Una historia de tres ciudades

Por David Harvey

Una casa es una cosa bastante simple. Pero también es una mercancía, lo que significa que abunda «en sutilezas metafísicas y sutilezas teológicas», como dijo Marx en una ocasión. Crecí en una casa en un barrio obrero seguro y respetable de Gran Bretaña después de 1945. La casa era un valor de uso – firme en su ordinariez-. Constituía un espacio seguro, aunque bastante represivo, en el que comer, dormir, socializar, leer cuentos, hacer los deberes o escuchar la radio; un lugar en el que la familia, con todas sus complejidades y tensiones internas, podía vivir y relacionarse sin demasiadas interferencias externas. Las relaciones con los vecinos eran cordiales y de apoyo, pero no íntimas. Esta era la ciudad del valor de uso.

Sin embargo, recuerdo el día en que se pagó la hipoteca. Hubo una leve celebración. La casa, me di cuenta entonces, tenía un valor de cambio que podía ser transmitido a las generaciones futuras (como yo). Pero eso nunca fue un tema de conversación. No muy lejos había urbanizaciones de viviendas sociales. A mí me parecían buenas, pero cuando salí con una chica de allí mi madre lo desaprobó rotundamente: eran personas irresponsables en las que no se podía confiar, dijo. Pero también ellos parecían tener una vivienda segura en un entorno no demasiado malo -aunque algo soso-. Escuchábamos los mismos programas de radio y los niños jugaban a los mismos juegos en la calle. Pero en época de elecciones apoyaron a los laboristas. En mi barrio había algunos carteles, algunos laboristas pero también algunos conservadores. La propiedad de viviendas de la clase trabajadora, promovida desde la década de 1890 en adelante en Gran Bretaña, siempre había sido un instrumento de control social y de defensa contra el bolchevismo. En Estados Unidos dicen: «los propietarios de viviendas con deudas no van a la huelga».

En los años 80 el énfasis cambió. Margaret Thatcher vendió las viviendas sociales y la gente se preocupó más apasionadamente por el valor de cambio de sus casas. Las empresas de construcción que promovían la propiedad de la vivienda dejaron de ser instituciones de la clase trabajadora local y se convirtieron en algo más parecido a los bancos. En 1981, casi un tercio de todas las casas de Gran Bretaña pertenecían al sector público, pero en 2016 esta cifra había caído a menos del 7%. En un mundo neoliberal ideal no debería haber viviendas sociales. Como sostiene Colin Crouch, “los inquilinos de viviendas sociales son el residuo no deseado de un pasado pre-neoliberal”. Se nos dio la oportunidad de ser una democracia propietaria. Se intercambiaban casas para alquilar o arreglar. Entonces tal vez la gente podría mudarse a un barrio de mayor estatus. El énfasis estaba en mejorar la casa como valor de intercambio, como una forma de ahorro y como un lugar para aumentar la riqueza personal. La riqueza individual en la propiedad de la vivienda era un tema común de conversación. La «gentuza» (como la gente de color o los inmigrantes) se mantendría al margen para proteger el valor de las propiedades del vecindario. La segregación se hizo más estricta y florecieron las comunidades cerradas. Se cerraron los espacios y se agotaron los bienes comunes urbanos.

A finales de siglo el énfasis cambió de nuevo. La casa fue vista como un instrumento de acumulación de capital y ganancia especulativa. Se convirtió en un cajero automático del que la gente podía extraer riqueza refinanciando sus hipotecas. El crédito y la liquidez se extendieron a través de los mercados inmobiliarios, llevando los precios de la vivienda de un lado a otro. Pero detrás de este cambio surgió un poder mucho más monstruoso. La atención no se centró en la casa sino en la tierra en la que se encontraba. La brecha entre el valor actual de la tierra y el valor bajo, el mejor y más alto uso atrajo a los inversores. Para realizar esta ganancia especulativa, los usos existentes tenían que ser desplazados y los ocupantes actuales desalojados, o bien los residentes actuales tenían que pagar alquileres de tierra más altos por el privilegio de permanecer en el lugar.

Se pueden encontrar ejemplos dramáticos en todas las grandes regiones metropolitanas del mundo. Tomemos el caso de China. El precio de la tierra se quintuplicó en China entre 2004 y 2015. Antes de 2008, el valor de la tierra representaba un promedio del 37% de los precios de la vivienda en Beijing. Después de 2010, ese porcentaje ha aumentado hasta el 60%. En todas partes, las poblaciones de bajos ingresos se vieron obligadas a abandonar el país o se vieron agobiadas por el aumento vertiginoso de los alquileres. «Millones», escribió Dinny McMahon en su libro La Gran Muralla de la Deuda de China, «han sido excluidos de los mercados de la vivienda en las ciudades en las que viven, y la situación sólo va a empeorar».

Marx no se habría sorprendido. «La pobreza es una fuente más fructífera para el alquiler de casas que las minas de Potosí para sus propietarios», dijo. La propiedad de la tierra tiene un poder enorme que le permite «excluir a los trabajadores que luchan por los salarios de la tierra misma como su lugar de residencia». Es, continuó observando, “el alquiler de la tierra y no la casa lo que es objeto de especulación”.

En muchos barrios, las poblaciones de bajos ingresos han sido desalojadas para dar paso a oportunidades de inversión de alto nivel, condominios caros y conversiones a nuevos usos, como Airbnb. Ya no era el mero valor de cambio lo que impulsaba la actividad del mercado de la vivienda, sino la búsqueda de la acumulación de capital mediante la manipulación de los mercados de la vivienda. El rápido aumento de los precios de los bienes inmuebles parece beneficiar a los propietarios de las viviendas, pero los principales beneficiarios son, de hecho, los bancos, las instituciones de crédito y los grandes conglomerados y fondos de cobertura que se han unido al juego especulativo.

Esto se hizo evidente cuando llegó la crisis. Los bancos fueron rescatados y los propietarios de viviendas fueron alimento para los tiburones de la bolsa. En los Estados Unidos millones de personas perdieron sus casas por ejecución hipotecaria en 2007-10, mientras que en el sector de los alquileres el ritmo de los desalojos de poblaciones de bajos ingresos se aceleró en todas partes, con consecuencias sociales devastadoras. Los fondos de cobertura y las empresas de capital privado compraron las viviendas embargadas a precios de venta al público y ahora están haciendo una matanza financiera en sus operaciones. En lo que quedaba del sector público, la austeridad condujo al mantenimiento diferido y al deterioro del parque de viviendas hasta el punto de que, según nos dijeron, sólo la privatización mejoraría las cosas. Los privatizadores resultaron ser especialistas en desalojos, por lo que se aceleró la conversión de viviendas asequibles para poblaciones de bajos ingresos en viviendas lucrativas basadas en el mercado.

Esta es la ciudad de la ganancia especulativa: la ocupación se vuelve inestable y efímera, las solidaridades sociales y los puntos en común de los barrios se desintegran, y la gente de la inmobiliaria marca barrios de lujo, a menudo cerrados, con cualidades ficticias de vida superior. Esto se ha convertido incluso en una profesión a tiempo completo: «imaginería urbana», lo llaman. La realidad es que las relaciones sociales se deshilachan, con resultados aterradores. Glyn Robbins dice de la ola de crímenes que está arrasando Londres: «Las políticas urbanas neoliberales y orientadas al beneficio han producido ciudades en las que muchos jóvenes sienten literalmente que no tienen cabida. Les resulta casi imposible encontrar un hogar que puedan pagar en las comunidades donde nacieron, frustrando su capacidad de desarrollar una vida independiente. Sus redes sociales, su sentido de pertenencia y el respeto del mundo adulto se han visto afectados hasta el límite. Nada podría estar más perfectamente calculado para crear una situación en la que los jóvenes no se preocupen, ni por la vida de los demás, ni por la suya propia». Este es un mundo diferente al que yo crecí. Pero la casa sigue siendo una casa.

Diferentes formas de valor siempre han coexistido incómodamente dentro de la forma de la mercancía. Su coevolución dentro de la historia reciente de los mercados de la vivienda ha culminado en el actual punto muerto en el que estas reglas de valoración especulativa hacen que más de la mitad de la población del planeta Tierra no pueda encontrar un lugar decente para vivir en un entorno de vida decente debido al poder hegemónico del capital sobre los mercados de la tierra y de la propiedad. No tiene por qué ser así. Limpiando mi despacho recientemente, me encontré con un folleto publicado por el Consejo Metropolitano de la Vivienda de Nueva York en 1978. El título era Housing in the Public Domain (Vivienda en el dominio público): La única solución. En 1978 el Departamento de Vivienda y Desarrollo Urbano de los Estados Unidos tenía un presupuesto de 83 mil millones de dólares para ayudar a buscar esa solución. Cooperativas de capital limitado e incluso fideicomisos de tierras comunitarias estaban surgiendo en la mayoría de las grandes ciudades para ofrecer soluciones que no eran de mercado. Para 1983 el presupuesto del HUD había sido reducido a $18 billones solo para ser abolido en la década de 1990 durante los años de Clinton. Cuarenta años después, me encuentro reflexionando sobre las desastrosas consecuencias mundiales de no perseguir resueltamente la solución obvia: la vivienda en el dominio público. El valor de uso debe ser lo primero.

David Harvey es profesor de Antropología y Geografía en el Graduate Center de la City University of New York (CUNY), director del Center for Place, Culture and Politics, y autor de numerosos libros, el más reciente de los cuales es Seventeen Contradictions and the End of Capitalism (Profile Press, Londres, y Oxford University Press, Nueva York, 2014). Lleva enseñando ‘El Capital’ de Karl Marx durante más de 40 años.
Fuente:
https://tribunemag.co.uk/2019/01/a-tale-of-three-cities
Traducción: Pol Tramuns

Una nueva democracia en red

Por Manuel Castells

La nueva sociedad red.

La sociedad red es la estructura social de nuestro tiempo, la trama de nuestras vidas, como lo fue antaño la sociedad industrial. Se fue formando en las dos últimas décadas del siglo XX, y se ha ido desplegando en el conjunto de la actividad humana hasta transformar todo lo que hacemos, vivimos y sentimos. No es que la tecnología nos determine. Ha sido la interacción entre cambios culturales, sociales, geopolíticos con una de las mayores revoluciones tecnológicas de la historia, la que transforma información y comunicación. El resultado ha sido que vivimos de forma cotidiana en una red de redes, locales y globales, en todas las dimensiones de nuestra vida.

Recordemos que en 1996 había 40 millones de usuarios de internet, hoy hay 4.200 millones. Y que en 1991 los números de teléfono móvil eran 16 millones. Hoy son más de 7.000 millones. Las redes sociales, que hoy ocupan el centro mediático, cultural y político de nuestras sociedades (4.000 millones de usuarios), se iniciaron hace menos de dos décadas (Friendster 2002, Facebook 2004).

Pero lo más significativo es que las redes digitales, que van más allá de internet porque los mercados financieros o las comu­nicaciones militares tienen otras redes especializadas, están entrando ahora en un proceso de aceleración tecnológica y sofisticación de su uso. La conectividad se transforma a partir de las redes 5G (y 6G ya en preparación), que incrementan exponencialmente la velocidad, volumen y latencia (tiempo de respuesta) de la conexión. Y la eclosión de la inteligencia artificial en la gestión de las máquinas parece ahora una realidad. Porque son las máquinas capaces de aprender y decidir, más que los humanos, las que necesitan el nuevo potencial de conectividad. Cada uno de nuestros ám­bitos de actividad está siendo modificado por esta transformación tecnológica, social y organizativa.

La empresa red, cuyo nacimiento identifiqué en los noventa en Silicon Valley, se ha convertido en la organización económica más eficiente y competitiva, que elimina gradualmente formas tradicionales, jerárquicas e inadaptadas a mercados globales cambiantes. Las consecuencias sociales y ambientales no están predeterminadas por la tecnología. Todo depende de cómo se haga la gestión de la inevitable transición tecnológica.

Se suprimen viejos empleos, pero surgen extraordinarios mercados laborales de nuevas posibilidades a condición de que nuestras instituciones educativas adapten su oferta a la nueva demanda.

En Estados Unidos, en medio de la transformación tecnológica el paro está por debajo del 4%, aunque muchos empleos son precarios. Pero eso es fruto de políticas neoliberales, porque en Escandinavia, al mismo nivel tecnológico, el paro es muy limitado y las condiciones laborales y derechos sindicales son mejores que en la Europa del sur.

La tecnología de redes tampoco nos acerca a la paz. Nuestra más antigua Némesis, la guerra, multiplica su potencial destructivo, con enjambres de drones capaces de decidir sus itinerarios y objetivos, y descargar sus letales misiles. Como Estados Unidos lleva la delantera, otras potencias se adentran en la guerra de las máquinas. Y quienes no son potencias exploran alternativas de confrontación asimétrica con el terrorismo en el horizonte. La prevención de esa amenaza lleva a la vigilancia sistémica de todos los humanos. Y mientras, la autodestrucción de nuestra habitabilidad en el planeta avanza. Habrá que investigarlo, pero ¿es casualidad que los devastadores incendios de Australia, donde han muerto mil millones de animales, se produzcan en la región en que la capa de ozono se ha hecho más tenue?

Nuestra ciencia nos dice por qué y cómo vamos a morir, pero a la mayoría de los gobiernos les da igual, unos prefieren no creérselo (como Trump o Bolsonaro) y otros esperan que sean los demás quienes asuman los costes de la transición ecológica (como es el caso de India y en menor grado China). Por eso la gestión de la inevitable transición tecnológica y el uso de la ciencia para preservar la vida son esenciales. Y por eso la política es más importante que nunca, a condición de superar las diatribas ideológicas y los intereses partidistas. O sea, que se trate de una nueva política.

Sin embargo, según investigué hace algún tiempo, la capacidad de comunicación de redes digitales autónomas también se incrementa simultáneamente. Movimientos sociales en red, autonomía de crítica, descentralización de la comunicación superando el monopolio de los medios tradicionales se constituyeron en embriones de una nueva democracia en red.

Así ha sido en un principio, pero los poderes fácticos de todo tipo han sabido reaccionar, con inmensos recursos, han penetrado las redes, con desinformación, con manipulación y han conseguido grandes victorias, como la elección de Bolsonaro o los sesgos pro-Trump en las elecciones estadounidenses.

O sea, que las redes sociales no son el ámbito de la libertad, sino el espacio de lucha por la libertad.

La nueva sociedad red es la que ya se ha desplegado por completo en todo lo que hacemos, somos y sentimos. Nos guste o no. Y el único antídoto contra sus efectos perversos es la afirmación de valores humanos y de solidaridad con otras especies y el planeta, a partir de una formación informada, y mediante una movilización cotidiana contra la ignorancia y la maldad institucionalizadas.

Publicado en: La Vanguardia

Imaginemos un mundo sin capitalismo

Por Yanis Varoufakis

2019 fue un año pésimo para los anticapitalistas, pero también lo fue para el capitalismo. ¿Es posible avanzar hacia una sociedad realmente liberal, poscapitalista, tecnológicamente avanzada? ¿Cómo puede desarrollarse una «imaginación poscapitalista» en esta nueva década?

Imaginemos un mundo sin capitalismo

Los anticapitalistas tuvieron un año pésimo. Pero el capitalismo también.

Si bien la derrota del Partido Laborista de Jeremy Corbyn en el Reino Unido el pasado diciembre le restó impulso a la izquierda radical, particularmente en Estados Unidos (donde ya están cerca las primarias para la elección presidencial), el capitalismo recibió críticas desde lugares insospechados. Milmillonarios, ejecutivos empresariales y hasta la prensa financiera se han unido a intelectuales y líderes comunitarios en una sinfonía de lamentos por la brutalidad, insensibilidad e insostenibilidad del capitalismo rentista. La imposibilidad de seguir haciendo negocios como siempre parece ser una idea muy difundida, incluso en las juntas directivas de las corporaciones más poderosas.

Cada vez más presionados y justificadamente culposos, los ultrarricos (o al menos, los más razonables entre ellos) se sienten amenazados por la aplastante precariedad en que se está hundiendo la mayoría. Como predijo Karl Marx, forman una minoría con poder supremo que se muestra incapaz de dirigir sociedades polarizadas que no pueden garantizar una existencia digna a quienes no poseen activos.

Atrincherados en sus comunidades cerradas, los más inteligentes de los riquérrimos defienden un nuevo «» e incluso piden impuestos más altos para los de su clase. Comprenden que la democracia y el Estado redistributivo son la mejor póliza de seguro posible. Pero ¡ay!, al mismo tiempo temen que, como clase, esté en su naturaleza evitar el pago de la prima.

Los remedios propuestos van de insignificantes a ridículos. La idea de que las juntas directivas no piensen solamente en el valor para los accionistas sería maravillosa si no fuera por un detalle: la remuneración y la designación de las juntas son decisión exclusiva de los accionistas. Asimismo, los llamados a limitar el poder exorbitante de las finanzas serían estupendos si no fuera por el hecho de que la mayoría de las corporaciones responden a las instituciones financieras que poseen el grueso de sus acciones.

Confrontar el capitalismo rentista y crear empresas para las que la responsabilidad social no sea solamente un truco publicitario demanda nada menos que reescribir el derecho de sociedades. Para comprender la magnitud de la tarea, conviene volver al momento de la historia en que la aparición de la acción negociable convirtió el capitalismo en un arma y preguntarnos: ¿estamos listos para corregir ese «error»?

Ese momento ocurrió el 24 de septiembre de 1599. En un edificio de madera a las afueras de Moorgate Fields, no muy lejos de donde Shakespeare estaba ocupado terminando Hamlet, se fundaba la Compañía de las Indias Orientales, un nuevo tipo de empresa cuya propiedad se subdividió en minúsculos fragmentos que podían comprarse y venderse libremente.

Las acciones negociables hicieron posible la aparición de corporaciones privadas más grandes y más poderosas que los Estados. La hipocresía fatal del liberalismo fue usar el elogio de los virtuosos carniceros, panaderos y cerveceros del vecindario para defender a los peores enemigos del libre mercado: las Compañías de las Indias Orientales, que nada saben de comunidades ni de ética, que deciden precios, devoran competidores, corrompen gobiernos y convierten la libertad en farsa.

Luego, hacia fines del siglo XIX, con la formación de las primeras megaempresas interconectadas (como Edison, General Electric y Bell), el genio liberado por la acción negociable dio un paso más. Como ni bancos ni inversores tenían dinero suficiente para alimentar el motor de esas nuevas megaempresas conectadas, apareció el megabanco, en la forma de un cártel mundial de bancos y oscuros fondos, cada uno con accionistas propios.

Se creó entonces un nivel nunca antes visto de deuda para transferir valor al presente, con la esperanza de que las ganancias fueran suficientes para pagarle al futuro. El resultado lógico: megafinanzas, megacapital, megafondos de pensiones, megacrisis financieras. Las debacles de 1929 y 2008, el ascenso imparable de las grandes tecnológicas y los demás ingredientes del malestar actual contra el capitalismo se volvieron ineludibles.

En este sistema, las voces que se alzan para pedir un capitalismo más amable son solo modas pasajeras, sobre todo en la realidad posterior a 2008, que dejó claro que megaempresas y megabancos tienen el control total de la sociedad. A menos que estemos dispuestos a anular la creación de 1599, la acción negociable, no habrá cambios apreciables en la distribución actual del poder y la riqueza. Para imaginar cómo podría ser en la práctica superar el capitalismo, hay que reconsiderar el modelo de propiedad de las corporaciones.

Imaginemos que las acciones fueran como un derecho a voto, que no se puede comprar ni vender. Así como al ingresar en la universidad uno recibe el carné de la biblioteca, el personal nuevo de las empresas recibirá una única acción por persona que garantiza el derecho a emitir un único voto en elecciones abiertas a todos los accionistas, en las que se decidirán todos los asuntos de la corporación: desde las cuestiones de gestión y planificación hasta la distribución de ganancias netas y bonificaciones.

De pronto, la distinción entre ganancias y salarios ya no tiene sentido, y a las corporaciones se las baja a un nivel que estimula la competencia en el mercado. A cada persona que nace, el banco central le otorga automáticamente un fondo fiduciario (o una cuenta personal de capital), donde periódicamente se deposita un dividendo básico universal. Al llegar la adolescencia, el banco central añade una cuenta corriente gratuita.

Los trabajadores cambian de empresa con total libertad, llevándose consigo el capital de su fondo fiduciario, que pueden prestar a la empresa para la que trabajan o a otras. Como no hay necesidad de turbopotenciar las acciones con la emisión de capital ficticio a gran escala, las finanzas se vuelven deliciosamente aburridas (y estables). Los Estados eliminan los impuestos personales y a las ventas, y solamente gravan las ganancias corporativas, la tierra y las actividades perjudiciales para el bien público.

Pero ya hemos soñado suficiente. La idea es sugerir, en este año nuevo, las posibilidades maravillosas de una sociedad realmente liberal, poscapitalista, tecnológicamente avanzada. Los que se niegan a imaginarla serán esclavos del absurdo que señaló mi amigo Slavoj Žižek: tener más facilidad para concebir el fin del mundo que para imaginar la vida después del capitalismo.

Traducción: Esteban Flamini

Fuente: Project Syndicate

Antonio Negri | Historia de un comunista, libro en descarga libre

Esta Historia de un comunista es, bajo la forma de un libro de memorias, un recorrido por las peripecias del otro comunismo y del otro marxismo en la Italia y la Europa devastada de postguerra. Pero lo es desde el punto de vista de uno de sus protagonistas políticos y pensadores más determinantes, desde el punto de vista de una vida política radical y original. La relación entre historia y vida personal se pone a prueba en cada ensayo autobiográfico, casi siempre para confirmar el fracaso de esa relación o su carácter convencional, decorado, telón de fondo o escenario de la acción y la reflexión del protagonista. No es el caso de este libro. Aquí Antonio Negri cuenta una infancia atravesada por la violencia del fascismo que le arrebató a su padre, militante comunista; por la guerra y la ocupación nazi, que siembran el terror en su familia y en la Padua de su infancia y que se llevan a Enrico, su hermano mayor, devastando a Aldina, su madre, que será una figura decisiva en la infancia y adolescencia del autor. Las bombas aliadas y la muerte omnipresente arrojan desde la infancia a Toni a la filosofía, pero sobre todo le arrojan a un mundo insensato, el de los nacionalismos, fascismos y colonialismos europeos, el del anticomunismo feroz de Yalta.

No voy al Congreso (del Futuro). Carta-respuesta

Por Franco “Bifo” Berardi

A comienzos del mes de octubre recibí una invitación para participar en el Congreso del Futuro en Santiago de Chile y respondí que sí, que me parecía bien ir a Chile para discutir con colegas de diferente proveniencia sobre las perspectivas de la sociedad contemporánea.

Luego vino el 18 de octubre y las demostraciones masivas en las calles del país. He seguido con atención los acontecimientos chilenos, porque yo sé que este país tiene un papel especial en la historia de la modernidad tardía. Es el país donde el proyecto socialista encabezado por Salvador Allende y apoyado por la mayoría de la población, fue brutalmente sofocado por Augusto Pinochet, magnicida e instrumento de la dictadura financiera global, en una síntesis de tortura y explotación.

La herencia de Pinochet no ha sido cancelada, porque la Constitución que el dictador promulgó – una mezcla de ideología neoliberal y de normas autoritarias – sigue siendo la ley del país. Gracias a la Constitución de 1980 la violencia policial es legal y el sistema de educación pública sigue siendo remplazado por las costosas escuelas privadas de la elite.

Desde el 18 de octubre de 2019 millones de estudiantes, trabajadores, mujeres e intelectuales han marchado en las calles y en las plazas de Chile, declarando que quieren acabar con la Constitución del 80, cancelarla, y así poder escribir desde abajo una nueva constitución, basada en principios de libertad, solidaridad e igualdad social.

Según lo que he podido leer, el régimen de Sebastián Piñera reaccionó de manera brutal, declarando la guerra contra su propria sociedad. Más de 30 personas murieron en las calles, mientras que más de 300 han perdido un ojo por efecto de la acción policial y miles de jóvenes han sido detenidos y apresados.

En este punto he decidido ponderar cuidadosamente el sentido que el Congreso de Futuro puede adquirir en el contexto de la situación presente, y he visitado con interés el sitio web https://congresodelfuturo.cl/ cuando fue publicado.

La estética del sitio y su mensaje nos hablan del brillante futuro que todos deberíamos desear: uno de desenfrenada competencia y éxito individual. Un futuro en donde el cielo brilla y las y los jóvenes corren felices en verdes y campestres prados.

Sin embargo, hasta donde yo sé, ni el cielo se ve muy luminoso por estos días, debido a la catástrofe climática global; ni los jóvenes corren todos felices, obligados como están a afrontar la violencia económica, el desempleo y la precariedad laboral.

Hace algunos días, en el New York Times pude leer una editorial de Sebastián Piñera sobre la situación del país del cual es presidente. Olvidando la guerra que él mismo declaró a su propio pueblo, Piñera habla de democracia y de justicia con las mismas palabras hipócritas que usan los organizadores del Congreso del Futuro.

Entonces, con mucha pena yo he decidido que no iré a Santiago de Chile, porque soy consciente de que no podría ver a mis amigos que más me gustaría saludar durante mi estancia chilena, pues se encuentran detenidos o están sufriendo por las heridas infligidas por los agentes de Piñera.

Visitando el sitio de promoción del Congreso he podido escuchar la grabación de un discurso mío, por cierto, sin preguntar por mi permiso ni consentimiento. En este discurso hablo de libertad y de superación del trabajo asalariado. Digo, en mi vacilante castellano, algo como: “si nos liberamos de la episteme salarial, de la superstición del salario, empezamos a entender que la riqueza es otra cosa. No es la acumulación de dinero o mercancías, sino el tiempo para gozar libremente de lo que ya existe”. Naturalmente, sé lo que quería decir en aquella grabación de una de las varias charlas que he dado en español, pero en tanto el sentido de las palabras está determinado por el contexto, hablar de libertad y de alegría de esta manera puede sonar ridículo en el actual contexto chileno.

Manuel Cervera-Marzal: «En Francia estamos en una etapa de auge de la resistencia»

Tras un año de fuertes movilizaciones, el politólogo Manuel Cervera-Marzal analiza el creciente recurso a la desobediencia civil. Esta contestación popular ha sido adoptada por movimientos heterogéneos, que agitan un régimen representativo anquilosado.

En el contexto de las movilizaciones en defensa del clima o de las protestas de los chalecos amarillos, la desobediencia civil se ha convertido en un elemento imprescindible en las acciones llevadas a cabo por los movimientos sociales contemporáneos.

¿Se debe a que el sistema representativo se ha vuelto impermeable a las reivindicaciones de la sociedad? ¿Debe considerarse una estrategia más propicia para lograr victorias o un mal menor en un contexto político endurecido? ¿Cuál es su genealogía, en Francia y en el extranjero?

Fabien Escalona y Christophe Gueugneau de Mediapart entrevistan a Manuel Cervera-Marzal, investigador del FNRS (por sus siglas en francés, el Fondo Nacional de Investigación Científica, de la Universidad belga de Lieja) e investigador postdoctoral del LabexMed (Universidad de Aix-Marseille, en Francia).

En la confluencia de la filosofía, de la ciencia política y de la sociología, Cervera-Marzal ha dedicado muchos años a comprender la teoría y las prácticas de la desobediencia civil, a la que ha dedicado numerosos trabajos, como la historia de La Pensée désobéissante de Thoreau à Martin Luther King [El pensamiento desobedeciente de Thoreau a Martin Luther King], o un ensayo dedicado a Les Nouveaux Désobéissants [Los nuevos desobedientes].

El movimiento de los chalecos amarillos marcaba el año 2019 en Francia. Sus protagonistas no han dudado en ocupar las rotondas, manifestarse en espacios prohibidos… ¿Se puede considerar entonces que es un movimiento de desobediencia civil?Teniendo en cuenta que este movimiento es sobre todo polifacético, es evidente que algunas de las acciones que abarcan se ajustan completamente a esta tradición. Construir y vivir en campamentos instalados en las rotondas responde claramente a la definición de desobediencia civil, es decir, llevar a cabo acciones ilegales pero no violentas.

Es cierto que estos actos no los han reivindicado los chalecos amarillos, al menos hasta donde yo sé. Lo veo como un reflejo de la sociología del movimiento, porque tras la desobediencia civil cada vez están más presente las clases medias con estudios. El término se ha convertido en una etiqueta que sacan en el debate público aquellos familiarizados con sus códigos.

Decir que se lleva a cabo desobediencia civil es afirmar que se es subversivo y no violento (algunos dirían que subversivos, pero no demasiado). El propio término desobediencia hace pensar en la infancia, por lo que tiene una connotación positiva. Se diferencia así del black bloc, o de los radicales, con independencia de quienes sean. Pero esta etiqueta sólo puede aplicarse si uno la ha descubierto culturalmente, en la universidad por ejemplo.

Cada vez es más reivindicada la desobediencia civil, ¿es posible hacer el trazado de su historia y de su rebrote en Francia?

En la década de los 50, surge la tradición de acciones ilegales y no violentas, en particular con el movimiento El Arca, que emana del gandismo [una corriente filosófica y política que pretende seguir las enseñanzas de Mahatma Gandhi].

Son pacifistas que crean comunidades vegetarianas no violentas basadas en el modelo del ashram indio. También lanzan acciones contra la energía nuclear militar, por ejemplo, tratando de entrar en las bases para demostrar que no son tan seguras.

Esta tradición continuó hasta la década de 1970. Lo encontramos en el rechazo a hacer el servicio militar durante la guerra de Argelia, en los movimientos de la segunda ola del feminismo, o en Larzac donde sus militantes están muy presentes, aunque no sean los únicos, para impedir la ampliación de los terrenos militares.

En la década de los 80 observamos que se debilita. Pero más allá de la desobediencia civil, los movimientos sociales en su conjunto se debilitan con el gobierno de siete años de François Mitterrand. La izquierda que accede al poder aspira a directivos y satisface una parte de las reivindicaciones, por ejemplo renunciando a las pruebas nucleares o a la extensión de Larzac.

¿Cómo reaparece el movimiento?

A mediados de los años 90, varios colectivos retomaron esta forma de acción para defender causas muy diferentes: Act-up y la famosa acción que cubre el Obelisco de la Concordia con un preservativo; el colectivo Jeudi Noir que abre las primeras casas okupas; la Red de Educación sin Fronteras que ayuda a los migrantes y a sus hijos; el desmantelamiento de McDonald’s en Millau en 1999…

Son colectivos bastante estancos, que poco a poco se van acercando unos a otros, al darse cuenta de que todos ellos utilizan el vocabulario de la desobediencia y recurren a un repertorio de acción similar.

Este movimiento se inscribe en un contexto más amplio de los inicios de la conflictividad social y el altermundismo. Recordemos a José Bové, que participó no sólo en la acción de Millau sino también en la siega de los campos de transgénicos, lo que llevó al presidente Jacques Chirac a tomar posiciones. En esa época, publicó un libro con el periodista Gilles Luneau, titulado Pour la désobéissance civique.

Todavía hoy seguimos en ese ciclo, con un mayor efecto de masas. En el caso de Extinction Rebellion (RX), ya no estamos hablando de docenas sino de cientos de personas que dicen ser desobedientes civiles, lo que ya es algo considerable.

Alude a Extinction Rebellion, también podemos mencionar la ANV-COP21. ¿Estos movimientos responden a la misma lógica?

Los dos movimientos no tienen la misma historia. La ANV proviene del Movimiento por una Alternativa No Violenta (el MAN). Creado en 1974, se inscribe aún hoy en día en la estela de Gandhi. XR surgió totalmente fuera del MAN, aunque retoma los principios y hasta una causa, la ecología, que está muy cerca de él. Dentro del MAN, la gente se preguntaba realmente de dónde proceden estos nuevos activistas.

La sociología de RX está muy cercana al MAN en términos de origen social, pero más joven. XR nació menos de una lectura en profundidad, de una reflexión sobre la no violencia que habría madurado lentamente, y más de un movimiento de desobediencia civil vinculado a la emergencia climática, lo que implica que no hay tiempo para perder cinco elecciones presidenciales o años de procedimientos legales.

En una tribuna publicada en Libération, los intelectuales Sandra Laugier y Albert Ogien le reprochan a Extinction Rebellion dos cosas: que no se haya metido en política y que no haya desobedecido realmente, sino que simplemente haya llevado a cabo bloqueos para exigir actos al Gobierno. ¿Qué opina?

De hecho, Laugier y Ogien le reprochan a Extinction Rebellion que se dirija al Gobierno, y por lo tanto presuponer que el gobierno tiene la solución. En mi opinión, este no es un criterio que impida hablar de desobediencia civil. Ya lo he dicho, presupone dos criterios: el hecho de desobedecer (es decir, realizar acciones ilegales, aunque no todas las acciones ilegales son obviamente desobediencia civil), pero desobediencia no violenta. Esto no presupone nada en relación con el poder y su legitimidad.

En la historia de la desobediencia civil, se encuentra frecuentemente una demanda hecha al poder político. Por ejemplo, en el caso de Gandhi, estaba claro: « Quit India ». Pero también existe, en la mayoría de los casos, una política prefigurativa, es decir, la creación de los embriones de las instituciones que se desea ver emerger. Por eso Gandhi también alentó a los ashrams y abogó por la autonomía.

Encontramos esta doble dimensión en el caso de XR, que no sólo pide cosas al Gobierno sino que también trata de organizar un modo de vida democrático y ecológico, que es ciertamente embrionario, como el de Châtelet, pero que existe.

También lo encontramos en las agrupaciones [anarquistas] Zones à Défendre (ZAD), con la ocupación ilegal de tierras pertenecientes a Vinci, Carrefour u otros, la mayoría de las veces de forma no violenta, a la vez que se da vida a otro proyecto social aquí y ahora. Martin Luther King habló de « contestación creadora » para marcar estos dos aspectos de la desobediencia civil.

« Estamos en un momento de desorientación estratégica »

La cuestión sistémica de la violencia policial finalmente ha salido a la luz en este último año. ¿La intensidad de la represión, incluso contra este tipo de acciones pacíficas, ha hecho reflexionar en los círculos que practican la desobediencia civil?

Es un hecho que el arsenal represivo se ha incrementado enormemente. Relaciono este fenómeno con el giro de austeridad del Estado, que recurre cada vez más a este medio para compensar la escasez de lo que ofrece en términos de bienestar o de horizonte de progreso. Lo interesante de la desobediencia es que el aumento de este repertorio de acciones se debe a dos factores, que apuntan a este cierre del juego político.

Por un lado, los militantes se han radicalizado porque ya no basta con afiliarse a un sindicato, hacer huelga, una manifestación o votar a un partido contestatario. Siguen haciéndolo, pero lo consideran insuficiente o ineficaz, por lo que buscan otros medios de acción, como complemento de su panoplia militante.

Por otro lado, la radicalización del Estado ha convertido a la gente en desobedientes que no han cambiado nada en su repertorio de acciones, y se encuentran fuera de la ley porque se ha reducido el perímetro de lo que se puede hacer legalmente.

El llamamiento al boicot está, pues, prohibido desde 2011: de la noche a la mañana, lo que se aceptó en los años 90 para Sudáfrica ha quedado prohibido. En cuanto al derecho de huelga, el fenómeno ha sido idéntico, el servicio mínimo ha implicado la obligación de dar un preaviso de 48 horas antes de hacer una huelga, es decir, la prohibición de las huelgas espontáneas.

Por último, me gustaría añadir que, aunque la represión ha aumentado, es diferenciada. El tratamiento judicial reservado a los jóvenes que retiran los retratos de Emmanuel Macron no es el mismo que el reservado a los chalecos amarillos, y no es el mismo tratamiento que se aplica a Assa Traoré del Comité para Adama, que está en su quinto proceso judicial.

Cuando trabajaba en mi tesis, participé en acciones de desobediencia casi todas las semanas durante dos años, y sólo estuve en detención preventiva dos veces, ¡sin consecuencias! Así que no se trata a todos de la misma manera.

Fue flagrante en la Plaza de Châtelet durante la ocupación que llevó a cabo Extinction Rebellion…

Y los activistas fueron muy cuestionados porque aparecieron como inofensivos. Anne Hidalgo, la alcaldesa de París, los presentó como salvadores del planeta a los que se les permitió de buen grado ocupar la plaza… Esto es lo que Laurent Jeanpierre presenta en In Girum: si queremos erradicar la contestación social, tenemos que jugar en dos frentes, al recuperar la parte más integrable del movimiento y reprimiendo la parte « irrecuperable ».

¿Hay actos de desobediencia civil que pasan a ser acciones que dejan de ser civiles?

Esas acciones puede ser en ambos sentidos, porque entre los desobedientes también hay quienes proceden de ambientes más violentos. Pero sí, he observado transiciones a entornos de acción más radicales, a través de los recorridos individuales de los activistas que he estudiado entre 2010 y 2014.

Por esquematizar, después de las manifestaciones y luego de la desobediencia civil, algunos fueron a Bure (Mosa) o a Notre-Dame-des-Landes (Loira-Atlántico). El hecho de fabricar cócteles molotov o construir barricadas fueron un paso más allá de las acciones agradables de abrazar a los policías, a quienes se les dijo que lo hacían por sus hijos. También hay gente que participó en el movimiento de Nuit debout y que asistió a las largas horas de negociaciones antes de descubrir la alegría de la manifestación salvaje y de las protestas.

Además, la cuestión del sabotaje se discute cada vez más en los círculos de desobedientes, lo que es nuevo. Detrás de ella, está la idea de que al permanecer en la no violencia pura, uno se arriesga a convertirse en el tonto útil del poder, que utiliza a personas desobedientes pacíficas para señalar con el dedo a los manifestantes « malos ».

Esto también es porque el poder no cede más que con las acciones rutinarias, ¿verdad? Cuando ves a políticos como Corinne Morel-Darleux hablando de sabotaje

También podemos hablar de Isabelle Attard y de su conversión al anarquismo. Ambas personas resultan interesantes porque, como representante local o diputada, se enfrentaron a los atolladeros institucionales de la manera más directa posible. Tan pronto como se dejan las instituciones para explorar otras posibilidades, llegamos muy rápidamente a repertorios de acción más radicales.

Por eso también vemos a hombres y mujeres –porque son más numerosos de lo que creemos generalmente– en el black bloc, aunque sean ejecutivos de comunicación, trabajen en la publicidad de un producto que odian, o contables de KPMG, etc. Hay gente que trabajó mucho en la campaña de Mélenchon en 2017 y que recurrió a modos de acción que no imaginamos compatibles con el activismo político clásico.

Suena incoherente, pero en el fondo no lo es tanto. En efecto, nos encontramos en un momento de desorientación estratégica en el que nadie ha demostrado que su estrategia, ya sea en las urnas o en la desobediencia civil, sea la más relevante. En este tanteo, se pasa con bastante rapidez de un modo a otro.

¿Se mantiene el argumento clásico, retomado por Mélenchon, por ejemplo, según el cual siempre se pierde con la violencia porque el Estado siempre será el más fuerte?

Las personas desobedientes lo asumen de buen grado. No sólo existe la idea de que el Estado se impondrá con mayor facilidad en lo que se refiere a la violencia, sino que también existe la convicción de que si se ganara en ese terreno, no sería deseable, porque quienes ya lo han hecho han creado posteriormente regímenes autoritarios. En cualquier caso, el ideal político que se persigue no sale indemne, o se ahoga o se corrompe.

Además de esta dimensión estratégica, los desobedientes añaden una dimensión ética a su reflexión, argumentando que la violencia es inmoral en cualquier caso. El ataque a la integridad física de los oponentes está mal visto por los activistas de la desobediencia, que a menudo insisten en la diferencia entre una persona y la función que ocupa, o entre el sistema capitalista y los capitalistas dentro de él. Estos argumentos éticos para el rechazo de la violencia son importantes para ellos y hacen su originalidad.

Después de todo, no es seguro que la gente que asiste a las protestas refute sus argumentos estratégicos. No justifican su presencia argumentando su eficacia, como si eso hiciera ceder al gobierno o a las multinacionales. Lo que se desprende de sus textos es la idea de la violencia como salida, que proporciona adrenalina y una sensación de vida intensa.

¿Democracia directa como alternativa?

Usted ha escrito y trabajado en la noción de democracia radical. ¿Cómo la describiría?

He usado el término, pero ahora lo encuentro demasiado vago. Al fin y al cabo, uno es siempre radical para alguien; el término permite situarse relativamente, pero no dice mucho en sí mismo. El término « democracia directa » me parece preferible, porque hay más consenso entre los especialistas sobre su contenido y eso es lo que se está haciendo o se ha experimentado en muchas iniciativas.

La democracia directa se define como la ausencia de representación política, lo que no impide la delegación, que se diferencia en la medida en que se hace en mandatos imperativos o semiimperativos, con la posibilidad de destituir a los delegados, que reciben un subsidio correspondiente al salario medio, pero no acumulan recursos que podrían convertirlos en profesionales de la política. Todo lo que se puede decidir localmente se decide localmente, y a niveles más altos tales delegados son enviados por la práctica de sorteo en lugar de por elección.

Una vez que tenemos todos estos ingredientes, tenemos la democracia directa tal y como se ha practicado, obviamente nunca en esta forma pura, tanto en Chiapas desde los años 90 como en Cataluña en 1936, con los soviets rusos en 1917 o los consejos de Budapest en 1919… Estoy mencionando deliberadamente ejemplos que involucran a millones de personas durante varios años, y no micro-bolsas de resistencia, para subrayar que la democracia directa puede ser una realidad y no sólo una utopía.

Nos encontramos aquí en el terreno político-institucional. ¿Es posible la democracia directa en cualquier entorno económico?

Para mí la pregunta es esencial, pero reconozco que los movimientos actuales, ya sean los chalecos amarillos o los activistas del clima, no se la plantean demasiado. Se trata del desafío de los medios de producción, de su control y de la organización dentro de la propia empresa, ya que no tendría sentido vivir en democracia directa y al mismo tiempo trabajar 40 horas a la semana en un sistema de tipo feudal.

La democracia plena significaría extenderla al campo de la producción, con los trabajadores controlándola en lugar de los propietarios y accionistas. Se me podría reprochar que recitara mi breviario marxista, pero la pregunta la había formulado el movimiento obrero incluso antes de los escritos de Marx, cuando se organizó en cooperativas y mutualidades.

Ahora bien, el punto de partida de la movilización de los chalecos amarillos no son las condiciones de trabajo y la remuneración, sino un impuesto, un patrón que se puede encontrar en muchos países donde esto se está « resquebrajando » en este momento.

Pero este cuestionamiento de la lógica capitalista no está ausente de los movimientos actuales. En las manifestaciones contra la reforma laboral, y después de algún tiempo en las manifestaciones de los chalecos amarillos, se escuchó, por ejemplo, el cántico « Anticapitalista ».

Estoy de acuerdo en que probablemente vuelva como una idea o como un eslogan. Pero, por el momento, no es en las empresas donde se producen luchas significativas con este grado de radicalismo. Sin embargo, ciertamente existe un caldo de cultivo para ello, ya que, contrariamente a lo que se cree, el conflicto no ha desaparecido.

Un estudio de la Dares (conocido como REPONSE) ha documentado bien el hecho de que ciertas formas de conflictualidad han disminuido drásticamente a lo largo de las décadas (en particular el número de días no trabajados debido a huelgas), pero que otras formas han explotado (absentismo, huelga de celo, rechazo a las horas extra) que se experimentan de manera más individualizada o incluso disimulada.

En términos generales, hemos salido del período más sombrío para la acción y las demandas colectivas. Estamos en una fase de creciente resistencia, con la llegada de nuevas fuerzas militantes, redes que se están tejiendo, sin mencionar las lecciones aprendidas de cada movimiento.

La democracia directa es una respuesta a la tergiversación de nuestro sistema político e institucional. El populismo es otra respuesta, cuyas inspiraciones también exploras en el campo del pensamiento político, y formas concretas en el campo partidario. ¿Ve estos dos fenómenos como vinculados o antagónicos?

Hablemos de los movimientos desobedientes de derechos civiles o de la descolonización de la India, la cuestión de la encarnación y del liderazgo carismático es inevitable. Luther King y Gandhi no eran ejecutores de instrucciones procedentes de sus bases, eran ultradirigentes que podían imponer orientaciones, incluso contra sus lugartenientes y miembros ordinarios.

La hiperencarnación presenta claramente el peligro de un giro hacia el autoritarismo, pero también puede producir un efecto dominó y una movilización popular. Puede movilizar categorías sociales que antes estaban confinadas a la indiferencia o la pasividad, así como crear bolsas de autoorganización en muchos lugares.

¿Dónde sitúa la convención ciudadana sobre el clima en este paisaje?

La iniciativa proviene de la Presidencia de la República, ciertamente en respuesta a una demanda social, pero con la idea de cooptar la protesta, instrumentalizando el proceso deliberativo y el sorteo, del que sigo siendo un firme partidario. Dicho esto, he tenido la sensación de que la bestia podía superar a su creador. Se plantearon muchas opciones que habría sido inimaginable ver debatidas en el Parlamento. Incluso los experimentos muy institucionales pueden ser subvertidos.

Versión española : Mariola Moreno, infoLibresocio editorial de Mediapart. Edición Irene Casado Sánchez.

 

investigador del FNRS (Fondo Nacional de Investigación Científica, de la Universidad belga de Lieja) e investigador postdoctoral del LabexMed (Universidad de Aix-Marseille, en Francia).

Fuente:

https://www.mediapart.fr/es/journal/international/070120/manuel-cervera-marzal-politologo-estamos-en-una-etapa-de-auge-de-la-resistencia