El G-20 y la guerra fría tecnológica

Por Michael Roberts

La cumbre del G20 de la semana pasada en Osaka no llegó a ningún acuerdo sustancial en la guerra comercial y tecnológica que los EE.UU. está librando con China. A lo sumo, se alcanzó una tregua en la escalada de aranceles y otras medidas contra las empresas de tecnología chinas. Pero no se consiguió un acuerdo duradero. Porque se trata de una ‘guerra fría’ entre el poder económico en relativo declive de los EE.UU. y el nuevo y peligroso rival por la supremacía económica, China. Al igual que la última ‘guerra fría’ entre los EE.UU. y la URSS, podría durar una generación o más antes de que surja un ganador. Y las probabilidades de que sea EE.UU. disminuyen cuanto más tiempo dure la guerra fría.

En el G20, Trump y Xi acordaron una tregua en la escalada de medidas de represalia y renovarán las ‘negociaciones’. Trump hizo algunas concesiones, permitiendo a las empresas estadounidenses reanudar la venta de productos a Huawei. Por lo tanto, es de suponer, las apps de Google, Android, etc. volverán a aparecer en los dispositivos de Huawei. Y China será capaz de, presumiblemente, comprar los procesadores y chips que necesita de Intel, Qualcom y Micron. Pero no está claro si esas concesiones incluyen que Huawei pueda vender a empresas de Estados Unidos (es decir, redes 5G).

Pero tan seguro como que la noche sigue al día, la guerra comercial se reanudará en algún momento, porque las principales exigencias de Estados Unidos son simplemente inaceptables para China, a saber, que China renuncie a competir con la tecnología de Estados Unidos y acepte la supervisión de EE.UU. de sus asuntos económicos.

El G-20 puede ofrecer un breve respiro a los mercados financieros, pero no frenará la desaceleración general que la economía mundial está experimentando, con la probable y cada vez más cercana nueva recesión de la producción, el comercio y la inversión. Los índices de actividad a nivel mundial en los sectores de fabricación y los llamados servicios ya han disminuido a niveles no vistos desde el final de la Gran Recesión en 2009.

En junio, el índice de actividad global de JP Morgan sugiere que el crecimiento económico mundial se ha reducido a un ritmo anual del 2,5% – una cifra que se suele considerar el umbral de una ‘velocidad de pérdida’, es decir, por debajo de esa tasa se podría caer en una recesión global.

La realidad es que Trump no puede revertir el declive constante de la capacidad manufacturera industrial de Estados Unidos ni el desafío de China a su superioridad tecnológica. El empleo manufacturero en los EE.UU. ha caído de alrededor de una cuarta parte de la población activa en 1970 al 9% en 2015. Esta disminución no se debe a que los desagradables extranjeros hacen  trampa en los acuerdos comerciales, como Trump le gusta afirmar. La mayoría de los estudios (no todos) descartan esta tesis.  Un estudio mío con otros autoresconcluye que la competencia china ha provocado la pérdida de 985.000 empleos en la manufactura entre 1999 y 2011. Eso es menos de una quinta parte de la pérdida total de empleos industriales durante ese período y una parte muy pequeña del declive a largo plazo del declive industrial.

La principal razón por la que Trump no puede traer de vuelta a casa estos empleos en la industria manufacturera se debe a que en buena parte se han perdido debido al éxito de la ‘eficiencia’ en los EE.UU.  Durante las últimas tres décadas y media, los fabricantes han recortado siete millones de puestos de trabajo, produciendo más cosas que nunca. El Instituto de Política Económica (EPI) señala en The Manufacturing Footprint and the Importance of U.S. Manufacturing Jobs que “para entender porque han desaparecido tantos puestos de trabajo, la respuesta una y otra vez con los datos es que no ha sido el comercio la causa, sino ante todo la tecnología… El ochenta por ciento de los puestos de trabajo perdidos no fueron reemplazado por trabajadores en China, sino por las máquinas y la automatización. Ese es el principal problema si desaparecen las tarifas. Lo que se descubre es que las empresas estadounidenses están en condiciones de sustituir a sus trabajadores más caros por máquinas“.

Lo que estos estudios revelan es lo que la teoría económica marxista ha dicho muchas veces. Bajo el capitalismo, el aumento de la productividad del trabajo es resultado de la mecanización y la reducción de mano de obra, es decir, mediante la reducción de los costes laborales. Marx explica en El Capital que esta es una de las características clave de la acumulación capitalista -el sesgo pro-capital de la tecnología- algo que sigue ignorando la teoría económica convencional hasta hoy.

Marx lo explicó de manera diferente a la teoría económica convencional. La inversión en el capitalismo se lleva a cabo con fines de lucro, no para aumentar la producción o la productividad como tal. Si el beneficio no aumenta mediante más horas de trabajo (más trabajadores y jornadas más largas) o mediante la intensificación del esfuerzo (velocidad y energía – tiempo y movimiento), la productividad del trabajo sólo puede aumentar gracias a una mejor tecnología. Por lo tanto, en términos marxistas, la composición orgánica del capital (el valor de la maquinaria e instalaciones en relación con el número de trabajadores) debe aumentar continuamente.

A pesar de lo que cree la teoría económica convencional de ‘libre mercado’, históricamente, ha sido el gasto público el que ha sustentado el desarrollo de tecnologías no probadas. Por lo general se ha producido por la fuerza, siendo la innovación en periodos de guerra un motor notable de desarrollo, dando lugar a grandes avances en materiales, productos y procesos. La comercialización del motor a reacción, de los cohetes, del radar y toda la informática moderna tienen su origen en la Segunda Guerra Mundial, y la Guerra Fría y la carrera espacial los desarrollaron, desencadenando la actual era tecnológica en la década de 1990.

La carrera espacial fue importante ya que ambos bandos en la Guerra Fría utilizaron a los científicos e ingenieros alemanes capturados para impulsar sus proyectos de cohetes. Esto culminó con el programa Apolo del presidente Kennedy. Los EE.UU. fueron derrotados por los soviéticos a la hora de enviar al primer hombre al espacio, pero reaccionaron dedicando inmensos recursos para ponerse al día. En el apogeo de la carrera espacial participaron casi 400.000 personas, con la colaboración de 20.000 empresas industriales y universidades privadas. No sólo produjo numerosas innovaciones – gran parte de la tecnología necesaria para llegar a la Luna no existía cuando el programa fue anunciado – sino que creó grupos de nuevas industrias de alta tecnología en los EE.UU., a partir de las redes que habían comenzado a surgir durante la guerra.

Esto aceleró el desarrollo de numerosas tecnologías informáticas, tales como los circuitos integrados, la transferencia masiva de datos y software de sistemas. Estas fueron las tecnologías de vanguardia que impulsaron el desarrollo de IBM y HP como gigantes informáticos. Otros ingenieros del programa fundaron Intel y otras muchas empresas de tecnología de vanguardia. Sin Apolo, es poco probable que Silicon Valley se hubiera convertido en la gran potencia tecnológica y económica que se da por sentado actualmente. Apolo también impulsó otras innovaciones empresariales más amplias, incluyendo algunas de las que los consultores han vivido desde entonces, como la planificación estratégica, la elaboración de presupuestos, así como nuevos procesos perfeccionados de administración y toma de decisiones.

Pero, a medida que la rentabilidad del sector capitalista cayó (desde mediados de la década de 1960) se redujeron los impuestos y, por tanto el gasto en innovación financiado por el estado se redujo drásticamente. La falta de inversiones estatales ha hecho que ahora el avance tecnológico estadounidense dependa cada vez más de la inversión del sector privado. Pero no de forma automática. El sector capitalista de Estados Unidos, al igual que los de las principales economías capitalistas, optó por trasladar su producción al extranjero en busca de mano de obra barata para luego exportarla a los Estados Unidos. Primero con inversiones en América Latina (especialmente en México) y más tarde en China.

Hubo una excepción: el sector de altas tecnologías de EE.UU. Los avances tecnológicos de Estados Unidos dependen ahora completamente de la inversión privada. Todo en Estados Unidos depende ahora de las FAANGs (Facebook, Apple, Alphabet, Netflix, Google) y de Microsoft. Estas empresas invierten ellas solas un asombroso 80 por ciento en innovación. Esta cifra casi corresponde a todo el gasto público en educación, transporte, ciencia, espacio y tecnología. Este volumen de gasto empequeñece al programa Apollo, cuya inversión en una década ascendió aproximadamente a 150.000 millones de dólares de hoy. Es decir, menos de dos años del gasto total actual de las FAANG.

El sector de alta tecnología estadounidense es el último bastión de la superioridad productiva de Estados Unidos. El banco de inversión Goldman Sachs ha señalado que, desde 2010, este sector es el único en el que las ganancias corporativas han crecido. Y esto, según Goldman Sachs, se debe enteramente a las empresas de super-tecnología. Los beneficios globales, sin tomar en cuenta a las empresas tecnológicas estadounidenses, son sólo moderadamente más altos que antes de la crisis financiera; mientras tanto, los beneficios de las tecnológicas han crecido rápidamente, reflejando su impacto mundial.

Si China es capaz de competir con las FAANGS, la rentabilidad del capital estadounidense caería significativamente, y con ella la inversión, el empleo y los ingresos en Estados Unidos la próxima década. Esta es la razón de la guerra comercial y tecnológica y por lo que continuará.

es un reconocido economista marxista británico, que ha trabajador 30 años en la City londinense como analista económico y publica el blog The Next Recession.

Fuente:

https://thenextrecession.wordpress.com/2019/07/01/the-g20-and-the-cold-war-in-technology/

Julie Wark: “¡Los ricos no deben existir!”

Por Sato Díaz

  • Entrevista con la coautora de ‘Contra la caridad. En defensa de la renta básica’
Julie Wark nació en Australia en 1945. Es politóloga y antropóloga y autora de Indonesia: Law, Propaganda and Terror (1983) y de The Human Rights Manifesto (Ediciones Barataria, 2013). Es corresponsal en Europea de la revista CounterPunch y forma parte del consejo editorial de Sin Permiso. Recientemente, junto a Daniel Raventós, ha publicado Contra la caridad. En defensa de la renta básica, también en Icaria. Responde a las preguntas de cuartopoder.es.

– ¿Por qué se manifiesta «contra la caridad»?

Además, muchas organizaciones benéficas se establecen como una forma de evasión fiscal. Como resultado de la evasión fiscal de los ricos, hay menos dinero para los servicios públicos esenciales como la salud, la educación, la vivienda y un aumento concomitante de la pobreza y la desigualdad. Y si los servicios públicos se subcontratan a empresas privadas que excluyen a los más pobres, estamos hablando de un grave problema de derechos humanos, literalmente una cuestión de vida o muerte: las personas de las comunidades pobres tienden a morir diez o veinte años antes que las de las zonas ricas. Y hay otro aspecto del tema de género. Cuando se recortan los servicios públicos, las mujeres y las niñas suelen pagar el precio más alto. A las niñas se las sacan de la escuela cuando no hay dinero para pagar las cuotas, y las mujeres tienen que pasar más horas cuidando a los niños y a los parientes enfermos cuando se les excluye de los sistemas de atención de la salud. De hecho, el trabajo de cuidado no remunerado realizado por las mujeres se estima en 10 billones de dólares (sí, 18 ceros).

– ¿Deben los ricos no colaborar con donaciones destinadas a los pobres?

– ¡Los ricos no deben existir! Me refiero a personas que son tan ricas que unas veinte de ellas controlan tanta riqueza como la mitad del mundo. Este hecho es realmente obsceno cuando cerca de mil millones de personas en el mundo no tienen suficiente comida para llevar una vida activa. Y los ricos y su caridad o filantropía son en parte responsables de esto. Tomemos, por ejemplo, el apoyo de la Fundación Gates a la “revolución verde” en África. Se trata de un paquete tecnológico caro que los pequeños agricultores no pueden permitirse. Los beneficios van a empresas como Monsanto para semillas y agroquímicos y todo el proyecto es una forma de racismo neocolonial porque los agricultores del país no pueden decidir por sí mismos.

Mucha de la caridad de las celebridades ricas es altamente conspicua y les encanta publicitarla con galas enormemente extravagantes donde pueden lucir sus joyas y ropa de alta costura. Dicen que hacen caridad para disminuir la tragedia de la desigualdad y la pobreza pero en realidad están realizando un espectáculo que de alguna manera intenta normalizar o justificar el enorme abismo que existe entre ellos y las personas que se supone que son beneficiarios de su magnanimidad.

Ya en el S.XVIII, Adam Smith no solamente señaló el deterioro moral de la idolatría por estas celebridades, sino que también apuntó directamente al meollo de la economía política. Las celebridades juegan un papel necesario en la creación y mantenimiento de la estratificación social: “[La] propensión a admirar, y casi adorar, a los ricos y a los poderosos, y despreciar o, al menos, ignorar a las personas de condición pobre y sencilla, aunque es necesaria tanto para establecer como para mantener el orden social es, al mismo tiempo, la causa mayor y más universal de corrupción de nuestros sentimientos morales”.

¿Qué es exactamente lo que dan los ricos a los pobres? Dan más pobreza, más daño ambiental y más humillación. Hacen su papel caritativo dentro del marco de neoliberalismo y lo sostienen haciéndolo. Así que, por lo general, mi respuesta a tu pregunta es no: los ricos tan ricos no deben colaborar con donaciones destinadas a los pobres porque no deben existir. Su munificencia es liberticida. La explotación de unos humanos por otros es algo espantoso y aún peor cuando se tapa con las finas ropas de la caridad.

– El empresario Amancio Ortega donando a la sanidad pública para combatir el cáncer. ¿Qué opina sobre esta imagen?

– Lo encuentro horrible. Uno de los hombres más ricos del mundo puede obtener un beneficio fiscal de entre 108 y 123 millones de euros, gracias a la normativa tributaria que permite desgravar en el IRPF y el Impuesto de Sociedades, respectivamente, el 35% de las aportaciones empresariales y el 40% de las societarias a las fundaciones que realizan donaciones de este tipo. “Una buena parte de ese dinero lo pone la Administración a través del beneficio fiscal,” explica Carlos Cruzado presidente de Gestha, el sindicato de los técnicos de Hacienda. Además, los 300 millones que Ortega ha donado a través de su fundación a la sanidad pública representan tan sólo la mitad de los casi 600 millones en impuestos que su empresa Zara ha eludido con ingeniería fiscal, según un informe presentado por Los Verdes en el Parlamento Europeo en 2016. En todo caso, la sanidad pública deber tener presupuesto propio. Una persona ajena del sistema no debe decidir cuánto dinero se invierte y donde (como lo hace Bill Gates con la OMS).

En general, el filantrocapitalismo (un oxímoron) tipo Ortega tiene cinco características inaceptables: 1) Utiliza un enfoque del desarrollo basado en el mercado y hace hincapié en la medición de los resultados y el impacto: algoritmos y no indicadores humanos; 2) Las fundaciones filantrópicas pueden tener una influencia despótica en las agendas políticas; 3) La gobernanza mundial se ve debilitada por la influencia antidemocrática de entidades caritativas que, en su calidad de principales financiadores, toman las decisiones en las asociaciones internacionales, devalúan los órganos públicos e ignoran las necesidades locales; 4) Hay una ausencia general de mecanismos de transparencia y rendición de cuentas: y 5) El filantrocapitalismo es una relación de poder y los receptores tienen poco o nada que decir sobre cómo deben ser «ayudados», incluso cuando saben que la ayuda es realmente perjudicial para ellos y su forma de vida.

– ¿Cómo valora el sistema fiscal español?

– No soy economista, así que no puedo dar una respuesta técnica. Según un artículo en El País, España sufre una pérdida anual de ingresos fiscales de entre 50.000 y 60.000 millones de euros, que principalmente se debe al fraude y a la elusión fiscal realizadas por las grandes empresas a través de los paraísos fiscales. Hay consecuencias graves. Debilita al Estado y afecta a la calidad de los servicios públicos y sus recursos. Aumenta el esfuerzo fiscal que deben soportar los ciudadanos: el fraude fiscal le cuesta a cada contribuyente español 2.000 euros anuales para tapar el agujero que provocan los defraudadores. Y perjudica los objetivos de redistribución de la riqueza previstos por la legislación.

El fraude fiscal es un problema grave por todas partes y va ligado con el hecho de que hay ricos muy poderosos que actúan con impunidad, a menudo escondiéndose detrás de las organizaciones benéficas. Aquí citaría las declaraciones que hizo el historiador holandés Rutger Bregman en el último Foro de Davos: “La industria debería dejar de hablar de filantropía y comenzar a hablar de impuestos. Eso es: impuestos, impuestos e impuestos. He visto cómo 1.500 personas han viajado a Davos en un jet privado para escuchar a David Attenborough hablar sobre el cambio climático, pero nadie para conversar sobre aumentar el impuesto de los ricos o luchar contra el fraude fiscal”.

– Su apuesta es en favor de una renta básica universal. ¿Se puede financiar hoy en día? ¿Qué ejemplos hay de ello?

– Mi coautor, Daniel Raventós, y sus colegas han realizado estudios detallados que muestran cómo se puede financiar una renta básica universal en España con un modelo de aplicación universal. Citaré algunos de los resultados tal como aparecen en nuestro libro. A partir de una enorme base de datos sobre el Impuesto de la Renta sobre las Personas Físicas (IRPF) del Reino de España, se ha demostrado que es posible financiar una renta básica equivalente al umbral de la pobreza para todas las personas que viven en él.

Un tipo impositivo único del 49% puede financiar una renta básica para alrededor de 34,3 millones de personas (casi 28 millones de adultos y más de 6,5 millones de menores), mientras que los niveles preexistentes de ingresos fiscales quedarían garantizados. Además, incluye a los 9,4 millones de personas no detectadas en los datos del IRPF, lo que significa que 43,7 millones de ciudadanos y residentes acreditados en el Reino de España podrían recibir una renta básica. Con una renta básica, la situación del 61,7 % de declarantes mejoraría. Esta cifra asciende al 75%, cuando se incluye a las personas dependientes de los contribuyentes, ya que la renta básica se paga a individuos. Por consiguiente, las cifras para los que pierden son del 38,3 y del 25%, respectivamente.

Es posible financiar una renta básica igual al umbral de pobreza sin tocar ni un solo céntimo de los ingresos fiscales anteriores a la reforma que proponemos, lo que significa que el gasto social actualmente financiado con el IRPF, básicamente sanidad y educación, permanecería intacto. Además, si los ricos declararan sus fortunas como es debido, no cabe duda de que sería aún más fácil financiar la renta básica. Hay proyectos piloto en otras partes del mundo pero, que yo sepa, el estudio de Raventós y sus colegas economistas es el único que se ha llevado a cabo con tanto detalle y, en particular, con vistas a financiar una renta básica universal e incondicional por encima del umbral de la pobreza y a dejar intactos, e incluso mejorados, los servicios públicos.

– Los principales sindicatos no incluyen una renta básica entre sus reivindicaciones cotidianas. ¿Cómo les convencería de que lo hicieran?

– Aquí citaré un artículo de Daniel Raventós en Sin Permiso que resume las objeciones principales de los sindicatos y responde a ellas. 1) «La renta básica socavaría la capacidad de los sindicatos de acción colectiva porque aumenta el poder de negociación individual de los trabajadores, creando así una situación de supervivencia de los más espabilados»Es cierto que los trabajadores que reciben una renta básica tendrían más margen para decidir como individuos cuando sus condiciones de trabajo son intolerables, pero esto no significa que el poder colectivo del sindicato se debilite. De hecho, una renta básica funcionaría como un fondo de resistencia en huelgas prolongadas, que de otra manera serían muy difíciles de sostener.

2) «La mayor parte de la afiliación sindical, constituida por trabajadores a tiempo completo con contratos estables y bastante bien remunerados, piensan que podrían salir perdiendo económicamente debido a las reformas fiscales necesarias para financiar la Renta Básica». Los contratos estables a tiempo completo ya son una rareza. A diferencia del conservadurismo de unos pocos trabajadores relativamente bien pagados hay un gran número de personas que trabajan en condiciones precarias y que se beneficiarían mucho de una renta básica.

3) «La Renta Básica es un pretexto para desmantelar el estado de bienestar, un mero “cheque” a cambio de la privatización y degradación de lo que antes eran buenos servicios públicos». El reclamo erróneo sobre la destrucción de los servicios de bienestar se ha vuelto tan generalizado que en el Congreso Internacional de la BIEN (Basic Income Earth Network, Seúl 2016), la mayoría de los miembros acordaron apoyar un Ingreso Básico que se opone a la sustitución de los servicios o derechos sociales, si esta sustitución empeora la situación de las personas relativamente desfavorecidas, vulnerables o de bajos ingresos. Una Renta Básica financiada a través de la tributación progresiva mantendría y fortalecería el Estado del bienestar, que sería mucho más ágil sin el engorroso aparato intrusivo que requieren las subvenciones condicionadas.

4) «Los empresarios harían presión para reducir los salarios ya que con la renta básica argumentarían que parte de los salarios estarían cubiertos». Es el mismo argumento que se ha dado por parte de los sindicatos en Italia, por ejemplo, para impedir que se instaure un salario mínimo interprofesional. Opinión que los sindicatos de los Estados en donde existe un salario mínimo interprofesional no solamente no comparten sino que la discrepan fuertemente.

5) «Siendo una propuesta que desvincula la existencia material del empleo y de los derechos a él relacionados, la renta básica se opone a la cultura del empleo y la idea predominante según la cual el trabajo remunerado da dignidad a la gente y lo demás son paliativos». Sin discutir los efectos que la robotización tendrá en el trabajo, se puede afirmar que la renta básica no es incompatible ni se opone al empleo. Aporta una forma flexible de compartirlo. Este argumento ignora completamente el valor del trabajo voluntario y doméstico. El suelo firme que proporciona la renta básica permite un movimiento más fluido entre empleo, formación y familia y el reparto del tiempo de trabajo se vería incentivado porque personas que en algún momento de su vida precisasen de mayor tiempo por distintas razones (cuidado de alguna persona, estudios, descanso…) tendrían mayores posibilidades de elegir.

6) «La renta básica podría adormecer o apaciguar la capacidad de lucha de la clase trabajadora al asegurarle una mínima existencia y ello comportaría que los empresarios puedan hacer y deshacer sus proyectos con mayor tranquilidad». La situación provocada por la crisis económica y las políticas económicas que se han puesto en funcionamiento en consecuencia, ha provocado una situación de miedo a perder el puesto de trabajo y a aceptar cada vez condiciones de trabajo peores. El efecto disciplinador que supone una cantidad muy elevada de trabajadores en paro actúa de forma implacable. Una renta básica destrozaría este efecto disciplinador contra la población trabajadora. Algo que los sindicatos deberían valorar muy seriamente.

– Los partidos políticos de izquierdas, tampoco. ¿A qué cree que es debido?

– No lo sé. Cuesta entenderlo. Una de las razones es que no se entiende bien la renta básica, quizá sobre todo porque lo crean, equivocadamente, una forma de desmantelar los servicios públicos. Luego, varios observadores influyentes de la izquierda lo tildan de estafa de los oligarcas. O puede ser que los partidos lo temen por la reacción que esperan de los poderes fácticos, de los banqueros, de los ciudadanos más ricos y de los medios de comunicación. O incluso quizá porque, en última instancia, al potenciar la base de la sociedad, podría ser una medida altamente democratizadora, especialmente para las mujeres.

Hoy en día, los nuevos estudios están demostrando que sería una medida muy feminista. Pero, históricamente hablando, los partidos políticos de izquierdas, principalmente liderados por hombres, no han sido muy audaces (o de izquierdas) cuando se trata de reformas radicalmente democráticas. O cuando se trata del feminismo.

– En definitiva, ¿es hoy una renta básica una utopía?

– No. Porque no se puede hacer una sociedad perfecta (de humanos muy imperfectos). Tal vez sería más pertinente preguntar: ¿es revolucionario el ingreso básico? No lo es, pero tampoco lo son reformas como los aumentos salariales, más poder para los sindicatos, sistemas generosos de salud pública, educación y vivienda, el gobierno responsable, transparente y ético, los derechos de mujeres y de los gays, lesbianas, bisexuales y transexuales…

El capitalismo es un problema grave para cualquiera que quiera una sociedad decente. Ha causado la extinción de unas 550 especies en los últimos 100 años, y ha llevado a todo el planeta a los terrores de la era antropocena. Necesitamos respuestas muy radicales para llevar a cabo un cambio total. La renta básica es “reformista” en el sentido clásico de la palabra, aunque podría representar un paso revolucionario hacia una sociedad más libre, más justa y más decente, precisamente porque es una medida universal que seguramente reforzaría los derechos humanos universales. Y, en el fondo y políticamente hablando, «universal» es una categoría muy radical. De todas formas, ¿quién tiene ahora mismo una idea mejor para derrotar definitivamente al sistema capitalista, que es un asunto de gran urgencia para todo el planeta?

Fuente: https://www.cuartopoder.es/cultura/libros/2019/07/08/julie-wark-ricos-existir/?fbclid=IwAR3aPd3dkUZc8B7WSZbpo83YC0NK8D3Yrci7azf7H8gx44hxuB9S8_dW8es

Christophe Guilluy: «El problema de la izquierda es que está encerrada en su sociología y en las grandes ciudades»

El autor francés publica No Society (Taurus), donde reflexiona sobre la brecha entre las ciudades abiertas a la globalización y las provincias y ciudades periféricas estancadas.
Por Daniel Gascón

Christophe Guilluy (Montreuil, 1964) es un geógrafo que ha escrito obras sobre la desconexión entre las grandes ciudades y la Francia periférica, como L’Atlas des nouvelles fractures sociales en France y La France périphérique. En No Society (Taurus) extiende a otras sociedades occidentales la idea de esa separación –entre los que están integrados en la economía globalizada y los que no, entre los que gozan de referentes culturales de prestigio y los que no– y sus consecuencias políticas.

El libro es la historia de un separación. Podría parecerse a la divisoria campo ciudad pero no es solo eso.

Hay una separación entre los territorios mejor adaptados a la economía globalizada, las grandes ciudades, las grandes metrópolis globalizadas, y las demás, que incluyen el campo pero también las ciudades medianas. Eso que llamo la Francia periférica, y que tiene que ver con la América profunda en Estados Unidos o con la España periférica si habláramos de allí. En estos territorios vive la mayor parte de la clase popular y de lo que antes llamábamos clase media. Es una separación cultural, económica y geográfica. Por eso insisto mucho en la creación de esta nueva ciudadela medieval, las grandes metrópolis globalizadas.

Usted hablaba de la Francia periférica. Aquí también aborda otros países. ¿Es extrapolable el modelo?

Sí. Hay una cuestión estructural, sobre la composición económica de los territorios. El empleo hoy en día está muy polarizado. Tenemos la deslocalización, en Europa y Estados Unidos. Hay una fractura económica, porque la mayor parte del empleo y de la riqueza se crea en las grandes metrópolis. La paradoja es que las grandes metrópolis se definen como un territorio abierto. Pero no es así. Es un regreso a la Edad Media, con ciudadelas cada vez más cerradas, con una nueva burguesía, una burguesía cool. Se resguardan tras el muro del dinero. Esto es algo que encontramos en Estados Unidos, con Nueva York y Los Ángeles, frente a la América periférica. Lo que hay que entender bien es que estamos en un proceso de recomposición social. Tienes las categorías populares, obreros, campesinos, que no comparten una conciencia de clase en el sentido marxista sino una percepción común sobre la globalización. Por eso en Francia tenemos el movimiento de los chalecos amarillos, que incluía grupos de obreros muy distintos. Hay una recomposición social unida a la recomposición económica; entraña una gran recomposición política que observamos en el conjunto de países occidentales. Son dinámicas estructurales y continuarán. Es un modelo globalizado y que afecta a todo Occidente, con particularidades contextuales pero sin alterar la esencia. Es la misma dinámica de desindustrialización y de separación. Podemos pensar en Italia, en Francia, en España, en Grecia.

Normalmente pensamos que Trump y Macron encarnan dos visiones opuestas. Usted dice que se parecen más de lo que creemos.

Trump y Macron son un producto de la globalización. Los dos han entendido que la clase media occidental ha terminado. Han comprendido que tenemos una recomposición política importante. Macron no cree ya en la fractura entre la derecha y la izquierda. Son puntos comunes. Son productos del XXI, inteligencias muy coherentes con la situación económica. Evidentemente, no tienen el mismo electorado. Trump tiene el electorado de la América periférica, mientras que Macron tiene el de las grandes metrópolis. La fractura fundamental es entre los somewhere y nowhere, los que son de un sitio y los que no son de ninguna parte. Sé que en España la fractura izquierda-derecha sigue siendo muy presente. Pero la recomposición política también funciona allí.

Habla de la desaparición de la clase media y de la marginación de la clase popular.

La clase media integrada económica, social y culturalmente desaparece desde los años ochenta y los noventa. La clase popular tenía partidos y un discurso cultural muy poderosos, no eran los de otras clases que venían de la metrópolis. Una fractura económica ha provocado una fractura cultural muy importante. Se ve muy bien en los chalecos amarillos. Al principio no era un movimiento apoyado por la intelligentsia, ni por el mundo de la cultura, del cine, del teatro. Esto es muy particular. Históricamente, en Francia, todos los movimientos sociales han sido apoyados por la intelligentsia, los profesores universitarios. Este no. Esto muestra la separación de la sociedad, con un proceso de concentración de intelectuales, de periodistas en los mismos lugares o ciudades, que olvidan que existe un pueblo o una gente en Francia o en España o en Reino Unido.

No se sabía qué querían, era un malestar con postulados contradictorios, incluso antes de los episodios de violencia.

No conocíamos las reivindicaciones concretas. Había el malestar, la desconfianza, reivindicaciones muy distintas. La reivindicación primera no era social. Era existencial, cultural. No es un azar que escogieran como símbolo el chaleco amarillo precisamente que se emplea en la carretera. Era como decir: “Existimos”. Y era el mismo caso en Gran Bretaña. Los británicos de clase trabajadora que votan por el Brexit no votan contra Europa, votan contra la élite, dicen: “Existimos. Queremos formar parte de la economía”. Por eso es muy importante pensar en este movimiento como un movimiento existencial de la clase trabajadora. Y creo que nos equivocamos cuando pensamos que los populistas manipulan a la clase trabajadora. Más bien, la clase trabajadora utiliza a Trump como una marioneta. La clase trabajadora tiene ganas de existir culturalmente. Los votantes de Trump en Estados Unidos, los del Brexit en Gran Bretaña, los chalecos amarillos en Francia y quizá mañana otra cosa en España. Todas las condiciones se cumplen para que mañana haya en España un movimiento de contestación social.

Lo hubo hace unos años, con el 15M.

Los indignados provocan el comienzo de Podemos. Pero Podemos no ha logrado conectar con el lado popular. El fracaso de Podemos es la imposibilidad de conectar una clase intelectual y concentrada en las grandes ciudades con las clases populares españolas. Es algo parecido a la izquierda francesa. El problema de la izquierda es que está encerrada en su sociología y en las grandes ciudades. Es el caso de Podemos, no ha logrado conectar con la realidad profunda de las clases populares, una realidad cultural y geográfica. Hay una parte de la izquierda que está integrada en la globalización y las clases populares están en un proceso inverso sobre el territorio. Ese es el gran problema, la gran contradicción.

En el libro es muy crítico con los intelectuales y la izquierda académica.

Hay un problema en la inteligencia francesa de izquierda y en el mundo universitario. Durante mucho tiempo para la inteligencia francesa el pueblo había desaparecido. Y había abandonado la cuestión social para abrazar toda la ideología neoliberal. El mundo intelectual y universitario está muy encerrado en las grandes ciudades, París y las localidades universitarias, y ha olvidado la Francia periférica, las clases populares, ha olvidado que las clases populares francesas siguen siendo mayoritarias. Creemos que las sociedades se reducen a las grandes metrópolis globalizadas pero no es así, las grandes metrópolis siguen siendo minoritarias y sigue habiendo estas categorías mayoritarias. Esto explica el fracaso electoral de la izquierda. Es un proceso lento que comenzó en los años ochenta, y la separación es por desgracia total.

Dice que utilizan a las minorías en su favor.

La concentración de las minorías también se debe a la geografía. Las minorías se encuentran en las grandes metrópolis mundializadas. Es asombroso ver que los intelectuales y las clases dominantes por un lado han olvidado la clase trabajadora y por otro han utilizado las minorías para protegerse. Las han explotado y a la vez la nueva burguesía ha utilizado el arma del antifascismo para desestimar toda reivindicación social. Pensemos en los chalecos amarillos. Cuando surgieron, enseguida se decía: son fascistas, son antisemitas… Era una técnica retórica que permite deslegitimar toda reivindicación total, permite que la burguesía se proteja. Por eso digo que en la actualidad el antifascismo no es un combate contra el fascismo, sino una retórica que es un arma de clase para protegerse de las reivindicaciones sociales de la clase trabajadora.

Usted habla de Mark Lilla. Él dice, pensando en el Partido Demócrata en Estados Unidos, que si queremos proteger las minorías, hay que ganar las elecciones. Pero piensa que es importante defender sus derechos.

Hay que defender en primer lugar a las clases populares. No hay que tratar a las minorías como un grupo aparte. Los demócratas en Estados Unidos o la izquierda en Francia buscan construir una mayoría a través de una agregación de minorías. Y eso -la teoría de la sociedad líquida, en cierto modo- no funciona. Las minorías son contradictorias entre ellas. La aglomeración de minorías es una táctica que ha fallado.

En las elecciones europeas se vio mayor presencia de estas fuerzas populistas. Pero, aunque retrocedieran los partidos tradicionales del centro izquierda y el centro derecha, los ecologistas y los liberales tuvieron buenos resultados.

El electorado de los partidos ecologistas es el mismo que el de los partidos liberales. Hay una coherencia ideológica entre los liberales y los ecologistas. La base son las grandes ciudades, profesiones intelectuales. Es coherente sociológicamente. Hoy en día el espacio electoral entre los verdes y los ecologistas es el mismo que el de Macron, el mismo electorado. Y tenderá a fusionarse.

Habla de la reconstrucción de una comunidad nacional. Pero muchos de los componentes que vertebraban esas comunidades han desaparecido, y las sociedades son más diversas. ¿Sería posible? Y, por otro, lado, esa reconstrucción parece necesitar un componente nacionalista, y conocemos bien sus peligros. ¿Sería deseable?

La cuestión es que vivimos en la recomposición del conjunto de las clases populares. Es algo muy nuevo. Este bloque no quiere reformarse sobre una ideología del pasado. No creo en un regreso del nacionalismo, al cristianismo, ni a nada de eso. Son unas demandas colectivas y lo importante en el caso de los chalecos amarillos es que había categorías muy diferentes unidas. Si te fijas en los chalecos amarillos, se trataba de algo muy moderno, querían hacer algo colectivo, con un componente social, cultural, que podía recomponerse pero no a través de una categoría. Es la constitución de un bloque, buscaban la preservación de servicios públicos, del Estado de bienestar. No creo que sea con ideologías del pasado como llegaremos a la solución de estos problemas.

Dice que son fenómenos que continuarán.

Creo que durarán un siglo. Podríamos verlo con indicadores económicos, clases sociales no integradas. Nuestro problema es crear un modelo donde la mayoría de la población pueda vivir. Hoy en día, ya no necesitamos a la clase media para crear riqueza. Hay una desconexión entre la economía y la sociedad. La gran diferencia con el siglo pasado es que antes el modelo económico estaba unido a la sociedad, integraba económicamente a los obreros. Hoy ya no es el caso. Es una cuestión filosófica. Por primera vez, las clases populares no viven donde se crean la riqueza y el empleo.

“La geografía es destino” parece ser una de las ideas de su libro.

Cuando vives fuera de la ciudadela tu destino no está asegurado. Esto fuerza una recomposición política fundamental. Pensemos en la cuestión del nacionalismo catalán. Si Cataluña fuera independiente se encontraría con la misma contradicción, habría una diferencia fundamental entre Barcelona y entre la Cataluña periférica. Podría ser independiente pero no desaparecería ese conflicto social y geográfico. Las clases populares que no pueden vivir en la ciudadela y están en la Cataluña periférica. Por tanto, en una región encuentras la misma dificultad. La cuestión sensible del nacionalismo en España es casi una cuestión del pasado. Lo fundamental es la integración económica y cultural de la clase trabajadora.

El apoyo al independentismo está relacionado con factores etnolingüísticos y de renta. Además, en partes de la Cataluña rural es mayor que en una ciudad como Barcelona.

Los independentismos europeos (Cataluña, Escocia, Lombardía) suele emanar de regiones ricas. Conecta la cuestión del nacionalismo con la secesión de las élites. Cuando uno es rico deja de tener ganas de ser solidario. Querer la independencia de Cataluña es rechazar el bien común español, es rechazar la redistribución con el sur, por ejemplo. Existen cuestiones históricas pero creo que es fundamental este conflicto de clases del siglo XXI, más que la vieja cuestión del nacionalismo.

Fuente: https://www.letraslibres.com/espana-mexico/politica/entrevista-christophe-guilluy-el-problema-la-izquierda-es-que-esta-encerrada-en-su-sociologia-y-en-las-grandes-ciudades

Un dilema falaz: ¿naturaleza o “desarrollo”?

La justicia social no es viable sin la justicia ecológica, y viceversa; y lo mismo sucede con los derechos humanos y ecológicos.

Por Alberto Acosta // Economista ecuatoriano. Exministro de Energía y Minas. Expresidente de la Asamblea Constituyente.

La sentencia del Tribunal Internacional de Derechos de la Naturaleza, que rechaza  la construcción de una controvertida carretera en el corazón del TIPNIS (Territorio Indígena Parque Nacional IsiboroSécure) ha provocado diferentes reacciones de las autoridades del Estado boliviano. Mientras el presidente de la Cámara de Diputados, miembro del partido gobernante MAS, dijo que “tomará debida atención de las recomendaciones emergidas por este tribunal para que se pueda dar aplicabilidad a sus resoluciones”, en un artículo de prensa la viceministra de Medio Ambiente arremetió en contra “del fallo de un supuesto Tribunal Internacional autonombrado” (fake-tribunal en sus palabras), afirmando que la sentencia “establece que la naturaleza estará intocada y que condenaremos a las comunidades y poblaciones que viven en los bosques a no acceder a los derechos a un desarrollo digno y sustentable”.

Tal declaración coincide con la simplona apreciación del Vicepresidente boliviano quien, al hablar de la intangibilidad del TIPNIS, llegó a afirmar “que usted no puede sacar una hoja. Eso es intangibilidad. Que usted no puede levantar una rama. Que usted no puede tocar nada. Es decir, no puede hacer una escuela. No puede perforar para agua potable. Eso es intangibilidad”. A más de torpemente querer confundir a la sociedad boliviana, estos pronunciamientos reflejan un dilema falaz: ¿naturaleza o “desarrollo”?

Vamos por partes. Sobre la viceministra, cabe indicar que sus palabras delatan la incomprensión de un tribunal de la sociedad civil global que no pertenece a Naciones Unidas, no es una ONG ni proviene de ningún acuerdo entre Estados u agrupaciones políticas. Su aparecimiento es consecuencia de la Conferencia Mundial de los Pueblos sobre el Cambio Climático y los Derechos de la Madre Tierra, paradójicamente convocada por el presidente Evo Morales en abril de 2010.

Sus miembros participan a título individual: son personas de prestigio, de todos los continentes, motivadas solo por su conciencia y deseo de defender los Derechos de la Madre Tierra (y, por tanto, el derecho a la vida de sus hijas e hijos). Y es justo ese hecho de nacer desde abajo –pero con grandes objetivos– lo que fortalece y distingue a este tribunal de cualquier entidad “formal”.

Para entender la relevancia de este tipo de tribunales basta recordar al Tribunal Russell-Sartre, creado desde la sociedad civil para enfrentar los crímenes de guerra del imperialismo yanqui en Indochina.

¿Se atrevería alguien a tildar de “fake” a un tribunal presidido por pensadores de gran ética que buscaban juzgar los crímenes cometidos por Estados Unidos en Vietnam? Y, por cierto, de ahí nacería luego el Tribunal Permanente de los Pueblos, otro espacio de indudable fuerza ética.

Es claro que estos tribunales de la sociedad civil buscan precisamente incomodar al poder –político, económico y demás– cuando ha atropellado derechos (una de las especialidades de quienes ejercen el poder).

Respecto a las palabras del Vicepresidente boliviano, recalquemos el principio de que la justicia social no es viable sin la justicia ecológica, y viceversa (lo mismo sucede con los derechos humanos y ecológicos), lo cual se debe a que seres humanos y naturaleza formamos una sola gran unidad: somos la vida misma de este mundo.

Semejante principio choca con la política de muchos gobiernos latinoamericanos –como el boliviano– que falazmente hablan de superar los extractivismos profundizándolos (incluso con megainfraestructuras).

En realidad, a más de violar a la Madre Tierra y a los Derechos Humanos, en particular de los pueblos indígenas, los extractivismos ahondan los conflictos, las violencias y hasta la dependencia de los países al capital transnacional.

Duele que se siga vendiendo esa falacia de que se debe sacrificara la naturaleza para invocar al “desarrollo”: un verdadero fantasma, responsable hasta del propio “subdesarrollo”.

Así mismo, entristece que la incomprensión de que el Vivir Bien, establecido en la Constitución del Estado Plurinacional de Bolivia, no es una alternativa de “desarrollo” –sustentable o no–, sino una alternativa al “desarrollo”. El Vivir Bien es una forma muy diferente de entender la vida, propiciando la armonía entre los seres humanos y de éstos, en tanto comunidades e individuos, con la Pachamama.

Así, la idea de que la atención gubernamental a las poblaciones indígenas y no indígenas del TIPNIS no será posible por cumplir con los Derechos de la Madre Tierra es aberrante. Aberración sostenida desde una falsa dicotomía –naturaleza o “desarrollo”– que urge superar si queremos evitar que la vida termine subsumida por el poder.

Fuente: https://www.paginasiete.bo/ideas/2019/7/7/un-dilema-falaz-naturaleza-desarrollo-223117.html

Cornelius Castoriadis: El papel de la ideología bolchevique en la aparición de la burocracia

Este texto fue publicado en enero de 1964 en la revista Socialisme ou Barbarie, numero 35,  con el seudónimo de Paul Cardan. Servía de introducción a la obra La oposición obrera, de Alejandra Kolontai, publicada en el mismo número de la revista.

El folleto de Alexandra Kolontai La Oposición Obrera apareció en Moscú en 1921, durante la violenta controversia que precedió al XX Congreso del Partido bolchevique y que el propio Congreso debía cerrar para siempre igual que todas las demás.

Aún no se ha terminado de hablar acerca de la revolución rusa, de sus problemas, de su degeneración, del régimen que finalmente ha producido. ¿Y cómo habría de terminarse de hablar? En ella se combinan la única revuelta victoriosa de cuantas ha protagonizado la clase obrera y, además, el más hondo y revelador de todos sus fracasos. El hecho de que la Comuna de París haya sido aplastada en 1871, o la de Budapest en 1956, nos enseña que los obreros insurgentes encuentran problemas de organización y de política inmensamente difíciles; que su insurrección puede encontrarse aislada; que las clases dominantes no retroceden ante ninguna violencia, ante ninguna barbarie cuando se trata de salvar su propio poder. Pero la revolución rusa nos obliga a reflexionar no tan sólo sobre las condiciones de una victoria del proletariado, sino también acerca del contenido y la posible suerte de tal victoria, acerca de su consolidación y su desarrollo, acerca de los gérmenes de un fracaso cuyo alcance sobrepasa infinitamente la victoria de los versalleses, la de Franco en la guerra civil española o la de los blindados de Kruschev. Precisamente porque aplastó a los ejércitos blancos, pero luego sucumbió a la burocracia que ella misma había engendrado en sí, la revolución rusa nos sitúa frente a problemas de una naturaleza muy distinta que la táctica o los métodos de insurrección armada o la apreciación correcta de la relación de fuerzas. Nos obliga a meditar acerca de la naturaleza del poder de los trabajadores y sobre lo que entendemos por socialismo. Justamente porque condujo a un régimen en el cual la concentración de la economía, el poder totalitario de los dirigentes y la explotación de los trabajadores han sido llevados al límite y producido, en suma, el grado extremo de centralización del capital y de su fusión con el Estado, la revolución rusa nos sitúa para comprender la que ha sido, y sigue aún siendo, la forma en cierto sentido más perfeccionada, más «pura» de la moderna sociedad de explotación. Al encarnarse el marxismo, por primera vez en la historia, al hacer en consecuencia ver en tal encarnación un monstruo desfigurado, nos permite entender ese marxismo en la misma o aún mayor medida en que puede ser comprendida por él. El régimen que ha producido ha pasado a ser la piedra de toque de todas las ideas habidas y por haber, tanto -sin duda- las originarias del marxismo clásico como de las ideologías burguesas; ello lo ha logrado a base de echar a perder al primero precisamente al realizarlo y, también, a fuerza de hacer triunfar la más profunda esencia de las segundas, pese a negarlo de continuo. No ha terminado aún, pues, de plantear los problemas más actuales ni de ser la revelación más evidente, a la vez que la más enigmática, de la historia mundial; no ha terminado de hacerlo, en razón de haberse extendido a la tercera parte del mundo, en razón de las revueltas obreras que se han alzado contra su dominio en los últimos diez años, ni tampoco en razón de su actual estallido en un polo ruso y otro chino. El mundo en que vivimos, pensamos y actuamos ha sido puesto en sus raíles en octubre de 1917 por los obreros y bolcheviques de Petrogrado.

De entre las innumerables cuestiones que suscita la suerte corrida por la revolución rusa, dos constituyen los pilares en que se apoyan todas las demás. La primera: cuál es la sociedad producida por la degeneración de la revolución (es decir, cuál es la naturaleza y la dinámica de ese régimen, en qué consiste la burocracia rusa, cuál es su relación con el capitalismo y con el proletariado, su lugar histórico, sus problemas actuales). Ha sido discutida numerosas veces (1), y aún lo será (2). La segunda: cómo una revolución obrera puede dar origen a una burocracia, y de qué modo esto ha ocurrido en Rusia. Esta cuestión la hemos examinado en su aspecto teórico (3), pero sólo en pequeña medida la hemos abordado desde la óptica de la historia concreta. Por supuesto que existe una dificultad casi insuperable para estudiar de cerca este período oscuro donde los haya, el que va desde octubre de 1917 a marzo de 1921, y en el cual se ha jugado la suerte de la revolución. El problema que en primer lugar nos interesa no es, en efecto, otro que éste: ¿en qué medida los obreros rusos han intentado tomar por sí mismos la dirección de la sociedad, la gestión de la producción, la regulación de la economía, la orientación de la política? ¿Cuál ha sido su conciencia de los problemas, su actividad autónoma? ¿Cuál su actitud frente al Partido bolchevique, frente a la naciente burocracia? Porque no son los obreros quienes escriben la historia, sino siempre “los otros”. Y esos “otros”, quienesquiera que sean, sólo existen históricamente porque las masas son pasivas, o activas únicamente para sostenerles, y ellos mismos lo afirmarán en cualquier oportunidad; la mayor parte de las veces, ni verán ni oirán los ademanes y las palabras que traducen esa actividad autónoma. En el mejor de los casos, la utilizarán a las claras tanto en cuanto coincida “por milagro” con su propia línea, y cuando se aparte de ella la condenarán radicalmente y le imputarán los móviles más infames (de este modo Trotski describe en términos grandiosos a los obreros anónimos de Petrogrado marchando hacia el Partido bolchevique, o movilizándose ellos mismos durante la guerra civil, pero califica a los insurgentes de Kronstadt de infiltrados y agentes del Estado Mayor francés). A esos “otros” les faltan las categorías, las células cerebrales por así decirlo, todo lo que necesitarían para comprender esa actividad autónoma, incluso lo que les sería necesario para captarla como tal: como una actividad que no ha sido institucionalizada, que carece de jefe y de programa, que no tiene estatuto, que ni siquiera es percibible a no ser bajo la forma de los «desordenes» y de los «jaleos». La actividad autónoma de las masas pertenece, por definición, a “lo rechazado” de la Historia.

Por ello, no ocurre únicamente que el registro documental de los fenómenos que nos interesan más que otros en este período sea fragmentario, ni siquiera que haya sido sistemáticamente suprimido, y continúe siéndolo, a manos de la burocracia triunfante. Lo importante es que ese registro es “orientado” y “selectivo” en mucha más honda proporción que cualquier otro testimonio histórico. La ira reaccionaria de los testigos burgueses y la apenas menos rabiosa de los socialdemócratas; el delirio anarquista; la historiografía oficial, periódicamente reescrita de acuerdo con las necesidades de la burocracia; y la historiografía trotskista, exclusivamente preocupada de justificarse a posteriori y en ocultar su papel en las primeras etapas de la degeneración: todo ello se confabula para ignorar los signos de la actividad autónoma de las masas durante esa época o, hablando en puridad, para «demostrar» a priori que era imposible que tal actividad existiera entonces.

El texto de Alexandra Kolontai [“La oposición obrera”] aporta, a este respecto, informaciones de inestimable valor. En primer lugar, por las indicaciones directas que suministra acerca de las actitudes y las reacciones de los obreros rusos ante la política del Partido bolchevique. Seguidamente, y sobre todo, al mostrar que una amplia fracción de la base obrera del Partido tenía conciencia del proceso de burocratización en curso, y se alzaba contra él. Ya no es posible, después de haber leído este texto, seguir presentando la Rusia del 20 como un caos, un amontonamiento de ruinas donde el proletariado estaba pulverizado y donde los únicos elementos de orden eran el pensamiento de Lenin y “la férrea voluntad” de los bolcheviques. Los obreros querían otra cosa, y lo demostraron: en el seno del Partido, por medio de la Oposición Obrera; y, fuera del Partido, por medio de las huelgas de Petrogrado y de la revuelta de Kronstadt. Fue menester que todo eso fuera aplastado por Lenin y Trotsky, para que Stalin consiguiera, después, salir victorioso.

A la pregunta: ¿cómo la Revolución rusa pudo producir un régimen burocrático?, la respuesta habitual, dada antes que nadie por Trotski (y recogida al cabo de mucho tiempo muy a gusto por los compañeros de viaje del estalinismo y, hoy en día, por los mismos kruschevianos, a fin de «explicar» las «deformaciones burocráticas del régimen socialista»), es ésta: la revolución tuvo lugar en un país atrasado, que de todas maneras no hubiese podido construir el socialismo a solas; se encontró aislada en virtud del fracaso de la revolución en Europa, y en especial en Alemania, entre 1919 y 1923; para colmo, el país se fue completamente devastado por la guerra civil.

Esta respuesta no merecería que nos detuviéramos en ella ni un solo momento, a no ser por la aceptación general que la rodea y el papel mistificador que desempeña. El atraso, el aislamiento y la devastación del país, hechos todos ellos incontestables en sí mismos, habrían podido también explicar una derrota pura y simple de la revolución, una restauración del capitalismo clásico. Pero lo que se pregunta es precisamente por qué no hubo derrota pura y simple, por qué la revolución, después de haber vencido a sus enemigos exteriores, se vino abajo en el interior; por qué «degeneró» bajo esa precisa forma que conducía al poder burocrático. La respuesta de Trotski, para utilizar una metáfora, viene a ser como si dijese: ese individuo ha cogido una tuberculosis porque se hallaba tremendamente debilitado. Pero, estando tan debilitado, habría podido morir, o contraer otra enfermedad: ¿por qué ha contraído precisamente “esa” enfermedad? Lo que hay que explicar, en la degeneración de la revolución rusa, es justamente la especificidad de esa degeneración en cuanto degeneración “burocrática”; y ello no puede hacerse más que a condición de rechazar factores de índole tan general como el atraso y el aislamiento. Añadamos, de pasada, que semejante «respuesta» nada nos enseña que sobrepase el ejemplo de Rusia. La única conclusión que podemos extraer de ella es que los revolucionarios deben formular ardientes votos para que las próximas revoluciones ocurran en países más avanzados, para que no se queden aisladas y para que las guerras civiles no sean en absoluto devastadoras.

Abundando además en este aspecto, el hecho de que desde hace ya más de veinte años el régimen burocrático haya desbordado ampliamente las fronteras de Rusia, el que se haya instalado en países que de ninguna forma podríamos calificar de atrasados (Checoslovaquia o la Alemania del Este), el que la industrialización que ha hecho de Rusia la segunda potencia mundial no haya conseguido debilitar a la burocracia, demuestra que toda discusión en términos de «atraso», de «aislamiento», etc. es pura y simplemente anacrónica.

Si queremos comprender el surgimiento de la burocracia como capa gestora que va siendo más y más preponderante en el mundo contemporáneo, estamos obligados a constatar de inmediato que, paradójicamente, aparece en los dos polos del desarrollo social, a saber: por un lado, como producto orgánico de la madurez de la sociedad capitalista; por otro, como una «respuesta forzosa» de las sociedades atrasadas al problema de su “paso” a la industrialización.

En el primer caso, el surgimiento de la burocracia no ofrece misterio alguno. La concentración de la producción conduce necesariamente a la aparición, en el seno de las empresas, de una capa que debe asumir de modo colectivo la gestión de inmensas agrupaciones económicas, tarea que sobrepasa cualitativamente las posibilidades de un propietario individual. El creciente papel del Estado, en el campo económico por supuesto, pero también en los demás, lleva a la vez a la extensión cuantitativa y a un cambio cualitativo del aparato burocrático del Estado. En el otro polo de la sociedad, el movimiento obrero degenera al burocratizarse, se burocratiza al integrarse en el orden establecido y no puede integrarse en él si no es burocratizándose. Estos diversos elementos constitutivos de la burocracia -técnico-económica, político-estatal, «obrera»- coexisten mejor o peor entre sí y también en compañía de los elementos propiamente «burgueses» (propietarios de los medios de producción), pero la evolución tiende constantemente a incrementar su peso en la dirección de la sociedad. En tal sentido, puede decirse que el surgimiento de la burocracia corresponde a una fase «última» de la concentración del capital, y que la burocracia personifica o encarna el capital durante dicha fase, a igual título que la burguesía en la fase precedente. Y esa burocracia puede, al menos por lo que respecta a su origen y a su función socio-histórica, ser comprendida con ayuda de las categorías del marxismo clásico (poco importa, en este punto, si los supuestos marxistas de nuestros días, infinitamente por debajo de las posibilidades de la misma teoría que se adjudican, siguen siendo incapaces de dar un estatuto socio-histórico a la burocracia, y se ven por tanto llevados, creyendo que en sus ideas no hay nombre para tal fenómeno, a rechazar la existencia de los hechos y a hablar del capitalismo contemporáneo como si nada hubiese cambiado desde hace cien o cincuenta años).

En el segundo caso, la burocracia surge, si así podemos decirlo, del vacío mismo de la sociedad que se considera. Es cierto que, en la casi totalidad de las sociedades atrasadas, las antiguas capas dominantes se muestran incapaces de emprender la industrialización del país; es cierto que el capital extranjero no crea, en el «mejor» de los casos, más que enclaves de explotación moderna; es cierto que la burguesía nacional, nacida tardíamente, no posee ni la fuerza ni el valor necesarios para emprender la transformación de arriba abajo de las antiguas estructuras que sería exigido por la modernización. Añadamos que, por ese mismo hecho, el proletariado nacional es demasiado débil para desempeñar el papel que le asigna el esquema de la «revolución permanente»; es decir, para eliminar a las antiguas capas dominantes y lanzarse a una transformación que conduzca, de modo ininterrumpido, desde la etapa «democrático-burguesa» a la etapa socialista.

¿Qué puede ocurrir entonces? La sociedad atrasada puede permanecer en su estancamiento: y permanece, durante un tiempo más o menos prolongado (sigue siendo el caso, aún hoy en día, de un gran número de países atrasados ya se hayan constituidos como estados antigua o modernamente). Pero tal estancamiento significa de hecho una degradación en cualquier caso relativa, e incluso a veces absoluta, de la situación económica y social, y una ruptura del equilibrio precedente. Agravada casi siempre por factores en apariencia «accidentales», pero en realidad inevitables en su recurrencia y que encuentran una resonancia infinitamente incrementada en una sociedad deslavazada, cada ruptura de equilibrio se convierte en una crisis que, por lo general, se combina con un componente «nacional». El resultado puede ser una lucha social-nacional abierta y larga (China, Argelia, Cuba, Indochina), o un golpe de Estado, casi fatalmente militar (Egipto). Ambos casos presentan inmensas diferencias, pero también un punto común.

En el primer caso, la dirección político-militar de la lucha se erige gradualmente en capa autónoma que gestionara la «revolución» y, después de la victoria, la reconstrucción del país; en vista de lo cual se atrae de forma natural a todos los elementos ligados con las antiguas capas privilegiadas, selecciona otros de entre las masas y constituye, a la vez que la industria del país, la pirámide jerárquica de lo que será el esqueleto social. Esa industrialización se realiza, por supuesto, según los clásicos métodos de acumulación primitiva, mediante la explotación intensa de los obreros y aún en mayor medida de los campesinos y la integración, prácticamente forzosa, de estos últimos en el ejército de trabajo industrial. En el segundo caso, la burocracia estatal-militar, al desempeñar un papel de tutela con respecto a las capas privilegiadas, no las elimina radicalmente, ni tampoco abate el estado de cosas que encarnan; puede preverse así, casi siempre, que la transformación industrial del país no terminará sin una nueva convulsión violenta. Pero, en ambos casos, lo que se constata es que la burocracia juega en efecto, o tiende a jugar, el papel de sustituto de la burguesía en sus funciones de acumulación primitiva.

Es preciso señalar que esa burocracia provoca de hecho el estallido de las categorías tradicionales del marxismo. En ningún sentido puede decirse que esa nueva capa social se ha formado y crecido en el seno de la sociedad precedente, ni que nazca de un nuevo modo de producción, cuyo desarrollo había llegado a ser incompatible con el mantenimiento de las antiguas formas de vida económica y social. Por el contrario, es ella quien hace nacer ese nuevo modo de producción en la sociedad dada; ella misma no surge a partir del normal funcionamiento de la sociedad, sino a partir de la incapacidad que la sociedad tiene para funcionar. Su origen es, casi sin metáfora, el vacío social; sus raíces históricas se hunden tan sólo en el porvenir. No tiene evidentemente ningún sentido decir que la burocracia china es el producto de la industrialización del país, cuando podría decirse, infinitamente con mayor razón, que la industrialización de China es el producto del ascenso al poder de la burocracia. Tal antinomia no puede ser sobrepasada si no es constatando que, en nuestros días, y a falta de una solución revolucionaria a escala internacional, un país atrasado no puede industrializarse más que si se burocratiza.

En el caso de Rusia, si bien la burocracia se encuentra con que ha realizado, después de todo, la “función histórica” (4) de la burguesía de antaño o de la burocracia de un país atrasado de hoy; si, por otra parte, no puede ser asimilada a esta última (5), lo cierto es que las condiciones de su nacimiento son diferentes: lo son precisamente porque Rusia en 1917 no era simplemente un país «atrasado», sino un país que, a la par que su atraso, presentaba un desarrollo capitalista bien afirmado (la Rusia de 1913 era la quinta potencia industrial mundial), tan bien afirmado que el país fue precisamente teatro de una revolución del proletariado que se alzaba en nombre del socialismo (mucho tiempo antes de que esa palabra hubiese llegado a significar cualquiera sabe qué o, incluso, nada en absoluto). La primera burocracia que se ha convertido en clase dominante en su sociedad ha sido la burocracia rusa, y aparece justamente como el producto final de una revolución acerca de la cual todo el mundo pensaba que había otorgado el poder al proletariado.

La burocracia rusa representa, pues, un tercer tipo, de hecho el primero que surge claramente en la historia moderna; un tipo de burocracia bien delimitado: la burocracia que surge de la degeneración de una revolución obrera, la burocracia que “es” esa degeneración misma; lo es incluso si, en el caso de la burocracia rusa, podemos encontrar, desde el principio, tantos elementos de «gestión de un capital centralizado» como de «capa que desarrolla por todos los medios una industria moderna».

Pero ¿en qué sentido puede decirse –teniendo en cuenta precisamente la evolución ulterior, teniendo en cuenta también que la «toma del poder» en octubre de 1917 fue organizada y dirigida por el partido bolchevique y que, desde el primer día, ese poder fue asumido de hecho por ese partido- que la revolución de octubre fue una revolución proletaria, al menos si rechazamos identificar lisa y llanamente una clase con un partido que dice representarla? ¿Por qué no decir -tal y como no han faltado quienes lo han dicho- que nunca hubo otra cosa en Rusia que el golpe de Estado de un partido que, habiéndose asegurado de una manera u otra el apoyo del proletariado, no tendía sino a instaurar su propia dictadura, empeño en el que triunfó?

No tenemos la intención de discutir este problema en los términos escolásticos que lo plantean a base de preguntarse: ¿es lícito clasificar la revolución rusa en la categoría de las revoluciones proletarias? La cuestión que nos importa es ésta: ¿desempeñó la clase obrera rusa un papel histórico propio durante aquel período o, al contrario, fue simplemente la infantería movilizada al servicio de otras fuerzas ya constituidas? ¿Apareció como un polo relativamente autónomo en la lucha y el torbellino de las acciones, de las formas organizativas, de las reivindicaciones y de las ideas o, por el contrario, no fue sino un simple catalizador de impulsos que le venían de fuera, es decir, un instrumento manipulado sin gran dificultad ni riesgo?

Cualquiera que haya estudiado, aunque sea poco, la historia de la revolución rusa, no dudará a la hora de responder. Petrogrado en 1917, e incluso después, no es ni la Praga de 1948 ni el Cantón de 1949. El papel independiente del proletariado resalta con claridad: incluso, en principio, por la naturaleza del proceso que ocasiona que los obreros llenen las filas del Partido bolchevique y le concedan, de modo mayoritario, un apoyo que nada ni nadie podía arrebatarles ni imponerles en aquel entonces; o por la relación que les une con ese Partido; o por el peso de la guerra civil, asumido por ellos espontáneamente. Pero, ante todo, merced a las acciones autónomas que emprenden: ya en febrero, ya en julio de 1917, y mucho más aún después de octubre, al expropiar a los capitalistas sin, y también contra, la voluntad del Partido, al organizar por su propia cuenta la producción; en suma, merced a los órganos autónomos que constituyen, sean soviets o especialmente comités de fábrica.

El éxito de la revolución no fue posible sino por la convergencia del inmenso movimiento de revuelta total de las masas obreras, por su voluntad de cambiar sus condiciones de existencia, de desembarazarse de los patronos y del zar; eso por un lado y, por el otro, por la acción del Partido bolchevique. Decir que únicamente el Partido bolchevique podía, a fines de octubre de 1917, dar una expresión articulada y un “objetivo inmediato” preciso (el derrocamiento del Gobierno provisional) a las aspiraciones de los obreros, de los campesinos y de los soldados, con ser cierto, no significa en ningún modo que esos obreros fuesen una infantería pasiva. Sin esos obreros que militaban en sus filas y fuera de ellas, el Partido no era nada, ni física ni políticamente. Sin la presión de su creciente radicalización, ni siquiera habría adoptado una línea revolucionaria. Y en ningún momento, ni siquiera largos meses después de la toma del poder, puede decirse que el Partido “controlase” los movimientos de la masa obrera.

Pero tal convergencia, que culmina en efecto con el derrocamiento del Gobierno provisional y con la constitución de un Gobierno de predominio bolchevique, resultó pasajera. Los síntomas de separación entre el Partido y las masas aparecen relativamente temprano, incluso si, por su misma naturaleza, semejante separación no puede ser captada con la nitidez debida por las tendencias políticas organizadas.

Resulta cierto que los obreros esperaban de la revolución un cambio total de sus condiciones de existencia. Esperaban sin duda una mejora material, pero sabían perfectamente que esa mejora no podría ser inmediata. Únicamente los espíritus mezquinos pueden ligar esencialmente la revolución a dicho factor, o ligar la posterior desilusión de los obreros a la incapacidad del nuevo régimen para satisfacer tales esperanzas de mejoras materiales. La revolución se había iniciado, en cierto modo, en demanda de pan; pero, ya mucho antes de octubre, había sobrepasado la cuestión del pan y había absorbido la pasión total de los hombres. Durante más de tres años, los obreros rusos soportaron sin flaquear las más extremas privaciones materiales, al tiempo que componían la parte esencial de los contingentes que habrían de derrotar a los ejércitos blancos. Se trataba para ellos de liberarse de la opresión de la clase capitalista y de su Estado. Habiéndose organizado en los soviets y en los comités de fábrica, encontraban inconcebible -ya con anterioridad a octubre, pero sobre todo después- que no se expulsara a los capitalistas; y de ahí que llegaran a descubrir que podían organizar y gestionar por sí mismos la producción. Y ellos fueron quienes echaron por su propia cuenta a los capitalistas, de acuerdo con una iniciativa por entero contraria a la línea del Partido bolchevique -el decreto de nacionalización promulgado en el verano de 1918 no fue sino la ratificación de un estado de cosas dado- y quienes pusieron en funcionamiento las fábricas.

Para el Partido bolchevique de ninguna manera se trataba de eso. Teniendo en cuenta que su línea se precisa después de octubre (pese a la mitología extendida tanto por estalinistas como por trotskistas, puede demostrarse fácilmente, con textos en mano, que antes y después de octubre el Partido bolchevique está enteramente a oscuras en lo que se refiere a lo que pretende hacer una vez que haya tomado el poder), vemos que aspira a instaurar en Rusia una economía «bien organizada», según el modelo capitalista de la época (6), un «capitalismo de Estado» (tal expresión aparece de continuo en los escritos de Lenin), al cual se superpondrá un poder político “obrero”; poder que, de hecho, será ejercido por el partido de los obreros, el Partido bolchevique. El «socialismo» (que, según Lenin escribió sin vacilar, implica la «dirección colectiva de la producción») vendrá después.

No se trata únicamente de una «línea», de algo que simplemente se diga o se piense. En lo que toca a la mentalidad profunda y a la actitud real, el Partido está impregnado, de arriba abajo, de la convicción indiscutible de que debe “dirigir”, en el pleno sentido del término. Tal convicción, existente desde mucho antes de la revolución (como lo demuestra Trotski al hablar de la mentalidad de los «hombres de comité» en su biografía de Stalin), se ve compartida en la época, por otra parte, por todos los socialistas (con sólo algunas excepciones, entre las que contaríamos a Rosa Luxemburgo, a la tendencia Gorter-Pannekoek en Holanda y a los «comunistas de izquierda» en Alemania). Convicción que se verá inmensamente reforzada con la conquista del poder, la guerra civil, la consolidación del poder del Partido; convicción que Trotski expresará con claridad en aquel entonces, al proclamar «los derechos de primogenitura» del Partido.

Esta mentalidad no es sólo una mentalidad; se convierte, casi inmediatamente después de la conquista del poder, en una “situación social real”. Individualmente, los miembros del partido asumen los puestos dirigentes en todas las esferas de la vida social; en parte, cierto, «porque no puede hacerse de otra manera», lo cual quiere decir al tiempo: porque todo cuanto hace el Partido, hace que no pueda ser hecho de otra manera.

En el aspecto colectivo, la única instancia real de poder es el Partido y, ya desde muy pronto, las cimas del Partido. Los soviets se ven reducidos, a raíz de la conquista del poder, a instituciones puramente decorativas (basta con observar que su papel fue absolutamente nulo durante todas las discusiones que precedieron a la paz de Brest-Litovsk, es decir, ya a principios de 1918). Si es verdad que la existencia social real de los hombres determina su conciencia, resulta desde ese momento ilusorio pedir al Partido bolchevique que actúe de otro modo distinto al que le obliga la situación real en que se halla: o sea, como órgano dirigente que posee, no obstante, un punto de vista acerca de su sociedad que no es necesariamente el que la sociedad tiene sobre sí misma.

Ante esta evolución, o más bien ante esta súbita revelación de la esencia del Partido bolchevique, los obreros no oponen resistencia. Al menos, no advertimos signos directos de ello. En el intervalo entre la expulsión de los capitalistas y la puesta en funcionamiento de las fábricas, es decir, entre los comienzos del periodo revolucionario y las huelgas de Petrogrado y la revuelta de Kronstadt, a su final, en el invierno de 1920-1921, carecemos de datos sobre alguna manifestación articulada de actividad autónoma de los obreros [Nota de 1976: Esta afirmación debe matizarse a partir de estudios posteriores; ver por ejemplo “Los bolcheviques y el control obrero 1917-1921”, edición castellana en París, Ruedo Ibérico, 1972]. La guerra civil y la continua movilización militar de ese período, la preocupación impuesta por las cuestiones prácticas inmediatas (producción, avituallamiento, etc.), la oscuridad de los problemas y, sin duda, por encima de todo, la confianza de los obreros en el Partido, explican el fenómeno. Hay, ciertamente, dos aspectos en la actitud de los obreros con referencia a esto. Por un lado, la aspiración a desembarazarse de toda dominación, a tomar en sus propias manos la dirección de sus asuntos; por otro, la tendencia a delegar el poder en ese partido que acababa de demostrar que era el único que se oponía irreconciliablemente a los capitalistas y que conducía la guerra contra ellos. La oposición, la contradicción entre ambos aspectos no era percibida en la época, ni -estaríamos tentados de decir- podía serlo, al menos con claridad.

Y, sin embargo, fue percibida, y en gran medida, en el seno mismo del Partido. Desde comienzos de 1918 y hasta la prohibición de las fracciones en marzo de 1921, se forman en el Partido bolchevique tendencias que expresan con una clarividencia y una nitidez a veces sorprendentes la oposición a la línea burocrática del Partido y a la burocratización vertiginosa de la organización. A comienzos de 1918 son los «Comunistas de izquierda»; en 1919, la tendencia del «Centralismo democrático»; por fin, en 1920-1921, la «Oposición obrera». Podrán encontrarse, en las “Notas históricas” que publicamos como epílogo al texto de Alexandra Kolontai [en su publicación en “Socialisme ou Barbarie”], precisiones acerca de las ideas y actividad de tales tendencias [Nota de 1976: hoy puede verse sobre el tema la obra de Brinton ya citada]. En ellas se expresan a la vez la reacción de los elementos obreros del Partido -que sin duda traduce también las actitudes del ambiente proletario externo al Partido- en contra de la línea de «capitalismo de Estado» impuesta por la dirección, y asimismo se expresa lo que podríamos denominar «el otro componente» del marxismo, es decir, el que invoca la actividad propia de las masas y proclama que la emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos.

Pero las tendencias de oposición fueron sucesivamente derrotadas, y definitivamente eliminadas en 1921, al tiempo que se aplasta la revuelta de Kronstadt. Los muy debilitados ecos de la crítica contra la burocracia que encontramos después en la «Oposición de izquierda» (trotskista), con posterioridad a 1923, no tienen igual significación. Trotski se opone a una “mala política” de la burocracia y a los excesos de su poder; nunca pone en cuestión su esencia, ni los problemas suscitados por las oposiciones de 1918-1921 (primordialmente: quién gestiona la producción, qué debe hacer el proletariado durante la «dictadura del proletariado», aparte de trabajar y seguir las directrices de «su partido»); esos problemas le serán a Trotski extraños hasta prácticamente el final de su vida.

Nos vemos así obligados a constatar que, contrariamente a la mitología dominante, la partida decisiva se juega, y se pierde, no en 1927, ni en 1923, ni siquiera en 1921, sino mucho antes, durante el período 1918-1921. Ya en 1921 hubiera sido precisa una revolución, en el total sentido de la palabra, para enderezar la situación, y ni siquiera una revuelta como la de Kronstadt -los hechos mismos lo probaron- era suficiente para modificar al menos algo de lo esencial. Esta andanada de advertencia condujo al Partido bolchevique a reparar aberraciones cometidas en el tratamiento de otros problemas (en especial con respecto al campesinado y a las relaciones entre la economía urbana y la economía agraria) y propició, por lo tanto, una atenuación de las tensiones provocadas por el hundimiento económico y un comienzo de reconstrucción de la producción. Pero tal reconstrucción iba ya bien colocada en los raíles del capitalismo burocrático.

En efecto, es entre 1917 y 1920 cuando el Partido bolchevique se instala firmemente en el poder, hasta el punto en que no podría verse desalojado de allí sino por la fuerza de las armas. Y es al comienzo de ese período cuando las incertidumbres de su línea son eliminadas, corregidas las ambigüedades, resueltas las contradicciones. En el nuevo Estado, el proletariado debe trabajar, movilizarse, morir dado el caso, a fin de defender el nuevo poder; debe dar sus elementos más «conscientes» , más «capaces» a «su» Partido, en el seno del cual se convertirán en dirigentes de la sociedad; debe ser «activo y participante» cada vez que le sea pedido, pero justo hasta el límite en que el Partido decida; debe someterse absolutamente al Partido en todo lo esencial. «El obrero -escribe Trotsky durante ese período, en una obra que conoce inmensa difusión en Rusia y en el extranjero- no hace cambalaches con el gobierno soviético; está subordinado al Estado, le está sometido en todos los aspectos, ya que se trata de “su” Estado» (7).

El papel del proletariado en el nuevo Estado está, pues, claro: es el de ser ciudadanos entusiastas y pasivos. Y el papel del proletariado en el trabajo y en la producción no lo está menos. En resumen, es idéntico al que representaba antes, bajo el capitalismo; excepto que ahora serán seleccionados obreros que tengan «carácter y aptitudes» (8) para sustituir a los directores de fábrica que han huido. Lo que preocupa al Partido bolchevique durante ese período no es cómo puede facilitarse el que las colectividades obreras tomen en sus manos la gestión de la producción, sino cómo podrá formar, cuanto antes, una capa de directivos y administradores de la industria y la economía.

La lectura de textos “oficiales” de dicha época no deja subsistir ninguna duda al respecto. La formación de una burocracia en tanto que capa gestora de la producción (y que dispone, inevitablemente, de privilegios económicos) fue, desde prácticamente el principio, “la política consciente, honesta y sincera del partido bolchevique, con Lenin y Trotsky a la cabeza”. Tal política era, honesta y sinceramente considerada como socialista: o, con mayor exactitud, como una «técnica administrativa» que podría ponerse al servicio del socialismo, puesto que la clase de administradores dirigentes de la producción quedaría bajo el control de la clase obrera «personificada por su Partido comunista». La decisión de colocar en la cúspide de una fábrica a un director y no a un equipo obrero, escribe Trotski, carece de importancia política: «No puede ser ni acertada ni errónea, desde la óptica de la técnica administrativa… Sería el peor de los errores confundir la cuestión de la autoridad del proletariado con la de los equipos obreros que gestionen las fábricas. La dictadura del proletariado se expresa mediante la abolición de la propiedad privada de los medios productivos, mediante la dominación sobre el entero mecanismo soviético por parte de la voluntad de las masas, y no mediante la forma de dirección de las diversas empresas» (9). La “voluntad colectiva de las masas” citada significa aquí una expresión metafórica que designa la voluntad del Partido bolchevique. Los jefes bolcheviques se explicaban así sin ninguna hipocresía, contrariamente a algunos de sus “defensores” de hoy. «En esta sustitución del poder de la clase obrera por parte del poder del Partido -escribía por entonces Trotski- nada hay de fortuito e incluso, en el fondo, no hay siquiera sustitución. Los comunistas expresan los intereses fundamentales de la clase obrera. Es absolutamente natural que, en una época en que la Historia trae al orden del día la discusión de tales intereses en toda su amplitud, los comunistas se conviertan en los representantes declarados de la clase obrera en su totalidad» (10). Encontraríamos con facilidad decenas de citas de Lenin que exponen idéntica idea.

El poder indiscutido de los directores en las fábricas, bajo el único “control” (¿cuál, realmente?) del Partido. El poder indiscutido del Partido sobre la sociedad, sin control alguno. Nadie en aquellos días podía impedir la fusión de estos dos poderes, la interpenetración recíproca de ambas capas, la consolidación de una burocracia inamovible que dominase todos los sectores de la vida social. El proceso pudo verse acelerado y ampliado por la entrada en el Partido de elementos extraños al proletariado, que acudían raudos a ponerse bajo el ala de la victoria; pero ésa fue una “consecuencia”, y no una causa, de la orientación del Partido.

El momento en que la oposición a esa orientación del Partido se expresó con mayor fuerza en su seno fue la discusión acerca de la «cuestión sindical» (1920-1921), que precedió al X Congreso del Partido. En el plano formal se trataba del papel de los sindicatos en la gestión de la producción y de la economía; por la fuerza de las cosas, la discusión cayó en el campo de los problemas, ya larga y ásperamente debatidos durante los dos años anteriores, del “mando de uno solo” en las fábricas y del papel de los “especialistas”. El lector encontrará, en el texto mismo de Alexandra Kolontai y en las

Notas Históricas que le siguen, la descripción de las diversas posiciones enfrentadas. Para resumirlo brevemente, la dirección del Partido, con Lenin a la cabeza, reafirmaba que la gestión de la producción debía ser confiada a administradores individuales («especialistas» burgueses u obreros seleccionados en razón de sus «aptitudes y capacidades») bajo el control del Partido, y que los sindicatos debían asumir tareas de educación de los obreros y de defensa de éstos con respecto a los directivos de la producción y del Estado. Trotski pedía una subordinación completa de los sindicatos al Estado, su transformación en apéndices y órganos del Estado (y del Partido), siempre a partir del mismo razonamiento: puesto que somos un Estado obrero, el Estado y los obreros son la misma cosa y. por lo tanto, los obreros no necesitan un órgano separado que les defienda contra «su» Estado. La Oposición Obrera pedía que “la gestión de la producción y de la economía fuese confiada gradualmente a los «colectivos obreros» de las fábricas” con arreglo al modo en que tales colectivos estaban organizados en los sindicatos; que la «dirección de uno solo» fuese reemplazada por la dirección colegiada; que el papel de los especialistas y de los técnicos fuese reducido. La Oposición subrayaba que el desarrollo de la producción en las condiciones postrevolucionarias era un problema principalmente social y político, cuya solución dependía del despliegue de la iniciativa y creatividad de las masas trabajadoras, y no un problema administrativo y técnico. La Oposición denunciaba la creciente burocratización del Estado y del Partido (ya en aquel entonces todos los puestos de responsabilidad de alguna importancia eran adjudicados por nombramiento desde arriba y no por elección), y la separación continua entre el Partido y los obreros.

Es cierto que, en algunos de estos puntos, las ideas de la Oposición eran confusas y que, en conjunto, la discusión parece haberse desarrollado sobre un plano formal, de igual manera que las respuestas que se aportaron, tanto por una parte como por otra, eran respuestas más formales que de fondo (el fondo, por otro lado, se decidía ya en otro lugar distinto a los Congresos del Partido). Así, la Oposición (y Kolontai en las páginas de su texto) no distinguía claramente entre el papel (indispensable) de los especialistas y de los técnicos en cuanto tales y bajo el control de los obreros, y la transformación de esos especialistas y técnicos en gestores incontrolados de la producción. La Oposición desarrollaba una crítica indiferenciada de especialistas y técnicos, con lo que ofrecía un fácil blanco a los ataques de Lenin y Trotski, que se esforzaban denodadamente en demostrar que no puede haber fábrica sin ingenieros, y llegaban subrepticiamente a la asombrosa conclusión de que aquélla era una razón suficiente para conceder a los ingenieros poderes dictatoriales de gestión sobre la totalidad del funcionamiento de la fábrica. La Oposición luchaba encarnizadamente en la discusión del problema del «mando colegiado» , opuesto al «mando de uno solo», lo cual ofrecía un aspecto relativamente formal (un mando colegiado puede ser tan burocrático como el mando de un sola persona) y dejaba en la sombra el verdadero problema, no otro que el de la verdadera fuente de la autoridad. De este modo, Trotski podía permitirse decir: «La actividad de los trabajadores no se define ni se mide por el hecho de que la fábrica esté dirigida por tres hombres o por uno solo, sino que hay factores y hechos de orden mucho más profundo» (11), con lo que esquivaba el verdadero problema, es decir, en qué relación esos «tres hombres» o el «uno solo» se hallan con respecto a la colectividad de los productores de la empresa. La Oposición hacía alarde de un relativo fetichismo sindical, en una época en que ya los sindicatos habían caído bajo el prácticamente completo control de la burocracia del Partido. «Un mantenimiento prolongado de la “independencia” del movimiento profesional en una época de revolución proletaria es tan imposible como una política de bloques. Los sindicatos se convierten, en tal época, en los órganos económicos más importantes con que cuenta el proletariado en el poder. Precisamente por ese hecho caen bajo la dirección del Partido comunista. No son únicamente las cuestiones de principio del movimiento profesional, sino también los conflictos serios que pueden tener lugar en el interior de estas organizaciones, lo que se encarga de resolver el Comité Central de nuestro Partido» (12). Escribiendo para responder a las acusaciones de Kautsky acerca del carácter antidemocrático del poder bolchevique, Trotski no tenía motivo, sino muy al contrario, para exagerar la influencia del Partido en los sindicatos.

Pese a tales debilidades, pese a esa relativa confusión, la Oposición Obrera planteaba el verdadero problema: ¿quién debe gestionar la producción en el «Estado obrero»?, y respondía correctamente: los organismos colectivos de los trabajadores. Lo que la dirección del Partido quería, lo que había ya impuesto -y ahí no hay ninguna diferencia entre Lenin y Trotski-, era una jerarquía dirigida desde arriba. Es sabido que esa concepción obtuvo la victoria. También es sabido a dónde ha llevado dicha victoria.

En la lucha entre la Oposición Obrera y la dirección del Partido bolchevique, se asistió a la disociación de dos aspectos contradictorios que, paradójicamente, han coexistido en el marxismo en general, y en particular en su encarnación rusa. La Oposición Obrera hace oír, por vez primera en la historia del movimiento marxista oficial, esa llamada a la actividad propia de las masas, esa confianza en las capacidades creadoras del proletariado, esa convicción de que, con la revolución socialista, comienza un período verdaderamente nuevo de la historia humana, en el cual las ideas del periodo precedente no conservarán sino un valor mínimo y el edificio social deberá ser reconstruido de arriba abajo.

Las tesis de la Oposición son un intento de encarnar tales ideas en un programa político que se ocupe del campo fundamental de la producción.

El triunfo de la orientación leninista constituye el triunfo del otro aspecto que, a decir verdad, se había convertido desde hacía mucho tiempo, e incluso en Marx mismo, en el elemento predominante en el pensamiento y la actividad socialista. Lo que constantemente, como una obsesión, aparece una vez y otra en todos los textos y discursos de Lenin durante ese período es la idea de que Rusia debe aprender de las enseñanzas «escolares» de los países capitalistas avanzados y convencerse, por lo tanto, de que no existen treinta y seis métodos para desarrollar la producción y la productividad del trabajo y para salir del atraso y del caos, es decir, que hay que adoptar la «racionalización» capitalista, los métodos de dirección capitalistas, los «estímulos laborales capitalistas». Todo ello no son sino medios que, al parecer, podrían ponerse al servicio de ese fin histórico radicalmente opuesto: la construcción del socialismo. En base a esto, Trotski, al discutir los méritos del militarismo, llega a separar por completo el Ejército en sí mismo, o sea, su estructura y sus métodos. del sistema social al que sirve. Lo que resulta criticable en el militarismo burgués y en el Ejército burgués, dice en síntesis Trotski, es que están al servicio de la burguesía; en cuanto a lo demás, no hay nada que decir. La única diferencia, según él, reside en esto: «¿Quién detenta el poder?» (13). De igual manera, la dictadura del proletariado no se expresa «mediante la forma de dirección de las diversas empresas» (14). La idea de que los mismos medios no pueden ponerse indiferentemente al servicio de fines distintos; de que existe una relación intrínseca entre los instrumentos que se utilizan y el resultado que se obtiene; de que, ante todo, ni el Ejército, ni la fábrica, son simples «medios» o «instrumentos», sino estructuras sociales donde se organizan dos formas fundamentales de relaciones entre los hombres (la producción y la violencia); la idea de que en esas formas de relación puede percibirse, condensada, la expresión esencial del tipo de relaciones sociales que caracterizan una época, tal idea, al ser considerada totalmente trivial para un marxista, se ve «olvidada» por entero. Se trata sólo de desarrollar la producción, utilizando para ello aquellos métodos y estructuras que han demostrado que funcionan. El hecho de que, entre esas “demostraciones”, la principal la constituyera el desarrollo del “capitalismo” en cuanto sistema social, es decir, que una fábrica produzca no exactamente tejidos o acero, sino proletariado y capital, eso era perfectamente indigno de atención.
Detrás de ese «olvido» se esconde, evidentemente, algo más. Desde un punto de vista coyuntural, existe por supuesto la angustiosa preocupación por levantar cuanto antes una producción y una economía que se hunden. Pero semejante preocupación no dicta fatalmente la elección de los «medios». Si, para los dirigentes bolcheviques, aparece como evidente que los únicos medios eficaces son los medios capitalistas, eso significa que también ellos están impregnados de tal convicción, de que el capitalismo es el único sistema “productivo” eficaz y racional. Fieles a Marx en cuanto a querer suprimir la propiedad privada, o la anarquía mercantil, no pretenden suprimir la organización de la producción llevada a cabo por el capitalismo. Aspiran a modificar la “economía”, no las relaciones de trabajo y el trabajo mismo. A un nivel aún más hondo, su filosofía es la filosofía del desarrollo de las fuerzas productivas, y también ahí son fieles herederos de Marx o, al menos, de un aspecto de Marx, que es el dominante en sus obras de madurez. El desarrollo de las fuerzas productivas es, si no el fin último, en todo caso sí el “medio absoluto”, en el sentido de que todo lo demás debe llegar por añadidura. y de que todo en absoluto debe verse subordinado a tal desarrollo. ¿Los hombres? También los hombres, claro está. «Por regla general, el hombre se esforzará por evitar el trabajo… El hombre es un animal perezoso…» (15). Para combatir esa pereza, es preciso poner en acción todos los medios que han probado su eficacia: el trabajo obligatorio -cuyo carácter cambia como de la noche al día en caso de ser impuesto por la «dictadura socialista» (16)-, y los medios técnicos y económicos: “Bajo un régimen capitalista, el trabajo por piezas o a destajo, la puesta en vigor del sistema taylorista. etc., tenían como meta aumentar la explotación de los obreros y arrebatarles la plusvalía.

Como consecuencia de la socialización de la producción, el trabajo por piezas, a destajo, etc., apunta a un crecimiento de la producción socialista y, por lo tanto, a un aumento del bienestar común. Los trabajadores que aportan en mayor medida que otros su esfuerzo al bien común adquieren el derecho a recibir una porción mayor del producto social que los rácanos, los indolentes y los desorganizadores». Esto no lo dice Stalin en 1939, sino Trotski en 1919 (17).

Que una organización socialista de la producción durante el primer período no resulta concebible sin una «obligación de trabajar» (el que no trabaja no come), es cierto; que una uniformización del esfuerzo realizado por talleres y fábricas debe exigir el establecimiento de algunas normas laborales indicativas, es probable. Pero todos los sofismas de Trotski sobre el hecho de que «el trabajo libre» no ha existido jamás en la Historia y no existirá antes del comunismo pleno, no podrán hacer olvidar a nadie la cuestión crucial: ¿”Quién” establece las normas? ¿”Quién” controla y sanciona la obligación de trabajar? ¿Son las colectividades de trabajadores organizados? ¿O bien una categoría social específica, que tiene como función gestionar el trabajo de los otros? Gestionar el trabajo de los otros: he ahí el punto de partida y el de llegada de todo ciclo de explotación. Y esta «necesidad» de una categoría social específica que gestione el trabajo de los otros en la producción, y también la actividad de los otros en la política y en la sociedad, esta necesidad de una dirección separada de las empresas y de un partido que domine el Estado, la proclamó el bolchevismo desde los primeros días de su subida al poder y se empeñó encarnizadamente en imponerla. Sabido es que lo logró. En tanto en cuanto las ideas desempeñan un papel en el desarrollo histórico -y, “en último análisis”, su papel es enorme-, la ideología bolchevique (y, a su través, la ideología marxista) ha sido un factor decisivo en el surgimiento de la burocracia rusa.

Notas

(1) Ver, entre otros, P. Chaulieu: “Las relaciones de producción en Rusia” (núm.2) y “La explotación de los campesinos bajo el capitalismo burocrático» (núm. 4) [P.Chaileu es uno de los seudónimos, como Paul Cardan, que utilizó Castoriadis. Textos incluidos en La sociedad burocrática Vol 1, Barcelona, Tusquets, 1976]; Claude Lefort: “El totalitarismo sin Stalin» (núm. 15).[Incluido en el libro ¿Qué es la burocracia?, París, Ruedo Ibérico]

(2) Publicaremos, en nuestros próximos números, artículos acerca de la economía y de la sociedad rusas después de la industrialización.

(3) Ver también los textos citados en la nota 1, el editorial del núm. 1, y P. Chaulieu: “Sobre el contenido del socialismo” (núm. 17).

(4) Cuando hablamos de “función histórica” en este contexto no hacemos metafísica o racionalización a posteriori. Se trata de una abreviación para decir: o bien Rusia habría desarrollado una gran industria moderna, o bien el nuevo Estado habría sido aplastado en cualquier conflicto (lo más tarde, en 1941).

(5) Únicamente en este sentido existe un elemento de verdad en la relación establecida por Trotsky entre la burocracia y el atraso de Rusia, relación torpemente resucitada por Deutscher, por ejemplo. Lo que evidentemente se olvida en nuestros días de añadir es que, en este caso, se trata a las claras de un “régimen de explotación” que realiza la acumulación primitiva.

(6) Una cita entre cien posibles: “La historia hizo aparecer en 1918 las dos mitades separadas del socialismo, que vivían codo con codo, como dos brotes futuros en el interior de la concha única del capitalismo internacional. Alemania y Rusia encarnaron la materialización más flagrante: la una, de las condiciones socioeconómicas del socialismo; la otra, de sus condiciones políticas.» (Lenin: «Infantilismo ‘de izquierda’ y mentalidad pequeño-burguesa», Selected Works , vol. VII, p. 365.)

(7) L. Trotski: Terrorismo y Comunismo, ed. 10-18, París, 1963, p. 252.

(8) Ib., p. 228.

(9) Ib., p. 243.

(10) Ib., págs. 170-171.

(11) Ib., p. 242.

(12) Ib., p. 172.

(13) Ib., p. 257, subrayado en el texto.

(14) Ib., p. 243.

(15) Ib., p. 202.

(16) Ib., p. 223.

(17) Ib., p. 225.

Henri Lefebvre: “El espacio: producto social y valor de uso”

Introducción: Henri Lefebvre: un ‘programa común’ hacia un espacio socialista

por Pedro Jiménez Pacheco

En Francia entre los años 1972 y 1977, los partidos de la izquierda institucional (Partido Comunista Francés, Partido Socialista y Movimientos Radicales de Izquierda) finalmente llegaron, no sin dificultad, a unirse en la Union de la gauche con el objetivo de desarrollar un ‘programa común’ para la conquista electoral del poder en una perspectiva de ‘transición al socialismo’. Dentro de este marco, al no existir un análisis serio y profundo sobre la especificidad de la dimensión espacial de la dominación capitalista, y casi nada de lo que podría o debería ser un ‘espacio socialista’, esta sería una nueva oportunidad para que Lefebvre se detenga a llenar esta deficiencia teórica. Así pues, en el año 1976, participó en muchos debates dentro y fuera de los partidos de la Unión de la Izquierda. Uno de ellos, en torno a la pregunta ‘¿Hay alguna teoría socialista del espacio?’ Este coloquio merece la atención de Lefebvre para intentar resumir el progreso de su reflexión teórica y política del espacio (Garnier, 2010). Dicho congreso será difundido el mismo año en una edición especial de La nouvelle revue socialiste, titulada Le renouveau socialiste et l’unité de la gauche[i]. Tres años más tarde, en 1979, el joven profesor J. W. Freiberg del Departamento de Sociología de la Universidad de Boston, publicará la conferencia de Lefebvre en su libro Critical Sociology: European Perspectives[ii], una recopilación de las conferencias recogidas durante cinco veranos consecutivos, en seminarios intensivos con diez académicos europeos[iii]. Además, en los años académicos regulares, Freiberg dio la bienvenida al inglés Michael Mann, al canadiense John O’Neill, al español Vicente Navarro, al suizo-alemán Urs Jaeggi, al egipcio Anouar Abdel-Malek, y en particular al francés Henri Lefebvre, que mantuvo a sus oyentes fascinados con una semana de espléndidas conferencias (Freiberg, 2000). Una de ellas, L’espace: produit social et valeur d’usage, se tradujo al inglés y fue reproducida en el libro de Freiberg.

Jean Pierre Garnier[iv] nos recuerda la importancia y la claridad del discurso de Lefebvre en la construcción de ese programa común de transición hacia el socialismo en Francia durante los años 70. En primer lugar, se  propone volver a la posesión y gestión colectiva del espacio como estrategia fundamental en la transformación social, añadiendo a esto su producción social, así como también, el desvelamiento y crítica radical del espacio capitalista, dejando ver sus funciones y contradicciones en el camino hacia un colapso generalizado del espacio, en el que los movimientos de base en el mundo empiezan a desafiar a la dominación de lo económico sobre el espacio social y su valor de uso. Lefebvre plantea la reinvención de dichos movimientos, su reorganización fuera del lugar de trabajo, su re-dimensionamiento, y futuras luchas en el espacio como movimientos de usuarios, sin aniquilar la lucha de clases. Introduce la categoría del tiempo vivido en el espacio, como valor de uso fundamental, cercenado y reducido por la modernidad al tiempo lineal de supremacía de lo económico.

Esta re-invención de los movimientos de base supone una de las claves de esta izquierda unida para llevar a las masas a encontrar nuevas expresiones y un idioma común, que normalmente topan con unos límites política y estratégicamente estrechos. En este sentido se considera que la posición de Lefebvre fue inequívoca al anunciar el rol de esta nueva izquierda como organizadora de la lucha de clases en el espacio, de manera opuesta a su pacificación y estabilización, tal como lo hizo la izquierda institucional una vez llegada al gobierno (Garnier, 2010). Así, el discurso de Lefebvre fluye a raíz de su innovación teórica sobre la producción del espacio social y el análisis para descifrar el espacio capitalista, hacia un claro posicionamiento de la idea de que una sociedad que se está transformando dentro del socialismo no puede aceptar (incluso durante el período de transición) al espacio que ya es producido por el capitalismo; y, que esta sociedad ‘diferente’ inventa, crea, produce nuevas formas de espacio, pero existen unas relaciones de propiedad y otras relaciones sociales de producción que están bloqueando esas posibilidades.

Debido a la coyuntura política entre espontánea y partidista, Lefebvre hace un aporte al allanamiento del camino de transición (pacífica) al socialismo, dedicando la segunda parte de su discurso al ‘espacio socialista’ y su situación dentro de las oportunidades y los obstáculos para sustituir al espacio capitalista. Sin adelantar demasiado los aportes lefebvrianos, está claro que el acercamiento que hace al espacio socialista es más un soporte teórico organizativo, que una lanza de insumos programáticos u operativos. El despliegue y fluidez del contenido del discurso, sin embargo, es de una concreción inédita en las obras y artículos de Lefebvre. Su análisis, obliga a detenerse en algunos detalles que se resuelven adecuadamente en su teoría unitaria del espacio social.

El Espacio: Producto social  y valor de uso, Henri Lefebvre

“Cambiar la vida”, “cambiar la sociedad”, estas frases no significan nada si no existe la producción de un espacio apropiado.

“Producir el espacio”, estas palabras son sorprendentes: la producción del espacio, en concepto y en realidad, ha aparecido sólo recientemente, sobre todo, en la explosión de la ciudad histórica, la urbanización general de la sociedad, los problemas de la organización espacial, etc. Hoy en día, el análisis de la producción muestra que hemos pasado de la producción de cosas en el espacio a la producción del espacio mismo.

Este paso de la producción en el espacio a la producción del espacio ocurrió debido al crecimiento de propias fuerzas productivas y por la intervención directa del conocimiento en la producción material. Este conocimiento se convierte eventualmente en conocimiento sobre el espacio, información sobre la totalidad del espacio. La producción en el espacio no está desapareciendo, pero está orientada de una forma diferente. Uno puede hablar de una economía de flujos: el flujo de la energía, el flujo de las materias primas, el flujo del trabajo, el flujo de la información, etc. Las unidades de producción industrial y agrícola ya no son independientes y aisladas.

De esto se desprende una importante consecuencia: La planificación de la economía moderna tiende a convertirse en la planificación del espacio. El urbanismo y el manejo territorial son solo elementos de esta planificación espacial, los efectos de la misma se sienten por todas partes, aunque este ha sido particularmente el caso de Francia.

El espacio es social: se trata de la asignación de lugares más o menos apropiados para las relaciones sociales de reproducción, es decir, las relaciones bio-fisiológicas entre los sexos, las edades, la organización específica de la familia, y para las relaciones de producción, es decir, la división del trabajo y su organización.

El pasado ha dejado sus marcas, sus inscripciones, pero el espacio es siempre un espacio presente, una totalidad actual, con sus enlaces y conexiones para la acción. De hecho, la producción y el producto son lados inseparables de un proceso.

El espacio social no se explica por la naturaleza (el clima y la topología), la historia, o la cultura. Además, las fuerzas productivas no constituyen un espacio o un tiempo. Mediaciones y mediadores se interponen entre ellos: con sus razones derivadas del conocimiento, de la ideología, del sistema de significados.

Es el espacio una relación social? Sí, sin duda, pero es inherente a la relación de propiedad (el propietario de la tierra, en particular), también está vinculado a las fuerzas productivas que dan forma a esta tierra. El espacio está impregnado de relaciones sociales; no sólo es sostenido por las relaciones sociales, sino que también está produciendo y es producido por las relaciones sociales.

El espacio tiene su propia realidad en los actuales modo de producción y sociedad con las mismas demandas y en el mismo proceso global de materias primas, dinero y capital.

El espacio natural se ha ido irreversiblemente. Y aunque permanece, por supuesto, como el origen del proceso social, la naturaleza se reduce ahora a los materiales en los que operan las fuerzas productivas de la sociedad.

Cada sociedad nace en el marco de un modo de producción dado, con las peculiaridades inherentes a este marco, moldeando su espacio. La práctica espacial define su espacio, lo plantea y lo presupone en una interacción dialéctica.

El espacio social, pues, siempre ha sido un producto social, pero esto no fue reconocido. Las sociedades pensaban que recibieron y transmitieron el espacio natural. Todo el espacio social tiene una historia que comienza a partir de esta base natural: en efecto, la naturaleza está siempre y en todo lugar caracterizada por particularidades (climas, topologías, etc.).

Pero si hay una historia del espacio, si hay una especificidad del espacio de acuerdo a los períodos, las sociedades, los modos y relaciones de producción, entonces hay un espacio del capitalismo, es decir, de la sociedad administrada y dominada por la burguesía.

EL ESPACIO CAPITALISTA

El capitalismo y neocapitalismo han producido un espacio abstracto, que es el reflejo del mundo de los negocios en los niveles nacional e internacional, así como, del poder del dinero y la política del Estado. Este espacio abstracto depende de vastas redes de bancos, empresas y grandes centros de producción. También existe la intervención espacial de autopistas, aeropuertos y redes de información. En este espacio, la cuna de la acumulación, el lugar de la riqueza, el sujeto de la historia, el centro del espacio histórico, –en otras palabras, la ciudad– ha estallado.

El espacio como un todo entra en el modo modernizado de producción capitalista: se lo utiliza para producir plusvalía. El suelo, el subsuelo, el aire, e incluso la luz son parte de ambos, las fuerzas productivas y los productos. La fábrica urbana, con sus múltiples redes de comunicación e intercambio, es parte de los medios de producción. La ciudad y sus diversas instalaciones (puertos, estaciones de tren, etc.) son parte del capital.

El espacio abstracto revela sus capacidades opresivas y represivas en relación con el tiempo. Rechaza el tiempo como una abstracción (excepto cuando se trata del trabajo, del productor de las cosas y de la plusvalía). El tiempo se reduce a las limitaciones del espacio: horarios, carreras, travesías, cargas.

Las diferentes funciones del espacio capitalista

Medio de producción

El espacio es un medio de producción: la red de intercambios y los flujos de materias primas y energía que conforman el espacio también son determinados por el espacio. Los medios de producción, un producto en si mismos, no se pueden separar de las fuerzas de producción, técnicas y conocimiento, de la división internacional del trabajo, de la naturaleza, o del Estado y otras superestructuras.

La ciudad, el espacio urbano y la realidad urbana no pueden ser concebidos simplemente como la suma de lugares de consumo de bienes (mercancías) y los lugares de producción (empresas).

La disposición espacial de una ciudad, una región, una nación o un continente incrementa las fuerzas productivas, al igual que lo hacen los equipos y máquinas en una fábrica o en una empresa, pero en otro nivel. Uno utiliza el espacio tal y como se utiliza una máquina.

Un objeto de consumo

El espacio como un todo es consumido para la producción del mismo modo que lo son edificios industriales y sitios, máquinas, materias primas y la fuerza de trabajo.

Cuando nosotros vamos a las montañas o a la playa, consumimos un espacio. Cuando los habitantes de la Europa industrializada descienden al Mediterráneo, el cual se ha convertido en su espacio de ocio, ellos pasan del espacio de producción al consumo del espacio.

Un instrumento político

El Estado utiliza el espacio de tal manera que garantice su control de los lugares, su jerarquía estricta, la homogeneidad total y la segregación de las partes. Es por tanto un espacio administrativamente controlado e incluso un espacio vigilado. La jerarquía de los espacios corresponde a la de las clases sociales, y si existen guetos para todas las clases, los de la clase obrera son simplemente más aislados que los de las otras clases.

La intervención de la lucha de clases

La lucha de clases interviene en la producción del espacio, hoy más que nunca. Sólo el conflicto de clases puede evitar que el espacio abstracto se auto-propague por todo el planeta y, por tanto, pueda borrar todas las diferencias espaciales. Sólo la acción de clase puede producir diferencias que se opongan a lo interior del crecimiento económico, a saber, la estrategia, la lógica, y el sistema.

Debido a esto, en el actual modo de producción, el espacio social está considerado entre las fuerzas productivas y los medios de producción, entre las relaciones sociales de producción y su reproducción especialmente.

La historia emerge a nivel mundial, y por tanto produce un espacio en este nivel: La formación de un mercado mundial, una generalización internacional del estado y sus problemas, nuevas relaciones entre sociedad y espacio. El espacio mundial es el campo en el que nuestra época es creada.

Con este espacio mundial, y con las nuevas contradicciones se borran viejas contradicciones, nuevos agravantes aparecerán; por ejemplo, las relaciones internacionales entre los estados y sus estrategias de confrontación.

Las contradicciones del espacio capitalista

Este espacio producido por el capitalismo y por el Estado tiene sus propias contradicciones.

La contradicción mayor

La mayor contradicción del espacio surge de la pulverización del espacio por la propiedad privada, la demanda de fragmentos intercambiables, y por la capacidad científica y técnica (informacional) de tratar al espacio en aún más vastos niveles. La contradicción “centro/periferia” resulta de la contradicción “global/parcial”, puesto que todas las construcciones globales llevaron a la creación de una centralidad concentrada.

Un espacio orientado hacia lo reproducible

Orientada hacia la reproducción de las relaciones sociales de producción, la producción del espacio promulga una lógica de homogeneidad y una estrategia de lo repetitivo. Pero este espacio burocrático está en conflicto con sus propias condiciones y con sus propio resultados. Cuando el espacio es de esta naturaleza, ocupado, controlado, orientado hacia lo reproducible, pronto se ve a si mismo rodeado de lo no-reproducible: la naturaleza, el sitio, lo local, lo regional, lo nacional, incluso el nivel mundial.

La actividad de la base, discontinua, múltiple, pronto se propone el retorno al espacio pre-capitalista. A veces propone un contra-espacio, que empuja hacia la explosión de todos los espacios organizados por la racionalidad estado-burocrático.

…Y la negación de las diferencias.

Este espacio abstracto formal y cuantificado niega todas las diferencias, las que provienen de la naturaleza y la historia, así como las que vienen desde el cuerpo, edades, sexos y etnias. La importancia de estos factores disimula y estalla el propio funcionamiento del capitalismo. El espacio dominante, de los centros de riqueza y poder, se ve obligado a moldear los espacios dominados, los de la periferia.

En el espacio del neo-capitalismo, la economía y la política tienden a converger, sin que, sin embargo, lo político domine lo económico. Por tanto, los conflictos se manifiestan entre el estado hegemónico –que aún no es dueño de las cosas– y los dueños de estas cosas.

La explosión generalizada del espacio

Debido a estas contradicciones, nos encontramos ante un extraordinario, pero poco conocido fenómeno: la explosión de espacios. Ni el capitalismo, ni el Estado pueden mantener el espacio caótico y contradictorio que han producido. Podemos ser testigos, en todos los niveles, de esta explosión del espacio:

  • En el nivel de lo inmediato y lo vivido, el espacio está explotando por todos lados, ya sea el espacio habitable, el espacio personal, el espacio escolar, el espacio de la prisión, el espacio del ejército, o el espacio hospitalario. En todas partes, las personas se están dando cuenta de que las relaciones espaciales son también las relaciones sociales.
  • Al nivel de las ciudades, no sólo vemos la explosión de la ciudad histórica sino también la de todos los marcos administrativos en los que hubieran querido encerrar el fenómeno urbano.
  • Al nivel de las regiones, las periferias están luchando por su autonomía o cierto grado de independencia. Comprometen acciones que desafían su subordinación a la centralización estatal, económica y política.
  • Finalmente, en el nivel internacional, no sólo las acciones de las denominadas empresas supranacionales, sino también las de las grandes estrategias mundiales, se preparan y hacen inevitable la nueva explosión del espacio. El Mediterráneo es un excelente ejemplo, porque si se ha convertido en un espacio estratégico, es sólo después de la acumulación de muchos factores. Esta red, que contenía las relaciones comerciales más antiguas del mundo, lo cual nos dio nuestras grandes ciudades y puertos, recientemente ha sido transformada por completo en un espacio de ocio para la Europa industrial. Y más recientemente, este espacio ha sido atravesado por el flujo de energía y materias primas. Por último, ha sido un espacio casi sobre-industrializado con enormes complejos instalados en su periferia, no sólo en Fos, sino también en Sagunto y en Taranto (Francia, Italia y España). Estos fenómenos representan alteraciones extraordinarias del espacio y nos permiten estudiar los problemas ya planteados por las transformaciones del espacio contemporáneo.

Movimientos sociales que cuestionan el uso del espacio

En todos los países industrializados, existe un movimiento muy antiguo que proviene de las demandas relativas al trabajo, las empresas y los lugares de trabajo; no obstante, parece que los movimientos actuales están surgiendo a nivel mundial, y aunque todavía estén divididos, incompletos, y en gran parte inconscientes de sí mismos, se requiere una reorganización del espacio fuera de los lugares de trabajo.

Estos son los movimientos de consumidores. En los Estados Unidos son muy frecuentes, numerosos, y más o menos cuestionan el uso del espacio. Ellos revelan que:

  • El espacio no es únicamente un asunto económico, en el cual todas las partes son intercambiables y tienen valor de cambio.
  • El espacio no es más que un instrumento político para la homogeneización de todos los sectores de la sociedad.
  • El espacio sigue siendo un modelo, un prototipo perpetuo del valor de uso resistiendo a las generalizaciones del intercambio y valor de cambio en una economía capitalista bajo la autoridad de un estado de homogeneización.
  • El espacio es un valor de uso, pero más aún es tiempo, con el cual está íntimamente vinculado, porque el tiempo es nuestra vida, nuestro valor de uso fundamental. El tiempo ha desaparecido en el espacio social de la modernidad. El tiempo vivido pierde la forma y el interés social a excepción del tiempo de trabajo. El espacio económico subordina al tiempo, mientras que el espacio político lo erradica, ya que está amenazando a las relaciones de poder existentes. La primacía de lo económico, y aún más, de lo político, conduce a la supremacía del espacio a través del tiempo.

Uno de los puntos más importantes para el poder de la izquierda es el apoyo a los movimientos de consumidores que aún no han encontrado su voz y están muy a menudo encerrados en esos marcos estrechos a los cuales el significado político de sus acciones se les escapa.

Por tanto, una de las funciones políticas de la izquierda es usar la lucha de clases en el espacio.

HACIA UN ESPACIO SOCIALISTA

Al igual que las sociedades que la precedieron, la sociedad socialista debe producir su espacio, pero con plena conciencia de sus conceptos y potenciales problemas.

En la actualidad es popular decir que el marxismo es anticuado, que es menos relevante para la historia. Sin embargo, es precisamente hoy, más que nunca, que no podemos analizar los fenómenos del mundo excepto a la luz de las categorías fundamentales del marxismo, estando dispuestos a modificarlas para situaciones específicas.

A pesar de que el espacio no se analiza en ‘El capital’, ciertos conceptos, como el valor de cambio y valor de uso, en la actualidad se aplican al espacio. En la actualidad, debemos utilizar la distinción, que Marx no introdujo, entre la dominación y la apropiación de la naturaleza. Este conflicto se despliega en el espacio: en espacios dominados y espacios apropiados. Aún más que en la época de Marx, la naturaleza es la fuente de todo valor de uso.

¿Deberíamos socializar el espacio? Por supuesto que no: porque ya está socializado en el marco de la sociedad y el modo de producción existente. Una sociedad que se está transformando dentro del socialismo no puede aceptar (incluso durante el período de transición) al espacio que ya es producido por el capitalismo. Hacerlo significa aceptar las estructuras políticas y sociales existentes; que sólo conducen a un callejón sin salida. Aceptando la reproducción de las relaciones de producción: que al final, son las mismas, y sin embargo, estarían jerarquizadas y controladas, sería reflejar todavía la antigua jerarquía social.

Una sociedad “diferente” inventa, crea, produce nuevas formas de espacio, pero las relaciones de propiedad y producción ahora bloquean estas posibilidades. Algunos quieren el socialismo en los países industrializados para continuar con el crecimiento y la acumulación, es decir, con la producción de las cosas en el espacio. Otros quieren romper este modo de producción. Pero las fuerzas productivas han cambiado enormemente, pasando de la producción de las cosas en el espacio a la producción del espacio; es necesario proceder entonces a las consecuencias finales de este salto cualitativo. Esto implica el proceso de crecimiento cuantitativo, no para romperlo, sino para dar rienda suelta a todo su potencial.

La producción del espacio socialista significa el fin de la propiedad privada y de la dominación política del espacio por parte del Estado, lo cual implica el paso de la dominación a la apropiación y la primacía del uso por encima del intercambio.

Por otra parte, el espacio capitalista y neo-capitalista es un espacio de cuantificación y homogeneidad en crecimiento, un espacio mercantilizado donde todos los elementos son cambiables y por tanto intercambiables; un espacio en el que la policía del estado no tolera ninguna resistencia ni obstáculos. El espacio económico y el espacio político, por tanto, convergen hacia la eliminación de todas las diferencias.

En la medida en que podamos concebirlo, dadas ciertas tendencias actuales, el espacio socialista será un espacio de diferencias.

El rol determinante de los movimientos sociales

Hay razones para creer que solamente la convergencia y la conjunción de los movimientos obreros y campesinos, vinculados a la producción de las cosas y el trabajo material y quienes utilizan el espacio, permitirán que el mundo cambie. Con respecto a la posesión y gestión del espacio, los movimientos sociales urbanos no tienen el carácter continuo y la promesa institucional de aquellos que provienen de las fábricas, unidades y sectores de la producción. Sin embargo, si la presión de la base (los consumidores) se produce con bastante fuerza, influirá en la producción en general hacia el espacio y hacia las necesidades sociales de esta base. La acción de esas partes interesadas determinaría las necesidades sociales, que entonces ya no serían determinadas por los “expertos”. Las nociones de equipo y entorno se liberarían por tanto de su contexto tecnocrático y capitalista. Sin embargo, la explosión espontánea de la “base” social, aunque revolucionaria y profunda, no sería suficiente para producir una definición adecuada, operacional, del espacio en la sociedad socialista. Sería, sin embargo, una parte integral de estas determinaciones. No obstante, la gestión del espacio social, al igual que la naturaleza, sólo puede ser colectiva y práctica, controlada por la base, es decir, democrática. Las partes “interesadas”, los “afectados”, intervendrían en el, lo administrarían y lo controlarían. Pero en primer lugar, llevarían hasta el fin la explosión de todo el espacio impuesto.

Una autogestión general

La reconstrucción del “menos a más” del espacio social, producido previamente desde el “más a menos”, implica la autogestión general, es decir, a varios niveles, complementando a la autogestión de las unidades e instancias de producción. Sólo de esta manera, la socialización de los medios de producción puede incluir la cuestión del espacio. Hacerlo de otra manera, para definir un ”espacio socialista” como el espacio natural o comunas que viven en un espacio privilegiado o en “conviviality”, es confundir el fin con los medios, el objetivo con las etapas; esto es, en otras palabras, el utopismo abstracto.

La producción en una sociedad socialista es definida por Marx como la producción para las necesidades sociales. Estas necesidades sociales, en gran medida, conciernen al espacio: vivienda, transporte, equipamientos, reorganización del espacio urbano, etc. Estas necesidades amplían la tendencia capitalista al producir el espacio mientras se modifican radicalmente los productos. Esto es lo que contribuye a la transformación de la vida cotidiana, a la definición de desarrollo más en lo social que en términos individuales, sin la exclusión de este último. El individuo en una sociedad socialista tiene derecho a un espacio, así como el derecho a la vida urbana como el centro de la vida social y las denominadas actividades culturales, etc.

El comienzo de esta transformación tiene que esperar a que el pensamiento, la imaginación, la creatividad, que a su vez dependen de la superación de la separación entre lo ”público” y lo ”privado”, por clarificación de la ilusión sobre lo social y lo colectivo cofundada con la “beneficencia pública”, etc.

Las políticas socialistas del espacio pueden resolver las contradicciones del espacio, tan sólo añadiendo a ellas las otras contradicciones económicas y sociales. Por supuesto, la presión de la base y la autogestión del espacio no pueden auto-limitarse a un reformismo.

El giro del mundo “nuevamente de pie”, según Marx, implica el vuelco de los espacios dominantes, colocando la apropiación sobre la dominación, la demanda sobre el mando, y el uso por encima del intercambio. La Autogestión se revela como los medios y el fin, una fase de la lucha y también su objetivo. En el espacio transformado, se puede y debe establecer una redefinición de las relaciones entre las actividades productivas y el retorno al mercado interior, orientada deliberadamente hacia las cuestiones del espacio. Es el espacio como un todo el que sería redefinido, y que provocaría una conversión y una subversión.

Una redefinición del espacio como una función del valor de uso. –¿Cómo están previstos estos procesos revolucionarios?

Si la situación actual no se reduce a una crisis económica, y en su lugar, llama a una modificación profunda de la sociedad y la civilización, todavía ofrece un punto de referencia desde el cual se puede iniciar la transformación. La modificación puede ser así definida: el espacio producido desde la perspectiva de la prioridad de los medios de intercambio y el transporte será producida a partir de la perspectiva de la prioridad del valor de uso. La revolución de los espacios implica y amplifica el concepto de revolución, definida como un cambio en la propiedad de los medios de producción. Se da una nueva dimensión a dicho concepto, a partir de la supresión de una particularmente peligrosa forma de la propiedad privada, la del espacio: subterráneo, espacio de suelo, espacio aéreo, espacio planetario, e incluso del espacio interplanetario.

Las denominadas fórmulas de transición –el control estatal de la tierra, nacionalizaciones, municipalizaciones– no han tenido éxito. Pero ¿cómo podemos limitar y suprimir la propiedad del espacio? Tal vez recordando los escritos de Marx y Engels: un día, en efecto vendrá, la propiedad privada de la tierra, de la naturaleza y sus recursos, lo que parecerá tan absurdo, tan odioso, tan ridículo como la posesión de un ser humano por otro.

Los problemas relacionados con la “contaminación del medio ambiente”, vistos por los ecologistas como primarios, son realmente importantes, pero son secundarios. En esta perspectiva, el problema real de la sociedad y su transformación se desvía hacia el naturalismo: tomemos, por ejemplo, el biologismo involucrado en el tratamiento del espacio humano como un espacio animal.

En conclusión, una transformación de la sociedad presupone la posesión y la gestión colectiva del espacio mediante una intervención permanente de las “partes interesadas”, a pesar de sus múltiples y a veces contradictorios intereses. Esta orientación tiende a superar las separaciones y disociaciones en el espacio entre una obra (única) y una mercancía (repetida).

Esta es una orientación. Nada más y nada menos. Pero señala un significado. A saber, algo que se percibe, una dirección es concebida, un movimiento vivo hace su camino hacia el horizonte. Pero todavía no es nada que se asemeje a un sistema.

Lefebvre, H. (1976). L’espace: produit social et valeur d’usage. En: La nouvelle revue socialiste, número especial.

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Traducción de  Pedro Jiménez Pacheco. Becario del Gobierno Ecuatoriano y candidato a Doctor en Teoría e Historia de la Arquitectura por la Universidad Politécnica de Cataluña en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Barcelona (ETSAB). La investigación doctoral del autor se centra en la actualización y profundización de la teoría radical del espacio social y crítica urbana de Henri Lefebvre y su aplicación en el estudio urbano de la ciudad de Barcelona en la era del gobierno de los comunes.

[i] Lefebvre, H. (1976). L’espace: produit social et valeur d’usage. En: La nouvelle revue socialiste, número especial.

[ii] Freiberg, J. W. (Edit.), (1979). Space, Social Product and Use Value. En: Critical Sociology: European Perspectives.

[iii] Los seminarios contaron con la asistencia de estudiantes graduados y jóvenes profesores de todo Estados Unidos. Entre los invitados estuvieron Alain Touraine de Francia y el italiano Franco Ferrarotti durante el primer verano; el inglés Anthony Giddens y el alemán Claus Offe durante el segundo; el español Manuel Castells y el griego Nicos Poulantzas durante el tercero; Ralph Miliband de Inglaterra y Hans Peter Dreitzel de Alemania durante el cuarto; y Göran Therborn de Suecia con Robin Blackburn de Inglaterra durante el quinto año (Freiberg, 1979).

[iv] Garnier, Jean-Pierre. (2010). Démocratie locale ou auto-gouvernement territorial? Discurso en el seminario “Hábitat y Sociedad”. Facultad de Geografía de la Universidad de Barcelona, 26 de noviembre, 2010.