La tragedia de «La tragedia de los comunes»

Por Matto Mildenberger

Hace cincuenta años, Garrett Hardin, profesor de la Universidad de California, escribió un influyente ensayo en la revista Science. Hardin consideraba a todos los seres humanos pastores egoístas: nos preocupa que el ganado de nuestros vecinos paste en la mejor hierba. De manera que mandamos más vacas nuestras a consumir la hierba primero. Las llevamos primero antes de que algún otro nos robe nuestra parte. Así se crea un círculo vicioso de degradación ambiental que Hardin describió como la “tragedia de los comunes”.

Es difícil exagerar la repercusión de Hardin en el medioambientalismo moderno. Sus puntos de vista se enseñan en ecología, en economía, en ciencias políticas y estudios medioambientales. Su ensayo sigue siendo un taquillazo académico, con casi 40.000 citas. Todavía se sigue publicando en destacadas antologías ambientales.

Pero aparecen aquí algunas verdades incómodas: Hardin era un racista, eugenista, nativista e islamófobo. El Centro Legal para la Pobreza Sureña [Southern Poverty Law Center, ONG norteamericana de derechos civiles fundada en 1971] lo cataloga como reconocido nacionalista blanco. Sus escritos y su activismo político contribuyeron a inspirar el odio a los inmigrantes que hoy se disemina por los Estados Unidos.

Y promovió una idea llamada “ética del bote salvavidas”: puesto que los recursos globales son finitos, Hardin creía que los ricos deberían lanzar a los pobres por la borda para mantener su bote por encima del agua.

Para crear un futuro justo y dinámico, nos hace falta, por el contrario, echar por la borda a Hardin y su defectuosa metáfora.

A quienes revisan el ensayo original de Hardin les espera una sorpresa. Sus seis páginas están repletas de apelaciones al miedo. Los subtítulos proclaman que “la libertad de engendrar es intolerable”. Opina largo y tendido acerca de los beneficios de que “los hijos de padres carentes de previsión se mueran de hambre”. Unos cuantos párrafos más tarde escribe Hardin: “Si amamos la verdad debemos negar abiertamente la validez de la Declaración Universal de los Derechos Humanos”. Y así una y otra vez. Hardin apela prácticamente a un Estado fascista que borre el acervo génico indeseado.

O que construya un muro que deje fuera a los inmigrantes. Hardin fue un virulento nativista cuyas ideas inspiraron algunas de las ideas más desagradables contrarias a los inmigrantes. Era de la creencia de que sólo podían sobrevivir las sociedades racialmente homogéneas. Estuvo asimismo implicado en la Federación para la Reforma de la Inmigración Norteamericana (Federation for American Immigration Reform -FAIR), un grupo de odio que aclama hoy las medidas políticas racistas del presidente Trump. Hoy en día, los neonazis norteamericanos citan las teorías de Hardin para justificar la violencia racial.

Y esas no eran simples palabras en papel. Hardin presionó al Congreso para que no enviara ayuda alimentaria a países pobres, pues creía que la población de los mismos amenazaba la “capacidad de carga” del planeta.

Por supuesto, mucha gente equivocada ha dejado ideas nobles tras de sí. Que esa tragedia de Hardin se avanzara como parte de un proyecto nacionalista blanco no debería condenar automáticamente sus méritos.

Pero los hechos no estaban del lado de Hardin. Para empezar, entendió mal la historia de los comunes. Tal como apuntó Susan Cox, los primeros pastos estaban bien regulados por instituciones locales. No eran lugares de pastoreo a la buena de Dios, de los que la gente se aprovechaba una y otra vez a expensas de todos los demás.

Muchos comunes se han sostenido de manera semejante a través de instituciones comunitarias. Este llamativo hallazgo fue la obra de toda una vida de Elinor Ostrom, que ganó en 2009 el Premio Nobel de Economía (técnicamente denominado Premio del Sveriges Riksbank en Ciencias Económicas en Memoria de Alfred Nobel). Recurriendo a las herramientas de la ciencia — antes que a las del odio— Ostrom mostraba la diversidad de instituciones que han creado los seres humanos para gestionar un medio ambiente compartido.

Por supuesto, los seres humanos pueden agotar recursos finitos. Así sucede con frecuencia cuando carecemos de instituciones apropiadas para gestionarlos. Pero no le atribuyamos a Hardin el crédito de esta intuición común. Hardin no presentaba un caso científico informado. Por el contrario, estaba utilizando las inquietudes provocadas por la escasez medioambiental para justificar la discriminación racial.

Debemos rechazar sus perniciosas ideas sobre una base tanto científica como moral. La sostenibilidad medioambiental no puede existir sin justicia medioambiental. ¿Estamos de verdad preparados para afirmar que sólo podemos substituir determinado número de tuberías de plomo? ¿O que sólo se pueden proteger tantos cuerpos de los contaminantes cancerígenos? ¿Qué sólo hay tantos niños cuyo futuro importe?

Y esto resulta de especial importancia cuando nos enfrentamos al cambio climático. A pesar de lo que pueda haber dicho Hardin, la crisis climática no es una tragedia de los comunes. La culpa no reside en nuestros impulsos individuales de consumir combustibles fósiles hasta la ruina de todos. Y la solución no consiste en dejar que se hundan los islotes de la Bahía de Chesapeake ni países enteros del Pacífico, sin asiento en nuestro bote salvavidas planetario.

Por el contrario, rechazar el diagnóstico de Hardin exige nombrar al verdadero culpable de la crisis climática a la que nos enfrentamos. Hace treinta años disponíamos de un futuro distinto. Medidas políticas graduales sobre el clima podían haber dirigido lentamente nuestra economía hacia niveles de contaminación de carbono en suave descenso. El coste habría resultado imperceptible para la mayoría de los norteamericanos.

Pero ese futuro nos lo robaron. Lo robaron poderosos intereses contaminantes de carbono que bloquearon las medidas políticas de reforma a cada paso para preservar sus beneficios a corto plazo. Nos encerraron a todos en una economía en la que el consumo de combustibles fósiles sigue siendo una necesidad, no una elección.

Esto es lo que vuelve tan contraproducentes los ataques a los comportamientos individuales. Sí, es estupendo conducir un vehículo eléctrico (si te lo puedes permitir) y adquirir paneles solares (si no han conspirado poderosas empresas de servicios públicos de tu estado para encarecer la energía renovable). Pero la cuestión estriba en que los grupos de interés han estructurado las opciones que están a nuestra disposición. Los individuos no tienen capacidad de intervención para dirigir nuestra nave de la economía desde la cubierta de pasajeros.

Tal como nos recuerda Naomi Oreskes, historiadora de Harvard, “[los abolicionistas] vestían ropas confeccionadas con algodón recogido por esclavos. Pero eso no les convertía en hipócritas… sólo significaba que formaban también parte de la economía esclavista, y lo sabían. Por eso actuaban para cambiar el sistema, y no sólo para cambiarse de ropa”.

O, como tuiteó la representante Alexandria Ocasio-Cortez: “Vivir en el mundo tal cual es no es un argumento en contra de construir un futuro mejor”. La verdad es que dos tercios de toda la contaminación por carbono lanzada en la historia a la atmósfera se pueden retrotraer a las actividades de solo noventa empresas.

La verdadera tragedia estriba en los esfuerzos de esas grandes empresas por desbaratar con éxito la acción sobre el clima.

Nos queda muy poco tiempo. Necesitamos líderes políticos que piloten nuestra economía a lo largo de un periodo de rápida transformación económica, a una escala grande, como no se ha visto desde la II Guerra Mundial. Y para llegar a ello, vamos a tener que asegurarnos de que nuestros dirigentes nos escuchen a nosotros, y no — tal como mis colegas y yo mostramos en nuestra investigación — a las empresas de combustibles fósiles.

La esperanza nos exige partir de un compromiso incondicional de unos con otros, como pasajeros a bordo de un bote salvavidas común agitado por fuertes vientos. Al movimiento del clima le hace falta más gente en este bote, no menos. Debemos dejar espacio para todos los seres humanos si queremos acumular el poder político necesario para enfrentarnos a los amenazantes petroleros y barcazas de carbón que nos mandan grandes olas en dirección a nosotros. Se trata de un compromiso que está en el corazón de propuestas como el Green New Deal.

Cincuenta años después, hay que detener la invocación sin sentido de Hardin. Hay que dejar de decir que tenemos todos la culpa porque todos sobreutilizamos recursos compartidos. Dejemos de abogar por medidas políticas que privilegien la protección medioambiental para algunos seres humanos a expensas de otros. Y reemplacemos la errada metáfora de Hardin con una visión inclusiva de la humanidad, que se base en la gobernación democrática y la cooperación en esta época de obscuridad.

En lugar de escribir una tragedia, debemos ofrecer esperanza a cada uno de los seres humanos de la Tierra. Sólo entonces se alzará la opinión pública para silenciar a los poderosos contaminadores de carbono que tratan de robarnos nuestro futuro.

es profesor ayudante de Política Medioambiental en la Universidad de California, campus de Santa Barbara (en la que trabajó Garrett Hardin hasta 1978), y donde se ocupa además del ENVENT, el Laboratorio de Transiciones Enérgeticas y Ambientales. Subdirector asociado de la revista científica quincenal Climatic Change, su último libro publicado es “Carbon Captured: How Labor and Business Control Climate Politics” (MIT Press, 2020).

Fuente:

Scientific American

Andreas Malm: “El distanciamiento social no amenaza de muerte a ninguna fracción de la clase capitalista, pasar a cero emisiones sí”

Investigador experto en crisis climática, escritor y activista, Andreas Malm cree tan poco en la respuesta de los gobiernos a la emergencia global que plantea la necesidad de acabar con el gran capital fósil mediante un movimiento social que presione desde abajo a los Estados usando la desobediencia civil e incluso el sabotaje. Dos de sus obras acaban de llegar al mercado de libros en castellano.

por Pablo Rivas

Se puede ser profesor de Ecología Humana de la Universidad de Lund (Suecia) y una de las voces expertas más relevantes a nivel internacional sobre crisis climática, por un lado, y escribir un libro titulado Cómo dinamitar un oleoducto —de próxima publicación por Errata Naturae, así como formar parte del grupo Klimax, partidario de la desobediencia civil y el sabotaje, por otro. De hecho, Andreas Malm (Fässberg, Suecia, 1977) plantea la necesidad de que los Estados se preparen ya para “derribar” corporaciones como ExxonMobil, BP, Shell o Total para frenar la debacle climática.

Escéptico con los gobiernos del mundo respecto a la respuesta ante esta emergencia pero ferviente creyente en un movimiento popular que, desde abajo y lejos de los Estados, obligue a estos a actuar de forma contundente contra la mayor crisis de la humanidad y del planeta desde la última glaciación, dos de sus libros acaban de llegar al mercado en castellano. En su último trabajo, El murciélago y el capital: coronavirus, cambio climático y guerra social (Errata Naturae, 2020), profundiza en los orígenes de la pandemia de covid-19, sus causas y sus consecuencias desde un punto de vista económico y medioambiental. Además, Capitán Swing acaba de editar Capital Fósil: el auge del vapor y las raíces del calentamiento global, un volumen publicado en 2017 que Naomi Klein calificó como “la historia definitiva sobre cómo nuestro sistema económico creo la crisis climática”.

Equiparas un mundo en permanente pandemia de covid-19 con el que resultaría de una “vuelta a la normalidad” pero en un planeta con un cambio climático desbocado. ¿Hay salida?
Hay una salida: podemos nacionalizar todas las empresas de combustibles fósiles y ordenarlas que dejen de producirlos y, en lugar de poner CO2 en la atmósfera, volver a enterrarlo. Y, por supuesto, ordenar a todas las empresas de combustibles fósiles que ya son propiedad de los Estados que hagan lo mismo. Y cambiar toda la economía mundial de esa base energética a la energía solar y eólica. También revertir la deforestación, dejar que las selvas tropicales vuelvan a crecer sobre los pastos de ganado y las plantaciones de soja y regenerar franjas de territorios desde Australia hasta Alabama. Hay una salida; la ruta es bastante conocida. Solo algunos intereses muy poderosos bloquean el camino. Ahí es donde debe emprenderse la lucha.

Llamaron locos a quienes plantearon medidas drásticas para frenar la emergencia climática pero cuando se tomaron al llegar el covid-19 nadie vio ninguna locura. ¿Una economía de guerra para fabricar paneles solares y aerogeneradores a ritmo de bombarderos en la II Guerra Mundial es posible?Por supuesto, no hay nada técnicamente inviable al respecto. De hecho, esta pandemia ha demostrado que los Estados conservan la capacidad de interrumpir los negocios, simplemente ordenando el cierre de las empresas, y cambiar los esfuerzos productivos hacia el único objetivo de supervivencia. Claramente podrían hacer lo mismo en el frente climático. Nunca más deberíamos creer la mentira de que sería demasiado incómodo, demasiado perturbador y desagradable hacer la transición de los combustibles fósiles. En ese sentido, la pandemia le ha dado al movimiento climático algo de munición propagandística. Solo necesitamos usarlo de manera efectiva.

La mayoría de los gobiernos se ha tomado la lucha contra el covid-19 como una guerra, movilizado ingentes recursos económicos e incluso paralizando su actividad económica. Sin embargo, ningún ejecutivo se ha tomado igual una amenaza del calibre de la crisis climática. ¿Hay respuesta a la pregunta de por qué a los gobiernos del mundo no les tembló la mano para paralizar la economía con el covid-19 y, sin embargo, ni se plantea algo así frente a la amenaza global del cambio climático?
Esta es una pregunta compleja que debe responderse en varios niveles, si es que puede responderse satisfactoriamente. Es algo que no deja de desconcertarme. Primero, y quizás lo más obvio, es que las medidas tomadas para combatir el covid-19 se han anunciado como temporales. Nadie está hablando de un cambio permanente en nuestra forma de vida: es una pausa, una interrupción desafortunada, y volveremos a la normalidad tan pronto como podamos. Un alejamiento de los combustibles fósiles sería permanente. Marcaría una transición que nunca se revertirá: no vamos a dejar de quemar combustibles fósiles para salvar el clima de un colapso total y luego reiniciar unos meses o años después. Las medidas que están ahora en vigor se pueden vender a todo el mundo, incluido al capital, como un precio alto que debe pagarse solo por un corto período.

Por otro lado, una transición ecológica y un alejamiento de los combustibles fósiles no tendrían que incluir nada parecido a los inconvenientes extremos de un encierro: no aislaría a las personas en sus hogares, no prohibiría las multitudes o las pequeñas reuniones, no desconectaría la vida cultural, no destrozaría prácticamente todas las interacciones humanas. Estos aspectos cuasi totalitarios de un confinamiento no servirían para un cambio de la energía fósil a la renovable. En este sentido, debería ser mucho más fácil para los gobiernos implementar un programa de acción de emergencia climática. Incluso podría mejorar la vida de las personas, no sería necesario convertirla en tantas pesadillas solitarias. En última instancia, la diferencia parece reducirse a los intereses de clase. Abandonar los combustibles fósiles significa liquidar todo un departamento de acumulación de capital, lo que se conoce como la industria de los combustibles fósiles.

La razón por la que no se toman estas medidas tiene menos que ver con las molestias que causarían a la gente común como con la extraordinaria cantidad de poder concentrado en esta industria. El distanciamiento social y restricciones similares no amenazan a ninguna fracción de la clase capitalista con una sentencia de muerte, pasar a cero emisiones sí.

Asimismo, el contraste se evapora cuando se considera que los Estados de todo el mundo también han intentado, aunque mal, proteger a los ciudadanos de los eventos climáticos extremos recientemente. Han enviado a los bomberos a las llamas y han evacuado a las poblaciones en peligro por los huracanes. Combatir los síntomas es algo que los Estados pueden hacer —ya sea de manera pobre o eficiente—, tanto en lo que respecta al clima como al coronavirus. Pero en ninguno de los campos parecen capaces de perseguir las causas. Se ha dejado que los impulsores de las pandemias se aceleren en 2020 tanto como los del calentamiento global: lo más importante es que la deforestación se está acelerando este año como nunca antes. La devastación del Amazonas central alcanzó un nuevo pico el verano pasado, y el Gobierno indonesio acaba de abrir sus selvas tropicales a inversionistas extranjeros para una tala ilimitada.

No existe una receta más segura para más pandemias que la deforestación; en esto, la ciencia es unánime. Es mediante la tala de bosques, y los bosques tropicales en particular, que los patógenos entran en contacto con poblaciones humanas como el SARS-CoV-2, transportado por murciélagos, cuyos bosques han sido arrasados ​​en los últimos años, particularmente en el sureste Asia, lo que los obliga a viajar con sus virus a algún otro lugar, donde se topan con humanos. Y, sin embargo, en lo más profundo de la segunda ola de la pandemia del covid-19, todavía no hemos visto una sola iniciativa en ningún lugar del mundo para frenar la destrucción de los bosques tropicales. En cambio, la tendencia es una aceleración. Visto desde este ángulo, los Estados han abordado el problema de la pandemia tan irracionalmente como lo han hecho con el clima: echando más leña al fuego, más rápido.

La del covid fue una crisis casi repentina. El cambio climático, aunque se acelera y tiene consecuencias devastadoras que aparecen de repente, lleva décadas fraguándose y es gradual. ¿Cómo se convence a la humanidad para actuar rápido ante un problema que, si bien ya está aquí, apenas notamos en el día a día?
No creo que sea el caso de que apenas lo notemos en el día a día. En todo el mundo, la experiencia de un clima cambiante se está volviendo omnipresente. Esto es particularmente cierto en gran parte del sur global, donde las personas son azotadas por un huracán, un tifón, una sequía, una inundación, una invasión de langostas y una ola de calor extrema tras otra, ¡ciertamente lo notan! Y los acontecimientos recientes en los Estados Unidos también forman un conjunto de experiencias lo suficientemente ricas para una declaración nacional de emergencia climática.

Creo que este problema es, al menos, tan sorprendente a simple vista como el microorganismo invisible llamado SARS-CoV-2. Los Estados podrían darle el estatus oficial de una amenaza existencial y combatirla por todos los medios necesarios; no hay nada en la naturaleza perceptiva del problema climático que se interponga en el camino. Se trata de política, no de notoriedad. Eso también se aplica a las personas, muy numerosas en los Estados Unidos, que reaccionan a cada evento climático extremo negando el cambio climático en un tono aún más alto. Tal negación no tiene su origen en la dificultad de percibir los impactos climáticos, sino en los intereses, privilegios e identidades que se basan en los combustibles fósiles y las tecnologías que impulsan.

Convencer a la humanidad de actuar es el arte de decir: todos sabemos que el peligro está aquí; podemos ver que nuestra casa está en llamas; ahora vamos a empezar a correr y a dejar atrás los combustibles fósiles lo más rápido que podamos. Creo que las mayorías en muchos países se sumarían a ese mensaje al menos con la misma facilidad con la que han aceptado las restricciones del covid-19. Pero requeriría estar preparado para enfrentar los poderes que prosperan y defienden los combustibles fósiles. Exigiría que los Estados se preparen para derribar corporaciones como ExxonMobil, BP, Shell y Total y poner fin a sus operaciones por completo.

La lucha contra el covid-19 encaja en una ideología que hoy mueve el mundo: el nacionalismo. La lucha contra la emergencia climática solo puede funcionar mediante el multilateralismo. ¿Eres optimista al respecto?¿O solo actuarán las naciones cuando sus puertos estén anegados y sus reservas de agua por los suelos?
¡Hay pocas razones para ser optimistas sobre naciones y Estados! Nada indica que lanzarán reducciones radicales de emisiones, incluso si sufren consecuencias inmediatas como las que mencionas. Por ejemplo, Australia, que experimentó una catástrofe infernal de incendios forestales que terminó hace menos de un año, ¿ha llevado a la nación a eliminar gradualmente la producción de carbón? Al contrario: esa industria todavía se está expandiendo en el país que se incendió debido a la combustión de carbón y otros combustibles fósiles. Así que no hay razón para creer que las naciones entrarán en acción automáticamente cuando sus propios territorios sean quemados por el calor. El único actor que puede obligarlos a hacer lo necesario es un movimiento popular, ejerciendo presión desde abajo, desde fuera del Estado. Vimos los contornos de tal escenario en 2019, cuando el movimiento climático alcanzó su punto más alto de fuerza masiva hasta ahora y llevó el tema a la cima de la agenda política. Desafortunadamente, nuestro movimiento prácticamente ha desaparecido durante la pandemia. Debe ser revivido con urgencia, ya que es la única fuente de esperanza de que podamos hacer progresos en el clima antes de que sea demasiado tarde.

Para las organizaciones que conforman el movimiento por el clima, el enemigo es claro: el poderoso capital fósil. ¿No deja de ser una paradoja que el peor enemigo de la humanidad ahora mismo sea un grupo dentro de la propia humanidad?
No realmente: los peores enemigos de la humanidad siempre han sido algunos humanos, no extraterrestres u otras especies o, de hecho, la humanidad en su conjunto. Piensa en los nazis. O los amos de esclavos. O cualquier otro autor de crímenes épicos contra la humanidad. Las catástrofes inducidas por humanos tienden a ser causadas por algunos humanos en contra de otros: esta es la regla histórica más que la excepción.

La crisis climática atacará primero a los que menos tienen. El covid-19, sin embargo, se ha centrado en las naciones más ricas. ¿Los gobiernos con más recursos solo actúan si el peligro es para los de arriba?
Sí, creo que una parte de la explicación de las medidas dramáticas emprendidas para combatir el covid-19 es que este se ha cebado, y continúa cebándose, con las partes más prósperas del norte global. Este tipo de miseria suele estar reservado para el sur y los pobres, se puede permitir que se infecten. Esa ha sido durante mucho tiempo la lógica de la pasividad frente a la crisis climática. Pero esta explicación también se ve tensionada por la circunstancia de que los impactos climáticos ahora descienden regularmente sobre los países ricos, en particular los Estados Unidos o Australia, sin que se tome ninguna acción correspondiente.

Seis nombres son comunes a las listas de las diez naciones que más gases de efecto invernadero producen y los diez países con más muertes por covid-19. ¿Ironía del destino?
Sí, pero creo que esto ha cambiado a lo largo del año. Desde que escribí mi libro en abril, en la lista de los siete países con más muertes por covid-19, ahora, a fines de noviembre, encontramos a Brasil, India, México e Irán, que no se encuentran entre los principales emisores. Así que, al parecer, la ironía estaba ahí solo en la fase inicial de la pandemia.

Incendios en Australia y California, plagas en África… Dices que “ningún jinete del apocalipsis cabalga solo y las plagas no se presentan en singular”. ¿El siglo XXI será el siglo de las plagas y las anomalías climáticas?
Aparentemente, ¡pero no se detiene ahí! La crisis ecológica comprende todo un conjunto de bombas de tiempo esperando a estallar. Colapso de insectos, agotamiento del suelo, desechos plásticos, contaminación del aire… Todas estas cosas y mucho más eventualmente volverán, a menos que se aborden de inmediato, enérgicamente y de manera integral y sin respeto por los intereses de la clase capitalista. En otras palabras: el siglo XXI será el de una emergencia crónica, de un desastre tras otro derivado de cómo la economía capitalista domina y destruye la naturaleza. Pero no tiene por qué ser así. Todavía hay tiempo para dar la vuelta, pero debido a que hemos esperado tanto y debido a que ya se ha hecho tanto daño, el cambio tendrá que ser casi revolucionario en alcance y escala. Y cuanto más esperemos, más drástico todavía tendrá que ser.

Nick Buxton: “Hay una industria de la vigilancia que ve la pandemia como una oportunidad para vender y probar nuevas tecnologías”

El activista y experto en comunicación del Transnational Institute, Nick Buxton, dibuja una batalla abierta por esta nueva crisis donde se necesitan soluciones, respuestas y políticas que muestren que un mundo alternativo es posible.

por Yago Álvarez Barba

Aprovechar las crisis para imponer nuevas políticas que antes despertarían recelo en la población. Impulsar medidas neoliberales como soluciones a los problemas que esas mismas políticas han creado. Fingir que cambian cosas para que nada cambie. La crisis del covid-19 es nueva, pero los movimientos geoplíticos y corporativos son muy parecidos a los de siempre. Así ve Nick Buxton gran parte de los acontecimientos políticos y económicos que rodean la pandemia, así como unas elecciones entre Trump y Biden en las que, según él, “las élites y los poderes militares estadounidenses están felices con cualquiera de los dos candidatos”.

Buxton es experto en comuncación y activista en temas de política fronteriza, cambio climático, militarismo y justicia económica. Es editor del informe anual Estado del poderpublicado por el Transnational Institute (TNI) y ha participado recientemente en un informe en el que detallan diez propuestas para financiar la salida de la crisis. Aunque nació en el Reino Unido y vivido en Bolivia, Pakistan y la India, responde a El Salto desde su actual residencia en California.

Pasamos de un negacionista de la crisis climática como Trump a un perfil continuista del Partido Democrática como Joe Biden. ¿Qué futuro tiene la política medioambiental estadounidense? ¿Crees que veremos un cambio de rumbo?
En términos de debate político y de conciencia pública, ha habido un cambio profundo. En todos los debates presidenciales de 2016, solo cinco minutos y 27 segundos fueron empleados en hablar del cambio climático y los compromisos en la Plataforma Demócrata fueron difusos y limitados. En cambio, a pesar del negacionismo de Trump, el tema este año fue mucho más central en todos los debates presidenciales y el programa del Partido Demócrata es más detallado y ambicioso. Hay solamente una razón que ha promovido ese cambio, los esfuerzos de los activistas -los jóvenes, estudiantes, movimientos como el Sunrise movement- que han exigido acción concreta sobre la crisis climática y han avanzado la demanda por un Green New Deal. Muchos de los movimientos apoyaron la candidatura de Bernie Sanders en las primarias presidenciales y cuando perdió, empujo un proceso donde había comités formado por funcionarios de Biden y Sanders que forzaron a Biden a aceptar un plan mucho más ambicioso sobre el cambio climático.

Sin embargo, una cosa es la postura y las promesas y otra es la realidad y lo que podemos esperar en términos de legislación y decretos. El poder de la industria petrolera sigue siendo muy fuerte dentro del Partido Demócrata y será muy difícil de superar. Siguen donando a campañas de muchos congresistas y senadores demócratas, están siempre en los pasillos de poder haciendo lobby y gastando millones de dólares en campañas para lavar su imagen y atacar cualquier propuesta que realmente amenace su poder. Van a hacer todo lo posible para promover propuestas falsas y débiles en los próximos años. Durante la transición, ya se ven señales de que están imponiendo su poder. Esta semana pasada, por ejemplo, Biden nombró al congresista Cedric Richmond para ser el intermediario con empresas y activistas en referencia a la agenda de cambio climático. Richmond tiene una larga y pésima historia como oposición a varias iniciativas legislativas sobre el medio ambiente. De hecho, él mismo también ha recibido 341.000 dólares de donaciones en los últimos diez años de la industria petrolera.

La realidad es que la candidatura de Biden es un intento de volver a un mítico pasado neoliberal donde ambos partidos colaboraban, donde había más en común que separación y donde había un consenso a favor de los intereses de las corporaciones. La esperanza, en esta ocasión, es que los movimientos ambientalistas son mucho más fuertes y mucho más  determinados a poner justicia social y racial en el centro de sus demandas. Estos movimientos no van a aceptar medidas diluidas o neoliberales y van a empujar una agenda radical y ambiciosa.

La era Trump también ha constituido un repliegue de la globalización con algunas medidas proteccionistas que han favorecido a las grandes empresas estadounidenses y atacado directamente al país que compite por ser el poder hegemónico, China. ¿Crees que cambiará algo al respecto con este nuevo presidente?
La verdad es que no creo que mucho cambie con Biden en este sentido, salvo la retórica. Biden habla de cooperación y no va a empezar batallas en Twitter, pero seguirá con una política para avanzar en los intereses económicos y políticos de los Estados Unidos. En términos de comercio, Biden ya ha dicho que no quiere lanzar nuevos acuerdos de libre comercio en el futuro cercano y quiere priorizar la industria doméstica, una política muy próxima a la de Trump.

Y en referencia a China, Biden habla del país como un competidor estratégico y no un enemigo como lo pinta Trump, pero ambos están muy preocupados por su crecimiento, que es una preocupación del Pentágono desde hace unos años. Fue durante la presidencia de Obama, donde EE UU empezó ‘el pivote hacia Asia’, cuando las fuerzas armadas empezaron a desviar recursos y atención del Medio Oriente hacia Asia. Sabemos que, al final, las élites y los poderes militares estadounidenses están felices con cualquiera de los dos candidatos. Hay una cierta antipatía hacia Trump por su retórica belicosa y sus instintos unilaterales, pero al mismo tiempo están muy satisfechos porque detrás de su retórica, Trump subió los presupuestos militares a su más alto nivel y bajo los impuestos para las transnacionales al más bajo. Y con Biden, tienen un líder centrista que quiere volver a un orden neoliberal e imperialista detrás de una retórica más bella, por lo que no tienen nada que perder.

Medios de comunicación sacan noticias alarmistas sobre “inmigrantes con covid”… ¿Será la pandemia una nueva excusa para reforzar la militarización de las fronteras de los países del norte?
Por supuesto que sí. Los poderes militarizados siempre buscan amenazas y riesgos para generar el miedo y avanzar en los procesos de militarización. Ya hemos visto la clausura de fronteras por razones de la pandemia. Casi 40% de los países cerraron sus fronteras completamente por un periodo de tiempo. Aunque haya una razón de salud, el problema es que se normaliza y que algunos países están aprovechando para rechazar y repudiar refugiados que están buscando asilo. Italia, por ejemplo, aprovechó la pandemia para mantener en sus puertos varias embarcaciones de rescate humanitario para migrantes que cruzan el Mediterráneo. En los Estados Unidos, Trump aprovechó la pandemia para impedir la entrada y deportar a cualquier persona sin documentos que llegaban a las fronteras y han desplegado más fuerzas armadas en su frontera. En Malasia, el Gobierno realizó redadas en Kuala Lumpur para detener refugiados.

¿Qué papel juega el poder corporativo aquí?
Más allá de los impactos inmediatos, hay toda una industria de monitoreo y vigilancia que ve la pandemia como una oportunidad para vender y probar nuevas tecnologías que quieren desplegar en las fronteras. La Agencia de Aduana y Protección de las Fronteras de los Estados Unidos, por ejemplo, está aprovechando para impulsar sus sistemas biométricos y sus escáneres de caras con la excusa de que es más higiénico que los antiguos sistemas dactilares. La industria digital está desdibujando, cada vez más, las categorías de seguridad entre los usos militares y civiles, y entre los usos medicinales y de vigilancia policial. Es muy importante estar alerta y no permitir cambios temporales justificados por la salud que podrían volverse permanentes, con consecuencias graves para nuestros derechos humanos.

Y en cuanto al control de la población por parte de los gobiernos en los países del norte, ¿qué crees que puede cambiar con esta nueva crisis?
Esto dependerá mucho de nosotros. Tras el 11 de septiembre, el aumento de vigilancia, la militarización de la sociedad, la persecución y la limitación de la movilización de los movimientos sociales se volvieron permanente con consecuencias que sufrimos todavía hoy, que no hemos recuperado. Estamos en un mundo de securitización mucho más fuerte que antes del 11 de septiembre. La única victoria, tal vez, fue el movimiento contra la guerra, que por lo menos disminuyó e impidió más guerras lanzadas por los Estados Unidos, pero perdimos mucho espacio doméstico y permitimos un aumento de las restricciones y la persecución de minorías, como sufre la comunidad musulmana en muchos países. En el caso de la crisis económica de 2008, tardamos un poco en responder pero hubo fuertes reacciones y levantamientos populares, especialmente en España con los indignados, y por lo menos pudimos cambiar el debate para que esta vez no sea tan fácil para las elites volver a imponer una política de austeridad. Por lo que hay que aprender de estas experiencias, aprender de los errores y, en esta ocasión, aprovechar para que nuestras ideas, soluciones y propuestas avancen, además de no permitir que la crisis lleve a una normalización de las políticas de control. En vez de eso, debemos demandar una sociedad digna, justa, solidaria y en equilibrio con nuestros ecosistemas.

En la anterior crisis podíamos señalar a culpables, al sector financiero. En esta nueva crisis, parece que el virus está sirviendo de excusa para que no se señale a nadie como culpable. ¿Está fallando la izquierda a la hora de comunicar y señalar las causas de la crisis? ¿y la prensa?
Es cierto que las causas son más complejas, pero al mismo tiempo las soluciones son más obvias y no son soluciones militarizadas y neoliberales. Todo el presupuesto militar no sirve para nada contra un virus fatal que hasta hoy ha matado a 1.358.411 personas, mucho más que cualquier ataque terrorista en los que, para combatirlos, gastamos miles de millones de dólares. Y la política neoliberal y el libre mercado no sirve para abastecer las necesidades de salud, como los medicamentos, los hospitales, el equipamiento médico, el apoyo financiero en casos de desempleo, etc. Necesitan respuestas y políticas públicas y comunitarias, basadas en la idea de proteger a los más vulnerables. Y sabiendo que estamos frente a múltiples crisis, especialmente la crisis climática que nos plantea riesgos peores que la pandemia actual, tenemos que exigir lo mismo: respuestas públicas y solidarias. La autora Arundhati Roy ha hablado de la pandemia como un portal en cual podemos elegir cómo queremos cruzar: con nuestros prejuicios, odio, avaricia e ideas muertas o sin equipaje, ligeros, listos para imaginar otro mundo y luchar para alcanzarlo. Podemos también pensar en ello como un portal que no va a estar abierto por mucho tiempo. Tenemos que aprovechar la crisis para normalizar las políticas que salieron de la emergencia y que queremos mantener. También debemos aprovechar este periodo antes de que finalice la pandemia para movilizar y rechazar los intentos de volver a las antiguas políticas, exigiendo que queremos salir de esta crisis global con políticas diferentes, emancipatorias y justas.

En un mundo de evasión y libre movimiento de capitales, de paraísos fiscales y de una economía cada vez más financiarizada y menos real, ¿cómo podemos financiar la salida de esta nueva crisis?
Sabemos que hay dinero, solamente que está en las manos equivocadas. Hicimos una investigación recientemente en el Transnational Institute (TNI) que mostró que solamente diez propuestas podrían recaudar 9,4 billones de dólares al año en todo el mundo. Lo suficiente para pagar los costes de la pandemia, los Objetivos de Desarrollo Sostenible, una transición climática justa y reparaciones por la esclavitud a los países del Sur. Esto es en lo que la izquierda tiene que avanzar ahora mismo. Son las soluciones, las respuestas, las políticas que muestran que un mundo alternativo es posible y solamente necesitas voluntad política para implementarlo. Como ya ocurrió en otras ocasiones, este camino necesitará una nueva oleada de protestas callejeras para hacer presión política para que se conviertan en realidad.

Es hora de poner a la economía internacional en su lugar

Por Alberto Acosta

“No podemos esperar a que gente como yo crezca
y seamos los que estemos a cargo de todo;
hay que actuar ahora”.
(Greta Thunberg, activista)

El pueblo de Suiza votará este domingo a favor o en contra de que las multinacionales con sede en el país europeo cumplan con estándares sociales y ambientales más altos. El articulista Alberto Acosta considera que un sí en la Consulta Popular es una obligación histórica de l@s ciudadan@s que viven en sociedades privilegiadas, cuyo bienestar se sostiene en gran medida gracias a que están sofocando la vida de seres humanos y de la naturaleza de otras regiones del planeta.

Brasil, enero de 2019: se rompe un dique con aguas tóxicas de la mina Córrego de Feijão, una de las mayores minas de hierro del mundo. Resultado: más de 250 muertos, destrucción de decenas de casas y del medio ambiente. No fue un simple accidente sino una violación inocultable de los derechos humanos y de los de la naturaleza. Cuando se da paso a tales proyectos sin incorporar el principio precautorio ni tomar las previsiones del caso, se asumen también estos riesgos.

Y, como siempre, la lista de responsables directos es larga. En primer lugar, la minera brasileña Vale, la mayor productora y exportadora mundial de hierro, que ya fue condenada judicialmente a pagar los daños que provocó esa rotura y que carga con otro crimen socioambiental similar en Samarco Mineração sucedido hace cinco años. Lo grave es que hay empresas, con frecuencia del norte global, que cargan con una gran culpa de lo sucedido, pero que no asumen responsabilidad alguna. Este es el caso de la empresa alemana TÜV Süd, que meses antes de la ruptura certificó a Córrego de Feijão como segura. Aunque la empresa con sede en Múnich, Alemania, fue acusada a principios de este año, aún no se ha llevado a cabo ningún procedimiento judicial.

Este caso no es único. Hay empresas que administran proyectos tremendamente destructores del ambiente y con gravísimas afectaciones sociales. Aquí podemos citar el caso emblemático de la Chevron-Texaco en Ecuador, causante de destrozos a las comunidades indígenas y de colonos, así como a la naturaleza. Es un caso muy conocido incluso por la sistemática y agresiva negativa de la empresa para asumir sus responsabilidades. Otro caso actual vincula a la empresa suiza Glencore, que administra -como parte de un consorcio internacional- la explotación de carbón en El Cerrejón, una de las minas a cielo abierto más grande del planeta y causante de gravísimos daños a humanos y no humanos, contaminando en particular el río Ranchería en Colombia. Cabe recordar que Glencore tiene una pésima reputación por varias de sus actividades mineras en América Latina y en África.

“Yo simpatizo (…) con aquellos quienes minimizarían
-antes que con quienes maximizarían- el enredo económico entre naciones. Ideas, conocimiento, ciencia, hospitalidad, viajes, esas son las cosas que por su naturaleza deberían ser internacionales”
(John Maynard Keynes, economista británico 1883-1946)

La lista de situaciones similares es larga y hasta involucra a muchas instancias del mundo financiero. De hecho, no extraña encontrar en ese listado a bancos y organismos multilaterales de crédito asociados directa o indirectamente a una multitud de compañías extranjeras -muchas transnacionales- que participan activamente en la danza de los créditos, en gigantescos proyectos extractivistas, vendiendo incluso tecnologías obsoletas. Hay casos paradigmáticos de empresas internacionales que propician cualquier locura con tal de negociar sus productos, dejando con pesadas deudas externas a los países “beneficiarios”.

Un ejemplo es la construcción de una planta termonuclear en Filipinas. Fue construida en los años 70, pero en una zona de terremotos y además cerca de un volcán. La central nuclear, con un costo de 2.500 millones de dólares y que desde hace tiempo se está agrietando y desmoronando, todavía no ha alimentado ni una sola bombilla… Y no podemos olvidar los enormes negocios que aprovechan situaciones aberrantes, como el empleo de trabajo esclavo y trabajo infantil en países del sur global, o el masivo consumo de agroquímicos o incluso tóxicos, prohibidos además de organismos genéticamente modificados que de una u otra manera son nocivos para toda forma de vida.

Aquí cabe incluir a la explotación mineral y petrolera, tremendamente destructora del ambiente y de comunidades, así como los incendios en la Amazonía, originados en la demanda de los países del norte global que se siguen enriqueciendo y sosteniendo su bienestar a costa de la miseria del sur.

Uno de los pocos sobrevivientes de un bosque primario: por la siembra de monocultivos de la Palma Africana en la Reserva Indio Maíz en el sur de Nicaragua se deforestaron miles de hectáreas de selva, año 2013. El aceite de la Palma Africana es el ingrediente de un sin número de comida procesada. – FOTO: Alejandro Ramírez AndersonEn plena era del capital globalizado debería ser indiscutible la corresponsabilidad de los comerciantes, los acreedores, los constructores y los administradores y accionistas de estos grandes consorcios; más aún, si muchas de esas actividades están acompañadas con frecuencia por la corrupción y por violencias múltiples. Sin embargo, en la práctica, no hay instancias donde se puedan presentar los correspondientes reclamos. Es más, aquí hasta la participación de los paraísos fiscales contribuye a mantener en el anonimato y la impunidad a capitales asociados a la destrucción de la vida humana y de la naturaleza.

Es hora de poner a las relaciones económicas internacionales en su lugar, es decir: redimensionar dichas relaciones, dar prioridad a la satisfacción de las necesidades básicas de las comunidades y sociedades -tanto a nivel nacional como local- y sólo en ciertos casos, por ejemplo, para fortalecer la autonomía regional, permitir la importación de productos como alimentos o medicinas de países cercanos. Como dijo el economista británico John Maynard Keynes (1883-1946) a principios de los años 1930: Yo simpatizo (…) con aquellos quienes minimizarían -antes que con quienes maximizarían- el enredo económico entre naciones. Ideas, conocimiento, ciencia, hospitalidad, viajes, esas son las cosas que por su naturaleza deberían ser internacionales. Pero dejen que los bienes sean producidos localmente siempre y cuando sea razonable y convenientemente posible y, sobre todo, dejemos que las finanzas sean primordialmente nacionales”.

En vista de los acontecimientos de los últimos meses y el creciente número de pandemias -Covid19 es sólo una de las muchas causadas por el capitalismo- es esencial repensar las relaciones económicas mundiales. La economía debe subordinarse tanto a los mandatos del planeta como a las necesidades de las sociedades humanas como parte de la naturaleza. Y si el objetivo es dejar atrás la explotación de la naturaleza para acumular capital, entonces esto se aplica aún más a la explotación de las personas.

Responsabilidad del norte global 

Este desafío requiere un razonamiento socio-ecológico y la capacidad de desmantelar la lógica actual de producción y consumo. Es necesario romper con los mecanismos y engranajes perversos del mercado mundial -sobre todo la especulación- y al mismo tiempo promover el cambio: no es una tarea fácil. Sin embargo, de no acometerla ahora, las pandemias se multiplicarán afectando gravemente incluso a quienes se creen que pueden salir inmunes del diluvio capitalista universal.

En este empeño por repensar la economía global, emerge con fuerza la demanda de un sistema internacional de derechos para humanos y no humanos, que establezca requisitos de debida diligencia ecológica y social a toda organización, sea empresarial o estatal, que participe en el entramado internacional: comercial, financiero, tecnológico; un sistema que, en el marco de las Naciones Unidas, incorpore aquellos tribunales que permitan impugnar cualquier controversia surgida en las relaciones económicas internacionales y en donde se pueda reclamar el cumplimiento de las debidas responsabilidades.

“Los esquemas de responsabilidad adecuados deberán construirse desde cada país, sobre todo desde aquellos que cuentan con una sociedad civil responsable y comprometida con la vigencia de los derechos humanos y de la naturaleza.”

Los actuales Tratados Bilaterales de Inversión, que surgieron de un intento fallido por establecer una suerte de constitución económica global que proteja los derechos de los inversionistas internacionales, lo confirman. El Acuerdo Multilateral de Inversiones (AMI) -en inglés Multilateral Agreement on Investment (MAI)- se discutió, a espaldas de la mayoría de estados del planeta, en la segunda mitad de los años noventa del siglo pasado. En pleno auge neoliberal, en el marco de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), se pretendió hacer realidad este marco jurídico supranacional con alcance global.

Las relaciones entre los Estados nacionales y las empresas transnacionales, si se hubiera aprobado el AMI, habrían establecido claros límites a los ámbitos del ejercicio de la democracia, así como a los derechos laborales, a las políticas sociales, a la misma pluralidad cultural planetaria, incluyendo la relación con la Naturaleza. Huelga decir que el AMI no pudo ser aprobado por la resistencia de amplios segmentos sociales en varios países de la propia OCDE, que entendieron con claridad los riesgos que esto implicaba.

A partir de esta realidad, las grandes corporaciones transnacionales y los gobiernos más poderosos comenzaron a idear e instrumentar otros mecanismos de protección supranacional para los inversionistas extranjeros por vías bilaterales. Se trata de sistemas que protegen siempre al más fuerte, es decir, al capital, subordinando a los pueblos y a la naturaleza. Una situación que resulta insostenible, si no queremos que se sigan multiplicando todo tipo de pandemias producidas por la destrucción de las relaciones sociales y ecológicas.

Iniciativas parecidas en Francia y Alemania 

Por más urgente que parezca, esta iniciativa no emergerá desde la actual estructura de poder internacional. Nacionalmente tampoco es fácil, pues las empresas involucradas en diversas relaciones económicas internacionales se escudan perversamente en los potenciales riesgos que correría su competitividad si aceptan aquellas indispensables normas apegadas a los derechos para humanos y no humanos. Por lo que, en estas circunstancias, los esquemas de responsabilidad adecuados deberán construirse desde cada país, sobre todo desde aquellos que cuentan con una sociedad civil responsable y comprometida con la vigencia de los Derechos Humanos y los Derechos de la Naturaleza.

Suiza es uno de esos países. Cuenta con una economía relativamente pequeña pero con una innegable capacidad influencia transnacional. Y cuenta con una sociedad civil cada vez más comprometida con la Consulta Popular sobre la Iniciativa de Responsabilidad Corporativa –Konzernverantwortungsinitiative-, la cual exige que las empresas con sede en Suiza cumplan también en el extranjero con todos los estándares sociales y ambientales.

Los habitantes del país europeo tienen la oportunidad de sentar un precedente efectivo y así dar impulso a otras iniciativas, como la Ley de Cadena de Suministro –Lieferkettengesetz- en Alemania, una propuesta de ley con la misma impronta; iniciativa que, con algunas limitaciones, ya se cristalizó en Francia en el año 2017. La aceptación de la iniciativa suiza podría ser significativa, incluso en términos económicos. Porque permitiría a Suiza presentarse como un país y con empresas cuyos productos se han fabricado de manera responsable, dentro y fuera, tanto en términos de humanidad como de la madre naturaleza.

Paso a paso, desde todas las esquinas del planeta y desde todos los niveles estratégicos de acción, estamos conminados a cambiar el curso de la historia para que nuestros nietos y nuestras nietas no sean las víctimas de tantas pandemias en curso y tantas más por venir.

El autor es economista y fue presidente de la Asamblea Constituyente en Ecuador en 2008.

Revisión y producción: Vicky Novillo Rameix & Romano Paganini

Web y Redes: María Caridad Villacís & Victoria Jaramillo

Foto principal: Mina de níquel a cielo abierto. En toda América Latina las empresas mineras están avanzando a pasos gigantescos, destruyendo flora, fauna y comunidades locales. Detrás están empresas multinacionales, así también en la mina El Estor, cerca del Lago de Izabal, el este de Guatemala. La Empresa Guatemalteca de Níquel es una subsidiaria de la Solway Investment Group con sede en Zug, Suiza. El níquel se usa, en primera instancia, para prevenir la corrosión en metales y se emplea principalmente en la industria automotriz y de aviación, año 2013. (Alejandro Ramirez Anderson)

Fuente: https://mutantia.ch/es/es-hora-de-poner-a-la-economia-internacional-en-su-lugar/

Déjenme hablar de Walsh

Por David Viñas

Que desplegaba unos ademanes de pastor protestante, certeros, pausados y sin untuosidad. Podría ser un punto de partida. Otro posible arranque: que le entusiasmaba hablar de Emily Dickinson, aunque sin citarla ni alardear de feminista. O que me miraba con unos ojos plácidos, algo descoloridos pero invictos, y que se burlaba –con demasiada frecuencia- de sus antepasados irlandeses, de Manuel Mujica Lainez, con motivo de la bandera paquistaní y de su propia calva. Sería una tercera opción de comienzo.

Pero me hubiera gustado empezar diciendo algo de su obra. De las resonancias joyceanas que flotan entre los “Irlandeses detrás de un gato” cuando alude a la rencorosa lucidez o a las humillaciones cotidianas que viven los pupilos en cualquier internado. Y que en Walsh remiten, a su vez, a la acanallada bruma infantil del Juguete rabioso de Arlt (de Roberto Arlt, estoy hablando).

A lo mejor, fingiéndome arbitrario, hubiera intentado demostrar que “Un oscuro día de justicia” es el cuento más sagaz de la liteartura argentina, mucho más allá de la inobjetable fascinación de Borges o de las sagaces maestrías de Bestiario. Sería una polémica. Quizá, crispada y saludable. Previsiblemente, un fofo tironeo alrededor de jerarquías y galones. O, lo más seguro, el recalado en algún melancólico debate en torno a compromisos, anáforas y otros patriotismos.

Imaginé detenerme, también, en el uso de las palabras en su envidiable “Nota al pie”. En la forma en que Walsh “toma la palabra” y en las pausas que utiliza en su economía, su brusquedad o en su desdén. Hasta lograr que un texto de la aventura resulte, al mismo tiempo, aventura del texto. ¿De qué se trata? Intentando mirar de muy cerca: de una cuestión de ajuste de ranuras acentos o bisagras; una carpintería con algo más de minuciosa épica de vértigos y detalles. Porque cierto adjetivo o el manejo veloz de las esdrújulas no funcionan allí decorativamente, de forma obscena o mediante acumulaciones, sino como alusión, rasgo, fluidez y operatividad. Apuntando a que una especie de humareda, allá lejos, sea su clima. En una austera, descarnada brevedad.

Porque Walsh no se deja de seducir por sí mismo ni se acaricia las mejillas en los hombros de sus propias certezas.  Al fin de cuentas (y un 7 de abril, desabrigado pero memorable, me lo cuchicheó, apenas en el Retiro de Buenos Aires), él prefería el cobre  a las peluquerías. O, a lo sumo, la lezna al universo de los pronombres aterciopelados: con una materia obcecada; jamás especular o complaciente. Teniendo en cuenta que para él un texto no era un dato, sino un resultado, un producto.

Presumo, sobre todo por esto último, que sus ademanes calvinistas –o, mejor aún, jansenistas, piadosos pero sin relajamiento alguno- trazan una continuidad entre su mordiscón a los bizcochos, a las chuletas más sabrosas, y hacia las inepcias de cierto general módico y engominado, hasta llegar, paradójicamente, a The Wreck of the Deutschland o al horteraje de los turistas argentinos.

No era enérgico. Más bien, empecinado. Con una inquietante focalización de sus ojos medio aguachentos. Casi bizco, desguarnecido, se tornaba en insolente. Sobre todo cuando discutíamos. En especial, con motivo de su memorable “Esa mujer”: porque yo insistía en afirmar que se mejante cuento nos remitía, mediatamente, a la similitud jugada por la Eva Duarte más radicalizada en 1951 con los jóvenes masacrados alrededor del 76. Entendidos ambos como dos vanguardias. Como dos puntas de lanza análogas largadas a la descubierta –y negociadas después con el Ejército- dentro de la llamada “estrategia política” del teniente general Juan Domingo Perón.

No nos pusimos de acuerdo.

Empero, esa agresividad lúcida y sombría (mediante la cual la indignación moral, tan abollada por carrieristas, sacristanes, yernos y franeleros, popes, correveidiles, brigadieres, delatores, virgos, verdugos y ramplones del soneto entalcado en América Latina, era rescatada encarnizadamente por Walsh) iba definiendo cada uno de sus actos. Sus teoremas sucesivos. Sus desabrimientos como su fervor. Y su cotidianidad perpleja, ansiosa y, mucha veces, desolada. En busca urgente de respuestas de jubilosa eficacia pero, sobre todo, de integraciones. Es que, sin sistema, desconfiaba de todos los dualismos: de ninguna manera “ficción” separada de la “no ficción”, sólo narrativa: jamás “palabras” por un lado, “actos” por el otro, sino palabras-acto y actos cargados de sintaxis.

Correlativamente, esa característica vincula a toda una generación. Al emblema principal de una generación argentina. Aunque lo de generación remita –de manera muy notoria en el rio de la Plata- a los tics pedagógicos de Ortega, Marias o el profesor Anderson Imbert. Para cuyas perspectivas una generación no es mucho más que un pretexto elitista para disfumar las clases, escamotear sus conflictos, maquillando la historia tras una rueda de naturalización, beaterías y tranquilizadoras repeticiones: después del invierno viene la primavera, el verano luego, más adelante el otoño. Y así hasta el final de los siglos. Y dentro de esa circularidad todos los jóvenes con inquietudes pero juiciosos su lugarcito tendrán.

No Walsh. Nada que ver con esa rutina manual y ortopédica. Porque cuando se concluye Un kilo de oro o se relee Operación Masacre, a poco de andar se va recortando un eje como reiteración o núcleo espeso que concluye por trocarse en obsesión y que, significativamente, reenvía al Antonio Maceo de Ernesto Guevara. Es el mismo sabor de boca de Los oficios terrestres que se reencuentra en el Antonio Guiteras. Una suma de elementos percibidos como contención puntual y taciturna al mismo tiempo. Sin “sobreescrituras” (similares a las actuaciones de los actores flojos” ni volutas ni complicidades. Un movimiento de página carente de amplificación; más bien enjuto y exigente. A veces desgarbado. Resuelto con procedimientos de grabador o de diario de campaña: un “ademán lingüístico” que cultiva la probidad tanto en la respiración, al diseñar los escenarios o al ir seleccionando en medio del vértigo de las posibilidades infinitas. Último aspecto éste que opera con un bestiario donde cada animal no es más que un delirio ya insinuado en el propio Walsh.

Lo que, sospecho, me confirma el hablar de generación. Rodolfo Wlash y la generación del Che. Por toda una serie de comunes denominaciones que instauran cierta modalidad entendida como “manera de ser” en virtud de una secuencia de vasos comunicantes. El primero, un sentimiento trágico. Que no se produce bajo la mirada de los dioses, sino com ahora: en la proximidad de la muerte. Y con otras inflexiones, flecos, parentescos, humillaciones compartidas, creencias, deseos, proyectos y odios comunes. Desde ya , apuestas y fracasos. Y miedos, eventuales trascendencias y miserias comunes. Pero, sobre todo, concretas coyunturas históricas. Cuatro en particular: nacimientos (y padres) incrustados en aquellos años en que Hipólito Yrigoyen era el emergente político más notorio de la Argentina; infancias dickensianas diría, por veloces y precarias, a lo largo de la “década infame” de reaparición y predominio de la república oligárquica (1930-1943); adolescencia y estudios desabridos durante el “peronismo clásicos” (1946-1955). Y, de manera especial, con el momento que inaugura la problemática actual de América latina: la revolución cubana de 1959.

En ese contexto, si Los oficios terrestre de Walsh lo emparentan, sutil pero categóricamente, con los Pasajes de la guerra revolucionaria, es porque la denuncia contra el general Videla de 1977 se recorta sobre el fondo del Diario de Bolivia del 67. Determinado barrio dramático y borroso de Buenos Aires –Almagro o Mataderos- equivale así a algún despiadado rincón en Ñancahuazú. Un zócalo y dos faroles entre varias matas. Qué matorral, mi Dios. Que se superpone con él. Y termina por trocarse en su pivote. Porque si Walsh puede ser inscripto en el emblema de la generación del Che es, precisamente, porque en esa encrucijada también residen Paco Urondo, Agustín Tosco y Piccini. Con un texto no sólo de palabras aisladas, sino en colección de acontecimientos, escaramuzas y clausuras.

Walsh y el Che, entonces. Sea. Pero, también, Ongaro, Haroldo Conti y Angelelli el cura. Y muchísimos otros que no tienen el equívoco privilegio del nombre y el apellido. Voces anónimas, en escamoteo, tergiversación o implacablemente mutiladas. “Voces de los vencidos”. Voces ninguneadas, desmembradas. Voces locas, muchas veces, como las de un coro trágico en cierta plaza. Pero que, a través de concreciones como las de Walsh, empiezan, justamente ahora, a recuperar su materialidad. Su propio cuerpo.

[1] Publicado originariamente en la revista Casa de las Américas, Nro 129, La Habana, Noviembre-Diciembre de 1981. Recuperado de:  “Rodolfo Walsh, vivo”, compilador: Roberto Baschetti, Ediciones de la Flor, 1994.

EZLN: 37 años de dignidad y autonomía

por Raúl Zibechi

En estos tiempos feroces hay poco para celebrar. Mientras la oscuridad del sistema se convierte en rutina, cuando los de arriba nos despojan con muerte y violencia, las luces de abajo brillan con todo su resplandor, rasgando la noche, iluminando las trochas y las pendientes. El 37 aniversario del Ejército Zapatista de Liberación Nacional es, con seguridad, la luz más potente en el firmamento latinoamericano.

El EZLN celebra su 37 aniversario afrontando una de las mayores ofensivas militares en mucho tiempo, alentada por el gobierno «progresista» de Andrés Manuel López Obrador, por los gobiernos de Chiapas y de varios municipios del estado, que lanzaron una guerra de desgaste contra los territorios autónomos, para despojar y destruir al EZLN y a las bases de apoyo.

Pero, ¿qué celebramos en concreto? La continuidad y la perseverancia de un movimiento revolucionario distinto a todo lo anterior, algo que debemos valorar en toda su trascendencia. No sólo no claudicaron, no se vendieron y no traicionaron, sino que no repitieron el esquema vanguardista, que reproduce la cultura dominante al convertir a sus dirigentes en nuevas elites.

Celebramos la coherencia, pero también lo mucho que nos enseñaron en estas casi cuatro décadas. Para no hablar en general, quiero referirme a lo que he aprendido, ya sea en la «escuelita zapatista» o en diversos encuentros e intercambios en los que pude participar.

El núcleo del zapatismo es la autonomía. No teórica ni declarativa, sino práctica viva de los pueblos, en todos y cada uno de los momentos y espacios en los que hacen sus vidas, desde los ejidos y las comunidades, hasta los municipios y las juntas de buen gobierno. La autonomía es una forma de vida, es la dignidad de los pueblos; autonomía colectiva, no individual como nos trasmitió cierto pensamiento eurocéntrico.

Necesitamos la autonomía para continuar siendo pueblos y sectores sociales que practicamos otros modos que los de arriba. La autonomía puede ser practicada en todos los espacios, en los barrios de las ciudades, entre campesinos, pueblos originarios y negros, en los más diversos colectivos y comunidades.

La autonomía es ese inmenso paraguas de dignidad que sostenemos entre todos y todas. No es una institución, son relaciones humanas vivas, tejidas con la dignidad que nos permite hermanarnos.

Las bases de apoyo y el EZLN nos enseñaron, también, que la autonomía debe ser completa, integral, o por lo menos tender hacia ello, abarcando todos los aspectos de la vida de los pueblos. Por eso construyen escuelas, clínicas, hospitales, cooperativas y todo ese rico entramado de producción de vida y de cuidado de la vida.

Autonomía se conjuga con autogobierno y con justicia autónoma; el motor de la autonomía son los trabajos colectivos.

La defensa de los territorios y la comunidades es otra de la enseñanzas del EZLN. Pero aquí aparece otro rasgo de la autonomía, inédito en el campo de la revolución: la defensa de nuestros espacios no puede ser mera reacción a lo que nos hacen los de arriba. Elegir cómo, cuándo y de qué manera actuamos es también un rasgo de autonomía, para no caer en provocaciones, porque ellos quieren la guerra, porque la guerra beneficia al capital.

En este punto, el EZLN nos ha enseñado a no responder agresión con agresión, muerte con muerte, guerra con guerra, porque ahí dejamos de ser autónomos, o sea dejamos de ser diferentes. Y esto no tiene nada que ver con el pacifismo.

Aprendimos que no hay un modo único de autonomía, válido para todos los pueblos en todo tiempo. Nos han enseñado que cada quién camina a su modo y según sus tiempos, y eso es lo que están haciendo los pueblos en América Latina.

Puedo dar testimonio del modo como las autonomías se expanden por nuestro continente. Decenas de comunidades mapuche en el sur de Chile y Argentina, se están reconstruyendo de forma autónoma, enfrentando la política de los estados que los presentan como terroristas.

El Consejo Regional Indígena del Cauca, en el sur de Colombia, es una expresión notable de construcción de autonomías. La guardia indígena se expande hacia los pueblos negros y campesinos, que han protagonizado la reciente Minga Indígena, Negra y Campesina que culminó en Bogotá luego de caminar 500 kilómetros (https://bit.ly/2IMRFQk).

En Perú se ha formado el Gobierno Territorial Autónomo de la Nación Wampis, proceso que están siguiendo otros tres pueblos amazónicos del norte. En la Amazonia brasileña 14 pueblos están transitando hacia la autonomía para defenderse de la minería y el agronegocio, como ha mostrado el geógrafo militante Fábio Alkmin en una investigación en curso.

Sería abusivo dar la impresión que todas las autonomías siguen los caminos que está transitando el EZLN. Pero quiero enfatizar que la existencia del EZLN es un impulso, un referente, una luz que nos dice que es posible resistir al capital y al capitalismo, que es posible construir mundos otros, resistiendo y viviendo con dignidad.