La idea de acontecimiento en las filosofías de Althusser y Badiou como forma de repensar la subjetividad política

Por Ignacio Gordillo

Resumen:

Este artículo aborda los intentos de repensar filosóficamente la política en las obras de Louis Althusser y de Alain Badiou en los momentos en que se ambos se enfrentan teóricamente a la denominada “crisis del marxismo”.En el caso de Althusser, viejo representante del estructuralismo marxista, esta reelaboración se nutre de los filósofos pertenecientes a una tradición materialista que también reconoce la contingencia, y se interesa particularmente por Maquiavelo, debido a su particular abordaje de la cuestión política. Por su parte Badiou, antiguo alumno de Althusser, se plantea esta cuestión a través de la categoría del acontecimiento, vinculada a una excepción cuya caracterización ontológica desarrolla en L’Être et l’événement. Finalmente, el trabajo plantea de qué modo para ambos autores la ocurrencia de un acontecimiento contingente puede ligarse al surgimiento de una subjetividad que excede el marco estructural.

LOS LÍMITES DEL MARXISMO PARA PENSAR LA POLÍTICA

La “crisis del marxismo” fue un fenómeno político marcado principalmente por las divisiones del movimiento comunista internacional, pero que también tuvo una importante faceta académica que se manifestó a fines de la década del setenta en algunos debates realizados en Europa –principalmente en Italia, Francia y España– en los que se plantearon las limitaciones de la teoría marxista y de las organizaciones comunistas para hacer frente a nuevos desafíos políticos. En el caso de dos intelectuales franceses como Louis Althusser y Alain Badiou, atravesar esta crisis implica una apertura en sus filosofías hacia la idea de acontecimiento como punto de partida para formular un pensamiento novedoso de la política emancipadora y de la constitución de nuevas subjetividades políticas, a distancia del carácter necesario y totalizante de la interpretación de la dialéctica en las versiones del marxismo más ortodoxo.

Hacia fines de los setenta, Althusser parece perder la confianza en su proyecto de rehabilitación de la “auténtica” teoría marxista (a la cual le endilgaba un rol decisivo en la resolución de los avatares de la política), a la vez que comienza a criticar abiertamente algunos de los lineamientos del régimen soviético y del Partido Comunista Francés (PCF). En efecto, en 1977 presenta en un debate en Venecia una conferencia que se titula “¡Por fin la crisis del marxismo!”. Al año siguiente, continúa con esta temática en algunos artículos como “El marxismo como teoría finita” y “El marxismo hoy”, además de escribir el texto Marx dentro de sus límites (inédito hasta 1995). En todos estos trabajos reflexiona acerca de las causas de la crisis del marxismo, crisis a nivel histórico y político, pero cuyo alcance él decide examinar fundamentalmente en su aspecto teórico (sin apoyar por ello la tesis de la“omnipotencia de las ideas”, según la cual las falencias teóricas serían las culpables de los fracasos históricos del marxismo).

En la conferencia de 1977, Althusser sostiene que no se trata sólo de atribuir las dificultades a la nociva herencia estalinista. Luego de haber sostenido en la década de los sesenta un proyecto de “vuelta a las fuentes” para recuperar la cientificidad y la filosofía latente en la obra marxiana de madurez, el filósofo francés reconoce quela tradición teórica marxista “no es pura, sino conflictiva, que contrariamente a las palabras apresuradas de Lenin, el marxismo no es un ‘bloque de acero’, sino quecomporta dificultades, contradicciones y lagunas que han jugado (…) su papel enesta larga crisis” (Althusser, 2015: 293).

En esa línea, como punto de partida del libro Marx dentro de sus límites, Althusser señala que el propio Marx designó su obra como “crítica” y se preocupó por evitar que ella sea interpretada como una nueva filosofía de la historia o como un sistema teórico producido de forma acabada (Althusser, 2003: 29-30). También destaca que Marx se distingue de toda filosofía política idealista y se asemeja al materialismo de Maquiavelo al descreer del poder autónomo de las ideas. En el Manifiesto Comunista se afirma que las ideas de los comunistas no dependen de sí mismas, sino que expresan la lucha política del proletariado; es este movimiento real lo que abre la vía al comunismo1. La eficacia de las ideas depende en todo caso de la situación de las relaciones de fuerza entre las clases (Althusser, 2003: 65).

Según la interpretación althusseriana, Marx supo ser consecuente con esta tesis materialista y aplicarla a su propia obra adoptando una tópica para situar y presentar sus ideas teóricas bajo dos formas diferentes. En primer lugar, el autor de El Capital presenta a su teoría como un intento de explicar una realidad global que es el capitalismo y, en consecuencia, ella se aplicaría a todo ese espacio. Pero, en segundo lugar, Marx también se permite situar a sus teorías en un lugar más preciso dentro de esa realidad de conjunto y considerarlas entre las formas ideológicas que tienen resonancias en la lucha de clases, esto es, la política. De este modo: “las ideas teóricas cambian de forma: pasan de la forma-teórica a la forma-ideología” (2003: 66).

Por otro lado, en este asunto del reexamen del marxismo, Althusser señala cada vez con mayor insistencia la importancia de la intervención, no solamente de los intelectuales o el partido, sino también de las masas obreras y populares. En ese sentido, según él, el estallido de la crisis también está condicionado de manera positiva por la aparición y la acción de nuevos movimientos populares (en aquellos años, se refiere principalmente a los movimientos políticos surgidos en Portugal, Grecia y España tras el fin de sus dictaduras). El renacimiento del marxismo requiere entonces prestar atención a estas iniciativas y no reducir la política a sus formas burguesas tradicionales de organización y representación (en el Estado, el partido o el sindicato): hay que “saber escuchar la política allí donde ella nace y se hace”(Althusser, 2015: 308).

En resumen, Althusser en este momento de crisis ya no considera que sea menester realizar un esfuerzo de investigación en el corpus teórico marxista para restituir al “verdadero” Marx científico, distinguible de las “desviaciones”ocasionadas por las interpretaciones dogmáticas o humanistas. El nuevo desafío es realizar una lectura crítica que permita enunciar los límites y deformaciones del marxismo, principalmente a la hora de pensar la política, y la forma de superarlos desde una óptica materialista.

EL MATERIALISMO ALEATORIO

En su exploración de las vías para contrarrestar las limitaciones de la teoría marxista y reubicar sus aportes esenciales, Althusser se dedica posteriormente a profundizar su investigación de una singular corriente intelectual. Desde mediados de los setenta, sin abandonar su posición materialista, su perspectiva filosófica rechaza la pretensión totalizante y determinista de la dialéctica al plantearse la dimensión de la contingencia2. Finalmente, en los ochenta, cuando se aleja definitivamente del PCF por considerarlo una estructura esclerótica opuesta a cualquier esfuerzo de pensamiento, la idea althusseriana de elaborar una filosofía para el marxismo se plasma en lo que llama el “materialismo del encuentro”, una corriente filosófica que describe en “La corriente subterránea del materialismo del encuentro” (texto de 1982publicado en 1994)3.

La también llamada “filosofía del encuentro” es designada desde el principio por Althusser como materialista para demarcar su tendencia y su oposición radical a todo idealismo. Aquello que –desde su conferencia Lenin y la Filosofía– él denominael “campo de batalla” filosófico se presenta ocupado entonces por el enfrentamiento del materialismo aleatorio versus todas las variantes del idealismo:

un materialismo del encuentro, así pues de lo aleatorio y de lacontingencia, que se opone (…) a los distintos materialismos que suelenenumerarse, incluso al materialismo comúnmente asociado a Marx, Engels y Lenin que, como todo materialismo de la tradición racionalista, es un materialismo de la necesidad y la teleología, es decir, una forma transformada y encubierta de idealismo (Althusser, 2002: 32).

Así como niega toda teleología, el materialismo del encuentro tampoco da lugar a un Sujeto (ya fuese Dios o el proletariado), sino a lo que Althusser denomina un“proceso sin sujeto” que impone a los individuos a los que envuelve el orden de su desarrollo sin un fin predeterminado. Esta fórmula de “proceso sin sujeto”, remite a sus reservas previas respecto de dicha categoría filosófica. Postulada por primera vez hacia 1969, ella retoma la idea de proceso de Hegel, pero desiste de incorporar a la categoría de Sujeto ya que juzga que ésta funciona como un garante esencial de las ideologías presentes en las diferentes concepciones de la teoría del conocimiento, la moral, el Derecho, la política, la Historia, etc. En esa línea, en su famoso texto Ideología y Aparatos Ideológicos del Estado, Althusser (1974) sostiene la tesis de que la noción de sujeto, contrariamente a su representación idealista, es un producto de la interpelación por la cual la ideología dominante moldea y asigna a los individuos concretos un lugar en la estructura social. Dado que siempre hay ideología, los individuos son siempre-ya sujetos, es decir, seres sujetados a su estructuración4.

En esta recuperación de una corriente materialista, Althusser ubica como referente primordial al pensamiento de Epicuro5. Antes de la formación del mundo, la física del epicureísmo (complementada luego por Lucrecio) relata una lluvia de átomos cayendo continuamente en paralelo en el vacío hasta que, de manera azarosa, sobreviene el llamado clinamen, es decir, una desviación infinitesimal que provoca el primer encuentro entre átomos6. Luego, si el encuentro es duradero (lo cual también es aleatorio y puede no suceder), da lugar a la conformación de un mundo.

Una vez consumado este hecho de que “hay mundo”, se instaura el reino de la Razón, la Necesidad, el Sentido y el Fin, etc.; pero la tesis fundamental que Althusser rescata de Epicuro es que dicho suceso es efecto de la pura contingencia del encuentro (y vale notar que el término encuentro en su voz francesa rencontré posee este matiz de coincidencia o casualidad). En consecuencia, desde el enfoque del materialismo aleatorio, la filosofía “ya no es el enunciado de la Razón y del Origende las cosas, sino teoría de su contingencia y reconocimiento del hecho, del hecho de la contingencia, del hecho de la sumisión de la necesidad a la contingencia…”(Althusser, 2002: 34).

En segundo término, aproximarse a la concepción althusseriana del encuentro o el acontecimiento en el ámbito de la política requiere de modo ineludible conocer el examen que realiza de Maquiavelo como miembro de esta tradición filosófica7. A partir de su lectura conjunta de El Príncipe y los Discursos sobre la primera década de Tito Livio, Althusser considera que los principales aportes del autor florentino no pertenecen al campo de la ciencia política –como se cree habitualmente–, sino que son filosóficos.

Maquiavelo es un representante del materialismo del encuentro pensado a través de la política y, como tal, enfatiza el carácter contingente de toda construcción política singular. La originalidad de su obra reside en que “no piensa el hechoconsumado de las monarquías absolutas, ni su mecanismo [tal como lo hacen losteóricos del derecho natural], sino el hecho que hay que consumar” (Althusser, 2015: 339). En efecto, en lugar de teorizar sobre el Estado ya constituido, se preocupa por pensar lo nuevo, la fundación de un Estado en ausencia de condiciones favorables. Asimismo, Althusser destaca la “soledad” de Maquiavelo, quien se distanció del tono moralizante de la filosofía política clásica y de la religión, a la vez que desmitificó el relato de los orígenes del Estado moderno creado por la filosofía moderna (2015: 341-342)8.

Los escritos de Maquiavelo abordan las condiciones de posibilidad de existencia histórica de un Estado a partir de un problema específico: la constitución de la unidad italiana mediante un Estado nacional. En ese sentido, da cuenta del vacío político italiano a partir del cual el nuevo Estado debería comenzar y tomar consistencia. Sin embargo, Althusser no deja de subrayar que “este vacío político es en primer lugar un vacío filosófico” ya que no presupone “ninguna Causa quepreceda a sus efectos, ningún Principio de moral o de teología (Althusser, 2002: 39).

La Italia del siglo XVI es descripta en El Príncipe como un país fragmentado y atomizado, situación comparable a la lluvia epicúrea de elementos aislados. El texto maquiaveliano debe plantearse entonces cuáles son las condiciones para que ocurra la desviación y el consiguiente encuentro duradero que posibilite cumplir con la tarea histórica de fundar el Estado nacional italiano. Luego de ofrecer en sus Discursos una teoría de las leyes de la historia y una tipología de gobiernos, el pensador florentino llega a la conclusión de que ninguno de esos gobiernos sirve para lograr su objetivo de fundar un Estado que perdure. Maquiavelo rechaza todos los Estados y príncipes preexistentes y prefiere postular que la nueva unidad debe lograrse a través de un Príncipe nuevo en un Principado nuevo. La teoría del acontecimiento permanece indeterminada, ya que se trata de un Príncipe aún sin nombre y de una región también indefinida que deben encontrarse para, a partir de ese punto atomístico, aglutinar las fuerzas que permitan fundar el nuevo Estado nacional. Esta indefinición del lugar y del sujeto expresan para Althusser una toma de posición política de Maquiavelo: su pretensión de comenzar la tarea del porvenir a partir de nada y de nadie (2004: 106).

El acontecimiento del advenimiento del nuevo Príncipe depende del encuentro aleatorio entre lo que Maquiavelo llama la fortuna y la virtù. En efecto, por un lado, se hallan las condiciones de una coyuntura, que es ella misma una con-junción fortuita que ha tenido lugar9; por otro lado, una capacidad subjetiva que no hace referencia a ningún atributo moral sino a la cualidad del Príncipe de aprovechar la coyuntura favorable o la oportunidad que se le presenta (Althusser, 2004: 104). Finalmente, para que el encuentro sea duradero y se cumpla la tarea fundacional, se requiere la virtù política del Príncipe Nuevo en el sentido de que debe saber gobernar estratégicamente, es decir, transformar las condiciones materiales favorables de una situación en una estructura política estable.

En resumen, para el materialismo aleatorio nada garantiza que de la realidad del hecho consumado, aún si éste permaneciese un largo tiempo, se pueda desprendersu necesidad: “La historia no es más que la revocación permanente del hecho consumado por parte de otro hecho indescifrable a consumar, sin que se sepa, ni de antemano ni nunca, dónde ni cómo se producirá el acontecimiento de surevocación” (Althusser, 2002: 39). Aún sin negar la influencia de la historia consumada, el materialismo aleatorio permite pensar en otro tipo de historia, la historia en presente, abierta a un futuro incierto y, por lo tanto, aleatorio; de allí su riqueza para pensar la política.

El materialismo del encuentro parte del reconocimiento de que cada encuentro es aleatorio en sus orígenes porque nada lo garantiza, el encuentro puede tener o no lugar; e incluso una vez que ya ha tenido lugar, su ser está marcado por la aleatoriedad. Por otro lado, también todo encuentro es aleatorio en sus efectos, dado que la determinación del ser resultante del encuentro no puede preverse a partir de los elementos que concurren en él. Esta reunión azarosa sólo puede considerarse como “determinada” desde una mirada retrospectiva, mirando hacia atrás una vez ya conocido su resultado: “en lugar de pensar la contingencia como modalidad oexcepción de la necesidad [tal como se lo pensaba anteriormente], hay que pensar la necesidad como devenir-necesario del encuentro de contingentes” (Althusser, 2002:60). Asimismo, cada figura de la historia y Estado del mundo no son resultados necesarios, sino provisionales y en un doble sentido: en el sentido de que pueden ser suplantados, y también porque hubiesen podido no advenir jamás, salvo por un encuentro.

En definitiva, en esta postura de asumir el carácter contingente de toda estructura, los filósofos materialistas Epicuro y Maquiavelo (éste último en la dimensión política) son resaltados por Althusser como representantes de una corriente que implica una crítica radical a aquella filosofía tradicional que pretende decir la verdad última sobre el conjunto de los discursos y prácticas sociales. Este tipo de filosofía de lo aleatorio sirve entonces para pensar la apertura del mundo hacia el acontecimiento y la singularidad de todas las prácticas vivas, incluyendo la política.

BADIOU Y EL RECOMIENZO DEL MARXISMO

Alain Badiou fue alumno de Althusser en la École Normale Supérieure (ENS) de París a principios de los sesenta y realizó sus primeras publicaciones filosóficas bajo la égida del estructuralismo marxista impulsado por su maestro. Después de los eventos de Mayo de 1968, éste vínculo va a modificarse bruscamente dado que Badiou, sacudido subjetivamente por la novedad de los sucesos, ataca enérgicamente al PCF donde se encuadraba Althusser, quien en esos años todavía confiaba en la posibilidad de reformar este partido (Badiou, 2016: 31). Más adelante, a fines de los setenta, se puede decir que Badiou se mantiene de todos modos interesado en el proyecto althusseriano de reformular la dialéctica materialista, aunque desde una postura particular. En efecto, el libro Théorie du sujet, basado en clases de su seminario entre 1975 y 1979, aborda la cuestión de la dialéctica inspirándose en autores tan diversos como Hegel, Mallarmé, Lacan, Mao y Lenin. En esa línea, esta obra incluye una clase de fines de 1975 dedicada al atomismo griego dentro del cual se ubica a Epicuro, filósofo que, como ya se mostró, fue también utilizado por Althusser con el objetivo de pensar la primacía de lo aleatorio.

En su libro, Badiou considera que la dialéctica no es neutral por lo que ella es dividida en dos vertientes: una estructural y otra histórica. El atomismo es situado en esa primera concepción de la dialéctica que, al abordar el tema de las contradicciones, tiene como principal desafío explicar cómo se realiza el pasaje de una diferencia fuerte a una débil. En efecto, el punto de partida del atomismo griego es la estéril rigidez que muestra la fuerte distinción entre el vacío, por un lado, y la multiplicidad de átomos, por otro. Para pasar de esta diferencia fuerte a una débil, la filosofía atomista desdibuja aquella oposición primordial a partir de la operación del término transicional que es el clinamen, esto es, la desviación azarosa que permite la combinatoria de átomos y da lugar al mundo. Sin embargo, finalmente para la dialéctica estructural es fundamental que el clinamen sea abolido: a pesar que él sea el principio de la existencia, debe ausentarse posteriormente de todos sus efectos. Es un acontecimiento del cual no quedan huellas en el mundo. Badiou designa a esto la operación del término evanescente que “hace pasar de la diferencia fuerte a la débil,al marcar la cualidad heterogénea, y al abolirse enseguida” (Badiou, 2008: 84).

Por esta razón, Badiou, interesado por la cuestión del sujeto post-mayo del 68, es crítico respecto de la vertiente estructural de la dialéctica reflejada en el atomismo griego debido a que, si bien piensa en términos de procesos y de contradicciones, al final de cuentas hace prevalecer el componente estructural sobre el histórico al reducir toda diferencia a una mera distinción posicional e intercambiable. Es decir, cuando esta clase de dialéctica se encuentra con lo real o la efectividad histórica no hace más que subordinar esa novedad a una estructura sin sujeto (Badiou, 2008: 76).

Por otra parte, en un contexto intelectual dominado por la creciente difusión del pensamiento de los llamados “nuevos filósofos”, ex militantes de izquierda que pasaron a criticar fervorosamente los postulados del marxismo y a los gobiernos socialistas; en una clase de noviembre de 1977 también publicada en Théorie du sujet, Badiou sostiene que existen dos actitudes ante esta avanzada antirrevolucionaria. Contrariamente a la ortodoxia marxista que intenta defender ciegamente sus ideas, Badiou plantea la necesidad de reconocer que el marxismo está en crisis, ya que de dicha ceguera se alimenta justamente el éxito de los pensadores “renegados”. La alternativa correcta consistiría entonces en emprender una refundación del marxismo: “Defender el marxismo, hoy es defender unadebilidad. Hay que hacer el marxismo” (2008: 206).

Este tema de la crisis y de la refundación va a ocupar posteriormente gran parte de su libro On peut penser la politique?, publicado en 1985 y basado en dos intervenciones realizadas por Badiou en 1983 y 1984 en la ENS, en el marco delseminario sobre “la retirada de lo político” por invitación de Jean-Luc Nancy y Philippe Lacoue-Labarte. En efecto, la primera parte del texto examina la “crisis del marxismo” desde una perspectiva que no la reconoce tanto como una cuestión teórica o de pérdida de capacidad de análisis, tal como se subrayaba en Althusser, sino como una crisis política originada en el agotamiento de las referencias históricas y sociales en las que se apoyaba: la referencia estatal de los Estados socialistas; la referencia popular de las guerras de liberación nacional y la referencia social ubicada en el movimiento obrero organizado. La crisis del marxismo es el “derrumbe por etapas de ese dispositivo de referencias (…). Su crédito se ha agotado” (Badiou, 1990: 20).

Ante esta escena desoladora, la propuesta badiouana es pensar la destrucción del marxismo como sujetos como paso previo a su recomienzo. De este modo, los militantes adquieren un rol protagónico en esta tarea de recomposición: un marxista de nuevo tipo es “el que está en la destrucción del marxismo en posición subjetiva,que pronuncia de manera inmanente lo que debe morir, y que por lo tanto muere él mismo, disponiendo esa muerte como causa de una recomposición de la política”(Badiou, 1990: 37). La topología de la subjetividad marxista consiste entonces en una torsión desde el lugar destruido para no acomodarse dentro de la ortodoxia marxista- leninista, ni en la exterioridad liberal-conservadora del antimarxismo.

Efectuar dicha torsión implica también desprenderse del triunfalismo de la etapa anterior que culmina con el fin de la Revolución Cultura Proletaria en China. Badiou constata que los grandes sucesos de la política de aquellos años, como la“Revolución Iraní” y el movimiento Solidarnosc, no se sitúan al interior del marxismo (1990: 37).

Asimismo, ante el problema de reiniciar el marxismo como pensamiento político emancipador, Badiou acude al gesto original de Marx. El marxismo comenzó a mediados del siglo XIX marcando un corte y una interpretación: esto fue lo que hizo Marx en el Manifiesto cuando señaló que “hay movimiento revolucionario obrero”. Luego, en el curso de la historia se dieron los avances en el movimiento obrero, la conformación de Partidos y su arribo al Estado. Todo esto le fue permitiendo al marxismo construir una representación de sí mismo, su puesta en ficción, hastaconvertirse en un pensamiento autorreferencial de esta “marxización”. La tesis badiouana es que con el advenimiento de la crisis, el ciclo de autorreferencialidad del marxismo está cerrado y el comienzo precedente ha dejado de valer. Las verdaderas políticas ya no son contemporáneas de ese ciclo, “sino de un ‘hay’histórico-político del que hay que volver a pensar la dimensión emancipadora”(Badiou, 1990: 40).

Imitando el gesto de Marx, entonces, el recomienzo debe pensarse nuevamente a partir del “hay” relativo a un corte. Se trata de estar atentos a lo que “hay” para poder proponer hipótesis políticas inaugurales, más precisamente, de (re)formular “lahipótesis de una capacidad política adecuada a la no-dominación” (Badiou, 1990: 40). En cuanto a las fuentes de este recomienzo del entonces, además de una necesaria crítica del ciclo de marxización y la deconstrucción del marxismo-leninismo como época metafísica del pensamiento político, ocupan un lugar privilegiado los ya mencionados acontecimientos políticos de la época, en tanto constituirían una chance de renovación de la hipótesis emancipadora del comunismo (Badiou, 1990: 42).

En esa línea, la segunda parte de On peut penser la politique? marca el rumbo del autor hacia un pensamiento de la política desde nuevas coordenadas y conceptos que permiten pensar la interrupción de la dominación sin presuponer un sujeto o un antagonismo previos. En efecto, Badiou presenta una primera formulación de una teoría del acontecimiento y de la intervención subjetiva en el campo de la política dado que, al igual que Althusser, se preocupa por registrar aquellos movimientos de la época cuya singularidad parece rebasar los esquemas marxistas de pensamiento.

Badiou afirma que la esencia de la política se sitúa en el “hay” delacontecimiento, el cual debe distinguirse de la normalidad de los hechos en los que se suele concentrar la crónica de la política (paradigmáticamente, en el hecho electoral) (Badiou, 1990, p 46). Un acontecimiento es definido como un disfuncionamiento de la estructura de la situación que no se infiere automáticamente de ella, sino que es producto de una interpretación particular. Se liga entonces a una intervención subjetiva que lo aborda como una especie de síntoma: “Llamointervención a los enunciados y hechos supernumerarios a través de los cuales se efectúa la interpretación que desprende el acontecimiento” (Badiou, 1990: 52). La decisión de ser fiel al acontecimiento sólo está anudada a la hipótesis que afirma la existencia de una política de la no-dominación; hipótesis introducida por Marx que funciona como un axioma a partir del cual deben desplegarse sus consecuencias.

En su texto, Badiou parece separarse de una perspectiva dialéctica tradicional al sostener que la política rompe con la situación o que hace a un lado los hechos. Sin embargo, él reconoce la importancia de resolver la cuestión de la dialéctica para poder pensar la política y se propone recrearla a través de nuevas referencias (tal como lo intentó en Teoría del Sujeto) que permitan despejarla de cualquier tipo de determinismo10. La dialéctica es definida ahora como una doctrina del acontecimiento, desregulada, en conflicto con la representación y toda imagen representativa de la política. Ella se asienta en un método interpretativo, pero en un sentido particular, ligado al de la clínica psicoanalítica: se trata de una interpretación-corte o interrupción interpretativa que acorrala un punto irrepresentable donde se toca un “real”, y que luego es legible por sus efectos. Elpensamiento dialéctico abre una brecha en el dispositivo de las representaciones cuando se topa con el síntoma (el acontecimiento) que es interpretado como una hipótesis de capacidad en la que retroactivamente se revela un efecto de sujeto (Badiou, 1990: 60-61). En definitiva, si bien no abandona totalmente el término dialéctica en esta obra, Badiou hace referencia a aquello que comienza en un acontecimiento excepcional e implica una apuesta hipotética que desestructura el orden de lo posible; conceptos que fundamentará ontológicamente en L’Être et l’événement.

Badiou reconoce asimismo que la intervención subjetiva ligada a un acontecimiento está sometida a la coyuntura y que en el ámbito de la política se está sometido a la situación incluso con especial urgencia, razón por la cual ella es particularmente difícil. La intervención política se califica únicamente por su efecto (victorioso o nulo), retroactivamente, por eso la incertidumbre y la anticipación son constitutivas de este acto. Dicho esto, Badiou afirma que en la política es preferible apostar e intervenir cuando se llega a los límites justificados por el análisis. Si bien es cierto que esta intervención puede tener un efecto nulo, para Badiou una “derrota intrapolítica” reside más en la incapacidad para distinguir a la política respecto de un análisis ordinario de la situación. En efecto, el análisis de las condiciones históricas es imprescindible pero debe ser tomado desde una perspectiva militante. Llegar a los límites de ese análisis y detenerse en esa certidumbre improductiva equivale a fracasar políticamente (Badiou, 1990: 71). En fin, la verdadera política empieza cuando se realiza una intervención subjetiva en apuesta que va más allá de un análisis supuestamente objetivo de la situación, ella asume riesgos en nombre del acontecimiento.

EL ACONTECIMIENTO Y LA INTERVENCIÓN DEL SUJETO

A mediados de los ochenta, Badiou comienza la redacción de su obra magna, L’Être et l’événement (1988), en la cual asienta nuevas bases para demostrar que la filosofía es aún posible y, a la vez, para poder pensar aquello que sucede “afuera” de ella (por ejemplo, en la política) a través de la idea de acontecimiento. Este lugar clave que Badiou otorga a dicha categoría dentro de su teoría no viene acompañado de una impugnación del interés de la tradición filosófica por la cuestión ontológica, ya que es el acontecimiento es concebido como un suplemento respecto de la estructura del ser.

La tesis inicial del libro es que la exposición del ser-en-tanto-que-ser corresponde exclusivamente al discurso de la matemática. Al mismo tiempo, dado que para Badiou el ser en sí mismo se sustrae y no se presenta directamente ni indirectamente a través de ningún tipo de experiencia, la ontología matemática sólo puede exponer el ser en su presentación efectiva. El punto de partida de esta ontología es que lomúltiple “sin Uno” es la ley del ser, es decir, el ser-en-tanto-que-ser es multiplicidad pura (1999: 33). De ese modo, la idea de “lo Uno”, de suma importancia desde losinicios de la historia de la filosofía occidental, pierde su lugar primordial para pasar a designar sólo la operación de cuenta sobre lo múltiple y el resultado de unidad que surge de la determinación de sus elementos. En síntesis, el ser en sí mismo se concibe como una multiplicidad infinita e inconsistente, mientras que lo presentado es resultado de la acción estructurante de lo uno. Badiou denomina situación a esta presentación estructurada de la multiplicidad a través de su operación de “cuenta- por-uno”. La situación es un régimen normal donde todo lo que acaece escontabilizado y aprehendido por un saber.

Por otro lado, vale notar que lo múltiple puro e inconsistente sólo puede ser presupuesto a partir del axioma que dicta que lo uno no es, anterior a la cuenta-por-uno que implica toda situación. Esto permite decir que, al escapar a dicha cuenta, es impresentable y, por nunca presentarse, es una nada. Sin embargo, este ser-nada no equivale a no-ser, sino que existe como nada. Badiou denomina vacío a esta nada impresentada en la situación. El vacío es entonces el nombre propio del ser anterior a su simbolización y está incluido universalmente en todo conjunto (Badiou, 1999: 70)11.

A su vez, existe una segunda cuenta, una cuenta sobre la cuenta, por la cual todos los elementos presentados en la situación son re-presentados y agrupados. Esta meta-estructura que, por conveniencia metafórica con la política, Badiou denomina“estado de la situación” (1999: 113), tiene como propósito anular la distancia que existe entre la multiplicidad consistente y la multiplicidad inconsistente y evitar así la presentación del vacío. De allí que en una situación “normal” el vacío se mantieneinvisibilizado.

Sin embargo, el orden estructural del ser puede ser conmovido por un acontecimiento. Este término designa un suplemento imprevisible que excede las normas y saberes de una situación en tanto es muestra del vacío inherente al ser múltiple; es el índice de la inconsistencia. En ese sentido, una tesis fundamental de laontología matemática (el llamado “teorema del punto de exceso”) es que el estadode la situación excede siempre la situación misma. En tanto hay siempre más partes que elementos, la multiplicidad representativa es siempre superior a la multiplicidad presentativa12. Esta diferencia es el punto en el que reside lo que Badiou denomina el impasse ontológico que articula y a la vez separa a la ontología de la teoría filosófica del acontecimiento y del sujeto (Badiou, 1999: 99).

Badiou entonces no sólo se interesa por señalar en dicho impasse una carencia estructural, sino también el posible lugar de un acontecimiento. En efecto, para que el acontecimiento sea posible se requiere en primer lugar la determinación local de un sitio. Un sitio de acontecimiento se define ontológicamente como un múltiple en situación que es singular, es decir, que está presentado pero ninguno de sus elementos lo está, por lo cual no es representado por el estado de la situación (pertenece a la situación pero no está incluido en ella). También se puede señalarque está “al borde del vacío” debido a que es un múltiple que pertenece a la situación, pero lo que le pertenece a ese sitio está impresentado (Badiou, 1999: 197). La presentación de este tipo de múltiple a-normal en una situación indica que ella es“histórica”. Es decir, el acontecimiento sólo puede darse en una localización histórica específica. A la vez, no hay determinismo porque ningún sitio garantiza su ocurrencia, un sitio sólo puede ser vinculado al acontecimiento de modo retroactivo.

El acontecimiento es definido como un múltiple compuesto no sólo por todos los múltiples que pertenecen a su sitio, sino también por el múltiple de sí mismo(Badiou, 1999: 203). Por ejemplo, podríamos decir que la “Revolución Francesa”como acontecimiento es algo más que la enumeración de sucesos que lo conforman en un contexto determinado; la propia “Revolución Francesa” es un término delacontecimiento que él es. Pero, en tanto es caracterizado como un múltiple que se autopertenece, el acontecimiento es proscripto por los axiomas de la ontología matemática que de-limitan el ser. El pensamiento del acontecimiento depende entonces de lo que no-es-el-ser-en-tanto-que-ser, ese terreno a partir del cual el discurso filosófico –distinguible del discurso ontológico– reaparece y se organiza en torno a la renovación badiouana de las categorías de verdad y sujeto (Badiou, 1999: 24).

Dado que todo acontecimiento es evanescente por definición y posee un carácter indecidible desde la perspectiva de los saberes de una situación, para que su ocurrencia produzca efectos necesita que quienes son parte de ella se vinculen con él mediante una intervención militante que tome la decisión de nombrarlo (Badiou, 1999: 227). Por eso, Badiou señala que el impasse estructural sólo es visible como signo del acontecimiento retroactivamente y depende de la intervención de unsujeto: “el impasse del ser es en verdad el pase [passe] del Sujeto” (Badiou, 1999:470-471).

Los sujetos del acontecimiento despliegan comprometida y fielmente las consecuencias de esta nominación en la situación a la cual pertenece el sitio. En efecto, para Badiou el sujeto no es un agente sustancial (no es un múltiple contado por la situación ya que el procedimiento del que participa es indiscernible), ni se identifica con un lugar vacío, sino que él es el nombre de las operaciones de indagación fieles a la traza del acontecimiento mediante las cuales conecta a esa traza (la nominación) tantos términos de la situación como sea posible. Como resultado de dicho proceso, es posible el surgimiento de una verdad singular que será la huella del acontecimiento en la situación, forzando así la transformación del estado previo de saberes13.

En suma, L’Être et l’événement teoriza que el sujeto no está dado, sino que depende de un acontecimiento excepcional y siempre se vincula a un procedimiento de verdad específico (es sujeto de la política, la ciencia, el arte o el amor). Badiou lo define como la instancia finita de lo infinito de una verdad: “un fragmento delproceso de verdad” (Badiou, 1999: 24). Al mismo tiempo, las operaciones implicadas en el proceso de subjetivación son fundamentales para el despliegue de una verdad en la situación.

REFLEXIONES FINALES: EL ACONTECIMIENTO Y LO SUBJETIVO EN BADIOU Y ALTHUSSER

Si se comparan los desarrollos filosóficos de Badiou y Althusser a través de la idea de acontecimiento, hay que destacar que en el proyecto de Badiou dicha categoría posibilita pensar la cuestión del sujeto en política desde una visión que, si bien coincide con su ex maestro en descreer de la existencia de una sustancia o conciencia que actúe como Sujeto de la historia, no considera que pueda reducírselo a un efecto ideológico.

Al mismo tiempo, vale subrayar que la crítica althusseriana de la ideología no equivale a dejar de lado la cuestión de la práctica política. En ese sentido, Badiou sostiene la tesis de la existencia de lo subjetivo en el pensamiento de Althusser acerca de la política (a pesar de que éste jamás pudo haber formulado una teoría del sujeto en tanto consideraba que “sujeto” era una mera una noción ideológica), la cual surge del análisis de algunos de los textos de los años sesenta, la época más reconocida de su ex maestro. A pesar de que este período suele ser considerado como el momento de mayor dogmatismo althusseriano dado su énfasis en afirmar la necesidad de formular una teoría general que guíe la acción política de los militantes (actitud que él mismo catalogó posteriormente como una “desviación teoricista”), se puede decir que en esos años Althusser ya daba señales de su preocupación por aquello que puede surgir de manera imprevista en el ámbito de la política.

En efecto, en su texto “Contradicción y sobredeterminación”, Althusser introduce la categoría de sobredeterminación tomando como punto de partida la referencia deLenin al “eslabón más débil” en su análisis de las condiciones que rodearon al acontecimiento de la Revolución Rusa. A partir de este concepto, la contradicción en el marxismo no se concibe como unívoca, sino como una conjunción compleja de circunstancias, una contradicción sobredeterminada “pensable desde el momento enque se reconoce la existencia real, en gran parte específica y autónoma, irreductible, por lo tanto, a un puro fenómeno, de las formas de la superestructura y de lacoyuntura nacional e internacional” (Althusser, 1971: 93). En este esquema, lo singular cobra valor en la historia en vez de ser considerado como una excepción a una regla última; se puede decir más bien que lo excepcional es la norma. La política se concibe entonces como algo más que la simple expresión de una estructura económica, pues jamás la contradicción se reduce a lo simple: “Ni en el primer instante ni en el último, suena jamás la hora solitaria de la ‘última instancia’”(ibíd.)14. La categoría sobredeterminación señalaría entonces el exceso de la política y de la historia respecto de una concepción determinista del funcionamiento de una formación social. Asimismo, muestra a la idea de la contingencia como oportunidad para la política y la revolución.

En esta línea, en una evaluación del legado de su ex maestro, Badiou sostiene en la década de los noventa que las sobredeterminaciones acontecimentales (tal como él las denomina, ligando los términos de sobredeterminación y de acontecimiento) colocan a lo posible, es decir, a la política, en un lugar preponderante y son del orden de lo subjetivo. Según él, el término “subjetivo” significa, en la figura materialdel militante, un proceso de pensamiento de la política que se sustrae tanto a la objetividad científica como a lo ideológico-estatal donde el sujeto sería un mero efecto. La política es este proceso subjetivo que se vincula más bien con una toma de partido, con una elección sin una garantía que se pueda desprender del análisis reglado de la situación “pero que puede trazar en ella una trayectoria real” (Badiou, 2009: 56).

Una vez recuperada esta idea, es posible explorar y reconocer también la presencia de lo subjetivo en los textos sobre la práctica política de la última etapa de la obra de Althusser, la menos conocida (incluso por Badiou, quien se refiere escasamente a ella). Como se mencionó, la filosofía utilizada por Althusser para repensar la política revolucionaria en esa etapa es denominada “materialismo aleatorio”. Ella implica una renuncia definitiva a la posibilidad de una teorización filosófica completa respecto de una realidad siempre contingente (o sobredeterminada). Este abandono de la legalidad dialéctica a la hora de pensar una sociedad y su historia viene acompañado de la aparición de un concepto similar al de sobredeterminación en los escritos althusserianos: la idea del encuentro aleatorio. En lugar de pretender explicar el desenvolvimiento de una totalidad y de intentar descifrar el rasgo de necesidad en cada fenómeno, la filosofía de lo aleatorio privilegia la singularidad de las prácticas vivas, entre ellas, la consideración de la práctica política como fundadora.

En ese sentido, a través de su examen del pensamiento maquiaveliano como parte de esta corriente, Althusser sostiene la primacía de la práctica política frente a la teoría. A diferencia de aquellos intérpretes que piensan que Maquiavelo produjo un discurso objetivo de las leyes de la política o una ciencia política (es decir, un discurso no ideológico y “sin sujeto”), Althusser considera que la particularidad del autor florentino reside en que no le interesa conocer “la naturaleza de las cosas”,sino la singularidad de la cosa en singular, del caso. En efecto, él no pretende pensar a la política como un objeto de la teoría, sino más bien como aquello que la conmueve a través de un problema político concreto. Su estudio del problema de la unidad italiana obviamente incluye elementos teóricos pero éstos no remiten a una teoría general sino que sólo son “fragmentos” dispuestos en función de dicho problema (Althusser, 2004: 54-55).

En efecto, para Althusser, Maquiavelo es el primer teórico que piensa desde dentro de la coyuntura, aún sin haber reflexionado sobre este concepto. En principio, esto significaría enumerar todos los factores y circunstancias que rodean al caso. Pero, pensar bajo la coyuntura implica algo más: hay que someterse al problema que ella “impone”, asumiendo el problema y la tarea histórica del momento (la unidad italiana, cuya forma de realización es el Príncipe). De este modo, los elementos de la coyuntura se convierten en fuerzas vivas y en conflicto, y las proposiciones teóricas sobre la política “quedan afectadas en su modalidad por su intervención en unacoyuntura totalmente dominada por el problema político que ella plantea y por lapráctica política que requiere para alcanzar el objetivo que se propone” (Althusser, 2004: 57).

El tipo de análisis que hace Maquiavelo desde dentro de la coyuntura política con el objetivo de fundar algo nuevo se distingue entonces de la pretensión de totalidad de la teoría e implica un desplazamiento desde el espacio de una teoría pura y anónima (“sin sujeto”) al espacio de la práctica política, la cual sólo cobra sentido enrelación con un “sujeto”. En efecto, este análisis tiene sentido en cuanto exhibe un sitio o lugar vacío (el “eslabón más débil”) en el cual se podrá posicionar y actuar un individuo o un grupo con el cometido de realizar su tarea política, es decir, aquellos a quienes podríamos llamar los “sujetos” o “agentes” de la práctica política (Althusser, 2004: 58). Maquiavelo, como vimos, considera que la forma política de su realización es un agente virtual, el Príncipe Nuevo, que con posteridad al acontecimiento de su advenimiento debe actuar estratégicamente en la situación para transformarla de forma duradera.

Asimismo, además de señalar el lugar del “sujeto” de la práctica política en el pensamiento maquiaveliano, Althusser se interesa por el papel del propio texto en el espacio de la práctica política en la que se sitúa. Al respecto, adscribe a la idea gramsciana de que El Príncipe es un manifiesto en el que el autor se posiciona y toma partido, escribe con la intención de sumar fuerzas a una causa. Por lo tanto, su novedoso estilo de escritura es un acto político en sí mismo, una práctica que se propone intervenir en la coyuntura y construir un sujeto (lo cual permitiría distinguirla de la vieja fórmula del “proceso sin sujeto” del Althusser más estructuralista).

Para Althusser, el posicionamiento inscripto en esta obra o “manifiesto”maquiaveliano es revolucionario porque el lugar que establece para su texto, para su punto de vista, no es el del Príncipe, sino el del pueblo. En la famosa dedicatoria de Maquiavelo a Lorenzo de Médici puede descubrirse que, pese a sus apariencias, el libro se dirige a la masa popular, dado que el proyecto es fundar un Estado nacional y popular, no una tiranía. “No se escribe un Manifiesto (…) para un individuoinexistente; un Manifiesto se dirige siempre a las masas para reunirlas en una fuerzarevolucionaria” (Althusser, 2004: 61-62). En comparación con el Manifiesto Comunista donde se encontraría un único sujeto ya constituido, el proletariado, sobre cuya existencia se apoya la teoría y al cual el texto convoca a una tarea política; Althusser halla en El Príncipe una dualidad: hay un sujeto designado de la práctica política, el Príncipe, pero también un sujeto del punto de vista político, el pueblo, convocado proféticamente.

Según Althusser, esta presentación de dos lugares alternados desemboca en un contenido utópico, pues se asume la necesidad de emprender una tarea política en condiciones históricas que no la garantizan y, a la vez, confía su realización a un agente desconocido, el Príncipe, cuyo advenimiento depende de un acontecimiento. La utopía maquiaveliana encuentra su espacio en la diferencia entre una tarea y transformación política necesaria y sus condiciones de realización que, si bien son posibles porque no hay un final de la política, son también impensables por depender de un evento aleatorio (Althusser, 2004: 85). La utopía entonces ya no puede ser viste necesariamente como un defecto o una falta de teoría, sino como aquello que fuerza las condiciones de posibilidad, un salto sobre los límites.

En resumen, a partir de la idea de un acontecimiento, Althusser y Badiou nos permiten repensar la subjetividad política en los momentos en que se ha derrumbado la confianza en la idea de la existencia de un sujeto político pre-constituido que trascienda la historia. Al mismo tiempo, vale destacar que en sus trabajos “pos” crisisdel marxismo, fundamentalmente desde los años ochenta, aún si ambos son críticos respecto de los partidos comunistas subordinados a la influencia soviética, asumen posiciones teóricas que se mantienen fieles al proyecto emancipador del comunismo. Esto los diferencia claramente de otros intelectuales franceses que poraquellos años “renegaron” expresamente de anterior su militancia revolucionaria y viraron hacia posturas abiertamente conservadoras (principalmente, los llamados“nuevos filósofos”).

El reconocimiento del contexto de crisis los empuja en efecto a replantearse la cuestión de la emancipación, razón por la cual tanto a Althusser como a Badiou se cuidan en no avasallar la singularidad de los sucesos de la política y se preocupan por concebir una filosofía que pueda “vaciarse” para hacer lugar a estas novedades aleatorias. En consecuencia, más allá de sus diferencias, en dicha época ambos realizan el intento de pensar una subjetividad militante que parte de la precariedad de la coyuntura y apuesta en ella a favor del posible acontecimiento yendo más allá de la certitud que puede deducirse del análisis o del saber de la condiciones presentes, puesto que, finalmente, el carácter transformador del acontecimiento sobre una situación sólo podrá leerse retroactivamente, a partir de sus efectos.

Notas:

1 Cfr. Marx y Engels (2008), Manifiesto Comunista, Buenos Aires, Prometeo, p. 59.

2 En su lectura de los manuscritos y textos de de Althusser publicados póstumamente, Goshgarian, un especialista en el pensamiento althusseriano, enfatiza en contraposición a otros comentadores que las referencias a Epicuro como parte de una tradición materialista de la filosofía que subraya la contingencia ya pueden encontrarse en escritos fechados desdemediados de los setenta. Goshgarian, G. M. (2017), “Prefacio” en Althusser, L., Ser marxista en filosofía, Madrid: Akal, pp. 7-26.

3 Los textos que plasman el pensamiento de Althusser en la década de los ochenta han permanecido desconocidos durante varios años. Luego del homicidio de su mujer en 1980 y su posterior internación psiquiátrica (que se prolongó hasta 1983), Althusser se condenó al silencio y su legado filosófico fue abruptamente reprimido. Por este motivo, casi la totalidad de los textos de esta época no van a ser publicados sino hasta después de su muerte por el Institut Mémoires de l’édition contemporaine (IMEC).

4 En esa línea, en un artículo de 1973, Althusser se muestra contrario a la tesis del humanismomarxista de que “el hombre hace la historia”, y propone desembarazarse de esta clase deideologías que fetichizan al hombre y presuponen su libertad para trascender la historia. Cfr. Althusser, Para una crítica de la práctica teórica. Respuesta a John Lewis, Buenos Aires: Siglo XXI, 1974.

5 Althusser ubica en esta tradición a autores como Epicuro, Lucrecio, Maquiavelo, Spinoza, Hobbes, Rousseau en el Segundo Discurso, Marx e incluso tangencialmente a Heidegger.

6 Cfr. Epicuro, Epístola a Heródoto, 43. También: Lucrecio, De la Naturaleza, Libro II, 251- 293.

7 Althusser dedicó cursos a Maquiavelo en 1962 y 1972, a partir de los cuales ordenó un texto hasta 1975 para su publicación. Asimismo, en 1978 presentó una conferencia en 1978titulada “La soledad de Maquiavelo”, basada en las conclusiones del curso de 1972. Sinembargo, en los años posteriores y en la década de los ochenta, nuevamente introdujo modificaciones al texto que fue publicado en 1994 con el título Maquiavelo y nosotros. Según subraya Toni Negri, en su prefacio a esta edición póstuma, los agregados remarcan el componente aleatorio y fortuito de todo acontecimiento que abre la posibilidad, de ese modo, a la intervención constitutiva de la subjetividad. Esto señalaría una nueva posición de Althusser, distante del determinismo dialéctico, que Negri denomina Kehre o “giro” del pensamiento filosófico althusseriano. Cfr. Negri, Antonio (2004), “Introducción. Maquiavelo yAlthusser” en Althusser, Louis. Maquiavelo y nosotros, Madrid: Akal, pp. 11-40 (principalmente, pp. 18-19 y p. 31).

8 Según Althusser, una tesis de Maquiavelo en los Discursos es que en el origen de todo gobierno se halla el azar o la Fortuna pues al principio todos los hombres estaban dispersos. Al igual que en Epicuro, el azar se asocia con la dispersión (Althusser, 2004: 72).

9 En lengua francesa se puede apreciar la raíz etimológica que vincula los términos conjoncture y conjonction, matiz que se pierde en lengua española.

10 Asimismo, para Badiou tampoco es suficiente para superar esa imagen mecanicista el fortalecimiento de la referencia materialista, tal como intenta Althusser con Epicuro y Lucrecio (Badiou, 1990: 58).

11 Se debe distinguir este vacío ontológico del vacío con el que opera la filosofía en Badiou. La filosofía es concebida por él como un acto que consiste en la captación de verdades provenientes de las prácticas y pensamientos exteriores que la condicionan. Para ello, eldiscurso filosófico opera con la categoría de Verdad que es “vacía” en el sentido de que de sí misma no presenta nada. Por lo tanto, como señala Badiou, “el vacío de la categoría deVerdad, con V mayúscula, no es el vacío del ser, puesto que es un vacío operatorio, y nopresentado” (Badiou, Condiciones, Buenos Aires: Siglo XXI, 2002, p. 59).

12 Considerando la distancia entre la estructura y la metaestructura, entre pertenencia e inclusión, Badiou elabora los conceptos decisivos de una tipología de las formas en las que se da el ser (los múltiples-en-situación): “normal” es un múltiple presentado y representado; en “excrecencia” está representado pero no presentado; “singular” es un múltiple presentadopero no representado (Badiou, 1999: 117).

13 En la exposición ontológica del acontecimiento como autopertenencia, éste puede parecer una ocurrencia milagrosa y aislada. Sin embargo, él posee una temporalidad propia, no es un acto puro sino que abre un proceso de consecuencias cuyas implicancias lógicas son abordadas por Badiou en profundidad en Lógicas de los Mundos, su segunda gran obra, publicada en 2006.

14 Otras lecturas, incluso más habituales, enfatizan que para Althusser la contradicción no es equívoca o producto del mero azar. Ernesto Laclau (1987: 112) sostiene que la idea de sobredeterminación, índice de la inquietud del autor por registrar lo contingente, fue desapareciendo del discurso althusseriano al estar limitada en esa época por la necesidad apriorística y totalizante de la determinación en última instancia por lo económico. Desde lamisma visión deconstructivista, Derrida sostiene: “Decir ‘última instancia’ en vez de infraestructura no cambia mucho y destruye o relativiza de manera radical justamente el hecho de que se tomen en cuenta las sobredeterminaciones. Todo lo que hay de interesante y fecundo en la lógica de la sobredeterminación se encuentra comprometido, reducido, aplastado por ese discurso sobre la ‘última instancia’”. Cfr. Derrida, J. (2012), Política y amistad. Entrevistas con Michael Sprinter (2012), Buenos Aires, Nueva visión, pp. 46-47.

Bibliografía:

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BADIOU, Alain (2009). Compendio de metapolítica, Buenos Aires: Prometeo.

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LACLAU, Ernesto (1987). “Formación social y sobredeterminación” en Hegemonía y estrategia socialista. Madrid. Siglo XXI.

Por qué y cómo convertir los mercados financieros en el nuevo foco de las luchas sociales

Entrevista a Michel Feher

Por Ivan du Roy

Cuestionamiento global de los derechos sociales, mitificación del espíritu empresarial y la depredación de riquezas, reducción del gasto público, advenimiento de las finanzas, generalización de la precariedad… Los neoliberales lograron hacer su revolución. ¿Cómo lo consiguieron? ¿Por qué la izquierda cayó en la trampa? Y, sobre todo, ¿cómo repensar la resistencia y la construcción de alternativas que no se limiten a la nostalgia del Estado de Bienestar o la restauración del capitalismo de antaño? En esta entrevista, el filósofo Michel Feher, autor del apasionante libro Le temps des investis. Essai sur la nouvelle question sociale [El tiempo de los invertidos. Ensayo sobre la nueva cuestión social] (La Découverte, París, 2017) y fundador de la editorial Zone Books, da algunas claves para responder estas preguntas.

Súper ricos que supuestamente encarnan la excelencia, asalariados «arcaicos» reticentes a la modernización laboral y desocupados a los que se considera «vagos» por buscar un empleo conveniente, contribuyentes «expoliados» por impuestos que financian la salud y la educación… ¿Cómo se llegó a esto?

El éxito ideológico de los neoliberales es haberle dado un aspecto verdaderamente revolucionario a su doctrina: repensar la lucha de clases ya no en torno de la explotación, sino a partir del abuso o la expoliación. Esta retórica retoma, descaradamente, la de la abolición de los privilegios de las revoluciones francesa y estadounidense. La gente que trabaja, que se levanta temprano, es expoliada por privilegiados, que ya no son los aristócratas de antaño sino los empleados públicos que no están sometidos a las condiciones de competencia del sector privado, los desempleados «que cobran por no hacer nada», los extranjeros que vienen a «usar nuestras prestaciones» y, finalmente, los sindicalistas, defensores de un statu quo que sería la desgracia de los empleados precarios. Se trataría de gente que, según los neoliberales, es protegida por el Estado, que vive de una «renta diferencial»: se adueñan de los recursos ganados por aquellos que trabajan y solo cuentan con sus propios méritos. La promesa neoliberal original consiste pues en asegurarles a quienes lo merecen que podrán gozar de los frutos de su labor sin que el Estado se los confisque para redistribuirlos entre los nuevos rentistas.

La segunda innovación de los padres fundadores del neoliberalismo –Friedrich Hayek, Milton Friedman y sus acólitos de la Escuela de Chicago, y los ordoliberales alemanes– es convertir al empresario en modelo universal. Para los liberales clásicos, los empresarios son una clase aparte, digna de admiración, ya que todos los progresos provendrían de ella. Pero se trata de una pequeña elite amenazada por otras categorías como los intelectuales, los funcionarios y, en general, los asalariados, que no comparten ni su gusto por el riesgo ni su hostilidad hacia la igualación y que, al ser mayoritarios, son capaces de llevar a sus representantes al poder. Los neoliberales se fijaron pues como misión conjurar esta amenaza, no restaurando el prestigio de los emprendedores de profesión, sino incitando a todo el mundo a pensar y comportarse como emprendedores.

¿Cómo lo lograron?

A través de políticas públicas que favorecen el acceso a la propiedad individual, a pensiones de capitalización, al seguro de salud privado e incluso a los vouchers, esos cheques educativos promovidos por la Escuela de Chicago: en lugar de invertir en la educación pública, demos dinero a los pobres para que elijan su escuela privada. El objetivo es que la gente se vuelva capitalista, aunque haya que obligarla a tomar préstamos para lograrlo. Ya que una vez en el lugar de poseedora de capital que genera frutos, se volvería sensible a los argumentos neoliberales sobre el «bombardeo impositivo». El objetivo es, pues, «desproletarizar» a los asalariados, no para hacer que triunfe el socialismo, sino para conferirles una mentalidad de empresarios.

¿Cómo explica la debacle política y cultural de la izquierda, ya sea socialdemócrata o «revolucionaria», en estos temas?

Los neoliberales no lograron imponerse como los impulsores del cambio, que busca romper los compromisos de los Treinta Gloriosos, sin colocar a la izquierda como una fuerza conservadora: en efecto, se la acusa de aferrarse a los estatutos y reglamentaciones del Estado de Bienestar, es decir, a un orden burocrático que sofoca las iniciativas individuales. Ahora bien, la izquierda se dejó engañar convirtiéndose en gran medida en lo que sus adversarios afirmaban que era: el partido de la defensa de los derechos adquiridos. ¿Acaso no carecía de proyecto alternativo, en particular, a partir de 1989, cuando se tornó insostenible reivindicar la colectivización de los medios de producción? ¿No se limitaba a querer preservar un modelo agotado desde el momento en que la finalización de la reconstrucción de las economías europeas hacía disminuir el crecimiento, y los reclamos de las mujeres y las poblaciones inmigrantes ya no permitían comprar la paz social ofreciendo empleos y protección social decente solo a los hombres blancos asalariados? Este último aspecto de la crisis del fordismo explica también por qué existe hoy una izquierda verdaderamente reaccionaria. Ya que detrás del lamento por el Estado social de antaño, se expresa también una nostalgia por las jerarquías de género, sexualidad y raza que lo sostenían.

Para escapar de las acusaciones de conservadurismo, la izquierda habría hecho mejor en seguir el ejemplo de los propios pensadores neoliberales. En 1947, cuando Hayek creó la Sociedad Mont Pelerin y acogió allí a sus amigos de Chicago, Friburgo o Londres, estos futuros arquitectos de la revolución neoliberal constataron inmediatamente que el liberalismo estaba en grandes dificultades y que triunfaba un socialismo rampante, no como consecuencia del fervor revolucionario de las masas, sino debido a las políticas keynesianas que tornaban disfuncionales los mercados al interferir en sus frágiles mecanismos. Para conjurar la asfixia progresiva de la economía liberal, los neoliberales no militarían para dar marcha atrás sino, por el contrario, revisarían su propia doctrina –por un lado, preconizando la conversión de todos a la mentalidad empresarial y, por el otro, renunciando a la no intervención para confiar al Estado la misión de preservar y extender el imperio de los mercados–. Me parece que fue la ausencia de una revisión doctrinal de igual dimensión lo que sumergió a la izquierda en un marasmo del que no sale.

En su libro, usted ofrece justamente pistas para renovar esta doctrina. Para describir la condición de los nuevos dominados económica y socialmente, ya no debería hablarse de trabajadores, asalariados, precarios o pobres, mucho menos de proletarios, sino de «invertidos». ¿Quiénes son los invertidos y qué nuevas formas de dominación se ejerce sobre ellos?

En ese libro, sostengo que el proyecto neoliberal que consiste en convertirnos a todos en emprendedores no se concretó: no porque los neoliberales hubieran fracasado o porque su ingeniería social se hubiera topado con la resistencia de los asalariados, sino porque la implementación de su programa no produjo el resultado anunciado. Entre las consecuencias imprevistas, está el fuerte crecimiento de las finanzas. Para entenderlo, es necesario volver a la campaña de los neoliberales contra los «privilegiados». Entre sus objetivos, además de los empleados públicos, los desempleados y los sindicalistas, figuraban también los ceo asalariados de las grandes firmas fordistas, cuya prioridad era agrandar continuamente sus empresas y que se erigían en árbitros entre las exigencias de los accionistas y los reclamos de los asalariados. Debían evitar que los primeros retiraran sus capitales y que los segundos bloquearan la producción mediante la huelga. Ahora bien, para los neoliberales, la pretensión de los administradores de encarnar el bien de la empresa es un abuso destinado a justificar el fortalecimiento de su propio poder: como asalariados –proclama la doctrina neoliberal–, los directores generales deberían tener como único objetivo crear valor para los dueños del capital, es decir, los accionistas.

Para eliminar los «privilegios» de los directivos de empresas, los neoliberales imputarán la caída de la productividad de las economías desarrolladas al poder gerencial y llamarán a los gobiernos a disolverlo mediante la desregulación de los mercados financieros. Eliminando los obstáculos a la circulación de capitales –entre los países y la actividad financiera– así como a la inventiva de la ingeniería financiera –la creación de «productos derivados»–, se trata de permitir a los inversores elegir los equipos de gerenciamiento en función de sus «rendimientos», su aptitud para satisfacer las demandas de los accionistas. Las finanzas tendrán entonces total permiso para seleccionar los proyectos empresariales en función de lo que prometen a los inversores. El resultado es una profunda transformación de la mentalidad empresarial: para satisfacer a los tenedores de títulos financieros, el empresario no piensa más en los ingresos a largo plazo, sino que debe actuar de manera que la cotización de la acción no deje de subir.

Un ceo puede convertirse en un inversor de peso acumulando una riqueza considerable, de ahí el aumento del número de enormes fortunas…

En efecto, para formar a los directivos en la búsqueda del valor accionario, los neoliberales invitan a utilizar el palo y la zanahoria. Por un lado, si uno no es lo suficientemente eficaz, los inversores pueden llevar a cabo un ataque hostil y eliminarlo. Por el otro, gracias a la porción creciente de sus ingresos variables e indexados según el precio de la acción –las famosas stock options–, el interés de los gerentes no tarda en alinearse con el de los inversores. Ahora bien, en ese contexto, es la actividad del director general la que cambia: más que maximizar el beneficio comercial, su trabajo consiste en maximizar el crédito de la empresa a los ojos de los inversores. Cuando las grandes sociedades anónimas obtienen beneficios, su primer reflejo es adquirir sus propias acciones para hacer subir su cotización. Absurda desde un punto de vista comercial o industrial, esta práctica se vuelve perfectamente coherente desde el momento en que la prioridad es atraer a los inversores. Los primeros «invertidos» son, pues, las empresas no financieras.

El advenimiento de las finanzas tiene también consecuencias sobre los Estados…

Lo que es verdad para las empresas también lo es para los Estados. Preocupados por atraer los capitales a su territorio para favorecer a las empresas allí radicadas, los gobiernos deben a su vez ofrecer lo que los inversores desean: impuestos reducidos, un bajo costo laboral y derechos de propiedad intelectual sólidos para patentar las ideas. Sin embargo, estas ofrendas no dejan de reducir los ingresos fiscales y la protección social, lo que genera el riesgo de disgustar a las poblaciones. ¿Cómo se las arreglarán los gobernantes para atraer a los inversores sin enemistarse demasiado con sus electores? Tomando préstamos en los mercados financieros. Sin embargo, para que los prestamistas deseen comprar sus bonos y obligaciones del Tesoro, los gobiernos deben implementar políticas que den confianza a los mercados. Se vuelven así tan dependientes de su crédito ante los inversores como los empresarios. El Estado se convierte a su vez en un «invertido».

¿Y qué sucede con los individuos?

Es la tercera etapa. Las empresas y los Estados deseosos de atraer a los inversores, unas reduciendo el costo laboral, otros achicando sus presupuestos, ya no están en condiciones de ofrecer lo que antes prometían, a saber, carreras profesionales, trabajos con contratos por tiempo indeterminado y transferencias sociales sólidas. La propia gente deberá venderse o, más exactamente, constituirse en «proyectos» lo suficientemente atractivos como para generar el interés de los reclutadores y, a menudo, de los prestamistas. Así, incluso aquellas y aquellos que disponen de otros recursos que no sean su fuerza de trabajo dejan de ser asalariados propiamente dichos para convertirse en «invertidos».

¿Es decir?

La precarización de las condiciones de vida implica que, para poder seguir consumiendo y comprando bienes duraderos, es necesario vivir al menos parcialmente a crédito y ofrecer así garantías a los prestamistas: el valor estimado de la casa o de un diploma, así como un pasado de deudor responsable, determinarán la aptitud de un individuo para convertirse en propietario o continuar sus estudios. Para vivir decentemente, se contará menos con salarios fijados por convenios colectivos y complementados con prestaciones sociales que con el valor de un patrimonio en sentido amplio –bienes inmuebles, ahorro, pero también competencias preciadas o, en su defecto, disponibilidad y flexibilidad ilimitadas–. Se trata de valorizar una cartera compuesta por títulos de «propiedades» materiales e inmateriales. Se trata de un verdadero cambio de condición, pero que no corresponde a la conversión deseada por los neoliberales: un gerente de cartera que procura valorizar sus «capitales», es decir, sus recursos, es un tipo muy diferente del empresario preocupado por la maximización de sus ingresos.

¿Dónde reside el poder de los inversores y en qué cambia eso la cuestión social?

Se trata primero del poder de acreditar, fijar los criterios de lo que merece crédito. Es más un poder de selección que de apropiación, aun cuando los bancos y los inversores institucionales acumulen también beneficios indecentes. Pero si bien es cierto que el capitalismo «dio un giro», que gravita actualmente en torno de instituciones y mercados financieros –los cuales someten a empleados y empleadores percibiéndolos como proyectos en busca de inversiones–, debe reconocerse entonces que el objetivo de la cuestión social se verá afectado. Todo se repiensa en términos de inversión. La cuestión de la distribución de los ingresos no desaparece, pero está subordinada actualmente a la de la evaluación del capital: ¿quién va a valorizar lo que hago? ¿De qué forma el modo en que vivo valorizará los proyectos de otro?

Frente a estos inversores, se trata actualmente, según usted, de llevar a cabo contraespeculaciones militantes. Concretamente, ¿cómo convertir los mercados de capitales en un nuevo foco de las luchas sociales?

Los inversores operan en el mercado de capitales. Los empleadores, en el del trabajo. La cuestión es saber cómo se forman los precios en ambos lados. En el mercado de trabajo, al igual que en el de bienes y servicios, según la teoría neoclásica, los precios se forman mediante negociación para llegar al precio de equilibrio que corresponde a la satisfacción óptima del comprador y el vendedor. En los mercados financieros, los precios no se forman mediante negociación. Son producto de la especulación: el precio de un título financiero está fijado por las estimaciones de los inversores sobre el valor que sus colegas le conferirán a ese título. La subordinación de la «empresa» a la «especulación» es el régimen en el cual vivimos desde hace 30 años y demostró su resiliencia sobreviviendo a la crisis financiera de 2008.

El hecho de que las especulaciones de los inversores decidan lo que merece emprenderse y producirse debería llevar a repensar los cuestionamientos del capitalismo. En otras palabras, así como los sindicatos obreros aprendieron otrora a negociar para incidir en la distribución de la plusvalía entre capital y trabajo, actualmente deberíamos imaginar una militancia capaz de especular contra las preferencias de los inversores de manera de incidir en las condiciones de acreditación, lo que merece o no recibir crédito.

¿Cómo puede traducirse eso en acción política y militante progresista?

En los tiempos del capitalismo industrial, la militancia sindical se convirtió en espejo de los carteles patronales que se ponían de acuerdo sobre los precios de las mercancías. Los trabajadores, cuya única mercancía era su fuerza de trabajo, hicieron lo mismo creando sindicatos. Los sindicatos ¿no son acuerdos destinados a mantener el precio y mejorar las condiciones de venta de la fuerza de trabajo? Si procedemos por analogía, del lado de los mercados financieros, me parece que el modelo a imitar ya no es el cartel, sino más bien las agencias de calificación.

¿Por qué?

El principal resorte del poder de los inversores es la temporalidad en la cual operan. Desde luego, los empresarios necesitan inversores, pero necesitan también trabajadores y clientes. Los gobiernos dependen de los inversores, que les permiten cerrar sus presupuestos, pero también de los electores, a quienes les deben su trabajo. ¿Por qué entonces empresarios y gobiernos son mucho más sensibles a los reclamos de los inversores que a los de los trabajadores o electores? Pienso que el fondo de la cuestión es el tiempo: los electores se pronuncian una vez cada cuatro o cinco años, los trabajadores pueden manifestarse y hacer huelga, pero en casos puntuales. Los inversores, en cambio, se pronuncian todo el tiempo –de manera permanente y continua en lugar de intermitente y puntual–. Así, llegan a tener prioridad sobre las decisiones de los demás actores sociales. Competir con los inversores requiere entonces entrar en su temporalidad, inventar formas de militancia continua, inventar acciones que no sean únicamente puntuales –como la huelga, la manifestación o el voto–, sino que provengan del asedio permanente. Si no, se estará siempre rezagado respecto de los inversores que pueden desestabilizar un gobierno en cualquier momento. Es por esta razón que me interesa la forma «agencia de calificación», porque estas instituciones operan como un acicate permanente1.

¿Cómo contraespecular con otros criterios que no sean el de la rentabilidad financiera, para hacer que mejoren las condiciones de trabajo, el respeto al medio ambiente o la redistribución de las riquezas producidas? Este tipo de acciones que apuntan a una marca o un sector ya existen, pero tienen dificultades para obtener resultados duraderos… Los boicots han sido durante mucho tiempo simbólicos porque se dirigían exclusivamente al público en general. Ahora bien, responsabilizar a los consumidores es difícil. Más eficaz es apuntar a los inversores y sus especulaciones con las reacciones del público: no tanto para reanimar su conciencia moral como para despertar su preocupación por la incidencia financiera de una inversión irresponsable. Del mismo modo, las luchas sindicales no se dirigían al buen corazón de los patrones: se trataba más bien –mediante la negociación, las amenazas de huelga, incluso el sabotaje– de incitarlos a medir el costo de su intransigencia. Para los inversores, cualquier elemento que corra el riesgo de afectar el valor financiero de su cartera aumenta su nerviosismo. Esta es una ventaja nada despreciable.

La campaña de desinversión llevada a cabo contra el oleoducto Dakota Access, en Standing Rock, Estados Unidos, es ilustrativa en este sentido. Los siux y los ecologistas que se oponen a la construcción de este oleoducto realizaron tres tipos de acciones: ocuparon el lugar para bloquear la construcción del oleoducto, iniciaron acciones judiciales y presionaron a los inversores. Eficaz hasta la elección de Donald Trump, la ocupación fue luego reprimida violentamente por la policía. Los procesos iniciados en su mayoría fracasaron. En cambio, la campaña de desinversión tuvo un éxito notable, precisamente porque juega con los riesgos y la especulación de la que son objeto: riesgos ambientales, pero sobre todo financieros, asumidos por cualquiera que invierte en un proyecto que posee una reputación deplorable. Así, el fondo soberano noruego, inicialmente muy involucrado, se retiró del proyecto, mientras que la Alcaldía de Seattle, bajo la presión de los militantes, rescindió varios contratos con proveedores de fondos involucrados en el financiamiento del Dakota Access2.

Usted imagina la creación de una «coalición de invertidos». Pero ¿cómo crear una conciencia común entre trabajadores, consumidores y ecologistas, cuyos intereses inmediatos a menudo difieren?

Es la única ventaja de la hegemonía del capital financiero: en relación con los daños causados por las exigencias de los inversores sobre las condiciones de trabajo, la calidad de los productos y el medio ambiente, los conflictos de intereses entre trabajadores, consumidores y militantes ecologistas tienden a atenuarse. Evidentemente, el fortalecimiento de esta solidaridad naciente frente a un adversario común implica un trabajo de contraperitaje y articulación entre las diferentes problemáticas. Ahí es donde el modelo de la agencia de calificación que integra múltiples criterios es interesante para agrupar estos movimientos.

Otra pista de alternativa posible que usted menciona es el «cooperativismo de plataforma», que podría ser una respuesta a la «uberización» en curso de los trabajadores. ¿De qué se trata?

El capitalismo financiarizado produce individuos a los que hoy se denomina «uberizados». Para mí, no se trata de un retorno al proletariado de antaño: el proveedor de tareas creado por el capitalismo de plataformas no se corresponde con el pago a destajo de los trabajadores del siglo xix. El individuo «uberizado» es alguien que, precisamente, trata de hacer valer su crédito, su capital humano y material. El chofer de Uber valoriza el hecho de que dispone de un automóvil, tiene flexibilidad con sus horarios y es amable. En cuanto a los militantes que se oponen al destino que les reservan Uber o Deliveroo, su acción es ambivalente: por un lado, demandan judicialmente para solicitar una recalificación de su trabajo en empleo asalariado. Pero, por el otro, tal como lo señalaba Jérôme Pimot –vocero del colectivo de mensajeros en bicicleta– en una entrevista, consideran que esta lucha por el reconocimiento salarial es simbólica: dado el modelo económico de las startup como Deliveroo o Uber, si la justicia las obliga a emplear choferes o mensajeros con el estatuto de asalariados, quiebran. El reconocimiento de la condición de asalariado sería pues una victoria pírrica: el proceso se gana, pero la empresa se funde y ya no hay más trabajo3.

Sin embargo, Pimot y sus colegas no ven allí un callejón sin salida. A sus ojos, los choferes y mensajeros son perfectamente capaces de adquirir las competencias útiles para crear cooperativas que puedan reemplazar, o al menos competir, con estas plataformas meramente depredadoras. Con respecto a los intentos de autogestión de empresas industriales –como Lip en la década de 1970–, las plataformas presentan la ventaja de requerir un aporte de fondos relativamente modesto. Desde luego, las inversiones masivas con que cuentan las startup como Uber ofrecen un poder de instalación y proyección –especialmente para hacerse conocer– con el cual una cooperativa no puede competir. Este obstáculo puede también superarse parcialmente: una red de cooperativas que operan en diferentes terrenos puede crear un ecosistema y hacerse mutuamente publicidad. Además, los poderes públicos, especialmente municipales, pueden favorecer la consolidación de estos ecosistemas gracias a regulaciones favorables a las iniciativas cooperativistas y desfavorables a las plataformas depredadoras. La Alcaldía de Barcelona es pionera en este campo.

Del mismo modo que administraciones municipales pueden reemplazar a multinacionales del agua, energía u obra pública, que se comportan a menudo como depredadoras…

Exactamente: el capitalismo de plataformas, al igual que sus predecesores, genera resistencias al tiempo que renueva el imaginario político de quienes se esfuerzan por resistirlo. Al respecto, pienso que existen resonancias prometedoras entre tres tipos de reflexiones militantes: el resurgimiento del cooperativismo, pero también la idea, perfectible, del ingreso universal –en la medida en que, disociando la protección social del trabajo asalariado, se dirige a la resistencia del individuo «uberizado»– y la cuestión de los comunes, concebida como un derecho de acceso a los recursos independientemente del régimen de propiedad que se aplica a ellos. La articulación entre estos campos de acción y reflexión delinea un esbozo de sociedad que no se parece ni al socialismo de Estado ni al comunismo utópico. Se trata de un imaginario nuevo que permite rechazar la crítica de los neoliberales a la izquierda, a saber, «ustedes no proponen nada, lo único que quieren es retroceder». En efecto, desde el momento en que el propio capitalismo se dedica a salir de la sociedad salarial –en las peores condiciones de precarización y uberización–, ¿no es una oportunidad para la izquierda de pensar de otra manera esta salida, en vez de militar por la restauración del capitalismo de ayer?

NOTAS:

1. V. Observatorio de las Multinacionales, http://multinationales.org/.

2. Olivier Petitjean: «Quatre banques françaises contre les Sioux du Dakota, expulsés par Trump» en Basta!, 24/2/2017 y «Ces sauveteurs du climat qui commencent à inquiéter l’industrie pétrolière» en Basta!, 4/8/2015.

3. Ludo Simbille: «Ubérisation: l’immense peloton des livreurs à vélo se lance dans la course pour le respect de leurs droits» en Basta!, 11/7/2017.

Camilleri: «Hay partidos de izquierda que realmente tienen objetivos de derechas»

La última entrevista de Camilleri

– El escritor italiano respondió unos días antes de ingresar en el hospital donde ha fallecido a un cuestionario de eldiario.es en el que repasó su última obra, un libro con 12 cuentos inéditos que nada tienen que ver con la novela negra, el género que le convirtió en un referente mundial

– «Entiendo que el mundo nunca se librará de la mafia», lamentaba Camilleri, quien, a pesar de llevar décadas viviendo en Roma, seguía siendo vinculado a su Sicilia natal, donde situó las historias de Salvo Montalbano, su personaje más famoso.

Por Neus Tomás

«Si realmente un día logramos saber qué opinión tienen de nosotros los animales, estoy seguro de que no nos quedará más remedio que desaparecer de la faz del planeta. Yo, afortunadamente, ya no estaré». Esta es una de las reflexiones que Andrea Camilleri dejó escritas en su último libro, ‘La liebre que se burló de nosotros’ (Duomo Ediciones), una recopilación de fábulas que, como señala Fernando Aramburu, merece el calificativo de cuentos deliciosos.

No lo es menos el prólogo que le dedica el novelista vasco en la edición española y que es un merecido homenaje a uno de los autores más queridos en Italia y cuyas obras se han traducido a 120 lenguas (se calcula que son más de 10 millones de ejemplares en todo el mundo).

Camilleri estaba ciego aunque aseguraba que desde que un glaucoma le dejó sin la vista, sus sueños estaban repletos de colores. Fumó hasta casi el último de sus días. En septiembre habría cumplido 94 años y siempre será, por más que le pesase, el padre del comisario Montalbano, -o Salvo, para Livia, su paciente novia-.

Montalbano, sí, por su amigo Manuel Vázquez Montalbán, con quien se comunicaba a la siciliana, con más miradas que palabras. Esas las dejaban ambos para las novelas negras que ya escribían cuando las estanterías de las librerías españolas aún no estaban repletas de impronunciables nombres nórdicos.

Camilleri dictó sus últimos libros. También las respuestas al cuestionario que hace unas semanas le hicimos llegar desde eldiario.es. Fue poco antes de ingresar en el hospital Santo Spirito, donde falleció este martes. Quería hablar poco de Vigàta, el pueblo imaginario en el que vive Montalbano y que en realidad es Porto Empédocle, la localidad natal del escritor. Camilleri nació allí aunque era desde hace muchos años un romano más. Así que en esta, la que fue su última entrevista, hablamos de fábulas que transmiten sabiduría, del desencanto con la política y un poco, claro, de Sicilia.

¿Si Andrea Camilleri pudiese ser un animal, cuál escogería?

Sin duda, un gato. Porque realmente es el rey de los animales. El león es todo fachada. Si realmente un día logramos saber qué opinión tienen de nosotros los animales, estoy seguro de que no nos quedará más remedio que desaparecer de la faz del planeta, cubiertos de vergüenza.

¿Qué es lo que más le avergüenza de lo que está pasando hoy en el mundo de los humanos?

No soy un animalista apasionado pero respeto a los animales. El abandono de los cachorros en las carreteras, que se hace con tanta facilidad, muestra una forma de comportarse que no es antianimalista sino antihumana. Es la ausencia de cualquier piedad. Mi inquietud viene precisamente de reconocer que se están perdiendo algunos valores y niveles de humanidad que considerábamos sólidos después de tantos años: respetar al adversario, mantener las promesas y la lealtad en las relaciones.

Una vez dijo que los italianos querrían ser como Berlusconi y que por eso le votaban. ¿Ahora quieren ser como Salvini?

No, no creo que todos los italianos se identifiquen con la manera de hacer de Salvini. Pero muchos se identifican con su forma de pensar. Para mí, esta ola de pasotismo de los italianos, que afecta precisamente a los valores de los que hablábamos, es validada todos los días por un tuit de Salvini.

Hace diez años confesó en una entrevista que había pasado del cabreo sublime al divertimento. ¿Todavía está en el divertimento o ha cambiado de estado de humor?

Un desánimo grandioso.

¿Qué le pasa a la izquierda en Italia?

¿Y a mí me lo pregunta? Estoy convencido de que todos los políticos de izquierda en Italia se consideran a sí mismos una monada, un mundo único e irrepetible y quieren someter a todos los demás a esta idea. Es una forma diferente de mandar al garete cualquier posibilidad de unión.

¿Y a la izquierda del resto de Europa?

Falta coherencia. Hace cincuenta años la izquierda mundial tenía finalidades similares, hoy en día hay partidos de izquierda que realmente tienen objetivos de derechas, que no tienen nada que ver con los principios de la izquierda.

¿Todavía considera que el Papa Francisco es uno de los mejores que ha habido o ya le ha decepcionado en algo?

Es cierto que es uno de los mejores papas de los últimos cien años. ¿Por qué me tendría que decepcionar un hombre que equipara, porque de esto no hay duda, los principios religiosos con los principios sociales?

Solo una pregunta sobre Montalbano. No le cae bien o al menos dice que no le es simpático. Pero sus lectores son legión. Más que lectores son fans. ¿A qué lo atribuye?

No digo que no me guste decir que Montalbano se ha convertido en un chantajista porque es demasiado invasivo en mi producción literaria. Estoy muy feliz de que él tenga muchos fans y le deseo muchos más.

En España su nombre se asocia siempre al de Manuel Vázquez Montalbán. ¿Qué significó para usted el escritor catalán?

Una gran amistad, un gran afecto, una gran estima mutua.

Usted es siciliano y dice que siempre lo será aunque lleva más de media vida en Roma. ¿Es imposible que Sicilia se libre de la mafia?

Por ahora la pregunta es anticuada. Entiendo que el mundo nunca se librará de la mafia.

Cumplirá 94 años en septiembre. ¿Sigue siendo un fumador empedernido?

Claro.

La entrevista acababa preguntando a Camilleri qué es lo que todavía le quedaba por hacer. «Vivir los días que me quedan», respondió. Los últimos los pasó con sus bisnietas, Matilda y Andrea, gracias a las cuales publicó el recopilatorio de cuentos que terminó hace 10 años pero que no se ha publicado hasta ahora. En él concluye que si un autor escribe un libro, significa que tiene sus motivos para hacerlo. Sería una opinión rebatible. Lo que es poco cuestionable es que siempre habrá un motivo para recuperar un buen Camilleri.

Siete novelas negras imprescindibles de Andrea Camilleri

Fuente: https://www.eldiario.es/cultura/entrevista-Camilleri-izquierda-realmente-objetivos_0_910959633.html

Ruptura en la FARC, caso Santrich y crisis terminal de los acuerdo de paz

Por Decio Machado / Universidad Nómada

La agrupación política Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común (FARC), heredera política de lo que fueran las viejas FARC insurgentes, denuncia en estos días que la Comisión de Seguimiento, Impulso y Verificación a la Implementación de los Acuerdos de Paz (Csivi) está atravesando su momento más crítico desde que tal institución se constituyera. Para los voceros de las FARC, “es propósito del gobierno de Iván Duque desdibujarla completamente hasta llevarla a los escenarios de la inutilidad”.

Es un hecho que desde la salida de Juan Manuel Santos del Palacio de Nariño, las reuniones de dicha comisión se han distanciado en el tiempo y carecen de puntos relevantes en su orden día, pese a la presencia en su condición de “notables” de expresidentes como el uruguayo José Mujica y el español Felipe González.

Los voceros de las FARC califican hoy a dicho organismo como “una instancia de mero trámite formal y sin posibilidad alguna de contribuir al mejoramiento de las condiciones de la implementación” de los acuerdos de paz firmados el 24 de noviembre de 2016 en Bogotá, tras seis años de negociación y medio siglo de confrontación armada en el país.

Pero más allá de la escasa credibilidad que hoy ostentan ante la ciudadanía en general los voceros de las reconvertidas FARC, es un hecho que el gobierno de Iván Duque lidera en la actualidad el más grande movimiento de opinión y acción en contra de los acuerdos de paz impulsados por su antecesor.

Por un lado, el presidente Iván Duque deslegitima las funciones de la Justicia Especial de Paz (JEP) -un organismo creado en marzo de 2017 y cuyo objetivo principal era traer verdad, reparación, perdón y garantías de no repetición-, mientras por otro desfinancia su implementación. Todo ello en un contexto político en el cual se ha incrementado los asesinatos a líderes comunitarios y guerrilleros desmovilizados, así como se ha incrementado  también el número de desplazamiento forzados en territorio colombiano según el último informe anual de la Alta Comisionada de Naciones Unidos para los Derechos Humanos.

Entidades como la Oficina Internacional de Derechos Humanos – Acción Colombia y la Plataforma Colombiana de Derechos Humanos, Democracia y Desarrollo, junto con la CCEEU (Coordinación Colombia – Europa – Estados Unidos) y la Alianza de Organizaciones Sociales y Afines por una Cooperación para la Paz y la Democracia en Colombia manifestaron en un comunicado conjunto: “Existe una profunda preocupación por el desfinancimiento y la falta de respeto gubernamental a los mecanismos del Sistema de Justicia Transicional. A la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), cuya ley estatutaria fue objetada por el presidente Duque, por ejemplo, se le ha asignado en 2019 un presupuesto 28 por ciento menor del previsto para su funcionamiento. La JEP es el instrumento que garantiza los derechos de las víctimas a la verdad, la justicia y la reparación. Tendría que ser intocable.”

En paralelo, el Instituto de Estudios para el Desarrollo y la Paz (Indepaz) cifra en 727 los lideres sociales asesinados en Colombia tras la firma de los acuerdos de paz, y en 140 los ex guerrilleros masacrados.

Disidencias al interior de las FARC

En este contexto, Iván Marquez, ex comandante de las FARC insurgentes y ex negociador durante el proceso de paz, cuyo paradero se desconoce desde agosto de 2018 tras abandonar su curul en el Senado y dejar Bogotá junto a otros ex altos mandos de la extinta guerrilla, publicaba el pasado mes de mayo una carta desde la clandestinidad en la que manifiesta que fue un “grave error” entregar las armas a un “Estado mafioso”.

Textualmente la misiva indica:

“Compañeros de los ETCR (en referencia a los aproximadamente 7.000 guerrilleros que hicieron su proceso de tránsito a la vida civil en los 26 Espacios Territoriales de Capacitación y Reincorporación): en nombre de los comandantes militares del antiguo Estado Mayor Central de las FARC, comandantes de frentes y columnas, impactados por la traición del Estado al Acuerdo de Paz de La Habana, les reiteramos autocráticamente que fue un grave error haber entregado las armas a un Estado tramposo, confiados en la buena fe de la contraparte. Qué ingenuos fuimos al no recordar las sabias palabras de nuestro comandante en Jefe Manuel Marulanda Vélez, cuando nos había advertido que las armas eran la única garantía de cumplimiento de los acuerdos. La triste realidad es que nos pusieron conejo (término colombiano que viene a indicar que “no cumplieron con lo prometido)”.

La carta de Márquez tuvo una inmediata reacción de Rodrigo Londoño, el ex comandante “Timochenko” y líder político de las actuales FARC, quien respondería: “No podemos darle cabida a las voces anónimas o no, que vaticinan el fin del proceso de paz, elaborando tesis apocalípticas, sin mostrar una salida coherente, sin indicarnos un camino cierto a seguir”.

Más allá del conflicto entre los ex comandantes, hoy actuales dirigentes de las FARC como organización política, es un hecho que en el actual estado de deterioro en el que se encuentran los acuerdo de paz, la opción de regresar a las armas significaría un reforzamiento a nivel nacional de las posiciones pro gubernamentales y uribistas más críticas con este proceso. Ellos son los que siempre pronosticaron el fracaso de dichos acuerdos y los supuestos errores gubernamentales cometidos por el ex presidente Santos en esta negociación. La situación lleva a las actuales FARC a un callejón sin salida, no tienen condiciones y legitimidad política para romper los acuerdos de paz y al mismo tiempo el gobierno actual carece de la más mínima voluntad por cumplir con sus compromisos.

Recientemente, Iván Duque declaró ante los medios de comunicación colombianos que los ex comandantes guerrilleros que volvieron a la clandestinidad se encuentran en Venezuela amparados por el régimen de Nicolás Maduro, mentando específicamente los nombres de Iván Márquez; Hernán Darío Velásquez, alias el Paisa y Henry Castellanos, alias Romaña, e impulsando indirectamente un nuevo frente de conflicto diplomático con su vecino estado bolivariano.

La desaparición de este sector disidente de la ex comandancia insurgente se dió inmediatamente después de que otro dirigente guerrillero ex negociador en los proceso de paz de Oslo y La Habana, Jesús Santrich, fuera capturado por cargos de narcotráfico en agosto del pasado año.

Santrich: una historia tortuosa

Jesús Santrich, cuyo nombre real es Seuxis Pausias Hernández Solarte -su padre era profesor de filosofía y estudioso del mundo griego-, militó en las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia por casi tres décadas y fue uno de los miembros de los equipo negociador del acuerdo de paz. Vinculado desde temprana edad a la Juventud Comunista, se destacó en la Universidad del Atlántico como líder estudiantil y activista político. Ya ejerciendo como docente en Sucre, tras licenciarse en Derecho y Ciencias Sociales, su mejor amigo y de quien tomó su alias de guerra fue asesinado en noviembre del 1990 por agentes de la DAS (extinto departamento de seguridad cuyo orígenes se remontan al gobierno de Gustavo Rojas Pinilla en 1953). Inmediatamente después Santrich emprendería camino al monte para incorporarse al Frente 19.

En Sierra Nevada de Santa Marta, Santrich sintonizó con Simón Trinidad y con Iván Márquez, de quien es gran amigo. Su perdida de visión paulatina es consecuencia del síndrome de Leber, una enfermedad que sufre por origen genético y que le afecta a los nervios ópticos. Fue por parte de las FARC el redactor de los acuerdos de paz de La Habana, tarea que compartió con el representante gubernamental Sergio Jaramillo.

Ya en vigor los acuerdos de paz, Santrich fue señalado por supuestamente participar en diciembre del 2016 en una reunión con miembros del Cartel de Sinaloa en el que se negociaba el envío de 10 toneladas de cocaína a Estados Unidos, hecho señalado por un presunto infiltrado de la DEA en dicha organización.

En los acuerdos de paz se establece que todo aquel que reincida en delitos tras la firma de estos serán juzgados por la justicia ordinaria y perderán los beneficios de la JEP, motivo por el cual podrían ser extraditados. Sin embargo, la JEP estableció que no había pruebas definitorias que determinaran en que momento se dieron estos hechos, lo cual significó la puesta en libertad para Jesús Santrich. Pese a ello, inmediatamente después la Fiscalía indicó nuevamente tener otras pruebas determinantes del delito, siendo el ex guerrillero recapturado apenas cruzaba la puerta de la Cárcel La Picota camino de su libertad.

La Corte Suprema de Justicia, institución que pasó a investigar este proceso volvió a ordenar su libertad, al considerar que Santrich gozaba de fuero por su condición de congresista -asumió su curul tres semanas antes- y que tan solo podía ser investigado y juzgado por dicha institución, quedando abierto un proceso formal por la “posible comisión de delitos” de narcotráfico. Poco después Santrich desaparecería, no presentándose a la cita del 9 de julio ante dicha Corte a la cual fue convocado para declarar ante las acusaciones contra él formuladas.

En marcha el proceso para decretar la silla vacía

Los opositores a los acuerdos de paz no tardaron en reacción. La Cámara de Representantes ha dado inicio, de forma reciente, al proceso de declaratoria de la figura de la silla vacía contra el curul de las FARC que ostentaba Santrich.

Lo anterior implicaría que el hoy partido FARC podría perder uno de los 10 escaños que le fueron otorgados mediante los acuerdos de paz de 2016, pues según el Ministerio Público “en ningún caso podrán ser reemplazados en la cámara quienes sean condenados por delitos comunes relacionados con pertenencia, promoción o financiación a grupos armados ilegales o actividades de narcotráfico”.

Walter Benjamin y José Mariátegui: Dos marxistas disidentes contra la ideología del «progreso»

Por Michael Lowy

Dos formas de ruptura en nombre del marxismo con la ideología del Progreso, el evolucionismo positivista, las concepciones lineales de la historia

La ideología del progreso (con o sin comillas) pudo, en la época de la Ilustración, desempeñar un papel crítico y subversivo frente al oscurantismo clerical y el absolutismo monárquico. Es el caso, por ejemplo, de Bosquejo de un cuadro histórico de los progresos del espíritu humano (1793), de Condorcet, o de escritos socialistas utópicos de su discípulo Saint-Simon. Pero a partir la década de 1820, con «Ordre et Progrès» de Auguste Comte, esta ideología se convirtió en una apología del orden industrial y científico burgués. Un ejemplo particularmente sorprendente de conformismo «progresista» es la doctrina «ecléctica» de Víctor Cousin, quien en su Introducción a la Historia de la Filosofía (1828) desarrolló una impresionante «filosofía de vencedores», que asociaba con admirable elegancia el éxito de los vencedores y el progreso de la civilización:

Yo absuelvo la victoria como necesaria y útil; yo comienzo ahora a absolverla como justa, en el sentido más estricto de la palabra; me comprometo a demostrar la moralidad del éxito. Por lo general vemos en el éxito que el triunfo de la fuerza es una suerte de simpatía sentimental que nos lleva hacia el vencido; espero haber demostrado que como siempre hay un vencido, y que el vencedor es siempre el que debe ser, es necesario probar que el vencedor no solo sirve a la civilización, sino que es mejor, más moral, y que por eso es el vencedor. Si no fuera así, habría una contradicción entre moral y civilización, lo que es imposible, siendo que la una y la otra son dos lados, dos elementos distintos pero armoniosos de la misma idea.1

La filosofía de la historia de Hegel representa una versión más dialéctica del dogma «progresista». Hegel reconoce que la historia aparece, a primera vista, como un inmenso campo de ruinas donde resuenan «las lamentaciones sin nombre de los individuos», un altar donde «se sacrificaba la felicidad de los pueblos […] y la virtud de los individuos.» Frente a esta «imagen aterradora», frente al «espectáculo distante de la masa confusa en ruinas», uno estaría inclinado a «un dolor profundo, inconsolable, que nada puede apaciguar», una profunda rebelión y aflicción moral. Sin embargo, debemos ir más allá de este «primer balance negativo» y superar esas «reflexiones sentimentales» para comprender lo esencial, es decir, que estas ruinas no son sino medios al servicio del destino sustancial, el «verdadero resultado de la historia universal»: la marcha de la Razón, la realización del Espíritu universal. 2

Se encuentra un eco de este «ardid de la Razón» (List der Vernunft) hegeliano en ciertos textos de Marx: por ejemplo, sobre la colonización de la India. Por otro lado, el capítulo sobre la acumulación primitiva de El capital está muy lejos de esta visión de la temporalidad histórica como un Progreso inevitable. Esto no impide que predomine en el marxismo del siglo XX, ya sea en su forma socialdemócrata o comunista (estalinista).

Walter Benjamin, el judío de cultura alemana, y José Carlos Mariátegui, el brillante intelectual peruano, representan dos visiones disidentes en el campo del marxismo. Ambos pertenecen a universos geográficos, culturales e históricos muy diferentes, y cada uno ignoraba los escritos del otro. Benjamin no conocía nada sobre el marxismo latinoamericano, y Mariátegui conocía bien la cultura marxista europea, pero no leía alemán. A pesar de esta distancia, tienen muchos elementos comunes: podemos hablar de una verdadera afinidad entre sus pensamientos. Ambos comparten una crítica romántica de la civilización occidental moderna y un rechazo al dogma del progreso en la historia. Nos ocuparemos aquí especialmente de este aspecto, pero también tienen otras convergencias: adhesión (en una forma poco ortodoxa) a las ideas comunistas, simpatía por la figura de León Trotsky, un gran interés por Georges Sorel, una verdadera fascinación por el surrealismo y una visión «religiosa» del socialismo. Esta afinidad es aún más asombrosa porque, como hemos señalado, no hay ninguna «influencia» de uno sobre el otro.

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El objetivo de Walter Benjamin (1892-1940) es profundizar y radicalizar la oposición entre el marxismo y las filosofías burguesas de la historia, agudizar su potencial revolucionario y elevar su contenido crítico. Es con este espíritu que él define tajantemente la ambición de Passagenwerk, el proyecto Passages parisiens, reeditado en la década de 1930, pero que dejó sin terminar:

También se puede considerar como meta seguida metodológicamente en este trabajo la posibilidad de un materialismo histórico que haya aniquilado (annihiliert) en sí mismo la idea del progreso. Es precisamente oponiéndose a los hábitos del pensamiento burgués que el materialismo histórico encuentra sus fuentes.3

Ese programa no implicaba ningún «revisionismo», sino, como Karl Korsch había intentado hacer en su propio libro –una de las principales referencias de Benjamin–,un retorno al propio Marx.

En su último escrito, su «testamento filosófico», Thèses sur le concept de l’histoire (1940), Benjamin describe el Progreso como una tormenta catastrófica que nos aleja del Paraíso, acumulando ruinas y víctimas. Su enfoque consiste exactamente en revertir la visión hegeliana de la historia, desmitificando el progreso y fijando un registro marcado de un profundo e inconsolable dolor –pero también de una profunda revuelta moral– sobre las ruinas que produce. Estos no son, como en Hegel, los testigos de la «caducidad de los imperios» –el autor de La Raison dans l’Histoire menciona los de Cartago, Palmira, Persépolis, Roma4– sino más bien una alusión a las grandes masacres de la historia –de ahí la referencia a los «muertos»– y a las ciudades destruidas por las guerras: desde Jerusalén, arrasada por los romanos, hasta las ruinas de Guernica y Madrid, las ciudades de la España republicana bombardeadas por la Luftwaffe en 1936-1937. Contra la historia como el «cortejo victorioso de los vencedores», Benjamin propone «limpiar la historia hacia atrás» cepillar a contrapelo (Gegen den Strich), considerando el punto de vista de las víctimas del «Progreso», y de aquellos que, como Espartaco, lucharon por la emancipación de los oprimidos.

¿Por qué designar el Progreso como una tormenta? El término también aparece en Hegel, quien describe «el tumulto de los acontecimientos del mundo» como una «tormenta que sopla sobre el presente». 5 Pero en Benjamin la palabra probablemente proviene del lenguaje bíblico, que evoca la catástrofe, la destrucción: es en una tempestad (de agua) que la humanidad se ahogó en el diluvio, y es por una tormenta de fuego que Sodoma y Gomorra fueron arrasadas. La comparación entre la inundación y el nazismo es también sugerida por Benjamin en una carta a Scholem de enero de 1937, en la que compara su libro Deutsche Menschena con un «arca –construida “según el modelo judío”– frente al aumento del diluvio fascista.»6

Pero este término también evoca el hecho de que, para la ideología conformista, el Progreso es un fenómeno «natural», gobernado por las leyes de la naturaleza y, como tal, inevitable, irresistible. En una de las notas preparatorias, Benjamin critica explícitamente este enfoque «naturalista» positivista del evolucionismo histórico: «El proyecto de descubrir “leyes” para la sucesión de eventos no es la única, y mucho menos la más sutil de las formas que ha tomado la asimilación de la historiografía a la ciencia natural.»7

La crítica de la ideología burguesa del Progreso es, por lo tanto, inseparable para Benjamin de este positivismo. En una carta a Horkheimer, el 22 de febrero de 1940, escrita en francés, le explica a su amigo el objetivo de sus notas sobre el concepto de la historia: «establecer una escisión definitiva entre nuestra manera de ver y las supervivencias del positivismo que acechan incluso, las concepciones históricas de la izquierda.»8 El positivismo aparece así, a los ojos de Benjamin, como el denominador común de las tendencias que él critica: el historicismo conservador, el evolucionismo socialdemócrata, el marxismo vulgar (especialmente de factura estalinista).

La crítica que Benjamin formula al historicismo está inspirada en la filosofía marxista de la historia, pero también tiene un origen nietzscheano. En una de sus obras de juventud, De l’utilité et de l’inconvénient de l’histoire pour la vie (citado en la epístola de la Tesis XII), Nietzsche ridiculiza la «admiración desnuda del éxito» de los historicistas, su «idolatría por lo factual» (Götzerdienste des Tatsächlichen) y su tendencia a inclinarse ante el «poder de la historia». Puesto que el Diablo es el maestro del éxito y del progreso, la verdadera virtud consiste en levantarse contra la tiranía de la realidad y nadar contra la corriente histórica. Existe un vínculo evidente entre este panfleto nietzscheano y la exhortación de Benjamin a escribir la historia gegen den Strich. Pero las diferencias no son menos importantes: mientras que la crítica de Nietzsche al historicismo es en nombre de «La vida» o del «Ser heroico», la de Benjamin habla en nombre de los vencidos. Como marxista, este último se sitúa en las antípodas del elitismo aristocrático de la primera, y opta por identificarse con los «condenados de la tierra», los que yacen bajo las ruedas de estas majestuosas y magníficas carrozas llamadas Civilización y Progreso.

La protesta romántica contra la modernidad capitalista se formula siempre en nombre de un pasado idealizado, real o mítico. ¿Cuál es el pasado que sirve de referencia al marxista Walter Benjamin en su crítica de la civilización burguesa y las ilusiones del progreso? Si en los escritos teológicos de la juventud a menudo es una cuestión del Edén bíblico, en los años 30 es el comunismo primitivo el que desempeña este papel, como también con Marx y Engels, discípulos de la antropología romántica de Maurer, Morgan y Bachofen. La idea de un paraíso perdido –el comunismo primitivo de la teoría marxista, el matriarcado según Bachofen, la «vida anterior» de Baudelaire– atormenta los últimos escritos de Benjamin e inspira la idea de la utopía, de una sociedad sin clases, sin Estado y sin dominio patriarcal. Este último aspecto merece ser subrayado, en la medida en que era bastante raro en el marxismo de los años 30.

El relato de Bachofen, escrito por Benjamin en 1935 (en francés), es una de las claves más importantes para entender su utopía de inspiración a la vez marxista y libertaria, romántica y «matriarcal». La obra de Bachofen, escrita basándose en «fuentes románticas», ha fascinado a marxistas y a anarquistas (como Elisée Reclus) con su «evocación de una sociedad comunista en los albores de la historia». Refutando las interpretaciones conservadoras (Klages) y fascistas (Bäumler), Benjamin se refiere a la interpretación, inspirada en Marx y Freud, de Erich Fromm. Subraya que Bachofen «había escudriñado en una profundidad inexplorada las fuentes que a través de las épocas alimentaron el ideal libertario que Reclus reivindicaba». En cuanto a Engels y Paul Lafargue, su interés también fue atraído por la obra del antropólogo suizo en las sociedades matriarcales, en las que habría existido un grado considerable de democracia e igualdad civil, así como las formas de comunismo primitivo que significaron una verdadera «agitación del concepto de autoridad.»9 Es indudable que es en Bachofen en quien Benjamin piensa cuando escribe en París capital del siglo XIX (1935) que los sueños del futuro están siempre «casados» con elementos provenientes de la historia arcaica (Urgeschichte), es decir de una «sociedad sin clases» primitiva. Depositadas en el inconciente colectivo, las experiencias de esta sociedad, «en conexión recíproca con lo nuevo, dieron nacimiento a la utopía.»10

Las sociedades arcaicas de la Urgeschichte son también las de la armonía entre los seres humanos y la naturaleza, destrozadas por el «progreso». Un nombre representa para Benjamin la promesa de una futura reconciliación con la naturaleza: Fourier. En su opinión, su obra constituye un ejemplo paradigmático de la conjunción entre lo viejo y lo nuevo en una utopía que da nueva vida a los símbolos primitivos (Uralte) del deseo.11

La propuesta de Benjamin –la historia a contrapelo– sugiere un nuevo método, un nuevo acercamiento, una perspectiva «desde abajo» que podría aplicarse en todos los campos de las ciencias sociales: la historia, la antropología, la ciencia política. Su punto de vista, sin embargo, sigue siendo eurocéntrico: el objeto de su reflexión es casi exclusivamente la historia europea. Una de las raras excepciones de esta limitación es una nota sobre Bartolomé de Las Casas y su lucha contra el exterminio colonial de indígenas en México.

Se trata de un documento muy breve, pero considerablemente interesante, que ha sido completamente olvidado por los críticos y los estudiosos de su obra: el informe que publicó en 1929 sobre el libro de Marcel Brion basado en Bartolomé de Las Casas, el famoso obispo que asumió la defensa de los indios en México. El libro de Marcel Brion es Bartholomé de Las Casas. «Père des Indiens», París, Plon, 1928, y el comentario de Benjamin apareció en la revista alemana Die Welt Literarische el 21/06/1929. La Conquista, primer capítulo de la historia colonial europea, escribe Benjamin, «transformó el mundo recién conquistado en una sala de tortura». Las acciones de la «soldadesca hispana» crearon una nueva configuración del espíritu (Geistesverfassung) «que no se puede representar sin horror (Grauen)». Como toda colonización, la del Nuevo Mundo tuvo razones económicas –los inmensos tesoros de oro y plata de las Américas– que los teólogos oficiales trataron de justificar con argumentos jurídico-religiosos: «América es un bien sin propietarios; la sumisión es una condición de la misión; intervenir contra los sacrificios humanos de los mexicanos es un deber cristiano.» Bartolomé de Las Casas, «un combatiente heroico en las posiciones más expuestas, luchó por la causa de los pueblos indígenas enfrentando, durante la célebre disputa de Valladolid (1550), al cronista y cortesano Sepúlveda, “el teórico de la razón de Estado”, logrando finalmente obtener del rey de España la abolición de la esclavitud y de la “encomienda” (forma de esclavitud), medidas que nunca fueron efectivamente aplicadas en las Américas.»

Aquí observamos, destaca Benjamin, una dialéctica histórica en el campo de la moral: «en nombre del cristianismo, un sacerdote se opone a las atrocidades (Greuel) que se cometen en nombre del catolicismo», del mismo modo que otro sacerdote, Sahagún, salvó en su obra la herencia india destruida bajo el patrocinio del catolicismo.12

Incluso si se trata de un pequeño informe, el texto de Benjamin es una aplicación fascinante de su método, interpretar la historia del pasado de América desde el punto de vista de los vencidos, utilizando el materialismo histórico. Es también notable su observación sobre la dialéctica cultural del catolicismo, casi una intuición de la futura teología de la liberación.

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El peruano José Carlos Mariátegui (1894-1930) no es solo el marxista latinoamericano más importante y el más creativo, sino también un pensador cuya obra, por su fuerza y originalidad, tiene un alcance universal. Su marxismo herético tiene profundas afinidades con algunos de los grandes escritores del marxismo occidental: Antonio Gramsci, Ernst Bloch, Georg Lukacs y especialmente Walter Benjamin. En el corazón de la heterodoxia mariateguiana, de la especificidad de su discurso filosófico y político marxista, se encuentra, como en Walter Benjamin, un núcleo irreductiblemente romántico. Pero a diferencia de este último, rompe con todo el enfoque eurocéntrico: escribe desde el punto de vista de los indígenas de la América Latina, rechaza la visión de la historia del colonialismo europeo, y reclama un comunismo inca para pensar el socialismo indoamericano del futuro.

Fundador de la Confederación General de Trabajadores del Perú y del Partido Socialista del Perú (afiliado a la Internacional Comunista), es sobre todo conocido por su libro 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana (1928), pero su obra, que se reclama de Marx y Sorel, de Miguel de Unamuno y André Breton, toca un conjunto de cuestiones de la cultura revolucionaria: la relación entre el socialismo, la ética y la religión, la conexión entre el pasado y el futuro del comunismo, el lugar del mito en las luchas emancipadores, etc.

La cosmovisión romántica/revolucionaria de Mariátegui, tal como la formula en su célebre ensayo de 1925 «Dos concepciones de la vidaۛ◌», se opone a lo que él llama «la filosofía evolucionista, historicista, racionalista», con su «culto supersticioso del progreso», la aspiración de un retorno al espíritu de aventura, a los mitos heroicos, al romanticismo y al «donquijotismo» (término que tomó de Unamuno). En este proceso, afirma ser un pensador socialista que, como Georges Sorel, refuta las ilusiones del progreso. Dos corrientes románticas que rechazan esta «plana y cómoda» ideología positivista, enfrentando en una lucha a muerte: el romanticismo de la derecha, fascista, que quiere retornar a la Edad Media, y el romanticismo de la izquierda, comunista, que quiere avanzar hacia la utopía. Despertadas por la guerra, las «energías románticas del hombre occidental» encontraron su expresión en la Revolución Rusa, que logró dar a la doctrina socialista «un alma combatiente y mística.»13

En otro artículo «programático» de la misma época, «El hombre y el mito», Mariátegui se regocija ante la crisis del racionalismo y el colapso del «mediocre edificio positivista». Ante el «alma desencantada» de la civilización burguesa, que menciona Ortega y Gasset, hizo suya el «alma encantada» (Romain Rolland) de los creadores de una nueva civilización. El mito (en el sentido soreliano) es su respuesta a la l’entzauberung der Welt (Weber) y a la pérdida de sentido en ese asombroso pasaje, pleno de exaltación romántica, que parece prefigurar la teología de la liberación:

La inteligencia burguesa se entretiene en una crítica racionalista del método, de la teoría, de la técnica de los revolucionarios. ¡Qué incomprensión! La fuerza de los revolucionarios no está en su ciencia; está en su fe, en su pasión, en su voluntad. Es una fuerza religiosa, mística, espiritual. Es la fuerza del Mito. La emoción revolucionaria, como escribí en un artículo sobre Gandhi, es una emoción religiosa. Los motivos religiosos se han desplazado del cielo a la tierra. No son divinos; son humanos, son sociables.14

Este es un enfoque único, que no tiene analogías con la propuesta de Walter Benjamin en sus Tesis de 1940, de restaurar el poder mesiánico y, por lo tanto revolucionario, del materialismo histórico mediante una asociación con la teología.

Es principalmente a causa de sus análisis y propuestas sobre el Perú, que Mariátegui fue tratado por sus censores ideológicos como un pensador «romántico». En primer lugar, porque no aceptó la tesis de la Komintern según la cual una transformación «democrático-burguesa y anti feudal» –es decir, una forma de progreso capitalista– era una etapa necesaria para resolver los urgentes problemas de las masas populares, especialmente campesinas, en el Perú. Por el contrario, consideraba la revolución socialista como la única alternativa a la dominación del imperialismo y de los terratenientes. Y sobre todo porque creía que esta solución socialista podría tener como punto de partida las tradiciones de la comunidad de los campesinos andinos, los vestigios del «comunismo inca», propuesta identificada por sus adversarios «ortodoxos» de la Komintern con la de los populistas rusos.

Charles Péguy, el eminente socialista «místico» y romántico, escribió: «Una revolución es un llamado de una tradición menos perfecta a una tradición más perfecta, un llamado de una tradición menos profunda a una tradición más profunda, un revés de tradición a un adelanto profundo, una búsqueda de sus fuentes más profundas, en el sentido literal de un recurso … »15 Esto se aplica palabra por palabra a Mariátegui: contra el tradicionalismo conservador de la oligarquía, el romanticismo retrógrado de las elites y la nostalgia del período colonial, es necesario recurrir a una tradición más antigua y más profunda: la de las civilizaciones indígenas precolombinas. «El pasado inca entró en nuestra historia como una reivindicación no de los tradicionalistas sino de los revolucionarios. En este sentido constituye una derrota del colonialismo […] La revolución ha reivindicado nuestra tradición más antigua.»16

Mariátegui llamó a esta tradición «comunismo inca». La expresión se presta a controversia. Debemos recordar, sin embargo, que la marxista poco sospechosa de «populismo» y «nacionalismo romántico» que fue Rosa Luxemburgo también definió así el régimen socioeconómico de los incas. En su Introducción a la crítica de la economía política, publicada (en Alemania) en 1925, que Mariátegui probablemente no conoció, califica la civilización inca como una formación social comunista. Celebrando las «instituciones democráticas comunistas de la Marca peruana», se regocija de la «admirable resistencia del pueblo indio en el Perú y de las instituciones comunistas agrarias que se conservaron hasta el siglo XIX.»17

Mariátegui no dijo otra cosa, excepto que creía en la persistencia de las comunidades hasta el siglo XX. Se podría comparar esta constelación entre el pasado y el futuro, el comunismo inca y el comunismo moderno, con el argumento de Walter Benjamin sobre el vínculo entre el comunismo primitivo prehistórico y las utopías socialistas y libertarias modernas. La diferencia consiste en que la relación con el pasado arcaico era para Benjamín una cuestión de recuerdo, mientras que para el marxista peruano se trataba de una tradición viva, en el corazón de la estrategia revolucionaria actual.

El análisis de Mariátegui se basa en la obra del historiador peruano César Ugarte, para quien el cimiento de la economía inca fue el ayllu, conjunto de familias unidas por parentesco que disfrutó de la propiedad colectiva de la tierra; y la marca, federación de ayllus que tenía la propiedad colectiva de aguas, pastos y bosques. Mariátegui introdujo una distinción entre el ayllu, creado por las masas anónimas a través de miles de años, y el sistema económico unitario fundado por los emperadores incas. Insistiendo en la eficiencia económica de esta agricultura colectivista y en el bienestar material de la población, Mariátegui concluye en sus 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana (1928): «El comunismo incaico, que no puede ser negado o disminuido porque se desarrolló bajo el régimen autocrático de los incas, puede ser designado como un comunismo agrario.» Refutando la concepción «progresista» lineal y eurocéntrica de la historia impuesta por vencedores, sostiene que la conquista colonial «destruyó y desorganizó la economía agraria inca, sin reemplazarla por una forma superior.»18

¿Idealización romántica del pasado? Puede ser. En todo caso, Mariátegui distinguió de la manera más categórica entre el comunismo agrario y despótico de las civilizaciones precolombinas y el comunismo de nuestro tiempo, heredero de conquistas materiales y espirituales de la modernidad. En una larga nota a pie de página, que constituye en realidad uno de los aspectos más destacados de los 7 siete ensayos, Mariátegui proporciona la siguiente precisión, que no ha perdido su relevancia noventa años después:

El comunismo moderno es una cosa distinta del comunismo incaico […] Uno y otro comunismo son un producto de diferentes experiencias humanas. Pertenecen a distintas épocas históricas. Constituyen la elaboración de disímiles civilizaciones. La de los incas fue una civilización agraria. La de Marx y Sorel es una civilización industrial […] La autocracia y el comunismo son incompatibles en nuestra época; pero no lo fueron en sociedades primitivas. Hoy un orden nuevo no puede renunciar a ninguno de los progresos morales de la sociedad moderna. El socialismo contemporáneo –otras épocas han tenido otros tipos de socialismo que la historia designa con diversos nombres– es la antítesis del liberalismo; pero nace de su entraña y se nutre de su experiencia. No desdeña ninguna de sus conquistas intelectuales. No escarnece y vilipendia sino sus limitaciones.19

Esta posición, calificada de «socialismo pequeñoburgués» por sus críticos, era básicamente la sugerida por Marx en su carta a Vera Zasulich (ciertamente desconocida para Mariátegui). En ambos casos encontramos la intuición profunda, en el contexto de las erradas visiones lineales de la historia, que el socialismo moderno, especialmente en los países con una estructura agraria, deberá enraizarse en las tradiciones vernáculas, en la memoria colectiva campesina y popular, en la supervivencia social y cultural de la vida comunitaria precapitalista, en las prácticas de autoayuda, solidaridad y propiedad colectiva de la Gemeinschaftrural.

Como observa Alberto Flores Galindo, la característica esencial del marxismo de José Carlos Mariátegui –en contraste con la de los ortodoxos de la Komintern– es el rechazo a la ideología del progreso y la imagen lineal y eurocéntrica de la historia universal.20

Mariátegui fue acusado por sus críticos tanto de tendencias «europeizantes» (los apristas) como de «romanticismo nacionalista» (los estalinistas): en realidad, su pensamiento es un intento de superar dialécticamente este tipo de dualidad fijada entre lo universal y lo particular.

En un texto clave, «Aniversario y balance», publicado en la revista Amauta en 1928, esta tentativa está formulada en algunos párrafos que resumen de manera sorprendente su filosofía política y que parecen constituir su mensaje a las futuras generaciones del Perú y de la América Latina. Su punto de partida es el carácter universal del socialismo:

El socialismo no es, indudablemente, una doctrina indoamericana […] Aunque nació en Europa, como el capitalismo, no es específicamente o particularmente europeo. Es un movimiento global, del cual no escapa ningún país que se mueva en la órbita de la civilización occidental. Esta civilización conduce, con una fuerza y medios que ninguna otra civilización ha dispuesto, a la universalidad.

Pero insiste simultáneamente en la especificidad del socialismo en la América Latina, enraizada en su propio pasado histórico:

El socialismo está en la tradición americana. La más avanzada organización comunista primitiva que registra la historia es la incaica. […] No queremos, ciertamente, que el socialismo sea en América calco y copia. Debe ser creación heroica. Tenemos que dar vida, con nuestra propia realidad, en nuestro propio lenguaje, al socialismo indoamericano. He aquí una misión digna de una generación nueva.21

Aquí encontramos la constelación entre el pasado y el futuro, propia del romanticismo revolucionario, en desacuerdo radical con las doctrinas dominantes del movimiento comunista al que pertenecía.

Para concluir: Walter Benjamin y José Carlos Mariátegui representan dos formas muy diferentes –por su contexto cultural y su gramática filosófica– de ruptura en nombre del marxismo con la ideología del Progreso, el evolucionismo positivista, las concepciones lineales de la historia, como también en su forma burguesa aquella del «progresismo» de izquierda…Ellos contribuyeron, cada uno a su manera singular y atípica, a repensar en nuevos términos el curso de la historia, la relación entre pasado, presente y futuro, las luchas emancipadoras de los oprimidos y la revolución.

NOTAS:

*Ponencia presentada en el Simposio Internacional en Conmemoración del 90o Aniversario de 7 Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana que, organizado por la Cátedra José Carlos Mariátegui, dirigida por Sara Beatriz Guardia, tuvo lugar en Lima los días 18 y 19 de 2018.

1 Cousin: Cours de philosophie. Introduction à la philosophie de l’histoire, 1828, Paris, Fayard, 1991, p. 242. Cité par Michèle Riot-Sarcey: Le réel et l’utopie. Essai sur le politique au XIXème siècle, París, Albein Michel, 1988, p.44.

2 Hegel : La Raison dans l’Histoire. Introduction à la Philosophie de l’Histoire, Paris, 10/18, 1965, p.103.

3 Walter Benjamin: Passagenwerk-Gesammelte Schriften (GS), Frankfurt am Main, Suhrkamp Verlag. 1974, V, p.474.

4  Hegel: La Raison dans l’Histoire, p.54.

5  Ibíd.p. 35.

6 Gershom Scholem: Walter Benjamin-Die Geschichte einer Freundschaft, Fráncfort/Main,Suhrkamp, 1975, p.252.

7 Walter Benjamin: Über den Begriff der Geschichte (1940), Gesammelte Schriften (GS),Frankfurt am Main, Suhrkamp Verlag, 1968, I, 3 p. 1231.

8 Ibíd. p.1225.

9 W.Benjamin: «Johan Jakob Bachofen», 1935, GS II, 1, pp. 220-230.

10 W. Benjamin: «Paris, die Hauptstadt des XIX. Jahrhunderts», 1935, GS, V,1, p. 47.

11 Ibíd.p.47.

12 W.Benjamin: Gesammelte Schriften, Frankfurt am Main, Suhrkamp Verlag, 1980, Band III, pp. 180-181.

13 J.C. Mariátegui: «Dos concepciones de la vida», El Alma Matinal, Lima, Ediciones Amauta, 1971, pp. 13-16.

14 J.C.Mariátegui: «El Hombre y el Mito», 1925, El Alma Matinal, pp. 18-22.

15 Charles Péguy: Oeuvres en Prose, Paris, Pléiade, 1968, pp.1359-1361.

16 J.C. Mariátegui: «La tradición nacional», 1927, Peruanicemos el Perú, Lima, Amauta, 1975, p.121.

17 R. Luxemburg: Introduction à la Critique de l’Economie Politique, Paris, Anthropos, 1966, pp. 141, 145, 155.

18 J.C. Mariátegui: 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana, 1928, Lima, Amauta, 1976, pp. 54, 55, 80. El libro citado por Mariátegui es Bosquejo de la historia económica del Perú.

19 J.C. Mariátegui: 7 ensayos… pp. 78-80.

20 Alberto Flores Galindo: La agonía de Mariátegui. La polémica con la Komintern, Lima, Desco, 1982, p. 50.

21 J.C.Mariátegui: «Aniversario y balance», 1928, Ideología y política, pp. 248-249.

La izquierda ante los derechos humanos en Venezuela

Por Raúl Zibechi

La expresidenta de Chile nunca había sido cuestionada por las izquierdas y los progresismos hegemónicos a causa de sus políticas hacia el pueblo mapuche o por su alineamiento con empresarios neoliberales. Bajo sus dos mandatos presidenciales, sí fue severamente cuestionada, en cambio, por relatores especiales de derechos indígenas y órganos de las Naciones Unidas por la aplicación de la ley antiterrorista en el conflicto entre el Estado chileno y la nación mapuche.Ahora aparece una catarata de críticas contra Bachelet emitidas por “intelectuales” afines al progresismo, porque en su calidad de Alta Comisionada de la ONU para los Derechos Humanos denuncia con datos creíbles, y confirmados desde Venezuela, la violencia sistemática del régimen, que se cobra, en promedio, alrededor de 400 asesinatos extrajudiciales cada mes a manos de los aparatos de seguridad del Estado (y de grupos informales apoyados por ellos). Denuncia torturas, detenciones arbitrarias, violencia sexual y uso de fuerza excesiva y letal contra manifestantes opositores.

Buena parte de los críticos de la expresidenta chilena –por la que no siento la menor simpatía política– callaron cuando se reprimía a los pueblos, pero ahora corren, presurosos, a defender a un Estado y a sus aparatos represivos. Lo hacen por razones geopolíticas, porque en sus cálculos mezquinos Venezuela es una pieza en la lucha contra la hegemonía estadounidense en la región y el mundo.

En rigor, no desmienten ninguna de las afirmaciones del informe presentado por Bachelet, sino que se limitan a desacreditar a la persona que lo rubrica. Si colocar al Estado por delante y por encima de la gente común organizada en movimientos es ya de por sí grave, denigrar al acusador sin responder las acusaciones remite a una historia bien conocida por las izquierdas del mundo. Es la política que utilizó José Stalin, hasta la paranoia, contra sus adversarios políticos. Miles de comunistas y millones de soviéticos cayeron en sus garras, con el silencio cómplice de la inmensa mayoría de los comunistas del resto del mundo.

Se dirá que quienes apelamos a la ética como argamasa de la política somos ingenuos incorregibles, destinados a caer bajo las balas del realismo de los enemigos. Los que eso dicen olvidan, sin embargo, que las mejores tradiciones del campo rebelde, y algunas de sus mayores creaciones, fueron devoradas por un pragmatismo ramplón que convirtió a las fuerzas del cambio en opresoras, que desacreditaron todo intento por hacer del mundo un lugar mejor.

Los desastres del estalinismo (desde la revolución española hasta Sendero Luminoso, pasando por los crímenes de Roque Dalton y la comandante Ana María en El Salvador) nunca fueron analizados a fondo por las plumas mercenarias. Todavía hay quienes defienden a un violador y genocida de nombre Daniel Ortega, siempre con la excusa del imperialismo y otras estupideces.

Estamos ante un doble recodo de la historia que habrá de cambiar el mundo para siempre. Uno, marcado a fuego por el conflicto entre naciones imperialistas (Estados Unidos, China, Rusia) para hacerse con la hegemonía mundial. Otro, transitado por las feministas y los pueblos originarios, que, con su empeño antipatriarcal y anticolonial, abren grietas profundas en la dominación.

No se puede estar con un pie en cada lado. Los que eligieron el poder estatal y la acción desde arriba serán o bien relegados por los movimientos de abajo, o bien se convertirán, como en Nicaragua y Venezuela, en sus verdugos.

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