Crisis, What Crisis?

Decio Machado / Universidad Nómada Sur

Desde los textos de los Grundisse de Karl Marx (no se asusten señores neoliberales, últimamente hasta Francis Fukuyama o The Economist reivindican los diagnósticos de aquel sabio y combativo barbudo respecto a los defectos del capitalismo) ya sabemos que las crisis cíclicas son una ley inherente al sistema capitalista.

Las burbujas financieras y las crisis capitalistas se vienen repitiendo desde 1637, cuando el precio de un bulbo del tulipán en Holanda llegó a valer lo mismo que una vivienda, y de forma indiscutible desde 1825, cuando la primera auténtica crisis de sobreproducción internacional golpeó al planeta.

La lista de fallos generalizados en las relaciones económicas y políticas de reproducción capitalista es larga: tras 1637, sobrevino en 1720 la llamada Burbuja de los Mares del Sur y toda Europa entró en recesión; en 1797 tuvo lugar una burbuja del suelo en Estados Unidos y la retirada masiva de depositantes de bancos británicos, lo que generó un nuevo crack económico a ambos lados del Atlántico; en 1819 los bancos estatales estadounidenses emitieron amplios préstamos a agricultores, lo que fomentó una burbuja especulativa que determinó que muchos bancos quebraran cuando los prestamistas no pudieron atender sus obligaciones financieras; en 1837 la retirada de fondos del gobierno de los Estados Unidos en el Second of the United States provocó una nueva crisis de cinco años de duración; en 1857 la quiebra de la Ohio Life Insurance and Trust Company combinada con la crisis del sector ferroviario norteamericano y el hundimiento de un barco cargado de oro camino de Nueva York, generó una nueva convulsión económica con fuerte impacto global; en 1873 se dio la (primera) Gran Recesión; en 1884 quebraron entidades financieras como Grant and Ward, Marine National Bank y Penn Bank, generándose un efecto dominó en Wall Street; en 1901 tuvo lugar el primer crack de la bolsa de Nueva York; en 1907 sucedió el llamando “Pánico de los Banqueros”; en 1929 sucedió la (segunda) Gran Depresión; en 1937 tuvo lugar la denominada “Crisis Olvidada”; en 1973 la Crisis del Petróleo; en 1987 el “Lunes Negro”; en 1994 el “Efecto Tequila”; en 1997 la crisis financiera asiática; en 2000 la burbuja “Puntocom”; y en 2008 la crisis de las “hipotecas subprime” conocida también como la explosión de la burbuja inmobiliaria.

El juego de las crisis del capitalismo es sencillo y se resume en un fragmento del diálogo entre Jeremy Irons -director general de una entidad financiera que se presupone es Lehman Brothers aunque sin nombrarla- y Kevin Spacey -un analista de riesgo subido de categoría en dicha compañía- en el largometraje Margin Call (2011) dirigido y escrito por J.C. Chandor, cuyo título en castellano es El precio de la codicia, donde el primero indica tras un despido masivo en la compañía:

Sientes tanta lástima de ti mismo que es insoportable… ¿Qué? Tú crees que hoy hemos dejado algunas personas sin trabajo y que no vale la penaPero tú llevas haciendo eso cada día hace ya casi 40 años. Y si esto no vale la pena, entonces nada lo valeEs solo dinero. Se fabrica. Trozos de papel con fotos para que no tengamos que matarnos para conseguir comida. No es malo y hoy no es diferente a lo que ha sido siempre: 1637, 1797, 1819, 37, 57, 84, 1901, 7, 29, 1937, 74… ¡1987! Aquel año sí que me jodió bien92, 97, 2000 y como sea que llamemos a este, es siempre lo mismo, una y otra vez, no podemos evitarlo. Y tú y yo no podemos controlarlo, ni pararlo, ni frenarlo. Como mucho alterarlo ligeramente. Solo reaccionamos. Ganamos mucho si lo hacemos bien y podemos perderlo todo si lo hacemos mal. En el mundo siempre ha habido y siempre habrá el mismo porcentaje de ganadores y perdedores. Ricos felices y pobres desgraciados. Peces gordos y perros hambrientos. Sí… Puede que hoy en día nosotros seamos más que nunca, pero los porcentajes son exactamente iguales”.

Pues bien, sin recuperarnos aún del último impacto -lo que tenemos en la actualidad es un ritmo de crecimiento muy inferior al de antes de la última crisis además de un incremento permanente de la desigualdad global y una tendencia generalizada al elevado desempleo-, los principales gurús de Wall Street ya prevén la llegada de la siguiente crisis el próximo año o lo más tardar en 2020.

Analizando el funcionamiento del sistema capitalista global durante las últimas cuatro décadas nos encontramos con que desde 1982 han estado bajando de forma sostenible los tipos de interés a escala planetaria. Eso propició que el mundo viviera una etapa de prosperidad sin precedentes, pero por otro lado impulsó que la deuda global se triplicara respecto al PIB planetario.

Los impactos de la última crisis generaron consecuencias múltiples, destacándose entre estas una profunda crisis de liquidez global que implicó grandes inyecciones de dinero en efectivo desde los bancos centrales de todo el mundo a los sistemas financieros privados. Tanto en Europa como en Estados Unidos se aplicaron programas de políticas de estímulo económico buscando dinamizar sus economías. Si bien es cierto que gran parte de los endeudamientos públicos globales fueron parte importante de los mecanismos dotados para la salida de la crisis de 2008, también lo es que serán el principal pilar de la próxima crisis global.

Visto desde esta perspectiva podríamos decir que, a diferencia de las anteriores, la crisis de 2008 tiene matices que la convierten en una crisis de carácter estructural. Los mecanismos de corrección aplicados para rearticular el equilibrio económico y superar la anterior etapa de recesión son los que generarán un fuerte colapso del sistema financiero global en la próxima recesión.

Larry Summers, quien ejerciera como secretario del Tesoro en la época de Bill Clinton y también como asesor del presidente Barak Obama ha llegado incluso a desarrollar la llamada tesis del “estancamiento global”. Según Summers, el tipo de interés de equilibrio en la economía habría bajado tanto que las políticas monetarias ultra-expansivas no son suficientes ya para estimular la demanda, llegándose a la conclusión de que el crecimiento a futuro es sólo posible mediante la generación de burbujas que tras estallar vuelven a generar una economía maltrecha.

La deuda global actual alcanza los 247 billones de dólares, tres veces el tamaño de la economía mundial, lo que hizo que Murray Gunn -jefe de investigación global de Elliott Wave International- declarara el pasado mes de septiembre que “las principales economías están a punto de sumergirse en la peor recesión que hemos visto en 10 años”.

Ante esto vale la pena fijarse en las dos principales economías del planeta.

En el caso de Estados Unidos, los datos de endeudamiento comienzan a ser alarmantes: la deuda de las familias alcanzan actualmente los 13,3 billones de dólares, una cifra superior a la de la crisis del 2008. Así los créditos universitarios superan notablemente los 611.000 millones que alcanzaron una década atrás, los créditos por compras de autos y los saldos de las tarjetas de crédito también han superado los montos de hace una década. Según Peter Schiff, broker y presidente de la corredora de bolsa Euro Pacific Capital, la próxima crisis “será mucho peor que la Gran Depresión de 1929, la economía de Estados Unidos está peor que hace una década” y esta estallará antes de que Donald Trump -y en Ecuador Lenín Moreno- termine su primer mandato.

En pocas palabras, la eleva deuda estadounidense no es más que el flujo de capitales con el que se ha alimentado el auge económico del país tras la crisis del 2008. Buscando correcciones, la Reserva Federal de los Estados Unidos ha incrementado desde diciembre del 2015 siete veces el precio del dinero y tiene previsto volver a hacerlo para la segunda mitad de próximo mes. El punto de inflexión llegará cuando comience la próxima oleada de impagos por parte de los prestamistas que, abrumados por el incremento de los tipos de interés, obligarán a que se reduzca el gasto público y los ingresos.

En paralelo, el sistema financiero de la República Popular China representa uno de los mayores riesgos a la estabilidad económica mundial. Según Mark Carney, gobernador del Banco Inglaterra, “China es una gran fuente de crecimiento para la economía global, un milagro económico, muchos aspectos positivos… pero al mismo tiempo, su sector financiero se ha desarrollado muy rápidamente y tiene muchas de las mismas hipótesis de antes de la última crisis financiera”.

El gigante asiático, según el departamento de estudios de Goldman Sachs, tiene ya una deuda total (pública y privada) que alcanza cuotas del 270% de su PIB (170% de las corporaciones, 60% del Estado y el 40% de los hogares). Esto hace que el PIB nominal chino esté por debajo del PIB real, es decir, gran parte de los nuevos préstamos no tienen como finalidad estimular la economía sino pagar otros préstamos adeudados.

Según la agencia de calificación Moody´s, el sector público -gobierno y empresas estatales- de China alcanzará un nivel de deuda equivalente al 149% del PIB a finales de esta década, unos 15 puntos porcentuales más que en 2017, debido a que las autoridades recurrirán a un mayor apalancamiento para sostener el crecimiento vía gasto público.

La gran grieta estructuralmente existente entre las necesidades reales de gasto de los gobiernos locales y regionales de China respecto a sus relativamente limitadas fuentes de ingresos generan que estos sigan siendo dependientes de las empresas públicas locales para financiar sus necesidades de infraestructuras. Esta situación provoca que dichas empresas representen el mayor porción de deuda oculta a nivel regional en China. Hay casos donde, según cálculos realizados por diversas agencias calificadoras de riesgo, la deuda real alcanza un monto 80% mayor al que se presentó como deuda oficial a finales de 2017.

En paralelo, el alto endeudamiento privado que enfrenta China es un problema grave que puede desembocar en un nuevo tsunami financiero global, pues su “banca en la sombra” ha crecido a niveles exponenciales y más de seis mil bancos subterráneos operan desde los trasfondos de su economía. Si bien el sistema financiero del país no está en riesgo, siendo más robusto que el de algunos de los países del Norte económicamente desarrollado, los préstamos ocultos en los balances de los bancos -esos que forman parte de las inversiones a corto plazo y entre los que aparecen los préstamos del sistema bancario en la sombra- se elevan a cerca de 35 billones de yuanes, más de cinco veces el volumen en dólares de préstamos de alto riesgo que tenía Estados Unidos al comienzo de la crisis financiera de 2008.

Para Marko Kolanovic, analista de la institución financiera JP Morgan, el crack de 2008 será el equivalente a un pequeño sobresalto comparado con lo que se nos viene próximamente encima, lo cual sucederá bajo la estructura de una gran crisis de liquidez que golpeará a los mercados y que derivará en una gran tensión social.

El desarrollo tecnológico derivó en que el mercado bursátil esté controlado por una serie de algoritmos que actúan de forma automática, lo que hará que cuando comience la próxima crisis las acciones se desplomen con mas violencia que nunca. En estas condiciones los bancos centrales no solo tendrán que comprar deuda soberana e inyectar dinero en sus economías, sino que se verán en la necesidad de hacerse con acciones de empresas claves.

Hablemos claro, quien salvó al sistema capitalista en la última recesión mundial fueron los Estados y sus bancos centrales. Esta condición se verá notablemente potenciada en la próxima crisis, momento en que los gurús del neoliberalismo en el Norte Global mutarán su discurso pese a que los apólogos de esta ideología fundamentalista en los países del Sur Global, Ecuador entre ellos, anden -como siempre tarde y a deshora- profundizando en narrativas sobre la no incidencia de los Estados en el mercado y la economía… ¿Es que acaso alguien todavía se cree el cuento del libre mercado en mercados globalizados que son cada vez más dominados y manejados por las grandes transnacionales norteamericanas, chinas y europeas?

Ideas sobre cómo comunicar el colapso civilizatorio

Por Luís González Reyes

(Artículo previamente publicado en el web de la revista Contexto. A su vez, es un resumen de la contribución del autor al libro Humanidades ambientales, coordinado por José Albelda, José María Parreño y J. M. Marrero Henríquez. Reproducido con permiso.)

Vivimos las primeras etapas de un cambio civilizatorio de grandes proporciones. En este proceso, viviremos la quiebra del capitalismo global, un alza de los conflictos por el control de los recursos, una fuerte reconfiguración del Estado o una re-ruralización social. Este colapso de la civilización industrial es inevitable.

Pero esta inevitabilidad no significa que el futuro esté escrito. Dentro del campo de posibilidades físicas que tengamos, la reconfiguración de los ecosistemas y las sociedades humanas dependerá en gran medida de lo que hagamos ahora. Es más, el colapso brindará oportunidades inéditas para la articulación de sociedades más justas, solidarias y sostenibles. Por ejemplo, un sistema energético basado en fuentes de acceso más universal (las renovables), una tecnología más apropiable (más sencilla), sociedades más fácilmente gestionables democráticamente (más locales y de menor tamaño) o un tejido social más denso (la supervivencia pasará por el colectivo). Estas oportunidades serán más cuanta menos degradación social y ambiental se produzca. En este sentido, cuanto antes se pongan en marcha medidas acordes con los nuevos contextos, mayores serán las posibilidades de limitar esta degradación.

Con estas premisas, el objetivo de comunicar el colapso no es realizar un ejercicio de amargura prospectiva, ni un análisis complejo del contexto –aunque ambos factores deban cumplir un papel– sino que las sociedades puedan organizarse para aprovechar las oportunidades y sortear los riesgos que nos brinda el final del metabolismo industrial.

¿Cómo comunicar el colapso a personas conscientes de la situación?

Quienes conocen los escenarios más factibles del cambio climático y de la restricción energética y material, el posible auge de nuevos fascismos, o el probable incremento de la población en condiciones de miseria, temen esos escenarios. No habría que alimentar más ese miedo, sino buscar estados de ánimo que nos sirvan de pértiga para saltarlo. Uno fundamental es la esperanza. Eso es justo lo que proyectan lemas como “sí se puede” y “otro mundo es posible”. La esperanza no se construye sobre la nada, sino que requiere de razones sobre las que sostenerse. Y las hay, pues el colapso abrirá oportunidades a sociedades más vivibles.

Sin embargo, la esperanza habría que transmitirla con realismo. Por ejemplo, comunicar que las renovables son la solución a la situación climática y energética sin cambiar a fondo nuestro orden socioeconómico no es cierto. En este sentido, es probable que el movimiento ecologista haya dado excesivas esperanzas de que el sistema actual podía seguir su curso con simplementeaplicar un paquete de políticas climáticas, energéticas o de conservación de la biodiversidad.

Las luchas impulsadas por los movimientos sociales deben tener beneficios perceptibles y sostenibles para quienes participen en ellas y la alegría tiene que ser uno de ellos. Además, en la medida en que nos moviliza más el refuerzo positivo que el negativo, este es un elemento que cobra especial relevancia. Una de las cosas que más alegría y placer nos causa es la interrelación con otras personas para construir algo. Otro motivo que puede alegrarnos es el desmoronamiento de un orden basado en el sufrimiento social y la destrucción ambiental: el final del capitalismo global es una buena noticia.

Además de la esperanza y la alegría, también debería estar la responsabilidad, pues conocer los posibles escenarios futuros es saber que las políticas que se adopten ahora marcarán cuántas personas sobrevivan y su calidad de vida. Para reforzar esa responsabilidad habría que transmitir la relevancia de la acción. En primer lugar, porque es con nuestras prácticas cotidianas como nos construimos como personas distintas. También porque en un entorno muy cambiante quienes se hayan organizado tendrán una importante capacidad de influencia. Finalmente, porque los mundos a los que nos iremos acercando serán cada vez más locales y por lo tanto más influenciables por nuestras acciones.

Si la primera idea tiene que ver con las emociones que movilizamos, la segunda es con el tipo de análisis que realizamos, que debe ser riguroso. El colapso es una disminución drástica de la complejidad de manera que surja una estructura radicalmente distinta. No es un cambio de régimen, no es una ocupación, tampoco es una crisis. Está marcado por un descenso en la población, la especialización social (diferenciación social, especialización laboral), las interconexiones (comercio, penetración de los órganos de poder), y la cantidad de información que contiene y fluye por el sistema (acceso al conocimiento, arte, intercambio de información). El colapso no es un hecho súbito, sino un proceso que durará muchas décadas. Este es un problema de primer orden, pues actuamos cuando vemos el peligro inminente, pero no si este sucede poco a poco. Por todo ello es importante denominar al colapso por su nombre.

Otro análisis importante es que, aunque el medio ambiente está en el centro de las causas del colapso, no es su única dimensión. También son fundamentales los elementos económicos, culturales y políticos. Pero considerar la multidimensionalidad de factores que concurren en el colapso no significa darles a todos la misma importancia. Así, la capacidad del ecologismo social para analizar el momento actual desde la complejidad, pero dando gran relevancia a los límites ambientales, es un ejemplo a seguir.

Trabajar desde una visión sistémica es una estrategia adecuada para comunicarse con personas que ya son conscientes de la crisis civilizatoria porque es un pensamiento que ya tienen entrenado. Además, esta estrategia ha demostrado ser movilizadora. Una muestra fue la impresionante resonancia que alcanzaron Los límites del crecimiento, un análisis sistémico.

¿Cómo comunicar el colapso a quienes no son conscientes de él pero quieren saber?

En gran medida, mucho de lo dicho anteriormente se puede aplicar a este grupo, por lo que nos centramos en varios elementos extra.

En lo que concierne a las emociones, es importante sumar el miedo, pues es una emoción que motiva a las personas a no continuar por las sendas más peligrosas. Cuanto menos miedo al colapso tengan las sociedades, más profundo será. En ese sentido, mensajes complacientes con la pervivencia del sistema actual o que pongan excesivamente en duda el colapso serían contraproducentes.

Otra razón para no sortear el miedo que causa la comunicación de la prospectiva dura que tenemos por delante es que los cambios necesarios y deseables en la transición civilizatoria requieren de poblaciones maduras. Por ello, no podemos tratar a las personas como si fuesen infantes y no pudiesen hacerse cargo de sus vidas. Si vamos a necesitar lo mejor del ser humano, pongamos altas expectativas en él y mostrémoslo con nuestros actos.

A estas razones para usar el miedo podemos sumar que, para actuar, el ser humano necesita conocer el límite a partir del cual la inacción o la acción incorrecta tiene consecuencias negativas. De este modo, no solo habría que comunicar los aspectos potencialmente peligrosos de los escenarios por venir, sino hacer un esfuerzo por señalar los límites, los umbrales de no retorno. Aunque esto es especialmente difícil, ya que la crisis sistémica que vivimos tiene unos límites inaprensibles, hacer mucha incidencia, por ejemplo, en el aumento de 1,5ºC como límite de seguridad climática es importante.

Un último argumento para usar el miedo es que es una herramienta que se ha utilizado con profusión en numerosas campañas exitosas. Por ejemplo, probablemente el libro más influyente del ecologismo ha sido La primavera silenciosa, que transmitía las perniciosas consecuencias del uso de los pesticidas. Otro texto muy influyente fue el ya nombrado Los límites del crecimiento, que también planteaba un mensaje muy duro. Fuera del ecologismo, también hay numerosos ejemplos, como la lucha contra el tabaquismo.

Esto implica que no deberíamos llamar al cáncer, gripe. Estamos viviendo el colapso de la civilización industrial, no una crisis más, ni una transición como la solemos entender (algo tranquilo y más o menos pilotado). Tenemos que llamar a las cosas por su nombre. Igual con algunos sectores sociales el término colapso no es el más adecuado, pero no puede ser sustituido por giros que quiten importancia a los desafíos que enfrentamos. Esto no significa regodearse en lo doloroso, es más, resulta clave comunicar desde la empatía.

Sin embargo, el miedo es un potente sentimiento desmovilizador, pues suele inducir a buscar la seguridad en la ausencia de cambios. Además, una sociedad miedosa es insegura de sí misma, por lo que rinde muy por debajo de sus posibilidades. En ella, se bloquea la visión de partes de la realidad especialmente molestas, pero fundamentales para afrontar los problemas. Así, solo las sociedades que consigan controlar el miedo serán capaces de encarar de forma emancipadora el futuro, las otras correrán el riesgo de buscar tablas de salvación en opciones autoritarias.

Por ello, el miedo debe superarse y esto solo se hace en colectivo. Para sacudirse el miedo, resulta imprescindible construir un camino con desafíos asumibles, riesgos afrontables psicológicamente, y en el que las sociedades vean las ventajas y la factibilidad de los cambios. También usar esa pértiga en forma de esperanza y alegría que nombramos. A las estrategias ya expuestas para construir la esperanza, habría que sumar otra de especial importancia para este grupo: que para que sea creíble, tiene que encarnarse y vivirse.

La última idea es la importancia de articular la comunicación desde el hacer más que desde el decir. Los entornos en los que nos movemos construyen nuestro sistema de valores. Cambiando nuestras formas de actuar, cambiamos nuestras formas de pensar. Así, los cambios personales y sociales solo se van a dar si las personas participan en entornos que gratifiquen valores emancipadores. Por ello, más clave que los discursos que articulamos son las prácticas que promovemos. Además, relacionarnos a través de las prácticas y no de los discursos diluye las barreras que nos ponemos ante ideologías ajenas.

Para esta construcción de visiones alternativas, será importante que existan muchos entes comunicadores distintos con mensajes parecidos. Esto permitirá sortear la voluntariedad de la escucha. Conseguir esos emisores diferenciados pasa por que distintos grupos sociales sean intermediarios de nuestra comunicación y la traduzcan. Que otras personas hagan suyo el mensaje, dándole sus propios matices y énfasis. Desde esta perspectiva, podría ser más estratégico comunicar a un público cercano, que tiene predisposición a escucharnos y maneja nuestros mismos códigos, y que este sea el que comunique posteriormente a otros sectores.

América Latina desde la teoría de la dependencia

Por Claudio Katz

Conferencia expuesta en el Encuentro “La economía de América Latina y el Caribe ante el nuevo entorno internacional”, ANEC, La Habana, 11-9-2018.

 

Desde hace cuatro décadas vivimos bajo la sombra del capitalismo neoliberal. Ese período c omenzó con el thatcherismo, se reforzó con el desplome de la Unión Soviética y persiste en la actualidad. Modificó el funcionamiento de la economía con atropellos a las conquistas sociales, que facilitaron la gran ampliación de actividades y territorios sometidos a la lógica de la ganancia.Todas las corrientes de pensamiento coinciden en resaltar los efectos negativos de esa etapa para América Latina. Pero la teoría marxista de la dependencia aporta importantes instrumentos adicionales para esa evaluación.Este enfoque fue desarrollado por Ruy Mauro Marini, Theotonio Dos Santos y Vania Bambirra en los años 70. Alcanzó gran predicamento, con una interpretación del subdesarrollo centrada en la pérdida de recursos padecida por la periferia. Ilustró especialmente cómo la reproducción dependiente acentuaba la inserción internacional subordinada de la región. Esa tradición permite evaluar ocho características del escenario actual [1].

EXTRACTIVISMO Y PRIMARIZACIÓN

El primer rasgo dominante de la economía latinoamericana es la primarización y el extractivismo. D esde los años 80 rige un patrón de especialización exportadora, que recrea la antigua especialización de la región como proveedora de productos básicos. Se han consolidado los cultivos de exportación en desmedro del abastecimiento local, a través de un empresariado que maneja los negocios rurales con criterios de inversión y rentabilidad.

Por su parte, l as empresas transnacionales han introducido la explotación en gran escala de la minería, con extracciones a cielo abierto que multiplican las calamidades ambientales. Se ha intensificado, además, la succión de todas las variantes del petróleo (convencional, shale oil , subsuelo marítimo).

Este perfil de actividades centradas en el agro, la minería y la energía es más visible en Sudamérica, pero acentúa la vulnerabilidad de toda la región frente al vaivén de los precios de las materias primas. Esta fragilidad salta a la vista en el estancamiento actual de las cotizaciones del petróleo, el cobre y la soja. Ninguno de esos productos mantiene los elevados niveles de la década pasada.

P ara colmo, la nueva ofensiva exportadora de Estados Unidos amenaza varios mercados de la zona, mientras China incrementa su presencia en la región. El gigante oriental persiste como el principal demandante de insumos básicos, pero s elecciona compras e incentiva la competencia con proveedores de otros continentes.

Estos datos ilustran el agravamiento de los problemas estructurales que estudiaba la teoría de la dependencia. La primarización y el extractivismo son las denominaciones contemporáneas del subdesarrollo, generado por la sumisión de la región a los precios externos de las commodities.

A diferencia del pasado, los estudios de este problema ya no se inspiran en simples presupuestos de desvalorización de las exportaciones básicas. Registran, por ejemplo, la dinámica ascendente de esas cotizaciones durante la década pasada.

El movimiento de esos precios es investigado tomando en cuenta su patrón cíclico. Ese vaivén refleja la menor flexibilidad de los productos primarios a la innovación tecnológica, en comparación a sus pares del universo fabril. Por su mayor rigidez, esos insumos tienden a encarecerse suscitando procesos reactivos de industrialización de las materias primas.

El doble movimiento de presiones encarecedoras y reacciones de abaratamiento explica la oscilación periódica de esos precios. Pero esas fluctuaciones siempre afectan a la región. Por su condición dependiente, América Latina nunca aprovecha los momentos de vacas gordas y siempre padece los períodos de vacas flacas.

Otro problema evaluado con mayor atención es el adverso manejo de la renta. Han surgido importantes estudios sobre esa remuneración a la propiedad de los recursos naturales, que puede ser interpretada como una plusvalía extraordinaria generada en la propia actividad primaria o absorbida de otros sectores.

La gravitación de esa renta ha crecido en forma excepcional por su carácter estratégico para la acumulación. Las grandes potencias disputan duramente el botín de los recursos naturales y América Latina continúa sufriendo la confiscación sistemática de ese excedente. Esa apropiación retrata la dinámica actual de la renta imperialista y de los procesos de acumulación por desposesión.

A diferencia de otras economías no metropolitanas (como Australia o Noruega) que aprovechan la renta para su desenvolvimiento, América Latina tiene vedado ese usufructo. Como ocupa un lugar subordinado en la división global del trabajo, drena en forma sistemática el grueso de esos recursos hacia el exterior.

La primarización y el extractivismo exportador reproducen un escenario clásico del dependentismo. El análisis de la renta y del patrón cíclico de los precios de las materias primas complementa la clarificación que introdujo ese enfoque.

REGRESIÓN INDUSTRIAL

El segundo rasgo del escenario actual es el repliegue de la i ndustria. En Sudamérica descendió el peso del sector secundario en el PBI y en Centroamérica quedó confinado a los eslabones básicos de la cadena global de valor. Por eso circulan tantas reflexiones sobre la “desindustrialización precoz” de la región, que destacan las diferencias con la deslocalización imperante en las economías avanzadas. Se ha profundizado el distanciamiento con la industria asiática y muchas fábricas cierran antes de haber alcanzado su madurez.

Ese deterioro afecta principalmente a l modelo forjado para abastecer el mercado local, durante la sustitución de importaciones. La industria tradicional de los países medianos se encuentra en franco retroceso. En Brasil el aparato industrial perdió la dimensión de los años 80, la productividad se ha estancado, el déficit externo se expande y los costos aumentan por la obsolescencia de la infraestructura. En Argentina el declive es mucho mayor. La recuperación de la última década no revirtió la aguda caída previa, persiste la alta concentración en pocos sectores, el predominio extranjero y la baja integración de componentes locales.

Pero también el modelo de las maquilas mexicanas afronta graves problemas. Continúa ensamblando partes de las grandes fábricas estadounidenses, pero ha perdido gravitación frente a los competidores asiáticos. Estas tendencias se acentuarán, si Trump impone sus exigencias en la renegociación del tratado de libre comercio (TLCAN).

Todas las medidas que adopta el millonario para revertir el desbalance comercial estadounidense afectan la producción latinoamericana. Pretende debilitar a los rivales brasileños con escándalos tipo Oderbrecht y apuntala el predominio yanqui en los servicios, el tráfico de datos y las comunicaciones. Busca especialmente disputar con China el control del aparato fabril de la región.

Desde hace años el gigante asiático despliega un modelo de compras de materias primas y ventas de manufacturas, que erosiona el tejido industrial. Frecuentemente utiliza los convenios de libre-comercio para bloquear cualquier protección al ingreso de sus productos.

Las dos grandes potencias cuentan, además, con el auxilio de los gobiernos de la r estauración conservadora. Esos regímenes aceleran la disminución de aranceles, en el mismo momento que Estados Unidos y China discuten el incremento de sus tarifas. Los presidentes derechistas de Sudamérica avanzan incluso en la suscripción de un convenio de libre-comercio con la Unión Europea, que afectará severamente al Mercosur.

 La regresión industrial de la región actualiza todos los desequilibrios del ciclo dependiente que estudiaron los teóricos de la dependencia. En los años 70 resaltaban el sistemático drenaje de recursos que afectaba a ese sector, a través del giro de utilidades. El mayor predominio de los capitales foráneos acentuó en las últimas décadas esa obstrucción al proceso local de acumulación.

La globalización productiva genera una creciente especialización latinoamericana en insumos básicos o en el mero funcionamiento de las armadurías. Por el lugar marginal que ocupa de la cadena de valor, América Latina no cumple ningún papel significativo en el diseño, la innovación o la gestación de nuevos productos.

Pero a diferencia del escenario descripto por los teóricos de la dependencia, el retroceso actual de la industria latinoamericana coexiste con un despunte de sus equivalentes asiáticos. Esa divergencia se verifica en el enorme ensanchamiento de la brecha que separa a Corea del Sur de Brasil o Argentina.

Ese distanciamiento obedeció en sus inicios al gran atractivo capitalista de explotar la fuerza de trabajo barata del Sudeste Asiático. Pero la brecha de salarios derivó posteriormente en una inserción diferenciada de ambas regiones en la división global del trabajo. Corea del Sur quedó integrada al eslabón superior de un vasto entramado oriental, que recrea en bloque la ventaja comparativa de una fuerza de trabajo devaluada y disciplinada.

Mientras que América Latina era funcional al viejo modelo sustitutivo de importaciones, el Sudeste Asiático optimiza la actual internacionalización capitalista de la producción.

La interpretación dependentista de esa bifurcación pone el acento en la forma de extraer plusvalía. Esa mirada contrasta con la simplificada visión neoliberal, que atribuye las divergencias de ambas regiones a una ventajosa inclinación asiática por la apertura comercial.

Muchos autores heterodoxos han demostrado la falacia de ese argumento. Pero suponen ingenuamente que la divergencia entre ambas zonas obedeció a la implementación de políticas económicas contrapuestas. Estiman que los asiáticos optaron por un buen camino desechado por sus pares latinoamericanos. Con ese presupuesto de libre albedrío, olvidan todos los condicionamientos estructurales que impone la maximización de la ganancia en la división global del trabajo

El razonamiento dependentista aporta un buen soporte para comprender el retroceso industrial de la región. Pero el distanciamiento de América Latina con el desenvolvimiento asiático no se explica sólo con el instrumental de los años 60. Esa bifurcación exige indagar la nueva dinámica de la globalización productiva.

MODALIDADES DE EXPLOTACIÓN

 El dramático deterioro de los indicadores sociales retrata un tercer plano de la realidad latinoamericana. Bajo el neoliberalismo no sólo se agravó el d esempleo y la informalidad laboral. L as brechas sociales nuevamente se ensancharon en la región más desigual del planeta. Esa polarización explica la aterradora escala de la violencia social que impera en las ciudades. De las 50 urbes más peligrosos del planeta 43 se localizan en América Latina.

La expulsión de campesinos generada por l a transformación capitalista del agro ha sido determinante de esa degradación . Contribuye a engrosar la masa de excluidos urbanos que encuentra poco trabajo y percibe ínfimos ingresos. La enorme expansión de ese segmento explica el nuevo papel de la narco-economía, como refugio de supervivencia.

Otro correlato de la especialización en exportaciones básicas es la concentración de actividades en el turismo. En varias economías pequeñas de Centroamérica la creación de empleos está prácticamente restringida a ese sector.

La ausencia de puestos de trabajo multiplica la emigración y la consiguiente dependencia familiar de las remesas. Enormes contingentes de jóvenes desempleados tienen simultáneamente vedado e l arraigo y la emigración. Trump acentúa esa adversidad declarando la guerra a los desamparados. I nsulta a los mexicanos, construye muros y desprecia a los países del Caribe.

Las teorías económicas convencionales suelen omitir esos padecimientos. En cambio la tradición dependentista, prioriza la denuncia de todas las desgracias generadas por el capitalismo dependiente. Ilustra cómo el modelo neoliberal potencia la miseria reforzando la informalidad laboral. A diferencia de las economías desarrolladas, la pobreza desborda en América Latina al segmento precarizado y afecta a una enorme porción de los trabajadores estables.

La clase media de la región sólo aglutina en la región a un reducido conglomerado de la población. En comparación a los países avanzados aporta un colchón muy exiguo, al abismo que separa a los acaudalados de los empobrecidos. Está constituida principalmente por pequeños comerciantes o cuentapropistas y no por profesionales o técnicos calificados.

Ese infra-desarrollo refleja la estrechez de la industria y la escasa gravitación de los servicios de alta tecnología. La expansión de los sectores medios en algunos países durante la década pasada fue sobredimensionada y omitió su coexistencia con la enorme desigualdad.

Es evidente que el modelo actual amplía la brecha de salarios entre América Latina y las economías centrales. Esa disparidad corrobora la continuidad del escenario dependentista. Tal como señalaba Marini, esa disparidad de sueldos se acentúa por la inclinación de los capitalistas locales a compensar su debilidad internacional, con mayor opresión de la fuerza de trabajo.

Las grandes diferencias nacionales de salario se han afianzado bajo el capitalismo neoliberal. Pero no convalidan el tradicional contrapunto entre formas de explotación en el centro y modalidades de superexplotación en la periferia.

La globalización productiva ha diversificado la estructura internacional de los salarios, con nuevas estructuras de valores altos, medios y bajos de la fuerza de trabajo. Las empresas transnacionales toman en cuenta esas diferencias, para definir sus inversiones y optimizar el fraccionamiento del proceso de fabricación en distintos países.

Los grandes cambios generados por esa reorganización de la actividad laboral afectan a todas las economías. América Latina acompaña, por un lado, la tendencia a la segmentación de los asalariados entre un sector formal-estable y otro informal-precarizado. Los países centrales incorporan, por otra parte, la retribución de una parte de la fuerza de trabajo por debajo de su valor. La actualización del razonamiento dependentista exige conceptualizar esas transformaciones de las últimas décadas.

DETERMINANTES DEL ENDEUDAMIENTO

El creciente peso de la deuda constituye un cuarto rasgo de la economía latinoamericana actual. Esa pesadilla sigue afectando a la región, a través de la vieja secuencia de desequilibrios fiscales y déficits externos, que engrosan los pasivos y precipitan las crisis.

Bajo el capitalismo neoliberal se registraron períodos de distinta gravedad de ese encadenamiento. En la década pasada la apreciación de las materias primas y el ingreso de dólares permitieron cierto alivio. Posteriormente ese respiro desapareció y el endeudamiento resurgió con gran intensidad .

La relación deuda/producto ha desmejorado significativamente en la mayoría de los países desde el 2015. La presencia de dos actores complementarios de ese proceso -el FMI y los fondos de inversión- es mucho más visible que en el pasado.

La tradición dependentista suele evitar el análisis del endeudamiento en simple clave de especulación financiera. Destaca que el creciente peso de los pasivos expresa la fragilidad productiva y comercial del capitalismo dependiente. La vulnerabilidad financiera complementa esas inconsistencias .

Hay agobio con el pago de los intereses, las refinanciaciones compulsivas y las cesaciones de pagos por el perfil subdesarrollado de economías primarizadas, con poca industria y elevada especialización en servicios básicos. El endeudamiento no se dispara sólo por el “saqueo de los financistas”. Refleja la creciente debilidad de los procesos de acumulación.

Lo mismo ocurre con el déficit fiscal. Ese desbalance no deriva del populismo, el malgasto o la indisciplina de los latinoamericanos. Refleja la condición dependiente de todos los países. El deterioro de las cuentas públicas se ha profundizado, además, por la generalizada fuga de capitales que instrumentan los acaudalados de la región.

Esa emigración de fondos se acrecentó en las últimas décadas por la localización de las grandes fortunas en los paraísos fiscales. La mudanza es también indicativa de la estrecha asociación gestada por los grandes grupos locales ( Rocca, Slim, Cisneros, Camargo Correa) con las empresas transnacionales. La concentración y extranjerización de las principales empresas confirma el diagnóstico de las clases dominantes formulado por la teoría marxista de la dependencia.

La vieja burguesía nacional de industriales -que privilegiaba la expansión de la demanda, fabricando para el mercado interno con protección aduanera- se ha extinguido. En la actualidad predomina una burguesía local que prioriza la exportación y prefiere la reducción de costos a la ampliación del consumo. Todos los cuestionamientos dependentistas a la existencia de una burguesía nacional desarrollista han sido validados por esa evolución de las clases capitalistas.

VARIEDAD DE CRISIS

También la dinámica de la crisis corrobora las caracterizaciones de la teoría de la dependencia. Esas convulsiones constituyen una quinta característica del escenario regional.

Bajo el neoliberalismo las crisis han sido más periódicas e intensas a escala global. En ciertos casos (2008-09), provocaron grandes recesiones e involucraron socorros a los bancos solventados con emisión monetaria. En otras circunstancias, golpearon a las economías intermedias ( México en 1995, Sudeste Asiático en 1997, Rusia en 1998, Argentina en 2001).

Esta última variedad reaparece en la actualidad y ya impacta sobre Argentina y Turquía. L a crisis se concentra nuevamente en los denominados países emergentes, afectados por la valorización del dólar, el aumento de la tasa de interés estadounidense y las tensiones comerciales entre las grandes potencias.

A mediados del 2018 Argentina se ha transformado en el eslabón más débil del entramado regional. La política neoliberal extrema de Macri generó déficit comercial, fuga de capitales y un festival de especulación financiado con créditos externos. Cuando los acreedores cortaron los préstamos temiendo la cesación de pago, el gobierno recurrió a un desesperado auxilio del FMI. Esa decisión ha puesto en marcha un círculo vicioso de ajustes que empobrecen a la población. El potencial contagio de la convulsión argentina a otros países es la principal preocupación de los economistas.

Las crisis han sido una pesadilla recurrente del capitalismo dependiente. Obedecen, en primer lugar, al estrangulamiento del sector externo que generan los desequilibrios comerciales y las salidas de fondos financieros .

Como las economías latinoamericanas dependen del vaivén de precios de las materias primas, en los períodos de valorización exportadora afluyen las divisas, se aprecian las monedas y el gasto se expande. En las fases opuestas los capitales emigran, decrece el consumo y se deterioran las cuentas fiscales. En el pico de esa adversidad irrumpen las crisis.

Esas fluctuaciones magnifican a su vez el endeudamiento. En los momentos de valorización financiera los capitales ingresan para lucrar con operaciones de alto rendimiento y en los períodos inversos se generaliza la emigración de los capitales. Estas operaciones se consuman engrosando los pasivos del sector público o privado.

El segundo determinante de las crisis regionales son los periódicos recortes del poder adquisitivo. Esas amputaciones agravan la ausencia estructural de una norma de consumo masivo. La debilidad del mercado interno y el bajo nivel de ingreso de la población explican esa carencia. La expansión de la informalidad laboral, los bajos salarios y la estrechez de la clase media acentúan la fragilidad del poder de compra.

Las dos modalidades de la crisis -por desequilibrio externo y por retracción del consumo- se han verificado en todos los modelos de las últimas décadas. Irrumpieron durante la sustitución de importaciones (1935-1970) y reaparecieron en la “década perdida” de estancamiento e inflación (años 80). E n el posterior debut del neoliberalismo asumieron mayor intensidad por el impacto de la desregulación financiera, la apertura comercial y la flexibilidad laboral .

Los mismos desequilibrios persistieron durante los ensayos neo-desarrollistas de la década pasada. La intervención del estado para sostener el nivel de actividad no ahuyentó el fantasma de la crisis. Los desfasajes de la balanza de pagos y las asfixias del consumo están inscriptos en el ADN del capitalismo latinoamericano.

La teoría de la dependencia siempre estudió esas tensiones con criterios multicausales y subrayó la ausencia de un sólo determinante de la crisis. Las convulsiones que padece la región son desencadenadas por fuerzas diversas, que combinan los desequilibrios externos con las restricciones del poder de compra. La sobreproducción o el declive porcentual de la tasa de ganancia –que impactan más directamente sobre las economías desarrolladas- operan a una escala que desborda el escenario regional.

IMPERIALISMO Y SUBIMPERIALISMO

La sexta característica de la región deriva de su continuada subordinación al imperialismo estadounidense. La pretensión de Trump de restaurar la hegemonía de la primera potencia agrava ese sometimiento. El magnate intenta utilizar el poder geopolítico-militar de su país para recuperar posiciones económicas perdidas. En esa estrategia de recomposición imperial, América Latina es tratada como un patio trasero sujeto a la doctrina Monroe.

Trump busca reducir el margen de autonomía de los tres países medianos de la región. Exige que Brasil entregue la explotación petrolera, que México refuerce la penetración de la DEA y que Argentina se sume a las provocaciones anti-iraníes. Como las invasiones directas tipo Granada o Panamá no son factibles (por ahora), el ocupante de la Casa Blanca refuerza las bases en Colombia y auspicia acciones terroristas contra Venezuela.

Los presidentes derechistas de la región -que esperaban una relación de sometimiento tradicional- han aceptado la sumisión extrema que exige Trump. No sólo convalidan las decisiones d el Ministerio de Colonias (OEA) y se arrodillan en las Cumbres de Lima. Promueven, además, la disolución de UNASUR por simple pedido del Departamento de Estado.

Este escenario actualiza el legado antiimperialista de la teoría de la dependencia, que combinaba tradiciones de resistencia nacional con proyectos socialistas. Ese enfoque se inspiró en el proceso anticapitalista que inauguró la revolución cubana, radicalizando la batalla contra el agresor estadounidense.

El período de grandes esperanzas en acelerados avances del socialismo, que despertó ese triunfo en el Caribe se cerró en los años 80, con la derrota de los movimientos guerrilleros, el fracaso de la Unidad Popular chilena y la frustración de Nicaragua.

Pero e l antiimperialismo reapareció posteriormente en las rebeliones populares que iniciaron el ciclo progresista, con ideas de soberanía nacional y campañas contra el pago de la deuda externa. La continuidad de esa batalla actualmente incluye la denuncia del embargo que sufre Cuba y las agresiones que padece Venezuela.

Las banderas antiimperialistas no han perdido centralidad con la globalización. Las resistencias populares surgen, maduran y se desenvuelven en distintos países o regiones, a través de organizaciones y programas nacionales.

El dependentismo también ha legado una tradición de empalmes entre la teoría económica, la acción política y el compromiso social. Esa complementariedad es decisiva en una región con elevados niveles de movilización popular.

En este mismo terreno político se verifica una séptima característica más peculiar de las economías medianas, que en los últimos años han sido clasificadas en el casillero de los emergentes. Actualmente se verifica una gran remodelación de esos estamentos intermedios.

La vieja relación bipolar (centro-periferia) actualmente adopta ciertos rasgos triangulares, ante la competencia entre economías metropolitanas y nuevas potencias industrializadas por el sometimiento de la periferia. En su amoldamiento a la globalización productiva, las distintas franjas intermedias adoptan modalidades diferenciadas.

Algunas e conomías se insertan en el gran taller industrial de Oriente y otras recrean su antiguo rol de proveedoras de insumos. El primer grupo asciende y el segundo retrocede de la división global del trabajo, siguiendo las trayectorias contrapuestas que han transitado Corea del Sur y Brasil.

Como l a teoría marxista de la dependencia siempre prestó gran atención a los países intermedios, su mirada facilita la comprensión de estas novedosas situaciones. Conviene recordar que Marini analizaba las singularidades de esas formaciones, distinguiendo el status de los países más relegados del lugar alcanzado por Brasil en el escenario regional.

El teórico de la dependencia i ntrodujo el concepto de subimperialismo para retratar ese segmento. Le asignó a esa categoría una dimensión económica de expansión externa y otra geopolítico-militar de protagonismo regional.

La caracterización complementaria de semiperiferia que aportó Wallerstein definió a los países intermedios por su inserción internacional y nivel de desarrollo. Esa noción permite, por ejemplo, distinguir en la actualidad a Corea del Sur de Mozambique.

El alcance del subimperialismo es más controvertido. Se aplica a las sub-potencias regionales con capacidad de acción militar, que cumplen un doble rol de gendarmes asociados y autónomos de Estados Unidos. Turquía e India ejemplifican ese rol en Medio Oriente y el Sur de Asia.

Por el contrario Brasil mantiene un status semiperiférico, sin desenvolver una acción subimperial en Sudamérica. Ese perfil geopolítico es coherente con su regresión manufacturera y su especialización en las exportaciones primarias. Brasil ilustra la inexistencia de estrictos paralelos entre potencias subimperiales y economías semiperiféricas.

REGÍMENES AUTORITARIOS

La multiplicación de gobiernos autoritarios constituye el octavo rasgo actual de América Latina. Ese perfil se verifica tanto en los regímenes derechistas continuados (Perú y Colombia), como en los surgidos de elecciones (Argentina) o golpes institucionales (Honduras (2009, Paraguay 2014, Brasil 2017).

En todos los casos se afianzan sistemas represivos que utilizan el estado de excepción para aplicar la agenda neoliberal. Las situaciones de mayor dramatismo se observan en México (2000 muertes por mes, incontables desaparecidos, 330.000 desplazados) y Colombia (385 líderes sociales ultimados desde la firma del Acuerdo de Paz). La misma tónica adopta el asesinato de militantes populares. Ya hay varios nombres que simbolizan el mortífero accionar de los gendarmes y las bandas parapoliciales (Marielle Franco, Sabino Romero, Berta Cáceres, Santiago Maldonado, Yolanda Maturana).

La persecución de opositores y la proscripción de los principales líderes del ciclo progresista ilustran la misma tendencia, en un marco de creciente fraude y alta abstención electoral. Incluso los gobiernos conservadores con cierto sostén social afrontan escenarios de legitimidad decreciente.

En la mayoría de los países los medios de comunicación fijan la agenda derechista. Identifican la corrupción con el progresismo, ocultando el protagonismo de muchos presidentes neoliberales en los desfalcos del erario público.

El golpismo de Brasil sintetiza todos los rasgos del nuevo modelo autoritario. Los poderosos han gobernado con la complicidad de los jueces, utilizando las infamias difundidas por los medios de comunicación y las amenazas propagadas por los militares. Han vulnerado las formalidades institucionales para instaurar una descarda plutocracia.

Para caracterizar los nuevos regímenes represivos son muy relevantes algunas ideas expuestas por los teóricos de la dependencia. En esos trabajos asignaron una significativa gravitación al pilar coercitivo de los sistemas políticos latinoamericanos.

En la época de las dictaduras analizaron especialmente los modelos de contra-insurgencia, evaluando sus familiaridades y diferencias con el fascismo. En el período pos-dictatorial advirtieron la incompatibilidad del neoliberalismo con la continuidad de las conquistas democráticas. Esa contraposición se ha corroborado en forma contundente en las últimas décadas.

ADVERSARIOS Y BALANCES

La teoría marxista de la dependencia contribuye a esclarecer las principales características del escenario latinoamericano actual. Permite comprender el extractivismo, el repliegue de la i ndustria, el deterioro social, el endeudamiento estructural, el reinicio de la crisis, la relación con el imperialismo, la especificidad de las semiperiferias y la dinámica de los r egímenes autoritarios. Esa clarificación se verifica en la polémica con las dos teorías más influyentes de la región: el neoliberalismo y el neodesarrollismo.

La primera corriente mantiene su predominio en la mayoría de los gobiernos, universidades y medios de comunicación. Persiste como práctica reaccionaria, pensamiento conservador y modelo de acumulación anti-popular.

El neoliberalismo anticipó en Sudamérica (a fines de los 70) su preeminencia internacional. Pero también ha enfrentado en esa región resistencias superiores al resto del mundo. Tuvo una etapa inicial de políticas de ajuste y otra fase posterior centrada en las privatizaciones. Esas orientaciones acentuaron todos los desequilibrios económicos tradicionales.

En la actualidad, los neoliberales continúan repitiendo las mismas recetas de apertura comercial y flexibilización laboral. Idealizan al capitalismo y niegan sus desequilibrios intrínsecos. Suponen que la mundialización aproxima a la sociedad a un idílico estadio de mercados perfectos, distribución óptima de recursos y convergencias entre economías avanzadas y retrasadas.

Desde el atril reiteran todas las fantasías de la ortodoxia neoclásica. Pero en la gestión práctica se han tornado más pragmáticos y eluden el análisis de cualquier episodio que contradiga sus dogmas. Han quedado especialmente desconcertados por la presencia de un presidente estadounidense que emite discursos proteccionismo y un enemigo chino que defiende el libre-comercio.

La confrontación dependentista con las incongruencias del neoliberalismo enriquece la batalla de ideas, contra los principales defensores del orden opresivo imperante en América Latina.

El debate con el neo-desarrollismo transita por otro carril. Aquí prevalece un contrapunto de perspectivas opuestas para superar el retraso de la región. La divergencia actual está centrada en el balance de los modelos heterodoxos ensayados en la última década, para retomar la industrialización con políticas de regulación estatal.

La crítica dependentista destaca que esas orientaciones soslayaron los cambios estructurales requeridos para erradicar el subdesarrollo. En Argentina eludieron al manejo estatal del comercio exterior, en Brasil convalidaron la primacía de las finanzas y a escala regional congelaron los proyectos de integración (Banco del Sur, fondo común de reservas, sistema cambiario coordinado). Por esa razón, las mejoras logradas en el debut de esos modelos se disiparon, cuando se consolidó la adversidad económica internacional.

La teoría de la dependencia permite entender los límites de las experiencias neodesarrollistas. Esos proyectos minimizan la escala e intensidad de los conflictos vigentes bajo el capitalismo. Relativizan el sometimiento de la región a la dominación imperial y apuestan ingenuamente a un funcionamiento amigable de las economías asentadas en el lucro.

Ciertamente el ciclo progresista de la década pasada permitió desahogos políticos, conquistas democráticas y mejoras sociales. Pero no llegó a conformar una etapa pos-liberal. Los gobiernos mantuvieron los privilegios de los grupos dominantes y se asustaron frente a las protestas sociales. Por eso toleraron la demagogia de la derecha y abrieron el camino a la restauración conservadora.

El balance crítico debe extenderse también al proceso más radicalizado de Venezuela, que continúa afrontando la guerra económica y las conspiraciones criminales. El chavismo implementó políticas de redistribución del ingreso, que afectaron a las clases dominantes y mejoraron inicialmente el ingreso de las mayorías. Pero nunca transformó la renta petrolera en el pilar de un proyecto productivo. Todas las iniciativas de industrialización quedaron bloqueadas por el mal uso de las divisas y los compromisos con la boliburguesía.

L as experiencias de los últimos años confirman la necesidad de respuestas socialistas a los problemas de la región. Ese horizonte fue postulado por la teoría de la dependencia en contraposición a las il usiones de forjar modelos humanitarios, inclusivos o redistributivos del capitalismo. Esos atributos contradicen la lógica de un sistema regido por explotación y la desigualdad.

Ninguna modalidad del capitalismo de estado resuelve los desequilibrios del capitalismo privado. Las mismas contradicciones que generan la competencia, el beneficio y la explotación afectan a ambas variantes. La superación del capitalismo dependiente exige una renovada batalla por el socialismo.

REINVENCIÓN DEL DEPENDENTISMO

La provechosa actualización del legado de Marini no se extiende a la obra de F ernando Henrique Cardoso. El ex mandatario de Brasil inspiró la versión convencional de la teoría de la dependencia, a partir de una caracterización del nivel de autonomía exhibido por cada país latinoamericano.

Cardoso rechazó primero la contraposición entre dependencia y desarrollo, para auspiciar un desenvolvimiento asociado con las empresas transnacionales. Posteriormente incorporó todos los dogmas del neoliberalismo. Hubo continuidad de pensamiento y no sólo improvisación, en el hombre que quemó todos sus escritos para ocupar el sillón presidencial.

La visión marxista se ubicó en la vereda opuesta. Retomó la revalorización de la lucha nacional que concibió el autor de El Capital en su madurez y reelaboró todos los estudios de la centuria pasada sobre el subdesarrollo. Ese dependentismo maduró en los encuentros con la teoría del sistema-mundo y en los empalmes con el marxismo endogenista . Con ese sustento ensanchado ofreció un gran cimiento para comprender la realidad latinoamericana .

La teoría marxista de la dependencia fue revitalizada por dos figuras recientemente fallecidas. Theotonio Dos Santos indagó múltiples facetas del capitalismo contemporáneo y a portó importantes reflexiones sobre el estado, las clases dominantes y la burocracia. Samir Amin r azonó desde Asia y África los problemas de antiguas sociedades orientales sometidas al colonialismo, combinando en forma magistral la historia con la economía. La continuación de esas investigaciones permitirá renovar una concepción insoslayable para develar los enigmas del siglo XXI .

Resumen

Un enfoque renovado de la teoría marxista de la dependencia clarifica las causas del retroceso económico latinoamericano durante el neoliberalismo. Ilustra cómo el extractivismo recrea el subdesarrollo y explica el repliegue de la industria frente a la competencia asiática.

También resalta la coexistencia de la brecha internacional de los salarios, con la segmentación laboral en la periferia y la precarización en el centro. Destaca que el creciente endeudamiento expresa la fragilidad del capitalismo dependiente y la asociación de las clases dominantes con sus pares foráneos. Esclarece, además, la combinación de crisis por desequilibrios externos y asfixias del poder adquisitivo.

Los principios antiimperialistas del dependentismo recobran vigencia frente al intento estadounidense de recuperar hegemonía. Sus conceptos de semiperiferia y subimperialismo clarifican el despunte de los emergentes. Esa escuela ofrece interpretaciones del autoritarismo de los regímenes derechistas y argumentos para confrontar con el neoliberalismo. Permite además extraer balances de la frustración neodesarrollista. La reinvención de esa teoría transita por el camino que pavimentaron Theotonio Dos Santos y Samir Amin.

Nota:

[1] Las tesis que exponemos sintetizan conceptos desarrollados en dos libros recientes. Toda la bibliografía correspondiente se encuentra en esos textos. Katz, Claudio. Neoliberalismo, Neodesarrollismo, Socialismo , Batalla de Ideas Ediciones, 2015, Buenos Aires. Katz, Claudio. La teoría de la dependencia, 50 años después , Batalla de Ideas Ediciones, 2018, Buenos Aires (próxima aparición).

Claudio Katz es economista, investigador del CONICET, profesor de la UBA, miembro del EDI.Su página web es: www.lahaine.org/katz

Carlos Ruíz: “La izquierda corre el riesgo de pavimentarle el camino a la ultraderecha”

Carlos Ruiz Encina, actual presidente de la Fundación Nodo XXI, doctor en sociología e ideólogo del Frente Amplio, se muerde los labios para no ser tan severo con los parlamentarios del sector, pero no puede evitar criticarlos. Teme que se extravíen en los personalismos y en los errores políticos, como la visita de Gabriel Boric a Ricardo Palma Salamanca y que, en ese mareo, pasen de largo ante la oportunidad de levantar un proyecto político viable y en sintonía con los ciudadanos que, según su análisis, la Concertación dejó abandonados. Es allí donde, dice, pueden alimentarse y creer alternativas de corte fascista.

Partamos por la muerte de Camilo Catrillanca ¿Cuál es tu opinión de lo que está ocurriendo en la Araucanía? 

La militarización que hay en la región no es privativa de este gobierno. Es de más largo andar y arrastra a varios gobiernos anteriores. Es la respuesta al agotamiento de la distribución clientelar que se intentó, sobre todo en los años 90, con la distribución de terrenos, pero sin abordar la demanda de fondo que es el reconocimiento de la multinacionalidad y la multiculturalidad. Es el fracaso de políticas estatales sistemáticas y transversales, de Concertación y derecha. Aquí se cae toda la República de la Transición.

No obstante, pareciera que el gobierno de Aylwin dio los primeros pasos de una política de reconocimiento que los siguientes gobiernos no continuaron.

Sí, el gobierno de Aylwin fue mucho más progresista que los gobiernos posteriores que se autodenominaron así. Ahora, lo cierto es que en todos los gobiernos de la Concertación se fue instalando una restricción al procesamiento de demandas sociales y, por lo tanto, a inaugurar diálogos sociales con distintos sectores de la sociedad. Nunca hubo una disposición “socialdemócrata” real por construir un consenso social, como en Suecia, donde los sindicatos están institucionalizados. Detrás de las movilizaciones estudiantiles en 2001, en 2006 y en 2011 empiezan a estallar muchas otras demandas que no tuvieron cabida en los sistemas de procesamiento de conflictos. Por lo tanto, desbordan la política y los canales institucionales.

Pero la movilización tampoco sirve para procesar las demandas. Después de un peak, el tema de disuelve y desaparece, aunque no se haya resuelto. 

Hay una propensión a la movilización muy alta en la sociedad en cualquier tema, pero, al mismo tiempo, una muy baja propensión a la asociatividad. Marcho y después, chao. Te apuesto que mucha gente se repite en las movilizaciones de distintos temas y sería un error pensar que “son de izquierda”. La desilusión con la política es tan grande que se movilizan personas que se sienten solas y abandonadas por la política. Ahí es donde entra la derecha.

Uno ve a gente que marcha contra las AFP, pero que no quiere que le toquen su fondo y ni escuchar de sistemas de reparto. ¿Se las puede considerar parte del Frente Amplio?

Ojalá fuera así, pero lo veo mucho más complicado. Tengo la impresión de que toda la transformación del modelo produjo un nivel de individualización extremo en la base de la sociedad, de ruptura con todas las tendencias asociativas que existían. Lo que sumado a la negativa del poder político a consensuar las políticas con los actores sociales y buscar, más bien, su fraccionamiento permanente, ha ido dejando a las personas solas, desesperadas por los grados de incertidumbre que tienen, porque no pueden proyectar su vida de aquí a tres años, a cinco y para qué vamos a hablar de la vejez. Como ninguna otra generación previa, la salida a esa angustia tiende a ser individual. Las contradicciones que se pensaban entre el SÍ y el NO, entre Estado y Mercado, han ido desapareciendo. Al final, el individuo de hoy toma el cheque del Estado y el del Mercado, porque los dos son cheques. Está votando en un porcentaje muy bajo, incluso a escala latinoamericana y empezó a votar cruzado. Son las propias burocracias políticas las que sembraron esta despolitización y luego se asombran por el resultado.

El que votó en primera vuelta Bea Sánchez y en segunda vuelta Sebastián Piñera …

En el fondo, no hay lealtades políticas sólidas, porque la política se volvió tremendamente confusa. Esto del partido transversal del que se hablaba volvió las alternativas políticas indiferenciadas. En el abandono de las personas en la base es donde va desembarcando una derecha radicalizada que va incluso mucho más allá de la derecha institucionalizada. Ante la emergencia de ese fenómeno es donde, creo, la izquierda chilena, históricamente, no ha sido capaz de tener política. ¿Qué pasa cuando la derecha se radicaliza? Nos refugiamos en la crítica moral, en la poesía. Y eso no basta.

La crítica moral o el desprecio clasista, como esa idea del “facho pobre”.

A eso voy. En el fondo, nosotros también nos terminamos metiendo en el circuito de la distancia entre política y ciudadanos. Si el FA se encierra en el circuito parlamentario y del ruido atroz, ensimismado, que hay allí, se olvida de cuando lo miraba desde afuera y lo lejos que se veía de la gente.

LA ESCALERA LARGA Y LA CORTA

¿Cómo se reconstruyen esos lazos? Son años de distanciamiento…

Sí, es como el bolero, hay que tener una escalera corta y una larga para empatizar con esta dimensión profunda del problema, que es el divorcio entre política y sociedad. Por ejemplo, creo que Álvaro Elizalde (presidente del Partido Socialista) hace todo lo contrario a esto. Como buen hijo de la burocracia política de los 90, cree que esto se va a salvar con arreglos electorales, que solo son distribución de poder al interior de un sistema que está totalmente alejado de la sociedad.

Apostando, además, a que puede controlar los votos. 

Es como comprar boletos en el Titanic, aunque sabes que se va a hundir ¡No tiene perdón de Dios! Yo he propuesto que, para hacerse cargo del problema, la izquierda desarrolle una agenda corta de temas, absolutamente prácticos, que la acerquen a las preocupaciones de la gente. Educación pública está en el gran horizonte, pero ahora hay que proponer cambios más concretos e inmediatos como la derogación del CAE. Los temas se tienen que resolver entre los actores políticos y sociales. Eso activaría a los únicos que pueden enfrentar, realmente, este divorcio entre política y sociedad y la ofensiva de la derecha radicalizada, con el mundo evangélico, en esa cuestión que empieza a penetrar en todos los espacios. Aquí hay un problema grave, que viene ocurriendo hace décadas, y del cual hay que hacerse cargo.

¿Quién debiera tomar esta tarea? ¿Desde los socialistas hasta el Frente Amplio? 

Aquí hay una tensión que habría que resolver en una discusión mucho más abierta. En la ex Concertación hay gente que considera un acto de realismo político aceptar cierta adaptación al modelo económico, pero otros construyeron intereses sobre el mismo. Por ejemplo, Pilar Armanet se volvió una representante de los negocios y de los lucros en las universidades privadas y operaba en contra de reconstruir las universidades públicas. Ahí ya no tienes ninguna posibilidad de consenso. El problema no es el PPD, ni el PS, ni juntar siglas unas con otras, sino que tener una discusión de fondo respecto de políticas concretas y ahí vamos a entender quiénes están dispuestos a jugársela o quienes, sencillamente, van a empezar a dinamitarlas, porque tienen compromisos.

¿Cuáles son los riesgos de mantener la situación actual?

Esta es una historia de no sacar nunca las cuentas y cada vez que surge un problema, los análisis parten de cero, sin relación con todo lo que ha venido pasando. Los pingüinos se movilizaron contra Bachelet. Y después se preguntan: “Cómo perdió, si tuvo una gran mayoría”. La verdad es que tampoco es cierto. Bachelet sacó algo así como 24 o 25 por ciento en la última elección. No hay mayorías políticas sustantivas y el divorcio entre política y sociedad es tan grande que, en el fondo, no hay fuerza para empujar los cambios y, por eso, la gente revienta abajo. Eso es lo que está creando la situación más compleja y me preocupa que la esfera política se niegue a reflexionar sobre esto. Si seguimos escondiendo la cabeza, vamos a tener que lamentar el error histórico de haber pavimentado el camino para que la derecha radicalizada tenga todo el campo para avanzar, sin ninguna resistencia.

PATADAS A MESSI

Esa distancia de las personas con la política parece ser, hoy, equidistante a la Concertación, al Frente Amplio y a la derecha tradicional ¿Qué pasa con la izquierda? 

Tengo la impresión de que esto se puede resolver hacia adelante. La política nunca está predeterminada. Todavía estamos entre el ciclo anterior de un proceso de descomposición muy fuerte de la política, y otro nuevo que todavía no termina de definir cuáles serán sus proyectos de agrupación de intereses. En medio está el Frente Amplio, con una posibilidad histórica, pero que corre el riesgo también de ahogarse en el ciclo de descomposición de las anteriores fuerzas.
El Frente Amplio no tiene responsabilidad en lo que pasó antes, pero, de alguna manera, muchas veces termina imitando los mismos procesos. Por ejemplo, suponer que la política es un juego comunicacional y de propaganda, de show y televisión, cuando en realidad exige algunos elementos sustantivos para conectar con la gente. O reducir todo a acuerdos electorales.

¿Qué otras cosas habría que considerar?

También me parece, y lo he planteado dentro del Frente Amplio, que esto es mucho más que la corrupción. No estoy justificando a corruptos ni aquí ni afuera, pero el tema es más complejo. A veces, el FA se mete en la discusión de la moralina, creyendo que combatiendo a todos los corruptos vamos a terminar con esta cuestión. En ese campo, la derecha populista puede ser incluso mucho más efectiva. Hay que acordarse de la imagen de Ibáñez barriendo con una escoba, o de Bolsonaro. Nos vamos a tener que hacer corresponsables si la cosa termina yendo para allá. Cuando vienen estos signos de radicalización de la derecha, la izquierda no sabe qué hacer.

¿Qué señales ves de esa radicalización? 

En el mundo, el listado de presidentes de ese tipo aumenta: Trump, Bolsonaro. Para que estas alternativas prosperen es fundamental destruir la cordura, la racionalidad del debate político, reventarlo deliberada y constantemente. No es toda la derecha, porque hay allí políticos liberales que defienden el debate racional, pero los otros entran, sencillamente, a descuartizar la sensatez política y aquí es donde el FA no puede ofrecer ni un espacio. En ese sentido, he sido crítico del asunto Boric-Salamanca. Me parece que se ha dado una discusión absurda: “Si los otros fueron a Londres a ver a Pinochet, nosotros podemos ir a Francia”. O sea, que si los otros asaltan el Banco Central, yo puedo robar una panadería. Esa postura en una izquierda que piensa en grandes transformaciones no se sostiene. Encarnamos un proyecto transformador al que van a estar golpeando todo el tiempo. Es como cuando Messi sale a la cancha: sabe que le van a llegar patadas todo el rato.

Y no se queja.

¡Claro que no! La derecha se engolosina pegándole a Boric, pero ¡obvio! Si nos estamos poniendo ahí. Esto produce una desconcentración tremenda de los temas importantes y, en ese sentido, creo que Jackson y Sharp tenían razón cuando tomaron distancia del asunto. Esta generación no puede subvalorar las cosas que es capaz de hacer la derecha. Ya está muy claro en la historia de Chile, pero es una historia que ellos no vivieron y creo que aquí sí otras generaciones les pueden pasar una cuenta gigantesca. Estos signos de radicalización de la derecha chilena terminan costando carísimo.

¿Crees que se puede repetir un golpe de Estado?

No, pero puede haber represiones enormes. Sabemos que la historia no se repite siempre igual, pero con eso estamos jugando.

PASTO SECO

Rafael Otano sostiene, en su Crónica de la Transición, que en 1988 cuando gana el NO, y Aylwin manda a la gente para la casa, le dio un portazo simbólico a las organizaciones sociales que lucharon por recuperar la democracia. Da la impresión que desde ese minuto todos los partidos abandonaron el trabajo de bases, donde sí están trabajando ahora grupos nacionalsocialistas ¿Crees que existe una manera de reconstruir esa fuerza política?

Qué bueno que nos acordemos de Otano. A esas organizaciones “las desaparecieron”. Hubo una política de desmovilización, de proyectar la desarticulación social iniciada en la dictadura y eso va llevando la política a la burocracia profesional, a la utopía elitista de que es posible hacer política sin sociedad. La política se volvió asunto de técnicos, de conciliábulos, de “cocinas”. Lo nefasto de esto es que así la Concertación se expuso a la colonización empresarial, que es el único grupo social que sí quedó articulado de un modo nunca visto en la Historia de Chile: con universidades propias, centros de investigación, eventos anuales, medios, y entrando con esa artillería pesada a presionar a una clase política aislada de la sociedad. Ahí se inaugura este proceso de confusa trayectoria de la relación entre dinero y política, que ahora termina reventando. Hoy el problema de si vamos a ser una o más oposiciones, el famoso tema de: “Fundámonos, porque tenemos que derrotar a la derecha y al fascismo” es que si lo vuelves a reducir a acuerdos electorales, no resuelves las causas de fondo. En este rato, en este país, no hay oposición al gobierno, esa es la verdad. Esta es una derecha que está caminando sin roce.

¿Para qué ser de izquierda, si así como estamos, el nivel de ingresos ha subido, la gente va de vacaciones y, mientras es joven, al menos, tiene la ilusión de que el mercado provee: se cumple la promesa que hizo Pinochet que algún día todos iban a tener auto?

La propia Concertación ayudó a tapar las paradojas que hay detrás de ese punto. Nosotros venimos de un ciclo económico muy expansivo. Foxley decía, en el año 90, que era la tasa de formación de capital más alta de todo el siglo XX. En ese ciclo gigantesco, disminuyó la pobreza y se incorporaron al consumo distintos sectores que siempre habían estado excluidos. La gente empieza a conocer el mar, por ejemplo. La paradoja es que mientras disminuye la pobreza aumenta la desigualdad. Los sectores altos se disparan más lejos que nunca. Ese auge es el paraíso de la concentración económica y de la protección elitaria: se extrema la impunidad nacida de los pactos de la transición para los casos de derechos humanos y que luego se extendió a los parlamentarios, a los partidos políticos con sus vías de financiamiento, al empresariado para coludirse, a la curia eclesiástica. La élite se impermeabiliza y se neoligarquiza. Hay una especie de vuelta casi al siglo XIX y esta idea de que tú, aunque tengas la plata, no puedes entrar al club, porque para eso necesita sotras credenciales.

¿Cómo se expresa eso?

Para darte un ejemplo, el Boston Consulting Group, que mide estratos altos de consumo, ha tenido que ir cambiando las preguntas sobre las barreras de entrada a la élite. Antes era: tiene auto, cuántas veces ha viajado en el año, cosas que ya no sirven, porque todos tienen auto y viajan. Y se les ocurrió algo que incluso yo, como sociólogo, no había pensado: “¿Cuánta gente trabaja para usted en su casa? El corte es por tramos: de 5, 7, 10. En la sociedad chilena contemporánea hay gente que entró a esos niveles y eso se produjo en democracia. Los sectores que empiezan a tener un poco más de acceso a la cultura y al consumo, sienten ese malestar. Los que se están rebelando aquí ya no son la vieja clase obrera, ni la vieja clase media. Los indignados son los hijos de la modernización y del neoliberalismo, que no tienen ninguna certidumbre de dónde están parados, porque si dejan de pedalear por un instante o se les revienta el neumático de la bicicleta y se caen 3, 4 niveles. De hecho, la tasa de rotación que hay alrededor de la línea de pobreza es gigantesca y abarca dos o tres quintiles. Es decir, si te quedas sin sueldo o se te enferma alguien, te queda la embarrada. Esto genera una crisis de predictividad de la vida del individuo sobre las proyecciones de su vida. Para reconstruir la izquierda en el siglo XXI, hay que pararse delante de la estructura social, que cambió. Hay que hacerse cargo de los dilemas que están planteando estos sectores y que yo me resisto a llamarle clase media, porque es un bolsón gigantesco, con muchas diferencias.

Parece que la izquierda tampoco se ha actualizado respecto de los cambios en la fuerza laboral, que está muy ligado a la relación ingresos/bienestar. Hoy, si no estás en la extrema pobreza, con tus ingresos tienes que pagar todo: salud, educación, previsión. Nada está garantizado.

Claro. Antes tenías una suerte de salario que no te llegaba en la liquidación mensual, pero que era lo que los socialdemócratas europeos -los verdaderos, porque los chilenos no tienen nada de socialdemócratas- llamaban el “salario ciudadano”. Al desmantelarse los sistemas de derechos, se crean nuevas zonas de mercantilización en la vida cotidiana. Aunque no tenga nombre, el malestar está y explota. Y a la izquierda también le toma tiempo elaborar estas nuevas desigualdades. Antiguamente, el puro hecho de ser profesional te garantizaba el ingreso a la clase media y de ahí no te movía nadie. Hoy existen profesionales de categorías A, B y C, dependiendo de en qué universidad estudiaron y qué tipo de nexos sociales tienen.

La apatía política también tiene una racionalidad, porque considerando lo que ha pasado en los últimos 50 años, la gente dice: “Haré el esfuerzo de asociarme con otros, para levantar mis demandas, a qué costo”. La probabilidad de perder la pega y quedar peor que antes es altísima. 

Creo que hay que jugárselas por líneas de acción que conecten con los dramas que la gente identifica más urgentes ahora. Solamente en la medida que vea compromiso real detrás de esos objetivos se puede empezar a construir confianza. Esto tiene que ir en sintonía con la transformación en el mundo del trabajo, con las tasas gigantescas de rotación laboral que hay. Es muy difícil que el sujeto político vuelva a ser el viejo sindicalista. Las formas organizacionales que emerjan van a depender de quienes habitan esos espacios. No puede venir alguien desde arriba y dictarles cómo tiene que ser.

Esos mismos sujetos pueden sentirse tentados a seguir el discurso populista de extrema derecha, que apela a ese mismo malestar.

Ellos apelan al miedo a la delincuencia, al otro, al inmigrante, al que tiene conductas culturales distintas a las tuyas, al que no es heterosexual, y que también es el miedo a la incertidumbre del trabajo. Mi preocupación es que esa radicalización de la derecha puede incluso ir más arriba, y aquí es donde también creo que a veces la izquierda vocifera, pero no le toma el peso a lo que está enfrentando. Se habla de fascismo con mucha liviandad, para repeler una crítica política que viene de la elite. Pero el fascismo nace en las clases populares. Cuando esas radicalizaciones de derecha dan vuelta las banderas de la izquierda y organizan al pueblo en contra de la izquierda, estamos en un nivel superior, que no está presente aún aquí. Una cosa es la demagogia, tipo Lavín, y otra cosa es apostar, realmente, a reorganizar al pueblo, pasando por un proceso conservador. Cuando nosotros usamos la verborrea y le decimos fascismo a cualquier cosa y facho a cualquier persona, caemos en una histeria comunicativa inútil. Estos son procesos sustanciales que ocurren en la base de la sociedad y jugársela por abatirlos con mensajes en redes sociales es jugar en la cancha donde los que van a ganar son ellos.

¿Cuando tú dices “nosotros”? ¿En qué fuerza estás pensando? ¿En qué cuadros? El Frente Amplio no parece tener mucha base popular.

Yo creo que el Frente Amplio tiene una oportunidad histórica, pero ni gratis, ni ganada. Lo peor que puede pensar es que la tiene ganada, porque ese es el pasaporte directo a farreársela. Es posible detectar cuáles son las tareas históricas que tenemos por delante, porque se viene cayendo el ciclo histórico anterior. La oposición inauguró un nuevo ciclo que implica revisar bien qué pasó y no empezar a repetir en forma decadente la tragicomedia de esa Concertación, o Nueva Mayoría, que nunca tuvo nada de nueva ni de mayoría. El riesgo es terminar convirtiendo a la política en el reality más grande de este país, preocupado todo el día de los enredos personales. Eso es alimentar una falsa forma de “empatizar”, que más bien es la digresión absoluta y donde no tenemos ninguna posibilidad de impulsar transformaciones. Por el contrario, lo que se nos puede venir es una ola gigantesca con lo cual hay que tener mucha responsabilidad, porque Chile tiene una historia larga con las radicalizaciones de derecha. Ya sabemos qué pasa cuando se ponen lentes negros.

FALTA DE EMPATÍA

¿Qué pasa con el vínculo de estos temas con la educación y el capital social y cultural del país? Porque esta conversación es absolutamente ajena a mujeres y hombres que viajan por tres horas diarias en el Transantiago, que hacen las compras del mes con tarjeta de crédito y en cuotas, que no pueden pagar un arriendo porque los precios se fueron a las nubes y para quienes es fácil culpar al inmigrante.

A eso me refiero cuando digo que la política construye un divorcio y una distancia gigantesca y que no se va a arreglar con pactos electorales, confiando en que así se funda la unidad de la oposición para detener a la derecha y al fascismo. Álvaro Elizalde, como otros chicos que nacieron en los 90, no entienden esta cuestión. Yo recuerdo cuando se produjo el movimiento de los padres de los colegios particulares subvencionados.

Que fueron descalificados y ridiculizados por la izquierda y por el ministro de Educación.

La izquierda, y sobre todo la izquierda concertacionista, saltó encima de ellos. La derecha, en cambio, viva, los acogió. Ahí tienes gente que está abandonada, porque tú mismo deterioraste la educación pública, más allá de lo que dejó Pinochet, y que ve, en las condiciones actuales, como única posibilidad de proteger a sus hijos, pagar cinco, diez lucas para entrar a un colegio particular subvencionado.

Tenemos mucha cuenta que sacar. Un último ejemplo: donde dicen libertad, la izquierda sale arrancando. Para nosotros, igualdad y la forma de resolver la igualdad es a costa de restringir la libertad, homogenizándolos a todos, vistiéndolos iguales. Hoy, con el nivel de demanda y de identidad individual que hay en la sociedad, es imposible seguir con esas ideas. Tenemos que abordar de otro modo la libertad y enfrentar a la derecha, que restringe el concepto a lo económico. Repensemos el término, como la libertad de la sociedad de definir racionalmente y a través de la política transparente y abierta el futuro que quiere. Yo creo que el mayor ataque de radicalización de la derecha es a la democracia: a ese proceso de deliberación sustantiva que supone la política. Una cosa que nosotros tenemos que aprender como izquierda es a defender la democracia.

actual presidente de la Fundación Nodo XXI, doctor en sociología e ideólogo del Frente Amplio de Chile.

Fuente:

http://www.theclinic.cl/2018/11/21/carlos-ruiz-la-izquierda-corre-el-riesgo-de-pavimentarle-el-camino-a-la-ultraderecha/

Es inútil resistir

Por Murilo Duarte Costa Corrêa / Universidad Nómada

1 Es inútil resistir

Me gustaría decirles que es inútil resistir. Que esta palabra, “resistencia”, tan gastada en el léxico político de los últimos años, se volvió la última trinchera de la anti-política legada por la impotencia de las izquierdas, que hoy la blanden como estrategia de pastoreo moral para sus proyectos fisiológicos de poder. En ese contexto, resistir pasó a ser la última expresion vacía de una multiplicidad de cuerpos y mentes separados de aquello que ellos pueden, y cuya lucha parece haberse tornado una forma de perseverar en su propia deposición.

La circulación de la palabra resistencia por redes y ruedas, su aparición en habitaciones grises conectadas al resto del mundo sólo abstractamente, y su insistencia extinta en la corporeidad de los colectivos políticos que buscan organizarla, ya no contiene más que la capacidad – sino para un nuevo reaccionarismo – para una nueva forma social de reaccionar políticamente. Es decir, resistir se ha convertido progresivamente en la palabra que nombra un automatismo identitario, que nos pone de buen grado en la contracorriente de la vivacidad de las fuerzas sociales que, hoy, son capaces de producir transformación (aunque indeseable, bajo muchos aspectos).

¿Pero no deberíamos estar más atentos a los procesos por los cuales el deseo social fue soldado a una serie de creencias más que al contenido terrible que esas creencias manifiestan? En vez de preguntarnos cómo llegamos hasta aquí, deberíamos preguntar cómo ayudamos a traer el deseo social hasta aquí: al punto en que deseo, identidad y pulsión de muerte se mezclan por toda la extensión del espectro político y social. En el Brasil de 2018, y en el léxico de la izquierda que ya no es capaz de proponer un lenguaje a la altura de la indignación social, resistir es reaccionar y reaccionar es resistir. Hacer política a la izquierda se ha vuelto a remolcar de la derecha, una especie de revuelta de los esclavos en la moral, una infinita discusión de valores sin ninguna eficacia práctica. Por eso, diagnosticar el agotamiento de las izquierdas dejó de ser embarazoso y es, ahora, perfectamente trivial.

Alguien atrapado en el fondo del espejo identitario podría extrañarle que a esta altura del campeonato diga de manera tan brutal que es inútil resistir. Tal vez digan que perdí las esperanzas, el brío, que me vendí, que fui convencido, que me convertí en un fascista, un bolsonarista, un derechista; que, sin nunca haber sido comunista, soy un comunista arrepentido (uno de los comunistas de peor tipo, otro enmendaría). Hablar contra la resistencia, que Foucault decía ser primera en relación al poder, suena mal por esos días, con toda certeza. Pero yo pido sinceramente que ahorren sus juicios y sus clichés, porque si fuéramos al fondo de ellos, veríamos que en su mayor parte ellos no son suyos, auténticamente no les pertenecen – pero, exactamente como imaginamos que se pase con los electores de Bolsonaro (supuestamente «Engañados por el WhatsApp»), ellos pertenecen a alguna fanpage lacradora: un Haddad tranquilo, un Ciro Gomes apetecido, un Boulos presidente de la Ursal, o algo que lo valga.

2 Fascismos

Olvidamos la coyuntura, pero no las inconyunturas en el Brasil contemporáneo. No perdamos tiempo con el estado actual de las fuerzas y la estructura que supuestamente lo sostiene, pero insistamos sobre las líneas de transformación social que la izquierda institucional no puede acompañar, y que ella no cesó de combatir desde antes de junio de 2013. La materia inconyuntural es el abanico de antagonismos globales vivos, es la justa indignación popular, que el Bolsonarismo, sectores del empresariado y del mercado de capitales, tuvieron éxito en capturar, asociando un conjunto de deseos a un conjunto de creencias tan autoritarias como usuales, y que el petismo difuso de las izquierdas apenas logra emular, aunque se parece cada vez más como un nuevo evangelismo político.

Si se analiza la coyuntura puede servir de algo, tal vez se preste a definir cómo la izquierda pudo convertirse en esto: una anestesia general contra la indignación, una epidural contra las transformaciones y fugas del campo social y, al mismo tiempo, una teología personalista, que moviliza el lenguaje de la resistencia y del antifascismo, del feminismo y de los genocidios negro e indígena, de los derechos sociales y laborales contra el neoliberalismo global, como coadyuvantes subalternos a un proyecto hegemonista de poder.

De paso, igualan la multiplicidad del campo social instaurando un binarismo regio, una política de amigo-enemigo que traza autoritariamente un «ellos» y un «nosotros», como imagen social especular del binarismo de la política «real»: Lula-Haddad vs. Bolsonaro; consenso democrático mínimo vs. consenso autoritario-golpista; los demócratas (evidentemente, «nosotros»). los fascistas (por supuesto, «ellos»). Y los fascistas, ¿quiénes son? En potencial, todo el mundo (basta no dominar el código del antifascismo petista para ser considerado como uno, en el esquema sensible del petismo), pero, realmente, nadie. El fascismo, tal como la izquierda hegemonista del PT lo imagina, es un producto de marketing que busca sostener al establishment; una identidad fluida, una capucha prête à porter que tenemos mucha facilidad de denunciar en el otro, pero mucha dificultad de vigilar en nosotros mismos. En el fondo, la operación más profunda de neutralización de la resistencia o del antifascismo, que pasan a ser, en el léxico y en la práctica política efectiva de las izquierdas, del petismo y de sus líneas auxiliares, un conjunto de enunciados inofensivos, incapaces de dar un cuerpo a la indignación social, pero se convierten en herramientas útiles para sostener el hegemonismo lulista – ese cadáver de que buena parte de la centroizquierda y de la extrema izquierda todavía se alimentan.

3 Inconyunturas

Es preciso partir precisamente de ahí, de la única pregunta que vale la pena ser hecha en términos coyunturales y políticos hoy: de unos años para acá, ¿quien dio un cuerpo a la revuelta que poblaba corazones y mentes? ¿Jessé de Souza y la elite universitaria del retraso, gritando golpe? ¿Fernando Haddad, conviniendo con la represión tucana contra junio de 2013 como alcalde de São Paulo y, después, protagonizando, bajo la línea de mando lulo-gleisita, la estrategia general de rifaje electoral de Brasil a la extrema derecha? ¿O la filósofa Marilena Chauí, acompañada por gramscianos como Marco Aurelio Nogueira, que convocaban a las fuerzas del orden a actuar enérgicamente contra los «fascistas adeptos a la táctica del black bloc» al hablar sobre Derechos Humanos para la PMESP? Tal vez el garantismo jurídico-penal del #LulaLibre y sus juristas de sastrería, este correligionario directo de los gobiernos estaduales rapiñadores del PMDB en Rio de Janeiro, responsables de encarcelar a Rafael Braga Vieira por poseer dos botellas de plástico -una de alcohol etílico y otra de agua oxigenada? , ¿Quién conoce a la Dilma de los Programas de Aceleración del Crecimiento neoliberales, etnocidas y ecocidas, de hacer envidiar a Geisel, pero también de Mi Casa, Mi Vida y de los megaeventos operados a costa de remociones, con bancos, financieras y contratistas «campeonas nacionales» más tarde denunciadas en la Lava-Jato y amnistiadas por el CADE); o la Dilma que creó la Fuerza de Seguridad Nacional, que subsidiaría más tarde la temeraria intervención federal en las favelas cariocas, y sanciono la Ley Antiterrorismo con que Bolsonaro amenaza la actuación política legítima de los movimientos sociales que, ironía del destino, constituyen la base social del PT en franca disgregación? Tal vez nuestros miles de amigos de la trinchera algorítmica, que elegimos por identificación narcisista y cuyos menores desvíos políticos causan náusea, revuelta y bloqueo – en ese orden.

Aunque junio no fue la fuente, pero si el tronco principal en el que un conjunto complejo de luchas sociales confluyeron hasta volverse inundación, todo estuvo democráticamente abierto en la brecha de junio: demandas por la ampliación de políticas públicas multi-sectoriales, pautas por la profundización de políticas sociales y de distribución de renta, reivindicaciones anticorrupción, acceso a la metrópoli, el suelo común en el que permanece en juego el estatuto de una nueva ciudadanía biopolítica basada en la producción común; laboratorios sociales y experimentos políticos para transformar la indignación popular de jóvenes, precarios, pobres, mujeres, negros, indígenas, trabajadores cognitivos, etc., en instituciones autonomistas y de radicalización democrática. En una sola palabra, junio fue la sociedad contra el estado – en el sentido que Pierre Clastres dio a la expresión. Junio de 2013 fue un movimiento social general de conjuración del Estado; la manifestación en bloque de un cuerpo social que reivindicaba el poder artificialmente alienado en la forma del Estado, bajo la atmósfera emocional de la indignación y por intermedio de la revuelta profunda de todos los cuerpos. Y fue ese lecho virtual, radicalmente democrático, de junio que las izquierdas no sólo no supieron navegar sino que solo levantaron contra él (sin juego de palabras con Dilma) la inmensa represa.

4 La genealogía lulista

Para comprender el Bolsonarismo, es necesario admitir su genealogía lulista. Entender que lo que hace a Bolsonaro un icono pop es una difracción del lulismo, aunque ella asuma la forma del antipetismo. El antipetismo es un sentimiento socialmente difuso, compartido según un conjunto muy variado de percepciones hipócritas y selectivas que no comporta una explicación homogénea. Desechamos las visiones paranoicas e histriónicas, como la de Jesé de Souza, que encara el antipetismo como un efecto performativo orquestado por los medios, por el poder judicial, por el racismo de las élites y por la clase media. Estos no dejan de ser actores de un proceso ya sintomático de la circulación del antipetismo, pero la explicación por esas vías deja intactas todas las responsabilidades del propio Partido de los Trabajadores en ese proceso, haciéndole parecer como la víctima de una terrible traición de los pobres y de la esperada conspiración de los ricos.

El antipetismo es, por un lado, consecuencia de que el PT no haya capitalizado la indignación de junio. En vez de presentarse como un partido capaz de acelerar las transformaciones en la estructura del Estado, de la democracia y de los servicios públicos metropolitanos que la indignación de junio exigía, el PT se asoció con los sectores más retrógrados de la casta política y económica del país para restaurar las viejas estructuras de legitimidad, actuando como un partido fisiológico, y no de masas. Esto abrió espacio para una candidatura cuya estrategia de marketing era presentarse como anti-sistema. No sólo como «nueva», sino como capaz de «cambiar eso que está ahí, «talquei»?». Cuando en junio de 2013 se preguntaba a muchos manifestantes contra que se estaba manifestando, era común oír como respuesta: «contra todo lo que está ahí. El «eso que está ahí» remite a un estado de cosas contra el cual se antagoniza, y que debería ser superado. Esta es precisamente la definición que Marx y Engels dan del comunismo al final de la primera parte de La ideología alemana. Ellos dicen que el comunismo no es un estado a ser implantado, sino «el movimiento real que anula y supera el estado de cosas actual». Entonces, esa es una línea de explicación: el PT formó casta con la casta política contra la cual junio se levantaba, y luego fue echado a un lado por ella. Actúo concretamente por la restauración de junio que el Bolsonarismo última. Reprimió las manifestaciones tanto como los políticos de los partidos más conservadores. Haddad incluso decía a los muchachos del MPL, en junio: «no hay nada que negociar», hasta que las calles lo hicieron volver atrás y, meses después, disputando la reelección al cargo de alcalde de São Paulo, Haddad fue derrotado en las urnas.

La otra línea de explicación es todo lo que el PT efectivamente hizo, como partido al frente de la administración federal. A parte de todos los avances sociales, el PT lideró un consorcio espurio y corrupto, que junio y el Não Vai Ter Copa ya denunciaban, vinculado a una política neodesarrollista que recuperaba muchos proyectos interrumpidos o engullidos por la dictadura militar. La doctrina de los campeones nacionales (empresas brasileñas, especialmente contratistas, cuyos servicios eran exportados a países africanos y estadounidenses más pobres que Brasil, bajo la forma de un subcolonialismo regional vergonzoso) fue el foco de una sucesión de escándalos. Esto se suma a un escenario macroeconómico de crisis, para el cual el desarrollismo neoliberal de Dilma ya no podía ofrecer respuestas, al activismo institucional del MPF y de jueces federales (que hoy asumen superministerios en el gobierno Bolsonaro), el aumento del desempleo, la inflación – controlada por medio del aumento de los intereses, una política que encarece el crédito y provoca contracción económica; las medidas correccionales del gobierno Dilma II y de Temer afectan negativamente, y con más intensidad, la franja social que había sido beneficiada por las políticas de distribución de la renta en los tres gobiernos petistas anteriores. El PT pierde progresivamente sus bases sociales y listo: se dan las condiciones para el antipetismo, que son atribuibles, en última instancia, más al PT que al cosidetto «golpe».

5 El agenciamiento bolsonarista

Desde el punto de vista de junio, y de la multiplicidad de sus pautas, la victoria del Bolsonarismo representó su restauración total. La indignación social no dejó de ser múltiple, pero fue institucionalmente canalizada hacia un núcleo de creencias más conservador. En los años que siguieron a 2013, la política de las calles fue progresivamente restaurada en el receso de los palacios.

Los resultados de la operación Lava-Jato y el impeachment de Dilma, imaginados por el consorcio peemedebista como eventos que enfriarían los ánimos de los manifestantes anticorrupción de 2013 y del Fora Dilma, de 2016, resultaron en el confinamiento de la política de las calles a la esfera formal de representación. Esto fue como un guiño a la posibilidad de traicionar en la estrategia de reorganización «por arriba» que el establishment preparaba en sus técnicas sacrificiales (perder a Dilma para no perder el lulismo, perder a Cunha para no perder el perder el peemedebismo, perder a Aécio para no perder el tucanato etc.).

La llamada «nueva clase media» inventada por el neodesarrollismo, por las políticas de distribución de renta y de acumulación de capital humano y biopolítico de los años Lula y Dilma, compuesta por trabajadores precarios, empresarios de sí mismos, jóvenes estudiantes suburbanos – y en un corte estereotipadamente masculina, pero no sólo-, migró al Bolsonarismo, jugando en el error de la izquierda, que sólo conseguía pensar el rechazo de junio en relación a los partidos, a la representación, a la sociedad dividida, como una forma social de anti política.

La perspicacia del Bolsonarismo se resume en la posesión de una sensibilidad para lo social que las izquierdas perdieron: la capacidad de identificar quiénes fueron los que más perdieron con la crisis de 2015 (la nueva clase media); la sensibilidad para alinear sus pautas a un deseo de cambio en la esfera de la representación política y de restauración, en la esfera de las costumbres y de la política cotidiana; la capacidad de agenciar deseo y creencia según un lenguaje anti estatista (todo el problema de Brasil es el Estado y su corrupción) y al mismo tiempo nacionalista y patriótica, en una deriva antiglobalización. Es decir, la capacidad de presentarse como alternativa anti-establishment, formando un consenso entre los sectores sociales más afectados económicamente y simbólicamente por la crisis de 2015 (la nueva ex clase media) y los más ricos (formalmente, un nuevo lulismo conservador ). Coló en todo el mundo: por un lado, un discurso anticorrupción y anti-estado, antiglobalización y patriótico pero, paradójicamente, neoliberal desde el punto de vista económico; por otro, una actuación política neoconservadora en las costumbres y creencias, pero transformadora de las viejas caras de la política.

Estas son, en gran medida, las líneas que componen el agenciamiento bolsonarista, que no sólo captó la indignación social, creando un pacto fundado en una mezcla de deseos y creencias socialmente transversales, porque atraviesan todas las clases, de arriba abajo, bajo el mito de Brasil como sociedad «sin divisiones»; pero que reterritorializó los flujos y las fugas que junio ensayaba, cerrándolos en un sistema autovalidante y autorreferente. El voto a Bolsonaro es menos fruto de la negación de Lula, de un antipetismo radical y odiante (aunque ésta no deja de ser un componente), que de su duplicación especular en un agenciamiento bolsonarista: un territorio existencial «nuevo y positivo» que el Bolsonarismo mesiánico promete; un nuevo lulismo, pero ahora derechizado. Por lo tanto, deberíamos analizar el fenómeno del Bolsonarismo no a partir de sus rasgos negativos (lo que él rechaza), sino de sus rasgos positivos (a partir de en qué deseos y creencias él puede afirmarse).

6 Pragmática sensible

Ante ese cuadro, no estoy en condiciones de apuntar salidas. Sólo puedo sugerir que duden de cualquiera que diga que lo está. Intente, si es posible, no seguirlos. Porque los dos hombres que, hoy, tienen salidas para Brasil, son Lula y Bolsonaro. Yo preferiría que no… Pero algo para mí está claro. Es inútil resistir. Es inútil rechazar. Toda reacción política al Bolsonarismo es una forma de confirmación y sello. No hay nuevo progresismo ni campo democrático de resistencia. El progresismo y el campo democrático están dados como condiciones internas al agenciamiento del Bolsonarismo. El fascismo no es un conjunto de creencias personales o colectivas, sino una posibilidad cancerosa, trágica e inherente a las mutaciones que se desarrollan en un campo democrático. Es en él donde hay que investigar los gérmenes de la indignación que permanece encendida y que vendrá, porque el Bolsonarismo ya comenzó a revelarse parte del establishment palaciego. Este es el riesgo que corre el candidato antisistema que quiere ser parte del sistema: el riesgo de conseguir, de convertirse en sistema, de corresponder al deseo social con fraude y destrozar el tejido de las creencias que lo sostenían.

Una nueva videncia colectiva como ésta puede sentar las bases para un nuevo conjunto de deseos y creencias sociales, más radicalmente democráticos. Por eso, si las izquierdas desean auténticamente recuperar algo de su potencia política, necesitan abandonar todos los proyectos personalistas, toda la curaduría partidaria, toda la servidumbre voluntaria que los envuelve; deben llevar al límite la operación política que anima el bolsonarismo: rechazar al PT, reconocer que el campo de luchas ya le escapa y lo excede. Y, además del bolsonarismo y del lulismo, incapaces de esa ética, vigilar al fascista en nosotros, bajo la forma de una ascesis continua, que permita comenzar a gestar las condiciones para la emergencia de una nueva capacidad colectiva de sentir …
Deleuze definía a la izquierda como una forma especial de la sensibilidad, un modo de sentir y experimentar el mundo. Quien es de derecha se preocupa primero consigo mismo, después con su familia, su vecindad, su ciudad, su país y, con suerte, con el mundo. Quien es de izquierda se preocupa ante todo con el mundo, su continente y su país, con su ciudad y su vecindad, con su familia y, por último, consigo mismo. Por eso, no hay, ni habrá, programa de izquierda, o gobierno de izquierda: o la izquierda será una pragmática sensible o no será nada. Para ello, tal vez sea útil remover la ceniza, revolver las cenizas de junio. Buscar en junio no el huevo de la serpiente (es histriónico encontrarlo ahí), sino que una chispa para reabrir su brecha. Junio todavía espera por nosotros. La izquierda es la que no estuvo a la altura de junio.

Traducción del portugués: Santiago De Arcos-Halyburton

De luchas, renta y médicos cubanos

Bruno Cava Rodriguez / Universidad Nómada

Cuando la izquierda escucha Cuba ya comienza a soñar con las epopeyas en las montañas cubanas y de fondo una canción de Violeta Parra, como si el programa Más Médicos (lanzado en 8 de julio de 2013 por el gobierno de Dilma Rousseff, cuyo objetivo es suplir la carencia de médicos en los municipios del interior y en las periferias de las grandes ciudades de Brasil) fuese la última floración del internacionalismo latinoamericano. Del otro lado, la derecha ideológica denuncia el experimento perverso de un Estado totalitario que somete a sus propios ciudadanos al trabajo forzado. Unos y otros protagonizan una película mala, plagada de clichés, vagamente inspirados en la historia del siglo pasado.

Es difícil pensar el Más Médicos sin tomar en cuenta Junio de 2013. Ahora se habla bastante en conceptos del pensamiento económico: concurrencia, salario justo, corporativismo, formación de precios; pero son colocadas en segundo plano las jornadas de Junio de 2013 y la huelga de los camioneros, que están asociadas a la conducción de los precios administrados por el gobierno: las tarifas de autobuses urbanos (2013) y el precio del diesel (2018). Las luchas resultaran en reducciones de 20 a 46 centavos, respectivamente.

***

Existen varias teorías sobre la formación de precios. El padre del liberalismo económico, Adam Smith, tuvo la idea revolucionaria de que, dado un conjunto suficientemente grande de agentes racionales, si cada uno persigue su propio interés, de manera egoísta, la acción combinada de todos convergirá en la mayor eficiencia del todo. O sea existe una mano invisible, supra personal, que guia la interacción racional de los grandes números llevando a la maximización del producto total. Adam Smith se volvió el marco de la microeconomía: la optimización de los procesos económicos debe partir de abajo hacia arriba, llegando a un equilibrio global fundado en la aglutinación matemática del juego de la oferta y la demanda. León Walras, en la década de 1870, desarrollo un modelaje de formación de precios de abajo hacia arriba, de la nube difusa de sujetos a los índices agregados, elaborando la primera Teoría del Equilibrio General.

Pero Smith también fue un pensador de la macroeconomía. Rompiendo con sus predecesores fisiocráticos, sostenía que aumentar la riqueza de las naciones implicaba abrazar la Revolución Industrial, y que los estados precisaban dirigir sus inversiones al capital productivo. La fuerza de trabajo debería ser movilizada en la dirección de la industria. Otro liberal, J.M. Keynes, profundizó el aspecto macroeconómico de la teoría smithiana: el estado debería coordinarse con los empresarios para promover un mix de inversiones públicas y privadas y, de ese modo, mantener la economia caliente. El estado debería entonces incentivar la “eutanasia del rentista”, es decir, no debería bajo pretexto alguno salvar a los agentes económicos ineficientes o parasitarios. En el keynesianismo, inversión productiva y propensión al consumo son la clave de una demanda efectiva que actúa en la forma de una psicología de masas: la confianza social en la virtud del sistema realiza esa propia virtud, evitando crisis de depresión y paranoia. Pero otro liberal, David Ricardo, contemporáneo de Smith, tenía una pretensión distributiva y es la principal referencia filosófica de la social democracia y de muchos socialismos científicos. Ricardo diferencia precio de valor. La diferencia es que el valor puede ser medido objetivamente y, por lo tanto, las parcelas de valor pueden ser atribuidos a determinados segmentos sociales. Es el racionalismo distributivo. Para Ricardo, la composición del valor está dada por el tiempo de trabajo concretizado en el producto o servicio, multiplicado por un coeficiente cualitativo. Un médico, por ejemplo, incorpora en su tiempo de trabajo una exhaustiva, larga y onerosa formación, generalmente a tiempo completo. El equilibrio ricardiano, en lugar de derivar del producto global de una multitud de interacciones racionales, consiste en considerar a cada uno su parte. O sea, el salario debe corresponder al valor concretizado del trabajo. Existiría por lo tanto un salario justo, dado por el balance entre el precio reconocido al trabajo y el valor agregado por el mismo trabajo. En el fondo, Ricardo es un teorico de la justicia, predecesor de un John Rawls de hoy (los economistas políticos clásicos eran filósofos morales)

Karl Marx no era un economista político clásico y su principal contribución fue contestar la teoría del valor de David Ricardo. Su más famosa obra tiene por subtítulo: “Critica de la economia política”. Contra el socialismo de su tiempo y las teorías distributivas, Marx entiende que la ecuación no puede ser equilibrada. Existe un desequilibrio inamovible en el sistema que es, exactamente, lo que él llama relación del capital. No porque los capitalistas sean ambiciosos o porque la distribución de la riqueza social sea económicamente injusta en virtud del mayor poder político de la clase dominante. Eso ya está, al menos implícitamente, en David Ricardo. La contribución de Marx es mostrar como el desequilibrio es lo que hace al capitalismo funcionar: el desequilibrio es necesario para que el valor pueda ser producido y reproducido, de manera que, dentro de esta lógica, él no tiene como ser reequilibrado. Esto es, no existe salario justo, ese es un concepto quimérico. Toda relacion de trabajo implica un desequilibrio que, en términos políticos, él denomina ‘explotación’: el valor presupone una extracción de plusvalía, de apropiación del trabajo ajeno y la dirección del conjunto de la cooperación social (el trabajo colectivo) para la reproducción del propio sistema. Y más aún: o el capital intensifica y profundiza la explotación y, por lo tanto, aumenta la taza de plusvalía sobre el valor producido, o muere. Como los tiburones, el capital es forzado a continuar depredando y engordando en la compulsión estructural. Por eso, para Marx, la crisis es intrínseca a la relacion del capital y el desarrollo de las fuerzas productivas lleva al sistema a caminar en dirección a su colapso, pues eleva la explotación a altas cimas al mismo paso que incorpora y moviliza ‘en abyme’ a la fuerza de trabajo.

Es por eso que Marx, contra los liberales smithianos (inclusive, ex ante, Keynes) y Ricardo, realiza un desplazamiento en el pensamiento económico. Lo central no es la formación de los precios ni la teoría del valor, sino que el dinero. El marxismo de Marx es, antes que nada, una teoría monetaria. La lucha por el dinero es directamente politica. El precio no es el resultado de las interacciones racionales en un modelo del equilibrio general (Walras), ni la resultante del reequilibrio vigilante entre microeconomía y macroeconomía (Keynes), sino que un enfrentamiento de fuerzas, una relacion de poder con dos polos asimétricos. El precio del salario está dado por la capacidad de los trabajadores de organizarse y de movilizarse por el precio. El precio es político, que es la base de la teoría marxiana de pensadores económicos como Mario Tronti o Toni Negri. Los 66 centavos (que se van a multiplicar a los billones, pues son precios claves de la economia), conquistados en las principales luchas brasileñas de la década del 2010, son la contribución politica de la multitud en la formación de los precios, contra el contubernio estado/mercado que determina la tarifa de autobús o el precio del combustible.

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Y ahí, hecho el excurso, llegamos nuevamente al caso de Más Médicos. Me voy a referir ahora a dos jóvenes economistas, que se han esforzado por entender la historia del país.

En “Valsa brasileira» (2017), Laura Carvalho interpreta Junio de 2013 como un conflicto redistributivo: empujado por el aumento del salario mínimo por parte del gobierno y por medidas de valorización de la renta popular (un abanico de subsidios), la población se movilizó aún más para ampliar las demandas y presionar por mejores salarios. Aquel año, vale recordar, fue el record de huelgas contabilizadas por el Diesse: 2.050 en un único año. Mientras, el gobierno estaba a contracorriente del incremento de la inversión pública y del consumo popular, pues adoptó una agenda de inversión privada que entendía era el capital más productivo, la llamada “Agenda Fiesp”, donde estaba Odebrecht, constructoras, agronegocios, industriales automotores. El análisis no deja de ser en buena medida correcto, pero aún se limita a la lógica ricardiana, esto es, a la teoría del valor – que por cierto es la base de buena parte de la reflexión socialista y de la socialdemocracia en Brasil.

Monica de Bolle, en «Como matar la mariposa azul» (2017), va más al fondo de la cuestion. Ella muestra el tono del gobierno de Dilma fue subordinar las cuestiones microeconómicas a los problemas macroeconómicos, bajo la ilusión de que el gobierno podría intervenir más directamente sobre los precios. La autora narra cómo el gobierno amplio el margen de discrecionalidad sobre una serie de decisiones relativas a la conducción de los precios administrados (energía eléctrica, petróleo, tarifas, etc…), la tasa de intereses, las reducciones fiscales y todo tipo de subsidio a lo que Dilma entendía era el capital productivo (los campeones nacionales). Fue un menú completo de medidas normativas que pretendían imprimir un control del estado sobre el funcionamiento económico. Muchos análisis más a la izquierda, como el de André Singer, tienden a ver que las medidas de Dilma fueron desastrosas porque no tomaron en cuenta la correlación de fuerzas, pero en esencia justas y hasta valientes, pues estarían enfrentando el poder económico financiero. El texto de Monica es devastador inclusive para revelar como, en verdad, las medidas del gobierno estaban sujetas al corto plazo y no incorporaban, en su génesis, un correspondiente proceso económico capaz de darles sustancia y tendencia.

¿Cuál sería el proceso entonces? Es ahí que las luchas como las de Junio de 2013 y la huelga de los camioneros deben ser pensadas como fuerza económica. Las conquistas de los 20 y 46 centavos reconstruyen la confianza social en la capacidad de movilizarse. Dentro del abatimiento de los precios, existe un margen de produccion de subjetividad que es más virtuosa que los decretazos de palacio, aunque el palacio sea visto como una especie de Kremlin tupiniquim contra los banqueros globalista y su “guerra económica”.

De qué manera una removilización social es removilización productiva, como la conquista de renta (directa o indirectamente) esta acoplada a una nueva composición politica del trabajo, y como todo eso incide sobre la formación de precios? Inclusive la renta, el precio del trabajo social. Un campo enorme a pesquisar y, en ese sentido, recomiendo la produccion teórica de Giuseppe Cocco, que siempre insistió mucho sobre los desaciertos económicos de Dilma y su relacion con las luchas.

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Para terminar, ¿y el Mas Médicos? Fue una respuesta del gobierno a Junio de 2013. Fue lanzado al mes siguiente para atender una de las principales pautas difusas del movimiento, la salud. Desde el punto de vista distributivo, podríamos terminar la argumentación aquí, inclusive racionalizando el bajo precio del salario del médico cubano, que sería compensado en Cuba por una reinversión en servicios públicos y, en el cómputo global, tendríamos un equilibrio ricardiano. O podríamos usar a Smith o Walras para impugnar la descompensación introducida en el sistema de formación de precios (“falta de concurrencia”), perjudicando el mercado de los servicios de salud como un todo. O el propio Ricardo, junto con la categoría de los médicos, para alegar la deflación salarial injusta, reduciendo el valor del trabajo de los médicos en detrimento del médico nacional.
Pero me quedo con lo siguiente: la legión de pobres conquistó, a través de las luchas de Junio (sentido amplio), una solución precaria y desastrosa, pero que venía funcionando. Y no se puede esperar la revolución liberal o socialista para tener atención médica. Así como con las cuotas raciales, no se puede esperar a la abolición del racismo para entrar a la universidad. Esto no exime al gobierno de gobernar: convenir con la sociedad y los movimientos en la construcción de soluciones mejores. Aunque haya trabajado para destruir Junio, inclusive con la ley de organizaciones criminales (agosto de 2013) y la ley antiterrorista (marzo de 2016), en esto, por lineas torcidas, el gobierno de Dilma acabó yendo al encuentro de Junio.

¿Y los médicos cubanos? Esos no son víctimas de un totalitarismo de izquierda y no están en un Gulag. Son, si, explotados a tasas asiáticas por una dictadura fallida y anacrónica que explota el trabajo cualificado para obtener ingresos y sustentar el régimen castrista. La diferencia de ellos y los bolivianos explotados por Zara o por los chinos y que viven en jaulas en la periferia de de São Paulo no es de naturaleza, sino que de grado. Pero no son solo “victimas”. En primer lugar, porque son migrantes y como tales, resistencia en movimiento. En segundo lugar, porque ya venían movilizándose políticamente, a pesar de la represión a la disidencia por el estado cubano, llegando a llamar al propio régimen de trabajo de “esclavo” o de “semi-esclavitud”, palabras de una fracción de ellos.

La lucha genera más lucha y los nuevos problemas siguen su marcha, debiendo ser analizados al interior del propio movimiento.

Traducción del portugués: Santiago De Arcos-Halyburton