El mundo fantástico de la Larga Depresión

Por Michael Roberts

La semana pasada, el Banco de la Reserva Federal de Estados Unidos decidió dejar de subir su tasa de interés política durante 2019. La Fed comenzó a subir los tipos de interés desde cerca de cero a finales de 2016 con el argumento de que la Larga Depresión (en el crecimiento económico, la inversión y el empleo en los EE.UU. y en otras economías importantes) había terminado. A medida que las economías alcanzan el pleno empleo y utilizan el exceso de capacidad industrial, los salarios deberían aumentar y la inflación se aceleraría, por lo que sería necesario frenar cualquier ‘recalentamiento’ con mayores tasas de interés para frenar el endeudamiento y el gasto. Esta política de ‘normalización’, como se la llama, se justificaría después de los recortes de impuestos que Trump aplicó a finales de 2017. Estas medidas dieron lugar a un fuerte aumento de los beneficios después de impuestos para las empresas estadounidenses y una aparente recuperación en EE.UU. del crecimiento real del PIB, alcanzando una tasa interanual del 3% al final de 2018. Todo parecía ir bien.

Sin embargo, como sostuve en la primavera de 2018, la economía mundial había alcanzado en realidad su punto máximo. Y ahora, casi un año más tarde, los pronósticos de una continua ‘recuperación’ se han invertido. Hace un año, la Fed había elevado su previsión de crecimiento del PIB real para el conjunto de 2018 hasta el 2,7% y el 2,4% para 2019. Pero en su reunión de marzo de 2019, ha reducido su pronóstico para 2019 hasta el 2,1% y solo el 1,9% para el año 2020, reduciéndola de nuevo a sólo un 1,8% para 2021 – muy por debajo del 3% permanente del que se ha jactado Trump gracias a sus medidas fiscales.

Por el contrario, ahora la Fed frena sus aumentos de la tasa de interés y pone fin a su política de ajuste monetario reduciendo su enorme acumulación de bonos del gobierno, resultado de su programa de ‘relajación cuantitativa’, lanzado en la Gran Recesión para salvar a los bancos y proporcionar dinero barato para la inversión.

¿Que esta pasando?  Siempre se corre el riesgo cuando se suben los tipos de interés cuando el crecimiento económico y la inversión son débiles que provoquen un colapso del mercado de valores y una nueva depresión económica. Pero siendo probable que el crecimiento económico estadounidense en el actual trimestre a finales de marzo no supere una tasa anual del 1,5% y que la zona euro, el Reino Unido y Japón se deslicen de nuevo hacia una franca recesión, la Fed ha tenido miedo y ha congelado su política de normalización. La Larga Depresión no ha terminado después de todo.

La diferencia más sorprendente, sin embargo, entre la Larga Depresión y la Gran Depresión de la década de 1930 es que en la última década en las principales economías la tasa oficial de desempleo ha caído de nuevo a mínimos históricos (en los EEUU, Reino Unido, Japón) .

Y sin embargo, la inflación no se ha disparado. El equilibrio entre una tasa de desempleo baja y una inflación alta (como muestra la llamada curva de Phillips) , es una predicción típica de la teoría de la demanda agregada keynesiana. Pero no se ha materializado. La curva de Phillips (la relación entre la tasa de desempleo y la tasa de inflación) es casi plana en la mayoría de las economías capitalistas: no hay equilibrio.

Esto confunde a la teoría económica convencional y las políticas de los bancos centrales, como he descrito en mi anterior artículo “No me parece que hayamos logrado de manera convincente nuestro mandato de un 2% de manera simétrica,” dijo el presidente de la Fed, Jay Powell. “La presión a la baja sobre la inflación es uno de los grandes retos de nuestro tiempo”.

Lo que parece haber sucedido es que, a raíz de la Gran Recesión, en un entorno de baja rentabilidad del capital en la mayoría de las grandes economías, las empresas han optado por contratar más fuerza de trabajo que invertir. Los nuevos trabajadores están siendo empleados en ocupaciones con salarios bajos, y / o con contratos temporales y a tiempo parcial. 

Por ejemplo, un 17% de los trabajadores estadounidenses esta únicamente empleado a tiempo parcial, un tercio más que en la década de 1960. La tasa oficial de desempleo de Estados Unidos podría ser baja, pero porque muchos estadounidenses en edad de trabajar han salido del mercado de trabajo: para estudiar, trabajar de manera informal o simplemente vivir en casa con la familia.

Y ha habido un aumento en el empleo por cuenta propia – en la llamada ‘economía digital’. Así, mientras que los trabajadores cualificados (que escasean) han comenzado a obtener aumentos de salarios, la mayor parte de la fuerza laboral no directiva en los EEUU, el Reino Unido, Japón y Europa, han sufrido períodos significativos de disminución de sus ingresos reales. Mientras que la tasa de crecimiento medio del PIB real por persona en los EEUU fue del 1,5% desde el año 2009, el promedio de los ingresos reales por hora para la mayoría de los trabajadores de Estados Unidos han aumentado sólo un 0,8% al año.

Por lo tanto no ha habido una inflación ‘impulsada por los salarios’ y los ingresos medios reales se han estancado. El sector capitalista no ha aumentado la inversión en nuevas máquinas, instalaciones o tecnología que sustituya mano de obra o aumente la productividad de la mano de obra existente. Mientras que en la Gran Depresión de la década de 1930, el desempleo se mantuvo alto hasta el inicio de la Segunda Guerra Mundial, mientras que la productividad aumentó considerablemente; lo contrario que en este Larga Depresión.

La última estimación de la inversión de capital global llevada a cabo por los economistas de JP Morgan sugiere que las órdenes de inversión están cayendo y las importaciones de bienes de capital han pasado a ser negativas.

Por el contrario, el mercado de valores de Estados Unidos se dirige a nuevos máximos. Ahora estamos en un mundo económico donde parece que hay una especie de ‘pleno empleo’, pero con estancamiento de los salarios reales (para la mayoría), bajas tasas de interés e inflación y, sobre todo, una inversión productiva baja. Mientras tanto, la deuda corporativa está aumentando rápidamente a nivel mundial con la emisión de obligaciones de las principales compañías a bajas tasas de interés con el fin de volver a comprar sus propias acciones y así aumentar el precio de sus acciones y continuar la fiesta.

La Larga Depresión se ha convertido en un mundo fantástico en el que suben los precios financieros de activos, baja la inversión y se reduce el crecimiento de la productividad, en el que casi todo el mundo puede conseguir un trabajo (trabajo a tiempo parcial, temporal o por cuenta propia), pero no ganar para vivir.

es un reconocido economista marxista británico, que ha trabajador 30 años en la City londinense como analista económico y publica el blog The Next Recession.

Fuente:

https://thenextrecession.wordpress.com/2019/03/22/the-fantasy-world-of-the-long-depression/

Traducción:G. Buster / sinpermiso.info

Prosur: un proceso sin chicha ni limoná

Por Decio Machado / Universidad Nómada del Sur

El pasado 22 de marzo los mandatarios de Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, Paraguay y Perú, además del embajador de Guayana en Chile, firmaron la llamada “Declaración de Santiago”. Mediante este documento los Estados implicados declaran su voluntad de revitalizar y fortalecer la integración de América del Sur a través del llamado Foro para el Progreso de América del Sur (Prosur).

Esta nueva iniciativa nace de los presidentes Iván Duque y Sebastián Piñera, y se plantea como reemplazo de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR), al que se le cuestiona bajo el planteamiento de ser concebido bajo parámetros ideológicos.

Crisis de la UNASUR

Para buscar los orígenes de la crisis de la UNASUR hay que remontarse al periodo en el cual la caída de los precios de los commodities en el mercado global comenzó a afectar a las economías suramericanas. Entre el año 2014 y 2015 los Consejos Ministeriales y Sectoriales del UNASUR  -espacios temáticos de discusión y articulación de consensos- comenzaron a paralizarse, vaciándose de contenidos este espacio de integración regional. 

El discurso de la soberanía nacional y la conformación de la Patria Grande encontró su contradicción en las políticas hiperextractivistas auspiciadas por el progresismo latinoamericano, lo que hizo que se incrementará la dependencia de estos países respecto al mercado capitalista mundial. Terminado el boom de los commotidies y por lo tanto el excedente económico, ningún gobierno progresista continuó apostado por la integración regional.

En este sentido, la parálisis de UNASUR deviene de antes del fin del ciclo progresista en el subcontinente, si bien es un hecho que el cambio de clima político que ha sufrido la región ha terminado de apuntillar esta iniciativa. En abril del 2018, Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Paraguay y Perú decidían suspender su participación en este organismo por tiempo indefinido, justificando su decisión con base a la falta de “resultados concretos que garanticen el funcionamiento adecuado de la organización” tras haber transcurrido 270 días sin acuerdo respecto al nombramiento de un nuevo secretario general que reemplazara a Ernesto Samper. Cuatro meses después Colombia anunciaría su salida definitiva y en marzo del presente año Ecuador haría lo mismo. 

De esta manera, atrás iban quedando un conjunto iniciativas inconclusas y declaraciones de intenciones sin aplicación auspiciadas a lo interno de esta iniciativa regional, tales como el Banco del Sur, el Sistema Unitario de Compensación Regional, la posibilidad de montar una Corte Penal regional para luchar contra los delitos transnacionales, así como medidas destinadas a erradicar la pobreza o acuerdos para la adquisición interregional de fármacos genéricos con el fin de negociar en bloque un buen precio.

En paralelo y desde una lógica antagónica, los países con gobiernos no progresistas de la región -Chile, Colombia, y Perú- más México, lanzaban en 2011 la iniciativa Alianza del Pacífico con el propósito de generar un nuevo espacio de integración, en este caso con enfoque meramente comercial y con claro perfil liberal. Esta iniciativa no era menor, pues los pocos países inicialmente involucrados sumaban el 40% del PIB de América Latina. En la actualidad se hayan en proceso de incorporación a este espacio países latinoamericanos como Costa Rica, Ecuador, Guatemala y Panamá.

Un Prosur cuestionado desde la misma derecha

El nacimiento de Prosur es forzado y no responde a un proceso diplomático entre los países de la región sino más bien a coyunturas políticas internas de sus auspiciadores. Tanto Duque como Piñera sufrían fuertes caídas de popularidad en sus respectivos países durante la primera quincena de enero, momento en el cual posicionaron públicamente esta iniciativa.

Según el presidente Iván Duque, Prosur “no tiene ningún tipo de raíz política, institucional, ni económica”, tratándose simplemente de una “fuerza de coordinación”. Pese a la declaración anterior, este espacio nace excluyendo desde su origen a un país como la República Bolivariana de Venezuela, al que se le vetó la posibilidad de formar parte de esta iniciativa. Sería el ex presidente Juan Manuel Santos quien, pocos días después de la fundación de Prosur, pondría en cuestión la falacia oficial respecto a la carencia de criterio ideológico al interior de este nuevo espacio suramericano: “”Me parece que Prosur, o esto que están creando, es lo mismo, Unasur al otro lado… entonces si fracasó uno va a fracasar el otro… lo importante es tener un proceso de integración en América Latina que sea efectivo”. En todo caso, el formato con el que nace Prosur implicaría más su existencia como un foro de alto nivel -espacio para el debate de mandatarios suramericanos de países con gobiernos de perfil conservador- que una organización multilateral cuyo objetivo esté anclado a la integración regional. 

El cuestionamiento a Prosur no solo llega de los espacios ideológicamente más anclados a la izquierda convencional hoy en crisis, quienes definen a este invento como un espacio de desintegración regional al servicio de los espurios intereses norteamericanos, recurrido discurso de quienes tienen poco o nada que decir… Son los propios voceros de sectores empresariales suramericanos, que indudablemente comparten con los gobiernos fundadores de Prosur su ideología conservadora e incluso ultraconservadora, quienes expresaron su cuestionamiento a la nueva iniciativa con las siguientes palabras: “una mala idea para reemplazar otra mala idea”. Por poner tan solo un ejemplo, diversos sectores gremiales del capital chileno expresaron durante la cumbre fundacional de Prosur, en Santiago de Chile, sus críticas a este proceso manifestando que este nuevo organismo podría terminar opacando la “exitosa” iniciativa de integración comercial impulsada por el mismo Sebastián Piñera en su primer gobierno, en referencia a la Alianza del Pacífico.

En definitiva, si en algo aciertan los lobbies empresariales es en considerar que no es necesario tener dos instancias que avanzan, en esencia, para el mismo objetivo… es decir, la defensa de sus intereses corporativos.

En definitiva y más allá de posiciones ideológicas, la construcción de bloques regionales es una respuesta de la que se dotaron los Estados -más allá del ideario político con el que comulguen sus coyunturales gobiernos- en diferentes espacios geográficos del planeta para hacerle frente a la globalización. En este sentido, la falta de institucionalidad que se vive en los países de la región deriva en que en lugar de intentar subsanar iniciativas de integración regional en mal estado de salud, nuestros gobiernos hayan ido impulsando diferentes proyectos que opacaron y dificultan el accionar de los anteriores. Así hemos asistido a la conformación de la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI), el Sistema Económico Latinoamericano y del Caribe (SELA), la Comunidad Andina de Naciones (CAN), el Mercado Común del Sur (Mercosur), la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR), la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAG) y ahora Prosur… Cabría indicar que sin duda América Latina debe tener el récord mundial de iniciativas de integración regional fallidas y que la nueva apuesta auspiciada por los gobiernos conservadores de la región no tendrá como destino un final diferentes a las anteriores.

Estados mafiosos y poder político

Por Raúl Zibechi

Ante nuestros ojos   podemos observar cómo los Estados-nación se van deslizando hacia instituciones controladas por grupos paramilitares, mafias policiales y narcotraficantes. Lo que antes parecía una excepción, acotada a situaciones casi extremas, ahora se está convirtiendo en norma, a medida que el Estado ya no es aquella institución capaz de controlar territorios y asegurar el monopolio de la violencia legítima, como sostuvo Max Weber.

La crisis de los estados va de la mano con el crecimiento de grupos que ocupan los espacios que en otros tiempos fueron controlados por aquellas instituciones. El sociólogo brasileño José Claudio Alves, especialista en las periferias urbanas, asegura que las milicias de Río de Janeiro controlan la adjudicación de las áreas donde los migrantes del nordeste pueden comprar terrenos y construir sus viviendas, gracias a informaciones privilegiadas obtenidas dentro del Estado (goo.gl/KSQY5G).

Me impresiona mucho el poder que tienen estos grupos y la fragilidad de la justicia frente a ese poder, sostiene Alves. Está haciendo referencia a un poder territorial que tiene su propio brazo político, anclado en las bancadas de la ultraderecha y partidos con una lógica fundamentalista religiosa, en el caso de Brasil. Como sucedió con Marielle Franco, concejala negra y lesbiana asesinada hace un año, se asiste a un aumento de las ejecuciones sumarias ante la nula respuesta estatal.

No se están registrando ni homicidios ni desapariciones, por lo menos en Río, porque el miedo es más poderoso que la voluntad de denunciar. Estamos ante la pérdida de derechos y la situación va empeorando, en toda la región latinoamericana. Cinco décadas de grupos de exterminio han elevado hasta 75 por ciento la votación para Bolsonaro y la extrema derecha en la Baixada Fluminense, la región carioca más violenta del estado, según Alves. La violencia actual fue construida durante la dictadura y profundizada en democracia.

Las milicias van cambiando. Ahora detectan dónde se está moviendo el capital (grandes obras de infraestructura, como parte del modelo extractivo), y controlan de forma violenta el acceso al empleo que esas obras generan, de modo que cobran impuestos a las personas que quieren trabajar en las empresas, ya sean privadas o estatales. Los empleados deben entregar parte de sus salarios a los paramilitares.

Esto lo he visto en Medellín, en Río de Janeiro y cada vez en más ciudades de América Latina, ya sea bajo gobiernos conservadores o progresistas, porque estamos ante una mutación estructural de esa relación que llamamos Estado. Otra novedad es la milicia marítima, sigue Alves. Aborda a los pescadores en el mar, les pide licencia de pesca y exige dinero para que sigan haciendo su trabajo de sobrevivencia. Controlan incluso el acceso a los servicios médicos de los hospitales de Río, cobrando tasas y negando el ingreso a quien no paga.

Conclusión: La relación de las milicias con el Estado es determinante para que se transformaran en una estructura de poder absoluta, amplia, autoritaria, potente y creciente en Río de Janeiro. Actúan de forma legal, con acceso a informaciones económicas que consiguen del Estado mediante aliados; pero también ilegal: asesinan, torturan y desaparecen. Salimos de la dictadura oficial, para la dictadura de los grupos de exterminio y las milicias, apunta Alves, para quien nunca existió un fin de la dictadura.

Ante esta deriva creo que podemos hacer dos reflexiones.

La primera es que la crisis de los estados es el aspecto determinante que lleva a la creación de poderes como las milicias, paraestatales que no antiestatales. Este es el cambio estructural en relación con las instituciones; algo que he visto días atrás en Barcelona, donde el poder municipal no pudo detener la represión policial a los inmigrantes. Este poder creció incluso bajo Lula o los Kirchner, no por culpa de ellos sino porque estamos ante un proceso global, irreversible por ahora.

La segunda se relaciona con nuestras estrategias. Incrustarse en el Estado, ocupar el Estado o tomarlo, o como se llame a ese proceso consistente en ganar elecciones y administrar lo existente, tenía sentido cuando los Estados-nación encarnaban una configuración mínimamente democrática. Ahora puede ser muy peligrosa, porque nos paraliza ante enemigos que desbordan cualquier control institucional y nos hace cómplices de sus desmanes.

El historiador Emilio Gentile señala que la novedad de la ultraderecha actual consiste en el peligro de que la democracia se convierta en una forma de represión con consentimiento popular (goo.gl/5v37eS). Una fachada electoral que encubre la falta de democracia es un mal asunto porque nos entretiene mientras desarma los poderes propios, que son los únicos que nos pueden permitir enfrentar y superar esta fase del capitalismo extractivo que depreda los bienes comunes, desarticula los estados-nación y arremete contra los pueblos del color de la tierra.

Fuente: http://www.jornada.com.mx/2019/03/29/opinion/018a1pol

¿Es realmente incompatible el capitalismo con la democracia?

En la izquierda es popular sugerir que el capitalismo y la democracia son incompatibles. El argumento es simple: la política ya no puede controlar la economía como lo hacía en tiempos del Estado de Bienestar y de la socialdemocracia. Pero quizás este planteo sea incorrecto. ¿Realmente la democracia tiene puestas las cadenas y los candados del capitalismo?

Por Sheri Berman

Para la mayoría de la izquierda, la historia de las últimas décadas es algo así: durante la posguerra, la regla era la «primacía de la política»; los gobiernos democráticos, particularmente en Europa, configuraban activamente los resultados económicos como respuesta a las necesidades de sus ciudadanos. A finales del siglo XX, este orden de posguerra comenzó a decaer y hoy los mercados dominan la política, con lo cual los gobiernos democráticos son incapaces de influir en los resultados económicos y responder a las necesidades de los ciudadanos. En su lugar, quedan a cargo los capitales y las empresas «golondrina».

Thomas Piketty, por ejemplo, ha sostenido de manera influyente que el capital sigue sus propias leyes, que no pueden ser contrarrestadas por los gobiernos democráticos. De modo similar, Wolfgang Streeck afirma que el capitalismo inevitablemente subvierte la democracia; es, en sus propias palabras, una fantasía «utópica» creer que ambos pueden reconciliarse. Claus Offe está de acuerdo, y afirma que hoy «los mercados marcan la agenda política» y «los ciudadanos han perdido su capacidad de influir en el gobierno».

Pero supongamos que esto es incorrecto. Supongamos que la democracia está ahora tan «a cargo» como lo estuvo durante la posguerra. Supongamos que nuestro orden económico actual no fue el resultado de la dinámica ineluctable del capitalismo o los mercados, sino más bien la consecuencia de decisiones políticas deliberadas tomadas por gobiernos democráticos. Y supongamos que los impulsores y beneficiarios más importantes de estas decisiones no fueron las empresas golondrina, sino personas como los lectores.

Un nuevo y provocativo libro

Esa versión alternativa es la que surge de un nuevo y provocativo libro de dos conocidos e influyentes economistas políticos, Torben Iversen y David Soskice: Democracy and Prosperity: Reinventing Capitalism Through a Turbulent Century[Democracia y prosperidad. Reinventar el capitalismo a través de un siglo turbulento] (Princeton UP, Princeton, 2019). Según ellos, la historia de las últimas décadas es más o menos así.

La aparición de nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones a finales del siglo XX hizo posible, mas no inevitable, un nuevo orden económico. Para que el capitalismo se transformase, fueron necesarias reformas masivas. Por ejemplo, en comparación con las economías industriales fordistas, las economías basadas en el conocimiento requieren una innovación y una toma de riesgos constantes, así como trabajadores con gran formación y flexibilidad. Y estas, a su vez, requieren políticas gubernamentales que fomenten la competencia, promuevan nuevos productos financieros y amplíen la educación superior.

Estas reformas implican cambios regulatorios e institucionales masivos, por lo que solo los Estados con altos niveles de capacidad y legitimidad pueden llevarlas a cabo, con lo cual la transición a economías basadas en el conocimiento ocurrió antes y llegó más lejos en las democracias avanzadas. Los países de ingresos medios, con Estados débiles y, a menudo, no democráticos, son generalmente incapaces de implementar tales reformas. Y las dictaduras como la Unión Soviética, «que podría decirse que en los años 70 y 80 tenían la experiencia en computación científica centralizada como para evolucionar hacia una economía del conocimiento», también tienen dificultades para hacerlo, ya que las reformas necesarias requerirían que los líderes cedieran control político y económico.

Hasta aquí, esta historia, quizás irónicamente, pueda ser asociada a una familiar para la mayoría de los lectores de Social Europe: aquella contada por Karl Polanyi en La gran transformación (aunque Iversen y Soskice, curiosamente, no la mencionen). Así como Polanyi sostenía que la transición al capitalismo no fue el resultado de la ineluctable expansión de los mercados, sino más bien la consecuencia de decisiones políticas concretas, Iversen y Soskice argumentan que la transformación del capitalismo en el siglo XX fue el resultado de decisiones tomadas por gobiernos democráticamente elegidos.

Pero van más allá. Iversen y Soskice no solo rechazan la idea, hoy cada vez más de moda en la izquierda, de que el capitalismo y la democracia son incompatibles. Argumentan incluso que son mutuamente dependientes, ya que sin Estados fuertes y legítimos el capitalismo no podría reinventarse constantemente.

Y la democracia no es simplemente el «comité ejecutivo», como diría Lenin, de empresas golondrina: la mayoría de los analistas exageran enormemente su poder, según Iversen y Soskice. A diferencia de las empresas cuya actividad involucra baja calificación, que pueden moverse geográficamente con facilidad, las empresas basadas en el conocimiento dependen de entornos regulatorios, financieros y educativos particulares, así como de trabajadores con buena formación que son difíciles de trasladar, especialmente a otros países. Este arraigo geográfico significa que aunque las empresas basadas en el conocimiento «pueden ser poderosas en el mercado, tienen poco poder estructural, y la competencia [las] hace políticamente débiles».

Demandas de la clase media

Si el capital golondrina no impulsó la transformación del capitalismo o las decisiones gubernamentales en general en los últimos tiempos, ¿quién lo hizo?

Los políticos quieren ganar las elecciones y para hacerlo deben convencer a los ciudadanos, especialmente a aquellos que más probablemente votarán y participarán en política, de que respondan a sus intereses. Y así, las «expansiones en la educación superior, la financiarización, la liberalización del comercio y la inversión extranjera directa, las metas de inflación y las fuertes reglas de competencia fueron finalmente instituidas o reforzadas», debido al «deseo» de los políticos de «responder a las demandas de la clase media para mejorar los niveles de vida».

Pero a medida que el capitalismo se transformó, también lo hicieron las clases y las relaciones entre ellas (aquí agregamos una pizca de Marx a nuestro Polanyi). Las empresas basadas en el conocimiento están altamente concentradas en áreas urbanas, donde se ubican empresas similares y trabajadores de elevada formación, y tienen lugares de trabajo altamente segregados que permiten poca mezcla entre la clase media y la clase obrera. Mientras tanto, los trabajadores poco calificados se han concentrado cada vez más en ocupaciones del sector de servicios de baja productividad. Así, el capitalismo avanzado produce una nueva clase media, cuyas experiencias e intereses de vida difieren enormemente de los de las antiguas clases medias y obreras. Y debido a que las nuevas clases medias están altamente concentradas en áreas urbanas particulares, los nuevos conflictos de clase han llevado a nuevos conflictos geográficos (las grandes ciudades en contra de las periferias). Las consecuencias políticas de esto son profundas.

El arraigo en las ciudades cosmopolitas, la educación extensiva, los diversos contactos sociales, etc., hacen que la nueva clase media sea más progresista en lo social que las antiguas clases medias y bajas. De nuevo, volviendo a Marx, Iversen y Soskice insisten en que «los progresistas en lo social y los populistas están arraigados en diferentes partes de la economía»; es incorrecto, por lo tanto, «separar sus valores de la realidad económica subyacente». Iversen y Soskice rechazan así la tendencia dominante en los análisis de la política estadounidense –y cada vez más frecuente, también, en los análisis de Europa– de hacer foco en las actitudes sociales o en una «reacción cultural» cuando se trata de explicar los patrones de votación o las tendencias políticas contemporáneas, ya que tales análisis no toman en cuenta las causas estructurales más profundas de los problemas contemporáneos.

Pero si su posición en la economía del conocimiento hace que los miembros de la nueva clase media sean progresistas en lo social, también puede hacerlos menos progresistas en lo económico, ya que ni sus intereses ni sus experiencias de vida tienen mayor contacto con los de las antiguas clases medias y bajas. Aquí radica la razón principal por la cual la creciente desigualdad que acompaña la transformación del capitalismo no ha sido contrarrestada eficazmente por una mayor redistribución: la antigua clase media es hostil a los pobres y la clase media ascendente no está interesada en la difícil situación de la clase media en decadencia; hay que culpar a la manera en que funciona el sistema democrático, no al poder político del capital.

Cambio transformador

Entonces, ¿dónde nos deja todo esto? Hay motivo para abrigar esperanzas, ya que la democracia tiene el poder de efectuar un cambio transformador. Y dado que son principalmente los votantes, particularmente los «ganadores» de la economía, y las coaliciones entre ellos, y no las empresas, quienes determinan qué hacen los gobiernos, el requisito previo para tal cambio es aumentar el apoyo de ellos y de las coaliciones a favor de la redistribución.

La clave aquí es la movilidad social. La movilidad une los intereses de los miembros de diferentes clases: que quienes están en el extremo inferior puedan tener expectativas de ascenso para ellos o sus hijos, y los que están en el extremo superior no puedan estar seguros de que ellos o sus hijos no descenderán en la escala. En un mundo de alta movilidad, la «brecha de intereses» entre las clases disminuye y los mensajes de que «todos estamos en el mismo barco» o de «cooperación entres clases» tienen más sentido. Por el contrario, cuando hay poca movilidad social, las antiguas clases medias y bajas se vuelven susceptibles a los populistas que «atacan los símbolos de la nueva economía, una economía de la que ellas y sus hijos sienten» que han sido excluidos de forma permanente.

El populismo prospera, en otras palabras, allí donde la democracia no brinda oportunidades para todos. Iversen y Soskice presentan datos muy interesantes sobre la diferencia entre las actitudes populistas y el voto a los populistas, y muestran que «donde hay pocas barreras a la buena educación y a la capacitación, los valores populistas son mucho menos predominantes». (También argumentan que existe una fuerte tendencia a que las personas menos capacitadas voten a los populistas, incluso haciendo control de variables). Y ampliar las oportunidades significa, sobre todo, ampliar el acceso y mejorar la calidad de la educación, ya que la educación determina si los «perdedores» y sus hijos tendrán la oportunidad de convertirse en «ganadores» mediante la adquisición de nuevas capacidades.

Muchos de la izquierda seguramente estarán en desacuerdo con algunos aspectos del análisis de Iversen y Soskice. Pero los debates sobre cómo se desarrolla el capitalismo y las condiciones bajo las cuales la democracia puede influir en los resultados económicos para beneficiar a la mayoría de los ciudadanos son absolutamente cruciales para que la izquierda prospere y el populismo sea contrarrestado. Ojalá la democracia y la prosperidad ayuden a impulsar este debate.

Traducción: Carlos Díaz Rocca

Fuente: IPS https://www.ips-journal.eu/regions/europe/article/show/capitalism-and-democracy-what-if-we-have-it-backwards-3315/

Elsa Dorlin: La cuestión de la violencia ante los chalecos amarillos revela una crisis democrática histórica en Francia

[Este sábado [30 de marzo] se celebrará el Acto19[1] del movimiento de los chalecos amarillos. El gobierno ha adoptado una posición terrorista tras los daños causados durante la manifestación del sábado 16 de marzo, asumiendo a partir de ese momento que pueda haber muertos. En esta entrevista, Elsa Dorlin aborda la cuestión del lugar que ocupan la violencia y el cuerpo en política.]

¿Cómo valora las escenas de violencia durante las movilizaciones de los chalecos amarillos el sábado 16 de marzo en París?

Se podrían utilizar otras palabras: daños materiales, destrucción de establecimientos comerciales, pero también revuelta, insurrección, etc. Estos hechos se califican de violencia extrema debido, en parte, a un marco de interpretación que nos ha sido impuesto: la imagen de esta violencia y cómo se presentan tienen la función de suscitar indignación, reprobación y la falta de solidaridad; pero la realidad de estos enfrentamientos ofrece otras imágenes, otras formas de pensar este conflicto.

Hay que mirar hacia otro lado para hablar de la violencia como tal. Antes del Acto 18, el periodista David Dufresne ya había contabilizado 202 heridos en la cabeza, 21 personas que habían perdido un ojo y cinco manos amputadas desde el comienzo de las movilizaciones de los chalecos amarillos. Tener en cuenta estas lesiones corporales, los riesgos –a partir de ahora asumidos– de muerte, permite adoptar otra perspectiva sobre la violencia. Estoy pensando en Zineb Redouane, una marsellesa de 80 años, que en diciembre último recibió el impacto de un bote lacrimógeno cuando estaba en la ventana y murió horas más tarde. La muerte de esta mujer, de la que ya no se habla, fue de una violencia extrema; aunque parece que nunca ocurrió. Así pues, hablamos de mutilaciones, de secuelas de por vida, es decir, de vidas perdidas en el contexto de una movilización social; es decir, de una actividad que constituye un derecho constitucional [derecho a manifestarse].

Esto plantea la cuestión del mantenimiento del orden público. ¿Qué dispositivo debe adoptar un régimen democrático frente a expresiones de ese derecho? Para mí, la cuestión de la violencia señala al gobierno y a las fuerzas del orden y muestra una crisis democrática histórica en Francia.

¿Cómo analiza esta violencia física ejercida por el Estado, a través de la policía, sobre el cuerpo de los y las manifestantes?

En el hexágono francés, la historia de estos dispositivos para mantener el orden –tras las grandes huelgas y manifestaciones de la década de 1930, después, en las [movilizaciones] sindicales, sociales, anticoloniales o estudiantiles de las décadas de 1960, 1970 y 1980– muestra un lento y difícil cambio de las técnicas utilizadas con el objetivo de evitar prácticas letales. Esa nueva doctrina para mantener el orden tuvo como principio no atentar contra la integridad física de las personas, mantenerlas a distancia o dispersar las manifestaciones porque el riesgo de que hubiera alguna persona muerta se había convertido en demasiado costoso políticamente (pienso en la dimisión de Alain Devaquet como consecuencia de la muerte de Malik Oussekine en 1986 durante las movilizaciones estudiantiles).

Sin embargo, la secuencia histórica que abarca las movilizaciones del ZAD[2] (y la muerte de Rémi Fraisse en octubre de 2014), las movilizaciones contra la reforma laboral y el movimiento Nuit Debout, la muerte de Adema Traoré en julio de 2016 (tras su detención), muestran que la filosofía para mantener el orden ha cambiado de forma neta. Se ha pasado a las técnicas que suprimen la distancia: al cuerpo a cuerpo, a poner en el punto de mira a las personas (de forma bastante indiferenciado), a meter la presión a los cortejos (kettling, en inglés), a perseguir a los individuos… son prácticas de represión que intentan herir, mutilar los cuerpos, atentar contra las vidas. Esto se traduce en el uso de armas (por ejemplo, disparos de pelotas de goma (LBD), de gases paralizantes de nueva generación, porras y técnicas de combate cuerpo a cuerpo, desarrolladas en su origen por las secciones de asalto o las unidades de élite del ejército.

La decisión de desfigurar los cuerpos solo puede tener una función: no la mantener el orden sino la de quitar las ganas de volver a manifestarse a la gente, y a quienes querrían unírseles, incitarles a quedarse en casa delante de la tele. Esto se acompaña de una imaginario político viril. El Estado utiliza el género eficazmente para representar la firmeza, la energía, el respeto al Estado de derecho; paralelamente, el Estado estigmatiza a los manifestantes (solo habría hombres…) como inmaduros, bárbaros, irracionales; como niños o adolescentes rebeldes. El gobierno muestra que no falla frente a los chalecos amarillos, y utiliza un universo de palabras y de representaciones paternalistas. En realidad, es la política del garrote que utiliza la violencia física como símbolo de la autoridad política.

Ahora bien, este uso de la violencia, relativamente inédita en la Francia metropolitana desde finales de la década de los 80, siempre ha sido la norma en las colonias, después denominadas DOM-TOM [Departamentos o Territorios de ultramar]: en Guadalupe, en mayo de 19677 y en Martinica en febrero de 1974 para reprimir con un baño de sangre las huelgas. Lo mismo sucede en los barrios populares: a la luz de la historia del colonialismo y del racismo, es necesario relativizar el proceso de eufemizar la violencia policial. Hoy, no asistimos a una vuelta a los años 30, sino a ejercer de forma voluntaria, científicamente decidida, una violencia política sobre la población que hasta ahora se había librado de ella y disfrutaban plenamente de sus derechos políticos; entre ellos, el manifestarse en el espacio público sin riesgo de perder un ojo, una mano o la vida.

Los chalecos amarillos son, sobre todo, personas salidas de las clases populares, de la Francia periférica. Sus manifestaciones cerca de los centros del poder, las degradaciones de las que se habla, ¿pueden ser interpretados como una forma de autodefensa frente a una violencia social del Estado semejante a que usted ha observado en relación a otros grupos sociales oprimidos?

En los movimientos históricos de emancipación que han utilizado o han encarnado una filosofía de autodefensa, el punto de inflexión se da cuando un poder deja de tomar en consideración la vida de determinadas personas. Para estas últimas, se hace imposible delegar en el Estado el derecho a defenderse puesto que, justamente, este Estado pone en peligro sus vidas. Por ejemplo, exponiéndoles a condiciones de trabajo deplorables, manteniéndolas en la miseria social, alojándolas en viviendas insalubres, en un medioambiente contaminado o, incluso, legitimando la violencia de la que son objeto. En una palabra, el poder ya no asegura condiciones de vida dignas de ese nombre a determinadas personas; entonces, la autodefensa se convierte en el único recurso vital.

La autodefensa no se limita al uso de la violencia para defenderse de manera ilusoria o paranoica. En la autodefensa, la violencia es la última posibilidad para supervivir. Detrás de ruido de los cristales rotos, del fuego y el saqueo, hay vidas que luchan con la conciencia extrema de que ya no valen nada y que pueden reventar en medio del silencio y la indiferencia si no se sublevan. La mayoría de los chalecos amarillos han salido de las clases populares llamadas silenciosas, no tenidas en cuenta, abandonadas progresivamente a la agonía social. Antes del otoño de 2018, lo que se ha convertido después en el pueblo de las rotondas, probablemente no tenía conciencia de hasta qué punto sus vidas estaban reducidas a no contar para nadie. Algo que para otras poblaciones depauperadas, racializadas, descendientes de la emigración colonial y poscolonial, de otros pueblos (de los barrios, de los bloques de apartamentos, de las ciudades dormitorio, o incluso de islas turísticas…), es un régimen de vida muy familiar frente al que, desde hace mucho tiempo, ha sido necesario inventar formas de defensa de la vida social y política o, simplemente, de la propia vida. Aquí vemos que la autodefensa incluye prácticas de solidaridad, de auto-organización (para desplazarse, alojarse, cuidarse, alimentarse, educarse…), de creación del ágora, del cuidado del yo y cuidado del nosotros, nosotras.

En Montpellier, durante una manifestación habitual, surgió un debate entre los chalecos amarillos que deseaban llegar al centro de la ciudad y estimaban que las roturas [de escaparates] eran el único modo de hacerse entender y militantes ecologistas que preferían reunirse en un pueblo alternativo en la periferia. ¿Qué piensa del dilema entre violencia y no violencia?

Manifestarse en el Arco de Triunfo, delante de las tiendas de grandes firmas o, sin duda, de Fourquet’s [restaurante de lujo] en los Campos Elíseos, o en los accesos de centros comerciales en toda Francia, en las grandes calles comerciales de los centros históricos de las ciudades de Francia que se han vuelto todas iguales conforme a las renovaciones urbanas… En Navidad, los chalecos amarillos bloquearon los accesos a las grandes superficies: es decir, pusieron trabas a una sociedad consumista, responsable directa de la situación económica, medioambiental y social. Los daños o mejor, el sabotaje que me parece más apropiado en relación a lo que ocurre en estos espacios, participa de una reterritorialización de las luchas, es decir una forma de repolitización de un conflicto social (contra el 1% que disfruta de los beneficios, dividendos, subida de sueldos, de nivel de vida…). Se trata de manifestarse sin autorización ante los centros del poder, geográficamente y económicamente, más representativos: allá donde se encuentran el dinero y el capital; en los barrios ricos, donde vive la gran burguesía indiferente que goza del derecho a circular, de alimentarse, de alojarse, de instruirse, de cultivarse… sin trabas. Mucho más que tal o cual espacio público o privado, estas prácticas de sabotaje apuntan a un sistema que está espacialmente materializado. Una vez más, se trata de una forma de no reducir la acción política, la vida política, a una expresión formateada: permisos, manifestaciones con trayectos bien delimitados, con horarios marcados.

Es cierto, en paralelo, existe otro repertorio de acciones, históricamente no violento, desarrollados por militantes ecologistas, pero no solo ellos. Consiste en abrir brechas, en lugares protegidos, donde escapar del capitalismo, de la sociedad de consumo e inventar otras formas de construir comunidad. En parte, es lo que ha sido la ZAD de Notre-Dame -des- Landes. Pero la ZAD fue objeto de una violencia desmesurada para erradicarla.

¿A qué se denomina destrozos? El debate sobre su utilidad o al contrario, su carácter contraproducente, atraviesa los movimientos sociales…

Es cierto, y esto plantea la cuestión de la representación de los que se califica como acción política, las emociones suscitadas por las movilizaciones sociales y por sus repertorios de acción. Estos últimos decenios, uno de los mayores desafíos para los colectivos militantes ha sido el impacto mediático de su acción, la imagen que les va a devolver, el discurso que va a suscitar y del que depende el reconocimiento de su legitimidad. Cuanto más sea percibida como positiva, alegre, humorística y festiva la acción, más exitosa será considerada la movilización, con la esperanza de que aúne a la opinión pública y que sea entendida. Actualmente asistimos a la anulación de este tipo de razonamiento: las condiciones exigidas para que una acción sea reconocida como legítima no parecen servir más que para agotar a las movilizaciones y los movimientos sociales. Las huelgas de larga duración en correos, en los hospitales, en la enseñanza nacional o también en la universidad… cualquiera que sea la expresión que tomen, no son tenidas en cuenta, escuchadas. Es una estrategia de desgaste, de agotamiento: así, por un lado, se exige no ser violento para ser atendido, pero, por otro, si te atienes a esta exigencia de no violencia, te enfrentas al silencio, a la difuminación, a una indiferencia que te agota.

En su libro, tumbarse en el suelo para defender la vida no es solamente un medio para hacerse oír sino que también cambia la relación consigo misma.

La idea que he desarrollado es que la historia de la autodefensa como práctica de emancipación muestra que la política pasa por el cuerpo: haciendo gestos, elevando la voz, en el espacio público, en el mundo social, elevándose físicamente contra la injusticia, nos convertimos en sujeto político, hasta en nuestros músculos, en nuestra carne. La autodefensa es esa forma de reanimación vital del cuerpo político, de las vidas políticas en la realidad. Hoy Hace falta coraje para salir a manifestarse cuando sabemos que se puede perder la vida mientras que todo está preparado para respetar nuestros cuerpos. Salir a pesar de todo, encontrarse, formar un cuerpo colectivamente y crear un nosotras-nosotros político en una rotonda o en otro lugar, produce una conciencia política de la que hacemos la experiencia físicamente y es una forma de resistencia cuando se sabe que la represión intenta justamente marcar los cuerpos en carne viva y marcar las vidas para que se deterioren, para que no se muevan más.

https://reporterre.net/Gilets-jaunes-La-question-de-la-violence-revele-une-crise-democratique?fbclid=IwAR0RDLPly2ZpVV5zliEtG8VQnobmW7jzS3gl_nVxVkwwneMzw5wkqjj2w0E

Elsa Dorlin es profesora de Filosofía social y política e investigadora en el Columbia Institute for Ideas & Imagination. Es autora de Se défendre. Une philosophie de la violence (La Découverte).

Traducción viento sur


[1] Desde el 17 de noviembre, el movimiento de los chalecos amarillos numera sus convocatorias de movilización semanales «Acto». ndt

[2] Zonas a defender

 

Stavros Tombazos y la discordancia de los tiempos

Por Michel Husson 

En 1994, Stavros Tombazos publicó un libro titulado Le temps dans l’analyse économique (1). Acaba de aparecer su nuevo libro, Global Crisis and Reproduction of Capital (2). El libro de 1994 ha superado la prueba del tiempo, ya que ha sido objeto de una traducción al inglés, publicada veinte años más tarde. Tombazos propuso en él una relectura de El Capital, estructurada como la articulación de tres temporalidades: “Las categorías de los tres libros teóricos de El Capital se inscriben de modo distinto en el tiempo. Las del primer libro obedecen a una temporalidad lineal y abstracta, homogénea, a un tiempo supuestamente calculable, medible. Este último lo denominamos tiempo de la producción. Las determinaciones del segundo libro se inscriben en una temporalidad cíclica. Las diferentes categorías del tiempo de la circulación se refieren a la rotación del valor. Finalmente, el tercer libro es el del tiempo orgánico del capital, unidad del tiempo de la producción y del tiempo de la circulación.”

Este esquema de lectura sirve para confrontar la lógica de Marx y la de Hegel ofreciendo herramientas metodológicas para la comprensión del capitalismo contemporáneo. Tombazos indica a este respecto que hay que saber “pensar el ‘inmovilismo’ del cambio”. A Michel Aglietta, quien propone evitar el uso del término reproducción, Tombazos replica que valor y capital son elementos invariables del capitalismo.

Ya en aquel entonces, el pasaje sobre el capital portador de interés destaca lo que tienen de absurdo las teorías financiaristas que oponen esquemáticamente el beneficio industrial al beneficio financiero. Para Tombazos, debería estar claro, por el contrario, que “el beneficio industrial es ante todo, lógicamente, uno e indivisible; después se comparte real o idealmente entre prestamistas y prestatarios, tipos de interés y beneficio empresarial. Estas dos últimas categorías, entendidas como dos partes del trabajo excedentario, no tienen nada de misterioso. Son, al igual que el salario y la ganancia, formas fenomenales de la plusvalía y al mismo tiempo momentos del imaginario social o momentos de lo que Marx llama fetichismo.”

Más allá de estas anotaciones metodológicas, que conservan hoy en día toda su pertinencia, la tesis fundamental del libro de 1994 es que el funcionamiento del capital se basa en una “organización autónoma de ritmos”. Con ello aporta una clave de lectura de la “crisis del organismo social” como “una especie de ‘arritmia’, es decir, una perturbación momentánea de la coherencia del sistema”. En el fondo, este es el esquema que se utiliza en el último libro de Tombazos para analizar la crisis reciente.

Primera discordancia: beneficio y acumulación

Es bastante fascinante ver cómo las categorías relativamente abstractas que elaboró Tombazos en su primera obra las retoma en su nueva contribución para aplicarlas al análisis de la crisis reciente y proponer una visión coherente de la misma.

El primer capítulo del libro está consagrado al tiempo de la producción, es decir, a la relación entre rentabilidad y acumulación de capital. En su introducción, Tombazos ofrece un resumen de su método general: “El concepto mismo de capital hace referencia a una articulación de tres ritmos económicos fundamentales: el ritmo de la valorización, el ritmo de la acumulación y el ritmo de la realización del valor. El crecimiento capitalista presupone una compatibilidad relativa entre estos tres ritmos, y las crisis económicas se producen a raíz de la divergencia excesiva de uno de estos ritmos con respecto a los demás. Toda crisis económica puede describirse como una ‘arritmia orgánica’ del sistema”. Una vez más, es asombroso comprobar que esta problemática retoma en sus mismos términos la del libro de 1994.

Tombazos analiza en detalle una primera discordancia, entre beneficio y acumulación: “Durante el periodo neoliberal, la tasa de beneficio se recupera, pero la tasa de acumulación no le sigue: aparece una divergencia entre la curva de la tasa de beneficio y la de la tasa de acumulación. La relación entre plusvalía (o beneficio) y acumulación aumenta.” Este primer hecho estilizado dio pie a un debate entre marxistas que nos remite a la cuestión delicada de la medición del capital, que precisamos para calcular la tasa de beneficio y la tasa de acumulación. Tombazos evita meterse en berenjenales y razona sobre la parte acumulada de la plusvalía, demostrando que esta desciende sobre la base de los datos empíricos disponibles.

Otro debate se refiere al papel de las finanzas. Según una vulgata bastante extendida, las finanzas depredadoras, al apoderarse de una parte creciente de la plusvalía, impiden que el buen capitalismo cumpla su función, a saber, acumular capital. Tombazos rechaza de plano esta interpretación: “Es por tanto un error explicar la creciente divergencia entre la tasa de beneficio y la tasa de acumulación, o el aumento de la relación plusvalía/inversión neta, por el aumento de la parte de la plusvalía absorbida por el capital monetario.” A cambio, propone otra (que compartimos): si el capitalismo invierte cada vez menos en las actividades productivas, se debe a que “no existen nuevas actividades productivas que prometan una tasa de beneficio ‘aceptable’. De ahí que invierta gran parte de ‘su’ plusvalía en títulos de otros sectores, de la banca, los fondos de inversión, etc. El aumento de los intereses y de los dividendos como parte de la plusvalía es el síntoma y no la causa de la divergencia” entre beneficio y acumulación.

Tombazos se remite nuevamente a Marx y, en particular, al capítulo II de El Capital, titulado “Las metamorfosis del capital y su ciclo”, del cual cita el siguiente pasaje: “Como el conjunto es un círculo en movimiento, cada punto particular, cada figura particular del capital recorre su propio ciclo; dicho en otros términos, cada punto funciona a la vez como punto de partida, punto de transición y punto de retorno, por más que la circulación global se presente, para cada uno de esos puntos específicos, como su ciclo específico. Para el proceso de reproducción en su conjunto constituye una condición necesaria la de ser al mismo tiempo, en cada una de sus fases, reproducción y circulación. (…) Se trata de formas fluidas cuya simultaneidad se efectúa gracias a su sucesión (3).”

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La lección que extrae Tombazos es metodológicamente importante: “Debemos leer los tres circuitos de cada capital individual, y también los del capital social, no solo horizontalmente (como una transformación o metamorfosis de cada forma funcional), sino también verticalmente (como la coexistencia simultánea de cada forma funcional).”

Segunda discordancia: explotación y mercados

La articulación entre los capítulos 2 y 3 tiene lugar en torno a la dilucidación de un segundo hecho estilizado: “La parte del consumo privado en el PIB parece evolucionar de manera independiente de la parte de los salarios en el PIB. Así, desde la década de 1980, la proporción entre consumo privado y parte de los salarios aumenta en todas las grandes regiones del mundo desarrollado.”

¿Cómo explicar esta nueva discordancia? Tombazos contempla varios mecanismos posibles: la entrada de capital en los países en cuestión; una disminución de la tasa de ahorro de los hogares; un aumento del consumo de los capitalistas. Ninguno de estos tres factores parece suficiente, y se centrará en un cuarto, a saber, “el aumento de la parte de la ganancia industrial transferida a las clases sociales de ingresos medios y bajos (trabajadores, autónomos, etc.) en forma de crédito al consumo”.

Tombazos procede entonces a alternar de nuevo entre los datos empíricos y los esquemas teóricos. Después de recordar la lógica de los esquemas de reproducción de Marx, propone una extensión de los mismos que tiene en cuenta su hipótesis central. En cierto modo, retoma aquí los análisis de Costas Lapavitsas (4), que habla de “explotación directa” a través del endeudamiento de los trabajadores, pero los inserta en un esquema riguroso. Los patrones de reproducción de Marx han podido dar pie a lecturas engañosas al interpretarlos como un modelo de “crecimiento equilibrado”. Sin embargo, estos esquemas fueron utilizados por Marx para mostrar, por el contrario, la inevitabilidad de las crisis. Lo mismo hace Tombazos, que los reinterpreta en su lógica temporal.

En efecto, una cosa es construir un esquema de reproducción adecuado al capitalismo neoliberal y otra distinta es deducir que es sostenible. En otras palabras, este esquema desequilibrado tenía los días contados: “Agotará su horizonte temporal absoluto tan pronto como la proporción de los salarios disponibles disminuya hasta el punto en que la reproducción de la fuerza de trabajo ya no sea compatible con el servicio de la deuda.” Y este horizonte temporal se acerca en función de cuatro parámetros: 1) aumento de la tasa de plusvalía; 2) incremento en la parte de la plusvalía proveniente del servicio de la deuda; 3) incremento del tipo de interés; 4) disminución del período de servicio de la deuda.

El esquema no tuvo tiempo de alcanzar su límite y se derrumbó desde el momento en que los mercados comenzaron a “dudar de que los derechos acumulados sobre los salarios futuros fueran reembolsados”. Este análisis lleva a una lectura de la crisis que otorga un papel preponderante al endeudamiento de los hogares: es cierto que inicialmente permitió que la demanda se mantuviera en un contexto de congelaciones salariales, pero se quebró con la disminución del ingreso disponible de los hogares. Así, desde el principio, “el esquema reproductivo neoliberal tenía fecha de caducidad”. Su crisis “se manifiesta inicialmente, en su dimensión financiera, como una acumulación de deudas privadas insostenibles”.

Tercera discordancia: marxismo ortodoxo y marxismo dialéctico

Tombazos subraya repetidamente que la crisis actual no se deriva de la ley de baja tendencial de la tasa de beneficio, a diferencia de la de mediados de la década de 1970, pero a su modo de ver existe un vínculo entre ambas, en la medida en que “la crisis actual es el resultado de las políticas aplicadas para hacer frente a la caída de la rentabilidad en la década de 1970”. Es básicamente “la crisis de la respuesta neoliberal a la crisis de la década de 1970”.

¿Deberíamos calificar entonces a Tombazos de “subconsumista”? En general, es el reproche que hacen los marxistas ortodoxos a quienes se niegan a explicar la crisis por la mera caída de la tasa de beneficio. Estos últimos son, según ellos, discípulos de Rosa Luxemburg (en el mejor de los casos), y quizás incluso de los reformistas keynesianos. Sin embargo, esto equivale a no entender la lógica misma de los patrones de reproducción cuya idea básica resume Tombazos del modo siguiente: “Un patrón de reproducción del capital solo puede perpetuarse si la oferta de valores de mercado de los diversos sectores productivos corresponde a una distribución del ingreso que garantice más o menos su realización.” Después da este ejemplo que muestra cómo su lectura de Marx se articula con las diferentes temporalidades del capital: “Si el valor de los productos destinados al consumo de la clase trabajadora no se puede alcanzar o reconocer socialmente porque la distribución de las rentas no permite su compra a su valor, el ritmo de realización del valor se frena. Los tres ritmos del capital no son compatibles entre sí. La crisis económica no es más que esta ‘arritmia’.”

En la línea de Ernest Mandel (a quien está dedicado el libro), Tombazos rechaza cualquier interpretación monocausal de la crisis. Y toda su elaboración en torno a la noción de arritmia tiende precisamente a mostrar que el esquema de reproducción, incluso el que a priori es más coherente, puede “averiarse” en cualquier punto del circuito. En este caso, la causa del desencadenamiento de la crisis contemporánea es para él “la desaceleración estructural del ritmo de realización del valor con respecto al ritmo de valorización del valor”.

Cuarta discordancia: plusvalía y capital ficticio

Fiel a su metodología de ir de lo abstracto a lo concreto, buscando “aproximarse a la realidad introduciendo gradualmente en el análisis las dificultades que plantea su comprensión”, Tombazos dedica la segunda mitad de su libro a los instrumentos que hicieron posible la crisis financiera.

La descripción de los diversos instrumentos financieros (derivados, titulización, etc.) es bien conocida, pero Tombazos restablece maravillosamente su fundamento, que es una forma de ceguera ideológica, incluso metafísica. Así, escribe: “Los productos financieros derivados oscurecen hasta tal punto la realidad que cualquier intento de comprensión científica degeneraba fácilmente en una especie de geometría metafísica en la que incluso la cuadratura del círculo parecía factible. Más precisamente, la comprensión fragmentaria de la realidad adoptada por el enfoque dominante (ultramatematizado, pero a fin de cuentas metafísico) creó la ilusión de que el desplazamiento del riesgo financiero equivalía a su desaparición.”

La deriva de las finanzas se basó efectivamente en una primera ilusión, bastante estúpida si lo pensamos, según la cual bastaba traspasar el riesgo para que fuera posible olvidarlo. Las diferentes entidades se pasaron así entre ellas la patata caliente, pero “esta transferencia continua del riesgo hacia el Otro generalizado (5), lejos de constituir una gestión racional del riesgo, transforma el riesgo individual en riesgo social, el riesgo privado en riesgo sistémico, el riesgo local en riesgo nacional y mundial. El Otro generalizado somos todos nosotros, es el sistema global.”

Más fundamentalmente, todo se basaba en otra ilusión, a saber, que el dinero puede generar dinero sin pasar por la casilla de la explotación. Para disipar esta representación fantasmagórica que las finanzas capitalistas tienen de sí mismas, es necesario disponer de una teoría del valor, marxista en este caso, que permita comprender por qué las rentas reales derivadas de las finanzas no pueden ser otra cosa que una fracción de la plusvalía, como ya insistió Tombazos en su libro de 1994.

El olvido de esta realidad permite el desarrollo de un capital ficticio, para retomar el término de Marx, que se presenta como una enorme acumulación de derechos de giro sobre una plusvalía que aún no se ha creado; la crisis se produce cuando se percibe que nunca llegará a crearse. Por lo tanto, Tombazos no hace más que parafrasear a Marx cuando escribe que “el capital monetario está integrado en el capital industrial: no es una entidad independiente. Sin embargo, desde el punto de vista de su propietario, el dinero que ha prestado al industrial parece tener la propiedad (meta)física de multiplicarse con el tiempo.”

El capital ficticio da lugar a derechos de giro virtuales, lo que Tombazos llama unvalor tóxico cuyo volumen “no viene dado de antemano. Es objeto de un conflicto social.” Se trata de una dimensión esencial para el análisis del período posterior a la crisis: en efecto, uno de los objetivos de las políticas aplicadas consiste en gran medida en impedir la “depreciación de este ‘capital tóxico’”, en suma, defender el capital ficticio.

Quinta discordancia: la zona del euro y Grecia

Stavros Tombazos (que es chipriota) formó parte de la Comisión para la verdad sobre la deuda griega. Por lo tanto, no es extraño que la crisis del sistema del euro se examine en gran medida a través del prisma griego. Tombazos niega la responsabilidad de una deuda pública excesiva en el estallido de la catástrofe griega. En realidad, el mecanismo perverso fue el siguiente: la homogeneización de los tipos de interés nominales dio lugar a una fuerte caída de los tipos de interés reales en los países periféricos, debido a que sus tasas de inflación eran más elevadas. Esta caída provocó una burbuja inmobiliaria, que se hinchó hasta que los capitales extranjeros dejaron de acudir a financiar los déficit comerciales. Fue el rescate de los bancos privados el que llevó posteriormente al fuerte aumento de la deuda pública.

Stavros Tombazos en la Comisión para la Verdad sobre la deuda griega

No podemos sino suscribir este análisis, aunque sin duda es incompleto porque no tiene en cuenta una de las principales taras del sistema del euro. Era previsible que la recuperación por parte de los países periféricos (que efectivamente se produjo en un primer momento, como señala Tombazos) llevaría a un aumento de sus déficit comerciales. En la versión optimista, las entradas de capitales debían invertirse en las economías periféricas y dar pie al aumento de la productividad, que a su vez permitiría una convergencia real. Sin embargo, también debido a la caída de los tipos de interés reales, el capital entró en los sectores de escaso potencial en términos de productividad antes de refluir.

Esta cuestión de la productividad es sin duda el punto oscuro del libro. Tombazos solo se refiere en su conclusión a la desaceleración de los aumentos de productividad: “Y, por supuesto, el ritmo de progresión de la productividad del trabajo se encuentra en un nivel bajo, sin precedentes en los tres polos principales de las economías avanzadas.” No obstante, este fenómeno no apareció con la crisis reciente. Uno de los rasgos esenciales del período del capitalismo neoliberal es, de hecho, la desaceleración tendencial de los aumentos de productividad. Sin embargo, estos últimos constituyen un elemento fundamental de la dinámica de la tasa de beneficio. Y si, como subraya Tombazos, no ha habido una tendencia a la baja de la tasa de beneficio, ello se debe a que todos los dispositivos empleados (globalización, financiarización, aumento de la explotación, desigualdades, endeudamiento, etc.) eran necesarios para asegurar la tasa de beneficio a pesar del declive del aumento de la productividad.

Sexta discordancia: capitalismo y salida de la crisis

En el capítulo de conclusión, Tombazos condensa las tesis principales de su libro y las aplica a la trayectoria futura del capitalismo. Para él, está claro que la salida de la crisis no puede pasar por una profundización del neoliberalismo, y mucho menos por la adición de medidas de supervisión del sistema bancario. Tombazos constata que la tasa de beneficio se ha recuperado desde la Gran Recesión, superando los niveles de antes de la crisis, pero que la brecha con la tasa de acumulación se ha ampliado aún más. Esto significa que el esquema de reproducción neoliberal funciona, pero a un ritmo más lento: la regulación más estricta de la banca y la estabilización de la tasa de endeudamiento de los hogares contribuyen a frenar la acumulación.

Sin embargo, como para el capitalismo no existe un modelo de recambio, “la reproducción neoliberal del capital solo logrará mantenerse con el apoyo de políticas económicas que provoquen nuevas ‘burbujas’ y catástrofes sociales. Vivimos en el callejón sin salida de un patrón reproductivo dominado por el capital monetario, cuya existencia solo es posible a costa de graves recesiones periódicas, regresiones sociales y crisis políticas.”

Posdata

Stavros es un amigo, todavía más desde nuestra participación común en los trabajos de la Comisión de la verdad sobre la deuda griega. Pero lo cierto es que llevábamos tiempo en connivencia intelectual. La lectura de su libro de 1994 influyó en mi reflexión, de manera tal vez subliminal, como ocurre a menudo en el seno de un colectivo de pensamiento. Compartimos, por ejemplo, la misma deuda con respecto a Ernest Mandel, cuya impronta se encuentra en muchos de nuestros trabajos, así como a otros dedicatarios de los libros de Stavros: Daniel Bensaïd, Georges Labica y Jean- Marie Vincent.

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Nuestros intercambios informales en Atenas (donde Stavros intentó, en vano, iniciarme en la lógica de Hegel) han contribuido sin duda a acercar un poco más nuestros puntos de vista. Esta es la razón de este pequeño apéndice que explica por qué esta recensión es poco crítica e incluso podría ser sospechosa de complacencia. Lo que ocurre es que comparto la mayoría de las proposiciones del libro. Sin embargo, el último apartado de este artículo muestra que todavía hay diferencias de enfoque, sin duda porque Stavros es al menos tan filósofo como economista. Me parece que es posible articular una lectura del capitalismo contemporáneo con la evolución de la productividad, en otras palabras, insistir en su creciente incapacidad para generar aumentos de productividad.
Notas:

Michel Husson, « Stavros Tombazos et la discordance des temps », A l’encontre, 25 février 2019. Traducción: viento sur.

1 Stavros Tombazos, Le temps dans l’analyse économique. Les catégories du temps dans Le Capital, édition Société des Saisons. Traduction anglaise : Time in Marx. The Categories of Time in Marx’s Capital, Brill, 2014. Nos remitimos a dos recensiones, la de Daniel Bensaid, « Le sens des rythmes », Lignes n°95, 1994, y la de Maxime Durand, « Les temps du capital », Critique communiste n°142, 1995.

2 Stavros Tombazos, Global Crisis and Reproduction of Capital, Palgrave Insights into Apocalypse Economics, 2019.

3 Karl Marx, El Capital, Libro II, pp. 681-683.

4 Costas Lapavitsas, Profiting without Producing. How Finance Exploits Us All, Verso, 2013.

5 Tombazos hace referencia al concepto de Generalized other desdarrollado por George H. Mead enMind, Self, and Society, 1934.