Hegemonía: Gramsci, Togliatti, Laclau

Por Toni Negri

El discurso de Laclau representa para mí una variante neo-kantiana de lo que se podría definir como socialismo post-soviético. Ya en la época de la II Internacional el enfoque neo-kantiano funcionó como aproximación crítica en relación al marxismo: el marxismo no era considerado el enemigo, sino que la aproximación crítica, más bien, intentó sujetarlo y, en cierto modo, neutralizarlo. El ataque estaba dirigido contra el realismo político y la ontología de la lucha de clases. La mediación epistemológica consistía, entonces, en ese uso y abuso del trascendentalismo kantiano. Mutatis mutandis, esto es lo que me parece también, si nos situamos en época post-soviética, la línea de pensamiento de Laclau, considerada en su movimiento. Permítanme ser claro, aquí no se discute el revisionismo en general, a veces útil, a veces insoportable. Se discute el esfuerzo teórico y político de Laclau, en la época post-soviética, para confrontarlo con la contemporaneidad.

Partamos de un primer punto. La multitud caracteriza a las sociedades contemporáneas –nos dice Laclau–, pero la multitud no conoce determinaciones ontológicas y, mucho menos –hoy– reglas que puedan presidir su composición. Sólo desde el exterior (acorde con su naturaleza) será posible recomponer la multitud. Es la operación kantiana del intelecto que se enfrenta con la “cosa en sí”, irreconocible de otra manera que bajo el sello de la “forma”. La operación es la de la síntesis trascendental.

¿Es posible y deseable que subjetividades sociales heterogéneas se organicen espontáneamente a sí mismas o deben, en cambio, ser organizadas? La pregunta es insistente y está en la base del criticismo. A esta cuestión Laclau responde que hoy no existe ningún actor social para sí, “clase universal” (como era definida marxianamente la clase obrera) y ningún sujeto producto de la espontaneidad social, de una self-organization, podría siquiera reclamar hegemonía. Entonces, el marxismo clásico había operado una simplificación de la lucha social de clase bajo el capitalismo y había construido un sujeto, un actor de la emancipación, en el que coincidían autonomía y centralidad. Pero en la actualidad es precisamente ese terreno el que se descompone. Se impone, en cambio, un terreno compuesto de heterogeneidad: solo una construcción política puede hoy moverse en este espacio de no homogeneidad social (cuando se entiende por “homogeneidad” tanto aquello que se debería presuponer como cuando se limita a la constatación de lo que existe: en ambos casos la homogeneidad desaparece). He aquí lo que la teoría laclauniana de la hegemonía se propone abordar. Ésta no niega que haya momentos de autonomía auto-organizada ni subjetividades fuertes que surjan del momento histórico: descubre entre estas figuras subjetivas una “tensión” – e incluso piensa que ellas deberían ser “puestas en tensión”. Laclau considera esta tensión “constitutiva”.

Es la imaginación trascendental en acción. Laclau –me parece– considera que el contexto político se presenta como un Jano de dos caras y sitúa la tensión entre estas dos caras, como si se tratase de espacio y de lugar, como tejido y trama, que cada construcción de poder debe recorrer y trascender, resolver y determinar. Nace, así, la hegemonía/poder.

Segundo punto. Debe quedar claro que la inmanencia, la autonomía y la pluralidad constitutiva de la multitud no sólo son incapaces de construir poder, sino que representan verdaderos obstáculos para la constitución de cualquier escena política. Por este motivo, prosigue Laclau, si la sociedad fuese totalmente heterogénea, la acción política requeriría que las singularidades fuesen capaces de desarrollar, sobre un plano de inmanencia, un proceso de “articulación” con el fin de estructurar aquella tensión a la que referí brevemente y definir, entre las singularidades, las relaciones políticas. Pero ¿son éstas capaces?

La respuesta de Laclau es negativa. Y esta negación reenvía a un motor trascendental. La articulación es situada, así, sin alternativa posible, sobre un terreno formal, entendiendo bien que “forma” no significa en este caso “algo vacío”, sino más bien “envoltorio constitutivo”. A fin de que sea posible una articulación de la multitud, Laclau insiste en el hecho de que debe surgir una instancia hegemónica por encima del simple plano de inmanencia –una instancia hegemónica que sea capaz de dirigir el proceso y que funcione como centro de identificación de todas las singularidades. “No existe hegemonía sin la construcción de una identidad popular a partir de la pluralidad de demandas democráticas”.

Si el contexto social se configura a partir de una multitud des-homogénea, es necesario establecer una fuerza de articulación entre las diferentes partes de esta deshomogeneidad para garantizar su propia integración. La insistencia en la auto-organización o la remisión a sujetos preconstituidos no deben eliminar ni olvidar la necesidad de crear temas comunes y lenguajes homogeneizantes que circulan a través de las diferentes organizaciones locales. Tal articulación/mediación no puede en ningún caso repetir los viejos modelos de las “fuertes” organizaciones tradicionales (partido, iglesia, corporaciones, etc.). Esta articulación/mediación debe ser abordada, sobre todo, a partir de la noción de “significante vacío”. Ya habíamos precisado que “significante vacío” no significa aquí formas vacías de unidad dogmáticamente ligadas a un significado preciso, significa  más bien “envoltorio constitutivo”. No estamos más sobre el terreno kantiano de la estética o de la analítica, sino sobre el de la imaginación trascendental.

Hay un momento en el que Laclau, desde un enfoque diferente, vuelve a proponer el tema del significante “flotante” y “vacío” frente a la heterogeneidad de lo social en términos muy potentes –yo diría, si no fuera un forzamiento, ontológicamente productivo. Cuando Laclau aborda el tema de la “articulación” de diversas luchas sociales, ese momento (ya caracterizado en Hegemonía y estrategia socialista, en 1985) es un modelo de “antagonismo constitutivo” –casi un  doble poder “débil” que, surgiendo del conflicto y la disgregación, sobre una  frontera “radical”, constituye de conjunto una síntesis entre los viejos derechos de la soberanía y los derechos democráticos de autogobierno. Lo subrayaron bien Mezzadra y Neilson en La frontera como método (Duke University Press, 2013). Acercándose a la idea de una dialéctica de contrapoderes en conflicto, Laclau interpretaba entonces un primer pasaje, mejor, una primera emergencia, de un sentir común de los militantes socialistas, implicados en la crisis de la izquierda, desde los años ‘70, que se negaban a ver su caída a un ritmo implacable. En esa condición, dada la insuficiencia de instrumentos dialécticos, se volvía necesario reconstruir “un pueblo”, producir la unidad: esto será reconocido por Laclau como acto político “por antonomasia”. En 1985 se pregunta, con fuerza y ​rebelándose contra un amplio consenso, si la apertura de lo social a lo político era más que una “estructura discursiva”, una “práctica de articulaciones” que constituye y organiza las relaciones sociales. Pero este punto de vista será pronto invertido. Cito a Laclau: “En las sociedades industriales avanzadas se individualiza una asimetría fundamental entre la proliferación creciente de las diferencias –un excedente de significado de lo “social”– y las dificultades que enfrenta cualquier discurso que intenta fijar estas diferencias como momentos de una estructura estable de articulaciones”. Entonces, es necesario distanciarse de la noción misma de sociedad como una “totalidad autodefinida” en la que lo social se fija a sí mismo. Por lo general, se identifican “puntos nodales” que producen sentidos y direcciones parciales y le permitan cobrar forma a éstas o a aquellas formaciones de lo social. Se tratará cada vez más, por lo tanto, de rechazar toda solución dialéctica propuesta por conceptos como “mediación” o “determinación”. “La política emerge como problema de las condiciones trascendentales del juego entre articulaciones y equivalencias que se constituyen en lo social. La identidad de las fuerzas en lucha está sujeta a mutaciones constantes y exige un incesante proceso de redefinición”.

El equilibrio de esta articulación es, sin embargo, difícil de determinar. Se expone a dos peligros. Al primero lo llamaría “deriva de la demanda” o, mejor, deriva de la inconclusividad del encuentro de los equivalentes. Véase –veinte años después de Hegemonía–, La razón populista, de 2005. Allí el discurso comienza otra vez con una inmersión en lo social, construyéndose alrededor de estímulos, de conatus multitudinarios que impulsan hacia lo político. “Ahora –escribe Laclau– la unidad más pequeña de la que partiremos corresponde a la categoría de demanda social”. Por supuesto, esta demanda, por un lado, empuja hacia la profundización de las lógicas de formación de la identidad; por el otro, abre al antagonismo. El problema ahora deviene el siguiente: ¿cómo transformar la competición, el antagonismo dislocado y en continua proliferación, en un antagonismo visible y dualista? La “cadena de equivalencias”, ¿no se agota en una proliferación de la que se desconoce el final? El mismo Laclau parece tomar conciencia de esto: “la especificidad de la equivalencia es la destrucción de significado a través de su misma proliferación”. Este indefinido de las potencias de la inmanencia pone en riesgo (y ciertamente  amenaza) la construcción trascendental del significante.

La segunda dificultad está directamente relacionada a la consolidación definitiva del equilibrio tal y cual se presenta en el concepto de “hegemonía”.

Un pequeño paréntesis a propósito de esto. El concepto de hegemonía en Laclau se construye con referencia a Gramsci. Pero las cosas no son así de simples. Peter D. Thomas nota que Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, en Hegemonía y estrategia socialista, de 1985, sustituyen el dispositivo político de la hegemonía –tal como era definido por la tradición leninista— por un concepto discursivo, completamente formal. Estamos, según Thomas, en una fase de reflexión teórica del “eurocomunismo” que se desarrolla bajo la forma de un gramscismo “blando” y que señala el pasaje de una política radical a una democrática post-marxista. Más allá de si se está de acuerdo o no con el punto de vista de Peter Thomas, es necesario recordar aquí, en todo caso, que el pensamiento de Gramsci se organiza desde una posición marxista y leninista en la que la dictadura se presenta no como comando totalitario, sino precisamente como hegemonía; es decir, como la construcción orgánica de un poder constituyente revolucionario. No se puede negar que la referencia a Gramsci de Laclau es, en este sentido, más bien débil,  búsqueda retórica de una supuesta herencia más que verdadera filiación ontológica. El concepto de hegemonía en Gramsci (de la práctica turinesa de los Consejos a la teoría del nuevo Príncipe) se construye sobre la lucha de clases, mantiene una “solidez” materialista y produce un dispositivo de poder de los trabajadores en sentido comunista. El concepto gramsciano de hegemonía no puede, en ningún caso, reinterpretarse bajo la modalidad teorizada por Norberto Bobbio, es decir, como un producto superestructural de la “sociedad civil”, donde sociedad civil es un concepto reducido a la acepción hegeliana.

Además, lo que resulta extraño aquí es cómo en Laclau el concepto de hegemonía  –al que ya se le sustrajo la potencia gramsciana– puede ser referido a las políticas del Partido Comunista de Togliatti: en este punto, el equilibrio entre autonomía de base de los movimientos y Partido, como significante  por momentos “flotante” –pero ciertamente nunca “vacío”– podía aún orientarse hacia la izquierda, dado que el Partido se encontraba anclado a las políticas soviéticas. De esta manera, el eje de las abscisas hegemonía/sociedad y las coordenadas izquierda/derecha podían mantenerse en equilibrio debido a la imposibilidad del “significado” de volverse Estado –Yalta lo impedía. Repito: en Togliatti, en el comunismo italiano, lo “nacional-popular” pudo ser interpretado por izquierda (con los límites que, de todos modos, tenía toda acción opuesta a la lucha de clases) sólo porque el Partido Comunista no podía acceder al poder y hasta tanto y en cuanto, transformándose, accediera. Aquí, paradójicamente, el concepto de hegemonía se convierte en concepto de “centralidad” política.

En resumen: la figura y la función de la hegemonía de Laclau nos parece equivocadas: en lugar de analizar cómo funciona el capitalismo establecen cómo nos gustaría que funcionase una sociedad política que no conoce el capitalismo, o la confunden con una necesidad. Creo que se puede decir lo mismo para “pueblo”: brecha en el bloque hegemónico que Laclau llama “significante vacío”, el pueblo representa la ocupación del Estado por parte de un grupo capaz de determinar una nueva universalidad, pero esto no es del todo claro. Parece más bien que, por un lado, el pueblo es una deriva causada por la lucha de distintas facciones y que, por  otro, termina por representarse como una nueva cristalización de identidades políticas.

Por ello es que, en la filosofía de Laclau, el significante vacío representa una abstracción estructuralista que pierde de vista un hecho sin duda central: que lo que considera vacío es producto de un “éxodo” y no de una modificación estructural (como bien lo analiza Bruno Cava, un activista brasileño que estudió bien a Laclau). “Si hay algo hoy del todo evidente cuando se consideran las actuales formas de la política, es el distanciamiento del “pueblo” de las funciones de participación que le fueron consignadas en el derecho público moderno. El significante vacío se vacía aún más en la situación actual; no  muerde la multitud, sino que es fagocitado por fuertes poderes que no tienen nada que ver con el pueblo, la nación y todas las bellas palabras de la política de la modernidad. En cuanto a los movimientos, viven en la consistencia de una “universalidad concreta” que tiene la función de suturar y articular los significantes: sin embargo, su potencia reside en la multitud, que es un concepto de clase”.

Otra consecuencia. Es claro, entonces, que el pensamiento de Laclau se sitúa en una especie de era post-ideológica, donde la lucha de clases cede su lugar central a diversas y múltiples identidades (que se pueden investir según varias declinaciones). Pero me parece que este pensamiento no puede conducir a nada específico o, más bien, que conduce a un resultado nulo en el marco de las coordenadas a las que hicimos referencia anteriormente: el eje de abscisas hegemonía/sociedad y el eje de ordenadas derecha/izquierda. Esta mutación que des-ontologiza los sujetos, en este sistema de coordenadas, podría muy bien regirse sobre singularidades que colaboran de manera transversal y construir así, sobre un plano maquínico (para decirlo con Deleuze-Guattari), las variadas máquinas de guerra sociales diversas. “Máquinas de guerra” que no serían en ningún caso efecto de la urgencia de consolidar los contornos de una “hegemonía” o de una “nación”. La mutación puede representarse, entonces, como una ilusión. Nuevamente debemos preguntarnos si el “significante vacío”, sometido a estas tensiones, además de ser reducido a una figura “centrista” de la organización del poder, no sufre otra deriva: la de inmovilizar el proceso político debido a que su dinamismo, desplazado hacia el centro, es ahora incapaz de producir potencia. La síntesis trascendental, en este caso, está totalmente privada de movimiento.

De este modo llegamos aquí a un último y crucial punto: la concretización históricamente determinada de la forma trascendental.

El significante vacío opera en el terreno nacional. Para Laclau, no se puede aceptar un discurso cosmopolítico, ni siquiera como horizonte. Luego de haber eliminado todo otro punto de apoyo, el poder tiene necesidad, para tener una consistencia real, de la identidad nacional. Incluso en la globalización, cuando el poder del Estado nación declina, el concepto de Estado-nación no puede ser, sin embargo, abandonado. Abandonarlo no significa solo situarse sobre un terreno poco realista, sino sobre todo, peligroso. Sin la unidad nacional, la expansión horizontal de la protesta social y la verticalidad de una relación con el sistema político serían imposibles. E insiste Laclau, la experiencia de América Latina en los años ‘90/00 demuestra ampliamente esta condición.

Por el contrario, nos parece que el movimiento progresista que sacudió a América Latina en el veinteno que cabalga sobre los dos últimos siglos estuvo fuertemente comprometido con la superación, “hacia afuera”, de un ámbito nacional en el que, uno a uno, los Estados se doblegaron bajo el dominio norteamericano y sus valores imperialistas; y “hacia adentro” de América Latina, donde la horizontalidad de los movimientos se puso a prueba a gran escala, a veces anticipando y a veces siguiendo un nuevo espíritu continental que animó a los gobiernos populares y les permitió superar cualquier chovinismo –reaccionario tanto en la tradición latinoamericana como en la europea. Pero el nacionalismo de Laclau, es necesario reconocerlo, no puede soslayarse. Data del comienzo de su obra. En Política e ideología en la teoría marxista, de 1977, en contra de Althusser, ya sostiene que la clase obrera tiene una irreductible especificidad nacional. Y resalta la experiencia del peronismo que “tuvo un éxito innegable en la constitución de un lenguaje democrático-popular unificado a nivel nacional”.

Con esta opción nacionalista, según Stuart Hall, la posición discursiva de Laclau corre el riesgo nuevamente de perder toda referencia a la práctica el material y a las condiciones históricas de la lucha de clases: su potencia es neutralizada, por así decirlo, en referencia al contexto nacional. No se puede considerar a la sociedad como un campo discursivo completamente abierto y, sobre esto, fijar la hegemonía política en un horizonte nacional-popular: esta operación no puede producir un asalto a Fort Apache por parte de las otras fuerzas sociales en juego, como sucedió en Argentina. Consecuencia: el esquema laclauniano muestra también aquí que solo es capaz de disponerse como figura “centrista” de gobierno. No puede sino ofrecerse –tal como lo hace— como un positivismo de la soberanía ejercida por una autoridad centralmente eficaz. Es, de hecho, una trascendencia formal la que materialmente pone y justifica el poder.

Y aún hay que destacar que en el último Laclau la trascendencia del comando deja de representarse en términos estrictamente nacionales y en nombre de un centralismo estatal demasiado aparatoso. Se puede ver, incluso, cierto distanciamiento de la concepción original hobbesiana que veía el poder con capacidad de formar el pueblo. Y, no obstante, emerge de pronto una paradoja: si en efecto la trascendencia del comando, la tentación hobbesian se atenúa –porque siempre existirán, en la contemporaneidad, irregularidades crecientes del poder en las relaciones sociales–, incluso esta “imposibilidad trascendental” de nuevo se concretiza en la obra de Laclau, no buscada pero encontrada, no construida sino impuesta por la mecánica misma del trascendentalismo. En lugar de la síntesis de la multitud, el enfoque trascendental, para fundar lo político, verá compactarse cada vez más, en la emergencia del “pueblo”, un significante “pleno”. ¿Pasaje de criticismo a una concepción definitivamente entregada al idealismo objetivo?

Lo que podemos concluir es que, si Laclau demuestra de forma brillante que el pueblo no es una formación espontánea ni natural, sino que es constituido por mecanismos representativos que traducen la pluralidad y heterogeneidad de las singularidades en unidad; y si esta unidad, a través de la identificación con un líder, un grupo dominante y, en algunos casos, con un ideal, se convierte en realidad, esta visión parece aún tributaria, a pesar de todo, de una idea “aristocrática”, en lugar de democrática, que repite las declinaciones más profundas y continuas de la historia moderna del estado. Quizás aquí realmente hay una confirmación de un pasaje del criticismo al idealismo objetivo. La centralidad, para Laclau, de la función de los intelectuales y de la comunicación en la organización política es expresiva de esta desviación. Es completamente superado, de este modo, el concepto gramsciano de “intelectual orgánico”, dado que se asume una función autónoma del intelectual como una fuerza auxiliar en la construcción de hegemonía –¿o de leadership? Es exactamente eso lo que Laclau se negó a hacer durante toda su vida como militante democrático y socialista – démosle por ello un caluroso reconocimiento. Y, entonces, ¿por qué esta unidad de la  “autonomía de lo político” y delleadership intelectual?

Para concluir digamos que este cuerpo a cuerpo con el pensamiento de Laclau se fue repitiendo en los últimos veinte años. Lo digo con franqueza, como se lo dije a él directamente: creo que su pensamiento, la misma concepción de populismo, son el producto de una reflexión, más que sobre el poder, sobre el concepto de transición, y del poder en la transición en diferentes periodos de su organización. El populismo de Laclau es la invención de una forma móvil de mediación, de la y en la transición de los regímenes políticos –sobre todo, pero no sólo, de los sudamericanos. Una forma que yo aún considero débil, no conceptualmente sino por la realidad que registra, porque aquel “vacío” que él asume como problema, a menudo no es un vacío que llenar, sino un abismo en el que es probable que se caiga. Y esta debilidad se acentúa en Laclau por el hecho de que, al negarse a abrir una indagación ontológica y después de dar sentido a la emergencia de lo nuevo, incluso admitiendo que la governance de una transición no puede ser constituyente, esta constitución incierta acaba paradójicamente por repetir modelos de la modernidad. En particular, rechaza toda tensión emancipatoria. Al aceptar situarse en la tensión entre espontaneidad y organización, pero borrando las dimensiones materiales de la lucha de clases, Laclau termina regresando a algunos aspectos muy problemáticos del derecho público europeo. Por ejemplo: cuestionando el tema de los movimientos sociales, Carl Schmitt define su figura mediante el reconocimiento de que estos constituyen la trama de la composición popular del Estado –reconocimiento de arriba a abajoque politiza la sociedad a fin de construir una identidad nacional. O, por otro lado, la definición schmittiana del lugar de la representación política como “presencia de una ausencia”; ausencia a llenar si se quiere que el Estado exista, presencia a vaciar si se quiere que el Estado se sitúe por encima de las partes, super partes. ¿Hasta qué punto el “significante vacío” repite el modelo schmittiano de representación? Pero lo que estamos subrayando son interferencias impropias –seguramente, para Laclau, simples instrumentos recuperables de los archivos del derecho público europeo. Porque –y esto es lo que creo– la importancia o, más bien, la grandeza del pensamiento de Laclau no consiste tanto en resolver la cuestión del significante político vacío, o por el contrario (visto desde la derecha), en la negativa a confiar en la lucha de clases y el conflicto social para llenarlo. Consiste más bien en haber vivido dentro de ese problema. Esa cosa flotante que vislumbró delante de sí, aquel truc, aquella machin que no era el viejo modelo de Estado, el Estado moderno, sino una cosa nueva. Hay una tensión constituyente que se extiende sobre el terreno de la crisis del estado democrático de la modernidad. No se trata de descubrir que ese Estado que teníamos se agotó, sino de construir otro. Inventarse un nuevo para una transición radicalmente democrática. Que el criticismo se exalte en su significado originario, no como eje de construcción trascendental del Estado, sino como un investimento problemático de su crisis.

Si se me permite este pequeño apéndice, quisiera concluir señalando algunos trastornos brutales de la enseñanza de Laclau. Cuando, por ejemplo, se impone un techo a los movimientos reales, no como si el techo, sino como si la medida fuese el problema: es lo que sucede a menudo en el actual debate español. O cuando, en nombre de Laclau, se remite –para purificar la sucia vitalidad del movimiento– a la imagen del viejo Partido Comunista Italiano como modelo de escucha y dirección de la palabra del pueblo, como es cada vez más frecuente, un poco en todos lados, en la izquierda europea y latinoamericana. Y en miles de otros casos que, incluso con las distorsiones que sufre, evidencian la extraordinaria vitalidad del pensamiento de Ernesto.

Maison de l’Amerique Latine, París, 27 de Mayo de 2015

Traducción: Verónica Gago y Diego Picotto

Simone de Beauvoir: Libertad, igualdad y fraternidad

Por Elvira Navarro

En la introducción a El segundo sexo, Simone de Beauvoir afirma haber dudado mucho antes de escribir un libro sobre la mujer. “Es un tema irritante, sobre todo para las mujeres, y no es ninguna novedad. La polémica del feminismo ha hecho correr tinta suficiente, y ahora está prácticamente cerrada.” Al día de hoy, cuando el feminismo hace correr ríos de tinta, tal afirmación resulta chocante. Sin embargo, en realidad también era chocante entonces, y el propio libro de Beauvoir lo demuestra a pesar suyo, pues a esa afirmación le siguen casi mil páginas probatorias de dos cosas: que sobre feminismo estaba casi todo por decir y que la filósofa francesa escribe desde una vibrante contradicción. La contradicción es casi siempre el lugar más fértil para el pensamiento, pues obliga a revisar las propias resistencias, a poner en tela de juicio el posicionamiento de partida. Y ello implica, a su vez, atreverse a dejarlo atrás cuando se advierte el error. Marguerite Duras decía en Escribir que si supiera lo que iba a escribir antes de escribirlo no escribiría nada, pues ya estaría escrito. Y aunque ella era narradora, la sentencia vale lo mismo para el ámbito del pensamiento. ¿De qué sirve recorrer un conflicto si no es para arrojar un poco de luz, y qué luz no lleva a quien la descubre a otro lugar?

En Beauvoir la resistencia era fuerte. Ni siquiera se consideraba feminista tras pergeñar El segundo sexo, donde incluso llega a decir lo siguiente: “Muchas mujeres de nuestro tiempo, que han tenido la suerte de recuperar todos los privilegios del ser humano, pueden darse el lujo de ser imparciales. […] Ya no somos, como nuestras mayores, unas luchadoras, más o menos, hemos ganado la partida.” Se hizo feminista más tarde, tras recibir cartas de lectoras de distintos países que le relataban sus experiencias, y que evidenciaban que la partida todavía estaba por ganarse.

¿Quién era la Simone de Beauvoir de antes de El segundo sexo, esa que consideraba haber recuperado todos los privilegios? Sin duda, una mujer que gozaba de reconocimiento y de una buena posición social. Tras una infancia marcada por la ruina económica y el deterioro de la relación entre sus padres, se abrió pronto paso por sí misma gracias a un ambicioso plan de vida concebido en su adolescencia, cuando decidió ser escritora. Estudiante brillantísima, se licenció en un tiempo récord en letras con especialización en filosofía, y a los veintiún años ya era profesora, oficio que ejerció en los liceos de Marsella, Ruán y París, hasta que en 1943, tras el escandaloso éxito que supuso la publicación de su novela de trasunto autobiográfico La invitada (argumento: triángulo amoroso entre dos adultos y una jovencita), es suspendida de la Educación Nacional a causa de una denuncia puesta por la madre de una de sus alumnas. Hacía algunos años que la escritora mantenía relaciones con sus pupilas, y también con algún alumno de Jean-Paul Sartre, quien era ya su inseparable partenaire. La pareja Beauvoir-Sartre abominaba, por ética, la moral burguesa. Su relación fue abierta, y aunque Sartre le pidió matrimonio, Beauvoir rechazó la propuesta por coherencia: pensaba que eso destruiría su independencia, basada en la libertad. Durante la Ocupación trabajó para la radio libre francesa, y tras la liberación de París se le permitió regresar a la docencia. En 1944 publicó el ensayo Pyrrhus et Cinéas [en español se tituló ¿Para qué la acción?] y en 1945 la novela La sangre de los otros; y este mismo año fue cofundadora junto a Sartre, Albert Camus y Maurice Merleau-Ponty de una revista que logró ser una referencia política y cultural del pensamiento francés de mitad del siglo XX, Les Temps Modernes, por la que desfilaron escritores e intelectuales de primer nivel como Boris Vian, Raymond Aron, Samuel Beckett o Jean Baudrillard. En los años siguientes publicó tres libros más: la novela Todos los hombres son mortales (1946), el ensayo Para una moral de la ambigüedad (1947) y el diario de viaje América día a día(1948).

Así pues, cuando salió El segundo sexo en 1949, obra con la que se consagra definitivamente, Simone de Beauvoir estaba bien asentada. Su escritura responde, según relata ella misma en La fuerza de las cosas (tercer tomo de sus Memorias), a que, tras escuchar a mujeres que habían rebasado los cuarenta años decir que habían vivido como “seres relativos”, quiso investigar todos los condicionantes que impedían a las féminas realizarse plenamente. Ella estimaba que no había corrido la misma suerte que esos “seres relativos”, y fue Sartre quien le recordó que había sido educada como un hombre, lo que la hizo reflexionar sobre sus circunstancias. En 1946 comienza el ensayo destinado a convertirse en una obra capital del siglo XX, y que vendría a ser, entre otras muchas cosas, una suerte de plan para el cumplimiento del programa ilustrado a través del feminismo. Son varios los frentes que aborda con una exhaustividad y un rigor que hacen que, al día de hoy, su lectura todavía siga siendo imprescindible para cualquiera que quiera formarse en la materia.

El abordaje es interdisciplinar. Dividida en dos partes (“Los hechos y los mitos” y “La experiencia vivida”), que a su vez se subdividen en otras tantas, El segundo sexo recorre distintos campos con sus respectivas tesis sobre por qué la mujer siempre ha sido considerada un ser inferior o, al menos, dependiente del hombre. La biología, la psicología psicoanalítica, el materialismo histórico, la Historia o los mitos son objeto de análisis y, en su caso, de refutación en “Los hechos y los mitos”, mientras que “La experiencia vivida” relata las distintas etapas de la vida de la mujer (la infancia, la juventud, la madurez y la vejez), dedicándole un capítulo al lesbianismo y deteniéndose en varias figuras recurrentes: la narcisista, la enamorada y la mística. El punto de partida es la consideración de la mujer como Otro absoluto, y lo que se rebate es el esencialismo presupuesto en esta división de contrarios (hombre y mujer) que jamás se reconocen el uno en el otro, que nunca mudan sus papeles: el hombre es el eterno sujeto y la mujer el eterno objeto, sometido y cautivo, condenado a la inmanencia de su condición. A la mujer la determina, en primer lugar, la biología. Según el existencialismo, que es donde se sitúa Beauvoir, las personas somos seres arrojados a la existencia que solo conquistamos nuestra entidad, esto es, que solo nos trascendemos, si somos capaces de ir más allá de nuestros condicionamientos biológicos y sociales afirmando nuestra libertad a través de los proyectos que decidimos acometer, en un flujo continuo donde superamos lo que somos. Trascendencia se opone a inmanencia, y es el espacio en donde el ser humano justifica su existencia, la dota de sentido, la honra, a diferencia de la degradación que tiene lugar cuando no trasciende, cuando se queda en lo que simplemente le es dado, ya sea por voluntad propia o porque las circunstancias lo imposibilitan. Esto último da lugar a la frustración y a la opresión.

A la mujer se la ha impedido trascender interesadamente, ya que gracias a su permanencia en la casilla de la Otra, el varón siempre conserva algún privilegio, aunque sea irrisorio: si él mismo no trasciende, si es el último mono de su comunidad, siempre habrá, no obstante, alguien más insignificante que él, la hembra, ante la que se asumirá superior. En este sentido, El segundo sexo puede leerse también como una teoría del ego en la medida en que este se afirma negando al otro. Por otra parte, de esta premisa, demostrada con solvencia en los diferentes campos que se abordan, se deriva la célebre sentencia de que “la mujer no nace, se hace”, idea popularizada y aceptada hoy con amplio acuerdo, sea por la vía positiva o la negativa, esta última especialmente en el ámbito de la biología, pues la ciencia, como bien muestra Angela Saini en su libro Inferior, apoyando con datos la tesis de Beauvoir de que es la cultura la que interpreta la naturaleza, está determinada por la ideología, de tal manera que no hay modo de concluir que el varón sea superior a la hembra y sí, en cambio, que la ciencia no es un lugar neutro, independizado de la ideología (uso el término “ideología” en un sentido amplio, refiriéndolo al conjunto de ideas fundamentales de una persona, de una colectividad, de un tiempo y de una cultura), lo que explica que los resultados que arrojan no pocos estudios científicos se acaben pareciendo sospechosamente a los prejuicios de la época y de quienes los llevan a cabo.

Simone de Beauvoir, como luego le criticaría el feminismo de la diferencia, tampoco está a salvo de los prejuicios de su época y de su cultura. Postula que la mujer está más condicionada que el hombre en el ámbito biológico debido al mandato de la reproducción de la especie, y que por tanto para ella es más difícil esa trascendencia que en los hombres parece casi “natural”. El modelo por el que se trasciende es, pues, masculino. Mientras que la maternidad es vista como sumisión a los ciclos de la vida, como inmanencia, la tarea del hombre se asimila a la del guerrero dispuesto a poner en riesgo su vida para aumentar el prestigio de la horda. La filósofa obvia que ahí el hombre está igualmente al servicio de la supervivencia biológica. La especie no solo se perpetúa pariendo, sino también cazando, protegiendo y creando inventos nuevos con los que dominar la naturaleza. “Prefiere a la vida razones para vivir, el hombre se ha impuesto como amo frente a la mujer; el proyecto del hombre no es repetirse en el tiempo: es reinar sobre el instante y forjar el futuro”, sentencia. Y este es otro de los puntos más endebles del libro: su idea de “trascendencia” no trasciende, sin embargo, el paradigma judeocristiano de desprecio hacia la vida y obediencia a una salvación que tendrá lugar en el futuro.

Pero estas críticas no restan ni un ápice de valor a esta obra capital y hercúlea que, amén de apuntalar con toda rigurosidad cómo no hay una esencia “mujer”, lanza un mensaje que todavía no hemos aprendido, a saber: que la igualdad no beneficia solo a las mujeres, sino también a los hombres. ¡Libertad, igualdad, fraternidad! ~

 

Propiedad pública y propiedad común

Por Anton Pannekoek

Nota de edición : Tal día como hoy [28.04] de 1960 moría el eminente astrónomo y teórico comunista neerlandés Anton Pannekoek. Destacado portavoz del movimiento de la izquierda consejista, lo recordamos hoy con un emblemático y clarificador texto suyo publicado en 1947.

El objetivo reconocido del socialismo es sacar los medios de producción de manos de la clase capitalista y ponerlos en manos de los obreros. De este objetivo se habla a veces como de propiedad pública, a veces como de propiedad común, del aparato de producción. Hay, sin embargo, una diferencia marcada y fundamental.

La propiedad pública es la propiedad, es decir, el derecho de disposición, de un cuerpo público que representa a la sociedad, del gobierno, el poder estatal o algún otro cuerpo político. Las personas que forman este cuerpo, los políticos, funcionarios, dirigentes, secretarios, gerentes, son los amos directos del aparato de producción; ellos dirigen y regulan el proceso de producción; ellos mandan a los obreros. La propiedad común es el derecho de disposición por los obreros mismos; la propia clase obrera –tomada en el sentido más amplio de todos los que comparten el trabajo realmente productivo, incluyendo a los empleados, campesinos, científicos– es el ama del aparato de producción, gestionando, dirigiendo y regulando el proceso de producción que es, de hecho, su trabajo común.

Bajo la propiedad pública los obreros no son amos de su trabajo; pueden ser mejor tratados y sus salarios pueden ser más altos que bajo la propiedad privada; pero son todavía explotados. La explotación no significa simplemente que los obreros no reciben el pleno producto de su trabajo; una parte considerable debe siempre gastarse en el aparato de producción y para las secciones improductivas aunque necesarias de la sociedad. La explotación consiste en que otros, formando otra clase, disponen del producto y de su distribución; que ellos deciden qué parte se asignará a los obreros como salarios, qué parte retienen para ellos y para otros propósitos. Bajo la propiedad pública esto pertenece a la regulación del proceso de producción, que es la función de la burocracia. Así, en Rusia la burocracia como clase dominante es la dueña de la producción y del producto, y los obreros rusos son una clase explotada.

En los países occidentales conocemos solamente la propiedad pública (en algunas ramas) del Estado capitalista. Aquí podemos citar al bien conocido escritor «socialista» inglés G.D.H. Cole, para quien el socialismo es idéntico con la propiedad pública. El escribía que:

El conjunto de la gente no serían más capaces que todo el cuerpo de accionistas en una gran empresa moderna de gestionar una industria… Sería necesario, bajo el socialismo tanto como bajo el capitalismo a gran escala, confiar la gestión efectiva de la empresa industrial a expertos asalariados, elegidos por su conocimiento especializado y su habilidad en ramas particulares del trabajo» (p. 674).

No hay ninguna razón para suponer que la socialización de cualquier industria significaría un gran cambio en su personal directivo” (pág. 676, en: Un esbozo del conocimiento moderno, ed. por el Dr. W. Rose, 1931).

En otras palabras: la estructura del trabajo productivo sigue siendo como es bajo el capitalismo; los obreros subordinados a directores que mandan. Claramente, no se le ocurre al autor «socialista» que «el conjunto de la gente» consiste principalmente en trabajadores, que eran bastante capaces, siendo personal productor, de gestionar la industria que consiste en su propio trabajo.

Como una corrección a la producción gestionada por el Estado, a veces se reivindica el control obrero. Ahora, solicitar control, supervisión, a un superior, indica la actitud sumisa de objetos de explotación desvalidos. Y entonces usted puede controlar el asunto de otro hombre; lo que es su propio asunto usted no lo quiere controlado, usted lo hace. El trabajo productivo, la producción social, es el asunto genuino de la clase obrera. Es el contenido de su vida, su propia actividad. Pueden cuidar de sí mismos si no hay ninguna policía o poder estatal para mantenerles apartados. Tienen las herramientas, las máquinas en sus manos, las usan y las manejan. Ellos no necesitan amos que les manden, ni encargados para controlar a los amos.

La propiedad pública es el programa de los “amigos” de los obreros que, dada la dura explotación del capitalismo privado, desean sustituirla por una explotación modernizada más apacible. La propiedad común es el programa de la propia clase obrera, luchando por su autoliberación.

No hablamos aquí, por supuesto, de una sociedad socialista o comunista en una fase posterior de desarrollo, cuando la producción será organizada de tal modo que no constituya ya nunca más algún problema, cuando a partir de la abundancia de productos todo el mundo tome de acuerdo con sus deseos y el concepto de «propiedad» entero haya desaparecido. Hablamos del período en que la clase obrera ha conquistado el poder político y social y está ante la tarea de la organización de la producción y la distribución bajo las condiciones más difíciles. La lucha de clase de los obreros en los días presentes y en el futuro cercano estará fuertemente determinada por sus ideas sobre los objetivos inmediatos –la propiedad pública o la común— a ser realizados en ese período.

Si la clase obrera rechaza la propiedad pública con su servidumbre y explotación, y reivindica la propiedad común con su libertad y autogobierno, no puede hacerlo sin cumplir las condiciones y hacerse cargo de los deberes. La propiedad común de los obreros implica, primero, que la integridad de los productores es la dueña de los medios de producción y los hace funcionar en un sistema bien planificado de producción social. Implica, en segundo lugar que, en todos los talleres, factorías, empresas, el personal regule su propio trabajo colectivo como parte del todo. Así, tienen que crear los órganos por medio de los cuales dirigen su propio trabajo, como plantilla, lo mismo que dirigen la producción social en sentido amplio. Las instituciones del Estado y el gobierno no pueden servir para este propósito, porque son esencialmente órganos de dominación, y concentran los asuntos generales en manos de un grupo de gobernantes. Pero bajo el socialismo los asuntos generales consisten en la producción social; de modo que es la incumbencia de todos, de cada plantilla, de cada obrero, el discutirlos y decidirlos en todo momento por sí mismos. Sus órganos deben consistir en delegados enviados como portadores de su opinión, y estarán continuamente retornando e informando sobre los resultados a los que se llegase en las asambleas de delegados. Por medio de tales delegados, que pueden ser cambiados y revocados en cualquier momento, se puede establecer la conexión de las masas trabajadoras en grupos más pequeños y más amplios y puede asegurarse la organización de la producción.

Tales cuerpos de delegados, para los que se ha utilizado el nombre de consejos obreros, forman lo que podría llamarse la organización política apropiada para la autoliberación de la clase obrera de la explotación. No pueden ser inventados de antemano, tienen que formarse mediante la actividad práctica de los obreros mismos cuando los necesiten. Tales delegados no son parlamentarios, ni gobernantes, ni dirigentes, sino mediadores, mensajeros expertos, formando la conexión entre el personal separado de las empresas, combinando sus opiniones separadas en una resolución común. La propiedad común exige dirección común del trabajo tanto como actividad productiva común; sólo puede ser realizada si todos los obreros toman parte en esta autogestión de lo que es la base y el contenido de la vida social; y si van a crear los órganos que unan sus voluntades separadas en una acción común.

Dado que tales consejos obreros van a jugar, sin duda, un papel considerable en la organización futura de las luchas y objetivos de los trabajadores, merecen una atención aguda y estudio por parte de todos los que están por la lucha intransigente y la libertad de la clase obrera.

Publicado originalmente en Western Socialist, Noviembre de 1947. Traducido del inglés por Roi Ferreiro, Archivos digitales de marxists.org

 

Fuente: https://www.elviejotopo.com/topoexpress/propiedad-publica-y-propiedad-comun/

¿Un capitalismo en auge… y después en crisis?

Por Michael Roberts

El pasado mes de marzo escribí que la economía mundial parecía estar en un mundo de fantasía, en el que los mercados de valores alcanzan nuevos máximos, pero la producción de bienes y servicios, la inversión y el comercio están estancados en las principales economías. Esta semana, las bolsas de Estados Unidos registraron una vez más nuevos máximos. El Financial Times lo describió así: “La economía de Estados Unidos parece estar disfrutando de un escenario de fábula. Sus gachas no están ni demasiado calientes ni demasiado frías”.

Esta recuperación del mercado financiero se basa en la decisión de muchos bancos centrales de mantener sus tasas de interés de referencia en niveles muy bajos. La Reserva Federal de Estados Unidos ha anunciado básicamente que no va a subir su tasa este año. El Banco Central Europeo ha hecho lo mismo y ha decidido otra fase de ‘flexibilización cuantitativa’ (compra de bonos del gobierno y otros activos de los bancos comerciales). Y hoy, el Banco de Japón se comprometió a no aumentar las tasas de interés antes de la primavera de 2020 y a continuar su masivo programa de estímulo monetario.

Las políticas de los bancos centrales, junto con la posibilidad de que se alcance un acuerdo comercial entre EEUU y China (aún no logrado), ha dado un nuevo aliento a las instituciones financieras para invertir en los mercados de valores. Pero el mayor impulsor del mercado de valores de Estados Unidos han sido las principales compañías, que utilizan esta financiación barata para comprar sus propias acciones y hacer subir su precio y aumentar el ‘valor de mercado’ de la empresa.  En 2018, las recompras alcanzaron los $ 1.18 billones, el doble de lo que se invirtió (después de cubrir costes del equipo desgastado) en capacidad productiva (fábricas, oficinas, equipos, software, etc.).

Así que los mercados financieros están en pleno auge, pero la economía ‘real’ no acaba de recuperarse. La recuperación de la Gran Recesión que terminó a mediados de 2009 se prolonga desde hace casi diez años este verano, siendo ya la recuperación más larga tras una crisis en 75 años. Pero es también la recuperación más débil desde 1945. Y la tendencia de crecimiento real del PIB y de la inversión empresarial se mantiene muy por debajo de la tasa anterior a 2007. Esa es la razón por la que he llamado a los últimos diez años la Larga Depresión, similar a la de los períodos de 1873-1897 o 1929-1942.

Más allá de la fantasía de los mercados financieros, el crecimiento mundial se ha desacelerado. Y peor aún, hay varias economías que parecen dirigirse hacia una franca recesión. Hoy, la locomotora asiática, Corea del Sur, sufrió su peor contracción trimestral desde la crisis financiera global (el crecimiento real del PIB de Corea ha caído a sólo el 1,8% – ver gráfico), en la medida en que esta economía impulsada por las exportaciones ha sentido el efecto de la debilidad del crecimiento en China, las tensiones en el comercio mundial y una desaceleración en el sector tecnológico.

Las exportaciones, que representan alrededor de la mitad del PIB del país, sufren una quinta caída mensual consecutiva, desde un 2,6 por ciento en el cuarto trimestre. Y la inversión empresarial se desplomó un 10,8 por ciento, el peor dato desde la crisis financiera asiática de 1998, y los grandes fabricantes, como Samsung Electronics y SK Hynix, no han querido aumentar su capacidad de producción en medio de una desaceleración económica mundial y una menor demanda de semiconductores.

Peor aún, varias de las llamadas grandes economías emergentes están experimentando contracciones graves. Después de que el presidente Erdogan sufriese importantes derrotas en las elecciones locales en Estambul y Ankara, el banco central de Turquía se ha visto obligado a apuntalar la disminución rápida de reservas en dólares en el país usando »swaps en dólares”, y contratando préstamos a corto plazo de alto riesgo. No ha tenido mas remedio, dada la huida de dólares del país cuando la economía se desplomó y Erdogan se negó a aceptar un préstamo del FMI para reforzar su sector financiero porque implicaría aplicar severas medidas de austeridad. Los activos exteriores netos, una forma de calibrar las defensas financieras del país, se desplomaron, perdiendo $ 9.4 mil millones entre el 6 y el 22 de marzo hasta situarse en unos $ 19.5 mil millones, el nivel más bajo en dólares desde 2007. Si se excluyen los swaps, los activos externos netos han estado por debajo de los $ 11.5 mil millones durante todo el mes de abril, cayendo desde los $ 28.7 mil millones desde el inicio de marzo.

Argentina se ha hundido en una profunda recesión en 2018 bajo el gobierno de derecha del presidente Macri. Cuando fue elegido en diciembre de 2015, prometió que sus políticas económicas ‘neoliberales’ atraerían la inversión extranjera directa e impulsarían aumentos sostenidos de la productividad. La crisis de la moneda que estalló en abril de 2018 subrayó el fracaso de ese enfoque.

A diferencia de Turquía, Macri pidió al FMI un crédito stand-by de  $ 57 mil millones  – el más grande de la historia del FMI – un caso claro de favoritismo del FMI para ayudar a un gobierno que el FMI y los Estados Unidos consideran amigo, a diferencia del anterior gobierno peronista. El dinero se utiliza para hacer pagos de la deuda a medida que surgen. A seis meses de las elecciones, las condiciones del FMI para el préstamo están teniendo efecto negativo en el gasto público y aumentando las cargas fiscales.

La inversión se estanca, la inflación se ha disparado y las altas tasas de interés impuestas por el banco central han atraído capital especulativo a corto plazo, o ‘dinero caliente’. Este tipo de capital saldrá con toda probabilidad en cuanto se produzca una nueva crisis. El próximo año, la cantidad de la deuda externa que debe amortizarse estará en su punto más alto y el FMI también debe ser reembolsado. El nuevo gobierno tendrá que elegir entre dos opciones desagradables: el pago forzoso de una deuda más alta, más austeridad y más recesión, o una dolorosa reestructuración de la deuda de resultado incierto.

Y no se puede olvidar Pakistán. Otra de las llamadas economías emergentes donde se ha acabado el capital para financiar el crecimiento económico y la inversión. Hasta ahora la nueva administración de Imran Khan, el ex capitán de cricket de Pakistán, que elegido gracias a su campaña contra la corrupción, se ha negado a aceptar un préstamo del FMI, por las mismas razones que Turquía. Su ministro de Finanzas, Omar Asad ha intentado conseguir nuevos préstamos de China y el Medio Oriente, para gran disgusto de los EEUU. Pero no ha sido suficiente para evitar un nuevo colapso potencial en su moneda. La inflación de Pakistán se encuentra en un máximo de cinco años de más del 9 por ciento, mientras que el valor de la rupia se ha desplomado un 33 por ciento desde 2017.

Umar fue obligado a dimitir la semana pasada. El nuevo ministro de Finanzas ha alcanzado un principio de acuerdo para pedir un préstamo del FMI – las compañías de Pakistán ganarán así algo de estabilidad, mientras que el pueblo de Pakistán pagará más impuestos y sufrirá recortes de servicios y proyectos de infraestructura, así como peores condiciones de trabajo. “Las soluciones no van a ser fáciles. Las opciones serán políticamente difíciles para cualquier gobierno“, dijo Abid Suleri, asesor económico de Khan.

Los mercados de valores pueden estar en auge en América del Norte, pero la prosperidad económica en muchas partes del mundo se está evaporando como el agua en un desierto. Y en algunas partes se acerca rápidamente una tormenta de arena.

es un reconocido economista marxista británico, que ha trabajador 30 años en la City londinense como analista económico y publica el blog The Next Recession.

Fuente:

https://thenextrecession.wordpress.com/2019/04/25/boom-and-then-bust/

Traducción:G. Buster / SinPermiso.info

El país al que tanto amó

Entrevista a Yanis Varoufakis

Estaba esperando a Yanis Varoufakis sentada en un viejo café de Hamburgo mientras fuera todo se volvía gris. Una ligera neblina cubría los tejados, los árboles, los coches y a algún transeúnte ocasional. Era el día perfecto para una nevada, aunque el pronóstico meteorológico no le había dado esperanza alguna. Dentro, las luces estaban encendidas, la cafetería llena y conversaciones ruidosas. Los camareros maniobraban hábilmente a través de la sala, recogiendo platos de comida a medias, bajo la estricta vigilancia del jefe de sala, que, aunque supuestamente ocupado, conseguía aparentar un aburrimiento extremo. Finalmente me llamó Judith Mayer. “Estamos en la puerta principal”, dijo. Judith, políglota con fluidez en trece idiomas, se unió a DiEM25 en 2016, en sus propias palabras, porque su “sueño de Europa había sido destruido”. Nos dimos la mano y sonrió cálidamente.

Yanis desprendía ese garbo que le hace dar la impresión de que se sentiría tan cómodo en una convención política como en un auditorio universitario, aún siendo un extraño en ambos lugares. Durante el curso de nuestra conversación, estuve de acuerdo con Yanis en unas cosas y no en otras, pero lo cierto es que compartí su opinión de que los verdaderos héroes son aquellos de los que nunca se sabrá nada. Personal de limpieza, conductores de tren, enfermeros y muchos que, como Atlas, cargan el peso de lo mundano para que otros se eleven por encima de ello, ocupándose de teorizaciones y de liderar el cambio.

No hay nada menos igualitario que esto: un mundo dividido, categorizado y demasiado convencional. Yanis cree que tener a un trabajador en el comité asesor de DiEM25 sería florerismo. Para mí, eso sería participación y un claro símbolo de que el movimiento no apunta a alguna clase de configuración platónica con trabajadores de un lado y guardianes del otro. Aunque el apoyo de Pamela Anderson pueda ser muy interesante y simbólico, la opinión de los trabajadores manuales también debería ser igual de interesante y simbólica para nosotros. Me arrepiento de no haber preguntado a Yanis cuántos obreros hay en la lista electoral de DiEM25; si no hay muchos, debería haberlos. No tengo duda de que un hombre pueda luchar por cuestiones de género tan bien como una mujer, y entiendo que no necesitas ser de clase trabajadora para representar intereses de clase trabajadora. Sin embargo, lamentablemente, la historia de la democracia puede ser reducida a una serie de nombres particulares, nombres que suelen haber tenido solamente una relación abstracta con la causa y la clase que representaban. Como solo se necesita a la trabajadora en la base por su voto, tal configuración será opresiva y aislada hasta que no tengamos posiciones sociales que se intersecten, cuando el intelectual equilibre su servicio a la sociedad con el trabajo manual y el trabajador manual esté involucrado en actividades intelectuales.

La condición de celebridad de la que goza Yanis en Alemania, adquirida durante sus días como Ministro de Finanzas de Grecia, puede servir para posicionar el discurso centro-periferia en una favorable configuración transnacional, ya que Yanis liderará la lista de candidatos al Parlamento Europeo por la filial alemana de DiEM25, “Demokratie in Europe”. Esto no tiene precedentes pero es oportuno: la Europa que se enorgullece del tránsito libre de trabajadores debería recibir con buenos ojos el tránsito libre de políticos. El amor de Yanis por Grecia no le impedirá amar Alemania, Europa o el mundo entero.

Hoy existe decadencia en Europa, al igual que en los cuadros de Kenne Gregoire; pero como en estos últimos, también hay belleza. Belleza encontrada en el sueño de solidaridad y prosperidad en Europa. Dicho sueño es también el de DiEM 25; en la conversación que sigue hablamos de los objetivos del movimiento y del futuro de Europa.

Ayer fue el cumpleaños de Gramsci y quisiera empezar nuestra conversación volviendo al concepto gramsciano de ideología. Él tuvo una interpretación reduccionista de la ideología y discutió que estas tienen un carácter de clase, de modo que hay una ideología de la clase capitalista y una ideología de la clase obrera, antagonistas la una de la otra. En una entrevista para el Instituto Transnacional dijiste que cualquiera podría unirse a DiEM25, independientemente de a qué partido esté afiliado o ideología, porque la democracia puede ser un tema unificador. ¿Aspira DiEM25 a superar las diferencias y el conflicto de clase?

No (se ríe). Pero en realidad es muy simple. El conflicto de clase solo será trascendido cuando el capitalismo sea reemplazado por una organización de la producción de tipo socialista. Sin embargo, durante una gran depresión, durante una crisis masiva del capitalismo financiarizado, el conflicto de clase toma una forma completamente distinta. Déjame darte el ejemplo extremo de Grecia. Tienes a un empleador en quiebra y a punto de cerrar, y a trabajadores que no están siendo pagados pero que miran con compasión a su empleador, esperando al mismo tiempo que no acabe en bancarrota, porque entonces perderán sus trabajos y cualquier posibilidad de ser pagados. De repente el conflicto de clase entre dichos empleadores y sus empleados se vuelve bien diferente. Durante estos periodos surgen monstruos políticos que cambian el juego completamente, ideologías como el fascismo, el nazismo y el racismo adquieren una ventaja separada de lo que Gramsci denominó ideología de la clase obrera o ideología de la burguesía. Lo que dice DiEM25 es que, después de 2008, Europa está experimentando una crisis única, no una crisis capitalista estándar sino uno de esos momentos cruciales en los que tienes un desplome. Cuando tienes un sistema y una burguesía que ha perdido el control del capitalismo, en esos momentos, hay dos caminos que nosotros en la izquierda podemos tomar. Uno es dejar que el capitalismo colapse, esperando que algo bueno salga de ahí. Esta no es nuestra opinión: el tiempo ha probado que eso es catastrófico, que lo más probable es que se alcen los nazis. El segundo es crear una alianza, un movimiento donde marxistas, liberales antisistema, ecologistas, feministas, etc., se unan para estabilizar la política, de modo que entonces se pueda reconstruir el conflicto de clase; esta es nuestra opinión.

En Comportarse como adultos escribes sobre Yiorgos Chatzis y Dimitris Christiulas, cuyos suicidios fueron desencadenados por la depresión económica Griega. También escribes sobre Lambros, un traductor afincado en Atenas. Sin nombrarlos, también escribes sobre todos aquellos cuyas vidas han sido profundamente afectadas por la austeridad. ¿Hay lugar en el comité asesor de DiEM25 para personas sin un estatus social significativo? Me temo que su representación actual pueda dar un falso mensaje de elitismo.

Los comités asesores son por definición elitistas. Son asesores. Los asesores no hacen al movimiento. Son los miembros quienes hacen al movimiento; es la gente de base quien hace funcionar nuestra organización. La gente como Judith, gente como Lambros, gente como yo, gente como tú si quisieras unirte. Ninguno de nosotros seríamos asesores; los asesores están ahí por dos razones. Primero, porque cuando iniciamos un movimiento, necesitamos señalar al mundo qué tipo de estética, ideología, qué tipo de pensamiento representa nuestro nuevo movimiento. Por eso no son gente desconocida, porque si lo fueran no podrían ejercer el rol de un símbolo. Puede que pienses que no deberíamos tener símbolos, pero nosotros no estamos de acuerdo con eso; creemos que teniendo ahí a Noam Chomsky, teniendo a George Bizos, el abogado de Nelson Mandela, estamos señalando algo, algo que es importante y que da una información importante sobre nosotros a la ciudadanía de todo el mundo. Lo que necesitamos son colectivos, consejos nacionales, necesitamos a gente que lo convierta en un movimiento. El comité asesor no conforma el movimiento, simplemente ayuda a señalar su naturaleza.

¿Pero no hay una desconexión entre esta élite que lidera al movimiento y quienes son realmente el movimiento?

El comité asesor no está liderando al movimiento.

Griselda: ¿pero no le están asesorando?

Yanis: Su asesoramiento es simbólico. Asesoran tanto como tú.

Griselda: ¿Entonces usáis sus nombres?

Yanis: Usamos sus nombres, están felices de ser asociados con DiEM25, de declarar su apoyo a DiEM25, y los usamos para decirte: ¿a que no sabes qué? Que tenemos a alguien como Saskia Sassen, James Sanders en Estados Unidos, puede que tú debas unirte al comité asesor. Está bien, no importa realmente. Cuando visitas la web de un movimiento que acaba de empezar, lees el manifiesto, que es lo más importante, pero también quieres ver qué clase de gente es apoyada por el movimiento y apoya el movimiento. Y creo que eso está bien. Está perfectamente bien. Cuando se inició la Segunda Internacional y Engels formaba parte de ella, aquello representaba algo. Aquí tienes a un pensador social que al mismo tiempo es un empresario industrial y que apoya a Marx. Dice algo.

Griselda: Aún soy de la opinión de que alguien de la clase obrera también debería representar alguna cosa…

Yanis: Eso sería florerismo [tokenism] de lleno. Si el DiEM25 no está formado por personas de clase obrera, por mujeres feministas, por inmigrantes, entonces hemos fallado como movimiento, pero anhelamos decir “aquí hay una persona florero de clase obrera, con una foto y un retrato”, no hay nada que nos apague tanto como eso.

Judith: ¿Sabes que Bobby Gillespie es parte de nuestro comité asesor? Él es de clase obrera.

Griselda: Supongo que Bobby no es de clase obrera, su padre lo es.

Yanis: Él está ahí porque es cantante, no porque sea de clase obrera.

Judith: No es florerismo, no es como si estuviéramos explotando a gente con un pasado de clase obrera.

Yanis: Una vez más, el comité asesor está ahí para representar ideas. Para establecer una conexión entre gente que puede que conozcas e ideas que conoces con nosotros. Porque queremos mostrar que hay pluralismo y una gran variedad de ideas que conoces, y que nos puedes juzgar basándote en la selección que hemos hecho. Algunos son muy críticos con Julian Assange, que es parte del comité asesor. Pero queremos afirmar que sí, tenemos a Julian Assange, y esto te aporta información que puede ir en nuestro favor o en nuestra contra, pero te da información.

Cuando pidieron durante una entrevista a Srecko Horvat que te describiera, eligió dos palabras griegas, molon labe: “ven y cógelas”. Palabras que, según Plutarco, Leónidas habría dirigido a Jerjes cuando este último demandó que entregara las armas. Los espartanos perdieron la batalla, pero causaron un gran daño a los persas. Hablando de daño, ¿qué posibilidad hay de que DiEM25 cause algún daño a las instituciones de la UE tal y como las conocemos? Lo que quiero decir es que estas instituciones estuvieron preparadas para hacer morir de hambre a un país en nombre de las balanzas de pago de los bancos.

No creo que la idea sea causar daño; la idea es crear las condiciones para progresar y restaurar la esperanza. Darle a la gente la sensación de que pueden controlar sus vidas, de que el demos no será constantemente excluído de la democracia. Eso es lo que queremos hacer.

Déjame expresarlo con más claridad: si el DiEM25 llegara al poder, ¿cambiarán las instituciones?

Las transformaremos, las salvaremos de sí mismas. El Banco Central Europeo necesita ser salvado (risas), porque ahora está haciendo un daño excesivo a Europa, y tampoco creo que sea bueno para la gente trabajando ahí. Hablo con gente que trabaja en el Banco Central Europeo. No están felices con lo que el Banco Central Europeo está haciendo. ¡Liberémosles a ellos también!

DiEM25 propone –por favor, corrígeme si me equivoco– la parlamentarización y la constitucionalización como la única alternativa viable hacia la democratización. Un Parlamento Europeo soberano significaría que se haría cargo de todas las grandes políticas públicas, económicas y financieras incluidas. Si hubiéramos tenido ese parlamento durante la recesión de 2008, ¿habría impuesto las mismas medidas de austeridad? No podemos negar que hay asimetrías demográficas en Europa y los representantes de los países más pequeños serían minoría. ¿Cuál es la probabilidad de que diputados con un mandato transnacional no representen sus intereses nacionales?

Cierto, buena pregunta. Creemos en la democracia parlamentaria. Es un sistema terrible pero es lo mejor que hay. Punto número uno. Punto número dos, tenemos una moneda común en la mayoría de Europa, el euro. Debido al modo en el que está estructurado, si no se cambia drásticamente, colapsará con un gran coste para la mayoría de europeos. Para prevenir esto necesitamos una federación democrática. Necesitamos asegurar que las decisiones que ahora se toman a puerta cerrada sean tomadas públicamente por personas que nos representen a un nivel europeo. Necesitamos un gobierno federal. O eso o nos deshacemos de la Unión Europea. No hay una tercera vía a largo plazo. Si sabemos que la persona a la que elegimos a nivel paneuropeo como nuestro ministro de finanzas decidirá los tipos impositivos en toda Europa, o al menos un tipo impositivo federal, esto implicaría un sistema electoral que construya transnacionalidad. Para forjar la transnacionalidad podemos estar de acuerdo en que, para ser elegido, necesites formar parte de un partido transnacional que se presente al menos en diez países. Tu pregunta sobre el nacionalismo es importante. En tanto que marxista, no creo que exista algo como un interés nacional. Karl Marx escribió hermosamente contra la ilusión de un interés nacional. Hay un interés de los trabajadores, de las mujeres, de los hombres oligárquicos y patriarcales. El nacionalismo es una ficción según la cual el poder se perpetúa. No necesitamos superar el interés nacionalista porque tal cosa no existe. Necesitamos crear una fuerza progresista, para todos los trabajadores en Europa, para todas las mujeres en Europa, por el medio ambiente, y todo lo que necesitamos para movernos en esa dirección es un movimiento transnacional.

En el prólogo que escribió para Un día en la vida de Iván Denísovich de Solzhenitsyn, Yevtushenko cita la observación de Brecht de que un país que necesita héroes es un país desafortunado. Pero incluso más desafortunado es el país que necesita héroes y carece de ellos. Parece que la época heroica griega no acabó con la Guerra de Troya, sino que se alarga hasta tiempos modernos. Puedo pensar en Miko Theodorakis, Manolis Glezos, Panagoulis. ¿Por qué Grecia es un país tan desafortunado, siempre sediento de héroes?

Es una buena pregunta, ¿no? Creo que tiene mucho que ver con la geografía. Grecia está bendecida y condenada a estar en el cruce de caminos entre Asia y Europa, entre Rusia y Oriente Medio. Mucha historia ha ocurrido aquí. Hemos estado en el ojo del huracán durante muchos, muchos años. Estoy seguro de que esta no es una explicación completa… si piensas que la Guerra Fría no comenzó en Berlín sino en las calles de Atenas en diciembre de 1944, mucho antes de la división de Berlín, y que la crisis de la Eurozona también comenzó en Grecia, sí, parece que tenemos la capacidad de ser la primera pieza de dominó en caer. Pero solo por hablar de héroes: los héroes más importantes son aquellos de los que no nunca has escuchado nada. Es gente que hace grandes sacrificios contra todo pronóstico, que nunca será conocida, que mantendrá su posición, que no cederá, que cargan sobre sus hombros a alguien, a alguien que se vuelva conocido como las personas que mencionas.

Kazantazakis es uno de mis escritores preferidos. En su Informe al Greco, escribe sobre Grecia y su gente con amor. Tú también lo haces. Cuando abogas por un movimiento paneuropeo, ¿hay lugar para el amor por la nación propia? 

Hay lugar de sobra para el amor a tus amigos, a tus hijos, a tu perro, a tu pueblo, a tu ciudad, a tu región, a tu país, a gente que hable la misma lengua que tú, a Europa como un todo, al mundo. No veo por qué se deberían enfrentar unos a otros. ¿Por qué tendríamos que elegir? Para amar Europa no tengo que dejar de amar a Grecia. Es ridículo.

Puede que hayas leído “Esperando a los bárbaros” de Kavafis.

Sí, claro que lo he leído.

El tema es sencillo: todos los imperios necesitan enemigos para justificar su existencia, y si el enemigo –el otro– no existe, debe ser creado. ¿Fue Grecia el motivo que la UE necesitaba para justificar sus fallos sistemáticos?

No creo. No creo en una teoría de la conspiración contra Grecia. Grecia no estaba en el rádar de la Sra. Merkel, el Sr. Macron, el Sr. Hollande, o la Sra. Lagard. No tenían ni idea del daño que habían causado a Europa mediante la creación de la Eurozona tal y como ha sido diseñada. Entonces ocurrió una crisis, sus bancos quebraron y resultó que para salvar a sus bancos era importante prestar una ingente cantidad de dinero al Estado griego. El resto es historia…

¿Quieres decir que estaban al tanto de lo que estaba ocurriendo en Europa?

Estaban despistados. No tenían ni idea de qué estaban haciendo. No vieron venir la crisis, no la habían anticipado. Igual que los estadounidenses no anticiparon que Wall Street se desplomaría. ¿Quién anticipó el derrumbe de Lehman Brothers y General Motors? ¿Que todos los bancos quebrarían? No tenían ni idea.

No soy economista, pero entiendo que hay ciclos históricos en la economía y en las finanzas, que siempre hay crisis…

Pero el tipo de crisis en las que todo el mundo muere al mismo tiempo, en las que todas las compañías se hunden, lo que ocurrió en 2008; eso nadie en el establishment lo esperaba. Algunos de nosotros decíamos que iba a ocurrir, pero éramos tratados como los tontos del pueblo, éramos considerados idiotas excéntricos. La gente con autoridad nunca creyó que ocurriría. Cuando ocurrió, solo intentaron apagar fuegos, uno tras otro, de forma que no atacaban la raíz del problema. Cuando Grecia colapsó primero dijeron: “está bien, esto es un problema porque el Deutsche Bank ya está en quiebra y el Estado Griego debe dinero al Deutsche Bank, así que tenemos que dar dinero a los griegos para que se lo puedan dar al Deutsche Bank”. Decidieron eso y entonces, justo después, se dieron cuenta de que el Bundestag, los democristianos y los socialdemócratas no están felices dando dinero al Estado griego porque nunca se les dijo que ese era dinero para el Deutsche Bank. Así que les mintieron. Les dijeron que el dinero era para los griegos. Como resultado, fue fácil para los políticos y los medios de comunicación en Alemania señalar y acusar a los griegos, haciendo a los alemanes odiar a los griegos. En consecuencia, muchos griegos empezaron a odiar a los alemanes y todo se descontroló por culpa de un sistema, la Eurozona, que nunca fue diseñado para aguantar movimientos sísmicos como el que vino de Wall Street en 2008. Una vez que los políticos en Alemania, en Francia, en Grecia mintieron a sus parlamentos, se mintieron entre ellos, terminamos con una situación que Shakespeare captó muy bien en Macbeth: la perpetración de un crimen para cubrir un crimen anterior. No hubo ninguna conspiración contra Grecia. Mintieron sobre la quiebra de Grecia otorgando al Estado griego gigantescas sumas de dinero mientras apaleaban a su población. Entonces apalearon a los italianos para mandar un mensaje a los franceses. Etcétera… Este no es el modo de dirigir Europa.

¿Hay Estados hegemónicos en la Europa de hoy en día?

Las políticas eran escritas sobre el terreno en Berlín, no hay duda de eso. En ausencia de un Estado federal en Europa, cuando tienes una reacción en cadena de insolvencias y quiebras, la canciller alemana, simplemente por ser la canciller de la única nación acreedora de verdad, escribe las reglas. Pero esto no es una posición hegemónica del Estado alemán. El Estado no es solo la canciller. El Bundestag no tiene una posición hegemónica en Europa pero está completamente desinformado y no se entera de lo que pasa; se le miente constantemente. Tampoco es una coincidencia que el Bundesbank esté constantemente chillando por lo que ocurre en Europa, por ejemplo, lo que hace el BCE.

¿Quién dirige Europa?

Esta es la paradoja: tenemos una Europa dirigida por la canciller alemana, mientras que el Estado alemán no forma parte del gobierno de Europa. Angela Merkel dirigió Europa durante diez años. Ella tomó todas las decisiones importantes, claro está, no por sí misma, sino ayudada por consejeros entre bastidores. Pero nunca hubo un Consejo Europeo en el que ella no entrara a imponer sus opiniones. Y sus opiniones, por desgracia, eran siempre aquellas que consistían en no tomar una decisión valiente hoy si se puede tomar mañana. Posponiendo sus decisiones hasta que su capital político desapareció, y ahora nadie dirige el cotarro.

Básicamente, dices que no hay Estados hegemónicos en Europa, pero que hay políticos que…

Y que eso nos lleva a una muy interesante situación, en la que careces de hegemonía pero tienes autoritarismo. No son la misma cosa. Hoy tenemos autoritarismo sin hegemonía.

Personalmente creo que DiEM25 es una gran alternativa, pero leo el manifiesto y lo encuentro ligeramente incoherente. Por un lado, reivindica un parlamento más fuerte y una constitución escrita en un plazo de dos años, y por el otro aboga por la descentralización y gobiernos locales más fuertes.

¿Ves? Esa es la gran falacia en Europa. Especialmente la gente joven no debería caer en esa trampa. Les han dicho que es un intercambio: si queremos más Europa tiene que haber menos Alemania; si queremos más toma decisiones a nivel federal entonces tenemos que reducir la soberanía del Estado-nación. Lo que tenemos ahora es una situación en la que no tenemos democracia federal o soberanía a nivel de la Unión Europea. Y tampoco tenemos soberanía nacional. Mira al Estado griego, soberano solo formalmente; el Estado italiano: justo lo mismo. En realidad ninguna decisión puede tomarse en Roma o Atenas, excepto sobre recolección de basuras. La política fiscal, la política tributaria, la política monetaria, los tipos de interés son antidemocráticamente determinados por el centro. La soberanía en Roma es ficticia. Pero imagina lo que podría ocurrir si europeizamos las soluciones a los grandes problemas, por ejemplo, programas de inversión ecológica a gran escala –500 mil millones de euros para ser invertidos por toda Europa en la transición ecológica cada año–. Imagina que centralizamos la gestión de la deuda pública. Imagina que tuviéramos un sistema bancario, no diecinueve, y que que veláramos por este sistema bancario y organizáramos los bancos centralmente –en lugar de dejarlo en manos del primer ministro italiano, el primer ministro griego o el canciller alemán. ¡Nuestros gobiernos tendrían, de pronto, más libertad, más soberanía! Por eso no estoy de acuerdo con tu idea de que el programa de DiEM25 es contradictorio. Tu opinión se basa en asumir que más soberanía a nivel europeo tiene que significar menos soberanía en nuestras capitales nacionales. Nuestra opinión es que, para dar más soberanía a nuestros Estados-nación, ¡necesitamos más soberanía democrática en Bruselas!

Una constitución justificaría una soberanía federal; ¿estamos en un momento constitucional en Europa?

Aún no. 2005[1] no fue un proceso constitucional; fue una cosa de arriba abajo. Las constituciones deben surgir de la base, mediante asambleas ciudadanas por toda Europa que culminen en una gran asamblea constitucional paneuropea de ciudadanos. Esto es lo que proponemos en nuestro Manifiesto. Pero para llegar hasta ahí necesitamos primero cambiar los ánimos en Europa. La gente se está preocupando, no por lo que ocurrirá en los próximos diez años, sino sobre cómo llegar a fin de mes. Están preocupados por las tasas de interés negativas que devoran sus fondos de pensiones, no pueden ver a Europa como una fuente de soluciones, solo la ven como una fuente de problemas. Si les dices “sentémonos y escribamos una constitución”, dirán “lárgate”. Por eso tenemos objetivos a largo, medio y corto plazo; a corto plazo necesitamos estabilizar la situación. Necesitamos desplegar instituciones existentes sin reescribir tratados, reestructurar la deuda pública y privada, combatir la pobreza para que los europeos puedan empezar a ver a Europa como una fuente de soluciones, y entonces, esperamos, habría un momento constitucional.

La entrevista la realizó Griselda Qosja, estudiante de doctorado en la Europa-Universität Flensburg que investiga sobre constitucionalismo europeo. Actualmente trabaja en la Facultad de Derecho de la Universidad de Hamburgo.



[1] Nota de la entrevistadora: “2005” se refiere a la serie de referendos que se llevaron a cabo para ratificar el Tratado por el que se establece una Constitución para Europa, firmado en 2004 por los Estados miembros.

 

es profesor de economía de la Universidad de Atenas, ex-ministro del Gobierno de Syriza, del que dimitió por su oposición al Tercer Memorándum UE-Grecia. Es autor, entre otros, de ‘El Minotauro Global’.

Fuente:

http://www.criticatac.ro/lefteast/conversation-with-yanis-varoufakis/

Traducción:David Guerrero

La que traía los sándwiches. 5 hechos artísticos para no olvidar políticamente a Hannah Höch

Por Andrea Pérez Fernández

Finales de abril [1] de 1919. Primera exposición en Berlín de la vanguardia anti-burguesa —y anti- unas cuantas cosas más— por excelencia: el dadaísmo. Se trata de su articulación local más politizada: días antes, Raoul Hausmann, peso pesado [2] del movimiento, publica un “Panfleto contra la concepción de la vida de Weimar”, en el que define el comunismo como “una religión de justicia económica”. Asqueados por la carnicería de la Gran Guerra y atravesados por el hedor de los cadáveres de Karl (Liebknecht) y Rosa (Luxemburgo) [3], los artistas del círculo Dadá-Berlín se sumaron al programa político de la izquierda revolucionaria alemana bajo la mirada atenta de sus futuros censores. Primera exigencia de su manifiesto (1918): “la unión revolucionaria internacional de todos los creadores e intelectuales del mundo entero teniendo como base el comunismo radical”.

Para sorpresa del lector, las prolíficas mentes —sin ironías— de estos intelectuales estaban irremediablemente unidas a un cuerpo que precisaba ser alimentado. De ahí la “indispensable” presencia de Hannah Höch, única artista mujer del grupo berlinés cuya “vocecilla hubiera resultado inaudible entre el estruendo de sus camaradas masculinos”. Ella era, según cuenta Hans Richter en su Historia del dadaísmo (1965), la encargada de proveer las reuniones en el taller de Hausmann de sándwiches acompañados de café y cerveza. El autor la define como “una buena chica” [tüchtiges Mädchen]. Destacamos este dato no por asumir acríticamente su testimonio, sino para reproducir la reacción de ella: “Tu referencia a mi persona como una ‘buena chica’ me obliga a dudar acerca de la continuidad de tu amistad hacia mí”. Höch firmó esta carta como “la así llamada ‘buena chica’, H.H.”.

No se trata de un hecho anecdótico, la participación de esta artista de Gotha en el movimiento también tuvo un eco ridículo en las autobiografías de sus compañeros Richard Huelsenbeck, George Grosz y en la del propio Raoul Hausmann —a pesar de que con este último mantuvo una relación sentimental de 7 años—. Parece ser, además, que Grosz y John Heartfield se opusieron a su participación en la Feria Internacional Dadá de 1920 y cedieron solo cuando Hausmann amenazó con boicotear el evento. Con todo, su longeva trayectoria artística ha sido comúnmente reducida a estos años. Para muestra, su obituario en el periódico de Hamburgo Die Zeit (1978): “A la muerte de Hannah Höch, la musa de media-melena [Bubikopfmuse] en el Club de Hombres”.

En el centenario de las primeras impertinencias del dadaísmo berlinés, listamos cinco pinceladas de la biografía de Höch que, contextualizadas, adquieren hoy gran interés político. Con sus limitaciones, este enfoque inesperadamente prosaico no es fruto de pereza literaria alguna, sino del convencimiento de que es urgente pensarla no solo desde sus genitales, sino como un miembro de pleno derecho de la resistencia —y no exclusivamente cultural— a las afrentas antidemocráticas del siglo XX.

I

1919. La artista realiza el collage Dada Panorama (Panorama Dadá), cuya base es el reverso de un retrato del último káiser del Imperio Alemán, Guillermo II, quien había abdicado en noviembre de 1918. En el collage aparecen, entre otros, el presidente Friedrich Ebert y el Ministro de Defensa Gustav Noske en bañador. Al añadir botas militares a Ebert e incluir una famosa fotografía de un soldado durante la represión gubernamental de las sublevaciones obreras de 1919 (el Levantamiento Espartaquista), Höch vincula a los representantes de la nueva república con el militarismo que los precedía, referenciado por medio de unos soldados en fila (algunos descabezados) en la parte inferior del cuadro. Aparecen varias mujeres en el cuadro; entre ellas, Anna von Giercke, una de las 36 elegidas para la Asamblea Nacional en 1919 —cuando las mujeres pudieron votar por primera vez—. En la esquina del cuadro, recortes de periódico forman la frase: “Eterna libertad para H. H.”. De este modo, la autora conecta el sufragio femenino con una mayor participación de las mujeres en política y, a la postre, con un aumento de su libertad.

II

1921. Una treintañera Hannah Höch firma, junto a otros artistas, una Carta Abierta al Grupo de Noviembre. Dicha asociación de artistas —de la que formaron parte personalidades como Alban Berg, Bertolt Brecht, Walter Gropius o Vassily Kandinsky— tenía como obligación principal “la construcción ética de la joven Alemania libre”, y lo hacía, en un borrador del manifiesto de 1918, haciendo suyo el lema “¡Libertad, igualdad, fraternidad!”. Dos años después, Höch y sus compañeros preguntaban a sus dirigentes ¿qué hacían por “la realización de sus ideas, expresadas con tanto ímpetu sonoro en sus circulares y manifiestos?”. Para esta disidencia interna, la revolución era algo más que un “credo verbal”. Lejos de renegar de los objetivos del Novembergruppe, se los tomaban en serio: “nos sentimos solidarios con los esfuerzos […] del proletariado que quiere crear una comunidad humana sin falsos-abejorros y en la cual no se trabajará, como hoy día, por oposición a la sociedad, para acabar en parásito viviente de sus gracias”.

III

1930. Höch produce Mutter (Madre), cuya técnica es el fotomontaje y la acuarela. En este cuadro, la artista coloca una máscara de las tribus Kwakiutl encima del rostro de una mujer proletaria embarazada. La imagen original era una fotografía que John Heartfield publicó en la revista ilustrada —abiertamente antifascista y procomunista— AIZ (Arbeiter Illustrierte Zeitung). En ella, Heartfield denunciaba el uso instrumental de las mujeres como fuerza reproductora con el siguiente subtítulo: “proveedor forzado de municiones humanas, ¡tome valor! ¡El Estado necesita parados y soldados!”. En la serie de cuadros Desde un museo etnográfico, a la cual pertenece Mutter, Höch denuncia el simplismo con en el que se emplea el mal llamado “arte primitivo” por parte de los artistas europeos, así como la hipersexualización del cuerpo femenino colonizado que, considera, tiene puntos de intersección con la construcción mediática de la feminidad (blanca) en la Alemania de Weimar.

IV

1937. El nacionalsocialismo acusa a Hannah Höch de “bolchevique cultural” y le prohíbe exponer. La causa: el cuadro Die Journalisten (1925), en el que aparecen periodistas retratados como criaturas híbridas cuyos órganos sensoriales se encuentran asimétricamente desarrollados —uno de ellos con un indudable parecido a un insecto—. Un año después, George Grosz recuperaría el mismo eje temático en su cuadro Los pilares de la sociedad. No está de más mencionar el rol que jugó la prensa conservadora en la des-democratización de la República de Weimar, controlada en gran parte por el conglomerado mediático de Alfred Hugenberg, futuro Ministro de Economía y Agricultura de Hitler. Sin duda, Höch es una de las primeras artistas europeas que se preocupa por cómo la comunicación de masas contribuye a la construcción de la identidad de los individuos. Las imágenes extraídas de la prensa periódica son una constante en su obra.

V

1946. Höch publica en Ulenspiegel. Esta revista satírica, que mantuvo una posición marcadamente antinazi, se enfrentó a la hostilidad de La Oficina de Gobierno Militar de los Estados Unidos en Alemania (OMGUS) tras la Segunda Guerra Mundial por criticar las políticas estadounidenses —presuntamente destinadas a la “des-nazificación” y a la reconstrucción democrática— en Alemania. Entre otras anécdotas, la OMGUS redujo la asignación de papel de la revista a la mitad como “paso preliminar” para reorientar su línea editorial o reemplazarla por un medio “más efectivo” [4].

Las cigarras y la hormiga

1973. La artista, ya octogenaria, empieza a organizar toda la documentación acumulada sobre el dadaísmo, así como sus libros y catálogos. Las digresiones de un movimiento impertinente —y en gran medida efímero— quedarían, paradójicamente, disciplinadamente organizadas. Quizá por eso Richter describió a Höch como una “irremplazable hormiga entre nosotros, cigarras”. En efecto, nunca se sintió particularmente cómoda en los gestos que se agotaban en la provocación, y abogaba por una visión de la libertad tanto menos individualista y abstracta que la que proponían sus colegas en los años veinte. Además, mantuvo estrecha amistad —y colaboró profesionalmente— con personalidades pertenecientes a otros círculos, en ocasiones enfrentados con Dadá Berlín. En una entrevista en 1959, se refirió a Kurt Schwitters (declarado anti-dadá por el grupo de Berlín) y a Jean (Hans) Arp (fundador de Dadá en Zúrich) como “raros ejemplos del tipo de artista que puede tratar a una mujer como a una colega”.

Con todo, es innegable que gran parte de la producción de Höch está en absoluto diálogo con los collages de Hausmann o Heartfield, entre otros, y existe vasta documentación que demuestra que estuvo en contacto permanente con el núcleo duro del movimiento —prueba de ello es su larga amistad con Salomo Friedlaender (Mynona), uno de los mayores referentes filosóficos del círculo—. ¿Cuál es, entonces, la causa de silencio de sus compañeros? El curador Peter Boswell —quien ha realizado una encomiable tarea investigadora en torno a su producción— cree que una de las causas de la marginalidad en la que se encontraba Höch en Dadá Berlín fue su persistencia en mirar el mundo desde una “perspectiva femenina”. Varios problemas. Primero, ¿qué entendemos por una perspectiva “femenina”?

Si (a) la “perspectiva femenina” es aquella con la que miran el mundo las personas cuyo género es el femenino, entonces los marcos de referencia con los que el ser humano interpreta la realidad se configuran únicamente en base a una especie de correspondencia (sea dada a priori o performada en un devenir) con “lo femenino” o “lo masculino”. En ese caso, deberíamos interpretar la obra de sus colegas masculinos de Dadá como fruto de una perspectiva “masculina” que ya no trata de interpelar a las masas proletarias sino, a lo sumo, al proletariado masculino. La diferencia sexual imposibilita la abstracción y las perspectivas masculina y femenina son aquí mutuamente excluyentes. Asimismo, parece difícil pensar, desde este esquema, la heterogeneidad de maneras en que se puede vivir la masculinidad o la feminidad, pues nos obliga a entenderlas como categorías puras.

Cabe también la posibilidad de que (b) la “perspectiva femenina” sea aquella que tiene en cuenta (también) la experiencia femenina de la realidad. No divide: amplía. Se toma en serio el proyecto ilustrado y trata de hacer partícipes de él a todos los seres humanos allende su género. El feminismo sería entonces una cuestión de honestidad epistemológica: al no encontrar un motivo racional para excluir de la “humanidad” a las mujeres, todo punto de enunciación que se pretenda universal deberá considerarlas (y de no hacerlo será fruto del prejuicio). Pero, así las cosas, más que de una perspectiva “femenina” ¿no sería más adecuado hablar de una perspectiva materialista? ¿Por qué adjetivar una perspectiva si se trata de un universal?

Una tercera vía. Cuando interpretamos la obra de Höch como (c) “la perspectiva femenina del dadaísmo berlinés”, su propuesta política (en caso de considerarse) queda relegada a un posible apéndice o complemento del movimiento. Incurrimos (en muchos casos, sin pretenderlo) en el error de asumir que, en Dadá Berlín, los hombres, cuyos genitales no determinan su pensamiento, generan un discurso político que persigue la transformación de la esfera pública. Höch, que secunda ese proyecto, apostillaría algunas consideraciones que se derivarían, como no podría ser de otra manera, del hecho de ser mujer. Bajo estas premisas erróneas, terminaríamos por asumir que su reflexión nunca podría acercarse más a la verdad que la de sus colegas, porque emanaría de lo personal, de lo no-político. Complementaría, mas no sustituiría.

No es el objetivo de estas líneas, que ya concluyen, abrir un debate en torno a la posibilidad de un pensamiento no situado. Una podría defender que es imposible que un discurso se abstraiga de la materialidad del cuerpo de su emisor y que, en Dadá Berlín, cada cual trataba “cosas de mujeres” o “cosas de hombres” (asumiendo el falaz paradigma dicotómico), respectivamente. Pero lo cierto es que había consensos; y Hannah Höch participaba de ellos. Por eso, frente a una lectura reduccionista que entienda todas sus aportaciones como una traducción directa de sus sentimientos (particulares, privados y no extrapolables), parece más adecuado enmarcar sus aportaciones —también su crítica a la masculinidad hegemónica, que ocuparía otras tantas líneas— en el seno una la sátira cultural que cargaba contra los procesos de des-democratización en la Alemania (y Europa) de la época.

En pleno 1920, Höch escribe un relato corto que trata el caso de un pintor —presunto defensor de la “igualdad entre los sexos”— que sufre una crisis espiritual cuando su mujer le pide que lave los platos, pues ello pone en jaque su genio creativo ¿No es este un enfoque materialista (o, si se quiere, realista)?

Referencias

[1] En la cronología elaborada por Kristin Makholm se especifica que la exposición tuvo lugar entre los días 28 y 30 de abril. Aquí, empleamos términos extraídos directamente de la edición del archivo de Hannah Höch en la Berlinische Galerie.

[2] Hans Richter distingue entre los “pesos pesados” y los “pesos livianos” (entre los que incluye a Hannah Höch) del movimiento dadaísta berlinés. Lo hace en su Historia del dadaísmo (1965).

[3] Usamos sus nombres de pila en un eco al texto de Louis Aragon “John Heartfield y la belleza revolucionaria”, de 1935, que reza: “Después los hombres-de-traje de París y de Potsdam se entendieron, Clemenceau entregó al socialdemócrata Noske las ametralladoras que equiparon a los grupos de los futuros hitlerianos. Karl y Rosa cayeron. Los generales se volvieron a encerar el bigote. La paz social florece, negra, roja y oro, sobre los cadáveres abiertos de la clase obrera”.

[4] Relato de los hechos extraído del libro The Cultural Cold War in Western Europe 1945-1960 (2004).

Andrea Pérez Fernández Graduada en Periodismo, cursa estudios de Doctorado en Filosofía en la Universidad de Barcelona
Fuente:
www.sinpermiso.info