Cómo ser anticapitalista en el siglo XXI

Por Ben Tarnoff

Ben Tarnoff reseña el libro póstumo de Erik Olin Wright, How to Be an Anticapitalist in the Twenty-First Century (Verso Books, Londres, 2019).

Mientras ha habido gente que se llamaba socialista, ha habido gente que discutía acerca de lo que es el socialismo. El socialismo constituye una familia grande y díscola. Muchos de sus miembros no se hablan o tienen un historial de matarse los unos a los otros. Los derrumbamientos son corrientes. Diferencias de opinión que pueden parecer microscópicas vistas desde fuera sirven a menudo de base a peleas a gritos que duran siglos. Pero hasta en las familias más disfuncionales hay ciertos parecidos.

Sean fabianos o maoístas, eurocomunistas o anarcosindicalistas, los socialistas comparten el deseo de crear un mundo sin capitalismo.

¿A qué se parecería un mundo así? ¿Y cómo podríamos llegar a él desde donde estamos? Hasta no hace mucho, muy poca gente estaba interesada en los EE.UU. o en el Reino Unido en debatir estas preguntas. Los movimientos socialistas se encontraban en franco retroceso. La posibilidad de un mundo sin capitalismo parecía absurda. En años recientes, esta posibilidad ha empezado a parecer menos absurda. Un nuevo impulso por la izquierda en ambos países, propulsado por agitaciones populares, así como las campañas de políticos como Bernie Sanders y Jeremy Corbyn, han puesto las ideas socialistas de nuevo en circulación. Una encuesta tras otra demuestra la creciente popularidad del término. El 40% de los norteamericanos dice hoy que preferiría vivir en en un país socialista, en vez de en un país capitalista.

Se podría preguntar qué entienden por socialismo los que así responden, pero esta es siempre la cuestión. Se debaten en la actualidad respuestas que compiten entre sí en espacios grandes y pequeños: discursos de campañas presidenciales, hilos de Twitter, grandes diarios, pequeñas revistas. Llega ahora una importante aportación a este diálogo que toma la forma de un libro novedoso de Erik Olin Wright, recientemente desaparecido, uno de los intelectuales marxistas más conocidos y queridos de Norteamérica.

How to Be an Anticapitalist in the 21st Century merece que se lea ampliamente. En sus 150 páginas, más o menos, Wright presenta una defensa de lo que está mal en el capitalismo, lo que sería preferible y cómo llegar a lograrlo. Se trata de ese raro libro que puede hablar tanto a los fieles como a los no convertidos. Se los puedes regalar lo mismo a un tío escéptico que a un primo activista: hay en él algo para el lector que necesita persuadirse de que otro mundo es posible y para el lector que quiere ideas para dar vida a ese mundo.

 

Wright escribe con una combinación inusual de claridad, profundidad y calidez. Se enzarza con largueza con los argumentos contrarios. Reconoce la dificultad y la complejidad. Rezuma un respeto democrático por su lector. La democracia es, de hecho, la esencia del socialismo. Para él, una sociedad justa promulgaría la democracia en su sentido más profundo. Desea un mundo en el que tengan todos acceso a los “medios sociales y materiales necesarios para llevar una vida próspera”, así como la oportunidad de “participar significativamente en las decisiones sobre aquellas cosas que afectan a su vida”. El capitalismo, sostiene, nos impide crear ese mundo. De modo que propone un plan dual para “erosionarlo”, recurriendo al Estado para achicar el capitalismo desde arriba, a la vez que se cultivan las estructuras democráticas de propiedad social desde abajo.

Algunos de los detalles son más persuasivos que otros –  yo no comparto su entusiasmo por la renta básica universal –, pero la estrategia de conjunto resulta atractiva. Se trata de un enfoque ecuménico de transformación social, en el que todo el mundo tiene su papel. Quienes poseen una sensibilidad más socialdemócrata pueden hacer campaña por candidatos y votar iniciativas en referéndum, la gente de orientación laboralista puede crear sindicatos y cooperativas de trabajadores, los anarquistas pueden gestionar clínicas gratuitas y comedores colectivos.

Wright reúne así a las facciones beligerantes de la familia socialista y las pone a trabajar encaminadas a una misma meta. Recalca que esta meta no se puede conocer con precisión por adelantado: los contornos concretos de una sociedad socialista han de surgir de la experimentación democrática. El  “problema estratégico fundamental”, escribe, estriba en “cómo crear las condiciones en las que resulte posible un experimentalismo democrático sostenido”. Su pluralismo está destinado a fomentar esas condiciones, sembrando nuevos espacios de toma de decisiones colectiva en las grietas de la sociedad capitalista.

Pero hay un método que Wright excluye señaladamente: la revolución, o lo que él denomina “transformación rupturista”. Prevé una transición gradual, no un rompimiento brusco. La ruptura resulta demasiado arriesgada, advierte; nunca da como resultado “la creación de una alternativa democrática, igualitaria, emancipatoria alternativa”. Como prueba, apunta a las revoluciones del pasado. El pasado es un lugar que enseña humildad a los marxistas. Aunque algunas de las revoluciones que se hicieron en nombre de Marx tuvieron como consecuencia auténticos logros, otras llevaron a totalitarismos y atrocidades. Ninguna consiguió “producir el género de mundo nuevo imaginado por la ideología revolucionaria”, tal como lo expresa Wright.

La crisis del marxismo del siglo XX no se produjo sólo en el plano de la práctica, sin embargo, sino en el de la teoría. En los años posteriores a la muerte de Marx, se hizo dominante una presentación particular de sus ideas bajo la influencia de Friedrich Engels y otros. Adoptaba una visión mecanicista de la dinámica social y un punto de vista determinista de la histórica. Este grosero engranaje se hizo sinónimo del marxismo a finales del siglo XIX, para desfondarse luego bajo el peso del XX, conforme la historia se desarrollaba siguiendo rumbos que no podían explicar los viejos dogmas. Y a medida que el marxismo se convertía en ideología oficial de los estados comunistas, se fue deteriorando todavía más, convirtiéndose en una reliquia devota en un mausoleo, como el cuerpo embalsamado de Lenin.

Diferentes pensadores han tratado de resolver esta crisis de distintos modos.  Algunos volvieron a los textos de Marx para desarrollar nuevas lecturas de su obra. Hubo otros que tomaran técnicas prestadas de las ciencias sociales convencionales y la filosofía analítica para reconstruir el marxismo sobre lo que creían constituía una base más empírica. Eran estos los marxistas analíticos y esta era la tradición a la que pertenecía Wright.

Los marxistas analíticos se hicieron célebres por descartar grandes porciones de marxismo que no satisfacían su rigor científico: “marxismo sin sandeces” llamaban a su enfoque. El filósofo G.A. Cohen, fundador de la escuela, sostenía que el marxismo resurgiría más sólido tras “haber pasado por el ácido corrosivo del análisis”. Pero el ácido de los marxistas analíticos resultaba tan corrosivo que no quedaba luego mucho marxismo.

La influencia del marxismo analítico se percibe a lo largo del libro de Wright. Y al igual que sus colegas, llega a algunas conclusiones muy poco ortodoxas y, de manera absolutamente crucial, en la cuestión de clase. La clase es un asunto que conocía extremadamente bien: dedicó buena parte de su carrera a analizar sus complejidades. En esto concluye que esas complejidades hacen de la clase un edificio inadecuado sobre el que construir un movimiento socialista. De acuerdo con él, la clase trabajadora ha quedado demasiado fragmentada como para desempeñar el papel histórico que le asigna tradicionalmente el marxismo. El socialismo debe ser, antes bien, un proyecto ético. La clase es menos importante que el compromiso compartido con valores morales.

Se trata de un asunto discutible, sobre todo en el momento de nuestro presente. La clase constituye ciertamente un fenómeno complicado y la propia erudición académica de Wright resulta indispensable para interpretarla. Sin embargo, esto no ha impedido que se haya ido configurando una nueva política de clase en los últimos años. 2018 fue el año en el que los trabajadores norteamericanos participaron en más paros laborales desde 1986. Las huelgas de profesores en diversos estados [norteamericanos] han ayudado a nutrir un nuevo espíritu de militancia, mientras que dirigentes de la clase trabajadora, como Alexandria Ocasio-Cortez, hablan en la escena nacional con un lenguaje de clase.

Esto no basta para hacer socialismo, pero sugiere que la lucha de clases dista de ser una fuerza agotada. La cuestión crucial en los próximos años consistirá en cómo intensificar esa lucha antes de que el capitalismo nos arroje al abismo. La crisis climática se debate sólo brevemente en el libro de Wright, pero presenta por sí sola el obstáculo mayor para proseguir ese lento camino hacia el socialismo…y puede que no tengamos tiempo. Si bien Wright dirige correctamente nuestra atención hacia los peligros de la ruptura, puede que algo parecido a la ruptura sea la opción menos peligrosa para el planeta y la mayoría de la gente que en él vive.

El reto consistirá en evitar repetir las pesadillas del siglo XX a la vez que afrontamos las pesadillas del XXI. El libro último de Wright incorpora aquellas cualidades que vamos a precisar para superarlo dejando intactos nuestro hábitat y nuestra humanidad: mente clara, espíritu generoso y fe en la capacidad de la gente para gobernarse a sí misma.

columnista del diario The Guardian, escribe habitualmente sobre tecnología y política. Licenciado en Harvard y radicado en Nueva York, es autor de libros como The Bohemians y The Counterfeiter´s Paradise, y fundador y director de la revista Logic.

Fuente:

The Guardian

“Capital e ideología” de Thomas Piketty: la propiedad es el mal

Por Joseph Confavreux, Fabien Escalona y Romaric Godin

Desde las 1.200 páginas de su última obra, Piketty, destroza el debate público y político, explorando vías para, en concreto, “superar al capitalismo”. Pero, ¿cómo ejecutar esas propuestas radicales tratando de redefinir la noción misma de propiedad? ¿Bastarán para destruir las bases del hiper-capitalismo contemporáneo?

Es más fácil imaginar el fin del mundo que el del capitalismo”. Thomas Piketty se compromete en su última obra a nada menos que a desmentir la famosa sentencia del filósofo estadounidense Frederic Jameson, pretendiendo proporcionar herramientas para “superar el capitalismo”, saliendo de una glaciación ideológica catalizada por los fracasos del sovietismo real.

Después de “El capital en el siglo XXI”, excavadora editorial que vendió 2,5 millones de ejemplares en el mundo, donde documentaba la explosión de las desigualdades patrimoniales mundiales, el economista pasa a los trabajos prácticos y políticos. En Capital e ideología (Seuil), radicaliza su pensamiento e investiga los medios para criticar en concreto un régimen desigual actual cuyos efectos destructores sobre el planeta y los seres humanos no pueden proseguir.

Considerando que su libro de 2013 era demasiado occidentalo-céntrico y trataba “las evoluciones político-ideológicas respecto a las desigualdades y la redistribución como una suerte de caja negra”, busca ampliar su campo de investigación, que extiende desde la “complejidad multicultural de los jatis” en India, a los concursos imperiales chinos, pasando por la “propuesta 2x + y” debatida en 1977-78 en el Reino Unido…

Así Piketty quiere forjar una “idea más exacta de lo que podría llevar a una mejor organización política, económica y social para las diferentes sociedades del mundo en el siglo XXI” proponiendo para ello, “elaborar el perfil de un nuevo socialismo participativo para el siglo XXI

Esta grandísima (¿excesiva?) ambición implica “reconsiderar la propiedad justa, la educación justa y las fronteras justas” mientras nos encontramos en una fase de radicalización de las injusticias y desigualdades, a las que el investigador consagra numerosos tramos de su obra para rehacer la génesis.

Se remonta para ello hasta las “sociedades ternarias” en las que la población se dividía según su función guerrera, religiosa o laboriosa, porque “la estructura de las desigualdades en las antiguas sociedades ternarias radicalmente está menos alejada de la hoy existente de lo que a veces imaginamos”; y sobre todo, considerando el hecho de que “las condiciones de la desaparición de las sociedades trifuncionales, profundamente variables según los países, las regiones y los contextos religiosos, coloniales o postcoloniales, han dejado rasgos profundos en el mundo contemporáneo

Su estudio de las sociedades coloniales y esclavistas le permite por su parte, establecer la “continuidad entre las lógicas esclavistas, coloniales y de propietarios”. Y mostrar la cuasi-sacralización de la propiedad que enraíza en el siglo XIX, a partir de la crítica a las sociedades de  orden, como se deriva del hecho de que, cuando la esclavitud es abolida, no son los esclavos los indemnizados, sino sus propietarios, Y eso pese a que esta decisión, en el caso británico, ha gravado al presupuesto del país y sobre-explotado a los contribuyentes ordinarios. Y en el caso francés, llevó a exigirle a Haití, bajo amenaza militar, el pago de una deuda inicua que gravó severamente toda posibilidad de desarrollo de la isla.

Esta inmersión profunda en la historia y amplia en la geografía, que los especialistas de esas épocas y países podrán sin duda criticar en detalle, le permite subrayar la diversidad de origen de las desigualdades, ya radiquen en la pesada herencia histórica vinculada a las discriminaciones raciales y coloniales y a la esclavitud (sobre todo en Brasil, África del Sur y también en Estados Unidos), bien sea en factores más “modernos” vinculados, por ejemplo, a la hiper-concentración de las riquezas petroleras, como en Oriente Medio que constituye actualmente la región más desigual del mundo.

Ante todo, ello le permite establecer que las desigualdades no son en absoluto naturales, culturales o civilizatorias; y que las trayectorias y bifurcaciones desiguales o igualitarias, pueden ser enormemente rápidas. Uno de los casos más sorprendentes es el de Suecia, país que pasó de una sociedad de órdenes a una “democracia hipercensitaria”, con derechos de voto proporcionales a la fortuna en la que un voto valía por cien, antes de convertirse en una de las sociedades más igualitarias del mundo.

El investigador subraya en esta ocasión que son “únicamente las movilizaciones populares notablemente eficaces, las estrategias políticas concretas, y las instituciones sociales y fiscales muy precisas, las que han permitido a Suecia el cambio de trayectoria”. En sentido inverso, los Estados Unidos, que se sitúan hoy en cabeza de la profundización del vértigo de la desigualdad, fueron, a partir de los años 30 hasta los 70, adelantados en el despliegue de impuestos progresivos masivos y de políticas de redistribución ad hoc.

A pesar de estos ejemplos históricos de la rápida erosión de los sistemas igualitarios o desiguales, a partir de comprobar donde la concentración de patrimonios no ha cesado de ser enormemente fuerte, ya sea en el siglo XIX, el XX o al inicio del XXI, ¿pueden las cosas realmente cambiar? En Francia la parte detentada por el 50% de los más pobres ha sido siempre extremadamente débil: en torno al 2% del total de patrimonios en el siglo XIX, apenas algo más del 5% hoy…

El período de reducción importante de las desigualdades mundiales en cualquier caso respecto a las clases medias, entre 1914 y 1970, señala a la vez que es posible una evolución masiva; pero esta reducción solo podrá hacerse en favor de las clases populares a condición de cambiar simultáneamente la escala y la naturaleza de la lucha por la igualdad. Para ello Piketty apunta una propuesta radical: un cambio profunda de las relaciones de propiedad, que no sea una extensión infinita y autoritaria del dominio de la propiedad pública tal como se hizo bajo el socialismo real.

Propiedad temporal y herencia para todos

Más allá de propuestas interesantes y en ocasiones ya formuladas, de reforzar la progresividad del impuesto sobre rentas y sucesiones; de desplegar una renta básica integradas en un dispositivo global sin sustituir la política social; de reinserción de los mercados en la línea de Karl Polanyi; o incluso de ampliación y profundización de la propiedad social de las empresas relacionada con la cogestión nórdica o alemana, el núcleo de la tesis pikettiana radica en la implantación de un impuesto anual y altamente progresivo “sobre la propiedad, para permitir financiar la dotación de capital para cada joven adulto y desplegar una forma de propiedad temporal y de circulación permanente de los patrimonios” Esta imposición anual de los patrimonios importantes permitiría una “difusión patrimonial”, que constituye hoy simultáneamente, el ángulo muerto y el callejón sin salida de toda la política contemporánea.

Esta herramienta fiscal tendría la ventaja de aplicarse a todos los activos, incluyendo los financieros, contrariamente al impuesto inmobiliario, y adaptarse con mayor rapidez a la evolución de la riqueza. Permitiría así no “esperar a que Mark Zuckerberg o Jeff Bezos cumplan 90 años para transmitir su fortuna y comenzar a hacerles pagar impuestos”. Si queremos que el 50% de lo más pobres detenten finalmente una porción no despreciable de las riquezas nacionales, necesitaremos para eso “generalizar la noción de reforma agraria transformándola en un proceso permanente incluyendo al conjunto del capital privado”.

Thomas Piketty llega incluso a establecer un esquema exhaustivo de esta evolución fiscal y mental. El impuesto anual sobre la propiedad y el impuesto sobre sucesiones, aportarían en total en torno al 5% de la renta nacional; cantidad que se emplearía totalmente en financiar una dotación en capital dedicada a los jóvenes adultos, por ejemplo de 25 años, en forma de “herencia para todos”; mientras que, el 50% de los más pobres hoy no reciben casi nada. Esto permitiría también un rejuvenecimiento de los patrimonios “lo que permite pensar que sería algo excelente para el dinamismo social y económico

Este impuesto no sustituiría al impuesto progresivo sobre la renta, en el que el investigador incluye las cotizaciones sociales y una tasa progresiva sobre las emisiones de carbono, permitiendo alcanzar casi el 45% de la renta nacional pudiéndose con ello financiar la totalidad del gasto público, en concreto la renta básica y sobre todo el Estado social: salud, educación, jubilaciones,…

Este sistema designado con los términos de “socialismo participativo”, se basa en una propiedad social ampliada y en la invención de una propiedad temporal, según Piketty, no tiene “ya gran cosa que ver con el capitalismo privado tal y como lo conocemos actualmente”. Constituye en su opinión “una superación real del capitalismo” que permite trazar otra ruta, que no sea, ni el endurecimiento de la ideología del propietario, ni la retirada nativista.

Alguna de las conclusiones obtenidas pueden parecer radicales”, escribe el investigador, Y así sin duda las recibirán los socialdemócratas a quienes la obra parece en principio destinada, si hemos de creer el masivo plan de comunicación de la obra imponiendo un embargo al 12 de setiembre, excepción hecha de los principales medios de la socialdemocracia; a saber, Le Monde, Obs y France Inter.

Sin embargo, la obra de Piketty, también obligará a posicionarse a la izquierda radical, y sobre todo a responder a la afirmación del autor, según la cual ciertas formas de organizar las relaciones de propiedad en el siglo XIX, “pueden suponer una superación del capitalismo mucho más real que la vía consistente en prometer su destrucción sin preocuparse de su sustituto”.

No obstante, antes de que llegue a ser lo que pretende, a saber: un “antídoto a la vez contra el conservadurismo elitista y la esperanza revolucionaria de la gran noche” la obra del autor enfrenta el deber de superar dos tipos de límites: la definición estricta que propone a la vez del capital y de la ideología; y la política adecuada a desplegar para lograr que tal edificio revolucionario en términos fiscales e ideológicos, no se convierta en una fábrica de gas de papel.

En efecto, la ambición de Piketty es tan loable como rara, dado que incluso los partidos de la izquierda radical apenas han producido, al margen de algunas consignas, auténticos proyectos para salir del capitalismo real. En tanto se trata de la condición sine qua non para acabar con el desastre climático, social y político contemporáneo, subsiste una duda sobre los medios teóricos y prácticos que el autor ofrece realmente al final de 1.200 páginas que pretenden, precisamente, ofrecer soluciones concretas para el análisis de situaciones concretas, parafraseando a Lenin.

La lógica de acumulación permanece intacta

El primer interrogante se refiere a la definición de los términos que dan título al libro,”capital” e “ideología”, y la dialéctica posible entre ambas nociones. Si la aportación principal de la obra lleva a una redefinición de la noción misma de propiedad, reduce muy a menudo, la noción de capital a la de patrimonio. Arriesgándose a privarse de los medios de “superar al capitalismo”, como trata de proponer. El capitalismo se apoya en una lógica de acumulación y una explotación del trabajo para el beneficio y en la obra estas no se ponen claramente en entredicho.

Desde luego, la extensión de la propiedad social, reforzando la democracia en las empresas, reduce la autonomía del uso de la plusvalía realizada, en tanto que la invención de una propiedad temporal debilita la acumulación de capital. Pero esto no permite erosionar esos dos pilares del capitalismo, sin que paralelamente, la necesidad de acumulación del capital se reduzca por el despliegue de un modo alternativo de respuesta a las necesidades de la sociedad.

Ahora bien, Thomas Piketty, estima que la cuestión de las desigualdades es la clave universal para resolver la cuestión social, la ecológica y para superar al capitalismo. Así pues, si la necesidad de acumulación no desaparece; dicho de otra forma, si el funcionamiento de la economía sigue dependiendo de esta acumulación para producir valor, entonces el hermoso edificio del autor corre el peligro de tambalearse. En efecto, nada garantiza que el despliegue de un impuesto anual sobre el patrimonio que permita su circulación baste para acabar con la necesidad de acumulación de capital, ni con los efectos de alienación y dominación propios del capitalismo.

Si la sociedad continúa funcionando con el modo actual, incluso con menos desigualdades, la necesidad de acumulación para financiar el empleo, la inversión o la innovación, solo podrá, in fine, llevar a ejercer una presión sobre la fiscalidad del capital. Sobre todo, la presión ejercida por los capitalistas sobre el empleo, llevará necesariamente a reequilibrar la política a su favor.

No es cierto que el armazón de Piketty permita, incluso dando más peso a los asalariados en las empresas, modificar la dialéctica entre trabajo y capital susceptible de trastocar el hipercapitalismo actual. Un elemento de la obra apunta esta inquietud: la superación del capitalismo solo debe lograrse con mesura en las PME. En las pequeñas empresas, Thomas Piquetty defiende un poder sólido del capital, en nombre de los “sueños” del patrón que aporta su capital, mientras que el asalariado, podría irse “de un día para otro”. Extraño cuadro que constituye precisamente la justificación actual del poder del capital sobre el trabajo, pero que mantiene su lógica en la medida en que el capitalismo siga funcionando como antes, mediante extracción de plusvalía, circulación y acumulación.

La otra perplejidad concierne al segundo término del título elegido por Thomas Piketty. Juntar así “capital” e “ideología”, cuando su libro precedente solo incluía en su portada el primer término, es una forma para el economista de formación como es, en insistir, como lo hace en todo el contenido del libro, en la idea central de que la ciencia económica no puede existir fuera de las ciencias sociales. Nada de lo económico puede entenderse sin estudiar los subyacentes sociológico, político e histórico.

Aunque poco específico en sus referencias, Thomas Piketty se inscribe en la tradición heterodoxa que insiste en la importancia de las instituciones y se opone al carácter “natural” de la economía. Contrastar esta “naturalidad” con la prueba de la historia le permite acabar con tal mito y es la principal virtud de la larga, y en ocasiones laboriosa, serie de descripciones históricas de la obra. Siempre es útil recordar esta sana verdad de que el régimen económico presente no es fruto de un destino ineluctable, orgánico y metafísico, sino de opciones humanas, susceptibles de modificarse.

Esta inquietud ¿bastaría para entender lo que es una ideología, considerando que el autor apenas se somete a discusiones con los filósofos que han dilucidado esta cuestión? Thomas Piketty afirma que “las desigualdades son de origen ideológico y político”, insistiendo sobre “la autonomía” de esta esfera del relato en su acción sobre lo real. Invierte y “reformula” así el texto del Manifiesto del Partido Comunista pretendiendo que en adelante “la historia de toda sociedad hasta nuestros días solo ha sido una lucha de las ideologías y de la búsqueda de la justicia”. Así pues, una búsqueda intelectual.

También afirma en varias ocasiones que “toda la historia de los regímenes desiguales muestra que lo son ante cualquier movilización social y política y los experimentos concretos que permitan el cambio histórico”. Dicho de otro modo: son más bien las condiciones reales de existencia las que implican reacciones y hacen progresar la historia.

Esta tensión se vincula al bloqueo del paradigma fordista de los años 1930-70 que Thomas Piketty rechaza todo el tiempo. Sin embargo, si este período acabó, ante todo fue porque no respondía ya a su función primaria que había llevado a su creación en los años 30: precisamente la de salvar al capitalismo de sus excesos. El autor lo confiesa: desearía recuperar el hilo de la historia en los 70, en el momento del frenazo del progreso socialdemócrata. No obstante, este paro no es un accidente de la historia. Es el resultado del fracaso de la visión socialdemócrata “evolucionista” del capitalismo hacia una superación pacífica y gradual, fracaso tan evidente como el derrumbe de la economía soviética.

Si el libro de Piketty sufre con la dialéctica capital ideología en toda la amplitud de ambos términos, es porque está atrapado por un espectro, el de Marx, que rehusa tomar plenamente en serio incluso cuando el pensador de Tréveris plantea cuestiones ineludibles para su objetivo y esenciales para sus proposiciones, a partir del momento en que denomina a su obra Capital e ideología…

Así, ¿podemos considerar que la cuestión de las desigualdades puede resolverse independientemente de los conceptos de alienación y explotación? Mientras el trabajo efectivamente pierde el control sobre su producto en beneficio del capital, las propuestas de Thomas Piketty se debilitan. A menos que este último espere a que simplemente pueda “comprar” de algún modo la adhesión de los asalariados a esta alienación mediante menos desigualdades. Pero la historia, en particular la de los años 1960 y 70, muestra precisamente lo contrario.

Finalmente, es el gran pesar que deja su lectura: la falta de una teoría del valor y sin duda también una teoría monetaria, a la altura de la ambición del libro. Es lástima que no haya tenido un auténtico diálogo con Marx, como con los teóricos neoliberales o post keynesianos. Esta falta es lamentable porque las desigualdades como bien muestra Piketty, son un medio poderoso para destacar y articular la necesaria superación del capitalismo. A condición de ir más allá de la cuestión de la propiedad, como por otra parte lo hacen algunos teóricos, sobre todo más allá del Atlántico, y sin olvidarse de las formas concretas de salida del capitalismo experimentadas a escala local.

“Coalición igualitaria” e “izquierda brahmánica”

Aunque deseables respecto a lo existente, la eficacia y la radicalidad de las soluciones de Piketty corren el riesgo de mostrarse más limitadas de lo esperado, cuando se las compara con el conjunto de lectura más crítica de los fundamentos últimos del capitalismo. Y este límite teórico a la ambición de la obra se acentúa con una interrogación política sobre las formas de desplegar tales medidas.

El autor en la última parte de la obra, reflexiona sobre las condiciones necesarias para que una nueva “alianza igualitaria” recuperando de cero el programa malogrado de la socialdemocracia,  y realice la revolución fiscal que se propone. Lo que supone, en primer término, recuperar a las clases populares desarraigadas de los partidos de izquierda.

En efecto Piketty recuerda hasta que punto la izquierda electoral, en otra etapa sobrerrepresentada entre los ciudadanos menos provistos en patrimonio, ingresos y titulaciones, obtiene ahora sus mejores resultados entre los más instruidos. Asocia esta “vuelta” al surgimiento de un “sistema de élites multiples”, en el que los “ganadores del sistema educativo” votarán a la izquierda (lo que designa con los términos de “izquierda brahmánica”), mientras que la derecha electoral, bautizada como “derecha mercantil”, seguirá atrayendo “las más elevadas rentas  patrimoniales”.

En este esquema, las capas populares han quedado huérfanas de representación política. Si algunas fracciones, de hecho más a la derecha, han podido verse atraídas por las sirenas “nativistas” que abonan el rechazo a la inmigración postcolonial, otras han salido simplemente del juego electoral engrosando las filas de los abstencionistas. Las propuestas de Thomas Piketty ¿pueden constituir la base de una coalición igualitaria que recupere un voto popular liberado de la explotación identitaria fijada férreamente, sobre todo en el ámbito étnico-racial y religioso? Ahí todavía, la ambición del investigador corre el riesgo de topar con ciertos límites.

En efecto, el economista dialoga más bien poco con la producción contemporánea en ciencia política, aunque se fije el objetivo, en la última parte de su obra, de “rehacer las dimensiones del conflicto político”. En este asunto, como diplomáticamente subraya la electoralista Nonna Mayer, hay ya disponibles una plétora de trabajos, de los que Mediapart, se ha hecho eco en ocasiones. Comportándose como un catalizador más que como un continuador o un polemista crítico, Piketty se ahorra matices y discusiones que hubieran podido haber enriquecido su aportación.

Por ejemplo, algunos trabajos han mostrado que el alejamiento de los obreros respecto a la izquierda, ha precedido a la experiencia del poder, lo que Piketty considera que constituye un momento de transición provocando un sentimiento de abandono. En el caso francés, Florent Gougou sitúa el inicio de esta dinámica en las elecciones legislativas de 1978, cuando el PS y el PCF se situaban en plataformas radicales y aún no habían tenido tiempo para decepcionarles. El investigador pone en evidencia que el motor del cambio fue ante todo generacional: las nuevas cohortes de obreros se socializaron en contextos materiales e ideológicos diferentes de sus ancestros y de ahí los comportamientos electorales diferentes.

Tener in mente la cronología del alejamiento permite medir la amplitud del desafío planteado a la izquierda en su relación con las capas populares, en la medida en que la simple restauración de un discurso pro-redistribución, no bastará probablemente para convencer a las capas sociales que han sufrido tres decenios de crisis económica. Ha ocurrido una evolución estructural que supera con creces los efectos de los ciclos de gobierno. Piketty destaca claramente el carácter gradual de esta pérdida de audiencia de la izquierda, y de la tendencia contraria al acercamiento a la misma de los más titulados. Más bien es para sacar la conclusión de que “la izquierda electoral ha pasado del partido de los trabajadores al partido de los titulados sin realmente haberlo deseado y sin que nadie haya estado en posición de decidirlo

Para un lector francés que haya vivido los debates respecto a la nota de Terra Nova en 2011, la afirmación puede sorprenderle. Incluso puede remontarse hasta los años 60 para encontrar en Jean Poperen, futuro nº 2 del PS, una alerta contra la tentación “social-tecnócrata”. Señalando el ascenso de una “burguesía técnica” amenazando con reproducir la subordinación de los trabajadores ordinarios, temía “el encadenamiento” de estos últimos “al carro de los organizadores, managers oficiales <del>capitalismo”. Resulta difícil defender el efecto sorpresa…

La categoría de “izquierda brahmánica” tampoco parece convincente del todo. El economista ciertamente pretende señalar el riesgo de elitismo que acecha este campo, y llama a remediarlo mediante una agenda socio-económica capaz de reunir a las clases medias y populares contra las rentistas. Sin duda se juntarán más en este plano donde pueden construirse alianzas, que en el de las cuestiones culturales (leer la entrevista con Line Rennwald).

Pero el hecho de importar un vocabulario de castas indias para analizar la estructura sociopolítica occidental parece arriesgado, tanto, que más allá de la metáfora, las categorías titulados así mostradas no implican una élite a situar en el mismo plano que la de los propietarios, a excepción de en términos numéricos. Habiendo aumentado claramente en el conjunto de la sociedad el nivel de formación, era indispensable para la izquierda hacerse también la representante de capas socio-demográficas con mayor peso electoral al contrario de los más ricos detentadores de capitales. Además, los graduados son también trabajadores, lo que no hace menos indispensable una alianza con el asalariado ejecutor.

Por otro lado, una parte creciente de los “brahmanes” no convierten tampoco su nivel de diploma en comodidad, estabilidad y poder de decisión. Así pues, es justamente en reacción a un sistema capitalista cuya crisis afecta ahora a capas enteras de las clases medias, cuando estas últimas proporcionan batallones de una nueva izquierda ofensiva con la que Piketty se solaza en su libro y que encarnan las figuras de Podemos o de los Demócratas socialistas como  Ocasio-Cortez.

Arriesgadas propuestas fiscales, o incluso de igualación de los gastos de enseñanza per cápita, ¿estarán a la altura de tal época? Todo depende de la interpretación hecha del recorrido respectivo de la democracia y del capitalismo a lo largo de los ciento cincuenta últimos años. Ahí, todavía merecería hacerse una discusión más profunda.

En efecto, Piketty estima que sus propuestas se inscriben en la corriente de un “movimiento hacia el socialismo democrático que transcurre desde fines del XIX”, interrumpido por la revolución conservadora de los años 80 y la caída del comunismo. Algunos politólogos, como el malogrado Peter Mair, consideran por ello que el auténtico paréntesis fue el de los tres decenios de postguerra, denominados los “treinta gloriosos” en Francia. Un período durante el cual las democracias liberal-representativas, fueron particularmente estables e inclusivas, gracias a los compromisos facilitados por niveles de crecimiento históricamente excepcionales (lo que el propio Piketty mostraba en su obra precedente.

Bajo este prisma, el endurecimiento neoliberal demostrará más bien la vuelta a un juego político de suma cero entre intereses sociales antagónicos. Los intentos de justicia fiscal podrían por tanto toparse con resistencias acérrimas que necesitarían, para ser superadas, un grado de conflicto muy alejado de las aspiraciones del autor a un cambio pacífico y progresivo.

son periodistas de Mediapart, Francia.

Fuente:

https://www.mediapart.fr/journal/culture-idees/110919/capital-et-ideologie-de-thomas-piketty-la-propriete-c-est-le-mal?onglet=full

Traducción:Ramón Sánchez Tabarés

Tener superpoderes: la lectura como experiencia de emancipación

¿Es la lectura algún tipo de experiencia subversiva hoy día? ¿Habilita modos de estar en el mundo a contracorriente de los hegemónicos?

Por Amador Fernández-Savater

Fuente: https://www.eldiario.es/interferencias/lectura_6_941815820.html

Brett Scott: «Los bancos están creando una idea romántica de los pagos electrónicos para conseguir más poder»

ENTREVISTA | Activista y antiguo bróker de bolsa

  • «Se nos cuenta que esos sistemas pueden evitar la evasión de impuestos, pero no tiene sentido cuando tenemos en cuenta que los bancos tienen divisiones enteras encargadas de ayudar a sus clientes a defraudar»
  • «Los datos relativos a pagos son mucho más sensibles o más delicados que otro tipo de datos. Lo que compras está diciendo lo que haces, cómo actúas»
  • «Abandonar el uso del dinero en efectivo es hacer un pacto con el diablo»

Por Marina Estévez Torreblanca

Suecia es el lugar donde se fabricaron billetes por primera vez en Europa, en el año 1661 (casi nueve siglos después que en China). También podría ser un país pionero en la desaparición del dinero en efectivo: en 2016 solo el 1% de los pagos se hicieron por esta vía. Este control financiero casi «totalitario» (con información sobre lo que se compra, cuándo y dónde) responde a una estrategia por parte de los bancos, empresas intermediarias en los pagos y gobiernos, según alerta el activista y antiguo bróker de bolsa Brett Scott.

Su libro, Hackeando el futuro del dinero (Profit Editorial) acaba de ser publicado en castellano y Scott se encuentra haciendo entrevistas estos días en España. En conversación con eldiario.es defiende un posible sistema financiero de crédito mutuo entre comunidades que escape al control de los bancos centrales y comerciales.

Mientras se materializa esta, a día de hoy, utopía, asegura que no quiere dar «una idea romántica sobre el efectivo», pero defiende la necesidad de un sistema mixto entre los billetes en el bolsillo y los pagos electrónicos. Explica que el sector financiero está dedicando muchos recursos a idealizar la economía digital, con riesgos como la desaparición de la intimidad, el uso espurio de los datos y los ciberataques. Y alerta de que los pobres serían los primeros perjudicados por la desaparición de la moneda física. «Abandonar el uso del dinero en efectivo es hacer un pacto con el diablo», advierte.

Usted alerta sobre el hecho de que el uso de bancos y pagos electrónicos puede suponer un control sobre la vida y las actividades de las personas, pero normalmente compartimos información voluntariamente a través por ejemplo de las redes sociales. ¿Por qué es peor ese otro control?

Lo primero que diría es que simplemente el hecho de que ya estemos controlados no significa que no haya que pelear para mantener un cierto nivel de privacidad. La comunidad de la privacidad, es decir, la gente que está luchando por mantener la privacidad, por ejemplo en las redes sociales, puede mantener un cierto control sobre sus datos y su información o sobre cómo se va a usar.

También diría que los datos relativos a pagos son mucho más sensibles o más delicados que otro tipo de datos (es un control casi absoluto sobre las actividades por parte de instituciones no democráticas como los bancos, a las que tienes que pedir «permiso» para pagar). Las redes sociales muestran ciertas cosas sobre la gente, pero no hablan sobre cómo se actúa realmente. Existe un dicho en inglés que habla de poner el dinero donde pones tu boca. Lo que quiere decir es que lo que compras está hablando sobre lo que haces, cómo actúas.

De este modo, conseguir datos sobre pagos es mucho más sensible que los de las redes sociales. Y controlar este tipo de datos tiene también consecuencias más serias.

A favor del dinero electrónico frente al efectivo hay también otros argumentos. Por ejemplo, en España se calcula que la economía sumergida puede llegar a equivaler al 24% del PIB. Esto tiene consecuencias en evasión fiscal y también en la protección de los trabajadores que cobran parte o todo su salario en dinero sin declarar. ¿Qué opina?

Yo creo que la frase que viene a cuento aquí es que hay que tener cuidado con lo que se desea. Es cierto que puedes usar los pagos digitales para formalizar los sistemas económicos, porque existe un intermediario que lo vigila todo. Pero al mismo tiempo se está aumentando el poder del sector financiero, se aumenta el poder de la banca y de los intermediarios de pago y al mismo tiempo se está exponiendo a los usuarios a nuevos riesgos, por ejemplo, a los ciberataques, a los fraudes. Y cuestiones como la dependencia que se genera en la gente sobre este tipo de plataformas. Por ejemplo, ¿qué ocurre si hay un apagón, si hay problemas con la electricidad?

La manera en la que lo podría explicar es que no quiero dar una idea romántica sobre sobre el efectivo, pero el sector financiero sí está creando esta imagen romántica de los pagos electrónicos y la economía digital.

Es un pacto con el diablo, porque se nos cuenta que quizás se puedan solucionar problemas mediante esta economía digital, pero solo a cambio de darle mucho más poder a las entidades financieras que no rinden cuentas de ningún tipo. Si tú quieres hacer esto, vale, de acuerdo, se puede hacer. Pero hay que tener en cuenta también que el sector financiero no va a solucionar necesariamente los problemas.

Por ejemplo, si hablamos de impuestos. Se nos cuenta que mediante esos sistemas se puede evitar el fraude fiscal, pero no tiene sentido cuando tenemos en cuenta que los bancos actualmente tienen divisiones enteras encargadas de ayudar a que sus clientes evadan el pago de impuestos.

Los países que actualmente están actuando de manera más activa en el sentido de hacer desaparecer el dinero en efectivo son los escandinavos, que son socialdemocracias que se suelen colocar como ejemplo de garantías de los derechos de sus ciudadanos. ¿Por qué cree que ocurre allí precisamente?

Uno de los motivos principales de que esto suceda en países como Suecia y que no sean críticos con estos sistemas digitales, es que la gente confía en sus instituciones. Hay una población muy preparada que cree que las instituciones trabajan siempre en su beneficio, por lo que no ponen problemas a la hora de someterse a estas instituciones, incluidas las financieras. Pero esta confianza en las instituciones no sucede en otros países. Este es un punto que a menudo olvidan los defensores de estos sistemas digitales. Digamos que asumen que todo el mundo va a querer incorporarse a estos grandes sistemas institucionales, pero esto no es necesariamente así, solo hay alguna gente que lo desea.

En algunas organizaciones de ayuda al desarrollo se imagina que si estos sistemas de pago digital, sin efectivo, llegaran a la gente en todos los países, todo mejoraría. Pero lo que sucede es que hay países donde puede haber problemas de debilidad institucional, de infraestructuras, educación. Esto es donde se cree que se debe intervenir a nivel tecnológico para mejorar la economía.

Pero a menudo por muchas capas de tecnología que se añadan, no se soluciona nada. Si no hay fortaleza institucional, por muchas capas tecnológicas que pongas no vas a resolver los problemas, solo vas a ser objeto de más abusos.

Brett Scott, autor de 'Hackeando el futuro del dinero'.

En el caso de que el dinero en metálico llegara a desaparecer ¿qué capas de la población se verían más perjudicadas?

Siempre los más pobres. La analogía que utilizo a menudo es la de los coches y las bicicletas. Si piensas en un sistema de transporte, idealmente querrás tener los dos. Pero si destruyes la industria de la bicicleta, la gente que no tenga acceso a los coches tendrá que caminar.

La analogía de las bicis y los coches es útil. Los pagos digitales llegan muy lejos y son muy rápidos, mientras que los pagos en efectivo son más lentos pero mucho más accesibles. Pero si miras a largo plazo, una sociedad donde solo haya coches, si algo va mal con el sistema de fabricación toda la sociedad estará afectada.

Aunque inicialmente será la gente sin acceso a las cuentas bancarias la que tendrá que operar de maneras más informales tras el ataque al sistema del dinero en efectivo, en circunstancias extremas todo el mundo se verá perjudicado. Se habla mucho de las crisis financieras globales. Si en una de estas crisis hay una pérdida de confianza en el sistema bancario, todo el mundo querrá salir del sistema, intentará sacar el dinero de los bancos. Y si no hay metálico, esto puede tener consecuencias graves.

¿Cuál es para usted entonces el sistema idóneo? ¿combinar bicicletas y coches?

Sí, cuando se diseña un sistema económico siempre se pretende que haya un balance de elementos y por eso yo no tengo una idea romántica con respecto al efectivo. Yo uso el sistema bancario y los pagos digitales, pero la idea de una sociedad sin efectivo donde la gente se ve forzada a realizar siempre sistemas de pago digital, es algo muy diferente. El sistema de efectivo está regulado por los bancos centrales, mientras que los sistemas de pago digital están controlados por bancos y empresas privadas de pago. Y tienen amplios presupuestos para promover sus sistemas, mientras que los bancos centrales nunca dedican ningún tipo de presupuesto a promover o a difundir  el efectivo. Con lo cual es un juego en el que hay una gran desigualdad entre los protagonistas. Como resultado, la gente no recibe una educación al respecto y sólo se quedan con una parte de la historia.

¿Qué podemos a su juicio hacer como individuos para evitar este control del sistema bancario?

La dinámica política es que el sistema bancario privado controla el acceso al efectivo en gran medida y controla el acceso del público. Es por cómo funciona el sistema monetario. Esto es un gran problema porque el equivalente sería Microsoft controlando el acceso a Linux o algo así. Por ello, tendría que haber una intervención política para forzar al sistema bancario a mantener el acceso al dinero en efectivo al público, que es algo que el Estado debe exigir.

Luego hay otro tema y es que en gran medida muchos gobiernos han dejado de aceptar el dinero del propio estado como pago por sus servicios públicos. Un ejemplo podría ser el del Reino Unido, el sistema de transportes de Londres, que es un monopolio estatal, y se niega a aceptar dinero en metálico desde hace muchísimos años. Es decir, una institución estatal no acepta dinero estatal para pagar por sus servicios. Todas las instituciones debería aceptar dinero estatal por sus servicios, en lugar de forzar a todo el mundo a acudir a los bancos privados.

El dinero lleva muchos años sin estar respaldado por un valor real (como era el oro) sino en su valor fiduciario, basado en la confianza. ¿Hacia dónde puede evolucionar el futuro del dinero?

Creo que el dinero que tenemos actualmente es más poderoso que el oro. No estoy de acuerdo en que esté basado en la confianza. Históricamente hay dos enfoques: uno es el que ve el dinero como un producto, una mercancía, el que lo ve como algo que intrínsecamente tiene un valor que nos hace desearlo, como el oro. Soy escéptico sobre ello.

Luego está la otra idea que habla del dinero como algo basado en la confianza o en una especie de acuerdo colectivo. Pero existiría una tercera vía, un tercer concepto que está más refinado y en el que yo creo más. Las teorías de redes. La gente está inmersa en redes totalmente interdependientes. Ningún individuo en la sociedad puede decidir no usar dinero. No usamos el dinero porque confiemos en él, lo usamos porque si no estamos fastidiados. Todos somos dependientes de esta inmensa red que nos acaba atrapando y que es extremadamente fuerte.

Por ejemplo, los dólares estadounidenses. Se trata de una red de 300 millones de personas o más, es un sistema mucho más poderoso que un trozo de oro que nos puede parecer muy bonito. Es una gran red interrelacionada en la que ningún individuo tiene ningún poder. Entonces, el arte de política monetaria es cómo alteras el número de unidades en esa red, y es lo que hacen a menudo los bancos centrales.

Yo vengo de una escuela de pensamiento monetario que se llama cartalismo, basada en la idea de que el dinero está basado en sistemas de créditos y redes formales (la Teoría Monetaria Moderna también se conoce como neocartalismo).

¿En qué lugar colocaría a las monedas tipo bitcoins dentro de esos ecosistemas? 

De hecho el bitcoin intenta replicar estas teorías de dinero como commodity, como un bien, pero usando una estructura de red. Para los evangelistas del bitcoin, la idea que subyace es que las unidades de moneda tienen un valor en sí mismas por la cantidad limitada que existe de la misma. Es un poco como se concebía el valor del oro.

Con esta concepción, es como si coges esta botella de agua que tengo en la mano, la lanzas y existe por ahí y se va transmitiendo, se va pasando de mano en mano. Con el bitcoin se piensa una cosa similar, este sistema de tokens que emites, los lanzas y se van moviendo.

Con los sistemas de crédito lo que piensas es: estas unidades que lanzas se expanden y se contraen. Son entidades que respiran y representan a otra gente. Las unidades en sí mismas son conductos que conectan con otra gente, que permiten el acceso a otras personas. Es muy abstracto, pero digamos que las unidades de crédito tienen dos caras y el bitcoin solo una. Es una de las razones por las que el bitcoin ha sido tan fácilmente vapuleado por los otros sistemas.

Los creadores de bitcoin dijeron en cierto modo «bueno, no nos gusta la gente que está a cargo del sistema monetario, los bancos centrales y comerciales. Entonces vamos a crear otro sistema que sea estático». Lo que se podría hacer es mantener este dinamismo, pero que haya otra gente que lo gestione. Los bitcoin no solucionan los problemas, sino que crean otros. Aunque bueno, para ciertas cosas yo los uso y pueden ser muy divertidos.  

¿Ve usted posible que haya un control distinto de este sistema «dinámico», aparte de los bancos centrales y comerciales?

Probablemente algunos de los experimentos más punteros en sistemas monetarios que se van a realizar vayan a venir de la intersección entre los criptosistemas y los sistemas de crédito que se expanden y se contraen. Por ejemplo, uno los sistemas alternativos que existen son los sistemas de crédito mutuo, que a día de hoy son pequeños experimentos de sistemas dinámicos de comunidades que se juntan para usar dinero entre ellas. Normalmente son muy pequeñas. Pero ahora existe la posibilidad, gracias a la tecnología, de llevar estos sistemas de crédito mutuo a otro nivel y que sea mayor.

Lo que podría existir en el futuro serían redes digitales con todos estos sistemas de crédito mutuo interconectados, que funcionen como lo hacen ahora los bancos centrales pero mucho más controlados por las personas. Nadie ha construido este sistema todavía, pero hay gente experimentando ya con este crédito mutuo a través de blockchain, por ejemplo. El sistema Sardex en Cerdeña es un buen ejemplo de sistema fuerte de crédito mutuo (Scott es asesor de Brixton Pound, una moneda que se usa solo en ese barrio de Londres). La idea es que se pudiera replicar este sistema de un modo mucho más orgánico.

Fuente: https://www.eldiario.es/economia/bancos-creando-romantica-electronicos-conseguir_0_941755932.html

No paniquees

Por Franco “Bifo” Berardi

Viendo ΚΛΕΙΣΑΜΕ (encerrado, en griego) de Sol Prado y escuchando las voces y el silencio.

Un suave voz femenina murmura una sesión de yoga y nos invita a inhalar y, luego, a exhalar.

Una voz maternal y la visión del agua del mar: inhala… exhala…

¿No escuchas una voz repitiendo desde el fondo: no entres en pánico? No entres en pánico.

La cámara del drone planea finalmente sobre la isla.

Sol Prado ha filmado el silencio, la luz y la tristeza en la isla de Leros.

La primera vez que escuché sobre esta isla fue en el año 1977, cuando un amigo mío, el esquizo-analista Félix Guattari visitó el asilo psiquiátrico más increíble: un viejo edificio convertido en refugio para la gente sin recursos que habían perdido la cabeza, su familia, su hogar.

En los ’60, durante los años de dictadura, se recluyeron aquí a presos políticos.

Durante décadas, este lugar ha dado asistencia a personas con problemas psiquiátricos. ¿Asistencia? ¿Cómo puede ser protegid_ el desamparad_ de los monstruos que nacen del interior, del pasado, del futuro?

Esto es, en efecto, la locura: estar sumergid_s en flujos de tiempo disociados.

Para sincronizar la vida social, la civilización moderna expulsó la locura de la ciudad de la Razón y restringió a aquell_s que no podían integrarse en la máquina de interacción social racional.

La cámara deambula por el interior de espacios vacíos del asilo abandonado: marcos de camas rotos, escombros, basura en el suelo: kipple.

“Kipple son los objetos inútiles, el correo basura, las cajas de cerillas después de que se ha gastado la última, el envoltorio del periódico del día anterior. Cuando no hay gente alrededor, el kipple se reproduce. Por ejemplo, si se va usted a la cama y deja un poco de kipple en la casa, cuando se despierta a la mañana siguiente hay dos veces más.” (Philip Dick)

Ahora el campo visual serpentea de una habitación a otra, un vuelo de puertas abiertas, una pared, una mano recoge un blíster de medicamentos que alguna vez contuvo productos farmacéuticos: pastillas para personas que sufrían  de kipple mental, ahora se han convertido, ellas mismas, en kipple.

Tarde o temprano todo y tod_s nos convertiremos en kipple. Tú lo harás, yo lo haré.

No entres en pánico.

Toma pastillas. Toma estas pastillas y escucha la suave voz de la entrenadora de yoga que aún resuena a la distancia, desapareciendo por momentos, luego volviendo.

Inhala… Exhala…

Luego, vemos los interiores del antiguo asilo: personas sin recursos fueron amontonadas en este edificio en ruinas sin asistencia médica. Alguien venía cada día traer comida; y pastillas, supongo. ¿Cómo podrías sobrevivir sin pastillas en medio del kipple cósmico que rompe la frontera entre el caos y el orden, entre el exterior y el interior, entre el espacio civilizado y el marasmo en ebullición?

Imágenes en blanco y negro de cómo lucía el lugar hace cuarenta años, Kodak TX 5063. Aquí se encarcelaron a pres_s polític_s durante los años de la dictadura del coronel.

Isla griega, agua azul resplandeciente, turistas a la luz del día.

No te olvides de la Primera Ley: “Existe la Primera Ley de Kipple…” Kipple expulsa aquello que no es kipple. Kipple parece ser una combinación de entropía y capitalismo.

Este lugar no se parece en absoluto a un hospital; no hay psiquiatras, no hay terapeutas, ni enfermer_s. No hay sentimientos humanos.

Solo la muerte como único futuro.

¿Qué otra cosa puede ser el futuro sino la muerte? ¿Qué es lo que oculta el futuro sino la muerte?

Luego saltamos al ahora, a nuestra época, la era de la gran migración, de campos de concentración diseminados por todas partes y, en particular, por toda la costa mediterránea.

Detrás del edificio decrépito que alguna vez albergó a personas rechazadas debido a sus problemas mentales, la Agencia de Refugiados de las Naciones Unidas ha creado ahora un campo de refugiados  para aquell_s que desembarcan en las islas griegas que se hallan frente a la costa de Turquía.

En la película no se ven seres humanos. No hay seremos humanos por aquí. Podemos percibir su presencia, la presencia de mujeres y hombres que vivieron aquí en el pasado y la presencia de mujeres y niños que viven aquí actualmente, como habitantes precari_s.

Frágiles módulos prefabricados dispuestos por l_s profesionales de la UNHCR (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados), intentan dar cobijo a l_s que huyen de la ira de la historia

Un mapa de Siria dibujado en una pared delgada.

Durante los 21 minutos 38 segundos de la película de Sol Prado ΚΛΕΙΣΑΜΕ (cuyo significado es “encerrado”), nunca se ven las caras de las personas que están viviendo allí.

La película (pura contemplación del pánico) no muestra caras, ni personas, tan solo pabellones blancos vacíos hecho de tela y madera. Tan solo ropa en un saco de dormir, tan solo desechos,  desolación.

Solo al final, el deambular de la cámara captura, allí en la distancia detrás de la malla de alambre, a dos niños  que aparecen repentinamente y  luego se pierden de vista.

Ahora vuelve la voz murmurante y nos sugiere que inhalemos y exhalemos.

¿Existe alguna vía de escape política al exterminio? ¿Existe alguna alternativa? Europa es una entidad moribunda, la clase financiera y los gobiernos neoliberales se apropiaron del proyecto europeo, y ahora l_s europe_s se sienten enajenad_s, enfurecid_s y se han vuelto agresiv_s, porque la agresividad es la única terapia contra la depresión que se pueden permitir.

En este punto, convergen el espectro político de la izquierda y de la derecha: rechazo de los inmigrantes, protección de las fronteras, esta la agenda de los actores políticos que se alternan el poder. L_s ciudadan_s europe_s están asustad_s por esta repentina irrupción de aquell_s que, durante tanto tiempo, habían apartado de su vista.

La gente que huye de la guerra, del terror, de la miseria son rechazados por l_s europe_s porque l_s perciben como portador_s del caos, como el preludio del diluvio.

Los buenos sentimientos de apertura y caridad no harán mucho, porque el diluvio viene para quedarse, no se trata tan solo de un efecto de la propaganda racista. No nos engañemos: la ola de migración es un efecto de la globalización (comunicación en red, smartphones, transportes), y del cambio climático. Por lo tanto, la ola de migración está abocada a expandirse, mientras la miseria, la guerra, la devastación medioambiental, pero también, el deseo, la curiosidad y la sed por la osada aventura induzcan al proceso de desterritorialización. Y nadie puede parar esta ola.

Est_s inmigrantes, que l_s europe_s rechazan, son l_s herald_s de algo que hemos estado anticipando durante años, durante décadas: ell_s son la imparable némesis de quinientos años de expansión y colonización europea. Nosotr_s, l_s colonizador_s, la raza blanca, l_s modernizador_s, nos hemos otorgado la autoridad de distinguir entre el orden y el caos, de convertir la barbarie en civilización. Ahora estamos experimentando el fin de la supremacía blanca basada en el control exclusivo de la técnica.

Ahora las tecnologías están en manos de tod_s, seis billones de smartphones, tres billones de personas con acceso a Internet, dos billones de cuentas de Facebook, un billón de cuentas Instagram; e incontables pastillas.

En las islas griegas han desembarcado multitudes de fugitiv_s de Siria.

No tod_s pueden intentar hacer el viaje, pero cada vez más personas lo hacen: millones de jóvenes african_s, empujad_s por la catástrofe medioambiental, la agresión islámica y los efectos de la expoliación colonial, recorren los territorios subsaharianos y atraviesan el desierto del Sahara en camiones inseguros. Much_s de ell_s llegan a Agadez: un traficante de personas de Agadez hace el viaje una vez por semana junto a 30 pasajeros en su camioneta. La ruta cambia constantemente debido a las regulares tormentas de viento que cambian la forma del desierto. Si no conoces el desierto, te perderás. Y a much_s, una vez perdidos, se les acaba la gasolina – y luego el agua. “Y si no hay agua, no sobrevivirás más de 3 días.” Much_s de ell_s mueren de sed e insolación.

Así, son 3 los bandidos: los traficantes rivales, los yihadistas o los simples oportunistas que intentan robar coches, dejando a sus previos conductores en el desierto.

Luego, las milicias armadas libanesas, apoyadas y financiadas por el gobierno italiano, intentan evitar que estas personas lleguen al mar mediterráneo.  Las milicias libanesas están deteniendo, esclavizando, torturando y violando a much_s de l_s jóvenes african_s que han tenido la suerte de sobrevivir al desierto.

Finalmente, much_s llegan al mar y una nueva aventura comienza: pagando a traficantes, desafiando las olas, evadiendo la guardia costera libanesa y, por último, enfrentando el racismo de las autoridades italianas.

El racismo está creciendo en el hemisferio norte porque aquell_s que se piensan como la raza blanca están sintiendo el fragor de la gran migración.

Y entran en pánico.

¿Es posible una salida pacífica a cinco siglos de colonialismo, expoliación sistemática, empobrecimiento y humillación? Se ha desatado una guerra contra los inmigrantes porque l_s europe_s están entrando en pánico y porque no es posible convencer a l_s jóvenes nigerian_s, siri_s, iraquíes, afgan_s que se queden donde están. ¿Por qué deberían hacerlo?

Por lo tanto, solo las pastillas pueden ayudar a calmar y a hacernos olvidar el ineludible caos que atormenta nuestras mentes y nuestras expectativas.

Inhala… Exhala…

Toma pastillas,

sé un buen padre,

sé un buen hij_,

sé una buena madre.

Ve a la isla de Leros

a pasar tus vacaciones.

Haz yoga.

Vota al partido democrático,

ell_s te protegerán de la tormenta.

Vota a los nazis,

ell_s te protegerán de la tormenta.

Vota a la gente buena,

ell_s te protegerán del caos.

Vota a los asesinos,

ell_s te protegerán del caos.

Franco « Bifo » Berardi es filósofo, escritor y agitador cultural. Graduado en estética y formado con Félix Guattari, actualmente es profesor de historia social de los medios de comunicación en la Academia de Bellas Artes de Brera (Milán). Fue un destacado activista de la llamada autonomia operaria italiana durante la década de los setenta y, desde entonces, ha desarrollado una prolífica obra crítica en la que ha estudiado las transformaciones del trabajo y de la sociedad producidas por la globalización, especialmente en cuanto al rol de los medios de comunicación en las sociedades postindustriales. Su producción teórica ha ido acompañada deun activismo por los medios de comunicación alternativos, tarea que inició con la fundación de la revista A/Traverso, fanzine del movimiento de 1977 en Italia, y que prosiguió con la creación de la Radio Alice —la primera emisora pirata del país— y la TV Orfeu, cuna de la televisión comunitaria en Italia. En el terreno ensayístico, debutó con Contro il lavoro (Feltrinelli, 1970) y, desde entonces, ha publicado medio centenar de títulos, algunos de ellos traducidos al castellano, como La fábrica de la infelicidad (Traficantes de Sueños, 2003), La sublevación (Artefakte, 2013) o, recientemente, Fenomenología del fin (Caja Negra Editora, 2017).

Traducción del texto al español por Alejandra López Gabrieldis

https://kleizamemovie.com/

Maristella Svampa: «La clase política apuesta a un modelo que sabe que es insustentable, pero que a corto plazo le genera ingresos»

La socióloga, escritora e investigadora que firmó la carta de apoyo al FIT-Unidad, detalla la problemática ambiental de la región y la responsabilidad de los gobiernos. La mirada sobre el rol de la juventud en las protestas ambientales y una reflexión sobre el movimiento de mujeres.

La socióloga, escritora e investigadora que firmó la carta de apoyo al FIT-Unidad, detalla en esta entrevista, la problemática ambiental de la región y la responsabilidad de los diferentes gobiernos de turno. Su mirada sobre el rol de la juventud en las protestas ambientales y una reflexión sobre el movimiento de mujeres.

El lobby minero, y algunos candidatos ahora también, hablan de “minería sustentable”. ¿Puede haber minería sustentable?

Creo que en primer lugar hay que reflexionar sobre los avatares que ha tenido la categoría “desarrollo sustentable”. Si en los años ’80 y ‘90, surgió en el panorama internacional una cara muy positiva, muy disruptiva, de la mano de movimientos ecologistas, rápidamente esta noción fue apropiada por los grandes lobbys empresariales, por el establishment, y en ese sentido sufrió un problema de desgaste y de vaciamiento. Al principio, la noción de desarrollo sustentable, sobre todo, hacía hincapié en dos cosas: primero en el hecho de que había que asegurar las condiciones de producción y reproducción de la vida, el ciclo natural. Y en segundo lugar, había que garantizar el presente y el futuro de las próximas generaciones.

Esa doble idea de garantizar los ciclos de la vida y, por otro lado, el pacto intergeneracional, es algo que desaparece del discurso de los grandes actores de trasnacionales y, en líneas generales, del lobby que se ha instituido en torno al término de sustentabilidad. Con esto quiero decir que la noción de sustentabilidad se fue convirtiendo en una noción débil, muy en consonancia con la idea de modernización ecológica. ¿Qué quiere decir modernización ecológica?

Que no se cuestiona el crecimiento económico y se considera que los impactos que acarrea el uso de tecnología nociva para el ambiente, puede ser mitigado con el uso de más tecnología.

Esa es la idea central que hoy se encuentra en las grandes corporaciones a sabiendas que, en definitiva, detrás de la noción de desarrollo sustentable, siempre la prioridad lo tiene que definir lo económico, no la protección del ambiente. Con lo cual, ya se ha falseado esa idea que era tan disruptiva y novedosa a inicio de los ´80 y los ´90. En términos específicos, si uno va al modelo de megaminería y al modelo de hidrocarburos no convencionales a través del fracking, ahí uno ve el carácter contradictorio de la expresión. Porque la minería es de las actividades que genera más pasivos ambientales, utiliza grandes cantidades de agua, enormes cantidades de sustancias químicas que tienen un alcance muy contaminante. Los impactos sobre los territorios y sobre la salud de la población están más que probados, la cantidad de accidentes que ha habido, sobre todo estos últimos años, muestran el carácter insustentable de la minería.

Miremos el caso de Brasil, donde los diques que contienen el desecho minero se han roto, como en el caso de Mariana y Brumandinho, donde hubo más de 300 muertos. Y que coloca el cuestionamiento sobre la compañía Vale que es una de las más contaminantes del mundo. En Argentina, veamos el caso de Veladero. Siempre se habló del modelo sanjuanino como un modelo ideal de minería sustentable, cuando en realidad es lo contrario. Detrás de la acción de Barrick Gold, lo que hay es destrucción de glaciares y también derrames de solución cianurada, que han contaminado aguas. La Asamblea de Jachal ha denunciado esto, se ha denunciado penal y judicialmente la responsabilidad de Barrick Gold, y de los gobiernos que han encubierto estos impactos, hubo ya tres derrames de solución cianurada.

En esa línea creo que la sociedad argentina ya es consiente que no se trata de una actividad sustentable, más allá de la enorme publicidad y la gran cantidad de dinero que invierten las empresas y los gobiernos para falsear la información y convencer a las poblaciones de una suerte de destino minero, inevitable. Ya los impactos son visibles.

En el caso del fracking, también se quiso construir a nivel global debido a los cuestionamientos y las grandes controversias desatadas, la idea de “fracking seguro y sustentable”. Era el caballito de batalla de las grandes empresas y va a contramano de una gran cantidad de estudios realizados sobre todo en Estados Unidos, que es el país en donde ha habido más desarrollo del fracking, que demuestran los impactos territoriales; ambientales; la contaminación de las aguas superficiales y subterráneas; los impactos en la salud sobre las personas, sobre los animales; la emisión de gas metano, en fin, una larga lista de impactos que muestran con claridad el carácter insustentable del fracking.

En el caso del fracking las empresas son doblemente cuestionadas, dado que son conscientes que están promoviendo una matriz energética ligada a las energías sucias, las energías más contaminantes. A sabiendas de que estamos en un momento civilizatorio en el cual es necesario orientarse hacia un escenario de transición energética, promoviendo las energías limpias, las energías renovables.

Esto es parte de un discurso, “responsabilidad social empresarial”, “minería sustentable”, “fracking responsable”, que muestra el enorme poder que tiene el lobby minero para controlar a los medios de comunicación con la pauta publicitaria. Creo que es necesario romper este consenso impuesto por el lobby, para demostrar el carácter insustentable de estos modelos, donde toda la literatura científica, la evidencia en los territorios lo demuestran.

Mencionaste el ejemplo sanjuanino, también se ha avanzado o intentado avanzar con estos modelos en Río Negro, Chubut o Mendoza, ¿cuál es el rol de los gobernantes en este sentido y qué opinas de las resistencias que también se expresaron en las provincias?

En primer lugar hay que decir que en toda América Latina se ha sostenido un imaginario de desarrollo productivista, que apunta al crecimiento exponencial sin medir los impactos sobre el ambiente y las poblaciones. Por otro lado, este imaginario de desarrollo también se basa en una visión instrumental, antropocéntrica de la naturaleza, donde se considera a la naturaleza como algo que se puede dominar y explotar de manera indiscriminada y como si el ser humano fuera exterior a la misma, no una parte de la naturaleza. Y, en tercer lugar, en América Latina hay un imaginario que tiene que ver con la abundancia de bienes naturales y la ilusión de muchos gobernantes de creer que la demanda de los países poderosos de algunos de esos bienes naturales hará posible salir del subdesarrollo o de la pobreza.

Ese imaginario ya no se sostiene debido al carácter de la crisis socioecológica que señala la urgencia de orientarnos hacia otro modelo, pero además porque la pobreza no solo persiste sino que se han ensanchado las desigualdades, y ha habido grandes cuestionamientos a estos modelos que son altamente destructivos. Creo que gran parte de la dirigencia política todavía sigue prisionera de ese imaginario y esto va por encima del color ideológico que se tenga. Esto va desde el progresismo hasta los neoliberales e inclusive gran parte de la izquierda sigue siendo desarrollista.

Por otro lado, a partir del año 2000, lo que hemos visto en América Latina es una alianza entre gobiernos, a nivel nacional, provincial y local, con los grandes actores de las trasnacionales en función de estos modelos de desarrollo. Porque también hay intereses económicos en juego, no se trata solo del ideal de progreso. Gioja tiene inversiones, él y su familia, en empresas que proveen servicios a la actividad minera. En Neuquén también, la familia Sapag y muchos de quienes componen la clase política, tienen intereses económicos muy claros en tanto y en cuanto participan de esas empresas que proveen servicios petroleros.

Les doy otro caso particular, la Secretaria de Ambiente de la provincia de Río Negro que se llama Alicia Migani, es propietaria ella y su familia de una empresa que provee servicios a una industria petrolera. O sea, ella es Secretaria de Ambiente y a la vez le vende servicios a las empresas que debe controlar. Y esto sucede todo el tiempo, hablemos de petróleo, de soja o de megaminería. El sistema de puerta giratoria que este gobierno consolidó con la presencia de CEOs en su gabinete, marca a las claras que para ellos no existe un problema de conflicto de intereses. La clase política apuesta entonces a un modelo que sabe que es insustentable, pero que a corto plazo le genera ingresos.

Y respecto a los organismos internacionales, ¿qué implicancia tiene el acuerdo actual con el FMI en relación a los recursos naturales?

Hay una contradicción en este tema, porque el FMI exige un proceso de ajuste que implica una reducción de los subsidios estatales a Vaca Muerta. Con lo cual eso ha perjudicado a las empresas que han sido enormemente beneficiadas con los subsidios estatales. Para que se tenga una idea, en 2018 los subsidios estatales que recibieron las empresas, sobre todo Tecpetrol e YPF, equivale al doble de lo erogado por las universidades nacionales y prácticamente lo mismo que el presupuesto del Ministerio de Ciencia y Tecnología. Al gobierno le interesa más promover las energías fósiles que son altamente contaminantes, beneficiando a las grandes empresas otorgándoles enormes subsidios para que se sigan manteniendo en Vaca Muerta, a costa de la educación, la salud, y otros sectores claves de la sociedad.

Esta contradicción que mencionaba hizo que los sectores ligados al petróleo protestaran en contra de esta reducción de subsidios, que aun así sigue siendo muy alta. Vaca Muerta tiene una serie de blindajes que están hechos para fomentar el desarrollo de la misma. Tiene un blindaje laboral porque, efectivamente, Guillermo Pereyra y el Supeh firmó un convenio de flexibilización laboral tremendo con las empresas para garantizar la baja del costo laboral. En segundo lugar tiene un blindaje político, y todos los sectores en este sentido avalan. Un blindaje mediático, todos los medios de comunicación promueven el desarrollo de Vaca Muerta y ocultan, sobre todo, los impactos y también todas las objeciones que provienen de informes internacionales y dan cuenta de la inviabilidad financiera de Vaca Muerta.

Hay un blindaje que se quiere establecer y es el blindaje jurídico y consiste, sobre todo, en colocar límites a la protesta social y en particular a la protesta de los mapuches. En el medio de todo esto hubo un juicio de parte de la comunidad Campo Maripe que, para sorpresa de muchos, el juez finalmente propuso no penalizar a las comunidades mapuche e hizo un llamado para que se contemplen sus derechos territoriales y sus derechos colectivos. Ese fallo del juez fue rápidamente apelado y rechazado, el mismo día en que anunciaban la fórmula Macri y Pichetto con un primer viaje de Cambiemos a Vaca Muerta. Claramente la intencionalidad política era mostrar que se iba a evitar todo tipo de conflictos y que no se van a reconocer los derechos de los pueblos colectivos allí en Vaca Muerta. Es decir, que Vaca Muerta no cierra sin flexibilización laboral, sin represión y no reconocimiento de los derechos de los pueblos originarios, y sin blindaje político.

Teniendo en cuenta el posible futuro gobierno de Alberto Fernández, ¿qué rupturas o continuidades crees que pueda tener respecto al modelo energético, en relación también al gobierno de Macri?

Hay varias cosas para decir y la primera es que estamos muy preocupados por la continuidad manifiesta de parte de Alberto Fernández sobre los modelos de mal desarrollo, tanto el modelo de agronegocio, el modelo megaminero y el del desarrollo de los hidrocarburos no convencionales.

Creo que hay que intentar instalar la agenda, no podemos volver a repetir los errores que se cometieron en años pasados. Los progresismos tenían como punto ciego la problemática ambiental y la discusión sobre los modelos de desarrollo. Hoy en día, eso ya no se puede obturar. Se ha abierto la discusión y, si bien es cierto que los medios masivos de comunicación intentan clausurarla, hay mucho activo militante ambiental, hay mayor conciencia en los sindicatos y en los partidos. Esperamos que la Izquierda tenga un rol importante para colocar la problemática socioambiental en la agenda, y que los progresismos también abran la agenda.

Esperamos que no sea lo mismo, no tropezarnos dos veces con la misma piedra y que se abra la agenda, pero estamos muy preocupados porque las declaraciones de Alberto Fernández alientan esta idea de continuidad lineal, cuando en realidad lo que hay que hacer es abrir la agenda y pensar en otras variantes, otras salidas. A nivel global se está discutiendo la agenda energética. En Argentina ya se han introducido energías renovables que están, podríamos decir, muy mercantilizadas porque, en el marco del gobierno neoliberal, las energías renovables están en manos de grandes empresas, la dependencia tecnológica es muy grande en relación a China, y todo eso hay que rediscutirlo porque las energías renovables son necesarias y además rentables económicamente.

También hay que tener en cuenta que cuando uno mira la matriz energética en Argentina, no es solamente la extracción de combustibles fósiles lo que hay que cuestionar. Hay que cuestionar el sistema de transporte. Más del 31% del consumo energético de combustibles fósiles tiene que ver con el transporte terrestre. En Argentina se desmanteló el sistema ferroviario en los años 90, hay que reorganizar el sistema de transporte para repensar la matriz energética o la transición energética. Y para eso hay que tocar el poder de actores sindicales, sin dudas muy poderosos, que se han consolidado en las últimas dos décadas. Pero ese trabajo hay que hacerlo porque, efectivamente, es el sistema de transporte el que emite el 31% de las emisiones de gas de efecto invernadero.

Tenemos que empezar a pensar las diferentes variantes respecto de la transición energética que implican sistema de transporte, mayor eficiencia energética, transición hacia energías limpias, combate de una pobreza energética. ¿Ustedes saben, por ejemplo, que que la mayor parte de las leyes energéticas que tenemos hoy en día son las mismas que teníamos en la época del menemismo? Ni el kirchnerismo las tocó y, por supuesto, lo que tocó este gobierno fue la línea de mayor mercantilización, como puede ser la ley de energías renovables.

Vemos que se renueva el ciclo de protestas ambientales en el mundo y a nivel local también, aquí en Mendoza se empezó a expresar un movimiento de estudiantes secundarios por el ambiente, ¿qué rol tienen para vos los jóvenes?

Aquí hay dos cuestiones para analizar y la primera es que los incendios en la Amazonía marcaron un punto de inflexión. Se mostró con claridad la emergencia de una nueva conciencia ambiental, de la cual son portadoras sobre todo las generaciones más jóvenes. Los incendios mostraron que esto tiene que ver con la economía y con sostener modelos insustentables, la expansión de la frontera agropecuaria, la expansión de la frontera sojera, los extractivismos en general, que sobre todo están avanzando en los países del sur. Es parte de esta nueva división del trabajo.

Esto está ligado además a la aceleración del metabolismo social del Capital. El modelo de consumo necesita más materia y más energía, y para eso se presiona más sobre los bienes naturales. La Amazonía está en riesgo, también están en riesgo los glaciares. Nosotros tenemos una Ley de Glaciares que defender. Si ustedes miran el caso de Bolivia y Perú, ya es un hecho que los glaciares se están derritiendo, y son nuestras cuencas hídricas, nuestras “fábricas de agua” las que están en juego.

Es un momento en el cual la crisis civilizatoria, en términos socioecológicos, es más que evidente. Y en esa línea sí, son los más jóvenes los que son más conscientes de ello. Es su futuro, y más aún, es su presente el que está en juego. A mí me sorprendió gratamente cuando fuimos en Buenos Aires a protestar en la embajada de Brasil, encontrarme con nuevas organizaciones, “Jóvenes por el clima”, “Alianza por el clima”, los mismos sectores veganos. En fin, son nuevos interlocutores y yo lo que promuevo en este sentido es un diálogo intergeneracional, porque lo que necesitamos es restituir la memoria de las luchas socioambientales de Argentina y América Latina. Y que son luchas claramente contra el neoextractivismo y las diversas formas de neoextractivismo.

Entonces, las y los jóvenes que hoy asumen la defensa del planeta, criticando el cambio climático y los modelos de desarrollo insustentable, deben mirar esas luchas socioambientales que, desde las provincias sobre todo, desde la periferia, vienen señalando estos problemas desde hace tanto tiempo y vienen colocando límites, a través de la promoción de leyes protectoras.

¿Esta preocupación interpela también al feminismo? ¿Juega o puede jugar un rol el movimiento de mujeres en esta pelea?

Sí, claro. Las mujeres tienen un rol fundamental, en tanto y en cuanto han sido históricamente protagonistas de luchas populares. Las mujeres son las primeras en denunciar los impactos silenciados por las grandes corporaciones, en la salud de las mujeres y de los niños. Entonces, tradicionalmente en los territorios, quienes defienden la vida y la sostenibilidad de los mismos son las mujeres. No es casual que las luchas contra el neoextractivismo sean encabezadas por mujeres en donde, además, las mujeres van conquistando un nuevo lenguaje sobre el territorio.

Un lenguaje en el cual, cuerpo, territorio, naturaleza, la noción de ecodependencia aparece como central, la noción de cuidado. En el ecofeminismo, hay una reapropiación de los cuidados en clave emancipatoria, con la idea de que sean todos, mujeres y hombres, quienes desarrollen la noción del cuidado del otro, y por ende también el cuidado de la vida, el cuidado del planeta. El cuidado es algo que el patriarcado ha escencializado, pero en realidad el cuidado tiene que ver con la misma posibilidad de supervivencia de los seres humanos. La civilización no hubiese podido extenderse de no haber sido por las relaciones de interdependencia y de cuidado, porque nosotros somos seres vulnerables y para nada somos seres independientes de la naturaleza. Entonces, las mujeres vuelven a traer ese mensaje de la relacionalidad con la naturaleza, de la interdependencia, de la necesidad de respeto y cuidado del otro que, en esta clave ecológica, se traduce en un cuidado de la naturaleza.

Y en esa línea yo creo, que si al principio del ciclo progresista, los pueblos originarios fueron los que elaboraron una nueva narrativa emancipatoria a través de las nociones de buen vivir, hoy en día son los movimientos de mujeres. Creo que es necesario promover una relación entre los feminismos más antipatriarcales de las ciudades, que denuncian los femicidios, la violencia de género, y que promueven nuevos derechos, con los feminismos populares que luchan en los territorios contra las grandes empresas extractivistas y sus alianzas con los gobiernos.