista”

Por Lluís Català Oltra, José M. Copete Fernández

Raúl Zibechi es un periodista y activista uruguayo, y un prolífico ensayista al que cuesta seguir el ritmo: veinte libros publicados, unos treinta y cinco capítulos en libros colectivos, gran cantidad de artículos, así como charlas y clases grabadas en video y subidas a las redes sociales… Ha colaborado en diversas publicaciones latinoamericanas como el diario mexicano La Jornada o el semanario uruguayo Brecha, y su militancia en los Tupamaros en los setenta le obligó a exiliarse. Asimismo, el alcance de su pensamiento ha motivado la aparición de libros y escritos de análisis sobre su obra o apoyados en ella. A pesar de todo, no le gusta definirse como un intelectual, pero está claro que Zibechi es un referente en el análisis de los movimientos sociales en América Latina y sus contextos sociales y culturales. Sus escritos están llenos de metáforas y referencias a la tierra y lo que emana de ella: arroyos, comunidades, desde abajo… incluso de debajo de ella. Expresiones como «las formas de pensamiento que emanan de nuestro subsuelo» indican un reconocimiento a las luchas por la emancipación económica o geopolítica, pero también un proceso de liberación epistemológico y cosmológico del eurocentrismo imperante y una puesta en valor de los saberes y las formas de pensamiento que afloran de las raíces de los pueblos indígenas, las comunidades campesinas, las barriadas periféricas y la gente sin poder que se organiza en resistencia frente a las formas de explotación y opresión a las que están sometidas. Esta puesta en valor, como él indica, ha de hacerse de manera crítica y sin idealizaciones, ya que estos saberes, como todos, pueden estar contaminados por múltiples sesgos.

Conversamos con Raúl Zibechi en su visita a la Universitat d’Alacant para dar un seminario de sobre movimientos sociales en la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales. En la charla previa a la entrevista comprendemos que Raúl es una persona que busca entender al interlocutor y aprender a través del diálogo allá donde vaya; nos pregunta, nos escucha con interés sobre cuestiones locales. No es de extrañar, por lo tanto, que sus análisis estén tan apoyados en la geopolítica y la información de alcance global como en retazos de vida cotidiana que se dan en la escala local, pero que alimentan de nuevo su visión global. En la entrevista le devolvemos la intención y profundizamos sobre todo en la situación de Latinoamérica.

José María Copete (JMC): Uno de tus últimos libros (Los desbordes populares desde abajo) aborda el ciclo de protestas que va desde 1959 a 1973 para el caso de América Latina, lo que en términos generales se denomina mayo del 68. ¿Por qué un libro sobre aquel período cinco décadas después?, ¿qué tenemos que aprender de aquella experiencia?

Raúl Zibechi (RZ): Bueno, primero porque cuando se habla de la “Revolución mundial del

68”, en palabras de Wallerstein (1989), la mirada está demasiado centrada en París, cuando creo que fue un proceso global, que además se caracteriza por comenzar en la periferia para expresarse después en el centro. Concretamente arranca con la Revolución de Cuba, la independencia de Argelia, la Guerra de Vietnam… Incluso dentro de países como EE UU la protesta estudiantil contra la Guerra de Vietnam es precedida por la lucha por los derechos civiles, con aquel discurso de Martin Luther King, “I have a dream…”, o la lucha del pueblo negro liderada por las Panteras Negras. Por tanto, me interesaba poner el acento en aquello que no estaba tan explícito en los estudios, en los periódicos, en el relato que se ha ido contando en estos cincuenta años, justo cuando se cumplían cincuenta años. Y me parecía que era importante hacer hincapié en dos cuestiones:

1º) Que pasaron cosas bien importantes en la periferia del mundo, en este caso en América Latina, que fueron incluso causa de la respuesta represiva de los gobiernos. Por ejemplo, Chile era un país con un enorme movimiento popular: la mitad de Santiago cuando llega Allende al poder en 1970 eran campamentos de gente que había tomado tierras y estaba construyendo sus viviendas. Y esa potencia del movimiento popular me parecía que era importante reflejarla, porque fue común a muchas partes de América Latina. E incluso hubo corrientes de pensamiento asociadas muy potentes, como la teología de la liberación o la educación popular.

2º) Porque en ese período se empiezan a ensayar construcciones territoriales ligadas a movimientos que después toman mucha fuerza: campesinos, indígenas (algunos de ellos sin tierra) y movimientos urbanos.

Creo que era importante exponer ambos temas. Cuando uno observa lo que pasó en un campamento famoso de Chile en los setenta, Nueva La Habana, donde coincidía mucha gente del MIR [Movimiento de Izquierda Revolucionaria de Chile], ve que había muchas construcciones que son las que ahora se están desplegando, a pesar de que eran muy pequeñas e incipientes. Eran construcciones en el terreno de la educación, de la salud, de la justicia incluso, que, de alguna manera, partieron de gente que no esperó que los Estados cubriesen determinadas carencias y las empezó a desarrollar desde abajo. En algunos casos de forma organizada y en otros de manera espontánea y desorganizada. En definitiva, son experiencias iniciales de movimientos populares que me parece que hay que recoger.

JMC: Me ha resultado interesante en tu libro precisamente la idea de “desborde popular desde abajo”…

RZ: El concepto de desborde no lo he acuñado yo, sino un antropólogo peruano en los años ochenta, José Matos Mar (1984), que tiene un trabajo muy interesante sobre cómo la migración andina fue un “desborde”. ¿Qué se desborda? Bueno, se desborda la trama urbana, se desborda el panóptico como forma de control. Y eso también es universal, porque, por ejemplo, en Italia tuvimos la lucha antipsiquiátrica, liderada por Franco Basaglia (2013). Entre otras cosas, la idea del desborde es útil para comprender que también las izquierdas fueron desbordadas, que también las instituciones de la izquierda (sindicatos, partidos, etc.) fueron desbordadas. Y esta idea, vista desde dentro, desde quienes están desbordando, permite comprender una lógica que no es irracional; se proponen otras racionalidades que podemos compartir o no, pero que implican la autoconstrucción de sujetos que también, en segunda instancia, construyen ciudad, ciudadanía; que construyen, desde abajo y con otras lógicas, formas de vida alternativas respecto a las hegemónicas. Ese desborde modificó muchas cosas en América Latina. Incluso forzó a las izquierdas a reinventarse. Por ejemplo, el PT [Partido dos Trabalhadores] de Brasil es producto de esos desbordes, porque es el primer gran partido de América Latina que se construye desde abajo, a partir de los sindicatos (donde estaba Lula da Silva), pero también a partir de las comunidades eclesiales de base y de otras instancias. Los propios Sin Tierra empiezan también en esa época. Vemos la aparición de un nuevo sindicalismo, movimientos sociales nuevos, con fuerte arraigo territorial, que obligan, en cierta medida, a que las izquierdas estén en sintonía con eso que está pasando. Se produce entonces un diálogo muy fecundo entre la actividad social y las izquierdas. ¿Que luego han discurrido por diferentes caminos, como se ha podido ver con Lula y el PT? Eso es otra historia. Pero ubicados en ese período, desde los sesenta hasta incluso los ochenta, vemos una nueva configuración que va a ser muy productiva. El mismo PT, cuando llega a los primeros gobiernos municipales, implementa aquello que en su día fue muy importante, el presupuesto participativo, en el que la población, organizada en asambleas por barrios, podía modificar a qué se destinaban los recursos públicos, y dar prioridad a cosas que hasta ese momento no habían tenido atención por parte de los poderes públicos.

JMC: Respecto al libro Los arroyos cuando bajan: Los desafíos del zapatismo, del cual acaba de salir la segunda edición, ¿por qué comprender el zapatismo es importante para quienes aspiramos a una nueva sociedad?

RZ: Bueno, primero porque es un movimiento de nuevo cuño también. Es un movimiento que en los momentos iniciales debe corregir su rumbo, porque no hay que olvidar que quienes llegan a la selva Lacandona son militantes marxistas-guevaristas vanguardistas. Marcos, en una de las primeras entrevistas que concede, explica que tuvieron que hacer lo que los indígenas querían; éstos les dijeron: “aquí quien manda es la comunidad; si tú quieres reclutar a alguien de la comunidad para tu causa, es la comunidad quien toma las decisiones, no una persona individual”. Entonces, hay una lógica, por decirlo de alguna manera, comunitaria, “no occidental” (en términos clásicos, porque eso también está transformándose en Europa), en la cual las vías de cambiar el mundo son otras, que no están muy definidas o demasiado claramente estipuladas, pero se van abriendo camino. Mi lectura es que, desde la Revolución Francesa y, sobre todo, desde la Comuna de París, la izquierda se ha dotado de una estrategia, que es la estrategia de la organización firme y férrea. Los partidos aparecen a partir de la Comuna para disputar el poder y desarrollar lo que se llama la “estrategia en dos pasos” (Wallerstein, 2002): conquistar el poder y luego transformar el mundo. Hace un siglo se consiguió por primera vez, en Rusia, y a lo largo de este siglo ha sido posible en varios países importantes, como China. En esas experiencias ha sido posible el primer paso, pero no el segundo. A mí modo de ver (y sé que esto es muy polémico, pero hay que plantearlo como un escenario de debate), esa estrategia está agotada; no es que no haya que tomar el poder, pero la estrategia está agotada. Y, entonces, los caminos que recorren los pueblos indígenas y, cada vez más, campesinos sin tierras y algunas periferias urbanas, en un diálogo virtual con las feministas, van en la línea de ir modificando nuestro lugar en el mundo, creando nuestros propios espacios y (aunque no me guste la palabra) “empoderándonos”. En ese recorrido, quizá en algún momento sea posible desplazar del poder a quienes actualmente lo detentan, pero no nos organizamos exclusivamente para eso, porque en vez de una única estrategia hay como dos pies que caminan: se van creando espacios, poderes locales, y ya se verá si eso conduce a algo más.

Esto pasa en México, en el Estado de Oaxaca, por ejemplo, y no es casualidad, porque es un Estado con unos 500 municipios y, de ellos, unos 400 no se gobiernan por el resultado de las elecciones clásicas entre partidos, sino por “usos y costumbres”: la asamblea de la comunidad decide quiénes van a ser alcaldes, por cuánto tiempo, si son renovados los que había, etc. Y el poder central de México lo tiene que aceptar y, de hecho, lo acepta. Los zapatistas lo que han hecho es que a los niveles “comunidad” y “municipio” han añadido otro más, “región”, que es el que afecta a su influencia territorial. Aquí hay algo que podría ser denominado “estrategia” si ese término no remitiese a algo excesivamente pulido y terminado (no creo que lo sea). Sería más bien una búsqueda, un recorrido, en el cual la construcción de espacio o poder propio, no necesariamente está destinada a competir con el Estado<href=»#_ftn1″ name=»_ftnref1″ title=»»>[1] (los zapatistas utilizan la bandera mexicana, por ejemplo), sino más bien a plantear alternativas a la de los “dos pasos”.</href=»#_ftn1″>

Ése sería el fondo del tema, pero luego hay otras cosas que serían también interesantes, como, por ejemplo, que es un ejército que no usa armas. Han abandonado la idea de la revolución armada. Con esto de Marichuy [candidata zapatista y, por extensión del Congreso Nacional Indígena, a las elecciones presidenciales de 2018] y la campaña que han hecho, hay un paso importante ahí. Afirmaron que mientras sea posible no van a utilizar armas. Y si vienen, utilizarán el poder de la masa para frenarlos. Hasta ahora lo han conseguido, aunque nadie sabe si mañana puede haber un desastre tremendo. Es la apuesta que han hecho también otros pueblos indígenas de América Latina, particularmente los nasa del Cauca colombiano, que tienen una guardia indígena, elegida, igual que los zapatistas, por las comunidades. Cuando entran los paramilitares a su territorio reconocido constitucionalmente y, por ejemplo, secuestran a alguien, van todos en masa con sus bastones de mando e intentan recuperarlos, a veces con éxito. Se busca defender el espacio, no confrontar con el otro. En la confrontación entienden que se pierde, porque tienen menos recursos, pero también porque la militarización jerarquiza. En la lucha por la emancipación, no quieren militarizarse. De hecho, después de 1994, los zapatistas no utilizaron más las armas. Las tienen, saben manejarlas, pero no las utilizan o, si lo hacen, sería sólo en última instancia. Es una apuesta ético-política y plantea también los límites de lo que fue en su día la militarización del campo revolucionario a partir de la guerra civil que vivió Rusia. El leninismo y después el estalinismo tomaron este camino dramático en el cual el Ejército Rojo terminó pareciéndose mucho al otro ejército, al zarista. No en vano, el Ejército Rojo, fundado por Trotsky, incorporó 30.000 oficiales zaristas a sus filas, para hacerlo más eficiente. Con esto, tienes finalmente un aparato que no puede ser muy emancipatorio…

Bueno, en definitiva, aquí hay un diálogo, que puede que no esté planteado todavía en los términos en los que yo he apuntado, pero por la vía de los hechos se va abriendo camino.

JMC: Respecto a la coyuntura actual de América Latina, a grandes rasgos, ¿puedes describirnos cuál es el papel que los movimientos populares pueden jugar?

RZ: Podría tener un impulso inicial de decirte “No tengo la menor idea”, porque es un tema bien complejo, pero, sí hay que apuntar que:

1º) Después de la intervención de Rusia, aliado de Siria e Irán, EE UU (junto a sus aliados Israel y Arabia Saudita) sufre un retroceso en Oriente Medio, y se ve obligado a irse de algunos frentes. EE UU también tiene problemas en el mar del Sur de China, donde no es fácil que mantenga la influencia que tenía, aunque no haya abandonado completamente. Y en su decadencia hegemónica, EE UU está obligado a reposicionarse con mucha fuerza en América Latina y, particularmente, en el Caribe (en México ya está muy bien posicionado). No pueden volver a sufrir lo que experimentaron en los embates de los últimos diez años de gobiernos progresistas de la región, especialmente el de Chávez en Venezuela, Correa en Ecuador y Evo Morales en Bolivia.

2º) América Latina es un escenario de disputa entre las dos grandes potencias hegemónicas de hoy, China y EE UU, y los movimientos populares no harían bien, y no parecen que lo estén haciendo por ahora, en pegarse a alguna de las dos potencias hegemónicas. Ninguna de las dos es emancipatoria, aunque haya todavía compañeros de izquierda que piensan que China o incluso Rusia tienen un papel positivo, pero yo ahí comparto las posiciones de Santiago Alba Rico (2016), que creo que es muy lúcido, sobre todo cuando la guerra de Siria y la Primavera Árabe sus posiciones creo que son enteramente compartibles. Yo creo que los movimientos tienen que buscar una tercera opción. Creo que el zapatismo está en eso y también otros movimientos.

El principal problema al que se enfrentan los sectores populares en América Latina es el riesgo de una guerra civil en Venezuela, que hay que evitar a toda costa. Creo que no es apoyable Guaidó y toda la intervención extranjera que está habiendo, y no es apoyable Maduro. Creo que la militarización, el autoritarismo, la corrupción, apoyarse en las fuerzas armadas de forma demasiado marcada… Todo eso lleva a los movimientos a tener que buscar otro camino. Y en Venezuela son muy poquitos los que lo están buscando, pero hay quienes están en ello. Y en general, en América Latina, el principal problema que enfrentan los movimientos populares es el brutal avance de las derechas. Tienen que trabajar en espacios en los que hay una alianza entre los paramilitares, los narcos y las iglesias evangélicas, y Brasil es un claro ejemplo de ello. Es una alianza demencial, con mucha fuerza y que mueve dinero. Los movimientos están atrapados en este panorama y tienen enormes dificultades para mantenerse organizados. Los movimientos de los años noventa, por ejemplo, los Sin Tierra, que fueron muy fuertes, hoy están debilitados. Pero también hay que subrayar que está apareciendo un nuevo liderazgo de mujeres jóvenes. Todo el movimiento que acompañó y sigue acompañando el caso de Marielle Franco<href=»#_ftn2″ name=»_ftnref2″ title=»»>[2], que fue asesinada, está en esa línea y se mueve en ese escenario militarizado de gran dificultad. Hay un debate muy potente en los movimientos sobre si conviene que vuelvan gobiernos “progresistas” del estilo de Lula o Kirchner, si se defienden gobiernos como el de Evo Morales, o si hay que buscar un camino propio. Es una situación complicada y, salvo el movimiento de mujeres, que es el más importante hoy y está a la ofensiva, los demás están muy a la defensiva, porque el panorama deja poco margen de maniobra y las dudas son muchas.</href=»#_ftn2″>

Lluís Català (LC): En cualquier caso, ¿no crees que los movimientos sociales de América

Latina están retados a posicionarse en el caso de Venezuela, a decantarse en algún sentido?

RZ: Sí, efectivamente, están retados a eso. Pero yo creo que ahí hay que diferenciar dos aspectos:

1º) La intervención en Venezuela es intolerable, es un límite que no se debe pasar, y en ese sentido, hay que defender a Venezuela igual que se defiende a Cuba, independientemente de que estés o no de acuerdo con el régimen. Es una actitud de principios: la soberanía nacional es inviolable. Aquí no hay mucha duda, y creo que prácticamente todos los movimientos sociales de la región lo tienen claro.

2º) El otro punto es el que plantea más duda y donde se está produciendo el debate entre quienes, además de defender la soberanía de Venezuela, defienden al régimen, y quienes son más críticos con el régimen o, como mínimo, no se pronuncian.

Esto último es un punto delicado. Una parte importante de las izquierdas latinoamericanas ha optado por el apoyo a Maduro, pero no todos los movimientos lo apoyan y son capaces de separar los dos puntos que he mencionado.

LC: Y en Bolivia, ¿tú crees que está al caer una situación análoga a la que se vive en Venezuela?

RZ: No. Tú vas a Bolivia y los supermercados tienen de todo, hay una relativa prosperidad, no es una situación económica boyante, pero sí razonablemente buena. La apuesta económica que ha hecho el gobierno de Evo [Morales] es muy distinta a la que hizo Chávez. Claro, Bolivia no tiene la mayor reserva de petróleo del mundo y eso condiciona mucho en el caso de Venezuela. En definitiva, en Bolivia la situación es muy distinta, incluso considerando que Evo puede perder las próximas elecciones. En Bolivia la situación de los sectores populares ha mejorado muchísimo bajo el gobierno de Evo.

LC: Es digno de destacar, porque Bolivia había sido siempre el país en peores condiciones de vida de Sudamérica. Ahora seguramente sea Venezuela, ¿no?

RZ: Sí, sin duda, es Venezuela, aunque en Ecuador y en Argentina las cosas tampoco andan muy bien, pero ésa ya es otra historia. En Bolivia no creo que se vaya a producir el tipo de confrontación que se está produciendo en Venezuela. Al menos aparentemente, aunque luego, claro, se puede dar una sucesión de acontecimientos que acaben en una situación catastrófica. En Bolivia, además, han tenido la inteligencia, aunque eso plantease dificultades desde el punto de vista ideológico, de hacer una alianza con la oligarquía terrateniente agroexportadora de Santa Cruz, que es la zona más rica y la que exporta todo el grano, soja, sobre todo, que se cultiva allí. Hay una agroindustria importante y el otro sector de explotación es la minería, pero está sobre todo en manos de multinacionales. Bolivia, en definitiva, ha sido otra experiencia totalmente distinta. Tampoco hay un intento, como sí hizo Chávez, de construir un poder popular, transitar hacia una economía nueva, expropiar una cantidad enorme de empresas extranjeras, amparados en ese monstruo, que es PDVSA [Petróleos de Venezuela, SA], la empresa estatal petrolera, que es inmanejable, lo era antes y lo sigue siendo ahora, aunque haya cambiado algo.

LC: Pasando a otro orden de cosas y saliendo quizá un poco del marco regional de América Latina, ampliando la visión a la escala mundial, Andrés Piqueras, aquí en España, le ha dado vueltas a las capacidades que tienen los sujetos colectivos de oponer un proyecto alternativo al del poder y sistema capitalista, quizá de momento con un horizonte algo sombrío. Ahora mismo, ¿ves tú algún resquicio por donde esto se pueda sustanciar o vamos directos a la barbarie?

RZ: Yo creo precisamente que los movimientos son los únicos que pueden evitar la barbarización. Dicho eso, también hay que decir que las experiencias alternativas con las que contamos en América Latina son más bien locales. Y en general, salvo algunas pocas, son experiencias de un tipo. Por ejemplo, puede haber buenas experiencias y de cierta dimensión de cultivos orgánicos. Y de éstas hay muchas, en México hay más de 2.000 experiencias entre pesca, miel, café… Pero suelen ser de una única cosa; son pocas las experiencias en las cuales hay un entramado de diversidad de producciones y, además, de salud alternativa, de educación alternativa, canales propios de comercialización… De eso hay muy poco: yo diría que algunos asentamientos Sin Tierra; el Movimiento Sin Tierra tiene entre 3.000 y 5.000 asentamientos, depende de cómo cuenten, pero que tengan una experiencia más de conjunto puede haber 100, como mucho 200. También está la experiencia zapatista, que tiene bastante variedad, con bastante fuerza en salud y justicia, menos alternativa en educación. O están los nasa de Colombia, algunas experiencias argentinas con más de un producto y cierta organización, alguna en Bolivia, Paraguay, Perú… Pero hay que ser sinceros, aunque sean una alternativa y puedan serlo más claramente en un futuro, los movimientos hoy no lo están siendo y no hay una construcción de suficiente diversidad y alcance. Son un puñado de experiencias muy valiosas e interesantes, pero insuficientes para ser consideradas una alternativa en su conjunto al sistema. Más allá de los discursivo, claro, porque en lo discursivo todos podemos ser alternativos…

LC: Desde este punto de vista, si no hay una conexión más o menos rápida entre todas estas experiencias, y dando por hecho que el agotamiento del sistema es inminente (en lo ecológico, en lo referente a la capacidad del sistema de acumular valor, etc.), sí que podemos estar un poco al borde de la barbarización, ¿no? A no ser que haya una respuesta global rápida y contundente que no se ve asomar por ningún lado…

RZ: Cuando los zapatistas nos convocaron hace cuatro años a este encuentro que llamaron La hidra capitalista, nos decían a todos los que íbamos con nuestras ponencias: “Bueno, ustedes hagan de vigías y díganos qué es lo que ven en el horizonte”. Efectivamente, vemos la tormenta que se aproxima, y frente a la gravedad de lo que viene y la escasez de lo construido para darle respuesta, queda claro que la dificultad está ahí, como ellos mismos planteaban. ¿Nos alcanzará el tiempo?, ¿nos alcanzará lo que hemos construido para sobrevivir a esto? Había un compañero de los que estaban allí en las mesas que, conversando, decía: “¿Qué pasará si mañana hay un colapso hídrico en una ciudad grande? La gente en masa se vendrá a nuestras comunidades, donde tenemos agua y recursos naturales. ¿Y qué hacemos?, ¿los rechazamos a tiros? Acogerlos a todos no podemos…”. Y ese “¿qué hacemos?” me parece que es una pregunta bien interesante, porque lo que está diciendo es que hay un desfase entre la gravedad de la crisis sistémica (que no se sabe cuándo estallará definitivamente, pero que puede hacerlo) y lo que tenemos construido. Sí, estamos en un nivel de retraso enorme, quizá porque el desafío es muy grande. Y sobre eso, creo que hay poca conciencia. Uno puede leer el libro del colapso de [Ramón Fernández-Durán y] Luis González (2018) o el de Carlos Taibo (2017) u otros, y puede pensar: “el colapso vendrá en diez años, en cincuenta o lo que sea, pero es inminente”; al fin y al cabo, en el tiempo histórico, cincuenta años no son tantos. Y nosotros, ¿seremos capaces de construir arcas de Noé que nos permitan sobrevivir a esta tremenda situación? Hoy, yo diría que sobrevivirían nada más que un puñadito más pequeño aún que el de esas experiencias que he mencionado. Porque sí hay grupos que tienen esa variedad de construcciones, pero piensa sólo en el tema del agua: en Sao Paulo hay dos millones de habitantes que no tienen agua, y en Ciudad de México otro tanto. Podrías decir: “eso es sólo el 10% o menos en el caso de México”. Sí, pero tiene que ir todos los días un camión con el agua. Y el día que no va o que lo asaltan porque están desesperados por el agua, un montón de gente no la tiene. Es una muestra a pequeña escala de lo que puede suceder a escala planetaria. Por tanto, la cosa está complicada, y muy especialmente en las ciudades. Los movimientos campesinos o rurales tienen otras posibilidades, otros recursos. Aquí mismo, en Alicante o en Valencia, si la cosa se complicase, en el entorno rural seguramente habría más capacidad para subsistir…

LC: Sí, lo único es que no hay apropiación colectiva de nada…

RZ: Claro, y las multinacionales sí que tienen mapeadas las fuentes de agua, y las van comprando, si no las han comprado ya en su mayoría. Entre las clases dominantes y los sectores populares organizados en movimientos, hay un desfase muy fuerte.

LC: Hace cosa de un año viniste también a Alicante y pudimos oírte ambos en una charla. Ahí comentaste que el gran movimiento social actual podía ser el movimiento feminista, ¿qué elementos apoyan esta afirmación?

RZ: Bueno, primero porque es un movimiento muy activo, muy creativo, que ha sido capaz de llegar donde ha llegado sin tutelas de partidos, ni de Estados… Se podría decir que es un movimiento que tiene autonomía, porque involucra a una generación muy joven, muchas de ellas son chicas de alrededor de veinte años, que se manifiestan en su cotidianeidad con una potencia muy grande. Y luego están siendo capaces de poner en cuestión el patriarcado en muchas de sus manifestaciones, no sólo el machismo y la violencia. Es un movimiento que está subiendo enormemente, pero todo lo que sube suele bajar; no pueden convocar indefinidamente cada año el doble de manifestantes que el año anterior. Entonces el gran desafío es lo que pase cuando el movimiento baje. Ése será el momento clave, el momento en que hará falta plantearse objetivos y estrategias, quizá no muy ambiciosos, pero sí más allá de lo inmediato, más allá de la violencia que sufren, más allá del 8 de marzo… Y es ahí donde entramos en el mismo problema que comentábamos antes para los movimientos sociales. Yo creo que, de alguna manera, y no le estoy queriendo dar línea a nadie, el movimiento feminista va a terminar territorializándose, arraigando en espacios físicos donde las mujeres, ya en sus grupos, comiencen a trabajar con otros actores en la generación de espacios propios. Pero también puede pasar lo que pasó con una parte mayoritaria del movimiento gay, que terminó siendo atrapado por el mercado y, en cierta medida, también por el Estado. Eso pasó en mi país [Uruguay] y lo he visto también en otros países. Ha acabado siendo un movimiento que reivindica el matrimonio gay y pocas cosas más, y ha acabado muy dependiente de otras lógicas que no son la lucha antisistémica. Ese tipo de cosas pueden pasar, los movimientos pueden caer fácilmente en la lógica del sistema. Esperemos que no sea así.

JMC: En tu obra, haces análisis que tienen en cuenta la perspectiva global, pero sobre todo la perspectiva local. Utilizas muchos sinónimos y conceptos que vienen a significar la relación con la tierra, el territorio, arraigarse, comunidad, incluso subsuelo (“formas de pensamiento que vienen del subsuelo”), todos ellos conceptos que indican territorialidad, localidad. Frente a esto, o al mismo tiempo que esto, me gustaría que nos comentases qué papel crees que va a jugar o está jugando Internet en los movimientos populares, teniendo en cuenta que Internet, de alguna manera, modifica lo local, rompe las fronteras de la propia comunidad.

RZ: Estoy tentado de contestarte como Zhou Enlai [primer ministro de la República Popular China bajo la presidencia de Mao Zedong] respondió a un periodista que le preguntaba: “¿Qué balance hace de la Revolución Francesa?” y Zhou Enlai, buen chino y buen provocador, le dijo “Es demasiado pronto para saberlo”. Bueno, llevamos poco tiempo con Internet, veinte años o poco más. Evidentemente hay un cambio e Internet ha sido un multiplicador, un conector importante de sensibilidades, de convocatorias… de muchas cosas. No me imagino o no me quiero imaginar un mundo en el cual los poderes lleguen a limitar el uso de Internet de tal forma que sus posibilidades se agoten. Pero eso hay que tenerlo en cuenta. Finalmente, en Internet no lo controlamos nosotros. Ya hay una experiencia tremenda en China, país donde tú no puedes navegar por cualquier página y además están desarrollando su propia red. En China tienen prohibido entrar a cierto tipo de páginas, entre las cuales la pornografía, pero también otras que implican la limitación de la libertad de expresión. En Occidente no está tan limitada, pero también. Uno cuando habla con Richard Stallman [fundador del movimiento del software libre] se entera de que hay filtros y límites que desconocemos. En cualquier caso, si no llegara a producirse esa tremenda limitación, hay quien dice que la Revolución Francesa es hija de la imprenta; Gutenberg jugó un papel sin quererlo en la Revolución Francesa, porque las ideas impresas volaban ya a la velocidad de las carrozas, y probablemente Internet pueda llegar a jugar un papel similar. Puede permitir y, de hecho, ya está permitiendo, que ideas, que surgen en las ciudades, como esto del feminismo, vuelen a un pueblo remoto de la sierra, y no en el tiempo en el que lo hacían antes, que eran meses y años, sino en días. Por tanto, esa modificación de lo local que tú apuntas, tiene que ver con la velocidad y la aceleración de la experiencia histórica. Eso lo trabaja Giovanni Arrighi en el libro Adam Smith en Pekín (2007). Hay una aceleración del tiempo social histórico, y procesos que, insisto, antes demoraban años en ser comprendidos y asimilados lejos del epicentro, hoy llegan muy rápido. Eso, por un lado, es muy bueno, porque permite que el movimiento social se multiplique, pero tiene problemas también, porque a veces las cosas llegan de forma crítica. En alguna medida, Bolsonaro ganó las elecciones de Brasil por las redes sociales, supo usarlas muy bien. Y aquí en España, Ciudadanos y Vox parece que también lo están haciendo bien, con equipos destinados a eso. Hay cambios evidentes, pero no todos para bien. Desde lo que a nosotros nos interesa, que son los movimientos sociales, brinda posibilidades que antes no existían, está claro.

LC: Para terminar, ¿en qué sentido dices en alguna de tus obras que los movimientos pueden actuar como sujetos anticoloniales?

RZ: Sin remontarme a Fanon (1963) y la lucha anticolonial, lo que yo veo, por lo menos en América Latina, tiene que ver con esta recolonización del planeta que está haciendo el capital, y que es a lo que hace referencia Harvey (2005) con su “acumulación por despojo”. El análisis de Harvey, que yo comparto, llevado a las zonas de pobreza, tanto en la periferia como en las bolsas existentes en países centrales, se vive como una guerra, como una agresión. Los zapatistas hablan de Cuarta Guerra Mundial, en vez de acumulación por despojo, que me parece que es lo que vive un pueblo indígena. Y si lo trasladas a la especulación del ladrillo, que es lo más parecido en el Estado español, ves como a algunos habitantes de las periferias se sienten agredidos. Errekaleor, que es la experiencia de Vitoria-Gasteiz en la que se ocupan unas viviendas de un barrio obrero que iban a ser demolidas para crear una zona de ampliación nueva (ver Pérez, 2017), es una de tantas respuestas a todo esto. Las personas afectadas por la acumulación por despojo tienen un color de piel distinto, una situación estructural distinta, etc. En síntesis, quiero entender que este revival de Fanon y el anticolonialismo tiene que ver con la etapa actual, más depredadora, de acumulación del sistema capitalista.

Lluís Català Oltra (Universitat d’Alacant), José María Copete Fernández

DISJUNTIVA-Crítica de les Ciències Socials, volum 0 núm. 1
http://rua.ua.es/dspace/handle/10045/90554

Notas:

1/ Salvo si el Estado agrede y en ese caso se defenderían

2/ Socióloga, feminista, concejala izquierdista de Rio de Janeiro, activista por los derechos de las mujeres negras de las favelas, fue asesinada a principios de 2018.

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Bibliografía surgida en conversación

Alba, S. (2016). Alepo, la tumba de la izquierda. Contexto, 95. https://ctxt.es/es/20161214/Firmas/10137/santiago-alba-rico-alepo-eeuu-israel-Putin- geopolitica.htm (visita el 17-3-2019).

Arrighi, G. (2007). Adam Smith en Pekín. Orígenes y fundamentos del siglo XXI. Madrid: Akal.

Basaglia, F. (2013). La condena de ser loco y pobre. Alternativas al manicomio. Buenos Aires: Topía.

Ejército Zapatista de Liberación Nacional (2015). El pensamiento critico frente a la hidra capitalista I. Participaciones de la Comisión Sexta del EZLN. México: Ediciones Mexicanas. http://geopolitica.iiec.unam.mx/sites/default/files/2018-11/Hidra-EZLN.pdf (visita el 24-3-2019).

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Fuente: vientosur.info

La vía muerta de Ernesto Laclau

Contra la razón populista
Por Stathis Kouvelakis

[Los trabajos de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, muy discutidos en el ámbito académico desde hace varios años, se han extendido al ámbito político y han generado debates en el seno de la izquierda latinoamericana y europea.

En este texto, Stathis Kouvelakis se dedica a deconstruir la racionalidad de la política teorizada por Laclau bajo el término populismo. Con ese objetivo, propone discutir tres tesis:

* La democracia radical propuesta por Laclau se base en el principio de una autolimitación que excluye cualquier idea de ruptura con el orden socio-económico capitalista y con los principios de la democracia liberal, que asimila a una empresa de tipo totalitario..

* Contrariamente a lo que afirma Laclau es la lucha de clases la que actúa como agente de dereificación del sujeto político y no la razón populista.

* La lógica hegemónica que alienta la razón populista no se corresponde con el objeto de la misma por dos razones: a) dado su estricto formalismo, adolece de una indeterminación de principio frente a cualquier movimiento real; b) No puede informar de sus propios efectos; por ej., de su transformación en posición hegemónica de poder. CT]

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La crítica postmarxista del marxismo

Influenciado por la experiencia política de su país, Argentina, y por su compromiso en una corriente socialista del movimiento peronista, Laclau emerge en el ámbito intelectual como un marxista en la estela de Althusser y Poulantzas, planteando la cuestión de la ideología en el centro de la comprensión de la especificidad de los fenómenos políticos 1/. En los años 1980, junto a Chantal Mouffe, pone en marcha su aggiornamento teórico postmarxista como una contribución a la estrategia socialista; aunque volveremos ampliamente sobre ello, sitúan el socialismo como elemento de un proyecto de democracia radical. Esta toma de posición parece tanto más novedosa en la medida que despliega una densa terminología que Gramsci calificaría de subversiva, saturada de antagonismos, de cadenas de equivalencia, de articulaciones contingentes y otras posiciones subjetivas con una ostentosa radicalidad. Sin embargo, el sentido de esta radicalidad aparece de entrada como profundamente diferente al que la estrategia socialista, en sus diversas versiones, le ha atribuido; a saber: la ruptura con el capitalismo.

A lo largo de los capítulos de su libro, el fundamento teórico en el que se basa esta tradición, es decir, el marxismo, es objeto de una demolición total, orientada a demostrar su deficiencia fundamental; deficiencia que portan el conjunto de intelectuales y dirigentes que se reclaman de ella, más allá de la diversidad de sus puntos de vista. Enunciada de forma sintética, esta deficiencia sería la siguiente: en tanto que proyecto, movimiento y teoría política, el marxismo se basa en el presupuesto de un sujeto histórico-social unificado: la clase obrera encargada de una misión revolucionaria. Por otra parte, la unidad del sujeto en cuestión se basa en una visión determinista de las relaciones sociales, según la cual la centralidad de la lucha (y la consciencia) de clase está garantizada por la determinación en última instancia de la economía, hipótesis fundadora del materialismo histórico.

A partir de esta determinación, el marxismo pensó poder deducir, como una consecuencia necesaria, la existencia de un sujeto dotado de una consciencia de clase orientado a poner fin al capitalismo. En una palabra, el marxismo adolecería de fundamentalismo, término básico en la crítica postmarxista del marxismo, y debido a ello cada vez sería menos adecuado para comprender las formas de subjetivación y las coyunturas políticas contemporáneas. En otras palabras, el fundamentalismo no es más que un intento, ilusorio en el terreno analítico y vano en el terreno práctico, para superar la indeterminación de lo social y la descentralización de las formas de subjetivación. Frente a ello, el postmarxista pone por delante el papel constitutivo de las articulaciones discursivas, totalmente ajenas a lo social y las únicas susceptibles de superar, de un modo parcial, contingente y temporal, su estallido inherente y dar lugar a formas de subjetivación.

De este modo, el punto de vista postmarxista permite comprender la pluralidad irreductible de los sujetos políticos que suceden a la difunta centralidad obrera. A saber, los nuevos movimientos sociales (feminismo, ecologismo, movimientos de minorías), contribuyendo positivamente a su emergencia. Por ello, de lo que se trata es de clarificar el horizonte que se desprende de estos movimientos en el marco teórico enunciado. En otros términos: ¿cuál es el contenido preciso de la democracia radical que trata de integrar, pero sobre todo superar, la perspectiva del socialismo? Y, más en general, ¿cómo estructurar la relación entre ese social constitutivamente carente de unidad y la interpelación discursiva exterior que parece concentrar en ella las energías políticas de lo que ya no tenemos derecho de nombrar: la totalidad social?

Derrotar al capitalismo: entre el sinsentido y la tentación totalitaria

La publicación de «Hegemonía y estrategia socialista» desencadenó vivas polémica que se referían tanto al carácter discursivo de su ontología social como al abandono de la política de clase en beneficio de los nuevos movimientos sociales. Algunos incluso vieron en ello la conclusión lógica de la refundación del marxismo emprendida en Francia por Althusser y que tuvo su prolongación en los trabajos sobre las clases sociales de Poulantzas. Otros se focalizaron en la extravagancia conceptual del post-marxismo; es decir, su constructivismo integral en base a recordar de forma razonable las tesis marxistas sobre la determinación de la economía o la centralidad del conflicto de clases. La demostración consiste entonces a exonerar a estos últimos de los reproches de reduccionismo y a sustraerlos al chantaje del todo o nada (el determinismo integral o la contingencia absoluta, la continuidad totalmente fundamentalista o la singularidad fluida de las construcciones hegemónicas, etc.) al que les someten Laclau y Mouffe 2/. Con la perspectiva del tiempo, se puede decir que estos debates expresan más la falta de energía teórica y política propia de los años 1980 que una confrontación como la que pudo suscitar el revisionismo de finales del siglo XIX y principios del XX. De todos modos, el reflujo del movimiento obrero y, en sentido inverso, el auge de los nuevos movimientos sociales, desarrollándose sobre ejes distintos de la lucha de clases, incluso en ruptura con ella, parecían confirmar la validez del giro postmarxista. Por ello el debate se desplazó rápidamente hacia el terreno definido por el propio Laclau y Mouffe: el del contenido del proyecto de democracia radical anunciado por su libro programático.

A partir de los años 1990, Laclau reorientó su posición para superar lo que percibió como un límite de su punto de vista anterior. En efecto, la crítica del fundamentalismo clasista apareció como una adhesión, típicamente posmoderna, a la fragmentación de las formas de subjetivación que deriva de la explosión de los particularismos que actúan en las lógicas sociales dominantes. Por ello, el acento se desplazó hacia las formas de construcción de un nuevo sujeto político, desconectado de cualquier presupuesto fundamentalista pero, al mismo tiempo, portador de un proyecto unificador, capaz de tomar el relevo al movimiento obrero. En sus grandes líneas, esta nueva articulación de los universal y lo particular reposa sobre el despliegue de la lógica hegemónica en tanto que vía de acceso a lo global, definido como espacio vacío, i.e. desprovisto de un contenido predeterminado, que lo particular intenta llenar sin lograrlo jamás 3/. Este intento totalmente necesario pero imposible es justo lo que impide cualquier cierre de la perspectiva de universalización en un sentido fundamentalista, como la noción del proletariado en tanto que encarnación de la clase revolucionaria. El reconocimiento del carácter limitado del sujeto política implica también romper con el doble postulado del pensamiento de la emancipación, entendido este en su sentido amplio, que engloba a la vez la ilustración y la tradición socialista que vino después: el de la ruptura dicotómica entre un antes y un después separados por un «acto fundacional plenamente revolucionario» de la sociedad, acto necesario para alcanzar una nueva sociedad «plenamente transparente«, que eliminaría el conflicto y, más en general, la «alteridad radical». El primer aspecto se refuta en nombre de la antinomia entre, de una parte, la exigencia de radicalidad en la ruptura que presupone la existencia de un terreno (ground) común, antes y después de la revolución, sobre el que se opera la transformación radical en cuestión, y por otra, del cruce, de la discontinuidad que separa estos dos momentos y los hace inconmensurables 4/. El rechazo del segundo postulado parte de la necesidad de admitir «incluso la posibilidad de la eliminación de la alteridad radical» preconizada por la gran historia de la Salvación emancipatoria y su sustitución por las «dicotomías parciales y precarias constitutivas del tejido social (the social fabric)» de la que son portadores los «nuevos movimientos sociales» 5/. Así pues, se trata de aceptar la «naturaleza plural y fragmentada de las sociedades contemporáneas» y de inscribirla, para la puesta en pie de la lógica universalizadora esbozada previamente, en un espacio de equivalencia que «haga posible la construcción de una nueva esfera pública» 6/.

Será preciso esperar a finales de los años 1990 y a la emergencia de las diferenciaciones cada vez más agudas del lado de los intelectuales inicialmente agrupados, errónea o acertadamente, en el seno del postmarxismo y/o del postestructuralismopara que se pueda desarrollar un verdadero debate sobre estas tesis. En ese sentido, los intercambios entre Laclau, Žižek y Butler a finales de los años 1990 marcan un punto de inflexión 7/. A menudo, su dimensión polémica deja aparecer líneas de confrontación en las que lo que está en juego va más allá de las discusiones puramente especulativas sobre la ontología de lo social. Sin duda, por primera vez tras la polémica intramarxista de los años 1980 se cuestiona el significado de la puesta en cuestión del capitalismo.

Es Laclau quien plantea los términos del debate: hablar de ruptura con el capitalismo no es más que un significante carente de una referencia real; razonar de esa manera no es más que un residuo de la visión clasista-fundamentalista del mundo social. Para él, la cuestión crucial se debería formular de la siguiente manera: «¿Cuán sistemático es el sistema? 8/. A partir de ahí presenta dos soluciones: de un lado, la creencia en «leyes endógenas de desarrollo» que supuestamente garantizan la «destrucción del sistema», bien mediante su propio hundimiento o como resultado de la no menos mítica misión revolucionaria del proletariado; de otra, la comprensión de la sistematicidad en tanto que «construcción hegemónica», efecto totalmente contingente de dispositivos discursivos.

Evidentemente, planteada en estos términos, no cabe ninguna duda de cual debe ser la respuesta. ¿Quién de entre nosotros osaría defender una mezcla (totalmente incoherente por lo demás) de ingenuo determinismo y de creencia mesiánica sobre la misión del proletariado frente al encanto de la apertura, de la contingencia y de la pluralidad de posiciones subjetivas? Por ello, prosigue Laclau, la distinción que hace Žižek entre «luchas internas en el sistema» y «luchas para cambiar el sistema» carece de pertinencia: «esas afirmaciones no significan nada… su anticapitalismo [de Žižek] no es mas que una cháchara vacía… Sus llamamientos a derrocar el capitalismo y a terminar con la democracia liberal no tienen ningún sentido» 9/. La idea de una puesta en cuestión, al mismo tiempo, de la economía capitalista y de la democracia liberal suscite en el teórico argentino una verdadero estallido de ira. De ese modo, Žižek se ve acusado de querer retornar a los «regímenes burocráticos comunistas de Europa del Este en los que vivió» y, de ese modo, traicionar su propio pasado de disidente en la ex Yugoslavia titista.

Si descartamos sus polémicas formulaciones, ¿cuáles son las razones de fondo que le llevan a esta conclusión? Como hemos visto, Laclau rechaza por principio la idea «dicotómica» de la ruptura revolucionaria así como la visión de una sociedad emancipada que haya superado la «ambigüedad inherente a todas las relaciones antagónicas». Rechazando toda idea de cierre,defiende mantener una. «relación antagónica» en la que se trataría de «hacer actuar a los dos partes [a fin de] producir resultados que impidan a uno de ellos acapararlos de forma exclusiva» 10/. Hacia delante, el cambio social se debe pensar como un «desplazamiento de las relaciones entre los elementos; algunos internos y otros externos a lo que es el sistema». ¿Cómo interpretar estas alambicadas formulaciones? El resto de sus comentarios permite verlo más claro: «Cabría hacerse las siguientes preguntas: ¿Cómo es posible mantener una economía de mercado que sea compatible con un alto grado de control social del proceso de producción? ¿Qué tipo de reestructuración de las instituciones democráticas liberales se necesita para que el control democrático sea efectivo y no degenere en lo que podría ser la regulación de una burocracia todopoderosa? ¿Cómo debe concebirse la democratización para que tenga efectos políticos globales que sean, no obstante, compatibles con el pluralismo social y cultural existente en una sociedad dada?» 11/.

Más aún que la necesidad de preservar la economía de mercado, eufemismo habitual para designar el capitalismo, economía en la que las «instituciones democráticas liberales» se presentan como complemento indisociable y (mediando alguna restructuración) como única modalidad posible de la democracia sin más, es sin duda la última cuestión la más reveladora del contenido del proyecto intelectual de Laclau. En efecto, concibe la democracia radical como un proceso de extensión y de generalización de la lógica liberal-democrática a un creciente número de espacios sociopolíticos. Pero, atención: esta radicalización no debe superar determinados límites; precisamente aquellos que condicionan, en palabras de Laclau, el «pluralismo social y culturas en una determinada sociedad«; es decir, en buena lógica liberal, la economía de mercado y la propiedad privada.

Ya en un libro de 1985, Laclau y Mouffe planteaban una tensión constitutiva entre igualdad y libertad y remarcaban la necesidad de «equilibrar» la primera a través de la segunda para garantizar el carácter «plural» de la democracia 12/. Lo que les llevaba a la posición bien conocida desde las diatribas lanzadas por Edmund Burke y los intelectuales liberales ante la Revolución francesas, según la cual, la «lógica del totalitarismo» estaría en el seno de «todo intento de democracia radical», en la medida que la lógica expansiva de esa le empujar a «instaurar un centro que elimina radicalmente la lógica de la autonomía y reconstituye alrededor del mismo la totalidad del cuerpo social»< 13/.

Si el socialismo se inscribe en la continuidad de la radicalización del proyecto democrático que encarnó la Revolución francesa y, más en concreto, su ala jacobina, su presunto fracaso solo puede llevar a la exigencia de una autolimitación de la democracia. Desde el punto de vista de Laclau y Mouffe, de la misma forma que François Furet, el «totalitarismo jacobino» continúa siendo el riesgo inherente a todo proceso democrático, un riesgo del que nos puede proteger la creación de una «esfera pública común» 14/. Así pues, democracia radical, ma non troppo…

Una vez superada la lógica totalitaria del jacobinismo y de su heredero marxista, la «principal cuestión política» es la de elegir entre la «proliferación de los particularismos» (o su «unificación autoritaria», que no es sino la otra cara de la moneda) y los «nuevos proyectos emancipadores compatibles con la compleja multiplicidad de las diferencias que configurar la estructura (the fabric) interna de la sociedad actual» 15/. Esta insistencia en la «compatibilidad» del cambio social deseable con la estructura de las relaciones sociales existentes, definida a través del eufemismo típico del liberalismo como «el pluralismo de intereses», es muy sintomática. Los acentos «totalizantes» de la nueva problemática, que integra de forma selectiva elementos de la dialéctica clásica de lo particular y lo universal, no modifica lo más mínimo la orientación global, según la cual la cuestión reside en preservar como una riqueza esta «complejización de lo social» 16/ que caracteriza el actual orden social. Sobre todo, porque la plasticidad atribuida a este orden es casi ilimitada porque autoriza un despliegue continuo «siempre precario e irreversible» del proceso hegemónico que constituye «el punto de partida de la democracia moderna» 17/. Dicho de otro modo, todo pasa como si ningún obstáculo de orden estructural, dependiente precisamente de esta «heterogeneidad de lo social» no limitara la apertura al desafío permanente de todo «contenido» fijo que supuestamente caracteriza a la «sociedad democrática».

Incluso podríamos decir que, en ese sentido, Laclau va aún más lejos en su reformulación de la temática «antitotalitaria» en relación a sus tesis anteriores. En los años 1980, se trataba, en buena lógica liberal, de contrapesar y contener la lógica igualitaria por la de la «libertad». En la conclusión de un ensayo publicado inicialmente en 1992, llamaba a liberarse de la noción totalizante, dicotómica y escatológica de «emancipación» en beneficio de la de «libertad» 18/. En adelante, es la lógica de la propia libertad la que se debe auto limitar para no obstaculizar el «pluralismo»: «la completa realización de la libertad equivaldría a la muerte de la libertad, porque se habría eliminado en su seno toda posibilidad de disenso». La conclusión sigue siendo fundamentalmente la misma: «la división social, el antagonismo y su necesaria consecuencia –el poder- son las verdaderas condiciones de una libertad que no elimina la particularidad» 19/. Es por ello que Laclau declara que «incluso si mi preferencia es por una sociedad liberal-democrático-socialista, para mí está claro que si, en determinadas circunstancias, me veo obligado a elegir una de las tres, me inclinaría incontestablemente por la democracia» 20/. Una democracia que, como lo hemos visto, se plantea como inseparable de la «competencia entre grupos» y del «pluralismo de intereses» inherentes a la «economía de mercado». Subordinar la igualdad a la libertad y el socialismo a la democracia, eh ahí el fondo del argumento que concibe la relación entre esos términos como ineluctablemente antinómica. El «nuevo imaginario político» de esta «democracia radical», constantemente sometida a autolimitarse, sigue siendo totalmente interna al del liberalismo. Nos encontramos pues, y es necesario remarcarlo, en las antípodas de los permanentes intentos de los marxistas heterodoxos por repensar la relación inmanente entre socialismo y democracia, bien sean el Lukács de El Hombre y la democracia, que redefinía el proyecto socialista como una democratización de la vida cotidiana atacando el núcleo de las relaciones de producción, o del último Poulantzas 21/, del que en un principio Laclau se pretendía su continuador, que disecaba el «estatismo autoritario» impulsado por el neoliberalismo ascendente y planteaba el socialismo como el único porvenir posible de las conquistas democráticas arrancadas a los de arriba por las clases subalternas.

La razón populista o la hegemonía como formalismo vacío

La reformulación del proyecto de Laclau en términos de «razón populista» 22/ se puede comprender como una profundización de su investigación sobre las condiciones para llegar a la universalidad no-substancial de los sujetos de la política. Si se le compara con el manifiesto postmarxista de 1985, el cambio de tono es grande. A partir de ahora, en el centro del debate se sitúa la racionalidad propia de la política como construcción de sujetos unificadores, de «pueblos» o, de forma más exacta, de configuraciones siempre singulares, construidas en la contingencia de las coyunturas, del «pueblo». Por decirlo de otra forma, el «populismo» tal como lo define Laclau no es un régimen, ni un movimiento político particular, se reclame o no de esta denominación. El populismo no nos remite a ningún contenido social o político predeterminado; es la forma misma de constitución de lo político; una forma vacía que una pluralidad de «contenidos» trataran de llenar y ocupar –mediante una construcción hegemónica- sin jamás agotarla. Al contrario de lo que afirman sus detractores, esta forma es racional, muestra incluso una profunda racionalidad de la política moderna. En su núcleo se aloja un proceso de universalización provocado por el exceso irreprimible de «exigencias democráticas» particulares que surgen de la heterogeneidad de una sociedad diferenciada, en cualquier sistema sociopolítico dado. Este exceso revela a su vez la imposibilidad irreductible de una totalidad a satisfacer el conjunto de exigencias que se le plantean: una de ellas, al menos, chocará con la inadmisibilidad. De esta forma se abre la posibilidad de una «cadena de equivalencias» que permite a esta reivindicación particular entrar en resonancia con otras y romper con la «lógica diferencial», que consiste en tratar y satisfacer, cada una de las demandas tomadas por separado en forma de serie.

El «pueblo» se constituye en esta lógica metonímica en la que la parte se convierte en el nombre de la totalidad. La nominación se presenta así como el acto constitutivo de la política, que atestigua su carácter fundamentalmente discursivo. Pero la tensión entre la lógica diferencial y la de la equivalencia continúa irreductible: nada puede (¿o no debería?) eliminar la «diferencia», la singularidad. El «pueblo» sigue siendo una totalidad no completa, derivada de la imposibilidad de «concluir» en un modo de gestión la heterogeneidad constitutiva de lo social –o, sería necesario añadir, del fracaso a abolirla en un modo «totalitario». Se trata de una construcción regida por principio por la contingencia y la indefinición. La lógica inmanente a esta forma de vacío de la política no es otra cosa que la «hegemonía», que adquiere aquí una extensión máxima y se convierte en coextensiva de la racionalidad política o, lo que es lo mismo, de la «razón populista».

Detengámonos un momento sobre la acción definitoria, acto fundacional como acabamos de ver, que erige al «pueblo» como sujeto político. Según Laclau, no sería fruto de una operación conceptual (de conocimiento) porque eso llevaría a presuponer la unidad a priori de ese sujeto, una unidad directamente derivada de la inmanencia del funcionamiento social; o sea, un fundamentalismo. La acción definitoria es a la vez integralmente constitutiva y radicalmente contingente: la «heterogeneidad» de lo social significa que la reivindicación en torno a la que se puede establecer la cadena de equivalencia puede surgir de una multiplicidad de espacios (de «puntos de antagonismo»), sin jerarquía o posición privilegiada preestablecida: según las situaciones, se puede tratar de una lucha obrera, de una reivindicación nacional o social, del antirracismo o de la actitud ante un conflicto armado. Dicho de otra manera, el punto nodal es en sí mismo un elemento de la lucha hegemónica, de un discurso que le constituye «ontológicamente», y no un derivado o la expresión de una lógica de unificación preexistente, de un contenido «óntico» determinado y, muy particularmente, de una supuesta «determinación en última instancia por la economía».

El «populismo», entendido como el proceso genérico de constitución del sujeto-pueblo de la política, comporta por consiguiente una triple dimensión:

– La unificación de una pluralidad de demandas en una cadena de equivalencias que hace de la particularidad el nombre mismo de la totalidad perforada, sin por ello anular su particularidad, impidiendo con ello toda fijación definitiva, o substancial, de esta identidad unificada. Para decirlo con otras palabras, las particularidades no se suprimen en una unidad confusa, sino que se articulan en una cadena que produce, ella misma, una lucha contingente.

– Trazar una línea de demarcación que separa dos campos, el «pueblo» y su «adversario», dejando claro que ahí tampoco es inmutable esta línea, porque depende tanto de la modalidad sobre la que se establecer la hegemonía popular y el principio de exclusión que se deriva de ella, como de la capacidad del sistema para integrar las reivindicaciones que se le exigen, separándolas de la cadena en la que se articulan.

– La consolidación de la cadena de equivalencia en una identidad que es a la vez ruptura, el surgimiento de una singularidad inédita a través del acto de nominación y el establecimiento de una nueva disposición. En efecto, la dinámica hegemónica de la que es portador este sujeto reacciona a una dislocación sistémica e inscribe la pluralidad de las reivindicaciones en una misma superficie discursiva y simbólica. Se supone que esta consolidación supera el seudodilema del cambio gradual («reforma»)-revolución en beneficio de una exigencia fundamental, pero de tipo estrictamente transcendental-formal, irreductible a un contenido determinado: el de una opción a favor de un orden, de un «conjunto discursivo/institucional que asegure su propia supervivencia a largo plazo» 23/.

Seguramente, en la «razón populista» del último Laclau se puede reconocer una fenomenología general de la constitución política de identidades de grupos que emergen, al son de las coyunturas, a la escena histórica. Pero, justamente, el carácter descriptivo y formal asumido de este punto de vista plantea una cuestión fundamental: el de su estatus crítico; es decir, de su capacidad para orientar hacia alguna opción determinada, sea la que fuera. Rechazando la categoría dialéctica hegeiana de «negación determinada» 24/, Laclau propone explícitamente un marco transcendental, deducible a priori, de la forma de la lógica política como tal.

Autorreferencial, la construcción discursiva de la hegemonía se convierte así en la instancia constitutiva de todo movimiento político, independientemente de su orientación. E incluso si la mayoría de los «populismos» que analiza, desde los reformadores estadounidenses de finales del siglo XIX al comunismo italiano de la época de Togliatti y de la Larga Marcha de las tropas de Mao, al peronismo de su país de origen, son más bien de izquierdas, no por ello deja de ser cierto que se sitúan en el mismo continuum que los fascismos, los movimientos autoritarios y xenófobos: en sentido estricto, muestras una misma tipología 25/. Más en concreto, la reivindicación específica que permita articular una cadena de equivalencia puede consistir tanto en la exigencia del fin de las discriminaciones racionales como en el antisemitismo, en la liberación nacional como en el expansionismo colonial, en la reivindicación de un Estado social o en el populismo autoritario de Thatcher y de sus seguidores. La única salvaguardia, la distancia de lo social que es preservar negativamente la «apertura» y la «indeterminación»: para ser compatible con la democracia, la lógica hegemónica se debe autolimitar para embridar cualquier voluntad de «sutura de lo social» que no puede conducir mas que a los totalitarismos.

Más allá de esta delimitación negativa, típicamente liberal, de la democracia, ¿en qué consiste la aportación del proceso hegemónico? El mismo reposa en la construcción de una fractura entre el «sujeto popular» y el «enemigo», que le hace propenso a consideraciones de «contenido», siempre susceptibles de desbordes totalitarios, fascistas o comunistas. Según Laclau, la «reivindicación democrática» que conduce a una cadena de equivalencias se define como tal de forma «estrictamente descriptiva»; es decir, formal, sin prejuzgar en nada su contenido y, en concreto, su contenido social. Es democrática en la medida que se plantea al sistema por una «especie u otra de gente sin recursos», lo que le confiere una «dimensión igualitaria» o, más exactamente, «igualitaria». Así, por ejemplo, el enunciado antisemita «en tanto que no-judíos todos somos iguales» es tan «democrático» como el enunciado totalmente contrario: «nosotros somos todos judíos alemanes» (excluyendo por tanto a los nazis y sus semejantes). Ambas cumplen la misma función reveladora de la imposible completitud de la totalidad social 26/. Esta definición puramente formal trata de expurgar de todo rastro de fundamentalismo, es decir de determinación socio-económica, la lógica política, de la que el «populismo» es el nombre. Sin embargo, más allá de rechazo de cualquier objetivo anticapitalista, esta concepción no logra captar la especificidad de la lógica «populista» que consiste en, como bien lo señaló Slavoj Žižek en la externalización del antagonismo social 27/: la fractura que divide al «pueblo-sujeto» de su «adversario» se concibe de entrada como una frontera que opone un «elemento externo», patológico e intrusivo, a un «pueblo» cosificado, exigiendo la vuelta a un funcionamiento «normal» de la totalidad social. Retomando los ejemplos que cita el propio Laclau, lo que hace del discurso cartistas un discurso populista es el hecho de que opone al cuerpo de los «verdaderos productores» (obreros, artesanos, independientes) una minoría de «vagos y parásitos», que acaparan la riqueza y se apropian del Estado gracias al sufragio censitario 28/. Del mismo modo, el discurso de los «progresistas» estadounidenses de finales del siglo XIX, o del movimiento peronista, opone un pueblo de gente ordinaria y humilde a minorías de «acaparadores», «oligarcas» vistos como monstruosas excrecencias del cuerpo, que ante todo es un cuerpo nacional, fundamentalmente sano29/. Las consignas de los populistas contemporáneos no innovan nada, opongan el «pueblo» a la «casta» o a la «oligarquía»; incluso en las versiones contemporáneas del fascismo, a las «élites mundializadas» y a la «sumersión migratoria».

Vayamos más lejos: lo que es específico de los movimientos «revolucionarios» (en su sentido concreto: portadores de una puesta en cuestión del conjunto del orden social existente) es que, justamente, no se constituyen en torno a «reivindicaciones», presuponiendo el Otro de un sistema apto o no para satisfacerlas 30/, sino en torno a «consignas» que apuntan al sistema condensando los puntos de ruptura de su lógica de conjunto tal y como emergen en la coyuntura 31/. Y esta condensación es algo muy distinto a la simple «transparencia» de un supuesto principio unificador, interno a lo social, como lo sugiere Laclau cuando polemiza con el marxismo 32/: unifica el conocimiento de la situación con la definición de la tarea política que corresponde a la singularidad de la coyuntura. La consigna cristaliza «el análisis concreto de la situación concreta», para decirlo como Lenin, en la medida en que interviene para transformarla, produciendo efectos inéditos de subjetivación (de «cuerpos políticos») y modificando las líneas de demarcación. En otras palabras, cuando los actores implicados actúan se hacen cargo de la misma para actuar y modificar la relación de fuerzas y el curso de los acontecimientos. El «efecto-consigna» indica de ese modo la materialidad del discurso, que hace de ella un principio activo y no el «reflejo» pasivo de una substrato preconstituido, supera la fractura entre el nombre y el concepto, la acción y el conocimiento. Se refiere a su inscripción en una situación concreta, su articulación a una cadena de prácticas hechas de cuerpos en movimiento, de instituciones, de actos de lenguaje, de modalidades de acción; en resumen, de prácticas materiales que no podrían reducirse a una «multiplicidad» informe, no estructurada.

Es por ello que lo propio de los movimientos revolucionarios que se referencias en la lucha de clases y no en la simple oposición entre el «pueblo» y sus «enemigos», reside precisamente en su concepción del sujeto de la política como entidad contradictoria, no cosificada. Hay «contradicciones en el seno del pueblo», para hablar como Mao, lo que puede significar también: el «pueblo» no es otra cosa que el conjunto (estructurado) de sus contradicciones 33/. Para decirlo de otra manera, si cualquier movilización política es, a un grado u otro, inevitablemente interclasista, lo propio de un movimiento «populista» será de negar las contradicciones inherentes a esa diferenciación interna. La referencia al «pueblo» deja entonces de operar como un operador de unificación política de los grupos subalternos y se convierte en un vector de neutralización ideológica del antagonismo fundamental. De ahí el papel decisivo, en los movimientos propiamente «populistas», del jefe carismático, que a menudo le confiere al movimiento su nombre (peronismo, kemalismo, etc.). Contrariamente a lo que afirma Laclau, es la referencia a las contradicciones de clase lo que actúa como operador de la deconstrucción de la unidad reificada de la «gente» proyectada por la «razón populista», sin plegarla por lo demás a la perdida «pureza» de las oposiciones de clase, que no tiene sentido más que a un alto nivel de abstracción analítica. También es ella la que permite analizar la naturaleza compuesta de estas fuerzas, identificar sus polaridades y contradicciones y, finalmente, decidir sobre su potencial anticapitalista. Un potencial que se refiere a la complejidad de las configuraciones de clase que actúan en cada situación y no solo al resultado contingente de una lucha alrededor de un significante flotante.

¿Hegemonía sin poder?

En las elaboraciones marxistas originales, las de Lenin y Gramsci, la noción de hegemonía se pensable de entrada en la perspectiva de la conquista (y el ejercicio) del poder por el bloque histórico de los subalternos portadores de una idea nueva de organización de la sociedad y de la civilización. Desde este punto de vista, la «lógica hegemónica» de Laclau procede mediante una doble inversión. Por una parte, como lo hemos visto, para evitar caer en la trampa totalitaria, rechaza toda idea de transformar la estructura de las relaciones socio-económicas; por otro, y es a este aspecto al que tenemos que prestar atención, elude la cuestión de la conquista del poder del Estado para preservar el juego flexible y perpetuamente «reversible» de los poderes difusos en el seno de la «sociedad civil». Ahora bien, en una perspectiva de construcción hegemónica, parece difícil contentarse con construir discursivamente al adversario en el campo aislado de la confrontación política. En un momento u otro, la propia dinámica de la hegemonía planteará inevitablemente, si es que las palabras tienes aún un sentido, la cuestión de desplazarle del poder; es decir, de reemplazar una forma de hegemonía por otra. Dicho de otra manera, desencadenando una dinámica de hegemonía, el [sujeto] desfavorecido no puede permanecer eternamente como tal; llega un momento en el que, si logra adquirir la hegemonía, sale de su condición subalterna para acceder a una posición hegemónica de poder.

Es cierto que, en ocasiones, Laclau se refiere favorablemente al punto de vista de Sorel (o del Sorel leído por el joven Walter Benjamin) sobre la «huelga general revolucionaria» distinta de la «huelga general política» en el sentido que su objetivo no es «un cambio del sistema de poder» sino «la destrucción del poder como tal» 34/. Enfrentándose a la «propia forma del poder» se convierte en portadora de un objetivo propiamente universal. Ahora bien, los movimientos populistas que cita Laclau son, en su totalidad, movimientos orientados hacia la conquista del poder político, habiéndolo ejercido de forma concreta en ocasiones, y en ningún caso a experiencias libertarias orientadas a «destruir el poder» o a construir relaciones sociales alternativas en el seno de espacios autónomos liberados del estado. El peronismo, en cuyo seno inicio su militancia y que ha estado siempre en el centro de su reflexión, constituye su hipótesis. Así pues surge la sospecha: ¿las categorías de Laclau no son inadecuadas al objetivo que se plantea, es decir, a la comprensión de las dinámicas que permiten (o no) tener éxito a un «populismo opositor», o sea, transformarse en «populismo en el poder»?

Sigamos; la discusión propuesta en La razón populista del caso turco, es sin duda el ejemplo más revelador al respecto. Según Laclau, «el populismo de Ataturk presupone una comunidad unificada, desprovista de fisuras internas» 35/ en la medida en que se basa en la congruencia entre una concepción «solidaria», corporativa de la estructura social, y un nacionalismo que «pone el acento en una identidad homogénea y la supresión de cualquier particularismo diferencial». Este nacionalismo da forma al «estatismo» del proyecto kemalista, que extiende el área de intervención legítima del Estado al conjunto de las esferas sociales. No obstante la conclusión que se extrae de este análisis no puede sino sorprendernos. Ataturk habría sido «incapaz de seguir una vía populista» porque «su homogeneización de la nación realizó no a través de las cadenas de equivalencia entre las exigencias democráticas efectivas, sino a través de una imposición autoritaria» 36/. No fue sino «durante la guerra de la independencia que se dio tras la primera guerra mundial que el kemalismo se apoyó, en cierta medida, en la movilización de masas» 37/. La debilidad de estas distinciones salta a la vista: ¿podemos imaginar una «homogeneización de la nación» que se realice sin la intervención «desde arriba», es decir del Estado, y que se base en la articulación de demandas que vienen de «abajo»? ¿Existe una discontinuidad total entre el kemalismo previo a la toma del poder y el que llegó a tomar las riendas del Estado, o más bien, por el contrario, no habría que ver en esta trayectoria un caso ejemplar de la dinámica de los movimientos nacional-populistas? En definitiva, ¿representa Ataturk una desviación de la «razón populista» o, por el contrario, una excelente ilustración de su profundad verdad?

Esta incapacidad para dar cuenta de un verdadero cambio de la hegemonía, en el sentido gramsciano de un bloque en el poder que sucede a otro, resulta aún más chocante cuando Laclau se inventa una oposición totalmente ajena al intelectual comunista italiano, entre el «convertirse en Estado» de un grupo subalterno y la «conquista del poder» 38/.

La aporía de «convertirse en Estado» de la «razón populista» reducida a una gramática formal de la constitución de las subjetividades encuentra su contraparte en la incapacidad a explicar el movimiento opuesto; es decir, la lógica de la desintegración del bloque populista. Según él, la configuración populista deja de ser operativa cuando se impone la lógica diferenciadora, mostrándose capaz de quebrar la cadena de equivalencia, extrayendo de la cadena de equivalencia un o, por interacción sucesiva, varias de las exigencias que integra en su actividad de gestión. Es en estos términos en los que analiza, a partir de los trabajos de Gareth Stedman Jones, el fracaso del cartismo: la transformación de las políticas estatales a partir de finales de los años 1840, en el sentido de la adopción de una legislación social y de una regulación de las fuerzas del mercado, hizo inoperante el discurso cartista clásico, que politizaba las demandas particulares a través de la oposición frontal al Estado asimilado en bloque al enemigo. «Dando satisfacción a demandas sociales individuales« 39/, el Estado quebró las cadenas de equivalencia, los lazos creados entre la clase trabajadora y las clases medias y las modalidades de construcción discursiva de una articulación hegemónica. A partir de ahí, las demandas obreras estarán formuladas por el sindicalismo moderno, en tanto que demandas sectoriales, con el objetivo de llegar a una negociación en el marco delimitado por la acción del Estado. La «hegemonía burguesa» se construye así, «infaliblemente», a través de la «primacía de la lógica de la diferenciación frente a la lógica de la equivalencia» 40/. No habría mucho que objetar a este análisis, nada origina por otra parte, si no fuera porque lo propio dela hegemonía burguesa basada en la «negociación diferencial de las demandas en el seno de un Estado social amplio» 41/, consiste en que no integra, como lo desearía Laclau, de forma discreta «demandas individuales» sino cadenas de equivalencia, lógicas sociales coherentes y expansivas, en la medida que sean compatibles con las bases de las relaciones capitalistas. Lo que distingue la forma política del «Estado social» keynesiano de una simple suma de concesiones puntuales a las reivindicaciones de las clases populares reside precisamente en la coherencia, es verdad que relativa y no desprovista de limitaciones internas, de un compromiso social que durante décadas garantizó la estabilidad del «Estado social».

Esta realidad incontestable muestra la dimensión profundamente problemática de la categoría de «exigencia democrática»: en tanto que demanda dirigía a Otro (el sistema, el poder, el grupo dominante, etc.) no puede imaginar su propia transformación hegemónica, su superación/abolición al «convertirse en Estado». Además, no puede concebir las demandas en cuestión mas que como forma de singularidades diferenciadas, desprovistas de relaciones internas, sin encontrar un principio de puesta en relación y de unificación mas que a través de un discurso exterior a ellas mismas, que es el único que permite superar la supuesta «heterogeneidad radical de lo social». Dicho de otro modo, no permite pensar los fundamentos de las demandas en cuestión en las relaciones sociales y, por consiguiente, la relación entre la política y las condiciones socio-económicas, que Laclau aglomera en la expresión comodín «heterogeneidad de lo social». Esta heterogeneidad se presenta como un dato casi-natural, que no se puede transformar materialmente, sino solamente rearticular en un plano simbólico, es decir, definido de forma diferente a través de un significante vacío, susceptible de representar la incompletitud de la totalidad social. La distancia entre esa posición y la reducción de la empresa hegemónica a una cuestión fundamentalmente retórica se reduce a poco, y parece que Laclau la atraviesa cuando convierte la capacidad de los discursos a suscitar cierto tipo de «imaginario político» en el factor determinante para el resultado de una lucha política 42/. De ese modo resulta impensable no solo una intervención política «revolucionaria» orientada a revertir el sistema, sino también un auténtico proyecto reformista/social-demócrata en el que el potencial hegemónico se base ante todo en su capacidad para modificar los aspectos fundamentales de la relación capital/trabajo en un sentido favorable a las clases dominadas.

La artimaña de la razón postmarxista

En el fondo del problema encontramos la posición «ontológica» fundamental de Laclau, que simboliza su giro postmarxista, según el cual todo pensamiento de la objetividad social, que le confiera una estructura interna contradictoria (por consiguiente, transformable) sería sinónimo de postulados «fundamentalistas», incompatibles con la dimensión constitutiva de las articulaciones simbólicas y políticas. A esta concepción, que se supone que el marxismo comparte con otras corrientes de pensamiento, se opone la tesis según la cual «el antagonismo no es inherente a las relaciones de producción sino que se establece entre las relaciones de producción y una identidad que le es exterior« 43/. Curiosamente, esta concepción de las relaciones de producción como ajenas al antagonismo lleva a Laclau a acusa al marxismo de querer «derivar[la coherencia del capitalismo en tanto que formación social] de su propia lógica endógena», ella misma «fruto del análisis lógico de las contradicciones implícitas de la forma-mercancía» 44/. Esta extravagante acusación –sería muy difícil encontrar un solo análisis marxista, incluso los más economicistas vulgares, que pretenda derivar la dominación de clase en el seno de una formación social de un simple análisis lógico-dialéctico de las formas más abstractas del modo de producción- sirve aquí de cortafuegos a una aporía interna a su propia construcción: su incapacidad para pensar los movimientos hegemónicos enfrentándose a lo que Laclau reconoce sin embargo como una «evidencia»; a saber, que la «centralidad de la economía… es el resultado del hecho evidente de que la reproducción material de la sociedad repercute más que otras instancias sobre los procesos sociales» 45/. «Hecho evidente» pero sin embargo impensado. Sin duda, he aquí por qué el «nombre de los nombres» que debía otorgar la clave de la racionalidad política, es decir el «pueblo», a fin de cuentas no tiene ninguna justificación. Porque, una de dos: o bien el pueblo marca un tipo de positividad proteiforme, garantizando un tipo de permanencia a el mismo de la substancia «popular», solución rechazada por Laclau –a pesar de sus repetidos guiños a términos como el de «plebe» o «desposeídos»- porque contraviene al «anti-fundamentalismo» de principio; o bien, como lo afirma explícitamente, estamos ante una discontinuidad entre configuraciones subjetivas absolutamente singular 46/, cuyo único elemento común está en la continuidad del nombre que se le otorga por el hecho de constituirlos en sujetos de la política. Lo que significaría que el nombre de «pueblo» constituye un elemento común, el único pero en un sentido puramente formal, de la subjetivación política moderna tal como emerge de la Revolución francesa a la Gran Marcha, de Octubre del 17 al peronismo, del comunismo occidental del período de los «Treinta Gloriosos» a los movimientos de extrema derecha actuales. Afirmación de la que lo menos que se puede decir es que resulta difícil a demostrar… Por lo tanto, no es por azar que el libro que teoriza la «razón populista» se contente de enumerar con premuera «ejemplos» concretos, rápidamente yuxtapuestos, sin detenerse demasiado en el análisis de situaciones específicas y de las verdaderas secuencias históricas.

La dificultad de esta elaboración para dar cuenta de su propia posición, en otros términos, su déficit reflexivo y de contenido crítico, se muestra de forma clara. En efecto, unas veces Laclau pretende que lo único que hace él es «describir» las demandas, proponer una «tipología» de los procesos políticos autorreferenciales, contingentes y singulares; otras, recurre lo que se habría que calificar de intento de determinación de los procesos en cuestión por tendencias atribuidas a la evolución social; es decir, a una forma de objetividad preexistente a las operaciones discursivas de constitución de lo social 47/. Así pues, se plantea la cuestión de la coherencia de las críticas dirigidas al marxismo. Porque una de dos: o el marxismo está superado, sin más, en tanto que teorización correcta de un momento histórico ya superado, el de una sociedad «más homogénea» que la que vivimos actualmente 48/, o está viciado de «fundamentalismo» desde el principio, porque se basa en una ontología social errónea (reductora, determinista, teleológica, etc.).

Cierto, se puede decir que Laclau jamás ha negado «una efectividad histórica a la lógica de las posiciones estructurales diferenciadas» contentándose con diferenciarla de la idea de una «infraestructura que puede determinar, por ella misma, las leyes del movimiento de la sociedad» 49/. Pero, en ese caso ¿cómo relacionamos la «ontología social» centrada en el discurso que sirve de base para todo el enfoque de este bosquejo alusivo a la teoría del cambio histórico? En efecto, Laclau parece admitir que es el «capitalismo globalizado» la «etiqueta sobre la que se pueden subsumir… las condiciones interdependiente» que son «la causa del desplazamiento del equilibrio creciente a favor de la heterogeneidad [social]» 50/. Y continúa señalando que «no podemos comprender el capitalismo como una realidad puramente económica, sino como un complejo en el que las determinaciones políticas, militares, tecnológicas y otras, cada una de ellas con su propia lógica y una cierta autonomía, forman parte del movimiento de conjunto. En otros términos, la heterogeneidad forma parte fundamental del capitalismo»51/. Una tesis nada original y que lleva, para citar un comentario hecho por Marc Saint-Upery a «plantearse si realmente teníamos necesidad de toda esta maquinaria teórica para llega a conclusiones tan poco impresionantes» 52/.

Este recurso, en apariencia paradójico, a una «ontología» de lo social tan trivial como incompatible con la razón (de ser) populista no se puede comprender mas que como un intento de dar contenido, una apariencia de concreción, a categorías que han naufragado en una mala abstracción. Por una inversión irónica final, es una especie de «marxismo espectral», de una variante particularmente evolucionistas e historicista; en dos palabras: un marxismo «vulgar» en el preciso sentido que Marx calificaba de «vulgar» la economía política que sucedió a los «clásicos», que vienen a abrazar un «postmarxismo» empeñándose en liquidar la idea misma de la revolución.

24/06/2019

http://www.contretemps.eu/raison-populiste-impasses-laclau/

Traducción: viento sur

Notas:

1/ Cf. Su primer libro fue publicado en inglés: Politics and Ideology in Marxist Theory, New Left Books, Londres, 1977 – reedición Verso, Londres & New York, 2011.

2/ Cf. respectivamente Ellen Meiksins-Wood, The Retreat from Class. A New « True » Socialism, Verso, Londres & New York, 1986 y Norman Geras, Discourses of Extremity. Radical Ethics and Post-Marxist Extravagances, Verso, Londres & New York, 1990. Cf. También la respuesta de Laclau y Mouffe, «Post-Marxism Without Apologies», New Left Review, I/166, noviembre-diciembre 1987, p. 79-106.

3/ Cf. Sobre todo, Ernesto Laclau, Emancipation(s), Verso, Londres & New York, 2007 (1ª edición 1996).

4/ Ibid. p. 4.

5/ Ibid. P. 17.

6/ Ibid. p. 65.

7/ Judith Butler, Ernesto Laclau, Slavoj Žižek, en Contingencia, Hegemonía, Universalidad. Recordemos que los primeros trabajos de Slavoj Žižek en lengua inglesa fueron publicado en la colección dirigida por Laclau en ediciones Verso y él mismo era citado asiduamente como lacaniano idiosincrático por las figuras de proa del postmarxismo.

8/ Ernesto Laclau, «Construyendo la universalidad», en Contingencia, Hegemonía, Universalidad, op. cit., p. 292.

<9/ Cf. respectivamente, Ernesto Laclau, «Structure, History and the Political», en Contingencia, Hegemonía, Universalidad, op. cit., p. 206 y «Construyendo Universalidad», ibid., p. 290.

10/ en Contingencia, Hegemonía, Universalidad. 28 : «la ambigüedad, en tanto tal, jamás puede ser resuelta».

11/ Laclau, «Construyendo la universalidad», en en Contingencia, Hegemonía, Universalidad, op. cit., p. 293 – subrayados míos.

12/ Ernesto Laclau, Chantal Mouffe, Hegemonía y estrategia socialista, , p. 184.

13/ Ernesto Laclau, «Structure, History and the Political», op. cit., p. 186.

14/ Op. cit., p. 65.

15/ Ernesto Laclau, «Identidad y Hegemonía», en Contingencia, Hegemonía, Universalidad, op. cit., p. 86.

<16/ «Una sociedad democrática no es aquella en la que el mejor contenido domina de forma sin ser cuestionada, sino más bien, una sociedad en la que nada está definitivamente asentado y donde siempre existe la posibilidad del reto», Emancipation(s), op. cit., p. 100.

17/ «Como la sociedad cambia con el paso del tiempo, este proceso de identificación [del significante vacío] siempre será precario y reversible, diversos proyectos o voluntades tratarán de hegemonizar los significantes vacíos de la comunidad ausente. El reconocimiento de la naturaleza constitutiva de esta brecha y su institucionalización constituyen el punto de partida de la democracia moderna», p. 46.

18/ «Quizás podamos decir que actualmente estamos el cabo de la emancipación y al inicio de la libertad», ibid., p. 18

19/ Laclau, «Estructura, Historia y Política», op. cit., p. 208. Žižek ha puesto de relieve el estricto paralelismo con la posición kantiana de la necesaria limitación de las capacidades humanas en tanto que condición positiva de la libertad. Cf. Slavoj Žižek, «Mantener el lugar», en Contingencia, Hegemonía, Universalidad , op. cit. p. 320.

20/ Emancipation(s), op. cit., p. 121

21/ > Nicos Poulantzas, El Estado, el poder y el socialismo,.

22/ Ernesto Laclau, La razón populista.

23/ Ibid., p. 89.

24/ «Aquí no estamos frente a la «negación determinada» en el sentido hegeliano: mientas que ésta es producto de la positividad aparente de los concreto y que circula a través de contenidos siempre determinados, nuestra noción de la negatividad depende del fracaso en la constitución de cualquier determinación», Emancipation(s), op. cit., p. 14. En este retorcido juego de manos todo sucede como si este fracaso pudiera prescindir de un término en relación al cual se presenta como un fracaso y que le determina.

25/ «No existe intervención política que, en cierta medida, no sea populista… voy a señalar fenómenos aparentemente dispares en el marco de un continuum que permitirá hacer la compasión entre ellos…»ibid., p. 154 et p. 175. «Hay que señalar que el nivel de populismo de una intervención no tiene nada que ver con su contenido o su orientación, sino sólo con la «extensión [alcanzada] por la cadena de equivalencias que unifica las demandas sociales», ibid., p. 154.

26/ «Estas demandas están dirigidas al sistema por desfavorecidos de un espacio u otro y en ellas existe implícita una dimensión igualitaria; su emergencia presupone una forma de exclusión o falta», ibid. p. 125.

27/ Cf. Slavoj Žižek, «A Leninist Gesture Today. Against the Populist Temptation», en Sebastian Budgen, Stathis Kouvelakis, Slavoj Žižek (dir.), Lenin Reloaded. Toward a Politics of Truth, Duke University Press, Durham, 2007, p. 81 y ss.

28/ > La razón populisa,.

29/ Ibid., p. 201-208 et p. 214-222. La forma de insertar el significante nacional en los discursos políticos sirve incontestablemente como revelador de la división más profunda de lo que da a entender el espectro de variaciones internas de una matriz populista«.

30/ «Sin embargo, esta experiencia inicial no es simplemente la de una falta. La falta, como lo hemos visto, está relacionada a una demanda no satisfecha. Pero ello implica incluir en la explicación al poder que no ha satisfecha la demanda. Una demanda se dirige siempre a alguien»ibid., p. 85-86.

31/ Cf. El célebre texto de Lenin, «A propósito de las consignas» en Œuvres complètes, t. 25, Editions Progreso, Moscou,1971, p. 198-206,y el comentario indispensable de Jean-Jacques Lecercle, Une philosophie marxiste du langage, Paris, PUF, 2004, p. 94-100.

32/ La razón populista.

33/ Lo que, dicho sea de paso, permite trazar una línea demarcatoria entre el marxista que, sin duda, ha utilizado de forma más empática el término pueblo, Stalin, inventor del sintagma-clave del discurso sociético. «todo el pueblo» (se suponía que el Estado soviético era el de todo el pueblo y no sólo la dictadura del proletariado), y que el pueblo de Lenin, de Gramsci o de Mao, que designa formas políticas de unificación tendencial (y sólo tendencial) subalternas en una configuración dada de contradicciones de clase; p. ej, en una coyuntura.

34/ Emancipation(s), op. cit., p. 31-32.

35/ La razón populista

36/ Ibid.

37/ Ibid.

38/ Ibid.

39/ Ibid.

40/ > Ibid., p. 93.

41/ Ibid., p. 92.

42/ Laclau afirma, por ejemplo, que la ventaja que actualmente detentan las fuerzas de la derecha sobre las de la izquierda se debe a que las primeras se mueven a nivel de un determinado imaginario político, mientras que las segundas están replegadas en un discurso moral sobre derechos, o que la derrota duradera de los Republicanos en EE UU depende de una «reacticulación drástic del imaginario político», ibid. p. 138.

43/ Ibid., p. 149. Subrayado mío.

44/ Ibid., p. 235.

45/ Ibid. p. 237.

46/ «La historia es más bien una sucesión discontinua de formaciones hegemónicas que no se pueden ordenar mas que mediante un relato que transcienda su historicidad contingente», ibid., p. 226.

47/ Cf. Por ejemplo: «vivimos en un terreno histórico en el que la proliferación de puntor de ruptura y de antagonismos exige de manera creciente formas políticas de reagregación», ibid. p. 230 – subrayado mío. Ciertamente, Laclau se apresura a subrayar que no se trata de «lógicas sociales subjacentes sino de actos en el sentido previamente descrito» (ibid.). No es menos cierto que esta tendencia crciente no se puede reducir a la contingencia indeterminadas de actos discontinuos y singulares; de ahí la necesidad de referirse a la categoría «capitalismo» (Cf. También: «el capitalismo mundializado crea una miríada de puntos de r uptura y antagonismo» ibid., p. 150 – subrayado mío) e incluso concluir con esta sorprendente afirmación fundamentalista : «la heterogeneidad pertenece al fundamento del capitalismo» (ibid., p. 230) !

48/ Por ejemplo, en esta formulación: Nuestras sociedades son menos homogéneas que las que fueron formuladas en los modelos marxistas… la disolución de la metafísica de la presencia no es una solo una operación intelectual. Se inscribe profundamente en la experiencia del las últimas décadas» Emancipation(s), op. cit., p. 82.

49/ Ibid.

50/ La razón populista.

51/ Ibid.

52/ Marc Saint-Upery, «Y a-t-il une vie après le postmarxisme ?», Revue Internationale des Livres et des Idées, n° 12, juillet 2009, disponible sur http://www.revuedeslivres.fr/y-a-t-il-une-vie-apres-le-postmarxisme-marc-saint-upery/

Fuente: vientos.info