La extrema derecha en Brasil: aprendiendo y desaprendiendo desde la izquierda

Por Eduardo Gudynas y Alberto Acosta

El triunfo en las elecciones presidenciales de Brasil de Jair Bolsonaro tiene muy importantes efectos en toda América Latina y plantea enormes desafíos políticos. Expresa no solo otro caso donde un gobierno progresista debe dejar el gobierno, sino también la llegada al poder de actores ultra conservadores o de la extrema derecha.

Estas implicancias exigen un análisis de los efectos de este giro político extremo, y en especial las izquierdas latinoamericanas están conminadas a aprender de lo que allí sucedió. Sea aquellos grupos que todavía gobiernan en algunos países, sea las izquierdas o progresismos que están en la oposición en otros. Todos ellos enfrentan el desafío de no repetir las contradicciones observadas en Brasil, y en otros países vecinos. Esto también es indispensable para los movimientos ciudadanos que siguen lidiando con estrategias como las extractivistas, ya que un estilo político como el propuesto por Bolsonaro solo augura una acentuación de la violencia.

Enfrentamos preguntas que deben hacerse. ¿Qué nos enseña Brasil para evitar, por ejemplo, que alcance la presidencia la extrema derecha en Ecuador o Uruguay? ¿Cómo evitar que el ejemplo Bolsonaro permita que se acentúe todavía más la deriva hacia la derecha en Chile o Colombia? Sin negar las intromisiones externas o los desvíos internos, es necesario reflexionar sobre lo sucedido.

En este texto presentamos distintas reflexiones a partir de lo sucedido en Brasil. No se pretende un análisis detallado de la política interna en ese país, sino que nuestro propósito es otro: rescatar algunos aprendizajes que sean útiles para unas izquierdas que están ubicadas en las naciones vecinas. Por esa razón también ponemos énfasis en la situación de los demás países sudamericanos. Tampoco se repite la nutrida información circulante ni se apelara a análisis simplistas, tales como achacar toda la culpa sea a la derecha, al progresismo, al imperialismo o a los grandes medios de prensa.

Son los resultados de un trabajo en marcha, desde el compromiso con la justicia, tanto social como ecológica, para evitar que otros Bolsonaros se instalen en el resto del continente, y apostando así a una renovación de las izquierdas.

Progresismos e izquierdas: son diferentes

En todo el continente, los agrupamientos políticos conservadores realizan un activo entrevero de hechos para desacreditar las opciones de cambio hacia la izquierda. Se mezclan las severas crisis de Venezuela y Nicaragua con la caída del Partido de los Trabajadores (PT) en Brasil, para insistir en que las opciones de cambio hacia la izquierda son imposibles, fatalmente están teñidas por la corrupción, y así sucesivamente. Pero justamente la crisis brasileña muestra la necesidad de insistir en las diferencias entre progresismos e izquierdas.

Es que muchos de los problemas observados en Brasil resultan, como se verá más abajo, de programas y una gestión de gobierno del PT y sus aliados donde poco a poco olvidaron sus metas iniciales de izquierda para transformarse paulatinamente en progresismos. Esto nunca lo ocultaron, sino que hicieron de ello uno de sus atributos. Por lo tanto, una primera lección a tener en cuenta es que la distinción entre izquierdas y progresismos sigue siendo clave [1].

Humildad para entender los humores del pueblo

El Partido de los Trabajadores y el liderazgo de Lula da Silva fue repetidamente presentado como ejemplo de viraje exitoso hacia las llamadas “nuevas izquierdas” en toda América Latina y a nivel mundial, lo que es comprensible al haber ganado cuatro elecciones consecutivas. No fueron pocos los grupos políticos que en distintas naciones lo tomaron como inspiración. Es más, se insistía en que el “pueblo” en su mayoría había adherido a la izquierda y eso explicaba victorias electorales como las de Dilma Rousseff.

Sin embargo, en un proceso relativamente veloz, incluyendo los abusos de la oposición de las disposiciones jurídicas, el PT perdió el control del gobierno, Rousseff fue removida de su cargo en 2016. Ella fue reemplazada por un político poco conocido y de derecha, Michel Temer, quien había sido vicepresidente de la misma Rousseff. Los escándalos de corrupción no cedieron, se procesaron a decenas de empresarios, políticas e intermediarios, y Lula da Silva, perseguido por la justicia, fue encarcelado (ingresando en prisión en abril de 2018).

Esas y otras circunstancias desembocaron en un cambio político extremo. No sólo triunfó Bolsanaro, sino que se hizo evidente que la sociedad brasileña es más conservadora de lo pensado. Aquel mismo “pueblo” que años atrás apoyaba al PT, en unos casos lo rechazaba intensamente, y en otros, festejó a un candidato prolífico en discursos de tono fascista.

Estamos aquí ante una otra lección que impone precaución en usar categorías como “pueblo”, y que nos demanda humildad en aseverar cuáles son los pensamientos o sensibilidades prevalecientes. Quedan en evidencia las limitaciones de un “triunfalismo facilista” ante una sociedad brasileña que no era tan izquierdista como parecía y un conservadurismo que estaba mucho más extendido de lo que se suponía. En ese sentido, Maristella Svampa anota que el triunfo de Bolsonaro se “nutre de un fascismo social preexistente”, que ya estaba avanzando en el país [2]. Es una dinámica que también puede tener algunas similitudes con los derrumbes de las izquierdas y socialdemocracias europeas para dar paso a un paulatino avance de grupos ultraconservadores o fascistas [3].

Esta es una cuestión de mucho cuidado viendo cómo avanzan las creencias en una prosperidad que supuestamente descansa en el individualismo, el consumismo, y que entienden como normal y hasta necesaria la existencia de profundas diferencias sociales, y aceptan la violencia.

Derechas sin disimulos y progresismos disimulando ser izquierda

Seguidamente queda en evidencia otro aprendizaje: los riesgos de un programa que se recuesta sobre sectores y prácticas conservadoras para poder ganar la próxima elección. Una postura que asume que primero se debe “ganar” la elección presidencial, y que una vez en el palacio de gobierno se podrá “cambiar” al Estado y la sociedad. Esto se ejemplifica en Brasil con acciones que van desde la adhesión a un orden financiero (en la muy conocida Carta al Pueblo Brasileño firmada por Lula  en plena campaña electoral [4]) hasta su articulación política con el PMDB (Partido Movimiento Democrático Brasileño) de centro-derecha para lograr gobernabilidad. Le siguieron otras concesiones clave en las estrategias de desarrollo, cerrando la puerta a transformaciones estructurales del aparato productivo y así repitiendo el estilo primario exportador [5]. Este es justamente uno de los aspectos que sirven para caracterizarlos como progresistas y diferenciarlos con las izquierdas.

Se cae en una situación donde el progresismo una y otra vez intenta disimular que es una izquierda, mientras que la nueva derecha nada disimula ni oculta. Bolsonaro critica abiertamente a negros o indígenas, es homofóbico y misógino, ironiza con fusilar a militantes de izquierda, defiende la tortura y la dictadura, y apuesta a reformas económicas regresivas. Es ese tipo de discurso el que es apoyado o al menos tolerado por una proporción significativa de la sociedad brasileña.

Pero a su vez, no son pocas las medidas que tomó el progresismo para obtener algunas ventajas (sean políticas, electorales o económicas) pero que en realidad eran funcionales al pensamiento conservador, como fue alentar el consumismo y el mismo individualismo. De esta manera se le allanaba el camino a un futuro conservadurismo.

Desarrollo nada nuevo sino senil

La necesidad de distinguir entre progresismos e izquierda también queda en evidencia al analizar las estrategias sobre desarrollo seguidas por el PT en Brasil. El camino de esos gobiernos, el “nuevo desarrollismo”, descansó otra vez en las exportaciones de materias primas. Para lograrlo se ampliaron las fronteras extractivistas y la captación de inversión extranjera, alejándose así de muchos reclamos de la izquierda.  

De ese modo, Brasil devino en el mayor extractivista del continente, tanto minero como agropecuario (por ejemplo, las exportaciones de minerales hasta llegaron a triplicar a la suma de todos los demás países mineros sudamericanos). Esto sólo es posible aceptando una inserción subordinada en el comercio global y una acción limitada del Estado en algunos sectores como el industrial, justamente al contrario de las aspiraciones de la izquierda de sacar a nuestros países de esa dependencia en la exportación de productos primarios.

La esencia de esa estrategia de desarrollo no es diferente a que siguieron otros regímenes progresistas pero también algunas administraciones conservadoras. La adicción al petróleo, la minería y otros extractivismos es muy clara en la Venezuela bolivariana, e incluso se está profundizando con Nicolás Maduro. Algo similar se ha repetido en Argentina, Bolivia y Ecuador [6]. Tomando a este último país como ejemplo, el gobierno de Rafael Correa devino en el gran promotor de la megaminería y defensor del petróleo [7], sin lograr una transformación estructural, por lo que bien se puede hablar de “una década desperdiciada” [8].

Sin duda hay diferencias allí donde el Estado tiene una presencia mayor. Esto es evidente en Brasil con enormes empresas como Petrobras (hidrocarburos) o Vale (minería), que son en parte estatales o estaban controladas y financiadas por el gobierno. En cualquier caso persistió el componente extractivista y primario exportador, que vienen de la mano de procesos desindustrializantes y que obliga a prácticas de imposición territorial y control de movimientos sociales.

Las limitaciones de esas estrategias se disimularon en Brasil con los jugosos excedentes de la fase de altos precios de las materias primas. Aunque se publicitó la asistencia social, el grueso de la bonanza se centró en otras áreas, tales como el consumismo popular, subsidios y asistencias a sectores extractivos o el apoyo a algunas grandes corporaciones (las llamadas campeões nacionales [9]).

Esto explica que el “nuevo desarrollismo” fuese apoyado tanto por trabajadores, que disfrutaban de créditos accesibles, como por la elite empresarial que conseguía dinero estatal para internacionalizarse. Lula da Silva era aplaudido, por razones distintas, tanto en los barrios pobres de su país como en el Foro Económico de Davos [10]. El PT contribuyó sustantivamente a la defensa cultural de esas estrategias, y por ello en Brasil no ocurrieron debates que alcanzaron la misma intensidad a los vividos en los países vecinos.

Las ayudas mensuales que se otorgaban en Brasil a los sectores marginados sin duda eran importantes, pero no sacaban realmente a la gente de la pobreza, ni resolvía la excesiva concentración de la riqueza, ni impedía que mucho dinero se perdiera en redes de corrupción. La caída de los precios internacionales de las materias primas dejó todavía más en evidencia estás limitaciones. De mane-

ra análoga, la reducción de la pobreza en países como Ecuador se acompasó con un aumento de la concentración de la riqueza, con lo que los ricos estaban mejor y los pobres un poco menos mal [11].

Las izquierdas deben aprender de esa incapacidad de los progresismos para transformar la esencia de sus estrategias de desarrollo. Se profundizó la dependencia de las materias primas, con China como nuevo referente, con graves efectos en la desindustrialización y fragilidad económica y financiera. El “nuevo desarrollismo” que quiso construir el progresismo no es “nuevo”, y en verdad es tan viejo como las colonias, pues en aquel entonces arrancó el extractivismo.

La lección para las izquierdas en el resto del continente es que la reflexión sobre las alternativas al desarrollo sigue siendo clave. Se podrá tener un discurso radical, pero si las prácticas de desarrollo repiten los conocidos estilos, se quiera o no, eso desemboca en políticas públicas convencionales, y es esa convencionalidad otro componente que apartó a los progresismos de las izquierdas.

En repetidas ocasiones han asomado los intentos de poner en discusión las bases conceptuales de ese desarrollo. Se destaca por ejemplo la propuesta que nació desde la sociedad civil ecuatoriana por una moratoria petrolera, pero algo análogo por cierto no ocurrió en Brasil durante los mandatos del PT. A su vez, la discusión en Ecuador estaba directamente vinculada con de los derechos de la naturaleza, otras de las innovaciones de la nueva constitución de ese país [12]. Romper con la dependencia con los extractivismos es un tema clave para las izquierdas, y para ello es indispensable poner en debate las concepciones del desarrollo.

Tensiones similares ocurren entre los grupos opositores en los países bajo gobiernos conservadores. Esto se ilustra en Perú, donde la oposición no-conservadora parece dividirse entre una desarrollista al estilo progresista y otra que intenta una transformación más sustancial. La primera mantendría los extractivismos asumiendo con optimismo que los podrá controlar ecológicamente, les impondría impuestos adecuados para compensar sus impactos, y podría blindarlos contra la corrupción;  necesita esos extractivismos porque sigue creyendo que desarrollo es crecer económicamente. Es más o menos la receta seguida en Brasil. La otra, en cambio, apuesta a salir de la dependencia de los extractivismos, y asoma como más abierta al aceptar la necesidad de explorar alternativas al desarrollo.

En cambio, en Colombia, una parte de la oposición no-conservadora logró dar pasos sustantivos en ese tipo de reflexión en la última campaña electoral. En efecto, en el debate conocido como “petróleo versus aguacates”, más allá de cómo se lo abordó en los medios, refleja un intento muy valioso desde la Colombia Humana (liderada por Gustavo Petro), para pensar alternativas frente al inminente agotamiento de los hidrocarburos en ese país.

Todos estos casos muestran que existen opciones para una renovación de izquierda que acepte el desafío de poner en discusión estrategias de desarrollo, en particular los extractivismos, se repiten desde tiempos coloniales.

Clientelismo versus justicia social

El PT aprovechó distintas circunstancias logrando reducir la pobreza, junto a otras mejoras (como incrementos en el salario mínimo, formalización del empleo, salud, etc.), todo lo cual debe ser aplaudido [13]. Por medio de políticas sociales se puede paliar la pobreza, pero cuando prevalece el clientelismo eso se vuelve acotado. No se consigue construir ciudadanías sólidas que reclamen desde los derechos, lo que va mucho más allá de un bono mensual en dinero. El consumismo se acentúo y se lo confundió con mejoras en la calidad de vida. La bancarización y el crédito explotaron (el crédito privado trepó del 22% del PBI en 2001 al 60% en 2017). De este modo prevaleció el asistencialismo y con más extractivismos se reforzó la mercantilización de la sociedad y la Naturaleza.

El nuevo desarrollismo golpeó sobre todo a pobres y marginados en las ciudades y el campo, y en particular a los indígenas. Eso alimentó las peleas del progresismo con organizaciones campesinas, indígenas, ambientalistas, feministas, etc.  En este contexto se mezclan reclamos por empleo y salud con otras, como las demandas económicas. El consumismo y las ayudas en dinero a los sectores más empobrecidos fortalecieron la lógica del clientelismo, que en otros progresismos se sustentó en un matonismo caudillista. No se construyeran o fortalecieran ciudadanías responsables y organizaciones sociales autónomas, indispensables para hacer realidad los requeridos cambios estructurales. Las mismas organizaciones sociales, pilares del PT, tuvieron que subordinar sus objetivos, tales como la distribución de la tierra, a las lógicas de “el poder por el poder” desplegadas por aquel partido.

No se quiso entender que esas estrategias obligaban a usar ciertos instrumentos económicos, sociales y políticos nada neutros, y más bien contrarios a buena parte de la esencia de izquierda. Como resultado, se generaron condiciones para el retorno de la derecha dejando servido un Estado y normas que lo harán todavía más fácil sostenerse en el poder.

Además, la fragilidad del “nuevo desarrollo” hace que los progresismos no puedan resolver sus crisis desde una perspectiva de izquierda y deriven hacia políticas públicas más conservadoras. El PT contribuyó a erosionar la calidad política y aplicó medidas abiertamente contrarias a las izquierdas que le dieron origen, tales como las flexibilizaciones ambientales y laborales para atraer a inversores. Paradojalmente, esos cambios en Brasil antecedieron, por ejemplo, a las “licencias ambientales express” de Colombia.

En el campo de la justicia social se priorizaron instrumentos de redistribución del ingreso y no tanto de la riqueza, mientras que los derechos ciudadanos y de las diversas comunidades, sobre todo indígenas, seguían siendo frágiles. El sueño de resolver las contradicciones y conflictos por medio de compensaciones económicas, entregando todo tipo de bonos, se derrumbó. En condiciones donde el consumismo genera la falsa imagen de bienestar en amplios segmentos sociales, al carecerse de espacios plurales para sopesar oposiciones, se siembra el terreno para apelar a un narcisismo nacionalista que al poco tiempo se conecta con la xenofobia. El racismo xenófobo ya no ocurre so

lamente en Brasil. Ultimamente se lo percibe y vive en ciudades de Colombia, Ecuador, Perú y Chile. Y en tanto involucra sobre todo a la migración venezolana es aprovechado para acusar al “socialismo” como la raíz de todos los males.

Tampoco se puede marginar en este breve análisis la brutal militarización de la política gubernamental para intentar frenar la delincuencia común en Brasil, sobre todo en las grandes urbes, y que provocó todavía más violencia e inseguridad.

Bajo estas y otras dinámicas, el énfasis en ayudas y compensaciones económicas acentuó la mercantilización de la sociedad y la Naturaleza. Con ello, el progresismo olvidó aquel principio de la izquierda de desmercantilizar la vida, justamente una de sus reacciones contra el neoliberalismo prevaleciente en el siglo pasado.

La insistencia del progresismo brasileño en el crecimiento económico como fundamento del desarrollo reforzó un mito que ahora aprovechó Bolsonaro, presentándose como el mejor mediador para alcanzar esa meta. Esa misma obsesión con el crecimiento está en los progresismos gobernantes (es muy visible tanto en Bolivia como en Uruguay, por ejemplo), como en los gobiernos conservadores. Los caminos y los instrumentos pueden ser diferentes en algunos puntos, pero todos parten de concebir al crecimiento económico como meta privilegiada, teniendo sobre todo a las inversiones extranjeras y las exportaciones como sus principales sino únicas mediaciones, con el fin de viabilizar dicho crecimiento más y más los extractivismos.

En cambio, la crítica de izquierda debe, en el siglo XXI, poner ese reduccionismo en discusión. En efecto, es necesario no quedar atados a esas visiones estrechas y caducas. Es hora de aceptar que la justicia social es mucho más que la redistribución, así como que la calidad de vida es también más que el crecimiento económico.

Ruralidades conservadoras

 

Las cuestiones alrededor de las ruralidades y el desarrollo agrícola, ganadero y forestal, también están repletas de lecciones a considerar. Bolsonaro llega a la presidencia apoyado entre otros por un ruralismo ultraconservador que festeja sus discursos contra los indígenas, los campesinos y los sin tierra, y que reclama el uso de las armas y la violencia. Podría argumentarse que apunta a ideas y prácticas como las que ya ocurren en muchas zonas de Colombia, donde está muy instalada esa lacerante realidad.

Bolsonaro se apoya en la llamada “bancada ruralista”, un sector que ya había llegado al parlamento con el progresismo, en tanto Rousseff colocó a una de sus líderes en su gabinete (Kátia Abreu) [14]. Este ejemplo debe alertar a la izquierda, pues distintos actores conservadores y ultraconservadores aprovechan de los progresismos para enquistarse en esos gobiernos.

Paralelamente, el progresismo fue incapaz de promover una real reforma agraria o en transformar la esencia del desarrollo agropecuario brasileño. Recordemos que bajo el primer gobierno de Lula da Silva se difundió la soja transgénica y se multiplicaron los monocultivos y la agroindustria de exportación, y no se apoyó de la misma manera a los pequeños y medianos agricultores. Otras administraciones progresistas, en especial las de Argentina, Ecuador y Uruguay, apostaron al mismo tipo de agropecuaria [15].

La problemática con el mundo rural se repite en los demás países sudamericanos, y muchas veces los progresismos han intentado esquivarlos porque entiende que cualquier opción de cambio en este campo le implicará perder votos. El caso brasileño muestra que el simplismo de apoyar los monocultivos de exportación, sostener al empresariado del campo, y si hay dinero, distribuir asistencias financieras a campesinos, finalmente erosiona la propia base electoral. 

Una renovación de las izquierdas, en cambio, debe innovar en propuestas por una nueva ruralidad, abordando en serio no solo la tenencia de la tierra, sino los usos que de ella se hacen, el papel de proveedores de alimentos no sólo para el comercio global sino sobre todo para el propio país.

Esta problemática de alguna manera ha retrocedido en los progresismos gobernantes (tal como se evidencia en las política rurales de Bolivia o Ecuador), o está estancada o retrocede por el avance del agronegocio (en Argentina o Uruguay). A la vez, sigue siendo una cuestión pendiente en países como Colombia, Perú o Chile, lo que requiere que los grupos en la oposición lo aborden.

No solo estamos ante desafíos con problemática tradicionales, como la propiedad o tenencia de la tierra, sino en la necesidad de comenzar a entender al territorio como espacio de vida y no simplemente como un factor de producción, y los papeles que debe desempeñar en la prosecución del Buen Vivir.

Corrupción, violencia y derechos

No puede dejar de mencionarse la problemática de la corrupción que, como ya se indicó arriba, penetró profundamente en el gobierno de Brasil. Los esquemas de corrupción se extendieron o repitieron en las naciones vecinas, como sucedió con los negociados de Odebrecht y otras corporaciones. Sin duda que la prensa convencional aprovechó esto para insistir en la corrupción del gobierno del PT, con asociaciones simplistas tales como sostener que todo socialismo es sinónimo de corrupción. Pero a la vez ocultaba o poco decía sobre la corrupción desde los gobiernos conservadores, como en Perú o Colombia, y que llegó a extremos escandalosos en Chile por afectar al Poder Ejecutivo y a todo el Legislativo (en el primer gobierno de Sebastián Piñera).

El progresismo no supo abordar esa problemática, prevalecieron las defensas o los silencios, y las imágenes que se popularizaron fueron las de los sobornos de Petrobras, los bolsos de dinero en Argentina o los fajos de dólares en el techo de un apartamento en Quito. O sea, todos casos atados a los progresismos.

La lección ante esto es simple pero a la vez debe ser contundente. Las izquierdas deben recuperar una lucha frontal contra la corrupción. Debe ser un tema prioritario y debe estar dispuesto a tomar las medidas necesarias para que no se difunda, a todo nivel, tanto entre autoridades nacionales como a nivel local.

La corrupción puede a su vez ser interpretada como una violación de las ideas de justicia y de las salvaguarda de los derechos. En ese sentido, Brasil también muestra que el progresismo no logró evitar la criminalización de la protesta ciudadana, o la tolerancia o inoperancia ante las violaciones de los derechos. Pero lo mismo ha ocurrido con los progresismos en los países vecinos, como muestra el hostigamiento de los gobiernos de Correa o Morales a las organizaciones sociales, o el espionaje que mantenía el kirchnerismo en Argentina.

Tampoco puede obviarse que Brasil, por ejemplo lidera los indicadores mundiales en asesinatos de defensores de la tierra, teniendo a Colombia en tercer lugar (57 en el primer caso y 24 en el segundo, según Global Witness) [16].

Se vuelve evidente que la criminalización de los movimientos ciudadanos y sociales no puede ser tolerada por una renovación de la izquierda. Una verdadera izquierda debe promover y fortalecer el marco de los derechos humanos en todo momento y en todo lugar, más aún desde el gobierno, aún si ello le significa perder una elección, ya que es su única garantía no sólo de su esencia democrática sino de retornar al gobierno.

Radicalizar la democracia

La debacle política brasileña también confirma la enorme importancia de una radicalización de la democracia, una de las metas del empuje de las izquierdas de años atrás y que precisamente el progresismo abandonó. Aquella incluía, por ejemplo, hacer efectiva la participación ciudadana en la política y mejorar la institucionalidad partidaria. Sin embargo, el PT de Brasil concentró cada vez más el poder en el gobierno federal, tuvo un desempeño confuso y hasta perverso: en unos casos volvieron a usar los sobornos a los legisladores (recordemos el primer gobierno del Partido de los Trabajadores con el mensalão); persistió el verticalismo partidario (por ejemplo, con Lula eligiendo a su “sucesora”); poco a poco se desmontaron experimentos vigorosos (como los presupuestos participativos); y se usaron las obras públicas en una enorme red de corrupción al servicio de los partidos políticos.

El caudillismo partidario se repitió en otros progresismos (como en Ecuador, donde Correa eligió a su sucesor, o en Argentina donde lo mismo hizo Cristina Fernández de Kirchner).

Es evidente que una renovación de las izquierdas necesita aprender de esa dinámica, y no puede renunciar a democratizar tanto la sociedad como sus propias estructuras y prácticas partidarias. Si no lo hace, solo facilita el surgimiento de oportunistas. Las estructuras políticas de izquierda deben, de una vez por todas, ser dignas representantes de sus bases y no meros trampolines desde los que ascienden figuras individuales, con claros rasgos caudillescos.

Otra lección surge de comprender que la obsesión electoralista lleva a prácticas que impiden esa democratización. En efecto, el “miedo a perder la próxima elección” hace que el núcleo gobernante (tanto sus políticos como tecnócratas) se abroquelen, rechacen los reclamos de cambio y apertura, y se inmovilicen. Un temor de ese tipo se evidencia en el progresismo boliviano con su imposición de una nueva re-elección de dudosa legalidad. Del mismo modo, en Ecuador, Correa también quiso introducir la posibilidad de una reelección indefinida violentando la Constitución, pero que luego, cuando entendió que su candidatura no avizoraba éxito, retrocedió con una transitoria que postergaba la posibilidad. Esta realidad, en parte debida a la incapacidad de fortalecer al propio partido político alentando sucesores y renovaciones, es otra muestra de debilidad democrática.

Un reto aún mayor para las izquierdas, sobre todo luego de las experiencias progresistas, es reconocer el papel político de los pueblos indígenas en una democratización real.

Simplificaciones esencialistas

Muchos de los problemas señalados hasta aquí fueron desestimados en buena parte de los debates en los que participaban militantes y académicos progresistas. En cambio, prevalecían descripciones esencialistas y simplistas tanto dentro de Brasil como en los países vecinos. Los gobiernos del PT eran presentados, tanto desde otras izquierdas como incluso por conservadores, como una maravilla, se insistía en logros rutilantes (como la sustantiva reducción de la pobreza), y eran considerados como un ejemplo a seguir para las izquierdas de los países vecinos. Se agregaba que Lula da Silva representaba una izquierda seria, de tipo socialdemócrata, y lejos de los desvaríos, por ejemplo, de Hugo Chávez en Venezuela. Hoy en día cambiaron los argumentos y las voces, pero se repite ese esencialismo totalizante: Brasil ahora se habría convertido en ejemplo de la peor extrema derecha.

 

Abordajes esquemáticos de este tipo se repiten entre quienes años atrás afirmaban que el “pueblo” empujaba hacia la izquierda, para ahora alarmarse por lo que interpretan como mayorías que festejan el uso de armas, se burlan de migrantes o indígenas, o se refugian en el dogmatismo religioso. Aquí ocurre, como ya alertamos, un uso superficial de categorías como “pueblo”.

Estos problemas se repiten en varios países sudamericanos. Es así que en Argentina muchos intelectuales y líderes sociales sostenían que los gobiernos del matrimonio Kirchner habían cambiado para siempre a la sociedad argentina, mientras que en Bolivia se publicita la creación de un estado “plurinacional” con predominancia de los “indígenas”. Ahora sabemos, años atrás, que las dos posiciones son tanto simplificaciones como exageraciones.

Nuestro punto no es adentrarse en sopesar cada uno de los componentes, sea de las alabanzas como de las críticas, sino en dejar en claro que muchos de esos análisis eran apenas simplificaciones. Es más, en los últimos años se perdió la rigurosidad en los análisis, y seguramente también la humildad y la mesura. Una renovación de las izquierdas, por lo tanto, no puede caer en esos esquematismos, sino que debe reconocer, entender y respetar la diversidad dentro de la sociedad.

Cuando se cae en las simplificaciones que insisten en presentar como que casi todo es o fue positivo, ya no hay lugar ni para advertencias o críticas, ni para los ajustes y cambios. En el Brasil del PT y su base aliada, así como en los progresismos de los países vecinos, hay muchos ejemplos de esto. Se minimizaron muchos problemas, e incluso se negaban las contradicciones. La crítica y la autocrítica estaban suspendidas para muchos. Era más sencillo minimizar u ocultar los problemas, negar los enfrenamientos, o recurrir a slogans mientras duró el auge de las materias primas.

Todavía recordamos como se tildaba a las alertas como expresiones de oposición conservadora, de ser una izquierda infantil, o servir al imperialismo extranjero, tan solo para citar algunas de las expresiones peyorativas. Así, simplemente cualquier crítica era de antemano devaluada porque se hacía el juego a la derecha, decían.

               

Esa negación de la autocrítica y el blindaje irracional también se observa, con distintas intensidades, en los países donde los progresismos todavía gobiernan. Esto va desde la persecución directa a la disidencia partidaria y el desmoronamiento de las garantías democráticas en Venezuela, el colapso político del gobierno de Daniel Ortega en Nicaragua, pasa por el abuso electoral como ocurre con el Movimiento al Socialismo de Bolivia que califica a cualquier voz de alerta de neoliberal, opositora o de derecha, y llega a la postura del gobierno de Tabaré Vázquez en Uruguay que simplemente se refugia en una postura pedante y silenciosa.

Se puede retrucar que los agrupamientos partidarios progresistas promueven la crítica, que realizan seminarios invitando a todo tipo de panelistas, que discuten con los movimientos sociales, y así sucesivamente. Pero en realidad, una vez ganado el gobierno, todos ellos han avanzado hacia el encerramiento y blindaje. Y lo que es más grave, grupos de pensamiento otrora críticos, terminaron por orquestar posiciones que, incapaces de tomar otros caminos, terminarán muriendo por la nostalgia del poder que perdieron.

Por momento la situación se volvió muy extraña, ya que habían muchas discusiones sobre distintas variedades de desarrollo, pero se impedía pensar más allá del desarrollo, ni se aceptan sus límites sociales o ecológicos. El debate crítico y plural se empobreció.

En síntesis, los conflictos y las contradicciones proliferan, y si se observan con atención han estado presentes en Brasil y en los otros gobiernos progresistas. Lo que sucede ahora es que este tipo de situaciones son ahora más difíciles de ocultar, y llegó a tales extremos en Brasil que ese inmovilismo del progresismo se convirtió en uno de los tantos factores que seguramente explican la victoria de Bolsonaro.

Erosionando a las izquierdas y la política

Cuando se rechazan las alertas y se silencia el debate, los problemas no se resuelven. Por ello, bajo los progresismos aumentaron las contradicciones entre distintos grupos sociales, o entre el capital y la naturaleza, o entre la soberanía nacional y la subordinación a la globalización, para mencionar apenas tres situaciones. Esas contradicciones siguen su marcha, se suman tensiones, la gente se cansa, se irrita, se enoja, y llega un momento en que se erosiona gran parte de la base de sustento ciudadano del progresismo. Una situación que se agudiza cuando los precios de las materias primas decaen en el marco mundial y se frena bruscamente la insostenible bonanza consumista y disminuyen las aportaciones sociales de corte clientelar. Todo esto, en un escenario de creciente corrupción, desemboca en cada vez más amplios rechazos ciudadanos a los progresismos.

Aquí se agregan otros problemas. Si bien insistimos en que progresismo e izquierda son distintos, los cuestionamientos y cansancios ciudadanos termina englobando a la izquierda. Es entendible que para buena parte de la opinión pública izquierda y progresismo sean lo mismo, sobre todo por la insistencia de los progresismos en autocalificarse como una nueva izquierda por un lado, y por la sistemática acción de confusión y demolición ideológica que llevan adelante las fuerzas de la derecha por el otro lado. Entonces, la debacle de progresismos como el PT en Brasil o el kirchnerismo en Argentina tiene una consecuencia asociada que hace todavía más dificultosa la reconstrucción de unas izquierdas que sean realmente nuevas.

En este deterioro no ha sido nada menor el papel de los escándalos de corrupción que salpican a todos estos gobiernos, tal como indicamos arriba, aunque de distinta manera. Es una situación que ha sido aprovechada por los medios convencionales insistiendo una y otra vez en tramas como las de Petrobras y las corporaciones constructoras como un exclusivo problema de la izquierda.

No puede dejar de sorprender que el mismo país que hace pocos años atrás era presentado como ejemplo de la “marea hacia la izquierda”, de un “nuevo” desarrollismo y de un liderazgo popular, pasara ahora a ser un caso de estudio en el sentido contrario. Una tendencia que para algunos además anuncia una catástrofe democrática.

Esos y otros factores generan un desencanto y enojo con los progresismos, tanto en Brasil como en otros países, y con ello se fecta a la calidad de la política como un todo. Observamos una caída de la confianza ciudadana con los partidos políticos, los poderes legislativos o los ejecutivos. Como anota el reporte Latinobarómetro 2018 el apoyo a la democracia declina de manera sistemática desde el año 2010, alcanzando el 48% en 2018 [17]. Al tiempo que ha comenzado a crecer el porcentaje de quienes preferirían un régimen autoritario, ese mismo análisis advierte que “los ciudadanos de la región que han abandonado el apoyo al régimen democrático prefieren ser indiferentes al tipo de régimen, alejándose de la política, la democracia y sus instituciones. Este indicador nos muestra un declive por indiferencia. Son estos indiferentes que votan los que están produciendo los cambios políticos, sin lealtad ideológica ni partidaria y con volatilidad”.  Se alimentan posturas anti-políticas que preparan un terreno fértil para aventuras ultra conservadoras como las que expresan Bolsonaro.

Intelectuales y democracia

En estos golpes contra la democracia y la política han jugado papeles importantes la escasez de análisis rigurosos y críticos sobre las particularidades de los progresismos, la exageración con etiquetas tales como “populismo” para todo tipo de régimen político, y otras formas de simplificaciones. La falta de autocrítica, incluso la activa oposición a ella, dificultaba remontar estas situaciones. Es por lo tanto importante explorar algunas lecciones sobre el papel de los intelectuales y el mandato por la democracia.

Para ello es oportuno rescatar reflexiones del gran sociólogo brasileño Florestan Fernandes. En una conferencia ofrecida en 1965, que aunque tiene medio siglo reviste mucha actualidad, le decía a los estudiantes de la Facultad de Filosofía, Ciencias y Letras de la Universidad de São Paulo, que “en verdad, es casi nula la diferencia que separa el presente del pasado en muchas comunidades humanas brasileñas, donde todavía impera formas arcaicas de despotismo”, agregando que tres experiencias republicanas “fallaron en el plano elemental de garantizar un régimen democrático de viabilidad histórica y normalidad de funcionamiento” [18]. Siguiendo esas ideas, habría que preguntarse si regresó en Brasil ese despotismo arcaico que describe Fernandes, o si este más reciente ciclo republicano volvió a fallar en garantizar y fortalecer la democracia.

Fernandes también afirmó no tener dudas que el “único elemento realmente positivo” en la historia reciente de Brasil estaba en los “pequeños progresos que alcanzamos en la esfera de la democratización del poder”. Desde allí postula que “el mayor deber del intelectual, en su tentativa de ajustarse creadoramente a la sociedad brasileña, se objetiva en una obligación permanente de contribuir, como pueda, a extender y profundizar el apego del hombre medio a un estilo democrático de vida”.

Ese pensamiento alumbra sobre la situación actual, ya que lo ocurrido con los progresismos es que se volvieron cada vez más comunes los intelectuales que abandonaban la reflexión independiente y se sumaban a los coros de apoyo, en lugar de los análisis que escucharan los reclamos de comunidades locales prefirieron las visiones y argumentos de la burocracia desarrollista estatal, y así sucesivamente. Ese deterioro de las capacidades de análisis crítico y autocrítico es un factor muy importante en explicar el agotamiento de los progresismos.

Se cayó en el simplismo de creer que bastaba conquistar la presidencia para cambiarlo todo. Pero, una vez en el  palacio de gobierno, al asumirse portadores de la voluntad colectiva y casi propietarios de la verdad, creyeron que ya no era necesario seguir profundizando la democracia. Posiciones que, sin duda alguna, se revelaron no solamente ajenas a la izquierda, sino que terminan siendo funcionales en el mediano plazo a la extrema derecha. La democratización en buscar alternativas al desarrollo no puede ser confundida ni reducida a la nacionalización de recursos o a sostener empresas estatales.

Fernandes insistía en que los “intelectuales brasileños deben ser paladines convencidos e intransigentes en la causa de la democracia”. En ese compromiso democrático está la necesidad de aceptar, reconocer y escuchar las advertencias, los reclamos y las críticas. Allí se abren las puertas para una renovación desde la izquierda.

Renovación de las izquierdas

El triunfo de la extrema derecha en Brasil debe ser denunciado y enfrentado en ese país, como también deben fortalecerse las barreras que impidan otro tanto en los países vecinos. El caso brasileño además muestra que para entender las condiciones actuales se debe también considerar lo realizado por los gobiernos del PT, por sus aspectos positivos, por su duración (recordemos otra vez que ganaron cuatro elecciones), pero también por sus contradicciones. Las alertas sobre la deriva de ese partido y algunos aliados hacia un progresismo que se alejaba de la izquierda fueron desoídas.

Cuestionamientos sobre temas fundamentales como los impactos del “nuevo desarrollismo” primarizado fueron no sólo desatendidos, sino que además se combatieron los debates y se marginaron los ensayos que buscaban las alternativas al desarrollo. Persistían problemas como el debilitamiento en la cobertura de derechos, la violencia en el campo y la ciudades, el destrato de los pueblos indígenas, y todo tipo de impactos ambientales. Pero distintos actores, tanto dentro de esos países como desde el exterior, aplaudían complacientes incapaces de escuchar las voces de alarma con el pretexto perverso de ser funcionales a la oposición.

A pesar de todo, en Brasil como en el resto del continente, se encuentran múltiples resistencias y alternativas que se construyen cotidianamente, especialmente desde espacios comunitarios. Ellas ofrecen inspiraciones para una recuperación de las izquierdas, desde la crítica al desarrollismo, los empeños para abandonar la dependencia extractivista o los esfuerzos para salvaguardar los derechos ciudadanos. Allí están los insumos para una nueva izquierda comprometida con horizontes emancipatorios.

 

Entendemos eso como necesario y posible. Por ello no compartimos el pesimismo extremo que existe entre algunos actores, aunque podemos comprenderlo. Un pesimismo que considera que el capitalismo alcanzó una victoria total en América Latina y que cualquier opción de izquierda se volvió inviable. Al contrario, entendemos que el derrumbe que observamos afecta a los progresismos, y que ellos deberían permitir nuevas opciones para reconstruir las izquierdas.

Esa renovación implica incorporar nuevas cuestiones y no caer en las viejas contradicciones, como negar la problemática ambiental, asumir que todo se solucionará con estatizar los recursos naturales o los medios de producción, esconder los vicios patriarcales o ser indiferente a la multiplicidad cultural expresada por los pueblos indígenas y afro.

La renovación de las izquierdas debe asumir la crítica y la autocrítica, cueste lo que cueste, para aprender, desaprender y reaprender de las experiencias recientes. Se mantienen conocidos desafíos y se suman nuevas urgencias. La izquierda latinoamericana debe avanzar en alternativas al desarrollo, debe ser ambientalista en tanto busca una convivencia armónica con la Naturaleza y feminista para enfrentar el patriarcado, persistir en el compromiso socialista con remontar la inequidad social, y decolonial para superar el racismo, la exclusión y la marginación. Todo esto demanda siempre más democracia.

Distintos actores sociales seguramente tienen, a su vez, diferentes papeles y responsabilidades, pero todas ellas deben estar articuladas con la causa intransigente con la causa de la democracia, tal como reclamaba tiempo atrás Fernandes. Sin la democracia, se corre el riesgo que el capitalismo genere en Brasil, dice Fernandes, como en los demás países latinoamericanos agregamos nosotros,  unas formas de explotación e inequidades tan “chocantes, deshumanizadas y degradantes”  como otras que ya existieron en el pasado agrario del país. Nos alarma que tal vez eso es justamente lo que está ocurriendo en nuestro continente.

 

 

Distintas versiones resumidas del presente análisis se publicaron en el semanario Voces (Uruguay), Página Siete (Bolivia), Desde Abajo (Colombia), Wayka (Perú), Plan V (Ecuador) y Correio da Cidadania (Brasil). Esta versión final se publicó en la serie Política y Democracia, Documentos de Trabajo, D3E CLAES, diciembre 2019, en www.DemocraciaSur.com

 

E. Gudynas es investigador en el Centro Latino Americano de Ecología Social en Uruguay. A. Acosta es profesor universitario, fue presidente de la Asamblea Constituyente de Ecuador y candidato a la presidencia por la Unidad Plurinacional de las Izquierdas.

 

 



[1] Sobre la distinción entre izquierdas y progresismos, ver por ejemplo,

La identidad del progresismo, su agotamiento y los relanzamientos de las izquierdas,  E. Gudynas, ALAI, 7 octubre 2015, https://www.alainet.org/es/articulo/172855

[3] Alejando Teitelbaum ve un paralelismo entre lo que sucede en Europa con los que está aconteciendo en América Latina: “El Progresismo colapsado en América Latina, la socialdemocracia en Europa, están dejando la mesa servida a gobiernos ultraconservadores y fascistoides. El caso de Brasil” http://www.elsalmon.co/2018/11/el-progresismo-colapsado-en-america.html?m=1

[4] Carta ao Povo Brasileiro, junio 2002, disponible en Leia íntegra da carta de Lula para

acalmar o mercado financiero, Folha S. Paulo, 24 junio 2002, https://www1.folha.uol.com.br/folha/brasil/ult96u33908.shtml

[5] Sobre algunos balances realizados dentro de Brasil sobre el desempeño del PT, véase entre otros a A. Singer e I. Loureiro (orgs), As contradições do Lulismo. A que ponto chegamos?, Boi Tempo, São Paulo, 2016; también a Francisco de Oliveira,  Brasil: uma biografia não autorizada, Boi Tempo, São Paulo, 2018.

[6] De la resaca del neoextractivismo y los extravíos del progresismo, a los acechos del neofascismo, H. Machado Aráoz, Servindi (Perpu),

https://www.servindi.org/actualidad-noticias/29/10/2018/de-la-resaca-del-neoextractivismo-y-los-extravios-del-progresismo-los

[7] Véase De la violación del Mandato Minero al festín minero del siglo XXI, A. Acosta y F. Hurtado Caicedo, Rebelión, 30 junio 2016,

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=215028

[8] Una década desperdiciada – Las sombras del correismo, A. Acosta y J. Cajas-Guijarro, La Línea de Fuego, Quito, 2018 https://lalineadefuego.files.wordpress.com/2018/06/libro_la_decada_desperdiciada.pdf

[9] Véase una explicación dada por el Banco Nacional de Desarrollo Económico

Social (BNDES), quien fuera uno de los principales financiadores de esos “campeones, en: Livro verde. 65 anos. Nossa história tal como ela é, BNDES, Rio de Janeiro, 2017.

[10] Por ejemplo el Foro Económico Mundial de Davos le dio el primer premio de  “estadista global” a Lula en 2010;  en Ambito Financiero, B. Aires, 29 enero 2010,

https://www.ambito.com/el-foro-davos-consagro-un-lula-ausente-como-estadista-global-n3605459

[11] Esto corresponde a la tendencia que Jürgen Schuldt denomina como

 “hocico de lagarto”, analizado para el caso ecuatoriano en el artículo del mismo nombre por A. Acosta y J. Cajas-Guijarro (2018).  https://es.scribd.com/document/391301168/El-gran-fraude-59-76-Alberto-Acosta-y-John-Cajas-Guijarro-Incluye-Links

[12] De la amplia bibliografía existente sobre el tema se puede consultar : Dejar el crudo en tierra o la búsqueda del paraíso perdido – Elementos para una propuesta política y económica para la Iniciativa de no explotación del crudo del ITT,

A. Acosta, E. Gudynas, E. Martínez y J. Vogel, Revista de la Universidad

Bolivariana 8 (23), 2009, https://scielo.conicyt.cl/pdf/polis/v8n23/art19.pdf 

[13] Véanse por ejemplo los detallados análisis de Lena Lavinas, tales como The takeover of social policy by financialization. The Brazilian paradox, Palgrave McMillan, 2017; y en colaboración con D.L. Gentil, Brasil anos 2000.  A política social sob regencia da financierização, Novos Estudos Cebrap, 2018.

[14] Sobre K. Abreu en la administración Rousseff: Dilma confirma escolha polêmica para Agricultura: saiba por quê, BBC Brasil, 23 diciembre 2014, https://www.bbc.com/portuguese/noticias/2014/12/141215_katia_abreu_nomeacao_rm

El Movimiento Sin Tierra se oponía a la designación: Los Sin Tierra piden a Rousseff que no nombre ministra a polémica senadora, El Diario. Madrid, 15 diciembre 2014,

https://www.eldiario.es/politica/Tierra-Rousseff-ministra-polemica-senadora_0_335267481.html

[15] Una revision en: Sacred groves, sacrifice zones and soy production: globalization,

intensification and neo-nature in South America, Journal Peasant Studies 43 (2): 251-285, 2016.

[16] Los reportes están disponibles en www.globalwitness.org

[17] Latinobarómetro 2018. Corporación Latinobarómetro, Santiago de Chile.

[18] Fernandes, F. Sociedade de clases e subdesenvolvimento. 5ª edición, Global, São Paulo, 2008.

Gilets Jaunes: Esperanza o Desesperación

Por Frederico Lyra de Carvalho

Una señorita paró para conversar y me fue diciendo que este era el tercer fin de semana seguido que ella subía desde Bordeaux a París vistiendo el chaleco amarillo. En autobús un trayecto como ese dura cerca de 8 horas. No pregunte si ese había sido el medio de transporte que ella utilizó para desplazarse, pero imagino que es lo más probable, finalmente este ha sido el patrón mayoritario. Venir en tren es caro. Si ella llegó en autobús, lo más probable es que volvió en el mismo tipo de transporte. Así y todo son 16 horas de viaje. Además podemos imaginar que ella debe haber estado por lo menos 8 horas manifestándose en la calle. Así es, este era el tercer fin de semana que ella entregaba entero a la insurrección. Y ella prometió volver. Es esa energía politica la que tal vez debiese interesarnos más y que, de cierta forma está poniendo el rostro en Francia. Este desplazamiento territorial es uno de los aspectos fundamentales de los gilets jaunes. Como bien observó Eric Hazan, excluyendo a los militantes de siempre, no encontramos ningún parisino en las calles, son los provincianos los que invaden y paralizan la ciudad. Y esto es un hecho nuevo, esta vez “París no es un actor, sino un campo de batalla”. Antes era los dos. Y ellos solo suben a la capital por ser esta la sede del gobierno y por la visibilidad que da: “es donde podemos ser escuchados” me dice otra persona. Esto sirve para observarnos otra novedad, que lo que es más impresionante no se está dando en Paris, sino que en las provincias. De cierta forma, es un fenómeno semejante a lo que aconteció con el Brexit, donde quedó claro que habia una desconexión entre la capital cosmopolita y global y el resto del país. Es en las ciudades intermedias, en las rotondas, en las carreteras, en las acampadas diseminadas por todo el país que las nuevas alianzas y relaciones se están construyendo. Algunos están acampados en las carreteras y rotondas hace semanas. Los bloqueos logísticos han sido mucho más que simples bloqueos. Pero nunca está demás enfatizar, son, antes que todo, bloqueos y los amarillos ya bloquearon, entre otras las fábricas de L’Oreal, Monsanto, Vuitton y Airbus. No está claro que el Estado pueda dar cuenta de esta fragmentación que parece haber tomado un curso acelerado. Él no ha logrado controlar de forma efectiva lo que sucede en todas las provincias. París es la vitrina de la insurrección, pero el principal foco parece estar más allá, esparcido en varios pedazos por toda Francia.

Lo anterior no quiere decir que no pasa nada en la ciudad luz, muy por el contrario. En estos sábados de conteo regresivo para Navidad, la ciudad ha quedado irreconocible. Detenida. El mercado navideño, buena parte de las vitrinas, la mayoría de los museos y reparticiones públicas están cerradas. Varios conciertos y obras de teatro fueron cancelados, algunos cines no abrirán. Pero París no está muerta, está como en una vida otra. El “apocalipsis” que fue propagandizado durante toda la semana anterior al 4to acto que aconteció el día 8 [8 de diciembre] por los medias y por el gobierno al final se tornó, como era previsible, un fake news más. La propaganda anti gilets jaunes es intensa, pero no ha funcionado. Aunque haya comenzado en los alrededores del Arcos de Triunfo, fue apenas cerca de las 14 horas que el conflicto se generalizó por toda la zona oeste. Otra novedad, según el mismo Hazan. Por algunas horas buena parte de la ciudad era de aquellos que por ahí tranquilamente andaban. Pocas veces el flaneur benjaminiano se sintió tan en casa. Los gilets jaunes paseaban en pequeños grupos por los cuatro costados de la ciudad, de un lado a otro como si la ciudad, por aquellas pocas horas, fuese de ellos. Como si en un improvisado movimiento continuo inventasen una nueva manera de ocuparla. Y todo eso en silencio: oíanse los espectros de la ciudad y, más al fondo, los ecos de las explosiones. El paisaje sonoro era otro. La profanación de la rutina de la ciudad más visitada del mundo revelo, por algunos instantes, aspectos de ella que estaban olvidados.

El dispositivo represivo, no obstante, era enorme. El empleo de la violencia excesiva ya se volvió la regla. Ochenta y nueve mil policías fueron repartidos por todo el territorio de Francia – diez mil solo en Paris. Hasta blindados [tanquetas], del mismo tipo de los utilizados en la destrucción de la ZAD, dieron nuevo rostro a la capital. Si sumamos a los bomberos y otros destacamentos policiales ese número se alza a 120 mil efectivos. Un número pocas veces visto antes: Y eso para un número oficial de 136 mil manifestantes – o sea, uno por cada uno. Al final hubo casi 2 mil interpelaciones y 1700 detenciones preventivas, o sea más del 1% de los que salieron a las calles fueron detenidos, además de los más de mil heridos, algunos en estado grave, y una señora muerta. El mismo día hubo varias prisiones preventivas aun en los automóviles y autobuses camino de Paris, la mayoría bajo el pretexto de ser potenciales participantes de la manifestación. El caso más emblemático fue el de Julein Coupat, uno de los supuestos autores del Comité Invisible, aquel mismo personaje del Caso Tarnac. Él fue detenido junto con un amigo en la zona este de la ciudad al momento de entrar en un automóvil. Desde el primer acto amarillo, la represión ha batido todos los records en la cantidad del uso de municiones, especialmente de granadas y el gas lacrimógeno. Aunque el dispositivo represivo había, de cierta manera, conseguido asegurar y proteger la fortaleza en que se transformó Paris, la ciudad quedó paralizada por todo un día. Todo lejos de cualquier normalidad. Y esta vez la insurrección se diseminó por otros lugares de las ciudades. No existe claridad respecto de si el Estado tiene como seguir con esta politica represiva actual. Parece estar llegando a su límite de uso del personal disponible y de eficiencia de esa táctica. Un CRS (policía militarizada anti disturbios) dio una entrevista a L’Humanité diciendo que prefería pedir licencia médica que estar del lado errado de la barricada, y dejó en el aire el hecho de que otros colegas tal vez hiciesen lo mismo. Otro sugirió que después de los gilets jaunes, vendrían los gilets bleus. Nunca esta demás recordad que la sustitución del Ejercito por los CRS es reciente, data apenas del final de la Segunda Guerra Mundial. En tiempos de crisis esa cara es más explícita, aun mas cuando converge con la “Guerra al Terrorismo”, que reapareció con toda su fuerza el 11 de diciembre en Estrasburgo –y en Campinas. De toda forma, el acto del día 8 fue, de cierta forma, menos conflictivo, hubieron menos barricadas y menos incendios que el día 1. Un hecho importante ocurrido durante la semana que precedió a la manifestación fue la humillación sufrida por los liceanos de Mantes-la-Jolie. En todo canto esta humillación fue escenificada. Los partidos y algunas organizaciones más tradicionales estaban allí en buena cantidad, pero se quedaron del otro lado de la ciudad. No todos entendieron todavía este nuevo papel complementario de retaguardia de un movimiento difuso y autónomo.

Los niños dibujan lo que ven en la televisión, alguno juegan a los gilets jaunes en las escuelas. Este es el asunto dominante de las conversaciones en el metro y en las salas de espera. Por primera vez la violencia de los manifestantes es tolerada por aquellos que no salen a las calles o aquellos que saldrían pero no van a la acción directa. Hecho nuevo que los mass media no han conseguido doblegar. Uno de los factores más importantes del movimiento es que aquellos que intentaron autoproclamarse líderes o representantes del movimiento fueron desautorizados y casi inmediatamente destituidos en sus intenciones. No es para repetir esto que tantos visten el chaleco amarillo. La auto-organización absoluta es la que reina. Además, uno de los ejes fundamentales de las demandas de las calles es el cobro por la efectividad del contenido del ideario de ciudadano republicano. Se pide un basta al formalismo retórico en que se tornó ese discurso. La principal demanda, en el fondo, es por justicia social. La extrema derecha, aunque presente, parece hasta aquí residual e inoperante. El tenor social de las demandas los ha alejado. Y esa impresión fue reforzada con una encuesta publicada en Le Monde, donde, si por un lado, aparecen temas nacionales los temas xenófobos no aparecen. Es en esa línea tenue que se darán las cosas. ¿Qué es una lucha nacional de masas en un país imperial, una de las más importantes economías del mundo, en plena descomposición de la globalización?

En efecto, es difícil predecir qué seguirá. Pero lo cierto es que Macron ya fue derrotado en la calle poco menos de un mes después de la apoteosis geopolítica que fue la conmemoración a los 100 años del armisticio de la Primera Guerra Mundial. El discurso que dio atestiguó eso. Como nos dijo un señor en la calle: «vengo de sentir miedo solo, ahora ellos también van a tener que sentir miedo, vamos a mostrar de lo que somos capaces». Que fue respondido por un CRS sin mayores rodeos, frente a frente, mirándose a los ojos con otro manifestante: «si quieres seguir vivo, vuelve a casa». Todo puede suceder, incluso nada. No se puede predecir el desenlace de esta pieza que se desarrolla en actos al mismo tiempo continuos, pues son siempre los sábados, y discontinuos, pues hay una semana entre cada acto. Lo que pasa es que en ese explosivo tiempo presente que aplasta el horizonte con un peso infernal sobre todos los individuos, no hay como proyectar algo más allá. Lo que queda es la ambigüedad de la improvisación. Una improvisación teatral en la que no está todavía claro lo que se está representando. De hecho este interregno temporal es vivido como una pesadilla por todos. El cineasta Philip Garrel, como todo gran artista, parece tener una buena intuición sobre el momento. Al final de una sesión de Les Amants réguliers, cuando se le pidió hacer una comparación entre el momento actual y 1968, el asunto de la película, dio con un diagnóstico de la época: antes era esperanza (espoir), ahora es desesperación (désespoir).

Nota: Texto escrito antes del Vº Acto del día 15 de diciembre. Es una continuación de un primer texto escrito entre el III° e IV° Acto y publicado en: https://urucum.milharal.org/2018/12/07/as-elites-falam-do-fim-do-mundo-nos-do-fim-dos-mes-notas-sobre-os-gilets-jaunes/
[ ] del traductor.

Traducción del portugués: Santiago de Arcos-Halyburton

Lant Pritchett: “Europa necesita más de 200 millones de inmigrantes en los próximos 30 años”

Lant Pritchett, economista y profesor en Harvard, propone una receta radical contra el suicidio demográfico de Occidente: inmigración en masa rotativa y regulada
Por Tim Phillips
Una cosa que nunca oirás decir a un político en 2018: la inmigración en Europa es muy, pero que muy baja. Lant Pritchett, profesor de Práctica del Desarrollo Internacional en la Kennedy School of Government de la Universidad de Harvard, ha calculado que el continente va a necesitar al menos 200 millones de nuevos trabajadores en los próximos 30 años.
En el mundo desarrollado nos hacemos más ricos, vivimos durante más tiempo y tenemos menos hijos para que nos mantengan cuando lleguemos a viejos. Al mismo tiempo, los países desarrollados gastan miles de millones en ayudas selectivas para aliviar la pobreza en forma de ayudas que son muy inferiores a lo que podrían ser si las personas pobres sencillamente ganaran un poco más de dinero. Lant Pritchett tiene una gran idea que cree que puede solucionar ambos problemas a la vez y puede que hayas oído hablar de ella, se llama inmigración en masa.

Sabrás que la postura que defiendes, Lant, es un punto de vista que no comparte casi ninguna otra persona en el mundo desarrollado. Tu razonamiento empieza reflexionando sobre la forma en que se lleva a cabo el desarrollo hoy en día y sobre los programas  que intentan reducir la pobreza utilizando el resultado de experimentos de campo. Además, tus cálculos demuestran que los avances son mínimos en comparación con la inversión que estamos realizando. ¿Podrías darnos algunos ejemplos?

Lo que resulta difícil de admitir es que el mundo no está lleno de gente pobre, sino que está lleno de gente en sitios pobres. Por eso, si tomas a una persona que está atrapada en un lugar pobre y con poca productividad, e intentas hacer algo para aumentar su productividad, pero sin sacarlo de un lugar con baja productividad, las ganancias que se pueden esperar son moderadas, del orden de un 5% o 10 % de crecimiento con respecto a las tasas de rentabilidad que se obtienen con las intervenciones que intentan incrementar los ingresos de las personas pobres.

Por ejemplo, el programa contra la pobreza que más veces se ha reproducido, basándose en pruebas rigurosas, se llama el enfoque gradual. Una ONG de Bangladesh lo ha utilizado ampliamente y hace poco realizó un ensayo aleatorio de control en siete países diferentes para evaluarlo. Las tasas de rentabilidad que se obtuvieron fueron positivas, pero deja que te explique lo que son tasas de rentabilidad positivas: gastaron 4.500 dólares por hogar para obtener 334 dólares de renta en el tercer año. Ahora bien, si extrapolamos que esos 334 dólares se mantienen durante 20 años, es verdad que se obtienen tasas de rentabilidad positivas, pero hay que reconocer que 334 dólares al año es una cantidad muy baja. La gente está atrapada en lugares con baja productividad, pero eso no significa que sean personas con baja productividad; únicamente se encuentran atrapadas en lugares con baja productividad. Por eso, las ayudas individuales son una forma muy complicada de lograr progreso.

Tu argumento también se basa en el tipo de rentabilidad que esta gente conseguiría si la economía del lugar donde se encuentran pudiera crecer a mayor velocidad. ¿Podías darnos un ejemplo también de eso?

Claro, pero los economistas utilizamos un concepto de la productividad económica que, a menudo, en nuestras ecuaciones denominamos A. Se trata únicamente de lo que hace que mis esfuerzos se multipliquen para llegar al total de la producción. Y lo que hemos aprendido es que en la mayoría de las variables que determinan por qué yo soy rico y alguien de un país pobre es pobre, una pequeña parte depende de mi idiosincrasia, pero una gran parte depende del valor de A en el lugar donde me encuentro. Si se dinamiza A, se pueden generar ganancias muy elevadas. Por ejemplo, si observamos las ganancias que ha producido la aceleración del crecimiento en India, una aceleración que comenzó a principios de los noventa, vemos que el resultado acumulativo ha sido de billones de dólares de ganancias. Es decir, ganancias impresionantes para todos los ciudadanos indios. En ese sentido, intervenciones realizadas sobre el conjunto de la economía que estimulen una dinámica que haga crecer la economía en general, que haga que todos los elementos sean más productivos y que haga que la gente invierta más, pueden conseguir que los resultados se multipliquen una barbaridad. Por otra parte, este tipo de condiciones son muy difíciles de crear. En realidad, no existe una ciencia exacta para generar y mantener un crecimiento acelerado en un país cualquiera, y tampoco en los países pobres. India y China han destacado por conseguir prolongados períodos de crecimiento y eso es fantástico, pero carecemos de una ciencia fiable y reproducible que nos permita repetir el crecimiento económico en un ámbito concreto. En definitiva, sí, las ganancias que se obtienen en esos casos son enormes, pero también es cierto que las condiciones son muy difíciles de replicar.

Uno de los argumentos que la gente emplea para defender esas ayudas es que no existen porque la gente las quiera, sino porque se ha intentado crecer, pero el crecimiento no ha sido lo suficientemente bueno, así que aunque las ganancias sean pequeñas, siempre es mejor que nada.

Bueno, mi intención no es atacar a ninguna organización filantrópica en concreto o a cualquier otra organización que esté realizando intervenciones eficaces que ayuden a la gente. No tengo ninguna objeción al respecto, pero el eslogan, o lo que me gustaría que se convirtiera en un eslogan es: lo mejor que puedes hacer es peor que lo mínimo que puedes hacer. ¿A qué me refiero con esto? Lo mejor que puedes hacer en relación con una intervención selectiva que funciona con gente pobre en Etiopía para aumentar sus ingresos, produce una mejora de la renta menor que si simplemente permites que esa persona venga y trabaje en empleos poco cualificados en Reino Unido, Alemania o Estados Unidos. En ese sentido, las ganancias de permitir que venga mano de obra no cualificada a Estados Unidos, donde hemos llevado a cabo un riguroso estudio económico y estamos bastante seguros de la cifra, son del orden de 17.000 dólares al año.

En resumidas cuentas, la intervención directa en el lugar: unos 330 dólares al año; un año de movilidad: 17.000 dólares. Es el día y la noche. ¿Y por qué digo que es lo mínimo que puedes hacer? Porque les estás pagando 17.000 dólares, que es exactamente lo que producen. Pueden proporcionar servicios por valor de 17.000 dólares porque están en un lugar de elevada productividad. Por ese motivo, permitir que personas de un lugar con poca productividad se desplacen a lugares con mucha productividad tiene muchísimas más ventajas potenciales y aseguradas que cualquier tipo de intervención, ya sean pequeños programas individuales, o de crecimiento, que son enormes, pero realmente inciertas.

Sí pero, ¿es seguro? Porque si observamos lo que está pasando, muchos de los inmigrantes poco cualificados que llegan actualmente al mundo desarrollado no viven bien. Independientemente del entorno político.

Esta es la parte complicada. Es muy difícil para la gente de los países ricos imaginarse una realidad opuesta. Puede que parezca que lo están pasando fatal si lo comparas con lo que tú o yo pensamos que está bien, pero también están muchísimo mejor aquí que lo que habrían estado si se hubieran quedado en sus casas. En nuestro estudio, que utilizaba datos del censo de EE.UU., el sueldo medio de las personas con trabajos poco cualificados en Estados Unidos era de aproximadamente 10 dólares por hora. Si tú o yo trabajáramos por 10 $/h, no estaríamos muy contentos y el estilo de vida que llevaríamos sería muy modesto. Ahora bien, el sueldo medio del lugar del que provienen es de 2,20 $/h, así que aunque nosotros miremos y digamos, vaya, estos inmigrantes no viven bien, la realidad es que puede que no vivan como nosotros, pero también hay que pensar en la realidad opuesta y no cabe duda de que es una apuesta bastante segura.

Y además, con las condiciones que yo propongo, que implican una inmigración rotativa regulada, lo que tendríamos es un proceso que nos permitiría cerciorarnos de que la gente que viene dispone de una oportunidad laboral antes de venir, así que las posibilidades de que vengan y se sumen a la lista de desempleados también se verían reducidas.

Tu argumento, que se utiliza muy pocas veces, es que necesitamos una inmigración en masa en el mundo desarrollado, porque la transición demográfica en las economías desarrolladas indica que nos estamos haciendo viejos y que esto no es económicamente viable.

Bueno, yo no lo llamo una transición demográfica, lo llamo un suicidio demográfico. La transición demográfica que imaginaban los demógrafos suponía que la tasa de fertilidad se mantendría en unos niveles elevados y se estancaría en 2 o 2,1 hijos, que es prácticamente la tasa de reemplazo. Lo que ha sucedido, sobre todo en Europa, es que la tasa se ha precipitado y ha pasado a ser de 1,1 o 1,2. Con estos niveles, las poblaciones menguan como nunca antes lo habían hecho. Cuando las poblaciones se contraen porque la fertilidad disminuye, se invierte lo que se denomina la pirámide demográfica. Ahora mismo está apoyada sobre su vértice. Realicé un cálculo en el cual resultó que en 2050 habrá cuatro veces más gente en Japón con más de 80 años que con menos de 15. Imagina qué tipo de sociedad será y cuáles serán las consecuencias de tener el cuádruple de personas con más de 80 años que de gente joven, y también lo que eso conlleva, que habrá casi la misma cantidad de personas no solo en edad de jubilación, sino con una edad muy avanzada, en relación con la población total. Eso es impracticable por dos razones: en primer lugar, quién va a cuidar de las personas mayores es un gran problema. El cuidado de los ancianos, la asistencia médica domiciliaria y las necesidades de la vejez requieren mano de obra. En segundo lugar, quién va a pagar todo esto, porque Europa cuenta con un maravilloso y generoso sistema asistencial que ampara a las personas a lo largo de su ciclo vital y que incluye pensiones de jubilación. Ahora mismo estas pensiones son insostenibles. Si hay dos jubilados por trabajador, aunque este último contribuyera con un 100% de impuestos no podría mantener el nivel de las pensiones y la edad de jubilación. Al menos no como lo que existe en Europa. Y creo que preocuparse por un pequeño margen no sirve de nada, si lo comparamos con la magnitud de la transición demográfica.

Así que retomando el cálculo con el que comenzamos, ¿cuántos trabajadores necesitaríamos para que se mantenga constante en los niveles actuales el índice de población activa envejecida en relación con la población jubilada? La respuesta sería unos 250 millones más de personas. Esos son muchos millones más de los que cualquier país europeo está acogiendo en la actualidad. Jack Goldstone, de la Universidad George Mason, lo explica con las siguientes palabras: “Europa no tiene un problema de inmigración, tiene un problema de integración”, y si no puede encontrar la manera de integrar a los trabajadores que necesita en su sociedad y economía, se van a ver en una situación extrema en relación con las consecuencias del suicidio demográfico que se avecina.

Aun así, si nos fijamos en los problemas sociales que ha provocado la reciente inmigración, y esta inmigración es de menos de un quinto de lo que propones, ¿qué se puede hacer para solucionar ese problema de integración y hacer que el proceso sea menos doloroso?

Bueno, creo que para solucionar ese problema de integración, los trabajadores van a tener que ser integrados en la economía sin que necesariamente sean integrados en la sociedad política. Deja que te explique por qué nadie más comparte mi visión. En Europa, durante cien años, se han fusionado dos cuestiones. Una es quién es un ciudadano de nuestra sociedad política que ayuda a decidir cómo se gobierna nuestra soberanía, y otra quién puede trabajar de forma legal en nuestros países. Esas dos cuestiones se han vuelto complementarias a la fuerza, y esa fue la revolución fundamental de la política migratoria de principios del siglo XX, que se dedicó a cerrar fronteras y a unir esos dos conceptos. No solemos buscar ejemplo en los países del Golfo, pero en Kuwait no tienen ningún problema en establecer esa separación. Allí dicen: estas personas pueden vivir y trabajar en nuestro país de acuerdo a las siguientes condiciones, pagando los siguientes impuestos, pueden recibir las siguientes prestaciones, etc., pero no están en camino de obtener la ciudadanía.

Se me ocurren un montón de motivaciones morales perfectamente legítimas que hagan que la gente no se sienta cómoda, pero creo que existe una manera de crear una movilidad rotativa que favorezca el desarrollo y respete los derechos. Esto significa que seguramente a la gente le rechine pensar que alguien pueda vivir 35 años en un país y no adquirir nunca la ciudadanía. Por otra parte, una movilidad rotativa en la cual la gente viene por períodos fijos de tres o cinco años y luego regresa a sus países natales enriquecida, con inmensos ahorros y recursos que poder utilizar en sus países de origen, puede permitirnos lograr un equilibrio para decir, mira, esta gente puede trabajar en nuestro país. Quieren trabajar en nuestro país. Podemos acordar unos términos y condiciones según los cuales estamos dispuestos a dejarles trabajar en nuestro país, pero no les vamos a integrar social o políticamente en el sentido de que no contamos con que se queden para siempre. Esto no es algo que la gente pueda aceptar con facilidad, pero en un mundo de opciones imposibles, creo que la gente no está siendo realista sobre lo imposibles que son las alternativas.

Cuando hablas de los trabajadores inmigrantes en los países del Golfo, por ejemplo, esos programas reciben muchas críticas, incluidas las de no respetar los derechos de esos trabajadores. ¿Estás convencido de que es posible lograr un equilibrio en ese sentido? ¿Es solo que no lo estamos haciendo lo suficientemente bien?

Totalmente. Creo que se critica a esos países y en ocasiones de forma legítima. También es cierto que el beneficio que obtienen los trabajadores a los que permiten entrar no recibe el debido reconocimiento. Hace poco se realizó un cálculo que indicaba que la mejora de la pobreza que se consigue con la apertura de los países del Golfo a estos trabajadores supera con creces el total de lo que envían los países ricos en forma de ayuda exterior. Por eso, sí, se les critica por el tratamiento de los derechos y, sí, un programa de inmigración rotativa tendría que prestar especial atención a ese asunto, pero aun así creo que si los países ricos ponen buena voluntad en las posibilidades que tienen para implementar este programa, no creo que sea tan difícil crear un sistema rotativo que evite que los trabajadores inmigrantes terminen siendo víctimas de abusos o que no se respeten sus derechos. En cuanto se reconoce cuál es la realidad política, está claro lo que uno tiene que hacer. Por ejemplo, existía un programa en Nueva Zelanda que creó una migración temporera deliberadamente favorable al desarrollo y respetuosa con los derechos, para inmigrantes provenientes de las islas del Pacífico que trabajaran en el campo neozelandés. Realizaron una rigurosa evaluación del programa y como era de esperar, las ganancias salariales fueron descomunales y, más aún, midieron casi todo lo relacionado con el bienestar, tanto de la gente que se desplazó, como de los lugares de los que vinieron, de las familias, etc. y, en líneas generales, la conclusión fue que todos salían ganando. Los lugares de los que venían se beneficiaron de las remesas que enviaban, los trabajadores tenían sueldos más altos, Nueva Zelanda necesitaba sin duda la mano de obra porque, de lo contrario, habrían tenido que abandonar esas industrias, puesto que les habría resultado difícil atraer a trabajadores neozelandeses para cubrir esos puestos. Sin embargo, soy el primero en admitir que no es fácil conseguir que esto sea políticamente aceptable porque la gente tiene que sacarse de la cabeza la fusión de quién puede ser un futuro ciudadano y quién puede trabajar aquí. Este concepto no ha existido durante muchos miles de años de la historia de la humanidad y el período en el que esta amalgama ha sido ampliamente aceptada como cierta es realmente muy corto y, en mi opinión, está a punto de llegar a su fin.

¿No supone un problema para los países de los que vienen estos inmigrantes que los que tienen más talento, los más trabajadores, los que tienen más posibilidades de poder ayudar a esos países a desarrollarse sean los que tienen más posibilidades de irse?

Totalmente, por eso mi eslogan es: movilidad laboral rotativa favorable al desarrollo y respetuosa con los derechos. Favorable al desarrollo significa precisamente que quiero que vengan los menos cualificados, no los que poseen más cualificaciones. Lo que está sucediendo actualmente es que contratan a las personas de esos países con más talento, cuando en realidad no es eso lo que necesitan el Reino Unido, Europa o Estados Unidos. Lo que necesitan de verdad es ocupar un montón de posiciones que requieren mano de obra intensiva y relativa baja cualificación, que no están siendo cubiertas y que seguirán suponiendo gran parte de la población activa. Realizamos un cálculo para los EE.UU. en el que dividíamos el trabajo entre poco cualificados y lo que podría deslocalizarse. El resultado fue que, según las propias previsiones del Departamento de Trabajo de los Estados Unidos, el aumento en los próximos 10 años del empleo poco cualificado, que no se puede deslocalizar, equivalía a todo el aumento de la población nativa.

Pero estamos hablando de cosas como limpiar edificios, servicios alimentarios, jardinería… Nadie en Estados Unidos aspira a que su hijo termine trabajando en el sector alimentario. No todos los ciudadanos nativos quieren realizar esos trabajos, pero los trabajos están ahí, esos trabajos tienen que ocuparse. Pero si dices que vas a seguir vinculando ciudadanía con derecho a trabajar, entonces todo el mundo quiere contratar médicos de Ghana y eso, lógicamente, tiene consecuencias para Ghana. Al contrario, si Ghana pudiera mandar jardineros, trabajadores del sector alimentario y trabajadores poco cualificados, entonces ganamos todos. Gana Ghana porque consigue comprimir su mercado laboral de personal poco cualificado y eso probablemente haga que suban los sueldos, y evita precisamente que se seleccione lo más rentable de los países ricos; por ese motivo quiero desarrollar una idea de la movilidad rotativa que sea favorable al desarrollo: porque permite de verdad que las personas poco cualificadas tengan la oportunidad de desplazarse, no solo las altamente cualificadas.

Escuchamos con frecuencia a los economistas hablar del auge de los robots y de que pronto se producirá un desempleo en masa en las sociedades desarrolladas. Se podría decir que este es el peor momento de la historia para recibir a cientos de millones de trabajadores inmigrantes.

Creo que el entusiasmo que existe sobre el auge de los robots es quizá uno de los fenómenos más perversos del mundo actual. Hay mil millones de personas en el planeta que estarían encantadas de mudarse a los países ricos y dejarse la piel en trabajos poco cualificados. Que tengamos a las personas con más talento, ingenieros tecnológicos y emprendedores, desarrollando robots para evitar que esa gente tenga la oportunidad de trabajar en nuestros países ricos es sencillamente escandaloso. Tenemos al recurso más escaso del mundo economizando y reduciendo la necesidad del recurso más abundante del mundo: la mano de obra no cualificada. Eso es sencillamente escandaloso.

¿Por qué no hay nadie más que defienda tu argumento, Lant?

Porque al hacerlo suenas como un loco. Tus ojos se han abierto de par en par en varias ocasiones durante la entrevista porque parece políticamente imposible, y por eso uno parece un loco por decirlo. En ocasiones enseño a mis estudiantes esta visión y luego les muestro la imagen de un personaje histórico de Estados Unidos llamado John Brown, que fue un abolicionista que intentó promover una rebelión de esclavos y que fue ejecutado por ser un loco de remate. En esa época, el abolicionismo como movimiento era una locura. Y luego les explico que la Guerra Civil estadounidense comenzó en 1860 y que adivinen en qué año se ejecutó a John Brown. Ellos suponen que sucedería unos 20 o 30 años antes del inicio de la Guerra Civil y antes de que estas ideas fueran aceptadas. La respuesta es 1859. John Brown estaba loco y siguió estando loco y siguió estando loco y luego terminó siendo un héroe porque las ideas cambian muy rápido. Por eso, en unos pocos años, mi visión será la corriente más popular.

¿Hay tiempo de poner en práctica estos programas de movilidad laboral controlada? Suele llevar tiempo implementarlos mientras se decide en el ámbito político.

Quizá, pero creo que pueden asimilarse muy rápido una vez que la gente se acostumbre a la idea. Creo que pueden desarrollarse muy rápido. Y, por cierto, una vez que lleguen, la gente se dará cuenta de las ventajas que conllevan. Los inmigrantes que están en los países ricos están ahí porque los ciudadanos de los países ricos los quieren, alguien quiere contratarlos. A menudo Italia muestra sentimientos antiinmigratorios, incluso gente en el actual Gobierno, pero cuando intentaron actuar contra los inmigrantes, resultó que los inmigrantes estaban en las casas de las personas cuidando a las personas mayores. La retórica habitual es: expulsemos a los extranjeros. Eso logra una cierta repercusión, pero cuando vienen a decirte, no, mira, nos referimos a la persona que cuida a tu abuela, la gente dice, eh, no, no, no, ni de coña. Por eso creo que una vez que pongamos la rueda en marcha la gente se percatará de las ventajas que conlleva, se volverá muy popular y quedará rápidamente arraigado, y una vez que se active el suicidio demográfico y se vean de verdad cuáles son las consecuencias, creo que se producirá una segunda y total aceptación. En parte porque creo que podemos ajustar algunos de estos programas para cubrir unas posiciones concretas y decir, mira, necesitamos tanta gente para asistencia geriátrica; y la gente verá que todos salimos ganando con el cuidado de los ancianos y empezarán a decir, ¡coño!, ¿por qué no lo hemos hecho antes? Y luego pasaremos a otras cosas, como por ejemplo para qué diantres estamos inventando robots para cosechar el campo, cuando hay mil millones de personas en el planeta que no tienen ningún problema en venir durante la temporada de cosecha, hacer el trabajo y regresar a sus casas. Creo que se puede escalar muy rápido y creo que se popularizará también muy rápido.

Todo esto siendo consciente de que sé que estoy loco, pero loco sobre algo que será de sentido común en el futuro.

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Este texto es la transcripción de la entrevista radiofónica de Vox Talks del CEPR Policy Portal.

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Traducción de Álvaro Sanjosé. 

Fuente: https://ctxt.es/es/20181212/Politica/23378/migraciones-lant-pritchett-pensiones-harvard-desarrollo.htm

Slavoj Zizek: “La gente está drogada, dormida, hay que despertarla”

El filósofo esloveno dice que no defiende el viejo comunismo, sino un nuevo comunalismo globalista. Los nuevos retos, afirma, son la ecología, renovar el Estado del Bienestar y evitar la «guerra digital cognitiva»

Slavoj Zizek, el gran provocador. Genial, paradójico, contradictorio, torrencial, mediático. Las reflexiones sobre la actualidad de este filósofo esloveno de 69 años, posmarxista, psicoanalítico, cinéfilo hasta el infinito y enamorado de los chistes como espejo cóncavo de la vida siguen provocando pasiones. Jamás deja a nadie indiferente.

El autor del trepidante Problemas en el paraíso, entre otros muchos títulos, acaba de publicar dos libros: El coraje de la desesperanza (Anagrama) y una minisíntesis de su obra (“siempre me canibalizo, me autoplagio”, alega). La titula La vigencia de ‘El manifiesto comunista’, aunque en ella sostiene que “hoy en día el comunismo no es el nombre de una solución, sino el nombre de un problema”. Desmadejado y de verbo seductor, nos recibe entre sus libros, en su casa de Liubliana.

PREGUNTA.Usted dio la bienvenida a Donald Trump.

RESPUESTA. Porque Trump es una bendición, aunque protagoniza un tipo de conducta horrible, capaz de todas las rupturas. Precisamente por eso puede despertar, desencadenar, alguna reacción. Lo que hace Trump es una locura, pero antes ocurría lo mismo paulatinamente. Con el medio ambiente, con todo. Algunos izquierdistas hacen comparaciones erróneas. Si te disgusta Trump o el nuevo autoritarismo, y eres vago para analizarlo, la analogía es cómoda: “¡Oh, es fascismo!”. Esa analogía con los años treinta es demasiado sencilla. Es más adecuado remitirnos a la decadencia anterior a la Primera Guerra Mundial cuando, igual que hoy, todos se preparaban para la guerra, pero nadie la creía posible.

P. La tesis leninista de “cuanto peor, mejor” nunca trajo nada bueno.

R. Lenin sostuvo que la guerra era buena porque traería la revolución. Dudo que ahora una guerra aportase nada. Mi afirmación era específica para EE UU, no para otros casos. Ahora están pasando cosas cruciales en el Partido Demócrata, surgen los nuevos demócratas de izquierdas. Eso no habría ocurrido sin Trump. Fue quien rompió el consenso liberal centrista. Las democracias son homogéneas y funcionan muy bien; todas las luchas se producen compartiendo un trasfondo de valores y procedimientos. Por eso cuando la derecha llegó por primera vez al poder en Suecia, mantuvo el sistema socialdemócrata. Republicanos y demócratas también compartían muchas cosas. Ahora ese pacto se está quebrando.

P. Mientras, mucha gente sufre más con Trump que sin él. Esa pretendida buena noticia cuesta cara a ciudadanos concretos.

R. Sí, pero no idealice el estado de las cosas antes de Trump. ¿Qué le llevó al poder? El abandono a la clase media y baja. Este proceso ya existía antes. No culpe de todo a Trump. ¿De dónde llegó? ¿De la luna?

P. Es al revés, la reforma sanitaria de Obama protegía a la clase media baja.

R. Estoy de acuerdo en que la señal de Trump puede ser extremadamente peligrosa. EE UU atraviesa un estado de guerra civil fría interna. Las corrientes políticas no hablan el mismo lenguaje. No pueden pactar. Eso no durará. Habrá que ir hacia otro consenso, que será más radical, algo más a la izquierda. Ya ocurre con Sanders y sus seguidores. O con el milagro de Jeremy Corbyn.

“Abogaría por una cierta apertura de fronteras [a la inmigración]. Pero con condiciones”

P. ¡Vaya milagro! No es un heraldo del futuro, sino del pasado.

R. Le entiendo, ni siquiera tiene grandes ideas. Pero es un milagro en el sentido de que nadie lo habría previsto hace 10 años. Vivimos una época extraña. Muchas socialdemocracias eran más radicales hace medio siglo que los Sanders o Corbyn de hoy.

P. Usted sostiene que los problemas de la inmigración no son solo culpa nuestra, sino también de ella.

R. Por decir esto, ¿sabe cuántos izquierdistas ya me tildan de neofascista? El gran error de la izquierda no es pensar que no hay problemas, sino que el único culpable es nuestro racismo, que nuestro colonialismo ha provocado la desgracia en todo el mundo, por tanto, pase lo que pase, somos culpables. Que no somos bastante abiertos para integrar a los inmigrantes. ¿Por qué suponemos que quieren integrarse? Muchos no quieren, prefieren mantener su estilo de vida. No forman un grupo único. En Alemania muchos jóvenes se vuelven más radicales que sus padres.

P. Entonces, ¿hay que cerrar fronteras?

R. No. Yo abogaría por una cierta apertura. Pero con condiciones. Primero, moralizar el problema de aceptar o no a los inmigrantes es erróneo. Debemos pensar de una manera más estratégica: ¿por qué vienen? Repensemos nuestra política en Siria, Irak, Libia, Yemen. Vienen. Forman parte del problema del mal funcionamiento del capitalismo actual. No es solo un problema moral. Sino económico. Segundo, asumamos que hay un conflicto entre estilos de vida. Deberíamos admitir que hay un auge del fundamentalismo en todo el mundo. Que explosiona como reacción al progreso occidental en los derechos de los homosexuales, los transexuales…

P. También vienen por causas políticas, les atrae la libertad europea.

R. Eso ya es más problemático.

P. Huyen de la guerra, así que vienen por la libertad.

R. En principio, sí. Estoy de acuerdo…, pero ¿qué quiere decir con libertad? ¿Nuestra libertad?

P. Sí. Hablar con libertad, publicar como usted publica…

R. Estoy de acuerdo, solo me pregunto si la mayoría… Usted idealiza la situación. A la mayoría de la gente que viene, los refugiados pobres, le preocupa la seguridad y el hambre, pero dudo hasta qué punto viene por la libertad en nuestro sentido occidental.

P. Hay muchos que quieren acogerse al derecho de asilo, consagrado en la ley internacional. ¿Dónde colocar los límites entre refugiados económicos y políticos?

R. Mi argumento contrario es este: ¿por qué solo hablamos de nuestros límites, si vivimos en un mundo global? ¿Qué hay que cambiar en él? El error es que ya somos cómplices en su creación. Mire a Libia. La fastidiamos por el modo en que derrocamos a Gadafi. O el Congo y otros países africanos. Serán un caos, pero están totalmente integrados en el capitalismo mundial. ¿Dónde establecemos el estándar para la coexistencia multicultural? El multiculturalismo es una noción complicada. El primer estándar es la tolerancia hacia otras culturas. No solo deberíamos tolerarlos a ellos, sino que ellos deberían tolerarnos a nosotros incondicionalmente. ¿Y ante un conflicto en su comunidad? No me preocupa que las musulmanas se cubran. Pero sí que obliguen a hacerlo a una chica que no quiere taparse. Es una víctima por falta de libertad individual. Debemos protegerla.

P. Porque al final los derechos humanos son una ideología válida en todo el mundo.

R. Aquí empiezan los problemas. Nos dirán: “Ustedes imponen su colonialismo”. Nos culparán de que los derechos humanos europeos dan demasiada preferencia al individuo, que ellos tienen derechos colectivos. Los musulmanes quieren que respetemos su estilo de vida. Pueden incluso respetar a un cristiano. Pero no a gente como yo, que soy ateo.

P. Las libertades y el Estado de bienestar siguen teniendo un inmenso poder de atracción.

R. Aceptemos que la gente viene aquí porque, a pesar de toda la corrupción, seguimos ofreciendo al mundo quizás el gran modelo de bienestar relativo, un modelo único que combina bienestar y libertad, el mejor hasta ahora en la historia mundial. Por tanto, deberíamos estar orgullosos de nuestro destino europeo. Lo fantástico de nuestra tradición democrática es que la imperfección está dentro del sistema, forma parte de la capacidad de nuestra democracia para ser crítica consigo misma. Es un sistema único que incluye la autocrítica.

P. ¿Existe algo así como un capitalismo global?

R. No en el ámbito político. Existe como mercado mundial.

P. El mercado no es el capitalismo. Hay muchas formas de capitalismo.

R. Y coexisten. El asunto consiste en qué forma de capitalismo se está volviendo predominante. El capitalismo socialdemócrata, con Estado del bienestar, está amenazado. Se dice que el comunismo no funcionó. Pero mire lo que ha pasado en China en el último medio siglo. ¿Ha habido alguna vez en la historia de la humanidad un desarrollo económico tan explosivo? Es impresionante. La figura que anunció nuestra época fue Lee Kuan Yew, el fallecido líder de Singapur. Creó la fórmula de autoritarismo “de valores asiáticos”. China demuestra, a nivel masivo, que funciona. El chino es el capitalismo bajo dominio de un partido autoritario. Es una nueva combinación de capitalismo mundial en la que el país participa en el mercado global, pero ideológicamente funciona hacia adentro de una manera patriótica, etnocéntrica.

P. Inquietante.

R. Lo que me preocupa es que Europa está perdiendo. Por eso apoyo el último llamamiento de Emmanuel Macron y Merkel para crear un Ejército europeo. Es fundamental para Europa seguir unida como Unión Europea, con todas sus imperfecciones y con su corrupción. Trump y Putin trabajan sistemáticamente para des­unir a Europa. Ese es su objetivo. Putin, de una manera muy perversa, estaba a favor de la secesión de Cataluña. O del Brexit. Fue muy hipócrita. Siempre que la unidad europea muestra problemas…

P. Sí, y tiene problemas económicos con China, baja su demanda por las medidas proteccionistas de EE UU.

R. La clave es el nuevo desarrollo de los coches eléctricos. El temor es que China intente desarrollar este tipo de coches. Pues no es ya solo la cadena de ensamblaje de la economía mundial, sino que desarrolla su propia economía. Los izquierdistas tradicionales odian dos cosas del orden mundial actual: al mercado libre, loco, con su caos; y a los Estados autoritarios. China aúna ambas cosas. Ahora instaura el miedo. Los disidentes son marxistas, estudiantes que estudian marxismo y proponen organizar a los trabajadores, tan explotados allí. Esto es lo peor que puedes hacer en China hoy: proteger los derechos de los trabajadores. Los “desaparecen” durante 15 días.

UN PROVOCADOR PROFESIONAL

Zizek quiso ser director de cine. Esa pasión la incorpora a todos sus libros, plagados de pelis como parábolas. Y ocupa muchas tardes como habitual en las salas de proyección de Liubliana. Pero no se vio con talento suficiente para el séptimo arte. Optó por su segundo amor, la filosofía. Y agradece a “la opresión comunista” no haber encontrado empleo durante años. Solo apaños de traductor y tareas menores, para acabar al fin en un pequeño instituto de investigación: “Por eso soy del todo libre para investigar, no como un profesor de pueblo”.

Eso le catapulta a afrontar “los nuevos retos”, que resume en el ecológico, la renovación del Estado del bienestar, o la “digitalización directa del cerebro humano” mediante la que el ordenador “detecta lo que piensas” y resultas vulnerable a cualquier dominación sofisticada. “No defiendo el viejo comunismo de ninguna manera”, se parapeta, sino un nuevo comunalismo globalista, porque “nuestro cerebro es nuestra herencia común”.

Reconoce ser un provocador profesional, para incomodar al público y hacerle reaccionar. Considera que la gente está “drogada, dormida” y que hay que “despertarla”. De modo que “la medida de la libertad de expresión es el derecho a decirle a la gente lo que no quiere oír”. Sobre todo a la izquierda con la que sintoniza, y a aquella con la que disiente: las libertades occidentales “serán falsas, pero las estalinistas no eran siquiera falsas”; o “no creo en eso de escuchar a la gente normal y corriente, como dice Pablo Iglesias, porque la gente normal y corriente está atrapada por la ideología, está a favor de echar a los inmigrantes”.

Respeta a Marx, pretende entroncar con sus preguntas fundacionales y se ríe de quien le tacha de “leninista loco”: “Mis ideas”, dice, “son hegelianas”. Su enfoque estriba en centrarse en cómo pueden salir mal las cosas, y luego preguntarse hasta qué punto era necesario que fuese así. “Por ejemplo”, aunque admira al vicepresidente de Evo Morales, Álvaro García- Linera, tiene “el honor de no haber sido engañado por Hugo Chávez”. Zizek advirtió durante años que el militar acabaría mal, porque “no veía lo nuevo”, solo era “un Fidel con dinero, no resolvía los problemas, echaba dinero a los problemas”.

Así que el pensamiento crítico “duele” y “trae malas noticias”. Pero siempre “hay que provocar”. Aunque cuando profetiza males mayores, de tan estentóreo, cuesta adivinarle la intención provocadora. Así, le inquieta al máximo el “extraordinario progreso que está registrando la industria del armamento”, por su cruce con la civilización digital. Nos abocamos a “una guerra digital, cognitiva”, que “influirá en los cerebros”.

China puede ser el paradigma de la nueva tensión. Como lleva décadas sin experimentar su armamento sobre el terreno, a diferencia de EEUU “necesita probarlo, y la mejor forma de hacerlo es con una guerra”. Es “la situación más peligrosa”, deletrea.

Fuente: https://elpais.com/cultura/2018/12/14/actualidad/1544788158_128530.html

La democracia como procedimiento y como régimen

Por Cornelius Castoriadis

Texto extraído de Iniciativa Socialista, no38, febrero 1996. Cornelius Castoriadis, de la Ecole de hautes études en sciences sociales de París. Este documento recoge su intervención en el encuentro internacional «La estrategia democrática», Roma, febrero 1994, cuyas ponencias fueron recogidas en el libro La strategia democratica nella società che cambia, Ed. Datanews, Via S. Erasmo 15, 00184 Roma, mayo 1995.

El objeto de nuestra discusión traduce y expresa la crisis que actualmente atraviesa el movimiento democrático. La elección de semejante tema [la estrategia democrática] está condicionada, precisamente, por la aparición de una concepción de la «democracia» que la reduce a un simple conjunto de «procedimientos», rompiendo así con todo el pensamiento político precedente, que veía en la democracia un régimen político, indisociable de una concepción sustantiva de los fines de la institución política y de una visión sobre el tipo de ser humano que le corresponde. Se ve fácilmente que, independientemente de cuál sea el ropaje filosófico con el que se cubra, una concepción meramente procedimental de la «democracia» tiene su propio origen en la crisis de las significaciones imaginarias que se refieren a las finalidades de la vida colectiva, y pretende ocultar esta crisis disociando la «forma del régimen político» de cualquier discusión relativa a esas finalidades, o incluso llegando a suprimir la idea misma de éstas. El profundo vínculo que une esta concepción con lo que se ha llamado, más bien irrisoriamente, el individualismo contemporáneo, es algo manifiesto y volveré sobre ello. Pero conviene comenzar por el principio.

I

Discutir sobre la democracia significa discutir sobre la política. Ahora bien, la política no existe siempre y en cualquier lugar; la verdadera política es la resultante de una creación histórico-social rara y frágil. Lo que existe en toda sociedad es el político: la dimensión -explícita, implícita o quizá casi imperceptible- que tiene que ver con el poder, esto es, la instancia o las instancias instituidas, que pueden emitir mandatos con autoridad, y que, al menos, deben incluir siempre, de forma explícita, lo que denominamos un poder judicial y un poder de gobierno(1). Pueden existir, ha habido y aquí se augura que habrá de nuevo, sociedades sin Estado, carentes de un aparato burocrático jerárquicamente organizado, separado de la sociedad y en posición de dominio respecto a ésta. El Estado es una creación histórica fechable y localizable: Mesopotamia, Este y Sudeste asiático, la Centroamérica precolombina. Una sociedad sin tal Estado es posible, concebible, augurable. Pero una sociedad sin instituciones explícitas de poder es un absurdo, en el que cayeron Marx y los anarquistas.

No hay ser humano extrasocial; no existe ni la realidad ni la ficción coherente de un «individuo» humano como sustancia asocial, extrasocial o presocial. No podemos concebir un individuo sin lenguaje, por ejemplo, y no existe lenguaje más que como creación e institución social. Esta creación y esta institución no pueden ser vistas, a menos de caer en el ridículo, como resultado de una cooperación consciente de «individuos», ni tampoco de una suma de redes «intersubjetivas»: para que haya intersubjetividad es necesario que haya sujetos humanos y la posibilidad de que se comuniquen. En otras palabras, debe haber seres humanos ya socializados y un lenguaje que no podrían producir ellos mismos como individuos (uno o muchos: «redes intersubjetivas»), sino que reciben necesariamente de su socialización. La misma consideración puede aplicarse a mil aspectos diversos de eso que se llama individuo. La «filosofía política» contemporánea -como también el núcleo de lo que pasa por ser ciencia económica- está fundada sobre esta ficción incoherente de un individuo-sustancia, bien definido en sus determinaciones esenciales, fuera o frente a toda sociedad: sobre este absurdo se apoyan necesariamente la idea de la democracia como simple «procedimiento» y el pseudo-«individualismo» contemporáneo. Pero fuera de la sociedad el ser humano no es ni bestia ni Dios (Aristóteles), pues simplemente no es, no puede existir, ni físicamente ni, sobre todo, psíquicamente. El hopeful and dreadful monster [monstruo prometedor y terrible] que es el neonato humano, radicalmente inadaptado para la vida, debe ser humanizado, y esta humanización es su socialización, trabajo social mediado e instrumentado por el ambiente inmediato del infans. El ser- sociedad de la sociedad son las instituciones y las significaciones imaginarias sociales que esas instituciones encarnan y hacen existir en la efectividad social. Estas significaciones son lo que da un sentido -sentido imaginario, en la acepción profunda del término, esto es, creación espontánea e inmotivada de la humanidad-a la vida, a la actividad, a las decisiones, a la muerte de los seres humanos, como también al mundo que crean y en el que los seres humanos deben vivir y morir. La polaridad no está entre individuo y sociedad -pues el individuo es un fragmento de la sociedad y al mismo tiempo una miniatura suya, o, mejor dicho, una especie de holograma del mundo social-, sino entre psique y sociedad. La psique debe ser, mejor o peor, domada, debe aceptar una «realidad» que le es heterogénea y extraña al principio, y, en cierto sentido, también hasta el final. Esta «realidad» y su aceptación son obra de la institución. Esto lo supieron los griegos; los modernos, en gran parte a causa del cristianismo, lo han ocultado.

La institución -y las significaciones imaginarias que ella expresa- no puede existi si no se conserva, si no se adapta para sobrevivir: la tautología darwiniana encuentra aquí un fecundo terreno de aplicación. Asimismo, se conserva gracias al poder, y este poder existe ante todo como infrapoder radical, siempre implícito. Se puede haber nacido en Italia en 1945, en Francia en 1930, el Estados Unidos en 1945, en Grecia en 1922. No lo hemos decidido, pero este hecho decide la parte esencial de cada existencia: nuestra propia lengua, nuestra propia religión, el 99% (en el mejor de los casos) del propio pensamiento, aquello por lo que se desea vivir o se acepta (o no se acepta) morir. Esto es mucho más, y cosa muy distinta, que el simple «estar en el mundo» que no se ha elegido (la Geworfenheit de Heidegger). Este mundo no es un mundo o el mundo tout court, es un mundo histórico social, formado por la institución, que contiene en modo indescriptible innumerables consecuencias de la historia precedente.

Desde su nacimiento, el sujeto humano queda cogido en un campo histórico-social, y es colocado simultáneamente bajo la influencia del imaginario colectivo instituyente, de la sociedad instituida y de la historia de la que dicha institución es su cumplimiento provisional. La sociedad no puede dejar de producir, en primer lugar, individuos sociales conformes a ella y que la producen a su vez. Incluso si se nace en una sociedad conflictiva, el terreno del conflicto, la puesta en juego y las opciones están predeterminadas; incluso si se va a llegar a ser filósofo, será esta historia de esta filosofía, y no otra, la que constituirá el punto de partida de la reflexión. Esto se encuentra mucho más acá, o más allá, de toda intención, voluntad, maniobra, conspiración, disposición de cualquier institución, ley, grupo o clase determinadas.

Al lado, o «por encima», de este infra-poder implícito, siempre ha habido y siempre habrá un poder explícito, instituido como tal, con sus dispositivos particulares, con su funcionamiento definido y con las sanciones legítimas que puede aplicar(2). La necesidad de existencia de tal poder deriva al menos de cuatro factores:

  • el mundo «pre-social» en cuanto tal amenaza siempre el sentido instaurado de la sociedad;
  • la psique de cada ser humano no está ni puede estar nunca completamente socializada ni ser totalmente conforme a lo que las instituciones le exigen;
  • la sociedad contiene siempre, en su institución y en sus significaciones imaginarias, un impulso hacia el porvenir, y el porvenir excluye una codificación (o una mecanización) preliminar y exhaustiva de las decisiones a tomar.

De ello deriva la necesidad de instancias explícitamente instituidas sobre la base de la posibilidad de tomar decisiones autorizadas sobre lo que hay que hacer y lo que no hay que hacer, esto es, sobre la base de la posibilidad de legislar, «llevar a cabo», resolver los litigios y gobernar. Las primeras dos funciones pueden estar ocultas en la estructura consuetudinaria del sistema normativo (y lo han estado, en la mayor parte de las sociedades arcaicas), pero no puede decirse lo mismo de las dos últimas. Por último, y sobre todo, este poder explícito es el garante instituido del monopolio de las significaciones legítimas en la sociedad considerada.

Lo político es todo aquello que concierne a este poder explícito (los modos de acceso a él, el modo apropiado de gestionarlo, etc.)

Este tipo de institución cubre la casi totalidad de la historia humana. Así ocurre en las sociedades heterónomas: crean ciertamente sus propias instituciones y significaciones, pero ocultan esta autocreación, imputándola a un fuente extrasocial los antepasados, los héroes, los dioses, Dios, las leyes de la historia o las leyes del mercado-, en todo caso una fuente exterior a la efectiva actividad de la colectividad efectivamente existente. En tales sociedades heterónomas, la institución de la sociedad tiene lugar en el cierre del sentido. Todas las preguntas formulables en la sociedad considerada pueden encontrar respuesta en las significaciones imaginarias, mientras que las que no pueden hacerlo son, más que prohibidas, imposibles mental y psíquicamente para los miembros de la sociedad.

Esta situación, por lo que sabemos, sólo ha sido rota dos veces en la historia: en la Grecia antigua y en Europa occidental. Y de esa ruptura somos herederos, es ella la que nos permite hablar como hablamos. La ruptura se expresa a través de la creación de la política y de la filosofía (de la reflexión). Política: puesta en cuestión de las instituciones establecidas. Filosofía: puesta en cuestión de los idola tribus, de las representaciones comúnmente aceptadas.

En estas sociedades, el cierre del sentido se rompe, o por lo menos tiende a romperse. Esa ruptura -y la actividad de interrogación incesante que la acompaña-implica el rechazo de una fuente de sentido diferente a la actividad viva de los seres humanos. Implica, por tanto, la repulsa de toda «autoridad» que no rinda cuenta y razón, y que no justifique la

validez del derecho de sus enunciados. De ello se derivan de forma casi inmediata:

  • la obligación de todos de dar cuenta y razón (logon didonai) de los propios actos y de las propias afirmaciones.
  • la repulsa de las «diferencias» o «alteridades» (jerarquía) preliminares en las posiciones respectivas de los individuos y, consiguientemente, la puesta en cuestión de todo poder que dé lugar a ellas;
  • la apertura de la pregunta sobre las buenas (o mejores) instituciones, en la medida en que dependen de la actividad consciente y explícita de la colectividad; y, por tanto, también la apertura de la pregunta sobre la justicia.

Se nota fácilmente que estas consecuencias conducen a considerar la política como una tarea que afecta a todos los miembros de la colectividad respectiva, una tarea que presupone la igualdad de todos y trata de hacerla efectiva. Una tarea, pues, que también es de transformación de las instituciones en el sentido de la democracia. Podemos ahora definir la política como la actividad explícita y lúcida que concierne a la instauración de las instituciones deseables, y la democracia como el régimen de autoinstitución explícita y lúcida, tanto como es posible, de instituciones sociales que dependen de una actividad colectiva y explícita.

Casi no haría falta añadir que esta autoinstitución es un movimiento incontenible, que no pretende lograr una «sociedad perfecta» (expresión carente de sentido), sino una sociedad libre y justa, en la medida de la posible. A este movimiento le llamamos el proyecto de una sociedad autónoma y, llevado a su cumplimiento, debe establecer una sociedad democrática.

Surge una pregunta preliminar, ya planteada efectivamente en la historia: ¿por qué se quiere, por qué se debe querer, un régimen democrático? No lo discutiré aquí, limitándome a observar que esa pregunta implica ya que debemos (o deberíamos) vivir en un régimen en el que todas las preguntas pueden ser planteadas, y eso también es el régimen democrático.

Asimismo, es inmediato que semejante institución, en la que todas las preguntas pueden ser planteadas, donde ninguna posición ni status están determinados o garantizados de partida, define la democracia como régimen. Volveré sobre ello.

II

Se ha objetado que esta visión comporta una concepción sustantiva de la felicidad de los ciudadanos y que, por tanto, desemboca fatalmente en el totalitarismo (posición explícitamente expresada por Isaiah Berlin e implícita en las argumentaciones de Rawls o Habermas)(3).

Pero nada de lo dicho hasta ahora alude a la «felicidad» de los ciudadanos. Se pueden comprender las razones históricas de tales objeciones, desde el famoso «la felicidad es una idea nueva en Europa» de Saint Just hasta la monstruosa farsa de los regímenes estalinistas, que pretendían trabajar por -y realizar- la felicidad del pueblo («La vida se ha hecho mejor, compañeros. La vida se ha hecho más feliz», declaraba Stalin en el apogeo de la miseria y del terror en Rusia). Pero estas motivaciones no bastan para justificar la posición teórica, que parece una reacción casi epidérmica a una situación histórica de colosales dimensiones -la emersión del totalitarismo-que exigía un análisis mucho más profundo de la cuestión política. El objetivo de la política no es la felicidad, sino la libertad. La libertad efectiva (no me refiero aquí a la libertad «filosófica») es lo que llamo autonomía. La autonomía de la colectividad, que no puede realizarse más que a través de la autoinstitución y el autogobierno explícitos, es inconcebible sin la autonomía efectiva de los individuos que la componen. La sociedad concreta, que vive y funciona, no es otra cosa que los individuos concretos, efectivos, «reales».

Pero lo inverso es igualmente cierto: la autonomía de los individuos es inconcebible sin la autonomía de la colectividad. En realidad, ¿qué significa, cómo es posible, qué presupone la autonomía de los individuos? ¿Cómo se puede ser libre si se está colocado obligatoriamente bajo la ley social? Existe una primera condición: es necesario que se tenga la posibilidad efectiva de participar en la formación de la ley (de la institución). No se puede ser libre bajo una ley si no se puede decir que esa ley es propia, si no se ha tenido la posibilidad efectiva de participar en su formación y en su institución (incluso cuando las preferencias propias no han prevalecido). En vista de que la ley es necesariamente universal en su contenido y, en una democracia, es colectiva en su fuente (punto que, en teoría, no discuten los procedimentalistas), de ahí se deriva que la autonomía (la libertad) efectiva de todos, en una democracia, debe ser una preocupación fundamental de cada uno (el «olvido» de esta evidencia es una de las innumerables estafas del pseudo-«individualismo» contemporáneo), ya que la cualidad de la colectividad que adopta decisiones que nos afectan es algo que nos interesa de manera vital (en otro caso, nuestra propia libertad se convierte en algo políticamente irrelevante, estoica o ascética). Tengo un interés positivo fundamental (y también egoísta) en vivir en una sociedad más cercana a la del Simposio que a la del Padrino o a la de Dallas. La propia libertad, en su realización efectiva, es función de la libertad efectiva de los otros. Idea ésta que, ciertamente, es incomprensible para un cartesiano o para un kantiano.

No hay ninguna duda de que el despliegue y la realización de esta libertad presupone algunas disposiciones institucionales precisas, incluidas algunas disposiciones «formales» y «procedimentales»: los derechos individuales (Bill of Rights), las garantías judiciales (due process of law; nullum crimen, nulla poena sine lege), la separación de poderes, etc. Pero las libertades a las que dan resultado son estrechamente defensivas (negativas). Todas estas disposiciones presuponen -y se trata del postulado tácito casi general en lo que pasa por ser filosofía política moderna-que haya ahí delante un poder extraño a la colectividad, inamovible, inatacable, por esencia hostil y peligroso, cuya potencia se pretende limitar en la medida que sea posible. Reencontramos así la filosofía tácita de los comunes ingleses respecto al monarca, y la posición explícita de los textos fundadores de la Constitución americana. El hecho de que algunos siglos más tarde, los «pensadores políticos» de la modernidad se comporten psíquica e intelectualmente como «servidores sumisos y obedientes de vuestra Excelencia» -Eu. Excellenz untertaenig gehorsamster Diener(4)- sorprenderá solamente a quienes no hayan reflexionado nunca sobre la extraña relación entre la mayor parte de los intelectuales y los poderes establecidos(5).

Libertad bajo la ley -autonomía- significa participación en el posicionamiento de la ley. Es una tautología afirmar que esta participación sólo realiza la libertad cuando ella es igualmente posible para todos, no en la letra de la ley sino en la efectividad social. De eso se deriva inmediatamente lo absurdo de la oposición entre igualdad y libertad, repetida a lo largo de varios decenios. A menos que se las tome en acepciones totalmente engañosas, las dos nociones se implican recíprocamente(6). La igual posibilidad efectiva de participación comporta el reconocimiento efectivo de las condiciones de todo orden para esta participación. Las implicaciones son manifiestamente inmensas y abarcan una parte considerable de la institución global de la sociedad; pero el punto de apoyo arquimédico es evidentemente la paideia [educación] en su sentido más profundo y duradero, sobre el que tornaré.

Por consiguiente, no es posible realizar una «democracia procedimental» que no sea un fraude, si no se interviene profundamente sobre la organización de la vida social.

III

La lengua griega antigua y la práctica política de los atenienses ofrecen una distinción preciosa -y, en mi opinión, de validez universal-entre tres esferas de la actividad humana, que, a su vez, la institución global de la sociedad debe separar y articular: el oikos, el agora y la ecclesia, que, traducidos libremente, serían la esfera privada, la esfera privada/pública y la esfera (formalmente y en sentido fuerte) pública, que correspondería con lo que más arriba he definido como poder explícito. Noto en passant que esta distinción fundamental se encuentra en los hechos y en el lenguaje, pero no fue explicitada en tales términos en la época clásica, ni tampoco por el pensador clásico de la democracia, Aristóteles, excepto parcialmente. Estas esferas no son netamente distintas (y precisamente articuladas) salvo en un régimen democrático. Bajo un régimen totalitario, por ejemplo, la esfera pública absorbe cualquier cosa, y, al mismo tiempo, en realidad no es pública en absoluto, pues constituye la propiedad del Aparato totalitario que detenta y ejercita el poder. Las monarquías absolutas tradicionales respetaban, en teoría, la independencia de la esfera privada, del oikos, y sólo intervenían moderadamente en la esfera privada/pública, el agora. Paradójicamente, las pseudo-«democracias» occidentales contemporáneas, de hecho, han transformado, en gran medida, la esfera pública en privada: las decisiones verdaderamente importantes se toman en secreto y tras los bastidores (del Gobierno, del Parlamento, de los Aparatos de los partidos). Se puede dar una definición de democracia tan buena como cualquier otra: la democracia es el régimen en el que la esfera pública se hace verdadera y efectivamente pública, pertenece a todos, está efectivamente abierta a la participación de todos.

El oikos, la casa-familia, la esfera privada, es el campo en el que, formalmente y como principio, el poder ni puede y ni debe intervenir, aunque, como es usual en este campo, eso ni puede y ni debe entenderse en sentido absoluto: la ley penal prohíbe atentar contra la vida o la integridad física de los miembros de la propia familia, la enseñanza de los niños se ha hecho obligatoria incluso bajo los gobiernos más conservadores, etc.

El agora, el mercado-lugar de reunión, es el campo en el que los individuos se encuentran libremente, discuten, contratan recíprocamente, publican y compran libros, etc. Tampoco aquí, formalmente y como principio, puede ni debe intervenir el poder, aunque tampoco puede entenderse eso en sentido absoluto. La ley impone el respeto de los contratos privados, prohíbe el trabajo de los niños, etc. En realidad, nunca acabaríamos de enumerar los puntos sobre los que el poder, también en los Estados más «liberales» (en el sentido del liberalismo capitalista), interviene en este campo (un ejemplo que se pondrá después: el Presupuesto), ni tampoco las disposiciones a través de las que lo hace.

La ecclesia, termino aquí utilizado metafóricamente(7), es el lugar del poder, el campo público/público. El poder incluye a los poderes, y éstos, a su vez, deben estar separados y articulados. Me remito a otros textos donde he tratado más ampliamente el tema(8) y me limitaré ahora a algunos puntos relevantes para la presente discusión.

Si se considera concretamente la actividad de las diferentes ramas del poder, está claro que no existe un campo en el que se puedan asumir y adoptar decisiones sin tomar en consideración apreciaciones sustanciales. Lo que vale tanto para la legislación como para el gobierno, para el «ejecutivo» como para el judicial.

De hecho, es imposible imaginar una ley -excepción hecha, particularmente, de las leyes de procedimiento- que no decida sobre cuestiones sustantivas. Ni la prohibición de homicidio queda excluida, como testimonian las múltiples restricciones, excepciones y cualificaciones de que está rodeada, siempre y en todas partes. Lo mismo puede decirse sobre la «aplicación» de estas leyes, tanto desde el judicial como desde el «ejecutivo»(9). El juez no puede (y, en todo caso, no debe) ser nunca un Paragraphen/automat, porque se encuentra siempre con los «vacíos del derecho» (Rechtslucken), pero sobre todo porque siempre hay un problema de interpretación de la ley y, más profundamente, un problema de equidad(10). Tanto la interpretación como la equidad son inconcebibles sin recurrir e invocar al «espíritu del legislador», y lo mismo ocurre con sus «intenciones»(11) y los valores sustantivos hacia los que se supone que este último mira. Las cosas se plantean de la misma forma respecto a la administración, en la medida que ésta última no podría «aplicar» las leyes y los decretos sin interpretarlos. Y lo mismo puede decirse, en el máximo grado posible, sobre el Gobierno. La función de gobierno es «arbitraria». Se desenvuelve en el marco de la ley y está vinculada a la ley (esto se refiere evidentemente a lo que se considera el caso de los regímenes «democráticos» occidentales), pero no aplica ni cumplimenta, por lo común, las leyes. La ley (en general, la Constitución) establece que el Gobierno debe presentar cada año un proyecto de presupuestos ante el Parlamento, y que éste (compartiendo en este caso una función de gobierno y no «legislativa») debe expresar su voto, con o sin enmiendas al texto original; lo que la ley no dice, y no podría nunca decir, es qué debe haber dentro de dicho Presupuesto. Es totalmente evidente que es imposible imaginar un Presupuesto que no esté imbuido de cabo a rabo, tanto para los ingresos como para los gastos, por decisiones sustantivas inspiradas en ciertos objetivos y en ciertos «valores» hacia cuya realización apunta. Más en general, todas las decisiones no banales de gobierno afectan y vinculan el futuro, en una oscuridad radical y radicalmente inevitable. Tienden a orientar la evolución de la sociedad, en la medida en que ésta depende de ellas, en una dirección que se prefiere a otra. ¿Cómo podrían acometerse tales decisiones sin apelar, aunque sea tácitamente, a opciones sustantivas?

Podría aducirse que bien podría darse que todas estas decisiones explícitas (particularmente las legislativas y de gobierno) sólo apuntasen a la conservación del estado de cosas existente, o a la preservación de la libertad de la sociedad (no «política») para hacer emerger de sí misma y desplegar las «formas de vida sustancial» que le son gratas. Pero este argumento contiene, aunque sea implícitamente, una aserción de valoración positiva de las formas y de los contenidos ya existentes de la vida social, ya sean herencia de tiempos inmemoriales, ya sean producto de la actividad contemporánea de la sociedad. Para poner un ejemplo familiar al lector de hoy, el «liberalismo» extremo remite a una afirmación de sustancia: aquello que «los mecanismos del mercado» o la «libre iniciativa económica», etc., producen, es «bueno» o «el menor mal posible», o bien dice que ningún juicio de valor sobre ello ser expresado (las dos afirmaciones, evidentemente contradictorias, han sido sostenidas simultánea o sucesivamente por F. von Hayek, por ejemplo). Afirmar que ningún juicio de valor puede ser expresado sobre aquello que la sociedad «espontáneamente» produce, impele hacia el nihilismo histórico total y termina afirmando, por ejemplo, que cualquier régimen (estalinista, nazi u otro) equivale a cualquier otro. Considerar que todo aquello que la tradición o, lo que es lo mismo, la sociedad, produce espontáneamente es bueno o el menor mal posible fuerza a tratar de demostrar, en cada caso y en cada ejemplo preciso, porque eso sería así y, por tanto, fuerza a entrar en una discusión sustantiva.

Ya que nadie en posesión de sus facultades mentales podría rechazar estas constataciones, la duplicidad del punto de vista procedimental se hace clara: no se trata de negar que las decisiones que implican cuestiones de sustancia deban ser tomadas, sea cual sea el tipo de régimen considerado, sino de afirmar que, en un régimen «democrático», solamente son relevantes la «forma» o el «procedimiento» para la toma de esas decisiones, es decir, que esta «forma» o este «procedimiento» por sí mismos caracterizan un régimen «democrático».

Con todo, admitamos que las cosas sean así. Pero todo «procedimiento» debe ser aplicado por seres humanos. Seres humanos que deben poder, deber y estar obligados a aplicar este procedimiento según su «espíritu». ¿Pero quiénes son estos seres humanos, de dónde vienen? Esta pregunta sólo se podría eludir desde la ilusión metafísica del individuo-sustancia, preformado en sus determinaciones esenciales, para el que su pertenencia a un ambiente histórico-social definido sería accidental, como lo sería el color de los ojos, postulando así la existencia efectiva (que se encuentra en la política efectiva, no en las ficciones «contrafactuales»), la existencia de átomos humanos -ya dotados no sólo de «derechos», etc., sino de una conciencia perfecta de las disposiciones del derecho (sin la que sería necesario legitimar una división del trabajo establecida de una vez por todas entre «simples ciudadanos» y jueces, administradores, legisladores, etc.)- que tenderían por sí mismos, ineludible e independientemente de toda formación, historia personal, etc., a comportarse como átomos jurídico-políticos. Esta ficción del homo juridicus es tan ridícula e inconsistente como la del homo oeconomicus, y ambas presuponen la misma metafísica antropológica.

Para el punto de vista procedimental, los seres humanos (o una parte suficiente de ellos) deberían ser puros entendimientos jurídicos. Pero los individuos efectivos son otra cosa muy distinta. Estamos obligados a tomarles como vienen, forjados ya por la sociedad, con su historia, sus pasiones, sus múltiples pertenencias particulares, tal y como han sido construidos en el proceso histórico-social y en la institución dada de la sociedad. Porque seríamos diversos, sería necesario que esta institución, en los aspectos sustanciales y sustantivos, fuese diversa. Incluso si suponemos una democracia caída del cielo, tan completa y perfecta como se quiera, esta democracia no podría durar más que algunos años a menos que produzca los individuos que le corresponden y que son, ante todo y sobre todo, capaces de hacerla funcionar y de reproducirla. No puede haber sociedad democrática sin paideia democrática.

La concepción procedimental, salvo caer en la incoherencia, está obligada a introducir subrepticiamente -o llevar hasta- al menos dos juicios de sustancia y de hecho:

  • las instituciones efectivas, dadas, de la sociedad son, tal y como son, compatibles con el funcionamiento de procedimientos «verdaderamente» democráticos;
  • los individuos, tal como son construidos por esta sociedad, pueden hacer funcionar los procedimientos establecidos en su «espíritu» y defenderlos.

Estos juicios tiene múltiples presuposiciones y comportan numerosas consecuencias. Mencionemos dos. La primera es que nos encontramos nuevamente con la cuestión fundamental de la equidad, no en el sentido sustantivo, sino ante todo en el sentido estrechamente lógico ya establecido por Platón y Aristóteles(12). Hay siempre inadecuación entre la materia a juzgar y la forma misma de la ley, pues la primera es necesariamente concreta y específica y la segunda es abstracta y universal. Esta inadecuación no puede ser colmada más que con el trabajo creador del juez «que se pone en el puesto del legislador», lo que implica que tome en cuenta consideraciones sustantivas. Todo esto va mucho más allá del procedimentalismo.

La segunda es que, para que los individuos sean capaces de hacer funcionar los procedimientos democráticos según su «espíritu», es necesario que una parte importante del trabajo de la sociedad y de sus instituciones se dirija hacia la producción de individuos que se correspondan con esta definición, esto es, mujeres y hombres democráticos también en el sentido estrechamente procedimental del término. Pero entonces es preciso afrontar el dilema siguiente: o esta educación de los individuos es dogmática, autoritaria, heterónoma -y la pretensión democrática se convierte en el equivalente político de un ritual religioso-; o bien, los individuos que deben «aplicar el procedimiento» -votar, legislar, seguir las leyes, gobernar-han sido educados de manera crítica. En tal caso, es necesario que este espíritu crítico sea valorizado, en cuanto tal, por la institución de la sociedad, y entonces se abre la caja de Pandora de la puesta en cuestión de las instituciones existentes, y la democracia vuelve a ser movimiento de autoinstitución de la sociedad, esto es, un nuevo tipo de régimen en el sentido pleno del término.

Los periodistas y también algunos filósofos políticos que parecen ignorar totalmente las largas disputas de la «filosofía del derecho» de los dos últimos siglos, hablan constantemente del «Estado de derecho». Pero si el «Estado de derecho» (Rechtstaat) es una cosa distinta del «Estado de la ley» (Gesetzstaat)(11) no es sino porque aquel va más allá de la simple conformidad con «procedimientos», planteando la cuestión de la justicia e implicando incluso a las reglas jurídicas ya existentes. Pero la cuestión de la justicia es la cuestión de la política, de cuándo la institución de la sociedad ha dejado de ser sagrada o tradicional. Desde entonces, el «reino de la ley» no puede eludir la pregunta ¿qué ley, por qué esta ley y no otra? Ni siquiera la respuesta «formalmente democrática» -la ley es ley porque representa la decisión de mayoría (omitimos evidentemente el saber si realmente lo es)- impide la pregunta: ¿y por qué debe ser así? Si la justificación de la regla de la mayoría es estrechamente «procedimental» -por ejemplo, porque es necesario que toda discusión tenga término-, entonces cualquier regla podría tener la misma justificación: sortear la decisión, por ejemplo. La regla mayoritaria no puede ser justificada si no se admite el valor igual, en el campo de lo contingente y lo probable, de las doxai [opiniones] de individuos libres(14). Pero si este igual valor no debe quedarse reducido a un «principio contrafactual», un engaño pseudo-trascendental, entonces es tarea permanente de la institución de la sociedad producir individuos de los que puede postularse razonablemente que sus opiniones tienen el mismo peso en el campo político. Una vez más, la cuestión de la paideia se revela ineliminable.

La idea de que el «derecho positivo» y sus procedimientos puedan separarse de los valores sustantivos es un espejismo. También lo es la idea de que un régimen democrático podría recibir de la historia, ready made [confeccionados], individuos democráticos que le harían funcionar. Tales individuos sólo pueden ser formados dentro, y a través, de una paideia democrática, que no brota como una planta sino que debe ser un objeto central de las preocupaciones políticas.

Los procedimientos democráticos constituyen una parte, ciertamente importante, pero sólo una parte, de un régimen democrático. Y deben ser verdaderamente democráticos, en su espíritu. En el primer régimen que se puede llamar, a pesar de todo, democrático, el régimen ateniense, fueron instituidos no como simples «medios», sino como momento de encarnación y de la facilitación de los procesos que lo realizaban. La rotación, el sorteo, la decisión tras la deliberación de todo el cuerpo político, las elecciones y los tribunales populares, no se basaban tanto sobre el postulado de la igual capacidad de todos para asumir las cargas públicas, sino más bien constituían las piezas de un proceso político educativo, de una paideia activa, que pretendía ejercitar y también desarrollar entre ellos todas las capacidades correspondientes, y, por tanto, hacer el postulado de la igualdad política tanto más posible por estar más próximo a la realidad efectiva.

IV

En verdad, las raíces de estas confusiones no son solamente «ideales», en el sentido de que no deben ser buscadas esencialmente o exclusivamente en «falsas ideas», en la misma medida en que no son solamente «materiales», en el sentido de que no deben entenderse como mera expresión, más o menos consciente, de intereses, pulsiones, posiciones sociales, etc. Se apoyan sobre el imaginario histórico-social de la edad «política» moderna, desde su prehistoria, pero ante todo sobre su carácter antinómico. Ahora no es posible dedicarse a hacer una dilucidación de esto, así que me limitaré al intento de seleccionar algunos puntos relevantes de la constelación de ideas en cuyo interior y a través de las cuales se ha expresado este imaginario en la esfera política. Comenzaré in media res. Es conocida la crítica habitual que el marxismo dirigía a los derechos y a las libertades «burguesas» (y que se remonta, sea lo que quiera que se diga, a Marx mismo): se tratarían de libertades y derechos simplemente «formales», establecidos más o menos en interés del capitalismo. Crítica incorrecta por muchas razones. Estos derechos y libertades no han nacido con el capitalismo ni han sido reconocidos por él. Reivindicados inicialmente por la protoburguesía de las comunas desde el siglo X, han sido arrancados, conquistados, impuestos a través de luchas seculares del pueblo (en las que no sólo han jugado un papel importante los estratos desfavorecidos, sino también la pequeña burguesía). Allá donde solamente han sido importados, han sido casi siempre débiles y frágiles (consideremos el caso de los países de América Latina o Japón). Además, estos derechos y libertades no se corresponden con el «espíritu» del capitalismo; este último exige más bien el one best way de Taylor o la «jaula de hierro» de Max Weber. Igualmente falsa es la idea de que representarían la premisa política de la concurrencia en el mercado económico, pues ésta es solamente un momento, ni espontáneo (Polanyi) ni permanente del capitalismo, cuya tendencia interna conduce al monopolio, al oligopolio o a las coaliciones entre capitalistas. Y tampoco constituyen una precondición para el desarrollo del capitalismo (consideremos de nuevo el ejemplo de Japón). Por fin, y sobre todo, estos derechos y libertades no son en absoluto «formales»: por el contrario, corresponden a rasgos de vital necesidad en todo régimen democrático. Sin embargo, son parciales y, como se ha dicho antes, esencialmente defensivos. También la cualificación de «negativos» (I. Berlin) es inadecuada. El derecho a reunirse, a manifestarse, a publicar un periódico o un libro no es «negativo»: su ejercicio constituye una componente de la vida social y política y puede tener y tiene necesariamente efectos importantes sobre ella. Otra cosa es que pueda ser obstaculizado por las condiciones efectivas o, como ocurre hoy en los países ricos, que pueda ser reducido a un papel más o menos fútil a causa del marchitamiento político general. Precisamente, una parte principal de la lucha por la democracia apunta hacia la instauración de las condiciones reales que permitan a todos el ejercicio efectivo de estos derechos. Recíprocamente, esta falaz denuncia del carácter «formal» de los derechos y libertades «burguesas» ha tenido resultados catastróficos, sirviendo de trampolín a la instauración del totalitarismo leninista y dando cobertura a su continuación a través del estalinismo.

Estas libertades y derechos no son, por tanto, «formales»: son parciales y, en la realidad social efectiva, esencialmente defensivos. Por la misma razón, no son «negativos». La expresión de I. Berlin pertenece al contexto y al patrimonio histórico al que he hecho referencia al principio. Corresponde a la actitud subyacente, cuasipermanente, de las sociedades y poblaciones europeas (no sólo de éstas, pero de ellas estamos hablando aquí) respecto al poder. Precisamente cuando se ha roto, al menos en parte, el imaginario milenario de la realeza del derecho divino (ratificado y reforzado por el cristianismo, «todo poder viene de Dios»), sigue subsistiendo con no menos intensidad la representación del poder como extraño a la sociedad, frente a ella y opuesto a ella. El poder son «ellos» (us and them, sigue diciéndose en inglés), nos es hostil como norma y se trata de contenerlo dentro de sus límites y de defendernos ante él. Solamente en las épocas revolucionarias, en la Nueva Inglaterra o en Francia, la frase we the people [nosotros, el pueblo] o el término Nación, adquieren un sentido político y se declara que la soberanía pertenece a la nación, frase que será rápidamente vaciada de su contenido a través de la «representación». En semejante contexto, se comprende que los derechos y libertades ha ser considerados como instrumentos de defensa contra un Estado omnipotente y esencialmente extraño.

I. Berlin opone a estas libertades «negativas», las únicas aceptables en su opinión, una idea de la libertad «positiva» emparentada con la concepción democrática antigua (griega) según la cual todos los ciudadanos deben tomar parte del poder. Esta idea, según ese autor, sería potencialmente autoritaria pues presupondría la imposición de una concepción positiva, y colectivamente (políticamente) determinada, del Bien común o del bien vivir. Muchas son las grietas en ese razonamiento. La libertad efectiva (mejor que «positiva») de todos mediante la participación en el poder no implica una concepción del Bien común más de lo que lo haga cualquier decisión legislativa, de gobierno o judicial, tomada por «representantes», ministros o jueces togados. Como ya se ha dicho, nunca puede ejercerse, por ejemplo, un sistema de derecho que sea completamente (o esencialmente) Wertfrei, neutro en cuanto a valores. El reconocimiento de una esfera libre de «actividad privada» -cualesquiera que sean sus límites- procede asimismo de la afirmación de un valor sustantivo y que pretende tener validez universal: es bueno para todos que los individuos se muevan libremente dentro de la esfera de la actividad privada reconocida y garantizada por la ley. La delimitación de estas esferas, el contenido de las eventuales sanciones en caso de ser transgredidas por otras, debe necesariamente recurrir a algo distinto que una concepción formal de la ley, como sería fácil demostrar a propósito de cualquier sistema de derecho positivo (para poner un ejemplo, es imposible establecer una graduación de la gravedad de los delitos y de las penas sin establecer un «parangón» entre el valor de la vida, de la libertad -la prisión-, el dinero, etc.)

Implícita en la argumentación de Berlin hay otra confusión: entre el Bien común y la felicidad. El fin de la política no es la felicidad, que solamente puede ser un asuntos privado(15), es la libertad y la autonomía individual y colectiva. Pero no puede ser solamente la autonomía, porque entonces se recaería de nuevo en el formalismo kantiano y bajo todas las legítimas críticas de las que ha sido objeto desde su origen. Como he dicho en otro lugar(16), queremos la libertad al mismo tiempo por sí misma y para hacer alguna cosa, para poder hacer cosas. Y bien, una inmensa parte de esas cosas no estamos en condiciones de hacerlas solos, o bien dependen fuertemente de la institución global de la sociedad, y, generalmente, las dos circunstancias se verifican simultáneamente. Eso implica necesariamente una concepción, aunque sea mínima, del Bien común.

Es cierto, como he recordado al comienzo del texto, que Berlin no ha creado esta confusión, limitándose a compartirla. Ella proviene de lejos, y es tanto más necesario disiparla. La distinción a restablecer es antigua (y su olvido por los teóricos modernos tiene aún menos excusa). Se trata de la distinción entre la felicidad, hecho estrictamente privado, y el Bien común (o la buena vida), impensable sin referirse al campo público y al campo público/público (el poder). Es la misma, en términos diferentes pero que enriquecen la discusión, que la distinción entre eudaimonia, la felicidad, que no es eph’hemin, no depende de nosotros, y el eu zein, el bien vivir, que, en gran parte, depende de nosotros, individual y colectivamente (ya que depende tanto de nuestros actos como de los que nos circundan, y, en un nivel a la vez más abstracto y más profundo, de las instituciones de la sociedad). Se pueden casar ambas distinciones, afirmando que la realización del bien común es la condición del buen vivir.

¿Pero qué determina o define el buen vivir? Quizá una las razones principales de la confusión que rodea la pregunta es que la filosofía ha pretendido poder dar esta determinación o definición. Esto ha ocurrido porque el papel de pensadores de la política ha sido jugado principalmente por filósofos, y éstos, por profesión, querrían determinar de una vez por todas una «felicidad» y un «bien común», y, si es posible, hacerles coincidir. En el marco del pensamiento heredado, esta determinación tenía que ser universal, válida para todo tiempo y lugar, y, al mismo tiempo, establecida de algún modo a priori. esta es la raíz del «error» de la mayor parte de los filósofos que han escrito sobre política, y del error simétrico de aquellos otros que, para evitar lo absurdo de las consecuencias de esta solución -Platon, por ejemplo, que legislaba sobre modos musicales permitidos y prohibidos para toda «buena» sociedad- se han reducido a rechazar la pregunta misma, abandonándola al libre arbitrio de cada uno. No puede haber filosofía que defina para todos qué es la felicidad, y menos aún que la quiera imponer a través de decisiones políticas. La felicidad pertenece a la esfera privada y privada/pública. No pertenece a la esfera pública/pública en cuanto tal. La democracia, como régimen de la libertad, excluye ciertamente que una «felicidad» pueda ser presentada, en sí misma o en sus «medios», como políticamente obligatoria. Se puede añadir: ninguna filosofía en ningún momento puede definir un «bien común» sustantivo, y ninguna política puede esperar para actuar a que la filosofía haya establecido semejante bien común(17).

Pero las preguntas que se plantean en la esfera pública/pública (a la legislación, al gobierno) no pueden siquiera ser discutidas sin una visión del bien común. El bien común es, al mismo tiempo, una condición de la felicidad individual y también atañe a las obras y trabajos que la sociedad -feliz o no- querría ver realizadas.

Esto no afecta sólo al régimen democrático. El análisis ontológico muestra que ninguna sociedad puede existir sin una definición, más o menos segura, de los valores sustantivos compartidos, de los bienes sociales comunes (los public goods de los economistas sólo son una parte de ellos). Estos valores representan una parte esencial de las significaciones imaginarias sociales establecidas. Definen el empuje de cada sociedad; suministran normas y criterios no formalmente instituidos (por ejemplo, los griegos distinguían entre dikaion y kalon); finalmente, sostienen el mandato institucional explícito. Un régimen político no puede ser totalmente agnóstico en cuanto a valores (o morales, o éticas). Por ejemplo, el derecho no puede hacer otra cosa que expresar una concepción común (o dominante, bien o mal aceptada) del «mínimo moral» implicado en la vida en sociedad.

Pero estos valores y esta moralidad son creación colectiva anónima y «espontánea». Pueden ser modificados bajo la influencia de una acción consciente y deliberada, pero es necesario que esta última incida sobre otros estratos del ser histórico-social, no solamente por los afectados por la acción política explícita. En todo caso, la cuestión del bien común pertenece al campo del hacer histórico-social, no al de la teoría. La concepción sustancial del bien común, en cualquier caso, es creación histórico-socíal, y, evidentemente, se encuentra tras todo derecho y todo procedimiento. Esto no conduce al simple «relativismo», cuando se vive en un régimen democrático en el que la interrogación queda abierta efectivamente y de forma permanente, lo que presupone la creación social de individuos capaces de interrogarse efectivamente. Aquí encontramos, al menos, una componente del bien común democrático, sustantivo y no relativo: la ciudad debe hacer todo lo posible para ayudar a los ciudadanos a llegar a ser efectivamente autónomos. Esa es, ante todo, una condición de su existencia en tanto que ciudad democrática: una ciudad está hecha de ciudadanos, y ciudadano es aquel que es «capaz de gobernar y de ser gobernando» (Aristóteles). Pero es también, como ya he dicho, una condición positiva del bien vivir de cada uno, dependiente de la «cualidad» de los otros. Y la realización de este objetivo -ayudar a los ciudadanos para que lleguen a ser autónomos, la paideia en la acepción más fuerte y profunda del término-es imposible sin decisiones políticas sustantivas, que, por otra parte, no pueden dejar de ser tomadas en cualquier tipo de régimen y en cualquier caso.

La democracia como régimen es, por tanto, al mismo tiempo, el régimen que intenta realizar, tanto como resulta posible, la autonomía individual y colectiva, y el bien común tal como es concebido por la colectividad considerada.

V

El ser humano singular reabsorbido en «su» colectividad, en la que, evidentemente, se encuentra por azar (el azar de su nacimiento en determinado lugar y determinado momento), por un lado, y por otro, este mismo ser separado de toda colectividad, contemplando la sociedad a distancia y procurando ilusoriamente considerarla al mismo tiempo como un artefacto y como un mal necesario, son dos consecuencias del mismo desconocimiento, que se pone de manifiesto en dos niveles:

  • como desconocimiento de lo que son el ser humano y la sociedad, de lo mostrado por el análisis de la humanización del ser humano como socialización y la «encarnación»-materialización de lo social en el individuo;
  • como desconocimiento de lo que es la política en cuanto creación ontológica en general -creación de un tipo de ser que se da explícitamente, aunque en parte, las leyes de su propia existencia y, al mismo tiempo, en cuanto proyecto de autonomía individual y colectiva.

La política democrática es, en los hechos, la actividad que intenta reducir, tanto como sea posible, el carácter contingente de nuestra existencia histórico-social en sus determinaciones sustantivas. Ni la política democrática en los hechos, ni la filosofía en la idea, pueden suprimir aquello que, desde el punto de vista del ser humano singular y de la humanidad en general, aparece como el azar radical (que Heidegger veía en parte, pero restringía extrañamente al ser humano singular, bajo el título de Geworfenheit, abandono o «estar-arrojado»), haciendo así que haya un forma de ser, que esto se manifieste como mundo, que dentro de este mundo haya una forma de vida, y en esta vida haya una especie humana, en esta especie una cierta formación histórico-social y en esta formación, en tal lugar y momento, florezca en un vientre entre millones, aparezca este pedazo de carne que berrea, y no otro. Pero ambas, política democrática y filosofía, praxis y pensamiento, pueden ayudarnos a limitar, o mejor a transformar, la parte enorme de contingencia que determina nuestra vida a través de la libre acción. Sería ilusorio afirmar que ellas ayudan a «asumir libremente» las circunstancias que no hemos escogido y que no podremos nunca escoger. El hecho mismo de que un filósofo pueda pensar y escribir que la libertad es la conciencia de la necesidad (independientemente de toda consideración sustantiva sobre el sentido de esa frase) está condicionado por una miríada no numerable de otros hechos contingentes. La simple conciencia de la mezcolanza infinita de contingencia y necesidad -de contingencia necesaria y de necesidad en último análisis contingente- que condiciona lo que somos, lo que hacemos, lo que pensamos, está bien alejada de ser libertad. Pero es condición de esta libertad, condición requerida para emprender lúcidamente las acciones que pueden conducirnos a la autonomía efectiva tanto en el plano individual como en el plano político.

NOTAS

(1)Ver mi texto «Pouvoir,politique,autonomie» (1988),reeditado en Le monde morcelé-Les Carrefours du labyrinthe III, París, Le Seuil, 1990, pp.117-124.

(2) Sanciones legítimas respecto al derecho positivo, no en absoluto.
(3)Para Habermas, ver su último «ThreeModels of Democracy», en Costellations, Vol. I, nol, abril 1994, pp.1-10.
(4) Términos de la dedicatoria de la Crítica de la razón pura, Koenigsberg, 29 marzo 1781, al Freiherr Van zedlitz, ministro de estado del rey de Prusia.
(5) Ver mi «Les intellectuels et l’histoire» (1987), reeditado en Le Monde morcelé, op.cit., pp.103-111.
(6) Ver mi texto (1981), reeditado en Domaines de l’homme-Les Carrefours du labyrinthe, París, Le Seuil, 1986, pp.307-324.
(7) Términos que empleo simbólicamente (y por abuso del lenguaje). La Asamblea ateniense no ejercitaba el poder judicial y no hacía más que supervisar al «ejecutivo» en el sentido que se da a tal término (administración).
(8) Ver mi «Fait et á faire», en Autonomie et auto-trasformation de la societé, la philosophie militante de Cornelius Castoriadis, Ginebra-París, Droz, 1989, en particular pp.500-513. (9) Aquello que en el lenguaje filosófico y constitucionalista moderno se denomina «ejecutivo», se escinde en dos: poder (o funciones) de gobierno y poder (o funciones) administrativo. El «Gobierno», en cuanto gobierno, no «ejecuta» las leyes, esencialmente actúa (gobierna) en el cuadro de las leyes. La adninistración, en la medida en que no puede ser «mecanizada» enteramente, no pude tampoco escapar a las cuestiones de interpretación, como las evocadas en el texto.
(10) Ver mi análisis de las ideas de Aristóteles sobre ese tema, en «Valeur, égalité,justice, politique: de Marx á Aristote et d’Aristote á nous» (1975), reeditado en Les Carrefours du labyrinthe, París, Le Seuil, 1978, especialmente pp 274-306.
(11) No se trata evidentemente de las intenciones «históricamente establecidas», sino de la inserción necesaria -y problemática- de toda cláusula particular en el sistema jurídico en su conjunto, que evoluciona continuamente.
(12) Ver mi texto citado en la nota 10.
(13) Desde muchos siglos antes de la Revolución francesa, la Monarquía, absoluta o «ilustrada» realizaba en la mayor parte de los países de Europa Occidental un «Estado de ley». «Aquí hay jueces en Postdam», replicaba el molinero prusiano a Federico el Grande. (14) Poco más o menos así lo justificaba Aristóteles en La Constitución de los atenienses, XLI
(15) Ver «Racines subjetivas du projet révolutionnaire» en la primera parte (1964-65) de mi libro L’Institution imaginaire de la Societé, París, Le Seuil, 1975, pp.126-127.
(16)Ver mi texto «La polis grecque et la création de la démocratie» (1982), reeditado en Domaines de l’homme, op.cit., en particular pp.287-296.

(17) Ciertamente, sería difícil para un filósofo sostener que una sociedad en la que la filosofía es imposible valga, a sus ojos, tanto como otra en la que es practicada. Pero, a falta de una aclaración suplementaria (y larga) del contenido del término filosofía, esto no define políticamente un tipo de sociedad. Ha habido una, o, al menos, una cierta filosofía en la India y en China (por no hablar del Islam y de la Europa medieval). Pero de ahí no se deriva que una sociedad de castas o con un mandarinato equivalga políticamente a una sociedad democrática.

«El malestar social entonces no lo produce (solo) el fracaso de la izquierda sino las formas de vida neoliberales que pautan ritmos, sensibilidades, soledades y relaciones sociales hoy en día»

Entrevista a Lucía Naser

En el II Manifiesto de Hemisferio Izquierdo manejamos la tesis de que estamos ante el agotamiento de las estrategias de conciliación de clases, en particular en América Latina, de los progresismos, lo que provoca un estado de malestar social que requiere ser interpretado y disputado. ¿Te parece adecuada esa idea? ¿Compartís su centralidad? ¿Qué implicancias se derivan de ello?

Creo que la estrategia de conciliación de clases no sólo está agotada hoy sino que nunca fue una salida. Hoy y luego de que el progresismo apostó fuerte a ella, comparto que esa estrategia es por un lado un fracaso, y a veces pienso que hasta ha sido una fachada para amortiguar conflicto social y hacer pequeños cambios que frenaran al cambio de veras. Pero si estuvo planteada seriamente en algún momento, y si entraron en el juego clases que quizás debieron haber ido por todo, creo que ahora si estamos ante la evidencia de que esa estrategia fue atacada desde la clase que conciliaba «desde arriba» (la que mueve a la derecha), y que mientras eso sucedìa nadie de este lado logró plantear una superación de la situación desde abajo o desde la izquierda.

Mientras nos fuimos dando cuenta de esto, lo que llamamos “izquierda” y lo que llamamos “derecha” cambiaron casi tanto como el escenario político donde esta conciliación estuvo planteada, sobre todo el que se planteó hace unos 15 años con la llegada al gobierno por primera vez de un partido de izquierda en Uruguay.

Y lo que percibo es que hay que pensar qué pasó en ese proceso. Más allá de las frustraciones (aunque con ellas), más allá de salir a cazar traiciones, traicioneros, causas finales de los malentendidos y las malas leches, creo que hay pila de aprendizajes que tenemos que empezar a hacer ya de lo que pasó en este proceso de agotamiento (que no nos era nada evidente hasta hace poco incluso a quienes nos empezamos a distanciar del FA hace ya casi una década o más).

Uno de esos aprendizajes tiene que ver con una discusión que hemos omitido y que tiene que ver con un viejo – y actual – problema de los movimientos sociales que es la relación entre vanguardias y los sectores sociales no orgánicos (a la vez los más desfavorecidos). En otras palabras: la tensión que tantas veces se presenta entre ser un movimiento compacto, coherente y cohesionado, o ser muches, ser grandes y expansivos. Mientras esa siga siendo una disyuntiva, seguiremos estancades en el problema de las vanguardias militantes que se quedan solas, en el problema de los pequeños cascos bien organizados con dificultades para llegar a la gente.

Otro problemón es el de la burocratización de la política – o su conversión en una administración neutralizadora del cambio social – que era algo que ya proponía el neoliberalismo y que el progresismo con su ejército de tecnócratas bien intencionades ayudó a acelerar. Creo que ni el «oenegismo» de los derechos humanos, ni los planes asistenciales, ni la apuesta al desarrollo van a resolver los problemas de burocratización/elitización de la política; que tampoco pueden resolver la neoliberalización del estado y del mercado, ni tampoco la concentración del poder. Y no pueden resolverlos porque viven de ellos.

Lo que se dio fue una política estatal de intervenciones despolitizadas, no acompañadas de organización política. Y el acompañamiento perfecto para ese plato fue un cuidadoso descuido de la educación y de la batalla cultural por un lado – hueco que fue llenado por promesas de cambio de ADN e infinitas elaboraciones de “Planes de” que uno a uno han quedado en la nada-; y los permanentes frenos al crecimiento político y la autoorganización de las clases populares por otro. Y cuando hablo de crecimiento y auto-organización no me refiero solo a subir los salarios medios y los niveles de consumo, que no está nada mal como logro*. Pero si el consumo viene a llenar el hueco de unas formas de vida cada vez más alienadas y vacías, si el consumo es consumo basura, si el consumo viene acompañado de una tristeza, una depresión y un resentimiento cuyas causas son la soledad y la impotencia social, entonces ahí el consumo se vuelve tremendo problema. Como esas drogas que pueden ser hermosas o pueden dejar de ser divertiras.

No me es fácil hablar de esto cuando yo misma me abrí, no participé del diseño de las políticas, cuando mi militancia fue más desde el arte y desde espacios autónomos (y muy a menudo endogámicos), cuando me quemé con el futuro que empecé a vislumbrar y dejé de dar ciertas disputas desde “adentro”, digamos. Pero de todas formas y sin omitir la autocrítica que me toca, lo digo porque lo veo así. Y es más difícil hablar ahora con una sensación de estar al borde del abismo facho, que hace 3 o 4 años cuando había un progresismo consolidado, que tenía pinta de hegemonía y una tenía claro que había que presionar como fuera hacia la izquierda y que para eso cierto pensamiento cáustico (incluso kamikaze) podía funcionar. Hoy estamos muy incómodas y nerviosas. En el último tiempo y acompañando el proceso brasilero me empecé a preguntar como hacer para no volverme una petista arrepentida que sale a gritar viva Haddad 10 días antes de la segunda vuelta. Ciertamente tengo miedo, pero callarse la boca nunca fue una alternativa y tampoco creo que sea ahora.

Lo que sí me preocupa más que antes – que quizás estaba más cómoda en el guetto anti progre – es cómo hacemos para juntarnos en un frente común antifascista y antineoliberal con todas las diferencias que tenemos. Y ahí pienso que del lado de los movimientos ha habido poca capacidad de querernos en la diferencia; y por otro lado poca capacidad de generar alianzas estratégicas, que es un poco el mismo problema (pero mejor vuelvo a esto en la pregunta que viene).

Una última cosa sobre ésta pregunta es que creo que el malestar social al que se refieren en su pregunta no lo produce el fracaso de la izquierda: creo que aunque la autocrítica es necesaria es ingenuo pasar meramente a autoflagelarnos sin analizar la brillante organización que tiene la derecha hoy, el plan de largo plazo y de larga distancia que ha venido creando en estos últimos años, la lucidez táctica con la que identificaron los puntos nodales del cuerpo social para aplicarle luego una acupuntura del demonio. O sea no limitar el análisis a que la izquierda es corrupta y fracasó, sino que esta gente tiene una organización del carajo. Un buen ejemplo de esto son las iglesias evangélicas: muchos muchos años de paciente organización para recien ahora salir a disputar la política y las calles. Es decir, que ahora que la derecha está saliendo del agujero en el que se refugió de su (efímera) derrota, vemos que están en todos lados: las finanzas, los medios de comunicación, hasta la sensibilidad más micropolítica se tomaron.

El malestar social entonces no lo produce (solo) el fracaso de la izquierda sino las formas de vida neoliberales que pautan ritmos, sensibilidades, soledades y relaciones sociales hoy en día. No lo produce la crisis económica (solamente) sino una enorme sensación de impotencia que tiene todo que ver con la incapacidad de generar cambios no epidérmicos sino estructurales, y la incapacidad de estar con otres y sentirnos capaces de transformar las cosas que nos duelen.

El malestar lo produce la sensación de que el “gobierno” e incluso el estado, es un espacio vaciado de poder social y completamente lleno de intereses de las clases dominantes y de juegos opacos y de cámaras ocultas. Lo produce la percepción de que estamos perdiendo eso que en uruguay siempre le jodió a la derecha (sobre todo la post batllista) y que fue el núcleo de la “excepcionalidad” uruguaya, y esto es un estado comprometido con la idea de lo público, de lo común. El malestar lo produce lo abrumadas que nos sentimos ante lo bien que está organizada la reacción de la derecha a los tímidos avances de la izquierda social. Durante los últimos años estuve convencida de que nuestro problema principal era la tibieza de esos cambios, y con eso que ustedes llaman “pacto de clases”. Y me la pasé peleando con y al progresismo por esto y lo hubiera seguido haciendo. Pero en retrospectiva percibo que también tendríamos que haber estado mucho más preocupadas por cómo la derecha estaba organizándose para dar el contragolpe y cómo derrotarlos posta para que eso no sucediera, pero no en las urnas sino en los lugares donde está el poder real.

Fue demasiado tiempo con la certeza de que la política de las mayúsculas y los parlamentos estaba jodida y que teníamos que apostar a la micro: hoy pienso que esta división nos jodió. Nos distrajo y nos confundió. Algo a aprender es que no podemos confiar en las dicotomías. No va a salir nada bueno de ahí.

Otro ejemplo de esto es la dicotomía nacional-internacional. La izquierda social ha pasado mucho rato sacándose los ojos en torno a esta dicotomía. Y hoy veo que construimos una relación totalmente esquizofrénica con la política internacional: por un lado la izquierda partidaria adoptó el patético modelo de las socialdemocracias europeas. Por otro los movimientos más autonomistas tienen relaciones fluidas con movimientos como el feminismo internacional, el zapatismo, 11M, Occupy, etc. En ambos casos creo que hay problemas para elaborar fuerzas locales que se alimenten de esas relaciones con el afuera potenciando comunidades regionales, en diálogo con y entre el» acá». Esas posiciones nos ayudaron a crear nichos y divisiones al interior de la izquierda, ¿y para qué más?. Es algo que me provoca preguntarme. Ha habido demasiado “o” en lugar de “y”: internacional “o” local; de masas “o” vanguardistas; tácticos “o” fenomenológicos; legislación “o” acción directa, reformista “o” revolucionaria.. Imagino lo que hubiera pasado de haber apostado al “y” y me late que algo podríamos buscar en ese camino. Y el “y” nos demanda una mayor madurez política pero sobre todo una madurez sensible para lidiar con las diferencias.

Y ojo, que este problema de la sensibilidad no nos distrae del problema táctico, sino que es hoy nuestro principal problema táctico porque mientras no seamos capaces de activar la empatía, la capacidad de sentir lo que otres sienten, la disposición a poner tiempo y energías a lo que otres necesitan y desean y a lo que creen que son las mejores formas de hacerlo, no hay diagnóstico ni insistencia ni convicción ni plan estratégico que nos valga. La derecha ha hecho todo eso muy bien. Y sé que suena raro esto de entrenar la empatía pero como toda habilidad que de no usarla se va entumeciendo, estamos necesitando volver a activarla, sentirla en y entre los cuerpos y los espacios que nos unen y a la vez separan. La empatía es puro tejido conjuntivo social y hoy está todo roto y desgarrado. Como todo tejido no es un lazo rígido ni tampoco totalmente intangible. Como todo tejido no depende de nuestro control pero podemos hacer cosas para que la sangre empiece a llegar, para que con la paciencia urgente que se necesita en este presente, pasemos del desgarro al movimiento. Porque ni la parálisis ni el reposo curaron nunca jamás a ningún cuerpo que deseara seguir en el movimiento, en la lucha.

A pesar del desinfle del progresismo, parecen aparecer sujetos colectivos potentes en el ámbito de la izquierda social. En el II Manifiesto planteamos como otra tesis central que es necesario la construcción de nuevas referencias políticas de masas, y que estas deben apoyarse en estos sujetos emergentes. ¿Es preciso caminar hacia allí? ¿las herramientas ya existen? ¿hay que construirlas? ¿cuáles son las formas y procesos necesarios a transitar?

Hemos abordado el pensamiento sobre las masas desde la preocupación por la basura que resulta la cultura de masas (sobre todo vista desde la perspectiva un tanto elitista de un sector de la izquierda intelectual – universitaria). Pero no podemos reducir el término a eso que la derecha ha sabido construir con tanta eficacia. Porque masa es también otras cosas: es primero que nada gente junta, y necesitamos pila de gente junta. Es también una forma de estar en colectivo que no pone por encima el individualismo (aunque sí, claro, hay que pensar formas de singularización en la masa para no repetir los tropiezos históricos de tantos movimientos de izquierda). Masa es también eso en lo que entramos sin miedo a ser tocadas, sin miedo a ser «parte de». Y nos falta pila de eso para poder realizar los cambios que queremos. Por último, masas es a lo que más le teme la derecha, porque una masa te da vuelta el tablero, y es capaz de mandar a la mierda al poder si lo quisiera. Por eso la derecha se obsesionó con dominar las masas, con mantenerlas sumisas, hacerlas dóciles. Y desde la izquierda aprendimos a ¨asociar la masa dominada por la derecha»  con la masa. Y es hora de desandar ese sinónimo. Es hora de acercarse a las experiencias que está tendiendo feminismo popular y su capacidad de movilizar enormes y diversos cuerpos colectivos, por ejemplo. De leer a tipos como Elías Canetti o Raquel Gutiérrez o escuchar a las asambleas y a la calle.

La posmodernidad nos enseñó demasiado bien – y le creímos demasiado-, a desear marcar nuestra diferencia y nuestra singularidad permanentemente. Nos volvimos posmodernas con un montón de teoría arriba pero incapaces de formar parte de una masa, o de algo grande. Aprendimos muy bien lo que no queríamos y a decir lo que no somos, pero muy poco a plantear desde el deseo alternativas a los movimientos políticos tradicionales; muy poco a encontrar formas en que sin avasallar nuestras libertades y nuestro derecho a ser diferentes aún podamos movernos juntas. Entonces quedamos todes diferenciades y también dispersas. Y agarramos el hábito de que conectar con el deseo es casi siempre conectar con el deseo individual. El hábito de asociar la palabra libertad con un imaginario también individualista. Estos son triunfos del neoliberalismo que la izquierda libertaria y también la que sostuvo la agenda de derechos reprodujo y hasta encarnó. Y por ende una lucha a dar es reencontrar un deseo colectivo.

Encontrar formas de comunidad que no sean ni el fast-food de la política (es decir: encuentro mi causa, la consumo y la descarto siguiendo con mi vida o con la próxima problemática trending topic en mi red social); ni tampoco ese tipo de organización cuasi militar donde es solo a fuerza de disciplina y censura del disenso que se logra el encuentro y la cohesión.

Movernos juntes sigue siendo el principal desafío para los movimientos sociales. Y es un problema coreográfico y es un problema sensible: quizás por eso me obsesiona tanto la danza, qué sé yo. De todos modos siento que desde el arte o la danza no le hemos encontrado aún la vuelta: nos pasamos hablando de empatía pero nos falta muchísimo entrenamiento en estar en ambientes que no controlamos, con parámetros que no son los nuestros. Nos pasamos hablando de la situación y entrenando la improvisación, pero luego nos pasa que solo podemos ser activas en escenarios artificiales, pero seguimos siendo espectadoras pasivas en los escenarios reales, como dice Sabela una colega en una performance. Nos pasamos hablando de la política de lo sensible pero nos falta sensibilidad para la política. No estoy feliz con mi campo, como verás.

Volviendo a la pregunta sobre los movimientos de masas, no lo sé: quizás tienen que ser movimientos de masas o quizás no. Las masas que seducen hoy parecen ser las que prometen que nadie va a tocar tu espacio, que es precisamente todo lo contrario a lo que una imagina cuando piensa en una masa. Hoy tenemos cada vez más movilización de masas de derecha (o intentos de), la masa se ha vuelto anti-popular. La masa es también la que odia a los pichis, a los pobres, y a los sujetos de las acciones afirmativas. Algo pasó que antes la izquierda decía que era “el pueblo” y hoy la derecha se apropió de esta táctica y nos habla de lo que “quiere la gente”. Algo nos pasó en tanto capacidad de interlocución y de representación. Algo bastante jodido. Algo que tiene que ver con la dispersión de una masa que se mueve por amor y la concentración de una que se mueve por odio.

En un proyecto con amigues mexicanxs (La liga tensa) con quienes nos hartamos de hacer piezas de danza que no cambian nada ni a nadie y empezamos a explorar coreográficamente las manifestaciones políticas callejeras, y decimos que hay que escuchar a la manifestación como a un río. O sea, escucharla, poder entender su lenguaje, escuchar qué pasa cuando muchxs se juntan con sus objetivos comunes y sus desacuerdos para hacer algo tan simple y complejo a la vez como caminar juntas, detenerse juntes, movilizarnos juntas. Cómo conjugar la urgencia del hacer con una inteligencia táctica. Cómo tener tiempo para todo esto que es también una cuestión política urgente hoy. Y si bien me vengo cuestionando mucho sobre los sentidos de su continuidad, no sé qué sería de las subjetividades políticas hoy sin las marchas. Y digo esto porque hay una sensación de que no han logrado nada, de que están viejas, de que las metas por las que se marcha hace décadas no fueron alcanzadas y es problemático. Por un lado sí hubieron conquistas. Por otro hay algo que pasa en las movilizaciones en términos de creación de subjetividad política que va más allá de éxito/fracaso y que es es imprescindible para no irnos todas para nuestras casas a recostarnos en el cinismo o el nihilismo que están a la orden del día en las calles y en las redes. Además sí ha habido mucha imaginación política en las formas en las que se toma la calle en los últimos años (¡pienso en las Alertas feministas! Por ejemplo). Esto no quiere decir que no estemos necesitando urgente nuevas formas de movilizarnos, de crearnos subjetividades en común. Pero creer que la presencia ya fue y lo que nos queda son las redes y las resignación es demasiado deserotizante.

Últimamente hay una pregunta que me ha obsesionado bastante y es: ¿cuál es la distancia que le pedís al otro que recorra para encontrarse contigo?. Me gusta esta pregunta porque cuestiona las distancias que estamos dispuestas a recorrer nosotras; cuestiona los estereotipos que organizan (al menos en los colectivos en los que yo me he movido) la idea de encuentro; los prejuicios de clase media intelectual con muchas horas de talleres de sensopercepción arriba sobre lo que significa “poner el cuerpo”. Hay que aprender a escuchar más y a hacer más y me maldigo entonces por decir esto después de todas estas páginas, pero es a la vez la respuesta más honesta que tengo para dar en este momento.

Sobre los sujetos emergentes: ya existen. El tema es cómo «polentearlos» y como poder encontrar espacios en común. Quizás lo común hoy son más los problemas que los deseos, y eso puede ser un punto de partida. Entonces y para terminar pongo algunos problemas que siento que tenemos en común movimientos como los feminismos, los ecologismos, los movimientos de estudiantes y por la educación pública, los movimientos anti capitalistas y antineoliberales:

Un problema de organización: ¿cómo movernos juntxs?

Un problema de deserotización: ¿cómo seducir con nuestro proyecto de mundo y cómo recuperar la alegría en la lucha?

Un problema de representación: ¿cómo superar la soberbia de la vanguardia y en el otro extremo la parálisis que genera la negación de los dispositivos de liderazgo o de representación?

Un problema creativo: ¿Cómo desasociar la militancia política de la idea de  empresa y de sus formas operativas?

Un problema de imaginación: ¿cómo creamos nuevas formas de (vida) política sin caer en la renovación neoliberal y la modernización desarrollista de las tácticas políticas?

Un problema de comunicación política: tomando lo que dice Bifo, ¿cómo hacemos de la comunicación política una acción terapéutica?.

Si lo común hoy aparece en forma de problema, va a ser mejor abrazarlos más que huir de ellos. Por ahí quizás nos encontramos un poco más, en vez de seguir esperando eternamente a ver cómo nos ponemos de acuerdo para empezar algún tipo de intento.

* Y acá llegamos a la pregunta: ¿El consumo libera? Esto lo vienen discutiendo dos compañeros del colectivo Lobo Suelto! de Argentina, Diego Valeriano Sztulwark en este texto que recomiendo leer: http://lobosuelto.com/?p=22267&fbclid=IwAR3OxBzhvxwnQ50ek3DaduDm5JR7u8Xqihg9irSl1MZaE-U-j7ISG1x_w_Q