Enzo Traverso: “La alternativa a las políticas neoliberales en Latinoamérica fracasó”

“El triunfo de Bolsonaro es de hecho una derrota del PT”, sostiene el historiador italiano, quien en su nuevo ensayo reivindica cierta melancolía por el socialismo y, a la vez, la necesidad de revisar los fracasos sin aferrarse a los dogmas. En este diálogo con Carolina Keve, el autor explica también por qué el liderazgo del brasileño y el de Trump, entre otras conducciones de derecha, no pueden asimilarse al fascismo clásico.

Por Carolina Keve

¿Cómo recuperar la voluntad de transformación sin caer en la nostalgia de las revoluciones perdidas? ¿Dónde encontrar la brújula en un mundo con fronteras inciertas, que ya no se dirime entre elecciones o adversarios claros? ¿Cómo pensar y construir una memoria que sea capaz de proyectar ese pasado en la idea de un porvenir? Son tan solo algunas de las preguntas, enormes preguntas, que el historiador Enzo Traverso se plantea en su último libro, Melancolía de izquierda. Marxismo, historia y memoria (Fondo de Cultura Económica), retomando su preocupación por las posibilidades de construcción de un nuevo tipo de izquierda. Invitado por la Universidad de San Martín para participar del Encuentro Marx 200 años, analiza en esta entrevista los escenarios abiertos hoy sin perder el optimismo. La clave parecería residir en mirar el pasado y sus fracasos, sin quedar atrapados en ellos.

–Tomo una pregunta que le han hecho recientemente acerca de si Europa estaba ingresando en los años 30, pero subo la apuesta. Donald Trump, Jair Bolsonaro…¿el mundo está reviviendo esa década?

–Estamos frente a escenarios totalmente imprevisibles. Salimos del siglo XX, un siglo en el cual había orden, e ingresamos en el siglo XXI, en un mundo global, sin un orden y donde todo es posible. En este contexto una solución autoritaria es un escenario posible.Ahora bien, no creo que el fascismo del siglo XXI pueda ser considerado, eso sí, como una vuelta al fascismo clásico. No es un modelo útil para entender lo que está pasando. Estamos ante un fascismo que tomará otras caras. Justamente, el problema pasa por preguntarse cuáles serán esas otras caras. No es lo mismo Trump en Estados Unidos que Bolsonaro en Brasil. Tienen características muy diferentes.

No creo que el fascismo del siglo XXI pueda ser considerado como una vuelta al fascismo clásico.

–¿Por ejemplo?

–En Europa la extrema derecha tiene éxito porque se opone a la Unión Europea. En Estados Unidos estamos ante una forma muy ecléctica de proteccionismo y neoliberalismo. En Brasil, podríamos afirmar que Bolsonaro tiene una actitud fascista y al mismo tiempo neoliberal en el sentido más radical de la palabra. Es decir, el fascismo clásico no representa un modelo ni para Trump ni para Bolsonaro, está claro. No son líderes políticos que llegan de esa tradición o tengan esa cultura. Entonces creo que debemos hacer estas comparaciones con cuidado. Son útiles pero más que nada para ver las diferencias.

–Recuperando algunas hipótesis del libro, estos ascensos podrían interpretarse también como correlato de una izquierda que no ha logrado superar cierto mesianismo y cierta cultura de la derrota…

–Siempre en contextos de crisis la búsqueda de una solución gira hacia la derecha, o la extrema derecha. Eso significa que la izquierda es incapaz de proponer una alternativa. Ahora, como el fascismo tiene nuevas caras, la izquierda seguramente no podrá aparecer como una alternativa si propone viejos modelos que han fracasado.

–¿Cuáles son esos modelos?

–Hasta ahora tuvimos dos corrientes dominantes, el comunismo por un lado, y la socialdemocracia por otro, con numerosas variantes. La socialdemocracia se volvió en una corriente social liberal, hoy no aparece para nada como una alternativa al modelo económico dominante. Por otro lado, es cierto que a veces las alternativas pasan por los aparatos tradicionales, como el caso de Bernie Sanders en Estados Unidos o Jeremy Corbin en el Reino Unido. Pero también hay movimientos que están buscando algo nuevo y no logran construir nuevas formas políticas, nuevas representaciones.

–Un ejemplo interesante frente a ello es el caso de Podemos en España.

–Podemos es el único ejemplo de construcción de una fuerza política organizada que se apoyó en su nacimiento sobre un movimiento social. Si tiene la capacidad de estimular coaliciones que consoliden su horizontalidad, garantizando que la base social tenga su representación sin sustituciones de un aparato, sería fundamental. De lo contrario, el riesgo es que se institucionalice como un partido de izquierda, como pasó, por ejemplo, con el PT en Brasil.

La izquierda seguramente no podrá aparecer como una alternativa si propone viejos modelos que han fracasado.

–En su trabajo cita el caso de Bolivia como un ejemplo interesante de populismo.

–Durante un tiempo, Latinoamérica apareció como el continente de la resistencia a las políticas neoliberales, y esta alternativa fracasó. El triunfo de Bolsonaro, de hecho, también es una derrota del PT. El problema de la búsqueda de una alternativa de izquierda hoy se plantea en todas partes.

–¿Cómo conservar la esperanza entonces? Tras la caída del muro, prácticamente han sido pocas las alternativas.

–Bueno, tengo 60 años y recuerdo muy bien la caída del muro (se sonríe). Fue un período de muchas esperas, y de esperanza. Era la promesa de un mundo abierto. Pero lo que ocurrió después fue todo lo contrario. Los muros se multiplicaron.

–Al respecto, hoy pareciera haber cierto desplazamiento en los discursos de la derecha de la figura del “terrorista” a la figura del “inmigrante”. ¿Podemos considerar estos fenómenos como un fracaso del mito de la aldea global y el triunfo de los Estados nación?

–Las fronteras se multiplicaron, pero no son más las fronteras de un Estado nación en el sentido clásico. Después de la Segunda Guerra nos condujimos hacia el fin de estos antagonismos entre nacionalismos bien definidos. Hoy es muy diferente, se han construido nuevas fronteras que son la expresión política de la búsqueda de nuevos chivos expiatorios, con diversas formas de xenofobia y racismo…En este sentido, creo que la caída del muro apareció no solo como el fracaso de un conjunto de regímenes políticos. Fue además un corte histórico que permitió tomar conciencia de que un modelo de cambio social y político, que había dominado el siglo XX, no estaba más vigente. Es decir, fue la caída del socialismo real pero también fue el agotamiento de un ciclo de revoluciones con el que empezó un trabajo de duelo por parte de la izquierda, que habría que elaborar críticamente. Creo que eso se hizo de una forma parcial, sin lograr resultados tangibles.

El triunfo de Jair Bolsonaro, afirma Traverso, es también el fracaso del Partido de los Trabajadores.

El triunfo de Jair Bolsonaro, afirma Traverso, es también el fracaso del Partido de los Trabajadores.

–¿Y en qué consiste esa capitalización crítica de la melancolía?

–En el libro yo lo planteo como una experiencia necesaria para salir. Es decir, no pienso la melancolía en términos de una derrota final. Creo que pasa por un trabajo necesario de reconstrucción, que además permitiría plantear un vínculo entre esa generación formada en el siglo XX y las nuevas, que son muy creativas y buscan ideas nuevas pero que tal vez no tienen pautas ideológicas. Hoy estamos ante formas nuevas de comunicación y de acción, que constituyen potencialidades muy fructíferas. No obstante, una generación sin memoria, que no puede inscribir su acción en una continuidad histórica, puede ser un elemento de vulnerabilidad.

–Advierte las consecuencias de cuando esa potencialidad revolucionaria entra en una lógica mesiánica. Pensar que todo está por pasar, implica asumir que no está pasando nada.

–Es bastante complejo, porque por un lado, el mesianismo que dominó la cultura de la izquierda en el pasado –y que yo vinculo a una visión teleológica de la historia–, fracasó. Por otro lado, tener un telos, un objetivo, pensar que se puede cambiar el mundo en cierta dirección, puede ser la premisa de los totalitarismos pero también es un lugar común del liberalismo clásico. En este sentido, creo que no se puede hacer política con las ilusiones del pasado sin asumir una crítica al mesianismo, que al final es una apología del orden dominante. El caso de la Unión Europa es muy paradigmático desde este punto de vista.

–¿Por qué?

–La Unión Europa es una entidad políticamente inexistente; no es un estado soberano. Cada país debe decidir, por ejemplo, sobre su política internacional. Pero al mismo tiempo es un lugar de producción de leyes muy constrictivas. Es decir, construye un marco que estados soberanos deben respetar. Es un buen ejemplo de cómo existen ilusiones que son muy performativas. El siglo XXI es un siglo dominado por la retórica de los derechos humanos, pero también es un siglo que reproduce muchas formas de opresión.

Enzo Traverso  en la actualidad es profesor en Cornell UniversityEstados Unidos. Foto: Alfredo Martínez.

Enzo Traverso en la actualidad es profesor en Cornell UniversityEstados Unidos. Foto: Alfredo Martínez.

–Tomando la caracterización de Eric Hobsbawm, si el período comprendido entre 1789 y 1914 fue el “siglo largo”, y aquel entre 1914 y 1991 fue el “siglo corto”, ¿qué nombre le cabe a la etapa que arranca con la caída de la Unión Soviética?

–(Se sonríe y responde) Soy incapaz de decirlo. Con seguridad afirmaría que es el siglo que comenzó con el fracaso de los socialismos. El fin de la Guerra Fría implicó una victoria del capitalismo, y eso no necesariamente se limita a una victoria de Estados Unidos frente a la Unión Soviética… Creo que, hasta ahora, ha sido el triunfo del capitalismo neoliberal como modelo económico, pero también como ideología. ¿Será eso lo que marque el horizonte? No podría afirmarlo.

https://www.clarin.com/revista-enie/ideas/enzo-traverso-alternativa-politicas-neoliberales-latinoamerica-fracaso_0_RegPhGZAe.html?fbclid=IwAR3GXgXRAZtf1Imh8LhYDKuq1t40Whao6s1pKIj6wSNEYADL6IPRpYOAMHI

Decio Machado: “La izquierda hace tiempo ya que dio la espalda a buscar la playa bajo los adoquines”

Entrevista a Decio Machado / analista político e impulsor de diversos proyectos editoriales independientes

Por Ángela Pastor / Colectivo Oveja Negra (Colombia)

En el actual momento de crisis en el que están sumidas las izquierdas ¿cómo consideras que estas deban reconstruirse en la actualidad?

No creo que la construcción de respuestas contra-hegemónicas al poder global y sus respectivos poderes locales pasen en este momento por reconstruir estructuras que se alineen con el pensamiento tradicional de la izquierda… Pese a que Walter Benjamin durante la primera mitad del pasado siglo fuera el primer partidario del materialismo histórico en romper radicalmente con la ideología del progreso, cabe indicar que esto que llamamos izquierdas ya en el siglo XXI sigue sin comprender de manera generalizada el momento en el que estamos. La izquierda dio la espalda a buscar la playa bajo los adoquines, a abolir el trabajo alienante, a la imaginación y la creatividad, e incluso a cuestionar una sociedad alienada en la que solo importa trabajar sin más criterio que el de la ganancia y consumir -quien pueda- hasta reventar.

La pobreza en materia política y político-económica del ciclo progresista latinoamericano, donde la carencia de transformaciones reales pretendió ser justificada intelectualmente bajo la dicotomía weberiana priorizando la ética de la responsabilidad -lo que se puede hacer- frente a la ética de las convicciones -lo que se debería hacer- demuestra estas carencias. La izquierda transformó en la última década y media en América Latina, y también en Europa y otros lugares del planeta, a los actores de oposición en parte del aparato de poder. De hecho sigue sin comprender que para que exista realmente una revolución o un proceso de transformación anti-capitalista no se debe simplemente sustituir a los agentes detentadores del poder, sino una generar una profunda y total subversión cultural.

En este sentido es reseñable el movimiento de mujeres. Con consignas de alta radicalidad en la medida en la que cuestionan el patriarcado, es decir, el sistema, han logrado conformar un gran movimiento de masas. Es emancipador, revolucionario y no necesariamente de izquierdas… El concepto revolución no tiene nada que ver con las metas de una supuesta evolución histórica del progreso, tal y como lo entendió la ortodoxia marxista, sino que debe ser concebido como una disrupción radical en la historia de dominación de la humanidad.

Los sucesos políticos más interesantes que se han dado en lo que llevamos de siglo son movilizaciones donde las estructuras horizontales y asamblearias se han impuesto sobre el protagonismo de los partidos políticos y sus dirigencias. Ahí están las primaveras árabes, el 15-M de los indignados en el Estado español, el Junio del 2013 brasileño, los diferentes Occupy o en Francia el Nuit Debout y las actuales movilizaciones de los Gilet Jaunes. Esto demuestra que se ha ido fraguando a nivel global un fuerte desprecio por las instituciones estatales y el sistema de partidos, los cuales, volviendo a Benjamin, podríamos decir que nos ofrecen un “deplorable espectáculo”. Ninguna de estas expresiones de rechazo al sistema imperante se reivindicó de la tradición de las izquierdas, son otra cosa.

Las sistémicas crisis capitalistas y sus salidas de carácter regresivo para los intereses populares, la estructuración de la economía mundial por las empresas transnacionales, así como esta falta de legitimación social por parte del sistema político global determina inevitablemente un nuevo ciclo de luchas. Posiblemente disperso… pero a su vez global. En ellas es responsabilidad de las gentes que tenemos posiciones racionalistas y humanistas impedir que la tendencia dominante se escore hacia las posiciones de perfil neofascista que en este momento parecen estar tomando cierta ventaja.

¿Se quedó Marx sin vigencia en el siglo XXI?

Claro que tiene vigencia, en su obra están perfectamente descritos los procesos de producción, circulación y distribución que se generan al interior del sistema capitalista. Sin embargo el capitalismo vive en permanente transformación, la tecnología 3G permitió que hoy la transnacional más importante de transporte en el planeta se llame Uber y no tenga un solo vehículo o choferes entre sus activos, o que la principal compañía hostelera a nivel global se llame Airbnb y no disponga ni de hoteles ni de servicio de habitaciones. Lo que vendrá con la tecnología 4G y la cuarta revolución industrial ahora en curso ni siquiera lo imaginamos en este momento. Incluso los pensum de las más emblemáticas escuelas de negocios del planeta hoy están siendo renovados porque ya no son funcionales para el nuevo capitalismo y la economía digital. Además, mediante las nuevas tecnologías hoy se aplica una máxima de Michel Foucault que indica que los métodos del poder ya no funcionan por el derechos sino por la técnica; ya no por la ley sino por la normalización; ya no por el castigo sino por el control. Todo esto en su conjunto hace que la forma más válida para trabajar a Karl Marx al día de hoy no consista ya en rezarle, sino en utilizarlo, en deformarlo, en torturarlo hasta hacerlo gemir, que grite y proteste.

El marxismo clásico tiene una visión instrumental del Estado, entiende que lo único realmente importante es en manos de quien está dicho Estado. Sin embargo, el propio Marx afirmó en su obra el carácter clasista del Estado y apuntó a la necesidad de destruir el viejo aparato estatal y crear algo nuevo como primer escalón en la revolución desenajenante… La izquierda históricamente nunca entendió nada respecto a este concepto pese a que Gramsci, en algún momento, criticó la visión instrumentista del Estado/Poder en sus Quaderni del Carcere.

Los marxistas clásicos nunca terminaron de entender la tesis foucaltiana sobre el poder o más bien sobre los micropoderes y sus lógicas relacionales, desde su visión estatista consideran que dicha tesis diluye y dispersa el concepto de poder. Todavía no comprenden, pese a que Gramsci trabajará también lógicas vinculadas a las redes de relaciones que afianzan la dominación, que el ejercicio del poder consiste en conducir conductas, en disponer el campo de alternativas probables de acción presentadas al individuo, es decir, en estructurar el campo de la acción eventual de los otros. Desde mayo de 1968 tenemos claro que la construcción de la subjetividad no es un proceso ni libre ni espontáneo, estamos hablando de un estadio superior a la coartación o a la prohibición pese a que el sistema político y económico capitalista requiera también de formas de control y regulación concebidas bajo técnicas represivas y disciplinarias. Históricamente la gestión del capitalismo ha requerido de estos mecanismos, los cuales han sido aplicados con independencia de que sus gestores transitorios fueran conservadores o de izquierdas. Es una lógica de Estado, citando al historiador francés Fernand Braudel, “el capitalismo sólo triunfa cuando se identifica con el Estado, cuando es el Estado”. Quizás desde otras culturas esta visión sea más clara que desde nuestra óptica de modernidad eurocentrista. Por ejemplo Abdullah Öcalan tiene desarrollada la tesis de que es un error intentar delimitar la lucha por la emancipación del ser humano al terreno de la economía, cuando el capitalismo es poder y no economía… en fin, desde Mijail Bakunin y sus primeros anarquistas al mundo occidental le ha faltado una idea radical de la libertad.

Ahora bien y pese a ello, como dice Raúl Zibechi, debemos leer correctamente el discurso oculto de los dominados. Para ello, los viejos manuales ya no son tan útiles, necesitamos una nueva inventiva. Este posiblemente es otro de los problemas que heredamos de la base cultural formativa de la que venimos, dado que el propio Marx no fue capaz de reinventar determinados conceptos del pasado. Por ponerte un ejemplo: Marx planteaba en sus momentos de dirigencia del movimiento obrero internacional la necesidad de una “revolución social del siglo XIX”, buscando encontrar su poesía en el futuro más que en el pasado, sin embargo nunca superó el esquema estratégico de la toma de poder propio de la Revolución Francesa con la toma inicial de la Bastilla. Incluso en su obra del 18 Brumario dice respecto a la revolución alemana de 1848 “será como la revolución francesa, pero radicalizada…”. Lo mismo sucedió con Lenin y Trotsky aunque en este caso con un resultado existoso, el formato de la Revolución Bolchevique de 1917 no es más que una copia de la estrategia utilizada en 1789.

Tu libro con Raúl Zibechi, “Cambiar el mundo desde arriba, los límites del progresismo” ha sido todo un éxito, publicado en múltiples países y traducido en diversos idiomas. ¿Habrá más trabajo conjunto entre ustedes?

Trabajar con Raúl para mi siempre es un gustazo además de un reto. Compartimos muchos criterios y en otros divergimos, pero para mi es un referente de coherencia e integridad intelectual además de un buen amigo. Tenemos un trabajo conjunto pendiente y recientemente hablamos de remangarnos y ponernos en breve a cuatro manos en la obra.

Tras leer la fuerte crítica que se le hace a los regímenes progresistas latinoamericanos en vuestro libro ¿ni siquiera consideras rescatables la mejora de indicadores sociales en materias tales como la reducción de la pobreza?

Decía Gilles Deleuze que la izquierda necesita que la gente piense, sin embargo, al menos en América Latina la izquierda en el poder buscó todo lo contrario. Fruto de esa estrategia propiciada desde criterios laclaunianos neopopulistas y la puesta en marcha de fuertes aparatos de propaganda al servicio de lo que fueron partidos-Estados y liderazgos caudillescos, se producen imprecisiones como la que en este momento planteas.

Aclaro esto. La reducción de la pobreza en América Latina durante el período del boom de los commodities no es un proceso exclusivo de los regímenes progresistas. Te pongo un ejemplo, siguiendo datos oficiales entre 2007 y 2014 -momento de la caída del precio de los commodities y comienzo de la recesión en varios países de la región- la pobreza medida por ingresos en el Ecuador correista se redujo del 36.7% al 22.5% mientras que en la Colombia neoliberal de Uribe y Santos pasó del 45.06% al 28.5%. Analizados los datos, Colombia redujo su indicador de pobreza en 3.25 puntos porcentuales más que Ecuador.

En términos globales podríamos decir que la combinación de lo fue una creciente demanda global de recursos naturales por parte de la economía china y una serie de sucesivas reducciones de los tipos de interés estadounidenses, en aras a mantener una recuperación económica tras la burbuja tecnológica del 2001, determinó que ingentes cantidades de dinero aterrizasen en los países del Sur. Esto hizo crecer los mercados emergentes a partir de mediados del 2003. De hecho, a nivel global se asistió a la racha de crecimiento económico más extendida que el mundo ha vivido en el transcurso de su historia. Entre los años 2003 y 2007 la tasa de crecimiento medio del PIB en los países del Sur pasó del 3.6% en las dos décadas anteriores al 7.2%, no quedando casi ningún país en desarrollo fuera de ese fenómeno. En 2007, punto álgido de este crecimiento, prácticamente todas las economías del mundo crecieron por encima del 5% con excepción de Fiji, República del Congo y Zimbabue.

Esto ya se acabó. En la actualidad, la economía estadounidense maneja datos alarmantes: la deuda de las familias actualmente alcanza los 13,3 billones de dólares, una cifra superior a la de la crisis del 2008, los créditos universitarios superan notablemente los 611.000 millones que alcanzaron una década atrás, los créditos por compras de autos y los saldos de las tarjetas de crédito también han superado los montos de hace una década. Fruto de esta deriva la Reserva Federal ha incrementado desde diciembre del 2015 nueve veces el precio de dinero.

Por su parte, la actual desaceleración de la economía china ha supuesto el fin de un ciclo económico global que, para bien y para mal, significó un ciclo económico insólito en la historia de la humanidad. Sus demandas de commodities a nivel global implicaron un excedente en los países del Sur que permitió la reducción de la pobreza global al mismo tiempo que aceleró las amenazas de destrucción ambiental, el calentamiento global y la forja de un nuevo modelo de imperialismo pese a que muchos analistas afines al progresismo pretendan negarlo.

En América Latina la principal razón por la que no se logra reducir la desigualdad es debido al precario sistema impositivo que tenemos y su escasa fuerza redistributiva. El propio Banco Mundial reconoce la escasa presión fiscal existente en el subcontinente. Sin impuestos no puede haber igualdad. Durante el ciclo progresista las mejoras en la distribución de la riqueza no se dieron gracias a progresos en los sistemas tributarios, no transformaron esta realidad pese a que pudieron hacerlo, sino por los subsidios financiados mediante los excedentes de la exportación de commodities. Muy patético, pues terminado el boom los subsidios comienzan a desaparecer y la desigualdad vuelve a crecer.

En resumen, el hecho de que el llamado ciclo progresista latinoamericano se encuadre en este período histórico hace que se hayan construido intencionadamente axiomas que no se ajustan a la realidad y que no reflejan más que la tremenda orfandad ética e intelectual del progresismo.

Te he leído en varias ocasiones que uno de los grandes problemas de la izquierda institucional latinoamericana es haber entregado el discurso de la ética a la derecha. Hablemos de eso…

El problema no es estrictamente latinoamericano, pese a que en efecto ha sido uno de los problemas de las nuevas tecno-burocracias latinoamericanas durante el último período. Ya en su fase de decadencia, el progresismo sufrió una fuerte embestida desde el periodismo de investigación en cada uno de los países en los que gobernaban, cuando diariamente se iban haciendo públicos diferentes casos de corrupción institucional a gran escala. Esto, sumado al fin de la economía fácil, terminó de deteriorar la legitimación social de la que gozó el progresismo latinoamericano durante su primera fase. La corrupción evidentemente existió también en los gobiernos que se mantuvieron conservadores durante el ciclo progresista, pero precisamente porque el progresismo decía encarnar lo contrario la mayoría de la sociedad no le perdonó esta deriva.

En todo caso y desde una perspectiva más global, tal y como indica el ensayista Georges Didi-Huberman, el capitalismo puede aceptar la crítica siempre y cuando esté en condición de convertirla en ineficaz, lo que a la postre constituye una innovadora forma de censura. Así y pese a estas denuncias puntuales de los grandes mass media, la transformación permanente en el que está inmerso el capitalismo desde la década de los setenta hace posible que se compren las políticas de Estado mediante inyecciones de capital privado en los mecanismos legislativos, ejecutivos, campañas electorales y demás. Esto legitima una lógica de corrupción que enferma a los Estados y que determina que la corrupción pase a ser el Estado en sí mismo. Lo hemos visto recientemente con la transnacional brasileña Odebrecht en diversos países de América Latina. Podríamos decir que estamos ante una nueva versión de la necroeconomía.

¿Qué hacer entonces desde los espacios de acción y pensamiento contra-hegemónicos en un momento donde las posiciones ultraconservadoras y neofascistas avanzan por doquier?

Si uno lee los resultados del Latinobarómetro verá que en América Latina, aunque realmente el proceso es global, los votantes tienen cada vez menos en cuenta el mundo que les rodea y basan sus comportamientos en el entorno inmediato en el que viven sus experiencias cotidianas. No es que haya habido una transformación de la ideología dominante en la región, discurso por cierto al que se suscribió el progresismo en busca de respuestas carentes de autocrítica, sino que lo que estamos viviendo corresponde a un alejamiento ciudadano de las ideologías. Vivimos una indiferencia creciente de la ciudadanía respecto a sus gobiernos e instituciones públicas, motivo por el cual la gente está dispuesta a sacrificar espacios del régimen democrático liberal a cambio de prosperidad económica y seguridad.

Desde esta perspectiva, grandes franjas de nuestras sociedades entienden que democracia, crecimiento económico y seguridad no van de la mano. Estamos ante una democracia diabética donde no existe insulina que permita que la glucosa entre a las células para suministrarles energía. En el fondo, esto responde a que la inmensa mayoría de la sociedad cree que se gobierna para unos pocos y que no se defienden los intereses de la mayoría.

Lo anterior genera una demanda de ruptura, situación frente a la cual las izquierdas en este momento no tiene nada que ofrecer a la sociedad, pues ante la búsqueda de una nueva protección y un nuevo pacto social la izquierda representa una caduca continuidad. Ni se tiene un proyecto alternativo de gobierno, es decir, una reformulación de lo que es el Estado y su mecanismo para la toma de decisiones; ni se propone una alternativa al capitalismo y su modelo de acumulación económica. Ante estos retos la izquierda global apenas ofrece una amalgama de narrativas prefabricadas, mientras en la región -tras el triunfo de Jair Bolsonaro- se arman los discursos desde la retórica de la alerta al fascismo ignorando que el rascismo, el caudillismo, el nacionalismo, el autoritarismo, el antiliberalismo e incluso -en el caso venezolano- el militarismo ya fueron características propias del ciclo progresista. Como bien indica en un análisis post-electoral brasileño el compañero Bruno Cava, cuando el progresismo se coloca como opción democrática frente a la derecha más es retroalimentado el desbordamiento.

Estamos en un momento donde es creciente la falta de legitimidad social del sistema democrático liberal, y todos sabemos que la representación democrática no es más que una función teatral donde la cosa funciona si los supuestos representados ocupan su lugar y aplauden desde el patio de butacas. Ante eso hoy es la derecha, concretamente la nueva derecha, la que a nivel global se significa como un movimiento anti-sistémico que ofrece protección y seguridad a las mayorías frente a las minorías marginales; una nueva lógica de conflicto geopolítico Occidente vs Oriente; promesas de protección del mercado laboral para los trabajadores en un mundo con cada vez mayor desempleo, salarios cada vez más bajos e incremento global de la desigualdad; y, tras el fiasco de la gestión de las izquierdas en América Latina, un empoderado discurso de lucha contra la corrupción institucional.

Pero… ¿tenemos alternativas?

Según Immanuel Wallerstein en el sistema mundo tan solo han habido dos revoluciones mundiales. Una en 1848, en la cual nace el movimiento obrero, y otra en las sublevaciones de 1968, momento de la creación de los llamados nuevos movimientos sociales. Ambas fracasaron y por lo tanto no son referencia para el qué hacer al día de hoy. En este sentido, con sinceridad confieso que no soy optimista respecto al futuro inmediato pese a que sigo creyendo en aquella cita de Herbert Marcuse que decía que “es un deber del individuo luchar contra el sistema”.

Estamos obligados a rastrear las posibilidades de las nuevas subjetividades, pensando en ellas como la base de nuevas alternativas de transformación política. Por ahí deberíamos encontrar el camino hacia una nueva crítica radical desde planteamientos alternativos al fundamentalismo conservador y la recuperación de nuevas formas de acción colectiva. Hablo de una nueva ontología revolucionaria que tenga forma de autonomía del sujeto frente al Estado, al capital, al patriarcado y a las estructuras de poder sistémico. Hay que generar la capacidad de que nuevas organizaciones sociales con una nueva propuesta y discurso puedan presentarse ante la sociedad como alternativa a lo que hoy lamentablemente se significa como lo alternativo.

Al ultraconservadurismo creciente hay que hacerle frente, pero es un error pensar que lo de hoy es similar al fascismo que conocimos en la primera mitad del siglo pasado. Lo que tenemos hoy en expansión es un proceso en el cual una gran parte de la sociedad está delegando a nuevos salvadores sus expectativas respecto a una sociedad securitizada, donde prime el orden y la protección de targets más o menos acomodados y étnicamente dominantes. En términos post-estructuralistas hablo de una mayoría desplegando sus fuerzas represivas cuando las minorías se desterritorializan amenazando el lugar mismo de lo mayoritario. Creo que este fenómeno no ha hecho más que empezar y no veo razones para que no siga creciendo a nivel global.

Siendo así, estamos ante la necesidad de que los “anillos más débiles” de la cadena capitalista asuman nuevamente su protagonismo sociopolítico, reivindicando los axiomas del intercambio equitativo y de los derechos democráticos con los que hemos de solidarizarnos de forma activa. Mientras esto no suceda, mientras a esta tendencia reaccionaria no se le contrapongan líneas de fuga activas y positivas, ese protagonismo seguirá recayendo sobre quienes pretenden desaparecerlos, es decir, los Bolsonaro, Trump, Orbán o Salvini de turno. Ellos son quienes se aúpan políticamente sobre la intolerancia de sociedades miedosas que buscan condenar a quienes consideran “los otros” a permanecer en su miseria sin poder salir de ella bajo lógicas de zonificación o incluso exterminarlos mediante periódicas batidas de limpieza social.

Aquí toca trabajar en lo micro, algo que las izquierdas de hoy abandonaron hace ya mucho tiempo en Latinoamérica. Sin embargo, toda posición de deseo contra la opresión, por local y pequeña que sea, termina por cuestionar el conjunto del sistema capitalista y sus relaciones de poder, contribuyendo a abrirle una nueva línea de fuga.

¿Qué opinión te merece la reciente creación de una internacional progresista liderada por tres figuras, desde diferentes geografías del planeta, como son Fernando Haddad, Bernie Sanders y Yanis Varoufakis?

Respeto mucho la valentía demostrada por Yanis Varoufakis al momento de enfrentar a la triada financiera (Banco Central Europeo, Comisión Europea y FMI) en su época de ministro de Finanzas del primer gobierno de Syriza en Grecia. Sin embargo, las experiencias de las Internacionales Comunistas o Socialdemócratas, sus antecedentes en la Asociación Internacional de Trabajadores, e incluso la Cuarta Internacional de León Trotsky nacida en París en 1938, fueron el fruto de procesos reales de lucha globales. No veo ese acumulado en esto a lo que me haces referencia, sino que más bien me viene a la cabeza una frase de un prestigioso ejecutivo de marketing norteamericano que dice que “el buen marketing hace que una marca parezca importante y el gran marketing hace que hasta el usuario parezca inteligente”.

¿Ese pesimismo político tuyo se enmarca en un “No Future” del que te oí hablar alguna vez en Bogotá?

No, más bien corresponde a mi percepción respecto al momento que vivimos. Sin embargo, como ya indicó Marc Legasse, aquel anarquista romántico francés que fue encarcelado por impulsar un estatuto de autonomía para Iparralde, “el viento de la derrota transporta la semilla de la subversión”. Todo es cuestión de tiempo, y toda subversión social comienza el día que la gente se declara capaz de hacer aquello de lo que no se le consideraba capaz anteriormente.

Rememorando al filósofo francés Jacques Rancière, la política se ha vuelto un asunto de imaginación. Es desde esa imaginación desde la cual hemos de construir, reorganizar y liberar espacios, construyendo así incluso nuevas formas de organización sociopolítica y cultural. Mira las movilizaciones que hoy se suceden en Francia, nacen de un punto focal -aparentemente de escasa importancia política- que crea una condensación de relaciones sociales donde convergen intereses y relaciones sociales diversas que terminan por unir a gran cantidad de gente en el marco de una lucha específica. Es desde ahí desde donde luego parte a un cuestionamiento global al sistema de sus protagonistas.

Pese al proceso de globalización, pese a los G7, G20, Foro de Davos y Club de Bilderberg, no existe un Estado global, sino más bien micro-sociedades, en términos foucaultianos microcosmos que se instauran pese a que entre ellos existan conexiones globalizadas. Amador Fernández-Savater escribía recientemente un texto muy bonito en el que se indica que la lucha es un aprendizaje, una transformación de la atención, la percepción y la sensibilidad. Esa espoleta volverá a estallar, ¿cómo no va a ser así si la insatisfacción en inherente al ser humano? y en esa búsqueda desesperada de las izquierdas huérfanas por encontrar un nuevo sujeto político que sea motor de su ansiada revolución lo volverán a encontrar, porque es la situación de lucha quien lo crea y no un supuesto devenir histórico preestablecido bajo leyes del capital. Será entonces cuando resurja el pensamiento crítico superando la decadente mediocridad intelectual hoy visible en entornos como el de la CLACSO. En ese sentido, no se trata de construir vanguardias revolucionarias sino de territorializar las luchas bajo lógicas focalistas -algo guevarista aunque en esta ocasión no guerrilleras- con carácter y capacidad de contagio.

Pero ojo!, coincido con la compañera feminista boliviana Maria Galindo cuando dice que las demandas son un error porque terminan definiendo a los movimientos en base a su relación con el Estado, lo que produce a la postre una especie de demanda-concesión en la relación con dicho Estado. Es necesario trabajar en la autoorganización como fórmula de rechazo a la delegación o sistema de representación política, así como trabajar también en los ámbitos sociales más que en los institucionales. Esto es muy importante, pues el peligro de las nuevas derechas es que determinan sobre el “pensamiento perezoso” de la izquierda clásica una idealización de lo anterior. Esto hace que movimientos político-culturales pretendidamente innovadores como Podemos en el Estado español terminen planteando pactos con la socialdemocracia liberal en aras a facilitar la alternancia en el poder de partidos funcionales al sistema. Son lógicas que cercionan cualquier posibilidad de transformación social profunda y desilusionan al acumulado político que les hizo inicialmente posibles.

Lo anterior vuelve de demostrar que la crisis real de las izquierdas es una crisis de imaginación. Hay una incapacidad de generar cambios estructurales cuando gestionan el poder político y una incapacidad también a la hora de crear narrativas de futuro mínimamente ilusionantes. Es por ello que son movimientos conservadores los que hoy se convierten en alternativa.

Si para ti el término izquierda ha perdido valor ¿consideras que hemos de generar una nueva ideología que nos sea útil para la transformación social?

No, que pereza… Hay que ser muy masoquista para plantearse hoy la creación de un nuevo “ismo” que nos segregue o sectarice nuevamente. El marxismo en su versión pseudo-religiosa se hizo fuerte en la teoría, revestido de una fuerte carga científica durante largas décadas del pasado siglo. Creo que gente como Walter Benjamin acertaba cuando buscaba complementar esa sobriedad marxista con lo que llamaba “embriaguez” libertaria, buscando superar el histórico anti-intelectualismo anarquista.

El mundo libertario desde su perspectiva más amplia, me refiero a las experiencias de lucha de las mujeres kurdas en Rojava o incluso en su vertiente neozapatista, ha rescatado viejas formas de horizontalidad, asamblearismo y crítica a las estructuras jerárquicas y de autoridad. En América Latina esto se cruza con la tradición indígena asamblearia y la cultura “minga” de lo comunitario. Algo de esto vimos representado en diferentes geografías durante las ocupaciones de plazas y calles desarrolladas entre 2010 y 2013, y hoy reactualizadas en las movilizaciones de Paris. Esto es en términos gramscianos lo nuevo pese a que no sea históricamente tan nuevo, y debe reincorporarse al diálogo continuo como la principal experiencia de construcción de alternativas contrahegemónicas al capitalismo. Hablo desde una perspectiva que abarca desde lo comunitario rural hasta experiencias de autoorganización barrial en periferias marginales o la ocupación de espacios urbanos.

Pero aquí quiero expresar una tesis provocadora pero de la que estoy convencido. Precisamente por la pérdida de la referentes y legitimidad de las izquierdas clásicas e institucionales, considero que el discurso de la unidad en el campo popular es una falacia que termina beneficiando exclusivamente al micro-establishment de la política autoreferenciada como revolucionaria, lo que termina tirando abajo cualquier propuesta radical de intervención/movilización/construcción.

Históricamente las sublevaciones populares nunca nacieron de aparatos con intereses inmersos en el mundo de la política institucional, más bien todo lo contrario. Lo antagónico nunca ha necesitado estructuras unitarias para rebelarse, tenemos ejemplos de eso que van desde la Comuna de París hasta movilizaciones del presente siglo tales como el 15M indignado en España, las primaveras árabes, el Junio del 2013 brasileño o este último episodio de los Giles Jaunes que se vive actualemente en Paris. Las multitudes se aglutinan bajo procesos de movilización seductores, pero las sopas de letras de organizaciones sociales o políticas que representan lo “viejo” resultan muy poco sexy para la rearticulación del tejido social.

¿Por qué ‘El Capital’ de Marx sigue siendo importante?

Entrevista a David Harvey
por Daniel Denver
La locura de la razón económica

Ha pasado más de un siglo y medio desde que Karl Marx publicara el primer volumen de ‘El Capital’ . Es un tomo masivo e intimidatorio, uno libro que muchos lectores podrían verse tentados a evitar. El erudito inglés David Harvey cree que hay que leerlo. Harvey ha enseñado ‘El Capital’ por décadas. Sus populares cursos sobre los tres volúmenes del libro están disponibles de forma gratuita en línea y, han sido vistos por millones en todo el mundo. En su último libro, «Marx, ‘El Capital’ y la locura de la razón económica» Harvey aborda la irracionalidad del sistema capitalista.

Haz estado enseñando ‘El Capital’ por bastante tiempo. ¿Puedes darnos una breve descripción de cada uno de los tres volúmenes del famoso libro de Marx?

Marx era muy detallista, y a veces es difícil entender exactamente cual es toda su concepción del funcionamiento del capital. Pero en realidad, es simple. Los capitalistas comienzan con una cierta cantidad de dinero, llevan el dinero al mercado y compran lo que llamaremos productos primarios -medios de producción y fuerza de trabajo- y los ponen a trabajar en un proceso laboral que producen un nuevo producto. Esa nueva mercancía produce ganancias en forma de dinero. Estas ganancias se distribuyen en forma de rentas e intereses, con este dinero que necesita volver a circular se re-inicia el ciclo de producción y de ganancias.

Es un proceso de circulación. Los tres volúmenes de ‘El Capital’ tratan los diferentes aspectos de ese proceso. El primero habla de la producción. El segundo habla del proceso de circulación ( lo que llama «realización» o la forma en que la mercancía se convierte de nuevo en dinero.) Y el tercero tiene que ver con la distribución: cuánto le corresponde al propietario, al financiero, al comerciante, antes de que todo el proceso se vuelva a iniciar y el capital sea re-integrado al proceso de circulación.

Esto es lo que trato de enseñar, para que la gente entienda las relaciones entre los tres volúmenes de Capital y no se pierda por completo en un solo volumen o en partes de ellos.

Una diferencia importante de tú trabajo es que prestas mucha atención a los volúmenes dos y tres, además del volumen uno, mientras que muchos académicos estudiosos de Marx se concentran principalmente en el volumen uno. ¿Por qué?

Los tres son importantes. Esto es lo que dijo básicamente Marx: «en el volumen uno trato de esto, en el volumen dos trato esto, y en el volumen tres trato de otra cosa.» Está claro que Marx, tenía una idea de la totalidad del proceso de circulación del capital. Su plan fue dividirlo en tres elementos y en tres volúmenes. Así que solo sigo lo que Marx dijo lo que estaba haciendo. Ahora, el problema, por supuesto, es que los volúmenes dos y tres nunca se completaron, y no son tan completos como el volumen uno.

El otro problema es que el volumen uno es una obra maestra literaria, mientras que los volúmenes dos y tres son más técnicos y difíciles de seguir. Entonces, entiendo por qué hay personas que se queden con el volumen uno. Lo que estoy diciendo es: «No, si realmente quieres entender cuál es la concepción del capital de Marx, entonces no puedes entender solo la producción. El capital se trata de la circulación. Se trata de llevarlo al mercado y venderlo. Y, más tarde se trata de distribuir las ganancias «.

Parece que una razón por la que es importante comprender la dinámica de expansión constante que impulsa al capitalismo, es lo que usted llama -citando a Hegel- un «mal infinito». Explíquenos qué es este «mal infinito».

La metáfora del «mal infinito» está en el volumen uno. El sistema tiene que expandirse porque su único objetivo es la obtención de ganancias; crear lo que Marx llamó la «plusvalía», y la plusvalía al re-invertirse crea más plusvalor. Por tanto su mecánica es circular lo más rápido posible: el capital para sobrevivir requiere de una expansión constante.

Y eso es lo que hace: si creces al 3 por ciento anual permanentemente llegas a un punto en que la cantidad de expansión requerida es absolutamente enorme. En el tiempo de Marx, había mucho espacio en el mundo para expandirse. Ahora, en este momento de la historia, sí se sigue creciendo surgirá un grave problema medioambiental: ¿hacia dónde vamos a seguir expandiéndonos? A este fenómeno de la expansión incontrolada se refiere la metáfora «mal infinito» .

En el volumen tres, Marx dice que la única forma que el capital puede seguir expandiéndose es mediante la expansión monetaria. Porque con el dinero teóricamente no hay límite. Si hablamos de fabricar cemento, o algo material, la cantidad que se pueda producir tiene un límite físico. Pero con el dinero, se puede simplemente agregar ceros a la oferta monetaria global.

Es lo que se ha hecho después de la última crisis, se ha agregado ceros a la oferta de dinero por parte de los Bancos Central a través medio de la llamada» flexibilización cuantitativa». Este dinero ha fluido nuevamente a los mercados bursátiles provocando nuevas burbujas en los activos, especialmente en los activos de los mercados inmobiliarios.

Ahora se está volviendo a una situación peligrosa , en cada área metropolitana del mundo que he visitado, hay un gran auge en la construcción y los precios de los activos inmobiliarios están aumentando . Está se ha vuelto ha producir porque se está creando dinero y ese dinero no sabe donde y en que invertir, excepto en la especulación inmobiliaria o en activos para la especulación.

Para ti, como geógrafo, cuando Karl Marx habla del capitalismo también está hablando sobre los problemas del espacio y el tiempo. ¿Por qué los ejes espacio y tiempo son tan críticos?

Veamos un ejemplo del eje tiempo. En realidad las tasas de interés son hipotecas para el futuro. Es decir, pedir prestado es hipotecar nuestro futuro. La deuda es un trampa para nuestro futuro. Con los prestamos estamos limitando el futuro porque tenemos que pagar nuestras deudas. Pregúntele a cualquier estudiante que deba $ 200,000: su futuro esta «ejecutado», porque tienen que pagar su deuda. La ejecución hipotecaria del futuro es una parte relevante de los temas tratados en ‘El Capital’ .

El llamado «eje espacio» se explica porque el capital necesita expandirse. Durante mucho tiempo existió la posibilidad que si tu capital no podía expandirse en un espacio dado, tomabas tu capital y buscabas otro espacio. Por ejemplo, Gran Bretaña producía una gran cantidad de capital excedente en el siglo XIX, y gran parte de ese capital se trasladó a América del Norte, a América Latina, a Sudáfrica. Entonces, hay un eje espacial , un aspecto geográfico en el tema de la expansión.

La expansión trata de obtener lo que llamo «negocio espacial». Si tienes un exceso de capital. ¿Que vas a hacer con él ? Bueno, debes buscar una solución espacial, lo que significa que sales y construyes algo en otro lugar del mundo. Si tienes un continente «inestable» entonces el capital busca otros lugares en los que pueda expandirse. En el pasado había muchos lugares en el mundo para expandirte pero ahora gran parte del mundo está prácticamente cubierto.

La reorganización espacial no es simplemente expansión. También es reconstrucción. Con la actual desindustrialización, en los EEUU y en Europa, el capital reconfigura las áreas industriales a través de reurbanización urbana, y entonces, las fábricas de algodón de Massachusetts se convierten en condominios habitacionales.

En el fondo, el capital camina a quedarse sin espacio ni tiempo, porque ha hipotecado el futuro. Ese es uno de los grandes problemas del capitalismo contemporáneo.

Hablas sobre «futuro ejecutado». Obviamente este término es muy aplicable cuando se trata de deudas en los hogares, pero…

Creo que el término «ejecución hipotecaria» es muy interesante. Millones de personas perdieron sus viviendas con la reciente crisis. Su futuro fue ejecutado. Pero, al mismo tiempo, la economía de la deuda no se ha ido. Pensé , por un momento, que después de 2007-8, el capital haría una pausa en la creación de deuda, pero lo que ha ocurrido es un gran aumento de la deuda .

El capitalismo contemporáneo nos carga cada vez con una mayor cantidad de deuda. Esto debería preocuparnos a todos. ¿Cómo se van pagar las deudas? ¿De qué manera? ¿Vamos a seguir creando más y más dinero, para que luego ese dinero no tenga a dónde ir, excepto a la especulación?

Cuando se comienza a construir viviendas para que las personas inviertan y no para que las personas vivan se producen fenómenos insólitos. Una de las cosas más sorprendentes de la China contemporánea es que se han construido ciudades donde no vive nadie. La gente compro las viviendas porque es una «buena inversión».

Es precisamente la cuestión del crédito lo que te llevó a tomar prestada la frase de Jacques Derrida, «la locura de la razón económica». Coloquialmente, se invoca la locura para estigmatizar a las personas con enfermedades mentales. Pero lo que Marx nos muestra (y lo que tu libro nos muestra) es que el sistema en realidad es una locura.

Para entender lo que pasa hay que mirar con detenimiento lo que sucede durante una crisis. Sabemos que el capital produce crisis periódicamente. Y una de las características de las crisis es que provocan siempre un excedentes de mano de obra: personas desempleadas, que no saben cómo ganarse la vida. La crisis, al mismo tiempo, son la consecuencia de los excedentes de capital que no encuentran un lugar donde obtener una tasa de rendimiento adecuada. Tienes dos excedentes sentados uno al lado del otro y una situación donde la necesidad social es crónica.

El sistema necesita juntar capital y trabajo para producir, pero no puede hacerlo, porque lo que quiere producir ya no es rentable. Y, si no es rentable, entonces no se crea más capital, entonces lo que se produce es depresión . Así terminamos con el capital excedente y la mano de obra excedente, una al lado de la otra. Todo el sistema es el colmo de la irracionalidad económica.

Nos han enseñado que el sistema económico capitalista es altamente racional. Pero no lo es, por ningún lado. En realidad produce irracionalidades increíbles.

Escribiste recientemente que Marx rompió con «socialistas moralistas» como Proudhon, Fourier, Saint-Simon, y Robert Owen. ¿Quiénes eran estos socialistas, y por Marx rompió con ellos?

En las primeras etapas del desarrollo capitalista, había graves problemas de explotación y sanidad en las industrias. Las personas razonables, incluidos los profesionales y la propia burguesía, empezaron a mirar esto con horror. Se desarrolló una especie de repugnancia moral contra el industrialismo. Muchos de los primeros socialistas fueron moralistas, en el buen sentido del término, y expresaron su indignación moral al proponer la construcción de una sociedad alternativa basada en el bienestar común y la solidaridad social, y cuestiones de este tipo.

Marx observó la situación y llegó a la conclusión que el problema con el capital no es que sea solo inmoral. El estaba convencido que sí se intenta confrontar al capital con la razón moral nunca se va a llegar demasiado lejos, porque el sistema se autogenera y se auto-reproduce. Tenemos que enfrentar la auto-reproducción del sistema.

Marx se dedicó al análisis científico del funcionamiento del capital y concluyó que realmente necesitamos reemplazar todo el sistema. No se trata solo de higienizar las fábricas, tenemos que lidiar con el capital como sistema.

¿Has visto ‘El joven Karl Marx’?

He visto la película y la obra. Marx es un personaje de su tiempo, y creo que es interesante mirarlo desde esa perspectiva.

Pero lo que quiero decir es que todavía estamos en una sociedad fustigada por la acumulación de capital. Marx se abstrajo de las particularidades de su tiempo y explicó la dinámica de la acumulación del capital, marcando su carácter contradictorio: porque, su fuerza motriz, está envolviendo a todo el mundo en una deuda infinita.

Marx explicó que necesitamos ir más allá de la protesta moral. Hay que describir un proceso sistemático con el que debemos lidiar y entender su dinámica, porque de lo contrario cualquier tipo de reforma moral se verá cooptada por el capital. La historia lo ha demostrado.

Todos pensamos que s realmente fantástico que tengamos Internet. Inicialmente, también, muchos pensaron que era una tecnología liberadora que permitiría una gran paso para la libertad humana. Pero mirad lo que ha sucedido. La red está dominado por unos pocos monopolios que recopilan nuestros datos y los venden a personajes sórdidos que lo utilizan con fines políticos.

Algo que comenzó como una tecnología liberadora de repente se ha convertido en un vehículo de represión y opresión. Si te haces la pregunta, «¿cómo llegó a suceder esto?», Puedes tener dos repuestas : fue debido a personas malvadas o, pensar con Marx, que lo que ha pasado con Internet esto es consecuencia del carácter sistemático del capital. Ocurrió ayer con otros avances tecnológicos y volvió a ocurrir con Internet.

No existe una buena idea moral que el capital no pueda cooptar y convertirlo en algo horrendo. Casi todos los esquemas utópicos que han cruzado el horizonte en los últimos cien años se han convertido en una distopía por la dinámica capitalista. A eso apunta Marx cuando escribe: «Hay que lidiar con este proceso. Si no lo haces, no vas a crear un mundo alternativo que pueda ofrecer libertad a la humanidad «.

Hablemos de las contradicciones de ese proceso. Marx era un crítico feroz del capitalismo, pero también admiraba sus poderes de «destrucción creativa». Por ejemplo, pensó que el capitalismo era una gran mejora respecto del feudalismo. ¿Qué deberíamos pensar hoy de la «destrucción creativa»?

Lo que destruye el capitalismo es bastante obvio. Pero por otro lado, debemos tener en cuenta el aumento de los ingresos en lugares como China e India, y los procesos de construcción masiva de infraestructuras que está ocurriendo en esos países. ¿Cómo abordar estos procesos contradictorios?

Tienes razón al mencionar esto, porque Marx no es simplemente un crítico del capitalismo, también es un fan de algunas de las cosas que el capitalismo construye. Esa es una de las mayores contradicciones de todo para Marx.

El capital ha desarrollado la capacidad tecnológica y organizativamente para crear un mundo mucho mejor. Pero lo hace a través de las relaciones sociales de dominación en lugar de la emancipación. Esta es la contradicción central. Y Marx nos sigue diciendo: «¿Por qué no usamos toda esta capacidad tecnológica y organizativa para crear un mundo que sea liberador, en lugar de uno que sea de dominación de los más fuertes?»

Los marxistas tienen opiniones contradictorias sobre la globalización; un debate que por cierto, se ha vuelto más confuso que nunca. ¿Cómo crees que la izquierda debería calificar el proteccionismo de Trump? ¿De que manera el proteccionismo es distinto al neoliberalismo?

A Marx realmente le interesó el fenómeno que hoy llamamos la globalización. En el Manifiesto Comunista , hay un pasaje que habla de ello. Creía que potencialmente era emancipador. Pero la pregunta es ; ¿Porqué las posibilidades emancipadoras no se toman en cuenta? ¿Porqué la globalización se usan como medio de dominación de una clase sobre otra? Aunque sea cierto que algunas personas en el mundo han mejorado sus ingresos, hoy ocho hombres tienen tanta riqueza como el 50 por ciento de la población mundial.

Marx nos dice que tenemos que hacer algo al respecto. Pero, al hacerlo, dice no podemos ponernos nostálgicos y declarar : «queremos volver al feudalismo» o «queremos a vivir de la tierra». Tenemos que pensar en un futuro distinto, usando todas el tecnologías que tenemos, pero utilizándolas con un propósito social en lugar de aumentar la riqueza y el poder en cada vez menos manos.

Es la misma razón por la que Marx rompió con sus románticos contemporáneos socialistas. Las teorías económicas liberales y los economistas convencionales omiten esto tratando de convencerse asimismo de la inexistencia de las contradicciones. Al mismo tiempo, expresan un deseo piadoso; «las contradicciones presentes no deberían existir «.

¿Qué proponen hacer los economistas liberales? ¿Por qué ocultan o evitan analizar el proceso de acumulación?

Odian las contradicciones. No encaja con su cosmovisión. A los economistas les encanta enfrentar lo que llaman problemas, porque los problemas tienen soluciones. Las contradicciones no. Los «problemas existen todo el tiempo, y por tanto debes manejarlos.

¿Cómo enfrentaron los economistas la crisis de los años 30, de los 70 y la del 2007-2008 ? En todas las crisis el capital excedente y el trabajo excedente se sientan uno al lado del otro, pero ambos están paralizados ¿ Porque nadie de los economistas convencionales explica porque pasa esto? ¿ Tienen alguna idea de cómo volver a armonizar ambos factores para que puedan funcionar con fines socialmente productivos?

Keynes intentó hacer algo al respecto. Pero, en general, los economistas no tienen idea de cómo enfrentar estas contradicciones. Mientras tanto Marx nos recuerda que esta contradicción está en la naturaleza de la acumulación de capital. Y esta contradicción produce las crisis periódicas, que cobran vidas y crean miseria. Esyos tipos de fenómenos deben ser abordados. Y la economía tradicional ni siquiera tiene los instrumentos teóricos que expliquen las crisis.

En tu libro escribes que «aparentemente cuando se produce capital excedente y mano de obra excedente no hay una forma sencilla de volver a unirlos». Después de la reciente crisis, ¿qué ha pasado con estos dos factores? Capital excedente y mano de obra excedente? ¿ La forma en que se han reintegrado ha dado como resultado una nueva forma de capitalismo? ¿Seguimos viviendo bajo el neoliberalismo o se ha instalado algo nuevo?

La respuesta a la crisis de 2007-2008, la mayor parte del mundo (con la excepción de China) fue sometido a una política de austeridad neoliberal. Lo cual empeoró las cosas. Desde entonces, hemos tenido más y más recortes. Pero, esta respuesta, no ha funcionado nada de bien. Aunque lentamente, el desempleo ha bajado en los EEUU, pero se ha disparado en lugares como Brasil y Argentina.

Y el crecimiento salarial es bastante lento…

Sí, los salarios no han ido a ninguna parte. Luego está lo que la administración Trump ha estado haciendo. Lo que el ha hecho es seguir aplicando las políticas neoliberales. El presupuesto que aprobaron en diciembre pasado es un documento puramente neoliberal. Básicamente, beneficia a los tenedores de bonos y a los propietarios de capital, y deja todos los demás a un lado. Lo que ha sucedido es algo que tanto le gusta a los neoliberales: la desregulación. La administración de Trump ha duplicado las desregulaciones: en medio ambiente, leyes laborales, etc. En realidad Trump ha duplicado las soluciones neoliberales.

El argumento neoliberal tuvo mucha legitimidad en los ochenta y noventa. Pero hoy nadie cree en esa formula. Todos se dan cuenta de que es una estafa en la que los ricos se hacen más ricos y los pobres son cada vez más pobres.

Estamos empezando a aparecer un proteccionismo étnico-nacionalista-autárquico, que es un modelo diferente. Este si que no encaja bien con los ideales neoliberales. Podríamos dirigirnos a algo que es mucho menos agradable que el neoliberalismo, la división del mundo en facciones beligerantes y proteccionistas que luchan entre sí por el comercio.

El argumento de alguien como Steve Bannon es que tenemos que proteger a los trabajadores de América de la competencia en el mercado laboral limitando la inmigración. En lugar de culpar al capital, culpa a los inmigrantes . La segunda cosa es obtener el apoyo de la población blanca mediante la fijación de aranceles culpando a la competencia china de la crisis.

En efecto, hay una derecha que está recibiendo una importante cantidad de apoyo por su política antiinmigrante y anti-deslocalización. Pero el mayor problema para el empleo no es la deslocalización, sino el cambio tecnológico. Alrededor del 60 o 70 por ciento del desempleo que se produjo a partir de la década de 1980 se debió a un cambio tecnológico. Tal vez el 20 o 30 por ciento se debió a la deslocalización.

La extrema derecha ahora tiene una política. Esa política no solo ha llegado a los EEUU, también tiene bases en Hungría, India, Rusia. La política etno-nacionalista y autoritaria está comenzando a dividir el mundo capitalista en facciones en guerra. Sabemos lo que sucedió con ese tipo de cosas en la década de 1930, por lo que todos deberíamos estar muy preocupados. Las políticas de extrema derecha no son la respuesta a las contradicciones del capitalismo. Si el etno-nacionalismo conquista a los neoliberales, tendremos un mundo aún mucho peor.

Las contradicciones son importantes dentro de la coalición gobernante conservadora en los EEUU, Pero creo que es un error cuando se ven como nuevas. Han estado latentes durante mucho tiempo. En Gran Bretaña, a fines de la década de 1960, Enoch Powell hablaba de » ríos de sangre » si continuamos con esta política de inmigración. El fervor anti-inmigrante ha existido por mucho tiempo.

Durante los años ochenta y noventa, se mantuvo oculto, porque había suficiente dinamismo en la economía capitalista global para que la gente dijera: «este régimen de libre comercio con políticas de inmigración razonablemente benignas nos funcionan a todos». Desde entonces, mucha gente ha cambiado de opinión y ha ido en la otra dirección.

Has mencionado el enorme poder de la automatización. ¿Qué dice Marx sobre la automatización? ¿El fin del trabajo realmente está cerca?

Vine a los EEUU en 1969, y fui a Baltimore. En la ciudad había una gran industria de hierro y acero que empleaba a unas treinta y siete mil personas. En 1990, las acerías todavía producían la misma cantidad de acero, pero empleaban a unas cinco mil personas. Ahora casi no existen trabajadores en las acerías. El punto es que la automatización expulsa a los trabajos masivamente en todos los lugares y muy rápido.

La izquierda pasó mucho tiempo tratando de defender esos trabajos y luchó contra la automatización. Ha sido una estrategia equivocada por un par de razones. La automatización venía de todos modos, y la izquierda iba a perder de todos modos. En segundo lugar, no veo por qué la izquierda debe oponerse totalmente a la automatización. La posición de Marx sería que debemos hacer uso de la inteligencia artificial y la automatización para aligerar la carga de trabajo.

La izquierda debería estar diciendo: «bienvenida la inteligencia artificial y la automatización, pero deben darnos mucho más tiempo libre». Marx sugiere que el tiempo libre es una de las cosas más emancipadores que podamos tener, lo dice en una frase hermosa: «el reino de la libertad comienza cuando el reino de la necesidad ha quedado atrás». Marx imagina un mundo en que las necesidades puedan ser resueltas. Conjetura que en el futuro se podrá trabajar un par de días a la semana, y el resto del tiempo es tiempo libre.

Ahora, tenemos todas estas innovaciones que ahorran trabajo en el proceso laboral, y también en el hogar. Pero si preguntas a la gente, ¿tienes más tiempo libre de lo que alguna vez tuviste? La respuesta es «No; tengo menos tiempo libre». Hay que organizar la sociedad para que tengamos todo el tiempo libre que sea posible, de modo que trabajando menos, como consecuencia de la automatización, podamos hacer lo que queramos con el tiempo libre. Este es el tipo de sociedad que Marx tenía en mente. Hoy nos damos cuenta que es una idea factible.

Lo que nos detiene es que todas las nuevas tecnologías se están utilizando para aumentar las ganancias de Google y Amazon. Hasta que nos ocupemos de las relaciones sociales y las relaciones de clase que hay detrás de todo esto, no podremos utilizar estos fantásticos dispositivos y oportunidades de manera que beneficien a todos.

¿Qué piensas de la renta básica universal?

En Silicon Valley quieren un ingreso básico universal para que las personas tengan suficiente dinero para pagar Netflix, y eso es todo. ¿Qué clase de mundo es ese? Habla de una distopía. El ingreso básico universal es una cosa, pero el verdadero problema es Silicon Valley y quienes monopolizan los medios de comunicación y de entretenimiento.

El ingreso básico universal en algún momento podría estar en la agenda, pero no lo ubico en la cima de mis prioridades políticas. De hecho, hay aspectos que pueden ser altamente negativos si se sigue el modelo de Silicon Valley.

¿Crees que el cambio climático pone de manifiesto los límites de la expansión permanente que requiere el capitalismo, o el capitalismo podrá capear la crisis climática para deterioro de todo el mundo?

El capital podría capear la crisis del cambio climático. De hecho, si nos fijamos en los desastres climáticos, el capital puede convertir esto en lo que Naomi Klein llama «capitalismo de desastres». Si hay un desastre, bueno, tienes que reconstruir. Los desastres climáticos ofrecen muchas oportunidades para que el capital se recupere de forma rentable.

Desde el punto de vista de la humanidad, creo que tal como están las cosas no podremos evitar los desastres producto del cambio climático. Pero el capital tiene una óptica diferente. El capital puede aprovechar estos fenómenos y, siempre que sea rentable, lo harán.

Hablemos de resistencia. Escribes que la producción y el consumo son facetas centrales del capitalismo y que «las luchas sociales y políticas contra el poder del capital, deben tomar diferentes formas y requieren de diferentes tipos de alianzas estratégicas, si quieren llegar a tener éxito » ¿Cómo debería ser la relación entre las luchas laborales, y las luchas contra el Estado, contra el encarcelamiento masivo, contra los desalojos o contra los préstamos depredadores?

Una de las virtudes de considerar la circulación del capital como un todo, es que identificar los diferentes ámbitos de lucha contra este sistema. En el tema medio-ambiental Marx nos habla sobre una relación metabólica con la naturaleza. Por tanto, las luchas sobre la relación humana con la naturaleza se vuelven políticamente significativas. Ahora que mucha gente que está preocupada por el tema ambiental posiblemente creerán que: «podemos enfrentar el cambio climático sin enfrentar la acumulación de capital».

Me opongo a esa opinión. Vamos a tener que enfrentarnos con la acumulación de capital, porque con un 3 por ciento de crecimiento permanente, este crecimiento se transformará en un grave problema ambiental. No habrá una solución al problema ambiental sin enfrentar la acumulación de capital.

Hay otros aspectos. El capital ha sido durante mucho tiempo un sistema de producción de nuevas necesidades y deseos. El capital es un sistema que produce consumismo. Acabo de regresar de China, y me di cuenta en solo tres o cuatro años hay un inmenso aumento del consumismo. Esto es lo que el Banco Mundial y el FMI aconsejaron a los chinos hace veinte años: «están ahorrando demasiado y no están consumiendo suficiente». Así que ahora los chinos se han visto obligados a crear una verdadera sociedad de consumo. Hace veinte años, en China, lo que se necesitaba y deseaba era una bicicleta, y ahora se necesita y desea un automóvil.

El capital utiliza múltiples formas para sortear las crisis . La publicidad desempeña un papel significativo, pero más importante es la invención de «estilos de vida» completamente nuevos. El capital salió de sus dificultades en 1945 -en los EEUU- a través de la sub-urbanización; la creación de un estilo de vida completamente nuevo.

Hoy todos tenemos teléfonos celulares. Esta es creación de un estilo de vida, y ese estilo de vida no es algo que un individuo pueda elegir. La gente piensa : » tengo que tener un teléfono celular, aunque no sé cómo funciona la maldita cosa». Hoy lo quiera o no la gente tiene un teléfono celular. Aunque el artefacto surgió por una razón particular, el capital encontró la forma de organizar un estilo de vida a su alrededor . Ahora estamos envueltos en ese estilo de vida.

En el caso de los procesos de sub-urbanización hay imágenes icónicas ¿ qué se necesitaba en los suburbios? ; para empezar necesitabas una cortadora de césped. Si fueras un «emprendedor inteligente» en 1945, te habrías metido en la producción de cortadoras de césped porque todo el mundo tenía que tener una cortadora de césped . Era el estilo de vida que se impuso.

Ahora, está sucediendo una suerte de rebelión ante las imposiciones de la publicidad . La gente está empezando a decir: «queremos hacer algo diferente». Hay pequeñas comunidades, en las áreas urbanas y en las áreas rurales, donde se intenta construir un estilo de vida diferente. Los que más me interesa son aquellas comunidades que usan las nuevas tecnologías -como los teléfonos celulares e Internet- para crear un estilo de vida alternativo con formas novedosas de relaciones sociales, básicamente son formas de vida sin estructuras jerárquicas de poder. Son experiencias muy distintas a las de nuestra vida cotidiana y sobretodo a las estructuras totalmente jerarquizadas de las grandes corporaciones.

Luchar por un estilo de vida es bastante diferente a luchar por salarios o por mejorar las condiciones del trabajo en una fábrica. Sin embargo, desde el punto de vista de la totalidad, existe una relación entre estas diferentes luchas. Me interesa que la gente conozca cómo y porqué la lucha por el medio-ambiente y contra el consumismo está relacionada con las formas de producción del capital . Sí se analizan estas relaciones se obtendrá una imagen del conjunto de lo que es una sociedad capitalista, y los diferentes tipos de insatisfacciones y alienaciones que existen con los componentes del capital, que Marx identificó en su tiempo.

¿Cómo ves la relación entre las luchas contra el racismo y las luchas contra el productivismo y el consumo?

Dependiendo de dónde se encuentre uno en el mundo, la respuesta cambia. Aquí en los EEUU, este es un gran problema. No ocurre lo mismo si estás viviendo en China. Pero aquí, las relaciones sociales siempre se cruzan por cuestiones de género, raza, religión, etnia y cosas por el estilo.

Por lo tanto, no se puede tratar la cuestión de la producción de estilos de vida o la producción de deseos y necesidades sin abarcar la cuestión de lo que sucede mercados de vivienda con segregación racial y cómo la cuestión racial se utiliza de distintas maneras.

Cuando me mudé a Baltimore, una de las cosas que estaba sucediendo eran los desahucios masivos : la industria inmobiliaria utilizó las diferencias raciales para forzar un éxodo blanco de determinados barrios y así provocó una alta rotación en el mercado inmobiliario, obteniendo grandes ventajas económicas.

Las preguntas de género que surgen en torno a las cuestiones de la reproducción social también son primordiales en una sociedad capitalista. Estos problemas son parte del proceso de acumulación de capital.

Cuando hablo de esto, a menudo me meto en problemas porque parece que la acumulación capitalista es menos importante en estos asuntos. La respuesta No. Los antirracistas tenemos que enfrentar al capitalismo que es parte del racismo y la perpetuación de las distinciones raciales.

Aquí en los EEUU, tenemos un conjunto de preguntas de este tipo que son de suma importancia. Pero, de nuevo, ¿pueden responderse sin abordar en algún momento la forma en que la acumulación de capital fomenta y perpetúa las diferencias sociales? La respuesta a eso, para mí, es No. No creo que eso sea posible. Los antirracistas también deben ser anticapitalistas si quieren llegar a la verdadera raíz del problema.

Eres muy conocido por tu trabajo académico, pero tal vez seas mejor conocido como un maestro especialista en Marx. ¿Por qué crees que es importante para los izquierdistas -fuera de la academia- comprometerse con el trabajo de Marx?

Cuando estás involucrado en el activismo, generalmente tienes un objetivo muy específico. Digamos, envenenamiento por pintura con plomo. Te ves obligado a organizarte porque el 20 por ciento de los niños del centro de Baltimore sufre por envenenamiento por pintura con plomo. Estás involucrado en una batalla legal y de lucha contra los lobbies de los poderosos. La mayoría de las personas que conozco que están involucradas en organizaciones de activistas de este tipo están tan ocupadas con los detalles que a menudo olvidan del panorama general de las luchas en su país, y mucho menos del mundo.

Pero, estas las personas necesitan ayuda, solidaridad. La pintura con plomo es mucho más fácil de combatir si tienes la colaboración del personal del sistema educativo, que conviven con los niños en estas escuelas. Se empiezan a construir alianzas. Y cuantas más alianzas puedas construir, más poderoso será el movimiento con el envenenamiento por plomo.

Intento no sermonear a las personas sobre lo que deberían pensar o hacer , lo que hago es tratar de crear un marco de pensamiento para que las personas puedan ver el conjunto de las relaciones que conforman la sociedad contemporánea. Las personas pueden formar alianzas en torno a los problemas que les conciernen y, al mismo tiempo, movilizar su poder ayudando a las personas con las cuales han creado alianzas.

Creo en la construcción de alianzas. Para construir alianzas, debes tener una imagen del conjunto de la sociedad capitalista. Estudiando a Marx aprendes el conjunto del funcionamiento del sistema y eso creo que es muy útil.

Krítica. Traduccion de Emilio Pizocaro

Texto completo en: https://www.lahaine.org/fM4G

David Harvey: el espacio como una clave

Por Maciek Wisniewski
«Se nos está acabando tanto el espacio como el tiempo. Y esto es uno de los grandes problemas del capitalismo contemporáneo»

I) ¿El mensaje central de la obra de David Harvey (davidharvey.org)? “En el principio era –y sigue siendo– el espacio” (véase: Space as a keyword, en: Spaces of global capitalism, 2006, p. 117-148). Después de contribuir al desarrollo de su disciplina madre reconceptualizando el espacio como algo relativo (Explanation in geography, 1969), Harvey –un geógrafo y economista político inglés desde hace décadas afincado en EEUU– inauguró toda una disciplina aparte: la geografía marxista. Redescubriendo la problemática espacial contenida en Marx cuyo análisis de la dinámica capitalista se asentaba en la producción del espacio –algo que pocos, como por ejemplo, Henri Lefebrve, notaron (véase: D. Harvey: a critical reader, 2006, p. 121-142)– y rellenando sus lagunas ( Limits to Capital, 1982), llevó el espacio al seno del materialismo histórico, aunque –en sus propias palabras– parecía más fácil llevar el marxismo a la geografía, que la geografía al marxismo.

II) Para él, desde sus orígenes, el neoliberalismo fue un proyecto político a fin de restaurar el poder de la clase alta. Anclado en el espacio y dedicado a su producción –urbanización, privatización de tierra, neoextractivismo, nuevo cercamiento de bienes comunes– siempre ha sido malo en crear la riqueza, pero bueno en redistribuirla hacia arriba mediante la acumulación por desposesión, abriendo nuevos mercados y despojando a la gente (A brief history of neoliberalism, 2005). Todos estos rasgos resaltan hoy en el afán de su relegitimación –como señala Harvey apuntando a una conexión incómoda neoliberalismo-extrema derecha–, emprendido por Trump o Bolsonaro (“cuyo principal asesor económico es un ‘ Chicago Boy’ que quiere hacer lo mismo en Brasil que se hizo en Chile durante la ‘primera ola neoliberal’”) quienes para asegurar las óptimas condiciones para la acumulación empoderan a las élites, suprimen las conquistas sociales y abren nuevos espacios para el capital: tierras federales estadounidenses y/o Amazonia brasileña.

III) Haciendo de la ciudad uno de sus principales objetos de interés (Social justice and the city, 1973) y siendo fiel a la premisa marxiana de que “el capitalismo anihila el espacio a fin de asegurar su sobrevivencia”, Harvey apunta a la urbanización como la clásica salida de la crisis de sobreacumulación, señalando a la vez sus limitaciones (temporales): el aumento de la deuda y la generación de más crisis. Así fue la historia de la producción del espacio urbano en Francia decimonónica (Paris, the capital of modernity, 2003) y en EEUU –¡los suburbios!– después de la Segunda Guerra. Tratando a las urbes como el principal espacio del conflicto social –y siguiendo otra vez a Lefebrve– ve en la ciudad (¡”a la que todos tenemos un derecho”!) también un importante espacio de resistencia (Rebel cities: from the right to the city, to the urban revolution, 2012) y concientización de clase, el papel que antes cumplía la –no tan extinta– fábrica (https://lahaine.org/dW2E).

IV) Centrada en los modos en que el capital estructura los turbulentos paisajes que nos rodean, la mirada harveyana es necesariamente selectiva. Si bien Harvey logró ampliar el campo de la teoría y práctica marxista, en su obra hay también varios espacios faltantes. El alcance de su geografía –como él mismo lo admite (New Left Review, 8/2000, p. 75-97)– se limita al Norte y a las zonas urbanas, algo que se observa también en sus teorizaciones del imperialismo (The new imperialism, 2003) donde el Sur permanece oscurecido. Lo mismo se puede decir de las cuestiones de raza o género –cuya irrupción en las pasadas décadas aumentó el campo de la crítica– aunque Harvey no está completamente ciego a ellas apuntando por ejemplo al componente racial en la crisis de vivienda en EEUU (Socialist Register, Vol. 48, 2012) o subrayando que no era una casualidad que la segunda ola del feminismo viniera de los suburbios.

V) La principal premisa de la teoría del desarrollo geográfico desigual de Harvey: el capital se reproduce cambiándose de un lugar del mundo al otro (Spaces of hope, 2000; Spaces of capital, 2001), se condensa mejor en su concepto de solución espacial mediante la cual el sistema busca expandirse: China –para él– es hoy en día “la ‘solución espacial’ global por excelencia”. Empujado por la crisis de sobreacumulación no sólo se perpetúa, sino también reconstruye: destruye espacios en una parte del planeta (la ciudad como Detroit), sólo para volverlos a producir en otra (decenas de nuevas ciudades chinas). También la crisis económica tiene para él –siendo esto una fascinante historia para contar– su distribución geográfica desigual: en su pleno desarrollo unos lugares florecen (Turquía), mientras otros, apenas al lado (Grecia), agonizan (https://lahaine.org/fM4H). “No obstante –enfatiza en otro lugar– ya se nos está acabando tanto el espacio como el tiempo. Y esto es uno de los grandes problemas del capitalismo contemporáneo” (https://lahaine.org/fM4G).

Fuente: https://www.lahaine.org/bM5M

Biopoder y Biocapital

El trabajador como moderno homo sacer

Por Jaime Osorio

Texto publicado en Revista NUEVA ÉPOCA ˆ AÑO 19 ˆ NÚM. 52 ˆ SEPTIEMBRE-DICIEMBRE 2006

En este trabajo se establecen las particularidades del biopoder, en el contexto en que el capital, su dinámica y despliegue, rigen el sentido del mundo y su organización. Desde ese horizonte se retoman los planteamientos de Michel Foucault y Giorgio Agamben, autores en cuyas obras se encuentran algunas de las principales propuestas sobre el tema, y se señalan sus aportes así como los límites de sus formulaciones. Se sostiene, en polémica con Agamben, que en el actual orden social es el trabajador asalariado el moderno homo sacer y que sólo develando esa posición se está en condiciones de comprender las variadas formas como el capital pone la vida en entredicho, sea como refugiados, migrantes, etcétera. Esta reflexión ofrece argumentos que justifiquen considerar al biocapital como categoría que asume y supera, en términos hegelianos, la de biopoder.

La vocación del poder de apoderarse de la vida y someterla a sus atribuciones soberanas constituye un proceso antiguo. Sin embargo, la emergencia de fenómenos inéditos en esa vieja tendencia permite hablar de la constitución de algo nuevo, que se ha expresado en la noción de biopoder. En este trabajo nos interesa establecer las particularidades del biopoder en el contexto donde el capital, su dinámica y despliegue, rigen el sentido del mundo y su organización. Desde ese horizonte retomaremos los planteamientos de Michel Foucault y Giorgio Agamben, autores en cuyas obras se encuentran algunas de las principales propuestas sobre el tema, y señalaremos los que consideramos sus aportes, así como los límites de sus formulaciones. Este ejercicio de reflexión pretende ofrecer argumentos que justifiquen hablar del biocapital como categoría que asume y supera la del biopoder.

BIOPODER Y BIOCAPITAL

En una apretada síntesis que tiene la particularidad de precisar las coordenadas del tema, Michel Foucault señala que el poder sobre la vida se desarrolló desde el siglo XVII en dos formas principales:

[uno] centrado en el cuerpo como máquina: su educación, el aumento de sus aptitudes […], su docilidad, su integración en sistemas de control eficaces y económicos […] [el segundo formado] hacia mediados del siglo XVIII, fue centrado en el cuerpo-especie […] que sirve de soporte a los procesos biológicos: […] los nacimientos y la mortalidad, el nivel de salud, la duración de la vida […] todos estos problemas los toman a su cargo una serie de intervenciones y controles reguladores: una biopolítica de la población. Las disciplinas del cuerpo y las regulaciones de la población constituyen los dos polos alrededor de los cuales se desarrolló la organización del poder sobre la vida [es así como emerge un poder] cuya más alta función no es ya matar sino invadir la vida enteramente [con ello] se inicia […] la era de(l) […] “biopoder”.1

No es que con anterioridad la vida no estuviera presente en la historia. Lo nuevo es “la entrada de los fenómenos propios de la vida de la especie humana en el orden del saber y del poder”.2 De esta forma “lo biológico se refleja en lo político”, permitiendo que “el dominio que puede ejercer (el poder) sobre (seres vivos) deberá colocarse en el nivel de la vida misma”.3

El periodo considerado por Foucault (siglos XVII y XVIII) corresponde grosso modo con los tiempos del capitalismo en el mundo central que contempla aspectos de la acumulación originaria y de la manufactura. Foucault reconoce que “ese bio-poder fue, a no dudarlo, un elemento indispensable en el desarrollo del capitalismo; éste no pudo afirmarse sino al precio de la inserción controlada de los cuerpos en el aparato de producción y mediante un ajuste de los fenómenos de población a los procesos económicos”.4 Más aún, “el ajuste entre la acumulación de los hombres y la del capital, la articulación entre el crecimiento de los grupos humanos y la expansión de las fuerzas productivas […] fueron posibles gracias al ejercicio del bio-poder en sus formas y procedimientos múltiples”.5

Los vínculos entre los movimientos económico-políticos del capital y la vida no constituyen puntos de atención para Foucault en el tratamiento del tema, más allá de las breves referencias antes señaladas. Son esos vínculos, sin embargo, los que aquí nos interesa destacar, porque conforman, como veremos, el piso primordial desde donde construir la reflexión sobre el biopoder. Postulamos que el campo del biopoder se aloja en la relación capital-trabajo, que es la que articula el sentido del mundo societal en que hoy los hombres se desenvuelven. Esa relación constituye entonces un punto privilegiado de análisis, como Marx ya lo destacó. Centremos nuestra atención en ella destacando los aspectos que nos permitan asentar sobre nuevas bases la noción de biopoder.

CORPOREIDAD VIVA: BASAMENTO DEL BIOCAPITAL

El trabajo, como trabajo útil, es condición de vida del hombre, al permitir la gestación de valores de uso, de bienes que permiten su vida y la reproducción de la sociedad. Esta condición perenne y natural de intercambio orgánico entre el hombre y la naturaleza asume, sin embargo, una impronta particular en el capitalismo, convirtiéndose en una actividad donde la vida misma de los trabajadores queda expuesta y en entredicho.

El acontecimiento fundante en este giro histórico se ubica en los procesos que propiciaron la violenta y masiva separación de los trabajadores de los medios de producción y de los medios de subsistencia6 y su conformación en tanto capital, reseñados por Marx en la llamada “acumulación originaria”.7 De allí en adelante será primordialmente la dinámica económica y política gestada a partir de ese proceso la que permitirá que dichos medios se enfrenten a los trabajadores como algo ajeno y que los somete. Para los productores despojados, sólo les será posible acceder a los medios de subsistencia bajo formas mediadas por la venta de sus capacidades física y espirituales que le permiten trabajar. El trabajo se conforma así como un proceso que pondrá frente a frente, y de manera recurrente, al capitalista y a los trabajadores: uno, como poseedor de los medios de producción y de subsistencia; otros, como poseedores de su fuerza de trabajo.

Esta es la premisa básica que organiza el trabajo en el mundo regido por el capital. La constitución de la fuerza de trabajo en mercancía encierra, como en toda mercancía, una unidad contradictoria. Quien la vende la enajena por un valor de cambio, como forma de acceder a los medios de subsistencia. Quien la compra la adquiere para “disfrutar” su valor de uso, esto es, del trabajo mismo. En esa situación se dibujan las fronteras que enmarcan el territorio que aquí nos importa destacar.

Toda venta de una mercancía supone para el vendedor desprenderse de la misma, al consumarse el proceso, y su entrega al comprador, para que éste disponga de la misma como mejor le convenga. Pero en la venta y compra de la fuerza de trabajo se hace presente un hecho paradojal: las capacidades físicas y creativas que permiten trabajar no son ajenas a la corporeidad viva del trabajador.8 Esto implica que no es posible separar materialmente la fuerza de trabajo de la existencia misma de su propietario. No hay una distinción ontológica entre una y otra. Por tanto, al hacer entrega de la mercancía vendida, la fuerza de trabajo, su propietario no sólo termina entregando a aquélla, sino el plus de su propia base material en tanto ser viviente. No hay desprendimiento posible entre su cuerpo vivo y su capacidad de trabajo y entre su existencia como ser vivo y dicha capacidad.9

Lo que se pone en juego en esta transacción, por tanto, no es algo ajeno a la vida misma del trabajador. En esta particular relación mercantil no sólo está presente el intercambio de valores y de productos útiles: es la propia existencia de uno de los contratantes la que se pone en entredicho. La “libertad” del trabajador de disponer de su fuerza vital y ponerla a la venta en el mercado, lleva consigo, de manera simultánea, pero oculta, el poner a disposición de otro, el capital, su propia existencia. Ésta parece un elemento excluido del proceso de intercambio. Sin embargo, es el elemento verdaderamente incluido. Sin vida y cuerpo no hay fuerza de trabajo.

La recuperación del trabajador de la integridad sobre su ser, al reapoderarse de su capacidad de trabajo al final de la jornada, sólo sirve para velar que es su existencia toda la que queda en entredicho. Porque ese reapoderamiento sólo constituye un pequeño paréntesis dentro de un proceso que obliga al productor a tener que volver a presentarse durante toda su vida útil al mercado como vendedor de su fuerza vital.10 El dinero que percibe por su mercancía, bajo la forma del salario, fluctúa en torno al valor de los bienes que necesita para reponer sus fuerzas físicas y espirituales, no para acumular y romper con su condición de hombre despojado de medios de producción y de subsistencia.11 A ello se reduce su condición de hombre libre en este terreno. Desde esta perspectiva, el pequeño paréntesis de reapropiación del trabajador de su existencia deja de ser tal, para convertirse en un tiempo de reposición que reclama el propio capital.

Es en estas coordenadas donde se encuentran los puntos nodales del poder del capital sobre la vida y la base de una teoría del biopoder en el capitalismo. Ellos constituyen, sin embargo, los puntos ciegos de las reflexiones de Foucault y de Agamben, proyectando una sombra que cubre sus discursos, más allá de las virtudes y nuevos horizontes que sus análisis han abierto sobre el tema.

Si en términos de la teoría de la explotación desarrollada por Marx, la fuerza de trabajo se nos presenta como una mercancía de excepción, capaz de crear más valor que el que ella vale, lo que como exclusión la convierte en lo sustancialmente incluido en el “inmenso arsenal de mercancías” establecido por el capital, desde la teoría del biocapital el vínculo capital-corporeidad viva del trabajador destaca los cimientos de un orden social que reposa, como exclusión,12 en el poder del capital sobre la vida, siendo ésta lo verdaderamente incluido. Si aquella teoría nos lleva al examen del antagonismo- complemento capital-trabajo, ésta nos orienta hacia el antagonismo-complemento capital-vida. En términos del análisis vale diferenciarlas, pero, a su vez, volver a integrarlas, como requisito para la cabal comprensión del proceso. Desde aquí ya podemos vislumbrar la necesaria asunción del capital como unidad económica y política. Toda separación forma parte de los velos que ocultan aquella condición.

LA VIDA COMO SIMPLE TRABAJO EXCEDENTE

El antagonismo-complemento que pone de manifiesto que es la vida misma del propietario de la mercancía fuerza de trabajo la que se encuentra expuesta, asume nuevas dimensiones cuando consideramos la lógica que rige el uso de esta mercancía, esto es, el trabajo mismo. Para ello debemos abandonar la esfera de la circulación para adentrarnos en la de la producción. Y ya en ese movimiento “parece como si cambiase algo la fisonomía de los personajes de nuestro drama. El antiguo poseedor de dinero abre la marcha convertido en capitalista, y tras él viene el poseedor de la fuerza de trabajo, transformado en obrero suyo […]”. El primero “pisando recio”, el segundo “receloso, de mala gana, como quien va a vender su propia pelleja […]”.13

Esta viva imagen puede parecer exagerada. Sin embargo sólo es una pálida expresión de la esencia del trabajo en el capitalismo, donde la lógica de la valorización incesante del capital busca producir y apropiarse del mayor tiempo de trabajo excedente.14 La existencia del trabajador, en tanto encarnación del potencial generador de nuevo valor se ve así sometida a un mando despótico,15 el del capital, a cuya naturaleza le es inherente un hambre insaciable de tiempo de trabajo que rebase el tiempo de trabajo necesario.

Bajo esta dinámica, todas las formas de organización del trabajo operan para que el trabajador termine siendo simple encarnación de tiempo de trabajo. El tiempo de descanso, que se proyecta como reapropiación de su existencia, aparece para el capital como tiempo improductivo. Sin embargo, termina siendo en realidad tiempo del capital, ya que en él el trabajador reproduce las condiciones para que el capital pueda volver a extraer sus fuerzas físicas y espirituales. Por ello, en definitiva, “[…] el obrero no es, desde que nace hasta que muere, más que fuerza de trabajo”, señala Marx, y “todo su tiempo disponible es, por obra de la naturaleza y por obra del derecho, tiempo de trabajo y pertenece, como es lógico, al capital para su incrementación”.16

De condición de vida, en la organización capitalista el trabajo reposa en una tendencia contraria, tanto por la particular relación entre fuerza de trabajo y corporeidad viva del trabajador, así como por el elemento que motoriza el trabajo en esta organización societal, una insaciable hambre de trabajo excedente. Es el trabajo-vida expuesta el particular-universal, lo verdaderamente excluido-incluido en el orden capitalista, y que aparece, sin embargo, como pura excepción, frente a una realidad que se proyecta de manera inversa, en tanto trabajo-vida.

LA LIBERTAD DEL TRABAJADOR COMO FICCIÓN DE UNA VIDA QUE NO LE PERTENECE

Una de las condiciones que reclama el proceso de venta de la fuerza de trabajo es que ésta sea ofrecida en el mercado “por su propio poseedor”, lo que implica que “sea libre propietario de su capacidad de trabajo, de su persona”. Es así como el trabajador se pone enfrente de otro propietario, el del dinero-capital. Tenemos entonces un intercambio entre “personas jurídicamente iguales”. A ello se agrega que la venta de su fuerza vital se realice por tiempos delimitados, ya que “si la vende en bloque y para siempre, lo que hace es venderse a sí mismo, convertirse de libre en esclavo, de poseedor de una mercancía en mercancía”.17

En definitiva, para que el dinero se convierta en capital, “el poseedor del dinero tiene […] que encontrarse en el mercado […] con el obrero libre”, entendido en una doble acepción: que pueda disponer libremente de su fuerza de trabajo como de su propia mercancía”, y que no disponga de otras mercancías donde “su trabajo se materialice”.18

Pero “la órbita de la circulación”, que es donde se realiza la compra-venta de la fuerza de trabajo, opera como fetiche del proceso de reproducción en su conjunto. Por ello es que puede presentarse como “el verdadero paraíso de los derechos de los hombres”. En su interior “sólo reinan la libertad, la igualdad, la propiedad”.19 En la realidad la figura del trabajador “libre” debe ser delimitada, para romper con las ilusiones que ella genera.

En tanto “libre” por ser dueño de su mercancía, esa ilusión se sostiene por la posibilidad del “cambio constante de patrón y la fictio juris del contrato de trabajo, (los que) mantienen en pie la apariencia de su libre personalidad”.20 Pero, “en realidad, el obrero pertenece al capital antes de venderse al capitalista. Su vasallaje económico se realiza al mismo tiempo que se disfraza mediante la renovación periódica de su venta gracias al cambio de sus patrones individuales […]”.21

Ello se explica porque su otra condición de libertad, la no posesión de medios de producción y de medios de subsistencia, su despojo total, lo convierten en un no- libre,22 y esta condición hace que “se vea obligado” a vender “su propia fuerza de trabajo”.23 Es la “esclavitud encubierta”24 lo verdaderamente incluido en la existencia del obrero libre. La recuperación de la posesión de su mercancía fuerza de trabajo, una vez finalizada la jornada de trabajo, no hace más que ocultar e invertir la situación de una vida que no le pertenece, “puesto que (en ese tiempo sólo) reproduce la fuerza productora de riqueza para otros”.25 Por ello, más allá de la fictio juris, “desde el punto de vista social, la clase obrera, aún fuera del proceso directo de trabajo es atributo del capital, ni más ni menos que los instrumentos inanimados”.26

La “esclavitud” del trabajador moderno no significa desconocer sus especificidades. El esclavo de la organización esclavista pertenece jurídicamente al esclavista y, por tanto, es tan suyo como un arado o como un animal de carga. El moderno esclavo jurídicamente no pertenece al capitalista. Es un hombre libre. Pero su separación de los medios de vida y de producción en un régimen que perpetúa dicha separación, lo obliga –bajo una forma de violencia donde se juega su sobrevivencia– a tener que someterse diariamente al mando despótico del capital. “El esclavo romano se hallaba sujeto por cadenas a la voluntad de su señor”, en tanto “el obrero asalariado se halla sometido a la férula de su propietario por medio de hilos invisibles”.27

Frente a derechos iguales en la libertad del capital de comprar fuerza de trabajo y la libertad del trabajador de venderla (todos hombres “libres” en términos jurídicos), termina imponiéndose la fuerza. Es en ese cuadro que el capital crea los cuerpos dóciles que su reproducción requiere. Esto reclama un largo proceso de violencia manifiesta del capital sobre los trabajadores y sus cuerpos, en aras de “vencer todas (sus) resistencias” y disciplinarse a la nueva condición de trabajadores “libres”.28 Alcanzada esa meta, “se va formando una clase obrera que, a fuerza de educación, de tradición, de costumbre, se somete a las exigencias de este régimen de producción como a las más lógicas leyes naturales”, proceso que “sella el poder de mando del capitalista sobre el obrero”.29

La apropiación de la vida constituye un aspecto que pone de manifiesto la dimensión política del capital. Sin embargo, esa dimensión encuentra fundamentos en un aspecto mucho más primario, referido a lo que se vincula. Lo particular del capital es que a ese aspecto primario vinculante, añade su capacidad de apropiarse de la vida en un cuadro donde los trabajadores son jurídicamente libres. Adentrémonos en estos asuntos y en los desdoblamientos y manifestaciones que presenta en el capitalismo.

EL CAPITAL COMO UNIDAD ECONÓMICO-POLÍTICA

El capital es una unidad que se manifiesta bajo formas desarticuladas y ocultas. Es una condición de su despliegue la fetichización de su naturaleza; que las “forma(s) exterior(es) de manifestarse, […] ocult(en) y ha(gan) invisible la realidad invirtiéndola”,30 a fin de que la explotación, la dominación y el mando despótico sobre la vida desaparezcan del horizonte en la simple vivencia y percepción. Por ello, es tarea central de la crítica, rearticular la unidad de lo disperso para desentrañar lo que permanece velado.

Toda relación de explotación es primariamente una relación política.31 Sin mando y dominio la explotación como fenómeno social reproducido de manera permanente no sería posible.32 Esto es lo que se destaca cuando se afirma que el capital es fundamentalmente una relación social: es mando, dominio y poder despótico (que se ejerce sobre hombres “libres”, y que incluye la vida de los trabajadores), y es un vínculo de explotación. Es la condición de relación social entonces lo que hace a la esencia política-económica del capital, lo que solda y condensa lo político y lo económico como una unidad que integra la apropiación de la vida.

Esa unidad, en su despliegue, el capital la fractura, proyectando y construyendo lo económico y lo político como mundos ajenos, separados y autónomos. Este paso permite “la necesaria presencia como no-económico de lo político para que lo económico se pueda presentar como lo no-político”.33 Este es un primer recurso de la fetichización, que permite dislocar dominio y explotación.

A ello se agrega un segundo recurso donde, una vez establecido lo económico y lo político como esferas independientes, trastoca, a su vez, la naturaleza de cada esfera, propiciando una nueva despolitización, tanto de la economía como de la política, por la vía de desarticular y encubrir el aspecto social de las relaciones que las caracterizan, esto es, las relaciones de explotación, por un lado, y las de dominio, por el otro. El mercado y el contrato social se conforman así en las formas fundamentales que reclama el capital para terminar de velar el aspecto relacional, sustentando en ambos al individuo como el soberano. En el primero, la economía se proyecta como el resultado de decisiones individuales (y las desigualdades sociales como el resultado de diferencias en materia de esfuerzo, talento, preparación y aprovechamiento de oportunidades). El segundo se concibe como el resultado del pacto entre individuos, de la cesión de soberanías entre iguales, lo que cristaliza en el Estado de todos.34

Hablar de la relación social como el fundamento político del capital implica poner a la luz el aspecto donde el capital es de manera simultánea relación de dominio y de explotación.

Destacar la unidad política y económica del capital no significa desconocer la necesidad, con fines analíticos, de asumir la originalidad de la esfera económica y la originalidad de la esfera política. Es lo que considera Marx cuando en sus obras maduras se dedica a desbrozar la naturaleza de la economía que despliega el capital. Pero este análisis se realiza por la vía de una “crítica de la economía política”, sin romper los vínculos de aquélla con su esencia política. Por el contrario, allí se trata de poner de manifiesto esa esencia política desde el campo económico. La clave es que sea desde la economía, sea desde la política, no se establezcan rupturas entre la unidad política y económica del capital, y no se desarticule la relación social que hacen a su esencia. Así podremos reconstituir lo que la fetichización disloca y fractura.

Lo anterior permite una primera aproximación al horizonte de visibilidad, así como a los límites que plantean la reflexión de Foucault y Agamben en torno al bio- poder. No es un problema menor que ambos dejen de lado el nudo más significativo de la moderna sociedad capitalista, la relación capital-trabajo, como base de una teoría del biopoder. Como hemos intentado mostrar, es allí donde reposa el punto nodal para la comprensión del ejercicio del poder sobre la vida en este ordenamiento societal. Ambos autores asumen una perspectiva que despolitiza el análisis, a pesar de su aparente radicalidad, ya que diluyen los referentes sociales vinculados en las nociones de poder y de biopoder. ¿Poder y mando de quiénes?, ¿sobre la vida y la existencia de quiénes?, ¿poder para alcanzar qué? En uno y otro, estos interrogantes quedan sumidos en los límites de la política despolitizada a la que hemos hecho alusión, por lo que terminan atrapados en el vaciamiento de las relaciones sociales (de explotación y de dominio, que terminan cristalizando en clases sociales) que realiza la fetichización del capital. Foucault habla del poder como relación, pero al diluir las clases sociales y sus intereses en la infinidad de puntos donde el poder se ejerce, las relaciones entre aquellas pierden el sentido social propio del capital y no tienen mayor significación que las relaciones de poder entre paciente-psiquiatra, penitente-confesor o profesor-alumno, en la microfísica de un poder atomizado, descentrado y desjerarquizado.35 En Agamben, hablar del poder soberano sin definir su sentido y encarnaciones sociales, es quedarse a nivel de una entelequia que flota en el devenir de los tiempos.

DIVERSAS MODALIDADES DE EJERCICIO DEL BIOCAPITAL

Hemos visto que el poder del capital sobre la vida reposa en el hecho de que la fuerza de trabajo que “compra” y se apropia forma parte indisoluble de la corporeidad viva del trabajador y se encuentra inscrita en su propia existencia como simple ser viviente. Y que la apropiación de la existencia misma, encubierta como libertad del obrero, es sometimiento al poder despótico del capital que busca, por su propia naturaleza, apropiarse de toda la vida del trabajador, a fin de incrementarse de manera incesante. En definitiva, “el capitalista lo que más anhela es que el obrero disipe, lo más posible y sin interrupción, sus dosis de fuerza vital”.36 Aquí reposa la esencia de la apropiación y exposición de la vida en el capitalismo. Veamos algunas de las modalidades como el capital lleva adelante este proceso.

VIDA INFRAHUMANA

Si en su tarea de desarrollar una teoría de la explotación en el capitalismo para Marx era fundamental asumir como supuesto que “las mercancías […] se compran y venden siempre por todo su valor”, incluyendo a la “fuerza de trabajo”,37 esto es, “tomar como punto de partida el cambio de equivalentes”,38 ello no significa que desconociera el peso histórico de la tendencia del capital a “hacer descender el salario del obrero por debajo del valor de la fuerza de trabajo”,39 o que desconociera que a la hora de “disfrutar” el valor de uso de la fuerza de trabajo, el capital termine desfalcando y agotando de manera prematura a los trabajadores. En definitiva, haciendo del trabajo condición de muerte.

Es necesario ver ahora desde un nivel de abstracción menos general –que tiene como trasfondo la violación del valor de la fuerza de trabajo, proceso que Ruy Mauro Marini calificó de superexplotación y que ubicó como el elemento definitorio del capitalismo dependiente–40 qué ocurre cuando la voracidad de tiempo de trabajo excedente del capital rompe las fronteras civilizatorias con que se reviste, para regresar de manera recurrente (sólo frenado por cálculos de realización y de las luchas sociales) a sus olvidados orígenes históricos, allí cuando el capital irrumpió en la vida humana “chorreando sangre y lodo por todos los poros, desde los pies a la cabeza”. Aquello que parecía una vieja historia de violencia y despotismo ya superada, es en realidad una historia siempre presente, excluida y encubierta en muchos momentos y espacios, pero que constituye lo verdaderamente incluido en su accionar, y con particular intensidad en el capitalismo dependiente.

El valor diario de la fuera de trabajo tiene como referente una determinada noción de años de vida útil del trabajador y de años de vida sin más. Es este valor total el que define entonces el valor diario:41 Qué bienes, en términos de alimentos, vestuario, vivienda, salud, educación, descanso y otros deben considerarse a efectos de que un trabajador pueda vender su fuerza de trabajo y vivir a su vez en condiciones normales una determinada cantidad de años, y producir también los brazos que lo reemplazarán. Por ello, el valor de aquella mercancía incluye también el valor de reproducción de una familia. El elemento histórico moral le da a la mercancía fuerza de trabajo una impronta particular, en tanto no se trata de reproducir animales sin más, sino seres humanos, acostumbrados a formas particulares de alimentación, y que van formando parte de una sociedad donde aparecen nuevos bienes, que al abaratarse, pasan a formar parte de los bienes salarios.

En el acto mismo de la compra-venta de la fuerza de trabajo, que hemos visto que implica la apropiación de la corporeidad viva del trabajador, se gesta un mecanismo en donde junto a la apropiación de trabajo excedente se imbrica una otra violencia con implicaciones sobre las condiciones de existencia de los trabajadores. Porque cuando tenemos una reducción forzada del salario por debajo del valor de los bienes indispensables para reponer la vida del trabajador, el capital logra que “el fondo necesario de consumo del obrero” se transfiera a su órbita y se convierta en parte de su “fondo de acumulación”.42

El capital cuenta con múltiples recursos para imponer salarios por debajo del valor, donde la creación de una superpoblación relativa es uno de ellos. Apoyado en las leyes del mercado y de la libre concurrencia, sobre

las cuales opera su capacidad de generar población excedente, el capital adquiere la fuerza de trabajo en condiciones que ponen de manifiesto a su poseedor y a su familia que no podrán reproducir de manera normal su propia existencia como seres humanos. En este cuadro sólo les espera una vida infrahumana. Y todo ello ocurre recién en la circulación, en el contrato inicial, cuando el trabajador como libre poseedor no pasa aún al taller, como propiedad “jurídica” del capitalista.

Este gesto “antagonista y homicida” del capital, esta desnudez de su poder despótico, constituye el modo en que se relacionan millones de trabajadores en nuestros días con el proyecto civilizatorio del capital. Más allá de lo que diga el derecho a la vida y los derechos del hombre en el campo jurídico, lo cierto es que estos quedan como letra muerta en el capitalismo realmente existente, allí donde la excepción termina convir- tiéndose en norma.

VIDA DESFALCADA

¿Qué es una jornada de trabajo? En esta pregunta se encierra mucho más que un asunto de dimensiones jurídicas y de tiempo. Expresa una frontera donde lo que se pone en juego es la mayor o menor rapidez como el capital consumirá la vida del trabajador,43 es decir, establecerá un ejercicio particular del biopoder o del biocapital. “En vez de ser la conservación normal de la fuerza de trabajo la que trace el límite a la jornada, ocurre lo contrario: es el máximo estrujamiento diario posible de aquella el que determina, por muy violento y penoso que resulte, el tiempo de descanso del obrero”.44

No es la protección de la vida el punto de referencia. Es el incremento del capital el que pulsiona, exponiendo la existencia del trabajador. Por ello el capital “no tiene inconveniente en abreviar la vida de la fuerza de trabajo, al modo que el agricultor codicioso hace dar a la tierra un rendimiento intensivo desfalcando su fertilidad”.45

A pesar de que se aumente el salario por las horas extraordinarias de trabajo, hay un punto donde dicho incremento no permite la recuperación del trabajador. La simple prolongación de la jornada por largos tiempos de vida del obrero, aún con mejores salarios, “no conduce solamente al empobrecimiento de la fuerza humana de trabajo […] Produce, además, la extenuación y la muerte prematura de la misma fuerza de trabajo”, y tiende a “acortar la duración de (la) vida” del trabajador.46

El establecimiento de topes a este afán desenfrenado de extender el tiempo de trabajo es resultado de “una larga y difícil guerra civil, más o menos encubierta, entre la clase capitalista y la clase obrera”.47 Como en toda guerra, la fuerza define las victorias y las derrotas. Sin embargo, no debe perderse de vista que las victorias de la clase obrera universal en la materia se desarrollan en el terreno de reducir el tiempo de trabajo excedente, lo que no es poco, pero aún insuficiente para que el trabajo retome su condición de vida.

Con la intensificación del trabajo el capital busca reducir las horas muertas y la porosidad presente en el tiempo de trabajo, a fin de elevar el trabajo excedente, todo lo cual termina expresándose en una mayor cantidad de valores de uso al final de la jornada. Esta forma de elevar la producción, que se sustenta en un mayor desgaste de la fuerza de trabajo, es distinto a un incremento apoyado en la elevación de la capacidad productiva, vía nuevas máquinas o nuevas formas de organización del trabajo. Intensidad y productividad son fenómenos ligados, pero diferenciados. La última es la base de un nuevo orden societal, donde se multiplican la masa de bienes disponibles sobre la base de mantener e incluso reducir el esfuerzo y el desgaste físico y espiritual individual, lo que permite ampliar el tiempo libre.

Pero el capital revierte esto en lo contrario y a mayor productividad, vía adelantos tecnológicos, abre las puertas para imponer “un desgaste mayor de trabajo durante el mismo tiempo” y propicia “una tensión redoblada de la fuerza de trabajo, tupiendo más densamente los poros del tiempo de trabajo”.48 Si la prolongación de la jornada consume la vida del trabajador considerando el tiempo en su magnitud extensa, con la intensificación aquello se alcanza por la medida del tiempo en tanto su “grado de condensación”.49

Con la prolongación de la jornada, así como con la intensificación del trabajo, el capital logra apropiarse en la actualidad de años futuros de trabajo y de consumir ahora años futuros de vida del trabajador. A pesar de que exista un pago mayor por las horas extras o por la mayor producción, el valor total de la fuerza de trabajo se ve violada. Su vida es así desfalcada y puesta en entredicho.

TORMENTOS DE TRABAJO Y TORMENTOS DE MISERIA

Al capital no le es suficiente la fuerza vital de un número de cuerpos vivos determinada por la lógica de su simple reproducción “natural”. La valorización reclama brazos a su disposición para potenciales expansiones, para reemplazar a los prematuramente agotados y para que los obreros activos rindan más trabajo excedente. Todo ello es posible tras la conformación de una población relativa excedente, propiciada por la elevación de la composición orgánica del capital. La supeditación formal de los trabajadores al capital termina de cerrar su círculo, convirtiéndose en supeditación real.

En locución biopolítica, el proceso anterior termina de “poner remate al despotismo del capital”,50 ya que tanto los trabajadores activos como los semiactivos e inactivos quedan supeditados a su mando y sus vidas quedan instaladas en “la necesidad del sacrificio como conditio sine qua non de la socialidad”.51 Todos los trabajadores se constituyen en atributos del capital, diferenciándose simplemente en la forma en cómo éste los consumirá y agotará. A unos, por los tormentos del trabajo, a otros, por los tormentos de la miseria.52 A todos, por convertir sus vidas en vida desnuda, aquella a la que el capital puede dar muerte de manera impune.

Si en el trabajador activo (semiactivo o inactivo por temporadas) el capital termina atrapando la corporeidad viva en tanto se posesiona efectivamente de la fuerza de trabajo allí contenida, en el pauperismo,53 la violencia y el despotismo sobre la vida se realiza como una doble exclusión: ni el cuerpo vivo ni la fuerza vital de trabajo parecieran encontrarse bajo el reino del biocapital y su poder despótico. Es más, llegado a un cierto punto, el pauperismo se constituye en un lastre para aquel, lo que acentúa su apariencia de ajeneidad con la valorización, a pesar de sus inseparables vínculos e inclusión.54 La contradicción entre valor y valor de uso, alcanza aquí forma en la corporeidad de la clase obrera como un todo: la valorización del capital sólo es posible a condición de la negación, como valor de uso, de la fuerza de trabajo de uno de sus segmentos.

La lógica que rige la relación capital-trabajo-vida pone de manifiesto que no son ni el derecho a la vida, ni el trabajo como condición de vida los elementos que subyacen en aquella lógica y en su despliegue en el capitalismo. Por el contrario, es la tendencia a agotar la vida de los trabajadores lo verdaderamente incluido en esta organización societal. Con este horizonte regresemos a las propuestas de Foucault y Agamben en torno las particularidades del biopoder.

LOS LÍMITES DEL “HACER VIVIR” Y EL MODERNO HOMO SACER

“HACER VIVIR, DEJAR MORIR”

En la modernidad “ya no se trata de hacer jugar la muerte en el campo de la soberanía, sino (más bien) de distribuir lo viviente en un dominio de valor y de utilidad”,55 señala Foucault. Esto no implica olvidar que “la vieja potencia de la muerte, en la cual se simboliza el poder soberano, se halla ahora cuidadosamente recubierta por la administración de los cuerpos y la gestión calculadora de la vida”.56

Foucault no desconoce que el poder soberano de dar muerte sigue en pie en la modernidad capitalista. Pero es la vida ahora la que el poder busca gestionar. Por ello insiste en que “el dominio que pueda ejercer sobre (los seres vivos) deberá colocarse (ahora) en el nivel de la vida misma”. Más aún, “haber tomado a su cargo a la vida, más que la amenaza de asesinato, dio al poder su acceso al cuerpo”.57

En definitiva, el poder soberano moderno reposa en producir y gestionar la vida. El giro no es menor: “una de las transformaciones […] masivas del derecho político del siglo XIX consistió […] en completar ese viejo derecho de soberanía –hacer morir o dejar vivir– con un nuevo derecho, que no borraría el primero pero lo penetraría, lo atravesaría, lo modificaría y sería un derecho, o mejor, un poder exactamente inverso: poder de hacer vivir y dejar morir”.58

El apotegma “hacer vivir, dejar morir” del actual poder soberano, como contraposición al derecho soberano anterior de “hacer morir, dejar vivir”, presenta diversos problemas que tienden a obscurecer más que aclarar la relación capital-vida en la moderna sociedad capitalista. ¿Cuál es el significado de este “hacer vivir”?: ¿a qué vida se hace referencia?, ¿a una vida en condiciones humanas, digna de ser vivida, o a una en condiciones inhumanas?, ¿a una vida de hombres libres o a una sometida “por hilos invisibles” a nuevas condiciones de esclavitud?

Pero el problema más serio es que aquella sentencia deja a obscuras el aspecto clave: si el capital establece gestos de poder referidos a cuidar la vida, a reproducirla, estos gestos se establecen en un campo contradictorio con la dinámica que deviene de su propia naturaleza, que propicia no sólo apoderarse de la vida, sino dejarla expuesta a la condición de una vida reclamada para ser arrebatada. Es por ello que “el hombre moderno es un animal en cuya política está puesta en entredicho su vida de ser viviente”.59 Es Foucault el que señala lo anterior. Y esta formulación, de enorme significación a la luz del análisis que realiza Marx, según hemos visto, termina por no encontrar un espacio de resolución en el discurso del pensador francés, desarmado para enfrentar el antagonismo, en el capitalismo, entre el “hacer vivir” y el que la vida, sin embargo, esté en entredicho.60

LA VIDA EXPUESTA

Es en la reflexión propuesta por Agamben donde la condición de vida expuesta, de vida en entredicho, alcanza mejores condiciones de explicación, aunque pronto emergen, a su vez, los límites impuestos por su construcción teórica. El homo sacer, una figura del derecho romano arcaico, constituye para Agamben el ejemplo que resume la situación paradojal del poder soberano occidental y su relación con la vida: un hombre sagrado, que no puede ser objeto de sacrificio, por estar fuera del derecho divino, al cual, sin embargo, cualquiera puede dar muerte impunemente, sin ser considerado homicida, porque también se encuentra excluido del derecho de los hombres. Una doble exclusión que lo deja incluido en el derecho de una vida expuesta a la que cualquiera le puede poner fin.

El andamiaje de la reflexión de Agamben se funda en “la afirmación según la cual ‘la regla vive sólo de la excepción’ (por lo que) debe ser tomada […] literalmente”.61 Más aún, “la estructura de la excepción […] parece ser […] consustancial con la política occidental”.62 De allí que ésta constituya el nudo lógico desde el cual construye su reflexión: el particular que da sentido al universal.

Si el Estado de excepción nos permite comprender uno de los ejes del poder soberano del Estado moderno, en tanto exclusión-inclusión,63 también allí se hace presente un segundo eje, referido a la relación que guarda dicho poder con la vida: el derecho siempre ha contado como fundamento su vínculo con la vida desnuda, pero también como inclusión-excluida, en tanto en el estado de excepción los derechos fundamentales (siendo el principal el derecho a la vida) quedan suspendidos. De esta forma, son “las implicaciones de la nuda vida en la esfera política (lo que) constituyen el núcleo originario –aunque oculto del poder soberano”.64

Agamben analiza los conflictos presentes en la unión-distinción derechos del hombre y derechos ciudadanos, lo que lo lleva a señalar que se ha producido una “irremediable disociación entre nacimiento y nación“, como resultado de la creciente introducción en el derecho de Occidente de la distinción entre una vida auténtica (la de los ciudadanos, cualificados por pertenencia a un Estado-nación) y una nuda vida derivada del nacimiento, que termina despojada de todo valor político. En esta línea Agamben sostiene que “el refugiado (se constituye en) un concepto límite (ya) que pone en crisis radical las categorías fundamentales del Estado-nación, desde el nexo nacimiento-nación, al nexo hombre-ciudadano”.65 Por ello, “la creciente desconexión entre el nacimiento, la nuda vida, y el Estado-nación es el hecho nuevo de la política de nuestro tiempo y lo que llamamos campo de concentración es precisamente tal separación”.66

Pero las nociones de ciudadano y su negación, el no-ciudadano, no constituyen el mejor soporte para establecer las fronteras entre “vida auténtica” y nuda vida, “despojada de todo valor político” en el orden social capitalista. Ellas nos dejan atrapados en la política no-política desplegada por el capital, donde la ciudadanía oculta que la existencia del trabajador en su sentido relacional primario, sea o no ciudadano, es la que se encuentra expuesta en el mundo del capital. Es sobre este peldaño que se establecen variadas formas de vidas desnudas sometidas a su poder despótico.

Atrapado en la noción despolitizada de ciudadanía, de manera conclusiva Agamben afirma que es “el campo de concentración […] el paradigma biopolítico de Occidente”,67 entendido como “la materialización del estado de excepción y […] la consiguiente creación de un espacio en el que la nuda vida y la norma entran en un umbral de indistinción”, abarcando los campos de detención de migrantes, hasta las “zones d‘attente de los aeropuertos internacionales […] en los que son retenidos los extranjeros que solicitan el reconocimiento del estatuto de refugiado”.68

EL TRABAJADOR COMO MODERNO HOMO SACER

Estas conclusiones ponen de manifiesto los límites señalados en la reflexión sobre el biopoder de Agamben: terminan por reducir a un cierto número de hombres, los no- ciudadanos, sean refugiados políticos o migrantes, la expresión social de la vida expuesta en el capitalismo. Como hemos podido demostrar, es el trabajador69 la expresión del moderno homo sacer en la sociedad regida por la lógica del capital. Su vida desnuda queda en entredicho desde el momento mismo que se ve obligado a poner a disposición del capital no sólo su fuerza de trabajo sino su cuerpo viviente. Es su corporeidad viva la que termina expuesta diariamente, agotada y desfalcada por los diversos mecanismos que el capital emplea en el proceso de trabajo, azuzado por el hambre de valorización y de trabajo excedente. Este es un añadido a su propio drama, “un drama ajeno que lo sacrifica día a día y lo encamina […] a la destrucción”.70 La inclusión de ese cuerpo viviente está excluido del acuerdo que establece el intercambio. Es un plus de vida ajena que el capital se apropia, convirtiéndola en el verdadero soporte del orden económico-político que despliega. El capital conforma así un espacio de poder soberano de excepción, una economía-política donde la vida expuesta de los trabajadores se constituye en norma.71 En esta condición de exclusión-incluida, “ninguna vida es más política que la suya”.72

BREVE CONCLUSIÓN

Develando al capital, su unidad económica y política, y las relaciones sociales que lo constituyen, se estará en mejores condiciones para comprender por qué el orden económico y político que organiza se deposita en la vida desnuda, aquella que puede ser arrebatada de manera impune. La vida expuesta de los trabajadores es así la clave para comprender cualquier otra forma (trabajadores activos, semiactivos o inactivos; no migrantes o migrantes; con o sin contrato; ciudadano o refugiado, etcétera) como en el capitalismo la vida es puesta en entredicho. No es entonces el campo de concentración el paradigma biopolítico en Occidente, como señala Agamben. Por el contrario, ese paradigma establece su nomos no sólo en los espacios tradicionales que reclama el capital para valorizarse, sea en las esferas de la producción y de la circulación, sino en todos los espacios societales donde se produzca y reproduzca la relación capital-trabajo. Todo pauper (despojado de medios de producción) se encuentra atrapado en las redes de dicha valorización, la que conjuga vida-muerte en formas variadas y diversas.

 

B I B L I O G R A F Í A

Agamben, Giorgio. Homo sacer. El poder soberano y la nuda vida, Pre-Textos, traducción y notas de Antonio Gimeno Cuspinera, Valencia, 1998.

Anderson, Perry. Tras las huellas del materialismo histórico, Siglo XXI Editores, Madrid, 1983. Antunes, Ricardo. ¿Adiós al trabajo? Ensayo sobre las metamorfosis y el rol central del mundo del trabajo,Ediciones Herramienta, Buenos Aires, 2003.

Avalos, Gerardo. “La política del capital”, mimeo, UAM-Xochimilco, México, 2005.

Bales, Kevin. La nueva esclavitud en la economía global, Siglo XXI Editores, España, 2000. Benjamin, Walter. Tesis sobre la historia y otros fragmentos. Contrahistorias, traducción y presentación de Bolívar Echeverría, México, 2005.

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Foucault, Michel. Historia de la sexualidad, I, “La voluntad de poder”, Siglo XXI Editores, traducción de Ulises Guiñazú, México, 1977, décimo quinta edición 1987.

——. Vigilar y castigar, Siglo XXI Editores, México, trad. Aurelio Garzón del Camino, 1976. ——. Defender la sociedad, FCE, traducción de Horacio Pons, México, 2002.

——. Seguridad, territorio, población, FCE, Argentina, 2006.
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Tarcus, Horacio (comp.). Disparen sobre Foucault, El Cielo por Asalto, Buenos Aires, 1993.

 

Notas

1 Michel Foucault, Historia de la sexualidad, I, “La voluntad de poder”, Siglo XXI Editores, México (trad. Ulises Guiñazú), 1977, pp. 168-169.

2 Ibid., p. 171 [cursivas del autor].

3 Ibid., p. 172 [cursivas del autor].

4 Ibid., p. 170.

5 Ibid., p. 171.

6 “El poner al individuo como trabajador, en esta desnudez, es en sí mismo un producto histórico”. Karl Marx, Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (borrador) 1857-1858, Siglo XXI Editores, México (trad. de José Aricó, Miguel Murmis y Pedro Scarón), tomo I, 1971, p. 434.

7 Karl Marx, El Capital, Fondo de Cultura Económica, México (trad. Wenceslao Roces), 1946, séptima reimpresión 1973, tomo I, cap. XXIV, pp. 607-649.

8 “Entendemos por capacidad o fuerza de trabajo el conjunto de las condiciones físicas y espirituales que se dan en la corporeidad, en la personalidad viviente de un hombre y que éste pone en acción al producir valores de uso de cualquier clase”. Karl Marx, El Capital, op. cit., p. 121.

9 “La fuerza de trabajo sólo existe como actitud del ser viviente. Su producción presupone, por tanto, la existencia de éste. Y, partiendo del supuesto de la existencia del individuo, la producción de la fuerza de trabajo consiste en la reproducción o conservación de aquél”, por lo que “el valor de la fuerza de trabajo es el valor de los medios de vida necesarios para asegurar la subsistencia de los productores”. Karl Marx, El Capital, op. cit., p. 124 [cursivas del autor].

10 “[…] el obrero, tras un trabajo siempre repetido, sólo tiene, para el intercambio, su trabajo vivo y directo. La propia repetición, in fact, es sólo aparente. Lo que intercambia con el capital es toda su capacidad de trabajo que gasta, digamos, en 20 años”. Karl Marx, Elementos fundamentales… op. cit., tomo I, p. 233.

11 Aquí tomamos como supuesto todavía la condición de un trabajador y no del conjunto de trabajadores. Pero entendemos que “hablar de obrero y no de clase obrera, implica dejar de lado por ahora el problema de los sustitutos del obrero debido al “desgaste”. Por ello, al señalar “obrero” se le supone “como sujeto perenne presupuesto, al capital, y no todavía como individuo perecedero de la especie obrero”. Karl Marx, Elementos fundamentales… op. cit., p. 264 [cursivas del autor].

12 “La nuda vida tiene, en la política occidental, el singular privilegio de ser aquello sobre cuya exclusión se funda la ciudad de los hombres”. Giorgio Agamben, Homo sacer. El poder soberano y la nuda vida, Pre-Textos, España (traducción y notas Antonio Gimeno Cuspinera), 1998, p. 17.

13 Karl Marx, El Capital, op. cit., p. 129 [cursivas del autor].

14 Esto difiere de “aquellas sociedades económicas en que no predomina el valor de cambio, sino el valor de uso del producto, (donde) el trabajo excedente se halla circunscrito a un sector más o menos amplio de necesidades, sin que del carácter mismo de la producción, brote un hambre insaciable de trabajo excedente”. Karl Marx, El Capital, op. cit., p. 181 [cursivas del autor].

15 “Pero si, por su contenido, la dirección capitalista” constituye “un proceso social […] para la creación de un producto […] y […] un proceso de valorización del capital, por su forma, la dirección capitalista es una dirección despótica”. Esto es “el alto mando […] se convierte en atributo del capital […]”. Karl Marx, op. cit., pp. 267-268 [cursivas del autor].

16 Karl Marx, op. cit., p. 207.

17 Karl Marx, op. cit., p. 121.

18 Karl Marx, op. cit., pp. 121-122.

19 Karl Marx, op. cit., p. 128.

20 Karl Marx, op. cit., p. 482 [cursivas del autor].

21 Karl Marx, op. cit., p. 486.

22 Esta “desposesión” es, sin embargo, su condición de libertad para organizar un nuevo orden, que vaya más allá de la propiedad privada sobre los medios de producción.

23 Karl Marx, op. cit., p. 122. “La reproducción de la fuerza de trabajo, obligada, quiéralo o no, a someterse incesantemente al capital como medio de explotación, que no puede desprenderse de él y cuyo esclavizamiento al capital no desaparece más que en apariencia porque cambien los capitalistas individuales a quien se vende, constituye en realidad uno de los factores de la reproducción del capital”. Karl Marx, op. cit., p. 518. 24 Karl Marx, op. cit., p. 646.

25 Karl Marx, op. cit., p. 482.

26 Karl Marx, op. cit., p. 482.

27 Karl Marx, op. cit., p. 482. En su estudio sobre la esclavitud a fines del siglo XX, Kevin Bales destaca como un elemento central “la falta de propiedad legal” del esclavo, lo que constituye “un privilegio para los propietarios”, dado su fácil reemplazo, ante una masiva oferta de brazos (y cuerpos). En esta relación, ya no se trata sólo de “robar el trabajo de alguien, sino su vida entera”. En La nueva esclavitud en la economía global, Siglo XXI, España, 2000, pp. 6-8. La esclavitud constituye una modalidad de explotación que se adecúa a la explotación propiamente capitalista. De allí su acelerado crecimiento en las últimas décadas, como pone de manifiesto el estudio de Bales.

28 “A los trabajadores “libres” (“de toda posesión” y “de toda forma de existencia objetiva”) se le(s) presentaba como única fuente de recursos la venta de su capacidad de trabajo o la mendicidad, el vagabundeo y el robo. Está históricamente comprobado que esa masa (de fuerza de trabajo) intentó al principio esto último, pero que fue empujada fuera, de esa vía, por medio de la horca, la picota, el látigo, hacia el estrecho camino que lleva al mercado de trabajo […]”. Karl Marx, Elementos fundamentales para la crítica de la economía política, op. cit., p. 470.

29 Karl Marx, El Capital, op. cit., p. 627.

30 Karl Marx, op. cit., p. 452. Marx señala lo anterior en referencia al salario y la transformación que realiza del valor y precio de la fuerza de trabajo en valor y precio del trabajo, con lo cual “borra toda huella” entre “trabajo necesario y trabajo excedente”.

31 Foucault lo manifiesta así: la “constitución (del cuerpo) como fuerza de trabajo sólo es posible si se halla prendido un sistema de sujeción”. Y agrega: “El cuerpo sólo se convierte en fuerza útil cuando es a la vez cuerpo productivo y cuerpo sometido”. Vigilar y castigar, Siglo XXI Editores, México, 1976 (trad. de Aurelio Garzón del Camino), pp. 32-33. Cabe señalar que no compartimos la visión general de poder que Foucault despliega en este texto y en otros libros, y que criticaremos brevemente en páginas siguientes.

32 La gestación de un producto excedente permite su apropiación por no productores. Ello supone un gesto político de violencia y, para persistir y reproducirse, de dominio y ejercicio de poder político.

33 Gerardo Ávalos, “El despliegue político del capital”, mimeo, UAM-Xochimilco, p. 32.

34 “Lo político del capital se presenta como no-político, y lo que se presenta como político está revestido de relatos míticos (la representación popular, la soberanía ‘popular’, etcétera)”, Gerado Ávalos, op. cit., p. 32.

35 A ello alude Perry Anderson cuando sostiene, en relación con Foucault (asunto que podemos extender a Agamben), que en su discurso “el poder pierde cualquiera determinación histórica; ya no hay detentadores específicos del poder, ni metas específicas a las que sirve su ejercicio”. Perry Anderson, Tras las huellas del materialismo histórico, Siglo XXI Editores, España, 1983, p. 59 [cursivas del autor]. No es un problema menor la no distinción entre poder y poder político en Foucault. Para una profundización crítica de éste y otros problemas, véanse los ensayos de Dominique Lecourt y Máximo Cacciari en el libro de Horacio Tarcus (compilador), Disparen sobre Foucault, Ediciones El Cielo por Asalto, Buenos Aires, 1993. También, de Jaime Osorio, El Estado en el centro de la mundialización. La sociedad civil y el asunto del poder, Fondo de Cultura Económica, México, 2004, en especial el cap. I, pp. 19-52.

36 Karl Marx, Elementos fundamentales… op. cit., p. 234.

37 Karl Marx, El Capital, op. cit., p. 251.

38 Karl Marx, op. cit., p. 120.

39 Karl Marx, op. cit., p. 251.

40 Véase su Dialéctica de la dependencia, México, Editorial Era, 1973. Lo anterior no implica que la violación de la fuerza de trabajo no ocurra en el mundo central. Su especificidad en el capitalismo dependiente se ubica en su papel estructural, no contingente, y en la preeminencia de la compra- venta de la fuerza de trabajo por abajo del valor y de la prolongación de la jornada de trabajo como formas fundamentales, lo que no excluye a la intensidad, aunque en niveles inferiores a lo que acontece en el mundo central.

41 La relación entre estos dos valores de la fuerza de trabajo se encuentra en Karl Marx, op. cit., p. 440.

42 Karl Marx, op. cit., p. 505.

43 Extendiendo o intensificando el trabajo “[…] el capital consume la fuerza de trabajo con tanta rapidez, que un obrero de edad media es ya, en la mayoría de los casos, un hombre más o menos caduco”, Karl Marx, op. cit., p. 543.

44 Karl Marx, op. cit., p. 208.

45 Ibid.

46 Ibid.

47 Ibid., p. 238 [cursivas del autor].

48 Karl Marx, op. cit., p. 337.

49 Karl Marx, op. cit., p. 337.

50 Karl Marx, op. cit., p. 542.

51 Bolívar Echeverría, Valor de uso y utopía, Siglo XXI Editores, México, 1998, p. 113.

52 La ley general de la acumulación capitalista da buena cuenta de este proceso: “lo que en un polo es acumulación de riqueza es, en el polo contrario, es decir, en la clase [activa, semiactiva e inactiva (NdA)] que crea su propio producto como capital, acumulación de miseria, de tormentos de trabajo, de esclavitud, de despotismo y de ignorancia y degradación moral”. Karl Marx, El Capital, op. cit., p. 547.

53 “Los últimos despojos de la superpoblación relativa son […] los que se refugian en el pauperismo”. Esta capa social se conforma de tres categorías: “Primera: personas capacitadas para el trabajo” […] segunda: “huérfanos e hijos de pobres”; tercera: “degradados, despojos, incapaces para el trabajo”, como “los obreros que sobreviven a la edad normal de su clase” y “las víctimas de la industria”; “los mutilados, los enfermos, las viudas, etcétera”. Karl Marx, op. cit., p. 545.

54 “El pauperismo es el asilo de inválidos del ejército obrero en activo y el peso muerto del ejército industrial de reserva. Su existencia va implícita en la existencia de la superpoblación relativa, su necesidad en su necesidad, y con ella constituye una de las condiciones de vida de la producción capitalista”. Karl Marx, op. cit., pp. 545-546.

55 Michel Foucault, Historia de la sexualidad, op. cit., p. 174.

56 Michel Foucault, op. cit., p. 169 [cursivas del autor].

57 Michel Foucault, op. cit., pp. 172-173.

58 Michel Foucault, Defender la sociedad, Fondo de Cultura Económica, Argentina, 2000; México, 2002 (traducción de Horacio Pons), p. 218 [primeras cursivas del autor]. Este libro recoge su curso en el Collège de France en el ciclo lectivo 1975-1976.

59 Michel Foucault, Historia de la sexualidad, op. cit., p. 173 [cursivas del autor].

60 Por ello afirma: “cuando los individuos [en el nivel del contrato social] se reúnen […] para delegar a un soberano un poder absoluto sobre ellos […] lo hacen para proteger su vida. Constituyen un soberano para poder vivir. ¿Y puede la vida, en esa medida incluirse, efectivamente, entre los derechos del soberano? ¿Acaso no es ella la que funda esos derechos? […] ¿La vida no debe estar al margen del contrato, en la medida en que fue el motivo primero, inicial y fundamental de éste?”. Defender la sociedad, op. cit., pp. 217-218. El alegato anterior –que “corresponde a una discusión de filosofía política” y de “juristas” adscritos a las posturas contractualistas–, retomado por Foucault, no permite sin embargo adscribir a éste en esas corrientes. Pero lo trae a colación para darle mayor peso a su planteamiento del cambio producido en el terreno del poder soberano en torno al “hacer vivir”. La argumentación camina en la dirección de negar el que la vida esté realmente en entredicho.

61 Giorgio Agamben, Homo sacer. El poder soberano y la nuda vida, op. cit., p. 42.

62 Giorgio Agamben, op. cit., p. 16.

63 Agamben, siguiendo a Carl Schmitt, destaca que el soberano “está al mismo tiempo, fuera y dentro del ordenamiento jurídico”, ya que tiene “el poder de proclamar el Estado de excepción y de suspender […] la validez del orden jurídico mismo”. De esta forma “cae […] fuera del orden jurídico normalmente vigente (pero) sin dejar por ello de pertenecer a él”. Op. cit., p. 30.

64 Giorgio Agamben, op. cit., pp. 15-16.

65 Giorgio Agamben, op. cit., p. 170.

66 Giorgio Agamben, op. cit., p. 223.

67 Giorgio Agamben, op. cit., p. 230.

68 Giorgio Agamben, op. cit., p. 222.

69 En tanto trabajador colectivo, al decir de Marx, y las variadas existencias que lo conforman. Sobre una lectura para el presente véase de Ricardo Antunes, ¿Adiós al trabajo? Ensayo sobre la metamorfosis y el rol central del mundo del trabajo, Ediciones Herramienta, Buenos Aires, 2003.

70 Bolívar Echeverría, Valor de uso y utopía, op. cit., p. 197.

71 “La tradición de los oprimidos nos enseña que el “estado de excepción” en que ahora vivimos es en verdad la regla”. Walter Benjamin, Tesis sobre la historia y otros fragmentos. Contrahistorias, traducción y presentación de Bolívar Echeverría, México, 2005, p. 22.

72 Giorgio Agamben, op. cit., p. 233.

 

Se va a caer

Rita Segato dialoga con Verónica Gago

¿Qué es hacer política en medio del colapso patriarcal? Con esta pregunta y en conversación como modo del pensamiento, como propicia Rita Segato, las palabras se disparan buscando un vocabulario para lo que la marea feminista no para de hacer emerger. Su mamá, cuenta, se asustaba de lo que llamaba su “lengua viperina”: de encantamiento y de maldad. De poder construir y destruir realidades con la palabra. “Estamos viendo emerger una realidad bajo nuestros ojos y tenemos que darle nombre, generarle retóricas, porque es una política que se distingue de la ficción institucional de lo que se llama convencionalmente política”. Esa politicidad emergente está transtocándolo todo. ¿Cómo cambia la política con la entrada en escena de una politicidad de las luchas feministas en las calles, en las casas y en las camas?

¿De qué tipo de política hablamos?

Una vez que algo que es parte de nuestra experiencia vivida es nombrado, pasa a obtener un status de existencia como parte de la realidad. Es por eso que todos los autoritarismos intentan siempre ejercer un control muy grande sobre las palabras. En este momento, la escena política está pasando de las manos de los hombres a las de las mujeres y necesitamos escudriñar y nombrar todo lo nuevo que hay en este tránsito de la historia. La política está frente a una nueva era, y lo que va a reencaminar la sociedad hacia otro horizonte histórico, con más bienestar para más gente, no va a ser el camino que siempre hemos seguido, que es tomar el Estado para desde allí reencaminar la historia, porque ese camino hasta ahora nos ha venido fallando. Se intentó atraer la adhesión de la gente a los progresismos por medio de dar más acceso al consumo, pero eso fracasó estrepitosamente en Brasil y en Argentina… y en otros países, como Bolivia, parece no estar causando el efecto esperado.

Creo que esto tiene que ver también con el papel de las economías ilegales, con su expansión vinculada a dinámicas de consumo justamente, y con lo que significan los Estados en América latina. Son elementos de balance central para la última década, ¿no?

En un continente donde los Estados nacionales son el resultado de la historia de las sociedades, con sus conflictos, sus guerras y alianzas, como es en Europa, la relación Estado-Sociedad es muy diferente a la de nuestros países. Los verdaderos héroes de nuestras independencias murieron asesinados, exilados o en el más absoluto abandono y ostracismo, y las élites criollas, de identidad ambigua e insegura, junto a sus amanuenses, fundaron repúblicas de doble llave operativa para recibir la transferencia de los bienes coloniales de ultramar a la administración en territorio. Construyeron así un aparato estatal como recipiente para la transferencia de los bienes coloniales –la tierra, los minerales y la mano de obra– de la sede ultramarina a la sede regional. Solo se trató de un cambio de manos, de un cambio en la gerencia nada más…. Es por eso que la gestión criolla nunca dejó de mantener una relación de exterioridad con relación a lo administrado, por eso podemos decir que nunca dejaron de tener una relación colonial con lo administrado. Los estados arquitectados de esa manera procedieron entonces a inventar sus naciones y trazar las sospechosas y artificiales líneas de puntos que conocemos.

En ese sentido se originan como Estados contra la sociedad.

Exacto. Es por eso nuestras sociedades, los pueblos que la forman, nunca se sienten parte del Estado, ni aunque voten. Más bien solo le temen al Estado. Y estados formados así, con su fragilidad constitutiva, fundacional, presentan una vulnerabilidad extrema a la inflación de la esfera para-estatal de control de la vida. En nuestros países, el estado de excepción y la dualidad del estado también inherentes a la gestión de la vida de los países europeos, es decir, las llaves alternativas de control de la sociedad en situaciones de excepción, se hipertrofian con una facilidad extraordinaria. Nuestras repúblicas presentan una vulnerabilidad constitutiva a esa hipertrofia y a la instalación de una esfera para-legal, para-militar, para-económica y para-política de control de la vida de sectores cada vez más amplios de la población.

Y eso es perceptible, ¿verdad?

Sin duda. En México, inclusive, los sectores críticos prefieren hablar de un narco-estado, fundiendo en una entidad única e indisoluble el control criminal y estatal de la vida. Yo prefiero conservar la diferencia, es decir, las dos categorías, la de estado y para-estado y no adherir a la fusión de ambas.

¿Por qué?

Porque en la representación social dominante, en los esquemas sociales de todxs nosotrxs, el Estado existe. Entonces, existe una institucionalidad y una ley. Esa fe estatal mantiene en pie y hace posible la interacción social en muchísimos espacios, aunque es constatable que el Estado opera a dos aguas. Pero eso siempre fue así porque las elites lo armaron, lo arquitectaron, para operarlo legal y para-legalmente, en un registro o en otro. Entonces, prefiero hablar de Estado y de para-estado porque la diferenciación entre ambas estructuras de control social se encuentra todavía vigente como representación en las conciencias de las personas, en el recurso formal a la Justicia de Estado y en la persistencia constatable de algún nivel de fe institucional. De cualquier forma, a lo largo de mi camino estudiando el tema de los feminicidios y observando la expansión y transformación de la escena violenta en México y el Triángulo Norte de América Central (El Salvador, Guatemala y Honduras) fui percibiendo la transformación de la relación entre Estado, Para-Estado y Sociedad. En Ciudad Juárez, que fue mi primer trabajo en la región, percibí cómo operadores del Estado, es decir, personas insertadas en la gestión pública, funcionaban como prótesis del para-Estado. Lo describí diciendo que había vasos comunicantes muy bien irrigados, adherencias, entre la esfera para-estatal y la esfera estatal de control de la vida. Diversas formas de enriquecimiento no lícito: parte del lucro de las maquilas y los diversos tráficos –de substancias, personas y capitales no declarados en su camino de atravesamiento hacia los bancos del Norte– producían una para-economía a la sombra de la protección de gestores actuando en el campo estatal, que necesitaba a su vez de una fuerza para-policial de protección de esos bienes y de un mancomunamiento estrecho y pacto de silencio entre todos los involucrados. Era claramente el crimen organizado extendiendo sus tentáculos y atrapando actores del campo estatal.

Algunos años después, ya conceptualizas esto de otra manera…

Cuando estoy escribiendo mi texto sobre las nuevas formas de la guerra y el cuerpo de las mujeres, comprendo que ha sucedido un cambio en esa escena. ¡Fue literal!, sucedió al digitar uno de los subtítulos del ensayo. Al escribir el subtítulo “La captura del Estado por el crimen organizado” refiriéndome al carácter de proteico de algunos elementos del campo estatal que operan teledirigidos por actores criminales, súbitamente me dí cuenta de que ese subtítulo ya no describía la realidad, ya no nombraba lo que realmente existía, y lo cambié. De forma que ahora esa sección del ensayo se llama “La captura del crimen organizado por el Estado”. Es el Estado el que ya en ese momento captura y burocratiza el crimen, las fuentes de ingresos que la política de Estado necesita. Y vemos que hay un momento en que el bandido social, anti-estatal, al estilo Pablo Escobar, deja de existir; aunque cruel, ese bandido representaba un papel antagónico para las elites operadoras del Estado. Hay un momento en que eso cambia y el Estado coloniza, burocratiza el crimen. En 2006, mafias locales junto a sicariatos locales, corporaciones armadas que prestan servicio, contaban con operadores del estado que los asistían de varias formas – eso se muestra claramente en la cooperación de esos actores del campo estatal por el encubrimiento y la manipulación de evidencias en los feminicidios. Ahora, las elites operadoras del aparato estatal son las que conducen la operación criminal. Ha habido un cambio.

¿Qué es lo que cambia ahora con el feminismo? ¿Cómo interviene frente a esta compleja imbricación de violencias y economías?

El feminismo desarma la política matona. Lo que cambia con el formato de la politicidad femenina es que forma parte de otra historia, es que pone fin a la política matona. Por eso es tan insoportable cuando vemos a una feminista haciendo política matona sin darse cuenta de que es la del otro lado de la historia porque esa política matona cuenta para su producción y su accionar con el recurso humano de la población masculina formateada por el mandato de masculinidad. Si se desmonta el mandato de masculinidad se acaba la política matona.

¿Cómo caracterizarías esa política?

El matonismo político es una característica muy fuerte de nuestro país. Uno de los síntomas de ese matonismo que se articula con la política son las barras bravas, mano de obra disponible para la política matona. Están en la economía y en la política. Y el peligro es que se están pareciendo demasiado a las maras, son proto-maras y, si se expanden, podrán ofrecer un riesgo enorme para la salud de la sociedad. Son una presa fácil para convertirse en lo que es hoy el cáncer del Triángulo Norte de América central. Una vez que se instala eso no se desinstala más. Es lo complicado de El Salvador por ejemplo. La mara no es el crimen organizado, sino que es reclutada por el crimen organizado. Las maras son más próximas a las falanges pero sin un ideario otro que su propio poder de control social y territorial. ¿Cómo se evita la reproducción de ese mal social? Es algo que me saca el sueño. Es ahí que el desmonte del mandato de masculinidad es fundamental en las escuelas, en los barrios y en las organizaciones.

Me parece entonces que una relación clave es entre mandato de masculinidad y un modo específico de “mano de obra” que tiene que ver con cierta articulación entre economías legales, para-legales e ilegales.

Tal cual. Porque la mano de obra bélica para ese mal social del que hablo es formateada por el mandato de masculinidad y su pedagogía de la crueldad. Por eso, una política en clave femenina, primero, no puede ser matona y, segundo, va a cambiar la historia porque va a impedir que se reproduzca ese modo de hacer política. ¿Te parece interesante?

Me parece fundamental para pensar un momento donde el salario deja de ser la forma de estructuración de la autoridad masculina y esa autoridad busca afirmarse desde otras economías.

Total, porque el mandato patriarcal va a formatear unos niños que se van a disponibilizar para este tipo de actividades que organizan la reproducción de la vida con estas lógicas.

Esas lógicas evidencian al salario como institución precaria, intermitente y cada vez más vista como un “privilegio” para ciertos sectores sociales. Asegurar la reproducción de la vida por fuera del marco salarial sería lo que fusiona mandato de masculinidad con nuevas economías.

Se necesitan otras formas de producción de riqueza y otros canales por los que fluya el dinero. En ese sentido, hemos visto cómo se falló en el intento institucional de sanear las fuerzas de seguridad. Hay que cruzar ambas cosas y entender a qué venimos las mujeres con una nueva forma de hacer política. La política matona no puede prescindir ni de barras bravas ni de fuerzas de seguridad que actúan simultáneamente dentro del orden policial y dentro del orden para-policial. Todo eso se cae si nosotras conseguimos dar un nuevo rumbo a la forma de hacer política. Hilamos, tramamos, tejemos la política dentro de la sociedad, construimos una sociedad nueva, des-generada, despatriarcalizada. Ese es nuestro trabajo, y va a incidir directamente en el formato de la política y en el rumbo de la historia.

¿Y cómo se cruza esto con las formas de violencia contra las mujeres?

No es que nos matan porque necesitan matarnos. Nos matan porque la producción de masculinidad necesita de un espectáculo de crueldad que relate su existencia y su presencia como fuerza a cargo del control social. Y esto está en la sociedad y no en el Estado. Por eso es necesario cambiarlo en la sociedad. No se cambia desde el Estado. En este momento la lucha política es en la sociedad y pasa por nuestra acción. Ha caído en nuestras manos por el rotundo fracaso de todos los intentos cuando estuvo en otras manos. Por eso siempre digo: “ningún patriarcón hará la revolución”. ¿Por qué? Porque lo han intentado varias veces… sin jamás llegar a destino. Con el patriarcado en pie, no se reorienta la historia en dirección a una sociedad menos opresiva y más benigna.

¿Qué tipo de estructura tiene lo nuevo?

Hablemos de la emergencia de la ex hijas de genocidas. Me impresiona como emerge ese colectivo, de forma espontánea, con el intento de impunidad del 2×1. Eso sobreviene cuando al Estado se lo ve fallar. El Estado había apoyado mecanismos de justicia y luego amenaza con retirarse del papel de sustentar la ley. Es entonces que diversas conciencias dispersas, no mancomunadas, que no hicieron arreglo alguno entre sí, irrumpen con un mismo gesto: sacarse el nombre del padre. Es el afloramiento de una estructura. Esto es relevante para lo que estamos diciendo porque las marchas de mujeres a partir del Ni Una Menos surgen también de esa misma forma: como el afloramiento de una estructura cuando el Estado colapsa como fuente de justicia y legalidad ante los feminicidios. Esos afloramientos son la consecuencia de un vacío de legalidad, son un grito de las mujeres que emana de lo más profundo de la sociedad como una queja contra el matonismo de nuestra vida social y política. Es por eso que las movilizaciones actuales de las mujeres indican el tránsito y la inminencia de un cambio de era. No hay que economizar palabras para decir hasta qué punto estamos ante la posibilidad un cambio de era. Y es precisamente la alarma que ha sonado en los gabinetes que trabajan para la manutención del poder de los dueños de la vida y su recurso al fundamentalismo monoteísta lo que nos indica la centralidad de lo que estamos tocando con nuestras luchas contra el orden político del patriarcado y su mandato de masculinidad. El feminismo toca el centro de gravedad de la reproducción de la desigualdad.

Un discurso en una clave similar, vinculando varios de estos elementos, fue el que dijo Marta Montero, la mamá de Lucía Pérez, tanto en la asamblea en la que llamamos al paro del 5D como en Plaza de Mayo luego.

Es un matonismo que está en la sociedad y en la estructura de la política sustentando la existencia de patrones de la vida. Entonces, el Estado no puede auxiliarnos porque está absolutamente afectado, tomado, secuestrado por el matonismo. Lo que vemos hoy es un entramado de dueños con su séquito feudal. La dueñidad consiste en una re-feudalización de la política que atraviesa los partidos, las comisarías, los tribunales, los sindicatos y las barras bravas del futbol. Ahora, las mujeres estamos diciendo que no hay buena política construida con fondos recaudados a base del sufrimiento de la gente y en particular del sufrimiento de las mujeres.

Me parece importante remarcar que este análisis, como venís insistiendo, no es moral, y que expresa una trama política y económica.

El tema es que las dos piernas de la política partidaria convencional, a la que llamé política matona, tan típica de la Argentina, tan establecida por aquí, son las barras bravas y la policía: las dos actúan en la recaudación para las cajas electorales y también en la “seguridad”, es decir, en el control de la sociedad. Así se estructura el matonismo que sustenta la política convencional. Dicho en otras palabras, en términos más técnicos, las dos actúan en la para-economía y en la para-seguridad, propias de mi definición de esfera para-estatal de control de la vida, que tan fácilmente se inflaciona en las repúblicas latinoamericanas. Ese es precisamente el estilo de política que deja de existir cuando entra en escena la política en clave femenina o, lo que llamo también, la politicidad de las mujeres. Me gusta definirla como una política de las cocinas. Estamos en realidad buscándole las palabras a este tiempo nuevo, y no debemos temerle a esa búsqueda y sus inevitables titubeos. Esta perspectiva teórico-política está en construcción, y necesariamente tendrá que ser una construcción colectiva. Pero el punto de vista y la plataforma desde la cual imaginamos y hablamos es la historia de las mujeres, la historia de su forma de hacer política, que por un tiempo ha quedado rasurada, innominada, expulsada del reino de lo político cuando el tránsito a la colonial-modernidad intenta desbaratar los mundos comunales. La comunalidad, o vincularidad de tipo comunal, y la politicidad femenina van de la mano y son un camino histórico diferente al de la politicidad masculina, la burocracia y el Estado. Esas dos historias caminan entrelazadas, naturalmente, pero tienen genealogías diferentes. Es importante hacer notar aquí que en nuestro continente los mundos comunales son de raíz no-blanca, indígena y también amefricana, para usar el preciso término acuñado por Lelia González en Brasil.

Hoy el movimiento feminista, en sus múltiples expresiones, empuja un flujo de desestabilización que no deja estructura sin conmover: desde las organizaciones partidarias a las familias; de los sindicatos a las agrupaciones indígenas; pasando por generaciones diversas. Muchas organizaciones intentan “contener” esto pero justamente persiste como desborde.

Dentro de las organizaciones políticas hay poderes que quieren preservar esa política matona. Y esas organizaciones son las que acceden al Estado y controlan la nación. Y es constatable que en las entrañas de esas organizaciones – partidos, sindicatos…. – por tanto se practica dentro de ellas algo que se puede identificar como un autoritarismo sobre las mujeres que se transforma en un autoritarismo de estado sobre las mujeres. Por eso las denuncias no se pueden resolver sólo dentro de las organizaciones ni llevando la cuestión al reclamo hacia el Estado. En general percibimos el autoritarismo de Estado sólo en relación a las ideologías políticas y a las clases sociales. Pero no estamos percibiendo que hay un autoritarismo de Estado con relación a las mujeres. Esto se ve en cómo se frena la lucha del aborto. Cuando los senadores dicen que no a las mujeres que están en la calle, no le dicen que no al aborto pues, como sabemos, ninguna ley frena las prácticas de aborto, ya que el aborto nunca dejó de practicarse todo el tiempo y cada vez más. Lo que están diciendo es “acá quien escribe la ley somos nosotros”, o sea, la actitud de los senadores que votaron contra el pedido del movimiento organizado de las mujeres es parte de una política matona que enuncia y exhibe ante la sociedad su propiedad sobre la lapicera que escribe las leyes: es un enunciado de poder. Yo digo que la prohibición del aborto es una forma de autoritarismo de Estado como la dictadura.

¿Qué es esa otra política que estamos haciendo? Para avanzar en rasgos…

Es una política que desafía a los sujetos formateados por el mandato de masculinidad, que responden a una política organizada por el valor de la obediencia corporativa. Insisto con que hay mujeres que son matonas, que hacen política de esa forma. Pero una politicidad en clave femenina es –no por esencia sino por experiencia histórica acumulada-, en primer lugar, una política del arraigo espacial y comunitario; no es utópica sino tópica; es pragmática y orientada por las contingencias y no principista en su moralidad; próxima y no burocrática; investida en el proceso más que en el producto; y sobre todo solucionadora de problemas y preservadora de la vida en el cotidiano.

¡Hay todo un programa para trabajar en los distintos espacios, con iniciativas diversas! (risas) Este tipo de transversalidad sin embargo quiere ser devaluada cuando se la quiere traducir en términos únicos de pertenencias partidarias.

Para mí hay un innegociable: los pañuelos son verdes. Nuestros antagonistas en términos de proyecto histórico han percibido antes que nosotras mismas que el tema del patriarcado es el cimiento. Ellos, con su reacción fundamentalista feroz y desvariada, nos están mostrando que lo nuestro no es un problema de minoría, no es un problema de un grupo particular de la sociedad que seríamos las mujeres, sino que es un tema que, si bien llevado, puede finalmente, transformar la historia y derrocar el autoritarismo y los esquemas donde su poder se instala. Ellos nos lo están diciendo. Y es algo que nosotras como movimiento social no habíamos percibido a fondo: que nuestro movimiento puede modificar el rumbo de la historia.

Esto se lee en la ferocidad de la triple contra-ofensiva que se orquesta: a la vez militar, financiera y religiosa. Quiero decir: tiene la proporción que nos hace leer a contraluz nuestra fuerza.

Exacto. Ellos, por su reacción de alerta máxima, nos están diciendo la fuerza que tiene nuestro movimiento para hacer colapsar todos los tipos de asimetría de nuestra sociedad, todas las formas de predación. Es importante percibir que la fuerza de la palabra es enorme y que nosotras estamos hablando en otro plano y tenemos que hacer un gran esfuerzo por dotar nuestro camino de una retórica nueva. Un gran esfuerzo por nombrar. Por supuesto la vida tiene diversos estratos. La ficción institucional que es la política convencional es uno. Pero lo que está surgiendo ahora es otra cosa. Yo creo que es una política que podríamos decir que se saca de encima el nombre del padre. Es un tipo de emancipación psíquica con consecuencias incalculables. Esto se ve en la manera de las mujeres de estar en la calle y en la manera en que hoy las niñas hablan, lo que leen, cómo perciben y cómo argumentan. Escucharlas es un deslumbre. Todo esto nos muestra el afloramiento de una profunda insatisfacción con una política que se queda en la ficción institucional y apela al mandato de masculinidad organizado en barras bravas y en la para-policialidad.

Es en ese modo de hacer política que está desplegando el movimiento feminista en su multiplicidad donde también se producen otros mecanismos y espacios de organización. Me parece un punto importante que no se infantilice al feminismo como espacio de lo “social” cuando a eso se le da una carga peyorativa, pre-política.

Pensemos dónde deliberan las mujeres y las disidencias. Lo hacen en esa cocina de la política que es la política de las mujeres. No tengo ningún problema en hablar de cocina. Ahí se delibera a la vista de tods, por ahí pasa la gente todo el tiempo: llega gente, se va otra, es un lugar de reunión y actividad de puertas abiertas. Lo impactante de hoy es que estamos frente a una marea no regida burocrática ni detonada por un voluntarismo. Es lo que es y está sucediendo.

En ese sentido lo importante de hoy es que se anuda de manera inédita masividad y radicalidad.

En ese mismo sentido digo que es un afloramiento, una emergencia. Hay que remarcar que esto se da aquí, en el Sur, donde nuestras propias tecnologías de sociabilidad están vigentes y tienen muchísima fuerza. Por eso es fundamental que nuestro feminismo no se deje devorar por las categorías del norte ni los protocolos del Norte, que emanan de otra historia nacional.

Justamente una de las categorías más importante es la surgida de las luchas de Centroamérica, protagonizadas por lideresas territoriales, que hablan de “cuerpo-territorio”. Me parece una síntesis político-conceptual que dice mucho de este momento de los feminismos, donde las resistencias a los megaemprendimientos extractivistas es una clave política fundamental.

Las mujeres son las sujetas del arraigo. Está en las manos de las mujeres lo que se ha preservado como diversidad genética, por su selección de lo que se cultiva en las huertas pequeñas, por ejemplo. Son el nudo del tejido comunitario. Por eso se las agrede de tal forma en las actuales guerras informales. Cuando se mata a una gran lideresa como Berta Cáceres se comete un femicidio, a pesar de que líderes hombres también mueren asesinados por defender lo que ella defendía. Sin embargo, su muerte es otra, lo que se desaparece es mucho más que una persona, un liderazgo particular: lo que se mata en ella es una modalidad de la política, una forma propia de politicidad, de gestión colectiva. Se femicidó en ella una politicidad en clave femenina. En el feminicidio el matonismo se afirma como política. En el cuerpo de las mujeres y de las sexualidades disidentes el ojo del patriarcado lee lo más humano de lo humano: la capacidad de desobedecer, de disentir, de desacatar. Esos cuerpos son en sí el peligro del desacato.

Fuente: Página 12