Himani Bannerji: “Construyendo desde Marx: reflexiones sobre la clase y la raza”

“Sé que no estoy sola. Debe haber cientos de otras mujeres, tal vez miles, que sienten lo mismo que yo. Puede haber cientos de hombres que deseen que sucedan las mismas cosas drásticas. Pero, ¿cómo se conecta con ellos? ¿Cómo se puede relacionar su propia lucha y objetivos con esta miríada hipotética de personas que están completamente escondidas u ocultadas por estereotipos y/o “plataformas” genéricas que, como cualquier movimiento, parece alimentar? No lo sé.  No me gusta esto, estar sola cuando está claro que tendría que haber multitudes trabajando juntas, en todo el mundo, para que un cambio radical y positivo pueda imponerse sobre el atroz status quo.Lo desprecio con todo su poder abrumador.”

June Jordan, “Declaration of an Independence I Would Just as Soon Not Have”, en Moving Towards Home: Political Essays (1989)

Introducción

Es frecuente en círculos académicos y políticos hablar de “raza” al mismo tiempo que se habla de género o clase. Está más o menos reconocido que la “raza” puede combinarse con otras relaciones sociales de poder y que estas, a su vez, pueden ser mediadas entre sí e intensificarse mutuamente[1]. Esta combinación de la “raza”, el género y la clase a menudo se expresa a través del concepto de “interseccionalidad”, en el que tres hebras particulares de las relaciones sociales y de las prácticas ideológicas de la diferencia y el poder son observadas como emergiendo desde su terreno social propio y específico para entrecruzarse entre ellas “interseccionalmente” o por agregación[2]. Se trata de la unión de problemas sociales para crear un momento de la experiencia social.

Sin embargo, hablando desde la experiencia, las personas blancas y no blancas que viven en Canadá y en occidente saben que esta experiencia social no se experimenta interseccionalmente. El sentimiento de estar en el mundo, modulado a través de una miríada de relaciones sociales y formas culturales, se vive, siente o percibe como un todo simultáneo. La presencia de una mujer no blanca de clase trabajadora (negra, surasiática, china, etc.) en el entorno racial cotidiano no es divisible en una serie de momentos diferentes. Su negritud, su sexo o personalidad de género neutro y su condición de clase trabajadora se integran al mismo tiempo, de forma instantánea[3]. Esta identificación está tanto en el ojo de quien mira como en el propio sentido de la presencia social que dicha mirada captura. Sin embargo, lo mismo vale para una mujer blanca, cuando se enfrenta a la experiencia del “ser mujer”, tenemos dificultades para teorizar en los términos de una ontología social.

¿Qué explica esta inadecuación conceptual? ¿Qué está fallando a la hora de captar esta experiencia constituyente? Si es vivida, ¿cómo puede pensarse y cómo podemos resolver nuestras deficiencias conceptuales? Mi intención es sugerir una teorización que pueda abordar estas cuestiones o, al menos, entender las razones por las que en un primer lugar necesitamos interrogarnos. No se trata de responder simplemente a un reto teórico, se trata también de una cuestión política. Es una pieza básica del puzle para constituir una democracia real.   

Para que la democracia pueda ser algo más que una formalización de rituales políticos al servicio exclusivo de la defensa del capital y bendición de las desigualdades sociales existentes, debe tener un contenido tanto popular como realmente participativo. Este contenido debería ser el conjunto de demandas sociales y culturales concentradas en los movimientos sociales y organizaciones que trabajan por los derechos populares a todos los niveles. Esta actuación política requiere un enfoque social que conciba las formaciones sociales como conjuntos complejos, contradictorios e inclusivos de los fenómenos de las interacciones sociales. Algo que el simple ejercicio aritmético de añadir o interseccionar estratificadamente la “raza”, el género o la clase no nos permite. Tampoco puede abordarse la “raza” como un fenómeno cultural y el género o la clase como una cuestión meramente social o económica, respectivamente. Debemos superar esta fragmentación del conjunto social en los aspectos elementales que lo componen. Por ejemplo, un sindicato no puede ser considerado en rigor una organización al servicio de la lucha de clases si únicamente se piensa la clase social en términos económicos, sin ampliar el concepto de clase incluyendo la “raza” y el género en su definición constitutiva. Es más, debería hacer factible este enfoque dentro de su composición social de clase[4].

Fuera de los sindicatos, que son explícitamente “organizaciones de clase”, la práctica común en los movimientos sociales actuales es adoptar políticas de “coalición” que no discriminen a nadie, en lugar de defender plataformas donde estas organizaciones se hayan puesto de acuerdo previamente[5]. Este activismo coalicionista es una cuestión táctica que refleja la misma lógica pluralista agregativa de lo social. Las organizaciones de clase se unen con aquellas que no lo son a causa de unos intereses compartidos en determinados problemas. En los “nuevos movimientos sociales”, el enfrentamiento entre el capital y la clase puede, en todo caso, ser considerado innecesario[6]. Demandas muy populares basadas en el género, la raza, la sexualidad, la identidad y demás son preferentemente formuladas en términos culturales, fuera de la relación capital-trabajo. En este marco político el “antirracismo” se convierte en una cuestión de multiculturalismo y etnicidad donde al incorporar los aspectos social-relacionales de la racialización éstos se convierten en una demanda cultural. No sorprende el reciente, y pronunciado, declive de los trabajos sobre la cuestión de la “raza” que combinen el sentido común cultural hegemónico con los trabajos sobre la clase y el Estado[7]. El giro al posmodernismo, alejado del análisis marxista de clase, ha tenido como resultado un incremento de la valorización de las normas y formas culturales y ha convertido las teorías del discurso en vehículos de la política “radical”. Si alguna vez el marxismo positivista nos obligó a lidiar con el economicismo y el reduccionismo de clase, ahora nuestra batalla está en el “reduccionismo cultural”. Ninguna de estas lecturas de la ontología social nos permite hacer justicia a una política en defensa de la justicia social. Nuestro viaje teórico, para llegar a buen puerto, debe empezar por otro lugar.

 

Teorizando lo social

La teorización y la acción política no se practican en lo abstracto. No rehúyen el pensamiento y la organización en temas específicos relacionados con la economía, la cultura o la política misma. Pueden parecer muy específico o local en su enfoque, por ejemplo, hablar de los vecinos o los sin techoen Toronto, o de problemas culturales. Pero la función de estos diferentes puntos de entrada a “lo social” es la de analizar y formular los problemas en términos de una problemática política que muestre cómo estos temas particulares o locales solo emergen en un contexto socioeconómico y de relaciones culturales más amplio o global.

Si son temas “específicos” debemos darnos cuenta de porqué son “específicos” respecto a un conjunto social general, más amplio, de relaciones estructurales e institucionales[8]. Por ejemplo, ¿la experiencia concreta de la pobreza en Toronto es posible analizarla al margen del tipo de desarrollo económico y social capitalista del conjunto de Canadá? Redirigiendo los errores de este caso, se trata de pensar e interrogarnos más allá de la situación inmediata. No se trata de pensar la “pobreza” como una problemática en sí misma a la que únicamente debe añadirse la “raza”, la clase o el género, ni tampoco concebir estas problemáticas al margen del capital.

Más allá de la palabrería al uso sobre la teorización social reflexiva o incluso algunos excelentes trabajos sobre la clase, la esclavitud, el colonialismo o el imperialismo, especialmente gracias a los historiadores, es necesario que nos atrevamos con lecturas más complejas de lo social, donde cada aspecto o momento pueda ser mostrado como un reflejo de los demás. Donde cada pequeño fragmento contenga el macrocosmos en su microcosmos– como “el mundo en un grano de arena” (William Wordsworth). Sin embargo, en lugar de esto tenemos una próspera industria cultural que rompe la integridad de lo social y que alegremente valoriza los “fragmentos”, que prefiere colocar una incompletitud no relacional, o añadirla a lo que sea necesario. Echando estas cuentas, lo social equivaldría a un ordenamiento de las partes reguladoras –la vieja aritmética utilitarista– hablando con propiedad, esto es inconcebible. Tanto los marxistas como los neomarxistas han sucumbido al interminable debate sobre el modernismo y el posmodernismo, permitiendo que las categorías modernas de la estética y la moral los distrajeran. Procurando superar los términos de esta discusión, me gustaría volver a la formulación original de Marx de “lo social”, lo ontológico o lo existencial, en términos diferentes. Considero “lo social” como una formación socioeconómica y cultural compleja, traída a la vida a través de una miríada de relaciones sociales e históricas específicas, organizaciones e instituciones. Esto implica la existencia de agentes humanos vivos y conscientes y lo que Marx llamó “práctica, actividad sensorial humana”[9].

Aquí la cultura y la sociedad no se relacionan mecánicamente de acuerdo con una base económica y a una superestructura cultural. Todas las actividades de (y en) lo social están relacionadas, mediadas y articuladas con sus expresivas formas de conciencia incorporadas. Las prácticas comunicativas y de significación son momentos inherentes del ser social. Utilizando esta formulación de lo social, mi preocupación principal es desarrollar una crítica marxista acerca de lo que significa la “raza” respecto a la clase y el género. En otras palabras, intento socializar la noción de “raza”.

Antes de articular mi teoría de lo social, analizaré el tan extendido pensamiento fragmentado o estratificado que acaba borrando lo social de la concepción de ontología. Esta misma práctica puede también producir ciertas interpretaciones respecto a lo “cultural”, por ejemplo, convirtiéndolo en algo secundario, aparente o ilusorio donde la “clase” es entendida como una función de la “economía” y se la convierte en lo “real” o en la fuerza creativa fundamental de la sociedad. La cultura como superestructura “refleja” o “se corresponde” con la base económica. En el enfoque conceptual inverso, el poder constituyente/formativo del discurso determina lo social. Al convertir lo social en algo fundamentalmente discursivo, se transforma en un mero objeto del pensamiento.

Las epistemologías alcanzan una proporción de exclusividad, que no es nueva, acerca de la cual Marx habló en su Primera Tesis sobre Feuerbach[10]. En ambos modelos reduccionistas, las políticas de clase pueden ignorar la “raza” y el género, o las políticas en cualquiera de estas vertientes, ignorar la clase. El marxismo positivista también puede jerarquizar la importancia de cuestiones sociales de lucha mediante la relegación de las relaciones de género al estatus de “contradicciones secundarias”, mientras la “raza” o la casta son vistas como meras formas “culturales” de la desigualdad. Actualmente, la corriente principal del movimiento obrero en occidente a menudo descarta el tema de la “raza” al considerarla como política del discurso o de la identidad étnica/cultural. Y viceversa, activistas de la “raza” pueden descartar las políticas de clase o antiimperialistas en tanto que son “políticas blancas”. El género o el patriarcado pueden ser considerados por ambos grupos como completamente redundantes; paralelamente, las feministas pueden teorizar la comunidad sobre la base de ser mujeres y pueden encontrar tanto la “raza” y la clase como redundantes o sin una importancia intrínseca[11]. Para todos estos grupos, aquello que consideran irrelevante puede también ser el motivo de sus divisiones, lo que perjudica el avance de sus movimientos sociales. Mi preocupación principal es superar estas posiciones conceptuales y ofrecer una crítica marxista que incluya una interpretación social de la diferencia, especialmente atendiendo a lo que la “raza” significa para la clase y el género.

Me encamino ahora a presentar cómo la clase puede ser transformada desde un concepto meramente económico a uno social, que constitutivamente implique relaciones sociales y las formas de conciencia. Lo que pretendo es lo que muy bien pronosticó E.P. Thompson en La formación de la clase obrera en Inglaterra, cuando analiza la clase y la conciencia de clase como creaciones activas de individuos sociales[12].

No es ninguna noticia que el pensamiento positivista que permeó el siglo XIX europeo, especialmente entre la intelectualidad británica y el prestigio otorgado al cientifismo de la medición, cambió el curso del pensamiento social previamente marcado por la filosofía. Nociones como “conocimiento” y “ciencia” definitivamente adoptaron un aspecto tecnológico y cuantitativo al que fueron estrictamente añadidas las nociones de causalidad y la idea de “leyes” sociales paralelas a las leyes “naturales”, una rama más del estudio de la evolución humana.

Si observamos los últimos trabajos de Friedrich Engels, por ejemplo, podemos ver cómo el marxismo subsiguiente absorbió esta cultura del utilitarismo positivista y del cientificismo (p.e. Engels, 1969). A medida que la economía emergió como ciencia, desde donde pudo tender más ampliamente hacia la cuantificación, el marxismo mutó de la “crítica” de la economía política, como intentó Marx, a la economía política. La noción de economía comenzó a sustituir las nociones de lo social. De este modo, la organización social y la sociedad en general se convirtieron en enunciados o funciones de la economía. Las relaciones sociales vivas y experimentadas por los sujetos fueron sometidas a una visión de lo social unidimensional, esto es, de relaciones económicas o estructurales. Este hábito cientificista perduró, reemergiendo con el llamamiento de Louis Althusser, por ejemplo, en la búsqueda de la “ruptura epistemológica” en la obra de Marx –periodificándola en filosófica y científica separadamente[13]. El concepto y práctica del marxismo o socialismo “científico” se convirtió en el credo de los Partidos Comunistas de todo el mundo.

Curiosamente, este marxismo cientificista o positivista con su compresión truncada y reificada de lo social, se apoya mucho más en ciertas características del pensamiento liberal del siglo XVIII que en los propios escritos de Marx. Como mínimo, esta forma compartimentada de pensar rompe la formativa y compleja integridad de la totalidad social y crea segmentos o esferas de lo “económico”, lo “político” y lo “cultural”, que, en realidad, son ontológicamente inseparables. Esta separación de las esferas sociales fue esencial para el surgimiento del Estado y la sociedad burguesa. En la democracia liberal o burguesa, a pesar de su proclama universalista, la igualdad solo puede ser formal y así la noción de “libertad” y “democracia” no pueden ser llevadas realmente a cabo. Pero esta manera de pensar en esferas autocontenidas se ha convertido en hegemónica o se ha naturalizado lo suficiente como para que el marxismo político pragmático pueda, quizás inconscientemente, caer en la misma separación de esferas. En términos generales, la “clase” se convierte así en una categoría predominantemente económica, el género/patriarcado en una social, mientras la “raza”, la “casta” o la “etnicidad” son categorías culturales. No es difícil ver cómo la conciencia o la lucha de clases puede ser teorizada y actúa minimizando la “raza” y el género y viceversa. Sin embargo, no todos los marxistas se adscribieron a esta lectura liberal/burguesa, fragmentada y economicista de lo social. Denominados, por sus diferencias con otros marxistas, como “marxistas culturales”, George Lukács, Walter Benjamin o Raymond Williams, por ejemplo, exploraron activamente las relaciones constitutivas entre cultura y sociedad en su sentido más amplio, mientras Antonio Gramsci, a su vez, teorizó sobre las relaciones entre estas y el Estado y la sociedad civil[14].

 

Socializando la “raza”

El fenómeno social al que me refiero como “raza” no es una distinción biológica inherente a las personas. Es una manera –una forma inscrita del poder– de leer o establecer diferencias y buscar significados para reproducir a largo plazo esta lectura, organización y práctica. Cuando se dice que la “raza” es una construcción, es a esto a lo que se están refiriendo. La inexistencia de la “raza” como entidad física ha sido subrayada por los críticos darwinianos, como Stephen J. Gould (1981), por ejemplo. Esta es la razón por la que entrecomillo la palabra, para evitar el peligro de naturalizarla. “Raza”, por lo tanto, no es ni más ni menos que una organización social activa, una constelación de prácticas motivadas, consciente e inconscientemente, por imperativos políticos o de poder que implican formas culturales –imágenes, símbolos, metáforas y normas que abarcan desde lo cotidiano hasta lo institucional. Esta es la perspectiva que quiero defender a lo largo de mi teorización.

Si consideramos la “raza” como algo connotativo, como una agrupación que expresa relaciones sociales en el contexto de unas relaciones históricas y económicas determinadas, y la clase como un conjunto de relaciones sociales de propiedad con prácticas concretas, es fácil ver cómo están constitutivamente implicadas. Desde este punto de vista, uno puede decir que la “raza” moderna es una cultura social del capitalismo colonial e imperialista. La “raza” es, por lo tanto, una colección de discursos del colonialismo y la esclavitud, pero firmemente arraigada en el capitalismo en sus diferentes modalidades a lo largo del tiempo. De esta manera, la “raza” no puede ser desarticulada de la “clase” en la misma medida que la leche del café una vez han sido mezclados, o el cuerpo disociado de la conciencia de una persona viva. Esta inseparabilidad, esta relación figurada y constitutiva es tan vital para el proceso de extracción de plusvalía en el capitalismo como lo es la práctica del sentido común en la vida social. La participación económica, el valor del trabajo, la participación social y política, el reconocimiento y la marginación o inclusión cultural forman parte de esta formación social general.

Esta integridad de la “raza” y la clase no puede ser independiente de la organización social fundamental del género, esto es, de la división sexual del trabajo, mediante formas y normas culturales. Las múltiples relaciones de propiedad, incluyendo los cuerpos, el trabajo productivo y reproductivo, la normativa institucional y el sentido común cultural, están en una relación reflexiva y constitutiva[15]. Esto es lo que hacen las empresas multinacionales en el Tercer Mundo cuando contratan una fuerza de trabajo mayoritariamente femenina para incrementar su margen de beneficio. El presente proceso de realización del capital no puede omitir las formas o modos socioculturales dados. El capital no existe como abstracción universal. El capital siempre es una práctica, un determinado conjunto de relaciones con sus intrínsecas relaciones culturales. Por lo tanto, la “raza”, el género y el patriarcado son inseparables de la clase, de la misma manera que cualquier organización social se apoya en las relaciones intersubjetivas de unos cuerpos y conciencias marcados por una diferencia socialmente construida en el terreno de la propiedad privada y el capital.

 

Volviendo a Marx

“En toda sociedad existe una determinada producción que asigna a todas las otras su correspondiente rango [e] influencia, y cuyas relaciones por lo tanto asignan a todas las otras el rango y la influencia. Es una iluminación general en la que se bañan todos los colores y [que] modifica las particularidades de estos. Es como un éter particular que determina el peso específico de todas las formas de existencia que allí toman relieve”. (Marx, 1971. Grundrisse. pp. 28-29)

Para realizar una teorización reflexiva de lo social, es de ayuda recuperar algunos de los conceptos clave utilizados por el propio Marx. De entre los muchos que usó, me centraré principalmente en tres: lo “concreto” (Grundrisse), la “sociedad civil” (La Ideología Alemana y el Manifiesto Comunista) y la “ideología” (La Ideología Alemana, La Sagrada Familia, La cuestión judía). Relacionadas con ellas, podemos también recurrir a las nociones de “mediación”, “reificación” y “fetichismo”, que, aunque fueron parcialmente articuladas por el propio Marx, fueron más desarrolladas por marxistas posteriores. Algunos de ellos, Lukács, Benjamin, Althusser, Dorothy E. Smith, Frederic Jameson, por nombrar algunos, no quedaron recluidos en el campo de la economía política. Sus trabajos de crítica social y cultural procuraron liberarse del enfoque economicista o reduccionismo de clase, así como del reduccionismo cultural de la interpretación de lo social elaborada particularmente por el capital.

Marx adaptó el concepto hegeliano de lo “concreto” en sus notas sobre el Capital compiladas en los Grundrisse. Considero que su tratamiento de este concepto trae pareja los correlatos de una epistemología reflexiva, anteriormente señalada como materialismo histórico en la Ideología Alemana. Sobre esta noción Marx hace las siguientes observaciones:

“Lo concreto es concreto porque es la síntesis de múltiples determinaciones, por lo tanto, unidad de lo diverso. Aparece en el pensamiento como un proceso de síntesis, como resultado, no como punto de partida, aunque sea el verdadero punto de partida, y, en consecuencia, el punto de partida también de la intuición y de la representación.” (Marx, 1971. Grundrisse. p.21)

Podemos ver que lo “concreto” y lo social, tiene un carácter dual para Marx. Es una categoría abstracta o conceptual y al mismo tiempo existe en una formación social específica. Por lo tanto, es un “punto de partida” (como lo social) pero también un “punto de llegada” (como teoría). Que algo sea “concreto” no significa que sea visible como un “objeto”, como una mesa o una silla, no obstante, su “concreción” es una forma de existencia social determinada. Es concretada por relaciones sociales específicas, mediadas y expresadas, así como por sus prácticas y formas reproductivas de conciencia. De hecho, esta forma social “concreta” debe ser observada en contraste con un hecho o un “objeto” porque no está reificada, fijada o hipostasiada. Es una formación significativa, dinámica y fluida, creada por sujetos vivos en un tiempo vivido y un espacio real, pero con características particulares discernibles que implican otras formaciones sociales y las dotan de especificidad. Desde esta perspectiva, la “raza” es una agrupación connotativa de relaciones sociales, implicada con otras relaciones codificadas como “económicas” y “sociales”, esto es, la clase y el género. Si ampliamos el concepto de “clase” a una categoría sociológica, haciéndola, por tanto, entrar en relación con todo el conjunto de relaciones sociales, prácticas significativas y organizaciones, no puede ser articulada en formaciones socio-históricas específicas, como la nuestra, sin la “raza”. Por esta razón, puede decirse que la “raza” es el discurso ideológico y el sentido común cultural de un capitalismo imperialista y un patriarcado colonial. En este tipo de terreno histórico existente es imposible desarticular la “raza” de la “clase”. Desnuda de sus adornos metafísicos, la noción de lo “concreto”, por lo tanto, en el modo en el que la utiliza Marx, se convierte en una formación social marcada por la complejidad que la constituye. La organización y las relaciones sociales, ambas complementarias y contradictorias, con sus adiciones e inflexiones históricas, forman parte de la ontología social del sujeto-agente. Pero también tienen capacidad para conceptualizarse en una forma no mecánica ni secuencial.

Puede ser fructífero moverse desde los conceptos de “concreto” y “lo social” hacia la noción de “sociedad civil”, crucial en la crítica epistemológica marxiana[16] y señalar su íntima conexión con la noción de “modo de producción”. El énfasis de Marx está aquí en el modo, el terreno organizativo y social de la producción, así como en la reproducción y su consecuente política, administración y cultura. La Ideología Alemana, donde presenta sus ideas sobre la formación y el cambio de lo social, es una rica fuente para comprender la complejidad de los modos de producción tal como los articuló Marx. Liberándose de la separación cualitativa y ontológica entre la sociedad civil y el Estado, la economía y la cultura, la política, la esfera pública de lo privado y lo familiar, Marx presenta en su texto un espacio sociohistórico integrado y en elaboración constante. Este es el laboratorio de la lucha de clases y la revolución. Este devenir social e histórico no es presentado como evolucionista o teleológico, está atravesado por resistentes y dominantes formas de conciencia. Aquí hay ejemplos de sus análisis sobre la sociedad civil, terreno para al “modo” de organización de la vida cotidiana para la producción de la propiedad privada y sus correspondientes costumbres morales y culturales. Para Marx “la sociedad civil es el verdadero hogar y escenario de toda historia y cuán absurda resulta la concepción histórica anterior que, haciendo caso omiso de las relaciones reales, solo mira, con su limitación, a las resonantes acciones y a los actos del Estado”.  Además, trata la sociedad civil como “una organización social… que forma en todas las épocas la base del Estado y de toda otra superestructura idealista”. [Ideología Alemana. Pág. 30]

Si analizamos las afirmaciones de Marx, dos cuestiones captan nuestra atención. La primera, el “modo” social es un todo dinámico e integral. Por su naturaleza de proceso constitutivo no puede ser caracterizado como un proceso agregativo. La naturaleza de este proceso requiere aspectos temporales y espaciales, lo que aquí y ahora adopta una forma específica se convierte en algo diferente en el futuro. Algunos aspectos de la formación que reposan en el estado actual, serán, por consecuencia, también parte del pasado. No pueden extraerse las partes que componen esta viva forma del ser social y su proceso constituyente, y esperar que siga vigente y en movimiento. Un cuerpo humano desmembrado y diseccionado no puede revelar el secreto de una vida consciente. Un “modo” de producción no revela su ser social cuando sus relaciones sociales y sus formas de existencia, aunque sea de forma “interseccionada”, son consideradas de forma segregada. Este es, precisamente, el error del “método interseccional”. En esto debemos estar de acuerdo con los románticos del siglo XIX -con los que Marx compartió mucho de su Weltanschaung o visión del mundo: el conjunto es más que la suma de las partes.

El segundo aspecto a destacar hace referencia a la cultura y la conciencia. Está claro que la conciencia no es un mero reflejo de la existencia. Todas las actividades son prácticas humanas sensibles y, como tales, realizadas por sujetos y agentes conscientes. Por esta razón, Marx necesita postular la noción de “conciencia práctica”[17] como un momento fundamental de todos los aspectos de las formas “concretas” de existencia. En este proceso cambiante de aprendizaje y transmisión, la vida continua, la historia avanza, se va haciendo –consciente o subconscientemente. El gesto de forjar una herramienta primitiva, uniendo dos palos, o deduciendo las estaciones a través de las estrellas se convierte en ciencia y tecnología en nuestra época contemporánea. En este esquema, ninguna manzana cae fuera de la mirada consciente. No es sorprendente que los caminos para reproducir y establecer la propiedad de la diferencia basados en la propiedad privada y el capital, son una parte básica de la existencia social, implicando la conciencia y la institucionalización. Viendo por tanto que la “raza” no es ni más ni menos que una forma de diferencia, creando un modo de producción a través de prácticas y actos culturales de racialización. La “raza” es esta diferencia y no puede permanecer sola[18].

Si esta “unidad” o integridad constitutiva se rompe, entonces nos quedan formas objetivas fenomenológicas o abstracciones fetichizadas. La tarea de los teóricos marxistas es deconstruir estas formas objetivadas y devolverles sus diversas y concretas determinaciones sociales. Como destacaba Lukács (1980: 99-137), para entender la ontología del ser social se necesita una epistemología que conecte el pensamiento con su terreno material socio-histórico. La versión marxista del empirismo o del positivismo no lo consigue porque tiende a representar lo concreto como nada más que “cosas” o “objetos”, “hechos” sin vida.

Los intentos de romper con las constitutivas y diversas determinaciones presentando estas fracturas como propias de la realidad es precisamente lo que complica los problemas de los movimientos sociales que, para ser eficaces, deben integrar la “raza”, el género y la clase. Involuntariamente, producimos abstracciones reificadas que truncan el entendimiento de la sociedad. Confundimos la especificidad de las formas sociales con particularidades inconectas. De este modo, la cultura se convierte en algo no material, asocial y únicamente discursivo, y la economía y las formas de gobierno pierden las mediaciones de las formas de conciencia. Como hemos dicho anteriormente, esta lectura fragmentada tiene como resultado una ideología o una serie de demandas por la igualdad de derechos de ciudadanía dentro del marco de la democracia burguesa reforzando y preservando legalmente las relaciones sociales de desigualdad y dominación. Haciendo la crítica de la economía política burguesa, Marx elabora su teoría del modo de producción. En contraste con el pensamiento liberal burgués, Marx muestra como cada forma social específica sirve de microcosmos del macrocosmos social, justamente como cada célula del cuerpo conserva su código genético completo. Esta forma de pensamiento es anti-dualista y anti-positivista. El modo de producción, como indica Marx (19a73: 97) en los Grundrisse, no está “organizado de forma causal y lineal”. Empleando la noción de mediación, entre relaciones sociales y formas de conciencia, tanto práctica como ideológica, muestra cómo se debe obtener todo un conjunto social de significados, comunicativo y expresivo, para que cualquier forma de gobierno y organización económica opere y sea efectiva. Visto así, “socialmente”, la clase no puede carecer de género ni de cultura o no puede haber una cultura sin género y sin clases.

El capital es obviamente una práctica social, no solo una abstracción teórica. Como tal, el proceso de realización y reproducción del capital está arraigado en la sociedad civil, en su terreno cultural y social. En este sentido, la clase es, para Marx y otros, una categoría de la sociedad civil[19]. La explotación del trabajo no se reduce a una ratio aritmética entre mano de obra y tecnología en el terreno de los medios de producción. Factores sociales y culturales como el género y la “raza” se imbrican en dicho proceso junto con sus normas implícitas y organizan el espacio social que comprende el capitalismo como modo de producción y la organización de la sociedad civil. Entramos en un ámbito de extensas y sutiles mediaciones que determinan las formas, los valores, los procesos y los objetos de la producción[20]. Por lo tanto, la “clase”, cuando se la ve concretamente, depende y excede de lo que llamamos economía. Los debates sobre el trabajo doméstico de las mujeres y su retribución salarial o la relación de la esclavitud con el capitalismo revelaron las profundas raíces socioculturales de la economía. Por lo tanto, podríamos identificar la “raza” y el patriarcado/género con los llamados momentos extraeconómicos o culturales/discursivos, pero no obstante sociales, del conjunto del modo de producción capitalista que tiene su propia ontología social. Marx (1973:94) señala esta relación constitutiva entre producción y reproducción cuando habla de la mediación como “el acto a través del cual todo el proceso otra vez corre su curso”. Por lo tanto, como modos de mediación, el género y la “raza” participan en la devaluación constante de la encarnación de ciertos grupos sociales y fuerza de trabajo creando un sentido común cultural “codificado por color” funcionales al estado y la sociedad en su conjunto (véase Backhouse, 1999; Razack, 2002).

En La ideología alemana, Marx identifica como “ideología” la epistemología que rompe la integridad de lo socialmente concreto en un nivel conceptual y plantea esta integridad como una propiedad de lo social. En contraste con el marxismo vulgar, la ideología para Marx abarca más que el pensamiento. Incluye la forma misma de producción del conocimiento que genera un contenido que desocializa, despolitiza y deshistoriza nuestra comprensión de lo social. Aunque la principal preocupación de Marx es el método preciso a través de cual se produce la ideología, también está preocupado por el contenido del pensamiento o las ideas que se generan. Tratándose de ideas dominantes, nuestras organizaciones políticas deben abordarlas como tales. Los discursos racializadores debes ser considerados en estos términos. En una sección titulada “clase dominante e ideas dominantes”, Marx afirma:

“Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época; o, dicho en otros términos, la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante. La clase que tiene a su disposición los medios para la producción material dispone con ello, al mismo tiempo, de los medios para la producción espiritual, lo que hace que se le sometan, al propio tiempo, por término medio, las ideas de quienes carecen de los medios necesarios para producir espiritualmente”. [Ideología alemana. p.39]

Después de ofrecer esta visión críptica, aunque altamente sugestiva, de cómo se crea un “sentido común cultural” para la dominación que legitima y reproduce las relaciones e instituciones dominantes, Marx (Ibid.: 64) afirma categóricamente que “las ideas dominantes” o lo que llamamos ideas predominantes en general, “no son otra cosa que la expresión ideal [es decir, cultural/formal] de las relaciones materiales dominantes, las mismas relaciones materiales dominantes concebidas como ideas; por tanto, las relaciones que hacen de una clase la clase dominante son también las que confieren el papel dominante a sus ideas”. No es sorprendente que las relaciones dominantes del capitalismo colonial patriarcal produjeran discursos patriarcales racistas de diferenciación física, social y cultural. Esto es exactamente lo que ocurre cuando los discursos o las categorías ideológicas de “raza” o “naturaleza humana” se emplean para “explicar” el comportamiento social o las características culturales, cuando en realidad, no hacen nada más que interpretarlas.

Más importante aún es como se generan estos discursos tan oclusivos, sustitutivos, o desviados sobre las categorías ideológicas. En La ideología alemana, Marx describe esta práctica epistemológica, conectándola con la división social del trabajo manual e intelectual. Expone la práctica a través de la cual las ideas, eventos y experiencias cotidianas se descontextualizan, se generalizan excesivamente o se sobredimensionan respecto a sus relaciones e intereses sociales originarios. Estos pedazos de ideas descontextualizadas, con pequeñas dosis de empirismo, reconfiguran sistemas discursivos o dispositivos interpretativos que adoptan una apariencia de independencia y consistencia. Es útil parafrasear y citar a Marx aquí. Teniendo en cuenta que la ideología es un dispositivo epistemológico empleado para descontextualizar y extrapolar, Marx ofrece una explicación de cómo opera lo que él llama “trucos”. Podemos empezar por “la concepción del proceso histórico: separando las ideas de la clase dominante de la clase misma y atribuyéndole una existencia independiente”. Desvinculadas de sus lugares sociales e históricos específicos, “nos limitamos a afirmar que en una época han dominado tales o cuales ideas, sin preocuparnos en lo más mínimo de las condiciones de producción ni de los productores de esas ideas” (Ideología alemana. p.40). Ahora tenemos un conjunto de ideas o discursos independientes de su ontología social, que parecen generarse, incluso pareciendo originales, pero se aprecia que están moldeando incluso creando, las mismas realidades sociales que los originaron precedentemente.

Por consiguiente, la conciencia da lugar a la existencia, en lugar de la existencia a la conciencia, entendido la existencia como existencia consciente. La vida imita o ilustra la teoría. Sólo “si ignoramos las personas y las condiciones del mundo que son la fuente de estas ideas”, dice Marx, se produce realmente “ideología”. Podemos alegremente olvidar que “en la época en que dominó la aristocracia imperaron las ideas del honor, la lealtad, etc., mientras que la dominación de la burguesía representó el imperio de las ideas de la libertad o la igualdad”.

Así se producen “ideas cada vez más abstractas, es decir, que se revisten cada vez más de la forma universal”. Escondiéndose detrás de la universalidad abstracta, consagrada metafísicamente, las ideas dominantes, por ejemplo, de “raza” o de género, representan los intereses de la clase dominante “como el interés común de todos los miembros de la sociedad…” (Ibid.).

Los intelectuales e ideólogos orgánicos del sistema dominante, defensores de la relación de propiedad, asumen la tarea del desarrollo y la sistematización de estos conceptos descontextualizadores. Sabemos bien la cantidad de trabajos filosóficos, “científicos” y culturales que se han dedicado a la producción de la “raza” y de las prácticas tendentes a la racialización del conjunto de ordenamientos y políticas[21]. No hace falta decir que entretenerse en las diferencias promovidas por el poder en la vida cotidiana, la historia y las relaciones sociales sólo puede ser útil a efectos de reproducir la dominación y mantener la hegemonía, no para construir la resistencia.

Las formas ideológicas se disfrazan de saber. Simplemente producen discursividades, incorporando pedazos de ideas descontextualizadas, eventos o experiencias materiales de la conciencia más espontánea. El modus operandi de este “saber dominante” se basa en epistemologías esencializadoras, homogeneizadoras (i.e., la especificación) y aespaciales y atemporales universalizaciones. El truco más poderoso de la ideología consiste, como hemos apuntado, en separar un concepto de sus relaciones sociales originales y mediadas, utilizadas de tal manera que incluso conceptos críticos tales como “clase” o la categoría feminista de “mujer” pueden volverse oscuros y servir el interés de las relaciones de dominación a través de la exclusión y la invisibilidad del poder en las relaciones de diferencia. Enfrentamientos que han conseguido escindir el mundo de la teoría feminista revelan que la implementación de la categoría “mujer” de forma desocializada (es decir, sin clase ni “raza”) y dehistoricizada (es decir, sin colonialismo ni imperialismo) ha ayudado a camuflar la agenda política de la clase media y ocultar la relación de dominación que algunos grupos sociales de mujeres tienen con respecto a otros[22].

 

Conclusión

“Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con las que se encuentran directamente, que existen y que transmite el pasado”. (El 18 de Brumario de Luis Bonaparte. Obras escogidas de Marx y Engels. Tomo 1. Pág. 250)

Varias consecuencias se desprenden de la práctica ideológica, de marxistas y no marxistas, de disociar la “raza” de la clase y del género. Los movimientos sociales han ignorado la tarea de elaborar una política que dé cuenta de la totalidad social. Los marxistas han conseguido en el mejor de los casos compromisos pequeño burgueses debido a su lectura ideológico/economicista de la clase y la costumbre de separar la clase de la cultura y de las relaciones sociales de género/patriarcado. Haciendo de la “raza” un asunto que no tiene nada que ver con la clase o incluso que es contrario a una posición de clase, se han marginado los sectores más desposeídos de la población, los elementos prescindibles para el capital en occidente y otros lugares. De este modo, la “raza” y el género se han convertido e identificado principalmente con la política liberal, con la de los derechos civiles y la ciudadanía, no con las luchas por el socialismo. El movimiento de las mujeres y lo que queda del movimiento obrero son por consiguiente movimientos sociales o anticapitalistas incompletos o no totalmente representativos, y como tales participan de la reproducción de la organización del capital y de la burguesía dominante.

Otra consecuencia ha sido la promiscuidad o mezcla de coaliciones políticas basadas en la clase, el género y la “raza” que carecen de coherencia interna y un entendimiento común, creando así posibilidades poco convincentes de asociación y relaciones audaces. Esta incapacidad para crear movimientos anticapitalistas o de clase ha dejado espacio para el desarrollo culturalista de la “raza” que, con la ayuda del multiculturalismo oficial, han tenido a los movimientos sociales como rehenes de la política fundamentalista de la “identidad”. Las opresiones creadas por las relaciones de dominación social y la desigualdad no desaparecen por el simple hecho de invisibilizarlas. Despojadas de su plena concreción socio-histórica o realidad en los niveles de la sociedad civil y el Estado, surgen fórmulas ideológicas de “raza” reificadas e identidades etno-nacionalistas, o actos de simple desesperación.

Para entender mejor lo nocivo que puede llegar a ser la política de la ideología, hay que recordar El 18 de Brumario de Luis Bonaparte, en el que Marx habla del desplazamiento y sustitución de identidades culturales que logran hacer el trabajo de la clase dominante en la etapa de construcción de la hegemonía. Las máscaras de dios de las actuales agencias políticas fundamentalistas, solo sirven para recordarnos las máscaras romanas usadas por sucesivos protagonistas de la revolución francesa. Incluso las formas e identidades socioculturales basadas en una versión de la clase no integrada o discriminatoria pueden inducir a formas de fascismo no de emancipación social. El nacionalismo, imperialismo y multiculturalismo oficial actual recurren a las “políticas de identidad” para desatar guerras, genocidios, opresión generalizada y control social. Los pronunciamientos en defensa de la supuesta civilización (cristiana) de Bush y Blair, su capitalismo y ambición militaristas, disfrazados con las máscaras de la democracia y la libertad, y los discursos feministas colaboracionistas según los cuales se pretendería salvar a las mujeres musulmanas, son proyectos de identidad ideológica devastadores. Tales juegos de manos legitimadores, que han llevado a una gran parte de los norteamericanos (sobre todo blancos) a identificarse con diversos mitos de dominación, sólo pueden ser impugnados a través del análisis social “concreto”.

Los marxistas occidentales con su llamamiento en defensa de una política social, deben admitir su responsabilidad en el debilitamiento de la lucha de clases. La debilitan al abordarla a través de las “políticas de identidad” y su actitud defensiva propia del liberalismo “tolerante” respecto a la cuestión de la “raza”. El rechazo de la indignación popular respecto a la injusticia social situándola en una posición marginal en la lucha de clases anticapitalista los ha llevado por un sendero que no conduce a una transformación social real. La incapacidad de ver el capitalismo colonial y la política imperialista de los últimos 500 años como “política de la identidad” racista y colonialista, ha vuelto el marxismo occidental políticamente ineficaz. Si los movimientos feministas antirracistas que desafían la hegemonía contienen algún elemento de recuperación de identidades culturales perdidas, eso no es en sí mismo negativo. La cuestión es evaluar sobre qué punto de vista se elabora esa “identidad” y qué culturas, historias y relaciones sociales evoca. ¿De qué identidad estamos hablando: la de los opresores o la de los oprimidos? Los teóricos de la izquierda y los marxistas no tienen por qué temer a la “identidad”. Hay suficiente fundamento en la obra de Marx para mostrar que es posible crear movimientos sociales eligiendo entre cultura, economía y sociedad o “raza”, clase y género para organizar una política de la revolución social.  Yendo más allá de los gestos de interseccionalidad, coalición interclasista y cohesión social, los marxistas pueden recurrir a una compresión no fragmentada de lo social que podría cambiar el mundo tal como lo conocemos.

NOTAS

[1]   Sobre la teorización de la relación entre “raza”, género y clase, el punto de partida para este ensayo es Davis (1983), Bannerji (1993, 1995), B. Smith et al. (1982) y Silvera (1983).

[2]   La noción de “interseccionalidad” más utilizada es la de las teorías críticas de la raza y las teorías jurídicas. Véase, por ejemplo, Crenshaw (1989) y Collins (1998).

[3]   Ver Terkel (1992) y Bannerji, “In the Matter of X” (1995: 121-158).

[4]   Hay que hacer un examen de la historia laboral canadiense o de los textos de estudios laborales para observar cómo la “raza” en sus diversas formas se ha incorporado en la teorización de la clase, el trabajo o la política de clase. Sería interesante ver si, en este campo, hay textos comparables a “Wages of whiteness” (1992) de Roediger, o “Racial Oppresion in Canada” (1988) de Li y Bolaria. Esta es una invitación a indagar. Los historiadores feministas negros han comenzado el proyecto, pero se debe profundizar más.

[5]  Por ejemplo, la Red de Metro por la Justicia Social.

[6]    Un ejemplo clásico de esta formulación se puede ver en Laclau y Mouffe (2001).

[7]    Me refiero a antologías como “The Empires Strikes Back” (Centro de Birmingham, 1982).

[8]    Para comprender mi uso del término ver Bannerji, “Introducing Racism” (1995:41-54).

[9]    Marx and Engels (1970: 121). Además, mi uso de la noción de “lo social” necesita unas palabras de reconocimiento de la deuda que tengo con el trabajo de Marx, así como el de Dorothy E. Smith, que, en todas sus obras, pero sobre todo en “Writing the Social” (1999), ha ofrecido una perspectiva relacional y constitutiva. En ensayos como “Ideological Practices of Sociology”, D. Smith (1990) ha trabajado sobre Marx y su propio método “reflexivo”. Ver también Bannerji, “But Who Speaks for Us?” (1995).

[10] En su primera tesis, Marx (1970:121, énfasis añadido) dice: “El defecto fundamental de todo el materialismo anterior… es que sólo concibe las cosas, la realidad, la sensoriedad, bajo la forma de objeto o de contemplación, pero no como actividad sensorial humana, no como práctica, no de un modo subjetivo. De aquí que el lado activo fuese desarrollado por el idealismo, por oposición al materialismo, pero sólo de un modo abstracto, ya que el idealismo, naturalmente, no conoce la actividad real, sensorial, como tal”. (https://www.marxists.org/espanol/m-e/1840s/45-feuer.htm)

[11]     Dos formulaciones interesantes de este método de exclusión deben ser encontrados en los textos ya clásicos, Spelman (1988) y B.  Smith et al. (1982).

[12]    En este libro, Thompson (1974: 9) socializa el concepto de clase, rescatándolo del economicismo. Introduce en el aspecto social-relacional el elemento de la subjetividad consciente. La” clase” es para él un “proceso activo, que debe tanto a la acción como al condicionamiento. La clase obrera no surgió como el sol, a una hora determinada. Estuvo presente en su propia formación”. Además, coincido con esta afirmación de que la clase es “un fenómeno histórico que unifica una serie de sucesos dispares y aparentemente desconectados en lo que se refiere tanto a la materia prima de la experiencia como a la conciencia.” (Ibid.)

[13]   Ver Althusser y Balibar (1973: 48-70), especialmente las consideraciones de Althusser sobre ciencia y teoría, en el prefacio, “Del Capital a la filosofía de Marx”.

[14]   Gramsci (1971). Especialmente su tratamiento de la relación entre el Estado y la sociedad civil en diferentes ensayos.

[15]     En los análisis clásicos de Marx (1970: 26, 44, 49, 52) sobre las implicaciones de la propiedad o las nociones morales, así como las relaciones familiares, y el enfoque constitutivo-reflexivo de lo social, donde analiza la familia como momento de la propiedad, dice, por ejemplo, que se trata de “la primera forma… donde la esposa y los hijos son esclavos del marido”. Ver también Marx y Engels (1972a) o Marx y Engels (1972b). Las teorizaciones posteriores han conservado lo esencial de este planteamiento. En el contexto estadounidense Angela Davis (1983) es un buen ejemplo.

[16]     Para una discusión ampliada de la “sociedad civil”, “History: Fundamental Conditions” (1970: 57-60), 1970: 48-52). Ambos implican discusiones sobre la construcción de lo social, donde la organización de las relaciones sociales involucra todos los aspectos básicos de la vida, incluido el de la conciencia. Aquí la producción y el consumo son impensables de forma separada y sin una forma de conciencia intrínseca, activa y material.

[17]    Junto con la discusión sobre las “relaciones históricas primarias”, Marx habla de “conciencia … que aquí hace su aparición en forma de capas agitadas de aire, sonidos, en resumen, de lenguaje. El lenguaje es tan antiguo como la conciencia, el lenguaje es conciencia práctica que también existe para los otros hombres, y solo por esa razón, existe realmente también individualmente; el lenguaje, como la conciencia, surge sólo de la necesidad de la interacción con otros hombres» (1970: 51; el énfasis es nuestro).

[18]    Para una comprensión clara del concepto de diferencia, Gates (1985) es particularmente útil. Aunque los autores de los ensayos no son marxistas, proporcionan ejemplos de materialismo cultural con una base sólida en la historia cultural.

[19]    Ver, por ejemplo, la perspectiva de Hegel de la “sociedad civil” en la introducción a Marx de C.J. Arthur (1970:5).

[20]    Sobre la importancia del concepto de mediación ver Marx (1973: 331-333).

[21]    Este proceso ideológico del que habla Marx se aborda de diferentes maneras en Harding (1993) o en Dua y Robertson (1999).

[22]    Este tema también ha sido abordado en escritos feministas postcoloniales. Ver Midgley (1998), Ware (1993) y McClintock (1995).

 

REFERENCIAS

Althusser, L. y Balibar, E. (1973) Reading Capital. B. Brewster (traductor). London: New Left Review.

Backhouse, C. (1999) Colour-Coded: A Legal History of Racism in Canada, 1900-1950. Toronto: University of Toronto Press.

Bannerji, H. (1995) Thinking Through :Essays on Feminism, Marxism and Anti-Racism. Toronto: Women’s Press.

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Birmingham Centre for Contemporary Cultural Studies (1982) The Empire Strikes Back: Race and Racism in 70s Britain. Birmingham: Hutchinson.

Collins, P. Hill (1998) Fighting Words: Knowledge, Consciousness and the Politics of Empowerment. Minneapolis: University of Minnesota Press.

Crenshaw, K. (1989) “Demarginalizing the Intersection of Race and Sex: A Black Feminist Critique of Antidiscrimination Doctrine, Feminist Theory and Antiracist Politics”. University of Chicago Legal Forum.

Davis, Angela Y. (1983) Women, Race and Class. New York: Vintage.

Dua, E. y Robertson, A. (1999) Scratching the Surface: Canadian Anti-Racist Feminist Thougt. Toronto: Women’s Press.

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Gates, H. Jr. (1985) “Race” Writing and Difference. Chicago: Chicago University Press.

Gould, S.J. (1981) The Mismeasure of Man. New York: Norton.

Gramsci, A. (1971) Selections from the Prison Notebooks. Q. Hoare y G. Nowell Smith (traductores y editores). London: Lawrence and Wishart.

Harding, S. (1993) The Racial Economy of Science: Toward a Democratic Future. Bloomington: Indiana University Press.

Jordan, J. (1989) Moving Towards Home: Political Essays. London: Virago

Laclau, E. y Mouffe. C. (2001) Hegemony and Socialist Strategy: Towards a Radical Democratic Politics. London: Verso.

Li, P. y Singh Bolaria, B. (1988) Racial Oppression in Canada. Toronto: Garamond Press.

Lukács, G. (1980) The Ontology of Social Being. Vol. 3: Labor. D. Fernbach (traductor). London: Merlin Press.

Marx, K. (1973) Grundrisse: Foundations of the Critique of Political Economy (Rough Draft). M. Nicolaus (traductor). London: Penguin Books, New Left Review.

Marx, K., Engels, F. (1972a) “The Manifesto of the Communist Party”. R. Tucker (ed.), Marx-Engels Reader. New York: Norton: 331-362.

–  (1972b) “The Origins of the Family, Private Property and the State (excerpts)”. R. Tucker (ed.), Marx-Engels Reader. New York: Norton: 651-660.

– (1972c) “The Holy Family (excerpts)”. R. Tucker (ed.), Marx-Engels Reader. New York: Norton: 104-106.

– (1972d) “On the Jewish Question (excerpts)”. R. Tucker (ed.), Marx-Engels Reader. New York: Norton: 24-51.

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McClintock, A. (1995) Imperial Leather: Race, Gender and Sexuality in the Colonial Contest. London Routledge.

Midgley, C. (ed.) (1998) Gender and Imperialism, Manchester: Manchester University Press.

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Smith, B., Hull, G. y Bell Scott, P. (1982) All the Women Are White, All the Black Are Men, But Somo of Us Are Brave. New York: The Feminist Press.

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– (1990) Conceptual Practices of Power: A Feminist Sociology of Knowledge. Toronto: University of Toronto Press.

Spelman, E. (1988) Inessential Woman: Problems of Exclusion in Feminist Thought. Boston: Beacon Press.

Terkel, S. (1992) Race: How Blacks and Whites Think and Fell About the American Obsession. New York: Nez Press.

Thompson, E.P. (1974) The Making of the English Working Class. Harmondsworth: Penguin Books.

Ware, V. (1993) Beyond the Pale: White Women, Racism and History. London: Verso.

Himani Bannerji es profesora asociada en el Departamento de sociología de la Universidad de York, Toronto. Su investigación se centra en el marxismo, el feminismo y la teoría antirracistas. Está especialmente interesada en la lectura del discurso colonial a través del concepto de ideología de Marx en relación con un análisis reflexivo del género, la raza y la clase. Entre sus múltiples publicaciones están Unsetting Relations: The University as a Site for Feminist Struggle(The Women’s Press), Returning the Gaze (Sister Vision Press) y Thinking Through: Essays in Marxism, Feminism and Anti-Racism.

Artículo descargable en pdf: “Construyendo desde Marx” Himani Bannerji

 

Traducción de Isabel Benítez e Ivan Gordillo para Marxismo Crítico

Nota sobre la traducción: Se han mantenido las referencias bibliográficas del texto original en inglés excepto en el caso de los Grundrisse y la Ideología Alemana que han sido sustituidas, cuando ha sido posible localizar el fragmento exacto, por la versión en castellano editada por Akal. (I.Benítez)

Artículo originalmente publicado en: Social Justice Vol 32 No. 4 (2005). Building from Marx: Reflections on Class and Race. http://davidmcnally.org/wp-content/uploads/2011/01/Bannerji-Building-from-Marx.pdf

 

Philippe van Parijs: «La ‘renta de ciudadanía’ de los Cinco Estrellas creará una trampa de la pobreza en Italia»

Hablamos hace poco con Philippe Van Parijs [le entrevista Roberto Ciccarelli para il manifesto global], el célebre filósofo belga, defensor de la renta básica. Manifestó que Italia necesita una contrapropuesta radical a la llamada “renta de ciudadanía” de los Cinco Estrellas. La actual medida podría transformarse en una “renta básica parcial”, según declaró. “Hay que estar preparados para la idea más radical de una renta básica incondicional”.

El gobierno italiano quiere crear una prestación por desempleo ligada al trabajo gratuito de hasta 16 horas semanales, a la formación obligatoria y a los incentivos a las empresas que contraten parados. ¿Es correcto describir esto como  “renta de ciudadanía”?

La expresión reddito di cittadinanza es equívoca en la medida en que sugiere que se trata de una prestación universal que se paga a todos los ciudadanos, en lugar de una prestación sometida a la evaluación de medios económicos restringida a los hogares pobres. Nuestros estados del Bienestar europeos constan de dos componentes principales de tamaño variable. Los seguros sociales, pagados por la seguridad social, financiada con las aportaciones a la seguridad social, están destinados a cubrir diversos riesgos que corren los trabajadores, incluido el de desempleo involuntario. La asistencia social, que se financia con la tributación general, está destinada a mejorar la situación material de los hogares pobres. En las décadas transcurridas desde la II Guerra Mundial, muchos países sistematizaron buena parte del componente de asistencia en un programa general de renta mínima garantizada condicionada a trabajar y a la evaluación de medios económicos. El reddito di inclusione del anterior gobierno italiano y el reddito di cittadinanza del actual gobierno son programas de asistencia social de este género, el segundo de un nivel bastante más elevado que el primero.

¿Por qué usa el gobierno esta expresión de “renta de ciudadanía”?

En algunas de las primeras formulaciones de Beppe Grillo, había referencias explícitas a un “reddito di cittadinanza, anche universale” y una contundente crítica del “assistenzialismo”. Cuando quedó claro que todo lo que el Cinco Estrellas propondría iba a ser  — reconozcamos que ambicioso  — un programa de asistencia social, supongo que sus dirigentes consideraron políticamente conveniente conservar una expresión que sugiriese una diferencia radical con el reddito di inclusione.

Hasta 16 horas de trabajo público para la municipalidad. ¿Hay algún país que haya introducido un grado similar de condicionalidad para estipular una renta básica?

La disponibilidad para un trabajo adecuado, ya sea que lo ofrezca la municipalidad, o cualquier otro empleador público o privado constituye una condición muy extendida en los programas de asistencia social. Hacer que el derecho a prestación dependa del trabajo real para las municipalidades que otorgan la prestación era una práctica del periodo más severo de las Leyes de Pobres inglesas. Dudo que haya algún programa viable que aplique en realidad una disposición de este género. Tal como descubrieron los que gestionaban las Leyes de Pobres, resulta muy costoso que los trabajadores con poca formación y poca motivación lleven a cabo trabajos no remunerados.

¿Qué piensa usted de la obligación impuesta por el gobierno de aceptar en el plazo de seis meses al menos una oferta de trabajo en 100 kilómetros a la redonda de la ciudad de residencia, 250 kms. en un plazo de 12 meses, y en cualquier localidad si no se ofrece ningún empleo en un plazo de 18 meses?

No me sorprende. La Lega debe de haber sospechado que en ausencia de esa cláusula, sus votantes del norte estarían subvencionando a los ociosos del sur y a los trabajadores del mercado negro. Gracias a esta cláusula, puede pretender al menos que el programa servirá para afrontar la escasez del mercado laboral del norte.

¿Qué opinión tiene de las sanciones del gobierno contra las declaraciones falsas sobre la situación económica de los pobres: hasta seis años de prisión?  

Ningún programa de asistencia social puede funcionar sin alguna sanción. Pero ningún castigo del fraude social cometido por los pobres resulta aceptable si es más severo que el castigo del fraude fiscal de los ricos. Y puesto que el “fraude social” resulta en cierto sentido inevitable allí donde la economía informal desempeña un papel significativo, las sanciones severas son una receta para una sociedad cuyos miembros más vulnerables están permanentemente aterrados por el riesgo de verse denunciados.

¿Qué piensa de la exclusión de esta medida de los extranjeros no comunitarios que llevan viviendo en Italia más de 10 años?

Ningún programa de asistencia social puede resultar viable sin fronteras cerradas o sin un período de espera. El derecho de los ciudadanos de la UE a las prestaciones de los programas de asistencia social general que existen en otros países está sometido a la condición previa de residencia legal durante cinco años. Podría acortarse este periodo de espera, y no hay un argumento decisivo a favor de hacerlo más largo para los que no son ciudadanos de la UE.

El gobierno ofrecerá subvenciones a las empresas que den trabajo a los beneficiarios de la renta de ciudadanía. Cuanto antes contrate la empresa, mayor será su beneficio. ¿Qué piensa de la transformación de la renta mínima, que debería considerarse un derecho social fundamental, en un incentivo para los emprendedores?

Al igual que el llamado programa Hartz IV, el reddito di cittadinanza funcionará de esta forma como un subsidio para el empleo de baja cualificación, sin ninguna garantía de que el empleador ayude al empleado a adquirir nuevas habilidades. Utilizar subsidios públicos para apoyar actividades de baja productividad puede tener sentido, pero sólo si proporcionan una formación útil, no si acaban haciendo rentables trabajos repulsivos.

¿Creará una nueva burocracia este sistema de contraprestación de trabajo que lidie con la colocación de los desempleados y con disciplinar a los pobres?

Si se toman en serio las condiciones y se aplican con un mínimo de rigor, el coste burocrático de colocar, supervisar y sancionar va a acabar siendo espectacular, y se terminará gastando más dinero en los salarios de los controladores que en las prestaciones de los controlados. Por lo tanto, no podemos esperar una puesta en práctica rigurosa. Y en ausencia de ello, prevalecerá la arbitrariedad y prosperará el clientelismo.

El ministro de Trabajo y Desarrollo, Luigi Di Maio (Movimiento Cinco Estrellas) lo presentó como una “revolución del Estado del Bienestar”. ¿En qué sentido debería entenderse esta expresión? ¿Supone un Estado del Bienestar más igualitario y universal  o un giro punitivo del Bienestar hacia lo que se llaman programas de contraprestación de trabajo [“workfare”] para desempleados?  

En el contexto italiano, el reddito di inclusione fue una pequeña revolución. Italia se sumó finalmente al conjunto de países desarrollados con un programa general de renta mínima. El programa no era individual ni universal ni estaba libre de obligaciones. Pero constituyó, a mi modo de ver, un importante paso adelante. Respecto al reddito di inclusione, el reddito di cittadinanza no fue una revolución: la estructura básica se mantuvo. Pero fue una reforma significativa, tanto porque aumentó de manera substantiva el nivel de prestaciones como por el hecho de que fortaleció su condicionalidad. A primera vista, debería aplaudirse su mayor generosidad  Pero crea un riesgo muy grande de un revulsivo serio. Puesto que el reddito di cittadinanza no es universal sino que está sujeto a la evaluación de medios económicos, las ganancias declaradas de otras fuentes se deducen de ello. Por consiguiente, económicamente no tiene sentido trabajar por unos ingresos netos declarados de menos de 780 euros. En partes más pobres del país, esto equivale a destruir los incentivos económicos de mucho trabajo a tiempo parcial y autoempleo modesto (declarados), con una burocracia represiva y costosa de la que se espera que reduzca el perjuicio económico.

Alemania, Inglaterra y Francia son algunos de los países en los que lleva existiendo desde hace años un sistema de subsidios de desempleo sobre el pilar de una renta básica. Muchos investigadores han criticado esta medida porque ha creado una “trampa de la pobreza”. ¿Qué es eso?

Es precisamente lo que ilustraba justo antes: con un programa sometido a la evaluación de medios económicos, es decir, con un programa que restringiera las prestaciones a los hogares por debajo de cierto umbral de renta, mucha gente pobre se ve atrapada en la pobreza, porque su intento de salir de ella obteniendo alguno modestos ingresos se ve “recompensado” por la reducción correspondiente de sus prestaciones. Esto se aplica a los programas de Bienestar libres de obligaciones así como a los programas de contraprestación de trabajo, es decir, a los programas que imponen más o menos despiadadamente a todos los solicitantes en buenas condiciones físicas la obligación de estar disponibles para trabajar. La contraprestación de trabajo constituye precisamente una forma de hacer que trabaje la gente pobre, pese a la trampa de la pobreza.

¿Corre Italia el riesgo de la misma “trampa de la pobreza”?

Decididamente, a causa sobre todo de sus diferencias regionales. Comparado con otros países, el nivel de prestaciones es relativamente alto respecto al PIB per cápita en el sur del país.

¿Cuál es la diferencia entre renta básica, “renta de ciudadanía” y el sistema de subsidios de desempleo?

A diferencia del reddito di cittadinanza, la renta básica es estrictamente individual (es decir, no se asigna en función del hogar), es universal  (es decir, no depende de los medios económicos) y libre de obligaciones (es decir, no depende del trabajo).

En Italia, todavía no se ha entendido plenamente la necesidad de una renta básica. Y la confusión del presente gobierno no ha ayudado en nada. ¿Podría usted explicarlo?  

La elección terminológica, desde luego, no ha ayudado. A la renta básica se la denomina a veces “ingreso ciudadano” [“citizen’s income”] en el Reino Unido o “salario ciudadano” en los países escandinavos. Pero, de manera más fundamental, la confusión es fácil de comprender en un país que no ha tenido la experiencia de un programa de renta mínima condicionada durante un periodo significativo. La renta básica se ofrece precisamente como solución a los problemas que crea esa clase de programas. Sólo cuando se tiene un amplio debate público sobre la renta básica por contraposición a la asistencia social condicionada existente.se puede esperar que se comprenda de modo bastante claro la diferencia entre ellas por parte de algo que más numeroso que una reducida fracción de la población. Este ha sido el caso, por ejemplo, en Suiza, gracias al referéndum de junio de 2016, en Francia, gracias a la campaña presidencial de Benoit Hamon en 2016-2017, y en Finlandia, gracias al experimento de 2017-2018.

Asumamos que entra en vigor el sistema italiano de subsidios de desempleo. ¿Cómo se podría reformar del modo en que se ha descrito en el libro de referencia Basic Income, que ha escrito usted junto a Yannick Vanderborght?

Para el futuro inmediato, abogamos por una “renta básica parcial”, es decir,  una renta básica individual, universal y libre de obligaciones, pero en una escala más baja que la del reddito di cittadinanza. Por encima de este suelo absolutamente seguro, alguna gente tendría derecho a una asistencia social condicionada reforzada, cuyo nivel podría variar a lo largo del país, y también por supuesto a las prestaciones de seguros sociales ligadas a los ingresos. No se aboliría la trampa de la pobreza, pero se reduciría de modo significativo. Y la prestación la podría utilizar la gente como subsidio que les ayudara a su empleo asalariado o autoempleo. Pero en términos de poder de negociación y de potencial emancipatorio, hay todo un mundo de diferencia entre una renta modesta a la que tienes derecho pase lo que pase y otra a lo que tú o tu patrón sólo tenéis derecho si aceptas que te metan en un trabajo repugnante, y que pierdes si decides dejarlo. Una renta mínima general sujeta a la evaluación de medios económicos y a condición de un trabajo es un paso adelante que no se debe desechar demasiado a la ligera. Pero hay que estar preparados para la idea más radical de una renta básica incondicional, a fin de convertir  la reacción que es probable que desencadene el actual reddito di cittadinanza en un paso más encaminado hacia una sociedad libre y una economía saludable.

es miembro del Consejo Editorial de Sin Permiso. Fundador de la Basic Income European (desde 2004 Earth) Network (BIEN). Profesor de la Facultad de Ciencias Económicas, Sociales y Políticas de la Universidad de Lovaina (UCL), en la que ha dirigido desde su creación en 1991 la Cátedra Hoover de Ética Social y Económica.

Fuente:

il manifesto global

Los fallos del neoliberalismo van más allá de la política

Por Mike Konczal

La editorial Vox publicó una excelente discusión con el economista Brad Delong donde argumenta por qué los neoliberales alineados a la izquierda (que “usan el mercado para fines democrático-sociales cuando éste es más efectivo, y a menudo lo es”) deberían sentirse cómodos “con el hecho de que la batuta haya pasado a nuestros colegas de izquierda. Todavía estamos aquí, pero no es el momento para que lideremos”.

Delong se centra en el aspecto político de este cambio, señalando que no hay ningún punto de encuentro entre la derecha conservadora y los neoliberales de izquierda en el que pudieran tratar de negociar políticas basadas en el mercado. “Barack Obama se incorpora al gobierno con la política de salud de Mitt Romney, con la política climática de John McCain, con la política fiscal de Bill Clinton y con la política exterior de George H.W. Bush” y, sin embargo, los conservadores no le dan crédito, le llaman socialista y atacan cada una de estas ideas tanto como lo harían con políticas más de extrema izquierda.

Me sitúo justo en medio de esta transición, en un espacio en el que hay personas mayores, que tienen ideales igualitarios, pero cuyos instintos fueron moldeados por esta era neoliberal, y también personas más jóvenes, cuyos instintos son moldeados por la crisis financiera, el estancamiento secular y la creciente precariedad. También he llevado un rifle en esta batalla, intentando mover el partido a la izquierda, y está sucediendo. Pero este movimiento está ocurriendo en gran parte porque la historia que los neoliberales de izquierdas nos contaron sobre la economía misma, no solo su política, se ha derrumbado.

Aquí hay dos afirmaciones sobre las compensaciones aceptables de la economía de mercado que asocio con el neoliberalismo de izquierda, las cuales no han podido describir la economía tal como es actualmente. La primera es que las políticas neoliberales crearían más crecimiento. Claro, la desigualdad podría aumentar, pero también lo harían los salarios; e incluso si éstos no crecen, la movilidad sube y baja en la escala de ingresos. Delong lo expresa así: «El crecimiento económico primero, la redistribución y la red de seguridad después».

La segunda idea es que, si terminamos con la injerencia del gobierno en las empresas, el mercado se volverá más dinámico, competitivo e innovador. Claro, puede haber cierto nivel de ganancias y comportamiento cuestionable en el corto plazo, pero el propio mercado lo arreglaría, de modo que a largo plazo el sector corporativo se viera mucho más saludable en términos de ganancias y dinamismo.

Quiero fundamentarlo de esta manera, en dos declaraciones intelectuales sobre las compensaciones de un régimen de políticas, para ayudar a comprender por qué se derrumbó la confianza que el neoliberalismo de izquierdas mostró alguna vez sobre los supuestos básicos de la economía. Una razón es fundamentarla en un conjunto específico de ideas. El neoliberalismo es una palabra engañosa, que a veces significa un centrismo triangular, o un proyecto político para «encapsular» el mercado contra los desafíos democráticos, o simplemente la euforia asociada al pensamiento mercantilizado. Aquí, podemos discutir dos cosas que la gente creía, ideas que motivaron todo un aparato político, que ya no son convincentes. Otra posibilidad es mostrar que esto no es (solo) una cuestión de que los trabajadores tengan salarios bajos, o que el comercio haya tenido más obstáculos de los que se concebían anteriormente, o que esta u otra cosa sean malas. Esto es una cuestión de ideas: las ideas han fallado y necesitamos otras nuevas.

 

Los fallos económicos del neoliberalismo de izquierdas

Vamos a investigar un poco. La primera compensación es que la economía se volvería más desigual bajo la política neoliberal, pero que las políticas neoliberales también conducirían a un aumento del crecimiento del PIB. Esto, a su vez, también conduciría a un mayor crecimiento salarial, mayor movilidad y mayor dinamismo económico. Esa era la teoría. La desigualdad realmente creció en este período de tiempo, primero en el lado de los ingresos en el mercado laboral y después en las rentas del capital.

Los efectos positivos de una mayor desigualdad nunca tuvieron lugar. A partir de 1980, la tasa de crecimiento de la economía se desaceleró. Mientras que la economía creció a un 3,9 por ciento al año desde 1950 a 1980, desde 1980 solo ha crecido a una tasa de 2,6 por ciento. El crecimiento salarial también se desaceleró, divergiendo del crecimiento económico general y del crecimiento de la productividad.

Las cifras de movilidad, sin embargo, son más reveladoras. La tasa de aumento de la movilidad relativa —la tasa a la que las personas subirían y bajarían en la escala económica— mengua en comparación con los aumentos observados a mediados del siglo. Lo que es peor, la movilidad de ingresos absoluta, que alguien esté mejor que sus padres, también se ha reducido. Según una investigación dirigida por el economista Raj Chetty, el 90 por ciento de los niños nacidos en 1940 ganaría más que sus padres. Esto solo se aplica al 50 por ciento de los niños nacidos en la década de 1980. Incluso si aumentara la tasa de crecimiento del PIB a tasas más rápidas de mediados del siglo, esto no restablecería la movilidad absoluta. En su lugar, encuentran que podría restaurar más del 70 por ciento del descenso al cambiar la distribución del crecimiento a lo largo de la distribución del ingreso para que coincida con la de mediados del siglo. La compensación negativa entre el crecimiento y la redistribución nunca se encontró en los datos. Una investigación reciente realizada por el Fondo Monetario Internacional revela que esta compensación no existe en la práctica; en todo caso, la relación es la opuesta.

En cambio, estamos viendo un resurgimiento de los argumentos estructurales de que los salarios están cada vez más determinados por estructuras institucionales en lugar de medidas individuales. La sindicalización impulsó el crecimiento salarial de mediados de siglo, especialmente para la población negra. Las tasas impositivas más altas comprimieron la distribución de los salarios a la que apuntaba el mercado. Las ideas sobre la medida del «capital humano» individual de los salarios, donde las personas venden su trabajo en un mar indiscriminado de negocios, se debilitan en presencia de las llamadas «superfirmas». El ciclo económico ha vuelto a aparecer como una característica central de la lucha económica.  Gran parte de esta confianza del neoliberalismo de izquierdas, en mi lectura, surgió de la idea de que las recesiones severas y prolongadas eran cosa del pasado. Y el uso de incentivos del mercado para tratar de proporcionar seguridad social y bienes en esferas clave de la vida es deficiente a la hora de cambiar los ingresos, además de ser políticamente débil.

La segunda fue también la sensación de que si el gobierno se despojara de los negocios, innovarían y crecerían para salir de los problemas sociales. La relajación de la aplicación de la ley antimonopolio llevaría a una mayor competencia e innovación, como se dijo. Los sindicatos ya no se interpondrían en el camino de las empresas. Un sector financiero desatado financiaría y lideraría a toda la empresa. La idea de poder de mercado, o concentración, fue vista como un concepto ridículo en la órbita de otras ideas como el supuesto poder disciplinario de los mercados.

Vimos lo que pasó con el sector financiero. Pero hay dos cosas más amplias que sucedieron a su lado. Primero, a nivel de las empresas individuales, su dinamismo ha caído drásticamente. La tasa de nuevas empresas ha caído. A su vez, esto ha cambiado la curva de edad de las empresas, ya que las empresas de más de 11 años de edad representaban el 70 por ciento de los trabajadores en 2000, pero el 75 por ciento de los trabajadores en 2014. En las dos últimas décadas el dinamismo del mercado laboral también ha disminuido, así como la probabilidad de que los trabajadores dimitan o cambien de trabajo.

Pero lo más revelador es el efecto sobre la economía en general. La Q de Tobin es una medida de la equidad sobre el valor contable de una empresa. Si alguna vez supera el 1, significa que las empresas son demasiado rentables y deberían invertir más para reducirlo a 1. La Q de Tobin se ha duplicado a más de 1 y no muestra signos de desaceleración. En términos más generales, hay varias complejidades que, en conjunto, apuntan a un amplio poder del mercado en la economía. Como han resumido la economista Gauti Eggertsson y otros, ha habido un aumento sostenido en la tasa real de ganancia, una disminución en la tasa de interés, que se redujo aproximadamente a la mitad desde 1980, aun cuando el rendimiento promedio medido del capital es relativamente constante, y una ruptura de la conexión entre beneficios e inversiones. Otra forma de verlo: las ganancias corporativas siguen siendo altas, incluso cuando las tasas de interés reales han disminuido en las últimas décadas. El hecho de que las ganancias sigan siendo tan altas en términos nominales, incluso a medida que disminuyen las tasas de interés, ha llevado a los economistas a discutir una “participación en los beneficios” que ha aumentado a expensas de la participación tanto del capital como del trabajo. Todos estos factores juntos (altas tasas de ganancia y beneficios, bajas tasas de interés, inversiones débiles) apuntan a un importante problema de poder del mercado que afecta a la macroeconomía.

 

Dónde nos deja esto

Estas suposiciones de fondo han estado perdiendo fuerza desde la mitad del gobierno de Obama. Si alguna vez fue razonable creer en ellos es una buena pregunta, pero está al margen de la cuestión, ya que estas ideas ya no son capaces de convencer a los liberales, hasta el punto de que hacen oídos sordos a ideas alternativas. ¿Por qué presuponer siempre que los negocios y los mercados son los líderes en innovación y dinamismo si el sector corporativo parece un hinchado mecanismo de generación de rentas dominado por los accionistas? ¿Por qué suponer que los multimillonarios son una bendición para nuestra sociedad si la mayoría de las personas no están mejor que sus padres? ¿Por qué molestarse en apoyar este régimen económico si no puede demostrar que estas compensaciones han merecido la pena?

Tampoco hay muchas respuestas convincentes a la derecha. Una reacción es decir que nada ha cambiado, o que los últimos 40 años desde Reagan han supuesto más gobierno y socialismo en lugar de un giro hacia el neoliberalismo. No creo que la gente lo encuentre convincente. Otra opción es tratar de ubicar la disfunción en la política gubernamental afirmativa, y si solo conseguimos que el gobierno se salga del camino, progresaremos. Estos argumentos no son muy convincentes y, ciertamente, no están a la altura del desafío de describir o mitigar lo ocurrido. El conjunto de la gobernanza conservadora no hizo nada significativo para corregir estas ideas fallidas. El actual cambio a la izquierda habría ocurrido incluso sin Trump, aunque éste acelera la necesidad de un nuevo conjunto de ideas, porque lo que necesitamos ahora son ideas sobre todo un régimen económico.

es un ex ingeniero financiero, miembro del Instituto Roosevelt

Fuente:

http://rooseveltinstitute.org/the-failures-of-neoliberalism-are-bigger-than-politics/

Traducción:Sergio Vega Jiménez/sinpermiso.info

Quinn Slobodian: «Desde su origen, el neoliberalismo responde a la pregunta de cómo proteger al capitalismo de la democracia»

Por Hernán Garcés

Entrevista a Quinn Slobodian, historiador

– En pocos meses su obra ‘Globalists: The End of Empire and the Birth of Neoliberalism (Harvard University Press, 2018) ha sido catapultada por la comunidad académica al canon de los imprescindibles para comprender el neoliberalismo- «Quien piense que los neoliberales no creen en un Estado fuerte nunca ha leído a los neoliberales, porque toda su filosofía política consiste en cómo rediseñar el Estado»

Once años atrás, cuando los efectos de la Gran Crisis no habían hecho más que comenzar, el ex primer ministro francés Michel Rocard responsabilizó a un economista neoliberal de todos los desmanes : “¡[Milton] Friedman ha creado esta crisis! Está muerto y realmente lo lamento, ya que vería bien que fuera juzgado ante la Corte Penal Internacional por crímenes contra la humanidad. Su idea de que el funcionamiento de los mercados es perfecto ha permitido a toda la codicia y la voracidad humana expresarse sin límites”.

Si la filosofía neoliberal es corresponsable de la crisis, como postulaba Rocard, queda por responder a las preguntas fundamentales: ¿Cómo surge el neoliberalismo? ¿Quiénes fueron sus promotores? ¿Cuáles eran sus objetivos? ¿Cómo consiguieron que los Estados no pusiesen límites a los mercados? El historiador Quinn Slobodian, profesor del Wesley College (EEUU), responde a todas estas preguntas, y más, en el apasionante libro Globalists: The End of Empire and the Birth of Neoliberalism (Harvard University Press, 2018), que en cuestión de meses ha sido catapultado por la comunidad académica al canon de los imprescindibles para comprender el neoliberalismo y que, incomprensiblemente, aún no tiene fecha de publicación en español.

Slobodian explica cómo un grupo de personas, los globalistas, traumatizados por la desaparición del Imperio austrohúngaro, se ponen a trabajar para que las instituciones de las nuevas democracias no tengan a su alcance la posibilidad de poner en cuestión el libre comercio. Su gran instrumento será el derecho -una específica concepción del derecho- como herramienta indispensable para impedir a gobiernos y parlamentos democráticamente elegidos cualquier atisbo de cambio que pueda afectar a la economía de mercado. También abogarán por la creación de instituciones supranacionales que vinculen legalmente a que los Estados no puedan desviarse de las reglas preestablecidas y que dispongan de mecanismos legales que les permita forzar a los Estados a rectificar. El historiador canadiense demuestra cuán frágil es la relación que une la democracia y el capitalismo, y cómo los neoliberales toleran la democracia siempre y cuando esta se atenga a las reglas del juego que ellos previamente han dictado.

Su libro desmonta la narrativa del origen del neoliberalismo como un movimiento surgido de una reunión de intelectuales en Mont-Pèlerin (Suiza) en 1947 a la que asistieron, entre otros, Friedrich Hayek, Ludwig von Mises y Milton Friedman.

Existen dos formas de responder a la pregunta sobre los orígenes del neoliberalismo. Hasta la fecha consistía en buscar el momento exacto en el cual se utilizó por primera vez el sintagma neoliberalismo. Como indico en mi libro, fue en el Coloquio Walter Lippmann, en 1938, cuando un grupo de personas se reúne para discutir lo que consideraban como el fracaso del liberalismo del laissez faire del siglo XIX, y la necesidad de ser proactivos en la construcción de un Estado con competencias limitadas. A mí la pregunta que me interesaba responder no era la fecha en que se usó el término por primera vez, sino a qué nos referimos cuando hablamos del movimiento intelectual del neoliberalismo y los problemas que afronta.

El movimiento intelectual del neoliberalismo habría empezado tras la desaparición del Imperio austrohúngaro al acabar la Primera Guerra Mundial…

El desenlace de la Primera Guerra Mundial marca el comienzo del fin de la era de los imperios europeos. Hayek y Mises, súbditos del Imperio austrohúngaro, se enfrentan a nuevas condiciones políticas, como la generalización del sufragio universal, el fin del modelo imperial como la forma estándar de organizar el mundo y, por lo tanto, el de los Estados-nación como forma de organización política. El neoliberalismo surge en el contexto de una serie de desafíos al sistema de gestión global del capitalismo que había existido hasta ese momento; es un movimiento en constante evolución, que desde su origen responde a la pregunta de cómo proteger el capitalismo de la democracia y de la fragmentación.

En su libro se refiere a Hayek y Mises y su idea de un doble gobierno como organización política, inspirado en el Imperio austrohúngaro, que separe la política y la cultura de la economía.

En el Imperio Austrohúngaro la descentralización de los diferentes territorios permitía una cierta autonomía de la administración local. Por ejemplo, en la educación la Constitución autorizaba la enseñanza en una lengua específica cuando la hablaba una masa crítica. Sin embargo, en los intercambios económicos y comerciales las reglas eran intangibles, lo que hacía del Imperio Austrohúngaro un espacio sin fronteras económicas que garantizaba la libre circulación de personas, mercancías, y capitales. Pienso que para Hayek y Mises este era el modelo ideal de organización del mundo, donde los derechos de propiedad y movimiento de capital fueran absolutos con alguna libertad en el gobierno político local y la cultura.

En su idea de un doble gobierno que separe la política de la economía Carl Schmitt inspira al movimiento neoliberal.

Cuando se menciona al jurista Carl Schmitt hay que ser cuidadoso debido a su simpatía con los nazis y haber fundamentado jurídicamente su toma del poder. Dicho esto, si uno escribe sobre el periodo entre la Primera y Segunda Guerra Mundial no se puede ignorar su figura, porque por aquel entonces era insoslayable, se estuviese o no de acuerdo con él. Para Schmitt, el siglo XIX supuso la aparición de dos mundos que estaban en permanente tensión. Por un lado, el imperium, que es el mundo de la soberanía de los Estados por cuyo conducto ejerce el poder sobre la población. Por otro, el dominium, que es el mundo de la propiedad. Según Schmitt, el sueño de los liberales es que la propiedad debiera ser absoluta (dominium), incluso eclipsando la soberanía (imperium). Pero para Schmitt, esta visión del mundo es inaceptable porque el hecho de que el mundo del dominium tenga un poder de veto sobre el mundo del imperium desacredita a la democracia y la soberanía. Cuando el economista liberal alemán Wilhelm Röpke lee a Schmitt lo halla fascinante y señala que, al contrario de Schmitt, ese es el mundo al que aspiran. Como explico en mi libro, para los neoliberales el mundo de la economía se tiene que imponer siempre al mundo de la política. Esta es la diferencia entre los neoliberales y los liberales o keynesianos, que tienden más hacia el mundo de la política.

Usted explica cómo un hecho nuevo que los economistas activistas que desarrollaron el movimiento neoliberal durante el periodo de entreguerras pusieran por primera vez sus conocimientos al servicio exclusivo del capital. ¿Por qué? ¿Cómo?

Desde finales del siglo XIX el trabajo del economista activista consistía en intentar salvar las diferencias entre las demandas de la clase trabajadora y las del capital: cómo satisfacer a la clase trabajadora para que no cayese en la tentación del comunismo. Siguiendo sus recomendaciones, se pusieron en práctica iniciativas como la Seguridad Social y el reconocimiento de algunos derechos laborales. Durante el periodo de entreguerras se desarrolla un nuevo campo de investigación, el de los ciclos económicos, que consiste en asesorar a los inversores sobre cuándo debe realizarse una inversión. También se convierte en una forma de conocer el ritmo interno de la economía. La idea es que hay una serie de pautas que se repiten y que, si las estudias como un cardiólogo lo hace con el corazón, puedes comprender cómo funciona la economía. Economistas como Hayek y Mises, que trabajaban como consultores para la Cámara de Comercio Internacional, utilizaron los ciclos económicos para ponerlos al servicio de los intereses de la patronal. Por ejemplo, empezaron a cuestionar los acuerdos de la Austria de posguerra porque establecían seguros de desempleo y organizaciones sindicales, a los que consideraban obstáculos para el restablecimiento de los ciclos económicos. Es un nuevo modelo de economista activista que no se identifica con el objetivo de crear una cierta paz entre el capital y el trabajo como hicieron sus predecesores en el siglo XIX.

La imagen que ha vendido el movimiento neoliberal de un Estado débil es una falacia y persigue todo lo contrario…

Quien piense que los neoliberales no creen en un Estado fuerte nunca ha leído a los neoliberales, porque toda su filosofía política consiste en cómo rediseñar el Estado. Como explico en el libro, el caso más obvio es el ordoliberalismo, corriente de pensamiento alemán que desde los años treinta reivindica explícitamente un Estado fuerte con economía de mercado. El principal argumento de los neoliberales es que el Estado debe ejercer el poder de manera intensiva y no extensiva. Por lo que la pregunta no es si tiene que haber más o menos Estado, sino qué tipo de Estado. Como señala el académico Stefan Kolev, miembro de la Sociedad Mont Pelerin, la pregunta debe ser cualitativa no cuantitativa. La falacia del Estado débil es un éxito de la máquina de propaganda de los neoliberales y, en particular, de Milton Friedman, quien hizo creer al público la idea de que las reformas que sugería reducirían el Estado, consiguiendo tanto su no intromisión en la vida de las personas como su alejamiento de la actividad económica.

Uno de los puntos centrales de su libro es la importancia de la denominada Escuela de Ginebra y sus objetivos para comprender el movimiento neoliberal.

Quisiera puntualizar que la escuela de Ginebra no existe en sí misma. He acuñado el término para describir una serie de personas que tuvieron un papel relevante en el movimiento neoliberal y que de una manera u otra tienen una conexión con Ginebra. Lo que une a estas personas es que coinciden que el problema central del neoliberalismo es la construcción de un orden institucional global para proteger el capitalismo. Para ello no es suficiente que la protección esté asegurada a nivel municipal o nacional, sino tiene que serlo a nivel global. Consideraban necesario que hubiese un gobierno mundial que pudiese poner orden en el caso de que un gobierno se atreviese a romper las reglas y causara repercusiones negativas en todo el sistema.

Y la escuela de Ginebra se enfrenta a las políticas keynesianas…

Al final de la Segunda Guerra Mundial el grupo keynesiano es más fuerte y propone, para proteger al capitalismo global, la distribución, redistribución y compensación entre las economías nacionales. Considera necesario aislar las economías nacionales de los efectos disruptivos de los movimientos globales del capital. El sistema de Bretton Woods nace a partir de ese postulado. La escuela de Ginebra está en desacuerdo con este sistema y propone un marco minimalista que proteja con mayor severidad los derechos de propiedad, que no haya redistribución entre Estados y que exista una fórmula legal para ejercer presión sobre estos cuando se desvían de la regla. Para ello descubrieron el modelo de la Corte Europea de Justicia, que replicaron, aún con mayor intensidad, en la Organización Mundial del Comercio.

Un capítulo de su libro está dedicado a la división que provocó entre los neoliberales la creación de la Comunidad Económica Europea (CEE).

Como explico, algunos neoliberales consideraron inaceptable la CEE por su Política Agraria Común (PAC). Alegaban que aceptar una protección absoluta en un área tan importante como la agricultura era incompatible con sus postulados y que la CEE debería haberse adherido a un sistema similar al GATT. Al mismo tiempo, cuando se creó la CEE, en 1957 y hasta 1961, no había una institucionalización de las leyes de competencia. Pero cuando se interpretó dicha ley en 1962 en el sentido de otorgar competencia a la Corte de Justicia de la CEE para, por ejemplo, forzar a los Estados miembros a que impidieran subsidiar a ciertas empresas nacionales, ello fue un auténtico descubrimiento para muchos neoliberales. Como indicaba antes, para estos es muy importante un diseño suprainstitucional que disponga de mecanismos para forzar a los Estados a que no se salten las reglas, y la Corte de Justicia de la CEE cumple dicha función. Por lo que, respecto a su pregunta, la respuesta dependerá a qué neoliberal se dirija. Para unos, la PAC les hacía inaceptable apoyar a la CEE. Para otros, las leyes de la competencia y su supervisión eran tan potentes que, a sus ojos, podían ignorar los efectos para ellos nefastos de la PAC. El Tratado de Maastricht (1992) es otra historia. Para la economista Victoria Curzon-Price, hasta la fecha la única mujer que ha ocupado la presidencia de la sociedad Mont Pelerin, nos encontramos ante una integración Ferrari que permite de forma agresiva, utilizando la Corte de Justicia de la Unión Europea y las leyes de la competencia, desembarazarse de cualquier atisbo de participación estatal en el sector privado.

Además del apoyo explícito de Milton Friedman a la dictadura del general Pinochet, usted menciona en su libro como un pilar del neoliberalismo a Wilhelm Röpke, que apoyó abiertamente al régimen sudafricano del apartheid, y a Hayek, que se opuso a que se impusieran a éste sanciones internacionales porque destruían “el orden económico internacional” ¿Qué concepción tiene el neoliberalismo de la democracia?

La cuestión de la democracia es la forma más simple de criticar al neoliberalismo, al considerarlo una filosofía antidemocrática. Al mismo tiempo, todo sistema político existente es de una manera u otra antidemocrático. Un gobierno representativo es una forma muy peculiar de entender la soberanía. Por lo que no pienso que sea tan excepcional su forma condicional de entender la democracia. Dicho esto, el neoliberalismo impone condiciones en su forma de entender la democracia, y su gran influencia no es tanto en el campo de la economía sino en el del derecho. Uno de los puntos principales de mi libro es el haber demostrado la conexión existente entre el derecho y el neoliberalismo.

¿Cómo opera la relación entre el derecho y el neoliberalismo?

El sistema normativo neoliberal establece límites, hasta dónde puede ir una democracia, y les es absolutamente indiferente lo que diga el Parlamento. Adoptan este sistema con entusiasmo porque les permite experimentar con nuevos tipos de mercado, nuevas formas de conducta empresarial así como saciar las necesidades de los consumidores. En ese sentido, adoran la democracia. Pero cuando la democracia toma conciencia que tanto los mercados como la propiedad pueden ser contraproducentes, la tolerancia de los neoliberales por la democracia se desvanece. Rápidamente intentarán normativizar a nivel constitucional las prácticas y los límites de la democracia. Y lo hacen de tal manera que favorecen a los ricos frente a los pobres y reproducen un sistema basado en la competencia en lugar de la equidad económica y social. Volviendo a su anterior pregunta, no creo que los neoliberales tengan como objetivo la destrucción de la democracia, sino canalizarla de una forma muy particular. Pienso que el eslogan de la izquierda de decir “más democracia, más democracia” es correcto, pero si nuestra crítica al neoliberalismo quiere ser tomada en serio es necesario ser muy claro sobre cuál es nuestra versión de la democracia y su sistema normativo.

¿Cómo contempla la reacción a la constitucionalización del sistema normativo neoliberal?

Pienso que se está poniendo en cuestión este modelo porque es una ficción. Los países soberanos se vinculan legalmente para acogerse a estas normas constitucionales, pero vemos que no es verdad. Alemania y Francia han incumplido en numerosas ocasiones el límite del 3% del PIB de desequilibrio presupuestario impuesto por la Unión Europea, como también lo ha hecho Italia hace unos meses. Todo está abierto a negociación. Y estas obligaciones son vinculantes solo cuando los gobiernos deciden hacerlo. En EE UU creo que el año 2016 ha sido una verdadera sacudida de sentido común para ver que estas normas constitucionales vinculantes pueden deshacerse. Ahora, con la administración Trump, es la guerra respecto al comercio, y algunos piensan que esto es bueno – lo que está abierto a discusión –porque permitiría dirigirla en la buena dirección. Y esto me lleva hablar de lo más extraordinario que ha ocurrido en EEUU en los últimos meses: Alexandria Ocasio-Cortez. Es una chica de ¡29 años! que hace un año era una camarera y desde hace unos meses es la congresista más influyente y ha conseguido poner en el centro del debate un tipo impositivo marginal del 70% para los más ricos. Y Edward Luce, columnista del Financial Times en EEUU, diciendo que tiene razón. ¡Es increíble! Ya nadie compra la idea que hay un acuerdo que lo impide y que las manos están atadas. Todo está abierto, lo que es muy peligroso, pero también muy emociónante.

Aprovechando que menciona el fenómeno de Alexandria Ocasio-Cortez, ¿es usted optimista o pesimista sobre el futuro del neoliberalismo?

Pienso que la versión legalista constitucional del neoliberalismo está pasando por un mal momento, pero si algo define el pensamiento neoliberal es su capacidad para desarrollar estrategias cuando el capitalismo se siente amenazado. Ahora mismo hay dos ideas en auge que están interrelacionadas. La primera es que, en vez de construir instituciones supranacionales, las abandonas para no estar sujeto a ninguna regla de gobernanza. Una versión aún más extrema es la tradición anarcocapitalista, bajo la premisa de una nueva organización social en la cual te deshaces del gobierno y te recluyes en una comunidad cerrada que está protegida por fuertes medidas de seguridad. La segunda idea es el neonaturalismo, que consiste en poner en cuestión la igualdad de los seres humanos y por lo tanto unos son más inteligentes que otros y mejores agentes económicos. Y que esta diferencia no es aleatoria, sino que se debe a razones culturales e incluso raciales. Esta idea está en auge entre los neoliberales alemanes, por ejemplo. Su discurso es que los alemanes se proyectan en el futuro y, por el contrario, los turcos y los musulmanes solo piensan en el corto plazo. Por lo tanto, no es posible construir una sociedad con ellos, por lo que es necesario repartir el mercado según comunidades raciales o culturales, lo que justificaría la exclusión de aquellos y que los alemanes se fortifiquen. Creo que es necesario empezar a reflexionar muy seriamente sobre este tema.

Fuente: https://www.eldiario.es/alternativaseconomicas/neoliberalismo-pregunta-proteger-capitalismo-democracia_6_886521364.html

Esteban Rodríguez Alzueta: “La seguridad es vidriera política”

por Daniel Enzetti

Es sociólogo y especialista en temas criminológicos. Dirige la Maestría en Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad Nacional de Quilmes, forma parte del Colectivo de Investigación y Acción Jurídica (CIAJ) y participa de la Campaña Nacionalcontra la Violencia Institucional. En su reciente libro Temor y control. La gestión de la inseguridad como forma de gobierno (Futuro Anterior ediciones), Esteban Rodríguez Alzueta analiza una especie de mal endémico. Más allá de los funcionarios de turno, la inseguridad “se propone gobernar controlando la pobreza y manipulando el miedo de los ciudadanos”, explica.

–Usted habla de punitivismo de arriba y punitivismo de abajo. ¿A qué se refiere?

–Uno se pregunta siempre por qué gobiernos que encararon reformas sociales importantes no han podido poner en crisis ciertas prácticas institucionales de seguridad que vienen de los años ’90. En otras palabras: por qué los gobernantes pasan, y la policía permanece.

–¿Y cuál es la respuesta?

–La explicación no está en la pasión autoritaria de determinado funcionario, sino en que las articulaciones que distintas agencias desarrollaron en esa época todavía continúan intactas. Hablo del dispositivo de temor y control.

–Donde aparece la marginación social…

–Claro, una marginación perseguida como problema económico, por transformarse en robo, y como problema político, por ser identificada como un verdadero “peligro para la sociedad toda”. Volviendo a los punitivismos de tu pregunta, prefiero decir que no hay “olfato policial”, sino “olfato social”. No existen detenciones sistemáticas por averiguación de identidad sin llamadas al 911. Son procesos de estigmatización nutridos por un imaginario del miedo policialista de la seguridad.

–Imaginario que el poder policial usa como excusa para intervenir, seguramente.

–Por supuesto. Analizar esto profundamente agranda los problemas para cualquier Estado, porque poner en crisis la violencia policial supone al mismo tiempo poner en crisis ese imaginario social.

–¿A quién beneficia un permanente estado de miedo?

–El miedo es una categoría ambigua, tramposa. No todos tenemos miedos igual, y el miedo sobreviene por cuestiones muy disímiles. A veces, manifestar miedo es pasar boleta al gobierno de turno. Venimos de una gran crisis de representación, con una oposición a la que no se le cae una idea, incapaz para representar a los sectores que no están de acuerdo con el oficialismo. Frente a esa falta de propuestas, esos sectores buscan nuevos canales para manifestar su disidencia. Y ahí aparece el tema de la seguridad, que se ha convertido en la vidriera de la política…

–Lo que en su libro usted llama “demagogia punitiva”…

–Sí, porque muchas veces, el dirigente queda preso de la encuesta y del mal humor diario que va digitando el periodismo. Esos dirigentes saben que tienen un problema con la policía, pero no saben cómo resolverlo. Podés ofrecer los mejores estándares en materia de seguridad, pero si matan a una embarazada en la puerta de un banco, el capital político ganado lo licuaste en una mañana.

–¿Por qué se pudo con los militares y no con la policía?

–Estamos ante una institución corporativa, que desarrolló sus propios intereses y prácticas, que maneja territorios como nadie, ni siquiera un partido político. Siempre les digo a mis alumnos: imaginen un partido con 60 mil militantes permanentes, rentados, comunicados, movilizados y armados. Bueno, eso es la Bonaerense. Frente a semejante poder, los dirigentes, en lugar de reformar, negocian.

–No basta con la llamada “purga policial”.

–Es que la purga policial no cambia nada. La solución no es sacar a las manzanas podridas, sino cambiar el canasto que las contiene. Algo interesante y grave que produjeron los ’90 es que separaron el “delito” del “miedo al delito”. Y te lo grafico: si hacemos cálculos, hoy los índices del delito se mantienen más o menos estables. Pero, sin embargo, la “sensación de inseguridad” aumenta. Y eso cambia hábitos: la gente se atrinchera, compra perros malos, pone rejas, contrata guardias. Y lo que es peor: apunta con prejuicio a los que no tienen el mismo “estilo de vida”. Todo fogoneado por los medios. Eso habilita pasiones punitivas que reclaman salidas represivas que necesitarían otras respuestas, mucho más inclusivas.

Fuente: http://lobosuelto.com/?p=7392

Multitud y principio de individuación

Por Paolo Virno

Las formas de vida contemporáneas atestiguan la disolución del concepto de “pueblo” y de la renovada pertinencia del concepto de “multitud”. Estrellas fijas del gran debate del siglo XVII, y, hallándose en el origen de una buena parte de nuestro léxico ético-político, estos dos conceptos se sitúan en las antípodas el uno del otro. El “pueblo” es de naturaleza centrípeta, converge en una voluntad general, es el interfaz o el reflejo del Estado; la “multitud” es plural, huye de la unidad política, no firma pactos con el soberano, no porque no le relegue derechos, sino porque es reacia a la obediencia, porque tiene inclinación a ciertas formas de democracia no representativa. En la multitud, Hobbes verá el mayor peligro para el aparato del Estado (“Los ciudadanos, cuando se rebelan contra el estado, representan a la multitud contra el pueblo.” Hobbes, 1652: XI, I y XII, 8). Spinoza descubrirá precisamente ahí, en la multitud, la raíz de la libertad. Desde el siglo XVII, y casi sin excepciones, es el “pueblo” quien la obtiene y gestiona. La existencia política de las múltiples, en tanto que múltiples, fue apartada del horizonte de la modernidad: no sólo por los teóricos del Estado absolutista, sino también por Rousseau, por la tradición liberal y por el propio movimiento socialista. Sin embargo, hoy la multitud se desquita al caracterizar todos los aspectos de la vida social: los hábitos y la mentalidad del trabajo posfordista, los juegos de lenguaje, las pasiones y los afectos, las formas de concebir la acción colectiva. Cuando constatamos este desquite, es necesario evitar al menos dos o tres necedades. No es que la clase obrera se haya disipado con arrobo para dejar sitio a las “múltiples”, sino más bien, y la cosa resulta mucho más complicada y mucho más interesante, que los obreros de hoy en día, permaneciendo obreros, no tienen la fisonomía del pueblo, pero son el ejemplo perfecto del modo de ser de la multitud. Además, afirmar que las “múltiples” caracterizan las formas de vida contemporánea, no tiene nada de idílico: la caracterizan tanto para bien como para mal, tanto en el servilismo como en el conflicto. Se trata de un modo de ser, diferente del modo de ser “popular”, es cierto, pero, en sí, no desprovisto de ambivalencia, con una dosis de venenos específicos.

La multitud no aparta con gesto de travieso la cuestión del universal, de lo que es común, compartido: la cuestión del Uno; más bien la redefine por completo. Tenemos, para empezar, una inversión del orden de los factores: el pueblo tiende hacia el Uno, las “múltiples” se derivan del Uno. Para el pueblo, la universalidad es una promesa; para las “múltiples”, es una premisa. Cambia también la propia definición de lo que es común, de lo que se comparte. El Uno alrededor del cual gravita el pueblo es el Estado, el soberano, la voluntad general; el Uno que la multitud tiene tras de sí es el lenguaje, el intelecto como recurso público e interpsíquico, las facultades genéricas de la especie. Si la multitud huye de la unidad del Estado, es solamente porque comunica con un Uno diferente, preliminar antes que concluso. Y es sobre esta correlación que hay que preguntarse más en profundidad.

La aportación de Gilbert Simondon, filósofo muy querido por Deleuze, sobre esta cuestión es muy importante. Su reflexión trata de los procesos de individuación. La individuación, esto es, el paso del bagaje psicosomático genérico del animal humano a la configuración de una singularidad única es, quizá, la categoría que, más que ninguna otra, le es inherente a la multitud. Si prestamos atención a la categoría de pueblo, veremos que se refiere a una miríada de individuos no individualizados, es decir, comprendidos como sustancias simples o átomos solipsistas. Justo porque constituyen un punto de partida inmediato, antes que el resultado último de un proceso lleno de imprevistos, tales individuos tienen la necesidad de la unidad/universalidad que proporciona la estructura del Estado. Por el contrario, si hablamos de la multitud, ponemos precisamente el acento en la individuación, o en la derivación de cada una de las “múltiples” a partir de algo de unitario/universal. Simondon, al igual que, por otras razones, el psicólogo soviético Lev Semenovitch Vygotski y el antropólogo italiano Ernesto de Martino, han llamado la atención sobre parecida desviación. Para estos autores, la ontogénesis, es decir, las fases del desarrollo del “yo” [je] singular, es consciente de sí misma, es la philosophia prima, único análisis claro del ser y del devenir. Y la ontogénesis es philosofia prima precisamente porque coincide en todo y para todo con el “principio de individuación”. La individuación permite modelar una relación Uno/múltiples diferente de la que se esbozaba un poco antes (diferente de la que identifica el Uno con el Estado). Se trata, así, de una categoría que contribuye a fundar la noción ético-política demultitud.

Gaston Bachelard, epistemólogo entre los más grandes del siglo veinte, ha escrito que la física cuántica es un “sujeto gramatical” en relación al cual parece oportuno emplear los más heterogéneos predicados filosóficos: si a un problema singular se adapta bien un concepto filosófico, en otro puede convenir, por qué no, un plano de la lógica hegeliana o una noción extraída de la psicología gestaltista. Del mismo modo, la manera de ser de la multitud ha de calificarse con atributos que se encuentran en contextos muy diferentes, a veces incluso exclusivos entre ellos: Reparemos, por ejemplo, en la antropología filosófica de Gehlen (indigencia biológica del animal humano, falta de un “medio” [milieu] definido, pobreza de los instintos especializados; en las páginas de Ser y Tiempo consagradas a la vida cotidiana (habladurías, curiosidad, equívoco, etc.); en la descripción de los diversos juegos de lenguaje efectuados por Wittgenstein en las Investigaciones filosóficas. Ejemplos todos discutibles. Por el contrario, incontestablemente, dos tesis de Simondon son absolutamente importantes en tanto que “predicados” del concepto de multitud: 1) el sujeto es una individuación siempre parcial e incompleta, consistente más bien en los rasgos cambiantes de aspectos pre-individuales y de aspectos efectivamente singulares; 2) la experiencia colectiva, lejos de señalar su desintegración o eclipse, persigue y afina la individuación. Si olvidamos otras muchas consideraciones (incluida la cuestión, evidentemente central, de cómo se realiza la individuación, según Simondon) vale aquí la pena concentrarse en estas tesis, en tanto que contrarias a la intuición, e incluso escabrosas.

Pre-individual

Volvamos al comienzo. La multitud es una red de individuos. El término “múltiples” indica un conjunto de singularidades contingentes. Estas singularidades no son, sin embargo, una circunstancia sin nombre, sino, por el contrario, son el resultado complejo de un proceso de individuación. Resulta evidente que el punto de partida de toda verdadera individuación es algo aún no individual. Lo que es único, no reproducible, pasajero, proviene, de hecho, de lo que es más indiferenciado y genérico. Las características particulares de la individualidad arraigan en un conjunto de paradigmas universales. Ya hablar de principium individuationis significa postular una inherencia extremadamente sólida entre lo singular, y una forma u otra de potencia anónima. Lo individual es tal, no porque se sostenga en el límite de lo que es potente, como un zombie exangüe y rencoroso, sino porque es potencia individuada; y es potencia individuada porque es tan sólo una de las individuaciones posibles de la potencia.

Para establecer lo que ha precedido a la individuación, Simondon emplea la expresión, bien poco críptica, de realidad pre-individual. A cada una de las “múltiples” le es familiareste polo antitético. Pero, ¿qué es exactamente lo pre-individual? Simondon escribe: «Se podría llamar naturaleza a esta realidad pre-individual que el individuo lleva consigo, tratando de encontrar en la palabra naturaleza el significado que le daban los filósofos presocráticos: los Fisiólogos jónicos encontraban ahí el origen de todas las especies de ser, anterior a la individuación: la naturaleza es realidad de lo posible que, bajo las especies de este apeirón del que habla Anaximandro, hace surgir toda forma individuada; la Naturaleza no es lo contrario del Hombre, sino la primera fase del ser, siendo la segunda la oposición entre el individuo y el entorno [milieu]». Naturaleza, apeirón(indeterminado), realidad de lo posible, ser aún desprovisto de fases; podríamos continuar con diferentes variaciones sobre el tema. Sin embargo, aquí parece oportuno proponer una definición autónoma de lo “pre-individual”, no contradictoria respecto de la de Simondon, sino independiente de ella. No es difícil reconocer que, bajo la misma etiqueta, existen contextos y niveles muy diferentes.

Lo pre-individual es, en primer lugar, la percepción sensorial, la motricidad, el fondo biológico de la especie. Es Merleau-Ponty, en su Phénoménologie de la perception, quien observa que «Yo no tengo más consciencia de ser el verdadero sujeto de mi sensación que [la que tengo] de mi nacimiento o de mi muerte» (Merleau-Ponty, 1945, p.249). Y también: «La visión, el oído, tocar, con sus campos que son anteriores y permanecen extraños a mi vida personal» (Merleau-Ponty, 1945, p. 399). La sensación escapa a la descripción en primera persona: cuando percibo, no es un individuo singular quien percibe, sino la especie como tal. A la motricidad y a la sensibilidad se le añaden tan solo el pronombre anónimo “se”: se ve, se oye, se experimenta placer o dolor. Es cierto que la percepción tiene a veces una tonalidad autorreflexiva: basta con pensar en tocar, en ese tocar que es también siempre ser tocado por el objeto que se manipula. Quien percibe se percibe a sí mismo avanzando hacia la cosa. Pero se trata de una autorreferencia sin individuación. Es la especie quien se auto-percibe de la conducta, y no una singularidad autoconsciente. Nos equivocamos si identificamos, si vemos relación entre dos conceptos independientes, si mantenemos que ahí en donde hay auto-reflexión podemos también constatar una individuación; o, inversamente, que si no hay individuación ya no podemos hablar de autorreflexión.

Lo pre-individual, en un nivel más determinado, es la lengua histórico-natural de su propia comunidad de pertenencia. La lengua es inherente a todos los locutores de la comunidad dada, como lo es un “medio” [milieu] zoológico o un líquido amniótico, a un tiempo envolvente e indiferenciado. La comunicación lingüística es intersubjetiva y existe mucho antes de que se formen verdaderos “sujetos” propiamente dichos: está en todos y en nadie, para ella también reina lo anónimo “se”: se habla. Es sobre todo Vygotski quien ha señalado el carácter pre-individual, o inmediatamente social, de la locución humana: el uso de la palabra, primeramente es inter-psíquico, es decir, público, compartido, impersonal. Contrariamente a lo que pensaba Piaget, no se trata de evadirse de una condición original autista (es decir, hiperindividual, tomando la vía de una socialización progresiva; al contrario, lo esencial de la ontogénesis consiste, para Vygotski, en el paso de una socialidad completa a la individuación del ser hablante: «el movimiento real del proceso de desarrollo del pensamiento del niño no se realiza de lo individual a lo socializado, sino de lo social a lo individual» (Vygotski, 1985). El reconocimiento del carácter pre-individual (“inter-psíquico”) de la lengua posibilita que de algún modo Vigotski se anticipe a Wittgenstein en la refutación de “un lenguaje privado”, del tipo que sea. Por otro lado, y es lo que aquí más importa, eso le permite inscribirse en la corta lista de pensadores que han tratado la cuestión del principium individuationis. Tanto para Vygotski como para Simondon, la “individuación psíquica” (es decir, la construcción del Yo [Moi] consciente) sobreviene en el terreno lingüístico, y no en el de la percepción. En otros términos: en tanto que lo pre-individual inherente a la sensación parece destinado a permanecer por siempre tal cual es, lo pre-individual que corresponde a la lengua es susceptible de una diferenciación interna que desemboca en la individualidad. No se tratará, aquí, de examinar de manera crítica el modo en que para Vygoski y para Simondon se realiza la singularización del ser hablante; y menos aún de añadir hipótesis suplementaria alguna. Lo importante es únicamente establecer la diferencia entre el dominio perceptivo (bagaje biológico sin individuación) y el dominio lingüístico (bagaje biológico como base de la individuación).

Finalmente, lo pre-individual es la relación de producción dominante. En el capitalismo desarrollado, el proceso de trabajo requiere las cualidades de trabajo más universales: la percepción, el lenguaje, la memoria, los afectos. Roles y funciones, en el marco del posfordismo, coinciden profundamente con la “existencia genérica”, con el Gattungswesendel que hablan Feuerbach y el Marx de los Manuscritos económico-filosóficos a propósito de las facultades más elementales del género humano. El conjunto de las fuerzas productivas es, ciertamente, pre-individual. No obstante, el pensamiento tiene una importancia particular entre esas fuerzas; atención: el pensamiento objetivo, sin relación con tal o tal “yo” [moi] psicológico, el pensamiento del cual la verdad no depende del asentimiento de los seres singulares. Respecto a esto, Gottlob Frege ha utilizado una fórmula quizá poco hábil, pero que no carece de eficacia: “pensamiento sin soporte” (cf. Frege, 1918). Por el contrario, Marx ha forjado la célebre y controvertida expresión de General intellect, intelecto general: el General intellect (es decir, el saber abstracto, la ciencia, el conocimiento impersonal) es también el “principal pilar de la producción de riqueza”, ahí en donde por riqueza debemos entender aquí y ahora, plusvalía absoluta y relativa. El pensamiento sin soporte o General intellect deja su huella en el “proceso vital de la propia sociedad” (Marx, 1857-1858), al instaurar jerarquías y relaciones de poder. Resumiendo: es una realidad pre-individual históricamente cualificada. Sobre este punto no vale la pena insistir más; únicamente retener que a lo pre-individual perceptivo y a lo pre-individual lingüístico es necesario añadirle un pre-individual histórico.

Sujeto anfibio

El sujeto no coincide con el individuo individuado sino contiene en sí, siempre, una cierta proporción irreductible de realidad pre-individual; es un precipitado inestable, algo compuesto. Es ésta la primera de las dos tesis de Simondon sobre la cual quisiera llamar la atención. “Existe en los seres individuados una cierta carga de indeterminado, esto es, de realidad pre-individual, que ha pasado a través de la operación de individuación sin ser efectivamente individuada. Podemos llamar naturaleza a esta “carga de indeterminado” (Simondon, 1989, p. 210). Es completamente falso reducir el sujeto a lo que es, en él, singular: “el nombre de individuo es abusivamente dado a una realidad mucho más compleja, la del sujeto completo, que comporta en él, además de la realidad individuada, un aspecto inindividuado, pre-individual, natural. ” (Simondon, 1989, p. 204).

Lo pre-individual es percibido ante todo como una suerte de pasado no resuelto: la realidad de lo posible, de donde surge la singularidad bien definida, persiste aún en los límites de esta última: la diacronía no excluye la concomitancia. Por otro lado, lo pre-individual, que es el tejido íntimo del sujeto, constituye el medio [milieu] del individuo individuado. El contexto (perceptivo, lingüístico o histórico) en el cual se inscribe la experiencia del individuo singular es, en efecto, una componente intrínseca (si se quiere, interior) del sujeto. El sujeto no es un entorno [milieu], sino que es, para una cierta parte de él mismo (la no individuada) su entorno [milieu]. De Locke a Fodor, los filósofos que desatienden la realidad pre-individual del sujeto, ignorando, así, lo que en él es medio [milieu], están avocados a no encontrar vía de tránsito entre “interior” y “exterior”, entre el Yo [Moi] y el mundo. De ese modo se entregan al error que denuncia Simondon: asimilar el sujeto al individuo individuado.

La noción de subjetividad es anfibia: el “Yo hablo” cohabita con el “se habla”, lo que no podemos reproducir está estrechamente mezclado con lo recursivo y con lo serial. Más precisamente: en el tejido del sujeto se encuentran, como partes integrantes, la tonalidad anónima de lo que es percibido (la sensación en tanto que sensación de la especie), el carácter inmediatamente inter-psíquico o “público” de la lengua materna, la participación en el General intellect impersonal. La coexistencia de lo pre-individual y de lo individuado en el seno del sujeto está mediado por los afectos; emociones y pasiones señalan la integración provisional de los dos aspectos, pero también su eventual desapego: no faltan crisis, ni recesiones ni catástrofes. Hay miedo, pánico o angustia cuando no se sabe componer los aspectos pre-individuales de su propia experiencia con los aspectos individuados: “En la angustia, el sujeto se siente existir como problema traído por él mismo, y siente su división en naturaleza pre-individual y en ser individuado. El ser individuado es aquí y ahora, y este aquí y este ahora impiden a una infinidad de otros aquí y ahora venir a la luz; el sujeto toma consciencia de él mismo como naturaleza, como indeterminado (apeirón) que nunca podrá actualizarse hic et nunc, que no podrá jamás vivir” (Simondon, 1989, p. 111). Hay que constatar aquí una extraordinaria coincidencia objetiva entre el análisis de Simondon y el diagnóstico sobre los “apocalipsis culturales” propuesto por Ernesto de Martino. El punto crucial, tanto para de Martino como para Simondon, reside en el hecho de que la ontogénesis, es decir, la individuación, no está garantizada de una vez por todas: puede regresar sobre sus pasos, fragilizarse, estallar. El “Yo pienso”, además del hecho de que posea una génesis azarosa, es parcialmente retráctil, está desbordado por lo que le supera. Para de Martino, lo pre-individual parece, a veces, inundar la singularidad: esta última es como aspirada en el anonimato del “se”. Otras veces, de manera opuesta y simétrica, nos fuerza en vano a reducir todos los aspectos pre-individuales de nuestra experiencia a la singularidad puntual. Las dos patologías –”catástrofes de la frontera yo-mundo en las dos modalidades de la irrupción del mundo dentro del ser-ahí y del reflujo del ser-ahí en el mundo” (E. de Martino, 1977) –son solamente los extremos de una oscilación que, bajo formas más contenidas es, sin embargo, constante y no suprimible.

Con demasiada frecuencia el pensamiento crítico del siglo veinte (pensamos en particular en la escuela de Francfort) ha entonado una cantinela melancólica acerca del supuesto alejamiento del individuo con respecto a las fuerzas productivas y sociales, así como con respecto a la potencia inherente a las facultades universales de la especie (lenguaje, pensamiento, etc.). La desgracia del ser singular ha sido atribuida precisamente a este alejamiento o a esta separación. Una idea sugestiva, pero falsa. Las “pasiones tristes”, por decirlo con Spinoza, surgen más bien de la proximidad máxima, e incluso de la simbiosis, entre el individuo individuado y lo pre-individual, ahí en donde esta simbiosis se presenta como desequilibrio y desgarro. Para bien y para mal, la multitud muestra la mezcla inextricable de “yo” [je] y de “se”, singularidad no reproducible y anónima de la especie, individuación y realidad pre-individual. Para bien: al tener cada una de las “múltiples” tras de sí el universal, a modo de premisa o de antecedente, no tiene la necesidad de esta universalidad postiza que constituye el Estado. Para mal: cada una de las “múltiples”, en tanto que sujeto anfibio, puede siempre distinguir una amenaza en su propia realidad pre-individual, o al menos una causa de inseguridad. El concepto ético-político de multitud se funda tanto sobre el principio de individuación como sobre su incomplitud constitutiva.

Marx, Simondon, Vygotski: el concepto de “individuo social”.

En un pasaje célebre de losGrundrisse (que se titula “Fragmento sobre las máquinas”), Marx designa al “individuo social” como al verdadero protagonista de cualquier transformación radical del estado de las cosas presentes (cf. Marx, 1857-1858). En un primer momento, el “individuo social” se parece a un oximoro coqueto, a la unidad desaliñada de los contrarios; en suma, a un manierismo hegeliano. Es posible, por el contrario, tomar este concepto al pie de la letra, hasta convertirlo en un instrumento de precisión, para hacer que resurgan formas de ser, las inclinaciones y las formas de vida contemporáneas. Pero ello es posible, en buena medida, justamente gracias a la reflexión de Simondon y de Vytgoski sobre el principio de individuación.

En el adjetivo “social” hay que reconocer los trazos de esta realidad pre-individual que, según Simondon, pertenece a todos los sujetos. Como en el sustantivo “individuo”, reconocemos la singularización advenida de cada componente de la multitud actual. Cuando Marx habla de “individuo social”, se refiere a la intrincación entre “existencia genérica” ( Gattungswesen) y experiencia no reproducible, que es la marca de la subjetividad. No es por azar que el “individuo social” aparece en las mismas páginas de losGrundrisse en las que se introduce la noción de Generall intellect, de un “intelecto general” que constituye la premisa universal (o pre-individual), así como la partitura común para los trabajos y los días de las “múltiples”. La parte social del “individuo social” es, sin ninguna duda, el general intellect , o bien, con Frege, el ” pensamiento sin soporte “. Sin embargo, no sólo: consiste también en el carácter de conjunto inter-psíquico, es decir, público, de la comunicación humana, puesto de relieve muy claramente por Vygotski. Además, si traducimos correctamente “social” por “pre-individual”, tendremos que reconocer que el individuo individuado del que habla Marx se perfila también sobre un fondo de percepción sensorial anónimo.

En sentido fuerte son sociales tanto el conjunto de las fuerzas productivas históricamente definidas como el bagaje biológico de la especie. No se trata de una conjunción extrínseca, o de una simple superposición: el capitalismo plenamente desarrollado implica la plena coincidencia entre las fuerzas productivas y los dos otros tipos de realidad pre-individual (el “se percibe” y el “se habla”). El concepto de fuerza de trabajo permite ver esta fusión perfecta: en tanto que capacidad física genérica y capacidad intelectual–lingüística de producir, la fuerza de trabajo es, decididamente, una determinación histórica, pero contiene en sí misma, completamente, ese apeirón, esa naturaleza no individuada de la que habla, así como el carácter impersonal de la lengua, que Vygotski ilustra en varios lugares. El “individuo social” marca la época en la cual la cohabitación entre singular y pre-individual deja de ser una hipótesis eurística, o un presupuesto oculto, para devenir fenómeno empírico, verdad arrojada a la superficie, estado de hecho pragmático. Se podría decir: la antropogénesis, esto es, la constitución misma del animal humano, llega a manifestarse en el plano histórico-social, deviene finalmente visible, al descubierto, conoce una suerte de revelación materialista. Lo que se llama “las condiciones trascendentales de la experiencia”, en lugar de permanecer ocultas tras el telón, se presentan en primer plano, y, lo que es más importante, devienen ellas también objetos de experiencia inmediata.

Una última observación, aparentemente marginal. El “individuo social” incorpora las fuerzas productivas universales, no obstante declinarlas según modalidades diferenciadas y contingentes; al contrario, está efectivamente individuado justo porque les da una configuración singular al convertirlas en una constelación muy especial de conocimientos y de afectos. Es por esto que, toda tentativa de circunscribir al individuo por la negativa, fracasa: no es la amplitudde lo que en él se excluye lo que llega a caracterizarlo, sino la intensidad de lo que converge. Y no se trata de un positividad accidental, desajustada y, finalmente, inefable (dicho sea de paso, nada es más monótono y menos individual que lo inefable). La individuación se acompaña de la especificación progresiva, así como por la especificación excéntrica de reglas y de paradigmas generales: no es el agujero de la red, sino el punto en que las mallas están más apretadas. A propósito de la singularidad no reproducible, podría hablarse de un plusvalor de legislación. Para decirlo con la fraseología de la epistemología, las leyes que cualifican lo individual no son ni “aserciones universales” (es decir, válidas para todos los casos de un conjunto homogéneo de fenómenos) ni “aserciones existenciales” (revelaciones de datos empíricos fuera de cualquier realidad o de un esquema conectivo); se trata más bien de verdaderas leyessingulares. Leyes, porque dotadas de una estructura formal comprenden virtualmente una “especie” entera; singulares, en tanto reglas de un solo caso, no generalizables. Las leyes singulares representan lo individual con la precisión y la transparencia en principio reservadas a una clase “lógica”; pero, atención, una clase de un solo individuo.

Llamamos multitud al conjunto de los “individuos sociales”. Hay una suerte de encadenamiento semántico precioso entre la existencia política de las múltiples en tanto quemúltiples, la vieja obsesión filosófica en torno alprincipium individuationis y la noción marxiana de “individuo social” (descifrada, con ayuda de Simondon, como la mezcla inextricable de singularidad contingente y de realidad pre-individual.) Este encadenamiento semántico permite redefinir, desde su base, la naturaleza y las funciones de la esfera pública y de la acción colectiva. Una redefinición que echa abajo el canon ético-político basado en el “pueblo” y en la soberanía estática. Podría decirse –con Marx, pero lejos, y en oposición a una buena parte del marxismo– que la “sustancia de las cosas esperadas” se encuentra en el hecho de conceder el máximo de relieve y de valor a la existencia no reproducible de cada miembro singular de la especie. Por paradójico que eso pueda parecer, la teoría de Marx debería hoy día comprenderse como una teoría rigurosa, es decir, realista y compleja, del individuo. Así, como una teoría de laindividuación .

Lo colectivo de la multitud

Examinemos ahora la segunda tesis de Simondon. No tiene precedentes. Va al encuentro de la intuición, viola las convicciones arraigadas del sentido común (como, por lo demás, es el caso de muchos otros “predicados” conceptuales de la multitud). Habitualmente se considera que el individuo, desde el momento en que participa en un colectivo, debe de zafarse de algunas de sus características individuales, renunciando a ciertos signos distintivos que en él se entremezclan, y que son impenetrables. Parece que en lo colectivo la singularidad se diluye, que es hándicap, regresión. Pues bien, según Simondon, eso es una superstición: obtusa desde el punto de vista de la epistemología, y equívoca desde el punto de vista de la ética. Una superstición alimentada por quienes, tratando con desenvoltura elprocessus de individuación, suponen que el individuo es un punto de partida inmediato. Si, al contrario, admitimos que el individuo proviene de su opuesto, es decir, del universal indiferenciado, el problema de lo colectivo toma otro aspecto. Para Simondon, contrariamente a lo que afirma un sentido común disforme, la vida de grupo es el momento de una ulterior y más compleja individuación. Lejos de ser regresiva, la singularidad se pule y alcanza su apogeo en el actuar conjuntamente, en la pluralidad de voces; en una palabra, en la esfera pública.

Lo colectivo no perjudica, no atenúa la individuación, sino que la persigue, aumentando desmesuradamente su potencia. Esta continuación concierne a la parte de realidad pre-individual que el primer proceso de individuación no había logrado resolver. Simondon escribe: “No debemos hablar de tendencias del individuo que le llevan hacia el grupo, ya que hablar de estas tendencias no es hablar propiamente de tendencias del individuo en tanto que individuo: ellas son la no-resolución de los potenciales que han precedido a la génesis del individuo. El ser que precede al individuo no ha sido individuado sin más, no ha sido totalmente resuelto en individuo y medio [ milieu]; el individuo ha conservado con él lo pre-individual, y todo el conjunto de individuos tiene también una especie de fondo no estructurado a partir del cual una nueva individuación puede producirse” (Simondon, 1989, p.193). Y más adelante: “No es cierto que, en tanto individuos, los seres estén atados los unos a los otros en lo colectivo, sino en tanto que sujetos, es decir, en tanto que seres que contienen lo pre-individual” (Simondon, 1989, p. 205). El fundamento de grupo es el elemento pre-individual (se percibe,se habla, etc.) presente en cada sujeto. Pero en el grupo, la realidad pre-individual, intrincada en la singularidad, se individualiza, mostrando, a su vez, una particular fisionomía.

La instancia de lo colectivo es aún una instancia de individuación: lo que está en juego es dar una forma contingente e imposible de confundir con el apeirón (lo indeterminado), es decir, con la “realidad de lo posible” que precede a la singularidad; dar forma al universo anónimo de la percepción sensorial, al “pensamiento sin soporte ” o general intellect. Lo pre-individual, inamovible en el interior del sujeto aislado, puede adquirir un aspecto singularizado en las acciones y en las emociones de las múltiples: Como un violoncelista que, interactuando dentro de un cuarteto con el resto de intérpretes, encuentra algo de su partitura que justo ahí se le había escapado. Cada una de las múltiples personaliza (parcial y provisoriamente) su propia componente impersonal a través de las vicisitudes características de la experiencia pública. Exponerse a la mirada de los otros, la acción política sin garantías, la familiaridad con lo posible y con lo imprevisto, la amistad y la enemistad, todo eso alerta al individuo y le permite, en cierta medida, apropiarse de este anónimo “on” del que proviene, para transformar el Gattungswesen, la “existencia genérica de la especie”, en una biografía absolutamente particular. Al contrario de lo que sostenía Heidegger, es solamente en la esfera pública que podemos pasar del “se” al “sí-mismo”.

La individuación de segundo grado, que Simondon llama también la “individuación colectiva” (un oximoro próximo a aquél que contiene la locución “individuo social”), es una pieza importante para pensar de manera adecuada la democracia no representativa. Puesto que lo colectivo es el teatro de una singularización acentuada de la experiencia, o constituye el lugar en el cual puede finalmente explicarse lo que en una vida humana resulta inconmensurable e imposible de reproducir, nada de eso se presta a ser extrapolado, y, menos que nunca, “delegado”. Pero cuidado: lo colectivo de la multitud, en tanto que individuación del General intellect y del fondo biológico de la especie, es exactamente lo contrario de cualquier anarquismo ingenuo. Frente a él, es más bien el modelo de la representación política, con su voluntad general y su “soberanía popular”, el que se convierte en intolerable (y a veces feroz) simplificación. Lo colectivo de la multitud no delega derechos al soberano, no ya que no pacte porque se trata de un colectivo de singularidades individuadas: para él, repitámoslo, lo universal es una premisa , y no una promesa .